domingo, 4 de septiembre de 2016

La bella de los lunares. Abu Ahmad ben Hayyun (s. XIII)

Era tan blanca, que la juzgarías una perla que se fundía, o
estaba a punto de fundirse, con sólo nombrarla.
Pero tenía las dos mejillas ?blancas como el alcanfor- puntuadas de
almizcle. ¡Encerraba toda la beldad y aun algo más!
Una vez que sus lunares se hubieron metido en mi corazón tan
hondo como yo me sé, le dije:
"¿Es que toda esa blancura representa todos tus
favores y esos puntos negros algunos de tus desdenes?"
Me contestó: "Mi padre es escribano de los reyes,
y, cuando me he acercado a él para demostrarle mi amor filial,
temió que descubriese el secreto de lo que escribía, y
sacudió la pluma, rociándome el rostro de tinta."

Modos de morir. Abel G. Fagundo.

Sobre la tierra negra quedó
la estela roja.
José. M. Poveda


En el surco
el labrador acude a su existencia,
es sólo un rostro tenue
una felicidad imprecisa.

Todo el destino
habita en sus semillas,
el reino,
la armonía.

Lo enterrarán al pie de la arboleda
junto a la mala hierva.
No iremos a su entierro,
en la ensalada de las tardes
hemos comido poco a poco su cadáver.

Perros. Abel G. Fagundo.

La ciudad continúa disfrazando sus perros,
cruzan como fantasmas
que una vez tomaron el silencio de las calles.
Erarios que el asfalto condenó
al desperdicio vagabundo de la acera.
Criaturas enfermas,
libertadores del asfalto.
sus ladridos se afanan contra el polvo,
ascienden sobre el viento
que más allá del eco se corrompe
que más allá del mar muere en silencio

La ciudad, perro a perro
dejo sus almas en el callejón
donde la gente suele alzar un pie para orinar,
donde la gente perro a perro se aniquila.

Mariposa gitana. Abel G. Fagundo.

Qué locura me inventas
carne en giros
en plena luna llena
y tú desafiando la violencia
de los lobos,
con las piernas por ego,
con tus ojos eslavos
y esa densidad de reina
que ataca mi silueta
retorcida y esquiva.

Qué locura te inventas
mariposa gitana, nocturna,
detén tu lengua ahora
el alivio del hambre
en esas selvas
que riegan tu fragilidad.
Detén por un instante el apetito,
vuela sobre mí,
anida en este sexo
devórale las hojas a su árbol.

Nacimiento del hijo. Abel G. Fagundo.

a Marielena Hernández


Naceré de mí,
sacudiendo el polvo de rodillas
ya vivo entre los dedos de mi madre y mi yo
multiplicado en vicios y grandezas,
y mi primer poema,
dos versos tristes,
y mi primer regalo un árbol seco.
Hoy naceré pagando las deudas de otras muertes,
sin pan para comer en los destierros
sin luto que llevar por mis fantasmas.
Me arrastraran las manos libertarias,
hacia otros nacimientos,
y yo repetiré sin más
aquellos versos tristes
de mi primer poema,

todo lo que he aprendido de la vida es un espejo,
un masticar de Borges,
atándose en sus miedos a la muerte.

Extraña salvaje. Abel G. Fagundo.

Yo tengo una extraña que nació salvaje,
de su lejanía se hizo el polvo,
de su soledad mi tiempo...

Ebria, en la majestad de sus costumbres,
se niega a sostener mi próxima mordida,
mi discurso en favor de otras nostalgias,
maníaca y mortal,
herida entre sus mitos
como la musa fuerte de un loco sin historia.

Amarra en estas manos tu trozo del abismo,
hazle el amor al Buitre,
a veces por milagro
se suele trasformar en oruga la oscura mariposa.