sábado, 14 de noviembre de 2015

Historia del endemoniado Pacheco. Jan Potocki (1761-1815)

Finalmente desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente. ¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos.

Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.

Mientras observaba el paisaje, vi cerca del río a dos viajeros, uno de los cuales preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la brida los caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres que mi primer movimiento fue gritarles: «¡Agur, agur!». Lo que en español quiere decir «hola» o «buenos días». Al ver que alguien les saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros parecieron indecisos un instante, pero en seguida montaron en sus caballos, los pusieron a galope tendido y tomaron el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que les gritara para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes de espuela daban a sus caballos. Cuando les perdí de vista decidí abandonar aquel sitio. Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna. Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se componía de chocolate, que cocía aún, sponhao mojado en vino de Alicante, pan y huevos. Después de reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había ocurrido durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo algo confuso de ello pero lo que sí recordaba perfectamente era haber dado mi palabra de honor de guardar el secreto, y estaba firmemente decidido a cumplirla. Esto resuelto, lo único que tenía que hacer, por el momento, era decidir qué camino había de tomar, y me pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a atravesar Sierra Morena.

Quizá el lector se sorprenda de verme tan preocupado por mi honor y tan poco por los sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era consecuencia de la educación que había recibido, como podrá verse por la continuación de mi relato. Por el momento, sigo con el de mi viaje. Tenía gran curiosidad por saber lo que los demonios habrían hecho de mi caballo, que había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi camino, decidí pasar nuevamente por la Venta. Tuve que recorrer a pie todo el valle de Los Hermanos y el de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma cuadra donde lo dejé. Parecía animado, bien cuidado y limpio. No podía imaginarme quién se había ocupado de él, pero como ya había presenciado tantas cosas extraordinarias, no me llamó mucho la atención. Me habría puesto inmediatamente en camino si la curiosidad no me hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la Venta. Encontré el cuarto donde había dormido la noche que llegué por vez primera, pero no pude hallar el salón donde vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo, renuncié a ello, y montando en mi caballo continué mi camino.

Cuando desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol se encontraba en su punto más alto. Como había tardado más de dos horas en llegar a la Venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en buscar una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí continuar mi camino. Por fin vi a lo lejos una capilla gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal, como empezaba a tener hambre, no dudé en dar ese rodeo con tal de conseguir algo de comer. Cuando llegué a la cabaña, até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la ermita. La abrió un religioso de rostro venerable, que me abrazó con paternal ternura, y me dijo: –Entrad, hijo mío, daos prisa. No os conviene pasar la noche fuera; temed al demonio. El Señor nos ha retirado su mano. Di las gracias al ermitaño por su bondad y le confesé que estaba muerto de hambre.

–Pensad primero en vuestra alma, hijo mío –me contestó–. Pasad a la capilla y arrodillaos ante la cruz. Me cuidaré de vuestra hambre, pero sólo podréis hacer una comida frugal, la que corresponde a un ermitaño.

Entré en la capilla y me puse a rezar de verdad, pues era creyente y hasta ignoraba que hubiese incrédulos. El ermitaño vino a buscarme al cabo de un cuarto de hora y me condujo a la cabaña, donde me había preparado una modesta comida. Se componía de aceitunas excelentes, cardos conservados en vinagre, cebollas dulces en salsa y galletas en vez de pan. También disponía de una media botella de vino. El ermitaño me dijo que él no bebía nunca, pero que la guardaba para el sacrificio de la misa. Así, pues, tampoco me atreví a beber yo, pero gocé, en cambio, de la cena. Mientras comía, vi entrar en la cabaña a una figura más horrible que todo lo que había visto hasta entonces. Era un hombre que parecía joven, pero de una delgadez espantosa. Sus cabellos se hallaban erizados, y de uno de sus ojos, que había perdido, manaba sangre. Su lengua pendía fuera de su boca, y de ella resbalaba una babosa espuma. Llevaba puesto un traje negro bastante bueno, pero ésa era su única ropa; no tenía ni medias ni camisa.

El repugnante personaje no dijo ni palabra, y fue a acurrucarse a un rincón de la cabaña, donde permaneció más quieto que una estatua, contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que sostenía en su mano. Cuando acabé de cenar, pregunté al ermitaño quién era aquel hombre.

–Hijo mío –me respondió–, ese hombre es un poseso al que yo intento librar de los demonios. Su terrible historia prueba el poder fatal que el ángel de las tinieblas ha usurpado en esta desgraciada comarca. Como puede ser útil para vuestra salvación que la conozcáis, voy a ordenarle que os la cuente –y, volviéndose hacia donde estaba el endemoniado, le dijo–: Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que relates tu historia.

Pacheco lanzó un terrible alarido, y comenzó en estos términos.
-Nací en Córdoba, donde mi padre vivía disfrutando de una excelente posición. Mi madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre pareció sentir mucho su pérdida, pero al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que tuvo que hacer a Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de Tormes. Esta Camila no gozaba de muy buena fama, y algunos amigos de mi padre intentaron hacerle desistir de tales relaciones. Pero fue inútil. Mi padre insistió en casarse con ella, y el matrimonio tuvo lugar dos años después de que mi madre muriera. Las bodas se celebraron en Sevilla, y pocos días después mi padre regresó a Córdoba con Camila, su nueva esposa, y una hermana de ésta que se llamaba Inesilla.

Mi madrastra respondía perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y lo primero que hizo en su nueva casa fue intentar seducirme, cosa que no logró, pues supe resistir a su intento. Pero, en cambio, me enamoré perdidamente de su hermana Inesilla. Mi pasión por ella creció de tal modo que no tardé en arrojarme a los pies de mi padre para pedirle la mano de su cuñada. Mi padre me obligó a levantarme, y después me dijo:

–Hijo mío, te prohíbo que pienses en ese matrimonio, y te lo prohíbo por tres razones. En primer lugar, no sería serio que te convirtieras en el cuñado de tu padre. En segundo lugar, los santos cánones de la Iglesia no aprueban esa clase de matrimonios. Y por último, no quiero que te cases con Inesilla.

Después de exponerme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó. Me encerré en mi cuarto, abandonándome a la desesperación. Mi madrastra, a quien mi padre había contado lo ocurrido, vino en seguida a verme. Me dijo que no debía desesperarme de ese modo, porque, aunque yo no pudiese ser el marido de Inesilla, podría ser su cortejo, es decir, su amante, y que el lograrlo corría de su cuenta. Pero a la vez me declaró la pasión que sentía por mí e hizo valer el sacrificio que hacía al brindarme a su hermana. Abrí mis oídos a sus palabras, que tanto encendían mis deseos, aunque Inesilla era tan recatada que me parecía imposible se pudiese lograr que correspondiera a mi pasión. Por aquel tiempo mi padre decidió hacer un viaje a Madrid, con el propósito de conseguir la plaza de corregidor de Córdoba, y llevó consigo a su mujer y a su cuñada. Su ausencia iba a durar sólo dos meses, pero ese tiempo me pareció muy largo, estando lejos de Inesilla. Cuando transcurrieron los dos meses, recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba fuese a esperarle a Venta Quemada, a la entrada de Sierra Morena. Unas semanas antes quizá hubiese dudado mucho antes de ir a Sierra Morena. Pero precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto, su banda había sido dispersada y los campos parecían ahora bastante seguros. Partí, pues, de Córdoba a las diez de la mañana siguiente y pernocté en Andújar, en la posada de uno de los andaluces más charlatanes que he conocido. Pedí una cena abundante; comí buena parte de ella y guardé el resto para el viaje.

Al día siguiente, al llegar a Los Alcornoques, almorcé algo de lo que había reservado la víspera, y aquella misma tarde llegué a Venta Quemada. Mi padre no había llegado aún, pero como en su carta me ordenaba que lo esperase me dispuse a ello con agrado, pues la posada era espaciosa y confortable. El posadero que la dirigía entonces era un tal González de Murcia, buena persona, pero muy hablador, que en seguida me prometió una cena digna de un grande de España. Mientras se ocupaba en prepararla, fui a pasearme por la orilla del Guadalquivir, y cuando regresé a la posada me encontré, en efecto, ya dispuesta una cena nada despreciable. Cuando terminé de cenar, dije a González que preparase mi lecho. Apenas me oyó vi que se turbaba, y empezaba a hablarme de modo confuso. Por último, me confesó que en la posada había fantasmas y que él y su familia pasaban las noches en una pequeña granja junto al río. Añadió que, si yo quería, podría prepararme una cama cerca de la suya. La proposición me pareció absurda, y le dije que podía irse a dormir donde quisiera, y que llamara a mis criados. Me obedeció, y se retiró al instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y encogiéndose de hombros. Un momento después llegaron mis criados. También ellos habían oído hablar de aparecidos, y me rogaron que pasara la noche en la granja. No acepté, naturalmente, sus consejos, y les ordené que me prepararan la cama en la habitación donde había cenado. Me obedecieron muy a regañadientes, y cuando el lecho estuvo preparado me rogaron aún, con lágrimas en los ojos, que fuese a dormir con ellos a la granja. Sus ruegos me impacientaron de tal modo que les amenacé con arrojarlos violentamente, y se apresuraron a salir. Como no era mi costumbre que mis criados me ayudaran a desnudarme, pude pasarme fácilmente sin ellos. Pero debo reconocer que fueron muy gentiles conmigo, más de lo que yo merecía por mi crudeza al tratarlos. Antes de marcharse dejaron junto a mi lecho una vela encendida, otra de repuesto, un par de pistolas y algunos libros con cuya lectura pudiese permanecer despierto, aunque la verdad es que había perdido completamente el sueño.

Durante un par de horas estuve leyendo y dando vueltas en la cama. Por último, oí el sonido de una campana o de un reloj que daba las doce. El hecho me sorprendió, pues no había oído dar las otras horas. Pero en seguida se abrió la puerta y vi entrar a mi madrastra, en camisón de noche, y llevando una palmatoria en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con un dedo en la boca como para imponerme silencio. Y dejando la palmatoria en mi mesilla de noche se sentó en mi cama, tomó una de mis manos entre las suyas y me habló así:

–Mi querido Pacheco, ha llegado el momento de ofreceros los placeres que os prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada. Vuestro padre ha ido a dormir a la granja, pero como he sabido que os hallabais aquí, logré que me autorizara a pasar la noche en la posada con Inesilla. Ella os aguarda y está dispuesta a no negaros sus favores. Pero debo informaros de las condiciones que impongo para que logréis vuestra dicha. Amáis a Inesilla, y yo os amo. No es justo que, de nosotros tres, sólo dos sean felices a costa del tercero. Así pues, un solo lecho nos acogerá a los tres. Seguidme.

Mi madrastra no me dejó tiempo para contestarla. Tomándome de la mano me condujo, de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta, en donde Camila se puso a mirar por el ojo de la cerradura. Estuvo algún tiempo mirando, y después me dijo:

–Todo va bien, podéis mirar vos mismo.

Ocupé su puesto junto a la cerradura y pude ver a la encantadora Inesilla en su lecho. Me sorprendió el que no pareciera tan pudorosa como la había conocido siempre. La expresión de sus ojos, su agitada respiración, su animada tez, su actitud, todo en ella expresaba que estaba aguardando a un amante. Después de haberme dejado mirar unos minutos, mi madrastra me dijo:

–Mi querido Pacheco, permaneced en esta puerta, y cuando llegue el instante oportuno vendré a avisaros.

Cuando Camila entró en la habitación pegué mi ojo al agujero de la cerradura y vi mil cosas que me cuesta trabajo contar. Primeramente, Camila se desnudó del todo, y metiéndose en la cama de su hermana le dijo estas palabras:

–Mi pobre Inesilla, ¿es verdad que deseas un amante? Pobre niña. No sabes el daño que te hará. Primero te derribará, se echará sobre ti, y después te aplastará y te desgarrará.

Cuando Camila creyó que su alumna ya sabía bastante, vino a abrirme la puerta, me llevó hasta el lecho de su hermana y se acostó con nosotros. ¿Que podría deciros de aquella noche fatal? Que agoté en ella las delicias y los crímenes. Durante largo tiempo estuve luchando contra el sueño y la naturaleza para lograr aún más los infernales goces. Finalmente, me dormí y desperté al día siguiente bajo la horca de los hermanos de Zoto, acostado entre los dos horribles cadáveres...

En este momento, el ermitaño interrumpió al endemoniado y me dijo:
–Y bien, hijo mío, ¿qué os parece? Imaginad vuestro horror si hubieseis amanecido entre los dos ahorcados.
A lo cual respondí:
–Me ofendéis, padre. Un caballero no debe jamás tener miedo y menos aún si tiene el honor de ser capitán de la Guardia Valona.
–Pero hijo mío –continuó el padre–, ¿habéis oído decir alguna vez que semejante aventura ha sucedido a alguien?
Dudé un instante antes de contestar, y al fin le dije:
–Si esa aventura, padre, ha ocurrido al señor Pacheco, puede también suceder a otros. Pero mejor podré juzgar si os dignáis ordenarle que continúe su historia.
EI ermitaño se volvió hacia el endemoniado y le dijo:
–Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que continúes tu historia.
Pacheco lanzó un nuevo y terrible alarido, y continuó de esta suerte:

-Dejé la horca medio muerto de miedo. Me arrastré como pude y marché sin saber adónde me dirigía. Por fin, encontré a unos viajeros que tuvieron piedad de mi situación y me condujeron a la Venta Quemada, donde hallé al posadero y a mis criados, muy preocupados por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la granja, y me contestaron que nadie había llegado aún. No me atreví a quedarme más tiempo en la Venta, y resolví regresar a Andújar. Cuando llegué ya se había puesto el sol y la posada estaba llena. Me prepararon una cama en la cocina, y me acosté pronto, pero los horrores de la noche anterior, vivos aún en mi espíritu, me impedían coger el sueño. Había dejado encendida una vela sobre el hogar de la cocina. De pronto, la vela se apagó, y sentí al instante un escalofrío mortal que heló mis venas. Al mismo tiempo alguien tiró del cobertor, y oí una voz femenina que me decía:

–Soy Camila, tu madrastra. Tengo frío, amor mío, hazme sitio bajo la manta.
Y otra voz:
–Soy Inesilla. Tengo mucho frío, déjame entrar en tu cama.
En ese momento sentí una mano helada que me agarraba por el cuello. Reuní todas mis fuerzas y exclamé:
–¡Satán, vete de aquí!
Entonces las dos voces de antes me dijeron:
–¿Por qué nos echas? ¿No eres nuestro maridito? Tenemos mucho frío. Vamos a encender un poco de lumbre.

En efecto, poco tiempo después vi las llamas en el hogar de la chimenea. La estancia se iluminó, pero en vez de ver a Camila y a Inesilla lo que vi fue a los hermanos de Zoto, colgados de la chimenea. Esta visión me aterrorizó. Rápidamente me levanté, salté por la ventana y me puse a correr con todas mis fuerzas. Por un momento creí haber logrado escapar de tantos horrores, pero al volverme vi con terror que era seguido por los dos ahorcados. Corrí de nuevo, y me pareció que había logrado dejarlos atrás. Pero mi ilusión duró poco. Las horribles criaturas lograron rodearme y llegar hasta mí. Intenté correr, pero mis fuerzas me abandonaron. Sentí entonces que uno de los ahorcados me sujetaba por el tobillo izquierdo. Intenté zafarme, pero el otro ahorcado me cortó el camino poniéndose ante mí, mirándome con ojos terribles y sacándome una lengua roja como el hierro cuando sale del fuego. Pedí clemencia, pero fue en vano. Aquel monstruo me sujetó del cuello con una mano y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el hueco de mi ojo introdujo su lengua de fuego. Me lamió el cerebro y me hizo aullar de dolor.

El otro ahorcado, que me había agarrado la pierna derecha, quiso también martirizarme. Comenzó haciéndome cosquillas en la planta del pie que tenía sujeto, pero después el monstruo me arrancó la piel del pie, separó los nervios, les quitó su encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos como si fuesen un instrumento musical. Mas como por lo visto no daban un sonido que fuese de su agrado, hundió sus uñas en mi corva, agarró con ellas mis tendones y se puso a retorcerlos, como se hace para afinar un arpa. Finalmente, se puso a tocar sobre mi pierna, convertida en salterio. Escuché su risa diabólica, y mientras el dolor me arrancaba terribles aullidos los gemidos del infierno me hacían coro. Cuando oí el rechinar de los condenados me pareció que cada una de mis fibras era triturada por sus dientes. Por último, perdí el conocimiento. Al día siguiente, unos pastores me encontraron en el campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados y he hallado al pie de la cruz algún consuelo a mis desgracias...

Nuevamente el endemoniado lanzó un horrible aullido y se calló. El ermitaño habló entonces, y me dijo:
–Joven, ya veis el poder de Satán. Debéis rezar y llorar. Pero ya es tarde y debemos separarnos. No os invito a que descanséis en mi celda porque Pacheco lanza tales gritos durante la noche que no podríais dormir. Id a acostaros a la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz que triunfa sobre los demonios.

Contesté al buen ermitaño que lo haría de buen grado. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera y me acosté en él, mientras el ermitaño me deseaba buenas noches.

Cuando me encontré solo me puse a pensar en la historia de Pacheco, en la que encontraba bastante semejanza con mis propias aventuras. Me hallaba aún pensando en ello cuando oí que daban las doce, pero no podía saber si era la campana de la ermita o si es que iba a toparme nuevamente con aparecidos. A los pocos instantes oí que llamaban a la puerta de la capilla, y pregunté:

–¿Quién es ahí?
Una voz femenina me respondió:
–Tenemos frío, ábrenos, somos tus mujercitas.
–Sí, sí, malditos ahorcados –les contesté–, volveos a vuestra horca y dejadme dormir.
La misma voz volvió a decirme:
–Te burlas de nosotras porque estás en una capilla. Ven fuera y verás...
–Ahora mismo voy –contesté.

Fui a buscar mi espada e intenté salir, pero vi que la puerta estaba cerrada. Les dije a los aparecidos lo que ocurría, pero no me contestaron. Entonces me fui a acostar y dormí hasta el alba.

Historias de fantasmas. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro.

Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: « ¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:

—Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel de P... El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.

Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto... leyó..., cantó..., bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.

Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.

Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.

Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se servía a las nueve en punto.

La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.

Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.

Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: « ¿No ven -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada..., la figura... que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí... ¿no la ven?»

Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.

Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: « ¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»

Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.

La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.

¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.

El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca... ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: « ¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: « ¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» « ¡Oh, Dios...! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca... y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó... y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.

La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El Coronel se rehizo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.

La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?

El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W... Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R... acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!

Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó: « ¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.

Historia del príncipe y la vampiro. (Las mil y una noches. Anónimo)

El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo a la caza con galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara a su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió a cazar con galgos, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: "¡Anda contra esa fiera! ¡Persíguela!" Y el príncipe se puso a perseguir a la fiera hasta que todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció del desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir, cuando vió en lo más alto del camino una joven esclava que estaba llorando. El príncipe le preguntó: "¿Quién eres?" Y ella respondió: "Soy la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el desierto, sentí ganas de dormir, y me caí de la cabalgadura sin darme cuenta. Entonces me encontré sola y abandonada". A estas palabras, sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven, llevándola a la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente a un bosquecillo, la esclava le dijo: "¡Oh señor, desearía evacuar una necesidad!" Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava pudiera enterarse. La esclava era un vampiro, y estaba diciendo a sus hijos: "¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!" Y ellos dijeron: "¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!" Cuando lo oyó el príncipe, ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil, al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: "¿Por qué tienes miedo?" Y él dijo: "Hay un enemigo que me inspira temor". Y prosiguió la vampiro: "Me has dicho que eres un príncipe..." Y respondió él: "Así es la verdad". Y ella le dijo: "Y entonces, ¿por qué no das algún dinero a tu enemigo para satisfacerle?" El príncipe replicó: "No se satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo, como víctima de una injusticia". Y la vampiro le dijo: "Si te persiguen como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda de Alah, y Él te librará de sus maleficios y de los maleficio de aquellos de quienes tienes miedo".

Entonces el príncipe levantó la cabeza al cielo y dijo: "¡Oh tú, que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!"

Cuando la vampiro oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de su padre, y le dió cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó matar al visir".

En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:

¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la peor de las muertes! Aunque le hayas colmado de favores, y le hayas hecho tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con una segunda cosa que te mandará también coger?"

Entonces el rey Yunán dijo: "Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que, por ejemplo, me diera a oler". Y luego el rey Yunán dijo a su visir: "¡Oh visir! ¿qué debemos hacer con él?" Y el visir respondió: "Hay que mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga a ti"

Y el rey Yunán dijo: "Verdad dices, ¡oh visir!" Después el rey mandó llamar al médico, que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente. El poeta lo dice en sus versos:

¡Oh tú, que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?

Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo! ¡Y tú Señor! ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién reservaría si no el don maravilloso de mi estilo rimado y mi lengua de Poeta? ¡Cada nuevo don que recibo de tus manos, ¡oh Señor! es más hermoso que el precedente y se anticipa a mis deseos! Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi alma y en público? ¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia bastante, ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado! ¡Oh tú que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres! ¡Sabes también que nada se puede hacer por tu voluntad, sino por la voluntad del Sabio de los Sabios! ¡No desesperes pues, nunca y olvida todas las tristezas y todas las zozobras! ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más firme y más fuerte?

¡Abandónaselo todo! ¡Nuestros proyectos no son más que proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador! ¡Déjate llevar! ¡Así disfrutarás de una paz duradera!

Cuando se presentó el médico Ruyán, el rey le dijo: "¿Sabes por qué te he hecho venir a mi presencia?" Y el médico contestó: "Nadie sabe lo desconocido, más que Alah el Altísimo".

Y el rey le dijo: "Te he mandado llamar para matarte y arrancarte el alma". Y el médico Ruyán, al oír estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y dijo: "¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿Qué falta he cometido?" Y el rey contestó: "Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por eso te voy a matar antes de que me mates". Después el rey llamó al porta-alfanje y le dijo: "¡Corta la cabeza a ese traidor y líbranos de sus maleficios!" El médico le dijo: "Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, si no Alah te matará también".

Después reiteró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome a ti ¡oh efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en desear mi muerte.

Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: "No podré vivir confiado ni estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des a oler o de cualquier modo". Y dijo el médico: "¡Oh rey! ¿Es ésta tu recompensa? ¿Así devuelves mal por bien?" Pero el rey insistió: "No hay más remedio que darte la muerte sin demora". Y cuando el médico se convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió al recordar los favores que había hecho a quienes no los merecían. Ya lo dice el poeta:

¡La joven y loca Moimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu! ¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y considerado entre los mejores!

¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones peligrosos...!

En seguida se adelantó el porta-alfanje, vendó los ojos del médico, y sacando la espada, dijo al rey: "Con tu venia". Pero el médico seguía llorando y suplicando al rey: "Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, o Alah te matará a ti".

Y recitó estos versos de un poeta:

¡Mis consejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos de los ignorantes conseguían su propósito! ¡No recogí más que desprecios! ¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si muero, mi ejemplo servirá a los demás para que enmudezca su lengua!

Y dijo después al rey: "¿Es ésta tu recompensa? He aquí que me tratas como hizo un cocodrilo". Entonces preguntó el rey: "¿Qué historia es esa de un cocodrilo?" Y el médico dijo: "¡Oh señor! No es posible contarla en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida y Alah te la conservará!"

Y después comenzó a derramar copiosas lágrimas. Entonces algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: "¡Oh rey! Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que había resistido a los médicos y a los sabios". El rey les contestó: "Ignoráis la causa de que mate a este médico; si lo dejo con vida, mi perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome a oler cualquier otra. Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte, pues debe ser un espía que ha venido a matarme. Su muerte es necesaria; sólo así podré perder mis temores". Entonces el médico imploró otra vez: "Consérvame la vida para que Alah te la conserve; y no me mates, para que no te mate Alah".

Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey lo iba a hacer matar sin remedio, dijo: "¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir a casa para despachar mis asuntos, encargar a mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario".

Entonces el rey preguntó al médico: "¿Qué libro es ese?" Y contestó el médico: "Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: Cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda; y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le dirijas".

Al oír estas palabras el rey se asombró hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción, dijo: "¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?" Y el médico respondió: "Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa prodigiosa". Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado por guardianes, y el médico llegó a su casa, y despachó sus asuntos aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diwán, y acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs (lugartenientes o representantes del rey) y todos los jefes del reino, y el diwán parecía un jardín lleno de flores.

Entonces entró el médico en el diwán y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo: "Que me traigan una bandeja". Le llevaron una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces: "¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro".

Pero el rey, lleno de impaciencia no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: "¡Oh médico, no hay nada escrito!"

Y el médico respondió: "Sigue volviendo más hojas del mismo modo". Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó: "¡El veneno circula!"

Y después el médico Ruyán comenzó a improvisar versos diciendo:

¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, oh Señor, la justicia existe! ¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron y la suerte los ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones! ¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto a cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!

Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey. Sabe ahora, ¡oh efrit, que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah a su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su propia muerte.

Y si tú, ¡oh efrit, hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: "¡Qué deliciosas son tus palabras!" Y Schehrazada contestó: "Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme". Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diwán. Y cuando terminó el diwán, volvió a su palacio y se reunió con los suyos.

Historia de los duendes que secuestraron a un sepulturero. Charles Dickens (1812-1870)

En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo, trabajaba como sepulturero Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador y esté rodeado constantemente por los emblemas de la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los sepultureros se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve el honor de entablar amistad con uno muy silencioso que en su vida privada, fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso. No obstante, Gabriel Grub era un tipo intratable y taciturno. No se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada de mimbre que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasaba junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.

Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro la azada, encendió su farol y se dirigió hacia el cementerio, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía de mal ánimo pensó que lo mejor era ponerse a trabajar enseguida. En el camino vio la luz de los fuegos que brillaban tras los viejos ventanales, y escuchó las fuertes risas y los alegres gritos de los que se encontraban reunidos; observó los preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos olores que ascendían en forma de nubes desde las ventanas de las cocinas.

Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.

Gabriel caminaba en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bien humorados de aquellos vecinos que pasaban, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón, porque era un sitio agradable y triste, que la gente de la ciudad no frecuentaba; por ello se sintió indignado al oír a un joven que cantaba una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de Callejón del Ataúd desde la época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada.

Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas, y que en parte para hacerse compañía, y en parte como preparativo de la ocasión, vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara, lo acorraló en una esquina y lo golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí.

Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en ella durante una hora. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era fácil desmenuzarla; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber silenciado los cantos del muchacho que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía. Cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, miró la tumba con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:

Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!

-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.

En el momento en el que iba a llevarse la botella a los labios, Gabriel se detuvo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas. La nieve yacía dura sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.

-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.

Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.

Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba. En la cabeza llevaba un sombrero de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.

-No fue el eco -dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.
-He venido a cavar una tumba, señor- contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.
-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende.
-Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:
-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!

El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida.
-Es... resulta... muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.
-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo?
-La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.
-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.
-Por favor, señor -replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo que esos caballeros me hayan visto nunca, señor.
-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Lo conocemos, lo conocemos.

En ese momento el duende lanzó una risotada que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó de pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.

-Me... me... temo que debo abandonarlo, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.
-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabriel Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!

Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una luz brillante tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio hubiera sido iluminado; la luz desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros de duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar en las tumbas, sin detenerse un instante a tomar aliento, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común, el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.

Finalmente el juego llegó al punto culminante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y rebotando sobre las tumbas como pelotas. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.

Cuando Gabriel Grub pudo recuperar el aliento, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.

-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traigan un vaso de algo caliente!
Al escuchar esa orden, media docena de duendes desaparecieron para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey.
-¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Tráiganle una copa de lo mismo al señor Grub.

En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes lo sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.

-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina del sombrero el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-... y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.

Al decir aquello el duende, una nube que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de la ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado. Se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.

Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero lo miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo, descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que los miraba desde arriba, bendiciéndolos desde un cielo brillante y feliz.

De nuevo la nube traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos ni lamentaciones, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.

-¿Qué piensas de eso? -preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub.
Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!

Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación ahogó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Grub una buena patada; inmediatamente después, todos los duendes rodearon al infeliz y lo patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado la realeza y abrazan a quien la realeza abraza.

-¡Enséñenle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso. El sol brillaba, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.

-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.

Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los duendes; pero, aún así, miraba con interés que nada podía disminuir. Vio a hombres que trabajaban con esfuerzo pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes el rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados, alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres eran capaces de superar la pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era así porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo muy decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, se quedó dormido.

Despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado sobre la lápida plana del cementerio. La piedra sobre la que había visto al duende se erguía ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ideas. Vaciló al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y quitándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.

Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.

Aquel día encontraron en el cementerio el farol. Al principio hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos un trozo perteneciente a la veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceada por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.

Desafortunadamente esas historias se vieron enturbiadas por la reaparición de Gabriel Grub diez años más tarde, como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también al alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal su confianza en otro tiempo, dejaron de predominar y se apartaron de esa historia. Trataban de parecer lo más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que se suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y se había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.

Historia del reino de los vampiros. Italo Calvino (1923-1985)

A ninguno de nosotros le había pasado inadvertida la semejanza existente entre el REY DE BASTOS y nuestro comensal; no sólo en la expresión que denotaba un carácter sosegado y concentrado y en ese porte de hombre acostumbrado a vociferar órdenes sin que esto le implicara esfuerzo alguno, sino también en el movimiento de cabeza que la figura lograba ejecutar con cierta eficacia: una especie de tembloroso tic en los párpados y el cuello, como si se quitara de encima un problema que, sin embargo, seguía estando allí; es más, los elementos que no cuadraban, en lugar de desaparecer, iban creciendo, y el ceño de impaciencia seguía arqueándole las cejas y contrayéndole el hoyuelo del mentón. Presentándose con esa figura coronada, él, sin duda alguna, había querido poner en evidencia las prerrogativas soberanas de quienes detentan el poder, capacidad de decisión y los medios económicos de una riqueza segura y creciente. Era probable que algunas de las cartas que poco a poco iba tomando y echando sobre la mesa se refirieran a sus atributos: DINERO circulante y bien invertido.

COPAS ordenadas sobre la mesa para satisfacer la festiva sed de la pródiga clientela, la promesa de una JUSTICIA rigurosa y racional, como la que se asoma en su carta, un rostro impertérrito de empleada de ventanilla. Con éstas y otras cartas del tarot ordenadas en fila, se encontraba un dibujo regular, que el narrador quería componer, pero la variedad y la bizarría de las figuras parecían contradecir el orden de la composición simétrica; y sus manos, al moverse sobre la mesa, barajaban decididas y se detenían perplejas.

En la carta que con más orgullo y certidumbre había echado sobre la mesa, el AS DE COPAS, veíamos que se perfilaban contra el cielo las puntas de los rascacielos de una ciudad bien ordenada y próspera; recorrida por una multitud verti-horizontal; repleta de miles de ascensores; bordada por las intersecciones de las hormigueantes autopistas elevadas; excavada por el hormiguero luminoso de las autopistas subterráneas: ciudad que sobrepasa a las nubes y sepulta las alas oscuras de sus miasmas en las vísceras del suelo o en cavernas submarinas, para que no obstruyan la vista de las grandes vitrinas y la brillantez de los metales. O bien, estas alas rapaces que se asoman por debajo de la copa-ciudad podrían indicar una amenaza que se cierne desde el interior de la metrópoli iluminada y transparente. Habladurías supersticiosas se mezclaban a los cálculos de las ganancias; y en las fiestas, EL LOCO o bufón o enano de la Corte, le refería al Rey con intención de quererlo asustar: “¡Uy, uy, majestad, ayer en la noche un cuervo negro fue visto salir volando desde los altiplanos, un licántropo aullaba en los docks, los fantasmas sustituyeron al personal de una estación de servicio y lavaban los cristales con esponjas ensangrentadas!”.

Era el LOCO o Juglar o Poeta que, por antigua y sabia usanza, ejerce en las cortes la función de trastocar y hacer escarnio de los valores en los que el soberano basa su dominio, revelándole que cada línea recta esconde un revés retorcido; cada producto terminado, un desbarajuste de fragmentos que no empalman; todo discurso ilado, un bla bla bla.

El Rey sabía que le pagaba al Loco precisamente para que lo contradijera e hiciera escarnio de él y, sin embargo, cada tanto, esos chistes provocaban en el soberano una vaga inquietud; también ésta, sin duda alguna, prevista en el contrato estipulado entre el Rey y el Loco y, sin embargo, de todas maneras, un poco inquietante, y no sólo porque la única manera de complacerse con una inquietud resulta ser inquietante, sino precisamente porque en verdad se sentía inquieto.

–¿Me quieres dar a entender que hay algo que se escapa de mi control, Loco?

–Majestad, venga conmigo y ya verá.

Las cartas de BASTOS indicaban que el Loco había llevado al Rey al bosque donde todos estábamos perdidos. “Yo no sabía que todavía quedaran en mi reino bosques tan impenetrables”, debió observar el monarca, “y en este punto, con las cosas que se dicen en contra de mí, no puedo más que alegrarme de que un bosque tan tupido le impida a las hojas respirar oxígeno por sus poros y digerir la luz en sus verdes savias”.

Y el Loco dijo: “Si yo fuera tú, Majestad, no me alegraría tanto. No es en el exterior de la iluminada metrópoli donde el bosque extiende sus sombras, sino adentro: en las cabezas de tus súbditos consecuentes y ejecutivos. ¿Acaso no ves cómo todos corren detrás de santones, taumaturgos y oráculos? ¿Qué los empuja a hacerlo? ¿Qué crees que les pregunten? ¿Qué es lo que quieren saber que no se les haya explicado y vuelto a explicar? Yo te lo voy a decir: con toda la información que tienen sobre lo que sucede afuera, sobre un exterior total que incluso comprende el interior vuelto al revés como si fuese un guante, los pobrecillos se mueren de ganas de que les hablen de su muy privado interior, del yo de todos los yo, de su pequeño espíritu blandengue y huerfanito, de las energías latentes en los instintos que yacen bajo el plexo solar o abajo de allí”. Este discurso del Bufón se podía ilustrar muy bien con la ramificación de tres arcanos, uno después del otro, que testimonian el culto a un PAPA o gran pontífice o gurú o maestro de pensamiento, sin duda alguna relacionado con el alma; o bajo una especie de sustancia angélica y fluente como la carta del tarot llamada LA TEMPLANZA; o bajo el prorrumpir inconsulto de instintos bestiales como en la alegoría de la FUERZA.

–No quisiera que, por aventurarnos por este bosque, traspusiéramos nuestras fronteras –debió decir el Rey.

Y el Loco le contestó:

–El alma siempre es una zona de frontera.

–¿Frontera de qué con qué?

–Ya lo veremos. Sigamos adelante.

Conforme avanzaban, la espesura del bosque le fue cediendo espacio a veredas recalzadas con tierra removida, a fosas rectangulares y a un destello blancuzco como de hongos aflorando en la tierra. Con horror, El Arcano Número Trece nos advirtió que el bosque pululaba de huesos descarnados y cadáveres putrefactos. Una nube descubrió a LA LUNA. Se elevó el aullido de los chacales que raspaban furiosos en las orillas de las tumbas disputándoles a los escorpiones y a las tarántulas sus pútridos manjares.

–¡Pero a dónde me has traído, Loco! ¡Esto es un cementerio!

Y el Bufón, señalando a la fauna invertebrada que apacienta al fondo de los sepulcros, le dijo:

–Inútilmente crees que sostienes el cetro de las Causas y de los Efectos: estamos en el reino de un EMPERADOR más poderoso que todos los reyes, ¡Su Majestad el Gusano!

El Rey miró a su alrededor con la misma mirada con la que ahora contemplaba el retículo de cartas del tarot que, entre más intentaba combinar en una sucesión regular, más le imponían su arbitrio; y como en ese entonces bajo aquella luz nocturna, así ahora, bajo la luz de los candeleros, las cartas de COPAS se asomaban como urnas, arcas y sepulturas entre las ortigas; las cartas de ESPADAS resonaban inquebrantables como palas y barretas contra las tapas metálicas; las cartas de BASTOS alineaban montones de ataúdes en las cámaras mortuorias; las cartas de OROS brillaban como trémulos fuegos fatuos. Y en los labios mudos de nuestro comensal adivinábamos las palabras que le saldrían con cólera: “Nunca vi en mi reino un lugar donde el orden dejase tanto a desear. ¿Quién es el imbécil que ha sido propuesto para este ministerio?”.

–Yo, para servirle, Majestad –dijo un sepulturero que se recargaba en la pala hundida en la tierra recién removida (SOTA DE BASTOS)–. Para alejar el pensamiento de la muerte, los ciudadanos esconden, de la mejor manera posible, los cadáveres en este lugar. Pero luego, removiendo y volviendo a remover, lo piensan, y regresan para cerciorarse si están bien sepultados; si los muertos, estando muertos, son diferentes a los vivos, porque de otra manera, los vivos ya no estarían seguros de estar vivos, ¿me explico? Y así, entre sepulturas y exhumaciones, levantar, poner y volver a poner, ¡para mí siempre hay mucho que hacer!

Y escupiéndose entre las palmas de las manos, siguió trabajando con su pala.

Ahora, el narrador señalaba el arcano llamado LA PAPISA, así como entonces había apuntado el dedo hacia la figura envuelta en una capa monacal, acuclillada en el antiguo cementerio, le preguntó al sepulturero:

–¿Quién es esa anciana que escarba entre las tumbas?

–¡Dios nos guarde! Aquí de noche merodea una mala ralea de mujeres –debió responderle el sepulturero, persignándose– expertas en filtros y libros de encantamientos, que andan a la búsqueda de ingredientes para sus maleficios.

–Sigámosla, y estudiemos su comportamiento.

–¡Yo no, Majestad! –y el Bufón, en ese punto, debió dar marcha atrás, no sin sentir un escalofrío–. ¡Le ruego encarecidamente que nos larguemos pronto de aquí!

–¡Me tengo que enterar, hasta qué punto, en mi reino, se conservan supersticiones decrépitas!

Sobre el carácter obstinado del Rey, uno podía jurar: fue detrás de ellas.

En el arcano llamado LAS ESTRELLAS vemos a la mujer quitarse la capa y las vendas monacales. No era para nada vieja, era hermosa, estaba desnuda. El claro de luna centelleaba de resplandores siderales y bajo esa luz, el Rey y todos nosotros, descubrimos que la nocturna visitante del cementerio se parecía a su esposa. No sólo el cuerpo, los senos gentilmente en forma de pera, los hombros mórbidos, el vientre amplio y oblongo, las caderas generosas reconoció el esposo, sino, apenas ella levantó la frente, también reconoció el rostro, enmarcado en la pesada cabellera que caía sobre sus hombros, que le imprimía una expresión insólitamente arrobada, que en su vida conyugal sólo se le veía muy de vez en cuando, pero que había quedado registrada en un retrato juvenil (la REINA DE ESPADAS) que nos ha sido anexado para hacer la comparación.

–¿Cómo se permiten, estas inmundas hechiceras, asumir la forma de personas educadas y prestigiosas? –ésta y no otra, debió ser la reacción del Rey que, con tal de alejar toda sospecha de su esposa, estaba listo para conceder a las brujas un cierto número de poderes sobrenaturales, incluido el de transformarse a voluntad. Una explicación alternativa, que se le vino a la mente, y que hubiera satisfecho muy bien los requisitos para justificar la similitud (“¡Mi esposa, pobrecita, con su agotamiento, hasta debió sufrir crisis de sonambulismo!”), tuvo que descartarla de inmediato al ver a qué laboriosas operaciones se dedicaba la presunta sonámbula: arrodillada en la orilla de una fosa, ungía el terreno con turbios filtros (si los instrumentos que sostenía en las manos no se podían interpretar como sopletes para desoldar el metal de un ataúd).

Cualquiera que fuese el procedimiento que usara, se intentaba violar una tumba, escenas que las cartas del tarot previenen para el día del JUICIO al final de los tiempos y que aquí acontece, por el contrario, prematuro, a manos de una frágil dama (a la que nadie, viéndola, le hubiera atribuido LA FUERZA necesaria para abrir las infernales fauces de sepulcros devoradores de cadáveres).

Con la ayuda del DOS BASTOS y de una cuerda, la bruja sacaba de la fosa un cuerpo colgado de los pies. Era un muerto de aspecto todavía juvenil; de su pálido cráneo colgaba una tupida cabellera de un negro casi azul; tenía los ojos desmesuradamente abiertos, como si hubiese fallecido por muerte violenta; los labios descansaban contraídos sobre los dientes caninos, largos y puntiagudos como ESPADAS, que la bruja descubrió con un gesto cariñoso. Algo indecente estaba sucediendo al fondo: la bruja estaba inclinada sobre el cadáver como una gallina ponedora; repentinamente, el muerto se levantó como el AS DE BASTOS; como la SOTA DE COPAS, se llevó a los labios un cáliz con un denso líquido rojo que la bruja le había ofrecido; como en el DOS DE COPAS, brindaron juntos; y sobre una CARROZA triunfal tirada por corceles infernales se fue volando de allí, llevando consigo a su resucitadora, dirigiéndose hacia festines secretos, que no obstante esto, ya podíamos imaginar; viendo en todas las cartas resplandecientes de cálices dorados el color escarlata de la sangre fresca y sin coágulos.

–¡Mi reino metálico y aséptico sigue siendo pasto de vampiros, secta inmunda y feudal! –el grito del Rey debió ser de este tenor; mientras, mechón a mechón, se le iban poniendo los pelos de punta, para luego regresar a su lugar ya encanecidos. Ya no era una historia lineal, sino una fuga entre las cartas del tarot la que su mano nos señalaba, entre escalofríos y tartamudeos. Ese reino, que él creía cerrado y transparente como una copa tallada en el cristal de roca, ahora se revelaba poroso y gangrenado como un viejo corcho metido allí, de la mejor manera posible, para tapar la brecha en el límite húmedo e infecto del reino de los muertos.

Cuando escapaban de allí, en la oscuridad del bosque, alcanzaron a divisar una luz: un EREMITA sostenía una linterna en la entrada de su gruta, para que encontrasen refugio en ella las criaturas temerosas de Dios que las larvas nocturnas habían sorprendido en el bosque.

–¿Sabías –le explicó el Eremita al Rey– que esa bruja es una reina adúltera y vampira? Para arrancarle a su amante a otra mujer (a esta intriga aludía la viñeta intitulada el AMOROSO) le bebió de las venas de la garganta todo el plasma vital y lo dejó tirado, dándolo por muerto. En las noches de equinoccio y de solsticio la hechicera llega hasta la tumba de su amante, lo desentierra, le da vida alimentándolo de sus propias venas (el infeliz, a su vez, se vuelve vampiro) y se une a él en el gran Aquelarre de los cuerpos que, de la sangre de otros, alimentan sus consuntas arterias y enardecen a las pudendas, perversas y poliformes.

De este impío rito, las cartas del tarot reportan dos versiones muy diversas que parecen obra de dos manos diferentes: una burda, que se esfuerza en representar a una figura execrable, que es, a la vez, hombre-mujer-murciélago, nombrada EL DIABLO; la otra, toda grandes fiestas y guirnaldas, que celebran la reconciliación de las fuerzas terrestres con las del cielo como símbolo de la totalidad del MUNDO, mediante la danza de una bruja o ninfa desnuda o –según algunos hermeneutas– hermafrodito alborozado. (Pero el tallador de las dos cartas del tarot bien pudo ser una sola persona, el adepto clandestino de un culto nocturno que había esbozado con rígidos trazos el espantapájaros del Diablo, para hacer escarnio de la ignorancia de exorcistas e inquisidores, y había prodigado sus recursos ornamentales en la alegoría de su fe secreta.)

–Dime, santo varón, cómo puedo liberar mis territorios de este flagelo –le preguntó el Rey, y de inmediato, acometido por un sobresalto belicoso (las cartas de ESPADAS, sin embargo, siempre estaban listas para recordarle que la relación de fuerzas le era favorable), quizá propuso:

–Siempre podré recurrir a mi ejército, adiestrado en maniobras de asalto y repliegue, en someter a fuego y sangre, en robar e incendiar, en arrasar con todo, en no dejar ni una hierba en pie, ni un movimiento de hojas, ni alma viva...

–Majestad, no es el caso –lo interrumpe, certeramente, el Ermitaño, fortalecido por haber transcurrido sus largos años observando y catalogando las apariciones que lo visitaban en sus penitencias–. Se me ha ocurrido un plan más sencillo. Cuando el Aquelarre se deja sorprender por el primer rayo del sol naciente, todas las brujas y los vampiros, pesadillas y demonios se dan a la fuga, transformándose ya sea en cornejas, murciélagos o en cualquier otra especie de quirópteros. Bajo tales vestiduras, como he tenido manera de comprobar, ellos pierden su invulnerabilidad habitual. En ese momento, con esta trampa escondida, capturamos a la hechicera.

–¡Bien pensado, santo varón! Pero no perdamos tiempo. ¡Con mis reflectores podré disimular muy bien alba, aurora y mediodía!

–Mejor no, sir. Será suficiente con mi linterna.

–Confío en lo que dices. Entonces, ¡manos a la obra!

Todo se desarrolló conforme el plan del Eremita; por lo menos, por lo que pudimos recabar cuando la mano del Rey se detuvo en el misterioso arcano de la RUEDA, que podía designar tanto a la danza de los espectros zoomorfos como a la trampa ejecutada por el Eremita (la hechicera había caído en la trampa bajo la forma de un repugnante murciélago coronado, junto con dos lémures, sus demonios, y piafaban dentro de la trampa, sin ninguna posibilidad de salir de ella), cuando todavía la rampa de lanzamiento, en la que el Rey había encapsulado a la infernal salvajina para lanzarla a una órbita sin retorno, aligerando su campo de gravedad terrestre en el que todo lo que se lanza al aire te cae en la cabeza, y quizá descargarla en los terrenos vagos de la Luna, la cual, desde hace demasiado tiempo, gobiernan los moscardones de los licántropos, las generaciones de los mosquitos; ¡y, todavía, la Luna pretende conservarse incontaminada, tersa, cándida! El narrador contemplaba con mirada ansiosa la curva que ata el DOS DE OROS, como si escrutase la trayectoria de la Tierra a la Luna, única vía que se le ocurría para una expulsión radical de lo incongruente de su horizonte, admitiendo que Selene, menguada en sus alturas de diosa, se haya resignado al rango de celestial basurero.

Sobresalto. La noche fue desgarrada por un fulgor, alto sobre el bosque, en dirección de la ciudad luminosa que, en el instante, desapareció en la oscuridad, como si el relámpago hubiese caído sobre el castillo real, decapitando a LA TORRE más elevada que rasca el cielo de la metrópoli, o como si un cambio de voltaje en las instalaciones demasiado cargadas de la Gran Central hubiese ennegrecido el mundo en el black-out. “Cortocircuito, noche larga”, un proverbio de mal agüero regresó a la mente del Rey y de todos nosotros, imaginándonos (como en el Arcano Número Uno llamado EL MAGO) a los ingenieros, que en ese momento se afanaban en desmontar el gran Cerebro Mecánico para encontrar la falla eléctrica en la confusión de rueditas, carretes, electrodos, bártulos.

Piafó un CABALLO, como el de BASTOS: un mensajero extendía el rollo de un pliego, acaso la última edición del periódico. En las fotos ampliadas y fuera de foco de la primera página se hablaba un atroz caso de nota roja: una mujer que cae desde una vertiginosa altura, en el vacío, entre las fachadas de los rascacielos. En la primera fotografía (LA TORRE) se ponía de manifiesto, durante la caída, la gesticulación de sus manos, su falda levantada, la simultaneidad de la doble imagen vertical. En la segunda (EL COLGADO), con el detalle del cuerpo, que antes de caer y despedazarse en el suelo, queda colgado de los pies en los alambres. Eso explicaba la razón de la falla eléctrica. Y así reconstruíamos mentalmente el homicidio con la voz jadeante del Loco que le daba alcance al Rey: “¡La Reina! ¡La Reina! ¡Cayó de golpe! ¡Incandescente! ¿Tienes presente los meteoros? ¡Intenta abrir las alas! ¡No, está amarrada de las patas! ¡Cae de cabeza! ¡Se ahorca en los alambres y queda allí! ¡Colgada a la altura de los cables de alta tensión! ¡Patalea, crepita, se sacude! ¡Estira la pata, el cuerpo real de nuestra Soberana bienamada! ¡Muerta, cuelga de allí!... Se levantó un tumulto: “¡La Reina está muerta! ¡Nuestra buena soberana! ¡Se arrojó del balcón! ¡El Rey la asesinó! ¡Venguémosla!”. De todos lados acudían gente a pie y a caballo, armada con ESPADAS, BASTOS, ESCUDOS, y disponían COPAS de sangre envenenada como anzuelo. “¡Es una historia de vampiros! El reino está en poder de los vampiros! ¡El Rey es un vampiro! ¡Capturémoslo!”.

Hipnos. H.P. Lovecraft (1890-1937)

A propósito del sueño, esa siniestra aventura de
todas nuestras noches, podríamos decir que los
hombres se acuestan diariamente con una osadía incomprensible,
si no supiéramos que es a causa de la ignorancia del peligro.
(Baudelaire)


¡Ojalá los dioses misericordiosos, si existen efectivamente, protejan esas horas en que ningún poder de la voluntad, ni las drogas inventadas por el ingenio del hombre, pueden mantenerme alejado del abismo del sueño! La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz. Fui un loco al sumergirme con tan inmoderado frenesí en misterios que nadie ha intentado penetrar; y fue un loco, o un dios, este único amigo mío que me guió y fue delante de mí, ¡y entró al fin en terrores que pueden llegar a ser los míos!

Recuerdo que nos conocimos en una estación de ferrocarril, donde era el centro de atención de una multitud de vulgares curiosos. Estaba inconsciente, y había caído en una especie de convulsión que había sumido su cuerpo flaco y vestido de negro en una extraña rigidez. Creo que por entonces frisaba en los cuarenta, ya que había profundas arrugas en su cara pálida y consumida —aunque oval y verdaderamente hermosa—, grises estrías en su cabello ondulado y espeso, y una barba corta y ancha que en otro tiempo fue negra como un ala de cuervo. Tenía la frente blanca como el mármol de Pentélico, y alta y ancha casi como la de un dios.

Me dije a mí mismo, con todo mi ardor de escultor, que este hombre era la efigie de un fauno sacada de la antigua Hélade, desenterrada de entre las ruinas de un templo, y animada de alguna forma en nuestra época sofocante, sólo para que sintiese el frío y la tensión de los años devastadores. Y cuando abrió sus inmensos, hundidos, extraviados ojos negros, supe que en adelante seria mi único amigo —el único amigo de quien jamás había tenido amigo alguno.—.; porque me di cuenta de que aquellos ojos habían contemplado plenamente la grandeza y el terror de regiones que estaban más allá de la conciencia normal y de la realidad; regiones que yo había amado en mi fantasía, aunque buscaba en vano. Así que aparté a la multitud y le dije que debía venir a casa conmigo, y ser mi maestro y mi guía por los misterios insondables; y él asintió sin proferir una sola palabra. Después, descubrí que su voz era música: una música de profundas violas y de esferas cristalinas. Hablamos con frecuencia por la noche y durante el día, mientras yo esculpía bustos suyos y tallaba en marfil miniaturas de su cabeza para inmortalizar sus diversas expresiones.

Es imposible hablar de nuestras conversaciones, ya que tenían muy poco que ver con las cosas del mundo que los hombres conocen. Se referían a ese universo inmenso y sobrecogedor, de brumosa entidad y conciencia, que está por debajo de la materia, el tiempo y el espacio, y cuya existencia vislumbramos tan sólo en determinados sueños... en esos sueños raros que están más allá de los sueños que jamás visitan a los hombres ordinarios, y tan sólo una o dos veces en la vida a los hombres con imaginación. El cosmos de nuestra conciencia nace de ese universo como nace una burbuja de la pipa de un bromista: lo toca como puede tocar la burbuja su sardónica fuente al ser reabsorbida por el bromista caprichoso. Los hombres de ciencia sospechan algo sobre ese mundo, pero lo ignoran casi todo. Los sabios interpretan los sueños, y los dioses se ríen. Un hombre de ojos orientales ha dicho que todo tiempo y espacio son relativos, y los hombres se han reído. Pero incluso ese hombre de ojos orientales no ha llegado más que a sospechar. Yo había querido e intentado ir más allá; en cuanto a mi amigo, lo había intentado y conseguido parcialmente. Así que lo intentamos juntos; y con drogas exóticas buscamos terribles y prohibidos sueños en el estudio que yo tenía en la torre de la casa solariega del viejo Kent.

Entre las angustias de los días que siguieron está el mayor de los suplicios: la inefabilidad. Jamás podré explicar lo que vi y conocí durante esas horas de impía exploración, por falta de símbolos y capacidad de sugerencia de los idiomas. Digo esto porque de principio a fin, nuestros descubrimientos sólo participaban de la naturaleza de las sensaciones; sensaciones que nada tenían que ver con ninguna de las impresiones que el sistema nervioso de la humanidad normal es capaz de recibir. Eran sensaciones; pero dentro de ellas había elementos increíbles de tiempo y de espacio... cosas que en el fondo poseen una existencia clara y definida. Los términos que mejor pueden sugerir el carácter general de nuestras experiencias son los de inmersiones o ascensiones; pues en cada revelación, una parte de nuestra mente se separaba de cuanto es real y presente, y se precipitaban etéreamente en espantosos, oscuros y sobrecogedores abismos, traspasando a veces ciertos obstáculos definidos y característicos que sólo podría describir como viscosas y groseras nubes de vapor.

Estos vuelos negros e incorpóreos los realizábamos unas veces en solitario, y otras veces juntos. Cuando lo hacíamos juntos, mi amigo iba siempre muy delante de mí; podía percibir su presencia a pesar de nuestra carencia de forma, por una especie de memoria gráfica mediante la cual se me representaba su rostro, dorado por una extraña luz y de una belleza sobrecogedora, con sus mejillas excepcionalmente juveniles, sus ojos ardientes, su frente olímpica, su cabello oscuro y su barba crecida.

No teníamos constancia del paso del tiempo, porque el tiempo se había convertido para nosotros en una mera ilusión. Sólo sé que había en todo ello algo muy singular, dado que finalmente comprobamos maravillados que no envejecíamos. Nuestras conversaciones eran impías y siempre espantosamente ambiciosas: ningún dios ni demonio podía haber aspirado a descubrimientos y conquistas como los que nosotros planeábamos en voz baja. Me estremezco al hablar de ellos, y no soy capaz de detallarlos; aunque si quiero decir aquí que mi amigo escribió sobre el papel un deseo que no se atrevió a formular con palabras; después me hizo quemar el papel, y se asomó asustado a la ventana para observar el cielo tachonado de la noche. Pero quiero indicar -indicar tan sólo- que sus proyectos implicaban el gobierno del universo y mucho más; proyectos en los que la tierra y las estrellas se moverían a su antojo, y serían suyos los destinos de todos los seres vivientes. Afirmo — juro.—- que yo no compartí tan extremadas aspiraciones. Cualquier cosa que haya dicho o escrito mi amigo en sentido contrario, debe ser considerado un error, pues no soy un hombre tan fuerte como para exponerme a las inefables esferas, ya que seria el único medio de conseguirlo.

Hubo una noche en que los vientos de los espacios desconocidos nos hicieron girar de forma irresistible hacia los vacíos ilimitados que se abren más allá de todo pensamiento y entidad. Sobre nosotros se precipitaron en tropel percepciones enloquecedoramente inexpresables; percepciones de infinitud que entonces nos estremecieron de gozo, y cuyo recuerdo en parte he perdido, y en parte soy incapaz de transmitir a los demás. Desgarramos viscosos obstáculos al traspasarlos en rápida sucesión, y finalmente sentí que habíamos alcanzado las regiones más lejanas de cuantas habíamos visitado anteriormente.

Mi amigo me llevaba una inmensa ventaja cuando nos precipitamos en ese océano pavoroso de éter virgen, y pude ver la siniestra exultación de su joven, flotante y luminoso rostro-recuerdo. De pronto, dicho rostro perdió consistencia, desapareció, y muy poco después me sentí proyectado contra un obstáculo que no me fue posible penetrar. Era como los demás, pero incalculablemente más denso; parecía una masa húmeda y pegajosa, si es que tales términos pueden aplicarse a cualidades análogas pertenecientes a una esfera no-material.

Sentí que me había detenido una barrera que mi amigo y guía había logrado traspasar. Tras nuevos esfuerzos, llegué al final del sueño de la droga y abrí mis ojos físicos para encontrarme en el estudio de la torre, en cuyo rincón opuesto descubrí recostada, todavía inconsciente, la figura de mi compañero de sueño, pálida e insensatamente hermosa bajo la luz verde y dorada de la luna que bañaba sus marmóreas facciones.

Luego, tras un corto intervalo, la figura del rincón se agitó; y pido al cielo que no me permita ver ni oír otra escena como la que se desarrolló delante de mí. No puedo decir cómo gritaba, ni qué visiones de infiernos inexplorados brillaron durante un segundo en sus ojos negros, locos de terror. Sólo sé decir que me desvanecí, y que no me recobré hasta que él me sacudió frenéticamente para que alguien le ayudase a conjurar el horror y la desolación.

Este fue el fin de nuestras incursiones voluntarias en las cavernas del sueño. Sobrecogido, tembloroso, lleno de presagios por cruzar la barrera, mi amigo consideró aconsejable que no nos adentráramos nunca más en esas regiones. No se atrevió a contarme lo que había visto; pero dijo juiciosamente que debíamos dormir lo menos posible; aun cuando necesitáramos tomar alguna droga para mantenernos despiertos. El terror inexpresable en que me sumía cada vez que perdía la conciencia me hizo comprender muy pronto que tenía razón.

Después de cada breve e inevitable período de sueño, me sentía más viejo, mientras que mi amigo envejecía con una rapidez casi asombrosa. Es espantoso ver aparecer las arrugas y volverse blanco el cabello casi a ojos vistas. Nuestra forma de vida se había alterado ahora casi por completo. Persona de vida recluida por lo que yo sabia, mi amigo— cuyo nombre y origen jamás saldrán de mis labios- había cobrado un miedo frenético a la soledad. Por la noche no quería estar solo, ni le tranquilizaba la compañía de unas pocas personas. Sólo encontraba alivio en las fiestas más concurridas y bulliciosas; de modo que eran pocas las reuniones de gentes jóvenes y alegres a las que nosotros no asistíamos.

Nuestro aspecto y edad parecían causar en muchas ocasiones un ridículo que a mi me ofendía profundamente, pero que mi amigo consideraba menos malo que la soledad. Especialmente, temía encontrarse solo fuera de casa cuando lucían las estrellas; y si no era posible evitarlo, miraba furtivamente el cielo como si le persiguiese alguna monstruosa entidad del firmamento. No siempre miraba en la misma dirección: según la época, vigilaba un punto distinto. En las noches de primavera, miraba hacia el nordeste. Durante el verano, casi verticalmente. En el otoño, hacia el noroeste. Y en invierno, hacia el este; especialmente, en las primeras horas de la madrugada.

Las noches de mediados de invierno eran para él menos terribles. Sólo unos dos años después relacioné sus temores con algo definido; pero entonces empecé a observar que miraba hacia un punto especial de la bóveda celeste, cuya posición en las diferentes épocas correspondía a la dirección de su mirada: punto que correspondía aproximadamente a la constelación Corona Borealis.

Ahora teníamos un estudio en Londres; no nos separábamos nunca, y hablábamos constantemente de los tiempos en que tratábamos de sondear los misterios del mundo irreal. Las drogas, las disipaciones y el agotamiento nervioso nos habían envejecido y debilitado, y la barba y el pelo cada vez más escaso de mi amigo se habían vuelto completamente blancos. Nuestra capacidad para evitar un sueño prolongado era sorprendente, ya que rara vez sucumbíamos más de una hora o dos a esa oscuridad que ahora se había convertido en espantosa amenaza.

Entonces llegó un mes de enero cargado de niebla y de lluvia, en que escaseaba nuestro dinero y nos era difícil comprar drogas. Habíamos vendido todas nuestras estatuas y cabezas de marfil, y no teníamos recursos para adquirir material nuevo, ni fuerzas para modelar el que nos quedaba. Sufríamos terriblemente; y cierta noche, mi amigo cayó en un sueño profundo del que no conseguí despertarle. Aún recuerdo la escena: el estudio, en una buhardilla oscura y desolada, bajo el alero hostigado por la lluvia; los golpes acompasados de nuestro reloj de pared; el imaginado latido de nuestros relojes, encima del tocador; el vaivén de una contraventana, en algún lugar remoto de la casa; el rumor lejano de la ciudad, amortiguado por la niebla y el espacio, y -lo peor de todo- la profunda, sosegada y siniestra respiración de mi amigo tendido en la litera; una respiración rítmica que parecía medir los momentos de miedo y de angustia preternaturales de su espíritu, mientras vagaba por las esferas prohibidas, infinita y pavorosamente remotas.

La tensión de mi vigilancia se volvió opresiva, y una sucesión de impresiones y asociaciones se agolparon en mi mente casi desquiciada. Oí que un reloj -no los nuestros, ya que no eran de campana— daba la hora en alguna parte, y mi morbosa imaginación encontró en esto un nuevo punto de partida para ociosas divagaciones. Relojes-tiempo-espacio-infinito; después, mi imaginación volvió a lo local, mientras pensaba que aun ahora, más allá del tejado y la niebla y la lluvia y la atmósfera, la Corona Borealis se elevaba por el nordeste. La Corona Borealis, a la que mi amigo parecía temer, y cuyo semicírculo de estrellas titilantes resplandecía sin duda a través de inconmensurables abismos de éter. De repente, mis oídos febrilmente sensibles, parecieron captar un componente enteramente distinto en la nueva mezcolanza de ruidos ampliados por la droga: fue un quejido ronco, lejanísimo, detestablemente insistente, que clamaba, se burlaba, llamaba desde el nordeste.

Pero no fue este quejido lo que me privó de mis facultades y me grabó en el alma un sello de terror del -que quizá no llegue a librarme jamás; no fue aquello lo que me hizo gritar y me produjo las convulsiones que decidieron a los vecinos y a la policía a derribar la puerta. No fue lo que oí, sino lo que vi; porque en esa habitación oscura de cortinas corridas y contraventanas cerradas apareció, desde el oscuro rincón nordeste, un haz de horrible luz roja y dorada; un haz que no difundió resplandor alguno entre las sombras, sino que iluminó tan sólo la cabeza recostada del inquieto durmiente, extrayendo en espantoso duplicado el rostro-recuerdo, luminoso y extrañamente joven, tal como yo lo había percibido en los sueños de espacio abismal y tiempo desencadenado, al traspasar mi amigo la barrera y adentrarse en las cavernas más secretas, profundas y prohibidas de la pesadilla.

Y mientras le observaba, le vi levantar la cabeza, con sus ojos negros, líquidos, hundidos y llenos de terror, y abrir sus labios finos y oscuros como si fuese a proferir un grito desgarrado.

Aquel rostro espantoso y flexible, brillando sin cuerpo, luminoso y rejuvenecido en la negrura, reflejó un terror más puro, sofocante y enloquecedor que nada de cuanto ha visto jamás en el cielo y en la tierra.

No sonó una palabra en medio de aquel rumor distante que se acercaba más y más; pero seguir la mirada frenética del rostro recuerdo a lo largo del detestable haz de luz hacia su fuente, de la que también procedía el gemido, vi algo fugazmente y, con un zumbido en los oídos, caí en el ataque de epilepsia y alaridos que atrajo a los inquilinos y a la policía. Jamás he sabido explicar, por mucho que lo he intentado, qué fue realmente lo que vi; ni ha podido explicarlo tampoco aquel rostro inmóvil; porque si bien debió de ver bastantes cosas más que yo, jamás volverá a hablar. Pero estaré siempre en guardia contra el insaciable y burlesco Hipnos, señor del sueño, contra el cielo nocturno, y contra las locas ambiciones del saber y la filosofía.

No se sabe exactamente qué sucedió, pues no sólo mi mente, desequilibrada por el ser horrendo y extraño, sino también otras quedaron contaminadas por un olvido que no puede significar otra cosa que la locura. Dicen, no sé por qué razón, que yo nunca he tenido ningún amigo; y que el arte, la filosofía y la locura han llenado siempre mi trágica existencia. Los inquilinos y la policía me tranquilizaron esa noche, y el doctor me administró algo para calmarme; pero nadie se dio cuenta del pesadillesco suceso que tuvo lugar. No les inspiró ninguna compasión mi amigo fulminado; lo que encontraron en el lecho del estudio les movió a alabarme de una forma que me produjo náuseas, y que ahora me hace gozar de una fama que desprecio desesperadamente, mientras sigo aquí, sentado horas y horas, calvo, con la barba gris, consumido, paralítico, enloquecido por las drogas, quebrantado y en perenne adoración del objeto que descubrieron.

Pues sostienen que no vendí la última de mis estatuas, y me señalan extasiados lo que el resplandeciente haz de luz enfrió, petrificó e hizo enmudecer. Eso es todo lo que queda de mi amigo; del amigo que me condujo a la locura y la ruina: una cabeza divina -de un mármol como sólo la vieja Hélade pudo producir- y joven, con una juventud que escapa al tiempo, y un rostro hermoso y barbado, oval, de labios sonrientes, frente olímpica, espesos mechones ondulados, y coronado de amapolas. Dicen que ese obsesivo rostro-recuerdo está modelado a imagen del mío propio, tal como era yo a los veinticinco años; en la base de mármol hay esculpido un sencillo nombre en caracteres áticos: HIPNOS.