martes, 15 de marzo de 2016

La granja Croglin. Augustus Hare (1894-1903)

El Capitán Fisher nos contó esta historia extraordinaria, conectada con su propia familia.

-Fisher, -dijo el capitán- puede sonar un nombre plebeyo, pero su familia es de antigua estirpe, y por varios siglos poseyeron un curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de Granja Croglin. La característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cuál grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

A lo largo de los años, los Fisher acrecentaron su fortuna y número en la Granja Croglin. No quisieron cambiar los detalles del lugar construyendo otra torre, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Granja Croglin.

Los Fisher fueron afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. Sus vecinos eran buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como si la Croglin hubiese sido hecha para ellos.

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes, quienes compartían los placeres sociales, haciéndose muy populares. Al otro verano, hubo un día, muy particular, de terrible calor, casi insoportable. Los hermanos estaban bajo un árbol, con sus libros. Habían cenado temprano, y luego se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco de la noche, y observaron la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su cuarto en la planta baja (no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y habiendo trabado su ventana, apoyada en sus almohadones, se quedó viendo la espléndida belleza de esa noche. Gradualmente, notó dos luces, dos luces que parpadeaban, entre los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se posó en ellas, las vio emerger, y componerse en una sustancia oscura, horrible, que parecía acercarse más y más, aumentando en tamaño a medida que se aproximaba. Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aún la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba paralizada, su lengua pegada al paladar.

Ella nunca pudo explicarlo: el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch. Sintió una especie de alivio cuando se convenció que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar. La criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella, y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la garganta.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y gritó con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador y rompieron la cerradura y entraron. Entonces la criatura ya había escapado por la ventana. Ella sangraba por una herida en la garganta, y yacía inconciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre el muro de los límites del camposanto. El hermano regresó junto a su hermana. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo:

-Lo que pasó fue extraordinario, y estoy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí...

La herida curó, ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza.

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero, se interesó por las novedades locales: secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas, y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos de regresar a Croglin. -La tenemos desde hace siete años, -dijo- y solo hemos estado allí uno. Siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días.

Y como ella los urgió, regresaron a Cumberland. Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abierto los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas.

El invierno pasó pacíficamente. En marzo, la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con las armas en la mano, y vieron que la criatura huía por el jardín. Uno de ellos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo, hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinto hacía mucho tiempo.

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin, y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos rotos, y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. Un solo ataúd permanecía intacto. Levantaron la tapa y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna.

Hicieron lo único que podía hacerse con un vampiro: lo quemaron.

La gata. E.F. Benson (1867-1940)

Mucha gente recordará sin duda aquella exposición que se exhibió no hace muchas temporadas en la Royal Academy, durante el que llegó a ser conocido como «El año de Alingham», cuando Dick Alingham pasó, de un solo salto, de estar entre la multitud que luchaba por hacerse notar, a ocupar el más alto pináculo de la fama contemporánea. Allí expuso tres retratos, cada uno de ellos una obra maestra, que anularon completamente cualquier otro cuadro que pudiera haber a su alrededor. Claro que, dado que aquel año, estuvieran o no a su alrededor, la gente no se interesó por otras pinturas que no fueran aquellas tres, la anécdota no resulta tan destacable. Su aparición resultó un fenómeno tan repentino como un meteoro, surgiendo de la nada y deslizándose luminoso e imponente a lo largo del firmamento estrellado, y tan inexplicable como el nacimiento de un arroyo en mitad de una colina árida y rocosa. Quizá su hada madrina, podría conjeturar alguien, se había acordado del largamente olvidado ahijado y había agitado su varita mágica otorgándole tan trascendente regalo. Pero, como dicen los irlandeses, cogió la varita con la mano izquierda, ya que su regalo tenía también un reverso. O quizá sea Jim Merwick quien tenga razón, y la teoría que propone en su monografía Sobre ciertas lesiones desconocidas de los centros nerviosos diga la última palabra en todo este asunto.

El mismo Dick Alingham estaba, como era natural, encantado tanto con su hada madrina como con su lesión desconocida (cualquiera que fuese la responsable), y le confesó con franqueza a su amigo Merwick (la monografía fue escrita después de su muerte), que aún estaba luchando por abrirse paso entre la masa de jóvenes practicantes médicos, que todo aquello resultaba tan inexplicable para él como para todos los demás.

—Todo lo que sé al respecto —dijo— es que el pasado otoño pasé dos meses con una depresión tan horrorosa que pensé una y otra vez que debía de estar perdiendo la cabeza. Durante horas, cada día, me sentaba aquí, esperando a que algo en mi interior se rompiera definitivamente; algo que, en lo que a mí respecta, acabara definitivamente con todo. Sí, había una causa; ya la conoces.
Calló un momento para derramar en su vaso una ración bastante liberal de whisky, rellenó la otra mitad con sifón y encendió un cigarrillo. No hacía falta, efectivamente, demorarse en la causa, ya que Merwick recordaba perfectamente cómo la chica con la que Dick estaba prometido le había abandonado de un día para otro al cruzarse en su camino un candidato más aceptable. Este último, de hecho, había resultado un perfecto partido, con su buena planta, su título y su millón en el banco, y Lady Madingley (ex futura señora Alingham) estaba perfectamente satisfecha de haber actuado como lo había hecho. Era una de esas chicas rubias, ágiles y sedosas que, afortunadamente para la paz mental de los hombres, resultan escasas, y cuya característica principal es que le recuerda a uno a una especie de gata humanizada, celestial y bestial al mismo tiempo.

—No hace falta que te explique la causa —continuó Dick—, pero, como suelo decir, durante aquellos dos meses pensé sinceramente que el único final posible para todo aquello era la locura. Entonces, una noche, mientras estaba aquí solo sentado (siempre me sentaba solo) algo hizo «clic» en mi cerebro. Sé que me pregunté, sin importarme en absoluto, si aquello representaba la llegada de la locura que había estado esperando, o si se trataba (lo que me hubiera parecido más preferible) de alguna ruptura fatal. E incluso mientras me preguntaba todo aquello, me dí cuenta de que ya no era infeliz ni estaba deprimido.

Se interrumpió durante tanto tiempo en una sonrisa rememoradora que Merwick le indicó que tenía un oyente.

—¿Y bien?—dijo.
—De hecho, muy bien. No he vuelto a ser infeliz desde entonces. Algún doctor divino, supongo, eliminó completamente de mi cerebro aquella mancha que tanto me dolía. ¡Cielos, cómo dolía! ¿Quieres un trago, por cierto?
—No, gracias —dijo Merwick—. ¿Pero qué tiene que ver todo esto con tu pintura?
—Vaya, pues todo, ya que apenas había asimilado el hecho de que volvía a ser feliz cuando me di cuenta de que todo lucía diferente. Los colores de todo lo que veía eran el doble de vívidos de lo que hasta entonces habían sido, las formas y los contornos también se habían intensificado. Vi que hasta entonces había percibido el mundo visible de un modo borroso y desenfocado, a media luz. Pero ahora se habían encendido las luces y el resultado era un nuevo cielo y una nueva tierra. Y, en una nueva revelación, supe que podía pintar las cosas tal y como las veía. Cosa que —concluyó— he hecho.
Había algo tirando a sublime en todo aquello, y Merwick se rió.
—Me gustaría que algo hiciera «clic» también en mi cerebro, si es que despierta las percepciones de esa manera—dijo—, pero también es posible que esas alteraciones cerebrales no produzcan únicamente ese efecto.
—Es posible. Además, según tengo entendido, esas alteraciones no se dan a menos que hayas atravesado un período tan horroroso como el que atravesé yo. Y te diré con toda sinceridad que no volvería a pasar por algo así ni aunque me aseguraran que iba a adquirir la percepción de un Tiziano.
—¿Cómo te sentiste en el momento de ese «clic»? —preguntó Merwick.
Dick se lo pensó un momento.
—¿Como cuando te llega un paquete, atado con un cordel, y no consigues encontrar un cuchillo —dijo—, por lo que decides quemar el cordel manteniéndolo tirante? Bueno, fue como eso: completamente indoloro, tan sólo noté cómo se iba aflojando la presión, aflojando, aflojando hasta partirse, suavemente, sin esfuerzo. Me temo que no sea una descripción muy lúcida, pero así es exactamente como ocurrió. Ya ves, había estado ardiendo durante dos meses.
Se giró y revolvió entre las cartas y papeles que abarrotaban su escritorio, hasta que encontró un sobre sellado. Se rió para sí mismo cuando lo cogió.
—Encomiéndame a Lady Madingley—dijo—, por una descarada insolencia en comparación con la cual el latón es más blando que la arcilla. Me escribió ayer, preguntándome si acabaría el retrato de ella que había empezado el año pasado, y permitiéndome poner el precio.
—Entonces supongo que te habrás escabullido a toda velocidad —remarcó Merwick—. Supongo que ni la contestarías.
—Oh, sí, sí le respondí. ¿Por qué no? Le dije que el precio serían dos mil libras, y que estaba dispuesto a continuar inmediatamente. Ha aceptado y esta misma tarde me ha enviado un cheque con las mil primeras.
Merwick le contempló completamente asombrado.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó.
—Espero que no, aunque uno nunca puede estar del todo seguro sobre cuestiones como ésa. Incluso doctores como tú no sabéis exactamente en qué consiste la locura.
Merwick se levantó.
—¿Será posible que no veas el terrible riesgo que corres? —preguntó—. Verla de nuevo, estar con ella de esa manera, teniendo que contemplarla (la vi esta tarde, por cierto, apenas parece humana), ¿no podría revivir con facilidad todo aquello que sentiste con anterioridad? Es demasiado peligroso. Excesivamente peligroso.
Dick negó con la cabeza.
—No existe el más mínimo riesgo —dijo—. Todo mi yo se muestra completa y absolutamente indiferente hacia ella. Ni siquiera la odio. Si la odiara podría existir la posibilidad de volver a amarla. Tal y como están las cosas, pensar en ella no produce en mí ningún tipo de emoción. Y realmente una calma tan fabulosa merece ser recompensada. Respeto cosas tan admirables como ésa.
Se terminó su whisky mientras hablaba, e inmediatamente se sirvió otro vaso.
—Ése es el cuarto —dijo su amigo.
—¿Ah, sí? Nunca los cuento. Eso demuestra un sórdido interés por los detalles más intrascendentes. Curiosamente, el alcohol ya no me afecta en lo más mínimo.
—¿Por qué beber, entonces?
—Porque si lo dejo, esa fascinante viveza del colorido y esa claridad de los contornos de las que te hablaba, disminuyen.
—No puede hacerte ningún bien —dijo el doctor. Dick se rió.
—Mi querido amigo, mírame detenidamente —dijo—, y luego, si puedes afirmar con convicción que demuestro estar propasándome con los estimulantes, los abandonaré al punto.
Ciertamente hubiera sido difícil encontrar un solo aspecto en el que Dick no pareciera el vivo retrato de la salud. Se interrumpió y permaneció inmóvil un momento, con el vaso en una mano y la botella de whisky en la otra, negra en contraste con el frontal de su camisa, y no se percibía ni un solo movimiento o temblor. Su cara, completamente teñida por el moreno del sol, no estaba ni hinchada ni demacrada, sino que la carne se presentaba firme y la piel maravillosamente limpia. Igual de límpidos aparecían sus ojos, con unos párpados ni hinchados ni arrugados; parecía, de hecho, un modelo de condición física, en forma y a punto, como si se estuviera entrenando para algún evento atlético. También su figura se presentaba ágil y activa, sus movimientos eran rápidos y precisos, e incluso Merwick, con su ojo de médico entrenado para detectar cualquier síntoma, por muy ligero que fuese, que traicionara una condición de bebedor, tuvo que confesar que no había ninguno presente. Su apariencia lo contradecía con autoridad, y también su comportamiento. Se dirigía a su interlocutor de frente, sin miradas de reojo; no demostraba síntomas, por pequeños que fueran, de cualquier tipo de afección nerviosa. Pero, aun así, Dick era, evidentemente, un personaje nada normal. La historia que acababa de contar no lo era; aquellas semanas de depresión, seguidas por una alteración cerebral que había eliminado, como un trapo húmedo elimina una mancha, todo recuerdo de su amor y de la cruel amargura resultante, tampoco. También resultaba anormal su inesperado salto al éxito artístico tras un pasado de trabajos más que mediocres. ¿Por qué no debería existir una anormalidad semejante también en este aspecto?

—Sí, confieso que no demuestras signos de haber tomado excesivos estimulantes —dijo Merwick—. Pero si yo te atendiera profesionalmente (ah, no estoy tratando de venderme) te obligaría a dejar todo tipo de estimulantes y a guardar cama durante un mes.
—¿Pero en el nombre del cielo, por qué? —preguntó Dick.
—Porque, teóricamente, es lo mejor que podrías hacer. Has tenido un shock, cuya gravedad te la indica las semanas de depresión que has atravesado. Bueno, el sentido común dice: «Tómatelo con calma después de sufrir un shock; recupérate». Tú, sin embargo, vas a toda velocidad. Admitiré que parece sentarte bien; también has pasado de la noche a la mañana a convertirte en alguien capaz de conseguir logros que... oh, déjalo, es absurdo.
—¿El qué es absurdo?
—Tú eres absurdo. Profesionalmente, te detesto, porque pareces ser la excepción a una teoría de la que estoy convencido que ha de ser correcta. Por lo tanto, tengo que encontrar una explicación para tu caso, y de momento no puedo.
—¿Cuál es esa teoría? —preguntó Dick.
—Bueno, en primer lugar el tratamiento de shock. Y en segundo, que para realizar un buen trabajo, uno debería comer y beber poco, y dormir mucho. ¿Cuánto sueles dormir, por cierto?
Dick lo pensó.
—Oh, me suelo ir a la cama a eso de las tres —dijo—. Supongo que dormiré unas cuatro horas.
—Y vives a base de whisky, comes como un ganso de Estrasburgo, y estás en forma como para participar mañana en una carrera. Apártate de mí, o por lo menos ya me marcho yo. Pero ten en cuenta que quizá acabes por derrumbarte. Eso me satisfaría. Pero incluso aunque eso no suceda, seguirás siendo un caso bastante interesante.

De hecho, Merwick lo consideró más que interesante, y en cuanto llegó a su casa aquella noche buscó en sus estanterías cierto volumen polvoriento en el cual aparecía un capítulo titulado Shock. El libro era un tratado sobre enfermedades desconocidas y condiciones anormales del sistema nervioso. Lo había leído a menudo antes, ya que en su profesión era un investigador especialmente interesado en lo raro y lo curioso. Y el siguiente parágrafo, que ya le había llamado la atención con anterioridad, le interesó muchísimo más aquella noche.

El sistema nervioso puede actuar de maneras que, incluso para el estudiante más avanzado, pueden resultar completamente inesperadas. Se conocen casos bien documentados de paralíticos que han saltado de la cama al grito de "Fuego". También se conocen casos en los que un gran shock, de los que producen una depresión tan profunda que casi la podríamos calificar de letargo, se ha visto seguido a continuación de un índice de actividad anormal y de un uso de habilidades previamente desconocidas, o por lo menos existentes a un nivel mucho más ordinario. Un estado tan hipersensible exige grandes cantidades de estimulantes en forma de comida y bebida. Parece evidente que el paciente que sufra estas curiosas consecuencias de un shock, acabará por sufrir, antes o después, un completo derrumbe. Es imposible, en todo caso, conjeturar qué forma tomará. El sistema digestivo, por ejemplo, podría atrofiarse repentinamente, el delirium tremens podría sobrevenir sin aviso, o el paciente podría, sencillamente, perder la cabeza...

Pero las semanas pasaron, los soles de julio hicieron a Londres danzar en un torbellino de calor, y sin embargo Alingham continuó igual de ocupado, de brillante y de genial. Merwick, a escondidas, le vigilaba de cerca, y para aquel entonces estaba completamente desconcertado. Le hizo a Dick mantener su palabra de que si detectaba la menor señal de un abuso de estimulantes, los abandonaría todos al instante, pero no pudo comprobar absolutamente ninguno. Lady Madingley, mientras tanto, había posado para él en varias ocasiones, y de nuevo en este sentido había estado Merwick completamente equivocado en su punto de vista expresado a Dick sobre los riesgos que éste corría. Y es que, por extraño que pareciese, los dos se habían convertido en grandes amigos. Y aun así, Dick había vuelto a acertar; toda emoción por su parte respecto a ella había muerto, lo que estaba pintando bien hubiera podido ser una naturaleza muerta, y no el retrato de la mujer a la que había adorado salvajemente. Una mañana a mediados de julio, ella había estado posando para él en su estudio, y al contrario que lo habitual, él había permanecido en silencio, mordiendo los extremos de sus pinceles, frunciendo el ceño en dirección al lienzo, y frunciendo el ceño también en dirección a ella. De repente exclamó con un deje de impaciencia.

—Es tan parecido a ti... —dijo—, pero a la vez no lo es. ¡Hay muchísima diferencia! No puedo evitar que parezca como si estuvieras escuchando un himno, uno de esos en cuatro sostenidos, ya sabes, escrito por un organista probablemente después de haberse comido unos pastelillos. ¡Y eso no es algo característico de ti!
Ella se rió.
—Debes de ser muy hábil para poder reproducir todo eso ahí —dijo ella.
—Lo soy.
—¿Y dónde lo ves?
Dick suspiró.
—Oh, en tus ojos, por supuesto —dijo—. Lo revelas todo a través de tus ojos, ¿sabes? Es algo completamente característico de tu persona. Eres como una regresión. ¿No recuerdas que hace ya algún tiempo le atribuimos esa característica al mundo animal, en el que de igual manera todo se comunica a través de la mirada?
—Oh, y yo que pensaba que los perros ladran y que los gatos arañan.
—Eso son medidas prácticas, pero aparte de eso tú y los animales usáis únicamente los ojos, mientras que la gente usa sus bocas, sus frentes y otras cosas. Un perro agradecido, un perro expectante, un perro hambriento, un perro celoso, un perro decepcionado... uno puede percibir todas esas sensaciones a través de sus ojos. Sus bocas son relativamente inmóviles, y en el caso de los gatos esto resulta aún más evidente.
—Tú me decías a menudo que pertenecía al género felino —dijo Lady Madingley con completa compostura.
—¡Por Júpiter, sí! —dijo él—. Quizá mirándole los ojos a un gato pueda ver qué es lo que me falta aquí. Muchas gracias por la idea.
Dejó su paleta y se acercó a una mesa en la que reposaban varias botellas, hielo y sifón.
—¿No quieres beber algo en esta mañana sahariana? —preguntó.
—No, gracias. ¿Cuándo realizaremos la última sesión? Me dijiste que te bastaba con una más.
Dick se sirvió.
—Bueno, he de ir con esto al campo —dijo— para pintar el fondo del que te hablé. Con suerte, me llevará tres días de duro trabajo. Sin ella, tardaré una semana o más. Oh, se me hace la boca agua pensando en ese fondo. ¿Digamos, entonces, una semana a partir de mañana?
Lady Madingley lo apuntó en una diminuta agenda engarzada con oro y joyas.
—¿Y he de prepararme a ver sustituidos mis ojos por los de un gato la próxima vez que lo vea? —preguntó pasando frente al lienzo.
Dick se rió.
—Oh, apenas notarás la diferencia —dijo—. Es curioso que siempre haya detestado tanto a los gatos, de hecho llegan a hacerme sentir débil, y que sin embargo tú me recordases siempre a uno.
—Deberías preguntarle a tu amigo el señor Merwick sobre estos misterios metafísicos —dijo ella.

En aquel momento, el fondo del cuadro tan sólo estaba indicado por un par de vagas y brillantes pinceladas de verde y púrpura situadas cerca de la cabeza, y al artista bien podía hacérsele la boca agua pensando en los días que le quedaban por delante para dedicarlos a la pintura. Y es que detrás de la figura, en el gran lienzo alargado, iba a pintar una valla verde, sobre la cual, cubriendo las maderas casi por completo, se extendería una gran clemátide púrpura en toda su ostentosa gloria de hojas barnizadas y flores estrelladas. En la parte superior sólo pintaría una franja de un claro cielo veraniego, y a sus pies tan sólo una tira de hierba verdigrisácea. El resto del fondo sería, osadamente, aquella combinación de verde y púrpura. Con el propósito de llevar a cabo el trabajo, iba a trasladarse a una pequeña granja que tenía cerca de Godalming, en cuyo jardín había construido una especie de estudio al aire libre: una curiosa mezcla entre habitación y refugio, con el flanco que daba al norte completamente descubierto y limitado por aquella valla verde que se había convertido en una inmensa constelación de estrellas purpúreas. Él sabía bien cómo iba a brillar sobre el lienzo la pálida belleza de su retratada al verse enmarcada de aquella manera; cómo destacaría sobre el fondo, con su enorme sombrero gris y su deslumbrante vestido también gris, y su pelo rubio, y su piel blanca como el marfil, y sus pálidos ojos, ora azules, ora grises, ora verdes. Esto era, de hecho, algo que le creaba una tremenda expectación, pues probablemente no haya para los hombres otro éxtasis tan poco adulterado como la creación. No era por tanto para maravillarse que el humor de Dick, mientras se dirigía hacia Godalming, fuese tan optimista y efervescente. Porque iba, por decirlo de alguna manera, a culminar su creación: cada estrella púrpura de clemátide, cada hoja verde o fragmento del maderamen de la valla que pintara, haría que lo que él había pintado cobrara vida y esplendor, al igual que las progresivas capas de crepúsculo que caen sobre el cielo al anochecer hacen que las estrellas brillen en él como joyas. Su objetivo estaba asegurado: había colgado su constelación (la figura de Lady Madingley) en el cielo, y ahora tenía que rodearla de una noche púrpura y verde para que pudiese brillar.

Su jardín no era sino una parcela delimitada por paredes de ladrillo viejo, cuyo espacio disponible había sabido aprovechar con cierta originalidad. Nunca había sido aquella cuadrícula de hierba, que apenas merecía el calificativo de césped, excesivamente espaciosa. Ahora, el estudio al aire libre, siete por nueve metros, había ocupado la mayor parte del mismo. A un lado tenía una pared de madera sólida, y dos vallas mirando hacia el sur y el este, que varias plantas trepadoras estaban empezando a revestir, cubiertas en la parte interior por colgantes sirios y orientales. Aquí, durante los veranos, pasaba la mayor parte de los días, pintando u holgazaneando, y viviendo una existencia al aire libre. El suelo, que en una ocasión había sido de hierba, la cual se había marchitado al quedar cubierta por un techo, estaba tapado por alfombras persas; también había un escritorio y una mesa de comedor, una estantería repleta de amigos cercanos y media docena de sillas de mimbre. Una esquina había sido cedida a los asuntos del jardín, y allí reposaban una cortadora de césped, una manguera para regar, tijeras de podar y una pala. Y es que, como muchas personas nerviosas, Dick descubrió que en la jardinería, ese incesante proceso de planear y diseñar a la medida de las plantas, haciéndolas espléndidas en color, altura y crecimiento, había un maravillosos remanso de paz, un refugio para el cerebro que había sido sacudido por el mar de las emociones. Las plantas, además, se mostraban totalmente receptivas a la amabilidad; el tiempo dedicado a ellas nunca era tiempo perdido, y regresar ahora, tras un mes de ausencia en Londres, era asegurarse una sorpresa y un placer en cada centímetro de jardín. Allí estaba la clemátide púrpura para recompensarle con regia generosidad los cuidados dedicados. Cada flor demostraría su gratitud de una forma práctica sirviendo de modelo para el fondo de su cuadro.

La tarde fue muy cálida; no cálida con ese bochorno que presagia tormenta, sino con el calor limpio y despejado del verano, y Dick cenó a solas en su refugio, sirviéndose de las llamaradas del crepúsculo a modo de lámpara. Éstas se desvanecieron lentamente en un cielo de azul aterciopelado, pero él se demoró con el café, mirando hacia el norte a través del jardín, hacia la hilera de árboles que le impedían ver la casa que había detrás. Eran acacias, la más femenina y grácil de todas las cosas que crecen, exhibiendo su follaje veraniego pero conservando aún algunas hojas frescas. Bajo ellas corría un pequeño bancal de césped y, más cercanos, los lechos del amado jardín; las matas de guisantes proporcionaban una inimitable fragancia, y los lechos de rosas aparecían repletos de los matices rojizos que mostraban las Baroness Rothschild y La France y de los cobrizos propios de las Beauté inconstante y las Richardson. Más cerca aún, se encontraba la valla verde, espumeante de púrpura.

Seguía allí sentado, apenas mirando con atención, pero inconscientemente empapándose de aquel gran festival de color, cuando su ojo se vio arrastrado por una forma oscura y sigilosa que surgió de entre las rosas dirigiéndole súbitamente dos orbes luminosos y brillantes. Dick se levantó bruscamente sin causar la más mínima perturbación en el animal, el cual avanzó hacia él ronroneando, arqueando el lomo y estirando el rabo, como si esperara una caricia. A medida que se acercaba, Dick notó que le asaltaba aquella debilidad temblorosa que a menudo le afectaba al encontrarse en presencia de algún felino, por lo que empezó a palmear con las manos y a pisar con fuerza el suelo. El gato se volvió rápidamente, se abalanzó por encima de la pared del jardín convertido en una sombra oscura y desapareció. Su presencia le había arruinado el dulce hechizo del anochecer, de modo que entró en la casa.

La siguiente mañana fue auténticamente veraniega: soplaba un débil viento del norte y un sol digno de iluminar las islas griegas inundaba el cielo. Un sueño largo (según sus parámetros) y reparador había eliminado de la mente de Dick el desagradable incidente con el gato, de modo que procedió a colocar el lienzo frente a la valla y la clemátide púrpura con una poderosa sensación de éxtasis inminente. También el jardín, que hasta el momento sólo había contemplado a la mágica luz de la puesta del sol, resultaba gloriosamente gratificante y brillaba con colorido. Y aunque la vida (era la primera vez en meses que pensaba en esto) no le había sido demasiado propicia, encarnándose su desgracia en la forma de Lady Madingley, se dijo a sí mismo que un hombre debería ser de muy pobre carácter si, manteniendo una pasión por las plantas y por el arte, fuera incapaz de imaginarse una vida repleta de alegría. De modo que, una vez hubo terminado su desayuno y con su modelo preparada y resplandeciente de belleza, abocetó con rapidez las flores y el follaje y empezó a pintar.

Púrpura y verde, verde y púrpura: ¿hubo alguna vez un festín semejante para la vista? Como si de un gourmet se tratase, y con la misma avaricia, se hallaba completamente absorto en él. Además, tenía razón: tan pronto como puso el primer brochazo de color supo que tenía razón. Eran aquellos divinos y violentos colores los que conseguirían que la figura surgiera del cuadro; era aquella pálida franja de cielo la que atraería la mirada sobre ella, era aquella tira de césped verde y gris bajo sus pies la que impediría, o eso parecería, que se saliese del lienzo. Y con rápidos y ansiosos movimientos del pincel, sin prisa pero sin pausa, se sumergió en su trabajo. Al rato se detuvo poseído por el sentimiento de hallarse sin aliento, sintiéndose como si de repente hubiera sido llamado a regresar desde una larguísima y lejana distancia. Debía de llevar trabajando unas tres horas, ya que su criado estaba sirviendo la mesa para el almuerzo, pero le parecía que la mañana había transcurrido en un instante. El progreso que había conseguido era extraordinario, lo que le llevó a contemplar su cuadro durante largo tiempo. Después, sus ojos resbalaron de la brillantez del lienzo a la brillantez del jardín. Allí, justo en frente de un lecho de guisantes, apenas a dos metros de él, había una enorme gata gris, observándole.

La presencia de un felino era algo que habitualmente producía en Dick una sensación de mortal debilidad. Sin embargo, en aquel momento, mientras miraba a la gata y la gata le miraba a él, no fue consciente de ella, y atribuyó su ausencia al hecho de que se encontraba al aire libre y no en la cargada atmósfera de una habitación cerrada. Sin embargo, la noche anterior, la gata le había hecho sentirse débil. Pero él apenas pensó en eso, ya que lo que ocupaba su mente era que acababa de ver en la amistosa y curiosa mirada del animal la misma expresión que tanto le había desconcertado al retratar a Lady Madingley. De modo que, lentamente, y sin realizar movimientos bruscos que pudieran asustar a la gata, alcanzó con la mano la paleta que acababa de dejar y, en una esquina del lienzo que aún no estaba pintada, abocetó en media docena de trazos rápidos e intuitivos lo que quería. Incluso a la luz diurna bajo la que estaba el animal, sus ojos parecían iluminarse desde el interior al igual que lo hacían desde el exterior: era exactamente así como lo hacían los de Lady Madingley. Tendría que poner el color muy diluido sobre el blanco...

Durante más o menos cinco minutos pintó con brochazos impacientes, colocando el color muy difuso sobre un fondo blanco, y después miró durante un buen rato el boceto del ojo para ver si había conseguido lo que quería. Entonces volvió a mirar a la gata, que tan encantadoramente había posado para él. Pero allí no había ninguna gata. Aquello, en todo caso, y dado que los detestaba y que aquella en particular ya había servido a su propósito, no era motivo de lamentaciones, de modo que sencillamente se asombró por lo súbito de su desaparición. Pero el legado que había dejado sobre el lienzo no podía desvanecerse, pues era suyo: su posesión, su logro. Realmente aquel iba a ser un retrato que superaría claramente todo lo que había realizado anteriormente. Una mujer, real, viva, mostrando su alma a través de los ojos, permanecería allí, rodeada para siempre de un estallido estival.

Disfrutó de una extraordinaria claridad de visión a lo largo de todo el día, y también de una botella de whisky que estaba vacía hacia la puesta de sol. Pero aquel atardecer fue consciente por primera vez de dos sentimientos, uno físico, otro mental, completamente ajenos a él: el primero era la impresión de que había bebido todo lo que era posible antes de empezar a perjudicarse; el segundo era una especie de eco en su mente de aquellas torturas que había padecido durante el otoño, cuando había sido abandonado, como un guante viejo, por la joven a la que había entregado su alma. El atardecer, además, contradijo la brillantez del día y, a eso de las seis, espesas nubes habían empezado a oscurecer el cielo, a la vez que el cristalino calor veraniego había dado paso a un calor no menos intenso pero repleto de amenazas de tormenta. Un par de gruesas y cálidas gotas de lluvia también contribuyeron a advertirle, por lo que Dick puso el caballete a cubierto y dio órdenes de que cenaría en el interior de la casa. Como solía ser habitual cuando estaba trabajando en algo, rehuía la influencia distractora de cualquier tipo de compañía, de modo que cenó a solas. Una vez cenado, se retiró al salón dispuesto a disfrutar de una noche solitaria. El criado le trajo una bandeja y se retiró, de modo que nadie le volvería a molestar hasta que se fuera a acostar. En el exterior la tormenta se acercaba cada vez más, la reverberación del trueno, aunque aún no era cercana, mantenía un crecimiento continuo: en cualquier momento podía aparecer y estallar en un torbellino de ruido y fuego.

Dick leyó un libro durante un rato, pero sus pensamientos divagaban. El patetismo de sus problemas durante el otoño, los cuales pensaba haber superado para siempre, reaparecieron de manera súbita y extraña, acentuados. También notaba la cabeza embotada, quizá por la tormenta, pero más probablemente debido a lo que había bebido. De modo que, pretendiendo irse a la cama para dormir su inquietud, cerró el libro y se dirigió a la ventana con la intención de cerrarla también. Pero a mitad de camino se detuvo: sobre el sofá situado bajo ésta se sentaba una enorme gata gris de ojos amarillos y llameantes. Entre sus fauces se debatía un joven zorzal, todavía vivo. Entonces el horror se despertó en su interior: se sintió invadido por aquel sentimiento de desmayo y mareo, y odió, a la vez que se sintió aterrorizado por él, a aquel espantoso felino que se regocijaba en la tortura de su presa: un regocijo tal que prefería posponer el momento de su alimentación antes que reducir el presente. Pero, por encima de todo, la semejanza entre los ojos de aquella gata y los del retrato se le reveló de repente como algo infernal. Durante un momento todo esto le inmovilizó, como si sufriera de parálisis. Al siguiente no pudo seguir soportando los escalofríos y le arrojó a la gata el vaso que llevaba entre las manos, fallando. Durante un segundo el animal se detuvo contemplándole con una intensa y atroz hostilidad; después salió de un salto por la ventana abierta. Dick la cerró con un golpe tan violento que se asustó a sí mismo, y después registró el sofá y el suelo en busca del pájaro, pensando que el gato lo habría soltado. En una o dos ocasiones incluso le pareció oírlo aleteando débilmente, pero debió de tratarse de una ilusión, ya que no pudo encontrarlo.

Todo aquello le había puesto francamente nervioso, de modo que antes de irse a la cama intentó calmarse con un último trago. Afuera habían cesado los truenos, pero la lluvia había comenzado a golpear sibilante sobre la hierba. Entonces otro sonido vino a entremezclarse con el anterior, el del maullido de un gato; no esos chillidos y lloros, arrastrados y mantenidos, que les son habituales a los felinos, sino la llamada lastimera del animal que quiere ser admitido en su propia casa. La persiana estaba echada, pero tras un rato no pudo resistirse más y echó un vistazo. Allí, sobre el alféizar de la ventana, se sentaba la enorme gata gris. Aunque estaba lloviendo a cántaros, su piel parecía mantenerse seca, ya que permanecía esponjosa y sin apelmazarse al cuerpo. Cuando le vio le bufó, arañando con ira el cristal antes de desaparecer.

Lady Madingiey... Cielos... ¡Cómo la había amado! Y, pese a lo infernalmente mal que le había tratado, ¡cómo volvía a desearla apasionadamente! Entonces, ¿iban a comenzar de nuevo sus problemas? ¿Había vuelto aquella pesadilla a amanecer? Era culpa de la gata: eran los ojos de la gata quienes lo habían provocado. Sin embargo, en aquel momento, su deseo se veía adormecido por la pesadez de su cerebro, que resultaba tan inexplicable como el resurgir de su deseo. Durante meses había estado bebiendo mucho más de lo que había bebido a lo largo de aquel día, y la tarde le había recibido con la cabeza completamente despejada, aguda, en pleno control de sus facultades, gozando de la libertad que había conseguido y de la tranquilidad de su visión creativa. Aquella noche, sin embargo, tropezaba y se tambaleaba alrededor de la habitación.

La luz neutra del amanecer le despertó, y Dick se levantó de inmediato, sintiéndose aún bastante soñoliento, pero como si respondiera a una silenciosa e imperativa llamada. La tormenta ya había pasado, y una joya de estrella de la mañana colgaba de un cielo despejado. Su habitación le parecía extrañamente ajena, incluso sus sensaciones le parecían ajenas. Había una imprecisión sobre las cosas, una barrera entre él y el mundo. Tan sólo un deseo le dominaba: terminar el retrato. Todo lo demás, o así lo sentía, podía quedar al azar o a cualesquiera que fuesen las leyes que regulaban el mundo: aquellas leyes que permitían que un determinado zorzal fuese atrapado por una determinada gata y que escogían una cabeza de turco entre mil, permitiendo que el resto quedaran libres. Dos horas más tarde, su criado fue a llamarle y descubrió que ya no estaba en la habitación. Dado lo avanzado de la mañana, fue a llevarle el desayuno a su estudio. El retrato estaba allí, había vuelto a ser colocado en posición frente a las clemátides, pero aparecía cubierto de extraños arañazos, como si las garras de un animal furioso, o quizá las uñas de un hombre, se hubieran ensañado con él. Dick Alingham también estaba allí, completamente inmóvil frente al lienzo desfigurado. También había sido atacado por garras o uñas, su garganta estaba horriblemente destrozada. Sus manos, por otra parte, aparecían cubiertas de pintura. Las uñas de sus dedos también estaban empapadas con ella.

La Gran Noche. Henry Kuttner (1915-1958)

Asomó torpemente del plano eclíptico de los planetas como una bestia que se revuelca en el espacio, las toberas chamuscadas y cortajeadas, una estría rugosa en el medio, donde la había raspado la atmósfera turgente de Venus, y cada vieja soldadura del obeso cuerpo a punto de rajarse. El capitán estaba borracho en su cabina, y su voz llorosa vibraba en los compartimientos mientras se quejaba de la desconsiderada crueldad de la Comisión de Tráfico Interplanetario. La tripulación procedía de una docena de mundos, la mitad reclutada a la fuerza. Logger Hilton, el primer oficial, se esforzaba por comprender los mapas andrajosos, y La Cucaracha, los motores convulsionados ante esa idea suicida, se zambullía en la Gran Noche a través del espacio. En la sala de control centelleó una señal. Hilton aferró un micrófono.

—¡Reparaciones! —aulló—. ¡Salid al casco para examinar la tobera 6—A! ¡Andando!

Volvió a sus mapas, mordiéndose el labio y mirando de soslayo al piloto, un selenita diminuto e inhumano de extremidades aracnoides y múltiples y cuerpo de aspecto frágil. Ts'ss —ese era el nombre, o una aproximación— tenía puesto el incómodo conversor de audio que volvía su voz subsónica audible para los oídos humanos, pero al contrario de Hilton, no vestía armadura espacial. Ningún selenita necesitaba protección contra el espacio profundo. Un millón de años en la Luna los había habituado a la falta de aire. La atmósfera de la nave tampoco era una molestia para Ts'ss. Simplemente no la respiraba.

—¡Maldito seas... ¡Despacio! —dijo Hilton—. ¿Quieres destrozar el casco?
Los ojos facetados del selenita titilaron a través de la máscara.
—No, señor, imprimo a los reactores la menor velocidad posible. En cuanto sepa las fórmulas de distorsión espacial, todo será más fácil.
—¡Guíala sin reactores!
—Necesitamos la aceleración para salir del espacio normal, señor.
—No importa —dijo Hilton—. Ya lo tengo. Alguien ha estado criando moscas de fruta en estos mapas. Aquí tengo la información —dictó unas pocas ecuaciones que la memoria fotográfica de Ts'ss asimiló de inmediato.
A lo lejos se oyó un aullido alargado.
—Ese es el capitán, supongo —dijo Hilton—. Vuelvo en un minuto. Entra en el hiperespacio en cuanto puedas o nos plegaremos como un acordeón.
—Si, señor. Ah... Señor Hilton...
—¿Sí?
—Si puede, échele un vistazo al extintor del cuarto del capitán.
—¿Para qué? —preguntó Hilton.

Varias de las múltiples extremidades del selenita imitaron el gesto de beber. Hilton torció la cara, se levantó y bajó la escalerilla luchando contra la aceleración. Echó una ojeada a los visores y comprobó que ya habían pasado Júpiter, lo cual era un alivio. La atracción gravitatoria del planeta gigante no habría sido una ayuda para los huesos doloridos de La Cucaracha. Pero afortunadamente ya habían pasado, ¡Afortunadamente!

Sonriendo con amargura, abrió la puerta del capitán y entró. El capitán Sam Danvers estaba de pie en la cucheta, pronunciando un discurso ante la imaginaria Comisión de Tráfico Interplanetario. Era un hombre corpulento, o mejor dicho lo había sido, pero ahora las carnes se le habían encogido y empezaba a encorvarse. La piel de la cara rugosa se le había curtido tanto en el espacio que era casi negra. Una mata de pelo gris le despuntaba furiosamente. Sin embargo, tenía un curioso parecido con Logger Hilton. Los dos eran lobos del espacio. Hilton, con treinta años menos, también tenía la cara curtida y la misma mirada en los ojos azules. Se dice que cuando uno se interna en la Gran Noche, más allá de la órbita de Plutón, ese vacío enorme se le mete dentro y asoma por los ojos. Hilton tenía eso. Y el capitán Danvers también. Por lo demás, Hilton era robusto y macizo, mientras que Danvers tenía ahora cierto aire de fragilidad, y el ancho pecho del primer oficial abultaba la túnica blanca. Aún no había tenido tiempo para ponerse el uniforme de vuelo, aunque sabía que ni siquiera este género de celulosa podría disimular la suciedad que se pegaba en un viaje espacial. No en La Cucaracha, al menos. Pero éste sería el último viaje en ese vejestorio. El capitán Danvers interrumpió el discurso para preguntarle a Hilton qué demonios quería. El oficial saludó.

—Inspección de rutina, señor —observó, y bajó el extintor de la pared. Danvers brincó de la cucheta, pero Hilton fue más rápido. Antes que el capitán pudiera hacer nada, Hilton había vaciado el extintor en el vertedero más cercano.
—El material era viejo —explicó—. Lo llenaré de nuevo.
—Escuche, señor Hilton —dijo Danvers, tambaleándose y clavando un largo índice en la nariz del primer oficial—. Si usted cree que allí guardaba whisky, está loco.
—Seguro —dijo Hilton—. Loco como una cabra, capitán. ¿Qué le parece un poco de cafeína?
Danvers se asomó por el vertedero y miró vagamente hacia abajo.
—¿Cafeína, en? Mire, si no sabe darse maña para llevar La Cucaracha al hiperespacio, tendría que renunciar.
—Claro, claro. Pero una vez en camino no tardaremos en llegar a Fria. Usted tendrá que poner la cara ante el agente.
—¿Christie? Sí... Supongo que sí —Danvers se desplomó en la cucheta, la cabeza entre las manos—. He perdido la cabeza, Logger. ¿Qué saben los de la Comisión? Diantres, nosotros hemos sido los que fundamos el puesto comercial en Sirio Treinta.
—Mire, capitán. Al subir a bordo estaba tan borracho que olvidó de contarme —dijo Hilton—. Simplemente ordenó que alteráramos el curso y pusiéramos rumbo a Fria. ¿Por qué?
—La Comisión de Tráfico Interplanetario —gruñó el capitán—. Hizo examinar La Cucaracha.
—Lo sé. Inspección de rutina.
—Bien, esas babosas gordinflonas tienen el descaro de decirme que mi nave es insegura. ¡Que la atracción gravitacional de Sirio es muy fuerte..., y que no podíamos ir a Sirio Treinta!
—Quizá tengan razón —dijo pensativamente Hilton—. En Venus nos costó aterrizar...
—Es vieja —dijo Danvers, defensivo—. ¿Y con eso, qué? He llevado La Cucaracha alrededor de Betelgeuse, y mucho más cerca de Sirio que Sirio Treinta. La vieja dama tiene lo que hace falta tener. En esos días sabían construir motores atómicos.
—Hoy ya no los construyen —dijo Hilton, y el capitán se puso púrpura.
—¡Transmisión de materia! —masculló—. ¿Qué clase de locura es esa? Uno se mete en una máquina en la Tierra, bajan una palanca y está en Venus o Canopo o...el Purgatorio, si se le antoja! A los trece años me embarqué en una hipernave, Logger. Me he criado en hipernaves. Son sólidas. Son confiables. Lo llevan a uno a cualquier parte. Olvídelo, no es seguro viajar por el espacio sin una atmósfera alrededor, aunque sea enfundado en un traje.
—De paso, ¿dónde está el suyo? —preguntó Hilton.
—Ah, tenía mucho calor. El aire acondicionado no funciona.
El oficial encontró la armadura en un armario y se puso a reparar la conexión rota.
—No hace falta que tenga el casco cerrado, pero mejor póngase el traje —dijo distraídamente—. He impartido órdenes a los tripulantes. A todos menos a Ts'ss, que no necesita protección.
Danvers levantó la vista.
—¿Cómo anda la nave? —farfulló.
—Bien, unas reparaciones no le vendrían mal —dijo Hilton—. Quiero entrar pronto en el hiperespacio. Este curso rectilíneo es un riesgo. Además le temo al aterrizaje.
—Oh. De acuerdo, habrá reparaciones al regreso...si ganamos el dinero suficiente. Recordará usted la miseria que nos dejó el último viaje... Le propongo algo: supervise el trabajo y se llevará una buena tajada.
Los dedos de Hilton se aflojaron sobre la conexión. El piloto mantuvo la cabeza gacha.
—Buscaré un nuevo empleo —dijo—. Lo siento, capitán. Pero no estaré a bordo después de este viaje.
Hubo silencio a sus espaldas. Hilton hizo una mueca y siguió reparando el traje espacial.
—Hoy día no encontrará muchas hipernaves que necesiten pilotos —dijo por fin Danvers.
—Lo sé. Pero tengo conocimientos técnicos. Quizá me contraten para los transmisores de materia. O como comerciante, en los puestos de avanzada.
—¡Por todos los santos, Logger! ¿De qué está hablando? ¿Un...comerciante? ¿Un mugriento colono? ¡Usted es piloto de hipernaves!
—En veinte años más ya no quedará ni una sola hipernave en el espacio —dijo Hilton.
—Miente. Habrá una.
—¡Se hará pedazos en un par de meses! —repuso airadamente Hilton—. No quiero discutir. ¿A qué vamos a Fría? ¿Los hongos?

Danvers respondió después de una pausa.
—¿Qué más hay en Fría? Claro, los hongos. Nos hemos adelantado un poco. Nuestro arribo está previsto para dentro de tres semanas terrestres, pero Christie siempre tiene a mano una provisión. Y esa gran cadena hotelera nos pagará la comisión de costumbre. Maldito sea lo que me importa saber por qué demonios la gente come esa bazofia, pero...pagan veinte dólares por el plato.
—Habrá una buena ganancia, entonces —dijo Hilton—. Siempre que aterricemos en Fria sanos y salvos —arrojó el traje arreglado sobre la cucheta, al lado de Danvers—. Ahí tiene, capitán. Mejor vuelvo a los controles. Muy pronto entraremos en el hiperespacio.

Danvers se inclinó hacia adelante y tocó un botón para abrir la mampara corrediza. Miró fijamente la pantalla.
—Un transmisor de materia no le dará esto —dijo lentamente—. Mírelo, Logger.

Hilton se inclinó hacia adelante y miró por encima del capitán. El vacío centelleaba. En un costado ardía fríamente una curva de la mole titánica de Júpiter. Varias de las ¡unas atravesaban el campo visual de la pantalla, y un par de asteroides reflejaban la luz de Júpiter con sus atmósferas tenues y colgaban como mundos en miniatura, rutilantes y velados contra ese trasfondo flamígero. Y más allá del brillo de las estrellas y ¡as lunas y los planetas se veía la Gran Noche, el vacío negro que bate como un océano los bordes del sistema solar.

—Bonito —dijo Hilton—. Pero frío, también.
—Tal vez. Es muy posible. Pero me gusta. Bien, consígase un puesto de comerciante, imbécil. Yo me pegaré a La Cucaracha. Sé que puedo confiar en la vieja dama.

La vieja dama respondió con un brusco revolcón. Hilton salió disparado instantáneamente de la cabina. La nave se zarandeaba brutalmente. El primer oficial oyó que Danvers vociferaba algo sobre la incompetencia de los pilotos, pero sabía que probablemente no era culpa del selenita. Llegó a la cabina de control mientras La Cucaracha todavía temblaba en la caída del último salto. Ts'ss era un tornado de movimientos, y las múltiples piernas maniobraban sobre una docena de instrumentos con frenesí.

—¡Avisaré que saltamos! —exclamó Hilton, e inmediatamente Ts'ss se concentró en los controles increíblemente complejos que guiaban la nave al hiperespacio.
El primer oficial estaba ante el tablero auxiliar, bajando las palancas.
—¡Puestos de seguridad! —gritó—. ¡Cerrad los cascos! ¡Aferraos bien, saltadores de soles! ¡Allá vamos!

Una aguja giró veloz en un cuadrante, oscilando sobre una marca. Hilton se desplomó en su asiento, deslizando los brazos bajo las agarraderas curvas y enganchando los codos en ellas. Metió los tobillos en los sostenes correspondientes. Los visores se borronearon y titilaron con colores cambiantes, centelleando y apagándose mientras La Cucaracha se mecía en el columpio entre el espacio normal y el hiperespacio. Hilton probó con otro micrófono.

—Capitán Danvers. Puestos de seguridad. ¿De acuerdo?
—Sí. Ya me he puesto el traje. ¿Me recibe? ¿Me necesita? ¿Qué le pasa a Ts'ss? —preguntó la voz de Danvers.
—El conversor vocal de mi tablero ha estallado, capitán —dijo Ts'ss—. No pude tomar el auxiliar a tiempo...
—Necesitamos de veras una reparación —dijo Danvers, y cortó.
Hilton torció la boca.
—Necesitamos una reconstrucción —farfulló, y acercó los dedos a los botones de control, por si Ts'ss fallaba.

Pero el selenita era como una máquina de precisión; nunca fallaba. La vieja Cucaracha cimbraba por los cuatro costados. Los motores atómicos soltaban cantidades fantásticas de energía en la brecha dimensional. De golpe el columpio se equilibró un instante, y en esa fracción de segundo la nave se deslizó por el puente energético y dejó de ser materia. Dejó de existir en el plano tridimensional. Para un observador se habría esfumado. Pero para un observador del hiperespacio habría surgido repentinamente de la nada. Salvo que no había observadores hiperespaciales. En realidad, en el hiperespacio no había nada. Era, como había contado una vez un científico, una especie de sustancia pura, pero nadie sabía cuál. Se le podían descubrir algunas propiedades, pero no mucho más. Era blanco, y tal vez era una suerte de energía, pues fluía como una marea de poder incontenible que arrastraba las naves a velocidades que en el espacio normal habrían pulverizado a la tripulación. Ahora, flotando en la hipercorriente, La Cucaracha corría hacia la Gran Noche a una velocidad que en cuestión de segundos la llevaría más allá de la órbita de Plutón. Pero Plutón no se veía. Aquí se operaba a ciegas, con instrumentos. Y si uno se equivocaba de nivel, mala suerte... ¡Para uno...! Hilton se apresuró a leer el instrumental. Estaba en Hiper-C-758-R. Correcto. El flujo circulaba en varias direcciones en los diferentes niveles del hiperespacio. Al regresar, alterarían la estructura atómica para abordar Hiper-M-75-L, que se precipitaba de Fria a la Tierra y más allá.

—Ya está —dijo Hilton, distendiéndose y buscando un cigarrillo—. Ni meteoros, ni problemas de tensión... Simplemente bogar hasta acercarnos a Fria. Luego emergeremos del hiperespacio, y probablemente nos haremos trizas.
Sonó un chasquido.
—Señor Hilton —anunció una voz—, hay problemas.
—Era previsible... Bien, Wiggins. ¿Qué pasa ahora?
—Uno de los nuevos... Estaba afuera, haciendo reparaciones.
—Hubo tiempo de sobra para regresar y entrar —vociferó Hilton, que en realidad no estaba muy seguro de lo que decía—. Llamé a todos los puestos de seguridad...
—Sí, señor. Pero este hombre es nuevo. Parece que nunca antes había navegado en una hipernave. Sea como fuere, está en la enfermería con una pierna quebrada.
Hilton reflexionó un momento; La Cucaracha iba escasa de tripulantes, de todos modos. Pocos hombres capaces se embarcarían voluntariamente en esta antigualla.
—Bajo enseguida —dijo, y le hizo un gesto a Ts'ss, luego bajó por el pasadizo echándole de paso una ojeada al capitán, que se había dormido. Avanzó ayudándose con las agarraderas, pues en el hiperespacio no había gravedad aceleratoria. En la enfermería encontró al cirujano, que era también el cocinero de a bordo, entablillando a un jovenzuelo traspirado que maldecía entre dientes.
—¿Qué le pasa? —le preguntó Hilton.
Bruno, el matasanos, le saludó con aire distraído.
—Fractura simple. Lo entablillo para que pueda moverse. Ha vomitado. Creo que no sirve para una hipernave.
—Eso parece —dijo Hilton, estudiando al paciente. El muchacho abrió los ojos y los clavó en Hilton.
—¡Me embarcaron de contrabando! —aulló—. ¡Por la fuerza! Lo demandaré, cueste lo que cueste. El primer oficial no se mosqueó.
—No soy el capitán, soy primer oficial —dijo Hilton—. Y te diré que lo que cueste no valdrá la pena gastarlo en nosotros. No valemos demasiado. ¿Sabes qué es la disciplina?
—¡Me embarcaron a la fuerza!
—Lo sé. Es el único modo de que La Cucaracha zarpe con una dotación completa. He mencionado la disciplina. Aquí no nos preocupa demasiado. De todas maneras, es mejor que me llames 'señor' delante de los demás. Ahora cállate y descansa. Dale un sedante, Bruno.
—¡No! ¡Quiero enviar un espaciograma!
—Estamos en el hiperespacio. No puedes. ¿Cómo te llamas?
—Saxon. Luther Saxon —respondió entre rezongos de impotencia—. Soy... Soy ingeniero consultor de Transmat.
—¿Los que hacen transmisión de materia? ¿Qué hacías por los muelles espaciales?
Saxon tragó saliva.
—Bueno... Yo...acompaño a las dotaciones técnicas para supervisar las nuevas instalaciones. Habíamos terminado una estación transmisora en Venus. Salí a tomar unos tragos... ¡Eso fue todo! Unos tragos y...
—Y apareciste donde menos te lo esperabas —dijo Hilton, divertido—. Alguno de los muchachos te echó droga en el vaso. De todas maneras, tu nombre figura en la nómina, así que no tienes salida a menos que saltes de la nave. Puedes enviar un mensaje desde Fria, pero tardaría mil años en llegar a Venus o la Tierra. Mejor quédate con nosotros, y podremos volver juntos.
—¿En esta carretilla? No es segura. Es tan vieja que cada vez que respiro hondo se me pone la carne de gallina.
—Bien, deja de respirar —barbotó Hilton,¿a Cucaracha ya no era una damisela, evidentemente, pero hacía muchos años que él navegaba en ella. Era lógico que el hombre de Transmat hablara así; las dotaciones de Transmat nunca corren riesgos.
—¿Habías navegado alguna vez en una hipernave? —preguntó.
—Claro —dijo Saxon—. ¡Como pasajero! Tenemos que llegar a un planeta antes de llegar a una estación, ¿no?
—Aja —Hilton estudió la cara ceñuda del paciente—. Pero ahora no eres pasajero.
—Tengo una fractura.
—¿Eres ingeniero calificado? Saxon titubeó y finalmente asintió.
—De acuerdo, serás piloto auxiliar. No tendrás que caminar mucho. El piloto te dirá lo que hay que hacer. Así te ganarás los garbanzos.
Saxon escupió protestas.
—Algo más —dijo Hilton—. Mejor no le digas al capitán que eres de Transmat. Te colgaría de una tobera. Mándamelo cuando esté bien, Bruno.
—Sí señor —dijo Bruno simulando una sonrisa, también era viejo lobo espacial, y no simpatizaba con Transmat.

Hilton regresó a la sala de control. Se sentó y observó los visores blancos. Casi todos los brazos de Ts'ss estaban quietos, eso indicaba rutina.

—Tendrás un ayudante —dijo Hilton al rato—. Instrúyelo rápido. Así podremos descansar un poco. Si ese calistano idiota no hubiera desertado en Venus, estaríamos de perlas.
—Será un viaje corto —dijo Ts'ss—. En este nivel la hipercorriente es más rápida.
—Sí. No le digas al capitán, pero el novato es hombre de Transmat.
Ts'ss soltó una risita.
—Eso también pasará —dijo—. Somos una raza antigua, señor Hilton. Los terráqueos son niños comparados con los selenitas. A las hipernaves pronto les tocará el turno, y después le llegará la hora a Transmat, cuando aparezca algo nuevo.
—Nosotros no pasaremos —dijo Hilton, algo asombrado de encontrarse defendiendo la filosofía del capitán—. Vosotros no habéis... Los selenitas.
—Quedamos algunos, es cierto —dijo blandamente Ts'ss—. No muchos. La época dorada del Imperio Selenita pasó hace mucho tiempo. Pero todavía quedamos algunos selenitas, como yo.
—¿Y estáis vivos, verdad? No se puede liquidar...una raza.
—No fácilmente. No enseguida. Pero a la larga sí. Y también se puede matar una tradición, aunque lleve mucho tiempo. Pero usted sabe cuál será el fin.
—Oh, cállate —dijo Hilton—. Hablas demasiado.

Ts'ss volvió a inclinarse sobre los controles. La Cucaracha siguió bogando en la hipercorriente blanca, deslizándose tan raudamente como el día en que la habían botado. Pero cuando llegaran a Fria se las verían con el espacio normal y una gravedad intensa. Hilton frunció el ceño. ¿Y qué? —pensó—. Este es sólo otro viaje. El destino del universo no depende de él. Nada depende de él, salvo la posibilidad de ganar lo suficiente para hacer reparar a la vieja dama. Y a mí no me importará, porque es mi último viaje en la Gran Noche. Observó las pantallas. No podía verla, pero sabía que la Gran Noche yacía más allá de esa blancura universal, en un plano invisible para sus ojos. Las pequeñas chispas de mundos y soles fulguraban en la inmensidad, pero nunca alumbraban la Gran Noche. Era demasiado vasta, demasiado implacable. Y hasta los soles gigantes se apagarían finalmente en ese océano. Como se apagaría todo lo demás, todo lo que se desplazaba en las mareas del tiempo dentro de esa enorme negrura. Eso era el progreso. Una ola nacía y reunía fuerzas y crecía... Y se rompía. Detrás venía una nueva ola. Y la vieja se disgregaba y se perdía para siempre. Quedaban algunos espumarajos y burbujas, como Ts'ss, vestigio de la ola gigante del antiguo Imperio Selenita.

El Imperio había muerto. Había combatido y gobernado a cien mundos en su época. Pero al fin la Gran Noche lo había conquistado y engullido. Y eventualmente engulliría a la última hipernave. Tocaron Fria seis días terrestres después. Tocaron es decir poco. Uno de los brazos quitinosos de Ts'ss se tronchó con el impacto, pero al selenita pareció no importarle. No sentía el dolor, y en pocas semanas le crecería un brazo nuevo. La tripulación, sujeta a las agarraderas de aterrizaje, sobrevivió con lesiones leves. Luther Saxon, el hombre de Transmat, ocupaba el asiento del piloto auxiliar —tenía bastantes conocimientos técnicos y había aprendido rápido los rudimentos—, y recibió un moretón en la frente, pero eso fue todo. La Cucaracha había emergido del hiperespacio con una sacudida que crispó al límite el viejo corpachón, y la atmósfera y la gravedad de Fria le pusieron a prueba otra vez. Las soldaduras se desgarraron, una tobera se desprendió y nuevas estrías rugosas surcaron el casco hirviente. La tripulación anhelaba un descanso. No hubo tiempo para eso. Hilton organizó turnos de trabajo con intervalos de seis horas, y como quien no quiere la cosa anunció que estaba prohibido ir a Crepúsculo. Sabía que los tripulantes ignorarían la orden. No había manera de conservar a los hombres a bordo mientras Crepúsculo vendiera licor y otros mecanismos de escape aún más eficientes. De todos modos había pocas mujeres en Fria y Hilton esperaba que un buen número de hombres siguiera trabajando hasta dejar La Cucaracha reparada y en buenas condiciones de navegación, antes de subir el cargamento de hongos.

Sabía que Wiggins, el segundo oficial, daría lo máximo de sí. El salió con el capitán en busca de Christie, el comerciante de Fria. Tenía que atravesar Crepúsculo, la colonia techada protegida del resplandor caliente y diamantino de la estrella del sistema. No era grande. Pero Fria era un puesto de avanzada, con una población oscilante de pocos centenares que llegaban y se iban con las naves y las temporadas de cosecha. Hilton pensó que si era necesario, podrían embarcar de contrabando a algún juerguista. Pero era improbable que los tripulantes desertaran. Ninguno de ellos cobraría un céntimo antes de regresar al sistema solar. Encontraron a Christie en su cabina de plasticoide; un hombre gordo, calvo y sudoroso que chupaba una enorme pipa de espuma de mar. Se sobresaltó al verles, y luego se recostó resignadamente en la silla y los invitó a sentarse.

—Hola, Chris —dijo Danvers—. ¿Qué tal?
—Hola, capitán. Hola, Logger. ¿Un buen viaje?
—El aterrizaje no fue tan bueno —dijo Hilton.
—Sí, algo me han contado. ¿Un trago?
—Después —dijo Danvers, aunque le brillaron los ojos—.Primero los negocios. ¿Tienes listo algún buen cargamento?
Christie se alisó una de las mejillas gordas y relucientes.
—Bien... Llegáis con dos semanas de adelanto.
—Siempre tienes una reserva. El comerciante gruñó.
—Lo cierto es... Oye, ¿no has recibido mi mensaje? No, supongo que no hubo tiempo... La semana pasada te mandé un recado en el Cielo Azul, capitán.
Hilton intercambió una mirada con Danvers.
—Hueles a malas noticias, Chris. ¿Qué pasa?
—No puedo evitarlo —dijo Christie, incómodo—. No podéis competir con Transmat. No podéis pagar esos precios. La Cucaracha supone gastos de viaje. El combustible cuesta dinero y...bien, Transmat instala una estación, la paga, y eso es todo, salvo el consumo de energía. ¿Cuánto suma con motores atómicos?
Danvers se estaba poniendo rojo.
—¿Transmat instalará una estación aquí? —se apresuró a preguntar Hilton.
—Sí. No puedo detenerlos. Estará lista en un par de meses.
—¿Pero por qué? Los hongos no valen la pena. El mercado no es tan importante. Nos estás envolviendo, Chris. ¿Qué quieres? ¿Una tajada más grande? Christie contempló la pipa.
—No. ¿Recuerdas los análisis de mineral de hace doce años? Hay filones valiosos en Fría, Logger. Sólo que hay que refinarlo mucho. De lo contrario es muy voluminoso para embarcarlo. Y costaría muchísimo fletar el equipo en una nave. Son máquinas grandes, grandes de veras.
Hilton miró de soslayo a Danvers. El capitán ya estaba púrpura, y apretaba los labios con fuerza.
—Pero... Un momento, Chris. ¿Cómo lo solucionará Transmat? ¿Enviará el mineral en bruto a la Tierra con sus aparatos?
—Según lo que he oído —dijo Christie—, enviarán las máquinas de refinamiento y las instalarán en Fria. Todo lo que necesitan para eso es un transmisor. El campo puede expandirse para transportar cualquier cosa, ¿verdad? ¡Qué demonios, si se puede mover un planeta, teniendo la suficiente energía! El mineral será procesado aquí y el producto refinado será enviado a la Tierra.
—Así que buscan mineral —dijo Danvers en voz baja—. ¿No les interesan los hongos, verdad? Christie movió la cabeza.
—Parece que sí. Me han hecho una oferta. Importante. No puedo rechazarla, y tú no puedes igualarla, capitán. Lo sabes tan bien como yo. Trece dólares la libra.
Danvers refunfuñó. Hilton soltó un silbido.
—No podemos igualarla —dijo—. ¿Pero cómo se las arreglan para pagar tanto?
—Por la cantidad. Mandan todo con los transmisores. Instalan uno en un mundo, y es una puerta abierta en la Tierra..., o en el planeta que se les antoje. Un trabajo solo no les deja mucho margen, pero un millón de trabajos... ¡Y lo acaparan todo! ¿Qué puedo hacer yo, Logger?

Hilton se encogió de hombros. El capitán se levantó bruscamente. Christie miró fijamente la pipa.
—Mira, capitán. ¿Por qué no pruebas con las Secundarias de Orion? He oído que tuvieron una excelente cosecha de eucaliptus...
—Yo lo oí hace un mes —dijo Danvers—. Todo el inundo lo ha oído. Supongo que ya no quedará nada. Además, la vieja dama no aguantaría semejante viaje. Tengo que hacerla reparar pronto, y bien, cuando volvamos al sistema. Se hizo un silencio. Christie sudaba más que nunca.
—¿Y ese trago? —sugirió—. Quizá se nos ocurra algo.
—Todavía puedo pagarme lo que bebo —le espetó el capitán Danvers, que giró sobre sus talones y se marchó.
—¡Cielo santo, Logger! —dijo Christie—. ¿Qué podría hacer yo?
—No es tu culpa, Chris —dijo Hilton—. Te veré luego, a menos... De todos modos, mejor que siga al capitán. Parece que se dirige a Crepúsculo.

Siguió a Danvers, pero ya había perdido las esperanzas. Dos días más tarde el capitán seguía borracho. En la penumbra de Crepúsculo, Hilton entró en un cobertizo enorme y fresco donde inmensos ventiladores hacían circular el aire caliente y encontró a Danvers, como de costumbre, en una mesa del fondo, con una copa en la mano. Estaba hablando con un canopiano de cabeza diminuta, un ejemplar de raza retrógrada que posee apenas un mínimo de inteligencia. El canopiano parecía recubierto de felpa negra, y los ojos rojos relucían perturbadoramente a través de la pelambre. El también empuñaba una copa. Hilton se ¡es acercó.

—Capitán —dijo.
—Largo —dijo Danvers—. Estoy charlando con este amigo.
Hilton miró al canopiano con severidad y echó el pulgar hacia atrás. La sombra de ojos rojos recogió la copa y se marchó rápidamente. Hilton se sentó.
—Estamos listos para despegar —dijo.
Los ojos legañosos de Danvers parpadearon.
—Me ha interrumpido, oficial. Estoy ocupado.
—Cómprese una caja y termine la juerga a bordo —dijo Hilton— Si no zarpamos pronto la tripulación desertará.
—Que se vayan.
—De acuerdo. Entonces, ¿quién llevará La Cucaracha de vuelta a la Tierra?
—Si volvemos a la Tierra la vieja dama irá a parar a un cementerio de chatarra —dijo furiosamente Danvers—. La CTI no autorizará otro viaje sin una remodelación general.
—Puede pedir un préstamo.
—¡Ja!
Hilton soltó un suspiro áspero y furibundo.
—¿Está suficientemente sobrio como para entenderme? Entonces escuche. Estuve hablando con Saxon...
—¿Quién es Saxon?
—Lo embarcamos subrepticiamente en Venus. Bien, es un...ingeniero de Transmat —Hilton se apresuró a continuar antes que el capitán pudiera replicarle—. Fue un error. Un error de quien le 'reclutó', y nuestro. Transmat respalda a sus hombres. Saxon ha hablado con la gente de Transmat en Fría, y el superintendente me ha visitado; hay problemas en puerta. Una demanda por daños y perjuicios. Pero tenemos una salida... Ninguna hipernave llegará a Fria en muchas semanas y el transmisor de materia no estará terminado hasta dentro de dos meses. Y parece que Transmat va escasa de ingenieros. Si podemos llevar a Saxon a Venus o la Tierra inmediatamente, él se callará. Y no habrá demanda.
—Quizás él se calle... ¿Pero Transmat?
—Si Saxon no firma una queja, ¿qué puede hacer la compañía? —Hilton se encogió de hombros—. Es nuestra única salida.
Los dedos moteados de Danvers juguetearon con la copa.
—Un hombre de Transmat —murmuró—. Aja. Así que volvemos a casa... ¿Y qué? Estamos liquidados —clavó en Hilton una mirada turbia—. Es decir, yo estoy liquidado. Olvidé que usted desertará después de este viaje.
—No desertaré. Mis contratos expiran al terminar cada viaje. ¿Qué quiere que haga yo, de todos modos?
—Haga lo que quiera. Abandonar a la vieja dama. Usted no es un lobo espacial —escupió Danvers.
—Sé cuando llevo las de perder —dijo Hilton—. Cuando se pierde por puntos lo más inteligente es esquivar los golpes, no esperar el knockout. Usted tiene conocimientos técnicos. También podría trabajar para Transmat.

Por un segundo Hilton creyó que el capitán le tiraría la copa en la cara. Luego Danvers se recostó en la silla, y se puso una sonrisa en los labios.
—No debería perder la cabeza por eso —dijo con esfuerzo—. Es la verdad.
—Sí... Bueno, ¿viene conmigo?
—¿La vieja dama está lista para despegar? —preguntó Danvers—. Iré con usted, pues. Pero antes, beba una copa conmigo.
—No tenemos tiempo.
Danvers se levantó con la dignidad de un borracho.
—No me gustan sus ínfulas, oficial. El viaje no ha terminado, todavía. ¡Dije: beba conmigo! Es una orden.
—Oh, está bien, está bien —dijo Hilton—. Un trago, y nos vamos...
—Claro.

Hilton bebió el licor sin degustarlo, y... Sintió demasiado tarde el dolor picante en la lengua. Antes que pudiera incorporarse, el salón penumbroso se replegó sobre él como un paraguas al cerrarse. Mientras perdía el conocimiento comprendió con amargura que acababan de drogarlo como al más tierno de los novatos. Sólo que ese trago lo había servido el capitán. Los sueños eran confusos. Estaba combatiendo con algo, pero no sabía con qué. A veces cambiaba de forma y a veces no estaba allí, pero era siempre enorme y terriblemente poderoso. El tampoco era siempre el mismo. En algunas ocasiones era el joven deslumbrado que se había embarcado en el Saltaestrellas, para zambullirse por primera vez en la Gran Noche. Luego tenía unos años más y era contramaestre. Quería ascender a oficial y estudiaba, a través de los blancos e inmutables días y noches del hiperespacio, los intrincados logaritmos que debe conocer todo buen piloto. Como el caballo que gira y gira alrededor de una noria, caminaba hacia una meta que se le escapaba, que permanecía siempre lejos de su alcance. A veces ni siquiera veía cuál era esa meta; brillaba como el éxito y tal vez lo fuera, pero la meta empezaba a girar antes de que el pusiera la noria en movimiento. En la Gran Noche una voz descarnada le decía:

—Has equivocado el juego, Logger. Hace treinta años habrías tenido un futuro en las hipernaves. Ahora no. Vendrá una nueva ola. Lárgate o ahógate.

Una sombra de ojos rojos se inclinó sobre él. Hilton luchó por emerger del sueño. Sacudió los brazos torpemente y apartó la copa que le acercaban a los labios. El canopiano soltó un grito estridente y áspero. El líquido de la copa formó una esfera brillante en medio del aire. La copa notaba y el canopiano también. Estaban en el hiperespacio. Unas pocas correas sujetaban a Hilton a la cucheta, y comprobó que se trataba de su propia cabina. El mareo y la debilidad, efectos de la droga, se le escurrían en el cerebro. El canopiano chocó contra la pared, empujó con fuerza y regresó disparado hacia Hilton. El oficial se libró de las correas. Estiró la mano y apresó un puñado de pelo negro y sedoso. El canopiano le tiró un zarpazo a los ojos.

—¡Capitán! —chilló—. ¡Capitán Danvers!
El dolor atenaceó la mejilla de Hilton cuando las zarpas del oponente se la hicieron sangrar. Hilton rugió de furia. Lanzó un puñetazo a la mandíbula del canopiano, pero ahora flotaban libremente y el impacto fue ineficaz. Se trenzaron en el aire. El canopiano no cesaba de chillar con su alarido agudo y demente. El picaporte emitió dos chasquidos. Se oyó una voz afuera. Wiggins, el segundo. Hubo un estruendo sordo. Hilton, todavía débil, trataba de alejar al canopiano con golpes espasmódicos. La puerta se abrió de golpe y entró Wiggins.

—¡Dzann! —dijo—. ¡Basta! —y encañonó al canopiano con una pistola propulsora.
Frente a la puerta había un pequeño grupo. Hilton vio a Saxon, el hombre de Transmat, boquiabierto, y a otros miembros de la tripulación que miraban indecisos. De pronto la cara del capitán Danvers apareció detrás de las otras, tensa y convulsa.

—¿Qué ha pasado, señor Hilton? —dijo Wiggins—. ¿Este gato le saltó encima?
Hilton estaba tan acostumbrado a usar la armadura espacial que hasta entonces no había reparado en su presencia. El casco estaba echado hacia atrás, como el de Wiggins y el resto. Se arrancó un lastre del cinturón y lo arrojó a un lado; la reacción lo impulsó hacia una pared, donde aferró una agarradera.

—¿Lo encerraremos en una celda? —preguntó Wiggins.
—Bien, hombres —dijo serenamente Danvers—. Dejadme pasar —se dio impulso para entrar en la cabina de Hilton rodeado de miradas de embarazo y vaga desconfianza, clavadas en él; el capitán las ignoró.
—¡Dzann! —gritó—. ¿Por qué no tienes puesta tu armadura? Póntela. El resto..., a sus puestos. Usted también, señor Wiggins. Yo me encargaré de esto.
Wiggins vaciló. Trató de decir algo.
—¿Qué espera? —le dijo Hilton—. Dígale a Bruno que traiga un poco de café, y ahora márchese —maniobró para sentarse en la cucheta, viendo por el rabillo del ojo que Wiggins y los demás se retiraban. Dzann, el canopiano, había tomado un traje del rincón y forcejeaba torpemente para ponérselo. Danvers cerró cuidadosamente la puerta, investigando la cerradura estropeada.
—Hay que hacerla arreglar —murmuró—. No quiero cosas rotas a bordo —encontró una agarradera y se detuvo frente al primer oficial, los ojos fríos y vigilantes, la cara fatigada y todavía tensa.
Hilton buscó un cigarrillo.
—La próxima vez que su gato me salte encima lo perforaré de lado a lado —prometió.
—Lo aposté aquí para vigilarle a usted, por si acaso —dijo Danvers—. Para que le cuidara si sufríamos algún accidente o corríamos peligro. Le enseñé cómo cerrarle el casco y abrir el oxígeno.
—¿Y cree que un canopiano imbécil se iba a acordar? —dijo Hilton—. También le dijo que me mantuviera drogado —tendió la mano hacia la esfera líquida y brillante que flotaba cerca y la palpó con el índice; probó la bebida—. Claro. Vakheesh. Eso es lo que puso en mi copa en Fria. ¿Qué tal si suelta la lengua, capitán? ¿Qué hace este canopiano a bordo?
—Lo he contratado —dijo Danvers.
—¿Para qué? ¿Supervisor de carga? Danvers respondió con voz neutra. Miraba a Hilton de hito en hito.
—Camarero.
—Ya veo. ¿Qué le ha dicho a Wiggins? Sobre mí, quiero decir.
—Le he dicho que usted estaba ñipado —sonrió el capitán Danvers—. Era cierto, por otra parte.
—Pero ya no —replicó Hilton con exasperación—. ¿Qué tal si me cuenta dónde estamos? De todos modos, puedo averiguarlo. Puedo pedirle las ecuaciones a Ts'ss y establecer las coordenadas. ¿Estamos en M—75—L?
—No. Estamos navegando en otro nivel.
—¿Hacia dónde?
—No conozco el nombre —chilló el canopiano—. No tiene nombre. Tiene un sol doble.
—¡Está loco de remate! —Hilton miró ceñudamente al capitán—. ¿Ha puesto rumbo hacia un sistema binario? Danvers seguía sonriendo.
—Así es. No sólo eso... Además, vamos a aterrizar en un planeta que está a unos cincuenta mil kilómetros de los soles.
Hilton abrió la mampara corrediza y observó el vacío blanco.
—A menos distancia que Mercurio del Sol. No podrá hacerlo. ¿Qué tamaño tienen las estrellas? Danvers se lo dijo.
—De acuerdo. Es un suicidio. Usted lo sabe. La Cucaracha no aguantará.
—La vieja dama puede aguantar todo lo que le ofrezca la Gran Noche.
—Esto no. Pudo haber regresado a la Tierra y descender en la Luna... Pero usted la lleva a una máquina trituradora.
—Todavía recuerdo mis lecciones de astrogación —dijo Danvers—. Saldremos del hiperespacio con el planeta entre nosotros y las estrellas primarias. Descenderemos con la atracción.
—Hechos pedazos —convino Hilton—. Lástima que no me ha mantenido ñipado. Si se queda callado y quieto, cambiaremos el rumbo y volveremos sanos y salvos a la Tierra. Pero si se pone difícil habrá un motín y lo denunciaré al Almirantazgo.
El capitán hizo un ruido que sonó como una carcajada.
—De acuerdo —dijo—, proceda a su gusto. Échele una ojeada a las ecuaciones. Si me necesita, estoy en mi cabina. Vamos, Dzann.

Se alejó por el pasadizo con el canopiano tras de él, como una sombra. Siguiendo a Danvers, Hilton se topó con Bruno, que le traía el café. El primer oficial gruñó, tomó la taza cubierta y sorbió el líquido con la destreza de alguien muy acostumbrado a condiciones antigravitatorias. Bruno le observó.

—¿Todo bien, señor? —preguntó el cirujano-cocinero.
—Sí. ¿Por qué no?
—Bueno..., los hombres están inquietos.
—¿Por qué?
—No sé, señor. Usted nunca... Usted siempre ha dirigido los despegues, señor. Y ese canopiano... A la gente no le cae bien. Todos piensan que hay problemas.
—¿Ah, sí? —dijo sombríamente Hilton—. Ya les pondré en claro las ideas cuando empiece la guardia nocturna. Hablan demasiado.

Miró ceñudamente a Bruno y siguió hacia la puerta de control. Aunque al capitán le había hablado de motín, era demasiado veterano como para llevar a todos a situación tan extrema. Había que mantener la disciplina, aun cuando el capitán Danvers pareciera haberse vuelto loco. Ts'ss y Saxon manejaban los controles. El selenita le miró de soslayo con los ojillos brillantes, pero la máscara impasible bajo el filtro de audio no reveló ninguna expresión. Saxon, en cambio, se volvió y se puso a hablar con excitación.

—¿Qué ha sucedido, señor Hilton? Algo va mal. Ya tendríamos que estar preparando el descenso en la Luna. Pero no es así. No entiendo lo bastante sobre estas ecuaciones para cotejarlas, y Ts'ss no me cuenta una palabra.
—No hay nada que contar —dijo Ts'ss. Hilton tendió la mano y recogió una carpeta de cifras en código.
—Cierra el pico —le dijo distraídamente a Saxon—. Quiero concentrarme en esto.
Estudió las ecuaciones. Leyó la muerte en ellas. Logger Hilton entró en la cabina del capitán, se apoyó de espaldas contra la pared y le soltó una sarta de maldiciones en voz baja. Cuando hubo concluido, Danvers le sonrió.
—¿Es todo? —preguntó.
Hilton se volvió al canopiano, agazapado en un rincón y aflojándose furtivamente las correas del traje espacial.
—Eso iba también para ti, minino —le dijo.
—Dzann no se ofuscará —dijo Danvers—. El seso no le da para enfadarse por un insulto. ¿Todavía piensa amotinarse y poner rumbo a la Tierra?
—Ya no —dijo Hilton, y con airada paciencia se puso a enumerar ¡os problemas con los dedos—. No podrá pasar de un hiperplano al otro sin caer primero en el espacio ordinario para cobrar impulso. Si regresáramos al espacio normal, el impacto podría hacer trizas a La Cucaracha. Estaríamos en trajes, flotando en el espacio a cien millones de kilómetros del planeta más cercano. En este momento navegamos en una híper corriente veloz que parece conducir al confín del universo.
—Hay un planeta a mano —dijo Danvers.
—Claro. El que está a cincuenta mil kilómetros de una primaria doble. Y nada más.
—¿Y bien? Suponga que sufrimos un accidente. Podemos hacer las reparaciones una vez que descendamos en un planeta. Podemos conseguir los materiales necesarios. En el espacio es imposible. Sé que aterrizar en ese mundo nos dará menuda faena... Pero es eso o nada, ahora.
—¿Qué se propone?
—Este canopiano, Dzann, hizo un viaje hace seis años. Una hipernave sin itinerario fijo.

Los controles se atascaron y el cascajo ponía rumbo hacia afuera. Hicieron un aterrizaje de emergencia justo a tiempo. Escogieron un planeta que había sido detectado y registrado en los mapas, pero nunca visitado. Allí hicieron las reparaciones, y luego volvieron a las rutas comerciales. Pero había un fulano a bordo, un terráqueo que le tenía cariño a Dzann. El fulano era listo, y creo que había estado involucrado en el tráfico de drogas. No mucha gente conoce el paraine por el aspecto, pero este tío sí. No le dijo nada a nadie. Tomó muestras con el propósito de juntar dinero, contratar una nave y fletar un cargamento. Pero le acuchillaron en un tugurio de Caliste. No murió inmediatamente, de todos modos. Y simpatizaba con Dzann. Así que le pasó a Dzann toda la información.

—¿A ese retardado? —dijo Hilton—. ¿Cómo podría recordar el rumbo?
—Eso es algo que los canopianos pueden recordar. Quizá sean lentos de entendederas, pero son buenos matemáticos. Es el único talento que poseen.
—Para él ha sido un buen modo de conseguir unos tragos gratis y un empleo —dijo Hilton.
—No. Me ha dejado ver las muestras. Conozco un poco su lengua, y por eso me confió su secreto cuando estábamos en Fria. Bien, entonces aterrizaremos en ese planeta sin nombre y cargaremos una partida de paraine. Repararemos a la vieja dama, si es necesario.
—¡Oh, lo será!
—Y después, regresaremos.
—¿A la Tierra?
—Creo que a Sueno. El aterrizaje será más fácil.
—Y ahora le preocupan los aterrizajes... —comentó el oficial, socarrón—. Bien, supongo que no podré impedirlo de ningún modo. Después de este viaje me largo. ¿Cuál es la cotización actual del paraine?
—Cincuenta dólares la libra. En el Centro Médico, si a eso se refiere.
—Mucho dinero —dijo Hilton—. Con esas ganancias podrá comprar una nueva nave y aun guardar unos ahorros para divertirse.
—Usted tendrá su parte.
—De todos modos me largo.
—No, hasta que termine este viaje —dijo Danvers—. Es usted el primer oficial de La Cucaracha —rió—. Un lobo del espacio se guarda muchos trucos en la manga... Y tengo mucha más experiencia que usted.
—Claro —dijo Hilton—. Es usted listo. Pero ha olvidado a Saxon Ahora le demandará, respaldado por Transmat. Danvers se encogió de hombros.
—Ya pensaré algo. Es su turno de guardia, oficial. Nos quedan doscientas horas para hablar, antes de salir del hiperespacio. Hasta luego.

Cuando Hilton salió, el capitán reía. En doscientas horas pueden pasar muchas cosas. Hilton debía encargarse de que no pasaran. Afortunadamente, su reaparición había calmado a la tripulación; las desavenencias en la oficialidad les huele a problemas. Pero con Hilton trabajando a bordo de La Cucaracha con el aire casual y seguro de siempre, hasta Wiggins, el segundo oficial, se sentía mejor. Aun así, era evidente que no se dirigían a la Tierra. Estaban tardando demasiado. El único problema real era Saxon, y Hilton podía controlarlo. Aunque no sin dificultades. Casi había terminado en una confrontación, pero estaba acostumbrado al mando y finalmente se las arregló para imponerse. Insatisfecho pero más aplacado, Saxon se calló la boca a regañadientes. Hilton le llamó de nuevo.

—Haré todo lo que pueda por ti, Saxon. Pero ahora estamos en la Gran Noche. No estás en espacio civilizado. Y no olvides que el capitán sabe que eres hombre de Transmat y que te detesta. En una hipernave, la palabra del Viejo es ley. Así que, por tu propio bien, mira por dónde caminas.

Saxon captó la indirecta. Palideció ligeramente, y después de eso hizo lo posible por evitar al capitán. Hilton trajinaba examinando La Cucaracha una y otra vez. En el hiperespacio no era posible hacer reparaciones externas, pues no había gravedad y las leyes físicas ordinarias no tenían validez. Los zapatos magnéticos, por ejemplo, no funcionaban. Sólo dentro de la nave había seguridad. Y esa seguridad era ilusoria, pues los vaivenes bruscos del columpio espacial podían desintegrar La Cucaracha en segundos. Hilton exigió la colaboración de Saxon. Quería no sólo colaboración técnica, también deseaba mantenerle ocupado. Así que ambos trabajaron con frenesí improvisando sistemas que pudieran darle a la nave lo máximo de fuerza auxiliar. La torsión, la presión y la tensión fueron estudiadas, se analizó el diseño del navío, y las aleaciones estructurales fueron analizadas con rayos X. Encontraron algunas fallas —La Cucaracha era una dama muy vieja—, pero eran menos de las que Hilton esperaba. Al fin, el trabajo principal consistió en arrancar particiones y mamparas y utilizarlas como refuerzo extra. Pero Hilton sabía, y Saxon concordaba con él, que no sería suficiente para amortiguar la conmoción inevitable. Había una solución posible. Sacrificaron el sector de popa. Era posible, aunque corrían una carrera contra el tiempo. Las cuadrillas arrancaron sin piedad vigas de popa y las trasladaron adelante para soldarlas, de tal modo que la mitad delantera de la nave quedara tremendamente fortificada y aislada, mediante resistentes paredes herméticas, de la esquelética mitad trasera. Por último, Hilton hizo inundar esa mitad con agua manufacturada, para favorecer el efecto de amortiguación. A Danvers no le gustó, desde luego. Pero tuvo que ceder. Después de todo, Hilton mantenía el rumbo que él había indicado, pese a lo riesgoso que era. Si La Cucaracha logra sobrevivir, será gracias a Hilton. Pero Danvers guardó un silencio huraño, encerrado en su cabina.

Hacia el final, Hilton y Ts'ss estaban solos en la sala de control, mientras Saxon, que se había interesado en el trabajo por el trabajo mismo, supervisaba las últimas tareas de refuerzo. Hilton, tratando de encontrar el nivel hiperespacial adecuado para volver a la Tierra después de cargar el paraine, se equivocó con una cifra y maldijo con furia en voz baja. Oyó que Ts'ss reía discretamente y se volvió hacia el selenita.

—¿Qué es lo que encuentras gracioso? —preguntó.
—En realidad, no es gracioso, señor —dijo Ts'ss—. Tiene que haber gente como el capitán Danvers, en todas las cosas importantes.
—¿A qué viene esa cháchara? —preguntó Hilton con curiosidad.
Ts'ss se encogió de hombros.
—El motivo por el que yo sigo embarcándome en La Cucaracha es que yo puedo ser útil y eficiente a bordo, y los planetas ya no sirven para los selenitas. Hemos perdido nuestro último mundo. Murió hace mucho tiempo. Pero todavía recuerdo las viejas tradiciones de nuestro Imperio. Si una tradición adquiere grandeza, es gracias a los hombres que la respaldan. Esa es la causa de la grandeza. Y por eso las híper naves llegaron a significar algo, señor Hilton. Hubo hombres que vivieron y respiraron las hipernaves. Hombres que adoraron las hipernaves como otros adoran dioses. Los dioses caen, pero unos pocos hombres siguen adorando en los viejos altares. No pueden cambiar. Si fueran capaces de cambiar, no serían la clase de hombres que engrandece a sus dioses.

—¿Has estado quemando paraine? —preguntó Hilton con desagrado; le dolía la cabeza y no quería argumentar en favor del capitán.
—No son delirios de drogadicto —dijo Ts'ss—. ¿Qué me dice usted de las tradiciones caballerescas? Nosotros hemos tenido al emperador Chyra, que luchó por...
—He leído sobre Chyra. Era un 'rey Arturo' selenita...
Ts'ss cabeceó lentamente sin dejar de mirar a Hilton con sus ojazos.
—Exacto. Un instrumento que fue útil en su tiempo porque sirvió a su causa con una dedicación exclusiva. Pero cuando esa causa murió, a Chyra, como a Arturo, no le quedaba más que morir también. Sin embargo continuó sirviendo a su dios hasta su propia muerte, sin creer que había caído. La gente como Danvers nunca creerá que las hipernaves han terminado. Las defenderá hasta su muerte. Esos hombres engrandecen sus causas, pero cuando sobreviven a la causa se convierten en figuras trágicas.
—Bien, yo no estoy tan chiflado —gruñó Hilton—. Entraré en otro juego. Transeat o algo por el estilo. Tú eres técnico. ¿Por qué no vienes conmigo después de este viaje?
—Me gusta la Gran Noche —dijo Ts'ss—. Y no tengo un mundo propio, un mundo viviente. No hay razones para que yo busque el éxito, señor Hilton. En La Cucaracha puedo hacer lo que quiero. Pero lejos de la nave veo que la gente no simpatiza con los selenitas. Somos demasiado pocos para infundir respeto o afecto. Y yo soy muy viejo, usted lo sabe...

Perplejo, Hilton miró fijamente al selenita. No había modo de detectar los signos de la vejez en los seres aracnoides. Y ellos sabían siempre, con precisión infalible, cuánto vivirían. Podían predecir el momento exacto de la muerte. Bien, pero él no era viejo. Y no era un lobo espacial como Danvers. No defendía causas perdidas. No había nada que le fuera a atar a las hipernaves después de este viaje...si logra sobrevivir. Sonó una señal. El estómago de Hilton brincó y se congeló, aunque el oficial esperaba este momento desde hacía horas. Buscó un micrófono.

—¡Puestos de segundad! ¡A cerrar los cascos! ¡Saxon, tu informe!
—Todo el trabajo terminado, señor Hilton —dijo la voz de Saxon, tensa pero firme.
—Sube aquí. Tal vez te necesite. Llamada general: voz de alerta. A aferrarse bien. Estamos entrando.

Claro que tenía aguante esa vieja dama. Había tocado mil mundos y navegado más kilómetros de hiperespacio de los que podía contar un hombre. Algo se le había pegado en la Gran Noche, algo más fuerte que los remaches de metal y las aleaciones duras. Llamémosle alma, aunque nunca haya habido una máquina que tuviera alma. Pero desde que la primera balsa con troncos se lanzó a los mares encrespados los hombres han sabido que las naves de algún modo adquieren un alma. Brincaba como una pulga. Corcoveaba como un caballo desbocado. Los puntales y columnas chirriaban y rechinaban, y los pasadizos resonantes se poblaban de crujidos y gruñidos disonantes mientras el metal cedía bajo una tensión brutal. Por los motores circulaba demasiada energía. Pero la destartalada vieja dama resistía y seguía adelante, sacudiéndose, protestando, conservándose entera, de alguna manera...

El columpio franqueaba el abismo entre dos tipos de espacio, y La Cucaracha se zambulló frenéticamente cuesta abajo, una indignidad para una vieja dama que a esa edad debía estar bogando serenamente por el vacío... Pero primero era una hipernave, y después, una dama. Saltó al espacio normal. El capitán había calculado bien. El sol doble no estaba a la vista porque lo eclipsaba el único planeta, pero la atracción de esa monstruosa estrella gemela palmeó a La Cucaracha como la mano titánica de un gigante, y la impuso hacia adelante con una fuerza irresistible. No hubo tiempo para nada, salvo para apretar unos pocos botones. Los poderosos reactores llamearon desde el casco de La Cucaracha. El impacto sacudió a cada hombre de a bordo. Ningún observador lo vio, pero los registradores automáticos grabaron lo que sucedió entonces. La Cucaracha dio contra lo que era prácticamente una pared de piedra. Y ni siquiera eso pudo detenerla, aunque la frenó lo suficiente como para darle un mínimo de seguridad, y ella bajó la popa y se estrelló en el planeta sin nombre con todas las toberas traseras gallardamente encendidas. Los compartimientos inundados amortiguaron el golpe y una parte de ella que no era plástico ni metal le permitió resistir aun ese martillazo que le asestaba un mundo. El aire se escurrió siseando hacia una atmósfera menos densa y se disipó. El casco quedó medio derretido. Las toberas de los reactores estaban fundidas en una docena de lugares. La popa era picadillo. Pero todavía era una nave. Efectuar la carga fue asunto de rutina. Los hombres habían visto demasiados planetas extraños para prestarle a éste demasiada atención. No había aire respirable, de modo que los tripulantes trabajaban en trajes espaciales, salvo tres que habían sufrido lesiones al aterrizar y estaban en la enfermería, en una atmósfera renovada dentro de los compartimientos sellados de la nave. No había muchos de ellos. La Cucaracha era una dama vieja y achacosa, y sólo podían dársele primeros auxilios. Danvers en persona se encargó de atenderla. La Cucaracha le pertenecía, y mantuvo ocupada a la mitad de la tripulación abriendo las toberas selladas por el calor, haciendo reparaciones improvisadas y poniendo a la nave en condiciones relativamente aceptables. Permitió a Saxon trabajar como jefe de cuadrilla, para aprovechar los conocimientos del ingeniero, aunque cada vez que veía al hombre de Transmat se le endurecían los ojos. En cuanto a Hilton, salió con la otra mitad de la tripulación para recoger el paraine. Emplearon cosechadoras al vacío, por lo que debieron arrastrar largos y flexibles tubos de transporte hasta la sentina de La Cucaracha, y les llevó dos semanas de duros esfuerzos completar la carga. Pero para entonces la nave estaba abarrotada de paraine, las reparaciones estaban terminadas, y Danvers había programado el curso a Sueno. Hilton estaba sentado en la sala de control con Ts'ss y Saxon. Abrió un compartimiento de la pared, miró adentro y volvió a cerrarlo. Luego le hizo una seña a Saxon.

—El capitán no ha cambiado de opinión. Nuestro próximo puerto es Sueno —dijo—.Nunca estuve allí.,.
—Yo sí —dijo Ts'ss—. Más tarde le diré cómo es. Saxon bufó con irritación.
—Entonces has de saber cuál es la atracción gravitatoria, Ts'ss. Yo tampoco nunca estuve allí. He buscado el dato en los libros. Casi todos son planetas gigantes. No se puede salir del hiperespacio al espacio normal después de haber alcanzado el radio. No hay plano de eclíptica en ese sistema. Es una locura. Hay que planear un rumbo errático hacia Sueno, e ir luchando constantemente contra las variantes de gravedad de una docena de planetas. Y para colmo, hay que tener en cuenta la atracción de la estrella. Usted sabe que La Cucaracha no lo logrará, señor Hilton.
—Sé que no lo logrará —dijo Hilton—. Hasta ahora hemos abusado de nuestra suerte, pero pedir más sería suicida. Simplemente no resistirá otro viaje. Estamos varados aquí. Pero el capitán se niega a creerlo.
—Está loco —dijo Saxon—. Conozco el límite de resistencia de una máquina, se puede deducir matemáticamente. Esta nave es sólo una máquina. ¿O está usted de acuerdo con el capitán Danvers? ¡Tal vez usted piensa que está viva!
Saxon estaba olvidando la disciplina, pero Hilton entendían que todos sufrían una tensión muy fuerte.
—No, claro que es una máquina —dijo simplemente—. Y ambos sabemos que se le ha exigido demasiado. Si vamos a Sueno... —completó la frase con un ademán significativo.
—El capitán Danvers dice Sileno —murmuró Ts'ss—. No podemos amotinarnos, señor Hilton.
—Nuestra mejor posibilidad es ésta: entrar de algún modo en el hiperespacio —decía Hilton—, seguir la corriente y salir como sea. Pero después, se acabó. La atracción gravitatoria de cualquier sol o planeta nos hará pedazos. El problema es que los únicos mundos con instalaciones para reparar La Cucaracha son los grandes. Si no hacemos esa reparación, estamos fritos. Sin embargo, Saxon, hay una salida: descender en un asteroide.
—¿Por qué?
—Hay menos inconvenientes. No hay gravedad digna de mención. Sin duda que no podremos pedir ayuda por radio, pues las señales tardarían años en llegar a quienquiera. Sólo podremos llegar rápido a través del hiperespacio. Ahora bien, ¿tendrá instalada Transmat alguna estación en algún asteroide?
Saxon abrió la boca y la cerró.
—Sí. Hay una apropiada, en el sistema Rigel. Lejos de la estrella primaria. Pero no entiendo. El capitán Danvers no lo aceptaría.
Hilton abrió el compartimiento de la pared. Se filtró un humo gris.
—Esto es paraine —dijo—. El humo es soplado en la cabina del capitán a través del conducto de ventilación. El capitán estará drogado hasta que aterricemos en ese asteroide de Rigel, Saxon.
Hubo un vbreve silencio. De pronto Hilton cerró el panel de un portazo.
—Hagamos planes —dijo—. Cuanto antes lleguemos al puerto de Rigel, antes regresaremos a la Tierra..., vía Transmat.
Curiosamente, fue Saxon quien vaciló.
—Señor Hilton, aguarde. Transmat... Ya sé que yo trabajo para la empresa, pero son gente astuta, hombres de negocios. Hay que pagar mucho para usar los transmisores de materia.
—¿Pueden transmitir una hipernave, verdad? ¿O es demasiado grande...
—No, pueden expandir el campo enormemente. Pero no me refería a eso. Es el pago que exigirán. Aprovecharán la situación. Tendrá que cederles por lo menos la mitad de la carga.
—Todavía nos quedará bastante para las reparaciones.
—Pero ellos querrán saber de dónde vino el paraine, Y usted estará entre la espada y la pared. Al fin no le quedará otro remedio que decirles. Y eso significará la instalación de una estación de Transmat en este mundo.
—Supongo que sí —dijo serenamente Hilton—. Pero la vieja dama estará nuevamente en condiciones de navegar. Cuando el capitán vea después de los arreglos comprenderá que era la única salida. Así que manos a la obra.
—Recuérdeme que le hable de Sueno —dijo Ts'ss.

La Estación Lunar de Reacondicionamiento es enorme. Han techado un cráter con una cúpula transparente, y abajo yacen las hipernaves en sus plataformas. Llegan destartaladas y rotas, y parten limpias y brillantes y fuertes, de nuevo preparadas para la Gran Noche. La Cucaracha descansaba allí. Ya no era la ruina quejumbrosa que había descendido en el asteroide de Rigel sino una dama atractiva, flamante y hermosa. Arriba, Danvers y Hilton miraban reclinados contra la baranda. El oficial comentó ociosamente:

—Está lista para zarpar. Y hasta tiene buen aspecto...
—No gracias a usted, oficial.
—¡Basta con eso! —dijo Hilton—. Si yo no le hubiera drogado a usted, estaríamos muertos y La Cucaracha estaría notando hecha trizas en el espacio. Mírela ahora.
—Sí. Bien, tiene buen aspecto de veras. Pero no volverá a llevar más cargamentos de paraine. Ese filón era mío. Si usted no le hubiera cantado la ubicación a Transmat, estaríamos salvados —Danvers torció la boca—. Ahora están instalando una estación de Transmat allá; una hipernave no puede competir con un transmisor de materia.
—Hay más de un mundo en la galaxia.
—Claro, claro —pero a Danvers le brillaban los ojos al mirar hacia abajo.
—¿Adonde irá, capitán? —preguntó Hilton.
—¿Qué le importa a usted? ¿Aceptará ese trabajo en Transmat, no?
—No le quepa la menor duda. En cinco minutos me encontraré con Saxon. De hecho, iremos a firmar los contratos. Para mí se acabó el espacio profundo. Pero..., ¿adonde irá usted?
—No sé —dijo Danvers—. Pensaba dar una vuelta por Arcturus, a ver qué hay de nuevo.
Hilton no se movió por un rato. Luego habló sin mirar al capitán.
—¿No pensará parar después en Canis, verdad?
—No.
—Miente.
—Vaya a su cita —dijo Danvers. Hilton observó la gran hipernave.
—La vieja dama siempre ha sido un navío bonito y limpio. Nunca equivocó su camino. Siempre siguió una trayectoria recta. Sería bastante malo que tuviera que trasladar esclavos de Arcturus al mercado de Canis. Es ilegal, por supuesto, pero no es eso lo que cuenta. Es un negocio sucio, inmundo.
—¡No le he pedido consejos, oficial! —rugió Danvers—. ¡Nadie ha hablado de traficar esclavos!
—Y supongo que tampoco pensaba descargar el paraine en Sueno, En el Centro Médico se puede conseguir un buen precio, pero se puede sextuplicar en el mercado de drogas de Sueno. Sí, me lo dijo Ts'ss. El estuvo en Sueno.
—Oh, cállese la boca —dijo Danvers.
Hilton echó la cabeza hacia atrás para escrutar— la vasta negrura más allá de la cúpula.
—Aún si pierde la pelea, es mejor pelear limpio —dijo—. ¿Sabe en qué terminaría todo esto?
Danvers miró también hacia arriba. Al parecer, veía algo que no le gustaba.
—¿Cómo se podría competir con Transmat? —preguntó—. Hay que sacar ganancias de algún fado...
—Hay un modo fácil y sucio, y hay otro limpio, pero difícil. La vieja dama tiene una historia intachable.
—Usted no es un lobo del espacio. Nunca lo fue. ¡Déjeme en paz! Tengo que contratar una tripulación.
—Escuche... —dijo Hilton, y se interrumpió—. Ah, váyase al demonio. Para mí se acabó.

Volvió la espalda y se alejó por el largo corredor de acero. Ts'ss y Saxon estaban bebiendo whisky con soda en el Cuarto Menguante. Por los ventanales se veía el pasaje cubierto que conducía a la Estación de Reacondicionamiento, y más allá las rocas del borde de un cráter, con el trasfondo de la oscuridad constelada de estrellas. Saxon miró el reloj.

—No vendrá —dijo Ts'ss.
El hombre de Transmat sacudió los hombros con impaciencia.
—No. Te equivocas. Desde luego, entiendo por qué quieres quedarte en La Cucaracha.
—Sí, soy viejo. Esa es una razón.
—Pero Hilton es joven, y es listo. Tiene un gran futuro por delante. Esa tontería de apegarse a un ideal... Bien, puede que el capitán Danvers sea así, pero Hilton no. No está enamorado de las hipernaves.
Ts'ss hizo girar la copa lentamente entre los extraños dedos.
—En una cosa te equivocas, Saxon. No me embarcaré en La Cucaracha.
Saxon le miró sorprendido.
—Pero creí que... ¿Por qué no?
—Moriré dentro de mil horas terrestres —dijo Ts'ss en voz baja—. Cuando llegue el momento, bajaré a las cavernas selenitas. No muchos saben que existen, y sólo unos pocos de nosotros conocemos las cavernas secretas, los recintos sagrados de nuestra raza. Pero yo las conozco. Iré a morir allí, Saxon. Cada hombre tiene una obsesión que le domina, y a mí...me ocurre lo mismo. Debo morir en mi propio mundo. En cuanto al capitán Danvers, él sigue su causa, corno nuestro emperador Chyra y vuestro rey Arturo.

Los hombres como Danvers engrandecen las hipernaves. Ahora la causa ha muerto, pero los hombres que le dieron grandeza no pueden cambiar de actitud. Si les fuera posible, nunca habrían surcado la galaxia en sus naves. Así que Danvers se quedará con La Cucaracha y Hilton...

—¡El no es un fanático! No se quedará. ¿Por qué habría de hacerlo?
—En nuestras leyendas, el emperador Chyra estaba arruinado, y su imperio desmoronado —dijo Ts'ss—. Pero siguió luchando. Hubo uno que luchó a su lado, aunque no creía en la causa de Chyra. Un selenita llamado Jailyra. ¿No había en vuestras leyendas un tal Lanzarote? El tampoco creía en la causa de Arturo. Y no lo abandonó. Sí, Saxon. Están los fanáticos que luchan por lo que creen, pero están también los otros, los que no creen, y que luchan en nombre de una causa menor. Algo llamado amistad.
Saxon rió y señaló los ventanales.
—Te equivocas Ts'ss —dijo con aire triunfal—. Hilton no es tonto. Allí viene.
La forma alta de Hilton avanzaba rápidamente por el pasadizo. Cruzó frente al ventanal y desapareció. Saxon se volvió hacía la puerta. Hubo una pausa.
—O tal vez no sea una causa menor —dijo Ts'ss—. Pues el Imperio Selenita pasó, y la corte de Arturo pasó, y las hipernaves pasarán. La Gran Noche siempre termina engulléndolo todo. Desde el comienzo ha sido así.
—¿Qué?

Esta vez fue Ts'ss quien señaló. Saxon se acomodó para observar. A través del ángulo de la ventana podía ver a Hilton, de pie e inmóvil en la rampa, indiferente a los peatones que circulaban alrededor. Estaba alterado y no sabía por qué. Vieron su expresión de incertidumbre en la cara. De pronto le vieron reanimarse. Hilton sonrió hoscamente para sí mismo. Había tomado una decisión. Giró sobre los talones y volvió rápidamente sobre sus pasos, Saxon observaba la espalda ancha alejarse hacia la Estación de Reacondicionamiento donde esperaban Danvers y La Cucaracha. Hilton volvía por donde había venido, a lo que en realidad nunca había abandonado.

—¡Ese imbécil! —dijo Saxon—. ¡No puede hacer esto! ¡Nadie rechaza una oferta de Transmat!
Ts'ss le dirigió una mirada plácida e impasible.
—Eso crees tú —dijo—. Transmat necesita hombres como tú, para engrandecerla..., para hacerla crecer. Eres un hombre afortunado, Saxon. La corriente te favorece. De aquí en cien o doscientos años más quizás estarás en la misma situación de Hilton. Entonces comprenderás.
Saxon parpadeó.
—¿A qué te refieres?
—Transmat está creciendo ahora —dijo suavemente el selenita—. Será muy grande gracias a hombres como tú. Paro también para Transmat llegará el fin.

Hizo un ademán de indiferencia, y los ojos inhumanos y facetados miraron más allá del borde del cráter, hacia los puntos de luz titilantes que por el momento parecían contener la Gran Noche.