lunes, 31 de octubre de 2016

Tren fantasma. Vicente Molina Foix.

Al final de la barra apareciste
como un tren fantasma
que mueve campanillas.

Tu cara aún tenía
el susto del viajero
que, en vagón de madera,
siente los escobazos, el hilo de
la muerte, la calabaza hueca.

Querías compañía para entrar en el túnel.

No te la di, no puedo.
He de ocupar mi sitio
detrás de las cortinas,
para seguir aullando
y mordiendo a los niños.

Matchmaking. Vicente Molina Foix.

Con los años
me estoy haciendo
un excelso
casamentero
de antiguos
amores.

Visito en las ciudades
más pobladas
de tres países
a parejas estables
que se cogen la mano
agradecidas
y tienen el detalle de tenerme
en el altar
de sus aparadores
con una foto
de entonces,
muy favorecedora.
He llegado a contar
en hogares felices
seis libros dedicados

de mi puño y letra
con promesa
de amor eterno.

Y en un caso reciente
pude reconocer
la chaqueta de punto
tejida a mano
que regalé a mi amante
por Reyes
llevada por el otro,
y unas manchas de vomitona mía
en el entarimado
de la alcoba
que hoy me está prohibida.
Soy el visitador
de los enamorados.

Si es verdad, como dices,
tú, conciencia,
la que no miente,
que ya no sé amar,
reconoce al menos
que preparo muy bien
a quienes yo renuncio
para las duras pruebas
del amor de verdad.

Marcel Proust. Vicente Molina Foix.

Buscando, buscando, halló, en efecto,
acurrucado entre los pliegues calientes de la sábana,
a su sexo de por las mañanas, el pequeño y burlón,
que le enviaba gestos como queriendo continuar su reposo.

Proust, sin embargo, se mostró aquella mañana inflexible
y se lo calzó ( ayudándose de un cucharón de palo y del manípulo de cinc),
y ajustábase después los faldones de la redingote
pronunciando con decisión el apellido del chofer,
"Fontainebleau" .

Juego de disfraces. Vicente Molina Foix.

Desmadejado, desaparecido mi control sobre una cabellera
          en alboroto que opta a menudo por resoluciones
          distintas a las del sistema motriz,

penetro en la desértica extensión de los telares y en el
          depósito de las almas muertas, que sostienen resignadamente
          colores de lapislázuli y cartonajes con memoria particular,
          mas desechada, raídos, túmido, ominosamente numeradas,
          delicadamente  sustraídos de tono, agrietados, por ajena
          voluntad borrada.

En los pasadizos de la trastienda no únicamente duele
          el hallazgo de frondas que treparon vertiginosas escalones
          de mármol despintado o la arboleda que poseía poseía
          articulaciones mecánicas para asustar y hacer caer de su caballo
          a la Joven Furtiva que eligió las incertidumbres de un Caballero
          sólo recientemente armado,

pues tal vez con semejante desafección encontráramos el mascarón
          de proa que puso en pie a toda una generación y los nimbos
          algodonosos que por primera vez llevaron a muchos a pensar
          que quizá no todo consista en arribar al propio domicilio una vez
          la obra terminada y revolverse entonces pesarosos entre las
          engañosamente mullidas plumas del jergón.

Vuelta la espalda a un creciente clamor de asentimiento que invade
          la platea, navego con vacilación un estrecho cuarto de luces y el
          camarín de la estrella, dejado intacto en su crepúsculo de noche
          resonante y con la misma argolla aún, sujetando los muslos que
          trastornan y aquella máscara de labios curvados hacia abajo,
          poseedora del secreto que desencadenó guerras.

Decretada mi extinción por ocupantes de los palcos más celebrados,
          dudo acerca de enfrentarme a la conjuración mortal de luces
          que convergen en el proscenio,

o practicar (sea por una sola vez!) la compuerta de hierro que conduce
          al callejón de la Mala Conducta y hace evitar la probablemente
          desmerecida dialéctica de la palestra.

Henry James. Vicente Molina Foix.

De mis postreras deducciones llego a pensar que este escritor mantuvo -durante mucho tiempo-
una compensación onírica.

Parece ser que todo sucedía de la siguiente forma: a los pocos minutos de entrado en la Caverna, y con operaciones
envidiables, muy extrañas, de pulgares cruzados,
chasquidos de la lengua, silbos desacordados, el fulgor permanente de una lámpara azul, se presentaban en la estancia
unos cuantos sujetos -protagonistas de los hechos-, bien adiestrados para aquello por embozados de tradición.

En los últimos años, por lo menos, las imágenes fueron siempre las mismas (y también
el lugar de la escena): un pájaro ideado, con el plumaje al viento, reconstruido en cera,
plástico y cartón, hermosísimo objeto de cuyo resplandor la habitación súbitamente se encendía;
un hombre deformado, con la cara rayada y ostensible carencia de curvas,
cualquier ángulo, cabello, ojo izquierdo y palabras ( sin vestido adecuado, torpemente aliñado, y sin dientes,
sentado en una tabla, difícilmente habituado al fluido carnal de aquella casa); y -por si elegir fuera ya fácil-
una tercera instancia, la de la reflexión ajena a la belleza, que suscitaba una forma débil y cenicienta, unas tablas de ley,
plumas pintadas, restos de muebles que sostuvieron una preciosa culpa, los polvitos de magia que ya no cambian nada.

H.P. Lovecraft. Vicente Molina Foix.

En mi viaje a las Islas me contaron que Lovecraft jamás murió,
al menos no en el lugar ni en fechas que sus biógrafos marcaron.

Sostienen, ellos, que este escritor sabía otras muchas más cosas
de las que consignó en sus libros, y no todas, precisamente,
las recibidas de sus -ya certificados- contactos
con personas del Más Allá.

Los moradores me dicen, sin embargo, que ellos nunca observaron
por estos parajes sucesos sorprendentes, lejos de lo normal;
quizá, retrocediendo mucho, la cabalgadura que se negó
a seguir tirando la rueda del molino, convertida después
en manantial ( año 70) , o todo un pinar que en el verano
más lluvioso del cantón, el que no se recuerda, ardió sin un motivo
porque, según parece, no se avenía a ser talado de unos árboles sí
y de otros no.

Fragmento de una col. Vicente Molina Foix.

¿Eres col o
me escuchas,
oreja de los campos
que el genio de la tierra
más profunda
ha tenido el capricho
de moldear así,
como espiral de carne
que respira?

Ya no puedo comerte,
por respeto.
Lo más probable es
que tengas vida,
blanca col,
col acaracolada,
y si muerdo los nervios
de ese cuerno
de tu abundancia
oiga al fondo
la queja de las manos
de los hombres
que han tardado
un año
y algunos siglos más
de raciocinio
en darte forma.

El Barón de Escandinavia. Vicente Molina Foix.

Sí, puedo perfectamente recordar que sucedía en la noche
por el ruido preciso y espectacular -que aún estalla en mi rostro-
de los espolones de la guardia de corps, difícilmente sujeta
a sus señores en unos tiempos, aquellos de los que os hablo,
sembrados del desorden y la más indisciplinada nocturna
diversión desconsiderada. Nos sentamos, mi protector y yo,
en el banco frontal a la iglesia Nazarena, y allí escuché, arrobado,
el maligno relato. Él había conocido bien al Barón, y de aquel trato
su conocimiento tan pormenorizado del color rojizo que tenía
en el pelo y el amor antinatural que aún le profesaba.

Hubo un rasgo en la historia, con todo, que me asombró: el lobo
calzaba medias en lugar de mirliflores, como suele ser habitual,
y la princesa, no siendo una belleza deslumbrante, se negaba
una y otra vez a hacerse pasar por coqueluche y por amante de la Bestia,
ignorando la tonta que estas uniones un poco fuera de lo normal
siempre reportan después grandes beneficios, y renombre.

Dramatis personae. Vicente Molina Foix.

Aléjanse de mi horizonte algunos personajes de tragedia,
aquellos que -preciosamente- guardaba entre los hielos
en espera de una hipotética reunión escénica.

Los peces de asimétrica calcificación que Príamo enviara
          como signo de mal talante a su hija Alejandra.

Las huellas del desespero, las que provocan unas sandalias
          mal anudadas en pies desobedientes a mandatos
          del corazón.

El cachorro que después creció, pero en la época en que
          Holofernes no temía soliviantarlo con maullidos
          ficticios y una escaramuza de carne cruda y helechos
          nunca, finalmente, otorgados.

La escarapela de Clitemnestra, de decisivo empleo en la
          resolución de los debates Cástor-Pólux, aunque
          aumentado su valor dramático ahora por ciertos
          célebres sollozos que conserva guardados en los
          pespuntes de la capa.

Descartes. Vicente Molina Foix.

En un principio se creyó ver en él al desprovisto de mensajes,
al venido de lejos,
a sólo un miembro de secciones ocultas
que todo encierran en el estrecho cauce de los libros.
          -ignorantes, según se observa, lo fiel de su manejo
            con problemas de audiencia más vasta-.

Tuvieron que llegar edades más adultas
que le reconocieran.
          -algunos han pensado que hallábanse
            ante un nuevo profeta de lo inútil-.

(Los grabados de época nos muestran un Descartes
siempre sentado junto al fuego,
con el hábito negro,
más preocupado en la textura o esencia del escrito
que propiamente haciéndolo.)

Bucólica. Vicente Molina Foix.

Arrancar florecillas
del campo
está hecho para nosotros.

Y saltar riachuelos
sin que el salto
nos impida seguir
con la mirada
los deslices plateados
del pez vivo.

Oír la esquila y ver
las nubes bajas
confundidas
con los recién nacidos
del rebaño.

Recostarse a la sombra
del arbolito
que apenas tiene
y observar cómo crecen
las crías de la reina
de las rapaces.

Una naturaleza pequeña
le conviene
a nuestro repentino
y algo escuálido amor.

Publicado en "Ínsula"

Amante que escapa. Vicente Molina Foix.

He oído los cascos de un caballo
temblar en la colina.
No he hecho nada.

He comido raíces y el fruto de las bayas
que crecen sin provecho
entre las calaveras.
No me ha ocurrido nada.

He tocado la estela de tu cuerpo.
He visto nuestras cartas húmedas y arrugadas.
He pasado la lengua por los labios
que sólo a mí me cierras.
No he sentido nada.

Publicado en la antología "Del goce y de la dicha"

domingo, 30 de octubre de 2016

Orgullo y prejuicio y zombies.


Adaptación de la novela de Seth Grahame-Smith, que a su vez es una parodia del clásico Orgullo y Prejuicio de Jane Austen.

Orgullo y prejuicio es una novela romántica ambientada en la Inglaterra de finales del siglo XVIII, centrándose en los problemas amorosos de las cinco hijas de una familia de clase alta con problemas económicos. La madre, consciente de que cuando su marido muera la casa pasará a su primo y tendrán que abandonarla, intenta que alguna de sus hijas se case con un hombre rico para evitarlo. Con esa idea en mente lleva a sus hijas a una fiesta en la casa de su nuevo vecino, donde una de las chicas, Elizabeth, conocerá al apuesto pero arrogante y orgulloso Sir Darcy, donde surge una complicada relación entre ellos.

En Orgullo y prejuicio y zombies la historia cambia un poco: Inglaterra lleva años sufriendo una plaga de muertos vivientes, aunque logran mantenerla bajo control mediante armas e incineraciones. Las hijas de la familia Bennet fueron entrenadas en las "artes mortales" por su padre, para que puedan valerse por sí solas en ese violento mundo (parece que las chicas disfrutan matando criaturas). Los problemas de la familia Bennet con su casa se mantienen, como los deseos de la madre por casar a sus hijas, aunque el difícil romance entre Elizabeth y Darcy se complica por la violenta personalidad de ella y los ocasionales ataques de zombies.

Para descargar esta novela en formato CBR, hacé click en el siguiente enlace:

Descarga aquí


sábado, 29 de octubre de 2016

La casa de la luna. G.F.

Dicen que existe una casa con una historia muy peculiar, le dicen “la casa de la luna” y todo tiene sentido… Desde esa casa siempre se ve la luna…

En cuanto anochece, se puede ver la luna, en cualquier parte de la casa, algunos te dirán que te sigue, otros dirán que es tu imaginación, pero en esa casa te volverás loco por culpa de la luna.

Los primeros dueños de esa casa no eran una familia normal, jamás se supo cuantos vivían en esa casa, estaba muy lejos de la ciudad en una colina que parecía peligrosa y difícil de llegar a ese lugar.

Una noche de 1876 se escucharon gritos nadie se atrevía a salir de sus casas a investigar que pasaba, era una noche despejada con luna llena que brillaba mas de lo normal iluminaba todo

Un par de jóvenes que estaban afuera platicando, lejos de esa casa se preguntaban que pasaba.

-que estará pasando?

-no se, deberíamos llamar al alguacil o algo así, parece que los están matando!

-vamos a ver?

Uno de los jóvenes no alcanzo a responder cuando escucharon un grito tan desgarrador que los espanto al instante y salieron corriendo en dirección contraria.

A la mañana siguiente, una gitana leía las cartas, y asustada salió corriendo y gritando sobre una tragedia en la casa que estaba en la colina.

-los demonios se los comieron! En la colina se los comieron a todos!

Todos alarmados fueron corriendo y cuando llegaron no se escuchaba ni un murmullo por fuera todo era normal, pero la puerta de la entrada estaba sin cerrojo solo unos cuantos valientes entraron a la casa y vieron todo en orden, la chimenea encendida el comedor con un banquete las habitaciones con las camas tendidas, solo la familia había desaparecido…

El alguacil del lugar trato de investigar, no se explicaba como fue que desaparecieron así.

-que es lo que pasaría aquí?

-es muy raro, tal vez fue un secuestro

-si hubiera sido secuestro habría indicios de violencia o forcejeo, aquí ni un plato esta roto

-que es lo que sabemos de estas personas?

-no mucho, ni si quiera sabemos cuantas eran, ni sus nombres, solo sabemos que venían a esta casa y no hablaban con nadie, dicen los del pueblo que practicaban cosas raras, que por eso paso esto

– no digas tonterías, nadie desaparece así como así, tiene que haber pruebas aquí de quienes eran estas personas, busca en las habitaciones y sácame a toda esta gente de aquí.
Después de horas de buscar en las habitaciones se dieron cuenta que por lo menos vivían seis personas en esa casa, dos mujeres y cuatro hombres.

-encontré algunas fotos de los propietarios de la casa

-Vamos a ver si los del pueblo los reconocen, que mas encontraron?

-yo encontré los papeles de la casa y actas de nacimiento, la casa esta a nombre de Macario Legarreta, que estaba casado con Eugenia Meléndez y tienen una hija llamada luz Legarreta Meléndez, los demás no sabemos quienes son.

-vamos a buscar mas información en pueblos vecinos, no se distingue donde nacieron estas personas.

Después de buscar información de Macario Eugenia y luz encontraron que en varios pueblos los echaron junto con otras personas por practicar magia negra y ocultismo, en otro pueblo que fue el origen de esa familia les dijeron cosas aun más increíbles.

-si efectivamente esas dos personas vivieron aquí, de hecho se casaron aquí, eran una pareja muy felices, pero con el paso de los años no podían procrear herederos, se les notaba tristes, hasta que se encontraron con un grupo de gitanos ellos les dijeron que podían ayudarlos con su problema, quien sabe como pero pudieron tener una niña, dicen que el día que concibieron a la niña había luna llena y que los gitanos hicieron sus hechizos para ayudarlos, lo mas raro de todo fue cuando nació la niña, blanca a diferencia de sus padres morenos de ojos cafés y cabello negro, la niña creció y se puso hermosa, era una pequeña blanca como la nieve de ojos grises muy claros y de cabello tan negro como la noche.

-tendrá fotos de esa familia?

-después de que nació la niña jamás dejaron tomarse fotos, fue muy raro, después de que la niña cumpliera lo 13 años se fueron con los gitanos y no sabemos a donde

-muchas gracias por atendernos y darnos esa información.

Saliendo de la oficina del alguacil, quedo mas intrigado por esas personas y quienes seria los demás.

-jefe creo que ya no podremos tener mas información de esa familia

-tienes razón, ya hay que dejar esto como esta, vamos a poner a la venta esa casa.

Dos meses bastaron para poder sacar las cosas de la anterior familia, y acomodar todo para que alguien más la comprara.

-Ya viste, Sara, están vendiendo la casa esa de la colina

-Sí, ya me enteré, pero, ¿quién en sus cinco sentidos va a querer esa casa endemoniada?

-Solo si vienen de afuera, porque nadie del pueblo viviría ahí después de lo ocurrido

Pasaron los meses, y la casa seguía sin ser habitada, la ofrecieron a precios ridículamente bajos para que alguien se animara a comprarla pero por todos los chismes e historias que se decían de esa casa todos le tenían terror.

Pasados 30 años ya casi no quedaba gente que recordara lo sucedido aquella noche, unas semanas antes del aniversario de ese hecho tan trágico, una familia llego al pueblo dispuestos a establecerse ahí, para tener una vida tranquila y alejada de la contaminación de la ciudad.

Después de años se volvió a habitar la casa, la gitana ya anciana decía que esa casa ocultaba algo maligno, que volverían a morir mas y que ya nada seria igual.

La familia que habito esa casa eran 5 los dos padres y sus tres hijos adolescentes, una chica de 14 años llamada Amanda muy inocente y tierna para su edad, un chico de 16 años llamado Omar que por la edad era rebelde y el mayor tenia 20 se llamaba Esteban maduro y protector con sus hermanos mas pequeños, la mama era la clásica señora que se dedicaba a su familia y su casa, el padre era medico muy estricto y muy serio.

La gitana siempre que los veía les advertía que se fueran de esa casa, que volvería a pasar una tragedia, los del pueblo les habían dicho que la gitana estaba loca que no le hicieran caso, nadie murió en esa casa… solo desaparecieron.

-mama porque esa señora nos dice tantas cosas de nuestra casa?

-no se cariño, pero no le hagas caso debe estar loca, ve por las cosas que te pedí

Mientras preparaba el desayuno iban bajando de uno a uno a desayunar, pero como siempre la pequeña Amanda era la primera en llegar a ayudarle a su madre a poner la mesa, esteban era el segundo en bajar corriendo y agarrando solo un pan para salir corriendo al trabajo, el ultimo era Omar discutiendo con su padre por cualquier tontería, su padre jamás desayunaba en casa y salía de la casa sin despedirse de nadie.

-mama, que hiciste de desayunar?

-hot cakes, siéntate ahorita te sirvo- le decía a Omar mientras terminaba de cocinar-ayudale a tu hermana a poner la mesa

-ya termine de ponerla mami, oye Omar tu sabes que se dice de nuestra casa en el pueblo?

-si, se dice que nuestra casa esta embrujada y que las personas que viven aquí siempre desaparecen

Amanda era muy fácil de asustar y Omar lo sabia, antes de que alguien le dijera algo ella había escuchado las historias que se decían en el pueblo, pero ninguna de ellas eran ciertas todas se habían deformado con el paso del tiempo.

-Omar deja de asustar a tu hermana- le grito a Omar mientras el refunfuñaba a espaldas de su madre- ahora empiecen a comer que se es hará muy tarde para ir a la escuela

Cuando iban de camino a la escuela Omar le decía todas las historias de su casa y otras cosas que sabia que la asustarían mucho

-es enserio!- decía Omar mientras caminaban –anoche te juro que escuche algo- tomo de los hombros y la miraba fijamente- eran cadenas que arrastraban por el pasillo, y juro que se detuvieron en tu cuarto

Amanda estaba visiblemente asustada y salió corriendo mientras su hermano se moría de la risa, mientras estaba en la escuela Amanda fue a la biblioteca a investigar si las historias de su casa eran ciertas, descubrió que en esa casa habían desaparecido sus primeros dueños en forma misteriosa, descubrió sus nombres, de donde venían, los años en que estuvieron viviendo ahí y lo mas inquietante, descubrió que había una chica llamada Luz casi de su edad y su cuarto era el mismo que Amanda tenia, eso le hizo tener escalofríos y de mas dudas.

Al llegar a su casa intento buscar mas y lo encontró, en una rejilla de la ventilación vio algo que brillaba y valiéndose de un cuchillo quito la rejilla y descubrió el diario de la niña solo tenia unas pocas paginas y eran inquietantes.

04 de junio de 1876
Me acabo de mudar a una casa enorme junto con los amigos de mis padres, ellos hacen cosas muy raras que me dan miedo, dicen que falta poco para que yo cumpla la misión para la cual naci. Yo no entiendo que es lo que pasa mis padres dicen que estaremos en otro lugar mucho mejor que este y que tendremos el poder de hacer muchas cosas, que seremos inmortales y que todos los que no creyeron en nosotros van a pagar muy caro sus burlas y sus desprecios.

Ellos no saben que tengo este diario, el que tenia antes lo quemaron dijeron que no debe haber nada que diga quienes somos.

10 de junio de 1876
Han estado haciendo unos ritos, yo no pensé que fueran reales o que pasara algo pero hoy que hicieron eso vi algo saliendo del piso y metiéndose en mi, después de eso ya no supe que mas ocurrió.
Mis padres me han dicho que todo esta por terminar que e ya esta dentro de mi y que solo es cuestión de tiempo de que los planes se completen, yo me siento muy rara mareada y siento que no quepo en mi propio cuerpo, me es todo tan irreal y ajeno a mi.

11 de junio de 1876
Hoy escuche que todo se salió de control y no saben que hacer. Tengo miedo porque lo siento dentro de mi y no se que hacer.
Hoy mismo tuve visiones de un demonio desgarrando la piel de todos y se lleva sus almas luego descubrí que la imagen de ese ser era yo.
Les conté a mis padres y ellos me miraron aterrados, me dijeron que invocaron a un demonio pero no sabían que me iba a pasar esto, nada de esto debía pasar así, esto se volvió realmente peligroso.

13 de junio de 1876
Ya no me siento yo, me descubrí desgarrando a un niño, le destroce todo y me estaba comiendo su carne, mis padres me vieron pero no tuvieron el valor de detenerme.
Estoy encerrada en mi cuarto, tengo miedo de hacerle algo a mis padres o a alguien mas.

14 de junio de 1876
Ya no soy yo, no me puedo controlar… los llevare a todos al infierno

Cuando llego a esta pagina ya no pudo mas le contó a su mama que jamás le creyó, fue con Omar a contarle todo, le mostró el diario y el se notaba bastante nervioso y fue el único que le creyó y ya ayudo a buscar mas información sobre lo que paso en su casa.
Los dos salieron de casa y se dirigieron a la biblioteca donde esperaban encontrar más sobre su casa, pero no encontraron nada sobre el diario de la niña ni sobre demonios.
Mientras caminaban de vuelta a su casa la tarde empezaba a caer con los ánimos caídos y con más dudas que respuestas.

-donde podemos buscar mas información?-dijo Amanda desanimada- se me acaban las ideas

-ya no se, es un pueblo muy pequeño y ya no hay mas archivos solo lo que ya sabíamos

-y si preguntamos a los mas viejos? Te acuerdas de la gitana? La que no para de decirnos cosas sobre nuestra casa, tal vez ella tenga algo de información

-vamos antes de que oscurezca

Corrieron a la casa de a gitana rogando por que ella se encontrara ahí, esperando saciar todas sus dudas, la gitana tenia la fama de ser una loca desde hace muchos años pero algunos la consideraban como una película humana recordaba todo aunque tuviera casi 80 años y era realmente sabia, conocía muchos temas de ocultismo hasta los menos pensados.

Cuando llegaron a la casa intentaron tocar el timbre pero la anciana se adelanto y abrió la puerta con mucha tranquilidad.

-pasen niños los estaba esperando, sabia que vendrían por respuestas

-queremos saber que es lo que paso en nuestra casa, encontré este diario-Amanda le dio el diario de Luz, la niña que antes vivió en su casa- tratamos de buscar información sobre lo que paso pero no hay nada en concreto

-solo yo se lo que paso, tomen asiento les contare todo lo que se- la anciana se sentó y tomo aliento para contar todo lo que sabia- esa familia era amante de lo oculto ellos tenían amigos que los instruían pero esta familia no sabía en lo que se estaban metiendo. Los gitanos les ayudaron a tener una hija pero ellos tenían planes para esa niña, las noches previas a la desaparición de todos ellos invocaron a un demonio muy poderoso que les prometía la inmortalidad a cambio de una niña que fuera hija de la luna, y esa niña era Luz antes de que ella naciera hicieron rituales que involucran a la luna, ellos engañaron a los padres de Luz hicieron el ritual y el demonio se apodero de la pobre niña, el y la niña fueron uno solo. Pensaron que habían logrado su cometido pero el demonio los había engañado, jamás les dio la vida eterna se los llevo al infierno y el quedo en la casa por eso siempre se ve la luna en cada ventana, pero paso mucho tiempo deshabitada y no había energía de la cual alimentarse. Pero ahora que ustedes están ahí no tardara en aparecer nuevamente, aparecerá a la primer luna llena cuando las condiciones sean apropiadas para que vuelva, ustedes están en peligro en una semana habrá luna llena y volverá a pasar lo mismo.

Amanda y Omar estaban petrificados del miedo, salieron corriendo de ahí algo los empujaba a salir de ahí lo antes posible ambos estaban tan asustados que pensaron que estaba loca y que no pasaría nada.

-esto fue una perdida de tiempo y mama se enojara por que llegaremos tarde- dijo Omar mientras corría de la mano de su hermana- tenernos que darnos prisa no quiero que me castiguen

-lo se, mañana tengo una fiesta de cumpleaños y por un tonto diario posiblemente lo escribió una niña loca

Toda esa semana fue totalmente normal, llego el día en que seria luna llena todos estaban muy raros, su papa estaba muy feliz y amoroso con sus hijos, la madre estaba muy susceptible a todo se enojaba por cualquier cosa, Omar estaba tranquilo y haciendo todo lo que decían, Esteban estaba aun mas raro encerrado todo el día en su cuarto hablando y gritando en otro idioma, Amanda no se sentía como si fuera ella tenia alucinaciones y veía su reflejo como si fuera otra persona.

Llego la noche, la luna se veía enorme y azul el cielo no tenia estrellas ni nubes y todo estaba muy tranquilo, en la casa todo ocurría con normalidad hasta que la mama fue a llamarlos a cenar, todos empezaron a perder el control y en el pueblo se escucharon gritos y todos quedaron aterrados, al punto en que no se atrevían a salir de sus casas.

Al día siguiente fueron a ver que había pasado en esa casa, encontraron a Omar tirado en un charco de sangre diciendo sandeces “la luna los mato, la luna los mato” tomo un cuchillo y se degolló, lo que vieron en el comedor fue peor de lo que ya habían visto no se encontraron cadáveres solo viseras y sangre pero ni una gota de sangre toco la mesa.

Noche final. G.

El disparo tuvo un sonido seco, seguido de otro ruido parecido al que produce un cuerpo al caer al suelo. La noche era oscura y pesada, la remera se pegaba al cuerpo de Víctor y costaba llevar el uniforme reglamentario, sin mencionar que los pesados zapatos lo estaban matando.

¿Qué hacemos con él, jefe? preguntó, sin atreverse a mirar el muerto que yacía bajo sus pies con los jeans embarrados.

Vea, vamos a arrastrarlo unos metros y lo dejamos del lado Brasilero, con suerte alguna patrulla lo encontrara y terminara como NN en alguna heladera de la morgue, pero del otro lado.

Víctor, quien no guardaba rencor hacia sus superiores, pese a haberlo castigado enviándolo a custodiar la ciudad Frontera que limitaba con el país vecino, plagada de traficantes y cosas extrañas como su jefe circunstancial suele decir. Arrastro el cuerpo hasta la polvorienta calle que marcaba el maldito límite y se apresuro a cruzar la frontera y tirar el “paquete” del lado vecino y regresar corriendo cual pibe que tira piedras a las casas vecinas.

Vamos a clavarnos un chivito , dijo el superior acariciándose el descuidado bigote y tocando la gorra que le había quedado de lado.
Es que mi mujer me espera a cenar, mi sargento.
Uste es medio gobernau-. Le respondió el primero dirigiéndole una mirada de desprecio al otro hombre.

Se despidieron y Víctor apresuro el paso, no quería pasar frente a la casa de su ex suegro para evitar pagarle un dinero que le debía de cierta apuesta, el camino a su casa no eran mas de 8 cuadras, pensó, voy a avisar que estoy llegando así la Mari calienta la pava. Tomo el celular y comprobó que no tenia señal. Un frío aire sepulcral avanzaba del lado del mar y subía a través del bosque hacia la vieja casa de paredes de 30 que se hallaba ya casi frente a el.

– ¿Que queee? ¿Pero que decís mujer? – Los sacudones hacían que la Mari abriera aun más los ojos.

Lo que oís. Le respondió esta escudriñando la cara de asombro de su marido. – Al rato que se corto la señal del celu golpearon la puerta, pregunte quien era y como nadie respondió me asome por la rendija, me pareció ver a Gonzalves, ya te dije que no me gusta un carajo ese tipo, esta loco o que? Tenía los ojos muy rojos y sangre en la nariz, golpeo la puerta fuerte quejándose y después paro, debe haberse ido.

¿Como llegaría antes que yo? – Sin pensar miro el teléfono, sin señal. La tele estaba encendida y tenía el cartel de transmisión de emergencia.

Miro por la ventana, ahora brillaba la luna en la atmosfera lúgubre, otorgando colores al bosque y al claro que se hallaba entre este y la casa. Se le helo la sangre.

Toby, su perro, yacía en el patio en una mancha de sangre y le costo divisar los mismos jeans sucios que había visto hacia un rato, inclinados sobre el inmóvil animal, devorándolo.

¡Negra, el revolver! Nadie respondió. Su querida mujer yacía en el suelo, a el le pareció que no tenia cabeza, pero en realidad solo quedaba el torso rodeado de criaturas ávidas de sangre, cuyos corazones no latían pero caminaban entre los vivos en una especie de necrópolis asfixiante.

El sol iluminaba con sus tenues rayos la avenida internacional donde hasta ayer se agolpaban los Argentinos buscando los free shops. Los relojes marcan las 7:30 hs aunque claro, la hora, el transcurso de las estaciones, las sendas de las estrellas en las constelaciones, han dejado de tener significado ya que no quedan humanos en el planeta, sino muertos vivientes.

viernes, 28 de octubre de 2016

Frío.

Fríos los huesos
el corazón infame avanza ya en paso lento
en busca de refugio, de refugio ajeno
en madrigueras humanas, tibios corazones
para calmar el alma que esta noche
reclama a gritos alimento
de compañero el viento
no busca refugio en el campo de heno
ha olvidado ya humanas razones
que justifiquen su estadía mortal
al buscar de los humanos el último aliento
aliento de vida
que se lleva dentro.
Sólo que ahora ha llegado tarde
la feliz familia yace en el suelo
con las cabezas colgadas en increíble vuelo
de cuatro cuerdas atadas al techo
sólo sabe que ya no hay tiempo
pues las antorchas se huelen en el viento
ahora sabe que sólo no es
en el mundo humano.
¿Qué será este sentir en mi pecho?



Frío.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Flamígera.

Relámpagos, fuego y lluvia
iluminarán por la eternidad
nuestro oscuro camino.
La envergadura de la
sangre
que titila en el abismo
solamente renueva este
viaje
en el cual, putrefacto
camino por siempre junto
contigo.
Si en la estepa existiese
este podrido gusano
él llamaría a la luna etérea
la miraría estando postrado
frente a ella
y redimiría el por qué de
esta
hermosa cadena.
Resplandece del mar
bajo éstas, las
aguas oscuras y tranquilas.
La mística de esta mirada
perdida
sólo es el pensamiento de
este ser
que por más que sigiloso
respira
llama sin querer a tu
hermosa y
delicada sombra.



Flamígera.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Cuarta parte: Flores del mal.

Después de mi llanto ya no queda nada, pues he visto las más vanas ilusiones convertirse en tristes y mundanos pensamientos... ahora las manos me duelen, están tiesas de tanto construir, de tanto destruir... mi espíritu triste esta roído por el horror que me rodea día con día... yo no busco, pues no encuentro... sólo me queda desear que mis devenires no se humedezcan con las aguas de la soledad... tal vez sea mi última degradación antes de que tus penas me aplasten y consuman mi conciencia.

Amo mi muerte... pero más amo la tuya.



Cuarta parte: Flores del mal.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Tercera parte: El silencio de la luna.

... no es mi llanto ni mis súplicas, los que invocan a la Luna, es mi muerte la que la mantiene cerca de mí...

Amo mi muerte... pero más amo la tuya.




Tercera parte: El silencio de la luna.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Segunda parte: Sórdidas penumbras.

Sórdidos pensamientos invaden mi ser, ¿es acaso el final del camino? , la desesperación que me causa el no poder, el no saber qué viene después, me inmoviliza, me harta, más ahora muchas dudas se clarifican, pues tengo la absoluta certeza de que jamás volveré a amar y de que jamás volveré a ser amada...

Amo mi muerte... pero más amo la tuya.




Segunda parte: Sórdidas penumbras.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Primera parte: La muerte de uno mismo.

Qué puede ser peor que la de uno mismo, aceptarla y vivir con ella, significa la búsqueda constante de la resucitación, hasta entonces, no te amas, no amas ni te aman, y la vida se reduce a un sufrimiento total, pero esto no es eterno ni absoluto, siempre queda más...

Amo mi muerte... pero más amo la tuya.




Primera parte: La muerte de uno mismo.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Guardián.

A una joven le han robado el corazón
él la cuida y protege como todo un guardián
y a cambio sólo pide que esté con él, que lo ame
esto no le es difícil, ya que hace lo que él le dicte
pues él es quien gobierna su cuerpo, mente y corazón.
Lo que daría ella por estar con esa persona
por estar entre sus brazos y no separarse jamás
y si él le pidiera venderle el alma al Diablo
se la vendería con tal de estar con él
si le dijera, déjame beber tu sangre
gustosa se la daba, pues él lo es todo
no le importa si nadie la quiere
sabe que él la ama y sólo con él es feliz.
Él y ella son como dos sombras en la noche
que se cuidan el uno al otro
se encontraron en un gran bosque cuando los dos estaban solos
y ahora que se encontraron son muy felices.
Ahora se los ve pasar por el mismo bosque
pero ya no están solos, se tienen el uno al otro
y por las noches al verlos, pareciesen ser un solo cuerpo.
Pasó el frío invierno en aquel bosque cubriéndolo todo de blanco
y todo parece estar muerto, menos una sombra
que carga con la pena de la muerte de su amada
a la cual llora por no poder besar nunca más sus labios
ni tocar su cuerpo
ahora sólo la mira en su tumba, y permanece velando su sueño eterno.
Él ahora duerme a su lado como una estatua helada
los dos han muertos y viajan los dos
a otro lugar en el que nadie los pueda alcanzar.




Guardián.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Hielo.

Caminaba solo en la noche profunda, sin tiempo ni espacio
los sueños que tuve fueron de amor y pasión, y ahora se esfumaron
la visión del horizonte, es imposible, pero los ojos del águila me mostraron
todo aquello cuanto se podía ver...
La tierra en la que nací, está ahora muy atrás, y trato de encontrar el nombre
de Dios en mi corazón... Padre, guíame a la tierra de la eternidad...
Afuera de las aguas del frío y profundo océano, la tierras aparecen abriéndose
y liberándome... a lo alto, en las montañas el viento sopla helado y estremece
a los valles y bosques que, durante el día, ocultan las oscuridades de la noche...
La página está abierta... el capítulo continúa...
mis escrituras dicen muchas cosas, pero... a quién realmente le importará?
por años hice lo que debí hacer... pero en esta noche me escapé, para aprender
a andar por valles y montañas que me son desconocidas, para tratar de encontrar
la verdad detrás de ellos...
Cuánto más podremos vivir de ese modo en el que lo estamos haciendo?
cuando nuestro paso termine, el tiempo se habrá ido para siempre...
Puedes decirme si caminaste tú por estos valles?
puedes decirme si de verdad conoces el significado de la vida?
vivir, aprender, buscar... cuanto tiempo haga falta...
puedes verme? estás acercándote a mí? puedes observarme caminar peleando por el destino?
puedes decirme cuál es la gloria?




Hielo.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

Hechizo de vampiro.

Por un hechizo, me quedé
manos frías, rostro pálido
ojos oscuros y labios rojos.
Cómo sobreviviré?
con la eterna vida
y la eterna muerte
si soy incapaz de cazar...
Amor mío, dónde estarás?
me quitaron el sol
me quitaron la vida
me dieron la luna
me dieron las sombras
y la muerte viva...
Amor mío, dónde estarás?




Hechizo de vampiro.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

En lo más recóndito del alma.

En lo más recóndito del alma, donde todo lo que queda es odio y un inmenso dolor, comienza el viaje sin retorno. Ahí, en la profundidad del pensamiento, sin puertas ni ventanas, está la barca que nos conduce a la muerte, a nuestra última morada en la eterna soledad.
Todos lo evitan y algunos lo hacen: tocar la última puerta al final del camino. Tras ella se esconde la libertad, nuestro verdadero anhelo.
Cuando logras obtener tu libertad, te sumerges en un mundo de belleza pura y vez a la muerte como la forma más sublime y exquisita de vida, no como en el fin.
El fin para mí, es vivir esta farsa, llena de mentiras y pesadillas. Vivir en su mundo podrido que me trata de aniquilar día con día. Su mundo, que me quiere arrastrar con él.
Este mundo, que nació siendo hermoso y ahora es tan repugnante como su dios de mentiras que los hombres adoran, me dio el coraje que quería para ser libre, me dio el odio que siento por él y por su gente.
Creen que soy estúpida, soñadora, ingenua, suicida, anarquista, satánica y también escoria. “No me importa lo que piensen de mí...”
... así soy feliz, no necesito disfrutar de la luz de un nuevo día, no necesito dar gracias por seguir viva.
Soy feliz sumergida en las sombras de la tristeza por este mundo y por mi alma maldita.
No quiero vivir en su mundo, no necesito de su maldita filosofía ni de su veneno.
Quiero que se olviden de mí y de todos aquellos que, al igual que yo, están hartos de su mentira.
Déjennos en paz.
Así quiero que muera mi vida y así quiero que viva mi muerte.




En lo más recóndito del alma.
La muerte y la oscuridad.

Todos los derechos reservados.

©2004

jueves, 27 de octubre de 2016

V moltissimo piu avanti ancora! Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

Si en vez de las estúpidas panteras y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones en esa frágil cárcel de las fieras,
no habrían de yacer noches enteras en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones,lo mismo que dos plácidos horteras.
Cual Napoleones, pensativos, graves, no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula, buscando las rendijas, no las llaves...
Seas el que tú seas ya lo sabes: a escrutar las rendijas de tu jaula!

Lo que yo quiero. Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

I


Quiero ser las dos niñas de tus ojos,
las metálicas cuerdas de tu voz,
el rubor de tu sien cuando meditas
y el origen tenaz de tu rubor.
Quiero ser esas manos invisibles
que manejan por si la creación,
y formar con tus sueños y los míos
otro mundo mejor para los dos.
Eres tu, providencia de mi vida,
mi sostén, mi refugio, mi caudal;
cual si fueras mi madre, yo te amo...
¡y todavía más!


II


Tengo celos del sol porque te besa
con sus labios de luz y de calor...
¡del jazmín tropical y del jilguero
que decoran y alegran tu balcón!
Mando yo que ni el aire te sonría:
ni los astros, ni el ave, ni la flor,
ni la fe, ni el amor, ni la esperanza,
ni ninguno, ni nada más que yo.
Eres tu, soberana de mis noches,
mi constante, perpetuo cavilar:
ambiciono tu amor como la gloria...
¡y todavía más!


III


Yo no quiero que alguno te consuele
si me mata la fuerza de tu amor...
¡si me matan los besos insaciables,
fervorosos, ardientes que te doy!
Quiero yo que te invadan las tinieblas,
cuando ya para mí no salga el sol.
Quiero yo que defiendas mis despojos
del más breve ritual profanador.
Quiero yo que me llames y conjures
sobre labios y frente, y corazón.
Quiero yo que sucumbas o enloquezcas...
¡loca sí; muerta si, te quiero yo!
Mi querida, mi bien, mi soberana,
mi refugio, mi sueño, mi caudal,
mi laurel, mi ambición, mi santa madre...
¡y todavía más!

Sin tregua. Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

I

Al clásico del compás establecido
para cantar las cosas soberanas:
invocando al amor y al buen sentido,
musas que deben ser hermanas:
sin temer ni a la crítica del ruido
ni a la pereza y cobardía humanas:
voy a cantar mis versos al trabajo?
¡al sin tregua, al feroz, al a destajo!

II

Pero pido, por Dios, se me permita
no lanzarme de golpe a la faena;
porque mi viejo numen necesita
saber si su cordaje siempre suena,
como el yacán sus miembros ejercita
para bajar sin dudas a la arena:
las aves de gran vuelo alzan su vuelo
después de breves pasos por el suelo.

III

Preludio que, tal vez, me salga largo,
y como largo, fatigoso enredo;
pues, al coger la pluma me hago cargo
de que me impongo más de lo que puedo,
y de mi propia fama sin embargo.
No fío de mi fama y tengo miedo:
¡para la eternidad fiarme de un pase
quisiera lograr yo, con una frase!

IV

Podrá ser que me valgan: ansia firme
de producir el bien de cualquier modo;
más que afán ateniense de lucirme,
furor de semidiós de hacerlo todo;
más que la pretensión de redimirme,
la de bruñir y honrar mi propio lodo;
¡y el fervor masculino, temerario
de hurgar mi corazón, no el diccionario!?

V

¡Y me valieron ya!?gran llamarada
me llenó de saber sin más estudio:
templó mis fibras, afiló mi espada,
con sólo cuatro gotas de preludio;
y aunque las cuatro en si no valen nada,
las dejo como están, no las repudio.
¡Para dar sus mazazos más certeros,
sólo escupen sus palmas los herreros!

VI

¡Levántate holgazán!?¿ves el conjunto?,
la gloriosa verdad de las estrellas,
pues sabe que sin ti, sombra, trasunto,
dejarían de andar y de ser bellas;
¡porque basta que ceda un solo punto,
para verlas caer a todas ellas!?
¡Levántate holgazán: vibre tu pulpa,
peligra el universo por tu culpa!

VII

Nadie te dice, nadie, que no sueñes
y la luz de otros tiempos no vislumbres;
que sin haber subido te despeñes,
y a vivir despeñado te acostumbres;
que la visión angélica desdeñes,
de la paz que sospechas en las cumbres;
¡más de tus sueños de holgazán no hables!;
proque tienen que ser ¡muy miserables!

VIII

Aquel que se desploma en su miseria,
padece la miseria de si mismo?
en su nervio, en su músculo y su arteria,
desteje, desordena el raquitismo:
¡fiebre de destrucción, furor de histeria,
dinámica de sombra y cataclismo!?
¡Levántate chacal: deja tu acecho,
huye para in aeternum de tu pecho!

IX

¡Huye para in aeternun, en el carro
de los suspiros que al gemir exhalas!?
¡fuga, como una esencia de su tarro:
sueña, como una larva, con tus alas;
brota, como una flor brota del barro;
surge de tu dolor, lleno de galas;
ten una vez, hermano, la inmodestia
de pensarte más hombre que una bestia!

X

Llenate de ambición, ten el empeño;
ten la más loca, la más alta mira;
no temas ser espíritu, ser sueño,
ser ilusión, ser ángel, ser mentira.
La verdad es un molde, es un diseño
que rellena mejor quien más delira?
¿que la ciencia es brutal y que no sueña?
¡eso lo afirma el asno que la enseña!

XI

Naciste en el peldaño de una escala,
no en el seno confuso de una nube;
con el cetro en las manos, o la pala
pero raudo y audaz como un querube;
si no son los peldaños es el ala
que te despierta y que te grita: ¡sube!?
¡sube sin timidez, no te abandones;
si te asusta volar, hay escalones!

XII

Escalones vibrantes que repelen
con poderosa percusión elástica,
que a salvar las alturas nos impelen
en una sin cesar marcha gimnástica;
¡anhelación de ser, marchas que suelen
rematar en la púrpura dinástica!?
¡no te duermas, por Dios; no hagas tu nido
en el vil escalón donde has nacido!

XIII

Yantar bien, dormir bien, es lo de menos;
pero soñar lo menos es afrenta;
no es digno del dolor romper los frenos
tan solo por la vianda suculenta;
delante de un redil de vientres llenos
¡prefiero yo la humanidad hambrienta!?
sueñan los grandes monstruos directrices
en un mundo bestial?¡sin infelices!

XIV

Genios de la igualdad, por cobardía,
o piratas protervos de alto bordo,
que quisieran un mundo sin porfía,
sin el pater familia, como el tordo;
mundo como el edén, pura ambrosía
hombre cual un rufián, feliz y gordo?
¡no desarrollan genio las mujeres,
porque sin gran dolor tienen placeres!

XV

¡Dolor, santo dolor; sol iracundo
que a las almas estólidas caldea;
que tortura a las fibras de lo inmundo
hasta que se hacen leña y se hacen tea!
¡Padre de lo mejor, amo del mundo;
generador supremo de la idea;
draga de remoción; llama expiatoria
que convierte las pústulas en gloria!

XVI

Odio por lo tranquilo y uniforme,
y ansia de otro nivel y de otro aspecto;
fiebre de perfección en lo deforme,
y hambre de superluz en lo perfecto;
soberbias de Luzbel; vacío enorme
en el alma sombría del insecto?
eso requiere Dios, para sus planes:
angustias de Satán?¡somos satanes!

Décimas. Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

Yo soy flor que se marchita
al sol de la adversidad,
el arbolito en mitad
de la llanura infinita.

La paloma, pobrecita
que arrastran los aquilones,
entre oscuros nubarrones
de tempestades airadas,
soy la barca abandonada
en el mar de las pasiones.

Soy el ave que al bajar
de los aires fatigada,
no tiene ni una enramada
ni un árbol en que anidar;

y si vuelve a levantar
las tristes alas del suelo,
encuentra nublado el cielo
y desecha la tormenta,
y el pájaro se lamenta
y vuelve a tender su vuelo.

Yo no canto por llamar
la atención que no merezco,
yo canto porque padezco
penas que quiero olvidar;

que tan solo con cantar
se va al viento nuestra pena,
y yo tengo el alma llena
de pesares y amarguras,
¡Más que en La Pampa hay anchura
más que en la mar hay arena!

¡Adiós primorosa flor!
Adiós lucero invariable,
solamente comparable
a la estrella de mi amor;

cuando sientas un dolor
parecido al que yo siento,
Dios quiera que tu lamento
no sucumba en la ignorancia,
y atraviese la distancia
sobre las olas del viento.

Pasión. Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

I


Tú tienes, para mí, todo lo bello
que cielo, tierra y corazón abarcan;
la atracción estelar ¡de esas estrellas
que atraen como tus lágrimas!;


II


La sinfonía sacra de los seres,
los vientos, los bosques y las aguas,
en el lenguaje mudo de tus ojos
que, mirándome, hablan;


III


Los atrevidos rasgos de las cumbres
que la celeste inmensidad asaltan,
en las gentiles curvas de tu seno?
¡oh, colina sagrada!


IV


Y el desdeñoso arrastre de las olas
sobre los verdes juncos y las algas,
en el raudo vagar de tu memoria
por mi vida de paria.


V


Yo tengo, para ti, todo lo noble
que cielo, tierra y corazón abarcan;
el calor de los soles, ¡de los soles
que, como yo, te aman!;


VI


El gemido profundo de las ondas
que mueren a tus pies sobre la playa,
en el tapiz purpúreo de mi espíritu
abatido a tus plantas;


VII


La castidad celeste de los besos
de tu madre bendita, en la mañana,
en la caricia augusta con que tierna
te circunda mi alma.


VIII


¡Tu tienes, para mí todo lo bello;
yo tengo para ti, todo lo que ama;
tú, para mí, la luz que resplandece,
yo, para ti, sus llamas!

Cantar de los cantares (fragmento IX). Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios) (1854-1917)

Minarete de alabastro,-
Torrecilla de alabastro cimbradora
Cual pedúnculo vibrátil, -¡es tu cuello!

Si tu cuello,
Hija mía, madre mía, novia mía,
Es la blanca columnita cimbradora

Que se yergue balancea
Que se yergue columpiando la presea
¡de tus rizos de tus ojos de tu faz encantadora!

miércoles, 26 de octubre de 2016

El Cristo de Temaca (I). Alfredo Placencia (1875-1930)

Hay en la peña de Temaca un Cristo.
Yo, que su rara perfección he visto,
jurar puedo
que lo pintó Dios mismo con su dedo.

En vano corre la impiedad maldita
y ante el portento la contienda entabla.
El Cristo aquel parece que medita
y parece que habla.

¡Oh!... ¡Qué Cristo
éste que amándome en la peña he visto!...
Cuando se ve, sin ser un visionario,
¿por qué luego se piensa en el Calvario?...

Se le advierte la sangre que destila,
se le pueden contar todas las venas;
y en la apagada luz de su pupila
se traduce lo enorme de sus penas.

En la espinada frente,
en el costado abierto
y en sus heridas todas, ¿quién no siente
que allí está un Dios agonizante o muerto?

¡Oh, qué Cristo, Dios santo! Sus pupilas
miran con tal piedad y de tal modo,
que las horas más negras son tranquilas
y es mentira el dolor. Se puede todo.

Bienvenido sea (III). Alfredo Placencia (1875-1930)

Verán los siglos un drama...
un sangriento panorama
que a Dios mismo asombrará.

En la cima del Calvario
la hostia blanca de un lirio
de sangre se manchará...

Sobre un monte funerario
se consumará un martirio,
y una virgen llorará...

¡Oh, cuan triste panorama!...
¡Cuánta sangre tiene el drama
que ni el tiempo borrará!...

Pero duerme Tú, entretanto.
Tiempo sobra para el llanto.
Ya se llorará.

El Cristo de Temaca (III). Alfredo Placencia (1875-1930)

¡Oh, mi roca!...
¡La que me pone con la mente inquieta,
la que alumbró mis sueños de poeta,
la que, al tocar mi Cristo, el cielo toca!

Si tantas veces te canté de bruces,
premia mi fe de soñador, que has visto,
alumbrándome el alma con las luces
que salen de las llagas de tu Cristo.

Oh dulces ojos, ojos celestiales
que amor provocan y piedad respiran;
ojos que, muertos y sin luz, son tales
que hacen beber el cielo cuando miran.

Como desde la roca en que os he visto,
de esa suerte,
en la suprema angustia de la muerte
sobre el bardo alumbrad, Ojos de Cristo.

Ciego Dios. Alfredo Placencia (1875-1930)

Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino?...

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera!.
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego!...
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
ciégame a mí también, quiero estar ciego.

Bienvenido sea (II). Alfredo Placencia (1875-1930)

La tibia luz de la luna
la está besando en la sien.
No os acerquéis a su cuna,
idos yendo, leves auras, una a una;
dejadla que duerma bien.
Dejad que no más la luna
la esté besando en la sien.

Que no canten las palomas.
Que la cerquen con aromas
las manzanas y las pomas
de Salen.
Que se rieguen los sonidos
por el monte y por las lomas.
Que no canten las palomas,
que se estén en paz los nidos,
que la Amada duerma bien.

El Cristo de Temaca (II). Alfredo Placencia (1875-1930)

Mira al norte la peña en que hemos visto
que la bendita imagen se destaca.
Si al norte de la peña está Temaca,
¿qué le mira a Temaca tanto el Cristo?

Sus ojos tienen la expresión sublime
de esa piedad tan dulce como inmensa
con que a los muertos bulle y los redime.
¿Qué tendrá en esos ojos? ¿En qué piensa?

Cuando el último rayo del crepúsculo
la roca apenas acaricia y dora,
retuerce el Cristo músculo por músculo
y parece que llora.

Para que así se turbe o se conmueva,
¿verá, acaso, algún crimen no llorado
con que Temaca lleva
tibia la fe y el corazón cansado?

¿O será el poco pan de sus cabañas
o el llanto y el dolor con que lo moja
lo que así le conturba las entrañas
y le sacude el alma de congoja?...

Quién sabe, yo no sé. Lo que sí he visto,
y hasta jurarlo con mi sangre puedo,
es que Dios mismo, con su propio dedo,
pintó su amor por dibujar su Cristo.

Bienvenido sea (IV). Alfredo Placencia (1875-1930)

¿Eres Tú la Sunamitis, cuyo dulce imperio abarca
los eternos siglos?... ¿Eres
la escogida entre millares de mujeres?...
¿La que sueñan los poetas,
la que amó cada patriarca,
la que llaman los profetas
Primogénita, Deífica, Vellocino y Trono y Arca?...

¿Eres Tú la siempre Pura
que en el seno llevaras, siendo criatura,
al Rey sumo que en los cielos de los cielos no cabría?
¿Eres Tú María?...
Si tal eres,
¡oh escogida entre millares de mujeres!,
llega, Luz del Día.

Bienvenida sea
quien con tales timbres viene,
y en las sacras venas tiene
lo más limpio de la sangre de los reyes de Judea.
¡Bienvenida sea!...

Bienvenido sea (I). Alfredo Placencia (1875-1930)

¿Eres Tú la Sunamitis pura y blanca
que soñaron los patriarcas y entrevieron los profetas?
Aunque atruene tierra y cielos el acorde que se arranca
de los astros y las plumas de los santos y poetas,
para darte el parabién,
no despiertes, Niña blanca;
duerme bien.

Las mujeres que tenidas son por fuertes;
los patriarcas, los profetas;
los que, ciegos de llorar, van extraviados;
los poetas...
todos juntos volverán, cuando despiertes,
para darte el parabién,
con las ansias de los justos y el amor de los collados.
Duerme bien.

Puede ser que estés cansada;
bien pudiera ser.
Fue tan larga la jornada...
¡Sobre todo para una mujer!...

Porque vienes de muy lejos. Sé que nada
antes del tiempo existía, y ya estaba tu beldad
graciosamente jugando ante Dios. Esa verdad
lo declara y dice todo: ¡Vienes de la eternidad!...

martes, 25 de octubre de 2016

Presentimiento. Alfredo Buxán.

Alguien supo desde el primer momento
que sólo soy un muerto que ha venido
a aprender ese estupor,
un pobre muerto que no puede dormir,
un muerto
que ausculta con paciencia
la rumia de vivir.
Vana ambición,
sin duda, cuando la ejerce un muerto.

Nunca aprendemos. Alfredo Buxán.

Porque el instante es todo, el beso
que se da es un lento disturbio,
un fantasma de ceniza:
si supiera durar sería fuego.

Anega en un frescor inesperado
la pasión de los amantes,
su ciega soledad.
Se disuelve sin más
y se nos muere
contra la fría losa de los labios.

Los dioses balbucientes. Alfredo Buxán.

A Ulpiano Ros, en su búsqueda insomne.

I

Se apaga, envejecido,
el párpado de un dios
que en otro tiempo derrochaba ira.

Se arrepiente,
mendigo de sí mismo,
del antiguo vigor de su soberbia.

II

Ausencia sólo ofrezco a los humanos,
mi palabra no es luz: era vacuo lenguaje.
Soy un ilustre muerto
que se hospeda en la nada.
Mi primitivo ejército de ángeles
se degrada en saqueos;
mi voz se devalúa en los hogares
en otros tiempos fieles y felices...

III

Las manos de los huérfanos
emergen del vacío temblorosas y enfermas.
Dardos que hienden, rasgan, desmenuzan
el aspecto de penumbra
que esa muerte inaugura.

La divina renuncia es un velo que cae,
es un desvelo:
la hiedra en los altares, los iconos inertes,
la soledad del tiempo devastándolo todo.

IV

No guardan devoción las sacrílegas almas
bajo la inmensa cúpula del templo:
calladamente tiemblan como cirios.
No congregan su fe los pecadores
en rituales carentes de emoción
para elevar sus cánticos al cielo.
Audaces, de tan solos, nos hallamos:
nadie responde ya a la letanía,
ya nadie nos separa del abismo.

V

La génesis del mundo es una cueva
donde llueve el silencio:
el humo de los bosques es ceniza,
los pájaros se arrastran por el fango,
las noches se apoderan de la vida.
La horadan. Nos la devuelven ciega.

VI

No hay una dulce mano
que nos reparta el pan
en la tarde del sábado.

VII

Fue una larga enfermedad,
un fuego que colmaba la vida de los hombres
y mermaba su gozo: una llama incorpórea,
el balbuceo lento de unos dioses cansados.

La vida breve. Alfredo Buxán.

Hundido, más que preso, en la fatiga
de estar vivo, sin haber hecho
otro merecimiento que señales de humo
desde el pozo,
sentirás descender sobre tu frente
la placentera humedad
de la indolencia, como si aceptaras
que la vida es un reflejo en el cristal,
un atisbo de música en la noche,
un movimiento
en el lindero del bosque que te hizo soñar
cuando eras niño,
un póstumo gorjeo que inaugura el silencio,
un fuego breve
que sin embargo sirve, lo mismo que un milagro,
para olvidar,
una vez y mil veces,
el subterráneo frío de la muerte.

La rendición. Alfredo Buxán.

A Félix del Olmo, in memoriam

Cede el cuerpo a la fuerza del sol sobre la arena, a la fatiga. Humilla mansamente la testuz ante el vilo de la vida y reclama ?inerme ruego? exactitud, limpieza, brevedad.

Amaga su fulgor la luna sola. Expira el hombre en paz como paloma breve.

Eternidad de la ceniza. Alfredo Buxán.

Morir es un momento, lo demás un vacío
que colmamos de tiempo y de silencio. Vivir, en cambio,
es fácil: proseguir.
Esta severa duda que atraviesa los cuerpos.
Pisar la huella de otros pies sobre la grava,
aprender con certero dolor
el modo más sereno de enfrentar el instante:
desnudo y sin aullar, apegado a la paz
de quien conoce que no puede saber
porque es partícula y no germen, fragmento
en el espacio, mojada brizna que se extingue
y enmudece en silencio bajo el sol,
sobre la piedra casi eterna que lo acoge.

El resentido. Alfredo Buxán.

¿Qué bien echas en falta si respiras,
si cuelga en tu mirada la memoria
de aquel fuego?
No todos tuvieron
en las manos la dádiva del gozo
que dejaste escapar, torpe mortal,
a sabiendas de que una vez tan sólo
apoya su tibieza en nuestra puerta.

¿Qué desgracia te aturde si viviste?

De la amistad. Alfredo Buxán.

A Enrique Fernández y Mayte Gómez

Porque no es bueno
confundir el aliento con el frío del alma,
ni es bueno que el hombre viva solo,
ni es amable la mesa arrinconada en el salón
con sólo un mustio plato en el mantel,
y las migajas.

Venid a ver el polvo de las cosas, sacadme
de esta ciénaga sin luz. He perdido
la costumbre de la amistad y me pesa
como mármol cada tarde en casa,
sin salir de mí. Deseo vuestra voz
entre los muros como lluvia común.
El latido del silencio alrededor.
La bondad de vuestra dulce compañía.

Anhelo vuestra voz porque confundo ya,
exhausto, el tembloroso aliento de mi boca
con el frío del alma.

Sobre la edad. Alfredo Buxán.

A Paco Solano

Un tercio de siglo, si somos razonables,
apenas es un soplo. Sentado en una piedra,
pienso que soy un viejo y no siento
temor: miro a las nubes, solas, en lo alto
y el alma, según gime, se serena.
Otros dirán: se sume en el olvido.

Para dormir en paz. Alfredo Buxán.

No temo el arraigo de la soledad
en el derrumbadero de las tardes,
ni el desvalimiento de la cólera
que destruye a traición nuestra esperanza,
ni el agudo entrechocar de la erosión
en la conciencia alerta de mis huesos,
sino tu eterna ausencia repentina,
más grave y más amarga que la muerte.

Música de silencio. Alfredo Buxán.

Solamente es posible envejecer
lo mismo que la música, acorde
tras acorde hasta la nada, el éxtasis,
la cumbre. Queda la música
prendida en la conciencia
como lapa tenaz, como alfiler
de sombra, y nuestra cima
es el silencio, el inmóvil paisaje
de la muerte. La vida, en cambio,
espuma diluida
en la breve tarea de latir.

Las hojas muertas. Alfredo Buxán.

A Francisco Álvarez Velasco

Vencido por la erosión, conforme con el triunfo
de la edad, qué paradoja,
abrirá al azar (desvanecido ya el presagio
de una tarde tan triste) el viejo tomo
que arrastra a sus espaldas
veinte años de olvido.

Verá caer, como un velo de tiempo,
de las hojas carcomidas un papel
casi polvo, unos versos muy fríos.

Un vago resplandor avivará en las sienes
el recuerdo.
Quizá puedan brotar
en ese instante, como si se tratara
de un milagro
que aguardaba su hora,
las palabras exactas, las palabras perdidas
que no supo ganar, en estos años, a la vida.

La trampa. Alfredo Buxán.

Cuando por fin recuerda, sella el hombre
su borroso pasado, queda en vilo,
venera lo que fue cuando esperaba.
Es un hueso de ayer que cae al hueco.

La promesa. Alfredo Buxán.

Llégate a mí, sombra segura, anuncia
la postrera conjunción. Polvo dócil seré en tu seno
infinito, mudo polvo. Acógeme: te esperaré sin pánico
en el umbral que elijas, te miraré a los ojos
con el temblor prendido en la humedad
del gesto. No hallarás lamentos en mi rostro,
ni perdón, ni un aleteo de mi mano vibrará
contra el ansia de tu pecho.

Sacia tu sed, bebe la médula del cuenco
de mis huesos. Acumúlame a ti.
Siembra tu sal sobre mi clara grieta:
prometo ser un muerto silencioso.

Espejismo. Alfredo Buxán.

Quizá haya para mí un lugar al sol,
un cubil de soledad donde extender,
como mantel de olor, el fluir de la duda.
Una sola palabra, un ademán, un rito
que diluya el murmullo del pavor
que se acrece por dentro y disminuye
la fuerza de los músculos, la sangre
ya gastada por el severo tránsito
que nos conduce, ciegos, de la vida
a la muerte, de la nada
a la nada.

El lector. Alfredo Buxán.

A Pedro García Batalla

Pasa la página final y se remueve.
Apoya el tomo, despacio, sobre la manta
que cubre sus rodillas.
Meditabundo,
mira las brasas de la hoguera
e incorpora su integridad al fuego, pone los ojos
en la llama que, al arder,
al unísono es y se consume.
Cede a la noche,
cautivo en el embrujo,
y se adormila derrotado en el sillón.
Cae al alma
la ceniza como extinguido resplandor
de lo que tuvo luz, o la fingió.
Como difuso polvo sobre el libro.
Como pavesa fiel de lo concluso.

Arar el huerto. Alfredo Buxán.

Vivir ha sido arduo. La lengua
de la angustia
como un áspid
sobre la piel enferma. Sobre la piel
que tiembla.
Contra esa turbiedad,
contra la árida rutina de ese légamo,
cada nueva palabra
es un diluvio de paciencia,
una semilla,
el resto de un juguete, un agua
de cristal
que disipa el veneno
y convierte la sed en una excusa
de la supervivencia.

Sábado. Alfredo Buxán.

A Florentino González

Me he sentado frente al silencio
del atardecer -donde no llega
el graznido de la modernidad-
a indagar en el sentido de la vida,
a contemplar la belleza
de las piernas que pasan, distraídas,
por mi puerta, ajenas al alboroto que levantan.
Como si fueran pájaros que emigran.

Ofrenda. Alfredo Buxán.

Toma el cuerpo que se entrega a tu cuerpo
como si eterna fuera la pasión que esgrime.
Holla su carne hasta el abismo del clamor
porque nunca sabrás en qué grieta del bosque
culminará su tránsito, se hundirá tu pisada.

Melancolía. Alfredo Buxán.

En el borde de una tarde poco propicia
al escándalo de la mentira,
cuando nadie vigila los síntomas del tedio
que te cerca, entregado a la rumia
de una melancolía espesa y sin origen,
tu cuerpo se desvanece en el incierto placer
de deshojar el tiempo transcurrido.
Abres tu corazón al reconocimiento del fracaso,
absorbes su enigmática dulzura,
dejas el hueso al aire
mientras hilvanas, hechizado,
un cigarro tras otro frente al papel en blanco
de las horas venideras, las más ruines.
Ni siquiera te concedes
la añagaza de la misericordia.
Insistes, con la solemnidad venial de la costumbre,
en la vieja manía adquirida en la infancia:
agregar el fulgor de lo sublime
a la rutina de los días,
hacer veraces las palabras
que han perdido prestigio entre los hombres.

Cede la tarde como el lento parpadeo del faro
en los veranos de tu memoria.
Te fascina
el vigor de su penumbra.
Todo cobra sentido bajo el manto que la niebla
derrama sobre el mundo. Sólo te resta
una humilde derrota que administrar en paz,
una vida sin brillo, un tranquilo vagar
hacia el edén del silencio
y un rescoldo de emoción,
casi una brasa: elegir
entre dos sueños paralelos,
dos aludes, dos fuegos apagados,
dos cuerpos de mujer en la aspereza de tu piel.
Como los dos labios muertos de la misma herida.

Lápida. Alfredo Buxán.

Una lágrima cae
sobre la cal del suelo, arde
bajo mis pies, abrasa en soledad
mi soledad.

La renuncia. Alfredo Buxán.

De un tiempo a esta parte
el corazón elude, con astucia,
ese don de la tierra: el roce de los cuerpos.
A qué volver a mendigar
el fulgor inexperto de unos labios fértiles
pero inconstantes,
derrotados de antemano por la siega del tiempo.

Cada beso olvidado es una espiga seca,
una lengua de ceniza que habita y desbarata
la grieta de la lengua, la vencida humedad.

La espera. Alfredo Buxán.

La silenciosa cosecha de todos estos años
se agosta en los cajones, envejece conmigo.
De tarde en tarde, mi mano se distrae
quitándoles el polvo a esos vestigios
de emoción
que se niegan a morir. Vuelven siempre,
sumisos, al anónimo reposo de la espera.
Se alinean al azar bajo inseguros rótulos
que alivian, como huellas, mi paso por el tiempo.
Austeros epitafios,
sombras, murmuraciones vagas
que se acogen, como gatos,
a la escueta caricia de la melancolía.

Elogio de la quietud. Alfredo Buxán.

Nada tienes que decir, después
de tantos años de inútiles esfuerzos
por nombrar lo indeciso.
Te ayudan a saberlo un puñado
de libros, la atroz benevolencia
que adiestra tu mirada,
los continuos achaques, la soledad
y los amigos.
Tu corazón pervive
como aguardan las piedras
en la orilla del río.
Son hermosas y limpias como tardes de otoño.
La suave tolerancia que propicia la edad
te permite mirarlas con un resto
de emoción, te induce
a compartir su invisible desgaste
con indiferencia.

El día después. Alfredo Buxán.

La ceniza es un don, como el agua que fluye. Se detiene un instante en la tiniebla que habita las miradas. Arropa con su pátina, y apaga, la luz de los objetos. Hay un deleite imperceptible en esa fragilidad que va tejiendo ruina en nuestras vidas. La levedad de un soplo la esparce por el aire. Deja entonces de herir: nos reintegra a la inicial oscuridad, nos devuelve casi intacto el gozo del olvido.

No hay culpabilidad -apenas erosión- en la ceniza. El día que se junte entraremos en el súbito ahogo de la muerte, en su vaga penumbra. De tal presentimiento, aunque dure un suspiro, extraemos la médula de la sabiduría.

Será un día de bruma, como todos los días. Exhumará nuestra conciencia la turbación del miedo, la pesadumbre obscena de haber existido en el vacío. Y cesará la niebla de todo sentimiento.

Aprendizaje de la fe. Alfredo Buxán.

Eres un brote más para la muerte,
qué esperabas de tu parva finitud.
Acéptalo. Contempla el rostro sin luz
que nada explicará porque es de piedra.
Resuelve la duda que atormenta
tus días, abrígate,
húndete en el turbio lamedal
que destruye tus noches, profiere
en alta voz
el ancestral gruñido que redima
a la especie o que la enfangue
para siempre. Pero anega de una vez
el cerco que posterga
tu vigor, y recuerda: no conviene
mencionar el dolor a cada paso
como si fuese un dios.

lunes, 24 de octubre de 2016

September eleven. Alfonso Quijada Urías.

Ciudad mía, bienamada,
eres doncella sin senos,
N. Y. Ezra Pound.




Y llegó de las alturas el fuego del dios del terror,
y aquellos que aún dormían despertaron sobresaltados
ante la pesadilla de lo real.
Ante sus ojos el fuego, las llamas que se elevan hasta el cielo,
fantasmas cubiertos de polvo, seres de carne y hueso,
presas multitudes de un pavor acariciado por un autor
famoso por sus geniales libros de suspenso.
Otra vez la realidad imitando la ficción, el pánico moderno,
urdido por un genio demente de la talla de O. Wells.
-Nunca en mi vida vi algo semejante, dice la periodista estrella
de CNN haciendo esfuerzos por contener sus lágrimas.
-Yo soñé esta tragedia, confiesa Norman Mailer, la mirada
azul estancada en su asombro,
mesándose la barba recien encanecida,
en mi novela el terrorista es un muchacho tímido, infiltrado
en el Pentágono.
Después de esta tragedia ya no seremos los mismos.
En la jungla de la vida ningún poder está salvo de los peligros
existentes;
Un escorpión puede matar un elefante.
De ahora en adelante ya no seremos los mismos.
La violencia es la misma, inhumana, brutal. No cabe duda
alguna,
de todos los animales, el más rabioso es el hombre.
Se necesita más sangre en los hospitales, aún no hay un total

de la ascendente pirámide de muertos.
Papeles, papeles, documentos secretos, seguimientos de la
política exterior, libros en clave, todo Manhattan cubierto de
papeles, basura, polvo y ceniza,
ceniza los secretos, la inteligencia, la trama de la política
mundial,
los datos fidedignos de fieles e infieles, sus marcas de identidad.
Nadie sabía hasta entonces, sólo los prebostes de la hermética
informática
del silencioso profeta de la violencia y su Satán.
Nada, muy poco de la fe del infiel musulmán
para quien la muerte se
fija en el momento que venimos al mundo,
nada, muy poco de su apego al Corán que fue siempre una
espada para manchar de sangre el poniente y la aurora,
una revelación que aniquila y convierte todas las cosas en su
terrible Dios.
Nada muy poco de la prosa alcoránica y el idioma infinito
de la arena.
Nada del sufí que danza hasta ver a Dios. Nada de esa batalla
eterna que dan cuenta la montaña y el desierto.
Nada del milenario burka que cubre el rostro de las mujeres
afganas.
¿Y por qué nos odian tanto? preguntan los hijos a los padres,
y los padres amnésicos no encuentran la respuesta,
Alzheimer se llama la enfermedad de nuestro siglo.
Humo, polvo, cenizas, alambres retorcidos,
materia deleznable, sangre inocente que baja por los
acueductos
y llega subrepticia hasta las aguas del Hudson, alborotando
los grasientos patos,
sangre de las víctimas de un dios convertido en asesino por
la acción de los hombres,
su siniestra, invisible mano que ante la impávida
mirada de la reina y el rey
redujo las imponentes torres a ceniza, nada.
Adiós luz del verano, el otoño se acerca,
todo aquello que yace bajo tierra lo está sacando el tiempo
a la luz del sol.
En una semana se agotaron las profecías de Miguel de
Nostradamus,
Aquel, quien antes de su muerte, acaecida en el año del
Señor
de l536, anunció la catástrofe.






lo que vieron nuestros ojos no lo verán otros ojos.
En guerra, en guerra los átomos, las substancias y esencias,
los elementos del desastre,
en guerra todas las cosas que en aras del progreso ha
inventado el hombre.
En guerra el pensamiento contra la guerra misma y su rentable
mercado que no se sacia nunca.
No le faltan enemigos al espíritu humano.
De aquí en adelante, todos somos sospechosos de envenenar el
agua y emponzoñar el aire
pues gracias al terror el mundo es cada día
menos seguro y menos libre.
Nacimos con las guerras moriremos con ellas,
hasta allí nos arrastran la arrogancia y sevicia del empeño
humano.
Adiós luz del verano, ya se acerca el otoño,
y el hombre solo, emperador de su impotencia, recogiendo
sus huesos y sus pensamientos
indaga al cielo, la nefasta nube.

Postal. Alfonso Quijada Urías.

Entonces ves este país del tamaño de un raspón.
Luego un tren en los atardeceres pasa lleno de soldaditos,
que aunque parezcan de mentiras son de verdad,
y ves también los volcanes como manchitas de tinta azul
y no podés hallar una razón (aunque realmente exista)
de por qué hay tantos soldaditos en un país del tamaño de un raspón.

Nocturno. Alfonso Quijada Urías.

Anoche un grillo se metió en mi cabeza y me trajeron a este hospital de Main street.
Necesito una lap, una lap para sacarme este ruido del seso.
Tengo vendada la cabeza, un pie torcido, un ojo que busca al otro ojo con obsesiva crueldad.
La enfermera me pega con sus duras tenazas en el rostro.
Necesito ocho manos para decirte todo esto. Este hospital es /un infierno y Naus /compañeros de Ulises,
atención pobres sirenas: traen de los mares lejanos la tristeza y /el Sida.
Estoy loco, con la cabeza rebanada. El trépano caló hondo en /busca de la piedra
o del grillo que allí encontró su fundamento, la base de /su dudosa, secreta identidad.
¿De dónde vienen esos gritos? ¿Ese rezo en la noche, /las lenguas y las llamas?
Víctima de la docta polilla te debates en las necias corrientes de un discurso que ya no encuentra curso entre las aguas.
Anda de caspa caída la razón, vuelta risa la ciencia espulga
/cada piojo.
Un ojo infinito te mira cuando absorto contemplas una
/hormiga y en ella al hormiguero.
Es el ojo el que duele al saber que toda la culpa se
origina en el pie.
Perdí primero mi sombra, el nombre después. He terminado en
/nada, silencio, vacío.
Sólo es real la neblina, la blanca cornea de la mirada esquiva.
Un alacrán vengativo es el mejor aliciente
/para ponerte de pie
y echarte andar sobre la nieve o el desierto y escribir con tus
huellas tu epitafio.
Gritas. En todas las celdas de este panal en llamas celebran tu
aullido,
la parábola ambigua de la eterna caída, propiciada por
/aquella noche de angustia religiosa.
Tres golpes sonaron en la puerta. Era Dios disfrazado
de celador de la luz.
Uno puede apagar la angustia metafísica ¿Pero cómo se apaga
/la otra? El caos, he visto el caos, nadie que no
haya visto una ciudad ardiendo,
puede imaginarse el caos. Lo que queda del caos en una mente enferma.
Anoche un grillo se metió en mi cabeza y me trajeron a este /hospital de Main street. Necesito una lap, una lap
para sacarme todo el ruido del seso.

Manchas de ruidos antiguos... Alfonso Quijada Urías.

Manchas de ruidos antiguos en los rincones del patio: sombras
de la mentira
tomando la forma de tu cuerpo y su lugar. La luz te hace
creer en todo lo que alumbra
o devela la sombra del monstruo que habita la penumbra.
Toda palabra quema,
ceniza será después, rescoldos de aquel fuego. Ruinas del
tiempo, escombros, hollín y polvo,
la efímera materia que fue la eternidad.
Pequeña llama inmóvil, rememoración de la desaparición de la
fe en la sorpresa.
Del aire impuro del mundo están hechas las palabras, su
círculo vicioso,
toda pregunta es una piedra que se lanza al agua cuyas
ondas alejan la respuesta.
En corregir lo incorregible se te fue la vida, en buscar el error
y al tratar de borrarlo,
volverlo a cometer y la culpa otra vez de provocarlo.
Palabras, resplandores inéditos buscando su sentido
en lo sentido.
En la ventana el rostro de la dulzura pensativa:
una sonrisa ciega, en toda ella las frases y los gestos que nos
son elementales.
La fuerza que guía la mano en selva oscura, a través de la
página,
hasta encontrar la máxima potencia. El ojo que descubre
lo invisible
mientras crece la historia durante el sueño, la bestia echada
junto a la ropa triste del amor consumado,
todo aquello que amamos y por eso matamos lo más vivo
en nosotros.

La hora es grande. Alfonso Quijada Urías.

En la vastedad congregada: tu nombre: fulgor en la mirada,
aliento puro de lo innombrable que te nombra.

Te mira el niño en el fondo del anciano, invisible en las visibles
regiones de lo creado. Viento que mueve las sábanas del
sueño, el tiempo eterno: silencioso poder de tu fijeza.

Presencia adivinada. Absuelve al hombre, aquel que contradijo
su espíritu, puso arena en la lengua y te desdijo. Que en su
noche se alce la cal de tu pureza para que el mundo vuelva a
ser lo que fue en su principio: inocencia y nacencia, beatitud
en la bestia ante la sal de tu misterio. Realeza del granito de
mostaza, gravedad y grandeza de la arena. Descienda el alba a
su cabeza, liberado sea del clavo y la armadura. Vuélvase
transparencia el muro de su necedad.

Infinitos son tus dominios, poderosos y vastos. Se parte en dos
el mar, camina la montaña. Un nuevo sol desciende a la
pirámide. Todo reino es abierto con tu llave. No hay cabeza ni
puerta impenetrables. Revelación y misterio. Harina en la
boca del que sabe pronunciar tu nombre.

Muéstranos la ruta del rocío; el ojo parabólico del mulo; tus
reinos, sus murallas, la fuente donde nacen el pasado, el
presente y el futuro. Misterio de tu ministerio. Raíz del sueño
en la eterna florescencia de la risa.

Que el colibrí de tu instante se haga eterno y doblegue el
cuello de la malicia y la arrogancia, ahuyente a los
comerciantes del espíritu, los traficantes de la flor más pura,
para que siga el hombre, sin la vieja armadura, la ruta de lo
oculto o lo desconocido.

En esta batalla no hay escudos. El silencio no es un dejar de
hablar. Te vences a ti mismo y te enalteces. Tu esplendor
ahuyenta la tiniebla. Ya vemos tu clara potestad montada en la
yegua del alba; tu alborada de pájaros; los signos de tu
nombre.

¿Cómo guardar tu fuego? En la confusa noche, haz que el
alma recobre su esplendor. Cante el poema tu inminencia en
las aguas del tiempo. La hora nueva que convoca la memoria
en respuesta a la guerra del tiempo y de los hombres.

Viva, gire la rosa del poema: un frescor de tu aliento en la
lengua del mañana.

Reanudo en mi alma el viejo debate donde lo dejé. Con el
dedo en la llaga, expulso los demonios. Conozco al monstruo,
henos de nuevo frente a frente.

Que nos dejen a los dos, con este lenguaje sin palabras y te
ofrezca, en ofrenda, mi escudo y mi coraza, más esta ansia de
ternura alzada en el canto del más puro linaje, como aquel que
nunca tuvo palabras diferentes para ayer y mañana.

Que cese de una vez la negación. Y florezcan por siempre los
signos de tu nombre.

Tu aliento nos asista y tu potencia. Los tiempos son duros y la
hora es grande. Las marejadas del equinoccio se alzan más allá
del horizontes para el alumbramiento del porvenir. La hora es
grande, hoy es ayer y mañana. Mantén alta en nosotros la
insurrección del alma.

El escarabajo. Alfonso Quijada Urías.

Te debo esta batalla, no así a los que un día me enseñaron a pagar
con otra moneda este oscuro trabajo en que se pierde la memoria,
tú lo sabes por esta caja de pandora, por este temblorcito
/ donde caen las gotas
de algún llover que hace mirar las cosas con un deleite de anfitrión,
/ del que mira
desde los ojos de sus bolsillos un mundo pobre, algo así como un
/ niño matador de insectos,
a esa hora de los invernaderos, de las peluquerías, del solipsismo
/contra lo real
que vive adentro de estas cosas,
de la mierda misma que dejaron los abuelos paternos y que nosotros
/ llevamos con desesperación.
Te debo, porque un día lleno de amor feudal quisiste enseñarme
/ tus dominios
y hablaste de la razón como de un espejo recién quebrado
y a la hora de comer abrías los ojos, te dabas el lujo de preguntar
/ por mi salud,
recomendarme un viaje al exterior pasando indiscutiblemente por
/ el jardín botánico,
sin darte cuenta o por lo menos tratando de ignorar que el escarabajo
/ se llena de su porquería,
se envuelve mejor dicho y retorna al hoyito como el origen
/ de todos los orígenes.
Si no lo crees podríamos hacer la prueba yéndonos y regresando
/ al mismo sitio,
a esa misma hora en que guardamos los instrumentos de siempre,
/ regresaremos,
aún cuando esa frase gastada de quienes regresan ya no son los
/ mismos, nos de estupor, deseos
malsanos, ganas de escupir al suelo, reírnos como locos,
pataleando sobre estos papeles donde muchos vienen a escribir
/ historias falsas,
suicidios de muchachos increíbles, la pérdida del pelo, el falso
/ juego del vereno,
esas muchachas en plena entrega, esas muchachas que gritan
/ amor mío con los dientes apretados.
Te debo esta batalla, quizá la última de las primeras, esta batalla
/ sin caballos,
sin armas, sin escudos, a pie,
cambiando de sonido y de lugar, haciendo de la vida la mejor coartada
para vencer estos demonios del orden,
de las creencias en el más allá, de los confetis arrojados desde el
/ balcón más alto.
Porque estás cada vez más dentro de lo posible, circundada por todos
/ los temores;
esta batalla te la debo a ti,
esta batalla de llegar al mismo sitio como el escarabajo.

Amórica. Alfonso Quijada Urías.

Amórica,
lejos escucho el canto del dichosofui:
dichosofui, dichosofui,
pájaro que martilla el yunque en mi oído
más allá de los rieles y las estaciones,
madre del pecho florido,

Amórica,
que te ríes de mí en mis propios huesos,
vagabunda.
Hay un sitio en el cual yacemos juntos -el frío-que induce
al nacimiento de aquellos que reunidos en tu mesa no tienen
qué comer.
Vamos burlando aduanas, los puestos migratorios
y nuestra risa espanta los verdes pavorreales de la gloria.
Amórica, entristecida niña de los andrajos,
ésta es la hora en que se precisa no volver hacia atrás,
encaremos la furia de la tribu
que toca sus tambores para hacernos volver
al fuego donde los más ancianos nos reducen
a hilos que ovillan con sus dedos.
Vayamos más allá.

Salgo a esperarla y no llega. Alfonso Quijada Urías.

Salgo a esperarla y no llega
La busco y no la encuentro
Regreso con la mente vacía
Duermo Despierto
Salgo de nuevo a esperar
En vano
Llega otro día
Cuando ya no la espero
La veo venir
Abro la puerta
Y la veo lanzarse como una nadadora
En la página blanca.

Pecado genial. Alfonso Quijada Urías.

Te besara
recorriera y lamiera
de punta a punta a flor de piel
te habitara y mordiera
feroz humanamente loco
en la más alta sima
de tu cadera alpina
quemándome de tanta inmensidad
de insaciable lascivia
con los dientes amándote
sacándote la música del cuerpo
alaridos y llamas
reventando tus cuerda
desnudándote más
hasta dar con tu cuerpo
el más oscuro y puro
parirte un sol adentro
mi pecado genial.

Necesidades. Alfonso Quijada Urías.

Necesito a mi mamá, con edipiano amor,
sus desayunos humanísimos. La ingenua
libertad de ese niño en sus faldas
suspirando la culpa original. Aquel
domingo de misa, pan y sol y la
muchacha aquella burlándose de mi
amor tontísimo.
Necesito de Dios y su absurda existencia
para luego volverme materialista y
soñador.
Necesito de mi mal ponderada
familiaridad de padre, casarme una vez
más con la madre de mis hijos. Que me
digan lo pequeño que soy. Necesito de
veras volverme a ver en el espejo limpio
de la casa y cambiarme de ropa y salir a
esperar como un novio solemne a la
vida, esperándome. Necesito una vez más
que mi tata me pegue con los puños terribles de patriarca y que me
diga bruto, inútil, polvo de la noche
delirante y brutal.
Necesito que las gentes acudan a mi
paso. De veras necesito que me quieran.
Me besen todos los labios del mundo. Y
que me dejen, me dejen, por favor,
crecer un poco más con mi vejez de niño
atolondrado.

Los estados sobrenaturales. Alfonso Quijada Urías.

1

Las paredes están dentro de mí que estoy creciendo contra el suelo.
Una sola palabra me pasea en el agua hasta tocar el fuego.
Infierno del amor de grandes fauces. Conoce la dimensión
De estas puertas el sacerdote del mal. Se necesita la idiotez,
Estados de locura que permitan viajar a lo más simple.
El resto será magia. Llave de los misterios ocultos en la claridad
/ primitiva.
Estoy fuera de todo pensamiento, de todo círculo, mis únicos
Dominios son los silencios de este anillo de fuego.


2

En la pirámide más pequeña y el cielo infinito duerme mi cabeza,
Y soy menos que un palito de fósforo y tal humilde como un grano
Que renace mil veces gracias a que invento un mundo sin palabras,
Lleno de imaginaciones, para ver en el odio una manera de ser triste.
Gozo de las celebraciones, las pompas sobre el manuscrito de un
Hombre a quien sus actos los antecede las enfermedades, del que es
Una manzana a los pies del rey y serio entre locos, me duelo
De él y por él gozo con alegría esta suerte de purgatorio,
De infierno interior.


3

País de las fiebres que me devoran, mi risa es la máxima celebración
De mi nueva cabeza, te siento sobre mis piernas de mujer
Hombre mascando las flores de tu espalda y mi piel podrida
Me conduce al encuentro del ombligo, muerdo las bellas plantas
Del mito poniéndome invendible, huyendo de tus pantanos medicinales,
Durmiendo con mis piojos en ese estado de vagancia, donde
Mi vicio echa raíces, flores que mastico después de cada misa.


4

La eternidad nace de alcanzar lo infinito, no del agujero
De dos ratones del tamaño de un cerdo.
El encerrado piensa esto, sus razones de la soledad, la seriedad
Más triste y solitaria, sentado en sus deseos, rodeado por milagros,
Loco tres veces hasta morir de risa, pensando cosas que la razón
No comprende, después nace como el pájaro que abrió
La jaula encerrada en sí mismo, aprendiendo de nuevo a bostezar,
Mientras cae el sol despedazado sobre las cáscaras.


5

El loco de ojos vidriosos ama las piedras y las palomas que nunca
Han sido tantas y los pensamientos que han sido muchos,
La más sagrada de las salivas proviene de su dedo sin uña, un día
Mira las manos y se enamora de sus ojos, otro día rasca el oído
Una pata de gallina y ve la luz, agua cayendo en nuestra señora
De los locos, no hay nada más allá de toda trampa consigo mismo,
Soñando como el más solitario de los reyes en este patio.


6

Cumplo la historia de un hombre alegre de su cara tristísima,
Los años de un animal de monstruosidades infinitas, su cerebro
Ya no es el campamento donde se reúnen dos locos
A comer murciélagos, la pequeña habitación del hombre mezquino
Rodeado de relojes y satisfacciones religiosas, majestuoso
Sueño de comedor de hormigas,
Son las palabras abriendo enormes hoyos en la piedra de su locura.


7

Visiones de enfermo sumamente delicado cualquier día del año,
Pensando que la muerte es el huevo de un fantasma
O la experiencia dulce de traspasar puertas, Oh delicado príncipe
Del polvo, las hermanas crecen con la belleza de un amanecer
Lechoso; silencio, convertido en el gato o el loro del patio;
Narizón y delgado, que nada turbe tu corazón y que dios
Me lo bendiga mi alma, y hacía canciones para la niña del espejo,
Hermosos escritos con influencias cristianas, la magia de un espejo
Sobre el agua y el pelo de ana en el amanecer de muchos días.


8

Poseído de lo que no ve ni oye cualquiera, silencioso hijo
De padres monstruosamente bellos en la tristeza que los habita,
Aquí está la hierba, el pucho de vieja saliva, la noche
Y sus orejas de miedo, soy lo que viene después de algún suceso
Que nadie ve, Oh ignorante poseedor de la moneda que enterraron
Todos, no va mi traje con hombres agraciados, apenas con los piojos
Del gran sol de los locos, el que hierve su cabeza en xilocibina
Y compuestos que reaniman la enfermedad de pensar,
De qué linaje vengo sino de aquél.


9

La locura es el nacimiento de los sentidos, de mis ojos viendo
Para siempre la ternura del fuego, mis oídos mordiendo el infinito,
Mi nariz en la fragancia, en las plumas de lo desconocido,
Mi cuerpo en la botella donde Dios sopla su magia eterna,
La locura no quiere la parte más alta
(donde un reloj pone sus huevos de vejez submarina),
solamente el rincón donde la salamandra toca su temblor de fuego
y la humildad de las constelaciones.


10

Y lo que deje posiblemente serán más secretos que nadie descubra,
Rojo, azul, amarillo, un pez tristoso en el sartén con las escamas
Aún resplandecientes por el mar, viejo pescador de pesadillas
Involuntarias, pedazos de algo de música ?se presume? de alimentos
Que sólo el viento sabe, un nombre como Dreide sobre las rocas
O el milagro del fuego en las piernas de Eolia, cerda que amamantó
Con fuego las delicias salvajes,
Ciudadanos gordos y respetables alimentados con recelo,
Ceremoniosos creadores de una vida carnívora, reunidos en lo más
/ decoroso,
para hablar de modorras y defecaciones, nunca de nada imaginario,
inservible, sólo monedas.

La espera imaginaria. Alfonso Quijada Urías.

VII

Contra esa opaca envoltura que opaca el mundo la frescura de lo nuevo.
Abajo la opresión: la soga mercantil, la religión bancaria,
Los viejos y roñosos pensamientos, la corrupción: ese hedor milenario;
La suciedad del mundo y el moho que los cubre.
La gran danza macabra.

Control de natalidad. Alfonso Quijada Urías.

Te dijo que me suben unas ganas de acostarme contigo;
por eso me llego con Strindberg
hasta la tienda de la niña sofi, bebo algunas cervezas y
me olvido de todo;
un hijo más acabaría con nosotros, te lo aseguro;
me quedo en la mesa de siempre pensando en el poema
que escribiré o en el dinero
que hace falta.
Hoy vino un viejo pidió cerveza con jamón, me puso
en la nariz un rollo de billetes
y terminó puteando comunistas.
Siempre ocurre lo mismo. Entonces ojeo mi Strindberg
y disimulo no mirar ni pensar nada o en nadie. Pago
las cuatro o seis cervezas,
afuera hace una noche linda.
En casa me esperan los viejos libros, y tú entre las
sábanas más dormida
que nunca. Un hijo más acabaría con nosotros, te lo
aseguro.