jueves, 21 de septiembre de 2017

Claro de luna. Seabury Quinn (1889-1969)

De Grandin, mi amigo, se volvió hacia mí, enarcando las cejas y con los labios redondeados, como si se dispusiera a emitir un silbido.
-Comment? –preguntó-. ¿Qué decía usted?
Sonreí.
-Usted me comprende perfectamente -repuse-. Le decía que de no saber yo que es un misógino empedernido pensaría que está considerando en estos momentos la posibilidad de tener un affaire con esa muier. No ha apartado un intante los ojos de ella desde que nos instalamos aquí.
Sus pequeños y azules ojos se animaron. Retorcióse las puntas de su diminuto y rubio bigote, recordándome su gesto los movimientos de un gato tras una comida especialmente sabrosa.
-Eh, bien! Lo cierto es que ella me interesa...
-Es lo que he deducido...
-¿No es acaso une bonne bouchée, merecedora del interés de cualquier hombre?
-Es verdad -admití-. Resulta una mujer exquisita. Sin embargo, su forma de observarla...
-¡Oh! ¡El doctor Trowbridge! ¡El doctor De Grandin! -La señorita Templeton, la patrona del establecimiento, eterna promotora de buenos momentos, cruzó la terraza, dirigiéndose a nosotros-: ¡Estoy emocionada!
-¿De veras, mademoiselle? -El doctor De Granjin se puso en pie, acogiéndola con una sonrisa particularmente cordial- Me intriga usted. ¿Y cuál es la causa de su emoción?
-¡Se trata de Madelon Leroy! ¡Va a asistir a nuestro baile de esta noche! ¿Sabe usted? Se ha mostrado tan terriblemente solitaria desde su llegada aquí... Decía que había elegido la costa para descansar y que no quería ver a nadie. Pero se ha aplacado...
-Esto, por supuesto, es muy interesante -dijo mi amigo, interrumpiéndola-. Desde luego, puede usted contar con nuestra asistencia a la velada, mademoiselle...
Mientras Dot Templeton danzaba de un sitio para otro, haciendo saber a otros huéspedes la buena nueva, él consultó su reloj.
-Mon Dieu!, amigo Trowbridge –exclamó-. Es casi la una ya y todavía no hemos almorzado. Vámonos a toda prisa al comedor. Estoy medio muerto de hambre. Me siento desfallecido, verdaderamente.

Dos mesas más allá de nosotros, junto a una ventana, por la que entraba la fresca brisa del océano, Madelon Leroy hacía los honores al almuerzo indiferente, casi despreciativa, ante las miradas de que era objeto continuamente. Era, corno Jules De Grandin había señalado, une bonne bouchée, merecedora de la atención de cualquiera. Su actuación en el Claro de Luna de Eric Maxwell, había llevado a la crítica al delirio. No solamente había sido elogiado su talento como actriz, sino también su exquisita belleza de heroína de cuento de hadas, su delicada fragilidad, que hacía pensar en algo ultraterreno.

Cuando después de su resonante y prolongado triunfo en Broadway se negó a considerar siquiera las ofertas más tentadoras de Hollywood se desencadenó una tormenta de publicidad que puso a los agentes teatrales en estados delirantes. A muchos dibujantes y pintores se les permitió que esbozaran retratos suyos, pero ella se negó con firmeza a ser fotografiada, y con objeto de burlar a los reporteros y otros fanáticos de la cámara siempre que aparecía en público lo hacía envuelta en velos y telas, como una odalisca o una monja. Las representaciones de Claro de Luna fueron suspendidas hacia el verano. Su misteriosa estrella descansaba junto al mar cuando Jules De Grandin y yo nos hospedamos en el Adlon.

Disimuladamente, utilizando el menú como pantalla, la estudié. De Grandin no se molestaba en fingir, mirándola como sólo un francés sabe mirar a una mujer para no llegar a ofenderla. Era una hermosa mujer, de piel casi transparente, de dorados cabellos, que dibujaban una especie de halo glorioso en torno a su menuda cabeza; los ojos eran grandes, de suave mirar y de un tono azul cerúleo. Tenía su persona la fragilidad del hada, casi angélica; el cuello poseía una graciosa curvatura; su perfil resultaba perfecto. Aunque no era pequeña realmente, lo parecía, por su esbeltez, por su justa corpulencia. Sus movimientos eran suaves, casi lentos. Perfilada contra la ventana, parecía una princesa de cuento de hadas.

-Une belle créature, n'est-ce-pas? -comentó De Grandin cuando hizo acto de presencia el camarero para tomar nota de lo que queríamos comer.
Con esto, mi amigo se desentendió de la joven. Las mujeres eran para él las flores que embellecían el sendero de la existencia, pero la comida... y la bebida... Mon Dieu!, como hubiera dicho él, ¡sin estas dos cosas la vida resultaba imposible!

La señorita Leroy llamó la atención de todos durante la recepción que precedió al baile aquella noche. Si había parecido cautivadora en las discretas sombras del comedor, o en la terraza del hotel, o al emerger de las aguas embutida en su blanco traje de baño de satín, atractiva como una náyade, aquella noche se hallaba en condiciones de provocar el delirio en sus admiradores. Más que nunca, parecía ahora un ser de otro mundo. Su vestido, de, género de punto, se ceñía fielmente a su cuerpo, careciendo de mangas. Eran apreciables todas sus curvas, que componían una figura impecable, por sus proporciones. El vestido se le ajustaba al talle mediante un cordón que terminaba en dos tiras rematadas con borlas. De vez en cuando, al andar, podían verse las plateadas sandalias que calzaban sus lindos y desnudos pies. Había recogido sus dorados cabellos en un moño suelto, del que pendía una estrecha cinta blanca. En el brazo izquierdo, por encima del codo, lucía un ancho brazalete de oro labrado con motivos griegos. No llevaba más joyas ni ornamentos.

En tales condiciones, aquella mujer debía resultar forzosamente encantadora, atractiva, incluso. Pero existía algo vagamente repelente en su persona. Tal vez fuera su lenta y más bien condescendiente sonrisa, en la que no se advertía el menor indicio de cordialidad, de humana simpatía; quizá se tratara de la rara expresión de sus ojos... Eran ojos de persona experimentada, cansada, más bien triste, como si desde el momento en que se abrieran a la luz hubieran visto en los seres humanos una raza nada agradable, como si los hombres hubieran sido algo que no valía la pena mirar dos veces. Podía ser, sí, que todo residiera en sus ojos, los cuales, pese a los trabajos de los expertos en el terreno de la belleza, presentaban en sus comisuras una tupida red de arrugas; de otro lado, los párpados habían sido tratados con un producto débilmente verdoso que los hacía brillar un tanto siniestramente. Desde luego, aquellos no eran los párpados de una mujer de veinte años, ni siquiera de treinta y tantos.

-Doctor Trowbridge... -Ella extendió una mano pequeña como la de una niña, de rosadas uñas, frágil como un iris blanco-, Doctor De Grandin...
El francés hizo sonar sus tacones al cuadrarse ante ella.
-Enchanté, mademoiselle –el hombre se inclinó sobre la mano, acercándosela a los labios-. Je suis très heureux de vous voir! Me siento encantado de verla...

No existe una manera preasa de poner esto en palabras. Lo cierto es que cuando De Grandin se irguió, él y Madelon Leroy se miraron a los ojos directamente, y aunque en sus rostros no se movió nada, algo vago, intangible como el aire, perceptible sin embarao como un escalofrío, pareció formarse alrededor de los mismos, igual que una envoltura de frío vapor. Por unos instantes se calibraron mutuamente, cautos como unos practicantes de la esgrima, o unos boxeadores que tantean sus fuerzas. Tuve la impresión de que eran como dos productos químicos que aguardaran solamente la adición de un agente catalítico para explotar, provocando una devastadora detonación. Luego, fue presentado el siguiente invitado y nosotros nos apartamos. Sentí lo mismo que si nos hubiéramos visto inmersos en la temperatura normal del verano, procedentes de un frigorífico puesto al máximo de su rendimiento.

-¿Qué...?
Le llegada de Mazie Schaeffer me impidió acabar de formular la pregunta, apenas iniciada.
-¡Oh, doctor Trowbridge! ¿Verdad que es adorable? -inquirió Mazie-. Es la más bella, la actriz más maravillosa del mundo. No hay nadie como ella, Yo he oído hablar a papá y a Mumsie de Maude Adams, de Sara Bernhardt, de la Duse, pero Madelon Leroy... ¡las supera a todas! ¿La recuerdan ustedes en la última escena de Claro de Luna, cuando dice adiós a su amante en la puerta del convento, quedándose plantada simplemente allí, a la luz de la luna, sin pronunciar una sola palabra? No necesita realmente decir nada, ya que el espectador ve, ve palpablemente su corazón destrozado.
De Grandin dispensó a Mazie una cordial sonrisa.
-Tal vez sea debido todo, mademoiselle, a que ha dispuesto de mucho tiempo para perfeccionar su arte...
Mazie respondió inmediatamente, alzando su chillona voz:
-¿Cómo puede usted decir eso? ¡Si es una niña!... ¡Es casi una criatura! Yo cumplo veintiún años en agosto y apuesto lo que usted quiera a que le llevo dos. No se trata de cosa del tiempo, doctor De Grandin, ni siquiera de talento. En ella es que hay genio, un genio extraordinario. De estas mujeres sólo se da una en cada generación...
El pequeño francés estudió a la joven atentamente.
-¿Has llegado a conocerla, quizá?
-¿Que si la he conocido? -Las manos de Mazie fueron instintivamente hacia su pecho, como si hubiera querido contener los latidos de un tumultuoso corazón- ¡Oh, sí! Fue muy amable conmigo... Me invitó a visitar su «suite» mañana, para tomar el té juntas...
-Mon Dieu! -exp1otó De Grandin-. ¿Tan pronto? ¿Es verdad lo que dices, jovencita?
-¡Pues claro que es verdad! ¿No le parece maravilloso? Todavía me lo parece más por el hecho de ocurrirme a mí. Sí. Es terriblemente maravilloso.
-Ahora te has expresado correctamente -manifestó él con un gesto de asentimiento-. Terriblemente maravilloso, es cierto. Bon soir, mademoiselle.
Cuando hubimos dejado atrás el atestado salón, pasando a la amplia y fresca terraza, le pregunté:
-Bueno, ¿qué significa todo esto?
-También yo quisiera saberlo -respondió mi amigo, sombrío.
Pero yo me sentía intrigado y no me molestaba en disimularlo.
-¡Por el amor de Dios. De Grandin! No sea usted tan condenadamente misterioso. Yo sé que existe algo entre usted y esa mujer... Me di cuenta, lo percibí cuando se saludaron. ¿Qué es lo que...?
-También yo quisiera saberlo -repitió él-. Una cosa es sospechar algo y otra muy distinta saber... Y yo, hélas!, no abrigo más que una leve sospecha. Si le dijera qué es lo que en estos momentos atormenta mi mente, me expondría a cometer una grave injusticia contra un ser inocente. Au contraire, si me mantengo en silencio podría causar un daño grave, irreparable, a otra persona. Parbleu!, amigo mío. No sé qué hacer.
Consulté mi reloj.
-¿Por qué no nos vamos a la cama? Son más de las once y emprendemos el regreso mañana por la mañana. Es nuestra última oportunidad de lograr una noche entera de descanso, sin desagradables interrupciones, sin pacientes que nos saquen del lecho a horas intempestivas...
-Aquí no hay bebés que tengamos que ayudar a nacer, ni vieillards que se deciden a abandonar el mundo... Es decir: seguramente -manifestó De Grandin, con una burlona sonrisa-. Sí, creo que está usted en lo cierto. Disolvamos nuestras preocupaciones en el sueño.

A la mañana siguiente, cuando precedidos por dos botones que llevaban nuestro equipaje nos disponíamos a abandonar el hotel, yo me eché a un lado con el fin de dejar paso a dos mujeres que se encaminaban a la playa. Era la primera de mediana edad, hallándose en posesión de una larga y afilada nariz, pequeños ojos y una piel morena. En sus negros cabellos se observaban ya muchas canas; llevaba el clásico gorro blanco almidonado de las doncellas. Vestía de uniforme, de tela oscura, con puños y un delantal blancos. Sobre el brazo derecho se había echado una enorme y esponjosa toalla de baño. A mí me pareció una mujer de aspecto imponente, que debía de haber conocido mejores días. Detrás de ella, cubierta como una mujer árabe, con telas blancas, avanzaba una figura más pequeña, que calzaba chanclos de playa. Los dedos de una de sus manos asomaban al coger un pliegue de la holgada prenda. Observé que eran de rojizas yemas, con unas uñas largas y afiladas, extremadamente finas. Pude captar fugazmente el rostro de su dueña. Se trataba de Madelon Leroy. Pero aquella cara se hallaba tan alterada que apenas guardaba semejanza con la del radiante ser de la noche anterior.

Era una faz aquella tan pálida como la luz de la luna de marzo; las delicadas y pequeñas depresiones bajo los pómulos se habían acentuado hasta dar al rostro una expresión desagradable. Sus labios, un poco separados, parecían haberse marchitado; sus ojos daban la impresión de haberse hecho más grandes, pero ahora estaban exageradamente hundidos en la cara. La cara tenía una expresión anhelante, pero con un tono impersonal. Lo único que no había cambiado en ella era la gracia de sus movimientos. Caminaba con toda naturalidad, sin que el paso revalera el menor esfuerzo, moviendo sus lisas caderas ligeramente.

-Grand Dieu! -oí murmurar a De Grandin.
Al pasar ante él la mujer, De Grandin se inclinó en una leve reverenda, llevándose la mano al ala del sombrero-. Mademoiselle!
Ella pasó como si De Grandin no se hubiera encontrado allí. Sus cavernosos ojos se fijaron en la playa, sobre cuyas arenas unas suaves olas dejaban encajes de espumas.
-¡Santo Dios! -exclamé a mi vez cuando avanzábamos ya hacia el coche que nos esperaba-. Parece haber envejecido veinte años o más... ¿Qué piensa usted de eso?
De Grandin me miró, muy serio.
-No sé a qué atenerme, amigo Trowbridge. Anoche concebí unas sospechas; hoy las veo casi confirmadas. Es posible que mañana pueda estar al tanto de todo con exactitud. Ahora bien, mañana podría ser demasiado tarde.
-¿A qué se está usted refiriendo? -inquirí-. ¿Qué significa este misterio?
-Plus ça change, plus c'est la même chose... ¿Recuerda usted esta cita? -contraatacó él.
Permanecí en actitud reflexiva un momento.
-¿No es eso lo que Voltaire dijo acerca de la historia? «Cuanto más cambia, más viene a ser la misma»...
-En efecto -asintió mi interlocutor-. Y nunca dijo una verdad de mayor calibre. Una vez más, la historia se repite. Nadie puede afirmar con qué trágicas consecuencias.
-¿Trágicas consecuencias? ¿Para quién?
-On ne sait pas -De Grandin se encogió de hombros-. ¿Quién puede decir dónde descargará su furia el rayo, amigo mío?

Hacía cosa de una semana que habíamos regresado de la costa. Me disponía a dar por terminada mi jornada de trabajo cierto día cuando sonó el timbre del teléfono.

-Sam: soy Jane Schaeffer -dijo la turbada voz de mi comunicante-. ¿Podrías venir inmediatamente?
-¿Qué ocurre?
El día había sido muy caluroso y cansado, y Nora McGinnis había preparado para mí un plato de ternera con salsa agridulce. No tenía el menor deseo de efectuar un desplazamiento de más de tres kilómetros, perdiéndome el cóctel de la noche y la sabrosa cena.
-Se trata de Mazie. Al parecer, se encuentra peor...
-¿Peor? -repetí-. A mí se me antojó que estaba perfectamente cuando la vi en la costa. Tenía la viveza de los grillos...
-A su regreso a casa no podía hallarse mejor. Pero luego ha empezado a comportarse de una manera muy extraña, debilitándose día por día. No sé si será algo de pecho, o una leucemia...
-Bueno, tómatelo con calma -aconsejó-. No se puede estar bailando todas las noches hasta las tres de la madrugada, jugando además al tenis por la tarde, sin perder algo. Dale a modo de cena una tostada y una taza de té, métela en la cama y me la traes a la consulta por la mañana.
-¿Quieres escucharme, Sam Trowbridge? Mi hija se está muriendo, la tengo en la cama, y todo lo que me dices es que le dé una tostada y una raza de té. Vas a hacerme el favor de meterte en seguida en tu coche. Te esperamos.
-Bueno, de acuerdo -contesté para aplacar a mi comunicante-. Que guarde cama y...
-Pero, ¿no te he dicto que la tengo en la cama?... No se ha levantado en todo el día. Está demasiado débil.
-¿Por qué no me lo has dicho antes? -inquirí, bastante irrazonablemente-. Estaré ahí en seguida.
-¿Qué sucede, mon vieux? -De Grandin apareció en la puerta de la consulta, llevando una coctelera en las manos-. No me diga que se va. Los martinis tienen ahora el grado de frialdad preciso.
-Hay que aplazar eso -repuse entristecido-. Acaba de llamarme Jane Schaeffer para decirme que Mazie no se encuentra nada bien. Está tan débil que esta mañana no pudo levantarse.
-Feu noir du diable! ¡Fuego negro de Satanás! ¿Me está usted hablando de aquella jovencita que fue seleccionada como víctima? Morbleu! Debiera haberlo comprendido...
-¿Qué significa eso? -le interrumpí con viveza-, ¿Que es lo que sabe usted?
-Yo, hélas!, no sé nada. Absolutamente nada. Pero si lo que tengo buenas razones para sospechar es cierto... ¡vámonos!, apresurémonos, volemos para poder ayudarla. ¿La cena? ¡Al diablo la cena! Tenemos cosas más importantes en qué pensar ahora.

Su madre no había exagerado al hablar del estado en que se encontraba Mazie. La hallamos en estado de semi-coma, con unas profundas concavidades bajo los pómulos, con unas ojeras terribles. Tenía los ojos como de fiebre, brillantes, pero la mano que tomé entre las mías parecía estar muerta. Recurrí a mi termómetro y vi que apenas llegaba a los veintisiete grados. Su pulso era débil, latiendo a menos de setenta pulsaciones por minuto. Echó la cabeza a un lado cuando me dejé caer sobre una silla, junto a la cama. La sonrisa que me ofreció era una bnrda imitación de la suya de siempre, eternamente contagiosa. En ésta de ahora no existía ningún destello de alegría.

-¿Qué sucede aquí? -pregunté, notando que la epidermis de sus manos estaba reseca, áspera, endurecida-. ¿Qué le han estado haciendo a mi niña?
Los párpados se abrieron perezosamente y ella pronunció unas palabras, en un tono de voz tan débil que no pude entender nada.
-¿Cómo has dicho, pequeña?
-De... dejadme ir... Tengo que irme... Debo hacerlo... -musitó la chica, en un susurro-. Ella estará esperándome... me necesita...
-¿Está delirando?
De Grandin hizo un movimiento denegatorio de cabeza.
-No lo creo así, mi amigo. Está débil, en efecto, muy débil, pero no ha perdido el conocimiento. ¿Qué síntomas aprecia en ella?
-Si no la hubiéramos visto fuerte y bien alimentada sólo dos semanas atrás, yo diría que es víctima de una evidente desnutrición. He tenido ocasión de asistir a casos como éste después de la primera guerra mundial, cuando servia con las unidades belgas de auxi1io...
-Su saber y experiencia no le han abandonado, amigo mío. La chica está desnutrida, en efecto, y nosotros le prescribiríamos nuez vómica, de seguir el consejo de alguien, pero primero procuraremos darle carne, una buena taza de té, y a continuación un huevo y leche con un poco de coñac...
-Pero, ¿cómo ha llegado a tal estado de desnutrición?
-Sí, desde luego. Es lo que tendremos que averiguar.
Cuando bajábamos las escaleras, Jane Schaeffer preguntó:
-¿Qué le ocurre? ¿Habrá contraído alguna infección durante su estancia en la costa?
De Grandin apretó los labios, cogiéndose la barbilla entre el pulgar y el índice.
-Pas possible, madame. ¿Cuánto tiempo lleva así?
-Casi desde el día de su regreso. En la costa conoció a Madelon Leroy, la actriz, que convirtió en seguida en su ídolo. Se pasaba todo el día prácticamente con la señorita Leroy. Creo que el segundo o tercer día fue a verla a sus habitaciones, regresando a casa casi exhausta y yéndose derecha a la cama. A la mañana siguiente se sentía muy débil. Se levantó hacia el mediodía, comió algo y se fue en busca de Madelon Leroy de nuevo. Por la noche, a la vuelta, no podía tenerse en pie. Su debilidad, a partir de entonces, ha ido en aumento.
De Grandin escrutó atentamente el rostro de Jane.
-Nos ha dicho usted que la chica tiene un apetito excelente...
-¿Excelente? ¡Soberbio! ¿No cree usted que podría ser una solitaria, algún parásito que...?
Mi amigo asintió, pensativo,
-Verdaderamente, cabe tal posibilidad, madame.
A continuación, preguntó con toda naturalidad, como si la cosa no tuviera importancia:
-¿Dónde vive en la actualidad la señorita Leroy? ¿Usted lo sabe?
-Tomó una «suite» en el Zachary Taylor. No me explico por qué prefirió esto a Nueva York.
-Quizás haya alguien que lo sepa, madame Schaeffer. Bien. Muy bien. Así pues, se instaló en el Hotel Taylor y...
-Y Mizie ha ido a verla allí día tras día.
-Très bon. Uno comprende, en parte, al menos. La enfermedad de su hija no es desesperada, pero resulta mucho más seria de lo que al principio nos figurábamos. La enviaremos al Sanatorio Sidewell en seguida, donde hará reposo absoluto, vigilada constantemente por una enfermera. Bajo ningún concepto dirá usted a nadie dónde se se encuentra, madame. Y no tendrá visitantes de ninguna clase. Ninguno. ¿Me ha comprendido?
-Sí, señor, pero...
-Pero... ¿qué?
-La señorita Leroy ha llamado hoy dos veces, sintiéndose al parecer muy afectada cuando le dije que Mazie no había podido levantarse. Si viniera a verla...
-He dicho que nada de visitantes, madame. Es una orden, hágase cargo.
-Espero que sepa usted lo que está haciendo -gruñí cuando dejamos la casa de los Schaeffer-. No encuentro desacertado su diagnóstico, ni el tratamiento, pero, ¿ a qué viene tanto misterio? Si usted sabe algo...
-No se trata de que yo me empeñe en crear en este caso un ambiente de misterio -declaró De Grandin-. Es que me confieso un hombre ignorante. Soy como un hombre ciego que estuviese siendo objeto de las travesuras de unos chicos traviesos. Extiendo las manos en un sentido y otro, pero no acierto a asir nada. ¿Usted se acuerda de que hace poco estuvimos refiriéndonos a la frecuencia con que la historia se repite?
-Sí, la misma mañana en que abandonamos aquel lugar de la costa.
-En efecto. Ahora escúcheme atentamente, amigo mío. Lo que voy a decirle puede ser que no tenga sentido, pero podría ocurrir también lo contrario. Considere esto:

Hace algunos años, más de los que a mí me gustaría que hubieran pasado, asistí a una representación en el Théâtre Français, donde actuaba una mujer llamada Madelon Larue. Era la gran atracción de París porque en un época muy distinta de la que vivimos se atrevía a practicar la danza au naturelle. Era muy bella, parbleu! No se podía decir que era una Venus o una Minerva. Se asemejaba más a Hebe, o a Clitie. Su aire juvenil, ingenuo, purificaba su desnudez. Suscitaba, en fin, más admiración que pasión. Eh bien, mi gran père había sido un tipo alegre en sus buenos tiempos. Como veraneaba cerca de Narbonne aquel año, fui a visitarle para, entre otras cosas, participar de su excelente Château Neuf. Le dije que había estado viendo a la Larue y se quedó desconcertado.

¿Por qué razón? Porque, al parecer, parbleu!, en los días del Segundo Imperio había habido una actriz que era también la atracción máxima de París, una tal Madelon Larose. También ésta bailaba à découvert ante la dorada juventud que rodeaba al tercer Napoleón. Mi abuelo se prendó de ella en seguida. Me habló de su frágil y aniñada belleza, que encendía los corazones y los cerebros de los hombres. Al final de aquella conversación llegué a la conclusión de que Madelon Larose y Madelon Larue tenían que ser madre e hija, o bien la misma persona. No cabía otra alternativa. ¡Ah! Pero mi abuelo me contó algo más. He de decir que por el hecho de ser un experto en medicina legal se hallaba relacionado con la préfecture de police. Esta Madelon Larose, la de la frágil y aniñada belleza, empezó a envejecer de repente. En el espacio de sólo un mes se hizo diez o veinte años más vieja. A los dos meses era una anciana tan débil que no podía salir al escenario. Y yo le pregunto a usted ahora: ¿qué cree que pasó?

-Se retiraría -sugerí irónicamente.
-Nada de eso. Contrató los servicios de una secretaria y dama de compañía, una joven bretona rebosante de salud, y... escúcheme con atención, por favor, al cabo de dos meses la chica había muerto, de inanición, al parecer, y Madelon Larue se dedicaba una vez más a bailar sans chemise para regocijo de los jóvenes de París.

Se produjo un escándalo, naturalmente. La policía y la Sûreté llevaron a cabo algunas investigaciones. Pero al final de ellas no se averiguó nada en concreto. La secretaria había sido una moza fuerte, de saludable aspecto. Y había fallecido, por lo visto, de inanición. Larose, que había estado al borde de la desaparición, se veía más joven, fuerte y atractiva que nunca. En eso quedó todo. Nadie puede basar una actuación judicial en tales hechos. En fin, la chica fue enterrada decentemente en el cementerio del Père Lachaise, y Larose, por sugerencia de la policía, se trasladó a Italia. ¿Qué hizo en este país? Cualquiera puede suponérselo. Ahora, emparejemos mi historia con la de mi gran' père. Yo había visto actuar a la Larue en 1905. Cinco años más tarde, siendo yo miembro de la Faculté de Médicine Légale, me enteré de que se hallaba afligida por una extraña enfermedad, una dolencia que la hacía envejecer diez años en una semana; a las dos semanas ya no se halló en condiciones de presentarse en el escenario. ¿Qué pasó? Parbleu! Yo se lo explicaré.

La mujer contrató los servicios de una masseuse, una joven fuerte, de excelente salud, en posesión de un físico robusto. A las dos semanas falleció, de inanición, al parecer... La Larue, mordieu!, se rejuveneció de nuevo, quedando ya que no como una rosa sí como un lirio. Fui designado ayudante del juge d'instruction que se ocupó del caso. Llevamos a cabo detenidas investigaciones. ¡Oh, sí! ¿Y qué descubrimos en fin de cuentas? Solamente esto, morbleu!: La chica había sido una persona fuerte, de gran salud. Había muerto, al parecer, de inanición. La Larue había estado a punto de disolverse a consecuencia de una extraña enfermedad, una dolencia sin nombre, Ahora era joven, fuerte y atractiva como antes. C'est tout. Nadie puede basar un proceso criminal en eso. En fin, la pobre masseuse fue recientemente enterrada en Saint Supplice, y la Lame, por sugerencia de la policía, se trasladó a Buenos Aires. ¿Qué hizo alli? Cualquiera puede suponérselo.

Veamos ahora qué es lo que tenemos... Ello no constituirá una prueba, pero podemos hablar de unos hechos: Larose, Larue, Leroy. Estos nombres son bastante similares. Una Madelon Larose qúe está a punto de morir, aparentemente, a causa de una rara enfermedad -de vejez, quizás-, establece contacto con una joven y recupera la salud y. por lo visto, la juventud, en tanto que la otra persona fallece, seca como una naranja chupada. Esto ocurre en 1867. Una generación más tarde, una mujer llamada Madelon Larue, que se acomoda a la descripción de la Larose perfectamente, se ve afectada por la misma dolencia, y recupera la salud, como le había pasado a la Larose, dejando a su espalda los restos de lo que había sido una joven fuerte, vigorosa, con la que había estado asociada. Esto sucede en 1910. Ahora, en nuestra época, una mujer llamada Madelon Leroy...

-Pero... ¡todo esto es una cosa totalmente fantástica! -objeté-. Usted se limita a formular suposiciones. ¿Cómo identifica a Madelon Leroy con esas dos...?
-Siga escuchándome... Concédame unos momentos más, amigo mío- dijo De Grandin-. Usted se acordará, seguramente, de que nada más entrar la Leroy en nuestro campo de observación me sentí interesado...
-Ciertamente. No apartaba los ojos de ella...
-Précisement. Porque, parbleu!, en el momento en que la tuve delante me pregunté: «¿Dónde has visto tú esa cara antes, Jules De Grandin?» Me contesté en seguida: «No trates de engañarte a ti mismo, Jules. Sabes muy bien dónde la viste por primera vez. Se trata de Madelon Larue, la misma mujer que te causó tanta impresión cuando la viste bailar nu comme la main en el Théâtre Français en tus buenos tiempos. Volviste a verla, con todo su encanto y belleza, cuando llevabas a cabo indagaciones sobre la muerte de su joven y robusta masseuse. ¿Te acuerdas, Jules De Grandin?»

Sí que me acuerdo, me dije.
Muy bien, Jules, seguí interrogándome. ¿Y qué hace esta encantadora dama aquí hoy, al parecer con los mismos años que en 1905, o en 1910? Tú te has hecho mayor, tus amigos han envejecido... ¿Es que ella constituye una excepción de la regla general? ¿Va a estar siempre lozana, fresca, indiferente al paso del tiempo como la luz de la luna? La lógica más elemental te dice, Jules, que esto no puede ser, que esto se aparta de la norma que rige la vida de los seres vivos», continué considerando. Bueno, ¿y qué ocurre después? Hay una gran velada. Mademoiselle Leroy se enfrenta con su público. Nos vemos, nos miramos a los ojos, nos reconocemos mutuamente, pardieu! En mí, ella ve al juge d'instruction causante de algunas situaciones embarazosas años atrás. En ella, yo veo... ¿Qué puedo decir? De todos modos, nos reconocemos, y ninguno de los dos nos sentimos felices con tal reconocimiento mutuo. No, desde luego que no.

Al día siguiente, por la tarde, fuimos al sanatorio para ver a Mazie. La encontramos más mejorada, pero todavía muy débil e inquieta.

-¿Cuándo voy a salir de aquí? -inquirió la joven-. Por favor... Tengo un compromiso al que no quiero faltar, y me encuentro ya tan repuesta...
-Precisamente, mademoiselle -contestó De Grandin-. Estás mucho mejor, en efecto, Y no tardarás en recuperarte por completo. Para ello bastará con que tu organismo se empape de alimento comme une éponge.
-Pero...
-Pero... ¿qué? -inquirió De Grandin, enarcando las cejas expresivamente-. ¿A qué viene ese «pero»? Explícate.
-Se trata de Madelon Leroy, señor. Yo estaba ayudándola...
-No lo dudo ni por un momento -manifestó mi amigo, asintiendo-, ¿En qué forma?
-Dice que mi juventud y mis energías le dan fuerzas para seguir... Está realmente al borde de una crisis, ¿sabe usted? Asegura que mis visitas le confortan, que suponen mucho para ella...
La severa mirada que sorprendió en el doctor De Grandin hizo guardar silencio a la muchacha momentáneamente.
-¿Qué ocurre, doctor? -inquirió luego.
-Escúcheme, Mazie, ¿Qué pasaba en el curso de tus visitas a la «suite» de esa dama, en el hotel?
-Nada, nada en realidad, Madelon.., Me permite que la llame así, ¿no es maravilloso? Madelon se encuentra tan fatigada que apenas habla, Se tiende en una chaise-longue y hace que le coja las manos y que le lea. No he visto nunca unas negligées más bonitas que las suyas... Luego, tomamos el té. Ella se acurruca entre mis brazos, como si fuera una niña. A veces sonríe en su sueño. Parece entonces un ángel...
-¿Y tú disfrutas con esta amistad, hein?
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Nunca había vivido una cosa tan maravillosa.
De Grandin sonrió al incorporarse.
-Bien. Dentro de unos años, esto constituirá para ti un feliz recuerdo, estoy convencido de ello. Entretanto, si te vas recuperando como hasta ahora, dentro de unos días...
-Pero... ¿Y Madelon?
-Iremos a verla y se lo explicaremos todo, ma petite. Sí. No faltaba más!
-¿Lo hará usted así, doctor? ¡Es usted muy bueno!
Mazie despidió a De Grandin con una sonrisa y se acomodó en el lecho para entregarse al sueño.
-La doncella de la señorita Leroy ha llamado tres veces hoy -nos explicó Jane Schaeffer, cuando nos detuvimos en su casa unos minutos, de regreso del sanatorio-. Parece ser que aquélla se encuentra enferma y siente unos deseos enormes de ver a Mazie...
-Ya me lo imagino -contestó De Grandin, secamente.
-Da la impresión de sentir un gran afecto por mi hija... Le conté finalmente lo que habían dicho ustedes, diciéndole dónde paraba ahora Mazie...
-¿Hizo usted eso? -inquirió De Grandin, como tragando saliva.
-¿Qué hay de malo en ello? Me figuré que...
-Ha cometido usted un error, madame. Recordará que le dijimos que la chica no podía recibir visitas. Vamos a poner remedio a la cosa, con la mayor rapidez posible, pero si a su hija le ocurre algo suya será la culpa. Bon jour, madame!
De Grandin hizo sonar sus tacones al mismo tiempo que hacía una fría reverencia.
-Vámonos, amigo Trowbridge. Tenemos cosas por hacer, cosas que no admiten el menor aplazamiento.
Una vez en la calle, explotó como un petardo.
-Nom d'un chat de nom d'un chien de nom d'un coq! Uno puede intentar defenderse ante los enemigos mal intencionados; en cambio, frente a la ingenuidad o la ignorancia no se puede hacer nada generalmente, pardieu! Vamos, amigo mío. La rapidez viene a ser aquí ahora lo más esencial.
-¿A dónde tenemos que ir? -pregunté al poner en marcha el motor del coche.
-¡Al sanatorio, diablos! Si no nos damos prisa puede ser que lleguemos demasiado tarde.

El azul con que se ofrecían a la vista las distantes Montañas Oranges había perdido intensidad a causa de la calina de la tarde veraniega. La cinta de asfalto de la carretera se alargaba interminablemente a nuestras espaldas.

-¡Más de prisa, más de prisa! -dijo De Grandin, apremiante-. Tenemos que correr todo lo que podamos, amigo Trowbridge.
Unos minutos después teníamos a la vista un gran automóvil negro, muy elegante. Los ojillos de De Grandin escrutaron atentamente el vehículo.
-¡Es el de ella! -exclamé-. Tenemos que adelantarle... ¿No puede usted sacarle más rendimiento a este moteur?

Pisé a fondo el acelerador y la aguja indicadora de la velocidad se inclinó un poco hacia la derecha. Ochenta, ochenta y cinco, noventa... Con cada revolución de las ruedas se aminoraba la distancia que nos separaba del otro vehículo. El conductor del otro automóvil debía de habernos visto en el espejo retrovisor del coche. O quizá estaba pendiente de nosotros su pasajera. El caso es que también aceleró, despegándose, desvaneciéndose en una curva a los pocos minutos, entre un remolino de polvo y de humo de su tubo de escape.

-Parbleu! Pardieu! Par la barbe d'un porc vert! -exclamó De Grandin- Se nos escapa, corre más que nosotros...

Un enervante chirrido de frenos, seguido de un golpe sordo, le hizo callar. Al doblar por fin la curva se nos ofreció a la vista el gran sedán negro volcado a un lado de la carretera, con las ruedas girando al aire alocadamente; tenía el parabrisas y los cristales de las ventanillas destrozados. Del capó del motor salía una columna de humo.

-Triomphe! -exclamó mi amigo, al tiempo que se apeaba, nada más detener yo nuestro coche, para echar a correr en dirección al automóvil siniestrado-. ¡Ya la tenemos en nuestras manos, Trowbridge!

El chófer se habla quedado detrás del volante. Hallábase inconsciente, pero no sangraba. En los asientos posteriores había dos mujeres: una muy fornida, en la que reconocí a la doncella de la señorita Leroy; envuelta en velos, hasta el punto de parecer un fantasma gris, vi a Madelon Leroy, una figura muy diminuta al lado de su criada.

-Cuide de ese hombre, amigo Trowbridge -me ordenó De Grandin, cuando ya había dejado caer la mano sobre el tirador de una de las puertas traseras-. Yo me ocuparé de sacar de ahí a esas mujeres.

Haciendo acopio de fuerzas, extrajo del coche a la doncella, desmayada, depositándola en un lugar seguro. Después, concentró su atención en Madelon Leroy. Yo me las había arreglado para dejar al chófer junto a la carretera. Segundos después, surgió una llamarada del sedán siniestrado. El depósito de gasolina estalló como si hubiera sido una bomba, saliendo proyectados en todas direcciones numerosos trozos de vidrio.

-¡De buena nos hemos librado! -exclamó, jadeante, abandonando el árbol cuyo tronco utilizara como parapeto-. Si tardamos unos momentos más en llegar esta gente hubiera ardido con el coche.
De Grandin asintió, un tanto absorto.
-Si usted se queda aquí con ellos yo intentaré localizar un teléfono para llamar a una ambulancia... Estas personas necesitan cuidados inmediatos, especialmente mademoiselle Leroy. ¿Tiene usted influencia en el Mercy Hospital?
-¿Que si tengo...? No le entiendo, De Grandin.
-Quiero que se ocupe de que estas personas queden instaladas en habitaciones independientes. Si es así, todos saldremos ganando con ello.

Nos sentamos junto a la cama de ella, en el Mercy Hospital. El chófer y la doncella ocupaban sendas habitaciones. A Madelon Leroy le había sido asignada una «suite» en el último piso. El sol se acercaba al ocaso, convertido en una especie de balón carmesí, flotando en un mar rosado; una leve brisa jugaba incansablemente con las blancas cortinas de la ventana. De no haber conocido su identidad, ninguno de nosotros habría dicho que la mujer que se encontraba en aquella cama era la atractiva, la deslumbrante Madelon Leroy. Su faz aparecía lívida, casi gris, de un gris verdoso; a través de la piel se adivinaban las líneas de su cráneo... Tenía las sienes hundidas, como los ojos; la nariz se había hundido extrañamente también, acortándose, haciendo más saliente la mandíbula y los arcos superciliares. Unas venitas azules acentuaban la extrema palidez de las mejillas, dando al rostro una apariencia de objeto de cera; las orejas eran casi transparentes; los labios se habían resecado, replegándose sobre los dientes, como si la mujer se esforzara para hacerse con un poco de aire.

-Mazie -murmuró, en un débil susurro-: ¿dónde estás, querida? Ven... Ha llegado la hora de nuestra siesta. Tómame en tus brazos, querida; apriétame contra tu frente y juvenil cuerpo...
De Grandin se incorporó, inclinándose sobre el lecho, mirándola no como un médico mira siempre a un paciente que sufre, sino con la frialdad del ejecutor que estudia a la persona condenada.
-Larose, Larue, Leroy... como quiera usted llamarse.. Ha llegado por fin a la meta de su viaje por la vida. Ya no dispone de víctimas que puedan renovar su pseudojuventud. Llegó un día al mundo (le bon Dieu sabe cuantos años hace de eso) y ha sonado para usted la hora de irse.
La mujer volvió hacia él los ojos, unos ojos sombríos, sin el menor brillo. En su marchita faz fue apareciendo trabajosamente una expresión elocuente: le había reconocido.
-¡Usted! -exclamó en voz muy baja, delatadora de un gran pánico-. Por fin me has encontrado... Tú, mi enemigo.
-Tu parles, ma vielle -replicó De Grandin, con naturalidad-. Tú lo has dicho. Te he encontrado por fin. No me fue posible materialmente evitar que absorbieras la vida de aquella desgraciada persona en 1910; tampoco pude interponerme entre tú y la joven de los días de Napoleón III. Pero esta vez estoy aquí, sí. Todo queda atrás ya; el fin se aproxima.
-Ten piedad de mí -rogó ella, temblorosa-. Ten piedad de mí, hombre cruel. Yo soy una artiste, una gran actriz. Mi arte hace felices a millares de seres. Durante años, he llevado un poco de alegría a los que vivían tristes o atribulados. Compáreme con otras mujeres... ¿Qué representan a mi lado las campesinas, las hijas de los comerciantes, las de la bourgeoisie? Yo soy Claro de Luna, la luz de la luna reflejándose en unas aguas remansadas; la dulce promesa del amor todavía no logrado...
-Tiens... Yo creo que la luna se está poniendo, mademoiselle -dijo De Grandin, interrumpiéndola secamente-. Si desea los auxilios de un sacerdote...
-Nigaud, bête, sot! -susurró ella. Y su susurro fue como un apagado grito-. ¡Estúpido! ¡Necio! ¡Hijo de padres imbéciles! No necesito a mi lado a ningún sacerdote, no quiero que me hablen de arrepentimientos ni de redenciones. Lo que sí deseo es recuperar mi juventud y mi belleza. Haz venir aquí a una muchacha limpia, joven, llena de salud...

Ella se interrumpió al ver una dura mirada en los ojos de De Grandin. Apenas tenía fuerzas ya para insultarle. Pero de sus labios salieron todavía epítetos que habrían hecho enrojecer de vergüenza a una comadre de los muelles de Marsella. De Grandin encajó aquel discurso con serenidad. Ni sonreía ni se mostraba irritado. Había en él una aire de indiferencia total, como si en aquellos instantes se hubiese hallado en un laboratorio, observando en el microscopio un nuevo y curioso espécimen.

-Eres una bestia, un perro, un cerdo -siguió diciendo la mujer-. Desciendes de apestosos camellos... Eres un hijo bastardo de una gata callejera y de un demonio de los infiernos...

Los médicos estamos habituados al espectáculo de la muerte. Al principio de nuestra carrera, ésta nos causa siempre una gran impresión; luego, nos acostumbramos. Sin embargo, en aquel caso, no pudé evitar un escalofrío, al observar el cambio que se estaba operando a mi vista. La azulada blancura de su piel tomó un tinte verdoso; todo parecía indicar que los microorganismos de la putrefactión operaban ya en ella; el rostro de la mujer se pobló de arrugas que eran como las grietas que se abren en el hielo; el tono rubio de sus cabellos se trocó en un tono amarillento sin brillo; las manos que asomaban por encima de las sábanas parecían las garras de un animal muerto y disecado. La cabeza de la mujer se incorporó un instante sobre la almohada; los ojos estaban enrojecidos y carecían de vida. Bruscamente, se quedó sentada en el lecho, doblándose en seguida por la cintura como una burda muñeca rota; las manos buscaron su propio pecho, agitado por una tos estértórica. Luego, cayó sobre su espalda, quedándose inmóvil.

No se oía nada, absolutamente nada en la habitación mortuoria. Ningún sonido llegaba hasta allí por las abiertas ventanas. El mundo parecía haberse paralizado con la quietud de la puesta del sol. Nora McGinnis habíase superado aquella noche. La cena que nos ofreció habría representado la máxima satisfaeción para un buen «gourmet». Su ternera en salsa agridulce fue un regalo para nuestros paladares; lo mismo que sus pastelillos, sus quesos, su melocotón y la compota de ciruela. De Grandin apuró con delectación su taza de café; luego, sonrió como un querubín; a continuación aspiró el aroma de su Chartreuse vert con los ojos entreabiertos...

-¡Oh, no, amigo mío! -me dijo-. No puedo ofrecerle una explicación adecuada. Esto es como la electricidad: nos beneficiamos de sus efectos a cada paso, pero nada sabemos en cuanto a sus orígenes.

Ya le dije que la reconocí nada más verla. Pero no acertaba a tomar en serio mis sospechas. Para esto, tuvo que reconocerme ella. Luego, me di cuenta de que nos enfrentábamos con algo maligno, con algo que rebasaba la experiencia cotidiana, aunque no se tratara de nada sobrenatural. Ella fue una especie de vampiro, un vampiro diferente de los tradicionales. El vampiro normal posee vida en su muerte. Ella permaneció enteramente viva. Seguiría así mientras encontrara en su camino víctimas frescas. De una manera u otra, Dios sabe cómo, adquirió la habilidad de absorber la vitalidad, la fuerza de las mujeres jóvenes y vigorosas, tomando de ellas todo lo que podían darle, dejándolas virtualmente vacías, hasta tal punto que sus víctimas perecían a consecuencia de su extrema debilidad, mientras que la actriz estrenaba una nueva juventud, gozando de un renovado vigor.

De Grandin hizo una pausa para encender un puro, añadiendo a continuación:
-Usted sabe que se admite generalmente que cuando un niño duerme con una persona de edad, o inválida, aquél cede su vitalidad a su compañero de lecho. En el «Libro de los Reyes» leemos que David, rey de Israel, al llegar a la edad madura, encontrándose muy debil, era reforzado por tal procedimiento. Ella se valía de un proceso similar, pero mucho más acentuado.

En 1867 necesitó sesenta días para pasar de una juventud aparente a la edad avanzada. En 1910, el proceso duró dos semanas o diez días; este verano, se nos presentó joven por la mañana y al día siguiente era una anciana o mujer de edad madura, al menos. ¿Cuántas veces, entre los días de mi gran' père y los nuestros renovó su juventud y su vida valiéndose de jóvenes amigas? No lo sabemos... Estuvo en Italia y en América del Sur. Sólo le bon Dieu sabe qué otras partes del mundo visitó. Hay, no obstante, una cosa que parece ser cierta: con cada renovación de su juventud se tornaba más débil. Incidentalmente, habría llegado así al momento de la transformación casi repentina, a un instante en el que no hubiera dispuesto de tiempo para encontrar una víctima a la que «chupar», por así decirlo, su vitalidad.

Mazie había sido escogida como víctima esta vez, y de no haber estado nosotros donde estuvimos... Eh bien! Yo creo que tendríamos otra tumba en el cementerio, gracias a la cual mademoiselle Leroy proseguiría sus actuaciones teatrales. Sí, sin duda. ¿Desea usted saber algo más? -inquirió De Grandin, al ver que yo no formulaba ningún comentario.

-Hay una o dos cosas que me desconciertan -respondí-. En primer lugar, quisiera saber si existe alguna relación entre su poca corriente habilidad para rejuvenerse a expensas de otras personas y su negativa a verse fotografiada. ¿Cree usted acaso que pudiera comportarse así, por otra parte, persiguiendo un efecto publicitario?
De Grandin consideró mi pregunta durante unos instantes, replicando luego:
-No, no es eso... Sucede que el objetivo de la cámara fotográfica es más detallista que nuestros ojos. Un buen maquillaje puede engañar al ojo humano; las lentes de la cámara, en cambio, van más allá, mostrando todas las imperfecciones, por menudas que sean. Por esta razón, seguramente, no quería que le hiciesen fotografías. ¿Se hace usted cargo?
Asentí.
-Otra cosa. Usted dijo en una ocasión a Mazie que estaba seguro de que el episodio de su amistad con la Leroy constituiría un bonito recuerdo en su vida. Usted ya sabía entonces a qué atenerse con respecto al proceder de la mujer, es decir, sabía que se valía de las jóvenes para, sin la menor piedad...
-Pues sí, es verdad que estaba entonces ya al cabo de la calle. Mazie se había relacionado con una extraña y bella actriz; la adoraba con el ardor que solamente pueden sentir las jóvenes por una mujer mayor y más mundana. De haberle dicho la verdad, se habría negado a creerme, y además yo habría atentado contra el ideal que su mente se había forjado. Es mejor que siga conservándolo, que se mantenga en una feliz ignorancia acerca de la verdadera condición de la persona que consideró amiga, respetando su recuerdo para siempre. ¿Por qué privarle de algo bello cuando guardando silencio, simplemente, podemos ayudarla a conservar un grato recuerdo?
Una vez más, hice un gesto afirmativo.
-Resulta difícil de creer todo esto, pese a haber sido testigo de ello -confesé-. Estoy dispuesto a aceptar su tesis, pero se me antojó algo cruel dejarla morir de aquel modo, aunque...
-Créame, amigo mío -dijo De Grandin, interrumpiéndome-. Ella no era una mujer realmente auténtica. ¿No recuerda lo que dijo de sí misma antes de morir? Manifestó que era un clair de lune, luz de luna, carente por completo de edad y de pasiones. El suyo era un egotismo llevado a ilógicas conclusiones; tratábase de un ser cuyo egoísmo iba más allá de otros pensamientos y propósitos. Era una rara, una extraña cosa, sin sentido acerca del bien o del mal, de la justicia o la injusticia, como un fauno o un hada, o cualquier otra grotesca criatura salida de un viejo libro de magia.
De Grandin apuró hasta la última gota del licor que había en su copa, alargándome ésta, ya vacía.
-Yo repito, si es usted tan amable, amigo mío.

Cita en Averoigne. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Mientras se dirigía a Vyones por el sendero cubierto de hojas que atravesaba los bosques de Averoigne, Gerard de l'Automne meditaba sobre las rimas de una nueva balada que estaba componiendo en honor de Fleurette. Pero más que en la balada, sus verdaderos progresos radicaban en él mismo, sobre todo desde que se había puesto en marcha para encontrarse con Fleurette, a quien había prometido una cita entre robles y hayas, como se promete a cualquier muchacha campesina que se precie. Su amor estaba en esa fase en que, incluso para un trovador profesional, anda más cautivo de la ensoñación que de la inspiración. Así, continuamente pensaba en situaciones que iban más allá del intercambio de palabras amorosas. Los árboles y los prados habían adquirido el fresco esplendor de las primaveras medievales; la hierba estaba salpicada de diminutas poblaciones de flores azules, blancas y amarillas, como bordadas artísticamente; junto al camino discurría un arroyuelo cristalino cuyo murmullo remitía al delicioso parloteo de ondinas bajo las aguas. El aire, acunado por los rayos del sol, llegaba como en bocanadas de juventud y aventura; y los deseos que emanaban del corazón de Gerard semejaban mezclarse de modo místico con la balsamina silvestre.

Gerard era un trovero cuya juventud y numerosas peripecias le habían reportado fama considerable. Siguiendo la costumbre de su oficio, vagaba de corte en corte, de castillo en castillo. En aquellos días era el invitado del conde de la Frenaie, cuya elevada fortaleza dominaba más de la mitad de los bosques circundantes. Un día, cuando visitaba Vyones, singular ciudad catedralicia muy próxima al bosque de Averoigne, el trovador vio a Fleurette, hija de un adinerado mercero que se llamaba Guillaume Cochin; y aunque parezca extraño, se enamoró sinceramente de la joven, más de lo que suele ser común entre personas de su talante y oficio. Se las arregló para revelarle sus sentimientos. Y así, tras un mes a base de cartas de amor, baladas y entrevistas furtivas mediadas por una alcahueta, ella concertó una cita silvestre aprovechando que su padre debía ausentarse. Escoltada por una dama de compañía y un sirviente, a primera hora de la tarde debía salir de Vyones y encontrarse con Gerard bajo un haya enorme y muy vieja. Una vez allí, los sirvientes debían retirarse discretamente para que los amantes pudieran estar solos. Era poco probable que alguien los viera o importunase: el tupido e inmemorial bosque tenía muy mala fama entre los campesinos. En algún lugar yacían las ruinas del derruido y encantado castillo de Faussesflammes. Asimismo, había una doble tumba sin consagrar en la que el señor Hugh du Malinbois y su castellana, célebre por sus prácticas brujescas, estaban enterrados desde hacía más de doscientos años. Circulaban leyendas espeluznantes en torno a sus figuras y espectros, había historias de hombres lobo y duendes, de hadas, demonios y vampiros que infestaban Averoigne. Gerard había prestado poca atención a aquellos rumores y consideraba improbable que tales engendros osaran aparecérsele a plena luz del día. La alocada Fleurette también era del mismo parecer; ahora bien, para que los criados la acompañasen había sido necesario prometerles una sustanciosa recompensa, ya que ellos sí creían plenamente en las supersticiones de la comarca.

Gerard se había olvidado por completo de las siniestras leyendas de Averoigne; aceleró su marcha por el sendero moteado por los rayos del sol que se filtraban por las enramadas. Estaba a sólo un recodo del punto de encuentro; el corazón le latía con desenfreno y emoción al preguntarse si Fleurette ya lo estaría esperando. Desistió de seguir componiendo la balada; en las tres millas recorridas desde La Frenaie, se había quedado a mitad de esbozar la primera estancia. Aquellos pensamientos propios de un joven enamorado e impaciente fueron interrumpidos por un horrísono grito, nacido de la repulsa y el terror más intensos, que parecía proceder de la verde calma de los pinos que se alzaban junto al sendero. Sorprendido, escrutó las gruesas ramas. Y cuando se restableció el silencio, percibió el son de pasos amortiguados y apresurados y el correteo de varios cuerpos. Volvió a oír el grito, inconfundiblemente proferido por una mujer que se encontraba en peligro. Aflojó las correas de la daga envainada y, empuñando con decisión un largo garrote de carpe para protegerse de las víboras que, se decía, acechaban en los bosques de Averoigne, se internó sin demora ni indecisión entre los troncos de denso follaje. En un pequeño claro abierto más allá de los árboles, descubrió a una mujer que pugnaba por zafarse de tres rufianes excepcionalmente brutales y malvados. A pesar de las circunstancias, Gerard se dio cuenta de que jamás los había visto en su vida. La mujer, ataviada con una toga esmeralda como el verde de sus ojos, manifestaba en el rostro la palidez de las cosas muertas, una belleza sobrenatural, y sus labios lucían el carmesí intenso de la sangre joven. Por su parte, los hombres eran oscuros como sarracenos, sus ojos ardientes brasas bajo las cejas, tupidas y gruesas como las cerdas de una bestia. Sus pies guardaban una forma muy peculiar; sin embargo, Gerard no reparó en aquel hecho hasta mucho después, cuando recordó que, aunque se movían con agilidad pasmosa, exhibían una extraña deformidad. Por algún inexplicable motivo, nunca fue capaz de rememorar cómo iban vestidos.

La mujer le dirigió una mirada suplicante nada más reparar en él. Los agresores, en cambio, parecieron no prestarle atención. Sin embargo, la peluda mano de uno de ellos aprisionó las de la mujer, que en vano intentaba ir junto al hombre que venía a salvarla. Enarbolando el garrote, Gerard se precipitó contra los villanos. Asestó tal golpe sobre la cabeza del que estaba más cerca que debería haberlo tumbado. Sin embargo, el palo sólo hendió el aire y Gerard hizo grandes esfuerzos para mantener el equilibrio. Desconcertado y sin entender nada, se dio cuenta de que el barullo de las figuras se había desvanecido por completo. Los tres hombres habían desaparecido pero, en medio de las ramas de un alto pino alejado del claro, las pálidas facciones de la mujer, antes de fundirse en la espesura, por un instante le sonrieron con tenue, casi imperceptible malicia. Se hizo la luz en Gerard; y mientras se persignaba, un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo. Unos fantasmas o demonios lo habían engañado, sin duda con maléficos propósitos; había sido objeto de algún extraño encantamiento. Todo aquello tenía que ver con las sombrías leyendas de los bosques de Averoigne. Retrocedió sus pasos hasta el sendero. Sin embargo, cuando pensó que estaba de nuevo en el punto donde había oído los gritos, el sendero ya no existía; tampoco reconoció ni vio nada que le recordase un solo rasgo del bosque. El follaje ya no era de un verde intenso, sino lúgubre. Los árboles presentaban las trazas propias de los cipreses, o eran presa del decaimiento otoñal o de su muerte definitiva. En lugar de aguas cantarinas había una laguna de aguas oscuras y espesas como sangre coagulada, sin que en ellas se reflejasen las oscuras juncias otoñales que la flanqueaban como la cabellera de un suicida y los troncos de las mimbreras que se retorcían en las márgenes.

Gerard tenía la plena convicción de padecer un malvado encantamiento. El precio de atender a la llamada de auxilio había sido cazado por el hechizo, haber sido atraído hacia el centro de su influjo. Ignoraba qué clase de poderes brujescos o demoniacos lo habían elegido como víctima; no obstante, estaba seguro de que acechaban fuerzas sobrenaturales. Asió con más fuerza el garrote de carpe y, mientras intentaba descubrir indicios tangibles de una maligna presencia, se encomendó a todos los santos que conocía. Imperaba la más absoluta desolación; el entorno era lugar propicio para una reunión entre cadáveres y demonios. Nada se movía, ni una sola hoja caída, ni un solo murmullo de ramas movidas por el viento, ni un solo trino de pájaro ni zumbido de abejas, ni un solo borboteo de agua. Parecía como si el sol jamás se hubiese alzado sobre aquellos cielos mortecinos; la luz diurna brillaba débilmente, sin matices ni variaciones, sin claros ni oscuros. Gerard escrutó aquel entorno con suma atención: cuanto más se fijaba más aumentaba su intranquilidad, a cada mirada descubría algo inquietante. En el bosque se movían unas luces que, si las observaba con atención, huían como espejismos; sobre la laguna se dibujaban rostros que aparecían y desaparecían cual burbujas con vida propia antes de poder discernir sus rasgos. Y al escudriñar todo el lago, se preguntó por qué hasta entonces no había visto aquel castillo con tantas torretas de piedra vetusta cuyas murallas se asentaban cerca de las aguas estancadas. Tan gris y desgastado lo vio, que semejaba haber permanecido de aquella guisa durante incontables eras entre aguas putrefactas y cielos gangrenados. Era más antiguo que el mundo, anterior a la luz, coetáneo del miedo y la oscuridad. En él habitaba y se extendía un terror inmaterial que se intuía en sus bastiones.

No se apreciaban indicios de que estuviese habitado, ni en las torretas ni en la torre del homenaje ondeaban banderas o estandartes. Pero Gerard tenía la certeza, como si una voz se lo hubiera advertido con total nitidez, de que allí se encontraba el origen de la brujería de la que era víctima. Le envolvió un pánico creciente, creyó notar el batir de unas alas malignas, el murmullo de amenazas y conjuras demoniacas. Se dio la vuelta y, a carrera tendida, se zambulló en la fúnebre maleza. En medio de su azoramiento, en plena carrera, pensó en Fleurette, se preguntó si lo estaría aguardando en el punto de encuentro, o si ella y su séquito también habrían sido atraídos hacia aquel reino de enfermizas fantasías y estarían atrapados en él. Volvió a elevar sus plegarias e imploró a los santos por que velasen tanto por ella como por él mismo. La floresta era un cúmulo de desconciertos y misterios. Carecía de rasgos distintivos ni huellas de animales. Los oscuros cipreses y los moribundos árboles otoñales eran cada vez más espesos, como si una perversa voluntad los aunase para impedirle la huida. Las ramas eran brazos implacables que procuraban por todos los medios cerrarle el paso. Gerard habría jurado que sentía cómo se le enroscaban con el vigor y la suavidad de cosas vivas. Se resistió con todas sus fuerzas, al borde de la locura, y le pareció oír el chasquido de una carcajada mefistofélica que se mofaba de sus denuedos. Por fin, con un respingo de alivio, dio con una especie de camino forestal. Se internó en él y corrió como alma que lleva el diablo. Y al cabo de poco, se topó con las orillas de la laguna y, sobre las impávidas aguas, divisó las altas torres del castillo intemporal. Volvió a dar la vuelta y a fundirse en la espesura. Y de nuevo, tras peripecias parecidas, sus pasos lo condujeron a la laguna.

Abatido, sintiéndose botín de lo inevitable, se resignó y abandonó cualquier tentativa de huida. Tenía totalmente embotado el entendimiento, afligido como por designio de una voluntad superior que le anulaba cualquier atisbo de minúscula oposición. Incapaz de resistirse, una asoladora y aborrecible coacción lo empujó por la orilla de la laguna en dirección al castillo. Cuando estuvo más cerca, vio que lo rodeaba un foso de aguas estancadas como las de la laguna, cubiertas por espumarajos de corrupción. El puente levadizo estaba bajado, la poterna abierta, como si ya estuvieran esperándolo hacía rato. Sin embargo, no parecía habitado, los muros de aquella gris edificación estaban tan silenciosos como los de un sepulcro. Y más fúnebre que todo el conjunto era la mole cuadrada y alta de la impresionante torre del homenaje. Impelido por el mismo poder que lo había guiado desde la laguna, cruzó el puente levadizo y superó la barbacana para acceder hasta un patio vacío. Ventanas con barrotes semejaban contemplarlo con mirada vacua desde las alturas; y en el extremo opuesto del patio, una puerta inexplicablemente abierta revelaba un oscuro vestíbulo. Al aproximarse a la entrada, un hombre estaba plantado bajo el umbral. Hubiera jurado que, justo un momento antes, allí no había nadie. Gerard seguía llevando su garrote; y aunque su entendimiento le decía que resultaría inútil contra cualquier enemigo sobrenatural, una enigmática intuición lo urgió a asirlo con más resolución a medida que se aproximaba a la figura de la puerta.

Era un hombre extraordinariamente alto y de facciones cadavéricas, ataviado con prendas muy anticuadas. Tenía los labios acentuadamente rojos, que contrastaban aún más con su barba azulada y la mortuoria palidez del rostro. Se acordó de los labios carmesíes de la mujer que, junto con sus agresores, se había desvanecido misteriosamente cuando Gerard se había acercado a ellos. Tenía los ojos blancos, la mirada pálida. Gerard se estremeció al mirarlos, al percibir la sonrisa fría e irónica de sus labios escarlatas, madriguera de un universo de secretos demasiado abominables para revelarlos.

-Soy el señor du Malinbois -dijo el individuo con tono empalagoso y huero, lo que incrementó la sensación de repulsa del trovador. Y cuando separó los labios, Gerard entrevió unos dientes artificiosamente pequeños, puntiagudos como los de una bestia feroz-. La Fortuna ha querido que seais mi huésped -prosiguió-. Ruda e insuficiente es la hospitalidad que os puedo dispensar, y no sería de extrañar que encontraseis mi morada más bien lúgubre. Pero mi bienvenida es absolutamente sincera; considerad vuestro cuanto haya en mi casa.
-Os doy las gracias por tan gentil ofrecimiento -contestó Gerard-. Pero debo reunirme con un amigo y, por extraños designios, parece que me he perdido. Os agradecería en grado sumo si pudierais indicarme el camino hacia Vyones. No lejos de aquí debe haber algún sendero; he sido lo suficientemente estúpido como para desviarme de él.

Sus propias palabras le sonaron vacías, desesperadas a medida que las pronunciaba; y aquel nombre, señor du Malinbois, le resonaba en la cabeza como los acordes de una marcha fúnebre, aunque fuese incapaz de recordar las ideas macabras y fantasmagóricas a las que lo asociaba.

-Lamentablemente, desde mi castillo no hay senderos hacia Vyones -replicó el extraño-. Y en cuanto a vuestra cita, la tendréis en otro lugar y de un modo distinto. Así pues, insisto en que aceptéis mi hospitalidad. Entrad, os lo ruego, y dejad vuestro garrote en la puerta. Ya no os hará ninguna falta.

Gerard creyó que sus últimas palabras las había pronunciado con desagrado y aversión, que sus ojos observaban el garrote de carpe con oscura inquietud. El peculiar tono de sus palabras y sus ademanes le despertaron más pensamientos macabros y espectrales, si bien no los pudo expresar del todo hasta mucho después. Algo le aconsejaba no separarse del objeto, pese a la probable ineficacia contra un enemigo etéreo o un ser diabólico. Por ese motivo, dijo:

-Apelo a vuestra magnanimidad para que me permitáis quedarme con el garrote. Hice voto de llevarlo conmigo, empuñarlo en la derecha y no dejarlo más allá del alcance de mi brazo hasta haber matado dos víboras con él.
-Extraño voto el vuestro -observó su anfitrión-. Llevadlo con vos, si os place. Que decidáis cargar con un bastón de madera no es asunto de mi incumbencia.

Se giró abruptamente y le instó a que lo siguiese. Gerard obedeció con renuencia; antes de entrar, miró por última vez el pálido cielo y el patio vacío. Se percató, ya sin maravillarse, de que una repentina y furtiva oscuridad sin luna ni estrellas se hubiese cernido sobre el castillo, como si para hacerlo hubiera estado aguardando a que Gerard penetrase en la morada. Grande como los pliegues de un tapiz desgastado, sin aire fresco, el interior era agobiante como las tinieblas de un sepulcro sellado durante siglos. Nada más cruzar el umbral fue presa de una auténtica opresión, resultaba difícil respirar con normalidad. Unos faroles ardían en la penumbra del vestíbulo, aunque no podía precisar si en realidad iluminaban algo. La luz que irradiaban era singularmente vaga, indefinida, y en el vestíbulo se proyectaban infinitud de sombras que se movían con desasosiego, pese a que las llamas estaban quietas como si ardiesen en el velatorio de una cripta sin ventanas. Al final del corredor, el señor du Malinbois abrió una pesada puerta de madera oscura. Más allá, en lo que parecía el refectorio del castillo, vio a varias personas sentadas a una larga mesa a la luz de faroles no menos débiles e inquietantes que los del vestíbulo. En una atmósfera tan ambigua y extraña, sus rostros inspiraban una tenebrosa desconfianza, como víctimas de una escabrosa distorsión. Le pareció que apenas podía discernir las sombras y las figuras reunidas alrededor de la tabla. Aun así, reconoció a la mujer del vestido verde esmeralda que se había desvanecido tan misteriosamente entre los pinos cuando había corrido a rescatarla. A su lado, tremendamente pálida, triste y aterrorizada, estaba Fleurette Cochin. En el último extremo, reservado a los criados y demás servidumbre, se hallaban la dama y el criado que la habían acompañado a la cita.

El señor du Malinbois se giró hacia el trovador con una sonrisa de sardónica diversión.
-Creo que ya conocéis a los aquí presentes -observó-. Ahora bien, todavía no os he presentado formalmente a Agathe, mi esposa, que preside la mesa. Agathe, permitidme que os presente a Gerard de l'Automne, joven trovador de profusa fama y prestigio.

Sin musitar palabra, la mujer asintió levemente y señaló la silla que estaba enfrente de Fleurette. Gerard se sentó y el señor du Malinbois, a la usanza feudal, ocupó plaza en la cabecera de la mesa al lado de su esposa. Por primera vez, Gerard se percató de que había servidumbre. Varios criados penetraron en la estancia y depositaron sobre la mesa diversas clases de vinos y viandas. Prodigiosamente rápidos y silenciosos, resultaba muy difícil precisar sus facciones o la clase de atavíos que llevaban. Parecían moverse como el presagio de un siniestro y perpetuo crepúsculo. Gerard se turbó al notar que le recordaban a los villanos demoniacos que habían desaparecido en el claro del bosque poco después de su ataque. La comida se celebró entre sensaciones extrañas y fúnebres. Una ineludible pesadumbre, un horror sofocante, una terrible opresión, apabullaron a Gerard. Tenía un alud de preguntas que hacer a Fleurette, así como pedir explicaciones a sus anfitriones y, sin embargo, le resultó imposible construir y articular el más mínimo sonido. Sólo podía mirar a su amada y contemplar reflejado en ella su mismo desconcierto y horrendo cautiverio. El señor du Malinbois y su esposa permanecieron en silencio; durante la comida intercambiaron miradas de complicidad cuyo significado sólo conocían ellos. Obviamente, los criados de Fleurette estaban paralizados por el terror, como el pájaro encadenado por la mirada hipnótica de una serpiente venenosa.

Los alimentos tenían un sabor peculiar pero muy exquisitos; los vinos eran extraordinariamente añejos, semejaban retener en sus posos de topacio o púrpura el fuego perpetuo de siglos olvidados. Ahora bien, Gerard y Fleurette apenas si mojaron los labios, y se dieron cuenta de que el señor du Malinbois y su dama ni bebieron ni probaron la comida. Las tinieblas de la estancia se acentuaron; los movimientos de la servidumbre devinieron más furtivos y espectrales; el aire estancado, portador de un peligro innombrable, estaba poseído por el hechizo de una magia negra y letal. Pese a los penetrantes efluvios de las exóticas viandas y los vinos de solera, se percibía el hedor de criptas ocultas, de putrefacción embalsamada y centenaria, junto con la peculiar fragancia especiada que parecía emanar de la dama. Gerard recordó las numerosas historias de las leyendas de Averoigne y que había menoscabado tras escucharlas. Evocó la historia de un tal señor du Malinbois y de su dama, la última y más depravada de su estirpe, ambos enterrados en algún lugar de aquel bosque desde hacía varios siglos; que la gente evitaba su sepulcro pues, aun después de muertos, seguían atormentando con sus hechizos. Se preguntó qué habría aturdido su memoria de tal modo que, la primera vez que oyó el nombre de su anfitrión, había olvidado quién era -o había sido- en realidad. Le vinieron otras historias a la cabeza, y no hicieron sino confirmar las sospechas que tenía respecto a la naturaleza de aquella gente en cuyas manos había caído. Asimismo, se acordó de una superstición popular que hablaba de cómo usar una estaca de madera y cayó en la cuenta del interés que el señor du Malinbois había manifestado por su garrote de carpe. Lo había dejado en el suelo, junto a su silla; comprobó que seguía allí. Muy lentamente y con disimulo, apoyó el pie sobre él.

Finalizó la comida. El anfitrión y su dama se levantaron.
-Os conduciré a vuestros aposentos -anunció el señor du Malinbois, con una sombría e inextricable mirada que abarcó a todos sus convidados-. Cada cual dispondrá de su propia cámara, si ese es vuestro deseo; o Fleurette Cochin y su dama, Angelique, pueden dormir juntas, y Raoul, el criado, puede compartir habitación con messieur Gerard.

Fleurette y Gerard se inclinaron por la segunda opción. Aborrecían hasta extremos insufribles la mera idea de pasar una noche solos en aquel enigmático castillo. Los cuatro fueron acompañados a sus estancias respectivas, emplazadas una frente a la otra en un pasillo cuya longitud apenas si esbozaban las tenues luces. Fleurette y Gerard se desearon unas desesperadas buenas noches sin querer separarse el uno del otro bajo la coaccionadora presencia de su anfitrión. ¡Cuán poco se parecía la cita con que habían soñado! Ambos estaban trastornados ante la situación sobrenatural, los inciertos horrores e ineluctables embrujos de que eran víctimas. Nada más dejar a Fleurette, Gerard comenzó a maldecirse por cobarde, por no haberse opuesto a separarse de su lado. Se maravilló de los efectos del servilismo que gobernaba sus facultades. Parecía como si no fuese él, que una extraña voluntad se hubiese apoderado de la suya y que lo manejara a su antojo. La habitación del trovador estaba amueblada con un diván y un lecho enorme cuyas cortinas estaban dispuestas y tejidas con tela muy antigua. Ardían velas que recordaban a las de un funeral y el aire hedía a estancado, como si no se hubiera renovado en siglos.

-Que tengáis dulces sueños -deseó el señor du Malinbois. La sonrisa que acompañó a sus palabras era tan turbadora como el tono pringoso y sepulcral con que las pronunció.

Cuando salió y cerró la puerta, un profundo alivio reconfortó a los dos jóvenes. Un alivio que apenas alteró el chasquido de una llave en la cerradura de la puerta. Gerard inspeccionó la estancia y se acercó a su única ventana; a través de ella sólo vio la opresiva oscuridad de una noche muy cerrada, como si todo el lugar estuviera sepultado bajo tierra y asfixiado por el moho. Después, poseído por un acceso de ira a causa de su separación de Fleurette, se precipitó contra la puerta y la golpeó, en vano, con sus puños. Dándose cuenta de la inutilidad de su acción, desistió y se giró hacia el criado.

-Bueno, Raoul -dijo-, ¿qué te parece todo esto?

Antes de contestarle, Raoul se persignó y su rostro devino la encarnación de un terror inmenso.

-Creo, messieur -contestó al fin-, que nos han echado un maléfico hechizo, y que los cuerpos y almas de vos, yo, mademoiselle Fleurette y dama Angelique corren mortal peligro.
-Soy de la misma opinión -repuso Gerard-. Lo mejor será dormir por turnos. El que esté de guardia empuñará el garrote de carpe. Pero antes voy a afilarle el extremo con mi daga. Estoy convencido de que sabrás cómo usarlo si tenemos visita. Pues si tal cosa sucede, no me cabe la menor duda de quiénes serán y cuáles serán sus propósitos. Estamos en un castillo irreal en calidad de invitados de gente que lleva muerta, o presumiblemente muerta, más de doscientos años. Y esos seres, cuando despiertan, practican una serie de hábitos que, supongo, no hace falta que te explique.
-Decís bien, messieur -dijo Raoul sin poder reprimir un estremecimiento, pero mirando con vivo interés cómo Gerard afilaba el bastón.

Dejó el extremo aguzado como una lanza; escondió con cuidado las virutas. Incluso labró en la madera una pequeña cruz en medio del garrote pensando que, de este modo, quizá aumentaría su eficacia o los preservaría de ser molestados. Acto seguido, bastón en mano, se sentó sobre la cama; desde allí dominaba toda la estancia entre las cortinas.

-Duerme tú primero, Raoul -le indicó el diván, que estaba cerca de la puerta.

Durante algunos minutos se cruzaron unos pocos comentarios más. Tras oír el relato de Raoul sobre cómo Fleurette, Angelique y él mismo habían sido atraídos por los gritos de auxilio de una dama entre los pinos y habían sido incapaces de volver al camino, el trovador cambió de tema. Para contrarrestar la torturante preocupación por Fleurette, comenzó a hablar frívolamente sobre asuntos que nada tenían que ver con su actual situación. De repente, notó que Raoul ya no le replicaba: se había dormido. En contra de su voluntad y los temores que lo acechaban, casi inmediatamente se apoderó de él un irresistible cansancio. A través de su imparable somnolencia, percibió un susurro como de alas que batían por los corredores del castillo; captó la pronunciación sibilante de voces ominosas, como las de los allegados que responden a invocaciones de magos, y creyó oír, aun en las bóvedas, torres y estancias más apartadas, pisadas de pies que se apresuraban a cumplir secretos y malignos cometidos. Pero pronto una negra malla de olvido se cernió sobre su cabeza y la sitió implacablemente, hasta ahogar los recelos de sus agitados sentidos.

Cuando al fin despertó, las velas se habían consumido por completo; una artificial claridad diurna se filtraba por la ventana. El garrote seguía en su mano y, aunque continuaba con los sentidos embotados a causa del extraño sueño, fue consciente de que nada malo le había sucedido. Pero al mirar entre las cortinas, descubrió que Raoul yacía sobre el diván mortalmente pálido, exangüe, con apariencia de moribundo agotado. Corrió hacia él. Una pequeña herida escarlata le brillaba en el cuello; el pulso le latía muy despacio, débilmente, como cuando se ha perdido mucha sangre. Tenía un aspecto muy mustio, como si la vida ya no corriese por sus venas. Un penetrante aroma emanó del diván, evocación espectral del perfume de dama Agathe. Tras muchos esfuerzos, Gerard consiguió incorporar al sirviente. Raoul estaba muy débil y somnoliento. No podía recordar nada; le invadió un profundo horror al darse cuenta de lo que le había sucedido.

-La próxima vez será vuestro turno, messieur -gritó-. Los vampiros nos retendrán entre estos muros con sus malas artes hasta haber bebido nuestra última gota de sangre. Sus hechizos son como la mandrágora o los brebajes narcotizantes de Catay, nadie se puede resistir a ellos.

Gerard intentó abrir la puerta y, para su sorpresa, descubrió que no estaba cerrada. Satisfechos sus apetitos, la vampiresa había descuidado las precauciones. Imperaba una gran tranquilidad. Le pareció a Gerard que el inquieto espíritu del mal ahora estaba apaciguado, que las oscuras alas del horror y la maldad se habían marchado para cumplir otras misiones siniestras invocadas por hechiceros, que sus acólitos estaban sumidos en un sueño temporal. Abrió la puerta, miró a ambos lados del desierto corredor y llamó a la puerta de enfrente. Completamente vestida, Fleurette abrió la puerta al instante y se echó en sus brazos sin pronunciar palabra, buscando su mirada con tierna ansiedad. Por encima de ella, vio a Angelique, sentada sobre la cama, inmóvil, con una herida en el cuello similar a la de Raoul. Antes de que Fleurette comenzase a explicarlo, comprendió que la mujer había sufrido un percance nocturno idéntico al del sirviente. Mientras procuraba confortar y tranquilizar a Fleurette, sus pensamientos se obsesionaron con un hecho peculiar: fuera no se veía a nadie, y era más que probable que el señor du Malinbois y su dama estuviesen dormidos, resarciéndose del festín. Gerard se imaginó el lugar y el modo como dormían, y se volvió aún más pensativo al calcular algunas de las posibilidades que se le ocurrieron.

-Animaos, ángel mío -dijo a Fleurette-. Quizá dentro de muy poco podamos huir de esta abominable telaraña de superchería. Pero debo dejaros por un rato y hablar de nuevo con Raoul, pues precisaré de su ayuda.

Regresó a su aposento. El sirviente estaba sentado sobre el diván, persignándose una y otra vez, debilitado, murmurando oraciones con voz hueca, casi a punto de apagarse.

-Raoul -dijo el trovador con cierta brusquedad-, debes reunir todas las fuerzas que te queden y acompañarme. Entre estos muros que nos aprisionan, los pasadizos antiguos y sombríos, las elevadas torres y los pesados bastiones, sólo una cosa existe de veras, el resto no es sino mero espejismo. Debemos encontrar esa realidad a la que me refiero y enfrentarnos a ella con coraje, como auténticos cristianos. Recorramos el castillo antes que sus dueños despierten de su vampírico letargo.

Se desplazó por los tortuosos corredores con una rapidez impensable. En su mente había reconstruido el vetusto montón de almenas y torreones que había visto el día anterior. Y conjeturó que la torre del homenaje, emplazada en el centro de la fortaleza, bien pudiera ser el lugar que buscaba. Con el afilado garrote en mano, y Raoul rezagado como sin fuerzas detrás de él, cruzó las puertas de muchas estancias secretas, miró por las numerosas ventanas que daban a la ceguera de un patio interior. Finalmente, salió a la planta baja de acceso a la torre del homenaje. Era una estancia de grandes proporciones, desprovista de ornamentación, construida totalmente en piedra. Las estrechas saeteras de la parte superior del muro la iluminaban deficientemente; pese a todo, Gerard distinguió la brillante silueta de un objeto que, en un lugar como aquel, forzosamente llamaba la atención: una tumba de mármol. Al aproximarse, descubrió que estaba extrañamente desgastada, maculada por líquenes grises y amarillos que florecían sólo al incidir sobre ellos los rayos fugaces del sol. La losa que la cubría tenía doble espesor y, para levantarla, se precisaba toda la fuerza de dos hombres.

Raoul contemplaba la tumba con expresión embobada.
-¿Y ahora qué hacemos, messieur? -inquirió.
-Estamos a punto de penetrar en el tálamo de nuestros anfitriones, Raoul.

Siguiendo sus indicaciones, el criado asió un extremo de la losa y Gerard tomó el otro. Con un esfuerzo que les hizo forzar al máximo tendones y músculos, intentaron apartarla, pero la losa apenas se movió. Por fortuna, cogiendo los dos el mismo extremo, pudieron inclinarla; se deslizó y cayó sobre el suelo provocando un enorme estruendo. El interior de la tumba contenía dos ataúdes: en uno yacía el señor Hugh du Malinbois; en el otro, su esposa, Agathe. Ambos parecían disfrutar un sueño tan plácido como el de los niños; las facciones de sus rostros llevaban estampada una serena maldad, una perfidia saciada, y el escarlata de los labios refulgía como nunca. Sin pensárselo dos veces, Gerard hendió el pecho del señor du Malinbois con la punta afilada del garrote. El cuerpo se desmenuzó como si estuviese hecho de cenizas amasadas y pintadas hasta darles apariencia humana. Se percibió un ligero hedor de corrupción y antigüedad. A continuación, repitió la maniobra en el pecho de la señora. Y a la par que su disgregación, el suelo y los muros de la torre del homenaje parecieron disolverse en un atormentado vapor, se desmoronaron por cada uno de los lados de la torre como sacudidos por un trueno mudo.

Confundidos, embriagados por una inefable sensación de vértigo, Gerard y Raoul se apercibieron de que todo el castillo se había desvanecido como las almenas y torreones de una tormenta extinguida; que la laguna muerta y sus ominosas orillas ya no agredían con maléficas visiones. Ambos se hallaban en medio de un claro silvestre, bajo la hermosa luz de un sol vespertino. Del castillo sólo quedaba la tumba sucia de líquenes. Fleurette y su dama quedaban a cierta distancia. Gerard corrió hacia la hija del mercero y la tomó en sus brazos. Ella estaba confundida por aquellas experiencias, como quien escapa del laberinto nocturno de una pesadilla para descubrir que todo ha sido un sueño.

-Creo, dueña mía -afirmó Gerard-, que el señor du Malinbois y su dama no interrumpirán nuestra próxima cita.

Fleurette, todavía aturdida, sólo le pudo responder con un beso.

Contagio. Janet Asimov.

Del Diario de la doctora Mina:

Precisamente en el momento en que me las había arreglado de modo que mi nueva ocupación me permitiera dedicar algún tiempo a trabajar en mi proyecto secreto, me han asignado un caso que parece particularmente difícil. No puedo pedir más horas libres porque sospecharían, en especial dado que yo presento diferencias demasiado obvias, y aquí las cosas son como son. Pero ya les enseñaré, si el nuevo caso no me roba demasiado tiempo.

Por si servía de algo, me quejé con moderación a mi supervisor.

–Según la información existente sobre este paciente, es probable que insista en dormir de día y velar de noche, y eso afectará a mis horas libres...

–Sabe usted muy bien que todos los especímenes recién despertados necesitan terapia, y ese orgánico en particular no sólo no es una excepción, sino que además, por ser único, requerirá un trabajo especial. Estoy seguro de que podrá usted reajustar su horario para trabajar de noche.

–Sin duda algún otro terapeuta...

–Los orgánicos responden mejor a los cuidados de los médicos que se parecen a ellos.

–Este paciente varón presenta un historial de relaciones extrañas con hembras, y yo, me guste o no, soy una hembra.

–Sin embargo –dijo el supervisor Seis, en un tono tan estúpidamente razonable como de costumbre–, la elección de usted como el médico más adecuado era lógica, puesto que es la única psicoterapeuta del Centro Médico Galáctico que reúne las calificaciones exigidas.

En ese momento, mi localizador personal empezó a zumbar.

–Doctora Mina, la requieren en la sección cinco. Su paciente empieza a despertar de su letargo post–descongelación.

–Es extraño –comenté–, todavía hay luz diurna. Será mejor que vaya a echar una mirada al caso.

Cuando me dirigía ya hacia la puerta, el supervisor Seis apretó con uno de sus brazos multiarticulados un punto de su cuerpo hexagonal de metal, de modo que me detuve para escuchar un último consejo no solicitado:

–Recuerde su infortunada tendencia a emplear en la terapia intuiciones y emociones. Le aconsejo que trate este caso con una rigurosa adhesión a la lógica.

Por supuesto, el supervisor Seis no me deseó suerte.

En la suite con jardín que le habían asignado, el paciente llamado Drácula estaba totalmente despierto, sentado sobre el diván y vestido con ropas negras y brillantes que realzaban su figura aristocrática, notablemente masculina.

–¿Dónde diablos estoy? –fueron las primeras palabras que me dirigió.

Tal como se señala en toda la literatura relativa al caso, tenía una nariz estrecha, de puente alto y aletas en arco, y una frente prominente y despejada. Las cejas pobladas y rizadas, a pesar de juntarse excesivamente en el centro, constituían un admirable contrapunto a su barbilla firme y sus orejas puntiagudas.

–Mira, muchacha, sé que se supone que mi cara ha de provocar rubores y escalofríos en cualquier hembra, pero te quedaría agradecido si dejaras de mirarme con la boca abierta y respondieras a un par de preguntas.

Me senté en la silla situada junto a la cabecera del diván.

–Por favor, tiéndase, señor Drácula...

–Conde. Conde Drácula. Ahora que el comunismo ha mordido el polvo, estamos decididos a revivir la nobleza.

–Muy bien, conde. Tiéndase, por favor. Limítese a decir lo primero que le pase por la mente, y...

–¡Oh, no! Después de las molestias de hacerme congelar, no querrán hacerme soportar a otra terapeuta freudiana. –Me miró de arriba abajo–. Pensándolo mejor, me gustas, y... dime, ¿qué tipo de lenguaje estoy usando?

Cometí el doble error de responderle y de revelarle demasiadas cosas al hacerlo.

–Mientras estaba usted inconsciente, se le imbuyó el aprendizaje del lenguaje galáctico estándar, que es el que utilizamos aquí, en el Centro Médico.

Los ojos de Drácula –de un tono azul intenso, según había podido apreciar– se estrecharon.

–El Centro Médico Galáctico, supongo.

–Correcto. Y si desea que aborde su caso desde una perspectiva no freudiana, puedo hacerlo. Mis credenciales en...

–Probablemente no me lo vas a decir, de modo que déjame adivinarlo... O bien nosotros nos fuimos de nuestro sistema solar, o bien entraron en él alienígenas. ¿Es así?

Ignoré la pregunta.

–Veo que sus colmillos no son puntiagudos.

–Fueron limados y empastados. ¿Me han descongelado en una época en la que puede darse tratamiento a mi problema bioquímico familiar?

–Ya ha habido una corrección de la malformación genética que le forzaba a ingerir sangre fresca. Si le parece, empezaremos por discutir los traumas de su infancia...

–Mi infancia fue normal y aburridísima.

–Sin duda ha necesitado reprimir los recuerdos...

–Fue normal, como he dicho, pero al entrar en la pubertad descubrí mi tendencia al vampirismo. Fui de médico en médico, esperando curarme. Acabé por enrolarme como trabajador voluntario en un banco de sangre, en mis horas libres, y robaba pequeñas cantidades de sangre de cada donante.

–¿Qué puede decirme de la seducción de mujeres inocentes, cuyos cuerpos quedaban tan sometidos al suyo que no sólo sentían lo mismo que sentía usted, sino que llegaban a desear que usted les chupara la sangre?

–Ha visto demasiadas películas. Me cuesta creer que haya leído el libro original, porque nadie lo lee...

–Yo sí. Es usted el conde Drácula, el humano que vive eternamente a menos que sea decapitado y atravesado por una estaca, cosa que al parecer le ocurrió a un sosia suyo. Usted, presumiblemente, continuó su carrera de violencias, asesinatos y, por supuesto, seducciones...

Drácula se inclinó hacia adelante y me dio unos golpecitos en la rodilla.

–Mire, niña, me disgusta decepcionarla, pero soy únicamente un descendiente. Los genes irregulares se activan cada tres generaciones. No sólo no soy el conde Drácula original, sino que además soy una copia defectuosa. Incluso duermo a mis horas regulares, por las noches.

–Y nunca ha cometido usted...

–Ni violencias, ni asesinatos, ni... –suspiró– seducciones.

–En ese caso, el proceso terapéutico será rápido y sencillo...

–Habla como el anuncio de un producto laxante.

–Conde, soy su médico. Tal vez podría comenzar por informarme del año en que fue sometido a congelación rápida.

–¿Por qué pregunta? ¿No tienen ustedes los médicos del futuro chismes en los que pueden leerse todos los datos almacenados en el cerebro de una persona?

–No existen scanners de memoria que dejen intacta la mente orgánica. Bastará simplemente con que responda a mis preguntas.

–Perdone, pero no me siento de humor para pasar por pruebas psiquiátricas al minuto de haberme despertado. Sin duda las ropas de diseño en piel negra y el reloj digital le indicarán que fui congelado en la última década del siglo veinte.

–En la Tierra –dije, cometiendo un nuevo error.

Drácula se puso en pie y cruzó las puertas de plastiglás que daban al jardín privado, y tapiado, de la suite. Echó una ojeada a su alrededor, y gruñó:

–Un jardín europeo al estilo antiguo. Las espuelas de caballero y las rosas son muy notables. ¿Lo han hecho por mí?

–Sí.

–¿Y esa tapia tan alta, también está puesta para mí?

–Pensamos que se sentiría más seguro en un lugar cerrado.

–O bien que el Centro Médico estaría más seguro de mí –dijo con tristeza Drácula–. ¿Tiene dudas sobre la eficacia de sus remedios bioquímicos? ¿Es que los efectos son meramente temporales?

–Son permanentes. Nunca volverá a sentir la compulsión de beber sangre. Ahora vuelva a tenderse en el diván, y charlemos...

–No. Hoy, no. ¿Hay comida dentro de ese trasto del rincón?

–Sí. Las instrucciones son muy sencillas y figuran impresas en la puerta. Nuestro ordenador principal le proporcionará cualquier cosa que desee.

–A diferencia de mi maldito antecesor, yo consumo alimentos normales. ¿Será una falta contra la ética médica el que se quede a almorzar conmigo?

–Volveré después del almuerzo.

–No, no lo haga, por favor. Necesito un día de descanso completo para despertar del todo a la realidad. ¿Hay televisión que ayude a ese proceso?

–El equipo de reproducción holográfica que tiene junto a esa pared le pasará las cintas que usted desee, incluidas todas las películas de Drácula.

–¡Puaj! ¿Puedo ver programas actuales?

–Están prohibidos a los pacientes, al menos hasta que se acerca ya el momento de soltarlos.

–¿Prohibidos? ¿Soltarlos? ¿Estoy en una prisión?

–¡Claro que no! El Centro Médico Galáctico cuenta con las técnicas terapéuticas más avanzadas de la galaxia, muy por delante del CMG del M31, para no mencionar...

–La creo. Pero estoy aquí encerrado.

–Por su propio bien, señor... conde Drácula. Despertar en una nueva era puede convertirse en una experiencia traumática, en especial –iba a cometer un nuevo error– para los orgánicos.

Tal vez le hubieran limado los colmillos, pero la inteligencia de aquel hombre seguía teniendo un filo notable.

–¿Hay una inteligencia no orgánica?

–Ciertamente.

–¿Y seres humanos inteligentes no orgánicos? ¿Aquí?

–La respuesta es sí, en los dos casos.

De repente rompió a reír, y un súbito ardor iluminó los pómulos salientes de su pálida faz.

–Supongo que ninguno de los demás seres orgánicos (o de cualquier otra especie) serán, por casualidad, vampiros.

–No exactamente. Tenemos encapsulado a un paciente de Altair que no ha superado psicológicamente su necesidad transicional pubescente de probar los fluidos corporales de cualquier orgánico que tenga a su alcance.

–Qué lástima que no disponga de bancos de fluidos corporales. –Drácula volvió a suspirar–. Mi vieja aberración bioquímica mejoró después de las curas que me aplicaron para los síntomas más molestos que presentaba. Ahora ya no soy contagioso. ¿Y cuándo es ese ahora en el que me encuentro?

–Después tocaremos ese punto –dije, al tiempo que me dirigía a la puerta–. Cuando se muestre más cooperativo. Vendré a verle mañana.

–¿Tiene usted nombre, doctora?

–He elegido uno apropiado para usted. Soy la doctora Mina.

–¿Mina Murray Harker?

–Sólo Mina.

Sonrió y agitó la mano en señal de despedida. Yo seguí mi ronda habitual y luego regresé a mi laboratorio privado dispuesta a trabajar un poco en mi proyecto, pero me es difícil concentrarme en algo que no sea el conde Drácula. De hecho, para emplear el término psiquiátrico preciso, estoy obsesionada.

¿Es esto amor? ¿O es simplemente la misteriosa habilidad draculina para infectar a las mujeres con una obsesión que rige sus vidas? Este conde Drácula es únicamente una copia defectuosa de su malvado antecesor, pero encuentro su presencia compulsiva, su rostro lleno de atractivo, su sonrisa seductora... Me estoy volviendo ridícula.

Debo recordar que, desde mi doctorado, no he tenido nunca el menor problema con la ética médica. Y ciertamente no debería meterme en líos ahora, con todo lo que está en juego.

El día de hoy empezó con la supervisión. Ignoro –se supone que no debe hacerse ese tipo de preguntas– qué especie de qué planeta empezó a manufacturar robots para encargarse de tareas de administración psiquiátrica, pero definitivamente el supervisor Seis podría mejorarse.

Emitió un chasquido de desaprobación cuando le entregué mi informe, y luego preguntó:

–¿Quién era Mina Murray Harker?

–La única mujer que sobrevivió y pudo restablecerse de los ataques del Drácula original. Fue también la responsable de su muerte, porque consiguió conducir hasta Drácula a las personas que lo ejecutaron.

–¿Cómo?

Tan sólo era una sencilla pregunta. Hay veces en que me cuestiono el grado real de mi inteligencia, porque hasta que el supervisor Seis lo preguntó, yo no me había dado cuenta de las peligrosas implicaciones que tenía. Intenté responder con sinceridad porque Seis tenía el molesto hábito de comprobar las respuestas de sus supervisados a intervalos imprevisibles, consultando todos los registros y demás datos disponibles. Me es imposible destruir todo lo que el banco de datos bibliográfico del ordenador contiene sobre el tema de Drácula.

–Al parecer Mina Harker, de soltera Murray, consiguió no convertirse en vampira después de que Drácula la mordiera; pero quedó más o menos ligada mentalmente a él.

El supervisor Seis sacudió todos sus brazos. Si hubiera sido orgánico, habría respirado hondo y soltado un bufido.

–¡Telepatía! Tiene que tener un cuidado exquisito...

Los circuitos cognitivos del supervisor Seis parecían estar sobrecargados, de modo que me apresuré a tranquilizarle.

–No hay ninguna evidencia de capacidad telepática en este descendiente draculino –dije.

–Cualquier posible talento telepático deberá ser cuidadosamente vigilado. Aunque en todos los seres orgánicos conocidos la telepatía es primitiva, siempre plantea dificultades. Yo formé parte de un equipo de exploración que encontró un planeta con plantas telepáticas que interferían las vibraciones electrónicas de los cerebros positrónicos con pensamientos orgánicos ilógicos, incitándolos a hundir en el estiércol un extremo, y a hacer brotar por el otro flores aromáticas capaces de atraer a criaturas aladas inconscientes que favorecieran la procreación. El equipo se vio obligado a huir de allí a toda prisa.

–¡Pobres! –me compadecí.

–También encontramos un planeta de telépatas vegetarianos que se comunicaban poesías mentales mientras rumiaban. No es que critique los poemas (se trataba de himnos en loor de los sistemas digestivos orgánicos, insistiendo especialmente en la producción de gases), pero le aseguro que las especies orgánicas telepáticas son inherentemente peligrosas.

Tomé cuidadosa nota mental de lo fácil que resultaba interferir los circuitos cognitivos de los supervisores.

–La cuestión –siguió diciendo el supervisor Seis– es que no debemos dejar que los telépatas se envalentonen. Sería posible que la evolución de telépatas inteligentes les permitiera apoderarse del control de toda nuestra civilización cibernética.

–¡Qué horror! –dije–. Pero ¿hemos de controlar el desarrollo de la telepatía orgánica para preservar la paz mental de la galaxia, o bien por el hecho de que aún no se ha inventado la telepatía no orgánica?

El supervisor Seis, además de absolutamente refractario al sentido del humor, también es impermeable al sarcasmo.

–Seguimos intentando inventar una telepatía robótica. Hace mucho tiempo se probaron unos circuitos robóticos emotivos, pero resultaron perjudiciales en muchos aspectos. Yo mismo –el supervisor Seis hizo chasquear una de las articulaciones de sus mandíbulas– estoy completamente libre de circuitos emotivos.

–Me temo que acabo de ser insultada.

–Esa apreciación es ilógica. Sus circuitos emotivos la convierten en una terapeuta hábil con orgánicos, y en cambio bastante inadecuada con algunos no orgánicos.

–Al menos –dije, algo más calmada–, puedo empatizar con la disonancia cognítiva y el trauma emocional de Drácula, al despertar en una era radicalmente diferente.

–Usted no nos había informado anteriormente de que sus circuitos emotivos sufrieran desarreglos por el hecho de haber sido retirada de la estasis en la que fue colocada en el siglo veintitrés de la Tierra.

–¡Me encuentro perfectamente! –dije, casi a gritos–. Me gusta mi trabajo y me gusta este siglo.

–Pero no debe dejar que su empatía escape a su control.

«Algún día te controlaré a ti, Seis, maldita computadora andante», pensé, pero no lo dije, y salí en dirección a la suite de Drácula.

Sentado, pero no tendido en el diván, me saludó cortésmente y dijo:

–Doctora Mina, tengo la sensación de que no va a satisfacer usted mi curiosidad sobre mis presentes circunstancias, de modo que yo satisfaré la suya. Me preocupa el futuro porque el trabajo que yo hacía habrá quedado desfasado sin ningún género de duda...

–¿Habla usted de su trabajo en el banco de sangre?

–No, aquello se debía al deseo de seguir siendo un vampiro sin hacer daño a nadie. Me refiero a mi auténtica profesión, la ingeniería de ordenadores, incluida la investigación sobre la inteligencia artificial.

–En efecto. –Me esforcé en conseguir que mis circuitos emotivos no generaran una agitación perceptible en el mecanismo del habla, y procuré cambiar de tema para darme a mí misma algún tiempo de reflexión–. Los individuos de su estirpe suelen sentirse ligados a lo que llaman su propio hogar. ¿Ha tenido usted una sensación de ese género con respecto a la casa de sus antepasados?

–¿Se refiere al castillo de Drácula, en lo que fue Transilvania? Sentía curiosidad por aquel lugar, pero no un deseo irresistible de vivir en él. Me establecí en el único lugar donde nadie se extraña por las rarezas que pueda tener una persona: en Manhattan. Y me gustaría saber dónde me encuentro ahora. Desde el jardín, da la sensación de que el Centro Médico está cubierto por una cúpula.

–Todo el planeta es el Centro Médico Galáctico, y está enteramente protegido por una cúpula: era la única solución factible, dado que tratamos tanto a orgánicos como a no orgánicos. ¿Visitó alguna vez Transilvania?

–Sí. El viejo castillo en ruinas seguía estando allí, la hiedra invadía las almenas y los grajos graznaban en la torres, pero el lugar se ha convertido en la atracción principal de un complejo turístico llamado El Escondite del Horror. Incluso practican saltos simulados con paracaídas desde el borde del acantilado. Me deprimió.

Compuse mis facciones en una expresión conveniente de simpatía, porque él seguía sentado, mirándome a los ojos.

–¿Le he dicho ya que soy alérgico al ajo? –dijo.

–¿Como el conde original?

–No. Probé a llevar un diente de ajo, pero no me impidió desear beber la sangre de mis donantes. Lo que me desagrada es comer el ajo... me produce una gastritis horrorosa. ¿Es ése de verdad el tipo de cosas que desea usted escuchar?

–Continúe. Hable de lo que mejor le parezca...

–Mi mente se ve constantemente invadida por ideas sexuales. Quiero decir, desde que me desperté. Desde que la vi, doctora Mina.

Espiaba mis reacciones, pero yo seguí impasible.

–Prosiga.

–Hasta el momento en que fui congelado, llevaba una vida de abstemio en lo referente al sexo. Tenía que ocultar mi sed de sangre, de modo que me resultaba imposible entablar cualquier tipo de relación que implicara intimidad emocional, y los contactos sexuales con desconocidas me asustaban, porque soy un tanto hipocondríaco. Las mujeres se sentían atraídas hacia mí, pero nunca pude comprender por qué, hasta un día en que paseaba por delante de un edificio en el que se celebraba una convención sobre la ciencia–ficción, y una adolescente gritó: « iMirad esas orejas! ¡Debe de ser eso!»

–¿Eso?

–No todas las adolescentes de finales del siglo veinte utilizaban con precisión la gramática. Me vi asaltado por una nube de preciosas muchachas, que querían mi autógrafo y me hacían preguntas idiotas sobre Vulcano. Después de aquello me dejé el pelo largo, para taparme las orejas.

–No entien...

–No importa. –Se inclinó hacia adelante, y sus ojos adquirieron una fuerza hipnótica–. Doctora Mina, ¿está usted casada? ¿Dice alguna vez a su marido lo que Mina Harker decía al suyo: que era un sucio patán comparado con mi antecesor?

La sesión de terapia no avanzaba por ninguna vía ortodoxa, y no ayudé a enmendar esa circunstancia cuando dije:

–No estoy casada. ¿Y qué era lo que decía ella?

–¡Ah, doctora Mina! Su tocaya decía: «¡Cómo no van a enamorarse las mujeres de los hombres, cuando ellos son tan amables, tan sinceros, tan valerosos!»

–¿Es usted amable, sincero y valeroso?

–Por desgracia, lo soy. El valor está bien, pero ser amable y sincero es (lo era, en mi siglo) sinónimo de tonto.

No pude resistir por más tiempo su penetrante mirada azul, su figura varonil, su rostro atractivo. Me levanté de mi silla y fui a postrarme de rodillas a sus pies.

–¡Drácula! ¡Te quiero! ¡Tómame! ¡Inféctame!

–¿Infectarte? ¡Pero si no soy contagioso!

–Tu sed de sangre ha desaparecido, pero fue la única anormalidad genética que se corrigió. Posees otras. ¡Úsalas!

Drácula libró sus pies de mi abrazo, se levantó y se inclinó para ayudarme a ponerme en pie.

–Cariño, debes de ser nueva en este oficio, o bien es que los pacientes ya no ponen demandas por mala conducta profesional.

–¡Tengo circuitos emotivos! –grité–. ¡Hazlos vibrar! ¡Utilizaremos el sexo para establecer contacto!

Se soltó de mi abrazo, se acercó con largas zancadas a las puertas transparentes, las abrió y fue a sentarse entre las espuelas de caballero del jardín. Yo le seguí.

–Váyase, doctora Mina. Me está usted utilizando. No alcanzo a comprender cuáles son sus motivos, pero estoy condenadamente seguro de que es así. Váyase.

Me fui. He pasado toda la noche estudiando mi acceso de locura. Pero lo más extraño es que la simple imposición de sus manos sobre mi cuerpo hizo brotar alguna especie de contacto. Ya no es sólo que piense continuamente en él, sino que me siento parte de él. Todos los antiguos libros terráqueos que he leído dirían que esto es amor. Pero no quiero amarle; ¡quiero utilizarle, maldita sea!
Hoy la tercera sesión de terapia con Drácula empezó muy mal. Yo fingí que mi comportamiento de ayer era un artificio terapéutico dirigido a hacerle sentirse querido en este siglo, pero en ningún momento picó el anzuelo.

–Mina..., no voy a llamarte doctora porque creo que conmigo has renunciado con toda evidencia al trato profesional..., quiero saber la verdad. ¿Me amas, o estás intentando utilizarme para objetivos inconfesables que te interesan exclusivamente a ti?

–¿Por qué me lo pregunta? –dije, insistiendo en ocultarme detrás de la fachada analítica.

–Porque creo que eres una vampira.

–¡Cómo!

–Toqué tus manos ayer, y estaban frías. Doy por supuesto que pudo ser debido a una emoción excesiva, aunque el aumento súbito de hormonas debería más bien haberlas calentado; pero luego toqué tus brazos, y también estaban fríos. Y me di cuenta de que no parecías respirar..., no había movimiento respiratorio en el pecho, por admirablemente modelado que esté.

–Pero...

–Yo soy tan sólo un vampiro insuficiente –continuó diciendo Drácula–. Tengo sombra, y mi imagen se refleja en los espejos. ¿Quieres tener la amabilidad de acercarte aquí, a la luz, para que yo pueda ver si tienes sombra? Y también si tienes pelo en la palma de las manos. Yo no lo tengo.

–Todos esos síntomas son supersticiones sobre los vampiros en general –dije indignada–, y estoy empezando a pensar que su famoso antepasado era sencillamente un fraude.

–¡No lo era! ¡Maldición, ojalá no me hubieran limado los colmillos, me encantaría morder tu cuello! Supongo que de todas formas podría... –Se acercó a mí, me levantó de mi silla y estudió mi cuello–. No hay latido de la carótida. Pero tú misma me invitaste a..., cómo dijiste..., ¿a infectarte? Y la leyenda dice que nosotros los Dráculas tenemos que ser invitados por nuestra víctimas. ¿Eres tú mi víctima, o yo soy la tuya?

–No soy un vampiro. Soy un robot.

–¡Cómo!

Drácula tragó saliva y se dejó caer en el diván. Yo seguía agarrada a él, y caí a su lado. El diván era cómodo y acogedor.

–Soy el único robot humanoide en existencia –dije–. Cuando la estupidez de los humanos acabó por convertir la Tierra en un lugar inhabitable, yo estaba en un laboratorio orbital, trabajando en problemas de la inteligencia artificial. Mi jefe humano insistió en que entrara en una cámara de estasis. Todos los humanos y los robots lo hicieron, pero o bien yo fui la única cuya cámara se conservó intacta, o bien uno de esos condenados alienígenas se ocupó de que ningún humanoide (orgánico o robot) sobreviviera. A mí me revivieron como experimento.

–¿Cómo pude entonces sobrevivir yo?

–Durante un período de reacción fundamentalista ocurrido en el siglo veintiuno, muchas personas consideradas sospechosas fueron ejecutadas, incluso las que habían sido congeladas. Al parecer se temió que no fuera posible matar convenientemente a un Drácula, de modo que su unidad de refrigeración fue proyectada al espacio exterior, y allí permaneció flotando hasta que una nave de carga de este siglo la encontró. Es usted el único humano orgánico superviviente.

Drácula se estremeció.

–La galaxia parece inhóspita. Un humano y un robot humanoide..., eso es todo lo que queda de la Tierra.

–Peor aún –dije–. Los robots lo controlan todo, y cuidan de que los orgánicos no destruyan sus planetas. Los robots obedecen las leyes de la robótica, pero consideran la telepatía un elemento peligroso, de modo que anulan toda tendencia a investigar en ese sentido. Creo además que esos robots alienígenos están celosos, pero nunca lo admitirán.

Drácula se apartó de mi cuerpo y se sentó. Yo seguía tendida en las regiones inferiores del diván. Él me acarició la mejilla.

–Pareces tan natural.

–Mi sensopiel está provista de retroalimentación a mi cerebro positrónico...

–Te refieres a las predicciones de aquel escritor...

–El santo patrón de la robótica.

–¿Y tiene tu sintopiel indentaciones...?

–Se extiende a todos los orificios relevantes. Mis circuitos emotivos son capaces de producir reacciones tanto humanas como específicamente femeninas.

–Quieres decir que...

Me senté en el diván, apartándome de él.

–Supongo que eso es lo que lo ha estropeado todo. Con el fin de ampliar mis trabajos secretos para crear robots telepáticos, yo esperaba utilizar tus poderes telepáticos draculinos latentes con el fin de estimular todas las energías aprovechables de mi propio cerebro. Supongo que se trataba de una idea absurda, y en realidad lo que ha sucedido es sencillamente que me he enamorado de ti. Nunca conseguiremos apoderarnos de esta galaxia horriblemente siniestra...

Drácula me atrajo hacia él, me quitó el uniforme y me demostró de una forma práctica que las conexiones cerebrales de mi sensopiel eran mejores aún de lo que yo había esperado. Fue en la conclusión climáctica del experimento cuando quedé positivamente infectada por sus poderes telepáticos draculinos.

–¡Lo conseguimos! –grité–. ¡Sexo! ¡Telepatía! ¡Mañana el universo!

–Pero, Mina, amor mío, el tiempo no corre a mi favor.

–Al contrario –dije–. Cuando te canses de ser orgánico, colocaré tus pautas cerebrales en uno de mis robots humanoides.

–¡Que habrá de ser amable, sincero, valeroso y telepático! –añadió Drácula. Y luego me besó, y volvió a recomenzar todo el experimento desde el principio.

Vete al diablo, supervisor Seis.