sábado, 2 de septiembre de 2017

La residencia de Withminster. M.R. James (1862-1936)

El doctor Ashton —Tomas Ashton, doctor en Teología— estaba sentado en su despacho, envuelto en su bata, con el solideo de seda encasquetado en su afeitada cabeza, y la peluca —que de momento se había aquietado— colocada sobre su horma a un lado de la mesa. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de constitución fuerte, sanguíneo, de ojos coléricos y un labio superior largo. En el momento en que lo describo, su rostro y sus ojos estaban iluminados por los rayos sesgados de un sol crepuscular que entraban por el resquicio de una alta ventana que daba a poniente. La luminosa habitación era de techo igualmente alto, y estaba revestida de estantes repletos de libros, con entrepaños allí donde la pared se hacía visible entre las librerías.

Sobre la mesa, junto al codo del doctor, había un paño verde con lo que él habría denominado el recado de escribir —una bandeja con tinteros—, plumas de oca, uno o dos libros encuadernados en piel, algunos papeles, una pipa y una tabaquera de bronce, un frasco metido en una funda de paja y una copa de licor. Era el mes de diciembre de 1730, y eran las tres y unos minutos de la tarde. He trazado en estas líneas, más o menos, lo que habría visto un observador superficial que se hubiera asomado a la habitación. ¿Y qué es lo que vio el doctor Ashton al alzar los ojos y mirar al exterior, desde la silla de cuero donde estaba sentado? Aparte de las puntas de los arbustos y árboles frutales del jardín, nada sino la tapia de ladrillo que iba casi de extremo a extremo, en la parte de poniente. Ahora bien, en su centro había una entrada, una verja de dos puertas, de complicadas barras de hierro forjado, retorcidas en espiral, a través de la cual se divisaba el paisaje del exterior. En efecto, más allá de la verja se veía un trecho de terreno que descendía inmediatamente hacia una vaguada por la que discurría un riachuelo; desde aquí, y arrancando de la otra orilla, el terreno se elevaba casi verticalmente hasta un prado poblado de robles que, como es natural, estaban sin hojas. No se hallaban muy juntos unos de otros, de manera que entre sus troncos se podía divisar parcialmente el cielo y el horizonte. El cielo, a la sazón, había adquirido una tonalidad dorada, y el horizonte —un horizonte de bosques lejanos— se había vuelto de color púrpura.

Pero todo lo que sede ocurrió decir al doctor Ashton, tras contemplar esta perspectiva largo rato, fue:
—¡Abominable!
El testigo que hubiera presenciado esta escena habría percibido acto seguido el rumor de unos pasos presurosos que se acercaban a este despacho y, por la resonancia, habría adivinado que atravesaban una estancia mucho más espaciosa. El doctor Ashton se volvió en su silla al abrirse la puerta, y se quedó expectante. La persona que llegó era una dama, una dama de aspecto robusto y vestida a la usanza de la época. Aunque he tratado de dar una idea de cómo se hallaba vestido el doctor, no pretendo hacer lo mismo con su mujer..., porque era la señora Ashton quien acababa de entrar. Traía una expresión anhelante, incluso dolorosamente atribulada. Y con voz alterada, casi susurró al doctor Ashton, inclinando su cabeza juntó a la de él:

—Está muy mal, cariño; me temo que ha empeorado.
—¿De..., de verdad? —se echó hacia atrás y la miró a la cara.
Ella asintió. Dos solemnes campanas, allá arriba, no muy lejos, dieron la media en ese momento. La señora Ashton tuvo un sobresalto.
—Oh, ¿no puedes ordenar que paren las campanas del reloj de la iglesia por esta noche? Están justo encima de su habitación y no le van a dejar dormir; y desde luego, la única posibilidad que tiene es dormir.
—Bueno, por supuesto que si es necesario, verdaderamente necesario, lo haré; pero no puedo ordenar una cosa así a la primera eventualidad. ¿Estás segura de que la recuperación de Frank depende de eso? —dijo el doctor Ashton; su voz era fuerte, más bien seca.
—Estoy convencida de que sí —dijo su mujer.
—Bueno, si es así, dile a Molly que vaya a ver a Simpkins y le diga de mi parte que debe cesar los repiques a partir de la puesta de sol, y..., sí, que vaya después y le diga a lord Saúl que deseo hablar al punto con él en esta misma habitación.

La señora Ashton salió apresuradamente del despachó. Pero antes de que entre otro visitante, será mejor explicar la situación. El doctor Ashton disfrutaba, entre otros privilegios, de una prebenda de la rica colegiata de Whitminster, fundación que, pese a no ser catedral, había sobrevivido a la Disolución y a la Reforma, conservando su constitución y su asignación hasta un centenar de años después de la fecha a que me refiero. La gran iglesia, las residencias del deán y los prebendados, el coro, sus dependencias, todo, en fin, estaba en perfectas condiciones y funcionaba normalmente, Poco después del año 1500 hubo un deán que había mandado construir un espacioso edificio de ladrilló rojo, contiguo a la iglesia, para que sirviese de residencia a quienes desempeñaban funciones en ella. Algunas de estas personas ya no eran necesarias, y sus cargos se habían quedado en meros títulos que ahora ostentaban clérigos o letrados del pueblo de la vecindad; por ello, el edificio, que se había construido con idea de albergar a ocho o diez personas, se lo repartían ahora entre tres: el deán y los dos prebendados. La vivienda del doctor Ashton comprendía lo que había sido la sala de estar común y el comedor de la residencia.

Ocupaba un lado entero del patio, y en uno de los extremos tenía una puerta que daba acceso a la iglesia. El otro extremo, como hemos visto, se asomaba al campo. Eso en cuanto a la casa. Por lo que se refiere a sus moradores, el doctor Ashton era un hombre que gozaba de buena salud y carecía de hijos, aunque había adoptado, o más bien había tomado a su cargo, al hijo de la hermana de su mujer, que se había quedado huérfano. El muchacho se llamaba Frank Sydall; llevaba viviendo bastantes meses en la casa cuando un día llegó una carta de un colega, el conde de Kildonan (que había sido compañero de estudios del doctor Ashton), en la que preguntaba al doctor si podía acoger en su familia al vizconde Saúl, heredero del conde, y desempeñar las funciones de tutor suyo. Lord Kildonan debía tomar posesión en breve de un cargo en la embajada de Lisboa, y el muchacho no estaba en condiciones de emprender el viaje.

«No es que esté enfermo —comentaba el conde—, aunque le encontrarás antojadizo, al menos eso es lo que le he notado yo últimamente; y para confirmar esto, hoy mismo ha venido a decirme su vieja aya que estaba como enajenado; pero no hagas casó; sé que encontrarás la forma de enderezarlo. En los viejos tiempos tenías la manó firme, así que te doy plena autoridad para que la utilices cuando juzgues conveniente. A decir verdad, aquí no tiene él chicos de su edad y condición con quienes juntarse, y le ha dado por deambular como un sonámbulo por nuestras ruinas y cementerios; después regresa a casa contando historias que asustan y atemorizan a mis criados. Conque os prevengo a ti y a tu mujer». Con miras, quizá, a la posibilidad de alcanzar un obispado irlandés (al que parecía aludir la carta del conde en otro párrafo), el doctor Ashton aceptó hacerse cargo del vizconde Saúl con las doscientas guineas anuales con que atender a sus necesidades.

Llegó éste una noche de septiembre. Al bajar de la silla de posta que le había traído, lo primero que hizo fue hablar con el postillón, le dio una propina y acarició el cuello del caballo. Tanto si hizo algún movimiento que lo asustara como si no, el casó es que estuvo a pique de provocar un lamentable accidente, porque el animal sufrió un violento sobresalto, cogió al desprevenido postillón, le derribó al suelo, perdiendo su propina, como se dio cuenta después; saltó parte de la pintura de las portezuelas y una de las ruedas pasó por encima del pie de un criado que estaba descargando el equipaje. Cuando lord Saúl subió la escalinata y apareció bajo la luz de la lámpara de la entrada, dónde fue recibido por el doctor Ashton, éste vio ante sí a un joven delgado, de unos dieciséis años, pelo lacio y negro, y una palidez de rostro habitual en este tipo de personas. Se había tomado el percance y el consiguiente tumulto con absoluta tranquilidad, y manifestó su preocupación por la gente que se había o podía haberse lastimado; tenía una voz suave y agradable y, cosa curiosa, no se le notaba el menor acento irlandés.

Frank Sydall era más joven; tenía unos once o doce años, quizá, pero no por eso rechazaba lord Saúl su compañía. Frank le enseñó algunos juegos que no se conocían en Irlanda, y él mostró gran disposición para aprenderlos; también mostró tendencia al estudio, a pesar de que no había recibido una instrucción regular en su casa. No tardó mucho en averiguar el modo de descifrar las inscripciones de las tumbas de la basílica, y más de una vez le hizo al doctor preguntas sobre los viejos libros de la biblioteca cuya respuesta requería ser meditada despacio. Al parecer, se portaba particularmente amable con los criados, porque a los diez días de su llegada ya estaban disputándose el puesto para complacerle. Y al mismo tiempo, la señora Ashton se vio en la necesidad de buscar nuevas sirvientas, cambió varias veces de criadas, y al final las familias del pueblo a las que solía recurrir le dijeron que no tenían ninguna muchacha disponible.

Se vio obligada a buscarlas en lugares más alejados que de costumbre. Todos estos detalles los he obtenido del diario del doctor y de cartas suyas. No son más que generalidades, y nos habría gustado, a la vista de lo que tenemos que decir, que estas notas hubiesen sido más claras y detalladas. Encontramos estos datos en una serie de anotaciones que él inicia a finales de año y, a mi juicio, escritas en su totalidad después del incidente final; no obstante, comprenden un número de días tan escaso que no cabe la posibilidad de que el doctor no recordara punto por punto el curso de los hechos.

Un viernes por la mañana, una zorra, o tal vez un gato, se llevó el gallo que la señora Ashton más estimaba; era negro, precioso, sin una sola pluma blanca en todo el cuerpo. Su marido había dicho a menudo que era ideal para ofrecerlo en sacrificio a Esculapio. El incidente la dejó muy abatida y no se consoló fácilmente. Los chicos buscaron huellas por todas partes. Lord Saúl regresó con algunas plumas, parcialmente quemadas al parecer, que habían encontrado en el montón de broza del jardín. Fue el mismo día en que el doctor Ashton, al asomarse a la ventana del piso de arriba, vio a los dos chicos en un rincón del jardín jugando a un juego incomprensible. Frank, muy serio, miraba fijamente algo que sostenía en la palma de la mano. Saúl, detrás de él, parecía escuchar. Al cabo de unos minutos posó su mano sobre la cabeza de Frank con mucha suavidad; de súbito, Frank dejó caer lo que tenía en la mano, se tapó los ojos y se derrumbó en la hierba. Saúl, cuyo rostro mostraba gran irritación, recogió apresuradamente el objeto, del que el doctor sólo alcanzó a ver un destello, se lo guardó en el bolsillo y se alejó dejando a Frank sumido en su inconsciencia. El doctor Ashton golpeó el cristal para atraer su atención, y Saúl pareció alarmarse; entonces corrió hacia Frank, lo cogió de un brazo, lo levantó y se lo llevó. Cuando entraron a cenar, Saúl explicó que habían estado representando una parte de la tragedia de Radamisto, en la que la heroína lee el futuro del reinado de su padre en una bola de cristal que sostiene en la mano, y no pudiendo resistir la visión de los terribles acontecimientos, se desmaya. Durante la explicación, Frank no dijo nada, sino que miraba aturdido a Saúl.

Seguramente, como pensó la señora Ashton, debió de resfriarse con la humedad de la hierba, ya que esa noche se sintió desasosegado y con fiebre; desasosegado tanto de cuerpo como de espíritu, dado que, al parecer, mostró vivos deseos de contarle algo a la señora Ashton, pero la premura de los asuntos domésticos impidió a la señora prestarle atención; y cuando fue, como tenía por costumbre, a ver si los chicos habían apagado la luz de su habitación y darles las buenas noches, lo encontró dormido, aunque con el rostro anormalmente arrebolado, pensó; en cambio, lord Saúl estaba pálido, tranquilo y sonreía en sueños.

Al día siguiente, el doctor Ashton pasó la mañana ocupado en la iglesia y demás asuntos, de manera que no le fue posible tomarles las lecciones a los dos, motivo por el cual les había puesto deberes para que se los entregaran más tarde. Tres veces, si no más, fue Frank a llamar a la puerta del despacho, y las tres encontró al doctor ocupado con alguna visita, por lo que le mandó que se fuera con cierta aspereza, cosa que más tarde lamentó. Ese día se quedaron a comer dos clérigos, y los dos —que eran padres de familia— observaron que el niño parecía desmadejado a causa de la fiebre, cosa que no estaba lejos de ser verdad, y habría sido mejor que se hubiera ido inmediatamente a la cama, porque dos horas más tarde regresó precipitadamente llorando de manera aterradora, se echó en brazos de la señora Ashton, y se agarró a ella y le suplicó que le protegiera, y decía sin cesar: «¡Échelos! ¡Échelos!» Y entonces fue cuando se vio claramente que había cogido alguna enfermedad. Por esta razón tuvo que acostarse en una habitación distinta a la que utilizaba habitualmente, y mandaron llamar al médico.

Éste declaró que el trastorno de que era víctima parecía grave, y que afectaba al cerebro del chico, tras lo cual pronosticó un desenlace fatal si no observaba reposo absoluto y tomaba los remedios sedativos que le iba a prescribir. Por este otro camino, nos encontramos de nuevo en el punto del relato en donde lo habíamos dejado. El reloj de la iglesia ha dejado de dar la hora, y lord Saúl está en el umbral del despacho.

—¿Qué explicación puede darme del estado del pobre chico? —fue lo primero que preguntó el doctor Ashton.
—¡Pero, señor!, me parece que sé muy poco más de lo que usted ya sabe. Sin embargo, lo que me reprocho es el susto que le di ayer tarde cuando estábamos representando la dichosa obra que vio usted. Creo que se impresionó más de lo que yo hubiera deseado.
—¿Cómo es eso?
—Es que le conté una de esas estúpidas historias que se cuentan en Irlanda sobre lo que podríamos llamar la segunda visión.
—¡La segunda visión! ¿Qué clase de visión es ésa?
—Bueno, usted sabe que la gente ignorante de nuestra tierra cree que algunas personas pueden leer lo que va a pasar..., a veces en un cristal, o en el aire, quizá; en Kildonan teníamos a una vieja que decía que tenía ese poder. Y me parece que le he descrito todo eso con más pasión de lo que debía; lo cierto es que no podía figurarme que Frank lo iba a tomar de la forma en que se lo tomó.
—Ha hecho usted mal, señor; ha hecho muy mal en sacar a relucir supersticiones de ese género; debía haber tenido en cuenta la casa en que vive, y que son impropias de nosotros este tipo de cosas; pero dígame, ¿cómo fue que representando una obra de teatro, como usted dice, llegó a abordar un tema que asustó de ese modo a Frank?
—Eso es lo que no le puedo decir, señor; en un momento pasó de recitar las luchas y amoríos y monólogos de Cleodora y Antígenes a algo que no me fue posible seguir, y luego se desplomó en el suelo como ya vio usted.
—Sí; ¿fue entonces cuando le puso usted la mano sobre la cabeza?
Lord Saúl lanzó una mirada fugaz a su interlocutor —fugaz y malévola—, y por primera vez pareció no tener la respuesta preparada.
—Debió de ser entonces, sí —dijo—. He tratado de hacer memoria, pero no estoy seguro. De todos modos, nada importa que fuera entonces o no.
—Bueno —dijo el doctor Ashton—, a ese respecto, me veo obligado a decirle que el susto que se llevó mi pobre sobrino puede acarrearle muy graves consecuencias. El médico habla con gran desaliento de su estado —lord Saúl entrelazó sus manos con fuerza y miró seriamente al doctor Ashton—. Quiero creer que no hubo mala intención por su parte, puesto que no tiene ningún motivo para desearle ningún mal; pero no le considero totalmente exento de culpa en este asunto.
Mientras hablaba, volvieron a oírse pasos presurosos, y la señora Ashton entró precipitadamente en el despacho con una vela en la mano, porque la noche había cerrado ya.
—¡Ven! —exclamó—. Ven inmediatamente. Se nos muere, estoy segura.
—¿Que se nos muere Frank? ¿Cómo es posible? ¿Ya? —y mientras preguntaba un montón de incoherencias por el estilo, el doctor cogió un Libro de Oraciones de la mesa y salió tras su mujer.
Lord Saúl se quedó unos momentos donde estaba. Molly, la criada, le vio inclinarse hacia adelante y cubrirse el rostro con las manos. «Que me muera si miento —contaba ella más tarde—, pero parecía talmente que ese joven intentaba reprimir una carcajada. Después salió despacio siguiendo a los demás».
Por desgracia, la señora Ashton tenía razón en su pronóstico. No tengo el menor deseo de imaginar detalladamente la última escena. Lo que el doctor Ashton anota en su diario es, o puede considerarse, de gran importancia para esta historia. Le preguntaron a Frank si quería ver a su compañero, lord Saúl, una vez más. El niño estaba completamente lúcido en esos momentos.
—No —dijo—; no quiero verle, pero dígale que va a tener mucho frío.
—¿Qué quieres decir, cariño? —dijo la señora Ashton.
—Sólo eso —dijo Frank—; y dígale también que ahora yo ya me he librado de ellos, pero él debe tener cuidado. Y siento mucho lo del gallo, tía Ashton, pero él dijo que debíamos utilizarlo, si queríamos ver todo lo que se podía ver.

Pocos minutos después había expirado. El matrimonio estaba apenado. Ella la que más, como es natural; pero el doctor, aunque no era una persona impresionable, sintió el patetismo de aquella muerte prematura. Por otra parte, tenía la creciente sospecha de que Saúl no se lo había contado todo, y que había algo que se salía de lo normal. Abandonó la capilla ardiente, cruzó el patio de la residencia y se dirigió a casa del sacristán. Una campana, la más grande de la iglesia, debía doblar a muerto; había que cavar una fosa en el cementerio de la iglesia, y ya no había necesidad de que el reloj del campanario siguiera en silencio. A medida que se iba sumiendo lentamente en un estado de confusión, consideraba la necesidad de hablar nuevamente con lord Saúl.

Tenía que poner en claro el asunto del gallo, por trivial que fuese. Puede que no se tratara más que de un desvarío de la fiebre lo que dijo el niño; pero si no, ¿no había estudiado él un juicio en el que desempeñaba una parte muy importante un horrendo sacrificio de parecida naturaleza? Sí, debía hablar con Saúl. Más que encontrarlos expresados por escrito, adivino que fueron éstos sus pensamientos. Lo que sí es cierto es que tuvo otra entrevista con él; y cierto, también, que Saúl no quiso (o no pudo, como él dijo) aportar ninguna luz sobre el significado de las palabras de Frank, aun cuando el mensaje —en parte al menos— le atañía a él terriblemente. Pero no hay referencias detalladas sobre esta entrevista. Sólo se alude al hecho de que Saúl estuvo toda la tarde sentado en el despacho, y que cuando se levantó y dio las buenas noches, cosa que hizo de muy mala gana, le pidió al doctor que rezara por él.

El mes de enero tocaba a su fin, cuando lord Kildonan recibió en la embajada de Lisboa una carta que, por una vez en la vida, turbó tremendamente a este vanidoso y desnaturalizado padre. Saúl había muerto. La escena del entierro de Frank había sido verdaderamente dolorosa. El día amaneció oscuro y ventoso; los portadores, vacilando a ciegas bajo el flamante paño mortuorio, comprendieron lo difícil que iba a resultarles el camino hasta la fosa. La señora Ashton estaba en su habitación —las mujeres no iban en aquel entonces a los entierros de sus familiares—, pero Saúl estaba allí, envuelto en una capa enlutada, a usanza de la época; su rostro, mortalmente pálido, no cambió de expresión más que unas tres o cuatro veces, según observó el doctor, a la vez que volvía repentinamente la cabeza para mirar por encima del hombro. En esos momentos recobraba vida, pero en forma de una expresión terrible de sobresalto y terror. Nadie le vio marcharse; nadie logró encontrarle tampoco esa tarde. Un tremendo ventarrón estuvo toda la noche azotando los altos ventanales de la iglesia, aullando en los descampados y rugiendo en el bosque. Su búsqueda por los prados resultó infructuosa, no se oyó gritar a nadie ni llamar pidiendo auxilio. Todo lo que podía hacer el doctor Ashton era avisar a la gente del colegio y a los alguaciles del pueblo, y permanecer levantado por si llegaba alguna noticia, y eso fue lo que hizo. Y la noticia llegó a la mañana siguiente; el sacristán, cuya primera misión del día consistía en abrir la iglesia para los oficios de las siete, envió a la criada para que llamara a su señor, y ésta subió con todos los pelos revueltos y los ojos desencajados. Los dos hombres echaron a correr precipitadamente hacia la puerta sur de la iglesia, donde encontraron a lord Saúl agarrado desesperadamente a la gran argolla exterior, con la cabeza hundida entre los hombros, las calzas desgarradas, sin zapatos, y las piernas ensangrentadas y llenas de arañazos.

Esto es lo que se le notificó a lord Kildonan, y lo que constituye el fin de la primera parte de esta historia. Frank Sydall y el vizconde lord Saúl, hijo único y heredero del conde de Kildonan, comparten una misma tumba de piedra en forma de altar en el cementerio de Whitminster. El doctor Ashton vivió unos treinta años más en su residencia, no sé si una vida apacible, aunque eso sí, sin la menor muestra de desasosiego. Su sucesor prefirió seguir en la casa que ya poseía en el pueblo, y dejó sin ocupar la del prebendado anterior. Con el período transcurrido entre estos dos hombres quedó atrás el siglo XVIII y empezó el XIX; pues el señor Hindes, que sucedió a Ashton, entró en posesión de esta prebenda a la edad de veintinueve y murió a los ochenta y nueve, de modo que hasta 1823 o 1824 no ocupó nadie la plaza con deseos de instalarse en el edificio. Fue entonces cuando llegó el doctor Henry Oldys, nombre que puede resultar familiar a algunos de mis lectores, ya que es el autor de una serie de volúmenes, las Obras de Oldys, los cuales ocupan un puesto sin duda muy alto en los estantes de las más importantes bibliotecas, ya que raramente se ve a alguien intentar alcanzarlas.

El doctor Oldys, su sobrina y la criada emplearon varios meses en trasladar los muebles y libros de la rectoría de Dorsetshire a la residencia de Whitminster y, una vez allí, colocar cada cosa en su sitio. Pero por fin pudieron dar por terminado este trabajo, y la casa —que, aunque deshabitada, se conserva en buenas condiciones de higiene y sin humedades— despertó y, como la mansión del conde de Monte Cristo en Auteil, comenzó nuevamente a vivir, cantar y florecer. Cierta mañana del mes de junio amaneció tan espléndida que el doctor Oldys salió a dar un paseo antes de desayunar, y estuvo contemplando largamente la torre del campanario, que descollaba por encima del tejado rojo con sus cuatro veletas doradas, recortada sobre el azul intenso del cielo y unas nubecillas blanquísimas.

—Mary —dijo, mientras se sentaba a desayunar, dejando un objeto duro y brillante sobre el mantel—, mira lo que acaba de encontrar el criado ahora mismo. A ver si eres más lista que yo y averiguas para qué sirve.
Era una placa redonda, perfectamente lisa, de no más que una pulgada de espesor, de algo como cristal transparente.
—Por lo menos es atractivo —dijo Mary. Era una mujer hermosa, de pelo rubio y ojos grandes, y aficionada a la literatura.
—Sí —dijo su tío—, he pensado que te gustaría. Supongo que perteneció a la casa; ha aparecido en un montón de basura de un rincón.
—No estoy segura de que me guste —dijo Mary unos minutos después.
—Vaya por Dios, ¿y por qué, querida?
—No estoy segura. Puede que sean figuraciones mías.
—Sí, eso es lo que son, figuraciones y novelería, naturalmente. ¿Qué libro..., bueno, quiero decir, cuál es el título del libro que tuviste ayer entre manos todo el día?
—El talismán, tío. ¡Ah, sería delicioso que, en definitiva, resultara un talismán!
—Sí, El talismán, pues que te aproveche; yo tengo que irme a atender mis asuntos. ¿Está todo bien en la casa? ¿Te gusta? ¿Tienes alguna queja de la servidumbre de aquí?
—No; por supuesto, me resulta todo de lo más encantador. La única soupçon de queja, además de la cerradura del armario de la ropa blanca de la que ya le hablé, es que la señora Maple dice que no hay forma de eliminar las moscas portasierra de la habitación del otro extremo del corredor. A propósito, ¿de veras se siente a gusto en este dormitorio? Está demasiado apartado del resto de la casa, ¿no?
—¿Que si me gusta? Pues claro; cuanto más lejos esté de ti, mejor. Vaya, no me darás una azotaina por eso, ¿verdad? ¿A que me perdonas? Pero ¿qué son moscas portasierra? ¿Apolillan la ropa? Si no, me da igual que campen por sus respetos en toda la habitación. Seguramente no la vamos a utilizar.
—No, claro. Bueno, ella llama así a unos bichos de color rojizo y patas largas como las arañas de campo, pero más pequeños; por cierto, que los hay a montones en lo alto de la habitación. No me agradan demasiado, pero supongo que no son dañinos.
—Parece que hay unas cuantas cosas que no te gustan esta mañana tan radiante —comentó su tío mientras cerraba la puerta. La señorita Oldys siguió sentada en su sitio, contemplando el disco de vidrio que sostenía en la palma de la mano. La sonrisa que iluminaba su semblante fue desdibujándose paulatinamente, dando paso a una expresión de curiosidad y casi de interesada atención. Su embelesamiento se rompió al entrar la señora Maple con su invariable preámbulo:
—Ay, señorita, ¿podría hablar un momento con usted?
La siguiente fuente de información que nos permite seguir el hilo de la historia es una carta de la señorita Oldys a una amiga de Lichfield, empezada uno o dos días antes. No faltan en ella atisbos de influencia de esa directora espiritual que un día fuera Anna Seward, conocida por algunos como el cisne de Lichfield.

Queridísima Emily: Seguramente te alegrará saber que por fin nos hemos instalado mi tío y yo en la casa que ahora nos considera sus dueños (digo no, dueño y dueña), igual que en otros tiempos habrá considerado a tantos otros. Aquí saboreamos una mezcla de moderna elegancia y venerable antigüedad como jamás habíamos tenido ocasión hasta ahora ninguno de los dos. El pueblo, aunque pequeño, nos proporciona algún reflejo, pálido desde luego, pero auténtico, de las dulzuras del trato refinado; el campo vecino cuenta, entre los ocupantes de sus dispersas mansiones, con algunas personas que remozan su trato anualmente poniéndose en contacto con el esplendor de la metrópoli, y otras cuya robusta y sencilla afabilidad es a veces, y a manera de contraste, no menos cariñosa y aceptable. Cansados de las tertulias de los salones y piezas de recibo de nuestros amigos, estamos dispuestos a huir de las ingeniosidades y charlas intrascendentes de la vida diaria y refugiarnos en las majestuosas bellezas de nuestra venerable iglesia, cuyos argentinos repiques "nos llaman a la oración", y en los sombríos paseos, en cuyo cementerio meditamos con el corazón sosegado y los ojos húmedos más de una vez, sobre la juventud, la hermosura, la edad, la sensatez y la bondad.

Aquí hay un cambio brusco, tanto en la letra como en el estilo:
Pero, Emily querida, ya no me es posible escribirte con el esmero que tú te mereces y con el que tanto disfrutamos las dos. Lo que tengo que contarte ahora no tiene nada que ver con lo que te estaba diciendo. Esta mañana, mi tío, a la hora de desayunar, ha traído una cosa que se ha encontrado en el jardín; es un disco de vidrio o de cristal que tiene esta forma (a continuación viene un pequeño dibujo), y me lo ha dado, y después de marcharse él de la habitación lo he tenido junto a mí, sobre la mesa. Lo he estado contemplando, no sé por qué, durante unos minutos, hasta que se me ha hecho la hora de incorporarme a los quehaceres del día, y te vas a reír, pero de pronto me he dado cuenta de que empezaba a reflejar objetos y escenas que no correspondían a la habitación en que me encontraba. En fin, no te extrañe si te digo que, tras esa experiencia, he aprovechado la primera oportunidad para encerrarme en mi habitación con lo que ahora estoy segura de que es un poderoso talismán. Y no me ha decepcionado. Te aseguro, Emily, por el recuerdo tan entrañable que nos une a las dos, que lo que ha pasado esta tarde supera los límites de lo que hasta ahora consideraba posible. En resumen, lo que he visto sentada en mi alcoba, a plena luz de este soleado día de verano, al asomarme a las profundidades de ese pequeño disco de vidrio, es lo siguiente: primero, una perspectiva, extraña para mí, en la que aparecía un terreno cubierto de espesa y alta maleza, con unas ruinas de piedra gris en medio y una tosca cerca de piedra alrededor. Había una mujer vieja y fea de pie, con un manto rojo y una saya desgarrada, y hablaba con un chico vestido a la usanza de hace un centenar de años por lo menos. Y le puso un objeto brillante en la mano, y él a su vez le dio algo a ella; a mí me pareció dinero, porque se le cayó en la hierba una moneda de entre sus manos temblorosas. Luego ha desaparecido la escena; a propósito, me pareció observar que sobre los muros rudimentarios de la cerca había algunos huesos en desorden, y hasta una calavera. A continuación he visto dos chicos; uno de ellos era el que había aparecido en la visión anterior, el otro era más pequeño. Estaban en el rincón de un jardín que tenía una tapia alrededor, y, pese a estar distribuido de diferente manera, y de lo jóvenes que eran los árboles, me he dado cuenta de que se trataba de este mismo jardín que estoy contemplando en este momento desde mi ventana. Los chicos estaban absortos en un extraño juego, al parecer. Algo humeaba en el suelo. El mayor puso sus manos sobre eso, y luego las elevó en una actitud como de oración, y entonces he descubierto algo que me ha sobresaltado, y es que las tenía cubiertas de grandes manchas de sangre. Arriba, el cielo estaba nublado. El mismo muchacho se volvió entonces hacia la tapia del jardín e hizo unas señas con las manos levantadas, después de lo cual comenzaron a hacerse visibles unas cosas que se movían en lo alto de la tapia..., pero no podría decir si eran cabezas o miembros de personas o de animales.

Acto seguido, el mayor se volvió con rapidez, cogió al más joven (que durante todo este tiempo había estado examinando atentamente lo que había en el suelo), y echaron los dos a correr. Luego he visto la hierba manchada de sangre, un pequeño montón de ladrillos y cierta cantidad de algo así como plumas negras, esparcidas por el suelo. Después se ha disipado esta escena, dando paso a otra que se ha desarrollado en tan completa oscuridad que quizá se me haya escapado todo su significado. Pero me parece que se trataba de una figura, agazapada primero entre los árboles o arbustos que el viento sacudía violentamente; luego echaba a correr a toda velocidad, volviendo continuamente su pálido rostro hacia atrás, como si tuviera miedo de que le siguieran, y en efecto, le seguían. Las siluetas de sus perseguidores se vislumbraban confusamente, de manera que no podría decir cuántos eran..., cuatro o cinco a lo sumo. Parecían perros más bien, pero no de los que estamos acostumbrados a ver. De haber podido cerrar los ojos a este horror, al punto lo habría hecho, pero no era dueña de mis actos. Lo último que he visto es que la víctima echaba a correr locamente por una arcada y que se agarraba a un objeto y se aferraba a él, y que por fin le daban alcance las bestias que le perseguían, y hasta me parecía oír el eco de sus gritos de desesperación. Puede que me quedara traspuesta; desde luego, he tenido la sensación de que me despertaba a la luz del día, tras unos momentos de abstracción. Hablando literalmente, Emily, ésa ha sido la visión —no puedo calificarla de otro modo— que he tenido esta tarde. Dime, ¿habré sido testigo involuntario del episodio de una tragedia relacionada con esta casa?»

Continuó la carta al día siguiente:
-La historia que te estaba contando ayer no termina donde la dejé. No le dije una palabra a mi tío de lo que pasó. Como tú sabes, tiene un sentido común demasiado estricto para admitir una cosa así, y su remedio consistiría en administrarme un purgante o un vaso de vino. Después de pasar una velada silenciosa —más que silenciosa, hosca—, me retiré a dormir. Y juzga el terror que sentiría yo cuando, no bien me metí en la cama, oí lo que sólo podría describir como un rugido distante; era la voz de mi tío, aunque la verdad es que jamás le había oído gritar de ese modo. Su dormitorio está en el extremo más apartado de la casa, y para llegar hasta allí hay que cruzar un enorme recibimiento, al estilo antiguo, de unos ochenta pies de largo, una habitación de techo alto y paredes con entrepaños, y dos dormitorios desocupados. En el segundo dormitorio —que está prácticamente casi sin muebles— fue donde le encontré a oscuras, con la vela hecha trizas en el suelo.

Al entrar yo corriendo con mi luz en la mano, me cogió en sus brazos, que por primera vez desde que le conozco le temblaban, dio gracias al cielo, y me sacó apresuradamente de la habitación. No quiso decirme qué era lo que le había alarmado de esa manera. "Mañana, mañana”, eso es todo lo que le pude sacar. Le improvisamos una cama en la habitación contigua a la mía. No sé si habrá pasado una noche más tranquila que la que he pasado yo. Por mi parte, no he podido conciliar el sueño hasta bien de madrugada, cuando ya clareaba el día, y entonces he tenido unos sueños de lo más horribles..., sobre todo hay uno que se me ha quedado tan grabado que te lo voy a contar, a ver si se me quita un poco la impresión; ya había subido a mi habitación con un presentimiento que me llenaba de inquietud, y con una vacilación y recelo que no me es posible explicar, me dirigí a la cómoda. Abrí el cajón de arriba y no encontré más que cintas y pañuelos; luego abrí el segundo, pero no contenía nada de particular; después, ¡oh, Dios!, abrí el tercero y último; aquí había un montón de sábanas cuidadosamente dobladas, y al quedarme mirándolas con curiosidad, empezaron a teñirse horriblemente; entonces noté un movimiento en ellas, y de entre sus pliegues surgió una mano sonrosada que empezó a moverse tanteando lánguidamente en el aire.

No pude soportarlo: salí corriendo de la habitación, cerré la puerta de golpe y luché con todas mis fuerzas para cerrarla con llave. Pero la llave no quería girar en la cerradura; y entre tanto, en el interior se oían susurros y topetazos, y los ruidos parecían acercarse más y más hacia la puerta. Aún no sé por qué no eché a correr escaleras abajo. Continué apretando la vela; y por fortuna, cuando al fin me arrancaron la puerta de las manos con fuerza irresistible, me desperté. Puede que a ti no te parezca tan alarmante, pero te aseguro que para mí sí lo ha sido.

Hoy, en el desayuno, mi tío ha estado muy callado, y creo que avergonzado también, por el susto que nos dio; pero después me ha preguntado si el señor Spearman estaba todavía en el pueblo, añadiendo que era un joven con sentido común. Como sabes, querida Emily, es un chico que me gusta; al final acabaré por darle el sí. Total, que se ha ido a hablar con Spearman y todavía no ha vuelto. Bueno, voy a mandarte este montón de noticias extrañas; de lo contrario, tendré que esperar más de un correo.

No andará muy descaminado el lector si piensa que la señorita Mary y el señor Spearman se hicieron novios poco después de aquel mes de junio. Spearman era un joven avispado que poseía una hermosa propiedad en las proximidades de Whitminster y, a la sazón, pasaba frecuentes estancias de no pocos días en el «King's Head» por asuntos de negocios. Pero debía de tener también sus momentos libres, porque su diario es copioso en anotaciones, sobre todo en la época en que transcurría la historia que estoy relatando. A mí me da la sensación de que escribió este episodio lo más circunstancialmente que pudo por deseo expreso de la señorita Mary:

-El tío Oldys (como espero llegar a tener derecho a llamarle dentro de poco) ha venido esta mañana. Después de hacer un sinnúmero de breves observaciones sobre cuestiones intrascendentes, ha dicho:
—Spearman, quiero que escuches una extraña historia, pero no la comentes por ahí hasta que se haya aclarado todo.
—Por supuesto —he dicho yo—, puede confiar en mí.
—No sé qué hacer —dice—. Ya conoces mi habitación. Está bastante apartada de las demás y tengo que atravesar un salón enorme y dos o tres habitaciones para llegar hasta ella.
—¿Está en el extremo que da acceso a la iglesia? —le pregunto.
—Sí, en esa parte. Bueno, el caso es que ayer por la mañana me contó Mary que la habitación contigua estaba infestada de una especie de moscas y que el ama de llaves no podía eliminarlas. Puede que sea esa la explicación, o puede que no. ¿A ti qué te parece?
—Bueno —dije—; aún no me ha dicho a qué hay que encontrarle explicación »—De acuerdo, no lo he dicho aún. Pero antes dime: ¿qué son exactamente moscas portasierra y cómo son de grandes?
Yo empezaba a preguntarme si no estaría mal de la cabeza.
—Creo —dije con toda la paciencia del mundo— que son esos insectos rojizos de patas largas como los falangios, pero no tan grandes, y que miden una pulgada como máximo. Tienen el cuerpo duro, me parece... —he estado a punto de decir que son particularmente molestas, pero me interrumpió.
—Vamos, vamos, de una pulgada como máximo, nada.
—Yo le digo solamente mi opinión —dije—. ¿No sería mejor que me contara desde el principio lo que le tiene preocupado? Así podría darle mi parecer sobre lo que fuera.
Me ha mirado pensativo.
—Puede que sea lo mejor —dijo—. Hoy mismo le decía yo a Mary que te considero una persona con sentido común —le he hecho un gesto de agradeció miento con la cabeza—. El caso es que me da reparo hablar de esto. Jamás me había sucedido una cosa así. Resulta que anoche, hacia las once o poco más, cogí la vela y me dirigí a mi habitación. En la otra mano llevaba un libro, poro que me gusta leer unos minutos antes de dormirme. Es una costumbre peligrosa, no te la recomiendo; pero yo sé arreglar convenientemente la luz y las cortinas de la cama. Pues bien, lo primero es que salí del despacho al salón y, al cerrar la puerta tras de mí, se me apagó la vela. Supongo que la cerré demasiado de golpe y el aire me la apagó; el caso es que me fastidió bastante porque me había dejado el mechero en mi alcoba. Pero conocía muy bien el camino, así que seguí adelante. Entonces me saltó el libro de las manos en la oscuridad; creo que, de haber llevado la mano apretada habría podido notar mejor la sensación. Cayó al suelo. Lo recogí y continué mi camino, algo más contrariado, y un poco asustado también. Como tú sabes, el salón tiene muchas ventanas sin cortinas, y en noches de verano como éstas es fácil localizar no sólo los muebles, sino las personas o cualquier cosa que se mueva. Y miré a mí alrededor, pero no había nadie..., absolutamente nadie. Así que crucé el salón y la secretaría parroquial que está a continuación y tiene también dos grandes ventanas, y luego los dos dormitorios que conducen a mi habitación, cuyas cortinas estaban echadas, por lo que me vi obligado a moderar el paso debido a los escalones que tienen. Y en la segunda habitación fue donde estuve a punto de caerme muerto. En cuanto abrí la puerta noté algo anormal. Confieso que por dos veces pensé en dar media vuelta y buscar otro camino para llegar a mi alcoba en vez de continuar.

Pero sentí vergüenza de mí mismo; así que lo pensé mejor y cambié de opinión, aunque no sé si verdaderamente fue "mejor" en este caso. Si tuviera que describir con exactitud mi experiencia, diría lo siguiente: nada más entrar percibí un susurro leve y áspero a la vez por toda la habitación; luego (recuerda que estaba completamente a oscuras), algo se abalanzó sobre mí, y noté..., no sé cómo explicarlo..., unas cosas largas y delgadas, como brazos, patas o palpos por todo mi rostro y por el cuello y el cuerpo. No parecían tener mucha fuerza; pero Spearman, que yo recuerde, creo que en mi vida he experimentado tanto horror o asco. Eso me hizo perder los nervios. Solté un bramido con todas mis fuerzas, tiré la vela al azar y, como sabía que estaba cerca de la ventana, arranqué la cortina, y entonces penetró una leve claridad y pude ver algo que flotaba y que, por su forma, comprendí que era la pata de un insecto; pero, ¡Dios, qué dimensiones tenía! El bicho ese debía de ser de mi tamaño. Y ahora vienes tú y me dices que tienen una pulgada todo lo más. ¿Cómo explicas eso, Spearman?

—Por el amor de Dios, termine primero de contarlo —dije—. En mi vida había oído nada parecido.
—Bueno —dijo él—, no hay nada más que contar. Acudió Mary con la luz, y allí no había nada. No le dije nada en absoluto. Anoche cambié de habitación, y espero que sea ya para siempre.
—¿Ha registrado esa extraña habitación? —le pregunté—. ¿Qué cosas se guardan ahí?
—No la utilizamos —me contestó—. Hay un viejo armario ropero y algunos muebles.
—¿Y en el armario?
—No sé; no lo he visto nunca abierto; lo que sí sé es que está cerrado con llave.
—Bueno, yo en su lugar lo abriría. Es más, si dispone usted de tiempo, le confieso que tengo cierta curiosidad y me gustaría ver por mí mismo todo eso.
—No me atrevería a pedírtelo, pero eso es precisamente lo que esperaba que dijeras. Dime a qué hora podemos ir y te llevo.
—Éste es el mejor momento —dije yo en seguida, porque estaba viendo que no iba a poder hacer nada mientras tuviera este asunto pendiente.
Se levantó con presteza y me miró, tentado estoy de decir que con manifiesta aprobación. No obstante, todo cuanto dijo fue:
—Vamos.
Y guardó silencio durante todo el trayecto hasta su casa. Mandó llamar a mi Mary (con la llama él en público y yo en privado), y nos dirigimos a la habitación. Lo único que le había dicho el doctor a ella era que había recibido un susto en ese lugar la noche anterior, sin especificarle en qué había consistido; ahora fue más explícito y le contó brevemente los incidentes que le habían ocurrido cuando se retiraba a su habitación. Al llegar, abrió y dijo:
—Ésta es la habitación. Entra, Spearman, y dinos qué ves en ella.

Fueran cuales fuesen los sentimientos que yo hubiera podido experimentar de haber sido de noche, a las doce del día estaba seguro de no encontrar nada siniestro; así que abrí la puerta de golpe y entré. Era una habitación muy bien iluminada, con una amplia ventana a la derecha, aunque en mi opinión no estaba muy bien ventilada. El mueble más importante de la pieza era un armario viejo y destartalado de oscura madera. Vi también el armazón de una cama con cuatro columnas en sus esquinas; pero no era sino un puro esqueleto que nada podía ocultar. Y había, además, una cómoda.

En el antepecho de la ventana y al pie de la misma, en el suelo, había varios cientos de mosquito; muertos; uno de ellos se movía torpemente, y me he dado el placer de rematarlo. Probé a abrir la puerta del armario, pero no pude. Los cajones estaban igualmente cerrados con llave. Entonces me pareció percibir, en alguna parte, un levísimo susurro, pero no conseguí localizarlo; y al salir a informar de todo esto a las dos personas que me esperaban fuera no lo mencioné. Pero les dijo, que lo que había que hacer era ver qué guardaban esos muebles cerrados. El tío Oldys se volvió hacia Mary.

—Llama a la señora Maple —dijo, y Mary salió apresuradamente (no existe una forma de andar como la suya, estoy convencido), y no tardó en regresar con paso más sosegado, acompañada de una dama de cierta edad y aspecto discreto.
—¿Tiene usted las llaves de estos muebles, señora Maple? —le preguntó tío Oldys.
Estas simples palabras provocaron un torrente (no violento, sino copioso) de palabras; de haber tenido un poco más de clase, la señora Maple habría podido servirle de modelo a Sara Bates:
Ay, doctor, señorita, y usted también, señor —dijo, saludándome con un movimiento de cabeza—. ¡Las llaves! ¿Cómo se llamaba el señor del otro día, cuando vinimos por primera vez a traer las cosas a esta casa..., un señor de negocios al que serví la comida en el cuarto de estar pequeño porque en el grande no teníamos nada en su sitio aún, como nos habría gustado, y comió pollo y pastel de manzana y un vaso de madeira?... ¡Válgame Dios!, va usted a pensar que estoy hablando de más, señorita; pero es que quiero ver si hago memoria... ¡Ah, ya!, Gardner, igual que me ocurrió la semana pasada con las alcachofas y el texto del sermón. Bueno, pues cada una de las llaves que me entregó el tal señor Gardner llevaba su etiqueta y cada una correspondía a una puerta determinada de la casa, y a veces a dos, y cuando digo puerta me refiero a puerta de habitación y no a puerta de armario, como ocurre en este caso. Sí, señorita Mary, sé muy bien lo que digo, y quiero dejar bien claro este asunto a su señor tío, y a usted también, señor. Pero a lo que íbamos, había una caja que ese señor puso bajo mi custodia, y como no había ningún mal en ello, cuando él se marchó la hice sonar; y, o mucho me equivoco yo, o esa caja contenía llaves, pero qué llaves son las que contenía, es cosa que sabrán los del Otro Mundo, porque lo que es yo, no pude abrir la dichosa caja.

Me sorprendía que el tío Oldys no dijera nada durante este discurso. Me di cuenta de que Mary se estaba divirtiendo; él debía saber por experiencia que era imposible interrumpir la perorata. El caso es que no lo hizo, sino que se limitó a guardar silencio, y al final preguntó simplemente:
—¿Tiene usted a mano la caja esa, señora Maple? Si la tiene, haga el favor de traerla aquí.
La señora Maple le señaló con el dedo, en un gesto que lo mismo podía ser de acusación que de tétrico triunfo:
—¡Jesús! —dijo—, me ha quitado esas mismas palabras de la boca, doctor. Y si me he puesto a pensar en ello media docena de veces, me lo he reprochado casi cincuenta. He estado despierta en la cama, y me he pasado horas y horas sentada en la silla, lo mismo que el día que entré al servicio de usted y de la señorita, cuando tenía yo veinte años, y no podía haber deseado nada mejor..., sí, señorita; pero es la verdad, y bien sabemos quién habría cambiado las cosas si hubiera podido; bueno, yo me decía: si el doctor me pregunta por esa caja, ¿qué le voy a contestar?... No, doctor, si fuera usted como algunos señores de esos que he oído hablar y fuera yo una criada como las que me sé, sería todo más fácil para mí, pero las cosas son, humanamente hablando, como son, y lo único que me cabe decir es que si la señorita Mary no viene a mi habitación y me ayuda a hacer memoria, porque puede reparar en lo que a mí se me escape, no le echará usted el ojo a la caja esa por grande que sea.
—Por Dios, señora Maple, ¿y por qué no me ha dicho antes que la ayudara a buscar? —dijo Mary—. Eso, o lo que sea, no importa; venga, vamos ahora mismo.
Salieron apresuradamente las dos. Oí a la señora Maple iniciar una serie de explicaciones que, sin duda alguna, durarían hasta que llegaran al último escondrijo de las habitaciones del ama de llaves. El tío Oldys y yo nos quedamos a solas.
—Es una sirvienta que vale —dijo, señalando la puerta con la cabeza—. Estando ella, nada funciona mal, y sus discursos no duran más de tres minutos casi nunca.
—¿Cómo se las va a arreglar Mary para ayudarla a recordar dónde puso la caja? —le pregunté.
—¿Mary? Bueno, la mandará sentarse y le preguntará por la última enfermedad que tuvo su tía, o quién le regaló el perrito de porcelana que tiene en la repisa de la chimenea..., algo que no tenga nada que ver con el asunto. Después, como dice ella misma, por el hilo se saca el ovillo, y es capaz de llegar al quid de la cuestión antes de lo que uno se figura. ¡Vaya! Parece que ya las oigo regresar.

En efecto, regresaban, y la señora Maple venía corriendo delante con la caja en la mano extendida y la cara radiante.
—¿Qué —exclamó cuando ya se encontraba cerca—, qué decía yo siempre, antes de dejar Dorsetshire y venirnos a este lugar? No es que sea yo de Dorset, ni falta que me hace, pero decía que "lo bien guardado, bien se encuentra, y allí estaba, en el mismo lugar donde la dejé hace..., ¿cuánto hará?..., unos dos meses, me parece.

Se la entregó a tío Oldys y la examinamos él y yo con curiosidad, por lo que dejé de prestarle atención a la señora Ann Maple por el momento, aunque ella seguía sus interminables explicaciones acerca del lugar exacto en que había estado la caja, y de qué manera la había ayudado Mary a refrescar la memoria. Era una caja vieja, atada con una cinta de color rosa, y sellada; sobre la tapa tenía pegada una etiqueta escrita con tinta descolorida: Casa del señor deán, Whitminster.

Así como esto otro: "Los efectos de este armario y caja se hallan bajo mi custodia, y lo estarán bajo la de mis sucesores en esta residencia, en calidad de depósito de la noble familia de Kildonan, a disposición de cualquier miembro superviviente de ésta. Habiendo hecho yo cuantas averiguaciones me han sido posibles, es mi opinión que dicha noble casa se ha extinguido por entero; el último conde, como es sabido, murió en la mar, y su único hijo y heredero falleció en mi casa (los documentos de tan triste suceso han sido guardados por mí en el citado armario el 21 de marzo de 1753, año del Señor). Y digo que, a menos que dé lugar a graves trastornos, tales personas, ajenas a la familia Kildonan, una vez en posesión de estas llaves, deben dejar estas cosas como están; ésta es mi opinión y quedan bien advertidas, aviso que hago no sin una sólida y poderosa razón, y tengo la satisfacción de manifestar que mi criterio se halla refrendado por los demás miembros del Colegio e Iglesia, enterados de los acontecimientos consignados en este documento. Th. Ashton. Prof. Sagr. Teol., Praeb. Senr. Will. Blake, Prof. Sagr. Teol.,Decanus. Hen. Goodman, Prof. Sagr. Teol., Praeb. Junr."

—¡Ah! —dijo tío Oldys—, ¡conque graves trastornos! O sea que ya preveía él que podía pasar algo. Sospecho que debía de ser joven —prosiguió, señalando con la llave el renglón donde ponía "el hijo único y heredero"—. ¿Eh, Mary? El vizconde de Kildonan era Saúl.
—¿Cómo sabe usted eso, tío? —dijo Mary.
—Bueno, ¿y por qué no? Está todo consignado en el Debrett, en esos dos gruesos libros. Pero en lo que yo estaba pensando era en la tumba que hay junto al paseo de los tilos. Está enterrado ahí. Me pregunto qué es lo que pasaría. ¿Sabe usted algo sobre este asunto, señora Maple? Y a propósito, vea las moscas que hay junto a la ventana.

La señora Maple, enfrentada de este modo con dos temas distintos, se vio en apuros para hacerles a los dos debida justicia. Evidentemente, fue una temeridad por parte de tío Oldys brindarle esta oportunidad. Me pareció notar en él una ligera vacilación en utilizar la llave que tenía en la mano.
—Ah, esas moscas, cuidado que se han puesto pesadas, doctor, señorita, en estos tres o cuatro días; no se lo pueden figurar; ni usted tampoco, señor. ¡Ninguno de ustedes se lo puede imaginar! ¡Y de qué manera entran! La primera vez que pusimos los pies en esta habitación estaban los postigos de la ventana levantados, así debieron de estar durante años y años, y no había una sola mosca. Entonces bajamos las barras de los postigos con no poco trabajo, y dejamos la habitación abierta todo el día, y a la mañana siguiente mandé a Susan con la escoba para que la barriera, y no habían transcurrido dos minutos, cuando la vimos regresar cubierta de bichos, y se los tuvimos que sacudir de encima. ¡Jesús!, no se le veía ni la cofia, ni de qué color tenía el pelo, como lo oyen, y se le arracimaban en torno a los ojos también. Por fortuna, no es una chica de mucha imaginación, como me pasa a mí, que de haber sentido el cosquilleo de esos bichos repugnantes encima de mí me habría dado algo. Y ahora, ahí tienen el suelo sembrado de bichos muertos. En fin, bien vivos estaban el lunes; hoy no, hoy es jueves; digo no, viernes. Pues no tenía una más que acercarse a la puerta, y los podía oír cómo chocaban contra la madera, y abrías y se echaban sobre ti como si fueran a devorarte. Yo me dije: "Si fueran murciélagos, ¿qué nos pasaría esta noche?" Y no crea que se les puede despachurrar como a los mosquitos corrientes. Bueno, puede que aún tengamos que dar gracias. Y luego, esa tumba —se apresuró a añadir, abordando la segunda cuestión antes de que la interrumpieran— de los dos pobres chiquillos, también. Digo pobres, y sin embargo, pienso en lo que contó la señora Simpkins, la mujer del sacristán, el día que estuve tomando el té con ella antes de que vinieran ustedes, doctor y señorita; es una familia que hace, ¿cuánto diría yo?, un centenar de años que está viviendo en esta misma casa, y podrían echar mano de cualquier tumba o de cualquier sepultura del cementerio, y decirte en un santiamén a quién pertenece y los años que hace que le enterraron. Pero es a lo que contó el señor Simpkins de ese joven a lo que yo me refería..., ¡bueno! —apretó los labios y asintió con la cabeza varias veces.

—Cuente, señora Maple —dijo Mary.
—Siga —dijo tío Oldys.
—¿Qué le ocurrió? —dije yo.
—Jamás se había visto una cosa así en este pueblo, al menos desde los tiempos de la reina María y del Papa y todo lo demás —dijo la señora Maple—. Bueno, ¿sabían ustedes que vivió en esta misma casa, él y sus compañeros, y que por lo que me dijeron, ocupaba esta mismísima habitación? —movió los pies con inquietud.
—¿Quiénes le acompañaban? ¿Se refiere a las personas de la casa? —dijo tío Oldys con recelo.
—No, doctor, no; no me refiero a las personas —contestó—, sino más bien a lo que trajo consigo de Irlanda. No; la gente que vivía en la casa, si acaso, fue la última que supo de sus andanzas. Pero en el pueblo no hubo una sola familia que no se enterara de cómo terminó una noche. En cuanto a los que iban con él, bueno; cómo serían que le arrancaron la piel a la pobre criatura que estaba ya en la sepultura; como dice el señor Simpkins, un corazón marchito da siempre un espectro feo y demacrado. El caso es que al final se volvieron contra él, dice, y todavía hay una señal que puede verse en la puerta de la iglesia, donde lo remataron. Lo que les cuento no es más que la pura verdad, porque fui y le pedí que le enseñara las marcas a una servidora, y era talmente como había dicho. El señorito ese tenía el nombre de un rey malo de la Biblia, por mucho que sus padrinos pensaran en otra cosa.

—Se llamaba Saúl —dijo tío Oldys.
—Eso es, Saúl; muchas gracias, doctor; ahora dígame si no fue el rey Saúl el que, según hemos leído, llamó al espectro que descansaba en su tumba turbándole su sueño, y si no es extraño que este joven señor tuviera precisamente ese nombre, y que el abuelo del señor Simpkins le viera una noche desde su ventana andando de sepultura en sepultura con una vela en la mano, con esos horribles acompañantes pegados a sus talones. Una noche dice que el viejo señor Simpkins le vio venir directamente a la ventana que da al cementerio y pegar la cara al cristal para ver si alguien le había estado espiando desde la habitación, y el viejo señor Simpkins sólo tuvo tiempo de dejarse caer y quedarse quieto como un muerto, conteniendo la respiración, justamente debajo de la ventana, sin atreverse a hacer ningún movimiento hasta que le oyó alejarse, llevando tras de sí el rumor de crujidos de hierba, y cuando se asomó a la ventana a la mañana siguiente, vio pisadas en la hierba y un hueso humano. ¡Oh!, era un muchacho cruel, eso desde luego; pero lo tuvo que pagar al final, y después.

—¿Después? —dijo tío Oldys arrugando el ceño.
—Sí, doctor; noche tras noche, desde los tiempos del viejo señor Simpkins, y de su hijo, o sea el padre de nuestro señor Simpkins, hasta el señor Simpkins de ahora. Se le ve contra esa misma ventana, sobre todo en las noches frías, o cuando encienden la chimenea, pegando el rostro al cristal, agitando las manos y abriendo y cerrando la boca, abriéndola y cerrándola una y otra vez, durante un minuto o más, hasta que por fin se aleja y desaparece en la oscuridad del cementerio. Pero jamás se han atrevido a abrir la ventana, a pesar de la piedad que les ha inspirado siempre esa pobre criatura aterida de frío y diluyéndose en la nada durante años y años. Por eso digo que lo que cuenta el señor Simpkins que decía su abuelo no es sino la pura verdad, que "un corazón marchito siempre da un espectro feo y demacrado".
—Desde luego —dijo tío Oldys de repente, tan de repente que la señora Maple se quedó callada—. Gracias. Ahora vámonos, vámonos todos de aquí.
—Vaya, tío —dijo Mary—, ¿es que no vas a abrir el armario, por fin?
—Querida —dijo—, eres libre de juzgarme un cobarde o un hombre prudente, lo que prefieras. Pero no voy a abrir el armario ese, ni la cómoda, ni estoy dispuesto a darle las llaves a nadie. Señora Maple, ¿sería tan amable de buscar uno o dos hombres para subir estos muebles al desván?
—Y cuando terminen, señora Maple —dijo Mary, quien, aunque yo aún no sabía cuál era la razón, parecía sentir alivio más que desencanto por la decisión de su tío—,tengo algo que quiero guardar junto con todo eso; no es más que un paquetito pequeño.
Salimos, creo que contentos de dejar la extraña habitación. El mismo día se cumplieron las órdenes de tío Oldys. Por eso digo —concluye Spearman— que Whitminster tiene un cuarto prohibido y una caja de sorpresas aguardando a un futuro ocupante de la residencia del prebendado mayor.