domingo, 3 de diciembre de 2017

La muñeca rusa. G.L.

Temblando, a gatas en la oscuridad, lograron llegar a la puerta, abrieron y con horror comprobó que el cuarto contiguo era la misma habitación donde sólo entraba su cabeza.

Llovía, había un tráfico infernal, bajo su paraguas negro Joel observaba a la gente correr de un lado a otro de la ciudad, algunos parecían perdidos, otros muy seguros de a donde se dirigían. Eran fascinantes. Entre esa multitud surgió la estilizada figura de Julia. Su pelo rizado ondeando al viento, sus botas haciendo mella en los charcos a su paso. Llegó y le besó.

– Perdona, se alargó la reunión. – dijo Julia muy preocupada.

– Ya veo. No importa, sólo estoy al borde de la congelación, pero por lo demás bien.

– Bueno, ya veo que estás de buen humor.

– ¡Oh, si!¿Cómo no estarlo ante esta velada tan maravillosa en perspectiva?

– Si vas a empezar con el sarcasmo antes de llegar creo que dormiré durante el trayecto.

– Odio a Arthur. Es muy pesado y vanidoso.

– No le soportas porque me conoció antes que tu.

Joel rió y le echó la lengua burlón a su novia mientras se metían en el coche. Siempre discutían por ello. Arthur Clamcy era un inglés afincado en Madrid desde hacía años, se dedicaba a la restauración y la compra-venta de antigüedades. Tenía una colección absolutamente fascinante de piezas únicas y siempre que alguna visita estaba en casa les contaba las anécdotas correspondientes a cada pieza: de donde era, que leyenda tenía, cómo la consiguió, etc. Esto aburría sobremanera a Joel, quien intentaba mediante su agudo sentido del humor minar la moral de Julia para ir a esa casa.

Julia conocía a Arthur desde la facultad. La curiosidad la había llevado hasta el local regentado por el inglés cuando quiso comprobar lo que había tras un raro medallón que le habían regalado en su familia. Fascinado por la pieza, Arthut investigó durante meses lo que hizo descubrir a Julia lo fascinante del coleccionismo de las antigüedades, desde eso, se hicieron inseparables.

Arthur vivía en una casa a las afueras de Madrid. Como todo lo que tenía, se trataba de una antigüedad. Datada del siglo catorce y era una especie de casa señorial que había sufrido ampliaciones y mejoras a lo largo del tiempo. Ahora vivía allí Arthur, formando parte de su propia antigüedad.

El inglés les esperaba en la puerta en el momento de llegar. Les saludó cordialmente y los hizo pasar al comedor, donde les explicó que la mesa, las sillas y la cubertería eran de Catalina La Grande. También les contó algo sobre el vino, sobre sus ultimas adquisiciones y luego hablaron del trabajo de Julia y de que como les iba a ella y a Joel en el trabajo.

Cuando Joel pensaba que la cena no podía llegar a ser más soporífera, Arthur trajo una cajita envuelta con papel de regalo y un lazo para a Julia. Le dijo que tras mucho buscar por fin la había encontrado.

– ¿Qué es?

– Ábrelo, mujer.

Julia desató el lazo y rompió el papel, se trataba de una caja y en el interior una preciosa muñeca rusa tallada a mano. Julia aplaudió y dio un achuchón a Arthur sin poder reprimirse.

– ¿Dónde la has encontrado?

– En un viaje que hice a San Petersburgo. Lo compré en un mercadillo tras mucha insistencia por mi parte porque la cíngara que lo vendía se negaba diciendo que tenía una maldición.

– ¡¿Ah, si?!

– Sí, dice que tiene una maldición terrible, que todos los que la han poseído han desaparecido…¿te lo puedes creer? No saben lo que hacer para vender estas cosas.

– Bueno, y ¿Cuánto de cierto tendrá eso?

– ¿Cómo va a tener algo de cierto si lo vendía en el mercado local? Tal como es esta gente con las maldiciones no te vendería ese objeto.

– Esta bien, esta bien. Ya sabes que a mi esas cosas me dan respeto.

– A mi lo que me da respeto es la muñeca – dijo Joel – es más fea que Picio, siempre me han horrorizado esas muñequitas tan sonrientes con sus hijas miniatura que les salen partiéndose a la mitad. ¡Que yuyu!

Al final de la velada ambos muchachos se fueron a casa mientras Julia iba todo el camino haciendo bromas con Joel y la muñeca, haciendo hincapié en la “terrible maldición” de las desapariciones.

Pasaron los días con normalidad, como siempre. Joel y Julia iban de casa al trabajo, tratando de hacer su vida en el tiempo libre restantes. Con visitas mensuales a casa de Arthur como siempre. Sin embargo, sólo Joel veía algunas cosas que ocurrían en la casa, que achacaba a bromas por parte de Julia. Un día, por ejemplo, aparecía la muñeca en la repisa de la cocina. Al día siguiente en la bandeja para peines del baño la muñeca grande y la más pequeña. Otro día aparecían todas las muñecas en línea sobre el cabecero de la cama. Joel reía pero no decía nada, sabiendo que Julia lo hacía para tomarle el pelo.

Una mañana, estando Joel leyendo el periódico en casa, Julia bajó con la muñeca en la mano. Bastante enfadada.

– ¿Te crees muy gracioso? Ya me tienes hasta las narices.

– ¿Qué he hecho ahora?

– He intentado no decirte nada, pero me tienes harta ya. Estoy cansada de que pongas la muñeca por ahí.

– Muy graciosa. La pones tu. Aunque reconozco que casi me asustes.

– ¿Yo?

– ¿No la estás poniendo tú?

– No. Yo pensaba …

Ambos se quedaron en silencio mirando para la extraña y sonriente muñeca rusa. Julia empezó a temblar y Joel a sudar de la tensión. Los dos pensaban que era parte de la broma del otro. De pronto, ante los ojos de ambos la muñeca cayó sobre la mesa. Se partió por la mitad y las figuritas fueron desmembrándose una a una. Así hasta formar una hilera continua. Julia se agarró gritando a Joel y este no sabía qué hacer o qué decir. Las persianas de la sala se cerraron. La puerta se batió, las paredes empezaron a temblar.

– ¡Salgamos de aquí! – dijo Joel, asustado

Agarrando a Julia de la mano abrió la puerta del salón. A continuación, en lugar del pasillo apareció otro salón un poco más pequeño. Ambos corrieron tratando de alcanzar la puerta del fondo. Pero otra vez ocurrió lo mismo, la siguiente habitación daba a un pequeño cuartito exactamente igual al anterior. Así sucesivamente. Las paredes parecían estrecharse por momentos. Se volvían locos, Julia lloraba y maldecía su suerte. Joel luchaba por despertar de la pesadilla pero insistía en avanzar, como si sólo frente a él pudieran salir.

Ya caminaban a gatas por el salón de casa, abriendo cada vez puertas más pequeñas. Siguieron caminando sin desistir. Las luces cada vez eran más tenues y las habitaciones más pequeñas. Casi estaban en penumbra. Temblando, a gatas en la oscuridad, lograron llegar a la puerta, abrieron y con horror comprobaron que el cuarto contiguo era la misma habitación donde sólo entraba su cabeza.

Ambos se abrazaron en la oscuridad mientras sentían la presión de las paredes y de sentirse engullidos. Frente a ellos, la muñeca rusa les contemplaba riéndose burlona.

Se hizo la total oscuridad.

El tren.

La vio sentada al final del vagón. Era extraña, distinta. Sus ropajes y sus cabellos además de parecerle anacrónicos, estaban polvorientos. Pese a su aspecto algo desaliñado, era una mujer hermosa, de piel blanquecina y mejillas sonrosadas. Su pelo, negro azabache, descendía en finas y serpenteantes hebras sobre sus hombros. Tan sólo una bonita trenza, a modo de diadema, sujetaba aquella mata de cabello separándolo de la frente. Con la mirada perdida en el paisaje, parecía ausente; absorta en sus pensamientos. El hombre que estaba sentado a su lado sin embargo, parecía ignorar su presencia.

Pasaron unos minutos y el tren empezó a ralentizar su paso para detenerse en la última estación antes de llegar a Alicante. Aquel hombre se dispuso a bajar del tren. Se incorporó lentamente y, sin hacer ningún intento por sortear las piernas de aquella mujer, literalmente las atravesó. Sobresaltado, algo en su interior le hizo suponer que aquella mujer no era real. ¿Sería quizás un espejismo, un producto de su imaginación? Pero, ¿era posible que tan sólo la viera él? El tren reemprendió progresivamente su marcha. Juan miró a la mujer fijamente pero ella, distraída, seguía admirando el paisaje. Entonces, justo al cruzar el viejo puente, la mujer saco un ovillo de lana negra de un pequeño bolso y luego una tijeras, cortó con ellas varios trozos de lana y luego, para la sorpresa de Juan, desapareció. Contrariado, Juan se incorporó y miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de aquella presencia, tan sólo él.

Debían ser cerca de las nueve de la noche y Juan se dispuso a tomar el último tren con destino a Barcelona. Al subir a él, no pudo dejar de acordarse de aquella extraña mujer del trayecto de ida. Se sentó en su asiento y aprovechó para descansar una parte del viaje. A mitad de recorrido, Juan se despertó sediento y acudió al vagón donde estaba el bar. Al cruzar el resto de vagones, Juan pasó por el vagón número cuatro; el vagón en el que había viajado a la ida. Cual fue su sorpresa cuando pudo ver nuevamente a aquella mujer allí sentada. Sin poder reprimirse, Juan se sentó a su lado y trató de mantener una conversación con ella.

-La verdad es que prefiero el tren al avión, es más relajante ¿no cree?

En ese instante la mujer giró bruscamente su rostro hacia Juan.

-¡Puedes verme!
-Pues…sí. Contestó Juan un poco extrañado por aquella pregunta.
-¿Acaso no sabes lo que soy?
-Hombre, intuyo que muy normal no debes ser a juzgar por lo poco que he visto de tí. Respondió algo inquieto.
-Mi nombre es Átropos y soy una Moira.
– Una ¿Moira?, ¿qué demonios es una Moira?
-Las Moiras somos tres espíritus cuya misión es la de asignar el destino a los seres que humanos.

Juan se quedó mirándola sin atreverse a decir nada.

-El destino viene determinado mediante un hilo blanco para los momentos de felicidad y negro para los momentos de dolor. Las Moiras somos las encargadas de tejer y de velar por ese destino.

-Creo que no termino de entenderla. Contestó Juan mirándola no sin un cierto recelo.
-La más joven, Cloto, preside el momento del nacimiento y lleva el carrete de hilo con el que se va a hilar el destino de los hombres. La segunda, Láquesis, enrolla el hilo en un carrete y dirige el curso de la vida y por último yo, Átropos, la propia Parca, que es quien coge el hilo de la vida y lo corta con sus tijeras de oro, sesgando esa vida para siempre.

Angustiado y sobrecogido por aquella información Juan se incorporó del asiento no sin dejar de observar a aquella extraña mujer. Entonces, nervioso, Juan llamó la atención del hombre que estaba sentado en la fila de delante y le preguntó:

-Perdone que le moleste pero ¿Qué ve usted en el asiento de mi lado?
-¿Perdón?
-¿Qué si usted ve algo o alguien en el asiento de mi lado? Repitió bastante alterado.
-No. Respondió el hombre mirando a Juan, como si de un pirado se tratase.

Juan asustado, se giró nuevamente hacia aquella extraña mujer y sentándose otra vez a su lado le preguntó:

-Esta mañana la vi cortar varios pedazos de hilo negro. ¿Es que alguien va a morir?

La mujer, enigmática y misteriosa, miró hacia el suelo esbozando una malévola sonrisa en su rostro.

-¿Alguien de aquí va a morir? Insistió Juan alzando la voz, claramente alterado.
-¡Casi todos! Contestó la Moira con voz clara e irónica.
-¿Cómo? Contestó Juan con voz temblorosa.
-¿Recuerdas el viejo puente?, ¿El puente sobre el que corte los pedazos de hilo?
-Sí, lo recuerdo.
-Ese puente se va a venir a bajo. Vaticinó aquella mujer desapareciendo nuevamente ante la perpleja mirada de Juan.

Nervioso, Juan se incorporó tratando de pensar qué debía hacer. Tenía muy pocos minutos, el puente ya estaba cerca. Quizás no le daba ni tan siquiera tiempo a hablar con el conductor, pensó. Además, ¿quién iba a creer aquella rocambolesca historia? Miró rápidamente a lo largo de todo el vagón tratando de encontrar un freno de emergencia.
Allí estaba, en la intersección de los vagones. Juan corrió tan rápido como pudo hasta el freno. Miró por la ventana y vio que la locomotora estaba apuntó de atravesar aquel maldito puente. Sin pensarlo accionó el freno.

El tren frenó de inmediato forma contundente y los vagones, dada la aceleración, se precipitaron bruscamente unos contra otros provocando que el tren descarrilara. La locomotora, que para su desgracia acababa de entrar en el puente, se precipitó al vacío arrastrando tras de sí al resto del tren.

Pasaron los minutos, las horas y Juan, atrapado entre los hierros de aquel tren, oía los agónicos lamentos del resto de pasajeros. ¿Cuánta gente habría muerto en aquella barbarie?, pensó. De pronto, como si de un fantasma se tratase, la extraña y misteriosa mujer del tren apareció antes sí.

-Hay que reconocer que lo has bordado. Dijo la Moira, cuyo rostro había dejado de ser el de una hermosa mujer, para pasar a ser el de una vieja decrépita.
-¿Cómo dices? Increpó Juan aturdido por el dolor, mientras traba de liberarse de aquel amasijo de deshechos.
-Sólo quería darte las gracias por facilitarme el trabajo. Yo no lo hubiese hecho mejor.
-¿Qué quieres decir?
-Que si no llega a ser por el freno de emergencia, el tren no hubiese sufrido ningún daño. Dijo la mujer con una sonrisa sarcástica.

Juan no volvió a ver nunca más a la vieja Moira, pero su recuerdo y todo lo que aconteció aquel día, todavía le hace despertarse por las noches, sobrecogido por la angustia.