viernes, 3 de noviembre de 2017

Dos balas para descansar. W.

Su frente sudaba. La corrida había sido feroz y larga, y aún así de alguna forma esos seres se las arreglaban para no quedarse atrás. Tenían que sacar la chatarra de la puerta rápido, o serían comida de muertos en el mejor de los casos. Mientras, él asustado y cansado sacaba la basura de enfrente de esa puerta, su compañero disparaba una beretta 9mm con frialdad y una puntería admirable, casi militar. Casi cada chasquido del arma era suficiente para derribar a uno de los caminantes, insensibles a cualquier cosa que no dañara su cerebro, avanzando inmutables, fríos, con un solo deseo, la carne y la sangre de quienes trabajosamente trataban de escapar de ellos.

Aún con la puntería de aquel hombre, los monstruos se acercaban cada vez más, y la munición disminuía con cada disparo efectuado por él. El otro hombre sacaba incansablemente escombros, basuras, maderas y cualquier otra cosa que bloqueara la entrada a la puerta de esa pequeña casa, que aunque no parecería aguantar para siempre, lo haría lo suficiente como para no ser devorados por ahora. A 10 metros de ellos ya llegaban los primeros seres infernales por ellos, y las explosiones del cañón del arma se escuchaban cada vez más seguidas, producto de la desesperación y de la mejor ubicación de sus enemigos. El campo por el que habían corrido estaba lleno de sangre color carmesí y cuerpos putrefactos e inmóviles, que hace poco habían sido caminantes, y hace un tiempo más, personas comunes y corrientes, como los dos que luchaban por sobrevivir. El tirador era de estatura media, fibroso, con el pelo de un largo mediano y negro y sus ojos eran color café oscuro, mientras que el tipo que sacaba los escombros de la puerta era alto y tosco, con el pelo color café y unos ojos verde claro.

Pensar que un tiroteo como ese sería noticiosa por semanas en el mundo normal de antes, pero ahora pasaba día a día y anónimamente, pues si había alguien más aparte de los protagonistas para escucharlo o presenciarlo seguramente estaba más preocupado de sobrevivir el mismo, no se podía fiar tampoco de los sobrevivientes que estuvieran luchando, pues los saqueadores y asesinos abundaban para su propia supervivencia.

El tirador ya casi aceptaba a una muerte sangrienta y dolorosa , los muertos estaban muy cerca, pero cuando ya casi no le quedaban esperanzas ni cargadores su compañero le gritó:

-Está abierta, entra coño.

Ambos entraron rápidamente y cerraron la puerta, bloqueándola con sus cuerpos.

-Trae algo para barricar la puerta

Le dijo el tirador a su compañero, con una voz calmada. Su compañero acató las órdenes y trajo todo lo que encontró, sillas, mesas, muebles, escombros, maderos, básicamente cualquier cosa que encontrara.

Jadeando después de colocar las cosas, ambos se sentaron en el empolvado y viejo suelo de madera, que crujía en acto de reclamo a sus movimientos.

-No tenías que gritar tan fuerte afuera, estaba disparando al lado tuyo.

Le dijo el tirador a su amigo, dirigiéndole una sonrisa.

-No me vengas con huevadas, estábamos a punto de morir, en lo último en que pensaba era en decirlo en tono de petición, joder, además tu puta pistola ya me tenía sordo.

Rieron.

-Otra vez escapamos de la muerte, Carlos, parece que Dios nos quiere vivos.

Habló el hombre alto, con una sonrisa.

-No lo sé -dijo Carlos, el tirador- pero Dios no nos ha ayudado más que nuestras propias habilidades y decisiones, Rafael.

El aire dentro de la casa era espeso y estaba lleno de polvo y tenía un olor a suciedad.

La casa parecía abandonada desde antes que todo el caos comenzara.
Ya se escuchaban los arrítmicos azotes de las criaturas contra la puerta de madera de la pequeña vivienda, intentando entrar, sabiendo que allí adentro, como dos ratones acorralados por un gato, se encontraban sus presas.

Carlos descargó su pistola para chequear el cargador, conto unas 7 balas restantes en ese cargador, lo cambió por uno nuevo, dejó el arma lista para disparar y se guardó él con 7 balas en su cinturón.

-7 balas en ese cargador y tengo el último puesto.

Le contó a su compañero con desgana

-¿7 es el número de la suerte o no?

Sonrió Rafael.

-La suerte no existe, compañero.

Dijo Carlos, como siempre, sereno.

La puerta crujía con cada golpe que recibía por parte de los putrefactos seres de afuera.

-¿Aguantará la puerta Carlos?

Rafael se notaba un poco preocupado y asustado

-SÍ, por unas horas al menos -Expresó Carlos, con confianza en su voz- tenemos que aprovechar ese tiempo y ver cómo salirnos de esta, que todavía no estamos salvados, primero debemos registrar la casa.

-Eso será fácil, esta casa es más pequeña que la mía después de que mi mujer se llevara todo en el divorcio.

Rió Rafael

Se demoraron solo 5 minutos en revisar todo, y no encontraron muchas cosas que les pudieran ayudar, apenas un cuchillo viejo y oxidado, ya sin filo y una botella de agua estancada.

Ambos estaban pensativos y preocupados, la situación no era auguriosa, la puerta aguantaría unas horas más y no parecía haber una salida trasera de la casona, que no poseía siquiera ventanas.

-¿Qué hacemos Carlos?, esta jodida casa no tiene salidas, es como una trampa disfrazada de refugio.

-Calma Rafael, tiene que haber algo que no vimos, alguna salida o algo así.

Buscaron por horas una salida, una pequeña trampilla en el suelo o en el techo que les permitiera salir, una pared debilitada que fuera fácil de derribar, pero nada, aún con el aspecto débil y frágil de la casa, sus maderos eran lo suficientemente sólidos como para aguantar incluso el par de balazos que disparó Rafael en la desesperación, quitándole el arma a su compañero.

-¿Qué coño haces?, las balas no romperán estos maderos, idiota.

Dijo Carlos, por primera vez fuera de su serenidad, con cierto enojo.

-Tenemos que salir, tenemos que escapar de esta mierda, van a entrar, nos van a devorar vivos.

Rafael gritaba asustado, hasta el punto que estalló en lágrimas del miedo y la impotencia.

De repente la puerta empezó a crujir. Bam, se triza la puerta. Bam, salta un trozo de madera. Bam, se empiezan a salir las bisagras.

-Lo lamento, Rafael, esto se acabó.

Hablaba Carlos, resignado, con pena en su voz

-No, no puede ser, nosotros siempre salimos de esto, siempre salimos vivos y en una pieza- lloraba desconsolado-, es imposible.
-Lo siento, amigo, pero es así. -Carlos cerró los ojos y apuntó a la cabeza de Rafael, rápidamente disparó-. Descansa.

La sangre salpicó la cara y las ropas de Carlos, mientras que la que brotaba de la cabeza de Rafael manchaba sus rodillas apoyadas contra el piso. Un par de lágrimas salieron de los ojos de Carlos.

Había un olor a sangre y a podrido en el aire. Carlos se paró y puso el arma contra su cabeza. Los azotes seguían mermando la frágil resistencia de la puerta, que pronto cedería. Carlos cerró los ojos, apretó su beretta e inhaló fuertemente.

-Tarde o temprano la muerte llega, al menos podré descansar.

Disparó…

Historia a través de la ventana. E.

EL COMIENZO

-Desde que la Compañía lo había transferido a aquella nueva y pequeña Ciudad, Edmon nunca la había percibido tan tranquila, tan quieta, era como si el tiempo se hubiera detenido de repente.
Mirando a través de la ventana principal de la casa, parecía una eternidad el tiempo que había pasado desde que había tenido que empujar el auto dentro del fango donde se atascó porque un camión de carga había tenido un accidente, bloqueando la carretera entre una ciudad y otra.

Como si hasta el eterno zumbido de los cables de electricidad se hubiera detenido por completo. Era como si la procesión interminable de vendedores de todo tipo de mercancías se hubiera esfumado, como si un viento muy fuerte se hubiera llevado a los vecinos, incluso a los habitantes de la ciudad de repente.
--Bueno, algo tuvo que resultar de este cambio--pensó,
--Encontré mi anillo de graduación-- Dijo Edmon a su esposa sin mucho animo
--perdido desde hace mas de 3 años--, en un pequeño universo de cajas y empaques, vaya que cambiado, me lo he puesto y he notado que me queda grande, muy grande, 2 veces se me ha caído al suelo, le segunda ha rodado por debajo del sillón y no lo he sacado desde entonces–
Edmon sabía que tenía por el cambio de ciudad, todavía algunos días de vacaciones, pero no sabía cuántos,- nunca se había preocupado por eso, no solía revisar si la paga había sido justa, ya tenía suficientes tribulaciones en la cabeza como para darle un espacio a esos líos.

--Te doy 2 centavos por tus pensamientos—Dijo su Esposa—
Sacándolo del estado hipnótico en el que había caído al ver como una pequeña araña con habilidad propia de esos insectos, había tejido una trampa,--bella pero mortal-- en los barrotes de la reja principal.
--Ya la arreglaré-- dijo él, adelantándose a una pregunta que nunca llego, llevaba no sabía cuánto tiempo con la firme intención de arreglar la reja, que se veía con un tono rojizo por la herrumbe que se había acumulado.
–Caramba, nunca pensé que estuviera en ese estado, realmente nunca me había dado cuenta. — Se dijo a si mismo Edmon
Fue en ese momento cuando empezó a reparar en el estado general de la casa,
El pasto del patio posterior y el frente, nunca habían estado impecable, --Bueno soy ingeniero no jardinero—pensó--
Pero esta vez estaba demasiado alto, casi llega hasta sus rodillas salía a caminar al patio trasero, el pasto crujía al arrastrar sus pies sobre la hierba
La pequeña Coker de nombre Saphire y Stein, un pastor Alemán de 2 años (al menos era la edad que recordaba), caminaban lentamente en pequeños círculos entre el pasto crecido,
--Que interesante era espiarlos a través de la cortina, en ciertos puntos del patio delantero solo se alcanzaban a distinguir sus colas saliendo de entre el pasto Como periscopios de pequeños submarinos persiguiéndose entre sí.
--que bien educados están ahora--, hace tiempo, no había persona que pasara por la calle enfrente de la casa, que no fuera víctima de los ladridos de ambas mascotas.

Les había tratado de enseñar –infructuosamente- a no hacer lío cuando pasaran por la reja, sin embargo de un tiempo para a la fecha, simplemente habían dejado de hacerlo.
Que día es hoy? Se preguntaba, bueno siendo vacaciones no tenia gran importancia en realidad, --Que día es hoy querida?—le pregunto a su esposa, que en ese momento se encontraba en una de sus cruzadas eternas en contra del polvo y los insectos que ahora poblaban cada vez más el interior de la casa.
Se detuvo por un momento. –Tú sabes qué día es hoy—
—Si es verdad –Respondió Edmon,
--Debes hablar con tu madre, no puedes estar todo el tiempo disgustado, sabes que es necesario para que puedas descansar y nosotros también.
--Entiendo-- dijo Edmon con un dejo de berrinche en su voz ya que tanto él como su madre se distinguían por ser testarudos y después de esa discusión en casa de su madre, habían dejado de llamarse.
—Dejare pasar un tiempo más—pensó.
Como si hubiera podido leer su mente, Su esposa le recordó por enésima ocasión,
--No deberías dejar más tiempo Edmon lo sabes, ni siquiera te acuerdas cuanto tiempo llevan enfadados--.
–¡Si el teléfono sirviera, ya la hubiera llamado y lo sabes! -- Se defendió
--Se descompuso esta maldita porquería, no me preguntes cómo, el celular lo extravié no se en donde, si supiera no estaría perdido, afortunadamente no esperaba llamadas importantes-
Su esposa iba a replicarle, pero Edmon se adelanto: –Si, lo sé, lo sé, agrega una cosa más a la lista de pendientes que haré para cuando me dé un tiempo.
--Fiesta familiar- pensó- Claro, si hubiera sabido que traería tal alboroto no hubiéramos propuesto nada—
--Fue todo un éxito --Dijo Su esposa en tono de remembranza agradable
--La recordarán por siempre—continuó tranquilizándolo– las fotos salieron perfectas, te puedo asegurar que nadie de los que asistieron se fue decepcionado. Todos te recordarán muy contento, tocando con tu banda las canciones que tanto te gustaban, departiendo charlando y contando las mismas anécdotas una y otra vez.
Su esposa cambio a un tono de ligero reproche: –La nota como siempre la pusiste tú al enfadarte, no deberíamos haber empacado tan rápido, deberíamos haber asegurado mejor el equipaje, deberíamos haber esperado a que te tranquilizaras–.

Edmon no quiso seguir discutiendo caminó lentamente hasta la puerta principal, con la firme decisión de salir a dar un paseo para tomar aire y terminar ese eterno recordatorio del final de la reunión, sus 2 mascotas, --recordaba--, se emocionaban ante la víspera de un paseo, pero ahora solo lo miraban curiosos, pacientes una al lado de la otra y si hubieran podido generar alguna palabra, quizás hubieran dicho, “tienes que entender”, no lo hicieron, solo se sentaron sobre sus cuartos traseros, pacientes.
– Enfermos—deben estar enfermos—Abrió la puerta de la casa, atravesó el patio y se dirigió hacia la reja.
--Demonios —Masculló Edmon— buscando esperanzado en los bolsillos la llave se dio cuenta que no la traía, los dedos de sus manos le dolieron enormemente, los sentía como rígidos

—Bueno saldré más tarde, reparó en su ropa, nunca fue muy pulcro, pero ahora su ropa estaba, sucia, llena de hojas de arboles como si se hubiera revolcado en el jardín—
–Debo haberlo cambiado hace poco--, pensó al ver el candado nuevo que contrastaba con el color rojizo por el oxido de la reja, resignado regreso a la casa, sus 2 mascotas lo seguían de cerca la pequeña Coker inclinaba la cabeza como tratando de hacerle entender algo muy simple a su amo que no podía entender. Lentamente se sentó en su sillón preferido, de hecho era el único que había en la Sala y se dispuso a ver la televisión.

En un tiempo pasado –Edmon ya no recordaba hace cuanto—le encantaba esa rutina, sentarse a ver el televisor en compañía de su esposa y sus mascotas, sin embargo, recordó repentinamente que no darían nada bueno en ningún canal esa tarde así que decidió no encenderlo.
--Un bocadillo, eso servirá--, se dirigió al refrigerador solo para comprobar que estaba vacío, --bueno la visita al Supermercado no podía esperar más—Irían hoy mismo— Que mas daba, recordaba que nunca le había agradado ir al supermercado.
–No tenemos que ir hoy – le dijo su esposa
Al menos no tenía hambre, --Debo estar enfermo—pensó,
–no recuerdo la última vez que me sintiera hambriento, sentía desde hace tiempo un sabor pastoso en la boca, no recordaba muchas cosas, solo una sensación de irrealidad, como alguien que despierta después de haber dormido mucho tiempo, esa sensación le embotaba los sentidos,
--“ Sin televisión y sin Cerveza…”-- recordaba frases pasadas, perdidas en el tiempo
La sensación de haber tenido el mismo sueño varias noches seguidas, Sueños de agua, sueños nadando sin nadar, tratando de de alcanzar la superficie sin lograrlo, mirando a mucha gente desconocida nadando a su alrededor pero ellos, sin la prisa de salir del agua. Y esos ojos ojos pequeños y astutos que lo veían en la oscuridad, ojos que brillaban con la luz de la luna que penetraba en las aguas para luego apagarse… y luego los dientes.
-- Ojos y agua, Ja! bonita combinación – pensó para sus adentros-- Ojos y agua
–Trato de descansar pero no puedo no tengo sueño, cada vez tengo más dudas ni siquiera me han venido a buscar del trabajo, ni siquiera para saludarme, no teníamos cita con nadie?-- Vino alguien a visitarnos y no me di cuenta—preguntó molesto a su esposa—
---Generalmente estarías molesta por el desastre que es la casa, no tenemos ningún servicio, la puerta trasera abierta! No la he podido cerrar de tanta herrumbre! por más que lo intenté.
--- Que no lo ves?? ---Inquirió a su esposa--- Acaso nadie lo ve? Nadie se da cuenta? Puede entrar alguien durante la noche y robarnos, incluso matarnos… ¡!!
¡No te has dado cuenta de que la gente de esta ciudad es cada día mas extraña?? Las pocas personas que llegan a transitar frente a la casa murmuran señalando cuando abro la ventana, malditos locos!! Nunca han visto una cortina en una ventana, acaso nunca han visto pasto descuidado?? O a un perro ladrar??
–Estamos rodeados de bromistas que cuelgan letreros de SE VENDE en la reja de la casa para que no dejen de molestarnos, fanáticos religiosos que se persignan y santiguan cuando pasan frente a nuestra ….
…Y de Pronto, lo supo, de pronto todo tuvo sentido, lo supo como cuando uno se da cuenta de que ha tomado el camino equivocado en una carretera solitaria al manejar muchos kilómetros sin ver un lugar conocido.

La misma sensación de ver salir a un doctor –con el rostro desencajado- del quirófano después de una larga operación de un paciente muy enfermo, esa sensación de haber dejado algún objeto valioso olvidado en un lugar al que se sabe que no se regresará.

Miro su ropa, miró la de su esposa estaban en estado lamentable, miró sus manos con la carne pegada a los huesos.
Edmon, con el último suspiro de humanidad…Lo supo:

“…Nunca encontraron los cuerpos en el fondo del agua, no hubo testigos, solo la luz de la luna atravesando la densa capa de neblina y las estrellas, la búsqueda de los ocupantes se detuvo a la semana de no encontrar nada…”

Una nota en un periódico local señalaba: “… se cree que hubo una falla mecánica, ya que se encontró, un fragmento de rotula del eje delantero en la orilla de la presa, que las condiciones del camino plagado de baches en combinación con las …causa de…”

“…Nadie supo del cementerio de las antiguas culturas que habitaron esa región y que fue sacrílegamente cubierto por el agua de la presa y desvalijados los restos de las tumbas por los trabajadores que la construyeron…”

“…Nadie supo del anciano Chaman, hablando en un dialecto muy viejo invocando dioses olvidados mientras era asesinado a sangre fría, por personal del gobierno al no querer vender su terreno, enterrado ahí en el piso de su propia choza cubierto por una tumba de agua…”

“…Nadie supo del horror sin nombre, varado en el fango del fondo de la presa, liberado por fin por el impacto donde tocó fondo la camioneta de Edmon.
Nadie supo del terror y la desesperación vividos por Edmon y su familia al ser atacados y mordidos por ese horror hambriento de venganza por años, cuando trataban inútilmente de salir del vehículo bajo el agua…”
Solo la luz de la luna atravesando la noche dio fe del torrente de fuego frío que invadió la sangre y las almas de los ocupantes, el agua entrando a chorros por la ventana rota.

“…Nadie pudo ver el agua invadiendo sus pulmones y la podredumbre su sangre. De pronto… el temor a morir ahogados desapareció… ya no había prisa por salir.
Nadie vio los 4 cuerpos saliendo del agua, arrastrándose, ya sin prisa por salir, caminaron despacio por el fango, por la orilla y luego por la carretera, voltearon a verse de vez en cuando un despojo de memoria los llevó por el camino que les faltaba hasta llegar a su casa…”

…Pero de pronto ya nada de eso importaba..
Edmon tuvo durante unos instantes, una sensación de molestia al percatarse de que era el único que no se había dado cuenta –No es grato ser el último en enterarse— Ni siquiera le sorprendió ver su reflejo en el espejo del baño sintió más tristeza que horror al ver que la mitad de su cuero cabelludo ya no estaba, fragmentos blanquecinos de cráneo se asomaban entre la piel muerta, no quiso ver mas y salió.

Sus mascotas estaban flanqueándolo, una de cada lado, con sus miradas vacías, fragmentos de su instinto sabían que debían cuidar a sus amos en su nuevo estado, ahora eran seres sin alma como ellos, agitando lentamente sus colas con la vaga idea de saber que dejarían la casa en la que habían permanecido encallados tanto tiempo.

Y nuevamente como había sido desde el primer momento que se conocieron muchísimos años atrás, Su esposa se adelanto a sus pensamientos, Edmon, todavía miraba por la ventana de la casa cuando escucho:

-Mi amor, dijo su esposa, con tono tranquilizador, ya estamos muertos.

Tomó el candado entre sus manos y con gran facilidad lo arrancó de un tirón, salieron de la casa, con un dejo de tristeza, se miraron por última vez, caminaron lentamente en distintas direcciones, el hambre comenzaba a llenar su cuerpo. Las últimas estrellas en la madrugada estaban desapareciendo.

Si el rostro de Edmon hubiera tenido piel alrededor de la boca, hubiera dibujado una sonrisa al saber que primero saciaría su hambre con el director de proyectos de Presas del estado.

20 de agosto. D.D.

Francisco despierta este día, y sabe que será un día extraño. En cuanto al estado anímico, por lo menos.

Se siente lleno, pero lleno de un cercano y posible vacío. Las nubes pueblan los cielos, sin embargo se descubrirá una tarde azul. Parece una mañana normal. Él está tranquilo. Una mañana, perfecta para sumergirse en recuerdos, mientras va en el transcurso del bus. ¿Nostalgia? No, quería esquivar esa palabra.

Un día como este, la desgracia había nacido, volviéndose lo que era ahora, un recuerdo degradante, desalentador. Quizá ella había nacido en un hospital, de aquel extraño y lejano país, con aquel maldito acento dulce, en una blanca sala. ¿Cómo habrá sido su nacimiento? ¿Habrían tronado los cielos, en tempestad?

Y una vez salida del vientre, la habían nombrado. Nicole, recordaba Francisco con desagrado, un nombre, que entre remembranzas gratas, también traía desabridos momentos. Sentimientos, de lo que alguna vez pudo haber sido diferente, o mejor.

El veinte de Agosto. Un día odiado, y esperado. Pero ahora su ánimo se conservaba bien, en lo que llevaba del día. Podía empeorar, podía volverse más vulnerable. Pero se decidía a mantenerse como estaba. No quería que este, le resultara un día amargo.

Pasaba el tiempo. Generaba desagrado mencionar, y recurrir al nombre que se odiaba. Pero este era su nombre, y la única forma de conocerla, ante la amargura de Francisco, por un amorío, que no resultó. Y tiñó grises sus días.
En el transcurso de los años entonces, Nicole se fue convirtiendo en una bella flor. Aquella, que estaba tan sólo a instantes de florecer en una mujer, y sin embargo seguía conservando toda la plenitud de la juventud.

Nicole era una chica hermosa, de Panamá. Su acento era reconocible, Francisco se había acostumbrado a escuchar su voz, en incontables historias que quedaban como memorias. Ella tenía unos hermosos hombros descubiertos, un cabello aclarado por la calidez del sol, castaños y desordenados, cayendo sobre ellos, y unos gruesos labios, que hacían no poder contener el deseo de besarla. Además, unos marcados ojos. Sinceros, profundos, dolidos, y en instantes, desleales. Pero que nunca parecían temerosos.

Llegó el veinte de Agosto, su cumpleaños por la mañana, en sus dulces diecisiete años por cumplir. Estaban bajo techo, pero se contemplaba el exterior. Ella permanecía sentada, y era el centro de la atención. Llegó la torta entonces, frente a ella. Se sentía hasta tímida. Luego del característico “feliz cumpleaños, Nicole”, apagó las velas avergonzada, y formuló su secreto deseo. Pero entonces, algo la frenó.

¿Por qué me detengo en un momento como este? Se preguntaba, con las solitarias velas apagadas ante ella, y sus familiares contemplándola. De pronto entonces, se mostró dudosa. Y sin querer, estuvo más tiempo de lo que se percató, observando la cubierta blanca de la torta. Entonces, inesperadamente, se le vino a la mente el rostro de Francisco, un lejano recuerdo. Y se desesperó.

Se mostró intranquila e inquieta. Después de tanto tiempo, en que creyó haberlo olvidado a él, volvía aquel recuerdo. Y entonces observaba, y no podía sacarlo de su mente. Y tomó consciencia por unos segundos, y todos la observaban, extrañados, y aún le faltaba pedir su deseo. Entonces pensó apuradamente. Tenía un deseo, pero se sentiría culpable. E inconscientemente, pronunció en su mente:

“Desearía que Francisco estuviera aquí a la noche, conmigo”, y entonces sintió gran amargura, y se quedó observando la torta, distraída. Y se la retiraron, y todos estaban atentos a su rostro de desconcierto.

La persecución

Llegó el anochecer, luego de un tranquilo atardecer que había sido el cumpleaños de Nicole. En general, había sido bastante grato. Había compartido mucho con sus amigos, porque era bastante sociable, cosa que a Francisco le generaba celos. Sin embargo, ella en el día entero no había podido sacarse la amargura, y difícilmente había podido disimularla. No podía distraerse del recuerdo de Francisco, que permanecía constante en su mente. Una época de ternura, que volvía a imaginar y a vivir, una y otra vez, siempre.

Entonces tras el anochecer, volvió a escuchar el deseo, en un lugar distante de su mente. “Desearía que Francisco estuviera aquí, escucharlo sólo una vez más”, y entonces se durmió. Cayó tendida sobre su cama, con fuerzas agotadas. Las horas pasaban rápido, su cumpleaños se había pasado rápido, como un día sin gracia. A Francisco, desde algún lugar, se le partía el corazón. Y ya no quería sentir más eso, quería detenerlo, quería ponerle un fin.

En la noche, Nicole entreabrió los ojos, cansada, débilmente. Toda su figura de marcadas, bien formadas curvas estaba tirada sobre la cama. Rato atrás, se había acostado, dejando las gruesas frazadas fuera de cubrirla, y había estado sobre el colchón, destapada, desganada. Con deseos de que el sueño le desvaneciera todo recuerdo. Sin embargo, cuando entreabrió los ojos, observó una silueta, un tanto borrosa, esperando entre la puerta. Y se desconcertó, y pensó que no estaba despierta del todo.

La silueta llegó hasta su lado. Relucía como un color blanco, pálido, cansador a la vista. Como Nicole observó que la silueta se le aproximaba, puso pies sobre el suelo y se levantó. Caminó media dormida, hasta la otra puerta, y se dispuso a abandonar la habitación, pero la silueta la seguía, aunque cuando Nicole se adentró más en un pasillo, ésta desapareció. Sin dejar rastro alguno.

Nicole caminaba sin rumbo; Sólo recorría su casa intentando despertar. Pensó en ir a remojarse el rostro al lavabo, pero debía cruzar más pasillos para llegar al baño. De pronto, se detuvo al sentir algo que caminaba cerca de sus descalzos pies.

Era una tarántula inmensa y negra, del tamaño de dos manos juntas, y hasta más grande, y peluda, que quería comenzar a subir por sus pies. Nicole, espantada, la pateó, alejándola, y rápida, tomó distancia. Se detuvo más en calma entonces, parando a respirar. Entonces oyó una voz.

-¿Le temes? –preguntó la voz. Que parecía volverse misteriosamente reconocible, pero escasamente.

Volteó, con algo de temor y extrañada. Al final del pasillo frente a una ventana, esperaba alguien. Los bordes de su figura se marcaban con el exterior, de noche. Nicole reconoció enseguida aquella mirada, y se estremeció. Pero ese alguien, llevaba una especie de paño negro que le cubría lo demás del rostro. Era Francisco, y tenía un aspecto más siniestro, confiado. Tenía ojeras marcadas, y sus ojos parecían desgastados, como si le faltaran muchas horas de sueño, o estuviera sediento de venganza.
-Francisco… Qué estás haciendo aquí… -titubeó Nicole, asombrada. Presa del espanto también.

-Nada importante, he venido a verte –respondió Francisco, y se le marcó una mirada de maldad. Descendió del marco de la ventana, y caminó hacia ella, con sutileza, con gracia y confianza. Estuvo frente a su rostro, y sintió su asustado respirar, y la trémula sensación de ella. Levantó una mano lentamente, y acarició los pómulos ruborizados de ella con suavidad, y sintió el temblar de su piel. Le reconfortaba sentir, aquella atemorizada calidez.
Nicole no cesaba de temblar, y lentamente fue retrocediendo. Volteaba a mirar: Aferrada en la mano de Francisco, había una cuchilla cuya hoja relucía a la luz de la luna. A estas instancias, Nicole sólo se pudo retirar, hasta que logró perderlo. Y avanzó por un pasillo de su casa, profundamente oscuro.
Aunque mientras avanzaba por el pasillo, Francisco volvía a aparecer una y otra vez sobre los marcos de la ventana, con la luna impecable y la misteriosa noche de fondo.

Entonces ella corría y se escapaba. Se comenzó a sentir agobiada, hasta que se detuvo. Y se puso a pensar. ¿Cómo Francisco en una tarde, había llegado desde una tierra tan lejana, su país, hasta el de ella, esta noche? ¿Cómo había podido hacerlo? A menos que fuera un sueño, una ilusión o una pesadilla. Nicole sólo quería volver a vivir la realidad pero, ¿Qué tal si ésta era la realidad? O una pesadilla… Sólo ansiaba vehementemente despertar…
Llegó hasta unos escalones. Tan sombríos y gruesos, que parecían abismales, y no tener fin. Toda su casa estaba a oscuras. Ya era más de la medianoche; ya había pasado su cumpleaños. Descendió por la vieja y polvorienta escalera, sintiendo sus anchos escalones crujir. Francisco se aparecía de marco en marco, a la luz de la noche, pero entonces no volvió a aparecer más. Nicole caminó, hasta llegar al vestíbulo. Allí, estuvo de pie, frente al gran cristal de una ventana, y observó la luna en su esplendor. Y suspiró, nostálgica en añoranzas. Y supo que la noche ya estaba muy avanzada.

Entonces, estuvo allí, recibiendo la pura luz. Los bordes de su silueta se iluminaban en blancura. Entonces, otra cosa extraída también relució intensamente, afilada. Y Francisco apareció tras ella, con el cuchillo en mano.

Nicole se espantó, pero no había alcanzado a voltear, ya era demasiado tarde. La cuchilla estaba atravesada, y salía por su vientre el filo, manchado en sangre nueva. El terror y el asombro se habían dibujado en el rostro inmóvil ahora de Nicole. Francisco tras haberla herido, la recibió entre sus brazos para no dejarla caer, mientras acariciaba sus cabellos.

-Siempre… Hubo una parte de mi ser, que anhelaba este momento, ¿Sabes? -Dijo Francisco, teniéndola entre sus brazos, acariciando sus cabellos con ternura. –Siempre quise poner fin a este amorío, que fue tan trágico para mí –añadió dolido, pero sin rastros de arrepentimiento.

“Ahora te he matado, mi amada. Me he llevado tu vida, pero era lo mejor que pude haber hecho, para darle tranquilidad y sosiego a mi consciencia. Los días sin ti me estaban torturando, y terminando conmigo. Pero tuve que arrasarte… Tu frialdad siempre se llevó mis fuerzas. Apenas tuviste un rastro de compasión, pero ahora yo, me he decidido, y he terminado todo, finalmente. En este, el día de tu cumpleaños, tú mueres, y yo vuelvo a ser el mismo, y puedo comenzar a vivir…”.

El rostro pasmado de Nicole se mantenía igual. Francisco todavía la tenía entre sus brazos, y así seguiría, hasta pasar la noche. El cuchillo había cumplido su cometido, y ahora estaba manchado de sangre, pero limpio de culpa. Una consciencia tranquila. El rostro de terror de Nicole no se desvanecería con nada, y era alumbrada por la luz de la impecable luna, afuera, entre los cristales. La noche continuaba, pero la visita ya había sido hecha. Ahora sólo podía quedar la lástima, de haber destruido este amorío. Y los anhelos se ahogaban. Ya con el tiempo, llegarían más.

Brazos espectrales. B.

Silvia se prepara para ir a dormir y así poder levantarse temprano para ir a la escuela. En el momento que termina por cepillarse los dientes, abre el tocador detrás del espejo de su baño para guardar la pasta de dientes, cuando de pronto nota algo raro… el interior de aquel tocador, ¡parece estar completamente oscuro, como si aquello fuera una especie de vacío!. Silvia, completamente estupefacta e inmóvil, no puede explicarse aquello, pero de pronto comienza a percibir extrañas anomalías: desde aquel extraño vacío, surge un aroma desagradable, como de un cuerpo muerto en avanzado estado de putrefacción; pero lo más escalofriante, es que de ese espacio oscuro ¡surgen también unos espantosos lamentos, como de alguien pidiendo auxilio!. Silvia, completamente aterrada, está por cerrar rápidamente el tocador pero de pronto…

-¡AUXILIO, MAMÁ, PAPÁ!….

Mauricio y su esposa Selene, los padres de Silvia, ya se encontraban dentro de su habitación reposando en su cama matrimonial cuando al escuchar aquel grito, se alarman:

-¡Silvia!- exclama impactado Mauricio, mientras se levanta rápidamente para ir a ver a su hija. Su esposa también lo sigue.

Al salir de su habitación, ven que Silvia se encuentra ya frente a ellos, sollozando de terror. Al verla en ese estado, Mauricio la toma de los brazos y le interroga:

-Cariño, ¿Qué es que lo que sucede?…

Con gran dificultad debido al shock en que se encontraba sumida, Silvia intenta explicarle:

-¡Algo… algo muy feo… en el baño…!

-¿Qué?, ¿Qué cosa, pequeña?- le pregunta ahora su madre.

-Esperemos a que Silvia se tranquilice un poco, para que así pueda explicarnos con mas calma que fue lo que le sucedió- le sugiere su esposo… a lo cual Selene asiente.

Unos minutos después, aquella familia se encontraba en la cocina de la casa; y mientras su madre le preparaba a la chica un te para calmar sus nervios, Mauricio le pregunta que si puede ahora explicarles que fue lo que le sucedió en el baño, a lo cual Silvia aun con temor le responde afirmativamente. En el momento que su madre le entrega una taza con el te, la chica comienza a narrarles su aterradora experiencia: empezando por el “espeluznante descubrimiento” dentro del tocador del baño, pero añadiendo que justo en el momento que estaba por cerrar rápidamente el tocador para huir de ahi, ¡unas manos espectrales se asomaron desde el interior del mismo!. Aquellas manos, palidas, con moretones y con las uñas gastadas, se agitaban violentamente y parecían intentar aferrarse a ella; pero a pesar del terror que la dominaba, Silvia logro escapar antes de que esas espectrales manos la capturaran.

Al terminar de escucharla, las reacciones de los dos padres de Silvia van del asombro a la incredulidad… a ellos les es difícil asimilar lo que su hija unica les ha contado; pero aun asi, al ver la reacción tan evidente de temor que hay en su rostro, tan solo atinan a intentar que ella se tranquilice.

Despues de un rato y ya cuando Silvia se encuentra dormida en su cuarto, Mauricio se dirige a revisar el baño para tratar de descubrir que fue lo que en realidad provoco aquella reacción de terror en su hija. Al llegar, ve que el tocador aun esta abierto, pero al mirar en su interior… descubre que todo parece normal, solo observa los artículos de baño dentro del mueble, no había rastro de anomalía alguna… excepto por una sola cosa: había unas marcas como de tierra debajo del tocador. Mauricio las observa mas detenidamente, experimentando cierto estremecimiento al tener la impresión de que estas parecían haber sido hechas por dedos y no precisamente los de su hija Silvia, pues serian dedos aun mas grandes. Pero rápidamente descarta esa idea, al convencerse a si mismo de que ello era absurdo, una idea carente de sentido; por lo tanto, borra esas marcas, apaga la luz del baño y se dirige a su cuarto.

Una vez que llega y cuando se acuesta al lado de su esposa, esta le interroga:

-¿Descubriste algo?

-¡No… nada fuera de lo normal!- le responde Mauricio, omitiendo únicamente el detalle de las marcas en la pared del baño. Y dando un profundo suspiro, añade- ¡No se exactamente lo que provoco aquella reacción en Silvia, pero no había nada de lo extraño que nos narro!… ¿Por qué habrá reaccionado de ese modo?.

En eso, Selene le responde con un tono muy serio:

-¡Quiza… sea una secuela psicológica causada por la muerte de su abuela!- y volteando su vista hacia un lado, continua- Hace 3 meses que mi madre falleció… y a pesar de que en esos días ella sufrió mucho, hasta hace poco que se ha vuelto a reponer. Pero en verdad, esa alucinación que Silvia dice haber tenido… me parece algo desconcertante.

Mauricio se queda pensativo durante unos segundos y finalmente, declara:

-¡Bien!… mañana veremos si Silvia amanece bien… porque esto podría dejarle secuelas psicológicas si se repitiera de nuevo.

Su esposa asiente, poco antes de apagar la luz.

Al dia siguiente, Selene se encuentra esperando a la escuela de su hija. Mientras la espera a la hora de la la salida, la mujer reflejaba en su rostro un semblante de preocupación, siendo mas que obvio que la razón de tal emoción era lo que le había ocurrido a Silvia ayer en la noche… pero repentinamente, su rostro cambia a un gesto muy extraño: su mirada es temblorosa y abre sus ojos a todo lo que daban sus parpados; daba la impresión que algo en su mente la comenzaba a perturbar fuertemente.

-¡Mamá!- de pronto, oye la voz de su hija, quien ya había salido de su colegio.

Selene reacciona y cambiado rápidamente su gesto facial a la de una sonrisa, le contesta:

-¡Oh!… perdona, amor… estaba distraída- y mientras su hija accede al auto, su madre le pregunta- ¿Cómo te fue hoy en la escuela?.

Silvia a pesar de parecer ya un poco mas tranquila… en realidad, aun era notorio que se encontraba todavía afectada por su aterradora experiencia, principalmente en el tono de su voz cuando le responde a su madre:

-¡Bien… dentro de lo que cabe!.

Selene le sonríe y dándole una leve caricia en el cabello, le expresa:

-¡Me alegra saberlo, cariño!… bueno, vámonos a casa- y encendiendo el auto, se dirigen hacia su domicilio. Sin embargo, Silvia mira por el espejo retrovisor que esta a su lado y descubre algo que le provoca escalofríos: una masa amorfa y de color blanco que se revuelca en el suelo de manera semejante a un gusano. La chica aparta rápido la vista completamente asustada durante unos segundos, pero vuelve a mirar nuevamente por el retrovisor y descubre que ya no hay nada… aun asi, Silvia estaba completamente aterrada.

Un rato después, las dos llegan a su casa. Ya adentro mientras su madre preparaba la comida, Silvia se encontraba sentada en su sofá, viendo la tele. Pero cuando ella se encontraba muy concentrada en lo que miraba, de pronto:

-¡Silvia… ayu…dame!- escucha una voz muy escalofriante que la llama. La chica, al escucharla, se queda paralizada por unos instantes… un sudor frio corre por su rostro y trata de creer que aquella voz tan perturbadora es tan solo algo de su propia imaginación. Pero de repente…

-¡Ahhh, no!… ¡auxilio, mamá!- grita completamente aterrada, al ver como unas manos, aquellas mismas manos palidas que la atacaron la noche anterior, surgen de debajo del sofá y la tienen sujeta por los pies. Silvia se retuerce en el mueble intentando liberarse mientras continua gimiendo aterrorizada.

Cuando su madre la escucha desde la cocina, deja lo que esta haciendo y corre rápidamente hacia la sala. Al llegar, ve que su hija estaba paralizada en el mueble, como en shock pero no había señal alguna de aquel horror que le provoco tal situación.

Selene se acerca rápidamente e intenta que su hija reaccione:

-¡Silvia, hija mia!… ¡reacciona, por favor!- la sacude con algo de fuerza hasta que logra que Silvia vuelva en si; al momento que la chica mira al rostro de su madre y rompiendo en llanto, la abraza mientras le expresa gimoteante:

-¡Mamá… otra vez… esas horrendas manos…!

-¿Qué dices, pequeña?… ¿de que hablas?

-¡Esas horribles manos… salieron de debajo del sofá y me… me tenían sujeta de los pies!- y añade- ¡Tambien escuche una voz escalofriante… que me llamaba!…

Al terminar de escucharla, Selene se muestra impactada por lo que le narro su hija, a pesar de no ver señal alguna de aquel espanto. Pero viendo en el rostro de Silvia un pánico dibujado de manera notoria, no le parecía que estuviera inventando aquello… para ella, era algo difícil entender que era lo que en realidad le ocurria a su hija. Únicamente atina a abrazarla, esperando a que ella se desahogara por completo.

En ese momento llega Mauricio y al acceder, ve aquella escena tan desoladora. Desconcertado, el hombre pregunta que ha ocurrido… Selene dice que después se lo dira y que lo mejor es que los tres vayan a la mesa para comer juntos.

Durante la comida, Silvia no tomo bocado alguno…la terrible experiencia la tenia sumida en el pánico. Sus padres la observaban notoriamente preocupados, en sus mentes dominaba la incertidumbre de ya no saber que hacer por remediar esa situación.

Unas horas después, Silvia por recomendación de sus padres, se encuentra tomando una siesta en su habitación… mientras ellos aun se encuentran en el comedor. Selene le cuenta a su esposo lo que había ocurrido con Silvia; al terminar de escucharla, Mauricio se queda pensativo, descansando su mentón sobre sus manos entrelazadas. Era difícil aceptarlo, pero algo muy serio ocurria con su hija, aunque no sabia exactamente a que atribuírselo… por lo tanto, le expresa sin vacilar a su esposa:

-No queda otra opción… tendremos que llevar a Silvia con un psicólogo.

– ¿Lo crees necesario?- le interroga Selene, algo impactada.

-Esto se esta saliendo fuera del limite… en realidad. No creo que esas alucinaciones de Silvia sean reales, pero… lo único que podemos hacer, es buscar ayuda para ella- le responde su esposo, con toda franqueza.

-¡Si tu lo piensas… no tenemos otra alternativa!- le responde Selene. Y dando un suspiro, le sugiere a Mauricio- ¡Bien!… hablemos a nuestro amigo Gonzalo, el es psicólogo y es experto en tratar traumas infantiles y juveniles.

-¡Es buena idea, querida!- le responde Mauricio.

Selene se queda callada durante unos instantes y al momento, le habla dándole la siguiente indicación:

-Creo que la libreta donde tenemos anotados los números telefónicos de nuestros amigos y conocidos esta arriba en el cuarto, dentro del closet… ¿puedes ir por ella, cariño?.

-¡Seguro, amor!- le responde Mauricio y se dirige al segundo piso.

Una vez que Mauricio llega a su alcoba, busca en su closet la libreta telefónica … comienza a mostrarse algo impaciente por no hallarla rápidamente. De pronto, encuentra aquella libreta, pero nota que esta se encuentra encima de un monton de ropa y trapos viejos, amontonados como si algo ocultaran hasta el fondo. Mauricio intrigado, decide ver que es oculta ahí.

Cuando ha logrado quitar todo el monton de trapos, ve que lo que ahí se oculta, es una caja mediana. Mauricio la levanta y al revisar su contenido… descubre que lo que contiene, son otra caja conteniendo varios frascos pequeños, junto con un frasco un poco mas grande.

-ácido oxíbico- alcanza a leer Mauricio en la etiqueta del frasco mas grande. Eso es suficiente para dejarlo bastante intrigado… ¿Por qué esas medicinas estarían ahí ocultas?.

-¡Mauricio… ¿Por qué tardas?- de pronto, oye que su mujer lo llama. El hombre sale de sus cavilaciones, por lo que decide esconder aquella caja junto con todo su contenido en otro sitio y le responde:

-¡No te preocupes, cariño!… encontré la libreta, voy en un momento- le responde a Selene y una vez que ha logrado ocultar la caja, se dirige nuevamente a la planta baja.

Una vez que llega con su mujer, ella le pregunta al notar que se encuentra algo tenso:

-¿Dime, te ocurre algo?… te noto un poco nervioso.

Tratando de disimular su estado de animo, Mauricio le muestra una sonrisa y le responde:

“¡No…no es nada!, no tienes porque precuparte- y añade- ¡Tengo que volver alla arriba… por algo que deje pendiente!.

Al momento, Mauricio vuelve a subir a la planta alta, mientras que Selene lo observa algo intrigada.

Una vez que vuelve a su alcoba, aquel hombre se apresura a encender el modem que ahí tiene y saca una laptop. Cuando la enciende y al ver que hay conexión a la red, Mauricio se apresura a acceder a un buscador y escribiendo el termino: “ácido oxibico”, encuentra una pagina con amplia información relacionada a ese termino. Cuando accede y después de haber leído toda la información contenida en ese sitio web, Mauricio se muestra estupefacto por lo que descubre:

-No logro comprenderlo… aquí dice que esta medicina es un potente somnífero- y al momento, viene la siguiente interrogante a su mente- ¿Quién de nosotros, estaría haciendo uso de tal cosa?.

Al instante, se levanta y saca de nuevo aquella caja para revisar esos frascos. Primero revisa los que están en la caja mas pequeña y ve que todos están intactos, ninguno fue usado… pero cuando revisa el otro, el que contiene aquel somnífero:

-¡Es extraño!… este en cambio esta casi vacio, como si hubiera sido usado en mayor cantidad…¡un momento!- al instante, siente que un pequeño temblor domina su pulso, mientras expresa- Ahora que recuerdo, Selene era la encargada de administrarle a mi suegra sus inyecciones, cuando estuvo al cuidado de nosotros poco antes de morir… ¡por el amor de Dios!… ¿acaso ella uso esto en…?

Aquello hizo que Mauricio se levantara al instante, mientras volvia a guardar aquella caja, no sin antes extraer una de las botellas y guardándola junto con el frasco del somnífero en una maleta, baja rápidamente.

Cuando se encuentra con su mujer, quien esta por subir a la planta alta, esta le pregunta:

-Mauricio, ¿A dónde piensas ir?.

Algo nervioso, el hombre le responde:

-Nada… tengo que ir… para comprar algo que me hace falta- y logrando avanzar hacia la salida, le dice por ultimo- ¡Te veo al rato, amor!.

Una vez que Mauricio ha salido por la puerta, Selene se queda completamente desconcertada, sobre todo porque se pregunta que si su esposo solo va a hacer una compra, para que llevaría consigo esa maleta. Aun asi, decide ignorar eso y continua subiendo a la planta alta.

Mientras tanto, Mauricio se sube a su auto y arranca sin rumbo aun no definido. Ya a una larga distancia de su casa, el comienza a reflexionar con cierto incredulidad:

-No… ¡no puedo aceptar que Selene pudiera llegar a esos extremos!… ¿Por qué lo tendría que hacer?- y añade- ¡Solo hay una persona que podría ayudarme a resolver esta desconcertante incognita!…

Despues de unos minutos, llega frente a un consultorio. Una vez que baja de su auto, se dirige a la entrada se ve en esta las letras impresas, en el cual se leia el nombre: “Dr. Eduardo Medina”. Mauricio sabe que el dueño de ese nombre es el único que puede ayudarlo a resolver ese intrigante enigma que daba vuelta en su cabeza; asi que no pierde el tiempo y avanza a la entrada.

Una vez que ha accedido, se dirige hacia donde una secretaria se ubica en su escritorio y la saluda, diciéndole su nombre y que desea hablar urgentemente con el doctor Medina. Aquella mujer se le queda viendo con cierta indiferencia durante unos segundos, hasta que le responde que espere un momento, para avisarle si el galeno esta disponible. Mauricio asiente y mientras la secretaria se levanta para avisar a aquel medico, el se queda reflexionando lleno de ansiedad por saber el porque de estas cosas tan extrañas tienen que suceder, desde el terror que vive su hija por aquella “visión” tan escalofriante hasta el enigma tan desconcertante que representan aquellas botellas que traia consigo.

Finalmente, la secretaria regresa y le avisa que el dr. Medina puede recibirlo, pero solo si se trata de algún asunto importante… pese al descaro con que se dirigió, Mauricio solo le agradece y avanza hacia la puerta donde se ubica aquel galeno.

Al pasar, el dr. Medina al verlo, sonríe y lo saludo:

-¡Mauricio, que gusto verte por aquí!… ¿a que se debe tu visita?.

-¡Buenas tardes, dr. Medina!- le responde el saludo y continua- El motivo de mi visita, es porque es necesario que me aclare unas dudas.

-¡Adelante Mauricio, estoy para servirte a ti y a tu familia, después del lamentable deceso de tu suegra!…

Asi, Mauricio le cuenta todo lo que ha sucedido, incluyendo lo del desconcertante descubrimiento de los medicamentos. El dr. Medina se muestra algo sorprendido, mientras le expresa su opinión:

-¡En verdad, me siento anonadado con lo que me haz contado, sobre todo la extraña experiencia que vive tu hija Silvia!… pero dime, ¿crees que eso tenga relación con lo de los medicamentos que presuntamente hallaste?.

Mauricio cierra los ojos por unos momentos y dando un profundo suspiro, le responde:

-¡En verdad, no se bien porque ahora estamos pasando por todo esto!… pero el motivo principal por el que vine a usted, es solo resolver una incognita: si es tan amable… ¿reconoce este medicamento?- y al instante, le da el pequeño frasco.

El doctor lo observa y le responde- ¡Por supuesto!.. este medicamento le recete a la sra. Andrea (nombre de la suegra de Mauricio) que en paz descanse… esta dosis era la que tenia que inyectarsele para aminorar sus malestares y dolores.

Al escuchar esto, Mauricio se siente impactado… pero se recupera y le pregunta ahora- Y digame, ¿sabe lo que es esto?.

Al momento, le muestra el otro frasco. El galeno lo revisa y le explica- ¡Asi es!… el ácido oxibico es un potente somnífero, el cual aplicado en dosis mayores puede provocar un coma tan profundo, que puede llegar a un estado parecido a sufrir una muerte cerebral.

Cuando oye esto, el individuo experimenta cierta tensión… entonces, le pide ahora al Dr. Medina:

-Por ultimo, si no es mucha molestia… ¿podria mostrarme una copia de la receta que le expidió a mi suegra?.

El dr. Medina se queda pensando durante unos instantes… pero finalmente, le responde de manera accesible:

-¡Por supuesto!…

Al momento, se levanta y va hacia un gabinete. Busca dentro de el hasta que extrae una carpeta… vuelve a su sillón y una vez que ha encontrado una pequeña hoja y se la entrega:

-¡Bien, aquí tienes Mauricio!.

Cuando comienza a revisar aquella copia, Mauricio se queda helado… entonces, toma el frasco pequeño y una vez que hace una especie de comparación, balbucea muy desconcertado:

-¡Esto… esto no puede ser verdad!… jamás le administro el medicamento indicado… Selene… ¿Qué haz hecho?.

-¿Disculpa, Mauricio?- le pregunta el doctor, curioso.

Al momento, Mauricio reacciona y tomando las cosas que traia consigo, se despide presuroso del galeno:

-¡Muchas gracias dr. Medina!… disculpe, pero tengo algo urgente que hacer… ¡hasta luego!…- y sale rápido del consultorio.

Una vez en el auto, Mauricio se encuentra en su auto completamente paralizado e intentando poner en orden sus pensamientos:

-¡No, esto no puede estar sucediendo!… ¡Dios, dame una respuesta!… ¿acaso… se atrevió a llegar a tanto?- y la interrogante que mas fuerte pegaba en su cabeza, era el motivo porque el que presuntamente llevara a cabo tal acción. Asi que vino una idea muy bizarra a su cabeza- ¡Puede ser un riesgo absurdo… pero solo asi, se resolverán todas estas terribles incognitas!.

Y encendiendo su auto, este se dirige con rumbo indefinido.

Mientras tanto, Silvia aun se encontraba durmiendo, cuando de modo repentino la perturbadora voz se vuelve a escuchar, llamándola nuevamente:

-¡Silvia… por…favor… ayu…dame!…

Como si hubiera alcanzado a escucharla, Silvia se despierta en ese instante… la tenebrosa voz vuelve a hacerse oir:

-¡Silvia… ayudame… quiero… salir… libre!…

Silvia comienza a temblar aterrorizada al escucharla y cierra los ojos, mientras recita una oración:

-Padre nuestro… que estas en los cielos…

-¡Silvia… quiero…libre!

-Santificado sea… tu nombre….

-¡Silvia…ayudame….!

-¡Vengan a nosotros tu reino… hágase tu voluntad… asi en la tierra como en el cielo!- al momento, Silvia intensifica mas el tono de su oración, mientras aprieta mas los parpados, lo que ocasiona que broten lagrimas.

De repente, Silvia nota que la voz ha cesado y solo reina un tenso silencio. La chica se levanta lentamente con intensión de salir de su cuarto; pero cuando estaba por llegar a la puerta… ¡esta se cierra por si sola!. Silvia retrocede aterrada y al mismo tiempo, ¡la puerta de su closet empieza a ser golpeada desde dentro!.

-¡Aaaghhhhh!- Silvia pega un alarido sumida en el pánico total, mientras los golpes sobre la puerta de su closet aumentan su intensidad.

Al mismo tiempo, en un viejo cementerio aparece un auto con la luces encendidas (en ese momento, ya estaba por caer la noche). Se trata de Mauricio, quien accede aquel tenebroso lugar con un extraño objetivo en mente: la tumba de su difunta suegra.

Pese a ya estar casi a oscuras, el recuerda bien donde fue sepultada la sra. Andrea, asi que se ubica rápidamente cerca de donde esta se encuentra. Sin embargo, una vez que se detiene, Mauricio da un respiro y piensa si en verdad quiere llevar a cabo la acción que tiene pensado realizar:

-Se que esto no es lo correcto… pero es el único modo en que puedo resolver estas terribles incognitas… ¡debo exhumar los restos de su madre!- y tomando una lámpara de gran tamaño, sale de su auto para dirigirse al cofre de su auto y extraer una pala y un pico.

Cuando llega hasta la tumba de su suegra, Mauricio solo se queda contemplándola durante unos instantes, mientras recuerda el dia del sepelio… lo que mas intriga le provocaba desde ese entonces, era el ver como su esposa no parecía en lo mas minimo afectada, se mostraba indiferente pese a ser su madre quien era sepultada en esos momentos. Finalmente, da un suspiro y mirando detenidamente a todos lados para excerciorarse de que no hay nadie mas, toma los utensilios y empieza a excavar.

Entretanto, Silvia continuaba sumida en el pánico mientras los golpes se hacían mas fuertes… hasta que oye la voz de su madre, quien le llamaba:

-¡Silvia!… ¿que es lo que te ocurre, cariño?…

Finalmente, Selene entra y lo primero que ve, es a su hija arrinconada y temblando. Ella corre y una vez que se acerca, le pregunta con desesperación:

-¡Silvia… ¿que te ha ocurrido?… ¿Por qué gritaste asi?…!

La chica no le responde nada, esta completamente sumida en el shock. Selene al ver que no responde, la sacude suavemente, mientras se dirige a ella en un tono de exigencia:

-¡Vamos Silvia, respondeme!…

Finalmente, ella reaciona y viendo que es su madre quien le habla, entre sollozos le responde:

-¡Mamá… esa voz… me volvió a llamar!… y luego… ¡algo comenzó a golpear la puerta de mi closet!…

Al terminar de oírla, Selene no sabe como reaccionar y únicamente le dice:

-¡Silvia… ya basta!… todo eso no es real, solo esta en tu imaginación…

¡No mami… no es mi imaginación, es…!- pero en ese mismo instante, ¡los golpes comienzan a sonar nuevamente desde el interior del closet!; lo que ocasiona que la chica pegue otro grito, mientras que Selene, quien también puede escucharlos, se queda paralizada durante unos instantes.

Selene no puede asimilar que aquello no era algo que Silvia imaginaba… verdaderamente algo sobrenatural y aterrador se manifestaba en ese instante. En ese momento, Silvia completamente histérica, le dice a su madre:

-¿Ahora te das cuenta, mamá?… ¡yo decía la verdad!… ¡vamonos, yo no quiero estar aquí ni…!

Pero Selene, mirándola extrañamente con coraje, le responde a gritos:

-¡SILVIA, CALLATE!.

Ante esto, la chica queda enmudecida ya que no esperaba que su madre reaccionara con ella de esa manera, aun en una situación tan aterradora. Al mismo tiempo, Selene hace algo extraño: se levanta y dirigiéndose hacia la puerta del closet mientras aun se escuchaban esos aterradores golpes, se detiene frente a esta y expresa algo desconcertante:

-¡Si claro!… ahora entiendo…no basto con todo lo que nos hiciste pasar… ¡ahora vienes a querer desquitarte con mi hija, ¿no?!- y alzando el tono de su voz, prosigue- ¡Creo que mandarte a la tumba no fue suficiente para que terminara el mayor de mis problemas… tu!, ¿ahora quieres hacerte la pobre victima que “no puede descansar en paz”?… ¡no me hagas reir!… ¡cuando abandonaste a mi padre y solo por ese cerdo que tenias de amante, sin importarte que tan solo era una niña que necesitaba de ambos!… ¡en tu mundo, lo único que importaba eras tu y nada mas que tu, mientras yo sufria por la ausencia de quien se supone, debía estar ahí para protegerme!- y mientras las lagrimas caian por su rostro, continua reclamando- ¿Dime, que fue lo que te ocurrió después?… te quedaste en la calle, cuando supiste que ese mierda era un hombre casado y ya no podía seguirte pagando tus asquerosas exigencias, a cambio de tu “amor”; para colmo, viniste a nosotros para que te socorriéramos en aliviar tu mal, producto de tu repulsivo amorío… ¿y acaso nos lo agradeciste?… ¡nunca!. Yo bien supe que si querías que tu sufrimiento terminara, debía “ayudarte” en ello… ¡claro, pero era tanto el rencor que te tenia, que planee muy bien que tu agonia continuara alargándose aun en tu propia tumba!… ¡Ese fue tu castigo, el verdadero suplicio que siempre te mereciste, MALA MADRE!.

Mientras tanto, Mauricio continuaba sacando toda la tierra que había en aquella sepultura…hasta que logra sacar a la vista el féretro que contiene los restos de la sra. Andrea. De pronto, algo lo detiene… un intenso escalofrio recorre todo su cuerpo. Pese a ello, decide que no debía vacilar y colocándose en las manos unos guantes y alrededor de su boca un pañuelo, esta por proceder a abrir el ataúd.

-¿Quieres que Silvia o cualquier otro, te “ayude” aun estando muerta?… ¡pues con todo gusto, voy a continuarte ayudando, “mamita”!- y sorprendentemente, Selene avanza hacia el closet, mientras expresa furiosa- ¡Voy a darte una lección, para que dejes en paz a mi hija!… ¡muestrate y enfrentate a mi, Zorra del vil Infierno!- en ese momento, alarga su mano para abrir la puerta…

Al mismo tiempo, Mauricio levanta la tapa del féretro y…

En ese mismo instante, Selene abre la puerta del armario…adentro, solo se observa una tenebrosa penumbra de donde emana un hedor terrible, lo cual la deja bastante atemorizada; hasta que de pronto:

-¡AAARGGHH!- grita la mujer aterrorizada, ¡al ver como una palida figura cadavérica que prorrumpe con espantos gruñidos, surge al momento del interior y sujetandola con sus manos llenas de moretones, la jala con fuerza hacia el interior sin que ella lo pudiera evitar!.

-¡AHHH, NO… MAMA!!!- Silvia pega un fuerte alarido completamente horrorizada al contemplar esto, mientras la puerta del armario se vuelve a cerrar con fuerza.

En el cementerio, Mauricio se sujeta con fuerza su boca y nariz pese a llevar el pañuelo tratando de resistir el olor nauseabundo que surge del interior del ataúd… pero a el es lo que menos le importa, comparado con el espantoso descubrimiento que ha hecho:

-¡Dios… esto no puede ser posible!… ¡LA SEPULTARON VIVA!- no parece querer dar crédito ante lo que sus ojos contemplan: la postura rigida del cadáver de la mujer, en cuyo rostro se dibuja un aterrador gesto de pánico, característico de una persona que desesperada intenta librarse del atroz y sofocante encierro que representa un ataúd sepultado tres metros bajo tierra, mientras que sus manos permanecen erguidas para no volver a bajar nunca mas- Por eso… Selene se opuso a que inclusive le practicaran la autopsia… ¡para que no fuera descubierto su macabro plan!.

De pronto, Mauricio retrocede completamente asustado… ¡al ver como los dedos del cadáver se doblan mientras que de ellos se desprenden partículas de polvo!.

Completamente paralizado y respirando muy agitadamente, Mauricio aun no puede dar crédito a lo que ha visto con sus propios ojos… piensa que ya no tiene porque dudar mas de las palabras de su hija Silvia. Pero en ese preciso instante, llega a su mente un escalofriante presentimiento, algo que le dice que tiene que volver lo mas pronto posible a su casa. Por lo que sin la menor vacilación, Mauricio toma sus cosas y saliendo rápidamente de aquella tumba, corre hasta su auto y una vez adentro, arranca con dirección a su domicilio.

Una vez que el llega, Mauricio se sorprende al ver un gran numero de personas, vecinos en su mayoría, alrededor de su casa. Estaciona rápidamente su auto y al descender, se abre paso entre la gente para acceder a su casa; atraviesa el cordon policial y algunos oficiales intenta detenerlo, pero cuando Mauricio se identifica como el dueño de la casa, ellos le permiten el acceso.

Cuando logra entrar, Mauricio se dirige primero a la cocina, descubriendo primero a su hija Silvia, quien se encontraba sentada en la mesa del comedor sollozando fuertemente mientras es atendida por una trabajadora social. Al ver su padre, Silvia se levanta y corre a abrazarlo, mientras continua llorando.

-Hija… ¿que es lo que ha sucedido?- le pregunta su padre, con tono de ansiedad.

Tratando de articular lo mas que podía, la chica le responde entre sollozos:

-¡Mami…mi abuela… la mato!- al terminar de escuchar esto por parte de su hija, Mauricio siente como se le congela la sangre.

-¿Sr. Mauricio?… por favor, venga conmigo- escucha a un policía quien le indica que debe acompañarlo a la planta alta. Mauricio asiente, pero cuando intenta soltarse suavemente de los brazos de Silvia:

-¡Papá, no me dejes!- exclama lastimeramente su hija. Mauricio le responde del modo mas suave:

-¡Tranquila, cariño!… ire arriba y volveré en un momento- en eso, se acerca la trabajadora social, quien le dice:

-¡Ven muñeca, todo estará bien!.

Cuando Mauricio llega hasta la entrada del cuarto de su hija, ve mas policías en el interior. Una vez que accede, uno de esos oficiales se dirige a el:

-Buenas noches, ¿ud. es el sr. Mauricio Rodriguez?…

-Asi es- le responde- pero… digame, ¿Qué ha ocurrido aquí, donde esta mi esposa?…

Adoptando una mirada completamente seria, el oficial de policía le responde de modo directo:

-Lamento tener que comunicarle esta terrible noticia… ¡pero su esposa Selene Rivera… fue asesinada!

-¡Que!… ¡No…no…!

-¡Creame que en verdad lo siento mucho!… fue aquí mismo y si usted asi lo desea, su cadáver se encuentra aquí mismo, dentro de ese closet.

Al apresurarse Mauricio para verla con sus propios ojos, queda completamente paralizado ante la aterradora escena que tiene frente a si: dentro del closet, el cadáver de su esposa yace inmóvil en una postura espeluznante… la mitad de sus piernas están dobladas hacia atrás, mientras es notorio como su cuello fue roto y lo mas aterrador, sus ojos estaban completamente abiertos a todo lo que sus parpados daban.

Mauricio siente como las fuerzas están por abandonarlo, mientras intenta apoyarse sobre el marco de la puerta del closet. En esos instantes no resiste mas y comienza a gemir con profundo pesar:

¡Selene, mi amor!… ¿Por qué…porque tuvo que pasar todo esto?…

Pero al volver a mirar mas detenidamente el cadáver de su esposa, Mauricio nota otro perturbador detalle… marcas como de tierra o polvo… hechos por dedos… impresas alrededor del cuello de su infortunada esposa.

Bendita blasfemia. D.D.

Sin pulimentos, la llevaron, sin miramientos, sin cuidado alguno. La tristeza caía en la forma de sus lágrimas, en su mirada devastada. El gendarme le aferraba el brazo firmemente. No iba a haber vuelta atrás. Nada podía hacer, para oponer resistencia ante aquella fuerza, y sólo debía resignarse desconsoladoramente, a dejarse arrastrar. Dentro del blanco y puro edificio ya no se podía escapar del destino, de un nefasto destino. Sin remordimientos.

Momentos atrás, por la mañana, Emanuela había estado sumergiéndose en las suaves aguas de un jacuzzi, en su apartamento, las calles de la ciudad donde vivía, en los alrededores de Roma, Italia, el pintoresco país, la pintoresca ciudad, de vivos colores, costumbres y ánimos, y cantarinas voces. Todo se suponía que era alegría.

Emanuela Orlandi, era una chica bastante normal, de quince años, que habitaba en aquellos lugares aledaños a la ciudad, pegados, que procedía de una familia bien acomodada económicamente. Una chica de buenas costumbres, personalidad amena y simple. Era una chica bondadosa. Lo que restaba de la mañana, se relajaba, bañándose en la profunda tina, mientras pasaba el tiempo, en que debía estar preparada, y salir, antes del mediodía.

-¡Qué plácida sensación es estar aquí! –decía, complacida, sintiéndose acariciar por las aguas a temperatura.

Terminó de darse el baño, y se levantó, para recorrer los interiores de su hogar. Se vistió, y estuvo preparada. Antes de salir también echó a un bolso, una flauta traversa que ocupaba en sus clases. Entonces, vestida casi enteramente de blanco, salió contenta de su hogar a empezar un nuevo día, con sus cabellos de un tono algo rubios, y entre castaños, a recibir la luz del sol, y a disfrutar de toda aquella libertad de vida.

Se dirigiría a clases de música, en el prestigioso conservatorio de Roma. Recuerda que había estado pidiendo todo el año pasado entero, a sus padres que la inscribieran allí. Recién había bastado la llegada de este año, para que ellos aceptaran y se decidieran. Todo era muy formal, impecable, y estaba feliz de haber sido admitida. Todo estaba hecho con mucho agrado. Debido a sus habilidades musicales con su instrumento, no habían esperado demasiado ni puesto condiciones para dejarla entrar. Ahora era una alumna más. Y cada vez que iba al lugar, tenía que mostrar unas identificaciones especiales que les entregaban, que los reconocían como músicos y alumnos.

Todo iba perfecto, hasta que Emanuela estuvo tan cerca del conservatorio, que ya podía verlo ante su vista, al final de unas dos calles, y entonces, tan apegada a una muralla que iba, que sintió una fuerte presión en el brazo. Entonces ladeó la mirada rápidamente, asustada. Había aparecido al lado de ella, un inmenso gendarme, de uniforme azul oscuro, bastante ancho de cuerpo y con brazos que apretaban con violencia. Emanuela se quejó enseguida. Le expresó que la dejara libre. Pero el gendarme cruzó con ella algunas palabras en italiano, y le dejó en claro que no la iba a soltar. Y que ahora tendría que acompañarlo.

-Cierra la boca y ven conmigo donde te llevaré. No digas nada, o ya ves esto –y señaló una pistola sobre su cinturón-. Y con esto te volaré los sesos, si dices palabra.

Emanuela bastante atemorizada, calló. Pero aunque hubiese querido gritar por ayuda, tampoco podía hacerlo porque el guardia llevaba su gruesa mano sobre su boca, y se la cubría. Emanuela no podía expresar ningún clamar desesperado de ayuda.

Tiempo después, la subieron a un vehículo. Anduvieron varias horas en el automóvil, seguramente dando vueltas. Emanuela desconocía si iba en la parte trasera del automóvil, o si iba sobre los asientos, agitándose por las repentinas frenadas o las aceleraciones bruscas por las calles. Quizá hasta iba sobre los asientos, pero sentía como si tuviera una inmensa bolsa de plástico negra cubriéndola entera. Porque no veía nada. Sentía como si le hubieran vendado los ojos. En cambio, sentía el respirar del gendarme a un lado de ella todavía, y que parecía ir cercano al asiento de un conductor. Hasta sentía, que había otra persona, de hecho, el conductor. Y que los llevaba por un rumbo definido. Y que ella no podía hacer nada para detenerlo, que hasta ahora se daba cuenta que la habían secuestrado.

El automóvil se detuvo. Emanuela puso pie en tierra. Le sacaron la bolsa negra, el vendaje, o cualquier cosa que la estuviese cubriendo, pero ya pudo ver. Y ante ella, contempló nada menos que un inmenso edificio blanco. Reconoció la ciudad del Vaticano, porque había estado allí antes. Su padre, trabajaba como empleado en el Vaticano. Lo buscó desesperadamente con la mirada, pero él no iba a estar allí.

El gendarme volvió a tomarle el brazo firmemente, brusco. Sabían que ella no se les iría a escapar, porque estaban confiados. Sólo había bastado un guardia para secuestrarla. Entonces, la hicieron caminar. Emanuela quiso dar gritos de ayuda, pero no había nadie para ayudarla. Veía a personas del Vaticano, en sotanas blancas. Todos la observaban, con curiosidad, hasta con malicia. Todos eran rostros extraños, ninguno prestaba ayuda. Todo escondían malas intenciones bajo sus miradas; viejos, pervertidos, corrompidos, escondiéndose bajo fachadas de limpios, santos y puros.

A Emanuela Orlandi, la joven de quince años, le entró un profundo sueño, seguramente porque le habían dado algo extraño, o el agresivo gendarme le había impuesto un paño con una sustancia adormecedora cubriéndole la boca. Y se durmió, y no volvió a saber más, hasta que despertó tiempo después, dentro de las dependencias del Vaticano. Blancos muros, entre tanta blancura y pureza, que llegaba a angustiar, que llegaba a generar ahogo y desesperación.

Despertó luego. Tenía un grillete firmemente asegurado a su cuello, y una cadena que provenía de él, y se perdía, en las manos de alguien, o aseguradas a algún pilar de hierro. Estaba en un cuarto blanco total, algo de reducido espacio, con cerámicas blancas cubriéndolo todo. Sobrecogida, consternada, comprobó, que su lengua estaba fuera de su boca, y lamía una fina columna de metal, dejándole el sabor a hierro en la boca, y un disgusto. Más horrorizada aún, se dio cuenta que estaba desnuda. Contempló su cuerpo joven, desnudo, indefensa, y estaba con rodillas y manos apoyadas en el suelo. Su tierna piel estaba al descubierto, y los grilletes de las cadenas le apretaban dolorosamente. Sudó de miedo, y entonces levantó la mirada para contemplar lo que sucedía. Frente a ella se acercaban algunas figuras.

-Qué buen trabajo, han reclutado a estas jóvenes mujeres de bellos cuerpos. Podemos ya dar inicio a las fiestas, los preparativos ya están –anunció una santidad, un anciano vestido con sotana, y allí estaban los demás encargados del Vaticano. Todos que tenían diversos cargos, más altos, más bajos. Distintas superioridades. Una parte seleccionada de los que hacían sus labores allí. Emanuela temblaba, en impotencia, sobrecogida por el temor.

A las afueras del Vaticano, había unos sospechosos vehículos negros. Ante las puertas de los automóviles, había sujetos vestidos de negro, con metralletas automáticas sobre sus manos, totalmente ilegales y peligrosas. Era la mafia italiana, y estaba toda estacionada frente al Vaticano. Lo más sorprendente, era, que como en un tétrico acuerdo, los sacerdotes y residentes del edificio santo se paseaban por afuera, con sus sotanas, con toda naturalidad. Con rostros sonrientes, saludaban, seguían sus caminos, y tenían una relación casi familiar con la mafia. Se llevaban a cabo acuerdos siniestros, para las esperadas y habituales celebraciones que ocurrían en la santa sede.

Mientras los momentos para Emanuela estaban contados, en los alrededores de la ciudad del Vaticano, transitaba por aquel día con espontaneidad, fuera de sus ocupaciones, el sumo sacerdote, jefe del cuerpo de exorcistas de la institución. El exorcismo, era una labor que se cuenta fue integrada, desde tiempos inmemorables. Desde tiempos, en que el mismo Vaticano fue fundado, hacía bastante tiempo atrás. El padre que transitaba, Gabriel Amorth, tenía ochenta y cinco años, tantos años como un viejo árbol. Y paseaba, con sus piernas cansadas. Había aprovechado de salir, porque pronto tenía pensado retirarse de la institución. Ya a su avanzada edad, sabía que la vida ya no le daría para mucho, que si apenas le quedarían algunos años, y que ya estaba pronto a irse a los altos cielos. Entonces aprovechaba salir, y recorrer los lugares más escondidos de su pintoresca ciudad, los más peculiares, por los que nunca había pasado, para aprovechar de respirar, recibir la luz del sol, y disfrutar de tranquilos días.

El padre se había detenido a almorzar en un restaurante que conocía. Lo elegía siempre, porque allí lo atendían especialmente. Como era reconocido, no le gustaba llamar la atención popular, y en el restaurant, le destinaban una mesa sola para él, y lo atendían en horas en que el local estaba supuestamente cerrado. Se cerraban las cortinas, y el reverendo se disponía a comer. Había ordenado sopa. Bebía, con sus desgastados labios, y abría un periódico. Le disgustaba enterarse, que nuevamente había noticias sobre su santa institución, el Vaticano. Noticias, sobre presuntos abusos del tipo sexual.

“Falacias, puras falacias, mentiras”, pronunciaba él con desprecio. Conocía bastante bien la institución en la que había estado desde hace muchos años, desde los treinta, cuando asistía a ayudar, cuando estaba ante la atención de los superiores. Nunca había visto nada extraño, nada digno de acusar. Y sus arrugas, y su experiencia, no eran algo con lo que iba a mentir. Sus ojos nunca lo habían engañado.

Volvía a doblar el periódico enfadado, y se regresaba, dispuesto ya a retornar a sus labores. Cuando se preparaba a salir del local, el empleado que lo había atendido, un profundo amigo suyo, mientras limpiaba una copa con un paño, y observaba el periódico dejado sobre la mesa, le decía:

-¿No creerá usted padre, que aquellas noticias son reales, verdad? ¿Por qué la prensa inventará esto?

El padre se volvió. Con una severa mirada, y fastidiado, le respondió, con su desgastada voz, dejando muy en claro:

-Porque son unos aburridos. Siempre han querido manchar nuestra santa institución.

Y se retiró, llevando su sotana con autoridad. Su vieja figura atravesó la puerta de salida, y desapareció. Más tarde, el sol recibió su rugosa y pálida piel. Era tiempo ya de regresar a la institución. Tendría una seria charla con algunos de sus respetables hermanos, compañeros, convivientes. Había que refutar aquellos dichos atrevidos de la prensa, o por lo menos, reprender severamente a los periodistas.
Era más del mediodía, cuando en el tranquilo apartamento donde vivía Emanuela, sus padres llegaban de los trabajos, y apenas se habían percatado de la ausencia de su hija. Estaban por preparar el almuerzo, acostumbraban a comer todos en familia. Entonces, notando la evidente ausencia, el padre preguntó, al tiempo en que la madre lo miraba:

-¿Dónde estará Emanuela? Suele llegar a estas horas del conservatorio…

-Quizás ha quedado de juntarse con algunos amigos –respondió la madre, con naturalidad. Pero luego desconfió, ante lo que el padre le respondió:

-Sí pero ya sabes, que Emanuela no es de tener muchos amigos… Me preocupa.

Sin embargo, era muy temprano para preocuparse. Aunque a medida que fue transcurriendo el día, y la luz del sol se iba retirando, sus padres ya estaban verdaderamente angustiados, y desesperados. No se había ido el día aún, cuando varias horas después, con ayuda de las autoridades y muchas familias sintiéndose identificadas, la ciudad del Vaticano ya estaba repleta y llena de afiches de la niña desaparecida. Todos prestaban su ayuda, todos se conmovían. Sus padres iban de un lugar a otro, derramando lágrimas, implorando por ayuda. Su padre, un hombre joven de baja estatura y cabellos negros, y su madre, una mujer alta y blanca, de cabellos castaños como su descendiente. Ambos muy italianos. Y era lastimoso, verlos, tan desesperados buscando a su desprotegida hija. Los afiches decían:

“Emanuela Orlandi. Desaparecida. Si la encuentran o tienen algún rastro de ella, por favor contactarnos…”. Aparecía que los datos de la familia, y datos adicionales de la desaparecida se entregaban en los números que habían dispuesto allí. En las palabras de sus padres, se notaba la desesperación. Mencionaban que iba camino al conservatorio de música, cuando había desaparecido, y que la recompensa que también ofrecían, era abundante. En el afiche aparecía una foto de blanco y negro, de un instante de Emanuela en el observatorio, mirando dispuestamente a la foto, esbozando una ligera sonrisa, hasta tímida. La foto había sido hecha hace un mes, bastante reciente. Había otras fotos de ella también tocando la flauta traversa. Los afiches estaban por todos lugares. Algunos, tenían otras informaciones, diversas, pero todos apuntaban a lo mismo: la desaparecida. Los padres estuvieron recorriendo la ciudad, en la busca de ayuda e informaciones, hasta que después agotados, volvieron a su hogar. Y comenzaban a contestar con desesperación, las reiteradas llamadas. Algunas daban incluso, para informaciones falsas sobre el paradero de su hija. Esto por supuesto, los agobiaba más.

Mientras transcurría el día, recibieron dos llamadas en particular, de dos hombres en particular. Uno era bastante joven, y alegaba haberse encontrado con Emanuela ese mismo día. Decía tener sus pertenencias. El otro, un hombre más mayor, sólo había hecho amenazas a la entristecida y desprotegida familia. Aunque se habían discutido encuentros, al final no se habían visto resultados, y los hombres luego habían desaparecido, para con el tiempo, no volver a llamar. Sus turbados padres, continuaron desalentados.

En el Vaticano, el padre Gabriel Amorth recorría los pasillos. Como en su entrada, vio que todos lo observaban con miradas sospechosas, y hasta inquietas, le había generado desconfianza. Por el pasillo, se topó con otro sacerdote, uno menor, canoso. Y con su siempre estricta actitud, le preguntó:

-¿Qué sucede hermano, que he visto a todos tan nerviosos?

-Son los asuntos del Vaticano, padre –le respondió con rastros imperceptibles de nerviosidad que disimulaba muy naturalmente-. Bueno, habrá una salida hoy y reuniones en otra iglesia. Debería ir usted padre, para que aprovechara de salir un rato –le dijo, pensando que sería bastante oportuno que el padre desapareciera de la institución un rato, para que quedara escondido lo que ya estaba sucediendo, y lo que habría de suceder.

-No –respondió el padre cortantemente-. Ya he salido.

“Pues bien padre, nos veremos” respondió el sacerdote aún disimulando, se excusó, y se retiró. Luego en los pasillos interiores, había dos sacerdotes que murmuraban secretamente. Uno de ellos le decía: “¿Ya han raptado a las jóvenes chicas, verdad? ¿Darán ya inicio a las fiestas sexuales?”. “Sí”, le respondía el otro. “Ya hemos hecho esto muchas veces atrás ya, no hay de qué preocuparse. Todo saldrá con normalidad como siempre”. Entonces, ambos se estrechaban las manos, se despedían, y continuaban sus rumbos. Todo lo que se estaba planeando pasaba perfectamente disimulado, hasta que llegó el padre Gabriel Amorth a los pisos inferiores, y pasó cerca de las capillas de oración. Le extrañó ver a tantos sacerdotes transitar por allí, fuera de sus labores. Ya estaba sintiendo la desconfianza. Entonces, el padre mientras caminaba iba meditando. Y pensaba, que él también había estado muy alejado de sus labores.

-Dios pensará que lo he dejado algo de lado… -se dijo pensativo.

Hacía una temperatura agradable. La había querido aprovechar hoy, y había salido. Pero aun así, el anciano era tan comprometido a sus labores, que sentía que debía limpiar sus culpas. Entonces, caminó por los pasillos, y llegó a un lugar destinado sólo a las altas superioridades del Vaticano. Un lugar, en el que sólo él y unos pocos, tenían permiso a entrar. Ese era un lugar santo, en los pisos inferiores. Allí, los superiores se confesaban. Entró, y observó una gran réplica de Cristo crucificado, en mármol. El lugar estaba muy solitario como siempre. Estaba decorado con lujosas alfombras marrones, y columnas de oro en las esquinas de los muros, y en general, había mucha comodidad. Entonces, se arrodilló frente a Cristo, y se confesó, pidiendo que le fueran perdonadas sus salidas cotidianas fuera de la institución. Después de esto, se dirigió a unas escaleras en una esquina, y descendió. Sin esperar nada, pero todavía teniendo algo de desconfianza.

Emanuela estaba agotada. Continuaba en aquella habitación blanca, como una especie de subterráneo en cerámica, y ya la habían violado varias veces. A cierta distancia de ella, en otros lugares de la inmensa habitación, estaban siendo abusadas otras chicas. Ella seguía encadenada, y había un cura muy insistente, que la violaba una y otra vez, sin jamás retirarse. Incluso cada cierto tiempo, llegaban hasta tres y abusaban de ella al mismo tiempo. Emiliana ya estaba desfalleciendo. En su interior, ya había gritado varias veces de desesperación. Nunca había anhelado tanto la muerte, estaba viviendo el tormento más grande de su vida. Las figuras depravadas, se montaban sobre ella, y sentía el peso de ellas sobre su lomo. Estaba angustiada, y las lágrimas se le derramaban continuamente. Había unos veinte sacerdotes en la habitación. Entonces, entraron unos hombres vestidos de negro, que eran la mafia. Uno de cabellos rizados y anteojos, los lideraba. Entraron, con las metralletas en mano todavía, y sólo había faltado su llegada, para llevar a cabo las fiestas sexuales como era acordado. Entonces, contemplaron a las chicas raptadas, como quien evalúa el producto, y comenzaron a desvestirse, y muchos a abusar de ellas, junto a los curas. Emiliana ya no resistía más. Estaba muriendo, su cuerpo ya no podía aguantar más violación.
Hasta que llegó el momento, en que el padre Gabriel Amorth estuvo frente a las puertas de aquella habitación donde todo sucedía, habiendo llegado casi casualmente, porque estaba al final del pasillo, del último piso inferior de la santa institución. Allí llegó, y le extrañó ver a dos sacerdotes en la puerta, como guardias. Ellos estaban encargados de vigilar. Pero como les ordenaban sus labores, no podían hacer nada ante el padre, y sólo intentaron como pudieron, alejarlo de allí, mantenerlo a la distancia, y convencerlo de que nada importante había dentro. Pero era una tarea bastante difícil convencer al padre. Dentro de ellos, ya se sentían hasta resignados, y sólo querían correr por sus vidas y escaparse. Sabían que ya era un caso perdido alejar al padre, impedir que se entrometiera.

Pero el padre Gabriel Amorth les preguntó qué estaban guardando en forma tan sospechosa tras aquellas puertas. Los sacerdotes sudaban, nerviosos. Y aunque el padre ya se había decidido entrar, y sabía que no tenía caso que aquellos siguieran custodiando, ellos se negaban a retirarse, como oponiéndose a un desafortunado destino. Pero entonces el padre los amenazó, y les ordenó que se quitaran enseguida.

-Padre, usted no tiene nada importante que ver allí –tartamudeó uno de los sacerdotes, pero el padre lo quitó del camino. Abrió las puertas entonces, y se sorprendió, al encontrar la inmensa habitación santa, desamueblada, cubierta enteramente en cerámica blanca, que se decía era el lugar donde por años, las superioridades más altas del Vaticano habían tenido revelaciones y visiones divinas, y que hasta esa era la misma habitación que el Papa ocupaba en ocasiones. Pero se sorprendió tanto, que pensó que moriría en el instante, de un infarto, al ver la desenfrenada orgía frente a su mirada, y al ver a todos aquellos sacerdotes, abusando y matando a las jóvenes. El padre Gabriel Amorth se quiso desmayar. Pero entonces, intervino rápidamente, y horrorizado, dio un grito para que todo se detuviera. Pero el que llevaba el liderazgo en la mafia, cruzó rápidamente la inmensa habitación, levantó la metralleta y le puso el cañón contra la garganta, y lo amenazó.

-Sería una lástima que en los periódicos saliera mañana, sobre la muerte de un padre en el Vaticano, ¿no? Tenemos el poder para hacerlo. Pero usted debe guardar silencio de por vida, o hasta que se retire de la institución sobre esto, o le atravesaré unas cuantas balas en la garganta.

El padre tragó saliva, y sudando, asintió. Entonces, lo echaron de la habitación, y se quedó puertas afueras, aún atemorizado y temblando, espantado, marcado por lo que había visto. Los dos sacerdotes que habían estado ante las puertas ya se habían retirado, por temor a ser descubiertos. El padre subió, y pretendió continuar con sus labores. Ya estaba amenazado de muerte, pero iba a implorar a Dios aquella noche, y todos los días, que le librara la mente de lo horroroso que había visto, de la maleza del ser humano, y que le diera las fuerzas, para continuar adelante, y alguna vez llegar a delatar.

Emanuela Orlandi estaba muriendo mientras era abusada, por lo que terminado el desenfreno, el sacerdote que la había abusado constantemente, se la entregó a uno de los mafiosos. Que para no dejar evidencia, procedió a hacerla desaparecer. Todas las chicas raptadas, luego de la peor tortura de sus vidas, luego de que fueran abusadas, eran muertas, para no dejar evidencias, sin respeto alguno hacia la vida humana. Emanuela no fue la excepción, y el mafioso la llevó hasta una habitación solitaria y reducida, le rompió y arrancó la mandíbula, y de un escopetazo en el pecho la mató. Su cadáver desnudo quedó deformado y sin vida.

El padre Gabriel Amorth años después, se había retirado de la institución. Y en su primer día de retiro, había citado a toda la prensa, para hacer las declaraciones. Luego, esperó su muerte, pero ésta no llegó, contrariando a cómo habían anunciado las amenazas.

Después de todo, el compromiso de callar era hasta que se retirara de la institución. En aquellos días, hasta allí, continuaban buscando a la desaparecida Emanuela Orlandi a lo largo de toda Roma, todavía con esperanzas de encontrarla. Pero el padre ya había dicho lo que le había sucedido, y había dicho que era mejor también, dejar de buscarla, porque ella seguramente ya había sido asesinada. Todo esto había transcurrido en un lapso de años. Pero la vida de Emanuela Orlandi, una chica simple, carismática, algo callada y hasta retraída a veces, con una gentileza natural, no había valido nada, si ella hubiera sabido que habría de terminar sus días de la forma más horrible, en la santa sede, reunión de santidades, el Vaticano.

Aunque con los días, habían surgido más rumores ante el caso. Una mujer anónima había declarado, que Emiliana había sido enterrada junto al líder mafioso, que había muerto recientemente. La policía llegó a inspeccionar el féretro, lo abrieron, y encontraron un esqueleto, y las partes de otro, que parecía de una edad más joven. Esto les extrañó, pero hasta los días más actuales, nunca habían podido resolver nada. Nunca se había aclarado con totalidad, ante los ciudadanos, la desaparición de la chica, Emanuela Orlandi. Pero el padre Gabriel Amorth estaba seguro de conocer la verdad, y lo que había visto él mismo, le hacía dudar, le hacía pensar cómo era posible, que hubiera tanta maldad en el mundo al que Dios los había enviado.

El perro. M.S.

Era día 3 de Marzo del 2004, a las 3:00h. de la madrugada. Mery siempre dormía con su apreciado perro de 2 años, esta chica tenía 14 años.

Esta chica hizo una ouija días antes de esta noche. Evidentemente ella no se creía que esto de los fantasmas era cierto, por lo que se acostó ese día sin temor y sin miedo de nada.

Si no crees no te pasara nada, pero cometió un error, cuando jugó a este juego su perro estaba delante (no jugando obviamente), el perro se sentía mal cuando Mery jugaba con sus amigos.

A esa misma hora, ese mismo día que dije al principio (3-3-04 3:00h), Mery escuchó unas gotas cayendo en el baño, su perro no estaba con ella.

Mery sin temor, se despertó, entró al baño, pero no se veían caer las gotas del lavavo ni del videl ni de nada. Pero las gotas aun se escuchaban pero…aparto la cortina de la bañera y encontrí a su perro con el cuello incado en la manivela para encender el agua, y las gotas eran la sangre del perro. El perro estaba no estaba putrefacto ni nada, pero estaba muerto.

Mery, con 14 años, empezó a gritar por su casa, y así tropezó con un objeto que había en el suelo, calló al suelo y se partío el cuello.

El perro y ella habían muerto por culpa de ella (de Mery), Mery cometió el mayor error de su vida, jugó a la Ouija sin creer.

Los padres de Mery se mudaron, y hoy en día, aquella casa esta abanadonada, y se dice que el alma del perro y de la niña aun está alli, esperando a que alguien habite la casa para también matarlos y cada vez sean más las almas que habiten la casa.

Calabaza macabra. D.D.

Las noches en el campo eran muy aterradoras. Y con más razón, más aún, cuando circulaban por allí, entre los oídos y los hogares, siniestras historias de terror, sobre cosas que sucedían, y sobrecogían. Sobre horrores, que podían esconderse en el campo, tras la hierba, tras los árboles, dentro de la oscuridad. Terrores, que entraban por la noche, a las vulnerables casas, que atacaban en el sueño, que despertaban hasta al menor de los infantes, y lo remecían en espanto.

Era sabido, o se creía por lo menos, que quien se encargaba de hacer circular estas historias inicialmente, era alguien perturbado de la cabeza. Generalmente eran los ancianos, que querían infundir terror. Pero si las historias no venían de ellos, habían surgido de alguien más: y allí, estaba la mente macabra. Las mentes trastornadas detrás de todo. Aquellas, que con el propósito de llegar a espantar hasta al más corajudo, o hasta el más asustadizo, inventaban las más macabras, siniestras, terroríficas historias. Para que luego quedaran circulando por las haciendas, por los campos, incontables noches, y se ganaran su lugar en la eternidad.

Se decía que las noches en el campo, eran muy frías, muy oscuras y peligrosas. Porque dentro de la oscuridad nada se podía ver, y todo podía acechar. Casimiro, pensaba diferente. No, a él le gustaba internarse en la oscuridad, le gustaba recorrer el campo de noche. Y a causa de esto, se había ganado varias reprimendas de sus padres. Pero nunca faltaban los amigos que lo acompañaban, aunque la mayoría de las veces iba solo. Porque eso le gustaba, aventurarse solo. Y realmente, no le temía para nada a la oscuridad, sentía que no le temía a nada. En los campos se dibujaban los ambientes más tétricos, más terroríficos. Pero para él, siempre era una travesía, una arriesgada o hasta interesante aventura, adentrarse en aquellos temores a la vista.

Había un anciano en particular, que se había llenado de historias de terror, y estimulaba la imaginación de los muchachos con estas. De unos sesenta años, piel rugosa y canas. Actitud segura, recta, rigurosa, pero que siempre encontraba tiempo para compartir con los que querían oír, y le prestaban minutos de su atención. Lo abrigaba una bufanda a su cuello, y siempre llevaba boina. “Don Renato”, era habitualmente su nombre. Así era como le hubiera gustado que le llamaran, pero siempre, simplemente, los muchachos del campo le llamaban “Renato”, a secas. O “El viejo” de las historias, para rellenar. En el campo, en el poblado. Un reducido poblado, donde apenas había luz eléctrica. Sólo se veían las ampolletas, sobresaliendo de los hogares, colgadas como por cables enrollados artificialmente, arreglados. Y estas ampolletas sólo encendían de noche, creando leves campos o círculos de luz entre la oscuridad, entre los bordes de los pequeños y modestos hogares de madera, y atrayendo a las diversas luciérnagas que centelleaban por las noches. Además de este embrollo de cables, los hogares estaban muy pegados entre sí. Por lo que cada vecino conocía la historia, y la vida del otro, y todos los infantes se conocían entre ellos también y se divertían juntos y salían a jugar. Casimiro sólo se divertía con el viejo Renato, el anciano. Sólo de él le gustaba escuchar las historias, y siempre que lo encontraba en casa, acudía donde él, para escuchar sus relatares, sus narraciones. “Una gran imaginación debía tener el viejo”, se imaginaba.

El viejo aguardaba en su ancha silla de madera, balanceándose. Allí estaba, con toda su humanidad echada. Veía a Casimiro acercarse, y sabía que debía tener una historia para contar. Y sonreía, complacido, ante el desafío.

-¿Qué historia tienes esta tarde? –preguntaba Casimiro ya acostumbrado, dejando de lado las formalidades, todo eso. Era como su segundo hogar. El anciano era estricto, pero ya lo conocían bien. Tanto Casimiro a él, como él mismo al intrépido infante.

-Tú, que eres muy aventurero, estaba esperando tu llegada. Tengo muchas historias por contarte, pero hoy, una en especial. Y me sorprenderé bastante si esta no te sorprende, y no te aterra por la noche –dijo el viejo, seguido de un grueso carraspeo con su envejecida voz. Levantaba su bastón, apuntando al chico también, como instándole a que se acercara.

-¿Si? ¿Y de cuál se trata? –preguntó Casimiro interesado y curioso. El anciano Renato lo hizo acercarse más, y lo tuvo allí, toda la tarde, oyendo la historia que tenía. Ya luego llegó la noche, y Casimiro hizo abandono. Estuvo ante las puertas de su hogar (la entrada más que todo, eran tan pobres que no tenían puertas, sólo una abertura ancha), y vaciló en entrar. Dudó, y finalmente se decidió a no entrar, y quiso dar un paseo por los alrededores del poblado. Mientras, pensaba en la historia que le había contado el anciano.

“Te voy a contar la historia chiquillo, de la ¡Calabaza Macabra!” había anunciado el vejestorio. Casimiro se había intrigado ante la presentación de la historia, el título que asomaba. Y estaba ansioso porque se la develara. El viejo entonces empezó su narrar, y nada lo interrumpió, ni siquiera el cantar de los pájaros nocturnos o los cuervos. Nada podía distraer a Casimiro, escuchaba, abstraído, tan concentrado, como si su mirada sólo existiera para contemplar a aquel costal de arrugas y carne vieja, con experiencia de una vida vivida.

Luego, cuando el viejo le aclaraba los últimos detalles, Casimiro iba respondiendo todo el rato: “Ajá, ajá…” y asentía. Los detalles que el viejo ponía sobre la mesa eran que tuviera precaución. Nada de descuidos. Le advertía sobre la calabaza.
“Se puede encontrar aún en estos días, en el cementerio. ¡Pero no te atrevas a ir allí chiquillo! Te he advertido. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir. Mejor piensa que mis historias son fantasías, y sólo limítate a soñar por las noches”, decía. Pero Casimiro desde ya estaba decidido a indagar. La curiosidad era más poderosa, aunque hubiera matado al gato, le importaba un comino. Era decidido. Los detalles de la historia eran los siguientes, la atemorizante calabaza, la historia había ido más o menos así:

Lo principal, que se le había quedado en la mente a Casimiro sobre lo que el viejo le había relatado, era sobre una calabaza. Que solía estar en el cementerio. “A veces sólo aparece a medianoche. Otras veces, está toda la noche allí, disponible, para quien la quiera sacar”. ¿Y de qué iba aquella calabaza, se preguntaba Casimiro? ¿Cómo era que funcionaba, qué era lo que tenía de especial, lo que hacía? “Pues, no hay límites con aquella calabaza. Dicen que el diablo una vez, en un aquelarre en las cercanías de este poblado, se escapó, dando ligeros saltos con sus patas de siniestro macho cabrío. Como tenía ganas de realizar alguna travesura, para hacer más desgraciada la vida de los humanos ante sus propios vicios, fue hasta el cementerio. Allí, trajo desde sus dominios una calabaza. No era una calabaza normal, era una peculiar, como aquellas con rostros malvados, como en Halloween. Pero esta, siempre resplandecía, aunque no tuviera una vela dentro. Y bien pues, depositó la calabaza sobre una tumba. Y desde allí, que quedó por el cementerio, y puede ser encontrada a veces. Cuentan las leyendas, las historias y los rumores, que cualquiera puede hacerse con aquella calabaza. Sin embargo, lo complicado será mantenerla. La peculiaridad de aquella calabaza… (En este punto el anciano volvió a carraspear), es que puede cumplir cualquier deseo material. Hasta carnal. Puede traer pasiones, dinero; todo lo que esté al alcance del hombre. Te traerá riquezas, y te cumplirá todos los placeres que deseas. Sin embargo, para mantenerla, en un lapso de dos semanas, debes asesinar por lo menos a cinco personas…

Y echar sus restos, dentro de la calabaza”. Cuando el anciano había terminado de decir esto, su rostro se volvió bastante siniestro. Tanto, hasta un punto casi de atemorizar a Casimiro. Pero no se vio afectado más allá de eso. No llegaría a atemorizarse, porque sabía que era un muchacho valiente.
Entonces aquella noche, que deambulaba por el pueblo solitario, Casimiro se encontró con sus amigos, que lo invitaron a hacer travesuras. Pero se negó enseguida, porque tenía otra cosa en mente por hacer. Entonces, llegó hasta el cementerio. Y luego de adentrarse bastante, y buscar por lo menos unas dos horas (porque así era tal de obstinado, que aunque ya perdía las esperanzas quería encontrar la maldita calabaza), observó un resplandor a lo lejos. Y se abrió paso por los senderos, y entonces sobre una tumba de fría piedra, observó que el resplandor era la fulgurante calabaza. Llegó hasta ella, y la tomó sin cuidado, sin miedos, y la sostuvo sobre sus brazos. Parecía como si una vela estuviera dentro, pero realmente dentro no había nada. Como si por un efecto del diablo, la calabaza misma tuviera su propia iluminación.

-Ahora te voy a llevar a casa, y a ver si me cumples un deseo –determinó Casimiro, muy convencido. Y partió, a salir del cementerio llevando la calabaza entre sus brazos.

Pasaron días y días. Casimiro deseó cuanto pudo desear. La calabaza la brindaba todo. Primero, deseó dinero, para comprar todos los juguetes de la tienda del pueblo. Con el transcurso de los días, todos los chicos en el pueblo le miraban con envidia, por tener él la primicia, la pelota de plástico, la bicicleta, entre otras cosas y juguetes.

Después, a pesar de su corta edad, quiso satisfacer su curiosidad hacia el asunto, y llenar sus deseos de deleite corporal, de contacto sensual. Deseó que la calabaza le consiguiera una compañera, especialmente, la hija del que atendía el bar en el pueblo, donde siempre estaba lleno de borrachos. Era una chica hermosa, de corta edad, pero que llamaba bastante la atención, por sus desarrollados atributos, como mujer adulta. A todos los chicos en el pueblo les estallaba la curiosidad, las ansias, y los deseos por ella, al verla aparecer y pasar.

Entonces Casimiro la deseó, y al cabo de un día, ella apareció ante su puerta. La conversa fue fluida, y fueron directos hasta el asunto. Casimiro la llevó hasta la cama de su madre, y allí, satisfizo todos sus deseos. La recorrió entera, e hizo todas las cosas de adultos que tenía en mente. Realmente, llenó todos sus deseos. Y luego se sintió lleno, por haber hecho tantas cosas pervertidas, y sintió que todas sus ansias habían pasado. La chica después simplemente, se había devuelto al bar, y Casimiro ya estaba complacido.

Ya nada le faltaba. Casimiro tenía dinero para todos sus gastos, y siempre lo escondía, para que no sospecharan. Y cuando sentía deseos corporales, ansias desesperadas, simplemente convocaba una chica mediante la calabaza, alguna chica agradable, sensual, que lo dejara totalmente satisfecho. Sin embargo, llegaron los días en que la calabaza pedía su cuota. Era algo de esperarse.

Fue una vez, en que Casimiro tuvo que ir hasta el cementerio para escucharla. Allí, la depositó sobre la tumba en que la había encontrado. Hacía frío, y la noche estaba muy oscura. Era más de la medianoche. La calabaza se había encendido, y le había dicho, que debía hacerle dos sacrificios, dentro de las dos semanas como plazo. Casimiro quiso protestar. ¿De dónde iba a sacar personas muertas?, se preguntaba. Pero la calabaza le había dicho que debía matarlas él mismo, entonces el asunto se puso más serio. Volvió a cargarla sobre sus brazos, y salió del cementerio. Aunque pensó que realmente le hubiera gustado, dejarla abandonada allí. Pero no lo hizo, porque aún estaba atado a los deseos.
Casimiro totalmente disgustado, tuvo que buscar una forma de cumplir. Y cuando pasaba por los oscuros terrenos del campo, cerca de la carretera, se encontró a un borracho que había muerto, que lo habían atropellado. Dificultosamente, arrastró el cuerpo hasta la oscuridad, para asegurarse de que verdaderamente estuviera muerto. Y cuando comprobó que así era, lo llevó lejos de la carretera, y lo cargó hasta su hogar. El cadáver estaba putrefacto. Manchado en sangre, lo depositó sobre su mesa, y con un cuchillo, lo comenzó a cortar y a hacer picadillos. Y aquellos picadillos, los echaba dentro de la calabaza. La calabaza sólo lo observaba, y callaba, destellando. Pero un día después, por la noche, la calabaza le había mencionado, que aquel cadáver no le iba a servir. “Porque debías sacrificarlo tú mismo”, le dijo. El diablo había instruido muy bien a la calabaza, macabramente. Casimiro se agobió, y pensó en no seguir. O por lo menos, tendría que encontrar una forma desesperada de llevar todo aquello a cabo. El colmo de los males fue, cuando terminada una semana, la calabaza le dijo:

“Es además necesario, que entre los dos sacrificios que debes hacer, esté el mismo cuerpo de tu madre. Ve y acércate a ella una noche, toma un cuchillo de cocina, y cuando estés frente a ella, córtale la garganta”. Casimiro se horrorizó. Jamás metería a su madre en el asunto. Sólo entonces, renunció a la calabaza, profiriéndole palabras que la mandaban al mismo infierno. Como la calabaza continuaba allí, y no perdía poder, él la tomó entre sus brazos, y se dispuso a devolverla al cementerio. Era una noche en que estaba solo. Entonces, antes de salir de su casa, un humo negro y entre púrpura pareció estallar, y como ilusoriamente, a surgir tras él. Volteó entonces, y espantado, contempló a un macho cabrío, erguido en sus dos patas. Era el diablo. Las leyendas del campo eran ciertas. Horrorizado, le gritó sobre qué era lo que quería.

-No has cumplido mis sacrificios –le respondió el diablo burlón-. Ahora es mi deber perseguirte, para llevarte conmigo a mis dominios.

-¡Olvídalo! –gritó Casimiro, y se echó a correr.

Escapó de todo el poblado, y se internó en las oscuras densidades del campo, entre frondosos árboles y malezas que hacían dificultoso el paso. El diablo entonces enseguida, como poseído por fuerzas extrañas que le hacían honor, partió furibundo, corriendo en sus dos patas, con una rapidez aterradora.

Frenéticamente, se dirigió tras Casimiro, como un rayo oscuro. El chico sabía que el diablo pronto lo podría alcanzar, por lo que más que desesperarse en correr, buscaba alguna forma de librarse, o salirse del camino.

Como iba tan concentrado en arrancar, se le olvidó que llevaba aún la calabaza en los brazos. Y el diablo lo persiguió toda la noche, arañándolo con sus garras, y haciéndole profundas heridas. Casimiro había arrojado la calabaza, y continuaba corriendo, ya con su pecho que le dolía por tanto cansancio, y con un pequeño corte en el cuello, y los brazos ya bastante torturados. El diablo en un instante lo atrapó, y comenzó a agobiarlo, enterrándole las garras. Pero Casimiro fue astuto, y vio una liga que salía de los ramajes de un largo árbol, y con él, enredó al diablo, que lo tenía sostenido por el cuello. El diablo intentó soltarse, y Casimiro se vio libre, y se echó a correr con toda velocidad. Pero como veía que ya no iba a aguantar más, entonces se dio cuenta, que la única forma de librarse que se le ocurría por el momento, era devolviendo la calabaza de donde había salido, eso es, el cementerio.

Entonces buscó desesperadamente la calabaza, y cuando la encontró tirada por la hierba, se devolvió al cementerio, en tanto que el diablo aún lo perseguía. Llegó hasta la tumba donde había encontrado la siniestra cumplidora de deseos, y la dejó allí. El diablo entonces llegó tras él, listo para matarlo pues al fin lo había alcanzado, pero cuando vio la calabaza de vuelta en su lugar, se enfureció, porque nada más podía hacer. De hecho, sólo podía estar libre si algún humano había caído en el error y el atrevimiento, de levantar la calabaza.

Mientras comenzaba a surgir el humo negro y púrpura, también hasta rojizo como las llamas que lo envolvía y lo hacía deshacerse de su forma corporal, para volver a sus infiernos, pronunciaba palabras ante Casimiro que eran muchas amenazas por venir. Le hacía saber, que no tendría un destino para nada afortunado, luego del compromiso en el que había caído, después de tomar la calabaza.

-¡Serás un adulto, y entonces yo volveré a buscarte! Puede ser que ahora hayas tenido una vida de plenitud, pero ¡morirás joven! ¡Y lo prometo! –maldijo el diablo, y Casimiro se sintió horrorizado.

Atemorizado, de sólo pensar, que de allí en adelante, sabría que sus años estarían contados, y que moriría siendo un adulto joven.
Cuando todo hubo terminado, se retiró del cementerio. Pero a su hogar no llegó. Como ya estaba maldito por el diablo, era muy fácil que hubiera desaparecido. Se rumoreó días después, que se había perdido en los alrededores del campo, en los terrenos llanos y abandonados. Que unos criminales lo habían raptado, y lo habían matado. Aunque Casimiro a decir verdad, estaba de lo más bien. Sólo que no había querido volver a su hogar, había preferido, vagabundear eternamente. Porque estaba aterrorizado de por vida, de saber que tenía un encuentro destinado con el diablo.

En el hogar de don Renato, el viejo balanceándose en su silla mecedora, se mantenía con esperanzas quebradas, y con una mirada de desconfianza. Sabía que Casimiro había desaparecido, y podía saber su paradero, o podía también saber la suerte que había tenido. Sí, en su interior, se arrepentía. Porque sentía que era una aberración lo que había hecho. Sabía que tras contarle la historia, la curiosidad del niño no se vería satisfecha, hasta que hubiera ido a buscar la calabaza. Y lo más seguro, era que lo había hecho. Y por eso ahora, el anciano se sentía culpable. Pero ya no había nada por hacer. Sólo debía ya convivir con el remordimiento. Por muchos días, se mantuvo esperando a que Casimiro volviera a llegar a visitarlo, para escuchar una de sus muchas historias nuevamente. Pero nunca llegó. Y sólo entonces el viejo, se preparaba a morir, sabiendo que aquella visita que le solía llegar, como en tiempos anteriores, ahora nunca habría de suceder otra vez. Y tuvo que vivir también con la resignación el anciano, de guardarse sus historias sólo para su interior.

El diablo se reía macabramente. En un par de años más, volvería a buscar a Casimiro, para saldar lo que había hecho. Y la calabaza macabra, en tanto, quedaría allí en el cementerio esperando, a que otro humano intrépido o curioso, se atreviera a sacarla nuevamente de allí, y todo volvería a suceder.