miércoles, 4 de abril de 2018

Dos bagatelas. Oliver Onions (1873-1961)

Los piratas del éter:

Con un pie apoyado en un rincón para defenderse del movimiento del barco, los auriculares puestos y una mano en el transmisor mientras la otra revoloteaba sobre botones y clavijas, el joven operador de T. S. H. intentaba establecer comunicación. Ya la tuvo establecida antes, pero o la había perdido o algo le había pasado al barco desconocido después de que emitió aquella urgente y solitaria llamada de socorro. La bombilla, en forma de pera, arrojaba sombras cavernosas bajo bajo sus cejas anhelantemente fruncidas, e iluminaba severamente cuadros de instrumentos y esferas graduadas, timbres y alambres, clavijas y tubos, mientras toda la habitación, pintada de blanco, se inclinaba lentamente hacia un lado para luego encabritarse violentamente hacia el otro, cuando el barco giraba en la tormenta.

El operador parecía capaz de comunicar con cualquier barco excepto con el que quería. Igual que una tensa cuerda de violín que variase al ser afinada, o como si una caracola puesta en su oído le cantase, no la Canción del Mar, sino mil canciones distintas, así fluctuaba él de onda en onda por el diapasón de mensajes que iba sucesivamente captando el aparato. Habrían resultado cómicamente variados si el operador no hubiera tenido la cara tan lívida, ansiosa y rígida: «Felices Pascuas… compre Erie Railroads… buenas noches… el precio del cobre… Felices Pascuas…». La noche susurraba mensajes igual que en un teléfono se intercambian murmullos; y, muy por encima de la cubierta del barco sucia de huellas de pies, la antena dibujaba amplias curvas en el cielo invernal, que de cuando en cuando hablaba, con un rugido que rasgaba la noche.

Pero, a pesar de la multitud de interferencias que le rodeaba, lo que a continuación se relata es una conferencia que precisamente no oyó el joven telegrafista.

Los Espiritus del Comité Especial de Tráfico Etéreo y Derecho de Paso estaban celebrando una Junta General Extraordinaria. Lo hacían porque últimamente las molestias habían llegado a ser intolerables. Los mensajes de los mortales rasgaban con tanta frecuencia el espacio, y con tan descuidada inobservancia de las Normas de Regulación Etérea, que ningún fantasma de entre ellos se había librado de sus nefastas consecuencias. Un espectro está encantando pacíficamente el lugar que le ha correspondido en suerte; surge de pronto una de esas ráfagas radiotelegráficas; y he aquí que su ser queda reducido a fragmentos que sólo pueden ser reunidos de nuevo una vez que ha pasado la horrible confusión.

Y cuando decían «encantar», querían decir no simplemente aquella forma de aterrorizar, ya pasada de moda, a base de sábanas blancas y ruidos de grilletes, ni tampoco las más modernas formas de intimidación, que son independientes del toque de la media noche y del canto del primer gallo, sino también – y especialmente- las más benignas sugestiones, sus gentiles insinuaciones a los poetas del mundo, la inspiración que cuchichean a los pintores, sus desvelos en pro de las bellas letras, su inclinación a la benevolencia, su afición a la teatralidad y, en pocas palabras, cualquier otra noble ocupación conocida sólo por aquellos inquilinos de la tierra, que prestan su fuerza y su trabajo a cosas de las que no van a sacar provecho alguno y en las que creen sin haberlas visto nunca.

Habló un venerable espíritu que aún conservaba adherido un tenue halo de barba plateada.

—Creo que todos estamos de acuerdo en que tenemos que hacer algo —dijo—. Precisamente ahora, uno de los espectros jóvenes más agradables que conozco, que llegaba con un «» «motivo» a un pobre músico sin inspiración, acaba de ser alcanzado por una ráfaga de radio y sus fragmentos han sido dispersados, de modo que, aunque su esencia no haya sido dañada permanentemente, su inspiración le abandonó por completo y jamás podrá recobrarla.
—En efecto —añadió otro testigo—. Acertaba yo a proyectarme cerca de allí y pude ver todo lo ocurrido. Pobre muchacho, no tuvo ni tiempo de huir. Se trataba de uno de esos mensajes «directos», así los llaman ellos, y ningún fantasma de su categoría habría podido resistirlo en pie ni un instante.
—Sin embargo, los peores de todos son esos que llaman mensajes universales, que lanzan en todas direcciones por igual. Estos son nuestra mayor amenaza.
—Completamente cierto. Con los «urgentes» siempre nos queda una posibilidad de hurtarnos a su camino; pero con los «universales» no tenemos escapatoria.
—¡Atención! ¡Ahí viene uno! —exclamó otro espíritu, y señaló con rapidez-; por fortuna aún está bastante lejos.

Se elevó un clamor de indignación.

—¡Vándalos!
—¡Hunos!
—¡Salvajes!
—¡Sinvergüenzas!

Habló un fantasma femenino. Era sabido que debía su condición actual a un accidente de automóvil.

—Recuerdo —dijo— un nombre que usaba la gente grosera para denominar a los que se excedían en velocidad guiando sus automóviles por las carreteras. Los llamaban «Los Piratas de la carretera». De la misma manera, nosotros deberíamos llamar «Piratas del éter» a los causantes de tan molestos inconvenientes.

Esta propuesta fue acogida con grandes aplausos, que el joven telegrafista, que todavía seguía buscando su onda, tomó erróneamente por una radioconmoción general que se le venía encima.

—Sí —prosiguió el fantasma femenino (siempre era un poco charlatana cuando se sabía escuchada)—; yo era sorda, y por ese motivo tenía que pagar un suplemento extra en esa horrible cosa que llaman póliza de seguros. ¡Oh, queridos, la de veces que se me habrá subido el corazón a la boca cuando oía el estruendo de sus automóviles!

En ese momento, dos espíritus que había allí al efecto -era su oficio-, la hicieron «apagarse» amable pero firmemente; es decir, se mezclaron con ella y ratificaron su coherencia astral; todos habían oído ya aquella historia muchísimas veces. Continuaron las deliberaciones. Se decidió que tenían que adoptar sanciones y medidas. Con este motivo se suscitó una nueva cuestión: ¿Sobre quién recaería el primer castigo ejemplar?

—Echa una ojeada —dijo el espíritu del halo de plata en la barba; y partió un mensajero, que regresó inmediatamente con la noticia de que en ese mismo momento un joven operador de T. S. H., provisto de una condición nerviosa extremadamente sensible, estaba intentando provocar un nuevo atropello.
—¡Dios mío! —exclamó el venerable, despidiendo de nuevo a su esbirro—. Tenemos que decidir ahora mismo quién será el encargado de visitarle. La Presidencia les invita a hacer sugerencias.

Ahora bien, la elección de un visitador es siempre asunto delicado que debe tratarse con suma moderación. No todo fantasma puede visitar a todo el mundo. Por supuesto, los más fluidos encuentran con frecuencia muchas dificultades para manifestarse por completo, de tal modo que, en la práctica, el delegado suele ser uno de los espíritus más materializados. Así, pues, ésta es la causa de que aquí en la tierra sólo conozcamos a los menos fantasmales de los fantasmas, es decir, a aquellos casi tan recién destetados del pecho de la madre tierra; y éste es precisamente el punto flaco de las visitas desde el punto de vista de los fantasmas. El mensaje perfecto debe ir a través del camino imperfecto. Los grandes fantasmas planean, pero son los más toscos los que ejecutan.

Pero como esto tampoco se desconoce en la tierra, no hace falta que nos extendamos demasiado en ello.

De momento, no disponía el Comité de ningún embajador menor que el espíritu de cierto maquinista escocés que había sufrido su cambio de estado ya en los días de la navegación a vapor. Cierto era que tenían que tener mucho cuidado con él, pues era espíritu sospechoso de excesivas inquietudes y deseos; pero esto, que en cierto sentido era un defecto, aumentaba su eficacia en otro, y nada menos que un espíritu de la categoría del propio Vanderdecken le había recomendado para toda clase de comisiones marítimas. Se le izo comparecer y se le explicó su misión.

—Comprenda —le dijeron, un tanto severamente, después—, sus instrucciones son precisas, recuérdelo; no tiene por qué excederse de ellas.
—Ay, ay, —dijo el torpe espíritu—; conozco los barcos de vela y de vapor y he trabajado mucho tiempo en una barcaza. No pueden hacer nada mejor que encargarme a mí el asunto.

Había, pese a todo, un acento tan sincero y bien intencionado en sus palabras, que quedaron sumamente satisfechos.

—Muy bien —dijo el espíritu presidente—. Ya sabe usted dónde encontrarle. Váyase.
—Ay, ay, señor, no se preocupe. ¡Menuda sacudida voy a dar al muchacho!

Pero en aquel momento una terrorífica ráfaga, procedente de la Estación de Cape Cod, dispersó la asamblea como si la hubiera arrojado por la boca de una escopeta. Y tengan ustedes en cuenta que toda la escena anterior no había durado absolutamente nada de tiempo, al menos de lo que se considera tiempo en la tierra.

II.
—¡Oh, quítese de mi camino, estúpido! Necesito comunicar con un barco que me llamó hace cinco minutos… el Bainbridge. ¿Ha captado usted también su llamada?… ¡Oh, señor, he aquí otro lunático…! ¡Quiere saber quién ha ganado el match de boxeo! ¿Es ahí el Bainbridge? ¡Entonces, corte! ¡Largo!… ¡Eh, ahí! ¿Han recibido ustedes una llamada del Bainbridge? Sí, hace cinco minutos. Creo que dijo que tenían fuego a bordo, pero no estoy seguro y no consigo volver a comunicar con él. Inténtelo usted… elimine ese estúpido «Felices Pascuas»… Sí, Bainbridge…B-a-i-n… No, pero creo… digo que cre… eso dijo… quizá ya no pueda transmitir…

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

De nuevo recorría de arriba abajo la gama musical, en busca del barco que emitió aquel mensaje vago e incierto y después quedó en silencio.

Un barco incendiado… en algún sitio…
Estaba casi seguro de que le dijeron que había fuego a bordo…
Quizá no habían podido seguir transmitiendo…
De todos modos, existían ya media docena de barco intentando dar con él.

Fue en aquel preciso instante en que toda la borrascosa noche vibraba de llamamientos dirigidos al Bainbridge, cuando el fantasma llegó a su destino para convertir al joven telgrafista en ejemplo que sirviese de aviso a los Transgresores Etéreos en general. Realmente entre todos los barcos estaban armando una barahúnda abominable. Desde las antenas el morse rasgaba el vacío y si un espectro errante conseguía evitar una aniquiladora longitud de onda, era sólo para encontrarse con otra quizá peor. Se encolerizaban. ¿Dónde estaba la ventaja de ser la Gran Mayoría, si podían ser intimados en sus propios dominios por una minoría humana gracias a esos devastadores inventos?

Incluso aquel espectral vengador que se cernía, pronto a la acción, sobre la oscilante cabina de radio, sentía que era desgarrado por estremecimientos desintegradores. Los dedos del joven operador accionaban de nuevo en el manipulador del aparato.

—¿Consigue comunicar con el Bainbridge? ¡Oh, inténtelo otra vez, por amor de Dios!… ¿Está ustéd ahí? ¿Nada todavía?… Doric, ¿no puede comunicar…?

Bandazos para un lado, bandazos para otro; en la cresta y en lo hondo de las olas; un viraje hacia puerto, un ángul,o de cuarenta y cinco grados a estribor; en los movimiento del barco, la antena giraba allá arriba, describiendo círculos vertiginosos y amatrallando la noche con su morse.

Punto, raua, punto, raya, punto, raya…

Pero, ya, a punto mismo de manifestarse, vaciló aquel viejo fantasma que en su día había conocido veleros y vapores y servido en una barcaza. Sabía que no era más que un fatasma de ínfimo grado al que se había encomendado, más que confiado, una misión; y la confianza, evidentemente escasa, que en él se tenía no era lo más adecuado para fortalecer su lealtad hacia sus superiores. Empezó a añorar sus huesos y su sangre y sintió revivir su antigua pasión terrenal por los trabajo del mar. Había sido un buen maquinista en sus tiempos, al tanto siempre de los últimos adelantos de aquella época, y lo que ahora veía le intrigaba extraordinariamente. En virtud de su instantaneidead y ubicuidad, nada más llegar ya había echado una completa ojeada general por todo el barco. Mucho de lo que había visto era nuevo para él; la mayor parte, sin embargo, no. Las máquinas eran más poderosas, pero iguales en esencia. En la sala de máquinas, al fondo de interminables escaleras, lñas cosas seguían igual que antaño. Como había presenciado los primeros balbucéos de la luz eléctrica, las relucientes bombillas no constituían para él ningún motivo de asombro; y había prestado poca atención a las frivolidades del barco, salones dorados, gimnasios, pintados camarotes y cómodos cuartos de baño. Sin embargo, al ir concentrándose para hacerse visible, vaciló. Intentó justificarse ante sí mismo. Se dijo que probablemente le asustaría mucho más eficazmente si, tras alejarse durante un rato, estudiase y hallase el punto débil por donde sería más fácilmente vulnerable. Se dijo que sus superiores (siempre un poco condescendientes y despectivos con él) habían dejado a su arbitrio y discreción gran parte del asunto (el cual, de paso, quizá excediese sus posibilidades). Se dijo que, de regresar sin haber llevado felizmente a cabo su misión, no podrían portarse peor con él, después de todo, de como se habían portado ya.

En una palabra, se dijo todo lo que nosotros, meros mortales, nos solemos decir cuando queremos persuadirnos de que nuestros deseos y deberes coinciden, punto por punto, exactamente. Mientras tanto, se dedicaba a atisbar y fisgar en torno a un pequeño y movible haz de alambres que se enrollaba en dos poleas de madera engranadas con una especie de reloj provisto de ciertas espirales de alambre y una pareja de imanes de herradura, todo lo cual iba conectado con los auriculares ceñidos a la cabeza del joven pirata del éter. Le picaba la curiosidad de saber para qué serviría todo aquello.

Era, naturalmente, el receptor acústico, el oído esencial del instrumento. Entonces, el dedo del joven comenzó de nuevo a golpear en la llave del transmisor.

-Doric…¿nada todavía?… ¿Es ahí el Imperator?… ¿Está usted también intentando comunicar con el Bainbridge?

Ahora bien, el fantasma, a pesar de no saber nada acerca del receptor, conocía perfectamente el morse; y, aunque no se le había ocurrido aún comprimirse y quedarse entre los oídos del operador y el receptor telefónico, leyó fácilmente el mensaje transmitido. Tampoco dejó de observarse que el joven tenía la cara contraída y sudorosa. Parecía necesitar cierto barco, un tal Bainbridge, y, a juzgar por el fruncimiento de sus cejas, que las convertía en un verdadero enrejado a la luz de la bombilla, y por la vidriosidad de sus ojos, lo necesitaba con urgencia. Y al parecer, lo mismo les sucedía a aquellos otros buques cuyos misteriosos aparatos rasgaban el éter con sus puntos y sus rayas…

Además, al verse de nuevo a bordo, aquel viejo fantasma pensativo empezó a sentirse como en su propia casa, o, mejor dicho, se habría sentido así de poder comprender el significado de aquel inquieto manipulador, de aquel alambre que vibraba y oscilaba en el aire y de aquella correa sin fin, de alambre también, que se movía lentamente y pasaba por los imanes y estaba conectada finalmente con los auriculares que ceñían la frente del joven pirata del éter. Pensasen lo que pensasen de él quienes lo habían enviado, había sido persona de no poca importancia en la tierra y un mecánico altamente experto en la materia. De repente se dio cuenta de que era presa de la tentación. No tenía por qué asustar a este joven. De hacerlo podía pasarle algo a aquel desconocido instrumento y encontes quizá no pudiesen ya comunicar con aquel barco que intentaba localizar a través de la noche.

¡Ah, si pudiese averiguar por qué le buscaban tan urgentemente! Encontrarle sería la cosa más fácil del mundo para un fantasma. Y entonces, por fin, mientras husmeaba en torno al detector, se le ocurrió interponer una porción de su imponderable estructura entre el auricular y la oreja del joven. Un momento después se había vuelto a retirar felinamente, como un polo de la brújula repelido por otro del mismo nombre. ¡Estaba temblando como jamás le había hecho temblar radiomensaje alguno!

¡Fuego! ¡Un barco ardiendo!

¡Esa era la razón de que aquellos simpáticos y jóvenes operadores se afanasen en acribillar a fantasmas inocentes hasta reducirlos a añicos!…

¡El Bainbridge!¡Ardiendo!…

¿Qué les importaba a todos los fantasmas del universo que ardiera un barco? Pero aquel infiel emisario no dudó ni un instante. Que el fantasmal Concilio le arrojara de su seno si así lo quería. No le preocupaba. ¡Que fueran perseguidos y acribillados hasta el día del Juicio Final si había de haber un solo barco ardiendo en los mares del mundo! ¿Un barco ardiendo? En cierta ocasión había visto arder un barco y no le quedaron ganas de volver a ver otro, ni siquiera en su estado fantasma.

En lo que ha tardado usted en leer esto ya se había marchado él en busca del Bainbridge.

Por supuesto, no tuvo que ir de un lado a otro para encontrarlo. No obstante ser un fantasma de mala calidad y baja condición poseía el don de la ubicuidad. Un doble cambio instantáneo de tensión, y al mismo tiempo ya estaba allí y ya había regresado con los datos de la situación del Bainbridge, la ruta que seguía y la certidumbre de que aún no era demasiado tarde. El operador continuaba escuchando, angustiado, por los auriculares. El fantasma se sintió agradecido por no haber olvidado el morse que aprendió estando en la barcaza. Velozmente se precipitó sobre el manipulador y empezó a manejarlo.

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

El operador oyó. Se puso en pie como si se hubiera autoacribillado a ondas. Los ojos, desorbitados; la boca, horriblemente abierta. ¿Qué pasaba con su aparato?

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

No era el teléfono, por supuesto. La mirada del joven cayó al fin sobre el transmisor. El manipulador se movía rápidamente de arriba abajo. Leyó Bainbridge y una situación: era su aparato el que transmitía a los otros.

Se lanzó febrilmente al teléfono.

El Doric estaba ya acusando recibo. Lo mismo hacía el Imperator. Y él no había enviado mensaje alguno…

Sin embargo, aunque le perturbara pensar en ello, no le concedió mucha importancia. Si un barco se volvía loco, ya cualquier cosa podía volverse loca. De todas formas, lo importante era que no se le había ocurrido dudar de aquella primera llamada, de aquella primera llamada espeluznante: «¡Bainbridge… fuego!».

Se lanzó sobre el tubo y llamó al puente.

Mediada la mañana del día de Navidad encontraron los botes del Bainbridge. En cuanto a aquél impenitente y viejo espectro marinero, al regresar al lugar de donde había venido, produjo escasa satisfacción a sus superiores. Por su parte, se mantuvo inalterable frente a todas sus indignadas amenazas, limitándose a repetir obstinadamente una y otra vez:

—¡Vaya nervios de acero que tenía el muchacho! ¡Repetidamente me manifesté a él, pero no le causé más impresión que si hubiera intentado asustar a Saturno o a su anillo! En mi opinión, un fantasma no es ya lo que fue. Hay demasiados adelantos modernos en estos días.

Pero su espectral corazón se sentía secretamente pesaroso por no haber sido capaz de comprender absolutamente nada tocante al receptor.


El mortal.

-Oh, Egbert —imploró la Dama Blanca—, permitid que os poda que abandonéis esa absurda y loca idea!

Sir Egbert «El impávido», que en aquel momento trataba de atravesar la pared de la galería norte, se volvió, quedando una mitad suya a este lado del panel y la otra en la Cueva del Moro, que se hallaba en el espesor del muro.

—No, Rowena —replicó firmemente—. Juzgasteis conveniente dudar de mi valentía delante de todos los antepasados de la familia, y ahora voy a intentar hacerlo. Si algo me sucede, que caiga mi ectoplasma sobre vuestra cabeza.

Lady Rowena sollozó. En su agitación se retorció las manos de tal modo que ambas se intrapenetraron.

—¡No, Egbert, fue solamente una broma! En la tierra fuisteis conocido por «El impávido»; nuestros descendientes se encuentran orgullosos de vos. ¿No podéis olvidar mis estúpidas palabras?
—No — replicó Sir Egbert severamente—. ¡Aunque me cueste mi no existencia, pasaré la noche en una Cámara Humana!
—¡Egbert…! ¡Egbert…! Conteneos… ¡eso no!… ¡La del Clérigo, no! Pensad… ¿y si os exorciza?
—Demasiado tarde; ¡ya he hablado! —dijo Sir Egbert con un brusco movimiento de la mano. Se desvaneció en la quinta dimensión. No bien había terminado de hacerlo cuando se escuchó una lamentanción general.
—¡Oh, lo será, lo será, sé que lo será! —sollozó la Dama Blanca.

Volver a ser confinado en los límites de la materia, de tal modo que no se pueda hablar sino sirviéndose de una lengua, ni moverse sino accionando piernas; tornar a ser aprisionado en las tres dimensiones de la grosera vida material, he ahí la máxima amenaza que se cierne sobre la condición de los espectros.

—Pobre chico… incluso ya me pareció ver a su alrededor unas ciertas trazas de visibilidad —murmuró el fúnebre Sir Hugo.
—¡Oh, esto ya es jugar con la carne! —gritó otro, con un estremecimiento.
—¡Un disparate casi humano!
—Su modo de deslizarse ya noes como fue —suspiró melancólica Lady Aunice, que, en la tierra, había sido célebre por su asiduidad a los funerales.
—Nunca más volveré a ver su querida Aura —gimió la Dama Blanca, que se había vuelto ya casi totalmente opaca—. ¡Esto me va a costar la no existencia!
—Si almenos no se le hubiese metido en la cabeza ir a la cámara de un clérigo precisamente —dijo Lady Aunice con acento melancólico.
—¡Eh! ¡Aprisa, cogedla! ¡Se está solidificando! —gritaron, de pronto, media docena de ellos.

Sólo tras muchas dificultades consiguieron torntar a la Daba Blanca a un estado que, pese a todo, no era de total evaporación.

Era medianoche y el Clérigo roncaba. Se volvió, intranquilo en su sueño. Quizá advertía la presencia de Sir Egbert. El mismo Sir Egbert temía acercarse al Lecho Mortal situado más allá de la celosía. El miedo le daba el aspecto de un finísimo entramado rojo, peligroso síntoma premonitorio de la aparición de venas y sangre; y sabía que, aunque tenuemente, se dibujaba sobre él la entrecruzada sombra de la celosía. Para salvar su nonentidad, ni siquiera podría ya deslizarse hacia arriba por el dardo de luz de la luna que se derramaba a través de la ventana.

De repente, una violenta Onda Hertziana atravesó el éter de Sir Egbert. Saltó hasta casi salirse de su dimensión. El Clérigo había abierto los ojos. ¿Ser o no Ser? ¿Le había visto?

Le había visto, sí. Sus horribles ojos materiales estaban clavados en el pobre espectro inocente. Los dos se miraron fijamente; el uno, acobardado a la luz de la luna; el otro, envuelto en todo el horror de la solidez, medio incorporado en su lecho. Entonces, el Mortal empezó a llevar a cabo sus amedrentadoras prácticas.

Primero lanzó ese grito ronco que tanto temen todos los fantasmas, y Sir Egbert sintió de repente que su peso había aumentado en más de una libra. Pero recordó su apodo: «El impávido». No cejaría.

Entonces los dientes del Clérigo empezaron a entrechocar. Sus labios bisbisearon algo, y Sir Egbert se preguntó si no sería el principio del Exorcismo. Si lo era, nunca más volvería a ver la feliz y vieja galería ancestral, nunca volvería a estrechar a su querida Rowena en perfecta intrapenetración… nunca volvería a atravesar un sólido… nunca volvería a experimentar el antiguo y voluptuoso placer de estar aquí e inmediatamente hallarse allá, en cualquier otro sitio.

—¡Misericordia, misericordia! —intentó gritar; y su voz, ciertamente, llegó a agitar el aire palpable.

Pero no había misericordia en aquél horrible Clérigo. Su única propuesta consistió en erizar fuertemente el cabello de la cabeza.

Después desorbitó los ojos. Luego contrajo la cara. Y más tarde empezó a hablar, por así decirlo, como los sordomudos, con los dedos.

La semisustancia de Sir Egbert era ya como un polvillo rojo y cristalino; era el principio de la agonía. Se dio cuenta de lo cerca que se hallaba ya de la Precipitación en lo Mortal, cuando súbitamente se sorprendió a sí mismo pensando casi con miedo en su adorada Dama Blanca ¡Ella era un fantasma!

Entonces el Mortal, empezó a farfullar palabras. Era el exorcismo. ¡Oh! ¿Por qué, por qué, por qué no se le habría ocurrido a Sir Egbert ir a visitar a un Abogado?

El parloteo continuó. Color… calor… peso… se fueron asentando en Sir Egbert, «El impávido». Ya casi era.

Y mientras seguía haciéndose irremisiblemente, las palabras del Clérigo aumentaron su velocidad. Los pies de Sir Egbert sintieron el suelo; gritó, y se dejó oír un tenue quejido en el espacio. El Clérigo levantó un pie por encima de la cama y lanzó una almohada al aire.

¿No tenía, pues, salvación Sir Egbert?

Ah, sí. Aquellos que lleven una No-existencia humilde y recta nunca serán arrojados a los errores de lo sólido y conocido. De algún lugar más allá del rayo de luna vino un agudo sonido.

Era el canto de un gallo.

El Clérigo se cubrió la cara con la almohada, cuando se la quitó, y volvió a mirar, ya no había nadie.

Sir Egbert, de regreso en su confortable Cuarta Dimensión, descansaba de nuevo junto a la querida e indivisible textura de su amada Dama Blanca.