lunes, 25 de abril de 2016

La máquina ambidiestra. Henry Kuttner (1815-1958) C.L. Moore (1911-1987)

Siempre, desde los tiempos de Orestes, ha habido hombres con las Furias siguiéndoles. Fue en el siglo Veintidós cuando la humanidad hizo una serie de Furias reales, de acero. La humanidad había entrado en crisis entonces. Tenía una buena razón para construir Furias de forma humana, las cuales seguirían los pasos de todos los hombres que matasen a hombres. A nadie más. Para entonces no había ningún otro crimen que tuviese alguna importancia. La cosa funcionaba muy sencillamente. Sin previa advertencia, un hombre que se creyese seguro oiría de súbito los firmes y resonantes pasos tras él. Se volvería y vería a la máquina ambidextra caminando hacia él, conformada como un hombre de acero, y más incorruptible de lo que pudiera ser cualquier hombre no hecho de este metal. Sólo entonces sabría el asesino que había sido juzgado y condenado por las omniscientes mentes electrónicas que conocían a la sociedad como ninguna mente humana pudiera jamás conocerla.

Durante el resto de sus días, el hombre oiría esos pasos tras él: una cárcel móvil con invisibles barrotes que le separaban del mundo. Nunca volvería a estar ya solo en la vida. Y un día, nunca sabría cuándo, el carcelero se convertiría en verdugo. Danner se reclinó cómodamente en su butaca del elegante restaurante y paladeó un selecto champaña, cerrando los ojos para saborearlo mejor. Se sentía muy seguro. Y perfectamente protegido. Llevaba sentado allí casi una hora, pidiendo los mejores y más caros platos, disfrutando de la suave música que se expandía por el aire, entre el ligero murmullo de las conversaciones de los demás comensales. Era un excelente lugar para estar a sus anchas, rodeado de cuanto hacía apetecible la vida. Era estupendo tener tanto dinero..., ahora. Verdad es que había tenido que matar para conseguirlo. Pero no le turbaba ningún sentimiento de culpabilidad. No hay delito si éste no se descubre, y Danner tenía protección. Protección desde la misma fuente, lo cual era algo nuevo en el mundo. Danner conocía las consecuencias de matar. Y de no haberle convencido Hartz de que estaba perfectamente seguro, Danner no hubiese apretado nunca el gatillo...

El recuerdo de una palabra arcaica revoloteó fugazmente en su cerebro. Pecado. No evocaba nada. En otro tiempo había tenido algo que ver con el delito, de manera incomprensible. Pero ya no. La humanidad lo había soportado demasiado. El pecado ya no tenía significado. Descartó el pensamiento y probó la ensalada de cogollo de palma que, según había oído, era tan exquisita. Pero no le gustó. Bueno, había que esperar cosas así. Nada era perfecto. Saboreó de nuevo el champaña, complaciéndole la manera en que parecía vibrar la copa en su mano, con un latido tenuemente vivo. Exquisito caldo. Pensó en pedir más, pero luego decidió dejarlo para la próxima vez. ¡Había tanto ante él en espera de ser disfrutado! Cualquier riesgo merecía la pena a cambio de esto. Y, desde luego, en esta ocasión no había existido ningún riesgo. Danner era un hombre nacido en mala hora, lo bastante viejo para recordar los últimos días de Utopía, y lo bastante joven para ser atrapado en la nueva economía de la carestía que las máquinas habían impuesto a sus constructores. En su juventud había tenido acceso a los deleites libres, como cualquier otro. Podía recordar los antiguos tiempos, cuando era un adolescente, y las últimas Máquinas de Evasión se hallaban aún funcionando, y sus visiones fascinantes, radiantes, imposibles, imaginarias, que no existían realmente ni nunca podrían existir. Pues de pronto la carestía económica se tragó el placer. Ahora se conseguían necesidades, pero nada más. Ahora había que trabajar. Danner odiaba cada minuto de trabajo.

Cuando aconteció el rápido cambio, era demasiado joven e inexperto para competir en la arrebatiña. Los ricos eran ahora los hombres que habían amasado fortunas acaparando las pocas cosas de lujo que aún producían las máquinas. Todo lo que le quedaba a Danner eran brillantes recuerdos y una sorda y resentida impresión de haber sido engañado. Y todo cuanto deseaba era la vuelta a los antiguos días refulgentes, y no le importaba el modo de conseguirlos. Pues bien, ahora ya los tenía. Tocó el borde de la copa de champaña con el dedo, sintiéndola cantar suavemente al tacto. ¿Vidrio soplado?, se preguntó. Era demasiado ignorante de los artículos de lujo para entender. Pero aprendería. Tenía todo el resto de su vida para aprender, y ser feliz. Echó una mirada por el restaurante y vio, a través de la transparente cúpula, el bosque de pétreos rascacielos. Y era sólo una ciudad. Cuando se cansara de ella, había más. A través del país, y del planeta, se extendía la red que las enlazaba en una tela de araña semejante a un intrincado y semiviviente monstruo. Se llamaba sociedad. La notó temblar ligeramente bajo él.

Tendió la mano para coger la copa de champaña y bebió rápidamente. La tenue inquietud que parecía estremecer los cimientos de la ciudad era algo nuevo. Ello se debía..., sí, seguro que se debía a un nuevo temor. Se debía a que él no había sido descubierto. Aquello no tenía sentido. Desde luego, la ciudad era compleja y funcionaba por medio de máquinas incorruptibles. Ellas, y sólo ellas, preservaban al hombre de convertirse rápidamente en otro animal extinguido. Y de ellas, los computadores analógicos y los calculadores electrónicos, eran el giroscopio de toda existencia. Ellas elaboraban y ponían en vigor las leyes necesarias ahora para mantener viva a la humanidad. Danner no comprendía mucho de los vastos cambios que se habían producido en la sociedad en el transcurso de su vida. Quizá tuviese sentido el que sintiera sacudirse a la sociedad, porque él estaba allí sentado deleitosamente sobre espuma de caucho, saboreando champaña, oyendo una suave música, y sin ninguna Furia tras su cómodo asiento para demostrar que las calculadoras seguían siendo los guardianes de la humanidad...

Si ni siquiera eran incorruptibles las Furias, ¿en qué podía creer un hombre? Fue en ese preciso momento cuando llegó la Furia. Danner notó que todo ruido se apagaba de repente en derredor suyo, y se quedó con el tenedor a medio camino de la boca, con cara de helado, y la mirada fija hacia la puerta. La Furia era de más elevada estatura que un hombre. Permaneció durante un momento en el umbral, arrancándole el sol de la tarde un cegador destello en su hombro. No tenía rostro, pero parecía escudriñar el restaurante lentamente, mesa por mesa. Atravesó luego el umbral, desapareció el destello del sol, y apareció como un hombre de elevada estatura embutido en una armadura de acero, y andando despacio entre las mesas.

—No es para mí —se dijo Danner, dejando sobre el plato el tenedor con el bocado aún no degustado—. Será para cualquier otro de los que están aquí. Lo sé.

Y como un recuerdo en la mente de un hombre ahogándose, claro, penetrante y condensado en un momento, aunque con cada detalle preciso, le acudió lo que le había dicho Hartz. Al igual que una gota de agua puede reflejar un amplio panorama condensado en un minúsculo foco, así el tiempo parecía enfocado al minúsculo puntito de la media hora que Danner y Hartz habían estado juntos, en el despacho de éste, cuyas paredes podían ser transparentes pulsando un botón. Vio de nuevo a Hartz, regordete y rubio, de frente pensativa. Un hombre que parecía relajado hasta que comenzaba a hablar, dejando sentir su ardiente ímpetu, la cualidad de tensión impulsada que hacía que el aire que le rodeaba se estremeciera inquieto. Danner se hallaba, en el recuerdo, en pie ante el escritorio de Hartz, sintiendo zumbar suavemente el suelo en sus talones con el latido de las computadoras, visibles a través de la cristalera. Eran tersos y relucientes objetos con titilantes luces en bandas, como bujías ardiendo en coloreadas ampollas de cristal. Podía oírse su distante chirrido castañeteante, como un extraño parloteo mientras ingerían hechos, para meditarlos y luego traducirlos en números semejantes a oráculos crípticos. Hacían falta hombres como Hartz para comprender lo que significaban los oráculos.

—Tengo un trabajo para ti —dijo Hartz—. Quiero que se mate a un hombre.
—Oh, no —repuso Danner—. ¿Qué especie de imbécil te crees que soy?
—Un momento. Tú puedes gastar dinero, ¿no es así?
—¿En qué? —preguntó acerbamente Danner—. ¿En un entierro de fantasía?
—En una vida de lujo. Ya sé que no eres un imbécil. Sé condenadamente bien que no harías lo que te pido a menos que obtuvieses dinero y protección. Eso es lo que puedo ofrecer. Protección.
—Claro —dijo Danner incisivamente, mirando las computadoras a través de la pared transparente.
—No, lo digo de veras. Yo... —Hartz vaciló lanzando una ojeada un tanto inquieta en torno a la estancia, como si apenas confiara en las precauciones que había tomado para asegurarse de una completa reserva—. Esto es algo nuevo —dijo—. Puedo redirigir a cualquier Furia a donde yo quiera.
—Oh, claro —volvió a decir Danner con la misma entonación.
—Es la pura verdad. Te lo mostraré. Puedo arrancar a la Furia cualquier víctima que yo desee.
—¿Cómo?
—Ése es mi secreto. Naturalmente. En efecto, he hallado un sistema de proporcionar datos falsos a las máquinas, de forma que emitan el veredicto erróneo antes de la convicción, o las órdenes erróneas tras la convicción.
—Pero eso es... peligroso, ¿no es así?
—¿Peligroso? —Hartz miró a Danner por debajo de sus caídas cejas—. Bueno, sí. Pienso que sí. Por eso es que no lo hago a menudo. En realidad, sólo lo he hecho una vez. Teóricamente, desarrollé el método. Lo probé, sólo una vez. Funcionó. Lo haré de nuevo, para demostrarte que estoy diciendo la verdad. Y después de ello, lo haré otra vez, para protegerte. Y eso será todo. No quiero trabucar a las calculadoras más de lo necesario. Una vez efectuado tu trabajo, no tendré ya por qué hacerlo.
—¿Y a quién quieres matar?
Involuntariamente, Hartz lanzó una ojeada arriba, hacia la parte superior del edificio, donde se encontraban los despachos de los supremos ejecutivos.
—A O’Reilly —dijo.
Danner lanzó también una ojeada hacia arriba, como si pudiese ver a través del techo y observar las gloriosas suelas de los zapatos de O’Reilly, el Controlador de las Calculadoras, pisando una carísima alfombra sobre su cabeza.
—Es muy sencillo —dijo Hartz—. Quiero su puesto.
—¿Y por qué no le matas tú mismo entonces, si estás tan seguro de que puedes detener a las Furias?
—Porque eso lo desbarataría todo —respondió impacientemente Hartz—. Usa la cabeza. Yo tengo un motivo evidente. No se necesitaría una calculadora para determinar a quién beneficia más la muerte de O’Reilly. Si me salvo a mí mismo de la Furia, la gente empezaría a preguntarse cómo lo hice. Pero tú no tienes ningún motivo para matar a O’Reilly. Nadie más que las calculadoras lo sabrían, y yo me encargaré de ellas.
—¿Cómo sé yo que puedes hacerlo?
—Muy sencillamente. Mira.
Hartz se puso en pie, y fue rápidamente a través de la alfombra elástica que daba a sus pasos un falso brinco juvenil. En un extremo de la estancia había un mostrador de poco más de un metro de altura, con una pantalla de vidrio inclinada sobre él. Hartz apretó nerviosamente un botón, y apareció en su superficie un mapa de un sector de la ciudad, en líneas claramente marcadas.
—He hecho aparecer un sector donde se halla operando una Furia ahora —explicó.

El mapa fluctuó y apretó de nuevo el botón. Los trazos inestables de las calles de la ciudad ondularon y se avivaron para desaparecer luego cuando reducía los sectores rápida y nerviosamente. Luego se iluminó un mapa en el que tres líneas ondulantes de color se entrecruzaban e interseccionaban en un punto próximo al centro. El punto se movía muy lentamente a través del mapa, a la velocidad de un hombre andando y reducido a miniatura en escala con la calle por la que transitaba. Y en torno a él las líneas de color giraban lentamente, manteniendo constantemente enfocado el punto.

—Ahí está —dijo Hartz, inclinándose hacia delante para leer el nombre impreso de la calle. Una gota de sudor cayó de su frente al vidrio, y lo secó inquietamente con la yema del dedo—. Es un hombre con una Furia asignada para él. Bueno, ahora te lo voy a mostrar. Mira aquí.

Sobre el escritorio había una pantalla televisora. Hartz la encendió, y contempló impacientemente cómo iba enfocándose una escena callejera. Gentío, ruidos de tráfico, personas presurosas, y otras vagabundeando. Y en medio de la multitud un pequeño oasis de aislamiento, una isla en el mar de la humanidad. Y sobre esta isla en movimiento había dos ocupantes, como un Crusoe y un Viernes, solos. Uno de los dos era un hombre de aspecto agobiado, cuya extraviada mirada se posaba en el suelo mientras andaba. El otro isleño de aquel desierto lugar era una reluciente figura de forma humana y elevada estatura, que le iba pisando los talones. Como si muros invisibles los rodearan, conteniendo a la multitud, los dos se movían en un espacio vacío que se cerraba tras ellos y se abría ante ambos. Algunos de los viandantes los miraban fijamente, y otros desviaban la vista con aire embarazado o inquieto. Y otros los contemplaban con franca expresión, preguntándose quizás en qué momento preciso Viernes alzaría su brazo de acero para matar a Crusoe.

—Fíjate ahora —dijo nerviosamente Hartz—. Sólo un momento. Voy a apartar a la Furia de ese hombre. Espera. —Fue a su escritorio, abrió un cajón, y se inclinó furtivamente sobre él. Danner oyó una serie de piñoneos del interior, y luego como un rechinante golpeteo de conmutadores—. Ya está —dijo Hartz, cerrando el cajón. Se pasó el dorso de la mano por la frente—. Hace calor aquí, ¿no? Miremos ahora con atención. Ya verás lo que sucede dentro de un minuto.

Volviendo al televisor, manipuló el enfoque, y se expandió la escena de la calle, centrándose en el hombre y su persecutor. El rostro del hombre parecía compartir sutilmente la impasibilidad del robot. Se hubiese dicho que habían vivido mucho tiempo juntos, y quizá lo habían hecho. El tiempo es un elemento flexible, infinitamente largo a veces en un espacio muy corto.

—Espera hasta que salgan de la multitud —dijo—. Esto no debe ser aparente. Ahora, él está volviéndose ya.
El hombre, que parecía moverse al azar, giró en la esquina de una calle y se metió en un estrecho y oscuro pasaje apartado de la circulación. El ojo de la pantalla televisiva le siguió tan de cerca como el robot.
—Así que tiene usted cámaras que pueden hacer eso —dijo Danner con interés—. Siempre lo pensé. ¿Cómo se hace? Están colocadas en cada esquina, o es una trans...
—Eso no importa —dijo Hartz—:. Secreto industrial. Mira tan sólo. Tenemos que esperar hasta... ¡No, no! ¡Mira, va a intentarlo ahora!

El hombre lanzó una ojeada furtiva tras él. El robot doblaba ahora la esquina en su persecución... Hartz se abalanzó a su escritorio y abrió el cajón. Posó su mano sobre él, y contempló ansiosamente la pantalla. Fue curioso como el hombre del pasaje, aunque no podía tener ni la menor idea de que otros ojos contemplaban, miró hacia arriba y escudriñó el cielo, fijándose por un momento en la atenta cámara oculta y en los ojos de Hartz y Danner. Luego, éstos le vieron respirar profundamente y echar a correr de repente. Un piñoneo metálico sonó en el cajón de Hartz. El robot, que había iniciado también un movimiento de carrera, se detuvo torpemente y pareció tambalearse en sus piernas de acero por un momento. Rechinó luego como una máquina inducida al paro, y se quedó inmóvil. En el borde del encuadre de la cámara pudo verse la cara del hombre, mirando hacia atrás, con la boca abierta por la impresión de ver que había sucedido lo imposible. El robot seguía en su sitio, haciendo indecisos movimientos a medida que las nuevas órdenes que Hartz introducía en sus mecanismos relevaban a las anteriores que contenía su receptor. Luego, y volviendo su espalda de acero al hombre que huía, echó a andar calle abajo con tanto sosiego y precisión como si estuviese obedeciendo órdenes válidas, y no desmontando los propios mecanismos de la sociedad con su aberrante conducta.

Y tras un último enfoque de la cara del hombre, que parecía extrañamente impresionado, como si le hubiese abandonado el último amigo que tuviera en el mundo, Hartz desconectó la pantalla. Volvió a enjugarse la frente, y fue a la pared transparente recorriéndola con la vista, con una expresión inquieta, como si tuviese algún temor de que las calculadoras pudieran saber lo que había hecho. Y pareciendo muy pequeño contra el fondo de los gigantes metálicos, dijo por encima de su hombro:

—¿Y bien, Danner?

¿Estaba bien? Desde luego, habían hablado más y se había dejado persuadir mediante un aumento del soborno. Pero Danner sabía que desde aquel momento ya estaba decidido. Un riesgo calculado, y que merecía la pena. Y mucho. Excepto que... En el mortal silencio del restaurante había cesado todo movimiento. Sólo la Furia iba tranquilamente por entre las mesas, dejando como una estela reluciente, sin tocar a nadie. Cada rostro palidecía al volverse hacia él. Y cada mente pensaba: «¿Puede ser para mí?» Hasta los más inocentes se decían: «Éste puede ser el primer error que cometa, y acaso venga por mí. El primer error, pero sin apelación, y jamás podría yo demostrar nada.» Pues aunque el delito no tenía ningún significado en este mundo, el castigo sí, y éste podría ser ciego, asestado como un rayo. Danner, con los dientes apretados, se iba repitiendo también una y otra vez: «No es para mí. Yo estoy seguro. Estoy protegido. No viene a por mí.» Y sin embargo, pensaba que era muy extraño, una singular coincidencia, que se encontraran allí dos asesinos, bajo aquella elegante cúpula de cristal... Él, y aquel a quien venía a buscar la Furia. Soltó su tenedor y lo oyó retiñir en el plato. Lo miró, y también la comida, y de repente su mente descartó todo cuanto le rodeaba y fue a escabullirse por la tangente, como una avestruz que mete la cabeza en la arena. Pensó en la comida. ¿Cómo crecían los espárragos? ¿Qué aspecto tenía el alimento crudo? No había visto ninguno. La comida venía ya preparada de las cocinas de los restaurantes o de las máquinas automáticas. Y las patatas. ¿Qué aspecto tenían? ¿Una masa blanca y húmeda? No, pues a veces eran rodajas ovaladas, por lo que debían ser ovaladas. Pero no redondas. A veces también tiras alargadas y puntiagudas. Y blancas, desde luego. Y crecían bajo tierra, de ello estaba casi seguro. Cuando estaban reparándose las calles, él había visto largas y delgadas raíces con blancos brazos enroscándose entre tubos y cañerías. ¡Qué cosa más extraña que estuviese él comiendo algo como delgados e ineficaces brazos humanos que rodeasen los vertederos de la ciudad y se retorcieran desvaídamente donde tenían su existencia los gusanos! Y donde él mismo, cuando la Furia le encontrase, pudiera... Empujó el plato a un lado.

Un indescriptible rumoreo y murmullo en la sala le hizo alzar la vista como si fuese un autómata. La Furia se encontraba ahora hacia la mitad de la sala, y resultaba casi chusco ver la expresión de alivio de aquellos ante quienes pasaba. Dos o tres mujeres habían ocultado sus rostros en sus manos, y un hombre se había deslizado de su asiento, desmayado, cuando al pasar la Furia volvió a relegar sus temores a sus escondidas fuentes. Ahora estaba ya muy cerca. Parecía tener más de dos metros de estatura, y su movimiento era muy tranquilo, lo cual resultaba inesperado, pensándolo bien. Más tranquilo que los movimientos de los hombres. Sus pies marcaban un sordo compás en la alfombra. Pah. Pah. Pah. Danner intentó impersonalmente calcular cuánto pesaría. Siempre se había oído decir que no hacían ningún ruido, excepto por aquel terrible sonido opaco, pero éste iba acompañado de alguna especie de crujido o rechinamiento. No tenía facciones, pero la mente humana no podía dejar de representarse una especie de vago rostro altanero en aquella lisa superficie metálica, con ojos que parecían escudriñar la estancia. Estaba acercándose más. Ahora, todos los ojos iban convergiendo en Danner. Y la Furia seguía derecha hacia él. Casi parecía como si...

¡No! —se dijo Danner—. ¡Oh, no, eso no puede ser! —Se sentía como un hombre que, sumido en una pesadilla, está a punto de despertar—. He de despertar pronto —pensó—. He de despertar en seguida, antes de que él llegue aquí.

Pero no se despertó. Y ahora la Furia estaba a su lado, y cesaba el sordo ruido de sus pasos, acompañado por el más ligerísimo crujido posible cuando se quedó inmóvil, dominando su mesa con su estatura, en espera, y con su rostro sin facciones vuelto hacia él. Danner sintió encendérsele la cara con una intolerable oleada de calor, rabia, vergüenza, incredulidad. El latir de su corazón le aporreó con tal fuerza el pecho que le pareció que flotaba la estancia, al par que un agudo dolor le atravesaba como un rayo las sienes. Ahora estaba en pie, vociferando.

—¡No, no! —aullaba a la impasible figura de acero—. ¡Estás equivocado! ¡Has cometido un error! ¡Fuera de aquí, condenado estúpido!

Buscó a tientas la mesa sin bajar la vista, dio con el plato, lo asió y lo arrojó contra el acorazado pecho ante sí. La porcelana se hizo añicos, y la comida embadurnó de blanco, verde y marrón el acero. Danner tropezó con su butaca, dio vuelta a la mesa, y pasó ante la figura de metal, precipitándose hacia la puerta. Todo lo que podía pensar ahora era en Hartz. Mares de rostros flotaron ante él a ambos lados mientras salía dando traspiés del restaurante. Algunos le miraban con ávida curiosidad, buscando con sus ojos los suyos. Otros no miraban en absoluto, desviando la vista a sus platos, o bien se cubrían las caras con las manos. Tras él siguió el acompasado y sordo paso, y el rítmico y débil crujido de algo en alguna parte de la acorazada figura. Los rostros desaparecieron a ambos lados cuando atravesó la puerta sin siquiera percatarse de que la abría. Se encontraba en la calle. Estaba bañado en sudor y pareció azotarle un aire helado, aunque no hacía un día frío. Miró aturdido a izquierda y derecha, y luego se abalanzó a una cabina telefónica cercana, flotando ante sus ojos tan claramente la imagen de Hartz que fue tropezando con los transeúntes, cuyas voces indignadas ni siquiera oía. El camino se despejó mágicamente ante él, y siguió por la creada isla de su aislamiento. Una vez hubo cerrado la puerta de cristal de la cabina, el silencio de su interior repercutió con el bataneo de la sangre en sus oídos. A través de la puerta vio al robot en insensible espera, la comida desparramada le recorrió el pecho como una banda de honor robótica.

Danner trató de marcar un número, pero sus dedos parecían de goma. Respiró intensa y profundamente, tratando de serenarse. Un pensamiento fuera de propósito flotó a través de la superficie de su mente. «He olvidado pagar la comida.» Y luego: «¡Vaya el bien que me puede hacer ahora el dinero! ¡Oh, maldito Hartz, maldito sea, maldito...! Marcó por fin el número, y en la pantalla apareció en vivos colores el rostro de una muchacha. Eran buenas y caras las pantallas de las cabinas telefónicas de aquella parte de la ciudad, anotó de manera impersonal su mente.

—Aquí el despacho del Controlador Hartz. ¿En qué puedo servirle?
Danner hizo dos intentos antes de poder dar su nombre. Se preguntó si la muchacha podía verle, y detrás de él, empañadamente a través del cristal, a la elevada figura en espera. No podría decirlo, pues la muchacha bajó la vista inmediatamente a lo que debía ser una lista sobre una invisible mesa ante ella.
—Lo siento. El señor Hartz está ausente. No volverá hoy.

La luz y el color de la pantalla se apagaron. Danner abrió la puerta de la cabina. Sentía inseguras las piernas. El robot estaba a algunos pasos, y durante un momento se quedaron frente a frente. Danner se sintió de pronto dominado por una irrefrenable risita entre dientes que él mismo notó que bordeaba la histeria. ¡Estaba tan ridículo el robot con aquel emplasto de comida en el pecho, semejante a una banda honorífica! Y con sorpresa se dio cuenta también de que, por su parte, él llevaba asida en la mano izquierda la servilleta del restaurante.

—Apártate —dijo al robot—. Déjame ir. Imbécil, ¿es que no sabes que se trata de un error?
Su voz vibraba. El robot rechinó débilmente y dio un paso atrás.
—Ya es bastante malo tenerlo detrás de mí —dijo Danner—. Al menos, podrías ser limpio. Un robot sucio es demasiado... demasiado...

El pensamiento era idiotamente insoportable, y oyó sollozos en su voz. Y medio riendo y medio llorando, limpió el pecho de acero y tiró la servilleta al suelo. Y fue en aquel preciso instante, con la sensación del duro pecho aún vivida, cuando se percató a través de la protectora pantalla de la histeria, y se le presentó la verdad. Nunca ya en la vida volvería a estar solo; nunca, mientras tuviese aliento. Y cuando muriese, sería por aquellas manos de acero, quizá sobre aquel pecho de acero. Y aquel insensible rostro inclinado hacia el suyo sería la última cosa que viera al exhalar su último suspiro. Ningún compañero humano, sino el tétrico cráneo de acero de la Furia. Le llevó casi una semana el dar con Hartz, durante la cual cambió de opinión sobre cuánto tiempo tardaría en volverse loco un hombre seguido por una Furia. La última cosa que veía por la noche era la luz de la calle, filtrándose a través de las cortinas del apartamento de su lujoso hotel y reluciendo sobre el hombro de su carcelero. Durante toda la noche, casi en vela por un inquieto dormitar, podía oír el débil rechinar de algún mecanismo interior funcionando bajo la coraza. Y cada vez que se despertaba era para preguntarse si volvería a hacerlo de nuevo. ¿Le asestaría el golpe mientras dormía? ¿Y qué clase de golpe? ¿Cómo ejecutaban las Furias? Siempre era un débil alivio ver la difusa luz del amanecer brillar sobre el vigilante junto a su cama. Por lo menos había vivido aquella noche. ¿Pero era vivir aquello? ¿Merecía la pena el peso? Conservó su apartamento del hotel. Quizá la dirección hubiese deseado que se marchara, pero no le dijeron nada. Posiblemente no se atrevían. La vida adquiría una rara y transparente calidad, como algo visto a través de una pared de cristal. Aparte de tratar de ver a Hartz, no había nada que deseara Danner. Los antiguos deseos de lujos y placeres, diversiones y viajes, se habían esfumado. No hubiese viajado solo.

Pasó horas en la biblioteca pública, leyendo todo cuanto había disponible sobre las Furias. Fue allí donde encontró las dos obsesionantes y pavorosas líneas que Milton escribiera cuando el mundo era pequeño y sencillo... líneas misteriosas que no tenían ningún sentido definido para nadie hasta que el hombre creara la Furia de acero, a su propia imagen. Pero ese instrumento ambidextro a la puerta Está dispuesto a destruir de una vez por todas... Danner lanzó una ojeada a su instrumento ambidextro, inmóvil a su lado, y pensó en Milton y en los antiguos tiempos en que la vida era sencilla y tranquila. El siglo veinte, cuando toda la civilización se quebró en un mayestático derrumbamiento, precipitándose en el caos. Y la época anterior, cuando las personas eran... diferentes, en cierto modo. ¿Pero cómo? Aquello estaba demasiado lejos y resultaba demasiado extraño. No podía imaginarse la época anterior a las máquinas. Pero supo, por primera vez, lo que realmente había sucedido en sus años tempranos, cuando el brillante mundo desapareció por entero y comenzó la oscura y afanosa penalidad de la esclavitud. Y fueron forjadas las Furias a semejanza del hombre. Antes de que comenzaran las guerras realmente grandes, la tecnología avanzó hasta el extremo de que las máquinas procreaban máquinas como cosas vivientes, y pudo haberse establecido un Edén en la Tierra, donde los deseos de cada cual se vieron plenamente colmados, a no ser que las ciencias sociales se retrasaran tanto con respecto a las ciencias físicas. Cuando se produjeron las guerras diezmadoras, las máquinas y las personas lucharon codo a codo, el acero contra el acero y el hombre contra el hombre; pero el hombre era más perecedero.

Las máquinas lamían sus heridas de metal y se curaban mutuamente, pues habían sido construidas para poder hacerlo. No tenían necesidad alguna de ciencias sociales. Seguían reproduciéndose tranquilamente y suministrando a la Humanidad los lujos y comodidades que la Era del Edén les había destinado a proporcionar. Imperfectamente, desde luego. De forma incompleta, porque algunas de sus especies fueron extinguidas por entero y no dejaron elementos para la reproducción de su progenie. Pero la mayoría de ellas conservaron sus materias primas, las refinaron, vertieron y fundieron las partes necesarias, hicieron su propio combustible, repararon sus propias heridas y mantuvieron su casta sobre la superficie de la Tierra con una eficacia, a la cual ni siquiera se aproximó nunca el hombre. Entretanto la Humanidad se iba desmenuzando. No había ya más grupos reales, y ni siquiera familias. Los hombres apenas se necesitaban mutuamente. Las relaciones emocionales disminuían. Los hombres habían sido condicionados para aceptar sustitutivos suplantadores, y el escapismo era una escuela fatalmente natural. Reorientaban sus emociones a las Máquinas de Evasión que los alimentaban con placenteras e imposibles aventuras, y hacían que el mundo en vela les pareciese demasiado insípido para preocuparse por él. Y la demografía fue decayendo cada vez más. Fue un período muy raro. El regalo y la molicie fueron de la mano con el caos, y la anarquía y la inercia eran la misma cosa. Y siguió disminuyendo la tasa demográfica...

Eventualmente, unos cuantos reconocieron lo que estaba sucediendo. El hombre como especie estaba en vías de desaparecer. Y era impotente para evitarlo. Pero tenía un poderoso servidor. Así llegó el momento en que algún desconocido genio advirtió lo que debía hacerse. Alguien vio la situación claramente y estableció una nueva norma en el mayor de los calculadores electrónicos supervivientes. Éste fue el objetivo que implantó: «La Humanidad debe volver a responsabilizarse. Éste será vuestro único objetivo hasta que se alcance la meta.» Era sencillo, pero los cambios que produjo fueron universales y toda la vida humana del planeta se alteró drásticamente, debido a ello. Las máquinas eran una sociedad integrada, y el hombre no lo era. Y ahora tenía una serie de órdenes, todas ellas reorganizadas, que obedecer. Así acabaron los días de los placeres libres. Las Máquinas de evasión fueron arrumbadas. Los hombres se vieron obligados a agruparse por mor de la supervivencia. Tenían ahora que asumir el trabajo que suspendieran las máquinas, y lenta, lentamente, comenzaron a engendrarse y a suplantar de nuevo al sentimiento casi perdido de la unidad humana.

Pero era un proceso tan lento... Y ninguna máquina podía devolver al hombre lo que había perdido: la conciencia interiorizada. El individualismo había alcanzado su última fase y no había habido durante mucho tiempo ningún disuasor del crimen. Sin familia o relaciones de clan, ni siquiera existía la motivación de la represalia. Faltaba la conciencia, porque ningún hombre se identificaba con otro. Ahora, el trabajo real de las máquinas era reconstruir en el hombre un superego realista que lo salvara de la extinción. Una sociedad responsable de sí misma sería una sociedad genuinamente interdependiente, en la que el dirigente se identificara con el grupo, y poseedora de una conciencia realista e interiorizada, que prohibiera y castigara el «pecado»... el pecado de deteriorar al grupo con el que se estaba identificado. Y aquí intervenían las Furias. Las máquinas definían el asesinato, bajo cualquier circunstancia, como el único delito humano. Esto era bastante perfecto, puesto que es el único acto que puede destruir irremplazablemente una unidad de sociedad. Las Furias no podían impedir el crimen. El castigo nunca enmienda al criminal. Pero puede impedir a otros que cometan un crimen, por simple miedo, al ver el castigo que se administra. Las Furias eran el símbolo del castigo. Recorrían abiertamente las calles siguiendo a sus víctimas condenadas; eran el signo permanente y visible de que el asesinato es siempre castigado, y de la manera más pública y terrible. Eran muy eficientes. Nunca se equivocaban. O, por lo menos, no se equivocaban nunca en teoría; y considerando las enormes cantidades de información almacenadas en las computadoras analógicas, parecía muy probable que la justicia de las máquinas fuera más eficiente de lo que pudiera serlo la de los humanos.

Algún día, el hombre redescubriría el pecado. Sin ello, había estado cerca de perecer por completo. Con ello, podría reasumir su autoridad sobre sí mismo y sobre la raza de servidores mecánicos que estaban ayudándole a restaurar su especie. Pero hasta entonces, las Furias habrían de recorrer las calles, como conciencia del hombre con disfraz metálico, impuesta por las máquinas que el propio hombre creara hacía mucho tiempo. Apenas supo Danner lo que hizo durante ese tiempo. Pensó mucho en los antiguos días, cuando funcionaban todavía las Máquinas de Evasión, antes de que las nuevas máquinas racionaran el regalo de los sentidos. Pensó en ello hoscamente y con resentimiento, pues no podía ver ningún objeto en el experimento en que se había embarcado la Humanidad. Lo había pasado mejor en aquellos días. Y entonces no había tampoco Furias. Bebió mucho. En una ocasión vació sus bolsillos en el mugriento gorro de un mendigo cojo de ambas piernas, porque el hombre, al igual que él mismo, estaba apartado de la sociedad por algo nuevo y terrible. Para Danner era la Furia. Para el mendigo era la propia vida. Treinta años antes hubiese vivido o muerto, atendido sólo por máquinas. El que un mendigo pudiese sobrevivir, pidiendo, debía ser señal de que la sociedad estaba comenzando a sentir compasión de quien disfrutaba de todos sus miembros, pero para Danner esto no significaba nada. No subsistiría lo bastante como para conocer el final de la Historia. Quería hablar al mendigo, aunque el hombre intentaba escaparse en su pequeña plataforma con ruedas.

—Escucha —le dijo Danner con apremio, y siguiéndole mientras hurgaba en sus bolsillo—. Quiero decírtelo. Ella no siente de la manera que tú te crees. Siente...

Estaba completamente borracho aquella noche, y siguió al hombre hasta que éste le arrojó su dinero y se marchó rápidamente en su plataforma con ruedas, mientras Danner se apoyaba contra una pared e intentaba creer en su solidez. Pero sólo era real la sombra de la Furia proyectada en él por un farol. Más tarde, la misma noche, atacó a la Furia en algún lugar oscuro. Le parecía recordar haber tropezado con un tubo de hierro en el suelo, y sólo consiguió sacar con él una lluvia de chispas al asestarlo contra los impenetrables hombros del robot. Luego echó a correr por un dédalo de calles, para esconderse finalmente en un oscuro soportal, oyendo finalmente resonar en la noche los firmes pasos de su implacable persecutor. Se durmió, agotado.
Fue al día siguiente cuando finalmente consiguió ver a Hartz.

—¿Qué es lo que ha ido mal? —preguntó Danner.

Había cambiado mucho. Su rostro estaba adquiriendo, en su impasibilidad, un singular parecido a la máscara de metal del robot. Hartz dio un nervioso golpe en el borde de su escritorio, haciendo una mueca de dolor. El despacho parecía estar vibrando, no con el latido de las máquinas de abajo, sino con su propia energía.

—Algo fue mal —respondió—. Todavía no sé qué. Yo...
—¿Que no lo sabes? —exclamó Danner perdiendo parte de su impasibilidad.
—Espera un poco —dijo Hartz con tranquilizadores movimientos de sus manos—. Sopórtalo un poco más. Todo irá bien. Puedes...
—¿Cuánto tiempo más he de soportarlo? —preguntó Danner.

Miró por encima del hombro a la gigantesca Furia que estaba tras él, como si realmente le dirigiese a ella la pregunta, y no a Hartz. Por la manera que lo dijo, hacía pensar que debió haber hecho la pregunta muchas veces, mirando al inexpresivo rostro de metal, y que seguiría haciéndola desesperadamente hasta que llegase por fin la respuesta. Pero no en palabras...

—No he podido ni siquiera descubrirlo —dijo Hartz—. Maldita sea, Danner, se corría un riesgo. Lo sabías.
—Tú dijiste que podías controlar la computadora —replicó Danner—. Te vi hacerlo. Quiero saber por qué no hiciste lo que habías prometido.
—Algo fue mal, ya te lo he dicho. Debiera haber funcionado. En el mismo momento que se realizó ese... asunto, introduje los datos que debieran haberte protegido.
—¿Pero qué sucedió?
Hartz se puso en pie y comenzó a pasearse por la alfombrada estancia.
—No lo sé exactamente —respondió—. No comprendemos la potencialidad de las maquinas, eso es todo. Yo pensé que podría hacerlo. Pero...
—¡Tú pensaste!
—Sé que puedo hacerlo. Todavía lo intento. Lo estoy intentando todo. Al fin y al cabo, esto es importante también para mí. Estoy trabajando en ello tan rápidamente como puedo. Es por eso por lo que no pude verte antes. Estoy seguro de poder hacerlo, si puedo tratarlo a mi modo. Maldita sea, Danner, es complicado. No es como hacer un escamoteo con un computómetro... Mira esos aparatos de ahí.
—Harás mejor en conseguirlo —dijo Danner, sin mirarlos—. Eso es todo.
—¡No me amenaces! —dijo furiosamente Hartz—. Déjame solo y lo conseguiré. Pero no me amenaces.
—Tú también estás implicado en ello —advirtió Danner.
Hartz volvió a su escritorio y se sentó en el borde.
—¿Cómo? —preguntó.
—O’Reilly está muerto. Tú me pagaste para matarle.
—La Furia lo sabe —repuso Hartz encogiéndose de hombros—. Las computadoras también. Y ello no importa un pepino. Tu mano fue la que apretó el gatillo, y no la mía.
—Ambos somos culpables. Si yo sufro por ello, tú...
—Eh, eh, espera. Considéralo debidamente. Creí que lo sabías. Es básico en el cumplimiento de la ley, y siempre lo ha sido. A nadie se le castiga por la intención. Sólo por la acción. Yo no soy más responsable por la muerte de O’Reilly, que el arma que utilizaste contra él.
—¡Pero tú me metiste! ¡Me engañaste! Voy a...
—Tú harás lo que yo diga, si es que quieres salvarte. Yo no te engañé. Sólo cometí un error. Dame tiempo y voy a enmendarlo.
—¿Cuánto tiempo?
Esta vez ambos hombres miraron a la Furia que permaneció impasible.
—Yo no sé cuánto tiempo —dijo Danner respondiendo a su propia pregunta—. Tú dices que tampoco. Nadie sabe siquiera cómo me matará ella, llegada la hora. He leído todo cuanto está disponible al público sobre el particular. ¿Es verdad que el método varía, sólo para tener en ascuas a las personas como yo? Y el tiempo designado... ¿varía eso también?
—Sí, es verdad. Pero hay un mínimo de tiempo... estoy casi seguro. Tú debes estar aún dentro de él. Créeme, Danner, todavía puedo apartar a la Furia. Me viste hacerlo. Sabes que funcionó. Todo lo que he de hacer es descubrir lo que fue mal en esta ocasión. Estaré en contacto contigo. No trates de verme de nuevo.

Danner se puso en pie como impulsado por un resorte y dio unos rápidos pasos hacia Hartz. Su rostro estaba transformado por la cólera y la frustración en una impasible máscara que la desesperación le había estado formando. Pero sonaron tras él los solemnes pasos de la Furia, y se detuvo. Los dos hombres se miraron fijamente.

—Dame tiempo —dijo Hartz—. Confía en mí, Danner.

En cierto modo, tener esperanza era peor. Hasta el momento, embotado por la desesperación no había sentido demasiado. Pero ahora había una oportunidad de que, después de todo, pudiera sumirse en la nueva vida brillante por la que tanto había arriesgado... si Hartz pudiese salvarle a tiempo. Ahora, y durante un período, comenzó a saborear de nuevo la experiencia. Compró trajes nuevos. Viajó, aunque jamás solo, desde luego. Hasta buscó de nuevo la compañía humana, y la encontró... hasta cierto punto. Pero la clase de personas dispuestas a asociarse con un hombre, sobre el que estaba suspendida una sentencia de muerte, no era de un tipo muy halagüeño. Halló, por ejemplo, que algunas mujeres se sentían fuertemente atraídas hacia él, no a causa de su persona o de su dinero, sino debido a su compañero. Parecían sojuzgadas por la oportunidad de un trato íntimo y protegido con el propio instrumento del destino. Por encima del hombro observaba a veces cómo contemplaban a la Furia en un éxtasis de fascinada expectación. Y en una extraña reacción de celos abandonaba a tales personas tan pronto como reconocía la primera mirada expresiva de coqueteo de una de ellas con el robot.

Le dio por hacer viajes largos. Tomó el cohete y fue a África, volviendo por las selvas vírgenes de Sudamérica. Pero ni los clubs nocturnos ni la exótica novedad de raros lugares parecía satisfacerle en alguna medida. La luz del sol se parecía mucho, reflejándose en las superficies curvas de su seguidor, bien reluciera en las sabanas pobladas de leones o filtrándose a través de las espesuras de las junglas. Toda novedad se tornaba rápidamente insulsa debido al terrorífico objeto familiar situado incesantemente a su espalda. No podía disfrutar de nada en absoluto. Y el rítmico percutir de los pasos tras él comenzó a hacérsele insoportable. Empleó tapones para los oídos, pero la intensa vibración le atravesaba el cráneo en un constante bataneo como una eterna jaqueca. Incluso cuando permanecía quieta la Furia, oía en su cabeza el imaginario percutir sordo de sus pasos. Compró armas y trató de destruir el robot. Desde luego, fracasó en su intento. Y aún de haberlo logrado, sabía que se le habría asignado otro. El licor y las drogas no le hacían ningún bien. Cada vez con más frecuencia le asaltaba la idea del suicidio, pero la postergó porque Hartz le había dicho que aún había esperanza.

Finalmente, volvió a la ciudad para estar cerca de Hartz... y esperar. De nuevo pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca, no andaba más de lo necesario, debido a los pasos que sonaban tras él. Y fue allí, una mañana, cuando halló la respuesta... Había revisado todo el material disponible sobre las Furias, repasado todas las referencias literarias sobre ellas, asombrándose al ver cuántas había y cuan idóneas se habían convertido algunas de ellas (como la máquina ambidextra de Milton) tras el lapso de todos aquellos siglos. «Esos recios pies que siguen, que van siguiendo... en persecución nada presurosa. Imperturbable andar. Pausado paso. Soberana insistencia...» Volvió la página y se vio a sí mismo y su triste estado más literalmente que cualquier alegoría:

Sacudí los pilares de las horas y derribé sobre mí mi vida; y ahora, mugriento y tiznado me encuentro en medio de los años amontonados con mi destruida juventud yaciendo bajo su túmulo. Vertió algunas lágrimas de autocompasión sobre la página que le describía tan claramente. Pero luego pasó de las referencias literarias a la filmoteca, porque había algunos filmes citados entre la bibliografía. Contempló a Orestes con traje moderno, perseguido de Argos a Atenas por una sola Furia de más de dos metros, en vez de las tres Erinias de cabelleras de serpiente de la leyenda. Cuando comenzó el empleo de las Furias, se había producido un estallido de tales temas. Sumido en el semiensueño de sus propios recuerdos de la adolescencia, cuando funcionaban aún las Máquinas de Evasión, Danner quedó inmerso en la acción de los filmes. Se perdió en la contemplación tan por completo que cuando apareció la primera escena no se sorprendió apenas. Toda la experiencia formaba parte de algo ya consabido y al principio no le fue novedoso hallar una escena más vividamente familiar que el resto. Pero de pronto la memoria dio un toque de atención en su mente y con violento movimiento abatió su puño sobre el botón de paro de la acción, retrasando luego la película y volviendo a repetir la escena.

Mostraba a un hombre andando con su Furia a través del tráfico de la ciudad, y ambos moviéndose como en una pequeña isla desierta establecida por ellos, al igual que Crusoe con Viernes pisándole los talones... Se veía al hombre girar y meterse en una calleja, mirar ansiosamente a la cámara, respirar profundamente y echar a correr de súbito. Y se veía a la Furia vacilar, hacer movimientos indecisos y luego volverse y echar a andar queda y tranquilamente en la dirección opuesta, sonando sus pasos opacamente sobre el pavimento... Danner volvió a repetir la escena una vez más para estar seguro del todo. Estaba temblando tan violentamente que apenas podía manipular el visor.

—¿Qué te parece eso —murmuró a la Furia tras él en la oscura cabina. Se le había convertido en costumbre hablar a la Furia en un tono cuchicheante, sin percatarse de que lo hacía—. ¿Qué dirías tú de eso? ¿Que lo has visto antes, no es así? Conocido, ¿no es eso? ¿No es? ¿No es? ¡Respóndeme, maldito mudo armatoste!

Y volviéndose le asestó un puñetazo en el pecho, como se lo habría dado a Hartz de haberlo tenido delante. El golpe produjo un opaco ruido en la cabina, pero el robot no replicó, aunque, cuando Danner le miró inquisitivamente, vio el reflejo de la superconocida escena que por tercera vez discurría, recorriendo tenuemente el pecho y la cabeza del robot, como si también él recordase. Así pues, ahora sabía la respuesta. Y Hartz no había poseído nunca el poder que pretendiera. O si lo poseía, no tenía ninguna intención de emplearlo para ayudar a Danner. ¿Por qué habría de hacerlo? Su peligro había pasado. No era extraño que hubiese estado tan nervioso exhibiendo aquella escena del filme en la pantalla de su despacho. Pero la ansiedad no surgía del peligroso objeto que estaba manipulando, sino de la simple tensión en acoplar su actividad a la acción del filme. ¡Cómo debió haberlo ensayado, cronometrado cada movimiento! ¡Y cómo debió haberse reído después!

—¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó Danner furiosamente, arrancando con su golpe una hueca repercusión en el pecho del robot—. ¿Cuánto tiempo? ¡Respóndeme! ¿Bastante?

La liberación de la esperanza era ahora un éxtasis. Ya no necesitaba esperar más. No necesitaba intentarlo ya más. Todo lo que tenía que hacer era ir a ver a Hartz, y hacerlo pronto, antes de que su tiempo se consumiera. Pensó con repugnancia en todos los días que había desperdiciado, en viajes y pasatiempos, cuando por todo lo que sabía podían estar agotándose sus últimos minutos. Antes de lo que Hartz hiciera.

—Vamos —dijo innecesariamente a la Furia—. ¡Aprisa!

Y el enigmático cronómetro interno del robot, que echó a andar tras él, fue desgranando los momentos hacia el instante en que la máquina ambidextra asestaría su único e irremediable golpe final. Hartz se hallaba sentado en el despacho del Controlador, tras un flamante escritorio nuevo, mirando abajo desde la verdadera cúspide de la pirámide alcanzada las series de computadoras que mantenían en marcha a la sociedad y restallaban el látigo sobre la Humanidad. Suspiró con profunda satisfacción. La única sombra era que pensaba mucho en Danner. Hasta soñaba con él. No con un sentimiento de culpa, puesto que la culpa implica conciencia, y la larga instrucción en un individualismo anárquico se hallaba aún hondamente arraigada en toda mente humana. Pero con cierto desasosiego, quizá. Pensando en Danner, se inclinó hacia atrás y abrió un cajoncito que había trasladado de su antiguo escritorio al nuevo. Deslizó su mano en el interior, y sus dedos tocaron los controles ociosamente. Muy ociosamente.
Dos movimientos, y podría salvar la vida a Danner. Pues, desde luego, le había mentido. En realidad, podía controlar muy fácilmente a las Furias. Podía salvar a Danner, pero nunca había pensado hacerlo. No había necesidad. Y se corría peligro. Se intervenía una vez en un mecanismo tan complejo como el que controlaba la sociedad, y no se podía prever dónde acabaría el desajuste. Una reacción en cadena, quizás, echando por la borda a toda la organización. No. Algún día podría tener que utilizar el artilugio del cajón. Esperaba que no. Lo cerró rápidamente, y oyó el suave piñoneo de la cerradura.

Ahora era Controlador. Guardián, hasta cierto punto, de unas máquinas que eran fieles hasta un límite al que no podía llegar ningún hombre. Quis custodiet, pensó Hartz. El viejo problema. Y la respuesta era: Nadie, nadie, hoy. Él mismo no tenía superiores y su poder era absoluto. Debido a aquel pequeño mecanismo en el cajón, nadie controlaba al Controlador. Ni una conciencia interna ni externa. Nada podía tocarle... Al oír pasos en la escalera, pensó por un momento que debía estar soñando. A veces había soñado que era Danner, con aquellas implacables pisadas de sordo eco tras él. Más ahora estaba despierto. Fue extraño que percibiera el casi subsónico percutir de los pies metálicos que se aproximaban antes que los atropellados pasos de Danner subiendo precipitadamente por la escalera privada. Todo sucedió tan rápidamente que no pareció tener conexión con el tiempo. Casi al instante, oyó el súbito tumulto de gritos y los golpes de las puertas al cerrarse. Luego, de repente se abrió con un restallido la de su despacho, y apareció Danner en el umbral, al par que el tumulto se hacía más fuerte, precipitándose hacia el oyente como un ciclón. Pero un ciclón en una pesadilla, porque nunca se acercaría más. El tiempo se había detenido. El tiempo se había detenido con Danner en el umbral, con el rostro desencajado, y sosteniendo con ambas manos un revólver, pues la convulsión que las agitaba no le permitía hacerlo con una sola.

Hartz actuó sin ningún pensamiento más que un robot. En una forma u otra, también había soñado con mucha frecuencia en aquel momento. Podía haber hecho intervenir a la Furia para que apresurase la muerte de Danner. Lo habría hecho, pero no sabía cómo. Sólo podía esperar, tan ansiosamente como el propio Danner esperaba frente a la esperanza, que fuese asestado el golpe por el ejecutor antes de que Danner sospechara la verdad. O abandonar la esperanza. Pero Hartz estaba presto a afrontar el trastorno. Se encontró con su propia arma en la mano, sin recordar lo más mínimo que hubiese abierto el cajón para cogerla. Lo malo era que el tiempo se había detenido. Recordó vagamente que la Furia debía impedir a Danner que hiciese daño a nadie. Pero Danner estaba en el umbral solo, con el revólver asido por sus temblorosas manos. Y más allá del conocimiento del deber de la Furia, la mente de Hartz conservaba también el de que las máquinas podían detenerse. Las Furias podían fallar. No apostaría su vida por su incorruptibilidad, porque él mismo era el origen de una corrupción que podía detenerlas en su curso. Tenía el arma en la mano sin saberlo. El gatillo pareció ser quien apretó su dedo; sintió el culatazo del revólver en su palma, y el estampido de la explosión hizo silbar el aire entre él y Danner.

Oyó el tañido de la bala al chocar con metal. El tiempo reemprendió su marcha, con doble rapidez para recuperar el perdido. Después de todo, la Furia no había estado más que a un solo paso de Danner, porque lo rodeaba con su brazo de acero mientras su mano desviaba el arma de Danner, quien había disparado también, mas no lo bastante rápido. No antes de que la Furia le alcanzara. La bala de Hartz llegó primero. Alcanzó a Danner en pleno pecho, estallando y atravesándolo, para ir a chocar contra el pecho de la Furia que estaba tras él. El rostro de Danner se tornó tan inexpresivo como el de la máscara. Su cuerpo se desplomó hacia atrás, pero, abarcado por el robot, no cayó. Se fue deslizando lentamente al suelo entre el brazo de la Furia y su impenetrable cuerpo de metal. Su revólver chocó con ruido sordo en la alfombra. Manó a borbotones la sangre de su pecho y espalda. El robot permaneció impasible, con un amplio chorrete de la sangre de Danner cruzándole el pecho como una banda honorífica robótica.

La Furia y el Controlador de las Furias se quedaron mirándose fijamente. La Furia no podía hablar, desde luego, pero en la mente de Hartz pareció qué lo hiciera. -La defensa propia no supone excusa alguna —parecía estar diciendo la Furia—. Nosotras no castigamos nunca la intención, pero castigamos siempre la acción. Cualquier acto de asesinato. Cualquier acto de asesinato...

Hartz tuvo, apenas tiempo de arrojar su revólver al cajón de su escritorio antes de que irrumpiera por la puerta el primer componente del clamoreante grupo de abajo. Y apenas pudo conservar tampoco la suficiente presencia de ánimo. Realmente no pensó que las cosas hubiesen ido tan lejos. En la superficie, era un claro caso de suicidio. Se oyó a sí mismo explicándolo con voz ligeramente insegura. Todos habían visto a aquel loco precipitarse en las oficinas, con la Furia pisándole los talones. No sería la primera vez que un asesino y su Furia habían intentado llegar hasta el Controlador, para pedirle que retirase el carcelero e impidiese la ejecución. Lo que había sucedido, dijo Hartz a sus subordinados, con bastante tranquilidad, era que la Furia había evitado naturalmente que el hombre disparase contra él, Hartz. Y la víctima había vuelto entonces su arma contra sí mismo. Quemaduras de pólvora en su ropa lo mostraban. (El escritorio estaba muy cerca de la puerta.) Y la señal del estampido en la piel de las manos de Danner mostraría que realmente había disparado un arma.

Suicidio. Ello satisfaría a cualquier humano. Pero no satisfaría a las computadoras. Se llevaron el cadáver afuera, y dejaron a Hartz y a la Furia solos, frente a frente, todavía a través del escritorio. Si alguien pensó que aquello era raro, nadie lo mostró. El propio Hartz no sabía si aquello era raro o no. Nunca había sucedido nada igual. Nadie había sido lo bastante loco como para intentar asesinar en presencia misma de una Furia. Ni siquiera el Controlador sabía cómo las computadoras apreciaban la evidencia y determinaban la culpa. ¿Habría sido normalmente revocada esta Furia? Si la muerte de Danner fuese realmente un suicidio, ¿se hubiese quedado ahora solo Hartz? Él sabía que las máquinas se encontraban ya procediendo a la evidencia de lo que había sucedido allí. De lo que no podía estar seguro era de si aquella Furia había recibido ya las órdenes de aquéllas, y en consecuencia le seguiría a donde fuese, desde ahora hasta la hora de su muerte. O bien si estaba simplemente inmóvil en espera de su retirada.

Bien, no importaba. Aquella Furia u otra se hallaba en aquel momento en proceso de recibir instrucciones sobre él. Sólo quedaba hacer una cosa. Y gracias a Dios, era algo que él podía hacer.
Así Hartz abrió el cajón del escritorio y metiendo en él su mano pulsó los dispositivos que jamás había pensado emplear. Tecla por tecla, marcó cuidadosamente la información cifrada, dirigida a las computadoras. Y al hacerlo, miró a través de la cristalera, imaginándose poder ver en las ocultas cintas los datos que iban borrándose para dar lugar al nacimiento de la nueva información falsa. Alzó la vista al robot y sonrió levemente.

—Ahora olvidarás —dijo—. Tú y las computadoras. Ya puedes irte. No quiero volver a verte.

O bien las computadoras trabajaban con increíble rapidez —como desde luego lo hicieron—, o fue una pura coincidencia, porque en sólo un par de segundos la Furia se movió como en respuesta a la despedida de Hartz. De la inmovilidad en que se había quedado desde que Danner se deslizara entre sus brazos, pasó a animarse con las nuevas órdenes, y recibió casi una sacudida al cambiar de una serie de instrucciones a otra. Y su cabeza se inclinó como con un tirón que la puso casi al nivel de la de Hartz. Éste vio su propia cara reflejada en el rostro liso de la Furia. Había algo que parecía irónico ante aquella especie de reverencia del robot, cuyo pecho, estriado por la sangre de Danner, parecía adornado por una banda de honor, símbolo del deber cumplido honorablemente. Pero no había nada honorable en su retirada... El metal incorruptible estaba imponiendo la corrupción y devolvía a Hartz la mirada con el reflejo de su propio rostro.

Hartz contempló cómo la Furia se encaminaba a la puerta, y oyó luego el sordo eco de sus pasos al bajar la escalera. Sintió su vibración en el suelo, y de pronto le acometió una especie de vértigo al pensar que la estructura entera de la sociedad se estaba sacudiendo bajo sus pies. Las máquinas eran corruptibles. La supervivencia de la Humanidad seguía dependiendo de las computadoras, y no se podía confiar en ellas. Hartz bajó la vista y vio que sus manos temblaban agitadamente. Empujó el cajón y oyó el piñoneo de su cerradura. Volvió a mirarse las manos, y sintió que su agitado temblor tenía un eco en su interior, una terrible sensación de la inestabilidad del mundo. Una súbita y aterradora soledad le asaltó como un viento helado. Jamás antes había experimentado una necesidad tan apremiante de la compañía de su propio género. No de una persona, sino de la gente. La sensación de que le rodearan seres humanos... una necesidad muy primitiva. Se puso el sombrero y comenzó a bajar rápidamente la escalera, con las manos hundidas en los bolsillos, porque no había abrigo que le pudiese resguardar de aquel mortal frío interior. Oyó pasos tras él.

No se atrevió al principio a volver la vista. Conocía aquellos pasos. Pero tenía dos temores y no sabía cuál era el peor. El miedo de que una Furia estuviese detrás de él... y el miedo de que no lo estuviese. Sería una especie de demencial alivio el que realmente lo estuviera, porque entonces podría confiar después de todo en las máquinas, y podría desvanecerse su terrible soledad. Dio otro paso sin mirar atrás, y volvió a oír la agorera pisada como un eco de la suya. Exhaló un profundo suspiro y miró. No había nadie detrás de él en la escalera. Siguió bajando tras una pausa que le pareció infinita, ojeando por encima del hombro. Volvió a sonar el implacable eco., sin que hubiese ninguna Furia invisible. Las Erinias habían penetrado de nuevo en el interior, y una invisible Furia de la mente seguía a Hartz escalera abajo.

Era como si el pecado hubiese vuelto al mundo, y el primer hombre sintiera de nuevo la primera culpa íntimamente. Así, pues, en medio de todo, las computadoras no habían fallado. Hartz siguió bajando lentamente la escalera y salió a la calle, oyendo aún, como lo volvería ya a oír siempre, los inexorables e incorruptibles pasos... que, sin embargo, ya no tenían un sonido metálico.

La mano muerta. Wilkie Collins (1824-1889)

Cuando el presente siglo diecinueve era muchos años más joven de lo que es ahora, cierto amigo mío llamado Arthur Holliday llegó a la ciudad de Doncaster justo en plena semana de las carreras, o en otras palabras, a mediados de septiembre. Era uno de estos jóvenes caballeros atolondrados, perdonavidas, afectuosos y parlanchines que poseen el don de la familiaridad en sumo grado, trepando por la vida descuidadamente, haciendo amigos por doquiera que vayan. Su padre era un rico fabricante y había comprado una propiedad en el Condado lo suficientemente grande como para causar la envidia de todos los caballeros bien nacidos del contorno. Arthur era su único hijo, futuro propietario de la finca y la gran empresa a la muerte de su padre; en vida de éste, no le faltaba dinero ni nadie le pedía cuentas. Será rumor o difamación, como prefiráis, pero se decía que el anciano caballero fue bastante alocado en su juventud y que, a diferencia de muchos padres, no le parecía mal que su hijo siguiese el mismo camino. Puede ser cierto o no. Personalmente sólo conocí a Mr. Holliday entrado en años y por entonces era el más tranquilo y respetable caballero que jamás conociera.

Bien, como iba diciendo, un mes de setiembre el joven Arthur llega a Doncaster, habiendo decidido de repente, dado su carácter casquivano, ir a las carreras. Solo llegó a la ciudad hasta el atardecer y enseguida fue a procurarse cena y cama en el mejor hotel. Estaban dispuestos a darle cena, pero todos rieron en cuanto mencionó la cama. En Doncaster, en la semana de las carreras, los visitantes que no han reservado alojamiento suelen pasar la noche en sus carruajes a la puerta de la posada. Yo mismo he visto forasteros poco afortunados, durmiendo bajo los portales. Incluso siendo rico, las probabilidades de Arthur de encontrar alojamiento eran también dudosas (visto que no había escrito con antelación para reservarlo). Probó el segundo hotel, y el tercero, y después dos de las posadas, obteniendo siempre la misma respuesta. No quedaba un solo alojamiento para la noche. Todo el dinero de sus bolsillos no le procuraría una cama en Doncaster durante la semana de las carreras.

Para un joven del temperamento de Arthur, la novedad de ser echado a la calle como un vulgar vagabundo de cada casa donde pidió habitación, se presentaba como una experiencia nueva y divertida. Siguió cargado con su maleta, pidiendo una cama en todos los lugares posibles que pudo encontrar en Doncaster, hasta que se halló en las afueras de la ciudad. Para entonces, el último resplandor del crepúsculo se había desvanecido, la luna asomaba empañada en niebla, el viento era frío, las nubes se amontonaban pesadamente y, ¡la perspectiva era que pronto iba a llover! Ante el mal cariz de la noche se derrumbaron las buenas intenciones del joven Holliday. Empezó a contemplar su situación desde un punto de vista más serio que divertido, y buscó a su alrededor alguna otra posada, ansioso por su difícil alojamiento nocturno. Los suburbios de la ciudad hacia donde se había desviado no estaban iluminados y no podía ver gran cosa de las casas por las que pasaba, excepto que cada vez eran más pequeñas y sucias cuanto más se alejaba. Al final de la ventilada calle por la que ahora transitaba, brillaba el torpe destello de una lámpara de aceite, la débil y solitaria luz luchando inútilmente con la neblinosa oscuridad de su entorno. Decidió llegar hasta la luz y entonces, si no había allí nada parecido a una posada, volver al centro de la ciudad e intentar asegurarse al menos una silla para pasar la noche en uno de los principales hoteles.

Cuando llegó cerca de la luz, oyó voces y acercándose vio que ésta iluminaba la entrada de un patio estrecho en cuya pared estaba pintada en un desteñido color carne una larga mano señalando con un flaco dedo índice esta inscripción:

LOS DOS PETIRROJOS.

Sin dudarlo, Arthur entró en el patio para ver lo que Los dos petirrojos podían hacer por él. Cuatro o cinco hombres estaban de pie al lado de la puerta, al final del patio, de cara a la entrada de la calle. Los hombres escuchaban a otro individuo, mejor vestido que los demás, contando a su audiencia algo en voz baja que parecía interesarles mucho. Al entrar en el patio, Arthur fue adelantado por un forastero con una mochila en la mano, que evidentemente dejaba la casa:

-No -dijo el hombre de la mochila, dándose la vuelta y dirigiéndose animadamente hacia un hombre gordo, calvo, de aspecto astuto, con un sucio delantal blanco, que le había seguido por el pasillo-, no, señor posadero, no me asusto fácilmente por fruslerías; pero no me importa confesar que no puedo soportar esto. Al oír estas palabras, el joven Holliday pensó que al forastero le habían pedido un precio exorbitante por una cama en Los dos petirrojos y que no quería o podía pagarlo. En cuanto se dio la vuelta, Arthur, muy seguro de sus bolsillos llenos, se dirigió apresuradamente, por miedo de que otro viajero sorprendido por la noche se le anticipase, al astuto posadero del sucio delantal y la cabeza pelada.
-Si tiene una cama para alquilar -le dijo-, y este caballero que se ha ido no le paga su precio, yo lo haré.
-¿Lo hará, señor? -preguntó el posadero de un modo meditabundo y dudoso.
-Dígame su precio -insistió el joven Holliday, pensando que la duda del posadero provenía de algún rústico recelo hacia él-. Dígame su precio y le daré el dinero en seguida, si quiere.
-¿Está dispuesto a darme cinco chelines? -preguntó el posadero, restregándose la papada y mirando pensativamente al cielo sobre su cabeza.

Arthur casi se le rio en la cara; pero pensando que era prudente controlarse, ofreció los cinco chelines con la mayor seriedad que le fue posible. El posadero tendió la mano, pero repentinamente la retiró.

-Usted actúa justamente -dijo-, y antes de tomar su dinero, haré lo mismo con usted. Mire, las cosas están así. Por cinco chelines puede tener una cama para usted solo, pero sólo puede tener la mitad de la habitación en donde se halla. ¿Entiende lo que quiero decir, joven?
-Naturalmente -contestó Arthur algo irritado-. ¿Quiere decir que es una habitación doble y que una de las camas ya está ocupada?

El posadero asintió con la cabeza y restregó de nuevo su papada más fuerte que antes. Arthur dudó y mecánicamente descendió uno o dos escalones hacia la puerta. La idea de dormir en una misma habitación con un perfecto desconocido, no le resultaba una perspectiva muy agradable. Estuvo tentado de guardar los cinco chelines en el bolsillo y salir a la calle otra vez.

-¿Sí o no? -inquirió el posadero-. Decídase cuanto antes, porque hay mucha gente además de usted que quiere una cama esta noche en Doncaster.

Arthur miró hacia el patio, oyendo la fuerte lluvia repiquetear en la calle. Pensó que haría una o dos preguntas antes de decidir, imprudentemente, dejar Los dos petirrojos.

-¿Qué clase de hombre ocupa la otra cama? -preguntó-. ¿Es un caballero? Quiero decir... ¿es una persona tranquila y educada?
-El hombre más tranquilo que jamás me he cruzado -dijo el posadero, frotando furtivamente sus gordezuelas manos una sobre otra-. Tan sobrio como un juez y tan regular en sus costumbres como un reloj. No hace ni diez minutos que han sonado las nueve y ya está en cama. No sé si ésta es la idea que usted tiene de un hombre tranquilo, pero puedo decirle que lo es mucho más de la que yo tengo.
-¿Usted cree que duerme? -preguntó Arthur.
-Sé que duerme -contestó el posadero-, y lo que es más, se ha ido tan deprisa que le garantizo que no le despertará. Por aquí, señor -dijo el posadero hablando por encima del joven Holliday, como si se dirigiese a un nuevo huésped que se acercase a la casa.
-Aquí tiene -dijo Arthur, decidido a adelantarse al forastero, quien quiera que fuese-. Tomo la cama.

Le dio los cinco chelines al posadero, quien asintió con la cabeza, guardó cuidadosamente el dinero en el bolsillo de su chaleco y encendió una vela.

-Suba y vea la habitación -le dijo al nuevo huésped de Los dos petirrojos, señalándole el eamino hacia la escalera, bastante ágil, considerando lo gordo que estaba.

Subieron al segundo piso de la casa. El posadero entreabrió una puerta frente al rellano, entonces se detuvo y se giró hacia Arthur.

-Tenga en cuenta que es un trato tan justo por mi parte como por la suya -dijo-. Usted me da cinco chelines y yo a cambio le doy una cama limpia y cómoda; le garantizo, de antemano, que no será interrumpido o molestado por el hombre que duerme en su misma habitación.

Habiendo dicho estas palabras, miró fijamente por un momento a la cara del joven Holliday y entonces le hizo pasar a la habitación. Era más grande y limpia de lo que Arthur esperaba. Las dos camas estaban paralelas, con una separación de unos dos metros entre las mismas. Eran de la misma medida y ambas tenían las mismas cortinas blancas, que se podían correr, si era necesario, a su alrededor. La cama ocupada era la que estaba más cerca de la ventana. Las cortinas estaban corridas a su alrededor, excepto una parte en un extremo, en el lado de la cama más alejado de la ventana. Arthur vio los pies del hombre que dormía, levantando un pequeño y puntiagudo montón en las escasas ropas, como si estuviera echado sobre su espalda. Tomó la vela y avanzó suavemente para correr la cortina, se detuvo a medio camino y escuchó por un momento; luego se volvió hacia el posadero.

-Es un durmiente muy silencioso -dijo Arthur.
-Sí -dijo el posadero-, muy silencioso.
El joven Holliday avanzó con la vela en la mano y miró al hombre cautamente.
-¡Qué pálido está! -comentó.
-Sí -afirmó el posadero-, bastante pálido, ¿no?

Arthur miró al hombre más de cerca. Las sábanas estaban subidas hasta su barbilla y yacían perfectamente inmóviles sobre su pecho. Sorprendido y vagamente asustado al ver aquello, Arthur se inclinó más sobre el extraño, miró sus cenicientos labios partidos, escuchó reteniendo la respiración por un instante, miró otra vez la extraña cara inanimada, los inmóviles labios y el pecho. Se volvió hacia el posadero con sus propias mejillas tan pálidas por el momento como las hundidas mejillas del hombre de la cama.

-Venga aquí -susurró, sin aliento-. ¡Venga aquí, por Dios! Este hombre no duerme, está muerto.
-Lo ha averiguado antes de lo que esperaba -dijo el posadero, sosegadamente-. Sí, está muerto, seguro. Ha muerto hoy, a las cinco en punto.
-¿Cómo ha muerto? ¿Quién es? -preguntó Arthur, titubeando ante la audaz frialdad de la respuesta.
-En cuanto a quién es -continuó el posadero-, no sé de él más que usted. Aquí están sus libros, cartas y cosas, selladas en este sobre marrón para la encuesta del juez que se celebrará mañana o pasado. La semana que ha vivido aquí ha estado casi siempre dentro como si estuviera enfermo. Mi chica le subió el té hoy a las cinco y cuando lo estaba tomando cayó en un desmayo o ataque, o una mezcla de ambas cosas, por lo que sé. No pudimos reanimarle y el doctor dijo que estaba muerto. Y aquí está. La encuesta del juez se hará lo antes posible y esto es todo lo que sé.

Arthur mantuvo la vela cerca de los labios del hombre. La inmóvil llama ardía hacia arriba regularmente. Hubo un momento de silencio; la lluvia golpeaba monótonamente contra los vidrios de las ventanas.

-Si no tiene nada más que decirme -continuó el posadero-, supongo que me puedo ir. ¿No querrá sus cinco chelines de vuelta, verdad? Aquí está la cama que le prometí, limpia y cómoda. Aquí está el hombre que le garanticé que no le molestaría, silencioso para siempre en este mundo. Si tiene miedo de quedarse solo con él no es asunto mío. He mantenido mi parte del trato y pienso guardar el dinero. Yo no soy de Yorkshire, joven caballero, pero he vivido lo bastante en estos lugares para agudizar mi ingenio y me pregunto si la próxima vez que venga aquí encontrará el modo de avivar el suyo. Con estas palabras el posadero se volvió hacia la puerta, riendo para sí suavemente, muy satisfecho de su propia malicia.

Para entonces, Arthur, asustado y sobresaltado como estaba, se iba recobrando para sentirse indignado por el engaño de que había sido objeto y también por la insolente manera con que el posadero exteriorizaba su regocijo por ello.

-No se ría -le dijo, cortante-, hasta que sepa que puede reírse de mí. No tendrá los cinco chelines por nada. Me quedo la cama.
-¿Lo hará? -dijo el posadero-. Entonces le deseo un buen descanso. Con esta breve despedida salió y cerró la puerta tras sí.

¡Un buen descanso! Apenas dichas estas palabras, en cuanto se cerró la puerta, Arthur se arrepintió de las palabras que se le acababan de escapar. Aunque no fuese muy sensible ni le faltase el coraje moral y psíquico, la presencia del muerto produjo instantáneamente un escalofriante efecto en su mente en cuanto se quedó solo en la habitación. Estaba obligado, por sus precipitadas palabras, a permanecer allí hasta la mañana siguiente. A un hombre más viejo no le hubiesen importado nada las palabras, y hubiese actuado sin referirse a ellas, con sentido común. Pero Arthur era demasiado joven para rechazar el ridículo ante sus inferiores, demasiado joven para pasar por ver humillada su propia jactancia, así que no podía negarse a la prueba: tenía que pasar la noche en el mismo cuarto que el muerto.

«Sólo son unas pocas horas -pensó para sí-, me puedo ir en seguida por la mañana.»

Mientras este pensamiento cruzaba su mente estaba mirando la cama ocupada, y el bulto de los pies llamó su atención. Se adelantó y corrió las cortinas, absteniéndose al hacerlo de mirar la cara del muerto, intentando no grabar una impresión funesta en su mente. Corrió las cortinas con suavidad y suspiró involuntariamente al hacerlo. «Pobre hombre -pensó, casi tan tristemente como si lo hubiese conocido-. ¡Ah! pobre hombre.» Fue hacia la ventana. La noche era oscura y no se veía nada. La lluvia continuaba golpeteando fuertemente los cristales. Dedujo al oírlo que la ventana daba a la parte trasera de la casa ya que delante quedaba resguardada por el patio y los edificios superiores. Siguió de pie ante la ventana, escuchando con alivio el ruido monótono de la lluvia, que era algo vivo que le acompañaba. Mientras seguía allí oyó sonar las campanas de una iglesia lejana: eran las diez. ¡Sólo las diez! ¿Cómo iba a pasar las horas hasta que la casa despertase por la mañana?

En otras circunstancias habría bajado al bar, pedido una bebida, charlando y riendo con la gente allí reunida, tan familiarmente como si se conocieran de toda la vida. Pero detestaba la sola idea de pasar el rato de este modo. La situación en que se había colocado le estaba alterando profundamente. Hasta ahora su vida había sido la de un joven frívolo y despreocupado, sin problemas ni pruebas que afrontar. No había perdido a nadie que amase o amigo que apreciase. Hasta esta noche, ni siquiera en pensamiento, se había topado con la muerte. Dio varias vueltas por la habitación y se detuvo. En sus oídos resonó el ruido que hacían sus botas en el suelo pobremente alfombrado. Dudó un poco y acabó por quitárselas y caminar hacia un lado y otro silenciosamente. Había abandonado ya todo deseo de dormir o descansar. La idea de echarse en la cama desocupada le hizo imaginarse una espantosa mímica de la postura del muerto. ¿Quién era? ¿Cuál era su pasado? Debía de haber sido pobre o no hubiese pasado por un lugar como Los dos petirrojos; probablemente estuviese debilitado por una larga enfermedad o no hubiese muerto como describió el posadero. Pobre, enfermo, solitario, muerto en un lugar extraño, muerto, tan sólo con un forastero para apiadarse de él. Una triste historia; verdaderamente, mirándolo bien, una historia muy triste. Mientras estas ideas pasaban por su cabeza, se había detenido al lado de la ventana que estaba cerca de la cama con las cortinas corridas.

Primero miró como ausente; después se dio cuenta de que sus ojos estaban fijos en la cama; entonces le poseyó un perverso deseo de hacer lo que hasta ahora había evitado: mirar al muerto. Tendió sus manos hacia las cortinas, pero dándose cuenta giró rápidamente y anduvo hacia la chimenea, para ver lo que había sobre la repisa e intentar de este modo dejar de obsesionarse por el muerto. Encima de la chimenea había un tintero con un poco de tinta en ei recipiente, dos toscas porcelanas de lo más vulgares, una sucia tarjeta, repujada con una serie de acertijos impresos en todas direcciones y en varios colores. Tomó la tarjeta y fue a leerla en la mesa donde estaba la vela, sentándose resueltamente de espaldas a la cama tapada. Empezó a leer el primer acertijo, el segundo, el tercero, siguiendo la primera esquina; le dio la vuelta con impaciencia para mirar la otra cara. Antes de empezar a leerla el sonido de la campana de la iglesia le interrumpió. Las once.

Había pasado una hora en la habitación del muerto. Miró de nuevo la tarjeta. Era difícil ver las letras a causa de la poca luz que le había dejado el posadero -una vela de sebo- con un par de anticuadas pantallas de acero. Hasta ahora su mente había estado demasiado ocupada para pensar en ello. Había dejado la mecha de la vela hasta que había pasado la llama y ardía con una extraña forma de tejadillo, en el tope del cual iban cayendo pedacitos de algodón carbonizados en pequeños copos. Arregló la mecha, la luz brilló directamente y la habitación resultó menos oscura. De nuevo volvió a los acertijos, leyéndolos terca y resueltamente, ahora en una esquina, ahora en otra. A pesar de todos sus esfuerzos no podía fijar su atención. Siguió mecánicamente en su ocupación sin entender lo que leía. Era como si una sombra de la cama se interpusiese entre su mente y las alegres letras, una sombra que nada podía disipar. Al fin abandonó el esfuerzo, tiró la tarjeta con impaciencia y volvió a su paseo suave por la habitación. ¡El muerto, el muerto, el muerto oculto en la cama! De nuevo la persistente idea obsesionándole.

¡Oculto! ¿Era sólo el cuerpo que yacía allí o era que aquel cuerpo estaba oculto, lo que le preocupaba? Se detuvo ante la ventana, oyendo de nuevo el golpeteo de la lluvia, atisbando hacia la negra oscuridad. ¡Todavía el muerto! La oscuridad le obligó a volver en sí e hizo trabajar su memoria, reviviendo con una vívida y penosa claridad la impresión que tuvo cuando vio el cuerpo por primera vez. De pronto, le pareció que aquella cara se levantaba en medio de la oscuridad, encarándosele a través de la ventana, con su pálida blancura, la terrible y sombría línea de luz entre los imperfectamente cerrados párpados, más abiertos que antes, los labios separándose más y más, las facciones creciendo y moviéndose, hasta que parecieron llenar la ventana y acallar la lluvia y apagar la noche. El sonido de una voz gritando desde el inicio de la escalera le sustrajo repentinamente del sueño de su perturbada fantasía. Reconoció la voz del posadero.

-Cierra a las doce, Ben -le oyó decir-; me voy a dormir.

Enjugó el sudor de su frente, razonó consigo mismo por un rato y resolvió librar su mente de la horrible fealdad que aún persistía, obligándose a afrontar, aunque sólo fuese por un momento, la solemne realidad. Sin permitirse un momento de duda, separó las cortinas a los pies de la cama y miró. Allí estaba, apoyada en la almohada, la cara blanca, triste, tranquila, con su terrible misterio de quietud. ¡Ningún movimiento, ningún cambio! Lo miró un instante antes de correr las cortinas de nuevo, pero este momento le calmó, le devolvió en mente y cuerpo a sí mismo. Volvió a su anterior ocupación de andar arriba y abajo de la habitación, perseverando esta vez, hasta que el reloj sonó de nuevo. Las doce.

Mientras se apagaba el eco de las campanadas, le siguió abajo el confuso ruido de los bebedores que se marchaban. El próximo ruido después de un corto silencio, fue el de los cerrojos al cerrar la puerta y el de los postigos detrás de la posada. Luego siguió el silencio y ya no fue turbado por nada. Ahora estaba solo, absoluta, desesperadamente solo con el hombre muerto, hasta la próxima mañana. Tenía que arreglar la mecha de nuevo. Iba a hacerlo, pero de repente miró con atención a la vela, luego detrás, sobre su hombro, a la cama tapada, y de nuevo la vela. La habían cambiado por primera vez para mostrarle el camino por la escalera y casi la tercera parte se había consumido. Pasada otra hora se quedaría a oscuras, a menos que llamase en seguida al hombre que había cerrado la posada, para pedirle una vela nueva. Su mente se había visto muy afectada desde que entró en la habitación y su absurdo miedo de quedar en ridículo y que se pusiese en duda su coraje seguía influyéndole. Se demoró, indeciso, alrededor de la mesa, esperando hasta convencerse para abrir la puerta y llamar desde el rellano al hombre que había cerrado la posada. En su actual estado de ánimo, tan dubitativo, era una especie de descanso ganar unos pocos instantes ocupándose en la fútil ocupación de reanimar la llama. Su mano temblaba un poco cuando aprctó la mecha, que cerró un poco demasiado abajo. En un instante la vela se apagó y la habitación quedó sumida en una total oscuridad.

La impresión que la ausencia de luz produjo instantáneamente en su mente fue de angustia por la cama tapada, angustia que no tenía una forma precisa, pero que era lo bastante fuerte, en su vaguedad, para dejarlo pegado a la silla, hacer latir más rápido su corazón y dejarlo escuchando intensamente. Ningún sonido en la habitación, sino el ruido de la lluvia contra la ventana, más alto y violento ahora. Todavía la vaga angustia, el inexplicable miedo lo poseía y mantenía en la silla. Puso la maleta encima de la mesa, sacó la llave de un bolsillo, la abrió y buscó su caja-escritorio donde sabía que había una caja de cerillas. Cuando tuvo una cerilla entre sus dedos esperó antes de frotarla en la tosca mesa de madera, escuchando intensamente de nuevo, sin saber por qué. Seguía sin haber otro ruido en la habitación que el persistente e incesante repiqueteo de la lluvia. Encendió la vela de nuevo sin más demora y en el instante de encenderla, el primer objeto que vio en la habitación fue la cama tapada. Justo antes de que se acabara la luz había mirado en aquella dirección y no había observado ningún cambio, ningún desarreglo en los pliegues de las cortinas ajustadamente corridas. Cuando ahora miró hacia la cama, vio colgando por un lado de ésta una mano larga y blanca. Yacía perfectamente inmóvil a mitad de aquel lado de la cama, donde se unían la cortina de la cabecera y la de los pies. No se veía nada más. Las colgantes cortinas ocultaban todo menos la larga mano blanca. Se la quedó mirando, incapaz de moverse, incapaz de llamar, no sintiendo nada, no sabiendo nada, todas sus facultades sumándose y perdiéndose, excepto la vista.

Nunca pudo explicar por cuanto tiempo mantuvo este primer pánico. Pudo haber sido un instante. Pudieron ser muchos minutos. Cómo llegó a la cama, si fue corriendo o lentamente, cómo consiguió descorrer las cortinas y mirar dentro, nunca lo ha recordado ni lo recordará mientras viva. Bástenos saber que sí llegó hasta la cama y miró detrás de las cortinas. El hombre se había movido. Uno de sus brazos estaba fuera de las sábanas; su cara había girado un poco en la almohada; sus párpados estaban muy abiertos. Sin embargo, a pesar del cambio de posición y expresión, la cara seguía perfectamente inmutable. La palidez y quietud de la muerte aparecían en su inmovilidad. Una mirada mostró esto a Arthur, una mirada antes de que volase sin resuello hacia la puerta y alarmase a toda la casa. El hombre a quien el posadero llamara Ben fue el primero en aparecer por la escalera. En tres palabras, Arthur le contó lo que ocurría y le mandó a buscar al médico más próximo. Yo, que os cuento esta historia, estaba por entonces en casa de un amigo médico, ejerciendo en Doncaster y cuidando de sus pacientes durante su visita a Londres; y yo, por aquel tiempo, era el médico más próximo a la posada. Me mandaron a llamar cuando el forastero se puso enfermo por la tarde, pero no estaba en casa y buscaron en otro sitio. Cuando el hombre de Los dos petirrojos llamó al timbre, de noche, estaba pensando en acostarme.

Naturalmente, no creí una palabra de la historia acerca «del hombre muerto que ha vuelto a la vida de nuevo». Sin embargo, me calé el sombrero, cogí uno o dos frascos de medicina estimulante y corrí hacia la posada, no esperando encontrar nada más extraordinario que un paciente con un ataque. Mi sorpresa al averiguar que el hombre me había contado la verdad, fue tal, si no igual, que mi sorpresa al encontrarme cara a cara con Arthur Holliday tan pronto como entré en el dormitorio. No había tiempo entonces para dar o pedir explicaciones. Nos estrechamos la mano asombrados, y ordené que todos, menos Arthur, salieran de la habitación y me precipité hacia la cama. El fuego de la cocina aún no se había apagado. Había mucha agua caliente y franela. Con esto, mis medicinas y toda la ayuda que Arthur pudo darme bajo mi dirección, arranqué al hombre literalmente de las puertas de la muerte. En menos de una hora desde mi llegada, estaba vivo y hablando en la cama donde había yacido esperando la encuesta del juez. Naturalmente, me preguntaron qué le había pasado, y podría deleitarles, en respuesta, con largas teorías, llenas de lo que los niños llaman palabras difíciles. Prefiero contar, sin embargo, que en este caso causa y efecto no podían juntarse satisfactoriamente en una teoría. Hay misterios de la vida humana y sus condiciones de los que la ciencia no ha comprendido aún nada; les confieso cándidamente que al devolver a aquel hombre a la existencia estaba, moralmente hablando, dando palos de ciego en la oscuridad. Sé (por el testimonio del médico que le atendió por la tarde) que la maquinaria vital, hasta donde pueden apreciar nuestros sentidos, se había, en este caso, parado indudablemente; también estoy seguro (ya que lo recobró) que el principio vital no se había extinguido. Cuando añado que había sufrido una larga y complicada enfermedad y que todo su sistema nervioso estaba completamente trastornado, os he contado todo lo que realmente sé de la condición física de mi paciente muerto-vivo en Los dos petirrojos.

Cuando «volvió en sí», como se dice, era algo sorprendente de mirar, con su cara descolorida, sus hundidas mejillas, sus extraviados ojos negros y su largo cabello negro. La primera pregunta que me hizo sobre su persona, cuando pudo hablar, me hizo sospechar que me hallaba ante un hombre de mi profesión. Le mencioné esta conjetura y me confirmó que estaba en lo cierto. Dijo que venía de París, donde trabajó en un hospital; que recientemente había regresado a Inglaterra, para dirigirse a Edimburgo para continuar sus estudios; que se había puesto enfermo durante el viaje y que se había detenido en Doncaster para descansar y recuperarse. No añadió una palabra ni siquiera sobre su nombre, y naturalmente, no le pregunté nada al respecto. Sólo le pregunté, cuando dejó de hablar, qué especialidad pensaba cursar.

-Cualquiera -dijo amargamente- que dé de comer a un pobre.

Ante esto, Arthur, que hasta ahora lo observaba en silenciosa curiosidad, prorrumpió impetuosamente en su usual modo humorístico: -Mi querido muchacho (todo el mundo era «mi querido muchacho» para Arthur), ahora que ha vuelto a la vida, no empiece siendo pesimista en sus proyectos. Le diré que puedo ayudarle y si yo no puedo, sé que mi padre puede. El estudiante de medicina lo miró fijamente.

-Gracias -dijo con frialdad-. ¿Puedo preguntarle quién es su padre? -añadió.
-Es bien conocido en esta parte del país -contestó Arthur-. Es un importante fabricante y su nombre es Holliday.

Mi mano estaba sobre la muñeca del hombre durante esta breve conversación. -En el momento en que fue pronunciado el nombre de Holliday, sentí acelerarse el pulso bajo mis dedos, detenerse, seguir de golpe y latir luego por un instante o dos, con febrilidad.

-¿Cómo ha venido usted aquí? -preguntó el forastero, rápido, excitado, casi apasionadamente.
Arthur le explicó brevemente lo sucedido desde que alquilara la cama en la posada.
-Estoy en deuda entonces con el hijo de Mr. Holliday, por la ayuda que me ha salvado la vida -dijo el estudiante de medicina, hablando consigo mismo, con un raro sarcasmo en su voz-. Venga aquí.
Mientras hablaba, tendió su larga, blanca y huesuda mano derecha.
-Con todo mi corazón -dijo Arthur, estrechando la mano cordialmente-. Puedo confesarlo ahora -continuó, riendo-, sobre mi honor, casi pierdo el juicio del miedo.

El forastero no parecía escuchar. Sus fieros ojos negros miraban fijamente la cara de Arthur y sus largos dedos huesudos aferraban su mano. El joven Holliday, por su parte, devolvió la mirada, asombrado y perplejo por el raro lenguaje y modos del estudiante de medicina. Las dos caras estaban juntas; miré a ambos y para mi sorpresa quedé impresionado por el parecido entre ellos, no en las facciones o complexión, sino en la expresión. Debió de ser un fuerte parecido o yo no lo hubiese notado, ya que soy muy lento para darme cuenta de los parecidos.

-Me ha salvado la vida -dijo el forastero, sin dejar de mirar fijamente a la cara de Arthur, apretando aún su mano-. Si hubiese sido mi propio hermano, no habría hecho más.
Puso un gran énfasis en estas tres palabras: «mi propio hermano» y su cara cambió de aspecto cuando lo dijo; un cambio que no podría describir.
-Espero que aún podré ayudarle -dijo Arthur-. Hablaré con mi padre en cuanto llegue a casa.
-Parece estar orgulloso de su padre y quererlo mucho -dijo el estudiante de medicina-. ¿Supongo que él también está orgulloso de usted?
-Naturalmente que lo está -contestó Arthur riendo-. ¿Hay algo maravilloso en ello? ¿No está su padre orgulloso...?
Repentinamente, el forastero soltó la mano de Holliday y volvió la cara.
-Perdone -dijo Arthur-. Espero no haberle herido involuntariamente: ¿No habrá perdido a su padre?
-No puedo perder lo que nunca he tenido -respondió el estudiante con una risa sarcástica.
-¡Lo que nunca ha tenido!
El forastero repentinamente tomó la mano de Arthur y le miró de nuevo a la cara fijamente.
-Sí -dijo, repitiendo la risa amarga-. Ha traído de nuevo al mundo a un pobre diablo que nada tiene que hacer en él. ¿Le sorprende? Tengo el gusto de contarle lo que generalmente otros en mi situación guardan en secreto. No tengo nombre ni padre. ¡La caritativa ley de la sociedad me dice que soy el hijo de nadie! Pregúntele a su padre si también será el mío, y ayúdeme a encontrar un camino en esta vida mía sin apellido.

Arthur me miró más perplejo que nunca. Le indiqué con una seña que no comentase nada al respecto y de nuevo puse mis dedos en su muñeca. No. A pesar de la extraordinaria confesión que acababa de hacer no estaba, como yo suponía, empeorando. Su pulso era ahora regular y su piel húmeda y fresca. No había ningún síntoma de fiebre. En vista de que ninguno de nosotros le contestaba, se volvió hacia mí y empezó a comentar la extraña naturaleza de su caso, pidiéndome consejo sobre el tratamiento médico que debía seguir. Le dije que debía considerar cuidadosamente su enfermedad y que más tarde le mandaría una receta. Me pidió que lo hiciese en seguida, ya que seguramente dejaría Doncaster pronto por la mañana antes de que yo despertase. Era inútil explicarle lo absurdo y loco de tal modo de actuar. Me escuchó educada y pacientemente pero se mantuvo firme, sin dar ninguna razón o explicación, y me repitió que si quería darle la oportunidad de ver mi receta, debería hacerla en seguida. Oyendo esto, Arthur ofreció prestarnos su escribanía portátil que llevaba consigo y trayéndola a la cama sacó el papel de la caja en su modo descuidado. Con el papel cayeron sobre la cama un paquete de sellos y una pequeña acuarela de un paisaje. El estudiante de medicina tomó el dibujo y lo miró. Sus ojos se fijaron en las iniciales claramente cifradas en una esquina. Se sobresaltó y tembló; su pálida cara se puso aún más blanca; volvió sus fieros ojos hacia Arthur y lo atravesaron.

-Un bonito dibujo -dijo en un raro y tranquilo tono de voz.
-¡Ah, y hecho por una chica muy guapa! -dijo Arthur-. ¡Oh, una chica muy guapa! Me gustaría que no fuese un paisaje, sino un retrato suyo.
-¿La admira mucho?
Arthur, medio en broma, medio en serio, se besó la mano como respuesta.
-Amor a primera vista -dijo el joven Holliday, guardando el dibujo-. Pero el asunto no marcha bien. Es la historia de siempre. Está monopolizada, como de costumbre; ligada por un precipitado compromiso con un hombre pobre que nunca parece conseguir el dinero suficiente para casarse con ella. Tuve suerte de saberlo a tiempo, o seguramente hubiese arriesgado una declaración cuando me dio este dibujo. Tenga, doctor, pluma, tinta y papel, listos para usted.
-¿Cuándo le dio este dibujo? ¿Se lo dio? ¿Se lo dio?

Repitió estas palabras despacio para sí y de pronto cerró los ojos. Una súbita mueca pasó por su cara y vi una de sus manos agarrar las sábanas y estrujarlas con fuerza. Pensé que volvería a enfermar y pedí que no hubiese más charla. Abrió los ojos cuando hablé, los fijó interrogadoramente de nuevo sobre Arthur y dijo clara y distintamente:

-Usted la quiere y ella le quiere; el pobre hombre puede apartarse de su camino. ¿Puede decir que, pensándolo bien, no le dará su persona como le ha dado el dibujo?
Antes de que el joven Holliday pudiese contestar, se volvió hacia mí y dijo en un susurro:
-Respecto a la receta... A partir de entonces, aunque habló con Arthur, no volvió a mirarle.

Cuando hube escrito la receta, la miró y aprobó, sorprendiéndonos a ambos con un «Buenas noches» brusco. Me ofrecí para quedarme, pero negó con la cabeza. Arthur ofreció también quedarse y con su cara vuelta, dijo:

-No.
Comprendiendo que yo no cedería, aceptó que se quedase el camarero de la posada.
-Gracias a los dos -dijo, cuando nos pusimos de pie para irnos-. Tengo que pedirles un último favor, no a usted, doctor, porque confío en su discreción profesional, sino a Mr. Holliday.
Cuando habló, sus ojos aún estaban fijos en mí y nunca más se volvió hacia Arthur.
-Suplico a Mr. Holliday que no mencione a nadie, y menos aún a su padre, los sucesos ocurridos y las palabras dichas en esta habitación. Le ruego que me entierre en su memoria como si para él estuviese enterrado en la tumba. No puedo darle mis razones para pedirle algo tan extraño. Sólo puedo implorarle que lo cumpla.

Su voz falló por primera vez y escondió la cara en la almohada. Arthur, completamente confundido, le dio su palabra. Inmediatamente después me llevé al joven Holliday a casa de mi amigo, pensando regresar a la posada y ver de nuevo al estudiante antes de que partiese. Volví a la posada a las ocho en punto, absteniéndome a propósito de despertar a Arthur, que descansaba de la excitación de la pasada noche en uno de los sofás del salón de la casa de mi amigo. En cuanto estuve solo en mi dormitorio, tuve una sospecha, lo que me hizo decidir a que Arthur y el joven estudiante a quien había salvado la vida no se viesen nunca más, si yo podía evitarlo. Ya he contado ciertas habladurías escandalosas que sabía respecto a la juventud del padre de Arthur. Cuando, en mi cama, pensaba en lo ocurrido en la posada: el cambio en el pulso del estudiante cuando se mencionó el nombre de Holliday; el parecido que había notado entre la expresión de su cara y la de Arthur; el énfasis que puso en las tres palabras «mi propio hermano»; su incomprensible aceptación de su propia ilegitimidad; mientras pensaba en estas cosas, las informaciones antes mencionadas irrumpieron de pronto en mi mente y se enlazaron como una cadena en mis anteriores reflexiones. Algo me susurró: «Mejor será que estos dos jóvenes no vuelvan a verse». Lo sentía antes de dormirme; lo sentí cuando desperté; y como os he dicho, fui solo a la posada a la mañana siguiente.

Perdí mi última oportunidad de ver de nuevo a mi paciente sin nombre. Hacía una hora que se había marchado cuando pregunté por él. Ya os he dicho todo lo que sé sobre el hombre a quien devolví la vida en la habitación doble de la posada de Doncaster. Lo que voy a añadir son meras deducciones y conjeturas; hablando claro, no son hechos concretos. Primero os diré que el estudiante de medicina estuvo increíblemente en lo cierto adivinando que era muy probable que Arthur se casara con la joven que le diera la acuarela del paisaje. La boda tuvo lugar un año después de los acontecimientos que acabo de relatar. La joven pareja vino a vivir en el vecindario donde yo estaba establecido. Estuve presente en la boda y quedé muy sorprendido de que Arthur, ni antes ni después de la boda, quisiera hablarme del anterior compromiso de su novia. Sólo se refirió a ello una vez en que estábamos a solas, contándome en aquella ocasión que su esposa había hecho todo a lo que el honor y el deber la obligaba, y que el compromiso se rompió con la entera aprobación de sus padres. Nunca supe nada más sobre esto. El nuevo matrimonio Holliday vivió feliz durante tres años. Al cabo de este tiempo se declararon síntomas de una seria enfermedad en Mrs. Holliday.

Resultó ser una larga y lenta enfermedad sin esperanza. Yo la atendí siempre. Habíamos sido grandes amigos cuando no estaba enferma y lo fuimos más estrechamente en su dolencia. Mantuvimos largas e interesantes conversaciones durante los períodos en que parecía recuperarse. Puedo contaros brevemente el contenido de una de estas conversaciones, dejándoos deducir lo que os plazca. La entrevista a que me refiero ocurrió poco antes de su muerte. Llamé como de costumbre, la encontré sola y comprendí al ver sus ojos que había estado llorando. Al principio sólo me contó que estaba moralmente deprimida, pero poco a poco se volvió más comunicativa y me contó que había estado releyendo unas cartas antiguas, dirigidas a ella antes de que conociera a Arthur, por el hombre con quien había estado comprometida en matrimonio. Le pregunté cómo se había roto el compromiso. Me contestó que no se había roto, sino muerto de un modo misterioso. La persona con quien estaba comprometida -su primer amor-, era muy pobre y no había posibilidades inmediatas de casarse. Tenía mi misma profesión y había marchado al extranjero para ampliar sus estudios.

Habían mantenido una correspondencia regular hasta que, como creía, había regresado a Inglaterra. Desde aquel momento no supo nada más de él. Tenía un temperamento sensible y susceptible y ella temía haber hecho o dicho algo inadvertidamente que le hubiese podido ofender. De cualquier modo, no le escribió más y después de esperar un año, se casó con Arthur. Le pregunté cuándo había sucedido aquello y averigüé que las cartas habían cesado exactamente por las mismas fechas en que fui llamado para atender al misterioso paciente de la posada Los dos petirrojos. Quince días después de esta conversación, ella murió. Al correr del tiempo Arthur se casó de nuevo. En los últimos años ha residido casi siempre en Londres y le he visto raramente. Tengo que pasar sobre algunos años antes de llegar a una conclusión acerca de esta interrumpida narración. Y aún al llegar al final, lo que tengo que deciros llamará vuestra atención unos breves minutos. Una lluviosa tarde de otoño, cuando todavía practicaba la medicina en el medio rural, estaba sentado, solo, pensando en un caso a mi cuidado que me tenía perplejo, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.

-Entre -grité, mirando con curiosidad para ver quién me buscaba. Después de un breve instante se movió el picaporte y apareció una mano larga, blanca y huesuda, empujando lentamente la puerta sobre una arruga de la alfombra que no permitía abrirla libremente.

Detrás de la mano apareció un hombre cuya cara me causó inmediatamente una extraña sensación. Había algo familiar en su aspecto y también algo que sugería un cambio. Se presentó tranquilamente como Mr. Lorn; traía unas excelentes referencias profesionales y me propuso ocupar el por entonces vacante puesto de asistente mío. Mientras hablaba me di cuenta de que no lo hacíamos como desconocidos y que aunque yo parecía asombrado de verle, él no lo estaba en absoluto. Tuve en la punta de la lengua decirle que me parecía que ya nos habíamos conocido antes. Pero algo en su cara y algo en mi propia impresión -no puedo decir qué- me impidió decírselo, y sintiéndome atraído hacia él, lo acepté sin dudarlo para el puesto. Aceptó la propuesta y se quedó aquel mismo día. Desde el principio nos llevamos como viejos amigos, pero, durante todo el tiempo que estuvo en mi casa nunca me hizo una confidencia sobre su pasado y no me acerqué nunca al tópico prohibido más que por insinuaciones que resueltamente no quiso entender. Creo desde hace tiempo que mi paciente de la posada pudiera ser un hijo ilegítimo del viejo Mr. Holliday y que también pudiera ser el hombre comprometido con la primera esposa de Arthur. Y ahora se me ocurre otra idea: que Mr. Lorn es la única persona en este mundo que podría aclararme ambas dudas.

Se quedó conmigo hasta que me trasladé a Londres a probar fortuna allí por segunda vez, y entonces él siguió su camino y yo el mío, y no nos hemos vuelto a ver. Ya nada puedo añadir. Puedo estar en lo cierto en mis conjeturas o tal vez estar equivocado. Todo lo que sé es que cuando llegaba tarde por las noches, en aquellos días en el campo, y encontraba a mi ayudante dormido y lo despertaba, me solía mirar como el forastero de Doncaster lo hizo cuando se levantó de la cama aquella noche memorable.