miércoles, 6 de julio de 2016

La piel de humo. Angélica de Icaza.

Con esta ortografía de palabras insomnes
desde la piel te escribo
en el desorden

Desde la boca que inventó tu boca
lanzo señales de humo
para alcanzar tu oído que dormita
el lenguaje nocturno de la almohada

Te estoy hablando desde la piel del humo
el humo que me estalla en los pulmones
el grito
el vaso de jerez que se derrama

Escribo desde las cicatrices de mi historia
rodeada de fantasmas prescindibles
los símbolos/los nombres
la distancia precisa con los mitos

Te estoy hablando desde la piel desnuda
desde la piel del humo
desde la piel
te escribo.

El duelo. Angélica de Icaza.

Callar, callar ahora
el silencio tiene un espacio en nuestra lengua
deja que al paso de la noche
permanezca con los labios abiertos en tu espalda
mientras mis dedos se alargan al tocarte
ternura nueva

Busco tus huecos
me deslizo en tus grietas
toco fondo / me impulso
humedezco los labios para hablarte
es inútil / es silencio
es tan pronto tan largo este deseo

Tu piel escucha el lenguaje cifrado de mis dedos
mi piel responde
erizada / uniforme
mi cuerpo humedecido / transparente
derramando los muslos por los bordes
rebasando los bordes con los muslos

Callar, callar ahora
que al paso de la noche
terminaremos juntos este duelo.

Desvaríos. Ángeles Mastretta.

Entre nosotros crece la ropa en las mañanas
se atraviesan mil veces los oficios
nos mueven los deberes
el futuro
las cosas.

Por si no fuera mucho alguien propone la medida
para que no te vayas
?dicen?
es necesario el regateo.
Pero tus manos son mi tiempo
y no quiero jugar a detener la boca y los abrazos.
Te irás más tarde
¿dicen?
si encuentro la mesura
pero deseo tu cuerpo y este día
este preciso cielo
la película de hoy
la cama próxima
tu sudor y tu piel ahora en la tarde.

No voy a retener mis frases ni mi aliento
no me quiero tragar ni un poco de silencio
ni uno solo de los consentimientos.

¿Por qué la luz a medias?
¿Para que no te vayas cuando te irás?
Nunca se mete el sol antes de tiempo
y se pone lo mismo en días nublados.
Yo quiero tu cobija hasta que quieras
te doy mientras
mis ansias, mis costumbres,
mis ruidos, mi placer, mi desmesura,
así no sentiré cuando te marches.

Y ese sonido. Angela Leite de Souza.

Y ese sonido que poco a poco
a se apodera
de toda la ciudad
¿es acaso quimera
o fiera de verdad?
Es un convoy de vagones
que con su chillido corre
y en cada triste grito
el pasado llega.
Pasa el pasado
y descompasado
algún corazón
brincotea con el pito.

Mi deseo... Angela Leite de Souza.

Mi deseo
ahora:
no tener ningún deseo
o mejor,
sentir gula
del canto de un gallo
fuera de hora
sólo por el gusto
de despertar
en este pecho ajado
alguna aurora.

Aquí va la encomienda. Angela Leite de Souza.

Aquí va la encomienda
hace tiempo prometida.
No va certificada,
prefiero la garantía
de este sello
que pego con celo
y saliva.

Destapa la caja
a la manera bien minera:
Minas jamás se entrega
la primera.

¿Ves las cortinas
de vagones en fila?
¿Las colinas diamantinas?
¿Las lamparillas
y las hondas vasijas?
¿De los pez-puercos, la pantomima?
¿Y esas finas chiquillas
opalinas?

Entonces tienes Minas.

Treinta indulgencias... Angela Leite de Souza.

Treinta indulgencias
cien jaculatorias.
Tantas penitencias
padres -nuestros y glorias
novenas patenas sotanas
y credos y cruces y salves
en las capillas de las grandes grutas
entre los oros de las matrices...
Pero Dios, el Verbo en persona,
¿resuena en la voz de las campanas?
Y las almas, ¿se sienten felices?

Me hundo. Angela Leite de Souza.

Me hundo en estos pedazos
me pierdo en tantos trabajos
lavar blanquear almidonar
tejer cortar y coser
descascarar sofreír escaldar...

Ay, vida en filamentos
labora de brasa y pan de maíz
faena agridulce
a fuego lento.

Ay, si el tiempo fuese
llave goteando
verja que abriese
hacia el futuro.

Pero todo es cerrojo
y tizne oscuro.

Alguien recuerda cómo... Angela Leite de Souza.

¿Alguien recuerda cómo se llamaba
la enredadera que se asomaba
por el hombro de la cerca
vigilando la calle
con fragancia de miel y de dulces
memorias?
Nadie olvida
la casa de la infancia
siempre clara y alta
y lo bastante amplia para todas
las historias.
Pero entre olvidos y remembranzas
¿quién recordará
la magia sencilla
de un buzón de correo?
Viejo hueco del muro
olor a humedad
ladrillo y misterio.
Arena por los lados
donde arañas tejen
y hormigas pasean
infinitamente ajenas
a la otra realidad:
este cofre que cada día
se llena y se vacía
de su propio secreto.

Perdí el tren. Angela Leite de Souza.

Perdí el tren
y el miedo
de perder.

Perdí el tren
y el miedo
de perder
trenes.

Perdí el tren
y el miedo
de perderte

Perdí el tren
y el miedo
de perderte,
¡tren!

Perdí el tren
por miedo
de perderte.

Dame el cuchillo. Angela Leite de Souza.

-Dame el cuchillo.
-Pásame el tazón.
-¿Me alcanzas la sopera?
La mesa
eternamente
puesta
para la posible
visita.
El espíritu minero
el arranque hospitalario
imposible
desde el pasado
fijo me mira.

Al pasar otra hoja. Angela Leite de Souza.

Al pasar otra hoja
de oraciones marianas
un día nuevo comienza
con promesas
cargadas de energía...
En el cielo, tronada.
En el piso, calzada.
En el cuarto, Donana,
con el alma vacía.
Volviendo a pasar
hojas cansadas
de un viejo misal
donde flores del mal
quedaron escondidas.
Pétalos de la Nada.
Rosa profanada.
Vida encontrada
y perdida.

La antigualla de Sevilla. Ángel María Saavedra, Conde de Rivas (1791-1865)

Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.


Romance primero

EL CANDIL


Más ha de quinientos años,
en una torcida calle,
que, de Sevilla en el centro,
da paso a otras principales,

cerca de la media noche,
cuando la ciudad más grande
es de un grande cementerio
en silencio y paz imagen,

de dos desnudas espadas
que trababan un combate,
turbó el repentino encuentro
las tinieblas impalpables.

El crujir de los aceros
sonó por breves instantes,
lanzando azules centellas,
meteoro de desastres.

Y al gemido : ?¡ Dios me valga!?
?¡Muerto soy!? y al golpe grave
de un cuerpo que a tierra, vino,
el silencio y paz renacen.


Al punto una ventanilla
de un pobre casuco abren,
y de tendones y huesos,
sin jugo, como sin carne,

una mano y brazo asoman,
que sostienen por el aire
un candil, cuyas destellos
dan luz súbita a la calle.

En pos un rostro aparece
de gomia o bruja espantable,
a que otra marchita mano
o cubre o da sombra en parte.

Ser dijérase la muerte
que salía a apoderarse
de aquella víctima humana
que acababan de inmolarle,

o de la, eterna justicia,
de cuyas miradas nadie
consigue ocultar un crimen,
el testigo formidable,

pues a la llama mezquina,
con el ambiente ondeante,
que dando luz roja al muro
dibujaba desiguales

los tejados y azoteas
sobre el obscuro celaje,
dando fantásticas formas
a esquinas y bocacalles,

se vio en medio del arroyo,
cubierto de lodo y sangre,
el negro bulto tendido
de un traspasado cadáver.

Y de pie a su frente un hombre,
vestido negro ropaje,
con una espada en la mano,
roja hasta los gavilanes.

El cual en el mismo punto,
sorprendido de encontrarse
bañada de luz, esconde
la faz en su embozo, y parte,

aunque no como el culpado
que se fuga por salvarse,
sino como el que inocente
mueve tranquilo el pie y grave.


Al andar, sus choquezuelas
formaban ruido notable,
como el que forman los dados
al confundirse y mezclarse.

Rumor de poca importancia
en la escena lamentable,
mas de tan mágico efecto,
y de un influjo tan grande

en la vieja, que asomaba
el rostro y luz a la calle,
que, cual si oyera el silbido
de venenosa ceraste,

o crujir las negras alas
del precipitado arcángel,
grita en espantoso aullido,
?¡Virgen de los Reyes, valme!?

Suelta el candil, que en las piedras
se apaga y aceite esparce,
y cerrando la ventana
de un golpe, que la deshace,

bajo su mísero lecho
corre a tientas a ocultarse,
tan acongojada y yerta,
que apenas sus pulsos laten,

por sorda y ciega haber sido
aquellos breves instantes,
la mitad diera gustosa
de sus días miserables,

y hubiera dado los días
de amor y dulces afanes
de su juventud, y dado
las caricias de sus padres,

Los encantos de la cuna,
y... en fin, hasta lo que nadie
enajena, la esperanza,
bien solo de los mortales:

Pues lo que ha visto la abruma,
Y la. aterra lo que sabe,
Que hay vistas que son peligros
Y aciertos que muerte valen.


Romance segundo

EL JUEZ

Las cuatro esferas doradas,
que ensartadas en un perno,
obra colosal de moros
con resaltos y letreros,

de la torre de Sevilla
eran remate soberbio,
do el gallardo Giraldillo
hoy marea el mudable viento

(esferas que pocos años
después derrumbó en el suelo
un terremoto) brillaban
del sol matutino al fuego,

cuando en una sala estrecha
del antiguo Alcázar regio,
que entonces reedificaban
tal cual hoy mismo lo vemos,

en un sillón de respaldo
sentado está el Rey Don Pedro,
joven de gallardo talle,
mas de semblante severo.

A reverente distancia,
una rodilla en el suelo,
vestido de negra toga,
blanca barba, albo cabello,

y con la vara de Alcalde
rendida. al poder supremo,
Martín Fernández Cerón
era emblema del respeto.

Y estas palabras de entrambos
recogió el dorado techo,
y la tradición guardólas
para que hoy suenen de nuevo:

R.? ¿Conque en medio de Sevilla
amaneció un hombre muerto,
y no venís a decirme
que está ya el matador preso?

A.? Señor, desde antes del alba,
en que el cadáver sangriento
recogí, varias pesquisas
inútilmente se han hecho.

R.? Más pronta justicia, alcalde,
ha de haber donde yo reino,
y a sus vigilantes ojos
nada ha de estar encubierto,

A.? Tal vez, señor, los judíos,
tal vez los moros, sospecho...
R ? ¿Y os vais tras de las sospechas
cuando hay un testigo, y bueno?

"¿No me habéis, Alcalde, dicho,
que un candil se halló en el suelo
cerca del cadáver?... Basta,
que el candil os diga el reo.?

A.? Un candil no tiene lengua.
R,? Pero tiénela su dueño.
y a moverla se le obliga
con las cuerdas del tormento.

"Y ¡vive Dios! que esta noche
ha de estar en aquel puesto
o vuestra cabeza,, Alcalde,
o la cabeza del reo.


El Rey, temblando de ira,
del sillón se alzó de presto,
y el juez alzóse de tierra
temblando también de miedo.

Y haciendo una reverencia,
y otra después, y otra luego,
salióse a ahorcar a Sevilla,
para salvarse, resuelto.

Síguele el Rey con los ojos,
que estuvieran en su puesto
de un basilisco en la frente,
según eran de siniestros;

y de satánica risa,
dando la expresión al gesto,
salió detrás del Alcalde
a pasos largos y lentos.

Por el corredor estuvo
en las alcándaras, viendo
azores y jerifaltes,
y dándoles agua y cebo.

Y con uno sobre el puño
salió a dirigir él mesmo
las obras de aquel palacio,
en que muestra gran empeño.

Y vio poner las portadas
de cincelados maderos,
y él mismo dictó las letras
que aun hoy notamos en ellos.

Después habló largo rato,
a solas y con secreto,
a un su privado, Juan Diente,
diestrísimo ballestero,

señalándole un retrato,
busto de piedra mal hecho,
que con corta semejanza
labró un peregrino griego.


Fue a Triana, vió las naves
y marítimos aprestos;
de Santa Ana entró en la iglesia
y oró brevísimo tiempo;

comió en la Torre de1 Oro,
a las tablas jugó luego
con Martín Gil de Alburquerque;
a caballo dio un paseo.

Y cuando el sol descendía,
dejando esmaltado el cielo
de rosa, morado y oro,
con nubes de grana y fuego,

tornó al Alcázar, vistióse
sayo pardo, manto negro,
tomó un birrete sin plumas
y un estoque de Toledo,

y bajando a 1os jardines
por un postigo secreto,
do Juan Diente le esperaba
entre murtas encubierto,

salió solo, y esto dijo
con recato al ballestero:
"Antes de la media noche
todo esté cual dicho tengo."

Cerró el postigo por fuera,
y en el laberinto ciego
de las calles de Sevilla
desapareció entre el pueblo.


Romance tercero

LA CABEZA


Al tiempo que en el ocaso
su eterna llama sepulta
el sol, y tierras y cielos
con negras sombras se enlutan.

De la cárcel de Sevilla,
en una bóveda obscura,
que una lámpara de cobre
más bien asombra que alumbra,

pasaba una extraña escena,
de aquellas que nos angustian
si en horrenda pesadilla
el sueño nos la dibuja.

Pues no semejaba cosa
de este mundo, aunque se usan
en él cosas harto horrendas,
de que he presenciado muchas,

sino cosa del infierno,
funesta y maligna junta
de espectros y de vampiros,
festín horrible de furias.

En un sillón, sobre gradas,
se ve en negras vestiduras
al buen Alcalde Cerón,
ceño grave, faz adusta.

A su lado, en un bufete
que más parece una tumba,
prepara un viejo Notario
sus pergaminos y plumas.

Y de aquella estancia en medio,
de tablas con sangre sucias,
se ve un lecho, y sus cortinas
son cuerdas, garfios, garruchas.

En torno de él dos verdugos
de imbécil facha y robusta,
de un saco de cuero aprestan
hierros de infaustas figuras.

Sepulcral silencio reina,
pues solamente se escucha
el chispeo de la llama
En la lámpara que ahuma

la bóveda, y de los hierros
que los verdugos rebuscan,
el metálico sonido
con que se apartan y juntan.


Pronto del severo Alcalde
la voz sepulcral retumba
diciendo : "Venga el testigo
que ha de sufrir la tortura."

Se abrió al instante una puerta,
por la que sale confusa
algazara, ayes profundos
y gemidos que espeluznan.

Y luego entre los sayones,
esbirros y vil gentuza,
de ademanes descompuestos
y de feroz catadura,

una vieja miserable,
de ropa y carne desnuda,
como un cuerpo que las hienas
sacan de la sepultura,

pues sólo se ve que vive
porque flacamente lucha
con desmayados esfuerzos,
porque gime y porque suda.

Arrástranla los sayones;
la confortan y la ayudan
dos religiosos franciscos,
caladas sendas capuchas,

y la algazara y estruendo,
con que satánica turba
lleva un precito a las llamas,
por la bóveda retumba.


Un negro bulto en silencio
también entra en la confusa
escena, y sin ser notado
tras de un pi1arón se oculta.

"Ven?, grita un tosco verdugo
con una risada aguda
?ven a casarte conmigo,
hecha está 1a cama, bruja."

Otro, asiéndole los brazos
con una mano más dura
que unas tenazas, le dice:
"No volarás hoy a obscuras."

Y otro, atándole las piernas:
"¿Y el bote con que te untas??
Sobre la escoba a caballo
no has de hacer más de las tuyas."

Estos chistes semejaban
los aullidos con que aguzan
la hambre los lobos, al grito
de los cuervos que barruntan

los ya corrompidos restos
de una víctima insepulta;
la mofa con que los cafres
a su prisionero insultan.


Tienden en el triste lecho,
ya casi casi difunta
a la infelice; la enlazan
con ásperas ligaduras,

y de hierro un aparato
a su diestra mano ajustan,
que al impulso más pequeño
martirio espantoso anuncia.

Dice un sayón al alcalde:
"Ya está en jaula la lechuza,
y si aun a cantar se niega,
yo haré que cante o que cruja.?

Silencio el Alcalde impone;
quédase todo en profunda
quietud, y sólo gemidos
casi apagados se escuehan.

?Mujer?, prorrumpe Cerón,
?mujer, si vivir procuras,
declárame cuanto viste,
y te dará Dios ayuda.?

?Nada vi, nada?, responde
la infeliz: ?por Santa Justa
juro que estaba, durmiendo;
no vi ni oí cosa alguna.?

Replicó el juez: "Desdichada,
piensa, piensa lo que juras",
y tomando de las manos
del notario que le ayuda

un candil, "Mira?, prosigue,
?esta prenda que te acusa.
Di quién la tiró a la calle,
pues confesaste ser tuya."

La mísera se estremece,
trémula toda y convulsa,
y respondió desmayada:
"El demonio fué, sin duda."

Y tras de una, breve pausa :
"Soy ciega, soy sorda, y muda.
Matadme, pues 1o repito:
ni vi ni oí cosa alguna."

El juez, entonces de mármol,
con la vara al lecho apunta,
ase una cuerda el verdugo,
rechina allá una garrucha:

la mano de la infelice
se disloca y descoyunta,
y al chasquido de los huesos
un alarido se junta.

"¡Piedad, que voy a decirlo!"
grita con voz moribunda
la víctima, y al momento
suspéndese la tortura.

"Declara", el juez dice ; y ella,
Cobrando un vigor que asusta,
Prorrumpe: "El Rey fue...", y su lengua
en la garganta se anuda.

Juez, escribano, verdugos,
todos con la faz difunta,
oyen tal nombre temblando,
y queda la estancia muda.


En esto, el desconocido,
que, tras el pilar se oculta,
hacia el potro del tormento
el firme paso apresura,

haciendo sus choquezuelas,
canillas y coyunturas,
el ruido que los dados
cuando se chocan y juntan.

Rumor que al punto conoce
la infeliz, y se espeluzna,
y repite : "El Rey; sus huesos
así sonaron, no hay duda."

Al punto se desemboza
y la faz descubre adusta,
y los ojos como brasas
aquel personaje, a cuya

presencia, hincan la rodilla
cuantos la bóveda ocupan,
pues al Rey Don Pedro todos
conocen, y se atribulan.

Este saca de su seno
una bolsa, do relumbran
cien monedas de oro, y dice:
"Toma y socórrete, bruja.

"Has dicho verdad, y sabe
que el que a la justicia oculta
la verdad es reo de muerte
y cómplice de la culpa.

"Pero, pues tú la dijiste,
ve en paz ; el cielo te escuda.
yo soy, sí, quien mató al hombre,
mas Dios sólo a mí me juzga.

"Pero por que satisfecha
quede la justicia, augusta,
ya la cabeza del reo
allí escarmientos pronuncia."

Y era así; ya colocada
estaba la imagen suya
en la esquina do la muerte
dió a un hombre su espada aguda.

Del Candilejo? la calle
desde entonces se intuía,
y el busto del rey Don Pedro
aun allí está y nos asusta.

El faro de Malta. Ángel María Saavedra, Conde de Rivas (1791-1865)

Envuelve al mundo extenso triste noche,
ronco huracán y borrascosas nubes
confunden y tinieblas impalpables
el cielo, el mar, la tierra:

Y tú invisible te alzas, en tu frente
ostentando de fuego una corona,
cual rey del caos, que refleja y arde
con luz de paz y vida.

En vano ronco el mar alza sus montes
y revienta a tus pies, do rebramante
creciendo en blanca espuma, esconde y borra
el abrigo del puesto:

Tú, con lengua de fuego, aquí está, dices,
sin voz hablando al timido piloto,
que como a un numen bienhechor te adora,
y en ti los ojos clava.

Tiende apacible noche el manto rico,
que céfiro amoroso desenrolla,
recamado de estrellas y luceros;
por él rueda la luna.

Y entonces tú, de niebla vaporosa
vestido, dejas ver en fórmulas vagas
tu cuerpo colosal, y tu diadema
arde al par de los astros.

Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
rocas aleves, áridos escollos;
falso señuelo son, lejanas lumbres
engañan a las naves.

Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca;
tú, cuya innoble posición indica
el trono de un monarca, eres su norte,
les adviertes su engaño.

Así de la razón arde la antorcha,
en medio del furor de las pasiones
o de aleves halagos de fortuna,
a los ojos del alma.

Desque refugio de la airada suerte
en esta escasa sierra que presides,
y grato albergue el cielo bondoso
me concedió propicio,

ni una voz solo a mis pesares busco
dulce olvido del dueño entre los brazos,
sin saludarte, y sin tornar los ojos
a tu espléndida frente.

¡Cuantos, ay, desde el seno de los mares
al par los tomarán!...Tras larga ausencia
unos, que vuelven a su patria amada,
a sus hijos y esposa.

otros, prófugos, pobres, perseguidos,
que asilo buscan, cual busqué, lejano,
y a quienes que lo hallaron tu luz dice
hospitalaria estrella.

Arde, y sirve de norte a los bajeles
que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
me traen nuevas amargas y renglones
con lágrimas escritos.

Cuando la vez primera deslumbraste
mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
destrozado y hundido en amargura,
palpitó venturoso!

Del Lacio moribundo de las riberas
huyendo inhospitables, contrastado
del viento y mar entre ásperos bajíos,
vi tu lumbre divina.

Viéronla como yo los marineros
y, olvidando los votos y plegarias
que en las sordas tinieblas se perdían,
Malta!!! Malta!!!, gritaron;

y fuiste a nuestros ojos la aureola
que orla la frente de la santa imagen
en quien busca afanoso peregrino
la salud y el consuelo.


Jamás te olvidaré, jamás...Tan solo
trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
la benéfica llama.

Por la llama y los fúlgidos destellos
que lanza, reflejando al sol naciente,
el arcángel dorado que corona
de Córdoba la torre.

Con once heridas mortales. Ángel María Saavedra, Conde de Rivas (1791-1865)

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,

manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,

casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

"Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

"Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

"Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma.