jueves, 1 de septiembre de 2016

Lo innombrable. H.P. Lovecraft (1890-1937)

Estábamos sentados en una ruinosa tumba del siglo XVI, a avanzada hora de la tarde de un día de otoño, en el viejo cementerio de Arkham, y divagábamos sobre lo innombrable. Mirando hacia el sauce gigantesco del cementerio, cuyo tronco casi había hundido la antigua y casi ilegible losa, y había hecho un comentario fantástico sobre el alimento espectral e incalificable que sus colosales raíces succionaban sin duda de aquella tierra vetusta y macabra; mi amigo me amonestó por decir esas tonterías, y añadió que puesto que no se habían efectuado enterramientos desde hacía más de un siglo, probablemente el árbol no recibía otro alimento que el ordinario. Añadió además que mi constante alusión a lo «innombrable» y lo «incalificable» eran un recurso pueril, muy en consonancia con mi escasa categoría como escritor. Yo era muy aficionado a terminar mis relatos con suspiros o ruidos que paralizaban las facultades de mis héroes y les dejaban sin valor, sin palabras y sin recuerdos para decir qué habían experimentado. Conocemos las cosas, decía él, sólo a través de nuestros cinco sentidos o nuestras intuiciones religiosas; por tanto, es completamente imposible hacer referencia a ningún objeto o visión que no pueda describirse claramente mediante las sólidas definiciones empíricas o las correctas doctrinas teológicas, preferentemente congregacionalistas, con las modificaciones que la tradición o sir Arthur Conan Doyle puedan aportar.

Con este amigo, Joel Manton, discutía a menudo lánguidamente. Era director de la East High School, nacido y criado en Boston, y participaba de esa sordera autocomplaciente de Nueva Inglaterra para las delicadas insinuaciones de la vida. Su opinión era que sólo nuestras experiencias normales y objetivas poseen importancia estética, y que lo que incumbe al artista es no tanto suscitar una fuerte emoción mediante la acción, el éxtasis y el asombro, como mantener un plácido interés y apreciación con detalladas y precisas transcripciones de lo cotidiano. En particular, era contrario a mi preocupación por lo místico y lo inexplicable; porque aunque creía en lo sobrenatural mucho más que yo, no admitía que fuera tema suficientemente común para abordarlo en literatura. Para un intelecto claro, práctico y lógico, era increíble que una mente pudiese encontrar su mayor placer en la evasión respecto de la rutina diaria, y en las combinaciones originales y dramáticas de imágenes normalmente reservadas por el hábito y el cansancio a las trilladas formas de la existencia real. Según él, todas las cosas y sentimientos tenían dimensiones, propiedades, causas y efectos fijos; y aunque sabía vagamente que el entendimiento tiene a veces visiones y sensaciones de naturaleza bastante menos geométrica, clasificable y manejable, se creía justificado para trazar una línea arbitraria, y desestimar todo aquello que no puede ser experimentado y comprendido por el ciudadano ordinario. Además, estaba casi seguro de que no puede existir nada que sea «innombrable». No era razonable, según él.

Aunque me daba cuenta de que era inútil aducir argumentos imaginativos y metafísicos frente a la autosatisfacción de un ortodoxo de la vida diurna, había algo en el escenario de este coloquio vespertino que me incitaba a discutir más que de costumbre. Las gastadas losas de pizarra, los árboles patriarcales, los centenarios tejados holandeses de la vieja ciudad embrujada que se extendía alrededor; todo contribuía a enardecerme el espíritu en defensa de mi obra; y no tardé en llevar mis ataques al terreno mismo de mi enemigo. En efecto, no me fue difícil iniciar el contraataque, ya que sabía que Joel Manton seguía medio aferrado a muchas de las supersticiones de que las gentes cultivadas habían abandonado ya; creencias en apariciones de personas a punto de morir en lugares distantes, o impresiones dejadas por antiguos rostros en las ventanas, a las que se habían asomado en vida. Dar crédito a estas consejas de vieja campesina, insistía yo, presuponía una fe en la existencia de sustancias espectrales en la tierra, separadas de sus duplicados materiales y consiguientes a ellos. Implicaba, además, una capacidad para creer en fenómenos que estaban más allá de todas las nociones normales; pues si un muerto puede transmitir su imagen visible o tangible a la distancia de medio mundo o desplazarse a lo largo de siglos, ¿por qué iba a ser absurdo suponer que las casas deshabitadas están llenas de extrañas entidades sensibles, o que los viejos cementerios rebosan de terribles e incorpóreas generaciones de inteligencias? Y dado que el espíritu, para efectuar las manifestaciones que se le atribuyen, no puede sufrir limitación alguna de las leyes de la materia, ¿por qué es una extravagancia imaginar que los seres muertos perviven psíquicamente -en formas —o ausencias de formas— que para el observador humano resultan absoluta y espantosamente «innombrables»? El «sentido común», al reflexionar sobre estos temas, le aseguré a mi amigo con calor, no es sino uña estúpida falta de imaginación y de flexibilidad mental.

Había empezado a oscurecer, pero a ninguno de los dos nos apetecía dejar la conversación. Manton no parecía impresionado por mis argumentos, y estaba deseoso de refutarlos Con esa confianza en sus propias opiniones que tanto éxito le daba como profesor, mientras que yo me sentía demasiado seguro en mi terreno para temer una derrota. Cayó la noche, y las luces brillaron débilmente en algunas de las ventanas distantes; pero no nos movimos. Nuestro asiento —un sepulcro— era bastante cómodo, y yo sabía que a mi prosaico amigo no le inquietaba la cavernosa grieta que se abría en la antigua obra de ladrillos, maltratada por las raíces, justo detrás de nosotros, ni la total negrura del lugar que proyectaba la ruinosa y deshabitada casa del siglo XVII que se interponía entre nosotros y la calle iluminada. Allí, sentados en la oscuridad, junto a la hendida tumba próxima a la casa deshabitada, conversábamos sobre lo «innombrable»; y cuando mi amigo dejó de burlarse, le hablé de la espantosa prueba que había detrás del relato mío del que más se había burlado él.

El relato se titulaba La ventana del ático y había aparecido en el número de Whispers correspondiente a enero de 1922. En muchos lugares, especialmente en el sur y en la costa del Pacífico, retiraron la revista de los kioscos a causa de las quejas de los estúpidos pusilánimes; pero en Nueva Inglaterra no causó ninguna emoción, y las gentes se encogieron de hombros ante mis extravagancias. Era impensable, dijeron, que nadie se sobresaltase con aquel ser biológicamente imposible; no era sino una conseja más, una habladuría que Cotton Mather había hecho lo bastante creíble como para incluirla en su caótica Magnalia Christi Americana, y se hallaba tan pobremente autentificada que ni siquiera se había atrevido a citar el nombre de la localidad donde había tenido lugar el horror. Y en cuanto a la ampliación que yo hacía de la breve nota del viejo místico... ¡era completamente imposible, y típica de un plumífero frívolo y fantasioso! Mather había dicho efectivamente que había nacido semejante ser; pero nadie, salvo un sensacionalista barato, podría pensar que se hubiese desarrollado, se fuese asomando a las ventanas de las gentes por las noches, y se ocultara en el ático de una casa, en cuerpo y alma, hasta que alguien lo descubrió siglos después en la ventana, aunque no pudo describir qué fue lo que le volvió grises los cabellos. Todo esto no era más que descarada mediocridad, cosa en la que no paraba de insistir mi amigo Manton. Entonces le hablé de lo que había descubierto en un viejo diario redactado entre 1706 y 1723, desenterrado de entre los papeles de la familia, a menos de una milla de donde estábamos sentados; de eso, y de la verdad irrefutable de las cicatrices que mi antepasado tenía en el pecho y la espalda, que el diario describía. Le hablé también de los temores que abrigaban otras gentes de esa región, y de lo que se murmuró durante generaciones, y de cómo se demostró que no era fingida la locura que le sobrevino al niño que entró en 1793 en una casa abandonada para examinar determinadas huellas que se decía que había.

Fue sin duda un ser horrible... rio es de extrañar que los estudiosos se estremezcan al abordar la época puritana de Massachussetts. Se conoce muy poca cosa de lo que ocurrió bajo la superficie, aunque a veces supura horriblemente con un burbujeo putrescente. El terror a la brujería es un destello de luz de lo que bullía en los estrujados cerebros de los hombres; pero incluso eso es una pequeñez. No había belleza, no había libertad... como puede comprobarse en los restos arquitectónicos y domésticos, y los sermones envenenados de los rigurosos teólogos. Y dentro de esa herrumbrosa camisa de fuerza, se ocultaban farfullantes la atrocidad, la perversión y el satanismo. Esta era, verdaderamente, la apoteosis de lo innombrable.

Cotton Mather, en ese demoníaco sexto libro que nadie debe leer de noche, no se anda con rodeos al lanzar sus anatemas. Severo como un profeta judío, y lacónicamente imperturbable como nadie hasta entonces, habla de la bestia que dio a luz un ser superior a las bestias, aunque inferior al hombre, el ser del ojo manchado, y del desdichado y vociferante borracho al que ahorcaron por tener un ojo así. De todo esto se atreve a hablar, aunque no cuenta lo que ocurrió después. Quizá no llegó a saberlo; o quizá sí, y no se decidió a contarlo. Hay quien sí que se enteró, aunque no llegó a decir nada... Tampoco se dio explicación pública de por qué se hablaba con temor de la cerradura de la puerta que había al pie de la escalera de cierto ático donde vivía un viejo solitario, amargado y decrépito, el cual se había atrevido a levantar la losa de determinada sepultura anónima, sobre la cual, sin embargo, existen numerosas leyendas capaces de helarle la sangre a cualquiera.

Todo está en ese diario ancestral que encontré: las secretas alusiones e historias susurradas sobre seres con un ojo manchado que andaban asomándose a las ventanas por la noche o eran vistos por los prados desiertos, cerca de los bosques. Mi antepasado vio a un ser así en una carretera sombría que corría por un valle, el cual le dejó señales de cuernos en el pecho y de garras en la espalda; y cuando buscaron sus pisadas en el polvo, encontraron huellas mezcladas de pezuñas hendidas y zarpas vagamente antropoides. En una ocasión, un jinete del servicio de correo contó que había visto a la luz de la luna, unas horas antes del amanecer, a un viejo corriendo y llamando a una criatura espantosa que andaba a zancadas por Meadow Hill, y muchos le creyeron. Desde luego, corrió una extraña historia una noche de 1710, cuando el viejo solitario y decrépito fue enterrado en una cripta que había detrás de su propia casa, cerca de la losa de pizarra sin inscripción. Nadie abrió la puerta que daba acceso a la escalera del ático, sino que dejaron la casa como estaba, pavorosa y desierta. Cuando se oían ruidos en ella, la gente murmuraba y se estremecía, confiando en que fuese bastante sólido el cerrojo de la puerta del ático. Más tarde, esta confianza se vio frustrada cuando el horror se presentó en la casa parroquial y no dejó una sola alma viva o entera. Con el paso de los años, las leyendas adoptan un carácter espectral... pero supongo que aquel ser debió de morir, si era una criatura viva. Su recuerdo sigue siendo espantoso... tanto más espantoso cuanto que ha sido secreto.

Durante esta narración, mi amigo Manton se había ido quedando en silencio, y observé que mis palabras le habían impresionado. No se rió al callarme yo, sino que me preguntó muy serio sobre el niño que enloqueció en 1793, y qué parecía ser el héroe de mi historia. Le dije que el chico había ido a aquella casa encantada y desierta, seguramente movido por la curiosidad, ya que creía que las ventanas conservan latente la imagen de quienes habían estado sentados junto a ellas. El chico fue a examinar las ventanas de aquel horrible ático a causa de las historias sobre los seres que se habían visto detrás de ellas, y regresó gritando frenéticamente.

Cuando acabé de hablar, Manton se quedó pensativo; pero poco a poco volvió a su actitud analítica. Concedió que quizá había existido realmente un monstruo espantoso; pero me recordó que ni siquiera la más morbosa aberración de la naturaleza tiene por qué ser innombrable ni científicamente indescriptible. Admiré su claridad y persistencia; pero añadí nuevas revelaciones que había recogido entre la gente de edad. Leyendas espectrales, aclaré, relacionadas con apariciones monstruosas más horribles que cuantas entidades orgánicas podían existir; apariciones de formas bestiales y -gigantescas, visibles a veces, y a veces - sólo tangibles, que flotaban en las noches sin luna y rondaban por la vieja casa; la cripta que había detrás, y el sepulcro junto a cuya losa ilegible había brotado un árbol. Tanto si tales apariciones habían matado o no personas a cornadas o sofocándolas, como se decía en algunas tradiciones no comprobadas, habían causado una tremenda impresión; y aún eran secretamente temidas por los más viejos de la región, aunque las nuevas generaciones casi las habían olvidado... Quizá desaparecieran, si se dejaba de pensar en ellas. Es más, en lo que se refería a la estética, si las emanaciones psíquicas de las criaturas humanas consistían en distorsiones grotescas, ¿qué representación coherente podría expresar o reflejar una nebulosidad gibosa e infame como aquel espectro de maligna y caótica perversión, aquella blasfemia morbosa de la naturaleza? Modelado por el cerebro de una pesadilla híbrida, ¿no constituirá semejante horror vaporoso, con todo su nauseabunda verdad, lo intensa, escalofriantemente innombrable?

Sin duda se había hecho muy tarde. Un murciélago singularmente silencioso me tozó al pasar, y creo que a Manton también, porque aunque no podía verle, noté que levantaba el brazo. Luego dijo:

—Pero, ¿sigue en pie y deshabitada esa casa de la ventana del ático?
—Si —contesté---. Yo la he visto.
—¿Y encontraste algo... en el ático o en algún otro lugar?
—Unos cuantos huesos bajo el alero. Quizá fue eso lo que vio el niño; si era muy sensible, no necesitó ver nada en el cristal de la ventana para perder la razón. Si pertenecían al mismo ser, debió de tratarse de una monstruosidad histérica y delirante. Habría sido blasfemo dejar tales huesos en el mundo; así que los metí en un saco y los llevé a la tumba que hay detrás de la casa. Había una abertura por donde los pude arrojar al interior. No pienses que fue una tontería por mi parte... Quisiera que hubieses visto el cráneo. Tenía unos cuernos de unas cuatro pulgadas; en cambio, la cara y la mandíbula eran igual que la tuya o la mía.

Al fin pude notar que Manton, ahora muy cerca de mí, experimentaba un auténtico escalofrío. Pero su curiosidad no se dejó intimidar.

-¿Y los cristales de las ventanas?
-Habían desaparecido todos. Una de las ventanas había perdido completamente el marcó; en las demás, no había rastro de cristales en las pequeñas aberturas romboidales. Eran de esa clase de ventanas de celosía que cayeron en desuso antes de 1700. Supongo que
llevaban un siglo o más sin cristales... quizá los rompiera el niño, si es que llegó hasta allí; la leyenda no lo dice.

Manton se quedó pensativo otra vez.

—Me gustaría ver la casa, Carter. ¿Dónde está? Tanto si tiene cristales como si no, quisiera echarle una ojeada. Y también a la tumba donde pusiste aquellos huesos, y la otra sepultura sin inscripción... todo eso debe de ser un poco terrible.
—La has estado viendo... hasta que se ha hecho de noche.

Mi amigo se puso más nervioso de lo que yo me esperaba; porque ante este golpe de inocente teatralidad, se apartó de mí neuróticamente y dejó escapar un grito, con una especie de atragantamiento que liberó su tensión contenida. Fue un grito singular, y tanto mas terrible cuanto que fue contestado. Pues aún resonaba, cuando oí un crujido en la tenebrosa negrura, y comprendí que se abría una ventana de celosía en aquella casa vieja y maldita que teníamos allí cerca. Y dado que todos los demás marcos de ventana hacía tiempo que habían desaparecido, comprendí que se trataba del marco espantoso de aquella ventana demoníaca del ático.

Luego nos llegó una ráfaga de aire fétido y glacial procedente de la misma espantosa dirección, seguida de un alarido penetrante que brotó junto a mí, de aquella tumba agrietada de hombre y monstruo. Un instante después, fui derribado del horrible banco donde estaba sentado por el impulso infernal de una entidad invisible de tamaño gigantesco, aunque de naturaleza indeterminada. Caí cuan largo era en el moho trenzado de raíces de ese horrendo cementerio, mientras de la tumba salía un rugido jadeante y un aleteo, y mi fantasía se valía de ellos para poblar la oscuridad con legiones de seres semejantes a los deformes condenados de Milton. Se formó un vórtice de viento helado y devastador, y luego hubo un tableteo de ladrillos y cascotes sueltos; pero, misericordiosamente, me desvanecí-antes de comprender lo que ocurría.

Manton, aunque más bajo que yo, es más resistente; porque abrimos los ojos casi al mismo tiempo, a pesar de que sus heridas eran más graves. Nuestras camas estaban juntas, y en pocos segundos nos enteramos de que estábamos en el hospital de St. Mary. Las enfermeras se habían congregado a nuestro alrededor, en tensa curiosidad, ansiosas por ayudar a nuestra memoria, contándonos cómo habíamos llegado allí; y no tardamos en saber que un granjero nos había encontrado a mediodía en un campo solitario al otro lado de Meadow Hill, a una milla del viejo cementerio, en un lugar donde se dice que hubo en otro tiempo un matadero. Manton tenía dos serias heridas en el pecho, así como algunos cortes o arañazos menos graves en la espalda. Yo no estaba malherido; pero tenía el cuerpo cubierto de morados y contusiones de lo más desconcertantes, y hasta una huella de pezuña hendida. Era evidente que Manton sabía más que yo, pero no dijo nada a los perplejos e interesados médicos, hasta que le explicaron cual era la naturaleza de nuestras heridas. Entonces dijo que habíamos sido victimas de un toro resabiado... aunque resultó difícil explicar e identificar al animal.

Cuando las enfermeras y los médicos nos dejaron, le susurré una pregunta sobrecogida:

—¡Dios mío, Manton, ¿qué ha pasado? Esas señales... ¿ha sido eso?

Pero yo estaba demasiado perplejo para alegrarme, cuando me contestó en voz baja algo que yo medio me esperaba:

—No... no ha sido eso ni mucho menos. Estaba en todas partes... era una gelatina... un limo.., sin embargo, tenía formas, mil formas espantosas imposibles de recordar. Tenía ojos... uno de ellos manchado. Era el abismo, el maelstrom, la abominación final. Carter, ¡era lo innombrable!

Lluvia de fuego. Leopoldo Lugones (1874-1938)

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta. Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá, partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pabilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar. Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?... Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos. En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas.

Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba... ¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir. En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo. La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso. Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla. De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado. Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo, no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre—pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad—mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?... ¿Huir? . . . Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general. No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos. Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario, la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos, recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón, erguido en su carro, manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas. Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles.

En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques, palpitaba de parejas. Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño. Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría. La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas. Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido. Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. conservaba toda su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente ! ¡La ciudad en llamas ! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclabánse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá. Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior. Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemaba en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror ; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía –estoy seguro– desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.
No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad ; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua. De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva. A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían... Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver. La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí. No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía. Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino... De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas; de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso. Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo. La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe. Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre—todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos. Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir. Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca. En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros. Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega -por primera y última vez, a buen seguro- decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza. Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso. . . Llevé el pomo a mis labios, y...

Lo que necesita. Henry Kuttner (1915-1958) C.L. Moore (1911-1987)

Eso decía el letrero. Tim Carmichael, que trabajaba para un periódico comercial especializado en economía y ganaba un magro salario vendiendo artículos exagerados y falsos a diarios sensacionalistas, no detectaba ninguna 'historia' en las letras invertidas. Le pareció un truco publicitario barato, algo infrecuente en Park Avenue, donde los frentes de las tiendas se distinguen por su dignidad clásica. Y se irritó. Refunfuñó en silencio, siguió caminando, de pronto se volvió y regresó. No tuvo fuerzas para resistir la tentación de descifrar la frase, a pesar de que su fastidio aumentaba. Se detuvo ante el escaparate, miró hacia arriba y masculló:

—"Tenemos lo que necesita". ¿De veras?

Era una frase en letras prolijas y pequeñas sobre una cinta pintada de negro que se extendía a través de un panel de vidrio angosto. Abajo había uno de esos escaparates de vidrio curvo e invisible. A través del vidrio Carmichael pudo ver una profusión de terciopelo blanco, con unos pocos objetos dispuestos cuidadosamente. Un clavo oxidado, un zapato para nieve y una tiara de diamantes. Parecía un decorado de Dalí para Cartier o Tiffany.

—¿Joyeros? —preguntó Carmichael en silencio—. ¿Pero por qué 'lo que necesita'? —imaginó millonarias angustiadas por falta de un collar de perlas adecuado, herederas sollozando desconsoladamente por carecer de unos cuantos zafiros. El principio de la venta de artículos de lujo era manejar hábilmente la oferta y la demanda; poca gente necesitaba diamantes. Simplemente los querían y no podían costeárselos.
—O quizá vendan lámparas de Aladino —concluyó Carmichael—. O varitas mágicas. Pero es el mismo principio de una feria de diversiones. Una trampa para incautos. Anuncia Lo-que-Sea y la gente pagará para entrar. Por dos centavos...

Esa mañana estaba deprimido y disgustado con el mundo en general. La perspectiva de un chivo emisario era atractiva, y la credencial de periodista le daba ciertas ventajas. Abrió la puerta y entró. Sí, era típicamente Park Avenue. No había exhibidores ni mostradores. Bien podía tratarse de una galería de arte, pues había una serie de óleos interesantes expuestos en las paredes. Carmichael tuvo la sensación de encontrarse en medio de un lujo abrumador, con la lobreguez de un palacio deshabitado.

Por unos cortinados del fondo salió un hombre muy alto de pelo blanco cuidadosamente peinado, cara rojiza y saludable y ojos azules y penetrantes. Tendría unos sesenta años. Vestía ropa de tweed cara pero descuidada, lo cual de algún modo contrastaba con el decorado.

—Buenos días —dijo el hombre, echando una rápida ojeada a las ropas de Carmichael, y al parecer se sorprendió levemente—. ¿En qué puedo servirle? ¿Puedo serle útil?
—Tal vez —Carmichael se presentó y mostró su credencial.
—Oh. mi nombre es Talley. Peter Talley.
—He visto el letrero.
—¿Oh?
—Nuestro diario siempre está a la pesca de posibles artículos. No había visto antes esta tienda...
—Hace años que estoy aquí —dijo Talley.
—¿Es una galería de arte?
—Bien... No.

La puerta se abrió. Un hombre rubicundo entró y saludó cordialmente a Talley. Carmichael, reconociendo al cliente, sintió que su opinión de la tienda mejoraba rápidamente. El hombre rubicundo era un Nombre, todo un personaje.

—Tal vez me apresuré, señor Talley —dijo—, pero estaba impaciente. ¿Ha tenido tiempo de conseguir...lo que yo necesitaba?
—Oh, sí, Lo tengo. Un momento —Talley atravesó los cortinados y regresó con un envoltorio pequeño y prolijo que entregó al hombre rubicundo. Este último le entregó un cheque y se marchó. Carmichael tragó saliva cuando logró atisbar la cantidad. El coche del hombre estaba frente a la puerta.

Carmichael se acercó para observar afuera. El hombre rubicundo parecía ansioso. El chofer esperó con estolidez mientras el hombre abría el envoltorio con dedos apresurados.

—No estoy seguro de que me interese la publicidad, señor Carmichael —dijo Talley—:Tengo una clientela selecta, cuidadosamente escogida...
—Quizá nuestros boletines económicos semanales le interesen a usted.
Talley trató de no reír.
—Oh, no lo creo. Realmente no está en mi línea.

El hombre rubicundo terminó de abrir el envoltorio y sacó un huevo. Por lo que Carmichael podía ver desde la puerta, no era más que un huevo ordinario. Pero su poseedor lo contemplaba casi con respeto, con tanta satisfacción como si la última gallina de la Tierra hubiera muerto diez años atrás. Una especie de alivio profundo afloró a la cara bronceada. Le dijo algo al chofer, y el coche arrancó suavemente y desapareció.

—¿Tiene algo que ver con granjas? —preguntó Carmichael a boca de jarro.
—No.
—¿Le importaría decirme cuál es su especialidad?
—Más bien temo decírselo —dijo Talley. Carmichael empezó a oler una historia.
—Desde luego, podría averiguarlo a través de la Oficina de Negocios Exclusivos... No podría.
—¿No? Quizás a ellos les interese saber por qué un huevo vale cinco mil dólares para un cliente.
—Mi clientela es tan exigua —dijo Talley— que debo cobrar tarifas elevadas. Usted sabrá que hubo un mandarín chino que pagaba miles de taels por huevos de antigüedad incuestionable.
—Ese fulano no era un mandarín chino —dijo Carmichael.
—Oh, bien. Como le digo, no me interesa la publicidad.
—Yo creo que sí. Estuve un tiempo en ese oficio. Escribir el letrero al revés tiene el obvio propósito de atraer clientes.
—Entonces es usted mal psicólogo —dijo Talley—. Simplemente puedo costearme los caprichos. Durante cinco años miré ese escaparate todos los días y leía el letrero al revés, desde dentro de la tienda. Me fastidiaba. Usted sabe que una palabra empieza a parecerle rara si la mira detenidamente mucho tiempo. Cualquier palabra. Se transforma en algo inhumano. Bueno, yo descubrí que ese letrero me estaba poniendo neurótico. Al revés no tiene sentido, pero yo me obstinaba en encontrarle alguno. Cuando empecé a repetir 'atisecen euq oí somenet' y buscarle derivaciones filosóficas, llamé a un pintor de letreros. Los interesados siguen viniendo.
—No muchos —dijo taimadamente Carmichael—. Esto es Park Avenue. Y el decorado es lujoso. Nadie con bajos ingresos, ni aun medianos, entraría aquí. Así que usted posee una tienda exclusiva.
—Bien —dijo Talley—. Así es.
—¿Y no me dirá qué vende?
—Prefiero no hacerlo.
—Tendré que averiguarlo, entonces. Podría haber pornografía, drogas, artículos de lujo robados...
—Muy probable —concedió el señor Talley—. Compro joyas robadas, las oculto en huevos y las vendo a mis clientes. O tal vez ese huevo estaba lleno de tarjetas postales francesas microscópicas. Buenos días, señor Carmichael.
—Buenos días —dijo Carmichael, y salió. Se le había hecho tarde para llegar a la oficina y sentía mucho fastidio. Había jugado un rato al detective investigando el movimiento de la tienda de Talley, y los resultados fueron más que satisfactorios...hasta cierto punto. Llegó a saber todo, menos el porqué.

A la tarde visitó nuevamente al señor Talley.

—Un momento —dijo al ver la cara de poca amistad del propietario—. ¿Qué sabe usted? Yo podría ser un cliente. Talley rió.
—Bien, ¿por qué no? —Carmichael frunció los labios—. ¿Sabe acaso el monto de mi cuenta bancaria? ¿O quizá tiene una clientela restringida?
—No. Pero...
—Estuve investigando un poco —se apresuró a decir Carmichael—. Me he fijado en los clientes suyos. En realidad los he seguido. Y he averiguado lo que compran.
Talley cambió de expresión.
—¿De veras?
—De veras. Todos tienen prisa por abrir los envoltorios. Eso me hizo interesar de un modo especial. Hice más averiguaciones. Algunos se me escaparon, pero...vi lo suficiente como para aplicar un par de reglas lógicas, señor Talley. Veamos: sus clientes no saben lo que compran. Es una especie de caja de sorpresas. Un par de ellos se asombró bastante. El hombre que abrió el envoltorio y encontró un viejo recorte periodístico, por ejemplo. ¿Y las gafas de sol? ¿Y el revólver? Probablemente ilegal, de paso..., sin licencia. Y el diamante... Debía de ser artificial, por el tamaño.
—Aja —dijo el señor Talley.
—No me creo muy listo, pero tengo olfato para las cosas raras. Casi todos sus clientes son personajes importantes, de un modo u otro. ¿Y por qué algunos de ellos no le pagaron, como el primero, el que entró esta mañana, cuando yo estaba aquí?
—Me manejo ante todo con créditos —dijo Talley—. Es una cuestión de ética profesional, de responsabilidad. Verá usted, vendo mis...mercaderías...con cierta garantía. Sólo se pagan si el producto es satisfactorio.
—Bien. Un huevo. Gafas de sol. Un par de guantes de amianto, creo. Un recorte de diario. Un revólver. Y un diamante. ¿Cómo lleva el inventario?

Talley no dijo nada. Carmichael sonrió.

—Tiene usted un mandadero —continuó—. Lo envía afuera y él vuelve con paquetes. Tal vez va a un almacén de Madison y compra un huevo. O a una casa de empeños de la Sexta y compra un revólver. O...en fin, le dije que averiguaría cuál es su negocio.
—¿Y lo averiguó? —preguntó Talley:
—'Tenemos lo que necesita' —dijo Carmichael—. ¿Pero cómo lo sabe?
—Sus conclusiones son apresuradas.
—Me duele la cabeza (¡no llevaba gafas de sol!) y no creo en la magia. Escuche, señor Talley. Estoy hasta la coronilla de las tiendas raras que venden cosas insólitas. Sé demasiado sobre ellas... He escrito sobre ellas. Un fulano va por la calle y ve una tienda curiosa y el propietario no le atiende porque sólo trabaja con chiflados o bien le vende un hechizo ambiguo. ¡Bah...
—Nimh —dijo Talley.
—Todo el 'nimh' que usted quiera. Pero no puede escapar a la lógica. O bien tiene aquí algo provechoso y sensato, o bien es una de esas tiendas mágicas para embaucar incautos...y no lo creo. Porque no es lógico.
—¿Por qué no?
—Por razones económicas —dijo Carmichael sin rodeos—. Aceptemos la idea de que usted tenga poderes misteriosos... Digamos que fabrica artefactos telepáticos. Muy bien.
¿Para qué diablos iba a instalar una tienda para vender los artefactos y hacer dinero y ganarse la vida? Simplemente se colocaría uno, leería la mente de un corredor de bolsa y compraría las acciones adecuadas. Esa es la falacia intrínseca de esos negocios exóticos... Si tiene el dinero suficiente para proveer, equipar y dirigir semejante tienda, ante todo no necesita dedicarse a eso. ¿Para qué tantas vueltas?

Talley calló. Carmichael sonrió astutamente.

—"A menudo me pregunto qué compran los vinateros que valga siquiera la mitad de lo que venden" —citó—. Bien, ¿qué compra usted? Sé lo que vende: huevos y gafas...
—Es usted un hombre inquisitivo, señor Carmichael —murmuró Talley—. ¿Ha pensado que puede estar metiendo las narices donde no debe?
—Tai vez sea un cliente —insistió Carmichael—. ¿Qué le parece?

Los ojos azules de Talley relampaguearon. Una luz nueva los iluminó. Talley frunció los labios y arrugó el entrecejo.

—No lo había pensado —admitió—. Es posible. Dadas las circunstancias. ¿Me perdona un momento?
—Por supuesto —dijo Carmichael—. Adelante.

Talley atravesó los cortinados. Afuera el tráfico se deslizaba perezosamente por Park Avenue. Mientras el sol se hundía más allá del Hudson, la calle yacía en una penumbra azul que trepaba imperceptiblemente por las barricadas de los edificios. Carmichael miró el letrero —TENEMOS LO QUE NECESITA— y sonrió. En una trastienda, Talley aplicó el ojo a una placa binocular y movió una perilla calibrada. Lo hizo varias veces. Luego, mordiéndose los labios —pues era un hombre sensible— llamó al mandadero y le dio instrucciones. Después se reunió nuevamente con Carmichael.

—Usted es cliente, en efecto —dijo—. Bajo ciertas condiciones.
—¿Se refiere a las condiciones de mi cuenta bancaria?
—No —dijo Talley—. Le ofreceré tarifas reducidas; comprenda una cosa: tengo de veras lo que usted necesita. Usted no sabe lo que necesita, pero yo sí sé, Y bien..., se lo venderé por...digamos cinco dólares.

Carmichael buscó la billetera. Talley le contuvo con un gesto.

—Págueme después, si queda satisfecho. Y el dinero es sólo la parte nominal de la tarifa. Hay otra parte. Si queda satisfecho, quiero que me prometa que no se acercará otra vez a esta tienda y nunca se la mencionará a nadie.
—Entiendo —dijo lentamente Carmichael; sus teorías habían cambiado ligeramente.
—No tardará mucho... Ah, ahí está.

Un timbrazo en la trastienda indicó el regreso del mandadero. Talley pidió excusas y desapareció. Pronto volvió con un envoltorio muy prolijo que puso en las manos de Carmichael.

—Llévelo siempre con usted —dijo Talley—. Buenas tardes.
Carmichael asintió. Guardó el paquete y salió. Llamó un taxi —pues se sentía con dinero— y fue a un bar que conocía. Allí, en la penumbra de un rincón, abrió el paquete.

Un soborno, dedujo. Talley le pagaba para que se calle la boca, fuera cual fuese su negocio. Bien, vivir y dejar vivir. ¿Cuánto sería...? ¿Diez mil? ¿Cincuenta mil? ¿Será muy grande la organización? Abrió una caja de cartón oblonga. Adentro, envueltas en papel de seda, había un par de tijeras, el filo protegido por una funda de cartón plegado y engomado. Carmichael refunfuñó. Bebió el whisky con soda y pidió otro, pero no llegó a probarlo. Miró la hora y pensó que la tienda de Park Avenue habría cerrado y el señor Peter Talley se habría ido.

—"...que valga siquiera la mitad de lo que venden" —dijo Carmichael—. Tal vez son las tijeras de Átropos. Bah —desenfundó las tijeras e hizo un par de cortes en el aire. No ocurrió nada. Las mejillas levemente carmesíes, Carmichael envolvió de nuevo las tijeras y se las guardó en el bolsillo del abrigo. ¡Lo habían engatusado!

Decidió visitar al señor Peter Talley al día siguiente. Entretanto, ¿qué? Recordó que había invitado a cenar a una chica de la oficina, se apresuró a pagar y salió. Las calles ya estaban oscuras, y un viento frío soplaba hacia el sur desde el Park. Carmichael se ciñó la bufanda alrededor del cuello y le hizo señas a un taxi. Estaba bastante fastidiado. Media hora más tarde, un hombre delgado de ojos tristes —Jerry Worth, uno de los dactilógrafos de la oficina— le saludó en el bar donde Carmichael estaba matando el tiempo.

—¿Esperas a Betsy? —preguntó Worth, cabeceando hacia el restaurante anexo—. Me pidió que viniera a avisarte que no podía venir. Un trabajo urgente de última hora.

Disculpas y demás. ¿Dónde estuviste hoy? Las cosas se embarullaron un poco. Bebe un trago conmigo. Pidieron whisky. Carmichael ya estaba ligeramente rígido. El carmesí opaco de las mejillas se le había vuelto encendido, y tenía una expresión decididamente hostil.

—Lo que necesita —comentó—. Estafador...
—¿Eh? —dijo Worth.
—Nada. Bebe. He decidido crearle problemas a un fulano, si puedo.
—Hoy casi te creas problemas tú mismo. Ese análisis de los depósitos mineros...
—Huevos. ¡Gafas! Te he sacado de un brete...
—Cállate —dijo Carmichael y pidió otra ronda. Cada vez que sentía el peso de las tijeras en los bolsillos se ponía a murmurar.

Cinco whiskies más tarde Worth dijo, quejumbroso:

—No me molesta hacer buenas acciones, pero me gusta mencionarlas. Y tú no me dejas. Sólo pido un poco de gratitud.
—De acuerdo, menciónalas —dijo Carmichael—. Despáchate a gusto. ¿A quién le importa? Worth pareció satisfecho.
—Ese análisis de minerales... Fue por eso. Hoy no estuviste en la oficina, pero lo pesqué a tiempo. Cotejé nuestras listas y habías cometido un error con Trans-Acero. Si yo no hubiese corregido las cifras, todo habría ido a imprenta...
—¿Qué?
—Trans-Acero. Ellos...
—Imbécil —rezongó Carmichael—. Ya sé que no coincidía con las cifras de la oficina. Me proponía añadir una nota para hacerlas cambiar. Recibí mi información de buena fuente. ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos?

Worth parpadeó.

—Trataba de ayudar.
—Me habría venido bien para un aumento de cinco dólares —dijo Carmichael—.Después de todas las investigaciones que hice para obtener los datos auténticos... Escucha, ¿lo habrán mandado ya a imprenta?
—No sé. Tal vez no. Croft todavía estaba cotejando la copia...
—¡Bien! —dijo Carmichael, manoteando la bufanda—. La próxima vez...
Saltó del taburete y se dirigió a la puerta seguido por el confundido Worth. Diez minutos más tarde estaba en la oficina escuchando a Croft, que le explicaba que la copia ya había sido enviada a imprimir.
—¿Tiene importancia? ¿Había... De paso, ¿dónde has estado?
—Bailando en el Arcoiris —rugió Carmichael, y se marchó. Había pasado del whisky de cebada a cócteles de whisky, y naturalmente el aire fresco no bastó para despejarlo.

Tambaleando y observando cómo ondulaba la acera cuando él parpadeaba, se detuvo y reflexionó.

—Lo siento, Tim —dijo Worth—. Pero ya es demasiado tarde. No habrá problemas. Tienes derecho a guiarte por los datos de la oficina.
—Detenme ahora —protestó Carmichael—. Entrometido —estaba furioso y borracho.

Impulsivamente tomó otro taxi y se dirigió a la imprenta, siempre con el desconcertado Jerry Worth a la rastra. Un golpeteo rítmico atronaba el edificio. El movimiento acelerado del taxi había mareado a Carmichael; le dolía la cabeza, el alcohol se le estaba filtrando en la sangre. La atmósfera caliente, con olor a tinta, era desagradable. Las grandes linotipos pistoneaban y gruñían. Los hombres se movían de un lado a otro. Todo era ligeramente pesadillesco, y Carmichael encogió tozudamente los hombros y siguió adelante hasta que algo lo tiró hacia atrás y empezó a estrangularlo. Worth se puso a chillar. Gesticulaba en vano, blanco de terror. Pero eso era parte de la pesadilla. Carmichael alcanzó a ver lo que había ocurrido. Los extremos de la bufanda se habían atascado en algún engranaje y él era inexorablemente arrastrado hacia dientes metálicos que lo triturarían. Los hombres corrían. Los clamores, golpeteos y zumbidos se apagaban. Carmichael tiró de la bufanda.

—¡...cuchillo! —gritaba Worth—. ¡Córtenla!
La alteración de valores relativos provocada por la embriaguez salvó a Carmichael. Sobrio, habría sido paralizado por el pánico. En su aturdimiento, cada pensamiento era difícil de apresar, pero claro y lúcido cuando atinaba a identificarlo. Recordó las tijeras y se puso la mano en el bolsillo. Las hojas se deslizaron fuera del cartón y Carmichael cortajeó la tela con movimientos apresurados y vacilantes. La seda blanca desapareció. Carmichael se palpó el borde deshilachado que le ceñía la garganta y sonrió con cierta rigidez. El señor Peter Talley tenía esperanzas de que Carmichael no regresara. Las probabilidades habían indicado dos variantes posibles: en una, todo salía bien; en la otra... La mañana siguiente Carmichael entró en la tienda y extendió un billete de cinco dólares. Talley lo aceptó.

—Gracias, pero no era necesario que se molestara. Podría haber enviado un cheque por correo.
—Podría. Sólo que eso no me habría aclarado lo que querría saber.
—No —dijo Talley, y suspiró resignado—. Está...decidido, ¿verdad?
—¿Qué haría usted? —preguntó Carmichael—. Anoche... ¿Sabe lo que ocurrió?
—Sí.
—¿Cómo?
—Nada pierdo con decírselo —dijo Talley—. Lo averiguaría de un modo u otro. Es indudable.
Carmichael se sentó, encendió un cigarrillo y asintió.
—Lógica. Usted pudo haber preparado ese pequeño accidente, por cualquier medio.

Betsy Hoag decidió cancelar nuestra cita de ayer a la mañana. Antes que yo lo viera a usted. Ese fue el primer eslabón de la cadena de incidentes que condujo al accidente. Ergo, usted sabía de algún modo lo que ocurriría.

—Lo sabía.
—¿Precognición?
—Mecánica. Vi que la máquina lo trituraría...
—Lo cual implica un futuro alterable.
—Por cierto —dijo Talley, aflojando los hombros—. Hay innumerables variantes posibles del futuro. Diferentes líneas de probabilidad. Todas dependen de los resultados de diversas crisis que van surgiendo. Soy experto en varias ramas de electrónica. Hace algunos años, casi por accidente, tropecé con la fórmula para ver el futuro.
—¿Qué...?
—Ante todo, implica una focalización personal del individuo. En cuanto usted entra en este lugar —hizo un gesto—, entra en el haz de mi cámara. En mi trastienda tengo la máquina. Haciendo girar una perilla calibrada, entreveo los futuros posibles. A veces hay muchos. Como si por momentos ciertas emisoras no transmitieran. Miro mi pantalla, veo lo que usted necesita...y se lo proveo.

Carmichael soltó humo por la nariz. Observó las volutas azules con los ojos entornados.

—¿Sigue usted toda la vida de un hombre..., en triplicado o cuadruplicado o lo que fuere?
—No —dijo Talley—. Tengo ajustado el aparato de modo que es sensible a las curvas críticas. Cuando sobrevienen, las sigo más allá y veo qué líneas probabilísticas se relacionan con la supervivencia y felicidad del sujeto.
—Las gafas, el huevo y los guantes...
—El señor...eh, Smith —dijo Talley— es uno de mis clientes regulares. Cuando supera exitosamente una crisis, con rni ayuda, regresa para un nuevo examen. Localizo su próxima crisis y le proveo de lo que necesitará para afrontarla. Le di los guantes de amianto. Dentro de un mes se le presentará una situación en la que tendrá que manipular una barra de metal al rojo vivo. Es artista. Sus manos...
—Entiendo. Así que no siempre se trata de la vida...
—Claro que no —dijo Talley—. La vida no es el único factor decisivo. Una crisis aparentemente menor puede desembocar en...bueno, divorcio, neurosis, acciones erróneas y pérdida de cientos de vidas, indirectamente. Aseguro la vida, la salud y la felicidad.
—Es usted altruista. ¿Pero por qué el mundo entero no llama a sus puertas? ¿Por qué limita su trabajo a unos pocos?
—No tengo tiempo ni equipo.
—Se podrían construir más máquinas.
—Bueno —dijo Talley—, casi todos mis clientes son ricos. Tengo que vivir.
—Podría leer las cotizaciones de bolsa de mañana si quisiera plata —dijo Carmichael—. Volvemos a la vieja cuestión. Si alguien tiene poderes milagrosos, ¿por qué se contenta con ser dueño de una tienda?
—Razones económicas. Yo...eh, no soy amante del juego.
—No sería jugar —recalcó Carmichael—. "A menudo me pregunto qué compran los vinateros..." ¿Qué gana usted con todo esto?
—Satisfacción —dijo Talley—. Llámelo así.
Pero Carmichael no estaba satisfecho. Barajó mentalmente las posibilidades. ¿Conque asegurar, —eh? La vida, la salud y la felicidad.
—¿Y qué dice de mí? ¿Habrá otra crisis en mi vida?
—Probablemente. Bueno, no es forzoso que se relacione con peligros personales.
—Entonces soy un cliente permanente.
—Yo...No...
—Escuche —dijo Carmichael—. No trato de aprovecharme. Le pagaré. Le pagaré bien. No soy rico, pero sé exactamente hasta qué punto me sería útil un servicio como éste. Basta de preocupaciones...
—No podría ser...
—Oh, vamos. No soy un chantajista ni nada por e! estilo. No le estoy amenazando con publicidad, si eso teme. Soy un hombre común, no un villano de melodrama. ¿Le parezco peligroso? ¿De qué tiene miedo?
—Usted es un hombre común, sí —admitió Talley—. Sólo que...
—¿Por qué no? —insistió Carmichael—. No le molestaré. Pude superar una crisis, con la ayuda de usted. En algún momento se presentará otra. Deme lo que necesito para afrontarla. Cóbreme lo que quiera. De un modo u otro conseguiré el dinero. Prestado, si es necesario. No le molestaré en absoluto. Todo lo que le pido es que me deje visitarle cada vez que supere una crisis, para pertrecharme para la próxima. ¿Qué tiene de malo?
—Nada —dijo discretamente Talley.
—Bien, pues. Soy un hombre común. Hay una chica; se llama Betsy Hoag. Quiero casarme con ella. Irme a vivir al campo, criar niños y tener tranquilidad. Tampoco eso tiene nada de malo, ¿verdad?
—Ya era demasiado tarde cuando usted entró hoy en la tienda —dijo Talley.
Carmichael lo miró fijo.
—¿Por qué? —vociferó.

Una chicharra zumbó en la trastienda. Talley atravesó el cortinado y regresó casi inmediatamente con un paquete. Se lo dio a Carmichael.

Carmichael sonrió.
—Gracias —dijo—. Muchísimas gracias. ¿Tiene idea de cuándo se presentará la próxima crisis?
—En una semana.
—¿Le importa si...? —Carmichael estaba abriendo el envoltorio; sacó un par de zapatos con suela de plástico y miró a Talley desconcertado.
—¿Conque necesitaré...zapatos, eh?
—Sí.
—Supongo... —Carmichael titubeó—. Supongo que usted no me dirá por qué.
—No, no se lo diré. Pero asegúrese de usarlos cada vez que salga.
—No se preocupe por eso. Y...le enviaré un cheque. Tal vez tarde un poco en juntar el dinero, pero se lo enviaré. ¿Cuánto?
—Quinientos dólares.
—Le enviaré el cheque hoy mismo.
—Prefiero no aceptar el pago hasta que el cliente esté satisfecho —dijo Talley; tenía un aire más reservado, los ojos azules lucían fríos y distantes.
—Como prefiera —dijo Carmichael—. Saldré a celebrar. ¿Usted...bebe?
—No puedo abandonar la tienda.
—Bien, adiós. Y gracias de nuevo. No seré un estorbo para usted. ¡Se lo prometo! —se volvió.

Talley se quedó mirándole con una sonrisa amarga y sombría. No respondió al adiós de Carmichael. No, entonces. Cuando Carmichael salió, Talley fue a la trastienda y entró por la puerta donde estaba la pantalla. Un período de diez años puede abarcar una multitud de cambios. Un hombre con un poder tremendo a su alcance se puede transformar, en ese lapso, de alguien que no se atrevía en alguien a quien le importan un comino los valores morales. La transformación de Carmichael no fue acelerada. Habla en favor de su integridad el hecho de que tardara diez años en olvidar cuanto se le había inculcado. El día que visitó por primera vez a Talley había poca maldad en él. Pero la tentación se intensificó semana tras semana, visita tras visita. Talley, por razones personales, se contentaba con aguardar ociosamente a su clientela ocultando las potencialidades inconcebibles de su máquina bajo un manto de funciones triviales. Pero Carmichael no estaba satisfecho. El día tardó diez años en llegar, pero al fin llegó. Talley estaba sentado en la trastienda, de espaldas a la puerta. Echado en una vieja mecedora, enfrentaba la máquina. Había cambiado poco en el espacio de una década. Aún cubría casi dos paredes enteras, y el ocular de la cámara relucía bajo los tubos fluorescentes.

Carmichael miró codiciosamente el ocular. Era la puerta abierta a un poder jamás soñado por hombre alguno. Una fortuna inimaginable esperaba dentro de esa abertura diminuta. Los derechos sobre la vida y la muerte de cada hombre. Y nada se interponía entre ese futuro fabuloso y él mismo, salvo el hombre que estaba sentado frente a la máquina. Talley no pareció oír los pasos sigilosos ni el rechinar de la puerta a sus espaldas. No se movió cuando Carmichael levantó el arma lentamente. Cualquiera habría dicho que jamás había sospechado lo que ocurriría, o por qué, o por causa de quién, cuando Carmichael le perforó la cabeza. Talley suspiró y tiritó e hizo girar la perilla. No era la primera vez que el ocular le mostraba su cuerpo inerte al vislumbrar un panorama de probabilidades, pero jamás podía ver cómo se desplomaba esa figura familiar sin sentir una ráfaga indescriptiblemente fría que lo rozaba desde el futuro.

Se levantó, y luego se recostó en la mecedora. Miraba pensativamente un par de zapatos de suela áspera que yacían en la mesa. Se quedó un rato sentado, observando los zapatos, siguiendo con la mente a Carmichael, que caminaba calle abajo hacia la noche, y hacia el día siguiente, y hacia esa crisis inminente que dependería de que él pisara con firmeza el andén del metro cuando un tren pasara al lado de Carmichael un día de la semana siguiente. Esta vez Talley había enviado al mensajero en busca de dos pares de zapatos. Había titubeado mucho una hora antes, para decidirse entre el par de suela áspera y el de suela lisa. Pues Talley era humano, y muchas veces su trabajo le resultaba desagradable. Pero esta vez había terminado por entregarle a Carmichael el par de suela lisa. Suspiró y se inclinó nuevamente ante el ocular. Hizo girar la perilla para enfocar otra vez la escena que ya había observado antes.

Carmichael, de pie en un andén de la estación atestada que relucía como aceitoso, humedecido tal vez por alguna filtración. Carmichael, con los zapatos resbalosos que Talley le había elegido. Una conmoción en la multitud, un tumulto en el borde del andén. Los pies de Carmichael que patinaban frenéticos cuando el tren pasaba rugiendo.

—Adiós, señor Carmichael —murmuró Talley; era la despedida que había callado cuando Carmichael se marchó de la tienda. Fue una despedida triste, pues le daba tristeza el Carmichael de hoy, que no merecía ese fin. Ahora no era un villano de melodrama cuya muerte se pudiera presenciar con frialdad. Pero el Tim Carmichael de hoy tenía que saldar la deuda del Carmichael de diez años después, y había que arreglar cuentas.

No es bueno tener poder de vida y muerte sobre el prójimo. Peter Talley sabía que no era bueno... Pero ese poder le había caído en las manos. No lo había buscado. Le parecía que la máquina había evolucionado casi por accidente mientras cobraba forma gracias a sus dedos expertos y su mente experta. Al principio lo había desconcertado. ¿Cómo utilizar semejante artefacto? ¿Qué peligros, que terribles potencialidades yacían en ese Ojo que podía ver a través del velo del futuro? La responsabilidad era suya, y lo preocupó bastante hasta que la respuesta se hizo presente. Y después de saber la respuesta...bien, la preocupación se ahondó más aún. Pues Talley era un hombre recto.

No podía haberle dicho a nadie por qué razón era dueño de una tienda. Satisfacción, se lo había dicho a Carmichael. Y a veces había realmente una profunda satisfacción. Pero otras veces, como ésta, solamente había consternación y humildad. Especialmente humildad. Tenemos lo que necesita. Sólo Talley sabía que el mensaje no estaba dirigido a los individuos que entraban a la tienda. En realidad era un mensaje impersonal, un mensaje referido al mundo; el mundo cuyo futuro estaba siendo cuidadosa y afectuosamente remodelado bajo la guía de Peter Talley.

El alineamiento principal del futuro no era fácil de alterar. El futuro es una pirámide que se construye lentamente, ladrillo por ladrillo. Y ladrillo por ladrillo Talley tenía que alterarlo. Habían ciertos hombres que eran necesarios, hombres que podían crear y construir, hombres que tenían que ser salvados. Talley les daba lo que necesitaban. Pero inevitablemente había otros cuyos fines eran malignos. A esos Talley les daba lo que el mundo necesitaba: la muerte.

Peter Talley no había solicitado ese poder terrible, pero le habían puesto las llaves en las manos y no se atravía a delegar semejante autoridad en cualquier otro hombre. A veces se equivocaba. Se sentía un poco más seguro desde que se le había ocurrido el símil de la llave. La llave del futuro. Una llave que había sido puesta en sus manos. Se reclinó en la mecedora al recordarlo y buscó un libro viejo y gastado, que se abrió dócilmente en un pasaje familiar. Una vez más los labios de Peter Talley se movieron en una nueva lectura del pasaje, en el fondo de la tienda de Park Avenue:

Y en verdad te digo que eres Pedro...
Y te daré las llaves del Reino de los Cielos...

Lilas. Kate Chopin (1850-1904)

Adrienne Farival no anunciaba nunca su llegada, pero las buenas monjitas sabían muy bien cuándo esperarla. Cuando la fragancia de las lilas en flor empezaba a impregnar el aire. Sor Agathe se acercaba muchas veces a la ventana a lo largo del día, con la expresión feliz y beatífica en la cara con que las almas puras y simples esperan la llegada de aquellos a los que aman.

Mas no fue Sor Agathe, sino Sor Marceline la que primero la descubrió cruzando el hermoso césped que ascendía hasta el convento. Llevaba los brazos llenos de grandes ramos de lilas que había ido recogiendo durante su paseo. Iba ataviada toda de marrón, como uno de esos pájaros que llegan con la primavera, solían decir las monjas. Era rellenita y grácil y caminaba con paso alegre y optimista. El cabriolé que la había llevado hasta el convento ascendía lentamente por el camino de gravilla que llegaba hasta la imponente entrada. Junto al conductor estaba su modesto baulito negro, en el cual aparecían su nombre y su dirección impresos en letras blancas: «Mme. A. Farival, París.» El crujir de la gravilla fue lo que llamó la atención de Sor Marceline. Y a renglón seguido empezó la conmoción.

Unas cabezas de cofias blancas aparecieron de repente en las ventanas; ella les hizo un saludo con el quitasol y el ramo de lilas. Sor Marceline y Sor Marie Anne aparecieron, revueltas y expectantes en la entrada. Pero Sor Agathe, más atrevida e impulsiva que las demás, bajó las escaleras y salió volando por el campo de hierba para recibirla. ¡Qué abrazos, donde las lilas quedaron estrujadas! ¡Qué besos tan ardientes! ¡Qué rubores de felicidad invadieron las mejillas de las dos mujeres!

Una vez dentro del convento, los dulces ojos marrones de Adrienne se humedecieron de ternura conforme se detenían cariñosamente en los objetos familiares a su alrededor y advertían los más nimios detalles. El entarimado blanco y desnudo no había perdido nada de lustre. Las rígidas sillas de madera, colocadas en fila contra las paredes del vestíbulo y del locutorio, parecían brillar ahora más que la última vez que las había visto durante la última temporada de lilas. Y había un cuadro nuevo del Sacre-Coeur colgado encima de la mesa del vestíbulo. ¿Qué habrían hecho con Sta. Catherine de Sienne, que había ocupado esa posición de honor durante tantos años? En la capilla (era inútil intentar engañarla) comprobó a primera vista que habían embellecido el manto de San José con una nueva capa de color azul y le habían dorado recientemente la aureola de la cabeza. ¡Y la Virgen allí olvidada! Todavía llevaba el atuendo de la primavera pasada, que parecía desaliñado por contraste. ¡No era justa tanta parcialidad! La Santa Madre tenía motivos para estar celosa y para quejarse.

Mas Adrienne no demoró el presentarse ante la Madre Superiora, cuya dignidad no le permitía ni salir a la puerta de su aposento privado a recibir a esta antigua pupila. La verdad es que era la dignidad personificada: grande, intransigente, férrea. Besó a Adrienne sin afecto y habló de temas convencionales en tono docto y prosaico durante el cuarto de hora que la joven pasó en su compañía.

Fue entonces cuando trajeron el último regalo de Adrienne para examinarlo, pues Adrienne siempre traía un hermoso presente para la capilla en su baúl negro. El año anterior había sido un collar de gemas para la Virgen, que a la Santa Madre sólo le permitían llevar en ocasiones especiales tales como las grandes fiestas de precepto. El penúltimo año había sido un crucifijo precioso, una talla de marfil de Cristo en una cruz de ébano cuyas extremidades estaban rematadas con plata forjada. Esta vez era un mantel de lino bordado para el altar de una factura tan delicada y singular que la Madre Superiora, que conocía el valor de cosas tales, reprendió a Adrienne por la extravagancia.

—Pero, querida Madre, usted sabe que es el mayor placer que tengo en esta vida, estar con todas ustedes una vez al año y traer alguna insignificante muestra de mi aprecio.

La Madre Superiora la dejó ir con la réplica:

—Siéntete como en casa, hija mía. Sor Thérése se encargará de lo que necesites. Ocuparás la cama de Sor Marceline en la última habitación, encima de la capilla. Compartirás habitación con Sor Agathe.

Siempre se le encargaba a una de las hermanas que le hiciera compañía a Adrienne durante sus dos semanas de estancia en el convento. Casi se había convertido en una regla fija. Sólo estaba con todas juntas durante las horas de recreo. Aquellas eran horas de mucho alborozo inocente bajo los árboles o en el refectorio de las monjas.

Esta vez era Sor Agathe la que la esperaba en la puerta de la Madre Superiora. Era más alta y delgada que Adrienne y quizás diez años mayor. Su hermosa cara blanca enrojecía y palidecía con cada emoción pasajera que le sobrecogía el alma. Las dos mujeres se cogieron del brazo y salieron al aire libre.

Sor Agathe sentía que había tanto que Adrienne debía ver. Para empezar, el corral ampliado con sus docenas y docenas de nuevos inquilinos. Ocuparse de ellos requería ahora todo el tiempo de una de las legas. No se habían hecho cambios en el huerto, pero... sí que se habían hecho. Los rápidos ojos de Adrienne lo detectaron enseguida. El año pasado el viejo Philippe había plantado coles en un gran cuadrado a la derecha. Este año estaban dispuestas en un arriate alargado a la izquierda. ¡Cómo se reía Sor Agathe al pensar que Adrienne se había dado cuenta de algo tan insignificante! Y llamaron al viejo Philippe, que se hallaba cerca clavando un enrejado roto, para contárselo.

Él no dejaba nunca de decirle a Adrienne que estaba muy guapa y que cada año parecía más joven. Y le encantaba recordar algunas de las travesuras que ella había protagonizado de niña. ¡Nunca olvidaría el día que desapareció y el convento entero se alborotó por ello, y cómo al final fue él quien la descubrió encaramada entre las ramas más altas del árbol más elevado del jardín, adonde se había subido por si podía llegar a vislumbrar un poquito de París! ¡Y su posterior castigo: aprenderse de memoria la mitad del evangelio del Domingo de Ramos!

—Podemos reírnos de eso, mi buen Philippe, mas debemos recordar que Madame ahora es mayor y más sensata.
—Bien sé, Sor Agathe, que uno deja de hacer locuras tras los primeros días de juventud —Adrienne se sintió muy impresionada por la sabiduría de Sor Agathe y del viejo Philippe, el jardinero del convento.

Un poco después, cuando se sentaron en un banco rústico que dominaba el sonriente paisaje en derredor, Adrienne le decía a Sor Agathe, que le tenía cogida la mano y se la acariciaba:

—¿Recuerda mi primera visita hace cuatro años. Sor Agathe, y la sorpresa que les causó a todas ustedes?
—¡Como si pudiera olvidarlo, querida hija!
—¡Ni yo! Recordaré siempre aquella mañana cuando caminaba por el bulevar con pesar... ¡ay! un pesar que me disgusta recordar. De repente me rozó el dulce aroma de las lilas en flor. Una niña había pasado a mi lado con un enorme ramo. ¿Sabía usted, Sor Agathe, que no hay nada que avive tan profundamente un recuerdo como un perfume, un aroma?
—Creo que estás en lo cierto, Adrienne, pues ya que lo mencionas, yo noto que el olor del pan fresco (cuando Sor Jeanne está horneando) siempre me hace pensar en la gran cocina de ma tante de Sierge y en Julie la tullida, que siempre se sentaba a tejer junto a la ventana soleada. Y no oleré nunca la dulce fragancia de la madreselva sin revivir de nuevo el bendito día de mi primera comunión.
—Bueno, eso es lo que me ocurrió a mí, Sor Agathe, cuando de repente la fragancia de las lilas cambió por completo el curso de mis pensamientos y mi pesar. El bulevar, los ruidos, la multitud en marcha, se desvanecieron por completo de mis sentidos como si los hubiesen hecho desaparecer por arte de magia. Allí estaba con los pies hundidos en la grama verde, igual que ahora. Veía la luz del sol desde aquel viejo muro blanco de piedra, oía las notas de los pájaros, igual que las oímos ahora, y el zumbido de los insectos en el aire. Y, por encima de todo, veía y olía las lilas en flor, que me saludaban incitantes desde las tupidas ramas. A mí me parece que este año son más abundantes que nunca, Sor Agathe. Y, sabe usted, me volví como enragée, nada podía detenerme. Ahora no recuerdo adonde iba, pero me di la vuelta y volví sobre mis pasos camino de casa en un estado de agitación total: «¡Sophie! ¡Mi baúl, deprisa, el negro! ¡Tan sólo unas cuantas prendas! Me voy. No me hagas ninguna pregunta. Volveré dentro de dos semanas.» Y cada año desde entonces es lo mismo. ¡Con el primer olorcillo de las lilas en flor, me voy! No hay forma de detenerme.
—¡Y cómo te espero yo, Adrienne, y observo esos arbustos de lilas! Si un año dejaras de venir, sería como la llegada de la primavera sin el sol o sin el canto de los pájaros.
—Pero sabes, querida hija, que a veces he temido que en momentos de pesar como el que acabas de describir... temo que no recurras como debieras a nuestra Santísima Madre celestial, que siempre está dispuesta a confortar y consolar a un corazón afligido con el precioso bálsamo de su amor y compasión.
—Puede que no, Sor Agathe. Pero no puede usted hacerse una idea de las molestias a las que constantemente he de enfrentarme. ¡Esa Sophie y sus detestables modales! Le aseguro que se basta y sobra para mandarme a St. Lazare.
—En efecto, comprendo que los padecimientos de alguien que vive en el mundo deben ser muy grandes, Adrienne, especialmente para ti, pobre hija mía, que has tenido que soportarlos sola, dado que el Señor Todopoderoso tuvo a bien llamar a su lado a tu querido esposo. Mas, por otro lado, vivir la vida propia acorde a los dictados que nuestro querido Señor nos impone a cada uno debe conllevar resignación e incluso un cierto consuelo. Tú tienes tus deberes domésticos, Adrienne, y tu música, a la cual, dices, sigues dedicándote. Además, siempre hay buenas acciones que hacer: ayudar a los pobres (que siempre nos acompañan) o confortar a los afligidos.
—¡Pero, Sor Agathe, escuche! ¿No es La Rose la que oigo segando allí al final del prado? Supongo que me reprocha el ser una ingrata al no haber plantado aún un beso en esa blanca frente suya. Venga, vayamos.

Las dos mujeres se levantaron y caminaron de nuevo, esta vez cogidas de la mano, por la hierba cortada, cuesta abajo hasta el vasto y llano prado y el límpido arroyo que fluía de los bosques fresco y sereno. Sor Agathe caminaba con el paso tranquilo propio de una monja, Adrienne con un cierto contoneo y paso saltarín, como si la tierra respondiera a sus ligeras pisadas con un sutil impulso propio.

Se entretuvieron largo rato en el puente peatonal sobre el estrecho arroyuelo que separaba los terrenos del convento del prado a lo lejos. A Adrienne le resultaba indescriptiblemente placentero estar allí conversando de forma tan delicada y entre susurros con esta monja de rostro dulce, contemplando el atardecer. El borboteo del agua que corría por debajo de ellas y el mugido del ganado que se aproximaba a lo lejos eran los únicos sonidos que desgajaban la calma, hasta que los tonos claros de la campana del ángelus repicaron en la torre del convento. Al oírlos, ambas instintivamente se pusieron de rodillas y se santiguaron. Sor Agathe repitió la invocación de costumbre y Adrienne respondía en tono musical:

El ángel del Señor anunció a María,
y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo...

...y así hasta el final de la breve oración, tras la cual se levantaron y volvieron sobre sus pasos hacia el convento.

Esa noche Adrienne se preparó para la cama con un placer cándido y delicado. El cuarto que compartía con Sor Agathe era inmaculadamente blanco: las paredes, de un blanco intenso, tan sólo aliviadas por una lámina recargada que mostraba el sueño de Jacob al pie de la escalera por la que los ángeles ascendían y descendían; y el suelo desnudo, de color blanquiamarillo suave, con dos pequeños parches de alfombra gris junto a cada una de las impecables camas. A la cabecera de las camas de colchas blancas había dos bénitiers que contenían esponjas empapadas de agua bendita.

Sor Agathe se desvistió sin hacer ruido tras las cortinas y se deslizó en la cama sin ni siquiera proyectar, a la tenue luz de la vela, la más mínima sombra. Adrienne iba y venía con pasos ligeros por el cuarto. Sacudió y dobló sus prendas con sumo cuidado, colocándolas en el respaldo de una silla como le habían enseñado en el convento cuando era niña, lo que agradó a Sor Agathe, al comprobar en secreto que su querida Adrienne se aferraba a los hábitos adquiridos en su juventud.

Pero Adrienne no podía dormir. No sentía gran deseo de hacerlo. Estas horas parecían demasiado valiosas para arrojarlas al olvido del sueño.

—¿No duermes, Adrienne?
—No, Sor Agathe. Usted sabe que siempre me pasa eso la primera noche. La emoción de mi llegada, no sé qué, me mantiene despierta.
—Di tus «Ave Marías» una y otra vez, querida hija.
—Es lo que he hecho. Sor Agathe, pero no sirve.
—Entonces ponte de lado muy quieta y no pienses mas que en tu propia respiración. He oído que tal inducción al sueño casi nunca falla.
—Lo intentaré; buenas noches. Sor Agathe.
—Buenas noches, querida hija. Que la Virgen te proteja.

Una hora después Adrienne seguía tumbada con los ojos bien abiertos, escuchando la respiración uniforme de Sor Agathe El paso del viento veloz por las copas de los árboles o el murmullo incesante del riachuelo eran los sonidos que tenuemente le llegaban en medio de la noche.

Los días posteriores de la quincena fueron en esencia tranquilos y sin sobresaltos como el primero de su llegada, exceptuando sólo que oía misa devotamente cada mañana a una hora temprana en la capilla del convento y que los domingos cantaba en el coro con su voz agradable y refinada, que se oía con gran deleite y se agradecía sobremanera.

Cuando llegó el día de su partida, a Sor Agathe no le bastó con decirle adiós en el portal como hicieron las otras. Fue camino abajo junto al viejo y lento cabriolé, emitiendo su última y agradable cháchara. Y luego se quedó allí, al borde del camino, que era lo más lejos que se le permitía ir, diciendo adiós con la mano en respuesta al revoloteo del pañuelo de Adrienne. Cuatro horas más tarde Sor Agathe, que estaba preparando a unas niñas para la primera comunión, alzó la vista al reloj del aula y murmuró: «Adrienne ya está en casa.»

Sí, Adrienne ya estaba en casa. París se la había tragado.

Justo a la misma hora en que Sor Agathe había mirado el reloj Adrienne, ataviada con un negligé encantador, descansaba indolentemente en las profundidades de un lujoso butacón. El luminoso cuarto estaba sumido en su habitual estado de pintoresco desorden. Había partituras musicales desperdigadas por el piano, que estaba abierto. Tiradas sobre los respaldos de varias sillas había un desorden de prendas que resultaban desconcertantes y asombrosas.

En una gran jaula dorada junto a la ventana había un torpe loro verde encaramado. Parpadeaba tontamente delante de una chica en traje de calle que se esforzaba en hacerle hablar.

En el centro de la habitación estaba Sophie, la espina que su señora tenía clavada en el corazón. Con las manos metidas en los bolsillos hondos de su delantal, la almidonada cofia blanca meneándose con cada movimiento enérgico de su entrecana cabeza, estaba soltando una perorata para evidente ennuí de las dos jóvenes. Decía:

—Dios sabe que he aguantado bastante los seis años que he estado con Mademoiselle, ¡pero nunca jamás había tenido que soportar humillaciones tales como las de las dos últimas semanas a manos de ese hombre que se hace llamar encargado! El primer día, y yo, que le había notificado debidamente de la partida de Mademoiselle, llega como una fiera, ya le digo, como una fiera. Insiste en saber el paradero de Mademoiselle. ¿Acaso puedo decirle yo algo más que la estatua que está ahí en la plaza? ¡Y me llama mentirosa! ¡Yo, mentirosa, yo! Me dice que esto es su ruina. Que el público no soportará a La Petite Gilberta en el papel que Mademoiselle ha hecho tan famoso, la Petite Gilberta, que baila como un títere y canta como la traínée de un café chantante ¡Si yo le contara eso a La Gilberta, como bien podría hacerlo, le garantizo que los pocos pelos desordenados que le quedan a ese miserable en la cabeza correrían un gran riesgo!
—¿Qué podía hacer él? ¡Tenía la obligación de informarle al público que Mademoiselle estaba enferma y entonces comenzó mi verdadero suplicio! ¡Contestar a las tarjetas de este y de aquel, a sus flores, a sus golosinas que llegaban en platos cubiertos (que, debo admitir, nos ahorraron cocinar mucho a Florine y a mí)! Y mientras tanto tenía que decirles que el médico le había aconsejado a Mademoiselle que descansara un par de semanas en algún balneario, ¡de cuyo nombre me había olvidado! .

Adrienne había estado contemplando a la vieja Sophie con ojos burlones y medio cerrados y acribillándola con rosas de invernadero que tenía en el regazo y a las que les iba cortando los elegantes tallos para tal fin. Cada rosa le daba de lleno a Sophie en la cara, pero ni la desconcertarban ni le ponían freno a su torrente de voz.

—¡Ay, Adrienne! —suplicó la chica que estaba junto a la jaula del loro— haz que se calle; por favor, haz algo. ¿Cómo esperas que Zozo llegue a hablar? ¡Una docena de veces ha estado a punto de decir algo! Pero, te lo aseguro, lo deja anonadado con su parloteo.
—Mi buena Sophie —observó Adrienne, sin cambiar de postura—, verás que ya no quedan rosas, pero te aseguro que todo lo que esté a mano vale —mientras descuidadamente cogía un libro de una mesa cercana—. ¿Qué es esto? ¡MonsieurZola! Pues te aviso, Sophie, el peso, la gravedad de Monsieur Zola son tales que seguro que logran tumbarte; y tendrás que estar agradecida si te dejan fuerzas para volver a ponerte en pie.
—Las gracias de Mademoiselle están todas muy bien, pero si me van a echar por ello, si me van a lisiar por ello, he de afirmar que creo que Mademoiselle es una mujer sin conciencia y sin corazón. ¡Torturar a un hombre de esa manera! Qué digo ¿un hombre? ¡No! ¡Un ángel!
—Todos los días ha venido con el semblante triste y cabizbajo.
—¿No hay noticias, Sophie?
—Ninguna, Monsieur Henri.
—¿No tienes ni idea de adonde se ha ido?
—No más que la estatua de la plaza, Monsieur.
—¿Es posible quizás que no vuelva más? —con la cara tan pálida como esa cortina.
—Le aseguro que usted volvería al final de la quincena. Le suplico que tenga paciencia —él deambula por el cuarto, desolé, coge el abanico de Mademoiselle, sus guantes, su música y les da vueltas en las manos una y otra vez. La zapatilla de Mademoiselle, que usted se quitó para tirármela ante la impaciencia de su partida, y que yo dejé a posta en la cómoda donde cayó, él la besó, le vi hacerlo, y se la metió en el bolsillo pensando que nadie le veía.
—La misma cantinela cada día. Le ruego que coma un poco de esa sopa tan buena que he preparado. «No puedo comer, mi querida Sophie.» La otra noche vino y pasó un buen rato mirando a las estrellas por la ventana. Cuando se dio la vuelta se estaba secando los ojos; los tenía rojos. Dijo que había estado cabalgando y que se le habían irritado con el polvo. Pero yo sabía la verdad: había estado llorando.
—Ma foi!. De estar en su lugar yo respondería con un desprecio ante tanta crueldad. Me iría por ahí a divertirme. ¡De qué sirve ser joven!

Adrienne se levantó riéndose. Se dirigió a Sophie y, cogiéndola por los hombros, la sacudió hasta que la cofia blanca le temblaba en la cabeza.

—¿De qué sirve toda esta letanía, mi buena Sophie? ¡Año tras año lo mismo! ¿Has olvidado que he hecho en tren un viaje largo y polvoriento y que me muero de hambre y de sed? Tráenos una botella de Chateau Yquem y un bizcocho y mi caja de cigarrillos —Sophie se había soltado y retrocedía hacia la puerta—. Y Sophie, si Monsieur Henri sigue esperando, dile que suba.

Era justo un año después. La primavera había llegado de nuevo y París estaba intoxicado de ella.

La vieja Sophie se hallaba sentada en la cocina disertando con una vecina que había venido a pedirle prestado a la vieja bonnen algún insignificante utensilio de cocina.

—Sabes, Rosalie, empiezo a creer que es un ataque de locura que le da una vez al año. Esto no se lo diría a cualquiera, pero sé que contigo no va a salir de tu boca. Deberían tratárselo, debería consultar a un médico, no es bueno descuidar cosas tales y dejar que sigan su curso.
—Le sobrevino esta mañana como un trueno. Como que estoy aquí sentada, no se había ni pensado ni mencionado ningún viaje. El panadero había entrado en la cocina (ya sabes lo galante que es, siempre con una chica en mente). Puso el pan en la mesa y, al lado, un ramo de lilas. Yo no sabía que ya habían florecido. «Para Mam'selle Florine, con mis saludos», dijo con su absurda risa tonta.
—Ya te puedes imaginar que yo no iba a molestar a Florine en su trabajo para entregarle las flores del panadero. Pero, por otro lado, tampoco podía dejar que se marchitaran. Así que me las llevé al comedor para coger un jarro de cerámica mallorquina que yo había puesto allí en el armario, en el estante superior, porque se le había roto el asa. Mademoiselle, que se levanta temprano, acababa de darse su baño y estaba cruzando el vestíbulo que da al comedor. Tal como estaba, con su peignoirlat blanco, asomó la cabeza de súbito por la puerta del comedor, olisqueando el aire y exclamó: «¿A qué huele?»
—Descubrió las flores que tenía en la mano y se abalanzó sobre estas como un gato sobre un ratón. Las apretó contra sí, hundiendo la cara en ellas durante un buen rato y sólo pronunció un prolongado «¡ah!».
—Sophie, me voy. Saca el baúl negro y algunas de las prendas más sencillas que tengo, el vestido marrón que aún no he estrenado.
—Pero, Mademoiselle —protesté yo—, olvida usted que ha encargado un desayuno de cien francos para mañana.
—¡Cállate! —gritó, dando un zapatazo en el suelo.
—Olvida usted que el encargado va a enojarse —insistí yo—, y a vilipendiarme a mí. Y usted va a irse así, sin más, sin una palabra de despedida para Monsieur Paúl, que es el ángel más bueno que jamás hubo sobre la tierra.
—Te lo aseguro, Rosalía, echaba fuego por los ojos.
—¡Haz lo que te digo al instante —exclamó—, o te estrangulo, con tu Monsieur Paúl, tu encargado y tus cien francos!
—Sí —dijo Rosalie—, eso es pura demencia. Tengo una prima que una mañana tuvo un ataque similar cuando olió el hígado de temerá frito con cebollas. Antes de que anocheciera hicieron falta dos hombres para sujetarla.
—Sabía bien que era pura demencia, querida Rosalie, y no dije otra palabra más porque temía por mi vida. Simplemente obedecí todas sus órdenes en silencio. ¡Y ahora, puff, se ha ido! Dios sabe a donde. Pero, entre nosotras, Rosalie, (no se lo diría a Florine), dudo que sea por algo bueno. Si yo estuviera en el lugar de Monsieur Paúl, haría que la vigilaran. Pondría un detective sobre su pista. Ahora voy a cerrar y a ponerle barricadas a todo el establecimiento. Monsieur Paúl, el encargado, los visitantes, todos, todos, que toquen el timbre y llamen y griten hasta que se queden afónicos. Estoy cansada de todo esto. ¡Que me vilipendien y me llamen mentirosa a mi edad, Rosalie!

Adrienne dejó su baúl en la pequeña estación de tren, pues el viejo cabriolé no estaba disponible de momento y caminó con sumo gusto el par de millas de agradable camino hasta el convento. ¡Cuan infinitamente tranquilo, pacífico y penetrante era el encanto del ondulante y verdoso campo que se extendía por todos lados a su alrededor! Caminó por el sendero claro y liso, dándole vueltas al quitasol, tarareando una melodía alegre, cortando aquí y allá de los setos un capullo o una hoja cerosa, y todo ello mientras inhalaba grandes bocanadas de contento y autocomplacencia.

Se detuvo, como siempre había hecho, a coger lilas del camino.

Según se acercaba al convento le pareció ver que una cara con cofia blanca se había asomado furtivamente a una ventana, pero debía estar equivocada. Estaba claro que no la habían visto y esta vez les iba a dar una sorpresa. Sonrió al pensar cómo Sor Agathe daría un gritito de asombro, y en su imaginación ya sentía el calor y la ternura del abrazo de la monja. ¡Y cómo se reirían Sor Marceline y las demás, y cómo se divertirían con sus mangas abullonadas! Pues las mangas abullonadas se habían puesto de moda en el último año y los caprichos de la moda siempre le proporcionaban a las monjas un júbilo infinito. No, seguro que no la habían visto.

Subió con agilidad los escalones de piedra y tocó la campana. Oyó cómo el agudo sonido metálico reverberaba por los pasillos. Antes de que la última nota se hubiera extinguido, una lega con la mirada baja y las mejillas enrojecidas abrió la puerta muy levemente con gran precaución. Por la estrecha apertura le pasó a Adrienne un paquete y una carta y, en tono confuso, dijo: «De parte de la Madre Superiora.» Después cerró la puerta a toda prisa y giró la pesada llave en la gran cerradura.

Adrienne se quedó atónita. No lograba entender el significado de esta singular recepción. Las lilas se le cayeron de los brazos al suelo del pórtico de piedra donde estaba. Les dio la vuelta mecánicamente a la nota y al paquete, intuyendo y temiendo lo que sus contenidos pudieran revelar.

El contorno del crucifijo se podía sentir claramente a través del envoltorio del paquete y adivinó, aunque sin tener el valor de asegurarse, que el collar de piedras preciosas y el mantel del altar lo acompañaban.

Apoyándose en la pesada puerta de roble, Adrienne abrió la carta. No parecía que leyera palabra por palabra los escasos renglones llenos de reproches amargos, los renglones que la desterraban para siempre de este remanso de paz, donde su alma solía venir para sentirse como nueva. Se le grabaron en la mente de una vez en su totalidad con toda su aparente crueldad, ya que no se atrevía a decir injusticia.

No sentía enojo en su corazón; sin duda la embargaría más tarde, cuando su inteligencia ágil empezara a buscar el origen de este acto de traición. Ahora, sólo tenía espacio para las lágrimas. Apoyó la frente en el pesado panel de roble de la puerta y lloró con el desconsuelo de una niña pequeña.

Bajó las escaleras con paso vacilante y rezagado. Conforme se alejaba, se giró una vez a mirar la imponente fachada del convento, esperando ver una cara familiar o, incluso, una mano que diera débiles muestras de que un corazón fiel aún la apreciaba. Mas sólo vio que las ventanas impolutas la miraban como si fueran muchos ojos fríos, rutilantes y llenos de reproches.

En el pequeño cuarto blanco encima de la capilla, una mujer estaba arrodillada junto a la cama en la que Adrienne había dormido. Tenía la cara bien hundida en la almohada en su intento por ahogar los sollozos que sacudían su cuerpo. Era Sor Agathe.

Después de un rato, una lega salió a la puerta con una escoba y barrió las lilas en flor que Adrienne había dejado caer.