lunes, 29 de febrero de 2016

La tumba de Shelley. Oscar Wilde (1854-1900)

Como antorchas apagadas junto al lecho de un enfermo
macilentos cipreses rodean la piedra blanquecina;
allí, el búho nocturno construye su trono
y el delgado lagarto exhibe su testa enjoyada.
Allí, donde los cálices de las amapolas se encienden de rojo,
en la serena cámara de aquella Pirámide
seguramente alguna Esfinge antigua
se oculta en la penumbra,
torva guardiana de este jardín de la muerte.

¡Ah! Realmente es dulce descansar dentro del útero
de la Tierra, gran madre del sueño eterno
pero es más dulce para ti una tumba agitada
en la caverna azul de un abismo con eco
allí donde los altos barcos zozobran en la noche
contra los escollos de las olas bravías.

La tumba de Keats. Oscar Wilde (1854-1900)

Libre de la injusticia del mundo y su dolor,
descansa al fin bajo el velo azul de Dios:
arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,
el mártir más joven yace aquí,
justo cual Sebastián y tan temprano muerto.
Ningún ciprés ensombrece su tumba, ni tejo funeral,
sino amables violetas con el rocío llorando
sobre sus huesos tejen cadena de perenne floración.
¡Oh, altivo corazón que destruyó el dolor!
¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!
¡Oh, pintor-poeta de nuestra tierra inglesa!
Tu nombre inscribióse en el agua; y habrá de perdurar:
lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde,
como el pote de albahaca Isabella.

Phedre. Oscar Wilde (1854-1900)

A Sarah Bernhardt

Qué vano y qué tedioso nuestro mundo ordinario parecerá
a alguien Como tú, que en Florencia
habrías conversado con Mirandola, o caminado
entre los frescos olivares de Academos:
habrías recogido cañas de la verde corriente
para la aguda flauta de Pan, pies de cabrito,
y tocado con las blancas niñas en el valle Reacio
donde el grave Odiseo de su profundo sueño despertara.

¡Ah!, en verdad, una urna de ática arcilla
guardó tu polvo pálido, y has venido otra vez
a este mundo ordinario, tedioso y vano,
fatigada de los días sin sol,
de campos rebosantes de asfódelos insípidos,
de labios sin amor, con que besan los hombres en el Infierno.

Fabien dei Franchi. Oscar Wilde (1854-1900)

A mi amigo Henry Irving

La silenciosa estancia, la pesada sombra avanzando furtiva,
los muertos inmóviles viajando, la puerta que se abre,
el hermano asesinado que levita a través del piso,
los blancos dedos del fantasma posados en tus hombros
y luego, el duelo solitario en el valle,
las rotas espadas, el ahogado grito, la sangre,
tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado.
Están bien esas cosas; ¡pero tú fuiste hecho
para más augustas creaciones! Lear enloquecido
debería a tu arbitrio vagar por el brezal nativo
con el tonto ruidoso que se mofa; Romeo
por ti atraería su amor, y el miedo desesperado
sacaría de su vaina la daga cobarde de Ricardo.
¡Tú, presto instrumento al soplo de los labios de Shakespeare!

La fuite de la lune. Oscar Wilde (1854-1900)

Hay paz para los sentidos,
una paz soñadora en cada mano,
y profundo silencio en la tierra fantasmal,
profundo silencio donde las sombras cesan.

Sólo el grito que el eco hace chillido
de algún ave desconsolada y solitaria;
la codorniz que llama a su pareja;
la respuesta desde la colina en brumas.

Y súbitamente, la luna retira
su hoz de los cielos centelleantes
y vuela hacia sus cavernas sombrías
cubierta en velo de gasa gualda.

Les silhouettes.Oscar Wilde (1854-1900)

El mar está marcado con unas bandas grises,
el quieto viento muerto desentona
y como hoja marchita es llevada
la luna por la bahía tormentosa.

Grabado claramente sobre pálida arena
está el bote negro: un joven marinero
sube a bordo en gozo distraído
con el rostro sonriente y mano reluciente.

Y arriba los zarapitos claman
y por el pasto oscuro meseteño
van segadores mozos de cuellos brunos,
cual si fueran siluetas contra el cielo.

Impression de voyage. Oscar Wilde (1854-1900)

Era un mar de zafiro y el cielo
ardía en el aire como ópalo candente;
izamos nuestra vela; soplaba bien el viento
hacia tierras azules situadas en el Este.

Desde mi proa alta divisé a Zakynthos:
cada bosque de olivos, cada cala,
las escarpas de Ithaca, el blanco pico de Lycaon,
y flores esparcidas en colinas de Arcadia.

El batir de la vela contra el mástil,
el rumor de las olas contra el casco,
rumor de risas jóvenes en la popa,
todo lo que se oía, al comenzar a arder el Oeste.
Y un rojo sol cabalgó por los mares.
Pisaba, al fin, el suelo griego.

¡Hélas! Oscar Wilde (1854-1900)

Con cada pasión a la deriva hasta que mi alma
sea un laúd en cuyas cuerdas todos los vientos tañen.
¿Para esto renuncié
a mi sabiduría antigua ya mi austero control?
Mi vida es un palimpsesto
garabateado en alguna vacación de muchach
ocon canciones ociosas para flauta y rondó
que solamente ocultan el secreto del todo.
Por cierto que hubo un tiempo cuando osé pisar
las alturas soleadas y de las disonancias de la vida
logré claros acordes para llegar al oído de Dios.
¿Está muerto ese tiempo? Mirad, con mi pequeña vara
apenas toqué la miel del romance,
¿y debo yo perder la herencia de un alma?

Flor de amor. Oscar Wilde (1854-1900)

Amor, no te culpo; la culpa fue mía, no hubiera yo sido de arcilla común
habría escalado alturas más altas aún no alcanzadas, visto aire más lleno, y día más pleno.

Desde mi locura de pasión gastada habría tañido más clara canción,
encendido luz más luminosa, libertad más libre, luchado con malas cabezas de hidra.

Hubieran mis labios sido doblegados hasta hacerse música por besos que sólo hicieran sangrar,
habrías caminado con Bice y los ángeles en el prado verde y esmaltado.

Si hubiera seguido el camino en que Dante viera los siete círculos brillantes,
¡Ay!, tal vez observara los cielos abrirse, como se abrieran para el florentino.

Y las poderosas naciones me habrían coronado, a mí que no tengo nombre ni corona;
y un alba oriental me hallaría postrado al umbral de la Casa de la Fama.

Me habría sentado en el círculo de mármol donde el más viejo bardo es como el más joven,
y la flauta siempre produce su miel, y cuerdas de lira están siempre prestas.

Hubiera Keats sacado sus rizos himeneos del vino con adormidera,
habría besado mi frente con boca de ambrosía, tomado la mano del noble amor en la mía.

Y en primavera, cuando flor de manzano acaricia un pecho bruñido de paloma,
dos jóvenes amantes yaciendo en la huerta habrían leído nuestra historia de amor.

Habrían leído la leyenda de mi pasión, conocido el amargo secreto de mi corazón,
habrían besado igual que nosotros, sin estar destinados por siempre a separarse.

Pues la roja flor de nuestra vida es roída por el gusano de la verdad
y ninguna mano puede recoger los restos caídos: pétalos de rosa juventud.

Sin embargo, no lamento haberte amado -¡ah, qué más podía hacer un muchacho,
cuando el diente del tiempo devora y los silenciosos años persiguen!

Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad y cuando la tormenta de juventud ha pasado,
sin lira, sin laúd ni coro, la Muerte, el piloto silencioso, arriba al fin.

Y en la tumba no hay placer, pues el ciego gusano se ceba en la raíz,
y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza, y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.

¡Ah!, qué más debía hacer sino amarte; aún la madre de Dios me era menos querida,
y menos querida la elevación citérea desde el mar como un lirio argénteo.

He elegido, he vivido mis poemas y, aunque la juventud se fuera en días perdidos,
hallé mejor la corona de mirto del amante que la de laurel del poeta.

Portia. Oscar Wilde (1854-1900)

A Ellen Terry

Poco me maravilla la osadía de Basanio
de arriesgar todo lo que tenía al plomo,
o que el orgulloso Aragón bajara la cabeza,
o que Marroquí de corazón en llamas se enfriara:
pues en ese atavío de oro batido
que es más dorado que el dorado sol,
ninguna mujer que Veronese mirara
era tan bella como tú a quien contemplo.
Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo
al vestir la toga severa del jurista
y no permitieras que las leyes de Venecia cedieran
el corazón de Antonio a ese judío maldito.
¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago;
no he de objetar a ese aval.

En el salón dorado. Una armonía. Oscar Wilde (1854-1900)

Sus manos de marfil en el teclado
extraviadas en pasmo de fantasía;
así los álamos agitan sus plateadas hojas
lánguidas y pálidas.
Como la espuma a la deriva en el mar inquieto
cuando muestran las olas los dientes a la brisa.

Cayó un muro de oro: su pelo dorado.
Delicado tul cuya maraña se hila
en el disco bruñido de las maravillas.
Girasol que se vuelve para encontrar el sol
cuando pasaron las sombras de la noche negra
y la lanza del lirio está aureolada.

Y sus dulces labios rojos en estos labios míos
ardieron como fuego de rubíes engarzados
en el móvil candil de la capilla grana
o en sangrantes heridas de granadas,
o en el corazón del loto anegado
en la sangre vertida del vino rojo.

El cuarto movimiento: Le Réveillon. Oscar Wilde (1854-1900)

El cielo está manchado con espasmos de rojo,
huyen las brumas envolventes y las sombras;
el alba se levanta desde el mar
como una blanca dama de su lecho.

Y caen flechas melladas, insolentes
a través de las plumas de la noche,
y una ola larga de luz gualda
rompe en silencio sobre torre y casa,

y extendiéndose amplia sobre el campo inculto
un batir de alas que despiertan al vuelo,
castaños que se agitan en la copa
y ramas con estrías de oro.

El cuarto movimiento: Apologías. Oscar Wilde (1854-1900)

¿Es tu voluntad que yo crezca y decline?
Trueca mi paño de oro por la gris estameña
y teje a tu antojo esa tela de angustia
cuya hebra más brillante es día malgastado.

¿Es tu voluntad -Amor que tanto amo-
que la Casa de mi Alma sea lugar atormentado
donde deban morar, cual malvados amantes,
la llama inextinguible y el gusano inmortal?

Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar
y venderé ambición en el mercado,
y dejaré que el gris fracaso sea mi pelaje
y que en mi corazón cave el dolor su tumba.

Tal vez sea mejor así -al menos
no hice de mi corazón algo de piedra,
ni privé a mi juventud de su pródigo festín,
ni caminé donde lo Bello es ignorado.

Casa de la ramera. Oscar Wilde (1854-1900)

Seguimos la huellas de pies que bailaban
hacia la calle alumbrada de luna
y nos detuvimos bajo la casa de la ramera.

Adentro, por sobre estrépito y movimiento,
oímos los músicos tocando a gran volumen
el «Treues Liebes Herz» de Strauss.

Como formas extrañas y grotescas,
realizando fantástico arabesco
corrían sombras detrás de las cortinas.

Vimos girar los fantasmales bailarines
al ritmo de violines y de cuernos
cual hojas negras llevadas por el viento.

Igual que marionetas tiradas de sus hilos
las siluetas de magros esqueletos
se deslizaban en la lenta cuadrilla.

Tomados de la mano
bailaban majestuosa zarabanda;
y el eco de las risas era agudo y crispado.

veces un títere de reloj apretaba
la amante inexistente contra el pecho,
y otras parecía que querían cantar.

A veces una horrible marioneta
se asomaba al umbral fumando un cigarrillo
Como cosa viviente.

Entonces, volviéndome a mi amor dije,
«Los muertos bailan con los muertos,
el polvo se arremolina con el polvo».

Pero ella escuchó el violín,
se apartó de mi lado y entró:
entró el Amor en casa de Lujuria.

Súbitamente, desentonó la melodía,
se fatigaron de danzar el vals,
las sombras dejaron de girar.

Y por la larga y silenciosa calle
en sandalias de plata asomó el alba
como niña asustada.

Amor Intellectualis. Oscar Wilde (1854-1900)

A menudo pisamos los valles de Castalia
y de antiguas cañas oímos la música silvana,
ignorada del común de las gentes;
e hicimos nuestra barca a la mar
que Musas tienen por imperio suyo,
y aramos libres surcos por ola y por espuma,
y hacia lar más seguro no izamos reacias velas
hasta bien rebosar nuestro navío.
De tales despojados tesoros algo queda:
la pasión de Sordello y el verso de miel
del joven Endimión; altivo Tamerlán
portando sus jades tan cuidados, y, más aún,
las siete visiones del Florentino.
Y del Milton severo, solemnes armonías.

Con mi mujer. Oscar Wilde (1854-1900)

Con una copia de mis poemas

No puedo escribir majestuoso proemio
como preludio a mi canción,
de poeta a poema,
me atrevería a decir.
Pues si de estos pétalos caídos
uno te pareciera bello,
irá el amor por el aire
hasta detenerse en tu cabello.
Y cuando el viento e invierno endurezcan
toda la tierra sin amor,
dirá un susurro algo del jardín
y tú lo entenderás.

Taedium Vitae. Oscar Wilde (1854-1900)

Matar mi juventud con dagas impacientes; ostentar
la librea extravagante de esta edad mezquina;
dejar que cada mano vil se hunda en mi tesoro;
trenzar mi alma al cabello de una mujer
y ser sólo lacayo de Fortuna. Lo juro,
¡no me agrada! Todo eso es menos para mí
que la delgada espuma que se inquieta en el mar,
menos que el vilano sin semilla
en el aire estival. Mejor permanecer alejado
de esos necios que con calumnias se mofan de mi vida,
aunque no me conocen. Mejor el más humilde techo
para abrigar al peón más abatido
que volver a esa cueva oscura de riñas,
donde mi alma blanca besó por vez primera la boca del pecado.

Debajo del balcón. Oscar Wilde (1854-1900)

¡Oh, hermosa estrella de la boca roja!
¡Oh luna de ceño dorado!
¡Elévense, elévense desde el sur oloroso!
Y alúmbrenle a mi amor su camino
para que sus pequeños pies no se pierdan
¡en la colina ventosa y en el llano!
¡Oh, hermosa estrella de la boca roja!
¡Oh luna de ceño dorado!

¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
¡Oh barco de blancas y empapadas velas!
¡Recala, recala para mí en el puerto!
¡Porque mi amada y yo debemos ir
a la tierra donde florecen los narcisos
en el corazón de un valle de violetas!
¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
¡Oh barco de blancas y empapadas velas!

¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
¡Oh, pájaro que te posas sobre el rocío!
Canta, canta con tu suave garganta morena
y mi amada en su pequeño lecho
te oirá y alzará su cabeza
de la almohada ¡y vendrá a buscarte!
¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
¡Oh pájaro que te posas sobre el rocío!

¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo
¡Oh capullo de labios nevados!
¡Cae, cae para que mi amada te tome!
Morirás en su cabeza como una corona.
Morirás en un pliegue de su vestido.
¡A su pequeño corazón alegre irás!
¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo!
¡Oh capullo de labios nevados!

Balada de la cárcel de Reading. Oscar Wilde (1854-1900)

I
Ya no vestía su casaca escarlata,
Porque rojos son la sangre y el vino
Y sangre y vino había en sus manos
Cuando lo sorprendieron con la muerta,
La pobre muerta a la que había amado
Y a la que asesinó en su lecho.

Entre los reos caminaba
Con un mísero uniforme gris
Y una gorrilla en la cabeza;
Parecía andar ligero y alegre,
Pero nunca vi a un hombre que mirara
Con tanta avidez la luz del día.

Nunca vi a un hombre que mirara
Con ojos tan ávidos
Ese pequeño toldo azul
Al que los presos llaman cielo
Y cada nube que pasaba
Con sus velas de plata.

Yo, con otras almas en pena,
Caminaba en otro corro
Y me preguntaba si aquel hombre habría hecho
Algo grande o algo pequeño,
Cuando una voz susurró a mis espaldas:
"¡A ese tipo lo van a colgar!"

¡Santo Cristo! Hasta los muros de la cárcel
De pronto parecieron vacilar
Y el cielo sobre mi cabeza se convirtió
En un casco de acero ardiente;
Y, aunque yo también era un alma en pena,
Mi pena no podía sentirla.

Sólo sabía que una idea obsesiva
Apresuraba su paso, y por qué
Miraba al día deslumbrante
Con tan ávidos ojos;
Aquel hombre había matado lo que amaba,
Y por eso iba a morir.

Aunque todos los hombres matan lo que aman,
Que lo oiga todo el mundo.
Unos lo hacen con una mirada amarga,
Otros con una palabra zalamera;
El cobarde con un beso,
¡El valiente con una espada!

Unos matan su amor cuando son jóvenes,
Y otros cuando son viejos;
Unos lo ahogan con manos de lujuria,
Otros con manos de oro;
El más piadoso usa un cuchillo,
Pues así el muerto se enfría antes.

II
Unos aman muy poco, otros demasiado,
Algunos venden y otros compran;
Unos dan muerte con muchas lágrimas
Y otros sin un suspiro:
Pero aunque todos los hombres matan lo que aman,
No todos deben morir por ello.

No todo hombre muere de muerte infamante
En un día de negra vergüenza,
Ni le echan un dogal al cuello,
Ni una mortaja sobre el rostro,
Ni cae con los pies por delante,
A través del suelo, en el vacío.

No todo hombre convive con hombres callados
Que lo vigilan noche y día,
Que lo vigilan cuando intenta llorar
Y cuando intenta rezar,
Que lo vigilan por miedo a que él mismo robe
Su presa a la prisión.

No todo hombre despierta al alba y ve
Aterradoras figuras en su celda,
Al trémulo capellán con ornamentos blancos,
Y al director, de negro brillante,
Con el rostro amarillo de la sentencia.

No todo hombre se levanta con lastimera prisa
Para vestir sus ropas de condenado
Mientras algún doctor de zafia lengua disfruta
Y anota cada nueva crispación nerviosa,
Manoseando un reloj cuyo débil tic-tac
Suena lo mismo que horribles martillazos.

No todo hombre siente esa asquerosa sed
Que le reseca a uno la garganta antes
De que el verdugo, con sus guantes de faena,
Franquee la puerta acolchada
Y le ate con tres correas de cuero
Para que la garganta no vuelva a sentir sed.

No todo hombre inclina la cabeza
Para escuchar el oficio de difuntos
Ni, mientras la angustia de su alma
Le dice que no está muerto,
Pasa junto a su propio ataúd
Camino del atroz tinglado.

No todo hombre mira hacia lo alto
A través de un tejadillo de cristal,
Ni reza con labios de barro
Para que cese su agonía
Ni siente en su mejilla estremecida
El beso de Caifás.

Requiescat. Oscar Wilde (1854-1900)

Pisa ligeramente, ella está cerca,
bajo la nieve;
habla suavemente, ella puede oír
crecer las margaritas.

Toda su brillante cabellera dorada
está empañada por la herrumbre;
ella que era joven y bella;
se ha convertido en polvo.

Semejante al lirio, blanca como la nieve,
apenas sabía
que era mujer,
tan dulcemente había crecido.

Las tablas del ataud y una pesada losa
se apoyan sobre su pecho;
mi solitario corazón está afligido;
ella descansa en paz.

Silencio, silencio, ella no puede oír
la lira o el soneto;
toda mi vida está enterrada aquí,
amontonad tierra sobre ella.

domingo, 28 de febrero de 2016

Creo en ti alma mía... Walt Withman (1819-1892)

5
Creo en ti, alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti,
ni tu debes ser humillada ante el otro.

Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta,
no quiero palabras, ni música, ni rimas, no quiero costumbres ni discursos, ni aún los mejores,
sólo quiero la calma, el arrullo de tu velada voz.

Recuerdo cómo yacimos juntos cierta diáfana mañana
de verano, cómo apoyaste tu cabeza en mi cadera y suavemente te volviste hacia mí,
y apartaste la camisa de mi pecho, y hundiste la lengua hasta mi corazón desnudo,
y te extendiste hasta tocar mi barba, y te extendiste hasta abrazar mis pies.

Prontamente crecieron y me rodearon la paz y el saber que rebasan todaslas disputas de la Tierra,
y sé que la mano de dios es mi prometida,
y sé que el espíritu de Dios es mi propio hermano,
y que todos los hombres que alguna vez vivieron son también mis hermanos, y las mujeres mis hermanas
y amantes,
y que el amor es la sobrequilla de la creación,
y que son incontables las hojas rígidas o lánguidas en los campos,
y las hormigas pardas en los pequeños surcos,
y las costras de musgo en el cerco sinuoso, las piedras apiladas, el saúco, la hierba carmín y la candelaria.

I. Me celebro y me canto a mí mismo. Walt Withman (1819-1892)

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.

Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.

Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.

Una araña paciente y silenciosa. Walt Withman (1819-1892)

Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.

Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando si cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.

Vi en Louisiana crecer una encina. Walt Withman (1819-1892)

Yo vi una encina que crecía en Louisiana,
Estaba sola y de sus ramas colgaba el musgo,
Sin un compañero se erguía ahí prodigando felices hojas de un verde oscuro,
Y su aspecto rudo, inflexible, animoso, hizo que yo pensara en mí,
Pero me asombró que fuera capaz de prodigar hojas felices, sola, sin un amigo cerca; yo no podría hacer lo mismo,
Y arranqué una ramita con cierto número de hojas y con ellas entretejí un poco de musgo,
Y me la llevé y le di un lugar en mi cuarto,
No la preciso para recordar a mis queridos amigos,
(Porque creo que últimamente casi no pienso en otra cosa),
Pero es un curioso símbolo para mí, me hace pensar en el amor viril,
A pesar de ello y aunque la encina sigue resplandeciendo en Louisiana, sola en la llanura,
Prodigando felices hojas toda su vida, sin un amigo ni un amante,
Yo no podría hacer lo mismo.

Cuando leí el libro. Walt Withman (1819-1892)

Cuando leí el libro, la célebre biografía,
Me dije: "¿Es ésto entonces lo que el autor llama una vida de hombre?
¿Escribirá alguien así mi vida una vez muerto yo?
Como si algún hombre conociera realmente algo de mi vida,
Cuando de hecho a menudo yo mismo pienso que poco o nada sé de mi vida
Salvo vagas nociones, débiles y difusas imágenes,
Que persigo constantemente para poder exponer aquí".

Como Adán al amanecer. Walt Withman (1819-1892)

Como Adán al amanecer
Salgo del bosque fortalecido por el descanso nocturno,
Miradme cuando paso, escuchad mi voz, acercaos,
Tocadme, poned la palma de vuestra mano
Sobre mi cuerpo cuando paso,
No tengáis miedo de mi cuerpo.

Yo, tranquilo. Walt Withman (1819-1892)

Yo, tranquilo, serenamente plantado ante la Naturaleza,
Amo de todo o señor de todo, sereno en medio de las cosas irracionales.
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, y silencioso, también como ellas,
Conocedor de que mi ocupación, mi pobreza, mi notoriedad
Y mis debilidades son menos importantes de lo que creía,
Hacia el mar mexicano, en el Manhattan o en el Tennessee, o lejos en el Norte o tierra adentro,
Hombre de río u hombre de montes o de granjas de estos estados, ribereño del mar o de los lagos de Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero hacer frente a las contingencias
Y encarar la noche, las tormentas, el hambre, el ridículo, los accidentes
Y los rechazos como lo hace el animal.

Cómo están provistos de lo necesario. Walt Withman (1819-1892)

Cómo están provistos de lo necesario sobre la tierra, manifestándose a intervalos,
Cúan queridos y terribles son para la tierra,
Cómo se avezan a sí mismos y a los demás; qué paradójico parece su tiempo,
Cómo la gente repara en ellos sin conocerles,
Cómo hay algo de inexorable y permanente en el destino de ellos,
Cómo cada época escoge mal sus objetos de adulación y recompensa,
Y cómo el mismo precio inexorable ha de pagarse aún por la misma compra.

Yo soy áquel a quien atormenta... Walt Withman (1819-1892)

Yo soy aquel a quien atormenta el deseo amoroso,
¿No gravita la Tierra? ¿No atrae la materia atormentada a la materia?
Así mi cuerpo atrae a los cuerpos de todos aquellos a quienes encuentro o conozco.

Cosmos. Walt Withman (1819-1892)

Quien contiene a la diversidad y es la Naturaleza
Quien es la amplitud de la tierra y la rudeza y sexualidad de la tierra
Y la gran caridad de la tierra, y también el equilibrio
Quien no ha dirigido en vano su mirada por las ventanas de los ojos
O cuyo cerebro no ha dado en vano audiencia a sus mensajeros
Quien contiene a los creyentes y a los incrédulos
Quien es el amante más majestuoso
Quien, hombre o mujer, posee debidamente su trinidad de realismo,
De espiritualidad y de lo estético o intelectual
Quien, después de haber considerado su cuerpo,
Encuentra que todos sus órganos y sus partes son buenos
Quien, hombre o mujer, con la teoría de la tierra y de su cuerpo
Comprende por sutiles analogías todas las otras teorías,
La teoría de una ciudad, de un poema
Y de la vasta política de los Estados
Quien cree no sólo en nuestro globo con su sol y su luna
Sino en los otros globos con sus soles y sus lunas
Quien, hombre o mujer, al construir su casa
No para un día sino para la eternidad
Ve a las razas, épocas, efemérides, generaciones
El pasado, el futuro, morar allí, como el espacio
Indisolublemente juntos.

¡Oh yo, vida! Walt Withman (1819-1892)

¡Oh yo, vida! Todas estas cuestiones me asaltan,
Del desfile interminable de los desleales,
De ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre, pues,
¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
Despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes
Afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás,
Yo entrelazado con los demás,
La pregunta ¡Oh, mi yo! La triste pregunta que
Vuelve: "¿Qué hay de bueno en todo esto?"

Y la respuesta:
"Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
Que prosige el poderoso drama y que quizás
Tú contribuyes a él con tu rima".

Movimientos elementales 4. Walt Withman (1819-1892)

4.
Bajad, aguas del océano de la vida,
Ya volveréis en la pleamar,
No ceses en tus gemidos, vieja madre cruel,
Llora sin término por tus hijos abandonados
Pero no temas, no me niegues,
No susurres con voz tan ronca y colérica contra mí
Cuando te toco o me aparto de ti.

Os amo tiernamente a ti y a todos,
Hago provisión para mí y para esta sombra que nos mira
Y nos sigue a mí y a lo que me pertenece.
Yo y lo mío, hileras de hierba, pequeños cadáveres,
Espuma blanca como la nieve, burbujas.
Ved cómo de mis labios muertos mana el fango al fin
Ved cómo los colores del prisma relucen y se agitan
Manojos de paja, arenas, fragmentos
Puestos a flote por muchos humores contradictorios
Por la tempestad, la calma, las tinieblas
Las olas embravecidas, pensativos, un hálito, una lágrima salobre
Una salpicadura de agua o fango
Arrojados igualmente desde las fermentaciones insondables del abismo
Uno o dos capullos marchitos, desgarrados igualmente
Flotando sobre las olas a la deriva
Igualmente para nosotros aquella endecha sollozante de la Naturaleza
Nos acompaña el clangor de las trompetas en las nubes
Nosotros, caprichosos, traídos aquí no sabemos de dónde
Tendidos ante ti, tú allí arriba, caminas o te sientas
Quienquiera que seas, también nosotros yacemos náufragos a tus pies.

Movimientos elementales 2. Walt Withman (1819-1892)

2.
Mientras recorro las playas que no conozco
Mientras escucho la endecha,
Las voces de los hombres y mujeres náufragos
Mientras aspiro las brisas impalpables que me asedian,
Mientras el océano, tan misterioso,
Se aproxima a mí cada vez más
Yo no soy sino un insignificante madero abandonado por la resaca,
Un puñado de arena y hojas muertas
Y me confundo con las arenas y con los restos del naufragio.

¡Oh! Desconcertado, frustrado, humillado hasta el polvo,
Oprimido por el peso de mí mismo
Pues me he atrevido a abrir la boca
Sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos ecos oigo
Jamás he sospechado qué o quién soy
A no ser que, ante todos mis arrogantes poemas,
Mi yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado
Señero, apartado, escarneciéndome con señas y reverencias burlonamente amables
Con carcajadas irónicas a cada una de las palabras que he escrito
Indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena en que asiento mis pies.

Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más pequeño,
Y qué ningún hombre puede comprenderlo.
La naturaleza está aquí a la vista del mar
Aprovechándose de mí para golpearme y para herirme
Porque me he atrevido a abrir la boca para cantar.

La partida del barco. Walt Withman (1819-1892)

Mira el mar infinito.
Sobre su pecho sale a navegar un navío
Que despliega sus velas, incluidas las de gavía.
Su pendón ondea en lo alto mientras aumenta
Su velocidad de manera majestuosa.
Debajo, las olas rivalizan,
Rodean al barco, apiñándose,
Con brillantes movimientos circulares y espuma.

¿Quién va allí? Walt Withman (1819-1892)

¿Quién anda por ahí anhelante, místico desnudo?
¿Cómo es que saco fuerzas de la carne que tomo?

¿Qué es un hombre, realmente?¿Qué soy yo?¿Qué vosotros?

Cuanto diga que es mío deberás apropiártelo.
De otra forma, escucharme sería perder tu tiempo.

No voy gimoteando a través de la tierra:
Que los meses se pasan, que la tierra es fangosa, miserable y muy sucia.

Gemidos y plegarias serviles son remedios para enfermos e inválidos; quede el conformarse muy lejos de mi vida,
Yo me pongo el sombrero dentro y fuera de casa.

¿Por qué tengo que orar? ¿Y adorar y andar con ceremonias?
Después de escudriñar en los estratos, de analizarlo todo, de hablar con los expertos y calcular minucias,
He llegado a saber que el sebo más sabroso va adherido a mis huesos.

Me veo en todos, ninguno es más que yo,
ni es menos un grano de cebada.

Sé que soy fuerte y sano,
Todo marcha hacia mí, constantemente,
Todo me escribe y debo descifrar lo que me dice.

Sé que soy inmortal.
Sé que mi órbita no podrá ser descrita con compás de artesano,
Que no me perderé como se apaga la espiral que en la sombra traza un niño con fuego de un carbón encendido.
Sé que soy venerable,
Y no fuerzo a mi espíritu a que explique o defienda,
Pues las leyes más fijas nunca piden disculpas
(Después de todo no soy más orgulloso que el cimiento que sustenta mi casa),

Existo como soy, con eso basta,
Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho,
Lo mismo que si todos y uno a uno lo saben,

Hay un mundo al que tengo por el mayor de todos, que soy yo y que lo sabe,
Si llego a mi destino, ya sea hoy ya sea dentro de millones de años,
Puedo aceptarlo ahora o seguir aguardando, con igual alegría.

La base donde apoyo mis pies es de granito,
Me río cuando dicen que puede disolverse,
Porque conozco lo que dura el tiempo.

Del océano rodante de la multitud. Walt Withman (1819-1892)

1
Del incesante océano, de la turba, una gota se me acercó suavemente,
Murmurando: Te amo, pronto habré muerto, larga es la distancia que he recorrido sólo para mirarte y para tocarte,
Porque no podía morir sin haberte visto,
Porque sentí el temor de perderte.

2
Ahora nos hemos encontrado, nos hemos visto, estamos salvados,
Vuelve en paz al océano, amor mío,
Yo también formo parte del océano, no somos tan distintos,
¡Mira que perfecta es la gran esfera, la cohesión de todas las cosas!
Pero a los dos nos va a separar el mar irresistible,
Esta hora nos ha de separar, pero no eternamente;
No te impacientes -aguarda un instante- mira, saludo al viento, al océano y a la tierra,
Cada día, al atardecer, te mando mi amor.

Poemas futuros. Walt Withman (1819-1892)

¡Poetas futuros, oradores, cantores, músicos futuros!
No me justificará este día ni responderá por mí,
Pero vosotros, de una generación nueva, pura, atlética, continental, más grande que todas las
generaciones conocidas,

¡Despertad, pues tenéis que justificarme!

Yo no hago otra cosa que escribir una o dos palabras indicativas para el porvenir;
No hago otra cosa que avanzar un instante, y luego me vuelvo apresuradamente a las tinieblas.

Soy un hombre que, vagando a la ventura y sin detenerse, os dirige una mirada casual y vuelve el rostro,
Dejando que vosotros lo analicéis y lo defináis,
Esperando de vosotros lo más importante.

Lo que soy después de todo. Walt Withman (1819-1892)

¿Qué soy, después de todo, más que un niño complacido con el sonido de mi propio nombre? Lo repito una y otra vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de escucharlo.

También para ti tu nombre:
¿Pensaste que en tu nombre no había otra
cosa que más de dos o tres inflexiones?

He oído lo que decían los charlatanes. Walt Withman (1819-1892)

He oído lo que decían los charlatanes sobre el principio y el fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.

Jamás hubo otro principio que el de ahora,
ni más juventud o vejez que las de ahora,
Y nunca habrá otra perfección que la de ahora,
Ni más cielo o infierno que éstos de ahora.

Instinto, instinto, instinto.
Siempre el instinto procreando el mundo.

Surgen de la sombra los iguales, opuestos y complementarios, siempre sustancia y crecimiento, siempre sexo,
Siempre una red de identidades, siempre distinciones, siempre la vida fecundada.
De nada vale trabajar con primor; cultos e ignorantes lo saben.

Seguro como lo más seguro, enclavado con plomo en las columnas, abrazado al poste firme,
Fuerte como un caballo, afectuoso, soberbio, ecléctico,
Yo y este misterio aquí estamos frente a frente.

Limpia y tierna es mi alma, y limpio y tierno es todo lo que no es mi alma,

Si falta uno de los dos, ambos faltan, y lo visible es prueba de lo invisible,
Hasta que se vuelva invisible y haya de ser probado a su vez.

Cada época ha humillado a las otras enseñando lo mejor y desechando lo peor,
Y yo, como conozco la perfecta justeza y la eterna constancia de las cosas,
No discuto, me callo, y me voy a bañarme para admirar mi cuerpo.

Hermoso es cada uno de mis órganos y de mis atributos, y los de todo hombre bello y sano,
Ni una pulgada de mi cuerpo es despreciable, y ni una debe ser menos conocida que las otras.

Me siento satisfecho: miro, bailo, río, canto;
Cuando mi amante compañero de lecho, que ha dormido abrazado a mí toda la noche, se va con paso quedo al despuntar el alba,
Dejándome cestas cubiertas con lienzos blancos que llenan con su abundancia mi casa,
Yo las acepto con naturalidad,
¿pues habría de tasarlas hasta el último céntimo para conocer exactamente el valor de su regalo?

Surgirá un nuevo orden. Walt Withman (1819-1892)

(En el prefacio de Hojas de hierba)

(...)Surgirá un nuevo orden
y sus hombres serán los sacerdotes del hombre,
y cada hombre será
su propio sacerdote

sábado, 27 de febrero de 2016

Maquilaje en el espacio vacío. Anne Waldman.

Estoy maquillando el espacio vacío
Todas las pátinas convergen en el espacio vacío
rubor sonrosado en el espacio vacío
Estoy maquillando el espacio vacío
pegando pestañas en el espacio vacío
pintando las cejas del espacio vacío
apilando cremas en el espacio vacío
pintando el mundo fenomenal
Estoy colgando adornos en el espacio vacío
clips de oro, peinetas de laca, horquillas plásticas en el espacio vacío
Estoy clavando horquillas metálicas en el espacio vacío
Derramando palabras en el espacio vacío, cautivo al espacio vacío
llenando, cargando, abarrotando el espacio vacío
revoleando collares alrededor del espacio vacío
Pensá en esto, imaginá esto: pintando el mundo fenomenal
pulseras en las muñecas
pendientes colgando en el espacio vacío
(...)
Quería asustarte con la noche que me atemorizaba a mí
la noche flotante, la noche gimiente
Alguien siempre se metía en el medio para hacerte olvidar el espacio vacío
te pones todo
te pintas las uñas
te pones echarpes de seda
adornás constantemente el espacio vacío
Cualquiera sea tu nombre te llamo 'espacio vacío'
con tus fantasías, tus bailes, acéptalo
con tu extraña manera de cantar acéptalo
con tus sonrisas acéptalo
con tu enorme séquito y acumulación acéptalo
con tus buenos momentos acéptalo
con tu buena fortuna, con tu ociosa fortuna acéptalo
cuando más te parezcas a un pájaro, ese es el momento de aceptarlo
cuando estás haciendo trampas, acéptalo
cuando estás dentro de tu cabeza angustiada
cuando no eres sensata
cuando insistís en las alabanzas de muchas lenguas, ese es el momento de aceptarlo

Todo comienza en la raíz de la lengua
se inicia en la raíz del corazón
hay una médula espinal de viento
cantando y gimiendo en el espacio vacío.

En el día de tu cumpleaños, viejo Walt Whitman. Anne Waldman.

Oh estratégico mapa del desastre, hambrienta América
blanco del canto, del poema que anda a los tumbos,
de toda la protesta
Una larga e imperfecta historia ensombrece tu rostro
América: dejá que el sufrimiento, la fatiga, el sexo
y las distracciones sublimes caigan en el olvido
se desvanezcan de los expedientes
Dale tu permiso a este mundo para que pueda seguir respirando
Es simple: una mujer abandona el lecho, se despereza
El Mundo es su espejo, la puerta hacia el dolor
(Ardua tarea matinal, whitmaniana: despertar al país a su propio ser)

Berthe Morisot. Anne Waldman.

Hacia el final de sus días ella dijo que
el anhelo de llegar a la fama después de muerta
se le antojaba una ambición desmedida.
"La mía", agrego,
"se limita al deseo de pintar
cosas, la más mínima de ellas,
algo mientras sucede."

Un crítico escribió acerca de la muestra realizada
en el 'salon des impressionnistes' individualizando
a la Morisot: "son cinco o seis lunáticos,
uno de ellos, mujer."

Vísperas de una noche de brujas. Anne Waldman.

Cuando
me siento
en el ómnibus,
mi madre
su fantasma
se yerguen
en
mi
cuerpo.
Sostengo
Cabeza
Con
El
puño cerrado
de
esta mano
bajo el
mentón.
Resignada
Observo
a través
de la ventanilla
el mundo
que
pasa.
Igual
Que
Ella
mi madre;
pensándolo
así,
del
mismo
modo.

viernes, 26 de febrero de 2016

La doncella vampiro. Hume Nesbit (1849-1923)

Era exactamente el tipo de residencia que había estado cuidando durante semanas, porque estaba en esa condición de la mente cuando la renuncia absoluta de la sociedad era una necesidad. Me había vuelto desconfiado de mí mismo, y cansado de mi especie, un malestar extraño en mi sangre, como una escasez estéril en mi cerebro. Los objetos familiares y las caras habían crecido desagradable para mí. Quería estar solo.

Este es el estado de ánimo que viene nos hemos sobrecargado de ocupaciones. Entonce se impone salir en búsqueda de nuevos pastos. La señal de que la retirada se convierte en algo necesario. Si no ceden, se descomponen y vuelven caprichosos e hipocondríacos, así como hipercríticos. Antes de llegar a ésto, armé a toda prisa las maletas, tomé el tren a Westmorland, y comencé mi vagabundo en busca de la soledad y un ambiente romántico.

Encontré muchos lugares que, al comienzo del verano errante, parecían reunir las condiciones adecuadas, sin embargo, algunos pequeños inconveniente me impidieron decidirme. A veces era el paisaje lo que no veía con buenos ojos a. En otros, la gente. Finalmente, el destino me condujo a la Casa en el Moro, y nadie puede resistirse a su destino. Un día me encontré en un páramo sin caminos y cerca de la costa. Me había dormido la noche anterior en una pequeña aldea, pero eso fue ocho millas atrás, ahora estaba fuera de cualquier signo de la humanidad, con un cielo justo encima de mí y el viento cálido que sopla sobre las piedras y túmulos.

Hasta dónde se extendía el páramo, no lo sabía. Apenas tenía conocimiento que al caminar en línea recta llegaría a los acantilados del océano, y, tal vez, después de un tiempo a algún pueblo de pescadores. Era joven y no temía una noche bajo las estrellas. De modo que inhalé el aire estival, delicioso, y pronto recuperé el vigor y la felicidad que había perdido. Las horas se deslizaron junto a mí. Recorrí unas quince millas desde la mañana, cuando vi a lo lejos una casa de piedra, solitaria. "Voy a acampar allí si es posible, -me dije.

Para alguien que busca una vida tranquila nada pudo ser más adecuado que esta casa de campo. Se encontraba en el borde de los acantilados elevados, con su puerta de entrada hacia el páramo y su pared trasera con vista al mar. El sonido de las olas bailando golpeó mis oídos como una canción de cuna. Pronto, atronó el cielo y los vientos se encendieron y las aves marinas huyeron gritando a sus refugios. La casa tenía un pequeño jardín al frente, rodeado por un muro de roca, lo bastante alto como para que uno descanse perezosamente en caso de una tormenta. Este jardín era como una llama escarlata, con los suaves matices de las amapolas en plena floración. Mientras me acercaba, advirtiendo la singular variedad de amapolas y la limpieza ordenada de las ventanas, la puerta principal se abrió y apareció una mujer que me ha impresionó favorablemente a medida que se acercaba para darme la bienvenida.

Era de mediana edad, y de joven seguramente fue muy hermosa. Era alta y bien formada, con una clara piel suave, facciones regulares y una expresión de calma que me trasmitió una enorme paz. A mis preguntas respondió que me podía dar un dormitorio, y me invitó a ver el interior. Mientras admiraba su pelo negro y liso, sus ojos marrones y fríos, sentí que no iba a ser muy exquisito en mi valoración del alojamiento. Con una casera así, estaba seguro de encontrar lo que buscaba. Las habitaciones superaron mis expectativas: delicadas cortinas blancas y ropa de cama perfumada con lavanda, una sala de estar familiar acogedora y vacía. Ella era una viuda con una hija, a quien no ví durante el primer día, debido a que estaba enferma y confinada a su cuarto, pero al día siguiente, ya recuperada, la conocí. La tarifa era simple, sin embargo, me convenía exactamente también por otras razones, deliciosa leche y mantequilla casera, huevos de campo y tocino fresco, después de un té delicioso me fui a la cama en un estado de perfecta felicidad.

Sin embargo, feliz y cansado como estaba, no tendría una noche confortable. Esto lo atribuí a mi extraña cama. Dormí, sin dudas, pero mi descanso estuvo lleno de sueños inquietantes, y me desperté tarde con la sensación de no haber dormido. No obstante, una buena caminata por el páramo me devolvió el ánimo, y volví con un buen apetito para el desayuno. Ciertas condiciones de la mente, con circunstancias agravantes, se requieren antes incluso de que un hombre joven pueda caer en el amor a primera vista, como Shakespeare ha demostrado en su Romeo y Julieta. En la ciudad, ninguna dama me había impresionado, sin embargo, pronto sucumbí ante los raros encantos de la hija de mi anfitriona, Ariadna Brunnell.

Ella se sentía un poco mejor aquella mañana. Ariadna no era bella en el sentido estrictamente clásico, su tez era demasiado lívida pero su expresión era bastante agradable a primera vista, sin embargo, como su madre me había informado, había estado enferma desde hacía algún tiempo, lo que agudizaba sus defectos. Sus facciones no eran regulares, sus cabellos y los ojos parecían demasiado negros, y sus labios eran rojos como la sangre. Quizás fueron mis sueños iantásticos de la noche anterior, seguidos de un paseo matutino, los que me habían preparado a ser cautivado por esta curiosa belleza.

La soledad del páramo, con el canto del mar, se había apoderado de mi corazón con un anhelo nostálgico. La incongruencia de las evanescentes flores de amapola y su ostentación, corriendo los tintes vertiginoso en la cara de esa salud sobria, me tocó con un escalofrío. Ella se levantó de su silla mientras su madre la presentó, y sonrió mientras me tendió la mano. Palpé ese copo de nieve blanda y, mientras lo hacía, un estremecimiento leve temblor cosquilleó sobre mí y se arremolinó en mi corazón, silenciando sus latidos por un momento. Este contacto también parecía haberla afectado, ya que una llama blanca iluminó su rostro, de modo que brillaba como una lámpara de alabastro. Sus ojos negros se encendieron en negros delicados y húmedos cuando nuestras miradas se cruzaron, y sus labios escarlata se suavizaron. Ahora era una mujer viva, mientras que antes parecía la imagen de un cadáver.

Permitió que su mano delgada permanezca entre las mías, y luego la retiró lentamente. Sus ojos eran aterciopelados e insondables, y antes de ser retirados de los míos parecían haber absorbido toda mi fuerza de voluntad. Esa mirada me hizo su esclavo abyecto. Verla era como contemplar una profunda oscuridad. Me llenó de fuego y me privó de fuerza, y yo me hundí en ella casi tan lánguidamente como me había levantado de mi cama esa mañana. Cuando volcó su mirada hacia otra parte, un ligero brillo asomó a sus mejillas, antes níveas. Hasta parecía más joven, incluso más hermosa.

Yo había llegado en busca de soledad, pero al conocerla creía que estaba allí sólo por Ariadna .Ella no estaba muy animada y, de hecho, pensando en volver, no puedo recordar ninguna observación espontánea suya. Respondió a mis preguntas con monosílabos. Era insinuante en su silencio y parecía llevar mis pensamientos constantemente hacia ella. Sólo se que apenas con verla, con tocarla, me había embrujado, y ya no podía pensar en otra cosa.

Sus palabras eran rápidas, elusiva, devoraban mi entusiasmo. Orbité sobre ella todo el día, como un perro, y por las noches soñaba con ese rostro resplandeciente, blanco, esos firmes ojos negros, aquellos labios escarlata, húmedos, y cada mañana me levantaba más lánguido de lo que me había sentido el día anterior. A veces soñaba que me besaba, estremeciéndome al contacto de su sedosa cabellera negra que cubría mi garganta, otras, que estábamos flotando en el aire, con sus brazos alrededor de mí y su pelo largo envolviéndome como una nube de tinta, mientras yo yacía indefenso.

Ella me acompañó al páramo después del desayuno. Antes de regresar le hablé de mi amor y lo aprobó. La sostuve en mis brazos y la besé. No me extrañó que todo sucediese tan rápido. Ella era la mía o, más bien, yo era de ella. Balbucée que era el destino quien me había enviado, porque no tenía dudas de que mi amor era sincero. Ella simplemente dijo que la había devuelto a la vida. Actuando conforme al deseo de Ariadna, no informamos a su madre de lo rápido que las cosas habían progresado entre nosotros, sin embargo, no tenía duda de que la señora Brunnell podía ver lo absorto que estaba en su hija. Los amantes no se diferencian de las avestruces en sus modos de ocultación. Yo no tenía miedo de pedir la mano de Ariadna, la señora Brunnell ya había demostrado su parcialidad hacia mí, y había depositado en mí algunas confidencias sobre su propia posición en la vida, y yo sabía que, por lo tanto, que ninguna diferencia social podía objetar nuestro matrimonio. Ellas vivían en este lugar solitario por la salud de Ariadna. Mi llegada no pudo haber sido más oportuna.

En aras del decoro, sin embargo, decidí retrasar mi confesión durante una semana o dos, aguardando la ocasión propicia para hacerlo discretamente. Mientras tanto, Ariadna y yo pasamos nuestro tiempo en el ocio. Cada noche me retiré a la cama meditando empezar a trabajar al día siguiente, y cada mañana me levanté lánguido de los sueños perturbadores, sin pensar en nada fuera de mi amor. Ella se fortaleció cada día, mientras que yo parecía estar tomando su lugar como el enfermo de la casa.

Nunca nos alejamos demasiado en nuestras caminaras. Nos echábamos en el páramo a escuchar las olas distantes. El amor me hizo perezoso, pensé, porque a menos que un hombre no tenga todo lo que anhela a su lado, tiende a copiar los hábitos del gato doméstico. Pero mi desilusión fue rápida, a pesar de que pasó mucho tiempo antes de que el veneno salió de mi sangre.

Una noche, alrededor de un par de semanas después de mi llegada a la casa, había regresado después de un paseo delicioso luz de la luna con Ariadna. La noche era cálida y la luna estaba alta, por lo tanto abrí la ventana de la habitación para se renueve el poco aire que había. Estaba más agotado que de costumbre. Sólo tenía la fuerza suficiente para quitarme las botas y el abrigo antes de derrumbarme en el lecho. Tuve un sueño horrible esta noche. Me pareció ver un murciélago monstruoso, con el rostro y cabellos de Ariadna, y un batir de alas en la ventana abierta, algo con sus sus dientes blancos y labios escarlata acercándose. Traté de superar el horror pero no podía, de hecho, parecía encadenarme. Y la bestia, sedándome con el deleite del sueño, bebió mi sangre en un rapto lujurioso y abominable.

Miré y vi en sueños una línea de cadáveres de hombres jóvenes en el suelo, cada uno con una marca roja en sus brazos, en la misma zona donde el vampiro me mordía, justo donde una marca había surgido en los últimos quince días. En un instante comprendí la razón de mi extraña debilidad, y en el mismo momento un pinchazo repentino de dolor me despertó de mi placer de ensueño.

En su arranque de sed, el vampiro me había mordido profundamente esa noche, sin saber que yo no había probado mi copa, evidentemente narcotizada. Al despertarme vi ,plenamente revelada por la luna de medianoche, una cabellera negra fluyendo libremente, y unos labios rojos incrustados en mi brazo. Con un grito de horror la arranqué de mi piel, consiguiendo una última mirada de los ojos de su salvaje y brillante rostro blanco y sus labios manchados de sangre. Luego corrí hacia la noche, movido por el miedo y el odio. No me detuve hasta haber dejado muchas millas entre mi y esa casa maldita.

La desolación de Soom. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Se dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis, y además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles.

En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.

Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.

La duquesa y el joyero. Virginia Woolf (1882-1941)

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un piso; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y Honourable Ladies. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver... Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que...», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacdn se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás la cabeza?»... Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después trasportó una cartera de bolsillo a Amsterdam... Al recordarlo, solía reír por lo bajo... el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después... y después... Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer —¡Hacía muchos años...! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Miradle — el joven Oliver, el joven joyero, — ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.

«Vaya», dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas. «Vaya...»
Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima del hogar, y levantó las manos. «He cumplido mi palabra», dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora. «He ganado la apuesta.» Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir medíante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.

Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?

Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América —la oscura tiendecilla en el street de Bond Street.

Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado. A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de Bond Street; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.

«Vaya», medio suspiró, medio resopló, «vaya...»
Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas —pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.

«¡Lágrimas!», dijo Oliver contemplando las perlas.
«¡Sangre del corazón!», dijo mirando los rubíes.
«¡Pólvora!», prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.
«Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba.» Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.
El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.

«Dentro de diez minutos», dijo. «Ni un minuto antes.» Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora... ahora... las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro... La Duquesa de Lambourne esperaba, por el placer de Oliver; la Duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver —esto parecía— páté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces, oyó suaves y lentos pasos, acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.

El señor Hammond anunció: «¡Su Gracia, la Duquesa!»
Y esperó allí, pegado a la pared.
Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.

«Buenos días, señor Bacon», dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente, al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.

«Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy?», dijo Oliver en voz baja.
La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón —una, dos, tres, cuatro—, como huevos de un pájaro celestial.

«Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon», gimió ia Duquesa. Cinco, seis, siete— rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.
«Del cinto de los Appleby», dijo dolida la Duquesa. «Las últimas... Cuantas quedaban...»
Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?
La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios. «Si el Duque lo supiera...», murmuró. «Querido señor Bacon, una racha de mala suerte...»
¿Había vuelto a jugar, realmente?
«¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza!», dijo la Duquesa entre dientes.
¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo... Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.
«Araminta, Daphne, Diana», gimió la Duquesa. «Es para ellas.»
Las ladies Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.
«Sabe usted todos mis secretos», dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.
«Viejo amigo», murmuró la Duquesa, «viejo amigo.»
«Viejo amigo», repitió Oliver, «viejo amigo», como si lamiera las palabras.
«¿Cuánto?», preguntó Oliver.
La Duquesa cubrió las perlas con la mano.
«Veinte mil», murmuró la Duquesa.
Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya, la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond. «Tenga y haga la prueba de autenticidad», diría Oliver, Se inclinó hacia el timbre.
«¿Vendrá mañana?», preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver. «El Primer Ministro... Su Alteza Real...» La Duquesa se calló. «Y Diana...», añadió.
Oliver alejó la mano del timbre.

Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de Bond Street. Pero no vio las casas de Bond Street, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa le estaban mirando.

«Veinte mil», gimió la Duquesa. «¡Es mi honor!»
¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.
«Veinte...», escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada le estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.
«¡Oliver!», le decía su madre. «¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!»
«¡Oliver!», suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon). «¿Vendrá a pasar un largo final de semana?»
¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!
«Mil», escribió, y firmó el talón.
«Tenga», dijo Oliver.

Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor —un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver— firmemente en sus manos.

«¿Son auténticas o son falsas?», preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado. Allí estaban, las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz... ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro...
«Perdóname, madre», suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.
«Porque», murmuró juntando las palmas de las manos, «será un fin de semana largo.»

La desconocida. Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

A la señora condesa de Lacios.

El cisne calla durante toda su vida
para cantar bien una sola vez.
Antiguo proverbio.

Era el sagrado muchacho a quien
un bello verso hace palidecer.
Andrien Juvigny.

Aquella noche, todo París resplandecía en los Italiens. Se representaba Norma. Era la función de despedida de María-Felicia Malibrán. La sala entera, con los últimos acordes de la plegaria de Bellini, Casta diva, se había levantado y reclamaba a la cantante en un glorioso tumulto. Le arrojaban flores, pulseras, coronas. ¡Un sentimiento de inmortalidad envolvía a la augusta artista, casi moribunda, y que se alejaba, creyendo cantar! En el centro de las butacas de patio, un joven, cuya fisonomía expresaba un alma resuelta y orgullosa, manifestaba, rompiendo sus guantes a fuerza de aplaudir, la apasionada admiración que experimentaba. Nadie, en el mundo parisino, conocía a este espectador. No tenía aire provinciano, sino extranjero. Con su vestimenta nueva, pero de lustre apagado y de corte irreprochable, sentado en su butaca, hubiera parecido casi singular, sin la instintiva y misteriosa elegancia que emanaba de su persona. Al examinarlo, se hubiera buscado en torno suyo espacio, cielo y soledad. Era extraordinario: pero París ¿no es la ciudad de lo Extraordinario? ¿Quién era y de dónde venía?

Era un adolescente salvaje, un huérfano señorial ?uno de los últimos de este siglo?, un melancólico noble del Norte, escapado de la noche de una casa solariega de Cornualles, desde hacía tres días. Se llamaba conde Félicien de la Vierge; poseía el castillo de Blanchelande, en la Baja Bretaña. Una ardiente sed de existencia, una curiosidad por conocer nuestro maravilloso infierno, se había apoderado y había enfebrecido, repentinamente, a este cazador, allá abajo... Se había puesto en camino y, sin más, allí estaba. Su presencia en París sólo databa de la mañana, de tal manera que sus grandes ojos eran aún espléndidos. ¡Era su primera noche de juventud! Tenía veinte anos. Era su entrada en un mundo de fuego, de olvido, de banalidades, de oro y de placeres. Y, por casualidad, había llegado en el momento de oír el adiós de la que se iba.

Pocos momentos le bastaron para acostumbrarse a la brillantez de la sala. Pero, desde las primeras notas entonadas por la Malibran, su alma se había estremecido; la sala había desaparecido. La costumbre del silencio de los bosques, del viento ronco de los escollos, del rumor del agua sobre las piedras de los torrentes y de los graves crepúsculos, había educado como poeta a este joven orgulloso, y en el timbre de la voz que oía, le parecía que el alma de las cosas le enviaba una lejana plegaria para que volviera.

En el momento en que, transportado de entusiasmo, aplaudía a la inspirada artista, sus manos se detuvieron; se quedó inmóvil. En el balcón de un palco acababa de aparecer una joven de gran belleza. Miraba hacia el escenario. Las finas y nobles líneas de su perfil perdido se ensombrecían por las rojas tinieblas del palco, como un camafeo de Florencia en su medallón. Pálida, con una gardenia en sus cabellos oscuros, y totalmente sola, ella apoyaba su mano, de contornos aristocráticos, en el antepecho del palco. En el hueco del corpiño de su vestido de muaré negro, velado con encajes, una piedra enferma, un admirable ópalo, semejante a su alma, lucía en un engaste de oro. Con aire solitario, indiferente a toda la sala, ella parecía olvidarse de sí misma bajo el invencible encanto de esa música. El azar quiso, sin embargo, que ella volviese, vagamente, los ojos hacia la multitud; en este instante, la mirada del joven y la suya se encontraron un segundo, el tiempo de brillar y apagarse.

¿Se habían conocido en algún momento?... No. No en la tierra. Pero que aquéllos que puedan decir dónde comienza el Pasado, decidan cuándo se habían poseído verdaderamente los dos seres, puesto que esa única mirada los había persuadido, de una vez y para siempre, de que su unión era anterior a este encuentro. El relámpago ilumina, de una sola vez, las olas y la espuma de la mar nocturna, y, en el horizonte, las lejanas líneas de plata de las aguas: así la impresión en el corazón del joven, tras esa rápida mirada, no fue gradual; ¡fue el íntimo y mágico deslumbramiento de un mundo que se desvela! Cerró los párpados como para retener en ellos los dos luceros azules que se habían perdido; luego, quiso resistirse a ese vértigo opresor. Levantó los ojos hacia la desconocida. Pensativa, ella todavía posaba su mirada en la de él, como si hubiera comprendido el pensamiento de ese salvaje amante, ¡y como si hubiera sido algo natural!, Félicien se sintió palidecer; tuvo la sensación, en esa rápida ojeada, de dos brazos que se unían, lánguidamente, alrededor de su cuello. ¡Ya estaba! ¡El rostro de la mujer acababa de reflejarse en su alma como en un espejo familiar, de encamarse y de reconocerse en él!, ¡de fijarse para siempre jamás bajo la magia de unos pensamientos casi divinos! Amaba con el primer e inolvidable amor.

Sin embargo, la joven, tras desplegar su abanico, cuyos negros encajes tocaban sus labios, parecía haber recaído en su distracción. Ahora, se hubiera podido decir que ella escuchaba exclusivamente las melodías de Norma. En el momento de elevar sus binóculos hacia el palco, Félicien pensó que sería una inconveniencia.

?¡Puesto que la amo! ?se dijo.

Impaciente por el final del acto, se recogía en sí mismo. ¿Cómo hablar con ella? ¿Saber su nombre? No conocía a nadie. ¿Consultar al día siguiente el registro de los Italiens? ¿Y si era un palco cualquiera, comprado especialmente para tal función? La hora apremiaba, la visión iba a desaparecer. ¡Bien!, su coche la seguiría, eso era todo... Le parecía que no existía otro medio. Después: ¡ya se las ingeniaría! Luego, con una ingenuidad... sublime, se dijo:

?Si ella me ama, se dará cuenta y me dejará algún indicio.

Cayó el telón. Félicien abandonó en seguida la sala. Una vez en el peristilo, sencillamente, se paseó delante de las estatuas. Cuando se acercó su criado, le susurró algunas instrucciones; el criado se apartó a una esquina y permaneció allí muy atento. El enorme rumor de la ovación dedicada a la cantante cesó poco a poco, como todos los rumores de triunfo de este mundo. Bajaban la gran escalera. Félicien, con la mirada fija en lo más alto, entre los dos jarrones de mármol de donde fluía el río deslumbrante del gentío, esperó. No se fijó en nada, ni en los rostros radiantes, ni en los tocados, ni en las flores de las jóvenes, ni en los cuellos de armiño, ni en la brillante oleada que fluía ante él, bajo las luces. Y toda esa multitud se desvaneció en seguida, poco a poco, sin que la joven apareciera. ¿La había dejado escapar sin reconocerla?... ¡No!, era imposible Un viejo sirviente, empolvado, cubierto de pieles, permanecía aún en el vestíbulo. En los botones de su librea negra brillaban las hojas de apio de una corona ducal.

De pronto, en lo alto de la solitaria escalera, ella apareció. ¡Sola! Esbelta, con un abrigo de terciopelo y cubiertos los cabellos por una mantilla de encaje, apoyaba su enguantada mano en la barandilla de mármol. Percibió a Félicien de pie junto a una estatua, pero no pareció preocuparse mucho por su presencia. Descendió tranquilamente. Cuando se aproximó al criado, le dijo algunas palabras en voz baja. El lacayo se inclinó y se retiró sin esperar más. Un instante después se oyó el ruido de un coche que se alejaba. Entonces ella salió. Bajó, siempre sola, los escalones exteriores del teatro. Félicien apenas tuvo tiempo de decir estas palabras a su criado.

?Vuelve solo al hotel.
En un momento, él se encontró en la plaza de los Italiens, a unos pasos de la dama; la multitud había desaparecido ya en las calles cercanas; se debilitaba el lejano eco de los coches. Era una noche de octubre, seca, estrellada. La desconocida andaba muy lentamente y como poco habituada. ¿Seguirla? Era preciso y se decidió. El viento del otoño le traía el débil perfume de ámbar que brotaba de ella, y el lánguido y sonoro rumor del muaré sobre el asfalto. Ante la calle Mosigny, ella se orientó durante un segundo, y luego caminó, como indiferente, hasta la calle de Grammont, desierta y apenas iluminada. De pronto, el joven se detuvo; una idea cruzó su pensamiento. ¡Quizás era extranjera! ¡Un coche podía pasar y arrebatársela para siempre! ¡Y al día siguiente tendría que enfrentarse con las piedras de una ciudad, sin poder encontrarla! ¡Estar separado de ella, sin cesar, por el azar de una calle, de un instante que puede durar una eternidad! ¡Qué futuro! Este pensamiento lo turbó hasta hacerle olvidar cualquier norma de educación.

Se adelantó a la joven en el ángulo de la oscura calle; entonces se volvió, se puso horriblemente pálido y, apoyándose en el pilar de hierro de un farol, la saludó; luego, muy sencillamente, mientras que una especie de magnetismo encantador emanaba de todo su ser:

?Señora ?dijo?, usted lo sabe; la he visto esta noche, por vez primera. Como temo no verla más, es preciso que le diga ?él desfallecía? ¡que la amo! ?acabó en voz baja?,y que, si me rechaza, moriré sin repetir estas palabras a nadie.
Ella se detuvo, levantó su velo y contempló a Félicien con atenta fijeza. Tras un corto silencio:
?Señor ?respondió ella con una voz cuya pureza dejaba transparentar las más lejanas intenciones del espíritu?, señor, el sentimiento que le hace palidecer y tener ese aspecto debe de ser, en efecto, muy profundo, para que encuentre en él la justificación de lo que hace. Por lo tanto, no me siento ofendida en modo alguno. Repóngase, y téngame por una amiga.

Félicien no se extrañó por tal respuesta: le parecía natural que el ideal respondiese idealmente. La circunstancia era de ésas en que los dos debían recordar, si eran dignos de ello, que pertenecían a la raza de quienes imponen las conveniencias y no de quienes las sufren. Lo que los humanos llaman, por azar, las conveniencias, sólo es una imitación mecánica, servil y casi simiesca de eso que ha sido practicado por seres de superior naturaleza en circunstancias generales. En un impulso de ingenua ternura, él besó la mano que ella le ofrecía.

?¿Quiere darme la flor que ha llevado en sus cabellos toda la función?
La desconocida se quitó silenciosamente la pálida flor, bajo los encajes, y, al ofrecérsela a Félicien:
?Adiós ahora ?dijo ella?, y para siempre.
?¡Adiós!... ?balbuceó él?. ¿Por lo tanto, no me ama? ¡Ah! ¡Está casada! ?exclamó de repente.
?No.
?¡Libre! ¡Cielos!
?¡Sin embargo, olvídeme! Es preciso, señor.
?¡Pero se ha convertido, en un instante, en el latido de mi corazón! ¿Acaso puedo vivir sin usted? ¡El único aire que quiero respirar es el suyo! Lo que dice no lo entiendo: olvidarla... ¿cómo?
?Soy víctima de una terrible desgracia. Confesársela sería entristecerlo hasta la muerte, es inútil.
?¡Qué desgracia puede separar a los que se aman!
?Ésta.

Al pronunciar esa palabra, ella cerró los ojos. La calle se prolongaba, absolutamente desierta. Un portal que daba sobre un pequeño cercado, una especie de triste jardín, estaba abierto junto a ellos. Parecía que les ofrecía su sombra. Félicien, como un niño irresistible, que adora, la llevó bajo esa bóveda de tinieblas, rodeando con su brazo el talle que se abandonaba. La embriagadora sensación de la seda tensa y tibia que se moldeaba alrededor de ella, le comunicó el febril deseo de estrecharla, de llevársela, de perderse en su beso. Resistió. Pero el vértigo le quitaba la facultad de hablar. Sólo encontró estos balbuceos y estas confusas palabras:

?¡Dios mío, pero cuánto la amo!
Entonces la mujer inclinó la cabeza sobre el pecho del que la amaba y, con una voz amarga y desesperada:
?¡Yo no le oigo! Me muero de vergüenza! ¡No le oigo! ¡No oiré su nombre! ¡No oiré su último suspiro! ¡No oigo los latidos de su corazón que golpean mi frente y mis párpados! ¡No ve el espantoso sufrimiento que me mata! ¡Yo soy... ah! ¡Soy SORDA!
?¡Sorda! ?exclamó Félicien, fulminado por un frío estupor y temblando de la cabeza a los pies.
?Sí, desde hace años. ¡Oh! Toda la ciencia humana sería impotente para sustraerme de este horrible silencio. ¡Soy tan sorda como el cielo y como una tumba, señor! Es para maldecir este día, pero es verdad. ¡Por lo tanto déjeme!
?Sorda ?repetía Félicien, quien, tras esta inimaginable revelación, se había quedado sin pensamiento, trastornado y sin poder reflexionar ni siquiera en lo que decía?. ¿Sorda?...
Después, de repente:
?¡Pero, esta noche, en los Italiens ?exclamó él?, usted aplaudía esa música!
Él se paró, pensando que no iba a oírlo. El asunto resultaba de repente tan espantoso que incitaba a la sonrisa:
?¿En los Italiens?... ?respondió ella sonriendo?. ¿Olvida que he tenido tiempo para estudiar el aspecto de muchas emociones? ¿Soy la única? Nosotros pertenecemos al rango que el destino nos otorga y nuestro deber es mantenerlo. ¿Esa noble mujer que cantaba no merecía algunas supremas muestras de simpatía? Por otro lado, ¿piensa que mis aplausos diferían en algo de los de los más entusiasta dilettanti? ¡Hace tiempo yo componía música!...
Ante esas palabras, Félicien la miró, un poco asustado, aunque esforzándose en sonreír todavía:
?¡Oh! ?dijo?, ¿es que se burla de un corazón que la ama hasta la desesperación? ¡Se acusa de no oír y sin embargo me responde!...
?¡Ay! ?dijo ella?, ¡eso que dice lo cree personal, amigo mío! Es sincero; pero sus palabras son nuevas solamente para usted. Para mí, forman parte de un diálogo del que he aprendido, de antemano, todas las respuestas. Desde hace años, para mí siempre es lo mismo. Es un papel cuyas frases están dictadas y precisadas con una exactitud verdaderamente terrible. Yo lo domino hasta tal punto que si aceptase ?lo cual sería un crimen? unir mi desgracia, aunque sólo fuese durante algunos días, a su destino, se olvidaría a cada momento de la funesta confidencia que acabo de hacerle. ¡Yo le daría la ilusión completa, exacta, ni más ni menos que cualquier otra mujer, se lo aseguro! Sería incluso, incomparablemente, más real que la realidad misma. Piense que las circunstancias dictan siempre las mismas palabras y que el rostro se armoniza siempre un poco con ellas. No podría creer que no lo oigo, hasta ese punto adivinaría justamente. No pensemos más en ello. ¿Quiere?

Esta vez se sintió aterrado.

?¡Ah! ?dijo él?, ¡qué amargas palabras tiene derecho a pronunciar!... Pero yo, si eso es así, yo quiero compartir con usted, aunque sea el silencio eterno, si es preciso. ¿Por qué quiere excluirme de su infortunio? ¡Yo hubiera compartido su felicidad! Y nuestra alma puede suplir todo lo que existe.

La joven se estremeció, y lo miró con sus ojos llenos de luz

?¿Quiere caminar un poco, dándome el brazo, por esta sombría calle? ?dijo ella?.Nos imaginaremos que es un paseo lleno de árboles, de primavera y de sol. Yo también tengo algo que decirle y que no repetiré nunca más.

Los dos amantes, con el corazón atenazado de una tristeza fatal, caminaron, tomados de la mano, como dos exilados.

?Escúcheme ?dijo ella?, usted que puede oír el sonido de mi voz. ¿Por qué he pensado que no me ofendía? Y, ¿por qué le he respondido? ¿Lo sabe?... Seguramente, es muy sencillo que yo haya adquirido la ciencia de leer en los rasgos de un rostro, y en sus actitudes, los sentimientos que determinan los actos de un hombre, pero lo que es totalmente diferente es que yo presiento, con una exactitud profunda y, por así decirlo, casi infinita, el valor y la calidad de los sentimientos, igual que la íntima armonía de quien me habla. Cuando ha decidido cometer, conmigo, esa horrible desconsideración de hace un momento, yo era la única mujer, quizás, que podía comprender, en el mismo momento, su verdadera significación.

Yo le he respondido porque me ha parecido ver brillar en su frente ese signo desconocido que anuncia a aquéllos cuyo pensamiento, lejos de ser oscuro, y estar amordazado y dominado por sus pasiones, engrandece y diviniza todas las emociones de la vida y extrae el ideal contenido en todas las sensaciones que experimentan. Amigo, déjeme enseñarle mi secreto. La fatalidad, en un principio tan dolorosa, que ha golpeado mi ser material, se ha convertido para mí en la emancipación de muchas servidumbres. Me ha liberado de esa sordera intelectual de la que son víctimas la mayor parte de las demás mujeres. Mi alma sensible ha vuelto a las vibraciones de las cosas eternas de las que los seres de mi sexo no conocen sino su parodia. Sus oídos están tapiados a tan maravillosos ecos, a esas sublimes prolongaciones. De tal manera que ellas deben únicamente a la agudeza de su oído la facultad de percibir lo que hay de instintivo y de exterior en las más puras y delicadas voluptuosidades. Son como las Hespérides, guardianas de esos encantados frutos cuyo mágico valor ignoran para siempre. ¡Ay!, yo soy sorda... ¡Pero ellas! ¡Qué oyen!... O, más bien, ¿qué escuchan en las palabras que les dirigen, sino un confuso tumor, en armonía con la fisonomía de quien les habla? De tal manera que, desatentas no al sentido aparente, sino a la calidad, reveladora y profunda, al verdadero sentido, finalmente, de cada palabra, ellas se contentan con distinguir una intención de halago, que les basta ampliamente. Es lo que ellas llaman lo «positivo de la vida» con una de sus sonrisas... ¡Oh! ¡Ya verá, si vive! ¡Verá qué misteriosos océanos de candor, de suficiencia y de baja frivolidad esconde, únicamente, esa deliciosa sonrisa! ¡Intente traducir a una de ellas el abismo de amor encantador, divino, oscuro, verdaderamente estrellado, como la Noche, que sienten los seres de su naturaleza!... Si sus expresiones se filtran hasta su cerebro, en él se deformarán como una fuente pura que atraviesa un pantano. De manera que esa mujer no las habrá oído. ¡La Vida es impotente para colmar tales sueños ?dicen ellas?, y usted le exige demasiado!» ¡Ay! ¡Como si la vida no estuviera hecha por los vivos!

?¡Dios mío! ?murmuró Félicien.
?Sí ?prosiguió la desconocida?, una mujer no escapa a esa condición de la naturaleza, la sordera mental, a menos, tal vez, que pague su rescate a un precio inestimable, como yo. Ustedes atribuyen a las mujeres un secreto, porque ellas sólo se expresan por medio de actos. Altivas, orgullosas de un secreto que ellas mismas desconocen, les gusta hacer creer que se les puede adivinar. Y cualquier hombre, halagado por sentirse el adivino esperado, malgasta su vida para casarse con una esfinge de piedra. Y nadie de entre ellos puede remontarse de antemano hasta esta reflexión: que un secreto, por más terrible que sea, si no es expresado nunca, es igual a nada.

La desconocida se detuvo.

?Soy amarga, esta noche ?continuó ella?, y he aquí el porqué: yo no envidio lo que ellas poseen, al haber constatado el uso que hacen de ello, ¡y que, sin duda, yo misma hubiera hecho! ¡Pero aquí está usted, aquí, usted a quien en otro tiempo yo hubiera amado tanto!... ¡yo lo veo!... ¡yo lo adivino!.., reconozco su alma en sus ojos... me la ofrece, ¡y yo no puedo aceptarla!...
La joven escondió su frente entre las manos.
?¡Oh! ?respondió en voz baja Félicien, con los ojos llenos de lágrimas?, ¡al menos puedo besarla en el soplo de sus labios! ¡Compréndame! ¡Déjeme vivir!, ¡es tan bella!... ¡el silencio de nuestro amor lo hará más inefable y más sublime, mi pasión aumentará con todo su dolor, con toda nuestra melancolía!... ¡Querida mujer esposada para siempre, vivamos juntos!

Ella lo contemplaba con sus ojos también bañados en lágrimas y, poniendo la mano en el brazo que la enlazaba:

?¡Usted mismo declara que es imposible! ?dijo ella?. ¡Escuche todavía!, quiero acabar de revelarle, en este momento, todo mi pensamiento... porque ya no me oirá más... y no quiero ser olvidada.
Ella hablaba lentamente y caminaba con la cabeza apoyada en el hombro del joven.
?¿Vivir juntos?..., dice... Olvida que tras las primeras exaltaciones, la vida toma un carácter de intimidad en el que la necesidad de expresarse exactamente se hace inevitable.

¡Es un instante sagrado! Y es el momento cruel en el que aquéllos que se casan desatentos a sus palabras reciben el castigo irreparable por el poco valor que han concedido a la calidad del sentido real, ÚNICO, en fin, que tales palabras recibían de quienes las pronunciaban «¡No más ilusiones!», se dicen, creyendo así enmascarar, bajo una sonrisa trivial, el doloroso desprecio que sienten, en realidad, por esa clase de amor, y la desesperación que sienten al confesárselo a sí mismos.

¡Porque no quieren darse cuenta de que no han poseído sino lo que deseaban! Les es imposible creer que ?excepto el pensamiento, que transfigura todas las cosas? todo es ILUSIÓN aquí abajo. Y que toda pasión, aceptada y creada en la pura sensualidad, se convierte en seguida en más amarga que la muerte para quienes se han abandonado a ella.

Mire el rostro de los transeúntes, y verá si exagero. ¡Pero nosotros, mañana! ¡Cuando ese momento hubiera llegado!... ¡Tendría su mirada, pero no tendría su voz! ¡Tendría su sonrisa.., pero no sus palabras! ¡Y presiento que no debe de hablar como los demás!...

Su alma primitiva y sencilla debe de expresarse con una vivacidad casi definitiva, ¿no es así? Todos los matices de su sentimiento sólo pueden manifestarse en la música de sus palabras. Sentiría que está lleno de mi imagen, pero la forma que dé a mi ser en sus pensamientos, la forma en que me imagina, y que sólo puede mostrarse con algunas palabras halladas cada día, esa forma sin líneas precisas y que, con ayuda de esas mismas divinas palabras, permanece indecisa y tiende a proyectarse en la Luz para fundirse en ella y pasar a ese infinito que llevamos en nuestro corazón, esa única realidad, finalmente, ¡no la conocería nunca! ¡No! ¡Estaría condenada a no oír esa inefable música, escondida en la voz de un amante, ese murmullo de inauditas inflexiones, que envuelve y hace palidecer!...

¡Quien escribió en la primera página de una sublime sinfonía: “Así es como Dios llama a la puerta!”4 había conocido la voz de los instrumentos antes de sufrir la misma afección que yo! ¡Se acordaba mientras componía! Pero yo, cómo podré acordarme de la voz con la que acaba de decirme por vez primera: ¡Yo la amo!...

Mientras escuchaba estas palabras, el joven se había vuelto sombrío: lo que sentía era terror.

?¡Oh! ?exclamó?. ¡Abre en mi corazón abismos de desgracia y de cólera! ¡Tengo el pie en el umbral del paraíso y debo cerrar la puerta a todos mis goces! ¡Es usted la suprema tentadora, en fin...! Me parece ver brillar en sus ojos no sé qué orgullo por haberme desesperado.
?¡Vamos!, yo soy quién no lo olvidará ?respondió ella?. ¿Cómo olvidar esas palabras presentidas que no han sido oídas?
?Señora, ¡mata con placer cualquier joven esperanza que yo pongo en usted!... Sin embargo, si esta presente donde yo viva, ¡juntos venceremos el futuro! ¡Amémonos con valor! ¡Abandónese!

En un movimiento inesperado y femenino, ella unió sus labios a los de él, en la oscuridad, dulcemente, durante algunos segundos. Luego ella dijo con una especie de abandono:

?Amigo, le digo que es imposible. Hay horas de melancolía en que, irritado por mi enfermedad, buscará las ocasiones de constatarla más vivamente todavía. ¡No podría olvidar que no lo oigo... ni perdonármelo, se lo aseguro! ¡Sería fatalmente arrastrado, por ejemplo, a no hablarme más, a no articular sílaba alguna delante de mí! Sólo sus labios me dirían: «Yo la amo», sin que la vibración de su voz turbase el silencio. En fin, acabaría escribiéndome, lo cual sería penoso... ¡No, es imposible! No profanaré mi vida por la mitad del Amor. Aunque virgen, soy viuda de un sueño y quiero permanecer insatisfecha. Se lo digo, no puedo tomar su alma a cambio de la mía. Sin embargo, ¡era el destinado a retener mi ser!... Y es por eso mismo por lo que mi deber es el de arrebatarle mi cuerpo. ¡Me lo llevo! ¡Es mi prisión! ¡Ojalá pueda verme libre de él bien pronto! No quiero saber su nombre... ¡Yo no quiero leerlo!... ¡Adiós! ¡Adiós!...

Un coche se destacaba a algunos pasos, en el recodo de la calle Grammont. Félicien reconoció vagamente al lacayo del peristilo de los Italiens cuando, a una señal de la joven, un doméstico bajó el estribo del carruaje. Ella abandonó los brazos de Félicien, se desasió como un pájaro, y entró en el coche. Un instante después, todo había desaparecido. El señor conde de la Vierge volvió, al día siguiente, a su solitario castillo de Blanchelande, y no se ha vuelto a oír hablar de él.
Ciertamente, él podía vanagloriarse de haber encontrado, al primer intento, una mujer sincera, que había tenido, por fin, el valor de sostener sus opiniones.

La edad madura. Henry James (1843-1916)

Aquel día de abril era templado y luminoso, y el pobre Dencombe, feliz en la presunción de que sus energías se recuperaban, estaba parado en el jardín del hotel, comparando los atractivos de diversos paseos tranquilos, con una parsimonia en la cual, empero, todavía se echaba de ver cierta laxitud. Le gustaba la sensación de Sur, en la medida en que se la pudiera tener en el Norte; le gustaban los acantilados arenosos y los pinos arracimados, incluso le gustaba el mar incoloro. “Bournemouth es el lugar ideal para su salud” había sonado a simple anuncio, pero ahora él se había reconciliado con lo prosaico. El amigable cartero rural, al cruzar por el jardín, acababa de entregarle un paquetito, que él se llevó consigo dejando el hotel a mano derecha y encaminándose con andar circunspecto hasta un oportuno banco que ya conocía, en un recoveco bien abrigado en la ladera del acantilado. Daba al Sur, a las coloreadas paredes de la Isla de Wight, y por detrás estaba guarecido por el oblicuo declive de la pendiente. Se sintió bastante cansado cuando lo alcanzó, y por un momento se notó defraudado; estaba mejor, desde luego, pero, después de todo, ¿mejor que qué? Nunca volvería, como en uno o dos grandes momentos del ayer, a sentirse superior a sí mismo. Lo que de infinito pueda tener la vida había desaparecido para él, y lo que le quedaba de la dosis otorgada era un vasito marcado como lo está un termómetro por el farmacéutico. Se quedó sentado con la vista clavada en el mar, que parecía todo superficie y cabrilleo, harto más superficial que el espíritu del hombre. El abismo de las ilusiones humanas, ése sí que era la auténtica profundidad sin mareas. Sostenía el paquete, que a todas luces era de libros, en las rodillas, sin abrirlo, alegrándose, tras el ocaso de tantas esperanzas (su enfermedad lo había hecho ser consciente de su edad), de saber que estaba ahí, pero dando por hecho que ya jamás podría haber una repetición completa del placer, tan caro a la experiencia juvenil, de verse a sí mismo “recién impreso”. Dencombe, que tenía una reputación, había publicado demasiadas veces y sabía de antemano demasiado bien cómo luciría.

Ese aplazamiento tuvo como vaga causa adicional, al cabo de un rato, a un grupo de tres personas —dos mujeres y un joven— a quienes, más abajo que él, se veía avanzar errabundos, juntos y al parecer callados, a lo largo de la arena de la playa. El joven tenía la cabeza inclinada hacia un libro y de vez en cuando se quedaba parado por el hechizo que sobre él ejercía ese volumen que, como percibía Dencombe incluso a esa distancia, tenía una cubierta chillonamente roja. Entonces, sus compañeras, un poco por delante, lo esperaban a que las alcanzara, hurgando en la arena con sus sombrillas y mirando alrededor el cielo y el mar, paladinamente conscientes de la belleza del día. A aquellas cosas el joven del libro se mostraba ajeno aún más paladinamente; retrasándose, fascinado, absorto, era motivo de envidia para un observador a quien se le había mar chitado toda candidez de su relación con la literatura. Una de las mujeres era voluminosa y entrada en años; la otra exhibía la delgadez de una contrastante juventud y de una situación social seguramente inferior. La mujer voluminosa transportaba la imaginación de Dencombe hacia la época de la crinolina; tenía un sombrero en forma de champiñón, adornado con un velo azul, y la portadora del mismo, en su agresiva imponencia, parecía aferrarse a una moda desvanecida y aun a una causa perdida. Al cabo su compañera sacó de entre los pliegues de un mantón una cojeante silla portátil, que desplegó rápidamente y de la cual tomó posesión la mujer voluminosa. Este acto, junto con algo en los movimientos de la una y de la otra, instantáneamente caracterizó a las ejecutantes —éstas actuaban para recreo de Dencombe— como matrona opulenta y como humilde señorita de compañía. Por lo demás, ¿de qué servía ser un novelista probado si no se era capaz de establecer las relaciones personales existentes entre tales figuras? Como por ejemplo: la imaginativa teoría de que el joven era hijo de la matrona opulenta, y de que la humilde señorita de compañía, hija de clérigo o de funcionario, abrigaba una secreta pasión por él. ¿No era visible eso por el modo como ésta última se había deslizado furtivamente detrás de su benefactora para volver la vista hacia donde él se había permitido quedarse completamente quieto en tanto su madre se sentaba a descansar? Ese libro era una novela; tenía la llamativa tapa de las ediciones económicas, y él, mientras el romanticismo de la vida quedaba desdeñado a su lado, se perdía en el romanticismo de la biblioteca circulante.

Maquinalmente se trasladó a donde era más blanda la arena, y se dejó caer en ella para acabar el capítulo a sus anchas. La humilde señorita de compañía, desalentada por la inaccesibilidad masculina, erraba, con la cabeza martirizadamente gacha, en otra dirección, y la señora descomunal, contemplando las olas, ofrecía una borrosa semejanza con una máquina voladora caída en pedazos. Cuando empezó a desinteresarlo este espectáculo, Dencombe se acordó de que tenía, a fin de cuentas, otro pasatiempo aguardándolo. Aunque tanta celeridad fuera infrecuente por parte de su editor, él ya podía extraer del envoltorio su obra “más reciente”, quizá su obra última y final. La cubierta de La edad madura era certeramente llamativa, el aroma de las rozagantes páginas era el mismísimo olor de la beatitud; pero, de momento, él no pasó de ahí, habiéndose percatado de una rara alienación. Se le había olvidado de qué trataba su propio libro. El último ataque de su vieja dolencia, de la cual había venido ilusamente a protegerse a Bournemouth, ¿había quizá interpuesto un vacío absoluto respecto de lo que había precedido al mismo? Había finalizado la corrección de galeradas antes de salir de Londres, pero la posterior quincena en cama había pasado una esponja sobre los matices. No habría podido salmodiarse a sí propio una sola de sus frases, ni podía dirigirse a ninguna determinada página con curiosidad o seguridad. Se le había ido su tema, quedándole apenas una conjetura. Lanzó un sordo gemido al respirar el frío de su vacío absoluto: éste parecía tan desesperadamente representar la culminación de un siniestro proceso. Las lágrimas visitaron sus apacibles ojos: algo precioso se había evaporado.

Tal había sido la congoja más punzante de unos cuantos años a esta parte: la sensación de la mengua del tiempo, de la reducción de las oportunidades; y lo que ahora notaba no era tanto que estuviera escapándosele su última oportunidad, cuanto que ya se le había escapado del todo. Aunque había hecho todo lo que podía, aún no había hecho lo que quería. Ése era el desgarro: que, virtualmente, su carrera había llegado a su término: era tan violento como una mano brutal en la garganta. Se levantó nerviosamente de su asiento, cual criatura invadida por el pavor; luego, en su debilidad, tornó a arrellanarse y abrió tembloroso la novela. Era un solo volumen: él prefería los volúmenes únicos, aspirando a una concisión exquisita. Se puso a leer, y poco a poco, en esa ocupación, fue sintiéndose tranquilizado y serenado. Todo principió a volver a su mente, pero volvía con asombro; volvía, sobre todo, con una belleza elevada y radiante. Leyó su propia prosa, pasó sus propias páginas, y, sentado allí, con el sol de primavera en sus hojas, sintió una peculiar e intensa emoción. Su carrera se había terminado, sin duda, pero, al menos, se había terminado con aquello.

Durante su enfermedad había olvidado el trabajo del año pasado... pero lo que más había olvidado era que fuese tan extraordinariamente bueno. Volvió a zambullirse en su narración, y fue arrastrado a sus profundidades, como por mano de una sirena, hasta donde flotan extraños temas silenciosos en el tenue mundo sumergido de la ficción, la gran cisterna esmaltada del arte. Reconoció su tema y se rindió a su propio talento. Seguramente su propio talento nunca se había mostrado tan acendrado como en aquella ocasión. Sus ineptitudes seguían allí, pero lo que también seguía allí, para su percepción, aunque probablemente, ¡ay!, para la de nadie más, era la maña con que en la mayoría de los casos las había remontado. En el sorprendido goce de esa su destreza, entrevió un posible indulto. De seguro que su fuerza aún no estaba agotada; en ella todavía quedaba vida y servicio. No le había venido fácilmente, había llegado de modo tardío y esquivo. Era hija del tiempo, nutrida por la dilación; él había luchado y sufrido por ella, realizando incontables sacrificios, y ahora que la misma había madurado de veras, ¿iba a cesar de producir, iba a declararse brutalmente derrotada? Para Dencombe hubo una infinita satisfacción en sentir, como jamás anteriormente, que la pertinacia vincit omnia. El resultado producido en su librito era, sin saber muy bien cómo, un resultado que había rebasado sus propósitos conscientes; no parecía sino que él hubiera plantado su genio, se hubiera fiado de su método, y ellos hubieran crecido y florecido con esta bonanza. No obstante, aunque el logro había sido genuino, el proceso había sido bastante trabajoso. Lo que tan intensamente veía hoy, lo que sentía como un cuchillo clavado en sus entrañas, era que sólo ahora, en el tramo final, había llegado a la plena posesión de su capacidad. Su desarrollo había sido anormalmente lento, casi grotescamente paulatino. La experiencia lo había estorbado y retardado y, durante luengos períodos, él no había hecho sino buscar el camino a tientas. Se le había ido demasiada parte de su vida en producir demasiado poco de su arte. Por fin el arte había llegado, pero había llegado detrás de todo lo demás. A ese ritmo, una sola existencia era demasiado corta: sólo lo bastante larga para reunir material, de tal guisa que, para fructificar, para hacer uso de ese material, era menester una segunda existencia, una prórroga. Por esa prórroga fue por lo que suspiró el pobre Dencombe. Hojeando las últimas páginas de su libro se dolió:

—¡Ah, quién tuviera otra oportunidad! ¡Ah, qué no daría yo por una ocasión mejor!
Las tres personas a quienes había observado en la arena se habían esfumado y luego habían reaparecido: ahora estaban subiendo por un sendero, una subida artificial y cómoda, que conducía a lo alto del acantilado. A mitad de dicho caminito se hallaba el banco de Dencombe, en un saliente resguardado, y, en este instante, la señora voluminosa, persona maciza y heterogénea, de agresivos ojos oscuros y simpáticas mejillas coloradas, resolvió tomarse unos momentos de descanso. Llevaba unos largos guantes que se le habían manchado y unos inmensos pendientes de diamantes; al principio pareció vulgar, pero contradijo esa expectativa con un tono afablemente desenvuelto. Mientras sus acompañantes se quedaban aguardando de pie por ella, extendió sus faldas en el otro extremo del banco de Dencombe. El joven llevaba gafas de aros dorados, a través de los cuales, con el dedo aún metido en su libro de cubierta roja, lanzó una ojeada al volumen, encuadernado en la misma tonalidad del mismo color, que descansaba sobre el regazo del primer ocupante del banco. Luego de un instante, Dencombe creyó comprender que al joven lo sorprendía la similitud, que había reconocido el sello dorado en la tela carmesí, que él también estaba leyendo La edad madura, y que después tomaba conciencia de que había alguien más que iba a la par que él. El desconocido se sentía desconcertado, tal vez incluso una pizca contrariado, al descubrir no ser la única persona que había tenido la ventura de que le llegara a las manos uno de los primeros ejemplares. Los ojos de los dos lectores se encontraron un momento, y a Dencombe le hizo gracia la expresión de la mirada de su competidor o incluso, podría inferirse, de su admirador. Con ella confesaba cierta ofensa, semejaba decir: “¡Por todos los diablos, ¿ya lo tiene éste?! ¡Claro que será uno de esos estomagantes críticos literarios!” Dencombe escondió de la vista su ejemplar mientras la matrona opulenta, irguiéndose tras su descanso, prorrumpía en un:

—¡Ya experimento lo bien que sienta este aire!
—Yo no puedo afirmar lo mismo —dijo la señorita angulosa—. Yo me noto muy decaída.
—Yo me noto enormemente hambrienta. ¿Para qué hora ha solicitado usted el almuerzo? —continuó su protectora.
La joven desvió hacia su compañero la pregunta:
—El almuerzo lo encarga siempre el doctor Hugh.
—Hoy no he encargado nada: voy a hacerla seguir un régimen —dijo su compañero.
—En ese caso, me voy a mis habitaciones a dormir. Qui dortdine!
—Les rogaría que me excusaran un rato. ¿Puedo dejarla en manos de la señorita Vernham? —preguntó el doctor Hugh a su compañera de más edad.
—¿No confía el doctor Hugh en usted? —preguntó ésta traviesamente.
—¡No demasiado! —osó declarar la señorita Vernham, mirando hacia el suelo —. Usted debe venir con nosotras, por lo menos hasta nuestro alojamiento —siguió, en tanto que la señora a quien parecían rendir pleitesía comenzaba a reanudar la subida. Dicha señora ya se había apartado un tanto del alcance de sus voces; no obstante, habida cuenta de la presencia de Dencombe, la señorita Vernham se volvió menos claramente audible a fin de quejársele al joven—: ¡Creo que no es usted consciente de todo lo que le debe a la condesa!
Indiferentemente, por un instante, el doctor Hugh dirigió hacia ella la refulgencia de la dorada montura de sus gafas:
—¿Es ésa la impresión que le doy? ¡Me hago cargo, me hago cargo!
—Es rematadamente buena con nosotros —insistió la señorita Vernham, obligada, ante la inmovilidad de su interlocutor, a seguir allí a despecho de estar comentando asuntos privados. ¿De qué habría servido que Dencombe fuera sensible a los matices si no hubiese sido capaz de detectar en esa inmovilidad del joven una extraña influencia por parte del callado convaleciente anciano de la capa de paño escocés? De pronto la señorita Vernham pareció darse cuenta de una tal motivación, pues luego de un instante agregó—: Si lo que usted quiere es tomar el sol aquí, puede regresar después de acompañarnos hasta el hotel.

Ante esto, el doctor Hugh titubeó, y Dencombe, pese a su deseo de simular que no se daba cuenta de nada, se arriesgó a mirarlo solapadamente. Con lo que de hecho acertaron ahora a encontrarse sus ojos fue, por parte de la señorita, con una extraña mirada fija, vidriosa por naturaleza, que hizo que el aspecto de la misma le recordara un personaje (no consiguió evocar su nombre) de alguna obra teatral o algún relato novelesco: alguna siniestra institutriz o solterona trágica. Ella parecía escudriñarlo, desafiarlo, decirle, con una indiscriminada ojeriza: “¿Por qué tiene usted que interferir en nuestros asuntos?” En ese mismo momento les llegó desde arriba la voz de la condesa, con sustancioso humor:

—¡Vengan, vengan, corderitos míos, tienen que ir detrás de su vieja bergère!
Ante esto la señorita Vernham se apartó para reanudar la ascensión, y el doctor Hugh, tras otra silenciosa apelación a Dencombe y un instante de visible demoranza, depositó su ejemplar en el banco, como para guardarse el sitio e incluso como señal de que regresaría, y procedió a subir sin dificultad por la zona más arriscada del acantilado. Inocentes e infinitos por igual son los placeres de la observación y los recreos deparados por la afición a analizar la vida. Al pobre Dencombe, ocioso en su reservada exposición al viento, lo divirtió pensar que estaba esperando una revelación de algo que estaba en lo recóndito de un joven espíritu selecto. Con intensidad miró el ejemplar en el otro extremo del banco, pero no lo habría tocado ni por todo el oro del mundo: le venía bien tener una teoría que no hubiera de exponerse a refutación. Ya se sentía mejor de su melancolía; según su acostumbrada forma de expresarlo, ya había asomado la cabeza por la ventana. La efímera presencia de una condesa podía animar la fantasía cuando, como la mayor de las damas que acababan de retirarse, era tan visible como la giganta de una troupe. Verlo todo detalladamente, no cabía duda, era lo terrible; ver cosas de modo fragmentario, en contra de una opinión generalmente expresada, era el refugio, era la medicina. No era dable que el doctor Hugh fuese sino un crítico que estaba de acuerdo con editores o periódicos para recibir ejemplares de los libros recientes. Este personaje reapareció al cabo de un cuarto de hora, con patente alivio al encontrar que Dencombe seguía allí y con un brillo de dientes blancos en una cohibida aunque generosa sonrisa. Quedó visiblemente decepcionado ante el eclipse del ejemplar que no era el suyo: había un pretexto menos para poder hablar con el desconocido. Pero habló con el desconocido, pese a ello: blandió su propio ejemplar y principió a conversar requiriendo:

—¡Haga el favor, si tiene usted posibilidad de escribir sobre esta obra, de decir que es lo mejor que su autor ha creado hasta ahora!
Dencombe respondió con una carcajada: eso de “hasta ahora” lo divertía tanto, hacía tan extensa avenida de lo futuro. Y, mejor aún, resultaba que el joven lo tomaba a él por un crítico. Sacó La edad madura de debajo de la capa, pero instintivamente reprimió toda actitud delatora de su paternidad. En parte se debió a que siempre resulta ridículo llamar la atención sobre la obra propia.

—¿Es eso lo que va a escribir usted mismo? —le inquirió a su visitante.
—No estoy muy seguro de que yo vaya a escribir nada. Por lo regular no escribo; me limito a disfrutar en paz. Pero el libro es rematadamente bueno.
Durante un momento, Dencombe sostuvo un breve debate consigo mismo. Si su interlocutor hubiera empezado a vituperarlo, él habría confesado al instante su verdadera identidad; pero no había nada malo en incitarlo un poco a alabar. Lo incitó con tal exito que, en cuestión de instantes, su nuevo conocido, sentado a su vera, confesaba con abierta franqueza que las novelas de Dencombe eran las únicas que era capaz de leer por segunda vez. Él había llegado el día anterior de Londres, donde un amigo suyo, periodista, le había prestado su ejemplar de la más reciente de ellas: el ejemplar enviado a la redacción del diario y que ya había sido objeto de una “gacetilla” que a buen seguro (por prejuzgar que no quedara) se había tardado exactamente un cuarto de hora en redactar. Insinuó que sentía vergüenza de su amigo y, en lo que concernía a una novela que requería y ofrecía estudio, de tamaña conducta ordinaria; y con su propia apreciación fresca, y su inusitado deseo por expresarla, prontamente llegó a ser para el pobre Dencombe una extraordinaria, una deliciosa aparición. El azar había puesto al fatigado literato cara a cara con el más ferviente admirador que cabía suponerle entre la generación joven. Para ser exactos, este admirador era desconcertante: era tan raro caso toparse con un joven médico hirsuto —parecía un fisiólogo alemán— devoto de la forma literaria. Era una casualidad, pero más feliz que la mayoría de las casualidades, conque Dencombe, no menos solazado que confundido, se entregó media hora a hacer hablar a su visitante mientras él guardaba silencio. Justificó su propia posesión adelantada de La edad madura aludiendo a su amistad con el editor, el cual, sabiendo que él estaba en Bournemouth por motivos de salud, había tenido con él ese grato detalle. Dencombe reveló haber estado enfermo, pues el doctor Hugh lo habría adivinado de modo inevitable; incluso llegó a preguntarse si no podría esperar alguna “orientación” sanitaria por parte de alguien que aunaba un entusiasmo tan rutilante y una presumible familiaridad con los medicamentos ahora en boga. Quizá perturbara un poco la confianza de Dencombe el tener que tomarse en serio a un médico que era capaz de tomárselo tan en serio a é1 mas le había caído en gracia este efusivo joven moderno y sintió con aguda punzada que aún habría cosas que hacer en un mundo donde se ofrecían tan extrañas mezclas. No era cierto lo que había tratado de creer en pro de la renuncia: que todas las combinaciones estaban ya agotadas. No lo estaban, no, no lo estaban, eran innúmeras; el agotamiento estaba sólo en el desventurado artista.

El doctor Hugh era un fisiólogo ardiente saturado del espíritu de la época; o sea, acababa de licenciarse; pero era original y polifacético, y hablaba como un hombre que de buena gana habría preferido dedicarse a la literatura. Le habría gustado crear frases hermosas, pero la Naturaleza le había rehusado el don. Algunas de las mejores frases de La edad madura lo habían impresionado sobremanera, y se tomó la libertad de leérselas a Dencombe en refuerzo de su argumentación. El doctor Hugh, en el aire perfumado, se tornó vívido al sentir de su compañero, para cuyo profundo consuelo parecía haber sido enviado; y con especial ardor se aplicó a describir cuán recientemente había tenido conocimiento de, y cuán instantáneamente se había entusiasmado con, el único novelista que había logrado poner carne entre las costillas de un arte que se moría de hambre a fuerza de timideces y dogmatismos.

Aún no le había escrito: lo contenía un sentimiento de respeto. En ese instante, Dencombe se congratuló más que nunca de no haber concedido jamás su tiempo a los fotógrafos. La actitud de su visitante le prometía un gran obsequio de comunicación, mas barruntó que, para el doctor Hugh, gozar de cierta continuidad en su comunicación dependía no poco de la condesa. Dencombe no tardó en enterarse de con qué clase de condesa se las habían, así como del tipo de vínculo que unía entre sí al insólito trío. La señora voluminosa, inglesa de nacimiento e hija de un barítono célebre, cuya afición, aunque no su talento, ella había heredado, era viuda de un aristócrata francés y dueña de todo lo que quedaba de la extensa fortuna, fruto de las ganancias paternas, que había constituido su propia dote. La señorita Vernham, criatura extraña pero consumada pianista, estaba vinculada a ella por un sueldo. La condesa era desbordante, excéntrica, muy suya: viajaba con una trovadora y un médico de cabecera. Ignorante y abrumadora, sin embargo tenía momentos en que resultaba casi irresistible. Dencombe la vio como posando para un retrato en el generoso bosquejo que le hacía el doctor Hugh, y notó cómo se formaba en su propia mente la imagen de la relación que con ella mantenía su joven amigo. Dicho joven amigo, para ser representante de una nueva psicología, resultaba muy fácil de sugestionar, y aunque se puso anormalmente locuaz, ello no fue sino un signo de auténtico sometimiento. En consecuencia, Dencombe hacía con él lo que quería aun sin darse a conocer como Dencombe.

Al ponerse enferma en un viaje por Suiza, la condesa lo había conocido en un hotel, y el azar de que él le cayera bien la movió a ofrecerle, con su imperiosa generosidad, unas condiciones que no pudieron menos que deslumbrar a un galeno aún sin clientela y cuyos recursos se habían consumido en sus estudios. No era la manera de pasar el tiempo que él habría escogido, pero era un tiempo que pasaría pronto, y, mientras tanto, ella era sumamente amable. Ella exigía constante atención, pero era imposible que no agradara. Él suministró toda clase de pormenores acerca de su pintoresca paciente, un “caso” como nunca había habido otro, que padecía, relacionado con su sofocada obesidad, y además de la veta morbosa de una voluntad violenta y sin objetivo, un grave trastorno orgánico; pero enseguida tornó a hablar de su bienamado novelista —a quien tuvo la felicísima inspiración de describir como más esencialmente poeta que muchos de quienes vivían de versificar— con su celo que había sido excitado, como igualmente lo había sido toda su ausencia de reserva, por la afortunada circunstancia de la simpatía de Dencombe y la coincidencia de lo que ambos estaban leyendo. Dencombe confesó conocer personalmente un poco al autor de La edad madura, pero no se sintió tan preparado como habría querido cuando su compañero —quien nunca hasta entonces había visto a un ser tan privilegiado— empezó ávidamente a solicitarle detalles. Incluso pensó que la mirada del doctor Hugh en aquel momento delató una vislumbre de sospecha. Pero el joven estaba demasiado inflamado para ser perspicaz, y abría una y otra vez el libro para exclamar “¿Se ha fijado usted en esto?” o “¿No lo impresionó soberanamente esto otro?”

—Hay un pasaje hermosísimo hacia el final —espetó, y tornó a echar mano del libro. Según volvía las hojas tropezó con otra cosa distinta, y Dencombe lo vio mudar de color súbitamente. El joven había cogido el ejemplar de Dencombe, que estaba sobre el banco, en lugar del suyo, y al punto su vecino adivinó la razón de su sobresalto. Por un instante el doctor Hugh se quedó muy serio; a renglón seguido dijo—: ¡Observo que ha estado usted retocando el texto!

Dencombe era un apasionado del corregir, un obseso del estilo; lo último a que llegaba era a una forma definitiva para él mismo. Su ideal habría sido publicar anónimamente, y luego, en el texto publicado, entregarse a sus revisiones maníacas, desautorizando siempre la primera edición y empezando para la posteridad, y aun para los pobrecillos coleccionistas, con la segunda. Esa mañana su lápiz había punzado en La edad madura una docena de burbujas. Lo sorprendió el efecto sobre él mismo del reproche del joven: por un momento lo hizo mudar ahora a él de color. Se puso, en todo caso, a tartamudear imprecisamente; luego, a través de una neblina de conciencia en reflujo, vio la extrañada mirada del doctor Hugh. Tuvo tiempo únicamente para darse cuenta de que estaba a punto de caer enfermo otra vez: todas estas emociones, la excitación, la fatiga, el calor del sol, el influjo del aire, se habían confabulado para jugarle una mala pasada, hasta el punto de que, tendiendo la mano hacia su compañero con una exclamación de sufrimiento, perdió por completo el sentido.

Posteriormente supo que se había desmayado y que el doctor Hugh lo había llevado al hotel en un cochecillo cuyo cochero, que merodeaba por los aledaños en pos de clientes, acertó a recordar haberlo visto casualmente en el jardín del mismo. Había recobrado el sentido durante el trayecto, y en la cama, aquella tarde, tuvo una vaga remembranza del joven rostro del doctor Hugh, cuando estaba junto a él, inclinado sobre él con una sonrisa reconfortante que expresaba algo más que una mera sospecha de su verdadera identidad. Esta identidad ya no podía ser negada, y por eso se sintió aún más pesaroso y dolido. Había sido temerario, había sido estúpido, había salido a pasear demasiado prematuramente, se había quedado afuera demasiado prolongadamente. No habría debido ponerse al alcance de desconocidos, habría debido llevar consigo a su criado. Sintió como si hubiera caído en una sima demasiado honda para poder avistar el menor retazo de cielo. Estaba en confusión sobre el tiempo transcurrido; recogía los fragmentos para hacerlos casar. Había visto a su médico, el de verdad, el que lo había atendido desde el principio, y que de nuevo se había mostrado amabilísimo. Su criado entraba y salía de puntillas, poniendo cara de que él ya se lo había esperado todo por anticipado. Más de una vez dijo algo sobre aquel joven caballero tan inteligente. Lo demás era vaguedad, cuando no desesperación. Empero, la vaguedad era explicable teniendo en cuenta sus sueños, angustias en sopor, de las que finalmente emergió para percibir nítidamente un cuarto oscuro y la luz de una tamizada vela.

—Volverá a estar del todo bien; ahora sé todo lo referente a usted —dijo cerca de él una voz, que reconoció como la de un hombre joven. Entonces le retornó a la memoria su encuentro con el doctor Hugh. Todavía estaba excesivamente desmayado para bromear sobre ello, pero pudo percatarse, al cabo de no demasiado, de que era intenso el interés de su visitante por élPor supuesto no puedo asistirlo profesionalmente: usted tiene su propio médico, con quien ya he hablado y que es excelente —siguió el doctor Hugh—. Pero debe permitirme que venga a verlo en calidad de buen amigo. Simplemente he entrado a echarle un breve vistazo antes de acostarme. Va usted marchando óptimamente, pero menos mal que estaba yo junto a usted en el acantilado. Vendré a visitarlo mañana temprano. Me gustaría poder hacer algo por usted. Quiero hacer todo lo posible. Usted ha hecho muchísimo por mí. —El joven extendió la mano, posándola sobre él, y el pobre Dencombe, percibiendo débilmente esa cálida presión, se limitó a seguir allí tendido y aceptó su devoción.

No podía menos; necesitaba demasiado una ayuda. La idea de la ayuda que necesitaba le estuvo muy presente aquella noche, que pasó en despierta calma, con una intensidad de pensamientos que fue como una reacción contra sus horas de estupor. Estaba perdido, estaba perdido, estaba perdido si no había la posibilidad de salvarlo. No temía al sufrimiento, a la muerte; ni siquiera estaba enamorado de la vida; pero había tenido una profunda manifestación de deseo. Durante esas largas horas calladas se percató de que sólo con La edad madura había alzado el vuelo; sólo aquel día, visitado por procesiones silenciosas, había identificado su reino. Había tenido una revelación de su alcance. A lo que temía era a que su reputación hubiera de fundamentarse en algo incompleto. No era de su pasado sino de su futuro de lo que propiamente quería ocuparse. La enfermedad y la vejez se aparecían ante él como espectros de ojos despiadados: ¿cómo iba a sobornar a tales augures para que le concedieran una nueva oportunidad? Ya había tenido la única oportunidad que pueden tener los seres humanos: había tenido la oportunidad consistente en poder vivir. Muy tarde cayó dormido, y cuando despertó, el doctor Hugh estaba sentado junto a su cabecera. En él, a estas alturas, ya había algo de agradablemente íntimo.

—No vaya a pensar que he suplantado a su médico —dijo—; actúo con su consentimiento. Él ha estado aquí y lo ha visto. Extrañamente, parece confiar en mí. Le he contado cómo nos conocimos usted y yo ayer por casualidad, y confiesa que tengo una prerrogativa peculiar.
Dencombe lo miró con seriedad especulativa:
—¿Cómo lo ha arreglado con la condesa?
El joven se arreboló un poco, pero se rió:
—¡Oh, no se preocupe por la condesa!
—Me dijo usted que era muy exigente.
El doctor Hugh guardó silencio unos momentos.
—Sí que lo es —dijo.
—Y la señorita Vernham es una intrigante.
—¿Cómo sabe eso?
—Yo lo sé todo. ¡Hay que saberlo todo para poder escribir decentemente!
—Creo que es una loca —precisó el doctor Hugh.
—Bien, pero no se pelee con la condesa; en la actualidad le es de gran ayuda a usted.
—No me peleo —repuso el doctor Hugh—. Pero no me entiendo bien con las mujeres tontas. —Enseguida agregó—: Usted parece muy solo.
—Eso pasa mucho a mi edad. He sobrevivido, pero he tenido pérdidas por el camino.
El doctor Hugh vaciló; pero al fin, superando su leve escrúpulo, inquirió:
—¿A quién ha perdido?
—A todos.
—¡Ah, no! —protestó el joven, poniéndole una mano sobre el brazo.
—Tuve esposa, tuve un hijo. Mi esposa murió al nacer mi hijo, y a mi hijo, cuando aún iba al colegio, se lo llevaron unas fiebres tifoideas.
—¡Ojalá hubiese estado yo allí! —dijo con sinceridad el doctor Hugh.
—¡Bueno, está usted aquí! —respondió Dencombe con una sonrisa que, a pesar de la penumbra, traslució cuánto le gustaba su posibilidad de estar seguro del paradero de su acompañante.
—Usted habla de su edad extrañamente. No es usted viejo.
—¿Hipócrita tan pronto?
—Digo fisiológicamente.
—Así es como he estado hablándome a mí propio en los últimos cinco años, y eso exactamente es lo que me decía. ¡Y es que sólo cuando somos viejos comenzamos a decirnos que no lo somos!
—Pero yo también me digo a mí propio que soy joven —declaró el doctor Hugh.
—¡Y no sabe usted tan bien como yo con cuánta razón! —se rió el paciente, cuyo visitante desde luego admitió el hecho en cuestión, a juzgar por la rotundidad con que trocó su razonamiento de partida, comentando que debía de ser uno de los encantos de la vejez —por lo menos si se poseía una alta distinción el sentir que uno se ha esforzado y ha triunfado. El doctor Hugh empleó la manida expresión sobre el haberse ganado el descanso, y con ella hizo que, por un momento, el pobre Dencombe casi se irritara. Sin embargo, éste se rehízo para explicar, con suficiente claridad, que si él mismo, por desdicha, no conocía nada de tal bálsamo, sin duda era porque había malgastado años preciosos. Desde el principio se había consagrado a la literatura, mas había tardado toda una vida en ponerse a la altura de ese arte. Sólo en aquel momento, al fin, había empezado a entender; así que lo hecho hasta ahora no había sido sino un conjunto de movimientos ingobernados. Había madurado demasiado tarde y tenía un temperamento tan torpe que únicamente había logrado aprender a fuerza de errores.

—En ese caso, yo prefiero sus capullos a las rosas abiertas de los demás, y sus errores a los aciertos de los demás —dijo galantemente el doctor Hugh—. Lo admiro por sus errores.
—Feliz usted: usted no discierne —le replicó Dencombe.
Consultando su reloj, el joven se había levantado; dijo a qué hora de la tarde regresaría. Dencombe lo amonestó para que no se comprometiera con tanta exactitud, y nuevamente exteriorizó todo su miedo de estar haciéndolo descuidar a la condesa, de estar quizá haciéndolo incurrir en su disgusto.
—Quiero ser como usted: ¡quiero aprender a fuerza de errores! —repuso riendo el doctor Hugh.
—¡Tenga cuidado de no cometer uno demasiado grave! De todas suertes, regrese —añadió Dencombe, con el atisbo de una nueva idea.
—¡Debería usted tener más vanidad! —El doctor Hugh hablaba como si supiera cuál era la dosis exacta requerida para hacer normal a un literato.
—No, no; sólo debería tener más tiempo. Quiero otra oportunidad.
—¿Otra oportunidad?
—Quiero una prórroga.
—¿Una prórroga? —El doctor Hugh repetía otra vez las palabras de Dencombe, que, por lo visto, lo habían impresionado.
—¿No comprende? Quiero más de eso que se llama vida.
El joven, en son de despedida, había tomado la mano del paciente, la cual aferró la suya propia con cierta fuerza. Se miraron intensamente un momento.
—Usted tiene ganas de vivir —dijo el doctor Hugh.
—No sea frívolo. ¡Esto es demasiado serio!
—¡Usted vivirá! —afirmó el visitante de Dencombe, tornándose pálido.
—¡Ah, así está mejor! —Y mientras el doctor se retiraba, el enfermo se recostó agradecido, con acuitada risa.

Todo aquel día y la noche inmediata se preguntó si no se podría conseguir eso. Volvió su médico habitual, su criado estuvo muy atento, pero fue a su joven confidente y amigo a quien se encontró solicitando mentalmente. Su desmayo en el acantilado estaba plausiblemente explicado, y se prometía su restablecimiento para el futuro, a condición de una prudencia más rigurosa; mientras tanto, empero, la fijeza de sus meditaciones lo mantenía inmóvil y lo tornaba indolente. La idea que lo trabajaba no era menos absorbente por tratarse de una mera fantasía enfermiza. Ahí estaba un inteligente hijo de la época, ingenioso y apasionado, que daba la casualidad de haberlo considerado digno de la veneración de los buenos degustadores. Este servidor de su altar estaba investido de toda la nueva sabiduría de la ciencia y de toda la vieja reverencia de la fe; por consiguiente, ¿no podría poner su conocimiento al servicio de su empatía y su habilidad al servicio de su cariño? ¿No se podía confiar en que él inventaría un remedio para un pobre artista a cuyo arte había rendido homenaje? Si no se podía, la alternativa era penosa: Dencombe habría de capitular ante el silencio, sin ser ni vindicado ni intuido. El resto del día y todo el día siguiente jugueteó en secreto con esa dulce y fútil preocupación. ¿Quién obraría para él el milagro sino el joven que podía combinar tanta lucidez con tanta pasión? Pensó en los cuentos de hadas científicos y se embelesó hasta olvidar que buscaba una magia que no era de este mundo. El doctor Hugh era una aparición sobrenatural, y eso mismo significaba que estaba por encima de las leyes naturales.

Este iba y venía mientras su paciente, incorporado en la cama, lo seguía con ojos anhelantes. El interés de haber conocido al gran autor había hecho que el joven hubiese vuelto a empezar La edad madura, pues aquel hecho lo ayudaría a encontrar mayor riqueza de sentido en sus páginas. Dencombe le había desvelado qué era lo que había “intentado”; el doctor Hugh, pese a toda su inteligencia, había sido incapaz de percatarse de ello en una primera lectura. La desconcertada celebridad se preguntó entonces quién en el mundo sería capaz de percatarse; por enésima vez le hizo gracia el modo cabal y craso en que podía malentenderse una “intención”. Sin embargo, no estuvo dispuesto a ponerse a vilipendiar indiscriminadamente la mentalidad común, por consolador que ello hubiera sido en el pasado: la revelación que había tenido de su propia torpeza semejaba convertir toda estupidez en algo sagrado.

Algún tiempo después, el doctor Hugh se mostró visiblemente agitado, terminando por confesar, ante las preguntas, un motivo de preocupaciones en su vida “doméstica”.
—Siga unido a la condesa, no se preocupe por mí —dijo Dencombe, repetidamente; pues su acompañante fue suficientemente explícito sobre la actitud de la voluminosa señora. Era tan celosa que había caído enferma: la ofendía tamaño quebrantamiento de la fidelidad debida. Pagaba tanto por la lealtad de él que había de tenerla entera: le negaba el derecho a mostrar otras simpatías, lo acusaba de maquinar para dejarla morir sola, pues innecesario era comentar para cuán poco servía ante una emergencia la señorita Vernham. Al manifestar el doctor Hugh que la condesa ya se habría marchado de Bournemouth si él no la hubiese hecho quedarse en cama, el pobre Dencombe le apretó el brazo más fuerte y dijo con determinación:

—Llévesela sin pérdida de tiempo.
Habían salido juntos hasta el abrigado rincón donde, tan recientemente, se habían conocido. El joven, que había dado apoyo con su propia persona a su acompañante, declaró con énfasis que sentía limpia su conciencia: podía montar dos caballos a la vez. ¿Acaso no soñaba, para su porvenir, con una época en que tendría que montar a la vez quinientos? Con parejo anhelo de virtud, Dencombe contestó que en esa edad dorada ningún paciente pagaría para contratarle su exclusiva atención. Por parte de la condesa, ¿no era lícito su absolutismo? El doctor Hugh lo negó, diciendo que no había habido ningún contrato, sino únicamente un acuerdo amistoso, y que para un espíritu libre era imposible un servilismo sórdido; por si fuera poco, le gustaba hablar de arte, y ése fue el tema en que entonces, sentados los dos juntos en el banco soleado, trató primordialmente de involucrar al autor de La edad madura. Dencombe, volviendo a elevarse un poco con las débiles alas que le prestaba la convalecencia y obsesionado todavía por esa esperanzadora idea de un salvamento organizado, encontró un nuevo filón de elocuencia en defender la causa de una cierta y esplendorosa “manera final”: la ciudadela misma, como se demostraría, de su reputación, la fortaleza en que iba a congregarse su verdadero tesoro. Mientras su oyente le concedía toda la mañana y el gran mar tranquilo semejaba detenerse a escuchar, él tuvo un maravilloso rato de explicación. Incluso a su propio juicio estuvo él inspirado al describir en qué consistiría su tesoro: los metales preciosos que excavaría de la mina, las raras joyas, los collares de perlas que colgaría de las columnas de su templo. Estuvo prodigioso a su propio ver, por la densidad con que se agolparon sus convicciones; pero más prodigioso estuvo al ver del doctor Hugh, quien le aseveró, no obstante, que las mismísimas páginas que había publicado recientemente estaban ya incrustadas de gemas. No por ello dejó de anhelar el joven las combinaciones venideras, y, poniendo por testigo al hermoso día, le renovó a Dencombe el compromiso de que su profesión se haría responsable de otorgarle tal vida. Entonces, de pronto, se llevó velozmente la mano al bolsillo del reloj y solicitó venia para ausentarse media hora. Dencombe esperó allí a que regresara, mas por último lo hizo volver a la realidad la aparición de una sombra humana en el suelo. La sombra resultó ser la de la señorita Vernham, la damisela de compañía de la condesa; al reconocerla, Dencombe se dio tan clara cuenta de que venía a hablar con él, que se levantó del banco y permaneció así para agradecerle semejante cortesía. Lo cierto es que la señorita Vernham no se mostró especialmente cortés: parecía extrañamente atribulada y ahora su carácter era inequívoco.

—Perdone que le pregunte —dijo— si será demasiado esperar que sea posible persuadirlo para que deje tranquilo al doctor Hugh. —Y luego, antes de que Dencombe, hondamente turbado, pudiera protestar, agregó—: Debe usted saber que está estorbándolo, que puede ocasionarle un perjuicio terrible.
—¿Quiere decir dando motivo para que la condesa prescinda de sus servicios?
—Haciéndola desheredarlo. —Ante esto, Dencombe quedó pasmado, y la señorita Vernham prosiguió, gustosa de comprobar que era capaz de producir toda una impresión—: Ha dependido de él obtener algo muy conveniente. Ha tenido unas perspectivas magníficas, pero creo que usted ha logrado echarlas a perder.
—No a sabiendas, se lo aseguro. ¿No hay esperanzas de que se pueda enmendar el desaguisado? —preguntó Dencombe.
—Ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Le entran prontos, se deja ir; es su forma de ser. No tiene parientes, es libre de disponer a su gusto de su dinero, y está muy enferma.
—Lamento muchísimo saberlo —balbució Dencombe.
—¿No le sería posible a usted marcharse de Bournemouth? Es eso lo que he venido a pedirle.
El pobre Dencombe se dejó caer en el banco:
—Yo también estoy muy enfermo, ¡pero lo intentaré!
La señorita Vernham siguió allí inmóvil con sus descoloridos ojos y la brutalidad de su buena conciencia.
—¡Antes de que sea demasiado tarde, se lo ruego! —dijo; y tras esto le volvió la espalda para desaparecer de su vista, deprisa, como si hubiera sido un asunto al que no hubiese podido consagrar más que un minuto de su precioso tiempo.

Ah, claro, después de aquello, Dencombe se sintió muy enfermo, naturalmente. La señorita Vernham lo había trastornado con sus vehementes noticias feroces: para él había sido un choque por demás duro descubrir lo que estaba en juego para un joven sin dinero y de excelentes cualidades. Se quedó temblando en su banco, mirando fijamente la inmensa extensión del agua, sintiéndose deshecho por aquel golpe directo. De cierto que estaba demasiado débil, demasiado vacilante, demasiado asustado; pero haría el esfuerzo de marcharse, pues no estaba dispuesto a cargar con la culpabilidad de interferir, y realmente estaba en entredicho su honor. Se volvería tambaleante a su alojamiento, en cualquier caso, y entonces pensaría qué hacer. Volvió al hotel y, por el camino, tuvo una vislumbre caracterizadora del motivo fundamental del comportamiento de la señorita Vernham. La condesa odiaba a las mujeres, por supuesto, Dencombe lo veía clarísimo; así que la desposeída pianista carecía de esperanzas personales y sólo podía consolarse con el audaz plan de ayudar al doctor Hugh, ora fuera para casarse con él después de que él obtuviese el dinero, ora para inducirlo a reconocer el derecho de ella a una recompensa, que él pagaría para quitársela de encima. Si ella se había portado con él como amiga en una crisis fecunda, él verdaderamente se sentiría obligado a no olvidarse de ella, como hombre de delicadeza, y ella sabía qué esperar sobre esa base.

En el hotel, el criado de Dencombe se empeñó en que su señor volviera a la cama. El enfermo había hablado de coger un tren y había empezado a impartir órdenes para hacer las maletas; tras lo cual sus alterados nervios sucumbieron a una sensación de desfallecimiento. ConSintió en ver a su médico, al cual se mandó inmediatamente a buscar, mas deseó que se entendiera bien que su puerta estaba irrevocablemente cerrada para el doctor Hugh. Se había forjado un plan, que era tan espléndido que se regocijó con él después de volverse a la cama. El doctor Hugh, encontrándose desdeñado repentina e inmisericordemente, renovaría su vasallaje a la condesa por natural disgusto y para alegría de la señorita Vernham. Cuando llegó su médico, Dencombe se enteró de que tenía fiebre y de que eso era preocupante: había de cultivar la calma y procurar no pensar, si le era posible.

Durante el resto del día trató de conseguir la estupidez; pero hubo una aflicción que lo mantuvo lúcido: la del probable sacrificio de su “prórroga“, el punto final de su trayectoria. Su consejero médico estaba cualquier cosa menos contento: las sucesivas recaídas eran un mal augurio. Lo exhortó a obrar con mano dura y quitarse de la cabeza al doctor Hugh: ello contribuiría sumamente a su tranquilidad. Ese intranquilizador nombre no volvió a ser pronunciado en su cuarto, pero su tranquilidad era tan sólo temor reprimido, y quedó puesta en peligro por un telegrama, recibido a las diez de esa noche, que su criado abrió y le leyó y que llevaba la firma de la señorita Vernham junto a una dirección de Londres. “Imploro use toda influencia para hacer nuestro amigo reunirse con nosotras mañana por la mañana. Condesa muchísimo peor por terrible viaje, pero todo puede salvarse aún.” Las dos mujeres habían hecho de tripas corazón y aquella tarde habían sido capaces de una rencorosa revuelta. Se habían dirigido a la capital, y aunque la de más edad, como comunicaba la señorita Vernham, estaba muy enferma, deseaba dejar claro que era no menos inexorable. El pobre Dencombe, que no era inexorable y, sinceramente, sólo quería que todo “se salvara”, envió ese mensaje directamente al alojamiento del joven, y a la mañana siguiente tuvo la alegría de saber que éste se había ido de Bournemouth en un tren temprano.

Dos días después, el doctor Hugh entró arrolladoramente en la habitación con un ejemplar de una revista literaria en la mano. Había vuelto porque lo trabajaba un gran afán de tener noticias suyas y por el placer de mostrarle la grandiosa recensión de La edad madura. Ahí por fin había algo apropiado, a la altura de la ocasión: era una aclamación, una reparación, un deseo por parte de la crítica de poner al autor en la hornacina que limpiamente se había ganado. Dencombe lo aceptó y se sometió: no hizo objeciones ni preguntas, pues habían retornado viejos achaques y había pasado dos días atroces. Estaba convencido no sólo de que ya nunca volvería a levantarse de la cama, de modo que era perdonable dejar entrar a su joven amigo, sino también de que sería muy poco lo que requeriría de la paciencia de quienes lo atendían. El doctor Hugh había estado en Londres, y en sus ojos trató Dencombe de encontrar alguna señal de que la condesa se había apaciguado y de que el heredamiento estaba a buen recaudo; mas lo único que en los mismos pudo ver fue la luz de su juvenil alegría por dos o tres frases de la revista. Dencombe no se hallaba en condiciones de leerlas, pero cuando su visitante se empecinó en repetírselas más de una vez, fue capaz de hacer un gesto negativo con la cabeza sin dejarse embriagar:

—¡Ah, no son ciertas, pero lo habrían sido referidas a lo que pude hacer!
—Lo que alguien “pudo hacer” es primordialmente lo que en realidad hizo —objetó el doctor Hugh.
—Primordialmente sí, ¡pero yo he sido todo un idiota! —dijo Dencombe.
El doctor Hugh se quedó; se aproximaba raudamente el desenlace. Dos días después, Dencombe le comentó, a título del más endeble de los chistes, que ya no habría segunda oportunidad que valiese. Ante esto el joven lo miró con fijeza; seguidamente exclamó:
—¡Pero sí la ha habido, sí la ha habido! ¡La segunda oportunidad ha sido para el público, la oportunidad de encontrar un modo de abordarlo a usted, de encontrar la perla!
—¡Ah la perla! —suspiró desasosegado el pobre Dencombe. Una sonrisa tan fría como un atardecer invernal se insinuó en sus contraídos labios al añadir—: ¡La perla es lo que quedó sin escribir, la perla es lo que no tiene impurezas, lo ausente, lo perdido!

Desde ese momento estuvo cada vez menos lúcido, a ojos vistas inconsciente de lo que acaecía a su alrededor. Su enfermedad era decididamente letal, de unos efectos tan implacables, tras la breve tregua que le había permitido confraternizar con el doctor Hugh, como una vía de agua en un gran buque. Hundiéndose constantemente, aunque su visitante, hombre de extraños recursos, ahora cordialmente aprobados por su médico, mostraba infinita pericia en defenderlo del dolor, el pobre Dencombe no se percataba de atenciones ni de descuidos, ni traslucía síntomas de sufrimiento o de agradecimiento. Pero hacia el final sí dio una señal de haberse percatado de que había habido dos días en que el doctor Hugh no había aparecido por su cuarto, señal que consistió en abrir de improviso los ojos para preguntarle si había pasado ese paréntesis con la condesa.

—La condesa ha muerto —dijo el doctor Hugh—. Yo ya sabía que en unas circunstancias dadas no resistiría. He ido para visitar su tumba.
Los ojos de Dencombe se abrieron más:
—¿Le ha dejado a usted “algo muy conveniente”?
Al joven se le escapó una risa casi demasiado frívola para hallarse en una habitación de agonía.
—Ni un penique. Me maldijo en redondo.
—¿Lo maldijo? —musitó Dencombe.
—Por abandonarla. La abandoné por usted. Tuve que elegir —explicó su acompañante.
—¿Eligió usted dejar escapar una fortuna?
—Elegí aceptar las consecuencias de mi entusiasmo, cualesquiera que fueren —sonrió el doctor Hugh. Luego, como una ocurrencia todavía más jocosa, agregó—: ¡Al diablo la fortuna! Es culpa de usted si no puedo olvidarme de sus obras.

El tributo inmediato a su humorada fue un largo gemido azorado; tras del cual, durante muchas horas y muchos días, Dencombe quedó postrado, sin movimiento y como ausente. Una respuesta tan radical, semejante vislumbre de un resultado definitivo y semejante sensación de reconocimiento actuaron conjuntamente en su ánimo y, desencadenando una extraña conmoción, alteraron y transfiguraron su desesperación lentamente. Lo abandonó la sensación de fría sumersión, pareció flotar sin esfuerzo. Este incidente fue extraordinario como aviso, y arrojó una luz más intensa. En su postrer momento, él le hizo una seña al doctor Hugh para que lo escuchara, y, cuando éste estuvo arrodillado junto a su almohada, lo hizo acercarse mucho.

—Usted me ha convencido de que es todo una vana ilusión.
—No su gloria, mi querido amigo —balbució el joven.
—No mi gloria... ¡lo que haya de ella! La verdadera gloria consiste en ... en haber sido puesto a prueba, haber tenido una pequeña calidad y haber ejercido un pequeño hechizo. Lo importante es haber conseguido que alguien se sintiera interesado. Ocurre que usted está loco, pero ello no afecta esta verdad.
—¡Usted es un gran triunfo! —dijo el doctor Hugh, imprimiéndole a su joven voz toda la vibración de unas campanas de boda.
Dencombe se quedó asimilándolo; luego hizo acopio de fuerzas para hablar otra vez:
—Una segunda oportunidad: ésa es la vana ilusión. Jamás ha habido más que una. Trabajamos a ciegas; hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra misión. Todo lo demás no es sino la demencia del arte.
—Aunque haya usted dudado, aunque haya desesperado, siempre ha “logrado” —alegó finamente su visitante.
—He logrado alguna que otra cosilla —concedió Dencombe.
—Alguna que otra cosilla lo es todo. Es lo factible. ¡Es usted!
—¡Cuán conmovedor! —suspiró irónicamente el pobre Dencombe.
—Pero es la pura verdad —insistió su amigo.
—Es la pura verdad. La frustración es lo que no cuenta.
—La frustración es tan sólo un hecho de la vida —dijo el doctor Hugh.
—Sí, es lo que desaparece. —Al pobre Dencombe apenas si se lo oyó, pero con sus palabras había sellado el final definitivo de su primera y única oportunidad.