martes, 14 de noviembre de 2017

Las aventuras del vampiro de Sussex. Arthur Conan Doyle (1859-1930)

Holmes acabó de leer cuidadosamente una nota que le había llegado en el último reparto de correo. Luego, con una risita contenida, que era en él lo más cercano a la risa, me la tendió.

-Como ejemplo de mezcla de lo moderno y lo medieval, de lo práctico y lo demencialmente fantástico, creo que éste debe ser indudablemente el límite -dijo-. ¿Qué le parece, Watson?
Leí lo que sigue:

46 OLD JEWRY
19 de noviembre.
Asunto: Vampiros.
Señor. Nuestro cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead, mayorista de té, de Mincing Lane, nos ha dirigido una consulta con fecha de la presente en relación a los vampiros. Dado que nuestra firma está enteramente especializada en impuestos de maquinaria, el asunto difícilmente queda dentro de nuestra esfera de actividades, y, en consecuencia, hemos recomendado al señor Ferguson que le visite a usted y le exponga el caso. No hemos olvidado el éxito de su actuación en el caso Matilda Briggs. Quedamos, querido señor, sinceramente suyos.

MORRISON, MORRISON Y DODD.
per E.J.C.

-Matilda Briggs no era el nombre de ninguna joven, Watson -dijo Holmes, en tono reminiscente-. Era un buque relacionado con la rata gigante de Sumatra. Es una historia que el mundo no está todavía preparado para oír. Pero, ¿qué sabemos de vampiros? ¿Entra eso en nuestra esfera de actividades? Cualquier cosa es mejor que la inactividad, pero lo cierto es que parece como si nos hubieran trasladado a un cuento fantástico de los hermanos Grimm. Extienda el brazo, Watson, y veamos qué nos cuenta la V.

Me eché hacia atrás y tomé el enorme fichero al que Holmes había aludido. Lo sostuvo sobre las rodillas, y su mirada fue pasando, lenta y amorosamente, por el registro donde los viejos casos se mezclaban con la información acumulada a lo largo de su vida.

-Viaje del Gloria Scott -leyó-. Fue un feo asunto. Me parece recordar que usted lo puso por escrito, Watson, aunque no puedo felicitarle por el resultado. Victor Lynch, el falsificador. Veneno… lagarto venenoso, o gila. Un caso notable, ése. Vittoria, la bella del circo. Vanderbilt y el ladrón ambulante. Víboras. Victor, el asombro de Hammersmith. ¡Vaya, vaya! ¡Querido viejo índice! Nada se le escapa. Escuche esto, Watson: Vampirismo en Hungría. Y también: Vampiros en Transilvania.

Recorrió impacientemente las páginas con la mirada, pero al cabo de una breve lectura ensimismada dejó a un lado el enorme registro con un gruñido de decepción.

-¡Basura, Watson! ¡Basura! ¿Qué tenemos nosotros que ver con cadáveres andarines que sólo se quedan en sus tumbas si se les clava una estaca en el corazón? Es pura chifladura.
-Pero, indudablemente -dije yo-, el vampiro no es necesariamente un muerto. Una persona viva podría tener la costumbre. He leído algo, por ejemplo, de viejos que chupaban la sangre de jóvenes para apoderarse de su juventud.
-Tiene usted razón, Watson. En una de esas referencias se menciona esta leyenda. Pero, ¿vamos a prestar seriamente atención a esta clase de cosas? Esta agencia pisa fuertemente el suelo, y así debe seguir. El mundo es suficientemente ancho para nosotros. No necesitamos fantasmas. Me temo que no podemos tomarnos al señor Robert Ferguson demasiado en serio. Quizá esta nota sea suya, y pueda arrojar alguna luz sobre lo que le preocupa.

Tomó una segunda carta que había permanecido olvidada sobre la mesa mientras había estado absorto en la primera. Empezó a leerla con una sonrisa divertida en el rostro, pero esa expresión se fue mutando en otra de intenso interés y concentración. Cuando terminó, permaneció algún rato perdido en meditaciones, jugueteando con la carta entre los dedos. Finalmente, se despertó sobresaltado de su ensueño.

-Mansión Cheeseman, Lamberley. ¿Dónde está Lamberley?
-Está en Sussex, al sur de Horsham.
-No muy lejos, ¿eh? ¿Y la mansión Cheeseman?
-Conozco esa zona, Holmes. Está llena de viejas casas que llevan los nombres de los hombres que las construyeron hace siglos. Tiene usted las mansiones Odley, y Harvey, y Carriton… A la gente se la ha olvidado, pero sus hombres viven en sus casas.
-Precisamente -dijo Holmes, fríamente. Era una de las peculiaridades de su modo de ser, orgulloso y reservado, el que, si bien almacenaba muy rápida y cuidadosamente en el cerebro toda nueva información, raras veces daba muestras de agradecimiento a aquel que se la hubiera proporcionado-. Estoy por afirmar que sabremos muchas más cosas de la mansión Cheeseman, en Lamberley, antes de haber terminado con esto. La carta es, tal como esperaba, de Robert Ferguson. A propósito, dice que le conoce a usted.
-¿Que me conoce?
-Mejor lea la carta.
Me tendió la carta. Llevaba el encabezamiento citado. Decía así:

Estimado señor Holmes,
Me ha sido usted recomendado por mis abogados, pero, a decir verdad, el asunto es tan extraordinariamente delicado que resulta sumamente difícil hablar de él. Concierne a un amigo mío en cuyo nombre actúo. Este caballero se casó hará como cinco años con una dama peruana, hija de un negociante peruano al que había conocido en relación con la importancia de nitratos. La dama era muy hermosa, pero su cuna extranjera y su distinta religión determinaron siempre una separación de intereses y de sentimientos entre marido y mujer, de modo que, al cabo de un tiempo, el amor de mi amigo hacia ella pudo enfriarse, y pudo considerar aquel matrimonio como un error. Sentía que había aspectos del modo de ser de su mujer que nunca podría explorar ni entender. Esto era tanto más penoso cuanto que ella era la esposa más amante que hombre pueda desear, y, según toda apariencia, absolutamente leal. Ahora vayamos al punto que le expondré más claramente cuando hablemos. Lo cierto es que esta nota pretende solamente darle una idea general de la situación y averiguar si está usted dispuesto a intervenir en el asunto. La dama empezó a mostrar ciertos rasgos extraños, totalmente ajenos a su carácter habitual, que es dulce y apacible. El hombre había estado ya casado, y tenía un hijo de su primera mujer. El muchacho tenía quince años, y era un chico muy simpático y afectuoso, aunque desdichadamente lisiado a consecuencia de un accidente en su infancia. En dos ocasiones se sorprendió a la mujer en el momento de atacar al pobre muchacho, sin la menor provocación por parte de éste. Una de las veces le golpeó con un bastón, causándole un gran moretón en el brazo.

Eso no fue nada, sin embargo, si se compara con su conducta con su propio hijo, un niñito que aún no ha cumplido el año. En cierta ocasión, hace cosa de un mes, este niño había sido dejado solo por su aya durante unos pocos minutos. Un fuerte grito del niño, como de dolor, hizo volver al aya. Cuando ésta entró corriendo en la habitación, vio a su ama, la señora de la casa, inclinada sobre el niño y, aparentemente mordiéndole en el cuello. El niño tenía en el cuello una pequeña herida por la que salía un hilillo de sangre. El aya quedó tan horrorizada que quiso llamar al marido, pero la dama le imploró que no lo hiciera, e incluso le dio cinco libras como precio de su silencio. No dio ninguna explicación, y de momento, no se habló más del asunto. Aquello dejó, sin embargo, una impresión terrible en el aya, y, desde entonces, vigiló estrechamente a su ama, y montó una guardia más cuidadosa sobre el niño, al que quería tiernamente. Le pareció que, del mismo modo que ella vigilaba a la madre, la madre la vigilaba a ella, y que, cada vez que se veía obligada a dejar solo al niño, la madre esperaba llegar hasta él. El aya guardó al niño día y noche, y día y noche la silenciosa madre vigilante parecía estar al acecho como el lobo acecha al cordero. Esto le parecerá increíble, y, sin embargo, le ruego que se lo tome con toda seriedad, porque la vida de un niño y la cordura de un hombre pueden depender de ello.

Finalmente llegó el día tremendo en que los hechos no pudieron seguir siendo ocultados al marido. Los nervios del aya no resistieron; no podía seguir soportando la tensión, y se lo contó todo al hombre. A él le pareció aquello una historia tan descabellada como ahora puede parecérselo a usted. Sabía que la suya era una esposa amante, y, salvo por los ataques contra su hijastro, una madre amante. ¿Cómo, entonces, era posible que hubiera herido a su querido niñito? Le dijo al aya que estaba disparatando, que sus sospechas eran las de una demente, y que no podían tolerarse semejantes infundios contra la señora. Mientras hablaban, se oyó un grito de dolor. Aya y amo se abalanzaron juntos hacia el cuarto del niño. Imagínese sus sentimientos, señor Holmes, cuando vio a su mujer levantarse de la posición de arrodillada, junto a la cuna, y vio sangre en el cuello al descubierto del niño y sobre la sábana. Profiriendo un grito de horror, volvió hacia la luz el rostro de su mujer y le vio sangre alrededor de los labios. Era ella, ella, más allá de toda duda, la que había bebido sangre del pobre niño.

Así está la cosa. La mujer está ahora confinada en su habitación. No ha habido explicaciones. El marido está medio enloquecido. El sabe, como yo, muy poco de vampirismo, aparte del nombre. Habíamos pensado que era algún cuento fantástico de tierras lejanas. Y, sin embargo, aquí, en Inglaterra, en el corazón mismo de Sussex… Bueno, todo esto podríamos discutirlo mañana por la mañana. ¿Acepta usted recibirme? ¿Querrá emplear sus notables talentos en ayudar a un hombre aturdido? Si es así, tenga la amabilidad de cablegrafiar a Ferguson, Mansión Cheeseman, Lamberley, y estaré en sus habitaciones a las diez.
Sinceramente suyo,
ROBERT FERGUSON.

P.S.-Creo que su amigo Watson jugaba al rugby en el equipo de Blackheath cuando yo era tres cuartos en el de Richmond. Es la única referencia de orden personal que puedo darle.»

-Claro que lo recuerdo -dije, dejando la carta-. El grandullón Bob Ferguson, el mejor tres cuartos que nunca tuvo Richmond. Fue siempre un tipo excelente. Es muy suyo el preocuparse por el problema de un amigo.

Holmes me miró pensativamente y meneó la cabeza.

-Watson, jamás lograré alcanzar sus fronteras -dijo-. Hay en usted posibilidades inexploradas. Haga el favor de enviar un cable, como un buen chico: «Estudiaré su caso gustosamente.»
-¡Su caso!
-No debemos permitir que piense que esta agencia es un asilo de retrasados mentales. Claro que es su caso. Envíele el cable y olvídese del asunto hasta mañana.

La mañana siguiente, puntualmente a las diez, Ferguson entraba en nuestra salita. Yo le recordaba como un hombre alto y flaco, de miembros sueltos, con una veloz carrera que le había permitido burlar a muchos defensas contrarios. Creo que no hay cosa más penosa que encontrarse con los restos naufragados de un atleta que se ha conocido en su plenitud. Su fuerte estructura estaba abatida, su pelo rubio era ralo, y estaba cargado de hombros. Temí suscitar en él impresiones correlativas.

-Hola, Watson -dijo; y su voz seguía siendo grave y cordial-. No tiene usted exactamente el mismo aspecto del hombre al que yo tiré por encima de las cuerdas en Old Deer Park. Supongo que yo también debo estar un tanto cambiado. Pero han sido estos últimos uno o dos días los que me han envejecido. He visto por su telegrama, señor Holmes, que es inútil que me presente como emisario de otra persona.
-Es más fácil el trato directo
-Desde luego. Pero puede usted suponer lo difícil que resulta hablar así de la mujer que uno está obligado a proteger y ayudar. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a acudir a la policía con semejante historia? Pero hay que proteger a los niños. ¿Es que está loca, señor Holmes? ¿Llevará esto en la sangre? ¿Ha conocido usted algún caso parecido en su carrera? Por el amor de Dios, déme algún consejo, porque ya no doy más de mí.
-Es muy natural, señor Ferguson. Ahora siéntese y cálmese, y déme algunas respuestas claras. Puedo asegurarle que yo sí puedo dar muchísimo más de mí, y que confío en encontrar alguna solución. Ante todo, dígame qué pasos ha dado. ¿Sigue su mujer cerca de los niños?
-Tuvimos una escena terrible. Es una mujer amantísima, señor Holmes. Si alguna vez una mujer ha amado a su marido en cuerpo y alma, ésa es ella. Le partió el corazón el que yo hubiera descubierto ese secreto, ese horrible e increíble secreto. Ni siquiera dijo nada. No dio a mis reproches otra respuesta que una expresión como enloquecida y desesperada en sus ojos al mirarme, luego se fue corriendo a su habitación y se encerró en ella. Desde entonces se ha negado a verme. Tiene una doncella llamada Dolores que ya estaba a su servicio antes de que se casara… Es una amiga más que una criada. Le lleva la comida.
-Entonces, ¿el niño no está en peligro inmediato?
-La señora Mason, el aya, ha jurado que no le dejará ni de día ni de noche. Puedo confiar por entero en ella. Más que por él estoy inquieto por el pobrecito Jack, porque tal como le dije en mi nota, ha sido atacado por ella dos veces.
-¿Pero sin sufrir heridas?
-No. Le golpeó salvajemente. Es una cosa todavía más terrible si se tiene en cuenta que es un pobre inválido inofensivo -las duras facciones de Ferguson se dulcificaron al hablar de su chico-. Uno pensaría que la condición del muchacho ablandaría el corazón de cualquiera. Una caída en la niñez y la columna vertebral deformada, señor Holmes. Pero, por dentro, el más dulce y afectuoso de los corazones.
Holmes había tomado la carta del día anterior y la estaba releyendo.
-¿Qué otros ocupantes tiene su casa, señor Ferguson?
-Dos criados que no hace mucho que están a nuestro servicio. Un mozo de cuadras, Michael, que duerme en la casa. Mi mujer, yo mismo, mi chico Jack, el pequeño, Dolores y la señora Mason. Eso es todo.
-Conjeturo que no conocía usted bien a su esposa en la época de su matrimonio.
-Hacía sólo unas pocas semanas que la conocía.
-¿Cuánto tiempo ha estado con ella la doncella Dolores?
-Algunos años.
-Entonces, ¿Dolores debe conocer mejor que usted el carácter de su mujer?
-Sí, podría decirse que sí.
Holmes anotó algo.
-Imagino -dijo- que puedo ser más útil en Lamberley que aquí. Es eminentemente un caso de investigación personal. Si la dama permanece en su habitación, nuestra presencia no puede irritarla ni incomodarla. Naturalmente, nos alojaremos en la posada.
Ferguson tuvo un gesto de alivio.
-Esto es lo que yo esperaba, señor Holmes. Hay un tren excelente que sale a las dos de la estación Victoria, si puede venir.
-Claro que iremos. Ahora tenemos un bache de trabajo. Puedo concederle indivisamente mis energías. Naturalmente, Watson nos acompaña. Pero hay uno o dos puntos de los que quisiera estar seguro antes de partir. Esa desdichada dama, tal como lo entiendo, ha atacado, aparentemente, a ambos niños: a su propio hijo y al del primer matrimonio de usted.
-Así es.
-Pero estos ataques toman formas diferentes, ¿no es cierto? Golpeó a su hijastro.
-Una vez con un bastón, y otra muy salvajemente con las manos.
-¿No dio ninguna explicación de porqué le golpeaba?
-Ninguna, salvo que le odiaba. Una y otra vez dijo esto.
-Bueno, no se desconoce esto en las madrastras. Celos póstumos, por decirlo de algún modo. ¿Es celosa la dama por naturaleza?
-Sí, es muy celosa… Es celosa con toda la fuerza de su vehemente amor tropical.
-Pero el muchacho… Tiene quince años, creo haber entendido, y probablemente estará muy desarrollado mentalmente, puesto que su cuerpo está tan limitado en la acción. ¿No dio él ninguna explicación de esos ataques?
-No. Declaró que no había ninguna razón para ellos.
-¿Hicieron buenas migas en otro tiempos?
-No; nunca hubo amor entre ellos.
-Y, sin embargo, dice usted que es un chico muy afectuoso.
-En todo el mundo no puede haber otro hijo tan ferviente. Mi vida es su vida. Está absorto en todo lo que digo y hago.
Holmes anotó nuevamente algo. Permaneció un rato perdido en sus pensamientos.
-Sin duda, usted y su hijo eran grandes camaradas antes de este segundo matrimonio. Estaban muy cerca el uno del otro, ¿no es cierto?
-Sí, muy cierto.
-Y el chico, siendo tan afectuoso de naturaleza, estaría muy apegado, sin duda, a la memoria de su madre.
-Sí, mucho.
-Parece ser, desde luego, un interesantísimo muchacho. Otro punto acerca de esos ataques. ¿Los extraños ataques contra el niño pequeño, y las agresiones contra su hijo, se produjeron en los mismos períodos?
-En el primer caso, así fue. Fue como si se hubiera adueñado de ella una especie de frenesí, y hubiera descargado su furia contra ambos. En el segundo caso Jack fue la única víctima. La señora Mason no tenía quejas en torno al niño.
-Eso, ciertamente, complica las cosas.
-No acabo de seguirle, señor Holmes.
-Probablemente no. Uno se forma teorías provisionales, y espera a que el tiempo o nuevos conocimientos las desbaraten. Una mala costumbre, señor Ferguson, pero el hombre es débil. Me temo que su viejo amigo, aquí presente, haya dado una visión exagerada de mis métodos científicos. Sin embargo, en el punto en que estamos, me limitaré a decir que su problema no me parece insoluble, y que puede contar con que estaremos en la estación Victoria a las dos.

Era ya entrada la tarde de un triste y brumoso día de noviembre cuando, tras dejar el equipaje en la posada Chequers, de Lamberley, viajamos en coche por un largo y serpenteante camino arcilloso de Sussex, y llegamos finalmente a la vieja casa de campo aislada en que vivía Ferguson. Era un edificio grande y complicado, muy antiguo en su parte central, muy nuevo en las alas, con altas chimeneas estilo Tudor y un techo picudo de lajas de Horsham cubiertas de liquen. Los peldaños de la entrada estaban redondeados por el desgaste, y los viejos azulejos que adornaban el pórtico tenían el emblema de un queso y un hombre, en honor al constructor original. 1 En el interior, los techos estaban estriados por macizas vigas de roble, y los suelos irregulares se combaban en pronunciadas curvas. Un olor a cosa vieja y enmohecida invadía todo aquel vetusto edificio. Había una gran sala central, y a ella nos condujo Ferguson. Allí, en una gran chimenea anticuada cuyo manto de hierro llevaba inscrita la fecha 1670, brillaba y chisporroteaba un espléndido fuego de troncos. Mirando a mi alrededor, vi que la habitación era una singularísima mezcla de fechas y sitios. Las paredes medio artesonadas podían muy bien haber pertenecido al caballero campesino del siglo diecisiete. Estaban ornamentadas, sin embargo, en la parte inferior por una línea de acuarelas modernas elegidas con gusto, mientras que en la parte superior, donde un yeso amarillento ocupaba el lugar del roble, colgaba una hermosa colección de utensilios y armas sudamericanos, que se había traído sin duda consigo la dama peruana que estaba en el piso de arriba. Holmes se puso en pie, con esa pronta curiosidad que surgía de su impaciente cerebro, y la examinó con bastante atención. Volvió con mirada pensativa.

-¡Vaya! -exclamó- ¡Vaya!

Un spaniel, que había permanecido en una cesta en un rincón, se echó a andar lentamente hacia su amo, avanzando con dificultad. Sus patas traseras se movían irregularmente, y la cola le arrastraba por el suelo. Lamió la mano de Ferguson.

-¿Qué ocurre, señor Holmes?
-El perro. ¿Qué le ocurre?
-Eso quisiera saber el veterinario. Una especie de parálisis. Meningitis espinal, pensó él. Pero se le va pasando. Pronto estará bien… ¿no es verdad, Carlo?

Un temblor de asentimiento recorrió la cola fláccida. Los ojos tristones del animal nos miraron a todos sucesivamente. Sabía que estábamos hablando de su caso.

-¿Le vino de repente?
-En una sola noche.
-¿Cuánto tiempo hace?
-Puede que cuatro meses.
-Muy notable. Muy sugerente.
-¿Qué ve usted en ello, señor Holmes?
-Una confirmación de lo que ya pensaba.
-Por el amor de Dios, ¿qué piensa usted, señor Holmes? ¡Puede que para usted sea un simple ejercicio intelectual, pero para mí es la vida o la muerte! ¡Mi mujer una asesina frustrada! ¡Mi hijo en constante peligro! No juegue conmigo, señor Holmes. Esto es terriblemente serio, demasiado serio.

El grandullón tres cuartos de rugby temblaba de pies a cabeza. Holmes le puso la mano en el hombro, tranquilizadoramente.

-Me temo que la solución, señor Ferguson, sea cual sea, le reserva un dolor -dijo-. Se lo atenuaré todo lo que pueda. Por el momento no puedo decir más, pero espero tener algo definitivo antes de salir de esta casa.
-¡Dios quiera que así sea! Si ustedes me disculpan, caballeros, subiré a la habitación de mi mujer, y veré si se ha producido algún cambio.

Estuvo ausente algunos minutos, durante los cuales Holmes reanudó su examen de los objetos curiosos de la pared. Cuando nuestro anfitrión volvió, estaba claro, por su expresión abatida, que no había hecho ningún progreso. Le acompañaba una joven, alta, esbelta, de tez morena.

-El té está listo, Dolores -dijo Ferguson-. Cuídese de que su ama tenga todo lo que desee.
-Está muy mala -exclamó la muchacha, mirando a su amo con ojos indignados-. No pide comida. Está muy mala. Necesita un médico. Me daba miedo estar sola con ella sin un médico.
Ferguson me miró con una interrogación en los ojos.
-Me encantaría ser de alguna utilidad.
-¿Recibirá su ama al doctor Watson?
-Que venga. No se lo preguntaré. Necesita un médico.
-Entonces, iré con usted de inmediato.

Seguí a la muchacha, que temblaba presa de un fuerte nerviosismo, por las escaleras y por un viejo pasillo. A su extremo había una maciza puerta lacada de hierro. Se me ocurrió, al verla, que si Ferguson trataba de llegar por la fuerza junto a su mujer la cosa no le resultaría fácil. La muchacha se sacó una llave del bolsillo, y las pesadas planchas de roble crujieron sobre sus viejos goznes. Entré, y ella me siguió rápidamente, cerrando la puerta detrás de si. En la cama había una mujer, evidentemente con mucha fiebre. Estaba consciente sólo a medias, pero cuando entré unos ojos asustados, pero hermosos, me miraron con miedo. Al ver a un extraño, pareció sentir alivio, y con un suspiro dejó caer nuevamente la cabeza sobre la almohada. Avancé hacia ella pronunciando algunas palabras de confortación, y permaneció quieta mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Uno y otra estaban altos, y, sin embargo, mi impresión fue que su condición era más de excitación mental y nerviosa que no de auténtica enfermedad.

-Ha estado así un día, dos días. Temo que se muera -dijo la muchacha.
La mujer volvió hacia mí su hermoso rostro encendido.
-¿Dónde está mi marido?
-Está abajo, y le gustaría verla.
-No le veré. No le veré -y pareció entrar de nuevo en el delirio-. ¡Un diablo! ¡Un diablo! ¡Oh! ¿Qué puedo hacer con ese demonio?
-¿Puedo ayudarla en algo?
-No. Nadie puede ayudarme. Se acabó. Todo está destruido. Haga lo que haga, todo está destruido.

La mujer debía sufrir alguna extraña ilusión. Yo era incapaz de imaginarme al honrado Bob Ferguson como diablo o demonio.
-Señora -dije-, su marido la quiere a usted tiernamente. Está muy apenado por lo que ocurre.
De nuevo volvió hacia mí aquellos ojos magníficos.
-Me quiere. Sí. Pero, ¿es que yo no le quiero a él? ¿No le quiero hasta el punto de sacrificarme antes que romper su querido corazón? Así es como le quiero. Y, sin embargo, él podría pensar de mí… pudo hablarme de aquel modo…
-Está muy dolorido, pero es incapaz de entender.
-No, no puede entender. Pero debería confiar.
-¿Por qué no habla con él? -sugerí.
-No, no; no puedo olvidar aquellas palabras terribles, ni su expresión. No le veré. Ahora váyase. No puede hacer nada por mí. Dígale solamente una cosa. Quiero a mi hijo. Tengo derecho a mi hijo. Este es el único mensaje que puedo enviarle.
Se volvió de cara a la pared y no dijo más. Volví a la sala de abajo donde Ferguson y Holmes seguían todavía sentados junto al fuego. Ferguson escuchó pensativamente mi narración de la entrevista.
-¿Cómo puedo mandarle a su hijo? -dijo-. ¿Cómo voy a saber qué extraño impulso puede entrarle? ¿Cómo podré jamás olvidar cómo se levantó del lado de la cuna con sangre en los labios? -se estremeció al recordar-. El niño está seguro con la señora Mason, y debe seguir con ella.

Una doncella de elegante uniforme, la única cosa moderna que podía verse en la casa, había traído un poco de té. Mientras lo estaba sirviendo, se abrió la puerta y un jovencito entró en la habitación. Era un muchacho que llamaba la atención: cara pálida, cabello rubio, expresivos ojos azul pálido que se encendían en súbita llama de emoción y alegría cuando su mirada se posaba en su padre. Se abalanzó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos, con el abandono de una adolescente enamorada.

-Oh, papá -gritó-, no sabía que ya estuvieras de vueltas. Habría estado aquí esperándote. ¡Oh! ¡Qué contento estoy de verte!
Ferguson se liberó suavemente del abrazo, con ciertas muestras de turbación.
-Querido muchacho -dijo, dando unos tiernos golpecitos en la rubia cabeza-, he vuelto pronto porque he podido convencer a mis amigos, el señor Holmes y el doctor Watson, para que vinieran a pasar la velada con nosotros.
-¿Es el señor Holmes, el detective?
-Sí.
El jovencito nos miró de un modo penetrante y, según me pareció, poco amistoso.
-¿Qué me dice de su otro hijo, señor Ferguson? -preguntó Holmes- ¿Podríamos ver al bebé?
-Pídele a la señora Mason que baje al niño -dijo Ferguson. El muchacho se marchó con un andar extraño, bamboleante, que delató a mis ojos médicos que sufría de una afección espinal. Volvió al poco rato, y, detrás de él, venía una mujer alta y delgada que llevaba en sus brazos a un hermosísimo niño, de ojos negros y pelo rubio, una maravillosa mezcla de lo sajón y lo latino. Ferguson, evidentemente estaba loco por aquel niño, ya que lo tomó en sus brazos y lo acarició tiernamente.
-Y pensar que alguien pueda tener el corazón tan duro como para hacerle daño -murmuró, bajando la mirada hacia la pequeña mancha rojo vivo del cuello del querubín.

Fue en aquel momento cuando casualmente miré a Holmes, viéndole una expresión singularísimamente concentrada. Su cara estaba inmóvil, como tallada en marfil, y sus ojos, que por un momento habían mirado a padre e hijo, estaban ahora enfocados, con vehemente curiosidad, en algo que se encontraba al otro extremo de la habitación. Siguiendo su mirada, no pude suponer que contemplaba el melancólico jardín mojado. Cierto que había una persiana medio cerrada por la parte de fuera, obstruyendo la visión, pero, con todo, era indudablemente la ventana lo que Holmes miraba con concentrada atención. Luego sonrió, y su mirada volvió al bebé. En su cuello regordete estaba la pequeña señal hinchada. Sin decir nada, Holmes la examinó atentamente. Finalmente, tomó y agitó levemente uno de los pequeños puños que revoloteaban ante su cara.

-Adiós, hombrecito. Has tenido un extraño comienzo en la vida. Aya, quisiera tener unas palabras con usted en privado.

Se la llevó aparte y le habló vehemente durante algunos minutos. Sólo pude oír las últimas palabras, que fueron: «Espero que su inquietud no tarde en quedar apaciguada.» La mujer, que parecía ser una criatura de la especie huraña y silenciosa, se retiró con el niño.

-¿Como es la señora Mason? -preguntó Holmes.
-No muy convincente externamente, como puede ver, pero tiene un corazón de oro, y quiere muchísimo al niño.
-¿Te gusta la señora Mason, Jack? -Holmes se volvió repentinamente hacia el muchacho, cuya expresiva cara se ensombreció. Negó con la cabeza.
-Jacky tiene agrados y desagrados muy acentuados -dijo Ferguson, rodeando con el brazo los hombros del muchacho-. Afortunadamente, yo estoy entre sus agrados.
El chico apoyó arrulladoramente la cabeza en el pecho de su padre. Ferguson lo separó suavemente.
-Vete ya, Jacky, pequeño -dijo; y contempló a su hijo con mirada amorosa hasta que hubo desaparecido-. Ahora, señor Holmes -prosiguió, cuando el chico se hubo ido-, realmente me doy cuenta de que le he metido en un problema sin solución, porque ¿qué puede hacer aparte de concederme su simpatía? Debe ser un asunto extremadamente delicado y complejo desde su punto de vista.
-Es ciertamente delicado -dijo mi amigo, con una sonrisa divertida-, pero ahora no se me representa complejo. Ha sido un caso propio para la deducción intelectual; pero cuando esta deducción intelectual original se ve confirmada punto por punto por numerosos incidentes independientes, entonces lo subjetivo se hace objetivo, y podemos decir confiadamente que hemos llegado a la meta. De hecho, ya había llegado a ella antes de salir de Baker Street; el resto ha sido meramente observación y confirmación.

Ferguson se llevó su manaza a la arrugada frente.

-Por el amor del cielo, Holmes -dijo, roncamente-, si es usted capaz de ver la verdad de este asunto, no me mantenga en la inquietud. ¿En qué posición me encuentro? ¿Qué debo hacer? No me importa cómo haya llegado usted a establecer los hechos, mientras realmente los conozca.
-Desde luego, le debo una explicación, y la tendrá. Pero, ¿me permite llevar las cosas a mi manera? ¿Puede recibirnos la dama, Watson?
-Está enferma, pero goza de toda su razón.
-Muy bien. Sólo en su presencia podremos aclararlo todo. Subamos a verla.
-No me recibirá -exclamó Ferguson.
-Oh, sí, lo hará -dijo Holmes. Garrapateó unas pocas líneas en un papel-. Usted, al menos, tiene la entrée, Watson. ¿Tendrá la bondad de entregarle esta nota a la dama?

Subí nuevamente, y entregué la nota a Dolores, que abrió la puerta cautamente. Al cabo de un minuto oí un grito en el interior, un grito en el que parecían mezclarse la alegría y la sorpresa, Dolores sacó la cabeza por la puerta.

-Les recibirá. Escuchará -dijo.

Ferguson y Holmes subieron a mi llamada. Cuando entramos en la habitación, Ferguson dio uno o dos pasos hacia su mujer, que se había incorporado en la cama; pero ella hizo con la mano ademán de detenerle. Ferguson se dejó caer en un sillón, y Holmes y yo nos sentamos a su lado, después de una inclinación de cabeza a la dama, que miró a Holmes con los ojos dilatados por el asombro.

-Creo que podríamos prescindir de Dolores -dijo Holmes-. Oh, muy bien, señora, si prefiere que se quede, no tengo nada que objetar. Mire, señor Ferguson, soy un hombre ocupado, con muchas visitas, y mis métodos tienen que ser breves y directos. La operación quirúrgica más rápida es la menos dolorosa. Permítame que antes que nada le diga algo que tranquilizará su espíritu. Su mujer es muy buena, muy amante, y ha sido tratada muy mal.
Ferguson se puso en pie con un grito de alegría.
-Demuéstreme esto, señor Holmes, y estaré en deuda con usted para siempre.
-Lo haré, pero al hacerlo le heriré profundamente en otra dirección.
-No me importa, si libera de culpa a mi mujer. Todo lo demás que hay en el mundo no es nada comparado con eso.
-Permítame contarle, entonces, el curso de los razonamientos que pasaron por mi mente en Baker Street. La idea de un vampiro me resultaba absurda. Y, sin embargo, su observación era precisa. Usted había visto a la dama levantarse de junto a la cuna del niño con sangre en los labios.
-Cierto.
-¿No se le ocurrió que puede chuparse una herida con propósitos distintos al de extraer sangre? ¿Acaso no hubo una reina en la historia de Inglaterra que chupó una herida para sacar de ella el veneno?
-¡Veneno!
-Cosa corriente en Sudamérica. Mi instinto percibió la presencia de esas armas de la pared antes de haberlas visto. Hubiera podido tratarse de otro veneno, pero eso fue lo que se me ocurrió. Cuando vi el pequeño carcaj vacío junto al pequeño arco de cazar pájaros, eso era exactamente lo que esperaba ver. Si el niño resultaba pinchado con una de esas flechas impregnadas en curare o en cualquier otro alcaloide diabólico, moriría a menos que se chupara el veneno de la herida. ¡Y el perro! Si alguien fuera a usar un veneno como ése, ¿no lo probaría primero para comprobar que no había perdido sus virtudes? No había previsto al perro, pero al menos lo entendí, y encajó en mi reconstrucción. ¿Entiende ahora? Su mujer temía un ataque de esa clase. Vio que se producía, y salvó la vida del niño; y, sin embargo, no quiso contarle a usted la verdad, porque sabía cuánto quería usted al muchacho, y temió romperle el corazón.
-¡Jacky!
-Le estuve observando hace unos momentos, cuando usted acariciaba al pequeño. Su cara se reflejaba claramente en la ventana, porque la persiana cerrada convertía al cristal en espejo. Vi en esa cara tantos celos, tanto odio cruel, como raras veces he visto en un rostro humano.
-¡Mi Jacky!
-Tiene usted que afrontarlo, señor Ferguson. Es todavía más penoso por cuanto que ha sido un amor deformado, un amor demencialmente exagerado hacia usted, y probablemente hacia su difunta madre, el que le ha inducido a actuar. Su alma entera está consumida por el odio a ese espléndido niñito, cuya salud y belleza contrastan con su propia deficiencia.
-¡Santo Dios! ¡Es increíble!
-¿He dicho la verdad, señora?

La mujer sollozaba, con la cara hundida entre las almohadas. En aquel momento se volvió hacia su marido.

-¿Cómo podía decírtelo, Bob? Sabía qué golpe sería para ti. Era mejor que esperara, y que lo supieras por otros labios que los míos. Cuando este caballero, que parece poseer poderes mágicos, me escribió que lo sabía todo, me sentí extremadamente feliz.
-Creo que mi receta para el señorito Jacky sería un año de viaje por mar -dijo Holmes, poniéndose en pie-. Sólo me queda una cosa oscura, señora. Podemos entender perfectamente sus ataques contra Jacky. La paciencia de una madre tiene un límite. Pero, ¿cómo se atrevió a dejar solo al niño estos últimos dos días?
-Se lo había contado a la señora Mason. Ella sabía.
-Exacto. Eso pensé.
Ferguson estaba junto a la cama, conteniendo los sollozos, con las manos tendidas, tembloroso.
-Creo, Watson, que es el momento de marchamos -dijo Holmes, en un susurro-. Si coge usted de un brazo a la excesivamente fiel Dolores, yo la cogeré del otro. Eso. Ahora -añadió, cerrando la puerta detrás suyo-, creo que podemos dejar que arreglen entre ellos lo que queda pendiente.

Sólo tengo una anotación más sobre este caso. Se trata de la carta que escribió Holmes como respuesta final a aquella con que empezaba este relato. Decía así:

Baker Street,
21 de noviembre.
Asunto: Vampiros.
Caballero:
En respuesta a su carta del 19, me permito comunicarle que he estudiado el caso de su cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead, mayoristas de té, de Mincing Lane, y que el asunto ha sido llevado a una satisfactoria conclusión. Agradeciéndole su recomendación, queda, señor, sinceramente suyo.

La risa del vampiro. Robert Bloch (1917-1994)

El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.

Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida que aborrezco. Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el desarrollo de mi historia servirá de algun modo a aliviar el difícil peso de mis recuerdos.

El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación. Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas largas y oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención. Las huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.

Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó. Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus obsesiones estaban fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus dificultades. Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.

El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba. Por lo general, sus sueños empezaban de esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataúdes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.

Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable. Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.

El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.

Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa. No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.

Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones eran ciertas! Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.

Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N'ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.

Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo. Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados simbólicamente. Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños?

Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi aseveración, continuó. Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo peor. Aún no me había contado todo lo que sabía y lo que le había ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo. Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.

Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete. Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta la noche siguiente.

Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules. El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.

Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolis. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado. No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los dos decíamos nada.

Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?

Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar. Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino. La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.

Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia? Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera. Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.

Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no había sido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio. Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio.

Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta. Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto? En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.

La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud. Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas. Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!

Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego brotó un ronco aullido en las escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando! Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto. Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al mundo de los mortales.

Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.

¡Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!

Las criptas de Yoh-Vombis. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Si los doctores tienen razón en su diagnóstico, me quedan tan sólo unas pocas horas marcianas de vida. Durante esas horas, intentaré contar, como una advertencia a otros que podrían seguir nuestros pasos, los extraordinarios y terribles acontecimientos que dieron fin a nuestras investigaciones en las ruinas de Yoh—Vombis. Si mi narración sirve al menos para impedir futuras exploraciones, el contarla no habrá sido en vano. Éramos ocho, arqueólogos profesionales con más o menos experiencia en la tierra y extraplanetaria, que partimos con guías nativos desde Ignarh, la metrópoli comercial de Marte, para estudiar esta antigua ciudad, abandonada durante evos. Allan Octave, nuestro líder oficial, debía su mando a conocer más arqueología marciana que ningún otro terrestre sobre la superficie del planeta; y otros del grupo, como William Harper y Jonas Halgren, habían estado asociados con él en muchas de sus anteriores exploraciones. Yo, Rodney Severn, era algo más novato, habiendo pasado apenas unos pocos meses sobre la superficie de Marte; y la mayor parte de mis incursiones ultraterrenas se habían visto confinadas a Venus. Los desnudos aihais, de pecho esponjoso, habían hablado, de manera disuasoria, sobre vastos desiertos llenos de tormentas de arena en continuo movimiento, a través de los cuales debíamos pasar para alcanzar Yoh—Vombis; y, a pesar de nuestras generosas ofertas de paga, había resultado difícil contar con guías para el viaje. Por tanto, estuvimos satisfechos a un tiempo que sorprendidos, cuando alcanzamos las ruinas tras siete horas de movernos lentamente por la plana desolación, amarilla naranja y sin árboles, al sudoeste de Ignarh.

Contemplamos nuestro destino, por primera vez, al ponerse el pequeño y remoto sol. Durante un rato, creímos que las torres, sin techo e inclinadas como árboles, y los monolitos rotos eran los de una ciudad desconocida, distinta de la que buscábamos. Pero la situación de las minas, que se extendían formando una especie de arco cubriendo casi por completo una elevación, de una legua de longitud gnéisica, compuesta por roca desnuda y erosionada, junto al tipo de arquitectura, pronto nos convencieron de que habíamos encontrado nuestro objetivo. Ninguna otra ciudad antigua de Marte estaba dispuesta de esa manera, y los extraños contrafuertes, de muchas terrazas, eran privativos de la raza prehistórica que había construido Yoh—Vombis. He visto los venerables muros de Machu Pichu alzarse al cielo en medio de los desolados Andes; y las murallas congeladas de Uogam, obra de gigantes, en las tundras glaciales del hemisferio nocturno de Venus. Pero éstas eran cosas como del ayer, comparadas con los muros que ahora contemplábamos. Toda la región estaba alejada de los vivificantes canales, más allá de cuyos contornos incluso la flora y la fauna más dañina era encontrada sólo raramente. Pero aquí, en este lugar de esterilidad petrificada, de miseria y soledad eternas, parecía que la vida nunca podría haber tenido lugar.

Creo que todos tuvimos la misma impresión cuando estuvimos de pie mirando en silencio mientras el pálido ocaso caía sobre las oscuras minas megalíticas. Recuerdo haber jadeado un poco, en un aire que parecía haber sido tocado por la frialdad irrespirable de la muerte; y escuché la misma aguda y laboriosa respiración procedente de otros de nuestro grupo.

—Este sitio está más muerto que una morgue egipcia —comentó Harper.
—Desde luego, es más antiguo —asintió Octave—. De acuerdo con las leyendas más dignas de confianza, los yorhis, quienes edificaron Yoh Vombis, fueron exterminados por la actual raza gobernante hace, por lo menos, cuarenta mil años.
—Hay una historia, ¿no? —dijo Harper— sobre cómo los últimos supervivientes de los yorhis fueron destruidos por un agente desconocido..., algo demasiado horrible y fuera de lo normal como para ser mencionado ni siquiera en un mito.
—Por supuesto, he oído esa leyenda –asintió Octave—. Quizá entre las minas encontremos pruebas que la afirmen o la desmientan. Los yorhis pueden haber sido barridos por alguna terrible epidemia, como la pestilencia Yashta, que era una especie de hongo verde que se comía los huesos del cuerpo, junto con los dientes y las uñas. Pero no debemos temer contagiarnos. Si hay momias en Yoh—Vombis..., las bacterias estarán tan muertas como sus víctimas, después de tantos ciclos de deshidratación planetaria.

El sol se había puesto con una rapidez sorprendente, como si hubiese desaparecido por medio de una especie de prestidigitación, más que por el proceso normal de su puesta. Sentimos al instante el frío del verdiazul ocaso; y el éter sobre nosotros era como una enorme cúpula transparente de hielo sin sol salpicado con un millón de brillos apagados que eran las estrellas. Nos pusimos nuestras capas y nuestros gorros de piel marciana, que siempre debíamos llevar por la noche; y, dirigiéndonos al oeste de las murallas, establecimos nuestro campamento a su socaire, para estar un poco protegidos del jaar, el cruel viento del desierto que siempre sopla antes del alba. Entonces, encendiendo las lámparas de alcohol, que habían sido traídas con propósitos culinarios, agrupamos en torno a ellas mientras la cena era preparada y consumida. Después, por comodidad más que por cansancio, nos retiramos pronto a nuestros sacos de dormir; y los dos aihais, nuestros guías, se envolvieron en los pliegues de sus telas de bassa, semejantes a mortajas, que es toda la protección que sus pieles correosas parecen necesitar, incluso a temperaturas por debajo de cero. Hasta dentro de mi gordo saco, de forro doble, notaba el rigor del aire de la noche; y estoy seguro de que fue esto, más que ninguna otra cosa, lo que me mantuvo despierto mucho rato e hizo mi eventual reposo algo intranquilo e interrumpido. En cualquier caso, no estaba preocupado ni por el menor presagio de alarma o peligro; y me habría reído ante la idea de que algo peligroso podía acechar en Yoh—Vombis, entre cuya pasmosa e insospechable antigüedad, los propios fantasmas de sus muertos habían de haberse desvanecido en la nada hacía mucho tiempo.

Debí quedarme adormecido una y otra vez, con intervalos de estar despierto a medias. Por fin, durante uno de estos intervalos, fui vagamente consciente de que las lunas gemelas, Fobos y Deimos, proyectaban enormes y alargadas sombras sobre las torres sin techo; sombras que casi tocaban las formas brillantes y embozadas de mis compañeros. Toda la escena estaba encerrada en una tranquilidad pétrea, y ninguno de los durmientes se revolvió. Entonces, cuando mis párpados estaban a punto de cerrarse, recibí una impresión de movimiento desde la oscuridad congelada; y me pareció que una parte de la sombra delantera se había separado y se arrastraba en dirección a Octave, que descansaba más cerca de las ruinas que los demás. Incluso a través de mi pesado letargo, me sentí molesto por una advertencia de algo antinatural y tal vez ominoso. Empecé a incorporarme, y, mientras me movía, el objeto umbrío, lo que quiera que fuese, retrocedió y se mezcló de nuevo con la sombra más grande. Su desaparición me sorprendió despertándome por completo; y, con todo, no podía estar seguro de haber visto la cosa. En aquel breve vistazo final me había parecido como un trozo de tela o cuero, toscamente circular, oscuro y arrugado, de diez o doce pulgadas de diámetro, que corría por el suelo doblándose como un gusano, plegándose y estirándose de una manera sorprendente mientras avanzaba.

No volví a dormirme en casi una hora; y, de no haber sido por el frío extremo, me habría levantado, indubitablemente, e investigado para asegurarme si había contemplado un objeto de una naturaleza tan fuera de lo común o si sencillamente lo había soñado. Pero me convenció, más y más, que se trataba de algo demasiado improbable y fantástico como para haber sido otra cosa que el producto de un sueño. Y, por fin, comencé a cabecear con un sueño ligero. Me despertó el suspiro, gélido y demoniaco, del jaar a través de las paredes melladas, y vi que la débil luz de la luna había recibido la ascensión incolora de un alba temprana. Todos nos levantamos y preparamos nuestros desayunos con dedos que se quedaban atontados a pesar de las lámparas de alcohol. Mi rara experiencia visual de la noche había adquirido, más que nunca, una irrealidad fantasmagórica; y no le dediqué más que un pensamiento pasajero y no se la mencioné a los otros. Estábamos ansiosos por comenzar nuestras exploraciones; y, un poco más tarde de la puesta de sol, comenzamos nuestro paseo inicial de examen. Por extraño que pareciese, los dos marcianos se negaron a acompañarnos; impasibles y taciturnos, no ofrecieron una razón explícita, pero, evidentemente, nada les induciría a entrar en las ruinas de Yoh—Vombis. Si estaban o no asustados de las ruinas, fuimos incapaces de establecerlo; sus caras enigmáticas, con sus pequeños ojos oblicuos y enormes fosas nasales abiertas, no traicionaban ni miedo ni ninguna otra emoción comprensible al hombre. Como respuesta a nuestras preguntas, simplemente dijeron que ningún aihai había puesto el pie entre las ruinas desde hacía mucho tiempo. Aparentemente, había algún tabú misterioso relacionado con aquel lugar.

Como equipo en aquel paseo preliminar, nos llevamos tan sólo dos linternas eléctricas y una palanca de hierro. Nuestras otras herramientas, y algunos cartuchos de explosivo de alta potencia, los reservábamos para emplearlos más tarde, en caso de que resultasen necesarios una vez que hubiésemos explorado el terreno. Uno o dos llevábamos armas automáticas; pero éstas también fueron dejadas atrás, porque parecía absurdo imaginar que alguna forma de vida sería encontrada entre las ruinas. Octave estaba visiblemente nervioso al comenzar nuestra inspección; y mantuvo un fuego constante de comentarios y exclamaciones. El resto de nosotros estuvo tranquilo y silencioso; era imposible apartar el sombrío temor y el asombro que nos provocaban aquellas piedras megalíticas. Avanzamos alguna distancia por entre los edificios triangulares con terrazas, siguiendo las calles en zigzag que correspondían a esta peculiar arquitectura. La mayoría de las torres estaba, más o menos, en ruinas; y, por todas partes, vimos la profunda erosión ocasionada por ciclos de viento soplando y por la arena que, en muchos casos, había gastado, redondeándolos, los ángulos afilados de los poderosos muros. Entramos en algunas de las torres, pero encontramos en su interior el más completo vacío. Lo que quiera que hubiesen contenido a manera de mobiliario debía haberse deshecho en el polvo hacía mucho tiempo; y el viento había sido soplado lejos por las inquisitivas galernas del desierto.

Al cabo, llegamos al muro de una vasta terraza, tallada de la propia meseta. En esta meseta, los edificios centrales estaban agrupados en una especie de acrópolis. Un tramo de escaleras, comidas por el tiempo, diseñadas para miembros más largos que los de los hombres o incluso de los larguiruchos marcianos modernos, permitía el acceso a la plataforma tallada. Parándonos, decidimos retrasar nuestra investigación de los edificios superiores, los cuales, más expuestos que los demás, se hallaban doblemente ruinosos y estropeados, y lo más probable es que poco tuviesen que ofrecernos como recompensa a nuestros esfuerzos. Octave había comenzado a expresar su desilusion ante nuestro fracaso a la hora de encontrar un artefacto que arrojase alguna luz sobre la historia de Yoh—Vombis. Entonces, un poco a la derecha de la escalera, encontramos una entrada en la pared principal, medio bloqueada por antiguos escombros. Detrás del montón de detritus, encontramos el nacimiento de un tramo de escaleras descendentes. De la abertura salía oscuridad, mustia con la primordial estancación de la podredumbre; y no podíamos ver por debajo del primer escalón, que daba la impresión de estar suspendido sobre una sima negra. Arrojando el rayo de su linterna en el abismo, Octave comenzó a descender por las escaleras. Su ansiosa voz nos llamó para que le siguiésemos. Al fondo de los altos y difíciles escalones, encontramos una cripta larga y amplia, como un salón subterráneo. Su suelo tenía una profunda capa de polvo de antigüedad inmemorial. El aire estaba singularmente cargado, como si los restos de una antigua atmósfera, menos tenue que la del Marte de hoy, se hubiesen acomodado y quedado en aquella oscuridad estancada. Era más difícil de respirar que el aire exterior; estaba lleno de efluvios desconocidos, y el ligero polvo se levantaba ante nosotros a cada paso, difundiendo un leve olor de corrupción pasada, como el polvo de momias maceradas.

Al fondo de la cripta, ante un tramo de escaleras que se levantaban, nuestras linternas mostraron una inmensa urna o cuenco hueco, apoyado en unas piernas cortas con forma de cubo, y hecho con un material apagado de color verde negruzco. En su fondo descubrimos un depósito de fragmentos oscuros parecidos a cenizas, que daban un leve pero desagradable olor pungente, como el fantasma de otro olor más poderoso. Octave, inclinándose sobre el borde, empezó a toser y estornudar al inhalarlo.

—Ese material, lo que quiera que fuese, debió ser un fumigante bastante fuerte —comentó—. La gente de Yoh—Vombis debió usarlo para desinfectar estas criptas.

El umbral detrás de la urna hueca nos admitió a una habitación más grande cuyo suelo estaba relativamente libre de polvo. Encontramos que la oscura piedra debajo de nuestros pies estaba marcada con dibujos geométricos multiformes, dibujados con piedra ocre, entre los cuales, como en las cartelas egipcias, había incluidos jeroglíficos y dibujos altamente formalizados. Poco podíamos interpretar de la mayoría de ellos, pero las figuras que muchos contenían estaban sin duda diseñadas para representar a los propios yorhis. Como los aihais, eran altos y angulosos, con grandes pechos como fuelles. Las orejas y las fosas nasales no eran tan enormes como las de los marcianos modernos, hasta el punto que podíamos juzgar. Todos estos yorhis estaban representados desnudos; pero en una de las cartelas, realizada con un estilo más apresurado que las demás, nos fijamos en dos figuras cuyos cráneos, altos y cónicos, estaban envueltos en una especie de turbantes, los cuales parecían estar a punto de quitarse o de ajustar. El artista había dado un especial énfasis al gesto con el que los sinuosos dedos, de cuatro articulaciones, estaban tirando de estos tocados; y toda la postura parecía extrañamente contorsionada. Naciendo de la segunda cripta, había pasadizos que se ramificaban por todas direcciones, conduciendo a un verdadero dédalo de catacumbas. Aquí enormes urnas panzudas del mismo material que el cuenco de fumigar, pero más altas que la cabeza de un hombre y equipadas con tapaderas de asas angulares, estaban alineadas en filas solemnes a lo largo de las paredes, dejando escaso espacio para que dos de nosotros pasásemos andando juntos. Cuando conseguimos quitar una de las enormes tapas, vimos que la jarra estaba llena hasta el borde con cenizas y fragmentos de hueso incinerado. Indubitablemente (como es todavía la costumbre marciana), los yorhis habían guardado los restos incinerados de familias enteras en una única urna.

Incluso Octave guardó silencio mientras continuábamos, y una especie de pasmo meditativo pareció sustituir su anterior nerviosismo. El resto de nosotros, creo, nos sentíamos aplastados como un solo hombre por la sólida oscuridad y la antigüedad que desafiaba la imaginación, en la cual parecía que nos introducíamos más a cada paso. Las sombras temblaban a nuestro alrededor como las alas, monstruosas y deformes, de murciélagos fantasmas. Por todas partes no había nada más que el polvo atomizado de las edades, y las jarras que contenían las cenizas de un pueblo largo tiempo extinto. Pero, pegada al techo alto en una de las criptas siguientes, vi una mancha, oscura y arrugada, de forma circular, como un hongo marchito. Era imposible alcanzar la cosa, y continuamos, después de mirarla, haciendo muchas conjeturas inútiles. Por extraño que parezca, no conseguí recordar en aquel momento el oscuro objeto que había visto, o con el que había soñado, la noche antes. No tengo ni idea de la distancia que habíamos recorrido cuando llegamos a la ultima cripta; pero parecía que habíamos estado vagabundeando durante años por aquel olvidado mundo subterráneo. El aire se estaba volviendo más asqueroso e irrespirable, con una cualidad densa, empapada, como procedente de un sedimento de podredumbre material; y casi habíamos decidido dar la vuelta. Entonces, sin previo aviso, al final de una larga catacumba, con urnas alineadas, nos encontramos frente a frente con una pared lisa. Aquí nos topamos con uno de nuestros descubrimientos más extraños y el más desconcertante..., una figura momificada, e increíblemente desecada, de pie junto a la pared. Tenía más de siete pies de estatura, era de un color marrón bituminoso y estaba completamente desnuda a no ser por una especie de capucha negra que cubría la parte superior de su cabeza y caía en pliegues arrugados a los lados. Por su tamaño y contorno generales, era claramente uno de los antiguos yorhis..., quizá el único miembro de su raza cuyo cuerpo había permanecido intacto.

Todos sentimos un estremecimiento inexplicable ante la increíble antigüedad de esta cosa encogida, que, en el aire seco de las criptas, había aguantado todas las vicisitudes históricas y geológicas del planeta, para proporcionar un lazo visible con ciclos perdidos. Entonces, mientras mirábamos más de cerca con nuestras linternas, vimos por qué la momia había conservado una posición vertical. En los tobillos, rodillas, cintura, hombros y cuello estaba sujeta a la pared por pesadas bandas de metal, tan profundamente gastadas y oscurecidas por una especie de herrumbre, que no habíamos conseguido distinguirlas a primera vista de las sombras. La extraña capucha sobre la cabeza, al examinarla más de cerca, seguía confundiéndonos. Estaba cubierta de una pelusa, como moho, tan sucia y polvorienta como antiguas telarañas. Algo respecto a ella, no sabría decir qué, resultaba repugnante y vomitivo.

—¡Vive Dios! ¡Este es un auténtico hallazgo! —exclamó Octave mientras acercaba su linterna al rostro momificado, donde las sombras se movían como seres vivientes en las cuencas de los ojos profundas como la brea, y en las enormes fosas nasales triples y anchas orejas de soplillo que se despegaban por debajo de la capucha.

Sujetando aún la linterna, levantó la mano libre y tocó el cuerpo con mucha delicadeza. A pesar de lo delicado que fue su tacto, la parte inferior del tronco de barril, las piernas, las manos y los antebrazos, todos comenzaron a pulverizarse dejando la cabeza, la parte superior del tronco y los brazos colgando aún de las argollas de metal. El proceso de deterioro había sido extrañamente desigual, porque las porciones restantes no daban señal alguna de desintegración. Octave gritó desalentado, y entonces comenzó a toser y a estornudar, mientras la nube de polvo marrón, flotando liviana como el aire, le envolvía. Los demás retrocedimos para evitar el polvo. Entonces, por encima de la nube que se extendía, vi algo increíble. La capucha negra sobre la cabeza de la momia empezó a encogerse y a hacer movimientos nerviosos hacia arriba en las esquinas, se retorcía con un movimiento verminoso, cayó del cráneo encogido, pareciendo doblarse y desdoblarse de manera convulsiva en mitad del aire mientras caía. Entonces, descendió sobre la cabeza desnuda de Octave, quien, en su desconcierto ante la desintegración de la momia, se había quedado de pie cerca de la pared. En ese instante, con un espasmo de repentino terror, recordé la cosa que se había arrastrado desde las sombras de Yoh—Vombis a la luz de las lunas gemelas, y que había retrocedido como un fragmento de mis sueños ante los primeros movimientos de mi despertar. Agarrándose fuertemente como una tela ceñida, la cosa envolvió el pelo, la frente y los ojos de Octave, y él gritó salvajemente, con incoherentes peticiones de ayuda, y tiró con dedos frenéticos de la capucha, pero no consiguió aflojarla. Entonces, sus gritos empezaron a ascender en un loco crescendo de agonía, como si estuviese bajo el instrumento de alguna tortura infernal; y bailaba y daba saltos ciegamente por la cripta, evitándonos con extraña rapidez cuando saltábamos adelante en un esfuerzo para alcanzarle y liberarle de su extraño estorbo.

Todo el acontecimiento resultaba tan misterioso como una pesadilla; pero la cosa que había caído sobre su cabeza era claramente una forma de vida marciana sin clasificar que, contrariamente a todas las leyes de la ciencia, había sobrevivido en aquellas catacumbas de antigüedad primordial. Debíamos, si podíamos, rescatarle de sus garras. Intentamos aproximarnos a la figura frenética de nuestro jefe..., que en el espacio, lejos de amplio, entre las últimas urnas y la pared, debería haber sido un asunto fácil. Pero, alejándose, de una manera doblemente incomprensible a causa de su situación de tener los ojos tapados, nos rodeó y se alejó, desapareciendo entre las urnas hacia la parte exterior del laberinto de catacumbas entrecruzadas.

—¡Dios mío! ¿Qué le ha sucedido? –exclamó Harper—. Este hombre actúa como si estuviese poseído.
No había tiempo, evidentemente, para ponerse a discutir el enigma, y todos perseguimos a Octave tan de prisa como nuestra sorpresa nos lo permitió. Le habíamos perdido de vista en medio de la oscuridad; y, cuando llegamos a la primera división de las criptas, estábamos dudando qué pasadizo habría tomado, hasta que escuchamos un grito agudo, repetido varias veces, en una catacumba que estaba muy a la izquierda. Había una extraña cualidad ultraterrena en aquellos gritos, que podría haber sido producida por el aire largamente estancado, o por las peculiares condiciones acústicas de las cavernas que se ramificaban. Pero, de alguna manera, no podía imaginármelos partiendo de labios humanos..., por lo menos, no los de un hombre viviente. Tenían una cualidad agónica, mecánica y sin alma, como si hubiesen sido arrancados de un cadáver empujado por los demonios. Precedidos por las luces de nuestras linternas en las sombras agazapadas, fugitivas, corrimos entre las filas de grandes urnas. Los gritos se habían apagado en el silencio sepulcral; pero en la distancia escuchamos el sonido ligero y apagado de pies que corrían. Continuamos en una precipitada persecución; pero, jadeando dolorosamente en el aire viciado, infecto, pronto nos vimos obligados a aflojar el paso sin tener a nuestra vista a Octave. Muy débilmente, más lejos que nunca, escuchamos, como los pasos de un fantasma que se hubiese tragado la tumba, sus pasos, que desaparecían. Entonces, se detuvieron; y no escuchamos nada que no fuese nuestro aliento convulso, y la sangre que latía en nuestras sienes como tambores de alarma continuamente resonantes.

Continuamos, dividiendo nuestro grupo en tres contingentes, cuando llegamos a una triple división de las cavernas. Harper, Halgren y yo tomamos el pasaje del medio, y, después de que hubiésemos recorrido un intervalo infinito sin encontrar señal de Octave, y nos hubiésemos abierto camino por cavidades enormes repletas hasta el techo de urnas colosales que deben haber contenido las cenizas de cien generaciones, llegamos a una cámara enorme con dibujos geométricos en el suelo. Aquí, tras un breve rato, se reunieron con nosotros los demás, que, igualmente, habían fracasado en encontrar a nuestro desaparecido líder. Sería inútil relatar nuestra renovada búsqueda de una hora de duración a lo largo de la miríada de criptas, muchas de las cuales no habíamos explorado hasta ese momento. Todas estaban vacías, en lo que respecta a vida. Recuerdo haber pasado una vez más por la cripta en la que había visto la mancha redonda en el techo, y haber notado con un escalofrío que la mancha había desaparecido. Fue un milagro que no nos perdiésemos en aquel laberinto subterráneo; pero al cabo alcanzamos de nuevo la cripta final en la que habíamos encontrado la momia encadenada. Escuchamos un estrépito recurrente a intervalos regulares mientras nos aproximábamos a aquel lugar..., un sonido de lo más alarmante y desconcertante considerando las circunstancias. Era como el martilleo de los duendes en un olvidado mausoleo. Cuando nos aproximamos, los rayos de nuestras antorchas pusieron al descubierto una visión que no era menos inesperada que sorprendente. Una figura humana, con su espalda vuelta hacia nosotros, y la cabeza oculta por un objeto negro hinchado que había adquirido el tamaño y la forma de un almohadón de sofá, estaba de pie, junto a los restos de la momia, golpeando la pared con una barra de hierro puntiaguda. Cuánto tiempo había estado allí Octave y dónde había encontrado la barra, no podíamos saberlo. Pero la pared lisa se había deshecho bajo sus furiosos golpes, dejando en el suelo un montón de fragmentos parecido al cemento; y una pequeña y estrecha puerta, del mismo material ambiguo que las urnas funerarias y el cuenco de fumigación, había quedado al descubierto.

Sorprendidos, inciertos, confusos de una manera inexpresable, todos éramos incapaces de acción y voluntad en aquel momento. Todo el asunto resultaba demasiado fantástico y horripilante, y estaba claro que Octave había sido dominado por alguna especie de locura. Por lo menos yo, sentí un violento espasmo de repentina náusea cuando identifiqué la cosa, repugnantemente hinchada, que se pegaba a la cabeza de Octave y se reclinaba en obscena tumescencia sobre su cuello. No me atrevo a hacer suposiciones sobre la causa de su hinchazón. Antes de que ninguno de nosotros pudiese recobrar sus facultades, Octave arrojó a un lado la barra de metal y empezó a tantear buscando algo en la pared. Debía ser algún muelle oculto; aunque cómo podía haber conocido su situación y su existencia queda más allá de cualquier conjetura legítima. Con un apagado, y terrible, sonido chirriante, la puerta descubierta se abrió hacia adentro, ancha y pesada como la puerta de un mausoleo, descubriendo una apertura desde la cual la más profunda medianoche parecía manar como un torrente de podredumbre enterrada durante evos. De alguna manera, en aquel instante, nuestras linternas eléctricas temblaron y se volvieron más débiles; y todos respiramos un hedor sofocante, como procedente de mundos de inmemorial putrescencia. Ahora, Octave se había dado la vuelta hacia nosotros, y permanecía de pie sin hacer nada junto a la puerta abierta, como alguien que hubiese terminado una tarea prescrita. Fui el primero de nuestro grupo en librarse del hechizo paralizante, y, sacando mi navaja —lo único parecido a un arma que transportaba—, corrí hacia él. Retrocedió, pero no lo bastante deprisa como para evitarme, cuando hundí la hoja de cuatro pulgadas en la negra masa tumescente que había envuelto la parte superior de su cabeza y colgaba sobre sus ojos.

Lo que fuese la cosa, prefiero no imaginármelo... aunque pudiese hacerlo. Era tan informe como una gran sanguijuela, sin cabeza ni cola ni órganos visibles..., una cosa inflada, sucia y correosa, cubierta con esa pelusilla como moho que he mencionado antes. El cuchillo la desgarró como si fuese pergamino podrido, y el horror pareció colapsarse como un globo deshinchado. De él, se escapó un torrente nauseabundo de sangre humana, mezclada con masas oscuras hiladas que podrían haber sido pelo medio disuelto, y trozos flotantes gelatinosos como hueso derretido, y restos de una sustancia blanca coagulada. En el mismo momento, Octave empezó a tambalearse y se cayó cuan largo era sobre el suelo. Revuelto por su caída, el polvo de la momia se levantó en una nube que se retorcía, debajo de la cual él descansó con una quietud mortal. Venciendo mi asco, y ahogándome a causa del polvo, me incliné sobre él y arranqué el fláccido horror purulento de su cabeza. Salió con una facilidad inesperada, como si estuviese quitando un trapo lacio; pero juro por Dios que preferiría haberlo dejado como estaba. Debajo, ya no era un cráneo humano, porque todo había sido devorado, incluyendo las cejas, y el cerebro medio devorado quedó al descubierto cuando levanté el objeto como una tapadera. Dejé caer la cosa innominable de dedos que habían perdido repentinamente su fuerza, y se dio la vuelta al caer, revelando el lado interior de muchas hileras de ventosas rosadas, colocadas en círculos en torno a un pálido disco que sugería una especie de plexo.

Mis compañeros se habían amontonado en torno a mí; pero, durante un rato apreciable, ninguno habló.

—¿Cuánto tiempo supones que lleva muerto? —fue Halgren quien susurró la terrible pregunta, que todos nos habíamos estado haciendo a nosotros mismos. Aparentemente, nadie se sentía dispuesto, o capaz, de contestarla; y tan sólo éramos capaces de contemplar a Octave en un estado de horrible fascinación intemporal.

Al cabo, hice un esfuerzo para apartar la mirada; y, volviéndola al azar, me fijé en los restos de la momia encadenada y noté, por primera vez, con un horror mecánico e irreal, el estado, devorado a medias, de la cabeza encogida. De esto, mi vista se volvió a la puerta recientemente abierta a un lado, sin darme cuenta, por un momento, de qué era lo que había llamado mi atención. Entonces, sorprendido, contemplé bajo el rayo de mi linterna, lejos de la puerta, como en una sima exterior, un movimiento de sombras que se arrastraban bullicioso, multitudinario, vermiforme. Parecían hervir en la oscuridad; y entonces, sobre el ancho umbral de la puerta, se vertió la vermiforme vanguardia de un incontable ejército: cosas que eran parientes de la monstruosa y diabólica sanguijuela que había arrancado de la cabeza devorada de Octave. Algunas eran delgadas y lisas, como discos de tela o cuero que se doblasen y se retorciesen, y otras eran más o menos hinchadas, y se arrastraban con un lento hartazgo. Qué habían encontrado para alimentarse en aquella medianoche sellada, no lo sé; y rezo para no saberlo nunca.

Salté apartándome de éstas, electrificado por el terror, enfermo de asco, y el negro ejército se acercaba incesantemente, pulgada a pulgada, con una velocidad de pesadilla, desde aquel abismo abierto, como el nauseabundo vómito de un infierno harto de horrores. Mientras se vertían hacia nosotros, ocultando de la vista el cuerpo de Octave bajo una ola temblorosa, vi un resto de vida en la cosa, aparentemente muerta, que había tirado, y vi el horrible esfuerzo que hacia para curarse y unirse a las demás. Pero ni yo ni mis compañeros podíamos soportar seguir mirando más tiempo. Nos dimos la vuelta y echamos a correr entre las filas de grandes urnas, con la masa de sanguijuelas demoniacas arrastrándose cerca de nosotros, y nos dividimos, presas de un pánico ciego, cuando llegamos a la primera división de las criptas. Sin hacer caso los unos de los otros, ni de ninguna otra cosa que no fuese la urgencia de nuestra fuga, nos adentramos al azar en los pasajes que se ramificaban.

Detrás de mí, escuché cómo alguien tropezaba y caía, con una maldición que aumentó hasta un loco aullido; pero sabía que, si me paraba y retrocedía, solo serviría para atraer sobre mí la misma maligna condena que había alcanzado al último de nuestro grupo. Agarrando aún mi linterna eléctrica y mi navaja abierta, corrí a lo largo de un pasaje menor, el cual, creía recordar, más o menos directamente, daba a la gran cripta exterior con el suelo pintado. Allí me encontré solo. Los otros habían seguido las catacumbas principales; y podía escuchar a o lejos un apagado Babel de locos gritos, como si varios de entre ellos hubiesen sido atrapados por sus perseguidores. Parecía que debía haber estado equivocado respecto a la dirección del pasaje; porque se daba la vuelta y giraba de una manera que no me resultaba familiar, con muchas intersecciones, y al punto me encontré desorientado en medio del negro laberinto, donde el polvo había descansado inalterado por pies vivientes durante incontables generaciones. El laberinto cinerario había quedado de nuevo en silencio; y escuché mis propios frenéticos jadeos, elevados y estertóreos como los de un titán en medio de un silencio de muerte.

Repentinamente, mientras continuaba, mi linterna iluminó una figura humana dirigiéndose hacia mí en la oscuridad. Antes de que pudiese dominar mi sorpresa, la figura había pasado junto a mí y se había alejado con grandes zancadas mecánicas, como si regresase a las criptas interiores. Creo que era Harper, ya que la estatura y la constitución correspondían; pero no estoy completamente seguro, porque los ojos y la parte de la cabeza estaban ocultos por la oscura e inflada capucha; y los pálidos labios estaban encajados como en el silencio de una tortura tetánica... o de la muerte. Quienquiera que fuese, había dejado caer su linterna; y estaba corriendo a ciegas, bajo el impulso de aquel vampirismo ultraterreno, buscando la auténtica fuente de aquel horror desencadenado. Sabia que él estaba más allá de la ayuda humana; y ni siquiera imaginé intentar detenerle.

Temblando violentamente, reemprendí mi huida, y fui adelantado por dos más de nuestro grupo, andando con paso majestuoso con aquella rapidez y seguridad mecánicas, encapuchados con aquellas satánicas sanguijuelas. Los otros debieron regresar por los pasajes principales; porque no me encontré con ellos y nunca más volvería a verlos. El resto de mi huida es una confusión de terror infernal. Una vez más, después de creer que me encontraba cerca de la cripta exterior, me encontré perdido, y escapé durante una eternidad de filas de urnas monstruosas, por criptas que debían extenderse por una distancia desconocida más allá de nuestras exploraciones. Parecía que había estado allí durante años; y mis pulmones estaban ahogándose con aquel aire muerto durante evos, y mis piernas estaban preparadas para deshacerse debajo de mí, cuando vi, en la distancia, un punto de bendita luz del día. Corrí hacia éste, con todos los horrores de la extraña oscuridad agrupándose detrás mío, y sombras malditas moviéndose ante mí, y vi que la cripta terminaba en una entrada baja, en ruinas, con escombros esparcidos sobre los que caía un débil arco de luz. Era una entrada distinta a aquella por la que habíamos penetrado en este letal mundo subterráneo. Me encontraba a unos doce pies de la entrada cuando, sin emitir sonido u otro aviso, algo cayó sobre mi cabeza desde el techo, cegándome inmediatamente y cerrándose en torno a mí como una red tensa. Sentí en mi frente y en mi cuero cabelludo, al mismo tiempo, un millón de dolores como de agujas..., una múltiple y siempre creciente agonía que parecía atravesar el mismo hueso y converger desde todos lados al interior de mi cerebro.

El terror y el sufrimiento de aquel momento fueron peores que nada que puedan contener los infiernos de la locura y el delirio mundanos. Sentí la zarpa repugnante, vampírica, de una muerte atroz... y de algo más que la muerte. Creo que dejé caer la linterna; pero los dedos de mi mano derecha aún conservaban la navaja abierta. Instintivamente —ya que apenas era capaz de movimientos voluntarios—, levanté el cuchillo y lo blandí ciegamente, una y otra vez, muchas veces, en la cosa que había sujetado sus mortíferos pliegues en torno mío. La hoja debió atravesar la monstruosidad colgante para desgarrar mi propia carne en una docena de sitios; pero no sentí el dolor de aquellas heridas en el tormento, de un millón de latidos, que me poseía. Por fin, vi la luz y observé que una cinta negra, aflojada de encima de mis ojos y goteando con mi propia sangre, estaba colgando sobre mis mejillas. Se retorcía un poco, incluso mientras colgaba, y desgarré los otros restos de la cosa, jirón tras purulento jirón, de mi frente y mi cabeza. Entonces, me tambaleé hacia la entrada; y la pálida luz se convirtió en una llama bailarina, lejana y alejándose mientras daba un traspiés y salía de la caverna..., una llama que escapó como la última estrella de la Creación sobre el caos, abierto y deslizante, sobre el que descendió...

Se me ha informado de que mi inconsciencia fue de breve duración. Recuperé el sentido, con las caras crípticas de los dos guías marcianos inclinadas sobre mí. Mi cabeza estaba llena de dolores lacerantes, y terrores recordados a medias se cerraban sobre mi mente como las sombras de arpías que se reúnen. Me revolví y miré a la boca de la caverna, desde la cual los marcianos, después de encontrarme, me habían arrastrado durante alguna distancia pequeña. La boca estaba debajo del ángulo de la terraza de uno de los edificios exteriores, y a la vista de nuestro campamento. Miré la negra apertura con una terrible fascinación, y noté un movimiento vago entre las sombras..., el retorcido y vermiforme movimiento de algo que avanzaba en la oscuridad pero que no emergía a la luz. Sin duda, no podían soportar la luz, estas criaturas de la noche subterránea y de la corrupción sellada durante ciclos.

Fue entonces cuando el horror definitivo, el nacimiento de la locura, llegó a mí. En medio de mi escalofriante asco, mi deseo de huir provocado por la náusea de escapar de aquella bulliciosa boca de la cueva, se despertó un impulso odiosamente conflictivo de regresar; de recorrer mi camino de regreso por todas las catacumbas como los demás habían hecho; de descender donde ningún hombre excepto ellos, los inconcebiblemente condenados y malditos, había ido; de buscar, bajo aquella maldita compulsión, un mundo subterráneo que el pensamiento humano no puede concebir. Había una luz negra, una llamada insonora, en las profundidades de mi cerebro; la llamada implantada por la Cosa, como un veneno penetrante y mágico. Me atraía a la puerta subterránea que fue tapiada por la gente agonizante de Yoh—Vombis, para encerrar esas infernales e inmortales sanguijuelas que unen su propia vida abominable a los cerebros medio devorados de los muertos. Me llamaba a las profundidades remotas, en donde habitan aquellos apestosos, nigrománticos, de quienes las sanguijuelas, con todo su poder vampírico y diabólico, no son sino los menores sirvientes...

Fueron sólo los dos aihais los que me impidieron regresar. Me revolví, luché locamente contra ellos mientras me sujetaban con sus brazos esponjosos; pero debía estar bastante agotado a causa de todas las aventuras sobrehumanas de aquel día; y volví a desplomarme, al cabo de un rato, en una nada insondable, saliendo de la cual floté a largos intervalos, para darme cuenta de que estaba siendo acarreado a través del desierto en dirección a Ignarh. Bien, ésta ha sido mi historia. He intentado contarla por completo y coherentemente a un precio que resultaría inconcebible pana alguien cuerdo... Contarla antes de que la locura descienda de nuevo sobre mí, como lo hará muy pronto..., como lo está haciendo ahora... Sí, os he contado mi historia... y vosotros la habéis escrito toda, ¿no? Ahora debo regresar a Yoh—Vombis, regresar por el desierto y bajar por las catacumbas a las criptas más amplias que están debajo. Hay algo en mi cerebro que me lo ordena y que me guiará..., os lo digo, debo ir...

Postdata:
Como interno en el hospital terrestre de Ignarh, tuve a mi cargo el caso singular de Rodney Severn, el único miembro superviviente de la expedición Octave a Yoh—Vombis, y tomé nota de la narración anterior siguiendo su dictado. Severn había sido transportado al hospital por los guías marcianos de expedición. Sufría de unas condiciones de horrible desgarro e inflamación en frente y cuero cabelludo, así como de un delirio extremo durante parte del tiempo, y tenía que ser atado a la cama durante los recurrentes ataques de una locura frenética que resultaba doblemente inexplicable a la vista de su extrema debilidad.

Los desgarros, como se habrá desprendido de la narración, eran principalmente autoinfligidos. Estaban mezclados con numerosas heridas pequeñas redondas, fáciles de distinguir de los desgarramientos del cuchillo, y situadas en círculos regulares. A través de éstas, un veneno desconocido había sido inyectado en el cuero cabelludo de Severn. La causa de estas heridas es difícil de explicar; a no ser que uno considere que la narración de Severn es cierta, y no se trata de una simple invención de su enfermedad.

Hablando en nombre propio, a la luz de lo que más tarde ocurrió, considero que no tengo otra salida que creerlo. Hay cosas extrañas en el planeta rojo; y tan sólo puedo secundar el deseo que fue expresado por el arqueólogo condenado en relación a futuras exploraciones. La noche siguiente a que hubiese terminado de contarme su historia, mientras otro doctor que no era yo mismo estaba de guardia, Severn consiguió escaparse del hospital, sin duda durante uno de los extraños ataques que he mencionado; una cosa de lo mas sorprendente, porque parecía más débil que nunca, después del largo esfuerzo de su terrible narración, y su fallecimiento se esperaba de hora en hora. Aún mas sorprendente, sus pisadas desnudas fueron encontradas en el desierto, dirigiéndose a Yoh—Vombis; hasta que desaparecieron en el curso de una leve tormenta de arena; pero ningún resto del propio Severn ha sido descubierto todavía.