sábado, 16 de junio de 2018

Poemas III. César Vallejo (1892-1938)

Ausente.

Ausente! La mañana en que me vaya
más lejos de lo lejos, al Misterio,
como siguiendo inevitable raya,
tus pies resbalarán al cementerio.

Ausente! La mañana en que a la playa
del mar de sombra y del callado imperio,
como un pájaro lúgubre me vaya,
será el blanco panteón tu cautiverio.

Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.

Ausente! Y en tus propios sufrimientos
ha de cruzar entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos!




Capitulación.

Anoche, unos abriles granas capitularon
ante mis mayos desarmados de juventud;
los marfiles histéricos de su beso me hallaron
muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé.

Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron
una tarde amaranto que dije un canto a sus
cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron
las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed.

Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres
sus velas cremas que iban al tope en las salobres
espumas de un mar muerto. Vencedora y vencida,

se quedó pensativa y ojerosa y granate.
Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate,
de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.




Deshora.

Pureza amada, que mis ojos nunca
llegaron a gozar. ¡Pureza absurda!

Yo sé que estabas en la carne un día,
cuando yo hilaba aún mi embrión de vida.
Pureza en falda neutra de colegio;
y leche azul dentro del trigo tierno
a la tarde de lluvia, cuando el alma
ha roto su puñal en retirada,
cuando ha cuajado en no sé qué probeta
sin contenido una insolente piedra,
cuando hay gente contenta; y cuando lloran
párpados ciegos en purpúreas bordas.

Oh, pureza que nunca ni un recado
me dejaste, al partir el triste barro,
ni una migaja de tu voz; ni un nervio
de tu convite heroico de luceros.

Alejaos de mí, buenas maldades,
dulces bocas picantes...

Yo la recuerdo al veros ¡oh mujeres!
Pues de la vida, en la perenne tarde,
nació muy poco ¡pero mucho muere!




El poeta a su amada.

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.




Espergesia.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de ferétro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.




Hoy me gusta la vida mucho menos...

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!




Los dados eternos.

Para Manuel González Prada esta
emoción bravía y selecta, una de
las que, con más entusiasmo me
ha aplaudido el gran maestro.



Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.




Me viene, hay días, una gana ubérrima...

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador ?cosa terrible?
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.




Nevazón de angustia.

Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla;
desclava mi tensión nerviosa y mi dolor...
Desclava, amada eterna, mi largo afán y los
dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

Regreso del desierto donde he caído mucho;
retira la cicuta y obséquiame tus vinos:
espanta con un llanto de amor a mis sicarios,
cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!
¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!
Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,
cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

Pasas... vuelves... Tus lutos trenzan mi gran cilicio
con gotas de curare, filos de humanidad,
la dignidad roquera que hay en tu castidad,
y el judithesco azogue de tu miel interior.

Son las ocho de una mañana en crema brujo...
Hay frío... Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que se fue... Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática
un dionisíaco hastío de café...!




París, octubre 1936.

De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.




Pompa para ser leído y cantado.

é que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.
¿Ignora que la noche está enterrada
con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona compuesta de mis partes,
a la que integro cuando va mi talle
cabalgando en su exacta piedrecilla.
¿Ignora que a su cofre
no volverá moneda que salió con su retrato?

Sé el día,
pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal que hizo en su cama
con ajeno valor y esa agua tibia, cuya
superficial frecuencia es una mina.
¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propios pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su tasa de agua.
La veo en las esquinas, se abre y cierra
su veste, antes palmera interrogante...
¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!




Si te amara... qué sería?

¿ . . . . . . . . . . . .

-Si te amara... qué sería?
-Una orgía!
-Y si él te amara?
Sería
todo rituario, pero menos dulce.

Y si tú me quisieras?
La sombra sufriría
justos fracasos en tus niñas monjas.

Culebrean latigazos,
cuando el can ama a su dueño?
-No; pero la luz es nuestra.
Estás enfermo... Vete... Tengo sueño!

( Bajo la alameda vesperal
se quiebra un fragor de rosa ) .
-Idos, pupilas, pronto...
Ya retoña la selva en mi cristal!




Y si después de tantas palabras...

¡Y si después de tántas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!

¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!

Poemas II. César Vallejo (1892-1938)

Amor prohibido.

Subes centelleante de labios y de ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso en la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa
¡puro en su blasfemia!
¡el corazón que engendra al cerebro!
que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.
¡Platónico estambre
que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?
¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!
... Y saber que donde no hay un Padrenuestro,
el Amor es un Cristo pecador!




Bordas de hielo.

Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!

Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...!




Deshojación sagrada.

Luna! Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!

Luna! Alocado corazón celeste
¿por qué bogas así, dentro la copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?

Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres talvez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...




El pan nuestro.

Se bebe el desayuno... Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno... La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor...!

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...!




España, aparta de mí este cáliz.

Niños del mundo,
si cae España ?digo, es un decir?
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae ?digo, es un decir? si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae ?digo, es un decir?,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!...




Heces.

Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!




La copa negra.

La noche es una copa de mal. Un silbo agudo
del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler.
Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste,
la onda aún es negra y me hace aún arder?

La tierra tiene bordes de féretro en la sombra.
Oye, tú, mujerzuela, no vayas a volver.

Mi carne nada, nada
en la copa de sombra que me hace aún doler;
mi carne nada en ella
como en un pantanoso corazón de mujer.

Ascua astral... He sentido
secos roces de arcilla
sobre mi loto diáfano caer.
¡Ah, mujer! Por ti existe
la carne hecha de instinto. ¡Ah, mujer!

Por eso ¡oh negro cáliz! aun cuando ya te fuiste,
me ahogo con el polvo
¡y piafan en mis carnes más ganas de beber!




Masa.

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...




Mentira.

Mentira. Si lo hacía de engaños,
y nada más. Ya está. De otro modo,
también tú vas a ver
cuánto va a dolerme el haber sido así.

Mentira. Calla.
Ya está bien.
Como otras veces tú me haces esto mismo,
pero yo también he sido así.

A mí, que había tanto atisbado si de veras
llorabas,
ya que otras veces sólo te quedaste
en tus dulces pucheros,
a mí, que ni soñé que los creyeses,
me ganaron tus lágrimas.
Ya está.

Mas ya lo sabes: todo fue mentira.
Y si sigues llorando, bueno, pues!
Otra vez ni he de verte cuando juegues.




Para el alma imposible de mi amada.

Amada: no has querido plasmarte jamás
como lo ha pensado mi divino amor.
Quédate en la hostia,
ciega e impalpable,
como existe Dios.

Si he cantado mucho, he llorado más
por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor!
Quédate en el seso,
y en el mito inmenso
de mi corazón!

Es la fe, la fragua donde yo quemé
el terroso hierro de tanta mujer;
y en un yunque impío te quise pulir.
Quédate en la eterna
nebulosa, ahí,
en la multicencia de un dulce no ser.

Y si no has querido plasmarte jamás
en mi metafísica emoción de amor,
deja que me azote,
como un pecador.




Pienso en tu sexo...

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la sombra,
aunque la muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, si, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!




Setiembre.

Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí... hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás... y para eso,
yo no sé por qué fui triste... tan triste...!

Solo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios... y te fui dulce!

Y también fue una tarde de setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.




Verano.

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones
con gran rosario de amatistas y oros,
como un obispo triste que llegara
de lejos a buscar y bendecir
los rotos aros de unos muertos novios.

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre
tengo una rosa que te encargo mucho;
la regarás de agua bendita todos
los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,
con luz de fe su mármol aletea,
levanta en alto tu responso, y pide
a Dios que siga para siempre muerta.
Todo ha de ser ya tarde;
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco
muere una rosa que renace mucho...

Poemas I. César Vallejo (1892-1938)

Ágape.

Hoy no ha venido nadie a preguntar;
ni me han pedido en esta tarde nada.

No he visto ni una flor de cementerio
en tan alegre procesión de luces.
Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

En esta tarde todos, todos pasan
sin preguntarme ni pedirme nada.

Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.

He salido a la puerta,
y me da ganas de gritar a todos:
Si echan de menos algo, aquí se queda!

Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.

Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto qué poco en esta tarde!




Avestruz.

Melancolía, saca tu dulce pico ya;
no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.
Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales
la sangre que extrajera mi sanguijuela azul!

No acabes el maná de mujer que ha bajado;
yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz,
mañana que no tenga yo a quién volver los ojos,
cuando abra su gran O de burla el ataúd.

Mi corazón es tiesto regado de amargura;
hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él...
Melancolía, deja de secarme la vida,
y desnuda tu labio de mujer...!




Comunión.

Linda Regia! Tus venas son fermentos
de mi no ser antiguo y del champaña
negro de mi vivir!

tu cabello es la ignota raicilla
del árbol de mi vid.
tu cabello es la hilacha de una mitra
de ensueño que perdí!

Tu cuerpo es la espumante escaramuza
de un rosado Jordán;
y ondea, como un látigo beatífico
que humillara a la víbora del mal!

Tus brazos dan la sed de lo infinito,
con sus castas hespérides de luz,
cual dos blancos caminos redentores,
dos arranques murientes de una cruz.
Y están plasmados en la sangre invicta
de mi imposible azul!

Tus pies son dos heráldicas alondras
que eternamente llegan de mi ayer!
Linda Regia! Tus pies son las dos lágrimas
que al bajar del Espíritu ahogué,
un Domingo de Ramos que entré al Mundo,
ya lejos para siempre de Belén!




Desnudo en barro.

Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Sustancia
camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba!

¡Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
¡La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!




En el rincón aquel.

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o talvez que habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra.




Fresco.

Llegué a confundirme con ella,
tanto...! Por sus recodos
espirituales, yo me iba
jugando entre tiernos fresales,
entre sus griegas manos matinales.

Ella me acomodaba después los lazos negros
y bohemios de la corbata. Y yo
volvía a ver la piedra
absorta, desairados los bancos, y el reloj
que nos iba envolviendo en su carrete,
al dar su inacabable molinete.

Buenas noches aquellas,
que hoy la dan por reír
de mi extraño morir,
de mi modo de andar meditabundo.
Alfeñiques de oro,
joyas de azúcar
que al fin se quiebran en
el mortero de losa de este mundo.

Pero para las lágrimas de amor,
los luceros son lindos pañuelitos
lilas,
naranjos,
verdes,
que empapa el corazón.
Y si hay ya mucha hiel en esas sedas,
hay un cariño que no nace nunca,
que nunca muere,
vuela otro gran pañuelo apocalíptico,
la mano azul, inédita de Dios!




Idilio muerto.

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.




Los heraldos negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!




Medialuz.

He soñado una fuga. Y he soñado
tus encajes dispersos en la alcoba.
A lo largo de un muelle, alguna madre;
y sus quince años dando el seno a una hora.

He soñado una fuga. Un "para siempre"
suspirado en la escala de una proa;
he soñado una madre;
unas frescas matitas de verdura,
y el ajuar constelado de una aurora.

A lo largo de un muelle...
Y a lo largo de un cuello que se ahoga!




Nochebuena.

Al callar la orquesta, pasean veladas
sombras femeninas bajo los ramajes,
por cuya hojarasca se filtran heladas
quimeras de luna, pálidos celajes.

Hay labios que lloran arias olvidadas,
grandes lirios fingen los ebúrneos trajes.
Charlas y sonrisas en locas bandadas
perfuman de seda los rudos boscajes.

Espero que ría la luz de tu vuelta;
y en la epifanía de tu forma esbelta,
cantará la fiesta en oro mayor.

Balarán mis versos en tu predio entonces,
canturreando en todos sus místicos bronces
que ha nacido el niño-Jesús de tu amor.




Piedra negra sobre una piedra blanca.

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París ?y no me corro?
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...




Romería.

Pasamos juntos. El sueño
lame nuestros pies qué dulce;
y todo se desplaza en pálidas
renunciaciones sin dulce.

Pasamos juntos. Las muertas
almas, las que, cual nosotros,
cruzaron por el amor,
con enfermos pasos ópalos,
salen en sus lutos rígidos
y se ondulan en nosotros.

Amada, vamos al borde
frágil de un montón de tierra.
Va en aceite ungida el ala,
y en pureza. Pero un golpe,
al caer yo no sé dónde,
afila de cada lágrima
un diente hostil.

Y un soldado, un gran soldado,
heridas por charreteras,
se anima en la tarde heroica,
y a sus pies muestra entre risas,
como una gualdrapa horrenda,
el cerebro de la Vida.

Pasamos juntos, muy juntos,
invicta Luz, paso enfermo;
pasamos juntos las lilas
mostazas de un cementerio.




Trilce.

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

?Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ?¿Está?? No; su hermana.

?No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.




Yeso.

Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche,
ya tras del cementerio se fue el sol;
aquí se está llorando a mil pupilas:
no vuelvas; ya murió mi corazón.
Silencio. Aquí ya todo está vestido
de dolor riguroso; y arde apenas,
como un mal kerosene, esta pasión.

Primavera vendrá. Cantarás «Eva»
desde un minuto horizontal, desde un
hornillo en que arderán los nardos de Eros.
¡Forja allí tu perdón para el poeta,
que ha de dolerme aún,
como clavo que cierra un ataúd!

Mas... una noche de lirismo, tu
buen seno, tu mar rojo
se azotará con olas de quince años,
al ver lejos, aviado con recuerdos
mi corsario bajel, mi ingratitud.

Después, tu manzanar, tu labio dándose,
y que se aja por mí por la vez última,
y que muere sangriento de amar mucho,
como un croquis pagano de Jesús.

Amada! Y cantarás;
y ha de vibrar el femenino en mi alma,
como en una enlutada catedral.

Vanidad. César Brañas (1899-1976)

Aunque la fama alguna vez me ungiera.
Juan Burghi.

La vanidad de mi pequeño nombre
quisiera abandonar en el camino,
que nadie sepa ni recuerde el hombre
que fui en la tierra, oscuro peregrino.

De la fama ignorado y del renombre,
cumplir sencillamente mi destino
y que el lector futuro no se asombre
siquiera del silencio en que me obstino.

Dejar mi verso dócil o impaciente
no codicioso del aplauso ardiente
sino de oculto agrado contenido

como pintor anónimo borrado
en la leyenda de su lienzo amado.
"Autorretrato de un desconocido"...

Estuario. César Brañas (1899-1976)

Aquí está mi canto taciturno y desvelado,
mi esencia traicionada,
mi poder perdido y la amorosa luz huida
por el húmedo camino de mis vértebras
hacia los más consistentes olvidos.
El tiempo huraño de sus brazos me abandona,
hostil la flor y letal el surco
nocturno en que el sueño me recoge
en lentas navegaciones desvanecidas.

¡Estuario de sus palabras con pájaros
ocultos entre los granados,
en el temblor del inseguro día
de arterias rotas y fulgurantes álamos!

Ay, ya no prendido en tus caderas
mi sollozo se derrama,
amarga sed de un bien desposeído,
ausencia de luceros en el agua,
huella de suspiros en la arena.

¿Adónde mi flecha se dirige
en el universo vacío de mis sentidos?
¿Adónde cabalga su potro oscuro el deseo
encabritado aún en las desiertas
albas del regreso y en el espanto ardido?

Déjame tu símbolo escueto,
tu imagen sin tierra ni ternura,
tu sonrisa de materia cristalizada y sin penumbra,
el trino de marfil de tus pájaros en la memoria,

para que florezcan, limpios, en la cal de mis huesos,
en el confín de mis vértebras,
más allá de lo que en mí ha muerto,
de lo que en mí no muere,
en la universal entraña de mi gemido!

Blancura de la esposa. César Brañas (1899-1976)

Límite de jazmín y nieve intacta,
aurora boreal, país de nardo,
témpano de azucenas, rosa exacta,
vellón de azúcar, cristalino dardo...

Velamen de la nube fugitiva
y fuga de relámpago y de espuma,
en el aire de luna pensativa,
muerta de plata en ataúd de bruma.

¿Muerta? No. Viva y en perenne llama
de cisne, en puro arranque de gaviota,
en impecable estrella de diamante.

Magnolia tu cintura que se inflama
y diamela tus senos de que brota
en vía láctea el don santificante.

Zarzamoras. César Brañas (1899-1976)

(cantos menores)
(1957)

(Por remover su cárdeno tesoro
en la ceniza fiel hundí mi mano:
en mi mano temblaron ascuas de oro,
momentos, sueños, de mi ayer lejano.

Me quedan, de mi cándida aventura
estas canciones que al olvido entrego,
huellas de una indecible quemadura,
marca indeleble de mi oculto fuego.)

*

Esta muchacha tiene dos hijitos
medio abandonados, saldo de su divorcio.
Es rubio el más pequeño y el otro moreno,
traviesos y malcriados: yo los acaricio
con anómalo encanto...
¡A esta muchachita la quise yo tanto!
¡Y estos sus hijitos pudieron ser míos!
¡Debieron ser míos!

*

¿Era esto lo que yo buscaba?
Cuarenta años soñado
y por fin alcanzado...
¡Pero, qué viejo para tan florida rama!
¿Y a porvenir tan nuevo, proponerle un pasado?

*

Si mi voz, mis sueños, mis lágrimas, mis ojos...
Pero, ¿qué afán de darte en doloroso ejemplo?
¿No sabes que el dolor que se calla es el más grande?
¡Sí! ¡Sí! ¡Pero mis sueños, mis lágrimas, mis ojos!

*

El mal que me ha sucedido
yo nunca lo lamenté,
pero tampoco lo olvido
pues dio sentido a mi bien.




Muchachita subversiva,
el aire audaz de tu enagua
¿por qué me tienta y me aviva
un como ímpetu de agua?
¡Quisiera llover luceros
sobre tus tiernos eneros!

*

Me asegura mi experiencia,
sin que de imponerla trate,
que con paciencia
¡o con violencia!,
no hay nudo que no se desate.

*

Mi daño ha consistido
en no haber hecho a tiempo
aquello que he querido;
haber dejado, ciego,
lo soñado por lo vivido,
pues al final encuentro
que lo amado no lo he tenido,
que no vale amar lo que tengo
y lo vivido, lo he perdido.

(Variantes)

(Casamiento de una amiga)

Me dieron la noticia. Vi que en la tierra había
flores, luces, canciones, y que el tiempo fluía
en ondas sin sentido. Nada había cambiado
Entonces, ¿es la muerte ­me pregunté aterrado­
función tan sólo, de fisiología?

*

Que fue un error amarte,
antes de amarte lo sabía
Lo que yo no sabía
era poder dejar de amarte.

*

Qué simples son los poetas,
dijiste: aman lo lejano
y desdeñan lo cercano,
que simples son los poetas.

*

Tienes razón y bien sabes
cuánto te amo,
orgullosa, indiferente,
mi bien lejano

*
Ante mi equívoco amor
me dijiste que quererme
era un error.
Te curaste con olvido
y yo he seguido queriéndote
con mi equívoco amor,
firme en mi error.

Pensamiento después del cine. César Brañas (1899-1976)

Con violetas de los cinematógrafos en las ojeras
y nostalgia de estanque en los ojos,
de estanque con lotos,
definitivamente en el amor naufragas,
isla flotante de pluma y nardo
en un mar de cabezas desoladas
y de huraños deseos.

Haces pensar nómade y frágil en mis manos y tan remota
en los caballos de las películas
que corren, que corren, que corren
miles de miles de millas de celuloide
para salvarte,
para salvarte del rapto de los bandoleros
que te llevan en el pavés de sus deseos,
y entregarte al fin incólume
como el sueño de una niña de cristal y malva
al héroe impecable de las películas.

Haces pensar en los peligros erizados de montañas,
de montañas de cartón que en las películas
sorprenden con minas de secretos y bandidos galantes,
aptos para el aplauso en flor de la galería.
Haces pensar en los incendios de bosques,
que se apagan en un beso de salvamento,
y en los raudales en que se precipita
la fuga de una barca perseguida
que a los pies del milagro se detiene,
y en las carreras de aeroplanos
que hincan certeras flechas de aluminio
en el corazón espeluznante del vacío,
y en las locomotoras que pasan
sobre las cabezas encogidas de los espectadores
laminando un grito de ficticias muertes.

Te desvaneces en un suspiro
y en un relámpago te amplías,
te amplías desmesuradamente como la muerte.
El brazo, para ceñirte, circunvala el mundo.
La luz, para recrearte,
se tortura en los obturadores burlando vigilancias
de directores siniestramente irreales.
Marchas a mi lado y no te siento,
marchas a mi lado y no te siento,
urdida mentira de los cinematógrafos,
viviente sólo a clareadas de luz y azogue:
en el deseo florecido,
Y en la instantánea retina del recuerdo.

Entonces. César Brañas (1899-1976)

Ese día que esperas temeroso,
vendrá. Te irás pausado, y otros seres
ocuparán tu espacio. En tu reposo
escucharás las risas de mujeres

nuevas, el renovarse silencioso
de cuanto vive, y sentirás que mueres
de nuevo en todo día victorioso,
que otra vez dejas sueños y placeres.
Crepitará la dicha en torno tuyo,
ignorarán los hombres lo que fuiste
y no podrán, desde su vida, verte.

Tú los verás, en el delirio suyo,
aproximarse ciegos a la muerte,
y en tus cenizas estarás más triste.

Aquel viejo caballero. César Brañas (1899-1976)

Yo quisiera ser el viejo caballero
amante de las esquinas solitarias,
bañado por una suave lumbre de alelíes,
que en la noche repasa, con los dedos,
cuentas de amor y melancolía
a través de desvaídos almanaques.
Yo quisiera ser el viejo caballero.

Lo he visto en los grabados antiguos
de las calles silenciosas.
Su paso deshace plumajes de agua en los plenilunios.
Su paso abismado reanda los años en la luz.
Su paso escala montañas de flor de algodón.
Yo lo he visto perdido bajo cielos de arroz,
con una mano en el pecho
y una mano ya ajena en otro siglo. Su bastón
caminaba solo y yerto como caminaría
una insurrección de nardos. Iba delante de él.
La perla de su corbata,
sus guantes de horizonte, de niebla,
la cadena de su reloj,
su pañuelo florido,
sus cabellos pintados,
su sombrero vesperal,
la luz de sus zapatos de charol,
todo lo anunciaba ­y su tos­,
todo gritaba su sonrisa, su amarga
luna de soledad.

Yo quisiera ser el viejo caballero
que da golosinas a los niños
y palmadas delicadamente amorosas a las adolescentes.
Yo quisiera ser ese caballero, ese río inerte,
esa luz antigua.
Yo quisiera ser ese caballero,
lleno de árboles desgarrados,
de pájaros enmudecidos,
de estrellas turbias. ¡Caballero gris,
retrato mío de un tiempo escamoteado!
Pero no lo cuente, por favor, caballero.

Viento negro. César Brañas (1899-1976)

(Elegía paternal)

Este que traigo ahora con mis papeles es un libro recio
y sombrío, como un redoble de tambores enlutados.

-Eugenio D'Ors, Grandeza y servidumbre de la inteligencia.

Bajo la tierra estás inerte,
pero exorable y compasiva
con su beso te dio la Muerte
la perfección definitiva.

Eduardo Castillo.





EL VIENTO LOBREGO de hendidas garras
temblando viene de comarcas misteriosas.
El viento lóbrego de ateridas flácidas carnes
de perro humillado y ululante,
negro heraldo de agüeros funestos,
viene de países horrendos en que el espanto medra,
de foscos febreros echado.

No le vemos los ojos de carbunco, de horror y de crimen,
no le vemos las fauces, en que espuman asordadas voces,

no le vemos los pies claudicantes,
no le vemos los pechos violentos;
sentimos su fuerza ruda, el empellón con que pasa
tumbándonos en lagos de asfalto de miedo:
queremos franquearle el paso, y nos azota,
y sus afiladas garras yelorosas
en la garganta epiléptico nos hinca,
asesinándonos pavoridos estertores de sombra.

El gran viento luctuoso viene de las pampas del sueño,
de los eriales de la angustia,
de los desiertos desnudos como jóvenes sombríos
al suicidio predispuestos, del dolor evadidos.

El viento en la noche amarga cruza,
maquinista de locomotoras de pesadilla
que en nuestro corazón se estrellan
aparatosamente en mudas catástrofes sin tiempo ni testigos.

El viento cargado de dudas, huye,
y en su desazón nos arrebata.

El viento malvado con crímenes de siglos a la espalda
y anarquistas cóleras en el pecho se atorbellina
y hacia el vacío nos proyecta
por entre un turbión de deshechas alas,
por entre un dilatado pánico de estrellas.

El viento negro, el viento mendigo nos hurta monedas de clamores
y nos deja haraposas soledades
y solitarios amores de miseria.

...Al viento lóbrego confío en la noche amortecida
mi carne escéptica y mi sueño,
mi angustia y mi canto.



AHORA SOY NO MAS el joven luctuoso
que en la noche sin límite se pierde,
ahora soy no más el joven luctuoso.

Van delante de mí sombríos pasos,
pasos sin dueño y voces no emitidas.

Perros de luna ladran a las tierras ocultas
por submarinos soles bañadas.
perros de lunas de invierno maceradas.

No distingo mi sombra dentro de mí acurrucada
y en los espejos de la distancia
mis pies resbalan taciturnos y miopes,
caídos de un sediento mundo
escapado de las manos de Dios.

Pero ahora soy no más el joven luctuoso
que pule el marfil de su actitud no esperada,
del dolor huésped desventurado,
amargo y silencioso como árbol sin raíces
apenas por las espaldas de contrarios vientos sostenido.

He perdido mi país de nubes.
mi pañuelo de expertos adioses,
mis lanzaderas de golondrinas,
mis manos calladas,
mis carabelas,
mis alas.
He perdido mi país errante,
y ahora soy sólo el joven luctuoso
de la noche desdeñado,
de la luna, de la sombra, de los sombríos huertos,
de los fúnebres jardines, de las negras fuentes,
de los pálidos pozos, de las lentas estrellas,
de las tiernas guirnaldas, desdeñado.



Dónde mis pies! ¡Dónde mis alas!
¡Dónde mis risas tempestuosas! ¡Dónde mi silencio
de tétrico doncel desvariado!

(Narciso, ya serás
bosque de sauces a la orilla
del gran río del llanto.)

Ahora me ladran perros de emigradas lunas,
ahora me huyen los fantasmas cotidianos
y las campanas, ahora me huyen.
Porque soy el joven luctuoso,
porque soy el portador de las lágrimas perdidas,
porque he perdido las islas del día,
porque he roto los cauces de la noche
y los diques del llanto,
porque he destrozado los puertos
de los oscuros litorales de la vida.

Porque soy no más el joven sombrío
ebrio en los laberintos de su luto,
vino negro, viento negro, negro abrazo del cielo negro,
luctuoso y sombrío como los perros sin luna,
como las abandonadas lunas sin tierra
en las órbitas de la angustia perdidas.



TENDIDO ESTAS, isla inmóvil
Ya en la densa mar del tiempo.
Los riachuelos azules de tus venas
Se desperezan sin rumor por los cauces de piedra de la muerte,
húmeda lava de la muerte.



Sobre tu pecho,
pálidas manos decaídas, sin voluntad de alas,
custodian las puertas del sueño.

Ultima luz de mayo
acunan almohadones de sombra en tus ojos,
abiertos ya del otro lado de la vida,
a lunas de tierras extraviadas,
a estrellas fugaces de cielos del todo nuevos
para tus ojos de recién llegado a otra vida.

Isla intacta -equilibrio intemporal, dichoso aplomo-
una onda de lágrimas,
una espuma de plegaria,
una herida ráfaga de sollozo
acuden a tus costas, nimban tu contorno.
balandros de flores naufragan en tus orillas.
Pero ya la sorda corriente de la muerte
tus raíces de profunda tierra taja
y a impenetrables mares de soledad te arrastra.

Tibia corona de laurel antiguo,
mi abrazo quiere ceñirte,
tibio beso en la frente helada, quiere detenerte.


Tu escolta de cirios lacrimosos
sondan la sombra de las escalas de tu viaje.
Vestido ya de negro y plata,
viene a besarte el viento de las estrellas de la calle.
viene de tus mundos perdidos
una voz que sólo tú oyes
(En su prisa nos atropella
hace temblar los cirios veladores,
se arrodilla a decirte adioses
de tus cosas estremecidas, huérfanas
de tu tutelar amparo, de tu sosegada pertenencia huérfanas.)

Las ojeras de la aurora
tu palidez espacian, pronuncian tus perfiles, y te haces más isla, más isla,
más mundo que desaparece,
más propiedad irrescatable
de las enemigas manos de la muerte.

Un silencio de flor
encristala la anchurosa luz de tu semblante.



AMIGA SILENCIOSA,

Silenciosa amiga, cándida Eco,
tómame las manos, doblega mi cabeza,
apaga el latido frenético de mi sangre,
amiga silenciosa,
porque ahora estoy triste como los barrancos
en el crepúsculo,
porque ahora el tiempo sobre mis hombros pesa
y negras cadenas nocturnas
a los pilares de subterránea noche me encadenan.

¿No oyes gemir el viento, el negro viento
detrás de las vidrieras?
Acállalo, Eco,
¡pero no te apartes de mi hervoroso miedo!

He oído su voz llena de tierra, llena
de amargas sales de viaje,
llena de silencios entrecortados. De sombras. De soledades.
Sus pasos eran rúbricas misteriosas en la arena,
Y yo sabía que venían a mi corazón!

Me tenderé en la arena de los cementerios,
en el playón de plata de la muerte,
para sentir que resbalan sobre mí los pasos
de sus palabras.

Me llenaré del rumor de sus palabras,
de su eco,
y pasaré junto a la noche como un vendedor de cántaros,
temeroso de que en las paredes de la noche se destrocen.

He oído su voz llena de tierra,
desenterrada y triste, mineral,
que de remotos países habla,
que a desconocidos fantasmas invoca,
que a mortuorios viajes invita.

En la memoria del aire
su voz reconstruye sus cúpulas y sus arcos,
pura y nítida ya, sin residuo humano,
ya sangre de cristal, suspiro casi, no gemido,
pura y nítida ya.

No me digas nada, amiga silenciosa, silenciosa Eco,
para que sólo escuche, contra tu silencio,
la voz perdida, incólume;
su acento que gotea tiernas mieles azules
en las bandejas de luz del día,
su voz grabada en los nocturnos discos del sueño.
irrecuperada.


YO SE QUE ESTA LLUVIA de junio martilla
la húmeda argamasa y el grave ladrillo de tu sepulcro,
barcaza inmóvil en que eres
cargamento silencioso de la muerte.

¿De qué te habla, de qué te habla
la lluvia?

Te habla de las ceibas abrumadas
de tu familiar paisaje;
de los montes velados;
de los inviernos que corrieron bajo tus pies.
te habla del tiempo que no muere.
Te habla de Cubas calientes y doradas:
en el aire luciente, vívido aluminio,
esbeltas mulatas de canela y ron;
entre manigua y cañal,
entre tabaco y nopal,
correrías de insurgentes,
hazañas de guardia civil.
¡Sargento!, joven sargento,
cuidado con su capa de añil,
cuidado con su corazón de abril.

De Españas de cristal, sonoras,
vino escarlata, sol generoso, y en las rodillas trajinantes, ¡qué juventud!
De tu líquida Galicia en atlánticos ojos de esmeralda demorada,
-Pasos umbrosos, reposadas rías
en que tu cuerpo de niño astilló cerúleos espejos,
rúas de balbuceantes casonas,
robustas mozas de manzana y miel, como templos, como mundos;
tamboriles de romerías, zambombas de Navidad,
gaitas que entregan quejumbroso dialecto a la muda nostalgia, a la saudade enclaustrada
de tu gota de sangre celta,
de tu grano de ensueño godo.
yo sé que la lluvia te habla
con mil bocas de cantar.
Sus caballitos de vidrio
rompe en la tierra, como si quisiera jugar.

¿ Sabes? Ya desbordan ríos, en el ámbito de tu geografía,
ya mugen mares, ya se desfondan montes,
ya se quiebran cielos, cielos de metal en relámpagos de azogue,
ya gimen desnudos árboles desnucados,
ya se derrumban pájaros de barro, por la lluvia carcomidos,
y tú no sales,
y tú no sales del estanque de hielo de tu sueño!

Que no te diga más la lluvia,
que no te diga sino que es mi llanto,
colérico, desesperado, amante y triste,
mi llanto que para despertarte,
bajo el viento negro,
Mares Muertos sobre tu sepulcro vacía,
Mares Muertos de amargura.

COMO LA LUZ TRISTE del sol que en las tardes
emplomadas de lluvia -desesperadamente-
entre los hombros de las nubes se abre paso,
como la luz triste y entumecida
que sobre el musgo cae y en la hierba rebota,
como la luz triste, viajera equivocada,
que todos se niegan a recoger
alegando que no es la luz verdadera,
así es tu ausencia.

Inútil que me engañen tus cosas abandonadas,
inútil que las ampollas olvidadas y los frascos,
el tímido algodón y el servicial alcohol,
finjan esperarte en detenida tregua;
inútil que tus anteojos y tu silla
a otro mundo espíen sobrecogidamente, aguardándote.

Florecerán rosales desterrados de tus ojos
flores de Candelaria se quemarán en grada vesperal,
atónitas naranjas suspenderán en el aire palpitante
senos de muchachas virginales;
flores de pascua gritarán tras los cercos
a los donceles de diciembre en fuga;
enamoradas de los esbeltos helechos,
las pomposas bougainvillias vestirán lujos de burato y fuego
para que Pablo Veronés las pinte,
y las rubias amandas desdeñadas
apaciguarán su fría, superficial indiferencia
para ensayar vuelos de lastradas mariposas,
viniéndose a tierra en repentinos otoños sólo suyos.

Tú no vendrás, tú no verás, tú no estarás,
nunca, nunca, nunca,
sino en mi lágrima y en mi sueño y en mi canto,
en mi peligro y en mi diálogo,
en el orden circunspecto de la luz que me circunda y me atañe,
en la tolerancia de mis sentidos,
y en la persistencia del ademán que antiguos fantasmas repudia
para estar contigo a solas en la penumbra

de la frontera secreta de la muerte,
tú un paso maduro en la vida adelantado,
yo a la muerte un delirante paso dirigido
como de melancólico joven en el viento suicidado.

DICEN QUE HAS MUERTO.
Yo sé que es mentira. ¡Yo sé que es mentira!
Tendido sí, inmóvil sí, sin mirada, e imperturbables nervios,
dueño de rientes comarcas de ultramundo.
En el ataúd dormías, escapados los pájaros de tu albedrío;
en tu mortual decoro había una
adormilada palpitación de vida.
Tu peso en mi hombro fue el de un delgado sueño,
y en el estéril silencio del cementerio
tu reposo es el ligero reposo de una sonrisa,
de ceniza nunca severo testimonio.

Sentirás crecer un poco los árboles, de tu savia;
sentirás empinarse un poco los montes, de tu tierra disgregada;
sentirás un poco la campana copiar tu voz,
pero no estás muerto.

Tu fértil presencia está en las cosas
que rodean mis límites ampliados,
ejemplo de mi tacto, resabio de mi rebeldía,
frontera de mí mismo,
apaciguado aniquilamiento.

Eres tú a mi lado, eres tú en la sombra,
eres tú en mi cabeza que duerme contra el día,
en mi corazón vagabundo,
en mi lágrima, en mi mano, en mi pena.
Eres tú mismo en el consejo florecido,
austero en la admonición, en el estímulo placentero,
venido de un planeta dulce,
protagonista de una leyenda no disfrutada,
por un ángel fortuito arrebatado.

No mueres, no morirás, no morirías,
no puedes morir:
te lo prohiben compromisos de dulzura,
deudas de enseñanza, deberes de amor.

Estás vigilante e inadvertido, con pausa de dominio imperceptible,
junto a lo que escribo, detrás de lo que sueño;
vas a decirme que me detenga ¿ lo ves?
a la trémula orilla del mal, del turbio engaño.
Pones una mano inmaterial sobre mi hombro
en que el cansancio cruza lanzas doblegadas,
y escuchas la anécdota que te cuento
en un lento clima de indulgencia sumergido.

Depones el prejuicio de tu ausencia,
te sacudes con mano exenta de extrañeza
fácil polvo de estrellas olvidado en tu frente,
y en el afán me otorgas vigorosa compañía.

Eres tú mismo,
irrefutable en sutil evidencia
pero rebelde al fallo de mis sentidos.
Si tú no fueras,
padre, ¿cómo latiría aún mi corazón?

APARTAD DE MI A LOS NIÑOS de risas heridoras,
apartad los bosques trémulos de voces musicales,
los ríos que se quiebran en el cristal del día,
las montañas azules recostadas en la distancia,
las estrellas de aguas de plata,
las rosas, las dalias, los pájaros,
los claros indemnes ojos de la vida.

Yo no quiero sino mi luto,
el negro viento que me esculpe,
las frías manos de mi tristeza,
los desnudos huesos de mi silencio,
las lagunas ensimismadas de mi llanto,
la estepa lunar de mi pensamiento,
el rumor obstinado de la lluvia que cae en cavernas malditas,
el gotear pavorido de la noche en los pozos del mundo.

Quiero el árbol derribado que se pudre en la selva,
agobiado de líquenes, ceñido de parásitas,
comido el corazón por voraces caravanas de hormigas;
quiero el río turbio de pérfidas aguas empantanadas
que espantan las fauces sedientas de las bestias;
quiero las piedras mudas en acongojada soledad reclinadas;
los parajes insolventes signados por viejas cruces
de enfáticos crímenes que nadie recuerda
y a todos estremecen como si a cometerse de nuevo fueran;
las minas abandonadas donde imploran, de tiempo en tiempo
soterradas almas de mineros, negra cara
y negras manos, al espanto aherrojados;
quiero la noche polar y el sueño de montaña sin estrellas,
para mi alma, ciega y sorda, de inverosímiles tormentas amasada.

Apartad de mí la belleza de las horas,
la gracia del mundo florecido,
los himnos horrendos de la alegría,
el ansia núbil de la mujer,
la fuerza razonada del hombre a vencedoras empresas habituado,
pórque mis ojos sólo contienen la ácida luz de las lágrimas,
y mis labios ignoran el beso y mancillan la oración;
porque mis brazos están mutilados de ternura
y no quiero que se desborde sobre la tierra inocente
la colmada amargura de mi corazón.

YO NO SE POR QUE LLORO, si tú descansas.

De tan grande que era, de tanto cielo que atesoraba,
el corazón no te cabía en el pecho,
¿cómo iba a caber en el mundo
un corazón que no cabía en tu pecho?

No tiene sentido que te llore,
si estás en la luz disuelto,
en su intimidad incorporado,
en su novedad identificado,
si en el agua me miras con ojos de sumergida diafanidad,
si en el viento se renuevan tus palabras leales,
si en la noche navegan tus pasos junto a mis pasos,
bajo tempestades de estrellas y de apóstrofes,
si en tu sueño mismo, sin fondo, sin contornos, mi mano exasperada
ase con pavor y daño fervoroso las hundidas raíces de tu ser,
si en el río de mi sangre caen, copiosas de eternidad, tus amapolas.
No tiene sentido que te llore,
aquí, bajo el gran viento negro.
Mis ojos ignorantes, sin embargo, en ráfagas de lágrimas.
Mi corazón desquiciado, sin embargo, en nudos de angustia.

Soy el culpable de mis lágrimas y en ellas naufrago,
abandonado a los caprichosos itinerarios de las ondas del llanto.

Castígame con impulsos de frío reproche y de luz airada
porque rompo la obediencia a hostiles destinos,
contra las benignas normas de tu estoicismo alzado,
y porque con torpe mano quiero detener tu marcha de luz, castígame.

Yo no sé por qué lloro, si tú asciendes,
Pero me falta el jarro de flores olorosas de tu corazón.

Yo no sé por qué lloro.
Por escalinatas de estrellas va tu ser emancipado,
y yo soy apenas el esclavo medroso que de lelos, tu huella
desvanecida sigue, en estelar espanto desvanecido.

Seca el manantial tenebroso de mis lágrimas,
apaga el hervor de mi sangre,
ciérrame los ojos ensombrecidos,
apriétame los labios de ansia y de blasfemia,
y entonces sumisamente, bajo las lunas nuevas seré el camino de tu recuerdo,
invocaré tu nombre despojado,
cantaré tu alabanza de bondad y dulzura,
y diré a tus hijos que no has muerto,
que eres la perfecta luz de una presencia al ojo negada,
al alfanje del dolor invulnerable,
pálidamente silenciosa.

Que descansas del mal de la vida, en fin, y a la dicha
te elevas purificado,
Dignidad de acero y terciopelo;
que tu corazón desorbitado ya en el espacio se amolda;
que un día, en el mar de las estrellas confluirán los ríos
desiguales de nuestro viaje.

No tiene sentido que te llore,
aquí, bajo el viento negro,
cuando es mi corazón, tan sólo, el que ha muerto.

TE ALEJAS EN LA SUSTANCIA del tiempo.
La luz no sabe qué paisaje esconden tus ojos cerrados.
Las nubes que regresan de hemisferios ateridos
preguntan por tu sombra esculpida
en yo no sé qué tierra de ausencia, lívida y morosa.

En el río de diamante de un mayo herido
-¡mayo todavía no me había herido, no!-,
se congela en tenue eternidad tu agonía,
como de miel de caña o de obsidiana silenciosa.

La arena del sufrimiento en tus manos se desliza.
Recordarás cómo caen, cómo caen, cómo caen,
vagarosamente, una a una, dos a dos,
sin propósito definido como tristes días,
en tibio viento naufragadas, las hojas de las ceibas.
Rompan la muralla del silencio,
porque tu voz quiere proyectar su onda,
porque tu ademán quiere libertar sus pájaros.

Recordarás que en mayo la tierra henchida
senos de mujer madura en calor de violencia vegetal.
Mayo no te había herido,
sino esta luna afilada y tenebrosa,
sino esta luna nueva.

Recordarás cómo canta el agua
el aria familiar de tu sosiego.

(Pero ya baten las sonoras plantas del delirio
y aúllan los lobos de antiguos episodios
por veredas en que te nos pierdes de antemano
por la gacela del enigma sorprendidos).

¡No te vayas, padre!
¡Río benévolo y patriarcal, deténte!

Pero ya eres sustancia del tiempo,
ya eres de mi corazón cercenada lejanía,
presencia armoniosa en un mundo en el cual el olvido
a inefable memoria se reintegra
y en virtud de perduración se acrisola,
trigo y sol, miel y cristal, transparencia y vuelo,
apta materia para construir auroras,
designio puro de rendido sueño.

*

El viento negro ha pasado,
el gran viento negro
en mi corazón por mayo herido,
en mi corazón, en mi sangre, el viento negro,
el gran viento negro sin orillas,
¡el gran viento negro!

...mayo, junio, julio...
4 de agosto de l938...

Pasos de la búsqueda. César Brañas (1899-1976)

I

En la tierra desnuda te he buscado,
en caminos, montañas, bosques, ríos,
en amargos inviernos y en estíos,
en mi vida, en la vida, te he buscado.

En las mañanas de oro te he buscado,
y en los vagos crepúsculos vacíos,
en el vuelo de pájaros tardíos,
de nubes y de estrellas, te he buscado.

Tu rastro a veces descubrí en la tierra,
en el mar, en el niño y en la rosa,
en todas Partes donde te he buscado...

Pero el engaño de mi amor me aterra:
sabe que estás perfecto en cada cosa,
¡y como bien perdido te he buscado!

II

Estás tan alto para mi sentido,
estás tan lejos para mi ansiedad,
que siempre bien perdido te he creído
sin que pueda alcanzarte mi ansiedad.

Veo que otros te encuentran sin empeño,
y otros fingen no verte, sin piedad,
que mis ojos el llanto ciega, y sueño
que te me desvaneces en piedad.

Si escuchara tu voz, tu rastro hallara
y en mi tiniebla tu invención brillara,
¡cómo disiparías mi ansiedad!

Estás ­tan alto y lejos­, en mí mismo
pero tal es la sombra de mi abismo
¡que no entiende tu inmensa claridad!

III

Si a otra vida me voy sin conocerte,
la vida que me des será de muerte,
y en mi perpetua muerte hallaré vida
sólo por ver tu imagen presentida.

Por miedo de perderte sin tenerte
mi vida fue de soledad y muerte;
me espanta imaginarla repetida
si no he de conocerte en nueva vida.

Tú de mi ser dispones por entero
y diseñas mi sino venidero
como forjaste mi alentar pasado,

pero has de darme nueva vida y muerte
para que al cabo pueda conocerte
el anhelar que ciego te ha buscado.

Donde estoy. César Brañas (1899-1976)

Si quieres encontrarme no me sigas
en mi desamparado movimiento,
guárdate de la flor de mis fatigas
y del dictamen de mi desaliento.

Mis pájaros de sueño no persigas,
huye el que es en mí vencido intento,
mi destrozado símbolo de espigas,
mi desolado sollozar de viento.

Me encontrarás en el ciprés dormido,
en la porosa tierra desgajada,
en el agua, en la nube y en el humo.

¿Pero por qué me buscas sin sentido
fuera de ti, si en tu extensión amada
río de fuego y llanto me consumo?

Aprendizajes. César Brañas (1899-1976)

Si tuve en los caminos insensato
afán de regresar, y si del viaje
no me quedó sino el amable dato
de algún humilde ocasional paraje;

si el mar me dio tan sólo el inmediato
goce de la canción de su oleaje,
montaña, cielo y mar en su arrebato
me enseñaron su pítico lenguaje.

Mi aprendizaje fue harto sencillo,
de ciego que no urgió de lazarillo;
cuanto buscaba en mí mismo escondía;

para cumbres y mar mi desencanto,
para caminos mi melancolía,
¡que todo regresaba, en mí, a mi llanto!