jueves, 12 de julio de 2018

El experimento del doctor Heidegger. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Aquel hombre extraño, el viejo doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a cuatro amigos venerables. Eran ellos tres caballeros de blancas barbas: Mister Medbourne, el coronel Killigrew y Mister Gascoigne, y una marchita dama, la viuda Wycherly. Todos eran melancólicos ancianos que sabían de infortunios y cuya mayor desgracia consistía en mantenerse aún con vida. Mister Medbourne, en el vigor de sus años, había sido un próspero negociante; pero habiéndolo perdido todo en locas especulaciones estaba reducido a poco menos que un mendigo. El coronel Killigrew había dilapidado sus mejores años, su salud y su caudal corriendo tras pecaminosos placeres, los cuales fueron fuente de males, tales como la gota, a más de producirle diversos tormentos del alma y del cuerpo. Mister Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, o al menos lo había sido, hasta que el tiempo, al borrarlo del conocimiento de la presente generación, convirtió su infamia en oscuridad. En cuanto a la viuda Wycherly, la tradición nos dice que fue en sus días una gran belleza, pero que vivió largos años en profunda reclusión a causa de ciertas escandalosas historias que habían prevenido contra ella a la gente de la ciudad.

Es una circunstancia digna de mencionar que los tres ancianos caballeros: Mister Medbourne, el coronel Killigrew, y Mister Gascoigne, amaron en sus años mozos a la viuda Wycherly, y hasta habían estado una vez a punto de llegar a las manos por ella. Y antes de seguir adelante quiero sugerir, simplemente, que tanto del doctor Heidegger, como de sus cuatro huéspedes, decíase que no se hallaban en sus cabales, cosa no poco frecuente en los ancianos, cuando están bajo el peso de molestias presentes o de angustiosos recuerdos.

—Mis queridos viejos amigos —dijo el doctor Heidegger a la vez que les rogaba tomaran asiento—, deseo la ayuda para llevar a cabo uno de aquellos pequeños experimentos con los cuales acostumbro entretener mis ocios, aquí, en mi estudio.

Si las historias dicen la verdad, el experimento del doctor Heidegger debió haber sido un muy curioso lugar. Consistía en una oscura y anticuada cámara, festoneada con telas de araña, y salpicada de manchas de polvo de vieja data. Alrededor de las paredes alinéabase una estantería de roble, cuyas tablas inferiores soportaban hileras de gigantescos infolios y volúmenes en cuarto de negras letras; y las superiores, pequeños tomos en dozavo recubiertos de pergamino. Sobre el estante central veíase el busto de bronce de Hipócrates, con el cual, según ciertas autorizadas opiniones, el doctor Heidegger acostumbraba realizar consultas en todos los casos difíciles que en la práctica de su profesión se le presentaban. En el más oscuro rincón de la habitación, a través de la puerta entreabierta de una estrecha alacena de roble, podía distinguirse confusamente un esqueleto humano. Un espejo suspendido entre dos estantes ofrecía su alta y polvorienta luna en un deslustrado marco dorado. Entre las muchas maravillosas historias referentes a este espejo, figuraba la de que en su superficie cobraban vida los pacientes fallecidos del doctor, y asomábanse a mirarlo con fijeza cada vez que en él se contemplaba.

El lado opuesto de la habitación estaba adornado con el retrato de cuerpo entero de una joven ataviada con satenes y, brocatos, de tan empalidecida magnificencia como su marchito rostro. Media centuria antes el doctor Heidegger había estado a punto de contraer matrimonio con esta joven, quien, debido a una ligera indisposición, bebió una pócima prescripta por su novio, falleciendo la tarde misma del día fijado para la boda. Queda sin mencionar la más grande curiosidad del estudio: un pesado infolio en cuero negro con agarraderas de plata maciza.

Ninguna inscripción adornaba su cubierta; nadie habría podido decir su título; pero bien sabían todos que era un libro de magia. Cierta vez, al levantarlo una mucama, simplemente para quitarle el polvo, el esqueleto rechinó en su encierro, el retrato de la joven avanzó un paso sobre el piso, y varios fantasmales rostros aparecieron en el espejo; mientras la cabeza de bronce de Hipócrates, arrugando el ceño, decía: Deténgase.

Tal era el estudio del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestro cuento, una pequeña mesa redonda, tan negra como el ébano, colocada en el centro de la habitación, sostenía un vaso de cristal de hermosa forma y elaborado diseño. Los rayos del sol, atravesando la ventana por entre los pesados festones de dos ajadas cortinas de damasco, incidían directamente sobre el vaso, de modo que un débil resplandor iba desde él a reflejarse sobre los cenicientos rostros de los cinco ancianos sentados a su alrededor. Cuatro copas de champagne estaban también sobre la mesa.

—Mis queridos y viejos amigos —repitió el doctor Heidegger—, ¿puedo contar con la ayuda de ustedes para realizar un experimento extremadamente curioso?

Ahora bien, el doctor Heidegger era un anciano caballero sumamente extraño, cuyas excentricidades habían dado pábulo a mil fantásticas historias. Algunas de estas fábulas, para mi vergüenza sea dicho, no cuentan con más garantía que la de mi propia veracidad; y si acaso algunos de sus pasajes llegaran a sorprender la buena fe del lector, estoy dispuesto a soportar el estigma de ser considerado un urdidor de ficciones. Cuando el doctor anunció a sus cuatro huéspedes sus propósitos de realizar un experimento, éstos imaginaron algo tan carente de interés como la asfixia de una rata bajo la campana neumática, el examen al microscopio de una tela de araña, o cualquier otra tontería semejante a las muchas con que acostumbraba fastidiar a sus íntimos. Pero, sin aguardar respuesta, el doctor Heidegger cruzó cojeando la cámara y volvió con el pesado infolio encuadernado en negra piel, al cual generales referencias sindicaban como un libro de magia. Desprendiendo los broches de plata, abrió el volumen y separó de entre sus páginas de negros caracteres una rosa, o, mejor dicho, lo que fue alguna vez una rosa; pues ahora sus verdes hojas y rojos pétalos habían adquirido un oscuro tinte marrón, y la seca flor parecía próxima a convertirse en polvo entre los dedos del doctor.

—Esta rosa —dijo el doctor Heidegger, con un suspiro—; esta misma rosa mustia que amenaza deshacerse, floreció hace cincuenta y cinco años. Me fue dada por Silvia Ward, cuyo retrato ven allí, y debía adornar la solapa de mi saco el día de nuestra boda. Cincuenta y cinco años han pasado entre las hojas de este viejo volumen. Ahora bien, ¿creen ustedes posible que esta flor con más de media centuria pueda adquirir su lozanía de otra hora?

—¡Qué necedad! —dijo la viuda Wycherly con displicente inclinación de cabeza— Es como si usted preguntara si el arrugado rostro de una vieja puede recuperar su perdida frescura.

—Véanlo ustedes mismos —respondió el doctor Heidegger.

Alzó la tapa del vaso y arrojó la marchita rosa dentro del agua que contenía. En el primer momento flotó ligera sobre la superficie, sin absorber, al parecer, nada de la mezcla. Pronto, sin embargo, comenzó a hacerse visible en ella una singular transformación. Los pétalos, aplastados y secos, se agitaron adquiriendo una profunda coloración rojiza, como si la flor despertara de un letargo de muerte; el esbelto tronco y los manojos de follaje reverdecieron de nuevo, hasta que al fin la rosa de medio siglo atrás llegó a adquirir la frescura del día en el cual Silvia Ward la ofreció a su prometido. Apenas, pues, había alanzado la plenitud de su florecimiento, algunos de sus delicados pétalos rojos se curvaban modestamente alrededor de su húmedo corazón, en el cual brillaban dos o tres gotas de rocío.

—Esto es, ciertamente, una bonita superchería —dijeron los amigos del doctor, sin demostrar mayor entusiasmo, pues en la representación de un ilusionista habían presenciado cosas más extraordinarias—. ¿Podemos preguntar cómo la realizó?

—¿Nunca oyeron hablar ustedes de la Fuente de Juvencia? —interrogó el doctor a su vez— El aventurero español Ponce de León partió en su búsqueda tres centurias atrás.

—Pero, ¿Ponce de León llegó alguna vez a encontrarla? —inquirió la viuda Wycherly.

—No —respondió el doctor Heidegger—, pues nunca la buscó donde realmente se hallaba. La famosa Fuente de Juvencia, si estoy exactamente informado, está situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del Lago Macaco. Sombréanla magnolias gigantes que, aunque cuentan innumerables centurias, se han mantenido frescas como violetas, por las virtudes de tan maravillosa agua. Uno de mis conocidos, sabedor de mi curiosidad en materias como ésta, envióme el agua que ven ustedes en ese vaso.

—¡Ejem! —dijo el coronel Killigrew, quien no creía ni una palabra de la historia del doctor—, ¿y cuál puede ser el efecto de este fluido sobre el organismo humano?

—Lo juzgará usted mismo, mi querido coronel —replicó el doctor Heidegger—, y todos ustedes, mis respetados amigos, pueden servirse de tan admirable fluido, todo lo que necesiten para recobrar la lozanía de la juventud. En cuanto a lo que a mí respecta, me ha costado tanto llegar a la edad provecta, que no siento el menor deseo de recomenzar. Con el permiso de ustedes, pues, me limitaré, simplemente, a observar los progresos del experimento.

Mientras hablaba el doctor había llenado las cuatro copas de champagne con el agua de la Fuente de Juvencia. Parecía contener algún gas efervescente, pues continuamente desprendíanse del fondo de las copas pequeñas burbujas que iban a reventar en la superficie semejando una lluvia de plata. Como el licor difundía un grato perfume, los cuatro ancianos no dudaron de sus propiedades cordiales y reconfortantes, y, aunque escépticos en cuanto a los poderes que para rejuvenecer poseía, sintiéronse inclinados a beberlo en el acto. Pero el doctor solicitó un momento de espera.

—Antes de beber —les dijo—, será bueno que con la experiencia adquirida a lo largo de sus vidas se tracen unas pocas reglas generales para orientare entre los peligros de la juventud que por segunda vez van a sortear. Un momento de reflexión les hará ver que, con las ventajas que ustedes ahora llevan, ¡merecerían vergüenza y condenación si no se convirtieran en modelos de virtud y de sabiduría para toda la juventud de la época!

Una débil y trémula risita fue la única respuesta dada al doctor por los cuatro venerables amigos: tan ridícula encontraban la idea de que quienes, como ellos, sabían cuán de cerca el arrepentimiento sigue los pasos del error, pudieran de nuevo desviarse del camino recto.

—Beban entonces —dijo el doctor inclinándose, y agregó—; me alegro de haber elegido tan bien los sujetos de mi experimento.

Con manos temblorosas los cuatro ancianos llevaron los vasos a la altura de sus labios. Si realmente el licor poseía las propiedades que el doctor Heidegger le atribuía, no podía haber sido empleado en cuatro seres humanos que más angustiosamente lo necesitaran. Diríase que aquellas criaturas encanecidas, secas, decrépitas, sentadas alrededor de la mesa del doctor, carentes hasta del vigor de alma y cuerpo necesario para animarse ante la idea de su próximo rejuvenecimiento, eran los hijos de la senectud de la Naturaleza, y por completo ignoraban la juventud y los placeres. Bebieron el agua y repusieron los vasos sobre la mesa.

Seguramente hubo una repentina mejora en el aspecto general de los cuatro amigos, no muy diferente, sin embargo, de la que hubiérase obtenido con un vaso de vino generoso; y, a la vez, algo como un resplandor iluminó sus fisonomías. Las mejillas adquirieron una apariencia de salud, en vez del matiz ceniciento que les daba cadavérico aspecto. Imaginaron, al mirarse unos a otros, que algún poder mágico estaba borrando las profundas y lamentables inscripciones esculpidas durante largos años sobre sus rostros, por el Padre Tiempo. La viuda Wycherly se acomodó la gorra, pues casi se sentía, de nuevo, mujer.

—¡Dénos más de este maravilloso elixir! —gritaron, ansiosamente— ¡Nos encontramos más jóvenes, pero aun somos demasiado viejos! ¡Pronto, sírvanos más!

—Paciencia, paciencia —recomendó el doctor Heidegger, que sentado observaba con filosófica frialdad la marcha del experimento—. Ustedes han necesitado muchos años para llegar a viejos; por bien servidos debían darse con retornar a la juventud en sólo media hora. Pero el agua está a su entera disposición.

Colmó otra vez las copas con el licor de juventud, y aún quedó de él, en el vaso, cantidad suficiente como para volver a la mitad de los ancianos de la ciudad a la misma edad de sus propios nietos. Todavía chispeaban las burbujas en sus bordes cuando ya los cuatro huéspedes del doctor arrebataban las copas de la mesa y vaciaban de un trago su contenido. ¿Eran acaso juguetes de una alucinación? Aún estaba la bebida en sus gargantas cuando ya el organismo entero pareció experimentar una transformación. Los ojos volviéronse brillantes y límpidos; una sombra oscura, cada vez más profunda, se extendió sobre los plateados rizos: alrededor de la mesa sentábanse ahora tres caballeros y una dama de mediana edad, que, al parecer, apenas habían transpuesto los límites de la despreocupada juventud.

—Mi querida viuda, está usted encantadora —exclamó el coronel Killigrew, que no le había quitado los ojos de encima, mientras de su rostro, tal como la oscuridad corrida por las rosadas luces de la aurora, desaparecían las sombras de la edad.

Como la bella viuda conocía de largo tiempo atrás que los cumplidos del coronel Killigrew no siempre se ajustaban a la más estricta verdad, se levantó y corrió al espejo, temerosa de encontrarse con el horrible rostro de una vieja. Mientras tanto los tres caballeros comportábanse de manera a demostrar que el agua de la Fuente de Juvencia poseía poderes intoxicantes, a menos que, en realidad, el alborozo de sus espíritus fuera simplemente debido al vértigo causado por la repentina remoción del peso de los años.

El pensamiento de Mister Gascoigne retornó a los temas políticos, pero sin que fuera posible determinar si hacía referencia al pasado, al presente o al futuro, desde que las mismas ideas y frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ora lanzaba a pulmón pleno sentencias sobre patriotismo, gloria nacional, o derechos del pueblo; ora musitaba algún peligroso chisme o materia de desecho, con cautela tanta, que aun su propia conciencia no habría podido llegar a enterarse del asunto; ora hablaba con reposado y firme acento, en tono de profunda deferencia, como si un oído real estuviera pendiente de sus bien redondeados períodos. Durante todo este tiempo el coronel Killigrew había estado canturreando una bonita canción de taberna, acompañando el estribillo con el retintín del cristal, mientras sus ojos buscaban la fresca figura de la viuda Wycherly. En el otro extremo de la mesa Mister Medbourne absorbíase en el cálculo de los pesos y centavos necesarios para llevar a cabo un proyecto en extremo audaz: el de proporcionar hielo a las Indias Orientales por el extraño expediente de uncir ballenas a los icebergs del polo.

En cuanto a la viuda Wycherly, de pie frente al espejo, hacía cortesías, con bobalicona sonrisa, a su propia imagen, saludándola como al amigo más amado. Acercaba bien su rostro al espejo como para cerciorarse de que alguna arruga o pata de gallo, cuyo recuerdo no se borraba de su mente, había realmente desaparecido. Quería saber, asimismo, si la nieve de sus cabellos habíase fundido tan completamente como para permitirle arrojar lejos de sí la venerable gorra que los cubría. Por último, arrancándose con viveza de tal contemplación, dirigióse hacia la mesa esbozando un paso de baile.

—Mi querido y viejo doctor —gritó—, ¡por favor, se lo suplico, deme otra copa!

—¡Ciertamente, querida señora, ciertamente! —replicó el complaciente doctor- vea: las copas ya están llenas.

Allí estaban, en efecto, las cuatro copas llenas, hasta los bordes, de la maravillosa agua, que, con la pulverización producida por la efervescencia de su superficie, semejaba el trémulo brillo del diamante. Ya el sol estaba poniéndose, de manera que las sombras comenzaban a invadir la habitación; pero un tenue resplandor, casi lunar, centelleando en el vaso, iba a caer, a la vez, sobre los cuatro huéspedes y sobre la venerable figura del doctor. Sentábase éste en un amplio sillón de roble, con ricas tallas y elevado respaldo, en una actitud de digna ancianidad, que bien hubiera cuadrado al propio Padre Tiempo, cuyos poderes (excepción hecha de los componentes de esta afortunada compañía) nadie había osado nunca disputar. Ya habían apurado la tercera copa de la Fuente de Juvencia, pero sentíanse casi aterrorizados por la enigmática expresión del rostro del doctor. Mas, muy pronto, la pujante irrupción de la vida nueva dilató sus arterias. Estaban ahora en la flor de la juventud. La edad, con su miserable séquito de molestias, preocupaciones y enfermedades, había quedado muy lejos; recordábanla tan sólo como un sueño, del cual hubieran, con gozo, despertado. La frescura del alma -tan pronto perdida- sin la cual las sucesivas escenas del mundo son sólo una galería de marchitos cuadros, puso otra vez su nota de encantamiento sobre todas sus perspectivas. Sentíanse como los seres recién creados de un nuevo universo.

—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! —repetían exultantes.

La juventud, como suele hacerlo la extrema edad, había borrado las características propias, fuertemente acusadas, de la madurez, haciéndolos asemejarse entre sí. Formaban un grupo de animados jovenzuelos, casi enloquecidos con la exuberante frivolidad de sus años. El más singular efecto de su alegría era su tendencia a hacer mofa de las enfermedades y de la decrepitud, de las cuales habían sido recientes víctimas. Reían fuertemente de los anticuados atavíos: los sacos amplios como faldas y los colgantes chalecos de los hombres, lo mismo de la vieja gorra y del traje que la fresca muchacha vestía. Uno cruzó renqueando la habitación, cual si fuera un gotoso abuelo; otro colgó los anteojos sobre su nariz, simulando leer en los negros caracteres del libro de magia; el tercero ocupó una silla de brazos para remedar la respetable dignidad del doctor Heidegger; pero bien pronto todos juntos, profiriendo gritos de alegría, saltaron alrededor de la pieza. En cuanto a la viuda Wycherly (si tan fresca damisela puede ser llamada viuda), corrió hacia el sillón del doctor con su rosado rostro animado por traviesa y alegre expresión.

—¡Doctor, viejo y querido amigo del alma, venga a bailar conmigo!

Entonces los cuatro jóvenes rieron más fuerte que nunca, al pensar en la extraña figura que el pobre viejo médico haría en tales circunstancias.

—Sírvase excusarme —respondió el doctor—. Estoy viejo y reumático, mis días de baile pasaron hace tiempo; pero cualquiera de estos alegres caballeros estaría contento con tan encantadora compañía.

—¡Dance conmigo, Clara! —dijo el coronel Killigrew.

—¡No, no; la acompañaré yo! —gritó Mister Gascoigne.

—¡Ella me prometió su mano hace cincuenta años! —exclamó Mister Medbourne.

Todos se agruparon a su alrededor: uno se apoderó de sus manos con apasionado apretón; otro pasó el brazo alrededor de su cintura; el de más allá hundió sus dedos entre los brillantes rizos que la gorra dejaba al descubierto. Ruborizada, anhelante, arrojando por turno su cálido aliento a los tres rostros, la viuda forcejeaba entre regaños y risas, y, luchando por libertarse, quedó inmovilizada bajo el triple abrazo. Nunca la rivalidad juvenil, proponiéndose alcanzar los favores de una hechicera belleza, ofreció cuadro más vívido. Y sin embargo, por un extraño equívoco, debido a la oscuridad de la cámara y a los anticuados trajes que todavía vestían, hubiérase dicho que el alto espejo reflejaba las figuras de tres viejos, marchitos y encanecidos señorones, contendiendo, ridículamente, por la descarnada fealdad de una anciana surcada de arrugas.

Pero ellos eran jóvenes: sus ardientes pasiones lo probaban. Inflamados hasta la locura por los coquetos manejos de la joven viuda, los tres rivales comenzaron a intercambiar amenazadoras miradas. Pronto, alejándose de la disputada belleza, trabáronse en fiero combate. En el ardor de la lucha la mesa fue volcada y el vaso rompióse en mil pedazos. La preciosa Agua de Juvencia corrió por el piso como brillante arroyuelo, humedeciendo, al pasar, las alas de una mariposa que, envejecida en la declinación del verano, habíase posado allí para morir. El insecto revoloteó por la pieza, y fue a asentarse sobre la nevada cabeza del doctor Heidegger.

—¡Vamos, vamos, caballeros! ¡Vamos, madame Wycherly! —exclamó el doctor— ¡Me veo obligado a protestar contra esta algarabía!

Quedáronse quietos, y un estremecimiento los sobrecogió, pues les pareció como si el encanecido Tiempo los proyectara hacia atrás, arrancándoles de su soleada juventud, para hundirlos en el lejano, frío y oscuro pasadizo de los años. Miraron al viejo doctor Heidegger, que continuaba sentado en su sillón de talla, sosteniendo entre sus manos la rosa de medio siglo atrás que había rescatado de entre los fragmentos del vaso. A una señal suya los cuatro alborotadores ocuparon de buena gana sus asientos, pues, a pesar de su juventud, los violentos ejercicios habíanlos fatigado.

—¡La rosa de mi pobre Silvia! —exclamaba el doctor Heidegger, manteniéndola de modo que la iluminaran las nubes del ocaso— ¡Me parece que está marchitándose de nuevo!

Y así era, en efecto. Mientras el grupo la miraba, la flor seguía desmejorando, hasta que se puso tan seca y frágil como cuando fue arrojada dentro del vaso. El doctor desprendió las pocas gotas de agua que aún conservaba adheridas a sus pétalos.

—Me es tan querida así como con su húmeda frescura —observó, llevando la mustia rosa a sus labios tan marchitos como ella. Mientras hablaba, la mariposa agitó sus alas, y desprendiéndose de su encanecida cabeza, cayó sobre el piso.

Un nuevo estremecimiento sacudió a sus huéspedes. Una extraña frialdad (si era del alma o del cuerpo, no podían precisarlo), los iba ganando gradualmente. Miráronse unos a otros, imaginando que cada fugaz momento les arrebataba un encanto y dejaba en su lugar una profunda huella. ¿Eran víctimas de una ilusión? ¿Podrían, en tan breve espacio, acumularse los cambios de una vida entera? ¿Eran nuevamente cuatro ancianos sentados con su viejo amigo el doctor Heidegger?

—¿Nos estamos, tan pronto, volviendo viejos? —gritaron apenados.

Era así, en verdad. El Agua de la Juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino. El delirio por ella producido desaparecía con tanta rapidez como las burbujas de su superficie. Sí, otra vez eran viejos. Con repentino impulso, revelador de la mujer que aún alentaba en ella, la viuda apretó contra su rostro las descarnadas manos, ambicionando la protección del sepulcro, ya que no podía conservar su belleza.

—Sí, amigos, son ustedes otra vez viejos —dijo el doctor Heidegger— y he aquí que el Agua de Juventud está totalmente desperdiciada en el piso. Bien. No lo lamento; pues aunque la fuente brotara en el mismo umbral de esta habitación no me inclinaría para mojar mis labios en ella; no, aunque el delirio que produce durara años en vez de minutos. ¡Ésta es la lección que de ustedes aprendí!

Pero los cuatro amigos del doctor no aprendieron tal lección. En ese mismo momento acababan de planear un peregrinaje a la Florida, para beber allí, insaciables, a la mañana, al mediodía y a la noche, el Agua de la Juventud.

El espectro y el salteador de caminos. Daniel Defoe (1661-1731)

Cuenta la historia que Hind, aquel famoso asaltante y proscripto, el más renombrado desde Robin Hood, encontró un espectro en el camino de un lugar llamado Stangate-hole, en Huntingdonshire, donde él acostumbraba a cometer sus robos y era famoso desde entonces por sus muchos asaltos.

El espectro se apareció con el traje de un simple ganadero de la zona. Y como el diablo, como podéis suponer, conocía muy bien los refugios y escondrijos que Hind frecuentaba, vino a la posada y, habiendo tomado cuarto, puso en lugar seguro su caballo y ordenó al posadero que le llevara su maleta, que era muy pesada, a su cámara. Cuando estuvo en ella, abrió el equipaje, tomó el dinero, que estaba distribuido en pequeños envoltorios y colocó todo en en más de dos bolsas, que tendrían igual peso a cada lado del caballo, y las hizo tan evidentes como le fue posible.

Las casas que alojan bandidos están pocas veces libres de espías que les proporcionan debida relación de lo que pasa. Hind recibió noticias del dinero, vio al hombre, vio el caballo al que sabía que volvería a ver; averiguó qué camino seguiría; lo encontró en Stangatehole, justo en el valle entre las dos colinas y lo detuvo diciéndole que debía entregarle la bolsa. Cuando habló de la plata, el ganadero fingió sorprenderse, mostró pánico, tembló y atemorizado y con un tono miserable dijo: "¡Como puedes ver yo sólo soy un pobre hombre! Por cierto, señor, no tengo dinero." (Ahí mostró el diablo que podía decir la verdad cuando se presentaba la ocasión.)

"¡Ah, perro!" -dijo él- "¿No tienes dinero? Vamos, aparta tu capa y dame las dos bolsas, esas que están a cada lado de la silla. ¡Qué! ¿No tienes dinero y sin embargo tus bolsas son demasiado pesadas para ponerlas de un solo lado? ¡Vamos, termina o te cortaré en pedazos en este mismo momento!"

(Aquí se puso fuera de sí, y lo amenazó de la peor manera que pudo.)

Bien, el pobre diablo lloraba y le decía que debía estar equivocado; que lo había tomado por otro hombre, seguro, porque realmente él no tenía dinero.

"¡Vamos, vamos!" -dijo Hind- "¡Ven conmigo!" Entonces tomó el caballo por la rienda y lo sacó fuera del sendero, hacia el bosque, que es muy oscuro en aquel lugar, porque el negocio era demasiado largo para quedarse en el camino durante todo el tiempo que durara.

Cuando estuvo en el bosque, "¡Vamos, señor ganadero" -ordenó-, "desmonta y dame las bolsas al instante!". En suma, hizo bajar al pobre hombre, le cortó las riendas y la cincha y abrió la alforja donde encontró las dos bolsas.

"Muy bien" -dijo- "aquí están y tan pesadas como antes". Las arrojó al suelo, las cortó para abrirlas; en una encontró una cuerda y en la otra una pieza de latón maciza con la forma exacta de una horca. Y el ganadero, detrás de él exclamó: "He aquí tu destino, Hind. ¡Ten cuidado!"

Si él se sorprendió por lo que encontró en las bolsas -pues no había ni un cuarto de penique en la alforja donde estaba la cuerda -más se sorprendió cuando oyó al ganadero llamarlo por su nombre, y se volvió para matarlo porque creyó que lo había reconocido. Pero se quedó sin aliento y sin vida cuando, volviéndose (como ya dije) para matar al hombre, no vio nada sino el pobre caballo.

Yo insinúo que no había allí más dinero que una moneda que la historia dice era escocesa: una pieza llamada allí de catorce peniques y en Inglaterra de trece y medio. De donde se supone que, desde entonces y hasta nuestros días, se dice que trece peniques y medio es el salario del verdugo.

El exterminador. Hyatt Verrill (1871-1954)

Era un magnífico ejemplar de su especie: translúcido, blanco, de rápidos movimientos, con una facultad casi misteriosa para descubrir a su presa e invariablemente triunfante sobre sus enemigos naturales. Pero su rasgo más sobresaliente era su insaciable apetito.

Para matar era tan cruel e indiscriminado como la comadreja o el hurón, pero a diferencia de ellos, que mataban por matar, el Exterminador jamás actuaba así. Cayese sobre lo que cayese, lo devoraba al instante. Habría sido fascinante contemplarlo en esa actividad. Se lanzaba con precipitación sobre su presa, inmóvil durante un breve instante, un aparente titubeo, un leve temblor en su cuerpo, y todo había terminado; el desafortunado ser que había estado moviéndose en su modo acostumbrado, sin sospechar el peligro, había desaparecido por completo, y el Exterminador, con avidez, se apresuraba en busca de una nueva víctima.

Se movía constantemente en un flujo invariable de líquido, en absoluta oscuridad: de ahí que sus ojos no le fueran necesarios, y estuviera enteramente guiado más bien por el instinto o la naturaleza que por las facultades que conocemos.

No se hallaba solo. Otros de su especie pululaban a su alrededor, y la corriente estaba atestada por un número incalculable de otros organismos: objetos redondeados de color rojizo que se movían lentamente, culebreantes criaturas semejantes a renacuajos, cuerpos de forma estrellada, gráciles y tenues objetos dotados de vida; criaturas globulares, cosas informes cambiando constantemente de configuración al moverse o más bien nadar; seres diminutos, casi invisibles; organismos filiformes, serpentinos o semejantes a anguilas, e innumerables otras formas. El Exterminador atravesaba la atestada y cálida corriente al azar, aunque siempre con un propósito definido: matar y devorar.

Por algún misterioso e inexplicable mecanismo, reconocía a los amigos y podía distinguir inequívocamente a los enemigos. Evitaba las muchedumbres rojizas: sabía que no había que molestarlas, e incluso en las ocasiones, como a menudo sucedía, en que se veía rodeado, cercado, casi ahogado por verdaderas hordas de aquellos seres, empujado por ellos, permaneció imperturbable, sin efectuar intento alguno de devorarlos. Pero los demás, las criaturas serpenteantes, globulares, angulares, radiantes y semejantes a barras, los organismos rápidamente contorsionantes, parecidos a renacuajos, eran distintos.

Entre ellos ejercía una rápida y terrible destrucción. Sin embargo, aun aquí ejercía una sorprendente discriminación. Pasaba ante algunos sin hacerles el menor daño, mientras que atacaba, destrozaba y devoraba a otros con indescriptible ferocidad. Y todos los de su especie hacían también lo mismo. Eran como una horda de voraces tiburones en un mar rebosante de presas. Parecían obsesionados por el deseo de destruir, y eran a veces tan expeditivos y metódicos que durante largos períodos la corriente siempre fluyente que habitaban quedaba totalmente desierta de presas.

Sin embargo, ni el Exterminador ni sus congéneres parecían sufrir entonces por falta de sustento. Eran capaces de permanecer largo tiempo sin alimento y surcaban, o mejor dicho nadaban por sus dominios lentamente, tan satisfechos al parecer como cuando estaban celebrando una verdadera orgía de matanzas. y hasta cuando la corriente no arrastraba presa alguna al alcance del Exterminador o sus iguales, nunca intentaban dañar o molestar a las siempre presentes formas rojas, ni a los innumerables organismos más pequeños, a los cuales parecían considerar como amigos.

De hecho, de haber sido posible interpretar sus sensaciones, se habría observado que estaban mucho más contentos, mucho más satisfechos cuando no había enemigos sobre los que lanzarse que cuando el río borboteaba con su presa natural y se presentaba el incesante impulso de matar, matar, matar.

Y de pronto, la corriente en la que se movía el Exterminador se volvía incómodamente caliente, lo cual hacía que él y sus congéneres despertaran a una renovada actividad en busca de espacio, pero que producía la muerte a muchos de aquellos salvajes seres. Y, siempre siguiendo a estas bajas, las hordas de enemigos aumentaban rápidamente, hasta que el Exterminador hallaba casi imposible vencerlas. A veces, también, la corriente fluía lenta y débilmente, y una especie de letargo asaltaba al Exterminador.

A menudo, en tales ocasiones, flotaba más que nadaba, con sus fuerzas menguadas y casi apagada su codiciosa apetencia de matar. Pero siempre, luego, ocurría el cambio: la corriente adquiría un peculiar sabor amargo, e innumerable número de enemigos del Exterminador morían y desaparecían, mientras el propio Exterminador se veía poseído de una súbita e inusitada fuerza y caía vorazmente sobre los restantes enemigos. En tales ocasiones, el número de sus congéneres aumentaba siempre de una manera misteriosa, como lo hacía también el de los seres rojos. Parecían salir de ninguna parte, más y más, hasta que la corriente se encontraba atiborrada de ellos.

El tiempo no existía para el Exterminador. No sabía nada de distancias, ni de días, ni de noches. Únicamente era susceptible a los cambios de temperatura de la corriente donde siempre había vivido, y a la presencia o ausencia de sus enemigos y aliados. Aun cuando quizá se percatara de que la corriente llevaba un curso irregular, de que discurría a través de al parecer interminables túneles, que se retorcían y giraban y se extendían en ramales proyectados en innumerables direcciones formando un laberinto de corrientes más pequeñas, no sabía nada de por dónde circulaban sus cursos, ni de sus fuentes o límites, sino que nadaba o más bien derivaba al azar por todos los lugares.

No había duda de que en alguna parte, en el interior de los cientos de túneles y ramificaciones, había otras bestias tan grandes, tan poderosas y tan insaciablemente destructoras como él mismo. Pero como él era ciego y no poseía el sentido del oído ni otros de los que permiten a formas de vida más elevadas observar y juzgar sus alrededores, no se percataba en absoluto de la proximidad de tales compañeros. Y así fue el único de su especie en sobrevivir el indeseado acontecimiento que ocurrió eventualmente, y por cuyo hecho merecía ser llamado con el nombre de Exterminador.

Durante un período desacostumbradamente dilatado, la corriente en el túnel había sido molestamente cálida, y había abundado en una incalculable cantidad de enemigos que, atacando a las formas rojas, las habían diezmado. Se había experimentado también una desastrosa disminución en los congéneres del Exterminador, y él y los pocos supervivientes se habían visto obligados a esforzarse al máximo para evitar ser dominados. Y a pesar de ello las hordas de enemigos culebreantes, danzantes, zigzagueantes, parecían aumentar con mayor rapidez de la que eran muertos y devorados.

Comenzaba a parecer como si su ejército fuera a vencer, y vencidos el Exterminador y sus congéneres, destruidos, aniquilados por completo, repentinamente la lenta y cálida corriente cobró un extraño sabor acre y picante. Casi al mismo tiempo descendió la temperatura, aumentó el caudal y disminuyeron las huestes de innumerables formas extrañas, como si estuvieran expuestas a un ataque por gas. Y casi instantáneamente también aparecieron como de ninguna parte nuevos congéneres del Exterminador, y se lanzaron vorazmente sobre los supervivientes enemigos.

En un espacio de tiempo sorprendentemente breve, las vengativas criaturas blancas exterminaron prácticamente a sus multitudinarios enemigos. Un enorme número de organismos rojizos colmaban ahora la corriente, y el Exterminador seguía abalanzándose acá y allá buscando probables presas. En los remolinos y túneles menores tropezó con algunas, destrozándolas y engulléndolas casi al momento. Guiado por algún inexplicable poder o fuerza, surcó a lo largo de un angosto túnel. Se dio cuenta de pronto que tenía ante él a un grupo de tres seres filiformes, sus más mortales enemigos, y se precipitó a la caza.

Alcanzaba ya a uno, estaba a punto de apresarlo, cuando ocurrió un terrible cataclismo. La pared del túnel se hundió, se produjo una gran grieta, ya través de ella se desbordó la contenida corriente.

Arrastrado por ella, el Exterminador remolineaba locamente en la abertura. Pero su única obsesión, una devoradora ansia de matar, superó todo su terror, todas sus demás sensaciones. Mientras el líquido elemento lo precipitaba hacia no sabía dónde, asió al culebreante enemigo y lo engulló vivo. En el mismo instante los otros dos los arrastraba la precipitada corriente. Con un esfuerzo supremo, se lanzó sobre el más próximo, y mientras aquél desaparecía en su estómago fue arrastrado desde la eterna obscuridad a la cegadora luz.

Instantáneamente, la corriente cesó de fluir. El líquido se estancó y los innumerables seres rojos que rodeaban al Exterminador se arracimaron como para prestarse mutuo apoyo. En algún lugar próximo, el Exterminador sintió la presencia del último miembro superviviente del trío que había estado persiguiendo cuando ocurrió la catástrofe. Pero en el denso líquido estancado, obstruido por los seres rojos, no podía moverse libremente. Pugnó por alcanzar a aquel enemigo restante, pero fue en vano. Se sintió sofocado, cada vez más débil. y estaba solo. De todos sus compañeros, él era el único que había sido arrastrado a través de la grieta del túnel que durante tanto tiempo había sido su morada.

De pronto se sintió alzado, arrastrado hacia arriba junto con algunos seres rojizos y una pequeña porción de su elemento nativo.

Luego fue arrojado con los demás y, al caer, sintió correr nueva vida por su interior, al percatarse de que su enemigo hereditario —aquel ser filiforme— se hallaba muy próximo, que aún podía abalanzarse sobre él y destruirlo.

En el siguiente instante, un objeto pesado cayó sobre él, y se sintió aprisionado allí, con su gran enemigo a una distancia infinitesimal de su cuerpo, pero desesperadamente fuera de su alcance. Le recorrió un demencial deseo de venganza. Estaba perdiendo fuerzas rápidamente. Los seres rojos que le rodeaban estaban inertes, sin movimiento; únicamente él y aquel ente filiforme mostraban aún señales de vida. y el líquido se estaba espesando con rapidez. Repentinamente, durante una fracción de segundo, se sintió libre. Con un espasmódico movimiento final alcanzó a su enemigo y, triunfante al fin, quedó convertido en una cosa inmóvil e inerte.

—¡Es extraño! —murmuró una voz humana al examinar su poseedor a través del microscopio la gota de sangre en la plaquita de vidrio—. Hace un momento podría haber jurado que capté el vislumbre de un bacilo, pero ahora no hay la menor huella de él.

—Esa nueva fórmula que inyectamos produjo un efecto casi milagroso —observó una segunda voz.

—Sí —convino la primera—. La crisis ha pasado, el paciente se encuentra fuera de peligro. Ni un simple bacilo en esta muestra. Jamás lo hubiera creído posible.

Ninguno de ambos doctores se daría cuenta jamás de la parte que había desempeñado el Exterminador. Para ellos era, simplemente, un blanco corpúsculo yaciendo muerto en la gota de sangre que se secaba rápidamente sobre la plaquita de vidrio.

El espectro rojo. Gustave Le Rouge (1867-1938)

A la hora del postre, en casa del gran banquero X, se hablaba de socialismo y de reformas políticas; la comida, iniciada según los ritos de una ceremoniosa frialdad, concluía casi con los codos sobre la mesa, en medio del choque chispeante de las opiniones; cada cual proponía, para enternecimiento de las señoras, mil formas de mejorar la vida de los desheredados; los sentimientos terminaban por surgir en aquellos hombres de finanzas tan generesos como los vinos que habían bebido. La insolencia de la felicidad segura de sí misma parecía —en aquel tibio crepúsculo estival refrescado por el vapor de los manantiales invisibles en la profundidad del bosque, alrededor de aquella mesa cargada de lánguidos ramos de flores— resplandecer cruelmente en una atmósfera casi tangible formada por el perfume de las frutas, el aroma de los vinos caros y el sabor irritante de las cabelleras y de las carnes húmedas.

Dominando un antiguo y majestuoso bosque de robles, el castillo recortaba sobre cielo del atardecer las líneas esbeltas de sus torrecillas renacentistas, la ligereza de sus balcones, como un templo mágico erigido en honor a la belleza de vivir. Se descendía hacia los robledales por una serie de terrazas escalonadas desde las que se podía disfrutar confortablemente del círculo verde del horizonte moviéndose como el mar bajo el viento de poniente. Como única tara, hacia el este, una mancha roja y negra ensuciaba aquel paisaje de paz, siete chimeneas de fábrica, surgidas de entre un revoltijo de construcciones anodinas, se nimbaban de un resplandor de fragua y perturbaban con el soplido de sus máquinas el augusto silencio de las arboledas.

De todos los invitados del banquero, el poeta Pierre Chantenef había sido probablemente el único en percatarse de aquella antítesis; invitado casual del famoso financiero, se abstenía de participar en la discusión que seguía —cada vez más animada e «interesante»— el curso previsto de ese tipo de justas, enriquecida con paradojas al estilo de Barrès y con citas sacadas del último número del Figaro, en definitiva, el flujo de reminiscencias banales que sustituye en las personas dedicadas a la bolsa o a la política a las apreciaciones personales y a la emoción inteligente.

Los vinos y las palabras habían continuado sucediéndose y el poeta persistía en el silencio; se indignaba en el fondo de su corazón de la inconsciencia de los Ricos cuyo bajo satanismo se complace en sazonar sus alegrías con palabras hipócritamente caritativas

—Los que manejan el dinero —concluyó para sus adentros— representan en el actual combate social, el papel de aquellos viles escuderos de los ejércitos de antaño que atacaban a los débiles, acababan a los heridos y, para conseguir sus anillos, cortaban los dedos rígidos de los cadáveres.

Y reflexionaba en la amargura de las necesidades que le obligaban a realzar con su aspecto modesto hasta la arrogancia y con su fisonomía leal y tímida aquella francachela de agiotistas en la que las cristalerías multicolores y la plata sobredorada no reflejaban sino odiosos hocicos húmedos y enrojecidos con la sangre de los pobres.

Pierre Chantenef, cuya clara visión vislumbraba bajo las apariencias la extrema falsedad de aquellas almas, sufría enormemente. La conversación pretenciosamente baladí embotaba su entendimiento como una droga estupefaciente. En su condición de oyente obligado, la única impresión que experimentaba ante aquel intercambio de ideas manidas era una fatiga intolerable, penosa como una pesadilla. Los apellidos de los comensales, que le llegaban como a través de un sueño, le evocaban las imágenes de garabatos lastrados con un carga de pesadas consonantes judaicas o germánicas.

La cena había concluido y Chantenef había logrado pasar casi inadvertido a la sombra de un prominente bolsista poco locuaz después de haber bebido, y al que la trufa y el cigarro adormecían como a las boas. Se habían trasladado a una terraza decorada con macizos de rododendros y de hortensias de los que surgían los pedestales de las estatuas. A los pies de los comensales, los follages sonoros del bosque empezaban a oscurecerse.

El misterio, que se impone a casi todos los hombres y ordena el recogimiento de campesinos y pescadores, no había podido contener el parloteo de los invitados. La discusión se hacía cada vez más fastidiosa, enrollando en su embate el montón de ideas trilladas que La Presse sirve cada día a las inteligencias del común. Habríase dicho una premeditada traición contra la mimosa pureza de aquella velada. Ensimismado, Chantenef seguía otros pensamientos y en aquel momento, su mente viajaba por el país de los sueños bien lejos de aquellos comensales de fortuna. Se complacía en proyectos de obras largamente acariciadas y se avergonzaba un poco de hallarse allí. Pero estaba escrito que no terminaría apaciblemente aquella velada y pronto tuvo que salir bruscamente de su ensoñación.

Una joven atolondrada que había oído que lo presentaban como poeta y que lo observaba esperando alguna recitación, denunció su silencio. De inmediato, se produjo un encarnecimiento generalizado:

—¡Cómo, estimada señora! ¿Tenemos entre nosotros a un poeta y no dice usted nada? Es algo realmente imperdonable pues usted sabe cuánto adoramos la poesía y a los poetas.

—Cuéntenos mejor una leyenda, está empezando a oscurecer bajo los grandes robles.

—Que cuente lo que él quiera…

El conjunto de hombres se mostraba menos entusiata. Un grupo de ancianos, pesados por la digestión y los cálculos, no se inmutó siquiera. Impulsado sin duda por la esperanza de aburrirlos a todos, después de disculparse por no recitar versos, Chantenef empezó la narración de una anécdota legendaria cuyos hechos —según él— habían sucedido en aquel mismo lugar, muchos años atrás.

—Ahora aún la seriedad del paisaje normando —monotonía del mar y de sus prados, suavidad de sus lluvias perpetuas— aconseja respetar las cosas desconocidas. Los campesinos han conservado el terror hacia los cuervos que, desde lo alto de los humilladeros embrujan a los caminantes rezagados y perturban su espíritu. A orillas de los ríos ensombrecidos por los follajes fúnebres de los nogales, los aparecidos vienen a lavar sus sudarios que tienden a la luz de la luna. Los senderos desiertos son con frecuencia cortados por ataudes negros, y nadie —so pena de morirse a lo largo de aquel mismo año— debe pasar sin haberle dado religiosamente la vuelta. En otros lugares es la Miltoraine, la alta dama blanca que aumenta a medida que uno se aleja de ella y cuya presencia viene acompañada por un zumbido sobrenatural, por un viento impetuoso en los grandes árboles.

»Hace unos años, y dado que la carretera actual no existía aún, para llegar a las alquerías se tomaban una serie de veredas que bordeaban extensos campos sembrados de cebada, de alforfón y de colza. Esos senderos conducían a la iglesia cuyo cementerio, cubierto por la sombra de los fresnos y rebosante de vegetación, es uno de los más melancólicos que conozco. Era ése el camino que tomaban cada tarde las chicas para volver de los campos con sus cántaras de cobre llenas de leche, colocadas en equilibrio sobre el hombro. Hacia el otoño se difundió el rumor de que un aparecido acudía cada noche al portillo de piedra que separa el cementerio del camino. Era un fantasma envuelto en un sudario, de cara invisible, que no se movía.

—La vulgarización de las ideas científicas —dijo alguien— disipa poco a poco esas ridículas supersticiones.

Sin prestar atención a la interrupción, Chantenef prosiguió con su voz indiferente y algo monótona.

Habló del terror de los campesinos, de las conmovedoras creencias relativas a las almas del Purgatorio, de la indefectible fe de los Sencillos en las cosas inmateriales. Su elocuencia, vibrante por las indignaciones contenidas, hizo por un momento estremecerse a todos aquellos sibaritas de alma sórdida, cautiva para siempre en el círculo infernal de la carne y del dinero. Su voz fresca y profunda tenía misterio y se habría comparado a las penetrantes mareas de la oscuridad creciente cuyas majestuosas angustias evocaba su relato.

La concurrencia entera fue sacudida por un simpático estremecimiento cuando Chantenef describió la angustia del mozo de labranza que cada noche se envolvía en una sábana y jugaba al fantasma y que un día vio junto a él a un inmaterial y auténtico aparecido. Recogieron a la mañana siguiente envuelto en su sudario, rígido por el frío de la mañana, el cadáver crispado del desgraciado bromista.

¿No fue Villiers de l’Isle-Adam quien dijo: Si juegas a ser fantasma, te convertirás en fantasma?

En medio del silencio producido por aquella conclusión, la voz de un oyente distraído —sociólogo absorto sin duda en planes de felicidad futura para los pobres— se escuchó decir:

—Perdón, pero… la cuestión del pauperismo… no comprendo bien la relación con…

—Sin embargo, es muy sencillo —articuló el poeta con una voz serena volviéndose hacia las rojas fábricas resplandecientes en la noche ya completa—. Creo que los felices de esta sociedad, no deberían divertirse tanto con el espectro rojo.

Y todos, que se habían girado hacia el horizonte bermejo como la sangre y como la aurora de algo desconocido, comprendieron estremecidos las palabras del maestro: Si juegas a ser fantasma….

El extraño resplandor verde. Jean Ray (1887-1964)

I.
El superintendente de Scotland Yard, Goodfield, viejo conocido de nuestros lectores, y sus inspectores Moriss y Briggs estaban de muy mal humor. Habían terminado una investigación en Epping, al nordeste de Londres; ya era de noche y su automóvil se había averiado. Examinaron inútilmente las vísceras metálicas de la máquina, pero ésta permanecía inerte. Sus manos estaban cubiertas por la grasa de los engranajes y heladas por la rápida evaporación de la gasolina que salía del depósito. Sus esfuerzos no servían de nada. La puesta en marcha hacía ruido durante algunos instantes, pero el coche no se movía más que la estatua de Nelson, por emplear la desabrida expresión de Goodfield. El contorno era siniestro: un gran descampado, algunas casas en ruinas cuyas rotas cercas estaban invadidas por hierbajos y, hacia el sur, la masa sombría del bosque de Epping.

–Estamos buenos –gruñó el superintendente–. Por lo menos nos esperan tres millas de marcha a través del campo antes de llegar a las primeras casas, y eso tampoco nos servirá de mucho, puesto que a estas horas ya no encontraremos ningún tren que nos lleve hasta Londres.
–Acabo de ver un resplandor por allá abajo –objetó Briggs–. Tiene que haber alguna casa que esté más cerca de lo que usted dice, señor Goodfield.
–¿Una casa? –repuso el jefe– ¿Dónde ve usted ese resplandor? Casi se podría decir que estamos en un país encantado.
Briggs por toda respuesta extendió la mano.
–Seguro que no es un fuego fatuo, sino una luz; vamos, creo yo.
–¡Tiene usted razón, Briggs! Pero eso es aún más asombroso. La que acaba de señalar con el dedo son las ruinas de Seven-Oaks Manor, que está deshabitada desde hace unos diez años. ¿Qué demonios puede hacer una luz allí?

Moriss se volvió hacia el conductor del coche.

–¿Loggan, piensa que por esta noche debemos considerar que no existe ninguna esperanza de que se ponga en marcha?
–Creo que habrá alguna si me dan el tiempo necesario para que pueda ver a mi modo lo que pasa a este maldito cacharro.
–¡De acuerdo!, le daremos ese tiempo –intervino Goodfield–. Durante una hora nos ocuparemos de esa luz que acaba de aparecer en aquel montón de piedras renegridas. Es seguro que no pueden ser gentes de bien las que la hayan encendido en lugar semejante y en una noche como ésta.
–Seguro que sí –asintió Briggs–. Con un tiempo como éste que amenaza lluvia es imposible que sean gentes honradas las que se guarezcan en unas torres llenas de búhos. Daría cualquier cosa por contemplarlas desde cerca.
–Que por eso no quede, vamos allá –dijo Goodfield.

Tomaron un sendero que serpenteaba a través del descampado y poco tiempo después vieron perfilarse ante ellos la masa informe del viejo torreón. En otro tiempo, Seven-Oaks Manor había conocido el esplendor. Era propiedad de George Markham, el riquísimo sir Markham, que en su tiempo fue uno de los más notables exportadores de la City. Pero un día la fortuna se volvió en contra suya: su fastuoso tren de vida le llevó a contraer enormes deudas. El espectro de la ruina se alzó ante él. Una noche el maravilloso castillo ardió y con él innumerables tesoros artísticos. A la justicia no le costó ningún trabajo demostrar que el siniestro había sido provocado. La opulenta mansión estaba asegurada en un millón de libras. La opinión pública acusó a Markham, y no sin razón; pero se le buscó en vano, Markham había desaparecido, y el asunto quedó archivado. Archivado ante la indignación de todo el mundo, puesto que dos inocentes servidores habían perdido la vida entre las llamas.

–Sabe Dios si Markham ha vuelto a sus tierras quemadas –objetó Moriss, en tono de broma.
–O su fantasma –bromeó a su vez Goodfield, que no quería quedarse atrás en el asunto de las bromas–. En ese caso sería una captura con la que quedaría compensada la avería.

Un bosquecillo les había ocultado hasta entonces la misteriosa luz, pero, después de rodearlo, volvieron a verla: brillaba en lo alto de la torre que aún se mantenía en pie en medio de los escombros ennegrecidos por las llamas.

–¡Ajá! Me pregunto quién la habrá podido encender –musitó Goodfield–, puesto que debe ser realmente peligroso el realizar esa escalada.

Los dos inspectores asintieron en silencio. Estaban a un centenar de yardas de las ruinas cuando la luz se apagó casi repentinamente.

–¡Rayos y truenos! “Se” han debido dar cuenta de que nos acercábamos –maldijo el jefe–, y “se” han dado prisa en apagar la luz, lo que demuestra que los ciudadanos que se albergan ahí dentro no se sienten precisamente encantados con nuestra visita.
–Razón de más para ir a observarles desde algo más cerca –replicó Briggs.

Aceleraron el paso, pero aún no habían alcanzado la casa solariega cuando un grito de terror retumbó a sus espaldas. Se volvieron rápidamente y lo que vieron hizo que el estupor y el espanto les dejara helados: una extraña pavesa verde, de la altura de un hombre, andaba a saltos cincuenta pasos detrás de ellos. Se paró súbitamente, se puso a dar vueltas sobre sí misma y, de repente, a una velocidad increíble, se dirigió hacia la carretera donde Loggan, el chófer, gritó aterrorizado al verla venir. Lo que siguió fue tan rápido que los policías no tuvieron tiempo de reflexionar: Loggan fue rodeado por una lívida aureola, levantó los brazos al cielo, dio un grito desgarrador y cayó al suelo.

–Por todos los diablos, ¿qué pasa? –gritó Goodfield empezando a correr seguido por sus compañeros.

La llama verde saltaba ahora alrededor del coche, quedando iluminados débilmente sus contornos. Del automóvil se elevó una llama cegadora seguida de una tremenda explosión amplificada por el eco.

–¡El coche está ardiendo! –rugieron los policías.

En pocos instantes una gran hoguera iluminó la soledad del campo. El calor que desprendía era tan fuerte que a Goodfield y a sus hombres les costó mucho trabajo acercarse a Loggan, que estaba tendido inmóvil al borde del camino.

–¡Es horrible! –gritó Briggs, que fue el primero en llegar a su lado–. ¡Está absolutamente carbonizado! ¡Oh! ¡Se ha convertido en un montón de cenizas!
¡Era cierto! El infortunado Loggan no era más que una informe masa negra como el carbón.
–Se diría que ha sido electrocutado –murmuró Goodfield con un escalofrío de espanto.
–Sin embargo, ha caído lejos del coche –objetó Moriss.
–No es el fuego del coche lo que le ha carbonizado –dijo Goodfield con una voz sombría–. Le vimos caer antes de que el automóvil comenzara a arder. ¿Será...?
–La extraña llama verde y no otra cosa –dijeron al mismo tiempo los otros dos.
–Así parece –murmuró Goodfield.
–Y todo me lleva a pensar que la misteriosa lucecita que apareció en lo alto de la torre no es ajena a este hecho –gruñó Moriss–. Exploremos las ruinas y, si encontramos a alguien ahí dentro, tendrá que explicar algunas cosas.

Dejaron a Briggs al lado de la hoguera que disminuía lentamente en intensidad, y Goodfield y Moriss se dirigieron a paso ligero hacia la torre de Seven-Oaks Manor. Como habían previsto fue una ascensión difícil y peligrosa. Las piedras de la escalera oscilaban bajo sus pies, faltaban algunos peldaños. Tuvieron que comportarse como auténticos alpinistas para conseguir alcanzar por fin la pequeña habitación redonda, en la parte más alta de la torre, donde habían visto brillar la luz. Como esperaban, la habitación estaba vacía y nada indicaba que hubiera estado ocupada poco tiempo antes. No había rastro de la lámpara ni de cualquier otra cosa que hubiera podido ocasionar la misteriosa claridad.

–No hay nada que hacer –musitó Goodfield, poniéndose de pie después de una inútil búsqueda–. Lo único que podemos hacer es regresar a Londres y dar la alerta a todo el mundo. ¡Dios mío, qué historia!

Iniciaban el peligroso descenso cuando se detuvieron súbitamente llenos de estupor: un timbre estridente acababa de sonar cerca de ellos.

–Pero, ¡si es la llamada de un teléfono! –gritó Briggs.

Encendieron las linternas y comenzaron a registrar todos los rincones; el timbre continuaba sonando irónico e invisible. Fue el propio Goodfield el que por fin encontró en un hueco de la pared el aparato telefónico.

–¡Un teléfono en este nido de ratas, esto sí que es raro! –gruñó cogiendo el auricular.
–¡Diga! ¿Quién es?
–Soy yo el que tiene que preguntar quién es –respondió una voz furiosa al otro lado del hilo–. ¡Llevan más de diez minutos llamando sin parar!
–¡Pero si yo reconozco esa voz! –gritó Goodfield–. Veamos... ¡No es posible! Usted es...
–Pues sí –exclamó impaciente la voz–, me pregunto cómo no lo sabe, ¡soy Harry Dickson!
–¡Harry Dickson!
–¿Cómo, cómo? –exclamaron los otros dos policías en el colmo de la estupefacción–. ¡Harry Dickson! ¡Debemos estar sonando!
–Señor Dickson –dijo Goodfield recobrando la serenidad–, no sé si es el diablo o la providencia lo que me permite comunicarme telefónicamente con usted desde el lugar donde me encuentro. Por lo tanto opto por el primero de ellos. Pero si quiere encontrarse con la cosa más extraña, más incomprensible del mundo, salte a un coche y lléguese inmediatamente hasta el borde del bosque de Epping, a las ruinas de la casa solariega de Seven-Oaks.
–Gracias por el paseo –gruñó el detective al otro lado del hilo.
–Han matado, de una manera misteriosa y terrible, a nuestro chófer Loggan –dijo Goodfield.
–Voy para allá –respondió simplemente Harry Dickson.

Goodfield respiró con mayor tranquilidad: Dickson iba a venir. Era como si el misterio empezara a resolverse. Ciertamente la policía oficial no podía vanagloriarse al tener que recurrir a Harry Dickson siempre que se tropezaba con un caso desesperado o que sobrepasaba la comprensión habitual; pero Goodfield lo había visto actuar en otras ocasiones y había acabado por admitir el inmenso valor del detective. Mientras esperaban, Briggs y Moriss siguieron la línea telefónica clandestina que, a partir del aparato y pasando a través de los escombros, iba, una milla más lejos, a unirse a la red que seguía la carretera, donde se conectaba a un poste; dos hilos de cobre, recientemente cortados, pendían de él.

–Desde aquí han avisado a Harry Dickson –señaló Moriss–. ¡A la persona que se ha atrevido a hacer esto no le faltan agallas!
–Esto podría costarle caro –añadió Briggs.
–Es de esperar. Ver al pobre Loggan convertido en una espantosa escoria me revuelve la sangre. Temo que no voy a poder descansar hasta que nuestro pobre compañero sea vengado con la muerte en la horca del culpable, que es lo que merece.

Hacia la una de la madrugada, cuando les policías se movían inquietos a lo largo de la carretera, pisando con fuerza para calentarse un poco, dos pequeños puntos de luz agujerearon la oscuridad y un claxon sonó largamente en la dirección de Londres.

–¡Es Dickson! –exclamó Goodfield–. Ahora podremos ponemos a trabajar.
En efecto, era Dickson. Se apeó del automóvil y tras saludar brevemente a los tres hombres pidió explicaciones.
–Ha venido con usted el valiente de Tom Wills –dijo Goodfield con satisfacción–. No estará de más. Su colaboración siempre ha supuesto una ayuda valiosa.

Después de que Goodfield contara la extraña historia de la llama verde que había matado al desgraciado Loggan, y de que Dickson se inclinara sobre sus lamentables restos y se le informara del lugar desde el que había brillado la luz, se produjo un momento de silencio. Con la frente arrugada por la preocupación, el gran detective reflexionaba.

–Vamos a inspeccionar el torreón –dijo al fin.
–Allí no hay nada que ver, excepto el aparato telefónico –respondió Goodfield–. En cuanto a la habitación redonda donde brillaba la luz, está tan vacía como el bolsillo de un vagabundo.
–No importa, yo no les obligo a volver a subir –dijo Harry Dickson–. Pueden quedarse aquí esperándome, Tom me acompañará. A propósito, Goodfield, encienda una de sus linternas e ilumine el lugar donde se encuentran los restos de su automóvil.

El detective, seguido de Tom Wills, penetró en la torre y ascendió por la peligrosa escalera. Harry Dickson lanzó una ojeada al aparato telefónico y a la habitación redonda; no realizó una investigación minuciosa.

–Se diría que está usted seguro de que aquí no va a encontrar nada –observó Tom Wills.
–Es cierto, amigo mío, y por razones obvias. Mire por la ventana. ¿Ve la luz de la linterna de Goodfield?
–No, la ocultan los últimos árboles del bosquecillo.
–Conclusión: esta habitación sólo merece una atención superficial. Lo que tengo que encontrar es una tronera o un agujero en la muralla por donde se la pueda ver. Busquemos. ..
Intentaron inútilmente escalar el muro: era liso y resbaladizo y estaba cubierto de musgo y de moho.
–Parece que no hay nada encima de esta habitación –objetó Tom Wills.
–Entonces busquemos más abajo... ¡Ah!, ¿qué es esto?
Era un nicho bastante profundo que daba a la escalera de caracol.
–Pegue unas cuantas patadas a esas piedras –ordenó el detective.

Tom Wills obedeció sin exclamar ni una palabra. Las piedras se aflojaron, cayeron algunos escombros. De pronto, se oyó el sonido seco de un resorte.

–¡Atención! –gritó Dickson–, ¡creo que lo hemos encontrado!

El fondo del nicho giró sobre unos pivotes invisibles dejando al descubierto un pequeño reducto de un tamaño capaz de contener únicamente a dos hombres de pie y apretados el uno contra el otro.

–Está oscuro como la boca del lobo –dijo Tom–, y no veo ninguna abertura que dé al exterior.
–Olvida usted la yedra que cubre los muros. Debe de ser endiabladamente espesa.
Harry Dickson dirigió la luz de su linterna al interior del pequeño reducto.
–¡Aquí está la tronera! –exclamó Tom Wills–. Está cerrada.
–¡A través de la yedra! Acérquese y mire.
–¡Veo la linterna de Goodfield!
–Ahora, a trabajar. Seguro que aquí encontraremos alguna pista.
Examinaron el lugar algunos instantes y el detective exclamó:
–¡Ya lo tengo! Fíjese en el alféizar de la tronera. Sobre la piedra se pueden ver unos arañazos muy recientes. A través de la abertura han debido de apuntar un aparato bastante pesado.
–¿Qué tipo de aparato? –preguntó Tom.
–¡Bonita pregunta! El que ha dado muerte al pobre Loggan y el que ha incendiado el automóvil de Scotland Yard.
–No sabía que existiera un aparato de ese tipo –replicó el joven.
–Yo tampoco, pero eso no tiene nada de extraño. Acuérdese que Arquímedes incendió la flota enemiga con espejos parabólicos. En el fondo no hay nada realmente nuevo bajo el sol.
–Y ya que habla de Arquímedes, jefe, yo digo por mi parte ¡Eureka! –gritó jubilosamente Tom Wills agachándose rápidamente.
–Un trozo de papel, bravo, Tom. Déjeme verlo.
Era un diminuto fragmento de una etiqueta, pero hizo que Harry Dickson lanzara un grito.
–Esto ha debido de despegarse de una caja de madera que servía como embalaje de algo –dijo Dickson–, puesto que aún hay adheridos algunos cristales de cola y pequeñas astillas de madera blanca. Y además, fíjese, hay unas letras escritas a máquina que podrían ser parte de un nombre.
–Harr... –leyó Tom Wills, que se había aproximado con curiosidad.
–Harr... Harr... Me pregunto qué es lo que puede significar.
–¡Harry Dickson! –propuso Tom.

Pero su jefe sacudió la cabeza.

–No, observe, hay la mitad de una letra precediendo a la H mayúscula.
–Una r sin duda. La última letra de señor.
–No, fíjese en esa parte redondeada, la letra que se encontraba delante de la H es una e... ¡Ah! Ya lo sé, es un nombre francés.
–¿Y por qué? –preguntó Tom Wills deslumbrado.
–¿No nota esa punta encima del fragmento redondeado de la letra? Es parte de un acento agudo. La e era é. Letras de ese tipo no se usan en inglés. ¡Ah!, Tom, acabamos de dar un paso, un paso de gigante, se lo aseguro.
–Usted sí, lo admito, pero yo... –gruñó lastimosamente el joven.
Harry Dickson comenzó a reírse.
–No se desespere. Ya lo comprenderá...
Momentos después se reunían con los tres policías que les esperaban impacientemente.
–¿Y bien, señor Dickson?
–¡Tan claro como el agua!
–No..., no es posible... ¿Podremos saberlo?
–Por el momento, no, pero les aseguro que, gracias a Tom, ya sé bastante cosas.
–¡Hurra por Tom Wills! –exclamó Briggs.
–Veamos, pues; Briggs, y usted también, Moriss; cuando fueron a reconocer la línea telefónica clandestina hicieron la tarea a medias.
–¿Y por qué, señor Dickson?
–Vuelvan sobre sus pasos y busquen un cable negro que se une al tendido eléctrico de la carretera.
–Pero...
–Nada de peros, en marcha –se encolerizó Goodfield–. ¡Cuando el señor Dickson lo dice!
Volvieron al cabo de media hora: habían encontrado el cable.
–Tuvieron que necesitar energía eléctrica para que el resplandor se viera en las tinieblas –dijo Goodfield.
–¡Ciertamente!
Pero el rostro de Harry Dickson expresaba gravedad.
–Volvamos a Londres –dijo bruscamente–. Aquí no tenemos nada más que hacer. A estas horas el criminal debe estar ya muy lejos.
–Pero ¿la llama verde no podría alcanzarnos?
–No, ni aunque el bandido nos estuviera espiando desde la orilla del bosque de Epping. Su arma, para que pueda funcionar, tiene que estar conectada al cable.
–Espero que no tardaremos en atraparle –gruñó Goodfield.
Dickson sacudió la cabeza.
–En adelante, el trabajo resultará difícil, amigo Goodfield. Me temo que dentro de muy poco tiempo, Londres se verá invadido por el terror y sólo Dios sabe si ese terror no se encargará también de nosotros.

II.
La señora Crown corría de la puerta al salón y del salón al gabinete de trabajo de su jefe.

–Como esto siga así tendremos que dar números como en las salas de espera de los médicos o de los echadores de cartas –refunfuñó–. Con este lío me arriesgo a que se queme el asado de la cena.
–¿Tiene usted los nombres de todos nuestros visitantes, Tom? –inquirió Harry Dickson.
–Ciertamente, jefe. Me pregunto por qué les hace esperar.
–¡Porque voy a recibirles a todos juntos!
–¿Entonces, es que todos vienen a lo mismo?
–En efecto. El demonio de la llama verde no pierde el tiempo.
–¡Cómo! ¿Es que el singular resplandor verde tiene algo que ver con esto? –preguntó Tom.
–Eso es lo que vamos a comprobar ahora mismo, amigo mío. A propósito, dígame los nombres de los visitantes que esperan impacientes que tenga a bien escuchar sus problemas. Seguro que todos son hombres muy ricos.
–¡A fe mía que sí! –exclamó Tom–. Présteme atención, jefe. Está lo mejorcito: lord Silas Norton...
–Gran fortuna en fincas, cuadra de caballos de carreras. Su último caballo le ha debido de proporcionar la bonita suma de trescientas mil libras –interrumpió el detective.
–Mac Dougal, del Banco Dougal & Dunstan.
–¡Las altas finanzas a continuación de la nobleza!
–Ebenezer Fratt, esquire.
–¡La usura! Un verdadero villano que debe dormir sobre un colchón relleno de oro y de billetes de banco.
–Peter Johnson.
–¡Vaya! Todo el mundo se llama así. Ese nombre no me dice nada o me dice demasiado, lo que generalmente es una y la misma cosa.
–Y por fin el gran mundo: el príncipe Sadoûr...
–¡También él! ¡Un nabab de Oriente! En realidad no es extraño: no se suelen llevar encima impunemente diamantes que valen un millón cada uno.

Harry Dickson se acercó al tabique que separaba el salón de, su gabinete de trabajo y, por una pequeña abertura hábilmente disimulada, examinó a sus visitantes.

–Bien, Tom. Haga entrar a lord Norton, al señor Fratt, esquire, a Su Alteza el príncipe Sadoûr y a Mac Dougal.
–¿Y a Peter Johnson, no?
Harry Dickson sonrió y sacudió la cabeza.
–¡Todavía no! ¡A esa persona que tiene un nombre tan plebeyo deseo reservarle el honor de una entrevista privada!

Tom Wills asintió y, un instante después, introdujo a los visitantes. El cuarteto representaba probablemente la élite de la fortuna británica; sin embargo, las personas que lo componían eran bastante diferentes. Lord Norton, gran gentleman, correcto, de aspecto severo, entró inclinando levemente la cabeza; Mac Dougal movía furiosamente los ojos y gesticulaba: hubiera querido entrar antes que todos los demás; el señor Fratt, esquire, se mantenía temeroso detrás de sus acompañantes y distribuía a diestro y siniestro pequeños saludos febriles, que muy bien podían dirigirse al detective, a las sillas, a la mesa o a las estanterías repletas de libros. El príncipe Sadoûr, un hombre pequeño y un tanto obeso, sonreía con sus dientes blancos y agudos, acariciando su hermosa barba negra como el ébano.

–Señores –dijo Harry Dickson, después de haberles invitado con un gesto a tomar asiento–, me disculpo por recibirles a todos ustedes al mismo tiempo. Pero creo que todos acuden a mí por el mismo motivo.
–Yo no sé nada –interrumpió bruscamente Mac Dougal–. Yo, por ejemplo...
–Un poco de paciencia, señor Mac Dougal –dijo Harry Dickson sonriendo–. Si me lo permite seré yo el que hable primero, eso nos permitirá ganar cierto tiempo.

Lord Norton aprobó con la cabeza, el príncipe hindú hizo un agradable gesto con la mano, Mac Dougal, molesto, adoptó un aire altivo, pero Ebenezer Fratt, esquire, dio su aprobación levantando suplicante las manos.

–Señores, tratan de hacerles chantaje –dijo Harry Dickson con una voz clara.
Una cuádruple exclamación le contestó:
–¡Es cierto, señor Dickson!
–Ustedes han debido de recibir una carta con un contenido más o menos semejante, pero diferente, sin duda, en lo que se refiere a la suma exigida –continuó el detective.

Cuatro manos se hundieron en los bolsillos interiores de las chaquetas y cuatro hojas mecanografiadas fueron extendidas ante el detective con una perfecta simultaneidad. Harry Dickson las leyó rápidamente.

–La fórmula es la misma: “Depositar en un determinado lugar una determinada suma bajo la amenaza de las más terribles represalias. Estas se llevarán a cabo sin piedad si ustedes no obedecen las órdenes. En el caso de que ustedes avisaran a la policía. Si ustedes encargan el asunto a alguien que ignore todo esto, las represalias serían las mismas.”
–A usted, lord Norton, le piden cincuenta mil libras esterlinas. Es la mitad de lo que le proporcionó Silver Heel, su mejor caballo, ¿no es así?

El Lord asintió silenciosamente.

“El señor Mac Dougal entregará personalmente a un tal señor Simonson, que se presentará en su despacho de Picadilly Circus, una suma de doscientas mil libras, en billetes de cien libras y en paquetes de cien billetes.”

–¡Una bala en la cabeza, eso es lo que le voy a dar a ese Simonson del diablo! –aulló Mac Dougal.
–Y probablemente reciba usted otra el mismo día, o cualquier cosa parecida –repuso flemáticamente el detective.
–Entonces, ¿es que debo de pagar? –tronó el irascible banquero.

Harry Dickson hizo un gesto evasivo y se volvió hacia el señor Fratt, esquire, que se encogió como un niño cogido en falta.

–¡Cien mil libras, señor Dickson! –gimió el usurero–, ¡cien mil libras! ¿De dónde voy a sacarlas? ¡Yo soy un hombre pobre!
–Es una bonita suma –concedió Harry Dickson–. El chantajista parece que está muy al corriente en cuanto a sus respectivas fortunas.

El señor Fratt, esquire, no respondió. Temblaba sin cesar y no se atrevía a mirar al detective directamente a la cara.

–En cuanto a Vuestra Alteza, nuestro desconocido os exige la entrega de El ojo de Sundrâh. Si no me equivoco se trata de un maravilloso diamante azul.
El rajá asintió sonriendo.
–Un diamante azul, una piedra histórica, señor Dickson –dijo con una voz muy modulada–. Jamás dudo en hacer regalos, pero no de esta manera.
–Tiene un gran valor, ¿no es así?
El Nabab se alzó de hombros desdeñosamente.
–Se dice que un millón de libras –dijo con negligencia.
–¡Un millón! –exclamó Mac Dougal–. ¡Vaya! Nuestro ladrón no se anda con chiquitas. Un millón. ¿No irá usted a dárselo, verdad, Príncipe?

El propio lord Norton se dignó a sonreír ante la intempestiva salida del banquero, conocido en todo Londres como un auténtico grosero. Harry Dickson se había levantado y con una rápida mirada consultó el plano de la City.

–¿Dónde vive usted, señor Fratt? –preguntó al cabo de unos instantes.
–En una pequeña casita, señor Dickson, una pequeña casita en Cheapside. Me pregunto quién pensará encontrar allí cien mil libras –lloriqueó el judío.
Dickson trazó algunas líneas con el lápiz sobre el plano.
–No tiene nada que temer, señor Fratt –dijo de pronto–. Con respecto a usted el bandido se ha equivocado. Usted está totalmente fuera de su alcance.
–¿Es eso cierto? ¿Es verdad lo que usted dice? –exclamó el señor Fratt.
–Cuando yo se lo digo. Usted y yo no tenemos más que hablar, señor Fratt. Puede retirarse.
El usurero no parecía creer que fuera posible tanta felicidad; se volvió humildemente.
–Y... Señor Dickson, soy un hombre pobre, pero... ¿cuánto le debo? –balbuceó.
El detective se contentó con lanzarle una fría mirada.
–Sea un poco menos duro con los pobres, señor Fratt, y me sentiré largamente recompensado. Si, de momento, está usted fuera del alcance del bandido, piense que hay un Dios que le ve y al que no se le compra el perdón con cien mil libras.

El señor Fratt, esquire, bajó la cabeza. Saludó a todos los presentes y ganó la puerta ronroneando de placer.

–Y nosotros, señor Dickson –dijo Mac Dougal–, estaremos menos favorecidos que esa asquerosa sabandija que se acaba de marchar. Francamente no debiera de haberse preocupado por sus cien mil libras. ¡No sería yo el que las hubiera llorado!
Harry Dickson lo miró gravemente.
–¡Seguro que no, señor Mac Dougal! Usted vive, creo, en Flower Flat, un magnífico edificio del West-End. Y además posee usted unas magníficas oficinas. Espero que por su bien todos esos edificios estén sólidamente asegurados contra incendios. Si no...
–¡Cómo! ¿Es que incendiará mis propiedades?
–¡No lo dude! Y me temo que no podamos hacer nada por evitarlo.
–Pero, ¿para qué pagamos a los funcionarios de policía ingleses? –aulló el escocés.
–En primer lugar, yo no pertenezco a la policía inglesa. Además, le aseguro que esos pobres funcionarios no podrían hacer nada, desde luego nada más que yo. Lord Norton, esa misma amenaza se refiere a usted.
–Entonces, ¿es con fuego con lo que ese misterioso forajido va a dominarnos?
–Se lo puedo asegurar.
–Pero ¿cómo?
–Eso es todo lo que yo mismo sé. De cualquier modo el servicio urbano de bomberos ya está advertido.
–¡Esto es demasiado! –rugió Mac Dougal–. Entonces, nosotros, importantes contribuyentes ingleses, ¿no podemos contar con la protección de nuestro Gobierno?
–Nadie está obligado a hacer algo imposible, repuso enigmáticamente el detective.
–Y yo, señor Dickson –intervino el príncipe Sadoûr, vivo en el hotel...
–Pero su yate está anclado en el Pool. Alteza, y si me atengo a los rumores públicos, es un verdadero palacio flotante.
El hindú bajó su mirada y un escalofrío nervioso recorrió sus bellas manos aristocráticas.
–Lo que está escrito, está escrito –dijo con una voz tenue–, y nadie puede ir en contra de la voluntad de Dios.
–Señores –dijo Harry Dickson levantándose–, por desgracia esto es todo lo que tenía que decirles. De todos modos, quisiera añadir que el chantajista que trata de arrebatarles sus fortunas no es un timador ordinario, sino un desalmado que posee una fuerza poderosa, completamente desconocida aún. No puedo hacer nada por ustedes, prefiero confesárselo en este momento. Además, no podría encargarme de este asunto, que está en manos de la policía oficial.
–Entonces, ¿nos abandona? –gruñó Mac Dougal–. Me es igual, tenía una idea muy distinta de Harry Dickson.

El detective puso mala cara ante el insulto, pero continuó flemático:

–He decidido que sea así –dijo.
Los visitantes le dejaron solo tras unos saludos breves y glaciales; solamente el príncipe Sadoûr se volvió en el umbral de la puerta y tendió la mano al detective.
–Los hombres que declaran su impotencia ante las fuerzas misteriosas son juiciosos –dijo–. Aunque no pueda hacer nada por mí, sigo teniéndole en gran estima, señor Dickson.
Cuando se marcharon, y una vez que se hubo oído el ruido de la puerta de la calle que se cerró tras la última exclamación de furor de Mac Dougal, Tom Wills, que había escuchado en silencio, se volvió vehementemente hacia su jefe.
–¡Bueno! ¡Yo tampoco le reconozco, señor Dickson! –exclamó lleno de indignación–. Cómo es que usted...
Pero no dijo nada más al observar las burlonas miradas que su jefe le lanzaba.
–¡Observen a este gallito que se pone todo rojo! –bromeó Dickson.
–Entonces, ¿no es cierto? –exclamó alegremente el joven–, ¿no abandona la partida?
–¿Se olvida usted del pobre Loggan? –dijo simplemente el detective–. Pero por el momento ya es suficiente. Haga entrar a ese tal señor Johnson.
El que entró en el gabinete de trabajo del jefe era un correcto gentleman vestido de oscuro y con aspecto afable e inteligente.
–Señor Dickson... –comenzó en un inglés perfecto, pero el detective le interrumpió con un gesto.
–Empiece por contarme cómo se encuentra mi gran amigo Livois, jefe de la policía parisina –dijo.
El hombre quedó pasmado.
–¿Ya lo sabía? –exclamó con aspecto inquieto–. Le han advertido de mi llegada. ¡Es increíble!
–No es así, ¡tranquilícese! No voy a referirle los mil rodeos que he tenido que dar, a lo Sherlock Holmes, para reconocerle. Sólo le diré esto: que los muelles de Douvres tienen un polvo granítico muy especial que se resiste a los más sólidos cepillos, que los franceses se impacientan de un modo característico cuando tienen que esperar mucho tiempo, jugando con el sombrero. Sobre todo las personas que no están acostumbradas a esperar y que no les gusta tener que hacerlo, por ejemplo, los miembros de la policía.

El visitante se rió.

–Entonces, me presento, señor Dickson: Pierre Pernet, inspector de la Brigada Extranjera de la Policía Francesa. Si he tomado un nombre prestado fue porque sólo quería descubrir mi incógnito ante usted. Efectivamente, es el señor Livois quien me envía...
–¿Para ver si el señor André Harroteaux, del Instituto, se encuentra en Inglaterra?
–¡Oh! ¡Esto es demasiado! –jadeó Pierre Pernet.
–En absoluto, las cosas de Inglaterra las saben antes en Francia que nuestros propios ciudadanos. En todas partes hay charlatanes... ¡Incluso en Scotland Yard! Y el asunto de la llama verde ha debido, con razón, conmover al Ministerio de la Guerra francés.
–Justamente, señor Dickson –murmuró el francés–. ¿Sabe usted algo del señor André Harroteaux?
–Harr... Harr... –intervino Tom Wills–. ¡Oh!, señor Dickson –continuó con acento de reproche, ¿usted lo sabía?
–Desde el primer momento, hijo mío. El señor Harroteaux, que es un conocido sabio y uno de los más célebres “radio-telúricos”, durante estos últimos años se había dedicado al estudio del transporte de la energía a distancia por medio de ondas. Incluso había presentado un aparato inaudito al Ministerio de la Guerra de su país: aparato que permitía atacar desde lejos a grandes unidades enemigas. Pero, y sin intención de ofender a su país, señor Pernet, en Francia desconfían mucho de las innovaciones demasiado audaces. Verdaderamente no quisiera agraviarle, pero en esta ocasión esta desconfianza ha sido bastante desafortunada, puesto que ha permitido que un bribón arrebatara a. un eminente francés un descubrimiento formidable para emplearlo con fines criminales.
–Entonces, ¿el aparato se ha perdido? –gimió Pernet.
–¡Silencio! –dijo el detective–. ¡No vayamos tan de prisa!
En pocas palabras, Harry Dickson puso al policía al corriente de la trágica noche de Epping y de las maniobras de chantaje de las que habían sido víctimas los visitantes que acababan de marcharse.
–¿Cree usted que la persona que posee la llama verde es el chantajista? –preguntó Pernet.
–Sin duda alguna, y yo esperaba de su parte una acción de este tipo. En cuanto haya conseguido las fuertes sumas que exige, probablemente ofrecerá su máquina de muerte a una nación extranjera. Y esa nación no será ni la suya ni la mía, eso se da por descontado... Usted probablemente me comprende.
Pierre Pernet se llevó las manos a la cabeza.
–El ministro de la Guerra en persona me encargó esta misión –gimió.
–No dé por perdida toda esperanza, amigo mío. Pienso que esta noche puedo conseguir que vea ese terrible resplandor verde, si acepta quedarse a cenar aquí y pasar la velada con nosotros.
–¿Y adónde iremos para eso? –inquirió Tom Wills.
–No saldremos de casa –repuso Harry Dickson sonriendo–. Nos limitaremos a subir a la azotea.
–Y ahora, Tom, dígale usted a la señora Crown que ponga otro cubierto en la mesa y que suba de la bodega una buena botella de vino francés.

La cena fue muy cordial, y el señor Pernet, a pesar de que tenía grandes prevenciones contra la cocina inglesa, se deshizo en elogios ante el talento culinario de la buena ama de llaves. Las ostras estaban perfectas, el asado en su punto, el pastel de liebre delicioso. El generoso vino francés encendió el rostro de los comensales, se brindó a la salud de la Vieja Inglaterra y de la Bella Francia. Después, Harry Dickson dirigió la conversación hacia el asunto que a todos ocupaba.

–No conozco a André Harroteaux más que de nombre –dijo–. Hábleme usted un poco de él, querido Pernet.
–Es un hombre muy solitario, señor Dickson –respondió el policía francés–. Vive, o mejor dicho, vivía, puesto que ha desaparecido, en una casa pequeña de una de las más terribles barriadas parisinas: la calle d’Aubervilliers, en la esquina de la calle Riquet, frente al ferrocarril del Este.
Una vivienda medio en ruinas pero convertida en su interior en un extraño laboratorio al que nadie tenía acceso. Sus colegas del Instituto coinciden unánimemente en su genio, al tiempo que se quejan de su falta de civilización.
–Dígame, jefe –exclamó de pronto Tom Wills–, ¿cree usted que fue ese Harroteaux el que dio el golpe?
Harry Dickson se echó a reír y Pernet adoptó un aire ofendido.
–No, hijo mío. No ignoro que el sabio francés despreciaba el dinero y también los honores. Una prueba de ello es que ha ofrecido gratuitamente su invento a su país. ¿No es cierto, señor Pernet?
–Es cierto, señor Dickson –repuso el francés orgullosamente.
–Entonces, ¿quién fue? –preguntó Tom Wills.
Harry Dickson se rió a carcajadas.
–Dios mío, Tom, ésa sí que es una pregunta que no haría honor ni siquiera a un recién nacido. Pero voy a perdonársela y a no tenerla más en cuenta que a ese maravilloso Papa Clemente, del cual usted tanto ha abusado.

Tom Wills enrojeció y ocultó su confusión detrás de un gran vaso... de agua mineral. El detective consultó las agujas del gran reloj del comedor.

–Es la hora –dijo volviendo a adquirir un aire grave–. Subamos a la azotea y, a pesar del trío de la noche, echemos un vistazo desde lo alto al dormido Londres.

La inmensa ciudad se extendía a su alrededor en un confuso abigarramiento de tejados y edificios de piedra. Una marea luminosa pasaba una y otra vez sobre ella; los ruidos se volvían, de minuto en minuto, más débiles y espaciados a medida que la desapacible noche avanzaba. El gran detective dejó vagar su vista sobre las lejanas perspectivas; ya no era el alegre comensal de hacía un momento. Su frente se ensombreció.

–Aquí estamos como espectadores, desgraciadamente impotentes, de un drama cuyo telón va a alzarse en seguida –dijo–. El crimen va a dar el último aviso para salir a escena. ¿Ven ustedes aquel edificio alto, completamente blanco, a nuestra izquierda, que parece aislarse entre esa enorme manzana de casas... y aislarse peligrosamente? Ofrece un excelente blanco para la llama verde.
–Es el banco Dougal & Dunstan –murmuró Tom Wills.
Harry Dickson sacudió la cabeza.
–Todo me hace pensar que el bandido empezará por él. ¡Ah! ¡Miren!
Apenas había terminado de hablar cuando una extraña llama verde cayó sobre el edificio.
–¡La llama verde! –exclamó Tom, aterrorizado.
–El fuego de Harroteaux, como nosotros la llamamos –murmuró Pernet.

La llama permaneció un momento inmóvil, luego se agrandó súbitamente, se convirtió en una aterradora claridad lívida, y de pronto, aunque el banco era de hormigón armado y de hierro, se incendió. Se extendió una llama luminosa y se oyó su crepitar, a pesar de la distancia. La sirena de los bomberos empezó a sonar.

–¡Esperen! –dijo Dickson.
Como una inmensa ola, la oscuridad invadió bruscamente el barrio: todas las luces se apagaron al mismo tiempo.
–¡Han cortado la corriente del sector! –exclamó Tom Wills.
–Es una orden mía –dijo Dickson con una voz sombría–. Pero ya no sirve de nada. En efecto, en medio del fuego, que se elevaba del edificio, se veía un resplandor verde, semejante al que se produce al amanecer.
–El bandido lo había previsto –dijo el detective–. Si su aparato hubiera estado conectado a la red eléctrica de la ciudad, dejaría de funcionar. Lo alimenta con un generador particular. Es un hombre hábil, ya que lo ha previsto.

En ese momento, se elevaba hacia el cielo una gran antorcha donde se distinguían gran cantidad de brasas y miles de chispas. Harry Dickson dirigió su mirada hacia otra parte y la fijó en la zona del West-End, que aún tenía luz.

–Lord Norton habrá pagado –murmuró.
–¿Y Fratt? –preguntó Tom–. ¿Cómo ha podido usted prometerle seguridad?
–Porque Fratt vive en una casa muy barata, escondida entre las vecinas que son mucho más altas. El desconocido ha querido asustarle, y sin duda espera que el usurero pague al ver lo que les sucede a los demás.
–¿El Príncipe habrá entregado El ojo de Sundrâh? –preguntó Tom.

Harry Dickson dirigió sus gemelos en dirección al puerto. No se veía gran cosa, a no ser una gran masa sombría, salpicada por las vagas y escasas luces de Wapping, un barrio miserable.

–Me inclino a creerlo –murmuró Dickson–; sin embargo...
–Mi opinión es que con su fatalismo característico, el hindú ha debido de decirse: “Lo que tenga que ser, será, y conservemos la calma” –aventuró Tom Wills.
El detective se encogió de hombros.
–Nunca se puede saber –murmuró enfocando su anteojo.

De pronto, un haz de fuego subió al cielo entre las sombras del puerto, y poco tiempo después oyeron una sorda explosión... Una nube rojiza se mantuvo flotando durante unos momentos en el horizonte.

–¡El también! –gruñó Harry Dickson.

III.
Harry Dickson, el señor Pernet y Tom Wills salieron de los subterráneos del metro de la calle de Flandre y llegaron a la calle Riquet. Era una calle oscura y desagradable, que unía el puerto de la Villette y la barriada d’Aubervilliers. Una fina llovizna contribuía a hacer el paisaje aún más grisáceo; los detectives estaban rodeados de sombras. Una vez doblada la esquina de la calle Riquet, siguieron por la calle d’Aubervilliers, llena del hollín de las locomotoras; luego se detuvieron ante una casa, escondida entre fachadas apuntaladas, delante de la cual había un minúsculo jardín en el que se deshojaban algunos arbustos descoloridos.

–¡Si esto es lo que se llama la torre de marfil de un sabio! –musitó Tom Wills, lanzando una mirada de desagrado a los muros desconchados y llenos de profundas grietas.
–Ya se lo he dicho y ahora se lo repito: un jabalí en su guarida –respondió Pierre Pernet–. ¿Cómo piensa entrar ahí dentro, señor Dickson? Nosotros ya hemos hecho una breve visita ayudados por un cerrajero de la Prefectura.

Por toda respuesta el detective le mostró una minúscula ganzúa brillante, semejante a un instrumento de cirugía.

–Mis herramientas serán suficientes –dijo sonriendo.

Un repugnante olor a moho, a ácido y a madera carcomida les llegó hasta el rostro como un soplo mortal. Pierre Pernet tanteó la pared y se oyó el click de un conmutador, pero seguían a oscuras.

–Habrán cortado la corriente –murmuró con aire de desagrado.
Harry Dickson se enervó y husmeó el aire del lugar.
–Muy raro –dijo en voz baja.
–¿Qué, señor Dickson? –preguntó el policía francés impresionado por el modo en que su famoso colega acababa de pronunciar aquellas sencillas palabras.
–Huele a metal recalentado –respondió Dickson.

Recorrieron el largo pasillo con pasos cautelosos, como si la casa no estuviera vacía. A la luz de sus linternas, vieron ante ellos un laboratorio bastante grande, lleno de extraños aparatos, cuyas sombras se elevaban amenazantes, como irritadas por esta intrusión.

–No me parecía que el señor Harroteaux se dedicara exclusivamente a trabajar en la llama verde –observó Harry Dickson–. Me pregunto para qué servirá esta máquina.

Estaba ante un objeto metálico de extrañas formas, que, a la insegura luz de sus linternas, adquiría sorprendentes formas humanas.

–¡Ah! Estos sabios, con ellos nunca se sabe... –dijo filosóficamente Pierre Pernet–. Vive Dios que no sé de qué se trata. ¡Pero no será nada agradable!
De pronto, Harry Dickson se detuvo ante un pedestal vacío.
–Han desmontado un aparado –declaró–. Observen el lugar donde debió estar atornillado a la madera. Se ven perfectamente las señales.
Pierre Pernet también se acercó.
–A fe mía que es cierto. Nosotros no nos habíamos dado cuenta de ello. Por otra parte, nuestra inspección fue bastante superficial.
–Una equivocación, amigo mío, siento tener que decírselo. Me temo que eso le haya costado la vida a un hombre muy valioso.
–¡Cómo! ¿Está muerto el señor Harroteaux?
–Eso me temo. Fíjese en ese agujero: el clavo debió ser arrancado a la fuerza... En este lugar el aparato, que debía ser bastante pesado, fue golpeado sin consideración. Lo que demuestra que se lo llevaron a la fuerza y a toda prisa, como si los que realizaron la operación temieran una visita desagradable... ¡Ah!, he aquí lo que yo esperaba.
–¿De qué se trata, señor Dickson?
–¡Sangre!
–En efecto, sangre coagulada, de hace bastantes días... Podría ser que uno de los intrusos se hiriera al manejar el misterioso aparato.
–Bien, aquí tuvo lugar una lucha, pero han hecho desaparecer las señales, aunque no del todo. Aquí hay pequeños fragmentos de cristal...
–Probablemente se rompió una probeta...
–¿El señor Harroteaux era muy miope y llevaba unas gafas ligeramente ahumadas de color naranja? –preguntó Harry Dickson.
–¡En efecto!
–Esto es lo que queda de ellas.
Pierre Pernet se estaba poniendo nervioso.
–Daría con gusto un mes de mi sueldo con tal de saber lo que le ha pasado –murmuró.
–No le resultará tan caro... ¡Ah!, señor Pernet, no nos había dicho que esta casa tuviera sótano.
–No se lo había dicho por el simple motivo de que no ofrecía nada interesante. Por otra parte, es muy pequeño...
–¡Pequeño! Yo siempre creí, por el contrario, que eran bastante espaciosos.
–Habla usted en plural.
–Ciertamente, amigo mío. Fíjese en esa larga y fina fisura en la madera del suelo.
–¡Una trampilla! Dios mío, me temo que en la Prefectura nos van a dar una buena reprimenda, acusándonos de ser negligentes en nuestros registros.
–Su único error, Pernet, consistió en no buscar al señor Harroteaux en su casa, en lugar de ir a buscarlo a Inglaterra.
–¡Pero su aparato está allí!
–El aparato sí, pero el sabio no –afirmó escuetamente Harry Dickson.

Entretanto Tom Wills había conseguido abrir la trampilla, que ofreció cierta resistencia. Los tres hombres se encontraron ante una escalera de caracol que se hundía en las profundidades del suelo. Esta les condujo hasta un enorme sótano completamente vacío.

–Ya habíamos reparado en él antes –dijo Pernet–, pero carece de importancia. Me pregunto por qué el señor Harroteaux lo disimulaba tan cuidadosamente.
Harry Dickson se echó a reír.
–Para ocultar un robo –afirmó, simplemente.
–¡Un robo! –exclamó el policía estupefacto.
–Fíjese en ese cable grueso adosado a todo lo largo del muro y dígame si no le dice nada.
–¡Pero si es un cable eléctrico!
–Justamente. El bueno del señor Harroteaux se aprovechaba desmedidamente de la corriente eléctrica de la ciudad de París, sin pagar un céntimo por kilovatio.
–¡Ah!, ¡bah! –musitó el señor Pernet un tanto extrañado.
–Excusémosle –dijo Dickson bondadosamente–. El Ayuntamiento o la compañía de electricidad no se van a arruinar por esto, y la ciencia se ha enriquecido gracias a este pequeño robo, realizado para un buen fin. Estoy convencido que éste fue el único delito que cometió el bueno del señor Harroteaux y lo ocultó como si se tratara de lingotes de oro del Banco de Francia.

De repente, Tom Wills, que había avanzado hasta el fondo del sótano, lanzó un grito de terror.

–Jefe, venga en seguida, hay un hombre escondido en este rincón... ¡Creo que está muerto!
Los detectives avanzaron hacia una esquina oscura donde, en efecto, había una forma encogida sobre sí misma.
–¡Harroteaux! –exclamó Pernet.
–¡Está muerto! –dijo Dickson con voz sombría–, tiene la cabeza rota de un martillazo. ¡Pobre diablo!
¡Plash!
Un ruido sordo sacudió los subterráneos.
–La trampilla acaba de caer –exclamó Tom Wills.
–¡Rayos y truenos! –rugió Harry Dickson–. ¡La han cerrado sobre nuestras cabezas! ¡Eso es lo que ha pasado! Hubiera debido tomar precauciones.
El sonido de objetos trasladados de lugar retumbó sobre ellos.
–¡Eh, los de arriba, no se molesten! –bromeó Tom.
–¿Había alguien en la casa? –preguntó Pierre Pernet.
–¡Claro! –gruñó Dickson–. Y pensar que me lo imaginé al notar el olor a metal recalentado: acababan de trabajar con un soplete oxídrico en esta madriguera... Es inútil empujar la trampilla, hijo mío –añadió, viendo que Tom se magullaba las manos empujando la gruesa placa metálica–. Han puesto encima un objeto pesado. Se les puede oír perfectamente.

En efecto, desde el laboratorio llegaba un ruido de pasos, y también el producido por el desplazamiento de objetos metálicos. Pierre Pernet lanzó un grito de rabia.

–¡Atrapados como niños, como ratas! ¿Qué podemos hacer?
–Salir de aquí –respondió fríamente Harry Dickson.
–Eso se dice en seguida –refunfuñó el policía.
Harry Dickson comenzó a exponer pausadamente su plan para evadirse.
–Para traer hasta aquí este cable, el señor Harroteaux tuvo que agujerear la pared hasta el fondo del subterráneo. A pesar de ser un famoso sabio, era un pésimo excavador, la prueba son estas piedras sueltas que se observan alrededor de la entrada del hilo conductor. Al trabajo, amigos míos. Creo que muy pronto alcanzaremos algún desagüe, desde donde nos será fácil salir.
El detective tenía razón: les hizo falta poco tiempo para arrancar algunas grandes piedras de la pared. Los cortaplumas removían la tierra blanda, y al cabo de una hora se abría ante ellos una abertura bastante grande.
–He alcanzado el otro lado con mi cuchillo –exclamó Tom Wills.
–Entonces le concedemos el honor de ser el primero en pasar, Tom –exclamó súbitamente el detective.

El joven se deslizó por el estrecho pasadizo desdeñando los escombros, que le causaron pequeñas heridas. Finalmente, gritó a sus compañeros que había alcanzado el otro lado del muro.

–Déjeme pasar ahora, señor Dickson –dijo Pierre Pernet–. En efecto, debemos encontrarnos en alguna alcantarilla y conozco bastante bien el camino. ¡Ah! ¡Qué magnífica idea ha tenido usted!
Diez minutos después, los tres detectives caminaban por la orilla de un pequeño canal lleno de barro, cuyas ondas cubiertas de suciedad reflejaban la luz de sus linternas.
–Probablemente desembocaremos en el puerto de la Villette –dijo Pernet–. ¡Caminemos un poco más!

Alcanzaron un muelle desierto de la Villette, tras una media hora de caminar por tenebrosos meandros.

–Y ahora, a paso ligero –ordenó Harry Dickson–. Volvamos en seguida a la casa de Harroteaux.
–¡El pájaro habrá volado! –musitó Pernet.
–¡Naturalmente! –dijo burlonamente Harry Dickson–. Pero eso no impide que me interese el trabajo que ha realizado.

En efecto, encontraron la casa del científico desierta y el laboratorio revuelto de arriba a abajo. Sobre la trampilla había sido colocada una pesada batería de acumuladores y dos grandes moldes de fundición.

–Fíjese, señor Dickson –exclamó de pronto Pernet–, ¡este rincón no estaba vacío hace unos momentos!
Dickson se volvió rápidamente.
–¡Ah! nuestro bandido no se ha contentado con la llama verde. Debimos de pensar que este laboratorio guardaba además otro secreto temible. Aquella extraña máquina, ante la que permanecimos algunos instantes ha desaparecido.
–¡Dios sabe los disgustos que esto nos va a traer! –gimió Pernet.
Harry Dickson se encogió de hombros. Estaba furioso porque sabía que había cometido un error. De pronto, su mirada se clavó en Tom, que se frotaba la mano con aire malhumorado.
–No sé lo que pasa. Al poner la mano en el picaporte de la puerta me he manchado. Se diría que es tinta de imprimir. No se quita.

Harry Dickson tomó la mano de su ayudante y la examinó a la luz de su linterna, luego lanzó un sordo silbido.

–¿Algo nuevo? –inquirió Pernet.
–Sí. Realmente algo maravilloso. Una auténtica bicoca –repuso el detective con satisfacción–. Algo que va a llevarnos directamente hasta el culpable, si no me equivoco.
–¿Esta porquería? –preguntó Tom.
–¡Que es un excelente tinte del cabello de color negro más bonito que se pueda imaginar! Creo que podemos volver a Londres con las manos sucias, pero no vacías de... pruebas.

IV.
-No, nada de luz, Tom –dijo Dickson al entrar en Baker Street–. Es preciso que nadie sepa que hemos regresado a Londres. Advierta a la señora Crown.
La buena mujer apareció en seguida.
–Entonces, ¿es que deben ustedes esconderse en su propia casa? –se lamentó–. Vaya profesión que han escogido, cuando hay tantas ocupaciones honorables y bien remuneradas para unos hábiles gentleman como ustedes. Apostaría a que tendrán que cenar a oscuras, como los ratones.
–Acertó, señora Crown –respondió Harry Dickson riendo–. En todo caso, seremos prudentes como esos roedores, y a poder ser, menos escandalosos que ellos.
–Entretanto, baje las cortinas azules de la habitación de Tom, que da al patio, para que no se filtre al exterior ninguna luz. De momento, es allí donde estaremos.

Al detective le esperaba una gran cantidad de correspondencia y la estuvo examinando hasta bien entrada la noche. Lord Norton le advertía, en términos educados y glaciales, que había depositado un paquete con ciento cincuenta mil libras en un banco de Hyde Park. Añadía que, en el caso de que Harry Dickson pudiera conseguir que ese dinero volviese a sus manos, entregaría, además de principescos honorarios, parte de él a los pobres de Londres. El príncipe Sadoûr, en una carta adornada con expresiones rimbombantes, ponía en conocimiento del detective que no se había desprendido de su magnífico diamante y que una de las calderas de su yate había explotado de un modo inexplicable. Pero como los desperfectos habían sido rápidamente reparados, decidió volver a hacerse a la mar, con destino desconocido, esperando escapar de su misterioso enemigo.

–¡Y van sólo dos! –dijo Harry Dickson–. Veamos ahora esto... Bien, una carta llena de insultos de sir Mac Dougal... La señora Crown tendrá con qué encender el fuego mañana. ¡Ah! ¿Qué es esto?
Era un sobre bastante corriente en el que la dirección había sido escrita por una mano vacilante, con la indicación de “transmitir”.

La señora Crown no había seguido esta indicación al no haber recibido órdenes de su jefe al respecto.

–Faltaba esta voz para que el cuarteto estuviera completo –dijo Harry Dickson cuando, después de haber roto el lacre miró la firma: el señor Fratt, esquire–. ¿Para qué me querrá?... Vaya, el asunto no carece de interés:

“Muy Honorable señor Dickson:

Venga a verme urgentemente. Podré revelarle el nombre del culpable. Pero cuando venga, tome precauciones. Temo que mi cruel enemigo sospeche algo y entonces estaré perdido.

S. s. q. s. m., Ebenezer Fratt, esquire.
P. D.–Venga a verme de noche y llame a la puerta con suavidad.
E. F.”

Harry Dickson permaneció pensativo durante unos instantes, luego, volviendo a coger el sobre, examinó el sello.

–La carta es de ayer –murmuró–. A pesar de mis deseos de regresar rápidamente a Londres, el prefecto de Policía ha conseguido retenerme cuatro días en París. Aún no es demasiado tarde para visitar al señor Fratt, esquire, a pesar de la indicación de “urgente”.
Lanzó una mirada a Tom Wills que se había dormido fatigado por el viaje.
–Le dejaré dormir –dijo el detective–. Espero que el señor Fratt no me entretendrá demasiado tiempo. Decir un nombre no lleva una eternidad.

En primer lugar inspeccionó la oscura calle, vio que no existía nada sospechoso, después, calándose el sombrero hasta los ojos y levantando el cuello de su abrigo, tomó la dirección de Cheapside, donde vivía el usurero. La casa del señor Fratt, esquire, era una vieja y sórdida morada digna de estar habitada por Gride o Scrooge, siniestros personajes de los libros de Dickens. Sus ventanas, pequeñas y torvas, parecían dos ojos asustados y vigilantes. Asustados, porque temían eternamente a ladrones y asesinos, vigilantes, porque detrás de ellas, el usurero atisbaba ávidamente a sus víctimas como una araña, ya que Ebenezer Fratt, esquire, era una famosa araña de potentes garras que devoraba los corazones, las lágrimas y la sangre de los humanos. Al atardecer, hombres muy pálidos salían de la morada maldita, después de firmar recibos cuyo pago consistiría en una onza de plomo en la sien y la miseria eterna para su mujer y sus hijos. Fratt, esquire, se ocupaba de asuntos importantes, pero no desdeñaba los pequeños beneficios, ni siquiera los que sólo le proporcionaban algunos peniques. Por eso, en la planta baja de su casa había un local, largo y estrecho como un intestino, a cuyo fondo jamás llegaba la luz, al que durante todo el día acudían mujeres a empeñar abrigos y gabanes, murmurando:

–Fíjese, señor Fratt, está casi nuevo. Me dará usted una libra... –y Fratt, esquire, respondía invariablemente:
–Dos chelines.

Entonces, las pobres mujeres rompían a llorar y contaban historias conmovedoras de mandos sin trabajo e hijos pequeños enfermos. Pero el señor Fratt respondía:

–¡Dos chelines!, y si no, lárguese con su montón de polillas.

La mayoría de las veces, el marido pateaba inútilmente los muelles de Gravensend sin encontrar modo de ganar los peniques necesarios para pagar el pan y el té. Y, con toda seguridad, un pobre niño tosía con fiebre en algún sótano de Wapping o de Whitechapel. Las mujeres, entonces, cogían los dos chelines y se marchaban diciendo invariablemente:

–¡Que Dios le castigue!
O bien:
–¡Dios le maldecirá!
–¡Dios le ve, malvado, judío, ladrón!

Pero el señor Fratt, esquire, ponía una etiqueta en la ropa y se burlaba de Dios. Era esta innoble morada la que Dickson visitó esa noche, sin poder disimular su desagrado: efectivamente, le repugnaba responder a la llamada de un ser tan vil como el usurero.

–Si el misterioso ladrón de la llama verde hubiera llevado a efecto su amenaza en el señor Fratt, esquire, en lugar de sobre Mac Dougal, no le habría podido guardar rencor –murmuró.

La calle estaba desierta, iluminada apenas por algunos pequeños mecheros de gas; Dickson se deslizó en el hueco de la puerta y golpeó suavemente en ella. No obtuvo ninguna respuesta. Repitió su tentativa, llamando un poco más fuerte esta vez, pero eso también fue inútil. Buscó el timbre y lo encontró; en el silencio de la vieja morada dormida se oyó un ligero campanilleo... Nada.

–Recurramos a la ganzúa –dijo Harry Dickson–. Las puertas cerradas no se le resisten.
La ganzúa hizo girar la cerradura, pero la puerta permaneció cerrada: los cerrojos estaban echados.
–Esto no me dice nada –monologó el detective.

Dio la vuelta a la manzana de casas y descubrió un muro de poca altura sobre el que sobresalían unas ramas de árboles. Un momento después, caía sobre el suelo blando de un jardín muy descuidado, desde el que alcanzó una pared que amenazaba ruina y que daba a los patios interiores. Se orientó.

–Mi opinión es –murmuró una vez que se hubo instalado en la parte de arriba de un tabique de ladrillos que estaba cubierto de musgo–, que esa luz debe brillar en una de las habitaciones de la planta baja de la casa de Fratt.

Sobre uno de los pequeños patios cubiertos de hierba y moho, se abría en efecto un cuadrado de luz. Harry Dickson no lo dudó más y se dejó caer en el patio vecino; en las sombras resonó un aullido poco amistoso y el detective se apresuró a izarse sobre el muro, acercándose de ese modo a la casa del usurero. La ventana iluminada estaba más cerca; Dickson ya podía entrever su sórdido interior, los muebles harapientos, una mesa sucia contra la que se apoyaba una forma inmóvil..., demasiado inmóvil desde el punto de vista del detective.

–Hay bastante mugre en estos cristales –murmuró–, pero apostaría gustosamente una libra a que es el señor Fratt en persona quien está ahí tan singularmente tranquilo.

Sentado a horcajadas sobre el muro, intentó observar más atentamente el interior de la habitación. Lo que él tomaba por la persona del usurero estaba fuera del cono de luz que escapaba de una gruesa pantalla de hojalata. Prudentemente, el detective se dejó caer a tierra. Inmediatamente, un formidable ruido invadió el silencio e hizo que el detective se mostrara disgustado.

–¡Debí suponerlo!, he hecho sonar la alarma... El señor Fratt no parece tener curiosidad por saber lo que sucede.
Su mano alcanzó un hilo que seguía a lo largo del muro a la altura de sus tobillos. Lo arrancó de un tirón y la alarma cesó.
–Esperemos que no haya otras trampas –dijo para sí mismo Harry Dickson haciendo funcionar su linterna...– ¡Lo que me temía: un cepo para lobos, y luego otro! ¡Aquí sí que reina la confianza!

La ventana no estaba más que a un paso; Harry Dickson pegó su rostro a ella. El señor Fratt estaba allí, con el mentón caído sobre el pecho, los brazos colgantes, la mirada vidriosa.

–¡Se me han adelantado! –gruñó el detective–. También estaba en un error al prometer a este avaro una seguridad absoluta..., bien es cierto que yo sólo pensaba en la llama verde, y el misterioso desconocido parece que tiene más de un arma.

De un codazo hizo saltar el cristal en añicos, luego abrió el pestillo y saltó al interior de la habitación. Era una trastienda sórdida que olía a suciedad, telas viejas y miseria. Con cierto disgusto, el detective puso su mano sobre la lívida frente del usurero, desplomado sobre una silla; sintió el frío atroz de la muerte. “Debe de hacer ya algunas horas, se dijo, probablemente hacia el final de la tarde, cuando Fratt acababa de encender la lámpara.” Lanzó una mirada inquisitiva a su alrededor.

–Cómo saber si han registrado con todo este desorden –gimió–. De todos modos, veamos cómo ha muerto el hombre.

Había manchas oscuras, pegajosas y sospechosas en el miserable mandilón del difunto. “Una puñalada en pleno corazón, supongo”, se dijo Harry Dickson tocando el encogido cuerpo del hombre asesinado. De pronto, sucedió algo espantoso, una escena salida de una pesadilla sin nombre, espantosa entre las más espantosas. El muerto se levantó de un salto y, antes de que Dickson pudiera hacer algún movimiento para retroceder, las dos manos heladas del cadáver se agarraron a sus muñecas apretando con una fuerza increíble.

–¡Fratt! ¡Suélteme... o le mato!

El atroz rostro inmóvil del muerto permaneció impasible; sus vidriosos ojos estaban fijos en un punto del espacio, parecía ignorar a su víctima; únicamente sus manos continuaban presionando las muñecas de Harry Dickson. El detective dio una patada con todas sus fuerzas en las tibias de su adversario, pero al mismo tiempo lanzó un grito de dolor; la sensación fue como si hubiera golpeado un bloque de hierro. Fratt era un hombre pequeño, delgado y frágil al que un buen golpe hubiera mandado a freír espárragos por los aires; Harry Dickson intentó soltarse dándole una desesperada coz. ¡Igual que si hubiera intentado derribar el muro de una iglesia! Fratt no se movió ni un pelo. En el cerebro de Harry Dickson se encendió una luz. Permaneció inmóvil y examinó a la extraña criatura que le tenía prisionero. Los ojos eran los de un muerto y la gélida carne de las mejillas comenzaba a ponerse azul. De pronto, el detective se puso a escuchar: en el interior de ese cuerpo privado de alma, pero animado con una vida infernal, se oía un extraño murmullo. Transcurrió un minuto, largo y espantoso, luego Harry Dickson lanzó un grito de terror: en aquel rostro cadavérico la boca acababa de abrirse desmesuradamente, pero en lugar de los dientes de viejo marfil de Fratt, se veía una fantástica dentadura canina de acero reluciente, mientras que la cabeza, realizando un brusco movimiento, intentaba morder la garganta de Dickson.

¡Y el muerto empezó a hablar! Una abominable voz de carraca salió de la garganta, salmodiando, de un modo monótono y feroz, palabras sempiternas.

–Voy a matarte, Dickson... Dickson, vas a morrrirr... morrrirr...
Las r sonaban como mecanismos mal engrasados.
–¡Un autómata! –exclamó el detective horrorizado.

Entonces su mente se iluminó. Recordó la singular máquina que les había intrigado en el laboratorio de la calle d’Auberville, el aparato que había sido robado durante su breve cautividad en los sótanos de la pequeña casa de Harroteaux.

–Un robot... El bandido lo ha puesto a punto durante el respiro que le proporcionó mi ausencia. ¡Después de haber asesinado a Fratt, vistió al autómata con sus ropas!

Todo esto se lo decía Harry Dickson mientras que la cabeza, que imitaba perfectamente los rasgos repugnantes del usurero, animada súbitamente por una vida frenética, intentaba aproximarse a la de su víctima dando dentelladas al vacío con un castañeo seco de las mandíbulas.

–Voy a matarte, Dickson... Vas a morrrirr. .. morrrirr... –aullaba el fonógrafo disimulado en el interior del autómata.

A su vez, los ojos acababan de encenderse, lanzando un fulgor verdoso dotado de un singular poder hipnótico, al que Harry Dickson intentó inútilmente resistirse. Lentamente, sentía que sus fuerzas disminuían y que su razón se trastornaba... Sólo pudo intentar poner en funcionamiento unos vagos reflejos defensivos, pero a pesar de todo su subconsciente trabajaba. También notó una especie de bulto redondo que se destacaba en el mandilón del muerto a la altura del corazón.
Algo le decía que tenía que alcanzar ese bulto. Pero las manos de acero no soltaban su presa; Harry Dickson realizó un tremendo esfuerzo y rozó ligeramente el bulto. Los dientes de hierro, en ese momento, estuvieron a punto de arrancarle la oreja derecha... pero su mano reposaba ahora sobre las ropas empapadas en sangre. Uno de los afilados colmillos le desgarró la mejilla. En el límite de sus fuerzas, Harry Dickson apretó. ¡Ah! El autómata acababa de echarse para atrás; sus manos se abrieron soltando su presa, que se desplomó gimiendo. La infernal criatura mecánica se movía por la habitación con pasos bruscos e inseguros, rompiendo los muebles, chocando contra los tabiques. Dickson no perdió el tiempo; sacó el revólver y se puso a disparar contra el monstruo. Oyó un ruido de mecanismos rotos y, como un muñeco, el autómata cayó pesadamente al suelo, donde sus miembros continuaron agitándose de un modo grotesco.

Harry Dickson se levantó gimiendo. Se encontraba en el límite de sus fuerzas. Un solo pensamiento, una única voluntad se imponía en su espíritu: huir de aquella maldita casa, como si otro peligro le aguardara aún. Y, efectivamente, así era; en cuanto el detective había dado algunos pasos vacilantes por el pasillo, una cegadora luz verde le rodeó. Sintió la mordedura de una llama, un trueno le ensordeció y, como lanzado por una catapulta, fue arrojado hacia adelante. Pero eso fue lo que le salvó, pues alcanzó la puerta de la calle. Rápidamente buscó el cerrojo; en su espalda sentía el aliento de una hoguera, sus cabellos comenzaban a chisporrotear. Se lanzó fuera aullando, justo en el momento preciso en el que la casa del señor Fratt, esquire, se ponía a lanzar fuego por todas sus ventanas. Harry Dickson ni siquiera se ocupó de dar la alarma. Empezó a correr como alma que lleva el diablo. A sus espaldas, el cielo comenzaba a enrojecer siniestramente y las calles se llenaron de clamores y ruido de las sirenas, de alarma.

El detective llegó a Baker Street a galope tendido y se introdujo en su casa como si ésta fuera un puerto de salvación. Sus ojos habían recuperado la tranquilidad, aunque estaban encendidos por inquietantes resplandores naranjas.

–Ahora vamos a actuar nosotros –dijo en voz alta, en la oscuridad del vestíbulo.
Y su voz era singularmente decidida y amenazadora.

V.
–Y bien, Goodfield, ¿me ha traído usted los informes pedidos?
–Poca cosa, señor Dickson, concedió el superintendente. En primer lugar, no se encuentra ningún rastro del yate del príncipe Sadoûr; nos tememos que Su Alteza haya pagado su fúnebre tributo al misterioso desconocido de la llama verde.
–¿Usted cree? –respondió el detective con indiferencia–. Lo contrario me hubiera extrañado, se lo confieso, Goodfield.
–Sí, al bandido le ha debido de resultar fácil capturar en alta mar el desgraciado navío del Príncipe.
–Bien. ¿Y luego?
–Usted me ha preguntado quiénes eran los agentes alemanes sospechosos de espionaje que se encuentran en este momento en suelo británico. No hay más que morralla, señor Dickson.
–De todos modos, dígame de quiénes se trata.
–Bauer, Lockman, Sibenschläfer y Polwolski. También me han señalado a Kirsch y Lebewohl. Enckel y Eisenschmidt han vuelto a Alemania.
–¡Cierto! Nada interesante, como usted dice, morralla –murmuró Dickson con aire disgustado.
–Es lo que yo pensé, respondió Goodfield. No merece la pena ordenar la detención de esos títeres.
–¿Cuáles son los barcos sospechosos en ruta hacia nuestros puertos?
–¿Navíos alemanes?
–¡Oh, no! Finlandeses, estonianos o suecos.
–Está el Sturmfeder...
–No, ése no.
–El Aland, el Peter Gramm.
–Pasemos esos.
–El Trygvason, pero es noruego.
–Navega con pabellón noruego, eso es todo. Ese carguero es un condenado bribón del mar que sabe desembarcar mejor que nadie pasajeros indeseables en cualquier país. ¿Qué ruta lleva?
–Golle, en Irlanda, va a cargar carbón.
–All right! Pero seguro que hará una pequeña escala en Hull antes de entrar en el Humber. Envíe usted allí a Briggs, Tom Wills le acompañará.

Al día siguiente, dos jóvenes cargadores de muelle sin trabajo, tiznados de carbón, recorrían las dársenas del gran puerto carbonero inglés.

–Hello boys –les gritó un enorme capataz–, ¿queréis sudar?
Los dos parados se consultaron con la mirada.
–No –respondió uno de ellos con voz monótona–. Tendrás que apencar tú solo, amigo. Aún tenemos con qué pagarnos la ginebra durante tres días por lo menos. ¡Habrá que esperar!
El capataz se alejó refunfuñando y sacudiendo la cabeza.
–Cómo está la juventud de hoy día –murmuró con voz melancólica–. Quieren hacerse millonarios sin trabajar. ¿Dónde vamos a ir a parar, Dios mío? En mis tiempos...

El resto de sus lamentos se perdió en el viento que llegaba del mar. Una hora más tarde, un pequeño carguero de unas seiscientas o setecientas toneladas, atracó, y un marinero saltó al muelle.

–¡Eh!, camarada, ¿hay trabajo en tu trasto? –exclamó uno de los dos descargadores que, de pronto, se habían vuelto sorprendentemente activos–. Sabes, te invitaremos a una pinta de cerveza, e incluso a dos, si nos contratas.
–Vamos a Golle –respondió el hombre– y no cargamos aquí.
–De todos modos podemos tomar un trago juntos.
–No tengo tiempo, amigo, he de ir a ver al jefe del puerto para que ponga el visado en nuestros papeles.
–Puede tirarte el tintero a la cabeza, so ceporro –gritó disgustado el cargador.
El hombre se encogió de hombros y enfiló una de las callejuelas que se abrían ante el muelle.
–No hay que perderle de vista, Briggs, es él –dijo el otro cargador.
–¿Le ha reconocido usted, señor Wills?
–No, se maquilla demasiado bien el pájaro... De todos modos, esa pierna izquierda que arrastra un poco no me resulta desconocida. ¡Seguro que es él!
Le siguieron hasta la oficina del puerto, un viejo caserón abierto a todos los vientos.
–A pesar de todo, ¡entra a ver al jefe!
–Pero hay una salida que da a los astilleros de Halett.
–Demonio, no lo sabía. Vamos allá.

Tuvieron el tiempo justo para rodear el edificio y esconderse detrás de un montón de madera para estibar; vieron salir al hombre y lanzar una desconfiada mirada a su alrededor.

–¡Pero si no es el mismo! –exclamó de pronto el inspector Briggs.
–Ya ha cambiado de aspecto, lo admito –dijo triunfalmente el ayudante de Harry Dickson–. Pero, ¿ha cambiado de pierna?
–Es verdad.

El hombre a quien seguían ya no era un marinero sucio y pringoso, sino un marino acomodado con un buen chaquetón azul de cheviot.

–No se limitará a eso –dijo Tom Wills–, no es la primera vez que lo sigo, y ya conozco algunos de sus trucos. ¡Ah!, ahora entra en casa de Gilchrist, el sastre del teatro judío. Es capaz de salir vestido de niñera o disfrazado del propio príncipe de Gales. Rápido, Briggs, traiga el automóvil, seguro que este hombre no se detendrá más de cinco minutos, en casa del judío.

Briggs movió las piernas y, pocos minutos más tarde, un confortable coche que llevaba la placa municipal de los taxímetros de Hull, se detuvo frente a Tom Wills, transformado, dadas las circunstancias, en un chófer.

–En el caso de que yo lo cargue y usted me pierda de vista, nos volveremos a encontrar en el despacho del señor Goodfield –dijo rápidamente Tom–. ¡Hasta la vista, Briggs!

Se puso a cambiar una de las ruedas, sin perder de vista la casa de Gilchrist. En seguida salió un gentleman con sobretodo color avellana que acariciaba con aire satisfecho una barba morena.

–¿Taxi, Príncipe? –preguntó Tom Wills con tono obsequioso.
–Vaya, no es una mala idea –respondió el hombre sonriendo y lanzando una aguda mirada al joven.
Pero Tom no se inquietó y el extranjero pareció satisfecho de su rápido examen.
–Esta temporada no nos van demasiado bien las cosas –se lamentó Tom–. ¿Quiere que le lleve a conocer la ciudad? La conozco tan bien como la palma de mi mano, y también conozco perfectamente todo el condado de York. No le desplumaré, se lo juro, milord.
El hombre de la barba morena se echó a reír.
–¿Y si me llevara a Londres? –preguntó.
–¡A Londres! –dijo Tom Wills confundido–, ¡vaya una carrera!, entonces tendrá que pagarme el regreso. ¡Estoy a su disposición!
–Bueno, pues entonces en marcha.
Pero Tom sacudió la cabeza con aire desconfiado.
–Tendrá que darme un anticipo, murmuró. Usted ya sabe. No es por ofenderle, pero uno de mis camaradas fue contratado el otro día por un sucio marinero... “vamos a Golle”, dijo el de la chaqueta a cuadros, y a mitad de camino hizo parar el coche con el pretexto de comprar tabaco para su pipa... El pobre diablo de mi colega todavía está esperándole. No debe molestarse conmigo, milord, pero trabajo para un patrón, y si me pasa algo parecido a eso, me despedirá y no podré colocarme ya en ninguna parte como chófer de taxi.

El extranjero había escuchado a Tom Wills pacientemente. Lejos de molestarse por las exigencias del joven, parecía, por el contrario, manifestar una cierta satisfacción.

–Aquí tiene un billete de cinco libras, amigo mío –dijo de pronto–. ¡Espero que esto calme sus inquietudes!

Tom Wills miró desconfiadamente el billete, después, cuando vio que se trataba de papel moneda auténtico del Banco de Inglaterra, su rostro se iluminó.

–Suba, milord –dijo abriendo la portezuela y haciendo una profunda reverencia–. ¡Estará mejor ahí dentro que en un Pullman! Le llevaré como si fuera el duque de Westminster en persona.

El coche salió rápidamente a la carretera de Londres, y de vez en cuando, Tom Wills entonaba una alegre y graciosa cancioncilla, como lo haría un verdadero taxista ante una ganga poco habitual. Esa misma noche, Tom Wills entró como alma que lleva el diablo en el gabinete de trabajo de su jefe, y allí encontró al señor Goodfield y a Harry Dickson sentados a una mesa, ante dos cócteles.

–¡Breitenstein se aloja en el Hotel Jackson, cerca de Holloway-Station! ¡Sólo sé que ahora se llama Pilgrim! –dijo el joven de un tirón.
–¿Qué? ¿Quién? –jadeó Goodfield–, ¿Breitenstein?
–El famoso espía alemán, para servirle –rió Harry Dickson.
–Lo ha hecho usted muy bien, hijo mío.
–¿Qué debemos hacer? –murmuró Goodfield.
–Es un individuo muy astuto.
–Simplemente, extender una orden de detención en toda regla.
–¿Para tener que soltarle mañana con mis excusas en cuanto intervenga la Embajada de Alemania? –exclamó el jefe de policía.
–Nada de eso, amigo mío –dijo amablemente Harry Dickson–. Redácteme una orden de detención a nombre del señor Pilgrim.
–Le ruego que me diga bajo –qué acusación –preguntó Goodfield desconfiadamente.
–Tenencia de moneda falsa –respondió Harry Dickson–. ¿No es cierto, Tom?
–Tan cierto como que dos y dos son cuatro, señor Dickson –dijo alegremente su ayudante–. El pequeño monedero está en el forro de su abrigo. Hay doce billetes de diez libras, todas ellas tan falsas como la voz de miss Singleton cuando canta a Drury Lane.
–¿Cómo lo sabe usted? –preguntó Goodfield.
–Porque se los he colocado yo mismo –respondió sencillamente el joven.
El señor Goodfield se echó a reír de tal forma que se le llenaron los ojos de lágrimas.
–¡Ah! ¡Esta si que es buena, señor Dickson! Déme rápidamente tinta y una pluma para que pueda extenderle ese papelito.
–Que encierren a Breintenstein o Pilgrim en secreto durante tres días en Newgate, y todo se habrá solucionado –afirmó rotundamente Harry Dickson.
–¿Todo? ¿Qué quiere usted decir?
–Todo, lo que se refieres la llama verde y al que la maneja. Entonces el misterioso bandido irá a ocupar la celda que deje caliente el bueno del señor Pilgrim, ¡palabra de Harry Dickson!
–¡Brindemos por que así sea! –exclamó Goodfield, firmando enérgicamente la orden de arresto.
–¡Y ahora en marcha! –dijo Harry Dickson.
–¿Señor Pilgrim?
–Sí, yo soy. ¿Qué quieren ustedes?
El interpelado acariciaba con calma su hermosa y suave barba.
–Policía –se presentó Goodfield–. Tengo orden de detenerle.

El extranjero no se inquietó, pero tras los cristales de sus gafas pudo apreciarse un brillo malicioso.

–¿Y por qué motivo, señor agente?
–Soy el superintendente Goodfield –dijo secamente el policía–, y estos dos señores que me acompañan son inspectores. Le arresto bajo acusación de tenencia de moneda falsa. Le prevengo que todo lo que diga podrá ser utilizado en contra suya.
–Tradicional frase –objetó fríamente el señor Pilgrim–. ¿Qué pruebas tiene usted en contra mía? ¿Moneda falsa? ¡Vaya! ¡Esto sí que es bueno!

Por toda respuesta, Goodfield descolgó un amplio sobretodo que estaba en una percha, lo registró y encontró un pequeño portamonedas del que sacó algunos billetes de banco.

–¡Falsos! –dijo, simplemente.
El señor Pilgrim lanzó una maldición.
–¡Esto es una infamia! –exclamó. Pero inmediatamente recuperó la calma.
–Deseo ver a mi abogado.
Goodfield sacudió la cabeza.
–Eso es imposible. Tengo orden de mantenerle incomunicado. Dentro de tres días podrá elegir abogado.
El rostro del señor Pilgrim se ensombreció.
–Ya veo de qué se trata –gruñó–, pero esto no se quedará así. Tengo derecho a escribir. ..
–¡A nadie! –dijo de pronto una voz clara que hizo que el detenido se sobresaltara.

El que acababa de tomar la palabra era uno de los inspectores; se aproximó a Pilgrim y le miró directamente a la cara.

–A nadie, ¿me oye? Y le aconsejo que permanezca tranquilo y no intente jugamos una mala pasada, Breitenstein.
–¡Qué! –respondió sobresaltado el hombre.
–Sí, no repetiré su nombre. Dese por enterado que al menor intento, que al más mínimo gesto sospechoso podría ocurrirle un... digamos accidente.
–¡Como por ejemplo...! –dijo socarrona-mente el hombre con una voz enronquecida por la inquietud.
–Por ejemplo, ¡que le encuentren ahorcado en su celda!
Breitenstein-Pilgrim hizo una mueca de terror.
–De acuerdo –dijo tras un minuto de reflexión–. He comprendido. El asunto que me ha traído a Londres se ha perdido... Me resigno, ya veo que están ustedes al corriente.
–¡Y por completo! Y si usted se obstina en querer mezclarse en él, eso no le servirá más que para ser acusado de complicidad de asesinato, de incendio criminal y de chantaje. En resumen, todo lo necesario para ser colgado dentro de tres semanas.
El espía se estremeció.
–Mi país no me exige tanto –dijo–. Aún me necesita.
–Bien, esté tranquilo y dentro de tres días, aunque a disgusto nuestro, le rogaremos que vaya a que le cuelguen a otro lado. De cualquier modo ése será su final. Pero por el momento, eso no nos atañe.
–Bien, acepto –dijo Breitenstein-Pilgrim escuetamente.
–Y hace usted muy bien. Saldremos del hotel como si fuéramos viejos amigos.
–¿Supongo que Pilgrim no estará demasiado tiempo ausente del hotel? –bromeó el espía.
–Es usted un hombre inteligente –dijo el inspector riéndose–. ¡Y además al mal tiempo le pone buena cara!
–A propósito, señor; tengo la impresión de que no me resulta usted totalmente desconocido –dijo Breitenstein–, pero no puedo ponerle nombre a su rostro.
–Póngale el de Harry Dickson, si usted quiere –le respondió con buen humor.

El espía hizo un gesto de temor y sus ojos se agrandaron; sin embargo, en ellos hubiera podido advertirse cierto aire de admiración.

–Me lo temía –murmuró–. En ese caso depongo mis armas: ¡me rindo!
–Es una capitulación honorable –añadió Goodfield con una amplia sonrisa.

Una hora después, el espía estaba encerrado en una celda de Newgate, vigilado estrechamente. No obstante, nadie notó absolutamente nada en el Hotel Jackson, puesto que por la noche el señor Pilgrim volvió y se hizo servir una buena cena regada con una botella de vino, durmiéndose a continuación con el sueño de los justos. Al día siguiente no salió de su habitación, diciendo que esperaba a alguien. La mañana transcurrió sin que se presentara nadie. El señor Pilgrim se hizo servir la comida e hizo honor al “rosbif”, acompañado de pepinillos y salsa inglesa. Hacia las tres de la tarde, el teléfono comenzó a sonar.

–Una dama pregunta por el señor Pilgrim –le dijo el empleado de recepción.
–¡Hágala subir!

El señor Breitenstein Pilgrim se puso de espaldas a la luz, de modo que la visitante la recibiera de lleno mientras él permanecía en la sombra. Una mano golpeó la madera de la puerta.

–¡Adelante!
Entró una dama envuelta en un abrigo de pieles; un espeso velo le cubría el rostro.
–Señora –dijo bruscamente Pilgrim–, esto no entra dentro de nuestras costumbres. Tenga la bondad de levantarse el velo.
La visitante dudó.
–En caso contrario, puede usted marcharse ahora mismo. Y pongo en su conocimiento que deseo partir esta misma tarde. Esto se lo digo para indicarle que deseo que el asunto concluya rápidamente.

Con mano temblorosa, ella entonces levantó su velo y el hombre pudo contemplar un hermoso rostro de mujer, con unos ojos muy negros, pero cuyas mejillas y frente literalmente desaparecían bajo una espesa capa de maquillaje. El señor Pilgrim silbó suavemente.

–Hable –dijo.
–Pero...
–Usted sabe perfectamente cómo comenzar –dijo brutalmente el señor Pilgrim.
–Fratt –dijo ella suavemente.
En este momento, el señor Pilgrim advirtió una extraña vacilación en su mirada; su mente comenzó a trabajar a toda velocidad, conocía perfectamente esa expresión que indicaba mentira.
–¡No! –dijo él entonces–, ésa no es la palabra.
Notó que la desconocida suspiraba con alivio. Su mirada se tranquilizó.
–Aubervilliers –dijo ella como en un suspiro.
–Bien –ahora hable.
–Señor Pilgrim... Es ése su nombre, ¿no es cierto?
–¡Qué importancia tiene eso! ¡Ese no es mi nombre! Pero llámeme Pilgrim o Walter Scott, me da lo mismo. Hable rápido, no tengo tiempo que perder.
–“Él” no puede entregarle el aparato en un país extranjero, y desde luego, nunca en Inglaterra.
–Bien. ¿Y en Alemania? –bromeó el hombre.
–Tampoco –dijo ella vivamente–. En Holanda...
–¡Ah!
–El barco que lo transporta se encuentra ya en aguas holandesas.
El señor Pilgrim reflexionó.
–¿Entonces?
–Eso es todo que puedo decirle. He repetido textualmente lo que tenía que transmitirle.
–Son ustedes astutos –rió burlonamente el señor Pilgrim–, pero de todos modos el asunto podrá llevarse a buen término. ¿Cuándo me indicará la posición del barco?
–Mañana, por teléfono...
–Bien, aquí estaré con... el dinero. ¿Libras o dólares?
–Dólares.
–Entendido, puede usted marcharse. A propósito, ¿por qué no me la dice ahora?
–No estaremos en comunicación con el barco hasta esta noche.
–¡Váyase!

Sin añadir ni una palabra más, tras un breve saludo con la cabeza, la visitante se marchó. En cuanto oyó que sus pasos se apagaban en la escalera, el señor Pilgrim se arrancó de un tirón su bella barba morena; hizo lo mismo con una espesa peluca, y apareció Harry Dickson.

–¡Haber perdido el tiempo esperando! –gruñó–. Lo que hay que tener en cuenta es que el aparato saldrá esta noche a bordo de cualquier barco super-rápido. ¡Si piensan que Dickson ha nacido ayer!

Instantes después, se encontraba en la escalinata del hotel, a tiempo de ver cómo un potente coche arrancaba a toda velocidad. Un automóvil deportivo se detuvo inmediatamente ante el Hotel Jackson.

–¡No le pierda de vista, Tom! –ordenó Harry Dickson al conductor, entrando en el coche.
–¡Confíe en mí, jefe!

El otro automóvil había conseguido alguna ventaja, pero Tom Wills no lo perdió de vista. Entonces pudieron comprobar que sus ocupantes temían ser seguidos, pues dieron innumerables rodeos. Felizmente, la gran cantidad de personas que llenaban las calles favorecía a los perseguidores, y también el crepúsculo de invierno completamente desprovisto de niebla. La persecución duraba ya casi tres cuartos de hora y el auto perseguido rodaba a lo largo de West King Road siguiendo a continuación por Hammersmith. De pronto, a la altura de los Ornemental Grounds, realizó un brusco viraje metiéndose en un dédalo de calles más estrechas. Un miedo terrible atenazó el corazón del joven conductor cuando se encontró ante una calle completamente vacía; en el interior del coche, escuchó una airada exclamación de su Jefe.

–Sería terrible que los perdiéramos.

Volvieron a encontrarlos en Haystreet, aminorando la marcha. Súbitamente, dobló la esquina de Grey Hound Road y comenzó a subir hacia Hammersmith.

–¡Trata de confundirnos, la asquerosa! –gruñó Tom Wills.

De nuevo, los últimos verdores de los Ornemental Grounds se perfilaron ante ellos, y Tom comenzó a ponerse nervioso.

–Los animales, cuando vuelven a su guarida, a veces dan muchas vueltas –rió burlonamente Dickson detrás de su ayudante–. Es un instinto que se mantiene siempre, Tom; la alondra jamás va directamente a su nido, y otros muchos animales inofensivos hacen lo mismo. ¿Qué podría esperarse de las alimañas humanas?

“Bien, está dando la vuelta. Ahora sigue a lo largo del cementerio de Hammersmith. Pronto nos encontraremos de nuevo en Grey Hound Road. ¡Cuidado!”

El coche aminoraba visiblemente la marcha, rodeaba los terrenos de recreo de Fulham, sobre los que caía la noche. Por fin se detuvo en Little Road y los detectives vieron que la mujer descendía; luego el auto se alejó a toda velocidad. Harry Dickson marchaba pegado a los talones de la desconocida. Pero ella no parecía desconfiar y, con paso desenvuelto, se acercó a una hermosa casa muy nueva, de cuyo piso superior salía algo de luz a través de las rendijas de sus persianas. Harry Dickson la vio llamar; después, entrar. Dejó transcurrir algunos instantes, luego, con un rápido movimiento introdujo su ganzúa en la cerradura y abrió. En el interior no debían desconfiar, puesto que los cerrojos no estaban echados. En el pasillo había una lámpara encendida que iluminaba una espesa alfombra de gruesa lana que cubría las losas de mármol. El detective sólo había dado algunos pasos cuando se dio de bruces contra un criado hindú, tocado con un alto turbante blanco, que, al verle abrió la boca para gritar. No pudo hacerlo: un formidable puñetazo en pleno rostro le hizo tambalearse, y un directo en el estómago lo dobló como un cortaplumas. Harry Dickson le colocó una mordaza en la boca, sacó de su bolsillo una cuerda delgada y sólida y lo ató como un paquete, a continuación lo depositó detrás de un gran cofre que estaba pegado a una de las paredes.

Del piso superior llegaba hasta él un ruido claro de voces. Con sumo cuidado, el detective comenzó a subir las grandes escaleras de mármol bajo la insegura luz de una lámpara de cristal opalino que estaba pegada al techo. Las voces se iban haciendo más claras; una era grave e irónica, y la otra unas veces furiosa y otras suplicante. Harry Dickson se aproximó a la puerta, detrás de la cual parecía que iba a producirse una pelea.

VI.
–¡Miserable! –gritaba una voz de mujer–. ¡Miserable!

Harry Dickson aguzó el oído: las personas que estaban detrás de la puerta hablaban un dialecto hindú: el bengalí. El detective conocía perfectamente la India, y ese curioso y sonoro idioma apenas tenía secretos para él.

–Estás preparándote para escapar –continuó la voz femenina–, y recoger en alta mar el fruto de tus crímenes, dejándome aquí.
–Es preciso que alguien se quede aquí, Saida –respondió la otra voz con un tono persuasivo–, Después te reunirás conmigo.
–¿Dónde? ¿En el infierno? –se burló la mujer–. No, amigo mío, he compartido tu vida llena de innumerables fechorías. Estoy encadenada contigo a la rueda del destino. Incluso ignoraba hasta estos últimos tiempos que, en lugar de ser un ladrón, que ante nuestros dioses puede ser un hombre honorable, eres un espantoso asesino y un incendiario.
–Estás empleando palabras muy desagradables –dijo la otra voz, que de pronto era sarcástica y malvada.
–¿Acaso mereces otras?

Un agujerito luminoso en la puerta indicaba el lugar donde estaba la cerradura, Harry Dickson pegó ávidamente el ojo. Sólo podía ver una parte de la habitación, admirablemente amueblada al estilo oriental, y a uno de los actores de la escena: la mujer. Aunque ya no estaba maquillada, reconoció inmediatamente a la visitante del Hotel Jackson.

–Una india –murmuró–. Me lo figuraba.
El hombre se encontraba fuera de su campo visual, pero su voz sonaba al lado de la puerta.
–¡Por supuesto! Mi pequeña Saida, las merezco, e incluso más. Para mí constituyen un motivo de orgullo. Ahora fíjate en esas aberturas de la pared y ellas te mostrarán algo más.

Harry Dickson vio que en la pared se corrían dos pequeños paneles que ocultaban dos vidrieras incrustadas en la piedra. ¡Las aberturas de la pared estaban rojas como la sangre! Se diría que eran dos pequeños cuadros, clavados en la pared, y que representaban dos lejanas escenas de terror.

–¡Brompton está ardiendo! –rió el hombre–. El fuego va directamente hacia Knigtsbridge... ¡Se lo debo a esta querida ciudad a modo de despedida!
–¡Monstruo!
–¡Muy honrado! Pero al mismo tiempo encantado, pequeña Saida de ojos de terciopelo, pues semejantes injurias justifican ampliamente mi decisión de no llevarte conmigo.
–Iré a Scotland Yard...
–Eso lo veremos.–dijo de pronto la voz con una horrible entonación entre odio y furor.
Harry Dickson vio pasar una sombra delante del ojo de la cerradura, luego escuchó un grito de dolor.
–Muere, perra...
–¡Aún no, príncipe Sadoûr! –replicó otra voz que, fue seguida de un ruido de lucha que terminó con un estertor.

Harry Dickson se encontraba en el centro del, salón hindú, que estaba iluminado, además de por la suave claridad de una lámpara, por el reflejo siniestro del lejano incendio. Sadoûr estaba tendido a sus pies, la boca abierta, los dientes apretados, un cuchillo lleno de sangre en su crispada mano; sobre un diván, Saida yacía inmóvil, el pecho atravesado por una puñalada.

–Por fin le tengo, Sadoûr –gruñó el detective cruzándose de brazos y lanzando una mirada de profundo desprecio al hombre inmóvil–. Verdaderamente me ha tomado cierto tiempo saber quién estaba detrás de todos estos crímenes. Fue necesario que el valeroso Tom Wills posara su mano sobre cierta loción capilar, de un negro bastante extraño, cuya procedencia no era europea. ¡Ah! ¿Tiene usted teléfono aquí? En esta decoración desentona un poco, pero lo necesito. Harry Dickson se dirigió hacia un teléfono niquelado que brillaba sobre un velador, y marcó el número de Scotland Yard.
–¡Oiga! ¡Goodfield! Aquí Harry Dickson.
–Sí, sí, sí.
–Cómo...

¡Clack! La comunicación acababa de ser cortada. Inquieto, el detective colgó el aparato, presintiendo la trampa, al tiempo que lanzaba una imprecación. ¡El príncipe Sadoûr había desaparecido!

–¡Maldición!
–Dios le oye, señor Dickson. No diga palabrotas. ¡Constituyen un grave pecado para un hombre tan bien educado y creyente como usted!

La voz llegaba ahogada y parecía provenir de una de las pesadas colgaduras que cubrían una de las paredes.

–Está usted atrapado, mi querido señor Dickson... ¿Cómo no había que ese teléfono comunica con mi centralita? ¡Me ha llamado usted mismo y le expreso toda mi gratitud por ello!

Harry Dickson se abalanzó sobre la colgadura, pero al mismo tiempo, su corazón se líelo de espanto. De la pesada tela escarlata acababan de surgir dos manos que le inmovilizaron las muñecas. El detective sabía perfectamente lo que sucedía, demasiado bien... Pues la pesadilla de la casa del usurero Fratt volvió a su memoria. Miró las manos que le agarraban; eran largas y delgadas, asombrosamente musculosas. Las reconocía y, sin embargo, no se atrevía a situarlas en su memoria: le parecía demasiado espantoso. ¡Se diría que eran “sus propias manos” las que inmovilizaban a las suyas! Entonces, la horrorosa incertidumbre se precisó. Las cortinas de terciopelo se corrieron lentamente, y Harry Dickson lanzó un grito de terror. Le parecía estar mirando un espejo del que hubieran surgido las manos de acero. Su propia imagen estaba ante él, mirándole fijamente con ojos muertos y rompiéndole lentamente los brazos.

–¡Bueno! ¿Qué me dice de esta sorpresa? –bromeó la lejana voz del príncipe Sadoûr–. Qué parecido, ¿no es cierto, señor Dickson? Admírese ante mi genio que, de la informe máquina del viejo loco de Harroteaux conseguí realizar una criatura tan perfecta. Harry Dickson contra Harry Dickson, ¡esto es un auténtico fratricidio!

Los movimientos del nuevo autómata eran mucho más precisos que los del que representaba la figura grotesca del señor Fratt, esquire. Con un gesto brusco, la bestia de acero atrajo hacia así a su doble de carne y hueso y, lentamente, lo apretaba contra su formidable pecho.

–Es inútil que busque el resorte salvador, señor Dickson –rió burlonamente la voz del Príncipe–. Esta vez se encuentra en la espalda. ¡Intente alcanzarlo si puede!

El aire ya no llegaba a los pulmones del detective. El monstruo mecánico iba a ser más expeditivo que su predecesor.

–No miento si digo que le estaba esperando, señor Dickson –continuó Sadoûr–, ya que había preparado su doble para eso, pero no me atrevía a suponer que se presentara en mi domicilio. Verdaderamente es usted un hombre muy atento. Quiero que termine su vida escuchando un concierto de alabanzas. Adiós, señor Dickson... Es inútil que le diga nada más: creo que ni siquiera me oye.

Era cierto, el último destello de razón iba a desvanecerse en el cerebro del gran detective; su vista se nublaba, millones de campanas sonaban furiosamente en su oído... Comprendió que había llegado su fin. Entonces... Harry Dickson lanzó a su alrededor confusas miradas: ¿aún no había muerto? Yacía sobre la alfombra, el cuerpo magullado, pero libre del atroz abrazo. Levantó su cabeza dolorida: su terrible doble estaba ante él, inmóvil, pero a sus espaldas se movía algo. Era Saida... Había acudido en ayuda del detective, haciendo funcionar el resorte que se encontraba en la espalda del monstruo mecánico. Reuniendo todas sus fuerzas, el detective se levantó y cogió en sus brazos a la malherida mujer. Ella le apartó.

–Voy a morir –murmuró–. Me ha matado... Pero quiero vengarme... ¡Así que es usted Harry Dickson!
Silenciosamente, el detective asintió.
–Sé dónde está él –continuó la mujer herida, en un soplo–. Venga...

Hizo un gesto para que separara las colgaduras y, con mano titubeante apretó un florón del panel de madera. Una parte del muro se corrió, pero no dejó al descubierto más que otra parte del muro de un blanco crudo. Dickson quiso lanzarse; ella hizo un gesto para que permaneciera detrás. Acercándose al autómata, apretó tres veces un punto del omoplato del robot. Entonces Dickson asistió a una escena inolvidable. La infernal criatura se lanzó contra el tabique y lo atravesó como si se tratara de papel. Resonó un grito de estupor, seguido de un atroz aullido.

–¡Lo ha cogido! –gritó Saida–, Sadoûr está recibiendo su merecido. Estoy vengada.

Intentó retener de nuevo al detective, pero éste se abalanzó hacia adelante para retroceder inmediatamente después ante una escena terrible. La bestia de acero despedazaba, con rápidos y furiosos movimientos, un cuerpo humano que aún palpitaba. Harry Dickson oyó el ruido de huesos rotos y fibras desgarradas, luego, una cabeza cuya barba acababa de ser arrancada, rodó a sus pies.

–¡Pero si no es Sadoûr! –exclamó el detective.
Saida sonrió dolorosamente.
–¡George Markham! –murmuró.
–¡Ah! creo que lo entiendo –dijo Dickson en voz baja–, ¿y el verdadero príncipe Sadoûr?
–Markham fue su secretario en la India. El Príncipe era un hombre prodigiosamente instruido, venía a Europa para entrevistarse con Harroteaux, a quien admiraba mucho, y al que quería ayudar financieramente. Yo estaba al servicio del Príncipe.
–¿Era usted la amante de Markham?
Saida bajó la cabeza.
–Una noche, en el Mar Rojo asesinó al Príncipe y tiró su cuerpo por la borda. Era un hombre hábil en el arte de transformarse: ocupó el lugar del Príncipe.
–Pero, por qué realizó otros crímenes; la fortuna del Príncipe debería haberle bastado –preguntó Harry Dickson.
La herida sacudió la cabeza.
–La fortuna del Príncipe consistía en fabulosas pedrerías... Nunca se pudieron encontrar. Entonces, Markham concibió la idea de apoderarse del invento del sabio francés para vendérselo a una potencia extranjera, pero antes lo utilizó para otros fines.
–¿Se encuentra ya el aparato a bordo de algún barco?
–Eso creo..., el yate del Príncipe debe costear Holanda.
–¿A pesar de todo?
–Sí, pero tenga cuidado, el capitán, un tal Wright, está totalmente entregado a George Markham.
–¡Cuidado, el hombre de acero va a arder! ¡Póngase a salvo!

Los ojos del monstruo de acero, que había permanecido inmóvil, una vez perpetrado su crimen, se iluminaron siniestramente. Harry Dickson conocía el significado de la espantosa mirada de fuego verde del hombre de acero. Levantó a Saida, la cual protestaba débilmente.

–Huya, señor Dickson; déjeme aquí, mis minutos están contados. ¡Sálvese usted!

El hombre de hierro se había convertido en una terrible antorcha al rojo vivo; desprendía un formidable calor y las llamas comenzaron a extenderse por la madera que recubría las paredes. Harry Dickson tomó a la herida en sus brazos y se precipitó por los pasillos... Largas llamas rojizas habían comenzado a lamer la escalera. El coche de Wills esperaba en la esquina de la calle. Harry Dickson instaló a Saida sobre los almohadones y saltó al asiento contiguo a su ayudante.

–¡Al hospital, de prisa!
El coche arrancó. Dickson inspeccionó el cielo.
–¿No hay fuego en Brompton?
Tom Wills lo miró con aire asombrado.
–¡Nada en absoluto, jefe!
El detective se golpeó alegremente la frente:
–Las aberturas de la pared están trucadas como tantas otras cosas de esa casa infernal. Lo que supuse que era un vasto incendio que destrozaba todo un barrio de Londres, no era más que un efecto de linterna mágica.
Tom Wills miró a su jefe sin comprender.
–Se lo contaré todo en seguida –dijo Harry Dickson–, la pesadilla llega a su fin... Lo que ya sé ahora es que el aparato de Harroteaux navega tranquilamente en aguas holandesas.

Se detuvieron ante el hospital más cercano. De cualquier modo era demasiado tarde para socorrer a Saida, que acababa de morir.

VII.
Hasta el momento en que el faro de Vlaardingen apareció en el horizonte, el submarino E-22 de la Marina Real había navegado en superficie. Pero cuando alcanzó este punto, realizó las maniobras de inmersión. En el exiguo puesto de mando, cubierto de mapas e instrumentos, estaba Harry Dickson al lado del capitán Wilkins. Un olor agrio y sofocante de ácido y aceite caliente llenaba el pequeño espacio; el agua penetraba en los balastos con un prolongado y fúnebre sonido.

–Vamos a sacar el periscopio –dijo el comandante.
Harry Dickson vio ante sus ojos una placa de cristal opalescente que se enturbiaba y contempló la fosforescencia de las altas olas.
–Es muy posible que el yate El ojo de Sundrâh navegue con las luces apagadas, opinó el marino. En ese caso deberemos caer sobre él para poder verle, puesto que la noche es extremadamente oscura.

Harry Dickson no contestó, un pliegue de preocupación atravesaba su frente.

–¡Ahí está! –exclamó de pronto el oficial–. Tiene sus luces de posición encendidas.
El detective vio que en el visor aparecía una lejana estrella doble, roja y verde, a babor y estribor.

El capitán iba a dar una orden por el tubo acústico, cuando, de pronto, lanzó una exclamación de rabia.

–Han advertido nuestra presencia –gruño.
–¿Cómo lo han hecho?–inquirió Harry Dickson.
–Debían de estar preparados para cualquier eventualidad... Cuando se trabaja para los alemanes, se dejan pocas cosas al azar. ¡Simplemente han sumergido micrófonos y ahora oyen perfectamente el batir de nuestra hélice! En efecto, un haz de luz blanca daba vueltas en el visor.
–¡Han encendido el proyector!
Entonces, le llegó el turno al detective de lanzar un grito de cólera:
–¡La llama verde!

Una especie de fantasma lívido danzaba a lo lejos, sobre las crestas de las olas y, casi al mismo tiempo, una visión dantesca cubrió el campo de visión del periscopio. Allí, donde la llama tocaba el mar, las aguas comenzaban a hervir salvajemente; inmensos surtidores de vapor subían hacia las nubes, las olas se elevaban en tromba.

–¡Stop! –ordenó el comandante.
–Comandante, ¿cree usted que la llama puede alcanzarnos incluso bajo el nivel de las aguas? –preguntó Harry Dickson.
El marino se encogió de hombros.
–Desconozco la potencia de ese aparato diabólico, pero lo que sí puedo afirmar, es que si nos alcanza un remolino semejante, nuestro barco está perdido.
–¿Incluso sumergiéndonos más?
El capitán Wilkins sacudió la cabeza.
–El mar del Norte es poco profundo en estos parajes, diez metros más de inmersión y reposaremos sobre el fondo. Mire aquella tromba. ¡Inundará por completo el faro de Eddystone!
Harry Dickson reflexionó.
–No podemos apoderarnos del aparato, pero podemos destruirlo –dijo con voz sombría.
–¡Bien! Debemos aproximarnos al yate para poder actuar –respondió de pronto el capitán– y, en ese caso, nos arriesgamos a morir, pues sus micrófonos nos descubrirán bajo el agua, al igual que su proyector lo haría en la superficie.
–Hay que arriesgarse –dijo valientemente el detective–. Se trata de la salvación de toda la humanidad. Dese cuenta, ¡un arma de ese tipo en manos del militarismo alemán!
El capitán saludó.
–He recibido órdenes de obedecerle ciegamente. Es usted quien manda aquí, señor Dickson. Pero personalmente me alegro de que se decidiera a ello.
Sin decir una palabra, el detective estrechó la mano del valiente oficial.
–¡Adelante! –ordenó el capitán por el tubo, y con voz breve, dio al timonel el ángulo de dirección.

A babor, un espantoso y lívido resplandor corría sobre las olas, en medio de un mar enfurecido. El submarino retumbó violentamente. De la sala de máquinas se elevó un grito.

–¡El ácido se escapa de las calas!
Un olor agrio y venenoso invadió el pequeño sumergible.
–¡Listos para atacar! –dijo fríamente el capitán por el teléfono.
–¡Torpedo número dos!
A Dickson le pareció oír vagamente una voz:
lejana que susurraba:
–Fin próximo, o algo parecido.

El capitán dio de nuevo una cifra. Transcurrieron algunos minutos en completo silencio; la mira estaba invadida por una siniestra claridad verde, y furiosas olas acudían –al campo de visión.

–¡Fuego!
Harry Dickson oyó un “flock” muy suave.
–El torpedo ha salido –murmuró el capitán–, mire, se puede seguir su estela... Felizmente han apagado su proyector. Bravo, va directamente hacia ellos.
–¡Marcha atrás! –ordenó con una voz clara.

Transcurrieron varios minutos en un silencio angustioso; la frente del capitán estaba llena de profundas arrugas. Consultó el cronómetro que estaba situado en la pared de enfrente.

–¡Ya debería haber llegado! –murmuró furioso.
–Entonces, ¿es que a veces falla? –preguntó Harry Dickson con la voz alterada.
–¡De vez en cuando! También puede ser que pase bajo el objetivo deseado. Esto se vio...

De pronto, una llama cegadora surgió de la noche y casi al mismo tiempo un ruido sordo retumbó sobre las aguas.

–¡Tocado! –dijo jubilosamente el oficial–. ¡Superficie!

El pequeño barco emergió rápidamente. Pero cuando Harry Dickson y los marineros abriendo la escotilla de acero y se precipitaron sobre el estrecho puente, lavado por las olas, no vieron más que un mar sombrío, rodeado de olas encrestadas de espuma. El yate criminal, con la formidable máquina de matar de Harroteaux a bordo, se había hundido en el remolino, junto con su tripulación cómplice y su fantástico secreto.

Algunos días más tarde, la señora Crown anunció a Harry Dickson dos visitantes.

–Ya he visto antes a estos tipos –rezongó la buena mujer–. Uno de ellos tiene una cara algo más alegre que la otra vez.
Eran lord Norton y Mac Dougal.
–Señor Dickson –dijo el Lord–, el fuego no llegó a destruir totalmente la casa de Little Road. Es verdad que el odioso autómata se ha perdido, pero se ha descubierto que la caja fuerte estaba intacta. He recuperado el paquete que dejé en Hyde Park. He venido a verle, porque quiero mantener la promesa dada.
–Y yo –dijo con voz sonora Mac Dougal–, sabía que el gran Dickson no nos abandonaría. La compañía de seguros me ha indemnizado por completo y vengo a hacerle un regalo para demostrarle mi gratitud.
–Para mí no quiero ni un penique –dijo Harry Dickson estrechando la mano de sus visitantes–, pero ha habido víctimas, y el pobre Loggan ha dejado una familia numerosa... ¡Gracias, señores!