jueves, 12 de abril de 2018

Poemas I. Enrique Gracia Trinidad.

Ahora en este encuentro.

Cuando la fiesta del señor se acaba
y empieza la del siervo...
-quizá tan solo un niño sueña con el mar-
cuando ya desoladas las botellas ofrecen lo que no pudo
entrar en las frágiles copas...

Ahora es cuando entro en la partida, ahora
es cuando juego mi baza
y abro mi camisa.
Ahora,
cuando la noche vino a encamar al hombre del smoking
y la señora del collar y el traje supercaro
es una prostituta,
ahora que las acciones duermen en la banca
y el sereno es un búho taciturno.

Vedme bajar del humo de un cigarro o del perfume
de un frasco Made in France que se ha quedado
abierto en la consola.

Soy un nocturno pájaro sin sueño, me poso en el alero
de las torres, descubro vuestra noche,
hago de voceador, me infiltro en vuestro lecho
y voy dejando negras pesadillas en los párpados,
en los labios que alguna vez besaron,
que alguna vez besaron...
Desde las chimeneas sé lo que os ocurre,
desde los altos techos de técnica y lujuria
descubro a las parejas que se aman,
y a los que no saben qué van a comer cuando despierten.
Mi carcajada y mi llanto dibujan escalofríos
en todos los pijamas.

Pienso en mi amor dormido hace algún tiempo,
y en amplios butacones donde vivir no es ningún milagro.
Cuando viene la luz arrojo este cansancio
y enciendo un cigarrillo por el mundo.
Alguien me pide fuego y os puedo asegurar que no lo entiendo.

De "Encuentros" 1972



 





Como el olvido...

                                                      "Fui donde el Ángel y le dije que me diera el librito. 
                                              Y me dice: Toma, devóralo; te amargará las entrañas, 
                                                          pero en tu boca será dulce como la miel-." (10.9)

Como el olvido,
como las lágrimas y el sueño
que ya no se recuerda.
Así de amargo
el libro y cuanto en él se escribe
con la sangre.
Igual de amargo que este tiempo
que pasa como un trueno sobre el mar
y la tierra,
sobre la espalda de los hombres.
Como el dolor que no entendemos,
como el cansancio de la risa.
Igual que esta certeza que nos rompe
la voz y la cintura,
el recuerdo del barro,
la nostalgia de haber sido una lágrima fecunda.
Páginas vegetales que alimentan
las horas de la tarde,
cuando todas las cosas
ponen el corazón en cuarentena.
Letras amargas como el dorso
de una mano apoyada
sobre una puerta que cerró el recuerdo.

Pero en la boca,
dulce sospecha de esperanza,
pie que se acerca por la espalda
para dejar su beso sobre el cuello.
Dulce como la sombra
del verso que jamás escribiremos.

De "Tiempo de apocalipsis" 
Poesía 1972-2004






Dificultades.

                                                                         A Emilio Porta

Lo más difícil es que el corazón
recorra su distancia sin heridas,
que el tiempo tenga besos suficientes
entre las páginas del libro que hace piedra la Historia.
Lo más difícil es
que las fotografías rocen sin abrasar
las horas degolladas,
acaricien sin daño
los encajes oscuros de las horas que fueron.
Lo más difícil es que la rutina sirva para tejer
una canción de cuna
que adormezca y abrigue los caballos sin alma del olvido.
Lo más difícil es que nuestros versos
rescaten hoy de nuevo la canción más oculta, sin sangrar,
sin hacer de la vida cotidiana un esperpento.
El resto es siempre fácil, sucede simplemente.

De "A quemarropa" 1992 
(Accésit del Premio “Rafael Morales” 1992)







El silencio ha crecido y está solo.

                                                       "Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo
                                                       un silencio en el cielo, como de media hora" (8.1)

Buscaremos la risa de los niños
y no la encontraremos,
ese leve chasquido de las hojas
pisadas en los parques,
un susurro del sol en nuestro rostro,
el perfecto latido
que hace dormir la mano sobre el pecho,
ese temblor de azúcar y de sangre
que se esconde en los besos de la sombra.
Será búsqueda inútil,
tiempo desvencijado en los oídos.
Dormirán la canción,
los gritos de terror y la blasfemia,
el violín y la flauta, la cuchara,
el llanto de la mar contra la tarde.
No sonarán las copas ni el vino de las copas,
ni el viento en las ventanas, o la lluvia,
ni la tenue palabra de los enamorados.
No acudirán las órdenes al rostro
ni el grito a la garganta.
Durante el plazo estipulado
no se oirá al mercader,
estará mudo el padre de la patria,
volarán las canciones de cuna y las baladas
al país de los sueños,
y todos los relojes
contarán sin hablar treinta minutos.

Hasta la voz de Dios cumple el silencio

De "Tiempo de apocalipsis" 
(Poesía 1972-2004)







El tiempo es una ciega locura de campanas...

                                                                       "...Pues el tiempo está próximo." (1.3)

El tiempo es una ciega locura de campanas
que da vueltas detrás de una sonrisa,
mientras se ciñe al suelo inerte
la última paloma.
Vinimos desde el cobre fecundado
por semillas de arcángeles azules
hechos con argamasa de preguntas.
Y ahora los minutos
pesan como columnas de granito,
socavan la razón,
hacen del miedo un templo,
embadurnan la vida de liturgia,
tejen el odio,
se ríen de nosotros estrellándose
contra un futuro próximo,
indecible,
crepuscular dominio de la nada.

De "Tiempo de apocalipsis" 
(Poesía 1972-2004)







Freihafen.

                                                                          (Puerto libre) 

En la tarima va creciendo un musgo
insoportable,
hiede a promesas rotas, a muertos prematuros,
hiede la muerte del cobarde
y la del héroe,
la muerte de los pobres
y los ricos,
del intruso,
la muerte del que habla de victoria
y del que piensa que ya está todo hecho.

Resulta insoportable el olor de los poetas
cuando mueren.

Nos mata el compromiso y la abstinencia,
también nos mata el cálculo y la bruma,
a veces las promesas.

Ni me encierro, ni cumplo, ni aseguro, voy con mi voz
rompiendo y desatando,
no me olvido
ni hago juramentos.
Subo al amor, desciendo, camino por la lágrima del mundo
y no busco refugio.

Haced brotar del corazón la sangre de la duda
y besaré vuestro labio, seré vuestro.
No me busquéis en el ruido ni en las armas, no me llaméis
al número ni al odio,
buscadme en las oscuras pendientes del silencio,
entre los largos colmillos de la sombra.

No tengo más ardor que esta fuerza que sube a la garganta.
Escucho vuestro canto,
lo aprendo,
lo multiplico,
lo hago girar,
coloco estrellas grises en vuestros melodiosos instrumentos.

Yo canto a vuestro lado y más
cuando estoy solo.
Se me olvida reír
pero lloro como una plañidera y como un loco,
lloro por la justicia muerta en los estantes,
lloro por la miseria
y doy mis manos,
llevaos el corazón también, y la cabeza,
llevaos unos versos o el presupuesto del mes para la pena.

En la tarima vamos trabajando infatigables,
cada cual es un cosmos para empezar la lucha
por la vida,
para dejar que el viento lleve el hedor a las estrellas,
-limpios así de la carroña
y altos de penumbra-

Somos un infinito alarido por la espera.

De "Encuentros" 1972 
(Accésit del Premio Adonais, 1972)







Igual, igual.

Como el insecto que ignora que lo es y se esfuerza por cumplir la tarea con su estirpe.

Como las puertas que no saben si fueron colocadas para entrar o salir. “Perded toda esperanza” “prohibido el paso”
o “entren sin llamar” y otras mentiras, pone siempre.

Como la tarde, ahíta de suspiros, que imita en el color a la mañana pero le es imposible reproducir su olor o su futuro.

Como el rompecabezas, todo temblor y miedo, que odia su última pieza cuando se le aproxima para dejarlo quieto e inservible.

Como la taza de café vacía, que llora con amargo recuerdo su aroma de suicida y el sabor de los labios.

No sé si así es la vida
pero el poema se parece mucho.

De "Todo es papel" 2002
Accésit del Premio Ciudad de Torrevieja, 2002 







Mercado de las ventas.

Nada como las bolsas de plástico y de mimbre
flotando a media altura en el mercado,
bajo las manos de mujeres fuertes,
sobre pequeños carros donde un mundo cabe,
siempre dejando ver algún tallo de acelga,
una barra de pan o unas cebollas.

Es este un circo de alma insospechada:
el alboroto del frutero,
el perfume a embutido, a papel de envolver,
y la risa del tonto
que ayuda con las cajas de verdura.
El carnicero está de buen humor.
¡La mujer del pescado es tan hermosa!

No hay color en el mundo
como el que tiene un puesto de frutas apiladas,
un color oloroso de piel acariciable y fresca.
¡Hay tanta gente aquí, tanto alboroto!
-¿Quién da la vez?- repite el eco,
mientras un universo multicolor, sin tregua,
sofocante,
desfila siempre igual, distinto siempre,
junto al escaparate de aceitunas.
Se vocea el pimiento con eróticos gritos
y cómplices sonrisas,
interrogan al ojo del besugo,
miran en el profundo corazón
de la lechuga,
se palpa la manzana.

Es este el paraíso reencontrado.
A las diez de la noche
ángeles de amoniaco lo dejarán a oscuras, en silencio.

Pero antes de que llegue la limpieza
tenaz y redentora,
aunque el suelo esté sucio y maloliente,
el aire es de limones, de laurel o canela,
de verde perejil, gamba roja, café,
queso manchego,
vida.
Siempre se ve un cangrejo fugitivo
que busca un niño al que asustar
y lo consigue.

De "Historia para tiempos raros"
(Premio Bahía 1994)







Nota VII- Algunos de los poetas se echaron a la calle...

Algunos de los poetas se echaron a la calle, invadieron los parques y engañaron con versos y con pan a las palomas.
Se establecieron silenciosos en todas las esquinas, allí donde se acaban los oficios diarios y la melancolía
se apodera de las manos, del dorso de la mano sobre todo, del perfil de la boca.
Era muy fácil confundirlos con el escaparate de una papelería «liquidación por cambio de negocio», con la vieja casa
siempre en obras, de la que huye el corazón en cuanto puede, convertido en un mueble desgastado, en un espejo
ya irrecuperable para risa de niña, o en un par de zapatos que olvidaron correr antes del tiempo de la muerte.
Pasaban desmayados por un resto de luz, por la veta del mármol, bajo la marquesina dibujada sobre la que se refugiaron,
hartas de engaño y tristes, las palomas.
Siguieron en la calle hasta que el nuevo día los convirtió en un cierre de persiana.

De "Historia para tiempos raros"
(Premio Bahía 1994)