sábado, 23 de junio de 2018

El devoto del mal. Clark Ashton Smith (1893-1961)

La vieja casa de los Larcom era una mansión de tamaño y dignidad considerables, situada entre robles y cipreses, en la colina detrás del barrio chino de Auburn, en lo que una vez fue el barrio aristocrático del pueblo. En el momento en el que escribo, había estado deshabitada durante varios años y estaba comenzando a dar las señales de soledad y mal estado que las casas sin inquilinos pronto empiezan a mostrar. La casa tenía una historia trágica y se creía que tenía fantasmas. Yo nunca había conseguido informes de primera mano, o precisos, respecto a las manifestaciones espectrales que estaban asociadas con ella. El primer propietario, el juez Peter Larcom, había sido asesinado debajo del techo trasero en la década de los setenta por un cocinero chino loco; una de sus hijas se había vuelto loca; y otros dos de los miembros de su familia habían muerto accidentalmente. Ninguno de ellos había prosperado; su leyenda era una de penas y de desastres.

Algunos de los ocupantes posteriores, quienes habían comprado la casa del hijo superviviente de Peter Larcom, se habían marchado bajo circunstancias de inexplicable premura al cabo de unos meses, mudándose de una manera permanente a San Francisco. No regresaron, ni siquiera para la más breve de las visitas; y, más allá de pagar los impuestos, no prestaron atención alguna a la casa. Todo el mundo había llegado a pensar en ella como en una especie de ruina histórica, cuando llegó la noticia de que había sido vendida a Jean Averaud, de Nueva Orleans. Mi primer encuentro con el señor Averaud resultó extrañamente significativo al revelarme, como no lo hubieran hecho necesariamente años de trato, las peculiares inclinaciones de su mente. Por supuesto, ya estaba al corriente de algunos extraños rumores que corrían en torno a él; su personalidad era demasiado carismática; su llegada, demasiado misteriosa, para escapar a las usuales elucubraciones y cotilleos de los pueblos.

Me habían dicho que era muy rico, que era un solitario del tipo mas extravagante, que había hecho ciertos cambios muy raros en la estructura interna de la vieja casa; y, por último, aunque sin ser lo menos importante, que vivía con una hermosa mulata que nunca hablaba con nadie y de quien se creía era, además de su amante, su ama de llaves. El hombre, en concreto, me había sido descrito por algunos como un lunático raro pero inofensivo, y por otros como un verdadero Mefistófeles. Le había visto varias veces antes de nuestro encuentro inicial. Era un criollo delgado, de aspecto melancólico, con las marcas de su raza en su mejillas huecas y en sus ojos febriles. Me impresionó su aspecto de inteligencia, y la ardiente manera que tenía de fijar la mirada de un hombre que está dominado por una única idea que excluye todo lo demás. Algún alquimista medieval que se creyese a punto de alcanzar su objetivo después de muchos años de búsqueda incansable, podría haber tenido el aspecto que él tenía.

Un día, me encontraba en la biblioteca de Auburn cuando Averaud entró. Había cogido un periódico de una de las mesas, y estaba leyendo los detalles de algún crimen atroz..., el asesinato de una mujer junto a sus dos hijos pequeños por el padre y marido, quien había encerrado a sus víctimas en un armario ropero, después de empapar las prendas con gasolina. Había dejado el cordón del delantal de la mujer saliendo de la puerta cerrada y lo había prendido como si fuese una especie de mecha. Averaud se detuvo ante la mesa en que yo estaba leyendo. Levanté la vista y le vi leyendo los titulares del periódico que yo sostenía. Un momento más tarde, regresó, se sentó junto a mí y me dijo en voz baja:

—Lo que interesa en un crimen de esta clase es la sugerencia de una fuerza sobrehumana actuando detrás. ¿Podría algún hombre, por iniciativa propia, haber planeado y ejecutado algo tan demoniaco?
—No lo sé —repliqué, algo sorprendido ante la pregunta y por quién me la hacía—. Hay profundidades terroríficas en la naturaleza humana..., más terribles que las de la jungla.
—Estoy de acuerdo. Pero ¿cómo semejantes impulsos, desconocidos para los más brutales ancestros del hombre, pueden haberse implantado en su naturaleza, a no ser a través de una agencia ulterior?
—¿Cree usted, entonces, en la existencia de una fuerza o entidad del mal..., en un Satán o en un Ahrimán?
—Creo en el mal. ¿Como podría ser de otra manera, cuando veo sus manifestaciones por todas partes? Lo considero un poder que lo controla todo; pero no creo que sea un poder personal, en el sentido que nosotros entendemos la personalidad. ¿Un Satanás? No. Lo que yo imagino es una especie de vibración oscura, la radiación de un sol negro, un centro de épocas malignas..., una radiación que puede penetrar como cualquier otro rayo... y quizá más profundamente. Pero, probablemente, no me estoy explicando en absoluto.

Protesté diciendo que le entendía; pero, después de su explosión comunicativa, parecía extrañamente desinteresado en continuar con la conversación. Evidentemente, se había visto impulsado a dirigirse a mí; y, de una manera no menos evidente, lamentaba haberse expresado con tanta libertad. Se levantó, pero, antes de marcharse, me dijo:

—Soy Jean Averaud. Quizá usted haya oído hablar de mí. Usted es Philip Hastane, el novelista. He leído sus libros y los admiro. Venga usted a verme en algún momento... Puede que tengamos ciertos gustos e ideas en común.

La personalidad de Averaud, los conceptos que había expuesto, y el intenso interés y valor que había dado a estos conceptos, causaron una singular impresión en mi mente, y no pude olvidarle. Cuando, unos días más tarde, me lo encontré en la calle, y repitió su invitación con una cordialidad que era sincera y sin fingimientos, no pude por menos que aceptar. Estaba interesado, aunque no por completo atraído, por su extraña personalidad morbosa, e impulsado por un deseo de saber algo más concerniente a él. Parecía un misterio de un orden fuera de lo común..., un misterio con elementos de lo anormal y de lo sobrenatural. Los contornos de la vieja mansión Larcom estaban tal y como los recordaba, aunque no había tenido ocasión recientemente para pasar cerca de ellos. Eran una verdadera jungla de rosales, madroños, lilas y enredaderas bajo la sombra de los grandes cipreses y los sombríos robles perennes. Había un salvaje encanto, medio siniestro en su torno..., el encanto del deterioro y de la ruina. Nada se había hecho para arreglar los viejos jardines, y no había señales de reparaciones externas de la casa, donde la pintura blanca de años anteriores estaba siendo reemplazada lentamente por musgos y líquenes que florecían debajo de la eterna sombra de los árboles. Había señales de deterioro en el techo y en las columnas del porche de la entrada; y me pregunté por qué el propietario, que tenía fama de ser tan rico, no había realizado ya las necesarias restauraciones.

Levanté la aldaba con forma de gárgola y la dejé caer con un sonido metálico lúgubre y apagado. La casa permaneció en silencio; y yo estaba a punto de levantar la aldaba de nuevo, cuando la puerta se abrió lentamente y vi, por primera vez, a la mulata sobre la que me habían llegado tantos rumores del pueblo. La mujer era más exótica que hermosa, con finos ojos tristes y facciones de color de bronce de una irregularidad seminegroide. Su tipo era, sin embargo, verdaderamente perfecto, con las líneas curvadas de una lira y la gracia ágil de algún animal felino. Cuando pregunté por Jean Averaud, ella se limitó a sonreír y me hizo señales para que entrase. Supuse al instante que era muda. Esperando en la tenebrosa biblioteca, no pude resistir la tentación de mirar los libros con los que estaban abarrotadas las estanterías. Eran un tremendo revoltijo de volúmenes que trataban sobre antropología, religiones, demonología, ciencias modernas, historia, psicoanálisis y ética. Salpicados entre éstos, había algunas novelas y libros de poesía, la monografía de Breau sobre el maniqueísmo estaba flanqueada con Poe y Byron, y Las flores del mal empujaba a un reciente tratado de química. Averaud entró al cabo de unos minutos, disculpándose profusamente por su retraso. Me dijo que se había encontrado en medio de ciertos trabajos cuando yo había llegado; pero no especificó la naturaleza de los mismos. Parecía todavía más animado y con la mirada más ardiente que la última vez que le había visto. Estaba claramente alegre de verme y deseoso de hablar.

—Has estado mirando mis libros —comentó inmediatamente—, aunque puede que no lo pienses así a primera vista, a causa de su aparente diversidad. Lo he seleccionado con un único objetivo: el estudio del mal en todos los aspectos antiguo, medieval y moderno. Lo he estudiado en todas las religiones y en todas la demonologías de todos los pueblos; y, lo que es más, en la propia historia de la humanidad. Lo he encontrado en la inspiración de los poetas y de los novelistas que han tratado con los impulsos más oscuros del hombre, sus emociones y sus actos. Tus novelas me han interesado por este motivo: eres consciente de las fuertes influencias que nos rodean y que, tan a menudo, nos influyen o nos dominan He seguido la actuación de estos agentes, incluso en las reacciones químicas, en el crecimiento y en la decadencia de los árboles, flores y minerales. Siento que los procesos de descomposición, así como procesos mentales y morales análogos, son debidos por completo a éstos. En resumen, he postulado una maldad monística que es la única fuente de toda la muerte, el deterioro, el dolor, la pena, la locura y la enfermedad. Este mal, tan débilmente opuesto por las fuerzas del bien, me fascina sobre todas las cosas. Desde hace mucho tiempo, la obra de mi vida ha sido determinar su verdadera naturaleza, y retroceder hasta su fuente. Estoy seguro de que en algún lugar del espacio está un centro desde el que emana todo el mal.

Hablaba con un aire de salvaje emoción, de intensidad morbosa como de loco. Su obsesión me convenció de que estaba más o menos desequilibrado; pero había una lógica blasfema en el desarrollo de sus ideas; y no podía por menos que reconocer una cierta desordenada brillantez y profundidad intelectual. Sin esperar mi respuesta, continuó con su monologo:

—He descubierto que ciertos lugares y edificios, ciertos arreglos de objetos naturales o artificiales, son más favorables para la recepción de influencias maléficas que otros. Las leyes que determinan el grado de receptividad aún me resultan oscuras; pero al menos he verificado el propio hecho en cuestión. Como tú sabes, hay casas y vecindarios que son famosos por una sucesión de crímenes y desgracias; y además hay objetos, como ciertas joyas, cuya posesión viene acompañada del desastre. Tales lugares y objetos son receptáculos del mal... Mantengo, sin embargo, una teoría: que hay siempre un grado, mayor o menor, de interferencia con la corriente de fuerza maligna; y que la maldad, pura y absoluta, está aún por manifestarse. Mediante el uso de un determinado artilugio que pudiese crear un campo adecuado o formar una estación receptora, debería ser posible invocar esta maldad absoluta. Bajo condiciones semejantes, estoy seguro de que la vibración oscura podría volverse visible y tangible, comparable a la luz o a la electricidad —me lanzó una mirada que resultaba desconcertantemente exigente. Entonces añadió:

—Debo confesar que adquirí esta vieja mansión principalmente por su siniestra historia. El lugar parece ser inusualmente susceptible a las influencias a las cuales me refiero. Estoy ahora trabajando en un aparato por medio del cual tengo la esperanza de que, cuando esté terminado, haré manifestarse en su esencial pureza las radiaciones de la fuerza maligna.

En ese momento, la mulata entró y atravesó el cuarto ocupada en alguna tarea doméstica. Pensé que lanzaba a Averaud una mirada llena de cariño maternal, vigilancia y ansiedad. Él, por su parte, apenas parecía darse cuenta de su presencia, tan concentrado estaba en sus extrañas ideas y en el extraño proyecto en que se había embarcado. Sin embargo, cuando ella se hubo marchado, comentó:

—Ella es Fifine, el único ser humano que realmente está unido a mí. Es muda, pero muy inteligente y cariñosa. Todos mis parientes, una vieja familia de Louisiana, hace tiempo que han muerto..., y mi esposa está doblemente muerta para mí —un oscuro espasmo de dolor contrajo sus facciones y desapareció. Continuó con su monólogo; y en ningún momento futuro volvió a referirse a la historia, presumiblemente trágica, a la que había hecho alusión; una historia en la que sospecho estaba enterrada la semilla de la extraña perversión, mental y moral, que iría manifestando cada vez más.

Me marché, después de prometer retornar para otra charla. Por supuesto, consideré a Averaud un loco; pero su locura era de una variedad de lo más raro y pintoresco. Parecía significativo que me hubiese elegido como confidente. Todos los demás que le conocieron le encontraron taciturno y poco comunicativo en un grado extremo. Supongo que sentía la necesidad humana ordinaria de desahogarse con alguien; y me seleccionó a mí como la única persona en el vecindario que podría mostrarse potencialmente comprensiva. Le vi varias veces durante el mes siguiente. Era en verdad un auténtico caso clínico en psicología; y le di ánimos para que hablase sin reservas, aunque tales ánimos apenas resultaban necesarios. Me contó muchas cosas, una extraña mezcla de lo científico y lo místico. Educadamente, le di la razón a todo lo que decía, pero me aventuré a llamarle la atención sobre los posibles peligros de su experimento en la invocación, si éste se viese coronado con el éxito. A lo que replicó, con la fe de un alquimista o de un devoto religioso, que no importaba, que estaba preparado para aceptar cualquiera de las posibles consecuencias, o todas las que hubiese. En más de una ocasión, me dio a entender que sus experimentos estaban progresando favorablemente. Y, un día, me dijo abruptamente:

—Si te apetece verlo, te mostraré mi mecanismo.

Contesté que estaba ansioso de verlo, y me condujo a un cuarto al que no me había admitido hasta aquel momento. La habitación era grande, de forma triangular, y decorada con cortinajes de un apagado tejido la negro. No tenía ventanas. Claramente, la estructura interna de la casa había sido alterada al construirla; y las extrañas historias del pueblo, comenzando por los carpinteros que habían sido contratados para hacer la obra, estaban ahora aclaradas. Exactamente en el centro del cuarto, se levantaba, sobre un trípode bajo de bronce, el aparato al que Averaud se había referido tan a menudo. El artilugio era de aspecto fantástico y tenía la apariencia de un nuevo, y muy complicado, instrumento musical. Recuerdo que había muchos alambres de anchura variable, estirados sobre una serie de tableros cóncavos de un metal oscuro y sin brillo; y, por encima de éstos, colgaban, desde tres barras horizontales, cierto número de gongos, cuadrados y triangulares. Cada uno de éstos parecía estar hecho con un material diferente; algunos eran tan brillantes como el oro, otros eran negros y opacos como el carbón. Un pequeño instrumento con forma de martillo colgaba enfrente de cada gongo sujeto por un alambre de plata.

Averaud procedió a desarrollar la base científica de su mecanismo. Las propiedades vibracionales de los gongos estaban diseñadas para neutralizar, según dijo, con el tono de sus sonidos, todas las otras radiaciones cósmicas que no fuesen las del mal. Desarrolló bastante su extravagante teorema, de una manera extrañamente lúcida. Terminó su perorata:

—Necesito otro gongo para terminar mi mecanismo, y éste espero inventarlo muy pronto. El cuarto triangular, forrado de negro y sin ventanas, constituye el entorno ideal para mi experimento. Aparte de este cuarto, no me he atrevido a hacer ningún otro cambio en la casa ni en sus jardines, por miedo de hacer peligrar algún elemento propicio o algún arreglo de objetos.

Consideré, más que nunca, que se trataba de un demente. Y, pese a haber manifestado en múltiples ocasiones aborrecer la maldad que planeaba invocar, noté una especie de fanatismo inverso en su postura, que en alguna época menos científica le habría convertido en un adorador del diablo, un participante en las abominaciones de la misa negra; o se habría entregado al estudio, y a la práctica, de la hechicería. Era un alma religiosa que había fracasado a la hora de encontrar el bien en el esquema de las cosas; y, a falta de éste, se había visto obligado a tomar el mal como un objeto de secreta reverencia.

—Me temo que piensas que soy un desequilibrado —comentó con un fogonazo de repentina clarividencia—. ¿Te gustaría ver un experimento? Aunque mi invento no esté acabado, puede que te convenza de que mi idea no es por completo la fantasía de una mente desequilibrada.

Yo accedí. Apagó las luces del cuarto oscuro. Entonces, se dirigió a una esquina de la pared y apretó un mecanismo o un interruptor oculto. Los alambres de los que estaban colgados los pequeños martillos comenzaron a oscilar, hasta que cada uno de los martillos tocó ligeramente el gongo que le acompañaba. El sonido que produjeron resultaba disonante e inquietante en grado sumo..., una percusión diabólica completamente distinta a nada que yo hubiese escuchado hasta aquel momento, y que resultaba exquisitamente dolorosa para los nervios. Me sentí como si un torrente de cristal, finamente machacado, estuviese siendo vertido por mis oídos. El golpear de los martillos se volvió más rápido y más fuerte; pero, para mi sorpresa, no hubo un incremento correspondiente en el volumen del sonido. Por el contrario, el clamor se fue apagando lentamente, hasta que fue un tono sumergido que parecía emanar de una inmensa profundidad o distancia..., un tono sumergido lleno de inquietud y de tormento, como el llanto de un lejano viento del infierno, o el murmullo de fuegos demoniacos en las costas de un hielo eterno.

Dijo Averaud a mi costado:
—Hasta cierto punto, las notas combinadas de los gongos quedan fuera del campo auditivo humano en su tono. Con la audición de la campana final, incluso menos sonido resultará audible. Cuando estaba intentando digerir esta difícil idea, noté una disminución parcial de la luz encima de los trípodes y de sus extraños aparatos. Un rayo vertical de débil sombra, rodeado de una penumbra aún más débil, se estaba formando en el aire. El propio trípode, y los cables, los gongos y los martillos, estaban ahora un poco desdibujados, como vistos por un oscuro velo. El rayo central y la penumbra parecieron ensancharse; y, bajando la vista al suelo, donde la otra penumbra, ajustándose a las siluetas del cuarto, se arrastraba hasta las paredes, vi cómo Averaud y yo estábamos ahora dentro de su fantasmal triángulo.

Al mismo tiempo, sentí una tristeza insoportable, junto con una multiplicidad de sensaciones que desesperaban a la hora de transmitir por medio del lenguaje. Mi propio sentido del espacio se vio deformado y distorsionado, como si alguna dimensión desconocida se hubiese visto mezclada con la que nos es familiar a nosotros. Había una sensación de terrible caída sin fondo, como si el suelo se estuviese hundiendo por debajo de mí en un foso exterior; y me pareció ir más allá del cuarto en un torrente de revueltas imágenes alucinógenas, visibles pero invisibles, sentidas pero intangibles, y más terribles y más malditas que aquel huracán de almas réprobas que Dante contemplara. Abajo, abajo, me parecía dirigirme, en un infierno sin fondo y fantasmal que estaba infringiendo la realidad. La muerte, la decadencia, la maldad y la locura se amontonaron en el aire y me acosaron como íncubos satánicos en el éxtasis del horror de aquella caída. Sentí que había un millar de formas, un millar de rostros en mi torno, llamándome a las simas de perdición. Y, sin embargo, no vi nada que no fuese el rostro blanco de Averaud, marcado con un gozo congelado y abominable mientras se colocaba a mi lado.

Como un soñador que se obliga a despertar, empezó a alejarse de mí, me pareció perderle de vista durante un momento en la niebla de horrores sin nombre que amenazaban con adquirir el horror adicional de la sustancia. Entonces me di cuenta de que Averaud había apagado el interruptor, y los martillos oscilantes habían dejado de golpear aquellos gongos infernales. El doble rayo de sombra se desvaneció en mitad del aire, la carga del terror y de la desesperación se levantó de mis nervios, y ya no sentí esa maldita alucinación de la caída y del espacio exterior.

—¡Dios mío! —grité—. ¿Qué fue eso?

La mirada de Averaud estuvo llena de una repugnante exaltación en el triunfo cuando se volvió hacia mi.

—Entonces, ¿lo viste y lo sentiste? —preguntó—, ¿esa vaga e imperfecta manifestación del mal perfecto que existe en algún lugar del cosmos? Aún habré de llamarla completa, y conocer los negros e infinitos placeres inversos que acompañan a su epifanía.

Me aparté de él con un temblor involuntario. Todas las cosas repugnantes que se habían abalanzado sobre mí bajo el golpeteo cacofónico de aquellos malditos gongos volvieron a acercarse durante un instante; y miré, con un vértigo lleno de miedo, en infiernos de perversidad y de corrupción. Vi un alma invertida, desesperada de alcanzar el bien, que ansiaba los gozos terribles de la perdición. Ya no le consideré simplemente como un loco; porque sabia qué era lo que buscaba y qué podía obtener, y recordé, con un nuevo sentido, aquel verso de un poema de Baudelaire... “El infierno en el que mi corazón se deleita”.

Averaud no se daba cuenta de mi asco, sumido en su rapsodia tenebrosa. Cuando me di la vuelta para marcharme, incapaz de soportar por más tiempo la blasfema atmósfera de aquel lugar, y la sensación de extraña depravación que emanaba de su propietario, me pidió que volviese tan pronto como fuese posible.

—Creo —dijo exultante— que todo estará listo en breve. Quiero que te encuentres presente durante la hora de mi triunfo.

No sé qué le dije, ni qué excusas empleé para alejarme de él. Ansiaba asegurarme de que un mundo de sol sin sombras y de aire limpio podía aún subsistir. Yo me marché, pero una sombra me siguió; y rostros execrables se burlaban o hacían muecas desde el follaje mientras abandonaba los jardines sombreados por cipreses. Durante los días que siguieron, me encontré en un estado rayano con la alteración neurótica. Nadie podía haberse aproximado tanto como yo lo hice al efluvio primordial del mal, y alejarse sin cicatrices. Apestosas telarañas de sombras envolvieron mis pensamientos, y presencias de miedos sin rasgos, de horror sin forma, se agazapaban en las oscuras esquinas de mi mente, pero nunca se manifestaban por completo. Una sima sin fondo, tan insondable como el Malebolge, parecía abrirse por debajo de mí en todos los lugares adonde iba. A pesar de todo, mi razón volvió a imponerse, y me pregunté si mis sensaciones en el negro cuarto triangular no habían sido por completo un producto de la sugestión o de la autohipnosis. Me pregunté a mí mismo si resultaba creíble que una fuerza cósmica, de la clase que Averaud postulaba, pudiera realmente existir; o, suponiendo que existiese, pudiese ser invocada por cualquier hombre mediante la absurda intermediación de un instrumento musical. Los terrores nerviosos de mi experiencia se desvanecieron un poco en mi recuerdo; y, aunque aún permanecía una molesta incertidumbre, me aseguré a mí mismo que todo lo que había experimentado era puramente subjetivo en su origen. Incluso entonces, fue con una suprema desgana, con un retroceso interior que sólo pudo ser vencido mediante una firme decisión, que me decidí a visitar de nuevo a Averaud.

Durante un periodo aún más largo de lo normal, nadie contestó a mi aldabonazo. Entonces, sonaron pasos apresurados, y la puerta fue abierta violentamente por Fifine. Supe inmediatamente que algo andaba mal, porque su rostro tenía una expresión de temor y ansiedad sobrenaturales, con los ojos desorbitados, y los blancos visibles sin expresión, como si hubiese contemplado cosas horribles. Ella intentó hablar, e hizo ese repugnante sonido inarticulado del que el mudo es capaz en ciertas ocasiones, mientras tiraba de mi manga y me conducía a lo largo del tenebroso pasillo hacia el cuarto triangular. La puerta estaba abierta; y, mientras me acercaba, escuché un murmullo bajo disonante y enmarañado que reconocí como el sonido de los gongs. Era como el sonido de todas las voces de un infierno congelado, emitidas por labios que estuviesen congelándose lentamente hacia la tortura definitiva del silencio. Se hundió y se hundió hasta que parecía que estaba surgiendo desde los fosos por debajo de la nada.

Fifine retrocedió en el umbral, implorándome con una mirada patética que la precediese. Las luces estaban todas encendidas; y Averaud, ataviado con un raro atuendo medieval, consistente en una túnica negra y un gorro como los que Fausto podía haber tenido puestos, estaba de pie junto al mecanismo percusivo. Los martillos estaban todos repicando con rapidez frenética; y el sonido se volvió todavía más bajo y más frenético mientras me acercaba. Averaud no pareció verme: sus ojos, anormalmente dilatados, y ardiendo con un brillo infernal como de alguien poseído, estaban fijos en algo en mitad del aire. De nuevo con toda su asquerosidad capaz de congelar el alma, la sensación de eterna caída, una miríada de horrores que caían como arpías, mientras yo miraba me daba cuenta de qué era lo que veía. Más ancha y más fuerte que antes, una doble columna de sombras triangulares se había materializado y se estaba volviendo cada vez más concreta. Se hinchaba, crecía envolviendo el aparato del gongo y alzándose hasta el techo. La columna interior se volvió tan sólida y opaca como el ébano; y el rostro de Averaud, que estaba de pie en el interior de su sombra tenebrosa, se volvió borroso, como visto por una película de agua estigia. Debí volverme completamente loco durante un rato. Tan sólo recuerdo un hirviente delirio de cosas demasiado terribles como para ser soportadas por una mente cuerda, que habitaban aquel infinito abismo de ilusiones infernales en el que me hundí con la terrible precipitación de los réprobos. Había una enfermedad inexpresable, un vértigo de irredimible descenso, un pandemónium de siniestros fantasmas que retrocedían y se inclinaban en torno a la columna de maligna fuerza omnipotente que lo presidía todo. Averaud era tan sólo otro fantasma mas en medio de este delirio, cuando, con sus brazos estirados en una perversa adoración, avanzó hacia la columna interior y penetró en ella hasta quedar oculto a la vista. Y Fifine fue otro fantasma cuando corrió a mi lado en la pared y apagó el interruptor que accionaba aquellos martillos demoniacos.

Como alguien que sale de un mareo, vi desvanecerse el pilar doble hasta que la luz ya no estuvo manchada con la corrupción de aquella radiación satánica. Y, en el lugar en que había estado, Averaud se hallaba de pie junto al instrumento que había diseñado. Estaba erguido y rígido, en una extraña inmovilidad; y sentí un terror incrédulo, un pasmo helado, mientras avanzaba y le tocaba con mano temblorosa. Porque aquello que yo había tocado ya no era un ser humano, sino una estatua de ébano, cuya cara, frente y dedos eran tan negros como el atavío, propio de Fausto, o las oscuras cortinas. Carbonizados por un fuego negro, o congelados por un negro cierzo, las rasgos tenían el éxtasis y el dolor eterno de Lucifer en su definitivo infierno de hielo. Durante un instante, el mal supremo que Averaud había adorado tan locamente, que había invocado desde las profundidades de un espacio incalculable, se había unido con él mismo; y, al abandonarle, le había dejado petrificado en una imagen de su propia esencia. La forma que yo toqué era más dura que el mármol; y supe que perduraría para siempre como testimonio del poder de la medusa que son la muerte, la corrupción y las tinieblas.

Fifine se había arrojado a los pies de la imagen y abrazaba sus insensibles rodillas. Con sus terribles lamentos de muda en mis oídos, partí por última vez de aquella habitación y de aquella casa. Vanamente, a lo largo de meses de delirio y años de locura, he intentado alejar de mí la intangible obsesión de mis recuerdos. Pero hay un fatal atontamiento en mi cerebro, porque yo también he sido quemado y carbonizado un poco en aquel momento de abrumadora proximidad al rayo oscuro que vino del abismo más allá del universo. En mi mente, al igual que sobre la negra estatua que fuera Jean Averaud, la marca de una cosa, terrible y prohibida, ha sido impresa como un sello perdurable.