domingo, 21 de agosto de 2016

El espectro de la bailarina. G.

Eran extraños pero hermosos, de un color rojo y estaban solos y abandonados. Debía llevárselos antes de que alguien los tomara. Los podía ver de cerca, delicados y preciosos como ella, como Abie Taylor.

Estaban solos en la orilla de la acera, frente a un edificio abandonado que se notaba que se había incendiado. Los tomó aunque sentía un presentimiento extraño, pero sentía que debía tomarlos, los recogió del piso, podía sentir su textura, de una suave capa color rojo.

Miró a todos lados, nadie la observaba, los guardó en su mochila y se puso en marcha, algo la tomó por el brazo, cuando giró una mujer la sostenía, su brazo tenía quemaduras, le dio pavor y asco a la joven.

-No tome esos zapatos, están malditos.- comenzó a gritar como loca la extraña mujer, Abie soltó el brazo de la mujer y corrió a la parada de autobuses, pero esa mujer seguía gritando le daba miedo.

-Quémalos, están malditos…-el autobús llego subió rápidamente, mirando el rostro de esa mujer que parecía faltarle una tuerca.

Los zapatos eran hermosos, delicados como un cisne y preciosos como el baile de ballet, había soñado con eso, danzar como una bella ave, delicada como una garza, preciosa como un cisne y deslumbrante como un pavorreal, sus movimientos eran precisos y elegantes o era lo que Ivy le decía, Ivy McKane, era su compañera de habitación en un antiguo pero sólido edificio, su compañera era una chica solitaria, no le importaba quien entraba ni quien salía, solamente si ella seguía viva, estudiaba en la misma universidad que ella, tal vez terminaría su doctorado en un par de años, le recomendaron un hospital MERSY WEST, era su nombre, pero planeaba poner su propio consultorio, trabajaba en una cafetería, el autobús se paro en un letrero, era de igual manera donde Abie bajaría, frente estaba su edificio, pago el pasaje un dólar, bajo del camión, había pocos pasajeros, perecían callados y serios, el conductor era un hombre gordo, apenas cabía en el asiento, su uniforme de camisa celeste parecía que estallaría como un globo, miro como el autobús se perdía en su perspectiva, alejándose a su próximo destino.-

Subió las escaleras, el elevador no serbia, estaba fuera de servicio o al menos era lo que decía el letrero, se escuchaban algunos gemidos y gritos, era un lugar de trabajo para las prostitutas, la pintura de las paredes se estaba cayendo, las escaleras crujían, los números dorados de las puertas se caían, en fin, el edificio se deterioraba y el dueño no hacía nada, algunos drogadictos, vagos y delincuentes dormían gratis en el lugar, debía estar alerta por si algo pasaba en ese lugar, abrió la puerta, ahí estaba Ivy mirando el televisor, la pantalla se encontrar apagada, veía hacia la nada, sola con sus pensamientos, siempre llegaba antes que ella al departamento, tal vez porque Ivy no se distraía con lo que veía, e iba directo al apartamento, muchas veces era callada, pero era su amiga, su única verdadera amiga, que escuchaba sus problemas y no la criticaba por su malas acciones, se sentó frente a ella, saco de su mochila los zapatos rojos, deslumbraron ante la mirada de las dos, se quedaron perplejas ante tal belleza.

-¿De dónde sacaste eso?- dijo Ivy al verlos en las manos de su amiga.-Son preciosos.-

-Los he encontrado en un viejo edificio quemado, era una escuela de danza, una vieja loca…- dijo deteniéndose en esa frase.-

-¿Una mujer loca qué?-

-Dijo que estaba malditos, pero no le hice caso, sabes que no creo en eso, mañana iré a una fiesta, me los pondré.-dijo Abie sonriéndole a Ivy.

La señorita McKane, no confiaba en esos extraños zapatos, tenían algo raro a pesar de ser hermosos, tal vez la mujer loca que decía Abie tenía razón, tenía que hacer algo y rápido, la luna se postraba ante sus ojos adormilados, o al menos era lo que veía atreves de la ventana, sus ojos se cerraron rápidamente, un sombrío color negro iluminaba el esplendor, del fondo una mujer empezó a bailar con suaves piezas de ballet, con un vestido color rosa pastel, sus zapatos de un color blanco destilaban un liquido carmesí manchando sus zapatos, similares a los de Abie, parecía joven la extraña mujer, daba unas vueltas maravillosas mientras todo empezaba a incendiarse, las llamas producían un calor radiante, aprisionaban a la pobre bailarina en el fuego del infierno, parecía poseída, la sangre fresca caía de su rostro que se ocultaba en su lacio y negro cabello, era largo y brillaba como un reflejo de algún lago, podía sentir el infierno que vivía con esos zapatos, debía desasirse de ellos y pronto, antes de que pasara algo malo, la resolana que pasaba atreves de la ventana la despertó, se había quedado dormida en el sofá, había una nota sobre la mesa donde el día anterior reposaban los misteriosos zapatos, solo que no se encontraban ahí, solo el papel blanco con una caligrafía redondeada, era la misma letra de Abie, decía lo siguiente:

Regreso a las diez,
Estaré en una fiesta.
Te quiere, Abie Taylor.

Algo malo pasaría, no podía esperar hasta las diez sabia que algo pasaría en el transcurso de horas, tenía que saber donde estaba, se había despertado tarde, ya casi oscurecía, eran las siete y el sol estaba a punto de ocultarse para dejar a cargo a la luna, el teléfono sonó interrumpiendo impulsivamente el cortante silencio producido por aquel aparato, levanto la bocina, no sabía quien llamaba, tal vez era Abie.

-¿Diga?…-contesto inseguramente Ivy.-

-¿Señorita McKane?-era una voz ronca y masculina.-

-Si ella habla.-

-Soy del departamento de policías, ¿conoce a Abie Taylor?-

-Si, es mi compañera de habitación…-hizo una pausa al contestar, sabía que algo malo había pasado.- ¿Le paso algo señor?-

-Lamento informarle que encontramos el cuerpo de su amiga, necesitamos que venga a identificar su cadáver.- colgó la bocina aquel policía, mientras Ivy dejaba caer el teléfono al suelo, sabía que eran malos, esos zapatos no eran lo que parecía, porque pasaba esto, ellas no habían hecho nada malo, no se lo merecían, tomo su bolso y salió desesperada del apartamento, tenía que desasirse de esos zapatos, seguro el cuerpo los llevaba puestos, sabia la dirección de memoria de aquella oficina policiaca, no estaba muy lejos, solo a algunas cuadras, era a donde llevaban preso a su padre, paso por ahí lo mas rápido que pudo, entro a la oficina, la esperaba un medico de nombre Eric McKlousky, aun estaba vestido con ropa de quirófano, era viejo y en su cabeza se notaba un poco calvo, la llevo hacia el cuerpo, había una camilla cubierta por una sábana blanca manchada de un intenso rojo, descubrió un poco su cuerpo, definitivamente era ella, su rostro pálido estaba frío, su cabello aun seguía rubio y rizado, descubrió todo el cuerpo en un impulso, al verlo se quedo si habla, solo era su torso, la otra parte del cuerpo no se encontraba unida.

-¿Y la otra parte?-dijo insistente al doctor.- ¿Donde está?-

-La encontramos frente a nuestras instalaciones, en el edificio de enfrente se encontraron rastros de sangre, por ahora esta clausurado.-con escuchar esas palabras se marcho del lugar, lo sabía, debía encontrar los malditos zapatos, destruirlos y ponerle fin a esto, miro el edificio clausurado, estaba prohibido su paso con cintas amarillas, lo recordaba aunque ahora estuviera en muy mal estado, cuando iba por su padre, veía ensayar a jóvenes mujeres, tenía una corta edad, al parecer cinco años y de eso ya habían transcurrido veinte años, se llamaba THE ROOM OF THE ANGEL, pero parecía decaído y abandonado, no sabía lo que había pasado, se despertó de su trance, fue directo a la única casa que conocía, el apartamento, le traía aun recuerdos de su muerta amiga, abrió la puerta y entro en la casa, el único dulce hogar que había conocido, las fotografías de ella y su amiga adornaban cada mueble del cuarto, su estomago gruñía, parecía que tenía hambre, entro a la cocina, tomo un emparedado a medio comer que había guardado ayer, lo devoro rápido, mientras el bolo alimenticio pasaba por su garganta lo pudo notar, ahí estaban de nuevo sobre la mesa, esos zapatos color rojo sangre habían vuelto, eran malvados, la luna ya estaba presente en la ciudad, tenia que devolver esos malditos zapatos, los puso en una bolsa de basura y se dirigió al lugar donde empezó todo THE ROOM OF THE ANGEL, o al menos sus restos quemados, parecían aun mantenerse sólidos, había un fuerte viento, parecía un lugar sombrío, el viento trajo un listón rojo que Ivy tomo con la mano.-

-Suéltalo ahora mismo.- ordeno una mujer que parecía que sus piernas y su brazo derecho quemados, así mismo ella asintió y dejo caer el listón, formando una ceniza color rojo, unas risas se escuchaban a pasar mas allá de las cintas.- ¿Que vienes hacer aquí?-

-Solo quería devolver esto.- dijo Ivy mostrando el interior de la bolsas el resplandor carmesí.-

-Eso de nada servirán, volverán a ti…- dijo la mujer pasando al edificio violando las señales.- ¿No vienes?- Ivy asintió con su cabeza y la siguió en su caminar.-

-¿Quien es usted?- pregunto insegura Ivy, ante aquella mujer.-

-Los nombres no sirven ahora, solo tenemos que desasearnos de ella.-
-¿Quien es ella?-

-Es una vieja amiga, le arruine la vida y ahora me está buscando, se suicido al saber que nunca mas bailaría justo aquí en este edificio, pase lo que pase no caigas en su poder.-se sentaron en el piso, justo entre ellas dos la dividía aquellos extraños zapatos.- Lorain, tengo lo que buscas, muéstrate ante mis ojos, toma lo que a ti te pertenece, tu zapatos que simbolizan tu dolor, tómalos son tuyos.- una joven empezó a girar con movimientos de ballet en círculo alrededor de ellas, mientras Rachel invocaba al fantasma de su muerta amiga, levanto los brazos con los zapatos en sus manos.

-Tómalos Lorain, son tuyos tómalos.

De pronto, sus manos de un solo tajo fueron arrancados de sus brazos, la sangre escurría del cuerpo de la mujer que deliraba, tenía miedo, esa sensación no la había sentido hasta estar con esos zapatos, de pronto Lorain se esfumo, Ivy se levanto y miro algo que no podía creer, las piernas de su amiga bailaban sin cesar, aun y cuando no estaba unida a su cuerpo, las risas de Lorain se burlaban de ella, soltó un fuerte grito, un poco más tarde los policías entraron al lugar, el resto del cuerpo de Abie estaba junto con el de Rachel, mientras un cantar se escuchaba dentro del viejo edificio, un extraño canto.

-Baila con delicadeza, querida cenicienta, la noche es eterna y tu estas en ella. – esa suave voz repetía lo mismo.-Baila con delicadeza, querida cenicienta, la noche es eterna y tu estas en ella.

Ahí estaba, la señorita Ivy McKane, dando unas vueltas delicadas y elegantes sobre el suelo sucio, llevaba un vestido, parecía un poco quemado.

-Baila con delicadeza, querida cenicienta, la noche es eterna y tu estas en ella.

Danzando con singulares pasos, su cabello negro era lacio y largo, parecía reflejarse como un lago.

-Baila con delicadeza, querida cenicienta, la noche es eterna y tu estas en ella.- en sus pies eran adornados por unos zapatos de baile, de un color rojo.-

Cascabel. K.

Era una noche como cualquier otra, aún la recuerdo muy bien.
La luna brillaba como una gota de plata, suspendida en el cielo nocturno. Rodeada de implacables nubes que amenazaban con la tormenta más fuerte que jamás había sacudido el lúgubre y misterioso pueblo de Ravencroft.

De lejos llegaba el olor tan familiar a tierra y hierba mojada previniendo la llegada de la lluvia.

Ni un alma vagaba por las calles, grises, deshabitadas, muertas.
Todos le temían a el, que venía con la lluvia… Con la lluvia venía.
Nadie sabe cuando apareció por primera vez, quizás siempre estuvo con ellos y no lo sabían.

Nadie decía su nombre, nadie sabía nada de él. Solo que venía cada vez que el cielo se teñía del color oscuro de la sangre podrida y en él, los blancos destellos de los relámpagos amenazaban con quemar toda la tierra.

Cuando el viento silbaba entre los resquicios de las ventanas y puertas y agitaba los árboles con violencia, Él, respondía al llamado.
a las doce en punto, siempre a la misma hora, a la misma y maldita hora el se presentaba, puntual.

El viento se detenía de un momento a otro, junto con la lluvia y los relámpagos.

Aparecía arrastrándose por las calles del pueblo, sin rumbo pero hambriento.

Una vez lo ví… Sí, lo recuerdo… lo recuerdo.

Estaba arrodillado en el suelo de mi habitación, solo y rezando todas las oraciones que me sabía. Con las luces de toda la casa apagadas las sombras del exterior me torturaban bailando en mi ventana y el más mínimo ruido apuñalaba mis sentidos con la precisión de un asesino en serie, acostumbrado a cortar donde mas duele.

Era una sensación muy similar para los tristes y uraños habitantes de Ravencroft.

De pronto lo escuché… sí, primero lo escuché… ese inconfundible arrastrar de pasos, un cuerpo que caía en el asfalto como una bolsa de basura y se volvía a levantar pesadamente para seguir arrastrando los pies, siguiendo ningún camino.

Siempre llevaba un cascabel colgado del cuello, lo que indicaba cuando estaba cerca. Tintineo… tintineo… insoportable tortura que se asemejaba al llanto de mil almas siendo desgarradas en un calabozo del abismo.

Maldigo la curiosidad que me obligó a correr tan solo dos centímetros de la cortina que cubría mi ventana.

La palidez mortuoria de la luna entró débilmente por mi ventana. Y lo vi…Vestía una larga túnica blanca, el negro y enmarañado cabello le llegaba hasta poco más abajo de los hombros y caminaba con una sonrisa siniestra en el rostro.

Sus labios eran finos, tan finos que casi no tenían color y en su sonreír diabólico se podía ver una deforme hilera de blancos y puntiagudos dientes.

De la nariz solo quedaban los hoyos en su cara y la oscura profundidad de sus ojos era infinita. A veces se detenía un momento y comenzaba a sollozar por lo bajo mientras gruesas gotas de sangre fluían de sus cuencas. Otras veces caminaba frotando sus pálidas y esqueléticas manos… una por encima de la otra… una por encima de la otra.

Algo me obligaba a contemplar esa alma o lo que fuere, condenada a vagar entre este mundo y el otro alimentándose de la tierna carne de los niños del pueblo de tan solo diez primaveras.

Cuando de repente, de alguna manera, me vio.

Se detuvo en seco en su peregrinación sin rumbo y lentamente torció el cuello de manera inhumana hacia donde estaba yo.

En el fondo de las cuencas vacías de sus ojos, muy en el fondo, se encendieron dos pequeñas lucecillas rojas como dos luciérnagas de sangre.

Supe entonces que el elegido esa noche era yo. Lentamente se arrastró hasta mi puerta, con la paz que solo los muertos tienen. Ahora sonreía con más fuerza, tanto que las comisuras le sangraban y la sangre que salía de sus cuencas resbalaba por sus esqueléticas mejillas y caía al suelo.

El corazón luchaba para salir de mi pecho y darme una muerte rápida, sabía que no importaba cuanto gritara, cuanto llorara o suplicara por mi vida, él no se detendría y nadie me ayudaría.

Jamás lo hicieron por los otros tantos desgraciados. ¿Por qué arriesgarse por mí?

Cerré la puerta de mi habitación, corrí las cortinas y me escondí debajo de la cama conteniendo el llanto. El niño dentro de mí que quería llorar y suplicar por su madre.

Diez segundos… veinte segundos… treinta segundos que a mí me parecieron horas y de alguna forma aquella cosa ahora retorcía la perilla de la puerta de mi habitación. Y al descubrir que no se abría la golpeó suavemente… tres veces golpeó y la puerta simplemente se abrió con un rechinido que se burlaba de mi muerte, tan próxima, tan horrible y violenta.

Lentamente se arrastró hasta el pie de mi cama. El cascabel de su cuello tintineaba con jolgorio y la sangre manchaba el piso de madera.
De pronto asomó la mitad de la cara debajo de la cama, poniendo sus ojos vacíos frente a mí, aún con aquellas luces infernales brillando en la profunda oscuridad.

Lo único que recuerdo es que el amanecer no llegó hasta que cada centímetro de piel fue removido de mi cuerpo, hasta que mi rostro fue arrancado y devorado, mis pulmones inflados con sangre, mi cabello arrancado y mis uñas extirpadas a mordidas.

Esa noche mis alaridos se unieron al coro de almas torturadas que entonan cánticos de cruel sufrimiento por toda la eternidad.

Sin embargo, que mi tortura y muerte sean una advertencia para ti.
Aquella cosa que sumergió mi cuerpo en un infierno de dolor, no fué vista nunca más por el pequeño y lúgubre pueblo de Ravencroft…estoy seguro que anda buscando un nuevo hogar… hambriento como de costumbre.

Considérate advertido, cada vez que se aproxime una tormenta y los rayos combatan por el control del cielo, cada vez que el viento sacuda los árboles a su antojo y entone silbando su triste canción, estate atento, amigo mío. Al escuchar el dulce tintinear de un cascabel ten cuidado, pues él anda cerca y está hambriento.

Pero como dije antes. Hay cosas que siempre están con nosotros sin que nos demos cuenta…