martes, 3 de julio de 2018

El embrujamiento del Jarvee. William Hope Hodgson (1877-1918)

-Habéis oído algo últimamente de Carnacki? —le pregunté a Arkright, cuando me encontré con él en el centro de Londres.
—No —me contestó—. Estará en alguno de sus viajes. No importa, seguro que cualquier día de éstos recibimos una postal suya, invitándonos al número 472 de Cheyne Walk, y entonces nos lo contará todo. ¡Mira que es raro, eh!

Asintió con la cabeza y se fue. Hacía varios meses que los cuatro —Jessop, Arkright, Taylor y un servidor— habíamos recibido por última vez la invitación habitual de que nos dejáramos caer por el inolvidable 472 de Cheyne Walk para oír la narración, de boca del propio Carnacki, de su último caso. ¡Menudas historias nos contaba! Eran reales y verídicas hasta en los menores detalles, aunque estuviesen llenas de incidentes insólitos y extraordinarios, y nos tenían en vilo hasta que acababa de contárnoslas. De un modo de lo más sorprendente, a la mañana siguiente me llegaba una postal redactada en términos bastante escuetos, en la que me venía a decirme que estuviese en el número 472 a las siete en punto. Fui el primero en llegar, seguido de Jessop y Taylor; poco antes de la hora de cenar hacía su entrada Arkright. Después de la cena, Carnacki, como de costumbre, nos ofreció sus cigarros, se instaló cómodamente en su sillón favorito y fue derecho a contarnos la historia que justificaba el hecho de que nos hubiese invitado.

—Acabo de volver de un viaje en uno de esos veleros de antaño —dijo, sin entrar en mayores detalles—. El Jarvee, capitaneado por mi viejo amigo el capitán Thompson. En principio, iba a embarcarme por cuestiones de salud; si escogí el antiguo Jarvee fue porque el capitán Thompson me había dicho en más de una ocasión que en él ocurrían cosas raras. Fijaos que siempre le decía que viniera a verme cuando desembarcase, para ver si conseguía sacarle algo más; pero lo curioso es que jamás conseguía explicarme ningún detalle preciso respecto a las rarezas. Siempre me dio la impresión de que sabía de qué se trataba, pero en cuanto intentaba expresarlo en palabras, era como si se diese cuenta de que la realidad se le escapaba de los dedos. Por lo general, siempre terminaba diciendo que veía cosas, y entonces comenzaba a querer expresarse con las manos, como si se sintiese incapaz de comunicar lo que conocía de las cosas extrañas que había observado en el navío, aparte de algunos detalles peculiares sin relación en sí con los hechos.
—No puedo retener a los hombres por más tiempo en el barco —me decía con frecuencia—. están muertos de miedo y ven y oyen cosas. Ya he perdido a muchos por su culpa. Caídos de la arboladura, fíjese. El barco está adquiriendo mala fama —y agitaba la cabeza de manera muy solemne.

El viejo Thompson era un buen tipo en todos los sentidos. Cuando subí a bordo, me encontré con que me había reservado una cabina entera, que se comunicaba con la que ocupaba él y que podría utilizar como laboratorio y estudio. Dio al carpintero instrucciones de que instalase en ella unos estantes y lo que creyera más conveniente o que fuese a necesitar, y en un par de días pude colocar en ella todos mis aparatos —que había traído en gran cantidad, ya fuesen mecánicos o eléctricos, utilizados en mis anteriores cacerías de fantasmas de la manera más apropiada y segura— ya que tenía un interés personal en examinar a fondo aquel misterio, respecto al cual él siempre se había mostrado tan categórico como elusivo. Durante los primeros quince días de travesía, seguí mis usuales métodos para llevar a cabo una investigación exhaustiva. Mostré un cuidado escrupuloso, pero no encontré nada anormal en todo el navío. Era un viejo cascarón de madera. Sondeé y medí cada bisagra y cada mamparo, examiné todas las vías de acceso a las calas y precinté todas las escotillas. Tomé aquellas precauciones y muchas más, pero pasaron las dos semanas sin que viera ni encontrara nada.

Según todas las apariencias, aquella vieja carraca no era más que un poderoso velero de los viejos tiempos, aún en buen estado, que iba cómodamente de un puerto a otro. Y excepto por un indefinible sentimiento de lo que se podría describir como «calma anormal» en todo el barco, no pude hallar nada que justificase las frecuentes y solemnes aseveraciones del capitán de que no tardaría en encontrar más de lo que hubiera deseado. Aquello lo repetía siempre que nos paseábamos por la popa; después se detenía para echar una mirada, larga, expectante y casi con miedo, a la inmensidad del mar que nos rodeaba. Y, efectivamente, al décimo octavo día de navegación ocurrió algo. Estaba paseándome bajo la toldilla de popa, como de costumbre, con el fiel Thompson, cuando de repente se detuvo y miró al juanete de mesana, que había comenzado a golpear el mástil. Echó un vistazo a una veleta que estaba cerca de él, se colocó la gorra al revés y se quedó mirando fijamente al mar.

— Está cayendo el viento, señor. Esta noche tendremos problemas —dijo—. ¿Ve ahí abajo? —y señaló a lo lejos, en dirección del viento.
—¿A qué se refiere? —pregunté, mirando fijamente, con algo más que curiosidad—. ¿Dónde?
—Justo fuera de rumbo —dijo—. Viniendo en dirección del sol.
—No veo nada —comenté, tras haber escrutado durante largo tiempo la inmensa y silenciosa inmensidad del mar, que se había cristalizado en una superficie dominada por la calma, después de que el viento hubiera cesado.
—Se está formando una sombra —dijo el viejo lobo de mar, cogiendo sus gemelos.
Los ajustó y estuvo mirando un buen rato; luego me los pasó, señalando con el dedo en una cierta dirección.
—Justo debajo del sol —repitió—. Se acerca a nosotros a dos nudos de velocidad.

Estaba curiosamente tranquilo y seguro de lo que decía. No obstante, sentí en su voz cierta excitación, por lo que cogí rápidamente los gemelos que me ofrecía y miré en la dirección indicada. Un minuto después vi... una sombra imprecisa bajo la tranquila superficie del mar, que parecía moverse hacia nosotros mientras la estaba mirando. Durante un momento la contemplé fascinado, dispuesto a jurar que no había visto nada y, al mismo tiempo, a asegurar que realmente había algo bajo el agua, que aparentemente se dirigía hacia el barco.

—Sólo es una sombra, capitán —acabé por decir.
—Eso es, señor —replicó, sin más—. Eche un vistazo hacia el norte.

Hablaba muy tranquilo, como un hombre que está seguro de todo lo que hace y que se enfrenta a una experiencia que ya conoce, tiñendo todos sus actos, por muy seguro que esté de ellos, de profunda y constante excitación. Acepté la sugerencia del capitán y volví los gemelos hacia el norte. Durante un instante no hice más que buscar, barriendo con ellos, de un lado para otro, el grisáceo arco del mar. Entonces vi claramente la cosa en el campo de los gemelos... Era algo impreciso, una sombra bajo el agua que parecía moverse hacia el barco. «Qué extraño», murmuré con una voz que parecía salirme en lo más profundo de la garganta.

—Mire ahora hacia el oeste, señor —dijo el capitán, expresándose con el mismo y peculiar tono de voz de antes.

Miré hacia el oeste y un minuto después localizaba la cosa: una tercera sombra que parecía surcar el mar mientras la miraba.

—¡Dios mío, capitán! —exclamé—. ¿Qué son esas cosas?
—Eso es lo que yo quisiera saber, señor —contestó el capitán—. Ya las había visto antes, y a punto estuve de pensar en algún momento que me iba a volver loco. En ocasiones se las ve claramente y en otras casi no se distinguen; a veces pienso que están vivas y otras que no son más que estúpidas fantasías. ¿Comprende ahora por qué no podía describírselas claramente?

No le contesté, porque no hacía más que mirar, expectante, hacia el sur, hacia más allá de la parte que veía del barco. A lo lejos, en el horizonte, mis gemelos localizaron algo oscuro y vago bajo la superficie del agua, una sombra que se iba perfilando cada vez más.

—¡Dios mío! —musité nuevamente—. ¡Es real! ¡Es...! —y volví a mirar de nuevo hacia el este.
—Vienen de los cuatro puntos cardinales, ¿no? —dijo el capitán Thompson, haciendo sonar su silbato.
—Cargad los tres sosobres —dijo a su segundo—, y que uno de los hombres coloque linternas en lo alto de los mástiles. Que todos bajen a sus camarotes antes de que sea de noche —dijo finalmente cuando el segundo se dirigía ya a cumplir sus órdenes.
—Esta noche no dejaré que ninguno esté sobre cubierta —me confesó—. Ya he perdido bastantes hombres por su culpa.
—Capitán, quizá sólo sean sombras —dije, sin dejar de mirar la lejana y grisácea silueta que aún se veía por el este—. Puede ser un poco de bruma o alguna nube baja.

Pero la verdad era que no creía mucho en lo que decía. Por otra parte, el viejo marino no se molestó en sacarme de dudas, sino que hizo ademán de que le pasara los gemelos, y accedí al momento.

—A medida que se vayan acercando irán desapareciendo —comentó—. Lo sé, porque en otras ocasiones han hecho lo mismo. Dentro de muy poco rodearán al barco, pero ni usted ni yo ni nadie las veremos; sin embargo, estarán aquí. Me gustaría que ya hubiese pasado esta noche. No lo sabe usted bien.

Me devolvió los gemelos, y comencé a mirar las sombras que se acercaban. Pasó exactamente como había dicho el capitán. A medida que se aproximaban parecieron extenderse y hacerse menos consistentes, disipándose en el crepúsculo gris, de manera que bien hubiera podido imaginarme que no contemplaba más que cuatro pequeñas porciones de una nube gris, convirtiéndose por causas naturales en impalpables e invisibles.

—Debí ordenar que cargaran los perroquetes cuando estaban fuera — observó el viejo marino—. Ahora no puedo hacer que ninguno suba a la arboladura de noche, a no ser que haya una auténtica necesidad —se alejó un poco de mí y observó el barómetro aneroide—. Parece que hay calma chicha después de todo —murmuró mientras se alejaba, al parecer ligeramente satisfecho.

Mientras tanto, la tripulación había abandonado la cubierta. Comenzaba a anochecer, y vi cómo se esfumaban las extrañas sombras a medida que se acercaban al navío. Sin embargo, podéis imaginaros lo nervioso que me sentía mientras paseaba bajo la toldilla de popa con el viejo capitán Thompson. Me sorprendí a mí mismo echando una rápida mirada hacia atrás, como si fuese a encontrar algo, pues me parecía que entre los oscuros velos que divisaba al otro lado de las barandillas había una cosa, increíble e imprecisa, que nos estaba mirando. Le pregunté al capitán de mil maneras, sin conseguir saber más de lo que me había contado. Era como si no fuese capaz de comunicar a los demás lo que ya conocía; por otra parte, no pude interrogar a nadie de la tripulación, puesto que todos eran nuevos en el barco, incluyendo a los oficiales, lo cual ya era un hecho significativo. El «lo verá con sus propios ojos, señor», se había convertido en la coletilla con que el capitán esquivaba todas mis preguntas, por lo que comencé a creer que realmente tenía miedo de traducir en palabras lo que sabía. Pero en una de las ocasiones en que me daba la vuelta, con la desagradable sensación de que había alguien detrás de mí, comentó con voz tranquila:

—No tenga miedo, señor, mientras se encuentre a plena luz y entre cubiertas.

Su actitud me pareció extraordinaria, porque parecía aceptar la situación sin demostrar miedo, por lo que se refería a sí mismo. La noche transcurrió tranquilamente hasta las once, cuando, súbitamente y sin el menor asomo de advertencia, una furiosa borrasca cayó sobre nosotros. Había algo monstruoso y anormal en aquel viento, como si alguna fuerza utilizase los elementos para algún propósito infernal. Pero el capitán se enfrentó tranquilamente a la situación. Dejó inoperante el timón, y las velas se agitaron mientras arriaban los perroquetes. Después les tocó el turno a las tres gavias. Sin embargo, el viento seguía rugiendo a nuestro alrededor, venciendo casi el atronar de las velas en medio de la oscuridad.

—¡Se van a hacer jirones! —me dijo el capitán a la oreja, gritando para hacerse entender por encima del rugido del viento—. No puedo hacer nada. No puedo enviar a ningún hombre a la arboladura, a no ser que vea que nos quedamos sin mástiles. Es lo que más me preocupa.

Durante una hora, hasta que ocho campanadas anunciaron la medianoche, el viento no dio señal alguna de disminuir en intensidad, sino todo lo contrario. Durante todo aquel tiempo, el patrón y yo paseamos bajo la toldilla de popa, mientras él no dejaba de escrutar la oscuridad, muy preocupado por el velamen, que no hacía más que agitarse y ondear violentamente. Yo no hacía más que mirar una y otra vez a mi alrededor, hacia la oscuridad extraordinariamente espesa en la que parecía haberse incrustado el navío. Lo que sentía, añadido al sonido del viento, me producía una especie de horror continuo, que me hacía imaginar que había algo sobrenatural rampando en la atmósfera. Si era resultado de mis nervios, sometidos a una tensión excesiva, o de mi imaginación sobreexcitada, es algo que no habría podido decir. Jamás había sentido nada parecido a lo que experimenté durante aquella singular borrasca. Cuando la campana sonó ocho veces seguidas y se procedió al cambio de guardia, el capitán no tuvo más remedio que enviar todos los hombres disponibles a la arboladura, para que izasen rápidamente las velas, ya que había comenzado a temer por la pérdida de los mástiles si posponía la operación. Así se hizo y el barco pareció recobrar la calma. Sin embargo, aunque la maniobra había sido realizada con éxito, los miedos del capitán se vieron justificados de manera harto terrible. Cuando los hombres comenzaban a regresar al puente, desde la arboladura se oyó un grito terrible, e inmediatamente después otro, seguido de un gran choque sordo sobre el puente principal, y otro más a los pocos instantes.

—¡Dios mío! ¡Han caído dos hombres! —gritó el patrón, descolgando una lámpara del cuarto de bitácora y llegándose hasta el puente principal.

Había sucedido tal como había dicho. Se habían caído dos hombres o —como yo pensé— algo los había empujado desde lo alto de la arboladura, y yacían inmóviles sobre el puente. Encima de nosotros, en la tiniebla, oí unos gritos indefinidos, seguidos de una extraña calma, sólo rota por el continuo golpear del viento, cuyos silbidos y aullidos en el cordaje parecían acentuar el completo y espantoso silencio de los hombres que aún quedaban entre la arboladura. Entonces me di cuenta de que los hombres habían redoblado sus esfuerzos por volver rápidamente a los puentes, de suerte que uno tras otro abandonaron las alturas y se detuvieron ante los compañeros caídos, con exclamaciones de sorpresa que suscitaron todo tipo de preguntas. Luego volvió el silencio. Durante todo aquel tiempo, había sido consciente de un extraordinario sentimiento de opresión, de una angustia dominada por el miedo y de una espera llena de ansiedad, ya que me parecía que mientras me hallaba al lado de los muertos, en medio de aquel viento sobrenatural, una potencia diabólica se cernía en la negrura que rodeaba al barco, augurando un horror inminente. A la mañana siguiente se ofició un solemne funeral, breve y muy simple, que fue acogido con respeto poco usual, y a cuya terminación, los dos hombres que habían muerto la víspera y que yacían encima de una escotilla fueron arrojados al agua, desapareciendo rápidamente de nuestra vista. Mientras veía cómo se hundían en las azules profundidades, me asaltó una pregunta, que comenté por la tarde con el capitán, tras lo cual estuve preparando y conectando algunos de mis aparatos eléctricos hasta el anochecer. Después subí a cubierta y miré a mi alrededor. La tarde era maravillosamente tranquila e ideal para el experimento que llevaba pensando todo el día, pues el viento había cesado con singular rapidez tras la muerte de los dos hombres, dejando el mar como un espejo.

En cierta medida, creía comprender la causa primera de aquellas inciertas, aunque peculiares, manifestaciones de que había sido testigo la tarde de la víspera, y que el capitán Thompson relacionaba de manera implícita con la muerte de ambos marineros. Yo suponía que el origen de lo sucedido se hallaba en una causa extraña, aunque perfectamente comprensible, es decir, en el fenómeno conocido técnicamente con el nombre de «vibraciones atractivas». Harzam, en su monografía sobre los «embrujamientos inducidos», sugiere que siempre son producidos por las «vibraciones inducidas», es decir, por vibraciones temporales provocadas por alguna causa externa. Todo esto resulta un tanto abstruso en el caso que nos ocupa, pero cuando hube reconsiderado todos estos puntos, decidí hacer un experimento para ver si podía producir una «contra-vibración», de carácter repulsivo, algo que Harzam había conseguido en tres ocasiones, mientras que yo sólo había tenido cierto éxito, aunque parcial, en una, debido sobre todo a un fallo del imperfecto aparato con el que trabajaba.

Creo que ya he dicho antes que me resulta bastante difícil poder seguir este razonamiento en una narración tan breve como la que os estoy contando; por otra parte, no creo que os resultase interesante, habida cuenta de que sólo os atrae el lado extraño y fantástico de mis investigaciones. No obstante, creo que ya os he explicado lo suficiente para que os hagáis una idea de en qué consistían mis razonamientos y así poder seguir sin perderos mis anhelos y esperanzas al emitir las vibraciones «repulsivas», ya que los resultados confirmarían la teoría. Así pues, cuando el sol se encontraba a menos de diez grados del horizonte visible, el capitán y yo comenzamos a vigilar la aparición de las sombras. No tardé en divisar, justo debajo del sol, la peculiar forma de una mancha gris, que se movía igual que la de la víspera. Al comentar el hecho al capitán, me dijo que acababa de ver lo mismo hacia el sur. Al mirar al norte y al este observamos el mismo fenómeno. Conecté, pues, mi dispositivo eléctrico, para que comenzase a emitir la extraña fuerza repulsiva hacia las lejanas e imprecisas formas misteriosas, que a lo lejos se movían rápidamente hacia el navío.

Poco antes del anochecer, el capitán había ordenado arriar todo el velamen, ya que, como él decía, hasta que no cayese la calma no se corría ningún peligro, pues sólo entonces tenían lugar tan extraordinarias manifestaciones. Y en aquella ocasión acertó plenamente, pues una de las más violentas borrascas que jamás había visto se abatió sobre el barco durante la media guardia, arrancando la gavia de sus cuerdas. Yo estaba descansando en uno de los divanes del salón. Salí corriendo hacia la toldilla de popa, mientras el navío bailaba bajo la enorme fuerza del viento. La presión atmosférica era muy alta, y el ruido de la borrasca atronador. Por encima de todo, y quizá a pesar de ello, fui consciente de que algo anormal y amenazante me ponía los nervios a flor de piel. Lo que ocurría no era natural. Sin embargo, a pesar de que la gavia había sido arrancada, ningún hombre fue enviado a repararla.

—¡Como si salen volando todas! —exclamó el viejo capitan Thompson—. ¡Debía haber hecho lo que quería y dejar los mástiles desnudos!

A eso de las dos de la madrugada, la borrasca desapareció con asombrosa rapidez, dejando a nuestro alrededor una noche clara. A partir de entonces, me paseé por la toldilla de popa con el patrón. De vez en cuando nos deteníamos para observar el puente principal, que aparecía iluminado. En una de aquellas ocasiones vi algo peculiar. Era como una sombra imposible flotando de manera imprecisa entre el lugar donde me encontraba y la blancura de los puentes bien lavados. Pero, mientras estaba mirándola atentamente, la cosa desapareció, y ya no pude decir con seguridad si efectivamente la había visto.

—Supongo que la habrá visto claramente, ¿no, señor? —dijo la voz del capitán cerca de mí—. Sólo la había observado una vez, y eso fue antes de que perdiésemos la mitad de la tripulación en aquel viaje. Creo que haríamos mejor regresando a puerto. Esto será el fin del viejo cascarón, estoy seguro.

La tranquilidad del viejo lobo de mar me desconcertó casi tanto como la confirmación que su observación acababa de darme de que realmente había visto algo anormal flotando entre donde yo me encontraba y el puente, a ocho pies bajo nosotros.

—¡Válgame Dios, capitán Thompson! —exclamé—. ¡Lo que dice es realmente infernal!
—Exactamente —admitió—. Ya le dije, señor, que lo observaría por usted mismo si tenía un poco de paciencia. Y esto es sólo el principio. Ya verá cuando aparezcan formando pequeñas nubes negras encima del mar, rodeando el barco y moviéndose a su misma velocidad. Y lo mismo que la cosa de antes, sólo me ha ocurrido una vez. Pero supongo que no estaremos aquí por accidente.
—¿Qué quiere decir? —pregunte.
Mas, a pesar de que le sondeé de mil maneras distintas, no pude sacarle nada que me pareciese satisfactorio.
—Ya lo verá, señor. Espere y verá. Este barco es muy extraño.

Y, más o menos, en eso se quedaron los esfuerzos que hizo por sacarme de dudas. Desde entonces hasta el cambio de guardia, continué apoyado en la barandilla de la toldilla de popa, mirando fijamente al puente principal, aunque sin dejar de echar miradas furtivas y prodigiosamente rápidas hacia atrás. El patrón había vuelto a pasearse tranquilamente por la toldilla, pero cada poco se detenía a mi lado y me preguntaba con voz bastante tranquila si había vuelto a ver «alguna otra cosa de esas» rodando cerca. En varias ocasiones, y a la luz de las linternas, llegué a divisar el contorno impreciso de algo que flotaba a merced del viento, como si el aire que lo rodeaba fluctuase, y más tarde una cosa que pudiera haberse tomado por una forma translúcida, pero dotada de movimiento, que conseguí vislumbrar durante un instante, aunque al siguiente ya había desaparecido, sin que mi cerebro pudiese registrar sus contornos. Cerca ya del fin de la guardia, el capitán y yo conseguimos ver algo realmente extraordinario. Acababa de llegar a mi lado y se apoyaba en la barandilla.

—He visto otra de esas cosas ahí abajo —comentó con esa forma tan tranquila que tenía de hablar, mientras me daba un codazo amistoso y señalaba con la cabeza hacia la entrada del puente principal, a una o dos yardas a la izquierda.

En el lugar que indicaba se podía apreciar una ligera y opaca mancha de sombra, que parecía suspendida como un pie por encima del puente. Al hacerse más visible, pudimos apreciar en ella cierto movimiento perceptible, como una especie de torbellino constante en el seno de una materia aceitosa que se extendía desde el centro hacia fuera. La cosa creció hasta alcanzar una anchura de varios pies, a través de la cual podíamos ver las planchas iluminadas del puente. En aquellos momentos, el movimiento que iba del centro hacia fuera era claramente visible. Poco después, aquella extraña cosa pareció oscurecerse y hacerse más densa, ocultando la parte del puente que se encontraba entre ella y nuestra vista. Mientras seguía mirándola con enorme e intenso interés, la entidad pareció sufrir una especie de contracción, que hizo que sus contornos se difuminasen, de forma que sólo pudimos ver la vaga forma redondeada de una sombra, retorciéndose y girando de un sitio para otro entre nosotros y el puente inferior. Fue encogiéndose poco a poco y desapareció. Ambos continuamos mirando fijamente una parte del puente que, a la luz de las lámparas que habíamos colgado de los mástiles al caer la noche, mostraba claramente las planchas y las juntas que había entre ellas.

—Esto es tremendamente extraño, ¿no cree, señor? —dijo el capitán con aire meditabundo, mientras buscaba su pipa—. Tremendamente extraño — entonces encendió la pipa y comenzó a pasearse bajo la toldilla.

La calma duró una semana entera, en el transcurso de la cual el mar siguió terso como un espejo, mientras que cada noche, y siempre sin previo aviso, sufríamos la repetición de la extraordinaria borrasca, de suerte que a la caída de la tarde el capitán recogía velas y esperaba pacientemente un viento favorable. Por las tardes seguía realizando nuevas experiencias, intentando generar vibraciones «repulsivas», pero sin resultado. Realmente no estoy muy seguro de que mi tentativas no dieran ningún resultado, puesto que la calma chicha fue adoptando progresivamente un aspecto sobrenatural, mientras que el mar parecía más que nunca una gigantesca superficie de vidrio, deformada de vez en cuando por el aceitoso movimiento de una ola surgida de las profundidades. Por lo demás, de día había un silencio tan profundo que generaba una sensación de irrealidad, pues jamás se mostraba a la vista ningún ave marina, mientras que el movimiento del navío era tan imperceptible que casi no producía el crujido constante de mástiles y aparejos que de ordinario suele acompañar a la calma.

El mar parecía haberse convertido en emblema de desolación y vastedad ilimitadas. Comencé a pensar que no nos hallábamos en un mundo conocido, sino en medio de un inmenso océano que se extendiese, inconmensurable, en cualquier dirección. Al caer la noche, las extrañas borrascas desataban tan gran violencia, que a veces parecían a punto de arrancar la mismísima arboladura y arrojarla a lo lejos; afortunadamente, el barco no sufrió daños por tal motivo. Según iban pasando los días me iba convenciendo de que mis experimentos estaban dando resultado, aunque este fuese todo lo contrario de lo que había esperado obtener, ya que siempre, al atardecer y en cuanto conectaba mis aparatos, una especie de nube gris, que parecía una columna de humo, surgía en cada uno de los puntos cardinales, por lo que desistí de seguir utilizándolos durante un tiempo prolongado y enfoqué mis esfuerzos en otra dirección.

Llevábamos soportando aquel estado de cosas durante una semana, cuando tuve una larga conversación con el viejo capitán Thompson, quien estuvo de acuerdo en dejarme realizar hasta sus últimas consecuencias un arriesgado experimento. Se trataba de conseguir que las vibraciones se mantuviesen en su máximo de amplitud desde poco antes de la puesta de sol hasta el amanecer del día siguiente, y de anotar cuidadosamente los resultados. Con tal propósito hice los preparativos pertinentes. Arriamos los perroquetes y los sobrejuanetes, arrumamos las velas y aseguramos sólidamente todo lo que había en los puentes. Aparejamos un ancla, y la arrojamos con una buena longitud de cable. Se trataba de asegurar que el navío no cabecease por efectos del vendaval, aunque se abatiese sobre nosotros una de esas extrañas ráfagas de viento que solían azotarnos durante la guardia nocturna. A primeras horas de la tarde, los hombres fueron enviados a sus camarotes, después de que les dijéramos que podían entretenerse, acostarse o hacer lo que quisiesen, pero que se abstuvieran de subir a cubierta durante la noche, pasara lo que pasase. Para estar más seguros, cerramos con cadenas los accesos de babor y estribor. Luego tracé los Signos Primero y Octavo del Ritual Saaamaaa frente a cada uno de los montantes de las puertas, uniéndolos con una línea triple que se entrecruzaba cada siete pulgadas. Tú, Arkright, que has profundizado más que yo en la ciencia de la magia, bien sabes por qué lo hacía.

Acto seguido, saqué un hilo metálico y rodeé con él la zona de camarotes, conectándolo, después, a uno de mis artefactos, que había instalado en el compartimento de las velas.

—En cualquier caso —expliqué al capitán—, no correrán más riesgo que el que todos podemos esperar en forma de una tremenda y violenta tormenta. El peligro real sólo lo sufrirán los que se relacionen con lo prohibido. El «sendero de las vibraciones» formará una especie de «halo» alrededor del dispositivo. Yo debo quedarme con él para manejarlo, y estoy dispuesto a correr el riesgo, pero usted haría mejor yéndose a su cabina, lo mismo que los tres oficiales.

El capitán se negó, y los tres oficiales me pidieron permiso para quedarse a «ver el espectáculo». Les advertí que podría resultar sumamente desagradable, incluso peligroso, pero ellos aceptaron el riesgo. Ahora puedo deciros que no me molestó en absoluto contar con su compañías. Me puse a trabajar, pidiendo su ayuda cuando la necesitaba, y en poco tiempo tuve montado el dispositivo. Entonces hice pasar los hilos metálicos por la escotilla de la cabina, y ajusté el mando de la frecuencia y el de la caja de resonancia, atornillándolos sólidamente en el puente de la toldilla de popa, en el espacio vacío que se encontraba entre la escotilla y el compartimento de velas. Pedí a los tres oficiales y a su capitán que se sentasen juntos y les advertí que no se moviesen, pasara lo que pasase. Tracé con tiza un pentáculo a nuestro alrededor, incluido el aparato, y comencé a conectar sin pérdida de tiempo los tubos de mi pentáculo eléctrico, pues ya comenzaba a ponerse el sol. En cuanto hube terminado, cerré el circuito, con lo que la corriente comenzó a pasar por los tubos de vacío, de suerte que su pálida claridad nos envolvió, pesada, fría e irreal ante los últimos destellos del sol que se ocultaba. Acto seguido envié las vibraciones hacia el espacio que nos circundaba y me senté ante el tablero de control. Intercambié algunas palabras con los demás, advirtiéndoles nuevamente de que, a pesar de lo que pudiesen oír o ver, no abandonasen el pentáculo, si valoraban en algo sus vidas. Ellos asintieron y entonces supe que estaban muy impresionados por la posibilidad de que atrajésemos hacia nosotros un peligro desconocido. Comenzó nuestra espera. Nos habíamos puesto el impermeable, ya que esperaba que el experimento incluyese algún comportamiento desacostumbrado por parte de los elementos, y así nos enfrentábamos preparados a la noche. Puse especial cuidado en confiscarles todas sus cajas de cerillas, no fuese que a alguno se le ocurriese encender por descuido la pipa, puesto que los rayos luminosos son «senderos» para algunas fuerzas. Provisto de un par de gemelos náuticos, comencé a escrutar el horizonte. Alrededor de nosotros, pero a millas de distancia en la grisura del atardecer, me pareció ver un extraño e impreciso oscurecimiento de la superficie del agua. Aquello se hizo más nítido, concretándose en algo que me pareció una débil neblina flotando a ras del mar, bastante lejos del barco, pero rodeándolo. La observé con mucha atención, y el capitán y sus tres oficiales hicieron lo propio, ayudándose con sus gemelos.

—Viene hacia nosotros a una velocidad de dos nudos, señor —dijo el viejo lobo de mar, con voz grave—. Esto es lo que yo llamo jugar con fuego. Espero que todo acabe bien.

Y eso fue todo lo que dijo, guardando a partir de entonces un absoluto silencio, lo mismo que sus oficiales, en las extrañas horas que transcurrieron. La noche descendió furtivamente sobre el mar, y dejamos de ver el peculiar anillo de bruma que se dirigía hacia nosotros. Hubo unos momentos del silencio más intenso y opresivo, mientras los cinco estábamos sentados allí, vigilantes y silenciosos, rodeados por el pálido resplandor del pentáculo eléctrico. Poco después cayó una especie de extraño relámpago silencioso. Digo silencioso porque, cuando comenzaron a caer más relámpagos cerca de nuestro barco, iluminando el monótono mar que nos rodeaba, no sonó ningún trueno, y pensé que aquellos relámpagos no eran reales. Resulta algo difícil de decir, pero creo que describe todas mis impresiones. Era como si lo que veía fuese más el simulacro de un relámpago que un fenómeno eléctrico. Por supuesto que no pretendo usar esta palabra con su sentido técnico.

De repente, un extraño estremecimiento sacudió el navío de proa a popa y desapareció tan rápidamente como había comenzado. Miré hacia delante y hacia atrás y eché un vistazo a los cuatro hombres, que me devolvieron la mirada con una especie de muda extrañeza en la que había bastante miedo, pero sin hablar. Pasaron unos cinco minutos sin que oyéramos otro sonido que el leve zumbido del aparato ni viésemos nada más que el mudo restallar de los relámpagos, que seguían cayendo uno tras otro sobre el navío, iluminando el mar que lo rodeaba. Entonces ocurrió un suceso de lo más extraordinario. El extraño estremecimiento recorrió nuevamente el barco, tan rápidamente como había llegado, seguido de inmediato por una especie de ondulación del navío, primero de proa a popa y después de babor a estribor. No puedo expresar mejor lo extraño de aquel movimiento, en medio de aquel mar terso como un espejo, al decir que era como si un gigante invisible hubiese alzado en vilo nuestro barco y lo hubiese zarandeado a su aire, como si jugase con él mientras lo miraba lleno de curiosidad. Aquello duró al menos dos minutos por lo que puedo recordar, y se terminó con un violento vaivén hacia delante y hacia detrás, varias veces seguidas, tras lo cual volvió un tremendo temblor y finalmente la calma.

Transcurrió una hora entera sin que observásemos nada nuevo excepto las dos veces en que el barco recibió dos ligeras sacudidas: la segunda fue seguida por una repetición de las curiosas ondulaciones, aunque más benignas. Sin embargo, aquello sólo duró unos segundos, tras lo cual se hizo de nuevo el anómalo y opresivo silencio de la noche, resaltado de vez en cuando por los extraños relámpagos insonoros. Durante todo el tiempo, hice lo que pude para estudiar el aspecto del mar y de la atmósfera que rodeaban al barco. Una cosa era evidente: el muro de tiniebla que nos rodeaba se había acercado al navío, de forma que los relámpagos más brillantes sólo conseguían iluminar a nuestro alrededor una superficie de un cuarto de milla aproximadamente de radio y que, aunque la vista se perdía en sus sombrías distancias, parecía insondable, de suerte que no había manera de saber a ciencia cierta si en ella se ocultaba algo, ya que nuestra visibilidad se veía limitada por algún fenómeno que nos impedía ver el mar distante. ¿Comprendéis lo que quiero decir?

Aquellos relámpagos, extraños por lo silenciosos, aumentaron en intensidad luminosa y en frecuencia. El fenómeno prosiguió hasta que se convirtió en algo continuo, de modo que el mar de las proximidades se veía iluminado de manera prácticamente ininterrumpida. Sin embargo, el fulgor de los relámpagos no parecía tener poder alguno para opacar por contraste el pálido resplandor de los tubos luminosos que nos rodeaban en silencio. Sentí entonces una extraña sensación de ahogo, ya que respirar me suponía un auténtico suplicio. Aquello acabó transformándose en una tremenda angustia. El capitán y los tres oficiales respiraban como si se ahogasen; el débil zumbido del vibrador me llegaba como si viniese de lejos. Por lo demás, reinaba un silencio tan grande que provocaba un agudo dolor de cabeza no localizado y que ocupaba toda la bóveda del cráneo. Los minutos pasaron lentamente. De repente vi algo. Había unas cosas grises flotando en el aire alrededor del barco; pero eran tan imprecisas y de apariencia tan vaga que al principio no estuve seguro de si las había visto. Sin embargo momentos después no puse en duda su existencia. Comenzaron a tomar cuerpo bajo el resplandor constante de los silenciosos relámpagos y a oscurecerse, mientras aumentaban visiblemente de tamaño.

Durante casi media hora, que pareció infinitamente más larga, vigilé aquellas extrañas cosas que me recordaban pequeños montículos de negrura, y que flotaban justamente sobre la superficie del agua, moviéndose sin parar alrededor del navío, con un lento y periódico movimiento circular que me producía al contemplarlo la impresión de estar viendo un sueño. Sólo más tarde descubrí otra cosa. Aquellos montículos imprecisos habían comenzado a oscilar mientras se movían a nuestro alrededor. Al mismo tiempo fui consciente de que el navío comenzaba a describir un movimiento oscilatorio similar, al principio tan débil que no pude estar seguro de que nos movíamos. El movimiento del barco fue en aumento. Primero se levantó la proa y después la popa, como si se columpiase. Aquello cesó y el barco se detuvo, después de emitir una serie de extrañas sacudidas, como si recobrase paulatinamente su peso mientras se asentaba sobre las aguas.

Súbitamente, los extraordinarios relámpagos cesaron y nos encontramos en medio de una absoluta negrura, con la única luz para alumbrarnos del pentáculo eléctrico que nos rodeaba y el débil zumbido del vibrador, que parecía llegar de muy lejos. ¿Os lo imagináis? Allí, los cinco, tensos y esperando, preguntándonos qué iba a suceder. Bueno, pues, al principio, la cosa comenzó como si no fuese nada grave..., una ligera sacudida a estribor, después otra a babor, y una tercera de nuevo a babor. Así continuó de una manera casi rítmica, con misteriosas pausas entre una y otra sacudida hasta que comprendí que nos encontrábamos en tremendo peligro, ya que el barco estaba a punto de zozobrar en medio del completo silencio y la negrura total de la noche, por efecto de alguna Fuerza enorme.

—¡Por Dios, señor, pare eso! —oí decir al capitán, apresurado y excitado
—. ¡Vamos a zozobrar en cualquier momento! ¡Vamos a zozobrar!

Se puso de rodillas y miró a su alrededor, intentando no moverse. Los tres oficiales también se agarraban al suelo del puente con las manos, para no deslizarse por él debido a los vaivenes del barco. En aquel momento, éste sufrió otra nueva sacudida en una de sus bandas, de suerte que el puente se levantó, tan vertical como una pared. Entonces me lancé sobre el interruptor del vibrador y lo desconecté. Instantáneamente disminuyó la pendiente del puente y el barco se enderezó hasta una altura de varios pies, con una tremenda sacudida. Aquel movimiento para recobrar el equilibrio fue proseguido, aunque con amplitud decreciente, hasta que el barco recobró su posición usual sobre las aguas.

Mientras iba adquiriendo su condición normal, observé una alteración en la atmósfera que nos rodeaba, que parecía más cargada de tensión, y oí un gran ruido a lo lejos, por la banda de estribor. Era el rugido del viento. Un tremendo relámpago fue seguido por otros, con lo que los truenos resonaron de continuo en nuestros oídos. El ruido del viento a estribor se convirtió en un aullido estridente que parecía caer hacia nosotros en medio de la noche. Cesaron los relámpagos, y el sordo fragor del trueno acabó perdiéndose entre el ruido más inmediato del viento, que ya estaba a menos de una milla de nosotros, rugiendo y aullando de manera espantosa. Aquel aullido estridente llegaba a nuestros oídos procedente de la oscuridad, venciendo a cualquier otro sonido. Era como si toda la negrura de la noche se convirtiese hacia aquel costado del buque en un vasto acantilado, en donde repercutiesen, acrecentándose en intensidad, todo tipo de ecos monstruosos. Sé que suena extraño, pero quizá pueda ayudaros a comprender lo que sentí ante aquella cosa, ya que describe fielmente mi estado de ánimo. Aquella cosa extraña, reverberante y al mismo tiempo impalpable, que se cernía sobre nosotros en medio de la noche, llenando con su estruendo el aire que nos rodeaba... ¿Os hacéis una idea? Fue un momento extraordinario, que me hizo preguntarme si no habríamos ido a parar, sin enterarnos, cerca de los acantilados de algún monstruoso mundo perdido.

Instantes después, el viento se desplomó sobre nosotros, ensordeciéndonos con su estruendo y su furia. Estábamos sofocados y medio desvanecidos. El barco se inclinó a babor, debido simplemente al empuje del viento sobre sus desnudos mástiles y costados. La noche parecía un puro aullido y el agua espumeante rugía y caía a toneladas sobre nosotros. Jamás había visto nada como aquello. Los cinco estábamos tirados en el suelo de la toldilla de popa, intentando agarrarnos a lo que pudiéramos, mientras el pentáculo se hacía añicos, con lo que nos quedamos en la más completa oscuridad. La violenta tempestad había llegado hasta nosotros. Por la mañana la tempestad amainó, y por la tarde ya estábamos bogando, impulsados por una fina brisa; las bombas tuvieron que funcionar sin interrupción, porque teníamos una vía de agua bastante fea; resultó ser tan seria que, dos días después, tuvimos que embarcarnos en los botes de salvamento. Sin embargo, aquella misma noche fuimos localizados y salvados, con lo que pasamos poco tiempo en ellos. En lo que se refiere Jarvee, ahora reposa tranquilo en el fondo del Atlántico, donde mejor será que se quede para siempre.

Carnacki dejó de hablar y dio unos golpecitos en su pipa.

—¡Pero te has dejado sin explicarnos muchas cosas! —exclamé, un tanto irritado—. ¿Qué le pasaba al Jarvee? ¿Qué le hacía ser tan diferente de los demás barcos? ¿Por qué se dirigían hacia él esas sombras y esas cosas? ¿Qué piensas de todo ello?
—Bueno —replicó Carnacki—. En mi opinión, era un foco. Es un término técnico que, aplicado a su caso, vendría a decir que el barco poseía una cierta «vibración atractiva» que le permitía atraer hacia sí las ondas psíquicas de las proximidades, lo mismo que si fuese un médium. Cómo pudo adquirir esa «vibración», por utilizar nuevamente el termino técnico, es algo que sólo puedo suponer. Supongo que la habría ido desarrollando a lo largo de los años, como resultado de un conjunto de condiciones que pudieron darse en él (o ser emitidas por él, quizá sea más exacto), desde el mismo día en que se montó su quilla. Quiero decir que todo pudo depender de la manera de ser armado, de las condiciones atmosféricas, de las «tensiones eléctricas», de los mismísimos martillazos que se dieron en su construcción, y de la combinación fortuita de los materiales necesarios para la misma... Todo ello pudo haber creado sus características peculiares. Y esto por hablar sólo de lo conocido, ya que lo desconocido es tan amplio que sería vano especular sobre ello en el marco de una narración tan corta. Me gustaría recordaros una de mis ideas: que algunas formas de lo que suele llamarse «embrujamiento» pueden ser originadas por «vibraciones atractivas». Un edificio o un barco, como el de mi historia, pueden generar «vibraciones»; y al igual que ciertos materiales, si se dan las condiciones requeridas, pueden desarrollar una corriente eléctrica. Decir más acerca de esta cuestión en una charla como la que ahora tenemos no tendría sentido. Me siento más inclinado a recordaros lo que le sucede a la copa que vibra cuando el piano emite una determinada nota, y acallar todas vuestras incómodas preguntas con otra que aún sigue sin contestar: ¿qué es la electricidad? Cuando seamos capaces de contestarla, entonces ya será hora de dar el siguiente paso y de comportarnos de forma más dogmática. Mientras tanto, no haremos más que especular acerca de las costas de un extraño país, lleno de misterio. En este caso, pienso que el mejor paso que ahora podéis dar ha de ser el que os conduzca a casa y a la cama.

Y con tan elegante conclusión y con sus maneras siempre cordiales, Carnacki nos acompañó a la salida, ante el silencio del Embankment, deseándonos cordialmente las buenas noches.