jueves, 29 de marzo de 2018

Vivirnos. Rogelio Guedea.

La quiero porque tiene una orquídea
     en los ojos tristes
porque se levanta ausente de mí
y me recuerda
y yo me ayunto a su piel y la acaricio

me toco en la guitarra su canción
esa canción que hacía que ella por ella misma
     caminara
sin necesitarme
sin pedirme una mano
sin mis ojos

ahora no puede respirar si del aire de mi aire
     no le doy
si mis latidos no laten

ella no puede hacerse a la comida ya sin mí
no sale a la calle sin decir gordito ahorita vengo
voy por las tortillas
no me tardo

me espera con la luz encendida debajo de las sábanas
y cuando llego vuela de un aire a otro aire
brilla en la oscuridad como luciérnaga
se adelgaza y se agranda como un resorte vivo

la quiero porque a veces pienso que soy yo mismo
y a veces   cuando va de visita con amigas
o la saluda aquel muchacho que la quiere aún
     o todavía
     lo mismo da
yo me descarno    me rasguño    me deshueso

y eso que pienso a veces
eso de que yo soy ella y ella yo conmigo
lo confirmo.

Un canto sin orillas. Rogelio Guedea.

poema que va naciendo con la luz del pájaro, esta mañana,
aquí, en el
compás de lo imprevisible/
escritura que no conspira contra nadie
y hasta en ello se equivoca/
¿se equivocan acaso los que aman?
¿también los que no aman se equivocan?
si ha dicho luz, ha dicho pájaro: esta mañana,
aquí/ pero mejor si ha dicho lo imposible: el agua fría del surtidor
que lo moja, el tierno verdor de tus ojos, una camisa de fuerza
lo imborrable,
¿lo ha dicho entonces? ¿se quedó en la mitad del éxtasis, con la mujer
montada en sus palabras, una noche?
si ha dicho pájaro, ha dicho luz:
y está cantando.

Testamento. Rogelio Guedea.

Debo confesar que la he visto desnuda
     dormir con la luz encendida
derrotada al fondo de la cama sucia
entre las colchas manchadas por pleitos anteriores

debo confesar que otras bocas han pronunciado
     sus más austeras cicatrices
y se han burlado conmigo de todas las lluvias
     que carga tan lloradas
y la han maltratado como a una perra sarnosa

debo confesar que también desnuda se levanta
     para ir al baño
y lee las cartas que le escribo cuando no estoy
Cuando de algún modo me ausento

y la he encontrado en otros labios que descubro
     por la calle
y la he besado en otros rostros ligeramente fríos

debo confesar que he salido a oscuras de su cuerpo
     a cazar otros cuerpos
y en esos cuerpos sin lamentos ella está
más profunda todavía   más cercana sin saberlo
como si esas voces que me llaman fueran distintas
     amarguras
como si esa carne extraña conociera ya
     el rumbo de mis manos.

Remanso. Rogelio Guedea.

Tus ojos claros me convencen
y me convences tú que estás en ellos
yo que soy tus ojos
y que miro un rayo de luz que hay en ti
de esa luz que alumbra un rincón
una mesa donde se aman amor y desamor
el punto exacto del encuentro no por azar
     sino por cita previa
a tales horas

esa tuya luz está precisa siempre para alumbrar
     adioses    bienvenidas
para decimos claramente que es ahí ahí donde hay
     que poner los ojos
     para no perder rumbo y distancias
     auras    horizontes

por eso yo tus ojos soy
y por ti no pierdo ni un detalle
ni un suceso
ni un encuentro bueno o malo    en fin
porque tus ojos claros me convencen
tus ojos que me alumbran para verme desde ti
     en qué amor ando
     en cuál dolor

Light house. Rogelio Guedea.

el poema que escribí ayer,
el escrito a ojos vistos de la noche,
su cuerpo de espaldas a tu cuerpo,
reposa (y ahí está) todavía
esperando andar/

nada anda (desde entonces) si tú no haces o señalas,
si no construyes
o derribas,
en tu altura/

hoy (es decir: jamás) descubrí su caracol en llamas,
su mapa de pájaros y espumas,
su círculo sin calles o vigilias:
herida o no, hay una carta,
por ejemplo/
una mesa intalterable,
otra verdad ligeramente en pie/

todo (y hasta tus manos, que no son) termina,
se hace viento
y recomienza.

La tierra donde crece. Rogelio Guedea.

Qué alegres las semanas y los días contigo
qué mar en calma eres cuando estoy
cuando acostados uno encima de otro me preguntas
     algo que he olvidado

o te recuestas como sabes
y arrancas las costritas de una nostalgia
o de una lluvia triste como todas las lluvias
     que hay en mí

qué alegre sabemos en una casa solos
en una ciudad
sin que el vecino se entere de que sufres
o gozas cortándome las uñas

y que tú y yo nos bañamos al amanecer
y hablamos de un cigarro
o de un botón
cuando alguien habla de la mujer
     que ha regresado

qué alegre todo esto de no saber quién soy
     sino por ti
de no saber si estoy contigo
     que ahora me miras
     para reconocerte

Diatriba. Rogelio Guedea.

Si los otros
los que llegan a deshoras
y se marchan

los que respiran   comen
y se acuestan

supieran que te quiero hasta la punta
     del mediodía
y que tú también me quieres
y nos queremos

no les dolería vemos tan cansados del amor
tan agobiados
en esas noches en que apagamos la luz
     para olvidamos un poco.

Ella es yo. Rogelio Guedea.

Porque te conozco
porque adivino a qué horas
en qué rincón

porque te descubro leyendo las cartas
     tristes que te envío
los besos al mayoreo
los regaños que firmas con tu nombre

porque entiendo que no gustas de lavar
     un calcetín
y no de salir en las mañanas a comprar
     para el almuerzo
     el pan de ausencia que habrá de consolarte

porque un botón de la camisa que me pongo
     a diario
de la única camisa de hombre bueno
     que me queda
te hace llorar hasta el fondo de mí
y me hiere

porque estás conmigo
y sé lo que tú eres
me conozco

Del silencio. Rogelio Guedea.

Mientras el cuerpo nos protege
     del desastre

y un turbión hace cauce en nuestras venas
y se nos cubren los ojos de raíces agrias

mi alma sabe que allá      del otro lado
en la esquina     o tienda     o consultorio
también tú te sufres en la oscuridad
con los brazos abiertos
                                                         para recibirme.

Debajo de su altura una gaviota. Rogelio Guedea.

no sabiendo,
y dado que vuelve con su ortiga arrodillada
en un ojo,
que allá,
tras esto o aquello (oficinas, candelabros,
british english),
lejano pero aquí naciente,
el mar:
y no sabiendo -ni mucho menos,
ahora que escucha
recostado en un hombro:
La traviata,
el son cubano,
su bolero inminente,
que todo va en su tránsito de ser
y recomienza,
pero siempre mismo,
el mar:

todo y mientras tanto,
dado que pájaro o espuma,
dado que cae de cielo en cielo,
de país en país,
convertido, a veces,
en silencio de la piedra,
(y ya es bastante),
o mujer: y suficiente,
el mar:
oído en estas horas sin ventana,
cierto como el pie bajo su escombro.

Bucólica. Rogelio Guedea.

Y anduve tu cuerpo tierno como el retoño
     del alba

a caballo lo anduve de un falsete
     a otro

de sol a lluvia
de arroyo a tarde a pie

como quien busca un cabrito perdido
como quien come pitayas ensangrentadas
     lo anduve

así
en esa noche en que alborotada te elevabas
     del maizal
como güilota al tronar de mi escopeta.

Asonancia V. Rogelio Guedea.

A diario en un cuerpo distinto apareces
a diario en la misma casa

y yo busco entre los nombres que tienes
     soledad    aurora    esperanza
y me meto en tu boca como en un agua
     siempre renovada

dices que eres la misma en la misma
     tarde clara
y yo sé que no porque de noche recuerdas
     mis ojos
y me tocas y me cantas

pero qué tengo que decirte yo amor
si tú lo sabes todo y sin embargo callas.