viernes, 30 de octubre de 2015

Fishhead (Cabeza de pescado) Irwin S. Cobb (1876-1944)

Va más allá del poder de mi pluma intentar describir para ustedes el lago Reelfoot de forma que, leyendo este relato, consigan representarse el cuadro en su imaginación tal como está en la mía. Porque el lago Reelfoot es un lago completamente distinto de cualquier otro que hayan conocido en cualquier otra parte. El resto de este continente se hizo y se secó bajo la acción de los rayos del sol en el transcurso de milenios..., millones de años por lo que yo he logrado saber..., antes que Reelfoot comenzara a existir. Entre las creaciones importantes de la Naturaleza, Reelfoot ha sido, probablemente, lo más nuevo de este hemisferio; pues se formó a consecuencia del gran terremoto de 1811, hace apenas un poco más de un siglo. Aquel terremoto debió de alterar la faz de la Tierra a lo largo de lo que por aquel entonces constituían las lejanas fronteras de este país. Cambió el curso de los ríos, convirtió las colinas en las depresiones de lo que ahora son tres estados, y trocó el suelo firme en otro tan blanducho como la jalea, configurándolo con rizadas olas como el mar. Y en el fragor que ocasionó el ondulado de la tierra y el convulsionado estado de las aguas, hundió en cambiantes profundidades una parte de la corteza terrestre en una longitud de ciento veinte kilómetros, arrastrando al fondo árboles, colinas, valles, todo; abriéndose entonces una grieta de parte a parte del Mississippi, de forma que durante tres días el río acudió con su corriente a llenar el hueco.

El resultado fue la creación del más grande lago del sur de Ohio, situado en Tennessee, corriéndose hacia lo que ahora constituye la frontera de Kentucky, y tomando su nombre de la semejanza que su contorno tiene con el pie abierto en forma de aspa del negro de los maizales. Niggerwool Swamp, no lejos de allí, tal vez recibiera su nombre del mismo individuo que cristianó Reelfoot. Reelfoot es, y siempre ha sido, un lago lleno de misterio. A trechos, insondable. En otros lugares, los esqueletos de los cipreses que se fueron abajo cuando la tierra se hundió, todavía subsisten en pie, de tal manera que, si el sol brilla del lado de la derecha y el agua se muestra menos cenagosa de lo común, quien dirigiese la mirada hacia las profundidades vería, o creería ver, allá abajo, los desnudos miembros tendidos hacia lo alto como dedos humanos de un ahogado, todo ello cubierto por un lodo de años y reliado de viscosas grímpulas de los verdes mucílagos del agua. En otros encalmados parajes, el lago es poco profundo en prolongados espacios, no más hondo que para cubrir el pecho de un hombre, pero peligroso a causa del crecimiento de hierbajos hundidos y la existencia de arremolinados objetos, los cuales se enredan a restos flotantes. Sus orillas son predominantemente fangosas, sus aguas turbias, así mismo, de un color café cargado en primavera y amarillo cobrizo durante el verano, mientras que los árboles siguiendo la costa ofrecen un tinte sucio, después de las crecidas primaverales, en la zona que alcanza hasta las primeras ramas, donde los sedimentos secos han cubierto los troncos con una espesa capa de apariencia escrofulosa.

A su alrededor extensiones de bosque intacto y tajos donde innumerables cipreses se elevan cual lápidas mortuorias por los raigones muertos que van pudriéndose en el blando limo. Hay trechos apacibles donde el maíz de las tierras bajas crece por debajo, arrogante y lozano, en tanto que por encima se yerguen árboles desnudos de hojas y ramas. Hay dilatados y lúgubres llanos donde en primavera los grumos formados por las huevas de las ranas se consumen como parches de blanca mucosidad entremedias de los tallos de la maleza y donde, en la noche, hasta allí se deslizan las tortugas para depositar en la arena, en camadas de perfecta redondez, blancos huevos de resistentes y ásperos cascarones. Hay bayous que no conducen a parte alguna y charcas que se extienden en revueltas, a la ventura, como enormes gusanos obcecados, hasta unirse finalmente a la corriente principal, la cual hace rodar su semilíquida torrentera algunos kilómetros más al oeste. Así Reelfoot yace aplastado sobre su fondo, superficialmente helado en invierno, tórridamente vaporoso en verano, hinchado en primavera, cuando los bosques se han tornado de un verde brillante y el pequeño jején o mosca del búfalo, por millones y billones, llena las charcas desbordadas con su dañino zumbido y al descender evolucionan en redondo esplendorosamente, con todos los colores que la tempranera escarcha produce: el dorado del nogal, el bermejo amarillento de los sicómoros, los rojos del durillo y el cenizoso púrpura negruzco del ocozol.

Mas la comarca de Reelfoot tiene su utilidad. Es el mejor paraje de caza y pesca, natural o artificial, que queda hoy en día por el sur. En momento oportuno, el pato y los gansos se reúnen allí, e incluso las aves semitropicales, como el pelícano pardo y el pájaro reptil de Florida, sabido es que habrán de acudir para anidar. Los cerdos, al regresar a la señera libertad, recorren las lomas, cada piara de estos ejemplares de fino lomo capitaneada por un viejo verraco de aplastados flancos, enjuto, feroz. Por la noche, la «rana-toro», inconcebiblemente grande y tremendamente sonora, croa en las riberas. Es un asombroso lugar para la pesca de la lubina, de la perca y del hocicudo pez búfalo. Como estas especies comestibles pueden vivir para aovar y como sus huevas, a la vez, sobreviven para aovar de nuevo, resulta una maravilla ver cuántos grandes peces, caníbales devoradores de peces, hay en Reelfoot. Mayor que en cualquier otra parte, encontraréis aquí la belona, toda espinas, voracísima, de láminas córneas, con morro como el del caimán y el eslabón más próximo, al decir de los naturalistas, entre los animales vivientes hoy en día y los que vivieron en la era de los reptiles. El gato de hocico de pala, realmente una variedad deformada del esturión de agua dulce, provisto de una gran placa membranosa en forma de abanico prominente encima del morro, cual un bauprés, salta todo el día por los lugares encalmados con poderoso ruido de chapoteo, lo mismo que si un caballo hubiera caído al agua. Sobre todo leño varado, tremendas tortugas buscan esparcimiento, en grupos de cuatro o seis, los días soleados, desecando, calcinando sus negros caparazones bajo el sol, con sus pequeñas cabezas de culebra en alto, vigilantes, prestas para desaparecer silenciosamente al primer ruido de remos chirriando en sus toletes.

Pero los más grandes de todos estos seres son los siluros. Monstruosas criaturas, estos siluros de Reelfoot, sin escamas, resbaladizas sustancias de cadavéricos ojos inertes y barbas deletéreas como venablos y largos bigotes colgantes a los costados de sus cavernosas cabezas. Con una longitud de metro y medio a dos metros, crecen hasta alcanzar el peso de cien kilos, por lo menos, y tienen fauces lo suficientemente anchas para apresar un pie humano o el puño de un hombre y lo bastante fuertes como para romper cualquier anzuelo, a no ser de los más resistentes, y son insaciables hasta el límite de devorar cualquier cosa, viva o muerta, o putrefacta, que sus encallecidas quijadas sean capaces de triturar. ¡Ah, y hay pérfidos sujetos que cuentan por ahí pérfidas historias de ellos! Se los moteja de devoradores de hombres y los comparan, por algunos de sus hábitos, con los tiburones.

Fishhead formaba conjunto con tal escenario. El apelativo, «Cabeza de pez», le venía como anillo al dedo. Toda su vida había morado en Reelfoot, siempre en el mismo sitio, en la desembocadura de la misma charca. Allí nació, de padre negro y madre a medias de casta india, ambos ya fallecidos, y la historia cuenta que, antes de nacer, su madre fue aterrorizada por uno de esos descomunales peces, de manera que el muchacho vino a este mundo horriblemente marcado, a más no poder. Por todo ello, Fishhead era una monstruosidad humana, una verdadera personificación de pesadilla. Tenía cuerpo de hombre -un cuerpo robusto, rechoncho, corto-, mas su cara estaba tan cerca de ser la cara de un gran pez como ningún otro rostro pudiera estarlo, aunque conservase ciertas trazas de humano aspecto. Su cráneo descendía hacia atrás tan bruscamente, que a duras penas podría haberse dicho de él que poseyera frente, y la barbilla le sesgaba tan de prisa, que apenas existía. Sus ojos eran pequeños y redondos, con unas superficiales pupilas vidriosas de amarillo pálido, y estaban insertos demasiado separados uno de otro en la cabeza, y no parpadeaban, clavados siempre cual los ojos de los peces. Su nariz no era sino un par de menudas rendijas en medio de una máscara amarilla. En cuanto a su boca, era lo peor de todo: era la pavorosa boca de un siluro, sin labios, ancha casi inverosímilmente, rasgada de lado a lado. Incluso cuando Fishhead se convirtió en hombre hecho y derecho, su semejanza con un pez fue en aumento, pues los pelos de la cara le crecieron en dos finos colgantes, retorcidos y tiesos, que pendían a cada lado de su boca como a guisa de barbas de pez.

Si tuvo algún otro nombre, ademas de Fishhead, nadie excepto él lo supo nunca. Fishhead le llamaban y por Fishhead respondía. Puesto que conocía las aguas y los bosques de Reelfoot mejor que nadie, los hombres de la ciudad que cada año vinieran a cazar o a pescar lo apreciaban como un buen guía. Eran contadas, sin embargo, las ocasiones en que Fishhead se aviniese a encargarse de tales oficios. Le gustaba ante todo ocuparse de sí mismo, vigilando su pedazo de tierra sembrado de maíz, yendo a tender las redes en el lago, algunas veces tendiendo trampas y cazando para los mercados de la ciudad cuando era la época. Sus vecinos, blancos mordidos por las fiebres tercianas, y negros, por contra, a prueba de la malaria, dejábanle vivir a su propio arbitrio. Era así como Fishhead vegetaba solo, sin parientes ni amigos, sin un hermano tan siquiera, esquivando a sus semejantes y rehuido por ellos.

Su cabaña se halla justamente en la raya del estado, donde Mud Slough (Charca Fangosa) desemboca en el lago. Era aquella choza de troncos la única habitación humana en ocho kilómetros a la redonda. Detrás de ella, el resistente maderamen venía a servir de apoyo a la cerca del recinto del pequeño huerto de hortalizas de Fishhead, la cual lo encerraba en espesa sombra, excepto cuando el sol azotaba desde lo alto. Guisaba sus alimentos de manera primitiva, fuera, en un agujero hecho en tierra mojada, o sobre los herrumbrosos restos rojizos de un hornillo, y bebía el agua de color azafrán del lago con un cazo hecho de calabaza. Se atendía y cuidaba de si mismo; era experto en el manejo del esquife y de la red; competente con la escopeta y el arpón, empero una criatura de pena y soledad, en mucho salvaje, casi un anfibio, mantenido aparte por sus semejantes, silente y receloso.

Frente a la cabaña sobresalía el tronco caído de un álamo, a medias sumergido, a medias fuera del agua, su parte externa quemada del sol y gastada por el roce de los pies desnudos de Fishhead hasta ofrecer innumerables huellas de finas rayas que lo contorneaban, mientras la extremidad inferior estaba negra y podrida, lamida incesantemente por menudas olas cual por finas lenguas. Su lado más distante alcanzaba a las aguas profundas. Y constituía una parte indivisible del mismo Fishhead, pues a despecho de lo alejado que la pesca o el poner las trampas lo retuvieran durante el día, el ocaso había de encontrarlo de regreso, habiendo arrastrado su bote a la orilla y hallándose él a la otra punta del madero. Desde cierta distancia, algunos hombres lo columbraban allí varias veces, en ciertas ocasiones acurrucado, tan inmóvil como las tortugas que se deslizaban hasta la empapada punta durante su ausencia, y en algunos momentos tieso y vigilante cual una grulla en el río, con toda su desventurada figura amarillenta delineándose en medio de la amarillez soleada, en medio de las aguas amarillas, de la amarillenta ribera, todo ello amarillo a su vez.

Mas si los habitantes de Reelfoot esquivaban a Fishhead de día, por la noche le tenían miedo y huían de él como de la peste, temerosos incluso de la posibilidad de un encuentro casual. Pues se contaban feas historias de Fishhead, historias que todos los negros y algunos blancos se creían. Decían que aquel grito escuchado precisamente un poco antes de oscurecer y un poco después, propagado como en un chapoteo sobre las tenebrosas aguas, era su grito de llamada a los siluros, y que a su clamor éstos acudían en manada, y que a su lado Fishhead nadaba por el lago las noches de luna, divirtiéndose con los monstruos, zambulléndose con ellos, incluso comiendo en su compañía, ¡y de qué manera!, hasta de las puercas cosas que ellos comían. El grito fue oído muchísimas veces, y aquella vez fue bien cierto, y era cierto también que los descomunales peces se hallaban significativamente apretados a la entrada de la charca de Fishhead. Ninguno de los nativos de Reelfoot, blanco o negro, se habría atrevido entonces a sumergir una pierna o un brazo en el agua.

Aquí había vivido Fishhead y aquí moriría. Los Baxter iban a matarle, y este día, en medio del verano, sería el día de su asesinato. Los dos Baxter -Jake y Joel- se acercaban en su piragua para cumplir el propósito. Este crimen tuvo un largo período de gestación. Los Baxter contaron para fraguar su odio con un motivo surgido varios meses antes que la decisión llegase al punto culminante. Eran ellos unos pobres blancos, pobres en todos los sentidos -en estimación, en posesiones terrenales y en posición-, una pareja de exaltados jinetes ladrones advenedizos que vivían del tabaco y del whisky cuando el whisky y el tabaco estaban a su alcance, y de pan de maíz cuando carecían de recursos para otra cosa. La querella propiamente dicha venía de meses anteriores. Habiendo encontrado un día a Fishhead en la estrecha armazón del embarcadero de botes de Walnut Log, y estando ellos harto empapados de licores, jactanciosos en una falsa apariencia de valentía nacida del alcohol, le acusaron atrevidamente y sin pruebas de haber hollado la raya de sus dominios, un imperdonable pecado entre los moradores de los lagos y los barqueros del sur. Viendo que él soportó esta acusación en silencio, contentándose con mirarlo fijamente, se envalentonaron y le golpearon el rostro. Sólo que entonces él se revolvió y propinó a ambos la mayor paliza de toda su vida, haciéndoles sangrar la nariz y magullándoles los labios con enérgicos golpes contra la mandíbula, y finalmente abandonándolos, maltrechos y postrados, sobre el barro. Sin embargo, en los espectadores que presenciaron esto, el sentimiento de que lo que sucede siempre es oportuno triunfó sobre los prejuicios raciales, lo cual se manifestó permitiendo que un negro diese a aquéllos una tunda, a dos hombres libres de nacimiento, a dos blancos soberanos.

Tal era el motivo de que ahora fueran a buscarle a él, un maldito negro. La cosa, en su conjunto, había sido planeada minuciosamente. Iban a matarle sobre aquel tronco de álamo, a la puesta del sol. No habría testigos que lo presenciasen, ni después el justo castigo consecuente. Lo fácil de la empresa les hizo olvidar el miedo innato que sintieran al emplazamiento mismo de la morada de Fishhead. Hacía más de una hora que navegaban desde su cabaña a través de un serpeante y profundo brazo del lago. Su piragua, construida al fuego, excavada a golpes de azuela y de cuchillo, procedente de una hevea o árbol de la goma, deslizóse sobre el agua tan silenciosamente como nada el polluelo del ánade, dejando atrás una larga estela sobre las aguas tranquilas. Jake, mejor como remero, iba sentado a la popa de la cóncava embarcación, batiendo con rapidez los salpicantes golpes de remo. Joel, mejor como tirador, iba delante, sentado en cuclillas. Entre sus rodillas había una pesada y rústica escopeta de cazar patos. Aunque el espionaje que precedió en torno a su víctima los hubiera llevado a la absoluta convicción de que Fishhead no regresaría a la orilla en varias horas, un redoblado sentido de precaución los impelía a bogar estrechamente pegados a las riberas, cubiertas de maleza. Se deslizaron a lo largo de la costa como una sombra, moviéndose con tanta suavidad y silencio, que las vigilantes y fangosas tortugas apenas si se dignaban a volver la serpentina cabeza a su paso. De tal suerte que media hora antes de lo previsto alcanzaron, suavemente deslizantes, los alrededores de la bocana de la charca, que parecía creada para una natural emboscada.

0onde el desagüe de la ciénaga se unía a las aguas profundas había un árbol caído, medio arrancado su cepellón, vencido hacia la orilla, con la copa todavía espesa y hojas verdes que extraían aún alimento de la tierra donde los raigones, medio al descubierto, se tenían. Todo ello cubierto y enredado por una gran exuberancia de zarcillos y uvas agrias silvestres. En derredor había arremolinamiento de detritus, tallos de maíz, tiras de corteza mudada por los árboles, manojos de hierbajos podridos, todo el desperdicio y abarrote acumulado desde el año anterior en un apacible remanso. En línea recta hacia este verde amontonamiento, deslizábase la piragua, que se meció de costado al tocar en el tronco protector del árbol y quedando escondida desde el lado de dentro con la cortina interpuesta por la lujuriante vegetación, justamente como los Baxter hubieran pretendido que quedase oculta, cuando en días precedentes, durante una exploración anterior, señalaron este remansado paraje como lugar de espera y lo incluyeron, entonces y allí mismo, en las diferentes etapas de su plan.

No había habido ningún tropiezo ni contratiempo. Nadie fue visto en los alrededores a lo largo de aquellas horas de la tarde, nadie capaz de señalar sus movimientos. Y de un momento a otro Fishhead debería oportunamente hacer acto de presencia. La vista acostumbrada al bosque que Jake poseía iba siguiendo pensativamente el giro del sol hacia su ocaso. Las sombras, proyectadas hacia la costa, se alargaban y escabullían en pequeñas ondulaciones. Moría a lo lejos el leve bullicio del día, los menudos rumores de la noche incipiente comenzaban a multiplicarse. Se fueron las moscas de abultado vientre, mientras voluminosos mosquitos de moteadas y grises patas irrumpían para ocupar el puesto de aquéllas. El lago soñoliento lamía las cenagosas orillas con pequeños lengüeteos, como si hallase agradable el sabor del fango crudo. Un monstruoso cangrejo, tan gordo como una langosta, trepó hasta la salida de su seca chimenea de barro y allí se quedó empingorotado, cual armado centinela en una atalaya. Disparatados murciélagos comenzaron a revolotear, detrás y delante, sobre las copas de los árboles. Una rata almizclera, nadando con la cabeza fuera, viose obligada a virar repentinamente al darse cuenta de la presencia de una serpiente mocasín, tan gruesa e hinchada por su caliente veneno, que habríase dicho un lagarto sin patas, conforme agitaba a lo largo la superficie del agua en una serie de lentos y torpes zigzagueos. Precisamente, encima de las cabezas de los dos asesinos en acecho colgaba un apretado y minúsculo gusano de la mosca de agua, asido a una especie de concreción con apariencia de barrilete.

Pasó un poco más de tiempo, y Fishhead apareció, viniendo del bosque, andando a buen paso, con un saco a la espalda. Por un instante, sus deformidades montráronse en el claro. Luego, el oscuro interior de la cabaña se lo tragó. Entonces el sol estaba ya casi entero bajo el horizonte. Unicamente resplandecía su rojiza aureola encima del perfil del bosque rodeando el lago, y las sombras avanzaban tierra adentro por un gran trecho. Más dentro, los voluminosos peces gatos, de boca en forma de pala, estaban agitados y el fuerte ruido de su chapoteo, conforme sus cuerpos retorcidos saltaban abiertamente y volvían al agua, llegaba hasta la costa como el rumor de un coro. Sin embargo, los dos hermanos, desde su verde escondite, no prestaban atención a nada que no fuese aquello único por lo que sus corazones latían y sus nervios se hallaban en tensión. Joel pasó, empujándolos suavemente, los dos cañones de la escopeta de un lado a otro del tronco, ajustando su culata al hombro y acariciando arriba y abajo con los dedos ambos gatillos. Jake sujetó firmemente la estrecha canoa a un asidero por sobre un zarcillo de la parra virgen.

Una breve espera y el final acaeció. Fishhead surgió en la puerta de la cabaña y fue hacia la orilla a lo largo del angosto sendero y, todavía más, por encima del agua, sobre su tronco de costumbre. Iba descalzo y llevaba la cabeza descubierta, la pechera de su camisa de algodón abierta y mostrando la amarillez de su garganta y de su pecho, los pantalones ceñidos a la cintura con una cuerda de estopa trenzada. Los anchos pies desparramados, extendidos sus prensiles dedos, se apretaba a la pulida curvatura del madero, conforme proseguía adelante sobre la inclinada superficie mojada, hasta llegar al extremo, y allí se quedó y se mantuvo erguido, ensanchando el pecho, con la cara imberbe levantada y un algo de superioridad y dominio en su actitud. Mas entonces -sus ojos eran capaces de captar lo que otros habrían pasado por alto- presintió los redondos agujeros gemelos de los cañones de la escopeta de Joel y los fijos destellos de aquella mirada apuntándole entremedias de la verde espesura.

En tan brevísimo instante, demasiado rápido para ser medido por segundos, la culminación del acto fue como un relámpago en su derredor, y estiró aún más la cabeza, y abrió cuan ancho pudo el informe cepo de su boca, y lanzó a lo largo y ancho del lago un grito que se propagó como una ondulación, un chapoteo. Y su grito fue cual la carcajada de un necio y el croar profundo de los sapos y el aullido de un perro: el complejo entero de los ruidos nocturnos del lago. Y en él iban también un adiós, un desafío y una llamada. El pesado estruendo de la escopeta había estallado. Desde una distancia de veinte metros, la doble descarga le alcanzó en el pecho. Se derrumbó boca abajo, sobre el tronco, y a él se pegó, con el cuerpo enroscándose torcidamente en retortijones, sus piernas crispadas estirándose alternativamente como las ancas de una rana, sus hombros encorvándose espasmódicamente, al tiempo que la vida se le escapaba en rápidas oleadas, como de un torrente. Se ladeó su cabeza entre los hombros alzados, miraron sus ojos abrumados la cara sobresaltada del homicida, y en seguida la sangre comenzó a brotar en su boca, y Fishhead, aún más pez que hombre a la hora de la muerte, en un escurridizo aleteo, la cabeza por delante, resbaló de la punta del madero y se hundió, con la cara vuelta hacia abajo, lentamente, abriendo las extremidades a lo ancho. Una tras otra, las pompas de un largo rosario fueron rompiéndose en medio de una creciente mancha roja en las aguas color café del lago.

Ambos hermanos observaron todo esto, presos de terror por la acción que habían cometido, y la insegura piragua, que había dado un bandazo debido al golpe de retroceso, asentóse en el agua firmemente contra la borda. Pero después hubo un repentino choque desde abajo contra su inclinado casco y éste se dio la vuelta, con lo que aquellos dos acabaron en el lago. Mas la orilla se hallaba sólo a seis metros y el tronco del árbol desgajado solamente a metro y medio. Joel, todavía aferrado a la escopeta, se esforzó para alcanzar el tronco, y lo consiguió de un impulso. Pasó en su derredor el brazo libre y se colgó de él, agitando el agua, mientras aguzaba la vista. Algo vino a atenazarle: algo que era grande y fuerte, algo que le retenía estrechamente con un aprieto, estrujándole la carne.

No profirió ni un grito; pero los ojos se le salían de las órbitas y su boca produjo una auténtica mueca de agonía, mientras sus dedos se incrustaban en la corteza del árbol como garfios. Y fue arrastrado hacia abajo, hacia abajo, con secos tirones, no con rapidez sino con energía y, conforme cedía él, las uñas fueron trazando cuatro finos arañazos blancos en la corteza del árbol. Se hundió su boca, a continuación sus desorbitados ojos, después sus erizados cabellos y finalmente las manos que agarraban y arañaban. Y aquello fue su fin.

La suerte de Jake resultó más severa aún, pues vivió más tiempo, tiempo bastante para ver el final de Joel. Le vio a través del agua que le corría por la cara y, con una tremenda conmoción de todo su cuerpo, literalmente saltó por encima del tronco, agitando las piernas en el aíre para defenderlas. Se hundió demasiado lejos, sin embargo, pues su cara y tórax se pegaron contra el agua. Y de ésta se irguió la cabeza de un gran pez, con el cieno lacustre de años encima, con una negra cabezota, los bigotes hirsutos, encendidos los cadavéricos ojos. Sus córneas mandíbulas se cerraron y atenazaron la parte delantera de la camisa de franela de Jake. La mano de éste golpeó ferozmente pero se incrustó en una envenenada barba y, al contrario que Joel, desapareció de vista con un tremendo alarido, y con una rotación y convulsión del agua que produjo el circulo de cañas de maíz en los bordes de un pequeño remolino.

Pero el remolino pronto se atenuó a lo lejos, en crecientes anillos de olas, y las cañas flotantes acallaron los círculos y volvió de nuevo la quietud, y solamente los ruidos multiplicados de la noche pudieron escucharse en la desembocadura de la charca.

Los cadáveres de los tres hombres fueron devueltos a la orilla en el mismo sitio. A excepción de la herida abierta por el disparo donde la garganta se une al pecho, el cadáver de Fishhead aparecía intacto. Por el contrario, los cuerpos de ambos Baxter estaban tan desfigurados y maltrechos, que los habitantes de Reelfoot hubieron de quemarlos juntos en la orilla, sin saber en modo alguno cuál podría ser el de Jake y cuál el de Joel.

Fingida era la arboleda. Henry Kuttner (1915-1958) Catherine L. Moore (1911-1987)

No vale la pena intentar describir ni Unthahorsten ni lo que le rodeaba porque, por un lado, había transcurrido su buen millón de años desde 1942 Anno Domini, mientras que, por otra parte, Unthahorsten no estaba en la Tierra, técnicamente hablando. Se hallaba en el equivalente de permanecer en el equivalente de un laboratorio. Se estaba preparando para comprobar el funcionamiento de su máquina del tiempo.

Después de conectar la energía, Unthahorsten se dio cuenta de pronto de que la Caja estaba vacía, lo cual no la haría funcionar. El instrumento necesitaba un control, un sólido tridimensional que reaccionara a las condiciones de otra edad. De otro modo, a la vuelta de la máquina, Unthahorsten no podría decir dónde y cuándo había estado. Mientras que, con un sólido en la Caja, éste se vería sujeto automáticamente a la entropía y al bombardeo de rayos cósmicos de la otra era y, cuando la máquina regresara, Unthahorsten podría medir los cambios, tanto cualitativos como cuantitativos. Entonces, los Calculadores se podrían poner a trabajar y terminarían por decirle a Unthahorsten que la Caja había visitado brevemente una época 1.000.000 Anno Domini, 1.000 Anno Domini, o 1 Anno Domini, fuera cual fuese.

No es que eso importara, excepto para Unthahorsten. Pero él era infantil en muchos aspectos. Había poco tiempo que perder. La Caja empezaba a brillar y a estremecerse. Unthahorsten miró rápidamente a su alrededor y se lanzó rápidamente hacia la habitación contigua, acercándose a un arcón de almacenamiento que allí había. Salió con las manos llenas de cosas de aspecto muy peculiar. Eran algunos de los juguetes desechados por su hijo Snowen, que el chico había traído consigo cuando llegó desde la Tierra, tras haber dominado la técnica necesaria. Bueno, Snowen ya no necesitaba más aquellos trastos viejos. Estaba condicionado, y comenzaba a desinteresarse por las cosas infantiles. Además, aunque la esposa de Unthahorsten conservara los juguetes por razones sentimentales, el experimento era mucho más importante.

Unthahorsten salió de la habitación y amontonó los juguetes en el interior de la Caja, cerrándola justo en el instante en que se encendía la señal de advertencia. La Caja desapareció. La forma en que se fue hizo que a Unthahorsten le dolieran los ojos. Esperó. Y esperó. Después abandonó y construyó otra máquina del tiempo con resultados idénticos. Snowen no se extraño ante la pérdida de sus viejos juguetes, ni tampoco su madre, de modo que Unthahorsten limpió el arcón y amontonó el resto de las reliquias infantiles de su hijo en la segunda Caja del tiempo.

De acuerdo con sus cálculos, ésta tendría que haber aparecido en la Tierra durante la última parte del siglo diecinueve Anno Domini. Si era eso lo que había ocurrido realmente, el instrumento debía estar allí. Disgustado, Unthahorsten decidió no construir ninguna máquina del tiempo más. Pero el daño ya había sido hecho. Había dos de ellas y la primera... Scott Paradine la encontró mientras hacía novillos en la escuela elemental Glendale. Aquel día tenían un examen de geografía, y Scott no veía ningún sentido en memorizar nombres de lugares.... lo que en 1942 era una teoría muy avanzada. Además, hacía uno de esos cálidos días de primavera, con una brisa ligeramente fresca, que invitaba a un chico a permanecer echado en un campo y mirar fijamente las nubes ocasionales que pasaban sobre él, hasta quedarse dormido. ¡Al diablo con la geografía! Scott se quedó medio dormido.

Hacia el mediodía, sintió hambre, así es que sus fuertes y delgadas piernas le llevaron hasta una tienda cercana. Allí, invirtió su pequeño tesoro con un cuidado miserable y una desconsideración sublime para con sus jugos gástricos. Bajó al arroyuelo para comer. Una vez terminada su provisión de queso, chocolate y pasteles, y después de vaciar la pequeña botella de soda hasta la última gota, Scott se dedicó a recoger renacuajos y a estudiarlos con una considerable dosis de curiosidad científica. Pero no perseveró mucho en su tarea. Algo cayó rodando por la ribera y se introdujo en un barrizal, junto al agua. Scott, echando una cautelosa mirada a su alrededor, se acercó para investigar. Se trataba de una caja. En realidad, se trataba de la Caja. El artilugio atado a ella significaba muy poco para Scott, aunque se preguntó por qué tendría aquel aspecto de metal fundido y quemado. Lo consideró con serenidad. Utilizando su navaja, se afanó y probó, mientras la punta de su lengua se asomaba por una esquina de su boca... Hmmm. No había nadie por los alrededores. ¿De dónde habría llegado aquella caja? Alguien tendría que haberla dejado allí y la tierra, al removerse, la habría hecho rodar hacia abajo desde su posición inicial.

-Esto es una hélice -decidió Scott, bastante erróneamente.

Tenía un aspecto helicoidal a causa de la deformación dimensional que se apreciaba, pero no era una hélice. Si el objeto hubiera sido un modelo de aeroplano, habría tenido muy pocos misterios para Scott, independientemente de lo complicado que pudiera haber sido. Pero tal y como estaban las cosas, se le planteaba un problema. Algo le decía a Scott que aquel objeto era algo mucho más complicado que el motor que había desmontado con habilidad el pasado viernes. Pero ningún chico ha dejado nunca una caja cerrada, a menos que se le obligara por la fuerza a hacerlo así. Scott probó con más ahínco. Los ángulos de este objeto eran muy curiosos. Probablemente se había producido un cortocircuito. Eso lo explicaba... ¡vaya! La navaja resbaló. Scott se chupó el pulgar y dio rienda suelta a las blasfemias que conocía.

Quizá fuera una caja de música. Scott no tenía por qué sentirse deprimido. Aquel artilugio hubiera dado más de un dolor de cabeza al propio Einstein y hubiera vuelto loco a un Steinmetz. Naturalmente, el problema consistía en que la caja aún no había penetrado por completo en el continuum espacio-tiempo en el que Scott existía, por lo que, en consecuencia, no podía ser abierta. En cualquier caso, no hasta que Scott utilizara una piedra adecuada para martillear la especie de hélice helicoidal hasta situarla en una posición más conveniente. La golpeó, en efecto, desde su punto de contacto con la cuarta dimensión, liberando la torsión espacio-tiempo que había estado manteniéndola. Se produjo un chasquido. La caja se sacudió ligeramente y quedó inmóvil. Dejó de ser sólo parcialmente existente. Entonces, Scott pudo abrirla con facilidad. El suave casquete de tejido fue lo primero que llamó su atención, pero no tardó en descartarlo sin mucho interés. Sólo era una gorra. A su lado había un bloque de cristal cuadrado y transparente, lo bastante pequeño como para caber en la palma de su mano... demasiado pequeño para contener el laberinto de aparatos que había en su interior. Scott solucionó aquel problema en un momento. El cristal era una especie de cristal cóncavo, que aumentaba considerablemente el tamaño de las cosas situadas en el interior del bloque. Se trataba, de todos modos, de cosas bastante extrañas. Gente en miniatura, por ejemplo...

Se movían. Como autómatas de relojería, aunque de forma mucho más suave. Era como estar observando una obra de teatro. Scott se interesó por sus ropas, pero quedó aún más fascinado por sus acciones. Los seres diminutos estaban construyendo hábilmente una casa. Scott habría deseado que se produjera un incendio para ver cómo se las arreglaba aquella gente para apagarlo. Las llamas se elevaron de la semiterminada estructura. Los autómatas, utilizando una gran cantidad de extraños aparatos, extinguieron el fuego. Scott no tardó mucho tiempo en comprender. Pero se sentía un poco preocupado. Los maniquíes obedecerían sus pensamientos. En cuanto lo descubrió, se sintió asustado, y arrojó el cubo lejos de sí. Pero cuando ya estaba a medio camino del terraplén, lo pensó mejor y volvió. El bloque de cristal estaba parcialmente en el agua, brillando al sol. Era un juguete. Scott lo percibió así con el inequívoco instinto de un niño. Pero no lo recogió inmediatamente. En lugar de hacerlo así, regresó a donde se encontraba la caja e investigó el resto de su contenido.

Encontró algunas cosas realmente notables. La tarde transcurrió con demasiada rapidez. Finalmente, Scott colocó los juguetes en la caja y se encaminó hacia su casa, gruñendo y bufando. Cuando llegó ante la puerta de la cocina tenía el rostro encendido. Ocultó su descubrimiento en el fondo del armario de su propia habitación, en el piso de arriba. En cuanto al cubo de cristal, se lo metió en el bolsillo, donde ya tenía un cordel, un rollo de alambre, dos peniques, un trozo de papel de estaño, un mugriento sello de la Defensa y un pedazo de feldespato. Emma, la hermana de Scott, de dos años de edad, se asomó, tambaleándose sobre sus pies, y le saludó.

-Hola, babosa -le saludó Scott, desde la suficiencia de sus siete años y varios meses.

Llamaba a Emma con los nombres más raros, pero ella no conocía la diferencia. Pequeña, rolliza y de ojos muy abiertos, se dejó caer sobre la alfombra y se quedó mirando tristemente sus zapatos.

-¿Me atas, Scotty, pó favo?
-Sapo -le dijo Scott con amabilidad, pero le ató los cordones-. ¿Sabes si ya está preparada la cena? -preguntó.

Emma asintió con un gesto de cabeza.

-Veamos tus manos.

Para variar, estaban razonablemente limpias, aunque probablemente no asépticas. Scott observó pensativo sus propias manos y, con una mueca, se dirigió al cuarto de baño, donde se lavó superficialmente. Los renacuajos habían dejado sus huellas. Dennis Paradme y su esposa Jane estaban en la sala de estar de la planta baja tomando un cóctel antes de cenar. El era un hombre de edad media y aspecto juvenil, con el pelo algo encanecido, el rostro delgado y la boca prominente; enseñaba filosofía en la Universidad. Jane era pequeña, esbelta, morena y muy bonita. Después de sorber el martini, preguntó:

-Zapatos nuevos. ¿Te gustan?
-Aquí se va a cometer un crimen -dijo Paradine con aire ausente-. ¿Eh? ¿Zapatos? No, ahora no. Espera a que haya terminado esto. He tenido un día muy agitado.
-¿Exámenes?
-Sí. Esa condenada juventud que aspira en vano a llegar a la madurez. Espero que se mueran y tengan la peor de las agonías. ¡Insh' Allahí!
-Quiero la aceituna -pidió Jane.
-Ya lo sé -dijo Paradine resignado-. Hace ya muchos años que no he podido probar ni una. Quiero decir, en un martini. Aunque te ponga seis en la copa, no quedas satisfecha.
-Quiero la tuya. Sangre de hermano. Es por ese simbolismo por lo que la quiero.

Paradine observó a su esposa con una mirada siniestra y cruzó sus largas piernas.

-Hablas como uno de mis estudiantes.
-¿Cómo esa pícara de Betty Dawson, quizá? -preguntó Jane, mientras mostraba agresivamente sus uñas-. ¿Aún te mira de ese modo tan impúdico y descarado?
-Sí, aún lo hace. Esa muchacha tiene un verdadero problema psicológico. Afortunadamente, no es hija mía. Si lo fuera... -Paradine asintió significativamente-. Obsesiones sexuales y demasiadas películas. Creo que aún cree poder conseguir un aprobado enseñándome las piernas que, por otra parte, son bastante huesudas.

Jane se ajustó la blusa con aire de orgullo complacido. Paradine se levantó y sirvió nuevos martinis.

-La verdad, no veo ninguna ventaja en enseñar filosofía a esos monos. Todos tienen la edad equivocada. Sus hábitos de comportamiento, su forma de pensar; ya están condicionados. Son horriblemente conservadores, aunque eso, desde luego, no lo admiten. Las únicas personas capaces de comprender filosofía son los adultos maduros, o los niños como Emma y Scotty.
-Bueno, no vayas a inscribir a Scotty en tu curso -pidió Jane-. Aún no está preparado para ser un Philosophiae Doctor. No me interesan los niños superdotados, especialmente cuando se trata de mi propio hijo.
-Probablemente, Scotty sería mucho mejor que Betty Dawson -gruñó Paradine.
-«Se convirtió en un viejo débil y gruñón a los cinco años» -citó Jane ensoñadoramente--. Quiero tu aceituna.
-Toma. Y a propósito, me gustan tus zapatos.
-Gracias. Aquí está Rosalie. ¿La cena?
-Está preparada, Mrs. Paradine -dijo Rosalie-. Llamaré a la señorita Emma y al señorito Scotty.
-Yo iré a por ellos -dijo Paradine.

Asomó la cabeza por la habitación contigua y gritó:

-¡Niños! ¡Vamos, a cenar!

Unos pequeños pies bajaron las escaleras. Scott apareció, limpio y brillante, con un rebelde mechón de cabellos emergiendo de su cabeza. Emma le seguía, bajando cuidadosamente los escalones. A medio camino, abandonó el intento de bajar sobre sus pies y se dio media vuelta, para terminar el descenso a modo de un mono. Mostrando su pequeña espalda, daba la impresión de poner una maravillosa diligencia en el empeño. Paradine la observó, fascinado por el espectáculo, hasta que fue lanzado hacia atrás por el impacto del cuerpo de su hijo.

-¡Eh, papá! -gritó Scott.

Paradine se recuperó y observó a Scott con dignidad.

-Ten cuidado. Ayúdame a llegar al comedor. Por lo menos, me has dislocado una cadera.

Pero Scott ya se había abalanzado hacia la habitación contigua, donde pisó los nuevos zapatos de Jane. En pleno éxtasis de afectividad, murmuró una disculpa y se apresuró a ocupar su sitio en la mesa. Paradine elevó una ceja mientras le seguía con la rolliza mano de Emma desesperadamente agarrada a su dedo índice.

-Me pregunto qué habrá estado haciendo este joven diablo.
-Probablemente, nada bueno -dijo Jane con un suspiro-. Hola, querida. Vamos a ver tus orejas.
-Bueno, esa lengua está mucho más limpia que tus orejas -dijo Jane, haciéndole un rápido examen-. Pero mientras puedas oír, la suciedad sólo será superficial.
-¿Terminado?
-Un poco sucias, pero están bien.

Jane cogió a su hija, la llevó hacía la mesa e introdujo sus piernas en una silla elevada. Hacía poco tiempo que Emma había adquirido la habilidad suficiente como para tener el privilegio de cenar con el resto de la familia y, según observó Paradine, la niña se sentía muy orgullosa ante la perspectiva. A Emma se le había dicho que sólo los bebés derraman la comida. Como consecuencia, llevaba tanto cuidado en llevarse la cuchara a la boca, que Paradine se ponía nervioso cada vez que la observaba.

-Una cinta transportadora sería lo que necesitaría Emma -sugirió, acercando una silla para Jane-. Pequeños racimos de espinacas llegando ante su boca a Intervalos determinados.

La cena se desarrolló sin incidentes hasta que a Paradine se le ocurrió mirar el plato de Scott.

-¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? ¿Has estado comiendo por tu cuenta?

Scott examinó pensativo la comida que aún tenía

-Ya he comido todo lo que necesitaba, papá -explicó.
-Normalmente, comes todo lo que te cabe y un poco más -dijo Paradine-. Sé que los chicos que están creciendo necesitan varias toneladas de comida al día, pero esta noche estás muy por debajo de tus posibilidades. ¿Te sientes bien?
-Sí, sí. De verdad. He comido todo lo que tenía ganas.
-¿Todo lo que has querido?

-Claro. Yo como diferente.

-¿Es algo que te han enseñado en la escuela? -preguntó Jane.

Scott sacudió la cabeza con solemnidad.

-Nadie me lo ha enseñado. Yo mismo lo he descubierto. Utilizo el esputo.
-Vuélvelo a intentar -sugirió Paradine-. No es la palabra adecuada.
-Es... sa... saliva. ¿No?
-Vaya, vaya. ¿Más pepsina? ¿Hay algo de pepsina en los jugos de la saliva, Jane? Lo he olvidado.
-En los míos hay veneno -observó Jane-. Rosalie ha vuelto a dejar grumos en las patatas chafadas.

Pero Paradine estaba interesado.

-¿Quieres decir que le estás sacando todo el provecho posible a tu comida... sin desperdiciar nada... y comiendo menos?

Scott se lo pensó un momento.

-Supongo que sí. No es simplemente el es... la saliva. Elijo la cantidad que me quiero poner en la boca en una sola vez, y qué alimentos debo mezclar. Así es como lo hago.
-Hum -murmuró Paradine, tomando una nota para comprobarla después-. Una idea bastante revolucionaria.

Los niños tienen a menudo ideas locas, pero ésta no parecía andar muy equivocada. Apretó los labios.

-Supongo que, con el tiempo, la gente comerá de un modo diferente... Me refiero a cómo comerán y a lo que comerán. Jane, nuestro hijo da muestras de estar convirtiéndose en un genio.
-¡Oh!
-Lo que acaba de decir es una buena reflexión sobre la dietética. ¿Lo pensaste tú mismo, Scott?
-Claro -dijo el chico, creyendo realmente en lo que decía.
-¿Y de dónde sacaste la idea?
-¡Oh! Yo... -pero, en lugar de contestar, se escapó hábilmente del asunto-. No lo sé. No significa mucho, supongo.

Paradine quedó desilusionado sin saber por qué.

-Pero sin duda alguna...
-Essssputo -gritó Emma, sintiéndose dominada por un repentino acceso de maldad-. ¡Esputo! -intentó demostrarlo, pero sólo consiguió lanzar unas gotas sobre su babero.

Con un aire resignado, Jane acudió en ayuda de su hija, reprendiéndola, mientras Paradine miraba a Scott con un interés bastante insólito. Pero no volvió a suceder nada más hasta después de la cena, cuando ya se encontraban en la sala de estar.

-¿Tienes algún deber que hacer?
-No... no -contestó Scott ruborizándose, con una sensación de culpabilidad.

A fin de ocultar su desconcierto, se sacó del bolsillo un objeto que había encontrado en la caja y comenzó a desplegarlo. El objeto parecía un mosaico, lleno de pequeñas piezas. Al principio, Paradine no lo vio, pero Emma sí. Quiso jugar con él.

-No. Estáte quieta, babosa -le ordenó Scott-. Puedes mirar.

Estuvo manoseando las piezas, produciendo sonidos suaves e interesantes. Emma extendió un grueso dedo índice y lanzó un grito.

-Scotty -dijo Paradine, en tono de advertencia.
-No le he hecho daño.
-Me ha mordido. Lo ha hecho -murmuró Emma.

Paradine levantó la mirada. Frunció el ceño, mirando fijamente a Scott. ¿Qué diablos...?

-¿Es eso un ábaco? -preguntó-. Déjamelo ver, por favor.

De mala gana, Scott llevó el objeto hasta la silla donde estaba sentado su padre. Paradine parpadeó. El «ábaco» desplegado, de unos treinta y cinco centímetros cuadrados, estaba compuesto por hilos delgados y rígidos que se entrelazaban aquí y allá. En los hilos estaban ensartadas las piezas de colores. Podían ser deslizadas hacia atrás y hacia delante, y trasladadas de un soporte a otro, incluso por los puntos de unión. Pero... una cuenta agujereada no podía cruzar los hilos entrelazados. Así es que, al parecer, no estaban agujereados. Paradine miró el objeto más de cerca. Cada pequeña esfera tenía una profunda ranura a su alrededor, de modo que podía ser girada y deslizada a lo largo del hilo al mismo tiempo. Paradine intentó liberar una de las cuentas. Se adhería al hilo, como sí fuera magnética. ¿Hierro? Parecía más bien plástico. En cuanto a la estructura... Paradine no era un matemático. Pero los ángulos formados por los hilos le resultaban vagamente extraños, con su ridícula falta de lógica euclidiana. Constituían todo un laberinto. Quizá el objeto no fuera más que eso... un rompecabezas.

-¿Dónde has conseguido esto?
-Me lo dio el tío Harry -dijo Scott, estimulado por la dificultad del momento-. El último domingo, cuando vino a vernos.

El tío Harry se había marchado de la ciudad, una circunstancia muy bien conocida por Scott. A la edad de siete años, un niño no tarda en darse cuenta de que los caprichos de los adultos se rigen por ciertas normas invariables y que, según ellas, siempre se ponen nerviosos ante las personas que hacen regalos a los niños. Y, lo que era más importante, el tío Harry no regresaría hasta el cabo de varias semanas; el final de este período de tiempo era algo inimaginable para Scott o, por lo menos, el hecho de que su mentira fuera descubierta al final de ese período significaba para él menos que las ventajas de que se le permitiera conservar su juguete. Paradine se encontró murmurando en silencio, confundido en su intento de manipular las piezas del objeto. Los ángulos resultaban vagamente ilógicos. Era como un rompecabezas. Esta bola roja, si se deslizaba a lo largo de este hilo hacia ese ángulo, debería llegar allí... pero no llegaba. Un extraño laberinto, pero sin duda alguna instructivo. Paradine tenía la bien fundada sensación de no poseer la paciencia suficiente como para descubrir el secreto del objeto. Sin embargo, Scott lo hizo. Se retiró a un rincón y empezó a deslizar bolas, manoseándolas de un lado a otro y gruñendo. Las bolas pasaron cuando Scott eligió las erróneas y trató de deslizarlas en la dirección ilógica. Finalmente, se dirigió excitado y jubiloso hacia su padre.

-¡Lo he hecho, papá!
-¿Eh? ¿Qué? Déjame ver.

A Paradine, el objeto le pareció estar exactamente igual que antes, pero Scott señaló y sonrió.

-La he hecho desaparecer.
-¿Está aún ahí?
-Esa bola azul. Ahora ha desaparecido.

Paradine no se lo creyó, así es que se limitó a sonreír burlonamente. Scott volvió a manosear la estructura. Ensayó varios movimientos. En esta ocasión no se produjo ninguna vibración, ni siquiera ligera. El ábaco le había enseñado el método correcto de manejarlo. Ahora dependía de él seguir haciéndolo por su propia cuenta. De algún modo, los extraños ángulos de los hilos parecían ya un poco menos confusos. Era un juguete muy instructivo. Scott pensó que actuaba de una forma muy similar a como lo hacía el cubo de cristal. Al recordar aquel otro objeto, lo sacó del bolsillo y le dejó el ábaco a Emma, que se quedó muda de alegría. Empezó a trabajar deslizando las cuentas, sin preocuparse en esta ocasión por las vibraciones del objeto que, en realidad, eran ahora muy pequeñas y, gracias a su naturaleza imitativa, se las arregló para conseguir hacer desaparecer una de las bolas casi con la misma rapidez con que lo hiciera Scott. Entonces, la bola azul volvió a aparecer, pero Scott no se dio cuenta. Se había retirado premeditadamente a un rincón de la habitación y tras sentarse en una butaca empezó a entretenerse con el cubo. Había gente muy pequeña en su interior, diminutos maniquíes, muy aumentados por las propiedades del cristal, que se movían. Construían una casa. Surgió un incendio, con llamas aparentemente reales, y las figuras se quedaron quietas. Scott murmuró con urgencia:

-¡Apagadlo!

Pero no ocurrió nada. ¿Dónde estaba aquella extraña máquina contraincendios, con aquellos brazos que se movían y que había aparecido la vez anterior? Ahora llegaba. Apareció inmediatamente en la imagen y se detuvo. Scott les dio prisa. Aquello resultaba divertido. Era como estar dirigiendo una obra de teatro, sólo que parecía más real. Los seres diminutos hacían lo que Scott les decía, con sólo pensarlo. Si cometía un error, esperaban a que él encontrara el camino correcto. Hasta le plantearon nuevos problemas... El cubo también era un juguete muy instructivo. Enseñaba a Scott con una alarmante rapidez... y de una forma muy entretenida. Pero, en realidad, aún no le proporcionaba ningún conocimiento nuevo. No estaba preparado todavía. Más tarde... más tarde... Emma se cansó del ábaco y se dirigió en busca de Scott. Pero no pudo encontrarle, ni siquiera en su habitación. Sin embargo, una vez en ella, se sintió intrigada por el contenido del armario. Descubrió la caja. Contenía un verdadero tesoro... una muñeca, cuya presencia ya había sido advertida por Scott, pero que éste despreció con un bufido. Lanzando pequeños gritos de alegría, Emma llevó la muñeca a la planta baja, se sentó en medio de la habitación y empezó a desarmarla.

-¡Querida! ¿Qué es eso?
-¡Señor Oso!

Evidentemente, el muñeco al que ya no le quedaban ojos, ni orejas, no era un oso, pero resultaba reconfortante en su suave gordura. Sin embargo, para Emma, todos los muñecos eran Señor Oso.

-¿Se lo has cogido a alguna otra niña? - preguntó Jane, tras un momento de duda.
-No. Es mío.

En aquel momento, Scott salió de su rincón, metiéndose el cubo en el bolsillo.

-¡Vaya!... Eso es del tío Harry.
-¿Te lo dio el tío Harry, Emma?
-Me lo dio a mí, para Emma -se apresuró a decir Scott, añadiendo otra piedra a su edificio de mentiras-. El pasado domingo.
-Lo vas a romper, querida.

Emma llevó la muñeca a su madre.

-Se separa... ¿lo ves?
-¡Oh! Eso... ¡vaya!

Jane contuvo la respiración. Paradine levantó la mirada rápidamente.

-¿Qué ocurre?

Le llevó la muñeca, pero dudó un momento y después se dirigió hacia el comedor, lanzando una mirada muy significativa a su esposo. El la siguió, cerrando la puerta tras de sí. Jane había colocado ya la muñeca sobre la mesa.

-Esto no parece muy bonito, ¿verdad, Denny?
-Hum...

Era bastante desagradable a primera vista. Uno podía esperar encontrarse con un maniquí anatómico en una escuela médica, pero en el muñeco de una niña. La muñeca se desmontaba en diversas partes: piel, músculos, órganos, todo ello en miniatura, pero realizado con bastante perfección, por lo que Paradine pudo observar. Se sintió interesado.

-No sé. Estas cosas no son muy apropiadas para un pequeño.
-Mira ese hígado. ¿Es un hígado?
-Después de todo, no es anatómicamente perfecto -Paradine acercó una silla a la mesa-. El canal digestivo es demasiado corto. Los intestinos no son grandes. Tampoco hay apéndice.
-¿Crees tú que Emma debe jugar con una cosa como ésta?
-No me importaría jugar yo mismo con esta muñeca -dijo Paradine-. ¿De dónde diablos habrá sacado Harry una cosa así? No, no veo ningún mal en ello. Los adultos estamos condicionados para reaccionar de modo desagradable ante la visión de las tripas. Pero los pequeños, no. Se figuran que son sólidas en nuestro interior, como una patata. Emma puede conseguir un sano conocimiento del cuerpo de esta muñeca.
-Pero ¿qué es eso? ¿Nervios?
-No, los nervios son éstos. Las arterias están aquí; las venas aquí. Un tipo de aorta muy curioso -Paradine miraba extrañado-. Eso... ¿cuál es la palabra latina para designar una red? ¿Rita? ¿Rata?
-Rales-sugirió Jane casualmente.
-Eso es una forma de respirar -dijo Paradine con decisión-. No puedo imaginarme de qué material está hecha esta red luminosa. Atraviesa todo el cuerpo, como si se tratara de nervios.
-Sangre.
-No. No es nada circulatorio, ni neural… ¡qué extraño! Parece tener algo que ver con los pulmones.

Quedaron absortos y extrañados ante aquella muñeca tan rara. Estaba construida con una notable perfección hasta en sus más pequeños detalles y eso ya era bastante extraño de por sí cuando lo comparaban a los evidentes errores fisiológicos.

-Espera que coja ese libro de anatomía -dijo Paradine.

Después empezó a comparar la muñeca con las láminas anatómicas del libro. Se enteró de pocas cosas, aunque la comparación aumentó aún más su curiosidad. Pero aquello era más curioso que un simple rompecabezas. Mientras, en la habitación contigua, Emma estaba deslizando las cuentas del ábaco de un lado a otro. Ahora, los movimientos no parecían tan extraños como antes. Ni siquiera cuando las cuentas desaparecían. Casi podía seguir esa nueva dirección... casi... Scott lanzó un suspiro, mirando fijamente el cubo de cristal, mientras dirigía mentalmente, con muchos comienzos falsos, la construcción de una estructura algo más complicada que la destruida por el fuego. También él estaba aprendiendo... estaba siendo condicionado... El error de Paradine, desde nuestra perspectiva, fue el de no deshacerse inmediatamente de los juguetes. No se dio cuenta de su significado y cuando se dio cuenta, el desarrollo de los acontecimientos se le había escapado de las manos. El tío Harry estaba fuera de la ciudad, de modo que Paradine no pudo comprobar nada con él. Por otra parte, estaban en marcha los exámenes de mediados de curso, que representaban un arduo esfuerzo mental hasta llegar al completo agotamiento por la noche; por su parte, Jane estuvo ligeramente enferma durante una semana. Emma y Scott pudieron jugar libremente con los juguetes.

-¿Qué es un wabe, papá? -preguntó una noche Scott a su padre.
-¿Quieres decir wave, ola?
-No... -dudó un momento-. No lo creo. ¿No está bien dicho wabe?
-Wab es la palabra escocesa para designar web, tejido. ¿Es eso?
-No veo cómo puede serlo -murmuró Scott, y se marchó con el ceño fruncido, para entretenerse con el ábaco.

Ahora, ya era capaz de manejarlo con bastante habilidad. Pero, con el instinto de los niños para evitar las interrupciones, tanto él como Emma solían jugar con los juguetes en privado. Aquello no era nada evidente, desde luego, pero los experimentos más intrincados nunca se desarrollaban cuando estaban presentes los adultos. Scott estaba aprendiendo con rapidez. Lo que veía ahora en el cubo de cristal tenía muy poca relación con los problemas originales, tan simples. Al contrario, ahora eran fascinantemente técnicos. Si Scott se hubiera dado cuenta de que su educación estaba siendo guiada y supervisada -aunque sólo mecánicamente-, con toda probabilidad hubiera perdido todo su interés por los juguetes. Pero, tal y como se desarrollaban las cosas, su iniciativa nunca se veía anulada. Abaco, cubo, muñeca... y otros juguetes que los niños encontraron en la caja... Ni Paradine, ni Jane supusieron la importante influencia que estaba teniendo el contenido de la máquina del tiempo en sus hijos. ¿Cómo podrían haberlo supuesto? Los jóvenes son dramaturgos instintivos a fin de autoprotegerse. Aún no se han adaptado a las exigencias -para ellos parcialmente inexplicables- del mundo de los seres adultos. Y, más aún, sus vidas se ven complicadas por las variables humanas. Una persona les dice que pueden jugar en el barro, pero que, en sus excavaciones, no deben destrozar las raíces de las plantas y de los pequeños árboles. Otro adulto, sin embargo, veta el barro porque sí. Los Diez Mandamientos no están esculpidos en piedra; al contrario, varían, y los niños dependen sin remedio de los caprichos de quienes les han dado a luz y les alimentan y visten. Y les tiranizan. El joven no guarda resentimiento contra esa tiranía benevolente, pues es una parte esencial de la naturaleza. Sin embargo, es un individualista y defiende su integridad mediante una lucha sutil y pasiva.

Cuando se encuentra bajo la mirada de un adulto, cambia. Al igual que un actor que está sobre el escenario, cuando es consciente de ello, se esfuerza por agradar, y también por atraer hacia sí la atención de los demás. Esta clase de actitudes tampoco son desconocidas en la madurez. Pero en los adultos son menos evidentes... para el resto de los adultos. Es difícil admitir que los niños estén faltos de sutileza. Los niños son diferentes del hombre maduro porque piensan de otra manera. Podemos penetrar con mayor o menor facilidad en las pretensiones que plantean... pero ellos pueden hacer lo mismo con respecto a nosotros. Un niño puede destruir despiadadamente la propia imagen de un adulto. Su prerrogativa consiste en ser iconoclastas. Tomemos, por ejemplo, la afectación. Las amenidades de la relación social exageradas, pero sin llegar a lo absurdo. El gigoló... ¡Ese savoír faire! ¡Esa puntillosa cortesía! La viuda y la joven rubia quedan a menudo muy impresionadas. Los hombres, en cambio, tienen comentarios algo menos agradables que hacer. Pero el niño llega a la verdadera raíz de la cuestión, cuando exclama:

-¡Eres un tonto!

¿Cómo puede un ser humano inmaduro comprender el complicado sistema de las relaciones sociales? No puede. Para él, cualquier exageración de la cortesía natural es una idiotez. En su estructura funcional de modelos de comportamiento, es como el rococó. Es un pequeño ser egocéntrico, que no puede visualizarse a sí mismo en la posición de otro... y mucho menos en la de un adulto. Siendo una unidad natural contenida en sí misma y casi perfecta, viendo cómo sus deseos son facilitados por otros, el niño se parece mucho a una criatura unicelular que flota en la corriente sanguínea, que es la que le proporciona la nutrición y se encarga de transportar los productos de desecho. Desde el punto de vista de la lógica, un niño es un ser extraordinario y horriblemente perfecto. Un bebé puede ser aún más perfecto, pero también algo tan extraño a un adulto que sólo se pueden aplicar aquí niveles de comparación superficiales. Los procesos de pensamiento de un niño son inimaginables. Pero los bebés piensan, incluso antes de nacer. Se mueven y duermen en el seno materno, y no lo hacen únicamente a través del instinto. Estamos condicionados para reaccionar de un modo bastante peculiar a la idea de que un embrión apenas viable pueda pensar. Nos sentimos sorprendidos, inclinados a la risa, y hasta sentimos cierto asco. Nada humano es extraño. Pero un bebé no es humano. Y un embrión es aún mucho menos humano.

Quizá fuera ésta la razón por la que Emma aprendió más a través de los juguetes que el propio Scott. El, desde luego, podía comunicar sus pensamientos; Emma no lo podía hacer, sino a través de fragmentos casi ininteligibles. Podríamos considerar, por ejemplo, la cuestión de los garabatos... Demos lápiz y papel a un niño pequeño y dibujará algo que para él tiene un aspecto diferente al que tiene para un adulto. Esos garabatos absurdos tienen muy poca semejanza con una máquina contraincendios, pero es una máquina contraincendios, al menos para el niño. Quizá sea incluso tridimensional. Los niños piensan de un modo diferente y ven las cosas de un modo diferente. Paradine reflexionó sobre todo esto una noche, mientras leía el periódico y observaba cómo Emma y Scott se comunicaban. Scott estaba haciéndole preguntas a su hermana. A veces, lo hacía en inglés. Pero, más a menudo, recurría a un lenguaje de signos que era un verdadero galimatías. Emma trataba de contestar, pero el hándicap era demasiado grande. Finalmente, Scott cogió lápiz y papel. Eso le gustó a Emma. Dejando sacar ligeramente la lengua, la niña escribió laboriosamente un mensaje. Scott cogió el papel, lo examinó y frunció el ceño.

-Eso no es correcto, Emma -dijo.

Emma asintió vigorosamente. Volvió a coger el lápiz y trazó más garabatos. Scott, que permaneció extrañado durante un rato, sonrió finalmente, con cierta indecisión, y se levantó. Paradine también se levantó y echó un vistazo al papel, teniendo el loco pensamiento de que Emma podría haber dominado de repente los secretos de la caligrafía. Pero no, no lo había hecho. El papel estaba cubierto de garabatos sin sentido alguno, de ese mismo tipo que resulta familiar a todos los padres. Paradine apretó los labios. Podría tratarse de un dibujo que mostrara las variaciones mentales de una cucaracha maníaco-depresiva, pero probablemente no lo era. Y, sin embargo, no cabía la menor duda de que tenía algún significado para Emma. Quizá no hizo otra cosa que intentar representar con aquellos garabatos la figura de Señor Oso. Scott regresó. Tenía aspecto de sentirse contento. Se encontró con la mirada de Emma y asintió. Paradine sintió la picazón de la curiosidad.

-¿Secretos? -preguntó.
-Ninguno. Emma... bueno... me pidió que hiciera algo por ella.
-¡Oh!

Paradine, recordando entonces los ejemplos de niños muy pequeños que habían balbuceado cosas en lenguas extrañas, dejando asombrados a los lingüistas, decidió guardarse el papel cuando los niños hubieran terminado. Al día siguiente, se lo enseñó a Elkins, en la Universidad. Elkins poseía buenos y amplios conocimientos de numerosas lenguas, pero soltó una risita ante la aventura de Emma en el campo de la literatura.

-He aquí una traducción libre, Dennis. Comienzo: no sé lo que significa esto, pero no se trata más que de chiquilladas. Termina la cita.

Los dos hombres se echaron a reír y se dirigieron a sus respectivas clases. Pero más tarde, Paradine recordó el incidente. Especialmente después de encontrarse con Holloway. Sin embargo, antes de que sucediera eso, transcurrieron varios meses y la situación se fue desarrollando mucho más, acercándose a un punto de extrema tensión. Quizá Paradine y Jane habían mostrado demasiado interés por los juguetes. Emma y Scott comenzaron a mantenerlos ocultos y a jugar con ellos únicamente en privado. Nunca lo hacían abiertamente, sino con discretas precauciones. A pesar de todo, Jane se sintió algo preocupada. Habló con Paradine sobre el asunto una noche.

-Esa muñeca que Harry le dio a Emma.
-¿Sí?
-Hoy he estado en el centro de la ciudad y he tratado de descubrir de dónde procede. Ningún indicio.
-Quizá Harry la trajera de Nueva York.
-También pregunté por esas otras cosas -añadió Jane, sin quedar convencida por la observación de su esposo-. Me enseñaron todo lo que tenían... La tienda de Johnson es muy grande, ya sabes. Pero no existe en ella nada parecido al ábaco de Emma.
-Hum.

Paradine no estaba muy interesado. Aquella noche, habían comprado entradas para un espectáculo, y se estaba haciendo tarde. Así es que, por el momento, dejaron el tema pendiente. Más tarde, el tema volvió a surgir cuando una vecina llamó por teléfono a Jane.

-Scotty nunca ha sido así, Denny. Mrs. Burns dice que atemorizó enormemente a su hijo Francis.
-¿Francis? ¿No es ese bobo pequeño y regordete? Es como su padre. En cierta ocasión, cuando éramos estudiantes de segundo curso, le rompí las narices.
-Deja de fanfarronear y escúchame -dijo Jane, mezclando un cóctel-. Scott enseñó a Francis algo que le asustó. ¿No sería mucho mejor que...?
-Supongo que sí.

Paradine escuchó. Los sonidos procedentes de la habitación contigua le indicaron dónde se encontraba su hijo.

-¡Scott! -le llamó.
-¡Bang! -exclamó Scott, cuando apareció sonriente-. Les he matado a todos. Piratas del espacio. ¿Querías algo, papá?
-Sí. Si no te importa dejar sin enterrar por un momento a los piratas del espacio. ¿Qué le hiciste a Francis Burns?

Los ojos azules de Scott reflejaron un candor increíble.

-¿Qué?
-Inténtalo. Estoy seguro de que puedes recordarlo.
-¡Oh! Eso... No hice algo.
-Nada -le corrigió Jane con aire ausente.
-Nada. De veras. Sólo le permití mirar en mí aparato de televisión y eso... eso le asustó.
-¿Aparato de televisión?

Scott sacó entonces el cubo de cristal.

-Bueno, en realidad no es eso. ¿Lo ves?

Paradine examinó el objeto, asombrado por el aumento de tamaño. Sin embargo, todo lo que pudo ver fue un complicado laberinto de dibujos de colores sin ningún significado para él.

-El tío Harry...

Paradine extendió la mano, cogiendo el teléfono. Scott tragó saliva.

-¿Es que... es que el tío Harry ha vuelto a la ciudad?
-Sí.
-Bueno, tengo que tomar un baño.

Scott se dirigió hacía la puerta. Paradine se encontró con la mirada de Jane y asintió significativamente. Harry estaba en casa, pero aseguró no tener el menor conocimiento de todos aquellos juguetes tan peculiares. De un modo bastante hosco, Paradine le pidió a Scott que bajara de su habitación todos aquellos juguetes. Finalmente se encontraron en un montón sobre la mesa: el cubo, el ábaco, la muñeca, el gorro en forma de casquete y algunos otros objetos misteriosos. Scott fue interrogado. Al principio, mintió con valentía, pero finalmente se desmoronó y cantó, entre hipos, su confesión.

-Tráeme la caja donde estaban estas cosas -ordenó Paradine-. Y después, vete a la cama.
-¿Vas a... vas a castigarme, papá?
-Por hacer novillos y por mentir, sí. Ya conoces las reglas. No verás ningún espectáculo en dos semanas. Y nada de golosinas durante todo ese tiempo.
-¿Vas a dejarme mis cosas? -preguntó Scott, tragando saliva.
-Aún no lo sé.
-Bueno... Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá.

Una vez que la pequeña figura del niño desapareció escaleras arriba, Paradine acercó una silla a la mesa y examinó cuidadosamente la caja. Después removió preocupado los demás objetos. Jane le observaba.

-¿Qué es, Denny?
-No lo sé. ¿Quién dejaría una caja de juguetes junto al río?
-Puede haberse caído de un coche.
-No en ese lugar. La carretera no pasa junto al río al norte de la vía del ferrocarril. Son campos vacíos... no hay nada -Paradine encendió un cigarrillo-. ¿Quieres beber algo?
-Yo lo prepararé.

Jane se dirigió a preparar las bebidas, con una mirada de preocupación. Le trajo un vaso a Paradine y se quedó detrás de él, acariciándole el pelo con los dedos.

-¿Algo anda mal?
-Claro que no. Sólo que... ¿de dónde habrán venido estos juguetes?
-Johnson no lo sabía y ellos traen sus existencias de Nueva York.
-Yo también he estado haciendo averiguaciones -admitió Paradine-. Esa muñeca -la cogió- me preocupaba bastante. Quizá sea una deformación profesional, pero me gustaría saber quién la hizo.
-¿Un psicólogo? Ese ábaco... ¿no hacen tests a la gente con esta clase de cosas?

Paradine castañeteó con los dedos.

-¡Eso es! -exclamó-. ¡Y fíjate qué suerte! Hay un tipo llamado Holloway, un psicólogo de niños, que va a hablar en la Universidad la semana que viene. Es un tipo importante, con bastante reputación. Puede que sepa algo de todo esto.
-¿Holloway? No...
-Rex Holloway. Es... ¡Hum! No vive muy lejos de aquí. ¿Crees que habrá hecho estas cosas él mismo?

Jane estaba examinando el ábaco. Frunció el ceño y lo dejó donde estaba.

-Si lo hizo, no me gusta. Pero mira a ver si puedes descubrirlo, Denny.
-Lo haré -dijo Paradine, asintiendo.

Bebió su copa, mientras intentaba quitar importancia a todo aquello. Se sentía vacamente preocupado. Pero no estaba asustado... todavía. Rex Holloway era un hombre grueso y brillante, con una calva y unas gafas gruesas, sobre las que se encontraban sus espesas cejas negras, como peludas orugas. Una semana después, Paradine le trajo una noche a cenar a casa. Holloway no pareció observar a los niños en ningún momento, pero nada de lo que dijeron o hicieron le pasó inadvertido. Sus ojos grises, sagaces e inteligentes, no se perdieron casi nada. Los juguetes le fascinaron. En la sala de estar, los tres adultos se encontraban reunidos alrededor de la mesa, donde habían sido colocados los juguetes. Holloway los estudió cuidadosamente, mientras escuchaba lo que Jane y Paradine tenían que decirle. Finalmente, rompió su silencio:

-Me alegro de haber venido aquí esta noche. Pero no del todo. Ya sabe que todo esto es muy molesto.
-¿Cómo? -preguntó Paradine, asombrado, mientras el rostro de Jane mostraba su consternación.

Las siguientes palabras de Holloway no contribuyeron a calmarles:

-Nos estamos enfrentando con la locura.

Sonrió ante la mirada sobresaltada de la pareja.

-Todos los niños están locos, desde el punto de vista de un adulto. ¿Han leído Viento alto en Jamaica, de Hughes?
-Lo tengo.

Paradine extrajo el pequeño libro de la estantería donde estaba. Holloway extendió una mano, lo cogió y pasó las páginas hasta encontrar lo que buscaba. Después leyó en voz alta:

-«Los niños, desde luego, no son humanos... Son animales, y poseen una cultura muy antigua y ramificada, como la tienen los gatos, y los peces, y hasta las serpientes; la suya es de la misma clase, pero mucho más complicada y vivaz, pues los bebés son, después de todo, una de las especies más desarrolladas de los vertebrados inferiores. En resumen, los bebés tienen mentes que actúan en términos y categorías propias, que no pueden ser traducidas a términos y categorías de la mente humana.»

Jane trató de tomarse aquello con calma, pero no pudo.

-¿No querrá decir que Emma...?
-¿Puede usted pensar como su hija? -preguntó Holloway-. Escuche: «No puede uno pensar como un bebé, del mismo modo que no puede uno pensar como una abeja.»

Paradme preparó unas bebidas. Entonces, por encima de su hombro, dijo:

-Está usted teorizando bastante, ¿verdad? Tal y como yo lo veo, sus palabras implican que los bebés tienen una cultura propia, e incluso un nivel de inteligencia elevado.
-No necesariamente. No existen normas fijas. Todo lo que digo es que los bebés piensan de un modo diferente a como lo hacemos nosotros. No quiero decir que piensen necesariamente mejor... eso es una cuestión de valores relativos. Pero sí lo hacen en una forma diferente en cuanto a extensión... -buscaba las palabras adecuadas con la mirada perdida en el techo.
-Fantasías -dijo Paradine con cierta rudeza, extrañado al pensar en las actitudes de Emma-. Los bebés no tienen sentidos diferentes a los nuestros.
-¿Y quién ha dicho que los tengan? -preguntó Holloway-. Utilizan sus mentes de un modo diferente, eso es todo. ¡Pero es suficiente!
-Estoy tratando de comprender -dijo Jane con lentitud-. Todo lo que puedo pensar es en mi batidora. Puede batir mantequilla y patatas hervidas, pero también puede estrujar naranjas.
-Es algo parecido. El cerebro es un coloide, una máquina extraordinariamente complicada. No sabemos mucho sobre sus posibilidades. Ni siquiera sabemos cuánto puede aprender. Pero se sabe que la mente va quedando condicionada a medida que va madurando el ser humano. Sigue ciertos esquemas familiares y todo pensamiento posterior está perfectamente basado sobre un modelo que se acepta como algo garantizado. Miren esto -Holloway tocó el ábaco-. ¿Han experimentado con él?
-Un poco -dijo Paradine.
-Pero no mucho, ¿verdad?
-¿Por qué no?
-No vale la pena -se quejó Paradine-. Hasta un rompecabezas ha de tener una cierta lógica. Pero esos ángulos tan extraños...
-Su mente está condicionada por Euclides -dijo Holloway-. Así es que ahora nos encontramos con que esta casa... nos preocupa, y parece no tener ningún sentido. Pero un niño no sabe nada de Euclides. Si se le presentara una lección de geometría diferente a la que nosotros conocemos, no le impresionaría por considerarla ilógica. El niño cree en lo que ve.
-¿Está tratando de decirme que este objeto posee una extensión cuatridimensional? -preguntó Paradine.
-En cualquier caso, no de una forma visual -denegó Holloway-. Todo lo que digo es que nuestras mentes, condicionadas por Euclides, no pueden ver en esto otra cosa que un laberinto ilógico de hilos. Pero un niño, y especialmente un bebé, puede ver más. No al principio. Al principio sería un rompecabezas, desde luego. Pero un niño no se vería limitado en sus capacidades a consecuencia de excesivas ideas preconcebidas.
-Arterioesclerosis del pensamiento -observó Jane.

Paradine no estaba convencido.

-¿Quiere eso decir que un niño sería capaz de calcular mejor que Einstein? No, no quiero decir eso. Comprendo más o menos claramente su punto de vista. Sólo que...
-Bien, mire esto. Supongamos que existen dos clases de geometría... las limitaremos a ese número para facilitar el ejemplo. Nuestra geometría, la euclidiana, y una segunda a la que llamaremos x. Esta segunda geometría x no tiene mucha relación con la euclidiana. Está basada en teoremas completamente diferentes. En ella, dos y dos no son necesariamente igual a cuatro; pueden ser igual a y2, o quizá ni siquiera son igual a nada. La mente de un bebé no está aún condicionada, excepto por ciertos factores cuestionables de herencia y medio ambiente. Comencemos a enseñar al niño la geometría euclidiana...
-¡Pobre chico! -exclamó Jane.

Holloway le lanzó una mirada rápida.

-Me refiero a la base teórica de Euclides: los bloques alfabéticos. Las matemáticas, la geometría, el álgebra... llegarían mucho después. Estamos muy familiarizados con esa clase de desarrollo. Por el otro lado, iniciemos a bebé en los principios básicos de nuestra lógica x.
-¿Bloques? ¿De qué clase?

Holloway se quedó mirando el ábaco un momento y dijo:

-No tendría mucho sentido para nosotros. Pero hemos sido condicionados por Euclides.

Paradine se sirvió una buena cantidad de whisky.

-Eso es algo bastante terrible -dijo-. No está usted limitándose a las matemáticas.
-¡Correcto! No me estoy limitando a nada. ¿Cómo podría hacerlo? Yo no estoy condicionado por la lógica x.
-Ahí está la respuesta -dijo Jane, con un suspiro de alivio-. ¿Quién es? Me refiero a la clase de persona capaz de haber hecho la clase de juguetes que usted, al parecer, piensa que son.

Holloway asintió, brillándole los ojos detrás de las gruesas gafas.

-Esa clase de personas pueden existir.
-¿Dónde?
-Quizá prefieran mantenerse ocultas.
-¿Superhombres?
-Quisiera saberlo. Como ve, Paradine, volvemos a encontrarnos con la cuestión de los criterios. Para nuestros propios niveles, esa clase de seres pueden parecer superhombres en ciertos aspectos. En otros, en cambio, pueden parecemos imbéciles. No se trata de una diferencia cuantitativa; es cualitativa. Ellos piensan de un modo diferente. Y estoy seguro de que nosotros podemos hacer cosas que ellos no pueden realizar.
-Quizá no deseen realizarlas -observó Jane.

Paradine golpeó ligeramente los objetos que estaban en la caja y preguntó:

-¿Y qué me dice de esto? Implica...
-Un propósito, claro está.
-¿Transporte?
-Al principio puede uno pensar en eso. SI es así, la caja puede haber venido de cualquier parte.
-¿De donde las cosas son... diferentes? -preguntó Paradine con lentitud.
-Exactamente. En el espacio, e incluso en el tiempo. No lo sé. Soy un psicólogo. Desgraciadamente, yo también estoy condicionado por Euclides.
-Debe ser un lugar muy extraño -dijo Jane- Denny, deshazte de esos juguetes.
-Tengo la intención de hacerlo.

Holloway cogió entonces el cubo de cristal y preguntó:

-¿Ha interrogado mucho a los niños?
-Sí -contestó Paradine-. Scott me dijo que, al principio, cuando miró, había gente en el interior de ese cubo. Le pregunté lo que había ahora en él.
-¿Y qué contestó? -preguntó el psicólogo, abriendo mucho los ojos.
-Me dijo que estaban construyendo un lugar. Esas fueron sus palabras exactas. Le pregunté quién lo hacía... ¿gente? Pero no me lo pudo explicar.
-No, supongo que no -murmuró Holloway-. Debe tratarse de algo progresivo. ¿Durante cuánto tiempo han tenido los niños estos juguetes?
-Unos tres meses, supongo.
-Tiempo suficiente. Como ve, se trata del juguete perfecto, tanto instructivo como mecánico. Debe hacer cosas, para interesar al niño, y debe enseñar preferiblemente sin que el niño se dé cuenta. Problemas sencillos al principio. Y más tarde...
-La lógica x -dijo Jane, pálida.

Paradine maldijo por lo bajo.

-¡Emma y Scott son perfectamente normales! -dijo.
-¿Sabe usted cómo piensan sus mentes... ahora?

Holloway no siguió el razonamiento. Manoseó la muñeca.

-Sería interesante saber las condiciones del lugar de donde proceden estás cosas. Sin embargo, la inducción no nos ayuda mucho. Nos faltan demasiados factores. No podemos visualizar un mundo basándonos en el factor x... con el medio ambiental ajustado a mentes que piensan según los modelos x. Tomemos, por ejemplo, esta luminosa red existente en el interior de la muñeca. Puede ser cualquier cosa. Podría existir también en nuestro interior, aún cuando no lo hayamos descubierto aún. Cuando encontremos la clave correcta... -se encogió de hombros-. ¿Qué piensa usted de esto?

Se trataba de un globo carmesí, de unos cinco centímetros de diámetro, con un bulto protuberante en su superficie.

-¿Qué puede pensar cualquiera de eso?
-¿Y Scott? ¿Y Emma?
-Yo ni siquiera lo había visto hasta hace apenas unas tres semanas, cuando Emma empezó a jugar con eso -Paradine se mordió el labio-. Después, Scott empezó también a sentirse interesado.
-¿Qué es lo que hacen?
-Lo mantienen frente a ellos y lo mueven hacia adelante y hacia atrás, sin ningún tipo de movimiento especial.
-No es ningún tipo de movimiento euclidiano -le corrigió Holloway-. Al principio no pudieron comprender el propósito del juguete. Tenían que ser educados para utilizarlo.
-Eso es horrible -dijo Jane.
-No para ellos. Probablemente, Emma comprende con mayor rapidez la lógica x que Scott, pues su mente todavía no está condicionada por nuestros modelos.
-Pero yo puedo recordar muchas cosas de las que hice cuando era un niño -dijo Paradine-. E incluso siendo un bebé.
-¿Qué quiere decir con eso?
-¿Estaba... loco, entonces?
-Las cosas que no recuerda son los criterios de su locura -replicó Holloway-. Pero he utilizado la palabra «locura» como un símbolo puramente convencional para designar la variación de la norma humana conocida. Un criterio arbitrario de mente sana.

Jane dejó su vaso sobre la mesa.

-Ha dicho usted que la inducción era difícil, Mr. Holloway. Pero me da la impresión de que está usted convirtiendo algo muy pequeño en algo excesivamente grande. Después de todo, estos juguetes...
-Yo soy un psicólogo y me he especializado en los niños. No soy un lego en la materia. Estos juguetes significan mucho para mí, principalmente porque tienen tan poco significado.
-Puede usted estar equivocado.
-Bueno, diría que me gustaría estarlo. Desearía examinar a los niños.
-¿Cómo? -preguntó Jane, levantando los brazos.

Una vez que Holloway se lo hubo explicado, ella asintió, aunque seguía mostrándose un poco dubitativa:

-Bueno, está bien. Pero no son cobayas.

El psicólogo extendió blandamente una mano en el aire.

-¡Mi querida señora! No soy un Frankenstein. Para mí, el individuo es el factor primordial... no podría ser de otra forma, ya que trabajo con mentes. Si hay algo que va mal en los jóvenes, quiero curarles.

Paradine dejó el cigarrillo en el cenicero y observó la lenta espiral de humo azul, oscilando hacia arriba.

-¿Puede usted ofrecer un pronóstico?
-Lo intentaré. Eso es todo lo que les puedo decir. Si las mentes, aún no desarrolladas de los niños, ya han sido dirigidas hacia el canal x, será necesario hacerlas retroceder. No estoy diciendo que eso sea lo mejor que podamos hacer, aunque probablemente sea así desde nuestro propio punto de vista. Después de todo, tanto Emma como Scott tendrán que vivir en este mundo.
-Sí, sí. No creo que pueda haber nada de malo en ello. Parecen niños de tipo medio, más o menos normales.
-Superficialmente pueden parecerlo así. No tienen ninguna razón para actuar anormalmente, ¿verdad? ¿Y cómo puede usted decir si piensan... de un modo diferente?
-Les llamaré -dijo Paradine.
-Hágalo entonces de un modo informal. No quiero que estén prevenidos.

Jane hizo un gesto hacia los juguetes. Holloway dijo:

-Dejémoslos aquí, ¿no le parece?

Pero, después de que llegaran Emma y Scott, el psicólogo no hizo ningún intento por interrogarles directamente. Se las arregló para atraer a Scott, sin que éste se diera cuenta, hacia una conversación, en la que de vez en cuando dejaba caer palabras clave. Nada tan revelador como un test de asociación de palabras... se necesita cooperación para eso. El momento más interesante se produjo cuando Holloway cogió el ábaco.

-¿Te importaría enseñarme cómo funciona esto?
-Sí, señor -contestó Scott, tras un momento de duda-. Así…

Deslizó hábilmente una bola a través del laberinto, en sentido tangencial, con tanta rapidez que nadie estuvo seguro por completo de sí la bola había desaparecido o no. Podría haber sido desplazada simplemente. Después, una vez más... Holloway intentó hacerlo. Scott le observó, arrugando la nariz.

-¿Es así?
-No, no. Tiene que ir hacia allí...
-¿Aquí? ¿Por qué?
-Bueno, porque es la única forma de hacerlo funcionar.

Pero Holloway estaba condicionado por Euclides. Para él, no existía ninguna razón particular que explicar por qué la cuenta debía deslizarse desde aquel hilo particular hacía aquel otro. Parecía tratarse de un factor casual. De repente, Holloway también se dio cuenta de que éste no era el camino tomado previamente por la bola, cuando Scott manipuló el rompecabezas. Al menos, por lo que pudo entender.

-¿Quieres volvérmelo a enseñar?

Scott lo hizo, y hasta dos veces más ante la petición del doctor. Holloway parpadeaba detrás de las gafas. Casualidad, sí. Y una variable. En cada ocasión, Scott movía la cuenta siguiendo un curso diferente. De algún modo, ninguno de los adultos podía decir si la cuenta desaparecía o no. Si hubieran esperado verla desaparecer, sus reacciones podrían haber sido diferentes. Al final, no se resolvió nada. Cuando se despidió, Holloway parecía sentirse muy inquieto.

-¿Puedo volver otra vez?
-Quisiera que lo hiciera -le dijo Jane-. En cualquier momento. ¿Sigue pensando...?
-Las mentes de los niños no están reaccionando con normalidad -dijo, asintiendo con la cabeza-. No están embotadas, en modo alguno, pero tengo la más extraordinaria impresión de que llegan a conclusiones a través de un camino que nosotros no podemos comprender. Como si utilizaran álgebra mientras que nosotros utilizamos geometría. La misma conclusión, pero un método diferente para llegar a ella.
-¿Qué me dice de los juguetes? -preguntó Paradine de repente.
-Manténgalos fuera de su alcance. Me gustaría llevármelos, si me lo permiten...

Aquella noche, Paradine durmió mal. El paralelo empleado por Holloway había sido desafortunado. Conducía a teorías muy perturbadoras. El factor x... Los niños estaban utilizando el equivalente de un razonamiento algebraico, mientras que los adultos utilizaban la geometría. Bastante bonito. Sólo que... El álgebra puede dar respuestas a las que no se puede llegar a través de la geometría, puesto que hay ciertos términos y símbolos que no pueden ser expresados geométricamente. ¿Y si la lógica x mostraba conclusiones inconcebibles para la mente adulta?

-¡Maldita sea! -murmuró Paradine.

Jane se removió a su lado.

-Querido... ¿Tampoco puedes dormir?
-No.

Se levantó, dirigiéndose a la habitación contigua. Emma dormía como un querubín, tranquilamente, con su grueso bracito abrazado alrededor de Señor Oso. A través de la puerta abierta, Paradine podía ver la cabeza morena de Scott, inmóvil sobre la almohada. Jane estaba a su lado. La rodeó con su brazo.

-Pobres niños -murmuró ella-. Y Holloway les ha llamado locos. Creo que los locos somos nosotros, Dennis.
-¡Eh, eh! Estamos poniéndonos nerviosos.

Scott se agitó en su sueño. Sin despertarse, hizo lo que era evidentemente una pregunta, aunque no pareció ser expresada en ningún lenguaje en particular. Emma emitió un pequeño grito, como un maullido, que cambió hasta alcanzar un tono agudo. Ella tampoco se había despertado. Ahora, los niños permanecían quietos, sin agitarse. Pero Paradine pensó, sintiéndose repentinamente enfermo, que todo fue exactamente como si Scott le hubiera preguntado algo a Emma y ella le hubiese contestado. ¿Acaso sus mentes habían cambiado hasta el punto en que incluso... el sueño era diferente para ellos? Apartó de su mente aquella idea.

-Te vas a enfriar. Será mejor que nos marchemos a la cama. ¿Quieres beber algo?
-Creo que sí -contestó Jane, mirando a Emma.

Extendió ciegamente su mano hacia la niña; pero la retiró antes de tocarla.

-Vamos -le dijo su esposo-. Si no, les despertaremos.

Bebieron juntos un pequeño sorbo de brandy, pero no dijeron nada. Más tarde, en sueños, Jane lanzó un grito. Scott no estaba despierto. Pero su mente actuaba de un modo lento y cuidadoso. Así: «Se llevarán los juguetes. El hombre grueso... listava, quizá peligroso. Pero la dirección Ghoric no se mostrará... evankrus, no les apremies. Intransdección... inteligente y luminosa Emma. Ahora, ella es más elevada khopranik que... Aún no veo cómo.., thavarar lixery dist...»

Una pequeña parte de los pensamientos de Scott aún podían ser comprendidos. Pero Emma había quedado condicionada por x con mucha mayor rapidez. Ella también estaba pensando. No pensaba como un adulto, ni como una niña. Ni siquiera como un ser humano. Excepto, quizá, como un humano de un tipo sorprendentemente extraño para el género conocido por el nombre de homo sapiens. A veces, hasta el propio Scott tenía dificultades para seguirle en sus pensamientos. De no haber sido por Holloway, la vida podría haber continuado en una rutina casi normal. Los juguetes ya no eran objetos que les recordaran el problema de un modo inmediato. Emma, con una delicia perfectamente explicable, aún disfrutaba con sus muñecas y con el cajón de arena. Por su parte, Scott se sentía satisfecho con el baseball y con su juego de química. Hacían lo mismo que otros niños y ponían de manifiesto muy pocos rasgos de anormalidad, si es que aparecía alguno. Holloway parecía ser un alarmista. Estaba llevando a cabo experimentos con los juguetes, con resultados bastante idiotas. Dibujó innumerables gráficos y diagramas, mantuvo contactos con matemáticos, ingenieros y otros psicólogos y casi se volvió loco tratando de encontrar una concordancia o una razón en la construcción de los objetos. La caja misma, con su misterioso mecanismo, no le decía nada. Los fusibles habían derretido una gran parte del material, convirtiéndolo en escoria. Pero los juguetes... Era el elemento aleatorio que había en ellos lo que le impedía avanzar en la investigación. Incluso hasta eso era una cuestión de semántica. Porque Holloway estaba convencido de que, en realidad, no se trataba de casualidad. Lo que sucedía era que no había suficientes factores conocidos. Ningún adulto podía hacer funcionar el ábaco, por ejemplo. Y, reflexivamente, Holloway se negaba a permitir que un niño jugara con aquel objeto.

El cubo de cristal era un misterio similar. Mostraba un modelo alocado de colores, que, a veces, se movían. En esto se parecía a un caleidoscopio. Pero el cambio de equilibrio y de gravedad no le afectaba. Una vez más, el factor casual. O, más bien, lo desconocido. El modelo x. Poco a poco, Paradine y Jane retornaron a una situación de tranquilidad. Tenían la sensación de que los niños habían quedado curados de su peculiaridad mental, ahora que se había eliminado la causa que contribuía a ella. Algunas de las acciones de Emma y de Scott les ofrecían todos los motivos para dejar de preocuparse. Los chicos disfrutaban nadando, haciendo excursiones, viendo películas y jugando con los juguetes funcionales y normales de su tiempo. Cierto que fallaban al tratar de dominar ciertos instrumentos mecánicos, bastante problemáticos, que implicaban algún tipo de cálculo. Por ejemplo, un rompecabezas tridimensional, en forma de globo terráqueo, que Paradine había comprado. Pero hasta él mismo lo encontraba difícil. De vez en cuando, se producían deslices. Un sábado por la tarde, Scott se encontraba con su padre, dando un paseo, y los dos se detuvieron en la cima de una colina. Bajo ellos se extendía un valle bastante hermoso.

-¿Verdad que es bonito? -preguntó Paradine.

Scott examinó la escena con actitud solemne.

-Todo está mal -dijo.
-¿Eh?
-No sé.
-¿Qué hay de malo en todo esto?
-Mira... -Scott terminó por guardar un extraño silencio y añadió-: No lo sé.

Los niños echaron de menos sus juguetes, pero no por mucho tiempo. Emma fue la primera en recuperarse, mientras que Scott seguía mostrándose deprimido. Mantenía conversaciones ininteligibles con su hermana, y estudiaba los garabatos sin significado alguno que ella dibujaba en el papel que él le proporcionaba. Era casi como si estuviera consultándola para tratar de resolver problemas difíciles que estaban más allá de su comprensión. Si Emma tenía una mayor capacidad de comprensión, Scott poseía una mayor inteligencia real, así como una gran habilidad manual. Utilizando su juego de mecano, construyó un artilugio, pero no quedó satisfecho. La causa aparente de su disgusto fue exactamente la misma por la que Paradine se sintió aliviado al ver la estructura. Era la clase de cosas que un niño normal construiría, algo con una vaga semejanza a una nave cúbica. Resultaba demasiado normal para agradar a Scott. Planteó más preguntas a Emma, aunque en privado. Ella se lo pensó durante un rato y después dibujó más garabatos con un lápiz que agarraba con una fuerza terrible.

-¿Puedes leer eso que escribe? -preguntó Jane a su hijo, una mañana.
-Bueno, exactamente no se trata de leerlo. Puedo entender la idea que ella trata de comunicar. No lo puedo hacer siempre, aunque sí en la mayor parte de las ocasiones.
-¿Se trata de una escritura?
-No... no. No significa lo mismo que aparenta.
-Simbolismos -sugirió Paradine por encima de su taza de café.

Jane le miró, abriendo mucho los ojos.

-Denny...

El guiñó un ojo y sacudió la cabeza. Más tarde, cuando se encontraban solos, le dijo a su esposa:

-No permitas que Holloway te saque de tus casillas. No estoy queriendo decir que los niños se estén comunicando por medio de una lengua extraña. Si Emma dibuja un garabato y dice que es una flor, se tratará siempre de una regla arbitraria... Scott lo recuerda. Y si en la ocasión siguiente ella dibuja la misma clase de garabato, o trata de hacerlo... ¡bueno!
-Claro -dijo Jane, dudosa-. ¿Te has dado cuenta de que Scott está leyendo mucho últimamente?
-Sí, ya me he dado cuenta. Sin embargo, no es nada anormal. No es ningún Kant o Spinoza lo que lee.
-Se pasa el tiempo hojeando los libros, eso es todo.
-Bueno, es lo mismo que hacía yo a su edad -dijo Paradine, y se marchó a dar sus clases de la mañana.

Almorzó con Holloway, lo que ya se estaba convirtiendo en una costumbre diaria, y habló de los entretenimientos literarios de Emma.

-¿Tenía razón sobre lo del simbolismo, Rex?
-Bastante -asintió el psicólogo-. Nuestro propio lenguaje no es otra cosa que una simbología arbitraria. Al menos, en su aplicación. Mira esto -y en su servilleta dibujó una elipse muy estrecha-. ¿Sabes lo que es esto?
-¿Te refieres a lo que representa?
-Sí. ¿Qué te sugiere? Podría tratarse de una representación vulgar... pero ¿de qué?
-De muchas cosas -contestó Paradine-. El canto de un cristal. Un huevo frito. Una hogaza de pan francés. Un puro.

Holloway añadió entonces un pequeño triángulo a su dibujo anterior, situándolo en uno de los extremos de la elipse. Después se quedó mirando a Paradine.

-Un pez -dijo éste instantáneamente.
-Es nuestro símbolo familiar para indicar un pez. Se le puede reconocer, aunque no tenga agallas, ni ojos, ni boca, porque estamos condicionados para identificar esa figura particular con nuestra imagen mental de un pez. Esa es la base del jeroglífico. Para nosotros, un símbolo significa mucho más de lo que en realidad vemos sobre el papel. ¿Qué hay en tu mente cuando miras este dibujo?
-¿Por qué?... Un pez.
-Continúa. ¿Qué visualizas?... ¿Todo?
-Escamas -dijo Paradine con lentitud, mirando hacia el espacio-. Agua. Espuma. El ojo de un pez. Las agallas. Los colores.
-Como ves, el símbolo representa mucho más que la simple idea abstracta de pez. Date cuenta de que las connotaciones son las de un nombre, no las de un verbo. Resulta mucho más difícil expresar acciones mediante simbolismos, eso ya lo sabes. En cualquier caso... invirtamos el proceso. Suponte que quieres encontrar un símbolo para algún nombre concreto, como por ejemplo un ave. Dibújala.

Paradine dibujó dos arcos conectados, con las concavidades hacia abajo.

-El más bajo denominador común -dijo Holloway, asintiendo-. La tendencia natural es la de simplificar. Especialmente cuando un niño está viendo algo por primera vez y tiene pocos niveles de comparación. Trata de identificar el objeto nuevo con algo que ya le sea familiar. ¿Te has fijado alguna vez cómo dibuja un niño el océano? -no esperó una respuesta y continuó hablando-: Una serie de puntos dentados. Como la línea oscilante de un sismógrafo. La primera vez que vi el Pacífico, tenía unos tres años. Lo recuerdo con bastante claridad. Parecía algo... cubierto de tejas. Una llanura plana, inclinada en uno de sus ángulos. Las olas eran como triángulos regulares, con el vértice hacia arriba. Ahora no las veo estilizadas de ese modo. Pero más tarde, recordando eso, sé que tuve que encontrar algún nivel familiar de comparación, que es la única forma de obtener una concepción nueva a partir de algo completamente nuevo. El niño medio trata de dibujar esos triángulos regulares, pero su coordinación es pobre. En consecuencia, obtiene el modelo de una línea de sismógrafo.
-¿Y qué significa todo eso?
-Un niño ve el océano, y lo estiliza. Dibuja un cierto modelo definido, simbólico, de lo que para él es el mar. Los garabatos de Emma también pueden ser símbolos. No quiero decir con eso que el mundo tenga para ella un aspecto diferente... más amplio quizá, o más agudo, más vívido o con una disminución de la percepción por encima del nivel de sus ojos. Lo que quiero decir es que sus procesos de pensamiento son diferentes; que ella convierte lo que ve en símbolos anormales.
-Sigues creyendo que...
-Sí, continúo creyéndolo. Su mente ha sido condicionada de un modo poco normal. Puede ser que ella desmembre lo que ve en modelos individuales y obvios... y conceda un significado a esos modelos, que nosotros no podemos comprender. Como el ábaco. Ella vio en él un modelo, aunque, para nosotros, se trataba de algo completamente aleatorio.

De repente, Paradine decidió cortar aquellas citas para almorzar con Holloway. Aquel hombre era un alarmista. Sus teorías se estaban haciendo cada vez más fantásticas; rastreaba cualquier cosa, aplicable o no, siempre que apoyara sus teorías.

-¿Crees que Emma se está comunicando con Scott en un lenguaje desconocido? -preguntó en un tono bastante irónico.
-En símbolos para los que ella no dispone de palabras. Estoy seguro de que Scott comprende una buena parte de esos... garabatos. Para él, un triángulo isósceles puede representar cualquier factor, aunque probablemente se trate de un nombre concreto. ¿Crees que un hombre que no entienda nada de química puede comprender lo que significa H2O? ¿Se dará cuenta de que ese símbolo podría evocar la imagen del océano?

Paradine no contestó. Sin embargo, mencionó a Holloway la curiosa observación de Scott en el sentido de que el paisaje, visto desde la colina, le había parecido erróneo. Un momento después se mostró inclinado a lamentar su comentario, pues el psicólogo volvió a empezar.

-Los modelos de pensamiento de Scott están acumulándose, hasta llegar a una suma que no es igual al aspecto que tiene este mundo. Quizá esté esperando inconscientemente ver el mundo de donde procedieron esos juguetes.

Paradine dejó de escucharle. Ya era suficiente. Los niños se las iban arreglando bastante bien, y el único factor perturbador que aún quedaba era el propio Holloway. Sin embargo, aquella noche, Scott demostró un interés por las anguilas, que más tarde resultó ser muy significativo. No había nada aparentemente nocivo en la historia natural. Paradine le explicó lo que sabía sobre las anguilas.

-Pero ¿dónde ponen sus huevos? ¿O es que no los ponen?
-Eso todavía es un misterio. Los lugares donde desovan son desconocidos. Quizá lo hagan en el mar de los Sargazos, o en las profundidades, donde la presión les puede ayudar a sacar los huevos de sus cuerpos.
-Qué divertido -dijo Scott, reflexionando profundamente.
-El salmón hace más o menos lo mismo. Remonta los ríos para desovar -siguió diciendo Paradine, hablando sobre los detalles.

Scott estaba fascinado.

-Pero eso está bien, papá. Han nacido en el río y cuando aprenden a nadar, descienden hasta el mar. Y regresan después a poner sus huevos, ¿no?
-Correcto.
-Sólo que ellos no regresan -consideró Scott-. Se limitan a enviar sus huevos...
-Para eso necesitarían un oviducto muy largo -dijo Paradine, y añadió algunas observaciones muy bien escogidas sobre los ovíparos.

Su hijo no quedó completamente satisfecho. Las flores, argumentó, envían sus semillas a grandes distancias.

-Pero no las guían. No son muchas las que encuentran un suelo fértil.
-Pero las flores no tienen cerebros, papá. ¿Por qué la gente vive aquí?
-¿En Glendale?
-No... aquí. En todo este lugar. Apuesto a que no está aquí todo lo que hay.
-¿Te refieres a los otros planetas?
-Esto es sólo... -Scott se mostró vacilante- parte... del gran lugar. Es como el río al que acude el salmón. ¿Por qué la gente no baja al océano cuando se hace mayor?

Paradine se dio cuenta entonces de que Scott estaba hablando en sentido figurado. Sintió un breve escalofrío. ¿El... océano? Los jóvenes de las especies no están preparados para vivir en el mundo más completo, donde viven sus padres. Sólo entran en ese mundo cuando se han desarrollado lo suficiente. Más tarde, procrean. Los huevos fertilizados son enterrados en la arena, en la parte alta del río, donde más tarde incuban. Y aprenden. El instinto, por sí solo, es fatalmente lento. Especialmente en el caso de un género especializado, incapaz de hacer frente incluso a este mundo, incapaz de alimentarse, beber o sobrevivir, a menos que alguien proporcione previsoramente esas necesidades. El joven, alimentado y cuidado, sobrevivirá. Habría incubadoras y robots. Los jóvenes podrían sobrevivir, pero no sabrían cómo nadar corriente abajo, hacia el mundo, mucho más amplio, del océano. Así es que se les tenía que enseñar. Tenían que ser preparados y condicionados de muchas maneras. Sin dolor, sutilmente, discretamente. A los niños les encantan los juguetes que hacen cosas... y si esos juguetes enseñan al mismo tiempo...

En la última mitad del siglo XIX, un inglés estaba sentado junto a la ribera, cubierta de hierba, de un río. Una niña muy pequeña estaba sentada junto a él, mirando fijamente el cielo. Había dejado a un lado un curioso juguete con el que había estado jugando y ahora tarareaba una canción corta, sin palabras, que el hombre escuchaba con cierta atención.

-¿Qué era eso, querida? -preguntó al final.
-Sólo es algo que me he inventado, tío Charles.
-Vuélvelo a cantar -pidió, sacando un libro de notas.

La niña obedeció.

-¿Significa algo?
-¡Oh, sí! -exclamó ella, asintiendo-. Como las historias- que te he contado, ya sabes.
-Son historias muy bonitas, querida.
-¿Y las escribirás algún día en un libro?
-Sí, pero tengo que cambiarlas bastante, o nadie las comprendería. Sin embargo, creo que no voy a cambiar tu canción.
-No tienes que hacerlo. Si lo haces, puede significar cualquier cosa.
-De todos modos, no cambiaré esa estrofa -prometió-. ¿Qué significa?
-Creo que es el camino para salir -dijo la niña, vacilante-. No estoy segura todavía. Mi juguete mágico me lo dijo.
-¡Quisiera saber qué tiendas de Londres venden esos juguetes tan maravillosos!
-Mamá me los compró para mí. Ella está muerta ahora. Y papá no se preocupa.

Mentía. Había encontrado los juguetes en una caja, un buen día, mientras jugaba junto al Támesis. Y, en realidad, eran juguetes maravillosos. Su tío Charles pensó que aquella pequeña canción no significaba nada. (El no era su verdadero tío, pero se portaba muy bien con ella.) La canción, sin embargo, significaba mucho. Era el camino. Ahora, ella haría lo que decía la canción, y después... Pero ya era demasiado vieja. Nunca encontró el camino.

Paradine había dejado de ver a Holloway. A Jane le disgustaba mucho aquel hombre, algo bastante natural puesto que ella sólo deseaba ver conjurados sus temores. Desde que Scott y Emma empezaron a actuar con normalidad, Jane se sintió satisfecha. Pero, en parte, se trataba más de deseos que de realidades, algo en lo que Paradine no podía estar de acuerdo por completo. Scott seguía llevando a Emma artilugios, pidiéndole su aprobación. Por regla general, la niña se limitaba a negar enérgicamente con una sacudida de su cabeza. A veces, mostraba una expresión de duda. Muy ocasionalmente, demostraba estar de acuerdo. Entonces se producía una hora de laborioso y loco garabatear en trozos de papel, y Scott, después de estudiar las anotaciones, arreglaba una y otra vez sus artilugios, las partes de su maquinaria, los cabos de vela y sus trastos viejos. La sirvienta los limpiaba cada día y Scott comenzaba cada día de nuevo. Condescendió en explicarle algo a su extrañado padre, que no veía ningún sentido o razón al juego.

-Pero ¿por qué vas a poner este guijarro aquí?
-Es duro y redondo, papá. Pertenece ahí.
-Este otro también es duro y redondo.
-Bueno, ése tiene vaselina. Cuando se llega a este punto, no puedes ver una cosa dura y redonda.
-¿Y qué viene a continuación? ¿Ésta vela?

Scott parecía disgustado.

-Eso se coloca al final. Primero hay que poner la anilla de hierro.

Paradine pensó que todo aquello era como el rastro de un boy-scout dejado entre los bosques, como marcas en un laberinto. Pero, una vez más, se encontraba aquí con el factor aleatorio. La lógica, la lógica familiar, se detenía ante los motivos que Scott tenía para acoplar los trastos viejos tal y como lo hacía. Paradine se marchó. Por encima del hombro, vio a Scott sacar un trozo arrugado de papel y un lápiz del bolsillo y dirigirse hacia donde estaba Emma, en cuclillas, pensando en sus cosas en un rincón.

Bueno... Jane había ido a almorzar con el tío Harry. En aquella calurosa tarde de verano había poco que hacer, excepto leer los periódicos. Paradine tomó asiento en el lugar más frío que pudo encontrar con un diccionario Collins, y se perdió en los crucigramas cómicos. Una hora después, el sonido de unos pasos en las habitaciones de arriba le despertó de su modorra. La voz de Scott estaba gritando, llena de júbilo:

-¡Eso es! ¡Eso es, babosa! ¡Vamos!

Paradine se levantó con rapidez, frunciendo el ceño. En el momento en que penetraba en el vestíbulo, empezó a sonar el teléfono. Jane había prometido llamarle... Su mano estaba sobre el auricular cuando Emma lanzó un grito lleno de excitación. Paradine hizo una mueca. ¿Qué diablos estaba sucediendo allá arriba?

-¡Mira! ¡Por este camino! -gritó Scott.

Balbuciendo unas palabras, y con los nervios ridículamente tensos, Paradine olvidó el teléfono y echó a correr escaleras arriba. La puerta de la habitación de Scott estaba abierta. Los niños se desvanecían. Desaparecían en fragmentos, como un humo espeso transportado por el viento, o como un movimiento en uno de esos espejos que desfiguran la imagen. Se iban, cogidos de la mano, en una dirección que Paradine no podía comprender. Y mientras él estaba allí, parpadeando, bajo el umbral de la puerta, acabaron por desaparecer del todo.

-¡Emma! -gritó, con la garganta seca-. ¡Scotty!

Sobre la alfombra quedaba un montón de fichas, una anilla de hierro... trastos viejos. Formaban una figura casual. Una arrugada hoja de papel voló hacia Paradine. La cogió automáticamente.

-Niños. ¿Dónde estáis? No os escondáis...

-¡Emma! ¡SCOTTY!

En la planta baja, el teléfono dejó de sonar con su agudo y monótono timbre. Paradine miró el papel que tenía en la mano. Era una hoja arrancada de un libro. Había cosas escritas entre las líneas y en los márgenes, dibujadas con los garabatos sin significado alguno de Emma. Una estrofa de versos había sido subrayada y tachada de modo que resultaba casi ilegible. Pero Paradine estaba familiarizado con A través del espejo. Su memoria recordó las palabras:

Era brillante, y la estopa deslizante
giraba y surgía en espiral en la banda.
Fingida era la arboleda,
y los momentos fueron arrebatados.

De un modo idiota, pensó: «Eso lo explica todo.» Una banda, se refería al lugar lleno de hierba que hay alrededor de un reloj de sol. Un reloj de sol. Tiempo... Tenía algo que ver con el tiempo. Hacía ya mucho tiempo, Scott le había preguntado algo sobre una banda. Puro simbolismo.

Era brillante...

Una fórmula matemática perfecta, en la que se daban todas las condiciones del simbolismo que, finalmente, habían comprendido los niños. Los trastos viejos en el suelo. Las estopas tenían que ser hechas de modo que fueran deslizantes... ¿vaselina? Y tenían que ser colocadas de modo que guardaran una cierta relación, y pudieran así girar y surgir en espiral.

¡Locura!

Pero no había sido locura ni para Emma ni para Scott. Ellos pensaban de modo diferente. Ellos utilizaban la lógica x. Aquellas notas que Emma había garabateado en la página... había traducido las palabras de Carroll en símbolos que tanto ella como Scott eran capaces de comprender. El factor aleatorio había terminado por tener un sentido para los niños. Ellos habían cumplido las condiciones de la ecuación espacio-tiempo. Y los momentos fueron arrebatados... Paradine emitió un sonido débil y profundo a través de su garganta. Observó el loco modelo dibujado en la alfombra. Si pudiera seguirlo, tal y como habían hecho los niños... Pero no pudo. Aquel modelo no tenía sentido alguno. El factor aleatorio le desafiaba. El estaba condicionado por Euclides. Aun cuando se volviera loco, seguiría sin poder hacerlo. Sería un tipo de locura erróneo. Ahora, su mente había dejado de pensar. Pero, dentro de un instante, se pasaría el éxtasis de horror incrédulo y se sumiría en la angustia de un horror irracional... Paradine arrugó la página entre sus dedos,

-Emma, Scotty --llamó con una voz muy débil, como si ya no esperara respuesta.

La luz del sol penetraba por las ventanas abiertas, iluminando la piel dorada de Señor Oso. En el piso inferior comenzó a sonar de nuevo el timbre del teléfono.