lunes, 28 de diciembre de 2015

La búsqueda de Iranon. H.P. Lovecraft (1890-1937)

EL joven iba deambulando por la granítica ciudad de Teloth, coronado con hojas de vid, el pelo amarillo rebrillando por la mirra y el atavío púrpura rasgado por las zarzas de la montaña Sidrak, que se encuentra al otro lado del puente de piedra. Los hombres de Teloth son cetrinos y austeros y habitan en casas cuadradas, y ceñudos interrogaron al forastero sobre su procedencia, así como sobre su nombre y fortuna. A lo que el joven repuso:

—Soy Iranon y procedo de Aira, una ciudad lejana que recuerdo sólo débilmente, pero que deseo volver a encontrar. Canto canciones que aprendí en esa distante ciudad, y mi ambición reside en crear belleza con las cosas que recuerdo de la infancia. Mi fortuna está en esos pequeños recuerdos y sueños, y en los anhelos que entono en jardines cuando la luna es amable y el viento de poniente conmueve los capullos de loto.

Los hombres de Teloth, escuchando tales cosas, cuchichearon entre sí, ya que aunque no hay en la granítica ciudad ni risas ni cánticos, los adustos hombres miran a veces en primavera hacia las colinas Karthianas y piensan en los laúdes de la distante Oonai, conocida mediante relatos de viajeros. Y con tal pensamiento invitaron al forastero a quedarse y cantar en la plaza que existe frente a la torre de Mlin, aunque no gustaban del color de su ropa desgarrada, ni la mirra de sus cabellos, ni su tocado de hojas de parra, ni la juventud de su voz dorada. Iranon cantó por la tarde, y mientras lo hacía un anciano comenzó a rezar y un ciego afirmó ver una aureola sobre la cabeza del cantor. Pero la mayoría de aquellos hombres de Teloth bostezaron, y algunos se rieron y otros se fueron a dormir, ya que Iranon no les contó nada útil, cantando sólo sobre sus recuerdos, sus sueños y sus anhelos.

—Recuerdo el crepúsculo, la luna y cánticos suaves, y la ventana junto a la que me acunaban para que me durmiera. Y tras la ventana estaba la calle de donde llegaban luces doradas, donde danzaban las sombras sobre casas de mármol. Recuerdo el recuadro de luz de luna en el suelo, diferente a cualquier otra luz, y las visiones que danzaban sobre ese resplandor cuando mi madre me cantaba. Y recuerdo el sol de la mañana luciendo en el verano sobre las colinas multicolores, y la dulzura de las flores en alas del viento del sur, que hacía cantar a los árboles.

¡Oh, Aira, ciudad de mármol y berilo, cuán innumerables son tus bellezas! ¡Cuánto he amado las cálidas y fragantes arboledas al otro lado del cristalino Nithra, y las cascadas del pequeño Kra que corre por el verde valle! En aquellas frondas y en ese valle los niños se entretejían guirnaldas, y al anochecer yo soñaba sueños extraños bajo los árboles de montaña mientras contemplaba las luces de la ciudad abajo, y el serpenteante Nithra reflejando una cinta de estrellas.

Y en la ciudad había palacios de mármol colorido y veteado, con cúpulas doradas y muros pintados, y jardines verdes con pálidos estanques y fuentes cristalinas. Con frecuencia jugaba en esos jardines, chapoteando en los estanques, y yací y soñé entre las pálidas flores bajo los árboles. Y a veces, al ponerse el sol, subía por la larga calle empinada hacia la ciudadela y la explanada, y oteaba sobre Aira, la mágica ciudad de mármol y berilo, espléndida en su atuendo de luces doradas.

Mucho hace que me faltas, Aira, pues yo era demasiado joven al partir hacia el exilio, pero mi padre era tu rey y yo volveré a ti, ya que así lo ha decretado el sino. Por los siete reinos te he buscado y algún día gobernaré sobre tus arboledas y jardines, tus calles y palacios, y cantaré ante hombres capaces de apreciar mi canto, que no se mofen ni me den la espalda. Porque soy Iranon, el que fuera príncipe de Aira...

Esa noche los hombres de Teloth alojaron al forastero en un establo y a la mañana siguiente un arconte fue a él y le instó a acudir a la tienda de Athok, el zapatero remendón, y hacerse aprendiz suyo.
—Pero yo soy Iranon, cantor de canciones –dijo–. No estoy hecho para el oficio de remendón.
—En Teloth todos han de trabajar duro –replicó el arconte–, tal es la ley.
Entonces Iranon repuso:
—¿Por qué habéis de afanaros? ¿Acaso no podéis vivir y ser felices? ¿Si trabajáis tan sólo para trabajar aún más, cuándo hallaréis la felicidad? ¿Trabajáis para vivir, estando hecha la vida de belleza y cánticos? Si no aceptáis cantores entre vosotros, ¿cuáles son los frutos de vuestro esfuerzo? Afanarse sin canciones es como un fatigoso viaje sin fin. ¿No es mejor la muerte?
Pero el arconte era hombre sombrío y no le entendió, así que recriminó al extranjero.
—Eres un joven extravagante y me disgustan tanto tu rostro como tu voz. Tus palabras resultan blasfemas, ya que los dioses de Teloth afirman que el trabajo arduo es bueno. Nuestros dioses nos han prometido un paraíso de luz tras la muerte, en el que descansaremos por toda la eternidad, y una frialdad cristalina en la que nadie turbará su mente con pensamientos o sus ojos con belleza. Ve a Athok el zapatero o márchate de la ciudad al ocaso. Aquí hay que esforzarse, y el cantar resulta una tontería.

Así que Iranon abandonó el establo y fue por las estrechas calles de piedra, entre lóbregas casas cuadradas de granito, buscando algo verde en el aire de la primavera. Pero en Teloth no había nada verde, ya que todo era de piedra. Los semblantes de los hombres eran ceñudos, pero junto a un dique de piedra, junto al perezoso río Zuro, se sentaba un mozo de ojos tristes, contemplando las aguas en busca de las verdes ramas en flor arrastradas desde las colinas por los torrentes. Y el muchacho le dijo:

—¿No eres, de hecho, aquel del que hablan los arcontes, el que busca una lejana ciudad en una tierra hermosa? Yo soy Romnod, nacido de la estirpe de Teloth, pero no soy tan viejo como esta ciudad de granito y anhelo a diario las cálidas arboledas y las distantes tierras de belleza y canciones. Más allá de las colinas Karthianas está Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, de la que los hombres cuentan que es a un tiempo adorable y terrible. Quisiera ir allí apenas sea lo bastante mayor como para encontrar el camino, y allí debieras acudir tú, ya que podrías cantar y encontrar auditorio. Dejemos esta ciudad de Teloth y viajemos juntos a través de las colinas primaverales. Tú me enseñarás los caminos y yo escucharé tus cantos al atardecer, cuando las estrellas, una tras otra, enciendan sueños en la imaginación de los soñadores. Y tal vez esa Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, sea la añorada Aira que buscas, ya que dices que no has visto Aira desde la infancia, y los nombres suelen cambiar. Vamos a Oonai, ¡Oh Iranon de los dorados cabellos!, donde los hombres sabrán de nuestro anhelo y nos recibirán como hermanos, sin reírse ni fruncir el ceño ante nuestras palabras.

E Iranon repuso:

—Sea, pequeño; y quienquiera que en esta ciudad de piedra ansíe la belleza, debe buscarla en las montañas y aún más allá, y yo no te dejaré aquí, suspirando junto al perezoso Zuro. Pero no creas que el placer y el contento existen al pasar las colinas Karthianas, ni en cualquier sitio que puedas encontrar en un día, un año o aun en un lustro de viaje. Mira, cuando yo era tan pequeño como tú vivía en el valle de Narthos, junto al gélido Xari, donde nadie prestaba atención a mis sueños, y me decía a mí mismo que al ser mayor me iría a Sinara, en la ladera sur, y cantaría para los sonrientes camelleros en la plaza del mercado.

Pero cuando fui a Sinara encontré a los camelleros completamente ebrios y alborotados, y vi que sus cantos no eran como los míos; así que bajé en barcaza el Xari hasta Jaren, la de las murallas de ónice. Y los soldados de Jaren se rieron de mí y me expulsaron, así que hube de viajar por muchas otras ciudades. He visto Stethelos, que está bajo una gran catarata, y el marjal donde una vez se alzara Sarnath. Estuve en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, junto al tortuoso río Ai, y he vivido mucho tiempo en Olatoë, en el país de Lomar. Pero aunque a veces he tenido auditorio, siempre ha sido escaso, y sé que sólo seré bienvenido en Aira, la ciudad de mármol y berilo donde mi padre fuera otrora rey. Así que buscaremos Aira, aunque haremos bien en visitar la lejana y bendecida por los laúdes Oonai, cruzando las colinas Karthianas, que pudiera ser en efecto Aira, aunque lo dudo. La belleza de Aira es inimaginable, y nadie puede hablar de ella sin extasiarse, mientras que los camelleros susurran lascivamente acerca de Oonai.

Al caer el sol, Iranon y el pequeño Romnod abandonaron Teloth y vagabundearon largo tiempo por las verdes colinas y las frescas frondas. El camino resultaba arduo y oscuro, y no parecían encontrarse nunca cerca de Oonai, la ciudad de laúdes y bailes; pero en el crepúsculo, mientras salían las estrellas, Iranon pudo cantar sobre Aira y sus bellezas, y Romnod escucharlo, por lo que, en cierta forma, ambos fueron felices. Comieron frutas y bayas rojas en abundancia, y no se percataron del transcurso del tiempo, aunque debieron pasar muchos años. El pequeño Romnod no era ya tan chico y era de hablar profundo antes que estridente; pero Iranon parecía siempre el mismo y engalanaba su cabello dorado con hojas de vid y fragantes resinas halladas en los bosques. Así hubo de llegar el día en que Romnod pareció más viejo que Iranon, aunque era sumamente pequeño cuando éste lo descubrió mirando las verdes ramas en flor en Teloth junto al perezoso Zuro orillado de piedra.

Entonces, una noche, cuando la luna se encontraba llena, los viajeros llegaron a la cima de un monte y pudieron contemplar a sus pies las miríadas de luces de Oonai. Los campesinos les habían dicho que estaban cerca, e Iranon supo que ésa no era su ciudad natal de Aira. Las luces de Oonai no eran como aquellas de Aira, ya que resultaban duras y cegadoras, mientras que las luces de Aira resplandecían tan gentil y mágicamente como relucía el claro de luna sobre el suelo, a través de la ventana, cuando la madre de Iranon lo acunaba antaño entre canciones. Pero Oonai era ciudad de laúdes y bailes, por lo que Iranon y Romnod bajaron la empinada cuesta, pensando encontrar hombres a quienes deleitar con sus cantos y ensueños. Y al entrar en la ciudad hallaron celebrantes tocados de rosas, yendo de casa en casa y asomados a ventanas y balcones, que escuchaban las canciones de Iranon y le arrojaban flores, aplaudiendo acto seguido. Entonces, por un instante, Iranon creyó haber encontrado a quienes pensaban y sentían como él, aunque la ciudad no resultaba ni la centésima parte de hermosa de lo que fuera Aira.

Al alba Iranon miró alrededor desalentado, ya que las cúpulas de Oonai no eran doradas a la luz del sol, sino grises y tristes. Y los hombres de Oonai estaban empalidecidos por la juerga y aturdidos por el vino, totalmente distintos de los radiantes hombres de Aira. Pero ya que la gente le había arrojado flores y había aclamado sus cantos, Iranon se quedó, y con él Romnod, que gustaba de la juerga ciudadana y lucía en sus oscuros cabellos rosas y mirto. Iranon cantaba a menudo durante las noches para los juerguistas, pero seguía siendo el de siempre, coronado tan sólo con parra de las montañas y añorando las marmóreas calles de Aira y el cristalino Nithra. Cantó en los salones cubiertos de fresco del monarca, sobre un estrado de cristal que se alzaba sobre un suelo de espejo, y al cantar pintaba escenas para su auditorio, hasta que al fin el suelo pareció reflejar sucesos antiguos, hermosos y medio recordados, y no los concelebrantes rubicundos por el vino que le lanzaban rosas. Y el rey le hizo desechar su harapienta púrpura para vestir satén y brocados de oro, con anillos de jade verde y brazaletes de marfil teñido, y lo alojó en una sala dorada repleta de tapices, sobre una cama de dulce madera tallada, cubierta de doseles y colchas de seda con flores bordadas. Así residió Iranon en Oonai, la ciudad de laúdes y bailes.

No se sabe cuánto se demoró Iranon en Oonai, pero un día el rey llevó a su palacio un puñado de salvajes bailarinas del vientre del desierto liranio y cetrinos flautistas de Drinen en el este, y tras de eso los juerguistas no lanzaron sus rosas sobre Iranon con la misma generosidad que sobre las bailarinas y los flautistas. Y día tras día aquel Romnod que fuera niño en la granítica Teloth se volvía más rudo y colorado por el vino, al tiempo que menos y menos soñador, y escuchaba con menguante deleite las canciones de Iranon. Pero aunque Iranon se sentía triste no cesaba de cantar, y cada noche repetía sus sueños sobre Aira, la ciudad de mármol y berilo. Luego, una noche, el rubicundo e hinchado Romnod resolló pesadamente entre las arrulladoras sedas de su diván y murió debatiéndose, mientras Iranon, pálido y delgado, cantaba para sí mismo en una apartada esquina. Y cuando Iranon hubo llorado sobre la tumba de Romnod, y la hubo cubierto de verdes ramas en flor, tal como a Romnod solía gustarle, apartó sus sedas y ornatos y se marchó inadvertido de Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, vestido tan sólo con la desgarrada púrpura con la que llegara, engalanado con nuevas hojas de parra de las montañas.

Iranon vagabundeó hacia poniente, buscando aún su tierra natal y los hombres que podían entender y amar sus cantos y sueños. En todas las ciudades de Cydathria y en las tierras del otro lado del desierto Bnazico, muchachos de rostro alegre se reían de sus viejas canciones y sus rasgadas ropas púrpuras, pero Iranon se mantenía siempre joven, portando una corona sobre su dorada cabeza al cantar a Aira, delicia del pasado y esperanza del futuro. Entonces llegó una noche a la mísera choza de un viejo pastor, sucio y cargado de hombros, que guardaba su pequeño rebaño en una pedregosa ladera, sobre un pantano de arenas movedizas. Iranon se dirigió a este hombre, como a otros tantos:

—¿Sabrías decirme dónde hallar Aira, la ciudad de mármol y berilo, por donde fluye el cristalino Nythra y donde las cascadas del pequeño Kra cantan entre valles verdes y colinas arboladas?

Y el pastor, al oírlo, contempló larga y extrañadamente a Iranon, como recordando algo muy pretérito, y se fijó en cada rasgo del semblante del forastero, y en su dorado cabello, y en sus hojas de parra. Pero era muy viejo y meneó la cabeza al replicar:

—Oh forastero, es cierto que he oído el nombre de Aira y cuantos otros has pronunciado, pero proceden de lo más profundo de los años. Los escuché en la juventud de labios de un compañero de juegos, un pequeño mendigo trastornado por extraños sueños que era capaz de urdir interminables cuentos sobre la luna y las flores y el viento de poniente. Solíamos burlarnos de él a causa de su nacimiento, aunque él creyese ser hijo de rey. Era gallardo, como tú, pero lleno de locura e ideas extrañas; se marchó siendo pequeño para encontrar a quienes pudieran escuchar con agrado sus cantos y sueños. ¡Cuán a menudo me cantó sobre tierras que nunca existieron y cosas que jamás serán! Hablaba sin parar de Aira; de Aira y del río Nithra y las cascadas del pequeño Kra. Decía siempre que había vivido una vez allí como príncipe, aunque todos conocíamos su cuna. Nunca existió la marmórea ciudad de Aira ni quienes pudieran gustar de extraños cantos, excepto en los sueños de mi antiguo compañero de juegos Iranon, que ya no está con nosotros.

Y con el crepúsculo, mientras las estrellas iban encendiéndose una tras otra y la luna derramaba sobre el pantano una claridad semejante a la que un niño ve temblar sobre el suelo mientras le mecen para dormirlo, un hombre muy anciano, envuelto en desgarrada púrpura y tocado con marchitas hojas de parra, se internó en las letales arenas movedizas mirando adelante como si contemplara las doradas cúpulas de una hermosa ciudad donde los sueños encuentran comprensión. Y esa noche murieron en el antiguo mundo un poco de la juventud y la belleza.

La buena Lady Ducayne. Mary Elizabeth Braddon (1837-1915)

Bella Rolleston había llegado a la conclusión de que la única manera de el pan y ayudar a su madre a llevarse de vez en cuando una migaja a la boca era abrirse camino en el amplio y desconocido mundo como acompañante de una dama. Esta dispuesta a irse con cualquier señora lo suficientemente rica como para pagarle un salario y tan excéntrica como para desear una acompañante a sueldo. Cinco chelines apartados a regañadientes de uno de esos soberanos tan poco frecuentes para la madre y la hija, y que se desvanecían tan rápido, cinco chelines contantes y sonantes, habían sido entregados a una señora elegantemente vestida en una oficina de Harbeck Street, Londres, con la esperanza de que aquella misma gestora encontrase una ubicación y un salario para la Srta. Rolleston.

La gestora echó una mirada a las dos media coronas cuando quedaron sobre la mesa donde la mano de Bella las depositó para asegurarse de que no eran florines, luego redactó una descripción de las cualidades de Bella y sus requerimientos en un formidable libro de actas.

–No; no sé si no debo ofrecerme como gobernanta; acompañantes parece ser un nivel más bajo.
–Tenemos algunas Srtas altamente instruidas asentadas en nuestros libros como acompañantes o damas de compañía.
–¡Oh, comprendo! –parloteó Bella, muy locuaz en su candor juvenil–. Pero es algo bastante diferente. Mi madre no ha sido capaz de proporcionarme un piano desde que tengo doce años, de modo que remo haberme olvidado cómo se toca. Debo ayudar a mi madre con la costura y no me queda mucho tiempo para estudiar.
–Por favor, no malgaste su tiempo en darme explicaciones sobre lo que no puede hacer y tenga a bien decirme algo que sepa –dijo la gestora, jugueteando con la lapicera entre sus delicados dedos mientras esperaba para escribir–. ¿Puede leer en voz alta durante dos o tres horas cuanto menos? ¿Es enérgica y práctica, madrugadora, andariega, de temperamento apacible y servicial?
–Puedo contestar que sí a todas esas preguntas menos lo relativo al temperamento apacible. Creo que tengo un muy buen carácter y estoy ansiosa por atender a quienquiera que pague por mis servicios. Deseo que sientan que merezco realmente el salario que gano.
–La clase de señoras que vienen a verme no suelen interesarse en una acompañante charlatana –dijo la gestora con severidad, habiendo terminado de escribir en el libro–. Mis contactos residen principalmente entre la aristocracia, y en esa clase se exige la mayor deferencia.
–¡Oh, claro! –dijo Bella–. Pero es muy distinto cuando hablo con usted. Quiero decirle todo acerca de mí de una vez para siempre.
–¡Me alegraría que fuera una vez sola! –dijo la gestora, hablando para un costado.

La gestora era de una edad incierta. Llevaba un vestido de seda negra muy ajustado. Tenía una contextura frágil y un hermoso rodete postizo en la punta de la cabeza. Es posible que la aniñada frescura y la vivacidad de Bella hayan tenido un efecto irritante sobre sus débiles nervios luego de ocho horas diarias en ese calentado segundo piso de Harbeck Street. El apartamento que servía de oficina, con su alfombra de Bruselas, cortinas de terciopelo, sillas tapizadas en la misma tela y el sonoro tic-tac de un reloj francés sobre la repisa de la chimenea, sugería a Bella el lujo de un palacio, comparado con otro segundo piso en Waltworth donde la Señora Rolleston y su hija se las habían ingeniado para vivir durante los últimos seis años.

–¿Piensa que tiene algo en sus libros que pueda ser adecuado para mí? –balbuceó Bella, después de una pausa.
–¡Ay, querida, lamentablemente no! No tengo nada a la vista por el momento –respondió la gestora, que había guardado las medias coronas de Bella en una gaveta, mentalmente ausente, con la punta de sus dedos–. Ya ve, usted es muy inmadura, demasiado joven para ser acompañante de una señora de posición. Es una pena que no tenga educación suficiente como para ser institutriz, iría mejor con usted.
–¿Y cree que demorará mucho tiempo conseguirme una colocación?
–Realmente no sé decirle. ¿Tiene alguna razón particular para estar tan impaciente? Espero no sea un amorío.
–¡Un amorío! –exclamó Bella, sonrojándose–. ¡Qué verdadero disparate! Busco una colocación porque mi madre es pobre, y odio ser un peso para ella. Quiero un salario para compartirlo con ella.
–No habría mucho margen para compartir del salario que pueda conseguir a su edad y con sus modales tan inmaduros– dijo la gestora, que encontraba las rozagantes mejillas de Bella, sus ojos relucientes y su desenfrenada vivacidad cada más opresiva.
–Si tuviera la amabilidad de devolverme los honorarios, se los daría a una agencia cuyos contactos no sean tan aristocráticos –dijo Bella, que –como le contó a su madre en la relación de su entrevista– estaba decidida a no dar el brazo a torcer.
–No encontrará ninguna agencia que pueda hacer más por usted que la mía –replicó la gestora, cuyos dedos de arpía nunca habrían de soltar un céntimo–. Tendrá que esperar su oportunidad. Usted es un caso excepcional; pero la tendré en mente, y si aparece alguna cosa le escribiré. No puedo decir más que eso.

La inclinación un poco desdeñosa de su cabeza estática, pesada de mover por el postizo, indicó el fin de la entrevista. Bella regresó a Walworth aquella tarde de septiembre, taconeando fuertemente a lo largo del camino, y al llegar “imitó” a la gestora para divertimento de su madre y de la casera, que se quedó en la ruinosa sala de estar, después de haber traído la bandeja con el té, para aplaudir la “imitación” de la Srta. Rolleston.

–¡Querida, querida, qué buena imitadora es Bella! –dijo la casera–. Deberías permitirle que se dedique al teatro, madrecita. Haría fortuna como actriz.

II.
Bella aguardó y se hizo esperanzas, y escuchó al cartero golpear la puerta para traer un paquete de cartas para los de la planta baja y el primer piso, y muy pocas para aquel humilde segundo piso, donde madre e hija se sentaban a coser a mano, tanto como con rueda y pedal, durante gran parte del día. La Señora Rolleston era una mujer de buena familia y educación; pero había tenido la mala suerte de casarse con un Bribón que durante los últimos doce años la había hecho sentir como la peor de las viudas: una esposa cuyo marido la había abandonado. Por suerte, era corajuda, industriosa y una hábil costurera, capaz de ganarse a vida por sí misma y darle de comer a su única hija haciendo mantos y Abrigos para una casa del West End. No era una vida de lujos. Una pensión barata en una calle mustia de los arrabales de Walworth Road, cenas livianas, comida casera, ropa bien remendada, habían sido la ración de madre e hija; pero se amaban tan entrañablemente, y eran tan alegres por naturaleza, que se las habían arreglado de algún modo para ser felices.

Pero ahora esta idea de abrirse paso en el mundo como acompañante e alguna fina señora había calado hondo en Bella, y aunque idolatraba su madre, y la separación de madre e hija iba a destrozar necesariamente aquellos corazones, la muchacha deseaba aventura, cambios, y se entusiasmaba pensando en ello como los pajes de antes anhelaban ser caballeros y partir hacia la Tierra Prometida para quebrar una lanza contra los infieles. Se terminó cansando de correr escaleras abajo cada vez que el cartero golpeaba la puerta sólo para oír “nada para usted, Srta.” de labios de la sirvienta de cara sucia que recogía las cartas del piso del corredor. “Nada para usted Srta.”, repetía con sorna la criada de la pensión, hasta que Bella se armó de valor y se apersonó en Haberck Street para preguntarle a la gestora cómo era posible que no hubiese encontrado colocación para ella.

–Usted es muy joven –dijo la gestora– y quiere un salario,
–Claro que quiero uno –respondió Bella–. ¿Acaso las demás personas no quieren que les paguen?
–Las muchachas de su edad generalmente quieren un hogar confortable.
–Yo no –replicó bruscamente Bella–. Quiero ayudar a mi madre.
–Pregunte la semana que viene –dijo la gestora–. Si me entero de algo en el transcurso, le escribiré.

No llegó ninguna carta de la gestora, y a la semana exacta Bella se puso el sombrero que tenía más a mano, el menos adecuado para salir bajo la lluvia, y recorrió una vez más todo el camino hasta Harbeck Street. Era una deslucida tarde de octubre, y en el aire había una tonalidad gris que se convertiría en niebla al caer la noche. Las tiendas de Walworth Road brillaban alegremente en medio de aquella atmósfera grisácea, y aunque para una muchacha criada en Mayfair o Belgravia esas vidriedas no hubiesen merecido siquiera una mirada, para Bella eran una tentación y un suplicio. ¡Había tantas cosas que deseaba y nunca estaría en condiciones de comprar! Harbeck Street es capaz de estar vacía en esta estación muerta del año: una calle larga, muy larga, una perspectiva infinita de casa eminentemente respetables. La oficina de la gestora se encontraba al final de todo, y Bella observaba ahora esa vista larga y gris con desesperación, más fatigada de lo que usualmente estaba al venir caminando desde Walworth. Observaba, cuando de pronto un carruaje pasó a su lado, una antigua carroza amarilla, tirada por un par de imponentes caballos grises, con el aire majestuoso de una cochero que llevaba las riendas y un lacayo muy alto sentado en el pescante.

“Parece el coche del hada madrina –pensó Bella–. No me asombraría que haya empezado siendo una calabaza.”

Se sorprendió al ver que la carroza amarilla se detenía frente la puerta de la gestora y el alto lacayo aguardaba al pie de la portezuela. Por un momento el dio miedo entrar y encontrarse con la propietaria de aquel espléndido carruaje. Sólo había alcanzado a echar una ojeada de la mujer que la ocupaba mientras la carroza iba andando; un sombrero de plumas, un retazo de armiño. El elegante criado de la gestora escoltó a Bella escaleras arriba y golpeó la puerta de la oficina.

–La Srta. Rolleston –anunció disculpándose, mientras Bella esperaba afuera.
–Que entre –dijo la gestora enseguida, y Bella alcanzó a oírla murmurar algo en voz baja a su cliente.

Bella entró con su fresca y floreciente imagen de juventud y seguridad, y antes de llegar a mirar a la gestora sus ojos fueron a clavarse sobre la propietaria de la carroza. Nunca había visto a nadie más viejo que la vieja dama que estaba sentada junto al hogar de la gestora: una vieja y pequeña silueta, envuelta de la barbilla a los pies en un tapado de armiño: un viejo rostro muy pálido bajo un sombrero de plumas, un rostro tan devastado por la edad que parecía limitarse a un par de ojos y un mentón puntiagudo. La nariz también era puntiaguda, pero entre el mentón marcadamente en punta y sus grandes ojos brillantes, la pequeña nariz aquilina apenas resultaba visible.

–Ésta es la Srta. Rolleston, Lady Ducayne.

Garras semejantes a dedos, en las cuales brillaban anillos, levantaron un par de gruesas lentes hasta los negros ojos fulgurantes de Lady Ducayne, y a través de las lentes Bella vio cómo aquellos ojos de un brillo inhumano crecieron hasta adquirir un tamaño gigantesco y lanzaron sobre ella una mirada horriblemente feroz.

–La Srta. Torpinter me ha dicho todo sobre ti –dijo la vieja voz que pertenecía a aquellos ojos–. ¿Tienes buena salud? ¿Eres fuerte y enérgica, de comer bien, dormir bien, andar bien y capaz de disfrutar todo lo que hay de bueno en la vida?
–Nunca supe lo que es estar enferma o sin hacer nada –contestó Bella.
–Entonces creo que trabajarás para mí.
–Por supuesto, en caso de que las referencias sean perfectamente satisfactorias –intercedió la gestora.
–No deseo referencias. La muchacha parece franca e inocente. Le tomaré la palabra.
–Como prefiera, querida Lady Ducayne –murmuró la gestora.
–Quiero una joven fuerte cuya salud no me dé trabajo.
–Ha tenido tanta mala suerte al respecto –dijo con arrulladora voz la Srta. Torpinter, cuyos modales se habían tornado de una enternecedora suavidad ante la presencia de la anciana.
–Sí, he sido más bien desafortunada –gruñó Lady Ducayne.
–Pero estoy segura de que la Srta. Rolleston no la defraudará, aunque claro, después de la desagradable experiencia con la Srta. Tomson, que era la imagen de la salud, y la Srta. Blandy, que decía que nunca había vuelto a ver a un doctor desde que la habían vacunado.
–Mentiras, qué duda cabe –rezongó Lady Ducayne, y luego dirigiéndose a Bella, preguntó lacónicamente–: Supongo que no tienes problemas en pasar el invierno en Italia, ¿no es así?
–Toda mi vida he soñado ver Italia –dijo Bella dando un suspiro.
¡De Walworth a Italia! ¡Qué lejano, qué imposible parecía semejante viaje para un espíritu soñador y romántico!
–Bien, tu sueño se hará realidad. Prepárate a dejar Charing Cross en un tren de lujo la semana que viene a las once. Asegúrate de estar en la estación un cuarto antes de hora antes. Mi gente se ocupará de ti y del equipaje.

Lady Ducayne se levantó de la silla con la ayuda de su bastón, y la Srta. Torpinter la escoltó hasta la puerta.

–Y en lo concerniente al salario –planteó la gestora en el camino.
–El salario, oh, el mismo de costumbre, y si la joven quiere una quincena por adelantado puede usted escribirme para que le mande un cheque –respondió Lady Ducayne despreocupadamente.

La Srta. Torpinter bajó las escaleras con su cliente y esperó verla sentada en la carroza amarilla. Al regresar, estaba ligeramente sin aliento y volvió a adoptar aquel tono de superioridad que irritaba tanto a Bella.

–Puede considerarse increíblemente afortunada, Srta. Rolleston –dijo–. Tengo docenas de muchachas en mis libros a las que podría haber recomendado para esta colocación, pero recordé que le había dicho que preguntara esta tarde y pensé en darle una oportunidad. La anciana Lady Ducayne es una de las mejores personas en mis libros. Le da a su acompañante cien libras al año y paga todos los gastos de movilidad. Vivirá en regazos del lujo.
–¡Cien libras al año! ¡Qué adorable! ¿Tendré que vestirme espléndida? ¿Lady Ducayne mantiene muchas relaciones?
–¡A su edad! No, vive recluida en sus apartamentos: su criada francesa, su lacayo, su médico de cabecera, su mensajero.
–¿Por qué la abandonaron las otras acompañantes?
–¡Su salud se debilitó!
–Pobrecitas, ¿y por eso tuvieron que marcharse?
–Sí, tuvieron que marcharse. Supongo que querrá el salario de una quincena por adelantado.
–¡Oh, sí, por favor! Tengo cosas que comprar.
–Muy bien. Le pediré un cheque a Lady Ducayne, y le enviaré el balance, deducida mi comisión por un año.
–A decir verdad, me había olvidado de la comisión.
–No va a creer que mantengo esta oficina por placer.
–Claro que no –murmuró Bella, acordándose de los cinco chelines por los honorarios de inscripción, pero entonces nadie podía imaginarse cien libras al año y un invierno en Italia.

III.
De la Srta. Rolleston, en Cabo Ferrino, a la Sra. Rolleston, en Beresford Street, Walworth, Londres:

¡Cómo me gustaría que pudieras ver este lugar, madre querida: el cielo azul, los olivares, los huertos de naranjos y limones entre los acantilados y el mar, refugiándose en los huecos de las grandes montañas, con olas de verano que se encaraman sobre los arrecifes de corales y algas que constituyen la idea italiana de una playa! ¡Oh, cómo me gustaría que pudieras verlo todo, querida mía, y qué tomaras sol bajo estos rayos que hacen tan poco creíble la fecha en el encabezamiento de esta carta! ¡Noviembre! El aire se asemeja al de Inglaterra en junio; el sol calienta tanto que no puedo caminar unas pocas yardas sin sombrilla. ¡Y pensar que estás en Walworth mientras yo estoy aquí! Lloro al pensar que quizás nunca verás estas cosas adorables, este mar extraordinario, estas flores de estío que florecen en invierno. Hay un cerco de geranios rosados bajo mi ventana, madre, un espeso y frondoso cerco, como si las flores crecieran salvajamente, ¡y hay rosas de Dijon colgando sobre arcos y empalizadas a lo largo de toda la terraza, un jardín de rosas lleno de perfume en noviembre! ¡Figúratelo! No puedes imaginarte el lujo de este hotel. Es prácticamente nuevo y ha sido construido y decorado sin reparar en gastos. Nuestros cuartos están tapizados de un satén azul claro, que resalta la contextura apergaminada de Lady Ducayne, pero como, salvo cuando está en el carruaje, se sienta todo el día en un rincón del balcón para tomar sol y pasa toda la noche en su mecedora junto al fuego y nunca ve a nadie más que a su propia gente, su presencia cuenta muy poco.

Lady Ducayne ha tomado el conjunto de habitaciones más hermosas del hotel. Mi dormitorio está en un interior, un dormitorio superlativamente encantador: todo satén azul y encajes blancos, muebles esmaltados también de blanco, espejos en cada pared, de modo que hasta veo mi gracioso perfil como nunca lo había visto antes. El cuarto estaba en realidad destinado a ser el vestidor de Lady Ducayne, pero le dio orden de que uno de los canapés de satén fuera acondicionado como cama para mí, una cama hermosísima que puedo correr hasta la ventana las mañanas de sol, ya que está sobre rodillos y es fácil de mover. Tengo la sensación de que Lady Ducayne fuese una anciana y linda abuela que de pronto apareció en mi vida, muy, muy rica, y muy, muy amable. No es para nada cargosa. Le leo en voz alta un buen rato, y ella dormita y cabecea mientras leo. A veces la oigo gemir dormida, como si tuviera sueños angustiosos. Cuando se cansa de mi lectura, le ordena a Francine, su doncella, que le lea en francés una novela, y escucho su risita ahogada y sus gruñidos a cada momento, como si estuviera más interesada en esos libros que en Dickens o Scott. Mi francés no es lo suficientemente bueno como para seguir a Francine, que lee muy rápido. Tengo bastante tiempo libre, pues Lady Ducayne a menudo me dice que salga y me divierta; me agrada perderme en los olivares, tratando de ir cada vez más arriba, hasta donde están los bosques de pinos y aún más arriba, hasta donde están las montañas nevadas que muestran sus blancos picos por encima de las oscuras colinas. ¡Oh, mi pobre madre, cómo puedo hacerte entender a qué se asemeja este lugar, a ti, cuyos pobres y cansados ojos sólo tienen enfrente Beresford Street! Algunas veces no voy mucho más allá de la terraza que está sobre el frente del hotel, el lugar favorito para conversar con todo el mundo. Abajo se extienden el jardín y los campos de tenis en los que a veces juego con una chica muy fina, la única persona en el hotel de la que me he hecho amiga. Es un año mayor que yo, y vino a Cabo Ferrino con su hermano, un doctor o un estudiante de medicina que está por graduarse. Aprobó su examen de maestría en Edimburgo. Ella tuvo un delicado problema de pecho el último verano y le ordenaron pasar el invierno afuera. Son huérfanos, están solos en el mundo y son muy apegados entre sí. Me encanta haberme hecho de una amiga como Lotta. Es una persona altamente respetable. No puedo usar esa expresión para algunas chicas del hotel que se comportan de una manera que sé que te pondrían los pelos de punta. Lotta fue criada por una tía en un pueblito del interior del país y no sabe mucho que digamos de la vida. Su hermano no le permite leer una novela, en inglés o francés, sin que él la haya leído y aprobado.

“Me trata como a una criatura –me dijo–, pero no me importa; es lindo saber que alguien te quiere y se preocupa por lo que haces, e incluso por lo que piensas.”

Tal vez eso es lo que hace que muchas chicas se pongan tan ansiosas por conseguir marido: el deseo de encontrar a alguien fuerte, honesto y decidido, que las cuide de verdad y les ordene lo que tienen que hacer. Yo no busco eso, querida madre, porque te tengo a ti, y tú eres el mundo entero para mí. Ningún marido podría venir a interponerse entre nosotras. Si alguna vez llego a casarme, mi marido ocupará un segundo lugar en mi corazón. Pero no me imagino casada, ni recibiendo una propuesta de casamiento. Ningún joven pretendería casarse en estos tiempos con una muchacha sin dinero. La vida es demasiado cara. El Sr. Stafford, el hermano de Lotta, es muy inteligente y muy amable.L Piensa que ha de ser duro para mi tener que vivir con una mujer anciana como Lady Ducayne, pero ignora cuán pobres somos, tanto tú como yo, y cuán maravilloso es para mí encontrarme en un sitio tan adorable mientras tú, que lo necesitas mucho más que yo, no tienes nada de esto –y difícilmente puedas imaginarte lo que son, no es cierto, ¿querida mía? –, pues mi padre comenzó a ir a las carreras enseguida después de que se casaron y desde entonces la vida no ha sido para ti más que inconvenientes, preocupaciones y estar dando batalla.

Esta carta fue escrita cuando Bella no había pasado más de un mes en Cabo Ferrino, antes de que la novedad del paisaje se desvaneciera, y antes también de que le placer provocado por el lujo que la rodeaba comenzara a hastiarla. Escribía a su madre todas las semanas largas cartas como las que las chicas que han vivido en la más estrecha compañía de su progenitora solamente pueden escribir; cartas que eran como un diario íntimo en los que abría su corazón y sus pensamientos. Escribía con alegría, pero a principios del año entrante la Sra. Rolleston creyó detectar, por debajo de la exquisita descripción del lugar y la gente, un rasgo de melancolía. “Pobrecita, está sintiendo nostalgia –pensó–. Su corazón estén en Beresford Street.”

Tal vez extrañaba a su nueva amiga y compañera, Lotta Stafford, que se había ido con su hermano a recorrer Génova y Spezia hasta llegar a Pisa. Regresarían antes de febrero, pero entretanto Bella naturalmente se sentía sola entre personas desconocidas, cuyos modales y comportamientos describía tan bien en sus cartas. El instinto materno estaba en lo cierto. Bella no se hallaba muy contenta después de aquella primera afluencia de prodigios y deleites que siguieron a su mudanza de Walworth a la Riviera. De alguna manera, no sabía cómo, cierta lasitud se había apoderado de ella. Ya no deseaba escalar las montañas, ni blandir su palito de naranjo, rebosante de júbilo, mientras ligeros sus pies saltaban sobre las rocas y la hierba seca de la ladera de la montaña. El perfume del romero y el tomillo, el fresco aire del mar, ya no la llenaban de éxtasis. Pensaba en Beresford Street y en el rostro de su madre con enfermiza melancolía. ¡Estaban tan, pero tan lejos! Y entonces pensaba en Lady Ducayne, sentada junto a los leños que se apilaban al lado del hogar que calentaba el salón, pensaba en aquel perfil enjuto de cascanueces y aquellos ojos brillosos de un invencible horror.

Los huéspedes del hotel le habían dicho que el aire de Cabo Ferrino relajaba, adaptándose mejor a los viejos que a los jóvenes, a los enfermos que a los sanos. No había duda de que era así. No se sentía tan bien como en Walworth, pero se dijo que sólo estaba sufriendo la desgarradora separación de su niñez, de su madre, que la había criado y era al mismo tiempo su hermana, su sostén, todo lo que tenía en el mundo. Había derramado muchas lágrimas al partir, había pasado profundas horas de melancolía en la terraza de mármol mirando con añoranza hacia el oeste y con el corazón puestos a miles de kilométros de distancia. Estaba sentada en su lugar favorito, un ángulo hacia el extremo oeste de la terraza, un tranquilo rincón al amparo de los naranjos, cuando oyó a una pareja de habitués de la Riviera conversando en el jardín de abajo. Se hallaban colocados en un banco contra la pared de la terraza. No tenía intención de escuchar lo que decían, hasta que el sonido del nombre de Lady Ducayne atrajo su atención, y entonces se puso a escuchar sin pensar si era correcto o non lo que hacía. Hablaban sin tapujos, discurriendo de manera casual sobre otro huésped del hotel con quien mantenían relaciones.

Se trataba de dos personas mayores a las que Bella sólo conocía de vista. Un clérigo inglés que durante la mitad de su vida había pasado los inviernos en el extranjero y una gorda solterona, muy simpática, cuya bronquitis crónica la obligaba anualmente a emigrar.

–Me la he encontrado en Italia a lo largo de los últimos diez años– dijo la dama–; pero nunca pude averiguar su verdadera edad.
–Yo le doy cien años, ni uno menos –replicó el párroco–. Sus recuerdos se remontan a la Regencia. Entonces se encontraba evidentemente en su cenit; y le he oído decir cosas que muestran que frecuentaba la sociedad parisina cuando el Primer Imperio estaba su apogeo, antes de que se divorciara Josefina.
–No habla mucho ahora.
–No; no queda mucha vida en ella. Es prudente de su parte mantenerse recluida. Me asombra que ese perverso curandero, su médico italiano, no la haya desahuciado hace años.
–Sospecho que debe ser al revés y que él es el que la mantiene con vida.
–Querida Srta. Sanders, ¿usted francamente cree que ese matasanos extranjero puede mantener a alguien con vida?
–Bueno, allí la tiene. No va a ningún lado sin él. Su aspecto es verdaderamente desagradable.
–Desagradabale –repitió el párroco–. Creo que ni el maligno en persona podría batirlo en cuanto a fealdad. Lamento que esa pobre joven tenga que vivir entre la vieja Lady Ducayne y el Doctor Parravicicni.
–Pero la anciana es muy buena con sus acompañantes.
–Sin duda. Es muy liberal con el dinero; los sirvientes le dicen “la buena Lady Ducayne”. Es una anciana y marchita ricachona, que sabe que nunca será capaz de gastarse todo el dinero y no soporta la idea de que otra gente lo disfrute cuando ella se encuentre en un ataúd. Las personas que llegan a tan viejas acaban esclavizándose a la vida. No dudo de que es generosa con esas pobre muchachas, pero no puede hacerlas felices. Todas mueren a su servicio.
–No diga “todas”, Sr. Carton; sé que una pobre joven murió en Mentone la primavera pasada.
–Sí, y otra pobre muchacha murió en Roma tres años atrás. Yo estaba allí en ese momento. La buena Lady Ducayne la dejó en manos de una familia inglesa. La joven tenía todas las comodidades. La anciana fue muy liberal con ella, pero murió. Le digo. Srta. Manders, que no es bueno para ninguna mujer vivir con seres tan horrorosos como Lady Ducayne y Parravicini.

Luego siguieron conversando de otras cosas, pero Bella ya no pudo oír qué decían. Permaneció inmóvil, y una ráfaga de viento pareció bajar desde las montañas y trepar hasta ella desde el mar, haciendo que tiritara de frío, sentada al sol como se hallaba, bajo las ramas de los naranjos, en medio de toda aquella belleza y aquel esplendor. Sí, eran siniestros, los dos, ciertamente: ella parecía una bruja aristocrática con su piel marchita; él, un ser sin edad, con un rostro que se asemejaba más a una máscara de cera que un semblante humano. ¿Qué había de malo en ello? La vejez es venerable y digna del mayor respeto; y Lady Ducayne había sido muy amable con ella. El Doctor Parravicini era un estudioso inocente e inofensivo, que raramente levantaba la vista de los libros que estaba leyendo. Tenía su sala de estar privada, donde realizaba experimentos de química y ciencias naturales, tal vez de alquimia. ¿Qué podía tener de malo para Bella? Siempre había sido cortés con ella, en su trato distante. No podía estar mejor ubicada de lo que estaba, en ese palacio de hotel y con esa rica anciana.

Sin duda extrañaba a la joven inglesa que había sido tan amigable y bien podía ser también que echase de menos al hermano de la muchacha, ya que el Señor Stafford conversaba mucho con ella y se mostraba interesado en los libros que leía y su manera de divertirse cuando no estaba en funciones.

–Debería venir a nuestro salón cuando no está “de turno”, como dicen en el hospital las enfermeras; podemos hacer un poco de música. ¿No es cierto que toca el piano y canta? –le dijo el Señor Stafford, ante lo cual Bella tenía que decir, roja de vergüenza, que hacía años que se había olvidado cómo se tocaba.
–Mi madre y yo solíamos cantar a dúo a la luz de las velas, sin acompañamiento –dijo ella, y las lágrimas acudieron a sus ojos al pensar en la humilde habitación, la media hora de descanso, la máquina de coser en el lugar donde debía estar el piano y la voz lastimera de su madre, tan dulce, tan verdadera, tan entrañable.

A veces se descubría preguntándose si volvería a ver a su madre algún día. Extraños presentimientos acudían a su mente. Estaba disgustada consigo misma por entregarse a pensamientos melancólicos. Un día le preguntó a la criada francesa de Lady Ducayne acerca de las dos acompañantes que habían muerto en el transcurso de tres años.

–Eran pobres y débiles criaturas –dijo Francine–. Tenían un aspecto rozagante y lleno de bríos cuando empezaron con Miladi; pero comían demasiado y eran perezosas. Murieron de lujuria y haraganería. Miladi fue tan gentil con ellas. No tenían nada que hacer, así que empezaron a imaginarse cosas; tejer fantasías en el aire no les hacía bien: no podían dormir.
–Yo duermo muy bien, pero he tenido varias veces un sueño muy extraño desde que me encuentro en Italia.
–¡Ay, va a ser mejor que no empiece a pensar en los sueños, o va a terminar como aquellas jóvenes! Soñaban mucho y un buen día empezaron a soñar que estaban en un cementerio.

El sueño la perturbó un poco, no porque se tratara de un sueño horrible y estremecedor, sino porque era una suma de sensaciones que nunca antes había tenido dormida: un chirrido de ruedas que giraban en su cabeza, un ruido enorme semejante al rechinar del viento, pero con el ritmo del tic-tac de un gigantesco reloj. Y en medio de ese albo¬roto como de ráfagas y de olas, tuvo la sensación de que se hundía en un remolino de inconsciencia, que caía desde aquel sueño en un sueño aún más profundo, en la total extinción. Y luego, después de ese negro intervalo, oyó el sonido de voces, y a continuación el chirrido de las ruedas nuevamente, cada vez más fuerte, y otra vez el negro abismo, al cabo de lo cual se despertó sintiéndose lánguida y oprimida. Un día, en la única ocasión que solicitó su consejo profesional, le contó al Doctor Parravicini sobre su sueño. Había padecido más que severamente a los mosquitos después de Navidad, y se había asustado bastante al encontrar una herida sobre su hombro que sólo podía atribuir al venenoso aguijón de uno de aquellos torturadores. Parravicini se puso las lentes y contempló la inflamación sobre el hombro blanco y redondeado, mientras Bella permanecía de pie frente a él y Lady Ducayne con la camisa desabrochada hasta el codo.

–Sí, no es broma –dijo–; la ha picado en la desembocadura de una vena. ¡Vaya vampiro! Pero no le ha hecho daño, nada que un pequeño vendaje no pueda sanar. Debe mostrarme siempre cualquier picadura de esta naturaleza. Podría ser peligrosa si no se atiende. Esas criaturas inoculan veneno y lo diseminan.
–Y pensar que esas criaturas diminutas pueden picar así –dijo Bella–. Mi hombro parece que hubiese sido cortado con un cuchillo.
–Si le mostrara el aguijón de un mosquito bajo el microscopio, no se sorprendería de ello –replicó Parravicini.

Bella tuvo que tolerar las picaduras de mosquito, aun cuando eran en la naciente de una vena y producían esa herida desagradable. La herida reapareció otras veces a largos intervalos y Bella encontró en los vendajes del Doctor Parravicini una rápida cura. Si era el curandero que decían sus enemigos, al menos tenía una mano hábil y un tacto delicado al realizar aquella pequeña operación.

Bella Rolleston a la Sra. Rolleston, 14 de abril
Mi siempre adorada:
Mira el cheque por mi salario de la segunda quincena: veinticinco libras. No hay quien se quede con un billete de diez libras por un año de comisión como la última vez; así que es todo para ti, madre querida. Del dinero que traje conmigo cuando insististe en que me quedara con más de lo que quería, aún me sobra suficiente para gastos personales. No hay manera de gastar dinero aquí, excepto en propinas ocasionales a los sirvientes o en limosnas para los mendigos o huérfanos, a menos que uno tenga que pagar impuestos por lo que en verdad le gustaría comprar: tortugas, conchas de mar, corales, cintas. Es tan ridículo, querida, que sólo un millonario podría pensar en hacerlo. Italia es un sueño de belleza, pero para ir de compras llévame a Newington Causeway.

Me preguntas tan seriamente si me encuentro bien que sospecho que mis últimas cartas han debido de ser un poco insulsas. Sí, querida mía, estoy bien, aunque no me hallo tan fuerte como cuando acostumbraba ir caminando hasta el West End para comprar una libra de té, sólo por mantenerme en forma, o hasta Dulwich para mirar cuadros. Italia es sedante, y siento lo que la gente de aquí llama “flojera”. Pero ya me imagino tu adorada cara de preocupación al leer esto. De verdad, no estoy enferma, créeme. Sólo estoy un poco cansada de este formidable escenario, como supongo que uno podría llegar a cansarse de contemplar un cuadro de Turner si estuviera siempre colgado en la pared que está enfrente de uno. Pienso en ti a cada momento del día, pienso en ti y en mi modesta y pequeña habitación, en nuestro raído salón, con las butacas de la demolición de tu vieja casa y Dick cantando en su jaula sobre la máquina de coser. Querida, el loco y chillón de Dick que, nos ilusionábamos, se encariñaría apasionadamente con nosotras. Dime en tu próxima carta, si está bien.

Mi amiga Lotta y su hermano no han regresado. Se fueron de Pisa a Roma. ¡Felices mortales! Y han de estar en los lagos de Italia para mayo; todavía no habían decidido a cuál lago cuando Lotta me escribió por última vez. Su correspondencia ha sido encantadora, y me ha confiado todos sus flirteos. Iremos todos juntos a Bellaggio la semana próxima pasando por Génova y Milán. ¿No es formidable? Lady Ducayne viaja haciendo paradas, excepto cuando es despachada en un tren de lujo. Nos detendremos dos días en Génova y uno en Milán. Voy a taladrarte los oídos hablándote de Italia cuando regrese a casa.

IV.
Herbert Stafford y su hermana conversaban a menudo sobre la preciosa inglesita de fresco semblante, cuyo delicioso color rozagante se destacaba entre todas las caras amarillentas del Grand Hotel. El joven médico pensaba en ella con compasiva ternura: su absoluta soledad en aquel vasto hotel donde había tanta gente, su bondad con aquella anciana mujer, en un lugar donde nadie tenía la mente puesta en otra cosa que en disfrutar de la vida. Era un destino duro, y la pobre chica era evidentemente muy devota de su madre y la apenaba mucho estar separada de ella; "dos mujeres solas en el mundo, muy pobres, y la una para la otra", pensaba Stafford.
Lotta le contó una mañana que volverían a encontrarse todos en Bellaggio.

–La vieja y su corte estarán allí antes que nosotros –dijo–. Me va a encantar tener conmigo a Bella de nuevo. Es tan alegre y divertida, a pesar del aire melancólico que suele tener. Nunca me hice amiga de una chica en tan poco tiempo como ocurrió con ella.
–Me gusta cuando está un poco melancólica –dijo Herbert–, pues entonces estoy seguro de que tiene un corazón.
–¿Qué sabes de corazones, excepto diseccionarlos? No olvides que Bella es absolutamente pobre. Me contó confidencialmente que su madre hace manteles para una tienda del West End. Difícilmente puedas conocer abismo más profundo que ése.
–No pensaría menos en ella si su madre fabricara cajas de fósforos.
–No en abstracto, por supuesto. Hacer cajas de fósforos es un trabajo honesto. Pero no podrías casarte con una chica cuya madre cose manteles.
–Aún no hemos llegado a considerar la cuestión –respondió Herbert, que parecía estar provocando a su hermana.

En dos años de práctica hospitalaria había visto demasiado de cerca las realidades más espantosas como para mantener prejuicios de esa especie. El cáncer, la tisis, la gangrena le dejaban a uno poco margen de respeto por la humanidad. La raíz era siempre la misma, algo temible y prodigioso: una cuestión que producía terror y piedad. El Señor Stafford y su hermana llegaron a Bellaggio un agradable atardecer de mayo. El sol se iba poniendo a medida que el vapor se aproximaba a la explanada, y toda la gloria de floraciones púrpuras que envolvía las paredes en esa estación del año parecía agitarse y volverse más profunda a la luz del crepúsculo. Un grupo de damas esperaba de pie sobre la explanada, y entre ellas Herbert divisó un pálido rostro que lo arrancó de un sobresalto de su habitual compostura.

–Allí está Bella –murmuró Lotta a su lado–, pero está terriblemente cambiada. Está que es un desastre.

Pocos minutos después estrechaban sus manos con ella, y un brillo iluminó su pobre rostro atormentado en el placer de verlos de nuevo.

–Imaginé que llegarían esta tarde –dijo–. Estamos aquí desde hace una semana.
Bella no agregó que había ido hasta allí todas las tardes para ver llegar los barcos, e incluso varias veces durante el día. Gran Bretaña estaba cerca, y hubiera sido fácil para ella saltar de la explanada al sonar la campana del barco. Sentía alegría de encontrarse con aquellas personas de nuevo; tenía la sensación de estar con amigos, una confianza que la bondad de Lady Ducayne nunca le había inspirado.

–¡Oh, mi pobre querida, qué horriblemente enferma has de haber estado! –exclamó Lotta, cuando las dos muchachas se abrazaron. Bella intentó contestar, pero su voz se ahogó en lágrimas.
–¿Cuál ha sido la causa, querida? Esa horrible gripe, supongo.
–No, no. No he estado enferma. Sólo me he sentido un poco más débil que lo acostumbrado. No creo que el aire de Cabo Ferrino me siente muy bien.
–Te sienta abominablemente mal. Nunca vi cambio semejante en nadie. ¿Por qué no dejas que te examine Herbert? Está habilitado para ejercer, lo sabes. En Londres atendió a muchos pacientes con gripe. Estaban contentos de oír que un médico inglés los aconsejaba en términos amables.
–¡Estoy segura de que es muy inteligente! Pero no es para nada el caso. No estoy enferma, y si lo estuviera, el médico de Lady Ducayne
–¿Ese hombre espantoso de cara amarilla? Antes preferiría ponerme en manos de uno de los Borgia. Espero que no hayas estado tornando ninguna de sus medicinas.
Esto decían mientras los tres iban caminando hacia el hotel. Las habitaciones de los Stafford habían sido reservadas por adelantado; una hermosa planta baja que se abría sobre un jardín. Los majestuosos apartamentos de Lady Ducayne se hallaban en el piso de arriba.
–Creo que nuestros cuartos se encuentran justo encima de los de ustedes –dijo Bella.
–Entonces será de lo más fácil para ti bajar corriendo a vernos –respondió Lotta, sin saber que no era realmente tan fácil, ya que la gran escalinata estaba en el centro del hotel.
–¡Oh, de todos modos será muy fácil! –dijo Bella–. Me temo que disfrutarás bastante de mi compañía. Lady Ducayne duerme la mitad del día con este clima caluroso, de modo que tengo una buena cantidad de tiempo disponible, y me deprimo tremendamente pensando en mi madre y mi hogar.

Su voz se quebró al pronunciar esta última palabra. Nunca se había puesto a pensar que aquella pobre pensión que evocaba con el dulce nombre de “hogar” eran lo más bello que el arte y la salud le habían deparado. Se enjugaba las lágrimas y suspiraba en aquel adorable jardín, con el lago iluminado por el sol y las románticas colinas desplegando toda aquella belleza ante sus ojos. Se sentía melancolizada y tenía sueños o, más bien, un mal sueño que regresaba de vez en cuando para dejarle las más extrañas sensaciones. Parecía más una alucinación que una pesadilla: el chirriar de la ruedas, la impresión de que se precipitaba en un abismo, el debatirse hasta recobrar la conciencia. Había tenido aquel sueño apenas antes de dejar Cabo Ferrino, pero no desde que habían llegado a Bellaggio, y la joven comenzaba a esperanzarse con que el aire en esta región de lagos le sentase mejor y que aquellas extrañas sensaciones no fueran a repetirse nunca más.

El Señor Stafford firmó una receta y la mandó preparar en lo de un boticario próximo al hotel. Era un tónico poderoso, y después de un par de frascos, uno o dos paseos en bote por el lago y una caminata por las colinas y los prados donde las flores de primavera hacían que la tierra semejase un paraíso, el espíritu y el aspecto físico de Bella mejorarían como por arte de magia.

–Es un tónico maravilloso –dijo ella, pero quizás en lo más profundo de su corazón sabía que la suave voz del médico, y la amable mano que la ayudaba a subir y bajar del bote en el lago, tenían algo que ver con que se curara.
–Espero que no olvides que su madre hace manteles– decía Lottta, en tono de advertencia.
–O cajas de fósforos, es exactamente lo mismo, hasta donde alcanzo a comprender.
–¿Quieres decir que bajo ninguna circunstancia piensas en casarte con ella?
–Quiero decir que si me llegara a enamorar de una mujer lo suficiente como para pensar en casarme con ella, su riqueza o rango social no contarían en nada para mí. Pero me temo... me temo que tu pobre amiga no vivirá para ser la esposa de ningún hombre.
–¿Piensas que está muy enferma?
Herbert suspiró y dejó la pregunta sin contestar.
Un día, mientras recogían jacintos silvestres en una pradera elevada, Bella le habló al Señor Stafford acerca de su pesadilla.
–Es curioso sólo porque se asemeja muy poco a un sueño –dijo ella–. Supongo que usted puede encontrarle alguna explicación de sentido común a esto. La posición de mi cabeza en la almohada, o el clima, o algo.

Y entonces ella describió sus sensaciones; cómo en medio del sueño le sobrevenía una sensación de ahogo, y luego cómo oía el chirrido de unas ruedas, tan fuerte, tan terrible, y cómo después se producía un blanco, y al cabo de eso volvía a estar consciente y despierta.

–¿Alguna vez le suministraron cloroformo? ¿El dentista, por ejemplo?
–Nunca. El Doctor Parravicini me lo preguntó un día.
–¿Recientemente?
–No, hace algún tiempo, cuando estábamos en el tren de lujo.
–¿El Doctor Parravicini le recetó algo desde que empezó a sentirse débil y enferma?
–¡Oh, me daba un tónico de vez en cuando! Pero yo odio los remedios y apenas probé el brebaje. Pero le digo que no estoy enferma, sólo más débil que lo acostumbrado. Me sentía ridículamente fuerte y bien cuando vivía en Walworth, y solía dar largas caminatas todos los días. Mi madre me hacía ir andando hasta Dulwich o Norwood, por miedo de que la máquina de coser me hiciera sufrir de la columna; algunas veces –pero sólo unas pocas– venía conmigo. Por lo general se quedaba cosiendo en casa mientras yo disfrutaba del aire fresco y del ejercicio. Y era muy cuidadosa con nuestra comida que, por sencilla que fuese, debía ser siempre nutritiva y abundante. Debo a sus cuidados haber crecido saludable y fuerte.
–No pareces saludable ni fuerte ahora, mi pobre querida –dijo Lotta.
–Tengo la impresión de que Italia no me sienta bien.
–Quizá lo que te enferma no es Italia, sino estar encerrada con Lady Ducayne.
–Pero nunca estoy encerrada. Lady Ducayne es extremadamente amable, y me permite pasear o sentarme en la balaustrada el día entero si lo deseo. He leído más novelas desde que estoy con ella que en el resto de mi vida.
–Entonces se diferencia mucho del común de las ancianas, que suelen ser despóticas –dijo Stafford–. Me sorprende que lleve a una acompañante consigo, si tiene tan poca necesidad de relacionarse.
–¡Oh, yo sólo formo parte de su corte! Ella es extraordinariamente rica, y el salario que da no cuenta. En cuanto al Doctor Parravicini, sé que es un médico inteligente, pues curó mis horribles picaduras de mosquitos.
–Un poco de amoníaco bastaría en la primera etapa de la inflamación. Pero ahora no hay mosquitos que la molesten.
–¡Oh, sí, claro que los hay! Me picó uno justo después de que dejamos Cabo Ferrino.
Bella desabrochó su camisa de lino y mostró la cicatriz, que el Señor Stafford observó resueltamente, con una mirada de asombro y perplejidad.
–Esto no es una picadura de mosquito –dijo.
–¡Oh, sí lo es, a menos que haya serpientes o culebras en Cabo Ferrino!
–No se trata en absoluto de una picadura. Está bromeando conmigo. Señorita Rolleston, se ha dejado sacar sangre por ese maldito curandero italiano. Mataron al más grande hombre de la Europa moderna de ese modo, recuerde. Ha sido una locura de su parte.
–Nunca en mi vida me han sacado sangre, Señor Stafford.
–¡Tonterías! Permítame ver su otro hombro. ¿Tiene más picaduras de mosquito?
–Sí; el Doctor Parravicini dice que tengo una piel que no sana fácilmente, y que ese veneno actúa más virulentamente conmigo que con otra gente.
Stafford examinó ambos hombros a plena luz del sol: había cicatrices nuevas y viejas.
–Esas mordeduras son muy serias, Señorita Rolleston –dijo–, y si llego a encontrar a ese mosquito lo haré arrepentirse. Pero ahora dígame, mi querida niña, bajo su palabra de honor, dígame como se lo diría a un amigo que está sinceramente preocupado por su salud y felicidad, como se lo diría a su madre si estuviera aquí para preguntárselo: ¿no tiene idea de cuál podría ser la causa de esas cicatrices, descartando las picaduras de mosquito? ¿ninguna sospecha?
–¡No, de veras! No, lo juro por mi honor! Nunca he visto a un mosquito picando mi hombro. Uno nunca ve esos horribles malvados. Pero los he oído revolotear bajo las cortinas y sé que he tenido a uno de esos pestilentes desgraciados zumbando a mi alrededor.

Ese mismo día más tarde, Bella y sus amigos se hallaban sentados tomando el té en el jardín, cuando Lady Ducayne salió a dar su paseo vespertino con su médico.

–¿Cuánto tiempo piensa permanecer con Lady Ducayne, Señorita Rolleston? –preguntó Herbert Stafford, después de un prudente silencio, interrumpiendo la charla trivial de las dos muchachas.
–El tiempo en que siga pagándome veinticinco libras por quincena.
–¿Aunque sienta que su salud se deteriora estando a su servicio?
–No es el empleo lo que lesiona mi salud. Ya ve que no tengo realmente nada que hacer: leer en voz alta una hora o más una o dos veces por semana, escribir en un minuto alguna que otra carta a un minorista en Londres. Nunca tendré tanto tiempo libre con nadie. Y ninguna otra persona me pagaría cien libras al año.
–¿Quiere decir entonces que seguirá mientras resista, que morirá en su puesto?
–¿Cómo las otras dos acompañantes? ¡No! Si llego a sentirme enferma, realmente enferma, me subiré a un tren y regresaré directamente a Walworth.
–¿Qué fue lo que ocurrió con las otras dos acompañantes?
–Murieron las dos. Fue una gran desgracia para Lady Ducayne. Por eso fue que me contrató; me eligió porque era joven y vigorosa. Debió sentirse un poco disgustada cuando comencé a empalidecer y debilitarme. A propósito, cuando le hablé del excelente tónico que me había recetado, dijo que le gustaría verlo y tener una pequeña conversación con usted acerca de su propio caso.
–Yo también debería ver a Lady Ducayne. ¿Cuándo le dijo eso?
–Antes de ayer.
–¿Por qué no le pregunta si quiere verme esta tarde?
–¡Con mucho gusto! Tengo curiosidad por saber qué pensará de ella. A un extraño puede parecerle horrible; pero el Doctor Parravicini dice que alguna vez fue hermosa.
Eran cerca de las diez cuando el Señor Stafford recibió una esquela de Lady Ducayne, cuyo mensajero vino para conducirlo hasta el salón de su señoría. Cuando el visitante fue admitido, Bella estaba leyendo en voz alta, y él notó la languidez en su tono débil y suave, el esfuerzo evidente que hacía.
–Cierra el libro –dijo una quejumbrosa voz de anciana–. Estás empezando a arrastrar las palabras como la Señorita Blandy.

Stafford vio una pequeña y curvada figura hecha un bollo junto a los leños apilados; una vieja figura arrugada con un espléndido vestido de brocado negro y carmesí, un cuello flaco emergiendo de una masa de antiguo encaje veneciano adornado con diamantes que relucieron corno luciérnagas cuando la anciana cabeza giró hacia él.

Los ojos que lo miraban a la cara brillaban casi tanto como los diamantes y eran el único rasgo de vida en aquella rugosa máscara de pergamino. Había visto caras horribles en el hospital, caras en las que la enfermedad había dejado marcas atroces, pero nunca había visto una cara que lo impresionara tan espantosamente como ese pálido semblante, con su indescifrable horror de muerta que se sobrevive, una cara que debía haber sido ocultada bajo la tapa de un ataúd años y años atrás.

El médico italiano estaba de pie al otro lado de la chimenea, fumando un cigarrillo y mirando hacia abajo a la pequeña anciana con una mano en el pecho como si estuviera orgulloso de ella.

–Buenas noches, Señor Stafford; puedes ir a tu habitación, Bella, y escribir tu eterna carta a tu madre en Walworth –dijo Lady Ducayne–. Estoy convencida de que escribe una página acerca de cada flor silvestre que descubre en los bosques y prados. No sé acerca de qué otra cosa más puede escribir –añadió, mientras Bella se retiraba silenciosamente hacia el hermoso y pequeño dormitorio que Lady Ducayne había hecho abrir en aquel espacioso apartamento. Allí, como en Cabo Ferrino, dormía en un cuarto adyacente al de la vieja dama.

–Tengo entendido que usted es médico, Sr. Stafford.
–Soy un practicante habilitado, pero no he comenzado a ejercer.
–Ha comenzado a hacerlo sobre mi acompañante, ella me lo dijo.
–Le prescribí un tónico, es cierto, y me alegra encontrar que mi remedio le ha hecho bien; pero creo que se trata de una mejoría temporaria. Este caso va a requerir un tratamiento más drástico.
–¡No tiene ninguna importancia! A la chica no le ocurre nada malo, absolutamente nada, excepto tonterías propias de chica: demasiada libertad y poco trabajo.
–Entiendo que dos de las acompañantes de la señora murieron de la misma enfermedad –dijo Stafford, dirigiéndose primero a Lady Ducayne, que sacudió con impaciencia su temblorosa cabeza, y después a Parravicini, cuyo amarillo semblante palideció bajo la mirada de Stafford.
–No se entrometa con mis acompañantes, señor –dijo Lady Ducayne–. Mandé por usted para consultarlo acerca de mí, no acerca de una parcela de muchachas anémicas. Usted es joven, y la medicina es una ciencia que progresa, me lo dicen los diarios. ¿Dónde estudió?
–En Edimburgo y en París.
–Dos buenas escuelas. ¿Y conoce las flamantes teorías, los modernos descubrimientos que recuerdan los de la brujería medieval, los de Albertus Magnus y George Ripley? ¿Ha estudiado hipnotismo, electricidad?
–Y la transfusión de sangre –dijo Stafford, muy lentamente, mirando a Parravicini.
–¿Ha hecho algún descubrimiento que le enseñe a prolongar la vida humana, algún elixir, algún método o tratamiento? Quiero que mi vida se prolongue, joven. Este hombre ha sido mi médico durante treinta años. Hace todo lo que puede para mantenerme viva según sus luces. Estudia todas las nuevas teorías de todos los científicos; pero está viejo, cada día se pone más viejo, su poder mental se está yendo: es fanático, prejuicioso, no acepta las ideas nuevas, no incorpora los nuevos sistemas. Me dejará morir si no me pongo en guardia contra él.
–Es usted increíblemente ingrata, Excelencia –dijo Parravicini.
–¡Oh, no tienes de qué quejarte! Te he pagado miles para que me mantengas viva. Cada día de mi vida ha acrecentado tus arcas; sabes que no recibirás nada cuando me haya ido. La totalidad de mi fortuna estará destinada a solventar un hogar para indigentes mujeres de categoría que han alcanzado los noventa años. Vamos, Señor Stafford, soy una mujer rica. Concédame unos pocos años más bajo la luz del sol, unos pocos años más sobre la tierra, y yo le pagaré el precio de un elegante consultorio en Londres. Lo instalaré en el West End.
–¿Qué edad tiene usted, Lady Ducayne?
–Nací el día que Luis XVI fue guillotinado.
–Pienso entonces que ha tenido su porción de sol y de placeres sobre la tierra, y que debería emplear los pocos días que le quedan en arrepentirse de sus pecados y tratar de redimir las jóvenes vidas que fueron sacrificadas por su amor a la vida.
–¿Qué está insinuando, señor?
–¡Oh, Lady Ducayne! ¿Necesito poner en palabras su perversidad y la perversidad aún más grande de su médico? La pobre muchacha a su servicio ha sido reducida de una salud vigorosa a un estado de extremo peligro por obra de los experimentos del Doctor Parravicini; y no tengo la menor duda de que las otras dos jóvenes que desfallecieron mientras trabajaban para usted fueron tratadas por él de la misma manera. Podría ocuparme de demostrar ante un jurado de médicos, con convincente evidencia, que el Doctor Parravicini ha transfundido a la Srta. Rolleston después de colocarle cloroformo, a intervalos y desde que ella entró a su servicio. El deterioro en la salud de la muchacha habla por sí solo; las marcas de agujas sobre los hombros de la chica son inequívocas y su descripción de la serie de sensaciones, que ella llama un sueño, indican de manera concluyente la administración de cloroformo mientras estaba durmiendo. Una práctica tan atroz, tan criminal, debe, si se expone, resultar en una sentencia sólo menos severa que la pena de asesinato.
–Me río –dijo Parravicini, con movimiento airado de sus flacos dedos–, me río a la vez de sus teorías y de sus amenazas. Yo, Leopoldo Parravicini, no temo que la ley pueda cuestionar nada de lo que he hecho.
–Llévese a la chica. No quiero oír hablar más de ella –gritó Lady Ducayne, con su voz finita y cascada, que tan pobremente acompañaba la energía y el fuego del viejo cerebro perverso que guió su expresión–, ¡Que se vuelva con su madre! No quiero que mueran más chicas a mi servicio. Hay chicas suficientes y mucho más en el mundo, Dios lo sabe.
–Si contrata a otra acompañante, o toma a otra joven inglesa a su servicio, Lady Ducayne, haré que toda Inglaterra comente la historia de su perversidad.
–No quiero más chicas. No creo en los experimentos de este curandero. Han estado llenos de peligros para mí tanto como para la mucha¬cha: un burbuja de aire y hubiera muerto. No me prestaré más a sus peligrosas hechicerías. Encontraré a un nuevo hombre –un hombre mejor que tú, señor, un científico como Pasteur o Virchow, un genio– para que me mantenga viva. Llévese a la chica, joven. Cásese con ella si quiere. Le firmaré un cheque por mil libras, y que se marche y viva a carne y cerveza, y se ponga fuerte y rechoncha de nuevo. No quiero saber nada más con tales experimentos. ¿Me oyes, Parravicini? –gritó vengativa Lady Ducayne, con la cara amarilla y arrugada retorciéndose de furia y clavando su mirada sobre el médico.

Los Stafford se llevaron a Bella a Várese al día siguiente, poco dispuesta como estaba a abandonar a Lady Ducayne, cuyo salario aportaba tal ayuda a su querida madre. Herbert Stafford insistió, de todos modos, tratando a Bella con tanto aplomo como si hubiera sido el médico de la familia y ella estuviera totalmente bajo su cuidado.

–¿Supone que su madre la dejaría morir aquí? –preguntó –. Si la Señora Rolleston supiera cuan enferma está, vendría de prisa a llevársela.
–No volveré a estar bien hasta que regrese a Walworth –respondió Bella, que estaba alicaída y propensa a las lágrimas esa mañana, una reacción previsible tras su buen talante del día anterior.
–Primero nos tomaremos una semana o dos en Várese –dijo Stafford–. Cuando pueda hacer medio camino al Monte Generoso sin que le palpite el corazón, regresará a Walworth.
–Mi pobre madre, ¡qué contenta se va poner de verme, y qué triste de que haya perdido un empleo tan bueno!

La conversación tuvo lugar a bordo del bote mientras se alejaban de Bellaggio. Lotta se había aparecido en el cuarto de su amiga a las siete en punto de la mañana, mucho antes de que los rugosos párpados de Lady Ducayne se abrieran a la luz del día, antes incluso de que Francine, la criada francesa, se pusiera en movimiento, y la ayudó a empacar una maleta de viaje con pertenencias, y prácticamente arrastró a Bella escaleras abajo hasta fuera del hotel sin que pudiera ofrecer la menor resistencia.

–Está todo arreglado –le aseguró Lotta–. Herbert tuvo una buena conversación con Lady Ducayne anoche, y se acordó que te marcharías esta mañana. No le gustan las inválidas, ya sabes.
–No –suspiró Bella–, no le gustan las inválidas. Ha sido muy des¬afortunado que yo me enfermara exactamente igual que la Señorita Tomson y la Señorita Blandy.
–En todo caso, no estás muerta como ellas –contestó Lotta– y mi hermano dice que no te vas a morir.

A Bella le parecía algo bastante feo ser despedida de un modo tan abrupto, sin una palabra de adiós de su empleadora.

–Me da curiosidad saber qué dirá la Señorita Torpinter cuando vaya a verla por otra ubicación –especuló Bella, con pesar, mientras desayunaba con sus amigos a bordo del vapor.
–Quizá nunca más quiera otra ubicación –dijo Stafford.
–¿Insinúa que ya nunca volveré a estar bien para ser útil a alguien?
–No, no digo nada por el estilo.

Después de cenar en Várese, luego de que Bella fuera persuadida de tomar una copa entera de vino, y se sintiera bastante animada por obra de ese desacostumbrado estimulante, el Señor Stafford extrajo una carta de su bolsillo.

–Olvidé entregarle la carta de despedida de Lady Ducayne –dijo.
–¿Qué? ¿Me ha escrito? ¡Me pone tan contenta! Odiaba dejarla de manera tan fría; después de todo, fue muy amable conmigo, y si no me gustaba sólo se debía a que era horriblemente vieja.

Abrió precipitadamente el sobre. La carta era breve y directa:

“Adiós, niña. Ve y cásate con tu doctor. Adjunto un regalo de despedida para tu ajuar”
-ADELINE DUCAYNE

–Cien libras, el salario de un año entero... No, pero si es... ¡un che¬que por mil libras! –exclamó Bella–. ¡Qué alma más generosa! Es realmente una vieja adorable.
–Extrañará estar cerca de ti, Bella –dijo Staffbrd.

Se había animado a tutearla y llamarla por su nombre de pila estando a bordo del barco. Le parecía natural ahora que estuviese a su careo hasta que los tres se hallaran de regreso en Inglaterra.

–Asumiré los privilegios de un hermano mayor hasta que desembarquemos en Dover –dijo–; después, será como tú quieras.

La cuestión de sus futuras relaciones tiene que haber sido arreglada satisfactoriamente antes de que cruzaran el canal, pues la siguiente carta de Bella a su madre comunicaba tres hechos primordiales. Primero, que el cheque adjunto por £ 1.000 iba a ser endosado y depositado en una cuenta a nombre de la Señora Rolleston y de su exclusiva propiedad para que fuera su capital y fuente de ingreso durante el resto de su vida. Luego, que Bella regresaba a Walworth de inmediato. Y por último, que iba a casarse con el Señor Herber Stafford el próxi¬mo otoño.

“Y estoy segura de lo que vas a adorar, mamá, tanto como lo amo yo”, escribió Bella.

“Todo es obra de Lady Ducayne. Nunca habría decidido casarme sin asegurarme ese pequeño ahorro para ti. Herbert dice que será capaz de aumentarlo a medida que pasen los años, y dondequiera que vivamos habrá siempre una habitación en nuestra casa para ti. La palabra ‘suegra’ no le produce terror.”

La cabaña de Landor. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Durante una excursión a pie, que realicé el pasado verano a través de uno o dos de los condados ribereños de Nueva York, me encontré, al caer el día, un tanto desorientado acerca del camino que debía seguir. La tierra se ondulaba de un modo considerable y durante la última hora mi senda había dado vueltas y más vueltas de aquí para allá, tan confusamente en su esfuerzo por mantenerse dentro de los valles, que no tardé mucho en ignorar en qué dirección quedaba la bonita aldea de B..., donde había decidido pernoctar. El sol casi no había brillado durante el día —en el más estricto sentido de la palabra—, a pesar de lo cual había estado desagradablemente caluroso. Una niebla humeante, parecida a la del verano indio, envolvía todas las cosas y, desde luego, contribuía a mi incertidumbre. No es que me preocupara mucho por eso. Si. no llegaba a la aldea antes de la puesta del sol o aun antes de que oscureciese, sería más que posible que surgiera por allí una pequeña granja holandesa o algo por el estilo, aunque, de hecho, los alrededores estaban escasamente habitados, debido, quizá, a ser estos parajes más pintorescos que fértiles. De todos modos, con mi mochila por almohada y mi perro de centinela, vivaquear al aire libre era en realidad algo que debería divertirme. Seguí, por tanto, caminando a mis anchas, haciéndose Ponto cargo de mi escopeta, hasta que, finalmente, en el momento que yo había empezado a considerar si los pequeños senderos que se abrían aquí y allí eran auténticos senderos, uno de ellos, que parecía el más prometedor, me condujo a un verdadero camino de carros. No podía haber equivocación. Las ligeras huellas de ruedas eran evidentes, y aunque los altos arbustos y la maleza excesivamente crecida se entrecruzaban formando una maraña elevada, no había obstrucción alguna por abajo, incluso para el paso de una galera de Virginia, que es el vehículo con más aspiraciones de todos cuantos conozco de su clase. Sin embargo, la carretera, excepto en lo de estar trazada a través del bosque —si ésta no es una palabra demasiado importante para tan pequeña agrupación de árboles— y excepto en los detalles de evidentes huellas de ruedas, no guardaba la menor relación con todas las carreteras que yo había visto hasta entonces. Las huellas de las que hablo no eran sino débilmente perceptibles, habiendo sido impresas sobre la superficie firme, pero desagradablemente mojada, que era más parecida al verde terciopelo de Génova que a ninguna otra cosa. Naturalmente, era césped, pero un césped que raras veces vemos en Inglaterra —tan corto, tan espeso, tan nivelado y tan vivo de color—. En aquella vía de ruedas no existía ni un solo obstáculo, ¡ ni siquiera una piedra o una ramita seca! Las piedras que una vez obstruyeron el camino habían sido cuidadosamente colocadas, no tiradas a lo largo de las cunetas, sino puestas alrededor como para señalar sus límites, con una clase de definición medio precisa, medio negligente y totalmente pintoresca. Por todas partes crecían grupos de flores entre las piedras con una gran exuberancia. Desde luego, yo no sabía qué sacar de todo aquello. Sin duda alguna era arte, lo que no me sorprendía, pues todas las carreteras son obras de arte en el sentido corriente de la palabra. No puedo decir que hubiera mucho para maravillarse en el simple exceso de arte manifestado; todo parecía haber sido hecho, debería haber sido hecho allí, con "recursos naturales", tal como se dice en los libros de jardinería del paisaje, con muy poco trabajo y gasto. No eran la cantidad del arte, sino su carácter, lo que me indujo a tomar asiento sobre una de las floridas piedras y mirar de arriba abajo aquella avenida que parecía de hadas, durante media hora o más, con maravillosa admiración. Cualquier cosa se iba haciendo más y más evidente conforme la miraba: aquellos arreglos deberían haber sido dirigidos por un artista, y uno de gusto muy exigente para las formas. Se intentó conservar un equilibrio entre lo delicado y gracioso, por una parte, y lo pintoresco, en el verdadero sentido del término italiano, por la otra. Había pocas líneas rectas y pocas líneas continuas. El mismo efecto de curvatura o de color aparecía repetido en general dos veces, pero no aparecía con más frecuencia, desde ningún punto de vista.

Por todas partes había variedad en la uniformidad. Era una pieza de composición a la que el gusto del crítico más exigente apenas hubiera podido sugerir la más pequeña enmienda. Cuando entré por aquella carretera había torcido a la derecha y ahora, al levantarme, continué en la misma dirección. La senda era tan sinuosa que en ningún momento, desde luego, podía andar más de dos o tres pasos en línea recta. Su carácter no experimentaba ningún cambio material.

De forma repentina, el murmullo del agua se oyó suavemente y algunos momentos después, cuando el camino torcía de forma algo más brusca que la de antes, divisé un edificio de cierta categoría que se alzaba al pie del suave declive, precisamente delante de mí. No podía ver nada claramente a causa de la niebla que ocupaba todo el pequeño valle que se hallaba a mis pies. Sin embargo, ahora que el sol iba a ponerse, se levantaba una suave brisa, y mientras permanecía de pie sobre la cima de la ladera, la niebla se iba disipando gradualmente en espirales y de ese modo flotaba sobre el paisaje. Cuando el escenario fue haciéndose más visible, de forma gradual como lo describo, parte por parte, aquí un árbol, allí un resplandor de agua y aquí de nuevo el final de una chimenea, no pude menos de imaginar que todo no era sino una de esas ilusiones ingeniosas que algunas veces se exhiben bajo el nombre de "cuadros desvanecientes". Sin embargo, durante ese tiempo la niebla había desaparecido totalmente, el sol se había ocultado detrás de las suaves colinas y desde allí, como con un ligero paso hacia el sur, se había vuelto a hacer visible, brillando con reflejos purpúreos a través de una hondonada, por la que se penetraba al valle del Oeste. De repente, y como por arte de magia, todo el valle y todo lo que en él había se hizo visible. La primera ojeada, mientras el sol se deslizaba en la posición descrita, me impresionó mucho más de lo que me hubiera impresionado, siendo colegial, el final de una buena representación de teatro o melodrama. Ni siquiera se echaba de menos la monstruosidad de color, pues la luz del sol salía a través de la hondonada, coloreada por completo de anaranjado y púrpura, mientras el vivo verde del césped del valle era reflejado más o menos sobre los objetos, desde la cortina de vapor que aún colgaba por encima, como si le costase trabajo abandonar escena de tan encantadora belleza. El pequeño valle que yo curioseaba a mis pies desde aquel dosel de niebla, puede que no tuviera más de cuatrocientos metros de longitud, mientras que su ancho variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o tal vez doscientos. Era más estrecho en su extremo norte, abriéndose conforme se acercaba hacia el sur, aunque con regularidad no muy precisa. La parte más ancha estaba a unas ochenta yardas del extremo sur. Las laderas que cerraban el valle no podían llamarse propiamente colinas, al menos en su cara norte. Aquí se elevaba un precipicio de granito escarpado con una altura de unos noventa pies y, como ya he dicho, el valle en este punto no tenía más de cincuenta pies de ancho. A medida que el visitante avanzaba hacia el sur desde el acantilado, encontraba a derecha e izquierda declives de menos altura, menos escarpados y menos rocosos. En una palabra, todo se inclinaba y se suavizaba hacia el sur, y a pesar de ello el valle estaba rodeado por eminencias más o menos altas, excepto en dos puntos. De uno ya he hablado. Se encontraba considerablemente al noroeste y estaba allí donde el sol poniente se abría camino, como ya lo he descrito, en el anfiteatro a través de una grieta natural lisamente trazada en el terraplén de granito; esta grieta tendría diez yardas por su parte más ancha, hasta donde el ojo era capaz de ver. Parecía llevar hacia arriba, como una calzada natural, a los recónditos lugares de inexploradas montañas y bosques. La otra abertura estaba situada directamente en el otro extremo sur del valle. Allí, por regla general, las pendientes no eran sino suaves inclinaciones que se extendían de este a oeste en unas cincuenta yardas, aproximadamente. En medio de esta extensión había una depresión al nivel corriente del suelo del valle. En cuanto a la vegetación, así como a todo lo demás, la escena se suavizaba y ondulaba hacia el sur. Hacia el norte, y sobre el precipicio escarpado, se alzaban a algunos pasos del borde magníficos troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños, entremezclados con algún otro roble. Las fuertes ramas laterales de los castaños, especialmente, sobresalían en mucho sobre el borde del acantilado. Continuando su marcha hacia el sur, el viajero veía al principio la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados. Luego veía el olmo apacible, seguido por el sasafrás; el algarrobo y el curbaril, y éstos a su vez por el tilo, el ciclamor, la catalpa y el arce, y éstos de nuevo por otras variedades más graciosas y modestas. Toda la cara del declive sur estaba cubierta sólo de arbustos salvajes, con excepción de algún sauce plateado o álamo blanco. En el fondo del mismo valle (pues debe recordarse que la vegetación mencionada hasta ahora sólo crecía en los precipicios o laderas de los montes) podían verse tres árboles aislados. Uno era un olmo de hermoso tamaño y exquisita forma que se alzaba como si guardase la entrada sur del valle. Otro era un nogal americano, mucho mayor que el anterior y en su conjunto mucho más hermoso, aunque ambos eran muy bellos. Éste parecía tener a su cargo la entrada noroeste, brotando de un montón de rocas en la misma embocadura del precipicio y proyectando su graciosa figura en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados, a lo lejos, sobre el iluminado anfiteatro. Casi a unas treinta yardas al este de dicho árbol se levantaba el orgullo del valle, y por encima de toda discusión, el árbol más magnífico que yo he visto jamás, salvo, tal vez, entre los cipreses de Ilchiatuckanee. Era un tulípero de triple tronco, el Liriodendron. Tulipiferurn, perteneciente a la familia de las magnolias. Los tres troncos estaban separados del padre unos tres pies del suelo, aproximadamente, y se apartaban muy suave y gradualmente, apenas distando entre ellos cuatro pies de donde el tronco más ancho extendía su follaje; esto ocurría a una altura de unos ochenta pies. La altura del tronco principal era de ciento veinticinco. Nada hay que supere en belleza a la forma y el color verde brillante de las hojas del tulipero. En el ejemplar al que me refiero tenían muy bien ocho pies de anchura, pero su gloria estaba completamente eclipsada por el magnífico esplendor de su profusa floración. ¡Imaginad, congregados en un denso ramillete, un millón de tulipanes de los más grandes y espléndidos! Sólo así puede el lector hacerse una idea del cuadro que intento describir; y luego, la gracia firme de los lisos troncos, finamente pulidos como columnas, el más ancho de los cuales medía cuatro pies de diámetro, a veinte del suelo. Las innumerables florescencias, mczclándose con las de los otros árboles de parecida belleza, aunque infinitamente de menor majestad, llenaban el valle de aromas más agradables que los perfumes de Arabia.

El suelo del anfiteatro tenía un césped de la misma clase que el de la carretera y aún más deliciosamente suave, espeso, aterciopelado y de un verde milagroso. Era difícil de concebir cómo se había logrado toda esa belleza. He hablado de las dos aberturas que tenía el valle. En una de ellas, la situada al noroeste, fluía un riachuelo que, con un murmullo suave y espumoso, llegaba hasta estrellarse contra el grupo de rocas sobre las que brotaba el nogal americano. Allí, después de rodear el árbol, pasaba un, poco hacia el nordeste, dejando el tulípero a unos veinte pies hacia el sur y no sufriendo otra alteración en su curso hasta que se aproximaba al centro entre los límites orientales y occidentales del valle. En este punto, después de una serie de revueltas, doblaba en ángulo recto y proseguía generalmente en dirección sur, serpenteando en su cauce hasta llegar a perderse en un pequeño lago de forma irregular (aunque ásperamente ovalado) que se extendía resplandeciente cerca de la extremidad inferior del valle. Este pequeño lago tenía tal vez cien yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal podía ser más claro que sus aguas. Su fondo, que podía verse con claridad, estaba formado todo él de guijarros de un blanco brillante. Sus orillas, de césped esmeralda, ya descritas, redondeadas más bien que cortadas, se hundían en el claro cielo de debajo, y tan claro era éste y tan perfectamente reflejaba a veces los objetos que estaban por encima, que era un punto difícil de determinar dónde acababa la orilla verdadera y dónde comenzaba su reflejo. Las truchas y otras variedades de peces, de las que aquella laguna parecía estar incomprensiblemente repleta, tenían toda la apariencia de auténticos peces voladores. Resultaba casi imposible de creer que no estaban suspendidos del aire. Una ligera canoa de corteza de abedul que descansaba plácidamente sobre el agua, era reflejada hasta en sus más minuciosas fibras con una fidelidad superior al espejo más pulido. Una pequeña isla, que reía bellamente con flores en todo su apogeo y que ofrecía muy poco más espacio que el justo para sostener alguna pequeña y pintoresca edificación, como una casita de patos, se levantaba sobre la superficie del lago, no muy lejos de la orilla norte, a la cual estaba unida por medio de un puente inconcebiblemente ligero y rústico. Estaba formado por una tabla única, ancha y gruesa, de madera de tulípero que medía cuarenta pies de larga y que salvaba el espacio comprendido entre orilla y orilla con un ligero, como perceptible arco que prevenía toda oscilación. Del extremo sur del lago salía una prolongación del arroyo que después de serpentear tal vez treinta yardas, pasaba, finalmente, a través de la depresión (ya descrita) en medio de la pendiente sur, y lanzándose por un abrupto precipicio de cien pies, seguía su áspera y desconocida ruta hacia el Hudson.

El lago era profundo —en algunos puntos, treinta pies—, pero el arroyo raras veces excedía de tres, mientras su anchura mayor era casi de ocho. El fondo y las orillas eran semejantes a las del lago, y si se les debiera atribuir algún defecto, de acuerdo con su pintoresquismo, sería el de su excesiva pulcritud. La extensión del verde césped estaba suavizada aquí y allí por algún bonito arbusto, tal como la hortensia, la corriente bola de nieve o la aromática lila; o más frecuentemente por un macizo de geranios floreciendo magníficos en grandes variedades. Estos últimos crecían en tiestos que estaban cuidadosamente enterrados en el suelo, como para dar a las plantas la apariencia de ser naturales. Además de esto, el terciopelo del césped estaba exquisitamente moteado por un rebaño considerable que pastaba por el valle en compañía de tres gamos domesticados y un gran número de patos de brillantes plumas. Un mastín enorme parecía estar vigilando a cada uno de aquellos animales.

A lo largo de las colinas de la parte este y oeste, hacia la parte superior del anfiteatro, donde eran más o menos escarpados los linderos, crecía una gran profusión de brillante hierba —de modo que sólo de tarde en tarde se podía descubrir algún sitio de la roca que hubiera quedado desnuda—. El precipicio norte estaba del mismo modo enteramente cubierto de viñas de rara exuberancia; algunas brotaban en la base del acantilado y otras sobre los bordes de sus paredes laterales. La ligera elevación que formaba el límite más bajo de esta pequeña posesión estaba coronada por un muro de piedra uniforme, de altura suficiente como para prevenir que escaparan los gamos. Por ningún lado se veía algo que pudiera ser un vallado; es que en realidad no era en modo alguno necesario, pues si, por ejemplo, llegaba a extraviarse alguna oveja que hubiese intentado salir del valle por medio del precipicio, después de unas cuantas yardas, habría encontrado interrumpido su caminar por el borde de la roca, sobre el cual se precipitaba la cascada que había atraído mi atención cuando por vez primera me acerqué a la finca. En resumen: las únicas entradas o salidas sólo eran posibles a través de una verja que ocupaba un paso rocoso en la carretera a algunas yardas por debajo del lugar donde yo me había detenido para contemplar el paisaje. He descrito el arroyo que serpenteaba de modo muy irregular a lo largo de su curso. Sus dos direcciones principales eran, como dije. primero de oeste a este y luego de norte a sur. En la revuelta, la corriente, retrocediendo en su marcha, describía una curva casi circular, de forma como de península o tal vez como una isla, y que incluía en su interior una extensión de la sexta parte de un acre. Sobre esta península se asentaba una casa, y cuando vi que esta casa, como la terraza infernal vista por Vathek; était d'une architecture inconnue dans les annales de la terre, quiero decir simplemente que todo su conjunto me impresionó con el más agudo sentido de una combinación de novedad y de propiedad —de poesía, en una palabra (en el término más abstracto y riguroso)—, y no es mi intención indicar que el soutre fuera tomado en cuenta en algún momento. De hecho, nada podría ser más sencillo, ni más completamente carente de ambición, que aquel cottage. Su maravilloso efecto radicaba principalmente en la artística disposición, como la de un cuadro. Mientras la miraba, podía haber imaginado que algún eminente paisajista la había creado con su pincel.

El sitio desde el cual vi el valle por vez primera no era por completo, aunque no faltara mucho para ello, el mejor punto desde el cual se pudiera contemplar la casa. Por tanto, la describiré como la vi más tarde, colocándome sobre las piedras en el extremo sur del anfiteatro.

El edificio principal tenía cerca de veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho. Su altura total, desde el suelo a la cúspide del tejado, no debería exceder de dieciocho pies. Al extremo oeste de esta estructura se le unía otra un tercio más pequeña en todas sus proporciones; la línea de su fachada retrocedía cerca de dos yardas en relación con la casa mayor, y la línea del tejado era también considerablemente más baja que el tejado de su compañera. A la derecha de este edificio, y detrás del principal —no exactamente en medio —, se extendía una tercera edificación, muy pequeña, y en general un tercio inferior que la situada en el ala oeste. Los tejados de las dos casas mayores eran muy empinados, descendiendo desde la cima con una larga curva cóncava y extendiéndose, por último, cuatro pies más allá de las paredes de la fachada, como para cubrir los tejados de dos galerías. Estos últimos no necesitaban soportes, desde luego, pero como tenían el aspecto de necesitarlos, unos ligeros y bien pulidos pilares se habían insertado sólo en las esquinas. El tejado del ala norte era simple prolongación de una parte del tejado principal. Entre el edificio principal y el ala oeste se alzaba una chimenea muy alta y esbelta de consistentes ladrillos holandeses que se alternaban en rojo y en negro; una ligera cornisa que sobresalía remataba el tejado. Los tejados se proyectaban mucho sobre los caballetes, haciéndolo en el edificio principal como cuatro pies al este y como dos al oeste. La puerta principal no estaba precisamente en el centro de la edificación principal, sino un poco hacia el este, mientras las dos ventanas quedaban al oeste. Éstas no bajaban al terreno, sino que, mucho más largas y estrechas que las corrientes, tenían hojas únicas, como las puertas, y cristales con forma de rombos, pero muy anchos. La puerta era de cristal en su medio panel superior, también en forma de rombos, y con una hoja movible, que se aseguraba por la noche. La puerta del ala oeste estaba en esta pared y era muy sencilla, con una única ventana que miraba hacia el sur. El ala norte no tenía puerta exterior, y sólo una ventana orientada hacia el este. El muro de sujeción del caballete oriental estaba realzado por una escalera de balaustrada que la cruzaba en diagonal. Bajo el tejado del amplio alero, esta escalera daba acceso a una puerta que conducía a la buhardilla, o mejor, al desván, pues éste se iluminaba únicamente por la luz de una ventana orientada al norte y parecía haber sido ideado como almacén. Las galerías del edificio principal y del ala oeste no tenían el suelo que acostumbran tener, pero ante las puertas y ventanas, anchas losas de granito de forma irregular, quedaban encajadas en el delicioso césped, proporcionando en cualquier tiempo un confortable pavimento. Excelentes senderos del mismo material, no ajustado, sino dejando que el césped aterciopelado llenara los frecuentes espacios entre las piedras, llevaban aquí y allá, desde la casa a un manantial cristalino que manaba a muy pocos pasos, a la carretera o a uno de los dos pabellones que se extendían al norte, más allá del arroyo y completamente tapados por algunos algarrobos y catalpas. A menos de seis pasos de la entrada principal del cottage se levantaba el tronco muerto de un fantástico peral, tan recubierto de pies a cabeza por espléndidas flores de bignonia, que uno precisaba una gran atención para determinar qué clase de cosa podía ser aquello. De diversas ramas de este árbol colgaban jaulas de clases diferentes. En una de ellas, un sinsonte se removía con gran algazara en un gran cilindro de mimbre con una anilla en su parte superior; en otra, una oropéndola, y en una tercera, el descarado gorrión de los arrozales, mientras que tres o cuatro más delicadas prisiones estaban ocupadas por canarios de potente canto. Los pilares de las galerías estaban enguirnaldados con jazmines y madreselvas, mientras que enfrente del ángulo formado por la estructura principal y su ala oeste brotaba una parra de exuberancia sin igual. Desafiando toda limitación, había trepado primero al tejado más bajo, luego al más elevado, y después, a lo largo del alero de este último, seguía retorciéndose, proyectando zarcillos a derecha e izquierda, hasta alcanzar, por último, el caballete del este y caer rastreando por las escaleras.

Toda la casa, con sus alas, fue construida con arreglo a la vieja moda holandesa de ancho entablado y bordes sin redondear. La particularidad de este material es dar a las casas construidas con él todo el aspecto de ser más anchas en la base que en la parte superior —como en la arquitectura egipcia—, y en el caso presente, aquel efecto, extraordinariamente pintoresco, se basaba en los numerosos tiestos de magníficas flores que casi circundaban la base de los edificios. El entablado estaba pintado de gris oscuro y un artista puede fácilmente imaginar el magnífico efecto que este tono neutro producía, mezclado con el vivo verde de las hojas de los tulíperos que parcialmente sombreaban el cottage.

Desde una posición cercana a la valla de piedra, tal como he descrito, se podían ver con gran facilidad los edificios., pues el ángulo sudeste avanzaba hacia adelante y la vista podía abarcar en seguida el conjunto de las dos fachadas, junto con el pintoresco caballete del este y, al mismo tiempo, tenía una vista suficiente del ala norte, con retazos del bonito tejado del invernadero y casi la mitad de un puentecillo, puente que se arqueaba sobre el arroyo en las cercanías de los edificios principales. No permanecí mucho tiempo en la cumbre de la colina, aunque sí el suficiente como para hacer una concienzuda recopilación del escenario que tenía a mis pies. Era evidente que me había apartado de la carretera de la aldea, y así tenía una buena disculpa de viajero para abrir la verja que estaba ante mí y preguntar el camino, lo cual hice sin la menor vacilación.

La carretera, después de cruzar la puerta, quedaba sobre un reborde natural que descendía gradualmente por la cara de los acantilados del nordeste. Me llevó al pie del precipicio norte, y de allí, luego de cruzar el puente y rodear el caballete norte, a la puerta de la fachada. Mientras avanzaba pude darme cuenta de que no se podían ver los pabellones. Cuando doblé la esquina del caballete, un mastín saltó hacia mí silenciosamente, pero con la vista y todo el aire de un tigre. Sin embargo, le alargué mi mano en señal de amistad —pues no he conocido perro alguno que se mostrase reacio a una llamada a su cortesía— y no sólo cerró su boca y meneó su cola, sino que me ofreció de verdad su pata, extendiendo después sus muestras de civilidad a Ponto.

No se veía ninguna campanilla y golpeé con mi bastón la puerta, que estaba entornada. Instantáneamente, la figura más bien delgada o ligera y de estatura superior a la media, de una joven de unos veintiocho años, avanzó hacia el umbral. Cuando se acercaba, con cierta humilde decisión, con su paso del todo indescriptible, me dije a mí mismo: "Con seguridad he encontrado aquí la perfección de lo natural, en contraposición a la gracia artificial". La segunda impresión que me causó, y la más viva de las dos, fue la del entusiasmo. Una impresión de romanticismo o tal vez de espiritualidad, tan intensa como aquella que brillaba en sus profundos ojos, jamás se había hundido en el fondo de mi corazón de aquel modo. No sé cómo fue, pero esa peculiar expresión de ojos, que a veces se refleja en los labios, es el atractivo más enérgico, sino el único, que despierta mi mayor interés hacia una mujer. "Romanticismo', hará comprender a mis lectores, lo que quiero decir con la palabra. Romanticismo y feminidad son para mí términos sinónimos, y después de todo, lo que un hombre ama en la mujer es simplemente su "feminidad". Los ojos de Annie (yo oí a alguien que desde el interior le llamaba "Annie querida. . ..." eran de un "gris espiritual"; su cabello, castaño claro; esto fue todo lo que tuve tiempo de observar en ella.

Atendiendo su cortés invitación, entré, pasando primero a un vestíbulo muy espacioso. Habiendo ido allí principalmente para observar, me fijé que a la derecha, al entrar, había una ventana semejante a las de la fachada de la casa; que a la izquierda, una puerta conducía a la habitación principal, mientras enfrente de mí una puerta abierta me permitía ver un pequeño apartamiento, precisamente del tamaño del vestíbulo, arreglado como estudio y con una ancha ventana saliente que daba al norte. Pasando al saloncito me encontré con míster Landor, pues éste, como supe después, era su nombre. Era un hombre educado y cordial en su modo de reír; pero precisamente entonces estaba yo más interesado en observar el decorado de la casa que tanto me había atraído, que no presté atención a sus ocupantes. El ala norte, como vi entonces, tenía un dormitorio cuya puerta comunicaba con el saloncito. Al oeste de esta puerta se veía una ventana que daba al arroyo. En el extremo oeste del saloncito había una chimenea y una puerta que conducía al ala oeste, probablemente a la cocina.

Nada podía ser más rigurosamente simple que el mobiliario del saloncito. En el suelo, una alfombra de nudo de excelente tejido, con fondo blanco salpicado de pequeñas figuras circulares verdes. En las ventanas había cortinas de muselina de inmaculada blancura, de anchura aceptable y que colgaban formando pliegues rectos y paralelos hasta el suelo. Las paredes estaban empapeladas con papel francés de eran delicadeza: fondo plateado con listas de color verde pálido, corriendo en zigzag de un lado a otro. Sobre él sólo había tres exquisitas litografías de Julien, a tres colores, colgadas de la pared, sin marcos. Uno de los cuadros representaba una escena de lujo oriental, llena de voluptuosidad; la otra era una escena de carnaval, de una fuerza incomparable; la tercera, una cabeza de mujer griega, un rostro tan divinamente hermoso y, sin embargo, con una expresión de inconstancia tan provocativa como jamás mis ojos habían visto hasta entonces.

Los muebles más importantes consistían en una mesa redonda, unas cuantas sillas (incluyendo una mecedora> y un sofá, o mejor, canapé de madera de arce lisa pintada de un tono blanco —crema, ligeramente ribeteado de verde, con asiento de enea. Las sillas y la mesa hacían juego. No cabía duda de que todo había sido designado por el mismo cerebro que planeó los terrenos; de otro modo sería imposible concebir algo tan delicado. Sobre la mesa había unos cuantos libros, una botella de cristal ancha y cuadrada en algún perfume nuevo, una lámpara de cristal esmerilado (no solar) con una pantalla de estilo italiano y un gran vaso repleto de espléndidas flores. Estas, de magníficos colores y suave aroma , constituían en verdad la única decoración del departamento. La repisa de la chimenea estaba enteramente repleta de un florero de geranios. Sobre una estantería triangular en cada ángulo de la habitación se veían vasos semejantes que sólo variaban en su bello contenido. Uno o dos pequeños bouquets, adornaban el mantel y tardías violetas se apretaban en las ventanas abiertas.

El propósito de este trabajo no ha sido sino el de dar con detalle una descripción de la residencia de míster Landor, tal y como yo la encontré.