jueves, 15 de octubre de 2015

Años atrás, en la playa, con pilas de caracoles... Minnie Bruce Pratt.

Años atrás, en la playa, con pilas de caracoles
En nuestros regazos, con la primera separacion final sobre nosotros,
Uno de ellos pregunto: Como sabemos que no nos vas a olvidar?

Les dije como se habian movido en mi vientre: cada uno
Diferente el mayor, impaciente el menor, reposado.
Dije: Jamás puedo olvidarlos. Se movieron dentro mio.

Quise decir: El sonido de sus sangres paso a la mía.

Poema para mis hijos. Minnie Bruce Pratt.

Cuando ustedes nacieron, todos los poetas que conocía
eran hombres, papás elocuentes sobre sus bebés
durmientes y el futuro: Coleridge a medianoche,
la plegaria de Yeats pidiendo que su hija careciera de opiniones
que su hijo fuera grande y poderoso, que pensara y actuara.
Ustedes han leído la sonora elocuencia del nuevo padre,
feroces chispazos escritos en una casa silenciosa
respirando con el sueño exhausto de la madre.

Cuando vos naciste, mi primer hijo, lo que pensé fue
leche: mis pechos paspados, hinchados, pero no alcanzaban
cuando despertabas. Con vos, mi hijo menor, no
pensé: la cabeza tendida por tres días, inconsciente
por la anestesia peridural, paralizada
de la cintura para abajo, sin poder caminar.
Su padre era entonces
el poeta que yo había dejado de ser cuando me casé.
Me ha costado años escribirles esto.

Tuve que hacerme de un futuro, obstinada, voluble,
lasciva, una pensadora, una caminante infatigable,
transgresora sin condena, furiosa, gritona,
voluptuosa, una amante, la que huele sangre,
leche, una mujer tan mezquina como pueda serlo algunas noche
una existencia a la que pudiera rezarle, capaz de
poesía.

Y aquí estamos ahora. Ustedes son hombres,
y yo no soy la mujer que los acunó
en el suave vaho de la penicilina, la leche agria,
la chica que no podía imaginarse a sí misma
o un futuro más allá de una habitación de tibios muros,
que no tenía palabras, salvo la papilla de lo predecible,
y entonces, en aquellas noches, no pudo pedir por ustedes.
Pero ahora he hablado, de mí, yo misma, yo puedo pedir
para ustedes: que conozcan el mal cuando lo huelan;
que conozcan el bien y lo practiquen, y vean como ambos
corren desatados por entre sus vidas; que entonces recuerden
que ustedes vienen de la tierra y de la historia; que elijan
la memoria, no la anestesia; que tengan un trabajo
al que amen, sin estorbar a nadie, un sendero que cruce
las marcas fronterizas en donde cuestionen el poder;
que sus amores los igualen pensamiento por pensamiento
en el largo calor de la sangre y en el hecho del hueso.

Palabras ni tan románticas ni tan grandilocuentemente brindadas
como si les ofreciera el universo y lo pusiera
a su disposición.
Sólo puedo rezar:

Que jamás le pidan al clima, la tierra,
los ángeles, las mujeres, u otras vidas, que les obedezcan;

que se acuerden de mí, como quien los cruzó y los volvió a
cruzar,

como una mujer avanzando lentamente hacia
un lugar desconocido en donde ustedes pudieran estar conmigo,
como mujer a pie, alargando el paso.

Codos. Minnie Bruce Pratt.

Cúbrete los brazos.
No dejes que tus codos
se vean.

Eso es lo que mis vecinos
allá en Alabama dicen
a sus hijas
para que ningún codo
relleno o delgado
moreno o rosado
incite a otros
a la pasión.

Pero si pensara
que mis flacos, bicolores
codos fueran a atraerte

si pensara
que mis enjutos, huesudos
codos pudieran retenerte

agitaría los brazos
como un pollo
como un pavo real
como una gallina de guinea

cuando volviera a verte
tesoro
me subiría
las mangas y
pecaría
pecaría
pecaría.

Canto XLVII. Ezra Pound (1885-1972)

¡Aquel que aún muerto tiene la mente entera!
Este sonido nació en lo oscuro
Primero debéis ir por el camino
del infierno
Y hasta el antro de la hija de Ceres, Proserpina.
En medio de una negritud temible, para ver a Tiresias,
El sin ojos, sombra, en el infierno
Tan lleno de saber que los de carne firme saben poco a su lado,
Antes de llegar al final del camino.
Conocimiento sombra de una sombra
Y sin embargo iremos en su busca
sabiendo aún menos que las bestias drogadas.
phtheggottietha thasson .

Canto XLIX. Ezra Pound (1885-1972)

Para los siete lagos, no escrito por hombre este poema:
Lluvia, río vacío, un viaje,
Fuego de nube helada, lluvia fuerte en el crepúsculo
Había una lámpara bajo el techo de la cabaña.
Las cañas pesan, dobladas por el viento,
y el carrizal nos habla: parece estar llorando.

Luna otoñal; alzadas colinas junto al lago
contra el sol poniente.
La tarde es como una cortina de nubes,
como mancha sobre ondas, y a través de ella
largas picas agudas del canelo,
fría tonada entre las cañas.
Detrás de la colina la campana del monje
movida por el viento.
Pasó la vela en abril, quizás vuelva en octubre.
El barco se desvanece en plata; lentamente;
fulgor solar solo sobre el río.

Donde una bandera del color del vino recoge el poniente
Ralas chimeneas humean en la luz cruzada.

Llega entonces la costra nevada sobre el río
Y un mundo se cubre de jade
La barcaza se mece como una linterna,
y el agua flotante coagula de frío. Y en San Yin
son gente plácida.

Ocas salvajes se lanzan a la arena,
Las nubes se acercan al agujero de la ventana
Aguas limpias; las ocas siguen su curso en otoño
Los grajos festejan sobre las linternas de los pescadores,

Una luz se mueve sobre el horizonte norteño;
donde los niños levantan las piedras buscando cangrejos;
En mil setecientos vino el Emperador Tsing a estos lagos de las colinas.
Una luz se mueve sobre el horizonte sureño.

¿Debe el Estado para crear riquezas contraer deudas?
Se trata de una infamia; se trata de Geryon
Ese canal todavía conduce a Ten Shi
aunque el viejo rey lo hizo por capricho.

K E I M E N R A N K E I
K I U M A N MA N K E I
JITSU GETSU K 0 K WA
T A N F U K U TA N K A I

Orto; trabajo poniente;
reposo cavar pozo y beber agua
cavar el campo; comer del grano
¿Poder imperial? ¿Qué significa eso?
La cuarta, la dimensión de la quietud.
Y el poder de domar a las bestias feroces.

Notas para el canto XX. Ezra Pound (1885-1972)

He intentado escribir Paraíso
No lo muevan
Que el viento diga
que esto es paraíso.

Que los dioses perdonen aquello
que hice
Que aquellos que amo intenten perdonar
aquello que hice.

Canto final. Ezra Pound (1885-1972)

Que sus actos
los actos bellos
de Olga
se recuerden.

Su nonbre fue Coraje
y se escribe Olga.

Estas versos son
para el último CANTO
escriba lo que escriba
en el intervalo.
(24 de agosto de 1966)

Langue d'Oc-Alba. Ezra Pound (1885-1972)

Cuando el ruiseñor a su pareja
le canta al fin del día y durante la noche,
mi amor y yo nos escondemos
en la enramada,
entre las flores,
hasta que el vigilante en lo alto de la torre
grita:
“¡Eh, tú, bribón, levántate,
veo la blanca
luz
y la noche
huye.”

Envoi. Ezra Pound (1885-1972)

Ve, libro mudo de nacimiento,
y dile a la que antaño me cantó aquella canción de Lawes:
si no tuvieses más canciones
que vasallos has conocido,
habría en ti motivo que condonara
hasta las culpas que sobre mí pesan,
y de sus glorias construir su longevidad.

Dile a quien derramó
tal tesoro en el aire
contando sólo con que sus gracias dieran
vida al momento,
que le prometo yo que vivirá
como las rosas en el ambar mágico,
de un rojo realzado con naranja y todo hecho
una sola substancia y un único color
desafiando al tiempo.

Dile a la que camina
con canción en los labios
pero no canta la canción ni sabe
quién la compuso, que alguna otra boca,
tan hermosa tal vez como la suya,
puede que le conquiste adoradores en épocas futuras,
cuando con el de Waller yazgan mi polvo y el suyo,
cribas de cribas en el olvido,
hasta que la mudanza haya desvencijado
todas las cosas salvo la Belleza.

En una estación del Metro. Ezra Pound (1885-1972)

La aparición de estos rostros entre la multitud:
pétalos de una rama negra, húmeda.

Los demás. Ezra Pound (1885-1972)

¡Oh minoría indefensa de mi patria,
oh restos esclavizados!

Artistas que os habéis roto contra ella,
descarriados, perdidos en los pueblos,
objetos de recelo, de maledicencias,

amantes de la belleza, famélicos,
frustrados por los sistemas,
indefensos contra el control;

vosotros que no podéis rendir al máximo
por seguir buscando el éxito,
vosotros que solo podéis hablar,
que no encontráis el coraje para reafirmaros;

vosotros cuya sensibilidad más fina,
se rompe contra el falso conocimiento,
vosotros que tenéis sabiduría de primera mano,
los odiados, los encerrados, en quienes nadie confía,

daos cuenta:
ya he capeado la tormenta,
he vencido mi exilio.

Silet. Ezra Pound (1885-1972)

Cuando contemplo cuán negra e inmortal es la tinta
que gotea de mi pluma imperecedera.,.. ¡oh, basta ya!
¿Por qué tenemos que perder tiempo con mis pensamientos?
Ya hay bastante con lo que me aventuro a decir.

Ya hay bastante con que estuviésemos juntos una vez;
¿qué sentido tiene ponerlo en verso?
¿Acaso cuando es otoño logramos que sea primavera,
o convertimos en mayo la época del áspero viento del norte?

Ya hay bastante con que estuviésemos juntos una vez;
¿qué más da que el viento se haya vuelto contra la lluvia?
Ya hay bastante con que estuviésemos juntos una vez.
El tiempo lo ha visto y no volverá a pasar.

¿Y quiénes somos nosotros, conociendo esa última voluntad,
para condenar el mañana con un testamento?

Sub Mare. Ezra Pound (1885-1972)

Es y no es, soy lo bastante lúcido,
desde que tú llegaste este lugar flota a mi alrededor,
esta ficción hecha de rosas otoñales,
después hay un color dorado, diferente.

Y alguien tantea en estas cosas, mientras delicadas
algas ascienden y desaparecen, bajo
las lentas palideces verdes agitadas de las olas de fondo,
entre estas cosas más viejas que los nombres que tienen,
estas cosas que son conocidas por el dios.

Lamento del guardián de la frontera. Ezra Pound (1885-1972)

En la Puerta del Norte, el viento trae montones de arena,
¡esto está desolado desde el principio de los tiempos!
Los árboles se caen, la hierba amarillea por culpa del otoño.
Subo torres y más torres
para vigilar la tierra de los bárbaros:
el castillo desolado, el cielo, el ancho desierto.
A este pueblo no le queda una sola pared.
Huesos blanqueados por un millar de escarchas,
en grandes pilas, cubiertas de hierba y árboles;
¿quién hizo que esto pasara?
¿Quién trajo al ejército con sus tambores y sus timbales?
Los reyes bárbaros.
Una grácil primavera se convirtió en otoño sediento de sangre,
un torbellino de guerreros se extendió por el reino medio,
trescientos sesenta millares,
y pena, una pena como la lluvia.
Pena de irse, y pena, pena que regresa.
Desolación y campos desolados,
y en ellos no quedan hijos de la guerra,
ya no hay hombres que ataquen ni defiendan.
Ah, cómo os puedo hacer saber la lóbrega tristeza de la Puerta del Norte,
cuando el nombre de Riboku se ha olvidado
y a los guardianes nos devoran los tigres.

Hugh Selwyn Mauberley (Parte I). Ezra Pound (1885-1972)

IV.
Esos lucharon en todo caso, y algunos creyendo,
pro domo, en cualquier caso...

Algunos rápidos para armarse,
algunos por aventura,
algunos por miedo a la debilidad,
algunos por miedo a la critica,
algunos por amor a la matanza,
en imaginación, aprendiendo luego,

algunos por miedo,
aprendiendo a amar la matanza;
murieron algunos, pro patria,
no dulce, no et decor...,

caminaron hundidos hasta los ojos del infierno,
creyendo las mentiras de los viejos,
luego descreyendo volvieron a casa,
a casa a una mentira,
a casa a muchos engaños,
a casa a viejas mentiras y nueva infamia:

la usura, vieja como la época
y espesa como la época,
y embusteros en nuestros públicos.

Atrevimiento como nunca, desperdicio como nunca.
Sangre joven y elevada sangre,
besas mejillas y hermosos cuerpos,

fortaleza como nunca, desilusiones como nunca

se contaron en los días de antaño, histerias,
confesiones de trinchera, risa salida de barrigas muertas.

V.
Allí murieron una miríada,
y de los mejores entre ellos, por una vieja perra,
de dentadura podrida, por una civilización averiada;

encanto sonriendo en la boca buena, ojos vivaces,
ausentes bajo la tapa de la tierra,

por dos gruesas estatuas rotas,
por unos pocos miles de libros maltrechos.

Epílogo. Ezra Pound (1885-1972)

Ay, Chansons anteriores,
fuisteis una maravilla de siete días.
Cuando salisteis en las revistas
creasteis considerable conmoción en Chicago,
y ahora estáis trilladas y gastadas,
sois una moda agotada,
un miriñaque, una capota vieja,
una efímera antigualla casera.
Sólo queda la emoción.
¿Vuestras emociones?
Son las de un maître de café.

L'Art, 1910. Ezra Pound (1885-1972)

¡Verde arsénico embadurnado en una tela blanco huevo,
frutillas machacadas! Venid, deleitemos nuestros ojos.

El estudio en estética. Ezra Pound (1885-1972)

Los niños muy pequeños con ropa remendada,
atacados de una inusual sabiduría,
dejaron de jugar cuando ella pasó por el lado
y gritaron desde sus adoquines:
Guarda! Ahi, guarda! ch'e be'a!

Pero tres años después
oí al joven Dante, cuyo apellido no sé
porque hay, en Sirminione, veintiocho jóvenes Dante
y treinta y cuatro Catulo;
habían realizado una gran pesca de sardinas,
y los mayores
las estaban empacando en grandes cajas de madera
para el mercado de Brescia, y él
dio un salto, tratando de agarrar los pescados brillantes
y tomándolos de ambos extremos;
y en vano le ordenaron: sta fermo!
y como no lo dejaron arreglar
los pescados en los cajones,
acarició los que ya estaban arreglados,
murmurando para satisfacción propia
esta idéntica frase:
Ch'e be'a.

Y ante eso me sentí ligeramente desconcertado.

Blandula Temula Vagula. Ezra Pound (1885-1972)

¿Qué tienes tú que ver, mi alma, con el Cielo?
¿Acaso no querrías, cuando ya estemos libres,
buscar un lugar claro, adonde el sol
suelte sobre nosotros, a través de las hojas
su gloria líquida? Y si en Sirmio
te encontrara, mi alma,
cuando esta vida esté ya terminada,
¿no hallaremos tal vez una colina
un lugar consagrado
por aéreos apóstoles de terrena delicia?
No estará nuestro culto dedicado a las olas,
Zafiros claros, cobaltos o cianóticos
Triúnicos azures, impalpables,
Los inquietos espejos del permanente cambio?

Mi alma, si Ella llega, qué rumores traería
De refugios más altos, de cortes más deseables
Que pudiera atraernos
Más allá de la cima, entre nubes, de Riva?

La isla del lago. Ezra Pound (1885-1972)

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los ladrones,
préstame una tiendita de tabaco,
o instálame en alguna profesión
que no sea esta maldita profesión de escribir
donde uno necesita su cerebro todo el tiempo.

Meditatio. Ezra Pound (1885-1972)

Cuando observo los curiosos hábitos de los perros
me siento obligado a pensar
que el hombre es el animal superior.

Cuando observo los curiosos hábitos del hombre,
le confiezo, amigo, me desconcierta.

El juego de ajedrez. Ezra Pound (1885-1972)

Caballos rojos, marrones alfiles, reinas brillantes,
acometen el tablero, descienden en poderosas L de color,
se desplazan y atacan en ángulos,
se apoderan de las líneas de color,
este tablero está poblado de luces
y estas piezas están llenas de hermosura
sus moviemientos quiebran y aplastan las formaciones;
la luminosa templanza de las torres
choca con las X de las reinas,
puestas en desbandada por los saltos del caballo

¡Los peones atajan, se abran paso en Y!
¡Remolino! ¡Centrípeto! ¡Mate! El rey es atrapado en el vórtice,
los bandos chocan, saltan con ímpetu,
las lineas continueas de inflexible color,
las inteligencias buscan como destrabarse. Fugas.
Reanudación de la contienda".

Loa de Isolda. Ezra Pound (1885-1972)

En vano he tratado de enseñarle
a mi corazón a reverenciar;
En vano he protestado
"Hay otros cantores más grandes que tú."

Su respuesta viene, como el laúd o el viento,
Como un vago lamento nocturnal,
Que no me da tregua, reclamando:
"Una canción, una canción."

Sus ecos se entrelazan en la tarde
Buscando sin cesar una canción.
Mis ojos, fatigados de caminos,
Son rojas cuencas, polvorientas y sombrías.
Y, sin embargo, algo aletea en la tarde sobre mí:
Rojos elfos-palabras gritando "una canción",
Grises elfos-palabras reclamando una canción,
Grises palabras-hojas, diminutas, gritando "una canción",
Verdes palabras-hojas, minúsculas, reclamando una canción.
Palabras como hojas, viejas hojas pardas en primavera
Ubicuas murmurando, buscando una canción
Cándidas como níveos copos, pero gélidas
Palabras-musgo, palabras-labio, palabras de lento arroyo.

En vano he tratado de enseñarle
a mi alma a reverenciar;
En vano le he dicho, suplicante:"
Hay otras almas más grandes que tú."

Porque en el amanecer de mi vida una mujer vino a mí
Pidiéndome, como un reclamo de luz lunar.
Como la luna convoca a las mareas,
"Una canción, una canción."

Y compuse para ella una canción, mas se alejó de mí
Como la luna aléjase del mar,
Y las palabras hojas y elfos, diminutas,
Volvieron repitiendo: "El alma nos envía.
¡Una canción! ¡Una canción!"
En vano les grité: "No tengo ya canciones;
Aquella a quien cantaba me dejó."