domingo, 24 de junio de 2018

Poemas II. Juan Gil-Albert (1904-1994)

La primera tentación de la serpiente

En el tiempo en que el hombre estuvo solo,
en la paradisíaca complacencia
de lo creado, errante por los bosques
de las primeras sombras tentadoras

al descanso, cuando el sol y la luna
parecían venir y suspenderse
para mirar atónitos la gracia
originaria, el don de la sonrisa

en este solitario favorito
de la divinidad, un gran trastorno
turbó sus naturales inocencias
porque la sierpe atenta le espiaba

sus paseos dichosos. No le tuvo
que hacer llegar al claro son del agua
para rendirlo allí a aquel sobresalto
de su desnudo cuerpo. El hombre mismo

lo iba presintiendo lentamente
en un extraño triunfo deleitoso
subiéndole a los labios el aroma
de una oscura arrogancia. El se veía

contemplado en los ojos infinitos
de Dios, con tales muestras de ternura
surcadas por las ondas amorosas
de la benevolencia, que en su hondo

corazón, recién hecho para el juego
demoníaco, oyó que unos murmullos
iniciaban los pálidos temblores
de la inquieta soberbia. Los prodigios

le rodeaban, valles y montañas,
los mugidos pasmosos, los olores,
la virtud transparente de los aires,
el agua que deslumbra y los astros

musicales; a todo prefería
Dios al mirarlo el soplo de su cuerpo,
ese cuerpo que el hombre adivinaba
tan leve y soberano entre las cosas.

Tocaba su nacida primavera,
el puro despertar de los sentidos,
la latente llamada de su pecho,
la fresca frente en medio de las crines

o plumas negras suaves a sus manos.
Y cayó enamorado de sí mismo,
en una gran torpeza venturosa
medio triste y contento en ese instinto

precursor de su raza. Iba solo
por las recientes sombras de la tierra,
para escuchar el crespo torbellino
de su sangre; la sierpe proyectaba

su doble imagen, y la idolatría
adolescente puso sus cimientos
en esa soledad reveladora
de la belleza. Dios quiso salvarle

de esa gran tentación, y entre las hojas
de un arbusto florido abrió la vida
de la mujer, que apenas despertada
vio al hombre ante sus ojos indefensos

y lo halló ya tan lleno del misterio
de existir que, inclinada libremente,
sintió hacia él su dulce dependencia.
La pupila de Dios volvió al reposo

de sus mejores días tras el goce
del sueño realizado, mas no pudo
borrar de algunos hijos de los hombres
aquella inclinación estremecida

que sellaba una herencia, y en los brazos
de estos ensimismados pecadores
mécese la ilusión de aquel amante
igual a nuestro rostro en el espejo.








La rosa.

La imagen del amor como una rosa
abre sus encendidas ilusiones
y sobre el tallo esbelto resplandece
su oscura primavera deseada;
el naciente reflejo de su sombra
nubla el claro contorno de la vida
y nos absorbe su letal aliento
cual la luz la cautiva mariposa.
Alas llevo rondando el escondido
deseo de mi amor, ansiosas alas
me sirven como un velo trasparente
ante el divino rostro que enamora,
y en la locura de ese vuelo incauto,
quemándome las alas cual se ajan
las dulces vestiduras de mis sueños,
¿me acerco al ser extraño que está abriendo
sus abismadas aguas de belleza,
o cada vez más cerca de su vida
me alejo del misterio deseado?
¡Inútil desazón, vuelo perdido
que nunca detendrá sus angustiosas
alas negras de amor ante esa llama
del fuego primitivo que despierta
como una rosa el pasmo de los hombres!
Cual un pájaro ciego yo te canto,
porque eres mi sombría rosa amada,
y cuando está anegado de tristeza
mi corazón renueva sus canciones.

De "Las iusiones"








La siesta.

Si alguien me preguntara cuando un día
llegue al confín secreto : ¿qué es la tierra?
diría que un lugar en que hace frío
en el que el fuerte oprime, el débil llora,
y en el que como sombra, la injusticia,
va con su capa abierta recogiendo
el óbolo del rico y la tragedia
del desahuciado : un sitio abrupto.
Pero también diría que otras veces,
en claras situaciones alternantes,
cuando llega el estío y los países
parecen dispensar la somnolencia
de un no saber por qué se está cansado,
mientras vibra en lo alto, alucinante,
un cielo azul, los frutos se suceden
sobre las mesas blancas, y entornados
los ventanales, frescos de penumbra,
buscamos un rincón donde rendirnos
al dulce peso, entonces sí, diría
que la tierra es un bien irremplazable,
un fluido feliz, un toque absorto.
Como una tentación sin precedentes
hecha a la vez de ardor y de renuncia.
Una inmersión gustosa, un filtro lento.









Las dispensadoras del sueño.

                                                                             A Elisabeth van der Schulemburg

¡Extraña floración donde las noches
depositan su lúgubre simiente!
La luz del día encuentra vuestros rostros,
doblados en patética ternura,
sobre la misteriosa urnilla verde
en que yace dormida la honda esencia.
Allí diseminadas por los campos,
celadoras de indescifrable culto,
aspiráis el aliento vaporoso
de ese ser que subyuga, y abrazadas
cual ebrias a una sombra irresistible
os rendís a su dulce maleficio
con la sedosa púrpura teñidas
del primer sueño. Lejos os ignoran
las rosas del jardín, bajo los tilos,
junto a claros estanques extasiadas,
cuando la errante yedra les transporta
más que el amor, el polen que desprende
el gran extenuado en vuestros brazos.
¡Qué ligereza tiende por los aires
su extraño peso! Vedlos acallados,
los pájaros en torvas mansedumbres,
débiles en las ramas, como pulsos
de la vencida selva; y aun los hombres
en sus dichosos entretenimientos
caen rendidos al suave toque oscuro
de sumisión. Olvídase el avaro
de su tesoro, y déjalo perdido
por aquel que es más fuerte que sus ansias;
siente el enfermo que una mano tibia
ahuyenta, cual la pluma, de sus sienes
la amarga realidad, y hasta el amante
deja a su lado, ciego, a la que adora,
porque alguien más potente le ha besado
los fatigados ojos. El sol mismo,
¿no descansa su párpado un momento,
entornado en las lindes de la tierra?
Sólo las aguas suenan por las noches,
rebeldes al fatídico reposo,
huidizas del sueño que las tienta
con ese frenesí de lo imposible.

De "Las iusiones"








Las lágrimas.

                                                                    Las lágrimas son el vino de los ángeles.
                                                                                                                         San Bernardo

Un día el hombre vio llorar al ángel.
Algo había pasado en los espacios,
algo muy tierno o algo muy terrible,
y el hombre contemplaba conmovido
la alada criatura en su congoja.
Vio en su rostro encendido por la gracia
una expresión tan honda, vio en sus rasgos
abrirse tales muestras de tristezas
y pasar por su frente tales nubes
de inmensos infortunios, que prendado
quedóse allí mirando la nobleza
de aquel dolor. El ángel suspiraba
cual si en sí mismo un mundo más potente
diera un extraño impulso a su amplio pecho.
Llevábase las manos tan hermosas
a su faz dolorida, y el trastorno
daba a su cabellera un indolente
sabor de adversidad. Cuando en sus ojos
comenzaron con lívidos fulgores
a cuajarse unas aguas con destellos
de sobrenaturales inclemencias,
el hombre se sintió sobrecogido
y allá en su corazón algo ignorado
fluyó a su vez; caían sobre el ángel
unas lágrimas densas, arrastrando
no se sabe qué peso delicioso,
y cada vez que abría sus pupilas
hacia el vaso horizonte le manaba
aquel triste caudal. ¡Ay!, dijo el hombre,
¿qué goce extraño es ése o desvarío
que siento remontar en mis entrañas,
qué turbadora imagen comunica
a mi ser un dolor irresistible?
Y cuando con dulzura abandonado
lloró también gimiendo amargamente,
una sal en los labios le vertían
las luces de sus ojos.








Las mentiras.

                                         Tema para una canción

No puedo sino amaros
estrujando vuestras veleidosas acechanzas
sobre mi pecho estremecido,
porque ¿de qué otra cosa podría vivir?

Recordar la vida pasada
es como regar el huerto de vuestras sombras,
y suspirar por algo desaparecido
es levantar las ciegas estatuas de un jardín.

El desvarío es grande
e insensata la índole de mis sentimientos,
mas cuando un hechizo obra sobre un corazón,
¿quién puede disiparle esa áspera pena?

Verdad, verdad deseada,
en los labios engañosos del mundo
paréceme escuchar como posible
el eco de tu clemencia.







Las violetas.

                                        A la memoria del poeta romántico
                                         Enrique Gil, que cantó a la violeta.

Una leche nocturna os amamanta
en el triste regazo de los sueños;
la oscura palidez tiñe las hojas
de vuestros leves brazos somnolientos
y al fin, en la espesura humedecida,
queda el intenso beso de la noche,
su mortal arrebol allí dejando
la tardía belleza; ya la aurora,
rosa y apenas verde como todo
lo que se inicia, extiende su mirada
sobre el mundo, que lleno de rocío
simula un despertar; sólo vosotras,
ajenas al placer de la mañana,
conserváis ese lívido trastorno
de la noche perdida, y allí envueltas
en vuestra huraña y misteriosa sombra,
cual si, morado pájaro en la tierra,
más que savia, un latido os levantara
del sopor vegetal; porque entretanto,
la noche, el fresco viento o el poeta
os dejaron el cárdeno suspiro
del gran enamorado que no vuelve.

De "Las iusiones"








Los idólatras.

Cada cual a través de las tinieblas
ansia de luz advierte en las entrañas;
cada cual va buscando con anhelo
un confín que recuerda desde niño, niño
una aquietada llama. ¡Y para cuántos
esa luz es abismo en que naufraga
su dulce y loca libertad transida!
En los bosques la espada de los cielos
no disipa las sombras, las enciende
de misteriosos halos que se ocultan
entre las altas formas del silencio.
Todo palpita oscuro, y aquel rayo
torna más insaciable la existencia.
Hay unos hombres tristes de extravío
que adoran las estatuas, cual entonces,
cuando entre el mirto agreste aparecía
un blanco mármol de dormida testa
soñando indiferente su hermosura.
Entre las multitudes las descubren,
entre el vasto oleaje que devora
y hace brillar el sol de las ciudades,
señalan las infaustas criaturas
en cuyos rostros ábrese el abismo
del que nadie retorna. Hay en sus cuerpos
un claro resplandor de tentaciones,
un esbelto misterio trastornado,
una azulosa llama con que alumbran
el sediento vacío: las estatuas
son del Amor. Prisiones encendidas.
Los idólatras, cual una garra, sienten
su tierno corazón sobrecogido
y en sus ávidas almas se entroniza
como un furor la imagen engañosa.
Siervos de falsa aurora, no conocen
ni placer ni reposo; esperan siempre,
ante el ídolo amado, que se abran
las desiertas regiones de sus ojos
y en el helado pecho van buscando
la imposible palabra. Las coronas
que dejan extasiados en sus sienes
apenas si un momento vivifican
el lúgubre esplendor y ajadas cuelgan
su insaciable tortura, cual la muerte
deja amarillo el rastro de las horas.
Un inútil desgarro les advierte
la sombría emboscada y nada saben,
divinos ciegos, de la luz que anhelan.

De "Las ilusiones"







Los muchachos.

                                                                     Homenaje a Porfirio Barba-Jacob

Me veo precisado a repetirlo
una vez más: mis solos compañeros
de ruta y lecho: jóvenes que fuisteis
mi tentación más firme y el encanto
de mi flaqueza. Debo repetirlo
por última verdad: os amé a todos
cual si fuerais el mismo y el distinto
que cada vez mostrábase a la vista
como un primaveral brotar de nuevo:
fuisteis David, Tobeyo, Albano, Cinthio,
y aquél que no durmió nunca en mis brazos
pero supo decirme como nadie
que me quería. Espectros redentores
de mi corporeidad, númenes vivos
de mi pasión, tormentas fugitivas
de mi buen tiempo. Chicos azarosos
que con vuestras muchachas e inquietudes
cumplíais vuestro sino dando el pecho
a toda adversidad y pregonando
la frágil dicha, el sueño interrumpido,
lo duro que es vivir aun siendo joven
y la mucha energía que se gasta
en tratos baladíes. Pero entonces,
como quien oye a Dios o algún maestro
que suele aparentar su misma calma,
veníais a buscar en mi clemencia
el resplandor difuso de mi sombra
rodeada de sol como un gran árbol
que nos acoge en sí y que nos preserva
de no sabemos qué, muchachos míos,
de no sabemos qué. ¡Qué más quisiera
que haberos preservado eternamente
de vuestra soledad originaria,
de vuestro desconcierto! Nunca pude
sino disimular mi limitada
zona de luz, lo poco que tenía,
para que sustentáramos unidos
esta gravitación de la existencia.
Pero os he sido fiel y eso me salva.
Estaban bien dispuestos los altares
en los que colocaba cada noche
vuestra imagen triunfal con su avecilla
de temblorosa luz. y aun cuando a veces
la soledad rociaba con ausencias
mi corazón, presagios eran siempre
de una nueva deidad que se avecina,
y pronto dibujábase en la mente
un inédito rostro que aportaba
con el sueño pasado la extrañeza
de un nuevo amanecer: constancias mías
de la cambiante forma que me disteis.
Así quiero que conste en mis palabras
lo que es verdad y nadie desvaríe
cuando quiere emplear la suficiencia
y hablar de lo que ignora. Sólo sabe
quién es quien se hace dueño de sí mismo.
Yo soy quien os amó. Vosotros fuisteis
los órganos florales de mi suerte.
y ahora que ya no estoy sobre la tierra
y que en hombres vosotros convertidos
añoráis algún día la fragancia
de lo que se extinguió, sabedme siempre, I
dispuesto a recrear no importa dónde, !
no importa con qué nuevo compañero,
la evanescente forma prohibida,
este inútil contacto perdurable
que fue mi meta.







Refinamiento del campo.

Las piedras colocadas sobre piedras
y encima de ese muro primitivo
algún olivo blanco.
No sé por qué será que ciertas cosas
que apenas dicen nada,
que bien analizadas no son cosas
dignas de nada,
causan sobre mi ánimo un influjo
de inextinguible paz.
Se diría que siento mis raíces
dentro de esos contornos depurados
que no son nada,
dentro de esa vejez
de una humildad tan firme
cual si una incitación muy familiar
me retuviera allí.
Algo como una voz que me dijera
de dentro de mí mismo :
esta fe encantadora
es la pobreza.







Sobre unos lirios.

(Apuntes)

I
Mancebos como príncipes,
os habéis alejado del jardín
y crecéis en mi alma,
en algún oculto declive.

Morados y blancos, malvas y amarillos
son los colores de vuestras vestiduras,
y espolvoreados de plata
desafiais al tiempo.

Cuando sopla la brisa
de mi corazón enamorado,
sonreís lentamente
como si recordarais.

II
Os llevaba conmigo,
como un manojo de príncipes
que rodean al maestro
en el ejercicio de la mañana.

Luego engalanabais
mi mísera vivienda,
pero vuestros verdes espadines
me recordaban nuestra distancia.

III
Os amo,
flores lejanas,
jóvenes reyes
del monte misterioso.

Comprendo que hayáis huido
del jardín y su gente;
nada atrae allí
a vuestra altiva sencillez.

Entre estas cuatro paredes,
¿os resultaré un triste inoportuno?
Y sin embargo vuestro dulce aroma
me llega como la respiración de un amigo.

IV
Desde muchos años,
nadie había sabido acompañarme
con esta gentileza
que me cautiva.

Cautivadores sois,
inexpresables,
y vuestra presencia ha sido en estos días
como el sueño de mi juventud.

Cuando la pálida púrpura
del capullo se aje,
¿qué imagen entristecedora
os llevaréis de mí?

V
Os puse junto al recuerdo
de una jovencilla desaparecida,
porque me gusta rodearme
de seres que no dañan al amor.

Quizás entre ella y vosotros
hay un diálogo inefable
que yo nunca entendería,
porque soy un hombre.

De "Las iusiones"