miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los otros dioses. H.P. Lovecraft (1890-1937)

En la cima del pico más alto del mundo habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empeñaron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que sólo les queda la última. Al abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez que, según se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado Ngranek.

Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia.

A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño.

En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse.

Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí.

El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos.

Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.

El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna.

Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo.

Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito.

Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:

-¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres.

Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente:

-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...

Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras:

-La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra!

Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:

-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo!

Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses.

Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.

Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles.

Los ojos de la pantera. Ambrose Bierce (1842-1914)

Uno no siempre se casa cuando está loco.
Un hombre y una mujer —la naturaleza había sido responsable del agrupamiento— se encontraban sobre un rústico asiento a última hora de la tarde. El hombre era de mediana edad, esbelto, atezado, tenía la expresión de un poeta y la tez de un pirata: era un hombre al que a nadie le importaría volver a mirar una segunda vez. La mujer era joven, rubia, llena de gracia, con algo en su figura y movimientos que sugería la palabra «ligereza». Iba vestida con un traje gris al que daban textura unas extrañas manchas marrones. Podía ser hermosa, pero no era fácil decirlo porque los ojos impedían que se prestara atención al resto del cuerpo: eran de color verde grisáceo, largos y estrechos, con una expresión que desafiaba todo análisis. De lo único que podía estar seguro uno es de que eran inquietantes. Cleopatra debió tener unos ojos semejantes.

El hombre y la mujer estaban conversando.
—Cierto —decía ella—. ¡Dios sabe que te amo! Pero casarme contigo... eso no. No puedo ni podré hacerlo.
—Irene, ya me has dicho eso muchas veces, pero siempre me has negado cualquier explicación. Tengo derecho a saber, a entender, a poner a prueba mi fortaleza si es que la tengo. Dame una razón.
—¿De por qué te amo?

Tras sus lágrimas y palidez, la mujer estaba sonriendo. Pero aquello no provocó sentido del humor alguno en el hombre.

—No; para eso no hay razones. Una razón para no casarte conmigo. Tengo derecho a saberlo. Debo saberlo. ¡Lo sabré!

Se había levantado y estaba de pie ante ella, con las manos enlazadas y una arruga en el rostro por la que podría decirse que estaba ceñudo. Daba la impresión de que estaba dispuesto a saberlo, aunque para ello tuviera que estrangularla. Ella había dejado de sonreír; simplemente permanecía sentada, mirando hacia arriba, al rostro de él, con una expresión fija que no parecía tener en absoluto emoción ni sentimiento. Sin embargo, había algo en ella que domeñó el resentimiento del hombre y le hizo estremecerse.

—¿Estás decidido a conocer mi razón? —le preguntó en un tono totalmente mecánico, un tono que parecía proceder de su mirada.
—Si no es pedirte demasiado.

Evidentemente, el señor de aquella creación estaba cediendo a su criatura parte de su dominio.

—Pues muy bien, vas a saberlo: estoy loca.

El hombre se sorprendió, después pareció no creerla y se dio cuenta de que debía estar burlándose de él. Pero también ahí le falló el sentido del humor, por lo que a pesar de su incredulidad se sintió absolutamente turbado por aquello en lo que no creía. Entre nuestras convicciones y nuestros sentimientos no se da un buen entendimiento.

—Eso es lo que dirían los médicos... si lo supieran —siguió diciendo la mujer—. Yo preferiría considerarlo como un caso de «posesión». Siéntate y escucha lo que voy a decirte.

En silencio, el hombre volvió a sentarse a su lado sobre el rústico banco que había al borde del camino. Frente a ellos, en el lado oriental del valle, las colinas estaban enrojecidas ya por el atardecer; y la quietud, a su alrededor, tenía esa peculiar cualidad que anuncia el crepúsculo. La solemnidad misteriosa y significativa del momento se había transmitido de alguna manera al estado de ánimo del hombre. En el mundo espiritual hay, lo mismo que en el material, signos y presagios de la noche. Procurando no mirarla fijamente a los ojos, pues siempre que lo hacía así tomaba conciencia de un terror indefinible que, pese a su belleza felina, le producían siempre, Jenner Brading escuchó en silencio la historia que le contó Irene Marlowe. Como deferencia al posible prejuicio del lector frente al método carente de arte de un narrador de historias poco avezado, el autor se aventura a sustituir la versión de Irene por la propia.

Una habitación puede ser demasiado pequeña para tres, aunque uno esté fuera. En una pequeña cabaña de leños compuesta por una sola habitación, escasa y toscamente amueblada, había una mujer sentada en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes, que aferraba contra su pecho a un niño. Fuera, en todas las direcciones, se extendía durante muchas millas un bosque denso e ininterrumpido. Era de noche y la habitación estaba a oscuras: ningún ojo humano hubiera podido discernir a la mujer y el niño. Sin embargo, eran observados estrecha y vigilantemente, sin que por un instante se relajara la atención; y éste es el hecho sobre el cual gira la presente narración.

Charles Marlowe era de esa clase de pioneros del bosque que ha desaparecido ya en este país: hombres que encontraban su ambiente mas aceptable en las soledades selváticas que se extendían a lo largo de la pendiente oriental del Valle del Mississippi, desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México. Durante más de cien años, generación tras generación, aquellos hombres fueron avanzando hacia el oeste, con el rifle y el hacha, reclamando aquí y allí a la naturaleza y a sus hijos salvajes unos acres aislados para arar, que tan pronto habían reclamado como tenían que entregar a sus sucesores, menos aventureros pero más prósperos. Al final, atravesando el borde del bosque, llegaron a campo abierto y se desvanecieron como si se hubieran caído de un risco. El pionero de los bosques ya no existe; el pionero de las llanuras —aquel cuya fácil tarea consistió en dominar y ocupar dos terceras partes del país en una sola generación — es una criatura distinta e inferior. Compartiendo con Charles Marlowe, en las extensas soledades, los peligros, durezas y privaciones de aquella vida extraña y poco provechosa, estaban su esposa y su hija, a quienes se sentía apasionadamente unido, como era habitual entre los de su clase, para quienes las virtudes domésticas eran una religión. La mujer era todavía lo bastante joven como para resultar bonita, y el aislamiento terrible de su destino le era tan nuevo que aún podía sentirse alegre. Manteniendo una gran capacidad para ser feliz, aunque las satisfacciones simples de la vida en el bosque no pudieran llenarla, el cielo la había tratado honorablemente, pues sus necesidades se veían abundantemente provistas con las tareas ligeras de la casa, su hija, su esposo y algunos libros absurdos.

Una mañana de mediados de verano, Marlowe cogió el rifle que estaba colgado de la pared, por medio de unos ganchos de madera, dando a entender su intención de salir a cazar.

—Tenemos suficiente carne —le dijo la esposa—. No salgas hoy, por favor. ¡Anoche tuve un sueño terrible! No puedo recordarlo, pero estoy casi segura de que si sales fuera sucederá en realidad.

Resulta doloroso confesar que Marlowe recibió aquella afirmación solemne con menor gravedad de la que correspondía a la naturaleza misteriosa de la calamidad presagiada. Para ser sinceros, se echó a reír.

—Intenta recordar —le dijo—. Quizá soñaste que Baby había perdido la facultad de hablar.

Aquella conjetura se la había sugerido, evidentemente, el hecho de que Baby, aferrándose al borde de la capa de caza del padre con sus diez deditos gordinflones, estaba expresando en ese momento lo que le provocaba la situación con una serie de exultantes «gu-gus» inspirados por el gorro de piel de mapache del padre. La mujer cedió: como carecía de sentido del humor, no pudo ofrecer resistencia a las bromas amables de su marido. Por tanto, después de besar a la madre y a la hija, salió de la casa cerrando para siempre la puerta a la felicidad. Al caer la noche no había regresado. La mujer preparó la cena y aguardó. Después acostó a Baby y le cantó suavemente hasta que se durmió. Para entonces, el fuego del hogar sobre el que había cocinado la cena se había apagado y la habitación estaba iluminada por una sola vela. La colocó en la ventana abierta como señal de bienvenida al cazador, por si acaso se aproximaba por ese lado. Precavidamente había cerrado y colocado la barra en la puerta contra los animales salvajes que pudieran preferirla a una ventana abierta; en cuanto a las costumbres de los animales de presa de entrar en una casa sin ser invitados, no estaba bien informada, pero con auténtica previsión femenina había considerado la posibilidad de que lo hicieran por la chimenea. Conforme avanzaba la noche no fue sintiéndose menos ansiosa, pero sí más somnolienta, y finalmente apoyó los brazos en la cama junto a la hija y reposó la cabeza sobre ellos. La vela de la ventana se quemó hasta el candelero, chisporroteó y llameó un momento y se apagó sin que nadie la viera, pues la mujer dormía y estaba soñando.

En el sueño se encontraba sentada junto a la cuna de una segunda hija. La primera había muerto. El padre había muerto. La casa del bosque se había perdido y el lugar donde vivía no le resultaba familiar. Tenía unas pesadas puertas de roble que estaban siempre cerradas, y por el lado exterior de las ventanas, incrustadas en los gruesos muros de piedra, había barras de hierro que evidentemente (así lo pensó ella) estaban puestas allí contra los indios. Todo aquello lo percibió con una infinita piedad hacia ella misma, pero sin sorpresa: una emoción que resulta desconocida en los sueños. El cobertor impedía ver a la niña que estaba en la cuna, pero algo le impulsó a apartarlo. Lo hizo así y quedó al descubierto el rostro de un animal salvaje. Despertó del sueño con el sobresalto de aquella revelación temible temblando en la oscuridad de su cabaña del bosque.

Recuperando lentamente el sentido de lo que la rodeaba realmente, tocó a la niña real y se aseguró de que respiraba y estaba bien; pero no pudo evitar pasarle ligeramente una mano por el rostro. Después, movida por algún impulso que probablemente no habría podido explicar, se levantó, tomó en sus brazos al bebé dormido y lo apretó contra el pecho. La mujer se dio entonces la vuelta hacia la pared junto a la que se encontraba la cabecera de la cuna y, al levantar la mirada, vio dos objetos brillantes que producían un resplandor verde-rojizo en la oscuridad. Los tomó por dos carbones del hogar, pero al recuperar el sentido de la dirección cobró conciencia, con inquietud, de que no se encontraban en esa zona de la habitación, sino que estaban demasiado elevados, casi al nivel de su mirada... de su propia mirada. Pues eran los ojos de una pantera.

El animal se encontraba en la ventana abierta que tenía enfrente, a menos de cinco pasos. Lo único que podía verse era aquellos ojos terribles, pero en el tumulto angustiado de sus sentimientos, cuando comprendió la situación, supo, de alguna manera, que el animal se encontraba apoyado en sus cuartos traseros, con las patas delanteras sobre la repisa de la ventana. Aquello significaba un interés maligno, y no una simple gratificación de una curiosidad indolente. La conciencia de su actitud fue un horror añadido que acentuó la amenaza de aquellos ojos terribles, en cuyo fuego firme se consumieron totalmente la fuerza y el valor de la mujer. Mientras se interrogaba a sí misma en silencio, se estremeció y se sintió enferma. Le fallaron las rodillas y gradualmente, tratando de evitar instintivamente un movimiento repentino que provocara a la bestia a lanzarse sobre ella, fue agachándose, se apoyó en la pared y trató de proteger al bebé con su cuerpo tembloroso sin apartar la mirada de las esferas luminosas que la estaban matando. En su dolor, ni siquiera pensó en la llegada de su esposo: no tenía ninguna esperanza o sugerencia de que pudiera escapar o la rescataran. Su capacidad de pensar y sentir se había reducido a las dimensiones de una sola emoción: el miedo al salto del animal, al impacto de su cuerpo, al golpe de sus grandes patas, al contacto de sus dientes en la garganta, al que devorara a su bebé. Totalmente inmóvil y en absoluto silencio, aguardó su destino mientras los momentos se convertían en horas, en años, en eras; pero durante todo aquel tiempo, aquellos ojos diabólicos mantuvieron la vigilancia.

Al regresar tarde a su cabaña aquella noche, con un ciervo sobre los hombros, Charles Marlowe intentó abrir la puerta, pero ésta no cedió. Llamó y no obtuvo respuesta. Dejó el ciervo en el suelo y rodeó la cabaña para dirigirse a la ventana; al dar la vuelta a la esquina creyó oír el sonido de unos pasos sigilosos y unos crujidos en el matorral del bosque, pero eran demasiado ligeros para estar seguro de ello, a pesar de que su oído era muy fino. Se acercó a la ventana y se sorprendió de encontrarla abierta, pero pasó una pierna por encima de la repisa y entró en la cabaña. Todo era oscuridad y silencio. Se abrió camino hasta el hogar, encendió una cerilla y prendió una vela. Miró entonces a su alrededor y vio a su esposa acobardada en el suelo, apoyada en la pared, aferrando a la niña. Cuando corrió hacia ella, ésta se levantó y rompió a reír, con una risa prolongada, fuerte y mecánica, desprovista de alegría y de sentido: ese tipo de risa que se asemeja al rechinar metálico de una cadena. Sin darse cuenta de lo que hacía, extendió los brazos hacia ella. Seguía sosteniendo el bebé, pero estaba muerto: la fuerza del abrazo de la madre había sido mortal.

La teoría de la defensa. Eso fue lo que sucedió una noche en un bosque, pero Irene Marlowe no se lo contó todo a Jenner Brading: ella misma no lo sabía todo. Cuando hubo concluido la narración, el sol estaba por debajo del horizonte y el prolongado crepúsculo del verano había empezado a profundizar en las hondonadas de la tierra. Brading guardó silencio unos momentos, pues esperaba que el relato prosiguiera con alguna relación concreta con la conversación que lo había iniciado; pero la narradora permanecía tan silenciosa como él, con el rostro apartado, enlazando y soltando las manos que tenía sobre su regazo, como una sugerencia singular de una actividad que fuera independiente de su voluntad.

—Es una historia triste, terrible —observó por fin Brading—, pero no la entiendo. Dices que Charles Marlowe es tu padre; y eso lo sé. Que envejeció antes de tiempo, destrozado por alguna gran pena; lo he visto o creí haberlo visto. Pero perdona que no entienda el que digas que tú... que tú...
—Que estoy loca —contestó ella sin el menor movimiento de la cabeza o el cuerpo.
—Pero Irene, dices... por favor, querida, no apartes la vista de mí: dices que la niña murió, no que se volvió loca.
—Ciertamente, esa niña: yo soy la segunda. Nací tres meses después de aquella noche, pues la piedad permitió a mi madre vivir hasta que me dio la vida a mí.

Brading volvió a guardar silencio; se sentía algo aturdido y no se le ocurría nada adecuado que decir. Ella seguía teniendo el rostro apartado. En su confusión, él fue a tomar impulsivamente las manos que ella cerraba y abría en el regazo, pero algo, aunque no supo qué, le retuvo. Recordó entonces, vagamente, que nunca la había cogido de la mano.

—¿Es probable que una persona nacida en esas circunstancias sea como las demás... como las que se consideran cuerdas?

Brading no respondió; le preocupaba un nuevo pensamiento que estaba tomando forma en su mente: lo que un científico habría llamado una hipótesis, y un detective una teoría. Podía arrojar una luz adicional, aunque bastante fantástica, acerca de las dudas sobre la cordura de ella que no había despejado con su relato. El país era todavía nuevo, y fuera de los pueblos estaba escasamente poblado. El cazador profesional seguía siendo una figura habitual que tenía entre sus trofeos las cabezas y las pieles de las piezas de caza mas grandes. Los relatos diversamente creíbles acerca de encuentros nocturnos con animales salvajes en caminos solitarios eran corrientes, pasaban por las fases habituales de crecimiento y decadencia, y terminaban por ser olvidados. Una adición reciente a esos apócrifos populares, que parecía haberse originado por generación espontánea en varios hogares, era el de una pantera que había asustado a algunos miembros de la familia mirándoles por la noche desde una ventana. El cuento había provocado su pequeña oleada de excitación: incluso había alcanzado la distinción de ocupar un espacio en un periódico local. Brading no le había prestado atención, pero la semejanza con la historia que acababa de escuchar le impresionó de una manera que era algo más que accidental. ¿No era posible que una historia hubiera sugerido la otra: que al encontrar las condiciones apropiadas en una mente morbosa y una fantasía fértil hubiera ido creciendo hasta convertirse en el relato trágico que había escuchado?

Brading recordó determinadas circunstancias de la historia y el temperamento de la joven, a las que hasta entonces no había prestado atención por la falta de curiosidad del enamorado: la vida solitaria que llevaba con su padre, en cuya casa, por lo visto, nadie era aceptado como visitante, o el extraño miedo a la noche con el que aquellos que mejor la conocían explicaban el que nunca se la viera después de oscurecer. Seguramente, en una mente así la imaginación habría ardido con una llama ingobernable, penetrando y envolviendo la estructura entera. De que estaba loca no le cabía ya ninguna duda, aunque esa convicción le produjera el dolor más agudo; simplemente había confundido erróneamente el efecto de su trastorno mental con su causa, poniendo en relación imaginaria con su propia personalidad las extravagancias de los creadores de mitos del lugar. Con la intención vaga de poner a prueba su nueva «teoría», pero sin ninguna idea concreta de cómo hacerlo, dijo gravemente, aunque vacilante:

—Irene, amor mío, quiero que me digas... te ruego que no te ofendas, pero dime...
—Ya te lo he dicho —le interrumpió ella hablando con una ansiedad apasionada que él nunca le había escuchado—: ya te he dicho por qué no podemos casarnos. ¿Hay algo más que merezca la pena decir?

Antes de que pudiera detenerla, se había levantado de un salto del banco, y sin ninguna palabra o mirada se deslizó entre los árboles hacia la casa de su padre. Brading se había levantado para retenerla; pero se quedó en pie, observándola en silencio, hasta que se desvaneció en la penumbra. De pronto se sobresaltó como si le hubieran disparado; su rostro adoptó una expresión de asombro y alarma: ¡en una de las sombras negras por la que había desaparecido ella, Brading captó un vislumbre rápido y breve de unos ojos brillantes! Por un instante permaneció asombrado y falto de resolución, pero enseguida se lanzó al bosque tras ella, gritando:

—¡Cuidado, Irene, cuidado! ¡La pantera! ¡La pantera!

Un momento después había cruzado la franja boscosa y llegado a campo abierto, a tiempo para ver cómo la falda gris de la joven desaparecía tras la puerta de su padre. No se veía por allí pantera alguna.

Una apelación a la conciencia de Dios.
El abogado Jenner Brading tenía su casa de campo en las afueras de la ciudad. Justo detrás de ella estaba el bosque. Como era soltero y, por tanto, el draconiano código moral de la época y el lugar le negaba los servicios de la única especie de ayuda doméstica que se conocía por allí, la «joven contratada», se alojaba en el hotel del pueblo, donde tenía también su despacho. La casa que tenía junto al bosque era simplemente un alojamiento que mantenía, desde luego sin grandes costos, como muestra de prosperidad y respetabilidad. Era poco adecuado que aquel a quien un periódico local había señalado con orgullo como «el principal jurista de su tiempo» careciera de hogar, aunque a veces él sospechara que los términos «hogar» y «casa» no eran estrictamente sinónimos.

Ciertamente, su conciencia de esa disparidad, y su voluntad de armonizarla, fueron asuntos de deducción lógica, pues era sabido de manera general que poco después de construirse la casa su propietario había hecho un intento inútil de casarse: en realidad había llegado hasta el punto de ser rechazado por la hermosa pero excéntrica hija del anciano Marlowe, el recluso. Esto era del dominio público, y resultaba creíble porque lo había contado él mismo, y no ella, lo que era una inversión del orden habitual de las cosas y por tanto no podía dejar de resultar convincente.

El dormitorio de Brading se encontraba en la parte posterior de la casa, con una sola ventana que daba al bosque. Una noche le despertó un ruido en la ventana; apenas pudo saber de qué se trataba. Con una pequeña conmoción nerviosa, se sentó en la cama y cogió el revólver que, con una previsión más apropiada en alguien que tuviera la costumbre de dormir en el suelo con la ventana abierta, había puesto bajo la almohada. La habitación se encontraba en una oscuridad total, pero no sintiéndose aterrado, supo adónde dirigir la mirada, y aguardó en silencio lo que pudiera suceder. Pudo discernir entonces oscuramente cómo se abría una zona en la que la oscuridad se volvía más ligera. Después, en el borde inferior, aparecieron dos ojos relucientes que ardían con un brillo maligno que producía un terror inexpresable. A Brading el corazón le dio un vuelco y luego pareció quedársele inmóvil. Un escalofrío recorrió su columna y los cabellos; sintió que la sangre abandonaba sus mejillas. No fue capaz de gritar, ni para salvar su vida; como era hombre de coraje, no lo habría hecho, ni para salvar la vida, aunque hubiera sido capaz de ello. Pudo sentir cierto temblor en su cuerpo cobarde, pero su espíritu era de un material más duro. Lentamente, los ojos brillantes se elevaron con un movimiento que parecía de aproximación; y lentamente también, la mano derecha de Brading sostuvo la pistola. ¡Disparó!

Cegado por el destello y aturdido por el hecho, sin embargo Brading escuchó, o creyó escuchar, el grito salvaje y profundo de la pantera, aunque le pareció sonar muy humano y le sugirió algo diabólico. Saliendo de la cama de un salto, se vistió rápidamente y, con la pistola en la mano, salió por la puerta y se encontró con dos o tres hombres que llegaban corriendo desde la carretera. Tras una cuidadosa búsqueda por la casa, les dio una breve explicación. La hierba estaba húmeda por el rocío, y bajo la ventana se veía un trecho pisoteado que formaba un rastro sinuoso, visible bajo la luz de una linterna, y que se dirigía hacia los arbustos.

Uno de los hombres tropezó y cayó sobre las manos; al levantarse y frotarlas se dio cuenta de que estaban resbaladizas. Al examinarlas vieron que estaban enrojecidas con sangre.

El encuentro con una pantera herida, sin ir armados, no era del agrado de ninguno; todos se dieron la vuelta, salvo Brading. Éste, llevando una linterna y la pistola, se introdujo valientemente en el bosque. Tras cruzar una zona difícil por el matorral bajo, llegó a un pequeño claro y allí encontró recompensa a su valor, pues vio el cuerpo de su víctima. Pero no era una pantera. Eso es lo que se ha contado, incluso hasta el día de hoy, junto a una lápida gastada por el tiempo del cementerio del pueblo, y durante muchos años, así lo atestiguó diariamente junto a la tumba la figura encorvada y de rostro apenado del anciano Marlowe, a cuya alma, y a la de su extraña e infeliz hija, la lápida desea paz. Paz y reparación.

Los parientes de los elfos. Lord Dunsany (1878-1957)

Soplaba el viento del Norte y de él fluía rojos y dorados los últimos días del otoño. Solemne y fría caía la tarde sobre los marjales. Todo estaba sumido en la quietud. Entonces la última paloma volvió a su casa de los árboles en tierra seca a la distancia, y su forma ya se había vuelto misteriosa en la niebla. Todo volvió a estar sumido en la quietud.

Cuando la luz iba desvaneciéndose y la niebla volviéndose más espesa, el misterio vino arrastrándose de todas partes. Entonces las verdes avefrías vinieron plañideras y se posaron todas. Y otra vez hubo silencio, salvo cuando una de las avefrías revoloteaba un trecho emitiendo el grito del descampado. Y acallada y silenciosa estuvo la tierra a la espera de la primera estrella. Entonces llegaron los patos y las maracas, bandada tras bandada: y toda la luz del día se desvaneció, salvo una franja roja sobre el horizonte. Sobre la franja aparecieron, negras y terribles, las alas de una bandada de gansos batiendo el aire de los marjales. También éstos descendieron entre los juncos. Entonces aparecieron las estrellas y brillaron en la quietud y hubo silencio en los vastos espacios de la noche.

De pronto irrumpieron las campanas de la catedral de los marjales que llamaban a oraciones vespertinas. Ocho siglos atrás los hombres habían construido la enorme catedral a orillas de los marjales, o quizá fue hace siete siglos, o puede que nueve... lo mismo les daba a las Criaturas Silvestres. De modo que se celebraron las oraciones vespertinas, se encendieron las velas y las luces a través de las ventanas brillaban rojas y verdes en el agua, y el sonido del órgano vibró estruendoso sobre los marjales. Pero desde los lugares profundos y peligrosos, bordeados de musgo luminoso, las Criaturas Silvestres vinieron brincando para bailar sobre el reflejo de las estrellas, y por sobre sus cabezas los fuegos fatuos flotaban y fluían.

Las Criaturas Silvestres tienen algo de humano en la apariencia, sólo que su piel es parda y apenas alcanzan los dos pies de altura. Sus orejas son puntiagudas como las de las ardillas, sólo que mucho más grandes, y saltan a alturas prodigiosas. Viven todo el día sumergidas en los estanques profundos en medio de los marjales más solitarios, pero de noche salen a la superficie y bailan. Cada Criatura Silvestre tiene sobre la cabeza un fuego fatuo que se mueve junto con ella; no tienen alma y no pueden morir, y son de la familia de los elfos.

Toda la noche bailan sobre los pantanos andando sobre el reflejo de las estrellas (porque la sola superficie del agua no los sostiene por sí misma); pero cuando las estrellas comienzan a palidecer, se hunden una por una en los estanques donde tienen su hogar. O, si se retardan descansando sobre los juncos, sus cuerpos van desvaneciéndose y volviéndose invisibles al igual que los fuegos fatuos empalidecen a la luz, y de día nadie puede ver a las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos. Nadie puede verlas ni siquiera de noche, salvo que haya nacido, como yo, a la hora del anochecer, justo en el momento en que aparece la primera estrella. Ahora bien, en la noche de la cual hablo, una pequeña Criatura Silvestre había ido deslizándose por el descampado hasta llegar a los muros de la catedral y bailó sobre las imágenes coloridas de los santos espejadas en el agua entre los reflejos de las estrellas. Y mientras brincaba en su fantástica danza, vio a través de los vitrales de colores el lugar donde la gente rezaba y oyó el órgano que sonaba estruendoso sobre los marjales. El sonido del órgano sonaba estruendoso sobre los marjales, pero el canto y las oraciones de la gente ascendían desde la más alta de las torres de la catedral como finas cadenas de oro y llegaban hasta el Paraíso y por ellas bajaban los ángeles desde el Paraíso a la gente, y desde ésta subían al Paraíso una vez más.

Entonces, algo no distante del descontento perturbó a la Criatura Silvestre por primera vez desde que fueron hechos los marjales; y la blanda exudación gris y el frío de las aguas profundas no parecieron bastar, ni tampoco la llegada desde el Norte de los tumultuosos gansos, ni el frenético regocijo de las alas de las aves cuando cada una de sus plumas canta, ni la maravilla del hielo sereno que sobreviene cuando las agachadizas parten, y barba los juncos de escarcha y viste el descampado acallado de misteriosa niebla en la que el sol se vuelve rojo y bajo y ni siquiera la danza de las Criaturas Silvestres en la noche magnífica; y la pequeña Criatura Silvestre anheló tener alma e ir a venerar a Dios. Y cuando las oraciones de las vísperas terminaron y se apagaron las luces, volvió llorando entre los suyos.

Pero a la noche siguiente, tan pronto como las imágenes de las estrellas aparecieron en el agua, se fue saltando de estrella a estrella hasta el borde más extremo de los marjales donde crecía un espeso bosque en el que vivía la más anciana de las Criaturas Silvestres. Y encontró a la Más Anciana de las Criaturas Silvestres sentada al pie de un árbol, al abrigo de la luna. Y la pequeña Criatura Silvestre dijo:

—Quiero tener un alma para venerar a Dios y conocer la significación de la música y ver la belleza íntima de los marjales e imaginarme el Paraíso.
Y la Más Anciana de las Criaturas Silvestres le respondió:
—¿Qué tenemos nosotras que ver con Dios? Sólo somos Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos.
Pero la pequeña sólo insistió:
—Quiero tener alma.
Entonces la Más Anciana de las Criaturas Silvestres dijo:
—No tengo alma que darte; pero si tuvieras alma, un día tendrías que morir, y si conocieras la significación de la música, tendrías que aprender la significación del dolor, y es mejor ser una Criatura Silvestre y no morir.
De modo que la pequeña se fue llorando.

Pero las parientes de los elfos sintieron pena por la Criatura Silvestre; y aunque las Criaturas Silvestres no pueden apenarse mucho tiempo por no tener alma con qué hacerlo, por un rato sintieron lástima en el lugar donde deberían haber estado sus almas al contemplar la aflicción de su camarada. De modo que la parentela de los elfos salió por la noche a hacerle un alma a la pequeña Criatura Silvestre. Y se trasladaron por sobre los marjales hasta llegar a los campos elevados entre las flores y las hierbas. Y allí recogieron una gran telaraña que la araña había tejido en el crepúsculo; y estaba cubierta de rocío. En ese rocío habían brillado todas las luces de las amplias orillas del cielo y los colores cambiantes en los reposados espacios de la tarde. Y sobre él la noche maravillosa había resplandecido con todas sus estrellas. Luego las Criaturas Silvestres fueron con la telaraña salpicada de rocío hasta el borde de su morada, y allí recogieron un poco de la neblina gris que por la noche pende sobre los marjales. Y en ella pusieron la melodía del descampado que es transportada de un lugar al otro de los marjales al caer la tarde sobre las alas de los frailecillos dorados. Y también pusieron en ella el canto doliente que tienen que cantar por fuerza los juncos ante la presencia del arrogante Viento del Norte. Luego cada una de las Criaturas Silvestres dio alguno de sus atesorados recuerdos de los viejos marjales.

—Pues podemos permitírnoslo—dijeron.

Y a todo esto agregaron unas pocas imágenes de las estrellas que recogieron del agua. Sin embargo, el alma que las parientes de los elfos estaban haciendo, todavía no tenía vida. Entonces le agregaron las voces quedas de los amantes que caminaban solos y errantes tarde en la noche. Y después de eso esperaron hasta el amanecer. Y el majestuoso amanecer se hizo presente, los fuegos fatuos de las Criaturas Silvestres empalidecieron en la luz, sus cuerpos se desvanecieron y aún siguieron esperando al borde de los marjales. Y hasta ellos que se estaban allí esperando, por sobre campos y marjales, desde tierra y cielo, llegó el múltiple canto de los pájaros. También a éste pusieron las Criaturas Silvestres en el trozo de niebla que habían recogido en los marjales, y lo envolvieron todo en la telaraña salpicada de rocío. Entonces el alma cobró vida. Y allí estaba en las manos de las Criaturas Silvestres, no mayor que un erizo; y cosas maravillosas había en ella, verdes y azules que cambiaban incesantes girando una y otra vez y en el gris que tenía en el centro, había un resplandor púrpura. Y a la noche siguiente se allegaron a la pequeña Criatura Silvestre y le mostraron el alma refulgente. Y le dijeron:

—Si por fuerza has de tener alma y venerar a Dios, convertirte en mortal y morir, ponte esto sobre el pecho izquierdo algo por encima del corazón, penetrará en ti y te volverás humana. Pero si la coges, nunca podrás deshacerte de ella para volverte mortal nuevamente, a no ser que te la arranques y se la des a otro; y nosotras no te la recibiremos y la mayor parte de los seres humanos ya tienen alma. Y si no te es posible encontrar un ser humano sin alma, un día tendrás que morir, y tu alma no puede ir al Paraíso porque sólo fue hecha en los marjales.

A lo lejos la pequeña Criatura Silvestre vio las ventanas de la catedral iluminadas para el servicio de las oraciones vespertinas; la canción de la gente ascendía al Paraíso y los ángeles subían y bajaban por ella. De modo que agradecida se despidió con lágrimas de las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos, y se alejó saltando hacia la verde tierra seca llevando el alma en las manos. Y las Criaturas Silvestres sintieron pena de que se hubiera ido, pero no por mucho tiempo, porque no tenían alma. A orillas del marjal la pequeña Criatura Silvestre contempló por unos instantes los fuegos fatuos que saltaban de un lado a otro sobre el agua, y luego presionó el alma contra su pecho izquierdo algo por encima del corazón. Instantáneamente se convirtió en una hermosa joven; sintió frío y estaba atemorizada. Se vistió como pudo de juncos y se acercó a las luces de una casa que se encontraba no lejos de allí. Abrió la puerta de un empujón, entró y encontró a un granjero con su mujer que comían sentados a la mesa. Y la mujer del granjero condujo a la pequeña Criatura Silvestre con el alma y le trenzó el cabello; luego volvió a llevarla abajo y le ofreció la primera comida que hubiera nunca comido. Luego la mujer del granjero le hizo muchas preguntas:

—¿De dónde vienes?—le preguntó.
—De los marjales.
—¿De qué dirección?—le preguntó la mujer del granjero.
—Del Sur—respondió la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—Pero nadie puede venir de los marjales desde el Sur—dijo la mujer del granjero.
—No, eso no es posible—dijo el granjero.
—Yo vivía en los marjales.
—¿Quién eres tú?—preguntó la mujer del granjero.
—Soy una Criatura Silvestre y encontré un alma en los marjales; somos de la familia de los elfos

Hablando de ella más tarde, el granjero y su mujer decidieron que ella debía ser una gitana que se había perdido, y que el hambre y la intemperie la habrían desquiciado. De modo que esa noche la pequeña Criatura Silvestre durmió en casa del granjero, pero su alma flamante permaneció despierta toda la noche soñando con la belleza de los marjales. No bien la aurora llegó al descampado y brilló sobre la casa del granjero, ella miró por la ventana hacia las aguas resplandecientes y vio la belleza interior del marjal. Porque las Criaturas Silvestres sólo aman los marjales y conocen su morada, pero ella ahora percibía el misterio de sus distancias y la seducción de sus peligrosos estanques con sus rubios musgos mortales, y sintió la maravilla del Viento del Norte que llega dominante de desconocidas tierras heladas y la maravilla del flujo y reflujo de la vida cuando las aves llegan a los pantanos al atardecer y al llegar la aurora se dirigen al mar. Y sabía que por sobre su cabeza muy por encima de la casa del granjero, se extendía amplio el Paraíso donde quizás ahora Dios se estuviera imaginando un amanecer mientras los ángeles tocaban quedo sus laúdes y el sol se levantaba sobre el mundo por debajo para regocijo de los campos y los marjales. Y todo lo que el cielo pensaba, lo pensaban los marjales también; porque el azul de los marjales era como el azul del cielo y la forma de las grandes nubes del cielo se convertía en la forma de los marjales y a través de ambas corrían momentáneos ríos púrpuras, errantes entre orillas de oro. Y el vigoroso ejército de juncos aparecía de entre las sombras con todos sus penachos mecidos hasta donde la vista alcanzara. Y desde otra ventana vio la vasta catedral que recogía toda su inmensa fuerza para izarla en sus torres desde los marjales.

Dijo ella:
—Jamás, jamás abandonaré los marjales.
Una hora más tarde se vistió con gran dificultad y descendió para comer la segunda comida de su vida. El granjero y su mujer eran gente bondadosa y le enseñaron a comer.
—Supongo que los gitanos no tienen cuchillo ni tenedor—se dijeron más tarde.
Después del desayuno el granjero fue a ver al Deán, que vivía cerca de la catedral, y en seguida volvió para llevar consigo a casa de éste a la pequeña Criatura Silvestre con su alma flamante.
—Esta es la joven—dijo el granjero—. Este es el Deán Murnith.
Luego partió.
—Ah—dijo el Deán—. Tengo entendido que te perdiste la pasada noche en los marjales. Era una noche terrible para que algo así sucediera.
—Amo los marjales —dijo la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—¡Vaya! ¿Cuántos años tienes?—preguntó el Deán.
—No lo sé—respondió ella.
—Tienes que saber cuántos años tienes—insistió él.
—Oh, unos noventa—respondió ella—o más.
—¡Noventa años! exclamó el Deán.
—No, noventa siglos—dijo ella—. Tengo la edad de los marjales.
Entonces contó su historia: cómo había anhelado ser humano y venerar a Dios, tener un alma y ver la belleza del mundo, y cómo las Criaturas Silvestres le habían hecho un alma de telaraña, niebla, música y recuerdos extraños.
—Pero si eso es cierto—dijo el Deán Murnith—, está muy mal hecho. Dios no pudo haber tenido intención de que contaras con un alma.
-¿Cuál es tu nombre?
—No tengo nombre—respondió ella.
—Debemos encontrar para ti un nombre de pila y un apellido. ¿Cómo te gustaría llamarte?
—Canción de los Juncos—respondió ella.
—Eso no es de ningún modo posible—dijo el Deán.
—Entonces me gustaría llamarme Terrible Viento Norte o Estrella en las Aguas—dijo ella.
—No, no, no—dijo el Deán Murnith—, eso es totalmente imposible. Podríamos darte el nombre de Señorita Junco, si gustas. ¿Qué te parece María Junco? Quizá sería mejor que tuvieras aún otro nombre, digamos María Juana Junco.
De modo que la pequeña Criatura Silvestre con el alma de los marjales tomó los nombres que se le ofrecieron y se convirtió en María Juana Junco.
—Y debemos encontrarte una ocupación—dijo el Deán Murnith—. Mientras tanto podemos ofrecerte una habitación aquí.
—Yo no quiero hacer nada—replicó María Juana—; sólo venerar a Dios en la catedral y vivir junto a los marjales.

Entonces llegó la Señora Murnith y durante el resto del día María Juana permaneció en casa del Deán. Y allí con su nueva alma, percibió la belleza del mundo; porque ésta llegaba gris y grave desde las neblinosas distancias y se ensanchaba en las verdes hierbas y en los labrantíos hasta el viejo pueblo con casas provistas de gablete; y solitario en los campos lejanos se erguía un viejo molino de viento y sus honestas aspas hechas a mano giraban y giraban en los libres Vientos Anglos del Este. Muy cerca, las casas de gablete se inclinaban hacia las calles, sobre firmes maderos nacidos en viejos tiempos, todos juntas gloriándose de su belleza. Y destacándose de ellas, puntal sobre puntal, con inspiración de altura, se levantaban las torres de la catedral. Y vio a la gente que se trasladaba por las calles, ociosa y lenta, y entre ellas invisibles, musitando entre sí, sin ser oídos de los hombres vivos, sólo concentrados en cosas pasadas, se agitaban los fantasmas de antaño. Y dondequiera que las calles se abrieran hacia el Este, dondequiera que hubiera espacios entre las casas, irrumpía siempre la visión de los grandes marjales, como si respondieran a una barra de música fascinante y extraña que vuelve una y otra vez en una melodía, tocada por el violín de un músico tan solo que no toca otra barra alguna, de pelo oscuro y lacio, barbado en torno de los labios, de largos bigotes caídos, cuya tierra de origen nadie conoce.

Todo esto era bueno de ver para un alma nueva. Luego se paso el sol sobre los campos verdes y los labrantíos y vino la noche. Una por una las luces gozosas de las lámparas iluminaron las ventanas de las casas en la noche solemne. Luego sonaron las campanas en una de las torres de la catedral y su música se derramó sobre los techos de las viejas casas y se vertió por sobre sus aleros hasta que las calles estuvieron llenas de ella, y fluyó luego hacia los campos verdes y los labrantíos hasta llegar al vigoroso molino y llamó al molinero que se dirigió con paso afanado al servicio de oraciones vespertinas y hacia el Este y hacia el mar se extendió el sonido hasta los más remotos marjales. Y para los fantasmas que rondaban las calles, nada había cambiado desde el día de ayer. Entonces la mujer del Deán llevó a María Juana al servicio de oraciones vespertinas y vio allí trescientas velas encendidas que llenaban el pasillo de luz. Pero los firmes pilares se elevaban por la penumbra donde tarde y mañana, año tras año, cumplían su cometido en la oscuridad sosteniendo en alto la techumbre de la catedral. Y había más silencio allí que el silencio en que se sume el marjal cuando ha llegado el hielo y el viento que lo trajo se ha aquietado. De pronto en esta quietud irrumpió el sonido del órgano, estruendoso, y en seguida la gente se puso a rezar y cantar.

Ya no le era posible a María Juana ver sus oraciones ascender como delgada cadena de oro, pues esa no era sino la fantasía propia de un elfo, pero imaginó con toda claridad en su alma flamante a los serafines en los senderos del Paraíso, y a los ángeles que se turnaban para vigilar al Mundo de noche. Cuando el Deán hubo terminado con el servicio, subió al púlpito un joven cura, el Señor Millings. Habló de Abana y Pharpar, ríos de Damasco: y María Juana se alegró de que hubiera ríos que tuvieran tales nombres, y escuchó hablar de Nínive, la gran ciudad, con maravilla, y también de muchas otras cosas extrañas y novedosas. Y la luz de las candelas brilló sobre el pelo rubio del cura y su voz bajó resonante por el pasillo, y María Juana se regocijó de que estuviera allí. Pero cuando el sonido de su voz se acalló, sintió una súbita soledad, que jamás había sentido antes desde que fueran hechos los marjales; porque las Criaturas Silvestres nunca padecen soledad ni experimentan nunca la desdicha, sino que bailan toda la noche sobre el reflejo de las estrellas; y, como no tienen alma, no desean nada más. Después de recogidas las limosnas, antes de que nadie se moviera para irse, María Juana recorrió el pasillo hasta llegar al Señor Millings.

—Te amo —le dijo.
Nadie sentía simpatía por María Juana.
—Vaya, pobre Señor Millings—decían todos—. Un joven que prometía tanto.

A María Juana la enviaron a una gran ciudad industrial de la región central del país donde se le había encontrado trabajo en una fábrica de telas. Y no había nada en esa ciudad que un alma pudiera ver de buen grado. Porque ignoraba que la belleza fuera algo deseable; de modo que hacia muchas cosas con máquina, todo en ella se apresuraba, se jactaba de su superioridad en relación con otras ciudades, se enriquecía cada vez más y nadie había que se apiadara de ella. En esta ciudad se le encontró a María Juana alojamiento cerca de la fábrica. A las seis de la mañana, en noviembre, aproximadamente a la hora en que, lejos de la ciudad, las aves salvajes levantan vuelo de los serenos marjales y se dirigen a los perturbados espacios del mar, a las seis, la fábrica lanzaba un prolongado aullido con el que se llamaba a los trabajadores que trabajaban allí durante todas las horas del día, con excepción de dos horas destinadas a la comida, hasta que al oscurecer las campanas volvían a doblar fúnebres las seis.

Allí trabajaba María Juana con otras jóvenes en una alargada y tétrica estancia, donde gigantes con estridentes manos de acero machacaban lana hasta dejarla convertida en una larga franja de fibras. Durante todo el día se estaban allí rugiendo frente al desalmado trabajo. Pero María Juana no debía trabajar con ellos, aunque su rugido le perforaba sin cesar los oídos mientras sus estrepitosos miembros de acero iban y venían. Su tarea consistía en atender a una criatura más pequeña, pero infinitamente más astuta. Tomaba la franja de Lana que los gigantes habían machacado y la hacía girar y girar hasta que quedaba retorcida y convertida en una resistente fibra delgada. Luego aferraba con dedos de acero la fibra recogida y se alejaba contoneándose unas cinco yardas para volver con más. Había dominado toda la sutileza de los trabajadores especializados y gradualmente había ido desplazándolos; sólo una cosa no era capaz de hacer: recoger los extremos de una fibra si ésta se rompía para volverlos a unir. Para esto se requería un alma humana, y la tarea de María Juana consistía en recoger los extremos de una cuerda rota; y, en el momento que ella los unía, la afanada y desalmada criatura los ataba por si misma.

Todo allí era feo; aun la lana verde que giraba y giraba no tenía el verde de la hierba, ni siquiera el verde de los juncos, sino un penoso verde parduzco que se adecuaba a una triste ciudad bajo un cielo lúgubre. Cuando miraba por sobre los techos de la ciudad, tampoco allí había belleza; y bien lo sabían las casas, porque con horrible estuco mimaba como un mono grotesco los pilares y los temples de la antigua Grecia, fingiendo, la una delante de la otra, ser lo que no eran. Y al salir año tras año de estas casas y volver a entrar en ellas, y ver el fingimiento de pintura y estuco hasta quedar todo descascarado, las almas de sus pobres propietarios trataban de cambiarse por otras hasta fatigarse del intento. Al llegar la noche María Juana volvía a su alojamiento. Sólo entonces, después de entrada la oscuridad, podía el alma de María Juana percibir cierta belleza en esa ciudad, cuando se encendían las lámparas y aquí y allí una estrella brillaba a través del humo. Habría ido entonces afuera para contemplar la noche, pero la vieja a la cual le había sido encomendada no se lo permitía. Y los días se multiplicaron por siete y se convirtieron en semanas, y las semanas pasaron y todos los días eran iguales. Y sin cesar el alma de María Juana lloraba por la presencia de cosas bellas y no las hallaba, salvo los domingos, cuando iba a la iglesia, y la dejaba para encontrar a la ciudad más gris que antes todavía.

Un día decidió que era preferible ser una Criatura Silvestre en los hermosos marjales que tener un alma que lloraba por la presencia de cosas hermosas sin hallar una siquiera. Desde ese día decidió deshacerse de su alma, de modo que le contó su historia a una de sus compañeras de fábrica y le dijo:

—Las otras jóvenes van pobremente vestidas y se desempeñan en un trabajo desalmado; seguramente alguna de ellas no tendrá alma y tomará de buen grado la mía.
Pero su compañera de fábrica le dijo:
—Todos los pobres tienen alma. Es lo único que tienen.

Entonces María Juana observó con cuidado a los ricos dondequiera los hallara y en vano buscó a alguno que no tuviera alma. Un día, a la hora en que las máquinas descansan y los seres humanos que las atienden descansan también, el viento llegó de la dirección de los pantanos, y el alma de María Juana se lamentó amargamente. Entonces, como se encontraba fuera de los portones de la fábrica, el alma, de modo irresistible, la instó a cantar, y una canción desolada le salió de los labios como un himno a los marjales. Y en la canción se expresó plañidera la nostalgia que sentía por su hogar y por el sonido ululante del Viento del Norte, dominante y orgulloso, con su adorable señora de las Nieves; y cantó los cuentos que los juncos se musitan entre sí, cuentos que conoce la cerceta y la garza vigilante. Y por sobre las calles atestadas, su canción partió plañidera, la canción de los sitios descampados y de las salvajes tierras libres, plenas de maravilla y magia, porque ella tenía en su alma hecha por elfos, el canto de los pájaros y el estruendo del órgano en los marjales. Dio la casualidad que en ese momento pasara por allí el Signor Thompsoni, el afamado tenor inglés, en compañía de un amigo. Se detuvieron y se pusieron a escuchar; todos se detenían y escuchaban.

—En mis tiempos no hubo nadie con voz semejante en Europa—dijo el Signor Thompsoni.

De modo que en la vida de María Juana se produjo un cambio. Se dirigieron cartas y finalmente se dispuso que, a las pocas semanas, tendría un papel protagónico en la Opera del Covent Garden. De modo que debió ir a Londres a estudiar. Londres y las lecciones de canto eran algo mejor que la ciudad de la región central y esas terribles máquinas. Con todo, María Juana no era libre de vivir como se le antojara a la orilla de los marjales y estaba decidida a deshacerse de su alma, pero no encontraba a nadie que no tuviera ya una propia. Un día se le dijo que los ingleses no querrían escucharla si se llamaba Señorita Junco, y se le pidió un nombre más adecuado por el que le gustara ser llamada.

—Me gustaría ser llamada Terrible Viento del Norte—dijo María Juana—o Canción de los Juncos.

Cuando se le dijo que eso no era posible y se le sugirió María Junchiano, ella cedió de inmediato como había cedido cuando se la separó de su cura; nada sabia de cómo se conducían los seres humanos. Por fin llegó el día de la presentación en la Opera, un frío día de invierno. Y la Signorina Junchiano apareció en el escenario frente a una casa atestada. Y la Signorina Junchiano cantó. Y a la canción pasó toda la nostalgia de su alma, el alma que no podía llegar al Paraíso, pero que sólo podía venerar a Dios y conocer la significación de la música, y la melancolía impregnó la canción italiana como el infinito misterio de las colinas se trasmite con el sonido de los cencerros lejanos. Entonces en el alma de los que se encontraban en esa casa atestada se despertaron recuerdos desde mucho tiempo atrás enterrados que volvieron a vivir mientras duró aquella maravillosa canción. Y un frío extraño penetró en la sangre de todos los que escuchaban como si se encontraran a la orilla de los lúgubres marjales y soplara el viento del Norte. Y a algunos los movió a tristeza, a otros al dolor y a otros, en fin, a una alegría ultraterrena; de pronto la canción fue desvaneciéndose quejumbrosa como los vientos del invierno se desvanecen de los marjales cuando desde el Sur, aparece la Primavera.

De este modo terminó. Y un gran silencio llenó como la niebla toda la casa poniendo fin a la animada conversación que mantenía Cecilia, Condesa de Birmingham, con un amigo. En esa mortal quietud, la Signorina Junchiano desapareció apresurada del escenario; volvió a aparecer corriendo por entre el público y se precipitó sobre Lady Birmingham.

—Coged mi alma—le dijo—. Es una hermosa alma. Es capaz de venerar a Dios, conoce la significación de la música y puede imaginar el Paraíso. Y si vais a los marjales con ella, veréis cosas hermosas; hay una vieja ciudad allí construida de bellos maderos y fantasmas en sus calles.
Lady Birmingham se quedó mirándola. Todo el mundo se había puesto en pie.
—Mirad —dijo la Signorina Junchiano—, es un alma hermosa.
Y se cogió el pecho izquierdo algo por sobre el corazón, y allí estaba el alma brillando en su mano con luces verdes y azules que giraban y giraban y un resplandor púrpura en el medio.
—Tomadla—dijo—y amaréis todo lo que es hermoso y conoceréis a los cuatro vientos, a cada cual por su nombre, y las canciones de los pájaros al amanecer. Yo no la quiero porque no soy libre. Ponéosla en vuestro pecho izquierdo, algo por encima del corazón
Todo el mundo seguía en pie y Lady Birmingham se sentía incómoda.
—Por favor, ofrecedla a algún otro—dijo.
—Pero todos tienen ya alma—dijo la Signorina Junchiano.
Y todo el mundo estaba en pie todavía. Y Lady Birmingham cogió el alma en su mano.
—Quizá traiga buena suerte—dijo.
Sentía deseos de rezar.
Cerró a medias los ojos y dijo:
—Unberufen.

Luego se puso el alma sobre el pecho izquierdo algo por sobre el corazón en la esperanza de que la gente se sentara y la cantante se retirara. Instantáneamente un montón de ropa cayó delante de ella. Por un momento, entre las sombras de las butacas, los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haber visto a una criaturita parda que abandonaba el montón de roca y se dirigía saltando al vestíbulo brillantemente iluminado donde se volvió invisible para el ojo humano. Corrió aquí y allí por un instante, encontró luego la puerta y salió a la calle iluminada por faroles. Los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haberla visto alejarse saltando de prisa por las calles que iban hacia el Norte y hacia el Este, desapareciendo al pasar bajo los faroles y apareciendo luego con un fuego fatuo sobre la cabeza. En una oportunidad un perro la percibió y se puso a perseguirla, pero quedó muy atrás.

Los gatos de Londres, todos nacidos a la hora del crepúsculo, maullaron de modo terrorífico a su paso. En seguida llegó a las calles suburbanas, donde las casas son más pequeñas. Entonces se dirigió sin desvío alguno hacia el noreste saltando de techo en techo. Y de ese modo, en pocos minutos llegó a espacios más abiertos y luego a las tierras desoladas donde se cultivan los huertos destinados al mercado. Hasta que por fin se divisaron los buenos árboles negros con sus demoníacas formas en la noche. Y un gran búho blanco apareció, que subía y bajaba en la oscuridad. Y ante todas estas cosas la pequeña Criatura Silvestre se regocijaba como se regocijan los elfos. Y dejó a Londres, que teñía el cielo de rojo, muy atrás; ya no le era posible percibir sus desagradables clamores y escuchaba en cambio nuevamente los ruidos de la noche.

Y atravesó un villorrio que resplandecía pálido y amable en la noche; y volvió a salir al campo abierto otra vez, oscuro y húmedo; y se encontró con muchos búhos a su paso, raza que mantiene relaciones amistosas con la raza de los elfos. En ocasiones cruzó anchos ríos saltando de estrella a estrella; y, escogiendo su sendero al avanzar, para evitar los caminos ingratos y duros, antes de medianoche llegó a las tierras Anglas del Este. Y oyó allí el grito del Viento del Norte, dominante colérico, que guiaba hacia el Sur a sus gansos aventurados; mientras tanto, los juncos se inclinaban ante él cantando en voz baja y plañidera como remeros esclavos de algún fabuloso trirreme que se inclinaran y se mecieran al golpe del látigo y cantaran al mismo tiempo una canción dolida.

Y sintió el agradable aire húmedo que viste por la noche a las anchas tierras Anglas del Este y llegó nuevamente a un viejo y peligroso estanque en el que crecen los suaves musgos verdes y se zambulló en él hundiéndose más y más en las queridas aguas oscuras hasta que sintió entre los dedos de los pies el limo hogareño. De allí, del adorable frío que anida en el corazón del limo, salió renovada y regocijada para bailar sobre la imagen de las estrellas. Dio la casualidad que esa noche yo me encontraba a orillas del marjal, tratando de olvidar los negocios humanos; y vi los fuegos fatuos que venían saltando de todos los sitios peligrosos. Y vinieron por bandadas durante toda la noche hasta formar una gran multitud y se alejaron danzando por sobre los marjales.

Y creo que hubo un gran festejo esa noche entre la parentela de los elfos.

Los nuevos Adán y Eva. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Nosotros, que hemos nacido dentro del sistema artificial del mundo, nunca podremos saber adecuadamente lo poco que hay de natural en nuestro estado y circunstancias presentes, y cuánto se debe simplemente la interpolación de la mente y el corazón pervertidos del hombre. El arte se ha convertido en una segunda naturaleza, más potente; es una madrastra cuya ternura astuta nos ha enseñado a despreciar los servicios bondadosos y sanos de nuestros padres auténticos. Sólo mediante la imaginación podemos debilitar esos grilletes de hierro, a los que llamamos verdad y realidad, y darnos cuenta aunque sólo sea parcialmente de hasta qué punto somos prisioneros. Por ejemplo, supongamos que se ha demostrado cierta la interpretación que de las profecías hacía el buen padre Miller. El día del Juicio Final ha estallado sobre el globo barriendo por completo la raza de los hombres. En las ciudades y en los campos, en las costas y en las regiones montañosas del interior, en los vastos continentes y hasta en las islas más remotas de los océanos han desaparecido todos los seres vivos. Ningún aliento de un ser creado turba esta atmósfera terrenal. Pero las moradas del hombre y todo lo que éste ha logrado, las huellas de sus andaduras y los resultados de su trabajo, los símbolos visibles de su esfuerzo intelectual y su progreso moral —en resumen, todo lo físico que puede dar prueba de su posición actual— permanecerá sin ser tocado por la mano del destino. Entonces, para que hereden y vuelvan a poblar esta tierra desértica y vacía, supongamos que han sido creados un nuevo Adán y una nueva Eva con pleno desarrollo de la mente y el corazón, pero sin el conocimiento de sus predecesores ni de las circunstancias enfermas que se han incrustado a su alrededor. Esa pareja distinguiría enseguida entre arte y naturaleza. Su instinto e intuición reconocerían inmediatamente la sabiduría y simplicidad de la última; mientras que la primera, con sus perversidades elaboradas, les ofrecería una continua sucesión de enigmas.

Intentemos, mitad como diversión y mitad seriamente, seguir a esos herederos imaginarios de nuestra mortalidad a lo largo de su experiencia del primer día. Sólo ayer se extinguió la llama de la vida humana; una noche entera ha transcurrido sin aliento; y ahora se acerca otra mañana esperando encontrar la tierra tan desolada como en la tarde anterior.

Ha amanecido. El este adopta su rubor inmemorial aunque ningún ojo humano lo esté contemplando; pues todos los fenómenos del mundo natural se renuevan a pesar de la soledad que se extiende ahora por el globo. Todavía hay belleza en la tierra, el mar y el cielo, por la belleza misma. Pero pronto habrá espectadores. Exactamente cuando el primer rayo de sol cubre de oro las cumbres de las montañas de la tierra, cobran vida dos seres, pero no en un edén que ha florecido para dar la bienvenida a nuestros primeros padres, sino en el corazón de una ciudad moderna.

Descubren que existen y se miran a los ojos. Su emoción no es asombro; tampoco se sienten perplejos por el esfuerzo de descubrir qué son, de dónde vienen y por qué están ahí. Cada uno se satisface con el hecho de ser, porque el otro existe igualmente; y su primera conciencia es de calma y gozo mutuo, que no les parece haber nacido en ese mismo momento, sino prolongarse desde una eternidad pasada. Así, contentos con una esfera interior que habitan conjuntamente, de inmediato el mundo exterior no les turba en esa observación.

Sin embargo, muy pronto sienten la necesidad invencible de esta vida terrenal y empiezan a reconocer los objetos y circunstancias que les rodean. Quizás el paso más decisivo que tengan que dar se produzca cuando por primera vez se apartan de la realidad de su mirada mutua para pasar a los sueños y sombras que les confunden en todos los otros lugares.

—Dulcísima Eva, ¿dónde estamos? —pregunta el nuevo Adán, pues el lenguaje, o algún modo de expresión equivalente, ha nacido con ellos y se produce tan naturalmente como la respiración—. Creo que no reconozco este lugar.

—Tampoco yo, querido Adán —contesta la nueva Eva—. ¡Y qué extraño es! ¡Permite que me acerque a tu lado para contemplarte sólo a ti; pues todo lo demás que veo turba y confunde mi espíritu!
—No, Eva —contesta Adán, que parece tener una tendencia más fuerte hacia el mundo material—. Será bueno que aprendamos un poco de estas cosas. Aquí nos encontramos en una situación extraña. Observemos lo que nos rodea.

Seguramente lo que ven es suficiente para colocar a los nuevos herederos de la tierra en un estado de perplejidad sin esperanza. ¡Las largas líneas de edificios, con las ventanas brillando en el amanecer amarillo, y la calle estrecha en medio, con su pavimento vacío que había sido recorrido y golpeado por ruedas que ahora traquetean en un pasado irrevocable! ¡Las señales, jeroglíficos ininteligibles! ¡La deformidad cuadrada y fea, regular o irregular, de todo lo que encuentra el ojo! ¡Las marcas de desgaste y de decadencia y falta de renovación que distinguen las obras del hombre del crecimiento de la Naturaleza! ¿Qué hay en todo esto que sea capaz de producir el más ligero significado en unas mentes que no saben nada del sistema artificial implicado en cada farol o en cada ladrillo de las casas? Además, la soledad y el silencio absolutos en un escenario que originalmente surgía del ruido y el ajetreo tiene que producir necesariamente un sentimiento de desolación incluso en Adán y Eva, que no pueden sospechar que pertenecen a la existencia humana recientemente extinta. En un bosque, la soledad sería vida; pero en una ciudad es muerte.

La nueva Eva mira a su alrededor con una sensación de duda y desconfianza, lo mismo que una dama de ciudad, hija de innumerables generaciones de ciudadanos, experimentaría si de pronto se viera transportada al jardín del Edén. Finalmente, bajando la mirada descubre una pequeña mata de hierba que empieza a brotar entre las piedras del pavimento; la coge ilusionada y se da cuenta de que esa pequeña mata de hierba despierta alguna respuesta dentro de su corazón. La Naturaleza no encuentra ninguna otra cosa que ofrecerle. Adán, tras mirar la calle arriba y abajo sin detectar un solo objeto que pueda entender, vuelve finalmente su r frente hacia el cielo. Allí hay, ciertamente, algo que su alma interior reconoce.

—Mira allí, Eva mía —grita—. Seguramente deberíamos habitar entre esas nubes de tonos dorados o en el azul profundo que hay tras ellas. No sé cómo ni cuándo, pero evidentemente nos hemos alejado de nuestra casa; pues aquí no veo nada que parezca pertenecemos.
—¿Y no podremos subir allí? —pregunta Eva.
—¿Por qué no? —contesta Adán con esperanza—. Pero no; hay algo que nos sujeta aquí abajo a pesar de nuestros esfuerzos. Quizás después podamos encontrar un camino.

Con la energía de la nueva vida la ascensión al cielo no parece una hazaña imposible. Pero ya han recibido una triste lección que puede acabar por reducirles al nivel de la raza desaparecida, cuando reconozcan la necesidad de seguir los caminos de tierra batida. Comienzan a pasear por la ciudad con la esperanza de encontrar la salida de esa esfera desagradable. A pesar de la elasticidad reciente de sus espíritus, han descubierto ya la idea del aburrimiento. Les observamos entrar en algunas tiendas y edificios públicos o privados; pues todas las puertas, ya sean de un concejal o de un mendigo, de una iglesia o de un edificio estatal, han quedado totalmente abiertas por el mismo agente que acabó con quienes en ellas vivían.

Sucede entonces que hacen la primera visita a unos almacenes de artículos de moda, lo que es afortunado pues Adán y Eva siguen llevando unos vestidos más convenientes para el Edén. No hay dependientes corteses pero inoportunos que se apresuren a recibir sus pedidos; no hay una multitud de damas revolviendo entre las elegantes telas parisinas. Todo está desértico; el comercio se ha detenido y ni siquiera un eco del santo y seña nacional, el «¡pasen ustedes!» perturba la tranquilidad de los nuevos clientes. Pero hay muestras de las últimas modas terrenales, sedas de todos los tonos, y lo que hay de más delicado o espléndido para la decoración de la forma humana esparcido por alrededor con la misma abundancia que las hojas brillantes del otoño en un bosque. Adán examina algunos artículos, pero los aparta descuidadamente con cualquier exclamación que en el nuevo vocabulario de la Naturaleza corresponda a un «¡puaf!» o un «¡bah!». Sin embargo Eva —y dicho sea esto sin ofender a su pudor original— examina estos tesoros de su sexo con un interés más pronunciado. Sobre el mostrador había un par de corsés; los examina con curiosidad, pero no sabe qué puede hacer con ellos. Coge luego una seda de moda mientras en la oscuridad se mueven a tientas anhelos oscuros, pensamientos que van de aquí para allá, instintos.

—En general no me gusta —comenta ella dejando sobre el mostrador la tela brillante—. Pero es muy extraño, Adán. ¿Qué pueden significar estas cosas? Seguramente debería saberlo; es como si me introdujeran en un laberinto.
—¡Bah! Mi querida Eva, ¿por qué inquietar tu cabecita con esas tonterías? — pregunta Adán en un ataque de impaciencia—. Vayámonos a otra parte. Pero un momento... ¡fíjate qué hermoso! ¡Mi queridísima Eva, qué encanto has dado a esa túnica sólo con ponértela por encima de los hombros!

Pues Eva, con el gusto que la Naturaleza había introducido en su composición, se ha envuelto en unos restos de esa exquisita gasa plateada, produciendo un efecto que da a Adán su primera idea acerca del embrujo del vestido. Contempla a su esposa bajo una luz nueva y con una admiración renovada; pero difícilmente se acomodaba con algo que no fuera los cabellos dorados de Eva. No obstante, emulando el ejemplo de ésta coge un manto de terciopelo azul y se lo pone tan pintorescamente que podría parecer que le había caído desde el cielo sobre su imponente figura. Así vestidos, salieron en busca de nuevos descubrimientos.

Entraron después en una iglesia, pero no para exhibir sus hermosas ropas, sino atraídos por su aguja que señalaba hacia el cielo, al que deseaban ya ascender. Al cruzar la puerta un reloj, al que había dado cuerda el sacristán en su último acto terrenal, dio la hora con tono profundo y reverberante; pues el tiempo ha sobrevivido a su anterior progenie y con la lengua de hierro que le dio el hombre está hablando ahora a sus dos nietos. Ellos le escuchan, pero no le entienden. La Naturaleza mediría el tiempo por la sucesión de pensamiento y actos que constituyen la vida real, y no por las horas de vaciedad. Ascienden por la nave lateral de la iglesia y elevan la mirada al techo. Si nuestro Adán y Eva hubieran sido mortales de alguna ciudad europea y se hubieran perdido en la amplitud y en lo sublime de una catedral antigua, habrían reconocido el propósito con el que la levantaron sus fundadores de almas profundas. Lo mismo que el horror oscuro de un bosque antiguo, su misma atmósfera les habría incitado a rezar.

Pero no podía darse esa influencia dentro de las pequeñas paredes de una iglesia metropolitana. Sin embargo, alguna fragancia de la religión permanece todavía allí, el legado de las almas piadosas que recibieron la gracia de disfrutar de un anticipo de la vida inmortal. Quizás alentaron la profecía de un mundo mejor para sus sucesores, aunque les habrían resultado detestables todas las preocupaciones y calamidades del mundo presente. Eva, hay algo que me impulsa a mirar hacia arriba; pero me inquieta ver ese techo entre nosotros y el cielo. Sigamos avanzando y quizás vislumbremos un Gran rostro mirándonos.

—Sí; un Gran rostro con un haz de amor brillante sobre él, como la luz de sol. —respondió Eva—. Seguramente hemos visto ese semblante en alguna parte.

Salieron de la iglesia y, arrodillándose en el umbral, dieron salida al natural instinto de adoración del espíritu hacia un Padre benefactor. Pero en realidad su vida había sido hasta entonces una oración continua. La pureza y la simplicidad mantienen una conversación constante con su Creador.

Les vemos entrar ahora en un Tribunal de Justicia. Pero ¿pueden tener la más remota concepción de los propósitos de tal edificio? ¿Cómo puede ocurrírseles la idea de que sus hermanos humanos, de naturaleza semejante a la de ellos, e incluidos originalmente en la misma ley del amor que es la única norma de su vida, hubieran necesitado alguna vez un refuerzo exterior de la verdadera voz interior de sus almas? ¿Y qué podrían enseñarles los tristes misterios del crimen salvo una experiencia triste, resultado oscuro de muchos siglos? ¡Ay, Sede del Juicio, no fuiste establecida para los puros de corazón, ni para la simplicidad de la Naturaleza, sino para los hombres duros y llenos de arrugas, y para el montón acumulado de los errores terrenales. Tú eres el símbolo mismo del estado pervertido del hombre.

En un paseo vano, nuestros caminantes visitan después una Cámara Legislativa, y Adán coloca a Eva en la silla del portavoz, sin darse cuenta de la moral que de ese modo ejemplifica. ¡El intelecto del hombre moderado por la ternura y el sentido moral de la mujer! Si de esa manera se legislara el mundo no habría necesidad de cámaras legislativas, capitolios, parlamentos y ni siquiera de esas pequeñas asambleas de patriarcas que se celebraban bajo la sombra de los árboles y por medio de las cuales la libertad fue interpretada por primera vez a la humanidad en nuestras costas nativas.

¿Adónde fueron después? Un destino perverso parece confundirlos presentándoles uno tras otro los acertijos que la humanidad plantea al universo errante, y deja sin resolver tras su propia destrucción. Entran en un edificio de severa piedra gris que está aislado en medio de los otros, triste incluso bajo la luz del sol, a la que apenas deja penetrar a través de las ventanas enrejadas. Es una prisión. El carcelero ha abandonado el puesto al ser llamado por una autoridad superior a la del comisario. Pero ¿y los prisioneros? ¿Cuando el mensajero del destino abrió todas las otras puertas respetó la advertencia del magistrado y la sentencia del juez, y dejó que los internos de los calabozos fueran entregados para que siguiera su curso la ley terrenal? No; un juicio nuevo se había celebrado en un tribunal superior, que puede poner juntos al juez, al jurado y al prisionero, quizás encontrando que ninguno de ellos es menos culpable que los otros. La cárcel, como la tierra entera, es ahora soledad, y así ha perdido parte de su lóbrega tenebrosidad. Pero están allí las celdas estrechas como tumbas, aunque más resecas y mortales, porque en ellas el espíritu inmortal fue enterrado con el cuerpo. En las paredes aparecen inscripciones garabateadas con un lápiz o rascadas con una uña sucia; breves palabras de dolor, quizás, o el desafío desesperado del culpable contra el mundo, o simplemente el registro de una fecha con la que el autor se esforzaba por mantener la cuenta de la marcha de la vida. Ya no existe una mirada viva que pueda descifrar esos recuerdos.

Y salidos tan recientemente de la mano de su Creador, los nuevos habitantes de la tierra, y también sus descendientes durante mil años, no pueden descubrir que ese edificio fue un hospital para la peor enfermedad que podía afligir a sus predecesores.

Sus pacientes llevaban las marcas externas de esa lepra con la que todos estaban infectados en mayor o menor medida. Estaban enfermos, y eran los más puros de sus hermanos, con la plaga del pecado. ¡Una enfermedad ciertamente mortal! Sintiendo sus síntomas dentro del pecho, los hombres los ocultaban con miedo y vergüenza, mostrándose más crueles con aquellos desgraciados cuyas llagas pestíferas eran evidentes para el ojo común. Nada, salvo un vestido rico, podía ocultar la plaga. En el curso de la vida del mundo, se intentaron todos los remedios para curarla y extirparla, salvo el único, la flor que crecía en el cielo y era soberana sobre todas las miserias de la tierra. ¡El hombre no había intentado nunca curar el pecado por medio del AMOR! Si sólo una vez hubiera hecho ese esfuerzo, quizás no habría habido necesidad de ese lazareto oscuro por el que deambulaban Adán y Eva. ¡Apresuraos en vuestra inocencia para que las manchas húmedas de estas paredes todavía conscientes no os infecten y se propague así otra raza caída!

Pasando del interior de la prisión al espacio existente dentro de su muro exterior, Adán se detiene bajo una estructura de lo más simple, pero que para él es totalmente inexplicable. Se compone sólo de dos postes erguidos que sirven de apoyo a una viga transversal de la que cuelga una cuerda.

—¡Eva, Eva! —grita Adán estremeciéndose con un horror inexpresable— ¿Qué puede ser esto?
—No lo sé —responde Eva—. ¡Pero Adán, mi corazón se siente enfermo! ¡Parece como si no existiera ya el cielo... no hubiera luz del sol!

Bien podía Adán estremecerse, y la pobre Eva sentirse enferma, pues ese objeto misterioso era el símbolo del sistema de la humanidad para enfrentarse a las grandes dificultades que Dios le había dado para que solucionara: un sistema miedo y venganza, que nunca tuvo éxito pero que fue seguido hasta el final. A en la mañana de la cita final, un criminal —un criminal, cuando no había nadie que careciera de culpa—había muerto en la horca. Si el mundo hubiera oído los pasos que se acercaban de su propio destino, no habría sido inapropiado cerrar así, registro de sus actos con uno tan característico.

Los dos peregrinos se alejaron entonces presurosamente de la cárcel. Si hubieran sabido que los antiguos habitantes de la tierra estaban encerrados en un error artificial, inmovilizados y encadenados por sus perversiones, habrían comparado todo el mundo moral con una prisión, y habrían considerado que la eliminación de la raza era una libertad general en las cárceles.

Entraron después sin anunciarse, aunque habrían podido tocar en vano en el timbre de la puerta, en una mansión privada, una de las más majestuosas de Beacon Street. Unos compases musicales salvajes y quejumbrosos tiemblan por la casa, elevándose a veces como un sonido solemne de órgano, y otras disminuyendo hasta, convertirse en el más débil murmullo, como si algún espíritu interesado por la familia desaparecida se quejara en la soledad del salón y la cámara. Quizás una virgen, la más pura de la raza mortal, ha quedado atrás para cantar un réquiem por toda la humanidad. No es así. Son los tonos de un arpa eólica a través de la cual la Naturaleza vierte la armonía que yace oculta en cada aliento, ya sea una brisa veraniega o una tempestad. Adán y Eva se pierden en un embeleso que no se mezcla con la sorpresa. El viento pasajero que agitó las cuerdas del arpa se ha callado antes de que puedan pensar en examinar los muebles espléndidos, las alfombras vistosas y la arquitectura de las habitaciones. Estas cosas distraen sus ojos carentes de práctica, pero no evocan nada en sus corazones. Ni siquiera los cuadros que hay sobre las paredes excitan apenas un interés más profundo; pues en la pintura hay algo radicalmente artificial y engañoso con lo que no pueden simpatizar las mentes de simplicidad primigenia. Los huéspedes sin invitación examinan una fila de retratos familiares, aunque demasiado sombríos para reconocerlos como hombres y mujeres bajo el disfraz de un ropaje absurdo, y con los rasgos y la expresión degradados que han heredado a través de generaciones de decadencia física y moral.

Sin embargo el azar les presenta cuadros de belleza humana recién salidos de la mano de la Naturaleza. Al entrar en un magnífico apartamento se sorprenden, sin asustarse, al ver dos figuras que avanzan hacia ellos. ¿No resulta horrible imaginar que en el ancho mundo quedara alguna vida que no fuera la de ellos?

—¿Cómo es esto? —exclama Adán—. Mi hermosa Eva, ¿estás en dos sitios al mismo tiempo?
—¡Y tú también, Adán! —responde Eva, con vacilación, pero encantada—Seguramente esa forma noble y encantadora es la tuya. Y sin embargo, estás aquí a mi lado. Me contento con uno. Creo que no debería haber dos.

El milagro lo ha producido un espejo alto cuyo misterio enseguida descubren, pues la Naturaleza crea un espejo para el rostro humano en cada estanque de agua, y para sus propios y amplios rasgos en los lagos tranquilos. Complacidos y satisfechos de mirarse a sí mismos, descubren ahora en una esquina del salón la estatua de mármol de un niño tan exquisitamente idealizado que casi es digno de asemejarse proféticamente a su primer hijo. La escultura en su más alto grado de excelencia es más auténtica que la pintura y puede parecer que ha evolucionado de un germen natural, por la misma ley que una hoja o una flor. La estatua del niño impresiona a la pareja solitaria como si se tratara de un compañero; asimismo sugiere secretos del pasado y del futuro.

—¡Esposo mío! —susurra Eva.
—¿Qué dices, queridísima Eva? —pregunta Adán.
—Me pregunto si estaremos solos en el mundo —contesta ella con una sensación semejante al miedo al pensar en otros habitantes—. ¡Qué cuerpo tan pequeño y encantador! ¿Respiró alguna vez? ¿O es sólo la sombra de algo real, como nuestras imágenes en el espejo?
—¡Resulta extraño! —contesta Adán apretándose la frente con la mano—. Todo está lleno de misterios a nuestro alrededor. Hay una idea que pasa continuamente ante mí: ¡ojalá pudiera agarrarla! Eva, Eva ¿estamos pisando las huellas de seres que se asemejaban a nosotros? Si es así, ¿adónde han ido? ¿Y por qué su mundo es tan poco adecuado para que nosotros vivamos en él?
—Sólo nuestro gran Padre lo sabe —contesta Eva—. Pero algo me dice que no siempre estaremos solos. ¡Y qué dulce sería que otros seres nos visitaran en la forma de esa bella imagen!

Recorren después la casa y encuentran por todas partes señales de la vida humana, que ahora, con la idea que recientemente se les ha sugerido, provoca una curiosidad más profunda en sus pechos. La mujer ha dejado allí rastros de su delicadeza y refinamiento, y de sus amables trabajos. Eva registra una cesta de trabajo e instintivamente introduce en un dedal la punta rosácea de su dedo. Coge una pieza de encaje, en el que resplandecen flores de imitación, en una de las cuales ha dejado su aguja una hermosa dama de la raza desaparecida. ¡Qué pena que el Día del Juicio se hubiera anticipado a la finalización de una tarea tan útil! Eva se siente casi consciente de la habilidad para terminarla. Un piano ha quedado abierto. Pasa la mano descuidadamente sobre las teclas y toca repentinamente una melodía no menos natural que los compases del arpa eólica, pero gozosa con la danza de su vida todavía sin carga alguna. Cruzando una oscura entrada encuentran una escoba tras la puerta; y Eva, que comprende toda la naturaleza de la feminidad, tiene una idea oscura de que es un instrumento apropiado para su mano. En otra estancia ven una cama con dosel, y todos los instrumentos de un lujoso reposo. Un montón de hojas del bosque les serviría para ello más adecuadamente. Entran en el cuarto de los niños y se quedan perplejos al ver los pequeños batines y gorras, los zapatos diminutos y una cuna entre cuyos ropajes todavía puede verse la impresión de la forma de un bebé. Adán apenas si se da cuenta de esas menudencias, pero Eva entra en una especie de reflexión muda de la que apenas es posible sacarla.

Por una situación de lo más desafortunada iba a darse una gran fiesta en esa mansión el mismo día en el que toda la familia humana, incluyendo los invitados, fueron convocados a las desconocidas regiones del espacio ilimitado. En el momento fatal la mesa estaba ya puesta y el grupo a punto de sentarse. Sin que les hubieran invitado, Adán y Eva acuden al banquete; lleva ya algún tiempo frío, aunque les proporciona muestras espléndidas de la gastronomía de sus predecesores. Es difícil imaginar la perplejidad de esa pareja no pervertida al tratar de encontrar alimentos adecuados para su primera comida en una mesa en la que el apetito cultivado de un grupo selecto iba a ser gratificado. ¿Les enseñará la Naturaleza el misterio de un plato de sopa de tortuga? ¿Les dará la audacia de atacar una pata de carne de venado? ¿Les iniciará en los méritos de la pastelería parisina traída en el último vapor que cruzó el Atlántico? ¿O más bien no les hará apartarse con desagrado del pescado, las aves y la carne, que para su olfato puro exhalan un desagradable olor de muerte y corrupción?

¿Comida? El menú de ésta no contiene nada que ellos reconozcan como tal. Afortunadamente, sin embargo, el postre está preparado en una mesa vecina. Adán, en quien el apetito y los instintos animales son más rápidos que los de Eva, descubre ese banquete apropiado.

—Aquí, querida Eva —exclama—. Aquí hay comida.
—Estupendo —responde ella con el germen de un ama de casa agitándose en su interior—. Hemos estado tan atareados hoy que cualquier cosa nos servirá para la cena.

Eva se acerca a la mesa y recibe de la mano de su esposo una manzana roja como compensación del regalo fatal de su predecesora a nuestro antepasado común. La come sin pecado, y esperemos que sin consecuencias desastrosas para sus descendientes futuros. Toman una comida abundante aunque moderada de frutas, que si bien no han sido recogidas en el Paraíso, derivan legítimamente de las semillas que allí se plantaron. Su apetito principal ha quedado satisfecho.

—¿Qué beberemos, Eva? —pregunta Adán.

Eva mira entre algunas botellas y frascos que, al contener líquidos, piensa que es natural que resulten adecuados para apagar la sed. Pero jamás antes el clarete, el vino del Rin y el de Madeira, de ricos y raros perfumes, provocaron tal desagrado como ahora.

—¡Puah! —exclama tras oler varios vinos—. ¿Qué es lo que contendrán? Los seres que estuvieron antes que nosotros no debían poseer la misma naturaleza que la nuestra: pues ni su hambre ni su sed eran como las nuestras.
—Por favor, pásame esa botella —dice Adán—. Si un mortal puede beberla, humedeceré con ella mi garganta.

Tras algunas protestas, ella coge una botella de champán, pero se asusta por la explosión repentina del corcho y la deja caer al suelo. Allí efervece el licor que aún no han probado. De haberlo bebido habrían experimentado ese breve delirio con el que, excitado por causas morales o físicas, el hombre trataba de recompensarse por los placeres tranquilos y largos que había perdido al rebelarse contra la Naturaleza. Finalmente, en un refrigerador Eva encuentra una jarra de cristal de agua tan pura, fresca y brillante como la que salió nunca de una fuente entre las colinas. Los dos beben, y tan refrescados se sienten que se preguntan el uno al otro si ese líquido precioso no será idéntico al de la corriente de la vida que hay dentro de ellos.

—Y ahora tenemos que intentar descubrir qué tipo de mundo es éste, y por qué hemos sido enviados aquí —comenta Adán.
—¿Por qué? Para amarnos el uno al otro —contesta Eva—. ¿No es ésa tarea suficiente?
—Cierto que lo es —responde Adán besándola—. Pero aun así... no sé... algo nos dice que hay un trabajo que hacer. Quizás la tarea que se nos ha asignado no sea otra que la de ascender al cielo, que es mucho más hermoso que la tierra.
—Entonces estaríamos ya allí —murmura Eva—. ¡Esa tarea o deber habremos de realizarlo entre nosotros!

Abandonan la hospitalaria mansión y les vemos bajar por State Street. El reloj de la Cámara Legislativa marca más del mediodía, cuando la Bolsa debería estar en su gloria y presentar el símbolo más vivo de lo que era la única empresa de la vida, tal como la consideraban una multitud de personas mundanas desaparecidas. Ya ha pasado. El Sabat de la eternidad ha cubierto la calle con su quietud. Ni siquiera un vendedor de prensa asalta a los dos viandantes solitarios con un periódico extra de un penique recién salido de las oficinas del Times o el Mail, que contiene un relato completo de la terrible catástrofe de ayer. De todos los tiempos oscuros que han conocido comerciantes y especuladores, éste es el peor; pues por lo que a ellos concierne la creación misma ha optado por el beneficio de la bancarrota. Al fin y al cabo, es una pena. ¡Todos esos poderosos capitalistas que acababan de alcanzar la riqueza ansiada! ¡Esos perspicaces hombres del comercio que habían dedicado tantos años a la más intrincada y artificial de las ciencias, y apenas la habían dominado cuando la bancarrota universal fue anunciada con toque de trompeta! ¿Pudieron ser tan poco precavidos como para no proporcionar moneda del país adonde habían ido, ni facturas de cambios ni cartas de crédito de los necesitados en la tierra a los cajeros del cielo?

Adán y Eva entran en un banco. ¡No os sobresaltéis, los que tenéis allí atesorados vuestros fondos! Ahora ya no los necesitaréis nunca. No llaméis a la policía. Las piedras de la calle y las monedas de la bóveda valen igual para esa simple pareja. ¡Qué visión tan extraña! Cogen el oro brillante a puñados y lo arrojan por diversión al aire sólo para ver eso que brilla y que carece de valor descender de nuevo como si fuera lluvia. No saben que cada uno de esos pequeños círculos amarillos fue en otro tiempo un hechizo mágico, potente para influir en los corazones de los hombres y engañar su sentido moral. Dejémosles detenerse aquí en la investigación del pasado. Han descubierto la fuente principal, la vida, la esencia misma del sistema que se había convertido en vital para la humanidad, sofocando con su apretón mortal la naturaleza original de aquella.

¡Y qué falto de poder sobre estos jóvenes herederos de las riquezas acaparadas en la tierra! Y allí hay también enormes paquetes de billetes de banco, esas hojas de papel como talismanes que en otro tiempo tenían la eficacia de construir palacios encantados como exhalaciones, y fabricar todo tipo de maravillas peligrosas, y sin embargo no eran más que fantasmas del dinero, las sombras de una sombra. ¡Cómo se asemeja esa bóveda a la cueva de un mago cuando la varita de poder se ha roto, el esplendor visionario ha desaparecido, y el suelo se ha cubierto con los fragmentos de encantamientos despedazados y de formas sin vida que en otro tiempo estaban animadas por demonios!

—Por todas partes, mi querida Eva, encontramos montones de basura de un tipo u otro —comenta Adán—. Estoy convencido de que alguien se esforzó por coleccionarlas, ¿pero con qué propósito? Quizás más tarde nosotros hagamos lo mismo. ¿Es posible que sea ésa nuestra tarea en el mundo?
—¡Oh no, no, Adán! —responde Eva—. Sería mucho mejor sentarnos tranquilamente y mirar hacia el cielo.

Salen del banco, y a tiempo, pues si se hubieran retrasado más probablemente se habrían encontrado con algún duende viejo y gotoso de un capitalista cuya alma ya no podía estar en otra parte que no fuera la cámara acorazada en donde estaba su tesoro. Entran después en el taller de un joyero. Les gusta el brillo de las gemas; Adán entrelaza una cuerda de hermosas perlas alrededor de la cabeza de Eva, y se cierra su manto con un magnífico broche de diamantes. Eva se lo agradece y se mira con placer en el espejo más cercano. Poco después, observando un ramo de rosas y de otras flores brillantes en un jarrón con agua, tira las valiosísimas perlas y se adorna con esas gemas de la Naturaleza, más atractivas. Éstas satisfacen su sentimiento tanto como su belleza.

—Seguramente son seres vivos —comenta a Adán.
—Así lo creo —responde éste—. Y parecen encontrarse tan poco a gusto en el mundo como nosotros.

No debemos intentar seguir cada paso de estos investigadores, a quien su Creador ha encargado, sin que lo sepan, que juzguen las obras y los modos de la raza desaparecida. Para entonces, como están dotados de percepciones rápidas y precisas, empiezan a entender el propósito de muchas cosas que les rodean. Por ejemplo, conjeturan que los edificios de la ciudad fueron levantados no por la mano inmediata que hizo el mundo, sino por seres similares a ellos que buscaban abrigo y comodidad.

Pero ¿cómo explicarán la magnificencia de una morada en comparación con la miseria escuálida de otra? ¿Por qué medio podrá entrar en su mente la idea de la servidumbre? ¿Cuándo comprenderán el hecho importante y desgraciado —cuyas evidencias apelan a sus sentidos en todas partes— de que una parte de los habitantes perdidos de la tierra vivían en el lujo mientras la multitud se afanaba por conseguir una comida escasa? Ciertamente deberá producirse un desafortunado cambio en sus corazones antes de que puedan concebir que el mandato primordial del amor había sido eliminado de tal manera que un hermano podía necesitar lo que tenía otro. Cuando su inteligencia llegara tan lejos, la nueva progenie de la tierra tendría pocas razones para haber triunfado sobre la rechazada.El paseo les llevó ahora a los barrios exteriores de la ciudad. Están en el borde cubierto de hierba de una colina, al pie de un obelisco de granito que señala con su enorme dedo hacia arriba, como si la familia humana estuviera de acuerdo, por un símbolo visible que ha permanecido mucho tiempo, en ofrecer un gran sacrificio de acción de gracias o súplica. La altura solemne del monumento, su profunda simplicidad y la ausencia de ningún uso vulgar o práctico potencian su efecto sobre Adán y Eva, que les lleva a interpretarlo con un sentimiento más puro del que creyeron expresar los constructores.

—Eva, es una oración visible —comentó Adán.
—Y nosotros también rezaremos —contesta ella.

Perdonemos a estos pobres hijos que no tuvieron padre ni madre por tomar equivocada y absurdamente el propósito del monumento memorial que el hombre fundó y la mujer terminó en la famosísima Bunker Hill. La idea de la guerra no existe en sus almas. Tampoco sienten simpatía acerca de los valientes defensores de la libertad, puesto que la opresión es uno de los misterios que no han averiguado. Si pudieran averiguar que la hierba verde sobre la que se encuentran tan pacíficamente en otro tiempo estuvo cubierta de cadáveres humanos y enrojecida por su sangre, les sorprendería igualmente que una generación de hombres perpetrara esa carnicería y que la generación siguiente la conmemorara triunfalmente.

Con un sentimiento de placer pasean ahora por los campos verdes y por la orilla de un río tranquilo. Dejamos de vigilarlos estrechamente y después los encontramos entrando en un edificio gótico de piedra gris en el que el mundo desaparecido dejó lo que consideraba digno de quedar registrado en la importante biblioteca de la Universidad de Harvard. Ningún estudiante disfrutó nunca de tanta soledad y silencio como el que existe ahora en sus profundos nichos. Poco entienden los visitantes presentes las oportunidades que tienen ahora. Pero Adán examina ansioso las largas filas de volúmenes, esas alturas almacenadas del conocimiento humano, que suben una encima de otra desde el suelo hasta el techo. Coge un voluminoso infolio. Lo abre en sus manos como si espontáneamente se comunicara el espíritu de su autor con el intelecto todavía sin desgastar ni teñir del mortal recién creado. Permanece en pie absorto en las columnas regulares de caracteres místicos, aparentemente en un estado de ánimo estudioso; pues el pensamiento ininteligible de la página tiene una relación misteriosa con su mente y se hace sentir como si fuera una carga sobre él. Se siente incluso dolorosamente confundido, tratando vanamente de captar no sabe qué. ¡Ay, Adán, es demasiado pronto, será demasiado pronto al menos durante cinco mil años, para ponerte gafas y enterrarte en los huecos de una biblioteca!

—¿Qué podrá ser esto? —pregunta finalmente con un murmullo—. Eva, me parece que no hay nada tan deseable como descubrir el misterio de este objeto grande y pesado con sus mil delgadas divisiones. ¡Fíjate! ¡Me mira al rostro como si fuera a hablar!

Con instinto femenino Eva se sumerge en un volumen de poesía de moda, con seguridad la producción del más afortunado de los bardos terrenales, puesto que su trova sigue de moda cuando todos los grandes maestros de la lira han pasado al olvido. ¡Pero no dejemos que su fantasma se alegre demasiado! La única dama del mundo arroja el libro al suelo y se ríe con alegría del semblante abstraído de su esposo.

—Mi querido Adán, pareces pensativo y sombrío. Deja ese objeto estúpido; pues aunque te hablara no merecería la pena escucharle. Hablemos el uno con el otro, y con el cielo, con la tierra verde y sus árboles y flores. Nos enseñarán cosas mejores que las que podemos encontrar aquí.
—Sí, Eva, quizás tengas razón —contesta Adán con un suspiro—. Pero no puedo dejar de pensar que la interpretación de los enigmas entre los que hemos caminado todo el día podría descubrirse aquí.
—Puede que sea mejor no buscar la interpretación —insiste Eva—. Por lo que a mí respecta, el aire de este lugar no me place. ¡Si me amas, vámonos!

Ella prevalece y le rescata de los peligros misteriosos de la biblioteca. ¡Feliz influencia la de la mujer! Si se hubiera quedado él allí el tiempo suficiente para obtener una pista de sus tesoros —lo cual no era imposible, pues siendo su intelecto de estructura humana, aunque con una agudeza y un vigor sin transmitir—, allí mismo se habría convertido en una estudioso, y el analista de nuestro pobre mundo habría registrado pronto la caída de un segundo Adán. Habría comido la manzana fatal de otro Árbol del Conocimiento. Todas las perversiones, engaños y falsa sabiduría que tan perfectamente remedan la verdad; toda la verdad estrecha, tan!, parcial que se vuelve más engañosa que la falsedad; todos los principios y prácticas equivocados, los ejemplos perniciosos y las reglas falsas de la vida; todas las teorías., falaces que convierten la tierra en nubes, y a los hombres en sombras; toda la triste experiencia que acumuló durante tanto tiempo la humanidad, y de la que nunc extrajo una moral para su guía futura: todo el montón de conocimientos desastrosos habría caído al mismo tiempo sobre la cabeza de Adán. No le habría quedado otro remedio que el de aceptar el experimento ya abortado de la vida allí donde la habíamos dejado y hacerlo avanzar un poco más.

Pero, bendito en su ignorancia, podía todavía disfrutar de un mundo nuevo en el mismo que para nosotros se había gastado. Si no alcanzaba el bien, lo mismo que nos pasó a nosotros, al menos tiene la libertad, valiosísima, de cometer sus propios errores. Y su literatura, cuando la cree el progreso de los siglos, no será el eco interminablemente repetido de nuestra poesía y la reproducción de las imágenes que fueron moldeadas por nuestros antepasados de la canción y la ficción, sino una melodía que no se había oído todavía nunca sobre la tierra, y formas intelectuales que no estaban contaminadas por nuestras ideas. Dejemos por tanto que el polvo de los siglos se recoja sobre los volúmenes de la biblioteca, y que a su debido tiempo el techo del edificio se desmorone sobre el resto. Cuando los descendientes del segundo Adán hayan recogido suficiente basura propia, será el momento de excavar nuestras ruinas para comparar el progreso literario de dos razas independientes.

Pero estamos yendo demasiado lejos. Ése parece ser el vicio de los que tienen tras ellos un largo pasado. Regresemos junto a los nuevos Adán y Eva, que como no tienen recuerdos salvo visiones oscuras y pasajeras de una existencia previa, se sienten contentos de vivir y felices de hallarse en el presente. El día está a punto de terminar cuando esos peregrinos que no deben su ser a unos progenitores muertos llegan al cementerio del Monte Auburn. Con el corazón ligero —pues la tierra y el cielo se alegran ahora el uno al otro con su belleza— recorren senderos serpenteantes entre columnas de mármol, réplicas de templos, urnas, obeliscos y sarcófagos, deteniéndose a veces a contemplar esas fantasías del crecimiento humano, y otras veces a admirar las flores con las que la Naturaleza ha convertido la decadencia en atractiva. ¿Puede la muerte, en medio de sus viejos triunfos, hacerles sentir que han aceptado la pesada carga de la mortalidad que una especie entera había tirado? El polvo de los suyos no ha caído nunca en la tumba. ¿Reconocerán entonces ellos, tan pronto, que el Tiempo y los elementos tienen una reivindicación sobre sus cuerpos que no podrá quedar desatendida? No es improbable que lo hagan. Debe haber sombras suficientes, incluso en medio de la primera luz de su existencia, para sugerir el pensamiento de que el alma no es congruente con sus circunstancias. Han aprendido ya que algo hay que dejar a un lado. La idea de la muerte está en ellos, o no muy lejana.

Pero si hubieran de buscarle un símbolo sería el de la mariposa ascendiendo, o el ángel brillante llamándoles desde lo alto, o el niño dormido, con amables sueños que resultan visibles a través de su pureza transparente.

Han encontrado a ese Niño, en el mármol más blanco, entre los monumentos del Monte Auburn.
—Dulcísima Eva, tu sol nos ha abandonado, y todo el mundo está desapareciendo de nuestra vista —observa Adán mientras cogido de la mano de ella contemplan ese hermoso objeto—. Vamos a dormir, como duerme esta hermosa figurita. Sólo nuestro Padre sabe cuáles de las cosas exteriores que hemos poseído hoy nos serán arrebatadas para siempre. Pero aunque nuestra vida terrenal nos abandonara con la luz que se va, no podemos dudar de que otra mañana nos encontrará en algún otro lugar bajo la sonrisa de Dios. Siento que ha decidido que no se reanude el beneficio de la existencia.

—Y no importará dónde existamos —contesta Eva—. Pues siempre estaremos juntos.