domingo, 25 de noviembre de 2018

El embrujado Chalet Bonomi.



El Chalet Bonomi, es un pequeño edificio edificado a fines de los años 40', y hoy en día, se conoce como una de las casas encantadas más populares en Montevideo, Uruguay.

La historia comenzó en Argentina, desde ahí, tres empresarios emprendieron un viaje para iniciar la construcción de un lujoso hotel en el vecino Uruguay. Escogieron una zona por ese entonces rural y poco urbanizada, pero muy transitada por viajeros, sin duda el lugar perfecto para erigir el hotel.

Apenas se instalaron en la ciudad, colocaron carteles en la zona de construcción explicando el proyecto, lo cual llamó mucho la atención porque la gente de los alrededores no conocía ese tipo de construcciones. Los planes marchaban bien, incluso se había anunciado la apertura, sin embargo una serie de apuros económicos los obligaron a parar las obras y volver a Argentina por más financiamiento. Su gran error fue comentar estos planes con la gente del pueblo, hablaron tanto de dinero y efectivo, que la noticia se corrió pronto hasta llegar a los oídos equivocados.

Una noche mientras los empresarios descansaban en el hotel a medio construir, algunos ladrones entraron buscando todo el dinero del cual los argentinos tanto hablaban. Los malechores ataron a los pobres hombres, después los golpearon y torturaron para que revelaran el escondite del dinero, pero todo era inútil, los propietarios del hotel no tenían nada que ofrecer a los delincuentes, pues aún no realizaban el viaje hasta su patria.

Finalmente, cuando los ladrones entendieron su error, era demasiado tarde, ya habían cometido sus fechorías, y prefirieron asesinar a los hombres a sangre fría, para evitar ser acusados. Nadie les echó de menos por unos días, ya que su ausencia fue anunciada; después, los vecinos empezaron a ver luces, sombras, también percibieron movimiento en la construcción y escucharon sonidos provenientes de su interior, por lo cual supusieron que los empresarios habían vuelto de su viaje.

Días mas tarde, tomaron con extrañeza que ninguno de los hombres se dejara ver, sobre todo porque acostumbraban mucho conversar con la gente del vecindario, además, la construcción seguía paralizada, ningún trabajador estaba cerca. Tras tales incongruencias, decidieron actuar, entrando en el chalet por la fuerza, y fue ahí que los encontraron… tres cadáveres, atados de pies y manos tirados en el suelo, entre charcos de sangre, se trataba efectivamente de dueños del hotel, sus cuerpos presentaban señales de tortura, y varias puñaladas que les causaron una muerte lenta y dolorosa.

De inmediato, el sitio fue catalogado por la gente como embrujado, ya que a pesar de la muerte de estos empresarios, se seguía viendo movimiento dentro de la casa, era difícil que aquellos hombres abandonaran un sueño así de grande, aunque les hayan arrebatado la vida.

La historia no terminó ahí, en 1961 se vivió un nuevo episodio, cuando el cuidador de la construcción asesinó a una joven que se resistía a un ultraje. Los actuales habitantes cuentan que la mancha de sangre dejada por esta mujer, se resiste a desaparecer, ya que cada vez que se limpia, al poco tiempo esta visible otra vez. También, más tarde, un hombre, abrumado por las deudas, decidió colgarse en uno de los cuartos. Agregando un punto más al oscuro pasado del El Chalet Bonomi.

Hoy en día, las personas que viven ahí, dicen escuchar ruidos extraños, sentirse observados, y percibir las mismas sombras que logran ver los vecinos, en el peor de los casos, se topan con gente de extraña apariencia que no corresponde con nadie que habite en ese lugar.




sábado, 24 de noviembre de 2018

Seis años después.

Bajo el perfume de la luz de la Luna
en tus ojos grises siempre descansa
tu mágica esencia, reina de la lluvia
que te transformaste en orquídea en este mar de penumbras...

Resbalan lágrimas de rocío por tu piel
descansa una poesía, bajo tu sombra en la pared
y tus párpados cansados hoy evitan que mires hacia el pasado...

Libros y melodías de tu más dulce amor
envuelven mi alma muda y vacía
sólo queda el misterio del cielo, igual que tus ojos
suficientes para calmar la furia...

Tú, que eres todo, el universo también
pídele a Dios que te devuelva la esencia humana
para que el amor no muera, seis años después...





Seis años después.
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados.

©1997-1998

¿Recuerdas?

Duermes y sueñas entre mis poesías y mis cuentos
tus manos están otra vez, tus suaves manos
tus párpados caídos, cálidos y oscuros
tus ojos cortados por lágrimas, como perfectos diamantes.

Y tu risa, podría escucharla toda mi vida
tu simple risa, pero a la vez tan misteriosa
déjame perderme en los mares del pensamiento
déjame perderme como cuando observo hacia la lejanía.

Son tus cosas simples y puras las que me hacen bien
tan intacta, tan perfecta, simulando no entender
de esta forma, en este lugar, donde aprendí a amar
al atardecer, los dos solos, frente al mar...





¿Recuerdas?
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados

©1997-1998

viernes, 23 de noviembre de 2018

Soneto de lo conseguido. Concha Lagos (1907-2007)

Como el que salta alegremente un río,
ignora puentes, vados y barreras,
así por mi cantar, sin más esperas.
Con velas desplegadas el navío.

Ajena al vendaval, al norte frío,
inventándome modos y maneras,
acumulando luz de altas esferas;
mi otoño cambio por ardiente estío.

Vivo otra vez de místicos ardores,
a más y más el renovado vuelo,
con la plegaria en órbita segura.

Libré el espacio de la noche oscura
salvé la etapa de paloma en celo.
El canto escucho de los ruiseñores.

Atardecido amor. Concha Lagos (1907-2007)

Yo supe del amor.
A vuela sueño del vivir lo tuve,
a grandes sorbos de agua cristalina.
Aún por su estela se me van los ojos
resucitando lunas y caminos
aunque en la malla tiempo esté enredada.
Todavía los mirtos reflorecen
y de perfume embriagan este vuelo.

Atardecido amor que me desvela
y algún lucero allá en su fragua forja,
pero a la noche se lo da juicioso.
Dime en que río interrumpió la barca
con delirante singladura.
Con ese adiós eterno del olvido
aún sus velas se agitan en el aire.

Del sueño al canto se me va el deseo,
de mi espacio al jardín de las auroras
donde el ciprés se crece de nostalgia.
Ya nunca más por tierra, mar y espuma,
ya nunca amor mis huellas por tu estela
que hoy va de vuelo el sueño mío.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Siempre igual. Concepción Estevarena (1854-1876)

Si algo existe en el mundo que me halague,
es mi mundo ideal;
mas va la claridad de cada día
apagando su hermosa claridad.

Esclava de la vida, apenas puede
mi mente fatigada ni aún soñar,
que para dar la muerte a cada sueño
hay una realidad.

Grande y sabio. Concepción Estevarena (1854-1876)

Alcé los ojos: tu mirada, entonces,
brilló intensa en mis lágrimas,
como un rayo de sol que ardiente cae
sobre trémulas aguas.
Te dejé de mirar, por parecerme
que te causaba pena,
aunque yo, contemplándola, sentía
satisfacción secreta.
Volví a mirarte cuando ya a mis labios
atrajo una sonrisa:
llorando estabas tú, pero tus lágrimas
eran lágrimas mías.
Grande es tu corazón, porque consuela
con el triste sufriendo:
tu corazón es sabio porque sabe
llorar males ajenos.

Luchas. Concepción Estevarena (1854-1876)

En derredor del sol gira la tierra,
haciéndose, al girar, sombra a sí misma,
y en redor de mis propios sentimientos,
hallando sombra y luz, mi mente gira.
Yo no sé qué pensar; me alejo mucho
y otra vez vuelvo al punto de partida;
la luz de mi esperanza nunca muere,
y a impulsos del dolor siempre vacila.
Para soñar en mundos que no veo
me basta mi incansable fantasía,
y para comprender el que habitamos
no me bastan ni el alma ni la vista.
Sombras que ante la luz se desvanecen,
pasan mis ilusiones más queridas:
rocas fijas en medio de los mares,
duran mis penas grandes e infinitas.
Yo no sé qué pensar; mi pensamiento
tiene en mi corazón extraño guía;
batallo sin cesar, y amo la lucha,
y muero sin cesar, y aún tengo vida.

Enigma. Concepción Estevarena (1854-1876)

Con todos los rumores que, mezclados,
suben a lo infinito,
ha querido formar el hombre, ansioso,
de libertad el sacrosanto himno.

Notas, murmullos, huracanes, risas,
palabras y suspiros,
nada es bastante; el himno deseado
siempre incompleto resonó en mi oído.

Mientras me lleve por el mar del mundo
la nave del martirio,
no espero ya escucharlo; falta un eco
universal, espléndido y divino.

Tal vez la eternidad es solamente
quien guarda ese sonido,
y el velo de la muerte cubre el arpa
donde resuena el suspirado himno.

Hojas y seres. Concepción Estevarena (1857-1876)

Hojas que brotan en la misma rama,
si unas el viento logra arrebatar
y otra se quedan a la rama unidas,
¿a verse volverán?
Seres unidos por amante lazos,
si los viene la muerte a separar
y unos se van mientras los otros quedan
¿a verse volverán?

Ayer y hoy. Concepción Estevarena (1854-1876)

-¿Qué es la existencia, y qué es un juramento?
-te dije ayer, y respondiste tú-:
-un juramento es dar la fe de un alma,
y la vida es amor, amor y luz.

Hoy, lo mismo que ayer, yo te pregunto
y sonriendo me respondes ya:
-Un juramento, un eco que se pierde;
la vida, horas que llegan... y se van.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El nombre. Clementina Arderiu (1899-1976)

Clementina soy,
Clementina era.

Otro tiempo estuve
de temores llena:
mi nombre era largo
igual que una queja
y me hería el alma
si mis compañeras,
queriendo enojarme,
lanzaban sus flechas:
¡Qué bonito nombre!
-decía una de ellas-,
mas no es para ti:
nombre es de princesa.
Y mi nombre a otra
causaba extrañeza.
Yo dentro sentía
la envidia despierta
con sus claros nombres
de María o Pepa.

Clementina soy,
Clementina era.

Pero un año huye
y otro nos gobierna.
El nombre que antes
tímida me hiciera
y volvióse luego
dulce cantinela
en desnudo labio
-yo lo digo- era
de pronto mi honor,
maravilla era.
Para mí no hay nombre
más bello en la tierra
como el que el amado
muy dulce dijera
y en hondos rincones
de mi alma entra,
sube a mi cerebro
mis párpados cierra.

Del cielo de amor
caía una estrella
Ahora el nombre brilla
sobre mi cabeza.

Clementina soy,
Clementina era.

Canción de la hermosa confianza. Clementina Arderiu (1899-1976)

A mi amado entregué
todas las llaves;
tengo a cambio las suyas,
y hechas las paces.

Pero queda una estancia,
en lo profundo,
donde entrar no podríamos
ni unos segundos.

¡Tantas fuerzas ocultas
y pensamientos,
libres a todas horas
hay allí dentro!

En vano intentaría
fisgar un poco:
una piedra no haría
tanto alboroto.

Bástenos una sombra,
leve rumor.
Y que él lleve sus cuentas
como hago yo.

martes, 20 de noviembre de 2018

Poemas III. Claudia Lars (1899-1974)

Poeta soy.

Para María y Mariano Coronado



Dolor del mundo entero que en mi dolor estalla,
hambre y sed de justicia que se vuelven locura;
ansia de un bien mayor que el esfuerzo apresura,
voluntad que me obliga a ganar la batalla.

Sueño de toda mente que mi mente avasalla,
miel de amor que en el pecho es río de dulzura;
verso de toda lengua que mi verso murmura,
miseria de la vida que mi vergüenza calla.

Poeta soy y vengo, por Dios mismo escogida,
a soltar en el viento mi canto de belleza,
a vivir con más alto sentido de nobleza,

a buscar en la sombra la verdad escondida.
¡Y las fuerzas eternas que rigen el destino
han de volverme polvo si equivoco el camino!




Retrato de don Pedro de Alvarado.

Por la cautiva playa marinera
centauro casi, casi profecía
sobre una resonante jerarquía
alzaba su esperanza aventurera.

De sangre era la cruz no de madera;
de hierro la palabra y la osadía;
y en el color de la mirada fría
iba el peligro de su llama entera.

Encima del clamor y de la muerte,
con el seguro paso del más fuerte,
volviendo imponderable su figura.

El mundo roto le encendió las iras
y entre caballos, flechas y mentiras,
se hundió en la almendra de la tierra pura.




Sangre.

Zumo de angustias, leche milagrosa,
raíz inaccesible, árbol salado.
¡Qué temblor en el túnel anegado!
¡Qué llama y nieve en subterránea rosa!

Escala de contactos, misteriosa
razón del sueño, el miedo y el pecado.
Silencio a todo grito encadenado
y tapiada presencia dolorosa.

De los muertos nos llegas...¡muerte andando!
Substancia inevitable, gravitando
en la masa despierta de la vida.

Mi cuerpo de mujer te alza en el hombre,
te suelta  en la aventura de su nombre
y te derrama por interna herida.




A Sor Juana Inés de la Cruz.

I

¿Quién soltó de tu pecho la impaciente
paloma musical que en fuego sube?
¿Quién puso en los cristales de la nube
la misma luz que cae de tu frente?


¿En qué silencio de estupor vehemente
te pude descubrir y te retuve?
¿Qué flamígero dardo de querube
marcó el instante con su filo ardiente?

Espacios deslumbrantes, voz ceñida
a las ígneas raíces de la vida
y el ansia de esa voz determinada.

Una irrupción de signos en tu cielo.
Y bajo el arrebato de tu vuelo
yo, Señora, pequeña y hechizada.

II

En la rosa salvada, en su pureza
que sube hasta la luz y en ella habita,
llamo a tu corazón y te doy cita
para hablar de tu blanca fortaleza.

Llevo una mariposa en la cabeza
y otra más deslumbrante me visita.
Soy la que nada sabe... la que agita
su alma y su voz detrás de la belleza.

Mis jardines pequeños, entregados
al duende, al ángel verde... son aliados
de todo lo que vuela y lo que brilla.

¡Cómo no darte a ti, -tan voladora,-
mi ceniza de rosas y esta hora
en que vuelve a ser rosa la semilla!




Cartas escritas cuando crece la noche (I)

El tiempo regresó -en un instante-
a la casa donde mi juventud
quiso comerse el cielo.

Lo demás bien lo sabes...

Otros llegaron con sus palabras
y sus cuerpos,
buscándome dolorosamente
o dejando la niebla del camino
entre mis pobres manos.

Lo demás es silencio...

Hoy tengo tus poemas en mis lágrimas
y el deseado mensaje -tan tuyo-
entra en mi corazón con mil años de ausencia.

Lo demás es poseer este milagro
y sentirme a orillas del Gran Sueño
como una rosa nueva.

"Dame tu mano al fin, eternamente'




Dibujo del regreso.

Para Alberto Velásquez 

Alza la dulce muerta su carne soterrada
en verdes que se extienden del suelo a la retina.
Con un gesto de flor responde a tu llamada;
sobre su nombre nuevo un pájaro se inclina.


Lo demás... gracia rota, palabra peregrina,
corazón exprimido y sueño sin morada,
como fuego celeste -¡trémula serafina!-
permanece en tu amor y quema en tu mirada.

La dulce muerta vive bajo signo de ausencia:
en visiones fugaces, en hundida presencia,
y guarda tu secreto una piedra de llanto.

Un día sin nostalgia, recobrada y exacta,
-vuelo, corola y rostro de primavera intacta-
ha de entregarla a todos el clima de tu canto.




En un lugar del alma.

En un lugar del alma, entre muros de olvido
y en arenas estériles, se entierran los amores
que nos nacieron muertos; y en tierra bendecida,
donde sueño tras sueño la vida siembra flores,

los que ya comenzaban a fabricar su nido,
cuando los alevosos minutos cazadores
les hirieron el alma... y los que sólo han sido
samaritano ungüento para nuestros dolores.

Yo sé que a esos sepulcros se les debe el tributo
que exigen del espíritu sus urnas de misterio...
Pero por esos muertos nunca visto de luto,

y al entrar en mí misma, ese lugar esquivo...
¡que en una de las urnas de ese mi cementerio,
hay un amor que tuve que lo enterraron vivo!




Fuerteza.

Esta colina de girasoles
convertida en zompopero humano;
estos hombres amargos
con desafiantes niños sin ropas;
esta sequía veranera
y estas humedades que cultivan fiebres;
estas muchachas morenitas
jugando a ser mujeres antes del tiempo;
estas madres de quince partos
y diez hijos cabales en el hambre;
estos abuelos come-sin-dientes;
estos mendigos de mendigos;
estos ladronzuelos robando cuanto pueden
desperdicios de robos mayores;
estos perros como ánimas solas;
esta 'fuerteza' que es paraje y defensa
de los que nacen para morir pobres.




La casa de vidrio.

Puerta de cristal el día,
pared de cristal el aire,
techo de cristal el cielo...
¡Dios hizo mi casa grande!

Ventanas de maravilla
sobre escondidos lugares:
el sendero de las hadas
y el camino de los ángeles.

Cuelgan las enredaderas
sus cortinas de volantes;
la hierba fina es alfombra
de mariposas fugaces.

El agua clara del río
cuaja un puente de diamante;
hay libélulas de nácar
y pececillos de esmalte.

Risa y canto se persiguen
en giros de juego y baile.
¡Columpio del alborozo
entre los gajos fragantes!

Palabra limpia y sencilla
como la flor del lenguaje;
regazo de ternura
donde las lágrimas caen.

Trigo de la espiga nueva
para harinas celestiales;
amor que leche se vuelve
en el pecho de la madre.

¡Mi casa es casa bendita,
todo en ella vive y cabe,
y puedo mirar a Dios
a través de sus cristales!




Nodriza.

¡Calla , mi flor de leche,
mi siempre niña!
Los sueños que se cuentan
se hacen ceniza.

No te fíes del mar
porque da y quita,
ni del hombre que llega
de lejanías.

Primores de este valle
son tuyos, hija.
Casa de calicanto
te ama y te cuida.

Es mejor el silencio
de tu sonrisa
que todo lo que muestras
por encendida.

Hay que esconder tesoros
como la hormiga,
porque muchos que pasan
sienten envidia.




Reto.

Maduro fuego por azar cautivo
en el estrecho cauce de mis venas.
Brazo de afán helado entre cadenas,
rostro de ayer presente en sueño vivo.

Paloma del zarzal y del olivo
que a perseguir tu vuelo me condenas.
Fuente, sobre la sed de las arenas,
negándose a mi tallo sensitivo.

Como lleva la noche al sol distante
y el párpado cerrado los colores,
así te llevo en pulso palpitante.

Viuda de tu presencia en lo visible,
están en mí tus dádivas mejores
y alzo en forma cabal sangre imposible.




Romances de norte a sur (10)

Juan Guzmán Cruchaga, quiero
hablar de la tierra tuya.
Tierra visible en el sueño
y en la realidad oculta.
Tierra que busco y encuentro
por estremecidas rutas
del clima de la poesía,
de corazones en fuga,
de reflejos y relatos,
y adivinanza y pregunta.

Con voz incierta? lejana?
inventando lo que busca;
voz de mágicos veleros
en corriente de aventura;
iré mostrando visiones,
rasgando nieblas profundas,
entrándome en el paisaje
y descubriendo criaturas.

Mi telón de tierra cálida
en el ojo se derrumba,
y sube una estrella libre
por tu bandera de altura.

El mar de peces alados
hiela su viaje de espumas
y aparecen capitanes
de la canción y la brújula.

Ciudades que nunca he visto
guiñan pupilas nocturnas,
y nombres que hallé en tus labios
entre los ecos me buscan.

Sobre imaginadas cumbres
manos celestes dibujan
trémulas rosas de frío
con prismáticas agujas;
y hondos imanes de sangre,
que veinte fronteras cruzan,
en el amor de tu suelo
se detienen y se juntan.

Como dádiva perenne
soplos australes empujan
temblor de sal y de savia
para canciones futuras.
Y el colibrí de mi siesta
?saeta leve y aguda?,
halla en tus prados lejanos
la flor de buenaventura?

Rostro de cuatro estaciones
?cuatro soles, cuatro lunas?,
me regala tu belleza
en diferentes posturas.
Y el color de mis volcanes
y la humedad de mi jungla
se resuelven en escarcha
tornasolada y desnuda;
en guirnaldas de copihues,
en tallos cabeza rubia,
en la felpa del durazno
y los zumos de la uva.

Juan Guzmán ¡cómo me cuesta
hablar de la tierra tuya!
apenas tiño mi verso
de adivinanza y pregunta.

Para contar mi deseo,
que es media sombra y figura;
para mostrar tu paisaje
?estampa de conjeturas?,
tengo que buscar, a tientas,
por las milagrosas rutas
de corazones en fuga;
de la oración de Gabriela
donde norte y sur se anudan;
de tu palabra sutil
y la recia de Neruda.

¡Tierra empinada en el sueño
con sus voces y criaturas!




Sirena.

Va sobre espuma alzada, casi en vuelo,
sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.

El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.

No es el tritón quien le transforma el pecho,
ni el querubín se inflama entre sus labios
para beber después llanto deshecho.

Un hombre, nada más... Con brazos sabios
la tiende sobre el peso de la tierra
y allí se arrastra dulcemente en guerra.




Sueño.

Fui por el aire, tras la luz caída,
pisando signos y colores planos
y llevaba, desnuda, entre las manos,
la flor de ayer, alzando nueva vida.

Una paloma leve y abstraída
buscó la espiga de celestes granos
y en caminos profundos y lejanos
quedó mi propia forma detenida.

Derribadas murallas, botadura
de un nuevo corazón a la dulzura
y el miedo y el amor cruzando espadas .

A la deriva un ¡ay!... de no sé dónde,
y la muerte, impasible, que se esconde
en reflejo de caras olvidadas.

Poemas II. Claudia Lars (1899-1974)

Rosa.

Color redondo, carne dulce y fina,
abierto corazón de primavera;
llama fugaz en tierra pajarera,
columna de evidencia matutina.

Goce de abril, inútil bailarina
de la sangre y la luz en la frontera,
comunicada con la vida entera
por el silencio amargo de la espina.

Externa y pura, mas del lodo alzada.
En el cristal cautiva y condenada
sin alarde se dobla o se refleja.

Basura de agonía cuando acabe...
¡Y mi lengua extraviada que no sabe
el idioma del duende y de la abeja!




Sobre el ángel y el hombre (II)

Ángel enamorado
de la doliente casa de los hombres;
criatura sin pecado
que dejas, olvidado,
el nombre eterno en terrenales nombres;

tu escondida presencia
es un fulgor que canta o que suspira;
la muda confidencia
se escucha en la conciencia
y a veces...con el aire se respira.

Proclamo tu blancura;
quiero explicar espacios que no entiendo:
aquí...mi luz oscura,
allá...lágrima pura,
y el mundo su ceguera defendiendo.

Si tu mano en mi mano
coge parte del río que se bebe;
si la hoja y el grano
del pulsante verano
son en tu fino amor latido breve;

prolongado latido
es en mi corazón lo que despiertas;
y vives recogido
en mi frente o perdido
por esta noche de cerradas puertas.

Escucho los rumores
que vienen de la pálida ribera;
con mis versos menores
y mis grandes amores
persigo la existencia verdadera.

Tu designio me obliga
a encontrar el camino innominado;
tu desvelo me liga
a dolor y fatiga
del que va con el grito desgarrado.

Alumbras y sostienes;
brotan dulces praderas de tu aliento;
estás conmigo...vienes
del soplo que mantienes
en vasto y poderoso movimiento.

Buscándote en mi sombra
-entre el miedo de ser y de acabarme-
cuando el alma te nombra,
al nombrarte se asombra
de que quieras oírme y ampararme.

Morador de mi sueño:
por tu brasa de luz, por tu alborada,
este día pequeño,
este fugaz empeño,
son tu abismo de vida y tu posada.




Sonetos del arcángel I - VII.

I.

Quiero, para nombrarte, voz tan fina
y tan honda... conciencia de la rosa,
eje del aire, llama melodiosa,
cambiante y desolada voz marina.

Vaivén de arrullo, trémolo a sordina,
rumor que el mundo y el azul rebosa;
arpegio de la escala luminosa
donde el canto de amor sube y se afina.

Para nombrarte debo ser tan clara
como lira perfecta que tocara
mano imposible, de belleza viva.

Y ha de vibrar dulcísimo tu nombre
-verbo del ángel, música del hombre-
en mi delgada lengua sensitiva.


II.

¡Amor, pequeño amor, amor gigante!
Gusanillo de luz y sol de Enero.
Playa de siglos, clima del instante,
ancla fija en el golfo marinero.

Almena sobre rumbos del levante.
Alta señal de guía y de pionero.
Espejo que refleja la distante
línea de lo perfecto y verdadero.

Por ti, devotamente, a toda hora,
alza mi ensueño su celeste llama
y se humilla la carne pecadora.

Para seguir tus huestes he nacido:
¡Símbolo eterno que mi voz proclama,
alado capitán jamás vencido!


III.

Amor, eres radiante como el día
y como el agua transparente y puro;
vienes de la más clara lejanía
como un panal de sol, rico y maduro.

Por ti el silencio cambia en armonía
su angustia singular, su anillo oscuro,
y anuncian resplandores del futuro
el vuelo de una azul pajarería.

Y yo, que siento ante la luz la viva
atracción que domina y que cautiva
al mirasol girante y empinado;

busco tu claridad de maravilla
y en lo solar, como una flor sencilla,
define el corazón forma y estado.


IV.

Se alza mi corazón... rosa de vida,
con musical fragancia y miel de aurora,
y es una dulce y nueva flor cantora
en el rosal eterno suspendida.

Río del ansia copia y enamora
su soledad vibrante y conmovida,
mas para ser tu rosa preferida
es intocada rosa trepadora.

La envuelve lo celeste, sólo sabe
de la pureza que en el aire cabe
y de tu clara y alta perfección.

Y en un tallo invisible se levanta
hasta la suave curva de tu planta
la rosa de mi absorto corazón.


V.

Nada puede igualarte... ni la estrella
que es ojo y brasa, joya y flor deseada;
ni la flor -ala tímida- clavada
al barro humilde que la forma sella.

Palma de sangre, fugitiva huella,
criatura y ángel, brisa y llamarada;
para tejer tu gracia ilimitada
toda cosa prestó su línea bella.

Porque sé que en lo bello lo divino
guarda el poder de misterioso rayo
que vuelve el lodo humano cristalino;

mi gajo en madurez, mi flor de mayo,
trémulos -en el goce y la dulzura-
han sido ofrenda a la belleza pura.


VI.

Te elevo sobre el mundo y el ensueño,
¡escultura de luz, de aroma y canto!
Ala impaciente, roce de tu manto,
tácito y puro en vida y en diseño.

Te sostiene mi verso, tan pequeño
-piedra de espuma, base del encanto-
y en vigilias y vórtices de llanto
sierva soy al servicio de mi dueño.

Toda belleza en ti dobla su gracia,
toda gracia precisa sus virtudes,
toda virtud aumenta su eficacia.

Se alza de mi verdad tu nombre fuerte
y en espacio de soles y laúdes
quiebra el ángulo frío de la muerte.


VII.

Te busca el hombre, terco y confundido,
¡sol que al ojo cobarde ha deslumbrado!
¡dardo de lo infinito que has herido
con punta de virtud mente y costado!

Sosteniendo el valor de su latido,
arrastrando su carne de pecado,
es ala de ansiedad, niño perdido,
queriendo conocer lo adivinado.

Y va, con soledad de espina y hielo,
buscando por el mundo y por el cielo
lo que en milagro le será ofrecido.

Y te vislumbra, intacto y silencioso,
resuelto en torbellinos sin reposo
y entre prismas de lágrimas erguido.




A Gabriela Mistral.

Una rosa de angustias -mar y viento-
y la estrella que gime en tierra oscura;
una secreta herida de ternura
y el camino interior del pensamiento.

Tu nombre fijo, tu divino intento,
la suelta voz que llega, larga y pura;
este compás de sangre, que asegura
tus cantos recogidos en mi acento.

Dulce don invisible para el día
de la flor y la erguida melodía,
con el pájaro leve y la campana.

Lo diste sin saber, pero se advierte
que te sigue, imantado hasta la muerte,
el paso fiel de tu pequeña hermana.




Cara y cruz.

Alta visión de un sueño sin espina,
honda visión en realidad clavada;
ansia de vuelo en recta que se empina,
miedo del paso en curva accidentada.

Rosa de sombra, rosa matutina,
una caída y otra levantada;
ángeles invisibles en la esquina
donde el presente cambia de jornada.

Marca el momento signo de la altura:
brote de carne limpia y sangre pura
en renovado campo de infinito...

Y en promesa inefable y verdadera
-Gabriel de anunciaciones y de espera-
un mundo sin cadenas y sin grito.




Del fino amanecer (fragmento)

Hermoso el visitante,
descubridor de grutas misteriosas
y amigo de mi frente.
Me contó su aventura con las olas;
su pacto con la tierra;
quiso evocar edades ya borradas,
nombres que fortalecen,
y anunciando la noche más difícil
dijo: 'busca el lucero'.
(Se iba por la distancia...regresaba...
y a veces largo rato
era mi huésped).

Un día en que los dos -tierra en el aire-
mirábamos formarse entre las nubes
bailarines fugaces
y rebaños de ovejas,
me entregó bellamente algo sagrado:
lo que colmó de alas
mi despertar interno.

'Cuando venga el amor-me fue explicando-
recíbelo con sueltas tempestades
y todo el corazón de tu inocencia.
Reconoce su voz antes que hable...
¡No temas sus incendios!
Por la llegada del amor tus labios
han de volverse cielo.'

'De súbito el amor nos pertenece
en alma, cuerpo y goce.
Es nuestro...y nos convierte en experiencia
escondida y absorta.

Poco a poco se rompe en mil pedazos
entregados a otros,
y al fin somos amor dividido,
que a pesar de tenerlo
siempre lloramos solos.'

'Escucha: no pretendas con su fuego
jugar a mariposa.
Hundida en él tienes que ser valiente,
porque las llamas suyas
no son inofensivas
ni menores'
'Prepara tu verdad más absoluta;
tu punzante corona;
y si quieres vivir para alumbrarnos
avanza en su misterio
con creciente abandono.'




El misterio.

Alma encarnada en mi seno
¿de qué mundos has llegado?
¿Por qué entre miles de madres
a mí has buscado?
¿Qué lección dura o sencilla
has de aprender en la Vida?
¿Habrá más risa y más canto
por tu venida
o debo de tener lista
carga de fe y de valor,
para hacerle frente, juntos,
al Amo Dolor?
Me rodea el gran Misterio,
y ante él, humilde me inclino,
que en silencio estoy formando
todo un Destino.




Eva y Adán.

¡Si tienes sed, Adán, abrévate de mi boca!
¡Ten fe y obra el milagro! ¡Mis besos serán buenos
como el agua que un día brotara de la roca
y como la que el Hijo de humildes nazarenos,

que será, de amar tanto, Dios mismo, cambie en vino!
¡Si tienes hambre, toma: mi corazón es vianda!
¡Mis ojos son antorcha de luz en tu camino!
¡Y el camino soy yo! ?¡Oh, bebe y come y anda!

¡En mis débiles brazos está tu fortaleza,
por mí lo serás todo y triunfarás en todo;
por mí tus ojos pueden descubrir la belleza,

tus pasos echar alas, tu suavidad ser fuerte!...
Yo soy quien te completa, ¡mortal! ¡Desde que el lodo
Se llenó del aliento de Dios contra la muerte!




La cantora y su tiempo.

Vivo un temblor de presentimientos
y estoy en medio de la borrasca
como la sacudida hoja de un árbol inútil.

Presencio el instante que enloquecidos visionarios
anunciaron con signos de relámpagos
y me dobla su fuerza incontenible
y su maduro peso funeral.

Al fin se rompen los sellos del castigo
y en el pequeño tragaluz de la vigilia
penetra -apenas- una astilla de cielo.

El fervor de los santos huye inviolables soledades
y la muda obediencia de las horas
ensombrece el reloj y la pupila.

¿Por qué llora la paloma sin culpa
y el amante vestido de sueños
pierde su cítara de extasiado cristal?...

Se profana la cúpula del aire
y demonios que desgarran la altura
descienden por nubes resonantes
sobre el dormido pulso de las cunas.

Afirmo que recibimos mensajes purísimos
y que testigos de la estrella y el reparto
anunciaron -con tónica solemne-
el largo drama de columnas rotas.

De siglos viene el grito pavoroso
y si buscamos en salobres canteras
es fácil encontrar lo que motiva la venganza.

¿Acaso no cayó el más limpio de la tierra,
con su fina cabeza agujereada
y su enseñanza convertida en campana confusa?...

Hemos de liberar el espiritu,
aunque el miedo circunde nuestra frente sin pájaros,
aunque ruedas, planetas y siniestros autómatas
nos hagan entrever -en cada atisbo-
el combate de arcángeles y monstruos.

Que acuda el vigilante
-el invisible huésped del lenguaje inefable-
porque tal vez en interiores refugios
él nos encienda y nos levante
esta apagada luna.

Faena del alma es descubrir ciertas verdades,
bucear en el poema hasta encontrar el blanco fondo,
sacar del abismo el amor desoído,
la flor de la tormenta
con su belleza inmemorial.

Tanteo en mi espacio y en mi verso
y anhelo romper el disfraz transitorio.
Implacables defensas
ocultan una orilla...la otra costa...
y el turbio hermano y el hermano turbio
caen sobre su miedo y sus rencores.

Hundidos estamos en este peligro,
en este oscuro régimen de sangre;
mas todavía entrega la colmena
endulzadas praderas de agosto,
y detrás de ráfagas cegadoras
alientan y sonríen
las amorosas islas de la amistad.

Que pasen los cadáveres con sus muecas de espanto,
los textos aventados en fragmentos,
las horas sin raíces
y el adiós del jardín
con la ceniza de sus mariposas.

Muertes y despedidas
dejan tras de su huella algo invencible
y al llorar lo que acaba de perderse
ya estamos celebrando nuevos nacimientos.

¡Dadme mi amor y mi breve profecía!...
Prepararé el escape
y hablaré de la aurora a media noche.

¿No advertís que entre nieblas
recoge Piscis su edad agotada?
¿No adivináis que en la rueda inmutable
Acuario vierte gotas deslumbrantes
y que los siglos venideros
están vivos ahí...
en su vibrante ánfora abismal?




Niño de ayer.

Eras niño de niebla
casi en la nada;
nombre de mi sonrisa
detrás del alma.

Y era un barco dichoso
de tanto viaje
y un ángel marinero
bajo mi sangre.

Subías como el lirio,
como las algas;
en tu peso crecía
la madrugada.

Y alzando el aire joven
sus ademanes
ya marcaba tu fuerza
de vivos mástiles.

¡Prado de nieve limpia,
bosque de llamas!...
Y tú, semilla dulce,
bien enterrada.

Escondido en mi pulso,
sin entregarte;
pulsando en los temores
de mi quién sabe.

Buscabas en mi pecho
bulto y palabra;
entre mis muertos ibas
buscando cara.

Salías de la torre
de las edades
y en las lunas futuras
dabas señales.

No creas que te cuento
cosas de fábula:
para que me comprendas
coge esta lágrima.

Poemas I. Claudia Lars (1899-1974)

A Christina Georgina Rossetti.

¿Dónde crece el manzano marinero
que sabe de la espuma y la colina?
¿En dónde la granada granadina
para el cumpleaños del amor primero?

¿Va en el aire tu acento verdadero
o duele a media sangre, como espina?
¿Se esconde bajo el sueño que adivina
el luminoso viaje del lucero?

Celeste afán, latido que perdura,
forma girante, frágil vestidura
y un rostro leve que al silencio asoma.

Hoy la belleza duerme en el olvido...
Mas yo guardo en la voz tu nombre herido
con una flor azul y una paloma.




Canción que te hizo dormir.

La noche del mundo:
¡qué largos cabellos!...
Los suelta en la torre,
la torre del viento.

Los peina en el valle,
los trenza en el cerro,
los abre en las ramas
frías del almendro.

¡La noche del mundo:
qué oscuro su cuerpo!...
En él transforman
las cosas del suelo:
el lirio descalzo
se calza de acero;
el loro se vuelve
piedra de silencio;
la errante neblina,
ángel medio ciego;
y el naranjo en flor,
un oso de hielo.

La noche del mundo:
¡qué nombre de sueño,
qué barca volante,
qué tiempo sin tiempo!




Casa sobre tu pecho.

  I
A medio otoño, casi del olvido
volviendo con la rosa del verano;
el mar del corazón bajo tu mano
y el camino de ayer para el oído.

No es golondrina, no, la que ha venido
al cielo de este cielo cotidiano;
porque llega del frío más lejano
sabe escoger la tarde de su nido.

Así, con simples nombres de acomodo,
voluntaria de ser, en nuevo modo,
tu sabor y tu clara compañía.

Si recojo praderas en tu casa,
ya presiento la rosa que no pasa
y soy nueva en la rosa todavía.

                II

Detrás de las orillas iniciales,
de la agitada soledad de afuera,
un suave octubre, de caricia entera,
y una isla dulce...en olas de rosales.

Pues nunca los amores son iguales,
este arrimo de amor, a tu manera,
de una lejana y muerta primavera
saca el reino del musgo y los panales.

Recuerda...y recordando...en sabio rito
a breve sangre anuda lo infinito,
iluminado y tierno en su desvelo.

Y un poder encendido por tu llama
junta el panal, el musgo y la retama,
para esta casa tuya, entre mi pelo.

                 III

A ti, todo el poder de mi sentido:
este valle de yerba y de paloma;
mi profunda violeta con su idioma
en los verdes recodos aprendido.

A ti, mi río-fuego, detenido
en un labio sediento, que lo aroma;
mi ágil laurel y el pájaro que asoma
dando el país del aire en su latido.

Toda mi tierra corporal y oscura:
la que acoge, levanta y asegura,
recia en la entraña y en el tacto fina.

No ha de quedar a piel de amor el goce,
porque ya tu mirada reconoce
tierra adentro, la luz de cada espina.

                   IV

Tu casa tiene un nombre de tristeza:
un leve nombre de ceniza y frío;
toca el fértil azul del nombre mío
y es noche oculta en que tu voz tropieza.

Antes fue claro y vivo, con riqueza
de fácil nardo y de inicial estío;
iba copiando cielos como un río
y en él, para mi amor, tu amor empieza.

Yo recojo ese nombre de la muerte
y lo acerco a los dos, sin que despierte,
mientras un gran silencio nos anuda...

Me brota de las manos nueva tierra,
y el nombre queda en ti, y en ti se encierra
guardando el clima de su patria muda.

                        V

Aquí a tu lado, en medio de las cosas
y del recuerdo...tuya, conmovida;
por tu claro hospedaje detenida
y también por tus horas dolorosas.

Van a tu amor las arpas de las rosas
y todos los rosales de la vida;
ya no pierdo mi frente, ya encendida
es tu jardín, la tarde en que reposas.

Inmensidad de cielo y tierra envuelve
esta alianza secreta, que resuelve
pasos de ayer en casa tan segura.

De ti saldrán los días venideros,
y en los junios de luz y en los eneros
tendré el hondo crecer de esta dulzura.

                        VI

Casa de piedra y sueño, que se entrega
en torre de alas y en jardín cerrado;
tamaño de amor insospechado,
reino tardío de una alondra ciega.

A tu fina quietud mi paso llega,
dichoso de llegar, pero cansado;
me corona la luz...tengo un aliado,
y la noche de paz nada me niega.

Este es mi sitio, mi querencia humana,
para empezar de nuevo mi mañana
y borrrar en su amparo la fatiga.

Por eso casa mía, casa cierta,
en mis labios te das, limpia y despierta,
con el ángel de flores que te abriga.




Dibujo de la fuga I - VI.

I.

Nunca se ha visto un blanco, un encarnado,
tan amorosos como el lindo verde.
Andrew Marvell

El árbol y su cielo.
Ya despierta la fábula en las cosas.
El cielo de mi risa
sobre el ágil velamen del columpio.

Yo tenía la nube,
también la huella fina de los pájaros
y un reino verde con semillas verdes
y el mar en el olfato.

Por aire humedecido
imaginad el ángel de las flores.
Por ríos invisibles
los jardines dispersos en mi frente.

De su centro de sangre
alzado el corazón, el fino huésped.
Junto a párvulas sombras
musgo de leche y encendidas anclas.

Yo tenía mi cuerpo
y una fruta sin vello y dos abejas.
Me bañaba desnuda entre naranjos,
me comía el augurio de los tréboles.

El modo de mi casa
-hecho de arrimo y piedras vigilantes-
iba de viaje en un antiguo viaje
y en un libro de peces.

Los ojos de mi padre
eran náuticos ojos capitanes.
Daban a ratos fuegos de Santelmo
y metales del norte.

Detrás de mi inocencia
lunas dormidas en el dulce pronto...
Tal vez lo ya terrestre
ardiendo como el grillo de mi luna.

Para el suave domingo
islas de azúcar, jaulas de listones.
Para copiarme risas,
una risueña Alicia del Espejo.

¿Cómo contar mi olvido,
mi voy jugando de jugar de juegos?
La falda de mi madre:
ese almidón sembrado de violetas.

Todo el bosque del árbol
y yo la corza libre, la criatura.
¡Qué melodía de agua, qué paloma!
Mi giramor...mi girasol...mi mundo!


II.

Su puerta
-arco de almíbar y de sal menuda-
abre el tiempo de blusas uniformes
debajo del almendro y la campana.

Creció mi corazón
como una flor esquiva por mi sangre,
sufriendo la indagante compañía,
un delicado miedo y la nostalgia.

Alguien dijo: es amor...
pero yo lo guardé con mis peinetas.
En música inicial, en largas noches
le dormí como a niño que amenaza.

Ella nada sabía.
Se apoyaba en mi dicha sin mirarla.
Por su país esbelto
iba el césped buscando lo que sube.

De sus dones abiertos
cogí el idioma fino, inmaculado.
Venía tiernamente hasta mi libro
con su origen de luz, con su garganta.

Tal mi golpe de vida:
solo...a la orilla extraña de los nombres.
¿Quién dibujó en el muro, en el cuaderno,
ese veloz mensaje de saetas?

La inmensa pajarera
y un trémulo silencio, siempre frágil.
Su suave fuerza deteniendo ríos
y fundando ciudades en el alma.

Ardor de mi pureza.
Cuna de fuego en pequeñez colmada.
¡Génesis de la abeja en mi pecho
buscando sus dos alas!


III.

Y regresé por una carta dulce
que era medio llamada y medio eco.
Resbala el aire como un río de oro;
sube en el agua aquel azul pequeño.

El mismo abrazo se me da en los árboles,
con su aroma indefenso;
el mismo amor, la misma casa mía
en ángeles terrestres.

Olvido la ciudad porque es verano
y tengo mis almendros;
una nube trivial me entrega, ahora,
bailarinas esbeltas.

Nada ha cambiado, nada...Todo espera
al corazón que vuelve
sobre aldeas menores, sobre infancias
de contenidos cielos.

No hay horas en el tiempo, cada instante
es eterno y es breve.
Voy por mis ojos a la piel del mundo
y al mundo de mi cuerpo.

¿Quién me dio esta palabra iluminada
que sin sonar ya suena?
¿Este secreto de florales bosques
rodeados de silencio?

La golondrina de horizontes rojos
sobre mí va cayendo...
¿Qué distancia pulsante y consumida
me derrama en su vuelo?

Hay un algo que espera no sé dónde;
una escondida puerta:
puerta de azar para vivir relámpagos
o navíos o hielo.

Alcanzo mi camino y no lo alcanzo.
¡Desatadme los miedos!
Tengo una cita con la luz lejana.
Con el mar de mis muertos.


IV.

En dominios de nieve
sueña la flor su escala y su corona.
La nieve cae, abandonando el aire
con un latido blanco.

¿Por qué levanta el muérdago
su sangre oculta en desafiantes hojas?
¿Por qué dejan los elfos invernales
laboriosos mensajes en el vidrio?

¡Eileen, Coleen, Maureen...verdes, doradas,
alimentad el fuego!
El pan junta a los hombres. Ya regresan
con sus pipas nocturnas y su infancia.

La nieve tiene ermitas y ataúdes,
tiene girantes naipes,
flota en la luz con pliegues de bandera,
borda manzanas de agua entre los mástiles.

¿Quién dice que la nieve es inocente?
¿Quién la celebra en el licor del sótano?
Mil peregrinos andan por su cuerpo,
ciegos de blanca burla.

¡Eileen, Coleen, Maureen...fuertes, sin miedo,
¿está borracho el viento?
¡Cerrad la puerta , defended la casa,
que es la nevada luna de los muertos!

En praderas de nieve
el verano dormido junta olores.
La nieve baja en diminutos ángeles
y fechas de diciembre.

¿Cómo estará la encina en su silencio?
¿cómo el pez, entre agujas?
Este morir de sueño, este abandono,
¿habrá de ser un colmenar de musgo?

¡Eileen, Coleen, Maureen...limpias, amables,
extended los manteles!
La niña del hermano busca el norte
sobre temblor de remos.

Viene con su cabello derramado,
con sus pasos silvestres;
trae un lagarto de ónix en la blusa
y una guitarra breve.

Las torres de la nieve
suben luces pretéritas, de olvido.
Abre la niña su ventana y oye
la memoria del frío.


V.

Llegó sobre sus botas de soldado
y su medida de alma.
En el vagón lloraba un niño puro
y leían los hombres con anteojos.

La música de ruedas
trenza llanuras con aldeas tristes.
Un presuroso cerro se le acerca
para huir, en menguante.

Cada cintura de árbol tiene brazos
que van a la deriva.
Es preciso callar, tal vez dormirse
o perseguir su nombre.

¡Ah, venid a mirarle!
¡Venid a señalar su labio joven!
Está jugando de coger mi frente
con sus pestañas de oro.

Creo que ya conozco su esperanza,
su jardín melancólico.
¿Dónde me dio, por un antiguo cielo,
esta frágil alondra?

Diríase que vino para hallarme,
olvidando su miedo en los cipreses.
Porque la muerte sacudió su espanto
lleva una palidez que le ilumina.

Quiero alcanzar su célibe distancia
y utilizo el perfume del pañuelo.
Con maniobras de abeja le cautivo;
le voy dando mi gesto y mis collares.

Por rápidas vidrieras
pasa un sitial de malvas, tres cabañas.
El día lento sufre en el jadeo
de tartamudos rieles y furgones.

¿Acaso fue mi educación de brisa,
su noticia de luz, el tiempo inútil?
De No Man's Land traía un libro amargo.
¿No era mi edad el libro de la nube?

Por eso el viaje descansó en la playa
y nos dio el mar su vértigo de olas.
Borramos el ayer de los obuses
y despertó mi golondrinalondra.


VI.

Este color de liquen y de algas;
este origen de mar, que nadie advierte;
este canto de grutas sumergidas
y estos silencios de agua, que se beben.

El goce de una intacta lejanía
donde el pulso del tiempo se endurece;
El barco que llegó buscando anclas,
por combate de noches y de nieves.

Un domador de potros de arco iris,
un ágil compañero de los peces,
una rada con árboles de llanto
y la isla que muere y que no muere.

Todo, medio perdido por mis labios,
todo, medio salvado por mis sienes,
y en esta tierra de cumplidas cosas
apenas como el día adolescente.

Por un deseo que anudó en el musgo
el suelto sollozar de la intemperie;
por un lejano viaje que en la playa
cambió su muro de olas en laureles;

por eso estoy aquí...con este sueño
de oceánica raíz, casi perenne;
con este primer junio de buscarme
y este regalo de saladas fuentes.

Cae a mis ojos, de unos ojos altos,
toda la luz en su marino oriente.
Cae a mi corazón, con piel y sangre,
toda la vida de mi nombre verdee.

Tal vez de una ternura de riberas
mi iré al volcado adiós de las corrientes.
Tal vez en un estreno de horizontes
recogeré la flor de lo que duele.

Ha sido mi secreto entre las ramas
esta mitad de mar que no obedece.
Por eso ando buscando, sin decirlo,
el nuevo viaje de mi antigua gente.




Dos sonetos a un místico.

I

Amor que se cruzó por mi camino
y me encontró en la sombra, abandonada.
Amor que fuera luz en la callada
y sombría espesura del destino.

Esencia de lo noble y de lo fino:
le sorprendí brillando en su mirada.
Mas no quiso hacer caso a mi llamada
y transformó lo humano en lo divino.

Yo me quedé con la esperanza rota.
¡Corazón que me sangra gota a gota
siempre que pongo mi ilusión en algo!

¿Por qué tan fuerte ante la vida fuerte?
¿Es que miedo a la vida le tuviste,
amor que no supiste lo que valgo?


II

Abrí por ti mi corazón entero
y en él pudiste ver sin velo alguno.
Lo que hacerme sentir pudo ninguno
sintió por ti mi corazón sincero.

Amor entre los grandes el primero:
Amor de aquello que entre mil hay uno.
Se te ofreció inocente y fue importuno.
Y lo calló tu voluntad de acero.

¿Por qué quieres vivir vida divina
si de la forma humana estás vestido?
¿Acaso el mismo Dios no se adivina

tras de la oscura puerta del destino?
Si el alma entre la carne va escondida,
¿por qué este empeño es sofocar la vida?




Espejo.

Miré a la dulce niña del pasado
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.

Era yo misma...cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.

Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.

Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.




Hermanos.

Peso del aire, vuelo de la tierra
en opuesta verdad y simbolismo;
doble color del cielo y del abismo
que el ojo exacto de la vida encierra.

Sal aceptada, dulcedumbre en guerra,
paisaje del espejo y de ti mismo;
isla del sueño, mágico bautismo,
ángel sin voz que llama y que destierra.

Vamos -niños de polvo, gotas ciegas-
en ansias verticales o vencidas
cumpliendo lo mandado por entregas.

Es anillo de muerte el que nos junta.
Y en asombro de encuentros y partidas
se vuelve de ceniza la pregunta.




Migajas.

Va la hormiga con un retazo de amapola
hacia el blando montoncito de arena.

Yo soy insecto,
tú eres insecto,
él es insecto.

¡Ah pesada basura
la del nombre que escogieron
para hacerme tan importante!

-*-

Como poeta ciego
canté mi ensueño, mi albergue,
mi amistad y mis lágrimas.
Pero a quién le importaba, realmente,
el mínimo




Palabras de la nueva mujer.

Como abeja obstinada
exploro inefables reinos
que desconoces
y al entrar en la memoria de tu corazón
señalo parajes virginales.

¡Aquí la eternidad
modificando nuestro minuto!
No puedo ser abismo:
con la luz se hacen viñedos
y retamas.

Pertenezco a la desnudez
de mi lenguaje
y he quemado silencios y mentiras
sabiendo que transformo
la historia de las madres.

Mujer.
Sólo mujer.
¿Entiendes?
Ni pajarilla del necesario albergue,
ni alimento para deseosos animales,
ni bosque de campánulas donde el cielo se olvida
ni una hechicera con sus pequeños monstruos.

¡Oh poderes del hombre
alzando mutaciones
de frágiles rostros
¡Oh esplendor oculto en mi santuario
ya bajo la excelencia
de íntimos ángeles
¿Logra mi amor decirte
que busco un amante
con frente inmortal?




Retrato.

Ternura móvil que enraizó a mi lado,
niño grande sin nombre y sin alero;
huésped del sueño en cuerpo verdadero,
oscuro corazón iluminado.

Pago del día, saldo del pasado,
dulce heridor y hábil curandero;
mina de venas rotas y venero
que sin reserva da lo que he buscado.

Su silencio tan largo tiene ahora
pájaros irisados y despiertos
bajo una luz madura y vencedora.

De cenizas llegó su forma alzada,
y en rumbos de la sangre su llamada
devuelve la palabra de los muertos.

lunes, 19 de noviembre de 2018

El pozo de las lamentaciones. M.R. James (1862-1936)

En el año 19... el grupo de scouts de un colegio de renombre tenía entre sus miembros a dos chicos llamados respectivamente Arthur Wilcox y Stanley Judkins. Eran de la misma edad, se alojaban en la misma casa, estaban en la misma sección, y como es natural formaban parte de la misma patrulla. Eran tan parecidos físicamente que causaban desasosiego, contrariedad y hasta irritación en los profesores que les trataban. Pero ¡qué diferente era el hombre, o el niño, que llevaban dentro! Fue a Arthur Wilcox a quien dijo el director alzando los ojos con una sonrisa al entrar el chico en el despacho:

—¡Caramba, Wilcox, como sigas aquí mucho tiempo vas a hacer quebrar el fondo para premios! Toma, aquí tienes esta lujosa edición de la Vida y obras del obispo Ken; y con ella, mi sincera enhorabuena a ti y a tus excelentes padres.

Fue a Wilcox también a quien el secretario vio cruzar el campo de deportes, y deteniéndose un momento en su paseo, comentó al vicesecretario:

—¡Ese muchacho tiene una cabeza notable!

—Desde luego —dijo el vicesecretario—. Lo cual denota genialidad o hidrocefalia.

Como scout, Wilcox ganaba todas las medallas y lazos por los que competía: el Lazo de Cocina, el Lazo de Confección de Mapas, el Lazo de Salvamento, el Lazo de recopilar noticias de periódico, el Lazo de no dar portazos al salir de clase, y muchos más. En cuanto al Lazo de Salvamento, puede que diga unas palabras cuando hable de Stanley Judkins. No debe sorprenderles que el señor Hope Jones añadiera un verso especial a cada canción suya en alabanza de Arthur Wilcox, ni que se le saltaran las lágrimas al jefe de estudios al entregarle la Medalla de Buena Conducta en su elegante estuche color burdeos, medalla que se le había concedido por votación unánime de la Clase de Tercero. ¿He dicho unánime? No es verdad. Hubo un disidente, el Judkins más joven, que dijo que tenía fundadas razones para hacer lo que hacía.

Al parecer compartía habitación con el mayor. Tampoco debe sorprenderles que años después Arthur Wilcox fuese el primero —y hasta ahora el único— en ser nombrado capitán de los internos y los externos, ni de que la tensión de atender a sus obligaciones en ambos frentes, unida al trabajo normal de clase, fuera tan agotadora que el médico de cabecera le prescribiese la absoluta necesidad de seis meses de completo descanso, seguidos de un viaje alrededor del mundo.

Sería ameno seguir los pasos por los que llegó a las prodigiosas alturas que hoy ocupa; pero dejemos de momento a Arthur Wilcox. El tiempo apremia, y debemos abordar un asunto muy diferente: la carrera de Stanley Judkins: el Judkins mayor. Stanley Judkins, como Arthur Wilcox, llamaba la atención de las autoridades académicas, aunque de muy distinta manera. Fue a él a quien dijo el jefe de estudios con una sonrisa que no tenía nada de alentadora:

—Qué, Judkins, ¿otra vez? Tira un poco más de la cuerda, y tendrás motivos para lamentar haber entrado en este centro. ¡Toma, y toma, y toma! ¡Y considera una suerte no haberte ganado esto y esto!

Fue en Judkins en quien el secretario tuvo motivo de fijarse también cuando cruzaba el campo de deportes, al darle en el tobillo una pelota de cricket que llevaba bastante fuerza y gritarle una voz a cierta distancia:

—¡Gracias por pararla!

—¡Creo —dijo el secretario deteniéndose un instante a frotarse el tobillo— que ese chico debería molestarse en venir a recoger en persona la pelota!

—Por supuesto —dijo el vicesecretario—; y como se ponga a mi alcance haré que se lleve algo más.

Como scout, Stanley Judkins no consiguió más lazos que los que pudo sustraer a los miembros de otras patrullas. En el concurso de cocina le sorprendieron intentando introducir petardos en el horno de los competidores de al lado. En el de costura, consiguió coser firmemente a dos chicos, con resultados catastróficos cuando trataron de levantarse. Para el lazo de aseo fue descalificado porque durante la clase del 24 de junio, día bastante caluroso, no fue posible disuadirle de tener los dedos metidos en el tintero para refrescárselos. Por cada papel que recogía tiraba seis pieles de plátano o de naranja. Cuando las ancianas le veían acercarse le pedían con lágrimas en los ojos que por favor no se empeñase en cruzarles el cubo de agua al otro lado de la calle; sabían demasiado bien cuál era la consecuencia inevitable.

Pero fue en el concurso de salvamento donde la conducta de Stanley Judkins se reveló más reprobable y tuvo más serias repercusiones. Como saben, el ejercicio consistía en arrojar a un chico de un curso inferior y de una estatura conveniente, vestido y atado de pies y manos, en el sitio más hondo de la presa del Cuco, y cronometrar el tiempo que cada scout tardaba en rescatarle. Siempre que Stanley Judkins había participado en esta competición había sufrido un calambre en el momento crucial que le había hecho caer rodando al suelo y empezar a gritar de manera alarmante. Esto naturalmente apartaba la atención de los presentes del niño que estaba en el agua, y de no haber estado allí Arthur Wilcox el número de muertes en esta prueba habría sido realmente abultado.

Ante tal situación, el jefe de estudios decidió cortar por lo sano y suprimir la competición. En vano el señor Beasley Robinson alegó que en cinco competiciones sólo se habían ahogado cuatro de los niños arrojados al agua; el jefe de estudios dijo que era el último en querer interferir poco ni mucho en las actividades de los scouts, pero que tres de los ahogados eran miembros valiosos de su coro, y tanto él como el doctor Ley consideraban que el extravío que habían ocasionado estas pérdidas pesaba más que el beneficio de la competición. Además, la correspondencia con los padres de estos chicos se había vuelto embarazosa, incluso penosa: ya no se conformaban con la notificación impresa que se les solía remitir, y más de uno se había presentado en Etony había acaparado gran cantidad de su precioso tiempo con sus quejas. Así que la prueba de salvamento es hoy cosa del pasado.

En resumen, Stanley Judkins no era un orgullo para los scouts, y más de una vez se había pensado en comunicarle que ya no eran necesarios sus servicios; medida que el señor Lambart defendió con calor. Pero al final se impusieron criterios más suaves, y se decidió darle una nueva oportunidad. Y así, le encontramos al principio de las vacaciones del verano de 19... en el campamento que tienen los scouts en la hermosa comarca de W (o X) del condado de D (o Y). Era una mañana radiante, y Stanley Judkins y un par de amigos —porque aún los tenía— tomaban el sol en lo alto de la colina. Stanley estaba boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos, mirando a la lejanía.

—Me pregunto qué lugar será aquél —dijo.

—¿Cuál? —dijo uno de los otros.

—Aquella especie de arbolado que hay allá en mitad del campo.

—¿Eh? ¡Ah! ¡Vete a saber!

—¿Para qué quieres saberlo? —dijo el otro.

—No sé; me atrae. ¿Cómo se llama? ¿Tenéis un mapa? —dijo Stanley—. ¿Y os consideráis scouts?

—Aquí tengo uno —dijo Wilfred Pipsqueak, siempre previsor—; y viene señalado. Pero tiene un círculo rojo alrededor. No podemos ir.

—¿A quién le importan los círculos rojos? —dijo Stanley—. Pero en este mapa no pone cómo se llama.

—Bueno, pregúntaselo a ese vejestorio, si tantas ganas tienes de saberlo.

El vejestorio era un pastor que acababa de subir y estaba de pie detrás de ellos.

—Buenos días, señoritos —dijo—; un tiempo que ni pintado para disfrutar ahí al sol, ¿eh?

—Sí, muchas gracias —dijo Algernon de Montmorency con innata cortesía—.¿Podría decirnos cómo se llama aquel arbolado de allá? ¿Y qué es aquello que se ve en medio?

—Claro que puedo —dijo el pastor—: aquello es el Pozo de las Lamentaciones. Pero no tienen por qué asustarse.

—¿Entonces es un pozo? —dijo Algernon—. ¿Quién lo utiliza? El pastor se echó a reír.

—¡Dios nos libre! —dijo—; no hay un pastor ni una oveja en todo este contorno que usen el Pozo de las Lamentaciones; ni lo han usado desde que yo estoy en el mundo.

—Bueno, pues ese récord se rompe hoy —dijo Stanley Judkins—: porque ahora mismo voy a ir a traer un poco de agua para el té.

—¡Por Dios, señorito —dijo el pastor con voz asustada—, no hable así! ¿No les han advertido los maestros que no deben ir allí? Pues es lo primero que tenían que haber hecho.

—Sí, nos han advertido —dijo Wilfred Pipsqueak.

—¡Calla, borrico! —dijo Stanley Judkins—. ¿Qué le pasa al pozo? ¿No es buena el agua? En ese caso se hierve y en paz.

—Yo no sé si le pasa algo al agua o no —dijo el pastor—. Lo que sé es que mi perro no cruzaría ese campo; y yo tampoco, desde luego. Ni nadie con dos dedos de frente.

—Allá ellos —dijo Stanley Judkins, con repentina grosería—. ¿Ha sufrido alguien algún daño al ir allí? —añadió.

—Tres mujeres y un hombre —dijo el pastor gravemente—. Háganme caso: yo conozco este campo y ustedes no. Y una cosa les puedo asegurar: en los últimos diez años no ha entrado a pastar ni una sola oveja, ni se ha sacado de él una sola cosecha... Y eso que la tierra es buena. Desde aquí pueden ver bastante bien cómo está lleno de zarzas y maleza de toda clase. Veo que tiene usted anteojos —dijo a Wilfred Pipsqueak—; con ellos lo puede ver.

—Sí —dijo Wilfred—; pero veo senderos. Alguien debe de cruzarlo de cuando en cuando.

—¿Senderos? —dijo el pastor—. ¡Ya lo creo! Cuatro: de tres mujeres y un hombre.

—¿Qué quiere decir con eso de tres mujeres y un hombre? —dijo Stanley, volviéndose por primera vez a mirar al pastor (había estado hablando de espaldas a él hasta este momento: era un maleducado).

—¿Que qué significa? Pues lo que digo: que son de tres mujeres y un hombre.

—¿Quiénes son? —preguntó Algernon—. ¿Por qué van allí?

—A lo mejor queda alguien que les pueda decir quiénes eran —dijo el pastor—; pero murieron antes de que naciese yo. Y por qué siguen yendo allí es algo que nadie de carne y hueso les puede decir. Yo lo único que he oído contar es que no fueron buena gente.

—¡Por san Jorge, qué historia más extraña! —murmuraron Algernon y Wilfred.

Pero el comentario de Stanley fue insolente y mordaz:

—¡Vaya, no irá a decir que son fiambres! ¡Qué idiotez! Ustedes deben de ser una panda de bobos para creerse eso. ¿Quién los ha visto, si se puede saber?

—Yo los he visto, señorito —dijo el pastor—. Los he visto de cerca desde aquella loma; y mi perro, si hablara, podría decirles que los ha visto también: a eso de las cuatro de la tarde, un día como éste. Los vi asomar por detrás de los arbustos, levantarse, y echar a andar despacio por esos senderos, hacia el arbolado donde está el pozo.

—¿Y cómo eran? ¡Cuéntenos! —preguntaron ansiosamente Algernon y Wilfred.

—No eran más que andrajos y huesos los cuatro; andrajos volanderos y huesos blanquecinos. Casi me parecía oír cómo chascaban al andar. Caminaban despacio, y mirando a un lado y a otro.

—¿Cómo eran sus caras? ¿Las pudo ver?

—No se puede decir que fueran caras —dijo el pastor—. Lo que sí vi es que tenían dientes.

—¡Dios! —dijo Wilfred—; ¿y qué hicieron al llegar a los árboles?

—Eso no se lo puedo decir —dijo el pastor—. No estaba yo como para quedarme a mirar; y aunque lo hubiese estado, tenía que buscar a mi perro: ¡se había ido! Nunca me había dejado; pero había desaparecido. Y cuando al final di con él, estaba tan trastornado que ni me conocía; parecía como a punto de saltarme al cuello. Pero me puse a hablarle, y al rato reconoció mi voz, y se me acercó arrastrándose como el niño que pide perdón. No quiero volver a verle así; ni a ningún otro perro.

El perro, que se había acercado y se estaba haciendo amigo de todos, miró a su amo con expresión de conformidad con todo lo que decía. Los chicos meditaron unos momentos lo que acababan de oír, y seguidamente dijo Wilfred:

—¿Y por qué se llama el Pozo de las Lamentaciones?

—Si estuviese usted por aquí una noche cualquiera de invierno, no preguntaría por qué —fue todo lo que dijo el pastor.

—Bueno; yo no me creo una palabra de todo eso —dijo Stanley Judkins—; y voy a ir allí a la primera ocasión; maldito si no voy.

—Entonces ¿no me va a hacer caso? —dijo el pastor—. ¿Ni a sus maestros, que le han advertido que no vaya? Vamos, señorito, seguro que tiene un poco de sentido común. ¿Por qué iba yo a contarles una sarta de mentiras? A mí me importa un bledo que se meta nadie en ese campo; pero no tendría gracia ver cómo cae un joven en la flor de la vida como usted.

—Para mí que le importa bastante más —dijo Stanley—; para mí que destila allí whisky o algo por el estilo y quiere mantener alejada a la gente. Y digo que son bobadas. Venga chicos, vámonos.

Y emprendieron el regreso. Los otros dos dieron las buenas tardes y las gracias al pastor, pero Stanley no dijo nada. El pastor se encogió de hombros y se quedó mirándoles con tristeza mientras se alejaban. Camino del campamento sostuvieron una viva discusión sobre el particular en la que los amigos le dijeron a Stanley, con toda la claridad de que fueron capaces, la insensatez que cometería si iba al Pozo de las Lamentaciones.

Esa noche el señor Beasley Robinson preguntó, entre otras cosas, si todos los mapas tenían marcado el círculo rojo.

—Tened mucho cuidado de no penetrar en él —dijo.

Varias voces —entre ellas la gruñona de Stanley Judkins— exclamaron:

—¿Por qué no, señor?

—Porque no —dijo el señor Beasley Robinson—; y si no os parece razón suficiente, lo siento —se volvió, dijo algo en voz baja al señor Lambart, y añadió a continuación—:sólo os diré esto: se nos ha pedido que os advirtamos a todos que os mantengáis alejados de ese campo. El pueblo ha tenido la amabilidad de dejarnos acampar aquí y lo menos que podemos hacer es complacerles. Supongo que estaréis de acuerdo conmigo.

Todo el mundo dijo: ¡sí, señor!, menos Judkins, a quien se oyó murmurar: ¡Les va a complacer su tía!

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, se oyó el siguiente diálogo:

—Wilcox, ¿estáis todos en la tienda?

—¡No, señor; falta Judkins!

—¡Ese muchacho es el incordio más grande que ha dado el mundo! ¿Dónde diablos está?

—No tengo ni idea, señor.

—¿Lo sabe alguien?

—Señor, no me extrañaría que hubiera ido al Pozo de las Lamentaciones.

—¿Quién ha hablado? ¿Pipsqueak? ¿Qué es el Pozo de las Lamentaciones?

—Señor, es el lugar del campo que... Bueno, está en medio de un grupo de árboles, en un campo baldío.

—¿Te refieres al marcado con el círculo? ¡Válgame Dios! ¿Qué te hace pensar que ha ido allí?

—Bueno, ayer tenía unas ganas tremendas de verlo; estuvimos hablando con un pastor que nos contó un montón de cosas sobre ese pozo, y nos aconsejó que no fuéramos allí. Pero Judkins no le creyó y dijo que iba a ir.

—¡El muy pollino! —dijo el señor Hope Jones—. ¿Se ha llevado algo?

—Sí, creo que ha cogido una cuerda y una lata. Le hemos dicho que era una insensatez.

—¡Pequeño bruto! ¿Qué demonios se propone con esa clase de pertrechos? Bueno, venid conmigo los tres; vamos a buscarle. ¿Por qué no podrá la gente cumplir las órdenes más sencillas? ¿Qué es lo que os contó ese hombre? No, esperad; me lo contaréis por el camino.

Y se pusieron en marcha: Algernon y Wilfred hablando deprisa y los otros dos escuchando con creciente preocupación. Por fin llegaron a la loma que dominaba el campo al que se había referido el pastor el día antes. Desde aquí se dominaba todo el paraje: se veía el pozo en medio de una maraña de abetos torcidos y nudosos, y los cuatro senderos que serpeaban entre maleza y espinos. Era un día de calor tembloroso. El mar parecía una lámina de metal. No se notaba el más pequeño soplo de viento. Cuando llegaron arriba estaban los cuatro agotados, y se dejaron caer en la hierba caliente.

—Aún no se le ve —dijo el señor Hope Jones—; pero debemos descansar un poco. Vosotros estáis rendidos... y yo no digamos. Mirad bien —prosiguió un momento después—. Me ha parecido ver que se movían los arbustos.

—Sí —dijo Wilcox—; yo también. ¡Allí!... No; no puede ser él. Pero son varios, que han asomado la cabeza, ¿verdad?

—También a mí me lo ha parecido; pero no estoy seguro.

Callaron un momento.

A continuación:

—Aquél sí es; seguro —dijo Wilcox—. Está saltando la cerca. ¿Lo ve? Lleva una cosa brillante. Es la lata que decías que ha cogido.

—Sí, es él; va derecho hacia los árboles —dijo Wilfred.

En ese instante Algernon, que había estado observando con toda el alma, profirió una exclamación.

—¿Qué es eso que avanza a cuatro patas por el sendero? Pero si es... ¡una mujer! ¡Ah, no dejéis que la vea! ¡No lo permitáis! —y se arrojó al suelo, y trató de esconder la cabeza en la hierba.

—¡Basta! —gritó el señor Hope, aunque en vano—. Escuchad —dijo—: voy a bajar yo. Tú no te muevas de aquí Wilfred, y atiende a ése. Wilcox, tú ve lo más ligero que puedas al campamento y trae ayuda.

Echaron a correr los dos. Wilfred se quedó a solas con Algernon, haciendo lo posible por calmarle, aunque él no estaba mucho más entero. De cuando en cuando miraba hacia el campo; observó cómo el señor Hope Jones se aproximaba a la cerca; y de repente, sorprendentemente, se detuvo, miró hacia arriba y a su alrededor, ¡y se alejó deprisa en ángulo! ¿Cuál podía ser el motivo? Escrutó el campo, y descubrió una figura terrible... un ser envuelto en harapos negros entre los que asomaban unos bultos blancuzcos; la cabeza, en lo alto de un cuello largo y delgadísimo, la tenía medio oculta en una especie de cofia oscura sin forma definida. El ser agitaba sus brazos delgados en dirección al señor Hope Jones, que acudía a rescatar a Stanley, como para ahuyentarle.

Y entre las dos figuras, el aire parecía estremecerse y temblar como jamás había visto Wilfred. Y mientras miraba, empezó a experimentar una especie de ofuscamiento y sensación ondulante en el cerebro, lo que le hizo pensar en el efecto que tendría en alguien que estuviese más cerca de su radio de influencia. Miró a lo lejos, y descubrió a Stanley Judkins que avanzaba deprisa hacia el arbolado, a la manera característica de los scouts: mirando dónde ponía los pies para no pisar ramitas que chascasen ni engancharse en las zarzas. Aunque no veía nada, estaba claro que recelaba alguna clase de emboscada, y procuraba avanzar sin hacer ruido. Wilfred vio eso, y algo más también.

El corazón se le paralizó de súbito al descubrir a alguien apostado entre los árboles, y a otro ser —otra figura oscura y horrenda— que caminaba despacio por el sendero del otro lado del campo, a la vez que miraba a un lado y a otro tal como había descrito el pastor. Y lo peor: vio surgir una cuarta figura —ésta era inequívocamente un hombre— de los arbustos, unas yardas más atrás del pobre Stanley, y dirigirse trabajosamente hacia el sendero. La desventurada víctima tenía cortada la retirada por los cuatro costados.

Wilfred no sabía qué hacer. Agarró a Algernon y lo sacudió.

—¡Levántate! —dijo—. ¡Grita! Grita con todas tus fuerzas. ¡Ah, ojalá tuviera aquí un silbato!

Algernon se animó.

—Hay uno —dijo—; el de Wilcox. Debe de habérsele caído.

Y mientras el uno gritaba el otro tocaba el silbato. El alboroto se propagó por el aire inmóvil. Lo oyó Stanley: se detuvo. Dio la vuelta, y entonces se oyó un grito más penetrante y espantoso que los que los chicos proferían desde la colina. Fue demasiado tarde. La figura agazapada detrás saltó sobre Stanley y lo agarró por la cintura. La otra figura espantosa que se había detenido y agitaba los brazos empezó a hacer gestos de alegría. La que acechaba entre los árboles salió trabajosamente, y extendió los brazos también como para agarrar a alguien que fuese a su encuentro; y la cuarta, más distante, aceleró el paso moviendo la cabeza con jubiloso asentimiento.

Los chicos lo presenciaban todo en medio de un silencio tremendo, y apenas podían respirar mientras veían el horrible forcejeo entre el hombre y su víctima: Stanley golpeaba con la lata, única arma de que disponía. Saltó el ala rota del sombrero que llevaba el ser aquél, y quedó al descubierto una calavera blancuzca con unas manchas negras que podían ser mechones de cabello. Entretanto, una de las mujeres había llegado al lugar de la lucha y tiraba de la cuerda que Stanley llevaba colgada al cuello. Le dominaron en seguida entre los dos: cesaron al punto los gritos espantosos, y un momento después se internaron entre los abetos y se perdieron de vista los tres.

Sin embargo, por un momento pareció que iba a llegarle el rescate: el señor Hope Jones, que regresaba hacia ellos, se detuvo de repente, se volvió, se frotó los ojos, y echó a correr otra vez hacia el campo. Y más aún: miraron los chicos hacia atrás, y vieron no sólo a un grupo de figuras procedentes del campamento y que acababan de coronar la loma vecina, sino también al pastor que subía deprisa a donde ellos estaban. Le hicieron señas, le gritaron, corrieron unas yardas hacia él y luego volvieron a subir. El pastor aceleró el paso.

Los chicos miraron otra vez en dirección al campo. No veían nada. ¿O había algo entre los árboles? ¿Por qué había como una bruma en el arbolado? El señor Hope Jones había saltado la cerca y se internaba en los arbustos. El pastor se detuvo jadeante al llegar a donde estaban ellos. Los chicos fueron a su encuentro y se agarraron a sus brazos.

—Lo han atrapado ¡Lo tienen en los árboles! —era cuanto podían decir, y lo repetían una y otra vez.

—¿Qué? ¿Me están diciendo que ha ido allí a pesar de lo que le dije ayer? ¡Pobre muchacho!

Habría dicho más, pero sonaron otras voces: había llegado el grupo de rescate del campamento. Intercambiaron unas palabras atropelladas, y echaron todos a correr cuesta abajo. Nada más entrar en el campo se encontraron con el señor Hope Jones. Llevaba al hombro el cadáver de Stanley Judkins. Lo acababa de descolgar de una rama, donde lo encontró balanceándose. No había una sola gota de sangre en su cuerpo.

Al día siguiente el señor Hope Jones salió con un hacha dispuesto a talar los árboles y quemar todos los arbustos del campo. Regresó con un serio corte en la pierna y el mango del hacha roto. No pudo encender fuego, ni hacer la más pequeña mella en ninguno de los árboles.

He oído decir que la actual población del campo donde se halla el Pozo de las Lamentaciones consta de tres mujeres, un hombre y un niño. La impresión que sufrieron Algernon de Monmorency y Wilfred Pipsqueak fue enorme. Los dos se vieron obligados a abandonar el campamento inmediatamente; y el suceso sumió a los que se quedaron en una honda —aunque pasajera— melancolía. Uno de los primeros en recobrar el ánimo fue el Judkins más joven. Ésta es, señores, la historia de la carrera de Stanley Judkins, y de una parte de la carrera de Arthur Wilcox. Creo que no se había contado hasta hoy. Si tiene moraleja, espero que se vea claramente: si no, no sé cómo remediarlo.

El planeta de los muertos. Clark Ashton Smith (1893-1961)

De profesión, Francis Melchior era anticuario; por vocación, era astrónomo. De esa manera se esforzaba para calmar, si no para satisfacer, dos necesidades de un temperamento complejo y raro. A través de su oficio, gratificaba, hasta cierto punto, su ansia de todas las cosas que hubiesen estado sumergidas bajo las sombras funerarias de edades muertas, en las llamas de oscuro ámbar de soles que hacia largo tiempo que se habían puesto; por todas las cosas que tienen en torno suyo el misterio irresoluble del tiempo pretérito.

Y, a través de su vocación, encontró un camino despejado a reinos exóticos en el espacio exterior, a las únicas esferas en las que su imaginación podía vagar en libertad y sus sueños podían quedar satisfechos. Porque Melchior era uno de aquellos que han nacido con un asco incurable a todo lo que es actual o cercano, uno de aquellos que han bebido demasiado poco del olvido y no han olvidado por completo las glorias trascendentes de otras épocas, y los mundos de los que fueron exiliados por su nacimiento humano; así que sus pensamientos, furtivos e incansables, y sus anhelos, vagos e insaciables, vuelven oscuramente a las costas desaparecidas de una perdida herencia.

Para alguien así, la Tierra es demasiado estrecha, y la extensión del tiempo de los mortales, demasiado breve; y la pobreza y la esterilidad están por todas partes; y por doquier es su destino una infinita fatiga. Con una predisposición que de ordinario resulta tan fatal para las facultades de hacer negocios, fue verdaderamente notable que Francis Melchior hubiese prosperado absolutamente en los suyos. Su amor por las cosas antiguas, por los jarrones raros, cuadros, mobiliario, joyas, ídolos y estatuas, le hacían estar más dispuesto a comprar que a vender; y sus ventas eran a menudo una fuente de dolor y arrepentimientos secretos.

Pero, de alguna manera, a pesar de todo, había logrado adquirir un cierto grado de comodidad material. Por naturaleza, tenía algo de solitario y era considerado generalmente como un excéntrico. Nunca se había preocupado de casarse; no había tenido amigos íntimos, y le faltaban muchas de las inquietudes que, a los ojos del hombre de la calle, se supone que caracterizan a un ser humano normal.

La pasión de Melchior por las antigüedades y su afición a las estrellas procedían ambas de los días de su infancia. Ahora, al cumplir treinta y un años, con un desahogo y una prosperidad crecientes, había convertido el balcón superior de su casa aislada de las afueras, que se levantaba en la cima de una colina, en un observatorio amateur. Aquí, con un nuevo y poderoso telescopio, estudiaba los cielos veraniegos noche tras noche. Él poseía escaso talento y poca afición por esas recónditas ecuaciones matemáticas que forman una parte tan importante de la astronomía ortodoxa; pero tenía una comprensión intuitiva de las inmensas extensiones estelares, una sensibilidad mística para todo aquello que se encuentre en el espacio exterior.

Su imaginación vagabundeaba y se aventuraba entre los soles y las nebulosas; y, para él, cada nimio brillo en el telescopio parecía contar su propia historia e invitarle a su propio reino de fantasía ultramundana. No estaba especialmente preocupado con los nombres que los astrónomos han dado a cada estrella y a cada constelación; pero, de todos modos, cada una de ellas poseía para él una identidad individual que no podía confundirse con la de ninguna otra.

En particular, Melchior se sentía atraído por una diminuta estrella en una extensa constelación al sur de la Vía Láctea. Apenas podía distinguirse a simple vista; e, incluso por su telescopio, daba la impresión de una soledad y un apartamiento cósmicos como no había sentido ante otro orbe. Le atraía más que los planetas rodeados de lunas o las estrellas de primera magnitud con sus aureolas espectrales y ardientes; y volvía a ella una y otra vez, abandonando, por este solitario punto de luz, la maravilla de los múltiples anillos de Saturno y la zona nublada de Venus y los intrincados anillos de la gran nebulosa de Andrómeda.

Meditando durante muchas medianoches sobre la atracción que la estrella ejercía sobre él, Melchior razonó que su estrecho rayo era la emanación completa de un sol y, quizá, de un sistema planetario; que el secreto de mundos extraños y puede que hasta algo de su historia estaba implícito en aquella luz, si tan sólo uno fuese capaz de leer la historia. Y ansiaba comprender y conocer la tenuemente hilada hebra de afinidad que atraía su atención sobre este mundo en particular. En cada ocasión en que miraba, su cerebro era tentado por oscuras pistas de una belleza y unas maravillas que estaban aún un poco más allá de sus más audaces fantasías, de sus sueños más incontrolados.

Y, cada vez, le parecía que estaban una pizca más cerca, y más accesibles que antes. Y una extraña e indeterminada expectativa comenzó a mezclarse con la avidez que impulsaba sus visitas de cada noche al balcón. Cierta medianoche, cuando estaba mirando a través del telescopio, le pareció que la estrella era un poco más grande y brillante de lo habitual. Incapaz de explicar esto, la miró más fijamente que nunca, sintiendo una emoción creciente, y fue repentinamente capturado por la antinatural idea de que estaba mirando hacia abajo a un abismo extenso y vertiginoso, más que hacia arriba, a los cielos primaverales.

Sintió que el balcón ya no estaba debajo de sus pies, sino que de algún modo se había dado la vuelta; y entonces, de repente, estaba cayéndose directamente sobre el éter, con un millón de truenos y de llamas en torno suyo y tras él. Durante un breve rato, aún le pareció ver la estrella que estaba mirando, lejos en el terrible vacío de oscuridad espantosa; y entonces se olvidó y ya no pudo encontrarla.

Hubo el mareo de un incalculable descenso, y un torrente de vértigo, de velocidad siempre creciente, que no podía soportarse; y, transcurridos momentos o evos (no podía decir qué), los truenos y las llamas se apagaron en una oscuridad definitiva, en un completo silencio; y él ya no supo que estaba cayéndose, y ya no retuvo ningún tipo de inteligencia.


Cuando Melchior recuperó el sentido, su primer impulso fue sujetar el brazo del sillón en el cual había estado sentado debajo del telescopio. Era el movimiento involuntario de alguien que se cae en un sueño. Al momento se dio cuenta de lo absurdo de semejante impulso; porque no estaba sentado sobre una silla en absoluto; y sus contornos no tenían el menor parecido con el balcón nocturno en el cual había sido capturado por aquel extraño vértigo, y desde el que le había parecido caer y perderse. Estaba de pie sobre una carretera, pavimentada con bloques ciclópeos de piedra gris, una carretera que se extendía interminablemente ante él adentrándose en las perspectivas indefinidas de un mundo inconcebible.

A lo largo de la carretera, había árboles bajos de aspecto fúnebre, con follaje de un color triste y frutas de un violeta mortecino; y, más allá de los árboles, había una fila de obeliscos monumentales, de terrazas y de cúpulas, de colosales edificios multiformes, que se levantaban en la distancia en perspectivas, infinitas e incontables, hacia un horizonte indefinido. Sobre todo ello, desde un apogeo ébano púrpura, caían los rayos, ricos y apagados, de la iluminación de un sol rojo como la sangre.

Las formas y las proporciones de la laberíntica masa de edificios eran distintas de cualesquiera que hubiesen sido diseñadas en arquitecturas terrestres; y, durante un instante, Melchior se sintió anonadado ante su número y tamaño, ante su monstruosidad y rareza. Entonces, mientras miraba una vez más, ya no eran monstruosos ni raros; y los reconoció como lo que eran, y reconoció el mundo que recorría esta carretera sobre la que se encontraban sus pies y el punto de destino al que debía dirigirse, y el papel que estaba destinado a representar. Todo ello regreso a él tan inevitablemente como los verdaderos hechos y motivos de la vida regresan a alguien que se ha entregado, olvidándose de todo, a representar un papel dramático que es ajeno a su verdadera identidad.

Los incidentes de su vida como Francis Melchior, aunque aún los recordaba, se habían vuelto oscuros y sin sentido y grotescos, en su nuevo despertar a un estado más pleno de entidad, con todas sus consecuencias de recuerdos recobrados, de emociones y sensaciones resucitadas. No había rareza, tan sólo la familiaridad de un regreso a casa, en el hecho de que había pasado a otra modalidad del ser, con su propio entorno, sus propios pasado, presente y futuro, todos los cuales habrían resultado inconcebiblemente extraños al astrónomo amateur que unos momentos antes había mirado una diminuta estrella alejada en el espacio sideral.

—Por supuesto que soy Antarion —musitó—. ¿Quién, si no, podría ser yo?

El idioma de su pensamiento no era el inglés, ni ningún otro idioma de la Tierra; pero no se quedó sorprendido por su conocimiento de este idioma; ni tampoco se quedó sorprendido cuando vio que estaba ataviado con un ropaje de color rojo como una luciérnaga, de una moda desconocida en ningún pueblo ni época humanos. Este vestido, y ciertas diferencias de su personalidad física que le habrían parecido bastante raras un poco antes, eran exactamente como él esperaba que fuesen. Les dedicó tan sólo una mirada casual, mientras repasaba en su mente las circunstancias de la vida que ahora había reiniciado.

Él, Antarion, un famoso poeta del país de Charmalos, en el antiguo mundo que era conocido para sus gentes vivientes como Phandiom, había partido en un breve viaje al reino vecino. Durante el curso de este viaje, había tenido un sueño deprimente..., el sueño de una vida aburrida, inútil, como un tal Francis Melchior, en una especie de planeta de lo más raro y desagradable, que estaba en alguna parte por el otro extremo del universo. Era incapaz de recordar con exactitud cuándo y cómo había tenido este sueño; y tampoco sabía cuánto había durado; pero, en cualquier caso, estaba contento de haberse liberado de él, y contento de acercarse ahora a su ciudad nativa de Saddoth, donde habitaba, en su oscuro y espléndido palacio de eones anteriores, la hermosa Thameera, a quien él amaba.

Ahora, una vez más, después de la oscura niebla de aquel sueño, su mente estaba llena de la sabiduría de Saddoth; y su corazón estaba iluminado por un millar de memorias de Thameera; y estaba oscurecido a ratos por una vieja ansiedad relativa a ella.

No sin razón, había estado Melchior fascinado por las cosas que son antiguas o que se encuentran lejos. Porque el mundo en el que caminaba como Antarion era inconcebiblemente antiguo, y las épocas de su historia eran demasiadas como para recordarlas; y los elevados obeliscos y grandes edificios a lo largo de la carretera eran las elevadas tumbas, los orgullosos monumentos de antigüedad inmemorial, que habían llegado a sobrepasar en infinito número a los vivientes. Con más pompa de los reyes terrenales, estaban los muertos alojados en Phandiom; y sus ciudades se alzaban insuperables en su extensión, con calles interminables y prodigiosas veletas, por encima de las moradas menores en las que habitaban los vivos.

Y, a través de Phandiom, los años pasados eran una presencia tangible, un aire que lo envolvía todo; y la gente estaba sumergida en la oscuridad crepuscular de la antigüedad; y eran sabios con todo tipo de sabiduría acumulada; y eran sutiles en la práctica de extraños refinamientos, de eruditas perversiones, de todo lo que puede envolver, con hábil opulencia, variedad y gracia, el desnudo y tosco cadáver de la vida, u ocultar, de la visión de los mortales, el cráneo burlón de la mente. Y aquí en Saddoth, mas allá de las cúpulas, de las terrazas y de las columnas de la enorme necrópolis, como una flor nigromántica en la cual los lirios vuelven a vivir, florecía la extraordinaria y triste belleza de Thameera.


Melchior, en su consciencia como el poeta Antarion, era incapaz de recordar un tiempo en que no hubiese amado a Thameera. Ella había sido una pasión ardiente, un exquisito ideal, una delicia misteriosa y una pena enigmática. Él la había adorado implícitamente a lo largo de todos los cambios lunares de sus estados de ánimo, en su petulancia infantil, su ternura maternal o apasionada, su silencio sibilino, sus caprichos traviesos o macabros; y sobre todo, quizá, en las oscuras penas y los terrores que la dominaban de cuando en cuando. Él y ella eran los últimos representantes de nobles antiguas familias, cuyos linajes no medidos se perdían en la multitud de ciclos de Phandiom Como todos los demás de su raza, estaban imbuidos de la herencia de una cultura compleja y decadente; y las sombras, que nunca se levantaban, de la necrópolis hablan caído sobre ellos desde su nacimiento.

En la vida de Phandiom, en su atmósfera de un tiempo antiguo, de un arte desarrollado durante eones, de un epicureísmo consumado y ya un poco moribundo, Antarion había encontrado amplias satisfacciones para todos los instintos de su ser. Había vivido como un sibarita del intelecto; y, en virtud de un vigor medio primitivo, no había caído aún en la tristeza y desolación espirituales, el temido e implacable aburrimiento de la senilidad de la raza, que marcaba a tantos de entre sus semejantes.

Thameera era incluso más sensible y mas visionaria por su naturaleza; y a ella le pertenecía el refinamiento definitivo que está cercano a la decadencia otoñal. Las influencias del pasado, que eran una fuente de placer poético para Antarion, producían en sus delicados nervios dolor y languidez, horror y opresión. El palacio en el que ella vivía y las propias calles de Saddoth estaban llenos de efluvios que manaban de los pozos sepulcrales de la muerte; y el agotamiento de los muertos innumerables estaba por todas partes; y una presencia, malvada u opiácea, se arrastraba desde las criptas de los mausoleos, para aplastarla o ahogarla con sus alas sin forma. Solamente entre los brazos de Antarion conseguía escapar de esto; y sólo con sus besos conseguía olvidarlo.

Ahora, después de su viaje (cuya razón no lograba recordar) y después de aquel curioso sueño en que se había imaginado ser Francis Melchior, Antarion fue de nuevo admitido a la presencia de Thameera por esclavos que se mostraban invariablemente discretos al carecer de lengua. Bajo la luz oblicua de las ventanas de berilio y topacio, en la oscuridad, malva y carmesí, de los pesados tapices, sobre un suelo de maravillosos mosaicos realizados en ciclos anteriores, avanzó lánguidamente para recibirle. Era más hermosa que sus recuerdos, y más pálida que las flores de las catacumbas. Ella era exquisitamente frágil, voluptuosamente orgullosa, con cabellos de un oro lunar y ojos de un marrón nocturno que estaban salpicados de estrellas móviles y rodeados por las perlas oscuras de las noches sin dormir. La belleza, el amor y la tristeza, los exhalaba como un múltiple perfume.

—Me alegro de que hayas venido, Antarion, porque te he echado de menos —su voz era tan delicada como el aire que nace entre los árboles en flor, y tan melancólica como la música que se recuerda.

Antarion se había arrodillado, pero ella le tomó de la mano y le condujo hasta un sofá debajo de unas cortinas decoradas con intrincadas figuras. Allí, los amantes se miraron mutuamente en medio de un silencio afectuoso.

—¿Te va todo bien, Thameera? —la pregunta estaba motivada por la ansiosa intuición del amor.

—No, todo no va bien. ¿Por qué te marchaste? Las alas de la muerte y de la oscuridad están por las calles, revolotean más cerca que nunca; y sombras más oscuras que las del pasado han caído sobre Saddoth. Ha habido una extraña perturbación en el aspecto de los cielos; y nuestros astrónomos, después de muchos cálculos y estudios, han anunciado la inminente condena del sol. No nos queda sino un único mes de luz y de calor, y el sol se desvanecerá de los cielos de la noche como una lámpara que se apaga, y caerá una noche eterna, y el frío del espacio exterior se arrastrará sobre Phandiom. Nuestro pueblo ha enloquecido ante el horror previsto; y algunos de ellos se han hundido en una desesperación apática, y otros más se han entregado a fiestas frenéticas y a orgías... ¿Dónde estuviste, Antarion? ¿En qué sueño te perdiste para poder abandonarme tanto tiempo?

Antarion intentó tranquilizarla.

—El amor es aún nuestro —dijo él—. Y, aunque los astrónomos hayan leído los cielos correctamente, tenemos un mes ante nosotros, y un mes es mucho.

—Sí, pero existen otros peligros, Antarion. El rey Haspa ha mirado sobre mí con los ojos del deseo senil, y me corteja asiduamente con regalos, promesas y amenazas. Es el antojo, repentino e inexorable, de la edad y del aburrimiento, el capricho de la desesperación. Él es cruel, inflexible y todopoderoso.

—Te llevaré lejos —dijo Antarion—; escaparemos juntos y habitaremos entre los sepulcros y las ruinas, donde nadie pueda encontrarnos. Y el amor y el éxtasis florecerán como flores escarlatas bajo su sombra; y recibiremos la noche infinita el uno en los brazos del otro; y así conoceremos el máximo de los placeres mortales.


Bajo la negra medianoche que colgaba sobre ellos como unas inmóviles alas colosales, las calles de Saddoth estaban ardiendo con un millón de luces amarillas, cinabrio, cobalto y púrpura. A lo largo de las anchas avenidas, los callejones profundos como valles, y entrando y saliendo de los pasmosos palacios antiguos, templos y mansiones, se vertían las grotescas festividades, la tumultuosa diversión de una mascarada que duraba toda la noche. Todo el mundo estaba fuera, desde el rey Haspa y sus delgados y sibaríticos cortesanos, hasta los mendigos y los parias más bajos. Un revoltijo de disfraces extravagantes e inauditos, una mezcla de fantasías más variadas que las de un sueño del opio, iban y venían por todas partes.

Como Thameera había dicho, la gente se había vuelto loca con la amenaza de la condena prevista por los astrónomos; y buscaban olvidar, en un rápido y siempre creciente delirio de todos los sentidos, su temor ante la noche que se aproximaba. Más tarde, durante la noche, Antarion salió por la puerta trasera de la alta y oscura mansión de sus ancestros, y se abrió camino por entre el histérico revuelo de la gente en dirección al palacio de Thameera. Estaba ataviado con ropas de un estilo anticuado, tal como no había sido vestido desde hacía un puñado de siglos en Phandiom; y toda su cabeza y su rostro estaban envueltos en una máscara pintada diseñada para representar la peculiar fisonomía de una raza ya extinta.

Nadie podría haberle reconocido; y él, por su parte, a muchos de los festejantes con los que se encontró tampoco podría haberlos reconocido, sin importar lo mucho que los conociese, porque la mayoría de ellos estaban disfrazados con un ropaje no menos estrambótico y llevaban máscaras que eran caprichosas o absurdas, o asquerosas o ridículas más allá de lo que cabía imaginarse. Había diablos y emperatrices y dioses, reyes y nigromantes de las lejanas e insondables épocas de Phandiom, monstruos de tipo medieval o prehistórico, cosas que nunca habían nacido o sólo habían sido contempladas en la mente de locos artistas decadentes, buscando superar las anormalidades de la naturaleza. Incluso de la tumba habían extraído su inspiración, y momias amortajadas, cadáveres mordidos por los gusanos, se paseaban ahora entre los vivos. Todas estas máscaras eran la pantalla para licencias orgiásticas sin precedente o paralelo.

Todos los preparativos necesarios para la fuga de Saddoth habían sido hechos, y Antarion había dejado instrucciones, minuciosas y cuidadosas, con sus criados respecto a ciertas cuestiones esenciales. Conocía de antiguo el temperamento implacable y tiránico de Haspa, sabía que el rey no toleraría oposición alguna a la indulgencia de cualquiera de sus caprichos o pasiones, sin importar lo momentánea que fuese. No había tiempo que perder a la hora de abandonar la ciudad junto a Thameera. Llegó por caminos retorcidos y tortuosos basta el jardín detrás del palacio de Thameera. Allí, entre los altos lirios espectrales de colores profundos o cenicientos, los inclinados árboles fúnebres con sus frutas de sabor sutil y opiáceo, ella le esperaba, ataviada con un vestido cuya antigüedad igualaba la del suyo, y que era no menos impenetrable para reconocerla.

Después de un breve murmullo de saludo, salieron juntos del jardín y se unieron a la olvidadiza multitud. Antarion había temido que Thameera estuviese vigilada por los secuaces de Haspa; pero no había señales de semejante vigilancia, nadie a la vista que pareciese estar acechando o entreteniéndose; tan sólo el rápido movimiento de la siempre cambiante multitud, preocupada por su búsqueda del placer. Entre esta multitud, consideró que se encontraban a salvo. Sin embargo, a causa de unas precauciones escrupulosas, se permitieron ser arrastrados durante un rato en la corriente de la diversión de la ciudad, antes de buscar la larga avenida arterial que conducía a las puertas. Se unieron al canto de canciones festivas, devolvieron los chistes de bacanal que les arrojaban los transeúntes, bebieron los vinos que les ofrecieron los portadores de jarras públicas, se paraban cuando la multitud se paraba, se movían cuando la multitud se movía.

Por todas partes, había llamas que ardían salvajemente, y la grosería de voces elevadas, y el gemido estridente o el pulsar febril de instrumentos musicales. Había festejos en las grandes plazas, y las puertas de casas de antigüedad inmemorial vertían un torrente de iluminación a todos aquellos que elegían entrar. Y, en los enormes templos de evos anteriores, se celebraron ritos delirantes ante dioses que miraban. con inmutables ojos de metal o piedra, los desesperados cielos; y los sacerdotes y los fieles se drogaban con terribles opiáceos, y buscaban el éxtasis embriagador del abandono a una histeria tanto carnal como devota.

Al cabo, Antarion y Thameera, por etapas que no se notaban, dando muchas vueltas y giros, empezaron a acercarse a las puertas de Saddoth. Por primera vez en su historia, las puertas se hallaban sin vigilancia; porque, en medio de la desmoralización general, los centinelas se habían marchado sin miedo a la detención o a los reproches, para unirse a la universal orgía. Aquí, en el barrio exterior, había poca gente, y tan sólo los restos desperdigados de fiestas; y el amplio espacio abierto entre las últimas casas y las murallas de la ciudad estaba por completo desierto. Nadie vio a los amantes cuando se alejaron como sombras evanescentes por el bostezo triste de las puertas, y siguieron la carretera gris adentrándose en la oscuridad exterior, atestada con las indefinidas siluetas de los mausoleos y los monumentos.

Aquí, las estrellas habían sido cegadas por las luces brillantes de Saddoth, claramente visibles en el cielo quemado. Y, en el momento en que los dos amantes salían, las dos pequeñas lunas cenicientas de Phandiom se levantaron desde detrás de las necrópolis, y proyectaron la desesperada languidez de sus débiles rayos sobre las múltiples cúpulas y minaretes de los muertos. Y, bajo las lunas gemelas, que extraían su luz incierta de un sol agonizante, Antarion y Thameera se quitaron las máscaras y se miraron mutuamente en el silencio de un amor inefable, y compartieron el primer beso de su mes de definitiva delicia.


Durante dos días y dos noches, los amantes habían escapado de Saddoth. Se habían ocultado durante el día entre los mausoleos, habían viajado en la oscuridad y bajo el brillo dudoso de las lunas, sobre carreteras que eran poco utilizadas, dado que se dirigían tan sólo a ciudades abandonadas desde hacía épocas en las regiones exteriores de Charmalos, en una tierra cuyo mismo suelo hacía largo tiempo que había quedado exhausto y había sido abandonado al escondido avance del desierto. Y ahora habían llegado al final de su viaje, porque, tras ascender una colina baja y sin árboles, vieron, debajo de ellos, los arruinados y olvidados techos de Urbyzaun, que había estado abandonada desde hacía mil años; y, más allá de los tejados, el oscuro y apagado lago rodeado por colinas desnudas desgastadas por las olas, que una vez había sido extensión de un gran mar.

Aquí, en el palacio que se deshacía del emperador Altanoman, cuyas altas y tumultuosas glorias eran ahora una leyenda que se olvidaba, los esclavos de Antarion les habían precedido, trayendo un suministro de comida y de las comodidades y lujos que podrían necesitar durante el intervalo que precedería al olvido. Y aquí estaban a salvo de toda persecución; porque Haspa, sumido en la fiebre y empujado por el aburrimiento de los últimos días, se había vuelto hacia la satisfacción de algún capricho menos difícil, y ya se había olvidado de Thameera.

Y ahora, para estos amantes, comenzó una vida que era el epítome breve de toda la delicia y toda la desesperación posibles. Y, lo que resultaba bastante raro, Thameera perdió los miedos indefinidos que la habían atormentado, las débiles penas que la habían obsesionado, y era completamente feliz bajo las caricias de Antarion. Y, teniendo en cuenta que disponían de tan poco tiempo para expresar su amor, para compartir sus pensamientos, sus sentimientos, sus fantasías, nunca se decía o se hacía lo bastante entre los dos; y ambos estaban gozosamente satisfechos. Pero los rápidos días implacables pasaron; y, día tras día, el sol rojo que daba vueltas sobre Phandiom fue oscurecido por un tinte de las sombras venideras y un frío se cernió sobre el tranquilo aire; y los cielos calmados, en los cuales no se movía ni una nube ni una ráfaga de viento o las alas de un pájaro, eran indicativos de la condena.

Y, día a día, Antarion y Thameera miraron cómo se oscurecía el sol desde una terraza arruinada sobre el lago muerto; noche tras noche, asistieron al palidecer de las lunas fantasmales. Y su amor se convirtió en una dulzura intolerable, una cosa demasiado profunda y querida como para ser soportada por un corazón mortal o por carne mortal. Misericordiosamente, habían perdido la cuenta estricta del tiempo, y no sabían el número de días que habían pasado, y pensaban que aún tenían ante ellos varias albas y ocasos de placer. Estaban tumbados juntos en un sofá del viejo palacio, un sofá de mármol que los esclavos habían sembrado con lujosos tejidos, y estaban repitiendo una y otra vez la letanía de su amor, cuando el sol fue alcanzado al mediodía por la condena que los astrónomos habían predicho; cuando un lento crepúsculo llenó el palacio, más pesado que la sombra que proyecta una nube, y fue seguido por una ola de repentina oscuridad como el ébano, y el frío que se arrastra del espacio exterior.

Los esclavos de Antarion gimieron en las tinieblas; y los amantes supieron que el final de todo estaba próximo; y se abrazaron el uno al otro en un placer desesperado, con rápidos e innumerables besos, y murmuraron el supremo éxtasis de su ternura y de su deseo; hasta que el frío que caía desde el infinito se convirtió en una agonía creciente, y en un misericordioso atontamiento, y después en un olvido que todo lo alcanzaba.


Francis Melchior se despertó en su silla debajo del telescopio. Temblaba porque el aire se había enfriado; y, al moverse, notó que sus miembros estaban extrañamente rígidos, como si hubiese estado expuesto a un frío más riguroso que el de una noche de verano. El largo y curioso sueño que había tenido era inexpresablemente real para él; y los pensamientos, miedos, deseos y desesperaciones de Antarion todavía seguían con él. Mecánicamente, más que a través de una renovación de sus impulsos como ser terrenal, fijó sus ojos en el telescopio y buscó la estrella que había estado estudiando cuando el vértigo premonitorio le atrapó. La configuración del cielo no había cambiado apenas, las constelaciones que la rodeaban estaban altas al sudoeste; pero, con una impresión que se convirtió en auténtica sorpresa, se dio cuenta de que la propia estrella había desaparecido.

Nunca, aunque ha explorado los cielos noche tras noche durante la alternancia de muchas estaciones, ha sido capaz de encontrar el pequeño y distante orbe que le atrajo de una manera tan inexplicable e irresistible. Tiene una doble pena; y, aunque se ha vuelto viejo y gris con la lentitud de los años estériles, con la compra y venta de las antigüedades, con el estudio de las estrellas, Francis Melchior aún duda un poco sobre cuál es el verdadero sueño: su vida en la Tierra o su mes en Phandiom, bajo un sol agonizante, cuando, como el poeta Antarion, amó la extraordinaria y triste belleza de Thameera. Y siempre está preocupado por un sordo arrepentimiento de haberse despertado (si despertar es lo que fue) de la muerte que murió en el palacio de Altanoman, con Thameera entre sus brazos y los besos de Thameera entre sus labios.