miércoles, 4 de mayo de 2016

La miel silvestre. Horacio Quiroga (1878-1937)

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne–, sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla. La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos, a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot. Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.

–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.
–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
–¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado. Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco. Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.

–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
–Nada... Cuidado con los pies... La corrección.

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección. Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de una mordedura.

–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales. Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas.

El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión – exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras del tamaño de un huevo.

–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una enseguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos! En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo.

Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Más que perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador. Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse. Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.

–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es...

Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.

–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas... La corrección –concluyó.

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado!

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror: no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.

–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no puedo mover la mano...!

En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.

–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...!

Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...

Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo del calzoncillo el río de hormigas carnívoras que subían. Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.

La metamúsica. Leopoldo Lugones (1874-1938)

Como hiciera varias semanas que no lo veía, al encontrarlo le pregunté:

-¿Estás enfermo?
-No; mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supieras lo que me ha tenido absorto durante estos dos meses de encierro!

Pues hacía efectivamente dos meses que se lo extrañaba en su círculo literario, en los cafés familiares y hasta en el paraíso de la ópera, su predilección. El pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos, cuando el padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía entregarse a su pasión favorita con toda comodidad. Después acaeció el derrumbe; títulos bajos, hipotecas, remates... El viejo murió de disgusto y Juan se encontró solo en esa singular autonomía de la orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el otro a la fonda de dos platos, sin vino. Por no ser huésped de cárcel, se hizo empleado que cuesta más y produce menos; pero hay seres timoratos en medio de su fuerza, que temen a la vida lo bastante para respetarla, acabando por acostarse con sus legítimas después de haber pensado veinte aventuras. La existencia de Juan volvióse entonces acabadamente monótona. Su oficina, sus libros y su banqueta del paraíso fueron para él la obligación y el regalo. Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador formidable. Analogías de condición y de opiniones nos acercaron, nos amistaron y concluyeron por unirnos en sincera afección. Lo único que nos separaba era la música, pues jamás entendí una palabra de sus disertaciones, o mejor dicho nunca pude conmoverme con ellas, pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada a la emoción sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no la entendía.

Esto desesperaba a mi amigo, cuya elocuencia crecía en proporción a mi incapacidad para gozar con lo que, siendo para él emoción superior, sólo me resultaba confusa algarabía. Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico instrumento cuyos acordes solían comentar sus ideas cuando mi rebelde emoción fracasaba en la prueba.

-Concedo que la palabra no alcance a expresarlo -decía-, pero escucha; abre bien las puertas de tu espíritu; es imposible que dejes de entender.

Y sus dedos recorrían el teclado en una especie de mística exaltación. Así discutíamos los sábados por la noche, alternando las disertaciones líricas con temas científicos en los que Juan era muy fuerte, y recitando versos. Las tres de la mañana siguiente eran la hora habitual de despedirnos. Júzguese si nuestra conversación sería prolongada después de ocho semanas de separación.

-¿Y la música, Juan?
-Querido, he hecho descubrimientos importantes.

Su fisonomía tomó tal carácter de seriedad, que le creí acto continuo. Pero una idea me ocurrió de pronto.

-¿Compones?.
Los ojos le fulguraron.
-Mejor que eso, mucho mejor que eso. Tú eres un amigo del alma y puedes saberlo. El sábado por la noche, como siempre, ya sabes; en casa; pero no lo digas a nadie, ¿eh? ¡A nadie! -añadió casi terrible.

Calló un instante; luego me pellizcó confidencialmente la punta de la oreja, mientras una sonrisa maliciosa entreabría sus labios febriles.

-Allá comprenderás por fin, allá veras. Hasta el sábado, ¿eh?... Y como lo mirara interrogativo, añadió lanzándose a un tranvía, pero de modo que sólo yo pudiese oírlo:
-... ¡Los colores de la música!...

Era un miércoles. Me era menester esperar tres días para conocer el sentido de aquella frase. ¡Los colores de la música!, me decía. ¿Será un fenómeno de audición coloreada? ¡Imposible! Juan es un muchacho muy equilibrado para caer en eso. Parece excitado, pero nada revela una alucinación en sus facultades. Después de todo, ¿por qué no ha de ser verdad su descubrimiento?... Sabe mucho, es ingenioso, perseverante, inteligente... La música no le impide cultivar a fondo las matemáticas, y éstas son la sal del espíritu. En fin, aguardemos. Pero, no obstante mi resignación, una intensa curiosidad me embargaba; y el pretexto ingenuamente hipócrita de este género de situaciones, no tardó en presentarse. Juan está enfermo, a no dudarlo, me dije. Abandonarlo en tal situación, sería poco discreto. Lo mejor es verlo, hablarle, hacer cuanto pueda para impedir algo peor. Iré esta noche. Y esa misma noche fui, aunque reconociendo en mi intento más curiosidad de lo que hubiese querido.

Daban las nueve cuando llegué a la casa. La puerta estaba cerrada. Una sirvienta desconocida vino a abrirme. Pensé que sería mejor darme por amigo de confianza, y después de expresar las buenas noches con mi entonación más confidencial:

-¿Está Juan? -pregunté.
-No, señor; ha salido.
-¿Volverá pronto?
-No ha dicho nada.
-Porque si volviera pronto -añadí insistiendo- le pediría permiso para esperarlo en su cuarto. Soy, su amigo íntimo y tengo algo urgente que comunicarle.
-A veces no vuelve en toda la noche.

Esta evasiva me reveló que se trataba de una consigna, y decidí retirarme sin insistir. Volví el jueves, el viernes, con igual resultado. Juan no quería recibirme; y esto, francamente, me exasperaba. El sábado me tendría fuerte, vencería mi curiosidad, no iría. El sábado a las nueve de la noche había dominado aquella puerilidad. Juan en persona me abrió.

-Perdona; sé que me has buscado; no estaba; tenía que salir todas las noches.
-Sí; te has convertido en personaje misterioso.
-Veo que mi descubrimiento te interesa de veras.
-No mucho, mira; pero, francamente, al oírte hablar de los colores de la música, temí lo que hay que temer, y ahí tienes la causa de mi insistencia.
-Gracias, quiero creerte, y me apresuro a asegurarte que no estoy loco. Tu duda lastima mi amor propio de inventor, pero somos demasiado amigos para no prometerte una venganza.

Mientras, habíamos atravesado un patio lleno de plantas. Pasamos un zaguán, doblamos a la derecha, y Juan abriendo una puerta dijo:

-Entra; voy a pedir el café.
Era el cuarto habitual, con su escritorio, su ropero, su armario de libros, su catre de hierro. Noté que faltaba el piano. Juan volvía en ese momento.
-¿Y el piano?
-Está en la pieza inmediata. Ahora soy rico; tengo dos "salones".
-¡Qué opulencia!

Y esto nos endilgó en el asunto. Juan, que paladeaba con deleite su café, empezó tranquilamente:

-Hablemos en serio. Vas a ver una cosa interesante. Vas a ver, óyelo bien. No se trata de teorías. Las notas poseen cada cual su color, no arbitrario, sino real. Alucinaciones y chifladuras nada tienen que ver con esto. Los aparatos no mienten, y mi aparato hace perceptibles los colores de la música. Tres años antes de conocerte, emprendí las experiencias coronadas hoy por el éxito. Nadie lo sabía en casa, donde, por otra parte, la independencia era grande, como recordarás. Casa de viudo con hijos mayores... Dicho esto en forma de disculpa por mi reserva, que espero no atribuyas a desconfianza, quiero hacerte una descripción de mis procedimientos, antes de empezar mi pequeña fiesta científica.

Encendidos los cigarrillos y Juan continuó:
-Sabemos por la teoría de la unidad de la fuerza, que el movimiento es, según los casos, luz, calor, sonido, etc; dependiendo estas diferencias -que esencialmente no existen, pues son únicamente modos de percepción de nuestro sistema nervioso- del mayor o menor número de vibraciones de la onda etérea.

-Así, pues, en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes, como en toda luz hay a su vez electricidad, calor y sonido. El ultra violeta del espectro, señala el límite de la luz y es ya calor, que cuando llegue a cierto grado se convertirá en luz... Y la electricidad igualmente. ¿Por qué no ocurriría lo mismo con el sonido? me dije; y desde aquel momento quedó planteada mi problema. La escala musical está representada por una serie de números cuya proporción, tomando al do como unidad, es bien conocida, pues la armonía se halla constituida por proporciones de número, o en otros términos se compone de la relación de las vibraciones aéreas por un acorde de movimientos desemejantes. En todas las músicas sucede lo mismo, cualquiera que sea su desarrollo. Los griegos que no conocían sino tres de las consonancias de la escala, llegaban a idénticas proporciones: 1 a 2, 3 a 2, 4 a 3. Es, como observas, matemático. Entre las ondulaciones de la luz tiene que haber una relación igual, y es ya vieja la comparación. El 1 del do, está representado por las vibraciones de 369 millonésimas de milímetro que engendran el violáceo, y el 2 de la octava por el duplo; es decir, por las de 738 que producen el rojo. Las demás notas, corresponden cada una a un color. Ahora bien, mi raciocinio se efectuaba de este modo: Cuando oímos un sonido, no vemos la luz, no palpamos el calor, no sentimos la electricidad que produce, porque las ondas caloríficas, luminosas y eléctricas, son imperceptibles por su propia amplitud. Por la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y verdaderamente, cuando sus vibraciones que constituyen lós colores, forman proporciones armónicas. Cada percepción tiene un límite de intensidad, pasado el cual se convierte en impercepción para nosotros. Estos límites no coinciden en la mayoría de los casos, lo cual obedece al progresivo trabajo de diferenciación efectuado por los sentidos en los organismos superiores; de tal modo que si al producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos engendrados, es porque los otros, o han pasado el límite máximo, o no han alcanzado el límite mínimo de la percepción. A veces se consigue, sin embargo, la simultaneidad. Así, vemos el color de una luz, palpamos su calor y medimos su electricidad...

Todo esto era lógico; pero en cuanto al sonido, tenía una objeción muy sencilla que hacer y la hice:

-Es claro; y si con el sonido no sucede así, es porque se trata de una vibración aérea, mientras que las otras son vibraciones etéreas.
-Perfectamente; pero la onda aérea provoca vibraciones etéreas, puesto que al propagarse conmueve el éter intermedio entre molécula y molécula de aire. ¿Qué es esta segunda vibración? Yo he llegado a demostrar que es luz. ¿Quién sabe si mañana un termómetro ultrasensible no averiguará las temperaturas del sonido? Un sabio injustamente olvidado, Louis Lucas, dice lo que voy a leer, en su Chim¡e Nouvelle: Si se estudia con cuidado las propiedades del monocordio, se nota que en toda jerarquía sonora no existen, en realidad, más que tres puntos de primera importancia: la tónica, la quinta y la tercia, siendo la octava reproducción de ellas a diversa altura, y permaneciendo en las tres resonancias la tónica como punto de apoyo; la quinta es su antagonista y la tercia un punto indiferente, pronto a seguir a aquel de los dos contrarios que adquiera superioridad. Esto es también lo que hallamos en tres cuerpos simples, cuya importancia relativa no hay necesidad de recordar: el hidrógeno, el ázoe y el oxígeno. El primero, por su negativismo absoluto en presencia de los otros metaloides, por sus propiedades esencialmente básicas, toma el sitio de la tónica, o reposo relativo; el oxígeno, por sus propiedades antagónicas, ocupa el lugar de la quinta; y por fin, la indiferencia bien conocida del ázoe, le asigna el puesto de la tercia. Ya ves que no estoy solo en mis conjeturas, y que ni siquiera voy tan lejos; mas, lleguemos cuanto antes a la narración de la experiencia. Ante todo, tenía tres caminos: o colar el sonido a través de algún cuerpo que lo absorbiera, no dejando pasar sino las ondas luminosas: algo semejante al carbón animal para los colorantes químicos; o construir cuerdas tan poderosas, que sus vibraciones pudieran contarse, no por miles sino por millones de millones en cada segundo, para transformar mi música en luz; o reducir la expansión de la onda luminosa, invisible en el sonido, contenerla en su marcha, reflejarla, reforzarla hasta hacerla alcanzar un límite de percepción y verla sobre una pantalla convenientemente dispuesta.

De los tres métodos probables, excuso decirte que he adoptado el último; pues los dos primeros requerirían un descubrimiento previo cada uno, mientras que el tercero es una aplicación de aparatos conocidos.

-¡Age dum! -prosiguió evocando su latín, mientras abría la puerta del segundo aposento-. Aquí tienes mi aparato -añadió, al paso que me enseñaba sobre un caballete una caja como de dos metros de largo, enteramente parecida a un féretro. Por uno de sus extremos sobresalía el pabellón paraboloide de una especie de clarín. En la tapa, cerca de la otra extremidad, resaltaba un trozo de cristal que me pareció la faceta de un prisma. Una pantalla blanca coronaba el misterioso cajón, sobre un soporte de metal colocado hacia la mitad de la tapa.

Juan se apoyó sobre el aparato y yo me senté en la banqueta del piano.

-Oye con atención.
-Ya te imaginas.
-El pabellón que aquí ves, recoge las ondas sonoras. Este pabellón toca al extremo de un tubo de vidrio negro, de dobles paredes, en el cual se ha llevado el vacío a una millonésima de atmósfera. La doble pared del tubo está destinada a contener una capa de agua. El sonido muere en él y en el denso almohadillado que lo rodea. Queda sólo la onda luminosa cuya expansión debo reducir para que no alcance la amplitud suprasensible. El vidrio negro lo consigue; y ayudado por la refracción del agua, se llega a una reducción casi completa. Además el agua tiene por objeto absorber el calor que resulta.
-¿Y por qué el vidrio negro?
-Porque la luz negra tiene una vibración superior a la de todas las otras; y como por consiguiente el espacio entre movimiento y movimiento se restringe, las demás no pueden pasar por los intersticios y se reflejan. Es exactamente análogo a una trinchera de trompos que bailan conservando distancias proporcionales a su tamaño. Un trompo mayor, aunque animado de menor velocidad, intenta pasar; pero se produce un choque que lo obliga a volver sobre sí mismo.
-Y los otros, ¿no retroceden también?
-Ese es el percance que el agua está encargada de prevenir. -Muy bien; continúa.
-Reducida la onda luminosa, se encuentra al extremo del tubo con un disco de mercurio engarzado a aquél; disco que la detiene en su marcha.
-Ah, el inevitable mercurio.
-Sí, el mercurio. Cuando el profesor Lippmann lo empleó para corregir las interferencias de la onda luminosa en su descubrimiento de la fotografía de los colores, aproveché el dato; y el éxito no tardó en coronar mis previsiones. Así, pues, mi disco de mercurio contiene la onda en marcha por el tubo, y la refleja hacia arriba por medio de otro, acodado. En este segundo tubo, hay dispuestos tres prismas infrang¡bles, que refuerzan la onda luminosa hasta el grado requerido para percibirla como sensación óptica. El número de prismas está determinado por tanteo, a ojo, y el último de ellos, cerrando el extremo del tubo, es el que ves sobresalir aquí. Tenemos, pues, suprimida la vibración sonora, reducida la amplitud de la onda luminosa, contenida su marcha y reforzada su acción. No nos queda más que verla.
-¿Y se ve?
-Se ve, querido; se ve sobre esta pantalla; pero falta algo aún.

Este algo es mi piano cuyo teclado he debido transformar en series de siete blancas y siete negras, para conservar la relación verdadera de las transposiciones de una nota tónica a otra; relación que se establece multiplicando la nota por el intervalo del semitono menor. Mi piano queda convertido, así, en un instrumento exacto, bien que de dominio mucho más difícil. Los pianos comunes, construidos sobre el principio de la gama temperada que luego recordaré, suprimen la diferencia entre los tonos y los semitonos mayores y menores, de suerte que todos los sones de la octava se reducen a doce, cuando son catorce en realidad. El mío es un instrumento exacto y completo. Ahora bien, esta reforma, equivale a -abolir la gama temperada de uso corriente, aunque sea, como dije, inexacta, y a la cual se debe en justicia el enorme progreso alcanzado por la música instrumental desde Sebastián Bach, quien le consagró cuarenta y ocho composiciones. Es claro, ¿no?

-¡Qué sé yo de todo eso! Lo que estoy viendo es que me has elegido como se elige una pared para rebotar la pelota.
-Creo inútil recordarte que uno no se apoya sino sobre lo que resiste.
Callamos sonriendo, hasta que Juan me dijo:
-¿Sigues creyendo, entonces, que la música no expresa nada? Ante esta insólita pregunta que desviaba a mil leguas el argumento de la conversación, k pregunté a mi vez:
-¿Has leído a Hanslick?
-Sí, ¿por qué?
-Porque Hanslick, cuya competencia crítica no me negarás, sostiene que la música no expresa nada, que sólo evoca sentimientos.
-¿Eso dice Hanslick? Pues bien, yo sostengo, sin ser ningún crítico alemán, que la música es la expresión matemática del alma. -Palabras...
-No, hechos perfectamente demostrables. Si multiplicas el semidiámetro del mundo por 36, obtienes las cinco escalas musicales de Platón, correspondientes a los cinco sentidos.
-¿Y por qué 36?
-Hay dos razones: una matemática, la otra psíquica. Según la primera, se necesitan treinta y seis números para llenar los intervalos de las octavas, las cuartas y las quintas hasta 27, con números armónicos.
-¿Y por qué 27?
-Porque 27 es la suma de los números cubos 1 y 8; de los lineales 2 y 3; y de los planos 4 y 9; es decir, de las bases matemáticas del universo. La razón psíquica consiste en que ese número 36, total de los números armónicos, representa, además, el de las emociones humanas.
-¡Cómo!
-El veneciano Gozzi, Goethe y Schiller, afirmaban que no deben existir sino treinta y seis emociones dramáticas. Un erudito, J. Polti, demostró el año 94, si no me equivoco, que la cantidad era exacta y que el número de emociones humanas no pasaba de treinta y seis.
-¡Es curioso!
-En efecto; y más curioso si se tiene en cuenta mis propias observaciones. La suma o valor absoluto de las cifras de 36, es 9, número irreductible; pues todos sus múltiplos lo repiten si se efectúa con ellos la misma operación. El 1 y el 9 son los únicos números absolutos o permanentes; y de este modo, tanto 27 como 36, iguales a 9 por el valor absoluto de sus cifras, son números de la misma categoría. Esto da origen, además, a una proporción. 27, o sea el total de las bases geométricas, es a 36, total de las emociones humanas, como x, el alma, es al absoluto 9. Practicada la operación, se averigua que el término desconocido es 6. Seis, fíjate bien: el doble ternario que en la simbología sagrada de los antiguos, significaba el equilibrio del universo. ¿Qué me dices?

Su mirada se había puesto luminosa y extraña.
-El universo es música -prosiguió animándose-. Pitágoras tenía razón, y desde Timeo hasta Keplen, todos los pensadores han presentido esta armonía. Eratóstenes llegó a determinar la escala celeste, los tonos y semitonos entre astro y astro. ¡Yo creo tener algo mejor; pues habiendo dado con las notas fundamentales de la música de las esferas, reproduzco en colores geométricamente combinados, el esquema del Cosmos!...

¿Qué estaba diciendo aquel alucinado? ¿Qué torbellino de extravagancias se revolvía en su cerebro...? Casi no tuve tiempo de advertirlo, cuando el piano empezó a sonar.

Juan volvió a ser el inspirado de otro tiempo, en cuanto sus dedos acariciaron las teclas.

-Mi música -iba diciendo-, se halla formada por los acordes de tercia menor introducidos en el siglo XVII y que Mozart mismo consideraba imperfectos, a pesar de que es todo lo contrario; pero su recurso fundamental está constituido por aquellos acordes inversos que hicieron calificar de melodía de los ángeles la música de Palestrina...

En verdad, hasta mi naturaleza refractaria se conmovía con aquellos sones. Nada tenían de común con las armonías habituales, y aun podía decirse que no eran música en realidad; pero lo cierto es que sumergían el espíritu en un éxtasis sereno, como quien dice formado de antigüedad y de distancia.

Juan continuaba:

-Observa en la pantalla la distribución de colores que acompaña a la emisión musical. Lo que estás escuchando es una armonía en la cual entran las notas específicas de cada planeta del sistema; y este sencillo conjunto termina con la sublime octava del sol, que nunca me he atrevido a tocar, pues temo producir influencias excesivamente poderosas. ¿No sientes algo extraño?

Sentía, en efecto, como si la atmósfera de la habitación estuviese conmovida por presencias invisibles. Ráfagas sordas cruzaban su ámbito. Y entre la beatitud que me regalaba la grave dulzura de aquella armonía, una especie de aura eléctrica iba helándome de pavor. Pero no distinguía sobre la pantalla otra cosa que una vaga fosforescencia y como esbozos de figuras... De pronto comprendí. En la común exaltación, habíasenos olvidado apagar la lámpara. Iba a hacerlo, cuando Juan gritó enteramente arrebatado, entre un son estupendo del instrumento:

-¡Mira ahora!

Yo también lancé un grito, pues acababa de suceder algo terrible. Una llama deslumbradora brotó del foco de la pantalla. Juan, con el pelo erizado, se puso de pie, espantoso. Sus ojos acababan de evaporarse como dos gotas de agua bajo aquel haz de dardos flamígeros, y él, insensible al dolor, radiante de locura, exclamaba tendiéndome los brazos:

-¡La octava del sol, muchacho, la octava del sol!

La monja sangrienta. Charles Nodier (1780-1844)

Un fantasma frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora precisa de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una monja cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que oportunamente dejaban abierta, y desaparecía. La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnes, a quien amaba locamente.

Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnes conocía acabadamente la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:

-Dentro de cinco días -le dijo ella- la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... -Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.

Las luces se apagan, cesan los ruidos, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnes no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.

A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnes, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.

Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.

Sin embargo, el día pasa; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora.

El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:

-Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. -Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.

Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.

La noche siguiente, el fantasma de la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por nadie más.

Entretanto, Raymond averiguó que Agnes había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnes, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.

Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer el fantasma de la monja. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo.

Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.

La mendiga de Locarno. Heinrich Von Kleist (1777-1811)

En Locarno, Italia superior, al pie de los Alpes, se hallaba el viejo palacio de un Marqués, y que en la actualidad, viniendo del San Gotardo, puede verse en ruinas: un palacio con grandes y espaciosas habitaciones, en una de las cuales fue alojada por compasión, sobre un montón de paja, una anciana mujer enferma, a la que el ama de llaves encontró pidiendo limosna ante la puerta. El Marqués, que al volver de la caza entró en la estancia donde solía dejar los fusiles, ordenó malhumorado a la mujer que se levantase del rincón donde estaba acurrucada y se pusiese detrás de la estufa. La mujer, al incorporarse, resbaló con su muleta y cayó, golpeándose la espalda de tal modo que luego apenas pudo levantarse y tal como le habían ordenado salió del cuarto. Entre quejidos se hundió y desapareció tras de la estufa.

Muchos años después, el Marqués, debido a las guerras y a su inactividad, se encontraba en una situación precaria, un caballero florentino se dirigió a él con intención de comprar el castillo. El Marqués, que tenía gran interés en la venta, ordenó a su esposa que alojara al huésped en la mencionada estancia vacía, que estaba muy bien amueblada. Pero cuál no sería la sorpresa del matrimonio cuando el caballero, a medianoche, pálido y turbado, apareció jurando que había fantasmas y que alguien invisible se movía en un rincón del cuarto, como si estuviese sobre paja, y que se podían percibir pasos lentos y vacilantes que la atravesaban y cesaban al llegar a la estufa, entre quejidos.

El Marqués quedó aterrado; sin saber por qué, se echó a reír falsamente y dijo al caballero que, para mayor tranquilidad, pasaría la noche con él en la habitación. Pero el caballero suplicó que le permitiese dormir en un sillón en su alcoba, y cuando amaneció mandó ensillar, se despidió y emprendió el viaje.

Este suceso, que causó sensación, asustó mucho a los compradores, lo que incomodó extraordinariamente al Marqués, tanto es así que incluso entre los moradores del castillo se propagó el incomprensible rumor de que eso sucedía en el cuarto a las doce de la noche, por lo cual decidió él mismo terminar con la situación e investigar en persona el asunto. Así, pues, apenas cayó el ocaso, ordenó que pusieran la cama en la estancia y permaneció sin dormir hasta la medianoche.

Pero cuál no sería su impresión cuando al sonar las campanadas de medianoche percibió el extraño murmullo; era como si un algo se levantase de la paja, que crujía, y atravesase la habitación, para desaparecer tras la estufa entre suspiros y gemidos.

A la mañana siguiente, la Marquesa, cuando él apareció, le preguntó qué había pasado; y como él, con mirada temerosa e inquieta, después de haber cerrado la puerta, le asegurase que era cosa de fantasmas: ella se asustó como nunca se había asustado y le suplicó que antes de hacer pública la cosa volviese a someterse, y esta vez con ella, a otra prueba.

Y, en efecto, la noche siguiente, acompañados de un fiel servidor, escucharon el rumor fantasmal: y sólo obligados por el intenso deseo que sentían de vender el castillo, supieron disimular ante el sirviente el espanto que les poseía, atribuyendo el suceso a motivos casuales y sin importancia alguna. Al llegar la noche del tercer día, ambos, para salir de dudas, latiéndoles el corazón, volvieron a subir las escaleras que conducían a la habitación de los huéspedes, y como se encontrasen al perro, que se había soltado ante la puerta, lo llevaron consigo con la secreta intención, aunque no se lo dijeron entre sí, de entrar en la habitación acompañados de otro ser vivo.

El matrimonio, después de haber depositado dos luces sobre la mesa, la Marquesa sin desvestirse, el Marqués con la daga y las pistolas, se tumbaron en la cama; y mientras trataban de conversar, el perro se tumbó en medio del cuarto, acurrucado con la cabeza entre las patas. Y he aquí que justo al llegar la medianoche se oyó el espantoso rumor; alguien invisible se levantó del rincón de la habitación apoyándose en unas muletas, se oyó ruido de paja, y cuando comenzó a andar: tap, tap, se despertó el perro y se levantó, enderezando las orejas, y comenzó a ladrar y a gruñir, como si alguien con paso desigual se acercase, y fue retrocediendo hacia la estufa.

Al ver esto, la Marquesa, con el cabello erizado, salió de la habitación, y mientras el Marqués, con la daga desenvainada, gritaba: ¿Quién va?, como nadie respondiese y él se agitara como un loco furioso que trata de encontrar aire para respirar, ella mandó ensillar decidida a salir hacia la ciudad. Pero antes de que corriese hacia la puerta con algunas cosas que había recogido precipitadamente, pudo ver el castillo en llamas.

El Marqués, preso de pánico, había tomado una vela y cansado como estaba de vivir, había prendido fuego a la habitación, toda revestida de madera. En vano la Marquesa envió gente para salvar al infortunado; éste encontró una muerte horrible, y todavía hoy sus huesos, recogidos por la gente del lugar, están en el rincón de la habitación donde él ordenó a la mendiga de Locarno que se levantase.

La mosca. Katherine Mansfield (1888-1923)

-Pues sí que está usted cómodo aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su... apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos... Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.

Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:
-Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!
-Sí, es bastante cómodo -asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.
-Lo he renovado hace poco -explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-. Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.

Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.

-Había algo que quería decirle -dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.

Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:

-Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.

Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.

-Ésta es la medicina -exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.

Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.

-¿Es whisky, no? -dijo débilmente.
El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.
-Sabe -dijo el viejo, mirando al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a echarse a llorar.
-Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.

El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:

-¡Qué fuerte!
Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro... y recordó.
-Eso era -dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.

El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.

-Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?
-¡No, no! -Por varias razones el jefe no había ido.
-Hay kilómetros enteros de tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.

Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.

-¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.

-¡Tiene razón, tiene razón! -dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.

Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear. De pronto:

-No veré a nadie durante media hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.
-Bien, señor.

La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar...

Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?

Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».

Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. Sentimos profundamente informarle que...» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.

Hacía seis años, seis años... ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así. En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.

Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.

Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.

Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.

-Vamos -dijo el jefe-. ¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.

El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.

-Tráigame un secante limpio -dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.

La máscara de la muerte roja. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte. Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que le apartaban de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad.

Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dejaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había Belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad.

Fuera, estaba la Muerte Roja.

Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.

Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda,en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y pupúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados plieges sobre una alfombra del mismo tinte y textura.

Pero sólo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.

También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de Tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.

Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.

Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante..., mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como sólo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.

Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la ultima campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco. En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta..., y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.

Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión, en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.

¿Quien se ha atrevido...? preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban—: ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Cogedle y quitarle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer!

Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.

Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; asi que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero. Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.

Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.

La muerta. Guy de Maupassant (1850-1893)

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuan extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel espacio de muertos. Caminé de un lado para otro, pero no logré encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.

Cuando terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermó de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

La máscara. Robert Chambers (1865-1933)

Camilla: Señor, deberíais quitaros la máscara.
Forastero: ¿De veras? 
Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos. 
Forastero: No llevo mascara.
Camilla: (Aterrada a Cassilda) ¿No lleva máscara? ¿No la lleva?
Acto 1. Escena 2a.

I
Aunque yo no sabía nada de química, escuchaba fascinado. El cogió un lirio de Pascua que Geneviève había traído esa mañana de Nôtre Dame y lo dejó caer en el cuenco. Instantáneamente el líquido perdió su cristalina claridad. Por un segundo el lirio se vio envuelto de una espuma blanco lechosa que desapareció dejando el fluido opalescente. Sobre la superficie jugaron cambiantes tintes anaranjados y carmesíes y luego, lo que pareció un rayo de pura luz solar surgió desde el fondo donde se encontraba el lirio. En el mismo instante sumergió la mano en el cuenco y extrajo la flor.

-No hay peligro -explicó- si se escoge el instante preciso. Ese rayo dorado es la señal.
Me tendió el lirio y yo lo tomé en mi mano. Se había convertido en piedra, en el más puro mármol.
-Ya lo ves -me dijo-, ni la menor mácula. ¿Qué escultor podría reproducirlo?
El mármol era blanco como la nieve, pero en sus profundidades las vetas del lirio se teñían del más leve azul celeste y un ligero arrebol se demoraba en lo profundo de su corazón.
-No me preguntes la razón -dijo sonriente al advertir mi asombro-, no tengo idea de por qué se colorean las vetas y el corazón, pero siempre sucede así. Ayer hice la prueba con el pez dorado de Geneviève: helo aquí.
El pez parecía esculpido en mármol. Pero si se lo sostenía a la luz, la piedra estaba hermosamente veteada de un pálido azul, y desde cierto sitio interior surgía una luz rosada como la que dormita en el ópalo. Miré el cuenco. Una vez más parecía lleno del más puro cristal.
-¿Si lo tocara ahora? pregunté.
-No lo sé -replicó-, pero es mejor que no hagas la prueba.
-Hay una cosa por la que siento curiosidad -dije-: ¿de dónde proviene el rayo de sol?
-Parece un verdadero rayo de sol -dijo . No lo sé, siempre aparece cuando sumerjo un ser viviente. Quizá -continuó sonriente-, quiza sea la chispa vital de 1a criatura que escapa de la fuente de donde vino.
Vi que se burlaba y lo amenacé con un tiento, pero él se limitó a reír y cambió de tema.
-Quédate a comer. Geneviève llegará en seguida.
-La vi dirigirse a misa temprano por la mañana -dije- y lucía tan fresca y tan dulce como ese lirio... antes que lo destruyeras.
-¿Crees que lo he destruido? -preguntó Boris con gravedad.
Destruido, preservado... ¿quién puede decirlo?
Estábamos sentados en un rincón del estudio cerca de "Los Hados", su grupo sin acabar. Se apoyó en el respaldo del sofá dando vueltas en las manos a su sinsel y mirando con fijeza su obra.
-Entre paréntesis -dijo-. He dado fin a esa vieja pieza académica Ariadna y supongo que tendré que presentarla en el Salón. Es todo lo que tengo listo este año, pero después del buen éxito que tuve con la "Madona", me da vergüenza mandar algo semejante.

La "Madona", un exquisito mármol para el que había posado Geneviève, había sido la sensación del Salón del año pasado. Miré la Ariadna. Era una magnífica pieza desde el punto de vista técnico, pero estuve de acuerdo con Boris en que el mundo esperaría de él algo mejor. Sin embargo, era imposible terminar a tiempo para el Salón ese espléndido y terrible grupo, a medias amortajado en el mármol detrás de mi. "Los Hados" tendrían que esperar. Estábamos orgullosos de Boris Yvain. Le exigíamos y él nos exigía a nosotros por el hecho de haber nacido.en América, aunque su padre era francés y su madre rusa. Todos en las Beaux Arts lo llamábamos Boris. Y, sin embargo, él sólo a dos de nosotros se dirigía de esa manera familiar: a Jack Scott y a mí. Quizás el hecho de que estuviera yo enamorado de Geneviève tuviera algo que ver con el afecto que me profesaba. No que lo hubiéramos nunca reconocido entre nosotros. Pero después que todo se hubo arreglado y ella me dijo con lágrimas en los ojos que era a Boris a quien amaba, fui a su casa y lo felicité. La perfecta cordialidad de esa entrevista no nos engañó a ninguno de los dos, siempre lo he creído, aunque para una al menos, fue un gran consuelo. No creo que él y Geneviève hablaran nunca del asunto, pero Boris lo sabía.

Geneviève era adorable. La pureza de Madona de su cara podría haberse inspirado en el Sanctus de la Misa de Gounod. Pero me alegraba siempre que abandonara ese estado de ánimo por el que la llamábamos "Maniobras de Abril". Era a menudo tan variable como un día de abril. En la mañana grave, digna y dulce; al mediodía riente y caprichosa; al atardecer, lo que menos uno esperara. La prefería así a la tranquilidad de Madona que estremecía las profundidades de mi corazón. Estaba soñando con Geneviève cuando él volvió a hablar.

-¿Qué piensas de mi descubrimiento, Alec?
-Creo que es una maravilla.
-No haré uso alguno de él, lo sabes, salvo satisfacer mi curiosidad en la medida de lo posible, y el secreto morirá conmigo.
-Sería un golpe para la escultura ¿no lo crees? Para nosotros los pintores la fotografía es más pérdida que ganancia.
Boris asintió con la cabeza mientras jugaba con el borde del sinsel.
-Este nuevo descubrimiento maligno corrompería el mundo del arte. No, jamás confiaré el secreto a nadie -dijo lentamente.

Sería difícil encontrar a alguien menos informado acerca de tales fenómenos que yo; pero por supuesto, había oído hablar de fuentes minerales tan saturadas de sílice que las hojas y las ramillas que caían en ellas se convertían en piedra al cabo de un tiempo. Comprendía el proceso de manera oscura: el sílice reemplaza al tejido vegetal átomo por átomo, y el resultado era un duplicado del objeto en piedra. Esto, lo confieso, nunca me había interesado demasiado, y en cuanto a los fósiles antiguos producidos de esta manera, me disgustaban. Boris, según parecía, sintiendo curiosidad en lugar de repugnancia, había investigado el tema e indidentalmente había tropezado con una solución que atacaba al objeto sumergido con ferocidad inaudita, en un segundo cumplía la obra de años. Esto fue todo lo que pude comprender de la extraña historia que acababa de contarme. Volvió a hablar al cabo de un largo silencio.

-Casi me da miedo cuando pienso en lo que he descubierto. Los científicos enloquecerían si se enteraran. Por lo demás, fue tan simple; se descubrió por sí mismo. Cuando pienso en esa fórmula y el nuevo elemento precipitado en escamas metálicas...
-¿Qué nuevo elemento?
-Oh, no he pensado en darle un nombre, y no creo que nunca se lo dé. Ya hay suficientes metales preciosos en el mundo con los que cortar cuellos.
Agucé las orejas.
-¿Has producido oro, Boris?
-No, algo mejor; pero... ¡repara un poco, Alec! -dijo riéndose y poniéndose en pie-. Tú y yo tenemos todo lo que necesitamos en este mundo. ¡Ah, qué siniestro y codicioso es ya tu aspecto!

También yo reí, y le dije que me devoraba el deseo del oro y era mejor hablar de otra cosa; de modo que cuando llegó Geneviève poco después le habíamos dado la espalda a la alquimia. Geneviève estaba vestida de gris plateado de la cabeza a los pies. La luz resplandeció a lo largo de las suaves ondulaciones de su cabello claro al volverle la mejilla a Boris; me vio y devolvió mi saludo. Nunca antes había olvidado de enviarme un beso con la puntas de sus blancos dedos, y yo prestamente me quejé de la omisión. Ella se sonrió y me tendió la mano que cayó casi antes de rozar la mía; luego dijo mirando a Boris:

-Debes invitar a Alec a que se quede a comer.
También esto era algo nuevo. Siempre antes lo había hecho ella misma.
-Ya lo hice -dijo Boris lacónico.
-Y tú aceptaste, espero -dijo ella. Se volvió hacia mí con una encantadora sonrisa convencional. Podría haber estado dirigida a una amistad iniciada anteayer.
Le hice una reverencia.
-J'avais bien l'honneur, madame.
Pero ella, rehusándose a adoptar el tipo de chanza acostumbrado, murmuró un hospitalario lugar común y desapareció. Boris y.yo nos miramos.
-Quizá sería mejor que me marchara ¿no crees?
-¡Que me cuelguen si lo sé! -respondió él con franqueza.
Mientras discutíamos la conveniencia de mi partida, Geneviève reapareció en la puerta sin sombrero. Estaba maravillosamente hermosa, pero su color era demasiado profundo y sus bellos ojos brillaban en exceso. Vino directamente hacia mí y me tomó del brazo.
-La comida está pronta. ¿Me mostré malhumorada, Alec? Creí que tenía jaqueca, pero no la tengo. Ven aquí, Boris -y deslizó su otro brazo bajo el de él-. Alec sabe que después de ti no hay nadie a quien quiera tanto, de modo que si alguna vez se siente desdeñado no ha de ofenderse.
-A la bonheur! -exclamé-. ¿Quién dice que no hay tormentas en abril?
-¿Estáis listos? -canturreó Boris.
-¡Sí que lo estamos!
Y cogidos del brazo nos precipitamos corriendo al comedor con escándalo de los sirvientes. Después de todo, no se nos podía inculpar demasiado; Geneviève tenía dieciocho años, Boris ventitrés y yo no había cumplido todavía los veintiuno.

II.
Cierto trabajo que hacía por entonces, destinado a la decoración del boudoir de Geneviève, era causa de que estuviera constantemente en el extraño petit hotel de la rue Sainte-Cécile. Boris y yo en esos días trabajábamos duro, pero cuando nos venía en gana, lo cual sucedía irregularmente, de modo que los tres, junto con Jack Scott, compartíamos el ocio. Una tranquila tarde estaba yo recorriendo solo la casa examinando curiosidades, examinando extraños rincones, encontrando confituras y cigarros en extravagantes escondrijos, y por fin me detuve en el cuarto de baño. Allí estaba Boris cubierto de arcilla lavándose las manos. El cuarto era de mármol rosado con excepción del suelo, tareceado de rosa y de gris. En el centro había un estanque cuadrado por debajo del nivel del suelo; se descendía a él por algunos escalones y pilares esculpidos sostenían un cielo raso en el que había pintados frescos. En el extremo del cuarto, un delicioso Cupido de mármol parecía acabar de posarse en su pedestal. Todo el interior era obra de Boris y mía. Boris, en sus ropas de trabajo de lona blanca, se quitaba huellas de arcilla y cera roja de modelar de sus hermosas manos, y coqueteaba por sobre el hombro con el Cupido.
-Te veo -insistía-, no trates de mirar a otra parte y fingir que tú no me ves a mí. Bien sabes quién te hizo, pequeño hipócrita.

En estas conversaciones siempre me correspondía el papel de intérprete de los sentimientos del Cupido, y cuando me llegó el turno, respondí de manera tal que Boris me cogió del brazo y me arrastró hacia el estanque declarando que me echaría en él. Instantáneamente me soltó el brazo y empalideció.
-¡Dios mío! -dijo- ¡Había olvidado que el estanque está lleno de la solución!
Yo tuve un ligero estremecimiento y secamente le aconsejé recordar mejor donde almacenaba el precioso líquido.
-¡Por todos los cielos! ¿Cómo se te ocurre guardar precisamente aquí una laguna de esa sustancia horripilante? -le pregunté.
-Quiero experimentar con algo grande -replicó.
-¡Conmigo, por ejemplo!
-¡Ah, estuve muy cerca de hacerlo como para gastar bromas! Pero por cierto quiero observar la acción de esa solución en un cuerpo viviente más elaboradamente organizado; he allí ese gran conejo blanco -dijo siguiéndome al estudio.

Jack Scott, con una chaqueta manchada de pintura, entró errante en la estancia, se apoderó de todas las confituras orientales en las que pudo meter mano, saqueó la caja de cigarros y finalmente, junto con Boris, fueron a visitar la galería de Luxemburgo, donde un nuevo bronce de Rodin y un paisaje de Monet reclamaban la exclusiva atención de la Francia artística. Yo volví al estudio y reanudé mi trabajo. Era un biombo renacentista que Boris quería que pintara para el boudoir de Geneviève. Pero el niñito que de mala gana posaba para él, hoy rechazaba todo soborno que le ofrecía para que adoptara la actitud adecuada. No se quedaba un instante en la misma posición, y en el término de cinco minutos, tuve otros tantos esbozos del pequeño miserable.

-¿Estás posando o estás ejecutando un baile y una canción? -inquirí.
-Lo que plazca a monsieur -replicó con una sonrisa angelical.

Por supuesto, lo despedí por ese día y, por supuesto, le pagué por sesión entera, pues así es como corrompemos a nuestros modelos. Después que el diablillo se hubo marchado, dediqué al trabajo unas pocas pinceladas rutinarias, pero estaba de humor tan destemplado, que me llevó el resto de la tarde deshacer lo hecho, de modo que por fin raspé la paleta, metí los pinceles en un cuenco de aguarrás y me dirigí al cuarto de filmar. En realidad creo que, con excepción de los apartamentos de Geneviève, ningún cuarto de la casa estaba tan despojado de olor de tabaco como éste. Era un extraño caos de objetos diversos y tapices gastados. Junto a la ventana había una antigua espineta de dulces tonos en buen estado. Había mostradores de armas, de armaduras indias y turcas sobre la repisa de la chimenea, dos o tres buenos cuadros y una colección de pipas. Aquí solíamos venir en busca de nuevas sensaciones al fumar. Dudo que haya existido nunca un tipo de pipa que no estuviera representado en esa colección. Cuando habíamos elegido una, íbamos con ella a otro sitio y la fumábamos; porque en conjunto el lugar era el más lóbrego y el menos acogedor de toda la casa. Pero esa tarde el crepúsculo era tranquilizante, las alfombras y las pieles sobre el suelo lucían pardas, suaves y somnolientas; el gran diván estaba cubierto de cojines y me tendí allí para fumar una desacostumbrada pipa en el cuarto de fumar. Había elegido una con largo cañón flexible y al encenderla me sumí en ensueños. Al cabo de un rato se apagó, pero no me moví. Seguí con mis ensueños y no tardé en quedarme dormido.

Me despertó la música más triste que hubiera escuchado nunca. El cuarto estaba totalmente a oscuras, no tenía idea de la hora. Un rayo de luna plateaba un ángulo de la vieja espineta, y la madera pulida parecía exhalar los sonidos como flota el perfume sobre una caja de madera de sándalo. Alguien se levantó en la oscuridad y se alejó llorando quedamente, y yo fui lo bastante necio como para exclamar:

-¡Geneviève!
Ella, al sonido de mi voz, se desvaneció, y yo tuve tiempo de maldecirme mientras encendía una luz y trataba de alzarla del suelo. Ella me rechazó con un murmullo de dolor. Estaba muy quieta y pidió ver a Boris. La llevé hasta el diván y fui en su busca, pero no se encontraba en la casa y los sirvientes habían ido a acostarse. Perplejo y ansioso, fui de nuevo al encuentro de Geneviève. Estaba donde la había dejado y lucía muy blanca.

-No encuentro a Boris ni a ninguno de los sirvientes -dije.
-Lo sé -respondió débilmente-. Boris ha ido a Ept con el señor Scott. No lo recordé cuando te envié en su busca.
-Pero en ese caso no puede estar de regreso antes de mañana por la tarde y... ¿te has hecho daño? ¿Te caíste por el susto que te di? Qué estúpido soy, pero estaba sólo despierto a medias.
-Boris creyó que te habías marchado antes de la cena. Perdóname, por favor, por dejarte estar aquí todo este tiempo.
-Dormí una larga siesta -dije riendo-, tan profunda que no sabía si soñaba todavía cuando vi una figura que avanzaba sobre mí y pronuncié tu nombre. ¿Has estado probando la vieja espineta? Debiste de haberla tocado muy despacio.
Había contado mil mentiras peores que aquélla por ver la mirada de alivio que percibí en su cara. Se sonrió de un modo adorable y dijo con su voz natural:
-Alec, tropecé en la cabeza de ese lobo y creo que me luxé el tobillo. Por favor, llama a Marie y luego vete a casa.
Hice lo que me pedía y la dejé allí cuando vino la doncella.

III.
Al día siguiente a mediodía, cuando fui de visita, encontré a Boris que andaba agitado por el estudio.
-Geneviève duerme ahora -me dijo-, la luxación no ha sido nada, pero ¿por qué le habrá subido tanto la fiebre? El doctor no puede explicarlo o quizá no quiera hacerlo -musitó.
-¿Geneviève tiene fiebre? -pregunté.
-Ya lo creo, y por momentos anoche tuvo mareos. Vaya la idea, la alegre pequeña Geneviève sin una sola preocupación... no deja de decir que tiene el corazón destrozado y que quiere morir.
Mi propio corazón se detuvo.

Boris se apoyaba en la puerta del estudio con la mirada baja, las manos en los bolsillos, sus bondadosos ojos penetrantes anublados y una nueva línea de inquietud tendida "sobre el bondadoso ángulo de la boca que trazaba la sonrisa". La doncella tenía órdenes de llamarlo en el instante mismo en que Geneviève abriera los ojos. Esperamos y esperamos, y Boris, inquieto, erraba manipulando cera de modelar y arcilla roja. De pronto se dirigió al cuarto vecino.

-Ven a ver mi baño color rosa lleno de muerte -exclamó.
-¿De muerte? -le pregunté para seguirle el humor.
-No pretenderás llamarla vida, supongo -respondió. Mientras hablaba cogió a un solitario pececillo dorado de la pecera que se retorcía y se agitaba-. Enviaremos a éste en pos del otro... dondequiera que esté.

Había una febril agitación en su voz. La fiebre me embotaba los miembros y el cerebro cuando lo seguí al hermoso estanque de cristal de lados rosados; y arrojó al animalito dentro. Al caer, sus escamas resplandecieron con un cálido brillo anaranjado en medio de sus coléricas contorsiones; en el momento de penetrar en el líquido, se puso rígido y se hundió pesadamente hasta el fondo. Luego se produjo la espuma lechosa, los espléndidos matices irradiaron a la superficie y luego el rayo de pura luz serena irrumpió desde lo que parecía una infinita profundidad. Boris sumergió la mano y extrajo un objeto de mármol exquisito de venas azuladas, rosado y con refulgentes gotas opalescentes.

-Un juego de niños -murmuró, y me miró fatigado, anhelante, como si yo pudiera dar respuesta a semejantes preguntas. Pero llegó Jack Scott y se unió al "juego", como lo llamaba con vehemencia. No había otro remedio que intentar el experimento con el conejo blanco allí mismo en ese preciso instante. Deseaba que Boris se distrajera de sus preocupaciones, pero no quería ver privado de vida a esa cálida criatura y me negué a estar presente. Cogiendo un libro al azar, me senté en el estudio a leer. Había cogido ¡ay! El Rey de Amarillo. Al cabo de unos instantes que parecieron siglos, lo dejé a un lado con un estremecimiento nervioso, cuando Boris y Jack entraron con el conejo de mármol. Boris desapareció como un rayo y en seguida gritó:
-Jack, ve corriendo en busca del doctor; tráelo contigo. Alec, ven aquí.

Fui a la habitación de Geneviève y aguardé a la puerta. Una doncella asustada salió de prisa y se alejó corriendo a buscar un remedio. La joven, sentada rígidamente con mejillas enrojecidas y ojos brillantes balbuceaba sin cesar y oponía resistencia a Boris, que con gentileza intentaba retenerla. Me llamó pidiéndome ayuda. A mi primer contacto, la joven suspiró, se dejó caer de espaldas cerrando los ojos y entonces -entonces- mientras estábamos todavía inclinados sobre ella, volvió a abrirlos, miró a Boris directamente a la cara, la pobre muchacha enloquecida por la fiebre, y confesó su secreto. En ese mismo instante, nuestras tres vidas siguieron nuevos senderos; el vínculo que nos había mantenido unidos durante tanto tiempo estalló para siempre y un nuevo vínculo se forjó en su lugar, porque había pronunciado mi nombre y como la fiebre la torturaba, su corazón dejó escapar el peso de su dolor oculto. Atónito y confundido incliné la cabeza mientras el rostro me ardía como carbón encendido y la sangre me fluía a las orejas, dejándome estupefacto con su clamor. Incapaz de moverme, incapaz de hablar, escuché sus febriles palabras en medio de una agonía de vergüenza y dolor. No me era posible hacerla callar, no me era posible mirar a Boris. Entonces sentí un brazo sobre mi hombro y Boris volvió hacia mí una cara exangüe.

-No es tu culpa, Alec, no te apenes si te ama...
Pero no pudo terminar; el doctor entró de prisa a la habitación diciendo:
-¡Ah, la fiebre!
Yo tomé del brazo a Jack Scott y me lo llevé conmigo a la calle diciendo:
-Boris prefiere estar solo.
Cruzamos la calle para dirigirnos a nuestros apartamentos y esa noche, al ver que también yo enfermaría, Jack fue nuevamente en busca del doctor. Lo último que recuerdo haber oído con distinción fue a Jack que decía:
-¡Por Dios, doctor! ¿Qué puede tener para que se le haya puesto así la cara?
Y yo pensé en El Rey de Amarillo y en la Máscara Pálida.

Estuve muy enfermo, porque la tensión que padecí durante dos años desde la mañana de mayo en que Geneviève murmuró "Te amo, pero creo que amo más a Boris", me afectó por fin. Nunca imaginé que podría superar mi capacidad de resistencia. Exteriormente tranquilo, me había engañado a mí mismo. Aunque la batalla interior se libraba furiosa noche tras noche y solo en mi cuarto me maldecía por concebir rebeldes pensamientos desleales para con Boris e indignos de Geneviève, la mañana siempre me traía alivio, y volvía a Geneviève y a mi querido Boris con el corazón lavado por las tempestades de la noche. Nunca de palabra, hecho o pensamiento había delatado mi dolor delante de ellos, ni siquiera a mí mismo. La máscara del autoengaño no era ya una máscara para mí, era una parte de mí mismo. La noche me la quitaba dejando al desnudo la verdad sofocada por debajo; pero no había nadie que la viera con excepción de mí mismo, y cuando rompía el día la máscara se me ajustaba nuevamente de manera espontánea. Estos pensamientos me pasaban por la mente perturbada mientras yacía enfermo, pero se entremezclaban implacables con visiones de blancas criaturas, pesadas como la piedra, que se arrastraban por la tina de Boris: de la cabeza de lobo sobre la alfombra que con la boca espumante trataba de morder a Geneviève, que estaba tendida junto a ella sonriente. También pensaba en el Rey de Amarillo envuelto en los fantásticos colores de su capa harapienta y el amargo grito de Cassilda: "¡No a nosotros, oh Rey, no a nosotros!" Febrilmente luchaba por apartarlo de mí, pero veía el lago de Hali, incoloro e inmóvil sin onda ni ráfaga que lo agitara, y veía las torres de Carcosa tras la luna. Aldebarán, las Hiadas, Alar, Hastur se deslizaban por entre las nubes desgarradas que ondulaban y flameaban como los harapos bordados del Rey de Amarillo. Entre todos estos, un pensamiento sano persistía. Jamás oscilaba, no importa qué fuera lo que acaecía en mi mente desordenada: que la razón fundamental de mi existencia era satisfacer algún requerimiento de Boris y Geneviève. Nunca estuvo claro en qué consistía esta obligación; a veces parecía protección, otras apoyo en medio de una gran crisis. Lo que fuere, su peso recaía todo sobre mí, y nunca me sentí tan débil o enfermo que no estuviera dispuesto a responder con toda el alma. Siempre me rodeaba una multitud de rostros, extraños en su mayoría, aunque a algunos los reconocía, al de Boris entre ellos. Después me dijeron que no era posible que ocurriera, pero sé que una vez al menos se inclinó sobre mí. Fue sólo un contacto, un eco ligero de su voz, luego mis sentidos se anublaron nuevamente y lo perdí, pero él estaba allí, y se inclinó sobre mi una vez al menos.

Por fin, una mañana me desperté y la luz del sol iluminaba mi cama y Jack Scott estaba leyendo a mi lado. No tenía fuerzas suficientes como para hablar en alta voz, ni me era posible pensar y mucho menos recordar, pero sonreí débilmente cuando Jack me miró. Se puso en pie de un salto y me preguntó ansioso si necesitaba algo. Pude musitar:

-Sí, a Boris.
Jack se dirigió a la cabecera de mi cama y se inclinó para arreglar la almohada; no le vi la cara, pero me contestó cordial:
-Debes esperar, Alec, estás demasiado débil aun para ver a Boris.
Esperé y fortalecí; en unos pocos días fui capaz de ver a quien quería, pero entretanto había pensado y recordado. Desde el momento en que el pasado volvió a serme claro, ni por un instante dudé de lo que haría cuando el instante llegara, y me sentí plenamente seguro de que Boris habría adoptado las mismas medidas en lo que a él le concernía; en cuanto a lo que a mí solo me incumbía, sabía que vería las cosas como yo. Ya no pedí ver a nadie. Nunca pregunté por qué no me llegaban mensajes de ellos; todavía más, durante la semana que me estuve acostado esperando y fortaleciéndome no oí pronunciar su nombre una sola vez. Preocupado por mi propia búsqueda del camino correcto y mi débil pero decidida lucha contra la desesperación. sencillamente acepté la reticencia de Jack. teniendo por seguro que no se animaba a hablar de ellos por temor de que me volviera ingobernable e insistiera en verlos. Entretanto me repetía una y otra vez cómo irían las cosas cuando la vida recomenzara para todos nosotros. Reemprenderíamos nuestras relaciones exactamente como habían sido antes que Geneviève cayera enferma. Boris y yo nos miraríamos a los ojos, y no habría rencor, ni cobardía, ni desconfianza en esa mirada. Estaría una corta temporada en la querida intimidad de su hogar y luego, sin explicación alguna, desaparecería para siempre de sus vidas. Boris sabría, Geneviève... el único consuelo era que no lo sabría nunca. Cuando lo volví a pensar, me pareció que había descubierto el significado de esa sensación de obligación que no me abandonó nunca durante mi delirio, y la única respuesta que le cabía. De modo que cuando estuve pronto, le hice señas a Jack de que se me acercara un día y le dije:

-Jack, quiero ver a Boris en seguida: y da mis cariñosos saludos a Geneviève.
Cuando por fin me hizo entender que los dos habían muerto, fue tan grande la cólera que se apoderó de mí, que mis escasas fuerzas de convalesciente quedaron reducidas a átomos. Rabié y me maldije hasta recaer en la enfermedad, de la que salí arrastrándome al cabo de una semana convertido en un muchacho de veintiún años convencido de que había perdido la juventud para siempre. Parecía haber perdido la capacidad de sufrir más todavía, y un día, cuando Jack me dio una carta y las llaves de la casa de Boris, las cogí tembloroso y le pedí que me lo contara todo. Era cruel de mi parte pedírselo, pero no era posible evitarlo, y él se inclinó fatigado sobre sus delgadas manos para reabrir la herida que nunca podría curar por completo. Empezó a hablar con plena calma.

-Alec, a no ser que tengas una clave de la que nada sé, no podrás explicar más que yo lo que ha sucedido. Sospecho que preferirías no escuchar estos detalles, pero debes saberlos, de otro modo te ahorraría el relato.Dios es testigo de que querría hacerlo. Utilizaré pocas palabras.
"Ese día en que te dejé al cuidado del doctor y volví a lo de Boris, lo encontré trabajando en los 'Hados'. Geneviève, dijo, estaba dormida bajo el efecto de sedantes. Había estado por completo fuera de sí, me dijo. Siguió trabajando sin decir ya nada y yo me quedé observándolo. Antes que no mucho transcurriera, advertí que la tercera figura del grupo -la que mira directamente hacia adelante por sobre el mundo- tenía su cara; no como nunca se la viste, sino como lucía entonces y como lució hasta el final. Me gustaría encontrar una explicación para esto, pero no me será nunca posible.

"Bien, él trabajaba y yo lo observaba en silencio, y así seguimos casi hasta medianoche. Entonces oímos una puerta que se abría y se cerraba después de un golpe, y una rápida carrera en el cuarto vecino. Boris salió disparado por la puerta y yo fui tras él; pero llegamos demasiado tarde. Ella estaba en el fondo del estanque con las manos cruzadas sobre el pecho. Entonces Boris se disparó un tiro en el corazón. -Jack dejó de hablar, tenía gotas de sudor bajo los ojos y las delgadas mejillas le temblaban-. Llevé a Boris a su habitación. Luego volví y quité el infernal fluido del estanque y, dejando correr el agua, lavé el mármol hasta la última gota. Cuando por fin me atreví a descender los peldaños, la encontré yacente allí, blanca como la nieve. Por último, cuando hube decidido cuál sería la mejor medida por adoptar, fui al laboratorio, y primero vertí la solución del cuenco en el tubo de evacuación; luego, tras ella, vertí el contenido de todas las botellas y todos los frascos. Había leña en el hogar, de modo que hice un fuego y rompiendo el cerrojo del gabinete de Boris, quemé todos sus papeles, las libretas de notas y las cartas que allí había. Con un mazo que hallé en el estudio, hice pedazos todas las botellas vacías y cargándolas en un cubo para carbón, las llevé al sótano y las arrojé al suelo calentado al rojo del horno. Seis veces repetí el viaje, y por fin ni el menor vestigio quedó de nada que pudiera servir de ayuda para reencontrar la fórmula que Boris había descubierto. Entonces, por fin, me atreví a llamar al doctor. Es un buen hombre y juntos luchamos por mantener el secreto ante el público. Sin su ayuda nunca yo lo habría logrado. Por último pagamos a los sirvientes y los enviamos al campo, donde el viejo Rosier los mantiene tranquilos. con el cuento de los viajes de Boris y Geneviève por tierras distantes, desde donde no retornarán en largos años. Dimos sepultura a Boris en el pequeño cementerio de Sèvres. El doctor es un buen hombre y sabe cuándo tener piedad de alguien a quien no le es posible soportar ya más. Dio su certificado de una enfermedad cardíaca y no me formuló preguntas.

Entonces, levantando la cabeza de las manos, dijo:
-Abre la carta, Alec; es para los dos.
Rompí el sobre. Era el testamento de Boris fechado un año antes. Dejaba todo a Geneviève, y en caso de que ella muriera sin tener hijos, yo debía hacerme cargo de la casa de la rue Sainte-Cécile, y Jack Scott, de la administración en Ept. Al morir nosotros, la propiedad debía volver a la familia de su madre en Rusia, con excepción de los mármoles esculpidos ejecutados por él. Estos me los dejaba a mí.

La página se anubló ante nuestros ojos y Jack se puso de pie y se dirigió hacia la ventana. En seguida volvió y se sentó nuevamente. Tenía miedo de oír lo que iba a decir, pero él habló con la misma sencillez y gentileza.

-Geneviève yace ante la Madona en el cuarto de mármol. La Madona se inclina tiernamente sobre ella, y Geneviève sonríe a su vez a esa cara serena que jamás habría existido de no haber sido por ella.
Se le quebró la voz, pero me cogió la mano diciendo:
-Coraje, Alec.
A la mañana siguiente partió a Ept para cumplir el cometido de su cargo.

IV.
Esa misma tarde cogí las llaves y me dirigí a la casa que tan bien conocía. Todo estaba en orden, pero el silencio era terrible. Aunque fui dos veces hasta la puerta del cuarto de mármol, no me decidí a entrar. Estaba más allá de mis fuerzas. Fui al cuarto de fumar y me senté frente a la espineta. Sobre el teclado había un pañuelito de encaje y me alejé ahogado por la congoja. Era evidente que no podía quedarme allí, de modo que cerré todas las puertas, todas las ventanas y los tres portales delanteros y traseros y partí. A la mañana siguiente Alcide preparó mi maleta y dejándolo a cargo de mis apartamentos, cogí el expreso Oriente en dirección de Constantinopla. Durante los dos años que erré por el Oriente, en un principio nunca mencionábamos a Geneviève y a Boris en nuestras cartas, pero gradualmente sus nombres fueron apareciendo. Recuerdo en particular un pasaje de una de las cartas de Jack en respuesta a una de las mías.

"Lo que me dices de que viste a Boris inclinándose sobre ti y que te tocó la cara y que oíste su voz, por supuesto, me perturba. Lo que describes debió de haber sucedido una semana después de haber muerto. Me digo a mí mismo que estabas soñando, que eso formaba parte de tu delirio, pero la explicación no me satisface, ni tampoco te satisfaría a ti". Hacia fines del segundo año me llegó una carta de Jack a la India tan distinta de nada que pudiera esperarse de él, que decidí volver a París sin demora. Escribía:

"Me encuentro bien y vendo mis cuadros como suelen hacerlo los artistas que no necesitan dinero. No tengo preocupaciones propias, pero me encuentro tan inquieto como si las tuviera. Me es imposible desembarazarme de cierta ansiedad por ti. No es aprensión, es más bien una expectativa extrema de Dios sabe qué. Por la noche siempre sueño contigo y con Boris. No recuerdo nunca nada después, pero me despierto a la mañana con el corazón palpitante y durante todo el día la excitación aumenta hasta que me quedo dormido a la noche para repetir la misma experiencia. Ello me tiene agitado, y me he decidido a terminar con tan mórbida situación. Debo verte. ¿Iré yo a Bombay o vendrás tú a París?"

Le telegrafié diciéndole que me esperara en el próximo vapor.
Cuando nos encontramos, lo encontré muy poco cambiado; yo, insistía él, tenía aspecto de gozar una perfecta salud. Era bueno escuchar nuevamente su voz, y cuando nos sentamos y conversamos acerca de lo que la vida nos tenía aún reservado, sentimos que era hermoso estar vivos en el esplendor de la primavera. Nos quedamos en París una semana juntos, y luego fui con él por una semana a Ept, pero antes que nada visitamos el cementerio de Sévres donde yacía Boris.

-¿Pondremos los "Hados" en el bosquecillo sobre su cuerpo? -preguntó Jack.
-Creo que sólo la "Madona" debería vigilar la tumba de Boris -le respondí.
Pero mi regreso en nada mejoró la situación de Jack. Los sueños de los que no podía retener ni el menor esbozo definido continuaron, y decía que en ocasiones la sensación de expectativa intensa le resultaba sofocante.
-Ya ves que te hago daño en lugar de bien -le dije-. Prueba un cambio de vida sin mí.
De modo que él inició un viaje entre las Islas del Canal y yo regresé a París. No había entrado en casa de Boris, ahora mía, desde mi retorno, pero sabía que tendría que hacerlo. Jack la había mantenido en orden; había sirvientes en ella, de modo que abandoné mi propio apartamento y fui a vivir allí. En lugar de la agitación que había temido, descubrí que podía pintar allí tranquilamente. Visité todos los cuartos... menos uno. No podía decidirme a entrar en el cuarto de mármol donde yacía Geneviève y, sin embargo, sentía día a día crecer el anhelo de verla la cara, de arrodillarme junto a ella.

Una tarde de abril estaba tendido soñando en el cuarto de fumar, como lo había estado dos años antes, y mecánicamente busqué la piel de lobo entre las atezadas alfombras orientales. Por fin distinguí las orejas puntiagudas y la cruel cabeza achatada, y recordé el sueño en que había visto a Geneviève reclinada junto a ella. Los yelmos todavía colgaban sobre los raídos tapices, entre ellos el antiguo morrión español que Geneviève se había puesto una vez cuando nos divertíamos con las viejas armaduras. Miré nuevamente la espineta; cada una de las teclas amarillentas parecía dar expresión a su mano acariciante, y me puse en pie, atraído por la fuerza de la pasión de mi vida hacia la puerta sellada del cuarto de mármol. Las pesadas puertas giraron hacia adentro bajo mis manos temblorosas. La luz del sol se vertía por la ventana tiñendo de oro las alas de Cupido y se demoraba como una aureola sobre la frente de la Madona. Su tierna cara se inclinaba compasiva sobre una forma de mármol tan exquisitamente pura, que me arrodillé y me persigné. Geneviève yacía en la sombra bajo la Madona y, sin embargo, a través de sus blancos brazos veía la pálida vena azul, y bajo sus manos ligeramente asidas los pliegues de su vestido estaban teñidos de rosa, como si emanara de alguna luz apenas cálida dentro de su pecho. Inclinándome con el corazón roto, roce con los labios los pliegues de mármol, y luego volví a la casa silenciosa.

Vino una doncella que me trajo una carta, y me senté en el pequeño conservatorio para leerla; pero cuando estaba por romper el sello, al ver que la joven se demoraba, le pregunté qué quería.
Tartamudeó algo acerca de un conejo blanco que había sido atrapado en la casa y preguntó qué debía hacerse con él. Le dije que lo dejara libre en el jardín vallado tras la casa y abrí la carta. Era de Jack, pero tan incoherente que pensé que habría perdido el juicio. No era más que una serie de ruegos de que no abandonara la casa hasta que él regresara; no podía decirme por qué, eran los sueños, decía; no le era posible explicar nada, pero estaba seguro de que no debía abandonar la casa de la rue Sainte-Cécile. Cuando terminé de leer, levanté la vista y vi a la misma sirvienta a la puerta que sostenía una pecera de cristal en la que nadaban dos pececillos dorados.

-Ponlos de nuevo en el tanque y explícame por qué me interrumpes -le dije.
Con un gemido a medias reprimido vació agua y peces en un acuario que había en el extremo del conservatorio, y volviéndose hacia mí me pidió permiso para abandonar su puesto a mi servicio. Dijo que la gente se estaba burlando de ella evidentemente con el fin de perjudicarla; habían robado el conejo de mármol y habían introducido otro vivo en la casa; los dos hermosos peces de mármol habían desaparecido y acababa de encontrar otros dos vivos saltando en el suelo del comedor. La consolé y le despedí diciéndole que yo mismo vigilaría. Fui al estudio; no había nada allí fuera de mis telas y algunos vaciados, con excepción del Lirio Pascual de mármol. Lo vi sobre una mesa en el otro extremo del cuarto. Me acerqué a él con enfado. Pero la flor que cogí de la mesa estaba fresca y frágil y llenaba el aire con su fragancia.

Entonces de pronto comprendí y me precipité por la puerta hacia el cuarto de mármol. Las puertas se abrieron bruscamente, la luz del sol me dio en la cara a través de ellas la Madona sonreía mientras Geneviève levantaba su cara arrebolada de su lecho de mármol y abría sus ojos somnolientos.