viernes, 26 de enero de 2018

Bon-Bon. Edgar Allan Poe (1809-1949)

Quand un bon vin meuble mon estomac
Je suis plus savant que Balzac,
Plus sage que Pibrac;
Mon bras seul faisant l'attaque
De la nation Cossaque,
La mettroit au sac;
De Charon je passerois le lac
En dormant dans son bac;
J'irois au fier Eac,
Sans que mon Coeur fit tic ni tac,
Présenter du tabac.
(Vodevil francés)

Cuando un buen vino amuebla mi estómago Soy más sabio que Balzac, Más juicioso que Pibrac, Mi brazo atacando solo La nación cosaca La saquearía De Charon el lago pasaría En su barca dormiría Iría al orgulloso Eac, Sin que mi corazón hiciera tic ni taco A presentar tabaco

Que Pierre Bon-Bon era unres taurateur de talento poco común, nadie que durante el reinado de... frecuentara el pequeño café en elcul-de-sac Le Febre, en Rouen, se animará -supongo- a discutirlo. Que Pierre Bon-Bon era, en un grado equivalente, versado en la filosofía de ese período resulta -presumo- más indiscutible todavía. Sus pâtés a la fois eran sin duda inmaculados; pero, ¿qué pluma puede hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus pensamientos sur l'Ame, a sus observaciones sur l'Esprit? Si sus omelettes, si sus fricandeaux eran inestimables, ¿quéli ttér ateur de esos días no hubiera dado el doble por una "Idée de Bon-Bon" que por toda la hojarasca de"Idées " de todo el resto de loss avants? Bon-Bon había hurgado en bibliotecas en las que nadie más había hurgado, había leído más de lo que nadie sospechara que se podía leer, había entendido más de lo que cualquier otro hubiera imaginado posible entender. Y aunque en su época no faltaban algunos autores en Rouen para los cuales "sudic ta no mostraba ni la pureza de la Academia ni la profundidad del Liceo", o aunque - nótese bien- sus doctrinas eran en general muy poco comprendidas, no se desprende de ello que fueran difíciles de comprender. Creo que su propia evidencia llevaba a muchas personas a considerarlas abstrusas. El mismo Kant -y no llevemos esto más lejos- le debe su metafísica principalmente a Bon-Bon. Este no era por cierto platónico ni, estrictamente hablando, aristotélico, ni desperdició, como el moderno Leibnitz, las preciosas horas que podían emplearse en la invención de una fricassé o el simple análisis de una sensación, en vanos intentos de reconciliar las obstinadas aguas y aceites de la discusión ética. De ninguna ma nera. Bon-Bon era jónico... E igualmente era itálico. Razonaba a priori... Razonaba a posteriori. Sus ideas eran instintivas... o no. Creía en George de Trebizond... y creía en Bossarion. Bon- Bon era, categóricamente, bonbónico.

He hablado del filósofo en su calidad deres taurateur . No quisiera, sin embargo, que ninguno de mis amigos piense que nuestro héroe, al cumplir sus deberes hereditarios en esa profesión, les restaba a éstos dignidad e importancia. Lejos de ello. Era imposible determinar qué rama de su trabajo le inspiraba más orgullo. En su opinión, los poderes del intelecto tenían una íntima conexión con las facultades del estómago. No creo, en realidad, que discrepara mucho con los chinos, para quienes el alma se aloja en el abdomen. En todo caso, pensaba él, tenían razón los griegos, que usaban la misma palabra para la mente y el diafragma. No quiero insinuar con esto una acusación de glotonería ni ningún otro cargo grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades -¿y qué gran hombre no tiene miles?-, si tenía sus debilidades, digo, eran debilidades de muy poca importancia; faltas que, en otros temperamentos, suelen considerarse a la luz de las virtudes. Una de esas debilidades no merecería siquiera mención en esta historia, si no fuera por la notable prominencia, el extremo alto relieve con que se destaca en el plano general de su personalidad: jamás pasaba por alto una oportunidad de regatear.

No es que fuera avaro, no. No era en modo alguno necesario, para la satisfacción del filósofo, que el regateo le fuese favorable con tal que se llegara a un trato. Un trato de cualquier clase, en cualquier término y en cualquier circunstancia. Una sonrisa triunfante le iluminaría el rostro durante días, y un guiño astuto en sus ojos daría pruebas de su sagacidad.

Un humor tan peculiar como el que acabo de describir llamaría la atención en cualquier época, sin que ello tuviera nada de extraordinario. Y habría sido en realidad sorprendente si esa peculiaridad no hubiera atraído la atención en la época de nuestro relato. Pronto se advirtió que, en esas ocasiones, la sonrisa de Bon-Bon era muy diferente de la sonrisa franca con que festejaba sus propios chistes o recibía a un conocido. Corrieron rumores de carácter emocionante; se contaron historias acerca de tratos peligrosos pactados deprisa y lamentados a la hora del sosiego; y se habló de facultades extrañas, anhelos ambiguos e inclinaciones no naturales, implantados por el autor de todo mal para sus propios y astutos fines.

El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas merecen nuestro análisis detallado. Por ejemplo, son pocos los hombres de extraordinaria profundidad que no tengan inclinación por la bebida. Si dicha inclinación es la causa o, por el contrario, la prueba válida de esa profundidad, es algo difícil de precisar. Hasta donde sé, Bon-Bon no creía que la cuestión justificara una investigación minuciosa; y yo tampoco. Pero no debe suponerse que, al ceder a una propensión tan auténticamente clásica, el restaurateur perdía de vista esa discriminación intuitiva que solía caracterizar, a la vez y por igual, sus essais y sus omelettes. En sus reclusiones, el vino de Bourgogne tenía su hora, y había asimismo momentos para el Cote du Rhone. Para él, el Sauterne era al Medoc lo que Catulo a Romero. Jugaba con un silogismo sorbiendo un St. Peray, pero desentrañaba un razonamiento con un Clos de Vougéot, y desbarataba una teoría en un torrente de Chambertin. Bueno hubiera sido que ese mismo sentido agudo de lo apropiado lo hubiese acompañado en la frívola tendencia a que aludí, pero no fue el caso. De hecho,es a característica del filosófico Bon-Bon empezó a adquirir con el tiempo una extraña intensidad y misticismo, y parecía profundamente teñida de ladiablerie de sus estudios germánicos favoritos.

Entrar en el pequeñocaf é en el cul-de-sac Le Febre era, en la época de nuestro relato, entrar en els anctu m de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había en Rouen uns ous-cuis inier que no dijera que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta su gata lo sabía, y evitaba acicalarse la cola en presencia del hombre de genio. Su gran perro de aguas también lo reconocía y, cuando su amo se acercaba, revelaba la conciencia de su propia inferioridad portándose beatíficamente, bajando las orejas y dejando caer la mandíbula inferior en un proceder nada indigno de un perro. Es verdad, sin embargo, que una buena parte de ese respeto habitual podía atribuirse a la apariencia del metafísico. Un aspecto distinguido, debo decir, impactará incluso a una bestia, y admitiré que en la envoltura carnal delres taurateur había mucho que podía impresionar la imaginación del cuadrúpedo. Hay una peculiar majestad en la atmósfera de los pequeños grandes -si se me permite una expresión tan equívoca- que la mera corpulencia física no podría crear por sí misma. Aunque Bon-Bon medía apenas tres pies de alto y su cabeza era diminutamente pequeña, era imposible contemplar la rotundidad de su estómago sin sentir una magnificencia que rozaba lo sublime: en su tamaño, tanto los perros como los hombres debían de ver un símbolo de sus logros; en su inmensidad, un espacio para alojar su alma inmortal.

Podría aquí, si quisiera, extenderme en el tema de la vestimenta y otros detalles exteriores del metafísico. Podría señalar que nuestro héroe usaba el cabello corto, suavemente combado sobre su frente y coronado por un gorro blanco de franela, cónico y con borlas; que su chaqueta verde no seguía la moda imperante entre el común de losres taurateurs ; que sus mangas eran un poco más amplias que las permitidas por la convención; que el doblez de los puños no estaba hecho, como era habitual en aquel período bárbaro, con tela de la misma clase y color que la prenda, sino que estaban forrados, más imaginativamente, en terciopelo multicolor de Génova; que sus pantuflas eran de un púrpura brillante, curiosamente filigranadas, y que podían parecer japonesas, salvo por la exquisita terminación en punta y los tintes brillantes de la costura y el bordado; que sus calzas eran de ese material amarillo parecido al satén, que su capa celeste, parecida a una bata y ricamente adornada con dibujos carmesíes, flotaba caballerescamente sobre sus hombros como la niebla de la mañana; y que su toutens emble dio lugar a la notable observación de Benvenuta, la Improvisatrice de Florencia: "que era difícil decir si Pierre Bon-Bon era un ave del paraíso o, más bien, un paraíso de perfección". Podría, digo, explayarme sobre todos estos puntos si quisiera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden ser dejados a los novelistas históricos: están por debajo de la dignidad moral de los hechos.

He dicho que "entrar en el café en elcul-de-sac Le Febre era entrar en el sanctu m de un hombre de genio", pero sólo un hombre de genio podía estimar debidamente los méritos del sanctum. Un gran cartel pintado, con forma de libro, colgaba a la entrada. Una cara del volumen mostraba una botella; la otra, un pâté. En el lomo se leía en letras grandes: Ceuvres de Bon-Bon. Así quedaban delicadamente insinuadas las dos ocupaciones del propietario.

Al traspasar el umbral se presentaba a la vista todo el interior del local. En realidad, todo lo que ofrecía el café era un largo salón de techo bajo, de construcción antigua. En un rincón del lugar se hallaba la cama del metafísico. Un arreglo de cortinas con un dosel a la Grecque le daba un aire a la vez clásico y confortable. En el rincón diagonalmente opuesto aparecían, en familiar comunión, los elementos de la cocina y labibl iothéque. Un plato de polémicas descansaba pacíficamente en el aparador. Aquí, una hornada de las últimas éticas... allá, una pava demél anges en duodécimo. Los tratados alemanes de moral eran carne y uña con la parrilla; podía verse un trinchante al lado de Eusebius; Platón se reclinaba a sus anchas en la sartén, y manuscritos contemporáneos se apilaban en la asadera.

En otros aspectos, podría decirse que el Café de Bon-Bon no era muy distinto de los restaurants normales de la época. Un gran hogar bostezaba enfrente de la puerta. A la derecha de éste, una alacena abierta exhibía una formidable colección de botellas etiquetadas. Fue allí una vez, alrededor de la medianoche, en el duro invierno de..., donde Pierre Bon- Bon, después de escuchar durante un rato los comentarios de sus vecinos acerca de su singular propensión, que Pierre Bon-Bon -repito- echó a todos de su casa, cerró la puerta con un juramento y fue a instalarse, no de muy buen humor, en un confortable sillón de cuero, delante de un buen fuego.

Era una de esas noches terribles que sólo se ven una o dos veces en un siglo. Nevaba con furia y la casa temblaba hasta los cimientos con las ráfagas de viento que, filtrándose por las grietas de la pared y bajando impetuosamente por la chimenea, agitaban con violencia las cortinas de la cama del filósofo y alteraban el orden de sus fuentes de pâté y sus papeles. Expuesto a la furia de la tempestad, el gran cartel colgante crujía ominosamente, y sus puntales de roble macizo emitían un sonido lastimero.

No fue de buen humor, repito, que el metafísico acomodó su asiento en el lugar habitual junto al fuego. Durante el día habían ocurrido varias cosas de naturaleza desconcertante que perturbaron la serenidad de sus meditaciones. Al preparar unos oeufs a la Princesse le había salido, lamentablemente, unao mele tte a la Reine; un guiso que se volcó malogró el des- cubrimiento de un principio ético, y por último, aunque no lo de menos importancia, se había visto frustrado en uno de esos admirables regateos que siempre le encantaba llevar a feliz término. Pero, a la irritación surgida en su espíritu ante esas inexplicables vicisitudes, no le faltaba un poco de esa nerviosa ansiedad que la furia de una noche tempestuosa puede producir con tanta facilidad. Silbándole a su vecino más inmediato, el gran perro negro de aguas del que hablamos antes, y acomodándose inquieto en su sillón, no pudo evitar echar una mirada cauta e intranquila hacia los rincones del salón cuyas sombras implacables ni siquiera la intensa luz roja del fuego alcanzaba a disipar por completo. Después de concluir un escrutinio cuyo propósito exacto era quizás incomprensible para él mismo, acercó a su asiento una pequeña mesa llena de libros y papeles, y pronto quedó absorto en la tarea de retocar un voluminoso manuscrito que pensaba publicar a la brevedad.

Llevaba así ocupado unos minutos, cuando una voz plañidera murmuró de repente en el lugar:

-No tengo ningún apuro, Monsieur Bon-Bon.
-¡Al Diablo! -exclamó nuestro héroe, incorporándose de un salto, derribando la mesa y mirando perplejo alrededor.
-Muy cierto -replicó la voz tranquilamente.
-¡Muy cierto! ¿Qué es muy cierto? ¿Cómo entró aquí? -vociferó el metafísico, posando la mirada en algo que estaba tendido a sus anchas sobre la cama.
-Le decía -prosiguió el intruso, sin hacer caso a las preguntas-que no estoy en absoluto apurado por la hora, que el asunto por el que me tomo la libertad de venir no es urgente; en pocas palabras, que puedo perfectamente esperar hasta que haya terminado su Exposición.
-¡Mi Exposición! Pero... ¿cómo sabe usted..., cómo llegó usted a saber que estaba escribiendo una Exposición? ¡Santo Dios!
-¡Shh...! -contestó la figura y, levantándose rápidamente de la cama, avanzó un paso hacia nuestro héroe mientras una lámpara de hierro que colgaba sobre él se balanceó convulsivamente evitando su cercanía.

El asombro del filósofo no le impidió efectuar un minucioso examen de la vestimenta y apariencia del desconocido. Un raído traje negro, ceñido al cuerpo y de un corte muy propio del siglo anterior, permitía apreciar claramente su figura, sumamente delgada, pero muy por encima de la estatura común. Era evidente que esa ropa había sido hecha para una persona mucho más baja que su actual poseedor, cuyos tobillos y muñecas quedaban varias pulgadas al desnudo. En sus zapatos, sin embargo, un par de hebillas muy brillantes contradecían la extrema pobreza que traslucía el resto del atuendo.

Llevaba la cabeza descubierta y era completamente calvo, salvo por unaqueue de considerable longitud que le nacía de la nuca. Un par de anteojos verdes, con cristales laterales, protegían sus ojos de la luz y, al mismo tiempo, le impedían a nuestro héroe determinar su color y conformación. No se le veía camisa por ningún lado, pero llevaba anudada con sumo cuidado una corbata blanca, de aspecto sucio, cuyas puntas colgaban solemnemente dando la idea (aunque me atrevo a decir que sin intención) de un eclesiástico. Por cierto, muchos otros detalles, tanto en su apariencia como en sus maneras, podrían haber sustentado muy bien una impresión de esa naturaleza. En la oreja izquierda llevaba, al modo de un oficinista moderno, un instrumento que semejaba els tylus de los antiguos. En el bolsillo superior del saco asomaba conspicuamente un pequeño libro negro asegurado con broches de acero. Ese libro, accidentalmente o no, sobresalía de modo tal que dejaba ver las palabras Rituel Catholique en letras blancas sobre el lomo. Toda su fisonomía era atractivamente saturnina, cadavéricamente pálida incluso. La frente era alta, profundamente marcada por las arrugas de la contemplación. Las comisuras de la boca se recortaban hacia abajo imprimiéndole una expresión de la más sumisa humildad. Tenía además una forma de juntar las manos mientras se acercaba a nuestro héroe, un modo de suspirar y un aspecto general de una santidad tan absoluta que no podía ser sino forzosamente simpático. Una vez finalizada su inspección del visitante, toda sombra de ira se disipó en el rostro del metafísico; le estrechó entonces la mano cordialmente y lo invitó a tomar asiento.

Pero sería un error radical atribuir este instantáneo cambio de humor en el filósofo a cualquiera de esas razones que, como naturalmente se supondría, podrían haber influido en él. Hasta donde he llegado a entender su carácter, Pierre Bon-Bon era sin duda, de todos los hombres, el menos propenso a dejarse llevar por ninguna clase de apariencia externa. Era imposible que un observador tan agudo de hombres y de cosas no advirtiera, en el acto, el verdadero carácter del personaje que había sacado provecho de su hospitalidad. Por no decir más, la conformación de los pies del visitante era bastante llamativa, llevaba puesto a la ligera un sombrero inusitadamente alto, se notaba un trémulo ondular en la parte posterior de sus calzas, y la vibración del faldón de su chaqueta era un hecho palpable. Júzguese, entonces, con qué satisfacción nuestro héroe se encontró de repente en compañía de un personaje por el que tuvo siempre el más incondicional de los respetos. No obstante, era demasiado diplomático como para dejarle ver la menor señal de sus sospechas respecto de la verdad. No era su intención mostrarse consciente del gran honor que tan inesperadamente disfrutaba, sino entablar una conversación con su huésped y elucidar algunas importantes ideas éticas que, incluidas en el trabajo que pensaba publicar, podrían esclarecer a la raza humana y, al mismo tiempo, inmortalizar al autor; ideas que, cabe agregar, la edad de su visitante y su conocido dominio de la ciencia moral le permitirían seguramente abordar sin problemas.

Movido por estas miras elevadas, nuestro héroe invitó al caballero a sentarse mientras agregaba algunos leños al fuego y colocaba sobre la mesa, devuelta a su posición natural, algunas botellas de Mousseux. Terminadas rápidamente estas operaciones, puso su sillón visavis del de su compañero y esperó a que éste iniciara la conversación. Pero aún los planes mejor concebidos suelen desbaratarse en la práctica, y elres taurateur se vio completamente desconcertado por las primeras palabras de su visitante.

-Veo que me conoce, Bon-Bon -le dijo-. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!

Dejando de lado la santidad de su aspecto, el Diablo abrió la boca al máximo, de oreja a oreja, mostrando un conjunto de dientes desparejos, semejantes a colmillos y, echando hacia atrás la cabeza, rió larga, sonora, perversa y ruidosamente, mientras el perro negro, agazapado, le hacía coro con entusiasmo y la gata atigrada, huyendo de golpe, se erizaba y chillaba desde el rincón más alejado de la habitación.

No así el filósofo; era un hombre de mundo muy aplomado para reír como el perro o revelar con chillidos la indecorosa alarma de la gata. Hay que confesar que sintió un poco de estupefacción al ver que las letras blancas que formaban las palabras Rituel Catholique, en el libro de su huésped, cambiaban súbitamente de color y de significado y que, en pocos segundos, en lugar del título original, brillaban en caracteres rojos las palabras Régistre des Condamnés. Este hecho sorprendente dio a la respuesta de Bon-Bon un tono de embarazo que, en otras circunstancias, probablemente no habría tenido.

-¡Vaya, señor! -dijo el filósofo-. ¡Vaya, señor! Para ser sincero... creo que usted es..., le doy mi palabra..., el d..., es decir, creo..., supongo..., tengo una vaga..., una muy vaga idea... del notable honor...
-¡Oh... ah! i Sí, muy bien! -lo interrumpió Su Majestad-. No diga más, ya entiendo.

Y, quitándose los anteojos verdes, limpió los cristales con la manga de la chaqueta y se los guardó en el bolsillo.

Si el incidente del libro había asombrado a Bon-Bon, el espectáculo que ahora se presentaba ante él aumentó ese asombro de manera considerable. Al levantar la mirada con una gran curiosidad por saber qué color de ojos tenía su huésped, vio que no eran en absoluto negros, como esperaba, ni grises, como podría haber imaginado, ni castaños, ni azules, ni amarillos o rojos, ni púrpuras, ni blancos, ni verdes, ni de ningún otro color que existiese en los cielos o en la tierra, o en las aguas bajo la tierra. Para abreviar, Pierre Bon-Bon no sólo vio claramente que Su Majestad no tenía ojos, sino que tampoco advirtió señales de que los hubiera tenido alguna vez, pues el espacio donde naturalmente deberían hallarse era tan sólo -me veo obligado a decirlo- un plano liso de carne.

No estaba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer alguna pregunta sobre la causa de tan extraño fenómeno, y la respuesta de Su Majestad fue inmediata, digna y satisfactoria.

-¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon...! ¿Ojos, dijo? ¡Oh, ah! ¡Ya entiendo! ¿Las ridículas imágenes que circulan le han dado una idea falsa de mi apariencia? ¡Ojos, por supuesto! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar adecuado..., yes e lugar, diría usted, ¿es la cabeza? Correcto, la cabeza de un gusano. Parausted, además, esas ópticas son indispensables. Pero le demostraré que mi visión es más aguda que la suya. Veo que hay una gata en el rincón..., una linda gata..., mírela..., obsérvela bien. Ahora, Bon-Bon, ¿ve usted los pensamientos..., los pensamientos, digo..., las ideas..., las reflexiones que se están generando en su pericráneo? ¡Ahí tiene, usted no los ve! En este instante piensa que admiramos el largo de su cola y la hondura de su mente. Acaba de concluir que yo soy el más distinguido de los eclesiásticos y que usted es el más superficial de los metafísicos. Como verá, no soy nada ciego; pero para alguien de mi profesión, los ojos de los que usted habla serían solamente un estorbo, expuestos a ser arrancados en cualquier momento por un tenedor o una horquilla. Admito que para usted esos elementos ópticos son indispensables. Esfuércese, Bon-Bon, por usarlos bien;mi visión se ocupa del alma.

Tras esto, el visitante se sirvió del vino que estaba en la mesa y, llenando una copa para Bon-Bon, le pidió que lo bebiera sin escrúpulos y se sintiera como en su casa.

-Un libro brillante el suyo, Pierre -continuó Su Majestad, palmeándole con aire conocedor el hombro a nuestro amigo cuando éste dejó su vaso, después de complacer puntillosamente el requerimiento del visitante-, un libro brillante, palabra de honor. Un trabajo de los que me gustan. Creo, sin embargo, que su tratamiento del asunto podría mejorarse; muchas de sus ideas me recuerdan a Aristóteles. Ese filósofo fue uno de mis conocidos más íntimos. Me caía bien, tanto por su terrible malhumor como por el don que tenía para equivocarse. Hay una sola verdad indiscutible en todo lo que escribió, y porque yo se la sugerí, por pura compasión, al verlo tan absurdo. Supongo, Pierre Bon-Bon, que sabe muy bien a qué divina verdad moral me estoy refiriendo...
-No puedo decir que...
-¡Vaya! Pues, yo fui quien le dijo a Aristóteles que, al estornudar, el hombre expele las ideas superfluas por la nariz.
-Lo que es... ¡hic!... indudablemente cierto -dijo el metafísico mientras se servía otra copa de Mousseux y le ofrecía su caja de rapé al visitante.
-También estaba Platón -continuó Su Majestad, declinando modestamente el rapé y el cumplido que implicaba-. También estaba Platón, por quien, en un momento, sentí todo el afecto de un amigo. ¿Conoce usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah, por supuesto..., le pido mil perdones! Me lo encontré una vez en Atenas, en el Partenón, y me dijo que necesitaba angustiosamente una idea. Le sugerí un par. Me dijo que lo pensaría y se marchó a su casa, en tanto yo me encaminé hacia las pirámides. Pero me remordía la conciencia por haber expresado una verdad, aunque fuera para ayudar a un amigo, y, volviendo a Atenas a toda prisa, me acerqué por detrás a la silla del filósofo, que estaba escribiendo mi idea.
-¿Ha estado usted en Roma? -preguntó elrestaur ateur mientras terminaba la segunda botella de Mousseux y extraía de la alacena una generosa provisión de Chambertin.
-Sólo una vez, monsieur Bon-Bon, sólo una vez. En un tiempo -dijo el Diablo, como si estuviera recitando el pasaje de algún libro-hubo allí una anarquía que duró cinco años, durante los cuales la república, privada de todos sus funcionarios, no tenía otros magistrados que los tribunos del pueblo, quienes no estaban legalmente investidos de ningún poder ejecutivo... En ese momento, monsieur Bon-Bon, sólo en ese momento estuve en Roma, y no tengo, por lo tanto, relación terrena alguna con nada de su filosofía.
-¿Qué piensa usted de... qué piensa de... ¡hic!... Epicuro?
-¿Qué pienso de quién? -respondió el Diablo sorprendido-. ¡Supongo que no pretenderá encontrar ningún error en Epicuro! i Qué pienso de Epicuro! ¿Está usted hablando de mí? ¡Yo soy Epicuro! Yo soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados elogiados por Diógenes Laercio.
-¡Eso es mentira! -dijo el metafísico, pues el vino se le había subido un poco a la cabeza.
-¡Muy bien! i Muy bien, señor mío! ¡Realmente muy bien! -dijo Su Majestad, sumamente halagado, al parecer.
-¡Es mentira! -repitió elrestaur ateur dogmáticamente-. ¡Es... ¡hic!... mentira!
-¡Bien, bien, como usted diga! -respondió el Diablo pacíficamente, y Bon-Bon, al derrotar a Su Majestad en esa disputa, consideró su deber acabar con una segunda botella de Chambertin.
-Le decía -prosiguió el visitante-, como le señalé hace un momento, que hay algunas ideas demasiadooutré es en ese libro suyo, monsieur Bon-Bon. ¿Qué quiere usted decir, por ejemplo, con toda esa patraña del alma? Se lo ruego, señor, ¿quées el alma?
-El... ¡hic!... alma -contestó el metafísico, remitiéndose a su manuscrito- es sin duda...
-¡No, señor!
-Indudablemente...
-¡No, señor!
- Indiscutiblemente...
-¡No, señor!
- Evidentemente...
-¡No, señor!
-Incontrovertiblemente...
-¡No, señor!
-¡Hic!...
-¡No, señor!
- Y fuera de toda duda, el...
-¡No, señor, el alma no es tal cosa! (Aquí el filósofo, echando chispas, aprovechó para terminar, en el acto, la tercera botella de Chambertin).
-Entonces... ¡hic!... le ruego me diga..., señor, ¿qué... qué es?
-Eso no viene al caso, monsieur Bon-Bon -contestó Su Majestad, pensativo-. He probado..., es decir, he conocido algunas almas muy malas, y algunas otras bastante buenas.

Al decir esto se relamió los labios y apoyó inconscientemente la mano en el libro que tenía en el bolsillo, tras lo cual tuvo un violento ataque de estornudos. Por fin, continuó:

-Estaba el alma de Cratino... pasable; la de Aristófanes... picante; la de Platón... exquisita; no su Platón, sino Platón el poeta cómico; su Platón le habría revuelto el estómago a Cerbero... ¡puaj! Luego, déjeme ver... estaban Nevius, Andrónico, Plauto y Terencio. Después, Lucilio, Catulo, Naso y Quinto Flaco... ¡querido Quinti! Como lo llamé cuando me cantó unas eculare para entretenerme, mientras yo lo tostaba, de muy buen humor, en una horqueta. Pero a los romanos les faltas abor. Un griego gordo vale por una docena de ellos y, además, se conserva, lo que no puede decirse de un Quirite. Probemos su Sauterne.

Bon-Bon, a esa altura, había optado por el nil admirari, y procedió con esfuerzo a bajar las botellas en cuestión. Podía oír, sin embargo, un extraño sonido en la habitación, como el meneo de una cola. Pero no se dio por enterado de esa conducta, tan impropia de Su Majestad; simplemente pateó al perro, ordenándole que se quedara quieto. El visitante continuó:

-Encontré que Horacio tenía un sabor muy parecido al de Aristóteles; y usted ya sabe, me gusta la variedad. No hubiese podido diferenciar a Terencio de Menandro. Naso, para mi sorpresa, era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un fuerte dejo de Teócrito. Marcial me hizo recordar mucho a Arquíloco, y Tito Livio era Polibio en persona.
-iHic! -replicó Bon-Bon, y Su Majestad retomó la palabra.
-Pero sitengoun penchant, monsieur Bon-Bon, si tengoun penchant, es por los filósofos. Permítame decirle, señor, que no todos los diab..., quiero decir, no todos los caballeros saben cómo elegir un filósofo. Los altos no son buenos; y los mejores, si no están bien descascarados, suelen ser un poco rancios, por la hiel.
-¡Descascarados!
-Sin el cuerpo, quiero decir.
- ¿Qué le parecería... ihic!... un médico?
-¡Ni los mencione! ¡Puaj! -Su Majestad eructó violentamente-. Sólo probé uno... ¡Ese canalla de Hipócrates!... ¡Olía a asafétida! ¡Uff! Me pesqué un resfrío espantoso al lavarlo en la Estigia, y a pesar de eso me produjo cólera.
-¡El muy miserable...hic! -exclamó Bon-Bon-. ¡Ese aborto de pastillero... hic!

Y el filósofo dejó caer una lágrima.

-Después de todo -continuó el visitante-, si un diab..., si un caballero quiere vivir, debe tener suficiente ingenio; entre nosotros, una cara rechoncha es muestra de diplomacia.
-¿Cómo es eso?
-Bueno, a veces estamos muy escasos de provisiones. Usted sabrá que, en un clima tan sofocante como el nuestro, a menudo es imposible mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas; y, una vez muerto, si no lo adobamos de inmediato (y un espíritu adobado no es bueno), comenzará a... oler..., usted entiende, ¿no es así? Siempre hay que cuidarse de la putrefacción cuando nos envían las almas del modo habitual.
-¡Hic... hic! ¡Santo Dios! ¿Cómo se las arreglan?

En ese momento, la lámpara de hierro empezó a balancearse con redoblada violencia y el Diablo dio un respingo en su asiento; pero luego, con un ligero suspiro, recobró la compostura, diciéndole en voz baja a nuestro héroe:

-¿Sabe, Pierre Bon-Bon? Mejor no echemos más juramentos.

El anfitrión apuró otro trago, denotando su plena comprensión y aceptación, y el visitante continuó:

-Bueno, hay diversas maneras de arreglarse. La mayoría de nosotros pasa hambre; algunos se conforman con la conserva adobada; personalmente, yo adquiero mis espíritus "vivent corpore", pues encuentro que así se conservan muy bien.
-¡Pero el cuerpo... hic... el cuerpo!
-El cuerpo, el cuerpo... ¿Qué hay con el cuerpo? ¡Oh, ya veo! Bien, señor mío, el cuerpo no se ve afectado en absoluto por la transacción. He efectuado incontables adquisiciones de esa clase en mis tiempos, y los interesados jamás sufrieron inconveniente alguno. Puedo nombrarle a Caín y Nimrod, Nerón, Calígula, Dioniso, Pisístrato y... y otros mil, que en la última parte de sus vidas ignoraron por completo lo que era tener un alma; no obstante, señor, esos hombres adornaban la sociedad. ¿No tenemos ahora a A..., a quien usted conoce tan bien como yo? ¿No está él en posesión de todas sus facultades, físicas y mentales? ¿Quién escribe epigramas más agudos? Quién razona con más ingenio? ¿Quién...? ¡Pero, espere! Tengo su contrato en el bolsillo.

Diciendo esto, sacó una cartera de cuero rojo y extrajo de ella una serie de papeles, entre los cuales Bon-Bon alcanzó a ver escrito "Maquiav... ", "Maza...", "Robesp...", y los nombres de "Caligula", "George",y "Elizabeth". Su Majestad eligió un pergamino angosto y leyó en voz alta lo
siguiente:

"A cambio de ciertos dones mentales que no hace falta especificar, y a cambio, además, de mil luises de oro, yo, de un año y un mes de edad, cedo por la presente al portador de este acuerdo todos mis derechos, títulos y privilegios sobre el espectro llamado `mi alma'. Firmado: A...4." (Aquí Su Majestad dijo un nombre que no me siento autorizado a indicar de manera más inequívoca.)

-Un sujeto talentoso -continuó diciendo-, pero, corno usted, monsieur Bon-Bon, se equivocaba acerca del alma. ¡El alma un espectro! ¡Claro! ¡El alma un espectro! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ju, ju, ju! ¡Imagínese un espectro fricaseado!
-¡Imagínese... hic... un espectro fricaseado! -exclamó nuestro héroe, iluminadas aún más sus facultades por la profundidad del discurso de Su Majestad-. ¡Imagínese... hic... un espectro fricaseado! ¡Vaya... hic... pff! ¡Ojaláyo hubiera sido tan... hic... simplón! ¡Mi alma, señor... pff...!
-¿Su alma, monsieur Bon-Bon?
- Sí, señor... ¡hic!...mi alma no es...
-¿Qué, señor?
-¡Ningún espectro, maldita sea!
-Usted quiere decir...
-Sí, señor,mi alma es... ¡hic!... ¡pff! ¡Sí, señor!
-No irá usted a sostener...
-Mi alma reúne... ¡hic!... todas las condiciones... ¡hic!... para un...
-¡Qué, señor?
- Guiso.
-¡Ja!
-Soufflée.
-¡Vaya!
-Fricassée.
-¡No me diga!
-Ragouty fricandeau... y, vea, mi buen amigo, se la dejaré a usted por... ¡hic!... una bagatela -dijo el filósofo, y le palmeó la espalda a Su Majestad.
-Ni pensar en tal cosa -dijo este último en tono calmo, levantándose de su asiento.

Bon-Bon se quedó mirándolo.

-Estoy bien provisto por el momento -agregó Su Majestad.
-¡Hic! ¿Eh...? -dijo el filósofo.
-Y no tengo fondos a mano.
-¿Qué?
-Además, no estaría bien de mi parte...
-¡Señor!
- ... aprovecharme de...
-¡Hic!
- ... su vergonzoso estado, indigno de un caballero.

Entonces el visitante saludó y se fue -no se sabe exactamente de qué modo-. Pero en un deliberado intento de arrojarle una botella al "villano", la delgada cadena que pendía del techo se cortó, y el metafísico quedó tendido debajo de la lámpara.

Blagdaross. Lord Dunsany (1878-1957)

En un campo de las afueras de la ciudad sembrado de ladrillos caía el crepúsculo. Una o dos estrellas aparecían sobre el humo, y en ventanas distantes se encendían misteriosas luces. La quietud y la soledad se hacían cada vez más profundas. Entonces, todas las cosas desechadas que callan durante el día hallaron voces.

Un viejo corcho habló primero. Dijo: Crecí en los bosques de Andalucía, mas nunca escuché los perezosos cantos de España. Crecí fuerte a la luz del sol, aguardando por mi destino. Un día los mercaderes llegaron y nos arrancaron; por la costa, apilados, a lomo de asno, nos llevaron a una ciudad orillas del mar, donde me dieron forma. Un día me enviaron al Norte, a Provenza, y allí cumplí mi destino. Porque me pusieron de guarda sobre el vino hirviente, y durante veinte años permanecí centinela fiel. Durante los primeros años, el vino que guardaba durmió en la botella soñando con Provenza; mas al transcurso del tiempo fue tomando fuerza, hasta que por fin, cuando quiera que un hombre pasaba, el vino me empujaba con todo su poder, diciéndome:

—¡Déjame salir! ¡Déjame salir!

Y a cada año su vigor aumentaba y acentuaba el vino su clamor siempre que el hombre pasaba; pero nunca logró arrojarme de mi lugar. Pero luego de haberle contenido poderosamente durante veinte años, le trajeron al banquete y me quitaron de mi puesto, y el vino saltó bullicioso y corrió por las venas de los hombres, y exaltó sus almas hasta que se alzaron de sus asientos y cantaron canciones provenzales. Pero a mí me arrojaron, a mí, que había sido su centinela veinte años y que estaba aún tan fuerte y macizo como cuando me pusieron de guarda. Ahora soy un despojo en una fría ciudad del Norte, yo, que he conocido los cielos de Andalucía y guardado muchos años los soles provenzales que arden en el corazón del vino regocijante.

Un fósforo incólume, que alguien había tirado, habló en seguida:

—Yo soy un niño del Sol —dijo— y un enemigo de las ciudades; hay en mi corazón cosas que no sospecháis. Soy hermano de Etna y Strómboli; guardo en mi fuegos escondidos, que surgirán un día hermosos y fuertes. No entraremos en la servidumbre de ningún hogar, ni moveremos máquinas para nuestro alimento allí donde lo encontremos aquel día en que seamos fuertes. Hay en mi corazón niños maravillosos, cuyos rostros han de ser mas vivaces que el arco iris; firmarán pacto con el viento Norte y éste los empujará adelante; todo será negro tras ellos y negro sobre ellos, y nada habrá bello en el mundo sino ellos; se apoderarán de cuanto hay sobre la tierra y ésta será suya, y nada los detendrá, sino nuestro viejo enemigo, el mar.

Luego habló una vieja tetera rota, y dijo:

—Soy la amiga de las ciudades. Me siento sobre el hogar entre las esclavas, las pequeñas llamas que se alimentan de carbón. Cuando las esclavas danzan tras las rejas, me siento en medio de la danza y canto y alegro a mis amos. Y entono cantos sobre la molicie del gato, y sobre la inquina que hay hacia él en el corazón del perro, y sobre el torpe andar del niño, y sobre el arrobamiento del señor de la casa cuando cocemos buen té moreno; y a veces, cuando la casa está muy Caliente y contentos el amo y las esclavas, rechazo los vientos hostiles que soplan sobre el mundo.

Y habló después un trozo de vieja cuerda:

—Fui hecha en un lugar de condena, y condenados tejieron mis fibras en un trabajo sin esperanza. La suciedad del odio se asentó en mi corazón, y por esto jamás dejé libre nada una vez que lo hube sujetado. He atado muchas cosas, implacable, por meses y años; porque acostumbraba a entrar plegándome en los almacenes donde las grandes cajas yacen abiertas al aire, y una de ellas se cerró de súbito y mi fuerza espantosa cayó sobre ella como una maldición, y si sus tablas gemían cuando yo las estrechaba, o si pensando en sus bosques crujían en la noche solitaria, yo las estrechaba todavía más, porque vive en mi alma el pobre odio inútil de los que me tejieron en un lugar de condena. Mas, a pesar de todas las cosas que había retenido con mi garra de prisión, mi última obra fue libertar una. Estaba yo ociosa una noche en la sombra, en el suelo del almacén. Nada se movía, y hasta dormía la arana. Hacia media noche, una gran bandada de rumores ascendió de las planchas del suelo y estremeció los techos. Un hombre vino hacia mí, solo. Y conforme se acercaba reprochábale su alma, y vi que había una gran pugna entre el hombre y su alma, porque su alma no quería dejarle y continuaba reprochándole. Entonces, el hombre me vio y dijo: Esta, al fin, no me faltará. Cuando así le oí decir, determiné que cualquier cosa a que me requiriese sería cumplida hasta el límite. Y cuando formé este propósito en mi corazón impasible, me asió y se subió a una caja vacía que debería atar a la mañana siguiente, y me enlazó por un extremo a una negra viga; mas el nudo fue atado con descuido, porque su alma estaba reprochándole de continuo y no le daba reposo. Después hizo una lazada de mi otro cabo, y entonces el alma del hombre cesó de reprocharle y le gritó jadeante y le suplicó que se pusiera en paz con ella y que nada hiciera de súbito; mas el hombre prosiguó su trabajo y puso la lazada por su cabeza hasta por debajo de la barba, y el alma gritó horriblemente.

Entonces, el hombre apartó la caja de un puntapié, y al momento comprendí que mi fuerza no bastaba; mas recordé que él había asegurado que no habría de faltarle, y puse todo el vigor de mi odio mugriento en mis fibras y le sostuve con sólo el esfuerzo de la voluntad. Entonces, el alma me gritó que soltara, pero yo dije:

—No; tú humillaste al hombre.

Me gritó que me soltase de la viga, y ya resbalaba, porque sólo me sujetaba a ella por un nudo mal hecho; mas apreté con mi garra de presa y dije de nuevo:

—Tú humillaste al hombre.

Y sofocadamente me dijo otras cosas, mas no respondí; y al fin el alma que vejaba al hombre que en mí había confiado voló y le dejó en paz. Jamás pude luego atar ninguna cosa, porque mis fibras quedaron desgastadas, retorcidas, y aun mi implacable corazón habíase debilitado en la lucha. Poco después me arrojaron aquí. Había cumplido mi trabajo.

Así hablaron entre sí, pero mientras asomaba sobre ellos la forma de un viejo caballito de madera que se quejaba amargamente. Dijo:

—Soy Blagdaross. Triste de mí que yazgo ahora como un despojo entre estas dignas pero humildes criaturas. ¡Ay de aquellos días que nos fueron robados y ay de Aquel Grande que fue mi dueño y mi alma, cuyo espíritu se ha encogido y no puede saber más de mí, ni cabalgar por el mundo en caballerescas empresas! Yo fui Bucéfalo, y él Alejandro, y ambos fuimos hasta el Indo. Con él hallé los dragones cuando él era San Jorge, y fui el caballo de Rolando en lucha por la cristiandad, y muchas veces Rocinante. Batallé en los torneos y caminé errante en busca de aventuras, y encontré a Ulises y a los héroes, y las mágicas fiestas. O ya tarde en la noche, antes de encenderse las lámparas en el cuarto de los niños, montaba sobre mí bruscamente y galopábamos a través del Africa. Allí cruzábamos en la noche tropicales selvas y pasábamos oscuros ríos, que centelleaban con los ojos de los cocodrilos, y en donde flotaban los hipopótamos corriente abajo, y misteriosos ganados surgían de pronto en la oscuridad y furtivamente desaparecían. Y después de haber cruzado la selva encendida por las luciérnagas, salíamos a la abierta llanura y galopábamos por ella, y los flamencos escarlata volaban a nuestro lado por las tierras de los reyes sombríos con coronas de oro sobre sus cabezas y cetros en las manos, que salían de sus palacios para vernos pasar. Entonces revolvíame yo súbitamente y el polvo se desprendía de mis cuatro herraduras cuando galopaba hacia casa de nuevo y mi amo era llevado al lecho. Y al otro día montaba en busca de extrañas tierras, hasta que llegábamos a una mágica fortaleza guardada por hechiceros, y derribaba los dragones a la puerta, y siempre volvía con una princesa más bella que el mar. Pero mi amo empezó a ensanchar de cuerpo y a encogerse de alma y rara vez salía de aventuras. Al fin vio el oro y nunca más volvió a cabalgarme, y a mí me arrojaron entre esta gentecilla

Pero mientras el caballito hablaba, dos niños se escaparon, sin permiso de sus padres, de una casa situada en el confín y cruzaron el descampado en busca de aventuras. Uno de ellos llevaba una escoba, y al ver al caballito, nada dijo, pero rompió el astil de la escoba y lo ajustó entre sus tirantes y su camisa, al costado izquierdo. Después montó en el caballito y enarbolando el astil de la escoba, aguzado en la punta, gritó: Saladino está en este desierto con todos sus secuaces; yo soy Corazón de León.

Luego dijo el otro niño:

—Déjame a mí también matar a Saladino.

Y Blagdaross, en su corazón de madera, que estaba henchido con pensamientos de batalla, dijo:

—Aún soy Blagdaross.

Brenda. Margaret St. Clair (1911-1995)

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta, para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones. El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques. Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de haya y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella. Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, ésta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán.

Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas. Husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre. No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser. Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella Brenda se volvió y echó a correr. Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Sólo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio. Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan. Ya no tenía miedo; en todo caso, sólo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol. El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo.

El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido. El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente. Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez. La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el ex perseguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo. Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él. Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada. Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo. A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudación. Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos. Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricciones, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que ésa.
—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo. —Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo. Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sentía en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.
—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.
—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó. Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de trepar por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces. Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera. El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil. Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor.

Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista. Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Perola zona de terreno suelto, resbaladizo no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones. Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. El —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado. La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento.

Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones. Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no. A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que sólo podía servirle de estorbo. Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Sólo el pollo asado. Y nisiquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.
—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Sólo hay seis familias en la Isla de Moss.
—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.
—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—.Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.
—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser? Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; sólo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí. Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía.

Nunca escribía en él nada importante. Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa deque hubiera destruido aquel bonito libro. No...Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?»Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación.»Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría.»Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2. —Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió—: «¿Qué clase de hombre es? Creo que noes como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente.»Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que éste es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años.»

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento. Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer.»

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena. Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de lasventanas. Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza. El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba. El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose ala madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.
—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rick, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás.

La mujer fue hacia el teléfono. Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras?¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda. Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. El —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba lamano. La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo. Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rick, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo, Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Elizabeth—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rick—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.
—Tranquilo, Rick. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego. Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.
Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:
—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más. El día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su entorno, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras. Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón?

Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo. Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. El y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía. Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética. La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante. Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra.

Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran. Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio. Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó. Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió ala cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras. Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero, no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo. El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos.

Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón. El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó. El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón. Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.

Bethmoora. Lord Dunsany (1878-1957)

Hay una suave frescura en las noches de Londres, como si una brisa peregrina hubiese perdido a sus compañeros en las tierras altas de Kent, y hubiera entrado furtivamente al pueblo. Las veredas están húmedas y brillantes. En nuestros oídos, que a esta hora tardía se tornan muy agudos, golpea el sonido de alguna pisada lejana. El sonido de los pasos se vuelve más y más fuerte, ocupando toda la noche. Y una figura enfundada de negro pasa de largo, dirigiendo sus pisadas hacia la oscuridad. Uno que viene de bailar se dirige a casa. En algún lugar, un baile ha cerrado sus puertas. Sus luces amarillentas se han apagado, los músicos callan, los bailarines se han ido con el aire de la noche, y el Tiempo ha dicho al respecto "Que sea pasado y cerrado, y puesto entre las cosas que he guardado".

Las sombras comienzan a apartarse de sus lugares de reunión. Los gatos furtivos, no menos silenciosamente que aquellas sombras flacas y muertas, regresan a casa.

De esta forma, incluso en Londres tenemos nuestros tenues presagios de la llegada del amanecer, ante los cuales las aves y las bestias y las estrellas claman hacia los campos ilimitados.

En qué momento, no lo sé, percibo que la noche ha sido irremediablemente destronada. Repentinamente, la cansina palidez de las lámparas me revela que las calles están silenciosas y espectralmente tranquilas, no porque haya alguna fuerza particular en la noche, sino porque los hombres no se han levantado aún del sueño para desafiarla. Del mismo modo, he visto guardias abatidos y desaliñados en portales palaciegos, quienes aún portan armaduras antiguas aunque los reinos de la monarquía que guardan se hayan encogido a una sola provincia, que ningún enemigo se ha preocupado de invadir.

Y ya se manifiesta, por el aspecto de las luces de la calle, vergonzosamente dependientes de la noche, que los picos de las montañas inglesas ya han visto el amanecer, que las cimas de Dover se alzan blancas en la mañana y que la niebla marina se ha levantado y avanza tierra adentro.

Y ahora han llegado varios hombres con un caballo y están mojando las calles.

¡Mirad!, la noche ha muerto.

¡Qué recuerdos, qué fantasías llenan nuestra mente! Una noche más ya ha sido recogida por las hostiles manos del Tiempo. Un millón de cosas artificiales cubiertas, durante un momento, en el misterio; como mendigos vestidos de púrpura sentados sobre tronos terribles.

Cuatro millones de personas dormidas, soñando. ¿Qué mundos habrán visitado? ¿Con quién se habrán encontrado? Sin embargo, mis pensamientos están lejos de aquí, con Bethmoora en su soledad, cuyas puertas se baten abiertas. Hacia delante y atrás oscilan y crujen, crujen con el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy hermosas, pero nadie las contempla ahora. El viento del desierto deposita arena en sus bisagras y ningún vigilante viene a aliviarlas. Ningún guardia merodea por las almenas de Bethmoora, ningún enemigo las ataca. No hay luces en sus casas, ni pisadas en sus calles. Se alza allí, muerta y solitaria, al otro lado de las Colinas de Hap. Me gustaría contemplar Bethmoora una vez mas, pero no me atrevo.

Hace muchos años, según me contaron, Bethmoora fue desolada.

Su devastación es comentada en las tabernas donde los hombres de mar se reúnen, y algunos viajeros me han hablado de ella.

Yo tenía la esperanza de contemplar Bethmoora otra vez.

Hace muchos años, dicen, que la cosecha fue recogida de los viñedos que conocí, donde ahora todo es desierto. Era un día radiante y la gente de la ciudad danzaba por los viñedos, mientras que aquí y allá alguien tocaba el kalipac. Los arbustos púrpuras estaban en flor, y la nieve brillaba sobre las Colinas de Hap.

Fuera de las puertas de cobre, las uvas se aplastaban en tinas para hacer el syrabub. Había sido una buena cosecha.

En los pequeños jardines al borde del desierto los hombres golpeaban el tambang y el tittibuk, y tocaban melodiosamente el zootibar.

Allí todo era regocijo, canciones y baile, porque la cosecha se había recogido y, por lo tanto, habría suficiente syrabub para los meses de invierno, y mucho más para intercambiar por turquesas y esmeraldas con los comerciantes que bajaban de Oxuhahn. De este modo, celebraron todo el día la cosecha de la estrecha franja de tierra cultivable que se encuentra entre Bethmoora y el desierto, el que se junta con el cielo en el Sur.

Y cuando el calor del día comenzó a disminuir y el sol se acercó a las nieves de las Colinas de Hap, aún se alzaba clara la nota del zootibar desde los jardines, y los brillantes vestidos de los bailarines aun se enroscaban entre las flores. Durante todo el día, tres hombres en mulas habían sido vistos cruzando la cara de las Colinas de Hap. Hacia delante y hacia atrás se movían mientras la huella serpenteaba hacia abajo, y más abajo. Tres manchas negras contra la nieve. Fueron vistos por primera vez muy temprano en la mañana, arriba, cerca del hombro de Peol Jagganoth y parecían venir saliendo de Utnar Vehi.

Todo el día vinieron. Y en el ocaso, justo antes que las luces salgan y los colores cambien, aparecieron frente a las puertas de cobre de Bethmoora. Llevaban estacas, como las que portan los mensajeros en esas tierras y parecieron sombríamente ataviados cuando los danzantes, con sus vestidos verde y lila, los rodearon. Aquellos europeos que estuvieron presentes y oyeron el mensaje entregado no conocían el lenguaje, y solamente captaron el nombre Uthar Vehi. Pero el mensaje fue breve, y pasó rápidamente de boca en boca, y casi al instante, la gente incendió sus viñedos y comenzó a huir de Bethmoora, dirigiéndose la mayoría hacia el norte, aunque algunos fueron al Este. Se precipitaron fuera de sus hermosas casas blancas y salieron a torrentes por las puertas de cobre.

La vibración de tambang y del tittibuk súbitamente cesó así como la nota del zootibar, y el tintineante kalica se detuvo un momento después. Los tres extraños viajeros regresaron, inmediatamente al ser entregado su mensaje, por el mismo camino que habían venido. Era la hora en que una luz ya habría aparecido en alguna elevada torre y, ventana tras ventana, habría derramado en el crepúsculo su luz, que atemoriza a los leones, y las puertas de cobre se habrían cerrado. Pero ninguna luz asomaba de las ventanas aquella noche, ni lo ha hecho desde entonces, y aquellas puertas de cobre fueron dejadas abiertas y nunca se han cerrado. El sonido crepitante del rojo fuego se elevaba desde los viñedos y el sonido de pies escapando suavemente. No hubo gritos, ni ningún otro sonido, sólo el rápido y determinado escape. Huyeron tan veloz y tranquilamente como un rebaño de ganado que escapa al ver repentinamente a un hombre. Era como si algo temido por generaciones hubiese sobrevenido, de lo que sólo podía escaparse a través de una huida inmediata, que no dejaba tiempo para indecisiones.

El miedo también tomó a los Europeos, que igualmente huyeron.

Y cuál era el mensaje; nunca lo he sabido.

Muchos creen que era un mensaje de Thuba Mlee, el misterioso emperador de aquellas tierras, jamás visto por hombre alguno, informando que Bethmoora debía ser desalojada. Otros dicen que el mensaje era una advertencia de los dioses, mas si se trataba de dioses amigables o de dioses adversos, no lo saben.

Y otros sostienen que la Plaga había asolado una linea de ciudades en Uthar Vehi, siguiendo el curso del viento suroeste que por muchas semanas había estado soplando entre ellas, hacia Bethmoora.

Algunos dicen que la terrible enfermedad gnousar afectaba a los tres viajeros y que incluso sus mismas mulas se encontraban embebidas en ella, y suponen que el hambre los había conducido a la ciudad. Sin embargo, no sugieren alguna mejor razón para un crimen tan terrible.

Más la mayoría cree que fue un mensaje del desierto mismo, quien es dueño de toda la Tierra hacia el sur, dictado con su peculiar bramido a aquellos tres hombres que conocían su voz, hombres que han estado en las desoladas arenas sin tiendas durante la noche, que han estado día tras día sin agua, hombres que han estado allí donde el desierto murmura, y han llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia.

Dicen que el desierto tenía necesidad de Bethmoora, que deseaba entrar en sus hermosas calles y enviar a sus templos y a sus casas sus vientos de tormenta cargados de arena. Porque él odia, con su antiguo y maligno corazón, el sonido y la visión del hombre, y deseaba tener a Bethmoora silenciosa e imperturbable, guardada para el extraño amor que le susurra ante sus puertas.

Si supiera cuál fue el mensaje que los tres hombres en mulas llevaron y entregaron en la entrada de cobre, creo que iría y contemplaría Bethmoora una vez más. Pues aquí en Londres me sobreviene un gran anhelo de ver una vez mas aquella blanca y hermosa ciudad. Sin embargo, no me atrevo pues no sé qué peligro tendré que enfrentar. Si acaso deberé arriesgarme a la furia de los terribles y desconocidos dioses, o a alguna enfermedad lenta e innombrable, o a la maldicion del desierto, o la tortura en alguna pequeña habitación privada del Emperador Thuba Mleen, o a algo que los viajeros no han revelado, quizá más temible aún.

La buena Lady Ducayne. Mary Elizabeth Braddon (1837-1915)

Bella Rolleston había llegado a la conclusión de que la única manera de el pan y ayudar a su madre a llevarse de vez en cuando una migaja a la boca era abrirse camino en el amplio y desconocido mundo como acompañante de una dama. Esta dispuesta a irse con cualquier señora lo suficientemente rica como para pagarle un salario y tan excéntrica como para desear una acompañante a sueldo. Cinco chelines apartados a regañadientes de uno de esos soberanos tan poco frecuentes para la madre y la hija, y que se desvanecían tan rápido, cinco chelines contantes y sonantes, habían sido entregados a una señora elegantemente vestida en una oficina de Harbeck Street, Londres, con la esperanza de que aquella misma gestora encontrase una ubicación y un salario para la Srta. Rolleston.

La gestora echó una mirada a las dos media coronas cuando quedaron sobre la mesa donde la mano de Bella las depositó para asegurarse de que no eran florines, luego redactó una descripción de las cualidades de Bella y sus requerimientos en un formidable libro de actas.

–No; no sé si no debo ofrecerme como gobernanta; acompañantes parece ser un nivel más bajo.
–Tenemos algunas Srtas altamente instruidas asentadas en nuestros libros como acompañantes o damas de compañía.
–¡Oh, comprendo! –parloteó Bella, muy locuaz en su candor juvenil–. Pero es algo bastante diferente. Mi madre no ha sido capaz de proporcionarme un piano desde que tengo doce años, de modo que remo haberme olvidado cómo se toca. Debo ayudar a mi madre con la costura y no me queda mucho tiempo para estudiar.
–Por favor, no malgaste su tiempo en darme explicaciones sobre lo que no puede hacer y tenga a bien decirme algo que sepa –dijo la gestora, jugueteando con la lapicera entre sus delicados dedos mientras esperaba para escribir–. ¿Puede leer en voz alta durante dos o tres horas cuanto menos? ¿Es enérgica y práctica, madrugadora, andariega, de temperamento apacible y servicial?
–Puedo contestar que sí a todas esas preguntas menos lo relativo al temperamento apacible. Creo que tengo un muy buen carácter y estoy ansiosa por atender a quienquiera que pague por mis servicios. Deseo que sientan que merezco realmente el salario que gano.
–La clase de señoras que vienen a verme no suelen interesarse en una acompañante charlatana –dijo la gestora con severidad, habiendo terminado de escribir en el libro–. Mis contactos residen principalmente entre la aristocracia, y en esa clase se exige la mayor deferencia.
–¡Oh, claro! –dijo Bella–. Pero es muy distinto cuando hablo con usted. Quiero decirle todo acerca de mí de una vez para siempre.
–¡Me alegraría que fuera una vez sola! –dijo la gestora, hablando para un costado.

La gestora era de una edad incierta. Llevaba un vestido de seda negra muy ajustado. Tenía una contextura frágil y un hermoso rodete postizo en la punta de la cabeza. Es posible que la aniñada frescura y la vivacidad de Bella hayan tenido un efecto irritante sobre sus débiles nervios luego de ocho horas diarias en ese calentado segundo piso de Harbeck Street. El apartamento que servía de oficina, con su alfombra de Bruselas, cortinas de terciopelo, sillas tapizadas en la misma tela y el sonoro tic-tac de un reloj francés sobre la repisa de la chimenea, sugería a Bella el lujo de un palacio, comparado con otro segundo piso en Waltworth donde la Señora Rolleston y su hija se las habían ingeniado para vivir durante los últimos seis años.

–¿Piensa que tiene algo en sus libros que pueda ser adecuado para mí? –balbuceó Bella, después de una pausa.
–¡Ay, querida, lamentablemente no! No tengo nada a la vista por el momento –respondió la gestora, que había guardado las medias coronas de Bella en una gaveta, mentalmente ausente, con la punta de sus dedos–. Ya ve, usted es muy inmadura, demasiado joven para ser acompañante de una señora de posición. Es una pena que no tenga educación suficiente como para ser institutriz, iría mejor con usted.
–¿Y cree que demorará mucho tiempo conseguirme una colocación?
–Realmente no sé decirle. ¿Tiene alguna razón particular para estar tan impaciente? Espero no sea un amorío.
–¡Un amorío! –exclamó Bella, sonrojándose–. ¡Qué verdadero disparate! Busco una colocación porque mi madre es pobre, y odio ser un peso para ella. Quiero un salario para compartirlo con ella.
–No habría mucho margen para compartir del salario que pueda conseguir a su edad y con sus modales tan inmaduros– dijo la gestora, que encontraba las rozagantes mejillas de Bella, sus ojos relucientes y su desenfrenada vivacidad cada más opresiva.
–Si tuviera la amabilidad de devolverme los honorarios, se los daría a una agencia cuyos contactos no sean tan aristocráticos –dijo Bella, que –como le contó a su madre en la relación de su entrevista– estaba decidida a no dar el brazo a torcer.
–No encontrará ninguna agencia que pueda hacer más por usted que la mía –replicó la gestora, cuyos dedos de arpía nunca habrían de soltar un céntimo–. Tendrá que esperar su oportunidad. Usted es un caso excepcional; pero la tendré en mente, y si aparece alguna cosa le escribiré. No puedo decir más que eso.

La inclinación un poco desdeñosa de su cabeza estática, pesada de mover por el postizo, indicó el fin de la entrevista. Bella regresó a Walworth aquella tarde de septiembre, taconeando fuertemente a lo largo del camino, y al llegar “imitó” a la gestora para divertimento de su madre y de la casera, que se quedó en la ruinosa sala de estar, después de haber traído la bandeja con el té, para aplaudir la “imitación” de la Srta. Rolleston.

–¡Querida, querida, qué buena imitadora es Bella! –dijo la casera–. Deberías permitirle que se dedique al teatro, madrecita. Haría fortuna como actriz.

II.
Bella aguardó y se hizo esperanzas, y escuchó al cartero golpear la puerta para traer un paquete de cartas para los de la planta baja y el primer piso, y muy pocas para aquel humilde segundo piso, donde madre e hija se sentaban a coser a mano, tanto como con rueda y pedal, durante gran parte del día. La Señora Rolleston era una mujer de buena familia y educación; pero había tenido la mala suerte de casarse con un Bribón que durante los últimos doce años la había hecho sentir como la peor de las viudas: una esposa cuyo marido la había abandonado. Por suerte, era corajuda, industriosa y una hábil costurera, capaz de ganarse a vida por sí misma y darle de comer a su única hija haciendo mantos y Abrigos para una casa del West End. No era una vida de lujos. Una pensión barata en una calle mustia de los arrabales de Walworth Road, cenas livianas, comida casera, ropa bien remendada, habían sido la ración de madre e hija; pero se amaban tan entrañablemente, y eran tan alegres por naturaleza, que se las habían arreglado de algún modo para ser felices.

Pero ahora esta idea de abrirse paso en el mundo como acompañante e alguna fina señora había calado hondo en Bella, y aunque idolatraba su madre, y la separación de madre e hija iba a destrozar necesariamente aquellos corazones, la muchacha deseaba aventura, cambios, y se entusiasmaba pensando en ello como los pajes de antes anhelaban ser caballeros y partir hacia la Tierra Prometida para quebrar una lanza contra los infieles. Se terminó cansando de correr escaleras abajo cada vez que el cartero golpeaba la puerta sólo para oír “nada para usted, Srta.” de labios de la sirvienta de cara sucia que recogía las cartas del piso del corredor. “Nada para usted Srta.”, repetía con sorna la criada de la pensión, hasta que Bella se armó de valor y se apersonó en Haberck Street para preguntarle a la gestora cómo era posible que no hubiese encontrado colocación para ella.

–Usted es muy joven –dijo la gestora– y quiere un salario,
–Claro que quiero uno –respondió Bella–. ¿Acaso las demás personas no quieren que les paguen?
–Las muchachas de su edad generalmente quieren un hogar confortable.
–Yo no –replicó bruscamente Bella–. Quiero ayudar a mi madre.
–Pregunte la semana que viene –dijo la gestora–. Si me entero de algo en el transcurso, le escribiré.

No llegó ninguna carta de la gestora, y a la semana exacta Bella se puso el sombrero que tenía más a mano, el menos adecuado para salir bajo la lluvia, y recorrió una vez más todo el camino hasta Harbeck Street. Era una deslucida tarde de octubre, y en el aire había una tonalidad gris que se convertiría en niebla al caer la noche. Las tiendas de Walworth Road brillaban alegremente en medio de aquella atmósfera grisácea, y aunque para una muchacha criada en Mayfair o Belgravia esas vidriedas no hubiesen merecido siquiera una mirada, para Bella eran una tentación y un suplicio. ¡Había tantas cosas que deseaba y nunca estaría en condiciones de comprar! Harbeck Street es capaz de estar vacía en esta estación muerta del año: una calle larga, muy larga, una perspectiva infinita de casa eminentemente respetables. La oficina de la gestora se encontraba al final de todo, y Bella observaba ahora esa vista larga y gris con desesperación, más fatigada de lo que usualmente estaba al venir caminando desde Walworth. Observaba, cuando de pronto un carruaje pasó a su lado, una antigua carroza amarilla, tirada por un par de imponentes caballos grises, con el aire majestuoso de una cochero que llevaba las riendas y un lacayo muy alto sentado en el pescante.

“Parece el coche del hada madrina –pensó Bella–. No me asombraría que haya empezado siendo una calabaza.”

Se sorprendió al ver que la carroza amarilla se detenía frente la puerta de la gestora y el alto lacayo aguardaba al pie de la portezuela. Por un momento el dio miedo entrar y encontrarse con la propietaria de aquel espléndido carruaje. Sólo había alcanzado a echar una ojeada de la mujer que la ocupaba mientras la carroza iba andando; un sombrero de plumas, un retazo de armiño. El elegante criado de la gestora escoltó a Bella escaleras arriba y golpeó la puerta de la oficina.

–La Srta. Rolleston –anunció disculpándose, mientras Bella esperaba afuera.
–Que entre –dijo la gestora enseguida, y Bella alcanzó a oírla murmurar algo en voz baja a su cliente.

Bella entró con su fresca y floreciente imagen de juventud y seguridad, y antes de llegar a mirar a la gestora sus ojos fueron a clavarse sobre la propietaria de la carroza. Nunca había visto a nadie más viejo que la vieja dama que estaba sentada junto al hogar de la gestora: una vieja y pequeña silueta, envuelta de la barbilla a los pies en un tapado de armiño: un viejo rostro muy pálido bajo un sombrero de plumas, un rostro tan devastado por la edad que parecía limitarse a un par de ojos y un mentón puntiagudo. La nariz también era puntiaguda, pero entre el mentón marcadamente en punta y sus grandes ojos brillantes, la pequeña nariz aquilina apenas resultaba visible.

–Ésta es la Srta. Rolleston, Lady Ducayne.

Garras semejantes a dedos, en las cuales brillaban anillos, levantaron un par de gruesas lentes hasta los negros ojos fulgurantes de Lady Ducayne, y a través de las lentes Bella vio cómo aquellos ojos de un brillo inhumano crecieron hasta adquirir un tamaño gigantesco y lanzaron sobre ella una mirada horriblemente feroz.

–La Srta. Torpinter me ha dicho todo sobre ti –dijo la vieja voz que pertenecía a aquellos ojos–. ¿Tienes buena salud? ¿Eres fuerte y enérgica, de comer bien, dormir bien, andar bien y capaz de disfrutar todo lo que hay de bueno en la vida?
–Nunca supe lo que es estar enferma o sin hacer nada –contestó Bella.
–Entonces creo que trabajarás para mí.
–Por supuesto, en caso de que las referencias sean perfectamente satisfactorias –intercedió la gestora.
–No deseo referencias. La muchacha parece franca e inocente. Le tomaré la palabra.
–Como prefiera, querida Lady Ducayne –murmuró la gestora.
–Quiero una joven fuerte cuya salud no me dé trabajo.
–Ha tenido tanta mala suerte al respecto –dijo con arrulladora voz la Srta. Torpinter, cuyos modales se habían tornado de una enternecedora suavidad ante la presencia de la anciana.
–Sí, he sido más bien desafortunada –gruñó Lady Ducayne.
–Pero estoy segura de que la Srta. Rolleston no la defraudará, aunque claro, después de la desagradable experiencia con la Srta. Tomson, que era la imagen de la salud, y la Srta. Blandy, que decía que nunca había vuelto a ver a un doctor desde que la habían vacunado.
–Mentiras, qué duda cabe –rezongó Lady Ducayne, y luego dirigiéndose a Bella, preguntó lacónicamente–: Supongo que no tienes problemas en pasar el invierno en Italia, ¿no es así?
–Toda mi vida he soñado ver Italia –dijo Bella dando un suspiro.
¡De Walworth a Italia! ¡Qué lejano, qué imposible parecía semejante viaje para un espíritu soñador y romántico!
–Bien, tu sueño se hará realidad. Prepárate a dejar Charing Cross en un tren de lujo la semana que viene a las once. Asegúrate de estar en la estación un cuarto antes de hora antes. Mi gente se ocupará de ti y del equipaje.

Lady Ducayne se levantó de la silla con la ayuda de su bastón, y la Srta. Torpinter la escoltó hasta la puerta.

–Y en lo concerniente al salario –planteó la gestora en el camino.
–El salario, oh, el mismo de costumbre, y si la joven quiere una quincena por adelantado puede usted escribirme para que le mande un cheque –respondió Lady Ducayne despreocupadamente.

La Srta. Torpinter bajó las escaleras con su cliente y esperó verla sentada en la carroza amarilla. Al regresar, estaba ligeramente sin aliento y volvió a adoptar aquel tono de superioridad que irritaba tanto a Bella.

–Puede considerarse increíblemente afortunada, Srta. Rolleston –dijo–. Tengo docenas de muchachas en mis libros a las que podría haber recomendado para esta colocación, pero recordé que le había dicho que preguntara esta tarde y pensé en darle una oportunidad. La anciana Lady Ducayne es una de las mejores personas en mis libros. Le da a su acompañante cien libras al año y paga todos los gastos de movilidad. Vivirá en regazos del lujo.
–¡Cien libras al año! ¡Qué adorable! ¿Tendré que vestirme espléndida? ¿Lady Ducayne mantiene muchas relaciones?
–¡A su edad! No, vive recluida en sus apartamentos: su criada francesa, su lacayo, su médico de cabecera, su mensajero.
–¿Por qué la abandonaron las otras acompañantes?
–¡Su salud se debilitó!
–Pobrecitas, ¿y por eso tuvieron que marcharse?
–Sí, tuvieron que marcharse. Supongo que querrá el salario de una quincena por adelantado.
–¡Oh, sí, por favor! Tengo cosas que comprar.
–Muy bien. Le pediré un cheque a Lady Ducayne, y le enviaré el balance, deducida mi comisión por un año.
–A decir verdad, me había olvidado de la comisión.
–No va a creer que mantengo esta oficina por placer.
–Claro que no –murmuró Bella, acordándose de los cinco chelines por los honorarios de inscripción, pero entonces nadie podía imaginarse cien libras al año y un invierno en Italia.

III.
De la Srta. Rolleston, en Cabo Ferrino, a la Sra. Rolleston, en Beresford Street, Walworth, Londres:

¡Cómo me gustaría que pudieras ver este lugar, madre querida: el cielo azul, los olivares, los huertos de naranjos y limones entre los acantilados y el mar, refugiándose en los huecos de las grandes montañas, con olas de verano que se encaraman sobre los arrecifes de corales y algas que constituyen la idea italiana de una playa! ¡Oh, cómo me gustaría que pudieras verlo todo, querida mía, y qué tomaras sol bajo estos rayos que hacen tan poco creíble la fecha en el encabezamiento de esta carta! ¡Noviembre! El aire se asemeja al de Inglaterra en junio; el sol calienta tanto que no puedo caminar unas pocas yardas sin sombrilla. ¡Y pensar que estás en Walworth mientras yo estoy aquí! Lloro al pensar que quizás nunca verás estas cosas adorables, este mar extraordinario, estas flores de estío que florecen en invierno. Hay un cerco de geranios rosados bajo mi ventana, madre, un espeso y frondoso cerco, como si las flores crecieran salvajamente, ¡y hay rosas de Dijon colgando sobre arcos y empalizadas a lo largo de toda la terraza, un jardín de rosas lleno de perfume en noviembre! ¡Figúratelo! No puedes imaginarte el lujo de este hotel. Es prácticamente nuevo y ha sido construido y decorado sin reparar en gastos. Nuestros cuartos están tapizados de un satén azul claro, que resalta la contextura apergaminada de Lady Ducayne, pero como, salvo cuando está en el carruaje, se sienta todo el día en un rincón del balcón para tomar sol y pasa toda la noche en su mecedora junto al fuego y nunca ve a nadie más que a su propia gente, su presencia cuenta muy poco.

Lady Ducayne ha tomado el conjunto de habitaciones más hermosas del hotel. Mi dormitorio está en un interior, un dormitorio superlativamente encantador: todo satén azul y encajes blancos, muebles esmaltados también de blanco, espejos en cada pared, de modo que hasta veo mi gracioso perfil como nunca lo había visto antes. El cuarto estaba en realidad destinado a ser el vestidor de Lady Ducayne, pero le dio orden de que uno de los canapés de satén fuera acondicionado como cama para mí, una cama hermosísima que puedo correr hasta la ventana las mañanas de sol, ya que está sobre rodillos y es fácil de mover. Tengo la sensación de que Lady Ducayne fuese una anciana y linda abuela que de pronto apareció en mi vida, muy, muy rica, y muy, muy amable. No es para nada cargosa. Le leo en voz alta un buen rato, y ella dormita y cabecea mientras leo. A veces la oigo gemir dormida, como si tuviera sueños angustiosos. Cuando se cansa de mi lectura, le ordena a Francine, su doncella, que le lea en francés una novela, y escucho su risita ahogada y sus gruñidos a cada momento, como si estuviera más interesada en esos libros que en Dickens o Scott. Mi francés no es lo suficientemente bueno como para seguir a Francine, que lee muy rápido. Tengo bastante tiempo libre, pues Lady Ducayne a menudo me dice que salga y me divierta; me agrada perderme en los olivares, tratando de ir cada vez más arriba, hasta donde están los bosques de pinos y aún más arriba, hasta donde están las montañas nevadas que muestran sus blancos picos por encima de las oscuras colinas. ¡Oh, mi pobre madre, cómo puedo hacerte entender a qué se asemeja este lugar, a ti, cuyos pobres y cansados ojos sólo tienen enfrente Beresford Street! Algunas veces no voy mucho más allá de la terraza que está sobre el frente del hotel, el lugar favorito para conversar con todo el mundo. Abajo se extienden el jardín y los campos de tenis en los que a veces juego con una chica muy fina, la única persona en el hotel de la que me he hecho amiga. Es un año mayor que yo, y vino a Cabo Ferrino con su hermano, un doctor o un estudiante de medicina que está por graduarse. Aprobó su examen de maestría en Edimburgo. Ella tuvo un delicado problema de pecho el último verano y le ordenaron pasar el invierno afuera. Son huérfanos, están solos en el mundo y son muy apegados entre sí. Me encanta haberme hecho de una amiga como Lotta. Es una persona altamente respetable. No puedo usar esa expresión para algunas chicas del hotel que se comportan de una manera que sé que te pondrían los pelos de punta. Lotta fue criada por una tía en un pueblito del interior del país y no sabe mucho que digamos de la vida. Su hermano no le permite leer una novela, en inglés o francés, sin que él la haya leído y aprobado.

“Me trata como a una criatura –me dijo–, pero no me importa; es lindo saber que alguien te quiere y se preocupa por lo que haces, e incluso por lo que piensas.”

Tal vez eso es lo que hace que muchas chicas se pongan tan ansiosas por conseguir marido: el deseo de encontrar a alguien fuerte, honesto y decidido, que las cuide de verdad y les ordene lo que tienen que hacer. Yo no busco eso, querida madre, porque te tengo a ti, y tú eres el mundo entero para mí. Ningún marido podría venir a interponerse entre nosotras. Si alguna vez llego a casarme, mi marido ocupará un segundo lugar en mi corazón. Pero no me imagino casada, ni recibiendo una propuesta de casamiento. Ningún joven pretendería casarse en estos tiempos con una muchacha sin dinero. La vida es demasiado cara. El Sr. Stafford, el hermano de Lotta, es muy inteligente y muy amable.L Piensa que ha de ser duro para mi tener que vivir con una mujer anciana como Lady Ducayne, pero ignora cuán pobres somos, tanto tú como yo, y cuán maravilloso es para mí encontrarme en un sitio tan adorable mientras tú, que lo necesitas mucho más que yo, no tienes nada de esto –y difícilmente puedas imaginarte lo que son, no es cierto, ¿querida mía? –, pues mi padre comenzó a ir a las carreras enseguida después de que se casaron y desde entonces la vida no ha sido para ti más que inconvenientes, preocupaciones y estar dando batalla.

Esta carta fue escrita cuando Bella no había pasado más de un mes en Cabo Ferrino, antes de que la novedad del paisaje se desvaneciera, y antes también de que le placer provocado por el lujo que la rodeaba comenzara a hastiarla. Escribía a su madre todas las semanas largas cartas como las que las chicas que han vivido en la más estrecha compañía de su progenitora solamente pueden escribir; cartas que eran como un diario íntimo en los que abría su corazón y sus pensamientos. Escribía con alegría, pero a principios del año entrante la Sra. Rolleston creyó detectar, por debajo de la exquisita descripción del lugar y la gente, un rasgo de melancolía. “Pobrecita, está sintiendo nostalgia –pensó–. Su corazón estén en Beresford Street.”

Tal vez extrañaba a su nueva amiga y compañera, Lotta Stafford, que se había ido con su hermano a recorrer Génova y Spezia hasta llegar a Pisa. Regresarían antes de febrero, pero entretanto Bella naturalmente se sentía sola entre personas desconocidas, cuyos modales y comportamientos describía tan bien en sus cartas. El instinto materno estaba en lo cierto. Bella no se hallaba muy contenta después de aquella primera afluencia de prodigios y deleites que siguieron a su mudanza de Walworth a la Riviera. De alguna manera, no sabía cómo, cierta lasitud se había apoderado de ella. Ya no deseaba escalar las montañas, ni blandir su palito de naranjo, rebosante de júbilo, mientras ligeros sus pies saltaban sobre las rocas y la hierba seca de la ladera de la montaña. El perfume del romero y el tomillo, el fresco aire del mar, ya no la llenaban de éxtasis. Pensaba en Beresford Street y en el rostro de su madre con enfermiza melancolía. ¡Estaban tan, pero tan lejos! Y entonces pensaba en Lady Ducayne, sentada junto a los leños que se apilaban al lado del hogar que calentaba el salón, pensaba en aquel perfil enjuto de cascanueces y aquellos ojos brillosos de un invencible horror.

Los huéspedes del hotel le habían dicho que el aire de Cabo Ferrino relajaba, adaptándose mejor a los viejos que a los jóvenes, a los enfermos que a los sanos. No había duda de que era así. No se sentía tan bien como en Walworth, pero se dijo que sólo estaba sufriendo la desgarradora separación de su niñez, de su madre, que la había criado y era al mismo tiempo su hermana, su sostén, todo lo que tenía en el mundo. Había derramado muchas lágrimas al partir, había pasado profundas horas de melancolía en la terraza de mármol mirando con añoranza hacia el oeste y con el corazón puestos a miles de kilométros de distancia. Estaba sentada en su lugar favorito, un ángulo hacia el extremo oeste de la terraza, un tranquilo rincón al amparo de los naranjos, cuando oyó a una pareja de habitués de la Riviera conversando en el jardín de abajo. Se hallaban colocados en un banco contra la pared de la terraza. No tenía intención de escuchar lo que decían, hasta que el sonido del nombre de Lady Ducayne atrajo su atención, y entonces se puso a escuchar sin pensar si era correcto o non lo que hacía. Hablaban sin tapujos, discurriendo de manera casual sobre otro huésped del hotel con quien mantenían relaciones.

Se trataba de dos personas mayores a las que Bella sólo conocía de vista. Un clérigo inglés que durante la mitad de su vida había pasado los inviernos en el extranjero y una gorda solterona, muy simpática, cuya bronquitis crónica la obligaba anualmente a emigrar.

–Me la he encontrado en Italia a lo largo de los últimos diez años– dijo la dama–; pero nunca pude averiguar su verdadera edad.
–Yo le doy cien años, ni uno menos –replicó el párroco–. Sus recuerdos se remontan a la Regencia. Entonces se encontraba evidentemente en su cenit; y le he oído decir cosas que muestran que frecuentaba la sociedad parisina cuando el Primer Imperio estaba su apogeo, antes de que se divorciara Josefina.
–No habla mucho ahora.
–No; no queda mucha vida en ella. Es prudente de su parte mantenerse recluida. Me asombra que ese perverso curandero, su médico italiano, no la haya desahuciado hace años.
–Sospecho que debe ser al revés y que él es el que la mantiene con vida.
–Querida Srta. Sanders, ¿usted francamente cree que ese matasanos extranjero puede mantener a alguien con vida?
–Bueno, allí la tiene. No va a ningún lado sin él. Su aspecto es verdaderamente desagradable.
–Desagradabale –repitió el párroco–. Creo que ni el maligno en persona podría batirlo en cuanto a fealdad. Lamento que esa pobre joven tenga que vivir entre la vieja Lady Ducayne y el Doctor Parravicicni.
–Pero la anciana es muy buena con sus acompañantes.
–Sin duda. Es muy liberal con el dinero; los sirvientes le dicen “la buena Lady Ducayne”. Es una anciana y marchita ricachona, que sabe que nunca será capaz de gastarse todo el dinero y no soporta la idea de que otra gente lo disfrute cuando ella se encuentre en un ataúd. Las personas que llegan a tan viejas acaban esclavizándose a la vida. No dudo de que es generosa con esas pobre muchachas, pero no puede hacerlas felices. Todas mueren a su servicio.
–No diga “todas”, Sr. Carton; sé que una pobre joven murió en Mentone la primavera pasada.
–Sí, y otra pobre muchacha murió en Roma tres años atrás. Yo estaba allí en ese momento. La buena Lady Ducayne la dejó en manos de una familia inglesa. La joven tenía todas las comodidades. La anciana fue muy liberal con ella, pero murió. Le digo. Srta. Manders, que no es bueno para ninguna mujer vivir con seres tan horrorosos como Lady Ducayne y Parravicini.

Luego siguieron conversando de otras cosas, pero Bella ya no pudo oír qué decían. Permaneció inmóvil, y una ráfaga de viento pareció bajar desde las montañas y trepar hasta ella desde el mar, haciendo que tiritara de frío, sentada al sol como se hallaba, bajo las ramas de los naranjos, en medio de toda aquella belleza y aquel esplendor. Sí, eran siniestros, los dos, ciertamente: ella parecía una bruja aristocrática con su piel marchita; él, un ser sin edad, con un rostro que se asemejaba más a una máscara de cera que un semblante humano. ¿Qué había de malo en ello? La vejez es venerable y digna del mayor respeto; y Lady Ducayne había sido muy amable con ella. El Doctor Parravicini era un estudioso inocente e inofensivo, que raramente levantaba la vista de los libros que estaba leyendo. Tenía su sala de estar privada, donde realizaba experimentos de química y ciencias naturales, tal vez de alquimia. ¿Qué podía tener de malo para Bella? Siempre había sido cortés con ella, en su trato distante. No podía estar mejor ubicada de lo que estaba, en ese palacio de hotel y con esa rica anciana.

Sin duda extrañaba a la joven inglesa que había sido tan amigable y bien podía ser también que echase de menos al hermano de la muchacha, ya que el Señor Stafford conversaba mucho con ella y se mostraba interesado en los libros que leía y su manera de divertirse cuando no estaba en funciones.

–Debería venir a nuestro salón cuando no está “de turno”, como dicen en el hospital las enfermeras; podemos hacer un poco de música. ¿No es cierto que toca el piano y canta? –le dijo el Señor Stafford, ante lo cual Bella tenía que decir, roja de vergüenza, que hacía años que se había olvidado cómo se tocaba.
–Mi madre y yo solíamos cantar a dúo a la luz de las velas, sin acompañamiento –dijo ella, y las lágrimas acudieron a sus ojos al pensar en la humilde habitación, la media hora de descanso, la máquina de coser en el lugar donde debía estar el piano y la voz lastimera de su madre, tan dulce, tan verdadera, tan entrañable.

A veces se descubría preguntándose si volvería a ver a su madre algún día. Extraños presentimientos acudían a su mente. Estaba disgustada consigo misma por entregarse a pensamientos melancólicos. Un día le preguntó a la criada francesa de Lady Ducayne acerca de las dos acompañantes que habían muerto en el transcurso de tres años.

–Eran pobres y débiles criaturas –dijo Francine–. Tenían un aspecto rozagante y lleno de bríos cuando empezaron con Miladi; pero comían demasiado y eran perezosas. Murieron de lujuria y haraganería. Miladi fue tan gentil con ellas. No tenían nada que hacer, así que empezaron a imaginarse cosas; tejer fantasías en el aire no les hacía bien: no podían dormir.
–Yo duermo muy bien, pero he tenido varias veces un sueño muy extraño desde que me encuentro en Italia.
–¡Ay, va a ser mejor que no empiece a pensar en los sueños, o va a terminar como aquellas jóvenes! Soñaban mucho y un buen día empezaron a soñar que estaban en un cementerio.

El sueño la perturbó un poco, no porque se tratara de un sueño horrible y estremecedor, sino porque era una suma de sensaciones que nunca antes había tenido dormida: un chirrido de ruedas que giraban en su cabeza, un ruido enorme semejante al rechinar del viento, pero con el ritmo del tic-tac de un gigantesco reloj. Y en medio de ese albo¬roto como de ráfagas y de olas, tuvo la sensación de que se hundía en un remolino de inconsciencia, que caía desde aquel sueño en un sueño aún más profundo, en la total extinción. Y luego, después de ese negro intervalo, oyó el sonido de voces, y a continuación el chirrido de las ruedas nuevamente, cada vez más fuerte, y otra vez el negro abismo, al cabo de lo cual se despertó sintiéndose lánguida y oprimida. Un día, en la única ocasión que solicitó su consejo profesional, le contó al Doctor Parravicini sobre su sueño. Había padecido más que severamente a los mosquitos después de Navidad, y se había asustado bastante al encontrar una herida sobre su hombro que sólo podía atribuir al venenoso aguijón de uno de aquellos torturadores. Parravicini se puso las lentes y contempló la inflamación sobre el hombro blanco y redondeado, mientras Bella permanecía de pie frente a él y Lady Ducayne con la camisa desabrochada hasta el codo.

–Sí, no es broma –dijo–; la ha picado en la desembocadura de una vena. ¡Vaya vampiro! Pero no le ha hecho daño, nada que un pequeño vendaje no pueda sanar. Debe mostrarme siempre cualquier picadura de esta naturaleza. Podría ser peligrosa si no se atiende. Esas criaturas inoculan veneno y lo diseminan.
–Y pensar que esas criaturas diminutas pueden picar así –dijo Bella–. Mi hombro parece que hubiese sido cortado con un cuchillo.
–Si le mostrara el aguijón de un mosquito bajo el microscopio, no se sorprendería de ello –replicó Parravicini.

Bella tuvo que tolerar las picaduras de mosquito, aun cuando eran en la naciente de una vena y producían esa herida desagradable. La herida reapareció otras veces a largos intervalos y Bella encontró en los vendajes del Doctor Parravicini una rápida cura. Si era el curandero que decían sus enemigos, al menos tenía una mano hábil y un tacto delicado al realizar aquella pequeña operación.

Bella Rolleston a la Sra. Rolleston, 14 de abril
Mi siempre adorada:
Mira el cheque por mi salario de la segunda quincena: veinticinco libras. No hay quien se quede con un billete de diez libras por un año de comisión como la última vez; así que es todo para ti, madre querida. Del dinero que traje conmigo cuando insististe en que me quedara con más de lo que quería, aún me sobra suficiente para gastos personales. No hay manera de gastar dinero aquí, excepto en propinas ocasionales a los sirvientes o en limosnas para los mendigos o huérfanos, a menos que uno tenga que pagar impuestos por lo que en verdad le gustaría comprar: tortugas, conchas de mar, corales, cintas. Es tan ridículo, querida, que sólo un millonario podría pensar en hacerlo. Italia es un sueño de belleza, pero para ir de compras llévame a Newington Causeway.

Me preguntas tan seriamente si me encuentro bien que sospecho que mis últimas cartas han debido de ser un poco insulsas. Sí, querida mía, estoy bien, aunque no me hallo tan fuerte como cuando acostumbraba ir caminando hasta el West End para comprar una libra de té, sólo por mantenerme en forma, o hasta Dulwich para mirar cuadros. Italia es sedante, y siento lo que la gente de aquí llama “flojera”. Pero ya me imagino tu adorada cara de preocupación al leer esto. De verdad, no estoy enferma, créeme. Sólo estoy un poco cansada de este formidable escenario, como supongo que uno podría llegar a cansarse de contemplar un cuadro de Turner si estuviera siempre colgado en la pared que está enfrente de uno. Pienso en ti a cada momento del día, pienso en ti y en mi modesta y pequeña habitación, en nuestro raído salón, con las butacas de la demolición de tu vieja casa y Dick cantando en su jaula sobre la máquina de coser. Querida, el loco y chillón de Dick que, nos ilusionábamos, se encariñaría apasionadamente con nosotras. Dime en tu próxima carta, si está bien.

Mi amiga Lotta y su hermano no han regresado. Se fueron de Pisa a Roma. ¡Felices mortales! Y han de estar en los lagos de Italia para mayo; todavía no habían decidido a cuál lago cuando Lotta me escribió por última vez. Su correspondencia ha sido encantadora, y me ha confiado todos sus flirteos. Iremos todos juntos a Bellaggio la semana próxima pasando por Génova y Milán. ¿No es formidable? Lady Ducayne viaja haciendo paradas, excepto cuando es despachada en un tren de lujo. Nos detendremos dos días en Génova y uno en Milán. Voy a taladrarte los oídos hablándote de Italia cuando regrese a casa.

IV.
Herbert Stafford y su hermana conversaban a menudo sobre la preciosa inglesita de fresco semblante, cuyo delicioso color rozagante se destacaba entre todas las caras amarillentas del Grand Hotel. El joven médico pensaba en ella con compasiva ternura: su absoluta soledad en aquel vasto hotel donde había tanta gente, su bondad con aquella anciana mujer, en un lugar donde nadie tenía la mente puesta en otra cosa que en disfrutar de la vida. Era un destino duro, y la pobre chica era evidentemente muy devota de su madre y la apenaba mucho estar separada de ella; "dos mujeres solas en el mundo, muy pobres, y la una para la otra", pensaba Stafford.
Lotta le contó una mañana que volverían a encontrarse todos en Bellaggio.

–La vieja y su corte estarán allí antes que nosotros –dijo–. Me va a encantar tener conmigo a Bella de nuevo. Es tan alegre y divertida, a pesar del aire melancólico que suele tener. Nunca me hice amiga de una chica en tan poco tiempo como ocurrió con ella.
–Me gusta cuando está un poco melancólica –dijo Herbert–, pues entonces estoy seguro de que tiene un corazón.
–¿Qué sabes de corazones, excepto diseccionarlos? No olvides que Bella es absolutamente pobre. Me contó confidencialmente que su madre hace manteles para una tienda del West End. Difícilmente puedas conocer abismo más profundo que ése.
–No pensaría menos en ella si su madre fabricara cajas de fósforos.
–No en abstracto, por supuesto. Hacer cajas de fósforos es un trabajo honesto. Pero no podrías casarte con una chica cuya madre cose manteles.
–Aún no hemos llegado a considerar la cuestión –respondió Herbert, que parecía estar provocando a su hermana.

En dos años de práctica hospitalaria había visto demasiado de cerca las realidades más espantosas como para mantener prejuicios de esa especie. El cáncer, la tisis, la gangrena le dejaban a uno poco margen de respeto por la humanidad. La raíz era siempre la misma, algo temible y prodigioso: una cuestión que producía terror y piedad. El Señor Stafford y su hermana llegaron a Bellaggio un agradable atardecer de mayo. El sol se iba poniendo a medida que el vapor se aproximaba a la explanada, y toda la gloria de floraciones púrpuras que envolvía las paredes en esa estación del año parecía agitarse y volverse más profunda a la luz del crepúsculo. Un grupo de damas esperaba de pie sobre la explanada, y entre ellas Herbert divisó un pálido rostro que lo arrancó de un sobresalto de su habitual compostura.

–Allí está Bella –murmuró Lotta a su lado–, pero está terriblemente cambiada. Está que es un desastre.

Pocos minutos después estrechaban sus manos con ella, y un brillo iluminó su pobre rostro atormentado en el placer de verlos de nuevo.

–Imaginé que llegarían esta tarde –dijo–. Estamos aquí desde hace una semana.
Bella no agregó que había ido hasta allí todas las tardes para ver llegar los barcos, e incluso varias veces durante el día. Gran Bretaña estaba cerca, y hubiera sido fácil para ella saltar de la explanada al sonar la campana del barco. Sentía alegría de encontrarse con aquellas personas de nuevo; tenía la sensación de estar con amigos, una confianza que la bondad de Lady Ducayne nunca le había inspirado.

–¡Oh, mi pobre querida, qué horriblemente enferma has de haber estado! –exclamó Lotta, cuando las dos muchachas se abrazaron. Bella intentó contestar, pero su voz se ahogó en lágrimas.
–¿Cuál ha sido la causa, querida? Esa horrible gripe, supongo.
–No, no. No he estado enferma. Sólo me he sentido un poco más débil que lo acostumbrado. No creo que el aire de Cabo Ferrino me siente muy bien.
–Te sienta abominablemente mal. Nunca vi cambio semejante en nadie. ¿Por qué no dejas que te examine Herbert? Está habilitado para ejercer, lo sabes. En Londres atendió a muchos pacientes con gripe. Estaban contentos de oír que un médico inglés los aconsejaba en términos amables.
–¡Estoy segura de que es muy inteligente! Pero no es para nada el caso. No estoy enferma, y si lo estuviera, el médico de Lady Ducayne
–¿Ese hombre espantoso de cara amarilla? Antes preferiría ponerme en manos de uno de los Borgia. Espero que no hayas estado tornando ninguna de sus medicinas.
Esto decían mientras los tres iban caminando hacia el hotel. Las habitaciones de los Stafford habían sido reservadas por adelantado; una hermosa planta baja que se abría sobre un jardín. Los majestuosos apartamentos de Lady Ducayne se hallaban en el piso de arriba.
–Creo que nuestros cuartos se encuentran justo encima de los de ustedes –dijo Bella.
–Entonces será de lo más fácil para ti bajar corriendo a vernos –respondió Lotta, sin saber que no era realmente tan fácil, ya que la gran escalinata estaba en el centro del hotel.
–¡Oh, de todos modos será muy fácil! –dijo Bella–. Me temo que disfrutarás bastante de mi compañía. Lady Ducayne duerme la mitad del día con este clima caluroso, de modo que tengo una buena cantidad de tiempo disponible, y me deprimo tremendamente pensando en mi madre y mi hogar.

Su voz se quebró al pronunciar esta última palabra. Nunca se había puesto a pensar que aquella pobre pensión que evocaba con el dulce nombre de “hogar” eran lo más bello que el arte y la salud le habían deparado. Se enjugaba las lágrimas y suspiraba en aquel adorable jardín, con el lago iluminado por el sol y las románticas colinas desplegando toda aquella belleza ante sus ojos. Se sentía melancolizada y tenía sueños o, más bien, un mal sueño que regresaba de vez en cuando para dejarle las más extrañas sensaciones. Parecía más una alucinación que una pesadilla: el chirriar de la ruedas, la impresión de que se precipitaba en un abismo, el debatirse hasta recobrar la conciencia. Había tenido aquel sueño apenas antes de dejar Cabo Ferrino, pero no desde que habían llegado a Bellaggio, y la joven comenzaba a esperanzarse con que el aire en esta región de lagos le sentase mejor y que aquellas extrañas sensaciones no fueran a repetirse nunca más.

El Señor Stafford firmó una receta y la mandó preparar en lo de un boticario próximo al hotel. Era un tónico poderoso, y después de un par de frascos, uno o dos paseos en bote por el lago y una caminata por las colinas y los prados donde las flores de primavera hacían que la tierra semejase un paraíso, el espíritu y el aspecto físico de Bella mejorarían como por arte de magia.

–Es un tónico maravilloso –dijo ella, pero quizás en lo más profundo de su corazón sabía que la suave voz del médico, y la amable mano que la ayudaba a subir y bajar del bote en el lago, tenían algo que ver con que se curara.
–Espero que no olvides que su madre hace manteles– decía Lottta, en tono de advertencia.
–O cajas de fósforos, es exactamente lo mismo, hasta donde alcanzo a comprender.
–¿Quieres decir que bajo ninguna circunstancia piensas en casarte con ella?
–Quiero decir que si me llegara a enamorar de una mujer lo suficiente como para pensar en casarme con ella, su riqueza o rango social no contarían en nada para mí. Pero me temo... me temo que tu pobre amiga no vivirá para ser la esposa de ningún hombre.
–¿Piensas que está muy enferma?
Herbert suspiró y dejó la pregunta sin contestar.
Un día, mientras recogían jacintos silvestres en una pradera elevada, Bella le habló al Señor Stafford acerca de su pesadilla.
–Es curioso sólo porque se asemeja muy poco a un sueño –dijo ella–. Supongo que usted puede encontrarle alguna explicación de sentido común a esto. La posición de mi cabeza en la almohada, o el clima, o algo.

Y entonces ella describió sus sensaciones; cómo en medio del sueño le sobrevenía una sensación de ahogo, y luego cómo oía el chirrido de unas ruedas, tan fuerte, tan terrible, y cómo después se producía un blanco, y al cabo de eso volvía a estar consciente y despierta.

–¿Alguna vez le suministraron cloroformo? ¿El dentista, por ejemplo?
–Nunca. El Doctor Parravicini me lo preguntó un día.
–¿Recientemente?
–No, hace algún tiempo, cuando estábamos en el tren de lujo.
–¿El Doctor Parravicini le recetó algo desde que empezó a sentirse débil y enferma?
–¡Oh, me daba un tónico de vez en cuando! Pero yo odio los remedios y apenas probé el brebaje. Pero le digo que no estoy enferma, sólo más débil que lo acostumbrado. Me sentía ridículamente fuerte y bien cuando vivía en Walworth, y solía dar largas caminatas todos los días. Mi madre me hacía ir andando hasta Dulwich o Norwood, por miedo de que la máquina de coser me hiciera sufrir de la columna; algunas veces –pero sólo unas pocas– venía conmigo. Por lo general se quedaba cosiendo en casa mientras yo disfrutaba del aire fresco y del ejercicio. Y era muy cuidadosa con nuestra comida que, por sencilla que fuese, debía ser siempre nutritiva y abundante. Debo a sus cuidados haber crecido saludable y fuerte.
–No pareces saludable ni fuerte ahora, mi pobre querida –dijo Lotta.
–Tengo la impresión de que Italia no me sienta bien.
–Quizá lo que te enferma no es Italia, sino estar encerrada con Lady Ducayne.
–Pero nunca estoy encerrada. Lady Ducayne es extremadamente amable, y me permite pasear o sentarme en la balaustrada el día entero si lo deseo. He leído más novelas desde que estoy con ella que en el resto de mi vida.
–Entonces se diferencia mucho del común de las ancianas, que suelen ser despóticas –dijo Stafford–. Me sorprende que lleve a una acompañante consigo, si tiene tan poca necesidad de relacionarse.
–¡Oh, yo sólo formo parte de su corte! Ella es extraordinariamente rica, y el salario que da no cuenta. En cuanto al Doctor Parravicini, sé que es un médico inteligente, pues curó mis horribles picaduras de mosquitos.
–Un poco de amoníaco bastaría en la primera etapa de la inflamación. Pero ahora no hay mosquitos que la molesten.
–¡Oh, sí, claro que los hay! Me picó uno justo después de que dejamos Cabo Ferrino.
Bella desabrochó su camisa de lino y mostró la cicatriz, que el Señor Stafford observó resueltamente, con una mirada de asombro y perplejidad.
–Esto no es una picadura de mosquito –dijo.
–¡Oh, sí lo es, a menos que haya serpientes o culebras en Cabo Ferrino!
–No se trata en absoluto de una picadura. Está bromeando conmigo. Señorita Rolleston, se ha dejado sacar sangre por ese maldito curandero italiano. Mataron al más grande hombre de la Europa moderna de ese modo, recuerde. Ha sido una locura de su parte.
–Nunca en mi vida me han sacado sangre, Señor Stafford.
–¡Tonterías! Permítame ver su otro hombro. ¿Tiene más picaduras de mosquito?
–Sí; el Doctor Parravicini dice que tengo una piel que no sana fácilmente, y que ese veneno actúa más virulentamente conmigo que con otra gente.
Stafford examinó ambos hombros a plena luz del sol: había cicatrices nuevas y viejas.
–Esas mordeduras son muy serias, Señorita Rolleston –dijo–, y si llego a encontrar a ese mosquito lo haré arrepentirse. Pero ahora dígame, mi querida niña, bajo su palabra de honor, dígame como se lo diría a un amigo que está sinceramente preocupado por su salud y felicidad, como se lo diría a su madre si estuviera aquí para preguntárselo: ¿no tiene idea de cuál podría ser la causa de esas cicatrices, descartando las picaduras de mosquito? ¿ninguna sospecha?
–¡No, de veras! No, lo juro por mi honor! Nunca he visto a un mosquito picando mi hombro. Uno nunca ve esos horribles malvados. Pero los he oído revolotear bajo las cortinas y sé que he tenido a uno de esos pestilentes desgraciados zumbando a mi alrededor.

Ese mismo día más tarde, Bella y sus amigos se hallaban sentados tomando el té en el jardín, cuando Lady Ducayne salió a dar su paseo vespertino con su médico.

–¿Cuánto tiempo piensa permanecer con Lady Ducayne, Señorita Rolleston? –preguntó Herbert Stafford, después de un prudente silencio, interrumpiendo la charla trivial de las dos muchachas.
–El tiempo en que siga pagándome veinticinco libras por quincena.
–¿Aunque sienta que su salud se deteriora estando a su servicio?
–No es el empleo lo que lesiona mi salud. Ya ve que no tengo realmente nada que hacer: leer en voz alta una hora o más una o dos veces por semana, escribir en un minuto alguna que otra carta a un minorista en Londres. Nunca tendré tanto tiempo libre con nadie. Y ninguna otra persona me pagaría cien libras al año.
–¿Quiere decir entonces que seguirá mientras resista, que morirá en su puesto?
–¿Cómo las otras dos acompañantes? ¡No! Si llego a sentirme enferma, realmente enferma, me subiré a un tren y regresaré directamente a Walworth.
–¿Qué fue lo que ocurrió con las otras dos acompañantes?
–Murieron las dos. Fue una gran desgracia para Lady Ducayne. Por eso fue que me contrató; me eligió porque era joven y vigorosa. Debió sentirse un poco disgustada cuando comencé a empalidecer y debilitarme. A propósito, cuando le hablé del excelente tónico que me había recetado, dijo que le gustaría verlo y tener una pequeña conversación con usted acerca de su propio caso.
–Yo también debería ver a Lady Ducayne. ¿Cuándo le dijo eso?
–Antes de ayer.
–¿Por qué no le pregunta si quiere verme esta tarde?
–¡Con mucho gusto! Tengo curiosidad por saber qué pensará de ella. A un extraño puede parecerle horrible; pero el Doctor Parravicini dice que alguna vez fue hermosa.
Eran cerca de las diez cuando el Señor Stafford recibió una esquela de Lady Ducayne, cuyo mensajero vino para conducirlo hasta el salón de su señoría. Cuando el visitante fue admitido, Bella estaba leyendo en voz alta, y él notó la languidez en su tono débil y suave, el esfuerzo evidente que hacía.
–Cierra el libro –dijo una quejumbrosa voz de anciana–. Estás empezando a arrastrar las palabras como la Señorita Blandy.

Stafford vio una pequeña y curvada figura hecha un bollo junto a los leños apilados; una vieja figura arrugada con un espléndido vestido de brocado negro y carmesí, un cuello flaco emergiendo de una masa de antiguo encaje veneciano adornado con diamantes que relucieron corno luciérnagas cuando la anciana cabeza giró hacia él.

Los ojos que lo miraban a la cara brillaban casi tanto como los diamantes y eran el único rasgo de vida en aquella rugosa máscara de pergamino. Había visto caras horribles en el hospital, caras en las que la enfermedad había dejado marcas atroces, pero nunca había visto una cara que lo impresionara tan espantosamente como ese pálido semblante, con su indescifrable horror de muerta que se sobrevive, una cara que debía haber sido ocultada bajo la tapa de un ataúd años y años atrás.

El médico italiano estaba de pie al otro lado de la chimenea, fumando un cigarrillo y mirando hacia abajo a la pequeña anciana con una mano en el pecho como si estuviera orgulloso de ella.

–Buenas noches, Señor Stafford; puedes ir a tu habitación, Bella, y escribir tu eterna carta a tu madre en Walworth –dijo Lady Ducayne–. Estoy convencida de que escribe una página acerca de cada flor silvestre que descubre en los bosques y prados. No sé acerca de qué otra cosa más puede escribir –añadió, mientras Bella se retiraba silenciosamente hacia el hermoso y pequeño dormitorio que Lady Ducayne había hecho abrir en aquel espacioso apartamento. Allí, como en Cabo Ferrino, dormía en un cuarto adyacente al de la vieja dama.

–Tengo entendido que usted es médico, Sr. Stafford.
–Soy un practicante habilitado, pero no he comenzado a ejercer.
–Ha comenzado a hacerlo sobre mi acompañante, ella me lo dijo.
–Le prescribí un tónico, es cierto, y me alegra encontrar que mi remedio le ha hecho bien; pero creo que se trata de una mejoría temporaria. Este caso va a requerir un tratamiento más drástico.
–¡No tiene ninguna importancia! A la chica no le ocurre nada malo, absolutamente nada, excepto tonterías propias de chica: demasiada libertad y poco trabajo.
–Entiendo que dos de las acompañantes de la señora murieron de la misma enfermedad –dijo Stafford, dirigiéndose primero a Lady Ducayne, que sacudió con impaciencia su temblorosa cabeza, y después a Parravicini, cuyo amarillo semblante palideció bajo la mirada de Stafford.
–No se entrometa con mis acompañantes, señor –dijo Lady Ducayne–. Mandé por usted para consultarlo acerca de mí, no acerca de una parcela de muchachas anémicas. Usted es joven, y la medicina es una ciencia que progresa, me lo dicen los diarios. ¿Dónde estudió?
–En Edimburgo y en París.
–Dos buenas escuelas. ¿Y conoce las flamantes teorías, los modernos descubrimientos que recuerdan los de la brujería medieval, los de Albertus Magnus y George Ripley? ¿Ha estudiado hipnotismo, electricidad?
–Y la transfusión de sangre –dijo Stafford, muy lentamente, mirando a Parravicini.
–¿Ha hecho algún descubrimiento que le enseñe a prolongar la vida humana, algún elixir, algún método o tratamiento? Quiero que mi vida se prolongue, joven. Este hombre ha sido mi médico durante treinta años. Hace todo lo que puede para mantenerme viva según sus luces. Estudia todas las nuevas teorías de todos los científicos; pero está viejo, cada día se pone más viejo, su poder mental se está yendo: es fanático, prejuicioso, no acepta las ideas nuevas, no incorpora los nuevos sistemas. Me dejará morir si no me pongo en guardia contra él.
–Es usted increíblemente ingrata, Excelencia –dijo Parravicini.
–¡Oh, no tienes de qué quejarte! Te he pagado miles para que me mantengas viva. Cada día de mi vida ha acrecentado tus arcas; sabes que no recibirás nada cuando me haya ido. La totalidad de mi fortuna estará destinada a solventar un hogar para indigentes mujeres de categoría que han alcanzado los noventa años. Vamos, Señor Stafford, soy una mujer rica. Concédame unos pocos años más bajo la luz del sol, unos pocos años más sobre la tierra, y yo le pagaré el precio de un elegante consultorio en Londres. Lo instalaré en el West End.
–¿Qué edad tiene usted, Lady Ducayne?
–Nací el día que Luis XVI fue guillotinado.
–Pienso entonces que ha tenido su porción de sol y de placeres sobre la tierra, y que debería emplear los pocos días que le quedan en arrepentirse de sus pecados y tratar de redimir las jóvenes vidas que fueron sacrificadas por su amor a la vida.
–¿Qué está insinuando, señor?
–¡Oh, Lady Ducayne! ¿Necesito poner en palabras su perversidad y la perversidad aún más grande de su médico? La pobre muchacha a su servicio ha sido reducida de una salud vigorosa a un estado de extremo peligro por obra de los experimentos del Doctor Parravicini; y no tengo la menor duda de que las otras dos jóvenes que desfallecieron mientras trabajaban para usted fueron tratadas por él de la misma manera. Podría ocuparme de demostrar ante un jurado de médicos, con convincente evidencia, que el Doctor Parravicini ha transfundido a la Srta. Rolleston después de colocarle cloroformo, a intervalos y desde que ella entró a su servicio. El deterioro en la salud de la muchacha habla por sí solo; las marcas de agujas sobre los hombros de la chica son inequívocas y su descripción de la serie de sensaciones, que ella llama un sueño, indican de manera concluyente la administración de cloroformo mientras estaba durmiendo. Una práctica tan atroz, tan criminal, debe, si se expone, resultar en una sentencia sólo menos severa que la pena de asesinato.
–Me río –dijo Parravicini, con movimiento airado de sus flacos dedos–, me río a la vez de sus teorías y de sus amenazas. Yo, Leopoldo Parravicini, no temo que la ley pueda cuestionar nada de lo que he hecho.
–Llévese a la chica. No quiero oír hablar más de ella –gritó Lady Ducayne, con su voz finita y cascada, que tan pobremente acompañaba la energía y el fuego del viejo cerebro perverso que guió su expresión–, ¡Que se vuelva con su madre! No quiero que mueran más chicas a mi servicio. Hay chicas suficientes y mucho más en el mundo, Dios lo sabe.
–Si contrata a otra acompañante, o toma a otra joven inglesa a su servicio, Lady Ducayne, haré que toda Inglaterra comente la historia de su perversidad.
–No quiero más chicas. No creo en los experimentos de este curandero. Han estado llenos de peligros para mí tanto como para la mucha¬cha: un burbuja de aire y hubiera muerto. No me prestaré más a sus peligrosas hechicerías. Encontraré a un nuevo hombre –un hombre mejor que tú, señor, un científico como Pasteur o Virchow, un genio– para que me mantenga viva. Llévese a la chica, joven. Cásese con ella si quiere. Le firmaré un cheque por mil libras, y que se marche y viva a carne y cerveza, y se ponga fuerte y rechoncha de nuevo. No quiero saber nada más con tales experimentos. ¿Me oyes, Parravicini? –gritó vengativa Lady Ducayne, con la cara amarilla y arrugada retorciéndose de furia y clavando su mirada sobre el médico.

Los Stafford se llevaron a Bella a Várese al día siguiente, poco dispuesta como estaba a abandonar a Lady Ducayne, cuyo salario aportaba tal ayuda a su querida madre. Herbert Stafford insistió, de todos modos, tratando a Bella con tanto aplomo como si hubiera sido el médico de la familia y ella estuviera totalmente bajo su cuidado.

–¿Supone que su madre la dejaría morir aquí? –preguntó –. Si la Señora Rolleston supiera cuan enferma está, vendría de prisa a llevársela.
–No volveré a estar bien hasta que regrese a Walworth –respondió Bella, que estaba alicaída y propensa a las lágrimas esa mañana, una reacción previsible tras su buen talante del día anterior.
–Primero nos tomaremos una semana o dos en Várese –dijo Stafford–. Cuando pueda hacer medio camino al Monte Generoso sin que le palpite el corazón, regresará a Walworth.
–Mi pobre madre, ¡qué contenta se va poner de verme, y qué triste de que haya perdido un empleo tan bueno!

La conversación tuvo lugar a bordo del bote mientras se alejaban de Bellaggio. Lotta se había aparecido en el cuarto de su amiga a las siete en punto de la mañana, mucho antes de que los rugosos párpados de Lady Ducayne se abrieran a la luz del día, antes incluso de que Francine, la criada francesa, se pusiera en movimiento, y la ayudó a empacar una maleta de viaje con pertenencias, y prácticamente arrastró a Bella escaleras abajo hasta fuera del hotel sin que pudiera ofrecer la menor resistencia.

–Está todo arreglado –le aseguró Lotta–. Herbert tuvo una buena conversación con Lady Ducayne anoche, y se acordó que te marcharías esta mañana. No le gustan las inválidas, ya sabes.
–No –suspiró Bella–, no le gustan las inválidas. Ha sido muy des¬afortunado que yo me enfermara exactamente igual que la Señorita Tomson y la Señorita Blandy.
–En todo caso, no estás muerta como ellas –contestó Lotta– y mi hermano dice que no te vas a morir.

A Bella le parecía algo bastante feo ser despedida de un modo tan abrupto, sin una palabra de adiós de su empleadora.

–Me da curiosidad saber qué dirá la Señorita Torpinter cuando vaya a verla por otra ubicación –especuló Bella, con pesar, mientras desayunaba con sus amigos a bordo del vapor.
–Quizá nunca más quiera otra ubicación –dijo Stafford.
–¿Insinúa que ya nunca volveré a estar bien para ser útil a alguien?
–No, no digo nada por el estilo.

Después de cenar en Várese, luego de que Bella fuera persuadida de tomar una copa entera de vino, y se sintiera bastante animada por obra de ese desacostumbrado estimulante, el Señor Stafford extrajo una carta de su bolsillo.

–Olvidé entregarle la carta de despedida de Lady Ducayne –dijo.
–¿Qué? ¿Me ha escrito? ¡Me pone tan contenta! Odiaba dejarla de manera tan fría; después de todo, fue muy amable conmigo, y si no me gustaba sólo se debía a que era horriblemente vieja.

Abrió precipitadamente el sobre. La carta era breve y directa:

“Adiós, niña. Ve y cásate con tu doctor. Adjunto un regalo de despedida para tu ajuar”
-ADELINE DUCAYNE

–Cien libras, el salario de un año entero... No, pero si es... ¡un che¬que por mil libras! –exclamó Bella–. ¡Qué alma más generosa! Es realmente una vieja adorable.
–Extrañará estar cerca de ti, Bella –dijo Staffbrd.

Se había animado a tutearla y llamarla por su nombre de pila estando a bordo del barco. Le parecía natural ahora que estuviese a su careo hasta que los tres se hallaran de regreso en Inglaterra.

–Asumiré los privilegios de un hermano mayor hasta que desembarquemos en Dover –dijo–; después, será como tú quieras.

La cuestión de sus futuras relaciones tiene que haber sido arreglada satisfactoriamente antes de que cruzaran el canal, pues la siguiente carta de Bella a su madre comunicaba tres hechos primordiales. Primero, que el cheque adjunto por £ 1.000 iba a ser endosado y depositado en una cuenta a nombre de la Señora Rolleston y de su exclusiva propiedad para que fuera su capital y fuente de ingreso durante el resto de su vida. Luego, que Bella regresaba a Walworth de inmediato. Y por último, que iba a casarse con el Señor Herber Stafford el próxi¬mo otoño.

“Y estoy segura de lo que vas a adorar, mamá, tanto como lo amo yo”, escribió Bella.

“Todo es obra de Lady Ducayne. Nunca habría decidido casarme sin asegurarme ese pequeño ahorro para ti. Herbert dice que será capaz de aumentarlo a medida que pasen los años, y dondequiera que vivamos habrá siempre una habitación en nuestra casa para ti. La palabra ‘suegra’ no le produce terror.”