viernes, 27 de mayo de 2016

La novia del ahorcado. Charles Dickens (1812-1870)

Era una auténtica casa antigua de muy curios descripción, en la que abundaban las viejas tallas las vigas, los tablones, y que tenía una excelente antigua caja de escalera con una galería o escales superior separada de la primera por una curiosa estacada de roble viejo o de caoba de Honduras. Es y seguirá siendo durante muchos años una casa de notable pintoresquismo; y en la profundidad de los viejos tablones de caoba habitaba un misterio grave, como si fueran lagunas profundas de agua o,, cura, como las que sin duda habían existido entre ellos cuando eran árboles, dando al conjunto un carácter muy misterioso a la caída de la noche.

Cuando nada más bajar del coche el señor Goodchild y señor Idle se presentaron por primera vez en la puerta y penetraron en el sombrío y hermoso salón, fueron recibidos por media docena d ancianos silenciosos vestidos de negro, todos exactamente igual, que se deslizaron escaleras arriba junto a los serviciales propietario y camarero, pero sin que pareciera que se estuvieran entrometiendo en su camino, o les importara si lo estaban haciendo no, y que se apartaron hacia la derecha y la izquierda de la vieja escalera cuando los huéspedes entraron en la sala de estar. Era un día claro y brillante, pero al cerrar la puerta el señor Goodchild dijo:

-¿Quién demonios son esos ancianos?
Y poco después, cuando ambos salieron y entraron, no observaron que hubiera anciano alguno. Desde entonces los ancianos no volvieron a reaparecer, ni siquiera uno de ellos. Los dos amigos habían pasado una noche en la casa pero no habían vuelto a verlos. El señor Goodchild paseó por la casa, revisó los pasillos y miró en las puertas, pero no encontró ningún anciano; por lo visto, ningún miembro del establecimiento echaba en falta a anciano alguno ni lo esperaba.

Otra circunstancia extraña llamó la atención de los dos amigos. Era que la puerta de la sala de estar no se quedaba quieta un cuarto de hora entero. La abrían con titubeos, o confiadamente, la abrían un poco, o mucho, pero siempre la volvían a cerrar de golpe sin una palabra de explicación. Los dos amigos estaban leyendo, o escribiendo, o comiendo, bebiendo, hablando o dormitando; la puerta se abría siempre en un momento inesperado y ambos miraban hacia ella, la volvían a cerrar de nuevo y no veían a nadie. Cuando esto había sucedido ya unas cincuenta veces, el señor Goodchild le dijo a su compañero en tono de broma:

-Tom, empiezo a pensar que había algo raro en aquellos seis ancianos.
Llegó la segunda noche y ellos estaban escribiendo desde hacía dos o tres horas; escribían una parte de las perezosas notas de las que se han sacado estas perezosas páginas. Habían dejado de escribir, depositando las gafas sobre la mesa, entre ellos. La casa estaba cerrada y tranquila. Alrededor de la cabeza de Thomas Idle, que estaba acostado en su sofá, se hallaban suspendidas guirnaldas de humo fragante Las sienes de Francis Goodchild se hallaban similarmente decoradas mientras estaba recostado hacia, atrás en su sillón, con las dos manos entrelazada: tras la cabeza y las piernas cruzadas.

Habían estado hablando de varios temas, sin omitir el de los extraños ancianos, y se encontraban ocupados todavía en esa conversación cuando el señor Goodchild cambió de actitud abruptamente a tiempo que se ponía a darle cuerda a su reloj. Empezaban a sentirse lo bastante adormecidos como par, dejar de hablar por una actividad tan ligera. Thomas ldle, que estaba hablando en ese momento, se detuvo y preguntó:

-¿Qué hora es?
-La una. -contestó Goodchild.
Y como si hubiese ordenado algo a uno de lo, ancianos, y la orden fuera ejecutada con prontitud (y a decir verdad todas las órdenes eran obedecida, así en aquel excelente hotel), se abrió la puerta i apareció en ella uno de los ancianos. No entró, sino que se quedó en pie con la mano en la puerta.
-¡Tom, por fin, uno de los seis! -exclamó el señor Goodchild con un susurro de sorpresa-. ¿En qué puedo servirle, señor?
-¿En qué puedo servirle, señor? -repitió el anciano.
-Yo no llamé.
-La campana lo hizo -replicó el anciano.
Dijo campana de un modo profundo y potente, como si se estuviera refiriendo a la campana de la iglesia.
-Creo que tuve el placer de verle ayer-comentó Goodchild.
-No puedo estar seguro de ello -fue la respuesta del ceñudo anciano.
-Creo que me vio, ¿no le parece?
-¿Le vi? -preguntó el anciano-. Claro que le vi. Pero veo a muchos que nunca me ven a mí.

Era un anciano reservado, lento, terroso y estable. Un anciano cadavérico de lenguaje calibrado. Un anciano que parecía incapaz de pestañear, como si le hubieran clavado los párpados a la frente. Un anciano cuyos ojos, dos puntos de fuego, no tenían más movimiento que el que le permitiría el hecho de tenerlos unidos con la nuca por unos tornillos que le atravesaran el cráneo y estuvieran remachados y sujetos por el exterior, entre su cabello gris.

La noche se había vuelto tan fría para la capacidad sensorial del señor Goodchild que se estremeció. Comentó a la ligera, como excusándose:
-Me da la impresión de que hay alguien caminando sobre mi tumba.
-No -repuso el extraño anciano-. No hay nadie allí.
El señor Goodchild miró a ldle, pero éste estaba con la cabeza envuelta en humo.
-¿Que no hay nadie allí? -dijo Goodchild.
-No hay nadie en su tumba, se lo aseguro -contestó el anciano.
Había entrado y cerrado la puerta, y ahora se sentó. No se dobló para sentarse como hacen las otras personas, sino que dio la impresión de hundirse mientras estaba erguido, como si cayera en un cuerpo de agua, hasta que la silla le detuvo.
-Mi amigo, el señor Idle -dijo Goodchild, deseoso de introducir a una tercera persona en la conversación.
-Estoy al servicio del señor Idle -dijo el anciano sin mirarle.
-Si vive usted aquí desde hace tiempo -empezó a decir Francis Goodchild.
-Así es.
-Entonces quizá pueda aclararnos una cuestión acerca de la cual mi amigo y yo dudábamos esta mañana. Han ahorcado criminales en el castillo, ¿no es así?
-Así lo creo -contestó el anciano.
-¿Les colocan con el rostro vuelto hacia esa noble vista?
-Te colocan la cabeza de cara al muro del castillo -repuso el otro-. Cuando estás colgado, ves que sus piedras se expanden y contraen violentamente, y una expansión y contracción similares parecen tener lugar en tu propia cabeza y en tu pecho. Luego se produce una acometida de fuego y un terremoto, y el castillo salta por el aire y tú caes por un precipicio.

Daba la impresión de que le molestaba la corbata. Se llevó la mano a la garganta y movió el cuello de un lado a otro. Era un anciano cuya cara estaba como hinchada, y la nariz vuelta e inmóvil hacia un lado, como si tuviera un pequeño gancho insertado en esa ventanilla. El señor Goodchild se sentía muy incómodo y empezó a pensar que la noche era calurosa, en lugar de fría.

-Una potente descripción, señor -comentó.
-Una sensación potente -le corrigió el anciano.

El señor Goodchild volvió a mirar al señor Thomas Idle, pero Thomas estaba boca arriba con el rostro atento y vuelto hacia el anciano, sin hacer señal alguna de reconocimiento. En ese momento le pareció al señor Goodchild que unos hilos de fuego salían de los ojos del anciano en dirección a los suyos, y que se quedaban allí. (El señor Goodchild, al escribir el presente relato de su experiencia, afirma con la mayor solemnidad que tenía la poderosa sensación de que desde ese momento le obligaban a mirar al anciano a través de esos dos hilos de fuego).

-Debo decírselo -afirmó el anciano con una mirada pétrea y fantasmal.
-¿Qué? -preguntó Francis Goodchild.
-Usted sabe dónde sucedió. ¡Ahí!
El señor Goodchild no pudo saber en ese momento, ni nunca lo sabrá, si el anciano señalaba a la habitación de arriba, o a la de abajo, o a cualquier habitación de la antigua casa, o una habitación de alguna otra casa antigua de esa vieja ciudad. Se sintió confundido por la circunstancia de que el índice de la mano derecha del anciano parecía introducirse en uno de los hilos de fuego, encenderse el propio dedo y hacer una embestida de fuego en el aire, como si señalara hacia algún lugar. Y tras señalar, deshizo el gesto.

-Usted sabe que ella era una novia -dijo el anciano.
-Sé que todavía envían tarta nupcial -comentó el señor Goodchild titubeando-. Esta atmósfera me resulta oprimente.
Ella era una novia, había dicho el anciano. Era una joven hermosa, de cabellos blondos y ojos grandes que no tenía carácter ni propósito. Una nada débil, crédula, incapaz e indefensa. No como su madre. No, no. Lo que reflejaba era el carácter del padre.

La madre se había preocupado de asegurárselo todo para ella, para su propia vida, cuando el padre de esta joven (una niña en aquel momento) murió (de un desvalimiento total, no de otra enfermedad) y entonces él renovó la amistad que en otro tiempo había tenido con la madre. Por dinero había dejado el campo libre al hombre de cabellos blondos y ojos grandes (o la no entidad). Pudo tolerar eso por dinero. Y quería una compensación en dinero.

Por ello regresó al lado de aquella mujer, la madre, volvió a enamorarla, bailó a su alrededor y se sometió a sus caprichos. Ella descargó sobre él todo capricho que tuviera, o pudiera inventar. Y él lo soportaba. Y cuanto más lo soportaba, más quería una compensación en dinero, y más decidido estaba a obtenerlo. ¡Pero ay! Antes de que la obtuviera, ella le engañó. En uno de sus estados imperiosos, se quedó congelada y no volvió a descongelarse. Una noche se llevó las manos a la cabeza, lanzó un grito, se quedó rígida, permaneció en esa actitud varias horas y murió. Y él no había obtenido, todavía, una compensación en dinero. ¡Qué el infierno se la llevase! Ni un solo penique. La había odiado durante toda esa segunda relación y había ansiado vengarse de ella. Falsificó entonces la firma de ella en un documento en el que dejaba todo lo que tenía a su hija, de diez años entonces, a quien traspasaba absolutamente todas sus propiedades, y se designaba a sí mismo como el tutor de la hija.

Cuando deslizó el documento bajo la almohada de la cama en la que yacía ella, se inclinó sobre un oído sordo de la muerta y susurró:
-Orgullosa amante, hace tiempo que había decidido que, viva o muerta, me compensarías con dinero.
Y así sólo quedaban ya dos. Él y la hermosa y estúpida hija de cabellos blondos y ojos grandes, que después se convertiría en la novia. Él la sometió a disciplina. En una casa retirada, oscura y oprimente, la sometió a disciplina con una mujer vigilante y poco escrupulosa.
-Mi digna dama -le dijo-: tiene ante usted una mente que ha de ser formada, me ayudará a formarla?

Aceptó el encargo. Pues también quería compensación en dinero, y la había obtenido.
La joven fue formada para que tuviera miedo de él, y en la convicción de que no podría escaparse. Desde el principio se le enseñó a considerarlo como a su futuro esposo, al hombre que debía casarse con ella, el destino que la ensombrecía, la certidumbre resignada de que nunca podría escapar. La pobre tonta era como cera blanca y blanda en las manos de ellos, y adoptó la forma con la que la modelaron. se endureció con el tiempo. Se convirtió en parte de si misma. Inseparable de sí misma hasta el punto d que esa forma sólo se separaría de ella si le quitara la vida. Durante once años había habitado en la casa o: cura y su tenebroso jardín. Él tenía celos incluso d la luz y el aire que llegaban hasta ella, y procuraba mantenerla apartada. Cegó las amplias chimenea: ocultó las pequeñas ventanas, dejó que una hiedra de fuertes tallos se esparciera a su capricho por la fachada de la casa, que el musgo se acumulara en lo frutales sin podar que había en el jardín de muro rojos, que la hierba creciera sobre sus senderos ver des y amarillos. La rodeó de imágenes de pena y desolación. Procuró que estuviera llena de miedo hacia el lugar y las historias que sobre él le contaban, luego, con el pretexto de corregirla, la dejaba sola c la obligaba a que se encogiera en la oscuridad Cuando la mente de la joven se encontraba más deprimida y llena de terrores, entonces salía él de uno de los lugares en los que se ocultaba para vigilarla, se presentaba como su único recurso.

Así, siendo desde su niñez la única encarnación que se presentaba ante su vida con el poder de obligar y el poder de aliviar, el poder de atar y el pode de soltar, quedaba asegurada la ascendencia sobre la debilidad de la joven. Tenía ella veintiún años y veintiún días cuando él llevó a la tenebrosa casa a su boba, asustada y sumisa novia de tres semanas. Para entonces había despedido ya a la institutriz, lo que le faltaba por hacer lo haría mejor solo, y una noche lluviosa llegaron al escenario de su prolongada preparación. Ella se volvió hacia él en el umbral con la lluvia goteando desde el porche y dijo:

-¡Ay, señor, ahí está el reloj de la muerte sonando para mí!
-¡Muy bien! ¿Y qué si así fuera? -respondió él. -¡Ay, señor! ¡Tráteme amablemente y tenga piedad de mí! Le suplico que me perdone. ¡Si me perdona haré cualquier cosa que usted quiera!
Eso se había convertido en la cantinela constante de la pobre tonta: « le suplico que me perdone». «Perdóneme».
No merecía ni que la odiara, sólo sentía desprecio por ella. Pero ella había estado mucho tiempo en su camino, y hacía también tiempo que él ya se había cansado, el trabajo estaba cerca del final y tenía que realizarlo.
-¡Estúpida, sube las escaleras! -exclamó él.

Ella obedeció inmediatamente, murmurando: «haré todo lo que usted desee». Cuando entró en el dormitorio de la novia, habiéndose retrasado un poco por las fuertes cerraduras que tenía la puerta principal pues estaban solos en la casa, ya que había dispuesto que el personal de servicio tuviera libre el día), la encontró acobardada en la esquina más lejana, y allí de pie se apretaba contra las tablas de la pared como si quisiera meterse entre ellas. Tenía su cabello blondo alborotado sobre el rostro, y sus ojos grandes le miraban con un terror vago.

-¿De qué tienes miedo? Ven y siéntate a mi lado. -Haré todo lo que quiera. Le suplico que me perdone, señor. ¡Perdóneme! -le dijo con su monótona cantinela, tal como acostumbraba.
-Ellen, mañana tendrás que escribir esto, de propio puño y letra. También procurarás que otros te vean atareada en hacerlo. Cuando lo hayas escrito todo perfectamente, y corregido todos los errores, llama a dos personas que haya en la casa y firma con tu nombre delante de ellos. Después métetelo en el pecho para que esté a salvo, y cuando mañana por la noche me vuelva a sentar aquí, me lo das.
Así lo haré todo, con el máximo cuidado. Haré todo lo que usted desee.
-Entonces no tiembles ni vaciles.
-Haré todo lo posible para evitarlo... ¡si usted me perdona!

Al día siguiente ella se sentó en el escritorio e hizo todo tal como se lo habían pedido. Con frecuencia él entraba y salía de la habitación, para observarla, y la veía siempre escribiendo lenta y laboriosamente: repitiéndose en voz alta las palabras que copiaba, con una apariencia totalmente mecánica, y sin preocuparse ni esforzarse por entenderlas, salvo de cumplir el encargo. Él vio que seguía las órdenes que había recibido en todos los aspectos; y por la noche, cuando estaban a solas de nuevo en el mismo dormitorio de la novia, él acercó su silla junto al hogar, ella se le acercó tímidamente desde su distante asiento, sacó el papel del pecho y se lo puso a él en la mano. Ese documento le concedía todas las posesiones de la joven en caso de que muriera. Colocó a la joven ante él, cara a cara, para poder mirarla fijamente, y le preguntó con numerosas y claras palabras, ni más ni menos que las necesarias, si sabía lo que iba a pasar. Había manchas de tinta en el pecho de su vestido blanco, y hacía que su rostro pareciera todavía más marchito, y sus ojos más grandes, cuando asintió con la cabeza. Había manchas de tinta en la mano que extendió ante él poniéndose de pie, con la que se alisó y arregló nerviosamente su falda blanca.

La cogió por el brazo, la miró al rostro todavía con mayor fijeza y atención, y le dijo:
-¡Y ahora, muere! He terminado contigo.
Ella se encogió y lanzó un grito bajo y reprimido.
-No voy a matarte. No pondré en peligro mi vida por ti. ¡Muere!
Y a partir de ese momento, un día tras otro, una noche tras otra se sentó delante de ella, en su tenebroso dormitorio, pronunciando la palabra o transmitiéndosela con la mirada. Siempre que levantaba sus ojos grandes y carentes de significado desde las manos en las que enterraba la cabeza hasta la figura rígida que estaba sentada en la silla con los brazos cruzados y la frente enarcada, leía en los ojos del hombre: «¡muere!» Cuando caía dormida, agotada, recuperaba estremecida la conciencia oyendo en susurros: «¡muere!» Cuando caía en su viejo ruego de ser perdonada, la respuesta era aún: «¡muere!» Después de haber pasado despierta y sufriendo la larga noche, cuando el sol naciente llameaba en la habitación sombría, oía como saludo:

-¿Un día más y no te has muerto? ¡Muere! Encerrada en la desértica mansión, apartada d toda la humanidad y entregada a esa lucha sin respiro alguno, llegó a esta conclusión, que ella, o él, tenían que morir. Él lo sabía muy bien, y por ello con centró su fuerza contra la debilidad de la mujer Una hora tras otra la sujetaba por un brazo hasta que éste se ponía negro, y le ordenaba que muriera Y sucedió, una mañana ventosa, antes del amanecer. Él calculó que debían ser las cuatro y media pero no podía estar seguro porque se había olvidado de darle cuerda al reloj y se había parado. Ella se había apartado de él durante la noche con gritos repentinos y fuertes, los primeros que había expresa do así, y él tuvo que taparle la boca con las manos Desde ese momento ella se había quedado quieta en la esquina entablada en la que se había dejado caer, él la había dejado y había vuelto a su silla, sentándose con los brazos cruzados y la frente ceñuda.

Más pálida bajo la pálida luz, más incolora que, nunca en el amanecer plomizo, la vio acercarse arrastrándose por el suelo hacia él: una ruina pálida deformada por los cabellos, el vestido y los ojos salvajes, impulsándose hacia delante con una maní doblada e irresuelta.
-¡Ay, perdóneme! Haré cualquier cosa. ¡Ay, señor, le ruego que me diga que puedo vivir!
-¡Muere!
-¿Tan decidido está? ¿No hay esperanza para mí?
-¡Muere!

Ella tensó sus grandes ojos por la sorpresa y el miedo; la sorpresa y el miedo se transformaron en reproche; y el reproche en una nada vacía. Estaba hecho. Al principio él no se sintió muy seguro, salvo de que el sol de la mañana estaba colgando joyas en los cabellos de la joven. Vio el diamante, la esmeralda y el rubí brillando en pequeños puntos mientras la miraba, hasta que la levantó y la dejó sobre la cama. Fue enterrada enseguida, y ahora todos se habían ido y él había tenido su compensación. Tenía pensado viajar. Eso no significaba que quisiera malgastar su dinero, pues era un hombre ahorrativo y amaba terriblemente el dinero (en realidad, más que cualquier otra cosa), pero se había cansado de la casa desolada y deseaba volverle la espalda y olvidarla. Sin embargo, la casa valía dinero, y el dinero no debía tirarse. Decidió venderla antes de partir. Para que no pareciera tan en ruinas y obtener así un precio mejor, contrató algunos trabajadores para que asearan el jardín, cubierto de malas hierbas; para que cortaran el tronco muerto, podaran la hiedra que caía en enormes masas sobre las ventanas y el frente de la casa, y para que limpiaran los caminos, en los que la hierba llegaba hasta la mitad de la pierna.

Él mismo trabajó con ellos. Trabajó más tiempo que ellos, y una tarde, al oscurecer, se quedó trabajando a solas con el hocejo en la mano. Era una tarde de otoño y la novia llevaba ya cinco semanas muerta. Está oscureciendo demasiado para seguir trabajando -se dijo a sí mismo-. Terminaré por hoy» Detestaba la casa y le horrorizaba entrar en ella Contempló el porche oscuro, que le aguardaba como si fuera una tumba y comprendió que era una casa maldita. Cerca del porche, y cerca de donde t estaba, había un árbol cuyas ramas ondulaban frente al mirador del dormitorio de la novia, donde todo había sucedido. De pronto el árbol se meció le sobresaltó. Volvió a moverse, aunque la noche era tranquila. Al levantar la vista y mirar hacia él, vi una figura entre las ramas.

Era la figura de un hombre joven. Miraba hacia abajo, mientras él levantaba la vista; las ramas crujieron y se movieron; la figura descendió rápida mente y se deslizó hasta hallarse frente a él. Era u joven esbelto, aproximadamente de la edad de la novia, de largos cabellos de color castaño claro.
-¿Qué tipo de ladrón eres tú? -le preguntó cogiendo al joven por el cuello.
El joven, al moverse para quedar libre, le lanzó un golpe con el brazo que le dio en la cara y la garganta. Se enzarzaron, pero el joven se liberó de él retrocedió gritando con gran ansiedad y horror:
-¡No me toques! ¡Antes preferiría que me toca el diablo!
Se quedó quieto, con el hocejo en la mano, mirando al joven. Pues la mirada del joven era como complemento de la última mirada de la novia, y n había esperado volver a verla de nuevo.
-No soy un ladrón. Pero aunque lo fuera, no cogería una sola moneda de tu tesoro, aunque con ella pudiera comprarme las Indias. ¡Asesino!
-¿Cómo?
-Hace ya casi cuatro años que me subí ahí por primera vez-dijo el joven señalando hacia el árbol-. Me subí ahí para verla. La vi. Hablé con ella. Y me he subido al árbol muchas veces para verla y escucharla. Yo era un muchacho, escondido entre las ramas, cuando desde ese mirador me dio esto.
Le enseñó una trenza de cabello blondo atada con una cinta de luto.
-Su vida fue una vida de lamentaciones -siguió diciendo el joven-. Me dio esto como prenda y señal de que estaba muerta para todos salvo para ti. De haber tenido más edad, o de haberla visto antes, la habría salvado de ti. ¡Pero ya estaba atrapada en la tela de araña la primera vez que me subí al árbol, y no podía hacer ya nada para liberarla!
Al decir estas palabras tuvo un ataque de sollozos y llantos: débilmente al principio, y luego más apasionados.
-¡Asesino! Estaba subido al árbol la noche en que la trajiste de nuevo aquí.

Aquí, en el árbol, la oí hablar de la muerte que vigilaba en la puerta. Por tres veces estuve en el árbol mientras te encerrabas con ella, matándola lentamente. Desde el árbol la vi yacer muerta sobre la cama. Desde el árbol te he vigilado buscando pruebas y rastros de tu culpa. Cómo lo hiciste sigue siendo un misterio para mí, pero te perseguiré hasta que entregues tu vida al verdugo. Hasta ese momento no te librarás de mí. ¡La amaba! No puedo conocer la piedad hacia ti. Asi no, ¡la amaba! El joven, que había perdido el sombrero alba del árbol, tenía la cabeza pelada. Se dirigió hacia puerta. Para llegar hasta ella tenía que pasar junto asesino. Cabían, entre uno y otro, dos carruajes los antiguos, y el horror del joven, que se expresa abiertamente en todos los rasgos de su rostro y toe los miembros de su cuerpo, siéndole muy difícil soportar, le hacía mantenerse a distancia. Él (me refiero al otro) no había movido ni mano ni pie des que se quedó quieto para mirar al muchacho. Ahí giró para seguirle con la mirada. Cuando vio el color castaño claro ante él, vio también una curva rojiza que iba desde su mano hasta la cabeza del muchacho. Y vio también desde el principio dónde había caído, y digo había caído y no caería, pues percibió claramente que todo había sucedido antes de c él lo hiciera. Le abrió la cabeza y se quedó allí, y el muchacho cayó boca arriba.

Por la noche enterró el cuerpo, al pie del árbol En cuanto salió la luz de la mañana, se dedicó a mover todo el terreno que había alrededor del árbol a cortar y podar los matorrales y las hierbas que lo rodeaban. Cuando llegaron los trabajadores, no ha allí nada sospechoso; y por ello nada sospechara Pero en un momento había desbaratado todo, sus precauciones destruyendo el triunfo que durante tanto tiempo había preparado y con tanto éxito había llevado a cabo. Se había desembarazado de la novia, adquiriendo su fortuna sin poner en peligro su vida; pero ahora, por una muerte con la que nada había ganado, se vería obligado a vivir para siempre con una cuerda alrededor del cuello. Desde ese momento vivió encadenado a la casa de la tristeza y el horror, que no podía soportar. Temeroso de venderla o abandonarla, para evitar que pudieran descubrir el cadáver, se vio obligado a vivir en ella. Contrató como criados a dos viejos, un hombre y una mujer; y habitó en la casa, temiéndola. Durante mucho tiempo su mayor dificultad fue el jardín. ¿Debía mantenerlo cuidado, tendría que permitir que volviera a su antiguo estado de abandono, cuál sería la manera en la que probablemente llamaría menos la atención? Tomó una decisión intermedia consistente en trabajarlo él mismo, en las horas libres de la tarde, pidiendo luego al viejo que le ayudara; pero nunca le dejaba a éste que trabajara solo. Y él mismo hizo un emparrado junto al árbol, para poder sentarse allí y ver que estaba a salvo.

Conforme cambiaban las estaciones, y con ellas el árbol, su mente percibía peligros siempre cambiantes. Cuando tenía hojas, pensaba que las ramas superiores estaban adoptando al crecer la forma de un hombre joven... que tomaban exactamente la forma de aquel joven, sentado en una horquilla que se movía con el viento. Cuando caían las hojas, pensaba que al caer del árbol formaban letras sugerentes, o que tendían a amontonarse, sobre la tumba, formando un montículo típico de cementerio. Durante el invierno, cuando el árbol estaba desnudo, creía que las ramas movían hacia él el fantasma del golpe que había dado al joven, y le amenazaban abiertamente En la primavera, cuando la savia ascendía por tronco, se preguntaba si con ella no subían partículas secas de sangre. De esa manera cada año resultaba más evidente que el anterior la figura del joven formada por hojas y agitándose al viento. Sin embargo, siguió manejando más y más su dinero. Se dedicaba a negocios secretos, al negocio d, oro en polvo, y a casi todos los negocios clandestinos que producían grandes beneficios. En diez año había multiplicado tantas veces su dinero que los comerciantes y transportistas que tenían tratos ce él no mentían en absoluto cuando decían que había incrementado su fortuna doce veces. Hace cien años que poseía esa riqueza, cuando gente podía perderse fácilmente. Había oído que era el joven, por tener noticia de la búsqueda que había organizado pero la búsqueda fue abandona y el joven olvidado. La ronda anual de cambios en el árbol se había repetido diez veces desde que enterrara el cadáver pie del árbol cuando se produjo en la zona una gran tormenta. Comenzó a medianoche y azotó la zona hasta la mañana. Lo primero que oyó decir aquel mañana al viejo criado fue que un rayo había golpeado el árbol.

Había derribado el tronco de una manerasorprendente, partiéndolo en dos mitades marchitas una de ellas descansaba sobre la casa, y la otra sol una parte del viejo muro rojizo del jardín, en el que había abierto un boquete con la caída. La fisura había abierto el árbol hasta un poco por encima de la tierra, deteniéndose allí. Existía gran curiosidad por ver el árbol, y al revivir sus antiguos miedos se sentó en su emparrado, como un anciano, a observar a la gente que acudía a verlo. Empezaron a llegar rápidamente, y en tan gran número que cerró la puerta del jardín y se negó a dejar entrar a nadie. Pero unos científicos llegaron desde muy lejos para examinar el árbol y en mala hora les dejó pasar... ¡que el diablo les confunda! Los científicos querían cavar hasta la raíces para examinarlas atentamente, lo mismo que la tierra que había encima. ¡Jamás, mientras él viviera! Le ofrecieron dinero por ello. ¡Ellos! Hombres de ciencia a los que podría haber comprado por entero con un trazo de su pluma. Les enseñó de nuevo la puerta del jardín, la cerró y aseguró con una barra. Pero estaban dispuestos a hacer lo que deseaban, por lo que sobornaron al viejo criado, un miserable desagradecido que se quejaba siempre al recibir su salario de que le estaba pagando poco, y se introdujeron en el jardín por la noche con linternas, picos y palas para cavar junto al árbol. Él estaba acostado en la habitación de la torreta, al otro lado de la casa, pues no se había vuelto a ocupar el dormitorio de la novia, pero soñó enseguida con picos y palas y se levantó.

Acudió junto a una ventana alta de aquel lado, desde donde pudo ver las linternas, a los científicos, y la tierra suelta formando un montículo que él mismo en otro tiempo había hecho y había vuelto a poner en el suelo, y finalmente, surgió a la vista. ¡Lo encontraron! Lo iluminaron un momento. Se inclinaron sobre él hasta que uno de ellos dijo:

-El cráneo está fracturado.
-Mira aquí los huesos -añadió otro.
-Y aquí la ropa -replicó otro más.
Y entonces el primero de ellos volvió a cavar exclamó:
-¡Un hocejo oxidado!

Al día siguiente dio cuenta de que estaba sometido a una vigilancia estricta y de que no podía i a parte alguna sin que le siguieran. Antes de que transcurriera una semana fue encarcelado y confinado. Gradualmente las circunstancias se fueros uniendo en su contra, con desesperada malicia y terrible ingenio. ¡Vea cómo es la justicia de los hombres, y cómo llegó hasta él! Acabó siendo acusado de haber envenenado a la joven en su dormitorio. ¡Precisamente él, que cuidadosa y expresamente había evitado poner en peligro un cabello de su cabeza por causa de la novia, y que la había visto morir por su propia incapacidad! Hubo dudas con respecto a cuál de los dos ases¡ natos debería juzgársele primero; pero eligieron f auténtico, le consideraron culpable y le condenare a muerte. ¡Infelices sedientos de sangre! Le habría considerado culpable de cualquier cosa, tan decid dos estaban a quitarle la vida. Su dinero no pudo salvarle y fue ahorcado. Élso yo, y fui ahorcado en el castillo de Lancaster de cara al muro hace ya cien años. Ante esa afirmación terrible el señor Goodchild trató de levantarse y gritar. Pero las dos líneas de fuego que salían de los ojos del anciano y llegaban a los suyos, le mantuvieron quieto y no pudo emitir un sonido. Sin embargo, su sentido del oído era agudo y pudo darse cuenta de que el reloj daba las dos. ¡Y en cuanto el reloj dio esa hora vio ante él a dos ancianos!

Los ojos de cada uno de ellos se conectaban con los suyos mediante dos películas de fuego; cada una exactamente igual a la otra; cada una dirigida hacia él en el mismo instante; cada una rechinando los mismos dientes en la misma cabeza, con la misma nariz torcida por encima, y la misma expresión difusa a su alrededor. Dos ancianos. Que no se diferenciaban en nada, igualmente discernibles, con la copia de la misma intensidad que el original, y el segundo tan real como el primero.

-¿A qué hora llegó a la puerta de abajo? -preguntaron los dos ancianos.
A las seis.
-¡Y había seis ancianos en las escaleras!
Después de que el señor Goodchild se limpiara el sudor de la frente, o intentara hacerlo, los dos ancianos dijeron con una sola voz y utilizando la primera persona del singular:
-Había sido anatomizado, pero todavía no habían unido mi esqueleto para colgarlo en un gancho de hierro cuando empezó a susurrarse que la habitación de la novia estaba encantada. Estaba encantada, y yo estaba allí. Nosotros estábamos allí. Ella y yo lo estábamos. Yo, en la silla junto al hogar; ella, de nuevo una ruina pálida, arrastrándose por el suelo hacia mí. Pero no era yo el que hablaba ya, y la única palabra que ella me decía desde la medianoche hasta el alba era: «¡vive!»

Allí estaba, además, la juventud. En el árbol plantado junto a la ventana. Entrando y saliendo con la luz de la luna, mientras el árbol se inclinaba y estiraba. Desde siempre estuvo él allí, observándome en mi tormento; revelándoseme a ratos, bajo las luces pálidas y las sombras pizarrosas por las que entra y sale, con la cabeza pelada y un hocejo clavado sesgadamente en su cabello. En el dormitorio de la novia, todas las noches hasta el amanecer, exceptuando un mes al año, por lo que ahora le diré, él se esconde en el árbol y ella viene hacia mí arrastrándose por el suelo, acercándose siempre, sin llegar nunca, visible siempre como por la luz de la luna, tanto si ésta brilla como si no, diciendo siempre desde medianoche hasta el alba su única palabra: «¡vive!» Pero en el mes en que me obligaron a abandonar esta vida, este mes presente de treinta días, el dormitorio de la novia está vacío y tranquilo. Pero no mi antiguo calabozo. No las habitaciones en las que durante diez años habité inquieto y temeroso. Entonces son éstas las que están encantadas. A la una de la mañana, soy lo que vio cuando el reloj dio esa hora: un anciano. A las dos de la mañana, soy dos ancianos. Y tres a las tres. A las doce del mediodía soy doce ancianos, uno por cada ciento por ciento de mis beneficios. Y cada uno de los doce con doce veces mi capacidad de sufrimiento y agonía. Desde esa hora hasta las doce de la noche, yo, doce hombres que presagian angustia y miedo, aguardan la llegada del verdugo. ¡A las doce de la noche, yo, doce hombres desconectados, que oscilan invisibles fuera del castillo de Lancaster, con doce rostros frente al muro!

Cuando el dormitorio de la novia fue encantado por primera vez, se me hizo saber que este castigo no cesaría nunca hasta que pudiera dar a conocer su naturaleza y mi historia a dos hombres vivos al mismo tiempo. Años y años aguardé la llegada de dos hombres vivos al dormitorio de la novia. Por medios que ignoro entró en mi conocimiento la idea de que si dos hombres vivos con los ojos abiertos podían estar en el dormitorio de la novia a la una de la mañana, me verían sentado en mi silla. Finalmente, los murmullos según los cuales la habitación estaba espiritualmente turbada atrajeron a dos hombres a intentar la aventura. Apenas había aparecido en el hogar a medianoche (me presenté allí como si el rayo me hubiera lanzado a la existencia), cuando les oí subir las escaleras. Después les vi entrar. Uno de ellos era un hombre activo, audaz y alegre, en el punto culminante de su vida, de unos cuarenta y cinco años de edad; el otro, unos doce años más joven. Llevaban una cesta con provisiones y botellas. Les acompañaba una mujer joven con leña y carbón para encender el fuego. Una vez prendido éste, e hombre activo, audaz y alegre la acompañó por el pasillo exterior a la habitación hasta estar seguro de que había bajado a salvo las escaleras, y regresó riendo.

Cerró la puerta, examinó el dormitorio, sacó, los contenidos de la cesta colocándolos en la mes situada delante del fuego, llenó las copas, comió bebió. Su compañero, tan alegre y confiado como, él, hizo lo mismo: aunque él era el jefe. Una vez ce nados, colocaron las pistolas sobre la mesa, se volvieron de cara al fuego y empezaron a fumar pipa de tabaco extranjero. Habían viajado juntos, habían pasado junto mucho tiempo y tenían numerosos temas de conversación comunes. En mitad de la charla y las risas: el más joven hizo referencia a que el jefe estaba dispuesto siempre para cualquier aventura; fuera aquella o cualquier otra. Le contestó con estas palabra:

-No es así, Dick; aunque no tema a nada más me temo a mí mismo.
Su compañero pareció algo confuso con es respuesta, y le preguntó que en qué sentido y cómo, tenía miedo a sí mismo.
-Es muy fácil, Dick -le replicó-. Hay aquí un fantasma que debe ser refutado.

¡Pues bien! No puedo responder de lo que provocaría mi fantasía si m hallara solo aquí, o de qué trucos podrían hacer mi sentidos para engañarme si estuviera a merced d ellos. Pero en compañía de otro hombre, y especial mente de ti, Dick, consentiría en retar a todos lo fantasmas de los que en el universo se ha hablado » -No tenía la vanidad de suponer que fuera de tanta importancia esta noche -respondió el otro. » -De tanta que, por la razón que te he dado, por nada del mundo me habría ofrecido a pasar aquí la noche a solas -replicó entonces el jefe, con mayor gravedad de la que había hablado hasta entonces. » Faltaban pocos minutos para la una. El hombre más joven había dejado caer la cabeza con su último comentario, y ahora la volvió a dejar caer más.

-¡Despierta, Dick! -exclamó el jefe alegremente-. Las horas pequeñas son las peores.
Lo intentó, pero la cabeza volvió a caerle sobre el pecho.
-¡Dick! -le presionó el jefe-. ¡Manténte despierto!
-No puedo -murmuró el otro confusamente-. No sé qué extraña influencia me está afectando. No puedo.
Su compañero le miró con repentino horror y yo, aunque de una manera diferente, sentí también un horror nuevo; pues estaba a punto de ser la una y sentí que estaba llegando el segundo vigilante, y que pesaría sobre mí la maldición de tener que enviarle a dormir.
-Levántate y camina, Dick -gritó el jefe-. ¡Inténtalo!

De nada sirvió que se colocara tras la silla del durmiente y lo agitara. Sonó la una y yo me presenté ante el hombre de más edad, y él permaneció fijo ante mí.

Me vi obligado a relatarle la historia a él solo, sin esperanza de beneficio. Sólo para él fui un terrible fantasma que hacía una confesión totalmente inútil Comprendí que siempre sería igual. Que dos hombres vivos juntos no llegarían nunca a liberarme Cuando aparezco, los sentidos de uno de los dos quedan trabados por el sueño; él nunca me verá ni me escuchará; siempre me comunicaré con un oyente solitario y nunca servirá de nada. ¡Ay dolor, dolor, dolor Mientras los dos ancianos se frotaban las mano,, con esas palabras, surgió en la mente del señor Goodchild la idea de que se hallaba en la situación terrible de estar prácticamente a solas con el espectro, y que la inmovilidad del señor Idle se explicaba porque el encantamiento le había hecho quedarse dormido a la una. En el terror indescriptible que le produjo este descubrimiento repentino, se esforzó a máximo para liberarse de los cuatro hilos de fuego, que acabaron por partirse dejando un camino abierto. Como ya no estaba atado, cogió del sofá al señor Idle y bajó precipitadamente las escaleras con él.

-¿Qué sucede, Francis? -preguntó el señor Idle-. Mi dormitorio no está aquí abajo. ¿Por qué diantres me estás transportando? Ahora puedo andar con un bastón. No quiero que me transporten. Déjame en el suelo.
El señor Goodchild lo dejó en el suelo del viejo salón y le miró con ojos enloquecidos.
-¿Qué estás haciendo? ¿Lanzándote como un idiota sobre alguien de tu propio sexo para rescatar le o perecer en el intento? -preguntó el señor Idle con un tono bastante petulante.
-¡El anciano! -clamó el señor Goodchild aturdido-. ¡Y los dos ancianos!
-La única anciana a la que pienso que te refieres -empezó a responder desdeñosamente el señor ldle, al tiempo que a tientas se abría camino por la escalera con la ayuda de su ancha balaustrada.
-Te aseguro, Tom -empezó a decirle el señor Goodchild ayudándole a su lado-, que desde que te quedaste dormido...
-¡Ésa sí que es buena! -exclamó Thomas ldle-. ¡Si ni he cerrado un ojo!

Con la peculiar sensibilidad sobre el tema de la infeliz acción de quedarse dormido fuera de la cama, destino de toda la humanidad, el señor ldle persistió en esa declaración. La misma sensibilidad peculiar impulsó al señor Goodchild, al ser acusado del mismo crimen, a repudiarlo con honorable resentimiento. Así por el momento resultaba complicada la cuestión del anciano y de los dos ancianos, y poco después se volvería imposible. El señor ldle dijo que todo era un lío formado por fragmentos reordenados de las cosas que había visto y pensando durante el día. El señor Goodchild respondió que cómo iba a ser así si no se había dormido. El señor ldle añadió que él era el que no se había dormido, y que nunca se dormiría, mientras que el señor Goodchild, por regla general, estaba dormido siempre. En consecuencia, se separaron para el resto de la noche en la puerta de sus respectivos dormitorios, un poco enfadados. Las últimas palabras del señor Goodchild fueron que en esa real y tangible antigua sala de estar de la real y tangible posada (y suponía que el señor ldle no negaría la existencia de ésta), había tenido todas aquellas sensaciones y experiencias, que estaban ahora a una o dos líneas de completarse, y qué él lo escribiría todo e imprimiría todas las palabras. El señor ldle replicó que lo hiciera si ése era su deseo... y lo era, y ahora está ya escrito.

La noche del océano. R.H. Barlow (1918-1951) H.P. Lovecraft (1890-1937)

No sólo fui a Ellston Beach para disfrutar del sol y el océano, sino también para dar descanso a mi fatigada mente. Como no conocía a nadie en la pequeña ciudad, que bullía de turistas en verano, no parecía muy probable que fuese molestado. Esto me agradaba, pues mis únicos deseos se concentraban en contemplar desde mi refugio temporal el batir de las olas y la gran extensión arenosa de playa que se extendía ante mí. Mi prolongado trabajo veraniego había sido completado antes de dejar la ciudad, y el enorme mural estaba correctamente ajustado al contexto pedido. Me había costado la mayor parte del año terminar el dibujo y, cuando al fin di la última pincelada sobre el lienzo, estuve dispuesto a rendirme ante la evidencia de mi mala salud y tomar un descanso, alejándome de todo por un tiempo.

Ciertamente, cuando tan sólo llevaba una semana en la playa, apenas si me acordaba ya de aquel trabajo que un poco antes me había parecido de tanta importancia. Y no era más que un viejo asunto resuelto a base de mezclar colores y formas entre los miedos y desconfianzas de mi habilidad para crear un meticuloso diseño a partir de una imagen mental. Y aun así, todavía pienso que aquel suceso en el solitario acantilado, del cual fui principal protagonista, pudo ser producido por algo que acecha detrás de los temores y desconfianzas de mi constitución mental. Pues siempre he sido un observador, un soñador, un creador de paisajes y fantasías; ¿y quién puede decir sin temor a equivocarse que tal naturaleza no abre los sentidos a mundos inesperados y distintos cánones de existencia?

Ahora que estoy tratando de contar lo que vi, soy consciente de un centenar de limitaciones impuestas por la cordura. Cosas contempladas con una visión interior, fantasías relampagueantes que nos llegan en la oscuridad del sueño, son muchas veces más vividas y significativas que la propia realidad. Introduce una pluma estilográfica en un sueño y el color surgirá de ella. La tinta con la que escribimos parecerá diluida en algo más que la realidad y nos daremos cuenta que, después de todo, no podemos delinear los abismos de la memoria. Es como si nuestro propio interior, separado de los lazos que le unen a la objetividad de la vida, gozase de emociones ocultas, selladas precipitadamente cuando tratamos de introducirnos en ellas. En las fantasías y sueños yacen las grandes creaciones del hombre, pues en ellas no existe ninguna imposición de línea o colorido. Escenas olvidadas y tierras más lejanas que el dorado mundo de la niñez brotan en la mente dormida hasta que el amanecer las pone en fuga.

De entre todo esto podemos rescatar algo de la gloria y alegría que anhelamos: imágenes de sospechada belleza pero nunca antes vistas, que son para nosotros lo que el Grial para los sagrados espíritus del mundo medieval. Convertir tales cosas en arte, intentar traer algún descolorido trofeo de aquella región intangible, velada y sombría, requiere enorme destreza y memoria. Pues, aunque los sueños acechan en todos nosotros, pocos pueden sostener sus apolilladas alas sin desgarrarías. Esta narración no posee tal destreza. Intentaré contar lo mejor posible los mencionados acontecimientos que percibí tan imprecisamente como aquel que atisba dentro de una región sin luz y sólo ve formas y movimientos vagos. En el diseño de mi mural, que entonces se mezclaba con muchos otros en el edificio para el que habían sido diseñados, había tratado de bosquejar algún rasgo de aquel mundo de sombras, y quizá el resultado había sido mejor de lo que pudiera serlo ahora. El principal motivo de mi estancia en Ellston era el de esperar las críticas al diseño, y, cuando unos días de comodidad poco corriente ajustaron mi perspectiva, descubrí que —a pesar de los fallos que el creador siempre encuentra más fácilmente— había logrado retener en colores y líneas algunos de los fragmentos contenidos en aquel mundo infinito de imaginación. Las dificultades del proceso, y el consiguiente esfuerzo de todas mis facultades, habían minado mi salud, obligándome a recluirme en la playa durante aquel período de espera. Deseaba estar totalmente solo, y por ello alquilé (para alegría de su incrédulo propietario) una pequeña casa a corta distancia del centro de Ellston, el cual, a causa de lo avanzado de la estación, bullía con una masa moribunda de turistas de poco interés para mí. La casa, ensombrecida por los vientos marinos y algo desconchada por la falta de pintura, no entraba dentro de los límites del pueblo, sino que se anclaba en la costa, como el péndulo inmóvil enganchado al reloj ciudadano, totalmente solitaria al pie de una duna arenosa cubierta de juncos. Como un gusano en medio de la nada se agazapaba mirando al mar; sus mudas ventanas negras acechando sobre una desolada extensión de tierra y cielo y un océano inconmensurable. Es posible que todo lo dicho hasta ahora no sirva de mucho a la hora de ir encajando las piezas de una historia que ya es de por silo suficientemente extraña, sólo quiero decir que cuando vi aquella pequeña casita tuve consciencia de su soledad, y esto me agradó; era plenamente sensible a su insignificancia frente a la enormidad del mar.

Tomé posesión de la casa a finales de agosto, un día antes de lo esperado, y me encontré con un furgón y dos obreros descargando los muebles suministrados por el casero. Por entonces no sabía exactamente cuánto tiempo permanecería en la casa, y cuando se fue el camión que traía los enseres ordené todo mi equipaje y cerré la puerta (sintiéndome, después de varios meses de alquiler en un cuarto de mala muerte, como el propietario de una verdadera casa) sobre la duna cubierta de juncos y la arenosa playa. La vivienda constaba de un solo cuarto rectangular y requería poca exploración. Dos ventanas, una a cada lado de la entrada, dejaban pasar generosamente la luz, y algo, que asemejaba ser una puerta, había sido emplazado en la pared que daba al océano. El edificio tenía tan sólo unos diez años, pero, debido a la distancia que le separaba de Ellston, su alquiler se hacía muy difícil, incluso en los meses más activos de verano. Carecía de chimenea y se encontraba totalmente vacío desde octubre hasta bien entrada la primavera. Aunque distaba una milla escasa de Ellston, parecía muy lejano, y si se miraba en dirección al pueblo tan sólo se podían ver ondulantes extensiones de arena y juncos.

Pasé el resto de aquel primer día disfrutando del sol y el agua, olvidándome momentáneamente de mis anteriores preocupaciones laborales. Pero aquello era una reacción natural al agobiante trabajo que había ocupado mis hábitos y actividades durante tanto tiempo. La obra estaba terminada y mis vacaciones no habían hecho más que comenzar. Aquel hecho, aún no aceptado totalmente, acompañó todas mis sensaciones mientras transcurría la primera tarde desde mi llegada, cambiando incluso mis viejos modos de actuar. Los rayos de sol incidían sobre un cambiante océano cubierto de misteriosas olas coronadas de diamantes, produciendo extraños juegos de luz. Quizá las aguas capturasen las sólidas masas de luz que flotaban sobre la arena. Aunque el océano tenía su propio matiz, éste era total e increíblemente dominado por aquel brillante resplandor. No había nadie por los alrededores, así que disfrutaba del espectáculo sin ninguna perturbación exterior. Cada uno de mis sentidos se conmovía de forma diferente; algunas veces, parecía que el batir del mar era simultáneo con la pulsación de aquel brillante resplandor, como si las olas estuvieran brillando en lugar del sol; lo hacían con tanta fuerza e insistencia, cada una por separado de las demás, que el resultado final era de gran coherencia. Curiosamente, no vi a nadie paseando aquella tarde cerca de mi pequeña casita, ni tampoco las siguientes; aunque la ondulante costa albergara una amplia playa bastante mejor que la otra, situada más al norte, donde se practicaba el surf. No podía imaginarme el porqué de aquella carencia de edificios turísticos, y máxime cuando en la parte norte se amontonaba gran cantidad de gente mirando al mar sin apenas verlo.

Estuve nadando hasta la caída del sol, y después, ya descansado, di un paseo hasta el pueblo. La oscuridad empezaba a velar el mar cuando me encontré bajo las empañadas luces que alumbraban calles repletas de gentes incapaces de percibir la inmensa, tenebrosa existencia que rugía tan cerca de ellos. Había mujeres engalanadas con falsas joyas y baratijas, hombres aburridos que nunca más serían jóvenes; una masa de marionetas estúpidas ancladas al borde de un abismal océano, incapaces de ver y sentir lo que se extendía a su alrededor, en la rutilante grandeza de las estrellas y en la infinita inmensidad de la noche del océano. Caminaba por la orilla de aquel oscuro mar mientras volvía a mi pequeña casa, barriendo con la luz de la linterna su desnuda, impenetrable superficie. Era una noche sin luna y las cresta de las olas se adivinaban claramente sobre las inquietas aguas; sentí una emoción indescriptible nacida del estruendo de las aguas y la percepción de mi pequeñez mientras iluminaba con el pequeño haz de la linterna una esfera inmensa en si misma, aunque sólo era el negro y delgado caparazón de las profundidades terrestres. La noche se hacía más profunda y oscura, y más allá unos barcos, invisibles para mí, navegaban solitarios, produciendo distantes, agitados murmullos.

Cuando llegué a casa pensé que no me había tropezado con nadie desde que salí del pueblo, a una milla de distancia, pero algo me decía que durante todo el recorrido el espíritu del solitario océano me había acompañado. Era, medité, algo que todavía no se había mostrado, pero que flotaba silenciosamente más allá del nivel de mi comprensión; como los actores que esperan tras el escenario hasta que llega su turno de actuar, aprendiendo las palabras y gestos que más tarde representarán ante nuestros ojos. Por fin, me sacudía estas fantasías y maniobré la llave en la cerradura de la casa, cuyas desnudas paredes daban sensación de seguridad.

Mi habitáculo estaba aislado del pueblo, como si un buen día hubiese empezado a caminar rumbo al sur y después se negara a volver; y cuando regresaba a casa cada noche después de cenar no se llegaban a escuchar los ruidos del pueblo. Por lo común, me demoraba poco en las calles de Ellston, y algunas veces tan sólo iba para darme un pequeño paseo. En la ciudad había multitud de tiendas de curiosidades y esos teatros con fachadas falsamente elegantes que tanto abundan en las poblaciones veraniegas, pero nunca me sentí atraído por ellos; de todo lo que allí había sólo me interesaban los restaurantes. Es increíble la cantidad de cosas inútiles que la gente hace.

El tiempo fue soleado los primeros días de mi estancia. Me levantaba temprano y observaba un cielo grisáceo con promesas de sol; promesa que siempre se hacía realidad. Aquellos amaneceres eran frescos, y sus colores deslucidos en comparación con el uniforme resplandor del día. La luminosa luz, tan visible el primer día, hizo de los demás una concatenación de páginas amarillas en el libro del tiempo. Me di cuenta de que a muchos de los veraneantes no les gustaba el sol; yo, en cambio, lo anhelo. Después de unos grises meses de fatiga, la tranquilidad inducida por la existencia física en una región gobernada por cosas sencillas —el viento, la luz, el agua— tuvo un efecto positivo en mi, y, como estaba ansioso de continuar con aquel proceso curativo, pasaba casi todo el tiempo fuera de la casa, bajo la luz del sol. Aquello me inculcó un estado de ánimo tranquilo y relajado, dándome una sensación de seguridad ante la tenebrosa noche. La oscuridad significaba muerte, la luz vitalidad. A través de millones de años, cuando el hombre se hallaba más cerca de la madre océano, cuando las criaturas de las que nos desarrollamos yacían lánguidas en las soleadas y poco profundas aguas; todavía anhelamos las primeras sustancias que nos cobijaron antes de aventurarnos al mundo exterior, antes de tener que procurarnos nuestra propia seguridad con paso vacilante, como la cría del mamífero que aún no se atreve a caminar por la tierra pantanosa.

La monotonía de las olas me relajaba, mi única ocupación era observar el devenir de las aguas. Se producían continuos cambios en la textura del océano: los matices y colores de su superficie cambiaban con la misma facilidad que la expresión de un rostro; yo lo percibía con sentidos casi ajenos a la existencia humana. Cuando la mar está encrespada, trayendo a nuestra mente imágenes de lejanos barcos debatiéndose entre las olas, nuestros corazones ansían en silencio la desvanecida línea del horizonte. Cuando está tranquilo, sosegado, nosotros también lo estamos. Aunque estemos acostumbrados a él desde tiempos primordiales, siempre oculta un halo de misterio, como si algo, demasiado vasto para tomar forma, estuviese acechando en ese universo del que el mar es la puerta. En las mañanas, el océano, brillando con reflejos de blancas brumas y diamantinos vapores, tiene la mirada de alguien que reflexiona sobre extrañas cosas; su complicada textura, a través de la cual cientos de peces se zambullen, parece ocultar una enorme, perezosa entidad que un día logrará salir de entre las aguas inmemoriales y blancuzcas para caminar sobre la tierra.

Pasé muchos días felices, contento de haber elegido aquella solitaria casa que descansaba como una bestia agazapada entre la arenosa extensión de dunas. En medio de aquella placentera tranquilidad, de aquella vida tan idílica, acostumbraba a dar largos paseos por la línea de la costa (donde rompían las olas, formando irregulares curvas de evanescente espuma); a veces encontraba pequeños fragmentos de cosas y desperdicios desparramados por los volubles rompientes del mar. Había un número increíble de restos depositados sobre la ondulante playa que se extendía ante mi casa; deduje que, posiblemente, salían de los canales de desagüe que tenían su origen en la ciudad y desembocaban en aquel punto. A cualquier hora, mis bolsillos —cuando llevaba— estaban llenos de baratijas que desechaba a las pocas horas de haberlas recogido, sorprendido de haberlas conservado tanto tiempo. Un día, sin embargo, encontré un pequeño hueso que debió pertenecer a algún misterioso pez; lo guardé, junto con un alargado objeto de metal cuyo diseño, minuciosamente esculpido, era de lo más insólito. Representaba una figura pisciforme sobre un fondo de algas marinas, y no era del clásico estilo geométrico que ahora suele llevarse; aunque muy deteriorado por el continuo batir de las olas, todavía era claramente visible. Nunca había visto nada parecido, aunque imaginé que era la representación de una moda, ya pasada, que había tenido lugar en Ellston años antes.

A la semana de mi estancia en la playa el tiempo empezó a cambiar gradualmente. La atmósfera se oscurecía cada vez más, hasta que, finalmente, el día era una mera sucesión de horas desvaídas de la mañana a la tarde. Esta sensación se acentuaba, más por una serie de impresiones mentales que por lo que presenciaban mis sentidos, pues la pequeña casa se alzaba solitaria bajo los cielos grises, batida por los salitrosos vientos del océano. El sol estaba oculto por densos velos de nubes: extensiones impenetrables de brumas grises; aunque el astro, allá arriba, brillase con la misma fuerza de los primeros días, no podía traspasar la inmensa cortina. La playa estaba prisionera, durante largos períodos de tiempo, bajo una cripta descolorida, como si un pedazo de noche se demorase en ella.

Mientras el viento ganaba fuerza y el océano se agitaba en ondulantes remolinos producidos por el errante golpear de las olas, me di cuenta de que el agua se enfriaba y de que ya no podía pasar tanto tiempo en ella; de esta forma, adquirí el hábito de dar largos paseos, que — cuando me sentía incapaz de nadar— reemplazaban el ejercicio físico que con tanto interés había buscado. Estos paseos me llevaban bastante más lejos por la extensión de costa que los anteriores y, como la playa se alargaba millas y millas hacia el sur de la bulliciosa ciudad, muchas veces, al caer la tarde, me hallaba totalmente solo en una extensa área de infinita arena. Cuando esto ocurría, retornaba cansinamente por la orilla, siguiendo el susurrante borde del mar para no perderme tierra adentro. Algunas veces, cuando estos paseos los llevaba a cabo a horas tardías (lo cual era muy frecuente), encontraba la casa, que parecía la avanzadilla de la ciudad, por puro instinto. Insegura bajo los ventosos acantilados, como una negra mancha entre los mórbidos resplandores del crepúsculo oceánico, parecía hallarse más solitaria que bajo la diáfana luz del sol; cuando la veía me imaginaba que estaba esperando impaciente a que yo hiciese algo. Ya he dicho que el lugar estaba completamente aislado, cosa que, al principio, me complació, pero en aquellos momentos en los que el sol comienza a declinar, como hirviendo en sangre, y la oscuridad se arrastra avanzando pesadamente, alargando las sombras, notaba una especie de vaga inquietud: un espíritu, una sombra, un presagio producido por el ulular del viento, por la contemplación del inmenso horizonte y de aquel mar que rompía tenebrosas olas sobre una playa cada vez más extraña. En aquellos momentos sentía una inquietud indefinible, aunque, debido a mi solitaria naturaleza, estaba acostumbrado al silencio y a la antiquísima voz de lo salvaje. Aquellos temores, que entonces no podía definir correctamente, no me afectaron demasiado; incluso ahora pienso que sólo fue la inmensa soledad del mar lo que penetró en mis sentidos, una soledad fortalecida por medio de sutiles insinuaciones — nada más— que traspasaron mi sensibilidad, de por sí ya predispuesta a tales manifestaciones.

Las bulliciosas, amarillentas calles del pueblo con su curiosa e irreal actividad, se encontraban lejos, y cuando iba allí a cenar (desconfiando de mis habilidades culinarias), me embargaba una preocupación irracional por volver a casa antes de que la oscuridad se hiciese dueña de la playa; aún así, muchas veces me entretenía en el pueblo hasta las diez. Posiblemente piensen que tal acción está por completo falta de juicio, que si realmente temiese tanto a la oscuridad la habría evitado. Pueden preguntarse por qué no dejé aquel lugar cuya soledad estaba empezando a deprimirme. No sé qué contestar; tal vez el cansancio, la extraña sensación que a veces se apoderaba de mí, era producida por ciertos matices apenas visibles en el oscurecimiento del sol, por las ráfagas de un viento quebradizo, o por la enormidad del siniestro mar que se agazapaba como una masa informe tan cerca de mí; era algo que, en cierta manera, emanaba de mi propio corazón, algo elusivo, algo que no podía definir. En los siguientes días, llenos de una luz diamantina, con las juguetonas olas festoneadas de espuma rompiendo en la soleada costa, el recuerdo de aquellas tenebrosas inquietudes quedaba como algo lejano, aunque, al cabo de una o dos horas, siempre volvía esa extraña sensación de desasosiego, y me sumergía de nuevo en el mortecino abismo de la desesperación.

A lo mejor, estas sensaciones interiores eran el reflejo del estado del océano, pues, aunque la mitad de lo que percibimos es interpretado por la mente, muchos de nuestros sentimientos son concebidos, de muy otra manera, por medios extraños o psíquicos. El mar puede ligarnos a sus múltiples estados de ánimo, mostrándose con el sutil indicio de una sombra o el destello de la luz sobre las olas, sugiriéndonos de esta forma su tristeza o alegría. El mar siempre está recordando cosas del pasado; aunque somos incapaces de comprender, de percatamos de estas memorias, sentimos su leve roce, su presencia. Al no trabajar, ni recibir ningún tipo de visitas, me era más fácil, quizá, adivinar su mensaje críptico; un mensaje que podría pasar desapercibido a otro. El océano, reclamando una recompensa por la cura que me proporcionaba, dominó mi vida aquel verano.

Hubo varios casos de personas ahogadas aquel año; cuando casualmente oía sus gritos de muerte (tal es nuestra indiferencia ante una muerte que no nos concierne o de la que no somos testigos), me daba cuenta de que su agonía debía ser horrible. Muchos de los que se ahogaron —algunos de ellos nadadores expertos— no eran encontrados hasta después de unos días, y la horrible señal de las profundidades se había adueñado ya de sus corrompidos cuerpos. Era como si el mar los hubiese arrastrado a un profundo cubil, triturándolos en la oscuridad hasta que, cuando ya no le eran de ninguna utilidad, los devolvía a la superficie en un estado espantoso. Nadie parecía saber la causa de tales muertes. La frecuencia con que se producían hizo cundir la alarma entre los recelosos, aunque la resaca no era demasiado fuerte en Ellston y no había noticias de tiburones en sus proximidades. No sabía exactamente si los cuerpos presentaban huellas de haber sido atacados, pero el terror a una muerte silenciosa que se cierne sobre las olas, buscando víctimas solitarias, es algo que todo hombre conoce y teme. Debería haberse encontrado pronto una razón para tales muertes, incluso aunque no hubiesen sido producidas por tiburones.

Pero los tiburones eran tan sólo una suposición que nunca llegué a confirmar. Los nadadores que permanecían en la playa durante el resto del verano prestaban más atención a las traicioneras costas que a la existencia de algún animal marino desconocido. El otoño, desde luego, no se hallaba muy lejos, y mucha gente se valió de esta excusa para dejar el mar, donde los hombres eran atrapados por la muerte, y retornar a la seguridad del interior, a sitios en los que nadie escucha el bramido del océano. Así terminó agosto, y ya habían transcurrido varios días de mi estancia en la playa. Hacia el cuarto día del nuevo mes hubo un amago de tormenta y, en el sexto, mientras paseaba azotado por húmedas ráfagas de viento, una masa informe de nubes, incolora y opresiva, comenzó a desarrollarse bajo la rizada superficie del mar. El azote del viento, que soplaba sin rumbo fijo, confería una especie de animación, un matiz de vida, a los elementos de la tormenta que se cernía.

Almorcé en Ellston y, aunque los cielos se asemejaban a la tapa negra de un frasco cerrado, me encaminé hacia el sur de la playa, lejos de la ciudad y de mi casa. Cuando el gris universal del cielo fue hendido por una franja púrpura del atardecer —que brilló excepcionalmente luminosa a pesar de la oscuridad—, descubrí que me hallaba a varias millas de cualquier refugio posible. Esto, sin embargo, no me preocupó en exceso, pues, a pesar de los siniestros cielos teñidos de presagios misteriosos, me daba perfecta cuenta de que mis sentidos adquirían una especie de agudeza, acercándome a los contornos y significados de aquella, hasta entonces, escondida esencia. Un difuso recuerdo me vino a la memoria, tal vez sugerido por la semejanza de aquel escenario que me rodeaba con otro que se describía en un cuento leído en mi niñez. Aquella historia —casi olvidada en los rincones del tiempo— trataba de la amada de un barbudo rey, dueño de un reino submarino habitado por seres con forma de pez, que era separada de su prometido de rubios cabellos por un ser con atributos religiosos y facciones simiescas. Lo que me vino a la mente era una imagen de los acantilados submarinos bajo el incoloro, extraño cielo de aquel mundo sumergido; y esta imagen, aunque ya casi había olvidado la mayor parte del cuento, era exactamente igual a la que contemplaba en aquellos momentos.

Ambas escenas, la del relato medio perdida en un mar de impresiones fugaces, mostraban cieno parecido. Tales recuerdos podían haber atravesado ciertas memorias incompletas que, en un momento dado, se hicieron patentes a mis sentidos, gracias a la contemplación de escenas cuya importancia actual es relativamente pequeña. Muchas veces, cuando vemos algo pasajero, un paisaje (por ejemplo), la ropa tendida en un recodo del camino al atardecer o la solidez de un árbol añoso bajo el pálido cielo del amanecer (las condiciones que lo rodean son más importantes que el objeto en sí mismo), sentimos que encierran algo precioso, una dorada virtud que tratamos de captar. Con todo, si contemplamos esa misma escena más tarde, o desde otra perspectiva, nos encontramos con que ha perdido todo su valor o significado. A lo mejor, esto es debido a que el objeto contemplado no encierra esa cualidad elusiva, sino que nos sugiere algo diferente que permanece oculto. La mente, desconcertada, no es capaz de ver la causa de esta repentina aptitud, sorprendiéndose al no encontrar nada interesante o llamativo en el objeto que ha causado su excitación.

Esto es lo que me sucedió cuando contemplé las nubes purpúreas. Me trasmitían la grandeza y el misterio de las viejas torres monacales bajo la luz del atardecer, pero su aspecto también se asemejaba al de los acantilados del antiguo cuento de hadas. De pronto, aquella perdida imagen se abrió paso en mi imaginación, y casi creí ver, entre el velo de espuma de las olas, que ahora parecían cubiertas por una sucia capa de cristal, la horrible figura del ser con cara de mono, portando una mohosa mitra, surgiendo de aquel reino perdido en las profundidades, donde el cielo es la superficie del agua.

No vi a ninguna criatura emerger de aquel reino imaginario, pero cuando el viento cambió, rajando los cielos como un cuchillo susurrante, descubrí en la creciente oscuridad, neblinosa y acuática, un objeto gris, posiblemente un trozo de madera a la deriva, meciéndose difuso en la espuma del mar. Se hallaba a considerable distancia de mí y desapareció con gran rapidez; posiblemente, no era un trozo de madera, como había imaginado, sino alguna marsopa que había salido a la superficie. Pronto me di cuenta de que me habla demorado demasiado tiempo contemplando la tormenta que se cernía, entrelazando mis fantasías con su grandeza; comenzó a caer una lluvia helada, envolviendo con su manto de tinieblas la ya de por sí oscura playa. Me apresuré sobre la grisácea arena, sintiendo en mi espalda las frías gotas; poco después, mi ropa estaba totalmente empapada.

Eché a correr, al principio, huyendo de las gotas incoloras que caían a chorros de los invisibles cielos, pero cuando pensé que estaba demasiado lejos de cualquier refugio y que, de cualquier forma, llegaría calado a casa, aminoré el paso y comencé a caminar como si el cielo sobre mi fuera de un límpido azul. Por lo tanto, no había razón para correr, aunque esta vez no me entretuve tanto como en otras ocasiones. Las ropas empapadas y frías se pegaban a mi cuerpo y, gracias a la creciente oscuridad y al viento que soplaba sin descanso del océano, no pude reprimir un escalofrío. Aun así, y a pesar de la incomodidad que suponía andar bajo la lluvia interminable, notaba una especie de agitación en las nubes purpúreas y deshilachadas, y en las reacciones y estímulos de mi propio cuerpo. De esta forma, con una sensación de extraño placer bajo la lluvia (que ahora resbalaba por mi cuerpo, llenando mis zapatos y bolsillos), bajo aquellos siniestros, dominantes cielos que cubrían con un manto negro el eterno mar, caminé por la grisácea extensión de arena de Ellston Beach. Descubrí la achaparrada casa entre la oblicua, insistente lluvia mucho antes de lo que esperaba; los juncos de las dunas se doblaban al compás del viento, como queriendo alegrar su lejano viaje. Los elementos naturales, el cielo, el mar, no habían sido capaces de cambiar totalmente aquel paisaje tan familiar, pero el tejado de la casa parecía combarse bajo el ímpetu de la lluvia. Corrí hacia los inseguros escalones, penetrando en la húmeda habitación donde, sorprendido inconscientemente por la ausencia del viento huracanado, permanecí unos momentos de pie con el agua deslizándose por cada pulgada de mi cuerpo.

Había dos ventanas en la parte delantera de la casa, una a cada lado de la puerta, que bostezaban sobre un mar cada vez más tenebroso por la lluvia y la inminente caída de la noche. Por aquellas ventanas miraba mientras me enfundaba en ropas recias y secas, cogidas del perchero y de una abarrotada silla. Los muebles y el suelo estaban cubiertos de una fina capa de polvo que, a causa del poderoso viento, se había filtrado por las rendijas de la casa. No sabia cuánto tiempo había estado vagando sobre la arena mojada, ni qué hora podría ser, pero encontré mi reloj después de una breve búsqueda; afortunadamente, lo habla olvidado en la casa, por lo cual no se había visto afectado por la humedad que impregnaba mis ropas. Apenas fui capaz de ver el minutero en la creciente oscuridad que difuminaba todos los contornos. Mi vista penetró las tinieblas (más profundas en la casa que en el exterior) y descubrí que eran las 6:45.

La playa estaba totalmente desierta cuando llegué y, desde luego, no esperaba sorprender a nadie que aprovechase para nadar en semejante noche. Pero cuando miré de nuevo por la ventana descubrí algo que parecían ser sombras recortándose en las tinieblas húmedas de la noche. Pude contar hasta tres figuras moviéndose de una forma muy extraña, y otra, mas cerca de la casa, que se asemejaba más a un tronco de madera arrastrado por las embravecidas olas que a un hombre. Me asusté un poco, pues no sabía cuál era el motivo que había llevado a aquellas intrépidas figuras a permanecer en la playa bajo la furiosa tempestad. Se me ocurrió que posiblemente, al igual que a mí, la lluvia les había sorprendido y que, como yo, se habían entregado al placer de jugar bajo agua. Tras breves instantes, espoleado por un sentimiento de hospitalidad que superaba mi deseo de estar solo, salí a la puerta (hecho que bastó para calarme de nuevo, pues la lluvia cayó furiosa sobre mí) y desde el rellano les hice señas. No sé si se percataron de mi presencia o no entendieron lo que quise decirles, pero el caso es que no contestaron a mis señas. Se quedaron quietos en mitad de la noche, sorprendidos, como esperando que yo hiciese algo. Había un no sé qué en su actitud que me traía a la mente esa sensación críptica con la que se tintaba la casa y sus alrededores al caer el mórbido crepúsculo.

De repente se apoderó de mí un sentimiento extraño, como si de aquellos seres que permanecían inmóviles bajo la lluviosa noche en una playa desierta emanase una cualidad siniestra y amenazadora. Cerré la puerta con creciente inquietud, sintiendo un miedo angustioso que iba apoderándose poco a poco de mi, un espanto devorador que nacía de entre las sombras de mi consciencia. Un poco después, mientras miraba de nuevo por la ventana, sólo vila oscura noche que se agazapaba como una alimaña en el exterior. Confundido, un poco asustado —como la persona que duda cruzar una calle oscura a pesar de que, aparentemente, no ve nada que pueda temer—, decidí que, seguramente, no había visto nada, que la tenebrosa atmósfera me había hecho ver cosas que no eran.

El aura de soledad que envolvía todo el lugar se incrementó aquella noche; aunque, fuera de mi campo de visión, al norte de la playa, cientos de casas se erguían bajo las tinieblas húmedas, con sus amarillentas luces brillando a través de cristales empañados, como los ojos de un duende reflejándose en las cenagosas aguas de un pantano. Yo no podía verlas y tampoco podía aventurarme fuera en una noche semejante —no tenía coche, ni ningún otro medio de abandonar la apelmazada casita, a no ser caminando bajo la tenebrosa noche—, de forma que me hallaba a merced de lo que pudiera pasar, totalmente solo ante el melancólico océano que rugía, invisible, desafiante, en la niebla. La voz del mar emitía un lamento ronco, como el de un ser herido que tratara de incorporarse.

Espanté la oscuridad que crecía a mi alrededor con una lámpara de aceite —aún así, las tinieblas que entraban por las ventanas se recluyeron en los rincones, como una fiera al acecho—, y me dispuse a prepararme yo mismo la cena, ya que no tenía intención de ir a cenar al pueblo. No eran más que las nueve cuando me fui a acostar, pero me parecía increíblemente tarde. La oscuridad se había adueñado de la playa demasiado pronto, y yo no hacia mas que pensar en los acontecimientos que habían tenido lugar aquella tarde. En las tinieblas nocturnas que aguardaban fuera, algo acechaba, algo indefinido, impreciso, algo que me hacía sentir una especie de tensión, de inquietud; yo era como una bestia salvaje que esperaba cualquier movimiento del enemigo. El viento continuó aullando durante horas mientras la lluvia batía sin cesar las desgastadas paredes de la casita. En un momento de calma en el que pude oír el estruendoso rugido del mar, imaginé que las enormes y amorfas olas debían superponerse unas sobre otras bajo el melancólico rugido del viento, arrojando sobre la playa nubes de espuma y salitre. Y aun así, apenas perceptible entre los rugidos de la naturaleza desatada, pude distinguir una nota discordante, un sonido seductor, tan tenebroso e incierto como la noche. El mar siguió pronunciando su estúpido monólogo y el viento continuó refunfuñando; pero, al poco, los velos de la inconsciencia se cerraron sobre mi y, por un tiempo, la noche oceánica desapareció de mi mente dormida.

La mañana trajo consigo un sol alicaído —como el que verán los hombres, si queda alguno para contarlo, cuando la Tierra sea vieja—, un sol aún más tenue que el desdibujado cielo. Un burdo reflejo de su antiguo esplendor, Febo intentaba desgarrar las inciertas, espesas nubes mientras me levantaba; a veces brillaba con destellos de oro en la parte nordeste de la casa, otras se difuminaba hasta convertirse en un simple globo luminoso: un juguete increíble olvidado en la bóveda celeste. El agua caída —llovió durante toda la noche— había borrado los últimos restos de aquellas nubes purpúreas que me habían hecho acordarme de los acantilados de mi vieja historia de hadas. Engañoso, turbio, aquel amanecer parecía el de la mañana anterior, como si la tormenta hubiese hecho desaparecer toda una jornada, apoderándose de los cielos durante una larga y oscura tarde. Cobrando fuerza, el esquivo sol empleó todas sus energías en deshacer la bruma, pudiendo atravesar al fin la sucia capa de nubes. El día se teñía de azul y las tinieblas retrocedían, huyendo junto con la soledad que me había rodeado a un lugar desconocido y extraño donde, agazapadas, pacientes, esperarían el momento adecuado para volver.

El sol brillaba ahora con su antiguo esplendor, y de nuevo las olas volvieron a llenarse de reflejos sobre aquellas juguetonas aguas que habían lamido las costas antes de que apareciese el hombre, batiendo dichosas y despreocupadas mientras la humanidad yacía, olvidada, en el sepulcro del tiempo. Influenciado por tales sentimientos, abrí la puerta y, mientras las sombras retrocedían ante la luminosidad que entraba, descubrí que la playa estaba limpia de huellas, como si nadie, excepto yo, hubiese perturbado la suavidad de sus arenas. Con la ligereza de espíritu que sigue a un período de depresión, sentí —gratamente complacido— cómo mi cerebro se limpiaba de toda anterior desconfianza, sospecha o miedo, de la misma forma que la suciedad desaparece en el agua. En el aire flotaba un aroma salobre a hierba mojada, como el que sale de las páginas mohosas de un viejo libro, un olor dulce producido por los cálidos rayos del sol al acariciar las praderas del interior; aquel perfume actuaba sobre mis sentidos como una poción estimulante, recorría mis venas, como si tratase de comunicarme algo de su propia naturaleza impalpable, haciéndome flotar en la brisa vertiginosamente.

Y por encima de todo, el sol, un sol que acariciaba mi piel, rociándome con sus rayos como la noche anterior lo había hecho la lluvia con su agua; un sol cálido cayendo en cascadas luminosas sobre la tierra, como tratando de ocultar aquella presencia ambiental que deambulaba más allá de mi percepción, débilmente atisbada, apenas sentida, en los rincones más profundos de mi consciencia y en la visión de oscuros seres deambulando cerca de un solitario océano. Aquel sol, una bola enfebrecida y aislada en el vórtice del infinito, era como una ráfaga de agujas clavándose en mi rostro. Un cáliz burbujeante, blanco, portador de un fuego divino e incomprensible, creador de extraños espejismos. Parecía dibujar vastas regiones, tranquilas, bellas e inciertas, por donde yo podría vagar si descubriese la llave para entrar en ellas. Tales imágenes nacen de nuestra propia naturaleza interior, pues la vida física no permite abrirse a sus secretos, y sólo la intuición, nuestra capacidad para interpretar estas sensaciones, puede producirnos ese éxtasis que embota los sentidos, tantas veces negado por nuestra razón. Pero, aun así, a veces sucumbimos a su engaño, pensando haber encontrado al fin el negado fruto. Y de esta forma, la fresca dulzura del aire matinal que sigue a una opresiva oscuridad nocturna (cuya tenebrosa atmósfera me había intranquilizado más que cualquier amenaza física sobre mi cuerpo), me susurraba antiguos misterios y placeres ocultos de los que sólo es posible disfrutar en parte. El sol, el viento, el perfume que impregnaba todas las cosas, me hablaban de festividades divinas, de dioses cuyos sentidos son un millón de veces superiores a los del hombre, cuyos placeres son más sutiles y prolongados. Podría profundizar más en estas sensaciones si me atreviese a sumergirme plenamente en ellas, pero no lo hacia; el sol, un dios desnudo y celestial, desconocido, un resplandor que ciega nuestros ojos, parecía un objeto sagrado bajo la percepción de mis sentidos, nuevamente despiertos. Del inmaculado astro emergía una especie de halo ante el que todas las cosas deberían arrodillarse. El ágil leopardo en la selva frondosa se detendría sorprendido para contemplar sus ardientes rayos, y todas las cosas que se alimentan de su energía sentirían su mensaje en un día semejante. Y cuando desaparezca de los confines del Universo, la Tierra no será nada mas que una negra esfera flotando en abismos sin fondo. Aquella mañana, sintiendo bullir en mi interior el fuego de la vida, olisqueé en la atmósfera la llegada de extrañas cosas que no sabría describir.

Mientras caminaba hacia el pueblo, pensando qué aspecto tendría tras la copiosa lluvia nocturna, descubrí, entre los amarillentos velos de humedad que el sol levantaba de la tierra, un pequeño objeto parecido a una mano que reposaba a unos pasos de donde yo estaba, mecido por el constante devenir de las olas. El miedo y el asco sacudieron mi mente cuando me di cuenta de que, con toda seguridad, aquel objeto era un trozo de carne, posiblemente, tal y como había supuesto, una mano separada del resto del cuerpo. Desde luego, ningún pez tenía aquella forma; creí ver unos dedos alargados y descompuestos. Empujé aquella cosa con el pie, teniendo cuidado de tocar lo menos posible aquel repugnante objeto; pero se me pegó viscosa a la suela, asiéndose a mi zapato con las garras de la putrefacción. Apenas tenía forma, pero se parecía mucho a lo que había imaginado en principio. La arrojé de una patada a las complacientes olas, que la engulleron con una voracidad malsana.

Posiblemente debía haber dado cuenta de mi descubrimiento, pero su naturaleza era demasiado incierta como para emprender una investigación. Parecía haber sido mordisqueada por alguna monstruosidad marina y no creí que fuera lo suficientemente identificable como para evidenciar su relación con algún accidente o tragedia desconocidos. Me acordé del gran número de personas ahogadas aquel verano; también pensé en otras cosas carentes de toda base, muchas de ellas meras posibilidades. Fuese lo que fuese aquel resto putrefacto: un pez o algún trozo de animal similar a la mano del hombre, jamás he hablado de él hasta ahora. Después de todo, nada indicaba que aquella cosa no hubiese sido presa de otra cosa que la putrefacción.

Llegué a la ciudad asqueado por el recuerdo de aquel objeto reposando sobre la aparente belleza de la playa; sin embargo, no era más que una pequeña demostración de la muerte en un entorno natural en el que se mezclan belleza y corrupción. No escuché ningún rumor en Ellston acerca de que se hubiese producido recientemente algún caso de ahogamiento o accidentes en alta mar, tampoco encontré ninguna noticia en los periódicos locales, que fue lo único que leí durante mis vacaciones. Es difícil describir el estado de ánimo al que me vi sumido durante los días que siguieron. Susceptible a las emociones fuertes y mórbidas, a las angustias producidas por una sucesión de hechos extraordinarios, nacidas en las esquinas de mi cerebro, me dominaba una especie de sensación abrumadora, más cercana al asco hacia la horrible y escondida suciedad de la vida que al temor o la desesperación; en parte, esta aptitud había sido producida por mi propia sensibilidad, y en parte por la visión de aquel putrefacto objeto que antaño había sido una mano. En aquellos días, en mi mente se mezclaban un revoltijo de tenebrosos acantilados e inquietas figuras, como aquellas de mi cuento de hadas. Sentía, desesperándome por momentos, la gigantesca oscuridad de este universo abrumador para el cual mis días, y los días de los de mi raza, no significaban absolutamente nada; un universo en el que toda acción es vana, donde incluso el dolor es algo insignificante. Las horas dedicadas a recuperar mi salud, tranquilidad y armonía mental, se tomaban ahora (como si aquellos días de la primera semana estuviesen definitivamente olvidados) en pasiva indolencia, como la que adoptaría un hombre al que no le importase vivir. Un miedo letárgico y lastimoso se había apoderado de mi, sentía que algo ineludible iba a suceder, me aterraba el odio que mostraban las frías estrellas, la voracidad con que rompían las enormes olas, como queriendo engullir mis huesos: la venganza, la indiferencia, la abrumadora majestad de la noche del océano.

Algo de aquella oscuridad, de aquella inquietud del mar se había introducido en mi corazón, y yo vivía sumido en una angustia irracional, aumentada por que no conocía su origen, por la extraña, inmotivada cualidad de su vampirica existencia. Ante mis ojos se extendían las nubes púrpuras y quiméricas, aquel extraño objeto plateado, la espuma del mar, la soledad de mi lóbrega casa, la hipocresía y vanidad del pueblo veraniego. No volví a la ciudad, su estilo de vivir me parecía una parodia. Me hallaba, yo y mi alma, solo, ante el tenebroso mar, un mar que parecía odiarme cada vez más. Y por encima de todas las cosas, malévolo y corrupto, un ser de rasgos apenas humanos se erguía y acechaba, como esperando. Este bosquejo del ambiente en el que me hallaba sumergido, nunca podrá definir totalmente el verdadero horror de toda aquella soledad, una soledad que se había aposentado profundamente en mi corazón y que me insinuaba cosas horribles y desconocidas, flotando cada vez más cerca de mi. No estaba volviéndome loco; simplemente percibía con claridad las tinieblas que se extienden más allá de esta frágil existencia iluminada por un sol pasajero, tan insignificante como nosotros mismos; una sensación que pocos llegan a experimentar pero que, silo hacen, impregnará sus vidas para siempre; un conocimiento que cambia con el tiempo, como yo mismo que lucho con todas las fuerzas de mi alma, que me dice que nunca podré entender a este universo hostil, que jamás lograré retener ni un segundo de la vida que me queda. Tenía miedo de lo que me deparaba la vida, de lo que encontraría al morir, estaba lleno de un horror indescriptible, pero era incapaz de abandonar el lugar que lo producía; esperaba pacientemente mientras aquel miedo que me consumía se extendía por las inmensas regiones que se abren más allá de la consciencia.

Y de esta forma llegó el otoño, y el mar seguía quitándome a perdida tranquilidad con que en un principio me había regalado. El otoño se adueña de la playa de forma melancólica; no caen las pardas hojas ni existen los típicos signos de la estación. Sólo el mar, un mar helado e inmutable. Las aguas aún no estaban demasiado frías, pero ya no me bañaba; la cúpula celeste empezó a oscurecer, como si un enorme manto de nieve fuera a caer sobre las ígneas olas. Y yo pensaba que cuando aquello sucediese, la nieve ya no dejaría de caer nunca, seguirla y seguirla, nublando un sol blanco, amarillo y, por fin, rojo, hasta que aquel último, diminuto rubí desapareciese en la futilidad de una noche eterna.

Las antaño amigables aguas me susurraban cosas sin sentido, espiándome; no podría asegurar si era mi estado de ánimo el causante de aquellas sensaciones, o si tan sólo era un reflejo de la lóbrega atmósfera. Sobre mí, sobre la playa, había caído una sombra, como si un ave invisible —un ave de ojos penetrantes— sobrevolase por encima nuestro y no pudiéramos verla. A finales de septiembre habían cerrado todos los establecimientos de la ciudad, esos antros frívolos, donde unos seres llenos de miedos, marionetas hipócritas, habían representado sus ridículas vacaciones. Los títeres fueron empujados a otro sitio, con una sonrisa forzada o con rostros serios; en el lugar apenas quedaron un centenar de personas. De nuevo, las chillonas casas de estuco que bordeaban la costa se alzaron solitarias al viento. Según avanzaba el mes, crecía en mi interior la certeza de que algo iba a suceder: una oscura tragedia que aún no había llegado a su desenlace final. De cualquier modo prefería que aquello acabase pronto a continuar con esa sensación de angustia contenida, con aquel sentimiento de que algo monstruoso pululaba entre los recovecos del escenario enorme en el que me encontraba; con más inquietud que miedo aguardaba el día, que ya parecía cercano, en el que todo saldría a la luz. Sucedió a finales de septiembre, no sé si el 22 o el 23. Tales detalles quedaron olvidados ante la sucesión de hechos que tuvieron lugar; unos hechos que insinuaban (nada más que insinuaban) unas implicaciones nada comunes a la vida cotidiana. La angustia invadió mi espíritu, e inmediatamente supe que algo iba a suceder. Durante todo el día aguardé pacientemente la llegada de la noche, con tanta inquietud que el crepúsculo pareció desvanecerse en un revoltijo momentáneo de colores sobre las ondulantes aguas.

Ya había transcurrido bastante tiempo desde que la espantosa tormenta arrojara una sombra sobre la playa y había decidido, después de breves dudas, dejar Ellston antes de que la atmósfera se enfriase demasiado, seguro ya de no poder recobrar mi anterior tranquilidad. Nada más recibir un telegrama (que había estado retenido durante dos días en las oficinas de la Western Union, hasta que pude ser localizado) en el que se me comunicaba que mi diseño había sido aceptado, fijé la fecha definitiva de mi partida. Esta noticia, que a principio de año me habría causado un gran impacto, no hizo más que aligerar un poco mi apatía. Se me antojaba ridícula en el ambiente de irrealidad en el que me movía; era como si el telegrama estuviese dirigido a otra persona que no conocía y yo lo hubiese recibido por error. Aunque aquél no fue el único motivo, sí hizo que se reafirmasen mis planes de dejar definitivamente la casa de la playa.

Sólo quedaban cuatro noches para mi partida cuando tuvo lugar el desenlace que tanto había esperado, un desenlace que no implicó ninguna amenaza visible, sino más bien una serie de acontecimientos que bien podrían explicarse como producto del tenebroso escenario. La noche había caído sobre Ellston y un montón de platos sucios en el fregadero daban testimonio de mi cena y de las pocas ganas que tenía de trabajar. La playa se iba oscureciendo cuando me senté ante la ventana que miraba al mar con un cigarrillo en la boca; un manto de negrura se extendía gradualmente por el cielo, haciendo brillar más una luna colgante. El apacible mar rompía en la reluciente arena; la ausencia exterior de árboles, figuras o seres vivos y la magnitud de aquella orgullosa luna, hicieron que me diera cuenta de la vastedad que me rodeaba. Sólo unas cuantas estrellas diminutas brillaban en el cielo nocturno, acrecentando la grandeza de la órbita lunar y la magnitud de las inquietas, ondulantes aguas.

Permanecí en el interior de la casa, sin ganas de pasear por la playa en una noche tan informe, escuchando extraños secretos de un increíble saber. Nacido de un viento invisible, sentía el soplo de una vida palpitante y extraña: la personificación de todo lo que habla preconcebido, de todas mis suposiciones, pululando en los abismos del cielo o bajo las mudas olas. En aquel lugar, mis sensaciones adoptaban una cualidad de sueño, horrible, antiguo, difícil de describir; como alguien que está cerca de una persona dormida a la que no quiere despertar, me asomé a la ventana, sosteniendo en las manos el cigarrillo medio consumido, y contemplé la luna que se elevaba. Poco a poco la atmósfera fue iluminándose con la luz que emanaba de la luna, y cada vez me sentía más angustiado ante la espera de algo que sabía iba a suceder. Las sombras se replegaban sobre la playa, y sentí que todos mis sentidos estarían fijos en ellas cuando ese algo se hiciese visible. Aún quedaban lugares cubiertos de negras y tenebrosas sombras; masas de oscuridad reptando bajo los rayos brillantes y crueles. La infinita belleza de la luna —que ahora se me antojaba un planeta muerto y tan frío como las sepulturas inhumanas que salpican su superficie entre un caos de ruina y destrucción por la sucesión de polvorientos siglos inmensamente más antiguos que la era del hombre— y el mar, que se agitaba con los vestigios de una vida anterior, me hicieron frente con una terrible determinación. Me levanté y cerré la ventana, intentando callar momentáneamente el flujo imparable que adoptaban mis pensamientos.

Ningún sonido llegó hasta mí mientras permanecía ante las contraventanas cerradas. Los minutos y las horas se diluían en un todo. Aguardaba, con el corazón en vilo, ante el escenario inmutable que se extendía delante mí, a que aquello, fuese lo que fuese, se manifestase. Había colocado la lámpara sobre un cajón, en la parte oeste de la casa, pero la luz de la luna era más fuerte y sus azulados rayos invadían los rincones que la lámpara no alcanzaba a iluminar. El antiguo resplandor del silencioso planeta se desparramaba sobre la playa como lo había venido haciendo desde incontables eones; yo esperaba, con creciente inquietud, el desenlace de los acontecimientos, temeroso de su incierto final.

En el exterior de la pequeña casita, una luminosidad blanca dibujaba seres vagos, sombras irreales que parecían burlarse de mí, y unas voces apenas audibles se mofaban de mi atenta vigilancia. Se sucedieron interminables minutos de espera, como si el péndulo del Tiempo se hubiese detenido. Y seguía sin ocurrir nada extraño; las sombras acotadas por la luna eran poco profundas y no podían esconder nada a mis ojos. La noche permanecía muda —cosa que intuía, ya que te nía las ventanas cerradas—— y un manto de estrellas colgaba espectral del ominoso cielo. Ninguna señal, ningún sonido explicaba mi estado de ánimo, el terror que sentía mi atormentado cerebro dentro de un cuerpo incapaz de romper el silencio, a pesar de la angustia. Como esperando la muerte, seguro de que nada haría ahuyentar el peligro interior con el que me enfrentaba, me estremecí con el cigarrillo olvidado en mi mano. Un mundo silencioso se extendía más allá de las sucias y baratas ventanas, y en una esquina de la habitación, un par de viejos remos, que estaban allí antes de mi llegada, eran mudos testigos de mi vigilia. La lámpara continuaba ardiendo, desparramando una luz tenue y enfermiza. De vez en cuando, para distraerme, miraba hacia ella y veía cientos de burbujas que aparecían y desaparecían en el depósito de petróleo. De pronto, la mecha dejó de arder. Y me vino a la mente la completa seguridad de que la noche, ahí fuera, no era cálida ni fría, sino extrañamente neutra, como si estuviesen suspendidas todas las fuerzas físicas y rotas las leyes de la existencia.

Y entonces, con un chapoteo sordo, aterrador, un ser marino emergió más allá de la serpiente de las olas. Su forma se asemejaba a la de un perro, pero también podría ser la de un hombre o la de algo aún más extraño. No pareció verme —-o no le importó—; nadó como un pez bajo la luz de las estrellas hasta que se sumergió de nuevo en las aguas. Al poco volvió a aparecer y, al estar más cerca, descubrí que llevaba algo en los hombros. También me di cuenta de que no podía tratarse de un animal, sino que era un hombre o algo parecido. Pero nadaba con una facilidad espantosa. Mientras miraba, impasivo y aterrado, con la aptitud del que espera la muerte y sabe que no puede hacer nada por evitarla, el nadador se acercó a la costa; pero todavía estaba muy lejos, hacia el sur, como para descubrir sus verdaderas facciones. Encorvado, con jirones de niebla colgando de su cuerpo, caminó ágilmente hasta desaparecer entre las dunas de la playa.

Me invadió una oleada de repentino pavor. Temblaba como sacudido por el viento, aunque la atmósfera de la habitación, cuyas ventanas ya no me atrevía a abrir, era sofocante. Pensé qué horrible sería que algo pudiese entrar por la ventana desde el exterior. Ya no podía ver aquel ser y empecé a sentir que deambulaba por los alrededores o me espiaba desde una ventana sin vigilar. Mis ojos angustiados se pasearon por todos y cada uno de los cristales, esperando tropezarme con la horrible mirada de ese ser desconocido. Pero aunque estuve horas y horas aguardando, ya no vi a nadie más vagabundeando por la playa. De este modo fue pasando la noche, y con ella se fue difuminando la posibilidad de que aquel extraño ser — surgido del mar como un brebaje maligno del caldero— realmente hubiese vagabundeado por la playa en un momento de intranquilidad, trayendo consigo de las aguas aquel desconocido bulto. Como las estrellas que prometen la visión de recuerdos terribles y gloriosos, incitándonos a adorarías para luego revelarnos sus secretos, había estado terriblemente cerca de los antiguos secretos que rondan la mente humana, acechando cautelosamente al borde de lo desconocido. Pero al final no descubrí nada.

Sólo había podido contemplar un breve atisbo del furtivo ser (oscurecido por los velos de la ignorancia). No podía imaginar el poder tan grande que se había mostrado a escasa distancia de donde yo estaba en la neblinosa imagen de aquel nadador vagabundeando por la playa. No logro suponer qué podría haber pasado si el brebaje hubiese sobrepasado los bordes del caldero, derramándose en una cascada de revelaciones. La noche del océano retuvo el nivel del recipiente. Es lo único que puedo decir. Aún ahora, desconozco por qué el océano me fascina tanto. Pero tal vez nadie sea capaz de explicar los hechos; se oponen por naturaleza a cualquier interpretación. Existen hombres inteligentes que aborrecen el mar, las ondulantes olas rompiendo en playas de arena amarilla; y aseguran que los que amamos los misterios de sus profundidades somos gentes extrañas. Pero aun así, siento una obsesión inexplicable por los encantos del océano. En la melancolía de la espuma teñida de plata por los rayos de la luna; en las olas sombrías, silenciosas, eternas, que baten desnudas arenas; en toda esa soledad solamente quebrada por la aparición de desconocidas existencias que afloran de abismos tenebrosos. Y cuando observo las terribles olas que arremeten con interminable poder, siento una fascinación cercana al miedo, y me rindo a los encantos de su grandeza antes que al odio por sus ondulantes aguas y su arrebatadora belleza.

Vasto y desolado es el océano, y se ha dicho que todas las cosas que un día salieron de él volverán tarde o temprano a su seno. Nadie caminará por la superficie de la tierra cuando transcurran los ciclos del Tiempo; sólo las aguas eternas continuarán agitándose bajo la noche. Seguirán desparramando nubes de espuma sobre tenebrosas playas, y nadie observará, en un mundo muerto y frío, la luz enfebrecida de la luna, iluminando ondulantes costas de granulada arena. En la orilla, la espuma de las olas acariciará los huesos de las muertas existencias que un día poblaron sus aguas. Inmóviles, silentes caparazones golpeados por el batir del mar: su precaria vida hace tiempo terminada. Todo será negro entonces, incluso la blanca luna dejará de enviar reflejos sobre las aguas. No habrá nada, ni por encima ni por debajo de las tenebrosas aguas. Y en ese último ciclo, cuando todas las cosas hayan desaparecido, el mar seguirá batiendo y agitándose bajo la negra noche.

La novia del espectro. William Ainsworth (1805-1882)

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija.

El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol.

Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños.

Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada.

Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño.

Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar.

Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador.

Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales.

Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores.

Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue.

Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto.

Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo.

Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación.

—Cuando partiste —exclamó la niña alborozada—, pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?

—Contentos —replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo—, podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima —continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo—. Es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo.

—Es dulce, por cierto —replicó Clotilda—, pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: «Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!» Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión.

—No hables de ese modo —contestó el extraño—, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí.

—Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga.

Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante.

—Es la hora del crepúsculo —exclamó—, la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?

—No, no nos separaremos —replicó la apasionada niña—. Donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios.

—Promételo, promételo —volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano—; promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré.

Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado:

—Que las maldiciones de un Dios ofendido —gritó— te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!.

Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante.

—Los espíritus de los condenados te agradecen por tu ayuda —gritó el extraño—. He cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial.

Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido.

Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante.

Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación.

Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación.

La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche.

De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, Clotilda.

Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente:

—Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo.

—¿Mañana? —vaciló la niña distraída.

—Los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado.

La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia.

La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño.

—¡Por qué!

—Está bien, mi novia —exclamó con una risa sardónica—, y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme.

Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo:

—Solamente una hora más y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser —prosiguió— como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima.

Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda.

Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa.

El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada.

El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente:

—Novia del espectro de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada.

Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación.

Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos.

El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza:

—No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?

Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo:

—¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue.