miércoles, 2 de mayo de 2018

El banquete de Navidad. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

—He intentado aquí captar un personaje que en el pasado se deslizó junto a mí ocasionalmente en mi camino por la vida —dijo Roderick abriendo unas hojas del manuscrito cuando estaba sentado con Rosina y el escultor en el cenador—. Como sabéis, mi anterior y triste experiencia me ha dado un cierto grado de percepción de los misterios oscuros del corazón humano, por los que he deambulado como un ser descarriado en una caverna oscura, con la antorcha parpadeando rápidamente hacia su extinción. Pero este hombre, esta clase de hombres, es un enigma sin esperanza.

—Bien, pero háblanos —dijo el escultor—. Para empezar, déjanos tener una idea de él.

—Bueno —contestó Roderick—. Es un ser que se puede concebir que lo esculpas en mármol, y que alguna perfección todavía no lograda de la ciencia humana le dote de un exquisito remedo de intelecto; pero todavía le seguirá faltando ese último e inestimable toque de un creador divino. Parece un hombre; y quizás un ejemplar de hombre mejor que los que vemos ordinariamente. Puedes estimar su sabiduría; puede ser cultivado y refinado, y al menos tiene una conciencia externa, pero precisamente no puede responder a las demandas que el espíritu hace al espíritu. Cuando consigues acercarte a él, lo encuentras frío e insustancial: un simple vapor.

—Creo tener una tenue idea de lo que quieres decir —intervino Rosina.

—Alégrate de ello —respondió el esposo sonriendo—. Pero no anticipes más lo que voy a leer. He imaginado aquí que ese hombre sea consciente de la insuficiencia de su organización espiritual, aunque probablemente nunca lo sería. Creo que la consecuencia sería una sensación de fría irrealidad que le haría recorrer el mundo estremeciéndose y deseando cambiar su carga de hielo por cualquier carga de pena auténtica que el destino pueda arrojar a un ser humano.

Contentándose con ese prefacio, Roderick empezó a leer. En el testamento y últimas voluntades de un cierto caballero anciano aparecía un legado que, como último pensamiento y acto, estaba singularmente de acuerdo con su larga vida de excentricidad melancólica. Dispuso una suma considerable para establecer un fondo cuyos intereses se gastarían, anualmente y para siempre, en la preparación de un banquete de Navidad para diez de las personas más miserables que pudieran encontrarse. No parece que el propósito del testador fuera alegrar a esa decena de corazones tristes, sino procurar que la expresión severa o cruel del descontento humano no se olvidara, ni siquiera en ese día santo y gozoso, en medio de las aclamaciones de gratitud festiva que produce la cristiandad entera.

Deseaba también perpetuar su protesta contra el curso terrenal de la providencia, y su disentimiento triste y amargo contra esos sistemas religiosos o filosóficos que o bien encuentran la luz del sol en el mundo o la hacen bajar del cielo. La tarea de convocar a los invitados, o de seleccionarlos entre quienes presentaran sus pretensiones a compartir esa triste hospitalidad, quedaba confiada a los dos fideicomisarios o administradores del fondo. Esos caballeros eran, como su amigo fallecido, humoristas sombríos que habían convertido en su ocupación principal numerar los hilos negros de la red de la vida humana, dejando sin contar todos los dorados. Ejecutaron su misión con integridad y juicio.

Es cierto que el aspecto del grupo reunido en el día de la primera fiesta no convencería a todo testigo de que aquellos eran especialmente los individuos elegidos de todo el mundo cuyas penas merecían sobresalir como indicativas de la masa del sufrimiento humano. Sin embargo, y tras la debida consideración, era indiscutible que se hallaba allí una variedad de incomodidades sin esperanza que, aunque surgen a veces de causas aparentemente inadecuadas, son la principal acusación contra la naturaleza y el mecanismo de la vida.

La disposición y decoración del banquete de Navidad trataba probablemente de simbolizar esa muerte en vida que había sido la definición de la existencia del testador. El salón, iluminado con antorchas, estaba decorado con cortinas de color morado oscuro y adornado con ramas de ciprés y guirnaldas de flores artificiales, imitando a las que suelen arrojarse sobre los muertos. Junto a cada plato había una ramita de perejil. La reserva principal de vino era una urna sepulcral de plata, desde la que se distribuía el licor por la mesa en pequeños vasos copiados exactamente de los que contenían las lágrimas de las antiguas plañideras. Tampoco olvidaron los administradores, si fue de ellos la idea de disponer esos detalles, la fantasía de los antiguos egipcios, que sentaban un esqueleto en cada mesa festiva, burlándose de su propia alegría con la sonrisa imperturbable de un cráneo. Ese temible invitado, envuelto en un manto negro, se hallaba sentado a la cabeza de la mesa.

Se contaba, aunque no sé si será verdad, que el propio testador había caminado por el mundo visible con la maquinaria de ese mismo esqueleto, y que era una de las estipulaciones de su testamento que se le permitiera sentarse así, de año en año, en el banquete de Navidad que él había instituido. Si es así quizás significara ocultamente que no abrigaba esperanza de bendición, más allá de la tumba, que compensara los males que había sentido o imaginado en este mundo. Y si en sus conjeturas confusas respecto al propósito de la existencia terrenal, los invitados al banquete apartaran el velo y lanzaran una mirada inquisitiva a esa figura de la muerte, como buscando allí la solución que no alcanzaban de otro modo, la única respuesta sería la mirada de las vacías cavernas de los ojos y la sonrisa de las mandíbulas de un esqueleto.

Tal fue la respuesta que el fallecido había creído recibir cuando pidió a la muerte que solucionara el enigma de su vida; y era su deseo repetirla cuando los invitados de su triste hospitalidad se sintieran perplejos con la misma cuestión.

—¿Qué significa esa guirnalda? —preguntaron varios miembros del grupo al ver la decoración de la mesa.

Aludían a una guirnalda de ciprés situada en la parte superior de un brazo del esqueleto, que sobresalía desde el manto negro.

—Es una corona —contestó uno de los administradores—. Pero no para el más digno, sino para el más desconsolado, cuando haya demostrado tener derecho a ella.

El primer invitado a la fiesta era un hombre de carácter amable que no tenía energía para luchar contra el abatimiento al que le inclinaba su temperamento; y por ello, aunque en el exterior nada le excusaba de la felicidad, había llevado una vida de tranquila miseria que hacía que su sangre circulara torpemente, que pesara sobre su aliento, y que se sentaba, como un pesado diablo nocturno, sobre cada latido de su sumiso corazón. Su desdicha parecía tan profunda como su naturaleza original, si es que no era idéntica a ella. La mala fortuna de un segundo invitado consistía en abrigar dentro de su pecho un corazón enfermo que había llegado a estar tan desdichadamente ulcerado que los roces continuos e inevitables del mundo, el golpe de un enemigo, la sacudida descuidada de un desconocido o incluso el contacto fiel y amoroso de un amigo formaban úlceras en él.

Como acostumbran a hacer las personas así afligidas, encontró su principal tarea en mostrar esas llagas miserables a cualquiera que aceptara el dolor de verlas. Un tercer invitado era un hipocondríaco cuya imaginación creaba necromancia en su mundo exterior e interior, le hacía ver rostros monstruosos en el fuego de la chimenea, dragones en las nubes del atardecer, diablos bajo el disfraz de mujeres hermosas, y algo feo o perverso bajo todas las superficies agradables de la naturaleza. Su vecino de mesa había confiado demasiado en la humanidad durante su juventud, había esperado demasiado de ella, y al encontrarse decepcionado se había sentido desesperadamente amargado. Durante varios años este misántropo se había dedicado a acumular motivos para odiar y despreciar a su raza —como el asesinato, la lascivia, traición, ingratitud, infidelidad de los amigos en quienes confiaba, los vicios instintivos de los niños, la impureza de las mujeres, la culpa oculta en hombres de aspecto santo—, en resumen todo tipo de realidades negras que intentaban adornarse con la gloria o la gracia exterior.

Pero con cada hecho atroz que se añadía a su catálogo, con cada aumento del conocimiento triste que empleaba la vida en coleccionar, los impulsos originales del corazón amoroso y confiado del pobre hombre le hacían gemir de angustia. Después entró en el salón, con su pesada frente inclinada hacia abajo, un hombre serio y exaltado que desde su primera infancia había tenido la conciencia de llevar un elevado mensaje al mundo; pero cuando intentaba transmitirlo no había encontrado ni voz ni forma de habla, ni tampoco oídos que le escucharan. Por tanto se había pasado toda la vida preguntándose con amargura a sí mismo: ¿Por qué los hombres no reconocen mi misión? ¿No seré un loco que se engaña a sí mismo? ¿Qué tarea tengo en la tierra? ¿Dónde está mi tumba?

Durante la fiesta bebió con frecuencia del vino de la urna sepulcral, esperando apagar así el fuego celestial que torturaba su pecho sin que beneficiara a su raza.

Después entró allí, rechazando un billete para un baile, un alegre galante de ayer que había encontrado cuatro o cinco arrugas en su frente y más cabellos grises de los que podía contar en la cabeza. Dotado de sentimiento y sensibilidad, había empleado sin embargo la juventud en la locura, pero había llegado finalmente a ese punto temible de la vida en el que la locura nos abandona por sí sola, dejándonos como única amiga la sabiduría, si podemos conseguirla. Así, frío y desolado, había venido a buscar la sabiduría en el banquete, y se preguntaba si no sería ésta el esqueleto. Para redondear el grupo, los administradores habían invitado a un afligido poeta que tenía el hospicio como hogar, y a un melancólico idiota de la calle.

Este último tenía el sentido suficiente para ser consciente de un vacío que el pobre, a lo largo de toda su vida, había tratado neblinosamente de llenar con inteligencia, recorriendo las calles arriba y abajo, y quejándose lamentablemente porque sus intentos no eran eficaces. La única dama del salón no había logrado la belleza absoluta y perfecta simplemente por el insignificante defecto de un ligero estrabismo en el ojo izquierdo. Pero esa mancha, aunque era tan diminuta, resultaba tan inoportuna, no para su vanidad, sino para el ideal puro de su alma, que se pasó la vida sola, ocultando su rostro incluso de su propia mirada. Así que el esqueleto permaneció sentado y envuelto en un extremo de la mesa, y esta pobre dama en el otro.

Nos queda por describir un invitado. Era un joven de frente despejada, hermosas mejillas y porte a la moda. Por lo que concernía a su aspecto exterior, habría encontrado un lugar mucho más conveniente en una alegre mesa de Navidad en lugar de contarse entre los invitados desafortunados, golpeados por el destino, torturados por el capricho o malhadados. Los murmullos aumentaron entre los invitados cuando observaron éstos la mirada de examen general que hizo el intruso a sus compañeros. ¿Qué tenía que ver él entre ellos? ¿Por qué el esqueleto del muerto fundador de la fiesta no doblaba sus ruidosas articulaciones, se levantaba y arrojaba de la mesa al desconocido?

—¡Vergonzoso! —exclamó el hombre morboso al tiempo que una nueva úlcera se abría en su corazón—. Viene a burlarse de nosotros: ¡seremos la burla de sus amigos de taberna! ¡Convertirá en farsa nuestras miserias y las subirá al escenario!

—¡Oh, no te preocupes por él! —intervino el hipocondríaco sonriendo con amargura—. Festejará de esa sopera con sopa de víbora, y si hay sobre la mesa un fricassé de escorpiones, le rogaremos que tome su parte. En cuanto al postre, probará las manzanas de Sodoma. ¡Luego, si le gusta nuestra comida de Navidad, que vuelva el año próximo!

—No le inquietéis —murmuró con amabilidad el hombre melancólico—. ¿Qué importa si la conciencia de la miseria viene unos años antes o después? Si ese joven se considera feliz ahora, que se siente con nosotros por la desdicha que le acaecerá.

El pobre idiota se acercó al joven con ese aspecto triste de interrogación vacía que llevaba continuamente en el rostro, y que hacía que la gente dijera que estaba siempre buscando su inteligencia perdida. Tras un examen no pequeño, tocó la mano del desconocido, pero inmediatamente la retiró, sacudió la cabeza y se estremeció.

—¡Frío, frío, frío! —murmuró el idiota.

El joven también se estremeció, y sonrió.

—Caballeros, y usted, señora —dijo uno de los administradores de la fiesta no piensen tan mal de nuestras precauciones o juicio imaginando que hemos admitido a este joven desconocido, llamado Gervayse Hastings, sin una completa investigación y un examen total de sus pretensiones. Confíen en mí, ningún invitado a esta mesa tiene más derecho a su asiento.

La garantía del administrador tuvo por fuerza que resultar satisfactoria. Por tanto los miembros del grupo tomaron asiento y se dedicaron al serio asunto del banquete de Navidad, aunque enseguida fueron inquietados por el hipocondríaco, quien echó hacia atrás la silla quejándose de que tenía ante él una fuente de sapos y víboras guisados, y que había agua verde de arroyo en su copa de vino. Enmendado ese error, volvió a ocupar su asiento. El vino, que fluía libremente de la urna sepulcral, parecía esta imbuido de todas las inspiraciones tristes; por eso su influencia no fue la de alegrar, sino más bien hundir a los soñadores en una melancolía más profunda o elevar su espíritu hasta un entusiasmo de desdicha. La conversación era variada. Contaron historias tristes acerca de personas que podrían haber merecido ser invitadas a una fiesta como aquella.

Hablaron de incidentes horripilantes de la historia humana; de crímenes extraños que, si se consideraban verdaderamente, no eran sino convulsiones agónicas; de algunas vidas que habían sido totalmente desdichadas, y de otras que, aunque en general presentaban una semejanza de felicidad, sin embargo se habían visto deformadas antes o después por el infortunio, como la aparición de un rostro macabro en un banquete; o de escenas en el lecho de muerte, y de las oscuras sugerencias que podían extraerse de las palabras de los moribundos; del suicidio, y de si la manera mejor sería con soga, cuchillo, veneno, ahogándose, muriendo de hambre poco a poco o con el humo del carbón. Casi todos los invitados, como suele suceder con las personas cuyo corazón está profundamente enfermo, deseaban aportar sus propios infortunios como tema de discusión, y mostrar su alto grado de angustia.

El misántropo profundizó en la filosofía del mal y deambuló por la oscuridad mostrando de vez en cuando un brillo de luz descolorida suspendida sobre formas fantasmales y un escenario horrible. Sacó a relucir muchos temas miserables de esos que encuentran los hombres de tiempo en tiempo, y se recreaba en ellos considerándolos una gema inestimable, un diamante, un tesoro muy preferible a la revelación brillante y espiritual de un mundo mejor, que son como las piedras preciosas del pavimento del cielo. Y luego, en mitad de explayarse sobre el infortunio, ocultó el rostro y lloró.

Fue una fiesta en la que el calamitoso hombre de Uz hubiera podido ser un invitado adecuado, junto con todos aquellos que, en las épocas sucesivas, han probado las más amargas profundidades de la vida. Y debe decirse también que todo hijo o hija de mujer, por muy favorecido que haya sido por la feliz fortuna, podría reclamar en un momento u otro de tristeza el privilegio de un corazón roto a sentarse en esta mesa. Pero se observó que durante toda la fiesta el joven extranjero, Gervayse Hastings, fracasaba en sus intentos de captar el espíritu que lo envolvía todo. Ante cualquier pensamiento potente y profundo que era expresado, y que por así decirlo era arrancado de los escondrijos más tristes de la conciencia humana, él parecía perplejo y confuso; todavía más que el pobre idiota, que parecía captar esas cosas con su corazón ansioso, y así, ocasionalmente, las entendía.

La conversación del joven era de un tipo más frío y ligero, a menudo brillante, pero carente de las poderosas características de una naturaleza que se había desarrollado mediante el sufrimiento.

—Señor, le ruego que no vuelva a dirigirse de nuevo a mí —dijo el misántropo audazmente como respuesta a una observación de Gervayse Hastings—. Nuestras mentes no tienen nada en común. No puedo imaginar el derecho que tenga usted a presentarse en este banquete; pero creo que para un hombre capaz de decir lo que momento a los ojos y sacudieron la cabeza, negándole esa simpatía tácita, ese santo y seña que nunca puede falsificarse, de aquellos cuyos corazones son bocas de caverna por las que descienden a una región de dolor ilimitado y reconocen a quienes deambulan también por allí.

—¿Quién es este joven? —preguntó el hombre que llevaba una mancha de sangre en su conciencia—. ¡Seguramente no ha descendido nunca a las profundidades! Conozco todas las apariencias de aquellos que han cruzado el valle oscuro. ¿Con qué derecho se encuentra entre nosotros?

—Ay, es un pecado muy grande venir aquí sin una pena —murmuró la anciana con un acento que compartía el temblor eterno que invadía su ser entero ¡Márchese, joven! Su alma no se ha visto nunca conmovida, y eso hace que tiemble mucho más sólo de verle a usted.

—¿Conmovida su alma? No, puedo dar fe de ello —dijo el rubicundo señor Smith presionando su corazón con una mano y comportándose tan melancólicamente como era capaz, por miedo a una explosión fatal de risa—. Conozco bien al muchacho; tiene tan buenas perspectivas como cualquier joven de la ciudad, y no tiene más derecho a estar entre nosotros, criaturas miserables, que el hijo que no ha nacido. ¡Nunca ha sido desgraciado, y probablemente nunca lo será!

—Rogamos a nuestros honrados invitados que tengan paciencia y crean, al menos, que nuestra veneración profunda hacia lo sagrado de esta solemnidad impediría que la violáramos con conciencia de ello. Reciban a este joven en su mesa. No sería excesivo decir que ninguno de los invitados que hay aquí cambiaría su corazón por el que late dentro de ese pecho juvenil.

—Diría que es un mal pacto —murmuró el señor Smith con una confusa mezcla de tristeza y de alegría oculta—. ¡Un absurdo disparate! Mi propio corazón es el único realmente desgraciado que hay en el grupo. ¡Seguro que acabará provocándome la muerte!

Sin embargo, como en la ocasión anterior, el juicio de los administradores no tenía apelación, por lo que el grupo se sentó. El invitado detestado no hizo ningún nuevo intento de entrometerse con su conversación en la de los demás, pero parecía escuchar la conversación de la mesa con peculiar asiduidad, como si algún secreto inestimable que no pudiera alcanzar de otro modo tuviera posibilidad de que se transmitiera en una palabra casual. Y en verdad, para aquellos que eran capaces de entenderla y valorarla había una rica materia en las expresiones de esas almas iniciadas, para quienes la pena había sido un talismán que les había dado acceso a una profundidad espiritual que no podía abrirse con ningún otro encantamiento.

A veces, en medio de la tenebrosidad más densa destellaba una irradiación momentánea, pura como el cristal, brillante como la llama de las estrellas, iluminando de tal manera los misterios de la vida que los invitados exclamaban: ¡Seguramente el enigma está a punto de ser solucionado!

En esos intervalos de iluminación los más tristes sentían que se había revelado que las penas mortales no son sino sombras externas; no más que las ropas negras que voluminosamente envuelven una verdadera realidad divina, indicando así lo que de otra manera sería totalmente invisible para el ojo mortal.

—Precisamente ahora me pareció ver más allá del exterior —observó la anciana temblorosa—. ¡Y en ese momento desapareció mi temblor eterno!

—¡Ojalá pudiera habitar siempre en esos destellos momentáneos de la luz! —dijo el hombre de la conciencia sobrecogida—. Entonces se limpiaría la mancha de sangre de mi corazón.

Esa conversación le parecía tan ininteligiblemente absurda al bueno del señor Smith que inició precisamente ese ataque de risa contra el que le habían advertido sus médicos, pues probablemente sería fatal al instante. Y en efecto, cayó hacia atrás sobre su silla como un cadáver, con una amplia sonrisa en el rostro, mientras quizás su fantasma permanecía a su lado asombrado por esa salida sin premeditación. Esa catástrofe acabó, lógicamente, con la fiesta.

—¿Cómo es esto? ¿No tiembla usted? —preguntó la trémula anciana a Gervayse Hastings, que miraba al muerto con singular intensidad—. ¿No es horrible verle desaparecer tan repentinamente en medio de la vida, a este hombre de carne y sangre, cuya naturaleza terrenal era tan cálida y poderosa? ¡En mi alma hay un temblor que nunca cesa, pero que se fortalece con esto! ¡Y usted está tan tranquilo!

—¡Ojalá eso pudiera enseñarme algo! —dijo Gervayse Hastings lanzando un largo suspiro—. Los hombres pasan ante mí como sombras en la pared; sus actos, pasiones y sentimientos son parpadeos de la luz, y luego desaparecen. Ni el cadáver, ni ese esqueleto, ni el temblor permanente de esta anciana pueden darme lo que busco.

Y entonces el grupo se deshizo.

No podemos detenernos a narrar con detalle más circunstancias de estas singulares fiestas, que de acuerdo con la voluntad de su fundador siguieron celebrándose con la regularidad de una institución establecida. Con el tiempo los administradores adoptaron la costumbre de invitar de vez en cuando a aquellos individuos cuyo infortunio era superior al de los otros hombres, y cuyo desarrollo mental y moral podría suponerse por tanto que poseía un interés correspondiente. El noble exilado de la Revolución Francesa y el soldado roto del Imperio estuvieron representados en la mesa. Monarcas caídos que vagaban por la tierra encontraron su puesto en esa fiesta miserable y triste.

Los políticos, cuando su partido les abandonaba, podían, si querían, ser de nuevo grandes durante un banquete. El nombre de Aaron Burr apareció en los registros en un período en el que su ruina —la más profunda y sorprendente, con más circunstancias morales que en la de casi cualquier otro hombre—era completa en su vejez. Stephen Girard, cuando su riqueza pesaba sobre él como una montaña, solicitó ser admitido por su propia voluntad. Sin embargo no es probable que estos hombres tuvieran ninguna lección que enseñar en cuanto al descontento y la miseria que no hubiera podido ser igual de bien estudiada en las posiciones más comunes de la vida. Los desafortunados„ ilustres atraen una mayor simpatía no porque sus penas sean más intensas, sino porque, al encontrarse sobre pedestales elevados, sirven mejor a la humanidad como ejemplo por antonomasia de la calamidad.

Concierne nuestro propósito actual decir que en cada fiesta sucesiva estuvo presente Gervayse Hastings, y que gradualmente la belleza suave de su juventud fue convirtiéndose en la gentileza de la madurez y en la impresionante dignidad desgastada de la vejez. Fue el único que invariablemente estuvo presente. Pero en todas las ocasiones hubo murmullos, tanto de los que conocían su carácter y posición como de aquellos cuyo corazón se apartaba negando la camaradería de su fraternidad mística.

—¿Quién es ese hombre imperturbable? —preguntaron cien veces—. ¿Ha sufrido? ¿Ha pecado? No hay en él rastro de ninguna de esas cosas. Entonces, ¿por qué está aquí?

—Preguntadle a los administradores, o a él mismo —era siempre la respuesta— Aquí en nuestra ciudad le conocemos bien y no sabemos de él otra cosa sino que es afortunado y estimable. Y sin embargo aquí viene año tras año, a este triste banquete, y se sienta entre los invitados como una estatua de mármol. Preguntad a ese esqueleto; quizás él pueda solucionar el enigma.

En realidad era sorprendente. La vida de Gervayse Hastings no era simplemente próspera, sino brillante. Todo le había ido bien. Era rico, mucho más que los gastos que necesitaban la costumbre de la magnificencia: un gusto de rara prudencia y cultivo, el amor por los viajes, el instinto del estudioso por coleccionar una biblioteca espléndida, y además lo que parecía una gran liberalidad para los afligidos. Había buscado la felicidad y no en vano, si es que pueden asegurarla una esposa atractiva y tierna y unos hijos prometedores. Había ascendido además por encima del límite que separa lo oscuro de lo distinguido, y se había ganado una reputación inmaculada en asuntos de la mayor importancia pública.

No es que fuera un personaje popular o tuviera en su interior los atributos misteriosos que son esenciales para ese éxito. Para el público era una abstracción fría, desprovista totalmente de esos ricos matices de la personalidad, esa calidez viva y la facultad peculiar de estampar la impresión del propio corazón en una multitud de corazones que permite a la gente reconocer a sus favoritos. Y hay que reconocer que cuando sus amigos más cercanos habían hecho todo lo posible para conocerle bien y amarle, se sorprendían al descubrir en qué poco tenía él ese afecto. Le aprobaban y le admiraban, pero en esos momentos en los que el espíritu humano más ansía la realidad, se apartaban de Gervayse Hastings porque era incapaz de darles lo que buscaban. Era ese sentimiento de pesar receloso con el que retiramos la mano tras haberla extendido, en un crepúsculo engañoso, para coger la mano de una sombra en la pared.

Cuando decayó el ardor superficial de la juventud se volvió más perceptible ese peculiar efecto del carácter de Gervayse Hastings. Cuando extendía los brazos hacia sus hijos, éstos acudían fríamente a sus rodillas, y nunca se subían a ellas por propia voluntad. Su esposa lloraba en secreto y se consideraba casi una criminal porque se estremecía ante la frialdad de su pecho. Incluso él a veces parecía no ser inconsciente de la frialdad de su atmósfera moral, y deseaba, si hubiera sido posible, calentarse en un fuego amigable. Pero la edad siguió avanzando y entumeciéndole más y más.

Cuando empezó a reunirse la escarcha a su alrededor, su esposa se fue a la tumba, donde sin duda encontró más calor; sus hijos o murieron o se esparcieron por distintos hogares de su propiedad; y el anciano Gervayse Hastings, sin ser atacado por la pena, solitario pero sin necesitar compañía, prosiguió su andadura por la vida y siguió asistiendo todas las Navidades al triste banquete. Su privilegio como invitado estaba sancionado ya por la costumbre. Si hubiera reivindicado la cabecera de la mesa, hasta el esqueleto se habría levantado de su asiento.

Finalmente, en el apogeo de la alegre Navidad, cuando había completado ya ochenta años, este anciano pálido, de frente alta y rasgos de mármol volvió a entrar en el salón que tanto tiempo había frecuentado con el mismo aspecto imperturbable que tantas observaciones desagradables había provocado la primera vez que acudió. Salvo en asuntos meramente externos, el tiempo no había hecho nada por él, ni para bien ni para mal. Al ocupar su sitio lanzó una mirada tranquila e inquisitiva alrededor de la mesa, como para averiguar si había aparecido ya, tras tantos banquetes fracasados, un invitado que pudiera enseñarle el misterio, el secreto cálido y profundo, la vida dentro de la vida que, tanto si se manifiesta en la alegría como en la pena, es lo que da sustancia a un mundo de sombras.

—¡Amigos míos, sed bienvenidos! —dijo Gervayse Hastings asumiendo una posición que dado su largo conocimiento de la fiesta parecía natural—. Bebo por todos vosotros en esta copa de vino sepulcral.

Los invitados contestaron con cortesía, aunque de una manera que seguía demostrando que no eran capaces de recibir al anciano como miembro de su triste fraternidad. Quizás sea conveniente dar al lector una idea del grupo presente en ese banquete de Navidad. Uno había sido un clérigo que abordó con entusiasmo su profesión, aparentemente de la dinastía auténtica de esos viejos teólogos puritanos cuya fe en su vocación, que ejercían rígidamente, les había situado entre los más poderosos de la tierra. Pero cediendo a la tendencia especulativa de la edad se había apartado de los fundamentos firmes de una fe antigua y deambulaba en una región nublada en la que todo era neblinoso y engañoso, se burlaba de él con una semejanza de realidad, pero se disolvía cuando trataba de encontrar un punto de apoyo y descanso.

Su instinto y su formación temprana exigían algo firme; pero al mirar hacia adelante contemplaba vapores apilados sobre vapores, y tras él un vacío impenetrable entre el hombre de ayer y el de hoy, vacío sobre cuyas fronteras iba de aquí para allá, a veces retorciéndose las manos por la agonía, y a menudo convirtiendo su propia desdicha en tema de una alegría burlona. Con seguridad se trataba de un hombre desgraciado. Venía después un teórico —un miembro de una tribu numerosa, aunque él se considerara único desde el inicio de la creación—; un teórico que había concebido un plan que permitiría hacer desaparecer toda la desdicha de la tierra, tanto moral como física, obteniéndose de inmediato la bendición del milenio. Pero, apartado de la acción por la incredulidad de la humanidad, fue atacado por tanta pena como si toda esa aflicción cuya oportunidad de remediar le habían negado se hubiera amontonado en su propio pecho.

Un anciano vestido de negro atrajo la atención del grupo porque suponían que no era otro que el Padre Miller, quien por lo visto había cedido a la desesperación ante el tedioso retraso de la conflagración final. Había también un hombre que se distinguía por su obstinación y orgullo, que poco tiempo antes poseía inmensas riquezas y poseía el control de vastos intereses económicos que manejaba con el mismo espíritu con el que un monarca despótico manejaría el poder de su imperios, emprendiendo una tremenda guerra moral cuyo estruendo y temblor se dejó sentir en todos los hogares de la tierra.

Sufrió al final una ruina aplastante —una pérdida total de la fortuna, el poder y el carácter—, cuyo efecto sobre su naturaleza imperiosa, y en muchos aspectos noble y elevada, le daba derecho a un lugar no sólo en nuestra fiesta, sino incluso entre sus iguales del Pandemónium.

Había un filántropo moderno que había llegado a ser tan sensible a las calamidades de miles y millones de prójimos, y a la impracticabilidad de cualquier medida general de alivio, que no tenía corazón para hacer la pequeña parte de bien que estaba en su mano, y se contentaba con sentirse desgraciado por simpatía. Cerca de él se sentaba un caballero que se hallaba en una difícil situación que hasta ese momento carecía de precedentes, pero que en la época presente proporcionaría probablemente numerosos ejemplos. Desde que tuvo capacidad para leer un periódico esa persona se enorgullecía de haberse adherido coherentemente a un partido político, pero en la confusión de esos últimos tiempos se había sentido perplejo y no sabía cuál era su partido.

Esa infeliz condición, tan moralmente desoladora y descorazonadora para un hombre que llevaba mucho tiempo habituado a fundir su individualidad con la masa de un gran cuerpo, sólo podía ser concebida por quienes la habían experimentado. El compañero de al lado era un popular orador que había perdido la voz, y era tan grande la pérdida que ello conllevaba que había caído en un estado de melancolía sin esperanza. La mesa estaba adornada por dos miembros del sexo débil: una costurera tísica y medio muerta de hambre, que representaba a otras miles de infelices iguales; y la otra una mujer de energías sin utilizar que se encontraba en el mundo sin nada que lograr, nada que disfrutar y ni siquiera nada que sufrir. Ello le había conducido al borde de la locura por sus pensamientos oscuros acerca de los errores de su propio sexo, con la exclusión de un campo de acción adecuado.

Completada así la lista de huéspedes, se había dispuesto una mesa auxiliar para tres o cuatro buscadores de trabajo decepcionados, con el corazón mortalmente enfermo, a quienes los administradores habían admitido en parte porque sus calamidades les daban realmente derecho a entrar allí, y en parte porque tenían una necesidad especial de una buena cena. Había también un perro sin dueño con la cola entre las patas, lamiendo las migajas y royendo los fragmentos del festín: un melancólico perro callejero de ésos que vemos a veces por las calles sin un dueño, deseando seguir al primero que acepte sus servicios.

A su manera, era un grupo de personas tan infeliz como nunca se había reunido en la fiesta. Se sentaron con el esqueleto tapado del fundador elevando la corona de ciprés en un extremo de la mesa, y en la otra, envuelta en pieles, la figura marchita de Gervayse Hastings, majestuoso, tranquilo y frío, produciendo en el grupo respeto, pero tan poca simpatía en los demás que podría haberse desvanecido en el aire sin que ninguno de ellos exclamara: ¿Adónde ha ido?

—Señor —dijo el filántropo dirigiéndose al anciano—. Ha sido durante mucho tiempo invitado de esta fiesta anual, y por ello está versado en tantas variedades de la aflicción humana que no es improbable cine hava extraído de ellas grandes e importantes lecciones. ¡Su destino quedaría bendecido si revelara un secreto mediante el cual pudiera eliminarse esta masa de aflicción!

—Sólo conozco un infortunio, y es el mío —contestó tranquilamente Gervayse Hastings.

—¡El suyo! —intervino el filántropo—. Y examinando su vida serena y próspera, ¿cómo puede pretender ser el único infortunado de la raza humana?

—No lo entendería —contestó Gervayse Hastings débilmente, con una singular ineficacia en la pronunciación, y confundiendo a veces una palabra por otra— Nadie lo ha entendido, ni siquiera los que han experimentado lo mismo. Es una frialdad, una ausencia de fervor, la sensación de que mi corazón fuera algo vaporoso... ¡una asoladora percepción de la irrealidad! Por ello, aunque parece que poseo lo que todos los demás hombres tienen, o lo que todos los demás hombres pretenden, en realidad no he poseído nada, ni alegrías ni penas. Todas las cosas y todas las personas —tal como se ha dicho realmente de mí en esta mesa desde hace muchísimo tiempo— han sido como sombras que parpadean en la pared. Así sucedió con mi esposa y mis hijos, con aquellos que parecían mis amigos: así sucede ahora con ustedes, a quienes veo delante de mí. Tampoco tengo yo una existencia real, sino que soy una sombra como los demás.

—¿Y qué sucede con su visión de una vida futura? —inquirió el curioso clérigo.

—Es peor que para usted —dijo el anciano con un tono débil y hueco—. Pues no puedo concebirla con la suficiente seriedad como para sentir esperanza o miedo. ¡Mía, mía es la desdicha! ¡Este corazón frío, esta vida irreal! ¡Ay, y se está volviendo más fría todavía!

Sucedió que en ese momento cedieron los ligamentos corrompidos del esqueleto, y los huesos secos cayeron juntos en un montón haciendo que cayera sobre la mesa la polvorienta guirnalda de ciprés. Al apartarse por un solo instante la atención del grupo de Gervayse Hastings, al volverse hacia él vieron que el anciano había sufrido un cambio. Su sombra había dejado de parpadear en la pared.

—Y bien, Rosina, ¿cuál es tu opinión? —preguntó Roderick mientras enrollaba el manuscrito.

—Sinceramente tu éxito no es en absoluto completo —contestó ella—. Es cierto que me he hecho una idea del personaje que pretendes describir; pero ha sido más por mi propio pensamiento que por tu manera de expresarlo.

—Eso es inevitable —comentó el escultor—, porque las características son todas negativas. Si Gervayse Hastings hubiera sentido una pena humana en el triste banquete, la tarea de describirlo habría resultado infinitamente más sencilla. Con respecto a esas personas —y de vez en cuando nos encontramos con esos monstruos morales— es difícil concebir cómo pueden existir aquí, o qué hay en ellos que sea capaz de una existencia posterior. Parecen estar fuera de todo; y nada fatiga más el alma que el intento de comprenderlas.

El asesino. Guy de Maupassant (1850-1893)

El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así:

-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.

Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso. Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha. No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se es respetuoso. El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos muy bien cómo ocurre todo, cómo todo se da, cómo todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene, como el asesino sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.

Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal, como este hombre. Déjenme contarles su vida.

Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas distinciones. Creció, pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro. Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar a él.

Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días. Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad. Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de todos.

Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas. Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón metódico. Sólo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido. Entonces, señores, ocurrió algo muy natural. Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.

Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra. La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cuál sería la mejor forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.

A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.

Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada. Por juego natural de la astucia femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su despacho. Digo "con todos". Tenemos cartas, señores. Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo, ignoraba. Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.

Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle impelido por su indignación paternal. Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la instrucción:

"Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.

Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme de sus servicios. Él permanecía de pie delante de mí, azorado, sin comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad. Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.

Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción. Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara. Se quedó de pie algunos segundos, mirándome con ojos huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mí con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir ningún dolor."

He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.

Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.

El barón de Grogzwig. Charles Dickens (1812-1870)

El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa. Tengo entendido que uno de los antepasados del barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un caballero que llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un hombre amable, se sintió despues tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil, que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a cuenta.

El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede esperarse que tuviera antes que él tantos parientes como un hombre que haya nacido ahora. Éste último, quienquiera que sea -y por lo que nosotros sabemos lo mismo podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar-, tendrá un linaje más largo que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.

¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de caza colgado del hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su cuerno, otros veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde de Lincoln un poco más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más gruesas, se presentaban directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigotes.

Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de Grogzwig.

Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta diariamente ante la misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días, después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.

Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod o Gillingwi ter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su mesa contemplando con aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino, pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.

-¡Lo haré! -gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y retorciéndose el mostacho con la izquierda-. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
-Me refiero a la dama de Grogzwig -repitió el barón mirando la mesa a su alrededor.
-¡Por la dama de Grogzwig! -gritaron los verdes de Lincoln, y por sus veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.
-La hermosa hija del barón Von Swillenhausen -añadió KoMwethout, condescendiendo a explicarse-. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.

Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!

Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero madrugador llevó o la mañana siguiente la petición de Von Kodldwethout, y se retiró modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su hija entre sus brazos e hizo un guiño de alegría.

Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.

Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos. Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. -Querido mío -dijo la baronesa. -Mi amor -le respondió el barón. -Esos hombres toscos y ruidosos...

-¿Cuáles, señora? -preguntó el barón sorprendido.

Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.

-Son mi grupo de caza, señora -le informó el barón.
-Licéncialos, amor-murmuró la baronesa.
-¡Licenciarlos! -gritó el barón con asombro.
-Para complacerme, amor -contestó la baronesa.
-Para complacer al diablo, señora -respondió el barón.

Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.

¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se marcharan... aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello, pues si la conociera lo habría podido describir delicadamente.

No me corresponde a mí decir mediante qu¿ medios, o qué grados, algunas esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa von Koéldwethout adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en resumen, no le quedaba nada que le gustara o que hubiera solido tener; y así, aunque fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.

Y no acaban aquí todos los infortunios del barón. Aproximadamente un año después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija. Y si el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón de Grogzwig.

El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción. Pero todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su melancolía y su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.

-No veo qué se puede hacer -dijo el barón-. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario que tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos llaman «una oferta».
-¡Bueno! -exclamó el barón al tiempo que detenía la mano-. Quizá no esté lo bastante afilado.

El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en un salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las ventanas para impedir que se lanzaran al foso.

-Si hubiera sido soltero -dijo el barón suspirando-, podría haberlo hecho más de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.

Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy cómodo.

-Deja la lámpara-ordenó el barón.
-¿Alguna otra cosa, mi señor? -preguntó la criada. -Soledad -contestó el barón.
La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
-Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo -dijo el barón.

El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas delante del fuego y se desinfló. Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados, cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de dos, que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no estaba solo.

No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente, estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd. También llevaba las piernas cubiertas por planchas de ataúd, a modo de armadura; y sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los restos de un paño mortuorio. No prestaba atención al barón, pues miraba fijamente el fuego.

-¡Hola! -exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para llamar su atención. -¡Hola! -replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero sólo los ojos, no el rostro-. ¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? -contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la voz hueca y la mirada carente de brillo del otro-. Soy yo el que debería hacer esa pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
-Por la puerta -contestó la figura. -¿Quién es? -preguntó el barón. -Un hombre -contestó la figura. -No le creo -dijo el barón.
-Pues no lo crea-contestó la figura. -Eso es lo que haré -replicó el barón.
La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en tono familiar dijo: -Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!
-Entonces ¿qué es? -preguntó el barón. -Un genio -contestó la figura.
-Pues no se parece mucho a ninguno -contestó burlonamente el barón.
-Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.

Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se tratara de un bastón de paseo.

-¿Está dispuesto ya para mí? -preguntó la figura fijando la mirada en el cuchillo de caza.
-No del todo. Primero he de terminar esta pipa. -Entonces aligere -exclamó la figura.
-Parece tener prisa-contestó el barón.
-Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.
-¿Bebe? -preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.
-Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración -replicó secamente la figura.
-¿Nunca con moderación?
-Jamás -contestó la figura con un estremecimiento-. Eso produce alegría.
El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa en acontecimientos como los que había, estado contemplando.
-No -contestó la figura en tono evasivo-. Pero estoy siempre presente.
-Para contemplar imparcialmente, supongo -dijo el barón.
-Exactamente -contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la punta-. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.
-¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? -exclamó el barón, realmente divertido-. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.
(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.)
-Le ruego que no vuelva a hacer eso -le reconvino la figura, que parecía muy asustada.
-¿Y por qué no? -preguntó el barón.
-Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace sentir bien.
Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura, animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.
-Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene demasiado dinero -comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.
-¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o tiene demasiado poco -contestó la aparición con petulancia.

No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.

-Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para quitarse de en medio por ello -dijo Von Koéldwethout.
-Salvo las arcas vacías -gritó el genio.
-Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo -añadió el barón.
-Las esposas regañonas -le reconvino el genio. -¡Ah! Se las puede hacer callar-contestó el barón. -Trece hijos -gritó el genio.
-Seguramente no todos saldrán malos -replicó el barón.

Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a risa.

-Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso -protestó el barón.
-Bueno, me alegra oír eso -respondió el genio con aspecto ceñudo-. Porque una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone enseguida este mundo terrible!
-No sé -dijo el barón jugueteando con el cuchillo-. Ciertamente que es terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de encontrarse especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de obtener alga mejor si abandonaba este mundo... -de pronto lanzó un grito y se incorporó-:nunca había pensado en esto.
-¡Concluya! -gritó la figura castañeteando los dientes.
-¡Fuera! -le contestó el barón-. Dejaré de meditar sobre las desgracias, pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona, hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.

Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta fuerza y alboroto que la habitación resonó. La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un aullido atemorizador y desapareció. Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar, inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo del barón de Grogzwig.

El artista de lo bello. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Un anciano, con su bella hija cogida del brazo, paseaba por la calle, y pasó de la oscuridad de la tarde nublada a la luz que caía sobre el pavimento desde el escaparate de una pequeña tienda. Era un escaparate proyectado hacia el exterior, y en el interior había colgados una variedad de relojes, de similor, de plata y uno o dos de oro, todos con la faz de espaldas a la calle, como si no deseara informar a los paseantes de la hora que era. Sentado dentro de la tienda, oblicuamente al escaparate, con su rostro pálido inclinado seriamente sobre un delicado mecanismo sobre el que caía el brillo concentrado de una pantalla, se veía a un hombre joven.

—¿Qué podrá estar haciendo Owen Warland? —murmuró el viejo Peter Hovenden, también él relojero, aunque jubilado, y antiguo maestro de ese joven cuya ocupación ahora le intrigaba—. ¿Qué estará haciendo ese hombre? Estos últimos seis meses siempre que he pasado junto a su tienda lo he visto igual de atareado que ahora. Con sus tonterías habituales, le quedaría un poco lejano el buscar el movimiento perpetuo; y sin embargo conozco lo suficiente la profesión como para estar seguro de que eso en lo que trabaja no forma parte de la maquinaria de un reloj.

—Padre —dijo Annie sin mostrar mucho interés en la cuestión—. Quizás Owen esté inventando un nuevo tipo de cronómetro. Estoy segura de que tiene suficiente ingenio para ello.

—¡Bah, niña! No tiene ingenio para inventar nada mejor que un muñeco articulado —respondió el padre, quien en anteriores ocasiones se había sentido muy vejado por el genio irregular de Owen Warland—. ¡Vaya peste de ingenio! Lo único que he sabido que ha hecho fue estropear la precisión de algunos de los mejores relojes de mi tienda. ¡El sol se saldría de su órbita y desarreglaría todo el curso del tiempo antes de que su ingenio, como dije antes, fuera capaz de captar algo más importante que un juguete!

—¡Calle, padre! ¡Le está oyendo! —susurró Annie presionando el brazo del anciano—. Sus oídos son tan delicados como sus sentimientos; y ya sabe usted lo fácilmente que se turban. Sigamos andando.

Peter Hovenden y su hija Annie siguieron caminando sin hablar más, hasta que se metieron en una calle secundaria de la ciudad y cruzaron la puerta abierta del taller de un herrero. Dentro se veía la forja, que ahora ardía e iluminaba el techo alto y oscuro, para luego limitar su brillo a una estrecha franja del suelo cubierto de carbón, según que el fuelle expulsara o inspirara el aire desde sus grandes pulmones de cuero. En los intervalos de brillantez era fácil distinguir los objetos de las esquinas más lejanas del taller, y las herraduras que colgaban en la pared; en la oscuridad momentánea, el fuego parecía brillar en medio de la vaguedad de un espacio abierto.

Moviéndose entre esa alternancia de brillo rojo y oscuridad apareció la figura del herrero, que merecía la pena ser visto bajo ese aspecto pintoresco de la luz y la sombra, cuando las llamas brillantes luchaban con la noche negra, como si cada una extrajera su fuerza de la otra. Inmediatamente sacó de entre los carbones una barra candente de hierro, la colocó sobre el yunque, elevó su poderoso brazo y enseguida se vio envuelto en miríadas de chispas que los golpes de su martillo esparcían por la oscuridad circundante.

—Esto sí que da gusto verlo —dijo el viejo relojero—. Sé bien lo que es trabajar con el oro; pero después de decirlo y hacerlo todo, a mí dame el que trabaja con hierro. Éste sí que trabaja sobre la realidad. ¿Qué te parece, Annie, hija?

—Por favor, padre, no hable tan fuerte —susurró Annie—. Robert Danforth va a oírle.

—¿Y qué si me oye? —contestó Peter Hovenden—. Te repito que es algo bueno y saludable depender de la fuerza y la realidad, y ganarse el pan con el brazo desnudo y fornido de un herrero. Un relojero confunde su cerebro con sus ruedas dentro de una rueda, o pierde la salud o la bendición de la vista, como me sucedió a mí, y se encuentra a una edad mediana, o un poco después, que ya no puede trabajar en su profesión y no vale para ninguna otra cosa, y sin embargo es demasiado pobre para vivir con comodidad. Por eso te lo repito, a mí dame el ganar el dinero principalmente con la fuerza. Y además, ¡cómo le quita el buen sentido a un hombre! ¿Has oído alguna vez que un herrero esté tan loco como ese Owen Warland?

—¡Bien dicho, tío Hovenden! —gritó Robert Danforth desde la forja, con una voz plena, profunda y alegre que produjo un eco en el techo—. ¿Y qué opina la señorita Annie de esa doctrina? Supongo que pensará que es un oficio mucho más de caballero remendar el reloj de una dama que forjar una herradura o hacer una parrilla.

Annie tiró de su padre hacia delante sin darle tiempo a responder. Pero volvamos al taller de Owen Warland y meditemos más en su historia y carácter de lo que estarían dispuestos a hacerlo Peter Hovenden, o probablemente su hija Annie, o el antiguo compañero de escuela de Owen, Robert Danforth. Desde que sus pequeños dedos pudieron coger una navaja, Owen había sobresalido por su delicado ingenio, que a veces le permitía hacer hermosas formas en madera, sobre todo figuras de flores y pájaros, y otras veces parecía apuntar a los misterios ocultos de los mecanismos. Pero lo hacía siempre buscando la armonía, jamás un mal remedo de lo útil. Nunca, como solía hacer la masa de artesanos escolares, construía pequeños molinos de viento en la esquina de un granero, o molinos de agua sobre el torrente más cercano.

Quienes descubrieron en el muchacho una peculiaridad que les hiciera pensar que merecía la pena observarle atentamente, a veces tenían motivos para suponer que estaba intentando imitar los bellos movimientos de la naturaleza tal como se ejemplifica en el vuelo de los pájaros o la actividad de los pequeños animales. De hecho parecía una nueva explotación del amor a lo hermoso, que podría haberle convertido en poeta, pintor o escultor, y que había refinado completamente toda tosquedad utilitaria, tal como le habría podido suceder en cualquiera de las bellas artes. Contemplaba con singular desagrado los procesos rígidos y regulares de la maquinaria ordinaria. En una ocasión en la que le llevaron a contemplar una máquina de vapor, creyendo que su comprensión intuitiva de los principios mecánicos se vería gratificada, se puso pálido y se mareó, como si le hubieran enseñado algo monstruoso y que no era natural.

Ese horror se debió en parte al tamaño y la energía terrible del trabajador de hierro; pues el carácter de la mente de Owen era microscópico, y tendía por naturaleza a lo diminuto de acuerdo con su estructura pequeña y con la maravillosa pequeñez y el delicado poder de sus dedos. Y no es que su sentido de la belleza disminuyera con ello hasta convertirse en un sentir de lo bonito. La idea de belleza no tenía relación con el tamaño, y podía desarrollarse igualmente en un espacio demasiado pequeño para que no fuera posible otra investigación que la microscópica, tanto como por el amplio margen que se mide por la distancia del arco iris. Pero en todo caso, esta minuciosidad característica de sus objetos y logros fue la causa de que la gente fuera más incapaz de apreciar el genio de Owen Warland. Los parientes del muchacho no vieron que se pudiera hacer nada mejor que contratarlo como aprendiz de un relojero, quizás no existiera nada mejor, esperando que su extraño ingenio pudiera ser así regulado y sirviera para fines útiles.

La opinión que tenía Peter Hovenden de su aprendiz ha sido ya expresada. No podía sacar nada del muchacho. Es cierto que la captación de los misterios profesionales por parte de Owen fue inconcebiblemente rápida; pero olvidaba totalmente, o despreciaba, el principal objetivo de la profesión de relojero, y se interesaba por la medición del tiempo tanto como si éste se hubiera fusionado con la eternidad. Sin embargo, mientras permaneció bajo la atención de su maestro, gracias a la falta de fuerza de Owen fue posible, mediante órdenes estrictas y una vigilancia estrecha, restringir dentro de unos límites su excentricidad creativa; pero cuando terminó el aprendizaje y se hizo cargo del pequeño taller que Peter Hovenden se vio obligado a abandonar por dificultades de la vista, la gente se dio cuenta de que Owen Warland no era una persona adecuada para conseguir que el ciego Padre Tiempo recorriera su curso diario.

Uno de sus proyectos más racionales fue el de conectar un funcionamiento musical con la maquinaria de sus relojes, de manera que todas las duras disonancias de la vida pudieran volverse armónicas, y cada momento pasajero cayera en el abismo del pasado dentro de doradas gotas armónicas. Si le confiaban para su reparación un reloj de familia —uno de esos relojes altos y antiguos que casi han llegado a convertirse en aliados de la naturaleza humana al haber medido la vida de muchas generaciones—, se disponía a arreglar una danza o profesión funeraria de figuras por delante de su faz venerable, representando doce horas alegres o melancólicas. Varias rarezas de este tipo destruyeron totalmente la fama del joven relojero para esa clase de personas serias y amantes de los hechos que sostienen la opinión de que el tiempo no es algo con lo que deba jugarse, puesto que lo consideran como el medio de avanzar y prosperar en este mundo o de preparase para el siguiente.

Su clientela disminuyó rápidamente; un infortunio, sin embargo, que probablemente Owen Warland consideró uno de sus mejores accidentes, pues cada vez estaba más y más absorbido por una ocupación secreta que exigía de toda su ciencia y destreza manual, dando asimismo pleno empleo a las tendencias características de su genio. En esa búsqueda había consumido ya muchos meses.

Después de que el viejo relojero y su hermosa hija le vieran desde la oscuridad de la calle, Owen Warland sintió una palpitación nerviosa que hizo que sus manos temblaran demasiado violentamente como para seguir con la delicada labor que estaba realizando entonces.

—¡Era la propia Annie! —murmuró—. Debería haberlo sabido por esta palpitación de mi corazón antes de escuchar la voz de su padre. ¡Ay, cómo palpita! Hoy apenas seré capaz de volver a trabajar en este mecanismo exquisito. ¡Annie! ¡Mi queridísima Annie! Deberías dar firmeza a mi corazón y mi mano, en lugar de agitarlos así; pues mi esfuerzo por dar forma al espíritu mismo de la belleza, y darle movimiento, es solamente por ti. ¡Ay, corazón palpitante, tranquilízate! Si mi trabajo se ve así reducido, tendré sueños vagos e insatisfechos que harán que mañana me levante sin espíritu.

Mientras se esforzaba por regresar a su tarea, se abrió la puerta del taller y entró por ella no otra que la figura fornida que Peter Hovenden se había detenido a admirar en mitad de la luz y la sombra de la herrería. Robert Danforth llevaba con él un pequeño yunque que él mismo había fabricado y construido de manera peculiar, y que el joven artista le había pedido recientemente. Owen examinó el artículo y dijo que estaba de acuerdo con lo que deseaba.

—Hombre, claro —contestó Robert Danforth con su potente voz, que llenaba el taller como lo haría el sonido de un violonchelo—. En mi profesión me considero igual que cualquiera; aunque mal me habría ido en la tuya con un puño como éste —añadió riendo mientras estrechaba con su enorme mano la mano delicada de Owen—. ¿Pero qué importa eso? Pongo más fuerza en un golpe de mi martillo que toda la que tú hayas gastado desde que eras aprendiz, ¿no te parece?

—Muy probablemente —respondió la tenue y baja voz de Owen—. La fuerza es un monstruo terrenal. Yo no la pretendo. Mi fuerza, sea la que sea, es totalmente espiritual.

—Muy bien, Owen, ¿pero en qué estás trabajando? —preguntó su viejo amigo del colegio, todavía en un tono tan potente que hizo que el artista se encogiera, sobre todo porque la cuestión se relacionaba con un tema tan sagrado como el absorbente sueño de su imaginación—. Dice la gente que estás intentando descubrir el movimiento continuo.

—¿El movimiento continuo? ¡Tonterías! —contestó Owen Warland con un gesto de desagrado, pues en él los pequeños malos humores eran frecuentes—. Nunca podrá descubrirse. Es un sueño que puede engañar al hombre cuyo cerebro esté preocupado por la materia, pero no a mí. Además, aunque ese descubrimiento fuera posible, no merecería la pena para mí lograrlo sólo para que el secreto se utilizara para los propósitos a los que sirven ahora el vapor y el poder hidráulico. No tengo ambiciones de que me honren considerándome padre de un nuevo tipo de máquina de desmotar algodón.

—¡Eso sí que sería divertido! —gritó el herrero rompiendo en tal carcajada que el propio Owen y las campanas de cristal de su expositor se estremecieron al unísono—. ¡No, no, Owen! Ningún hijo tuyo tendrá nervios y tendones de hierro. Bueno, no te molestaré más. Buenas noches, Owen, y éxito, y si necesitas alguna ayuda, como un buen golpe de martillo en el yunque, soy tu hombre.

Y con otra risotada, el forzudo salió del taller.

«Qué extraño es que todas mis meditaciones, mis propósitos, mi pasión por lo bello, mi conciencia de la capacidad para crearlo —un poder más delicado y etéreo, del que este gigante terrenal no puede tener ni idea—, que todo, todo parezca tan vano e inútil cuando se cruza Robert Danforth en mi camino», susurró Owen Warland para sí mismo apoyando la cabeza en su mano. «Si me lo encontrara a menudo, me volvería loco. Su fuerza bruta y dura oscurece y confunde el elemento espiritual que hay en mí; pero también yo seré fuerte a mi manera. No cederé ante él.»

Sacó de debajo de una campana de cristal una maquinaria diminuta que puso bajo la luz concentrada de su lámpara, y mirándola fijamente a través de una lupa procedió a operar con un delicado instrumento de acero. Sin embargo, un instante después volvía a apoyar la espalda en la silla y entrelazaba las manos, y había en su rostro tal mirada de horror que sus pequeños rasgos resultaron tan impresionantes como lo hubieran sido los de un gigante.

—¡Cielos! ¿Qué he hecho? —exclamó—. El vapor, la influencia de esa fuerza bruta: me ha confundido y oscurecido mi percepción. He dado ese golpe, el golpe fatal que temí desde el principio. Todo ha terminado, el trabajo de meses, el objetivo de mi vida. ¡Estoy arruinado!

Y se quedó allí sentado, presa de una extraña desesperación, hasta que su lámpara parpadeó y dejó en la oscuridad al artista de lo bello. Sucede que las ideas que crecen dentro de la imaginación, y que en ella parecen tan atractivas y de un valor que está más lejos de lo que cualquier hombre puede llamar valioso, están expuestas a ser sacudidas y aniquiladas por el contacto con lo práctico. Es requisito del artista ideal poseer una fuerza de carácter que apenas parece compatible con su delicadeza; debe mantener la fe en sí mismo mientras el mundo incrédulo le ataca con su total escepticismo; debe erguirse frente a la humanidad y ser él su único discípulo, tanto con respecto a su genio como a los objetivos a los que se dirige.

Durante un tiempo Owen Warland sucumbió a su prueba severa pero inevitable. Fue perezoso durante unas semanas, en las que su cabeza estaba siempre apoyada en las manos, hasta tal punto que las gentes de la ciudad apenas si tenían la oportunidad de verle la cara. Cuando por fin la levantó a la luz del día, era perceptible en ella un cambio frío, sombrío, inexpresable. Pero en la opinión de Peter Hovenden, y de esa orden de seres sagaces e inteligentes que piensan que la vida debería estar regulada, como un reloj, con pesos de plomo, el cambio le había mejorado totalmente. De hecho Owen se aplicó ahora a su profesión con una laboriosidad tenaz.

Era maravilloso contemplar la obtusa gravedad con la que inspeccionaba las ruedas de un reloj de plata grande y viejo; de esa manera complacía al propietario, en cuya faltriquera se había ido desgastando hasta que llegó a considerar que el reloj formaba parte de su propia vida, y en consecuencia se preocupaba mucho por la manera en que lo trataran. Como consecuencia de la buena fama así adquirida, las propias autoridades invitaron a Owen Warland a que arreglara el reloj de la torre de la iglesia. Tuvo un éxito tan admirable en este asunto de interés público que los comerciantes reconocieron bruscamente sus méritos en la Bolsa; la enfermera susurraba sus alabanzas mientras daba la poción al enfermo; el amante le bendecía al llegar la hora de la cita; y en general la ciudad dio gracias a Owen por la puntualidad de la hora de la cena.

En resumen, el fuerte peso que sentía sobre su espíritu permitió mantenerlo todo en orden, no sólo dentro de su propio sistema, sino en cualquier parte en la que fuera audible el acento de hierro del reloj de la iglesia. Fue una circunstancia pequeña, aunque característica de su estado actual, el que cuando fue empleado para grabar nombres o iniciales en cucharas de plata escribiera las letras con el estilo más sencillo posible, omitiendo una variedad de floreos caprichosos que habían distinguido hasta entonces su trabajo.

Un día, durante la época de esta feliz transformación, Peter Hovenden acudió a visitar a su antiguo aprendiz.

—Owen, me alegra escuchar tan buenos informes de ti en todas partes, y especialmente desde lo de ese reloj de la ciudad, que hablaba en tu favor cada hora de las veinticuatro que tiene el día. Sólo con liberarte totalmente de tus tonterías absurdas sobre lo bello, que ni yo ni nadie más, ni tú mismo por añadidura, ha podido entender nunca, sólo con liberarte de eso tu éxito en la vida es tan seguro como la luz del día. Vaya, si sigues por este camino incluso me aventuraría a dejar que revisaras este precioso y viejo reloj, pues, salvo mi hija Annie, no tengo ninguna otra cosa en el mundo que sea tan valiosa.

—Casi no me atrevería a tocarlo, señor —contestó Owen en tono abatido, pues se sentía sobrecogido por la presencia de su viejo maestro.

—Con el tiempo —dijo este último—... con el tiempo serás capaz de hacerlo.

El viejo relojero, con la libertad que se derivaba de forma natural de su anterior autoridad, inspeccionó el trabajo que tenía Owen en la mano en ese momento, junto con otros que estaba realizando. Entretanto el artista apenas si podía levantar la cabeza. No había nada que fuera tan contrario a su naturaleza como la sagacidad fría y poco imaginativa de ese hombre, a cuyo contacto todo se convertía en un sueño salvo la materia más densa del mundo físico. Owen gimió en su espíritu y rogó fervientemente para verse liberado de él.

—Pero ¿qué es esto? —gritó Peter Hovenden abruptamente levantando una polvorienta campana de cristal bajo la que apareció algo mecánico tan delicado y diminuto como el sistema anatómico de una mariposa—. ¿Qué tenemos aquí? ¡Owen! ¡Owen! En estas pequeñas cadenas, ruedas y paletas hay brujería. ¡Fíjate! Con un pellizco de mi índice y pulgar voy a liberarte de todos los peligros futuros.

—Por el cielo —gritó Owen Warland saltando con maravillosa energía—. ¡Si no quiere volverme loco, no lo toque! La más ligera presión de su dedo me arruinaría para siempre.

—¡Ajá, joven! ¿Así que es esto? —preguntó el viejo relojero mirándole con tanta penetración que torturaba el alma de Owen con la amargura de las críticas mundanas— . Bien, sigue tu propio rumbo; pero te advierto que en este pequeño mecanismo vive tu espíritu maligno. ¿Quieres que lo exorcice?

—Usted es mi espíritu maligno —contestó Owen muy excitado—. ¡Usted es el mundo duro y burdo! Los pensamientos cargados y el abatimiento que deja en mí es lo que me atasca, de otro modo hace tiempo que habría logrado la tarea para la que fui creado.

Peter Hovenden sacudió la cabeza con esa mezcla de desprecio e indignación que la humanidad, de la que él era en parte un representante, se consideraba con derecho a sentir hacia todos los simples que buscan otro premio distinto a lo que van encontrando a lo largo del camino. Se despidió entonces, con un dedo levantado y una mueca en el rostro que acosó los sueños del artista durante muchas noches. En el momento de la visita de su viejo maestro, Owen estaba probablemente a punto de retomar la tarea abandonada; pero con ese acontecimiento siniestro regresó al estado del que estaba saliendo lentamente.

Mas la tendencia innata de su alma sólo había estado acumulando nuevo vigor durante su aparente pereza. Conforme avanzaba el verano abandonó casi totalmente su negocio y dejó que el Padre Tiempo, tal como era representado por los relojes de muñeca y pared que tenía bajo su control, deambulara al azar por la vida humana, produciendo infinita confusión a lo largo de las desconcertadas horas. Tal como decía la gente, malgastaba el tiempo de luz solar paseando por los bosques y campos y las orillas de los ríos. Allí, como un niño, se divertía persiguiendo mariposas u observando el movimiento de los insectos acuáticos. Había algo verdaderamente misterioso en la fijeza con la que contemplaba esos jugueteos cuando retozaban en la brisa, o examinaba la estructura de un insecto imperial al que había apresado.

La caza de mariposas era un buen símbolo de la persecución ideal a la que había dedicado tantas horas doradas; pero ¿tendría alguna vez en su mano la idea de lo bello, lo mismo que tenía ahora la mariposa que la simbolizaba? Fueron dulces, sin duda, aquellos días, concordantes con el alma del artista. Estuvieron repletos de concepciones magníficas que brillaban a través de su mundo intelectual como brillan las mariposas en la atmósfera exterior, y que por el momento eran reales para él, sin el trabajo, la perplejidad y las numerosas decepciones implicadas en el intento de hacerlos visibles para el ojo de nuestros sentidos. Pero desgraciadamente el artista, ya sea en la poesía o en cualquier otro material, no puede contentarse con el gozo interior de lo hermoso, sino que debe perseguir el misterio aleteante más allá de este dominio etéreo, y aplastar su frágil ser al captarlo materialmente.

Owen Warland sintió el impulso de dar realidad exterior a sus ideas tan irresistiblemente como cualquier poeta o pintor que hayan adornado el mundo de una belleza más oscura y ligera copiada imperfectamente de la riqueza de sus visiones.

La noche era ahora su momento para avanzar lentamente en la recreación de la única idea a la que dedicaba toda su actividad intelectual. Siempre, al acercarse el atardecer, entraba en la ciudad, se encerraba en su taller y trabajaba con paciente delicadeza del tacto durante muchas horas. Le sobresaltaba a veces la llamada del vigilante, que cuando todo el mundo debía estar dormido pasaba el haz de su lámpara a través de las grietas de las persianas de Owen Warland. Para la sensibilidad mórbida de su mente, la luz del día parecía entrometerse interfiriendo su búsqueda. Por eso en los días nublados e inclementes permanecía sentado con la cabeza apoyada en las manos, como si estuviera envolviendo su sensible cerebro en una niebla de meditaciones indefinidas; pues era un alivio escapar de la claridad aguda con la que se veía obligado a dar forma a sus pensamientos durante el trabajo nocturno.

De uno de esos ataques de languidez despertó por la entrada de Annie Hovenden, quien acudió a la tienda con la libertad de una cliente, pero también con algo de la familiaridad de una amiga de la infancia. Se le había hecho un agujero en el dedal de plata y quería que Owen lo reparara.

—Aunque no sé si condescenderás a esa tarea —le dijo ella, riendo— ahora que estás tan embebido en la idea de dar espíritu a la maquinaria.

—¿De dónde sacaste esa idea, Annie? —preguntó Owen con sorpresa.

—Ah, de mi cabeza —respondió ella—. Y también de algo que te oí decir, hace mucho, cuando sólo eras un muchacho, y yo una niña pequeña. Pero bueno, ¿me arreglarás mi pobre dedal?

—Por ti haría cualquier cosa, Annie —replicó Owen Warland—. Cualquier cosa, aunque para ello tuviera que trabajar en la forja de Robert Danforth.

—¡Sí que sería bonito ver eso! —replicó Annie mirando con imperceptible fragilidad el cuerpo pequeño y esbelto del artista—. Bueno, aquí está el dedal.

—Pero qué extraña es esa idea tuya sobre la espiritualización de la máquina — añadió Owen.

Y entonces se introdujo en su mente el pensamiento de que la joven poseía el don de comprenderle mejor que el resto del mundo. Qué ayuda y fuerza sería para él, en su trabajo solitario, si pudiera obtener la simpatía del único ser al que amaba. A las personas cuya búsqueda les aísla de los asuntos comunes de la vida —que van por delante de la humanidad, o están separados de ésta—, a veces les sobreviene la sensación de un frío moral que hace que el espíritu se estremezca como si hubiera alcanzado las soledades congeladas que rodean el Polo. Lo que sea capaz de sentir el profeta, el poeta, el reformista, el criminal o cualquier otro hombre con anhelos humanos, aunque separado de la multitud por un destino peculiar, el pobre Owen lo sentía.

—¡Annie, cómo me alegraría poder contarte el secreto de mi trabajo! —exclamó volviéndose tan pálido como la muerte ante ese simple pensamiento—. Creo que tú lo estimarías correctamente. Sé que lo oirías con una reverencia que no puedo esperar del mundo duro y material.

—¿Que podría hacerlo? ¡Seguro que lo haría! —contestó Annie Hovenden con una risa ligera—. Venga, explícame enseguida qué significa este pequeño tiovivo, trabajado con tanta delicadeza que podría ser un juguete para la reina Mab. ¡Vamos! Yo lo pondré en movimiento.

—¡Un momento! —exclamó Owen—. ¡Un momento!

Annie había tocado de la manera más ligera posible, con la punta de una aguja, la misma parte diminuta de la complicada maquinaria que ya hemos mencionado más de una vez, en el momento en que el artista la cogió por la muñeca con una fuerza que la hizo lanzar un grito. Ella se asustó por la convulsión de rabia intensa y angustia que cruzó por los rasgos de Owen. Al instante siguiente, él dejaba hundir la cabeza entre las manos.

—Vete, Annie —murmuró—. Me he engañado a mí mismo y debo sufrir por ello. Ansiaba simpatía, y pensé, imaginé y soñé que podías dármela; pero careces del talismán que permitiría admitirte entre mis secretos, Annie. Ese roce ha deshecho el trabajo de meses y el pensamiento de una vida. ¡No ha sido tu culpa, Annie, pero me has arruinado!

¡Pobre Owen Warland! Se había equivocado, ciertamente, pero se le podía perdonar; pues si algún espíritu humano hubiera podido reverenciar suficientemente los procesos tan sagrados a sus ojos, tenía que haber sido una mujer. Posiblemente Annie Hovenden no le habría decepcionado de haber estado ella iluminada por la inteligencia profunda del amor.

El artista pasó el invierno siguiente de una manera que satisfizo a todos los que todavía depositaban alguna esperanza en él, cuando en verdad estaba irrevocablemente destinado a la inutilidad por lo que respectaba al mundo, y a un destino personal nocivo. La muerte de un pariente le había hecho tomar posesión de una pequeña herencia. Liberado así de la necesidad del trabajo, y habiendo perdido la influencia resuelta de un gran propósito —grande, al menos, para él—, se abandonó a unos hábitos contra los que debería haberse asegurado por la delicadeza de sus sistemas. Pero cuando se oscurece la parte etérea de un hombre de genio, la parte terrenal asume una influencia más incontrolable, pues ha perdido ahora el equilibrio que la providencia había ajustado tan delicadamente, y que en una naturaleza más tosca se ajusta mediante algún otro método.

Owen Warland probó los estados benditos que puede proporcionar la turbulencia. Contempló el mundo a través del medio dorado del vino, y tuvo las visiones que suben alegres y burbujeantes por el borde de la copa, pueblan el aire con formas de agradable locura y pronto se vuelven fantasmales y tristes. Incluso cuando se había producido ya este cambio fatal e inevitable, el joven siguió bebiendo la copa de los encantamientos, aunque su vapor sólo sirviera para envolver la vida de tristeza, y llenar la tristeza de espectros que se burlaban de él. Había una cierta pesadez del espíritu que, siendo real, y la sensación más profunda de la que era consciente ahora el artista, resultaba más intolerable que cualquier horror y desgracia fantástica que invocara el abuso del vino. En este último caso podía recordar, incluso en la neblina de su problema, que no era más que un engaño; pero en el primer caso, la pesada angustia era su vida real.

De ese estado peligroso fue redimido por un incidente que presenció más de una persona, aunque ni el más sagaz fue capaz de explicar o conjeturar cómo actuó sobre la mente de Owen Warland. Fue muy simple. Una cálida tarde de primavera, cuando el artista estaba sentado entre sus compañeros de juerga con un vaso de vino ante él, una mariposa espléndida entró por la ventana abierta y aleteó junto a su cabeza.

—¡Ah! —exclamó Owen, que había bebido mucho—. ¿Vuelves a estar viva, hija del sol y compañera de juego de la brisa de verano, tras tu siesta del fatal invierno? ¡Entonces es la hora de que vuelva al trabajo!

Y dejando sobre la mesa la copa sin vaciar, se despidió y no volvió a beber otra gota de vino. Reanudó sus paseos por bosques y campos. Podría imaginarse que la brillante mariposa, que había entrado como un espíritu por la ventana mientras Owen estaba sentado con los toscos borrachos, era ciertamente un espíritu encargado de recordarle la vida pura e ideal que le había convertido en alguien etéreo en medio de los hombres. Podría imaginarse que fue a buscar este espíritu en sus territorios soleados; pues como en el verano anterior, le vieron deslizarse siempre que había aparecido una mariposa, perdiéndose en su contemplación. Cuando ésta emprendía el vuelo sus ojos seguían la visión alada, como si su camino aéreo le mostrara el sendero hasta el cielo.

¿Pero cuál podía ser el propósito de ese trabajo fuera de estación, que volvió a reanudar tal como sabía el vigilante por las franjas de luz que se filtraban a través de las grietas de las persianas de Owen Warland? La gente de la ciudad tenía una explicación general de todas esas singularidades. ¡Owen Warland se había vuelto loco! Qué universalmente eficaz, qué satisfactorio también, y tranquilizante para la sensibilidad herida de los estrechos y torpes, es este sencillo método de explicar todo lo que queda más allá del alcance de las personas más ordinarias del mundo. Desde los tiempos de San Pablo hasta los de nuestro pobre pequeño artista de lo bello, el mismo talismán se había aplicado a la solución de todos los misterios de palabra o hecho de los hombres que hablaban o actuaban demasiado sabiamente o demasiado bien. En el caso de Owen Warland el juicio de sus conciudadanos pudo haber sido correcto.

Quizás estaba loco.

La falta de simpatía, ese contraste entre él mismo y sus vecinos, que eliminaba la restricción del ejemplo, pudo bastar para enloquecerlo. O posiblemente había captado tanta radiación etérea como para confundirle, en un sentido terrenal, al mezclarse con la luz común del día. Una tarde, cuando el artista había regresado de su habitual paseo y acababa de lanzar el brillo de su lámpara sobre la delicada obra tan frecuentemente interrumpida, pero siempre reanudada, como si su destino estuviera encarnado en su mecanismo, le sorprendió la entrada del viejo Peter Hovenden. Owen no podía encontrarse nunca con ese hombre sin que se le encogiera el corazón. De todo el mundo, era el más terrible, a causa de una comprensión afilada que le permitía ver con tanta claridad lo que veía, y no creer, con tan poco compromiso, lo que no podía ver. En esta ocasión, el viejo relojero simplemente tenía una o dos palabras afables que decirle.

—Owen, muchacho, queremos que vengas a casa mañana por la noche. El artista empezó a murmurar alguna excusa.

—No, no, tienes que venir en recuerdo de los tiempos en que eras uno de la casa —dijo Peter Hovenden—. ¿Es que no sabes que mi hija Annie se ha comprometido con Robert Danforth? Estamos preparando una fiesta, a nuestra manera humilde, para celebrar el acontecimiento.

—¡Ah! —dijo Owen.

Ese pequeño monosílabo fue lo único que dijo; su tono pareció frío y despreocupado para un oído como el de Peter Hovenden; y sin embargo en él iba el grito ahogado del corazón del pobre artista, que se comprimió en su interior como un hombre que sujetara un espíritu maligno. Sin embargo se permitió un estallido ligero que fue imperceptible para el viejo relojero. Levantando el instrumento con el que iba a iniciar el trabajo, lo dejó caer sobre el pequeño sistema de la maquinaria que, de nuevo, le había costado meses de pensamiento y trabajo. ¡Quedó destrozada por el golpe! La historia de Owen Warland no habría sido una representación aceptable de la vida inquieta de quienes se esfuerzan por crear lo hermoso si, en medio de todas las demás influencias frustrantes, no se hubiera interpuesto el amor quitándole la habilidad de la mano.

Exteriormente no había sido un amante ardiente ni emprendedor; la vida de su pasión había confinado sus tumultos y vicisitudes totalmente dentro de la imaginación del artista, por lo que la propia Annie apenas había tenido de ésta algo más que la percepción intuitiva de una mujer; pero en opinión de Owen cubría todo el campo de su vida. Olvidándose de la época en que ella se había mostrado incapaz de ninguna respuesta profunda, él había persistido en relacionar todos sus sueños de éxito artístico con la imagen de Annie; ella era la forma visible en que se le manifestaba a él el poder espiritual que veneraba, y sobre cuyo altar esperaba poner una ofrenda digna.

Desde luego, Owen se había engañado; no había en Annie Hovenden esos atributos con los que su imaginación la había dotado. Ella, en la apariencia que tomaba ante la visión interior de él, era suya tanto como lo sería el mecanismo misterioso si llegara alguna vez a realizarlo. Si el éxito en el amor le hubiera convencido de su error, si hubiera atraído a Annie hacia su pecho viendo allí cómo se convertía de ángel en mujer ordinaria, la decepción pop haberle hecho regresar, con concentrada energía, al único objetivo que le quedaba pero si hubiera encontrado a Annie tal como él la imaginaba, su destino habría sido tan rico en belleza que por mera redundancia habría podido trabajar lo hermoso de una manera más digna de aquella por la que se había esforzado; pero la forma en que su pena llegó hasta él, la sensación de que el ángel de su vida le había sido arrebatado y se había entregado a un hombre tosco de la tierra y el hierro, que no necesitaba ni apreciaba sus servicios... eso era la perversidad misma del destino que hace que la existencia humana parezca demasiado absurda y contradictoria como para ser el escenario de cualquier otra esperanza o cualquier otro miedo. A Owen Warland no le quedaba otra cosa que sentarse como un hombre aturdido.

Estuvo enfermo. Tras recuperarse, su cuerpo pequeño y delgado asumió un adorno de carne más obtuso que el que había llevado nunca. Sus mejillas delgadas se redondearon; su pequeña y delicada mano, conformada tan espiritualmente para realizar tareas mágicas, se volvió más rolliza que la mano de un próspero bebé. Su aspecto era tan infantil que podría haber inducido a un desconocido a palmearle la cabeza, aunque se habría detenido en el acto preguntándose qué tipo de niño era aquél.

Era como si el espíritu se hubiera marchado de él, dejando que el cuerpo floreciera en una especia de existencia vegetal. No es que Owen Warland fuera idiota. Podía hablar, y no irracionalmente. La verdad es que la gente empezó a pensar en él como en un charlatán, pues podía lanzar discursos de una duración fatigosa acerca de las maravillas de la mecánica que había leído en los libros y que había aprendido a considerar como absolutamente fabulosas. Enumeraba entre ellas al hombre de bronce, construido por Alberto Magno, y la cabeza de bronce de Fray Bacon; y llegando a épocas posteriores, el autómata de un pequeño coche con caballos, que se decía que había sido fabricado por el Delfín de Francia; junto con un insecto que zumbaba junto al oído como una mosca viva, y que sólo era un ingenio de diminutos resortes de acero. Se contaba también la historia de un pato que nadaba, graznaba y comía; aunque si cualquier ciudadano honesto lo hubiera comprado por dinero, se habría sentido engañado con la aparición mecánica de un pato.

—Pero estoy convencido de que todos esos relatos son simples embustes — terminaba diciendo Owen Warland.

Después, con cierto aire de misterio, confesaba que en otro tiempo había pensado de manera diferente. En sus tiempos de ocio y ensoñación había creído posible, en un cierto sentido, espiritualizar la maquinaria, combinando, con la nueva especie de vida y movimiento así producida, una belleza que alcanzaría el ideal que la naturaleza se había propuesto en todas sus criaturas, pero que nunca se había tomado el esfuerzo de realizar. Sin embargo no parecía recordar con percepción muy clara el proceso para lograr ese objeto y ni siquiera el propio diseño.

—Ahora me he apartado de todo eso —decía—. Era uno de esos sueños con los que los jóvenes siempre se están engañando. Ahora que he adquirido un poco de sentido común, me hace reír pensar en ello.

¡Pobre, pobre caído Owen Warland! Éstos eran los síntomas de que había dejado de ser un habitante de la esfera superior que está, invisible, a nuestro alrededor. Había perdido la fe en lo invisible y se enorgullecía ahora, como invariablemente hacen tantos infortunados, de la sabiduría de rechazar gran parte de lo que incluso había visto, y no confiar en nada de lo que su mano tocara. Esta es la calamidad de los hombres cuya parte espiritual muere en ellos y dejan que el entendimiento más grosero les asimile más y más a las cosas que puede conocer; pero en Owen Warland el espíritu no había muerto; sólo dormía.

Se desconoce cómo despertó de nuevo. Quizás el sueño lánguido fue roto por un dolor convulso. Quizás, como en un caso anterior, entró la mariposa y quedó suspendida sobre su cabeza, volviendo a darle la inspiración —pues esta criatura del sol había tenido siempre una misión misteriosa para el artista—, el propósito anterior de su vida. Pero tanto si fue el dolor o la felicidad lo que volvió a conmocionar sus venas, su primer impulso fue el de agradecer al cielo por haberle vuelto de nuevo la persona de pensamiento, imaginación y agudísima sensibilidad que hacía tiempo había dejado de ser.

—Y ahora a la tarea —dijo—. Jamás sentí tanta fuerza como ahora.

Sin embargo, aunque se sentía fuerte, se vio incitado a trabajar con más diligencia temiendo que la muerte le sorprendiera en medio de su esfuerzo. Esa ansiedad es común, quizás, a todos los hombres que ponen el corazón en algo tan elevado, en su propia visión de la tarea, hasta el punto de que la vida sólo tiene importancia como una condición para ese logro. Mientras amamos la vida por sí misma, raras veces tememos perderla. Cuando deseamos la vida para el logro de un objetivo, reconocemos la fragilidad de su textura. Pero, junto con esta sensación de inseguridad, hay una fe vital en nuestra invulnerabilidad ante la flecha de la muerte mientras estemos comprometidos en una tarea que parece nos haya asignado la providencia como lo adecuado que tenemos que hacer, y que el mundo tendría motivos para quejarse si la dejáramos inacabada.

¿Puede creer el filósofo, engrandecido con la inspiración de una idea que va a reformar a la humanidad, que va a ser llamado para que abandone esta existencia sensible en el instante mismo en que está cobrando aliento para pronunciar la palabra de luz? Si así pereciera, las fatigadas eras podrían pasar —y la arena de la vida del mundo podría caer gota a gota— antes de que otro intelecto estuviera preparado para desarrollar la verdad que él podría haber pronunciado. Pero la historia nos da muchos ejemplos en los que el espíritu más precioso, manifestado en una época particular en forma humana, ha desaparecido inoportunamente sin que se le concediera espacio, por lo que puede saber el juicio mortal, para realizar su misión en la tierra.

El profeta muere, y el hombre de corazón lánguido y cerebro torpe sigue viviendo. El poeta deja su canción a medio cantar, o la termina, más allá del alcance de los oídos mortales, en un coro celestial. El pintor, como hizo Allston, deja la mitad de su concepción en el lienzo para entristecernos con su belleza imperfecta, y va a pintar la totalidad, si no es irreverencia decir esto, con los tonos del cielo. Pero más bien es posible que los diseños incompletos de esta vida no se perfeccionen en parte alguna.

Así, la frecuente desaparición de los proyectos más queridos del hombre debe tomarse como una prueba de que los hechos de la tierra, aunque se hayan vuelto etéreos por la piedad o el genio, carecen de valor, salvo como ejercicios y manifestaciones del espíritu. En el cielo, todo pensamiento ordinario es superior y más melodioso que la canción de Milton. Entonces, ¿añadiría él otro verso a cualquier melodía que hubiera dejado aquí sin terminar? Mas volvamos a Owen Warland. Tuvo la fortuna, sea ésta buena o mala, de conseguir el propósito de su vida. Pasemos por un largo espacio de pensamiento intenso, esfuerzo anhelante, trabajo minucioso y ansiedad, seguido por un instante de triunfo solitario: dejemos que todo esto sea imaginado y contemplemos después al artista, una tarde de invierno, pidiendo ser admitido junto a la chimenea de Robert Danforth.

Allí encontró al hombre de hierro, con su enorme sustancia bien calentada y atemperada por las influencias domésticas. Y allí estaba también Annie, transformada ahora en una matrona, habiendo acaparado una gran parte de la naturaleza sencilla y robusta de su esposo, pero imbuida también, como Owen Warland seguía creyendo, de una gracia más delicada que podría permitirle servir de intérprete entre la fuerza y la belleza. Sucedió asimismo que aquella tarde el viejo Peter Hovenden estaba invitado junto a la chimenea de su hija; y fue su recordada expresión de aguda y fría crítica lo primero que encontró la mirada del artista.

—¡Mi viejo amigo Owen! —gritó Robert Danforth, levantándose y comprimiendo los delicados dedos del artista con una mano habituada a sujetar barras de hierro—. Qué amable que hayas venido a vernos por fin. Tenía miedo de que tu movimiento continuo te hubiera embrujado haciéndote olvidar los recuerdos de los viejos tiempos.

—Nos alegramos de verte —dijo Annie mientras un rubor enrojecía su mejilla de matrona—. No es de buen amigo estar alejado tanto tiempo.

—Y bien, Owen —preguntó el viejo relojero como primer saludo—. ¿Cómo va lo bello? ¿Lo has creado por fin?

El artista no respondió de inmediato, pues le sorprendió la aparición de un niño pequeño y fuerte que avanzó dando traspiés sobre la alfombra; un pequeño personaje que había surgido misteriosamente del infinito, pero con algo tan fuerte y real en su composición que parecía moldeado a partir de la sustancia más densa que pudiera proporcionar la tierra. El ilusionado niño se arrastró hacia el recién llegado, y poniéndose sobre las extremidades, tal como lo decía Robert Danforth, miró a Owen con una apariencia de observación tan sagaz que la madre no pudo evitar intercambiar una mirada de orgullo con su esposo. Pero el artista se sentía inquieto por la mirada del niño, pues creía ver un parecido entre ésta y la expresión habitual de Peter Hovenden.

Debió imaginar que el viejo relojero se hallaba comprimido en esa forma de bebé, y mirándole desde los ojos del niño repetía, como en realidad estaba haciendo ahora el anciano, la maliciosa pregunta:

—¡Lo bello, Owen! ¿Cómo vas con lo bello? ¿Has conseguido crearlo?

—Lo he conseguido —contestó el artista con una momentánea luz de triunfo en los ojos y una sonrisa iluminada, aunque impregnada de tal profundidad de pensamiento que casi era tristeza—. Sí, amigos míos, es la verdad. Lo he logrado.

—¿De verdad? —preguntó Annie con una mirada de jovencita alegre que brotaba de nuevo de su rostro—. ¿Y se puede preguntar ahora cuál es el secreto?

—Por supuesto, he venido para revelarlo —respondió Owen Warland—. ¡Conoceréis, veréis, tocaréis y poseeréis el secreto! Pues Annie, si puedo seguir dirigiéndome por ese nombre a la amiga de mis años infantiles, Annie, ha sido como regalo de bodas que he trabajado ese mecanismo espiritualizado, esa armonía del movimiento, ese misterio de la belleza. Llega tarde, cierto; pero así es como vamos avanzando en la vida. Cuando los objetos empiezan a perder esa frescura del tono, y nuestra alma la delicadeza de su percepción, es cuando más se necesita el espíritu de la belleza. Pero, perdóname, Annie, si sabes valorar este regalo, no llegará demasiado tarde.

Mientras hablaba sacó algo parecido a un joyero. De su propia mano lo había tallado ricamente en ébano, e incrustado con una imaginativa tracería de perlas que representaba a un muchacho persiguiendo una mariposa, que en otra parte se había convertido en un espíritu alado que volaba hacia el cielo; mientras que el muchacho, o joven, había encontrado tal eficacia en su poderoso deseo que ascendía desde la tierra hasta la nube, y desde la nube a la atmósfera celestial, para obtener lo bello. El artista abrió la caja de ébano y pidió a Annie que colocara un dedo en su borde. Así lo hizo ella, y casi lanzó un grito cuando una mariposa salió aleteando, y posándose en la punta de su dedo, se quedó allí ondeando la amplia magnificencia de sus alas púrpuras moteadas de dorado, como en el preludio de un vuelo. Es imposible expresar en palabras la gloria, el esplendor, la vistosidad delicada que se templaban en la belleza de ese objeto.

La mariposa ideal de la naturaleza estaba aquí realizada en toda su perfección; no con el modelo de esos insectos descoloridos que vuelan entre las flores terrenales, sino de aquellos que están suspendidos sobre los prados del paraíso para que los ángeles niños y el espíritu de los niños fallecidos se diviertan con ellos. La riqueza era visible en sus alas, el brillo de sus ojos parecía imbuido de espíritu. La luz de la chimenea brillaba alrededor de esa maravilla, pero parecía relucir por su propia radiación, e iluminaba el dedo y la mano extendida sobre la que se posaba con un resplandor blanco semejante al de las piedras preciosas. En su belleza perfecta se perdía totalmente la consideración del tamaño. Si sus alas hubieran llegado al firmamento, la mente no podría haber estado más repleta o satisfecha.

—¡Hermoso! ¡Hermoso! —exclamó Annie—. ¿Está viva?

—¿Viva? Claro que sí—contestó su marido—. ¿Te crees que cualquier mortal tiene la suficiente habilidad como para hacer una mariposa, o tomarse el trabajo de fabricarla, cuando cualquier niño puede coger una docena de ellas en una tarde de verano? ¿Viva? ¡Por supuesto! Pero esa bonita caja ha sido fabricada sin duda por nuestro amigo Owen; y realmente le da fama.

En ese momento la mariposa movió de nuevo las alas con un movimiento tan absolutamente parecido a la vida que Annie se sobresaltó, incluso se asustó; pues, a pesar de la opinión de su esposo, no estaba segura de si era ciertamente un ser vivo una pieza de mecanismo maravilloso.

—¿Está viva? —preguntó con más seriedad que antes.

—Juzga por ti misma —dijo Owen Warland, mirándola al rostro con absoluta atención.

La mariposa voló por el aire, aleteó alrededor de la cabeza de Annie y se remontó hasta una zona alejada del salón, aunque era todavía perceptible a la vista por el brillo estrellado en que la envolvía el movimiento de las alas. El niño siguió su curso desde el suelo con sus ojillos sagaces. Tras volar por la habitación, regresó en una curva espiral y volvió a posarse sobre el dedo de Annie.

—Pero ¿está viva? —volvió a exclamar ella; y el dedo en el que el brillante misterio se había posado estaba tan tembloroso que la mariposa tuvo que equilibrarse con sus alas—. Dime si está viva o si tú la has creado.

—¿Por qué preguntas quién la creó, si es tan hermosa? —contestó Owen Warland—. ¿Viva? Claro, Annie; bien puede decirse que posee vida, pues ha absorbido en ella mi propio ser; y en el secreto de esa mariposa, y en su belleza, que no es simplemente exterior, sino profunda como todo su sistema, está representado el intelecto, la imaginación, la sensibilidad y el alma de un artista de lo bello. Sí, yo la creé. Pero... —y aquí su semblante cambió algo—. Esta mariposa no es ya para mí lo que era cuando la contemplé lejos, en las ensoñaciones de mi juventud.

—Sea como sea, es un hermoso juguete —dijo el herrero sonriendo con placer infantil—. Me pregunto si condescenderá a posarse sobre un dedo grande y torpe como el mío. Sostenla ahí, Annie.

Haciendo lo que le pedía el artista, Annie tocó con la punta de su dedo el de su marido; y tras un retraso momentáneo, la mariposa aleteó de uno a otro. Fue el preludio de un segundo vuelo, con un movimiento de las alas similar, aunque no exactamente igual, al del primer experimento. Luego, ascendiendo desde el dedo fornido del herrero, se elevó hasta el techo en una curva cada vez más amplia, recorrió el ancho de la habitación y regresó, con un movimiento ondulante, a la punta del dedo desde la que había partido.

—¡Vaya, esto vence a toda naturaleza! —gritó Robert Danforth concediendo la mayor alabanza que sabía expresar; y ciertamente, si se hubiera detenido ahí, un hombre de palabras más hermosas y percepción más aguda no habría podido decir más —. Confieso que esto me sobrepasa. Pero ¿y qué? Hay un uso más real en un buen golpe de mi martillo que en el trabajo de cinco años que nuestro amigo Owen ha malgastado en esa mariposa.

En ese momento el niño aplaudió y empezó a emitir sonidos ininteligibles, pidiendo evidentemente que le dieran la mariposa como juguete. Owen Warland miró de soslayo a Annie para descubrir si estaba de acuerdo con lo que había dicho su marido acerca del valor comparativo de lo bello y lo práctico. En medio de toda su amabilidad hacia él, de toda la admiración y sorpresa con la que contemplaba el trabajo maravilloso de sus manos y la encarnación de su idea, había un secreto desdén... quizás secreto hasta para la propia conciencia de Annie, y perceptible sólo para un discernimiento intuitivo como el del artista. Pero Owen, en las últimas fases de su búsqueda, había salido de la región en la que un descubrimiento semejante podría haber representado una tortura.

abía que el mundo, y Annie como representante del mundo, con independencia de las alabanzas que pudiera otorgar nunca sería capaz de decirle la palabra adecuada ni de tener el sentimiento adecuado que podría ser la recompensa perfecta para un artista que, al simbolizar una elevada moral en una bagatela material, al convertir lo que era terrenal en espiritual, había obtenido lo bello con el trabajo de sus manos. Hasta ese último momento no aprendería Owen que la recompensa de toda alta ejecución sólo puede buscarse dentro de uno mismo, o buscarse en vano. Había sin embargo una visión del asunto que Annie y su marido, incluso Peter Hovenden, podían entender plenamente, y que podría haberles convencido de que ese trabajo de años había merecido la pena.

Owen Warland podría haberles dicho que esa mariposa, ese juguete, ese regalo de bodas de un relojero pobre a la esposa de un herrero, era en realidad una gema artística que un monarca habría comprado con honores y abundantes riquezas, y habría atesorado entre las joyas de su reino como la más maravillosa y excepcional de todas. Pero el artista sonrió y guardó el secreto para sí.

—Padre —dijo Annie pensando que una palabra de alabanza del viejo relojero podría satisfacer a su antiguo aprendiz—. Ven a admirar esta hermosa mariposa.

—Déjame ver —contestó Peter Hovenden levantándose de su asiento con una sonrisa sarcástica en el rostro que provocaba siempre dudas en los demás, puesto que él mismo dudaba de todo salvo de una existencia material—. Aquí está mi dedo para que se pose encima. La entenderé mejor cuando la haya tocado.

Pero con gran asombro de Annie, cuando la punta del dedo del padre tocó la del marido, en la que estaba quieta la mariposa, el insecto inclinó las alas y estuvo a punto de caer al suelo. Hasta los puntos dorados brillantes de las alas y el cuerpo, si es que los ojos de Annie no la engañaban, se oscurecieron, y el color púrpura brillante adoptó un tono oscuro, y el brillo estelar que relucía alrededor de la mano del herrero se debilitó hasta desaparecer.

—¡Se está muriendo! ¡Se está muriendo! —gritó Annie alarmada.

—Ha sido delicadamente trabajada —contestó tranquilamente el artista—. Tal como te dije, ha embebido una esencia espiritual... llámalo magnetismo, o lo que prefieras. En una atmósfera de duda y burla, su exquisita susceptibilidad se siente torturada, como el alma de aquel que le ha instilado su propia vida. Ya ha perdido su belleza; en unos momentos más su mecanismo quedará irreparablemente herido.

—¡Aparta la mano, padre! —ordenó Annie palideciendo—. Aquí está mi hijo; déjala sobre su mano inocente. Quizás ahí su vida se reanime y sus colores se vuelvan más brillantes que nunca.

El padre retiró el dedo con una sonrisa áspera. La mariposa pareció recuperar entonces el poder del movimiento voluntario, y sus tonos asumieron una gran parte del brillo original, y la radiación estelar, que era su atributo más etéreo, volvió a formar un halo a su alrededor. Al principio, al ser traspasada desde la mano de Robert Danforth al pequeño dedo del niño, esa radiación se hizo tan poderosa que llegó a producir la sombra del niño en la pared. Entretanto él extendió su mano rolliza como había visto hacer a su padre y su madre, y contempló con placer infantil el movimiento de las alas del insecto. Sin embargo había allí una cierta expresión extraña de sagacidad que hizo que Owen Warland sintiera como si estuviera allí parcialmente el viejo Peter Hovenden, y parcialmente se redimiera de su duro escepticismo con la fe infantil.

—¡Qué sabio parece el pequeño mono! —susurró Robert Danforth a su esposa.

—Jamás vi esa mirada en el rostro de un niño —respondió Annie admirando a su propio hijo, y con buenas razones, mucho más que a la artística mariposa—. El sabe del misterio más que nosotros.

Como si la mariposa, igual que el artista, fuera consciente de algo que no congeniaba totalmente con la naturaleza infantil, alternativamente centelleaba y se oscurecía. Finalmente se levantó de la pequeña mano del niño con un movimiento aéreo que parecía impulsarla hacia arriba sin esfuerzo, como si los instintos etéreos con los que la había dotado el espíritu de su creador impulsaran involuntariamente esa hermosa visión hacia una esfera superior. De no haber encontrado una obstrucción, podría haberse encumbrado al cielo y volverse inmortal. Pero su brillo irradió sobre el techo; la textura exquisita de sus alas se rozó contra ese medio terrenal; Y una o dos chispas, como si fueran polvo de estrellas, cayeron flotando y quedaron brillantes sobre la alfombra. Entonces la mariposa bajó aleteando y, en lugar de regresar al niño, pareció verse atraída hacia la mano del artista.

—¡No, no! —murmuró Owen Warland como si su obra de arte pudiera entenderle —. Ya has salido del corazón de tu amo. No hay regreso para ti.

Con un movimiento ondulante, y emitiendo una radiación temblorosa, la mariposa, por así decirlo, luchó moviéndose hacia el niño, y estuvo a punto de posarse en su dedo; pero cuando se hallaba todavía suspendida en el aire, el pequeño hijo de la fuerza, con la expresión aguda y astuta de su abuelo en el rostro, cogió el insecto maravilloso y lo comprimió en la mano. Annie lanzó un grito. El viejo Peter Hovenden lanzó una carcajada fría y burlona. El herrero, haciendo fuerza, abrió la mano del niño y encontró en la palma un pequeño montón de fragmentos brillantes, de los que había desaparecido para siempre el misterio de la belleza. Y en cuanto a Owen Warland, contempló plácidamente lo que parecía la ruina del trabajo de su vida, y que sin embargo no era tal. Había captado otra mariposa muy distinta a ésta. Cuando el artista se eleva lo suficiente para conseguir lo bello, el símbolo con que lo hizo perceptible para los sentidos mortales deviene poco valioso para sus ojos, mientras que su espíritu toma posesión del gozo de la realidad.