jueves, 15 de septiembre de 2016

Gritos sin hálito. Damián Fryderup.

Una mañana como las tantas que había vivido, me di cuenta que algo no andaba del todo bien -y con una idea más firme-, logré entender que todo estaba lo suficiente mal, como para pensar en un grado de alerta máxima.

Cuando me levanté de mi reconfortante cama, noté que mi despampanante mujer demostraba su ausencia; en su otro lado de la cama. Sin darle importancia a esto, me dirigí al baño para quitarme la cara de cansancio y reemplazarla por una más vivaz. Pero fue aquí cuando me di cuenta que todo había cambiado.

Mi cónyuge estaba llorando descontroladamente y junto a ella había unos sedantes como para dopar a un caballo. También, las colillas de cigarros hacían notar su despreciable presencia en aquel piso tan sucio, algo que mi persona no estaba acostumbrado a ver. Sin dudas, mi vida había cambiado en cuestión de segundos y no lograba entender qué era lo qué ocurría.

Sin inmiscuirme con los llantos de mi esposa, decidí ir a la cocina en busca de algún aperitivo. Y allí encontré a mi único hijo-llorando también-, como un jovencillo cuando es abofeteado por su madre.

Esta situación tan lúgubre se tornaba un tanto explicita y no ordinaria. Lo más lógico que atravesó por mi mente fue consolar a mi hijo.
-¿Estás bien?-le pregunté.
No tenía ningún plan en contestar a mi pregunta que se fortificaba en la sencillez.
-¿Estás bien hijo mío?-insistí.
Pero seguía sin escuchar mi ronca voz. Era como si mi querido hijo, estuviese en su propio limbo, alejado de todo lo terrenal.
-¿Hijo estás bien?-con un fuerte grito, me hice escuchar o al menos eso creía.

No volvió a oírse nada proveniente de su boca. Esta situación se tornaba de lo más complicada y tenebrosa. Decidí ir con mi amada esposa, la cual seguramente seguía con sus lúgubres llantos, para preguntarle sobre la situación.

Pero una vez que llegué al baño, mis ojos presenciaron algo tan atroz, que ningún humano lo soportaría con júbilo. Era mi dulce y tierna esposa, con sus venas cortadas inundando todo el suelo con su brillante sangre. Ella, se encontraba situada dentro de la bañadera y sus brazos tendían por los bordes de la misma. Creando cascadas de sangre, provenientes de sus muñecas. Y en el suelo, estaban las malditas hojas de rasurar, -las malditas causantes del suicidio cotidiano-.

Lo único que pude hacer en tales momentos fue, llorar como un chiquillo. Después de sufrir lo tan sufrido y de sollozar decidí, ir a contarle la trágica noticia a mi hijo. Pero como si no hubiese sido suficiente, -para que mi vida se desmoronase por completo-, mi querido niño, estaba muerto, con sus sesos esparcidos por la mesa y al lado de su irreconocible cabeza, estaba el maldito causante de tal atrocidad. El viejo 38, -un revólver hereditario-, el cual fue concedido a mi padre por mi abuelo, a mí por mi padre y el cual iba a regalar a mi difunto hijo. Sin saber qué hacer y sin tener más ganas de vivir por la pérdida de mis seres queridos, decidí tomar el camino del cobarde.

Aparté un poco los sesos de la mesa, para poder tomar el revólver. Una vez que lo tenía entre mis manos, decidí hacer lo inevitable. Lo puse en mi colosal boca y gatillé.

Pero lo más extraño recién estaba por presentar su función, porque una vez que disparé aquel revólver, las balas salieron con una potencia y estruendo capaz de matar a cualquier ser vivo-algo que no sucedió conmigo-.

Esto fue algo que llamó a todas mis sospechas, algo que sacó la bruma de mis ojos, algo que me hizo saber la verdad absoluta de toda la situación que acontecía en mi vida.

Algo había cambiado en el mundo. Y con mi alma de aventurero decidí investigar que era ése algo.

Aún no he logrado comprender nada en lo absoluto, pero de lo que sí estoy más que seguro es que mucha gente no logra oírme y tampoco logra sentir mis golpes hirientes hacia sus cuerpos. Seguramente, todo el mundo está vagando por el tiempo como me sucedía a mí. Sin dudas, algo extraño sucede, algo verdaderamente extraño ocurre en este mundo tan desconocido por los conocedores.