domingo, 22 de noviembre de 2015

Historia de un muerto contada por él mismo. Alejandro Dumas (1802-1870)

Una noche de diciembre estábamos reunidos tres amigos en el taller de un pintor. Hacía un tiempo sombrío y frío, y la lluvia golpeaba los cristales con un ruido continuo y monótono. El taller era inmenso y estaba débilmente iluminado por la luz de una chimenea en torno a la que conversábamos. Aunque todos fuéramos jóvenes y joviales, la conversación había tomado, a pesar nuestro, un aire de aquella noche triste, y las palabras alegres se habían agotado rápidamente.

Uno de nosotros reanimaba la hermosa llama azul de un ponche que arrojaba sobre todos los objetos circundantes una claridad fantástica. Los inmensos bosquejos, los cristos, las bacantes, las madonas, parecían moverse y danzar sobre las paredes, como grandes cadáveres fundidos en el mismo tono verdoso. Aquel vasto salón, resplandeciente de día por las creaciones del pintor, lleno de sus sueños, había tomado aquella noche en la penumbra, un carácter extraño.

Cada vez que la pequeña cuchara de plata volvía a caer en el tazón lleno de licor encendido, los objetos se reflejaban sobre los muros con formas desconocidas y con tintes inauditos; desde los viejos profetas de barbas blancas hasta esas caricaturas que cubren las paredes de los talleres, y que parecen un ejército de demonios como los que aparecen en sueños o como los que dibujaba Goya. Además, la calma del exterior aumentaba lo fantástico del interior; cada vez que mirábamos aquella claridad por un instante, nos veíamos a nosotros mismos con rostros de un gris verdoso, con los ojos fijos y brillantes como rubíes, los labios pálidos y las mejillas hundidas. Quizá lo más impresionante era una máscara de yeso, moldeada sobre el rostro de uno de nuestros amigos, muerto hacía algún tiempo, máscara que, colgada cerca de la ventana, recibía en su perfil el reflejo del ponche, lo que le daba una fisonomía extrañamente burlona.

Todo el mundo ha sufrido como nosotros la influencia de salones vastos y tenebrosos, como los describe Hoffmann o como los pinta Rembrandt; todo el mundo ha experimentado, al menos una vez, esos miedos sin causa, esas fiebres espontáneas a la vista de objetos a los que el rayo pálido de la luna o la luz dudosa de una lámpara otorgan una forma misteriosa; todo el mundo se ha encontrado en una habitación grande y sombría escuchando algún cuento inverosímil y experimentado ese terror secreto que puede cesar de golpe encendiendo una lámpara o hablando de otra cosa; lo que evitamos hacer, porque es muy grande la necesidad de emociones, verdaderas o falsas, que tiene nuestro pobre corazón.

En fin, aquella noche, éramos tres. La conversación, que nunca toma la línea recta para llegar a su meta, había seguido todas las fases de nuestras ideas veinteañeras: unas veces ligera como el humo de nuestros cigarrillos, otras vivaz como la llama del ponche, en las demás, sombría como la sonrisa de aquella máscara de yeso. Habíamos llegado a un punto en el que no hablábamos siquiera; los cigarros, que seguían el movimiento de las cabezas y de las manos, brillaban como tres aureolas girando en la sombra. Era evidente que el primero que abriera la boca y que turbara el silencio, aunque fuera para una broma, causaría inquietud a los otros dos; hasta tal punto estábamos sumidos, cada uno por nuestro lado, en una ensoñación miedosa.

-Henry -dijo el que vigilaba el ponche, dirigiéndose al pintor- ¿has leído a Hoffman?
-¡Por supuesto! -respondió Henry.
-Y, ¿qué piensas de él?
-Pienso que es admirable, y tanto más, porque creía evidentemente en lo que escribía. Por lo que a mí respecta, sólo sé que cuando lo leía por la noche, me iba a la cama, frecuentemente, sin cerrar mi libro y sin atreverme a mirar detrás de mí.
-¿O sea, que te gusta lo fantástico?
-Mucho.
-¿Y a ti? -preguntó dirigiéndose a mí.
-También.
-Pues bien, voy a contarles una historia fantástica que me ocurrió.
-Esto no podía acabar de otro modo; cuenta.
-¿Es una historia que te ocurrió a ti mismo? -pregunté.
-A mí mismo.
-Pues cuenta, hoy estoy dispuesto a creer todo.
-Tanto más, cuanto que, palabra de honor, puedo afirmar que soy el héroe.
-Bueno, adelante, te escuchamos.

Dejó caer la pequeña cuchara en el tazón. La llama se apagó poco a poco, y permanecimos en una oscuridad casi completa, con sólo las piernas iluminadas por el fuego de la chimenea. Él comenzó:

-Una noche, hará aproximadamente un año, hacía el mismo tiempo que hoy, el mismo frío, la misma lluvia, la misma tristeza. Yo tenía muchos enfermos, y después de haber hecho mi última visita, en lugar de ir un instante a Les Italiens como tenía por costumbre, hice que me llevaran a mi casa. Vivía en una de las calles más desiertas del barrio Saint-Germain. Estaba muy cansado y me acosté pronto. Apagué la lámpara y, durante algún tiempo, me entretuve mirando el fuego, que ardía y hacía danzar grandes sombras sobre la cortina de mi cama; finalmente, mis ojos se cerraron y me dormí. Hacía aproximadamente una hora que dormía cuando sentí una mano que me sacudía vigorosamente. Me desperté sobresaltado, como quien espera dormir mucho tiempo, y observé con asombro al visitante nocturno. Era mi criado.

-Señor, -me dijo- levántese inmediatamente, le buscan para que visite a una joven que se muere.
-¿Y dónde vive esa joven? -le pregunté.
-Casi enfrente; además, ahí está la persona que ha venido por usted para acompañarle.

Me levanté y me vestí apresuradamente, pensando que la hora y la circunstancia harían perdonar mi vestimenta; cogí mi lanceta y seguí al hombre que me habían enviado. Llovía a cántaros. Afortunadamente, no tuve más que atravesar la calle y al instante estuve en casa de la persona que reclamaba mis cuidados. Vivía en un palacete vasto y aristocrático. Crucé un gran patio, subí los peldaños de una escalinata y pasé por un vestíbulo donde se hallaban unos criados aguardándome. Me hicieron subir un piso y pronto me encontré en la habitación de la enferma.

Era una gran habitación con viejos muebles de madera negra esculpida. Una mujer me introdujo en aquella habitación a la que nadie nos siguió. Fui dirigido hacia una gran cama de columnas, tapizada con una antigua y rica tela de seda, y vi, sobre la almohada, la más encantadora cabeza de madona que jamás haya soñado Rafael. Tenía unos cabellos dorados como una ola del Pactolo, enmarcando un rostro de un perfil angelical, los ojos semicerrados y la boca entreabierta dejaba ver una doble hilera de perlas. Su cuello resplandecía de blancura, puro de líneas; su camisa entreabierta insinuaba un pecho hermoso capaz de tentar a San Antonio y, cuando cogí su mano, recordé esos brazos blancos que Homero da a Juno. En fin, aquella mujer era una mezcla del ángel cristiano y de la diosa pagana; todo en ella revelaba la pureza del alma y la fogosidad de los sentidos. Hubiera podido pasar al mismo tiempo por la santa Virgen o por una bacante lasciva, enloquecer a un sabio y dar la fe a un ateo. Cuando me acerqué a ella, sentí a través del calor de la fiebre ese perfume misterioso hecho de todos los perfumes que emana la mujer. Permanecí sin recordar la causa que me había llevado allí, mirándola como una revelación y sin encontrar nada semejante ni en mis recuerdos ni en mis sueños. Cuando ella volvió la cabeza hacia mí, abrió sus grandes ojos azules y me dijo:

-Sufro mucho.

Sin embargo, no tenía casi nada. Una sangría y estaba salvada. Cogí mi lanceta y en el momento de tocar aquel brazo tan blanco, mi mano tembló. Pero el médico se impuso al hombre. Cuando abrí la vena, corrió una sangre pura como de coral en fusión, y ella se desvaneció. Ya no quise dejarla. Me quedé a su lado. Experimentaba una secreta felicidad por tener la vida de aquella mujer entre mis manos. Detuve la sangre, ella volvió a abrir poco a poco los ojos, se llevó la mano que tenía libre a su pecho, se giró hacia mí, y mirándome, con una de esas miradas que condenan o salvan, me dijo:

-Gracias, sufro menos.

Había tanta voluptuosidad, tanto amor y tanta pasión alrededor de ella que yo estaba clavado en mi sitio, contando cada latido de mi corazón por los latidos del suyo, escuchando su respiración todavía un poco febril, y diciéndome que si había alguna cosa del cielo en esta tierra, debía ser el amor de aquella mujer. Se durmió.

Yo estaba arrodillado sobre los peldaños de su cama, como un sacerdote en el altar. Una lámpara de alabastro colgada del techo lanzaba una claridad encantadora sobre todos los objetos. Estaba solo a su lado. La mujer que me había introducido había salido para anunciar que su ama estaba bien y que no se necesitaba a nadie. Era verdad, su ama estaba allí, tranquila y hermosa como un ángel dormido en su plegaria. En cuanto a mí, yo estaba loco...

Pero no podía quedarme en aquella habitación toda la noche. Por tanto, salí también sin hacer ruido para no despertarla. Receté algunos cuidados al irme, y dije que volvería al día siguiente. Cuando regresé a mi casa, estuve desvelado por su recuerdo. Comprendí que el amor de aquella mujer debía ser un encantamiento eterno hecho de ensoñación y de pasión; que debía ser púdica como una santa y apasionada como una cortesana; concebí que debía ocultar al mundo todos los tesoros de su belleza, y que a su amante debía entregarse desnuda por entero. En fin, su imagen quemó mi noche, y cuando llegó la claridad yo estaba locamente enamorado.

Más tarde, tras los pensamientos locos de la noche llegaron las reflexiones. Me dije que un abismo me separaba de aquella mujer; que era demasiado bella para no tener un amante; que debía ser demasiado amado para que ella le olvidase, y me puse a odiar sin conocer a aquel hombre, a quien Dios daba tanta felicidad en este mundo, para que pudiera sufrir, sin protestar, una eternidad de dolores. Esperaba impaciente la hora a la que podía presentarme en su casa, y el tiempo que pasé esperándola me pareció un siglo. Finalmente, llegó la hora y salí.

Cuando llegué, me hicieron entrar en una reducida habitación exquisita, de un rococó furioso, de un pompadour sorprendente; estaba sola y leía. Un gran vestido de terciopelo negro la ceñía por todas partes, no dejando ver, como en las vírgenes del Perugino, más que las manos y la cabeza. Tenía el brazo que yo había sangrado coquetamente en cabestrillo y extendía ante el fuego sus pequeños pies, que no parecían hechos para caminar sobre esta tierra. Esa mujer era tan completamente bella que Dios parecía haberla dado al mundo como un esbozo de los ángeles. Me tendió la mano y me hizo sentar a su lado.

-¿Tan pronto levantada, señora? -le dije-, usted es imprudente.
-No, soy fuerte -me contestó sonriendo- he dormido muy bien y, además, no estaba enferma.
-Sin embargo, decía que sufría.
-Más del pensamiento que del cuerpo -dijo con un suspiro.
-¿Tiene alguna pena, señora?
-Oh, una profunda. Afortunadamente, Dios también es médico y ha encontrado la panacea universal, el olvido.
-Pero hay dolores que matan -le dije.
-Y bien, la muerte o el olvido, ¿no es lo mismo? La una es la tumba del cuerpo, la otra la tumba del corazón, eso es todo.
-Pero usted, señora -dije-, ¿cómo puede tener una pena? Está demasiado alta para que la alcance, y los dolores deben sentirse bajo sus pies como las nubes bajo los pies de Dios; las tormentas para nosotros, para usted la serenidad.
-Eso es lo que le engaña -continuó ella-, y lo que prueba que toda su ciencia se detiene ahí, en el corazón.
-Y bien -le dije-, trate de olvidar, señora. Dios permite a veces que una alegría suceda a un dolor, que la sonrisa suceda a las lágrimas, ¿cierto?; y cuando el corazón de aquel que prueba está demasiado vacío para llenarse solo, cuando la herida es demasiado profunda para cerrar sin ayuda, envía al camino de aquella a la que quiere consolar otra alma que la comprende porque sabe que se sufre menos sufriendo a dúo; y llega un momento en que el corazón vacío se llena de nuevo o la herida cicatriza.
-¿Y cuál es el dictamen, doctor -me dijo ella-, con qué cura semejante herida?

Se hizo un silencio bastante largo durante el cual admiré aquel rostro divino, sobre el que la media luz filtrada a través de las cortinas de seda arrojaba tintes encantadores, y admiré también aquellos hermosos cabellos de oro, no sueltos como en la víspera, sino alisados sobre las sienes y cogidos en la nuca. Desde el principio, la conversación había adoptado un aire triste; por eso aquella mujer me pareció más radiante aún que la primera vez, con su triple corona de belleza, pasión y dolor. Dios la había probado con el dolor y era preciso que aquel a quien ella diera su alma aceptara la misión, doblemente santa, de hacerle olvidar el pasado y esperar el futuro. Por eso permanecí ante ella, no ya loco como lo estaba la víspera ante su fiebre, sino recogido ante su resignación. Si me hubiera sido dada en aquel momento, habría caído a sus pies, le habría cogido las manos y hubiera llorado con ella como con una hermana, respetando al ángel y consolando a la mujer.

Pero ¿cuál era aquel dolor que había que hacer olvidar, que había causado aquella herida sangrante todavía? Era lo que yo ignoraba, lo que debía adivinar, porque ya existía entre la enferma y el médico suficiente intimidad para que me confesase una pena, pero no la suficiente para que me contara la causa. Nada a su alrededor podía ponerme sobre la pista. En la víspera, nadie había ido a su cabecera para inquietarse por ella; al día siguiente, nadie se presentaba para verla. Aquel dolor debía estar, pues, en el pasado y reflejarse sólo en el presente.

-Doctor -me dijo de pronto saliendo de su ensoñación- ¿podré bailar pronto?
-Sí, señora -le dije yo, asombrado por aquella transformación.
-Es que tengo que dar un baile hace mucho tiempo programado -continuó ella-; ¿vendrá, verdad? Debe tener una opinión malísima de mi dolor que, haciéndome soñar de día, no me impide bailar de noche. Es que verá, es uno de esos pesares que hay que empujar al fondo del corazón para que el mundo no sepa nada; una de esas torturas que debemos enmascarar con una sonrisa para que nadie las adivine. Quiero guardar para mí sola lo que sufro, como otro guardaría su alegría. Este mundo, que tiene envidia y celos al verme bella, me cree feliz, y es una convicción que no quiero quitarle. Por eso bailo, con riesgo de llorar al día siguiente, pero de llorar sola.

Me tendió la mano con una mirada indefinible de candor y de tristeza, y me dijo:
-¿Hasta pronto, verdad?

Yo llevé su mano a mis labios y salí. Llegué a mi casa atontado. Desde mi ventana veía las suyas; y me quedé todo el día mirándolas, oscuras y silenciosas. Me olvidaba de todo por aquella mujer; no dormía, no comía; por la noche tenía fiebre, al día después por la mañana, delirio, y a la noche siguiente estaba muerto.

-¡Muerto! -exclamamos nosotros.
-Muerto -contestó nuestro amigo con un acento de convicción imposible de transcribir-, muerto como Fabien cuya máscara está ahí.
-Continúa -le dije.

La lluvia golpeaba contra los cristales. Volvimos a echar leña en la chimenea, cuya llama roja y viva disminuía un poco la oscuridad que invadía el taller. Él continuó:

-A partir de ese momento, sólo experimenté una conmoción fría. Fue, sin duda, el momento en que me arrojaron a la fosa. Ignoro desde hacía cuánto tiempo estaba sepultado, cuando oí confusamente una voz que me llamaba por mi nombre. Me estremecí de frío sin poder responder. Algunos instantes después, la voz volvió a llamarme; hice un esfuerzo para hablar, pero, al moverse, mis labios sintieron el sudario que me cubría de la cabeza a los pies. A pesar de ello conseguí articular débilmente estas palabras:
-¿Quién me llama?
-Yo -respondió.
-¿Quién eres tú?
-Yo.
Y la voz iba debilitándose como si se hubiera perdido en el viento o como si no hubiera sido más que un ruido pasajero de las hojas. Por tercera vez, todavía mi nombre llegó a mis oídos, pero esta vez el nombre pareció correr de rama en rama, de tal modo que el cementerio entero lo repitió sordamente, y oí un ruido de alas, como si mi nombre, pronunciado de pronto en el silencio, hubiera hecho volar una bandada de pájaros nocturnos. Mis manos se elevaron hasta mi rostro como movidas por resortes misteriosos. Aparté silenciosamente el sudario que me cubría y traté de ver. Me pareció que despertaba de un largo sueño. Sentía frío.

Siempre recordaré el espanto sombrío del que estaba rodeado. Los árboles no tenían hojas y sus ramas descarnadas se retorcían dolorosamente como grandes esqueletos. Un débil rayo de luna, que penetraba a través de las nubes negras, iluminaba un horizonte de tumbas blancas que parecían una escalera hacia el cielo. Todas aquellas voces indefinidas de la noche que presidían mi despertar parecían cargadas de misterio y terror. Volví la cabeza y busqué a quien me había llamado. Estaba sentado junto a mi tumba, espiando todos mis movimientos, la cabeza apoyada en las manos y una sonrisa extraña bajo su mirada horrible. Tuve miedo.

-¿Quién es? -le dije reuniendo todas mis fuerzas-, ¿por qué me ha despertado?
-Para prestarte un servicio -me respondió.
-¿Dónde estoy?
-En el cementerio.
-¿Quién es?
-Un amigo.
-Déjeme en mi sueño.
-Escucha -me dijo-, ¿te acuerdas de la tierra?
-No.
-¿No echas de menos nada?
-No.
-¿Cuánto hace que duermes?
-Lo ignoro.
-Yo te lo diré. Estás muerto desde hace dos días, y tu última palabra ha sido el nombre de una mujer en lugar de ser el del Señor. Hasta el punto de que tu cuerpo sería de Satán, si Satán quisiera cogerlo. ¿Comprendes?
-Sí.
-¿Quieres vivir?
-¿Usted es Satán?
-Satán o no, ¿quieres vivir?
-¿Nada más que vivir?
-No, volverás a verla.
-¿Cuándo?
-Esta noche.
-¿Dónde?
-En su casa.
-Acepto -dije yo tratando de levantarme-. ¿Cuáles son tus condiciones?
-No te las pongo -me respondió Satán-; ¿crees acaso que de cuando en cuando no soy capaz de hacer el bien? Esta noche ella da un baile y te llevo a él.
-Vayamos, pues.
-Vayamos.
Satán me tendió la mano y me encontré de pie.
Describir lo que experimenté sería cosa imposible. Sentía que un frío terrible helaba mis miembros; es todo cuanto puedo decir.
-Ahora -continuó Satán-, sígueme. Comprende que no te haga salir por la puerta principal, el portero no te dejaría pasar, querido; una vez aquí, no se sale. Sígueme, pues. Vamos primero a tu casa, donde te vestirás; porque no puedes ir al baile con el traje que llevas, tanto más, cuanto que no es un baile de disfraces; pero envuélvete bien en tu sudario, porque la noche es fría y podrías enfermar.

Satán se echó a reír como ríe Satán, y yo seguí caminando tras él.

-Estoy seguro -continuó- de que pese al servicio que te hago, no me amas todavía. Así están hechos los hombres, ingratos con sus amigos. No es que censure la ingratitud; es un vicio que yo inventé y es uno de los más difundidos, pero me gustaría verte menos triste. Es la única gratitud que te pido.

Yo le seguía, blanco y frío como una estatua de mármol que un resorte oculto hace moverse; sólo que en los momentos de silencio habría podido oírse a mis dientes chocar bajo un estremecimiento glacial y a los huesos de mis miembros crujir a cada paso.

-¿Llegaremos pronto? -dije con esfuerzo.
-¡Impaciente! -dijo Satán-. ¿Es muy hermosa?
-Como un ángel.
-Ay, querido -continuó riendo-, hay que confesar que adoleces de delicadeza en tus palabras; acabas de hablarme de ángel, a mí, que lo he sido; tanto más, cuanto que ningún ángel haría por ti lo que yo hago hoy. Pero te perdono; hay que perdonarle algo a un hombre muerto hace dos días. Además, como te decía, esta noche estoy muy alegre; hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. Creía que a los hombres degenerados algo los había vuelto virtuosos desde hace algún tiempo, pero no, son siempre los mismos, tal como los creé. Y bien, querido, rara vez he visto jornadas como ésta. He cosechado, desde ayer, seiscientos veintidós suicidas sólo en Europa, y entre ellos hay más jóvenes que viejos, lo cual es una pérdida porque mueren sin hijos; dos mil doscientos cuarenta y tres asesinatos, sólo en Europa; en las demás partes del mundo, ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas, no puedo enumerar mi fortuna. Dos millones seiscientos veintitrés mil novecientos setenta y cinco nuevos adulterios; eso es menos sorprendente debido a los bailes; doscientos jueces que se han vendido, ordinariamente, tenía más. Pero lo que mayor placer me ha dado son veintisiete muchachas, la mayor de las cuales no tenía dieciocho años, que han muerto blasfemando de Dios. Cuenta, querido, todo eso es un ingreso aproximado de dos millones seiscientas veintiocho mil almas sólo en Europa. No cuento los incestos, las falsificaciones de moneda, las violaciones: pura calderilla. Por eso, haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el paraíso para agrandar el infierno.

-Comprendo tu alegría -murmuré yo acelerando el paso.
-Me dices eso -continuó Satán- con aire sombrío y de duda; ¿tienes miedo de mí porque me ves cara a cara? ¿Soy tan repulsivo? Razonemos un poco, por favor. ¿Qué sería del mundo sin mí? ¿Un mundo que tuviera sentimientos procedentes del cielo y no pasiones procedentes de mí? El mundo moriría de rencor, querido. ¿Quién ha inventado el oro? Yo. ¿El juego? Yo. ¿El amor? Yo. ¿Los negocios? También yo. Y no comprendo a los hombres que parecen odiarme tanto. Sus poetas, por ejemplo, que hablan de amor puro, no comprenden que al mostrar el amor que salva, inspiran la pasión que pierde, porque gracias a mí, lo que siempre buscan no es una mujer como la Virgen, sino una pecadora como Eva. Y tú mismo, en este momento, tú que todavía tienes el frío de un cadáver y la palidez de un muerto, no es un amor puro lo que vas a buscar junto a aquella a la que te llevo, sino una noche de voluptuosidad. Ves, pues, que el mal sobrevive a la muerte, y que si el hombre tuviera que escoger, preferiría la eternidad de la pasión a la dicha, y la prueba es que, por algunos años de pasión sobre la tierra, pierde la eternidad de la dicha en el cielo.

-¿Llegaremos pronto? -dije yo porque el horizonte iba renovándose siempre y caminábamos sin avanzar.
-Siempre impaciente -replicó Satán-, aun cuando trato de abreviar la ruta cuánto puedo. Comprende que no puedo pasar por la puerta, hay una gran cruz y ésta es mi aduana. Cuando viajo y me tropiezo con ella, me detendría, me vería obligado a santiguarme; y puedo cometer un crimen, pero no un sacrilegio, y además, como ya te he dicho, no te dejarían pasar. ¿Crees que te mueres, que te entierran, y que un buen día te puedes marchar sin decir nada? Te equivocas, querido; sin mí habrías tenido que esperar a la resurrección eterna, cosa que habría sido larga. Sígueme y estate tranquilo, llegaremos. Te he prometido un baile y lo tendrás; yo cumplo mis promesas y mi firma es conocida.

Había en esa ironía de mi siniestro compañero un fatalismo que me helaba; todo cuanto acabo de decirles, creo oírlo todavía. Caminamos algún tiempo más, luego llegamos a un muro ante el que estaban amontonadas tumbas formando escalera. Satán puso el pie en la primera y, contra su costumbre, caminó sobre las piedras sagradas hasta que estuvo en la cima de la muralla. Yo vacilé en seguir el mismo camino, tenía miedo. Me tendió la mano diciéndome:

-No hay peligro; puedes poner el pie encima, son conocidos.
Cuando estuve a su lado me dijo:
-¿Quieres que te haga ver lo que sucede en París?
-No, sigamos.

Saltamos del muro a tierra. La luna, bajo la mirada de Satán, se había velado como una joven bajo una mirada descarada. La noche estaba fría, todas las puertas se hallaban cerradas, todas las ventanas oscuras, todas las calles silenciosas; se hubiera dicho que nadie había pisado hacía mucho tiempo el suelo sobre el que caminábamos; todo a nuestro alrededor tenía un aspecto fantasmal. Se podía creer que, cuando el día llegase, nadie abriría las puertas, ninguna cabeza se asomaría a las ventanas y nadie turbaría el silencio. Creía caminar por una ciudad muerta hacía siglos y reencontrada en unas excavaciones; en fin, la ciudad parecía estar despoblada en provecho del cementerio. Caminábamos sin oír un ruido, sin encontrar una sombra; la caminata fue larga a través de aquella ciudad espantosa de silencio y de reposo; finalmente, llegamos a nuestra casa.

-¿La reconoces? -me dijo Satán.
-Sí -respondí sordamente-, entremos.
-Espera, tengo que abrir. También fui yo el que inventó el robo; tengo una segunda llave de todas las puertas, excepto la del paraíso, por supuesto.

Entramos. La calma exterior continuaba en el interior; era horrible. Yo creía soñar, no respiraba ya. Imagínense volviendo a entrar en su habitación donde habían muerto hace dos días, encontrando todas las cosas tal como estaban durante su enfermedad, con el sello de ese aire sombrío que da la muerte; volviendo a ver los objetos ordenados, como si ya no tuvieran que ser tocados por ustedes. La única cosa animada que había visto desde mi salida del cementerio fue mi gran péndulo, a cuyo lado había un ser humano muerto, y continuaba contando las horas de mi eternidad como había contado las de mi vida.

Fui a la chimenea, encendí una vela para cerciorarme de la verdad, porque todo cuanto me rodeaba se me aparecía a través de una claridad pálida y fantástica que me daba, por así decir, una visión interior. Todo era real; aquella era mi habitación. Vi el retrato de mi madre, sonriéndome como siempre; abrí los libros que leía algunos días antes de mi muerte; solamente la cama no tenía ropa, y había sellos en todas partes. En cuanto a Satán, se había sentado al fondo y leía atentamente la Vida de los Santos. En aquel momento pasé ante un gran espejo y me vi en mi extraño atuendo, cubierto de un pálido sudario con los ojos apagados. Dudé de aquella vida que me devolvía un poder desconocido y me llevé la mano al corazón. Mi corazón no latía.

Me llevé la mano a la frente y estaba fría como el pecho, el pulso mudo como el corazón; reconocía todo lo que había abandonado; así pues, sólo el pensamiento y los ojos vivían en mí. Lo horrible además era que no podía apartar mi mirada de aquel espejo que me devolvía mi imagen sombría, helada y muerta. Cada movimiento de mis labios se reflejaba como la horrible sonrisa de un cadáver. No podía moverme del sitio; no podía gritar. El reloj dejó oír ese zumbido sordo y lúgubre que precede al campaneo de los viejos péndulos, y dio las dos; luego todo recuperó la calma. Algunos instantes después, una iglesia vecina sonó a su turno, luego otra, luego una más. En un rincón del espejo veía a Satán que se había dormido sobre la Vida de los Santos.

Conseguí volverme. Había un espejo frente a aquel en el que miraba, de modo que me veía repetido millares de veces con esa claridad pálida que da una sola vela en una sala grande. El miedo había llegado a su colmo; lancé un grito. Satán se despertó.

-He aquí, sin embargo -me dijo mostrándome el libro-, con qué se quiere dar virtud a los hombres. Es tan aburrido que me he dormido, yo que velo desde hace seis mil años. ¿Todavía no estás preparado?
-Sí -repliqué maquinalmente-, ya estoy.
-Date prisa -contestó Satán-, rompe los sellos, coge tus ropas y oro sobre todo, mucho oro; deja tus cajones abiertos, y mañana la justicia encontrará el modo de condenar a algún pobre diablo por rotura de sellos; será mi pequeña ganancia.
Me vestí. De vez en cuando me tocaba la frente y el pecho; los dos estaban fríos.
Cuando estuve preparado, miré a Satán.
-¿Vamos a verla? -le dije.
-Dentro de cinco minutos.
-¿Y mañana?
-Mañana -me dijo- recuperarás tu vida ordinaria; yo no hago las cosas a medias.
-¿Sin condiciones?
-Sin condiciones.
-Salgamos -le dije.
-Sígueme.

Bajamos. Al cabo de unos instantes estábamos en la casa a la que me habían llamado cuatro días antes. Subimos. Reconocí la escalinata, el vestíbulo, la antecámara. Los accesos al salón estaban llenos de gente. Era una fiesta deslumbrante de luces, flores, pedrerías y mujeres. Estaban bailando. A la vista de aquella alegría, creí en mi resurrección. Me incliné al oído de Satán, que no me había abandonado.

-¿Dónde está ella? -le dije.
-En su coqueta.

Esperé a que la contradanza hubiera terminado. Crucé el salón; los espejos con luces de velas reflejaron mi imagen pálida y sombría. Volví a ver aquella sonrisa que me había helado; pero allí ya no había soledad, estaba la gente; no era el cementerio, era un baile; no era la tumba, era el amor. Me dejé embriagar y olvidé por un instante de dónde venía sin pensar en otra cosa que en aquello por lo que había ido. Llegado a la puerta de la habitación, la vi; se veía más bella y encantadora que nunca. Me detuve un instante como en éxtasis; iba ceñida por un vestido de blancura resplandeciente, con los hombros y los brazos desnudos. Volví a ver, más con la imaginación que en realidad, un pequeño punto rojo en el lugar que yo había sangrado. Cuando apareció, estaba rodeada de jóvenes a los que apenas escuchaba; alzó indolentemente sus hermosos ojos llenos de voluptuosidad, me vio, pareció dudar al reconocerme, luego, poniendo una sonrisa encantadora, dejó a todo el mundo y se acercó a mí.

-Ya ve que soy fuerte -me dijo.
La orquesta se dejó oír.
-Y para probárselo -continuó cogiéndome del brazo- vamos a bailar el vals juntos.
Dijo algunas palabras a alguien que pasaba a su lado. Yo vi a Satán junto a mí.
-Has cumplido tu promesa -le dije-, gracias; pero necesito esta mujer esta misma noche.
-La tendrás -me dijo Satán-, pero límpiate el rostro, tienes un gusano en la mejilla.

Y desapareció dejándome todavía más helado que antes. Como para volver a la vida apreté el brazo de aquella a la que iba a buscar desde el fondo de la tumba y la arrastré al salón. Era uno de esos valses embriagadores en los que todo cuanto nos rodea desaparece, en los que no se vive más que uno para otro, en los que las manos se encadenan, en los que los cuerpos se confunden y los pechos se tocan. Yo bailaba con los ojos clavados en sus ojos, y su mirada, que me sonreía eternamente, parecía decirme: ¡Si supieras los tesoros de amor y de pasión que daré a mi amante! ¡Si supieras cuánta voluptuosidad hay en mis caricias, cuánto fuego tienen mis besos! A quien ame, daré ¡todas las bellezas de mi cuerpo, todos los pensamientos de mi alma, porque soy joven, porque soy amante, porque soy bella!.

Y el vals nos arrastraba en un torbellino lascivo y veloz. Esto duró mucho tiempo. Cuando la música cesó, éramos los únicos que seguíamos bailando. Ella cayó en mis brazos, con el pecho oprimido, flexible como una serpiente, y alzó sobre mí sus grandes ojos que parecieron decirme: ¡Te amo!. La llevé a la habitación, donde estábamos solos. Los salones iban quedando desiertos. Ella se dejó caer sobre un asiento alargado y mullido, cerrando a medias los ojos bajo la fatiga, como bajo un abrazo de amor. Me incliné sobre ella, y le dije en voz baja:

-¡Si supiera cuánto la amo!
-Lo sé -me dijo ella-, y también yo lo amo.
Era para volverse loco.
-Daría mi vida -dije- por una hora de amor con usted, y mi alma por una noche.
-Escuche -dijo ella abriendo una puerta oculta en la tapicería-, dentro de un instante estaremos solos. Espéreme.

Ella me empujó suavemente, y me encontré solo en su dormitorio, todavía alumbrado por la lámpara de alabastro. Todo tenía allí un perfume de misteriosa voluptuosidad imposible de describir. Me senté cerca del fuego porque tenía frío; me miré en el espejo, seguía estando muy pálido. Oí los coches que partían uno a uno; luego, cuando el último hubo desaparecido, se hizo un silencio solemne. Poco a poco mis terrores regresaron; no me atrevía a volverme, tenía frío. Me sorprendía que ella no viniese; contaba los minutos y no oía ningún ruido. Tenía los codos sobre las rodillas y la cabeza entre mis manos.

Entonces me puse a pensar en mi madre, en mi madre que lloraba en aquel momento a su hijo muerto, en mi madre para quien yo era toda la vida, y para la que no había tenido más que mis pensamientos secundarios. Todos los días de mi infancia volvieron a pasar ante mis ojos como un sueño. Vi que siempre que había tenido una herida que curar, un dolor que apagar, fue siempre a mi madre a quien recurrí. Quizá en el momento en que yo me preparaba para una noche de amor, ella se preparaba para una noche de insomnio, sola, silenciosa, junto a objetos que le recordaban a mí, o velando con mi solo recuerdo. ¡Qué horrible pensamiento! Tenía remordimientos; las lágrimas vinieron a mis ojos. Me levanté. En el momento en que me miraba en el espejo, vi una sombra pálida y blanca detrás de mí, mirándome fijamente. Me volví; era mi hermosa amada. Afortunadamente, mi corazón no latía, porque de emoción habría terminado por romperse. Todo estaba silencioso, tanto fuera como dentro.

Me atrajo a su lado y pronto olvidé todo. Fue una noche imposible de contar, con placeres desconocidos, con voluptuosidades tales que se acercan al sufrimiento. En mis sueños de amor no encontré nada parecido a aquella mujer que tenía en mis brazos, ardiente como una Mesalina, casta como una madona, flexible como una tigresa, con besos que quemaban los labios, con palabras que quemaban el corazón. Había en ella algo tan potentemente atractivo, que hubo momentos en que tuve miedo. Por fin, la lámpara comenzó a palidecer cuando el día empezaba.

-Escucha -me dijo aquella mujer-, hay que marcharse; ya llega el día, no puedes quedarte aquí; pero por la tarde, a primera hora de la noche te espero, ¿sí?

Por última vez, sentí sus labios sobre los míos. Ella apretó de modo convulso mis manos, y me marché. Fuera seguía la misma quietud. Caminaba como un loco, creyendo apenas en mi vida, sin pensar en ir a casa de mi madre o volver a la mía, ¡tanto embriagaba mi corazón aquella mujer! Sólo sé de una cosa que se desea más que una primera noche pasada junto a una amante; una segunda. La luz se había levantado, triste, pálida, fría. Caminé al azar por el campo desierto y desolado, para esperar la noche. La noche llegó temprano. Corrí a la casa del baile. En el momento en que franqueaba el umbral de la puerta, vi a un viejo pálido y achacoso que bajaba la escalinata.

-¿Dónde va el señor? -me detuvo el portero.
-A casa de la señora de P... -le dije.
-La señora de P... -dijo él mirándome asombrado y señalándome al viejo-; ese señor es quien vive en este palacete; ella murió hace dos meses.
Lancé un grito y caí de espaldas.
-¿Y después? -pregunté yo, ansioso por saber más.
-¿Después? -dijo él gozando de nuestra atención y sopesando sus palabras-, después me desperté, porque todo eso no era más que un sueño.

Historia de un marido asesinado. Charles Nodier (1780-1844)

El señor de la Courtinière, gentilhombre bretón, pasaba la mayor parte del tiempo cazando en sus bosques y visitando a sus amigos. Recibió un día en su castillo a varios señores, vecinos y parientes, y les trató muy bien durante tres o cuatro días. Cuando esta compañía se hubo retirado, se produjo entre el señor de la Courtinière y su mujer una pequeña disputa porque a él le parecía que ella no había puesto muy buena cara a sus amigos. Sin embargo, la amonestó con palabras amables y sinceras que no deberían haberla irritado; pero esta dama, de humor altivo, no respondió nada y resolvió interiormente vengarse.

El señor de la Courtinière se acostó esa noche dos horas antes de lo acostumbrado, pues estaba muy cansado. Se durmió profundamente. Cuando llegó la hora en que la señora solía acostarse, ésta observó que su marido estaba sumido en un sueño muy profundo. Pensó que el momento era favorable para la venganza que meditaba, tanto por la disputa que acababan de tener como, tal vez, por alguna otra antigua hostilidad. Puso pues todo su empeño en seducir a un doméstico de la casa y a una sirviente, a sabiendas de que ambos eran fáciles de corromper por medio de buenas recompensas.

Después de haber obtenido de ellos, valiéndose de promesas y horribles juramentos, la seguridad de que no declararían nada, les anunció sus culpables intenciones; y para obtener su rápido consentimiento, dio a cada uno la suma de seiscientos francos, que ellos aceptaron. Hecho esto, entraron los tres —la dama en primer lugar— en la habitación donde estaba acostado el marido; y, como todo dormía en la casa, degollaron a la víctima sin ser oídos. Llevaron el cuerpo a uno de los sótanos del castillo, cavaron una fosa y le enterraron en ella; y para evitar que se pudieran obtener indicios de la tierra recientemente removida, colocaron sobre la fosa un tonel lleno de carne de cerdo salada. Tras lo cual, cada uno se fue a acostar.

Al día siguiente, el resto de los domésticos, al no ver a su dueño, se preguntaban unos a otros si estaba enfermo. La dama les dijo que uno de sus amigos había venido a buscarle la noche anterior y se lo había llevado precipitadamente para ir a separar a unos hidalgos que estaban a punto de batirse en duelo. Este subterfugio funcionó durante algún tiempo; pero al cabo de quince días, como el señor de la Courtinière no aparecía, empezaron a inquietarse. Su viuda difundió el rumor de que le habían notificado que su marido se había encontrado con unos ladrones cuando atravesaba un bosque, y que le habían asesinado. Entonces se vistió de luto, expresó fingidas lamentaciones y mandó que se hicieran servicios y oraciones para el descanso del alma del difunto en las parroquias de las que había sido señor.

Todos los parientes y vecinos vinieron a consolarla, y simuló tan bien el dolor, que nadie habría descubierto nunca el crimen si el cielo no hubiera permitido que fuera desvelado.

El difunto tenía un hermano que venía de vez en cuando a ver a su cuñada, tanto para distraerla de sus pretendidas penas como para velar por los asuntos e intereses de los cuatro hijos menores del difunto. Un día que se paseaba, sobre las cuatro o las cinco de la tarde, por el jardín del castillo, mientras contemplaba un arriate adornado con bellos tulipanes y otras flores raras que gustaban tanto a su hermano, tuvo de repente una hemorragia nasal, lo que le alarmó bastante, pues nunca le había ocurrido antes. En ese momento, pensó con intensidad en su hermano; le pareció que veía la sombra del señor de la Courtinière que le hacía señales con la mano, como si le llamara. No se asustó; siguió al espectro hasta el sótano de la casa y le vio desaparecer justamente en la fosa donde había sido enterrado. Este prodigio despertó en él algunas sospechas sobre el crimen cometido. Para asegurarse de ello, fue a contar lo que acababa de ver a su cuñada. La dama palideció, se le mudó el rostro y balbuceó palabras inconexas. Las sospechas del hermano se acrecentaron ante tal turbación y pidió que se cavara en el lugar donde había visto desaparecer al fantasma. La viuda, a quien esta súbita resolución llenó de espanto, hizo un esfuerzo por controlarse, adoptó una actitud firme, se burló de la aparición y trató de mitigar las inquietudes de su cuñado. Le expresó que si pretendía haber tenido una visión semejante, todos se burlarían de él y sería el hazmerreír de todo el mundo.

Pero todos estos discursos no pudieron desviarle de su propósito. Mandó cavar en el sótano, en presencia de testigos, y descubrieron el cadáver de su hermano, medio corrupto. Levantaron el cuerpo y el juez de Quimper-Corentin lo reconoció. La viuda fue arrestada, junto con los domésticos, y los tres culpables fueron condenados a la hoguera. Todos los bienes de la dama fueron confiscados para ser empleados en obras piadosas.

Historia de Willie el vagabundo. Walter Scott (1771-1832)

Puede que hayáis oído hablar de Sir Robert Redgauntlet, del señorío de Redgauntlet, que vivió en estas tierras hace ya mucho tiempo. Siempre se le recordará en la región; nuestros padres solían contener el aliento cuando oían su nombre. Ya estaba con los Highlanders en tiempos de Montrose y estuvo nuevamente en las colinas con Glencairn en el año de 1652; y cuando volvió el rey Carlos II ¿quién gozaba más de su favor sino el señor de Redgauntlet? Fue armado caballero en la corte de Londres por la propia espada del rey. Y como era prelatista acérrimo vino a estas tierras, fiero como un león, con el nombramiento de teniente (y, por lo que sé, de loco) para aplastar a los Whigs y a los Covenanters del país. Y no se anduvo con contemplaciones. Porque los Whigs eran tan tercos como fieros los caballeros y se trataba de ver quien se cansaría primero. Redgauntlet era partidario de emplear mano dura y su nombre era tan conocido en el país como los de Claverhause o Tom Dalyell. Ni valle, ni ladera, ni montaña, ni cueva servían para ocultar a la pobre gente de las montañas cuando Redgauntlet salía en su persecución con cuernos de caza y sabuesos, como si de ciervos se tratase. Y la verdad es que, cuando alcanzaban a alguien, no se andaban con más ceremonias que con un corzo. Tan sólo le preguntaban: «¿Quieres prestar juramento?» Y si no: «Preparados, listos, ¡fuego!», y allí yacía el renegado.

Temido y odiado era Sir Robert a lo largo y ancho de la región. La gente pensaba que tenía tratos con el diablo, que era inmune al acero, y que las balas rebotaban en su armadura como el granizo en la piedra, que tenía una yegua que podía transformarse en liebre en la pared de Garrifra–gawns, y más cosas por el estilo, que contaré más adelante. La maldición más suave que le dirigían era: «¡Que el diablo se lleve a Redgauntlet!»

Sin embargo, no era un mal amo para los suyos, y sus vasallos le querían. Y los escuderos y soldados que cabalgaban con él durante las persecuciones, como llamaban los Whigs a aquellos tiempos turbulentos, hubieran estado dispuestos en cualquier momento a brindar a su salud hasta quedarse ciegos. Pues bien, habéis de saber que mi abuelo vivía en los dominios de Redgauntlet. El lugar se llamaba Primrose–Knowe. Mi familia había vivido allí desde los tiempos de los bandoleros y aun antes. Era un sitio agradable, y estoy convencido de que el aire es más fresco y sano allí que en ninguna otra parte de la comarca. Hoy día está desierto. Hace sólo tres días estuve sentado en el roto umbral de la puerta y me alegré de no poder ver la ruina en que se había convertido. Pero me estoy desviando de mi historia. Allí habitaba mi abuelo, Sieenie Steenson, que había sido en su juventud algo bribón y un poco vagabundo y era un buen gaitero. Era famoso tocando Hoopers and Girders y no había en Cumberland quien le superase con Jockie Latin. Desde Berwick a Carlisle no había nadie mejor en la back–lilt. Los hombres como Steenie no tienen madera de Whig, así que se hizo Tory, como los llamaban entonces, lo que ahora llamamos jacobitas, simplemente porque sentía una especie de necesidad de pertenecer a uno de los dos bandos. No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.

Resulta que Steenie era un poco el favorito de su señor, y conocía a toda la gente del castillo, y a menudo le mandaban buscar para que tocase la gaita mientras se divertían. Al viejo Dougal McCallum, el mayordomo, que había servido a Sir Robert en las duras y en las maduras, en los buenos y en los malos tiempos, en la adversidad y en la fortuna, le gustaba muchísimo la gaita, y de ahí le venía a mi abuelo su buen cartel ante el señor, porque Dougal hacía lo que quería con su amo. Bueno, llegó la Revolución, que debiera de haber roto los corazones de Dougal y su amo. Pero el cambio no fue tan grande como ambos se temían y otros deseaban. Mucho fanfarronearon los Whigs sobre lo que le iban a hacer a sus viejos enemigos, y en especial a Sir Robert Redgauntlet. Pero había demasiados señores importantes comprometidos en el asunto como para poder hacer tabla rasa y empezar el mundo desde los cimientos, así que el Parlamento hizo la vista gorda; y Sir Robert, salvo que tuvo que conformarse con cazar zorros en vez de Covenanters, siguió siendo el hombre que siempre había sido. Sus fiestas eran tan ruidosas y sus salones estaban tan bien iluminados como siempre, aunque es posible que echara de menos las multas de los no conformistas que solían irle a engordar la despensa y la bodega; porque lo cierto es que empezó a interesarse por las rentas de sus vasallos mucho más de lo que acostumbraba. Y éstos se esforzaban por pagar a tiempo ya que, si no, el señor se disgustaba muchísimo. Y era tan temible que nadie se atrevía a provocar su ira, pues profería tales juramentos, se ponía tan furioso y adquiría un aspecto tan terrible que la gente pensaba que era el mismísimo demonio.

Bueno, mi abuelo no era un buen administrador, tampoco es que fuera despilfarrador, pero no tenía la virtud del ahorro, y se atrasó en dos recibos de la renta. Consiguió salir del primer aprieto el domingo de Pentecostés con buenas palabras y canciones de su gaita, pero, al llegar el día de San Martín, el oficial de guardia le transmitió la orden de que se presentase con la renta un día determinado o tendría que exiliarse del señorío. Arduo trabajo le costó conseguir el dinero. Pero tenía buenos amigos y por fin consiguió reunir el importe, mil monedas de plata. La mayor parte del dinero procedía de un vecino al que llamaban Laurie Lapraik, un zorro astuto. Laurie poseía todo tipo de riquezas, le ponía una vela a Dios y otra al Diablo y era Whig o Tory, pecador o santo según soplasen los vientos. Era un maestro en este mundo de la Revulución, pero le gustaba bastante un soplo de aire mundano de vez en cuando y alguna que otra canción de gaita y, sobre todo, pensó que hacía un buen negocio con el dinero que le prestaba a mi abuelo a cambio de todos los bienes de Primrose–Knowe como garantía. Allá que se fue mi abuelo al castillo de Redgauntlet, con la bolsa pesada y el corazón ligero, contento de escapar a la ira de su señor. Bueno, pues lo primero de lo que se enteró en el castillo fue de que a Sir Robert le había dado un ataque de gota del enfado, porque no había aparecido antes de las doce. No era sólo por el dinero, creía Dougal, sino porque no le gustaba tener que prescindir de mi abuelo. Dougal se alegró mucho de ver a Steenie y lo condujo al gran salón de roble, y allí estaba el señor sentado en completa soledad, excepto por la compañía de un mono feo y grande que era su animal favorito; era una bestia maligna que gastaba muchas bromas pesadas –difícil de complacer y fácil de enfadar–, correteaba por todo el castillo parloteando y gritando, robando y mordiendo a la gente, sobre todo cuando iba a hacer mal tiempo o iba a haber problemas de gobierno. Sir Robert lo llamaba Mayor Weir, como a un brujo que habían quemado; y a muy poca gente le gustaba, ni el nombre ni la criatura –creían que había algo extraño en ella–, y mi abuelo no se sintió precisamente feliz cuando la puerta se cerró tras él y se encontró solo en la habitación con el señor, Dougal McCallum y el Mayor, cosa que nunca antes le había ocurrido.

Sir Robert estaba sentado o mejor dicho tendido, en un gran sillón, con su magnífica bata de terciopelo y los pies sobre un taburete, porque sufría de gota y arenilla, y su rostro estaba tan pálido y descompuesto como el de Satanás. El Mayor Weir estaba sentado frente a él, con una casaca roja de encaje y la peluca del señor en la cabeza, y juro que cuando Sir Robert se retorcía de dolor, el mono lo hacía también y formaban una pareja tan perversa cumo aterradora. El abrigo de cuero del señor colgaba de una percha a su espalda, y el sable y las pistolas estaban a su alcance; porque conservaba la vieja costumbre de tener las armas preparadas y un caballo ensillado día y noche, como solía hacer cuando aún podía montar a caballo y salir en persecución de cualquier montañés de que tuviera noticia. Algunos dicen que era por temor a que los Whigs intentaran vengarse, pero yo opino que era simplemente una vieja costumbre, pues no era hombre que se asustara por nada. El libro de cuentas, con sus tapas negras y sus cierres de cobre, estaba frente a él; y había un librillo de canciones obscenas entre las páginas, para mantenerlo abierto en el sitio en que figuraba la evidencia de que el buen hombre de Primrose–Knowe estaba atrasado en el pago de sus rentas e impuestos. La mirada que Sir Robert dirigió a mi abuelo parecía querer helarle el corazón en el pecho. Puede que hayáis oído decir a la gente que al fruncir las cejas se le formaba el dibujo de una herradura profundamente incrustada en la frente, como si se la hubiesen estampado allí.

–¿Vienes con las manos vacías, tú, hijo de una gaita desinflada? Brrrrr... si es así...
Mi abuelo, poniendo la mejor cara que pudo, dio un paso adelante y puso la bolsa del dinero sobre la mesa, con movimientos rápidos, como quien está muy seguro de lo que hace. El señor se apresuró a atraerla hacia sí:
–¿Está todo Steenie?
–Su Excelencia comprobará que sí –dijo mi abuelo.
–Bien Dougal, dale a Steenie una copa de brandy abajo, mientras cuento el dinero y le extiendo el recibo.

Pero apenas si habían terminado de salir de la habitación cuando Sir Robert dio un grito que conmovió los cimientos de roca del castillo. Volvió Dougal corriendo, volaron los lacayos, grito tras grito daba el señor, a cuál más horrible. Mi abuelo no sabía si quedarse o salir corriendo, pero se aventuró a regresar al salón, donde el lío era tan fenomenal que nadie se preocupaba de quién salía o entraba. El señor daba terribles alaridos pidiendo agua fría para los pies y vino para refrescar la garganta. Y la palabra infierno –infierno, infierno y sus llamas– no se le caía de la boca. Y cuando le trajeron agua y sumergieron sus hinchados pies en el barreño gritó que estaba ardiendo; y muchos dicen que realmente burbujeaba y humeaba como un caldero en ebullición. Le tiró la copa a la cabeza a Dougal y gritó que le había dado sangre en vez de borgoña; y efectivamente, al día siguiente los criados limpiaron sangre coagulada de la alfombra. El mono al que llamaban Mayor Weir se retorcía y gritaba como si estuviese haciéndole burla a su amo. Mi abuelo estuvo a punto de perder la cabeza, olvidó el dinero y el recibo y salió disparado escaleras abajo; pero conforme corría, los gritos fueron haciéndose cada vez más débiles, se oyó un largo y tembloroso gemido y la noticia de que el señor había muerto se extendió por el castillo.

Bueno, mi abuelo se fue con las manos vacías confiando en que Dougal hubiera visto la bolsa del dinero y hubiera oído al señor hablar de redactar el recibo. El joven señor, ahora Sir John, vino de Edimburgo para arreglar las cosas. Sir John y su padre nunca se habían llevado bien. Sir John había estudiado para abogado y luego había tenido un escaño en el último Parlamento escocés y votado a favor de la Unión, habiendo obtenido, se creía, un buen bocado de las compensaciones. Si su padre hubiera podido salir de la tumba le hubiera parado la cabeza con las piedras de su propia lápida. Algunos creían que era más fácil tratar con el viejo y rudo caballero que con el joven, a pesar de sus suaves maneras, pero ya hablaremos de eso más adelante. Dougal McCallum, pobre hombre, ni lloraba, ni se lamentaba, sino que se paseaba por la casa como un muerto, pero dirigiendo, como era su deber, todos los preparativos para el grandioso funeral. Pero conforme se aproximaba la noche Dougal tenía cada vez peor aspecto y era siempre el último en irse a la cama, que estaba en una pequeña alcoba justo enfrente de la cámara que su amo ocupaba mientras vivió, y donde ahora yacía de cuerpo presente, como se dice. La noche del funeral, Dougal no pudo mantenerse callado por más tiempo. Olvidó su orgullo y le pidió al viejo Hutcheon que se sentara con él durante un rato. Cuando estuvieron en la habitación, Dougal se sirvió una copa de brandy y le sirvió otra a Hutcheon, y le deseó salud y larga vida y dijo que, por su parte, no le quedaba mucho de estar en este mundo. Porque todas las noches desde la muerte de Sir Robert, había sonado el silbato de plata desde la cámara mortuoria, como lo solía hacer por la noche, en vida de Sir Robert, para llamar a Dougal a que le ayudase a darse la vuelta en la cama. Dougal dijo que, al estar solo en aquel piso de la torre (porque nadie quería velar a Sir Robert Redgauntlet como se vela a cualquier otro cadáver) no se había atrevido a responder a la llamada, pero que ahora su conciencia le reprochaba el haber descuidado su deber; porque:

–Aunque la muerte libera del voto de obediencia –dijo McCallum– nunca romperé mi voto a Sir Robert; y contestaré a su próximo silbido, así que te ruego que te quedes conmigo, Hutcheon.

Hutcheon no sentía deseo alguno de hacerlo, pero había luchado y pasado penalidades junto a Dougal y no iba a fallarle en aquel aprieto; así que los dos sirvientes se sentaron ante una copa de brandy y Hutcheon, que era algo clerical, hubiera leído un capítulo de la Biblia, pero Dougal no quiso oír sino un párrafo de David Lindsay, cosa que no era prrcisamente lo más adecuado. A medianoche, cuando la casa estaba silenciosa como una tumba, se oyó el sonido del silbato, tan claro y penetrante como si Sir Robert estuviera tocándolo, y allá que se levantaron los dos viejos servidores y se dirigieron tambaleándose a la habitación donde yacía el muerto: Hutcheon vio lo suficiente al primer vistazo, porque había antorchas en la habitación que le mostraron al maldito diablo en persona, sentado sobre el ataúd del señor. Se desplomó como un muerto y no pudo decir durante cuánto tiempo yació en trance en la puerta, pero cuando volvió en sí, llamó a su compañero y, al no encontrar respuesta, alertó al resto de la casa. Dougal fue encontrado muerto a dos pasos de la cama donde estaba colocado el ataúd de su señor. Respecto al silbato, éste había desaparecido por completo, pero muchas veces se lo oía en lo alto de la casa, en las almenas y en las viejas chimeneas y torreones donde anidan los búhos. Sir John acalló el incidente y el funeral transcurrió sin más contratiempos.

Cuando todo hubo terminado y el Señor empezó a poner orden en sus asuntos, todos los vasallos fueron llamados a pagar sus atrasos y mi abuelo lo fue por toda la suma que se suponía que debía. Bueno, pues allá se va para el castillo a contar la historia, y allí fue llevado a presencia de Sir John, sentado en la silla de su padre, de luto riguroso, con brazalete y corbata negras y un pequeño estoque de paseo junto a él, en vez del viejo sable que, con la hoja, la empuñadura y la funda, pesaba un quintal. Tantas veces he oído contar la conversación que sostuvieron que casi me parece haberla presenciado, aunque aún no había nacido por aquel entonces.

–Le deseo felicidad, señor del gran asiento, el pan blanco y el ancho señorío.
Su padre era un hombre amable para sus amigos y sirvientes; es un honor para usted, Sir John, llevar sus zapatos –sus botas debería decir– porque rara vez se ponía zapatos, a no ser las zapatillas cuando tenía la gota.
–Ay, Steenie –replicó el Señor, dando un profundo suspiro y llevándose el pañuelo a los ojos–, la suya fue una muerte repentina y el país lo echará de menos; no tuvo tiempo de ordenar sus asuntos, pero sin duda estaba preparado para Dios, que es lo que cuenta, y nos dejó una enredada madeja que deshilvanar. Ejem, ejem, Steenie... podemos ir al grano; tengo mucho trabajo que hacer y poco tiempo para hacerlo.
Y con esto abrió el libro fatídico. He oído hablar de algo a lo que llaman el iibro del Juicio Final y estoy seguro de que era un libro de vasallos deudores.
–Stephen –dijo Sir John con el mismo tono de voz, suave y meloso– Stephen Stevenson o Steenson, apareces aquí con un año de atraso en el pago de tus rentas. Vencía el trimestre pasado.
Stephen: Por favor, Excelencia, Sir John, se lo pagué a vuestro padre.
Sir John: Entonces tendrás un recibo, Stephen. ¿Puedes presentarlo?
Stephen: No tuve tiempo, Excelencia, porque no había hecho más que entregar el dinero y justo cuando Su Excelencia Sir Robert, que en paz descanse, lo cogió para contarlo y extender el recibo, le asaltaron los dolores que le causaron la muerte.
–Mala suerte –dijo Sir John tras una pausa–, pero quizá lo pagaste en presencia de alguien. Sólo quiero una prueba palpable, Stephen. No pretendo aprovecharme de un pobre hombre.
Stephen: La verdad, señor, no había nadie en la habitación excepto Dougal McCallum, el mayordomo. Pero, como sabe Su Excelencia, ha seguido el mismo destino que su antiguo amo.
–Mala suerte otra vez –dijo Sir John, sin alterar la voz ni una octava–, el hombre al que le pagaste está muerto y el hombre que presenció el pago también, y del dinero, que debería haber aparecido, no hay ni rastro en los inventarios. ¿Cómo voy a creérmelo?
Stephen: No lo sé, Excelencia, pero aquí tengo anotadas cada una de las monedas; porque ¡Dios me ayude!, tuve que pedirlas prestadas a veinte bolsillos distintos, y estoy seguro de que todos estarán dispuestos a jurar para qué tomé prestado el dinero.
Sir John: No dudo de que tomaste prestado el dinero, Steenie. Es de la entrega del dinero a mi padre de lo que quiero alguna prueba.
Stephen: Puede que el dinero esté en algún sitio de la casa, Sir John. Y puesto que Vuestra Excelencia nunca lo recibió y Su Excelencia que en paz descanse no pudo llevárselo, puede que alguien de la familia lo haya visto.
Sir John: Preguntaremos a los criados, Stephen; es lo razonable.

Pero criados y criadas, pajes y caballerizos, todos negaron de firme haber visto nunca una bolsa de dinero como la que describía mi abuelo. Para empeorarlo, Steenie no había comunicado a ningún ser vivo que se proponía pagar la renta. Una doncella había notado que llevaba algo bajo el brazo, pero creyó que era la gaita. Sir John Redgauntlet ordenó salir a los sirvientes y a continuación dijo a mi abuelo:

–Ahora Steenie, ves que has tenido un trato justo; y puesto que no me cabe duda de que tú sabes mejor que nadie dónde encontrar la bolsa, te pido, de buenas maneras y por tu propio bien, que termines de una vez con este fastidioso asunto; o pagas o te vas de mis tierras.
–Que el Señor me perdone –dijo Steenie, ya agotados todos sus recursos–, yo soy un hombre honrado.
–Yo también, Stephen –dijo Su Excelencia– y también lo son todos los de esta casa, espero. Pero si hay algún granuja entre nosotros debe de ser aquel que cuenta una historia que no puede probar –hizo una pausa y añadió, con más seriedad–: si entiendo tu jugada, intentas aprovecharte de algunas habladurías maliciosas sobre mi familia y en especial sobre la repentina muerte de mi padre, para estafarme el dinero y quizá desacreditarme, insinuando que ya he recibido la renta que reclamo. ¿Dónde supones que puede estar el dinero? Insisto en saberlo.

Mi abuelo lo vio todo tan en su contra que casi se dejó llevar por la desesperación, sin embargo se removió un poco, miró a todos lados y permaneció en silencio.

–Habla, bribón –dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ése tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)– ¡Habla! Quiero saber lo que piensas. ¿Crees que el dinero lo tengo yo?
–Lejos de mí afirmar tal cosa –respondió Stephen.
–¿Acusas a alguno de mis criados de haberlo robado?
–No me gustaría acusar a un inocente. Y si alguno fuera el culpable no tengo pruebas.
–En alguna parte tiene que estar el dinero, si hay algo de verdad en tu historia –dijo Sir John–, te pregunto dónde crees que está y exijo una respuesta.
–En el infierno, si de verdad quiere saber lo que pienso –dijo mi abuelo, sintiéndose completamente acorralado–; en el infierno, con el padre de Vuestra Excelencia, su mono y su silbato de plata.

Salió corriendo escaleras abajo (porque el salón no era un lugar seguro para él después de haber dicho tales palabras) y oyó al señor maldecirle a sus espaldas, con la misma soltura con que lo hacía Sir Robert, llamando a gritos al alguacil y al oficial de guardia. Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio –ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves–; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet. A estas alturas a mi abuelo se le había agotado la paciencia y cuando él y Laurie estaban a punto de echarse a las manos, tuvo la desfachatez suficiente de insultarle, tanto al hombre como a lo que éste decía, y dijo unas cosas que hicieron ponerse lívidos a los que las oyeron; estaba fuera de sí, y además había convivido con gente que no se mordía la lengua.

Por fin les separaron y mi abuelo volvió a casa por el bosque de Pitmurkie, que, según dicen, está todo lleno de abetos negros –conozco el bosque, pero no sabría decir si los abetos son blancos o negros–. A la entrada del bosque hay un prado, y en el borde del prado una pequeña posada solitaria que en aquella época estaba a cargo de una posadera a la que llamaban Tibbie Faw, y allí el pobre Steenie pidió media pinta de brandy, porque no había tomado ningún refrigerio en todo el día. Tibbie insistió en que comiera algo, pero él no quiso ni oír hablar de ello, ni consintió en bajar de su cabalgadura, y se tomó todo el brandy en dos tragos, haciendo cada vez un brindis: el primero a la memoria de Sir Robert Redgauntlet, para que no descansara en su tumba hasta que hubiera hecho justicia a su pobre vasallo; y el segundo a la salud del Enemigo del Hombre si le devolvía el saco con el dinero o le decía lo que había sido de él, porque veía que todo el mundo iba a considerarle un ladrón y un estafador, y eso le sentaba aún peor que la pérdida de todos sus bienes. Siguió cabalgando, sin importarle a dónde. La noche era oscura y los árboles la oscurecían todavía más, asi que dejó al animal elegir su propio camino a través del bosque cuando, de repente, de estar cansado y agotado, el rocín empezó a trotar, galopar y encabritarse, hasta el punto de que mi abuelo apenas podía mantenerse en la silla. Y conforme sucedía esto, un jinete, acercándose de repente a él, le dijo:

–Una bestia valerosa la suya, amigo, ¿estaría dispuesto a venderla? –y diciendo esto, tocó el cuello del caballo con su fusta y éste volvió a su antiguo trote cansino y vacilante–. Pero pronto se le acaba el valor, me parece –continuó el extraño– y lo mismo les ocurre a muchos hombres, que se creen capaces de grandes cosas hasta que les llega el momento de demostrarlo.
Mi abuelo apenas si prestó atención a sus palabras, sino que espoleó a su caballo con un:
–Buenas noches, amigo.
Pero al parecer el extraño no era de los que dan fácilmente su brazo a torcer porque, calbalgase como cabalgase Steenie, siempre estaba a su lado. Por fin mi abuelo empezó a enfadarse y, a decir verdad, a asustarse.
–¿Qué queréis de mí, amigo? –dijo–. Si sois un ladrón, no tengo dinero; si sois un hombre honrado que quiere compañía, no tengo ánimos para hablar o bromear; y si queréis saber el camino, apenas lo conozco yo mismo.
–Si hay algo que te atormente –dijo el extraño– cuéntamelo, soy alguien que, aunque ha sido muy calumniado en este mundo, no tiene igual para ayudar a sus amigos.
Así que mi abuelo, más para aliviar su propia congoja que porque esperase ayuda alguna, le contó toda la historia.
–Estás en un buen aprieto –dijo el extraño–, pero creo que puedo ayudarte.
–Si podéis prestarme el dinero y no esperáis que os lo devuelva en mucho tiempo... no sé de otra ayuda en la tierra –dijo mi abuelo.
–Puede que la haya debajo de ella –replicó el extraño–. Venga, seré sincero contigo. Podría prestarte el dinero a cambio de un contrato, pero puede que sintieses escrúpulos al ver los términos. Aun así puedo decirte que tus juramentos y los lamentos de tu familia han turbado el descanso de tu viejo Señor en su tumba y que si te atreves a aventurarte a ir a verle, te dará el recibo.

A mi abuelo se le pusieron los pelos de punta al oír la oferta, pero pensó que su compañero podía ser algún bromista que estaba tratando de amedrentarle y que quizá acabaría prestándole el dinero. Además, el brandy le infundía valor y estaba desesperado por la angustia; así que le dijo que tenía suficientes agallas para ir a las puertas del infierno, y aún más allá, por aquel recibo. El extraño se echó a reír. Bueno, pues siguieron cabalgando por lo más espeso del bosque cuando, de repente, el caballo se detuvo a la puerta de una gran casa; y, si no fuera porque sabía que el lugar estaba a diez millas de distancia, mi abuelo hubiera pensado que se trataba del castillo de Redgauntlet. Atravesando el arco de la vieja puerta, entraron en el patio. Vieron todo el frente de la casa iluminado y oyeron gaitas y violines, y había tanto baile y bullicio dentro como solía haber en la casa de Sir Robert en Navidades y en otras grandes ocasiones. Se apearon de sus caballos y a mi abuelo le pareció que ataba el suyo a la misma argolla a la que lo había atado aquella mañana cuando acudió a presentarse al joven Sir John.

–¡Dios! –exclamó mi abuelo– ¡si parece que la muerte de Sir Robert sólo ha sido un sueño!
Llamó a la puerta del vestíbulo, como acostumbraba, y su viejo conocido Dougal McCallum, también como de costumbre, vino a abrir la puerta y dijo:
–Gaitero Steenie, ¿estás ahí, chico? Sir Robert ha estado llamándote.
A mi abuelo le parecía que estaba soñando. Buscó al extraño, pero había desaparecido por el momento. Por fin trató simplemente de decir:
–Hola Dougal del Más Allá ¿estás vivo? Creía que estabas muerto.
–No te preocupes por mí –dijo Dougal–, sino por ti; y cuida de no tomar nada de nadie aquí, ni comida, ni bebida, ni dinero, excepto el recibo que te pertenece.

Y dicho esto, le guió a través de salones y estancias que mi abuelo conocía muy bien, hasta llegar al viejo salón de roble; había en él ese mismo cantar, canciones profanas, escanciar vino, blasfemar y contar obscenidades que siempre había habido en el castillo de Redgauntlet en sus mejores tiempos. Pero ¡que Dios nos ampare! ¡Qué colección de juerguistas fantasmales se sentaban a la mesa! Mi abuelo reconoció a varios que hacía ya tiempo que se habían convertido en polvo, porque a menudo había tocado para ellos en el vestíbulo de Redgauntlet. Allí estaba el fiero Middleton, y el disoluto Rothes, y el astuto Lauderdale; y Dalyell, con la cabeza calva y barba hasta la cintura; y Earlshall, con la sangre de Cameron en sus manos; y el cruel Bonshaw, que desmembró a Mr. Cargill; y Dunbarton Douglas, dos veces traidor, a su patria y a su rey. Allí estaba el sanguinario abogado McKenyie que, por su sabiduría y su astucia mundana, había sido como un dios para el resto. Y allí estaba Claverhouse, tan bello como cuando vivía, con sus largos y oscuros rizos cayéndole sobre la casaca de encaje y la mano izquierda siempre en el hombro derecho, para ocultar la herida que la bala de plata le había hecho. Sc sentaba aparte de todos los demás y los miraba con expresión melancólica y altiva; mientras, el resto aullaba, cantaba y reía de tal modo que la habitación retumbaba. Pero, de vez en cuando, sus sonrisas se contraían de manera tan horrible y sus risas eran tan salvajes que a mi abuelo se le pusieron azules las uñas y se le heló la médula de los huesos.

Los que servían las mesas eran los mismos sirvientes y soldados que habían ejecutado sus crueles órdenes en la tierra. Estaba el Mozo Largo de Nethertown, que ayudó a tomar Argyle; y el que intimidó al obispo, al que llamaban el Sonajero del Diablo; y los malvados guardias con sus casacas de encaje; y los salvajes amoritas de las Tierras Altas, que derramaban sangre como si fuera agua; y muchos sirvientes altivos, de corazón soberbio y manos ensangrentadas, serviles con los ricos para hacerlos aún peores de lo que hubieran sido, despiadados con los pobres hasta convertirlos en polvo una vez despedazados por los ricos. Y muchos, muchos más iban y venían, tan atareados como en vida. En medio de aquel terrible escándalo, Sir Robert Redgauntlet llamó con voz de trueno al gaitero Steenie, para que se acercase a la mesa principal, donde él estaba sentado, con las piernas extendidas y envueltas en franela; las pistolas estaban junto a él y el sable apoyado en la silla, justo como mi abuelo lo había visto por última vez en la tierra, incluso el cojín del mono estaba allí, pero no la criatura– no le había llegado la hora, probablemente, porque, al aproximarse, oyó decir a uno de ellos:

–¿No ha venido aún el Mayor? Y el otro contestó:
–Estará aquí antes de la mañana.
Y cuando mi abuelo se adelantó, Sir Robert, o su fantasma, o el diablo con su apariencia, dijo:
–Bueno, gaitero ¿has arreglado lo de la renta anual con mi hijo?
Con gran esfuerzo, mi abuelo consiguió el aliento suficiente para decir que Sir John no se conformaría sin el recibo de Su Excelencia.
–Lo tendrás a cambio de alguna melodía, Steenie –dijo la apariencia de Sir Robert–, toca para nosotros Veel Horldled Luckie.

Aquélla era una melodía que mi abuelo aprendió de un brujo, quien a su vez la había oído cuando estaban adorando a Satanás en sus aquelarres, y mi abuelo la había tocado algunas veces en las ruidosas cenas del castillo de Redgauntlet, pero siempre a disgusto. Y ahora, con sólo mencionarla, sintió frío y, para excusarse, dijo que no llevaba la gaita consigo.

–McCallum, tú, hijo de Belcebú –dijo el terrible Sir Robert–, tráele a Steenie la gaita que tengo para él.

McCallum trajo una gaita que podía haber servido a Donald de las Islas. Pero, al ofrecérsela, le dio a mi abuelo un ligero codazo y, mirando de reojo con atención, Steenie vio que el caramillo era de acero y había sido calentado al rojo vivo. Así que tuvo buen cuidado de no tocarlo con los dedos. Se excusó de nuevo y dijo que estaba tan débil y asustado que no tenía bastante aliento para tocar.

–Entonces debes comer y beber, Steenie –dijo la figura–, porque poco más hacemos aquí; y no está bien que conversen un hombre harto y otro hambriento.

Pero aquéllas eran las mismísimas palabras que el sanguinario conde de Douglas dijo para entretener al mensajero del rey mientras le cortaba la cabeza a McLellan de Bombie en el castillo de Threave; y eso puso a Steenie aún más en guardia. Así que alzó la voz como un hombre y dijo que no había ido allí a comer, ni a beber ni a tocar la gaita, sino a recuperar lo suyo, a saber qué había sido del dinero que había pagado y a conseguir un recibo a cambio; y en ese momento se sentía tan valiente que instó a Sir Robert en nombre de su conciencia (no tuvo valor para decir el nombre sagrado) a que, si quería descansar en paz, no le tendiese más trampas y le diese lo que le pertenecía. La aparición rechinó los dientes y se rió, pero sacó el recibo de una gran carpeta y se lo tendió a Steenie:

–Ahí tienes tu recibo, perro despreciable; y en cuanto al dinero, el hijo de perra de mi hijo puede ir a buscarlo a la Cuna del Gato.
Mi abuelo le dio las gracias y estaba a punto de retirarse cuando Sir Robert gritó:
–¡Detente, tú, condenado hijo de puta! No he terminado contigo. Aquí no hacemos nada gratis; tienes que volver dentro de doce meses, a rendir a tu amo el homenaje que le debes por su protección.
A Steenie se le desató la lengua de repente y dijo en voz alta:
–Me debo al servicio de Dios y no al vuestro.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando se hizo la oscuridad a su alrededor y cayó a tierra con tal fuerza que perdió a la vez la respiración y el sentido. Cuánto tiempo yació tendido allí no supo decirlo, pero cuando volvió en sí estaba tendido en el viejo cementerio de la iglesia de Redgauntlet, justo en la puerta del panteón de la familia, y el escudo de armas del viejo caballero, Sir Robert, colgaba sobre su cabeza. Una densa niebla matinal se extendía sobre la hierba y alrededor de las lápidas, y su caballo pacía tranquilamente junto a las dos vacas del párroco. Steenie habría pensado que todo había sido un sueño de no haber tenido el recibo en la mano, claramente escrito y firmado por el viejo señor; tan sólo las últimas letras del nombre eran un poco irregulares, como si hubiesen sido escritas por alguien víctima de un dolor repentino. Profundamente preocupado, mi abuelo abandonó aquel triste lugar, cabalgó a través de la niebla hasta el castillo de Redgauntlet y con gran dificultad consiguió hablar con el señor.

–Bueno, ¿me traes la renta, bribón arruinado? –fueron sus primeras palabras.
–No, –contestó mi abuelo–, no la traigo. Pero le traigo el recibo que Sir Robert me dio.
–¿Cómo bribón? ¡El recibo de Sir Robert! ¡Me dijiste que no te había dado ninguno!
–¿Quiere Vuestra Excelencia ver si estas pocas líneas son correctas?
Sir John examinó cada línea y cada letra con gran atención y, por último, la fecha que mi abuelo no había notado. En el lugar que me corresponde –leyó– a veinticinco de noviembre.
–¡Qué! ¡Eso fue ayer! Villano, debes de haber ido al infierno por esto.
–Lo obtuve del padre de Vuestra Excelencia, si está en el infierno o en el cielo no lo sé.
–Te denunciaré por brujo al Consejo Privado –dijo Sir John–, te enviaré junto a tu amo, el diablo, con ayuda de un barril de alquitrán y una antorcha.
–Tengo intención de presentarme yo mismo en la iglesia –dijo Steenie–, y decirles todo lo que vi ayer noche, que son cosas más apropiadas para ser juzgadas por ellos que por un ignorante como yo.

Sir John se detuvo, recuperó el control y quiso oír la historia completa; y mi abuelo se la contó punto por punto, como yo la he contado, palabra por palabra, ni más ni menos. Sin John permaneció en silencio durante largo rato y por fin dijo, con gran comedimiento:

–Steenie, esta historia tuya afecta al honor de muchas familias nobles, además de la mía y si fuese una mentira para librarte de mí, lo menos que puedes esperar es que te perfore la lengua con un hierro candente, que será casi tan malo como abrasarse los dedos con un caramillo al rojo vivo. Pero puede que sea verdad; y si el dinero aparece no sabré qué pensar. Pero ¿dónde encontraremos esa Cuna del Gato? Hay gatos de sobra en el castillo, pero me parece que crían sin necesidad de cama o cuna.
–Es mejor que le preguntemos a Hutcheon –dijo mi abuelo–, conoce todos los rincones tan bien como... como otro antiguo servidor que ha desaparccido y al que no me gustaría nombrar. Bueno, pues Hutcheon, cuando le preguntaron, les dijo que había un torreón ruinoso, en desuso desde hacía largo tiempo, próximo a la torre del reloj, accesible sólo por una escalerilla, porque la apertura estaba en el exterior y situada muy por encima de las almenas, al que desde antiguo se le llamaba la Cuna del Gato.
–Iré allí inmediatamente –dijo Sir John, y cogió (con qué propósito, sólo el cielo lo sabe) una de las pistolas de su padre de la mesa del salón, donde habían estado desde la noche en que murió, y se dirigió apresuradamente a las almenas.

Era un lugar peligroso porque la escalerilla estaba vieja y carcomida, y le faltaban uno o dos peldaños. Sin embargo, Sir John trepó por ella y entró por la puerta de la torre, donde su cuerpo tapó la poca luz que se filtraba. Algo se abalanzó sobre él con violencia y casi lo tira de espaldas, la pistola del caballero se disparó y Hutcheon, que sostenía la escalera, y mi abuelo, que estaba a su lado, oyeron un fuerte alarido. Un minuto después Sir John lanzó el cuerpo del mono a los pies de ambos y gritó que había descubierto el dinero y que debían subir a ayudarle. Y allí estaba la bolsa con el dinero, efectivamente, y muchas otras cosas que se habían perdido hacía mucho tiempo. Cuando Sir John hubo limpiado bien el torreón, condujo a mi abuelo al comedor, le cogió de la mano, le habló afablemente y le dijo que sentía haber dudado de su palabra, y que para compensarle en adelante sería un buen señor para él.

–Y ahora Steenie –dijo Sir John–, aunque esa visión tuya, en general, acredita a mi padre como un hombre honrado que incluso después de muerto ha querido hacer justicia a un pobre hombre como tú, eres lo bastante sensato como para comprender que hombres malintencionados podrían poner en duda la salvación de su alma. Así que mejor le echamos toda la culpa a esa criatura ladrona, el Mayor Weir, y no decimos nada de tu sueño en el bosque de Pitmurkie. Habías bebido demasiado brandy para estar muy seguro de nada y, Steenie, este recibo (la mano le temblaba mientras lo sostenía) no es sino un extraño documento y lo mejor que podemos hacer es, creo, echarlo tranquilamente al fuego.
–Pero por muy extraño que sea, es la única garantía que tengo de haber pagado mi renta –dijo mi abuelo, que tenía miedo quizá de perder el beneficio del recibo de Sir Robert.
–Anotaré el importe a tu favor en el libro de rentas y te daré un recibo de mi propia mano –dijo Sir John– ahora mismo. Y Steenie, si eres capaz de mantener la boca cerrada sobre este asunto, a partir de ahora tendrás una renta más baja.
–Muchas gracias, Excelencia –dijo Steenie, que vio rápidamente cómo estaban las cosas–. Desde luego que seguiré en todo las órdenes de Vuestra Excelencia; sólo que me gustaría hablar del asunto con algún hombre de la iglesia, porque no me gusta el emplazamiento que el padre de Vuestra Excelencia...
–No llames a ese fantasma mi padre –dijo Sir John, interrumpiéndole.
–Bueno, entonces, esa cosa que se le parecía tanto –dijo mi abuelo– habló de que tenía que regresar el mismo día al cabo de un año, y eso me pesa sobre la conciencia.
–Bien –dijo Sir John–, si estás tan angustiado puedes hablar con nuestro párroco; es un hombre justo, respeta el honor de nuestra familia y además creo que quiere conseguir mi protección. Y con esto mi abuelo estuvo enseguida de acuerdo en que se quemase el recibo y el señor lo tiró a la chimenea con su propia mano. Sin embargo, no ardió, sino que voló chimenea arriba con un cortejo de chispas y un ruido de cohete.

Mi abuelo fue a la casa del párroco y éste, después de oír la historia, dijo que su opinión era que aunque mi abuelo había ido demasiado lejos en asuntos muy peligrosos, sin embargo, como había rechazado las arras del demonio (pues eso es lo que eran las ofertas de comida y bebida) y se había negado a rendirle homenaje tocando la gaita cuando se lo ordenó, esperaba que si de ahora en adelante se comportaba con circunspección, Satanás podría sacar muy pocas ventajas de lo ocurrido. Y desde luego mi abuelo, por su propia voluntad, estuvo durante bastante tiempo sin tocar la gaita ni el brandy y, hasta que no terminó el año y pasó el día fatídico, no hizo tan siquiera intención de coger el violín ni de beber whisky o cerveza. Sir John contó la historia del mono a su manera, y hasta hoy día algunas personas creen que en aquel asunto todo se debió a la naturaleza ladrona del animal. Incluso hay quienes aseguran que no fue el Viejo Enemigo al que Dougal y Hutcheon vieron en la habitación del señor, sino a esa criatura, el Mayor Weir, brincando sobre el ataúd; y en cuanto al silbato del señor, oído después de su muerte, era el sucio animal, que lo tocaba tan bien como el propio señor, si no mejor.

Pero el cielo sabe la verdad y salió a la luz por vez primera por boca de la esposa del párroco, después de que Sir John y su marido estuvieran ambos en sus respectivas tumbas. Entonces, mi abuelo, a quien le fallaban las piernas pero no el juicio ni la memoria –al menos no tanto como para que se le notara– se vio obligado a contar la verdadera historia a sus amigos, para defender su buen nombre. De otro modo le podían haber acusado de brujo.

La historia de un hombre supersticioso. Thomas Hardy (1840-1928)

-Hubo algo muy extraño acerca de la muerte de William, ¡muy extraño de veras! -suspiró con melancolía un hombre. Era el padre del granjero, quien hasta ahora había guardado silencio.
-¿Y que pudo haber sido?- preguntó Mr. Lackland.

William, como muchos saben, era curioso, un hombre callado; se le podía sentir cuando estaba cerca; y si estaba en la casa o en cualquier otro lugar, cerca de uno, había algo húmedo en el aire, como si la puerta del sótano se hubiera abierto al lado de uno. Bien, fue un domingo, una vez que William estaba en aparente buen estado de salud, la campana llamaba a la gente a la iglesia de buenas a primeras; el sacristán dijo que no había sentido la campana tan pesada en su mano por años, era un día domingo, como dije. Durante la semana anterior, ocurrió que la señora de William había estado hasta tarde una noche para terminar de planchar, ella había lavado para el Sr. y la Sra. Hardcome. Su marido había terminado la cena, y marchado a la cama como era usual hacía ya una o dos horas. Mientras ella estaba planchando, lo escuchó bajando las escaleras; se detuvo para ponerse las botas, que estaban al pie de la escalera, donde siempre las dejaba, y luego pasó por la sala de estar donde ella seguía planchando, pasando a través del mismo hacia la puerta. Esta era la única manera de ir desde la escalera hacia el exterior de la casa. Ninguno de los dos dijo palabra alguna, William no era un hombre de mucho hablar, en tanto su esposa se hallaba ocupada en sus labores. El hombre salió y cerró la puerta tras de sí. Ella no prestó mayor atención, pensando que su marido habría salido para fumar su pipa o para caminar un rato por la noche, y siguió planchando. Al rato terminó con su labor y, dado que su marido no había vuelto aún, lo esperó un rato, mientras guardaba la plancha y demás cosas, y dejaba lista la mesa para el desayuno matinal. Su marido seguía sin volver, pero suponiendo que lo haría pronto, ella decidió irse a la cama, cansada como estaba y dejando la puerta sin llave, comenzando a subir las escaleras, luego de escribir con tiza en la puerta: "Recuerda cerrar la puerta” (ya que era un hombre olvidadizo).

Para su gran sorpresa, y digamos alarma, al llegar al pie de la escalera se dio cuenta de que las botas de su marido seguían ahí, donde las había dejado cuando subió para descansar. Habiendo subido y llegado al dormitorio lo encontró en la cama, durmiendo como una roca. Como pudo haber vuelto sin que ella lo viera ni escuchara, eso estaba más allá de su comprensión. Habrá sido únicamente pasando en silencio detrás de ella mientras estaba guardando la plancha que pudo conseguirlo. Pero esto no la dejó satisfecha: era imposible en extremo que no lo hubiera notado entrar en una sala de estar tan pequeña. Ella no pudo desentrañar el misterio, y se sintió muy rara e incómoda sobre ello. Sin embargo, decidió no molestar a su marido para preguntarle, y se acostó de una vez.

Él se levantó y salió para su trabajo muy temprano a la mañana siguiente, mucho antes de que ella se levantara, así que la mujer aguardó el regreso del marido para el almuerzo con gran ansiedad para oír la explicación, ya que habiendo pensado el asunto durante el día solo le había dejado más sobresaltada. Cuando llegó a comer, dijo, antes que ella pudiera preguntar cualquier cosa, "¿cuál es el significado de estas palabras escritas con tiza en la puerta?” Ella le contó todo y le preguntó acerca de la noche anterior. William declaró que jamás había salido de su cama luego de acostarse, habiéndose de hecho desvestido, acostado y dormido casi instantáneamente, no levantándose hasta que el reloj dio las cinco, y él partió para su trabajo.

Betty Privett estaba tan segura de que él había salido, como de su propia existencia, y estaba casi segura que él no había regresado. Se sentía muy disgustada de discutir con él, así que dejó el asunto como si ella hubiera estado equivocada. Cuando se fue caminando por Longpuddle Street, más tarde, se encontró con la hija de Jim Weedle, Nancy, y dijo:

-¡Bien, Nancy, te ves con sueño hoy!
-Sí, Mrs. Privett, -dijo Nancy-. No le vaya a contar a nadie, pero no se si usted sabrá el motivo de esto. Anoche, como era la Víspera del Verano, algunos de nosotros fuimos al pórtico de la Iglesia, y no regresamos a casa hasta cerca de la una.
-¿Cómo? -dijo Mrs. Privett-. ¿Qué fue ayer? Dios, no recordaba que lo fuera; tuve mucho trabajo. No puedo recordar cuando es la Víspera del Verano y cuando es la Fiesta de San Miguel; siempre tengo mucho que hacer.
-Sí, y nos asustamos bastante, con lo que vimos.
-¿Y qué vieron?
-Ustedes quizás no lo recordarán, habiéndose marchado a otros lugares siendo tan jóvenes, pero por aquí se cree que en la Víspera del Verano las formas pálidas de todas las personas de la parroquia que están cerca de la muerte dentro del plazo de un año pueden ser vistas entrando en la iglesia. Aquellos que logran vencer su enfermedad o dolencia salen luego de un rato; aquellos que están condenados a morir no vuelven a salir.
-¿Qué fue lo que viste? -Volvió a preguntar la esposa de William.
-Bien, -comenzó Nancy retrocediendo- no necesito decirle que vimos o a quien vimos.
-Tu viste a mi marido. -dijo Betty Privett, de manera serena.
-Bien, ya que lo dice, -dijo Nancy, lentamente- creímos verlo; pero estaba muy oscuro y estábamos asustados, y por supuesto pudo no haber sido él.
-Nancy, no necesitas continuar; él nunca salió de la iglesia: lo se tan bien como tu.

Nancy no respondió ni sí ni no a aquella aseveración, y nada más fue dicho. Pero tres días después, William Privett estaba segando con John Chiles en el prado de Mr. Hardcome, y en el calor del día se sentaron para comer algo bajo un árbol, y se vaciaron una botella de vino. Luego se quedaron dormidos sentados. John Chiles fue el primero en despertar, y, cuando miró a alrededor a su compañero de trabajo, vio una de esas grandes y blancas ánimas que nosotros llamamos —por así decirlo— polillas del molino, que salió de la boca abierta de William mientras dormía y se alejaba volando. John pensó que esto era bastante extraño, ya que William había estado trabajando en un molino durante varios años. Luego miró hacia el cielo, y se dio cuenta por el paso del sol, que habían estado dormidos por un largo rato, y, como William no despertaba, John lo llamó y le dijo que ya era hora de volver al trabajo. Su amigo seguía inmóvil, y cuando John lo movió se dio cuenta que estaba muerto.

Ahora bien, ese mismo día, el viejo Philip Hookhorn bajó al Longpuddle, para buscar un cántaro de agua; y, cuando regresó ¿a qué persona dijo haber visto bajando al arroyo por la otra orilla sino a William, que se veía muy pálido y envejecido? Esto sorprendió mucho a Philip Hookhorn, ya que hacía varios años el pequeño hijo de William —su único hijo— se había ahogado mientras jugaba en ese mismo lugar, y esto había atacado el buen juicio de William ya que nunca más se le vio cerca del Longpuddle después de este hecho, y se ha sabido que tomaba un camino que le insumía media milla de más para evitar este lugar. Más tarde se dijo que William no pudo haber estado en el arroyo, ya que estaba en ese mismo momento a dos millas de distancia; esto sin contar el hecho de que falleció en el mismo momento en que fue visto.

-Una historia melancólica, -observó el hombre, luego de un minuto de silencio.
-Sí, sí. Bien, tenemos que tomar así todos los vaivenes de la vida, -dijo el padre del granjero.

Holocausto de la Tierra. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Érase una vez —poca o ninguna importancia tiene que lo fuera en un tiempo pasado o en uno que ha de venir—, este ancho mundo se vio tan sobrecargado por una acumulación de cachivaches gastados que los habitantes decidieron librarse de ellos por medio de una hoguera general. La sede elegida por los representantes de las compañías de seguros fue una de las praderas más amplias del oeste, pues era un lugar tan centrado como cualquier otro punto del globo, ninguna morada humana se vena en peligro por las llamas y una gran asamblea de espectadores podría admirar cómodamente la exhibición. Como me gustaban este tipo de espectáculos, e imaginaba además que la iluminación de la hoguera podría revelar alguna profunda verdad moral oculta hasta entonces en la niebla o la oscuridad, me pareció conveniente viajar hasta allí y estar presente. Cuando llegué habían aplicado ya la antorcha, aunque el montón de trastos condenados era todavía relativamente pequeño. En medio de la llanura ilimitada, bajo la luz crepuscular y como una estrella lejana y sola en el firmamento, resultaba apenas visible un resplandor trémulo, del que nadie hubiera pensado que iba a brotar después una llama tan ardiente. A cada momento, sin embargo, llegaban viajeros a pie, mujeres sujetándose los delantales, hombres a caballo, carretillas, vagonetas de equipajes que avanzaban pesadamente y otros vehículos, lo mismo grandes que pequeños, que venían tanto de lejos como de cerca, pero cargados con objetos a los que no se les consideraba dignos para otra cosa que no fuera quemarlos.

—¿Qué materiales han utilizado para prender la llama? —pregunté a uno de los espectadores, pues deseaba conocer el proceso entero, de principio a fin.

La persona a la que me había dirigido era un hombre serio, de aproximadamente cincuenta años, que evidentemente había llegado allí como espectador. Me pareció de inmediato que era alguien que por sí mismo había sopesado el valor auténtico de la vida y sus circunstancias, y que por ello tenía personalmente muy poco interés por el juicio que el mundo pudiera hacerse de aquéllas. Antes de responder mi pregunta me miró a la cara, iluminada por la luz del fuego.

—Ah, algunos combustibles muy secos, y extremadamente convenientes para este fin —contestó—; en realidad no otra cosa que periódicos de ayer, revistas del mes pasado y hojas marchitas del año anterior. Aquí traen unos trastos viejos que prenderán como un puñado de virutas.

Mientras hablaba, unos hombres de aspecto tosco avanzaron hasta el límite de la hoguera y arrojaron en ella todas las basuras del departamento de heráldica: blasones de escudos de armas, penachos y divisas de familias ilustres, linajes que se retrotraían en el tiempo, como líneas de luz, hasta la niebla de la Edad Media, junto con estrellas, ataderas y cuellos bordados, objetos todos ellos que, aunque a un ojo no instruido pudieran parecerle cosas inútiles, habían tenido en otro tiempo un significado enorme, y en verdad seguían reconociéndose entre los hechos más preciosos, tanto en lo moral como en lo material, por quienes veneraban el pasado brillante. Mezclados con este montón confuso, que inmediatamente fue arrojado a las llamas a brazadas, había innumerables insignias de caballería, incluyendo las de todas las soberanías europeas, la condecoración de la Legión de Honor de Napoleón, cuyas cintas se habían enredado con las de la antigua orden de San Luis. Allí estaban también las medallas de nuestra propia sociedad de Cincinnati, mediante la cual, según nos cuenta la historia, estuvo a punto de constituirse una orden de caballeros hereditarios con los represores realistas de la Revolución. Estaban además las patentes de nobleza de condes y barones alemanes, grandes de España, pares ingleses, desde los documentos carcomidos que había firmado Guillermo el Conquistador hasta el pergamino más nuevo del último lord que había recibido su honor de la hermosa mano de Victoria.

Al contemplar la densa humareda, mezclada con fuertes llamaradas, que formando remolinos brotaba de esa pila inmensa de distinciones terrenales, la multitud de espectadores plebeyos lanzó un grito de alegría y aplaudió con tal entusiasmo que los cielos lo devolvieron en un eco. Ése fue su momento de triunfo, logrado tras muchísimo tiempo sobre seres hechos con la misma arcilla y con las mismas enfermedades espirituales, pero que habían osado asumir los privilegios debidos sólo al mejor arte de los cielos. En ese momento se precipitó hacia el montón ardiente un hombre de cabellos grises y presencia majestuosa que llevaba una capa de cuya pechera parecían haber arrancado por la fuerza una estrella o cualquier otra insignia de rango. No tenía en su rostro las señales de la capacidad intelectual; pero sí había allí el porte, la dignidad habitual, casi de nacimiento, de quien se había hecho a la idea de su superioridad social y nunca, hasta ese momento, la había visto cuestionada.

—Pueblo —gritó con pena y sorpresa, contemplando las ruinas de lo que había sido más querido para sus ojos, aunque con majestuosidad—. Pueblo, ¿qué has hecho? Este fuego está consumiendo todo aquello que señaló lo que habías avanzado desde la barbarie, o lo que podría haber prevenido que recayeras en ella. Nosotros, los hombres de las órdenes privilegiadas, éramos quienes manteníamos vivo, de generación en generación, el antiguo espíritu caballeresco, el pensamiento noble y generoso, la vida más elevada, más pura, más refinada y delicada. Con los nobles desechas también al poeta, el pintor, el escultor... todas las bellas artes; pues nosotros éramos sus mecenas, y creamos la atmósfera en la que ellos florecieron. Al abolir las distinciones majestuosas del rango, la sociedad pierde no sólo su gracia, sino también su firmeza...

Sin duda habría dicho más cosas, pero en ese momento se elevó un grito burlón, despreciativo e indignado que sofocó totalmente la apelación del noble caído, por lo que éste, tras mirar con desesperación su árbol genealógico quemado a medias, regresó junto a la multitud, contento de refugiarse en su insignificancia recién encontrada.

—¡Que agradezca a su suerte que no le hayamos arrojado a ese mismo fuego! — gritó una figura tosca apartando las ascuas con los pies—. Y que a partir de ahora ningún hombre se atreva a mostrar un trozo de pergamino mohoso como garantía para dominar a sus semejantes. Si tiene el brazo fuerte, muy bien; eso es una especie de superioridad. Si tiene ingenio, sabiduría, valor, fuerza de carácter, que esos atributos hagan por él lo que merecen; pero a partir de este día ningún mortal podrá esperar posición y consideración haciendo la cuenta de los huesos enmohecidos de sus antepasados. Esa tontería se acabó.
—Y en buena hora —comentó el serio observador que estaba a mi lado, aunque en voz baja—. Si no es que una tontería peor ocupa su puesto; pero en todo caso, este tipo de tontería ya ha vivido de sobra lo suyo.

Poco tiempo hubo para meditar o moralizar acerca de las ascuas de esos desechos honrados por el tiempo, pues antes de que se hubieran medio quemado llegó otra multitud de más allá del mar trayendo las vestimentas purpúreas de la realeza, junto con las coronas, globos terráqueos y cetros de los emperadores y los reyes. Todos ellos habían sido condenados como inútiles fruslerías, como juguetes en el mejor de los casos, que sólo valían para la infancia del mundo, o como varas con las que gobernarlo y castigarlo en su minoría de edad, pero que ahora, que toda la humanidad había alcanzado su estatura adulta, no podía permitir ya que se la insultara. En tal desprecio habían caído estas insignias regias que las coronas doradas y las túnicas de oropel del actor que hacía de rey en el teatro Drury Lane se arrojaron con las demás, sin duda como una burla de sus monarcas hermanos del gran escenario del mundo. Resultaba extraño ver las joyas de la corona de Inglaterra brillando y destellando en mitad del fuego. Algunas de ellas habían ido transmitiéndose desde la época de los príncipes sajones; otras fueron compradas con vastas sumas, o quizás robadas de las frentes muertas de los potentados nativos del Indostán; y todas ardían ahora con gran brillo, como si allí hubiera caído una estrella esparciéndose en fragmentos. El esplendor de la monarquía arruinada no tenía otro reflejo que el que producía en aquellas inestimables piedras preciosas. Pero basta de hablar de este tema. Resultaría tedioso describir cómo el manto del emperador de Austria se convirtió en yesca, o cómo los puntales y columnas del trono francés se volvieron un montón de carbones que era imposible distinguir de los procedentes de cualquier otra madera. Sin embargo, permítaseme añadir que uno de los polacos exilados removía la hoguera con el cetro del Zar de Rusia, que después arrojó a la llamas.

—El olor de las prendas chamuscadas resulta aquí intolerable —comentó mi nuevo amigo cuando la brisa nos envolvió en el humo de un guardarropas regio—. Situémonos a barlovento para ver lo que están haciendo al otro lado de la hoguera.

Dimos por tanto la vuelta y llegamos a tiempo de presenciar la llegada de una enorme procesión de washingtonianos —tal como se autodenominan hoy los partidarios de la templanza— acompañados de miles de discípulos irlandeses del padre Mathew, con ese gran apóstol a la cabeza. Trajeron a la hoguera una rica contribución: nada menos que todas las cubas y barricas de licor del mundo, que hacían rodar delante de ellos a través de la pradera.

—Hijos míos, un empujón más y el trabajo estará hecho —gritó el padre Mathew cuando llegaron al borde del fuego—. Y ahora alejémonos y veamos cómo Satán se ocupa de su propio licor.

De acuerdo con ello, tras haber colocado sus recipientes de madera al alcance de las llamas, la procesión se apartó hasta una distancia segura y enseguida los vieron explotar en llamas que alcanzaban las nubes y amenazaban con encender el propio cielo. Y bien que pudieron hacerlo, pues allí estaban todas las existencias mundiales de licores espirituosos, que en lugar de encender una llama de frenesí en los ojos de los borrachines, como antaño, se elevaba con un brillo desconcertante que sorprendió a toda la humanidad. Fue la suma de ese fuego furioso que, de otra manera, habría chamuscado el corazón de millones de personas. Entretanto se estaban arrojando apreciados vinos alas llamas, que los absorbían contentas como si les gustara, y que como los borrachos se volvían más alegres y violentas al beberlos. Jamás la sed insaciable del fuego diabólico volvería a verse tan atendida. Allí estaban los tesoros de famosos vividores: licores que se habían mecido sobre el océano, habían madurado al sol, se habían amontonado durante mucho tiempo en las entrañas de la tierra: los jugos pálidos, dorados y rojizos de las viñas más delicadas, la cosecha entera de Tokay, mezclado todo en una sola corriente con los líquidos viles de las tabernas comunes, y contribuyendo todo a elevar las mismas llamas. Y mientras se elevaban en una espiral gigantesca que parecía ondear contra el arco del firmamento y combinarse con la luz de las estrellas, la multitud lanzó un grito, como si la tierra entera se alegrara al liberarse de la maldición de los tiempos.

Pero la alegría no era universal. Muchos pensaron que la vida humana sería más triste que nunca cuando esta breve luminosidad se apagara. Mientras los reformistas actuaban, oí murmurar reconvenciones a varios caballeros respetables de nariz rojiza que calzaban zapatos de gotoso; y un noble enfurecido, cuyo rostro se asemejaba a un hogar en el que se ha apagado el fuego, expresó entonces su descontento de manera más abierta y audaz.

—¿Y qué tiene de bueno este mundo, ahora que ya nunca podremos estar alegres? —preguntó el último borrachín—. ¿Qué consuelo encontrará el pobre ser humano en la pena y perplejidad? ¿Cómo va a mantener cálido el corazón frente a los vientos fríos de esta tierra sin alegría? ¿Y qué os proponéis darle a cambio del solaz que le quitáis? ¿Cómo van a sentarse juntos frente al fuego los viejos amigos, sin una alegre copa entre ellos? ¡Vuestra reforma es una peste! ¡Ahora que la buena camaradería ha desaparecido para siempre, es éste un mundo triste, un mundo frío, un mundo egoísta, un mundo bajo, que no merece que viva en él un hombre honesto!

Esa arenga provocó gran regocijo entre los espectadores; pero, aunque el sentimiento fuera ridículo, no pude dejar de observar conmiseración por la situación de desamparo del último borrachín, cuyos compañeros inseparables habían desaparecido de su lado dejándole al pobre sin un alma que aprobara el que él bebiera su licor, y ciertamente sin licor que beber. Y no es que fuera verdaderamente ése el caso; pues en un momento crítico le vi ratear una botella de brandy de un veinticinco por ciento de graduación que cayó junto a la hoguera y él ocultó en su bolsillo.

Habiéndose deshecho así de los licores espirituosos y fermentados, el celo de los reformistas les indujo entonces a repostar el fuego con todas las cajas de te y bolsas de café del mundo. Y llegaron entonces los plantadores de Virginia, con sus cultivos y el tabaco. Arrojados éstos al montón de cosas inútiles, llegaron a alcanzar el tamaño de una montaña e insuflaron en la atmósfera una fragancia tan potente que temo que nunca volvamos a respirar aire puro. Ese sacrificio pareció alarmar a los amantes de esa hierba más que todo lo que habían presenciado hasta entonces.

—Bueno, pues han conseguido que mi pipa ya no sirva —dijo un anciano lanzándola a las llamas de muy mal humor—. ¿Adónde va este mundo? Todo lo que es rico y picante, todas las especias de la vida, se condena como algo inútil. ¡Ahora que ellos han encendido la hoguera, todo iría mucho mejor si esos absurdos reformistas se lanzaran ellos mismos al fuego!
—Tenga paciencia —le respondió un conservador firme—. Al final llegaremos a eso. Primero nos lanzarán a nosotros, y después a ellos mismos.

Desde las medidas generales y sistemáticas de la reforma, pasé a considerar entonces las contribuciones individuales a esa hoguera memorable. En muchos casos eran de un carácter verdaderamente divertido. Un pobre hombre arrojó su bolsa vacía, y otro un fajo de billetes de banco falsos o insolventes. Las damas elegantes arrojaron los sombreros de la temporada anterior, junto con montones de cintas, encajes amarillos y otras muchas mercancías de modista casi gastadas, todo lo cual demostró ser todavía más evanescente en el fuego de lo que lo había sido en la moda. Una multitud de amantes de ambos sexos —dejando aun lado doncellas o solteros y parejas cuyos miembros estaban mutuamente cansados el uno del otro— arrojaron manojos de cartas perfumadas y sonetos de amor. Un político corrupto, al verse privado del pan por perder el despacho, arrojó sus dientes, que resultaron ser falsos. El reverendo Sydney Smith, tras haber cruzado el Atlántico con ese único propósito, llegó junto a la hoguera con una sonrisa amarga y arrojó allí determinados bonos repudiados, aunque estaban confirmados con el sello de un estado soberano. Un niño de cinco años, dada la prematura mayoría de la época presente, arrojó sus juguetes; un graduado universitario, su diploma; un boticario, arruinado por la extensión de la homeopatía, todas sus existencias de drogas y medicinas; un médico, su biblioteca; un párroco, su sermones antiguos; y un fino caballero de la vieja escuela, su código de costumbres, que anteriormente había escrito para beneficio de la siguiente generación. Una viuda que había decidido casarse por segunda vez arrojó furtivamente una miniatura de su esposo fallecido. Un joven al que su amada le había dado calabazas, de buena gana habría tirado su corazón desesperado a las llamas, pero no encontró ningún medio de arrancárselo del pecho. Un autor americano de cuyas obras el público no hacía caso, arrojó a la hoguera pluma y papel, acudiendo a una ocupación menos descorazonadora. Me sorprendió algo escuchar a varias damas, de apariencia muy respetable, que se proponían arrojar a las llamas sus vestidos y enaguas, asumiendo la vestimenta, maneras, deberes, ocupaciones y responsabilidades del otro sexo.

No soy capaz de decir con qué favor se acogió ese plan, pues repentinamente llamó mi atención una joven pobre, engañada y casi delirante, que exclamaba que era el ser vivo o muerto más indigno e intentó lanzarse al fuego en medio de todos los trastos rotos y naufragados del mundo. Sin embargo, un buen hombre corrió a rescatarla.

—¡Tenga paciencia, mi pobre muchacha! —gritó mientras la apartaba del cruel abrazo del ángel destructor—. Tenga paciencia y acepte la voluntad del cielo. Mientras posea un alma viva, todo podrá recuperar su primera frescura. Estas cosas materiales y las creaciones de la fantasía humana no valen para otra cosa que para ser quemadas una vez que han tenido su tiempo. ¡Pero el suyo es la eternidad!
—Sí —contestó la infortunada joven, cuyo frenesí parecía haber menguado convirtiéndose ahora en un abatimiento profundo—. ¡Sí, pero de él ha desaparecido la luz del sol!

Se rumoreó entre los espectadores que todas las armas y municiones bélicas iban a ser arrojadas a la hoguera, con excepción de las existencias universales de pólvora, que ya habían sido arrojadas al mar por considerarse que era el modo más seguro de disponer de ellas. Esa noticia despertó una gran diversidad de opiniones. El filántropo optimista lo consideró una señal de que ya había llegado el milenio; mientras que personas de otro temple que opinaban que la humanidad era una raza de bulldogs, profetizaron que desaparecerían la vieja corpulencia, fervor, nobleza, generosidad y magnanimidad de la raza: afirmaban que esas cualidades necesitaban nutrirse de sangre. Sin embargo se consolaron creyendo que la propuesta abolición de la guerra no podía llevarse a la práctica durante mucho tiempo.

En cualquier caso, innumerables grandes cañones cuyo estruendo había sido durante mucho tiempo la voz de la batalla —la artillería de la Armada Invencible, las baterías de Marlborough y los cañones enfrentados de Napoleón y Wellington— fueron arrastrados en medio del fuego. Por la adición continua de combustibles secos, se había vuelto éste tan intenso que ni el bronce ni el hierro podían resistirlo. Era maravilloso ver cómo esos instrumentos terribles de la carnicería se fundían como si fueran juguetes de cera. Entonces los ejércitos de la tierra dieron vueltas alrededor del poderoso horno, con las bandas militares tocando marchas triunfales, y arrojaron los mosquetes y espadas.

También los portaestandartes, mirando hacia arriba sus banderas, todas marcadas con agujeros de balas y con los nombres de campos victoriosos escritos, tras hacerlas ondear por última vez al aire, las bajaron hacia la llama, que se las llevaron hacia las nubes en su corriente de aire ascendente. Terminada esa ceremonia, el mundo quedó sin una sola arma en sus manos, salvo, posiblemente, algunas armas regias, espadas oxidadas y otros trofeos de la Revolución en algunas de nuestras armerías estatales. Entonces batieron los tambores y sonaron las trompetas como preludio a la proclamación de la paz universal y eterna, y como anuncio de que la gloria no se ganaría ya por la sangre, sino que a partir de ahora la raza humana pretendería trabajar para el mayor bien mutuo, y que esa beneficencia, en los anales futuros de la tierra, permitiría reivindicar la alabanza del valor. En consecuencia, se promulgaron esas benditas noticias, que produjeron un regocijo infinito entre aquellos que se habían espantado ante el horror y despropósito de la guerra.

Pero vi una sonrisa macabra en el rostro endurecido de un majestuoso viejo comandante —por su figura gastada por la guerra y rica vestimenta militar, podía tratarse de uno de los famosos mariscales de Napoleón—, que con el resto de los soldados del mundo había arrojado la espada que desde hacía medio siglo tan familiar había sido a su mano derecha.

—¡Ay! ¡Ay! —se quejaba—. Que proclamen lo que quieran, porque al final veremos que toda esta tontería sólo significa más trabajo para los armeros y fundidores de cañones.
—¡Pero señor! —exclamé yo asombrado—. ¿Acaso imagina que la raza humana volverá sobre los pasos de su antigua locura como para forjar otra espada o fundir otro cañón?
—No habrá necesidad de ello —comentó con burla un espectador que ni sentía benevolencia ni tenía fe en ella—. Cuando Caín deseó matar a su hermano, no se quedó confuso por falta de un arma.
—Ya veremos —contestó el veterano comandante—. Si soy yo el que me equivoco, tanto mejor; pero en mi opinión, y sin pretender filosofar sobre la materia, la necesidad de la guerra es mucho más profunda de lo que suponen estos honestos caballeros. ¡Pero bueno! ¿Es que hay un campo para todas las pequeñas disputas de los individuos? ¿Y no existirá un gran tribunal para dirimir las dificultades nacionales? El campo de batalla es el único tribunal en el que pueden solucionarse tales pleitos.
—Olvida usted, general —intervine yo—, que en esta fase avanzada de la civilización la razón y la filantropía combinadas constituirán ese tribunal si se requiere.
—¡Ah, me había olvidado de eso, ciertamente! —contestó el viejo guerrero mientras se alejaba cojeando.

El fuego se estaba alimentando ahora con materiales que hasta entonces se habían considerado de mayor importancia todavía para el bienestar de la sociedad que las municiones bélicas que ya habíamos visto consumir. Un cuerpo de reformistas había recorrido la tierra entera buscando las máquinas con las que las diferentes naciones acostumbraban a ejecutar la pena de muerte. Un estremecimiento recorrió la multitud cuando esos emblemas fantasmales fueron empujados hacia delante. Incluso las llamas parecieron retroceder al principio, mostrando la forma y el dispositivo asesino de cada una con una elevada llamarada, que por sí sola bastaba para convencer a la humanidad del largo y fatal error de la ley humana. Esos viejos instrumentos de la crueldad; esos horribles monstruos mecánicos; esos inventos que parecían exigir algo peor que lo que podía lograr el corazón natural del hombre, y que habían acechado en los escondrijos oscuros de las antiguas prisiones, como tema de leyenda aterrorizadora, se encontraban ahora a la vista de todos. Las hachas de los verdugos, con la mancha rojiza de la sangre noble y real en ellas, y una gran colección de sogas que habían cortado la respiración de víctimas plebeyas, fueron arrojadas juntas a las llamas. Un grito saludó la llegada de la guillotina, que fue empujada sobre las mismas ruedas que la habían conducido de una a otra de las calles manchadas de sangre de París. Pero los aplausos más fuertes, que indicaron al cielo distinto el triunfo de la redención terrenal, se produjeron cuando apareció la horca. Sin embargo, un hombre de mal aspecto se adelantó, y poniéndose en el camino de los reformistas gritó roncamente y luchó con furia salvaje para detener su avance.

Quizás no cabía sorprenderse mucho de que el ejecutor hiciera todo lo posible para defender y conservar la máquina con la que se había ganado la vida, y personas más dignas la muerte; pero merecía atención especial el que hombres de una esfera muy diferente —incluso de las órdenes consagradas, en cuya protección puede confiar el mundo su benevolencia— adoptaran sobre la cuestión el punto de vista del verdugo.

—¡Deteneos, hermanos míos! —gritó uno de ellos—. Una falsa filantropía os hace equivocaron; no sabéis lo que hacéis. La horca es un instrumento ordenado por el cielo. ¡Hacedla retroceder por tanto con reverencia, y colocadla en su antiguo lugar, para que el mundo no caiga velozmente en la ruina y la desolación!
—¡Adelante, adelante! —gritó un cabecilla de la Reforma—. ¡A las llames con ese maldito instrumento de la sangrienta política del hombre! ¿Cómo puede la ley humana inculcar benevolencia y amor si persiste en colocar la horca como su símbolo principal?
Un empujón más, buenos amigos, y el mundo se verá redimido de su mayor error. Mil manos prestaron ahora su ayuda, aunque les repugnaba tocarla, y lanzaron la siniestra carga lejos, en el centro del enfurecido horno. Su imagen fatal y aborrecida se vio primero ennegrecida, convirtiéndose luego en carbón al rojo, y finalmente en cenizas.
—¡Eso ha estado bien! —exclamé yo.
—Sí, estuvo bien —respondió, aunque con menor entusiasmo del que yo esperaba, el pensativo observador que seguía todavía a mi lado—. Estuvo bien si el mundo es lo suficientemente bueno para esa medida. Sin embargo, la muerte es una idea de la que no es posible eximirse fácilmente en ninguna condición, entre la inocencia del principio y esa otra pureza y perfección que quizás estemos destinados a alcanzar tras recorrer el círculo completo; pero en todo caso es bueno que se pruebe ahora el experimento.
—¡Demasiado frío! ¡Demasiado frío! —exclamó con impaciencia el joven y ardiente cabecilla en su triunfo—. Que tenga aquí su voz el corazón lo mismo que el intelecto. Y para la madurez y el progreso que la humanidad haga siempre lo más elevado, lo más amable, lo más noble que en cualquier momento pueda entender; y con seguridad eso no podrá ser erróneo, ni inoportuno.

No sé si fue por la excitación de la escena, o si es que las buenas gentes que rodeaban la hoguera se estaban iluminando más a cada instante, pero el caso es que tomaron medidas extremas a las que yo difícilmente estaba dispuesto a acompañarles. Por ejemplo, algunos arrojaron a las llamas sus certificados de matrimonio, y se afirmaron candidatos para una unión superior, más santa y general que la que había subsistido desde el nacimiento de los tiempos bajo la forma de vínculo conyugal. Otros se precipitaron a las cámaras acorazadas de los bancos y a los cofres de los ricos —todos ellos abiertos para el primero que llegara en esa fatal ocasión—, y animaron las llamas con balas enteras de papel moneda, y hasta toneladas de monedas se fundieron con su intensidad. Dijeron que a partir de entonces la benevolencia universal, que no podía ni acuñarse ni agotarse, sería la moneda dorada del mundo. Ante esa noticia los banqueros y especuladores palidecieron, y un carterista que había recogido una rica cosecha entre la multitud cayó en un mortal desmayo. Algunos hombres de negocios quemaron sus libros de cuentas, los billetes y obligaciones de sus acreedores, y cualquier otra prueba de deudas que ellos debían cobrar; aunque quizás fue un número mayor el de los que satisficieron su celo de reforma sacrificando cualquier recuerdo incómodo de lo que ellos mismos debían. Se gritó entonces que había llegado el momento de entregar a las llamas los títulos de propiedad de la tierra, y que el suelo entero revirtiera a la totalidad de los hombres, a la que erróneamente se le había quitado para distribuirlo desigualmente entre los individuos. Otro grupo exigió que todas las constituciones escritas, formas fijas de gobierno, decretos legislativos, libros de estatutos y todo aquello sobre lo que la invención humana se había esforzado para estampar sus leyes arbitrarias fuera destruido de inmediato, dejando el mundo consumado tan libre como el primer hombre creado.

Desconozco si se llevó a cabo alguna acción con respecto a estas proposiciones; pues precisamente entonces se estaban atendiendo unos asuntos que concernían más a mi simpatías.

—¡Mirad, mirad! ¡Qué montones de libros y panfletos! —gritó un tipo que no parecía ser amante de la literatura—. ¡Ahora tendremos un fuego glorioso!
—¡Eso es, precisamente! —exclamó un filósofo moderno—. Nos liberaremos ahora del peso del pensamiento de los hombres muertos, que hasta ahora ha presionado con tanta fuerza el intelecto vivo que éste se ha vuelto incompetente para cualquier esfuerzo eficaz. ¡Bien hecho, muchachos! ¡Al fuego con ellos! ¡Ahora sí que de verdad estáis iluminando el mundo!
—¿Pero qué va a suceder con la profesión? —gritó un librero furioso.
—Ah, naturalmente, que acompañen a su mercancía —comentó fríamente un autor—. ¡Será una noble pira funeraria!

Lo cierto era que la raza humana había alcanzado una fase de progreso que estaba mucho más allá de lo que los hombres más sabios de épocas anteriores habían soñado, por lo que sería un verdadero absurdo permitir que la tierra siguiera por más tiempo gravada con sus escasos logros literarios. De acuerdo con ello, una investigación completa e inquisitiva había barrido las librerías, los puestos callejeros, las bibliotecas públicas y privadas, e incluso las pequeñas repisas junto a las chimeneas de las casas de campo, y habían traído toda la masa universal de papel impreso, encuadernado o en hojas, para que aumentaran el volumen ya montañoso de nuestra ilustre hoguera. Arrojaron gruesos y pesados infolios que contenían los trabajos de lexicógrafos, comentaristas y enciclopedistas, y cayeron entre las ascuas con un golpetazo pesado, deshaciéndose en cenizas como si fueran madera podrida. Los pequeños y ricamente dorados tomos franceses de la última época, con los cien volúmenes de Voltaire entre ellos, produjeron una brillante lluvia de chispas y pequeñas llamas; mientras que la literatura corriente de la misma nación se quemaba en colores rojos y azules, produciendo una iluminación infernal en los rostros de los espectadores, convirtiéndolos a todos por el aspecto en diablos agrupados por colores. Una colección de historias alemanas emitió un olor a azufre. Los autores ingleses habituales resultaron ser un combustible excelente, mostrando en general las propiedades de buenos leños de roble. En particular las obras de Milton producían una llama poderosa, y gradualmente se fueron enrojeciendo hasta convertirse en un carbón que prometía durar más que casi cualquier otro material de la pira. De Shakespeare salió una llama de esplendor tan maravilloso que los hombres se ocultaban los ojos como si estuvieran ante la gloria del sol del mediodía; ni siquiera cuando lanzaron encima las obras de sus comentaristas dejó de emitir una radiación deslumbrante desde abajo del pesado montón. Y creo que sigue ardiendo tan apasionadamente como siempre.

—Si un poeta pudiera encender una lámpara en esa llama gloriosa, podría consumir después aceite hasta la medianoche con un buen propósito —comenté yo.
—Eso es precisamente lo que los poetas modernos han sido demasiado propensos a hacer, o al menos a intentarlo —respondió un crítico—. El principal beneficio que cabe esperar de este incendio de la literatura del pasado es, indudablemente, que a partir de ahora los autores se verán obligados a encender sus lámparas en el sol o las estrellas.
—Si es que pueden llegar tan alto —añadí yo—. Pero para esa tarea se necesita un gigante que pueda distribuir después la luz entre los hombres inferiores. No todo el mundo puede robar el fuego de los cielos, como Prometen; pero cuando alguien lo haya conseguido, mil hogares se encenderán con él.

Me sorprendió mucho observar lo imprecisa que era la proporción entre la masa física de cualquier autor y la propiedad de una combustión brillante y prolongada. Por ejemplo, no había ningún volumen en cuarto del último siglo, ni ya que vamos a eso del actual, que a ese respecto pudiera competir con un librito infantil de cubierta dorada que contenía las Melodías de Mamá Oca. La Vida y Muerte de Pulgarcito duró más que la biografía de Marlborough. Un poema épico, en realidad una docena de ellos, se convirtió en cenizas blancas antes de que se hubiera consumido a medias la única hoja de una vieja balada. Y también en más de un caso cuando los volúmenes de versos aplaudidos se mostraban incapaces de nada mejor que un humo sofocante, una ignorada cancioncilla de algún bardo anónimo, que quizás se encontraba en la esquina de un periódico, ascendía hasta las estrellas con una llama tan brillante como la de éstas. Hablando de las propiedades de la llama, creo que la poesía de Shelley emitía una luz más pura que cualquier otra producción de su tiempo, contrastando hermosamente con los espasmódicos y cárdenos destellos y borbotones de vapor negro que emitían los volúmenes de Lord Byron. En cuanto a Tom Moore, algunas de sus canciones difundían un olor parecido al de un pastel quemado.

Sentía un interés particular por observar la combustión de los autores americanos, y anoté escrupulosamente mirando el reloj los momentos precisos que tardaban casi todos ellos en transformarse de libros pobremente impresos en cenizas indistinguibles. Pecaría de envidioso, sin embargo, y hasta seria peligroso, dar a conocer esos secretos terribles; por lo que me contentaré con observar que el escritor que con mayor frecuencia está en boca del público no era invariablemente el que producía una exhibición más espléndida en la hoguera. Recuerdo especialmente que un delgado volumen de poemas de Ellery Channing demostró una inflamabilidad excelente; aunque para ser fieles a la verdad hay que decir que algunas de sus partes siseaban y chisporroteaban de una manera muy desagradable. En relación con varios autores, tanto nativos como extranjeros, sucedió un fenómeno curioso. Sus libros, aunque de figura muy respetable, en lugar de romper a arder, o incluso convertir su sustancia en humo, de pronto se fundían de tal manera que demostraban ser de hielo.

Si no fuera falta de modestia mencionar mis propias obras, debo confesar aquí que las busqué con interés paternal, aunque en vano. Muy probablemente se transformaron en vapor ante la primera acción del calor; en el mejor de los casos sólo puedo esperar que, a su modo tranquilo, contribuyeran con una o dos chispas relucientes al esplendor de la noche.

—¡Ay! ¡Pobre de mí! —se quejaba un caballero de aspecto trágico que llevaba unas gafas verdes—. El mundo está totalmente arruinado y ya no hay nada para seguir viviendo. Me han arrebatado la vocación de mi vida. ¡Por nada del mundo puede conseguirse un volumen!
—Éste es un ratón de biblioteca —comentó el tranquilo observador que había a mi lado—. Uno de esos hombres que han nacido para roer pensamientos muertos. Ya ve que su ropa está cubierta con el polvo de las bibliotecas. No tiene una fuente interior de ideas; y sinceramente, ahora que las provisiones antiguas han sido abolidas, no veo lo que va a ser del pobre hombre. ¿No tendrá una palabra de consuelo para él?
—Mi querido señor —le dije al desesperado ratón de biblioteca—. ¿No es la naturaleza mejor que un libro? ¿No es el corazón humano más profundo que cualquier sistema filosófico? ¿No está la vida repleta de más instrucción que la que a los observadores del pasado les fue posible escribir en máximas? Alégrese. El gran libro del Tiempo está todavía abierto delante de nosotros; y si lo leemos correctamente, se nos convertirá en un volumen de verdad eterna.
—¡Ay, mis libros, mis libros, mis preciosos libros impresos! —repetía el desamparado ratón de biblioteca—. ¡Mi única realidad era un volumen encuadernado, y ahora no me dejan ni siquiera un oscuro panfleto!

En realidad los últimos restos de la literatura de todos los tiempos caían ahora sobre el montón ardiente en forma de una nube de panfletos desde las prensas del Nuevo Mundo. Éstos se consumieron a sí mismos en un abrir y cerrar de ojos, dejando la tierra, por primera vez desde los tiempos de Cadmo, libre de la plaga de las letras... un campo envidiable para los autores de la generación siguiente.

—Bueno, ¿queda algo por hacer? —pregunté yo con cierta ansiedad—. A menos que prendamos fuego a la propia tierra, y luego saltemos audazmente al espacio infinito, no veo que podamos llevar más lejos la Reforma.
—Está usted muy equivocado, mi buen amigo —contestó el observador—. Créame que no permitirán que el fuego se apague sin añadir un combustible que sobresaltará a muchas personas que hasta ahora habían echado una mano voluntariamente.

No obstante, durante un breve tiempo pareció que el esfuerzo se relajaba; probablemente los cabecillas del movimiento lo aprovecharon para pensar qué podía hacerse. En el intervalo, un filósofo arrojó alas llamas su teoría, un sacrificio que aquellos que sabían cómo la estimaba consideraron el más notable que se había hecho. Sin embargo, la combustión no resultó en absoluto brillante. Algunas personas infatigables, desdeñando tomarse un momento de descanso, se dedicaron a recoger todas las hojas y ramas caídas en el bosque, y consiguieron así que las llamas de la hoguera fueran más altas que nunca. Pero aquello fue un mero aparte teatral.

—Aquí viene el nuevo combustible del que le hablaba —dijo mi compañero.

Para mi asombro, las personas que avanzaban ahora hacia el espacio vacío que rodeaba el fuego montañoso llevaban sobrepellices y otras prendas sacerdotales, mitras, báculos y una confusión de símbolos papales y protestantes, con los que parecían proponerse consumar el gran acto de fe. Las cruces de las agujas de las viejas catedrales fueron lanzadas al montón con tan escaso remordimiento como si la reverencia de los siglos, pasando en una larga formación bajo las elevadas torres, no las hubiera considerado como el más sagrado de los símbolos. La pila bautismal en la que los niños eran consagrados a Dios, los recipientes sacramentales en los que la piedad recibía la bebida sagrada, fueron entregados a la misma destrucción. Quizás conmovió más mi corazón ver entre aquellas reliquias devotas fragmentos de los humildes altares y de los púlpitos sin decorar que me di cuenta habían sido arrancados de los templos de Nueva Inglaterra. Aunque se hubieran enviado al fuego de este sacrificio terrible los despojos de la poderosa estructura de San Pedro, debería haberse permitido que esos edificios simples conservaran el embellecimiento sagrado con que les habían dotado sus fundadores puritanos. Sentí, sin embargo, que aquello sólo eran los objetos externos de la religión, y que el espíritu, que conocía mejor su significado profundo, podía renunciar a ello.

—Todo está bien —dije yo alegremente—. Los senderos de los bosques serán las naves de nuestra catedral, y el firmamento mismo será su techo. ¿Qué necesidad hay de un techo terrenal entre la Deidad y sus adoradores? Nuestra fe puede permitirse perder ese ropaje con el que hasta los hombres más santos la han rodeado, y ser más sublime en su simplicidad.
—Cierto —replicó mi compañero—. ¿Pero se detendrán aquí?
La duda que transmitía la pregunta estaba bien fundamentada. En la destrucción general de los libros que ya he descrito, se había salvado un volumen santo que se apartaba del catálogo de la literatura humana, aunque en un sentido estuviera a su cabeza. Pero el Titán de la innovación —ángel o diablo, doble en su naturaleza, y capaz de hechos adecuados a ambos caracteres—, que al principio sólo había derribado las formas viejas y podridas de las cosas, parecía que ahora hubiera puesto su mano terrible sobre los pilares principales que soportaban el edificio entero de nuestro estado moral y espiritual. Los habitantes de la tierra habían llegado a tener demasiado conocimiento como para definir su fe dentro de una forma de palabras, o para limitar lo espiritual por medio de cualquier analogía con nuestra existencia material. Verdades ante las que los cielos temblaban no eran ahora más que una fábula de la infancia del mundo. Por tanto, como sacrificio final del error humano, ¿qué más quedaba por arrojar a las ascuas de esa terrible pira salvo el libro que, aunque fuera una revelación celestial a los tiempos pasados, no era sino una voz de una esfera inferior en comparación con la raza actual del hombre? ¡Lo hicieron! Sobre el montón ardiente de la falsedad y de la verdad desgastada —cosas que la tierra nunca había necesitado, o que había dejado de necesitar, o que infantilmente se había cansado de ellas— cayó la grave Biblia de la iglesia, el gran y viejo volumen que durante tanto tiempo había descansado sobre el cojín del púlpito, y mediante el que la voz solemne del pastor había hablado de lo sagrado tantos y tantos sábados. También fue a parar allí la Biblia de familia, que el patriarca que tanto tiempo llevaba enterrado había leído a sus hijos, en la prosperidad o en la pena, junto a la chimenea o bajo la sombra de los árboles durante el verano, y que había sido legada como herencia a través de generaciones. Cayó después la Biblia íntima, el pequeño volumen que había sido el amigo del alma de algún hijo del polvo amargamente puesto a prueba, quien de ella había sacado el valor, tanto si su prueba era para la vida como para la muerte, enfrentándose con firmeza a ambas con la poderosa seguridad de su inmortalidad.

Todas ellas fueron ya lanzadas a las llamas violentas; y entonces cruzó la llanura un viento poderoso que aullaba con desolación, como si fuera el lamento colérico de la tierra por la pérdida de la luz solar del cielo; y agitó la pirámide gigantesca de llamas y esparció por encima de los espectadores las cenizas de las abominaciones consumidas a medias.

—¡Esto es terrible! —exclamé sintiendo que mis mejillas palidecían, y viendo un cambio semejante en los rostros que me rodeaban.
—No pierda todavía el valor —respondió el hombre con el que había hablado tan a menudo. Él seguía contemplando el espectáculo con una calma singular, como si le concerniera simplemente como observador—. Tenga valor y no se alegre demasiado; pues en el efecto de esta hoguera hay mucho menos de bueno y de malo que lo que el mundo querría creer.
—¿Cómo puede ser eso? —exclamé yo impaciente—. ¿Es que no se ha consumido todo? ¿No se ha tragado o fundido todo apéndice humano o divino de nuestro estado mortal que tuviera suficiente materia como para que el fuego le afectara? ¿Mañana por la mañana quedará algo mejor o peor que un montón de ascuas y cenizas?
—Claro que lo habrá —contestó mi serio amigo—. Venga aquí mañana por la mañana, o cuando la porción combustible de la pira se haya quemado totalmente, y entre las cenizas encontrará todo lo realmente valioso que había visto arrojar a las llamas. Confíe en mí, el mundo del mañana volverá a enriquecerse con el oro y los diamantes que han sido desechados por el mundo de hoy. Ni una sola verdad es destruida o enterrada profundamente entre las cenizas, sin que al final salga a relucir.

Era aquella una extraña seguridad. Y sin embargo me sentí inclinado a creerla, más especialmente cuando vi entre las llamas un ejemplar de las Santas Escrituras, cuyas páginas, en lugar de ennegrecerse como yesca, simplemente asumían una blancura más sorprendente conforme desaparecían, purificándola, las marcas de los dedos de la imperfección humana. Es cierto que determinadas notas marginales y comentarios cedían a la intensidad de la prueba, pero ello no iba en detrimento de la más pequeña sílaba que hubiera surgido de la pluma de la inspiración.

—Sí, ahí está la prueba de la que usted hablaba —respondí yo dirigiéndome al observador—. Pero si sólo lo que es malo puede sentir la acción del fuego, entonces con seguridad el incendio ha sido de una utilidad inestimable. Sin embargo, si le entendí bien, expresó la duda de si el mundo podría beneficiarse con ello.
—Escuche lo que dicen esos personajes —me dijo señalando un grupo que había delante de la pira ardiente—. Posiblemente, sin saberlo, puedan enseñarle algo útil.

Las personas que señaló formaban un grupo compuesto por la figura más brutal y terrenal que tan furiosamente había salido en defensa de la horca, es decir el verdugo, junto con el último ladrón y el último asesino, los cuales rodeaban al último borracho. Este último estaba pasando generosamente la botella de brandy que había rescatado de la destrucción general de vinos y alcoholes. Este pequeño y festivo grupo parecía hallarse en el más bajo nivel del abatimiento, al considerar que el mundo purificado necesariamente seria totalmente distinto al que hasta entonces habían conocido, y no sería sino una morada extraña y desolada para caballeros como ellos.

—El mejor consejo para todos nosotros —comentó el verdugo— es que en cuanto hayamos terminado la última gota de licor me permitan que les ayude, mis tres amigos, a tener un cómodo fin en el árbol más cercano, y luego yo mismo me ahorcaré en la misma rama. Éste no es ya un mundo para nosotros.
—¡Bah, bah, mis buenos amigos! —dijo un personaje de tez oscura que se unió en ese momento al grupo; su tez era terriblemente oscura, y sus ojos brillaban con una luz más rojiza que la de la hoguera—. No se depriman tanto, mis queridos amigos; todavía verán días buenos. Hay una cosa que estos sabihondos se han olvidado de arrojar al fuego, y sin la cual todo lo que se ha quemado no es nada; sí, aunque hubieran convertido en cenizas la misma tierra.
—¿Y qué puede ser eso? —preguntó ansiosamente el último asesino.
—¿Qué otra cosa puede ser sino el corazón humano? —contestó el desconocido de rostro oscuro con una sonrisa portentosa—. Y a menos que encuentren un método de purificar esa pestilente caverna, volverán a salir de ella todas las formas del error y la desgracia, las mismas viejas formas u otras peores, que tanto trabajo se han tomado para consumir y convertir en cenizas. He estado aquí toda la noche y me he reído para mí de todo lo que ha pasado. ¡Créanme, el viejo mundo volverá a existir!

Esa breve conversación me proporcionó un tema para una prolongada meditación. ¡Qué triste verdad, si una verdad era, que el antiquísimo esfuerzo del hombre por la perfección sólo hubiera servido para convertirle en motivo de burla del principio maligno, por la circunstancia fatal de que existiera un error en la raíz misma de la materia! El corazón, el corazón: ahí estaba esa esfera pequeña pero ilimitada dentro de la cual existía el error original del que el crimen y la desgracia de este mundo exterior eran simplemente tipos. Purificad esa esfera interior, y las múltiples formas del mal que asolan lo exterior, y que ahora parecen casi nuestra única realidad, se convertirán en fantasmas oscuros y desaparecerán por sí solas; pero si no profundizamos más allá del intelecto, y simplemente con ese débil instrumento nos esforzamos por descubrir y rectificar lo que está mal, todos nuestros logros serán tan solo un sueño, tan insustancial que poco importa si la hoguera que con tanta fidelidad hemos descrito fuera lo que nosotros llamamos un hecho real y una llama que podría chamuscarnos los dedos, o sólo una radiación fosfórica y una parábola de mi propio cerebro.