domingo, 15 de noviembre de 2015

Sueño nupcial. Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Con dulce aflicción, al fin se rompió el largo beso:
y como las últimas gotas súbitas caen
del brillante alero cuando la tormenta ha huido,
a solas vaciló el latir de sus corazones.
Sus pechos se apartaron, con el brotar abierto
de las flores casadas a su lado, extendidas
desde el tallo unido, más aún sus bocas ardiendo
se acariciaron donde yacían separadas.
Sueño los hundió más hondamente que la marea
de los sueños, y sus sueños los vieron hundirse
e irse. Despacio sus almas flotaron de nuevo
por fulgores de acuática agua y ahogados, grises
objetos del día; hasta que por un prodigio
de nuevos leños y corrientes él se despertó y más
se maravilló: porque ella estaba a su lado.

Repentina luz. Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Yo estuve aquí antes,
no sé decir cómo y cuándo fue:
conozco los prados detrás de la puerta,
el dulce aroma penetrante,
los sonidos suspirantes,
las luces a lo largo de la orilla.
Tú has sido mía antes;
no sé decir hace cuánto fue:
pero cuando esa golondrina remontó,
y giró tu cuello, cayó algún velo;
lo supe al instante.

¿Ya había sido así antes?
¿Y no será así que el vuelo circulante,
del tiempo, restaure nuestras vidas,
y nuestro amor, a pesar de la muerte,
nos traiga otro deleite noche y día?

Ahora, entonces, ¡con suerte otra vez!
¡ronden mis ojos la agitación de tus cabellos!
¿No yaceremos como hemos yacido,
y así, por amor de Amor,
el dormir y el despertar
no rompan ya la cadena jamás?

Para el vino de Circe de Edward Burne-Jones. Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Con negras trenzas y áureo tocado
se inclina y vierte la funesta gota,
que de la muerte y de la afrenta brota,
en el dorado vino. Un aromado

fulgor de girasol su mesa dora.
Helios y Hécate, oh Circe, conjurados
proclamarán ante tus invitados
el éxtasis de amor hasta la aurora.

Por propio pie han venido. A tus rodillas,
en apocadas bestias transformados,
rugirán en la noche prosternados,

y en vano esperarán que la pleamar
de la pasión alcance sus orillas
como algas desechadas por el mar.

El retrato. Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

He aquí su retrato, tal como era:
no me asombrara tanto si al marcharme
de la estancia quedase prisionera
mi cara en el espejo tras mirarme.
La observo largamente y me parece
que aún respira y su boca se estremece,
que se entreabren sus labios, que podría
oír su dulce acento todavía,
y no obstante en la tierra permanece.

Así fue, como rayo que extinguido
hace aun la prisión más tenebrosa,
de la lluvia constante ese latido
que da a la soledad su propia prosa.
Del galardón de amor sólo perdura
esto, y lo que con triste vestidura
recoge de mi alma su consejo,
queda lo que es secreto y es reflejo
bajo tierra sepulto o allá en la altura.

Al pintar yo, devoto, su figura
entre árboles la puse, donde apenas
la luz hiende la mística verdura,
y el dulce susurrar de las amenas
voces llega apagado; ante el fulgente
fuego fatuo, y figuras cuyo ausente
nombre ignoran de sí, y aquel rocío
de otro tiempo, y sus pasos detrás mío,
lo que se fue cual vino, quedamente.

Un bosque umbrío y profundo; allí está ella
como lo estuvo un día, así era entonces:
sus manos sosegadas de doncella,
y el grato fluir de líneas puras, bronces,
la cifra rebasando de lo hermoso
cual ignota presencia o cual dichoso
sueño. Es ella y ya no es ni sombra leve
de si misma en la hierba ni ese breve
reflejo sobre el río rumoroso.

Nos encontramos solos aquel día
y nada entonces turba o importuna
nuestra perfecta dicha y armonía.
—La memoria hace hoy triste, cual la luna
que aparece de día, aquel momento—.
Junto a ella bebo en la fuente, sediento
de otras aguas que fluyen a mi vera,
canta ella donde el eco reverbera
y allí mi alma se llena de contento.

Apenas tuve el ánimo dispuesto
para decir lo que guardado arde,
estalló la tormenta, el trueno presto
resonó entre los montes. Esa tarde,
junto al cristal que la lluvia batía,
repetí mis palabras, ella oía
con sus ojos perdidos en los prados
por la lluvia y el viento aún cegados,
desiertos y anegados todavía.

Aún vibraba el recuerdo, al otro día,
de todas esas cosas, como el viento
que acaricia la rama, aún batía
el amor con su ala. Ese momento
deseaba hacer mío y un retrato
me propuse pintar. En dulce trato
fui, entre silencio y platica, trazando
su imagen entre plantas, imitando
la sombra de los chopos, el regato.

Y aun cuando todo mientras la pintaba
era aire fragante en torno mío,
mi amor en su pesar adivinaba
en cada flor cuajada de rocío
un corazón latiendo en la espesura.
Oh corazón que ya no se apresura,
que yace en las tinieblas sosegado
¿Qué es para ti mi amor o este delgado
rayo que el astro teje con premura?

Ya que ahora la luz niega esos días
ya nada que escuchar o ver nos queda,
sólo un grave murmullo en las sombrías
tinieblas trae a mi oído su voz queda,
cuando la brisa inclina hacia el sendero,
la sombra de las hojas, y el estero,
las selvas y las aguas, que el dorado
fulgor de las estrellas ha aureolado,
yacen igual que yace lo postrero.

Pude anoche dormir y divagando
fui aplazando mi sueño hasta perderlo.
El llanto mansamente fue brotando
a mis ojos, pues, sin yo pretenderlo,
me hallé en aquellos bosques que aquel día
con ella recorrí; y allí seguía,
en un palor de noche sumergido,
cuando al borde de luz llegó el bramido
del mar que tiene corazón de arpía.

Donde el cielo su hálito retiene
y del amor escucha su latido,
donde el ángel reposa su ala lene
en torno a las esferas escondido¡
Cómo habrá de extasiarse complacida
mi alma cuando libre y renacida,
tras los acordes de la solar danza,
en su alma se adentre sin tardanza
y en su silencio a Dios conozca en vida!

Aquí, junto a su rostro, mi memoria
queda mientras aguarda el dulce ocaso,
hasta que con los ojos de la gloria,
con los ojos más tiernos, oh Parnaso,
que los de ayer, pueda mirar. Y en tanto
anhelo y esperanza, ya quebranto,
se han perdido, en su imagen permanecen
intactos, cual cruzados que perecen
y reposan junto al Sepulcro Santo.

Mito. Muriel Rukeyser (1913-1980)

Mucho tiempo después, Edipo, viejo y ciego, recorrió los
caminos. Sintió un olor familiar. Era
la Esfinge. Edipo dijo, "Quiero hacer una pregunta.
¿Por qué, no reconocí a mi madre?". "Diste la
respuesta equivocada", dijo la Esfinge. "Era la
única respuesta acertada", respondió Edipo. "No",
dijo ella.
"Cuando pregunté qué camina en cuatro patas a la
mañana,
dos al mediodía y tres al ocaso, contestaste
el Hombre. No dijiste nada sobre la mujer."
"Cuando dices el hombre", replicó Edipo, "incluyes a las
mujeres también. Todos lo saben." Ella dijo, "Eso es
lo que tú crees."

El poema como máscara. Muriel Rukeyser (1913-1980)

Cuando hablé de las mujeres danzando, salvajes, fue una máscara,
en la montaña, a la caza de los dioses, cantando, orgiásticas,
fue una máscara; cuando hablé del dios
fragmentado, exiliado de sí, su vida, el amor extraviado con el canto,
era yo, desgajada, sin habla, en exilio de mí.

No hay montaña, no hay dios, hay memoria
de mi vida desgarrada, yo misma desgajada en sueño, la niña rescatada
de mi lado, entre médicos, y una palabra
salvadora desde los grandes ojos.

¡Basta de máscaras! ¡Basta de mitologías!

Ahora, por primera vez, el dios alza su mano,
los fragmentos en mí se unen con su propia música.

Esta mañana. Muriel Rukeyser (1913-1980)

Despierto esta mañana,
una mujer violenta en el violento día
riendo.
Tras la línea de la memoria
a lo largo del largo del cuerpo de tu vida
donde se mueven infancia, juventud, la vida del tacto,
ojos, labios, pecho, vientre, sexo, piernas,
contra las olas de la sábana.
Miro a través de la plantita
sobre el alféizar de la ciudad
hacia las altas torres como libros,
entrechocándose voraces,
el río centellea, fluye corroído,
el intrincado puerto y el mar, las guerras, la luna, los
planetas, todo lo que puebla el espacio
en el sol visible invisible.
Violetas africanas en la luz
palpitando en un universo palpitante. Quiero una paz
arraigada, y deleite,
las riquezas salvajes.
Quiero hacer mis poemas sensitivos:
encontrar mi mañana, encontrarte entero y
vivo moviéndote entre la gente anestesiada.

Te digo a través del aire:
hoy una vez más
intentaré no ser violenta
un día más
esta mañana, despertando sin cesar al mundo
en el día violento.

Velocidad de la oscuridad. Muriel Rukeyser (1913-1980)

VI. Miro a través de lo real...

Miro a través de lo real
vulnerable complejo desnudo
empeñado en el presente de todo lo que me es esencial
el mundo de esa historia conduce al ahora.




VII. La vida notifica

La vida notifica.
Te aseguro
existen demasiadas formas de tener un hijo.
Yo, madre bastarda
te prometo
existen demasiadas formas de nacer.
Todas emergen
en su propia gracia.




IX. A esto lleva el tiempo...

A esto lleva el tiempo.
Dilo. Dilo.

El universo está hecho de historias,
no de átomos.

Recuerda. Christina Georgina Rossetti (1830-1894)

Recuérdame después de haberme ido
cuando, bajo la tierra silenciosa
no me alcance tu mano temblorosa
ni pueda desandar lo recorrido.

Recuérdame sin más cuando perdido
el sueño que soñaste, cual la rosa,
se deshoje, pues ya ninguna cosa,
promesa o ruego, llegará a mi oído.

Mas si me olvidas por un tiempo, amado,
al reparar en ello no te aflijas.
Si la muerte y los vermes han dejado

algún vestigio de mi pensamiento,
prefiero que me olvides si contento
estás a que me evoques y te aflijas.

Canción nupcial. Christina Georgina Rossetti (1830-1894)

Hace diez años, hace cinco años,
un año hace…
A pesar de eso llegaste a tiempo,
Aunque un poco tarde.