jueves, 3 de agosto de 2017

Poemas IV. Antonio Fernández Lera.

Bestiario.

Desde la sombra,
y en la noche
[pero al final te acostumbras a todo]
todo es diferente. Me pregunto
si alguien me oye.
¿Me oís vosotros?
¿Estáis ahí?
[No soy mas que una voz, una sombra].
Si no me oís no soy nada.
¿Estáis ahí?
[Silencio]
Tengo que seguir hablando.
Me pagan para seguir hablando,
[Que cuanto más corras
más te duela
y que cuando pares revientes].
Esto es como trabajar en la radio para siempre
y hablar
y hablar
y hablar
y hablar
y hablar.
O como trabajar en un periódico y escribir
y escribir
y escribir
y escribir
y escribir.

Disecado y con todas las plumas:
verde, rojo y amarillo.
Protegido del polvo y del aire,
silencioso
como un pájaro muerto.




Desnudo delante de la chimenea.

Se puede oler la humedad en la piel,
el agua salpicada en las baldosas frías;
percibo incluso la temperatura
que te permite estar desnuda
delante del espejo con puertas, la ventana
que se abre ante tu rostro satisfecho, jadeante
todavía; veo tu espalda larga, el hilo de sudor en la columna
vertebral, tus piernas estiradas, el hermoso trasero.




El loro de Lady Macbeth.

Comer,
olvidar,
matar.

Imágenes: desiertos y habitaciones.
Cachorro de hocicos enrojecidos.
Sangre hasta las orejas.
Festín de la naturaleza,
malestar en el pecho.
No tristeza: malestar físico.
Por el placer ante la sangre,
por los brindis en medio de los muertos,
por las canciones a través de los bosques:
por el fuego.
Malestar por el cansancio,
por el abuso de las palabras de siempre.
Composición exquisita de las imágenes:
vómitos,
paz,
espacio vacío,
felicidad,
felicidad,
felicidad.

Ahora te sientes el creador de la muerte:
sabes que no quedará nadie
para escuchar tu última risa
o tu último bostezo.

Dormir.
Dormir.
Dormir.




El sueño de Antíope.

Sueño que vienes
a quererme, lento, y delicadamente
separas mis piernas con tu pezuña izquierda.
Me despierta el cabello de tus muslos
(la explosión del volcán
que has despertado con tu lengua).
Te pido por favor que no te vayas nunca
y que no pares, ahora, de moverte, hombre.

Sueño que sueño
cabalgando en tu sueño
y que tus dientes
me despiertan del mío
y que tu vello
me hace cosquillas en el vientre
y que no puedo
interrumpir mi baile
al son de tus caderas, mujer.




Lamento con música.

Dejad que mi lamento se extienda
como una lluvia fraterna,

todo el ser dividido
en un antes y un después,

el tiempo y la mirada siempre dos
y siempre divididos en dos.

Queda el hueco visible
de las palabras ausentes

que reclaman un eco y una voz
en el caos informe del pensamiento.

Queda la música
flotando en el aire

como una caricia, como un aleteo,
poco antes del último suspiro.




Neurosis.

Máquina de muerte,
máquina de muerte:
Sonríe.
Sólo puedo ver mis ojos,
reflejados en el cristal de la máquina,
segundos antes del chispazo que me ciega.

Quiero gritar
por el puro placer de gritar
?¿y por qué no?
Pero no voy a darles el placer de gritar
?a los otros, o a vosotros,
que atentamente, como lechuzas,
y agazapados como lagartijas pacientes y al acecho
esperáis mis gritos
o más bien algo parecido a mis gritos:
un cierto nerviosismo, crispación apenas perceptible,
movimiento de la mano ?ya sabes, cualquier cosa
que por pequeña que fuera sabrían descifrar.
Pero no les voy a dar ese placer.
Yo sé gritar en silencio,
comer en silencio,
sufrir en silencio,
vomitar en silencio,
menospreciar en silencio,
fornicar en silencio,
sonreír y acariciar en silencio.
Mi silencio no tiene precio:
nunca sabrán si es el silencio
de la muerte o el silencio
del amor (yo tampoco).




Poema kantiano: instrucciones.

Crear el habitáculo propicio
para la recepción de lo sublime.

Reservar un espacio
para la música inaudita,
paraíso del tiempo.

Contener el aliento
ante la perspectiva inalcanzable

y ser capaces
de seguir viviendo.

Poemas III. Antonio Fernández Lera.

Bañistas en el río.

Os miro y os veo desnudas
en el rectángulo de la humedad,
acariciando el aire vuestros cuerpos
bajo esos objetos difusos
que os protegen del sol.

Sombras verdes, agujas de hierba
que hacen cosquillas al alzar los brazos.

La escala del blanco al gris, casi azul, es infinita.
Lo vertical forma un horizonte de cuerpos.

La serpiente lo mira todo
desde la negra columna del agua.




Cuadro soñado.

Viento furioso, mano quieta,
manantial de agua clara.

Duele aún la presencia tangible
del amigo muerto.

Es un temblor,
un desajuste.

Alivia la conciencia
saber que no existe
olvido.




El perro de la muerte.

Muevo los brazos
en el aire frío
como un cuerpo de paja
pintarrajeado
Prendedme fuego
Muevo los labios
Vosotros Eh Vosotros
Prendedme fuego
Pero no se oye
Vosotros Eh Vosotros
Prendedme fuego
Pero no se oye
Muevo los brazos
Y me dejo llevar por la furia del viento
que arrastra tierra y hojarasca
Muevo los brazos
El agua de los ríos desaparece
Los gorriones picotean mis manos
La lluvia moja mis huesos
La muerte duerme a mis pies
Prendedme fuego




La hora del desayuno.

No recuerdo exactamente las palabras:
la nieve o el agua.
Congelado y con los ojos abiertos: déjate de pájaros.
Un idiota rodeado de idiotas. Nada más.
Idiotas congelados con los ojos abiertos. Nada más.
Construir el futuro.
Construir el futuro.
Construir el futuro.




Mujer con espejo.

El pincel
es la lengua.

Los labios apretados
colocan el pelo de la mujer desnuda.

Quietudes en la piel:
reposo inverosímil.

El temblor pequeño
es el fragmento infinitesimal
del estallido.

Me gustaría saber
quién se ha comido la manzana

(pues creo
que de haber sido yo
me acordaría).




Pared sin cuadros.

Cada segundo un siglo, una mirada,
nunca la misma, siempre sin un centro decisivo,
sin palabras mayúsculas, que son como humaredas
de sangre y de dolor, látigo, muerte.




Venus.

Ven aquí, olvida el decorado,
siluetea mi cuerpo con tus ojos.

Voy a restregar estas flores
en tu barba de dos días.

Y aunque pienso que antes debieras afeitarte,
trataré de olvidar el daño que me harás.

Me imagino los pétalos rojos en tu boca,
mis uñas en tus nalgas,
tus dientes en mi lengua,
tus ojos tan abiertos
en el tiempo compartido

y sé
que vas a despeinarme.

Poemas II. Antonio Fernández Lera.

El origen del mundo.

Qué quieres que te diga,
me gustas así, abierta,
de par en par,
a los ojos del mundo,
como una verdad
pura,
desnuda.




La dama que descubre el seno.

Esa tierna piel que me ofreces
viene a mí como un trozo de viento:

te respiro en silencio,

voy a ti atraído por tus ojos.




Magnetismo.

Todo es cuestión
de un segundo.

Me asomo al abismo
del sueño.

Respiro sin trabas
el aire del invierno.

Me imagino el estruendo
del alfiler contra un imán

y su viaje
sin goce ni dolor.

Pienso en la piedra
que cae desde lo alto
de una montaña
y es ilocalizable
para siempre.

Pienso en la manzana
que cae del árbol,
y en los pequeños bichos
que mastican la fruta caída
llevados por la ley
del hambre.

Mi abismo es un espejo.

Siento un rumor de hojas
alrededor de mi camastro.

Veo en el cristal, junto a mi rostro,
un almacén de miradas perdidas.

Me pregunto si acaso
soy yo el archivero.




Olimpia.

Siento tu aroma, íntegramente,
desde los pies a la cabeza,
y sé que cuando llegue hasta tu cuello
desharé tu lazo con los dientes
y morderé tu oreja
y arrancaré la flor que llevas puesta
y extenderé tu pelo sobre la almohada,
respiraré otra vez toda tu piel desnuda,
me detendré en tus pechos
y pasearé despacio por tu cuerpo,
que será el escenario de mi sueño.

(Vista de cerca, tu piel es una niebla
que me envuelve).




Presagio.

Sobre la sombra del viento, sangre, sangre, sangre.
Fotografías de Macbeth y Lady Macbeth
en las ventanas del castillo.
Con la sonrisa comida por los buitres.
En sus hombros, el tiempo resbala suavemente,
sobre los excrementos de los pájaros.
El viento se arrastra como la serpiente
que vuela y ataca sin piedad
entre la piedra y el árbol (ventana y abismo).
La noche vuela como el viento
sobre figuras de piedra
que se deshacen poco a poco.

Poemas I. Antonio Fernández Lera.

Amor sagrado y profano.

Superficie partida, invisibles triángulos
dispuestos para su entrada en el ojo. Lástima
que debajo del triángulo principal
que forman los pezones y el ombligo,
centro mismo de un esplendoroso campo de carne, se oculte
la selva de su pubis, el sexo imaginado, su olor y su pelo revuelto
y satisfecho ahora, en el descanso. Lástima
que haya que desviar la vista un poco más, hacia una piedra gris,
para ver otros cuerpos más desnudos aún
y tocándose bajo una extraña niebla.

Pero no sé qué hace ahí en medio, por cierto,
ese niño gordo con la mano en el agua
mientras la otra mujer, pulcra y remilgada, se hace la sorda:
¡si al menos fuese posible imaginar
el enjambre del sexo debajo de sus faldas!




Canción del bosque.

El bosque que se acerca
es un bosque sin lluvia
y es un bosque de viento,
frío y muerto.

Su arena seca
nos encierra en el olvido.

Bosque de mugre y de tristeza.

Cada vez que lloramos
humedecemos la tierra.
La hierba que florece no sobrevive.

Comemos tierra.
Dormimos.
Observamos
el movimiento del bosque
bajo las estrellas.

El bosque que se acerca
es un desierto
donde duermen al sol, por las mañanas,
lagartijas e insectos.




Ecos del jardín 1 - 2.

1

Como el pez al agua,
como el agua a la tierra,
como la tierra al sol,
como el sol al árbol,
como el árbol a la lluvia:
forma creada con las manos,
fuegos y alas en los ojos:
fulgor de forma que se cruza
con otro haz de luz en el cerebro:
creando saltos de la sangre en las venas
y reposos de arterias en los huesos.


2

Ven, sombra feliz, tapa mis ojos:
no seas muerte fría, sino sed saciada
que rehaga mi piel y reanime mis huesos.

Cubre mis pies con lanas y algodones.
Acaricia mi espalda con tus manos
hasta sentir en ella el dolor suave

que te avisa de la subida de las aguas
en los ríos y en los lagos de mi cuerpo.
Ven a mí como un reflejo en gris

bajo luces metálicas (despacio)
y hazme respirar el aire de tus labios
como en un pensamiento reconstruido.




El eco de tu voz 1 - 3.

1

Pronto ?y entre nosotros? hablaremos
y nuestra voz se perderá en el vacío

de palabras como silencios;

las miradas y los gestos: todo;

y el tiempo, suspendido como un soplo de brisa,

y solos,

hasta que otra voz se aproxime y nos diga
lo que somos ?una mota de polvo?, y nos diga:
"podéis hablar ahora, es vuestro turno.
No más tarde ni antes: ahora"; y hablaremos
?con prisa y con melancolía.
Nuestras propias palabras parecerán extrañas,
como las voces de otros.


2

Una lucha entre dos, como un abrazo,

como una voz que se rompe.

Carne sobre luz eléctrica,
fuego sobre la carne, bajo una luz distinta,
y el televisor en tus ojos, encendido.

No quiero nada.

Mi sonrisa es espumosa como la cerveza,
pero yo nunca me doy cuenta
?maldita sea, pobre inútil, inservible
como la letra de un tango.

Seguir es dejarme llevar por el viento
cuando el aire se muere,
montar en las alas de un pájaro y volar (volar, volar)
cuando el aire se muere.


3

Párteme por la mitad:
rómpeme
y olvídame




Poema imprevisto 1 - 3.

1

Esta es la noche de las lagartijas,
al acecho en sus escondrijos.

Esta es la noche de las cucarachas
en el silencio del pasillo.

Su canción se arrastra por el suelo
y nos expulsa del paraíso.


2

Una sombra en el aire se mueve
como una sombra en el aire.

No es que seamos ciegos, hoy,
es que no abrimos los ojos.


3

Qué puedo hacer ahora
cuando la lluvia se derrama
sobre mi cuerpo congelado
con furia y estruendo
y es de noche ya para salir corriendo
hacia la calle.

No tengo llaves,
no recuerdo la dirección,
todo lo he perdido

y al alba retorna el silencio
y mi piel, en el aire caliente,
se ha secado. Poco a poco,
recuerdo los nombres de las calles
y los objetos perdidos
reaparecen.