viernes, 28 de septiembre de 2018

Poemas escritos en español. Alfredo Gangotena (1904-1944)

Tempestad secreta.

                                                       Para ti, profundamente.
                                                    Para David García Bacca,
                                                          esta  «desvergüenza».

I

Las razones de la vista: aparecen consiguientes las llanuras, el cárcavo de las selvas.
Encendidas aves, romped de vuelo mis cristales;
Las consabidas alas de este mirar,
La luz naciente que en soledades llevo a los más altos ayes,
Juntad las de vez segura ya en su común medida, en su cenit secreto.

Me devora, del espíritu, la absoluta permanencia de estos polos.
Te escucho, como el ámbito a sí mismo de los cielos,
Allá en cuantas las miradas, en el golpe a ciegas de mi paso.
Sangre desnuda que vertiré en tu flanco:
De ella mi sudor de angustia, de cesación y noche.
Con el ceño adusto al trasluz de las sienes,
Toda inquieta en cima de voces,
De pronto me acusas a deudas, a más rehenes.
¡Habrá espacio de cabida
Junto al labio gota a gota de tus senos?
¡Mente, de flores tan vacía!
Afuera el grito, los deleites;
A darte encuentro, las brisas relucientes.

Me mantuve afuera, en suelo de leones:
Deseando el cumplimiento de tu sexo,
De cuanto jugo a altas horas de este cuerpo seminal,
De cuanto crece en la pendiente.
Ya no miro. Me golpea la sangre de los ojos.
En trances tales de denuedo como el párpado de los héroes,
Ya no asiento el calcañar.
¡Oh vientre, oh boca en la frontera!
Pecho absoluto de mis ansias,
Me vacías, pecho mío, de substancia y tiempo en derredor.
Y reparos, valladares y provincias
A cuanto supe desear.
¡Abridme! llevo el ala fatigada
De arrecios tantos, de espumas y de celos.
Estoy de pena y resonancias,
Más aún: de gala y esponsales.

Os diré ayes como un latido de aguas.
Abridme las urnas, al conjuro de estas lágrimas.
¡Oh vehemencias! mis venas agolpadas en su cúmulo.
¡Oh huésped mía de delicias:
De monte en valle, de noche en claro, de tienda en tienda,
Cabe el temblor seminal de las rodillas,
Como el ámbar del estío en la cepa de la vid,
¡Te acrecientas de presencia, -penetrante y temblorosa de substancias seculares!

Su contorno en mis sabores: ¿me estuvo acaso, me está vedado?
Van mis órdenes: a su merced, la hacienda.
¡Y jugos tales en mi cuerpo, de aquella prenda oculta tan deseada!
Crecida noche, en su caudal de luna, ¡oh gargantas de blancura!
¡Ay! decidme cuánta savia de mi lecho.
Más adentro la pupila, las moradas, cuánto lo escondido.
De vivas flores, en la cumbre, abierta al calor de mis entrañas.
Ya podrá Ella entonces desnuda luego palpitar.

¡De riberas adelante! ¿Dónde están los montes, las otras potestades?
En tela de su dicha, ¿dónde cabe más algo desear?

Ni seda otra, ni tal soporte.
Me conoces, me presentas en campos desatados.
Oh primicias de este único menester!
Mi frente airada, Amor, los ayes, ¡oh cuenca eterna de salivas!
De moradas me regalan.
Y tu vientre abierto en mi pesadumbre de caricias.
E! labio sumo mío cae de los siglos, a tu boca concebida,
¡A la herida declarada de tus senos!


II

¡Abrid de juntas, de par en par las puertas,
Y las alas tiernas del encuentro, abridlas!
De llegada me sorprenden tu latido,
Las urgencias consabidas de la noche.

¡Oh mundo, cuán cargado está mi pecho!
¡Ay! tan corto voy de brazos,
¡Corto y lento en poquedad de mis primicias,
Poquedad de las miradas!

Ni lámparas en zaguanes,
Ni las flores en su asunto.
¡Qué ceñiglos, qué albañales!
Daos prisa de esponsales, dadme al punto
Acicalada de umbrales la morada,
Las delicias de encontrarla
Toda adentro de jardines y rumores.

No hay pregón de luz que la compare.
Ya se cumplen las edades.
En las huellas de su paso reverberan los leones;
Ya sus senos encendidos me circundan de inmanencia.
¡Heredad tan seca, oh tienda de desierto!
Acudid, vosotros todos los del soto, con palmeras y cristales,
Con la fiebre de los ojos y otras tantas claridades.

¡Oh ímpetu total de ansias
En los senos temblorosos de la espera!
Las manos agobiadas a expensas de este peso duro de los montes.
Vedme el pecho jadeante,
Y la boca en su premura.
Cerrado bosque, atiende unánime al sol de mi llamada,
Como un solo golpe de alas.
El velamen se acrecienta
Yalza vuelos en mi sangre.
A sien de muros el cortinaje oscuro de la estancia
Tal se empaña en los alientos
De un sudor sanguinolento.
Altas horas de este mundo,
Dadme aviso: ¿cuánto llega?
Vuestro péndulo mortal de movimiento
Únicamente late en la cavidad de mis latidos.

Con rojo mirar de sentimiento,
A poco, la veréis:
Bajo el indijado manto de sus párpados,
En la oculta transparencia de los muros.
Dadme esfuerzo.
¡Ya en la sed de los ijares
Un derrame tan profundo
De estos senos!
Y aquel rayo de los altos,
Desnudo y devorante como el tiempo, de parte en parte me atraviesa.

¡Perdí, en ascuas, cuánta imagen de la vista?
Y las puentes alabadas;
Grandes plazas y caminos, los cerrojos;
En gonces de alas, las puertas entornadas.
¡Oh quejido de mis ansias!
¡Qué profundidad de soplo!
Adentro, tan adentro, me sorprendes, me das caza.
El mundo está a la mira, la noche en vela,
Y el espíritu
Desatado en los arrecios, Adorada, de tu cuerpo.

¡Sobrada noche de cuita y menester!
iOh secretos esponsales de este sumo conocer!
Ni la sal de mis heridas,
Ni entrañas éstas como pulso de sangre de otras lágrimas,
Nada queda de poder si hoy aliño mis enojos:

¡Abridme a vida las puertas, los portales,
Cuantos lechos,
Los holanes!
¡Dadme aliento!
Es de cena la holganza:
Ya en mi cauce, a grandes vasos,
Se desborda, a plena fuente,
Tan adentro,
La inaudita, deseada,
Sangre viva de la Amada.


III

Soledad de luces, soledad de alientos.
¡Oh lágrimas me dais voces
De su presencia en solar de mis adentros
Más remoto!
Arrobado en tales ansias,
Ora a vuelta de desmayos,
Ora en tela de lamentos,
Pasaré la noche en prenda
De soledad,
                        con el alma ahita, a tientas,
Con el alma enjuta en sienes de sudores y tormentas.

Voy clamando en graves ayes el deseo de mi boca.
En todo tu cuerpo te grité mis quejas
Porque a fuer de tus enojos ni siquiera supísteme escuchar.
Y no es de pan, ni es de vino el menester;
Ni sed, ni ganas de aquesta colación.
En el jugo, fuente y gota de tus senos:
¡Oh prueba sin consejos
del ansia viva!
                              ¡Sequedales!

¡Cuánto padecer! ¡Cuánta cosa he roto,
Y cuántos golpes en busca del alivio!
Manos mías en el huerto,
Derramad las flores llenas,
Derramadlas
Y dad sustento
                                a esta sien que palpita en mi costado.
La pasión que me desangra:
Un tal querer enclavado en las entrañas.
Y los muslos entornados, derramando de ellos su cabal fortuna.

Desde el otero
                              acudo al llano de tantas bajas tierras escondidas.
Mas, ¿dónde están los senos que apetecen mis sentidos?
¿Dónde el pecho de mi boca?
En sus altas horas,
                                      y en el gozo, en la cima de estambres y deleites,
Vino el Huésped.
Abrió cuentas,
Ya vuelta de sorpresas no pudo menos que gritar,
A todo ámbito,
                               la voz de su desmayo,
Que gritar:
                       ¡desolación, desolación!

Este cavilar nocturno.
Esta llaga atroz de su presencia,
                                                                    abierta en todo el rostro.
¡Soledad de luces, soledad de alientos!
Ni siquiera en sombra sus miradas me cubren ya.

Alimañas en mi senda.
¡Cuántos cuervos en la noche!
Atado al peso de lo oscuro, al clamor de mis entrañas,
Pronto dormiré mis sueños, bajo el sediento párpado de este insomnio.
¡Oh moradas de cal viva!
Allá vuelo en desatino,
Con toda la mirada en trances de soslayo, arriba de estos grandes vuelos corporales.

Vino el Huésped,
Y desnudo me encontró:
Los oídos sin respuesta,
Tan reseco el albihar.
Desnudo de hambre, de venas y de espíritu.
Vino el Huésped, en sazón
De esperanzas y clamores,
Y único en las praderas de su huella, no pudo menos que se exclamar,
-Los ojos encendidos en la prenda de sus ayes-,
A su vez que se exclamar:
                                                      ¡desolación, desolación!


IV

Repitiendo, ora a cuántos muros,
Mis desmayos de lágrimas, de espesuras,
Con pupilas de mi sangre velaré
Tu noche, en prenda de soledades, en paso de tormentas.
Con el alma ahita,
A tientas,
Con voces en lo alto y la vendimia adentro,
Toda en el lagar.

Ni de siesta, ni de pan o adobada colación
Y menos aún de vino me cabe el menester.
Cuando las piernas tuyas entornadas, cuando el cuadril arriba en la cumbre desnudo se decide,
Derramando de él primicias contenidas:
A zaga, atónito, voy de tus enojos.
En el cuerpo te gritaré mis ansias,
Porque a fuer de tal caída ni siquiera entonces supísteme escuchar.

Desatado en la violencia y los arrojos
De este caudal que me desangra:
¡Cuánta cosa he roto!
¡Cuántos golpes en busca del alivio!

A fuente,
¡Oh vida!, corres en las aguas tiernas del encuentro.
Manos mías en el huerto, deshojad las tantas flores llenas,
Deshojadlas en sustento de esta creciente sien que palpita en mi costado.
¡Con el ímpetu de morir,
Romped el canto de la anchura!
¡Oh vida,
Me retienes en cuarteles de cal viva,
Cabe la morada que de pronto asedias, y luego fortaleces!

Las fieras cruentas de Diciembre
Huyen trasijadas.
Al trasluz de arteros vientos reverberan los senos míos de la espera,
De ellos tal, ya del vientre y la junciana, se arranca un grito tal,
¿Cuál, decidme? ¿ Y dónde están los senos que apetecen mis sentidos?
Abridme, ¡oh puertas!, al jugo que divierte,
Al goce, a zumos del ijar,
A la boca ésta de su cuerpo, henchida de salivas.

Tantas salas abultadas en los párpados,
Cuando el Huésped,
Con el ala turbulenta de los bosques,
Llegó airado en sumo enojo de las frutas.
Majado el puño de la fuerza,
Tal vertiendo su esplendor de capiteles,
Con el mando enhiesto de miradas, a solares acudió,
En praderas de su hacienda se extendió;
Y dando voces de amargura,

De heredades semejantes,
No pudo menos que se exclamar: ¡desolación, desolación!

Este cavilar
Nocturno.
¡Abridme el pecho! ¡Oh dolencias: su epidermis tan de cerca ataviada en mis contornos!
Con el párpado ensangrentado me devuelvo a los lamentos de cuantos mis deseos.
Desnudo, bajo el peso de tu inmanente corazón,
Desnudo, me devoran las fatídicas sombras de los astros.

El Huésped recibiendo, ¿qué vida lleva en telas de este mundo?
¿Qué fuerza le retrae en la alta ceja de su vuelo?
Los mares separados, sin dominio, sin respuesta;
La lluvia golpeando, a noche llena, los cerrojos;
El desmayo de este labio en las tablas de la muerte,
Y la espesura ardiente del que llega.

Sopla un hálito de lúgubres espejos.
Manos de mi golpe,
¡Oh manos desteñidas, como un flujo de la mente!
¡Oh tierra abierta a más desastres!
Amada mía. Los ojos tan de lleno dados a la vista,
Tal de huestes y celadas compelido,
Tal el Huésped no pudo menos, del Cenobio
Y de mi labio conseguido ya en otras cuencas escondidas,
Que se exclamar a todo ámbito: ¡desolación, desolación!


V

Llama adentro, a merced de cimas claras en tu vuelo,
Va mi sangre herida en busca de un ala de frescura.

Implacable Esposa, ceñida llegas de trofeos.
Con el pulso de la fiebre atraviesas cal y canto;
Anhelante como el fondo de los mares
Te acuestas en mi noche, en la humedad de mis entrañas.

Tan duro de reflejos, el peso corpulento de la luna.
A crecientes de Diciembre se desata el viento cargado de un ave de los polos.
Tu voz perenne en el pecho de las flores,
No la acarician ya las altas brisas de rocío,
Mas el flujo pertinaz de aquellas ondas de belladona y de espesura.
¿Qué vigilancia me detuvo:
La sombra inerte de las armas;
Acaso un golpe de llamada;
La densidad de mi garganta?
Ya los bosques de la tierra se mecen apartados.
¡Oh baja frente! sudores semejantes,
Ni la fiebre de estas sienes los desata,
Ni en mi talar de sangre la reverberación de las espinas.

De noche oscura en boca tuya
¡Oh peso adentro, sin cabida!
En el pecho y en la dicha, la pupila en los tendones:
Adorada, de tus piernas las sumas potestades, y la lengua recóndita en la vera:
            de caída, de reparto y de saliva, en el grito de la entrada, en el jugo abierto de tu seno.
¡Oh espacios y venturas tantas de tu cuerpo para siempre en mis entrañas!

Me dejaste suspenso en ayes
De estas ansias, con los labios entornados.
¿Dónde habré de hallar contornos
Al propio pecho mío de tu presa, de tu vuelo?
¿Perdido en la transparencia de mi retirada desnudez,
En la ajena noche,
Harta de vigilias, de espesuras, cuánto más sobrada de banquetes?

Golpe, este golpe en las sienes, que la mente agrava,
A despecho de tus muros, ¿no lo escuchas,
De mi pupila dilatada?
Chorreando venas de lo alto, me ilumina Venus en el rostro mismo de tu sangre.
¡Oh pesada lejanía de los montes!
¡Oh labios tiernos de la cita!
¿Verá el suelo de estas lágrimas la presión
De tu inmarcesible cuerpo sobre el mío?

A tus recintos llegará, en potencias suyas de la selva, el Esposo trashumante.
¡Ay!, atada al grito de tu ardiente cabellera,
El alma atenta a mil sabores,
Donde te reclama su rojo espacio de él, irás.
¿Quién soy yo de este mundo entonces fuera de tu pecho?
Como el hambre, como el tiempo,
Los peldaños me conducen de caída.
Tan henchida de reflejos, de miradas;
Vuelos de brisa te sostienen;
¡Como la luna en holanes, tan creciente!
De inmanencia permaneces en el centro mío de todo lo creado.
¡Oh premura devorante de tu boca, de tu sexo, de los ares, de lo eterno!
¡Oh mundo concebido, la avenida en los adentros!
Adelante bien me guardas en celadas.
Tan cercana y no me tocas,
Y tu frente, de su altura, como el alba;
Y más primicias se estremecen en la acidez de tus entrañas.

Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche.
¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes!
Los senos tuyos, leche adentro, tan cargados de mis labios, de mi prenda:
Me arrancas y me devuelves a esta plaza;
Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes.
¡Oh muerte fiera, oh golpe de ángeles!
Las bestias gimen, perseguidas;
El lobo, bajo el cierzo de la luna, se desangra a vista de sus ojos.
al me implicas, Adorada, en la absoluta permanencia de la Nada.


VI

Ni la sed es cosa tanta.
Ni sudores de la mente me trasijan de manera semejante.
¿Qué reposo habré de hallar en cabidas de tu presa, de este anhelante cuerpo mío
Que desnudas y ensombreces a la vez?

Apretada, oculta noche.
¡Oh vena, venas de mi sangre en la esfera absoluta de los astros!
Me despierto a toda voz, dando gritos de llamada;
En tu espacio me despierto, con los ojos agolpados.
Mi corazón de entrañas y lamentos, como un haz de ensangrentadas cabelleras.

Cuan clara es la pupila, llega el mundo, ¿dónde estoy?
Y los mares de esta fuente, llegarán.
Los cuervos persistentes;
Entre muros, mi espesura.
Y te desmandas a merced, como el fuego, de estas órbitas:
A despecho entonces te hablaré en tu vientre de agitado corazón,
Con la lengua de mi altura,
En tu sexo sorprendido,
A mayores firmamentos con mi voz de noche oscura.
Mas, a todo lo adelantas.
¡Oh Mía de mi celo, pusiste a prueba tanto empeño en el calor de mis sentidos!

¿Cuándo me abrirás presente las dulzuras tuyas llenas, de la tierra?
¿Cuándo el pecho?, ¡a deshora!, y me detienes con el ímpetu del océano
                     sobre el párpado de mi desolada desnudez.

El espacio de tu fuerza.
Mis ojos lentos brillarán del fragor de las ciudades.
Por donde va mi grito, voy, ¿por afueras de este mundo?
La boca densa, aún llena de la muerte.

En subidos aires salgo de mi aliento.
El jardín contiguo, en manos de las flores.
Y van pasos, desnudos pasos en mi alma;
Que te busque, toda mía, amén persiga con las ansias consiguientes del desierto.
Ni la sed es cosa tanta.
Afuera en claro sestean los leones, corre franca la pradera de los ciervos.








Poemas varios.

                                    A Alberto Coloma Silva

1. De lo remoto a lo escondido

Tanto soy y más la brizna de saturada espina
A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos.
Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente,
Como van las tempestades,
Hacia aquel país cerrado a toda mente,
País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte,
Habré de hablarte,
Toda en escombros, ciudad de Balk.

No hay empero reparos de horizontes.
¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito?
¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras,
A aquella fuerza de soledad me atengo
De tu nocturna condición!

Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño.
Los que sois de presa;
Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes,
Velad el campo ausente.
Profesores y otras huestes,
        vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra
        ciencia ensimismada.

Pronto me acusas,
Aire desnudo,
Doblegas mi ceño,
Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar.
Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada,
A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes,
¡Oh selva transparente,
Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz
En mis recintos!

¡Oh mía de mis años!
Las plazas comentadas, los caminos, las edades,
Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente.
Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas,
Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu.
Mis gotas caen.
El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos.
La premura aún
De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores.
Allá sin tregua
La extensión continua, el fragor de la conquista.
El espacio aquél, a brote de epidermis.
Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo,
Mandatos consabidos de luz oculta.
¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas,
Los ciclones!

Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre,
Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas,
En las caudalosas lunas de mi adviento.
Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores,
Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad.
En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre,
Las dulzuras de tu empeño.

1944

* * * * *

2. Agonías de un Caribú.

Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,
Levanto el polvo de la nada.
Toda pupila emerge
                                          en esta soledad suspensa,
Toda concentración oscura,
En violencia tal
De hacinamiento y llama pura entre las rocas.

La luna atenta y circundada
A su vez aclara
Aquel espacio de su prenda
Fluente y nemoroso.
Atormentados cascos van a mengua
Redoblando el eco
En mil contornos de la estéril claridad polar.

Único en sí repercute el gemido entre la fronda
De un balido incauto.
Ventajas cruentas de la selva:
Desvalidos pasos del garañón herido
Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca
Su pesar consume.
Yacentes ojos a su propia luz ocultos
Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.

Ver adentro, el cazador también escucha
El retiro alado de tanta lejanía inclusa.
Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.

A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,
Saturado y tenso,
De fragancia y brotes.
Los continuos árboles
De vertical sustento, de fiero embate,
Allí persisten
Como la postrera vibración del aire.

Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!
Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,
Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.
La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,
Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.

¿Mas, volverá el cedeño pasto
a brotar de luces?
De lo remoto el ciervo acude
A tal empeño de este clamor vedado.

* * * * *

3. Perenne luz

La noche de cerca, y tan desnudo golpe a expensas de mi corazón.
¡Dolorosa mano mía no aciertas a caer
                                                                               suspensa en aquel trasluz
     de movimiento
                                     de tu imprescindible exclamación!

Ya los mares del Oeste como pecho se dilatan:
Tanto el vuelo de mis sienes, y el velamen de esta lámpara que levanto a firmamentos,
          al paso de aguas, a más decir por la anchura de mis párpados.

¡Oh metal tan fresco
Bajo el calor del epidermis!
¡Oh clara huella de su tránsito
En el campo deseado,
                                              en las congruentes potestades de tu sexo!
De clamores y destellos me consuma
Habiendo de sosegar su desnudez.
De sosegarla en la noche de la especie,
En brañas del oasis,
Con mi aliento cuando en vilo de miradas.

Todo que te arrima en resplandores
Que tu condición aplaca de mi ensangrentada consistencia
Todo aquello que no se ajusta de palenques y de fronteras familiares.
Soledad cumplida.
¡Oh silencio, me retraes
                                                  -como una implacable roca de durezas en el alma!

¡Menguada luz de escaso asilo!
Labios míos, dadme altura en el trance de estas ansias.
Mas al borde de riberas semejantes
Cuántas aves de este mundo se incorporan,
Como el rostro implícito en el fulgor de la visión,
Que atraviesan de soslayo la magnitud de las esferas...
Por cuanto asumo de mi cuartel de sangre,
La baja tierra de brisas se ilumina.
Mi cuerpo en tanto a vista se desprende de cenizas,
Gimiendo en hontanares de espeso llanto.

Premisas todas de la muerte.
Un ay seguido de tinieblas, de esta gota pertinaz del pensamiento.
¡Oh mi sueño entrante en humedad de flores!
El espíritu denodado
Se arranca de sus perennes paredes lastimosas.
Abultados cortinajes, como otras tantas cabelleras de lo oscuro,
Y la más ardua noche
De presión continua.

Entidad fortuita
Que no habré de hallar sino a merced de escombros,
En el fragor de la ruptura,
Cuando este golpe de mi total caída
Apura entradas en la nada.

¡Oh lamento de tu voz en mi espesura!
Y esa latente réplica, de néctares y de estambres, al placer que me convida.
¡Oh Tiempo, me defines de presencia y de universo!
Hoy cuán bien, ¡oh luz!, aciertas entre tejidos y asperezas, a descontarme espacios,
A circundarme de vecindades el corazón.

Vida sin prejuicios cuando de Ella al tanto de sus senos concatenando habré de recibir.
Me sostengo en vilo, sin huella entonces, a mayor premura de memorias.
En mi boca de ayes.
Mi labio amén de vez repercute golpeando lo indecible

Ésta acendrada concentración del alma,
¿En qué cúmulo no obstante de la esfera que me oculta?
Hoy mi sentencia, a toda prueba.
De un paso mío al consiguiente, ¿Qué distancia de resuelve?
Tu propia luz endurecida,
Como aquella, a expensas de la nada, claridad conjunta de los universos astros.

Todo vuelo se desprende de tus ansias;
Tanto así mi faz en los recónditos espejos que la nombran.
La reverberación así del sexo
En la extensión de su cabida,
Como el clamor de los metales
Bajo el lampo de tus cruentas auroras boreales.

Ni vectores, ni herramientas de otra fuerza.
Gota a gota la fría lámpara
Sobre mi sien persiste.
¡Tus miradas desgreñadas!, ya sus íntimos cristales de violencia me golpean
A merced de tu estatura.
Vertientes todas de mi lecho.
El deseado cuerpo a su poder de luz se entrega,
A sus mejores aguas.
Tal es mi consumo,
De transparencias tuyas y señales en el retiro incalculable de los astros.
Allá en demora, Amada mía,
Por cuentas y sabores de tu amor que concertar.
Y los terrestres años se deciden, en trances de mi prenda,
Hacia el extremo vértice de profundidad apetecido.

De "Noche". Alfredo Gangotena (1904-1944)

 Pour mon cher Pierre-Louis Flouquet

Versión de Gonzalo Escudero


* * * * *

II. Mi semblante sumiso en la extirpación de las palabras...

                                                                                          A Hubert Dubois

Mi semblante sumiso en la extirpación de las palabras,
Mis manos esparcidas en el horror.
Todo en sombras, arisco, fluyente y transido
De los fríos sudores que he sangrado en mi noche.

Mis ojos asesinados transpiran su lodo contra los muros.
Mis fláccidas axilas de ningún modo me han sostenido.
¿Para qué frecuentar vuestras opulentas moradas?
Os dejo en gran duelo, nativos fantasmas.

Escuchadme: no puedo dejar de ajustarme
A la onda musical de vuestros sospechosos escarceos.
Pero pálido en su furor inminente,
Como el ala erguida bajo sus profundidades de huracán,
Enhiesto y bien plantado, Él solo me esperaba.
¿Y la vejez cercana en torno de mis lágrimas?
En la canícula de este adormecido vientre-
Incubo mis entrañas, mi suerte y mi dolor.

Impelido sobre la tormenta y el pulso de mis venas,
Respiro hacia adelante y mi destino me precede.
Con toda mi pesantez, en Él me he sumergido. .

Estrepitosamente, he gritado los gritos en mi boca:
¡Aquí abajo, el Inminente!
Detenidas por el rumor de su potencia,
Las heridas aguas vierten los juramentos a sus plantas.

Señor enhiesto sobre los rayos de su armadura,
Fulgente en el acero de su inmovilidad,
Para la batalla en dondequiera, Él solo me esperaba.
Voces como piedras gruñen bajo la luna.

Él no me detiene ni menos el ala rumorosa
Del astro de los muertos, suspendido sobre mi tienda.
¡Su ejército? ¿Acaso replegado y sordo en la espera?
¡Cómo! ¿Acaso pensaba hurtarlo y arrebatarlo por azar
A la gran águila de mis miradas?

¿Qué calor me asfixia en estos sudores?
Mis dientes se estremecen, rojos de carne de la posesión.
¿Se deshacen mis músculos bajo las rocas implacables?
La selva me grita: ¡cuidado!
Sacudiendo de despecho su milenario follaje
Sobre mi cuerpo jadeante.
¡Oh lágrimas, qué hundimiento
Y qué polos de oprobio alcanzados en esta ruina!

Él solo me esperaba.
Sus pájaros carnívoros recorren mi silencio.
¡Así sea! Si he sufrido la verde huella de sus ojos.
.Centella de tormenta, Él se precipita de súbito
En la ruta escabrosa de su blanco viaje.

Él partió con el gran viento de alas de la noche .
Y me he quedado inerme y desnudo en la desesperanza,
Toda de cal y de ceniza, mi carne, bajo el remolino
De su vuelo ensordecedor.

Mi corazón, de soslayo, en la hondura de la Medianoche.
¡Helo aquí yacente en la hez y en la vergüenza,
Sucio de excremento bajo la resina de mis ojos
Palpitantes, perdido en la tiniebla, la bilis,
El amarillo polvo y el desprecio!

Versión de Gonzalo Escudero

De "Crueldades". Alfredo Gangotena (1904-1944)

Á Marie Lalou

Versión de Cristina Burneo y Verónica Mosquera


* * * * *

Vestido de púrpura me suspendo perplejo en esta
     medianoche que zozobra.
A decir verdad oigo golpear,
     pasos insólitos golpear la pesantez de la sombra.
Temibles, inesperados, estos pasos
     cuya gravedad sonora me estremece hasta en la
     intimidad más guardada de mi espíritu.
Vestido de púrpura me suspendo perplejo en esta
     medianoche que zozobra.

El cielo, en su fluidez mental, persiste en reconstruirme las
     modulaciones de este llamado.
Mis ojos se empañan de lágrimas.
¡Es Ella, pero Ella! sin lugar a dudas.
¡Ella!
Y toda la luna,
     desde lo alto de los viejos bosques,
     desde lo alto de las noches, despliega su helada sobre mi
     pensamiento.

El recuerdo endurece de negro las puertas,
Sin embargo, en esta invernal quietud, yo me ciño a
     acechar y esperar -cuando todo alrededor, en la gran
     noche de estrellas heladas,
     todo alrededor desfallece la flora-
A acechar el sombrío espacio de noche -hasta que el
     último lobo, con trote furtivo, recobra su cubil perdido.

Muchos pájaros, nacidos de muchas arcanas comarcas,
Los oigo golpear en la corriente endurecida del cristal
     iluminado.
Y mi frente se despliega
     en este deseo de las aguas que mecen la diafanidad visual de los sueños.

El viento del cielo me estremece en el más solemne párpado.
Y ningún Espíritu errante se mostraría esta noche, por nada del
     mundo, en este lugar desierto en donde mi desastre lo llama.
Ningún Espíritu, en tanto que la noche se revela maldita y
     pesada y llena de témpanos fúnebres:
     la última estación del polo.

Yo yacía extendido allí, con todo mi cuerpo, allí en la
     sombría soledad de mis pensamientos,
Cuando esos pasos, de golpe sentidos en lo invisible, de
     golpe vinieron a definir mi cielo.
Con gran estrépito abrí entonces la puerta, y la abrí, de
     repente: primera sobre esta comarca nueva que perturbo.

He aquí pues a la luz mis manos,
     en la blancura nocturna de mi frente.
En sus alientos, mis manos: líquidas y transparentes de la
     leche filtrante de este llamado.
Mi Amor, yo te espero en la totalidad pura de tu
     presencia.

Y la puerta en la noche se abrió, de repente, de un solemne batiente,
     que ella dejó, por esta velada lúgubre, en mi corazón
     derramarse toda la sangre de tu belleza. .
¡Y tus senos sobre mí! y sus sedas lunares derramaron tal
     extraña blancura sobre mí,
En el ala líquida de mi carne, sobre mí:
     para encantar mi espíritu, el espacio y la duración,
     ¡oh lágrimas! a morir.
De este hecho, mi Amor, vences todo tropiezo, toda atadura,
     todo estado anterior de ley,

Me respondes en el delirio y los perfumes,
Mis manos te envuelven en el llamado
     y mi temblor te busca por todos lados en la eternidad
     triunfal de tus brazos,
     en la blancura sobre mi, de toda tu carne sobre mí.

Mi cabeza aturdida rueda a la sombra dulce de tus miradas.
Me has tomado en la fuerza tórrida de tu clima,
¡Oh Sin par! en la carne misma de tu presencia.
Tu boca me ha tomado,
Y caigo pesado y verdadero en las columnas primordiales
     de tu sangre.

Mi Amor, te llamo,
     y tu vientre ilimitado brilla con el más tierno resplandor
     en la boca ávida de mis caricias.
Y de tu carne amada, vuelvo,
     ciego vuelvo en el insostenible vértigo.
Tu carne en el centro abierto de mis entrañas.
¡Tu carne en el absoluto de mi exilio!

Te llamo, Mi Amor, ¡oh Tú!
     Muero, esta noche, en la árida fraternidad de las arenas,
     esta noche colmada de astros y de jardines.
Pero de tu cuerpo fiel, y de tu sangre en la memoria activa
     de mis pensamientos, pero de Ti lustral, de ti y de tu
     desnudez nupcial en mí,
Mi Amor, ¡el deslumbrante sol jamás se extinguirá!

Versión de Cristina Burneo y Verónica Mosquera

De "Yocasta". Alfredo Gangotena (1904-1944)

 Á Marie Lalou

Versión de Margarita Guarderas

* * * * *

Y heme aquí la espera ardiente
nacida en la arena del desierto.
Voy de soslayo como lo hacen las tempestades,
toda mi sangre recogida en mí mismo.
Ansioso viajero, en las olas graves,
Voy hacia ese país, lejos de todo espíritu.
Viajando por el sendero, por fin reconozco tu voz en un suspiro.

¡Oh selva transparente, oh selva, tus vientos primordiales han hecho nacer
             el alba en mi recinto!
Mil rumores llenan mis sienes
Ellos son suaves para mi rostro como los alientos del rocío
             alrededor de tantos brotes quemados.
¡Adelante, oh alma mía, adelante en el cielo profundo!
             Mientras tras tuyo surgen ya mil injurias y se hincha la maldición.
Adelante, mi sangre más rica brilla en las llamas elocuentes del espíritu.

En acecho camino en tus tormentos,
¡Oh príncipe de innumerables plantas!
Seis largos siglos han penetrado ya este licor de abejorros.
¡Salud! llego al fin, entre las altas nubes y los torrentes, entre tu séquito.
Escucha, oh príncipe mi lenguaje impaciente.
Miradme,
No habréis visto jamás una soledad y una cara más puras.


* * * * *


¡Mi destino en el centro de esta pasión! En las noches de mi violencia
              crece, en rojo, una exuberante selva.
Aquí me cubro con las manos.
Y este horizonte ceniciento del desierto, a mi derecha, que he frecuentado en todo tiempo.
Sin embargo, cara al viento, partiré esta noche.
Cara al viento. Y la lluvia afuera como un pensamiento torrencial, afuera sobre la extensión.
Yo partiré.
Sin embargo el azul celeste de Mayo estalla en mi espacio de olvido.
Estos arenales, a mis pies, no han conocido las estaciones y mi palidez se intensifica
             de una tristeza que ni mi misma sangre sabría borrar.
Yo partiré.
Mis miradas brillan en la sombra como el rocío tropical.

Ella acudirá. Ella acudirá, en el resplandor de sus axilas, para darme de beber
             desde las primeras palabras de mi sed.
¡Oh dura selva en las raíces del viento!
Todos mis sufrimientos han fomentado en mí este silencio.
Me abriré yo entonces así, todo sangrante, a tu fecundidad sangrante,
A tu espíritu ya tu gracia, de pie en mi espera.
¡Yocasta!
¡O sexo, o virtud total
en mi locura de todo tu sexo
y en la intimidad carnal de mi locura!
Persisto a brillar en la savia nocturna de este sabor.
Mi carne recorrida por un aroma de luna se ofrece a las caricias que han sido prometidas.
¿Pero vendrás tú algún día?
Destruyo de golpe las alas de la casa; de los árboles, de los capullos.

¡Homogeneidad vaporosa de los astros apartados de mi dolor!
Escucho acercarse su venida.
Deslumbrado en mi carne,
en los latidos de mis entrañas,
me yergo, desnudo, a esperarle.
¡Yocasta!
En el gran viento de los lobos,
la gran luna tropical brilla sobre mi destino.

Amor mío, he aquí entonces mis manos en la blancura nocturna, mis manos líquidas
                  y transparentes de la leche filtrante de esta llamada.
En mis miradas ninguna imagen te interrumpe.
Amor mío, te espero en la totalidad pura de tu presencia.
Y la puerta se abrió de improviso.

Mi amor, desde entonces quiebras toda sujección, todo estado anterior.
Me riegas en el delirio y los perfumes,
mi temblor te busca por todas partes,
en la eternidad triunfal de tus brazos,
en la blancura sobre mí de toda tu carne sobre mí.

Aturdida, mi cabeza rueda en la suave sombra de tus manos,
en las columnas primordiales de tu sangre.
Amor mío, te llamo,
giro en el insostenible vértigo,
muero, esta noche, en la árida fraternidad de los arenales,
entre esta noche llena de astros y de jardines.
Y tú, lustral, y de tu desnudez nupcial, oh mi amor,
el deslumbrante sol jamás se apagará.

                                                                                                                 Quito, 1934

Versión de Margarita Guarderas

De "La tempestad secreta". Alfredo Gangotena (1904-1944)

 A.M.E.



Ausencia   1932

                                               A la que fue todo amor,
                                         embriagadora y cortejada,
                                                              Lucrecia Borgia,
                                              mi ancestro bienamado.

           Para vosotros, mis compañeros de exilio,
Henri Michaux, andré de Pardiac de Monlezun,
                                                    Aram D. Mourandian



Versión de Gonzalo Escudero


* * * * *

IV.  Estás ahí en medio de la noche, Señora,
Aparecida en el instante, Señora, en medio del invierno de mi noche.
Me he dicho entonces: «Si bien recuerdo, Alejandro fue un gran capitán.
«Y el rey Salomón vivió solemnemente como un gran rey.»
Mas me tiene sin cuidado Alejandro y no soy el rey Salomón.
Y no tengo nada, nada que decir de la reina de Saba.
Pero a vos, alta y bella,
Señora, ¿tendré la memorable suerte de interrogaros?
Muchas gentes me rodean: amigos y parientes,
Yo lo admito,
Muchas gentes que me desafían.
Pero ciertamente ellas tienen razón, ciertamente.
Y esta malla interna de sangre, esta malla de sangre que me lacera los ojos,
Tienen razón porque esta malla de sangre bien lo prueba.

No obstante, tranquilizaos, que no siento por vos ni cólera ni tristeza,
Ningún deseo de morir,
¡No! Las atenciones tampoco me afectan.
Sois libre de hablar y regocijaros, en excelente compañía,
        sobre estos mil pensamientos que permanecerán para
        mí eternamente secretos.

Y todas estas gentes que os rodean y están ahí, gravitando en torno vuestro,
Señora, son libres también para comentar mi caída y mi despecho.
¿No lo había yo predicho desde hace largo tiempo?
Señora, entre ellos, parece que se encuentra alguien fuerte y rico en gracias,
Alguien bien acogido a quien yo le enveneno, le corroo y descompongo
         en todas las digitales de mi rencor y de mi espíritu.
¡Así pues, que él desconfíe de mí!
¡Cuidado con él! De ningún modo mi venganza se privará de una presa tan bella y tentadora.

¡Y que silencie y, si le parece bien, se marche a cualquier parte!
¡Que silencie!
Yo le digo: mis brazos tiemblan extrañamente y mi voz se torna dura, sombría y solemne.
Yo le prevengo: los días, sí, los días de su espera, lo juro, no serán de gozo fácil.
¡Más bien de sangre, de sangre!
A menos, Señor, que las flores,
Que las flores dulces y lentas vengan a hablarme de un perfume
             aún más penetrante que los soplos del olvido.

Días de vergüenza, días de angustia.
¿Cómo no le han hablado de ello los astros?
¿Dónde se oculta este hombre? , ¿qué hacía él de la luz de los sueños?
¿Se demora y se olvida el viento en su pensamiento?
El viento de la selva me trae obscuras palabras, obscuras amenazas.

Viento amigo, socórreme, que tu advertencia será el pesado lastre de mi venganza,
Hazlo de suerte que este ser de elocuencia lo sepa;
¡Que advierta mi poder y mi naturaleza de ángel o de condenado,
           poco importa!
Que advierta, en tiempo oportuno, el terrible color de mis miradas.

¿Mas para qué?
Ciego, viviré en adelante las horas que he vivido.
Olvida, viento, mis desgarradas palabras,
Y perdona, te lo ruego,
A este ser altamente privilegiado,
A este hombre que aborrezco y envidio
Tanto y tanto... etc.


* * * * *


VII.  Muchos insectos en torno de un solo pensamiento,
Pero el mío está ausente bajo un cielo de lluvia.
¡Y tú has venido un día, Pizarro, acicateado por una gran pasión!
Como tú, fantasma, enciendo mi alma cerca de la extraña floresta,
Donde tú amabas antes aspirar el tenaz aliento.
Pero cuántas de estas pupilas nauseabundas me envuelven asimismo,
Como en la hora de angustia, pesada y mala para tu espíritu,
Y se demoran en mirarme languidecer.
¡Morir! Lejos de aquí los ojos
Y el noble espíritu tan cerca de las cadenas que mi corazón han ceñido.

Me llama la sangre.
La sangre de los días de éxtasis, más acompasada que la mar.
La sangre que no olvida jamás y que me invade con su color terrible.
Que este inútil viaje de los ojos termine pronto!
Así el paciente corazón anhela volver a ver su sangre
Y gozar de una codiciada sombra, más dulce y más propicia en su temblor de quejumbre.
¡Mas que regrese pronto!
Porque ella me espera, mi Esposa, con la mirada al viento, allá lejos,
         blanca y secreta como la nieve de una estrella nueva.

Ah Señor, si he recorrido una patria mala, tened piedad de aquél que os ofende,
        pobre infante olvidado en las espinas de su calvario.
Os grito: «¡Señor, curadme de la mar inmensa, de mi tristeza grande y del astro
        banal que ilumina la tierra de mi tormento!»

La noche se torna más grande y más densa,
buscando perdidamente sus sombras.
Grande es mi infortunio.
Abriré mi corazón a las bestias bravías que recorren el mundo como el fuego de las arenas.
¿En qué nuevo Espíritu buscaré alojamiento?
El opio desperdiga mis sombras, derramando sobre todo párpado su melancolía de ausencias.

Y añade el corazón desesperado:
«La ausencia!
«La ausencia sin límite.
«Oh cómo está lejano mi hogar de gloria.
«Oh labios amadores, las lágrimas no son tan profundas como para llorar tanto
             vuestro alejamiento.»

¡El cielo endurecido no resuena!
Flores sin tallo que tienen el peso de la sangre.
Y la noche se vuelve más dulce, más próxima y más estrujadora:
»¡Abrete!
»Abre tu sueño a mis alientos,
»Porque soy la libertad de las brisas.
»Porque traigo con los siglos la convalecencia de tus pupilas.
»Está presto el camino, la forma del sueño busca su destino.
»Oh labios, el tiempo os apresura,
»Restituidme a mi cielo de inteligencia,
»Que el solo contacto de irreductible amor lo aseguro en este reino de vida.»


* * * * *

XIV.  Estos muros de sombra, que se los abandona, estos solemnes muros
                 de arcilla somnolienta,
Que se los abandona a su familiar suficiencia bajo los cielos,
Y a su diálogo de polvo.
Como las piedras que se despiertan tiernamente en el instante más húmedo del año,
Que se maravillan, descubren y tienden sus cuerpos endurecidos a la espuma
                 que los envejecerá sin tardanza.
El umbral se viste con la sombra alerta de mis manantiales y de mi espliego.
El umbral me llama y solicita.
¡Qué ternura en nuestros gestos!
¡Oh dulzura y transparencia de nuestras miradas!
Y el sol no es sino un encarnado soplo en la tarde.

La brisa, se derrama como un llanto solitario
A lo largo de las hojas adormecidas.
Todas las cosas por el mundo se juntan y se estrechan,
Todas las cosas se estrechan en la profundidad de sus rodillas.
Oh Tierra, tú gozas
En la cosecha y la savia de tus frutos.

Y aquél que se interna en los sueños
Y devora deleitado los panículos del maíz.
Pero si el enfermo contempla
A contraluz la membrana sanguinolenta en el intersticio de sus dedos,
Ah cómo se lamenta
Por este indefinible y perpetuo gemido,
Por el estridente clamor en los vidrios arenosos
Yen las harinas y la cascada del molino.
«¡Astros en mi espíritu, él dice, ni vosotros
»Ni el agua múltiple en la potencia de sus voces,
»Ni vosotros, palabras bienhechoras de un día,
»Podréis devolverme la sangre febril de mi amor!»

Aquí abajo, por lo contrario, la más verde de las moscas,
Rumorosa reina en el ojo ventoso de la cerradura,
Se deleita noctámbula en las cavernas umbrosas
Y en las grutas innumerables de un palacio fastuoso.
Que retumbe un gran sonido en los lechos sonoros del viento alisio:
El grillo,
Por las puertas malvas de su hierba
Restituye el asilo y la querencia de su morada.

Versión de Gonzalo Escudero

De "Orogenia". Alfredo Gangotena (1904-1944)

 A mis:
                                    Paul A. Bar
                                     Max Jacob
                        Pierre Morhange
                        Jules Supervielle
                 Gonzalo Zaldumbide

* * * * *

Bebida turbia.

                               A Henry Michaux

Escucho tus ondas, inefable noche, tu soplo, oh reina del sueño, en mi urbe.
La oda comienza: que muja en mí la imprenta.
¡Funde este orden, ácido rojo del estío!
Y que yo palpe las verdes ancas de la pradera.

La imagen del Espíritu Santo se inflama detrás de las vidrieras;
Sus bordadas alas de amor penden de las extremidades del dintel,
Y las umbelíferas sombras de miel se abrasan y me penetran,
Sus sombras ardientes y jadeantes en torno de las flores: pentecostés de mis padres.

¡Rocas, como esos frutos
Madurad, rocas bajo la luna,
En las salivas del año!
Ah los paisajes de mi grandeza.
Y más blancas que todas las nieves,
Que el iris del moribundo,
En los hontanares del limpio cielo, mis sienes palpitan.
Sudor de las lacas, plenitud de los poros.
Estoy prendido a los muros del antro como las lágrimas de las madréporas.

Semejante al gallo en su demencia planetaria,
Estoy poseído por la sibilina diestra de yeso.
¡Oh palabra en el olvido,
Astro del desierto, alumbra mi desnudez!
Deja al agua celeste de tus ramas extenderse y fulgurar
Sobre el paisaje de un solitario.

El verde grito del sapo se torna líquido en mi alma.
Y como el topo
Que mira las bóvedas de la tierra,
La frase, urgente misiva, desgarra su envoltura.

Ambulo ciego y busco los treinta y tres clavos sobre el piso;
El alfabeto del bosque me restituye las palabras sonoras, ya pronunciadas.
¡Os ruego!
Miembros de la aventura, modelad el limo de nuestro semblante.
Los párpados se ahuyentan, el cielo se construye.
Súbita virgen, ¿eres tú como el océano
Que resplandece de pronto en este abismo de ceguera?

En tanto que se eternizan, en la encarnada espera de mi sangre,
El clamor, el estrépito y la velada voraz de las chinches,
¡Levantáos, espadas, en la plata de vuestra fuerza,
Y arrancadme de este horno!
¡Desgarradme, uñas, esta corteza y estas membranas tan pesadas de sueño!

Las aristas del sílex, la cal y el follaje de las rocas
Se enarbolan en mis ojos.
Bajo el peso y el sonido de tu presencia,
Los muros de mi guarida se yerguen en las raíces de la tormenta,
¡Fértil estrato de la noche!
Y mi sombra se regodea en la soledad de tus muros.

Se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias;
¡No es el nimbo sino la huella del duro casco!
Aprestaos a descender, tan lúcidos como el aire del cielo, a mecerme, pájaros;
A fin de que mi corazón en gozo recuerde la frescura de las aguas.

Pero, oh Lázaro, ¿quién mojará mis labios en estos parajes?
¡Quién de este mundo podrá morder la maleza de mi exilio?
El infortunio toma en mí las formas del continente;
¡Y el alma siniestra de fango
Macula el templo y las sedas eucarísticas de su asilo!

Versión de Gonzalo Escudero







El hombre de Trujillo.

                                                   A Paul A. Bar

Te visito y te imploro en el sueño, mi esposa ignorada.
Yo me consumo y me abraso en las soledades tórridas y en la avidez de mi amor.
Oh mujer, vengo a mitigar y aplacar mi angustia
En la querencia de tu inocente claridad.

¡Salud, mar vegetal!
Mar jadeante que suspiras y te derrumbas en las trombas argénteas de la aurora.
No obstante que murmuran en la espuma de su lino
Las velas desplegadas de las carabelas,
Escucho, astros en el éter, vuestro mensaje labial y lejano.
¡Aclarad, astros del silencio,
            la paz de las tumbas y la existencia de las flores!
Religiosamente entre las brisas y las aguas, vuestro eco se irradia al fondo de las simas.
Para vosotros, astros omnipresentes de la desesperanza,
            el ardiente lirio de seda se nutre con la sangre de mi pasión,
Y religiosamente, hacia vosotros se levanta y tiembla en la tarde.
¡No!
Ni esta mural y plural presencia de mis padres,
Ni los candados y las severas fórmulas de la tiniebla y del cemento,
Me impedirán, mil ataduras, ausentarme,
¡Orinadas rejas!
Ausentarme en las delicias y el movimiento de mi espíritu.

¡Oh velas! La llama del aire os persigue sin tregua.
El tormentoso estremecimiento del paisaje se permuta
En selva de seda
Y en cálida resonancia de la abeja semidormida.
Despertaos, flores, todavía más bellas que el cielo puro:
Ahí renace el alba lustral y salina,
El alba de los pájaros.
¡Que el ácido y la herrumbre de nuestras armas
Canten al unísono en el azúcar plácido de las aguas!
Más tarde,
Más tarde, bajo el ocre clamor de otros cielos,
Todas las vasijas y los odres secos,
Apuraremos el edénico licor de nuestras lágrimas!

La sien sonora de mi pensamiento,
La oreja en la tempestad y los clarines de la arena.
El árbol sitibundo que se nutre en los muros de este mundo desolado.
Flexibles y largos en las brisas cristalinas de su follaje,
Tiemblan mis dedos
Como la savia y como el año.

Avizora, hermano, el mantel áspero de este cielo;
Palpa y escucha las balsámicas vibraciones de la aurora que se adelanta,
Oh taciturno,
Y que desaparezca este harapo sumergido en la onda y las brumas de un suspiro,
Oh taciturno,
Como las piedras bajo el peso del futuro.

¡Yo profiero este grito tan alto,
        pitanza de las águilas!
Setenta veces me enfango y me revuelvo
En los lagares de las landas y los pantanos.
¡Piedad, piedad! Antaño amaba el lince las semillas de terciopelo
Y extraía su sombra con cuidado
De los plutónicos haberes de la noche.
Pero si yerra y se alarga,
Si ambula famélico paciendo en los soterrados follajes del invierno,
Nadie sabe escucharlo
Sino la estepa en la inmensa e inmemorial espera de su planicie helada.

Piedad, oh piedad, que nos podrirnos en la vitrina de las estaciones.
Después del gran viento líquido del firmamento,
Después de esta fontana de eternidad,
Se arrastran y deterioran las blancas miradas del sitibundo.
Crueldad del cielo en mi pupila. ¡Crueldad
Del alma en la grande e implacable violencia que me destruye para siempre!
¡Oh cruz!
Astro de geometría, mi palabra,
Insignia destellante,
Cruz oblicua de estos mundos nuevos,
¡Mis miembros se levantan hasta la cima de mis vientos cardinales!

Oh virtud de una hierba estimulante que nos procura la resistencia para el viaje.
Cohortes
Bajo mi soplo,
¿Hacia la querencia ilusoria de qué morada descendéis?
         Sobre la aorta pesa
Su leche nocturna.
Nuestras pupilas se dilatan en el silencio de su niebla.
¡Espera, tropa descarriada, espera, levadura del olvido,
Que la luna absorba los mostos y los residuos de tu vida!

¡Oh púrpura eclosión del vacío, oh tierras de América,
El edificio se derrumba bajo la sombra de mi fe!
Purificad lo que hay de permutable en mí,
Hermanos, amigos, iluminad las sabanas y los corredores,
Hermanos, para que yo conozca mejor el volumen de la muerte.

Versión de Gonzalo Escudero







El ladrón.

                     A Jules Supervielle

Como los grandes vientos que soplan en su nocturna y miserable inmensidad,
En las profundas soledades del invierno,
Yerro hirsuto, miserable y sin abrigo.
Ya el lobo no escucha en su guarida
Sino el golpe siniestro de mis años.
Y cuidado con las llamas de un solsticio soñado:
En sus claros de bosque,
Las divinas y vigilantes miradas husmean entre las hojas marchitas.

Desollándome como Judas el infame
-El alma en la punta de la lengua helada-
Me agito en el más bajo fondo del bosque
Como las entrañas del famélico.

Mil formas solemnes se precisan en esta sombra oscura y temida,
Mil formas solemnes que se jactan ante mí del hipócrita contorno de sus encantos.
El limo de mi sombra aterciopelada
Me ofusca los sentidos y anuda mis pasos.

Como el árbol que dolorosamente reprime su cuita
En el blanco nadir de sus raíces,
El hombre maldice su destino.
En la basílica de los pinares,
El yermo corazón se lamenta:
«¡Despréndete aceleradamente, río, y sé
»La cuerda, la siniestra cuerda que me estrangulará!
»Que las ramas de hierro prendan los hervores de la tempestad.
»Aunque las frondas del relámpago estallen,
»No podréis jamás apagarla.
»Cielos, tristes y sombríos cielos,
»¡Jamás apagar esta llama de amor que canta dentro de mis ojos!»

«¡Sobre qué lienzo se imprime mi semblante?
»Sobre vosotros, charcas de absintio
»Y putrefactos brazos del río.»

«En el aire, en el agua mental del firmamento,
»¡Dónde, en qué onda embrujada, se abrevan mis ojos?
»¡En las cavernas de la tempestad o en la extrema
»Soledad del movimiento?»

«¡Hierbas, adiós!
»Me he fatigado y saciado con vuestra savia inmóvil.
»¡Adiós!
»Me lanzo sobre la punta de mis pies
»Hacia el meteoro de Belén.
»Sin hurtaros un día el Paraíso,
»Al revés de la gota adormecida,
»Escalo los torreones más altos,
»Señor,
»Señor, a fin de ofreceros muscíneas.»

Versión de Gonzalo Escudero

De "Primeros poemas". Alfredo Gangotena (1904-1944)

El agua.

Navegante,
¡Almendra del navío!
La mirada acorralada por tantos brillos,
Amianto y témpanos vivos de la estrella polar.
El arco metálico arranca de las ramas astrales
El lino de las cataratas.
¡El hielo de las cabezas sobre la esfera
Que sonará una voz sin nombre!

¡Bah, la luna en su plenitud!
El asalto guerrero de las llamas
Que me libra de la sima de espuma
Y de las jaulas de plata.
La campana gotea, ¡ay! en la clepsidra:
En mí las sílabas del otro, virtuales y explosivas.
Presa total de las bocas de la hidra,
Rueda también mi hermano hacia el pantano del Atlante.
Con la sola resaca de la orilla liminar
¡Cuán lejana es la osadía del corsario!
La fauna brota cardinal y ampulosa:
¡La manada salvaje
del Maelstrom!
¡Yo me abrazo al mástil como un retoño!

Versión de Tolomeo Samaniego








Los amotinados.

¡Ah, risa loca!
¿Henos aquí tus compañeros
Ilustres en la ciudad de los políperos?
¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte!
Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso.
¡La tierra para nosotros!  ¡Y en nuestra angustia
Más bien el cieno de los cerdos
Que el hueso que flota
Como leño podrido del alud!
Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca,
Encenegada, después de los calados.
Pero cuídate, sostén de nuestro amor:
Los perros que te rodean
Sabremos allanar los caos y los letargos.
¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar!

El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre,
¡El anillo constrictor para extenuarte!
Basta de palabras de embrujo
Y del filtro que extraemos de nosotros mismos.
¡Ah! ¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe
En el artificio de tus canciones!

Versión de Tolomeo Samaniego







Oh aleteo de esos labios que imploran clemencia...

                                                                                        A Gonzalo Zaldumbide

Oh aleteo de esos labios que imploran clemencia:
Dama admirable, ceded a mi alma el esplendor de Vuestra Magnificencia.
Gritos velados de mis dientes, estertores salvajes del parto,
Dictad me la orden en los dédalos de mi canto.
Resortes y fuerzas martillados en los cráteres del sedimento;
Puertas omnímodas extraviadas en los palacios de diamante;
Y vosotros, senos del éter, donde se desmayan las fuentes del año,
Lactad, íntimos, las vías frugales que se derraman en mi pensamiento.
Bocas amasadas en el éxtasis y en la plenitud del sueño,
Anunciad al fiel para que escuche el follaje del espíritu.
El émulo del arquero, por la ruta alisia, apacigua las selvas:
Id a debatiros en la onda de sus plumas,
En el instante capital en el que evoco los encantos del mundo.
El acicate de su inmensa empresa y su gloria de doble filo
Que yo clame sin par, ¡Oh Legiones! la epopeya del Gran Navegante.

Versión de Tolomeo Samaniego







Pero Él.

¡Amén, Silencio! El paso se inquieta en el suelo de las gamas.
Recojamos las melódicas flores de la pastoral
Para nuestras tiernas hermanas.
Venid todos, mordamos los barbechos; para nosotros los peces y el arsenal.
Agua disipada de ámbar en la resonancia estelar.
¡Que el mundo alterado inicie las rutas del relámpago!
Íntimamente intactos, oh cementerios, de mi fósforo,
Enrollad vuestro mar deslumbrante, vuestro océano sonoro.
Entre la inmovilidad de los tallos que el astro confunde
Están mis labios arrastrándose en esas lágrimas y áureas bebidas.
Las formas se lanzan a la conquista del viento.
Alojad a ese anciano, advientos, nitidez,
La espalda ya no soporta bajo tanta oscuridad.
¡Me bastas, cohorte, y me atormentas!
Maldición, ¿qué vigilancia me sujeta hacia atrás las huellas?
Ave de infortunio, tú serpenteas, ave
Implacable, en mi cerebro.
Brujas, silba el veneno de vuestros dedos;
¿No soy acaso digno de vuestras cábalas?
Un cargado aliento -floración más rara-
Injuria violentamente a los que viven en las charcas.
Fuerzas secretas, ¡para mí el magisterio de vuestros cenáculos
Si desfallezco!
Sin embargo, tal cálculo
Era fórmula cierta y hecho de milagro,
Solemne y bajo vuestras cúpulas protegido,
¡Oh lámpara de ceguera!

Versión de Tolomeo Samaniego

jueves, 27 de septiembre de 2018

Vivir. Ángel Ganivet (185-1898)

Lleva el placer al dolor
y el dolor lleva al placer;
¡vivir no es más que correr
eternamente alrededor
de la esfinge del amor!

Esfinge de forma rara
que no deja ver la cara...;
más yo la he visto en secreto,
y es la esfinge un esqueleto
y el amor en muerte para.

Aun si me fueras fiel... Ángel Ganivet (1865-1898)

Aun, si me fueras fiel,
me quedas tú en el mundo, sombra amada.
Muere el amor, mas queda su perfume.
Voló el amor mentido,
más tú me lo recuerdas sin cesar...
La veo día y noche.
En mi espíritu alumbra
el encanto inefable
de su mirada de secretos llena.
Arde en mis secos labios
el beso de unos labios que me inflaman,
que me toca invisible,
y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo.
mis manos, amoroso,
extiendo para asirla
y matarla de amor entre mis brazos,
y el cuerpo veloz huye,
¡Y sólo te hallo a ti, mujer de aire!

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Y de repente dije: esto es la vida. Vicente Gaos (1919-1980)

Y de repente dije: Esto es la vida.
Esto y no más. Palpé su forma cierta.
La adiviné mortal. El alma, alerta,
vibró un instante toda estremecida.

El rojo amor con honda sacudida
-oh vida, oh viento- abrió la última puerta.
Y allá en el fondo de la estancia abierta,
brilló mi muerte entre la luz dormida.

Esto es la vida, dije, esto es la muerte,
ésta la tersa luz, la honda luz suave,
la cósmica pasión, el sueño inerte.

Esto eres sólo, sí. Y con paso grave
me adelanté hacia el fondo para verte,
llegué a la puerta y di vuelta a la llave.

Un cristal. Vicente Gaos (1919-1980)

Vidrio de una ventana
entreabierta de julio
Hasta mí que tendido
descanso con cansancio
feliz de sucesivos
tiempos y espacios llega
el verano su soplo
vital cálido... Vidrio
en el que ahora contemplo
reflejadas las casas
fronteras unos árboles
los de esta ciudad mía
al regreso de otras
y otras y otros paisajes
fríos yermos ajenos
Unas casas fronteras
unas ventanas sobre
el cristal de ésta abierta
que me devuelve parte
de mi ciudad ¿La mía?
La mía imaginada
recordada resuelta
ahora en blando reflejo
en deseo y en sueño
de lo que pudo ser
de lo que no es de lo que
me absorbe la mirada
la esperanza tan breve
(Gracias memoria mía
de lo malo aún ya trémula.)
Cansancio julio aquí
tendido calor nada
nada más que un reflejo
equívoco un deslumbre
frágil de sol un poco
de ilusión allá enfrente
Sólo un cristal la vida.

Tus quince años. Vicente Gaos (1919-1980)

Sólo tú, sólo tú puedes salvarme
y darme libertad si me encadenas.
Dame la sangre virgen de tus venas,
acude con tu vida a libertarme.

A encadenarme, a desencadenarme,
así mis horas fluirán serenas
por el caudal feliz en que e ordenas.
En tu inocencia pueda yo ampararme.

tu voz, tu voz... ay, oigo que me llamas,
y tus ojos me miran tan profundos,
-ojos que no han mirado aún a la vida-.

Salvado estoy sabiendo que me amas.
Oh, luz divina de no sé qué mundos,
purísima promesa concedida.

Tú eres tú. Vicente Gaos (1919-1980)

No te merezco, no. Yo canto, canto,
y te quiero, te quiero, sí, te quiero,
y sólo por ti vivo y por ti muero,
y sé que hasta tu cima me levanto.

Pero no es en tu cima en donde canto,
sino en el valle en que me desespero
de no poder vivir siempre señero,
y callar, callar sólo, amarte tanto.

Oh, bajo y pobre mundo, limitado
poder de la expresión, oh lengua mía.
en cambio tu mirada, qué logrado

silencio y poderosa luz del día.
Tú me devuelves más que yo te he dado,
pues tú eres tú, yo sólo mi poesía.

Poemas II. Vicente Gaos (1919-1980)

Mnemosyne.

¿De dónde llegas tú, ilusión de un día
porvenir, tú, esperanza de un pasado
nunca cumplido, pero que yo ahora
evoco entre marchitas profecías
o anticipo en nostalgia? De recuerdos
y paciencias me nutro. Los ayeres
y los mañanas dóciles acuden
a congregárseme en el hoy, un punto
que se dilata ilimitado en ondas
concéntricas, amor, amor sin tregua.

Y todo es por tu mágico conjuro,
diosa de pies ligeros, madre mía.
Déjame que te diga apasionado
mi amor por ti, mi luz en la honda noche,
mi amparo, mi sostén en el vacío,
tan adherida a mí como mi carne,
tan enraizada en mí como mis huesos,
yo mismo, pues ¿qué soy yo, que sería
sin ti, a quien debo lo único que tengo,
mi fugitiva eternidad de hombre?

Por tu amorosa previsión ordeno
mis días y mis noches. Yo soy sólo
una memoria y un deseo, un agua
que estremecidamente fluye inmóvil.
Tú conoces mi vida, me recuerdas
fechas: murió en Valencia, veintiuno
marzo, mil novecientos diecinueve.
Nació... Dejemos el espacio en blanco
y Dios lo llenará cuando me llame
para ingresar -completo ya- en su Nada.

Porque otros son, mi amor, nuestros caminos.
Igual que al vagabundo de Manhattan,
a mí que me preocupan tantas cosas,
no me preocupa Dios, no me preocupa
la muerte. Me deslizo de tu brazo
por el tiempo (no un río que termina
en el mar del morir, sino el mar mismo
siempre consigo. ensimismado, libre
en su flujo y reflujo), por el tiempo,
ajeno al gran pecado del olvido.

Mediada está mi vida. Estoy inmerso
en aguas tan profundas que no tienen
fondo o lo desconocen. En el pecho
me late el corazón, una campana
sorda, callada, pero jubilosa
en su entrañado grito de alegría.
Sea la vida sueño, sombra, nube,
viaje, ilusión o luna mortecina.
No me preocupa Dios cuando la sangre
su música musita misteriosa.

La rosa, el chopo grácil de la orilla,
el río rumoroso y solitario,
el monasterio al pie de la montaña
y la cima nevada, aquellos ojos
que un segundo brillaron ofreciendo
amor, las rachas frescas de la lluvia
y el viento en los adioses del verano,
todo conlleva tiempo y acongoja
el corazón con mano delicada,
fábula y mito de los años muertos.

Pero guiado de tu mano avanzo
hacia el futuro, avaro me demoro
en el sueño, potencio a mi albedrío
el instante presente, me hago dueño
de su fugaz y fina consistencia,
vuelvo la vida del revés, aplaco
su curso, llego a un éxtasis tan quieto
y tan seguro que en la noche brilla
llena la luna, y ya no escucho el río
que huye ni sus consejas sibilinas.

Soy tuyo, madre mía, tú me dices
constante lo que soy, lo que no he sido,
lo que he de ser o no he de ser, tú eres
a la vez mi pasado y mi futuro,
mi ya y mi todavía, me preservas
de olvido, en esperanza cada día
me salvas, me das vida a millares,
mundo en relieve -bosques, mares, cielos-,
me das, entre las horas huidizas,
partes de eternidad, vences la muerte.

Sí, deja que te diga apasionado
mi amor por ti, luz mía y madre mía,
memoria mía en mí, puro deseo
de ser memoria en otros. Sea sueño
la vida. ¿No es también sueño la muerte?
Gracias, gracias te doy por endiosarme
mágica, humilde, breve, inmortalmente
en mi unidad dramática de hombre
bajo el cielo estrellado. Nunca cese
mi corazón de dar su sí a la vida.







No, corazón, no te hundas...

No, corazón, no te hundas.
Y vosotros, ojos, no queráis cerraros en llanto.
La vida es mucho más larga, mucho más grande de lo que ahora
     supones, mucho más magnánima.
¿Te atreverás a decirle que te debe algo?
Eres tú quien se lo debes todo.
Y aún tendrás que deberle muchas cosas hasta que mueras,
y la muerte misma es un deber que tienes hacia la vida.
Agradece al tiempo que, mucho más sabio que tú, no apresure tus
     horas de dolor ni se demore en tus momentos de dicha,
sino que te los mida con la misma igualdad, con la misma ecuanimidad
     generosa.
Agradece al sol que siga saliendo puntualmente, ajeno por completo a
     ponerse
al compás febril de tu pulso.
Te quejas. Dices que sufres.
Dices que no puedes más.
Aún volverás a sufrir, y a amar, y a sufrir de nuevo,
y a gozar otra vez y otra y otra.
Sólo morirás una vez, eso es lo único que no podrá repetirse,
pero la vida es una continua repetición.
Te ha de dar todavía muchas ocasiones de equivocarte,
y tú has de llegar aún a acertar con el buen momento,
que el mundo te ha de volver a brindar como te lo ha brindado
     ya tantas veces.
¿Dices que estás solo?
No es mirándote al espejo como encontrarás compañía.
Coge el primer objeto que esté a tu alcance,
un vaso, una flor o simplemente el periódico.
Acarícialos, acarícialos.
Levanta la vista, tiéndela alrededor tuyo.
Sí, es verdad que no puedes ver los ojos que tú amas tanto.
Por hermosos que sean no podrán compararse nunca con las estrellas
(a pesar de los poetas románticos).
Habla, habla, pero no contigo.
Déjate de soliloquios y silogismos y sentimentales monólogos.
Habla con el cartero, con el conductor del tranvía
     (aunque esté prohibido);
habla con el niño que está jugando en la acera,
vete a beber unas copas con el primer borracho de la esquina.
¿Creías que el mundo termina donde tú acabas?
Tú eres ya no fin, pero ni siquiera comienzo de ninguna cosa.
No eres comienzo ni de ti mismo.
¿Recuerdas a tu madre?
No la compadezcas: ya murió, ya vivió, ya sufrió y gozó todo aquello
     que le tocó en suerte.
Tú tienes todavía la de vivir, la de seguir vivo.
No tengas ninguna prisa en morirte.
No te esfuerces en buscar lo único que posees seguro.







No sabe qué es amor quien no te ama...

No sabe qué es amor quien no te ama.
No sabe qué es amor quien no te mira.
Tú arrancaste a su alma y a su lira
el son más dulce, la más fiera llama.

¿Qué fue de tanto amor por tanta dama?
Sólo cenizas de la inmensa pira.
Se nubla la mirada, el cuerpo expira,
y el alma quiere asirse a la alta rama

de Dios, que con sus silbos amorosos
te hechiza en la honda calma del verano.
Madrid, a mil seiscientos treinta y cinco.

Pasaron ya los años venturosos
y los amargos. Todo pasó en vano.
Y a Dios te entregas con mortal ahínco.







Noche del amor.

Ay, qué podré decirte, dulce amada,
joven virgen feliz que no conoces
en un cielo cerrado, suaves roces,
el peso del amor, noche entregada.

Desde este corazón, isla olvidada,
-oye del mar sus clamorosas voces-,
me elevaré hasta ti que desconoces
la flecha que en lo oscuro está clavada.

Los cuerpos se revuelven tan certeros,
guiados del amor, como esos astros
que, arriba, sólo ven tus ojos puros.

Órbita de pasión y verdaderos,
resplandecientes e infalibles rastros.
Celestes nuestros cuerpos aunque oscuros.







Ojos verdes.

Ojos verdes de Marta de Nevares.
Ojos, ¿negros tal vez? de Dorotea.
Ojos azules, clara luz febea
de Camila Lucinda. ¡Qué avatares

de amor sin contención! Gozos, pesares,
gozos... Esto es amor. Quien no lo crea,
mírese en unos ojos, que se vea
en unos ojos de mujer. Cantares:

esos ojos que vemos no son ojos
porque nosotros los veamos, ojos
son porque nos ven. Mas la ceguera

de Marta, y el olvido, los despojos
de tanta lumbre extinta... Y tu canción
se eleva al fin hacia la luz primera.







Pleamar de amor.

La tarde pastoral, de alterno cielo
rayos de tu tormenta desatados,
mas luego azul total, cielo amados,
me llena de pasión o de desvelo.

Asciendo así del tormentoso anhelo
a una paz de reposos entregados,
mas desciendo otra vez a los estados
mismos de que partí para mi vuelo.

¡Ay! esta indócil pleamar me inunda,
tarde mi frenética y liviana.
Déjame, pues, si, deja que me hunda

en este frenesí de lluvia vana.
Luego me elevare hasta ti, oh, profunda.
Luego serás mi primavera humana.







Sensación de otoño.

Amo el otoño y amo su tristeza,
su cielo gris, sus árboles borrosos
entre la niebla, vagamente hermosos...
¿No amáis también vosotros la belleza

desnuda del otoño? El alma empieza
a hacerse buena y honda. ¡Y qué piadosos
se hacen los viejos sueños ardorosos!
¡Qué humana ahora la naturaleza!

Oh cielo bajo, luz tan tamizada,
luz tan vencida, compasivo empeño
de dar al hombre asilo y sombra amada.

No sé si el mundo es ya triste o risueño.
Dios se ha dormido. El alma está callada.
Se me ha llenado el corazón de sueño.







Sin palabras.

Un mundo de armonías me rodea.
Fuera palabras, no turbéis mi paz.
Una vida hecha toda de sonidos,
un pensamiento universal que puede
prescindir de cualquier significado.

EL universo no habla, nada dice,
el viento mueve diáfano la hoja.
Paraíso final sólo de música
musical. Canta el pájaro en lo hondo
del corazón. Palabras, fuera. Ahora
un mundo de silencios me rodea.

Música, solo música, callada
música. Siempre música, esto es Dios.







Sólo tú.

Tú, mi razón de vida, mi razón
de amor; mi razón, mi pensamiento,
mi desencadenado sentimiento,
la luz y el fuego de mi corazón.

Vivir en ti es vivir, viva pasión,
y la vida sin ti no es mi tormento,
sino injustificable y vano intento,
imposible, imposible abdicación.

Si tú eres la verdad, si tú la vida,
morir será morir, pero prefiero
tan breve posesión de la verdad

a otra existencia luego concedida.
Vivir será morir, pero te quiero.
Sólo tú, sólo tú mi eternidad.







Te quiero y te lo digo.

Toda la luz del cielo ya en la frente
y en el labio un carbón apasionado.
Mi pensamiento, así de iluminado,
mi lenguaje, de amor, así de ardiente.

Así de ardiente, así de vehemente,
diamante en su pasión transfigurado.
Amarte a ti, universo deseado.
Mi luz te piensa apasionadamente.

Mi luz te piensa a ti, luz de mi vida,
pasión mía, luz mía, fuego mío
llama mía inmortal, noche encendida,

cauce feliz de mi profundo río,
arrebatada flecha, alba elegida,
mi dulce otoño, mi abrasado estío.

Poemas I. Vicente Gaos (1919-1980)

A la cintura de una muchacha.

Oh, delgado contorno de la vida.
El fluir de la sangre en él acaba.
Oh, columna de luz y ansia de lava.
Volcán para mi mano estremecida.

Límite de la tarde preferida,
bajo un torso de niebla enajenada.
No hay tránsito a la noche enamorada,
pájaro sometido y sin salida.

Oh, ese cerrado cielo en que se unen
el poderoso mare y el labio suave
de la tierra: horizonte atormentado.

Cómo acecha la muerte ese volumen
hermoso, tan levísimo e ingrave.
Oh, la flecha de Dios en tu costado.







A la luna: preguntas.

¿Adónde vas, cruzada por veloces
nubes, celada en vaporoso encaje
de nubes, resbalando entre un celaje
de nubes blancas, por las hondas hoces

de la distante noche? ¿Qué almos roces
de Dios ordenan tu impasible viaje
por el inmenso azul? ¿Tras qué ramaje
de estrellas bogas? ¿Qué silentes voces

altísimas escuchas? ¿Por qué tienes
el rostro virginal tan encendido,
tan dulce y triste, oh sí, tan dulce y triste?

¿Adónde vas? ¿De qué regiones vienes?
¿ Quién da a tu rostro ese celeste olvido?
¿Qué Dios sin fuego con su luz te viste?





A la tristeza.

Si no fuera por ti...
si no fuera por ti, que cada tarde
tuyo me haces cuando el sol declina,
cuando todo es tan bello porque es triste,
y hundes más mis raíces
de hombre en la tierra... de hombre inmensamente
solo bajo el poniente en que Dios huye.
¿Qué sería de todo, qué sería
de nosotros? Ah, nunca
nunca hubiéramos visto
el secreto misterio de las cosas.

Oh, tú, tristeza, madre
de toda la hermosura que ha creado
el hombre en el dolor que da tu mano
con su dulce castigo...
No te apartes de mí, ven cada día
a hacerme triste, a hacerme hombre, hijo tuyo...
Visítame.







Amor.

¡Qué profundo es mi sueño!
¡Qué profundo y qué claro,
qué transparente es, ahora, el universo!
Si pensando en ti, siempre,
si, soñado contigo, me desvelo,
y te miro por dentro, con mis ojos,
si te miro por dentro...
veo la oscura entrada de mi vida,
tu sorda luz de fuego,
y ya no sé si a ti te estoy mirando,
o si contemplo el cielo:
el último transfondo del poniente,
sin nubes y sin velos,
más arriba de todas las estrellas,
donde está dios, despierto.
O el inicial trasfondo de la noche
donde estás tú, durmiendo.

Y yo sobre la tierra, oscurecido
por tanta luz, yo, ciego,
soñando en dios, soñando en ti, soñando
lo mucho que te quiero.







Cuando el amor no dice la última palabra.

La tarde pastoral, de alterno cielo
rayos de tu tormenta desatados,
mas luego azul total, cielo amados,
me llena de pasión o de desvelo.

Asciendo así del tormentoso anhelo
a una paz de reposos entregados,
mas desciendo otra vez a los estados
mismos de que partí para mi vuelo.

Ay, esta indócil pleamar me inunda,
esta tarde frenética y liviana.
Déjame, pues, sí, deja que me hunda

en este frenesí de lluvia vana.
Luego me elevaré hasta ti, profunda.
Luego serás mi primavera humana.







Faut-il  s'abétir?

-¿Hacia dónde vamos?
-Vamos hacia el sueño. ..
-¿De dónde venimos?
-Venimos del sueño...

Como las olas,
como los vientos...

(En vida, despiertos.
En vida, serenos
sobre el fuego.)

-¿Hacia dónde vamos?
-Vamos a la noche...
-¿De dónde venimos?
-También de la noche...

(En la vida, brote
la luz,
que el sol nos conforte.)

-¿Hacia dónde vamos?
-No vamos, no vamos...
-¿De dónde venimos?
-¿Por qué preguntamos?

Después lo veremos
si al fin vemos algo.







Hay un reguero dulce y encendido...

Hay un reguero dulce y encendido
de sol sobre los álamos dorados.
Y, a lo lejos, los montes ya nevados
encalman el paisaje atardecido.

Si ahora tuviera el corazón dormido,
los ríos de la sangre no encrespados,
y ojos para mirar enamorados
los chopos dónde aún tiembla el sol huido...

Si ahora como esa luna ser pudiera
que boga virginal, tan lentamente,
tan alma pura en el azul... Si fuera

un álamo, una luna, un dios luciente...
Más sólo soy un hombre en la ladera,
un hombre sólo, apasionadamente.







Hombre total.

Ojos verdes de Marta de Nevares.
Ojos -¿negros tal vez?- de Dorotea.
Ojos azules, clara luz febea
de Camila Lucinda. ¡Qué avatares

de amor sin contención! Gozos, pesares,
gozos... Esto es amor. Quien no lo crea,
mírese en unos ojos, que se vea
en unos ojos de mujer. (Cantares:

Esos ojos que vemos no son ojos
porque nosotros los veamos, son
ojos porque nos ven.) Mas la ceguera

de marta, y el olvido, los despojos
de tanta lumbre extinta... Tu canción
se eleva al fin hacia la luz primera.






La voz precisa.

Sella tú con tus labios, éstos míos.
Pon tu mano en mi mano.
O deja que acaricie tu cabello,
tus mejillas, tu frente,
mientras hundo mis ojos en tus ojos,
en la insondable luz de tu mirada.
Deja que, así, te exprese,
cuando huyen las palabras
-ay, expresión del tacto,
única voz precisa-,
deja que, así, te exprese mi ternura.







Luzbel.

Arcángel derribado, el más hermoso
de todos tú, el más bello, el que quisiste
ser como Dios, ser Dios, mi arcángel triste,
sueño mío rebelde y ambicioso.

Dios eres en tu cielo tenebroso,
señor de la tiniebla en que te hundiste
y de este corazón en que encendiste
un fuego oscuramente luminoso.

Demonio, señor mío, haz que en mi entraña
cante siempre su música el deseo
y el insaciable amor de la hermosura,

te dije un día a ti, ebrio de saña
mortal. Y, luego a Dios también: No creo.
Pero velaba Dios desde la altura.

martes, 25 de septiembre de 2018

Elinor. Charlotte Mew (1869-1928)

Mi hermana y yo éramos huérfanas y no teníamos familia. No llegué a conocer a mi madre, y a mi padre lo recuerdo muy débilmente como una persona severa y fría, una figura fantasmal y aterradora que deambulaba por mi niñez, una especie de testigo visible de la quietud de nuestra vida infantil.

Murió una semana después de la famosa victoria de Trafalgar. Lo recuerdo porque mi hermana dijo: «Inglaterra llora a su héroe, yo lloro a un alma no menos importante, aunque nadie la echa de menos, salvo yo. Tú no conociste a tu padre, pequeña; su país lo despreció, pero era grande».

Después de su muerte, nadie más que ella volvió a entrar en la habitación donde los dos estudiaban. Allí estaban sus libros, cubriendo las paredes -una lúgubre compañía-, y de niña yo creía que su espíritu también vivía allí; por la noche no podía pasar por delante de la puerta de la estancia clausurada sin sentir un terror frío y agobiante. Incluso en las mañanas de verano, cuando los pájaros cantaban junto a nuestra solitaria casa, parecía como si se burlase de su clamor, buscando una tranquilidad que no podía alcanzar.

Cuando Elinor bajaba al alba, siempre entraba para establecer -era lo único que se me ocurría- una extraña comunicación con el difunto. Pocas cosas apreciaba en la vida, pero, si algo conquistaba su corazón, lo quería con una intensa y concentrada pasión que no transmitía, sino que dominaba silenciosamente su alma.

Fue mi única maestra, como mi padre había sido su maestro. De ella aprendí a escudriñar el cielo y a seguir el curso de las estrellas; a venerar, por encima de Dios, la tierra que, según ella, era la única divinidad ante la que los hombres debían postrarse. Mis ojos infantiles se encandilaban ante increíbles descripciones de tierras desconocidas y lejanas, pobladas por criaturas salvajes y no holladas por el ser humano, en las que sólo la voz de la naturaleza se oía y se sentía su espíritu. Elegía aquellas escenas para animar mis sueños; a veces, ante el resplandor del fuego, me acurrucaba junto a sus rodillas y escuchaba extrañas y espectrales historias de regiones aún más remotas, mundos que creaba su enrevesada fantasía y que describía con maravilloso y fantasmagórico poder.

Cuando mi aspecto o mis gestos traslucían inquietud, hacía una pausa y miraba con atribulado asombro mi rostro vuelto hacia ella en actitud de infantil consternación. Luego me cogía la mano, su voz perdía el mágico tono que adoptaba en aquellos recitales y se volvía persuasiva, mientras ahuyentaba con decisión las cosas que mas aborrecía: la debilidad y el miedo.

Recuerdo vívidamente una noche, una noche de reposo y horror entremezclados, y que aún despierta en mí sensaciones extinguidas.

El viento aullaba en torno a nuestro desolado hogar, envolviendo las paredes con música aterradora, como la desatada por perdidos espíritus errantes, arrancados de su oscura morada para visitar un mundo que habían conocido, pero que ya no era suyo.

Estaba junto al hogar de nuestra cocina, donde nos sentábamos siempre, esperando a Agatha, nuestra vieja sirvienta, para que me llevase a la cama. Pero Agatha me llamó desde una habitación del piso de arriba, apremiándome porque se hacía tarde. «Señorita Jean, señorita Jean.» Oí las llamadas claramente y fui incapaz de mover los pies para emprender el solitario ascenso de la escalera; pero cuando intervino la voz de mi hermana -una voz que no se podía ignorar-, no me atreví a desobedecer; contemplé con nostalgia el amable resplandor del hogar y subí la escalera, temblorosa y atemorizada, decidida a pasar rápida y audazmente por delante de la misteriosa puerta cerrada de mi padre.

Pero estaba abierta, y por ella se colaba el gemido del viento. Me aferré a la barandilla de la escalera mientras mis ojos fascinados contemplaban la puerta. Las brillantes ráfagas del claro de luna iluminaban la espaciosa habitación. Me quedé en el umbral, incapaz de entrar, con la vista clavada en el suelo ajedrezado. Al desviar la mirada tropecé con una visión -tenue pero impresionante- y vi entonces una figura blanca e imprecisa, aunque inconfundible, tendida en el sillón en penumbra de mi padre. Un grito salió de mí. Me quedé inmóvil, incapaz de sofocar los chillidos, mirando, mientras el viento entretejía sus tediosas llamadas con mis gritos de terror. Una oscura forma surgió de pronto, envolviendo la figura del sillón y proyectando una sombra sobre el suelo plateado. Se dirigió hacia mí, y casi perdí el sentido, pero sin desprenderme del horror que descendió como una corriente helada por mi sangre. A continuación reinó la oscuridad; y después me encontré temblando aturdida en la cama de mi hermana, y sentí sus manos fuertes y reconfortantes en las mías.

-¿Qué te aflige, Jean? -preguntó.

Se lo conté, y me escuchó con el ceño fruncido.

-Lo que has visto no era el espectro de tu padre -dijo-, sino un paño que dejé en la habitación esta mañana con intención de coserlo. El claro de luna y tu desmedida fantasía le han dado forma y te han aterrorizado. Y ahora baja, domínate, y míralo.

Su voluntad era más fuerte que mi miedo, aunque sus palabras no trasmitían tranquilidad. Yo seguía acongojada, poseída, pero no me atreví a desobedecer. Bajé tambaleándome, profiriendo gritos agudos e inconexos, dominada por una agonía que ni la muerte podría superar. Llegué, o creí que llegaba, a la puerta. No supe nada más. Cuando recuperé el conocimiento, pasaba de la medianoche y yo estaba en brazos de mi hermana; en la habitación ardía una vela. Al principio me calmó con caricias tiernas y calladas pero, cuando al fin me serené, habló. Dijo que ni en la tierra, ni en el cielo, ni siquiera en el infierno había nada que temer. Si el espíritu que yo creía haber visto estaba allí, esos seres sólo se aparecían a aquellos a los que amaban y no para asustarnos. Las imágenes temibles nacían de nuestro interior, evocadas por nuestro miedo. Murmuré que el viento parecía lleno de voces horrendas, ¿qué eran?

-No lo que tú crees -respondió-, pero, si existen, ¿no debería darte pena en vez de miedo su estéril suplicio? Esta noche los árboles desnudos se agitan en los campos yermos; si los miro desde lejos, a la luz de luna, se me antojan almas perdidas; y mi único deseo sería calmar sus desdichados quejidos y conducirlas a una paz victoriosa. Mi pequeña Jean, no hay terror en la vida ni en la muerte; sino tan sólo el que se esconde en la débil e insumisa alma humana. Domina tu alma y nunca más interrumpirá tu sosiego.

Me dormí hasta que me despertó el sol invernal. Guando bajamos la escalera, mi hermana me cogió de la mano, nos detuvimos delante de la puerta abierta y entramos.

-¿Recuerdas lo que hablamos anoche? -me preguntó. Respondí que sí-. Recuérdalo siempre -dijo.

Así era mi hermana, y, como estoy contando su historia, no he de justificar estos recuerdos que evoco. Llevábamos una vida solitaria. Nuestro hogar estaba situado en medio de una región agreste; no había casas cerca, y el pueblo estaba a varios kilómetros de distancia. No teníamos amigos; mi hermana no hacía amistades. Yo no echaba de menos la compañía, me bastaba con ella, que lo era todo para mí. Ella tenía un compañero fiel y constante, un perro cobrador que se llamaba Rodney, como el gran almirante; y aquel animal era lo que más quería, más que a ningún ser humano. Mi hermana lo adoraba, y Rodney sabía instintivamente lo que podía y lo que no podía hacer. Aunque nunca dudé de su afecto, se mostraba reticente, distante y fría y, cuando crecí, me pareció que tenía una vida misteriosa que yo no compartía. Sabía lo que ella estudiaba y lo que pensaba, pero ignoraba las reflexiones que llenaban sus horas de silencio, las tareas que impulsaban sus solitarias vigilias. Algunas noches, cuando no podía dormir, me levantaba y me sentaba junto a la ventana, contemplando la luz que la suya emitía para sentirme acompañada; me preguntaba entonces qué iluminaba aquella vela en la habitación de al lado, sin lograr adivinarlo. A veces ardía hasta muy entrada la noche, pero por la mañana mi hermana aparecía descansada y tranquila, con la frente serena, aunque reflexiva.

Guando Agatha se hizo demasiado mayor para las tareas domésticas más duras, Elinor se encargó de ellas. Además cuidaba de nuestro magro jardín, en el que, a la sombra de las inhóspitas montañas, pocas flores brotaban. Elinor cavaba y plantaba, mimando los raquíticos arbustos, dedicada a los enclenques brotes con devoción. En el recuerdo de aquellos días, las nubes y el sol del rostro de mi hermana representaban el rostro de la vida para mí.

Cuando tuve edad suficiente para ir por el páramo, Agatha me pidió que la acompañase a la iglesia, donde se celebraba un servicio cada quince días. Apeló a la memoria de mi madre para decir que no era correcto que no supiese más que un pagano. Elinor escuchó sus palabras; semejantes ideas eran una ridícula burla para ella, y las despreciaba.

-No tengo capacidad para elegir por ti -me dijo mucho después-. Todas las almas son libres. Si se hunden, se debe a las arenas movedizas de su propia oscuridad. Hay muchas luces, y no puedo decirte cuáles debes ver.

Una vez encontré en un libro suyo un papel escrito con su apretada letra. Aún lo conservo y me estremezco cuando leo las líneas que exponen con tanta claridad la fe que hizo que su peregrinaje terrenal fuese tan triste y que oscurecieron el conflicto de su muerte, de una forma que pocos mortales han conocido.

«El ser humano se forja su destino -decían las letras que escribió-. Ningún dios vigila su obra. Sólo él acepta su esclavitud o libera su espíritu. Su único enemigo es la debilidad y su peor fracaso, el miedo. Atan el alma humana curiosas cadenas; son de muchos tipos, delicadamente fraguadas, y a veces invisibles, hasta que hacen daño: la más cruel, el orgullo; la más sutil, el sufrimiento; y la más temible, la que acaricia mientras estrangula, la que los hombres llaman amor. Si Satán viviese, esa pasión sería la esencia de su persona, pues destroza y desgarra los atrofiados poderes de la humanidad.»

Yo esperaba que el tiempo le deparase cavilaciones más amenas y me preguntaba -creo que no con osadía- cómo la miraría Él, aquel Señor desconocido cuyo ministerio ella no reconocía. Y en las tardes de invierno o en los crepúsculos veraniegos, cuando Agatha me pedía que me sentase a su lado y le leyese párrafos sueltos del Libro que, según ella, era el enemigo de mi padre y la gloria de mi madre, yo observaba si Elinor estaba escuchando. Siempre se sentaba en el banco de la ventana, con Rodney, acariciándolo en silencio; a veces calcetaba, con la cabeza del perro apoyada en su rodilla, pero nunca atendía las sagradas palabras, que a mí me parecían demasiado grandiosas y sublimes para que un ser humano las pasase por alto.

Esperaba con ilusión aquellos sábados alternos, en los que se rompía la monotonía de la vida. Me gustaban los rostros y las canciones, y el revuelo y singularidad de las horas de oración me fascinaban.

El rector murió cuando yo tenía diecisiete años. Era un anciano frágil, que parecía llevar años durmiendo, sin recordar la tumba que lo esperaba. A pesar de su aire venerable y su famosa erudición, casi nunca estaba sobrio, y se rumoreaba que había muerto en un pecaminoso festín.

Lo sustituyó un tal señor Perceval, que procedía de Londres y obtuvo el beneficio bastante joven: un caballero elegante y atractivo que, según decían, cazaba con jauría mejor que nadie de la región. Unos domingos después de su llegada, lo vimos en el atrio. Nos saludó, me preguntó cómo me llamaba y dónde vivía y prometió visitar nuestro solitario hogar. Después de eso, se acercaba cabalgando a menudo, pero a Elinor no le caía bien. Escuchaba educadamente las historias que el señor Perceval contaba de los grandes hombres y las acicaladas damas de la corte, a los que conocía bien, pero la aburrían, mientras que a mí me encantaban. Yo no concebía que alguien no disfrutase de su alegre compañía; sin embargo, no sé por qué, al final mi hermana le cerró la puerta.

Una noche tuvieron una polémica entrevista que ella remató con la prohibición de que volviese a nuestra casa. Cuando se fue, le oí decir:

-La compadezco a usted, como a las criaturas salvajes y díscolas... y sus semejantes.
-Sí, soy como ellas -dijo mi hermana, y añadió en un tono que me pareció brusco-: No tiene permiso para venir aquí, y, como usted bien sabe, la vida de los cazadores vale prácticamente lo mismo que la de los conejos que matan.
-¿Acaso me he confundido al tomarla por una mujer? -preguntó él con un curioso acento que no le había oído antes.
-Por lo que usted quiera -dijo mi hermana, y cerró la puerta.

Oí cómo se alejaba a caballo. Luego entró Elinor.

-¿Eres feliz conmigo en tu solitario hogar, Jean? -preguntó. Respondí que sí bastante sorprendida-. He discutido con tu galante párroco -declaró-. No volverá más. -No pude reprimir un suspiro; él había llevado un poco de alegría al aburrimiento diario. Lo echaría de menos; pero sabía que mi hermana actuaba con prudencia y también que su palabra era ley.

Los días se oscurecieron con su ausencia y además estábamos en invierno, la época más sombría del año. Los domingos su mirada me buscaba a veces desde el elevado púlpito, y entonces lo añoraba aún más. No tenía ocasión de hablar con él, ya que Agatha había dejado de recorrer tantos kilómetros conmigo. Me acompañaba Elinor, con el pretexto de que el páramo era muy solitario, y me esperaba fuera, debajo de un tejo. Siempre estaba allí. Un mes después de la despedida del señor Perceval, ocurrió algo que iba a cambiar el curso de nuestras vidas. Era un día de tormenta: la lluvia azotó durante todo el día los chirriantes marcos de las ventanas, que se tambaleaban, y el gimiente viento, que se había levantado al amanecer, se volvió más violento a medida que la sombría tarde se adentraba en la noche.

Elinor, a quien agradaban más que imponían los fieros elementos, salió a dar su habitual paseo por los anegados páramos, con la reticente compañía de Rodney; pero regresó pronto, empujada por la cegadora niebla que envolvía los escasos mojones que conducían a nuestro solitario hogar. Entró en la cocina donde yo estaba cosiendo contempló el resplandor del fuego que bailaba sobre el suelo de ladrillo apenas alfombrado y se detuvo delante de mí -una figura alta y derecha, en constante alerta, con el rostro iluminado y los ojos húmedos-, sin igual en intensidad y fuego, quemando con una luz punzante y envolvente a la vez.

-Te quedas en casa, amedrentada -exclamó, mirándome con gesto burlón-, mientras que Rodney y yo recorremos el país de las maravillas. No se ve ninguna criatura en las extensiones veladas por la niebla, sólo los árboles envueltos en fantasmales mortajas se mecen bajo el lúgubre cielo. Los campos son ciénagas y los caminos, arroyos; pero ¡la niebla es mágica! Ese mundo exterior sin luz no tiene nada de terrenal; ante él la luz de tus velas es mero oropel, Jean. Sal, aunque sólo sea a la puerta.

Dije que no quería, que todo era demasiado sombrío y que me helaba el corazón y los huesos.

-Me refresca los huesos y el corazón -repuso, atusándose unos mechones mojados con un gesto de evocadora alegría-. ¡Vaya, te estamos manchando el suelo! Vamos, Rod -llamó al animal empapado, tendido ante el hogar con el pelo humeante-. Debemos esmerar nuestro comportamiento ante esta elegante damita.

Aquella noche, Elinor estaba contenta, exaltada por las violentas ráfagas de viento que azotaban nuestra casa; no me dejó leer, y se dedicó a escuchar la tormenta con una sonrisa. De vez en cuando el fragor de los elementos sofocaba nuestras voces y nos quedábamos calladas; en una de esas pausas, alguien llamó a la puerta. Agatha, que cabeceaba en su sillón, abrió los ojos y nos rogó que no hiciésemos caso. Sólo Dios sabía a qué desesperado visitante nos encontraríamos, pero Elinor salió con gesto confiado.

Entre el viento que silbaba en el pasillo oímos la voz de un hombre entremezclada con la de Elinor en un breve diálogo. Luego se abrió la puerta y entró Elinor, seguida por el ignorante viajero, un hombre de enormes proporciones y espléndido porte, con un semblante que encajaba a la perfección con su figura.

-Acérquese al fuego -invitó Elinor-. Debe de estar empapado y aterido.

El hombre inclinó la cabeza en un amable gesto de agradecimiento cuando le hice sitio y dijo:

-No quisiera molestarla -se volvió hacia Elinor-, pero esta dama me ha invitado. Me temo que mi intromisión es inútil, pues no sabe indicarme el camino.
-Nadie podría indicárselo en una noche semejante -repuso Elinor-. En esos páramos desiertos puede pasarse hasta la mañana buscando para acabar en peor situación que al principio. Este caballero ha viajado muchos kilómetros sin rumbo -explicó-, y se ha perdido.

Observé que mi hermana no apartaba la vista de él; sus ojos resplandecientes escudriñaban el rostro y la persona del hombre con una mirada distante pero intensa.

-¿Aceptará nuestra hospitalidad esta noche y esperará el favor de la mañana? -Mi hermana se dirigió a él y una nota de insistencia imprimió un tono dominante a la sencilla pregunta.
-Se lo agradezco mucho, pero no puedo -repuso el hombre.
-Su caballo está cojo -comentó mi hermana-, tal vez empeore si sigue usted adelante. Le costará encontrar otro refugio, y aquí tiene uno. -Hizo una pausa-. Creo que debe quedarse -concluyó.
-Muy agradecido, pero he de continuar.

Elinor se adelantó y posó la mano sobre la manga del hombre, diciendo:

-Déjese aconsejar. Espere hasta la mañana; será mejor.

El desconocido reflexionó, la miró a los ojos y cedió con una repentina sonrisa, a la que correspondió mi hermana. Elinor se dirigió a mí:

-Jean, coge la linterna. Fuera encontrará un cobertizo -le dijo al hombre-; meta al pobre animal en él y vuelva con nosotras.

El hombre salió, expresando su gratitud. Cuando la puerta se cerró tras él, Agatha se levantó y se enfrentó a Elinor temblando, con sus nudosas manos extendidas en un gesto de súplica y temor.

-Que se vaya -gritó-. En esta casa nunca ha dormido un hombre desde que murió el pobre amo. Éste no es lugar para él. Dígale que se marche, señorita Elinor; no debe quedarse.
-Le he pedido que se quede -repuso Elinor serenamente; cogió las temblorosas manos de Agatha entre las suyas y las acarició-. Todo saldrá bien. Todo tiene que salir bien -aseguró-. Jean, enciende el fuego en la habitación de mi padre.

Me sobresalté; la habitación no se había abierto desde su muerte.

-Es una tumba -afirmó Agatha.

Añadí que no teníamos tiempo de hacerla habitable.

-Si se queda esta noche, mejor que se quede aquí.
-Pues entonces le ofreceré mi habitación -repuso Elinor-. Ocúpate de eso.

Subí a arreglar la habitación, sorprendida: en aquella estancia el suelo y las paredes estaban desnudos; debajo de la ventana se apilaban sus libros en montones polvorientos, y sobre la cuadrada mesa de roble ardían los restos de la vela de la noche anterior, testigo de muchas horas de vigilia. Cuando acabé mi tarea, bajé y encontré al desconocido conversando con Elinor, que descansaba una mano protectora en el brazo del sillón de Agatha. Pasaron las horas hasta la medianoche; Agatha se retiró a su habitación. La acompañé y esperé a que se durmiese. Ellos seguían hablando, sin hacer caso a las admonitorias campanadas del reloj. Hablaron de cosas que yo ignoraba: extrañas herejías, pensamientos que me parecían producto de intelectos grandiosos pero profundamente perturbados; de hombres cuyo nombre no conocía, y de libros de turbia y misteriosa fama. La actitud de mi hermana me sorprendió. Sólo hacía unas horas que conocía a aquel caballero y conversaba con él con una alegre libertad que jamás le había visto mostrar ante ninguna otra alma. Cuando entré por segunda vez, el hombre se volvió hacia mí y preguntó:

-¿Comparte esos sueños su joven hermana, colabora con usted en la gran obra?

Los miré asombrada. Mi hermana respondió por mí:

-Claro que no. No los aceptaría. Éste es el libro que le gusta. -Le entregó la Biblia de mi madre, que esa noche yo no había leído y que estaba sobre la silla.
-Ya veo, y esto es suyo... -Dirigiéndose a mí, señaló una pieza de bordado-. Me he atrevido a admirarlo en su ausencia. Las damas de la corte, que tengo el dudoso privilegio de frecuentar, envidiarían semejante destreza.

Me agradó el inmerecido elogio y quise oír lo que decía de aquel mundo alegre y desconocido, que a menudo había imaginado en sueños y que en aquel momento él presentaba ante mí. A petición mía, prescindió de las aburridas tonterías filosóficas y contó historias de la gran y populosa ciudad, describiendo delicadamente suntuosas escenas. Vi, como si las tuviese delante, preciosas damas con soberbios vestidos de seda, primorosos rostros pintados y actitudes desenfadadas jugando a las cartas, explotando su belleza, adornadas con todos los vicios históricos y las intemporales virtudes de su raza. Describió también al príncipe regente, de semblante expresivo y miembros elegantes, sus malas costumbres, su ligereza y su inconstancia, sus ataques de generosidad y sus mezquinas distorsiones, diciendo que era el mejor «látigo» de Inglaterra, como también nos había contado el señor Perceval.

Estuvimos mucho tiempo escuchando aquellas historias porque, al parecer, él disfrutaba tanto contándolas como nosotras oyéndolas. Al final, Elinor se levantó. Nos despedimos de nuestro invitado. Elinor le enseñó su habitación y prometió despertarlo al amanecer. Esa noche mi hermana durmió conmigo. Me dispuse a descansar en seguida, pero ella no tenía sueño, se sentó junto a la ventana y la abrió para que la lluvia mojase sus manos apoyadas en el alféizar.

-¿Qué opinas de nuestro visitante? -preguntó de pronto.
-Es más guapo que el señor Perceval -respondí-, pero sus rasgos me gustan menos. A pesar de su belleza, los encuentro toscos y fríos.
-Los dos son humanos -comentó Elinor-, y ahí acaba el parecido. El señor Somerset tendría que haber conocido a mi padre. Llega demasiado tarde.
-Ya que te gusta, es mala suerte que, a diferencia del señor Perceval, viva tan lejos -observé.
-Lo mismo da -declaró con decisión-, porque, «a diferencia del señor Perceval», volverá.

Ni se me ocurrió dudarlo al verla tan segura. Poco después se dispuso a acostarse, y contemplé los espesos cabellos negros que cubrían sus espléndidos hombros, enmarcando un rostro que cualquier hombre querría ver de nuevo, pensé. Siempre me había parecido hermosa, pero hasta esa noche nunca había observado hasta qué punto lo era. De pronto apareció ante mis ojos engalanada con una especie de gloria física, resplandeciente, sin palabras para describirla. Cuando se movió medio desnuda bajo la luz parpadeante, la miré como si fuera una revelación de renovada belleza hasta que clavó en mí aquellos magníficos ojos que brillaban como oscuros y apacibles torrentes, con la salvación en sus profundidades y la remota penumbra de las estrellas en su distancia. Al reparar en mi mirada, me preguntó sin rodeos como tenía por costumbre:

-¿Me encuentras atractiva, Jean?
-Atractiva no, más bien hermosa; hermosísima creo.
-¿También lo creía el señor Perceval? -se apresuró a preguntar, añadiendo desconcierto a mi sorpresa.
-Pensaba que eras como una reina y que deberías haber tenido un imperio, pero que tu pueblo te mataría y te canonizaría después. Decía: «En ese reino yo sería un rebelde y usted, señorita Jean, una mártir», pero no entendí a qué se refería.
-Yo sí -afirmó Elinor-, debía de hablar muy en serio si te impresionó tanto. Entonces... ¿te gustaba ese clérigo arrogante, Jean?
-Sí -admití.

Se quedó pensativa y suspiró. Creo que no durmió nada en las breves horas de aquella noche; yo también estaba inquieta y, cada vez que me despertaba, la encontraba a mi lado, respondiendo siempre que le hablaba. Se levantó en medio de la fría oscuridad del amanecer para preparar el desayuno del desconocido; y, cuando la luz gris se filtró en la habitación, lo oí alejarse lentamente a caballo. La noche no dejó señales de cansancio en los rasgos de mi hermana, sino una belleza nueva y brillante; pero yo salí del interrumpido sueño enferma y con los ojos hinchados, contemplando el incidente de la noche anterior como algo lejano. Elinor se marchó temprano y no la vimos en todo el día. Lo dedicó a deambular por los campos mojados, acariciados por el sol invernal, en compañía del fiel animal que compartía sus paseos. Volvió tarde, inusitadamente alegre; de su presencia emanaba un perfume inédito hasta entonces de juventud y felicidad, cuyo origen no cuestioné, acogiendo con regocijo cualquier resplandor de aquel espíritu que siempre había proyectado luces demasiado sombrías.

Aquel estado de ánimo duró casi un mes. Mi hermana era doce años mayor que yo; ajena en gustos e ideas, siempre había sido distante; pero una sutil influencia la acercó a mí en aquella época. Buscaba mi compañía, abrió una puerta en la vida que me condujo al escondido cuarto de juegos de su corazón. Una mañana llegó una carta, una misteriosa misiva de Londres, que mi hermana se apresuró a leer dos veces.

-El señor Somerset tiene asuntos que resolver en el norte -anunció-, y va a venir a visitarnos.

Se encendió la chimenea de la abandonada habitación de mi padre tres días antes de que llegase. Fue la segunda de muchas visitas; a veces sólo estaba una noche, pero casi siempre se quedaba más; su presencia me resultaba un tanto extraña y amenazante, a pesar del placer que me producía. Dábamos largos paseos, acompañados por Rodney, que en seguida se hizo amigo del señor Somerset con gran alegría y fingido disgusto por parte de Elinor. Al caer la noche, nuestro invitado se sentaba junto al hogar, una impresionante figura que hablaba como la primera noche. En mi presencia dejaban a un lado los temas aburridos y eruditos y comentaban cosas sencillas, aunque a veces acababan con profundas reflexiones. Una noche, mientras él contaba cómo el anciano rey, ciego y gravemente perturbado, iba y venía sin descanso por sus aposentos, tarareando un compás de Haendel o dirigiendo con voz débil un discurso imaginario a sus ministros, mi hermana dijo:

-¡Pobrecillo! ¿Qué impide que se hunda?
-Tal vez el tirano de su universo sin gobierno -respondió él.
-No existe nada semejante -repuso mi hermana.
-Sin embargo -replicó él-, desempeña un papel muy convincente en la vida de los seres humanos.
-Un papel fantasmal -precisó mi hermana-. No es más que la efigie que la debilidad humana construye para escudarse y sostenerse.
-Incluso el gran emperador -rebatió el señor Somerset-, aunque se dice que no tiene fe, creo que conserva su idea de Dios.

Mi hermana se quedó callada unos momentos, pensando, hasta que dijo, como si hablase para sí:

-¡Ningún hombre tiene fuerza para aguantar solo!
-Es misión suya convencerlos -afirmó él, muy serio, y mi hermana sonrió. Tal vez mi fantasía detectó falsamente un solapado matiz burlón en su voz.

Me preguntaba a menudo cuál era la obra de la que mi hermana había hablado en el primer encuentro con el desconocido; pero nunca había encontrado ocasión de preguntarle, y no podía hacerlo en aquel momento. Napoleón era el héroe de Elinor, y hablaban de él con gran admiración. Aunque yo sabía muy poco, me parecía un monstruo despiadado e insaciable, medio dios, medio demonio, que desafortunadamente había adoptado forma humana. Pero Elinor amaba el poder por su majestad, sin importarle que fuese una maldición o una bendición para la humanidad. Los observaba cuando compartían aquellas agradables horas y me preguntaba si alguna vez habían existido seres que congeniasen mejor. Mi hermana se sentaba en su asiento favorito junto a la ventana, mientras la luz se filtraba por los opacos cristales; cruzaba las grandes manos sobre las rodillas, y sus ojos cambiaban como compases musicales que sólo un alma podía escuchar. De vez en cuando, cuando las miradas de ambos coincidían, se creaba una espléndida disonancia, que quedaba en suspenso hasta que él cedía con gesto atribulado.

Al recordar, no sé por qué capricho de la memoria, las palabras que Elinor había escrito en aquella hoja de papel, al principio me pareció increíble que fueran amantes, pero pronto empecé a dudar. Elinor era más brusca con él que antes, y la paciencia de él me conmovía. Apenas sabía nada de aquel hombre, aunque lo veía mucho, y si lo describo como una figura misteriosa e insustancial, con atributos discernibles sólo exteriormente, es porque así se presentó ante mí. En mi humilde opinión daba gran importancia al nacimiento y a los honores mundanos y hablaba de las mujeres con una ligereza que me molestaba, pero Elinor no corregía o no le importaban aquellos defectos. Para mí era suficiente que a ella le gustase; me parecía que ambos empequeñecían, en intelecto y estatura, a los que estaban con ellos, como si fueran seres de una raza superior. El futuro me deslumbraba. Veía a mi hermana avanzando como una reina; las grandes damas de la corte se apartaban para dejarle paso, mientras su belleza matinal eclipsaba sus artificiales encantos.

En aquella época imaginaba muchas escenas brillantes, sin acertar a leer el destino de mi hermana en su frente un tanto abrumada. Me sonreía con más dulzura que antes por las mañanas y se despedía con cariño por las noches. Llegó el verano, y el brezo cubrió las colinas. Los arriates del jardín de Elinor florecieron. Una mañana entré con un ramillete de sus flores favoritas y me preguntó:

-Dime, Jean, ¿para quién es ese ramillete?
-Para la habitación de tu invitado -respondí-, ¿no viene hoy?
-Sí -asintió con gesto sombrío-. Edward Somerset viene esta noche y se marcha mañana temprano. Echarás de menos su conversación; tenemos asuntos importantes que tratar a solas.

Vino. Estuvieron en la habitación forrada de libros de mi padre, donde mi hermana nunca lo había llevado antes. Al pasar por delante de la puerta con Agatha, que se retiraba pronto, oí que él alzaba la voz como si suplicase y, luego, cuando bajé de nuevo, percibí el tono dulce y acariciante de mi hermana, similar a aquel con el que se dirigía a mí cuando era pequeña y que me disgustaba. Las horas se me hicieron largas y tediosas mientras estaba en la oscura cocina contemplando cómo salían lentamente las estrellas y escuchando el rumor de sus voces en la habitación de arriba. Era tarde cuando se reunieron conmigo; la lámpara estaba encendida e iluminó dos rostros pálidos y casi desconocidos: el de él tristemente deformado, hasta el punto de que apenas reconocí la línea cruel que habían adoptado sus labios bajo la frente apenada y ensombrecida. Tras una conversación forzada y trivial, nos dio las buenas noches y se retiró. Mi hermana se quedó conmigo.

-Has visto a Edward Somerset por última vez -anunció.

Me rebelé, la primera ocasión en mi vida que me enfrentaba a aquella mujer a la que nunca había cuestionado ni desafiado.

-Lo has echado -grité-, igual que a Arthur Perceval. ¿Qué te han hecho esos hombres para que los expulses, de repente y sin motivo, de nuestra casa?
-Sí, lo he echado -admitió sin inmutarse-, pero no como al señor Perceval. Jean, tengo algo más que decirte. Ese extravagante personaje volverá. Lo he llamado. Deseaba casarse contigo, y yo lo impedí. Me dijo (la palabra tiene muchos significados) que te amaba, y ahora, si quieres escucharlo, te repetirá el cuento.

Mi corazón se aceleró con una curiosa alegría, pero el rostro de mi hermana no invitaba a las efusiones de felicidad, estaba demacrado y envejecido.

-¿Y ese hombre al que has echado te ama? -pregunté.
-Me pidió que me casase con él.
-¿Qué impide la felicidad? ¡Qué has hecho! -exclamé.
-No puedo decírtelo -murmuró en tono casi inaudible, con un gesto de impotencia tal que me asustó-. No tuve elección. Tendría que haberlo sabido desde el principio, tal vez lo sabía, que sólo había un camino. Si hubiera un Dios como ése en el que tú crees, Él, sólo Él lo entendería.
-Él nos hizo y nos guía -imploré.
-Si es verdad, entonces Él me ha guiado. No estoy hecha para soportar a ningún tirano, ni siquiera al déspota más sublime del mundo. Si Él me hizo, me hizo así.
-Todas las almas fueron hechas para la felicidad -alegué.
-Mejor para la victoria -replicó.

Me aventuré a corregirla:

-Hay victorias vanas y victorias viles.
-Todas las victorias son grandes. No volveremos a hablar de esto -dijo en tono terminante; me besó y acarició mis cabellos.

La mañana trajo a mi amado y una nueva vida para mí; pero, como es la historia de mi hermana la que cuento, continuaré hasta el final, omitiendo el relato de mi destino más afortunado. Pasó el verano. Elinor lo contempló desde lejos; en aquellos meses de declive su mirada se volvió distante y su serenidad, profunda. Mi felicidad significaba mucho para ella. Un día dijo:

-A veces la sabiduría equivale a amabilidad y en una ocasión fui dura contigo, Jean, pero estoy perdonada.

Por las noches su vela no se apagaba nunca y pasaba muchas horas en la habitación de mi padre. Rodney le hacía compañía, adivinando ciegamente que lo necesitaba más que antes. Pero pronto perdería Elinor su solaz. Los días de Agatha se acababan, aunque seguía renqueando por la casa y murmurando lastimeramente en su sillón. Le flaqueaba la cabeza, y la acosaban terrores de anciana que sólo Elinor podía aplacar. El presente desapareció para ella; a menudo hablaba como si mi padre viviese o nuestra madre yaciese en la estancia vacía, rígida y fuera de su tumba. Elinor no se atrevía a salir de casa; la pobre anciana se agitaba y deliraba si mi hermana estaba ausente, temblando ante cada paso que oía en el pasillo, gritando que la casa estaba embrujada y que los muertos habían vuelto a ella.

Estaban todo el día juntas: mi hermana le pedía hora tras hora que contase antiguas historias; si lograba recordarlas, se tranquilizaba contándolas. Yo no soportaba aquel espectáculo de desmoronamiento viviente y lo evitaba, estremecida, aunque muchas veces intentaba vencer el horror que mi corazón censuraba. Al empeorar, Agatha dejó de aguantar la presencia de Rodney. Era el diablo, según ella, que con sus ojos la devoraba en vida. Así que lo confinamos en el jardín, donde su ruidosa cadena la ponía frenética; y, si lo soltábamos, se quejaba de que el animal arañaba la puerta para que lo dejásemos entrar. Aquello duró unas semanas; una mañana, al bajar, encontré a Elinor en la mesa, con la cabeza apoyada en el brazo. A su lado estaba la pistola de mi padre; no ardía el fuego en el hogar, y la humedad del ambiente otoñal me caló hasta los huesos.

Alzó la vista cuando entré, se levantó, me cogió del brazo y me condujo al jardín, donde su viejo camarada yacía en medio de un charco de sangre.

-¡Oh, Elinor! -exclamé-. Podías haberlo salvado; habría encontrado refugio en el pueblo hasta... hasta que Agatha se calmase... o muriese.
-Era mío; él nunca reconocería a otro amo, y yo no se lo daría a nadie. Sigue siendo mío; él lo comprende y me perdona -dijo.

Continuó cuidando a Agatha con incansable cariño, pero a veces, al escuchar aquel discurso confuso e incoherente, yo veía contraerse el gesto de mi hermana como si sufriese. Aunque rápidamente encontraba la forma de dominar el dolor. Mi única misión era leer en alto, según la antigua costumbre; aunque para Agatha carecían de importancia las palabras, a veces se quedaba tranquila, sosegada por la dulce monotonía de la voz. Recuerdo una noche en la que me pareció que Elinor estaba distraída, como de costumbre, y sumida en sus pensamientos, pero cuando llegué a las palabras: «Aún no habéis resistido hasta la sangre», se sobresaltó, así que me callé, la miré y vi que sus ojos se posaban en la página abierta sobre mis rodillas.

-Dame el Libro -me pidió aquella noche cuando lo cerré-. Tiene algunas frases que parecen ciertas.

Se lo entregué en silencio, observando con acelerada aprensión el cambio que en unos meses se había producido en ella. Poco a poco había adelgazado, adoptando una actitud casi apática. Temí que sufriese la enfermedad de nuestra madre, pero Elinor no mostraba síntomas de ello, sólo un encogido y patético aspecto de dolor. Temía la noche, que llevaba hasta mis oídos sus incesantes pasos, impulsándome a salir y llegar hasta el umbral prohibido de su puerta; no me atrevía a pedir que me dejase pasar, como habría hecho Rodney, y tampoco a retirarme. Temía las mañanas, en las que resultaban palpables los estragos de aquella lucha oculta que yo no podía detener ni compartir. Con el paso del tiempo, aquellos ojos se convirtieron en débiles ascuas y la voz enérgica adoptó el sordo tono de las campanas a toque lento; llevaba escrita en su frente despejada y triste la historia de un horrible conflicto. A través de mis ojos, el amor contemplaba aquel cambio con asombro impotente.

Mi pensamiento adquirió forma al recordar sus palabras: «Atan el alma muchas cadenas: la más cruel, el orgullo; la más sutil, el sufrimiento; y la más temible, la que acaricia mientras estrangula, la que los hombres llaman amor».

Las fuerzas de Elinor se debilitaban paulatinamente bajo la triple presión. El amor acudió a mí fácilmente; mi corazón se alegró de encontrarlo, pero ella lo afrontó (al menos eso lo vi claro) con desesperada rebeldía. Yo no podía contemplar aquella terrible rebelión contra un poder que la naturaleza nos pedía que acogiésemos, sin horror ni desaliento. Me parecía, mientras presenciaba la ruina en que la había convertido aquella lucha antinatural, algo salvaje, anómalo y equivocado; pero no podía juzgarla, puesto que, como ella decía, Dios la había hecho así. Resultaba increíble que aquellos ojos insomnes aún tuviesen luz suficiente para ver la mañana; la muerte se cernía sobre sus rasgos igual que sobre los de aquel pobre resto de humanidad marchita cuya vida se extinguía lentamente. Parecía como si estuviese entre ellas, contemplando con indiferencia su doble presa.

Mi amado vino con un médico del pueblo, un joven de pelo lacio y piernas torcidas el cual, sin embargo, divirtió a Elinor, quien lo hostigó con amables chanzas y discusiones burlonas sobre su profesión hasta que se marchó, sacudiendo la cabeza (bien por el estado de mi hermana o por sus propias dudas) como una oveja perdida. Cuando se fue, Elinor le dijo al señor Perceval:

-Queridísimo, atentísimo y reverendísimo señor, no me ocurre nada, pero si me ocurriese, los cuidados de ese pobre joven sólo servirían para arrancarme una sonrisa, y hay cosas que me harían sonreír más.

Casi sin aliento, a las solícitas preguntas respondía siempre lo mismo: «No me ocurre nada». No cedía ante el sufrimiento y hacía las tareas de siempre con desfallecida y lenta persistencia; se levantaba ojerosa y triste al amanecer para encargarse con paso agobiado de las labores domésticas, mientras yo me quedaba en mi habitación con las manos cruzadas, afligida e impotente, sin opción a protestar o a ayudar. Y, como los fastidiosos terrores de Agatha requerían la presencia de Elinor en casa todo el día, al atardecer se aventuraba en la solitaria oscuridad y no volvía hasta la medianoche a su vacía habitación, donde la vela ardía hora tras hora, proyectando su sombra inquieta sobre la pared. Otra vez el país vibró con la noticia de una nueva victoria. Inglaterra escribió en letras de oro el nombre de Waterloo. Se me antojó casi un presagio del final de mi hermana, al recordar que bajo la sombra de noticias semejantes había muerto mi padre.

Mi amado nos trajo crónicas de la derrota del emperador, y Elinor las leyó con preocupada avidez, con una especie de complacido desagrado, porque su carácter se encontraba en su elemento entre contradicciones. Al fin sucumbió, y la vida se paralizó en aquellos espléndidos miembros. Las manos cuyo contacto antes significaba la salvación, colgaban sin ánimo, mientras escuchaba con gesto doliente los murmullos de la anciana junto al fuego. Eran dos náufragas en medio de las mismas aguas revueltas, que se hundían sin remedio, esperando la ola final. No pedían un refugio ni deseaban un hogar. Yo las veía a la hora del crepúsculo, aferradas la una a la otra: Elinor sostenía a la pobre criatura demente, mientras le susurraba cansinas palabras de consuelo y contemplaba el fuego moribundo.

-Escríbele a ese tal Edward Somerset -sugirió mi amado-. Elinor no tiene fuerzas, y, si él viene, debe dejar que la rescate.

Respondí que no me atrevía.

-Tienes que hacerlo -repuso-, ¿o piensas dejarla morir sin hacer nada?

Le escribí, diciendo: «Quiero verlo. -No podía hablar por ella. Mi hermana era de esas personas a las que hay que obedecer, y aun así con miedo-. Se trata de un asunto urgente. Venga inmediatamente. No pierda el tiempo».

Como si quisiera burlarse de aquella tardía llamada, dos días después Elinor cayó en una repentina debilidad. Se esforzó en vano por levantarse al amanecer, y la encontré agarrada a las cortinas de su cama. Me pidió que la vistiese y obedecí, rezando para que la liberación no tardase mucho. Elinor, tendida sobre la cama, divagaba, gritando a veces que Agatha la necesitaba y que debía ir con ella. A mediodía se recuperó y llegó tambaleándose hasta la puerta, pero tuvo que retroceder obligada por una debilidad que la sumía en la desesperación. Pasó toda la tarde junto a la ventana, contemplando cómo se oscurecía el cielo, y repitiendo para sí a intervalos: «La obra está terminada... La obra está terminada».

-¿Qué obra? -pregunté, tratando de animarla; y, señalando un montón de páginas escritas con su apretada caligrafía, que tenía al lado en el banco de la ventana, las acarició con tierno cuidado.

Me quedé con ella. Arthur atendía a Agatha, que en la habitación de abajo se balanceaba con febril desolación, llamando sin cesar a Elinor con palabras temblorosas y enajenadas que llegaban a mis ávidos oídos, pero que mi hermana no entendía o no oía. A las ocho mi amado me llamó desde el pasillo y salí, rezando para que hubiese llegado Edward Somerset. Pero no fue su voz la que me recibió, sino la de Agatha, quejumbrosa y angustiada.

-No consigo tranquilizarla -me dijo Arthur-, me toma por un demonio que ha hecho desaparecer a Elinor.

Me costó cierto tiempo aplacar el nerviosismo de Agatha, hasta que al fin se hundió, exhausta, en un inquieto sueño.

-Quédate aquí -le dije a Arthur-, y, si despierta, avísame.

Cuando llegué a la habitación de mi hermana, me asombró verla sentada ante la mesa, escribiendo; al oírme entrar, alzó el rostro con expresión acalorada y descompuesta. Le brillaban los ojos con una luz feroz y antinatural. La chimenea y la habitación estaban cubiertas de papeles quemados, y la brisa de la ventana que Elinor siempre tenía abierta arrastraba los chamuscados fragmentos por el suelo. Me apresuré a mirar el asiento de la ventana y observé que el montón de valiosas páginas ya no estaba allí.

Me acerqué a mi hermana, temiendo algo desconocido, y mis ojos se posaron en la hoja de papel que tenía al lado; las letras torcidas aún estaban húmedas. Acerté a leer sólo unas frases sueltas, pero bastaron para que comprendiese que la carta era para Edward Somerset y que contenía confesiones y arrepentimientos. La agonía de aquella obligada sumisión había proyectado sobre el rostro de Elinor una sombra más aterradora que la resistencia de que siempre había hecho gala.

Dejó la pluma y se llevó las manos a las sienes, mirando al frente con gesto amargo y ardiente. No dije nada. Era incapaz de hablar, pero me arrodillé a su lado y apoyé la cabeza en su brazo. Ante el contacto se levantó, se tambaleó y se agarró a la silla. Me apresuré a levantarme para ayudarla y noté un cambio en su rostro, lívido y deformado. Extendió una mano, cogió la hoja de la mesa y la acercó a la llama de la vela. El fuego prendió en el papel, pero sus dedos temblorosos lo soltaron a medio arder. El pedazo de papel cayó a mis pies. Ella hizo ademán de cogerlo, con un gesto insistente y fallido. Se lo entregué, pero me lo devolvió y señaló la vela. Lo puse sobre la llama, y sus labios dibujaron una sonrisa lastimera y exultante. Mientras la hoja se estaba consumiendo, oí fuertes pisadas en la escalera. La puerta se abrió de golpe. Edward Somerset apareció ante nosotras, ataviado con insólito esmero y esplendor, como si acabase de salir de una audiencia real para acercarse a aquella inesperada antesala de la muerte.

Nos contempló en silencio y, luego, sus ojos buscaron los de Elinor. Mi hermana correspondió a aquella mirada ciega con otra de demudado tormento; pero cuando él se dirigió hacia ella, recurrió a los restos de su perdido vigor y extendió las manos en un rápido gesto de rechazo y desaliento. Edward Somerset no hizo caso a las manos que lo evitaban; las cogió y las acarició con ternura, mientras ella permanecía quieta, deslumbrada, hasta que él la abrazó de repente. Elinor se perdió en sus brazos un momento, pero luego, con un esfuerzo final, se soltó y lo apartó. Erguida e inmóvil, se cubrió los ojos con las manos y profirió un grito terrible, de profunda repugnancia.

-No habéis resistido... hasta la sangre. Fueron sus últimas palabras.

Nos quedamos con ella hasta el amanecer.

Al amanecer murió.