martes, 3 de julio de 2018

El escultor de gárgolas. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Entre las gárgolas lascivas que asoman por el tejado de la nueva catedral de Vyones, dos se destacan por su exquisita factura como por su extrema deformidad. Las había esculpido Blaise Reynard, un tallador nacido en Vyones que, no hace mucho, regresó tras una larga estancia en varias ciudades de Provenza y que consiguió trabajo en la catedral tres años después de finalizar su construcción. Cuando el arzobispo Ambrosius contempló el maravilloso talento de Reynard, lamentó no haber podido encargarle la ejecución de todas las gárgolas; pero otras personas, menos liberales que el clérigo, disentían.

Tal opinión se debía a lo que la gente pensaba de Reynard, ya desde su infancia, y que a su retorno se había reavivado. Justa o injustamente, su aspecto siempre le había granjeado el rechazo: era oscuro, de cabellos y barba de un negro azulado casi sobrenatural; sus ojos almendrados y brillantes le conferían un aire siniestro, perverso. Los supersticiosos atribuían sus ademanes melancólicos y taciturnos a prácticas nigrománticas. Incluso se lo acusaba de haber hecho un pacto con Satanás. Si bien eran vagas conjeturas, los rumores, aunque carentes de pruebas, terminan convirtiéndose en hechos. Quienes sospechaban de los diabólicos tratos de Reynard decían que aquellas dos gárgolas eran la prueba evidente. A menos que lo inspirara el Maligno, nadie podría ser capaz de plasmar semejante obra, que reflejase en la piedra el mal con tal perfección y detalle.

Ambas gárgolas estaban colgadas en los extremos opuestos de una torre de la catedral. Una era un monstruo de cabeza felina, gruñendo, con labios que mostraban formidables colmillos; bajo las cejas, sus ojos despedían un abismal odio. Tenía las garras y las alas de un grifo, y daba la impresión de estar a punto de saltar sobre Vyones como una arpía sobre su presa. Su compañera era un sátiro con el aspecto de un enorme murciélago como los que yerran por las cavernas subterráneas, con fuertes y afilados talones, y una mirada rebosante de satánica lujuria, como si se regodeara ante las indefensas víctimas de su deseo. Ambas piezas estaban completas, incluso sus cuartos traseros; parecían no estar unidas al tejado a la manera habitual. Podría esperarse a que, en cualquier momento, se liberaran de la piedra que inmovilizaba sus formas.

Ambrosius, amante del arte, las contemplaba con placer; las consideraba obras maestras. Pero otros, entre los que había dignatarios eclesiásticos, se escandalizaron. Aseveraron que el tallador había reflejado todos sus vicios a mayor gloria de Belial y no de Dios, y que de este modo había perpetrado una blasfemia. Por supuesto, reconocieron, las gárgolas siempre precisan de cierto carácter deforme y siniestro; sin embargo, afirmaron que en aquel caso se habían sobrepasado los límites de lo tolerable.

Con todo, al finalizarse la catedral, y pese la oposición, la gente fue asumiendo las gárgolas como parte del conjunto. El escándalo se fue atenuando y el autor, sin perder la mala fama, recibió otros encargos. Se quedó en Vyones; reparó en la hija de un tabernero, Nicolette Villom, de quien se decía que llevaba mucho tiempo enamorado a su manera hosca y retraída. Sin embargo, para nada se había olvidado de sus gárgolas. A menudo, al pasar ante la soberbia catedral, alzaba la mirada para observarlas con una secreta delectación. Parecían atraer su atención de un modo extraño y místico.

Si le hubieran preguntado, habría dicho que el motivo de su satisfacción era enorgullecerse de la obra que había producido. No habría revelado, quizá él mismo lo ignorase, que en una de ellas había vertido todo su rencor, su amargura, su odio por los habitantes de Vyones, que siempre lo habían aborrecido; y había plasmado la imagen de su resentimiento para que contemplase toda la ciudad para siempre desde un lugar elevado. Y acaso jamás hubiera imaginado que en la segunda gárgola había expresado su pasión adusta y de sátiro por Nicolette, una pasión que lo había hecho retornar a la infame ciudad de su juventud tras años de vagabundeo; una pasión singularmente obsesionada por un motivo y en ese sentido diferente de la lujuria habitual de una naturaleza tan atroz como la de Reynard.

Para el tallador de piedra, incluso más que para sus detractores, las gárgolas eran criaturas vivas. Y semejaron más vívidas que nunca al término del estío, cuando las lluvias otoñales comenzaron a precipitarse sobre Vyones. Así, cuando los canalones de la catedral vertían el agua sobre las calles, cualquiera podría haber creído que las babas de una presencia maléfica, el auténtico siervo de la lujuria, se mezclaban con el agua que vomitaban las bocas de las gárgolas.

En aquella época, en el año de Nuestro Señor de 1138, Vyones constituía el núcleo principal de la provincia de Averoigne. El enorme bosque, lugar de leyendas, fantasmas y hombres lobo, llegaba hasta los muros de la ciudad por dos puntos. Los otros puntos estaban circundados por huertas y campos cultivados, tranquilas corrientes que descendían por los meandros, entre álamos y sauces, y carreteras que cruzaban una llanura despejada hasta llegar al elevado castillo de los nobles señores y conducir a regiones allende Averoigne.

La ciudad vivía en la prosperidad, preservada de la mala fama de los bosques. Había sido santificada por la presencia de dos conventos y un monasterio. Y ahora, al concluir las obras de la catedral, se creía que gozaba de una protección más augusta, que mantendría apartados a demonios, brujas e íncubos. Por supuesto, como era corriente en cualquier población medieval, se podrían dar casos de brujería o posesión. Más de una vez, las peligrosas tentaciones de los súcubos habían intentado socavar la virtud de Vyones: no era nada sorprendente en un mundo siempre expuesto al demonio. Pero nadie habría vaticinado los horrores infernales que llegaron en los últimos meses de otoño. Para que el asunto sea comprensible, y más blasfemo de lo que ya era, el primero de tales horrores sucedió en las proximidades de la catedral, bajo su sombra protectora.

Dos hombres, un respetable sastre llamado Guillaume Maspier y un tonelero de idéntica reputación llamado Gerome Mazzal, regresaban a sus casas a última hora de una noche de noviembre, tras haber degustado vinos blancos y tintos que ofrece la región. Según Maspier, el único que vivió para contarlo, pasaban por una calle que circunda la catedral; la inmensa mole del edificio se recortaba entre las estrellas, cuando un monstruo alado, negro como el hollín de Abaddón, picó hacia ellos y agredió a Gerome Mazzal, a quien abatió con sus pesadas alas y apresó con sus enormes dientes y afiladas garras. Maspier fue incapaz de describir a la criatura con detalle, apenas la vio en la oscuridad; asimismo, el final de su compadre, que yacía sobre el empedrado con el demonio negro desgarrándole el cuello, le aconsejó huir. Corrió hasta detenerse frente a la casa de un sacerdote, a muchas calles, a quien relató aquel episodio entre estremecimientos.

Armado con agua bendita, secundado por multitud de ciudadanos que portaban antorchas, barras y alabardas, Maspier condujo al sacerdote hasta el lugar del crimen. Allí encontraron el exánime cuerpo Mazzal con el rostro desfigurado, el cuello y el pecho hendidos. No se halló rastro del atacante, y aquella noche nada más se vio; ahora bien, cuantos pudieron contemplar su obra regresaron a sus hogares atemorizados, pensando que una criatura de los infiernos había venido a Vyones y, lo peor de todo, iba a permanecer en ella. A la mañana siguiente, cuando la noticia se extendió, imperó la consternación. Los clérigos practicaron exorcismos contra el demonio invasor en todos los espacios públicos y frente a los umbrales de las puertas. Sin embargo, la aspersión de agua bendita y los formulismos resultaron infructuosos. El espíritu del mal seguía imperando, su malignidad quedó manifiesta una vez más la noche siguiente a la hórrida muerte de Gerome Mazzal.

En aquella ocasión dos fueron las víctimas, probos y destacados ciudadanos que bajaban por un estrecho callejón. Picó sobre uno de ellos y lo mató al instante. Inmediatamente se ocupó del otro, que en vano intentó huir. Los gritos de las víctimas y los guturales gruñidos del demonio fueron percibidos por la gente que vivía en el callejón. Y varios de ellos presenciaron la marcha del infame agresor, ocultando las estrellas con sus alas terribles. Salvo en casos de extrema urgencia, muy pocos se atrevieron a salir de noche. Y quienes se arriesgaban lo hacían en grupos armados con antorchas, como si de este modo pudieran atemorizar al demonio, a quien juzgaron criatura de la oscuridad y temerosa de la luz. Pero la osadía del monstruo trascendía lo concebible, ya que atacó a más de un grupo de valerosos ciudadanos sin importarle las antorchas que le dirigían al rostro y que apagaba con sus poderosos aleteos.

Sin ninguna duda, se trataba de un espíritu imbuido de odio homicida, puesto que sus víctimas terminaban horriblemente deformadas. Quienes lo vieron y escaparon apenas si podían describirlo vagamente. Todos coincidieron en que tenía la cabeza de una bestia feroz y las alas de un ave monstruosa. Algunos, los más versados en demonología, aventuraron que se podría tratar de Modo, encarnación del asesinato; otros afirmaron que era uno de los lugartenientes principales de Satán, quizá Amaimon o Alastor, enloquecidos hasta el infinito por la incontestable supremacía de Jesucristo en la ciudad santa de Vyones. El terror devino en oscuro manto de obsesión supersticiosa. Aun a la luz del día, las góticas alas de una pesadilla parecían extenderse en constante opresión. El miedo latía como una plaga epidémica. Los habitantes, llenos de miedo, caminaban rezando. Tanto el arzobispo como sus subordinados se confesaron incapaces de combatir el horror. Enviaron un emisario a Roma, en busca de agua bendecida personalmente por el Papa. Creyeron que bastaría para ahuyentar a tan terrible huésped.

Mientras, el horror crecía.

Una noche de noviembre, el abad del monasterio, que había ido a dar la extremaunción a un moribundo, fue emboscado por el engendro antes de cruzar el umbral de su morada; fue muerto con la misma atrocidad. A tal hazaña infame no tardó en añadirse una increíble blasfemia. A la noche siguiente, mientras el cuerpo del abad yacía en un rico catafalco en la catedral, cuando se decían misas y ardían las velas, el demonio invadió la nave, apagó todas las velas con un solo movimiento de sus alas y arrastró al menos a tres sacerdotes oficiantes a una impía muerte entre tinieblas. Todo el mundo pensaba que los poderes del mal estaban emprendiendo un formidable asalto para poner a prueba la fe cristiana de Vyones. En medio de aquel horror abyecto, el desorden extremo, el desaliento, tuvo lugar un deplorable estallido de homicidios, asesinatos, rapiñas y latrocinio, junto con clandestinas manifestaciones de satanismo y celebraciones de misas negras.

Y entonces, en medio de aquella frenética confusión, comenzó a circular el rumor de que otro demonio deambulaba por Vyones; que al monstruo asesino lo acompañaba un espíritu más deforme y tenebroso, con intenciones lascivas y que sólo hostigaba a mujeres. El ser había atemorizado a varias damas y doncellas hasta sumirlas en auténtica histeria al aparecer su rostro en las ventanas de los dormitorios. Asimismo, se había acercado con sigilo, lascivamente, con inequívocos sonidos, muecas y aleteos grotescos, a otros que osaron salir de sus casas y transitar por la noche. Sin embargo, pasaba algo extraño, ya que el honor de ninguna mujer fue realmente agraviado por aquel íncubo. Se acercó a mucha gente, aterrada ante su comportamiento repulsivo, pero sin tocar a nadie. A pesar de aquellos tiempos de terror, hubo quien se burló procazmente del singular celibato que guardaba el demonio y se decía que en realidad buscaba en Vyones a alguien al cual aún no había encontrado.

Un oscuro y sinuoso callejón separaba el alojamiento de Blaise Reynard de la taberna que regentaba Jean Villom, el padre de Nicolette. Reynard tenía por costumbre ir de noche, aunque su presencia era mal vista por el dueño, que había desaprobado la petición de mano de su hija. Toleraban su presencia porque siempre traía la bolsa llena y manifestaba una ilimitada capacidad para aguantar el vino. Siempre acudía temprano, y permanecía en silencio, hora tras hora, contemplando con ardor a Nicolette. Pese al deseo de no perderlo como cliente, le temían a causa de su reputación de hechicero. Como todo el mundo en Vyones, Reynard había acusado la sofocante carga de terror supersticioso durante aquellas noches, cuando el terrorífico rondador acechaba en la ciudad. Sólo la urgencia de su deseo salvaje por Nicolette lo habrían hecho atravesar el callejón, en medio de las tinieblas, para entrar en la taberna y contemplar a la muchacha.

Las noches otoñales habían ocultado la luna. La noche posterior a la profanación de la catedral, un nuevo cuarto creciente iluminaba los tejados cuando Reynard se dirigía a la taberna. Los rayos no llegaban hasta la parte baja de la estrechacallejuela; no pudo evitar estremecerse mientras aceleraba el paso entre sombras. Le daba la sensación de que en cada recodo, en cada esquina, unas alas cuajaban la oscuridad con su influjo, que en cualquier momento podrían aparecer unos ojos brillantes, encendidos. Ya al final del callejón, se percató con pánico de que una nube con la apariencia de alas cubría el cuarto creciente. Por fin llegó a la taberna, había comenzado a intuir que algo, invisible, lo había seguido. Entró; cerró la puerta, como si lo hubiera hecho ante las mismas narices de su terrible perseguidor.

Aquella noche la taberna contaba con pocos parroquianos. Nicolette servía vino al ayudante de un mercero, un tal Raoul Coupain, joven agradable; tabernera y cliente se reían con una alegría que Reynard juzgó de un regocijo indecoroso. Jean Villom hablaba en susurros sobre los últimos acontecimientos y bebía tanto o más que sus clientes. Sintiendo unos celos crecientes a causa de la presencia de Raoul Coupain, Reynard se sentó en silencio y observó con malignidad los flirteos de la pareja. Pareció como si nadie hubiese reparado en su llegada: Villom seguía hablando con sus compadres, y Nicolette y su cliente seguían enfrascados en juegos. A la furia de sus celos Reynard pronto añadió el resquemor de quien cree estar siendo ignorado deliberadamente.

Para llamar la atención comenzó a aporrear la mesa con sus poderosos puños. Villom, que había permanecido de espaldas, llamó a Nicolette y le indicó que atendiera a Reynard. Dedicando una última sonrisa a Coupain, la muchacha se acercó a la mesa del tallador. Menuda, de pecho generoso, con unos cabellos pelirrojos que descendían en abundantes bucles, iba ataviada con un vestido verde que resaltaba las sensuales formas de caderas. Con Reynard se mostraba desdeñosa y fría, pues le disgustaba, evidencia que escondía más bien poco. Precisamente aquella noche Reynard la encontró más hermosa y deseable que nunca, y le asaltó un salvaje impulso de tomarla en sus brazos, de llevársela ante las narices de Raoul Coupain y de su padre.

—Tráeme una jarra de La Frenaie -ordenó bruscamente en un tono que revelaba la mezcla de su resentimiento y deseo.

Moviendo la cabeza a modo de burla, mirando de nuevo a Coupain, obedeció. Sin musitar palabra, depositó ante Reynard el fuerte tinto y regresó junto al ayudante de mercero para reanudar sus devaneos amorosos.

Reynard comenzó a beber. Lo único que hizo el vino fue inflamar su ofuscado deseo. La mirada se le tornó ponzoñosa; los labios se le torcieron, como los que había tallado en las gárgolas. Su interior se consumía en una furia siniestra, como la de un fauno taciturno. Procuró reprimir aquel fuego; permaneció inmóvil, salvo las frecuentes ocasiones en que se servía de la jarra. Raoul Coupain también había ingerido una buena cantidad de vino. Por eso, su cortejo devino más atrevido e intentaba besar la mano de Nicolette, que ya se había sentado a su lado en el banco. Le sostenía la mano; su propietaria, tras propinarle un enérgico pero suave bofetón, le dio permiso para proceder de un modo que Reynard consideró, cuando menos, libertino. Gruñendo, poseído por un ciego impulso de abalanzarse sobre su rival, se levantó y fue hacia la pareja. Uno de los contertulios, sentado en una esquina, adivinó sus intenciones y avisó al instante al tabernero. Este se alzó, tambaleándose un poco por el vino, cruzó la estancia con cautela, listo para intervenir. Reynard se detuvo, presa de una momentánea vacilación, y prosiguió, obnubilado por un enorme odio hacia todos. Deseaba con toda su alma matar a Villom y a Coupain, terminar de una vez con los estúpidos parroquianos que lo observaban desde los rincones y por último, por encima de sus cuerpos estrangulados, asaltar a besos y ahogar a caricias los carnosos labios y el cuerpo de Nicolette.

Al ver cómo el escultor de gárgolas se acercaba, conociendo su mal carácter y sus celos, Coupain también se alzó y tentó, debajo de la capa, la empuñadura de su pequeña daga. Mientras, Jean Villom había interpuesto su corpachón entre los dos antagonistas. Deseaba evitar a toda costa cualquier disputa y preservar así la reputación de su local.

—Vuelve a tu mesa, tallador —instó a Reynard con vehemencia.

Desarmado y en inferioridad, Reynard se detuvo, pese a notar que la cólera bullía. Clavó sus ojos en los tres con intensidad asesina. Más allá del trío observó, más por instinto que por deseo consciente, los paneles superiores de los ventanales; en sus cristales se reflejaba la trémula llama de las velas, las fulgentes copas, las cabezas de Coupain, Villom, Nicolette, así como su cara sombría entre ellos. Sin saber por qué, diríase que con incoherencia, en aquel instante se acordó de la nube oscura e indefinida que había atravesado el cuarto creciente de la luna, la pertinaz sensación de intuir una siniestra persecución mientras cruzaba la calle.

Así, todavía absorto en la imagen de los cuatro reflejada en el cristal, retumbó un atronador estruendo. Los paneles de la ventana y la visión del grupo estallaron hacia dentro en incontables fragmentos. Antes de que uno solo de los cristales rotos hubiese rozado el suelo, penetró en la estancia una forma oscura y monstruosa cuyo aleteo apagó las velas e hizo bailar las sombras como en un aquelarre. Cuando repararon en ella, permaneció inmóvil suspendida en el aire, y les pareció que era más alta que la oscuridad que reinaba sobre las cabezas de los presentes. Se fijaron en la infernal intensidad de sus ojos, y la curvatura de sus labios repulsivos, que mostraban unas fauces con dientes más grandes que los de una serpiente.

Detrás de él irrumpió un segundo monstruo. Todos sus ademanes rezumaban lascivia, del mismo modo que en el otro exudaba un odio homicida y una ilimitada maldad. Sus facciones de sátiro estaban contraídas en una inalterable mueca. Suspendido en el aire, como el primer intruso, observó fijamente a Nicolette. La sorpresa y la consternación, extremas hasta el punto de convertirse en un pánico, petrificaron a los parroquianos, incluido Reynard. Inmóviles, mudos, contemplaron la invasión.

La congoja de Reynard era el fruto de una inefable sorpresa, la angustiada certeza de comprender lo que sucedía. Por su parte, Nicolette, inundada de horror, gritó desesperadamente, y empezó a correr por la sala. Como si aquel grito hubiese sido la provocación, los dos demonios se lanzaron sobre las víctimas. Con un furibundo zarpazo de sus garras totalmente extendidas, rasgó el cuello de Jean Villom, que cayó emitiendo un sordo gemido. Inmediatamente después, Raoul Coupain sufrió idéntica suerte. Por su parte, el otro engendro había volado en pos de la chica; sus bestiales brazos la retenían en contra de su voluntad, sus alas la envolvieron.

La taberna devino un torbellino de gritos y convulsiones, de sombras que forcejeaban en la oscuridad. Reynard percibió el gruñido del monstruo asesino amortiguado por Coupain, cuyo cuerpo estaba desgarrando con los colmillos. Y le llegó nítidamente la lúbrica risa del íncubo por encima de los histéricos gritos de Nicolette. Algo le propinó un violento golpe a Reynard, el mazazo de un objeto que se movía con rapidez, acaso un ala, duro y pesado como la piedra. Cayó al suelo inconsciente. Confusamente, con enormes esfuerzos, procuró volver en sí. Tardó un poco en recordar qué había pasado. Cuando abrió los ojos, le inquietó el punzante palpitar de las sienes, el revoloteo de voces exaltadas a su alrededor, el brillo de muchas luces, la acumulación masiva de rostros; y, sobre todo, aquella sensación indefinida pero dolorosa, atenazada por el terror, que lo oprimió nada más recuperar la consciencia. La memoria retornó a él, con renuencia y retardo y, con ella, el pleno conocimiento de lo que había pasado.

Yacía sobre el suelo; su propia sangre le manaba de una dolorosa herida en la cabeza y resbalaba por la cara. La sala estaba llena de gente que portaba antorchas, cuchillos y alabardas. Contemplaban los cuerpos sin vida, inundados de vino y sangre. Nicolette, con el vestido verde hecho girones, como si todavía siguiera atrapada por los brazos del demonio, murmuraba quedamente, mientras las mujeres la interpelaban con gritos inútiles y preguntas que ni oía ni comprendía. Los dos compadres de Villom, traspasados y desgarrados, estaban muertos junto a la mesa donde se habían sentado, ahora patas arriba.

Estupefacto de horror, todavía aturdido por el golpe, Reynard se puso en pie, al instante rodeado de caras y voces inquisitivas. Algunos recelaban de él, único superviviente de la matanza y con sospechosa reputación; sin embargo, sus respuestas convencieron a la gente de que aquel nuevo crimen sólo podía ser obra de los engendros demoniacos. No obstante, omitió parte de lo que había visto ni reveló los motivos que últimamente alimentaban su miedo. Guardaba aquello en lo más recóndito de su alma, atormentada.

Consiguió salir; se abrió paso entre la multitud, y se quedó transitando por las calles, a medianoche. Menoscabando el peligro, sin saber adónde se dirigía, erró por la ciudad durante horas. En algún momento, su deambular lo condujo hasta el taller donde trabajaba. Sin una razón lógica, entró y salió de nuevo, armado con un pesado martillo que siempre había llevado con él en los años de peregrinación por las distintas capitales para trabajar. A continuación, hechizado por su horrorosa y constante tortura, siguió errando hasta que el pálido amanecer lamió agujas y tejados con luz espectral.

Movido por una compulsión apenas voluntaria, sus pasos lo llevaron frente a la catedral. Sin prestar la más mínima atención al sacristán, penetró en la catedral y buscó las escaleras que llevaban hasta sus gárgolas. En medio de una mañana pálida, el sol oculto, salió al tejado y, asomándose al borde, observó las figuras. No se sorprendió en absoluto, sino que confirmó un terror demasiado brutal para ser nombrado, al reparar en que los dientes y las garras del grifo con cabeza felina y expresión diabólica estaban maculados de sangre ennegrecida; que de los talones del sátiro alado y lujurioso pendían, enganchados, jirones del vestido de Nicolette. Bajo la enfermiza luz matinal, le dio la sensación de que el sátiro llevaba estampado en el rostro un rictus de perversa ironía.

Lo contempló con miedo y fascinación, con una rabia impotente, una repulsa y un arrepentimiento más profundos que los del infierno. Apenas fue consciente de alzar el martillo para golpear frenéticamente al sátiro, hasta que percibió el desagradable y furioso sonido del impacto y se dio cuenta de que se hallaba sobre el borde del tejado, luchando por mantener el equilibrio.

Los golpes apenas vulneraron las facciones del sátiro, sin conseguir borrarle la expresión de inalterable triunfo. Alzó de nuevo la herramienta, pero esta vez sólo hirió el aire. Reynard notó que él mismo era alzado y rechazado por algo que, afilado y puntiagudo como varios cuchillos a la vez, hendió su carne. Intentó ponerse en pie infructuosamente; resbaló, quedó tumbado sobre el borde de granito del tejado, cabeza y hombros pendiendo sobre el abismo de la calle desierta y oscura. A punto de desvanecerse, entrevió que encima de él estaba la otra gárgola con las garras incrustadas en su hombro. Aumentó la saña con que le aprisionaba el hombro, las garras penetraron todavía más, aumentando el sadismo. Daba la impresión de que el monstruo era todavía más grande, una bestia fantástica sobre su presa; sintió que resbalaba, que la gárgola se retorcía y giraba como si desease recuperar su postura normal sobre el abismo.

El vértigo semejaba conferirle una impresión de caída lenta e inexorable. La torre de la catedral se inclinó y giró debajo de él de un modo enfermizo, como en una pesadilla. Aturdido por el miedo y la agonía, Reynard vio la despiadada cara felina que se dirigía hacia él mostrándole los espantosos dientes. Sin explicarse cómo, aún empuñaba el martillo; una instintiva necesidad de supervivencia hizo que golpease con él a la gárgola, cuyas repulsivas facciones parecían aproximarse a su propia cara como una imagen en el clímax de una tormenta delirante y enajenada.

Pese a su resistencia, siguieron los movimientos compulsivos y las contorsiones; los talones lo arrastraron hacia fuera. En aquella postura inverosímil, la eficacia de los golpes disminuyó. La cabeza de la herramienta caía con irrisoria fuerza sobre el antebrazo cuyos curvos talones se le clavaban en el hombro cual ganchos de carnicería. El martilleo cesó con un agudo sonido quebrado; a medida que se precipitaba hacia el vacío, la gárgola se desvaneció de sus ojos. No vio nada más, salvo la oscura masa de la torre, que parecía alejarse de él por los aires, elevarse con inaudita rapidez hacia un cielo sin estrellas en el que la luz del sol tardío apenas si se notaba.

Fue el arzobispo Ambrosius quien, de camino hacia la catedral para oficiar la primera misa del día, se topó con el destrozado cuerpo de Reynard, boca abajo sobre la calzada. Sorprendido por tan terrible visión, se persignó nada más descubrir el objeto que seguía aferrado al hombro del desdichado y repitió el gesto más fervorosamente si cabía. Se acercó para examinarlo. Su infalible memoria de auténtico amante del arte lo reconoció enseguida. Y acto seguido, con idéntica claridad, comprendió que la pétrea extremidad, tan profundamente hendida en la carne del tallador, había cambiado inexplicablemente. Creía recordar que la zarpa siempre había estado distendida, ligeramente flexionada; ahora estaba rígidamente extendida, alargada como la de un predador que hubiese cazado alguna cosa o arrastrado una pesada carga con sus brutales talones.