miércoles, 2 de diciembre de 2015

Ithaqua. August Derleth (1909-1971)

Fué un filósofo chino el que dijo hace muchos años que la verdad, por obvia y simple que sea, resulta siempre increíble debido a que la vida social del hombre se ha convertido en algo tan complejo que la verdad se torna cada vez más difícil de comprender. Ningún otro comentario puede ser más justo que éste con relación a Ithaqua, el Dios de las Nieves.

En la primavera de 1933 aparecieron en la prensa algunos párrafos algo oscuros con referencia a las extrañas creencias de ciertas tribus indias, a la aparente incompetencia del soldado James French de la Real Policía Montada del Noroeste, la desaparición de un tal Henry Lucas, y, finalmente, a la desaparición del soldado French. También hubo cierto revuelo con respecto a una declaración publicada por John Dalhousie, Jefe Provisional de la Real Policía Montada, en su cuartel temporario de Cold Harbor (Manitoba), con fecha 11 de mayo, y referente a ciertas críticas públicas contra el soldado French y contra el manejo del caso Lucas. Finalmente se corrió cierta historia increíble acerca de un extraño dios del gran silencio blanco, la vasta región donde la nieve cubre la tierra durante largos meses del año.

Todos estos fenómenos, aparentemente inconexos entre sí y a los cuales se refirió la prensa con gran desprecio, estaban íntimamente vinculados. El hecho de que existen cosas que debieran seguir ignoradas, cosas realmente horribles y prohibidas para la humanidad, el soldado French lo descubrió, y, después de él, lo descubrió John Dalhousie, quien el 11 de mayo publicó la siguiente declaración:

Muy en contra de mi voluntad escribo en respuesta a las injustas críticas dirigidas contra mí con motivo de la investigación del caso Lucas. La prensa me molesta debido a que este caso continúa sin resolver y, con injustificada aspereza, se insinúa que Henry Lucas no pudo haber salido de su casa y desaparecido, a pesar de las pruebas indiscutibles que prueban que tal fue lo que ocurrió.

Los hechos, para aquellos que leen esta declaración sin conocimientos previos de la desaparición y la investigación subsiguiente llevada a cabo por el soldado James French, son éstos: La noche del 21 de febrero próximo pasado, durante una ligera tormenta de nieve, Henry Lucas salió de su cabaña, ubicada en las afueras de la aldea de Cold Harbor, y no volvió a ser visto nuevamente. Un vecino vio a Lucas dirigirse hacia el antiguo camino de Olassie que pasa cerca de la cabaña del desaparecido, pero en seguida le perdió de vista. Esta fue la última vez que se vio a Lucas con vida. Dos días más temprano, un cuñado suyo llamado Randy Margate, comunicó la desaparición de su pariente, y el soldado French fue enviado de inmediato para investigar el asunto.

El informe de French llegó a mi oficina dos semanas más tarde. Permítaseme afirmar que, a pesar de creer el público lo contrario, el misterio de Lucas fue resuelto. Pero su solución resultó tan fantástica, increíble y espantosa, que este departamento consideró prudente no comunicarla al público. Hemos mantenido esa decisión hasta el día de hoy, y ahora se hace aparente que, por extraña que sea, debemos publicarla a fin de contrarrestar las acerbas críticas que se han dirigido contra esta repartición.

A continuación doy el último informe del soldado James French:

Cold Harbor, 3 de Marzo de 1933.

Señor: Casi me falta valor para comunicarle esto, pues debo escribir algo contra lo que mi carácter se rebela, algo que mi inteligencia me dice que es imposible. ¡Y sin embargo es la verdad! Sí, todo es como se nos dijo: Lucas salió de su casa y desapareció; mas no soñamos siquiera la razón de que saliera, ni tampoco sospechamos que algo acechaba en el bosque, esperándolo...

Llegué aquí el 25 de febrero y me dirigí de inmediato a la cabaña de Lucas, donde conversé con Margate. Este, empero, no podía decirme nada, ya que llegó desde la aldea vecina, comprobó la desaparición de su cuñado, y dio parte a nosotros. Poco después de conversar conmigo, se fue a su casa, situada en Navissa Camp. Me encaminé entonces a casa del vecino que viera por última vez al desaparecido. El hombre parecía muy poco dispuesto a hablar, y tuve dificultad en entenderle debido a que, aparentemente, es medio indio y descendiente de las antiguas tribus que aún abundan por estos contornos. Me mostró el sitio donde viera a Lucas por última vez, e indicó que las huellas del hombre se detenían repentinamente. Me dijo esto con cierta excitación, y señalando hacia la selva, por sobre un claro, declaró con tono incierto que seguramente la nieve había cubierto ya el resto de las huellas. Pero el lugar parecía estar expuesto al viento, y no quedaba allí mucha nieve. Realmente, en algunos sitios todavía eran visibles las huellas de Lucas, y más allá del lugar de donde al parecer desapareció, no encontré ninguna de las suyas, aunque había huellas de Margate y de uno o dos más.

A la vista de los descubrimientos siguientes, este hecho resulta muy significativo. Por cierto que Lucas no caminó más allá de ese sitio, y es bien seguro que no regresó a su cabaña. Desapareció del lugar tan completamente como si nunca hubiera existido. Traté entonces, como he seguido haciéndolo, de explicarme cómo pudo Lucas haber desaparecido sin dejar rastros; pero no existe más que una explicación, la que en seguida detallaré, por increíble que parezca. Pero antes de hacerlo, debo presentar algunas pruebas que me parecen importantes.

Recordará usted que dos veces durante el transcurso del año pasado el padre Brisbois, el sacerdote viajero, comunicó la desaparición de niños indios de Cold Harbor. En cada uno de los casos se nos informó que los niños habían reaparecido antes de que comenzáramos la investigación. Apenas había estado allí un día cuando me enteré de que los niños no reaparecieron nunca, que, además, hubo muchas desapariciones en Cold Harbor, respecto a las cuales nunca se nos comunicó nada, y que, aparentemente, la desaparición de Lucas era una de tantas. No obstante, éste último parece haber sido el primer blanco a quien ocurre tal cosa.

Hice varios descubrimientos muy singulares que no me produjeron una impresión muy favorable, y de inmediato comprendí que el caso era muy extraño. Detallo a continuación mis descubrimientos en orden de importancia:

1) Lucas no era hombre que resultara simpático a nadie. Repetidas veces engañó a los indios y, estando ebrio, trató una vez de inmiscuirse en un asunto religioso. Considero esto como un motivo.

2) La población (india en su casi totalidad) se niega a dar informes de ninguna clase. Algunos se muestran temerosos, otros hoscos, y algunos desafiantes y hasta me hacen advertencias veladas. Un médico brujo, cuando fue interrogado, contestó: "Mire usted, hay cosas que no conviene conocer. Una de ellas es Ithaqua, a quien ningún hombre puede mirar sin adorar. El solo verlo significa la muerte, como la helada en lo profundo de la noche." No pude obtener ninguna aclaración de estas palabras. No obstante, han tomado una gran significación, como lo comprobará usted.

3) Existe aquí una religión muy antigua y extraña. Respecto a esto último doy detalles a continuación.

Frecuentes insinuaciones de la relación entre las grandes hogueras vistas en la selva limitada por el viejo sendero de Olassie, súbitos temporales de nieve, y las desapariciones, me pusieron al fin sobre la pista de la religión de estos indios. Creí al principio que las referencias veladas de los nativos con respecto a la selva y a la nieve no eran más que expresiones del temor a los elementos que es tan común entre la gente que vive en regiones desoladas. Aparentemente cometí un error en mis apreciaciones, pues el segundo día después de mi llegada, el padre Brisbois se presentó en Cold Harbor y me vio durante uno de sus servicios religiosos. De inmediato envió a uno de sus sacristanes para comunicarme que deseaba conversar conmigo. Una vez terminada la misma, fui a verle.

Él suponía que estaba yo ocupado en investigar las desapariciones que nos comunicara, y expresó sorpresa cuando supo que los padres de los niños afirmaban haberlos encontrado.

-Entonces sospecharon de mis intenciones -explicó- y evitaron la investigación. Pero, claro está, usted ya sabe que los niños no han sido encontrados, ¿verdad?

Dije que ya lo sabía, y le rogué me contara lo que supiera respecto a las misteriosas desapariciones. Su actitud me sorprendió.

-No puedo decirle nada porque no me creería usted -respondió-. Pero dígame, ¿ha estado usted en la selva? ¿Por el viejo camino de Olassie? -Ante mi negativa, continuó-: Entonces vaya usted a la selva y vea si puede hallar los altares. Cuando los encuentre, vuelva y dígame lo que opina de ellos. Yo permaneceré en Cold Harbor por dos o tres días.

Eso fue todo lo que quiso decirme. Comprendí entonces que había algo raro en la selva, y aunque caía ya la tarde, emprendí la marcha por el viejo camino de Olassie y entré a los bosques, aunque no sin calcular cuidadosamente las horas de luz que me quedaban. Me adentré cada vez más en esa tierra virgen, y finalmente llegué a un sendero que se veía en la nieve. Al notar que se habían hecho esfuerzos para disimularlo, comprendí que estaba sobre la pista de algo interesante. Lo seguí y no tuve dificultad en encontrar los altares a que se refiriera el padre Brisbois. Eran unos extraños círculos de piedra, alrededor de los cuales la nieve parecía muy pisoteada. Esa fue mi primera impresión; pero cuando me acerqué a esos círculos, vi que la nieve era como vidrio, suave, pero no resbaladiza, y no parecía estar pisoteada solamente por pies humanos. Dentro de los círculos, la nieve era tan suave como plumones.

Estos círculos son bastante grandes, casi de veinte metros de diámetro, y lo forman unas piedras raras que parecen congeladas, o alguna roca vidriosa que no recuerdo haber visto nunca. Cuando extendí la mano para tocar una de ellas, sentí un sacudón como si hubiera recibido una descarga eléctrica; agregue usted a esto el hecho de que la piedra es antiquísima e increíblemente fría, y ya podrá usted imaginarse la extrañeza con la que observé ese extraño lugar de adoración. Había tres círculos, no muy lejos uno de otro. Habiéndolos examinado desde el exterior, entré en el primero de ellos y encontré, como ya he indicado antes, que la nieve era extraordinariamente suave. Aquí y allá se veían huellas. Creo que las miré con poco interés durante un momento antes de darme cuenta de su significación. Entonces me dejé caer de rodillas y las examiné cuidadosamente.

La prueba que tenía ante mis ojos era bien clara. Las huellas pertenecían a un hombre calzado con zapatos, un hombre blanco, por cierto, pues los indios de los alrededores no usan zapatos, y las huellas eran las mismas que dejara Henry Lucas en el claro de donde desapareciera. Al ver esto, consideré que debía trabajar basándome en la hipótesis de que las huellas pertenecían a Lucas. Pero lo más extraordinario respecto a ellas es que demostraban que el hombre que las hizo no entró caminando al círculo, ni salió tampoco andando. El sitio de entrada -o, mejor dicho, el comienzo de la línea de huellas- no estaba muy lejos de donde me hallaba yo; allí vi señales de que le habían arrojado o dejado caer dentro del círculo.

El hombre se había levantado y comenzado a caminar alrededor hacia la única entrada del extraño altar; pero allí vacilaban sus huellas y se volvían de nuevo hacia adentro. Caminó cada vez más rápido, comenzó luego a correr, y, bruscamente, sus huellas se detenían por completo, interrumpidas en el medio de la circunferencia de piedras. No era posible un error al respecto, pues, mientras las primeras huellas estaban ligeramente cubiertas por la nieve, la caída de la nieve cesó aparentemente en el mismo momento en que se detenían las huellas.

Mientras examinaba todo esto, tuve la molesta sensación de que me vigilaban. Escudriñé la selva con disimulo, pero nada se presentó a mi vista. Empero, la sensación de ser observado persistía, y una creciente inquietud se apoderó de mí; de manera que sentí la proximidad de un peligro dentro de ese extraño y silencioso círculo de piedras, perdido en lo más profundo de los silenciosos bosques. A poco salí del altar y me dirigí hacia la selva con cierta aprensión. Entonces me encontré con los restos de grandes hogueras, y recordé las veladas insinuaciones de algunos de los nativos de Cold Harbor. El hecho de que las huellas de Lucas estuvieran dentro del círculo, vinculaba los fuegos a su desaparición, y, como ya he indicado, estaba cayendo nieve en el momento en que Lucas se hallaba dentro del altar de piedras. Recordé también que de vez en cuando se hicieron algunos comentarios respecto a grandes hogueras que solían verse en los bosques cercanos al camino de Olassie, cuando ese camino estaba en uso hace algunos años. Examiné las cenizas; aunque, debido a la proximidad de la noche, no pude hacerlo con gran minuciosidad. Aparentemente habían quedado sólo agujas de pino.

Entonces vi que no sólo se me echaba encima la oscuridad, sino que también el cielo se mostraba nublado y que los copos de nieve comenzaban a caer por entre las ramas de los árboles. Allí tenía ante mi vista otra prueba: un súbito temporal de nieve. Pues unos minutos antes el cielo no mostraba nube alguna. Uno por uno, todos esos detalles extraños estaban tomando forma tangible ante mis ojos. Durante todo este tiempo me seguía dominando la impresión de que alguien observaba todos mis movimientos; de manera que obré en forma de poder sorprender a cualquiera que estuviese oculto en el bosque. Las hogueras se hallaban detrás de los altares, y al volverme hice frente a los círculos de piedra. Ya, como he dicho, estaba oscureciendo y caía nieve, pero vi algo. Fue algo así como una nube de nieve que pendiera por sobre los altares, como una enorme masa informe de nieve apretada; no un montón de copos, aunque los copos la rodeaban. Y no tenía color blanco, sino más bien un matiz azul verdoso que lentamente se iba tornando purpúreo. Deseo señalar que a la sazón no estaba enterado yo de nada extraño, y sabía perfectamente bien que a veces los cambios de luces del crepúsculo suelen afectar la visión.

Mas, al adelantarme y pasar frente a los altares, me volví, viendo entonces que la mitad superior de ese extraño ser se movía independientemente de la inferior. Mientras permanecía mirándolo comenzó a desvanecerse, tal como si se disolviera en la nieve que caía, hasta que finalmente desapareció por completo. Entonces me asusté, temiendo que esa cosa extraña me rodeara mezclada con la nieve que caía por todos lados. Por primera vez en mi vida sentí temor de los bosques, de la noche y de la nieve silenciosa. Me volví para echar a correr, pero no antes de ver algo que me heló la sangre en las venas. Donde estuviera un momento antes la imagen de nieve, se veían ahora un par de ojos verdes y relucientes que pendían como estrellas por sobre los altares circulares.

No me avergüenza confesar que corrí como si me persiguiera una manada de lobos hambrientos. Todavía doy gracias a Dios por haber guiado mi loca carrera hacia la relativa seguridad del camino de Olassie, donde todavía brillaba un poco de luz y donde la primera vez me detuve. Me volví para mirar hacia los bosques; mas no se veía otra cosa que la nieve que caía profusamente. Todavía me dominaba el miedo, y casi imaginé oír un susurro entre los copos de nieve; un murmullo infernal que me ordenaba regresar a los altares. Tan insinuante y claro era, que por un momento estuve a punto de volverme y lanzarme hacia la oscuridad del bosque. Luego me sobrepuse y corrí por el camino en dirección a Cold Harbor.

Me encaminé directamente a la casa del doctor Telfer, donde se alojaba el padre Brisbois. El sacerdote se alarmó al ver mi rostro demudado por el terror, y el doctor Telfer quiso darme un sedativo, el que rechacé. Les conté de inmediato lo que acababa de ver. Por la expresión de su rostro me figuré que mi relato no era novedad inesperadada para el cura; pero el doctor aseguró que era yo la víctima de una ilusión óptica muy común por estas latitudes cuando llega el crepúsculo. Pero el padre Brisbois no se mostró de acuerdo con él. A decir verdad, el sacerdote insinuó que había yo penetrado un velo que está siempre presente aunque rara vez es visto, y que lo que yo viera no era una ilusión, sino una prueba tangible de un horroroso mundo del más allá, que por suerte no conocen la mayoría de los seres humanos.

Me preguntó si había notado que los indios eran de un linaje muy antiguo, probablemente de origen asiático. Admití haberlo notado. Entonces observó algo respecto a la adoración de dioses que eran antiguos antes de que el hombre apareciera sobre la faz de la tierra. Le pregunté qué quería decir con dioses antiguos.

Sus palabras fueron las siguientes:

-Se trata de conocimientos profundos que nos han llegado procedentes de seres muy alejados de la humanidad. Existe, por ejemplo, la horrorosa y sugestiva narración acerca de Hastur el Inmencionable, y de sus horrendos descendientes.

Protesté que basaba sus afirmaciones solamente en las leyendas.

-Sí -replicó-; pero no olvide usted que no existen leyendas que no estén firmemente arraigadas a algo real, aunque ese algo existiera en un pasado tan remoto que está fuera del alcance de la memoria del hombre. El maligno Hastur, quien llamó en su ayuda a los espíritus elementales y los subyugó a su voluntad, esas fuerzas elementales todavía son adoradas en los sitios más remotos de este mundo. El Caminante del Viento, e Ithaqua, el dios del gran silencio blanco, el único dios del cual no se ven señales en los totems. Al fin y al cabo, ¿no tenemos, acaso, nosotros nuestra leyenda bíblica sobre la lucha entre las fuerzas elementales de Bien y del Mal, personificadas por nuestra deidad y las huestes de Satán en la era anterior al amanecer de nuestra tierra?

Quise protestar, quise decir con gran vehemencia que lo que afirmaba era imposible; mas no pude hacerlo. El recuerdo de lo que viera pendiente sobre el círculo de piedras, en lo más profundo de la selva, me impidió hablar. Esto y el hecho de que un viejo indio mencionó en mi presencia el mismo nombre que acababa de pronunciar el sacerdote: Ithaqua. Viendo el curso que tomaba la conversación, pregunté:

-¿Quiere usted decir que los indios de los alrededores adoran a esa cosa que llaman Ithaqua, y ofrecen sus niños como sacrificio humano? Entonces, ¿cómo explicar la desaparición de Lucas? ¿Y quién o qué es realmente Ithaqua?
-Quiero decir exactamente eso, sí. Es la única teoría que pueda explicar la pérdida de los niños. En cuanto a Lucas, le diré que era muy poco popular; siempre estafaba a los indios, y una vez tuvo un entredicho con ellos al borde de la selva; eso ocurrió pocos días antes de su desaparición. Con respecto a Ithaqua y a su identidad..., no estoy en condiciones de contestar. Existe la creencia que sólo sus creyentes pueden mirarle; el hacerlo sin adorarlo significa la muerte. ¿Qué es lo que vio usted sobre los altares? ¿Ithaqua? ¿Es él el espíritu del agua o del viento, o es realmente un dios de este gran silencio blanco, el ser de nieve, una manifestación del cual usted vio?
-Pero, ¡cielos, sacrificios humanos! -exclamé yo, y luego agregué-: Dígame, ¿no se ha vuelto a encontrar a ninguno de esos niños?
-Yo sepulté a tres de ellos -replicó el cura pensativamente-. Fueron encontrados en la nieve a poca distancia de aquí..., metidos dentro de hermosas mortajas de nieve, tan suaves como plumones, y sus cuerpos estaban más fríos que el hielo, aunque dos de ellos vivían todavía cuando se les encontró, y murieron poco tiempo después.

No supe qué decir. Si se me hubiera comunicado todo esto antes de ir a la selva, me hubiera burlado abiertamente, como lo presintiera el Padre Brisbois. Pero yo vi algo en la selva y no era nada humano; nada que se pareciera remotamente a los seres humanos.

-Comprenda usted; no digo que vi lo que el Padre Brisbois describiera como el "dios del gran silencio blanco", lo que los indios llaman Ithaqua, pero sí vi algo.

En ese momento se presentó alguien en la casa con el asombroso anuncio de que se acababa de hallar el cuerpo de Lucas, y a pedir que el médico lo examinara. Nosotros tres salimos tras el indio que nos llevó este mensaje, y fuimos a un sitio no muy alejado de la factoría, donde una gran multitud de nativos rodeaba lo que al principio pareció ser una enorme y reluciente bola de nieve. Mas no era una bola de nieve.

Era el cuerpo de Henry Lucas, tan frío como las piedras que tocara yo en el altar; y el cuerpo estaba envuelto en una capa de nieve tejida. Escribo tejida, porque estaba tejida. Era como un hermoso tul casi impalpable, de un blanco brillante, con matices apenas visibles de verde y azul, y cuando arrancamos la cubierta de nieve del cuerpo, sentimos la impresión de estar destrozando una tela endurecida y quebradiza. Recién cuando terminamos de arrancar la envoltura, descubrimos que Henry Lucas no estaba muerto. El doctor Telfer apenas pudo dar crédito a sus sentidos, aunque ya había visto dos casos similares al que se presentaba ahora. El cuerpo estaba tan frío, que a duras penas pudimos tocarlo; sin embargo, el corazón seguía latiendo imperceptiblemente; y una vez en la casa de Telfer, ya el cuerpo rodeado de temperatura normal, el corazón latió con más firmeza.

-Parece imposible -manifestó el médico-; pero así es. Sin embargo, está moribundo.
-Espero que recobre el conocimiento -dijo el cura.

Pero el doctor sacudió la cabeza.

-Imposible.

Y entonces Lucas comenzó a hablar en el delirio. Primero emergió de sus labios un sonido monótono e incomprensible. Luego comenzaron a salir palabras lentas, separadas entre sí, y finalmente frases enteras. Tanto el cura como yo las anotamos, y más tarde hicimos una comparación de nuestras notas. Esta es una muestra de lo que dijo Lucas:

-¡Oh, suave y hermosa nieve!.. .Ithaqua, toma mi cuerpo, que el dios de la nieve me lleve, que el gran dios del silencio blanco me lleve al pie de aquél más grande... Hastur, Hastur, adoramus te, adoramus te... ¡Cuán suave la nieve, cuán lentos los vientos, cuán dulce el aroma de los capullos de algarrobo del sur! ¡Oh, Ithaqua, adelante hacia Hastur...

Hubo mucho más por el estilo, y en su mayoría sin sentido alguno. Tal vez sea importante indicar el hecho de que Lucas no conocía el latín. Casi no me atrevo a comentar sobre la extraña coincidencia de que mencionara a Hastur, tan poco después de que el Padre Brisbois nombrase a ese antiguo ser. Del resto del delirio de Lucas logramos entresacar la historia de su desaparición. Aparentemente se sintió atraído hacia el exterior de su cabaña por una música extraterrena, combinada con un murmullo que parecía proceder de muy cerca de su vivienda. Abrió la puerta y miró al exterior, y, al no ver nada, salió a la nieve. Me aventuro a conjeturar que estaba hipnotizado, aunque me parece poco probable. Fue arrebatado por "algo que venía de lo alto", diciendo que era un viento con "nieve en él". Esto fue lo que lo llevó, y no supo más nada hasta que se encontró dentro del círculo de piedras en medio de la selva. Entonces notó enormes hogueras que ardían por allí cerca, y vio a los indios ante los altares, muchos de ellos yaciendo boca abajo sobre la nieve, adorando a su dios. Y encima de él vio lo que describe como "una nube de humo verde y púrpura von ojos" (¿es posible que fuera la misma cosa que vi yo sobre los altares?)... Y mientras observaba, esa cosa comenzó a moverse y descender. De nuevo oyó música, y entonces comenzó a sentir el frío. Corrió hacia la entrada, que se hallaba abierta, mas no pudo trasponerla. Era como si una mano invisible le contuviera desde el exterior. Entonces se asustó y corrió locamente dando continuas vueltas, y finalmente cruzó el círculo, siendo elevado de la tierra. Era como si se hallara dentro de una nube de nieve blanda y susurrante. Oyó nuevamente la música, y después, a lo lejos, un ulular que pareció destrozarle los tímpanos. Entonces perdió el conocimiento.

Después de esto su relato no es nada claro. Comprendimos algo así como si lo hubieran llevado a un sitio lejano; ya sea a un abismo insondable o muy por encima de la tierra. Por algunas de las frases que pronunció, podríamos sospechar que estuvo en otro planeta, si no fuera esto absolutamente imposible. Mencionó a Hastur casi incesantemente, y de tanto en tanto dijo algo respecto a otros dioses llamados Cthulhu, Yog-Sothoth, Lloigor y otros, y murmuró frases inconexas acerca de la tierra maldita de los Tcho-Tcho. Habló también como si todo eso fuera un castigo por alguna falta en que incurrió. Sus palabras inquietaron mucho al padre Brisbois, y varias veces noté que el buen sacerdote oraba por lo bajo.

Falleció unas tres horas después de que lo encontraran, sin recobrar por completo el sentido; aunque el doctor afirmó que su estado era normal, excepto el frío persistente que emanaba de su cuerpo y por el hecho de que parecía no percatarse de nuestra presencia ni de lo que le rodeaba.

Aparte de comunicar a usted todos estos datos, vacilo en ofrecer solución alguna. Al fin y al cabo estas cosas hablan más claramente que las palabras. Ya que no hay medios para identificar a ninguno de los indios presentes en esas infernales ceremonias religiosas del bosque, no se puede efectuar ningún arresto. Pero que algo fatal ocurrió a Lucas dentro de esos círculos de piedra -probablemente como resultado de su riña con los indios-, es indiscutible. Cómo lo llevaron allí, y cómo fue transportado al sitio donde finalmente se halló su cuerpo, sólo es explicable si aceptamos su terrible relato.

Sugiero que, en vista de las circunstancias, deberíamos destruir esos altares y emitir órdenes severas a los indios de Cold Harbor y de toda la región. He averiguado que se puede obtener dinamita en la aldea, y tengo la intención de ir al bosque y hacer volar esos malditos altares tan pronto como reciba su autorización para hacerlo.

Más tarde. - Acabo de enterarme de que un gran número de indios se dirige hacia los bosques. Aparentemente se está por realizar otra reunión para adorar a ese extraño dios en los altares, y, a pesar de la extraña sensación de que soy vigilado -como desde lo alto-, mi deber está bien claro. Los seguiré tan pronto como haya despachado este informe.

Este es el texto completo del último informe que recibí del soldado French. Llegó a mi oficina el 5 de marzo, y ese mismo día le telegrafié instrucciones para que llevara a cabo su plan de dinamitar los altares, y para que también arrestara a cualquiera de los nativos que fuese miembro del grupo que se reunía en los bosques para adorar a ese extraño dios.

Después de esto tuve que salir del cuartel por un tiempo considerable, y cuando regresé encontré la carta del doctor Telfer en la que me informaba que el soldado French desapareció antes de recibir mi telegrama. Más tarde supe que su desaparición ocurrió la noche en que me envió su informe; esa noche en que los indios se reunieron en los altares cercanos al camino de Olassie. De inmediato mandé al soldado Robert Considine a Cold Harbor, y le seguí dentro de las veinticuatro horas. Mi primera intención era llevar a cabo yo mismo las instrucciones que telegrafiara a French, y me adentré en los bosques y dinamité los altares. Luego me ocupé de buscar rastros de French, mas no había absolutamente nada que encontrar. Desapareció tan completamente como si la tierra se lo hubiera tragado.

Mas no se lo había tragado la tierra. La noche del 7 de mayo, durante una violenta tempestad, se halló el cadáver del soldado French. Se encontraba sobre un montón de nieve, no muy lejos de la casa del doctor Telfer. Su aspecto indicaba que se le había arrojado desde una gran altura, y el cuerpo estaba envuelto en innumerables capas de nieve quebradiza, como un tul tejido.

"Muerto por el intenso frío". ¡Qué irónicas y huecas, son estas palabras! ¡Cuán poco explican de la terrible maldad que acecha tras el velo! Sé lo que el soldado French temía, lo que sospechaba con fundadas razones.

Pues toda esa noche y la siguiente vi, desde mi ventana, en casa del doctor Telfer, una enorme e informe masa de nieve que se elevaba hacia lo alto, una masa tremenda y sensitiva rematada por dos inescrutables y fríos ojos verdes. Ya se corren rumores de que los indios se preparan para otra reunión en el sitio que ocuparan los malditos altares. Eso no debe ocurrir, y si persisten en su empeño, es preciso que se les aleje a la fuerza de la aldea y se les distribuya por todas las provincias, muy alejados entre sí. En estos momentos me dispongo a salir para desbaratar sus infernales planes.

Pero como es ya del dominio público, John Dalhousie no llevó a cabo su plan. Esa noche desaparició, para ser hallado tres noches más tarde, tal como fueron encontrados antes el soldado French y Henry Lucas, envuelto en varias capas de hermosa nieve, parecida a una gasa tejida, reluciente a la luz de la luna. También a él le sorprendió la muerte como a los otros que sufrieran la venganza de Ithaqua, el ser de nieve, el dios del vasto silencio blanco. El departamento de policía diseminó a los indios por todas las provincias, y se prohibió terminantemente a todo el mundo que entrara en la selva vecina al viejo camino de Olassie. Pero en alguna parte, durante la noche silenciosa, tal vez se vuelvan a reunir murmurando y echados boca abajo sobre la nieve, y ofreciendo sus niños y sus enemigos como sacrificios al dios elemental que adoran, gritándole como lo hizo Lucas: "Ithaqua, toma mi cuerpo... Ithaqua..."

Involución. Edmond Hamilton (1904-1977)

Ross tenía un temperamento muy tranquilo, pero cuatro días de viaje en canoa entre los bosques de North Quebec habían empezado a alterarlo, La cuarta vez que tocaron la orilla del río para hacer campamento y pasar allí la noche, perdió el dominio de sí mismo y durante unos momentos dirigió a sus dos compañeros algunas palabras fuertes. Abría y cerraba sus ojos negros y gesticulaba con su rostro joven, guapo y falto de afeitado en aquella circunstancia, Al principio, los dos biólogos le escucharon sin responder. El joven y rubio Gray parecía indignado pero Woodin, el más viejo de los dos biólogos, escuchaba pacientemente, con sus ojos grises fijos en el rostro enojado de Ross. Cuando se calló para tomar aliento se oyó la voz serena de Woodin:

-¿Has terminado?
Ross tragó saliva como si se dispusiera a continuar su andanada, pero de súbito recobró el dominio de sí mismo.
-Sí, he terminado -respondió hoscamente.
-Entonces, escúchame -agregó Woodin, como un padre juicioso que reprende a un niño malhumorado-. Te estás alterando por nada.
Gray y yo todavía no nos hemos quejado. Nadie ha dicho que no cree en lo que nos dijiste.
-¡No lo habéis dicho, no! -Exclamó Ross enfureciéndose otra vez-. ¿Creéis que no sé lo que estáis pensando? Pensáis que os conté un cuento chino sobre lo que vi desde el avión, ¿no? Pensáis que os he arrastrado buscando molinos de viento, seres increíbles que no pueden haber existido nunca, Eso pensáis, ¿verdad?
-¡Ay! ¡Malditos sean los mosquitos! -dijo Gray dándose un tremendo golpe en el cuello y mirando con poca cordialidad al aviador.
Woodin se hizo cargo de la situación.
-Volveremos a discutirlo después de montar el campamento. Vacía los talegos, Gin. ¿Queréis ir a buscar leña, Ross?

Ambos le miraron, ceñudos, y se miraron el uno al otro, pero obedecieron a regañadientes. De momento la tensión cedió. Cuando cayó la noche sobre el pequeño claro a orillas del río, la canoa estaba en la orilla, habían armado la pequeña y excelente tienda de seda para globos aerostáticos, y chisporroteaba una fogata delante de ella. Gray avivaba el fuego con gruesos maderos de pino, mientras Woodin calentaba café, pasteles y el imprescindible tocino. El resplandor de la hoguera iluminaba débilmente los imponentes troncos de los abetos gigantes que circundaban el pequeño claro por tres lados, así como las tres figuras vestidas de color pardo sucio y el bloque blanco e irregular de la tienda. Se reflejaba en los rápidos del McNorton, que murmuraban mientras seguía su curso hacia el Little Whale. Comieron en silencio, y luego limpiaron los cazos con manojos de hierbas. Woodin encendió su pipa, los otros dos cigarrillos aplastados y luego se tumbaron un rato al lado de la fogata, oyendo el murmullo riente del agua, los suspiros de las ramas más altas de los abetos, el solitario chirrido de los insectos. Por último, Woodin golpeó la pipa en el tacón de la bota y se sentó.

-Ahora, terminemos esa discusión que teníamos -dijo.
Ross parecía avergonzado.
-Supongo que me alteré demasiado -admitió, y luego agregó-: Pero, compañeros, creo que no me dais mucho crédito.
Woodin meneó la cabeza.
-No, Ross; no es cierto, Cuando dijiste que al sobrevolar este bosque habías visto seres diferentes de todos los conocidos, tanto Gray como yo te creímos.
-De lo contrario, ¿crees que dos biólogos muy ocupados habrían abandonado su trabajo para acompañarte hasta estas soledades en busca de los seres que viste?
-Lo sé, lo sé -respondió el aviador, molesto-. Creéis que vi algo extraño, y os arriesgáis por si el viaje vale la pena. Pero no creéis lo que os he contado acerca del aspecto de esos seres. Os parece demasiado extraño para ser cierto, ¿no?
Por primera vez, Woodin vaciló al responder:
-Al fin y al cabo, -Ross eludió la cuestión-, los ojos pueden engañarte cuando crees entrever cosas desde un avión que vuela a mil quinientos metros.
-¿Entreverlas? -repitió Ross-. Viejo, te aseguro que las vi tan claramente como te veo a ti. A mil quinientos metros de altura, es cierto, pero tenía los prismáticos y miré a través de ellos. Fue cerca de aquí, al este de la confluencia del McNorton y el Little Whale. Volaba deprisa hacia el sur después de haber pasado tres semanas en esa investigación cartográfica gubernamental de la bahía del Hudson.

Quise situarme sobre la confluencia de los ríos, conque bajé un poco y usé los prismáticos. Entonces, en un claro junto al río, vi algo resplandeciente y... a esas cosas. ¡Te aseguro que eran increíbles, pero sé que las vi con toda claridad! Con verlas dos o tres segundos me olvidé por completo de los ríos. Eran cosas grandes y resplandecientes, como montones de jalea brillante, tan transparentes que se divisaba el suelo a través de ellas. Eran por lo menos doce y, cuando las vi, se deslizaban por ese pequeño claro con un movimiento reptante. Luego desaparecieron bajo los árboles, Si en un radio de ciento cincuenta kilómetros hubiera encontrado un claro lo bastante grande para aterrizar, habría bajado a buscarlas, pero no había ninguno y me vi obligado a continuar, Pero necesitaba descubrir qué era y, cuando os conté la historia, estuvisteis de acuerdo en venir hasta aquí en canoa y buscarlas. Pero ahora pienso que nunca me habéis creído del todo. Woodin contempló la hoguera, pensativo.

-De acuerdo; creo que viste algo extraño, alguna forma de vida extraña. Por eso me presté a acompañarte en esta búsqueda. Pero cosas como las que describes, es decir como jalea, translúcidas, que se deslizan sobre el terreno... no ha existido náda semejante desde los primeros seres protoplasmáticos, antepasados de la vida sobre la tierra, que se deslizaron sobre nuestro joven mundo hace muchos siglos.
-Si existieron cosas semejantes, ¿por qué no pudieron dejar descendientes como ellas? -insistió Ross.
Woodin meneó la cabeza.
-Porque desaparecieron hace muchos siglos. Se convirtieron en formas de vida distintas y superiores, dando comienzo al movimiento ascendente de la vida que ha alcanzado su punto culminante en el hombre. Estos seres protoplasmáticos y unicelulares, que han desaparecido hace mucho, fueron el principio, los burdos y humildes comienzos de nuestra vida, Se extinguieron, y sus descendientes fueron distintos. Nosotros, los hombres, somos esos descendientes.
Ross le miró y frunció el ceño.
-Pero, en primer lugar, ¿de dónde vinieron esas primeras cosas vivientes?
Woodin volvió a menear la cabeza.
-Esto es algo que nosotros, los biólogos, todavía ignoramos. Apenas podemos aventurar una teoría sobre el origen de esas primeras formas protoplasmáticas de vida. Se ha sugerido que se formaron espontáneamente de las sustancias químicas de la tierra, pero el hecho de que no surjan ahora de la materia inerte lo desmiente. Su origen sigue siendo un misterio. Pero, sin tener en cuenta cómo llegaron a existir sobre la tierra, fueron las primeras formas de vida que nos precedieron.

Los ojos de Woodin asumieron una expresión de ensueño, como si viera visiones en el fuego, olvidando la presencia de los otros dos.

-¡Esa maravillosa evolución desde el primitivo ser protoplasmático hasta el hombre es una epopeya grandiosa! Una magnífica serie de cambios que ha ido desde esa primera forma inferior hasta nuestro esplendor actual. ¡Y no pudo ocurrir en ningún otro mundo, salvo la Tierra! Pues ahora la ciencia está casi segura de que la causa de las mutaciones evolutivas son las radiaciones de los minerales radiactivos del interior de la Tierra, que actúan sobre los genes de todo ser viviente.
Se dio cuenta de que Ross no le comprendía y, a pesar de su arrebato, sonrió.
-Veo que esto no significa nada para ti. Trataré de explicarlo..La célula embrionario de todo ser vivo contiene un número determinado de pequeños elementos en forma de bastoncillos, llamados cromosomas. Éstos están formados por cadenas de minúsculas partículas, a las que llamamos genes. Y cada gen ejerce un efecto determinante, poderoso y específico sobre el desarrollo del ser que se forma a partir de esa célula embrionario. Algunos genes determinan el color, otros el tamaño, otros la forma de sus miembros, y así sucesivamente. Todas las características del ser están predeterminadas por los genes de su célula embrionario originaria. Pero a veces, los genes de una célula embrionario son muy distintos de los genes normales de esa especie. Cuando esto ocurre, el ser a que dará lugar esa célula embrionario será muy distinto de los compañeros de su especie. De hecho, representará una especie totalmente nueva, Así es como se forman nuevas especies sobre la Tierra. Es el proceso del cambio evolutivo. Hace algún tiempo que los biólogos lo saben, y han buscado la causa de estos grandes cambios repentinos, de esas mutaciones, como las denominan. Han intentado descubrir qué es lo que afecta tan radicalmente a los genes. Experimentalmente, han descubierto que los genes de una célula embrionario se modifican notablemente al recibir rayos X y diversos tipos de radiaciones químicas. Así, el ser nacido de esa célula embrionario será un ser totalmente modificado, un mutante. Por eso, en la actualidad, muchos biólogos creen que las emanaciones de los minerales radiactivos de la Tierra, al actuar sobre todos los genes de todas las especies vivientes de la Tierra, causan el cambio incesante de las especies, el desfile de las mutaciones que ha llevado la vida por el camino evolutivo hasta la cumbre donde se encuentra hoy. Por eso digo que el desarrollo evolutivo no pudo producirse en ningún otro lugar salvo la Tierra. Pues quizá ningún otro mundo tenga en su interior depósitos radiactivos semejantes, capaces de provocar mutaciones por su efecto sobre los genes. En cualquier otro mundo, los primeros seres protoplasmáticos pudieron continuar igual a través de infinitas generaciones. ¡Cuánto debemos agradecer que no sea así en la Tierra! ¡Que se haya producido una mutación tras otra, que la vida siempre haya cambiado para avanzar hacia especies nuevas y superiores, que las primeras y primitivas entidades protoplasmáticas hayan avanzado a través de formas cambiantes innumerables hasta alcanzar la realización suprema, el hombre!

Woodin se había dejado llevar por su entusiasmo mientras hablaba, pero se interrumpió y sonrió antes de volver a encender la pipa.

-Siento haberte aburrido con una conferencia, como si fueras un alumno mío de primer curso. Pero éste es el punto fundamental de mi pensamiento, mi idée fixe, esa maravillosa evolución de la vida a través de las épocas.
Ross contemplaba el fuego, pensativo.
-Parece maravilloso cuando tú lo cuentas. Una especie convirtiéndose en otra, ascendiendo cada vez más...
Gray se puso en pie y se desperezó.
-Vosotros dos podéis seguir maravillándoos pero este craso materialista va a ponerse a la altura de sus antepasados invertebrados y tornará a la posición postrada, En resumen, me voy a dormir -miró a Ross, con una sonrisa vacilante en su rostro juvenil, y agregó-: ¿Sin rencor, compañero?
-Olvídalo -el aviador le devolvió la sonrisa-. La jornada de hoy fue dura, y vosotros parecíais muy escépticos. ¡Pero ya veréis! Mañana llegaremos a la confluencia del Little Whale, y os apuesto a que tardaremos.menos de una hora en hallar esos seres como jalea.
-Eso espero -dijo Woodin, atónito-. Entonces veremos lo buena que es tu vista desde mil quinientos metros de altura, y si has arrastrado hasta aquí a dos respetables científicos por nada.

Más tarde, mientras reposaba entre las mantas, en la pequeña tienda, oyendo los ronquidos de Gray y Ross y mirando soñoliento las ascuas brillantes, Woodin volvió a meditar la cuestión. ¿Qué había visto realmente Ross en aquella ojeada fugaz desde su avión en vuelo? Algo extraño, estaba seguro, tan seguro que había emprendido aquel arduo viaje para encontrarlo. Pero ¿qué sería exactamente? No unas entidades protoplasmáticas como las que él había descrito. Eso, naturalmente, era imposible. ¿O no? Si entidades semejantes habían existido en otro tiempo, ¿por qué no podrían ... ? ¿No podrían ... ? Woodin no supo que se había dormido, hasta que le despertó el grito de Gray, No era una voz cualquiera, sino el alarido de un hombre presa de un terror paralizante. Cuando oyó el grito, abrió los ojos y vio lo Increíble recortándose contra el fondo estrellado, en la puerta abierta de la tienda. Una masa oscura y amorfa, agazapada en la entrada, resplandecía bajo la luz de las estrellas y entraba en la tienda, seguida de otras semejantes. Luego, todo ocurrió con suma rapidez. A Woodin le pareció que las cosas no sucedían consecutivamente, sino en una rápida sucesión de cuadros fijos, semejante a los fotogramas sucesivos de una película.

La pistola de Gray disparó contra el primer monstruo viscoso que entró en la tienda, y el breve fogonazo mostró la masa voluminosa y resplandeciente del ser, el rostro de Gray contraído por el pánico y a Ross buscando su pistola entre las mantas. La escena fue sustituida por otra: Gray y Ross quedándose rígidos de repente, como si estuvieran petrificados, y cayendo pesadamente. Woodin supo que estaban muertos, pero no habría sido capaz de decir cómo lo supo. Los monstruos resplandecientes entraban en la tienda. Rasgó la pared de la tienda y se lanzó al frío del claro iluminado por las estrellas. Dio tres pasos, sin saber a dónde dirigirse, y se detuvo. No supo por qué se detenía en seco, pero lo hizo. Permaneció allí, mientras su cerebro apremiaba con desesperación a los miembros para que se movieran, Pero éstos no obedecieron. Ni siquiera podía volverse; no podía mover un solo músculo de su cuerpo. Se quedó donde estaba, con el rostro vuelto hacia el reflejo de las estrellas en el río, presa de una extraña parálisis total. A su espalda, en la tienda, Woodin oyó movimientos furtivos. Desde atrás, entraron en su campo visual varios seres resplandecientes que se reunieron a su alrededor. Serían como una docena, y en ese momento los distinguió con toda claridad. No, no era una pesadilla. Eran tan reales como él mismo. Allí, a su alrededor, se movían unos bultos amorfos de jalea viscosa y translúcida. Medían sobre un metro veinte de altura y noventa centímetros de diámetro, aunque sus formas cambiaban ligera y constantemente, haciendo difícil calcular sus dimensiones.

En el centro de cada masa translúcida se veía una gota o núcleo oscuro en forma de disco. Los seres no tenían nada más, ni miembros ni órganos sensibles. Pero vio que podían alargar pseudópodos, pues dos de ellos sostenían los cadáveres de Gray y Ross en sus tentáculos. Los estaban sacando y colocando al lado de Woodin. Incapaz de moverse, vio los rostros helados y contraídos de los dos hombres, y las pistolas que sus manos muertas aún empuñaban. Luego, al mirar el rostro de Ross, recordó. ¡Los monstruos que estaban a su alrededor eran las cosas que el aviador había visto desde el avión, los seres de jalea que los tres habían ido a buscar al norte! ¿Cómo habían matado a Ross y a Gray? ¿Cómo lo mantenían a él en aquel estado de parálisis? ¿Quienes eran?

-Permitiremos que se mueva pero no debe tratar de escapar.

El aturdido cerebro de Woodin se desconcertó aún más. ¿Quién le había dirigido aquellas palabras? No había oído nada, pero pensó que oía.

-Permitiremos que se mueva pero no debe tratar de escapar ni hacernos daño.
Oyó tales palabras en su mente, aunque sus oídos no captaron sonido alguno. Luego, su cerebro oyó algo más.
-Le hablamos mediante transferencia de impulsos mentales. ¿Tiene mentalidad suficiente para comprendernos?

¿Mentes? ¿Mentes en aquellos seres? Woodin fue traspasado por este pensamiento mientras observaba a los monstruos resplandecientes. Sin duda, su pensamiento había sido captado por ellos.

-Por supuesto que tenemos mentes -recibió la respuesta mental en su cerebro-. Ahora permitiremos que se mueva, pero no intente huir.
-No.... no lo intentaré -se dijo Woodin mentalmente.

La parálisis que lo había retenido desapareció en seguida. Esperó en medio del círculo de monstruos resplandecientes, mientras las manos y el cuerpo le temblaban de un modo incontenible. Comprobó que los seres eran diez. Diez masas monstruosas de jalea brillante y transparente lo rodeaban como legendarios genios sin rostro salidos de algún arcano escondrijo. Al parecer, uno que se hallaba más cerca de él que los demás, era el portavoz y líder. Woodin observó con detenimiento el círculo, y luego a sus dos compañeros muertos. En medio de los terrores desconocidos que helaban su alma, sintió una compasión súbita y dolorosa al mirarlos. La mente de Woodin recibió del ser más cercano a él otro intenso pensamiento:

-No queríamos matarlos; sólo vinimos aquí para capturarlos y comunicarnos con los tres. Pero cuando captamos que intentaban matarnos, tuvimos que defendemos con rapidez, A usted, como no intentó matarnos sino que huyó, no le hicimos daño.
-¿Qué..., qué quieren de nosotros, o de mí? -preguntó Woodin.

Lo susurró a través de sus labios secos, además de pensarlo. Esta vez no obtuvo respuesta mental. Los seres permanecieron inmóviles, un círculo silencioso de figuras pensativas y sobrenaturales. Woodin sintió que su mente desvariaba bajo la tensión del silencio y volvió a hacer la pregunta, la gritó. Entonces recibió la respuesta mental.

-No respondimos, porque estábamos sondeando su mentalidad para comprobar si usted es lo bastante inteligente para comprender nuestras ideas, Aunque su mente es de un orden excepcionalmente inferior, parece capaz de entender en grado suficiente lo que nosotros deseamos transmitir. No obstante, antes de comenzar le advierto que le será del todo imposible escapar, o dañar a alguno de nosotros, y que cualquier intento en tal sentido le será fatal. Es evidente que no sabe nada de la energía mental; pongo en su conocimiento que sus dos compañeros fueron muertos por la mera fuerza de nuestras voluntades. El organismo de usted dejó de responder a las órdenes de su cerebro en virtud de ese mismo poder. Si quisiéramos, con nuestra energía mental podríamos destruirle por completo.

Hubo una pausa durante la cual el cerebro embotado de Woodin se aferró desesperadamente a la cordura, a la entereza. Luego volvió a oír aquella voz mental, que tanto se parecía a una voz verdadera hablándole a su cerebro.

-Somos de una galaxia cuyo nombre, traducido aproximadamente a su idioma, es Arctar. La galaxia de Arctar se halla a muchísimos millones de años-luz de ésta, quedando mucho más allá de la curvatura del cosmos tridimensional. Hace muchas épocas que dominamos esa galaxia. Pues podíamos utilizar nuestra energía mental como medio de transporte, como energía física y para producir prácticamente cualquier cosa que necesitáramos. Por eso conquistamos y colonizamos rápidamente la galaxia, viajando de un sol a otro sin necesidad de vehículo alguno. Tras dominar a toda la galaxia de Arctar, empezamos a observar los dominios exteriores. En el cosmos tridimensional existen unos mil millones de galaxias y nos pareció conveniente poblarlas todas, para que el cosmos entero quedase, a su vez, bajo nuestro dominio. Nuestro primer paso consistió en proliferar hasta alcanzar la población necesaria para la gran tarea de colonizar el cosmos. Esto no resultó difícil, naturalmente, ya que para nosotros la reproducción es una mera cuestión de fisiparidad. Cuando el número necesario fue alcanzado, nos dividimos en cuatro partidas. Luego la esfera del cosmos tridimensional fue repartida entre esas cuatro divisiones. Cada una debía poblar su parte del cosmos, y las tremendas multitudes salieron de Arctar hacia las cuatro direcciones. Una de las partidas llegó a esta galaxia hace varios evos y se extendió gradualmente para poblar todos sus mundos habitables. Todo esto llevó grandes cantidades de tiempo, como es natural, pero nuestro plazo de vida excede de lejos el suyo, y consideramos que el éxito de la especie lo es todo y el individual no es nada, Una fuerza de varios millones de arctarios llegó a este sistema para iniciar la colonización de esta galaxia y, al descubrir que de los nueve mundos más cercanos sólo este planeta era habitable, se estableció aquí. Ha sido norma que los colonizadores de todos los mundos del cosmos se mantuvieran en comunicación con el hogar originario de nuestra raza, la galaxia de Arctar. Así nuestro pueblo, que ahora posee todo el cosmos, puede concentrar en un punto todos sus conocimientos y su poder, y desde allí emitir órdenes que representan grandes proyectos para el cosmos. Pero de este mundo dejaron de recibirse comunicaciones poco después de que llegara la fuerza de arctarios colonizadores. Cuando se reparó en ello, el problema fue aplazado pensando que en millones de años seguramente acabarían por llegar noticias de este mundo. Pero no llegó ninguna y, después de más de mil millones de años de silencio, el consejo dirigente de Arctar ordenó que fuese enviada a este mundo una expedición, para averiguar el motivo de semejante silencio por parte de sus pobladores. Nosotros diez constituimos esa expedición y salimos de uno de los mundos del astro que usted llama Sirio, situado a poca distancia de su Sol y del cual también somos colonizadores. Se nos ordenó venir con la mayor urgencia a este mundo para averiguar por qué sus pobladores no habían enviado ningún informe. De modo que, viajando por el vacío mediante la energía mental atravesamos el espacio que separa un sol de otro y llegamos a su mundo hace pocos días. ¡Imagine nuestra perplejidad cuando llegamos! ¡En lugar de un mundo poblado hasta el último kilómetro cuadrado por arctarios como nosotros, descendientes de los pobladores originales, de un mundo completamente sometido a su dominio mental, hallamos un planeta que es, en su mayor parte, una mescolanza de formas de vida monstruosas! Nos quedamos donde habíamos aterrizado y durante cierto tiempo emitimos nuestra visión y registramos todo el globo mentalmente. Nuestra perplejidad aumentó, pues nunca habíamos visto formas tan grotescas y degradadas como las que aparecieron ante nosotros, Y no vimos un solo arctario en todo el planeta. Esto nos ha desconcertado porque, ¿qué pudo causar la desaparición de los arctarios que poblaron este mundo? Sin duda, nuestros poderosos emisarios y sus descendientes nunca pudieron ser vencidos y destruidos por las mentalidades lastimosamente débiles que ahora habitan este globo. ¿Pero dónde están, y cómo son ellos? Por eso intentamos capturarle a usted y a sus compañeros.

Aunque sabíamos que sus mentalidades debían ser muy inferiores, nos pareció que incluso unos seres como ustedes recordarían lo sucedido con nuestros enviados, que en otra época habitaron este mundo.

La corriente de pensamiento se detuvo un instante y luego asaltó la mente de Woodin con una pregunta muy clara:

-¿No sabe qué sucedió con nuestros enviados? ¿Tiene conocimiento de las causas de su extraña desaparición?
El azorado biólogo meneó lentamente la cabeza.
-Nunca.... nunca he oído hablar de seres como ustedes ni de semejantes mentes. Creemos saber que jamás han existido en la Tierra, y ahora conocemos prácticamente toda la historia de ella.
-¡Imposible! -exclamó el pensamiento del líder arctario-. Seguramente, si conoce toda la historia de este planeta, debe saber algo de nuestro poderoso pueblo.

La mente de otro arctario emitió un pensamiento que, aunque iba dirigido al líder, fue captado indirectamente por el cerebro de Woodin:

-¿Por qué no examinamos el pasado del planeta a través del cerebro de este ser, y vemos por nosotros mismos lo que se puede averiguar?
-¡Es una idea excelente! -exclamó el líder-. Será bastante fácil sondear su mentalidad.
-¿Qué van a hacer? -gritó Woodin agudamente, lleno de pánico.
La respuesta fue serena y tranquilizadora.
-Nada que le perjudique. Sólo vamos a sondear su pasado racial revelando los recuerdos heredados por su cerebro. Las células no utilizadas de su cerebro conservan recuerdos raciales heredados, que se remontan a sus antepasados más lejanos. Mediante nuestra energía mental haremos que esos recuerdos enterrados aparezcan transitoriamente en su conciencia, con toda nitidez, Experimentará las mismas sensaciones y verá las mismas escenas que presenciaron sus antepasados remotos hace millones de años. Y nosotros, que estamos a su alrededor, podremos leer su mente como hacemos ahora y ver lo que usted está viendo, para conocer el pasado de este planeta. No correrá ningún peligro. Físicamente seguirá aquí, pero mentalmente viajará a través de las edades. Para empezar, retrotraeremos su mente hasta el momento aproximado en que nuestros pobladores llegaron a este mundo, para averiguar lo que les sucedió.

Apenas acababa de llegar a la mente de Woodin este pensamiento, la escena iluminada por las estrellas y las masas de los arctarios se desvanecieron súbitamente y su conciencia pareció girar en un torbellino de niebla gris. Sabía que físicamente no se había movido, pero mentalmente experimentó una sensación de tremenda velocidad. Era como si su mente cayera por abismos inimaginables al tiempo que se dilataba su cerebro. Luego, de súbito, la niebla gris desapareció. Una escena extraña y nueva se formó poco a poco en la mente de Woodin. Era una escena intuida, y no vista, que se presentó a su mente por medios distintos de la visión, pero no por ello menos auténtica y vívida. Vio con aquellos sentidos extraños una tierra extraña, un mundo de mares grises y ásperos continentes de roca, sin la menor huella de vida. El cielo estaba encapotado y la lluvia caía continuamente. Woodin se sintió caer sobre aquel mundo con un ejército de compañeros pavorosos. Cada uno era una masa amorfa, resplandeciente, unicelular, con un núcleo oscuro en el centro. Eran arctarios, y Woodin supo que él era un arctario y que había recorrido con los demás un largo camino a través del espacio hacia aquel mundo.

Se posaron en grupos sobre el planeta áspero y sin vida. Esforzaron sus mentes, y mediante la fuerza telecinésica total de la energía mental, modificaron el mundo material para adaptarlo a su favor. Levantaron grandes estructuras y ciudades, ciudades que no eran de materia sino de pensamiento. Pavorosas ciudades construidas con energía mental cristalizada. Woodin no logró comprender ni la i-nillonésima parte de las actividades que veía realizarse en aquellas extrañas ciudades arctarias de pensamiento. Percibió una gran masa ordenada de análisis, investigación, experimento y comunicación, pero fuera del alcance de su actual mente humana en cuanto a sus motivos y logros. De improviso, todo se disolvió de nuevo en nieblas grises. La niebla se levantó casi en seguida, y Woodin vio otra escena. Esta ocurría en una era posterior. Woodin vio que el tiempo había producido cambios extraños en los grupos de arctarios, a los cuales aún pertenecía. Habían pasado de seres unicelulares a seres multicelulares. Y ya no eran todos iguales. Algunos vivían fijos en un lugar, y otros eran móviles. Algunos mostraban atracción por el agua y otros por la tierra. Algunos, al correr de las generaciones, habían modificado la forma corporal de los arctarios, diversificándose en varias ramas.

Esta extraña degeneración de sus cuerpos iba acompañada de una degeneración análoga de sus mentes. Woodin lo advirtió con sus sentidos. En las ciudades de pensamiento, el ordenado proceso de la búsqueda de conocimientos y poder se había vuelto confuso, caótico. Y las mismas ciudades de pensamiento empezaban a decaer, pues los astarios ya no tenían energía mental suficiente para conservarlas. Los arctarios quisieron averiguar qué era lo que provocaba en ellos aquella extraña degeneración corporal y mental. Supusieron que algo afectaba a los genes de sus cuerpos, pero no lograron averiguar el porqué. ¡En ningún otro mundo habían degenerado así! La escena pasó pronto a otra muy posterior. Ahora Woodin la veía, pues el antepasado a través de cuya mente miraba estaba dotado de ojos. Y vio que la degeneración se había generalizado; los cuerpos multicelulares de los arctarios estaban cada vez más afectados por las enfermedades de la complejidad y la diversificación. La última de las ciudades de pensamiento ya había desaparecido. Los otora poderosos arctarios estaban convertidos en organismos espantosamente complejos que degeneraban aún más. Algunos reptaban y nadaban en las aguas, y otros estaban fijos en la tierra.

Aún conservaban parte de la gran mentalidad original de sus antepasados. Aquellos seres monstruosamente degenerados, terrestres o acuáticos, que vivían en lo que la mente de Woodin conoció ser el final de la era paleozoica, aún hacían frenéticos e inútiles esfuerzos por detener el terrible avance de su degradación. La mente de Woodin presenció otra escena posterior, del mesozoico. El aumento de la degeneración había convertido a los descendientes de los pobladores en un grupo de razas aún más horribles. Ahora eran grandes seres con patas unidas por una membrana, con escamas y garras, reptiles que vivían en la tierra y en el agua. Pero en aquellas criaturas increíblemente modificadas aún alentaba un débil resto del poder mental de sus antepasados. En vano intentaban comunicarse con los arctarios de soles lejanos para notificarles su desgracia. Pero sus mentes ya eran demasiado débiles. Luego apareció una escena del cenozoico. Los reptiles se habían convertido en mamíferos, y la evolución descendente de los arctarios había avanzado aún más. En aquellos descendientes degenerados sólo quedaban ínfimos residuos de la mentalidad original. Aquella lamentable descendencia dio lugar a una especie aún más estúpida y carente de poder mental que todas las anteriores: simios terrestres que recorrían las frías llanuras en manadas charlatanas y pendencieras. Los últimos despojos de la herencia arctaria, los antiguos instintos de dignidad, limpieza y paciencia habían desaparecido de aquélla.

Luego una última imagen ocupó el cerebro de Woodin. Era el mundo actual el que conocía por sus propios ojos. Pero lo vio y comprendió como nunca: un mundo en donde la degeneración había llegado a su límite extremo. Los simios se convirtieron en seres bípedos aún más débiles que habían perdido hasta el recuerdo de la herencia de la vieja mentalidad arctaria. Aquellas criaturas incluso carecían de muchos sentídos que los simios anteriores a ellos habían poseído. Y estas criaturas, estos humanos, se degradaban con rapidez creciente. Al principio mataron, como sus antepasados animales, para procurarse alimento, pero luego aprendieron a matar sin ton ni son. Y aprendieron a guerrear entre sí, divididos en grupos, tribus, naciones y hemisferios. En la locura de su degradación, se asesinaron entre sí hasta que la Tierra quedó regada de su sangre. Eran aún más crueles que los simios que los habían precedido con la crueldad inútil del loco. Y en su locura sin freno acabaron por morir de hambre en medio de la abundancia, por matarse entre sí en sus ciudades, por soportar el flagelo de unos temores supersticiosos que ningún otro ser antes que ellos conoció.

Eran los últimos y terribles descendientes, el último producto degenerado de los antiguos pobladores arctarios, que otrora fueran reyes del intelecto. Los demás animales fueron prácticamente eliminados. Ellos, los últimos monstruos horrorosos, pronto iban a dar fin a la terrible historia destruyéndose totalmente entre sí en su locura. Woodin volvió en sí de súbito. Se hallaba de pie en el centro del claro, a orillas del río, bajo la luz de las estrellas. Y a su alrededor seguían inmóviles los diez arctarios amorfos, en silencioso círculo. Embotado, mareado por la terrible y espantosa visión que su mente había recorrido con increíble claridad, miró uno a uno a los arctarios. Los pensamientos de éstos aún turbaban su cerebro, poderosos y sombríos, conmocionados de horror y de un desprecio terrible. El horrorizado pensamiento del líder arctario llegó a la mente de Woodin.

-Así pues, eso fue lo que se hizo de los enviados arctarios que vinieron a este mundo. Degeneraron, se convirtieron en formas de vida cada vez más inferiores, y estas entidades lamentables y enfermizas que ahora se aglomeran en este mundo son sus últimos descendientes. ¡Este es un planeta de horror letal! Un planeta que de algún modo daña los genes de nuestra raza y la hace cambiar corporal y mentalmente, motivando que a cada generación empeore más. Ante nosotros tenemos el espantoso resultado.
El temeroso pensamiento de otro arctario preguntó:
-¿Qué podemos hacer ahora?
-No podemos hacer nada -declaró el líder con solemnidad-. Esta degradación, este espantoso proceso ha avanzado demasiado para que podamos invertirlo ahora. En este mundo envenenado, nuestros hermanos inteligentes se convirtieron en entidades horrorosas; ahora nosotros no podemos invertir la situación y restaurarlos a partir de los seres degradados que son sus descendientes.
Woodin recobró la voz y gritó aguda, estentóreamente:
-¡No es cierto! ¡Lo que he visto ha sido una gran mentira! ¡Nosotros, los humanos, no somos el producto de una involución patológica, sino el resultado de muchas eras de evolución ascendente! ¡Lo afirmo! Pues no querríamos vivir, yo no querría vivir si lo contrario fuera cierto. ¡No puede ser cierto!

El pensamiento del líder arctario, dirigido a las demás formas amorfas, penetró en su cerebro delirante. Estaba cargado de compasión, pero su desprecio sobrehumano también era intenso.

-Vámonos, hermanos míos -decía el arctario a sus compañeros-. No podemos hacer nada en este mundo que corrompe el alma. Partamos antes de resultar envenenados y modificados también nosotros. Notificaremos a Arctar que éste es un mundo envenenado, un mundo de degradación, para que ninguno de nuestra raza venga aquí y descienda por el espantoso camino que aquéllos recorrieron. ¡Vamos! Regresemos a nuestro sol.

La abultada forma del líder arctario se acható, adoptó la forma de un disco y luego se elevó en el aire. Los otros también cambiaron, le siguieron en formación, y un Woodin estupefacto les vio subir y convertirse en puntos que se elevaban rápidamente bajo la luz de las estrellas. Se adelantó unos pasos, tambaleándose agitando los puños con delirio hacia los puntos brillantes que se alejaban.

-¡Regresad, malditos! -aulló-. ¡Regresad y juradme que era mentira! ¡Ha de ser una mentira..., tiene que ... !

En el cielo tachonado de estrellas ya no quedaba rastro de los arctarios. La oscuridad que rodeaba a Woodin era siniestra y absoluta. Volvió a gritar en la noche, pero sólo le respondió un eco burlón. Con los ojos desencajados, tambaleante y con el alma hecha añicos, su mirada se fijó en la pistola que Ross tenía en la mano. La cogió con un grito ronco. De súbito, la calma del bosque fue rota por un brusco estampido, que retumbó un instante, hasta extinguirse el último eco. Luego todo volvió a quedar en silencio, excepto el riente murmullo del río.

Janet Torcida. Robert Louis Stevenson (1850-1894)

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida, sin familia, ni criado, ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el pulpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.

La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del Sr. Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.

Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente incluso de la parroquia ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del Sr. Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.

Cincuenta años atrás, cuando el Sr. Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores, preocupados y serios se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados... malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades. Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda ninguna de que el Sr. Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros — más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobretodo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó ser que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.

De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M'Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key's Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.

Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M'Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!

—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios os ordeno que la soltéis.

Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.

—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?
—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda mi vida.
—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?

Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.

—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, id a vuestras casas y pedid perdón a Dios.

Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.

Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M'Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente, que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.

Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.

A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.

Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.

Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en éste había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Éste aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.

Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M'Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.

—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?
—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.
Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.
—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.
Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.
—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.

Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.

Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua, profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.

Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.

Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella, ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.

Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero... poco sospechaba de qué enfermedad.

Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.

El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró —pocos le habrían seguido—, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.

«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está muerta.»

Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el palpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.

Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.

Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» —dijo—, «dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.»

Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet «la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir... muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.

Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el Sr. Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.

—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.

Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.

Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M'Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.

Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo.

Incidente en el puente de Owl Creek. Ambrose Bierce (1842-1914)

I.
Desde un puente ferroviario de Alabama del Norte, un hombre miraba las aguas que se deslizaban veloces veinte pies más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, ceñidas las muñecas por una cuerda. Una soga atada a una viga, sobre su cabeza, le rodeaba flojamente el cuello; el seno de la soga pendía al nivel del sus rodillas. Algunos tablones sueltos, colocados sobre los durmientes que sustentaban las vías férreas, sosteníanle a él y a sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, dirigidos por un sargento que, en tiempos de paz, podría haber sido ayudante de sheriff. A corta distancia, y sobre la misma improvisada plataforma, había un oficial armado, con el uniforme correspondiente a su graduación: capitán. En cada extremo del puente, un centinela en posición de presentar armas, es decir, con el fusil vertical frente al hombro izquierdo, el percutor apoyado en el antebrazo, y éste horizontal y rígido a través del pecho; posición solemne y antinatural, que obliga a mantener el cuerpo erguido. En apariencia, estos dos hombres no debían darse por enterados de lo que ocurría en el centro del puente; se limitaban a bloquear los dos extremos de la tablazón que lo atravesaba. Detrás de uno de los centinelas no se divisaba a nadie: las vías férreas penetraban rectamente en un bosque, en un trecho de cien yardas, y después se curvaban y desaparecían.

Más lejos, seguramente, habría un puesto de avanzada. La opuesta margen del río era terreno despejado, una suave cuesta coronada por una barrera de troncos verticales, aspillerada para los fusiles, con una sola tronera por donde asomaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. En mitad de la cuesta, entre el puente y el fuerte, estaban los espectadores: una compañía de infantería de línea, en posición de descanso, las culatas de los fusiles apoyadas en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. A la derecha de la formación había un teniente; la punta de su espada rayaba el suelo; su mano izquierda descansaba sobre la derecha. Salvo el grupo de cuatro hombres que ocupaban el centro del puente, nadie se movía. Los soldados miraban con fijeza el puente, pétreos e inmóviles. Los centinelas, apostados en las márgenes del río, parecían estatuas. El capitán., de brazos cruzados, silencioso, observaba la labor de sus subordinados, pero sin hacer un gesto. La muerte es un personaje que, cuando viene precedido de anuncio, deben recibir con formales manifestaciones de respeto aun aquellos que más familiarizados están con ella. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son otras tantas formas de respeto. El hombre cuya ocupación, en aquel instante, era hacerse ahorcar, aparentaba unos treinta y cinco años. Vestía de paisano, de hacendado, para ser más exactos.

Sus rasgos eran regulares: nariz recta, boca firme, frente amplia, larga cabellera oscura peinada hacia atrás, que detrás de las orejas caía sobre el cuello de la chaqueta bien ceñida al cuerpo. Tenía bigote y barba en punta, pero no patillas; sus ojos eran grandes, de color gris oscuro, y abrigaban una expresión bondadosa, sorprendente en quien, como él, tenía la garganta ceñida por la soga. No era, evidentemente, un asesino vulgar. Pero el código militar, muy liberal en estas cosas, prevé la posibilidad de ahorcar a toda clase de gentes, sin excluir a los caballeros. Acabados los preparativos, los dos soldados se apartaron llevándose los tablones que les habían servido de sostén. El sargento volvióse hacia el capitán, saludó y se colocó tras él; el oficial, a su vez, dio un paso a un costado. Estos movimientos dejaron al reo y al sargento parados en los extremos del mismo tablón, que atravesaba tres durmientes. El extremo que sostenía al condenado tocaba casi un cuarto durmiente; el peso del capitán había mantenido firme el tablón; ahora lo afianzaba el del sargento. A una señal de aquél, el sargento daría un paso a un costado, se volcaría la tabla y el reo caería entre dos durmientes. El condenado debió reconocer que el procedimiento era simple y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Contempló un instante su "inseguro apoyo"; después dejó que su mirada vagase sobre el agua del río que corría debajo. Llamóle la atención un pedazo de madera flotante que danzaba en el agua, y sus ojos lo observaron descender la corriente. ¡Con cuánta lentitud se movía! ¡Qué arroyo perezoso!

Cerró los ojos, para fijar sus últimos pensamientos en su esposa y sus hijos. El agua dorada por el sol matinal, las melancólicas nubecillas de vapor allá lejos, junto a las márgenes del río; el fuerte, los soldados, el leño flotante, todas esas cosas lo habían distraído. Y ahora tuvo conciencia de una nueva perturbación, que desintegraba el recuerdo de sus seres amados. Era un sonido que no podía. ignorar ni comprender, una percusión aguda, neta, metálica, como el golpe del martillo sobre el yunque del herrero; una sucesión de notas tintineantes. Se preguntó, qué era, y si estaba lejos o cerca, pues tanto parecía lo uno como lo otro. Su ritmo era regular, pero lento como el de las campanas que tocan a difunto. Aguardaba cada toque con impaciencia y, sin saber por qué, con aprensión. Los intervalos de silencio se alargaron progresivamente; las demoras se tornaron obsesivas. A medida que se volvían más infrecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y agudeza. Heríanle el oído como puñaladas; sintió miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y nuevamente vio el agua a sus pies. "Si pudiera desatarme las manos —pensó—, acaso tendría tiempo para desceñirme la soga y zambullirme en el río. Buceando, podría escapar a las balas, y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, ganar el bosque y llegar a mi casa. Las líneas del enemigo, gracias a Dios, no han rebasado mi casa; los invasores no han llegado aún a mi esposa y mis hijos." Mientras el cerebro del condenado, más que elaborar estos pensamientos que hemos intentado traducir en palabras, los recibía como fugaces destellos, el capitán hizo al sargento la señal convenida. El sargento dio un paso a un costado.

II
Peyton Farquhar era un hacendado rico, perteneciente a una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo amo de esclavos y político, como todos los demás esclavistas, era también naturalmente secesionista de a lma y ardoroso partidario de la causa sudista. Motivos de fuerza mayor, que no es menester relatar aquí, le impidieron sentar plaza en el valeroso ejército que luchó en las desastrosas campañas cuya culminación fue la caída de Corinth. La inactividad, sin embargo, acabó por enardecerlo como una afrenta. Deseaba una válvula de escape para sus energías, anhelaba la vida noble del soldado y la oportunidad de distinguirse. Y estaba seguro de que tarde o temprano se le presentaría la oportunidad, como se presenta a todos en tiempo de guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ningún servicio le habría parecido demasiado humilde, siempre que contribuyera a la causa del Sur; ninguna aventura demasiado peligrosa, siempre que estuviera acorde con el carácter de un paisano que, en el fondo de su corazón, era militar, y que de buena fe y sin mayor discriminación e staba de acuerdo, al menos en parte, con el aforismo que dice — con evidente infamia— que en la guerra y en el amor sólo importan los medios. Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada del parque, un jinete con uniforme gris llegó al portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar tuvo a honra el servirle con sus propias manos.

Mientras iba en busca del agua, su esposo se acercó al . polvoriento jinete y le preguntó con ansiedad que noticias traía del frente. —Los yanquis están arreglando las vías férreas — respondió el hombre—, y se preparan para otro avance. Han llegado al puente de Owl Creek. Lo repararon y alzaron una empalizada en la otra margen:
—El comandante publicó un bando y lo hizo clavar en todas partes. Dice que cualquier civil a quien se sorprenda dañando las vías férreas, puentes, túneles o trenes será ahorcado sumariamente. Yo mismo vi el bando. —¿Qué distancia hay de aquí al puente de Owl Creek?
—Unas treinta millas. —Y de este lado del arroyo, ¿no hay fuerzas enemigas?
—Sólo un puesto avanzado, a media milla de distancia, sobre el ferrocarril, y un centinela en la cabeza del puente.
—Y si un hombre, un civil, un perito en ahorcaduras —dijo Farquhar sonriendo—, eludiera el puesto de avanzada y dominara al centinela, ¿qué podría hacer?
El soldado reflexionó.
—Estuve allí hace un mes —repuso—. Observé que la inundación del invierno último había acumulado una gran cantidad de leños flotantes contra la primera pila del puente. Ahora la madera está seca y arderá como estopa. La mujer trajo el agua, que el soldado bebió. Le agradeció ceremoniosamente, hizo una reverencia a su esposo y se marchó. Una hora después, ya entrada la noche, volvió a pasar por la plantación, rumbo al norte, de donde había venido. Era un espía federal.

III.
Al caer en línea recta entre las traviesas del puente, Peyton Farquhar perdió el sentido, y fue como si perdiera la vida. De ese estado vino a sacarle —siglos después, o tal al menos le pareció el dolor de una fuerte presión en la garganta, seguido por una sensación de sofoco. Agudos, lacerantes alfilerazos irradiaban de su garganta y estremecían hasta la última fibra de su cuerpo y de sus extremidades.

Esas lumbraradas de dolor parecían propagarse a lo largo de ramificaciones perfectamente definidas, y pulsar con periodicidad inconcebiblemente veloz. Eran como, pequeños torrentes de fuego palpitante que calentaban su cuerpo a una temperatura insoportable. En cuanto a su cabeza, sólo experimentaba una sensación de congestión, como si fuera a estallarle. Estas impresiones estaban desligadas del pensamiento. La parte intelectual de su ser ya se había desvanecido; sólo podía sentir, y sentir era el tormento. Tenía conciencia de que se estaba moviendo. Rodeado por una nube luminosa, de la que era apenas el corazón incandescente, ya sin sustancia material, se balanceaba en inconcebibles arcos de oscilación, como un vasto péndulo. De pronto, con terrible subitaneidad, la luz que lo rodeaba saltó disparada hacia arriba, y sintió el chapoteo de una zambullida.

Un estruendo brutal palpitaba en sus oídos, y todo estaba frío y oscuro. Recuperó la facultad de pensar: comprendió que la soga se había cortado; había caído al arroyo. La sensación de asfixia no aumentó: el nudo que le apretaba el cuello lo sofocaba ya e impedía que el agua llegara a sus pulmones. ¡Morir estrangulado en el fondo de un río! La idea le pareció absurda. Abrió los ojos en la negrura, y vio sobre su cabeza un fulgor, pero ¡cuán distante, cuán inaccesible! Seguía hundiéndose, porque la luz se tornaba más débil, cada vez más débil, hasta convertirse en mera vislumbre. Después comenzó a crecer y abrillantarse, y adivinó que ascendía a la superficie... Lo comprendió con disgusto, pues había empezado a experimentar una sensación de bienestar.

"Ahorcado y ahogado —pensó—, vaya y pase; pero no quiero que me baleen. No, no quiero que me baleen; no es justo." No tuvo conciencia del esfuerzo, pero un agudo dolor en las muñecas le advirtió que estaba tratando de soltar sus manos. Prestó cierta atención indiferente al forcejeo, como un curioso que observa las proezas de un juglar, sin interesarse mucho por el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué vigor magnífico y sobrehumano! ¡Ah, valerosa empresa! ¡Bravo! La cuerda estaba rota; sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba; las manos tornáronse vagamente visibles a la luz que aumentaba. Con renovado interés las observó precipitarse —primero una, después la otra— sobre el nudo que le ceñía el cuello. Lo arrancaron y lo echaron ferozmente a un costado, y las ondulaciones de la soga le hicieron pensar en una culebra de agua. —¡Átenla otra vez! ¡Átenla otra vez!

Creyó gritar estas palabras a sus manos. Porque a la ausencia del nudo habían sucedido las más espantosas ansias experimentadas hasta ese momento. El cuello le dolía terriblemente; el cerebro lo sentía como incendiado; el corazón, que hasta entonces había aleteado débilmente, le pareció que daba un gran salto y buscaba salírsele por la boca. Sentía todo el cuerpo atormentado y dilacerado por insoportables ramalazos. Pero sus manos rebeldes no obedecían la orden. Golpeaban vigorosamente el agua, con rápidas brazadas verticales, obligándole a salir a la superficie. Sintió emerger su cabeza; el pecho se le expandió convulsivamente, y con un supremo estremecimiento de dolor sus pulmones aspiraron una gran bocanada de aire, que expelió instantáneamente con un aullido. Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos. Más aún, los sentía sobrenaturalmente aguzados y vigilantes. Algo, dentro de la terrible perturbación de su sistema orgánico, se los había exaltado y refinado a tal punto que registraban cosas jamás percibidas anteriormente. Sentía los rizos del agua, escuchaba separadamente el ruido que hacía cada uno de ellos al chocar contra su cara. Miró el bosque en la margen del arroyo, vio los árboles, las hojas, las nervaduras (le cada hoja... vio los árboles, las hojas, las nervaduras (le cada hoja... vio los insectos que se movían en las hojas, las cigarras, las mariposas multicolores, las arañas grises que tendían sus telas entre una rama y otra. Percibió los colores prismáticos de las gotas de rocío en millones de briznas de hierba.

El zumbido de los mosquitos que danzaban sobre los remansos de la corriente, el chasquido de alas de las libélulas, los golpes de las patas de las esquilas, como remos impulsando un bote... Oía con perfecta claridad todos esos sonidos. Bajo sus ojos se deslizó un pez, y oyó el ruido que hacía su cuerpo hendiendo el agua. Había salido a la superficie, de espaldas al puente. Un segundo más tarde el mundo visible pareció girar, pausado, tomándolo a él como centro, y entonces vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados rasos, sus verdugos. Estaban recortados en silueta contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo; el capitán había desenfundado su pistola, pero no hizo fuego; los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, gigantesca su estampa.

Súbitamente oyó una detonación y algo chasqueó en el agua a pocos centímetros de su cabeza, salpicándole la cara. Luego, un segundo estampido, y vio a uno de los centinelas, fusil al hombro; una nubecita de humo brotaba del caño. El fugitivo vio el ojo de aquel hombre clavado en los suyos, detrás de la mira del fusil. Era un ojo gris, y recordó haber leído alguna vez que los ojos grises eran los más certeros, y que todos los tiradores famosos tenían ojos grises. Éste, sin embargo, había errado. Un remolino atrapó a Farquhar y lo hizo dar media vuelta; quedó mirando nuevamente el bosque de la orilla opuesta al fuerte. Una voz clara y penetrante, que entonaba una cantilena monótona, vibraba ahora a sus espaldas y se deslizaba sobre el agua con una nitidez que perforaba y mitigaba todos los otros ruidos, inclusive el palpitar de las ondas contra su rostro. Aunque no era soldado, había frecuentado los campamentos lo bastante para comprender la significación terrible de ese canturreo deliberado, arrastrado y lento. El teniente, en la orilla, había resuelto intervenir en los acontecimientos matinales. Cuán frías e inmisericordes, con qué entonación inexpresiva y tranquila, presagiando y afianzando la serenidad de los tiradores, cuán exactamente espaciadas cayeron aquellas crueles palabras: —Atención, compañía... Preparen armas... Listos... Apunten... Fuego. Farquhar buceó, se hundió todo lo que pudo. El agua aullaba en sus oídos con la voz del Niágara, y aun así, escuchó el trueno opaco de la salva, y al ascender a la superficie halló en su camino relucientes fragmentos metálicos, singularmente achatados, que bajaban oscilando lentamente. Algunos lo tocaron en la cara y en las manos; después se desprendieron y siguieron su descenso. Uno se alojó entre el cuello de su camisa y la nuca; estaba desagradablemente tibio, y Farquhar lo arrancó de un tirón. Al salir jadeando a la superficie, comprendió que había estado mucho tiempo bajo el agua. La corriente lo había arrastrado en forma perceptible. Estaba cada vez más cerca de la salvación. Los soldados acababan de cargar nuevamente sus armas; las baquetas metálicas llamearon simultáneamente a la luz del sol, al salir de las bocas de los fusiles; describieron un círculo en el aire y desaparecieron en las fundas. Los dos centinelas hicieron fuego nuevamente, por separado, mas sin puntería.

El perseguido vio todo esto por sobre el hombro; ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro funcionaba con tanta energía como sus brazos y sus piernas. Sus pensamientos tenían la velocidad del relámpago. "El oficial —razonó— no repetirá ese error, típico del militar riguroso. Es tan fácil esquivar una andanada como un solo tiro. Probablemente ha ordenado ya fuego a discreción. ¡Válgame Dios, no puedo eludir todas las balas!" A dos pasos (le distancia hubo un tremendo chapoteo, y luego un sonido penetrante y móvil, que pareció propagarse de regreso al fuerte, y culminó en una explosión que conmovió el río hasta sus profundidades. Una columna de agua descendió sobre él, cegándolo, estrangulándolo. El cañón participaba en el juego. Al asomar la cabeza en el hervor del agua convulsionada, oyó el silbido del rebote, y casi al mismo tiempo la bala tronchaba estruendosamente los arbustos del bosque cercano. "No volverán a equivocarse —pensó—. La próxima vez usarán metralla. No debo perder de vista ese cañón. El humo me servirá de advertencia; la detonación llega demasiado tarde, demora más que el proyectil. Es un buen cañón." Súbitamente sintió que giraba y giraba como un trompo. El agua, las márgenes, el puente ahora distante, el fuerte y los hombres, todo estaba mezcla(lo y confuso. De los objetos, sólo percibía el color: bandas horizontales y circulares de color. Giraba en el centro de un torbellino, y la velocidad de rotación y de avance lo enfermaba y aturdía. Pocos segundos más tarde fue lanzado sobre la grava, al pie de la margen izquierda del río (la margen meridional) , detrás de una saliente que lo ocultaba a sus enemigos. Lo volvieron a la realidad la súbita interrupción del movimiento y el escozor de una de sus manos lacerada por la arenilla. Lloró (le alegría. Hundió los dedos en la arena, la derramó a puñados sobre su cabeza y la bendijo en alta voz. Era como el oro, como una lluvia de diamantes, rubíes, esmeraldas. Nada había más hermoso. Los árboles de la ribera parecían gigantescas plantas de jardín; notó en ellos un orden definido. Aspiró la fragancia de sus flores.

Entre los troncos brillaba una extraña luz rosada, y el viento arrancaba de sus ramas la música de las arpas eólicas. Peyton Farquhar no sintió deseos de perfeccionar su huida; se contentaba con permanecer en ese lugar encantado hasta que volvieran a capturarlo. Un zumbido, y luego un repiqueteo de metralla que conmovió las altas ramas de los árboles, lo arrancaron de su ensoñación. El frustrado artillero había disparado al azar un cañonazo de despedida. Peyton Farquhar se incorporó de un salto, corrió por el declive de la ribera y se internó en el bosque. Anduvo todo el día, orientándose por el sol. El bosque parecía interminable; no se veía un claro, ni siquiera una picada de leñadores. Nunca había creído vivir en una comarca tan salvaje; la revelación tenía algo de pavoroso. Al caer la noche estaba postrado por la fatiga y el hambre, con los pies llagados. El recuerdo de su esposa y de sus hijos lo obligó a seguir. Por fin halló un camino, y comprendió que iba en la dirección propicia. Era ancho y recto como una calle de ciudad; sin embargo, parecía intransitado. Ni campos cultivados lo bordeaban, ni habitación alguna, ni el ladrido (le un perro sugería la presencia humana.

Los troncos negros de los grandes árboles formaban paredes verticales a ambos lados, convergiendo en un punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Alzó la vista y vio fulgir grandes estrellas de oro, que le parecieron desconocidas y formaban extrañas constelaciones. Abrigó la certeza de que estaban agrupadas en un orden provisto de secreto y maligno significado. Poblaban el bosque a ambos lados extraños rumores: oyó, repetidamente, murmullos en un idioma desconocido. Le dolía el cuello. Al tocarlo con la mano lo notó horriblemente hinchado. Adivinó un círculo negro donde lo había ceñido la cuerda. Sentía los ojos congestionados; ya no podía cerrarlos. La sed le hinchaba la lengua: la sed y la fiebre; para mitigarla, sacó la lengua al aire fresco, entre los dientes. El césped de la intransitada alameda era como una alfombra blanda. Ya no sentía el camino bajo sus pies. Indudablemente, a pesar del sufrimiento, se ha quedado dormido mientras caminaba, porque ahora contempla otra escena... O quizá, simplemente, ha vuelto en sí después de un delirio. Se halla ante la reja de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brilla espléndido bajo el sol matinal. Seguramente ha caminado toda la noche.

Abre el portón, echa a andar por la amplia vereda blanca, ve un revuelo de faldas; su mujer, fresca, bella y dulce, baja (le la veranda a su encuentro. Al pie de la escalinata se queda esperando, con una sonrisa de inefable alegría, en una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Cuán hermosa es! Él avanza con los brazos abiertos. Y cuando va a estrecharla, siente un golpe demoledor en la nuca; una enceguecedora luz blanca fulgura a su alrededor, oye un ruido semejante a un cañonazo... ¡Después todo es oscuridad y silencio! Peyton Farquhar estaba muerto. Su cadáver, con el cuello quebrado, se balanceaba suavemente entre los maderos del viejo puente de Owl Creek.