jueves, 18 de febrero de 2016

La dama del sueño. Wilkie Collins (1824-1889)

Hacía poco más de seis semanas que desempeñaba mi profesión en el campo, cuando me enviaron a un pueblo cercano, como médico, para consultar a un colega que allí residía sobre un caso muy grave de enfermedad. La noche anterior mi caballo había resbalado arrastrándome en su caída, tras una larga cabalgata, y se había lesionado, por suerte, mucho más de lo que se había lastimado su amo. Por ello, al verme privado de los servicios del animal, partí hacia mi destino en coche (en aquella época no había ferrocarriles), y esperaba volver en el mismo vehículo hacia el atardecer.

Una vez terminada la consulta, me dirigí a la posada más importante del pueblo para esperar el coche. Cuando éste llegó, iba repleto por dentro y por fuera. No me quedaba otro remedio que volver a casa de la manera más barata, alquilando un calesín. El precio que me pidieron por tal favor me pareció tan exorbitante que decidí buscar una posada de menos pretensiones e intentar hacer un trato mejor con un establecimiento menos próspero. Pronto encontré una casa prometedora, deslucida pero tranquila, con un letrero anticuado, que evidentemente no había sido pintado desde hacía años. En este caso el posadero se conformó con una pegueña ganancia, y en cuanto nos pusimos de acuerdo hizo sonar la campana del patio para pedir el calesín.

-¿No ha regresado aún Robert del recado que ha ido a hacer? -preguntó el posadero, dirigiéndose al criado que acudió al oír la campana.
-No, señor, aún no.
-Bueno, entonces debes despertar a Isaac.
-¡Despertar a Isaac! -me extrañé-. Eso suena fuera de lo común. ¿Ustedes los palafreneros duermen de día?
-Este lo hace -dijo el posadero, sonriendo para sí de un modo bastante extraño.
-Y además, sueña en voz alta -agregó el criado-. Nunca olvidaré el susto que me dio la primera vez que lo oí.
-Bueno, eso no tiene importancia -replicó el propietario-. Anda y despierta a Isaac. El caballero espera el calesín.

La conducta del posadero y del criado expresaba mucho más de lo que decían sus palabras. Empecé a sospechar que podía encontrarme sobre la pista de algo profesionalmente interesante para mí como médico, y pensé que me gustaría echarle una ojeada al mozo antes de que el criado lo despertara.

-Esperen un momento -intervine-. Desearía ver a ese hombre antes de que lo despierten. Soy médico; y si ese raro modo de dormir y de soñar que tiene el hombre procede de algo que no funciona en su cerebro, tal vez pueda indicarles qué hacer con él.
-Me temo que más bien descubrirá que su mal no tiene remedio, señor -dijo el posadero-. Pero si quiere verlo, estoy seguro de que no habrá inconveniente.

Me acompañó a través del patio y por un pasillo hasta los establos, abrió una de las puertas y, quedándose fuera, me indicó que entrara. Me encontré ante un establo de dos pesebres. En uno de ellos un caballo masticaba su heno; en el otro un anciano dormía sobre la paja. Me agaché y lo miré con atención. Era un rostro marchito, cansado. Las cejas aparecían dolorosamente contraídas; tenía la boca bien apretada y las comisuras de los labios hacia abajo. Las mejillas, huecas y arrugadas y el escaso cabello blanco, hablaban de una pena o un sufrimiento pasado. Cuando lo miré por primera vez respiraba de modo convulso e inmediatamente empezó a hablar en sueños.

-¡Levantaos! -le oí decir en un susurro rápido, a través de los dientes apretados-. ¡Eh, levantaos! ¡Asesino!

Movió lentamente el brazo hasta apoyarlo sobre su garganta, se estremeció un poco y se dio vuelta sobre la paja. Después el brazo se apartó de la garganta, la manó se tendió hacia fuera y se cerró hacia el lado sobre el que se había vuelto, como si estuviera agarrando el borde de algo. Vi que sus labios se movían y me incliné un poco más sobre él. Seguía hablando en sueños.

-Ojos grises claros -murmuraba-, y el párpado izquierdo caído; cabellos rubios, con un toque dorado... está bien, mamá: hermosos brazos blancos, con un leve vello... pequeñas manos de dama, con una sombra rojiza bajo las uñas. El cuchillo... siempre el maldito cuchillo... primero de un lado, después del otro. ¡Ajá! ¿Dónde está el cuchillo, demonia?

Con las últimas palabras su voz se alzó, y él se inquietó de pronto. Vi que se estremecía sobre la paja; su rostro marchito se convulsionó y levantó las manos con un brusco espasmo histérico. Golpearon contra la parte inferior del pesebre bajo el cual estaba acostado, y el golpe lo despertó. Apenas tuve tiempo de deslizarme a través de la puerta y cerrarla antes de que abriera los ojos del todo y recobrara el sentido.

-¿Sabe usted algo del pasado de este hombre? -le pregunté al posadero.
-Sí, señor, sé bastante al respecto -fue la respuesta-. Y es una historia extraña, nada común. La mayor parte de la gente no la cree. Sin embargo, es cierta, pese a todo.
-Caramba, no tiene más que mirarlo -siguió el posadero, abriendo de nuevo la puerta del establo-. ¡Pobre diablo! Está tan agotado por sus noches de insomnio que ya ha vuelto a dormirse.
-No lo despierte -dije-. No tengo apuro por el coche. Espere que regrese del recado el otro hombre; y, entretanto, le ruego que me sirva algo de comer y una botella de vino, y que la comparta conmigo.

Tal como lo había previsto, el corazón de mi anfitrión se ablandó una vez que bebió su propio vino. Pronto se mostró comunicativo sobre el hombre que dormía en el establo, y poco a poco pude extraerle toda la información. Por extravagantes e increíbles que los hechos puedan parecer a todos, los relato aquí tal como los oí y tal como ocurrieron.

II.
Hace algunos años vivía en los suburbios de un gran puerto marítimo de la costa oeste de Inglaterra, un hombre de humilde condición, llamado Isaac Scatchard. Sus escasos medios de vida provenían de los empleos que podía conseguir como palafrenero, y de cuando en cuando, si las cosas le iban bien, de contratos transitorios para prestar servicios como mozo de cuadra en fincas privadas. Aunque era un hombre cumplidor, formal y honesto, no tenía suerte en su oficio. Su mala estrella era proverbial entre sus vecinos. Constantemente estaba perdiendo buenas oportunidades sin que se le pudiera culpar a él, y siempre servía los períodos más largos con gente amiga que no era puntual en el pago de los salarios. «Pobre Isaac» era el apodo que tenía en el barrio y nadie podía decir que no se lo merecía de sobra.

Con una porción de adversidad macho mayor de lo que por común puede soportar un hombre, a Isaac sólo le quedaba un consuelo, y era del tipo más triste y negativo. No tenía esposa ni hijos que aumentaran sus angustias o se unieran a la amargura de sus diversos fracasos en la vida, lo que podía deberse a simple insensibilidad, o podía tratarse de un generoso rechazo a implicar a otros en su desafortunado destino. Había llegado a la madurez sin casarse y, lo que es mucho más destacable, sin exponerse ni una vez, de los dieciocho a los treinta y ocho años, a la cordial acusación de haber tenido una amante. Cuando no trabajaba, vivía con su madre viuda. La señora Scatchard era una mujer superior al promedio de su baja condición, en cuanto a inteligencia y modales. Había conocido días mejores, como suele decirse, pero nunca se refería a ellos en presencia de extraños; y aunque era cortés con todos cuantos se acercaban a ella, nunca cultivó amistades íntimas entre sus vecinos. Se las ingeniaba, con bastante esfuerzo, para cubrir sus necesidades haciendo trabajos pesados para sastres, y siempre lograba mantener una casa decente a la que su hijo podía acudir cada vez que su mala suerte lo dejaba indefenso en el mundo.

Un frío otoño, cuando Isaac se acercaba ya a la cuarentena, y en el que estaba, como de costumbre, desocupado sin que fuera culpa suya, emprendió una larga caminata tierra adentro desde la cabaña de la madre hasta la finca de un caballero, donde, según había oído, necesitaban un mozo de cuadra. Sólo faltaban dos días para su aniversario y la señora Scatchard, con su cariño de siempre, le hizo prometer, antes de partir, que regresaría a tiempo de pasar el cumpleaños con ella, en el modo más festivo que sus pobres medios pudieran permitirles. A él no le costaba satisfacer a su madre, aun suponiendo que durmiera en el camino una noche a la ida y otra a la vuelta. Emprendería la marcha el lunes por la mañana y, lograra o no el puesto, regresaría para el almuerzo de cumpleaños el miércoles a primera hora de la tarde. Como sea que llegó a su destino el lunes por la noche, demasiado tarde para ir a solicitar el puesto de mozo de cuadra, durmió en la posada de la aldea, y el martes bien temprano se presentó en la casa del caballero, solicitando poder cubrir la vacante.

Su mala suerte lo seguía persiguiendo, inexorable como siempre. Las excelentes recomendaciones que pudo mostrar no le sirvieron de nada; su larga marcha había sido en vano: el día anterior le habían dado el puesto de mozo de cuadra a otro hombre. Isaac aceptó este nuevo revés resignado y como algo previsto. Lento de reflejos por naturaleza, tenía la sensibilidad opaca y el paciente carácter flemático que con frecuencia distingue a los hombres con poderes mentales de pesado funcionamiento. Agradeció al mayordomo del caballero con su serena urbanidad de siempre por haberle concedido la entrevista, y partió sin que se advirtiera una desacostumbrada depresión en su rostro y en su conducta. Antes de emprender el camino de regreso, hizo algunas indagaciones en la posada y se aseguró que podía ahorrarse unos kilómetros siguiendo un camino nuevo. Provisto de instrucciones complementarias, que se hizo repetir varias veces, en cuanto a las diversas vueltas que debía dar, emprendió el camino de vuelta y anduvo durante todo el día deteniéndose sólo una vez para comer pan y queso. Al empezar a oscurecer comenzó a llover y el viento arreció; para colmo estaba en una región que no conocía bien, aunque sabía que estaba a unos quince kilómetros de su hogar. La primera casa que encontró para informarse fue una solitaria posada junto al camino, al borde de un denso bosque. Aunque el lugar parecía desolado, era una visión gratificante para un hombre perdido que además estaba hambriento, sediento, con los pies doloridos y empapado.

El posadero era amable y de aspecto respetable, y el precio que le pidió por una cama era sumamente razonable. Por consiguiente, Isaac decidió quedarse a dormir cómodamente en la posada. Era hombre de carácter parco. Su comida consistió en dos lonchas de tocino, una rebanada de pan casero y una pinta de cerveza. No fue a acostarse inmediatamente después de tan moderada comida, sino que se quedó sentado junto al posadero, hablando acerca de sus malas perspectitivas y su larga racha de mala suerte, y pasando de estos tópicos al tema de los caballos y las carreras. Ni él ni el posadero, ni los pocos peones que pasaban el tiempo en la taberna dijeron nada que pudiese haber excitado en lo más mínimo la muy escasa y opaca imaginación de Isaac. Poco después de las once cerraron la casa. Isaac acompañó al posadero y sostuvo la vela mientras eran atrancadas las puertas y las ventanas de la planta baja. Notó con sorpresa la solidez de los cerrojos y las trancas, y los postigos recubiertos de hierro.

-Aquí estamos bastante aislados -explicó el posadero-. Nunca han intentado entrar por la fuerza, pero siempre es mejor asegurarse. Si no tenemos a nadie durmiendo, soy el único hombre de la casa. Mi esposa y mi hija son tímidas, y la joven criada se parece a sus amas. ¿Otro vaso de cerveza antes de acostarse? ¡No! Créame, no puedo entender cómo un hombre tan sobrio como usted pueda estar sin empleo. Aquí es donde va a dormir. Esta noche es usted nuestro único huésped, y creo que se dará cuenta de que mi patrona ha hecho todo lo posible para que esté cómodo. ¿De verdad no quiere otro vaso de cerveza? Muy bien, pues. Buenas noches.

El reloj del pasillo marcaba las once y media cuando subieron al dormitorio, cuya ventana daba sobre el bosque del fondo de la casa. Isaac cerró la puerta con llave, dejó la vela sobre la cómoda y se dispuso a acostarse. El helado viento otoñal seguía soplando y su gemido solemne, monótono, creciente, recorriendo el bosque, era triste y lúgubre de oír en el silencio de la noche: Isaac se sentía extrañamente desvelado. Cuando se tendió en la cama decidió dejar la vela encendida hasta que empezase a adormilarse, porque había algo deprimente hasta hacerse insoportable en la idea de permanecer despierto a oscuras, oyendo el gemido fúnebre, incesante, del viento en el bosque. El sueño lo invadió sin que se diera cuenta. Se le cerraron los ojos y cayó dormido sin tiempo a apagar la vela. La primera sensación de la que tuvo conciencia tras hundirse en el sueño fue un extraño escalofrío que lo recorrió bruscamente de pies a cabeza, y un terrible dolor en el corazón, como nunca lo había sentido. El escalofrío sólo perturbó su sueño; el dolor lo despertó súbitamente. En un instante pasó del estado de sueño al estado de vigilia: los ojos bien abiertos, las percepciones mentales despejadas de pronto, como por milagro.

La vela había ardido casi hasta el último fragmento de sebo y la luz era por el momento plena y clara en la reducida habitación. Entre el pie de la cama y la puerta cerrada se erguía, mirándolo, una mujer con un cuchillo en la mano. El impacto del horror le dejó boquiabierto, sin palabras, pero no perdió la nitidez sobrenatural de sus facultades y no apartó en ningún momento los ojos de la mujer. Ella no dijo una palabra mientras se miraban a la cara, pero empezó a moverse lentamente hacia el lado izquierdo de la cama. La siguió con la mirada. Era una mujer rubia, bella, con cabellos color lino y ojos gris claro, con el párpado izquierdo un poco caído. El notó esos detalles y los fijó en su mente antes de que la mujer llegara al extremo de la cama. Sin decir palabra, sin expresión alguna en el rostro, sin un ruido que siguiera a cada paso, ella se fue acercando paso a paso... se detuvo... y alzó lentamente el cuchillo. El se llevó el brazo derecho a la garganta para protegerla; pero cuando vio que el cuchillo bajaba, movió la mano a través de la cama hacia el lado derecho, y sacudió el cuerpo de tal modo que el cuchillo se hundió en el colchón, a una pulgada de su hombro. Isaac fijó la mirada en el brazo y la mano de la mujer cuando retiró lentamente el cuchillo de la cama: un brazo blanco, bien formado, con un hermoso vello cubriendo levemente la piel clara: una delicada mano de dama, coronada por la belleza de un rubor rosado debajo y alrededor de las uñas.

La mujer retiró el cuchillo y se dirigió otra vez lentamente al pie de la cama; se detuvo un momento allí, mirando al hombre; después siguió -sin hablar, sin expresión en el bello rostro impávido, sin un sonido que siguiera a sus pasos furtivos- hacia el lado derecho de la cama, donde él estaba tendido ahora. Cuando se acercó, levantó el cuchillo de nuevo y él se apartó hacia la izquierda. Ella golpeó el colchón, como antes, con un movimiento deliberadamente perpendicular y hacia abajo. Esta vez los ojos de Isaac fueron de la mujer al cuchillo. Era como una de esas grandes navajas que había visto usar a los peones para cortar el pan y el tocino. Los dedos pequeños y delicados no ocultaban más que dos tercios de la empuñadura: Isaac advirtió que estaba hecha de cuerno de gamo, limpia y brillante como la hoja, de aspecto llameante. Ella retiró el cuchillo por segunda vez, lo ocultó en la ancha manga de su vestido y después se detuvo junto a la cama, observándolo. Por un instante, él la vio de pie en esa posición, y después el pabilo de la vela cayó en el candelero; la llama empequeñeció hasta ser un tenue puntito azul, y el cuarto quedó a oscuras.

Un instante, o menos, si es posible, pasó así y después el pabilo llameó humeante por última vez. Isaac aún miraba con ansiedad hacia el lado derecho de la cama cuando brilló el último resplandor de la vela, pero no vio nada. La rubia mujer del cuchillo había desaparecido. El convencimiento de que se encontraba de nuevo a solas debilitó el dominio del miedo que lo había dejado mudo hasta aquel momento. La agudeza sobrenatural que la intensidad del pánico había comunicado a sus facultades desapareció de repente. Se le confundierun las ideas, el corazón empezó a latirle como un caballo desbocado, sus oídos se abrieron por primera vez desde la aparición de la mujer a la sensación del funesto gemido del viento entre los árboles y con la terrible convicción de la realidad de lo que había visto aún intensa en su interior, saltó de la cama, gritando:

-¡Asesinato! ¡Eh, despertad! ¡Despertad! -y se abalanzó hacia la puerta de cabeza en la oscuridad.

Estaba bien cerrada con llave, exactamente como la había dejado al acostarse. Sus gritos alarmaron a toda la casa. Oyó las exclamaciones aterrorizadas, confusas de las mujeres; vio que el dueño de la casa se acercaba por el pasillo con una vela ardiendo en una mano y un arma en la otra.

-¿Qué ocurre? -preguntó el posadero, sin aliento.
Isaac sólo pudo contestar con un susurro.
-Una mujer, con un cuchillo en la mano -dijo con voz entrecortada-. En la habitación; una mujer rubia, de pelo amarillo; intentó clavarme un cuchillo por dos veces.

Las pálidas mejillas del posadero palidecicron aún más. Miró a Isaac con angustia al resplandor vacilante de la vela, y su rostro comenzó a enrojecer de nuevo; su voz se alteró tanto como su piel.

-Parece haberle errado dos veces -dijo.
-Esquivé el cuchillo cuando bajaba -siguió Isaac, con el mismo susurro asustado-. Las dos veces se clavó en el colchón.

El posadero llevó la vela de inmediato al interior del dormitorio. En menos de un minuto volvió a salir al pasillo, con un violento ataque de furor.

-¡Que el diablo se los lleve, a usted y a la mujer del cuchillo! La ropa de la cama no tiene una sola señal de haber sido agujereada. ¿Qué pretende, metiéndose en una casa decente, y sacando a la familia de sus casillas, por un sueño?
-Me iré de su casa -dijo Isaac con voz débil-. Prefiero estar en el camino, bajo la lluvia y en la oscuridad, en camino hacia mi casa, que otra vez en ese cuarto, después de lo visto en él. Déjeme una luz para vestirme y dígame cuánto tengo que pagar.
-¡Pagar! -exclamó el posadero, entrando en el dormitorio, de muy mal humor, con la luz-. ¡Nunca le habría recibido a usted ni por todo el dinero del mundo de haber sabido por anticipado que soñaba y chillaba de ese modo! Fíjese en la cama. ¿Dónde hay un tajo de cuchillo? Fíjese en la ventana: ¿está forzada la cerradura? Fíjese en la puerta, que yo mismo le oí cerrar con llave: ¿está rota? ¡Una mujer asesina con un cuchillo en mi casa! ¡Vergüenza tendría que darle!
Isaac no replicó ni una palabra. Se vistió rápidamente, y después bajaron juntos.
-¡Son casi las dos y veinte! -dijo el posadero, cuando pasaron junto al reloj-. ¡Bonita hora de la madrugada para aterrorizar a la gente honesta!

Isaac pagó la cuenta y el posadero lo acompañó hasta la puerta delantera. Se separaron sin musitar una palabra. Había dejado de llover, pero la noche era oscura y el viento más frío que antes. A Isaac le importaba poco la oscuridad, el frío, o la incertidumbre sobre el camino de regreso. Si lo hubiesen echado a un páramo en una borrasca, le habría resultado un alivio después de lo que había ocurrido en el dormitorio de la posada. ¿Quién sería la mujer rubia del cuchillo? ¿La criatura de un sueño, o uno de esos seres del mundo desconocido que los hombres llaman fantasmas? No podía sacar nada en limpio del misterio: seguía sin sacar nada en limpio incluso en el mediodía del miércoles, cuando se halló, después de perderse varias veces, en el umbral de su casa.

III.
Su madre salió a recibirlo con ansiedad, que se acrecentó, pues su cara le comunicó en un instante que algo andaba mal.

-He perdido el puesto; pero así es mi suerte. Anoche tuve una pesadilla, madre.., o tal vez vi un fantasma. Sea como fuere, me asustó mucho y aún no me siento bien.
-Isaac, tu cara me da miedo. Entra y acércate al fuego. Ven y cuéntale todo a tu madre.

El estaba tan ansioso por contar como ella por oír; porque en todo el camino hacia la casa había tenido la esperanza de que su madre, con su inteligencia más rápida y sus conocimientos superiores, pudiera ser capaz de aclarar el misterio que él mismo era incapaz de resolver. Su recuerdo del sueño era aún mecánicamente vívido, aunque sus ideas eran confusas por entero. El rostro de la madre iba palideciendo a medida que él hablaba. No lo interrumpió ni una sola vez; pero cuando acabó, acercó su silla a la de él, le rodeó el cuello con un brazo y le dijo:

-Isaac, tuviste tu pesadilla el miércoles de madrugada. ¿Qué hora era cuando viste a la mujer rubia con el cuchillo en la mano?
Isaac recordó lo que le había dicho el posadero cuando pasaron junto al reloj al irse él de la posada; calculó lo mejor que pudo el tiempo transcurrido entre el momento en que abrió la puerta de la habitación y aquel en que se fue.
-Cerca de las dos de la mañana -contestó.
La madre le soltó de pronto el cuello, y se estrujó las manos con un gesto de desesperación.
-El próximo miércoles es tu cumpleaños, Isaac, y tú naciste a las dos de la mañana.

La inteligencia de Isaac no era lo bastante aguda como para que se le contagiara el temor supersticioso de su madre. Se asombró, y también se alarmó un poco cuando ella se levantó de repente de la silla, abrió su antiguo pupitre, tomó pluma, papel y tinta y después le dijo:

-Tu memoria es pobre, Isaac, y ahora que ya soy vieja la mía no es mucho mejor. Quiero que los dos lo sepamos todo acerca de este sueño, dentro de unos años, tan bien como lo sabemos ahora. Cuéntame otra vez lo que me has contado hace un minuto, cuando hablabas del aspecto de esa mujer.

Isaac obedeció, y quedó maravillado cuando observó que su madre anotaba cuidadosamente en el papel cada palabra que él pronunciaba. Ojos gris claro, escribió ella, cuando llegaron a la parte descriptiva, con el párpado izquierdo un poco caído; cabello color lino, con un toque dorado; brazos blancos, con un leve vello; pequeñas manos aristocráticas, con una sombra rojiza alrededor de las uñas; gran navaja con empuñadura de cuerno de gamo, que parecía llameante. A estos detalles la señora Scatchard agregó el año, el mes, el día de la semana y la hora de la madrugada en que la dama del sueño se le había aparecido al hijo. Después encerró cuidadosamente con llave el papel en el pupitre. Ni aquel día ni en ninguno posterior pudo el hijo inducirla a volver a hablar del sueño. Ella se guardaba celosamente para sí lo que pensaba, y hasta se negó a mencionar otra vez el papel que guardaba en el pupitre. No pasó mucho tiempo antes de que Isaac se cansara de tratar de romper el resuelto silencio de su madre; y el tiempo, que tarde o temprano desgasta todas las cosas, desgastó poco a poco la impresión que el sueño le había producido. Empezó a pensar en él con indiferencia, y acabó por no pensar en él en absoluto.
El resultado se produjo con mayor facilidad debido a la sucesión de algunos cambios importantes que mejoraron sus perspectivas y que empezaron no mucho después de la noche de su terrible experiencia en la posada. Por fin cosechó la recompensa de su largo y paciente sufrimiento en la adversidad al conseguir una excelente colocación que le ocupó durante siete años, dejándole, a la muerte de su amo, no sólo unas referencias excelentes, sino también una buena pensión anual que se le otorgó como recompensa por haber salvado la vida de su ama en un accidente. Fue así como Isaac Scatchard volvió a casa de su anciana madre, siete años después del accidente del sueño en la posada, con una suma anual a su disposición bastante para mantenerlos a ambos en la comodidad y la independencia por el resto de sus vidas.

La madre, cuya salud había empeorado mucho en aquellos siete años, sacó provecho del cuidado que tenían para con ella y del hecho de verse libre de problemas económicos, de modo que cuando llegó el cumpleaños de Isaac pudo sentarse a la mesa sin inconvenientes y cenar con él.
Aquel día, al caer la noche, la señora Scatchard descubrió que una botella de tónico que acostumbraba tomar, y en la que creía que quedaban aún una o dos dosis, estaba vacía. Isaac se ofreció para ir a la farmacia a comprarle más. Era una noche de otoño tan fría y lluviosa como aquélla de la memorable ocasión en que se había perdido y dormido en aquella fatídica posada junto al camino. Cuando iba a entrar en la farmacia se cruzó con una mujer vestida pobremente que salía y que pasó con rapidez junto a él. Lo poco que pudo ver de su cara le impresionó, y la siguió con los ojos mientras ella bajaba los escalones de la entrada.

-¿Se ha fijado en esa mujer? -comentó el auxiliar del farmacéutico, detrás del mostrador-. En mi opinión, algo no marcha bien en ella. Me ha pedido láudano para ponerse en un diente picado. El patrón hace rato que ha salido y yo le he dicho que no podía venderle veneno a extraños en su ausencia. Ella se ha reído de un modo raro y me ha dicho que volverá dentro de media hora. Si espera que el patrón se lo dé, creo que quedará chasqueada. Es un caso de suicidio, señor, si alguna vez hubo uno.

Estas palabras aumentaron hasta lo indecible el brusco interés que Isaac había sentido por la mujer al verle la cara. Una vez que le hubieron servido el medicamento, la buscó con ojos ansiosos por doquier en la calle. Pudo verla andando lentamente, de un lado a otro, por el lado opuesto del camino. Con el corazón latiéndole con fuerza, para su asombro, Isaac cruzó la calle y le habló. Le preguntó si tenía algún problema. Ella le mostró su desgarrado chal, el vestido barato, el sombrero sucio y chafado; después se movió hasta quedar bajo un farol, para que la luz le diera sobre el rostro torvo, pálido, pero todavía hermoso.

-Parezco una mujer acomodada y feliz, ¿verdad? -dijo, con una risa amarga.
Hablaba con una pureza de entonación que Isaac nunca antes había oído sino en boca de una dama. Las más triviales acciones de la mujer parecían poseer la elegancia fluida y negligente de una mujer bien educada. Su piel, a pesar de toda la palidez de la pobreza, era delicada, como si hubiera disfrutado de cada una de las comodidades sociales que el dinero puede comprar. Incluso, sus manos, finamente moldeadas, sin guantes, no habían perdido su blancura. Poco a poco, respondiendo a las preguntas de Isaac, se desgranó la triste historia de la mujer. No es necesario relatarla aquí; puede hacerse una y otra vez en los informes policiales y en las noticias breves acerca de intentos de suicidio.

-Me llamo Rebecca Murdoch -dijo la mujer, cuando acabó-. Me quedan nueve peniques, y pensé en gastarlos en una farmacia para asegurarme el pasaje al otro mundo. Por difícil que sea, para mí no puede ser peor que esto, así que, ¿por qué detenerme?

Además de la compasión y la tristeza naturales que se agitaron en su corazón ante lo que oía, Isaac sintió que en él obraba una misteriosa influencia durante todo el rato que la mujer estuvo hablando, un influjo que confundía sus pensamientos por completo y casi le privaba del poder del habla. Todo lo que pudo decir ante las últimas temerarias palabras de la dama fue que le impediría atentar contra su vida, aunque tuviese que seguirla toda la noche para lograrlo. Su seriedad áspera y temblorosa pareció impresionar a la mujer.

-No le ocasionaré ese problema -respondió cuando él repitió sus protestas-. Al hablarme con bondad usted ha hecho que le vuelva a tener afecto a la vida. No son necesarias amenazas ni promesas. Puede usted creerme, venga mañana a las doce al Prado de Fuller y me encontrará viva para dar cuenta de mí misma. ¡No! Nada de dinero. Con los nueve peniques lograré algún sitio donde poder pasar la noche.

Se despidió con un movimiento de cabeza. El no intentó seguirla: no pensó que lo engañara. «Es extraño, pero no puedo dejar de creerle», se dijo para sus adentros, y regresó, aturdido, hacia su casa. Al entrar, su mente seguía absorta de un modo tan completo por su nuevo centro de interés que no advirtió lo que su madre hacía cuando él entró con el medicamento. Había abierto el viejo pupitre y leía con atención el papel que guardara años antes. En todos los cumpleaños de Isaac, desde que había anotado los detalles del sueño contados de sus propios labios, acostumbraba a leer el relato y a meditar sobre él en secreto. Al día siguiente, Isaac acudió al Prado de Fuller. Había hecho bien creyéndole sin reservas. Allí estaba, de lo más puntual, para dar cuenta de sí misma. Las últimas débiles defensas que quedaban en el corazón de Isaac contra la fascinación que una palabra o una mirada de la mujer empezaban a ejercer de modo inescrutable sobre él se hundieron y desaparecieron ante ella para siempre en aquella memorable mañana. Cuando un hombre, insensible en su juventud a la influencia de las mujeres, entabla una relación en su edad madura, son raros los casos, cualesquiera que sean las circunstancias de advertencia, en que se encuentra capaz de librarse de la tiranía de la nueva pasión que le domina. El encanto de que le hablara familiar, amable y agradecidamente una mujer cuyo lenguaje y modales seguían conservando el suficiente refinamiento como para insinuar la alta clase social a la que antaño había pertenecido, hubiera sido un lujo peligroso para un hombre de la posición de Isaac a los veinte años. Pero era mucho más que eso -era la ruina segura para él- ahora que su corazón se abría sin límites a una influencia nueva en aquella época intermedia de la vida en que los sentimientos fuertes de cualquier tipo, una vez implantados, echan raíces con mayor fuerza en la naturaleza moral de un hombre. Unas pocas entrevistas furtivas posteriores a esa primera en el Prado de Fuller completaron su envanecimiento. En menos de un mes a partir del momento en que la conoció, Isaac Scatchard había consentido en darle a Rebecca Murdoch un nuevo interés por la vida y una oportunidad de recobrar el carácter que había perdido al prometerle que la haría su esposa.

Ella había tomado posesión no sólo de sus pasiones, sino también de sus facultades; Isaac concentraba toda su atención en cuidarla. Ella lo dirigía en todos los aspectos: incluso lo instruyó acerca de cómo darle a su madre la nueva sobre el cercano casamiento del modo más seguro posible.

-Si le cuentas primero cómo me conociste y quien soy -le dijo la astuta mujer-, ella removerá cielo y tierra para impedir nuestra boda. Dile que soy hermana de un compañero de trabajo... pídele que me vea antes de entrar más en detalle, y deja a mi cargo el resto. Pienso hacer que me ame casi tanto como a su Isaac, antes de que se entere de quién soy en realidad.

El motivo del engaño bastaba para santificarlo a los ojos de Isaac. La estratagema propuesta lo aliviaba de una gran angustia, y tranquilizaba su conciencia, incómoda en relación a la madre. Sin embargo, había algo que faltaba para que su felicidad fuese completa, algo que no podía precisar, algo misteriosamente imposible de rastrear y, no obstante, algo que se hacía sentir de modo permanente; no cuando Rebecca estaba ausente, sino, por extraño que parezca, ¡cuando se encontraba en su presencia! Ella era la amabilidad personificada para con él. Nunca le hacía sentir su inferior inteligencia y sus modales más toscos. Mostraba la más tierna ansiedad por complacerle en las más pequeñas trivialidades, pero, a pesar de todos estos atractivos, él nunca lograba sentirse del todo en paz a su lado. Ya en el primer encuentro, mezclada a su admiración, hubo, cuando la miró a la cara, una leve sensación, involuntaria, de duda sobre si aquella cara le era del todo desconocida. Ninguna intimidad posterior había tenido el menor efecto sobre esa incertidumbre inexplicable, fastidiosa.

Ocultando la verdad como le había sido indicado, anunció a su madre su compromiso matrimonial con precipitación y cierta perturbación, el mismo día en que lo contrajo. La pobre señora Scatchard mostró la absoluta confianza que tenía en su hijo al echarle los brazos al cuello y felicitarle por haber hallado al fin, en la hermana de un compañero de trabajo, una mujer que lo pudiera consolar y cuidar cuando ella faltara. No veía la hora de conocer a la mujer que había elegido su hijo, y fijaron el día siguiente para la presentación. Era una brillante mañana soleada, y la salita de la pequeña casita estaba inundada de luz cuando la señora Scatchard, feliz y expectante, vestida con galas domingueras para la ocasión, se sentó a esperar al hijo y a su futura nuera. Fiel a la hora fijada, Isaac hizo entrar con cierto apuro y nerviosismo a su prometida en el cuarto. Su madre se levantó para recibirla, avanzó unos pasos, sonriendo, miró a Rebecca directamente a los ojos y se detuvo de pronto. Su rostro, que un momento antes estaba radiante, se tornó pálido en un instante; sus ojos perdieron la expresión de ternura y amabilidad y fueron invadidos por un sordo terror; sus brazos cayeron a sus costados y retrocedió unos pasos con una exclamación en voz baja dirigida a su hijo.

-Isaac -susurró, asiéndolo con fuerza de un brazo cuando él le preguntó alarmado si se sentía indispuesta-. La cara de esa mujer, ¿no te recuerda nada?

Antes de que pudiera contestar, antes de que pudiese darse la vuelta hacia donde estaba Rebecca, atónita y enfurecida por aquel recibimiento, en el otro extremo de la habitación, la madre de Isaac le señaló con impaciencia el pupitre y le dio la llave.

-Abrelo -le pidió, con un susurro rápido, entrecortado.
-¿Qué significa esto? ¿Por qué se me trata como si nada tuviera que hacer aquí? ¿Es que tu madre quiere insultarme? -preguntó Rebecca, iracunda.
-Abrelo, y dame el papel que está en el cajón de la izquierda. ¡Apresúrate! ¡Apresúrate, por Dios! -apremió la señora Scatchard, encogiéndose aún más de terror.

Isaac le dio el papel. Ella lo miró con ansiedad durante un instante, y después siguió a Rebecca, que ahora empezaba a alejarse de modo altivo para abandonar la habitación, y la asió por un hombro... le alzó de modo brusco la manga larga y suelta del vestido y le miró la mano y el brazo. Algo parecido al miedo empezó a invadir la furiosa expresión del rostro de Rebecca cuando pudo librarse de la anciana.

-¡Loca! -dijo como para sí-. Y pensar que Isaac nunca me lo previno.

Con estas palabras, abandonó la casita. Isaac se apresuraba a seguirla cuando su madre se giró y lo detuvo. A él se le estrujó el corazón al ver la desdicha y el terror reflejados en el rostro de la anciana mientras le miraba.

-Ojos gris claro -dijo la madre, en tono grave, casi lúgubre, asustado, señalando hacia la puerta abierta-, el párpado izquierdo un poco caído; cabello color lino, con un leve toque dorado; brazos blancos, con un poco de vello; manos de damisela, con un matiz rojizo bajo las uñas... ¡La dama del sueño, Isaac, la dama del sueño!

La leve duda que se había infiltrado en su alma y de la que nunca había podido librarse en presencia de Rebecca Murdoch, quedó resuelta para siempre. Así, pues, él había visto aquel rostro antes... exactamente siete años atrás, el día de su cumpleaños, en el dormitorio de la solitaria posada.

-¡Ten cuidado! ¡Hijo mío, ten cuidado! ¡Isaac, deja que se vaya, y quédate conmigo!
Algo oscureció la ventana de la salita cuando esas palabras fueron dichas. Un brusco escalofrío recorrió el cuerpo de Isaac, y miró de soslayo aquella sombra. Rebecca Murdoch había regresado. Estaba atisbando con curiosidad por encima del antepecho de la ventana.

-He prometido casarme, madre -dijo él-. Y debo cumplirlo.
Brotaron lágrimas de sus ojos mientras hablaba, que le nublaron la visión, pero pudo alcanzar a distinguir el rostro fatal afuera, alejándose de nuevo de la ventana. La madre abatió aún más la cabeza.
-¿Te sientes mal? -susurró él.
-Me siento deshecha, Isaac.
Este se inclinó sobre ella y la besó. La sombra, en el momento en que lo hacía, regresó a la ventana y el rostro fatal atisbó con curiosidad una vez más.

IV.
Tres semanas más tarde de aquel día Isaac y Rebecca fueron marido y mujer. Todo lo que había de tenacidad y obstinación sin esperanzas en la naturaleza moral del hombre parecía haberse constreñido alrededor de su fatal pasión, y haberla fijado de modo inalterable en su corazón. Después de la primera entrevista en la salita de la casita, ninguna consideración lograría convencer a la señora Scatchard de volver a ver a la esposa de su hijo, o incluso de hablar con ella cuando Isaac se esforzara por defender la causa de su mujer después de la boda. Esta conducta no estaba provocada de ningún modo por el descubrimiento de la degradación en que había vivido hasta entonces Rebecca. No era ésa la cuestión entre madre e hijo. La única cuestión estribaba en el terriblemente exacto parecido entre la mujer viva, de carne y hueso, y la mujer espectral del sueño de Isaac. Rebecca, por su parte, no sentía ni expresaba la menor pena ante el distanciamiento que existía entre ella y su suegra. Isaac, para preservar la paz, nunca había negado su primera idea acerca de que la vejez y la larga enfermedad habían afectado la mente de su madre. Incluso permitió a su esposa regañarlo por no habérselo confesado en la época del compromiso, en vez de arriesgarse a contarle la verdad. El sacrificio de su integridad ante su única e imperiosa ilusión le parecía algo sin importancia, y después de los sacrificios que ya había hecho le costó poco a su conciencia.

El momento de despertar de su ilusión -el instante cruel y lamentable- no estaba lejos. Tras unos meses de tranquila vida matrimonial, cuando finalizaba el verano y el año avanzaba hacia el mes de su cumpleaños, Isaac descubrió que su esposa cambiaba en el modo de tratarlo. Se tornó malhumorada y desdeñosa; entabló amistad con individuos del tipo más peligroso y a pesar de sus objeciones, amenazas, órdenes y ruegos, no pasó mucho tiempo sin que, después de cada nuevo altercado, ella aprendiera a buscar el olvido en la bebida. Poco a poco, después del primer deplorable descubrimiento de que su esposa mantenía tratos con borrachos, se impuso a Isaac la cruel certidumbre de que ella misma había llegado a ser una borracha. Isaac ya se encontraba en un triste estado de depresión desde un tiempo antes de que se presentaran estas calamidades conyugales. La salud de su madre, como podía advertir con meridiana claridad cada vez que iba a visitarla, empeoraba con rapidez, y él se recriminaba secretamente ser la causa del sufrimiento físico y mental que ella soportaba. Cuando a sus remordimientos en relación a su madre se añadió la vergüenza y la desdicha ocasionadas por el descubrimiento de la degradación de su mujer, se derrumbó bajo aquellas duras pruebas: su rostro empezó a cambiar con rapidez y pronto pareció un hombre con el alma rota.

Su madre, que luchaba con entereza contra la enfermedad que la iba acercando a la tumba, fue la primera en notar el triste cambio en su hijo, y la primera en conocer el último y peor problema con su nuera. El día en que Isaac le hizo la humillante confesión sólo pudo llorar con amargura, pero en la siguiente oportunidad en que la visitó, la anciana ya había tomado una resolución con respecto a las aflicciones que lo acosaban, una decisión que lo asombró e incluso lo alarmó. La encontró vestida para salir y cuando le preguntó el motivo, su madre le respondió de esta guisa:

-No me queda mucho tiempo de vida, Isaac, y no estaré tranquila en mi última hora a menos que haga todo lo posible para que mi hijo sea finalmente feliz. Voy a rechazar mis miedos y sentimientos, y acompañarte a ver a tu esposa y hacer lo que esté a mi alcance para que ella reaccione. Cógete de mi brazo, Isaac, y déjame hacer por ti lo último que me es dable antes de que sea demasiado tarde.

El no pudo negarse y caminaron juntos lentamente hacia su desdichado hogar. Era apenas la una de la tarde cuando llegaron a la casa donde él vivía. Era la hora del almuerzo y Rebecca estaba en la cocina, de modo que Isaac pudo llevar a su madre a la salita, y preparar luego a su esposa para la entrevista. Por fortuna, a esa hora del mediodía ella aún no había bebido mucho y estaba menos malhumorada y caprichosa que de costumbre. Así, Isaac pudo regresar junto a su madre con la mente razonablemente tranquila. Pronto entró su esposa en la salita y el encuentro entre ella y la señora Scatchard se desarrolló mejor de lo que él se había atrevido a pensar, aunque se dio cuenta, con secreta preocupación, que su madre, por más decidida que estuviera en controlarse en otros aspectos, no podía mirar a su nuera a la cara cuando le hablaba. Por lo tanto, fue un alivio para él cuando Rebecca empezó a tender el mantel sobre la mesa. Después trajo la tabla del pan y cortó una rebanada para su esposo, regresando a continuación a la cocina. En ese momento, Isaac, que aún vigilaba con ansiedad a su madre, se sobresaltó al ver en el rostro de la anciana el mismo cambio terrorífico que lo había alterado tanto en la mañana en que conoció a Rebecca. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, ella le susurró, aterrada:

-Llévame... llévame a casa, Isaac. Ven conmigo, y no regreses jamás.
Le daba miedo pedir una explicación; sólo pudo hacerle un gesto para que se callara, y ayudarla a alcanzar la puerta con rapidez. Cuando pasaron junto a la tabla del pan ella se detuvo y se la mostró.

-¿Viste con lo que cortó el pan tu esposa? -susurró en voz baja.
-No, mamá... No prestaba atención. ¿Con qué?
-¡Mira!
Lo hizo. Era una gran navaja nueva, con empuñadura de cuerno de gamo, que descansaba con la hogaza de pan sobre la tabla. El adelantó una mano temblorosa para cogerlo, pero en aquel instante se oyó ruido en la cocina y la madre le aferró el brazo.

-¡El cuchillo del sueño! Isaac, creo que voy a desmayarme. Vámonos antes de que ella vuelva.

Le costaba sostenerla. La realidad visible, tangible, del cuchillo lo llenaba de pánico y destruía por completo cualquier leve duda que hubiese podido tener hasta aquel momento en relación a la misteriosa advertencia onírica de casi ocho años atrás. Mediante un último esfuerzo sobrehumano, pudo controlarse lo suficiente para ayudar a salir a su madre de la casa con tanto sigilo que la «Dama del sueño» (ahora pensaba en su esposa dándole ese nombre) no los oyó irse desde la cocina.

-¡No vuelvas, Isaac... no lo hagas! -imploró la señora Scatchard, cuando él se dio vuelta para regresar, después de dejarla de nuevo sana y salva en su casita.
-Debo apoderarme del cuchillo -contestó el, en voz baja.

Su madre intentó detenerlo, pero él se apresuró a salir sin pronunciar otra palabra. Al llegar a su casa encontró que su esposa había notado la secreta partida de ambos. Había estado bebiendo y tenía un furioso ataque de ira. Había arrojado la comida bajo la rejilla del hogar; el mantel no estaba sobre la mesa de la salita. Pero, ¿dónde estaba el cuchillo? El lo pidió, tontamente. Ella se alegró ante la oportunidad que su petición le ofrecía para irritarlo.

-¿Así que él quiere el cuchillo? ¿Puede darle a ella un motivo? ¿No? Así, pues, no lo tendrá... ni aunque lo pida de rodillas.

Las recriminaciones posteriores pusieron a luz el hecho de que ella lo había comprado en una liquidación, y que lo consideraba de propiedad personal. Isaac comprendió la inutilidad de tratar de obtener la navaja por las buenas, y decidió que más tarde la buscaría, en secreto. Pero la búsqueda fue infructuosa. Llegó la noche y salió de la casa para caminar por las calles. A la sazón le daba miedo dormir en el mismo cuarto con ella. Transcurrieron tres semanas. Todavía furiosa con él, la mujer no quería darle el cuchillo; y él seguía dominado por el temor de dormir con ella en el mismo cuarto. Se paseaba de noche por las calles, o dormitaba en la salita o permanecía sentado junto al lecho de su madre. Antes de que finalizara la primera semana del nuevo mes su madre falleció. Faltaban apenas diez días para el cumpleaños de Isaac. Ella había anhelado vivir para el aniversario. Isaac estuvo presente en el instante de la muerte, y las últimas palabras de la anciana antes de expirar fueron para él:

-¡No vuelvas, hijo mío, no vuelvas!
Se vio obligado a volver, aunque sólo fuese para vigilar a su esposa. Exasperada ésta en extremo por la desconfianza que él le demostraba, había buscado vengativamente agregar un aguijón a su pena, en los últimos días de la enfermedad de su suegra, declarando que haría valer su derecho de asistir al entierro. A pesar de cuanto él pudo decir o hacer, ella se atuvo con malvada persistencia a lo prometido, y en el día señalado para el entierro impuso su presencia -avivada y descarada debido a la bebida- al esposo, y declaró que participaría del cortejo fúnebre hasta la tumba de la madre. Aquel ultraje final, seguido por todo lo que había de más insultante en su aspecto y conducta, lo enloqueció momentáneamente y la golpeó.

En cuanto hubo propinado el golpe se arrepintió. Ella se acurrucó, en silencio, en un rincón del cuarto, y lo miró fijamente; era una mirada que enfrió la sangre caliente de Isaac y le hizo temblar. Pero en aquel momento no tenía tiempo de pensar en un medio de hacer las paces. Sólo le quedaba arriesgarse a lo peor hasta que terminase la ceremonia religiosa. Sólo había un modo de sentirse seguro. La encerró con llave en su dormitorio. Cuando horas después regresó, la halló sentada, muy cambiada en su aspecto y actitud, junto a la cama, con un bulto sobre el regazo. Se puso de pie y lo encaró con serenidad, hablándole con una extraña calma en la voz, una extraña tranquilidad en los ojos, una extraña compostura en los modales.

-Ningún hombre me ha pegado dos veces -declaró-. Y mi esposo no tendrá una segunda oportunidad. Abre la puerta y déjame salir. A partir de ahora no volveremos a vernos.

Antes de que él pudiese contestar ella pasó por su lado y abandonó el cuarto. Isaac la contempló alejarse por la calle. ¿Volvería? Vigiló y aguardó durante toda la noche, pero no hubo sonido de pasos cerca de la casa. A la noche siguiente, agobiado por la fatiga, se acostó en la cama vestido, con la puerta cerrada con llave, ésta sobre la mesa, y con una vela prendida. Su sueño no se vio perturbado. Así transcurrieron la tercera, cuarta, quinta y sexta noche sin que nada ocurriera. En la séptima estaba acostado, igualmente vestido, todavía con la puerta cerrada con llave, la llave sobre la mesa y la vela encendida, aunque más tranquilo. Más tranquilo, pues, y en perfectas condiciones físicas, pronto se quedó dormido. Pero su descanso se vio turbado. Se despertó en dos ocasiones sin sensación de inquietud. Pero en la tercera tuvo la sensación del inolvidable escalofrío que había sentido en la noche de la posada solitaria, aquel terrible dolor punzante en el corazón, que una vez más lo despertó de repente.

Abrió los ojos hacia el lado izquierdo de la cama, y allí estaba... ¿Otra vez la Dama del sueño? ¡No! Su esposa; la realidad viviente, con el rostro espectral del sueño, con la actitud fantasmal del sueño; con el blanco brazo alzado, el cuchillo empuñado en la delicada mano blanca. Saltó casi en el mismo instante en que la vio, y sin embargo no fue lo suficientemente rápido para impedir que ella ocultara el cuchillo. Sin una palabra por parte de él, sin una exclamación por parte de ella, la inmovilizó en una silla. Le tanteó la manga con una mano y allí donde la Dama del sueño había ocultado el cuchillo, allí lo había escondido su esposa: el cuchillo con el mango de cuerno de gamo, de aspecto resplandeciente. En medio de la desesperación de aquel espantoso momento, su cerebro se mantenía sereno, y calmado su corazón. La miró fijamente con el cuchillo en la mano y dijo estas palabras finales:

-Dijiste que no volveríamos a vernos y has regresado. Ahora me toca a mí irme y lo haré para siempre. Digo que no volveremos a vernos, y no quebrantaré mi palabra.

La dejó y empezó a caminar en la noche. Afuera el viento era frío y el olor de la lluvia reciente saturaba el aire. La distante campana de una iglesia dio el cuarto de hora mientras él andaba con rapidez más allá de las últimas casas del suburbio. Preguntó al primer policía que encontró a qué hora correspondía el cuarto que acababa de sonar. El hombre consultó su propio reloj.

-A las dos.

Las dos de la mañana. ¿Qué día era el que acababa de empezar? Lo calculó a partir de la fecha del funeral de su madre. La correspondencia fatal era completa: ¡era su cumpleaños! ¿Había escapado del peligro mortal que el sueño le vaticinara, o sólo había recibido un segundo aviso? En cuanto esa ominosa duda se fijó en su mente, se detuvo, reflexionó y se dirigió de nuevo a la ciudad. Aunque estaba decidido a cumplir la palabra empeñada de que ella no le viera nunca más, se le había ocurrido la idea de hacerla vigilar y seguir. Tenía el cuchillo; el mundo se abría ante él, pero una nueva desconfianza hacia ella... un impreciso temor, indecible, supersticioso, lo había invadido. «Debo saber a dónde va, ahora que cree que la he dejado», se dijo, mientras se acercaba con paso cansino a su casa.

Todavía estaba a oscuras. El había dejado la vela encendida en el dormitorio, pero cuando atisbó por la ventana no vio luz. Se acercó sigilosamente a la puerta. Recordaba que al irse la había cerrado; al tantearla ahora, la encontró abierta. Esperó afuera, sin perder de vista la casa, hasta que amaneció. Entonces se atrevió a entrar; prestó atención y no oyó nada; inspeccionó la cocina, el lavadero y la salita, pero no encontró nada; finalmente, subió al dormitorio: estaba vacío. En el suelo había una ganzúa, que revelaba cómo había entrado la mujer por la noche, y ésa era la única huella que había dejado. ¿Adónde se había dirigido? No hubo nadie que pudiera decírselo. La oscuridad había ocultado su huida; y cuando amaneció nadie podía saber dónde estaba ella en aquel momento.

Antes de abandonar la casa y la ciudad para siempre, Isaac impartió instrucciones a un amigo y vecino para que vendiera los muebles por lo que pudiera conseguir y empleara la suma de la venta en contratar a un policía para que siguiera el rastro de su mujer. Las órdenes fueron cumplidas con toda honestidad y se gastó todo el dinero, pero las pesquisas no dieron resultado. La ganzúa del piso del dormitorio seguía siendo la única y última pista inútil de la Dama del sueño. A esta altura del relato el posadero hizo una pausa, y volviéndose hacia la ventana del cuarto en el que estábamos sentados, miró en dirección a los establos.

-Eso es cuanto me contaron -dijo-. Lo poco que falta lo sé por propia experiencia. Dos o tres meses después de los hechos que acabo de contarle, Isaac Scatchard me vino a ver, ajado y envejecido como usted lo ha visto hoy. Vino con sus referencias personales y me pidió un empleo. Sabiendo que tenía un lejano parentesco con mi esposa, lo tomé a prueba en consideración a esto, y me cayó bien a pesar de sus raras costumbres. Es tan sobrio, honesto y voluntarioso como pueda serlo cualquier hombre en Inglaterra. En cuanto a que se mantenga despierto durante la noche y duerma en los momentos de ocio del día, ¿quién puede asombrarse después de oír su historia? Además, nunca se opone a que se le despierte cuando se le necesita, así que no hay mucho de qué quejarse, al fin y al cabo.
-Supongo que teme que vuelva ese sueño espantoso, y despertar en la oscuridad, ¿no? -dije.
-No -rebatió el posadero-. El sueño se le ha repetido con tanta frecuencia que ahora lo soporta con resignación. Lo que lo mantiene despierto toda la noche es su esposa.
-¿Cómo? ¿Nunca se ha sabido de ella?
-Nunca. Isaac tiene un solo pensamiento constante con respecto a ella: que está viva y que lo busca. Creo que no se quedaría dormido a las dos de la mañana ni por todo el oro del mundo. Dice que esa es la hora en que ella lo encontrará cualquier día. Durante todo el año las dos de la mañana es la hora en que le gusta estar más seguro de que tiene la gran navaja en su poder. No le importa permanecer a solas siempre que esté despierto, salvo en la noche previa a su aniversario, cuando cree firmemente que su vida está en peligro. Desde que está aquí sólo ha pasado un cumpleaños y ese día se quedó sentado al fresco toda la noche. «Ella me está buscando», es todo cuanto dice cuando alguien le comenta de la única angustia de su vida: «Ella me está buscando». Tal vez tenga razón. Ella puede estar buscándolo. ¿Quién puede saberlo?
-¿Quién puede saberlo? -repetí.

La dama de la Granja Glenwith. Wilkie Collins (1824-1889)

Soy un pintor de retratos y mi experiencia en este arte, si no ha servido para más, al menos me ha permitido volcar mis habilida des en una gran variedad de usos. No sólo he pintado, fielmente, hombres, mujeres y niños sino que, también, lo hice con caballos, pe rros, casas y, en una ocasión, hasta con un toro, gloria y terror de la comarca y el mode lo más difícil de retratar que he conocido. El animal se llamaba, apropiadamente, "Relámpago y Trueno" y pertenecía a un ca ballero apellidado Garthwaite. Como escapé de ser corneado por el to ro antes de terminar mi cuadro, es, hasta ahora, difícil de entender por qué "Relámpago y Trueno" odiaba mi presencia como si considerara un insulto personal el mero hecho de quererlo retratar.

Una mañana, cuando ya tenía el cuadro a medio terminar, iba con Garthwaite cami no al establo, pero nos interceptó el admi nistrador de la Granja para informarnos que "Relámpago y Trueno" se hallaba en un pé simo estado de ánimo y que sería riesgoso para mí estar en su cercanía. Miré a Garthwaite que sonrió con aire resignado.

-No hay nada que hacer, sólo esperar hasta mañana. ¿Qué le parece si nos vamos a pescar, ya que mi toro nos da unas vacaciones?
Le respondí, con toda sinceridad, que nada conocía de pesca. Pero Garthwaite, que era un apasionado pescador, no se inti midaba ni ante la mayor de las excusas.
-Nunca es tarde para aprender -voci feró-. Haré de usted un pescador en poco tiempo, si me presta atención.
Como era imposible esgrimir más dis culpas, sin riesgo de parecer descortés, acepté su invitación.
-Le llevaré al mejor arroyo que hay en la vecindad. Llegaremos pronto hasta allí.

Me daba lo mismo si llegábamos tarde o temprano y si el arroyo era de lo mejor, pe ro hice lo posible por ocultar mis sentimien tos y traté de parecer alegre y muy ansioso de comenzar la práctica. Cuando estuvimos frente al arroyo, mi amigo se dedicó, de inmediato, a su tarea y yo pasé dos o tres horas placenteras engan chando mi chaleco, mi sombrero, mis pan talones y mis pulgares; era como si un de monio se hubiese posesionado de mi an zuelo. Por cierto, pescamos poco. En lo que a mí respecta, creo que los peces se engan chaban solos. Luego de un tiempo, Garthwaite co mentó que ya teníamos lo suficiente y me sugirió que le siguiera a otro lugar. Nos pu simos en marcha ribera abajo. Cuando habíamos caminado cierta dis tancia en silencio, bordeando el arroyo, Garthwaite dijo de repente:

-Aguarde un minuto. Tengo una idea. En vez de seguir por aquí, iremos a un lugar donde sé, por experiencia, que hay buena pesca. Y, además, le presentaré a una dama cuya apariencia será de sumo interés para usted y cuya historia, le puedo asegurar, es, aún, más extraordinaria.
-¿Puedo preguntarle por qué?
-Es una notable historia que tiene que ver con una familia arraigada en una man sión de estos alrededores. La dama se ape llida Welwyn, pero los pobres de por aquí la conocen como la Dama de la Granja Glenwith. Aguarde hasta que la vea antes de pedirme que le cuente más. Vive muy sola y soy el único visitante que recibe. Un amigo mío será bienvenido a la Granja (¡re cuerde el escenario de la historia!) por con sideración hacia mí que nunca abusé de mi privilegio. El lugar está a sólo dos millas de aquí y el arroyo cruza a través del campo.

Mientras marchábamos, el estado de ánimo de Garthwaite se alteró hasta el pun to de quedarse inusualmente silencioso y pensativo como si la mención del nombre de Welwyn le trajera recuerdos de algo. Co mo comprendí que hablarle de cosas coti dianas sería interrumpirle, sin sentido, sus pensamientos, caminé a su lado en comple to silencio, mientras buscaba, con impa ciencia, la vista de la Granja Glenwith. Llegamos, por fin, a una vieja iglesia, le vantada en las afueras de una bonita villa y, de inmediato, localizamos una puerta en medio de un muro que Garthwaite traspuso y comenzamos a seguir un sendero en di rección a una gran mansión. Era evidente que habíamos entrado por una puerta privada y que nos acercábamos al edificio por la parte posterior. Lo observé con curiosidad y vi, en una de las ventanas de la planta baja, a una niña que parecía tener nueve o diez años, mirándonos mientras avanzábamos. No pude dejar, ni por un mo mento, de observarla; su cutis fresco y su lar ga cabellera negra eran realmente hermosos. Pero había algo en su expresión, un vacío en sus grandes ojos, una sonrisa inmutable, sin significado, en sus labios abiertos, que no parecía concordar con todo lo que era atrac tivo en su rostro; me sentí defraudado y aun conmovido aunque no sabía decir por qué.

Garthwaite, que marchaba pensativo, con la vista clavada en el suelo, se volvió y miró hacia donde yo miraba, se detuvo un instante y tomándome del brazo, me susu rró con impaciencia.

-No comente que vimos a esa pobre criatura, cuando estemos delante de la seño rita Welwyn. Más tarde le contaré por qué.

Dimos la vuelta, de prisa, hacia el fren te de la casa. Era una mansión antigua, con un parque delante y, aunque el jardín estaba cubierto de flores, algo me deprimió. Cuando mi compañero tocó una campana ruidosa, de profundo gong, el sonido me sobresaltó co mo si estuviésemos cometiendo un crimen al perturbar el silencio; así que cuando un viejo criado abrió la puerta, apenas pude imaginarme que seríamos recibidos. Sin em bargo, fuimos admitidos sin la más leve de mora y percibí, de inmediato, en el interior, la misma atmósfera de quietud que existía afuera. No había perros que ladraban nues tra llegada ni se oían sirvientes ni ninguno de los usuales ajetreos domésticos que aca rrean las visitas inesperadas en el campo. El largo salón donde fuimos introducidos esta ba tan solitario como el hall de entrada. Sin decir palabra, Garthwaite se acercó a la ventana; proponiéndome no interferir, me guardé las preguntas pero lancé una mirada circular al salón para ver qué señales me proporcionaba sobre los hábitos y la personalidad de la propietaria de la casa. Dos estantes cubiertos de libros fueron los primeros objetos que me atraparon la atención y, cuando me acerqué a ellos, me sorprendió no hallar literatura contemporá nea; no había allí nada que fuere actual. Cualquier libro de los que hojeara, había si do escrito quince o veinte años antes. Todos los cuadros que colgaban de las paredes eran reproducciones de viejos maestros; lo más moderno que poseía el anaquel de mú sica eran composiciones de Haydn y Mo zart. Y todo lo que examiné, me indicó lo mismo. El propietario de esas partituras vi vía en el pasado, vivía entre viejas memo rias y viejas asociaciones. Mientras estos pensamientos cruzaban por mi mente, se abrió una puerta y apare ció la dama. Por cierto, ya había desapare cido su juventud, parecía más vieja de lo que realmente era, como después descubrí.

Pero no recuerdo haber visto en otro rostro, esa permanencia de la belleza de los tem pranos años, como lo vi en ella. La pena, evidentemente, había atravesado ese rostro puro y calmo que tenía delante, pero le ha bía dejado resignación. Su expresión era, todavía, juvenil y fue sólo cuando observé su cabello que crecía blanquecino, sus ma nos delgadas, las tenues huellas alrededor de su boca y la triste serenidad de sus ojos, que advertí la señal de la edad; más que eso: la marca de alguna gran tristeza que se resistía a ser vencida. Incluso desde su voz, podía advertirse que había atravesado penurias en algún momento de su vida. Y que le pusieron a prueba esa noble naturaleza indoblegable. Se saludó con Garthwaite como si fue ran hermanos y era notorio que se conocían desde muy largo tiempo. Nuestra visita fue breve y la conversa ción se mantuvo en un tono general, así que el juicio sobre la señorita Welwyn lo formé, más por lo que vi que por lo que oí. Me in teresó tan vivamente la mujer, que me sen tía reacio a abandonar la casa, cuando nos levantamos para partir. Aunque su trato pa ra conmigo, no pudo ser más cordial y bon dadoso, percibí que le costaba cierto esfuer zo reprimir, en mi presencia, la tristeza que parecía, a menudo, aflorarle.

Tan pronto como dejamos a la señorita Welwyn, ya en camino hacia el arroyo, dentro de sus campos, le manifesté a Garthwaite que la impresión que me produjo la dama era tan honda que debía hacerle va rias preguntas con respecto a ella; omití preguntarle sobre la pequeña niña que vi en la ventana trasera. El me respondió que su historia respondería a todos mis interrogan tes y que comenzaría a contarla apenas es tuviésemos instalados para pescar. Marchamos unos cinco minutos hasta llegar al borde del arroyo y, mientras me permitía admirar el paisaje, Garthwaite se ocupó de los preparativos de la pesca. Lue go de ordenarme que me sentara a su lado, por fin satisfizo mi curiosidad y comenzó a contar su historia, que la relataré en su pro pio estilo y, tanto como me sea posible, con sus propias palabras.

II.
He sido amigo de la señorita Welwyn durante mucho tiempo para jurarle la ver dad de lo que, ahora, estoy a punto de con tarle, tanto como que conocí a su padre y a su joven hermana Rosamund y estuve rela cionado con el francés que llegó a ser su cuñado. Estas son las personas de las que le hablaré y los personajes principales de mi historia. El padre de la señorita Welwyn murió hace unos años, pero lo recuerdo muy bien aunque nunca despertó en mí ni en nadie que lo hubiese conocido, el más leve senti miento de interés. Cuando le digo que recibió de su padre una fortuna muy grande, ganada a través de especulaciones riesgosas y afortunadas, que compró una mansión con el objeto de elevar su posición social, sospecho que le estoy diciendo tanto acer ca de él como a usted le interesaría oír. Era un hombre bastante vulgar, sin gran des virtudes y sin grandes vicios. Cuando le enumero que tenía un pequeño corazón, una mente débil, un temperamento cordial, una talla alta y un rostro agradable, le digo más de lo que necesita decirse sobre la per sonalidad de Welwyn. Debo haber visto muy a menudo, cuan do era pequeño, a la señora Welwyn, pero no le puedo decir que la recuerde, salvo que era alta, buena moza y muy generosa y llena de bondad cuando estaba en su com pañía. Superior a su esposo en todo; era gran lectora de libros en varios idiomas y su talento musical se lo recuerda todavía en las fincas rurales de la región.

Oí que sus amigos se sintieron defrau dados cuando se casó con Welwyn, rico y todo como era; y, luego, se sintieron sor prendidos de que preservara, al menos, la apariencia de ser perfectamente feliz con su esposo, quien, por cerebro y por corazón, no era digno de ella. La mayoría supuso (y creo correctamen te) que ella halló su gran felicidad y su gran consuelo en su pequeña hija Ida, la dama de la cual, hace un momento, nos separamos. Desde los primeros pasos, la niña se pa reció a su madre, heredando su gusto por los libros, su amor por la música y, por so bre todo, su serena firmeza, paciencia y bondad; desde los primeros años de Ida, la señora Welwyn se encargó de su educa ción. Era raro verlas separadas y los vecinos y amigos comentaban que la niña tenía una maestra esmerada, cosa no muy común en tre los otros niños que, solamente, alcanza ban una enseñanza práctica; también decían que su imaginación, de la que poseía más que una buena parte, era demasiado estimulada. Existía alguna verdad en esto; y habría sido más si Ida hubiera tenido una persona lidad común o se le hubiese reservado un destino vulgar. Pero, desde el principio, fue una niña extraña y le estaba reservado un destino, también, extraño.

Cuando Ida alcanzó los once años, era la única niña de la familia pero, poco des pués de su cumpleaños, nació su hermana Rosamund. Aunque la señora Welwyn que ría un hijo, todos, sin lugar a dudas, se sin tieron complacidos con la llegada de esta segunda hija, pero toda esa felicidad se convirtió en tristeza, cuando pocos meses después, la señora Welwyn falleció. El señor Welwyn, que estaba realmente enamorado de ella y que sufrió tanto como un hombre puede sufrir, no fue lo suficien temente fuerte como para permanecer en el lecho de muerte de su esposa, así que las últimas palabras de la mujer no fueron pro nunciadas a su esposo sino a su niña, quien, desde el comienzo de la enfermedad, per maneció con ella, hablándole esporádica mente, sin mostrar nunca temor ni pena, salvo cuando se hallaba lejos de su vista. Cuando falleció y el señor Welwyn, in capaz de hacer acto de presencia en la ca sa mortuoria a tiempo para el funeral de su esposa, dejó el hogar y se fue a vivir con uno de sus parientes, en un lugar distante de Inglaterra, Ida, a quien él quiso llevar consigo, solicitó quedarse. "Antes de morir, le prometí a mamá que sería tan buena para mi pequeña hermana Rosamund como ella fue para conmigo" di jo, con simpleza, la niña. "Ella me pidió, a cambio, que me quedara y asistiera a su en tierro".

Sucedió que se hallaban presentes un amigo de la señora y un viejo criado de la familia, que comprendieron a Ida mucho más que su propio padre y le persuadieron de que no se la llevara. He oído a mi madre comentar que el as pecto de la niña en los funerales fue algo que no podía recordar sin que las lágrimas vinieran a sus ojos y no lo pudo olvidar has ta el último día de su vida. Me veo acompa ñando a mi madre, de visita a la vieja casa. Era un verano que estaba de vacaciones. Como era una mañana radiante y no había nadie en el interior, caminamos por el jar dín. Cuando nos acercamos al parque, vi, en primer término, a una joven vestida de negro que leía, sentada en un banco; luego, una pequeña, también de luto, que se mo vía lentamente sobre el césped hacia noso tros, llevando consigo a un bebé al que tra taba de enseñarle a caminar. Me miró, era tan niña para ocuparse de esos menesteres, que me detuve preguntán dole a mi madre quién era. La respuesta fue la triste historia que le acabo de referir. Hacía tres meses del entierro de la señora Welwyn y, de un modo infantil, Ida intentaba, como había prometido, ocupar el lugar de su madre en la vida de su pequeña hermana. Le menciono sólo este simple incidente porque es necesario, antes de continuar, que usted conozca en qué estrecha relación se maneja ron las hermanas, desde un principio. De todas las últimas palabras que la se ñora Welwyn le comunicara a su hija, nin guna fue tan a menudo repetida como aquellas que le encomendaban el amor y el cuidado hacia la pequeña Rosamund. Para algunas personas, la confianza que la moribunda depositó en una niña de escasos once años, era una prueba de ese deseo des valido que se adhiere como consuelo ante la impotencia que provoca la llegada de la muerte. Y la confianza no fue defraudada. To da su existencia futura fue una noble prueba de que ella era acreedora a esa fe de la mori bunda. En esa simple escena que le narré, es tá reflejada la nueva vida de las dos hermanas.

Pasó el tiempo, dejé la escuela, viajé a Alemania y permanecí allí algunos años pa ra estudiar el idioma. En cada intervalo, re gresaba a mi hogar y preguntaba por los Welwyn; la respuesta era siempre la misma. Que el señor Welwyn se divertía ofreciendo recepciones y que sus dos hijas nunca se se paraban; que Ida seguía siendo la misma muchacha extraña y serena que siempre ha bía sido y que continuaba actuando como madre para Rosamund. Fui ocasionalmente a la Granja, cuando andaba por los alrededores, y pude compro bar la exactitud del género de vida que me habían pintado. Cuando Rosamund tenía cuatro o cinco años, Ida parecía más su ma dre que su hermana. Era paciente en sus lec ciones, ansiosa por ocultar cualquier fatiga que pudiese sobrevenirle en su compañía, or gullosa cuando la belleza de Rosamund era advertida y tan presta a conocer y atender to do lo que Rosamund hacía o decía, que era diferente a cualquier hermana mayor. Recuerdo cuando Rosamund se acercaba a su condición de mujer y estaba de gran áni mo con la idea de pasar algún tiempo en Londres. Era muy hermosa para esa época, mucho más elegante que Ida y, aunque todos en la comarca la conocían, pocos de los que admiraban su danza, su canto, sus pinturas y que se deleitaban al saber que ella hablaba francés y alemán, estaban al tanto de lo mu cho que ella le debía, no a sus maestros sino a su hermana mayor. Fue Ida quien realmen te encontró la manera de enseñarle y quien le ayudaba en todas sus dificultades. Aunque Rosamund no era desagradeci da, había heredado mucho del carácter de su padre y llegó a estar tan acostumbrada a deberle todo a su hermana que, nunca, apreció como correspondía, el profundo amor del que era objeto y, cuando Ida re chazó dos buenas propuestas de matrimo nio, Rosamund se sintió más sorprendida que nadie, asombrándose de que su herma na deseara permanecer soltera.

Cuando se concretó el viaje a Londres, del que le hablé, Ida acompañó a su padre y a su hermana, aunque si hubiera sido por ella, no habría ido; pero Rosamund mani festó que se sentiría perdida e indefensa en la ciudad, sin su presencia. Ida estaba siempre dispuesta a hacer lo que fuera por ella, así que fue a Londres, encantada de admirar todos los pequeños triunfos logrados por su belleza, oyendo sin cansarse lo que decían de su Rosamund. Al final del verano, el señor Welwyn y sus hijas regresaron por un corto tiempo al campo, luego dejaron la casa para pasar el último período del otoño y el comienzo del invierno en París. Llevaron excelentes cartas de presentación y frecuentaron una muestra importante de la mejor sociedad parisina. En una de las primeras fiestas a las que concu rrieron, toda la conversación recayó sobre la conducta de un cierto noble francés, el Ba rón Franval, que volvía a su país natal luego de una prolongada ausencia, acontecimien to que absorbía la atención de todos los pre sentes. Un amigo les refirió al señor Welwyn y a sus hijas quién era Franval. El Barón, que heredara muy poco de su padre, salvo su alto rango, se encontró, a la muerte de su progenitor, que él y sus dos her manas solteras tenían escasamente para vivir. Era, entonces, un joven de veintitrés años que al serle imposible obtener una ocupa ción, decidió abandonar Francia y dedicarse al comercio. Como se le ofreció, inesperada mente, una oportunidad, dejó a sus herma nas al cuidado de un viejo pariente de la fa milia en su castillo de Normandía y zarpó a las Indias Occidentales; extendió más tarde sus viajes por toda Sudamérica.

Después de quince años de ausencia, regresaba a Francia con una gran fortuna; su espíritu independiente y su generosa de voción por el honor familiar y la felicidad de sus hermanas, eran admirados por todos, aun antes de su arribo a París. Los Welwyn oyeron la historia con mu cho interés; Rosamund, que era muy ro mántica, se sintió atraída por ella y comen tó que estaba ansiosa por conocer al Barón. Franval llegó a París, le fue presentado a los Welwyn, se encontró asiduamente con ellos, no causó buena impresión en Ida pero se ganó el cariño de Rosamund desde el prin cipio y fue recibido con tan alta aprobación por su padre que, cuando insinuó visitar Ingla terra en primavera, fue invitado cordialmente a pasar algún tiempo en la Granja Glenwith. Llegué de Alemania para la época en que los Welwyn retornaban de París y, de inme diato, me propuse reanudar mi amistad con la familia. Sentía mucho cariño por Ida, oí la historia del Barón y, cuando me lo presenta ron, me produjo una impresión tan desfavo rable como la que le produjera a ella. No podría decir por qué me disgustaba; era, en realidad, un hombre educado y can taba notablemente bien. Estas dos cualida des eran más que suficientes para atraer a una muchacha del temperamento de Rosamund y jamás me sorprendió que él lograra sus favores. También contaba con la aceptación del padre, porque el Barón era un excelente ji nete y como hablaba correctamente inglés y tendía a imitar los usos y costumbres del país, el señor Welwyn entendía que seme jante caballero era digno de consideración. Le digo que me disgustaba sin poder darle una razón de mi disgusto. Aunque siempre era muy cortés conmigo y, a menu do, cabalgábamos juntos y nos sentábamos a la mesa muy cerca uno del otro, nunca pude llegar a ser su amigo. Siempre me dio la impresión de un hombre que tenía algu na reserva mental aun cuando expresara las cosas más triviales y, de continuo, tenía un dominio de sí que parecía acompañar sus palabras más frívolas. Esto, no obstante, no era motivo para mi secreta antipatía.
Ida me lo dijo, recuerdo, cuando le con fesé mis sentimientos hacia el Barón y trató, en la intimidad, de referirme lo que ella pensaba. No quiso oponerse a la elección de Rosamund y asistía al crecimiento de esa relación con un temor que trataba en vano de ocultar.

Hasta su padre se dio cuenta de que ella no era feliz y comenzó a sospechar el moti vo. Recuerdo que bromeó, con toda la irre flexión de un hombre necio, comentando que Ida siempre se celaba desde niña si su hermana miraba a alguien que no fuera ella misma. El verano comenzó a suplantar a la pri mavera, Franval visitó Londres y regresó a la Granja. Demoró su partida a Francia y, al fin, se le declaró a Rosamund y fue acepta do. Dada su posición, los arreglos de todo lo concerniente a la boda parecieron ser muy satisfactorios. El único rostro triste en la Granja era el de Ida. Por un momento, fue penoso para ella ocupar el segundo lugar en el corazón de su hermana, pero el disgusto secreto y la descon fianza que sentía hacia Franval, ante la idea de que, pronto, sería el esposo de su hermana, la llenó de un vago sentimiento de temor que no podía explicarse y que, además, debía mante ner oculto. Una sola cosa la consolaba: Rosamund y ella no se separarían. Sabía que el Ba rón sentía, íntimamente hacia ella, la misma aversión; intuía que cuando fuera a vivir con su cuñado, tendría que decir adiós a la por ción más feliz y espléndida de su vida, pero debido a la promesa que le había hecho años atrás a su madre, nunca dudó y cuando Rosa mund le comentó que deseaba que fuera a vi vir con ella para que la ayudase, aceptó.
El Barón era demasiado educado como hombre para parecer molesto cuando se en teró de estos arreglos. Y así fue como quedó convenido, desde un principio, que Ida iría a vivir con su hermana.

III.
La boda se llevó a cabo en verano y los novios pasaron su luna de miel en Cumberland. Cuando regresaron a la Granja, se ha bló de una visita a las hermanas del Barón en Normandía, pero esta tuvo que ser apla zada a último momento por el repentino fa llecimiento del señor Welwyn. Aunque la visita fue sólo propuesta, cuando llegó la fecha de efectuarla, el Ba rón fue renuente a dejar la Granja, porque no quiso abandonar la temporada de caza. Cada vez, parecía menos inclinado, a medida que pasaba el tiempo, a ir a Nor mandía y escribía excusas tras excusas a sus hermanas cuando llegaban las cartas ur giéndole a cumplir la prometida visita. En invierno, comentó que no permitiría que su esposa se arriesgara a un largo viaje; en primavera, que su salud no era muy bue na; y en el verano próximo, que ya no era posible porque la Baronesa esperaba ser madre. Esas fueron las excusas que Franval les enviaba a sus hermanas en Francia.
El matrimonio fue, en el más estricto sentido del término, feliz ya que el Barón, aunque nunca perdió la extraña reserva de sus modales, era en un estilo peculiar y se reno, el más afectuoso y atento de los mari dos. Iba, en ocasiones, a la ciudad por sus negocios, pero parecía dichoso de retornar a la Baronesa; era cortés con su cuñada y se conducía con deferente hospitalidad hacia todos los amigos de los Welwyn.

En síntesis, justificaba ampliamente la buena opinión que Rosamund y su padre se formaran de él cuando le conocieron en París. Ni siquiera estas cualidades de su carác ter tranquilizaron por entero a Ida y aunque los meses se sucedieron placenteros, esa se creta tristeza, esa aprensión irracional sobre la situación de Rosamund, pendía pesada mente sobre su hermana. Al comienzo de los meses de verano, sucedió un pequeño inconveniente domés tico, que le indicó a la Baronesa por prime ra vez, que el temperamento de su esposo podía ser afectado seriamente por la más le ve tontería. El Barón tenía el hábito de reci bir dos periódicos franceses, uno publicado en Burdeos y el otro en el Havre y siempre los abría en cuanto llegaban, leía por unos minutos con profunda atención una colum na en particular de cada uno de ellos y lue go, como distraídamente, los arrojaba al cesto de papeles. Su esposa y su cuñada, en los primeros tiempos, se sorprendieron del modo en que los leía, pero no le dieron más importancia al hecho cuando les explicó que los recibía para consultar las noticias comerciales de Francia, que podían, esporádicamente, ser de interés para él. Estos periódicos se editaban semanal mente. En la ocasión a la que me refiero, el periódico de Burdeos llegó puntualmente como siempre, pero el del Havre no apare ció. Esta circunstancia banal afectó seria mente al Barón que escribió, de inmediato, a la oficina de correos y al corresponsal del periódico en Londres.

Cuando su esposa, sorprendida por su in tranquilidad, trató de cambiarle su malhumor, bromeando acerca del periódico extraviado, él le respondió con las palabras más duras que ella le había oído. Y, para ese tiempo, ella ya no estaba en condiciones de recibir expresio nes hostiles de nadie y menos de su esposo. Pasaron dos días sin que recibiera res puesta a su reclamo y, en la tarde del tercer día, el Barón cabalgó hasta la oficina de co rreos para averiguar. Una hora después de su partida, un ca ballero desconocido llegó a la Granja y preguntó por la Baronesa. Al ser notificado que ella no se sentía en condiciones de recibir visitas, le envió un mensaje donde le trans mitía que su presencia era de suma impor tancia y que aguardaría abajo, por una se gunda respuesta. Cuando recibió este mensaje, Rosa mund recurrió, como siempre, al consejo de su hermana mayor y esta fue, de inme diato, a entrevistarse con el extraño. Lo que estoy capacitado de referirle acer ca de esa extraordinaria entrevista y de los te rribles acontecimientos posteriores, lo he oído de los propios labios de la señorita Welwyn.

Ella se encontraba nerviosa cuando en tró al salón; el desconocido la saludó con cortesía y le preguntó, con acento extranje ro, si era la Baronesa. Ida le corrigió y le ex presó que velaba por todos los asuntos de su hermana, agregando que si la entrevista concernía a las cuestiones de su cuñado, es te no se hallaba en ese momento en la casa. El extranjero le respondió que estaba enterado de ello cuando arribó y que la vi sita ingrata que lo traía no debía ser confia da al Barón, al menos por ahora. Cuando le preguntó por qué, le dijo que él estaba allí para explicarle, expresándole que se sentía muy aliviado de poder confesarle es te asunto a ella, que estaría mejor preparada que su hermana para las malas noticias que, infortunadamente, se veía obligado a traer. El repentino desfallecimiento que le so brevino cuando escuchó estas palabras, le impidió responder. El extranjero sirvió un poco de agua de una botella, que estaba so bre la mesa, y le dio a beber, interrogándo la sobre si se sentía con fuerzas para oír lo que tenía que confiarle. Extrajo de su bolsillo un periódico ex tranjero, mientras le explicaba que era un agente secreto de la policía francesa y que el periódico era el "Havre Journal" de la se mana pasada; había evitado que se le enviara al Barón como siempre. Lo abrió y le pidió que leyera ciertas líneas que le darían una pista del asunto por el cual estaba allí, señalándole la parte mientras le hablaba.

Las líneas en cuestión se referían a "entra das de barcos" y decían: "arribó el 'Berenice' desde San Francisco con un valioso carga mento de pieles. Trae un solo pasajero, el Ba rón Franval, del Castillo Franval, en Norman día". Cuando la señorita Welwyn leyó esto, su corazón se paralizó y comenzó a temblar aunque era una tarde calurosa de junio. El vi sitante le dio a beber más agua y le preguntó cordialmente si tenía valor para escucharle, se sentó y volvió a referirse al periódico; cada palabra que él pronunció, se le grabó, para siempre, en su memoria y en su corazón.

-No hay ningún error -le dijo- acerca del nombre que figura en esa línea que ha leí do y es tan cierto como que nosotros estamos aquí, que hay un solo Barón Franval con vida. La cuestión es cuál de los dos es el verdadero

Barón, el pasajero del "Berenice" o el esposo de su hermana. Las señoras del Castillo no le creyeron al pasajero que arribó a el Havre la última semana, cuando les dijo que él era el Barón, así que la policía fue notificada y, de inmediato, salí de París. No perdimos tiempo en interrogar al hombre. Estaba extremada mente furioso. Encontramos que tenía un ex traordinario parecido con el Barón y que esta ba familiarizado con las personas y los lugares cercanos al Castillo; entonces, le hablamos a las autoridades locales y examinamos en se creto los prontuarios de personajes sospecho sos. Uno de estos decía lo siguiente: "Héctor Augusto Mombrum, hijo de un respetable propietario de Normandía, bien educado, buenos modales; en malas relaciones con su familia. Carácter intrépido, astuto, inescrupuloso, aplomado. Puede ser reconocido fácil mente por su parecido con el Barón Franval. Condenado a veinte años por robo".

La señorita Welwyn notó que el hombre la observaba para ver si podía seguir escuchándole. Este le preguntó, no sin cierta alar ma, si quería que le sirviera más agua. Ida só lo atinó a negar con su cabeza. El hombre sa có un segundo papel de un anotador. La próxima entrada, bajo el mismo nombre, era de cuatro años más tarde y de cía así: "Héctor Augusto Mombrum, conde nado a cadena perpetua por asesinato y otros delitos. Escapó en Tolón. Se sabe que se dejó crecer la barba y usa su cabello lar go con la intención de que sea imposible descubrirlo por aquellos que pueden dar aviso en su provincia natal al reconocerle su parecido con el Barón Franval". Había otros detalles agregados, pero ninguno de gran importancia.

-De inmediato, examinamos al su puesto impostor -explicó el agente fran cés-. Sabíamos que si él era Mombrum, encontraríamos en su hombro las letras "T.F." que significan "Trabajos Forzados". Como no hallamos nada, intercepté los nú meros del "Havre Journal" de esa semana que iba a ser enviado al corresponsal de Londres. Llegué al Havre el sábado y, de in mediato, me llegué hasta aquí.

Continuó hablando, pero ya la señorita Welwyn dejó de escucharle. Su primera sensación, al retornarle la conciencia, fue el agua sobre su rostro y ob servó que todas las ventanas del salón esta ban abiertas para que le llegara aire y que ella y el hombre aún seguían solos. En un primer instante, ella lo desconoció, pero de inmediato, le vinieron a la mente las crueles realidades que le habían llevado has ta allí y después de disculparse por no haber pedido ayuda cuando ella se desmayó, le di jo que era vital que nadie en la casa, duran te la ausencia de Franval, imaginara que al go anormal estaba sucediendo. Agregó que no aumentaría su angustia refiriéndole más, dejaría que se recobrara para considerar cuál era la mejor forma de tratarlo con la Barone sa; él regresaría a la casa, en secreto, entre las ocho y nueve de esa noche, listo para ac tuar cuando la señorita Welwyn lo deseara y darle a ella y a su hermana la ayuda y pro tección que pudieran necesitar. Luego de manifestar estas palabras, inclinó su cabeza y, en silencio, abandonó la habitación. En los primeros minutos, penosos cuan do se quedó sola, Ida permaneció sentada, indefensa y sin habla. Después, una clase de instinto le pareció decirle que debía ocultar esas noticias espantosas a su herma na, tanto como le fuera posible. Corrió a las habitaciones de Rosamund y le comentó, a través de la puerta (ya que no confiaba en arriesgarse ante la presencia de su hermana) que el visitante había venido por unos asun tos legales del padre y que se iba a encerrar para escribir unas cartas extensas acerca de ello. Cuando entró en su propio cuarto, no tuvo conciencia de cuánto tiempo pasó sin tiéndose vacía, salvo por una esperanza desvalida de que la policía francesa estuvie se cometiendo algún error.

Un poco después del crepúsculo, oyó llover. El ruido de la lluvia y la frescura que trajo en el aire, pareció despertarla de un pavoroso sueño y, al retornar su razón, se sintió aterrorizada cuando el recuerdo de Rosamund vino a ella; su memoria regresó al día del fallecimiento de su madre y a la promesa que hiciera en su lecho de muerte. Estalló en lágrimas que la desgarraron, lue go oyó los cascos de un caballo y supo que su cuñado había vuelto; abandonó, enton ces, el cuarto y fue hacia el de su hermana. Por fortuna, la habitación de su hermana estaba escasamente iluminada. Antes de que pudieran intercambiar dos palabras, Franval, al que se le veía muy irritado, entró diciendo que había esperado el arribo del correo y el periódico no vino en él; que se hallaba em papado y creía haberse resfriado. Su esposa le sugirió alguna medicina, pero él la interrumpió rudamente diciéndole que no quería nin gún remedio, sólo irse a la cama. Y las aban donó sin decir otra palabra.

Rosamund se llevó un pañuelo a los ojos.
-Cómo ha cambiado -le dijo, suave mente, a su hermana.

Estuvieron en silencio por más de media hora hasta que Rosamund se levantó para ir a ver cómo estaba su esposo. Regresó expli cando que dormía y que esperaba se des pertara bien en la mañana. El reloj dio las nueve. Ida, al oír los pa sos del criado en la escalera, se reunió con él para recibir la noticia de que el policía la esperaba abajo. Cuando él le preguntó si ella le había comentado algo a su hermana o si había pensado algún plan de acción, le contestó negativamente y le contó que el Barón ha bía regresado a la casa, cansado y enfermo y se había ido a dormir. El agente, con ansiedad, le susurró si ella sabía que se hallaba solo y durmiendo. Al recibir su respuesta, le dijo que debía ir a su habitación, de inmediato. De nuevo, se sintió desfallecer, pero él le explicó que si no utilizaba esta oportunidad inesperada, podía tener resultados fatales. Le recordó que si el Barón era, en realidad, Mombrum, la sociedad le reclamaba y, también la justicia, y que si no lo era, el plan para llegar, de inmediato, a la verdad defendería a un ino cente de sospechas y al mismo tiempo le aho rraría al Barón el hecho de saberse sospechado. Este último argumento surtió efecto sobre la señorita Welwyn. La débil esperanza de que las autoridades francesas estuvieran en un error, le permitió al agente seguirla al piso superior, donde le señaló la puerta. El tomó la lámpara de su mano, abrió con suavidad y entró al cuarto, dejando la puerta abierta.

Ida miró a través de la puerta y vio que Franval yacía de costado, sumido en un profundo sueño, con su espalda vuelta ha cia ellos. En silencio, el agente colocó la lámpara sobre una pequeña mesa de lectu ra, apartó un poco las ropas de cama, tomó un par de tijeras y con mucha suavidad y lentitud, comenzó a cortar la porción de ca misón que le cubría los hombros. Cuando la parte superior de su espalda quedó des cubierta, el agente tomó la lámpara y la mantuvo cerca de su piel. La señorita Welwyn le oyó exclamar al go por lo bajo, luego se volvió hacia donde ella estaba y le hizo una señal para que se acercara. Ida se acercó a la cama y miró ha cia donde le indicaba. Allí, muy visible a la luz de la lámpara, se hallaban las letras "T.F." sobre el hombro.

Aunque no pudo moverse ni hablar, el horror de este descubrimiento no le hizo perder, de nuevo, el sentido y observó có mo el agente extendía las ropas de cama y retiraba las tijeras. Percibió que él la sacaba rápidamente del dormitorio y la ayudaba a llegar a la planta baja. Cuando estuvieron, otra vez, solos, le dijo, por primera vez con muestras de agitación.

-Ahora, señora, por amor de Dios, sea valiente y déjese guiar por mí. Usted y su hermana deben abandonar la casa de inme diato. ¿No tienen algún familiar en los alre dedores donde puedan refugiarse?
-No tenían.
-¿Cuál es el pueblo más cercano don de puedan pasar la noche?
Era Harleybrook.
-¿A qué distancia está? Doce millas.
-Es mejor que tomen un carruaje ense guida, con la menor demora posible -co mentó.- Déjeme que yo pase aquí la noche. Me comunicaré con usted por la mañana en el hotel principal. ¿Puede realizar estos pre parativos con el criado, si yo le llamo y usted le dice que debe obedecer mis órdenes?

El sirviente recibió sus indicaciones, sa lió con el agente para vigilar que el carruaje se preparase rápida y silenciosamente y la señorita Welwyn subió a ver a su hermana. Cómo las noticias terribles destrozaron a Rosamund, no puedo relatarlo. Ida no me lo contó ni le dijo nunca a nadie lo que su cedió entre ella y su hermana esa noche. No le puedo describir el shock que ambas mujeres sufrieron, excepto que la más joven y débil murió a causa de ello; que la mayor y más fuerte nunca se ha recobrado ni se recobrará. Rosamund murió muy poco después del nacimiento de su hija, pero la niña nació con vida y vive aún. Usted la vio en la ventana cuando llegamos y yo le sorprendí, me atre vo a creerlo, al rogarle que no le hablara de ella a la señorita Welwyn. También habrá notado un vacío en la expresión de la niña y temo creer que su mente también está vacía. Seguramente, querrá saber qué sucedió en la Granja Glenwith, luego que las dos hermanas partieron. He leído la carta que el agente de la policía envió a Ida a la maña na siguiente; y haciendo memoria, le relata ré todo lo que desea conocer. Primero, sobre el pasado de Mombrum, debo decirle que era el preso fugado; por largos años, había burlado a la policía de toda Europa y América. Aunque tuvo éxito en el robo de fuertes sumas de dinero, ha bría sido capturado, al regresar a Francia, si no hubiese contado con la fortuna de ha cerles creer a todos que era el Barón Franval. Si el Barón Franval hubiera muerto en el exterior, tenía todas las probabilidades de no haber sido descubierto jamás.

Además de su extraordinario parecido con el Barón, tenía todo lo que se necesita ba para llevar a cabo su engaño. Aunque sus padres no eran ricos, había recibido buena educación y sus primeros años los había pasado en las proximidades del Cas tillo de Franval. Conocía cómo vivía el Ba rón, había residido en el país hacia donde el Barón emigrara, le era fácil referirse a personas y lugares que estaban relaciona dos con el Barón y, por último, tenía la ex cusa de haber pasado quince años en el ex terior, si deslizaba algún ligero error ante sus "hermanas". No es necesario que le di ga que el auténtico Barón fue acogido de inmediato, y recibido con todos los honores por su familia. De acuerdo al propio relato de Mombrum, se había casado con la pobre Rosa mund, puramente por amor. La delicada e inocente muchacha le había encandilado y la vida serena y fácil en la Granja le com placía, por contrastar con su existencia pe ligrosa del pasado. Lo que hubiera sucedido si él se hubiese cansado de su esposa y de su hogar inglés, no lo sabemos. Lo que aconteció la mañana siguiente a la partida de su esposa y su cuñada, se puede contar en pocas palabras.

Tan pronto como los ojos de Mombrum se abrieron, se encontraron con el policía sentado muy cerca de su cama, con una pis tola en su mano. Supo, de inmediato, que había sido descubierto pero ni por un instan te perdió la compostura, por la que era fa moso. Declaró que deseaba cinco minutos pa ra considerar seriamente si resistiría a las autoridades francesas en tierra inglesa y así ganar tiempo, obligando a un gobierno a solicitar la extradición al otro o si aceptaría los términos oficialmente ofrecidos por el agente, si permitía ser arrestado en secreto. Eligió la última opción; se pensó que elegía esta porque supuso que podría esca par cuando se le antojara. Cualesquiera que fueran sus motivos, dejó que el agente le sa cara, apaciblemente, de la Granja.

No pasó mucho tiempo sin que su suer te le sorprendiera, porque trató de escapar de nuevo y, como se aguardaba que lo hi ciera, fue baleado mientras hacía el intento. Recuerdo haber oído que la bala le entró por la cabeza y lo mató en el acto. Finalizó mi relato. Hace diez años que Rosamund fue enterrada y hace diez años que la señorita Welwyn regresó a ser un solitario ha bitante de la Granja Glenwith. Ahora vive ex clusivamente en el pasado. No hay un solo ob jeto en la casa que no le recuerde a su madre, cuyos últimos deseos vivió para obedecer. Aquellos cuadros que usted observó, en las paredes de la biblioteca, eran de Rosamund, los libros de música son los mismos que ella y su madre ejecutaban en las tardes silenciosas de verano. Ella no tiene nada que la ate al pre sente, salvo la pobre criatura cuya aflicción es el consuelo constante que la ilumina, y la gen te del campo que la rodea, cuyas necesidades está siempre dispuesta a socorrer. Tarde o temprano, las noticias sobre sus limosnas llegan hasta nosotros y es muy amada en todos los hogares humildes.

No hay ningún hombre pobre, no sólo en esta villa, sino también muchas millas más allá, que no lo recibirá a usted como se recibe a un viejo amigo, si le dice que co noce a la Dama de la Granja Glenwith.

La dama en el espejo: un reflejo. Virginia Woolf (1882-1941)

La gente no debiera dejar espejos colgados en sus habitaciones, tal como no debe dejar talonarios de cheques o cartas abiertas confesando un horrendo crimen. En aquella tarde de verano, una no podía dejar de mirar el alargado espejo que colgaba allí, fuera, en el vestíbulo. Las circunstancias así lo habían dispuesto. Desde las profundidades del diván en la sala de estar, se podía ver, en el reflejo del espejo italiano, no sólo la mesa con cubierta de mármol situada enfrente, sino también una parte del jardín, más allá. Se podía ver un sendero con alta hierba que se alejaba por entre parterres de altas flores, hasta que, en un recodo, el marco dorado lo cortaba.

La casa estaba vacía, y una se sentía, ya que era la única persona que se encontraba en la sala de estar, igual que uno de esos naturalistas que, cubiertos con hierbas y hojas, yacen observando a los más tímidos animales —tejones, nutrias, martín pescadores—, los cuales se mueven libremente, cual si no fueran observados. Aquel atardecer, la habitación estaba atestada de esos tímidos seres, de luz y sombras, con cortinas agitadas por el viento, pétalos cayendo —cosas que nunca ocurren, o eso parece, cuando alguien está mirando. La silenciosa y vieja estancia campestre, con sus alfombras V su hogar de piedra, con sus hundidas estanterías para libros, y sus cómodas laqueadas en rojo y oro, estaba llena de esos seres nocturnos. Se acercaban contoneándose, y cruzaban así el suelo, pisando delicadamente con los pies elevándose muy alto, y las colas extendidas en abanico, y picoteando significativamente, cual si hubieran sido cigüeñas o bandadas de pavos reales con la cola cubierta de velo de plata. Y también había sombríos matices y oscurecimientos, como si una sepia hubiera teñido bruscamente el aire con morado. Y el cuarto tenía sus pasiones, sus furias, sus envidias y sus penas cubriéndolo, nublándolo, igual que un humano. Nada seguía invariable siquiera durante dos segundos.

Pero, fuera, el espejo reflejaba la mesa del vestíbulo, los girasoles y el sendero del jardín, con tal precisión y fijeza que parecían allí contenidos, sin posibilidad de escapar, en su realidad. Constituía un extraño contraste; aquí todo cambiante, allá todo fijo. No se podía evitar que la vista saltara, para mirar lo uno y lo otro. Entre tanto, debido a que por el calor todas las ventanas y puertas estaban abiertas, se daba un perpetuo suspiro y cese del sonido, como la voz de lo transitorio y perecedero, parecía, yendo y viniendo como el aliento humano, en tanto que, en el espejo, las cosas habían dejado de alentar y se estaban quietas, en trance de inmortalidad.

Hacía media hora que la dueña de la casa, Isabella Tyson, se había alejado por el sendero, con su fino vestido de verano, un cesto al brazo, y había desaparecido, cortada por el marco dorado del espejo. Cabía presumir que había ido al jardín bajo, para coger flores; o, cual parecía más natural suponer, a coger algo leve, fantástico, con hojas, con lánguidos arrastres, como clemátides o uno de esos elegantes haces de convólvulos que se retuercen sobre sí mismos contra feos muros, y ofrecen aquí y allá el estallido de sus flores blancas y violetas. Parecía más propio de Isabella el fantástico y trémulo convólvulo que el erecto áster o la almidonada zinnia, o incluso sus propias rosas ardientes, encendidas como lámparas en lo alto de sus tallos. Esta comparación indicaba cuan poco, a pesar de los años transcurridos, una sabía de Isabella; por cuanto es imposible que una mujer de carne y hueso, sea quien sea, de unos cincuenta y cinco o sesenta años, sea, realmente, un ramo o un zarcillo. Estas comparaciones son peor que estériles y superficiales, son incluso crueles, por cuanto se interponen como el mismísimo convólvulo, temblorosas, entre los ojos y la verdad. Debe haber verdad; debe haber un muro. Sin embargo, no dejaba de ser raro que, después de haberla conocido durante tantos años, una no pudiera decir la verdad acerca de lo que Isabella era; una todavía componía frases como ésas, referentes a convólvulos y ásteres. En cuanto a los hechos, no cabía dudar de que era solterona, rica, que había comprado esta casa y que había adquirido con sus propias manos —a menudo en los más oscuros rincones del mundo y con grandes riesgos de venenosas picadas y orientales enfermedades— las alfombras, las sillas y los armarios que ahora vivían su nocturna vida ante los ojos de una. A veces parecía que estos objetos supieran acerca de ella más de lo que nosotros, que nos sentábamos en ellos, escribíamos en ellos y caminábamos, tan cuidadosamente, sobre ellos, teníamos derecho a saber. En cada uno de aquellos muebles había gran número de cajoncitos, y cada cajoncito, con casi total certeza, guardaba cartas, atadas con cintas en arqueados lazos, cubiertas con tallos de espliego y pétalos de rosa. Sí, ya que otra verdad —si es que una quería verdades— consistía en que Isabella había conocido a mucha gente, tenía muchos amigos; por lo que, si una tenía la audacia de abrir un cajón y leer sus cartas, hallaría los rastros de muchas agitaciones, de citas a las que acudir, de reproches por no haber acudido, largas cartas de intimidad y afecto, violentas cartas de celos y acusaciones, terribles palabras de separación para siempre —ya que todas esas visitas y compromisos a nada habían conducido—, es decir, Isabella no había contraído matrimonio, y sin embargo, a juzgar por la indiferencia de máscara de su cara, había vivido veinte veces más pasiones y experiencias que aquellos cuyos amores son pregonados para que todos sepan de ellos. Bajo la tensión de pensar en Isabella, aquella estancia se hizo más sombría y simbólica; los rincones parecían más oscuros, las patas de las sillas y de las mesas, más delicadas y jeroglíficas.

De repente, estos reflejos terminaron violentamente, aunque sin producir sonido alguno. Una gran sombra negra se cernió sobre el espejo, lo borró todo, sembró la mesa con un montón de rectángulos de mármol veteados de rosa y gris, y se fue. Pero el cuadro quedó totalmente alterado. De momento quedó irreconocible, ilógico y totalmente desenfocado. Una no podía poner en relación aquellos rectángulos con propósito humano alguno. Y luego, poco a poco, cierto proceso lógico comenzó a afectar a aquellos rectángulos, comenzó a poner en ellos orden y sentido, y a situarlos en el marco de los normales aconteceres. Una se dio cuenta, por fin, de que se trataba meramente de cartas. El criado había traído el correo.

Reposaban en la mesa de mármol, todas ellas goteando, al principio, luz y color, crudos, no absorbidos. Y después fue extraño ver cómo quedaban incorporadas, dispuestas y armonizadas, cómo llegaban a formar parte del cuadro, y recibían el silencio y la inmortalidad que el espejo confería. Allí reposaban revestidas de una nueva realidad y un nuevo significado, y dotadas también de más peso, de modo que parecía se necesitara un escoplo para separarlas de la mesa. Y, tanto si se trataba de verdad como de fantasía, no parecía que fueran un puñado de cartas, sino que se hubieran transformado en tablas con la verdad eterna incisa en ellas; si una pudiera leerlas, una sabría todo lo que se podía saber acerca de Isabella, sí, y también acerca de la vida. Las páginas contenidas en aquellos sobres marmóreos forzosamente tenían que llevar profuso y profundamente hendido significado. Isabella entraría, las cogería, una a una, muy despacio, las abriría, y las leería cuidadosamente, una a una, y después, con un profundo suspiro de comprensión, como si hubiera visto el último fondo de todo, rasgaría los sobres en menudas porciones, ataría el montoncito de cartas, y las encerraría bajo llave en un cajón, decidida a ocultar lo que no deseaba se supiera.

Este pensamiento cumplió la función de estímulo. Isabella no quería que se supiera, pero no podía seguir saliéndose con la suya. Era absurdo, era monstruoso. Si tanto ocultaba y si tanto sabía, una tenía que abrir a Isabella con el instrumento que más al alcance de la mano tenía: la imaginación. Una debía fijar la atención en ella, inmediatamente, ahora. Una tenía que dejar clavada allí a Isabella. Una debía negarse a que le dieran más largas mediante palabras y hechos propios de un momento determinado, mediante cenas y visitas y corteses conversaciones. Una tenía que ponerse en los zapatos de Isabella. Interpretando esta última frase literalmente, era fácil ver la clase de zapatos que Isabella llevaba, allá, en el jardín de abajo, en los presentes instantes. Eran muy estrechos y largos y muy a la moda, del más suave y flexible cuero. Al igual que cuanto llevaba, eran exquisitos. Y ahora estaría en pie junto al alto seto, en la parte baja del jardín, alzadas las tijeras, que llevaba atadas a la cintura, para cortar una flor muerta, una rama excesivamente crecida. El sol le daría en la cara, incidiría en sus ojos; pero no, en el momento crítico una nube cubriría el sol, dejando dubitativa la expresión de sus ojos... Qué era ¿burlona o tierna, brillante o mate? Una sólo podía ver el indeterminado contorno de su cara un tanto marchita, bella, mirando hacia el cielo. Pensaba, quizá, que debía comprar una nueva red para las fresas, que debía mandar flores a la viuda de Johnson, que había ya llegado el momento de ir en automóvil a visitar a los Hippesley en su nueva casa. Ciertamente, esas eran las cosas de que hablaba durante la cena. Pero una estaba cansada de las cosas de que hablaba en la cena. Era su profundo estado de ser lo que una quería aprehender y verter en palabras, aquel estado que es a la mente lo que la respiración es al cuerpo, lo que se llama felicidad o desdicha. Al mencionar estas palabras quedó patente, sin duda, que forzosamente Isabella tenía que ser feliz. Era rica, era distinguida, tenía muchos amigos, viajaba —compraba alfombras en Turquía y cerámica azul en Persia. Avenidas de placer se abrían hacia allí y allá, desde el lugar en que ahora se encontraba, con las tijeras alzadas para cortar temblorosas ramas, mientras las nubes con calidad de encaje velaban su cara.

Y aquí, con un rápido movimiento de las tijeras, cortó un haz de clemátides que cayó al suelo. En el momento de la caída, se hizo, sin la menor duda, más luz, y una pudo penetrar un poco más en su ser. Su mente rebosaba ternura y remordimiento... Cortar una rama en exceso crecida la entristecía debido a que otrora vivió y amó la vida. Sí, y al mismo tiempo la caída de la rama le revelaba que también ella debía morir, y la trivialidad y carácter perecedero de las cosas. Y una vez más, asumiendo este pensamiento, coa su automático sentido común, pensó que la vida la había tratado bien; incluso teniendo en cuenta que también tendría que caer, sería para yacer en la tierra e incorporarse suavemente a las raíces de las violetas. Y así estaba, en pie, pensando. Sin dar precisión a pensamiento alguno —por cuanto era una de esas reticentes personas cuya mente retiene el pensamiento envuelto en nubes de silencio—, rebosaba pensamientos. Su mente era como su cuarto, en donde las luces avanzaban y retrocedían, avanzaban haciendo piruetas y contoneándose y pisando delicadamente, abrían en abanico la cola, a picotazos se abrían camino; y, entonces, todo su ser quedaba impregnado, lo mismo que el cuarto, de una nube de cierto profundo conocimiento, de un arrepentimiento no dicho, y entonces quedaba toda ella repleta de cajoncitos cerrados bajo llave, llenos de cartas, igual que sus canteranos. Hablar de «abrirla», como si fuera una ostra, de utilizar en ella la más hermosa, sutil y flexible herramienta entre cuantas existen, era un delito contra la piedad y un absurdo. Una tenía que imaginar —y allí estaba ella, en el espejo. Una tuvo un sobresalto.

Al principio, estaba tan lejos que una no podía verla con claridad. Venía despacio, deteniéndose de vez en cuando, enderezando una rosa aquí, alzando un clavel allá para olerlo, pero no dejaba de avanzar. Y, constantemente, se hacía más grande y más grande en el espejo, y más y más completa era la persona en cuya mente una había intentado penetrar. Una la iba comprobando poco a poco, incorporaba las cualidades descubiertas a aquel cuerpo visible. Allí estaba su vestido verde gris, y los alargados zapatos, y el cesto, y algo que relucía en su garganta. Se acercaba tan gradualmente que no parecía perturbar las formas reflejadas en el espejo, sino que se limitara a aportar un nuevo elemento que se movía despacio, y que alteraba los restantes objetos como si les pidiera cortésmente que le hicieran sitio. Y las cartas y la mesa y los girasoles que habían estado esperando en el espejo se separaron y se abrieron para recibirla entre ellos. Por fin llegó, allí estaba, en el vestíbulo. Se quedó junto a la mesa. Se quedó totalmente quieta. Inmediatamente el espejo comenzó a derramar sobre ella una luz que parecía gozar de la virtud de fijarla, que parecía como un ácido que corroía cuanto no era esencia, cuanto era superficial, y sólo dejaba la verdad. Era un espectáculo fascinante. Todo se desprendió de ella —las nubes, el vestido, el cesto y el diamante—, todo lo que una había llamado enredaderas y convólvulos. Allí abajo estaba el duro muro. Aquí estaba la mujer en sí misma. Se encontraba en pie y desnuda bajo la luz despiadada. Y nada había. Isabella era totalmente vacía. No tenía pensamientos. No tenía amigos.

Nadie le importaba. En cuanto a las cartas, no eran más que facturas. Mírala, ahí, en pie, vieja y angulosa, con abultadas venas y con arrugas, con su nariz de alto puente y su cuello rugoso, ni siquiera se toma la molestia de abrirlas.

La gente no debiera dejar espejos colgados en sus estancias.