jueves, 5 de abril de 2018

Poemas III. Concha García.

Confirmación.

Soy una larga espalda inclinada hacia el sur.
Que mi madre me dio leche, ya lo sé. Que me
hincó la uña con cierta parsimonia bajo los cojines
y edredones y su femenino amor tuvo que darme
osamenta y cutis. Gracias al fervor de las nubes
cultivó soliloquios. Y ella, sin destreza
me puso el ombligo entre las sienes: la epidermis
en las nalgas y el placer arquea mi perfil
hondo y altanero. Declino en sombra
proyectada, enorme, rasa. Único
desligue que hay en mí.




El bello secreto de la memoria.

Dispensa mis terraplenes. Ya no pueden
con el agua embarrizarse, han agrietado
su forma y entre algunas franjas
yerba seca asoma. Las lluvias
y los otoños no pueden penetrarme,
mi forma irregular se ha hecho compacta
y quien anda sobre mí, se cansa.




Empezar.

Todavía no he bebido lo suficiente.
No digo mucho, digo lo suficiente.
Así que ahórrate la otra vez
y próximas. Nunca dije: atada soy.
Ni me horroricé por un beso
en cualquier parte. Adoro
sólo lo adorable. Un día, u otro
siempre puede asomarse una
a la ventana y ver tejados.
Adoro los tejados y beber.
Bebo para la tirria, para
comprender. No te entiendo,
me levanto, está bien,
no me quedo.




Heladas por el presente.

Soy una mujer que se alejó del mar.
El pequeño fin, como dije.
Ponerse la toalla, el pequeño
trozo de pared, pon la mano
y échate sobre mí, un poco lejos,
el pecho es piedra. Sobre mí
deja la cal un rastro de tres dedos,
debió apretar más con el pulgar
que con el índice. Luego esa porquería
de libro y la camarera que nos trajo
la bandeja oxidada el amor
no cabe en fuente alguna tumbas
tierra adentro ondulaciones
de tierra raíces secas brotes
de ramas retorcida hiedra
tierra adentro la mano, la cal,
la bandeja, la camarera,
el mar.




Lejos de ti todo es moral.

Da igual que vivas en un primer piso
también cae sin deseo especial.
Lo sé todo de ti, pero no te siento.
Se dobló delante mío, como si no
estuviese, me indicó su presencia
con el lenguaje del que lo ha perdido todo.
Has traído mi vieja ropa no sé por qué
últimamente me falla la incoherencia.
Dejó el algodón en una silla. Se levantó
siendo otro hombre. Su gesto me dijo en clave
que ya no era necesaria. Quédate
con el deseo de los que ya no están
quizá crezca en ti la armonía de alguno.
Yo me voy, la tierra me ha tragado.
Te apresuraste encontrando el amor
entre los muertos. Da igual que estés
localizable. Cogió su jeringuilla con placidez.
Tú no lo viste, no viste cómo
la miraba atentamente ocultando su punta.
Digamos que mi origen es provinciano.
No veo por qué dar consejos
prefiero internarme entre los cortinajes.




Te lo ruego.

Me encontré tan menuda, tan
encogida, ovillada en eso
que la taquicardia auguró.
Doce o trece horas de amor desmedido
maldita sea hoy, cómo avanzaba
la sabandija entre mi letargo
haciéndome diminuta
el tiempo crecía. Me puso las manos
encima y me queda
ese temblor.