martes, 1 de agosto de 2017

Vampiro. Ambrose Bierce (1842-1914)

Vampiro, s: demonio que tiene la censurable costumbre de devorar a los muertos.

Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores.

En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que lo vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado "pesado de comida", habría atrapado al demonio contra todo riesgo.

Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre y así continúa hasta el día de hoy, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja.

A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares.

El ciudadano cuya forma había asumido el vampiro quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.

Vampiros en Hungría. Charles Nodier (1780-1844)

Un soldado húngaro estaba alojado en casa de un campesino de la frontera, y un día, cuando comía con él, vio entrar a un desconocido que se sentó en la mesa junto a ellos. El campesino y su familia parecieron muy asustados por esta visita, y el soldado, que ignoraba lo que significaba aquello, no sabía qué pensar del pavor de estas buenas personas. Pero al día siguiente, cuando encontraron muerto en la cama al dueño de la casa, el soldado supo que se trataba del padre de su hospedero, muerto y enterrado desde hacía diez años, que había venido a sentarse a la mesa al lado de su hijo, y de esta forma le había anunciado y causado la muerte.

El militar informó a su regimiento de este suceso. Los generales enviaron a un capitán, un cirujano, un auditor y algunos oficiales para comprobar el hecho.

La gente de la casa y los habitantes del pueblo declararon que el padre del campesino había vuelto para provocar la muerte de su hijo, y que todo lo que el soldado había visto y contado era totalmente cierto. En consecuencia, mandaron desenterrar el cuerpo del vampiro. Lo encontraron en el estado de un hombre que acaba de expirar y con la sangre todavía caliente; entonces le cortaron la cabeza y le depositaron de nuevo en la tumba. Después de esta primera expedición, los oficiales fueron informados de que otro hombre, muerto hacía más de treinta años, solía aparecerse, y que ya se había presentado tres veces en su casa a la hora de la comida. La primera vez había mordido el cuello de su propio hermano y le había sacado mucha sangre; la segunda, había hecho lo mismo a uno de sus hijos; un criado había recibido el mismo trato la tercera vez.

Estas tres personas habían muerto a consecuencia de ello. Este fantasma desnaturalizado fue desenterrado también; lo encontraron tan lleno de sangre como el primer vampiro.

Le hundieron una gran estaca en la cabeza y lo cubrieron de tierra. Cuando la comisión creía que ya se había librado de los vampiros, por todas partes se presentaron denuncias contra un tercer vampiro que, muerto dieciséis años atrás, había matado y devorado a dos de sus hijos.

Este tercer vampiro fue quemado y considerado el más culpable. Después de estas ejecuciones, los oficiales dejaron pueblo totalmente en calma y libre de aparecidos que bebían la sangre de sus hijos y amigos.

El velo de la reina Mab. Rubén Darío (1867-1916)

La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.

Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la carrera.

Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.

La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:

-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica, y que circule por las venas de las estatuas una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.

Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el desaliento.

Y decía el otro:

-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah!, pero siempre el terrible desencanto. ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!

Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran cuadro que tengo aquí dentro!

Y decía el otro:

-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.

La luz vibrante del himno, y la melodía de la selva hallan un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del manicomio.

Y el último:

-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flora en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel, y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume; tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes las busco, las busco en dos bocas que se juntan, y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y tomillo, y el santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.

Entonces, la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.

Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.

El vampiro Harppe. Charles Nodier (1780-1844)

Un hombre, que se llamaba Harppe, ordenó a su mujer que le enterrase, después de morir, delante de la puerta de la cocina, a fin de que pudiera ver mejor lo que ocurría en la casa. La mujer cumplió fielmente lo que le había ordenado; y después de la muerte de Harppe, se le vio a menudo por la vecindad: mataba a los obreros y molestaba de tal modo a los vecinos que nadie osaba habitar las casas que rodeaban la suya.

Un hombre, llamado Olaüs Pa, fue lo bastante atrevido para atacar a este espectro: le asestó una lanzada y dejó el arma en la herida. El espectro desapareció y, al día siguiente, Olaüs abrió la tumba del muerto. Encontró la lanza en el cuerpo de Harppe, en el mismo lugar donde había golpeado al fantasma. El cadáver no estaba corrupto. Le sacaron del féretro, le quemaron, arrojaron sus cenizas al mar y quedaron libres de sus apariciones.

El velo negro. Charles Dickens (1812-1870)

Una velada de invierno, quizá a fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos años después de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento, que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era húmeda y fría; y como él había caminado durante todo el día por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera la lluvia le azotaría el rostro si no estuviese instalado en su casa.

Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hacía todos los años para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que sería muy grato volver a verlas y en la alegría que sentiría Rosa si él pudiera decirle que, al fin, había encontrado un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empezó a hacer cálculos sobre cuándo aparecería este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estaría destinado a no tener ninguno. Volvió a pensar en Rosa y le dio sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oídos y su mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.

En efecto, una mano se había apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chelín semanal y la comida había sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no había demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas —unas catorce por día— en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.

—¡Una señora, señor, una señora! —exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo.

—¿Qué señora? —exclamó nuestro amigo, medio dormido—. ¿Qué señora? ¿Dónde?

—¡Aquí! —repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducía al gabinete del cirujano, con una expresión de alarma que podría atribuirse a la insólita aparición de un cliente.

El cirujano miró y se estremeció también a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se fijaban en él, ella no se movía para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.

—¡Viene para una consulta? —preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alteró la posición de la figura, que seguía siempre inmóvil.

Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.

—Pase, por favor —dijo el cirujano.

La figura dio un paso; luego, volviéndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.

—Márchate, Tom —dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían permanecido abiertos durante la breve entrevista—. Corre la cortina y cierra la puerta.

El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al gabinete, cerró la puerta e inmediatamente miró por la cerradura. El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.

—¿Se ha mojado mucho? —le preguntó.

—Si —respondió ella con una voz baja y profunda.

—¿Se siente mal? —inquirió el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el de una persona que sufre.

—Sí, bastante. No del cuerpo, pero sí moralmente. Aunque no es por mí que he venido. Si yo estuviese enferma no andaría a estas horas y en una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre, Dios sabe con qué alegría guardaría cama y desearía morirme. Es para otro que solicito su ayuda, señor. Puede que esté loca al rogarle por él. Pero una noche tras otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido apoderando de mí; y aunque me doy cuenta de lo inútil que es para él toda asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre!

Había tal desesperación en la expresión de esta mujer que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que suelen ofrecerse a los médicos, se impresionó profundamente.

—Si la persona que usted dice —exclamó, levantándose— se halla en la situación desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qué no consultó usted antes al médico?

—Porque hubiera sido inútil y todavía lo es —repuso la mujer, cruzando las manos.

El cirujano contempló por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la expresión de sus facciones; pero era tan espeso que le fue imposible saberlo.

—Se encuentra usted enferma —dijo amablemente—. La fiebre, que le ha hecho soportar, sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro. Llévese esa copa a los labios —prosiguió, ofreciéndole un vaso de agua— y luego explíqueme, con cuanta calma le sea posible, cuál es la dolencia que aqueja al paciente, y cuánto tiempo hace que está enfermo. Cuando conozca los detalles para que mi visita le sea útil, iré inmediatamente con usted.

La desconocida llevó el vaso a sus labios sin levantar el velo; sin embargo, lo dejó sin haberlo probado, y rompió en llanto.

—Se —dijo sollozando— que lo que digo parece un delirio fiebril. Ya me lo han dicho, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que nos queda nos es más querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de viejos amigos, muertos hace años, de jóvenes, niños quizá, que han desaparecido y la han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya muchos años; así es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida más querida; aunque la abandonaría sin un suspiro y hasta con alegría si lo que ahora le cuento fuese falso. Mañana por la mañana, aquel de quien hablo se hallará fuera de todo socorro; y, a pesar de ello, esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni servirle de ninguna manera.

—No quisiera aumentar sus penas —dijo el cirujano—, haciendo un comentario sobre esto que me comenta, comprendo que desea ocultarlo. Pero hay en su relato algo que no puede conciliarse con sus probabilidades. La persona que usted me dice está muriéndose y no puedo ver, cuando mi presencia le sería de algún valor. En cambio, usted teme que mañana sea inútil y, con todo, ¡quiere que entonces le vea! Si él le es tan querido como las palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qué no intentar salvar su vida sin tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intención impracticable?

—¡Dios me asista! —exclamó la mujer, llorando—. ¿Cómo puedo esperar a que un extraño quiera creer lo increíble? ¿No querrá usted visitarlo, señor? —añadió levantándose vivamente.

—Yo no digo que me niegue —replicó el cirujano—. Pero le advierto que, de persistir en tan extraordinaria demora, incurrirá en una terrible responsabilidad si el individuo se muere.

—La responsabilidad será siempre grave —replicó la desconocida en tono amargo—. Cualquier responsabilidad que sobre mí recaiga, la acepto y estoy pronta a responder de ella.

—Como yo no incurro en ninguna —agregó el cirujano—, si accedo a la petición de usted, veré al paciente mañana, si usted me deja sus señas. ¿A qué hora se le puede visitar?

—A las nueve —replicó la desconocida.

—Usted excusará mi insistencia en este asunto —dijo el cirujano—. Pero ¿está él a su cuidado?

—No, señor.

—Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podría usted cumplirlas?

La mujer lloró amargamente y replicó:

—No; no podría.

Como no había esperanzas de obtener más informes con la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que ya se habían convertidos en irreprimibles y penosísimos de contemplar, el cirujano repitió su promesa de acudir a la mañana. Su visitante, después de darle la dirección, abandonó la casa de la misma forma misteriosa que había entrado.

Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el cirujano, y que este meditó por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, había leído y oído hablar a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora determinada, había sido concebido. Por un momento se inclinó a pensar que el caso era uno de estos; pero entonces se le ocurrió que todas las anécdotas de esta clase que había oído se referían a personas que fueron asaltadas por un presentimiento de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habló de un hombre; y no era posible suponer que un mero sueño le hubiese inducido a hablar de aquel próximo fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se había expresado.

¿Sería acaso que el hombre tenía que ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice de él y ligada a él por un secreto, se arrepentía y, aunque imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la víctima, se había decidido a prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al médico? La idea de que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parecía absurda. Ahora bien, su primera impresión, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada, acudía otra vez; y como era el único modo de resolver el problema, se aferró a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este punto, no obstante, le asaltaron durante una pesada noche sin sueño, en el transcurso de la cual, y a despecho de todos los esfuerzos, no pudo expulsar de su imaginación perturbada aquel velo negro.La parte más lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero hace treinta y cinco años era casi en su totalidad un descampado, habitado por gente diseminada y de carácter dudoso, cuya pobreza les prohibía aspirar a un mejor vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hacían esta soledad deseable. Muchas de las casas que allí se construyeron no lo fueron sino en años posteriores; y la mayoría de las que entonces existían, esparcidas aquí y allá, eran del más tosco y miserable aspecto.

La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pasó a la mañana siguiente, no levantaron su ánimo ni disiparon su ansiedad. Saliendo del camino, tenía que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas. Algún infortunado árbol y algún hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la lluvia orillaban el camino. Y a intervalos, un raquítico jardín, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la pobreza de sus habitantes y de los escasos escrúpulos que tenían para apropiarse de lo ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparecía a la puerta de una sucia casa, para vaciar el contenido de algún utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente, o para gritarle a una muchacha en chancletas que había proyectado escaparse, con paso vacilante, con un niño pálido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se movía nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama, ofrecía un aspecto solitario y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.

Después de afanarse a través del barro; de realizar varias pesquisas acerca del lugar que se le había indicado, recibiendo otras tantas respuestas contradictorias, el joven llegó al fin a la casa. Era baja, de aspecto desolado. Una vieja cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos peldaños, y los postigos estaban entornados. La casa se hallaba separada de las demás y, como estaba en un rincón de una corta callejuela, no se veía otra por los alrededores.

Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos más allá de la casa antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que provocar la sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía de Londres, por aquel tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy día; la situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la construcción y las mejoras urbanas no habían empezado a unirlos a la ciudad y sus alrededores, convertían a varios de ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos más depravados.

Aun las calles de la parte más alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas. Los lugares como el que describimos estaban abandonados a la luna y las estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles el rastro hasta sus madrigueras, eran así muy escasas y, por tanto, sus audacias crecían; y la conciencia de una impunidad cada vez se hacía mayor por la experiencia cotidiana. Añádanse a estas consideraciones que el joven cirujano se había pasado algún tiempo en los hospitales de Londres; y, si bien ni un Burke ni un Bishop habían alcanzado todavía su gran notoriedad, sabía, por propia observación, cuán fácilmente las atrocidades pueden ser cometidas. Sea como fuere, cualquiera que fuese la reflexión que le hiciera dudar, lo cierto es que dudó; pero siendo un hombre joven, de espíritu fuerte y de gran valor personal, sólo titubeó un instante. Volvió atrás y llamó con suavidad a la puerta.

Enseguida se oyó un susurro, como si una persona, al final del pasillo, conversase con alguien del rellano de la escalera, más arriba. Después se oyó el ruido de dos pesadas botas y la cadena de la puerta fue levantada con suavidad. Allí vio a un hombre alto, de mala facha, con el pelo negro y una cara tan pálida y desencajada como la de un muerto; se presentó, diciendo en voz baja:

—Entre, señor.

El cirujano lo hizo así, y el hombre, después de haber colocado otra vez la cadena, le condujo hasta una pequeña sala interior, al final del pasillo.

—¿He llegado a tiempo?

—Demasiado temprano —replicó el hombre.

El cirujano miró a su alrededor, con un gesto de asombro.

—Si quiere usted entrar aquí —dijo el hombre que, evidentemente, se había dado cuenta de la situación—, no tardará ni siquiera cinco minutos, se lo aseguro.

El cirujano entró en la habitación; el hombre cerró la puerta y lo dejó solo. Era un cuarto pequeño, sin otros muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Un débil fuego ardía en el brasero; fuego inútil para la humedad de las paredes. La ventana, rota y con parches en muchos sitios, daba a una pequeña habitación con suelo de tierra y casi toda cubierta de agua. No se oían ruidos, ni dentro ni fuera. El joven doctor tomó asiento cerca del fuego, en espera del resultado de su primera visita profesional.

No habían transcurrido muchos minutos cuando percibió el ruido de un coche que se aproximaba y poco después se detenía. Abrieron la puerta de la calle, oyó luego una conversación en voz baja, acompañada de un ruido confuso de pisadas por el corredor y las escaleras, como si dos o tres hombres llevasen algún cuerpo pesado al piso de arriba. El crujir de los escalones, momentos después, indicó que los recién llegados, habiendo acabado su tarea, cualquiera que fuese, abandonaban la casa. La puerta se cerró de nuevo y volvió a reinar el silencio.

Pasaron otros cinco minutos y ya el cirujano se disponía a explorar la casa en busca de alguien, cuando se abrió la puerta del cuarto y su visitante de la pasada noche, vestida exactamente como en aquella ocasión, con el velo negro bajado como entonces, le invitó por señas a que le siguiera. Su gran estatura, añadida a la circunstancia de no pronunciar una palabra, hizo que por un momento pasara por su imaginación la idea de que podría tratarse de un hombre disfrazado de mujer. Sin embargo, los histéricos sollozos que salían de debajo del velo y su actitud de pena, hacían desechar esta sospecha; y él la siguió sin vacilar.

La mujer subió la escalera y se detuvo en la puerta de la habitación para dejarle entrar primero. Apenas si estaba amueblada con una vieja arca de pino, unas pocas sillas y un armazón de cama con dosel, sin colgaduras, cubierta con una colcha remendada. La luz mortecina que dejaba pasar la cortina que él había visto desde fuera, hacía que los objetos que de la habitación se distinguieran confusamente, hasta el punto de no poder percibir aquello sobre lo cual sus ojos reposaron al principio. En esto, la mujer se adelantó y se puso de rodillas al lado de la cama.

Tendida sobre esta, muy acurrucada en una sábana cubierta con unas mantas, una forma humana yacía sobre el lecho, rígida e inmóvil. La cabeza y la cara se hallaban descubiertas, excepto una venda que le pasaba por la cabeza y por debajo de la barbilla. Tenía los ojos cerrados. El brazo izquierdo estaba extendido pesadamente sobre la cama. La mujer le tomó una mano. El cirujano, rápido, apartó a la mujer y tomó esta mano.

—¡Dios mío! —exclamó, dejándola caer involuntariamente—. ¡Este hombre está muerto!

La mujer se puso en pie vivamente y estrechó sus manos.

—¡Oh, señor, no diga eso! —exclamó con un estallido de pasión cercano a la locura—. ¡Oh, señor, no diga eso; no podría soportarlo! Algunos han podido volver a la vida cuando los daban por muerto. ¡No le deje, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! En estos instantes la vida huye de él. ¡Inténtelo, señor, por todos los santos del cielo!

Y hablando así, frotaba la frente y el pecho de aquel cuerpo sin vida; y enseguida golpeaba con frenesí las frías manos que, al dejar de retenerlas, volvieron a caer, indiferentes y pesadas, sobre la colcha.

—Esto no servirá de nada, buena mujer —dijo el cirujano suavemente, mientras le apartaba la mano del pecho de aquel hombre—. ¡Descorra la cortina!

—¿Por qué? —preguntó la mujer, levantándose con sobresalto.

—¡Descorra la cortina! —repitió el cirujano con voz agitada.

—Oscurecí la habitación expresamente —dijo la mujer, poniéndose delante, mientras él se levantaba para hacerlo—. ¡Oh, señor, tenga compasión de mí! Si no tiene remedio; si está realmente muerto, ¡no exponga su cuerpo a otros ojos que los míos!

—Este hombre no ha muerto de muerte natural —observó el cirujano—. Es preciso ver su cuerpo.

Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas se dio cuenta de que se había alejado, abrió la cortina de par en par, y, a plena luz, regresó al lado de la cama.

—Ha habido violencia —dijo, señalando al cuerpo y examinando atentamente el rostro de la mujer, cuyo velo negro, por primera vez, se hallaba subido.

En la excitación anterior se había quitado la cofia y el velo y ahora se encontraba delante de él, de pie, mirándole fijamente. Sus facciones eran las de una mujer de unos cincuenta años, y demostraban haber sido guapa. Penas y lágrimas habían dejado en ella un rastro que los años, por sí solos, no hubieran podido dejar. Tenía la cara muy pálida. Y el temblor nervioso de sus labios y el fuego de su mirada demostraban que todas sus fuerzas físicas y morales se hallaban anonadadas bajo un cúmulo de miserias.

—Aquí ha habido violencia —repitió el cirujano, evitando aquella mirada.

—¡Sí, violencia! —repitió la mujer.

—Ha sido asesinado.

—Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido —exclamó la mujer con convicción—. ¡Cruel, inhumanamente asesinado!

—¿Por quién? —dijo el cirujano, aferrando por los brazos a la mujer.

—Mire las señales del asesino, y luego pregúnteme —replicó ella.

El cirujano volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo que ahora yacía iluminado por la luz de la ventana. El cuello estaba hinchado, con una señal rojiza a su alrededor. Como un relámpago, se le presentó la verdad.

—¡Es uno de los hombres que han sido ajusticiados esta mañana! —exclamó volviéndose con un estremecimiento.

—¡Es él! —replicó la mujer con una mirada extraviada e inexpresiva.

—¿Quién era?

—Mi hijo —añadió la mujer, cayendo a sus pies sin sentido.

Era verdad. Un cómplice, tan culpable como él mismo, había sido absuelto, mientras a él lo condenaron y ejecutaron. Referir las circunstancias del caso, ya lejano, es innecesario y podría lastimar a personas que aún viven. Era una historia como las que ocurren a diario. La mujer era una viuda sin relaciones ni dinero, que se había privado de todo para dárselo a su hijo. Este, despreciando los ruegos de su madre, y sin acordarse de los sacrificios que ella había hecho por él, se había hundido en la disipación y el crimen. El resultado era este; la muerte, por la mano del verdugo, y para su madre la vergüenza y una locura incurable.

Durante varios años, el joven cirujano visitó diariamente a la pobre loca. Y no sólo para calmarla con su presencia, sino para velar con mano generosa, por su comodidad y sustento. En el destello fugaz de su memoria que precedió a la muerte de la desdichada, un ruego por el bienestar y dicha de su protector salió de los labios de la pobre criatura desamparada. La oración voló al cielo, donde fue oída y la limosna que él dio le ha sido mil veces devuelta; pero entre los honores y las satisfacciones que merecidamente ha tenido no conserva recuerdo más grato a su corazón que el de la historia de la mujer del velo negro.

El vampiro estelar. Robert Bloch (1917-1994)

Dedicado a H.P. Lovecraft.

I.
Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo sinientro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles.

En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños. El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir. Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito. Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!

Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas.

Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias uiversidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules.

La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción. Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero.

Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas.... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra.

Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos. Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo. Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresudaramente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.

II.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmnente horrible.

Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no puedo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.

Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería.

Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación: "Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum"...

El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaescencia del horror. Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!

Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor. Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver? Después,aun tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contigua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.

Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido. Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas. Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.

Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda. Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí. Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.

El velo negro del pastor. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

El sacristán estaba en el atrio de la iglesia de Milford, tirando afanosamente de la cuerda de la campana. Los ancianos de la aldea avanzaban agobiadamente por la calle. Los niños, con las facciones encendidas, brincaban alegremente junto a sus padres, o remedaban un paso más solemne, conscientes de la dignidad de sus ropas dominicales. Los jóvenes apuestos miraban de reojo a las lindas muchachas, e imaginaban que el sol del domingo las hacía más bonitas que en los días de semana. Cuando la mayor parte de la multitud invadió el atrio, el sacristán empezó a hacer repicar la campana, con los ojos fijos en la puerta del reverendo Hooper. La primera vislumbre de la figura del pastor era la señal para que la campana interrumpiera su convocatoria.

—Pero ¿qué tiene sobre la cara el buen párroco Hooper? —exclamó el sacristán, atónito.

Todos los que estaban suficientemente cerca para oírlo se volvieron enseguida, y divisaron al pastor Hooper que se encaminaba lenta y reflexivamente hacia la iglesia. Se sobresaltaron unánimemente demostrando más sorpresa que si algún clérigo desconocido se hubiera acercado para desempolvar los cojines del púlpito del reverendo Hooper.

—¿Está seguro de que es nuestro párroco? –le preguntó Goodman Gray al sacristán.
—Por supuesto que es el buen señor Hooper —respondió el sacristán—. Debería haber permutado su púlpito con el del párroco Shute, de Westbury, pero éste se excusó ayer, explicando que debía pronunciar una oración fúnebre.

La causa de semejante asombro tal vez parezca bastante fútil. El reverendo Hooper, un hombre muy cortés, de aproximadamente treinta años, aunque todavía soltero, estaba vestido con la debida pulcritud clerical, como si una esposa prolija hubiera almidonado su alzacuello y hubiese cepillado el polvo semanal de su indumentaria dominguera. Había un solo detalle en su aspecto que llamaba la atención. El reverendo Hooper lucía un velo negro, ceñido en torno de su frente y suspendido sobre su rostro hasta tan abajo que su aliento lo hacía oscilar. Visto desde más cerca parecía consistir en un crespón doble que ocultaba totalmente sus facciones, excepto la boca y el mentón, aunque probablemente no interceptaba su vista como no fuera para impartir una tonalidad oscura a todas las cosas vivas e inanimadas.

Con este tétrico velo ante su rostro, el buen señor Hooper marchaba con paso lento y sereno, un poco encorvado y mirando hacia el suelo, como acostumbran a hacerlo los hombres absortos, pese a lo cual saludaba amablemente a aquellos feligreses que todavía se demoraban en la escalinata de la iglesia. Pero éstos estaban tan perplejos que apenas devolvían el saludo.

—No puedo convencerme de que la cara que está detrás de ese crespón es verdaderamente la del buen señor Hooper —comentó el sacristán.
—Esto no me gusta —murmuró una anciana, mientras cojeaba en dirección a la iglesia—. Se ha transformado en algo horrible, con sólo ocultar su rostro.
—¡Nuestro párroco se ha vuelto loco! —exclamó Goodman Gray, trasponiendo la puerta de la iglesia tras él.

El rumor de un fenómeno inexplicable había precedido al señor Hooper al interior del templo Y había puesto sobre ascuas a toda la congregación. Fueron pocos los que pudieron controlarse y abstenerse de volver la mirada hacia la puerta. Muchos se pusieron de pie y se dieron vuelta francamente, mientras varios chiquillos trepaban sobre los asientos y volvían a bajar con un tremendo estrépito. Hubo un bullicio generalizado, susurros de vestidos femeninos y roces de pies masculinos contra el piso, todo lo cual difería radicalmente del callado sosiego que debe preceder la entrada al pastor de su rebaño. Ingresó en el templo con paso casi silencioso, inclinó ligeramente la cabeza en dirección a los bancos laterales, e hizo una reverencia al pasar frente a su feligrés más anciano, quien ocupaba asiento en el centro de la nave. Fue extraño observar con cuánta lentitud este hombre venerable tomó conciencia de que había algo singular en el aspecto de su pastor. No pareció compartir la perplejidad que imperaba hasta que el reverendo Hooper subió por la escalinata y se mostró en el púlpito, de cara a la congregación, aunque con el velo negro de por medio. En ningún momento se quitó el misterioso emblema.

Cuando entonó el salmo, el velo se balanceó a merced de su rítmico aliento; mientras leía las Escrituras interpuso sus sombras entre él y la página santa; y mientras oraba el velo permaneció pesadamente desplegado sobre su rostro vuelto hacia el cielo. ¿Pretendía ocultarlo del ser excelso al que él se dirigía? El efecto de ese simple crespón fue tan extraordinario que más de una mujer de nervios delicados se vio obligada a abandonar el templo. Sin embargo, es probable que la pálida congregación espantara al pastor casi tanto como su velo negro la espantaba a ella. El reverendo Hooper tenía fama de ser un buen predicador, pero no enérgico. Se empeñaba en guiar a sus fieles hacia las alturas mediante una influencia dulce y persuasiva, en lugar de acicatearlos mediante los truenos del Verbo. El sermón que pronunció en esa oportunidad ostentó las mismas características de estilo y tono que eran comunes a toda su oratoria sagrada. Pero hubo algo, ya fuera en los sentimientos de la arenga en sí, o en la imaginación de sus feligreses, que lo convirtió con mucho en la disertación más vigorosa que éstos habían escuchado de labios de su pastor. Estaba teñido, un poco más intensamente que de costumbre, por la tenue melancolía del carácter del reverendo Hooper. Su tema giraba en torno del pecado secreto, y de esos pensamientos misterios que callamos a los seres más próximos y queridos y que ocultaríamos con gusto a nuestra propia conciencia, aun olvidándose de que el Omnisciente puede descubrirlos.

Sus palabras estaban impregnadas de una fuerza sutil. Todos los miembros de la congregación, ya se tratase de la niña más inocente o del hombre de corazón más encallecido, tuvieron la impresión de que el predicador se había infiltrado en ellos, detrás de su tétrico velo, y había descubierto las iniquidades mentales o de hecho que habían acumulado. Muchos se cubrieron el pecho con las manos entre. No había nada de terrible en lo que decía el reverendo Hooper, o por lo menos, nada de violento; y sin embargo cada vibración de su voz melancólica, hacía temblar a sus oyentes. Una congoja involuntaria llegó a la par del espanto. Tan sensible era el público a algún atributo oculto de su ministro, que todos deseaban que un hálito de viento descorriese el velo, casi convencidos de que verían el rostro de un desconocido, sin embargo la forma, gesto, y voz eran los del reverendo Hooper.

Al final de los servicios, la gente salió corriendo con confusión indecorosa, anhelante por manifestar su asombro reprimido, y consciente de que se le aligeraba el espíritu inmediatamente después de perder de vista el velo negro. Algunos se agruparon en pequeños corrillos, compactamente apiñados, formando círculos dentro del que todas las bocas susurraban; otros se encaminaron solos hacia sus casas, absortos en su silenciosa meditación. Otros dialogaron en voz alta y profanaron el día de descanso con sus risas ostentosas. Unos pocos menearon sus cabezas, sagazmente, dando a entender que podían elucidar el misterio, en tanto que dos o tres afirmaron que no existía ningún misterio, que sólo se trataba de que los ojos del reverendo Hooper habían quedado tan debilitados por la lámpara de medianoche que precisaban una pantalla. Después de un breve intervalo también apareció el buen señor Hooper, a la zaga de su rebaño. Volviendo el rostro velado hacia uno y otro grupo rindió el debido homenaje a las cabezas canosas, saludó con amable dignidad a las personas maduras de las que era amigo y guía espiritual, se dirigió a los jóvenes con una mezcla de autoridad y cariño, y apoyó las manos sobre las cabezas de los pequeños para darles su bendición. Tal era su costumbre de todos los domingos, pero su cortesía fue recibida con miradas de extrañeza y desconcierto. Nadie aspiró, como en otras ocasiones, al honor de acompañarlo. El viejo hacendado Saunders, presa sin duda de una laguna mental, olvidó invitar al señor Hooper a sentarse a su mesa, donde el buen clérigo bendecía la comida casi todos los domingos desde el día de su instalación. Por lo tanto el ministro regresó a la rectoría, y se vio que en el momento de cerrar la puerta miraba a sus feligreses, todos los cuales tenían los ojos elevados en él. Una triste sonrisa se iluminó vagamente bajo el velo negro y cruzó un instante por sus labios, justo cuando él desaparecía.

—Qué extraño resulta —comentó una dama— que un simple velo negro, idéntico al que cualquier mujer podría lucir en su cofia, produzca una impresión tan terrible sobre el rostro del señor Hooper.
—Es indudable que algo debe fallar en la mente del señor Hooper —observó su esposo, que era el médico de la aldea—. Pero lo más extraño del asunto es que el velo negro, si bien cubre sólo el rostro del pastor, proyecta su influencia sobre toda su persona, y le da un aspecto fantasmal de pies a cabeza. ¿No tienes la misma impresión?
—Por supuesto —contestó la dama—, y no me quedaría a solas con él por nada del mundo. ¡Me pregunto si el mismo no teme estar a solas con su propia persona!
—Es lo que les sucede a algunos hombres —dijo su marido.

El oficio vespertino transcurrió en circunstancias similares. Al concluir, la campana dobló para el funeral de una joven dama. Los parientes y los amigos más allegados se hallaban dentro de la casa, mientras sus conocidos menos íntimos se congregaban de pie en torno a la puerta, hablando de las buenas calidades de la difunta, cuando su conversación fue interrumpida por la aparición del reverendo Hooper, siempre cubierto por el velo negro. Ahora resultaba un emblema apropiado. El clérigo entró en la habitación donde yacía el cuerpo y se inclinó sobre el ataúd, para dar el último adiós a su feligresa fallecida. A medida que se encorvaba, el velo colgaba sobre su frente verticalmente, de modo que si los párpados de la doncella muerta no hubieran estado cerrados para siempre quizás podría haberse visto su cara.

¿Pudo ser que señor Hooper le temiera a su mirada, puesto que replegó presurosamente el velo negro? Una persona que presenció la entrevista entre la difunta y el ser viviente no vaciló en afirmar que, en el momento en que las facciones del clérigo quedaron al descubierto, el cadáver se estremeció ligeramente, haciendo susurrar el sudario y la cofia de muselina, aunque sus rasgos conservaron la compostura de la muerta. Una anciana supersticiosa fue la única testigo de este prodigio. El señor Hooper dejó luego el ataúd para entrar en la cámara de los deudos, y por fin se encaminó hacia el rellano de la escalera, para pronunciar el responso fúnebre. Esta fue una oración tierna y conmovedora, cargada de pena, pero al mismo tiempo tan imbuida de esperanzas celestiales que entre las más afligidas frases del clérigo pareció oírse tenuemente la música de un arpa divina, acariciada por los dedos de la difunta. Los asistentes temblaron, pese a que sólo habían deducido vagamente mientras él rezaba que ellos, y él mismo, y toda la raza mortal, debían estar listos, como esperaba que lo hubiera estado esa joven doncella, para la trágica hora que les arrancaría el velo de la cara. Los portadores del féretro avanzaron pesadamente y los deudos los siguieron, entristeciendo toda la calle, con el cadáver adelante y el reverendo Hooper con su velo negro detrás.

—¿Por qué vuelves la cabeza? —preguntó uno de los integrantes de la procesión a su acompañante.
—Tuve la impresión —respondió ella— de que el pastor y el espíritu de la doncella marchaban tomados de la mano.
—Eso mismo me pareció a mí, en el mismo momento —dijo él.

Esa noche, la pareja más hermosa de la aldea de Milford debía contraer enlace. Aunque pasaba por ser un hombre melancólico, el reverendo Hooper desplegaba en esas ocasiones una plácida alegría que a menudo inspiraba una sonrisa comprensiva entre quienes habrían censurado un alboroto más vivaz. No había otro rasgo de su personalidad que la hiciera más acreedor a la estima general. Los asistentes a la boda esperaban con impaciencia su arribo, confiando en que entonces se disiparía la extraña congoja que se había acumulado a su alrededor durante toda la jornada. Pero el resultado no fue ése. Cuando llegó el reverendo Hooper, lo primero que divisó la concurrencia fue el mismo horrible velo negro que había contribuido a recargar la atmósfera de pesadumbre durante el funeral y que no podía augurar sino desdicha en la boda. Su efecto inmediato sobre los invitados fue tal que una niebla pareció haber brotado oscuramente desde atrás del crespón negro, amenguando el brillo de las velas. La pareja de novios se detuvo frente al ministro. Pero los dedos fríos de la novia temblaban dentro de la mano trémula del novio, y la palidez cadavérica de la joven motivó el rumor de que la doncella que había sido sepultada pocas horas antes había salido de su tumba para casarse. Si hubo otra boda más lúgubre sólo pudo ser aquella famosa en que la campana dobló a muerto.

Después de celebrar la ceremonia, el reverendo Hooper se llevó un vaso de vino a los labios, e hizo votos por la feliH cidad de la pareja recién casada con un acento de afable benevolencia que debió iluminar los semblantes de los invitados como un jubiloso resplandor de la chimenea. Pero en ese instante, al captar una vislumbre de su imagen en el espejo, su propio espíritu se sumergió en el horror en que el velo negro había sumido a todos los demás. Su figura se estremeció, sus labios se pusieron blancos, derramó sobre la alfombra el vino que aún no había probado, y se perdió corriendo en la oscuridad. Porque también la Tierra llevaba puesto su Velo Negro.

Al día siguiente, el velo negro del párroco Hooper era prácticamente el único tema de conversación de toda la aldea de Milford. Dicho crespón, y el misterio que ocultaba, fueron un tema de discusión para los amigos que se encontraban en la calle y para las buenas mujeres que chismeaban desde sus ventanas abiertas. Era la primera noticia que el tabernero transmitió a sus parroquianos. Los niños parloteaban al respecto mientras marchaban rumbo a la escuela. Un bribonzuelo dotado de espíritu de imitación se cubrió la cara con un viejo pañuelo negro, y al hacerlo asustó tanto a sus compañeros de juegos que el pánico al fin se apoderó de él también y estuvo a punto de quedar anonadado por su propia chanza. Resultó notable que ninguno de los entremetidos e impertinentes de la parroquia se atreviera a preguntar claramente al reverendo Hooper en persona por qué se había colocado esa máscara. Hasta entonces, cada vez que se presentaba el pretexto más insignificante para una intromisión de ese género, nunca le habían faltado asesores, ni se había mostrado renuente a dejarse guiar por sus consejos. Si se equivocaba, era a causa de una inseguridad personal tan penosa que incluso la crítica más benigna lo inducía a interpretar un acto inocente como un crimen. Sin embargo, pese a que todos le conocían esta amable debilidad, ninguno de sus feligreses se atrevió a tomar el velo negro como tema de un cordial reproche. Prevalecía una sensación de miedo que ni se confesaba abiertamente en público ni se ocultaba con precaución, lo que hacía que cada uno le endilgase la responsabilidad a otro, hasta que por último se optó por enviar una delegación a la iglesia para que discutiera el misterio con el reverendo Hooper, antes de que aquél se trasformara en escándalo.

Jamás una embajada fue más inepta en el desempeño de sus funciones. El pastor recibió a los visitantes con gentil cortesía pero después que ellos se sentaron permaneció en silencio, dejándoles toda responsabilidad de exponer los importantes asuntos que los habían llevado allí. El tema, lógicamente, era bastante obvio. Allí estaba el velo negro ceñido en la frente del reverendo Hooper, y ocultando todos sus rasgos situados por encima de su boca plácida, en la cual, a veces, percibían el fulgor de una sonrisa melancólica, Pero para su imaginación el velo parecía colgar sobre su corazón, como el símbolo de un espantoso secreto que se interponía entre ellos y el reverendo. Si el crespón no hubiera estado allí, habrían podido referirse francamente a él, pero no antes que se descorriera. Así permanecieron bastante tiempo sentados, mudos, confundidos, mientras esquivaban nerviosamente los ojos del reverendo Hooper, que sentían fijos sobre ellos con una mirada invisible. Por fin, los delegados volvieron, abochornados, a reunirse con sus mandantes, y declararon que el problema era tan complejo que sólo podría encararlo un consejo de iglesias, si no era necesario convocar, en verdad, un sínodo general.

Pero en la aldea había una persona que no compartía el terror que el velo negro había sembrado en torno de sí. Cuando los delegados regresaron sin suministrar ninguna explicación —que ni siquiera se habían atrevido a solicitar— ella, con la serena energía de su carácter, decidió disipar esa extraña nube que parecía estar condensándose alrededor del reverendo Hooper, y que oscurecía a ojos vistas. Puesto que era su prometida, le correspondía el privilegio de saber lo que ocultaba el velo. Por lo tanto, a la primera visita del pastor, lo interpeló con una extrema sencillez lo que facilitó las cosas para ambos. Una vez que él se hubo sentado, ella clavó los ojos fijamente en el velo, pero no pudo descubrir la pavorosa lobreguez que tanto había espantado a la multitud: no era más que un crespón doblado en dos que colgaba desde la frente hasta la boca y que se agitaba ligeramente cuando él respiraba.

—No —dijo ella en voz alta, sonriedo—. No hay nada de tétrico en ese crespón, como no sea que oculta un rostro que siempre me complace ver. Vamos, buen señor, ahuyenta la nube y que brille el sol que tras ella se oculta. Primero descorre el velo, y luego dime por qué te lo has colocado.
La sonrisa del reverendo Hooper se iluminó tenuemente.
—Llegará la hora —respondió—; en que todos nos despojaremos de nuestros velos. No te ofendas, querida amiga, si luzco este crespón hasta entonces.
—Tus palabras también son un enigma —dijo la joven—. Por lo menos, quítales el velo a ellas.
—Lo haré, Elizabeth —dijo él—, en la medida en que me lo permita mi voto. Entérate, pues, de que el velo es un ejemplo y un símbolo, y que debo llevarlo siempre, tanto en la luz como en las tinieblas, cuando estoy solo como cuando me encuentro frente a las multitudes, y tanto entre extraños como entre mis amigos íntimos. Ningún ojo mortal me verá sin él. Esta triste pantalla deberá separarme del mundo, y ni siquiera tú, Elizabeth, podrás trasponerla jamás.
—¿Qué trágica dolencia te ha atacado, para que debas oscurecer así tus ojos eternamente? —preguntó ella con voz ansiosa.
—Si se trata de una señal de duelo –respondió el reverendo Hooper— es posible que yo tenga, como la mayoría de los demás mortales, penas lo bastante oscuras como para que pueda simbolizarlas un velo negro.
—¿Pero qué sucedería si el mundo no creyera que es el emblema de una pena inocente? —lo acicateó Elizabeth—. Aunque la gente te ama y te respeta, puede que alguien murmure que ocultas tu rostro agobiado por el remordimiento de un pecado secreto. ¡En aras de tu santo ministerio, evita ese escándalo!

El color arreboló sus mejillas cuando insinuó la naturaleza de los rumores que ya circulaban por la aldea. Pero el reverendo Hooper no perdió su serenidad. Incluso volvió a sonreír, con esa misma sonrisa melancólica que aparecía como un tenue destello de luz desde la oscuridad oculta Por su velo.

—Si cubriera mi rostro por pena, habría razón suficiente para ello —se limitó a contestar— Y si lo hiciera por un pecado secreto ¿qué mortal no debería hacer lo mismo?

Y con esta amable pero invencible tenacidad resistió todas sus súplicas. Por fin Elizabeth enmudeció. Durante unos pocos minutos pareció absorta en sus cavilaciones, mientras se preguntaba, quizá, qué otros métodos podría emplear para rescatar a su amante de una fantasía tan lúgubre que si no tenía algún otro sentido podía ser el síntoma de un desequilibrio mental. Pese a que su carácter era más firme que el de él, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Pero enseguida un nuevo sentimiento ocupó el lugar de la pena, por así decirlo. Sus ojos estaban impasiblemente clavados sobre el velo negro cuando, como si un súbito crepúsculo hubiera cruzado por el aire, sus terrores se acumularon en torno de ella. Se incorporó y permaneció temblando frente a él.

—¿Lo sientes tú también, por fin? —preguntó el reverendo con tono lúgubre.
Elizabeth respondió pero se cubrió los ojos con la mano, y se volvió para abandonar la habitación. Él corrió y la tomó por el brazo.
—¡Ten paciencia conmigo, Elizabeth! —exclamó, con vehemencia—. No me abandones, aunque este velo se interponga entre nosotros aquí sobre la tierra. Sé mía, y en el futuro no habrá ningún velo sobre mi rostro, ninguna sombra entre nuestras almas. No es más que un velo mortal... ¡no para toda la eternidad! ¡Oh! No sabes cuán solo me siento, y cuán asustado de hallarme solo detrás de mi velo negro. ¡No me dejes para siempre en esta desdichada oscuridad!
—¡Levanta el velo una sola vez, y mírame en la cara! —dijo ella.
—¡Nunca! ¡No es posible! —respondió el reverendo Hooper.
—¡Entonces, adiós! —exclamó Elizabeth.

Ella libró su brazo de los dedos que la asían y se alejó lentamente, deteniéndose en la puerta para echarle una larga y trémula mirada que casi pareció atravesar el misterio del velo negro. Pero, en medio de su dolor, el reverendo Hooper sonrió al pensar que sólo un símbolo material lo había separado de su felicidad, aunque los horrores que éste ocultaba debían estar oscuramente tendidos entre los amantes más tiernos. Desde entonces no se hicieron intentos para descorrer el velo negro del reverendo Hooper, ni para elucidar, mediante una consulta directa, el secreto que presuntamente ocultaba. Las personas que pretendían ser inmunes a los prejuicios populares lo consideraron simplemente un capricho excéntrico, como los que tan a menudo se mezclan con los actos cuerdos de individuos por lo demás racionales, cubriéndolos con su propia imagen de demencia. Pero para la multitud, el buen reverendo Hooper era objeto de horror. No podía pasear tranquilamente por la calle, porque tenía plena conciencia de que los mansos y los tímidos se hacían a un lado para evitarlo, mientras otros se esforzaban por cruzarse en su camino. La impertinencia de estos últimos lo obligó a renunciar a su habitual caminata del atardecer hasta el cementerio; pues cuando se apoyaba pensativamente contra la verja siempre asomaban caras desde atrás de las lápidas para espiar su velo negro. Circulaba la fábula de que las miradas de los muertos era lo que lo guiaba hasta allí. Lo afligía, hasta el fondo mismo de su benévolo corazón, el ver cómo los niños huían ante su sola presencia, interrumpiendo sus juegos más alegres cuando su melancólica imagen apenas se asomaba a lo lejos. Su temor instintivo era la prueba más patente de que un horror sobrenatural estaba entretejido con las fibras del crespón negro.

En verdad, era sabido que sentía una antipatía tan honda por el velo que nunca pasaba voluntariamente frente a un espejo, ni se inclinaba para beber en un estanque calmo, para no asustarse de sí mismo al ver su figura reflejada en la superficie apacible. Esto era lo que hacía verosímiles los rumores de que la conciencia del reverendo Hooper se sentía atormentada por un crimen demasiado espantoso, como para ser totalmente oculto o insinuado de una forma menos vaga que aquélla. Así, desde atrás del velo negro emergía una nube que oscurecía el sol, una ambigüedad de pecado o pesar que envolvía al pobre ministro, de modo que ni el amor ni la compasión podían alcanzarlo. Se decía que los fantasmas y los demonios se confabulaban allí con él. Marchaba consH tantemente sumido en su sombra, estremecido por escalofríos y terrores externos, tanteando ciegamente dentro de su propia alma o atisbando a través del crespón que ennegrecía el mundo entero. Se suponía que incluso el viento rebelde respetaba su pavoroso secreto y nunca levantaba el velo con su soplo. Pero el buen señor Hooper continuaba sonriendo tristemente a los pálidos semblantes del tropel mundano con el que se cruzaba en su marcha.

En medio de estos infortunados efectos, el velo negro ejerció una influencia saludable, convirtiendo a quien lo lucía en un clérigo muy eficiente. Con la ayuda de su misterioso emblema —puesto que no había otra causa aparente el pastor llegó a ser un hombre dotado de un inmenso poder sobre las almas atormentadas por el pecado. Sus conversos siempre lo contemplaban con un respeto muy particular, y afirmaban, aunque metafóricamente, que antes de que el pastor los transportara a la luz celestial, ellos habían estado con él detrás del velo negro. Su negrura lo ayudaba, en verdad, a condolerse de todas las penas oscuras. Los pecadores moribundos llamaban a gritos al reverendo Hooper, y no exhalaban el último suspiro hasta que él aparecía, aunque siempre, cuando se inclinaba para susurrar su consuelo, temblaban al ver el rostro cubierto tan cerca de ellos. ¡Tales eran los terrores causados por el velo negro, aun cuando la Muerte había desnudado su rostro! Los forasteros acudían desde lejos para asistir a los servicios de su iglesia con el solo propósito ocioso de contemplar su figura, ya que les estaba vedado apreciar su rostro. ¡Pero muchos se estremecían antes de partir! En una oportunidad, durante la administración del gobernador Belcher, el reverendo Hooper fue invitado a predicar el sermón electoral. Cubierto con el velo negro, habló frente al primer magistrado, los consejeros y los representantes y produjo una impresión tan profunda que las medidas legislativas de ese año se caracterizaron por toda la solemnidad y la devoción de nuestros más antiguos mandatos ancestrales.

De este modo el reverendo Hooper vivió una larga vida, irreprochable en su faz visible aunque velada por siniestras sospechas; benévolo y misericordioso, pero huérfano de amor y vagamente temido; un hombre aislado de los demás hombres, evitado en las horas de salud y alegría, pero siempre requerido en los trances de angustia mortal. A medida que transcurrieron los años, depositando sus nieves sobre el velo oscuro, se hizo célebre en todas las iglesias de Nueva Inglaterra, y lo llamaban padre Hooper. Casi todos sus feligreses, que ya eran maduros cuando él se había establecido en la localidad, ya habían sido conducidos al seno de la tierra, de modo que tenía una congregación en la iglesia y otra más populosa en el cementerio del templo; y puesto que había trabajado hasta una hora tan avanzada, y había ejecutado su faena con tanto esmero, por fin le llegó al buen padre Hooper el turno de descansar.

Varias personas se hallaban bajo la luz velada de las bujías, en la cámara mortuoria del anciano clérigo. Carecía de parientes próximos. Mas allí estaba el médico, decorosamente adusto pero impávido, empeñado sólo en mitigar los últimos dolores del paciente incurable. Allí estaban los diáconos, y otros miembros eminentemente piadosos de su iglesia. Allí estaba, también, el reverendo Clark, de Westbury, un sacerdote joven y entusiasta que había cabalgado a toda prisa para orar junto al lecho del clérigo moribundo. Allí estaba la enfermera, que no era una colaboradora venal de la muerte, sino una persona cuyo sereno afecto había perdurado durante mucho tiempo en secreto, solitariamente, en medio del frío de los años, y no estaba dispuesto a extinguirse ni siquiera en esa hora fatal. ¡Quién, sino Elizabeth! Y allí yacía la cabeza nevada del buen padre Hooper sobre la almohada mortuoria, con el velo negro ceñido aún en torno de la frente y extendido sobre su rostro, de modo que el jadeo cada vez más dificultoso de su débil aliento lo hacía agitarse. Durante toda su vida esa pieza de tela se había interpuesto entre él y el mundo; lo había apartado de la jubilosa fraternidad y del amor femenino, y lo había mantenido encerrado en la más triste de las prisiones: la de su propio corazón. Y todavía continuaba desplegada sobre su rostro, como para ahondar la penumbra de ese cuarto tenebroso y ocultarle los rayos del sol de la eternidad.

Durante un tiempo su mente se había mostrado confundida, oscilando inciertamente entre el pasado y el presente, adelantándose a ratos, valga la expresión, hacia las sombras del mundo por venir. Había sufrido accesos de fiebre que lo sacudían de un lado a otro y consumían las pocas energías que le quedaban. Pero en medio de sus accesos más convulsivos, y de los más delirantes desvaríos de su intelecto, cuando ningún otro pensamiento ejercía su influencia atemperante, él seguía realizando poderosos esfuerzos para que el velo negro no se deslizara de su lugar. Y aun cuando su alma agitada lo hubiera olvidado, junto a la cabecera de su lecho montaba guardia una mujer fiel que, con los ojos vueltos en otra dirección, habría cubierto ese rostro envejecido, ese rostro que, cuando ella lo había visto por última vez ostentaba todavía la donosura de la masculinidad. Por fin, el anciano moribundo se quedó inmóvil, sumido en el sopor del agotamiento mental y físico, con un pulso imperceptible, y una respiración cada vez mas débil, excepto cuando un estertor largo, profundo e irregular pareció preludiar la fuga de su espíritu.

El clérigo de Westbury se acercó al lecho.
—Venerable padre Hooper —dijo—, el momento de su liberación se halla próximo. ¿Está listo para alzar el velo que separa el tiempo de la eternidad?

Al principio el padre Hooper se limitó a responder con un ligero movimiento de cabeza; pero luego, temiendo quizá que lo interpretaran mal, hizo un esfuerzo para hablar:

—Sí —dijo con voz apagada—, mi alma sufrirá una paciente fatiga hasta que se levante ese velo.
—¿Y es justo —insistió el reverendo Clark— que un hombre tan entregado a la plegaria, de conducta tan intachable, santo en los hechos y en el pensamiento, hasta donde la prudencia mortal puede juzgar; es justo que un padre de la iglesia deje una sombra sobre su memoria, capaz de mancillar una vida tan pura? ¡Os ruego, venerable hermano, que no permitáis tal cosa! Dejad que nos regocijemos con vuestro triunfante aspecto ahora que vais en busca de vuestra recompensa. ¡Antes de que se levante el velo de la eternidad, permitidme descorrer este negro velo que cubre vuestro rostro!

Y mientras pronunciaba estas palabras, el reverendo Clark se inclinó hacia adelante para develar el misterio de tantos años. Mas con un despliegue de súbita energía que dejó atónitos a todos los espectadores, el padre Hooper sacó ambas manos de debajo de las frazadas y apretó con fuerza el velo negro sobre su cara, dispuesto a resistir si el párroco de Westbury se atrevía a lidiar con un moribundo.

—¡Nunca! —gritó el clérigo enmascarado—. ¡Sobre la tierra, jamás!
—¡Viejo inescrutable! —exclamó el asustado párroco—. ¿Con qué horrible crimen sobre el alma vais a ser juzgado?

La respiración del padre Hooper se aceleró y ahogó en su garganta, pero él manoteó el aire y se aferró a la vida, sin soltarla hasta que pudo hablar. Incluso se irguió en el lecho y allí permaneció sentado, ceñido por los brazos de la muerte, temblando, mientras el velo negro colgaba, pavoroso en ese último momento en el que se acumulaban los terrores de toda una existencia. Y sin embargo, la tenue y triste sonrisa que se había esbozado tantas veces allí pareció resplandecer en ese instante desde su oscuridad, demorándose sobre los labios del padre Hooper.

—¿Por qué sólo yo os hago temblar? —clamó, paseando su rostro velado sobre la rueda de pálidos espectadores—. ¡Temblad también los unos ante los otros! ¿Los hombres me han esquivado, y las mujeres no me han tenido compasión, y los niños han gritado y huido, sólo por mi velo negro? ¿Qué es lo que ha hecho que este crespón fuera tan atroz, sino el misterio que oscuramente simboliza? Cuando el amigo le muestre al amigo lo más recóndito de su corazón; cuando el enamorado muestre el suyo a su más amada; cuando el hombre no se oculte en vano de la mirada de su Creador, atesorando abyectamente el secreto de sus pecados... ¡consideradme entonces un monstruo, por el emblema detrás del cual he vivido y con el cual muero! Yo miro en torno de mí y, ¡ay!, sobre cada rostro veo un Velo Negro.

Mientras sus escuchas se apartaban los unos de los otros, con recíproco espanto, el padre Hooper volvió a caer sobre su almohada, convertido en un cadáver velado sobre cuyos labios aún perduraba una débil sonrisa. Sin quitarle el velo lo depositaron en su ataúd, y con el velo transportaron su cadáver a la tumba.

La hierba de muchos años ha crecido y se ha secado sobre esa sepultura; la lápida está tapizada por el musgo; y el rostro del buen reverendo Hooper se ha convertido en polvo... ¡pero aún resulta pavorosa la idea de que se desintegró debajo del VELO NEGRO!.

La vampiro española. E. Hoffmann Price (1898-1988)

La tarea de encerar el «Packard» del profesor Rodman representaba un ingreso de ocho dólares más para el jefe, y una noche sin sueño para mí. ¡Ah! Y no disponer de una oportunidad para estudiar McKelvey on Evidence, con vistas a la primera clase de la mañana. Pero cuando vi al juez Mottley acercarse a la gasolinera a bordo de su gran «autobús» negro, dejé caer la bayeta que normalmente utilizaba para sacar brillo y recurrí a mi mejor sonrisa «Green Gold». Es la que el jefe de ventas nos hace utilizar cuando suministramos a un cliente algo que no necesita para nada. «Green Gold» hace sonreír a su motor. Suaviza los elementos que se mueven, elimina las fricciones bruscas.

-Buenas noches, juez...

Pero Mottley ya no era juez. Había dejado este cargo tan pronto se familiarizó con las leyes lo suficiente para poder poner un bufete particular. Era un individuo metódico, de mandíbula cuadrada, hallándose en posesión de una de esas miradas que suscitan un gran nerviosismo en la persona observada. A él no se le podía ir con la vulgar pregunta: «¿Lleno?» Eché rápidamente un vistazo al aparato indicador del depósito y le pregunté:

-¿Unos veintidós galones, señor?

Mi espíritu de trabajo, mi energía, la perseverancia de que hacía gala, en mi empeño de abrirme camino en la escuela de leyes, me había hecho ganar el aprecio del juez. Necesitaba un poco de protección, como cualquiera podrá ver más adelante.

-No necesito gasolina. Ni siquiera tengo necesidad de una sonrisa «Green Gold» -contestó el hombre-. La verdad es que lo único que necesito ahora son unos minutos de su valioso tiempo, señor Binns.

El señor Binns soy yo... Me encontraba demasiado desconcertado para acertar a borrar de mi rostro la sonrisa «Green Gold», para empezar a limpiar el parabrisas. Respondí:

-¡Oh...! ¡Hum! ¡Oh!
El juez procedió a aclararse la garganta.
-Me he parado aquí para notificarle que no será usted ya empleado de la firma «Mottley, Bemis y Burton». Ni siquiera en el caso de que en sus exámenes finales alcance las notas más altas.
Se ajustó las gafas, añadiendo:
-Este asunto tiene que ver con los alborotos estudiantiles. Tuve ocasión de verle derribando la taquilla del Campus Theatre. Nunca daré empleo a quien atenta contra la Ley. Buenas noches, señor Binns.

Antes de que pudiera explicarle que el alboroto no era realmente un alboroto, sino sólo una expresión del boicot contra el Campus Theatre, cuya dirección se empeñaba en no conceder precios especiales a los estudiantes, el juez aceleraba el coche para separarse lo antes posible de mí. ¿Por qué aquel ensañamiento conmigo? La chica que expendía los billetes no se hallaba dentro del quiosco cuando yo empujaba para que diese la vuelta. Y fueron realmente los de dentro quienes hicieron todo el daño. Reventaron unas cuarenta butacas y arrancaron las cortinas de sus varillas antes de que llegara la policía. Pero el juez Mottley, fatalmente, tenía que verme a mí...

Colgué la manguera de la gasolina, que hasta aquel instante había tenido en las manos. Resulta duro perder un empleo que todavía no ha llegado a conseguirse. Luego, mi jefe salió de la oficina hecho un basilisco.

-¡Juez! -aull. ¡Juez Mottley!
Pero Mottley ya no podía oírle. El señor Hill se encaró conmigo.
-Eric: como insultes a otro cliente... Puedes tener la seguridad de que te despediría ahora mismo si no fuese por el «Packard» del profesor... ¡Vamos! ¡Ponte en marcha y déjalo bien brillante!

Me puse en marcha y él tornó a encerrarse en el despacho, dando un portazo. El juez Mottley le había sacado de un profundo sueño y esto le ponía siempre de mal humor. Quizá me despidiera, pero si procedía así, se delataría como un embustero. Yo me alojaba en su casa y sólo porque había firmado un certificado declarando que yo era un sobrino distante. Ocurre que hoy en día los estudiantes no pueden vivir fuera del «campus», a menos que se alojen con parientes. Nadie parece maravillarse ante el extraordinario número de dependientes de establecimientos, camioneros y otros hombres de oficio por el estilo que se encuentran en mis circunstancias. Pero las cosas están así. Los únicos que no tienen aficionados al estudio en sus familias son los chicos que poseen las destilerías de ginebra de Palo Verde Este. He aquí otra cosa chocante. El licor no puede ser vendido fuera de los límites de Palo Verde, de manera que todo aquel que desea echar un trago ha de hacer un recorrido de tres kilómetros para conseguir su propósito. La ley... ¡Al infierno!, pensé. Si un tipo carece de buenas relaciones, lo más probable es que se muera de hambre una vez se gradúe. Un licenciado en Derecho puede conseguirse por un poco de jamón rociado con cerveza en el estado de California, que es una tira de mil setecientos kilómetros de maravilloso clima, y nada más.

Inclinado sobre aquel capó, sentí que el cuerpo se me cubría de sudor. Cuando llegué a las puertas, andaba necesitado de un descanso. Además, tenía que estudiar el McKelvey. Mi turno era desde las cuatro hasta las doce de la noche. Me instalé en el asiento posterior del coche del profesor, encendí la luz superior -podía ser que tuviera que recargarle la batería, más tarde-, y abrí el libro. ¡Al diablo, las leyes! Quizás hubiera debido escoger la carrera de Medicina. El profesor Rodman era catedrático de bioquímica o algo por el estilo. Andaba trabajando en una alocada teoría que apuntaba a la elaboración de sangre sintética, para su uso en las transfusiones. Una gran idea, si podía ser llevada a la práctica. Vivía por y para la sangre. Pero poseía dos «Packard». Quizá no se hallara tan absorbido por sus estudios como parecía. Estaba yo demasiado preocupado para poder concentrarme en el estudio. Empecé a registrar la cartera de mano que el profesor dejara en el asiento de atrás. Más sangre: cómo crear glóbulos rojos en la anemia perniciosa; cómo fortificar a los doñantes de sangre, con objeto de que pudiera sacárseles un cuarto de hora cada día, sin que resultase perjudicada su salud... Aquí había algo, algo bueno, si todo salía bien.

Finalmente, comprendí que lo mejor que podía hacer era acabar de sacarle brillo al coche, para que el profesor se lo llevara por la mañana. Puse el vapor y redondeé el trabajo. El jefe se había ido a casa, de manera que me dije: «¿Para qué diablos tener esto abierto hasta la medianoche?» Cerré la gasolinera y eché a andar a campo través. El señor Hill vivía a unos tres kilómetros de distancia, en unas laderas cubiertas de vegetación. No quería volver a casa. Me detuve en un estrecho sendero que arrancaba de la carretera principal. Más allá, había una arboleda y un pequeño claro. Vi el ángulo de una antigua cerca. Muy a menudo, me había llamado la atención aquel lugar y ahora me entraban deseos de plantarme en lo alto de la valla, jugando a los espantapájaros. El sitio favorecía, además, mis ansias de meditación. Tenía muchos motivos para entregarme a la reflexión, especialmente después de haberme hecho el juez Mottley aquella trastada... Elevábase la luna en el firmamento. El chaparral rozaba mis tobillos; las hojas de los robles acariciaban mi rostro. Hay mucha gente que no es capaz de resistir eso mucho tiempo, pero yo. al igual que determinadas personas, me considero inmune.

La cerca se hallaba en muy mal estado. Luego, vi la lápida. Era larga y estrecha, muy lisa, y, cosa extraña, no habían crecido muchos hierbajos a su alrededor. Me detuve, dejando correr mi imaginación: «Iré en un buque "tramp" a Suva, Samar o Cebú. Me convertiré en un plantador más. Instalaré mi vivienda bajo un cocotero. Y la escuela, ¡al infierno!»

Me quedé muy sorprendido al oir decir a una muchacha:
-¿Piensa usted permanecer sentado ahí durante toda la noche sin dirigirme la palabra?
Su inglés tenía acento español. Lo mismo pasaba con su faz y sus cabellos. No sé qué fue lo que me sorprendió más, si su presencia allí o su belleza. Por el hecho de no ser un experto en prendas femeninas no me fijé en muchos detalles de su atuendo. Lo único que vi fue que su vestido se extendía desde la barbilla hasta los tobillos. Aquello era una especie de túnica... Bueno, uno nunca podía adivinar lo que llevarían las condiscípulas en la temporada siguiente. Se cuelgan todo lo que sea.

-¡Oh! Perdone... No la oí entrar.
-Es difícil que a mí me oigan -manifestó ella-. El caso es que usted se sentó a la puerta de mi vivienda, como si hubiese sido algo suyo. Me resulta muy agradable conocerle, sin embargo.
Tenía unos ojos en los que se podía leer. Llevaba los cabellos recogidos hacia arriba. Un chal de encaje blanco cubría sus hombros.
-El placer es mutuo -admití-. Ahora, eso de la puerta de su vivienda no he podido comprenderlo.

Ella señaló la lápida en la que yo me sentara. La piedra tendría algo más de setenta centímetros de anchura por un metro ochenta centímetros de longitud. Una segunda mirada a aquélla me dejó intrigado. No había visto las letras labradas allí, en un extremo. «Aquí yace Doña Catalina...» Yo había estado sentado en una tumba que databa de la época de la ocupación española.

-Espere un momento -contesté, recuperándome de la sorpresa rápidamente-. No bromee. Si usted es una sonámbula, yo me ofrezco para devolverla a su casa.

Ella debió de tomarme por un estúpido.

-Soy una sonámbula. Vivo aquí y usted se había sentado a la puerta de mi vivienda. Me llamo Catalina María Pérez y Villamediana. -Mi interlocutora, agregó-: Soy una mujer-vampiro.
Dijo esto último con un gesto de tristeza.
-¿Ah, sí? -Tras esta lacónica réplica, la cogí de la mano, que estaba bastante fría, cosa que no hubiera debido ser, dadas las costumbres de la chica-. Hablemos de eso.
-Usted es muy amable. La mayor parte de la gente grita y echa a correr al verme. Ya en 1827 se dio el caso de un pobre diablo que corrió y corrió hasta caerse muerto. ¡Cielos! ¿Qué culpa tengo yo de ser una mujer-vampiro?
-Escuche, querida -le contesté-. No se llame a sí misma mujer-vampiro. Yo me doy cuenta de que está usted muy bien y de que luce una túnica muy elegante. Hay mejores palabras para describirla aún.
-Esto es una mortaja, no una túnica -manifestó ella, suspirando-. ¡Cuánto me gustaría disponer de bonitas ropas!

Esto último era tranquilizante. Absolutamente normal, después de todo. Reaccionaba en este sentido como la esposa del señor Hill, sólo que mi interlocutora tenía mejor aspecto. Di de lado aquella ocurrencia y proseguí hablando:

-Mire: por la época en que usted nació, aproximadamente, se dejó de hablar para siempre de los vampiros. Son historias de otro tiempo...
Ella hizo un gesto especial, pasándose una mano por los cabellos.
-Pero.. es que yo soy de veras, como le he dicho, una vampiro. Suelo abandonar mi tumba. Habitualmente, esto sucede hacia la medianoche. No me gusta insistir, sin embargo. Temo que acabe por odiarme.
-Sí, ya sé... Usted va de un lado para otro, bebiéndose la sangre de la gente; tiene que estar de regreso antes de que salga el sol y no puede cruzar ninguna corriente de agua...
-¡Oh! -La joven sonrió, dejando caer ambos brazos sobre mis hombros-. ¡Querido! Tú me comprendes.

Cuando una mujer como Catalina le besa a uno ardientemente en la boca, sin interesarse primeramente si uno posee un coche y/o una botella a mano, hay motivos para sentirse triunfante. Desde luego, aquello de vivir en una tumba resultaba algo extraordinario; era algo capaz de hacer que un estudiante de leyes se volviera introspectivo. Por otro lado, ella había nacido en 1793, fecha que realmente proporcionaba un amplio margen. Finalmente, Catalina me soltó, acariciándose los cabellos.

-Lo siento mucho, pero he de comer algo.

Antes o después, todas vienen a parar a lo mismo. En los bolsillos de mis pantalones de vaquero sólo habían unos cuantos chelines y peniques.

-Bueno, ¿te apetece una hamburguesa en el Greek's?
Ella movió la cabeza, denegando.
-¿Tú no sabes, querido, que yo sólo bebo sangre?
-¡Oh, bien! -La cogí de una mano, apartándonos de la tumba-. Vamos a ver qué es lo que encontramos por ahí.

Lo hice para ver si se le pasaba aquella obsesión. Habían aparecido unas nubes en el firmamento, tras las cuales se perdió la luna. Ella tomó la iniciativa y la seguí hasta la carretera. Después, se lanzó por un atajo. A mí, esta carrera sobre el campo y entre espesuras de árboles me dejó sin aliento. Catalina poseía una habilidad especial para salvar el obstáculo frecuente de los alambres de espino, una habilidad de la que yo carecía, de lo cual era buena prueba el estado en que se encontraban a estas alturas mis pantalones. Ladró un perro. Escuché el ruido metálico de su cadena. «Diablos», pensé. «Si alguien me descubre en compañía de esta muñeca es posible que me vea en un aprieto.» Catalina se encaminaba ahora a una casita que había al otro lado de un camino. Me sentí un poco intimidado. Si ella vivía allí y su viejo la oía entrar, a la par que a mí, se plantearía una situación un tanto embarazosa. Palo Verde es una ciudad llena de personas con una mentalidad de vía estrecha. Se colocó ante la puerta posterior y entró en la casa sin hacer el menor ruido. Al cabo de un minuto, noté que se movía una cortina. Catalina se asomó. Yo esperaba que me hiciese una seña. Estaba dispuesto a lo que fuera ya. Una cosa son las lápidas sepulcrales y otra muy distinta los «boudoirs» en regla. Pero no me pidió que entrara. Todo lo contrario. Su gesto quería decir: «Espérame ahí querido. Volveré en seguida.»

¿Iba a cambiarse de ropa, quizás? ¡Oh! Me parecía bien.
Alguien, dentro de la casa, se movía, inquieto. Oí la voz de un niño... Fue como si hubiera estado durmiendo, despertándose de pronto para echarse a llorar, pensándoselo mejor luego y optando por callar. Oíase un murmullo apagado, si bien las luces no estaban encendidas. Convidaba al sueño. Mis párpados se cerraban; los dedos en contacto con la cerca se relajaban...

De pronto, experimenté un sobresalto. Era Catalina. Salió de la casa para dirigirse hacia donde yo la esperaba. Me cogió de la mano, igual que si hubiese sido un objeto de su pertenencia. Empezamos a cruzar de nuevo campos y espesuras de árboles. No se había cambiado de vestido. Catalina susurraba unas frases en español. Con el inglés no acertaba del todo a expresar sus pensamientos. Le divertía haber dado con alguien que no profería gritos al verla, antes de echar a correr. Sus manos eran cálidas ahora, lo mismo que sus labios. De vuelta a la lápida sepulcral, me contó la historia de su vida. Ésta demostraba que era cien por ciento mujer. Al parecer; había enfermado hasta morir, a consecuencia de la desaparición de un novio que un gringo rufián había despedazado. Catalina se echó a reír cuando le pregunté qué probabilidades se me ofrecían de verla transformarse en un lobo.

-¡Oh, qué ocurrencias tan graciosas tienes! Una mujer-vampiro es siempre una mujer-vampiro. Un ser que se transforma en lobo es algo completamente distinto.

Yo estaba haciendo algunas consideraciones ahora. Me parecía verla con más sustancia corpórea desde aquel extraño viaje al «bungalow». Por Palo Verde había habido como una epidemia de anemia perniciosa. Las carnicerías se quedaban sin hígados a las nueve de cada mañana, y a sesenta centavos la libra las clases trabajadoras no podían adquirirla. Comencé a ver con otros ojos los frenéticos afanes del profesor Rodman por hacerse de sangre sintética para las transfusiones. Esto me puso en situación. Los vampiros son inmovilizados mediante una estaca de madera que les atraviesa el corazón. Así yacen en sus tumbas. Un jurista en perspectiva había de ser imparcial, como el juez que colgó a su propio hijo, es decir, que le condenó a la horca. Estoy aludiendo a los ideales profesionales. Pero Catalina estaba viva, en cierto modo, y aunque yo me viese autorizado oficialmente un día para trabajar con la ley, tendrían que darse muchas enmiendas constitucionales antes de que pudiera ser juez, jurado y ejecutor. De todos modos, a mí me gustaba mucho ella. Cabía la posibilidad, quizás, de que lograra hacerla cambiar de costumbres.

-Querida: tú constituyes una devastadora amenaza al concentrar tu atención en los niños -dije finalmente-. ¿Por qué no prefieres a los mayores?
Al mirarme, vi que sus ojos se habían llenado de lágrimas.
-Los mayores tienen el hábito de beber ginebra, de fumar asquerosos cigarrillos. Mi estómago -manifestó, llevándose una mano al sitio indicado- no es muy fuerte.

Llevaba ya tanto tiempo sin fumar ya que ni siquiera me acordaba del sabor del tabaco. Estaba haciendo economías a fin de poder pagar la multa impuesta por el alboroto del teatro. Aquella actitud apesadumbrada de Catalina me conmovió. Necesitaba disponer de sangre joven. Dada la forma de vivir de las gentes en este año de gracia, no se podía paladear ya, precisamente. Por último, di con la respuesta.

-Mira, nena: voy a salvarte a ti y a los niños de Palo Verde. -Con un gesto dramático, le mostré la garganta-: ¡Bebe!
Ella retrocedió lentamente.
-No puede ser. Yo te amo, ¿no comprendes? Morirías, y tú te has mostrado muy atento. No echaste a correr ni empezaste a gritar. ¿Has vivido tú acaso ciento veintinueve años sin amigos?
-Ya han sido bastante malos los últimos cuatro años, a lo largo de los cuales he asistido a la escuela de leyes asiduamente, manteniéndome siempre a la cuarta pregunta, sin un chavo -respondí. Le estaba diciendo la verdad-. Pero escucha esto: el profesor Rodman intenta inventar un tónico que produce sangre. Me procuraré un frasco. De este modo, saldremos bien parados todos los que tenemos que ver con este asunto.

Estas palabras mías la dejaron muy intrigada. Me resultaba muy difícil darle una explicación. En primer lugar, porque yo empezaba por no comprender los detalles; en segundo término, porque las mujeres tienen el cerebro bastante duro para las cosas científicas. Catalina optó por decir, con lo que le conté, que lo veía todo con mucha claridad.

-Te veo tan seguro... -añadió, ansiosa y vacilante a un tiempo.

Los dientes de Catalina eran más blancos que los de las modelos. Por un segundo, me sentí receloso, y ella adivinó lo que pensaba.

-No te dolerá -susurró-. En realidad, no llego a morder. Me limito a beber, con los labios y la lengua.
-Sí, vamos. Se trata de una especie de beso supercargado, ¿no?
-¡Querido: tú lo comprendes todo!

En consecuencia, acabé por aflojarme el nudo de la corbata (un poco manchada de huevo, precisamente). Catalina exteriorizó unos sonidos que denotaban su contento, algo así como un adormecedor susurro. Al cabo de unos instantes me abandonaron la confusión y las náuseas. Nunca había sido rozado el cuello de un hombre por unos cabellos más suaves... ¡Diablos! Los donantes profesionales no pierden nunca nada por el hecho de ceder su sangre...

-No debo mostrarme glotona -dijo ella, finalmente.

No sé por qué, Catalina ganó otro poco más ahora de sustancia corpórea. De no haber sido una perfecta dama, le habría propinado un cachete en las nalgas, sólo para comprobar cómo sonaban. Me sentía mareado, desde luego, pero aquello era más agradable de lo que podía figurarme. Algo había prosperado desde la escena de la lápida. Cuando el aire tenía ya el perfume del amanecer, ella se agitó, diciéndome:

-Es hora de que me vuelva a casa. El sol no tardará ya en salir, ¿verdad?
De pronto, hizo un gesto.
-¡Fíjate en eso! ¡Allí!

Volví la cabeza hacia donde me acababa de indicar. No distinguí nada. Catalina había desaparecido. En la tumba se hundía una espiral de niebla blanquecina. No me sentí muy a gusto entonces. En realidad, vivía bajo la losa. Sería estupendo, pensé, que el tónico generador de sangre del profesor Rodman no diera ningún resultado. Este tema me suministró otros, que sometí a detenida reflexión mientras, cansado, me encaminaba a casa. El sol salió antes de que yo llegara a la misma. El jefe había sacado su vehículo del garaje y estaba ejecutando un solo de saxofón con el acelerador, a fin de calentar rápidamente el motor. Él usa lubrificante «Green Gold». Se figura que así no puede echar a perder el motor, por muy frío que esté. Al verme, sacó la cabeza por la ventanilla del coche, gritando:

-No es raro que te haya cogido durmiendo más de una vez en el cuarto de las baterías. Si no consigues que el juez vuelva por la gasolinera, te despediré.

El señor Hill no bromeaba. La cuenta que el juez tenía en la gasolinera daba prestigio al negocio. Yo no podía dedicarme exclusivamente a proporcionar satisfacciones a las mujeres-vampiro. Tenía que pensar en otras cosas, forzosamente. La señora Hill saboreaba su cigarrillo de la mañana cuando entré en la cocina. Habíala juzgado ya tiempo atrás como una mujer de excelente aspecto. Pero ahora todas las rubias parecen un tanto artificiales.

-Has madrugado mucho hoy, Eric -comentó.
Me dirigió una mirada irónica.
-Sí. Y me siento con bastante hambre para empezar el día -contesté, sentándome a la mesa.

Advertí algo raro en su actitud. Ella no volvió a hablar. Deduje que levantarse a medianoche para preparar el desayuno de su marido era un trabajo rudo. Rudo resultó también el trabajo aquel día en la escuela. La mayor parte del tiempo me la pasé sin saber de qué se hablaba en las aulas. A causa de mi excursión con la sonámbula, me estaba fijando más que nunca en mis condiscípulas. Buscaba a la que me dejara extenuado la noche anterior. No obstante, conseguí sobrevivir a aquella jornada. Cuatro tazones de chile bajo mi cinturón, me prepararon bastante bien para mi jornada nocturna en la gasolinera. Se hallaba ésta emplazada en El Camino Real, en la carretera que va desde San Francisco a San Diego. Los buenos padres solían trasladarse de una misión a otra a pie. Me dio risa, al imaginar lo que ellos habrían pensado de Catalina. Esa idea me llevó a dar un rodeo. Disponía de tiempo de sobra, así que me encaminé a la espesura familiar. A la luz del día, aquél me pareció un sitio inexpresivo y solitario. No podía entretenerme, sin embargo, con sentimentalismos. Cogí uno de los palos de la cerca, utilizándolo como palanca en la losa. No me costó mucho trabajo desplazarla. No era necesario cavar. La cripta sepulcral estaba formada por piedras cuadradas. En el fondo, descubrí un féretro de construcción casera, con asas de plata pintadas. Al igual que la placa de la tapa, debían de haber sido trabajadas por un herrero.

Me introduje en la abertura. Había espacio suficiente para que pudiera poner los pies, sin tener que montarme en el féretro. Levanté la porción posterior y por poco la dejé caer de golpe. Catalina no me había engañado. Estaba tendida allí, con los ojos cerrados. Las manos se hallaban cruzadas sobre su pecho. Su piel era de un tono oliva transparente, con un toque rosado.

-¡Sal de aquí! ¡Te encontré!

Ella no contestó. Flotaba en sus labios una leve sonrisa, que impedía que cerrara los mismos con fuerza. Ningún sepulturero había visto jamás un cadáver semejante. Sus uñas eran rosadas y largas. No había la meror huella de arañazos en sus menudos pies, ni una mota de polvo. Eso fue lo que me hizo abatir la tapa a toda prisa. Salí de la tumba, dedicando unos minutos a la tarea de colocar la lápida en su sitio. Una cosa es hablar con una muchacha de lo cómoda que pudiera sentirse en su féretro y otra muy distinta es verla en él... Me recobré de aquella emoción al incorporarme al trabajo. El señor Hill me miró como si estuviese echando algo de menos. Le dije:

-Espere y verá cómo le vendo al juez Mottley una lata de «Green Gold».
-Será lo mejor que puedas hacer, muchacho –gruñó mi jefe-. Voy a darte otra oportunidad. No puedo despedirte hoy porque la señora Hill y yo queremos ir al cine.

Cuando cerré la gasolinera, dejando en condiciones las mangueras del agua y del aire, para que no nos las robaran, llevé a cabo el siguiente intento de reforma de la dieta de Catalina. Después de hacer los honores a otro tazón de chile, pedí a Mike que me preparara algo, en un paquete, para llevármelo. Catalina estaba sentada en la tumba, esperándome.
-
Todo mundo se asusta al verme, menos tú –me dijo, con una encantadora sonrisa-. Ahora cenaremos, ¿verdad?
Me besó. Hizo un trabajo de esta caricia.
-Lo que tú quieras. Pero a mí me parece que podrías abandonar gradualmente tu dieta de sangre. Estuve en el bar y Mike me preparó cierta cantidad de chile para ti.
-¡Oh! -Catalina se apartó de mí, dirigiéndome una mirada cargada de reproches-. ¿Has comido chile? ¿Con ajo?
-¿Qué ocurre? -Me dejó desconcertado su actitud-. Siempre me figuré que los antiguos californianos sintieron una gran debilidad por este alimento. Bueno, de todos modos traje también unas golosinas. Éstas te quitarán todo olor de tu aliento. El jefe las tiene siempre en la gasolinera, a fin de evitar que su mujer se entere de que se ha tomado demasiados «golpes» de ginebra al cabo de la jornada.
-Pero... ¿es que no lo sabes? Los vampiros no pueden oler el ajo. Es puro veneno para ellos. He ahí el peligro... Por este motivo, me veo obligada a hacer una selección muy escrupulosa de la gente. Bien... -Ella se encogió de hombros. Yo no estaba en condiciones de servirle-. Tenemos que volver allí.
Me señaló el sitio que visitáramos de noche.
Intenté seguir siendo fiel a mi propósito.
-Supongamos que tú te vas sola esta noche, mientras yo dedico estos minutos a la elaboración de ciertos planes. Andas necesitada de algunos vestidos bonitos. De esta manera, quienes te vean cesarán de lanzar exclamaciones de asombro antes de emprender veloz carrera.

Esto me dio resultado. Ya lo sabía que había de ser así. Para estar a la altura de las circunstancias, Catalina declaró que prescindiría de la cena aquella noche. Hubiera sido capaz de ir a la huelga de hambre por mí. Finalmente, nos pusimos de acuerdo: realizaríamos una incursión en el laboratorio del protesor Rodman. A Catalina se le daban bien las cerraduras, como ya he dado a entender previamente. Al regreso, quiso que me sentara a su lado mientras ella me refería chismes acerca de los Ortega, quienes habían sido vecinos suyos en 1809, pero yo tenía que dedicar algunas horas al sueño y deseaba también reflexionar. Solemnemente, me prometió dar de lado aquella manía de beber sangre. Transcurrieron varios días antes de que se me quitara del aliento el olor a ajo. Catalina, decididamente, había mejorado mucho de aspecto. Entretanto, yo me bebí la mayor parte de la mezcla del profesor Rodman. También me las arreglé para que el juez Mottley volviera por nuestros lares. Los periódicos de Palo Verde dieron a conocer al público la sorprendente recuperación de varios pacientes aquejados de anemia perniciosa. Bajo el revolucionailo tratamiento del profesor -aplicado por un médico de la localidad- se estaba efectuando una cura. Tal era la noticia, pero esto significaba que era mi labor misionera y no el tónico lo que estaba dando resultado. Todo parecía indicar que un tal Eric Binns había dado en el blanco. La única solución era consumir de dos a tres libras de hígado por día y mantener a Catalina a base de una dieta reducida. Era preciso optar por eso o por ir afilando una buena estaca.

Me deslicé hasta la tumba una tarde para darle aplicación a la estaca. Pero la vi demasiado bonita, tendida en su féretro. Mujer-vampiro o no, mi propósito constituía casi un asesinato. Por otro lado, yo no estaba aquejado de anemia, todavía. Mi siguiente movimiento fue apoderarme de un vestido largo de la señora Hill, aquél que se quedara a prueba, usándolo, y que por el hecho de tener una quemadura de cigarrillo no pudo devolver al día siguiente de la reunión. Era un tono de rojo que le caía rematadamente mal, pero que a Catalina, con su arquitectura de la primera época española y su color, le sentaría a las mil maravillas. Yo estaba planeando una compleja treta que únicamente la mente de un hombre de leyes podría comprender. Se celebraba una de esas reuniones cuyo fin es conseguir fondos para los desheredados de la fortuna de Palo Verde. Asistiría a ella la gente refinada y los miembros de las organizaciones cívicas en masse. Daban un baile... Creo que se dice así. El juez Mottley estaría allí. Y también la señora Mottley. Catalina y yo figuraríamos entre los presentes. Los Hill no irían. Ella no tenía nada que ponerse y él no podía gastarse diez dólares, que era lo que valía la entrada. Tampoco podía yo... Sin embargo, piensen ustedes en lo que hizo Aníbal en los Alpes.

Catalina se quedó impresionada cuando vio el vestido rojo y los zapatos plateados. Sus cabellos no se despeinaban nunca, ni necesitaba maquillarse. Es una de las ventajas de que disfruta una mujer-vampiro. Yo me estaba aficionando a ella. Era una damita muy. dulce, de excelente corazón. Mostrábase tolerante con respecto a mis planes sobre su futuro, por si el reproductor de sangre del profesor no funcionaba debidamente.

-Escúchame, querida -le expuse-: la organización humana es de lo más versátil que puede encontrarse en la tierra. Particularmente, en lo concerniente a la dieta...

Estábamos sentados en la lápida cuando empecé mi discurso. Como si Catalina no hubiera tenido ya bastante con vestirse para el baile.

-Verás... Yo estoy soportando esas transfusiones de sangre muy bien. Y he aquí cómo tú puedes cambiar gradualmente...

La cosa era muy sencilla. No había más que fijarse en los hindúes, que prácticamente sólo comen almidón; millones de chinos proceden igual. Tenemos también el ejemplo de los esquimales: una dieta de grasa la suya, al cien por ciento. ¿Por qué Catalina no iba a poder pasarse, poco a poco, a la sangre de buey, a la de pollo o a la de cualquier otro animal? Terminaría, seguramente, por alimentarse con cubitos de caldo. Incluso en el caso de que el tónico del profesor Rodman no diera resultado, yo me sentía algo menos que una hors d'oeuvre humana. Otra cosa: había echado de menos su frasco, y la policía llevaba a cabo investigaciones. No sabía cuándo podríamos robar otro más. Catalina se mostraba razonable con todo, revelándose como una persona de mentalidad muy abierta. Estaba emocionada y contenta cuando echamos a andar, para asistir al baile. A veces, tenía que cogerla en brazos para que no les pasara nada a sus preciosos zapatos. Me susurró al oído, en determinado momento:

-Cuando seas un abogado famoso, querido, nos llevaremos el féretro a nuestra casa, ¿verdad?
A medida que me fui acostumbrando a ella, sospeché que nunca había estado muerta. Por el hecho de ocupar un féretro, uno no es forzosamente un cadáver. Es posible que el profesor Rodman, gracias a su sabiduría en cuestiones de bio-quimica pudiera haber explicado estas cosas. Pero había habido demasiada publicidad por en medio y yo no me atrevía a abordarle con tal cuestión.

Tomamos un taxi en la S. P. Station. Le dije al señor Hill que necesitaba tener la noche libre, a fin de ponerme a bien con el juez Mottley, demostrándole así hasta qué punto me interesaba por su negocio.

El Centro Cívico es un viejo edificio, en no muy buen estado, cubierto de rojas tejas y con arcadas alrededor del patio. Por el hecho de datar de la época española, a Catalina le resultó intimidante. En el centro del patio había una fuente. Unos globos de vidrio de diversos colores producían una luz muy tenue, muy suave, como la de la luna. El juez Mottley se quedó particularmente impresionado al ver a Catalina. Se olvidó por completo de su esposa y otras mujeres como ella, tocándome en el hombro en el preciso instante en que yo le cortaba el paso a un mozo alto y bien parecido, orientando a mi acompañante hacia el patio. Las mujeres estaban haciendo censurables comentarios sobre su atuendo y ni siquiera una vampiro puede soportar eso. No me sorprendió el juez con su actitud. Había estado observándonos a lo largo de toda la velada.

-¡Oh, señor Binns! Es una grata sorpresa verle a usted por aquí.
-Espíritu cívico, señor –repuse, simplemente.
Entonces, le presenté a Catalina.

Cuando ella fijó sus espléndidos ojos en él, hizo una seña a un camarero que estaba distribuyendo vasos de «punch». Luego, cambió de opinión, pidiéndonos que le acompañáramos al club de campo, a fin de saborear un buen whisky. Catalina manifestó que nunca bebía nada y que no fumaba, pero que el paseo en coche era de su agrado. Él era demasiado astuto para intentar darme de lado. Eso ya vendría más tarde. Entretanto, se mostró muy impresionado por un tipo que tenía una hija que no hacía gargarismos con el pulimento para muebles. Empecé a sentirme como la persona ideal para encajar en la firma Mottley, Bemis & Burton. Fueron aquellas unas horas memorables, pese a la obligación final de reintegrarse al baile. Mientras el juez me explicaba lo mucho que le gustaba el «Green Gold», el joven alto y bien parecido se llevó a Catalina. Cuando logré desembarazarme del juez, me puse a buscarla, sin lograr dar con ella. Estuve así un buen rato. Me sentía preocupado. ¿Y si había vuelto a las andadas y estaba saboreando un ligero «lunch»? ¿Y si su víctima lanzaba algún gemido o hablaba más tarde? Mientras miraba por todas partes, el cuerpo fue cubriéndoseme de sudor.

Un joven alto y bien parecido... Cuando no se es una cosa ni otra, uno es sensible a tales cualidades. Al localizarlos en un coche aparcado me sentí aliviado e irritado al mismo tiempo. Aliviado porque ella no estaba bebiendo sangre; irritado, porque aquel sujeto la besaba hasta dejarla sin respiración, y a ella parecía gustarle la cosa. Le gustaba... ¡Y lucía un vestido rojo que se lo había proporcionado yo! Habíase pasado ciento veintinueve años dentro de una mortaja y ahora me engañaba, a mí, que la había lanzado al torbellino social. Él se apeó del coche nada más tocar yo éste con los nudillos. No hice más que medirle con la vista y lo dejé aplanado. No era el momento más indicado aquél para cortesías. Además, si yo le hubiese facilitado una oportunidad, ¿qué habría sido de la mía? Varios de los coches aparcados se pusieron en marcha en aquel instante, pero algunos de los presentes salieron al patio para contemplar el espectáculo. Giré en redondo para armarle la escandalera a Catalina. Ésta irguió el cuerpo, enseñándome las uñas.

-¡Vete! Mi pobre Johnnie...

Se arrodilló junto al grandullón, tumbado en el suelo, empezando a llorar. Tuve que largarme de allí cuanto antes. No quería que el juez se enterara de que había quebrantado la ley de nuevo. Ser autor de una agresión y del consiguiente escándalo en el Centro Cívico era como hallarse aquejado de lepra. De manera que nada más ver al primer tipo guapo, ella me dejaba en ridículo... Esto me indignaba. Estaba bien claro que el juez Mottley se situaría de nuevo en la acera de enfrente. Comprendiendo que aquella velada únicamente podía contener más amarguras para mí, me trasladé a toda prisa a Palo Verde Este, comenzando a trasegar ginebra. Al cabo de ocho vasos, vi la paradoja de todo aquello. Catalina se hallaba tan habituada que al verla no gritara ni echara a correr que daría de lado toda cautela con Johnnie. Muy chocante, ¿eh?

Positivamente, atroz. Nunca se me ocurrió pensar en lo que ocurriría si ella no lo asustaba. Debía de estar bebido cuando entré en el siguiente local. Lo estaba de todas maneras, con seguridad, al salir de él cantando: «Yo amo a una chica...» También me hallaba hambriento. Me trasladé a la cafetería de Mike, quien me sirvió todo el chile de que disponía en aquel momento. Iba a preparar alguno más, así que arrebañé la fuente. Por añadidura, sacó una botella de mastika, echándome al coleto un buen trago. Es un coñac griego que sabe como el barniz, sólo que especiado. Mike miró la botella al trasluz, optando por alargármela.

-Llévatela. Estás necesitado de algo que te mantenga con los ojos abiertos.

Quizá tuviera razón. Me encaminé a casa describiendo innumerables zig-zags. Era de lo único que me acordaba. Pero el hábito, según supe luego, es más fuerte que el licor mastika. Cuando me desperté estaba tieso como un garrote y helado, sobre la tumba, donde me quedara dormido. Catalina se inclinaba sobre mí. Noté algo extraño en mi garganta. Ella sonreía y se pasaba la lengua por los labios. La luna hacía sus hombros más blancos y más bellos; había lágrimas en sus ojos.

-Sólo quise hacerte rabiar un poco -susurró ella-. Cuando te fuiste, me sentí muy sola, aunque fingí hallarme a gusto. La verdad era que el baile me resultaba insoportable, por lo que opté por volver a casa. ¿Me perdonas?
-¡Hum!

Me sentía mareado y hacía esfuerzos por pensar en algo que no sé qué era... ¿Y si los plateados zapatos de la señora Hill eran ya ahora una pura ruina?

-Desde luego que te perdono. ¿Qué hora es?

Ella se encogió de hombros. El tiempo, la hora... ¿Qué más daba esto? Catalina sabia ahora quien era su dueño y la idea era de su agrado. En fin de cuentas, al agredir a aquel tipo corpúlento había procedido bien.

-¡Tenía tanta hambre! -exclamó-. Ese baile...
-No se hable más de ese asunto, querida. Mi cabeza... ¡Oh, esta condenada cabeza!

Catalina frunció el ceño. Estaba sentada, muy erguida, y se esforzaba por sonreir.

-También a mí me duele la cabeza.

Parecía hallarse enferma. Me froté la garganta. Hubiera debido conocer la respuesta entonces, pero no fue así. Se me hizo presente únicamente al empezar a quejarse, doblando el cuerpo. Luego, me abrazó, anunciándome que iba a morir. No había nada que hacer. ¿Quién ha oído hablar alguna vez de un antídoto para el chile y la ginebra? Pero yo me encontrabá en pie, pensando en dirigirme a toda prisa a una farmacia. Al empezar Catalina a dar gritos, me volví para cogerla en brazos. Ganaríamos tiempo si me la llevaba conmigo. Yo estaba muy alterado. Pero me sentí peor aún cuando vi que Catalina se había tendido sobre la losa, boca abajo. El vestido rojo, mientras yo la contemplaba, fue deshaciéndose. Flotaba encima de su cuerpo como un jirón de niebla, blanquecino. El cual, esta vez, se elevaba, ascendía lentamente. Su grito no se había extinguido en mis oídos cuando advertí que el vestido y los zapatos se hallaban vacíos. Cogí ambas cosas y eché a correr. No hubo trabajo ni escuela de leyes para mí al día siguiente. Estuve pensando constantemente en lo que ocurriría cuando alguien se preguntara qué era lo que había sido de mi amiga. Alguien podía seguir las huellas de mis pasos hasta la tumba, figurándose que ésta era un sitio excelente para esconder un cadáver.

La señora Hill tuvo una corazonada, imaginándose que su vestido y sus zapatos habían sido usados por alguna persona extraña. No cesó de mirarme a lo largo de los dos días siguientes. La mitad de las comadres de la localidad hablaban incansablemente de la muchacha del vestido rojo. Una cosa más sobre el particular: el juez Mottley no llegaría a preguntarme siquiera por ella. Finalmente, me encaminé a la tumba, que abrí. El féretro no estaba vacío. Cualquiera podía apreciar que lo que contenía llevaba allí años y años. Ahora, ya resuelto todo, me senté en la lápida, llorando como un niño. Seguía sintiéndome destrozado incluso cuando supe que la epidemia de anemia perniciosa había desaparecido, convirtiéndose el profesor Rodman en el gran científico de la época.

El caso es que conseguí mi empleo con el juez Mottley. Ya soy un miembro más de la firma. Y en ciertos momentos visito aquella tumba y me siento en la lápida, intentando evocar el rostro de Catalina. Sólo el profesor Rodman puede explicar lo que fue de ella.