domingo, 18 de septiembre de 2016

Los habitantes del pozo. Abraham Merrit (1884-1943)

Hacia nuestro norte, una lanza de luz se alzaba hasta llegar el cenit. Surgía detrás de la áspera montaña hacia la que nos habíamos dirigido todo el día. Atravesaba una columna de niebla azul cuyos costados estaban tan bien marcados como la lluvia que cae de los bordes de una nube tormentosa. Era como el haz de un proyector, y no creaba sombras.

Mientras subía recortaba con aristas duras las cinco cimas, y vimos que la montaña, en su conjunto, estaba modelada en forma de mano. Y, mientras la luz los silueteaba, los gigantescos picos que eran los dedos parecían extenderse, y la tremenda masa que formaba la palma, empujar. Era como si se moviese para rechazar algo. El haz brillante permaneció durante unos momentos, luego se dispersó en una multitud de pequeños globos luminosos. Parecían estar buscando algo.

El bosque estaba silencioso. Cada uno de los ruidos que antes lo llenaban contenía la respiración. Noté como los perros se apretaban contra mis piernas. También ellos callaban, pero cada uno de los músculos de sus cuerpos temblaba; tenían el pelo erizado, y sus ojos, clavados en las chispas fosforescentes que caían, estaban cubiertos por una fina película de terror. Me volví hacia Starr Anderson. Estaba mirando al Norte.

-¡La montaña con forma de mano! -hablé sin mover los labios.
-Es la montaña que hemos estado buscando -contestó en el mismo tono.
-Pero, ¿qué es esa luz? Seguro que no es la aurora boreal -dije.
-¿Quién ha oído hablar de una aurora boreal en esta época del año?

Había expresado el pensamiento que yo tenía en mente.

-Algo me hace pensar que ahí arriba están persiguiendo a alguien -prosiguió-. Esas luces están buscando... llevan a cabo alguna terrible persecución... es bueno que estemos fuera de su alcance.
-La montaña parece moverse cada vez que ese haz se alza –comenté-. ¿Qué es lo que trata de mantener alejado, Starr? Me hace recordar la mano de nubes heladas que Shan Nadour colocó frente a la Puerta de los Ogros para mantenerlos en las madrigueras que les había excavado Eblis.

Alzó una mano, mientras escuchaba algo. De lo alto llegó un susurro. No era el roce de la aurora, ese sonido quebradizo, que parece hecho por los fantasmas de los vientos que soplaron durante la Creación mientras corren por entre las hojas que dieron cobijo a Lilith. No, este susurro contenía una orden. Era autoritario. Nos llamaba. ¡Nos... atraía!

Había en él una nota de inexorable insistencia. Aferraba mi corazón como minúsculos dedos con uñas de miedo, y me llenaba de una tremenda ansia por correr hasta fundirme en la luz. Era algo similar a lo que debió sentir Ulises cuando se debatía contra el mástil para tratar de obedecer al canto de cristal de las sirenas. El susurro se hizo más fuerte.

-¿Qué demonios les pasa a los perros? -gritó salvajemente Starr Anderson-. ¡Míralos!

Los perros esquimales, aullando lastimeramente, estaban corriendo hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los árboles. Nos llegó un gemido lleno de tristeza. Luego esto también murió, y solo dejó tras de sí el insistente murmullo en lo alto.

El claro en el que acampamos miraba directamente al Norte. Supongo que habíamos llegado al primer gran meandro del río Kuskokwim, a unos quinientos kilómetros en dirección al Yukon. Lo que era seguro es que nos hallábamos en una parte inexplorada de los bosques. Habíamos partido de Dawson al iniciarse la primavera, siguiendo una pista bastante convincente que prometía llevarnos a una montaña perdida entre cuyos cinco picos, al menos eso nos había asegurado aquel hechicero de la tribu Athabascana. No conseguimos que ningún indio aceptase venir con nosotros. Decían que la tierra de la Montaña con forma de Mano estaba maldita.

Habíamos visto la montaña por primera vez la noche anterior, con su recortada cima dibujada sobre un resplandor pulsante. Y ahora, iluminados por la luz que nos había guiado, veíamos que realmente era el lugar que andábamos buscando. Anderson se puso rígido. Por entre el susurro se dejaba oír un curioso sonido apagado y un roce. Sonaba como si un oso pequeño se estuviera acercando a nosotros. Eché una brazada de leña al fuego y, mientras la llama se alzaba, vi como algo aparecía entre los matorrales. Caminaba a cuatro patas, pero no parecía ser un oso. De repente, una imagen se formó en mi mente: era como un niño subiendo unas escaleras a gatas. Las extremidades delanteras se alzaban en un movimiento grotescamente infantil. Era grotesco, pero también era... horrible. Se acercó. Tomamos nuestras armas y las dejamos caer. ¡Súbitamente, supimos que aquella cosa que gateaba era un hombre! Era un hombre. Se acercó al fuego con aquel mismo apagado forcejeo. Se detuvo.

-A salvo -susurró el hombre, con una voz que era un eco del susurro que se oía por sobre nuestras cabezas-. Estoy bastante a salvo aquí. No pueden salir del azul ¿saben? No pueden cogerle a uno... a menos que uno les responda...
-Está loco- dijo Anderson; y luego, con suavidad, dirigiéndose a aquella piltrafa de lo que había sido un hombre.
-Tiene razón... nadie le persigue.
-No les respondan -repitió el hombre-. Me refiero a las luces.
-Las luces -grité, olvidándome hasta de mi compasión-. ¿ Qué son esas luces?
-¡Los habitantes del pozo! -murmuró. Luego se desplomó sobre un costado.
Corrimos a atenderle. Anderson se arrodilló a su lado.
-¡Dios mío! -gritó- ¡Mira esto, Frank!

Señaló a las manos del desconocido. Las muñecas estaban cubiertas por jirones desgarrados de su gruesa camisa. Sus manos... ¡solo eran unos muñones! Los dedos se habían pegado a las palmas, y la carne se había desgastado hasta que el hueso sobresalía. ¡Parecían las patas de un diminuto elefante! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura llevaba una pesada banda de metal dorado de la que colgaba una anilla y una docena de eslabones de una brillante cadena blanca.

-¿Quién puede ser? ¿De dónde vendrá? -preguntó Anderson-. Mira, está profundamente dormido... y, aún en sueños, sus brazos tratan de escalar y sus piernas se alzan una tras la otra. Y sus rodillas... ¿Cómo, en el nombre de Dios, ha podido moverse sobre ellas?

Era como decía. Hasta en el profundo sueño sus brazos y piernas continuaban alzándose en un deliberado y aterrador movimiento de escalada. Era como si tuvieran vida propia. Realizaban sus movimientos con independencia del cuerpo. Si ustedes han ido en alguna ocasión en la cola de un tren y mirado como suben y bajan los brazos de los semáforos sabrán a lo que me refiero.

De pronto, el susurro en lo alto cesó. El chorro de luz cayó y no volvió a alzarse. El hombre que gateaba se quedó quieto. A nuestro alrededor comenzó a aparecer un suave resplandor: la corta noche del verano de Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y volvió hacia mi un rostro trasnochado.

-¡Chico! -exclamó-. Parece que hayas estado enfermo.
-¡Pues si te vieras tu mismo, Starr! -repliqué- ¡Ha sido algo realmente horroroso! ¿Qué sacas en claro de todo ello?
-Estoy creyendo que la única respuesta la tiene ese individuo -me contestó, señalando a la figura que yacía, completamente inmóvil, bajo las mantas con que la habíamos arropado-. Sea lo que fuese eso lo perseguía. Esas luces no eran una aurora, Frank. Eran como la abertura a algún infierno del que nunca nos hablaron los predicadores.
-Ya no seguiremos adelante hoy -dije-. No lo despertaría ni por todo el oro que corre por entre los dedos de los cinco picos... ni por todos los demonios que puedan estar persiguiéndolo.

El hombre yacía en un sueño tan profundo como la laguna Estigia. Le lavamos y vendamos los muñones que antes habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que más parecían muletas. No se movió mientras hacíamos esto. Yacía tal como se había desplomado, con los brazos algo alzados y las rodillas dobladas. Comencé a limar la banda que rodeaba la cintura del durmiente. Era de oro, pero de un oro distinto a todo otro oro que yo jamás hubiera visto. El oro puro es blando. Este también lo era, pero tenía una vida sucia y viscosa que le era propia. Embotaba la lima y hubiera podido jurar que se retorcía como un ser vivo cuando lo cortaba. Lo hendí, lo doblé arrancándolo del cuerpo, y lo lancé a lo lejos. Era repugnante.

Durante todo el día, el hombre durmió. Llegó la obscuridad, y seguía durmiendo. Pero aquella noche no hubo ninguna columna de luz azulada detrás de los picos, ni escudriñantes globos luminosos, ni susurros. Parecía que aquella horrible maldición se hubiera retirado... aunque no muy lejos. Tanto a Anderson como a mí nos parecía que la amenaza estaba allí, tal vez oculta, pero acechante. Ya era mediodía de la jornada siguiente cuando el hombre se despertó. Di un salto cuando oí sonar su placentera pero insegura voz.

-¿Cuánto tiempo he dormido? -preguntó. Sus pálidos ojos azules se poblaron de ansiedad mientras yo lo contemplaba.
-Una noche y casi dos días - respondí.
-¿Hubo luces arriba? -señaló con la cabeza, ansiosamente, hacia el Norte- ¿ Se oyeron susurros?
-Ninguna de las dos cosas -le contesté.
Su cabeza cayó hacia atrás y se quedó mirando al cielo.
-Entonces, ¿han abandonado la persecución? -preguntó al fin.
-¿Quién le perseguía? -preguntó Anderson.
Y, una vez más, nos contestó:
-¡Los habitantes del pozo!

Nos quedamos mirándole y de nuevo, débilmente, sentí aquel deseo enloquecedor que había parecido acompañar a las luces.

-Los habitantes del pozo -repitió-. Unas cosas que algún dios creó antes del Diluvio y que, en alguna forma, escaparon a la venganza del Dios del Bien. ¡Me estaban llamando! -añadió simplemente.
Anderson y yo cruzamos las miradas, con el mismo pensamiento en nuestras mentes.
-No -intervino el hombre, adivinando cual era-, no estoy loco. Denme algo de beber. Pronto moriré. ¿Me llevarán tan al Sur como puedan antes de que esto suceda? Y después, ¿elevarán una pira y me quemarán en ella? Quiero quedar en una forma en la que ninguna infernal vileza que intenten pueda arrastrar a mi cuerpo de vuelta hasta ellos. Estoy seguro que lo harán cuando les haya hablado de ellos -finalizó, cuando vio que dudábamos.

Bebió el coñac y el agua que le llevamos a los labios.

-Tengo los brazos y piernas muertos -comentó-, tan muertos como yo mismo lo estaré pronto. Bueno, cumplieron bien con su misión. Ahora les diré lo que hay allá arriba, detrás de aquella mano: ¡Un infierno! Escuchen. Mi nombre es Stanton. Sinclair Stanton, de la promoción de 1900 en Yale. Explorador. Salí de Dawson el año pasado para buscar cinco picos que formaban una mano en una tierra embrujada y por entre los cuales corría el oro puro. ¿Es lo mismo que ustedes andan buscando? Ya me lo pensé. A finales del pasado otoño, mi compañero se puso enfermo, y lo mandé de vuelta con unos indios. Poco después, los que seguían conmigo averiguaron lo que perseguía. Huyeron, abandonándome. Decidí proseguir. Me construí un refugio, lo llené de provisiones y me dispuse a pasar el invierno. No me fue muy mal... recordarán que fue un invierno poco riguroso. Al llegar la primavera, empecé de nuevo la búsqueda. Hace unas dos semanas divisé los cinco picos. Pero no desde este lado, sino del otro. Denme algo más de coñac.

-Había dado una vuelta demasiado grande -prosiguió-. Había llegado demasiado al Norte: tuve que regresar. Desde este lado no ven más que bosques hasta la base de la mano. Por el otro lado...

Estuvo callado un momento.

-Allí también hay bosques, pero no llegan muy lejos. ¡No! Salí de ellos. Ante mí se extendía, por muchos kilómetros, una llanura. Se veía tan rota y gastada como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. En su extremo más lejano se alzaban los picos. Entre ellos y el lugar en que me hallaba se alzaba, muy a lo lejos, lo que parecía ser un farallón de rocas de poca altura. Y entonces me encontré con el sendero.
-¡El sendero! -gritó asombrado Anderson.
-El sendero -afirmó el hombre- . Un buen sendero, liso, que se dirigía recto hacia la montaña. Oh, seguro que era un sendero... y se veía gastado como si por él hubieran pasado millones de pies durante millares de años. A cada uno de sus lados se veía arena y montones de piedras. Al cabo de un tiempo comencé a fijarme en esas piedras. Estaban talladas, y la forma de los montones me hizo venir la idea de que, tal vez, hacía un centenar de millares de años, hubieran sido casas. Parecían así de antiguas. Notaba que eran obra del hombre, y al mismo tiempo las veía de una inmemorable antigüedad. Los picos se fueron acercando. Los montones de ruinas se hicieron más frecuentes. Algo inexplicablemente desolador planeaba sobre ellas, algo siniestro; algo que me llegaba desde las mismas y golpeaba mi corazón como si fuera el paso de unos fantasmas tan viejos que solo podían ser fantasmas de fantasmas.

-Seguí adelante. Vi entonces que lo que había tomado por unas colinas bajas situadas al pie de los picos era en realidad un amontonamiento más grande de ruinas. La Montaña de la Mano estaba, en realidad, mucho más lejos. El sendero pasaba por entre esas ruinas, enmarcado por dos rocas altas que se alzaban como un arco. -El hombre hizo una pausa. Sus manos comenzaron a golpear rítmicamente de nuevo. En su frente se formaron pequeñas gotitas de sudor sangriento. Tras unos momentos, se quedó tranquilo de nuevo. Sonrió.

-Formaban una entrada. -continuó-. Llegué hasta ella. La atravesé. Me tiré al suelo, aferrándome a la tierra con pánico y asombro, pues me hallaba en una amplia plataforma de piedra. Ante mí se extendía... ¡el vacío! Imagínense el Gran Cañón del Colorado, pero tres veces más ancho, más o menos circular y con el fondo hundido. Así tendrán una idea de lo que yo estaba contemplando. Era como mirar hacia abajo, por el borde de un mundo hendido, allí a la infinidad en donde ruedan los planetas. En el extremo más alejado se alzaban los cinco picos. Se veían como una gigantesca mano irguiéndose hacia el cielo en un signo de advertencia. La boca del abismo se apartaba en curva a ambos lados de donde yo estaba. Podía ver hasta unos trescientos metros más abajo. Entonces comenzaba una espesa niebla azul que cortaba la visión. Era como el azul que se acumula en las altas colinas al atardecer. Pero el pozo... ¡era aterrador! Aterrador como el Golfo de Ranalak de los maories, que se alza entre los vivos y los muertos y que tan solo un alma recién salida del cuerpo puede cruzar de un salto, aunque ya no le queden fuerzas para volverlo a saltar hacia atrás.

-Me arrastré, alejándome del borde, y me puse en pie, débil y estremeciéndome. Mi mano descansaba sobre una de las rocas de la entrada. Había en ella una talla. En un bajorrelieve profundo se veía la silueta heroica de un hombre. Estaba vuelto de espaldas y tenía los brazos extendidos sobre la cabeza, llevando entre ellos algo que parecía el disco del sol, del que irradiaban líneas de luz. En el disco estaban grabados unos símbolos que me recordaban el antiguo lenguaje chino. Pero no era chino. ¡No! Habían sido realizados por manos convertidas en polvo eones antes de que los chinos se agitasen en el seno del tiempo. Miré a la roca opuesta. Tenía una figura similar. Ambas llevaban un extraño sombrero aguzado. En cuanto a las rocas, eran triangulares, y las tallas se encontraban en los lados más próximos al pozo. El gesto de los hombres parecía ser el de estar echando hacia atrás algo, el de estar impidiendo el paso. Miré las figuras de más cerca. Tras las manos extendidas y el disco, me parecía entrever una multitud de figuras informes y, claramente, una hueste de globos.

-Los resegui vagamente con los dedos. Y, al pronto, me sentí inexplicablemente descompuesto. Me había venido la impresión, no puedo decir que lo viese, la impresión de que eran enormes babosas puestas en pie. Sus henchidos cuerpos parecían disolverse, luego aparecer a la vista, y disolverse de nuevo... excepto por los globos que formaban sus cabezas y que siempre permanecían visibles. Eran... inenarrablemente repugnantes. Atacado por una inexplicable y avasalladora náusea, me recosté contra el pilar y, entonces ¡Vi la escalera que descendía al pozo!

-¿Una escalera? -coreamos.
-Una escalera -repitió el hombre con la paciencia de antes-. No parecía tallada en la roca, sino más bien construida sobre ella. Cada escalón tendría aproximadamente siete metros de largo y dos de ancho. Surgían de la plataforma y desaparecían en la niebla azul.
-Una escalera -dijo incrédulo Anderson -construida en la pared de un precipicio y que lleva hacia las profundidades de un pozo sin fondo.
-No es sin fondo -interrumpió el hombre-. Hay un fondo. Sí. Yo lo alcancé -prosiguió-. Bajando las escaleras, bajando.

Pareció aferrar su mente, que se le escapaba.

-Sí -continuó con más firmeza. -Descendí, pero no aquel día. Acampé junto a la entrada. Al amanecer llené mi mochila de comida, mis dos cantimploras con agua de una fuente que brota cerca de las ruinas, atravesé los monolitos tallados y crucé el borde del pozo. Los escalones bajan a lo largo de las paredes del pozo con un declive de unos cuarenta grados. Mientras bajaba, los estudié. Estaban tallados en una roca verdosa bastante diferente al granito porfírico que formaban las paredes del pozo. Al principio pensé que sus constructores habrían aprovechado un estrato que sobresaliese, tallando la colosal escalinata en él, pero la regularidad del ángulo con que descendía me hizo dudar de esta teoría. Después de haber bajado tal vez un kilómetro, me hallé en un descansillo. Desde él, las escaleras formaban un ángulo en V y descendían de nuevo, aferrándose al despeñadero con el mismo ángulo que las anteriores. Después de haber hallado tres de esos ángulos, me di cuenta de que la escalera caía recta hacia abajo, fuera cual fuese su destino, en una sucesión de ángulos. Ningún estrato podía ser tan regular. ¡No, la escalera había sido erigida totalmente a mano! Pero, ¿por quién? ¿Y para qué? La respuesta está en esas ruinas que rodean el borde del pozo... aunque no creo que jamás sea hallada. Hacia el mediodía ya había perdido de vista el borde del abismo. Por encima de mi, por debajo de mi> no había sino la niebla azul. No sentía mareos, ni miedo, tan solo una tremenda curiosidad. ¿Qué era lo que iba a descubrir? ¿Alguna antigua y maravillosa civilización que había florecido cuando los polos eran jardines tropicales? ¿Un nuevo mundo? ¿La clave de los misterios del Hombre mismo? No hallaría nada viviente, de eso estaba seguro... todo era demasiado antiguo para que quedase nada con vida. Y, sin embargo, sabía que una obra tan maravillosa debía de llevar a un lugar igualmente maravilloso. ¿Cómo sería? Continué.

-A intervalos regulares había cruzado las bocas de unas pequeñas cavernas. Debían de haber unos tres mil escalones y luego una entrada, otros tres mil escalones y otra entrada... así continuamente. Avanzada ya la tarde, me detuve frente a uno de esos huecos. Supongo que habría bajado entonces a unos cinco kilómetros de la superficie, aunque, debido a los ángulos, habría caminado unos quince kilómetros. Examiné la entrada. A cada uno de sus lados estaban talladas las mismas figuras que en la entrada del borde del pozo, pero esta vez se hallaban de frente, con los brazos extendidos con sus discos, como reteniendo algo que viniese del pozo mismo. Sus rostros estaban cubiertos con velos y no se veían figuras repugnantes tras ellos.

-Me introduje en la caverna. Se extendía unos veinte metros, como una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Podía ver, fuera, la niebla azul alzándose como una columna. Noté una extraordinaria sensación de seguridad, aunque anteriormente no había experimentado, conscientemente, miedo alguno. Notaba que las figuras de la entrada eran guardianes, pero ¿contra qué me guardaban? Me sentía tan seguro que hasta perdí la curiosidad sobre este punto.
La niebla azul se hizo más espesa y algo luminescente. Supuse que allá arriba seria la hora del crepúsculo. Comí y bebí algo y me eché a dormir. Cuando me desperté, el azul se había aclarado de nuevo, e imaginé que arriba habría despuntado el alba. Continué. Me olvidé del golfo que bostezaba a mi costado. No sentía fatiga alguna y casi no notaba el hambre ni la sed, aunque había comido y bebido bien poco. Esa noche la pasé en otra de las cavernas y, al amanecer, descendí de nuevo. Fue cuando ya terminaba aquel día cuando vi la ciudad por primera vez.

Se quedó silencioso durante un rato.

-La ciudad -dijo al fin- ¡La ciudad del pozo! No una ciudad como las que ustedes han visto, ni como la haya visto ningún otro hombre que haya podido vivir para contarlo. Creo que el pozo debe de tener la forma de una botella: la abertura que se encuentra frente a los cinco picos es el cuello de la misma. Pero no sé lo amplia que es su base, puede que tenga millares de kilómetros. Y tampoco conozco lo que pueda haber más allá de la ciudad. Allá abajo, entre lo azul, se habían empezado a ver ligeros destellos de luz. Luego contemplé las copas de los árboles, pues supongo que eso es lo que eran. Aunque no eran como nuestros árboles, estos eran repugnantes, reptiloides. Se erguían sobre altos troncos delgados y sus copas nidos de gruesos tentáculos con feas hojuelas parecidas a cabezas estrechas, cabezas de serpientes. Los árboles eran rojos, de un brillante rojo airado. Aquí y allá comencé a entrever manchas de amarillo intenso. Sabía que eran agua porque podía ver cosas surgiendo en su superficie, o al menos podía ver los chapoteos y salpicones, aunque nunca logré ver lo que los producía.

-Justamente debajo mío se hallaba la ciudad. Kilómetro tras kilómetro de cilindros apretujados que yacían sobre sus costados, apilados en pirámides de tres, de cinco o de docenas de ellos. Es difícil lograrles explicar a ustedes cómo se veía la ciudad. Miren, imagínense que tienen cañerías de una cierta longitud y que colocan tres sobre sus costados y sobre esas colocan otras dos, y sobre estas otra; o supongan que toman como base cinco y sobre esas colocan cuatro y luego tres, dos y una. ¿Lo imaginan? Así es como se veía. Y estaban rematadas por torres, minaretes, ensanchamientos, voladizos y monstruosidades retorcidas. Brillaban como si estuviesen recubiertas con pálidas llamas rosas. A su costado se alzaban los árboles rojos como si fueran las cabezas de hidras guardando manadas de gigantescos gusanos enjoyados. Unos metros más abajo de donde me hallaba, la escalera llegaba a un titánico arco, irreal como el puente que sobrevuela el Infierno y lleva a Asgard. Se curvaba por encima de la cumbre del montón más alto de cilindros tallados y desaparecía en él. Era anonadador, demoníaco.

El hombre se detuvo. Sus ojos se pusieron en blanco. Tembló, y de nuevo sus brazos y piernas comenzaron aquel horrible movimiento de arrastre. De sus labios surgió un susurro que era un eco del murmullo que habíamos oído en lo alto la noche en que llegó hasta nosotros. Puse mi mano sobre sus ojos. Se calmó.

-¡Execrables cosas! -dijo- ¡Los habitantes del pozo! ¿He susurrado? Si ¡pero ya no pueden atraparme... ya no!
Al cabo de un tiempo continuó, tan tranquilo como antes:

-Crucé aquel arco. Me introduje por el techo de aquel edificio. La oscuridad azul me cegó por un momento, y noté cómo los escalones se curvaban en una espiral. Bajé girando y me hallé en lo alto de... no sé como decírselo. Tendré que llamarle habitación. No tenemos imágenes para reflejar lo que hay en el pozo. A unos treinta metros por debajo mío se hallaba el suelo. Las paredes bajaban, apartándose de donde yo me hallaba en una serie de medias lunas crecientes. El lugar era colosal... y estaba iluminado por una curiosa luz roja moteada. Era como la luz del interior de un ópalo punteado de oro y verde.

-Las escaleras en espiral seguían por debajo. Llegué hasta el último escalón. A lo lejos, frente a mí, se alzaba un altar sostenido por altas columnas. Sus pilares estaban tallados en monstruosas volutas, cual si fuesen pulpos locos con un millar invisible que se hallaba sobre el altar, y me arrastré por el suelo, al lado de los pilares. Imagínense la escena: solo en aquel lugar extrañamente iluminado y con el horror arcaico acechando encima mío, una Cosa monstruosa, una Cosa inimaginable... una Cosa invisible que emanaba terror...

Al cabo de algún tiempo recuperé el control de mí mismo. Entonces vi, al costado de uno de los pilares, un cuenco amarillo lleno con un líquido blanco y espeso. Lo bebí. No me importaba si era venenoso; pero mientras lo estaba tragando noté un sabor agradable, y al acabarlo me volvieron instantáneamente las fuerzas. Veía a las claras que no me iban a matar de hambre. Fueran lo que fuesen aquellos habitantes del pozo, sabían bien cuales eran las necesidades humanas. Y otra vez comenzó a espesarse el rojizo brillo moteado. Y de nuevo se alzó allá afuera el zumbido, y por el círculo que era la puerta entró un torrente de globos. Se fueron colocando en hileras hasta llenar totalmente el templo. Su murmullo creció hasta transformarse en un canto, un susurrante canto cadencioso que se alzaba y caía, mientras los globos se alzaban y caían al mismo ritmo, se alzaban y caían.

-Las luces fueron y vinieron toda la noche, y toda la noche sonaron los cantos mientras ellas se alzaban y caían. Al final, me noté como un solitario átomo de conocimiento en aquel océano de susurros, un átomo que se alzaba y caía con los globos de luz. ¡Les aseguro que hasta mi corazón latía a ese mismo ritmo! Pero por fin se aclaró el brillo rojo, y las luces salieron; murieron los murmullos. De nuevo estaba solo, y supe que, en mi mundo, se había iniciado un nuevo día.

-Dormí. Cuando me desperté, hallé junto al pilar otro cuenco del líquido blanquecino. Volví a estudiar la cadena que me ataba al altar. Comencé a frotar dos de los eslabones entre sí. Lo hice durante horas. Cuando comenzó a espesarse el rojo, se veía una muesca desgastada en los eslabones. Comencé a sentir una cierta esperanza. Existía una posibilidad de escapar. Con el espesamiento regresaron las luces. Durante toda aquella noche sonó el canto susurrado, y los globos se alzaron y cayeron. El canto se apoderó de mí. Pulsó a través de mi cuerpo hasta que cada músculo y cada nervio vibraban con él. Se comenzaron a agitar mis labios. Palpitaban como los de un hombre tratando de gritar en medio de una pesadilla. Y por último, también ellos estuvieron murmurando, susurrando el infernal canto de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unísono con las luces. Me había identificado, ¡Dios me perdone!, en el sonido y el movimiento, con aquellas cosas innombrables, mientras mi alma retrocedía, enferma de horror, pero impotente. Y, en tanto susurraba... ¡los vi!

-Vi las cosas que había bajo las luces: Grandes cuerpos transparentes parecidos a los de caracoles sin caparazón, de los que crecían docenas de agitados tentáculos; con pequeñas bocas redondas y bostezantes colocadas bajo los luminosos globos visores. ¡Eran como los espectros de babosas inconcebiblemente monstruosas! Y, mientras las contemplaba, aún susurrando e inclinándome, llegó el alba y se dirigieron hacia la entrada, atravesándola. No caminaban ni se arrastraban... ¡flotaban! Flotaron, y se fueron. No dormí, sino que trabajé durante todo el día en frotar mi cadena. Para cuando se espesó el rojo, ya había desgastado un sexto de su espesor. Y toda la noche, bajo el maleficio, susurré y me incliné con los habitantes del pozo, uniéndome a su canto, a aquella cosa que acechaba encima mío. De nuevo, por dos veces, se espesó el rojo y el canto se apoderó de mí. Y finalmente, en la mañana del quinto día, rompí los eslabones desgastados. ¡Estaba libre! Corrí hacia la escalera, pasando con los ojos cerrados al lado del horror invisible que se hallaba más allá del borde del altar, y llegando hasta el puente. Lo crucé, y Comencé a subir por la escalera de la pared del pozo. ¿Pueden imaginarse lo que representa subir por el borde de un mundo hendido con el infierno a la espalda? Bueno, a mi espalda quedaba algo peor aún que el infierno, y el terror corría conmigo.

-Para cuando me di cuenta de que ya no podía subir más, hacia ya tiempo que la ciudad del pozo había desaparecido entre la niebla azul. Mi corazón batía en mis oídos como un martillo pilón. Me desplomé ante una de las pequeñas cavernas, notando que allí lograría, al fin, refugio. Me metí hasta lo más profundo y esperé a que la neblina se hiciese más densa. Esto ocurrió casi al momento, y de muy abajo me llegó un vasto e irritado murmullo. Apretándome contra el fondo de la caverna, vi como un rápido haz de luz se elevaba entre la niebla azul, desapareciendo en pedazos poco después; y mientras se apagaba y descomponía, vi miradas de los globos que constituyen los ojos de los habitantes del pozo cayendo hacia lo más profundo del abismo. De nuevo, una y otra vez, la luz pulsó, y los globos se alzaron con ella para caer luego. ¡Me estaban persiguiendo! Sabían que debía encontrarme todavía en alguna parte de la escalera o, si es que me ocultaba allá abajo, que tendría que usarla en algún momento para escapar. El susurro se hizo más fuerte, más insistente.

-A través mío comenzó a latir un deseo aterrador por unirme al murmullo, tal como lo había hecho en el templo. Algo me dijo que, silo hacia, las figuras esculpidas ya no podrían guardarme; que saldría y bajaría para regresar al templo del que ya no escaparía nunca. Me mordí los labios hasta hacerme sangre para acallarlos, y durante toda aquella noche el haz de luz surgió desde el abismo, los globos planearon, y el susurró sonó mientras yo rezaba al poder de las cavernas y a las figuras esculpidas que todavía tenían la virtud de poder guardarlas.

Hizo una pausa, se estaban agotando sus energías. Luego, casi inaudiblemente, prosiguió:

-Me pregunté cuál habría sido el pueblo que las habría tallado, por qué habrían edificado su ciudad alrededor del borde, y para qué habrían construido aquella escalera en el pozo. ¿Qué habrían sido para las cosas que vivían en el fondo, y qué uso habrían hecho de ellas para tener que vivir junto a aquel lugar? Estaba seguro de que tras de todo aquello se escondía un propósito. En otra forma, no se hubiera llevado a cabo un trabajo tan asombroso como era la erección de aquella escalera. Pero, ¿cuál era ese propósito? Y, ¿por qué aquellos que habían vivido sobre el abismo habían fenecido hacía eones, mientras que los que habitaban en su interior seguían aún con vida?

Nos miró.

-No pude hallar respuesta. Me pregunto si lo sabré después de muerto, aunque lo dudo. Mientras me interrogaba sobre todo ello, llegó la aurora y, con ella, se hizo el silencio. Bebí el líquido que restaba en mi cantimplora, me arrastré fuera de la caverna y comencé a subir otra vez. Aquella tarde cedieron mis piernas. Rompí mi camisa y me hice unas almohadillas protectoras para las rodillas y unas envolturas para las manos. Gateé hacia arriba. Gateé subiendo y subiendo. Y una vez más me introduje en una de las cavernas y esperé que se espesase el azul, que surgiese de él el haz de luz? y que empezase el murmullo.

-Pero había ahora una nueva tonalidad en el susurro. Ya no me amenazaba. Me llamaba y me tentaba. Me atraía. El terror se apoderó de mí. Me había invadido un tremendo deseo por abandonar la caverna y salir a donde se movían las luces, por dejar que me hicieran lo que deseasen, que me llevasen donde quisieran. El deseo se hizo más insistente. Ganaba fuerza con cada nuevo impulso del haz luminoso, hasta que al fin todo yo vibraba con el deseo de obedecerlo, tal y como había vibrado con el canto en el templo. Mi cuerpo era un péndulo. Se alzaba el haz, y yo me inclinaba hacia él. Tan solo mi alma permanecía inconmovible, manteniéndome sujeto contra el suelo de la caverna, y colocando una mano sobre mis labios para acallarlos. Y toda la noche luché con mi cuerpo y con mis labios contra el hechizo de los habitantes del pozo. Llegó la mañana. Otra vez me arrastré fuera de la caverna y me enfrenté con la escalera. No podía ponerme en pie. Mis manos estaban desgarradas y ensangrentadas, mis rodillas me producían un dolor agónico. Me obligué a subir, milímetro a milímetro.

-Al rato dejé de notar mis manos, y el dolor abandonó mis rodillas. Se entumecieron. Paso a paso, mi fuerza de voluntad llevó a mi cuerpo hacia arriba sobre mis muertos miembros. Y en diversas ocasiones caía en la inconsciencia... para volver en mí al cabo de un tiempo y darme cuenta de que, a pesar de ello, había seguido subiendo sin pausa. Y luego, tan solo una pesadilla de gatear a lo largo de inmensas extensiones de escalones, recuerdos del abyecto terror mientras me agazapaba en las cavernas, mientras millares de luces pulsaban en el exterior, y los susurros me llamaban y tentaban, memorias de una ocasión en que me desperté para hallar que mi cuerpo estaba obedeciendo a la llamada y que ya me había llevado a medio camino por entre los guardianes de los portales, al tiempo que millares de globos luminosos flotaban en la niebla azul contemplándome. Visiones de amargas luchas contra el sueño y, siempre, una subida, arriba, arriba, a lo largo de infinitas distancias de escalones que me llevaban de un perdido Abbadon hasta el paraíso del cielo azul y el ancho mundo.

-Al fin tuve conciencia de que sobre mí se alzaba el cielo abierto, y ante mí el borde del pozo. Recuerdo haber pasado entre las grandes rocas que forman el portal y de haberme alejado de ellas. Soñé que gigantescos hombres que llevaban extrañas coronas aguzadas y los rostros velados me empujaban hacia adelante, y adelante y adelante, al tiempo que retenían los pulsantes globos de luz que buscaban atraerme de vuelta a un golfo en el que los planetas nadan entre las ramas de árboles rojos coronados de serpientes. Y más tarde un largo, largo sueño, solo Dios sabe cuán largo, en la hendidura de unas rocas; un despertar para ver, a lo lejos, hacia el Norte, el haz elevándose y cayendo, a las luces todavía buscando y al susurro, muy por encima mío, llamando... con el convencimiento de que ya no podía atraerme. De nuevo gatear sobre brazos y piernas muertos que se movían... que se movían como la nave del Antiguo Marino, sin que yo lo ordenase. Y, entonces, su fuego, y esta seguridad.

El hombre nos sonrió por un momento, y luego cayó profundamente dormido.

Aquella misma tarde levantamos el campo y, llevándonos al hombre, iniciamos la marcha hacia el Sur. Lo llevamos durante tres días, en los que siguió durmiendo. Y, al tercer día, sin despertarse, murió. Hicimos una gran pira con ramas y quemamos su cadáver, como nos había pedido. Desparramamos sus cenizas, mezcladas con las de la madera que le habla consumido, por el bosque. Se necesitaría una poderosa magia para desenmarañar esas cenizas y llevarlas, en una nube, hacia el pozo maldito. No creo que ni sus habitantes tengan un tal encantamiento. No. Pero Anderson y yo no volvimos a los cinco picos para comprobarlo. Y, si el oro corre por entre las cinco cimas de la Montaña de la Mano como el agua por entre una mano extendida, bueno, por lo que a nosotros se refiere, puede seguir así.

Los habitantes de la Isleta Middle. William Hope Hodgson (1877-1918)

—Es aquélla —exclamó el viejo ballenero dirigiéndose a mi amigo Trenhern, mientras el yate costeaba lentamente la Isla Nightingale. El viejo señalaba con el cabo de una ennegrecida pipa de arcilla una pequeña isleta a estribor de la proa.
—Es aquélla, señor —repitió—. La Isleta Middle y pronto tendremos un buen panorama de la ensenada. Aunque no afirmo que la nave esté aún allí, señor, y si lo está, tenga en cuenta que le dije durante todo el tiempo que no había nadie en ella cuando subimos a bordo —volvió a llevarse la pipa, a la boca dándole un par de chupadas lentas, mientras Trenhern y yo escrutábamos la isleta a través de los prismáticos.

Estábamos en el Atlántico Sur. Al norte, a lo lejos, se veía difusamente el pico torvo, golpeado por los vientos de la Isla Tristán, la mayor de las que integran el grupo Da Cunha, mientras que en el horizonte occidental podíamos distinguir en forma poco nítida la Isla Inaccesible. Sin embargo, estas dos eran de poco interés para nosotros. Era la Isleta Middle, frente a la costa de la Isla Nightingale, la que atraía nuestra atención. Había poco viento y el yate avanzaba lento en el agua de color oscuro. Pude ver que mi amigo estaba torturado por la impaciencia de saber si la ensenada aún retenía los restos del navío que había llevado a su bienamada. Por mi parte, aunque sentía mucha curiosidad, no tenía la mente tan ocupada como para excluir un asombro semiconsciente ante la extraña coincidencia que nos había llevado a aquella búsqueda. Durante seis largos meses mi amigo había esperado en vano noticias del Happy Return, en el que había embarcado su amada hacia Australia, en un viaje por motivos de salud. Sin embargo, nada se había sabido y se lo daba por perdido, pero Trenhern, desesperado, había realizado un último esfuerzo. Había hecho publicar avisos a todos los periódicos más importantes del mundo y esta medida había tenido cierto éxito en la forma del viejo ballenero que estaba junto a él. Este hombre, atraído por la recompensa ofrecida, había suministrado información voluntaria respecto a un casco desmantelado, que llevaba el nombre Happy Return en la proa y en la popa, con el que se había encontrado en su último viaje en una extraña ensenada del costado Sur de la Isleta Middle. Sin embargo no le había dado esperanzas a mi amigo de encontrar a su amor perdido o, en realidad, de encontrar nada vivo en él porque había subido a bordo con la tripulación de un bote sólo para descubrir que estaba completamente abandonado y —según nos dijo— no habían permanecido allí ni un momento. Ahora me inclino a pensar que inconscientemente debe haberlo impresionado la inexpresable desolación y la atmósfera misteriosa que invadía a la nave, y de la que nosotros mismos pronto seríamos conscientes. justamente su próxima observación demostró que mi suposición era correcta.

—Ninguno de nosotros quiso tener mucho que ver con la nave.
Uno no se sentía cómodo a bordo. Y estaba demasiado limpia y ordenada para mi gusto.
—¿Qué quiere decir con limpia y ordenada? —pregunté, intrigado por la manera en que lo había expresado.
—Bueno —contestó—, así era. Le daba a uno la impresión de que un montón de gente acababa de abandonarla y podía volver en cualquier bendito minuto. Sabrá lo que quiero decir, señor, cuando la aborde —meneó la cabeza sabiamente y volvió a chupar la pipa.

Durante un momento lo miré dubitativo; después me volví y miré a Trenhern, pero era evidente que no había notado las últimas observaciones del viejo marino. Estaba demasiado ocupado en mirar con el catalejo la islita, como para advertir lo que pasaba a su alrededor. De pronto emitió un grito grave y se volvió hacia el viejo ballenero.

—¡Pronto, Williams! —dijo—. ¿Es éste el sitio? —señaló con el catalejo. Williams se llevó una mano a los ojos y miró.
—Es allí, señor —contestó después de una pausa.
—¿Pero... pero dónde está la nave? —preguntó mi amigo con voz temblorosa—. No veo señales de ella.
Tomó a Williams del brazo y lo sacudió con repentino temor.
—Todo marcha bien, señor —exclamó Williams—. No hemos avanzado lo suficiente hacia el sur como para tener un buen panorama de la ensenada. Se estrecha en la boca y la nave está bien adentro. La verá en un minuto.

Ante esas palabras, Trenhern le soltó el brazo, con el rostro un poco mas compuesto, aunque muy ansioso. Durante un minuto se apoyó sobre la baranda, como buscando apoyo. Después giró hacia mí.

—Henshaw —dijo—. Estoy temblando... Yo... Yo...
—Vamos, vamos, viejo —contesté y deslicé mi brazo en el suyo.

Después, pensando en ocupar de algún modo su atención, le sugerí que debía ordenar que prepararan uno de los botes para bajarlo. Lo hizo y después estuvimos escrutando un momento más la estrecha abertura entre las rocas. Poco a poco, a medida que nos íbamos adelantando a ella, advertía que penetraba a considerable profundidad dentro de la isleta y entonces, por fin, apareció algo a lo lejos, entre las sombras de la ensenada. Era como la popa de un navío proyectándose detrás de las altas paredes de la entrada rocosa y cuando me hice cargo del hecho, emití una interjección, señalándoselo a Trenhern con considerable excitación. Habían bajado el bote; Trenhern y yo junto con la tripulación del bote, y el viejo ballenero al timón, enfilábamos directamente hacia la entrada en la costa de la Isleta Middle. Pronto nos encontramos en medio del ancho cinturón de algas que rodeaba la isleta y minutos después nos deslizamos en las aguas límpidas, oscuras de la ensenada, con las rocas elevándose a cada lado de nosotros en paredes desnudas, inaccesibles, que parecían tocarse en las alturas.

Pasaron unos segundos antes de que atravesáramos el pasaje y entráramos a un pequeno mar circular rodeado de ásperos acantilados que se alzaban sobre todos los costados a una altura de más de cien metros. Era como si mirásemos desde el fondo de un pozo gigantesco. Sin embargo lo notamos poco entonces porque estábamos pasando bajo la popa de un navío y, al mirar hacia arriba, leí en letras blancas Happy Return. Me volví hacia Trenhern. Tenla el rostro blanco y sus dedos jugueteaban con los botones de la casaca; su respiración era irregular. Un instante después, Williams tuvo el bote junto a la nave y Trenhern y yo trepamos a bordo. Williams nos siguió, llevando la amarra del bote; la aseguró en una abrazadera y después se volvió para guiarnos. Mientras caminábamos sobre cubierta, los pies golpeaban con un sonido vacío que denunciaba nuestra desolación, mientras que las voces, cuando hablamos, parecieron traer un eco desde los acantilados circundantes con una extraña vibración hueca, que nos llevó de inmediato a hablar en susurros. Y así empecé a comprender lo que Williams había querido decir cuando dijo "Uno no se sentía cómodo a bordo".

—Fíjense lo limpia y ordenada que está la bendita —dijo, deteniéndose después de unos pasos—. No es natural —hizo un gesto con la mano hacia los avíos de cubierta que nos rodeaban—. Todo está como si acabara de llegar a puerto y no fuera un bendito barco náufrago.

Siguió hacia la popa, siempre abriendo la marcha. Era tal como había dicho. Aunque los mástiles y los botes de la nave habían desaparecido, estaba extraordinariamente limpia y ordenada, las cuerdas —las que quedaban— prolijamente enrolladas en las cabillas y en ningún punto de las cubiertas se podía discernir alguna señal de desorden. Trenhem lo había captado al mismo tiempo que yo y ahora me tomó del hombro con una mano rápida, nerviosa.

—Observa, Henshaw —dijo en un susurro excitado—, esto demuestra que algunos estaban vivos cuando entró aquí... —hizo una pausa como para recobrar el aliento—. Pueden estar... pueden estar...
Se detuvo una vez más y señaló sin una palabra la cubierta. Había pasado más allá de las palabras.
—¿Abajo? —dije, tratando de hablar con animación.

Asintió con la cabeza, escrutándome el rostro en busca de combustible para la repentina esperanza que se había encendido dentro de él. Entonces llegó la voz de Williams que estaba de pie ante la escalera de entrada a las cabinas.

—Vamos, señor. No voy a bajar solo.
—Sí, vamos, Trenhern —grité—. Nunca se sabe qué puede pasar.

Llegamos juntos a la escalera y él me hizo señas para que entrara antes. Se estremecía. Al pie de las escaleras, Williams hizo una pausa, después dobló a la izquierda y entró en la cámara. Cuando atravesamos el umbral, me impactó una vez más la extrema pulcritud del lugar. No había señales de apuro o confusión; todo estaba en su sitio como si el mayordomo hubiera ordenado el departamento un momento antes, y desempolvado la mesa y los utensilios. Sin embargo, por lo que sabíamos, yacía allí un casco desmantelado desde hacía al menos cinco meses.

—¡Tienen que estar aquí! ¡Tienen que estar aquí! —oí que murmuraba mi amigo, y yo, aunque recordaba que Williams la había encontrado así hacía tantos meses, apenas pude evitar unirme a su creencia.

Williams había cruzado al costado de estribor de la cámara y vi que se acercaba a una de las puertas. Esta se abrió, y el ballenero se dio vuelta y le hizo un gesto a Trenhern.

—Vea, señor —dijo—. Esta debe haber sido la cabina de su joven dama; hay prendas femeninas colgadas y sobre la mesa el tipo de objetos que ellas usan...
No terminó; Trenhern atravesó la cámara de un salto, y lo tomó del cuello y el brazo.
—Cómo se atreve... a profanar... —dijo casi en un chillido y de inmediato lo sacó en vilo del pequeño cuarto—. Cómo... cómo... —jadeó, y se agachó para levantar un cepillo con mango de plata que Williams había dejado caer ante el inesperado ataque.
—No quise ofender, señor —contestó el viejo ballenero con voz asombrada, en la que había un matiz de, justa ira—. No quise ofender. No iba a robar la bendita cosa.

Se golpeó la manga de la casaca con la palma de la mano y cruzó una mirada hacia mí, como para hacerme testigo de la verdad de su afirmación. Sin embargo, apenas noté lo que decía porque oí que mi amigo gritaba dentro de la cabina de su bienamada y en la voz se mezclaba una admirable profundidad de esperanza, y temor y perplejidad. Un instante después irrumpió en la cámara; sostenía algo blanco en la mano. Era un almanaque. Lo giró hacia arriba para mostrar la fecha en la que estaba puesto.

—¡Miren! —gritó—. ¡Lean la fecha!
Cuando mis ojos captaron el significado de las pocas figuras visibles, se me aceleró la respiración y me incliné hacia adelante, mirañdo con fijeza. El almanaque había. sido puesto en la fecha de ese mismo día.

—¡Buen Dios! —murmuré y luego—: ¡Es un error! ¡Es sólo casualidad!
Y seguí mirándolo.
—No lo es —replicó Trenhern con vehemencia—. Ha sido puesto en este día... —se interrumpió un momento. Luego, después de una pausa breve y extraña gritó—: ¡Oh, Dios mío! ¡Haz que pueda encontrarla!
Se volvió con aspereza hacia Williams.
—¿En qué fecha estaba puesto?... iRápido! —casi gritaba.
Williams lo miró confundido.
—¡Maldición! —gritó mi amigo, casi fuera de sí—. ¡Cuando usted subió a bordo antes!
—Nunca he visto antes esa bendita cosa, señor —contestó el ballenero—. No nos quedamos a bordo.
—¡Por Dios, hombre! —gritó Trenhern—. ¡Qué lástima! ¡Oh, qué lastima! —después giró y corrió hacia la puerta de la cámara.
Al llegar al umbral miró por sobre el hombro.
—¡Vamos! ¡Vamos! —llamó—. Están en algún sitio. Se están escondiendo... ¡Busquen!

Y eso hicimos, pero aunque recorrimos el navío entero, de proa a popa, no encontramos el menor signo de vida. Sin embargo, en todas partes predominaba aquella extraordinaria límpieza y aquel orden, y no el desorden salvaje de un barco náufrago y abandonado; a medida que pasábamos de un lugar a otro y de cabina en cabina, continuaba experimentando la sensación de que habían estado habitados hasta un momento antes. Pronto terminamos con la búsqueda, y al no encontrar lo que buscábamos, nos miramos confundidos, casi sin hablar. Fue Williams el primero que dijo algo inteligible.

—Es como le dije, señor; no había nada vivo a bordo.
Ante esto Trenhern no respondió nada y un minuto después Williams volvió a hablar.
—No falta mucho para que caiga la noche, señor, y tendríamos que salir de este sitio mientras haya un poco de luz.

En vez de contestarle, Trenhern le preguntó si alguno de los botes estaba allí cuando lo abordaron antes y ante la respuesta negativa cayó otra vez en su silencioso retraimiento. Un momento después, me atreví a llamarle la atención sobre lo que había dicho Williams acerca de regresar al yate antes de que se fuera la luz. Ante esto, asintió vagamente con un movimiento de cabeza y caminó hacía el costado, seguido por Williams y yo. Un minuto después estábamos en el bote y enfilábamos a mar abierto. Durante la noche, no habiendo sitio seguro para anclar, el yate siguió afuera, siendo la intención de Trenhem desembarcar en la Isleta Middle y buscar algún rastro de la tripulación perdida del Happy Return. Si eso no daba resultados, iba a llevar a cabo una prolija exploración de la Isla Niglítingale y de la Isleta de Stoltenkoff antes de abandonar toda esperanza. Empezó a ejecutar la primera parte del plan en cuanto amaneció porque su impaciencia era demasiado intensa como para esperar más. Sin embargo, antes de que desembarcáramos en la Isleta, le pidió a Williams que llevara el bote a la ensenada. Tenía la creencia, que en cierto modo me afligía, de que iba a traer a la tripulación y a su bienamada de regreso a la nave. Me sugirió —buscando sin cesar en mi rostro la mútua esperanza que tal vez hubieran estado ausentes el día anteríor, debido a alguna expedición a la isla en busca de vegetales comestibles. Y yo (recordando la fecha en el almanaque) pude mirarlo alentadoramente; aunque de no haber mediado ese hecho, me hubiera sentido incapaz de apoyar su creencia.

Penetramos por el pasaje al gran pozo entre acantilados. La nave, cuando nos arrimamos a ella, se veía pálida e irreal en la luz grisácea del amanecer envuelto en niebla; sin embargo lo advertimos apenas porque la excitación y esperanza evidentes de Trenhern se estaban volviendo contagiosas. Fue él quien abrió ahora la marcha hacia la penumbra de la cámara. Una vez allí, Williams y yo vacilamos con cierto temor natural, mientras que Trenhern cruzó a la puerta del cuarto de su amada. Alzó la mano y golpeó, y en la quietud subsiguiente oí cómo latía nítido y veloz mi corazón. No hubo respuesta y Trenhern volvió a golpear con los nudillos sobre los paneles; los golpes resonaron huecamente a través de la cámara y las cabinas vacías. El suspenso de la espera casi me descompuso; después Trehern tomó bruscamente el picaporte, lo hizo girar y abrió la puerta de par en par. Lo oí emitir una especie de gruñido. La cabinita estaba vacía.

Un instante después, lanzó un grito y reapareció en la cámara sosteniendo el mismo almanaque pequeño. Corrió hacia mí y me lo puso en las manos con un grito desarticulado. Lo miré. Cuando Trenhern me lo había mostrado el día anterior mostraba la fecha 27; ahora la habían cambiado al 28.

—¿Qué significa esto, Henshaw? ¿Qué significa? —preguntó desvalido.
Sacudí la cabeza.
—¿Seguro que no lo cambiaste ayer... por accidente?
—¡Completamente seguro! —dijo.
—¿A qué están jugando? —siguió—. Esto no tiene sentido... —hizo una pausa; después repitió— ¿Qué significa esto?
—Sólo Dios lo sabe —murmuré—. Estoy perplejo.
—¿Quiere decir que alguien estuvo aquí desde ayer? —preguntó Williams a esta altura.
Asentí.
—¡Por Dios, entonces, señor! —dijo—. ¡Son fantasmas!
—¡Refrene su lengua, Williams! —gritó mi amigo, volviéndose salvajemente hacia él.
Williams no dijo nada, pero caminó hacia la puerta.
—¿A dónde va? —pregunté.
—A cubierta, señor —contestó—. ¡En este viaje no he firmado ningún papel para tratar con espíritus! —y subió con paso inseguro la escalera de entrada.
Trenhern no parecía haber advertido las últimas observaciones porque cuando volvió a hablar, al parecer estaba siguiendo una cadena de ideas.
—Mira —dijo—. No están viviendo a bordo, es evidente. Tienen algún motivo para mantenerse alejados. Se están escondiendo en algún lugar... tal vez en una caverna.
—¿Qué hay acerca del almanaque, entonces? ¿Crees ...?
—Sí, se me ocurre que deben venir a bordo por la noche. Debe de haber algo que los mantiene alejados durante el día. Quizás un animal salvaje o algo así que los podría ver durante el día.

Sacudí la cabeza. Era todo demasiado improbable. Si había algo que podía alcanzarlos a bordo de la nave, estando como estaba rodeada por el mar, en el fondo de un gran pozo entre los acantilados, entonces me parecía que no estarían seguros en ningún lugar; además, podían quedarse bajo cubierta durante el día y yo no podía concebir nada que pudiera alcanzarlos allí. Se alzó una multitud de objeciones adicionales en mi mente. Y además sabia perfectamente bien que no había animales salvajes de ningún tipo en las Islas. ¡No! Era obvio que no se lo podía explicar de ese modo. Y, sin embargo... estaba el cambio inexplicable del almanaque. Mi cadena de razonamientos terminaba en una niebla. Parecía inútil aplicar cualquier tipo de sentido común al problema y me volví una vez más hacia Trenhern.

—Bueno —dije—, no hay nada aquí y, después de todo, puede haber algo de cierto en lo que afirmas, aunque que me cuelguen si puedo encontrar la punta del ovillo.

Abandonamos la cámara y volvimos a cubierta. Luego nos encaminamos a proa y miramos en el castillo de proa, pero, tal como esperaba, no encontramos nada. Después de eso nos alejamos en el bote y decidimos examinar la Isleta Middle. Tuvimos que remar para salir de la ensenada y rodear la costa un poco hasta encontrar un lugar adecuado de desembarco. En cuanto desembarcamos, sacamos el bote a lugar seguro y dispusimos el orden de la exploración. Williams y yo íbamos a llevarnos un par de hombres cada uno para rodear la costa en direcciones opuestas hasta que nos encontráramos, examinando de paso todas las cavernas que halláramos. Trenhern se dirigiría a la cima y escrutaría la Isleta desde allí.

Williams y yo cumplimos con nuestra parte y nos encontramos cerca del sitio donde habíamos levantado el bote. El no tenía nada que informar y yo tampoco. No pudimos ver rastros de Trenhern y poco después, como no aparecía, le dije a Williams que se quedara junto al bote mientras yo subía la elevación para buscarlo. Pronto Regué a la cima y descubrí que estaba de pie en el borde del enorme pozo en que yacía el navío naufragado. Miré a mi alrededor y, hacia la izquierda:, vi a mi amigo tendido boca abajo con la cabeza sobre el filo del abismo, evidentemente mirando hacia el barco.

—Trenhern —llamé con suavidad, para no alarmarlo.
Alzó la cabeza y miró en mi dirección; al verme, me hizo señas y me apresuré en llegar a su lado.
—Agáchate —dijo en voz baja—. Quiero que veas algo.
Cuando me tendí junto a él, le di un vistazo a su cara; estaba muy pálida. Después me asomé por sobre el borde y miré la tenebrosa profundidad.
—¿Ves lo que quiero decir? —preguntó, hablando aún en un susurro.
—No —dije—. ¿Dónde?
—Allí —señaló—. En el agua a estribor del Happy Return.
Mirando en la dirección indicada, cerca de los restos de la nave, distinguí varios objetos pálidos, de forma oval.
—Peces —dije—. ¡Qué extraños!
—¡No! —replicó él—. i Rostros!
—¡Qué!
—¡Rostros!
Me arrodillé y lo miré.
—Mi querido Trenhern, estás dejando que este asunto te afecte demasiado... Sabes que cuentas con toda mi simpatía. Pero...
—¡Mira —dijo—, se están moviendo, nos están mirando! —hablaba en voz baja, ignorando por completo mi protesta.
Me tendí otra vez y miré. Tal como había dicho, se estaban moviendo y cuando miré se me ocurrió una idea repentina. Me puse en pie bruscamente.
—¡Lo tengo! —grité excitado—. Si estoy en lo cierto eso podría dar cuenta del abandono de la nave. ¡Me pregunto por qué no lo pensamos antes!
—¿Qué? —preguntó con voz cansada y sin alzar la cabeza.
—Bien, en primer lugar, viejo, ésas no son caras, como bien lo sabes, pero te diré lo que es probable que sean: los tentáculos de algún tipo de monstruo marino, un kraken, o un pulpo... algo por el estilo. Me es fácil imaginar a una criatura de esa clase habitando ahí abajo y del mismo modo puedo comprender que si tu amada y la tripulación del Happy Return están vivos, se sientan inclinados a apartarse lo más posible del viejo barco si tengo razón... ¿eh?

Cuando terminé de explicar mi solución del misterio, Trenhern estaba en pie. La cordura había vuelto a sus ojos y había un rubor de excitación reprimida a medias en las mejillas hasta entonces pálidas.

—Pero... pero... pero... ¿y el almanaque? —jadeó.
—Bueno, pueden atreverse a subir a bordo por la noche, o en cierto momento de las mareas, en los que tal vez hayan descubierto que hay poco peligro. Desde luego, no puedo afirmarlo, pero parece probable y nada más natural que llevar un registro de los días, o lo pueden haber puesto en fecha sin pensar, de paso. Hasta podría tratarse de tu bienamada contando los días desde que se separó de ti.

Me volví y espié otra vez por sobre el borde del acantilado; las formas flotantes habían desaparecido. Entonces Trenhem me tironeó del brazo.

—Vamos, Henshaw, vamos. Regresaremos al yate y traeremos armas. Voy a matar a ese monstruo si aparece.

Una hora más tarde estábamos de regreso con dos de los botes del yate y sus tripulantes, todos armados con machetes, arpones, pistolas y hachas. Trenhem y yo habíamos elegido un pesado revólver cada uno. Los botes fueron arrimados y se les ordenó a los hombres que abordaran el barco náufrago, y allí, contando con suficiente comida, pasaron el resto del día, vigilando con atención en busca de señales de cualquier cosa. Sin embargo, cuando se acercó la noche, manifestaron una considerable inquietud; por último enviaron al viejo ballenero a popa a decirle a Trenhern que no se quedarían a bordo del Happy Return después de caer la noche: obedecerían cualquier orden que les diera en el yate, pero no habían sido contratados para permanecer a bordo de un barco dirigido por fantasmas. Una vez que oyó a Williams, mi amigo le dijo que llevara sus hombres al yate, pero que regresara en uno de los botes con cosas para dormir, ya que él y yo íbamos a quedamos a pasar la noche a bordo del barco. Esto era lo primero que yo oía del asunto, pero cuando lo reconvine me dijo que tenía plena libertad para volver al yate. Por su parte había decidido quedarse y ver si venía alguien.

Como es natural, después de eso tuve que quedarme. Pronto regresaron con los implementos de dormir y después de recibir órdenes de mi amigo para que vinieran a buscamos al romper el día, nos dejaron a solas para pasar la noche. Bajamos los implementos de dormir y los acomodamos sobre la mesa de la cámara; después subimos y paseamos por la cubierta de popa, fumando, hablando seriamente... escuchando; pero nada llegaba a nuestros oídos, a no ser la voz grave del mar más allá del cinturón de algas. Llevábamos los revólveres porque sólo sabíamos que podíamos llegar a necesitarlos. Sin embargo, el tiempo fue pasando sin accidentes, excepto una ocasión en que Trenhem dejó caer pesadamente la culata del arma sobre la cubierta. justamente entonces, desde todos los acantilados que nos rodeaban, rebotó hacia nosotros un estallido grave, hueco, atemorizante. Era como el gruñido de una bestia enorme. Pronto la oscuridad se hizo total en el fondo de aquel pozo tremendo. Por lo que podía juzgar, una niebla había bajado sobre la Isleta y formado una especie de tapa enorme sobre el pozo. Cuándo bajamos eran alrededor de las doce. Creo que para entonces hasta Trenhern había empezado a advertir que habernos quedado era un poco imprudente; si éramos atacados, al menos abajo, podríamos resistir mejor. En cierto sentido el temor incierto que yo sentía no era inducido por la idea del gran monstruo que creía haber visto cerca de la nave durante el día, sino más bien por algo innombrable en el aire mismo, como si la atmósfera del lugar fuera un medio conductor del terror. Sin embargo, serenándome con un esfuerzo, atribuí tal impresión a mis nervios en tensión, de tal modo que pronto, habiéndose ofrecido Trenhem para hacer la primera guardia, quedé dormido sobre la mesa de la cámara, dejándolo sentado junto a mi con el revólver sobre las rodillas.

Entonces, mientras dormía, tuve un sueño de una nitidez tan extraordinaria que me parecía estar despierto. Soñé que de pronto Trenhern respingaba y se ponía en pie de un salto. En el mismo instante, oí una voz suave que llamaba "¡Tren! ¡Tren!". Venía desde la puerta de la cámara y, en mi sueño, me daba vuelta y veía un rostro muy hermoso, con dos ojos enormes, admirables. "¡Un ángel!" susurraba para mis adentros; entonces supe que me había equivocado y que era el rostro de la amada de Trenhern. La había visto sólo una vez, justo antes de que se embarcara. Mis ojos fueron de ella hacia Trenhern. Había dejado el revólver sobre la mesa y ahora ella tendía los brazos hacia él. La oí murmurar "¡Ven!" y después Trenhern estuvo a su lado. Los brazos de la muchacha lo rodearon y después, juntos, atravesaron el umbral. oí los pies de él sobre la escalera y después de eso mi sueño se convirtió en un descanso vacío, sin sueños.

Me despertó un grito terrible, tan espantoso que me pareció despertar más a la muerte que a la vida. Durante tal vez medio minuto estuve sentado entre mis implementos de dormir, inmovilizado por el hielo del miedo, pero no me llegó ningún otro sonido, así que mi sangre volvió a correr por las venas y tendí la mano en busca del revólver. Lo aferré, aparté las mantas y salté al piso. La cámara estaba inundada por una tenue luz grisácea que se filtraba por el tragaluz de arriba. Era apenas suficiente para mostrarme que Trenhem no estaba presente y que el revólver estaba sobre la mesa, en el sitio donde lo había colocado en mi sueño. Ante esto, lo llamé vivamente, pero la única respuesta que obtuve fue el eco vacío y fantasmal de las vacías cabinas circundantes. Después corrí hacia la puerta y luego escaleras arriba hasta la cubierta. Allí, en la brumosa luz del amanecer, miré a lo largo de las cubiertas desnudas, pero no vi a Trenhern por ningún lado. Alcé la voz y grité. Los acantilados torvos, circulares atraparon el nombre y lo hicieron resonar mil veces, hasta que pareció que, desde la penumbra de los alrededores una multitud de demonios gritaba "¡Trenhern! ¡Trenhem! ¡Trenhern! ¡Trenhern!". Corrí a babor y miré por sobre la borda: ¡Nada! Volé a estribor; mis ojos captaron algo: varios objetos que flotaban a poca distancia de la superficie. Miré con atención y el corazón pareció detenérseme de pronto en el pecho.

Estaba contemplando una veintena de rostros pálidos, ultraterrenos, que me devolvían la mirada con ojos tristes. Parecían oscilar y temblar en el agua, pero por lo demás no había movimientos. Debo de haberme quedado así durante muchos minutos porque, bruscamente, oí un sonido de remos y después se deslizó alrededor de la popa el bote del yate.

—Hacia la proa, vamos —oí gritar a Williams. ¡Aquí estamos, señor!
El bote rozó el costado.
—Cómo la han... —empezó Williams, pero me pareció haber visto algo que se me acercaba por cubierta, lancé un grito y salté hacia el bote., Aterricé sobre uno de los bancos.
—¡Apártenlo! ¡Apártenlo! —aullé y tomé uno de los remos para ayudar.
—¿Y el señor Trenhern, señor? —interpuso Williams.
—¡Está muerto! —grité—. ¡Apártenlo! ¡Apártenlo!
Y los hombres, contagiados por mi miedo, remaron hasta que en pocos instantes estábamos a veinte metros de la nave. Allí hubo una pausa.
—¡Llévelo mar afuera, Williams! —grité, frenético por la cosa con la que me había encontrado—. ¡Llévelo mar afuera!

Y ante estas palabras, Williams dirigió el bote hacia el pasaje que comunicaba con el mar. Esto nos hizo pasar cerca de la popa del barco naufragado y mientras pasábamos por debajo alcé la cabeza hacia la masa sobresaliente. Cuando lo hice, un rostro difuso, bello se asomó sobre el remate de la proa y me miró con grandes ojos apenados. Tendió los brazos hacia mí y grité con fuerza porque las manos eran como las garras de un animal salvaje. Mientras me desmayaba, la voz de Williams me llegó en un bramido ronco de puro terror. Les gritaba a los tripulantes:

—¡Remen! ¡Remen! ¡Remen!

Los hijos de la noche. Robert E. Howard (1906-1936)

Recuerdo que había seis de nosotros en el extrañamente amueblado estudio de Conrad, con sus reliquias exóticas de todas las partes del mundo y sus largas hileras de libros que abarcaban desde la edición Mandrake Press de Boccaccio hasta el Missale Romanum, encuadernado en guardas de roble e impreso en Venecia, en 1740. Clemants y el profesor Kirowan acababan de enzarzarse en una discusión un tanto tempestuosa sobre un tema antropológico: Clemants sosteniendo la teoría de una raza alpina separada y diferenciada, mientras que el profesor mantenía que la susodicha raza era meramente una desviación del tronco ario original... posiblemente el resultado de una mezcla entre las razas mediterráneas o del sur y el pueblo nórdico.

-¿Y cómo -preguntó Clemants- explica usted su braquicefalia? El cráneo de los mediterráneos era tan largo como el de los arios: ¿acaso una mezcla entre esos pueblos dolicocéfalos produciría un tipo intermedio de cráneo ancho?
-Condiciones especiales podrían ocasionar un cambio en una raza originalmente de cráneo largo -replicó bruscamente Kirowan-. Boaz, por ejemplo, ha demostrado que en el caso de los inmigrantes en América, las formas del cráneo suelen cambiar en una sola generación. Y Flinders Petrie ha probado que los lombardos cambiaron de una raza de cráneo alargado a una de cráneo redondeado en unos cuantos siglos.
-Pero, ¿qué causó tales cambios?
-Aún queda mucho que la ciencia ignora -respondió Kirowan-, y no es preciso que seamos dogmáticos. Nadie sabe todavía por qué la gente de antepasados ingleses e irlandeses tiende a alcanzar alturas fuera de lo común en el distrito Darling de Australia, o por qué la gente de tal descendencia generalmente tiene la estructura de la mandíbula más delgada después de unas cuantas generaciones en Nueva Inglaterra. El universo está lleno de cosas inexplicables.
-Y de ahí resulta que sea poco interesante, según Machen -dijo riendo Taveral.

Conrad sacudió la cabeza.

-Debo mostrar mi desacuerdo. Para mí lo incognoscible presenta una fascinación extraordinaria.
-Lo que explica, sin duda alguna, todas las obras sobre brujería y demonología que veo en tus estanterías -dijo Ketrick, con un gesto de la mano hacia las hileras de libros.

Y déjenme que les hable de Ketrick. Cada uno de los seis era de la misma ascendencia... es decir, bretón o americano de ascendencia británica. Por británica, incluyo a todos los habitantes naturales de las Islas Británicas. Representábamos varias corrientes de sangre celta e inglesa pero, básicamente, esas corrientes eran la misma. Excepto Ketrick: ese hombre siempre me pareció extrañamente ajeno. Sólo en sus ojos aparecía externamente la diferencia. Eran de una especie de ámbar, casi amarillo, y ligeramente oblicuos. A veces, cuando le mirabas a la cara desde ciertos ángulos, parecían sesgados como los de un chino.

Otros, aparte de mí, habían notado tal rasgo, tan inusual en un hombre de pura descendencia anglosajona. Los mitos usuales adscribiendo sus ojos rasgados a cierta influencia prenatal habían sido rebatidos, y recuerdo que el profesor Hendrik Booler señaló una vez que Ketrick era indudablemente un atavismo, representando una reversión del tipo a cierto borroso y distante antepasado de sangre mongola... una especie de rara regresión, ya que nadie de su familia mostraba tales rasgos.

Pero Ketrick procede de la rama galesa de los Cetric de Sussex, y su linaje está inscrito en el Libro de los Pares. Allí puede leerse la línea de sus antepasados que se extiende sin ninguna interrupción hasta los días de Canuto. Ni la más ligera señal de mezcla mongoloide aparece en la genealogía y, ¿cómo podía darse tal mezcla en la vieja Inglaterra sajona? Pues Ketrick es la forma moderna de Cedric, y aunque esa rama huyó a Gales antes de la invasión de los daneses, sus herederos varones se casaron tozudamente con familias inglesas de las marcas fronterizas, y sigue siendo un puro linaje de los poderoso Cedric de Sussex... casi sajón puro. En cuanto al hombre mismo, este defecto de sus ojos, si puede llamársele defecto, es su única anormalidad, excepto un ligero y ocasional tartamudeo. Posee un elevado intelecto y es un buen compañero excepto por una ligera tendencia al distanciamiento y una bastante profunda indiferencia que puede servir para enmascarar una naturaleza que sea extremadamente sensible.

Refiriéndose a su comentario, dije con una carcajada:

-Conrad persigue lo oscuro y lo místico como algunos hombres persiguen el romanticismo; sus estanterías se hallan atestadas con deliciosas pesadillas de toda clase.

Nuestro anfitrión asintió.

-Encontraréis gran número de platos deliciosos... Machen, Poe, Blackwood, Maturin... mirad, un banquete fuera de lo común... Misterios Horrendos, por el Marqués de Grosse... la auténtica edición del siglo XVIII.

Taveral examinó las estanterías.

-La ficción fuera de lo común parece mezclarse con obras sobre brujería, vudú y magia negra. Cierto; los historiadores y las crónicas son a menudo aburridas; pero nunca los tejedores de historias... los maestros, quiero decir. Un sacrificio vudú puede ser descrito de modo tan aburrido como para quitarle toda la fantasía y dejarlo meramente en un sórdido crimen. Admitiré que pocos escritores de ficción alcanzan las auténticas cimas del horror... la mayor parte de su obra es demasiado concreta, poseyendo un exceso de dimensiones y forma terrestre. Pero en relatos como La caída de la Casa de Usher, de Poe, el Sello Negro, de Machen y La llamada de Cthulhu de Lovecraft -los tres genios del cuento de horror, a mi entender- el lector es arrastrado a los oscuros reinos exteriores de la imaginación.
-Pero mirad ahí -continuó-, ahí, aprisionado entre esa pesadilla de Huysman y El castillo de Otranto, de Walpole... los Cultos Innombrables de Von Junzt. ¡Ahí hay un libro para tenerte despierto por la noche!
-Lo he leído -dijo Taverel-, y estoy convencido de que ese hombre está loco. Su obra es como la conversación de un maníaco... discurre con asombrosa claridad durante cierto tiempo, luego se sumerge de pronto en vaguedades y balbuceos inconexos.

Conrad sacudió la cabeza.

-¿Pensaste alguna vez que es quizás su misma cordura la que le hace escribir de ese modo? ¿Que acaso no se atreve a poner sobre el papel todo lo que sabe? ¿Que acaso sus vagas suposiciones son indicios oscuros y misteriosos, claves del rompecabezas, para aquellos que saben?
-¡Paparruchas! -dijo Kirowan-. ¿Pretendes insinuar que alguno de los cultos de pesadilla a los que se refiere Von Junzt han sobrevivido hasta la fecha actual... si es que existieron alguna vez salvo en el cerebro obsesionado de un poeta y filósofo lunático?
-No sólo él usaba los significados ocultos -respondió Conrad-. Si examinas varias obras de ciertos grandes poetas puedes hallar dobles sentidos. Los hombres han dado con secretos cósmicos en el pasado y han revelado indicios de ellos al mundo en palabras crípticas. ¿Recuerdas las alusiones de Von Juntz a una «ciudad en medio de la desolación»? ¿Qué piensas del párrafo de Flecker?:

¡No pases por allí! Dicen los hombres que en pétreos desiertos florece aún una rosa. Pero que no hay escarlata en su pétalo... y de cuyo corazón no fluye perfume alguno.

Los hombres pueden encontrar por azar cosas secretas, pero Von Juntz llegó a profundizar en misterios prohibidos. Por ejemplo, era uno de los pocos hombres que podían leer el Necronomicon en la traducción griega original. Teveral se encogió de hombros y el profesor Kirowan no replicó directamente, aunque resopló y chupó furiosamente su pipa; pues él, al igual que Conrad, había estudiado la versión latina del libro y había encontrado allí cosas que ni siquiera un científico de sangre fría podía responder o refutar.

-Bien -dijo finalmente-, suponed que admitimos la antigua existencia de cultos girando en torno a tales dioses y entidades innombrables y horrendas como Cthulhu, Yog Sothoth, Tsathoggua, Gol-Goroth y otros parecidos, sigo sin poder creer que supervivientes de tales cultos acechen en los rincones oscuros del mundo.

Para nuestra sorpresa Clemants respondió. Era un hombre alto y delgado, silencioso casi hasta la taciturnidad, y su feroz lucha con la pobreza en su juventud había ajado su rostro por encima de su edad. Como muchos otros artistas, vivía una vida literaria claramente dual, con sus novelas de capa y espada proporcionándole saneados ingresos, y su posición editorial en La Pezuña Hendida permitiéndole una total expresión artística. La Pezuña Hendida era una revista de poesía cuyos extraños contenidos habían despertado a menudo el interés escandalizado de los críticos conservadores.

-Recordaréis que Von Juntz menciona a un llamado culto de Bran -dijo Clemants, llenando la cazoleta de su pipa con una clase particularmente repulsiva de tabaco común-. Creo que una vez os oí a ti y a Taverel discutiéndolo.
-Como infiero de tus insinuaciones -replicó bruscamente Kiroan-, Von Junzt incluye este culto particular entre los que aún existen. Absurdo.

Clemants negó nuevamente con la cabeza.

-Cuando era joven y me abría paso a traves de cierta universidad, tenía por compañero de cuarto a un muchacho tan pobre y ambicioso como yo. Si te dijera su nombre, te asombrarías. Aunque provenía de un viejo linaje escocés de Galloway, era obviamente de tipo no-ario. Esto lo digo con la mayor discreción, entendedme. Pero mi compañero de cuarto hablaba en sueños. Empecé a escuchar y recompuse sus balbuceos dispersos. Y en lo que murmuraba oí por primera vez el viejo culto aludido por Von Juntz; del rey que rige el Imperio Oscuro, el cual revivía un imperio más viejo y oscuro aún que se remontaba a la Edad de Piedra; y de la gran caverna sin nombre donde se halla el Hombre Oscuro... la imagen de Bran Mak Morn, tallada según su semejanza por la mano de un maestro mientras el gran rey aún vivía, y a la cual cada adorador de Bran peregrina una vez en su vida. Sí, ese culto vive hoy en los descendientes del pueblo de Bran... una corriente silenciosa y desconocida que afluye al gran océano de la vida, esperando que la imagen de piedra del gran Bran aliente y se mueva con una vida repentina, y salga de la gran caverna para reconstruir su imperio perdido.
-¿Y quiénes eran el pueblo de ese imperio? –preguntó Ketrick.
-Pictos -respondió Taverel-, indudablemente el pueblo conocido después como los pictos salvajes de Galloway era predominantemente celta... una mezcla de elementos gaélicos, címricos, aborígenes y posiblemente teutónicos. Si tomaron su nombre de la raza más antigua o le prestaron su propio nombre a esa raza, es una cuestión que resta por decidir. Pero cuando Von Junzt habla de pictos, se refiere específicamente a los pueblos pequeños y morenos de sangre mediterránea, comedores de ajo, que trajeron la cultura neolítica a Inglaterra. Los primeros pobladores de ese país, de hecho, que hicieron surgir los cuentos de duendes y espíritus de la tierra.
-No puedo estar de acuerdo con esa última aseveración -dijo Conrad . Esas leyendas confieren a sus personajes la deformidad y la inhumanidad de su apariencia. No había nada en los pictos para suscitar tal horror y repulsión en los pueblos arios. Creo que los mediterráneos fueron precedidos por un tipo mongoloide, muy bajo en la escala de la evolución, de donde tales historias...
-Muy cierto -interrumpió Kirowan-, pero me cuesta pensar que precedieron a los pictos, como les llamas, en Inglaterra. Encontramos leyendas de trolls y enanos en todo el continente, y me inclino a pensar que tanto el pueblo ario como el mediterráneo trajeron esas historias con ellos del continente. Esos primeros mongoloides debían ser de un aspecto extremadamente inhumano.
-Al menos -dijo Conrad-, aquí hay un mazo de pedernal que un minero halló en las colinas galesas y me entregó, que nunca ha sido totalmente explicado. Obviamente no es de fabricación neolítica ordinaria. Ved lo pequeño que es comparado a la mayoría de herramientas de tal edad; casi como el juguete de un niño; y con todo es sorprendentemente pesado y sin duda podía propinarse con él un golpe mortífero. Yo mismo le encajé el mango y os sorprendería saber lo difícil que fue tallarlo con la forma y el equilibrio correspondientes a la cabeza.

Contemplamos el objeto. Estaba bien hecho, pulido en algún modo como los otros restos del neolítico que había visto pero, como decía Conrad, era extrañamente diferente. Su pequeño tamaño producía una rara inquietud, pues en ningún modo tenía la apariencia de un juguete. Era tan siniestro en lo que sugería como una daga de sacrificio azteca. Conrad había moldeado el mango de roble con rara habilidad, y al tallarlo para encajarlo en la cabeza, se las había arreglado para darle la misma apariencia antinatural que tenía el propio mazo. Incluso había copiado el modo de trabajar de los tiempos primigenios, fijando la cabeza a la hendidura del mango con tiras de cuero.

-¡A fe mía! -dijo Taverel a la vez que lanzaba un torpe golpe a un antagonista imaginario y estuvo a punto de romper un costoso jarrón Shang-. El equilibrio de esta cosa se halla totalmente descentrado; tendría que reajustar toda la mecánica de mi estabilidad y equilibrio para manejarlo.
-Déjame verlo -dijo Ketrick mientras tomaba el objeto y lo examinaba, intentando arrancarle el secreto de su adecuado manejo.

Por fin, un tanto irritado, lo balanceó hacia arriba y golpeó fuertemente un escudo que colgaba en la pared cercana. Me encontraba cerca; vi el mazo infernal retorcerse en su mano como una serpiente viva y cómo su brazo se desviaba del objetivo; oí un alarmado grito de aviso... y la oscuridad llegó con el impacto del mazo contra mi cabeza. Me deslicé lentamente de vuelta a la consciencia. Primero fueron sensaciones apagadas de ceguera y una falta total de conocimiento en cuanto a dónde estaba o quién era; luego una vaga conciencia de vida y ser, y algo duro oprimiendo mis costillas. Luego las neblinas se aclararon y volví completamente en mí. Estaba tendido de espaldas bajo algún arbusto y la cabeza me latía ferozmente. También mi cabello estaba sucio y costroso de sangre, pues el cuero cabelludo había quedado al desnudo. Pero mis ojos recorrieron mi cuerpo y extremidades, desnudas salvo por un taparrabos de piel de ciervo y sandalias del mismo material, y no hallaron ninguna otra herida. Lo que oprimía tan incómodamente mis costillas era mi hacha, sobre la cual había caído.

Un aborrecible parloteo llegó a mis oídos y me devolvió de pronto a la claridad de consciencia. El ruido se parecía débilmente al lenguaje, pero como ninguno de aquellos a los que el hombre está acostumbrado. Sonaba mucho como el repetido siseo de muchas y grandes serpientes. Miré. Estaba tendido en un bosque grande y sombrío. El claro estaba ennegrecido por los árboles, así que incluso de día era muy oscuro. Si... ese bosque era oscuro, frío, silencioso, gigantesco y totalmente aterrador. Y miré hacia el claro.

Vi una carnicería. Cinco hombres yacían ahí... al menos, lo que había sido cinco hombres. Cuando percibí las abominables mutilaciones, sentí que se me enfermaba el alma. Y alrededor de ellos se apiñaban las... cosas. En cierto modo eran humanas, aunque no las consideré tales. Eran bajas y fornidas, con anchas cabezas demasiado grandes para sus flacos cuerpos. Su cabellera era enmarañada y lacia, sus rostros anchos y cuadrados, con narices chatas, ojos horriblemente sesgados, una delgada apertura por boca y orejas puntiagudas. Llevaban pieles de animal, como yo, pero esas pieles estaban trabajadas toscamente. Portaban arcos pequeños y flechas con punta de pedernal, cuchillos de pedernal y garrotes. Y conversaban en un lenguaje tan horrible como ellos, un lenguaje siseante y reptilesco que me llenó de temor y repugnancia.

Oh, les odié mientras estaba allí tendido; mi cerebro ardía con una furia al rojo blanco. Y recordé. Habíamos ido a cazar, seis jóvenes del Pueblo de la Espada, y nos habíamos adentrado en el lúgubre bosque que nuestra gente solía rehuir. Cansados de la caza, nos habíamos parado a descansar; se me había dado el primer turno de guardia, pues en esos días no había sueño sin centinela. La vergüenza y la revulsión sacudieron todo mi ser. Me había dormido... había traicionado a mis camaradas. Y ahora yacían degollados y mutilados... asesinados mientras dormían, por una carroña que jamás se habría atrevido a enfrentárseles en igualdad de términos. Yo, Aryara, había traicionado su confianza.

Sí... recordé. Había dormido y en mitad de un sueño de caza, el fuego y las chispas habían explotado en mi cabeza y me había sumergido en una oscuridad más profunda donde no había sueños. Y ahora el castigo. Los que se habían arrastrado por el denso bosque y me habían dejado inconscientes, no se habían detenido para mutilarme. Creyéndome muerto se habían apresurado a su espantosa tarea. Quizás ahora me habían olvidado por un tiempo. Me había sentado algo lejode los otros, y cuando me golpearon había caído a medias bajo unos arbustos. Pero pronto se acordarían de mí. No volvería a cazar, ni a bailar las danzas de la caza, el amor y la guerra, no volvería a ver las chozas de zarzales del Pueblo de la Espada.

Pero no deseaba huir para regresar a mi gente. ¿Debía volver acaso humillado con mi relato de infamia y desgracia? ¿Tenía que oír las palabras despectivas que mi tribu me arrojaría, ver a las muchachas señalarme con los dedos despreciativos, el joven que se había dormido y había traicionado a sus camaradas a los cuchillos de la carroña? Los ojos me escocían de lágrimas y un lento odio se acumulaba en mi pecho y mi cerebro. Nunca llevaría la espada que señalaba al guerrero. Nunca triunfaría sobre dignos enemigos y moriría gloriosamente bajo las flechas de los pictos o las hachas del Pueblo del Lobo o el Pueblo del Río. Descendería a la muerte vencido por una chusma nauseabunda, a la que los pictos habían arrojado hacía largo tiempo a sus madrigueras del bosque como ratas.

Y una rabia enloquecida me aferró y secó mis lágrimas, dejando en su lugar una frenética llamarada de ira. Si tales reptiles iban a causar mi caída, yo haría que fuera largo tiempo recordada... si tales bestias tenían memoria. Moviéndome con cautela, me deslicé hasta que mi mano estuvo en el mango de mi hacha; entonces invoqué a Il-marinen y salté como un tigre. Y, al igual que salta un tigre, me hallé entre mis enemigos y aplasté un cráneo achatado como un hombre aplasta la cabeza de una serpiente. Un súbito y salvaje clamor de miedo se alzó de mis víctimas y por un instante me rodearon, acuchillando e hiriendo. Un cuchillo desgarró mi pecho pero no le presté atención. Una niebla roja ondulaba ante mis ojos, y mi cuerpo y miembros se movían en perfecto acuerdo con mi cerebro de combatiente. Gruñendo, golpeando y lanzando tajos, era como un tigre entre reptiles. En un instante abandonaron y huyeron, dejándome en pie sobre una media docena de cuerpos achaparrados. Pero no me hallaba saciado.

Le pisaba los talones al más alto, cuya cabeza me llegaría quizás al hombro, y que parecía ser su jefe. Huía hacia una especie de pasillo, lanzando gritos agudos como un monstruoso lagarto, y cuando me hallaba casi tocando su espalda se hundió como una serpiente entre los arbustos. Pero yo era demasiado rápido para él, le arrastré hacia afuera y terminé sangrientamente con él. A través de los arbustos vi el camino que luchaba por alcanzar... un sendero que entraba y salía de los árboles, casi demasiado estrecho para permitir que lo atravesara un hombre de talla normal. Corté la horrenda cabeza de mi víctima y, llevándola en mi mano izquierda y con mi roja hacha en la derecha tomé el sendero de serpientes. Mientras caminaba rápidamente por el sendero y la sangre manchaba mis pies a cada zancada brotando de la yugular cortada de mi enemigo, pensé en aquellos a los que acosaba.

Cierto... les teníamos en poca estima, cazábamos de día en el bosque que habitaban. Nunca supimos cómo se llamaban a sí mismos, pues nadie de nuestra tribu aprendió jamás los malditos y sibilantes siseos que usaban como lenguaje; pero les llamábamos Hijos de la Noche. Y en verdad eran criaturas nocturnas, pues se ocultaban en las profundidades del bosque oscuro y en moradas subterráneas, aventurándose en las colinas sólo cuando dormían sus vencedores. Era por la noche cuando cometían sus sucias fechorías... del veloz vuelo de una flecha con punta de pedernal hasta el robo de un niño que se había alejado de la aldea. Pero era otra la razón por la que les dábamos su nombre; eran, en verdad, un pueblo de noche y oscuridad y de las antiguas sombras llenas de horrores de eras pasadas. Pues estas criaturas eran muy viejas y representaban una edad agotada. Una vez dominaron y poseyeron esta tierra, y habían sido expulsados de la oscuridad y sus escondrijos por los morenos y feroces pequeños pictos con quienes luchábamos ahora, y que les odiaban y aborrecían tan salvajemente como nosotros.

Los pictos eran distintos de nosotros en aspecto general, siendo más pequeños de talla y oscuros de cabellera, ojos y piel, en tanto que nosotros éramos altos y fuertes, con cabello amarillo y ojos claros. Pero, pese a todo eso, eran de nuestra misma especie. Estos Hijos de la Noche no nos parecían humanos, con sus cuernos deformes y enanos, piel amarillenta y rostros horrendos. Sí... eran reptiles... carroña. Y mi cerebro estaba a punto de reventar de rabia cuando pensaba que era esa la carroña con la que iba a saciar mi hacha y perecer. ¡Bah! No hay gloria en matar serpientes o morir de su mordedura. Toda esa rabia y feroz disgusto se volvieron contra los objetos de mi odio, y con la vieja niebla roja ondulando ante mí juré por todos los dioses que conocía que desencadenaría sobre ellos tan sangrienta carnicería antes de morir como para dejar un temible recuerdo en las mentes de los supervivientes. Mi pueblo no me rendiría honores, en tal desprecio tenían a los Hijos. Pero esos Hijos que dejara vivos me recordarían y se estremecerían. Así juré, aferrando salvajemente mi hacha, que era de bronce, encajada en una hendidura del mango de roble y asegurada con tiras de cuero crudo.

Escuché más adelante un aborrecible y sibilante murmullo y un olor pestilencial, humano y con todo menos que humano, se filtró a través de los árboles. Unos instantes más y emergí de las profundas sombras a un amplio espacio abierto. Nunca había visto antes una aldea de los Hijos. Había una agrupación de cúpulas de barro, con bajos umbrales hundidos en el suelo; moradas escuálidas, mitad encima y mitad debajo de la tierra. Y sabía por las conversaciones de los viejos guerreros que tales moradas se hallaban conectadas por corredores subterráneos, así que la aldea entera era como un hormiguero o un sistema de agujeros de serpientes. Y me pregunté si otros túneles no corrían bajo el terreno y emergían a largas distancias de las aldeas. Ante las cúpulas se concentraba un vasto grupo de las criaturas, siseando y parloteando a gran velocidad.

Había apretado el paso y ahora emergí al descubierto, corriendo con la agilidad de mi raza. Un clamor salvaje se alzó de la chusma cuando vieron al vengador, alto, manchado de sangre y con los ojos llameantes saltar del bosque; lancé un grito feroz, arrojé la cabeza goteante entre ellos y me lancé como un tigre herido ea lo más espeso del grupo. ¡Oh, ahora no tenían escapatoria! Podrían haber tomado sus túneles pero les habría seguido hasta las entrañas del infierno. Sabían que debían matarme y me rodearon, casi un centenar, para hacerlo. No había ninguna llama salvaje de gloria en mi cerebro como la habría habido contra enemigos dignos. Pero la vieja locura frenética de mi raza estaba en mi sangre y el aroma de la sangre y la destrucción en mi olfato.

No sé cuántos maté. Sólo sé que se apiñaron a mi alrededor en una masa convulsa que lanzaba cuchilladas, como serpientes alrededor de un lobo, y golpeé hasta que el filo del hacha se melló y se torció y el hacha no fue más que un garrote; y aplasté cráneos, hendí cabezas, astillé huesos, derramé sangre y los sesos en un rojo sacrificio a Il-marinen, dios del Pueblo de la Espada. Sangrando de medio centenar de heridas, cegado por un tajo recibido a través de los ojos, sentí un cuchillo de pedernal hundirse profundamente en mi vientre y en ese mismo instante un garrote me abrió el cuero cabelludo. Caí de rodillas pero me alcé de nuevo, vacilante, y vi en una espesa niebla roja un anillo de rostros gesticulantes de ojos sesgados. Golpeé como un tigre agonizante, y los rostros se rompieron en una roja ruina. Y mientras me derrumbaba, desequilibrado por la furia de mis golpes, una mano provista de garras aferró mi garganta y una hoja de pedernal fue introducida en mis costillas y retorcida malignamente. Bajo una rociada de golpes volví a caer, pero el hombre con el cuchillo se hallaba debajo de mí, y con mi mano izquierda le busqué y le rompí el cuello antes de que pudiera alejarse reptando.

La vida huía rápidamente; a través del siseo y el aullar de los Hijos podía oír la voz de Il-marinen. Y con todo volví a levantarme tozudamente, a través de un auténtico torbellino de garrotes y lanzas. Ya no podía ver a mis enemigos, ni siquiera en una neblina rojiza. Pero podía sentir sus golpes y sabía que se lanzaban sobre mí. Planté bien los pies, agarré el resbaladizo mango de mi hacha con ambas manos e invocando una vez más a I1-marinen, alcé el hacha y propiné un último y terrorífico golpe. Y debí morir de pie, pues no hubo sensación de caída; incluso mientras sabía, con un último escalofrío de salvajismo, que mataba, incluso mientras sentía el astillarse de los cráneos bajo mi hacha, la oscuridad llegó con el olvido. Volví en mí repentinamente. Estaba medio acostado en un gran sillón y Conrad derramaba agua sobre mí. Me dolía la cabeza y un hilillo de sangre se había medio secado en mi rostro. Kirowan, Taverel y Clemants se inclinaban a mi alrededor, ansiosamente, mientras Ketrick permanecía ante mí, sosteniendo aún el mazo, su rostro expresando una cortés inquietud que no mostraban sus ojos. Y ante la visión de esos ojos malditos una roja locura se alzó en mi interior.

-Ya está -decía Conrad-, os dije que volvería en sí de un momento a otro; sólo un arañazo. Ha soportado cosas peores. Ahora todo va bien, ¿verdad, O’Donnel?

En respuesta les aparté violentatnente, y con un solo y apagado gruñido de odio me lancé sobre Ketrick. Cogido totalmente por sorpresa no tuvo oportunidad de defenderse. Mis manos se cerraron en su garganta y nos estrellamos los dos en un diván, convirtiéndolo en ruinas. Los otros lanzaron gritos de sorpresa y horror y saltaron para separarnos... o, más bien, para arrancarme a mi víctima, pues ya los ojos oblicuos de Ketrick empezaban a saltarle de las órbitas.

-Por el amor de Dios, O'Donnel -exclamó Conrad, intentando quebrar mi presa-, ¿qué te ha pasado? Ketrick no pretendía golpearte... ¡suelta, idiota!

Una feroz ira casi me hizo olvidar que aquellos hombres eran mis amigos, hombres de mi propia tribu, y les maldije a ellos y a su ceguera, cuando finalmente lograron separar mis dedos que estrangulaban la garganta de Ketrick. Se levantó tosiendo y exploró las marcas azules que habían dejado mis dedos, mientras yo maldecía rabioso, casi derrotando los esfuerzos combinados de los cuatro por sujetarme.

-¡Estúpidos! -grité- ¡Dejadme ir! ¡Dejadme cumplir mi deber como hombre de la tribu! ¡Locos, ciegos! Nada me importa el mísero golpe que me propinó... él y los suyos me los dieron más fuertes en eras pasadas. Estúpidos, está señalado con la marca de la bestia... el reptil... ¡la carroña que exterminarnos siglos ha! ¡He de aplastarla, pisotearla, librar la limpia tierra de su maldita contaminación!

Así desvarié y me debatí y Conrad le musitó a Ketrick por encima del hombro:

-¡Sal, deprisa! ¡Está fuera de control! ¡Se ha desquiciado la mente! Aléjate de él.

Ahora contemplo las viejas colinas soñadoras, las montañas y los profundos bosques más allá, y medito. De algún modo el golpe de ese viejo y maldito mazo me hizo retroceder de pronto a otra era y otra vida. Cuando Aryara no conocía ninguna otra vida. No era un sueño, era un trozo extraviado de realidad donde yo, John O’Donnel, viví y morí una vez. Y de regreso al cual fui arrebatado a través de los vacíos del tiempo y el espacio por un golpe dado al azar. El tiempo y las eras son engranajes que no encajan, que chirrían y no son conscientes el uno del otro. Ocasionalmente -¡oh, muy raramente!- los engranajes encalan; las piezas del juego se unen momentáneamente con un chasquido y proporcionan a los hombres borrosos vislumbres más allá del velo de esta ceguera cotidiana que llamamos realidad.

Soy John O'Donnel y fui Aryara, quién tuvo sueños de gloria guerrera y de caza y festín y que murió sobre el rojo montón de sus víctimas en alguna era perdida. Pero, ¿en cuál y dónde? Puedo responderos a lo último. Las montañas y los ríos cambian sus contornos; los paisajes se alteran; pero las llanuras son lo que menos cambia. Las miro ahora y las recuerdo, no sólo con los ojos de John O'Donnel, sino con los de Aryara. Han cambiado muy poco. Sólo el gran bosque se ha encogido y empequeñecido y en muchos, muchos sitios se ha desvanecido completamente. Pero aquí, en estas mismas llanuras, Aryara vivió, peleó y amó y en el bosque lejano murió. Kirowan se equivocaba. Los pequeños y feroces pictos morenos no fueron los primeros hombres de las Islas. Hubo otros seres antes que ellos... sí, los Hijos de la Noche. Leyendas... cierto, los Hijos no nos eran desconocidos cuando llegamos a lo que ahora es la isla de Inglaterra. Les habíamos encontrado antes, eras antes. Ya teníamos nuestros mitos sobre ellos. Pero les encontramos en Inglaterra. Y tampoco los pictos les habían exterminado totalmente.

Y tampoco, como muchos creen, nos habían precedido los pictos en tantos siglos. Les empujamos ante nosotros al llegar, en esa larga migración desde el este. Yo, Aryara, conocí ancianos que habían marchado en ese viaje que duró un siglo; que habían sido llevados en los brazos de mujeres de amarilla cabellera sobre incontables kilómetros de bosque y planicie, y que de jóvenes habían marchado en la vanguardia de los invasores. En cuanto a la era... eso no puedo decirlo. Pero yo, Aryara, era con seguridad un ario y mi gente lo era... miembros de una de las mil migraciones desconocidas y nunca recordadas que esparcieron tribus de cabello amarillo y ojos azules por todo el mundo. Los celtas no fueron los primeros en venir a Europa occidental. Yo, Aryara, era de la misma sangre y aspecto que los hombres que saquearon Roma, pero la mía era una rama mucho más vieja. Del lenguaje que hablo, no queda ningún eco en la mente consciente de John O'Donnel, pero sabía que la lengua de Aryara era al céltico antiguo lo que éste es al gaélico moderno.

¡Il-marinen! Recuerdo al dios que invoqué, el viejo, viejo dios que trabajaba los metales... el bronce, entonces. Pues Il-marinen era uno de los dioses base de los arios de quien crecieron muchos dioses; y era Wieland y Vulcano en las edades de hierro. Pero para Aryara era Il-marinen.

Y Aryara... era uno de muchas tribus y muchas migraciones. No sólo el Pueblo de la Espada llegó o habitó en Inglaterra. El Pueblo del Río estuvo antes que nosotros y el Pueblo del Lobo vino después. Pero eran arios como nosotros, altos y rubios, de ojos claros. Luchamos contra ellos, por la razón de que las varias migraciones de arios siempre han luchado entre sí, al igual que los aqueos lucharon contra los dorios, al igual que celtas y germanos se cortaban mutuamente las gargantas; sí, al igual que los helenos y los persas, que fueron una vez un pueblo y de la misma migracion, se partieron de dos modos distintos en el largo viaje y siglos después se encontraron e inundaron Grecia y Asia Menor con sangre. Entendedme ahora, todo esto no lo sé como Aryara. Yo, Aryara, nada sabía de esas migraciones a escala mundial de mi raza. Sólo sabía que mi pueblo era de conquistadores, que un siglo antes mis antepasados habían morado en las grandes planicies, lejos al este, planicies que pululaban de un pueblo feroz, de cabellera amarilla y ojos claros, de viejas y nuevas migraciones que combatían salvaje e implacablemente según la vieja e ilógica costumbre del pueblo ario. Esto lo sabía Aryara y yo, John O'Donnel, que sé mucho más y mucho menos de lo que yo, Aryara, sabía, he combinado el conocimiento de estos yo separados y he llegado a conclusiones que asombrarían a científicos e historiadores afamados.

Con todo, este hecho es bien conocido: los arios se deterioran rápidamente en las vidas sedentarias y pacíficas. Su existencia adecuada es la nómada; cuando se establecen en una existencia agrícola, preparan el cambio de su caída; y cuando se encierran a si mismos con los muros de la ciudad, sellan su condena. Cierto, yo, Aryara, recuerdo los relatos de los viejos... cómo los Hijos de la Espada, en esa larga migración, encontraron aldeas de gente de piel blanca y cabellera amarilla que habían emigrado al oeste siglos antes y habían dejado la vida de vagabundeo para morar entre el pueblo moreno que comía ajo y ganarse el sustento del suelo. Y los viejos cuentan lo blandos y débiles que eran, y cuán fácilmente caían ante las hojas broncíneas del Pueblo de la Espada.

Mirad... ¿acaso la historia entera de los Hijos de Aryan no está inscrita en esas líneas? Mirad... cuán rápidamente siguió el persa al medo; griego, persa, romano, griego; y germano al romano. Sí, y el nórdico siguió a las tribus germánicas cuando se hubieron vuelto débiles después de un siglo o más de paz y ociosidad, y les robaron lo que ellos habían robado en el sur.

Pero dejadme hablar de Ketrick. ¡Ja!... la sola mención de su nombre hace que se erice el vello de mi nuca. Una reversión de tipo... pero no al tipo de algún limpio chino o mongol de tiempos recientes. Los daneses expulsaron a sus antepasados a las colinas de Gales; y allí, ¡en qué siglo medieval y en qué sucio modo se deslizó ese maldito tinte aborigen en la limpia sangre sajona de la línea celta, para yacer tanto tiempo dormido! El celta galés nunca se apareó con los Hijos más de lo que hicieron los pictos. Pero debieron quedar sobrevivientes... carroña acechando en esas lúgubres colinas, que habían superado su tiempo y su era. En los días de Aryara apenas eran humanos. ¿Qué debió hacer un millar de años de retroceso con esa simiente?

¿Qué abominable forma se deslizó en el castillo Ketrick una noche olvidada, o se alzó de la oscuridad para aferrar alguna mujer del linaje, arrastrándola a las colinas?

La mente se aparta de tal imagen. Pero esto sé: debieron quedar sobrevivientes de esa abominable era de reptiles cuando los Ketrick fueron a Gales. Quizás aún queden. Pero este sustituto, este engendro de la oscuridad, este horror que lleva el noble nombre de Ketrick, sobre él se halla la marca de la serpiente, y no habrá descanso para mí hasta que sea destruido. Ahora que le conozco por lo que es, contamina el aire limpio y deja el fango de la serpiente sobre la verde tierra. El sonido de su voz siseante y tartamuda me llena de un horror que me eriza la piel y la visión de sus ojos rasgados me inspira la locura.

Pues vengo de una raza real, y un ser tal es un continuo insulto y una amenaza, como una serpiente debajo del pie. La mía es una raza regia, aunque ahora se haya degradado y caiga en la decadencia por la mezcla continua con razas conquistadas. Las oleadas de sangre ajena han teñido de negro mi pelo y han oscurecido mi piel, pero aún tengo la estatura señorial y los ojos azules de un rey ario. Y como mis antepasados... como yo, Aryara, destruí a la canalla que se retorcía bajo nuestros talones, así yo, John O'Donnel, exterminaré a esa criatura reptilesca, el monstruo surgido de la mancha de serpiente que tanto tiempo durmió sin ser detectado en limpias venas sajonas, el vestigio que las cosas-serpiente dejaron para macular a los Hijos de Aryan. Dicen que el golpe recibido afectó mi mente; sé que no hizo sino abrirme los ojos. Mi antiguo enemigo camina a menudo en solitario por los páramos, atraído, aunque quizá lo ignore, por impulsos ancestrales. Y en uno de esos paseos solitarios le encontraré, y cuando le encuentre romperé su sucio cuello con mis manos al igual que yo, Aryara, rompí los cuellos de las sucias criaturas nocturnas hace mucho, mucho tiempo.

Entonces pueden llevárseme y romper mi cuello al final de una soga si quieren. No estoy ciego, si mis amigos lo están. Y ante los ojos del viejo dios ario, si no ante los ojos velados de los hombres, habré sido fiel a mi tribu.