sábado, 24 de septiembre de 2016

El cazador de sangre. Javier Fontenla.

Max Van der Heyden, periodista especializado en la investigación de fenómenos presuntamente paranormales, es para algunos, “el verdadero Van Helsing del siglo XXI”. Claro que, en honor a la verdad, debemos añadir que esos “algunos” que tanto lo admiran son muy pocos comparados con quienes lo tienen por un loco o un farsante. Y aun son muchos más quienes jamás han oído hablar de él. Sin embargo, tampoco podemos ocultar que bastantes de los que en público abominan de su nombre, o niegan todo conocimiento del mismo, son los primeros en pedir su ayuda (“extraoficialmente”, por supuesto) cuando se enfrentan a hechos que van más allá de lo científicamente explicable. Eso hicieron, por ejemplo, las autoridades de cierto país africano cuando varias aldeas, situadas en las proximidades de la selva, se vieron atacadas por un horror sin precedentes. Primero empezaron a aparecer los cadáveres desangrados de varios leñadores y cazadores que se habían internado en la selva para ganarse el sustento. Luego comenzaron a correr igual suerte las mujeres que iban a lavar la ropa al río y los niños que se dirigían a las huertas para llevarles comida o agua fresca a sus atareados padres. Finalmente, cuando un par de turistas ingleses hallaron la muerte en circunstancias semejantes, la situación se hizo insostenible. A las autoridades quizás no les importase demasiado la desaparición de algunos pobres aldeanos, pero no podían tolerar que les sucediese otro tanto a adinerados visitantes de piel blanca, pues ello podría tener graves consecuencias para la boyante industria turística del país. Y si las muertes de los pobres campesinos son fáciles de mantener ocultas, no sucede lo mismo con las de los ricos extranjeros, especialmente si sus cadáveres traen consigo las inoportunas visitas de embajadores demasiado curiosos, por lo cual el problema debía solucionarse lo antes posible, fuera como fuera.

Así pues, Max fue llamado al lugar de los hechos. Una vez allí, encontró alojamiento, con todos los gastos pagados, en los lujosos bungalows del mismo parque nacional donde pocos días antes habían tenido lugar las muertes de los dos británicos. Apenas hubo depositado su escaso equipaje en el cuarto que le había sido reservado, Max se encaminó al lugar exacto donde habían aparecido los cadáveres, acompañado por varios empleados del parque y por el mismísimo Monsieur François Lissouba, jefe supremo de la Policía Nacional. Hay que decir que este se mostraba radicalmente escéptico respecto a la posibilidad de que hubiera algo sobrenatural tras los asesinatos y pensaba que eran obra de alguna fiera aficionada a la sangre humana. Decía:

-Mis muchachos han hallado las huellas inconfundibles de una enorme pantera cerca de los todos los lugares donde alguien ha aparecido con la garganta destrozada. Francamente, creo que, como dicen ustedes, blanco y en botella igual a leche. O dicho de otra forma, tras todo este asunto no hay nada que no se pueda solucionar con una bala bien dirigida. Lo que pasa es que los malditos ecologistas…

-Disculpe, Monsieur Lissouba, pero me consta que las panteras, aunque en raras ocasiones ataquen a la gente, lo hacen para comer su carne, no para beber su sangre.
-¿A usted le consta eso? Disculpe mi atrevimiento, Monsieur Van der Heyden, pero… en su Holanda natal, ¿ha visto usted muchas panteras? ¡Porque, según parece, debe de conocerlas muy bien!
-La verdad es que no he visto muchas, pero he leído…
-¡Ah, así que usted HA LEÍDO! Pues yo sólo leo atestados policiales, pero le informo que siempre he vivido en este país y…
-¿Y habrá visto muchas panteras?
-Bueno, en realidad… yo tampoco es que haya visto muchas. Claro, ellas viven en la selva, no en la capital. Pero he oído historias y…
-¡Ah, así que usted HA OÍDO HISTORIAS!
-Bueno, supongo que un experto de su categoría tendrá la amabilidad de darnos una explicación alternativa de los hechos.
-Evidentemente, esto es obra de un vampiro. De hecho, conozco las leyendas locales y algunas mencionan la existencia de esos seres en las profundidades de la selva.
-Con todo, el forense afirma que las mordeduras sufridas por las víctimas pudieron haber sido realizadas por un felino de gran tamaño.
-Y las leyendas afirman que los vampiros pueden adoptar distintas formas (tanto animales como humanas) para atacar a sus víctimas.
-¿Y cómo piensa librarnos de su supuesto vampiro? ¿Con cruces y ajos?
-No. Esas cosas alejan a los vampiros, y yo a este quiero tenerlo lo más cerca posible de mí… para matarlo. Observe este juguetito.

Max extrajo de su mochila una especie de ballesta medieval primorosamente manufacturada y varias flechas de madera, sin un solo gramo de metal en ninguna de ellas. Lissouba sonrió, comparando mentalmente aquella antigüedad con su pistola. Max pareció adivinar su pensamiento:

-Las balas y las armas blancas con punta metálica no sirven para nada contra los vampiros. Para matarlos es necesario destrozar sus cuerpos totalmente o, por lo menos, agujerearlos en algún punto vital con estacas o dardos de madera. La leyenda…

Monsieur Lissouba se quedó sin saber qué decía la leyenda, pues en aquel preciso instante aparecieron varios guardias del parque para avisar que acababa de producirse un nuevo ataque. Una turista francés llamado Armand Mounier, su sobrina Lorraine, de doce años, y dos guías de raza negra se habían internado en la selva, para visitar un árbol donde anidaba una colonia de cálaos, cuando una terrible fiera, una pantera negra de ojos rojos como llamaradas, se había abalanzado sobre ellos. Instantes después, Mounier y uno de los guías estaban muertos, y el segundo guía había sufrido tales heridas que falleció poco después, tras haber gastado sus últimas fuerzas contándoles lo sucedido a los guardias, que habían acudido al lugar alertados por horrendos chillidos de terror y agonía. Tanto la pantera como la pequeña Lorraine habían desaparecido. Una vez informado de los hechos, Lissouba le espetó a Max:

-Supongo que ahora estará convencido de que todo esto es cosa de una pantera.
-En absoluto. Para empezar, las panteras de verdad tienen los ojos verdes o amarillos, no rojos. Y, en segundo lugar, si era una verdadera pantera, ¿por qué se ha llevado a la niña?
-¿Cómo sabe que se la ha llevado? La niña pudo haber escapado a la selva.
-¿A la selva y no a los bungalows? Curioso.
-Una pobre chavala asustada huye a donde puede, no a donde debe. Y si hubiera sido un vampiro, ¿por qué se la habría llevado?
-Lorraine tiene doce años. Los vampiros a veces raptan niñas recién llegadas a la pubertad, para realizar con ellas ciertas ceremonias, especialmente repugnantes, en honor a las Fuerzas del Mal. Estas exigen el cumplimiento de esos ritos a cambio de sus favores, y todo vampiro les debe su poder sobrenatural a los malos espíritus.
-Será verdad si usted lo dice. Pero ahora lo más importante es hallar a la niña.
-Me parece que por fin estamos de acuerdo en algo.

Un par de horas después, con su ballesta en las manos, Max atravesaba un sombrío sendero que se internaba en las profundidades de la selva. Había rechazado la compañía de los guardias del parque y de los agentes de Lissouba porque sabía que si iba solo habría más posibilidades de que el vampiro lo atacara. Y eso era lo que Max quería. Ya no quedaba mucho para la puesta del sol, pero Max había sido informado de que en un extenso claro de la selva se levantaban las ruinas de una vieja misión católica, abandonada tras las últimas guerras civiles, y prefería pernoctar allí, para continuar su búsqueda al día siguiente, antes que retornar a las dependencias del parque sin la pequeña Lorraine.

Cerca de la misión, el sendero atravesaba lo que antes había sido el maizal de los misioneros, donde el maíz seguía creciendo, cuidado y alimentado por la Naturaleza tal como en otros tiempos lo había sido por la mano del hombre. Aquel lugar era menos sombrío que la selva propiamente dicha, donde el dosel formado por las copas de los árboles impedía que los rayos del sol llegasen al suelo, y, aunque se aproximaban las tinieblas de la noche, la visibilidad todavía era bastante buena. En un momento dado, Max observó que, unos cien metros delante de él, una figura grande y negra emergía del maizal para plantarse en medio del camino. Era una enorme pantera negra. O, por lo menos, algo que parecía una enorme pantera negra. A aquella distancia, Max no podía distinguir el color de sus ojos. Pero sí podía adivinar que aquellos ojos se habían percatado de su presencia y lo estaba mirando con malignas intenciones. El primer impulso de Max fue preparar su ballesta para asaetear a la presunta pantera cuando esta se acercara, pero entonces su mente fue asaltada por un pensamiento poco tranquilizador. Si aquel animal era una pantera de verdad, una pobre flecha de madera sólo conseguiría enfurecerla. Así pues, Max decidió que sería mejor recurrir a la poco prestigiosa, pero frecuentemente imprescindible, estratagema de la huida.

Al mismo tiempo que la pantera iniciaba su carga, Max empezó a correr hacia la misión, abandonando la senda y atravesando el maizal que lo separaba del viejo edificio lo más velozmente que pudo. Si aquella era una pantera normal, sería, sin duda, mucho más veloz que un ser humano, pero, acostumbrada a cazar al acecho, no lo perseguiría durante un trecho demasiado largo. Sin detenerse en ningún momento, ni siquiera para cerciorarse de si el felino lo perseguía o no, Max alcanzó la misión en menos de un minuto y se coló en su interior a través de una ancha ventana que había perdido todos sus cristales. Una vez dentro del edificio, cuyo interior estaba sumido en la mayor de las negruras, Max oyó un sollozo o gemido inconfundiblemente humano. Rápidamente extrajo una linterna del bolsillo y enfocó el lugar de donde procedía aquel sonido. Allí, acurrucada sobre un amasijo de trapos sucios, se hallaba una niña de piel blanca y ojos azules. Lorraine, indudablemente. La pobre criatura se hallaba visiblemente bajo los efectos de una terrible tensión mental, pálida y temblorosa, con el rostro descolorido y las mejillas inundadas de lágrimas. Sin embargo, y dejando aparte algunos rasguños sin importancia, parecía totalmente ilesa. Max se agachó junto a la niña y, empleando palabras dulces y tranquilizadoras, intentó calmarla, a la vez que le preguntaba cómo había llegado allí. Lorraine habló, primero con balbuceos entrecortados y posteriormente con una voz más segura:

-La pantera… Mató a mi tío y a los demás, luego también me quiso matar a mí. Yo escapé por la selva, estaba loca de miedo y no sabía adónde ir ni qué hacer, sólo quería huir, nada más que huir, ¡tenía mucho miedo! Ella estuvo a punto de cogerme, pero me metí entre unos arbustos espinosos, no se atrevió a seguirme y la dejé atrás. Luego, caminé durante horas, perdida en medio de la selva, hasta que llegué a este sitio. Entré para no tener que pasar la noche a la intemperie, pero… ¿Y si ella entra? ¡Está fuera y, si usted ha entrado saltando por la ventana, ella también podrá hacerlo!
-Tranquila, cariño. Nosotros tuvimos que entrar aquí para salvarnos, pero ella no tiene ninguna necesidad de meterse en esta ratonera para alimentarse: de noche, la selva está llena de monos y antílopes (para no asustarte más, no te diré que acaso nos estemos enfrentando a algo mucho peor que una simple pantera). Además, tengo mi ballesta. Ahora, si te parece bien, vamos a descansar y mañana, cuando amanezca, iremos en busca de ayuda. Duerme un poco, guapa, te hará bien.
-Lo… lo intentaré, señor. ¿Y usted no duerme?
-Yo vigilaré la ventana, no sea que ese bicho decida hacernos una visita nocturna. Tú no te preocupes y duerme tranquila.

Pero Lorraine, al parecer, no podía conciliar el sueño, lo cual, teniendo en cuenta sus últimas experiencias, no era algo difícil de comprender. Quizás para olvidarse de la situación y del miedo que le roía el alma, la niña comenzó a hablar con Max de toda clase de temas: de sus padres, que eran médicos en París, de su colegio, de sus amigos, de su afición al voleibol y a las canciones de Justin Bieber, de su primer viaje en avión… Max, con un encomiable esfuerzo mental, intentaba seguir las continuas, atropelladas y a veces incoherentes explicaciones de la pequeña al mismo tiempo que permanecía atento a cualquier indicio de amenaza que pudiera llegar a sus ojos o a sus oídos. Entonces, le pareció escuchar un sonido procedente del piso de arriba, como si un cuerpo (al parecer, más bien pequeño) estuviera moviéndose en lo que en otro tiempo había sido el desván o trastero del edificio. Sin duda, sería algún animal inofensivo, seguramente una civeta o una mangosta en busca de ratones, pero convendría ir a echar un vistazo. Max mandó callar a la niña con un gesto y le dijo en voz baja:

-Voy a ir arriba un momento, a echar un vistazo con mi linterna. Tú será mejor que te quedes aquí, por si acaso.
-Pero… no quiero quedarme sola de nuevo. ¿Y si la pantera…?
-Toma mi ballesta y vigila bien la ventana. Si la pantera intenta entrar, mándale un buen flechazo, y procura darle en un ojo. ¿Vale?
-Vale, señor. Pero por favor, no tarde mucho.

Max se levantó y, malamente guiado por la pobre luz de su linterna, subió los crujientes y poco fiables peldaños de la polvorienta escalera que llevaba al piso superior. Tras atravesar la espesa capa de telarañas que hacía el papel de puerta, penetró en el desván y la luz proyectada por su foco iluminó a la criatura que había perturbado el silencio nocturno agitando su pequeño cuerpo sobre las carcomidas tablas que cubrían el suelo. No era una pantera, pero tampoco una civeta. ¡Era una niña de piel blanca, y estaba atada y amordazada, con sus ojos azules dilatados por el mayor terror que una muchacha de doce años puede sentir antes de perder el conocimiento o la cordura! ¡Y aquella niña tenía el mismo rostro que Lorraine Mounier! ¡Era Lorraine Mounier!

-Veo que has encontrado a la niña. En fin, ahora ya no os servirá de nada a ninguno de los dos.

Max se volvió, incluso antes de que aquellas palabras asaltaran su oído. Tras él, sosteniendo la ballesta que él mismo le había entregado un minuto antes, se hallaba la “otra” Lorraine, la Lorraine del piso de abajo, totalmente idéntica a la verdadera salvo en que ahora sus ojos ya no eran azules, sino rojos como el fuego. Y Max le había entregado ingenuamente la única arma que podría haberle hecho daño a aquel ser. Al parecer, había olvidado que los vampiros no sólo pueden adoptar formas animales, sino también humanas. Y además pueden leer las mentes de las personas a las que suplantan para conocer todos sus recuerdos. Entonces, tanto la verdadera Lorraine como él mismo se hallaban a merced del monstruo que había raptado a la niña y engatusado a su presunto salvador, ¡el vampiro de la selva los había atrapado a ambos! Este siguió hablando, al mismo tiempo que partía las flechas como si fueran briznas de paja en manos de un gigante:

-Esta misma noche, cuando la Luna llegue a su cenit, les ofreceré a los Señores Oscuros el cuerpo de esa cría. Pero antes creo que voy a tomarme una ligera cena. Ahí, por supuesto, es donde intervienes tú, amigo Max… o más bien tu garganta.
Max contestó, en un tono más sereno de lo esperable en semejante coyuntura:
-Sin duda, te las prometes muy felices. Pero, antes de nada, debo decirte que me has decepcionado. No has cumplido bien tu misión.
-¿Cómo? Los Señores Oscuros no me encomendaron más misión que proporcionarles una virgen para satisfacer sus deseos carnales y aquí les espera una bastante hermosa. ¡Yo he cumplido las órdenes que me encomendaron!
-No lo dudo. Pero no has cumplido la orden que te había encomendado yo. ¡Vigilar la ventana!

Antes de que el confiado vampiro pudiera reaccionar, antes incluso de que su tenebrosa mente hubiera interpretado adecuadamente las palabras de Max, la enorme pantera negra de la jungla se había abalanzado sobre su espalda. Al contrario de lo que dicen ciertas leyendas, todos los animales carnívoros del bosque odian a los vampiros, que exterminan sus presas naturales, y aquella pantera no deseaba nada tanto como coger desprevenido al monstruo para destrozarlo entre sus fauces. De haber estado alerta, el vampiro, dotado de una fuerza sobrehumana, hubiera podido vencer a la pantera, pero esta había cobrado ventaja gracias al factor sorpresa y no le costó demasiado despedazar a su enemigo. Al parecer, el felino sabía instintivamente que necesitaba descuartizar al vampiro para anular su invulnerabilidad. Una vez que los dientes y las garras del felino hubieron hecho pedazos el cuerpo del vampiro, los fragmentos de carne empezaron a arder espontáneamente, envueltos por una llamarada pálida y fétida que los hizo cenizas en apenas unos instantes, a la vez que provocaron la huida de la pantera, asustada por la brusca aparición de aquel fuego sobrenatural. Una vez que las llamas se hubieron extinguido, Max se dispuso a desatar a la pobre Lorraine Mounier, la cual, aunque casi desvanecida de puro terror, se hallaba sana y salva. Con todo, Max, hombre honesto, no pudo ocultarse a sí mismo que su papel en aquella misión de rescate no había sido demasiado afortunado. Había actuado como un principiante, al fiarse de las apariencias y entregarle su arma al adversario. Había sido un error imperdonable. Por suerte, el enemigo también había cometido su propio error. En fin, tanto él como la niña habían salido ilesos de esta aventura y, como todo buen aficionado al fútbol sabe, a veces hay que conformarse con el resultado.

El merodeador nocturno. Javier Fontenla.

Este último verano, el investigador de fenómenos paranormales Max Van der Heyden (para algunos “el Van Helsing del siglo XXI” y para otros “el mayor farsante de todos los siglos”) decidió visitar Uganda, atraído por ciertos crímenes misteriosos cometidos en dicho país centroafricano. Varias mujeres indígenas (en su mayoría niñas recién llegadas a la pubertad) habían hallado una muerte tan atroz como enigmática en ciertas aldeas próximas al Lago Victoria. Según la versión oficial, las víctimas habían sido asesinadas por un psicópata desconocido, pero el hecho de que muchos de los cadáveres hubieran sido concienzudamente desangrados hacía pensar a los “supersticiosos” en la actividad de una entidad vampírica. A pesar de los esfuerzos de las autoridades para encubrir el horror, siniestros rumores habían llegado a los oídos de los turistas extranjeros, provocando tal desbandada que la ocupación de los hoteles había pasado a ser francamente exigua. En efecto, cuando Max llegó a los establecimientos hoteleros de cierto parque nacional situado en las orillas del lago, sólo quedaban allí cuatro turistas extranjeros, además de él mismo. Estos “valientes” eran:

-El mayor Julius Jones, un militar británico de raza negra, al que Max ya conocía de anteriores peripecias.

-Un francés de aspecto macilento y endeble que se presentó como el doctor Etienne Delors.

-El profesor Michael W. Robb, viudo, oriundo de Nueva York, que daba clases de Química en una universidad norteamericana.

-Anna Mary, la hija adolescente del profesor Robb, que aparentaba unos quince años de edad y destacaba por su belleza. Presentaba los rasgos ideales de la adolescente norteamericana (largo cabello rubio, ojos azules, piel blanca tenuemente rosada…), dulcificados y sublimados por una expresión sumamente atractiva, en la cual la candidez de la infancia parecía convivir, en armónica unión, con el encanto de la mujer adulta.

Max, pese a ser de espíritu un tanto ascético, no pudo dejar de apreciar la belleza de la muchacha, con sincera admiración y también con cierto temor, pues sabía que las adolescentes hermosas atraían a los vampiros como la miel a las moscas. Una vez que hubo conocido a todas las personas que se hallaban en el parque, tanto turistas como empleados, eligió como confidente a Jones, el único visitante del parque que compartía abiertamente su fe en la existencia de vampiros y monstruos semejantes.

Un buen día, Max y Jones, acompañados por varios guías nativos, decidieron inspeccionar las orillas del lago, empleando para sus desplazamientos una moderna lancha propiedad del parque. Y, aunque su excursión lacustre no le fue de mucha ayuda a Max en su misión, sí le permitió contemplar la impresionante naturaleza del parque, especialmente los grandes cocodrilos del Nilo que dormitaban en la orilla, con la siniestra boca completamente abierta para facilitar la labor de los pajarillos limpiadores. Ya estaba retornando la lancha al embarcadero cuando sus ocupantes oyeron una llamada de auxilio procedente de unos bancos de arena próximos a la orilla. Una vez que la lancha se hubo acercado a los bancos, vieron una especie de piragua encallada, cuyo único ocupante, un joven atlético de piel blanca y pelo rubio, resultó ser la misma persona que los había llamado reclamando su ayuda. El desconocido, que dijo ser alemán y llamarse Robert Werner, tenía una escabrosa historia que contar:

-Mi amigo Alfred Pretorius y yo, que siempre hemos sido amantes de los deportes de aventura, alquilamos hace dos días esta piragua en la aldea de… para recorrer a nuestro aire las orillas del lago, pero esta misma mañana nos ha sucedido algo terrible. Estábamos remando tan tranquilos cuando dos o tres grandes cocodrilos se nos acercan y se ponen a golpear los costados de la piragua con sus colas. Entonces, el pobre Alfred perdió el equilibrio, cayó al agua y aquellos monstruos lo devoraron casi al instante. ¡Fue horrible, y les juro que yo no soy precisamente una damisela sensible, pero es algo que no podré olvidar ni aunque viva cien años! Yo conseguí mantenerme en la barca, pero con el susto del golpe perdí los remos y estuve varias horas a la deriva, guiado sólo por las corrientes del lago, hasta que encallé en la arena. Y, como no me atrevía a nadar por si los malditos cocodrilos aún andaban cerca, decidí esperar a que alguien me recogiera, como han hecho ustedes, ¡benditos sean!

El tal Werner fue trasladado a las instalaciones centrales del parque en la lancha, y una vez allí fue invitado a cenar y dormir con los turistas hasta que, al día siguiente, pudiera ponerse en contacto con su familia. La cena se celebró poco después de la puesta del sol en el comedor del edificio central y a ella acudieron todos los empleados y turistas del parque, salvo Anna, que prefirió quedarse en su tienda porque durante el día había sufrido un principio de insolación y aún se hallaba algo mareada. Cuando llegó el plato fuerte, asado de antílope, el joven Robert se negó a probar su ración, diciendo:

-Comprendan, no es por despreciar su amabilidad, pero deben entender que, después de lo que he visto esta mañana, no podré volver a comer carne en mucho tiempo. ¡Aún recuerdo cómo crujían los huesos del pobre Alfred, mientras los cocodrilos los masticaban poco a poco, como si fueran pedacitos de turrón!

Tras haber oído estas palabras, el pálido doctor Delors se levantó diciendo:

-Si me permiten, me retiro a mi tienda, yo tampoco tengo ahora mismo mucho apetito. Espero que pasen una muy buena noche.

Dicho esto, el presunto doctor abandonó el edificio con cierta premura. Robert suspiró disgustado y murmuró en voz baja:

-Lo lamento mucho. No tenía que haber hablado así, le he estropeado el apetito a ese pobre caballero.

Entonces, uno de los camareros optó por meter baza y dijo:

-No se preocupe, muchacho. Ese señor nunca tiene apetito, para mí que debe de vivir del aire. Lleva aquí una semana entera y no recuerdo haberlo visto comiendo algo sólido ni una sola vez.

Poco después, Werner abandonó el comedor, pretextando cierta urgencia orgánica. Al cabo de unos pocos minutos, la paz de la noche fue interrumpida por un grito de terror, lejano pero perfectamente audible, en el cual todos reconocieron la voz juvenil de Anna. Alertados por el grito, todos los comensales abandonaron el comedor, acompañados por Werner, que cuando sonó el grito estaba a punto de entrar en el comedor, volviendo de la caseta que servía de excusado. Todos juntos corrieron hacia el lugar donde se levantaba la tienda de los Robb y encontraron allí a la niña, terriblemente pálida y asustada, aunque completamente ilesa. Una vez recuperada del susto, la muchacha dijo, con la voz todavía algo temblorosa:

-Hace un rato… Salí de la tienda, porque necesitaba un poco de aire fresco… Miré hacia ahí, hacia donde empiezan los arbustos… y entonces salió la luna y pode ver a alguien que estaba allí escondido, vigilándome… No pude verle la cara, pero estoy segura de que no era un mono ni ningún otro animal, sino un hombre. No sabía quién era, me pareció que él iba a atacarme, entonces yo me asusté mucho, grité y… Yo… lo siento… sé que debo de parecerles una niña tonta, pero…

El profesor Robb acarició y abrazó a su hija, y le dijo con su voz más cariñosa:

-Vamos, tranquila, cariño. Seguro que no fue nada, algún animalejo cualquiera. Ahora vuelve a la cama y duerme tranquila, que me quedaré contigo y no te dejará sola en toda la noche.

Algún empleado del parque dijo, sin mucha seguridad, que a veces los monos de la selva cercana entraban en el parque buscando comida y que en plena noche podían ser confundidos con seres humanos, pero nadie le hizo mucho caso. Ni él mismo parecía creérselo.

Entonces apareció, más pálido que nunca y ojeroso como si acabara de despertar de un profundo sueño, el único ausente, el doctor Delors, que preguntó torpemente:

-¿Qué… qué ha pasado? Hace un rato creí oír un grito o dos, luego oí voces…

El mayor Jones respondió:

-Nada, una falsa alarma. Vuelva a su tienda y no se preocupe, Delors: como decimos en el ejército, todo está bajo control.
Dicho esto, el francés volvió a su tienda, sin hacer comentarios y con pasos un tanto inseguros. Anna y su padre entraron en la tienda que compartían y todos los demás –los empleados, Max, Jones, Robert- se encaminaron hacia el edificio central para reanudar la interrumpida cena. Mientras caminaban, Max se acercó discretamente al mayor, que encabezaba la marcha, y le dijo al oído, bajando la voz como para evitar que nadie más que el propio Jones oyera sus palabras:

-Jones, ¿qué sabe usted a ciencia cierta del tal Delors?

-Pues, la verdad… dejando aparte lo que él mismo nos ha contado, lo único que sé de él con total seguridad… es que está aquí, nada más. ¿Por qué lo pregunta?

-Porque ese individuo me parece sospechoso. Además de la propia Anna, era el único de nosotros que no estaba en el comedor cuando oímos gritar a la chica. Por otra parte, su propia tienda está bastante cerca de la tienda de los Robb, pero fue el último en llegar, a lo que debemos añadir que él, según sus mismas palabras, sólo “creyó oír” el grito, ese mismo grito que nosotros, estando más lejos, pudimos oír perfectamente. Y, por último, recuerde que, según el camarero, ese hombre debe de llevar una semana sin ingerir alimentos sólidos. Lo cual resultará bastante comprensible si recordamos que los vampiros siempre han sido mucho más amigos de la sangre de muchachitas hermosas que de la carne asada. No es que no puedan ingerir alimentos sólidos, pero estos les producen cierto malestar y procuran evitarlos siempre que pueden.

-Puede ser. ¿Qué sugiere que hagamos al respecto?

-Por ahora nada, no creo que se atreva a atacar de nuevo antes de que nos hayamos acostado. Pero esta noche yo no me acostaré, sino que vigilaré con los cinco sentidos la tienda de Delors. Llevaré conmigo una buena linterna y, sobre todo, un revólver cargado con seis balas de plata.

-Si quiere que lo acompañe…

-Gracias, pero prefiero estar solo.

-Como usted prefiera. Yo estaré en mi tienda, aunque procuraré mantenerme en vela, por si usted me necesitara en algún momento. Por cierto, ¿no sería mejor vigilar la tienda de los Robb y no la de Delors? Se dice que es más importante proteger a los inocentes que capturar a los culpables.

-Y así es. Pero a Anna ya la protegerá su padre esta noche, y Delors, suponiendo que sea realmente un vampiro, podría ir en busca de otra presa más fácil en alguna aldea cercana. Por supuesto, debemos proteger a la joven Robb, pero para mí la vida de una pequeña campesina indígena no es menos importante que la de una turista americana, por muy guapa y rubia que sea.

Una hora después, Anna, ya recobrada completamente del susto, dormía profundamente en su lecho. Pero su padre, que tenía el sueño más ligero, se despertó cuando creyó oír el crujido de una rama en el exterior de la tienda. Como no las tenía todas consigo, el profesor Robb decidió salir a echar un vistazo, con una potente linterna en una mano y un revólver de pequeño calibre en la otra. Como no había luna y las luces de los edificios cercanos habían sido apagadas hacía tiempo, el exterior estaba sumido en unas tinieblas impenetrables. El silencio, por otra parte, se había vuelto absoluto, abrumador. Apenas hubo dado el buen profesor dos o tres pasos fuera de su tienda, una mano dura y fría como el acero golpeó bruscamente su cabeza, sumiéndolo en una oscuridad todavía más absoluta e impenetrable que la misma noche.

Pocos segundos después, aquella misma mano fuerte y fría se cernía sobre el dulce rostro de la dormida Anna. Cuando la muchacha sintió aquel gélido contacto sobre sus labios, se despertó aterrorizada, pero la mordaza de la mano ahogó su grito, convirtiéndolo en un patético gemido. Entonces, una voz susurrante, falsamente cariñosa, le dijo con espeluznante sarcasmo, imitando la voz de su padre:

-SSS, vamos, tranquila, cariño, que ya has gritado mucho esta noche. Vamos, relájate, que tu nuevo papá está aquí para cuidarte, y sólo quiere que les des a cambio un poquito de placer. Para empezar, veamos cómo tienes las tetitas.

Sin dejar de amordazar a la espantada niña con una de sus manos, el vampiro empezó a palpar con su otra mano los pechos de Anna, mientras se relamía de placer, con los labios bañados en una espuma obscena, semejante a la que aparece en la boca de ciertas serpientes cuando engullen a su presa. Pero en aquel supremo instante un fogonazo de luz blanca iluminó la terrible escena y el revólver de Max rugió mortalmente, al mismo tiempo que una bala de plata atravesaba la cabeza del agresor, acabando instantáneamente con la vida de aquel ser perverso que se había hecho llamar… Robert Werner.
A la mañana siguiente, mientras el profesor Robb, ya recuperado del golpe, intentaba consolar a su hija para que esta pudiera superar cuanto antes las traumáticas experiencias de la noche anterior, Max se confesaba así con su amigo Jones:

-Siempre fue el presunto Robert Werner, y no el pobre Delors, mi principal sospechoso. Si esta noche acusé a Delors ante usted fue sólo para que Robert, que estaba cerca de nosotros, oculto entre la maleza, escuchara la conversación y se confiara, pensando que yo iba a vigilar la tienda de Delors, y no la suya o la de los Robb. En realidad, estaba claro que Delors no era ningún vampiro, pues de lo contrario ya habría atacado a Anna o a otra persona durante la semana larga que lleva en el parque. ¿Se ha fijado en sus brazos? ¡Están literalmente acribillados a pinchazos! No sé qué porquería se inyectará en las venas, pero seguro que es algo lo suficientemente nocivo como para destruir su apetito y embotar su capacidad de reacción, hasta el punto de que sus actos siempre parezcan vacilantes e inseguros.

-Pero Robert estaba entrando en el comedor cuando la chica gritó. Entonces el hombre que asustó a Anna no pudo haber sido él.
-Sí fue él. He examinado su teléfono móvil y he descubierto que había grabado el grito de Anna. Así, lo que oímos en el comedor no había sido el verdadero grito (que se había producido un minuto antes, cuando Werner estaba, presuntamente, en el excusado), sino la grabación, que él había activado para proporcionarse una coartada. En realidad, Anna no tiene una voz muy fuerte y la tienda de los Robb estaba demasiado lejos del comedor como para que hubiéramos podido oír el verdadero grito. Lo raro no era que Delors apenas lo hubiera escuchado (recuerde su frase: creyó haber oído un grito… o dos), sino que nosotros lo hubiéramos percibido tan bien. Robert (si ese era su verdadero nombre, cosa que dudo) me había parecido sospechoso desde el principio. Por supuesto, no tenía pruebas contra él ni las tuve hasta que lo vi agrediendo a los Robb, pero no me faltaban indicios. Primero, no había aclarado de dónde venía, supongo que para ocultar su paso por las aldeas donde había muerto gente. Luego, aunque la historia de los cocodrilos, fuera verosímil, cometió un pequeño error durante la cena, al hablar de cómo crujían los huesos de su amigo mientras los masticaban. Resulta que los cocodrilos a sus presas primero las ahogan, luego las despedazan y finalmente las engullen, pero NO las mastican. Los poderosos dientes de los cocodrilos son aptos para capturar a sus víctimas, pero no para masticarlas (auténtico). Eso me hizo sospechar que el “pobre Alfred” o bien no había existido jamás, o, si existió, encontró su fin en otras circunstancias muy distintas. Seguramente sabía demasiado y acabó en el fondo del lago, con una piedra atada al cuello, o enterrado en algún arenal de la orilla. Pero luego su asesino no fue capaz de controlar él solo la piragua y acabó encallando. En fin, las pocas dudas que me quedaban se disiparon durante mi guardia nocturna. Por cierto que mi plan era intervenir antes de que Robert hubiera podido acercarse a Anna, pero cuando estaba escondido entre los arbustos, vigilando la tienda, descubrí que tenía una serpiente mamba muy cerca de mí y no pude moverme hasta que ella me hizo el favor de alejarse.

-Ha tenido usted un éxito rotundo.

-En efecto. Pero mis ideas iniciales respecto al caso eran totalmente erróneas. Robert Werner era un psicópata, un maníaco sexual y seguramente un asesino en serie… ¡Pero no era ningún vampiro! He examinado su cadáver y, más allá de sus perversiones, era una persona totalmente normal. Al final, la versión oficial era cierta y no había nada sobrenatural en este caso.

Mientras tanto, el profesor Robb había ido a desayunar y había dejado sola en la tienda a Anna, quien, ya se sentía bastante recuperada de su noche de terror, pero no tenía apetito. La muchacha estaba observando su hermoso rostro en un espejo de mano. Como era natural, dadas las circunstancias, estaba pálida y ojerosa… pero ya no era tan natural la sonrisa perversa que curvaba sus labios y les otorgaba una expresión de malignidad a sus facciones, aunque sin restarles ni un átomo de belleza. Había pasado mucho miedo durante la noche anterior, pero estaba contenta porque todos darían por hecho que el responsable de todas las muertes había sido Werner, y ni a Max ni a nadie se le ocurriría sospechar de ella. Max, con su caso aparentemente resuelto, no tardaría en regresar a Holanda y entonces ella podría volver a las andadas. Ya ansiaba probar de nuevo la sangre humana. Quizás su propio padre…