jueves, 21 de enero de 2016

Fraternidad peligrosa. Andrés Lara.

Me llamo Tim Hillgruber, y desde hace 5 años, mi alma ha subsistido envenenada y glorificada por una angelical obsesión: asesinar a Adolf Hitler.

La reminiscencia de la Gran Guerra aún patea mi cardio equinamente. Recuerdo que, cuando se anunció su inicio, el pueblo alemán (mi pueblo alemán) estaba emborrachado de eufórico patriotismo. Los jóvenes germanos, desmañados, bravos, e impulsivos, se inscribían al ejército con una sonrisa en el rostro y un rifle encapsulado en la axila. A mis ocho años, ardía en deseos de imitar tanta valentía; pero mi padre, con un amanecer de orgullo en el rostro, me regañó entre bonachonas carcajadas: “Aun eres muy pequeño para defender a la patria madre, Timy. Pero mientras yo esté ausente, quiero que cuides a tu madre y a tus hermanas. ¿Lo harás, campeón?” Esta frase, y el sedimento de un beso sobre mi frente, fue mi última conexión con papá antes de que él partiera rumbo a la lotería de la muerte.

Los fatuos ancianos de mi barrio siempre discursaban confianzudamente ante los niños y las mamás. Decían que la Gran Guerra no abarcaría más de seis meses, y que Alemania resultaría regia triunfadora. Cuatro años más tarde, en 1918, cada vez que salía al barrio me gustaba fulminar mentalmente a estos vejestorios, pues me habían infundido falsas esperanzas durante 1460 días. Si bien la derrota de nuestro país a todos nos había robado el pecho, el regreso de papá fue para mí como una resurrección emocional. Y si bien parecía feliz por vernos, y si bien yo todavía era un crío cándido, y si bien me abrazó fuertemente como en los viejos tiempos, de solo verlo yo ya me había dado cuenta que los horrores de la guerra y él se habían matizado en uno.

Después de rendirse, Alemania fue obligada a firmar el vomitivo “Tratado de Versalles”. Éste estimaba que la culpa de la Gran Guerra era exclusivamente nuestra; por tanto, Alemania pagaría astronómicas indemnizaciones, perdería muchos de sus territorios, y desmembraría a su glorioso ejército hasta la ridícula cifra de 100.000 soldaditos. Desde luego, tan desquiciadas modificaciones desnudaron a Alemania y la arrastraron por un largo camino de rosas de pétalos punzocortantes. Anarquía, hiperinflación, y hambruna son solo algunos de los tomates que humillarían día tras día a una nación que, exiguos años atrás, resplandeció por sobre todos los pueblos del mundo.

En 1922 la situación se pintaba insoportable. Las lágrimas sugerían ser nuestra única reserva de agua, y los perros sin collar los más ostentosos bufets del vecindario. El dinero lo quemábamos para calentar la casa; no porque éramos ricos, sino, al contrario, porque estábamos en estentórea bancarrota. La crisis había llegado a tal punto que, ahora, una rebanada de pan costaba tanto como un caballo, y un caballo costaba tanto como una casa, y una casa costaba tanto como Alemania misma. Y mañana todo iba a costar más. Por eso, el dinero resultaba más productivo como combustible de calefacción doméstica que como bufonesco artífice de la “economía” nacional.

Desde luego, el desparpajo de papá no alcanzaba para llenar nuestros platos. Y en el afán de que mis hermanas no caigan en la prostitución, una noche conversé seriamente con mis progenitores. Los tres sabíamos que el infierno cada día se calentaba más, y que pronto nuestros estómagos deberían comerse a sí mismos para huir de la caquexia.

– Quiero trabajar, no importa de qué, pero quiero ayudarles. Por la familia.

– ¿Y tus estudios? – resopló mi madre, afligida.

– Mamita, a este paso, pronto voy a tener que comerme mis libros.

Y entre risas trágicas, ambos condescendieron.
Dos semanas más adelante, el señor Bankinter, carnicero israelita, me dio empleo como asistente en su local. A petición mía, se convino que mi salario no se materializaría en papel verde, sino en carne roja, pues fruto de la hiperinflación, la moneda alemana (aunque sea un camión repleto de ellas) carecía de utilidad económica. El trueque proveería a mi familia solo tres kilos de carne por semana, sin embargo, está científicamente comprobado que poco suele ser mejor que nada. Y energizado por eso, trabajé el resto de mis días con indestructible animosidad.

El viejo Bankinter era más cerdo que los chorizos que vendía. En el barrio se rumoreaba que, pese a usar bastón, brincaba de burdel en burdel como un saltamontes en celo. Y doy fe a tales cuchicheos, pues apenas adquirirme como asistente, empezó a abandonar la carnicería todas las mañanas para volver todas las noches, solo Dios sabe a rigor de qué mugrientas festividades. Por supuesto, durante esas dilatadas ausencias yo me encargaba solitariamente de su establecimiento; quizá solo para eso el viejo zorro me había contratado.

Por aquella época, conocí a Betania. Era blanca como leche diamantina. Lo que más me gustaba eran sus pequitas, diluidas por toda su cara, pero especialmente concentradas en las mejillas. Cuando sonreía, esos diminutos y pintorescos puntitos, en simbiosis con su piel de cristal, le atribuían una mística sensualidad de conejita inocente. Pero no se equivoque, que hervía igual que mil putas. El astuto lector, por supuesto, intuirá sin muchas reticencias que me había enamorado de ella de súbito. Tenía 17 velitas de cumpleaños guardadas en su bolsillo, dos más que yo, pero eso no me hizo languidecer, y me lancé a cortejarla.

Recuerdo ese domingo como si fuera un tráiler cinematográfico. Bankinter había viajado temporalmente a Linz, por tanto, su carnicería estaba en coma. Y como tenía la tarde libre, llevé a Betania a dar un paseo por todo Múnich: Solo en ese día, viví mi primer pechugón, mi primera cogida de mano, y mi primer beso; e inclusive hubiera hecho otras cosas más, pero el tiempo no me dio una mano, o mejor dicho, un horero; de ser así, quizá mi lengua hubiera debutado en su tercer oficio, aparte de comer y hablar… Pero mejor volvamos a la historia. Una de las particularidades interesantes, por ejemplo, es que aún no me explico cómo ella, para ensamblar nuestra cita, había eludido la huraña vigilancia del patriarca y de la matriarca. En todo caso, íbamos a paso fausto y danzarín rumbo a la catedral de la ciudad, pues, en sus vampíricos recovecos, se gozaba de clandestinidad suficiente para jugar a casarse, en un febril ritual en donde la falta de cura era imprescindible.

Fue entonces cuando “eso” aconteció. Primero, nuestros oídos captaron las musicales, y al mismo tiempo bestiales, hurras de dicha. Enseguida, un humor de inquieto placer voló como una nube llena de truenos y se posó sobre nuestros corazones. Excitados y sin saber por qué, nos dejamos guiar por el oído, encaminándonos rumbo al origen de la virilidad.

Pronto llegamos a una plazuela pequeña, ornamentada con símbolos carnavalescos, sin embargo, de repente hechizada por un absoluto silencio. Bueno, casi absoluto. Había multitud de gente, todos con las pupilas en el mismo ángulo, con el corazón tamborileando la misma guerra. Y por sobre todo, una voz ronca y cabalística fragmentando a cada tímpano, y al mismo tiempo, regocijándolo.

“La lucha entre el pueblo y el odio entre nosotros, la pobreza y el hambre de Alemania, es propiciada por un muy específico grupo de interesados. Es una pequeña, insignificante, pandilla internacional que está provocando las peleas entre el pueblo, que no quiere que prosperemos. Son los que están en nuestra casa, tanto en ningún lado como en todos; son quienes no poseen tierra propia en donde crecer, pero quienes hoy viven en Berlín, mañana en Brussels, y en París al día siguiente, y entonces en Praga, o en Vienna, o en London, y quienes en donde sea se sienten como en casa.”

– ¡Los Judíos! – vociferó un anónimo de entre la muchedumbre. La cavernosa y vigorosa vos prosiguió.

“Ellos son los únicos que pueden ser considerados como elementos internacionales, porque ellos conducen sus negocios en todos lados ¡Pero el pueblo no debe seguirlos! El pueblo está ligado a su tierra, ligado a su patria, ligado a las posibilidades de vida que el estado, la nación, ofrece.”

– ¡Que viva Alemania! –chillo otro hombre.

Y entonces, sentí algo que jamás había sentido antes. Todas la multitud a mi alrededor, los cuatro benditos puntos cardinales, de repente, se habían contraído y magnificado en un único centro. Había en el ambiente una ventisca febril que ponía fuego en nuestra garganta, motor aeronáutico en nuestro cardio, y tensión eléctrica dentro de las venas de los pies. Pero lo más importante: El sentimiento lleno de amor de saber que la persona que está a tú derecha también siente lo mismo que tú. Y el que está a la izquierda también. Y el del frente, y el de atrás. Y los millones del estadio. Todos fuimos uno. Todos fuimos invencibles.

“Sieg…Heil!” ”Sieg…Heil!” “Sieg…Heil!” Coreamos a todo pulmón, y en ese momento supe que, si el reino de Dios era fraternidad, no había ninguna más auténtica que ésta. Pensé en el Señor Bankinter, su lujuria porcina, en cómo se aprovechaba de su posición de adinerado para inyectar sus petróleos desecados en las jovencitas hambrientas. En jovencitas que podrían ser tus hermanas, me susurró una brisa facinerosa y sensual al oído.
“Sieg…Heil!” ”Sieg…Heil!” “Sieg…Heil!”.

La voz volvió a hablar, pero aunque hasta mi corazón enmudeció para escucharla mejor, un malintencionado codazo sobre mis costillas me sustrajo del trance. Giré la cabeza, y solo vi los ojos platinados de Betania.

– ¿Conoces al tipo que está hablando?

– No, ni siquiera lo puedo ver, hay mucha gente…

– ¿Entonces por qué le festejas? ¿Por qué participas? – inquirió, molesta. Ante ello, no encontré las palabras sinceras, así que elegí la respuesta más instantánea en la que pude pensar.

– ¿Y por qué tú no?

– Porque soy judía.

Pese a este pequeño disturbio, Betania y yo nos casamos cinco años después. Hubiésemos querido hacerlo antes, pero yo aún debía colaborar económicamente con mi familia, y ella tardó en persuadir a sus padres respecto a tener a un yerno no semita. Pero al final ambos prevalecimos. La boda fue parsimoniosa y llena de hermosura, en gran medida, porque Betania y el vestido blanco combinaban como luna y nieve. Y vivieron felices casi para siempre… Hasta ahora me pregunto, ¿Cómo la hermandad, la unión, y el compañerismo pueden ser tan maléficos en su naturaleza?

La noche de los cuchillos desnudos. D.

Que linda tarde se pronunciaba aquel verano, la alegría se podía percibir en el aire, las personas estaban muy alegres y ansiosas ya que ese día era muy especial para la familia del alcalde. Su hija mayor se casaba con un muchacho de muy poca referencia por mi parte, no lo conocía pero tampoco me interesaba el asunto, ya que cada persona tiene sus propios problemas para entrometerse en los ajenos, a mi sinceramente me daba igual ya que lo que importaba era el banquete, lo sé, muy descortés por mi parte, pero no era todos los días que podías ver o comer las cosas que no puedes encontrar en los anaqueles de las bodegas, por esto quise aprovechar en deleitar los ricos sabores de ese banquete ante de volver a la realidad y ver como los buitres uniformado bajo el nombre de patria nos quitaba lo que necesitábamos.

La noche estaba muy hermosa, con una luna brillante, tanto así que no necesitabas lámparas o velas para alumbrar los caminos. Fui a mi casa, me coloque mi mejor ropa, mis zapatos nuevos mi sombrero y me bañe de colonia, todo esto con la finalidad de tener suerte esa noche, en conquistar alguna chica, ya que la soledad me estaba afectando. Cuando llegue a la fiesta para mi asombro vi que no era el único que había venido por el banquete, la mayoría de la gente del pueblo también estaba presente y como dije anteriormente no era precisamente por la boda. Al mirar mi derecha también vi las familia del alcalde y de su yerno, reían y celebraban con copas de champan la unión de la pareja. No puedo negar que clara la novia estaba muy bella, ojos azules como el océano, su cabello como el oro y su piel tan delicada y blanca como las brumas del mar, me quede perplejo por tanta belleza, pero ya ese ganado estaba marcado con el sello del matrimonio, así lo pensé aunque suene vulgar pero así era. En fin para resumir, la pase muy bien en cierto momento, en ese momento hable con el alcalde y cortésmente le solicite donde quedaba el baño, ya que había bebido mucho, y el con una sonrisa de político me dijo— Detrás de la casa puedes ir, eres hombres puedes regar las flores donde quieras, el baño es especialmente para las damas#8212;Me dio una palmada en el hombro y se fue, yo también me fui disgustado pero también pensando que lo que dijo en cierta parte era verdad, si no es que fuera visto, que las que tenían derechos era las damas de su familia y la de su yerno, yo desesperado en buscar un lugar deje de ver ese detalle y me fui casi trotando detrás de la casa, sentí un alivio total. De pronto de la oscuridad salieron cuatro hombres altos y blancos con sombrero y alpargata con un puñal que colgaba de su cintura con ellos lo acompañaba un joven como de doce años que alcance escucharlo que le decía a los otros, Que, que hacíamos aquí? Uno de ellos se agacho y le dijo— Vamos a darle una sorpresa al novio— y marco una sonrisa no muy simpatizante, yo me escondí para espiar a los forastero, cuando vi que desenvainaron sus cuchillos abrieron las puerta trasera de la casa y la feroz brisa de la noche apago todas las velas, unos de los hombre dijo con voz autoritaria — Nadie se mete con la familia— y con la oscuridad a su favor y como estampida entraron los hombre y se comenzaron a escuchar gritos desesperados de mujeres, hombres y niños que pedían auxilios no podían salir todas las puertas estaban encerrada por fuera, se podía escuchar los cuchillos atravesando la carne, me quede pasmado no me podía mover al escuchar como en esa casa se escuchaban los gemidos y las plegarias. De pronto volví en mí, salí corriendo para abrir la puerta principal, pero era inútil intente con todo pero los candados era muy fuertes, me sentí impotente al escuchar la gente tratando de abrir la puerta, les dije que buscaría ayuda, llegue hasta la casa policial lo más rápido que pude, hable con tres policías que habían les dije que pasaba y desarmados, solo con rolos, me siguieron hasta la casa donde se celebraba la boda y el banquete. Pero al llegar ya era muy tarde, no se escuchaba lamentos ni gritos de ayuda. Con incertidumbre entramos a la casa con precaución no sabíamos si los hombres estaban todavía adentro, uno de los agentes prendió una vela y con terror vimos la lamentable masacre que no nos dejó dormir muchas noches, hombres degollados, miembros desprendidos de su cuerpos, angelitos con sus madres fallecidos todo era un mar de sangre y de cuerpos mutilados, en el centro pude observar a la novia con su traje rojo por la sangre que corría por su cuerpo a lado su padre y colgado encima de ellos su prometido con un papel clavado en su pecho que decía #8211;Nadie se mete con la familia– estando en shock por tal situación, unos de los policías grito, –Aquí hay un sobreviviente#8212;Salí corriendo para ver quién era el afortunado, para mi asombro era aquel niño que acompañaba aquellos hombres, estaba temblando de miedo bajo una mesa con un cuchillo en la mano cubierto de sangre, por mi mente pasaron dudas, si debía acusar al niño o no, pero mi orgullo justiciero me venció y le explique a los funcionario la situación, sacaron al niño de la mesa y al momento de trasladarlo le pregunte –¿por qué lo hicieron?– el con voz temblorosa y con lágrimas en los ojos me dijo #8211; no lo sé#8212;el solo sabía que iban a una fiesta y que sus hermanos lo invitaron y él había aceptado con emoción ya que él nunca había ido a una. Pero nunca se esperó esto. Y le volví a preguntar ¿Por qué no te fuiste con ellos? Y me volvió a ver con los ojos decaídos y me respondió –me abandonaron aquí—, pero los policías no le creyeron e igual se los llevaron. En la mañana siguiente ya la noticia se había regado por todos lados, la gente venían a rezar a las almas que habían fallecido esa noche. Yo por mi parte miraba desde lejos como bajaban los cuerpos y como al niño era humillado, pobre chico, en mi opinión solo fue víctima de la maldad del hombre y de la oscuridad que aguarda de lo más dentro de los corazones.

Ya han pasado varios años, ya tengo una familia, una mujer que me ama, unos hijos hermosos y un dios que me cuidad, tengo todo lo que he soñado. Pero en las noches cuando me siento a lado de la ventana miro esa casa y me trae el recuerdo de esa noche, la noche en que aquellos hombres trajeron desgracias a este pueblo, en que aquellos hombres que decidieron desnudar sus cuchillos por la venganza.

Por el amor de Eduardo. D.

Era costumbre del llanero andar con su linterna en los caminos andaderos y oscuros con un puñal en la cintura y una estampita de la Virgen María como protección a los males presenciales y no presenciales, estos últimos muy comunes en la creencia del llanero ya que creen que hay cosas en el llano inmenso que no se pueden explicar con palabras, cosas que el hombre no puede entender.

En ese mismo llano específicamente en un pueblo a 40 minutos de la capital vivía un joven llamado Eduardo en el cual estaba encantado de una linda mujer de piel morena muy reluciente, con el cabello liso como la seda ¡oh! Que linda mujer es la que miraba Eduardo todos los días por su negocio. Un día Eduardo se llenó de valor e invita a salir a la joven, ella que también estaba encantada por Eduardo acepta inmediatamente. Esa tarde junto, fue muy especial para ellos, reían, bailaban y hablaban de cualquier cosa, no había límites entre ellos, se podía ver y tocar el amor en el aire al mirar estos dos jóvenes. De pronto en la capilla del pueblo a lo lejos se escucharon tres campanadas dando aviso que se aproximaba la noche. Los jóvenes hicieron caso omiso a las campanadas y siguieron disfrutando su velada. Cuando de repente diana se da de cuenta que era muy tarde ya habían pasado tres horas desde que sonaron las campanas de la capilla.

Con voz dulce le dice a su enamorado. –Eduardo vámonos ya es muy tarde y además tiene gana de llover—Diana presentía algo extraño, como si alguien los estuvieran observando. Eduardo se levanta y en forma muy cortes levanta a su amada. En el transcurso de la caminata sienten que alguien los sigue pero no ven a nadie solo se veía oscuridad y truenos. Llegaron hasta la casa de diana Eduardo se despidió con un beso y menciono – Mañana nos vemos, quiero invitarte a las fiesta del pueblo, puedes?—ella con una sonrisa de oreja a oreja dice –sí, acepto— y se vuelven a despedir.

En el camino Eduardo se va muy alegre por la tarde que paso con su amada, cuando en la mitad del camino de polvo ve un niño negritos, Eduardo medio pensativo se acerca con duda pero con ganas de divisar mejor al pequeño, entre más se acercaba se daba cuenta que el pequeño no tenía rostro y no contaba con ninguna ropa era como una sombra pero pequeña Eduardo aterrorizado corre pero la misteriosa sombra se le apareció más adelante, esta vez la sombra se acercaba hacia él, no se sabe con qué intención si atacarlo o “saludarlo” pero dudo la segunda opción, en ese momento Eduardo desenvaina rápidamente su puñal y da el primer ataque pero no le hizo daño, la sombra comenzó a moverse por todos lados, pero Eduardo desesperado comenzaba a mover su puñal por todas parte evitando que la tétrica sombra se le acercara y se estremeció más cuando escuchaba murmullos de niños, no sabía que hacer a quien acudir a quien pedir ayuda.

Pero en ese momento en el medio de la desesperación y aceptando que ya no había nada que hacer, en ese momento como si nada desapareció aquella extraña sombra, Eduardo quedo atónito de lo que paso, quedo paralizado por un minuto cuando reacciono por el sonar de las campanadas de la capilla. Desde esa noche Eduardo no volvió caminar los caminos lúgubres del llano a hora sale con su amada de día y cuando lo agarra la noche se aloja en la casa de la familia de su amor porque él ya sabe que en el camino desandan extrañas cosas que salen en noche sin luna que él no puede explicar.

Las condenas de la felicidad. Andrés Lara.

No lo puedo evitar, cada vez que la recuerdo una dichosa sonrisa alza a mis labios. En intervalos, mi corazón tiene un compás militar, luego de danza tropical, luego de ahogado a punto de morir, y luego de un loco saltando de dicha tras presenciar un milagro. Y mis memorias de ella, una película cortada y borrosa, mas la mejor película del mundo, va surcando por mi mente con la deslizadiza instantaneidad de una estrella fugaz. Y la veo con mis ojos. Veo la cosa más hermosa del mundo. Todos los días. Así, aunque el resto de mi cuerpo viva en un infierno, tengo el privilegio de que mis ojos vivan en el cielo.

Esa tarde, me hallaba pacífico en los asientos del bus 47, con destino al estadio Teatro Villanueva, donde mi obra teatral favorita iba a tomar lugar dentro de media hora.
Una señora de tercera edad a mi lado leía un libro religioso con meloso cansancio. Desvié mi mirada suspirando desinterés. En frente de mi hilera se hallaba sentada en el bus una atractiva adolecente rubia de alrededor de 16 años. Acababa de sacar un espejo de mano, y ocupaba su tiempo retocando su excesivo maquillaje. Puse los ojos en blanco y procure ignorar soberbiamente a aquella niña mimada, quien a todas luces era un monumento a la superficialidad y a la frivolidad humana que tanto detestaba mi amargado corazón.

Desde que Catherine murió, estoy sufriendo tormentos insoportables. Nunca sonrío, no tengo amigos, no tengo ganas de estar vivo. Odio al cielo sombrío que palpita encima de mi cabeza. Odio estar solo en este mundo. Odio a esa maldita anciana sentada a mi lado, escoria de la sociedad, ineficiente mujer vieja y amargada, parásita del dinero que el gobierno exprime de la sociedad y destina a los asilos. Odio a aquella inmadura jovenzuela de 15 años, pequeña prostituta juvenil, tonta y superficial, solo viviendo de su propia vanidad, lo único que le importa es su apariencia y lo que la gente opine de ella. No da sexo por dinero, pero igual es una puta.

Acaricié el metal frio de la pistola que escondía dentro de mi maleta. El escalofrió que recorrió mi columna era señal de un peligroso pero delicioso sentimiento… ¿Por qué no matarlas en ese instante? Pensé con gloriosa alegría. Sería liberador y excitante satisfacer mis sádicos anhelos… Pero no… eso no era correcto. Ese acto me transformaría en un animal, en un diabólico ser muchísimo peor que la perra de 15 y la anciana parásito. Yo no era un asesino. En todo caso, esa pistola solo tenía una bala, y ya estaba reservada para otra persona que todavía seguía viva y que no era ninguna de mis compañeras de viaje.

En ese instante, el bus paró repentinamente. Las puertas se abrieron quejosamente, dejando que un hombre y una niña entraran para luego sentarse en un lugar cercano a mí.
El hombre tenía unos ojos grises terribles, helados como el platino y astillosos como cráteres de vidrio. Poseía una cara redondeada, y una nariz y un mentón retraídos, de tal forma que si uno ignoraba aquellos feroces ojos, aquel rictus patentaba la inocuidad de un osito de felpa.

Después baje rápidamente la vista en busca de la niña que lo acompañaba… Para mi sorpresa, la pequeña criatura ya estaba observándome antes que yo a ella. Menos de un segundo después de que nuestras miradas se cruzasen, las mejillas de la niña enrojecieron, y su delicada y nívea piel se arrugó para dedicarme la más hermosa sonrisa que jamás había visto en mi vida. Me sorprendí de sobremanera al observarla detenidamente… Era imposible…

Mi corazón retumbó fuertemente. Sentí como mi nivel arterial duplicaba la presión. La infinitamente preciosa niña sonrió aún con más entusiasmo. Y un fulgor poderoso se encendió detrás de ella, así de su rostro divergían millones de lazos celestes que alumbraban la estancia.

-Que… ¿Qué eres? –pregunté con nerviosismo. La gente en el bus no exhibió acción alguna en reacción a los látigos plateados que irradiaba. Tampoco se inmutaron cuando mi voz frenética llenó el habitáculo. Era como si todos los presentes en la escena estuvieran ciegos y sordos, ignorando totalmente el desenvolvimiento de todo.

-No uses esa pistola… En el infierno ya te están esperando, pero en el cielo también. –dijo la niña con una voz dulce e hipnotizarte como perfume. Hablaba lentamente mientras sonreía con un gozo sobrenatural… Por mi parte, sentía que estaba al margen de fallecer.

“No uses esa pistola…” Entendí esas palabras con total exactitud… Esa bala era para mí… estaba dispuesto a suicidarme justo después del culmine de la obra teatral hacia donde el bus me estaba dirigiendo. Nunca había revelado mis intenciones a absolutamente nadie. ¿Cómo ella lo sabía?

-Eres, eres, ¿eres un ángel? –balbuceé.

-No, pero después de mandarte este mensaje, espero que me pueda convertir en uno -dijo, totalmente tranquila y solemne. Por mi parte, mi perplejidad aumentó.

-Entonces, si no eres un ángel… ¿Cómo sabes que quería matarme?

-No se necesita ser un ángel para salvar la vida de otro ángel- dijo con una vos llena de ternura – ¿Ves a ese hombre? –preguntó señalando al tipo de ojos aterradores- Él es mi papá… está muy enfermo… Él es pedófilo, y debido a eso ha vivido toda su vida acompañado de terribles dolores sentimentales, baja autoestima, y frustraciones sexuales inimaginables… -relató la niña, mientras miraba al piso, y una lágrima luminosa como un diamante resbalaba sobre sus ojos- Esta noche piensa abusarme sexualmente, y luego va a asesinarme… -mi corazón casi sale de mi pecho cuando escuché semejante ignominia.

-¡Oh, dios mío! ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que llame a la policía? –le dije con desespero, pero ahora procurando usar un volumen muy bajo, para que nadie (particularmente su padre) escuche los detalles de aquella importantísima conversación. De todas formas, esta precaución parecía innecesaria, debido a que el señor aterrador permanecía sentado mirando a través de la ventana, totalmente indiferente a mi conversación con su hija. La abuela continuaba su lectura, la adolecente no paraba de maquillarse…

-No, no necesito ayuda. Dios ya me está ayudando completamente-dijo, mientras alzaba los ojos al cielo, como mirando a Dios… al Dios que yo nunca pude ver.

-¿Él te va a salvar?

-Él ya me salvó hace dos mil años, cuando murió en la cruz. Gracias a él, cuando muera volveré a sus brazos, en lugar de irme a… -en ese momento su voz se detuvo, como dudando si continuar- con Lucifer –pronunció el nombre en voz baja, como si tuviera miedo que alguien escuchase. Se escuchó el sonido de un trueno rompiendo el cielo justo cuando la niña pronunció su nombre… Mis huesos temblaron… Si aquella invenciblemente hermosa princesita le temía a Satanás… no quería ni imaginar lo terrible que debía ser el príncipe de las tinieblas… Tragué saliva.

-Bueno, me alegra que tengas confianza en Dios, princesa -alegué nuevamente- Pero ahora que sé que tu padre quiere hacerte daño te juro por mi vida que haré todo lo posible para evitarlo –prometí de corazón, dispuesto a salvar aquella prodigiosa vida a cualquier costo. Sin embargo, el asombro me sobrecogió cuando de sus ojos comenzaron a escapar finos cometas de plata que traslucían una melancolía única.

-¿Por qué lloras, pequeñita? –inquirí apesadumbrado, mientras mi garganta se ahogaba en las lagrimas que yo no quería dejar escapar. Aquella niña inspiraba una empatía excepcional– No te preocupes, no voy a dejar que nadie te haga nada malo. Te protegeré.

-No lloró por mi futuro… lloro por tu pobre y desafortunada alma -dijo ella lentamente.

-¿A qué te refieres? –proferí sobresaltado, fuera de guardia.

-Tratas de salvarme… pero ni siquiera te puedes salvar a ti mismo. Tú creías que suicidándote hoy ibas a liberarte de tu dolor, pero te equivocas. Tú te has estado muriendo todos los días, desde hace dos años, cuando tú esposa fue asesinada. Odias cada cosa que tocas, cada persona que miras, cada nuevo día que pasa. Eres incapaz de amar o ser amado. Escapas de Dios como si fuera veneno, y persigues al veneno como si fuera Dios. Vives en tu propio mundo… Y no te das cuenta que en tu mundo solo vive uno: Tú. Pero tu egoísmo te hace olvidar algo muy importante: Tal vez en tu mundo solo vive uno, pero en el mundo de Dios no hay uno que no viva. El más grande milagro del universo es la existencia de una existencia que no sea tu propia existencia. Es el hecho que haya un trillón de corazones palpitando para hacer música, en lugar de un único corazón solo tocando una monótona y solitaria marcha a la infinita melancolía… ¡Ahora hay 7 billones de personas en el mundo para amar! Y si tan solo, tan solo amaras a solo una… Dios estaría saltando de un pie de la alegría…

Las lágrimas brotaron de mis ojos fácilmente como si no hubiera llorado durante siglos. Aquellas palabras eran como flechas que volaron por el cielo y besaron lo más profundo de mi ser. No sé por qué, pero llorar patéticamente en su presencia me provocó vergüenza e incomodidad, por lo que escondí mi rostro con mis manos para que mis desafueros no perturben a la pequeña divinidad.

-Quizá tengas razón.

Pasé unos cinco minutos sollozando para mí mismo, arrepintiéndome cada segundo de las polémicas de mi vida.

Última parada, amigo, debes salir del bus. – gruñó una voz gruesa que provenía de algún lugar encima de mi cabeza. Abrí los ojos, aturdido. El bus estaba absolutamente despoblado. Mi reloj marcaban las 10 de la noche… ¡Al parecer había dormido durante poco menos de cinco horas!

-¿Qué estaba soñando? Se la paso gritando frases extrañas durante todo el trayecto… Los pasajeros estaban asustados… -afirmó el conductor, arrugando el semblante. Mi atolondrada mente solo logró pensar en una respuesta.

-Soñé con los angelitos.

Quisiera poder decir que desde esa experiencia, mi vida dio un giro de 180 grados, y que ahora soy un hombre feliz, con paz interior y sin problemas. Pero lamentablemente, aunque exista la irrealidad, la mayoría del tiempo vivimos en la realidad, y allí las cosas nunca son sencillas. Continúo sufriendo terribles depresiones, fruto de la soledad. En ocasiones, sigo perdiéndome en el laberinto que los humanos nos ponemos encima de la cabeza cuando tratamos de entender a Dios, pero a pesar de todo, después de esta experiencia, y gracias a meses de entrenamiento emocional y terapia psicológica, por lo menos siento la reconfortante sensación de que cuando Dios mira mi vida, sonríe dos veces y llora una sola vez. Sigo rezando para qué algún día logre mejorar este record.

-¿Hey, Marco, viste ayer las noticias? –preguntó Pablo.

-No, ¿Mostraron algo interesante? –quise saber.

-Un tipo fue a la comisaría, y se entregó el mismo por haber asesinado a su hija… ¡Dice que el mismo pidió que se le impartiera la sentencia de muerte!

-¿Cómo se llama esa niña?

-No me acuerdo… Creo que Angélica. ¿Por qué?

-Por nada. Es una simple curiosidad.