miércoles, 4 de abril de 2018

Dos médicos. M.R. James (1862-1936)

Tengo comprobado que es muy corriente encontrar papeles metidos dentro de libros viejos, aunque es muy raro tropezar con alguno de interés. Pero ocurre, así que nunca hay que tirarlos sin antes haberles echado una ojeada. Pues bien, antes de la guerra yo solía comprar a veces libros de contabilidad usados por el buen papel y la gran cantidad de hojas en blanco que tenían, para quitársela y aprovecharlas para mis notas y escritos. En 1911 compré uno por poco dinero. Estaba muy bien cosido y tenía combadas las tapas por haber guardado durante años un montón de hojas extrañas.

Las tres cuartas partes de este material añadido había perdido por completo cualquier interés que hubiera podido tener para nadie; pero había un puñado de hojas que no: es evidente que pertenecieron a un abogado, porque llevan la siguiente rúbrica: El caso más extraño que he tenido hasta hoy, con unas iniciales y la dirección de Gray's Inn. Son sólo material para un caso y consisten en declaraciones de posibles testigos. Por lo visto, no apareció el que debía haber sido el acusado o demandado. El expediente no está completo; pero aun así proporciona un enigma en el que interviene lo preternatural. A vosotros os corresponde decidir.

Lo que sigue es el marco y la historia según los he podido elucidar: La escena se sitúa en Islington en 1718 y la época en el mes de junio: por tanto, un pueblo rural y una estación agradable. Una tarde, el doctor Abell deambulaba por su jardín esperando a que le trajesen el caballo para iniciar el recorrido de sus visitas del día. Se le acercó su criado de confianza, Luke Jennett, que llevaba veinte años a su servicio:

Le dije que quería hablar con él, y que lo que tenía que decirle nos entretendría como un cuarto de hora. Así que me mandó a su despacho, pieza que da al paseo de arriates donde se encontraba; llegó después él y se sentó.

Le dije que, muy contra mi voluntad, debía buscarme otro puesto de trabajo. Me preguntó por qué motivo, llevando el tiempo que llevaba con él. Le dije que me haría un gran favor si me excusaba de responder, porque (al parecer esta fórmula era corriente ya en 1718) soy de los que prefieren que haya armonía a su alrededor. Según recuerdo, dijo que ése era su caso también, pero que quería saber por qué había decidido cambiar de casa después de tantos años; y dijo:

Sabes que si dejas mi servicio ahora no me acordaré de ti en mi testamento.

Le dije que ya contaba con ello.

—Entonces —dice—, deberías decirme cuál es la queja; y si puedo arreglarlo, lo haré con mucho gusto.

Así que, viendo que no era posible seguir callado, le conté el asunto de mi anterior declaración y lo de la cama de la consulta, y le dije que una casa en la que ocurrían esas cosas no era lugar para mí. A todo lo cual, aunque me miraba congestionado, no replicó, sino que me llamó estúpido, y dijo que me pagaría lo que me debía por la mañana. Seguidamente, como tenía el caballo esperando, dio media vuelta y se marchó. Así que esa noche me fui a dormir a casa de mi hermana y su marido, cerca de Battle Bridge, y por la mañana, a primera hora, fui a ver al que ya no era mi señor, el cual me reconvino por no haberme quedado en su casa, y me descontó una corona del salario que me debía.

Después serví aquí y allá, nunca por mucho tiempo, y no volví a verle hasta que entré en la casa del doctor Quinn, Dodds Hall, en Islington.

En esta exposición hay una parte oscura: la referencia a una declaración jurada anterior y el asunto de la cama de la consulta. En los mencionados papeles no se encuentra esa declaración jurada anterior. Me temo que la sacaron para leerla, dada su especial singularidad, y no la devolvieron a su sitio. Puede que con el tiempo se aclare de qué se trataba, pero hasta hoy no ha llegado a nuestras manos ninguna pista.

A continuación es el rector de Islington, Jonathan Pratt, el que presta declaración: aporta detalles sobre la posición y reputación del doctor Abelly el doctor Quinn, que vivían y ejercían en su parroquia.

Un médico —dice— no tiene por qué ser asiduo de los rezos matinales y vespertinos o del sermón de los miércoles; pero en términos generales, yo diría que estas dos personas cumplían como fieles miembros de la Iglesia de Inglaterra. Con todo (ya que me pide mi opinión personal), debo hacer lo que en lenguaje académico se denomina un distingo: mientras que el doctor A. era para mí motivo constante de perplejidad, el doctor Q. era a mis ojos un honesto y sencillo creyente que no inquiría sobre cosas que pertenecen al campo de la fe, sino que conformaba su práctica a la luz de su propia razón.

El doctor A. en cambio se interesaba por cuestiones para las que la Providencia ha decretado que no tengamos respuesta en nuestro estado actual. Por ejemplo, una vez me preguntó qué lugar creía yo que ocupan ahora en el plan de la creación los seres que según algunos ni se mantuvieron leales cuando cayeron los ángeles rebeldes ni se unieron a ellos decididamente en su rebelión.

Mi inmediata respuesta, como no podía ser menos, fue preguntarle a mi vez qué garantía tenía de que existieran tales seres. Porque desde luego no aparecían en las Escrituras, que él conocía bien. Por lo visto (porque ya que he entrado en este tema conviene que lo cuente todo) se basaba en pasajes como el del sátiro que Jerónimo nos cuenta que conversó con Antonio; aunque pensaba que podían aducirse también ciertas partes de las Sagradas Escrituras.

Además —dijo—, usted sabe que ésa es la creencia universal entre los que pasan los días y las noches fuera de casa; y me atrevo a añadir que si su trabajo le obligase a andar de noche por parajes despoblados como tengo que hacer yo, quizá no le sorprendería tanto mi sugerencia como veo que le sorprende.

—Entonces es usted de la opinión de John Milton, y sostiene que Millones de seres espirituales andan por la tierra Invisibles, ya estemos nosotros dormidos o despiertos.

—No sé por qué Milton quiere calificarlos de invisibles —dijo—; aunque desde luego estaba ciego cuando escribió eso. En lo demás, sí: creo que tiene razón.

—Bueno —dije—; aunque no tan a menudo como usted, no son pocas las veces que me toca salir a horas avanzadas. Pero no recuerdo haber topado con ningún sátiro en nuestros caminos de Islington en todos los años que llevo aquí. Si ha tenido usted más suerte, estoy convencido de que a la Royal Society le encantaría saberlo.

Recuerdo estas frivolidades porque el doctor A. las tomó muy a mal y abandonó la habitación con un portazo, gruñendo algo sobre esos sacerdotes secos y engreídos que sólo tenían ojos para el devocionario y la pinta de vino. Pero no fue ésta la única vez que nuestra conversación tomó este extraordinario derrotero. Una noche vino aparentemente contento y animado; pero al cabo de un rato, fumando junto al fuego, se quedó embebido en sus pensamientos.

Para sacarle de su ensimismamiento le dije en broma si no había tenido ninguna reunión últimamente con sus extraños amigos. La pregunta, en efecto, le hizo reaccionar; porque me miró con expresión aturdida, como asustado, y dijo:

—¿Ha estado usted allí? No le he visto. ¿Quién le ha llevado? —y a continuación, en tono más sosegado—: ¿Qué quiere decir con eso de reunión? Creo que me he dormido.

Le contesté que me refería a los faunos y centauros de los caminos a oscuras, no a los aquelarres. Pero él pareció tomarlo de manera diferente.

—Bueno —dijo—, no puedo afirmar que haya tenido ninguna de esas dos experiencias, pero le encuentro más escéptico de lo que conviene a su ropa. Si desea saber algo sobre el callejón oscuro puede preguntar a mi ama de llaves que vivió al otro extremo cuando era niña.

—Sí —dije—, y a las viejas del asilo y a los niños del arroyo. Yo en su lugar pediría a su colega Quinn una píldora que me despejara el cerebro.

—Al diablo Quinn —dice—; no me hable de él. Me ha quitado cuatro de mis mejores pacientes este mes; creo que toda la culpa la tiene ese maldito criado suyo, Jennett, que estaba antes conmigo: no sabe tener la lengua quieta ni un momento. Deberían clavarlo en el rollo y darle su merecido.

Ésa fue la única vez que manifestó ante mí algún resentimiento contra el doctor Quinn y Jennett; y como era mi obligación, intenté en lo posible convencerle de que se equivocaba con los dos. Sin embargo, era innegable que algunas familias respetables de los alrededores le habían vuelto la espalda sin alegar ningún motivo. Al final dijo que no lo había hecho tan mal en Islington, pero que podía vivir cómodamente en otra parte cuando quisiera, y que en realidad no guardaba ningún rencor al doctor Quinn. Ahora recuerdo qué comentario mío hizo que sus pensamientos tomaran el curso que tomaron a continuación. Fue, creo, sobre ciertos trucos que mi hermano había presenciado en las Indias Orientales, en la corte del rajá de Mysore.

Sería bastante práctico —me dijo el doctor Abell—, mediante algún acuerdo, conseguir el poder de comunicar movimiento y energía a objetos inanimados.

—¿Como mover el hacha contra el que la levanta? ¿Algo así?

—Bueno, no estaba pensando exactamente en eso; sino en poder hacer que un libro venga de la estantería, o incluso mandar que se abra por determinada página.

Estaba sentado junto a la chimenea (era una noche fría); y extendió la mano así, y entonces los hierros de la chimenea, o al menos el atizador, cayeron en dirección a él con gran estrépito, y no pude oír qué más dijo. Pero le dije que no podía imaginar qué clase de acuerdo podía ser ése, como él lo llamaba, como no fuera el de contraer una deuda más grave que la que podía pagar ningún cristiano; cosa a lo que asintió.

—Estoy convencido —dijo— de que esas transacciones son muy tentadoras, muy persuasivas. Pero seguro que usted no las apoyaría, ¿verdad, doctor? No, supongo que no.

Eso es todo lo que sé sobre las ideas del doctor Allen, y sobre los sentimientos entre él y el doctor Quinn. Éste, como digo, era una persona honesta y sencilla, un hombre al que yo habría acudido (y he acudido de hecho) en busca de consejo sobre todo esto. Sin embargo, no dejaba de tener de cuando en cuando, sobre todo hacia el final, quimeras turbadoras. Llegó un momento en que se sintió tan agobiado por esos sueños que no fue capaz de guardárselos para sí, y se los contaba a los amigos, entre ellos a mí: un día en que me había quedado a cenar en su casa, no parecía él deseoso de dejarme marchar a mi hora habitual.

—Si se va —dijo—, no tendré más remedio que acostarme a soñar con la crisálida »—Podría ser peor —dije.

—No lo creo —dijo él, y se estremeció como la persona a la que le desagrada el cariz de sus propios pensamientos.

—Me refiero —dije— a que una crisálida es un ser inocente.

—Ésta no —dijo él—; y no me hace ninguna gracia pensar en ella.

Sin embargo, con tal de no perder mi compañía, se puso a contarme (porque le insistí) que era un sueño que había tenido varias veces últimamente; incluso se había repetido más de una vez en una misma noche. Consistía en lo siguiente: le parecía que le despertaba un impulso irresistible a levantarse y salir de casa; de modo que se vestía y bajaba a la puerta que daba al jardín. Junto a la puerta había una pala; la cogía y salía al jardín; y en un lugar despejado entre los arbustos que la luna iluminaba (porque en el sueño siempre había luna llena), se sentía forzado a cavar.

Al cabo de un rato, la pala descubría algo de color claro, un envoltorio de lana o de lino, que él limpiaba de tierra con las manos. Era siempre el mismo: del tamaño de una persona, y en forma de una crisálida de mariposa nocturna, con los pliegues insinuando la futura abertura en un extremo.

Le era imposible decir con qué ganas habría abandonado el lugar en ese instante y habría regresado corriendo a casa; pero no debía escapar tan fácilmente. Así que, sin parar de gemir, y sabiendo muy bien lo que le esperaba, separaba los pliegues de ese tejido, o membrana (como a veces le parecía) y destapaba una cabeza recubierta por una suave piel sonrosada que se desgarraba al agitarse la criatura, revelándole su propia cara muerta. Contar todo esto le alteró de tal modo que, por mera compasión, me vi obligado a hacerle compañía casi toda la noche, hablándole de cosas intrascendentes.

Dijo que cada vez que tenía este sueño se despertaba con la respiración agitada, por así decir.

A partir de este punto arranca otro extracto de la larga declaración de Luke Jennett:

Jamás he contado chismes sobre mi señor, el doctor Abell, a nadie de la vecindad. Sirviendo en otra casa, recuerdo que hablé a mis compañeros del asunto de la cama; aunque desde luego sin decir que tuviéramos nada que ver él o yo. Le dieron tan poco crédito que me ofendí, y pensé que era mejor callarme. Y cuando volví a Islington y me encontré con que todavía estaba allí el doctor Abell, aunque me habían dicho que se había ido del municipio, comprendí que debía conducirme con la mayor discreción. Porque la verdad es que le tenía miedo, y no estaba por propagar nada que fuese en perjuicio de su reputación. Mi señor, el doctor Quinn, era un hombre justo y honrado, y enemigo de causar daño a nadie.

Estoy seguro de que jamás movió un dedo ni dijo una palabra para inducir a nadie a que dejase la consulta del doctor Abell y acudiese a la suya; es más, cuando ocurría esto, no se decidía a atenderles hasta que no se convencía de que si no lo hacía mandarían llamar a un médico de la capital antes que volver a avisar al doctor Abell.

Creo que puede probarse que el doctor Abell vino a casa de mi señor más de una vez. Una doncella nueva de Hertfordshire que teníamos me preguntó quién era el caballero que había venido a buscar al señor, o sea al doctor Quinn, y se había quedado muy frustrado al comprobar que había salido. Dijo que quienquiera que fuese conocía bien la casa, ya que había entrado sin titubear en el despacho y después en la consulta, y finalmente en el dormitorio. Le pedí que me lo describiese, y lo que me dijo encajaba sobradamente con el doctor Abell. Pero además me dijo que vio a este mismo hombre en la iglesia, y alguien le había dicho que era el doctor.

Precisamente a partir de entonces empezó mi señor a tener malas noches, y a quejarse a mí y a otros de lo incómodas que encontraba la almohada y las sábanas en particular. Decía que tenía que comprar otras más de su gusto, y que él mismo se encargaría de traerlas. Y efectivamente, trajo un paquete, diciendo que eran de la calidad que necesitaba, aunque no supimos dónde las había comprado; sólo que venían marcadas en hilo con una corona y un pájaro. Las criadas dijeron que eran poco corrientes, y muy finas, y el señor dijo que eran las más cómodas que había usado. Y ahora dormía de un tirón. También las almohadas de pluma eran de la mejor calidad, y hundía la cabeza en ellas como si fuesen una nube, cosa que yo mismo comenté varias veces al entrar a despertarle por la mañana, y verle con el rostro casi sepultado por la almohada que se cerraba por arriba.

Yo no había vuelto a hablar con el doctor Abell después de regresar a Islington; pero un día, al cruzarnos en la calle, me preguntó si no estaba buscando otro puesto, a lo que le contesté que me encontraba muy a gusto donde estaba ahora. Pero él replicó que yo era de los que no echan raíces en ninguna parte, y que estaba seguro de que no tardaría en andar rodando por ahí, cosa que efectivamente resultó ser cierta.

A partir de aquí continúa el reverendo Jonathan Pratt:

El 16 me sacaron de la cama nada más romper el día (o sea alrededor de las cinco), con el recado de que el doctor Quinn había muerto o se estaba muriendo. Al llegar a su casa me encontré con que así era. Todas las personas de la casa salvo la que me había abierto estaban ya en su aposento, de pie alrededor de la cama, aunque ninguna había osado tocarle. Estaba tendido en el centro de la cama, boca arriba, en actitud recogida, y con todo el aspecto del cuerpo preparado para el sepelio. Creo que tenía las manos cruzadas sobre el pecho.

Lo único fuera de lo normal era que no se le veía la cara porque los extremos de la almohada parecía que se juntaban por encima. Los retiré inmediatamente, al tiempo que amonestaba a los presentes, y en particular al mayordomo, por no tratar de ayudar sin pérdida de tiempo a su señor. El mayordomo, no obstante, me miró y meneó la cabeza. Evidentemente, tenía tan pocas esperanzas como yo de que nos encontráramos ante otra cosa que un cadáver.

En efecto, para cualquiera con un mínimo de experiencia saltaba a la vista que no sólo estaba muerto, sino que la causa de la muerte había sido la asfixia. Pero no era concebible que su muerte hubiese sido ocasionada accidentalmente por la almohada al doblarse sobre su cara. ¿Cómo al sentir la opresión no habría levantado la mano para apartarla? En cambio la sábana que le cubría y silueteaba su cuerpo, según observé ahora, no tenía un solo pliegue en desorden. Lo urgente ahora era llamar a un médico. Ya se me había ocurrido al salir y había mandado al que me había traído el aviso que buscase al doctor Abell; pero volvió diciendo que no estaba en casa, así que llamamos al médico más cercano, quien, no obstante, no pudo hacer otra cosa —al menos sin abrir el cuerpo— que anunciar lo que nosotros ya sabíamos.

En cuanto a que entrase alguien con malvados propósitos en la habitación (que era la siguiente incógnita que había que despejar), a la vista estaban los cerrojos de la puerta saltados de los travesaños, y los travesaños arrancados del larguero a viva fuerza; y había testigos suficientes, entre ellos el herrero, para confirmar que esto se había hecho minutos antes de que llegase yo. Además, la habitación estaba situada en lo alto de la casa, de modo que la ventana no era de fácil acceso, ni mostraba signo alguno de que nadie hubiese salido por ella: no había ni señales en el alféizar ni huellas abajo en el suelo blando.



Naturalmente, el testimonio del cirujano forma parte del informe de la investigación, pero dado que no contiene más que observaciones sobre el estado de los órganos vitales y la coagulación de la sangre en diversas regiones del cuerpo, no tiene sentido reproducirlo. El veredicto fue «muerte natural.

Junto a estos papeles hay uno que al principio pensé que había venido a parar aquí por equivocación. Pero pensándolo bien, creo que adivino el porqué de su presencia. Describe la expoliación de un mausoleo (hoy desparecido) que se alzaba en un parque de Middlesex, propiedad de cierta familia noble que me excuso de nombrar. El pillaje no fue perpetrado por un vulgar ladrón de cadáveres. Al parecer, el propósito fue el robo de objetos. El relato es descarnado y terrible. No está bien que lo transcriba: un comerciante del norte de Londres fue sancionado con una multa cuantiosa por encubrir artículos robados relacionados con el caso.