domingo, 7 de octubre de 2018

El libro negro de Alsophocus. H.P. Lovecraft (1890-1937) Martin S. Warner

Mis recuerdos son muy confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y, posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.

Estos ciclos de experiencia tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo, las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además, masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y ví algo que enseguida llamó mi atención.

Se trataba de una especie de fórmula —una pequeña lista de cosas que hacer y decir— que sonaban como algo oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo ansiaba conocer. Era una guía hacia ciertas puertas y entradas que los magos habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos prohibidos de horripilante antigüedad.

Recuerdo que el viejo vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios, laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de musgo —con redondas ventanas que parecían espiarme—, tratasen de cerrarme el paso y aplastarme, aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.

Recuerdo con qué ansiedad leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada, pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar —aunque los detalles son inciertos— y sé que tenía muchos sirvientes. No sé exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve leyendo a la luz de las velas —recuerdo el incesante gotear de la cera derretida—, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.

Y entonces se produjo una especie de golpear y arañar en la ventana que se abría sobre un laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me sorprendió en el ático descubrí en las paredes y anaqueles de la habitación aquello que nunca antes había visto.

Desde entonces el mundo no era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva que tenían mis ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo conocido.

Recuerdo bien la noche que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra.

Según me iba acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí, atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobre los cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos desconocidos de los que jamás podría volver.

De cualquier forma, y en la situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y escenas normales iban desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tornase distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las distantes campanas me parecía más ominoso, etéreo, como si el son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba todos mis desesperados intentos de recuperar.

Recuerdo la primera vez que escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:


Mwlfgab pywfgbtagn Gh’tyaf nglyf lgbya


Estos horrores me acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.

Y aun así continuaba estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes sería incapaz de soportar.

Recuerdo la forma en que descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el origen del misterioso volumen:

—Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche. Que nadie se interponga con conjuros y encantamiento que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep.

Yo ya había encontrado referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros sobre la tierra.

El misterio había quedado aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este conocimiento comencé a devorar todas las enseñanzas que contenía el volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas.

Buceé en el De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente —aquella ventana abierta al espacio y al tiempo— y la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente temerario para utilizarlos.

Me hallaba en la cima de mi poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de vanidad supuse que yo —una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos de tiempo— podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí moran.

De nuevo tracé los cinco círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades de Shung.

Trascurrió un minuto —o un siglo— y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable, el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.

Continué viajando durante una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo. Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su nombre: Shamoth.

Floté suavemente alrededor de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que parecía deforme y desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada, pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y lleno de maldad que conocía mi presencia.

Mientras descendía a la ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro de Alsophocus:

—En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible.

Supe sin ningún género de dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en aquella tétrica luminosidad contemplé lo que nadie debería ver nunca.

Me hallaba en una larga sala abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados, espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma. Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba Heno de gritos y aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor, deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.

El Primigenio me observó atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad. Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el ignoto universo para no ser jamás recuperados.

Bajo aquella mirada, mi mente y mi alma se llenaban de un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome en la no existencia.

Me elevé, sin cuerpo, escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y contemplé la escena con un poco menos de miedo.

Poco a poco, la masa de tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio. Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.

Mis recuerdos se desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba consigo algo más.

En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana, sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.

Había atravesado las barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la tierra.

Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser, también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.

El libro del canon Alberico. M.R. James (1862-1936)

St. Bertrand de Comminges es un decaído pueblo en las colinas de los Pirineos, no muy lejos de Toulouse, muy cerca de Bagnères-de-Luchon. Fue sede de una diócesis hasta la Revolución, y tuvo una catedral que es visitada por un cierto número de turistas.

En la primavera de 1883 un inglés llegó a este viejo lugar, que no puedo dignificar con el nombre de ciudad ya que su población no llegaba a cien personas. Era de Cambridge, y había venido especialmente de Toulouse para ver la iglesia de St. Bertrand; en Toulouse tenía dos amigos, quienes eran entusiastas de la arqueología tal como él, y que estaban en su hotel con la intención de unírsele al otro día. Media hora en la iglesia los satisfacería, y luego los tres continuarían viaje hacia Auch. Pero nuestro inglés había llegado muy temprano por la mañana, y se propuso tomar nota y sacar varias placas en el proceso de describir y fotografiar cada rincón de la maravillosa iglesia que dominaba la pequeña colina de Comminges.

Para llevar a cabo su plan, le fue necesario monopolizar al sacristán del lugar. El sacristán había sido llamado por alguna brusca dama que cuida la posada del Chapeau Rougel; cuando regresó, el inglés lo halló como un inesperado e interesante objeto de estudio. Tenía la apariencia de un pequeño, enjuto y arrugado viejo, era precisamente como otras docenas de guardianes sacros en Francia, aunque tenía cierto aire furtivo, de opresión y perseguido. Perpetuamente estaba mirando hacia atrás; los músculos de su espalda y hombros parecían ser contínuamente encorvados por contracciones nerviosas, tal como si estuviese esperando a cada momento ser atrapado en las garras de algún enemigo. El inglés no sabía bien si tomarlo como un hombre perseguido por una férrea ilusión, o como alguien oprimido por un cargo de conciencia, o como un marido insufriblemente fastidiado. Las probabilidades, una vez evaluadas, se volcaron hacia la última idea, pero aún, la impresión que transmitía eran la de un formidable martirio más que la de una arpía por esposa.

Sin embargo, el inglés (llamémosle Dennistoun) estuvo pronto muy ensimismado en su cuaderno de notas y muy ocupado con su cámara para echarle más que una ojeada al sacristán. Cuando lo hacía, le solía encontrar a no mucha distancia, cerca de alguna pared, o agachándose en alguno de los bellos bancos de la iglesia. Dennistoun se puso un poco nervioso con el correr del tiempo. Entremezcló sospechas sobre que estaba molestando las ocupaciones diarias del viejo, o que iba a ser acusado de querer robarse el báculo de marfil de St. Bernard, o de intentar tomar el polvoriento cocodrilo embalsamado que colgaba de la fuente.

—¿No tendrá que ir a casa? —dijo, al final—, puedo terminar mis notas solo; usted puede dejar cerrado si quiere. No estaré aquí más de dos horas más, y debe estar frío para usted, ¿verdad?

—¡Cielo Santo! —dijo el pequeño hombre, cuya sugestión parecía sumirlo en un estado de inenarrable terror—, tal cosa sería impensable. ¿Dejar a monsieur solo en la iglesia? No, no; dos horas, tres horas, será lo mismo para mí. He desayunado, y no tengo frío, le agradezco mucho monsieur.

—Muy bien, buen hombre —dijo Dennistoun a sí mismo—: usted ha sido advertido, y deberá sufrir las consecuencias.

Antes de la expiración de las dos horas hubo examinado las gradas, el enorme y desvencijado órgano, el lugar del coro, los vestigios de cristal y tapicería, y los objetos de la cámara del tesoro; el sacristán aún pisaba los talones de Dennistoun, y reaccionando como si hubiera sido picado, cuando uno u otro ruido extraño llegaba a su oído. De vez en cuando había curiosos ruidos.

—Podría jurar —dijo Dennistoun— que escuché una voz metálica y ténue riendo desde la torre.

Le lanzó una mirada inquisitiva al sacristán y él estaba blanco por completo.

—Es él, eso eso, es eso y no otra cosa; la puerta está cerrada —fue todo lo que dijo. Y ambos se miraron el uno al otro.

Otro pequeño incidente desconcertó bastante a Dennistoun. Estaba examinando un gran y oscuro cuadro que colgaba del altar, uno de una serie que ilustraba los milagros de St. Bertrand. La composición de la pintura era casi indescifrable, pero había una leyenda en latín que decía:

Qualiter S. Bertrandus liberavit hominem quem diabolus diu volebat strangulare.

(Como San Bertrand liberó a un hombre a quien el Diablo quería estrangular)

Dennistoun se volvió hacia el sacristán con una sonrisa y una jocosa marca en sus labios, pero se sorprendió al ver al viejo arrodillado, contemplando el cuadro con mirada de un suplicante en agonía, sus manos estrechadas una a otra y un río de lágrimas cayendo por sus mejillas. Dennistoun naturalmente pretendió no sobresaltarse, pero esta pregunta no pudo alejarse de él: "¿por qué un cuadro así afectaría a alguien tan fuertemente?" Supuso que estaría cerca de alguna pista sobre la razón de tal enigma: el hombre debía ser un monomaniático; pero ¿cuál sería su monomanía?

Eran cerca de las cinco de la tarde; el día estaba llegando a su fin, y la iglesia comenzaba a ser invadida por las sombras, mientras los curiosos ruidos, pisadas amortiguadas y voces distantes, que habían sido perceptibles durante todo el día, parecían hacerse más frecuentes e insistentes, sin duda a causa de la caída del sol y la consecuente agudización del sentido del oído.

El sacristán comenzó por primera vez a mostrar signos de apuro e impaciencia. Lanzó una mirada de alivio cuando la cámara y el cuaderno fueron guardados en el bolso, y rápidamente hizo señas a Dennistoun para que lo siguiera hacia la puerte oeste de la iglesia, bajo la torre. Era hora de tocar el Angelus. Un par de jaladas a la cuerda, y la gran campana, en lo alto de la torre, comenzó a hablar, y cantó con su voz entre los pinos y bajo los valles, resonando entre las montañas y llamando a los pobladores de aquellas solitarias colinas a repetir el saludo del angel a quienes para ellos son benditas entre las mujeres. Por primera vez en el día, pareció como si una profunda quietud cayera sobre la villa, y Dennistoun y el sacristán se marcharon de la iglesia. En el umbral entraron en conversación.

—Monsieur pareció estar interesado en los viejos libros de solfeo en la sacristía.

—Indudablemente. Iba a preguntarle si había alguna biblioteca en el pueblo.

—No, monsieur, quizás solía haber una dentro del cabildo, pero es un lugar pequeño —aquí vino una extraña pausa que pareció como de irresolución; luego continuó—. Pero si monsieur es aficionado a los vieux livres, en mi casa tengo algo que puede llegar a interesarle. Es a menos de cien yardas.

Una vez que todos los sueños de Dennistoun acerca de encontrar un invaluable manuscrito en alguna inexplorada comarca de Francia hubieron relampagueado, se extinguieron todos al siguiente instante. Sería probablemente algún estúpido misal, impreso cerca de 1580. ¿Dónde había un lugar tan cerca de Toulouse que no había sido registrado de arriba a abajo por los coleccionistas? Sin embargo, era estúpido no ir; se lo reprocharía por siempre. Así que aceptó. En el camino, la curiosa irresolución y súbita determinación del sacristán desconcertó a Dennistoun, y se preguntó de manera vergonzosa si no estaría siendo atraído con algún engaño hacia algún terreno lindero para que alguien desvalije a un supuesto inglés rico. Así que comenzó a hablar con su guía, para sacarle, de manera disimulada, el hecho que dos amigos vendrán a encontrarse con él a la siguiente mañana. Para su sorpresa, el anuncio pareció mitigar aquella ansiedad y opresión que el sacristán había mostrado antes.

—Está bien —dijo completamente lúcido—, eso está muy bien. Monsieur viaja en compañía de sus amigos; ellos siempre estarán detrás suyo. Es bueno viajar de esta manera segura, en compañía, a veces.

La última palabra pareció haber sido agregada como tardíamente, y trajo aparejada una recaída para el pobre hombre.

Pronto llegaron a la casa, que era una propiedad bastante grande dentro de su vecindad, construída con piedra, con un escudo de armas sobre la puerta, el escudo de Alberico de Mauleón, un descendiente del obispo John de Mauleón. Este Alberico fue el deán de Comminges desde 1680 a 1701. La ventana superior de la mansión estaba tapiada, y el lugar entero daba la impresión, lo mismo que el resto de Comminges, de ser un sitio en una etapa de franco decaimiento. Habiendo llegado al umbral de la casa, el sacristán hizo una pausa.

—Quizás —dijo—, quizás, después de todo, monsieur no tiene mucho tiempo.

—No es así, tengo tiempo, nada que hacer hasta mañana. Veamos que es lo que tiene.

La puerta se abrió, y un rostro miró hacia afuera, una cara más joven que la del sacristán, pero que tenía algo de su mismo angustiante aspecto: recién ahí pareció ser una especie de impronta, no tanto de miedo por la propia seguridad o aguda ansiedad en nombre de otro. La dueña de esa cara era la hija del sacristán, y, a pesar de su expresión, era una bonita muchacha. Ella se iluminó considerablemente al ver a su padre acompañado por un extraño. Unos breves comentarios se intercambiaron padre e hija, de los que Dennistoun solo pudo escuchar estas palabras, dichas por el sacristán: "Se estaba riendo en la iglesia", palabras que fueron contestadas solamente con una impresión de terror por parte de la chica.

Pero al siguiente minuto ellos estaban en la sala de estar de la casa, una cámara pequeña con un piso de piedra, repleto de sombras danzantes provocadas por un fuego de leña que ardía inconstantemente dentro del hogar de la chimenea.

Un gran crucifijo que alcanzaba casi el cielo raso impartía un aire de oratorio al lugar; la figura estaba pintada en colores naturales, la cruz era negra. Bajo el pie había un arca de considerable edad y solidez, y cuando hubo traído la lámpara y se hubieron acomodado en sus sillas, el sacristán sustrajo del mismo, con creciente excitación y nerviosismo, según le pareció a Dennistoun, un libro grande, envuelto en un paño blanco que estaba rudamente atado con una cinta roja.

Antes de que su envoltura sea removida, Dennistoun se interesó sumamente en el tamaño del paquete y su forma. "Muy grande para ser un misal", pensó, "y no tiene la forma de un antifonario, quizás pueda llegar a ser algo bueno, después de todo". Al siguiente momento fue abierto el libro, y Dennistoun sintió que estaba sobre algo mucho más que bueno. Ante él yacía un gran folio, quizás del siglo diecisiete, con el escudo de armas del Canon Alberico de Mauléon estampado en oro.

Debían ser unas ciento cincuenta hojas de papel las que contenía el libro, todas manuscritas. Era una colección que Dennistoun jamás había soñado ver. Tenía frente a sí unas diez hojas con una copia del Génesis, ilustradas con figuras, que no podían ser posteriores al año 700 D.C. Luego tenía un juego completo de dibujos del libro de los Salmos, de ejecución inglesa, de los que solo la preciosa calidad obtenida durante el siglo trece pudo haber producido; y, quizás lo mejor de todo, habían veinte páginas de un escrito en letras mayúsculas en latín, que, según le pareció luego de haber visto algunas palabras, podría llegar a ser algún primitivo tratado patrístico.

¿Sería un fragmento de la copia de Papías "En las Palabras de Nuestro Señor", una obra de la que se suponía había existido hasta el siglo doce en Nimes? En cualquier caso estaba hecho; aquel libro debía regresar a Cambridge con él, aún a costa de que tuviera que invertir hasta el último de sus ahorros bancarios y permanecer en St. Bertrand hasta que le llegase el dinero. Observó el rostro del sacristán en busca de algún rastro que le permitiera inferir que el libro estaba en venta. El sacristán seguía pálido, y sus labios estaban trabajando.

—Si monsieur llega hasta la última página —decía, de manera que monsieur adelantó hasta las últimas páginas, encontrando nuevos tesoros a cada hoja que pasaba, finalmente llegando a un par de láminas que eran obviamente de fecha mucho más reciente que lo anterior que había visto, lo cuál le confundió considerablemente.

Tendrían que ser de producción contemporánea, supuso, al inescrupuloso Canon Alberico, quien sin duda alguna había desvalijado aquella biblioteca secular para componer su valioso álbum. La primera de las láminas tenía solamente un plano de los pasillos y claustros de St. Bertrand, cuidadosamente confeccionado y reconocible solo por una persona que conozca el terreno. Había curiosos signos como si fueran símbolos planetarios, y un par de palabras en hebreo, en las esquinas; y en el ángulo del nor-oeste de la iglesia había una cruz, dibujada en tinta dorada. Al pie había unas líneas que estaban en latín, y rezaban:

«Responsa 12mi Dec. 1694. Interrogatum est: Inveniamne? Responsum est: Invenies. Fiamne dives? Fies. Vivamne invidendus? Vives. Moriarne in lecto meo? Ita.»

Su traducción sería:

Respuesta del 12 de Diciembre de 1694. Fue preguntado: ¿Lo encontraré? Respuesta: Vos lo encontraréis. ¿Seré rico? Vos lo seráis. ¿Viviré como objeto de codicia? Vos viviráis. ¿Moriré en mi cama? Vos moriráis.

—Un buen ejemplo de caza del tesoro, me recuerda una de Mr. Minor-Canon Quatremain en Old St. Paul. —fue el comentario de Dennistoun, al tiempo que pasaba la página.

Lo que vio lo impresionó, ya que me lo ha contado, más de lo que podía concebir de observar un dibujo o un grabado. Y, dado que la imagen que vio ya no existe más, hay solamente una fotografía del mismo (que está en mis posesiones) que justifica sumamente esta declaración. La imagen en cuestión era un grabado en sepia, de por lo menos el siglo diecisiete, y representaba, a primera vista, una escena bíblica, dada la arquitectura (la imagen mostraba un interior) y las figuras, que tenían ese gusto semi-clásico con que los artistas de hace dos centurias creían apropiado para las ilustraciones de la Biblia.

A la derecha había un rey en su trono, y este trono estaba elevado sobre doce peldaños, un baldaquín, leones a cada lado; se trataba evidentemente del rey Salomón. Estaba como flexionado hacia adelante, extendiendo su cetro, en actitud de comando; su rostro expresaba horror y disgusto, aunque también imperiosa voluntad y poder. La mitad izquierda del dibujo era lo más extraño de todo. El interés se centraba ahí. En el suelo detrás del trono estaban agrupados cuatro soldados, que rodeaban a una figura agazapada que será descripta en un momento. Un quinto soldado yacía muerto a un costado, con su cuello torcido de forma antinatural, y sus ojos fuera de sus órbitas. Los cuatro guardias estaban mirando al rey.

En sus rostros el sentimiento de horror era aún más intenso; parecían, de hecho, que solamente seguían en sus puestos a causa de su ciega confianza en el rey. Todos estos terrores eran inspirados únicamente por el ser agazapado en el centro. Enteramente carezco de palabra que pueda describir la impresión que ésta figura provocaba en cada quien que la observaba. Recuerdo una vez haber mostrado la fotografía del dibujo a un expositor de morfología, una persona que, tuve que decir, anormálmente sana y de no mucha imaginación. Él se negó terminantemente a quedarse solo el resto de la noche, y me contó mucho después, que durante numerosas noches no osó apagar la luz para ir a dormir.

A pesar de todo, los principales atributos de la figura trataré de al menos indicar. Lo primero que uno veía era una masa de hirsuto, enmarañado pelo negro, la cual cubría un cuerpo de espantosa delgadez, casi esquelética, pero con músculos firmes como alambres. Las manos tenían una oscura palidez, y, al igual que el resto del cuerpo, estaban cubiertas por el mismo tipo de cabello, y coronadas en horribles zarpas. Los ojos, coloreados con un amarillo ardiente, tenían pupilas de un negro intenso, las cuales estaban clavadas en el rey mismo, y exhudaban un odio bestial.

Imagine una de las desagradables serpientes cazadoras de aves de Sudamérica trasladadas a un ser humano, y dotada de una inteligencia poco menor a la de un humano, y usted tendrá un débil concepción del terror inspirado por esta sobrecogedora efigie. Un comentario que es usualmente hecho por quienes han visto la fotografía que tengo es que: "ha sido dibujado del real".

Tan pronto como el primer choque de este irresistible espanto hubo decrecido, Dennistoun echó un vistazo a sus anfitriones. Las manos del sacristán estaban tapándole los ojos; su hija, en tanto, miraba la cruz en la pared, rezando sus fervientes rosarios.
Al final, espetó su pregunta:

—¿Está a la venta este libro?

Lo siguiente fue la misma vacilación, la misma angustia que antes se había manifestado, y luego hubo una respuesta:

—Si a monsieur le interesa.

—¿Cuánto pide por él?

—Tomaría doscientos cincuenta francos.

Esto fue desconcertante. Hasta la conciencia de un coleccionista algunas veces se deja llevar por las pasiones, y la de Denniston se tornó como la de un coleccionista.

—¡Mi buen hombre! —dijo una y otra vez— Su libro vale mucho más que doscientos cincuenta francos, se lo aseguro, mucho más.

Pero la respuesta no varió.

—Tomaré doscientos cincuenta y no más.

No había posibilidad de rechazar tal chance. El dinero fue pagado, el recibo firmado, un vaso de vino selló la transacción, y después, solo después, el sacristán pareció haberse convertido en un hombre nuevo. Se paró de nuevo derecho y dejó de mirar furtiva y constantemente hacia atrás, se rió de veras o trató de hacerlo. Dennistoun se levantó y se marchó.

—¿Me daría el honor de acompañar a monsieur a su hotel? —dijo el sacristán.

—¡Oh no, gracias! No está a un centenar de yardas. Conozco perfectamente el camino, y hay luna llena.

El sacristán repitió su oferta tres o cuatro veces, y tantas negativas tuvo.

—Entonces, monsieur me llamará si... si encuentra ocasión; manténgase por la mitad del camino, los laterales son tan encrespados.

—Ciertamente, ciertamente. —dijo Dennistoun, quien estaba más que impaciente por examinar su premio más minuciosamente; salió fuera de la casa con su libro bajo el brazo.

Aquí fue la hija quien se acercó a Dennistoun. Ella estaba como ansiosa por hacer algo por su propia cuenta, quizás, como Gehaze, para "hacer algo" al extraño que su padre hubo escatimado.

—Un crucifijo de plata y una cadena para el cuello, monsieur quizás será bueno y la aceptará.

Bien, realmente, Dennistoun no solía usar estas cosas.

—¿Qué quiere mademoiselle por ella?

—Nada, nada en el mundo. Monsieur, se la regalo.

El tono en que estas palabras (y las anteriores) habían sido dichas era inconfundiblemente genuinos, así que Dennistoun no pudo más que expresar sus más abundantes gracias, y tuvo que ponerse la cadena alrededor de su cuello. Pareció como si hubiera realizado algún servicio extraordinario a padre e hija, por el cual ellos no sabían como agradecerle. Una vez que él salió, ellos estuvieron en la puerta mirando como se iba y estaban todavía así cuando él agitó su brazo en un último saludo de buenas noches, desde la lejanía del Chapeau Rouge.

La cena había terminado, y Dennistoun estaba ya en su dormitorio, solo, encerrado con su adquisición. La casera demostró su interés luego de conocer el hecho que había visitado al sacristán y que le había comprado un viejo libro. Él creyó haber escuchado un diálogo apurado entre ella y el susodicho sacristán en el pasillo fue del salle à manger, algunas palabras que habían concluído con "Pierre y Bertrand dormirían en la casa".

A lo largo de todo este tiempo un sentimiento de molestia había estado creciendo dentro suyo, reacción nerviosa, quizás luego de la emoción de su descubrimiento. Cualquier cosa que fuera, resultó en una convicción que había algo detrás suyo, de manera que se sentía un poco más cómodo cuando tenía la espalda apoyada en la pared. Todo esto, obviamente, pesaba poco confrontado al valor coleccionístico de lo que había adquirido. Y ahora, como digo, estaba solo en su cuarto, tomando cuenta minuciosa de los tesoros del Canon Alberico, que a cada momento se revelaban más encantadores.

—¡Bendito Canon Alberico! —dijo Dennistoun, quien tenía un empedernido hábito de hablar consigo mismo— Me pregunto en donde estás ahora. ¡Dios mío! Ojalá la casera pudiera reir de manera más animada, me hace sentir como si hubiera un muerto en la casa. Me pregunto que significaría ese crucifijo que la joven insistió en darme. El pasado siglo, supongo. Si, probablemente. Es una molestia tener una cosa colgando del pescuezo, muy pesada. Su padre parece haber estado portándola por años. Creo que puedo darle una limpiada antes de guardarla.

Se había sacado el crucifijo y lo había colocado sobre la mesa, cuando su atención se vio atrapada por un objeto que yacía en el mantel rojo, justo a un lado de su codo izquierdo. Dos o tres ideas de lo que podía ser revolotearon rápidamente por su mente con su usual e incalculable velocidad.

—¿Un trapo? No, no hay tal cosa aquí. ¿Una rata? No, es demasiado negra. ¿Una larga serpiente? Confío en Dios que no, no. ¡Santo Dios! ¡Una mano como la mano del grabado!

La mano, pálida, de cuero negruzco, nada más que huesos y tendones de espantosa fuerza, hirsuto cabello negro, más larga que la de un ser humano, con nudillos que nacían de donde terminaban los dedos y se curvaban bruscamente, grises, huesudos y rugosos.

Saltó de su silla con un mortal e inconcebible terror aferrado a su corazón. La forma, cuya mano izquierda reposaba en la mesa, estaba tomando una postura erguida detrás de su asiento, tenía su mano derecha encorvada sobre la cabellera. Tenía unos harapos oscuros a su alrededor; el pelo zafio la cubría tal y como en el grabado. La quijada inferior era delgada, ¿cómo lo puedo recordar? como superficial, tal como las de las bestias; los dientes se podían ver detrás de los labios oscurecidos y no tenía nariz; los ojos de un amarillo penetrante, y sus pupilas negras e intensas, y con un odio exultante y una sed por destruir vidas más que reluciente, era la más horrorosa forma que podía uno tener que ver. Tenía un toque de inteligencia, inteligencia más allá de la de una bestia, menor a la de un ser humano.

Los sentimientos que este horror agitó en Dennistoun fueron tanto de pánico y temor físico como de la más profunda abominación. ¿Qué hizo? ¿Qué podía hacer? Él nunca hubo de estar certero sobre las palabras que dijo, pero si que habló, y que capturó ciegamente aquel crucifijo de plata, y que fue conciente de un movimiento hacia él de parte del demonio, y que aulló con la voz de un animal en terrible dolor.

Pierre y Bertrand, los dos robustos y atléticos sirvientes, que llegaron prontamente, no vieron nada, pero sintieron como que algo los empujó y que pasó por entre medio de ellos, y hallaron a Dennistoun desvanecido. Se quedaron con él toda la noche, y sus dos amigos fueron a St. Bertrand a las nueve de la mañana del siguiente día. Él mismo, aún nervioso y agitado, contó su historia y encontró crédito entre sus amigos solo cuando hubieron visto el grabado y hablado con el sacristán.

Casi al crepúsculo el pequeño hombre había ido a la posada con algún pretexto, y escuchó con el mayor interés la historia que le contó la casera. No mostró sorpresa alguna.

—¡Es él, es él! Yo lo he visto por mí mismo —fue su único comentario, y contra toda pregunta, solo tuvo como réplica condescendiente: "Deux fois je I'ai vu; mille fois je I'ai senti" No diría nada sobre la procedencia del libro, ni mayor detalles sobre sus experiencias—. Debo irme a dormir, y mi descanso será dulce. ¿Por qué me voy a hacer problemas?

Nunca sabremos que le pasaba al sacristán o que le pasó al Canon Alberico de Mauleón. Al dorso de tal malaventurado grabado solo habían algunas líneas que se suponían arrojarían luz sobre la situación:

"Contradictio Salomonis cum demonio nocturno. Albericus de Mauleone delineavit. V. Deus in adiutorium. Ps. Qui habitat. Sancte Bertrande, demoniorum effugator, intercede pro me miserrimo. Primum uidi nocte 12mi Dec. 1694: uidebo mox ultimum. Peccaui et passus sum, plura adhuc passurus. Dec. 29,1701."

(La pelea de Salomón con un demonio de la noche. Dibujado por Alberic de Mauleón. Versículo: O Dios, date prisa en ayudarme. Salmo: Quienquiera que viva. Saint Bertrand, que combatió a los demonios que vuelan, reza por mí, el más infeliz. Lo vi por primera vez la noche del 12 de Diciembre de 1694; pronto lo veré de nuevo por última vez. He pecado y sufrido, y tengo todavía más por sufrir. Dic. 29, 1701.)

El "Gallia Christiana" da como fecha del fallecimiento del Canon la de Diciembre 31 de 1701, "en cama, de un súbito ataque"; los detalles de este tipo no son comunes en el gran trabajo de Sammarthani.

Nunca terminé de comprender cuál fue el punto de vista de Dennistoun acerca de los eventos narrados. Una vez me citó un texto del Eclesiastés:

"Algunos espíritus han sido creados para la venganza, y en su furia yace en las llagas y los golpes".

En otra ocasión dijo:

—Isaías fue un hombre sensible; ¿nunca dijo nada sobre espíritus nocturnos que vivían en las ruinas de Babilonia? Estas cosas están más allá de nuestro presente.

Otra de sus confidencias me impresionó, y me compadecí con él. El último año estuvimos en Comminges y fuimos a ver la tumba del Canon Alberico. Es una gran construcción de mármol con una efigie del Canonigo con una gran peluca y sotana, y un elaborado elogio de su sabiduría. Vi a Dennistoun hablar por algún tiempo con el vicario de St. Bertrand, y cuando nos marchábamos, me dijo:

—Espero que no esté equivocado: tu sabes que soy presbiteriano, pero creo que ellos rezan y cantan por la memoria de Alberico de Mauléon, pero no opino que lo aprecien demasiado.

El libro está en la Colección Wentworth en Cambridge. El grabado fue fotografiado y luego quemado por Dennistoun el día que se marchó de Comminges, en ocasión de su primer visita.

El libro verde. Arthur Machen (1863-1947)

La encuadernación estaba estropeada, descolorida. No tenía manchas ni señales de uso. El libro verde tenía el aspecto de haber sido comprado en una visita a Londres, hacía unos setenta u ochenta años y, por alguna razón, olvidado y obligado a permanecer fuera del alcance de la vista. De él emanaba un olor añejo, delicado, persistente, como el que a veces se apodera de los muebles antiguos. Las guardas, en el interior de la encuadernación, estaban adornadas con formas coloreadas y oro desteñido. Parecía insignificante, pero como el papel era muy fino, tenía muchas hojas, cubiertas de una escritura menuda, penosamente trazada.


—Encontré este libro —comenzaba el manuscrito— en un cajón. Era un día lluvioso y, como no podía salir, por la tarde tomé una vela y me puse a revolver en el escritorio. Casi todos los cajones estaban llenos de ropa antigua, pero uno de los pequeños parecía vacío y allí encontré este libro verde, oculto en el fondo. Buscaba un libro como éste, de modo que me lo quedé para escribir en él. Está lleno de secretos. Tengo muchos otros libros de secretos, escritos por mí, ocultos, y en éste voy a escribir muchos de los antiguos secretos y algunos de los nuevos; solamente hay algunos que de ninguna manera pondré por escrito.

No tengo por qué anotar los verdaderos nombres de los días y los meses, que descubrí hace un año, ni tampoco cómo se hacen los tipos de letra Aklo, ni cuál es la lengua de Quíos, ni qué son los grandes y hermosos Círculos, o los Juegos Mao o los Cánticos principales. Es posible que escriba algo sobre todas estas cosas, pero no sobre la manera de hacerlas, por razones personales. Tampoco tengo por qué decir quiénes son las Ninfas, o los Däls, o Jeelo, o qué significa voolas. Son los secretos más secretos, y me alegro al recordar su significado y la cantidad de maravillosas lenguas que conozco.

Pero hay algo que yo llamo los secretos de los secretos, en los que no me atrevo a pensar a menos que esté completamente sola, y entonces cierro los ojos, me los cubro con las manos, susurro la palabra y surge el Alala. Esto únicamente lo hago de noche, en mi habitación o en ciertos bosques que yo me sé, pero no debo describirlos porque son bosques secretos. Luego están las ceremonias, todas ellas muy importantes, aunque algunas son más deliciosas que otras.

Son las ceremonias blancas, las ceremonias verdes y las ceremonias escarlata. Estas últimas son las mejores, pero sólo pueden ser celebradas en un sitio concreto, aunque existe una imitación muy buena y que he llevado a cabo en otros lugares. Además, cuento con las danzas y la comedia; a veces he representado la comedia cuando los demás me miraban, pero nadie entendía nada. Era todavía muy pequeña cuando supe por vez primera de estas cosas.

Cuando era muy chica y todavía vivía mamá, recuerdo que me acordaba de cosas todavía más antiguas, sólo que todo se me hace un lío. Pero recuerdo que cuando tenía cinco o seis años les oía hablar a mi alrededor, creyendo que no me daba cuenta. Hablaban de las extrañas cosas que habían ocurrido uno o dos años antes, y cómo la niñera había llamado a mi madre para que viniera y me oyera hablar sola, pronunciando palabras que nadie podía entender. Hablaba en la lengua Xu, pero sólo recuerdo muy pocas palabras, como me ocurre con las caras blancas que solían contemplarme cuando estaba echada en la cuna. Solían hablarme y así aprendí su lengua y hablé con ellos de cierto lugar blanco donde vivían, donde los árboles y la hierba eran completamente blancos, y había blancas colinas, tan altas como la luna, y un viento frío. He soñado a menudo con ese lugar, pero los rostros desaparecieron cuando era muy pequeña. Pero me sucedió una cosa maravillosa cuando tenía unos cinco años. Mi niñera me llevaba en brazos; atravesamos un campo de trigo amarillo; luego llegamos a un sendero que atravesaba el bosque, y un hombre alto vino en nuestra busca y nos acompañó a un lugar muy oscuro y sombrío donde había una profunda charca. La niñera me depositó sobre el blanco musgo, debajo de un árbol, y dijo:

—Desde aquí no podrá llegar a la charca.

Así que me dejaron allí y me senté, inmóvil, y observé, y salieron del agua y del bosque dos maravillosas criaturas blancas, y empezaron a jugar, a bailar y a cantar.

Eran de un blanco cremoso, como la vieja figura de marfil del salón; una era una hermosa dama de bellos ojos oscuros, rostro severo, y largos cabellos negros, que sonreía tristemente al otro, el cual se reía e iba hacia ella. Jugaron juntos, bailaron y cantaron una canción hasta que me dormí. La niñera me despertó al volver; se parecía un poco a la dama que había visto, así que se lo conté todo y le pregunté el porqué de ese parecido. Al principio lloró y luego pareció asustarse y palideció. Me depositó en la hierba, me miró fijamente, y pude ver que estaba temblando. Entonces me dijo que lo había soñado todo, pero yo sabía que no era cierto. Luego me hizo prometer no decir nada, pues, si lo hacía, sería arrojada al pozo negro. Yo no estaba en absoluto asustada, aunque la niñera sí, y nunca olvidé lo sucedido, porque cuando cerraba los ojos, a solas en medio del silencio, podía verlos de nuevo, muy tenues y lejanos, pero magníficamente; y me venían a la cabeza retazos de la canción que cantaban, aunque yo no era capaz de cantarla.

Tenía trece años, casi catorce, cuando me sucedió una singular aventura, tan extraña que al día en que ocurrió se le llama siempre el Día Blanco. Mi madre había muerto hacía más de un año; por las mañanas recibía clases, pero por las tardes me dejaban salir a pasear. Aquella tarde fui por un camino distinto, y un pequeño arroyo me condujo hasta una nueva región, pero me desgarré el babero al atravesar unos matorrales y los arbustos espinosos de las colinas y los sombríos bosques llenos de plantas trepadoras. El camino era largo, muy largo. Parecía que no iba a terminar, y tuve que arrastrarme por una especie de túnel, por donde debió correr un arroyo, que ahora estaba completamente seco; el suelo era rocoso y los arbustos habían crecido por encima hasta juntarse, de manera que el lugar resultaba completamente oscuro. Continué avanzando por aquel sombrío paraje; el camino era largo, muy largo.

Y llegué a una colina que jamás había visto. Al atravesar un tenebroso matorral, lleno de ramas negras y retorcidas, me desgarré la ropa y lloré, luego advertí que estaba ascendiendo, y continué subiendo y subiendo un largo trecho, hasta que, finalmente, desaparecieron los matorrales y llegué, sin dejar de llorar, a un lugar donde se abría una gran explanada, cubierta de feas piedras grises y con algunos árboles retorcidos, como si fueran serpientes. Seguí ascendiendo hasta alcanzar la cumbre. Jamás había visto unas piedras tan grandes y repulsivas; algunas salían de la tierra, otras parecían como si las hubiesen llevado rodando hasta allí, y se extendían a lo lejos hasta donde alcanzaba la vista. Desde ellas contemplé el paisaje, que era muy extraño. Era invierno, y las colinas circundantes estaban cubiertas de terribles bosques ennegrecidos; era como ver un enorme salón cubierto de negros cortinajes, y los árboles parecían completamente diferentes a los que había visto antes.

Estaba asustada. Luego, más allá de los bosques, había otras colinas que me rodeaban como un gran anillo, pero que jamás había divisado; parecían negras y cada una tenía un voor encima. Todo estaba tranquilo y silencioso, y el cielo cargado, gris y triste como las espantosas cúpulas voorianas del Abismo de Dendo. Continué avanzando por entre las horribles rocas.

Había centenares. Algunas parecían hombres haciendo muecas; pude ver sus rostros, dispuestos a salirse de la piedra y saltar sobre mí y arrastrarme con ellos a las rocas, de donde nunca podría salir. Otras eran como animales, reptantes y repugnantes animales que sacaban la lengua; otras eran como palabras que no puedo pronunciar; y, finalmente, otras parecían muertos tumbados sobre la hierba. Seguí mi camino, aunque me asustasen, y mi mente se llenó de abominables canciones que ellas le introducían; me dieron ganas de gesticular y retorcerme como ellas, pero seguí adelante hasta que, finalmente, me gustó su aspecto y dejaron de asustarme. Canté las canciones que podía recordar, canciones llenas de palabras que no deben ser pronunciadas ni escritas. Entonces hice muecas como los rostros de las rocas, me retorcí como ellas, me tumbé en la hierba imitando a las que parecían muertas, subí a una que estaba haciendo muecas y, pasando mis brazos en torno, la abracé.

Luego seguí más y más hasta llegar a un montículo redondo en medio de ellas. Era más elevado de lo normal, casi tan alto como nuestra casa, y parecía una palangana puesta boca abajo, completamente lisa, redonda y verde, con una piedra clavada en la cima, como un poste. Ascendí por sus laderas, pero eran tan empinadas que tuve que detenerme o de lo contrario posiblemente habría rodado de nuevo hacia abajo a lo largo del camino, me habría golpeado contra las piedras del fondo y, tal vez, habría muerto. Pero yo quería subir hasta la cima, así que me tumbé con la cara contra el suelo, me agarré a la hierba con las manos y me incorporé poco a poco hasta llegar a lo alto. Entonces me senté en la piedra del centro y eché un vistazo a cuanto me rodeaba.

Tuve la sensación de haber recorrido un camino muy largo, como si, de pronto, me encontrara a cien millas de casa, en otro país diferente, o en alguno de los extraños lugares citados en los Cuentos del Genio y en Las mil y una noches, o como si me hubiera alejado a través de los mares durante años y hubiera encontrado otro mundo, o como si hubiese surcado los cielos y hubiera caído en una de esas estrellas de las que hablan los libros, en las que todo está muerto, frío y gris, no existe el aire y el viento no sopla. Me senté en la piedra y miré hacia abajo en todas direcciones. Era como estar sentada en lo alto de una torre, en medio de una gran ciudad vacía, pues no podía ver en torno mío más que las rocas grises que cubrían todo el campo. Ya no podía distinguir sus formas, pero no dejaba de verlas a lo lejos, y al mirarlas me pareció que estaban dispuestas formando dibujos, formas y figuras.

Sabía que esto no era posible, pues había visto que muchas de ellas emergían de la tierra, de modo que las volví a mirar, pero no vi más que círculos, pequeños círculos dentro de otros mayores, y pirámides, y cúpulas, y espirales, que parecían rodear por todas partes el lugar donde yo estaba sentada; y, cuanto más las miraba, más veía esos grandes anillos de rocas haciéndose cada vez mayores; estuve tanto tiempo mirándolas que tuve la impresión de que se movían y daban vueltas, como una inmensa rueda, y que yo también daba vueltas en el centro. La cabeza me dio vueltas y me sentí aturdida, todo comenzó a tornarse nebuloso y confuso, vi pequeños destellos de luz azulada, y las piedras parecieron saltar, bailar y retorcerse mientras giraban sin cesar. Me asusté de nuevo y grité en voz alta; luego salté de la piedra donde estaba sentada, y caí al suelo. Cuando me levanté, estaba tan contenta de que parecieran haberse quedado inmóviles, que me senté en la cima del montículo, me deslizé hacia abajo, y de nuevo proseguí mi camino.

Al andar bailaba de la misma forma especial en que lo hacían las rocas cuando me dio el vértigo, y me puse tan contenta de poder hacerlo tan bien que seguí bailando y bailando, y canté sorprendentes canciones que me venían a la cabeza. Finalmente llegué al borde de aquella enorme colina: allí no había rocas y el camino atravesaba de nuevo una hondonada cubierta de maleza. Estaba en tan mal estado como el que tuve que seguir al subir, pero no me importó, de lo contenta que estaba por haber visto aquellas singulares danzas, y además ser capaz de imitarlas. Continué bajando entre los arbustos, y una enorme ortiga me picó en la pierna, pero no me importó, y aunque sentí el escozor de las ramas y las espinas, únicamente reía y cantaba. Cuando abandoné la espesura llegué a un valle, un lugar secreto semejante a un sombrío pasadizo, de tan angosto y profundo que era y tan espesos los bosques que lo circundaban. Allí, sobre una escarpada ladera poblada de árboles, los helechos se conservan verdes todo el invierno, cuando los de la colina se mueren y amarillean, y despiden un olor dulce y fuerte parecido al que rezuma de los abetos. Un arroyo descendía por el valle, tan pequeño que pude cruzarlo fácilmente. Bebí agua en mi mano y la saboreé como si se tratara de un ilustre vino dorado.

Brillaba al correr sobre hermosas piedras rojas y amarillas, de manera que parecía viva y con todos los colores al mismo tiempo. Volví a beber más en mi mano, pero como no me bastaba, me tumbé en el suelo, agaché la cabeza y sorbí el agua con los labios. Las olas llegaban a mi boca y me besaban, y yo me reía y volvía a beber, imaginando que la que me besaba era una ninfa, como la del viejo cuadro de mi casa, que vivía en el agua. Así que me incliné otra vez hasta rozar suavemente el agua con los labios y le susurré a la ninfa que volvería. Estaba segura de que aquella agua no era normal, y cuando me levanté y proseguí mi marcha, bailé de nuevo y ascendí al valle, bajo la mirada de las lúgubres colinas. Al alcanzar la cumbre, el suelo se elevó delante de mí, alto y escarpado como un muro, y no se veía más que ese muro verde y el cielo. Pensé en aquello de por siempre jamás, pues realmente debía haber llegado al fin del mundo, ya que aquello parecía el final de todo, como si más allá no pudiera haber nada excepto el reino de Voor, donde va la luz cuando se apaga y corre el agua cuando el sol se la lleva.

Empecé a pensar en el largo camino recorrido, en cómo había encontrado un arroyo y había seguido su curso a través de arbustos, matorrales espinosos y sombríos bosques cubiertos de espinos rastreros. Luego me había arrastrado por un túnel bajo los árboles, había trepado por entre los matorrales, había contemplado las rocas grises y me había sentado en medio de ellas cuando daban vueltas; después había seguido adelante por entre las rocas, había bajado la colina por entre matorrales urticantes y había escalado el sombrío valle por un sendero muy largo. Me preguntaba cómo regresaría a casa, si es que lograba encontrar el camino, y si es que seguía estando allí y no se había convertido, igual que todo lo demás, en rocas grises, como en Las mil y una noches.

Me senté en la hierba y pensé en lo que haría. Estaba cansada y los pies me dolían. Al mirar a mi alrededor descubrí un maravilloso pozo, justamente al pie del escarpado muro de hierba. A su alrededor todo el suelo estaba cubierto de musgo brillante, verde y chorreante; había todo tipo de musgos, unos que parecían hermosos helechos en miniatura, y otros que semejaban palmeras y abetos; todos ellos tan verdes como las esmeraldas y rezumando gotas de agua cual diamantes. En medio estaba el gran pozo, profundo, resplandeciente y hermoso, tan claro que daba la impresión de que se podía tocar la arena roja del fondo, aunque estaba muy hondo. Permanecí a su lado y me miré en él como en un espejo. En el fondo, los rojos granos de arena no dejaban de agitarse, y se veía burbujear el agua, pero su superficie estaba en calma y rebosaba. Era un pozo grande, como una bañera, rodeado de musgo verde, reluciente y brillante, que le daba la apariencia de una gran alhaja transparente rodeada de joyas verdes.

Tenía los pies tan doloridos y cansados que me quité las botas y las medias, y los metí en el agua; cuando me levanté ya no estaba cansada y pensé que debía seguir adelante, alejándome cada vez más, hasta descubrir lo que había al otro lado del muro. Lo escalé muy despacio, siempre de lado, y cuando llegué arriba y miré por encima, me encontré con la más curiosa región que jamás viera, más extraña incluso que la colina de las rocas grises. Parecía como si allí hubiesen estado jugando con sus palas niños terrícolas, pues estaba todo lleno de colinas, hoyos y muros de tierra cubiertos de hierba. Había dos montículos, redondos, grandes y solemnes, como dos enormes colmenas, y también profundas depresiones, y un escarpado muro como los que había visto en cierta ocasión en la costa, con cañones y soldados encima. Casi me caí en una de las fosas, de tan repentinamente como surgió bajo mis pies, y bajé corriendo por una de sus pendientes, hasta el fondo, donde permanecí mirando hacia arriba.

Todo era extraño y misterioso. No se veía más que el cielo gris, cargado, y las laderas de la hondonada; todo lo demás había desaparecido; pensé que de noche debía de llenarse de fantasmas, sombras movedizas y pálidas criaturas, cuando la luna brillara en su fondo en plena noche y el viento gimiera en las alturas. Era tan extraña, misteriosa y solitaria como un templo vacío dedicado a anticuados dioses paganos. Me recordó algo que la niñera me había contado cuando yo era muy pequeña; la misma niñera que me llevó al bosque donde vi a la hermosa gente blanca.

Recuerdo que la niñera me contó el cuento una noche invernal. Me contó que en alguna parte existía un pozo vacío, y que gozaba de tan mala reputación que todo el mundo tenía miedo de acercarse. Pero hubo una pobre chica que dijo que bajaría al pozo; todos intentaron detenerla, pero ella fue allá. Y bajó al pozo y regresó riendo y diciendo que allí no había nada en absoluto, excepto hierba verde, piedras rojas y blancas, y flores amarillas. Poco después la gente vio que llevaba unos preciosos pendientes de esmeraldas y le preguntaron cómo los había conseguido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que sus pendientes no eran de esmeraldas ni nada parecido, sino que estaban hechos de hierba verde. Luego, cierto día, vieron que llevaba en el pecho el rubí más rojo que jamás se había visto por esos contornos, y que brillaba y centelleaba. Le preguntaron cómo lo había obtenido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que no era un rubí, sino solamente una piedra roja.

Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por esos contornos, mucho más elegante que el más elegante de la reina, compuesto de relucientes diamantes, a centenares, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio. Así que le preguntaron cómo lo había conseguido. Pero ella se rió y dijo que no eran diamantes, sino únicamente piedras blancas. Y un día fue a la Corte llevando en la cabeza una corona de monedas de oro puro, eso dijo la niñera, que brillaba como el sol y era mucho más espléndida que la que llevaba el propio rey; además, llevaba esmeraldas en las orejas, un gran rubí le servía de broche, y un magnífico collar de diamantes centelleaba en su cuello.

El rey y la reina pensaron que sería alguna eminente princesa de un país lejano y descendieron de sus tronos para salir a su encuentro; pero alguien les contó de quién se trataba en realidad y que era completamente pobre. Así que el rey le preguntó por qué llevaba una corona de oro y cómo la había conseguido. Y ella se rió y dijo que no era una corona de oro, sino solamente unas flores amarillas que se había puesto en el pelo. El rey pensó que aquello era muy extraño y le dijo que debería permanecer en la Corte y ya verían que pasaba después. La joven era tan encantadora que todos decían que sus ojos eran más verdes que las esmeraldas, sus labios más rojos que el rubí, su piel más blanca que los diamantes, y su pelo más resplandeciente que el oro. De forma que el hijo del rey dijo que quería casarse con ella, y el rey le respondió que podía hacerlo.

El obispo los casó y hubo una gran cena; después, el hijo del rey fue a la alcoba de su esposa. Pero justo cuando iba a abrir la puerta, vio frente a ésta a un hombre alto, vestido de negro, con una cara espantosa, y una voz dijo:

—No arriesgues tu vida , pues ésta es mi propia esposa-

Entonces el hijo del rey cayó al suelo fulminado. Acudió mucha gente que intentó entrar en la alcoba sin conseguirlo, y golpeó la puerta con hachas; pero la madera se había endurecido como el hierro y, finalmente, huyeron todos, tan asustados que estaban por los gritos, risas, chillidos y llantos que salían de la alcoba.

Al día siguiente consiguieron entrar, descubriendo que no había en ella más que un espeso humo negro, ya que el hombre de negro se había llevado a la joven. Encontraron sobre la cama dos lazos de hierba marchita, una piedra roja, y algunas piedras blancas y flores amarillas ajadas. Me acordé de este cuento de mi niñera mientras permanecí en el fondo del profundo hoyo; todo allí era tan extraño que sentí miedo. No pude divisar ninguna de las piedras ni de las flores, pero temí llevármelas sin saberlo, y se me ocurrió hacer un hechizo que me vino a la memoria para mantener alejado al hombre de negro. Así que permanecí de pie en el mismo centro de la hoya, me aseguré de que no llevaba encima ni piedras ni flores, y luego di varias vueltas al lugar, toqué mis ojos, mis labios y mi pelo de una manera especial, y susurré algunas extrañas palabras que me había enseñado la niñera para alejar a las cosas malignas.

Entonces me sentí a salvo, salí trepando de la hoya y proseguí a través de todos aquellos montículos, depresiones y barreras, hasta llegar al final, que estaba más elevado que el resto, desde donde pude ver que las diferentes formas dibujadas sobre la tierra estaban dispuestas siguiendo una pauta, algo así como las rocas grises, sólo que con distinta pauta.

Empezaba a oscurecer, pero desde donde yo me encontraba parecían dos enormes figuras humanas tumbadas en la hierba. Seguí adelante y, finalmente, encontré cierto bosque, demasiado secreto para describirlo, pues nadie sabe cómo atravesarlo, descubrimiento que yo hice de manera muy curiosa, viendo entrar a un animalito. De modo que seguí al animal por un sendero muy estrecho y oscuro, bajo espinos y arbustos, y ya casi había anochecido cuando llegué a una especie de claro en el centro.

Allí vi la cosa más maravillosa que jamás había visto, aunque sólo un momento, pues huí inmediatamente, salí del bosque por el sendero por el que había venido, y corrí más deprisa que nunca, porque estaba asustada de tan maravilloso, extraño y hermoso que era lo que acababa de ver. Pero quería regresar a casa y pensar en ello, pues no sabía lo que podía sucederme si me quedaba en el bosque. Mientras corría por la espesura, ardía y temblaba, mi corazón latía aceleradamente, y no podía evitar el dejar escapar extraños gritos.

Me alegré de que una enorme luna blanca apareciese sobre una colina y me mostrara el camino, de modo que volví a pasar por los montículos y hoyas, descendí al angosto valle, ascendí a través de los matorrales al lugar de las rocas grises y, finalmente, llegué a casa. Mi padre estaba ocupado en su despacho y los criados no le habían contado que yo no había vuelto a casa, aunque estaban asustados, y se preguntaban qué debían hacer; de modo que les dije que me había perdido, pero no les dejé que descubrieran el verdadero camino que había seguido.

Me fui a la cama y permanecí despierta, pensando en lo que había visto. Cuando abandoné el estrecho sendero me pareció todo tan auténtico que durante el camino de vuelta a casa estuve segura de haberlo visto. Ahora deseaba quedarme a solas en mi habitación para alegrarme por cuanto había presenciado y, cerrando los ojos, fingir que me encontraba allí y que hacía todas las cosas que habría hecho de no haberme asustado tanto. Pero cuando cerré los ojos no me vino la visión, y comencé otra vez a pensar en mi aventura, y recordé lo oscura y misteriosa que resultó al final, y temí que todo fuera un engaño, pues parecía imposible que hubiera sucedido todo aquello.

Parecía uno de los cuentos de la niñera, en los que realmente no creía, aunque en verdad me había asustado en el fondo de la hoya; las historias que ella me contaba cuando yo era pequeña me volvieron a la mente, y me pregunté si sería cierto lo que creía haber visto, o si alguno de los cuentos habría sucedido hace mucho tiempo. Permanecí despierta. La casa estaba en silencio. Había oído a mi padre subir las escaleras, y poco después el reloj dio las doce y la casa se quedó silenciosa y vacía, como si nadie viviera en ella. Aunque todo estaba oscuro en mi habitación, un pálido resplandor brillaba a través de la blanca persiana, y en cuanto me levanté y miré hacia afuera, vi la gran sombra negra de la casa cubriendo el jardín, como si fuera una cárcel de condenados a muerte, y más allá todo estaba blanco, y el bosque resplandecía de blancura con negros abismos entre los árboles. Era una noche clara y tranquila, sin nubes en el cielo.

Deseaba pensar en lo que había visto, pero no podía, y empecé a recordar todos los cuentos que la niñera me había contado hace mucho tiempo y creía haber olvidado. Los recordé todos y los mezclé con los matorrales y las rocas grises y las hoyas en la tierra y el bosque secreto, hasta que apenas supe lo que era verdad y lo que era cuento, y pensé si todo no sería un sueño.

Entonces me acordé de aquella calurosa tarde de verano, hace tanto tiempo, en que la niñera me dejó sola a la sombra y la gente blanca salió del agua y del bosque, y jugó, bailó y cantó, y tuve la impresión de que la niñera me había contado algo parecido antes de que lo viera, sólo que no podía recordar exactamente de qué se trataba. Entonces me pregunté si no sería ella la dama blanca, pues recordé que era igual de blanca y de bella, y tenía idénticos ojos oscuros y pelo negro; y a veces, al contarme alguno de sus cuentos, que empezaban por Érase una vez, o En tiempo de las hadas.

Sonreía y me miraba como solía hacerlo la dama. Pero pensé que no podía ser ella, pues parecía haber tomado un camino diferente en el bosque, y no creía que el hombre que vino siguiéndonos fuese el otro, porque entonces no podría haber visto aquel maravilloso secreto del bosque secreto. Pensé en la luna: pero no vi aparecer su enorme disco blanco por encima de una colina hasta después, cuando me encontraba en medio del territorio salvaje donde la tierra formaba grandes figuras y todo eran barreras, misteriosas hoyas y suaves montículos redondeados. Pensé en todas estas cosas hasta que, finalmente, me asusté, pues temía que me pasara algo, y recordé el cuento de la pobre chica que se metió en una hoya y al final el hombre negro se la llevó. Sabía que yo también había bajado al fondo de una hoya, quién sabe si a la misma, y había hecho algo espantoso.

Así que volví a hacer el hechizo, me toqué los ojos, los labios y los cabellos de una forma especial, y pronuncié las viejas palabras en el idioma de las hadas, para poder estar segura de que nadie me llevaría. Intenté ver de nuevo el bosque secreto, reptar por el pasadizo y ver lo que había visto la otra vez, pero, por alguna razón, no pude y seguí pensando en los cuentos de la niñera. Me acordé de uno acerca de un joven que fue una vez a cazar: él y sus perros estuvieron todo el día cazando pero no encontraron nada. El joven estaba irritado y ya iba a retornar cuando, en el preciso momento en que el sol incidía sobre la montaña, vio salir de la maleza frente a él a un magnífico venado blanco. Azuzó a sus perros, pero éstos empezaron a gimotear y no quisieron perseguirlo; azuzó a su caballo, pero éste se estremeció y permaneció inmóvil; el joven saltó del caballo, abandonó a los perros y comenzó a perseguir solo al venado blanco. Pronto se hizo de noche; el cielo estaba negro, sin que brillase en él ni una sola estrella, y el venado desapareció en la oscuridad.

Y aunque el hombre llevaba consigo su escopeta, no disparó, pues quería capturarlo con vida. Pero jamás perdió su rastro, pese a lo negro que estaba el cielo y lo oscuro de la noche, y el venado siguió su camino hasta que el joven ya no supo dónde estaba. Atravesaron bosques inmensos donde el aire estaba repleto de susurros y un pálido y mortecino resplandor brotaba de los troncos podridos que yacían en el suelo, y justamente cuando el hombre creyó haber perdido al venado, lo vio frente a él todo blanco y resplandeciente; corrió velozmente tras él, pero el venado fue más rápido, de modo que no pudo atraparlo.

Atravesaron bosques inmensos, cruzaron ríos a nado, vadearon negros pantanos en los que el suelo burbujeaba y el aire estaba lleno de fuegos fatuos; el venado, en su huida, bajó a angostos valles rocosos donde el aire olía a panteón, y el hombre siguió tras él.

Escalaron grandes montañas y el hombre escuchó al viento bajar del cielo, y el venado siguió huyendo y el hombre siguió tras él. Finalmente salió el sol y el joven descubrió que se encontraba en un país que jamás había visto antes; era un hermoso valle atravesado por una corriente transparente, con una gran colina redonda en el centro. El venado descendió al valle, en dirección a la colina, y parecía hallarse cansado, pues iba cada vez más despacio, y el hombre, aunque también estaba muy cansado, empezó a correr más deprisa, seguro de que, finalmente, capturaría al venado. Pero justamente al llegar al pie de la colina, cuando el hombre alargaba la mano para atrapar al venado, éste desapareció bajo tierra; y el hombre empezó a llorar porque sentía haberlo perdido después de una cacería tan larga.

Pero mientras lloraba descubrió una entrada en la colina, justo frente a él, la franqueó y se encontró completamente a oscuras, pero siguió adelante, pues pensaba dar con el venado blanco. De pronto se hizo la luz y pudo verse el cielo, el sol resplandeciente, pájaros cantando en los árboles y una hermosa fuente. Junto a ella estaba sentada una adorable dama, la reina de las hadas, que le dijo al hombre que se había transformado en venado para llevarle hasta allí, debido a lo mucho que le amaba. Luego sacó una gran copa de oro cubierta de joyas, procedente de su palacio mágico, y le ofreció en ella vino. Bebió él, y cuanto más bebía más ansias tenía de beber, pues el vino estaba encantado. De modo que besó a la dama y la hizo su esposa, y permaneció todo el día y toda la noche en la colina donde ella vivía. Cuando despertó se encontró tumbado en el suelo, cerca del lugar en donde había visto por vez primera al venado; allí estaba su caballo y sus perros, esperándole, y al levantar la vista vio que el sol estaba poniéndose detrás de la montaña.

Regresó a su casa y vivió muchos años, pero jamás volvió a besar a ninguna otra dama porque había besado a la reina de las hadas, y nunca más volvió a beber vino corriente, ya que había probado el vino encantado. A veces la niñera me contaba cuentos que había oído a su bisabuela, que era muy anciana y vivía sola en una casa de campo en la montaña; la mayoría de ellos trataban de una colina, donde, hace mucho tiempo, la gente solía reunirse de noche para jugar a toda clase de juegos y hacer cosas raras que la niñera me contó, pero que yo no pude entender. Según ella, ahora, a excepción de su bisabuela, todos habían olvidado aquello, y nadie sabía dónde estaba la colina, ni siquiera su bisabuela.

Sin embargo, me contó una extraña historia relacionada con esa colina, y me estremecí al recordarla. Me dijo que la gente iba siempre allí en verano, cuando hacía mucho calor, y tenían que bailar mucho. Al principio todo estaba a oscuras y había allí árboles que ensombrecían mucho más el lugar; la gente venía, uno tras otro, de todas direcciones, por un sendero secreto; dos de ellos se quedaban a vigilar, y todos los que subían tenían que hacerles una señal muy extraña, que la niñera me enseñó lo mejor que pudo, aunque dijo que no podía enseñármela como es debido. Acudía toda clase de gente: personas bien nacidas y aldeanos, algunos ancianos, chicos y chicas, y bastantes niños pequeños, que se sentaban y observaban. Todo estaba a oscuras cuando llegaban, excepto un rincón donde alguien quemaba algo que olía fuerte y fragante y les hacía reír, mientras se veía el resplandor de los carbones y el humo rojo elevándose.

Entraban todos, y cuando lo había hecho el último la puerta desaparecía, de modo que nadie más podía entrar, aunque supiese que al otro lado había algo. En cierta ocasión, un caballero extranjero, que llevaba cabalgando un buen trecho, se extravió de noche y su caballo le condujo al mismo centro de esta región salvaje, por todas partes había espantosos pantanos y grandes piedras, agujeros en el suelo, y los árboles parecían horcas, pues tenían largos brazos negros que se extendían a través del camino. Este caballero estaba muy asustado y su caballo comenzó a temblar, hasta que, finalmente, se detuvo y no hubo forma de hacerle seguir, por lo que el caballero descabalgó e intentó llevarlo de las riendas, mas no consiguió moverlo, estando todo él cubierto de un sudor cadavérico. Así que el caballero continuó solo, internándose cada vez más en la región salvaje, hasta que al fin llegó a un lugar oscuro, donde oyó gritos, cánticos y llantos, como jamás había oído anteriormente. Todo sonaba muy cerca, pero no podía ver nada, así que se puso a dar voces y, mientras lo hacía, algo apareció a sus espaldas y, en un momento, quedó inmovilizado de pies, manos y boca y se desvaneció.

Cuando volvió en sí estaba tumbado al borde del camino, exactamente donde se había perdido el caballo la primera vez, bajo un roble seco de tronco ennegrecido, y su montura estaba atada a su lado. De modo que cabalgó hasta la ciudad y allí contó a la gente lo que le había sucedido; algunos se asombraron, pero otros sabían de lo que se trataba. Una vez que todos habían entrado, la puerta desaparecía para que nadie más pudiera pasar por ella. Y cuando estaban todos dentro, reunidos en círculo, tocándose unos a otros, alguien comenzaba a cantar en la oscuridad, y otro hacía un ruido parecido al trueno con un objeto que tenían a propósito.

En las noches de calma, la gente oía aquel estruendoso ruido mucho más lejos de la región salvaje, y algunos, que creían saber lo que pasaba, solían hacerse una señal en el pecho cuando despertaban en sus lechos en plena noche y oían aquel terrible ruido grave, parecido al trueno en las montañas. El ruido y los cánticos continuaban, y la gente, agrupada en círculo, se balanceaba de un lado para otro; la canción estaba en una antigua lengua que nadie conoce ahora, y la tonada era extraña. La niñera decía que su bisabuela había conocido, siendo todavía muy niña, a un hombre que se acordaba un poco de la canción; luego trató de contarme algo de ella, y la tonada era tan rara que me quedé completamente helada y se me puso la carne de gallina, como si hubiese tocado algo muerto. Unas veces era un hombre quien la cantaba, y otras una mujer; y, de vez en cuando, el que la cantaba lo hacía tan bien que dos o tres personas allí presentes caían al suelo gritando. El cántico proseguía y la gente seguía balanceándose durante un buen rato, y, por fin, la luna se elevaba por encima de un lugar que llamaban Tole Deol, ascendía y los iluminaba dando vueltas, rodeados de un espeso humo procedente de los carbones encendidos.

Entonces cenaban. Un chico y una chica les servían la cena; el chico portaba una gran copa de vino, y la chica una barra de pan, e iban pasándose de uno a otro el pan y el vino, que sabían muy distintos del pan y el vino corrientes y transformaban a cuantos los probaban. Luego se levantaban todos y bailaban, y sacaban objetos secretos de sus escondites, y jugaban a juegos extraordinarios, y bailaban en círculo a la luz de la luna, y, a veces, había gente que desaparecía de repente y nunca más se tenían noticias de ellos ni nadie sabía lo que les había sucedido. Y bebían más de aquel curioso vino, y fabricaban imágenes y las adoraban; y un día que salimos a pasear, al pasar por un lugar donde había un montón de arcilla húmeda, me enseñó cómo se fabricaban estas imágenes. De modo que me preguntó si me gustaría saber qué eran aquellas cosas que hacían en la colina, y le dije que sí. Entonces me pidió que le prometiera no decir ni una sola palabra a ningún ser viviente, pues si lo hacía sería arrojada al pozo negro con los muertos. Le contesté que no se lo contaría a nadie, pero ella siguió diciéndome lo mismo una y otra vez, hasta que se lo prometí...

Así es que tomó mi pala de madera, extrajo arcilla, la puso en mi cubo de hojalata, y me advirtió que, si nos encontrábamos con alguien, dijera que pensaba hacer pasteles al regresar a casa. Luego proseguimos el camino hasta llegar a un matorral que crecía junto a la carretera. La niñera se detuvo, miró la carretera de arriba a abajo, atisbó luego, a través del soto, el campo que se extendía al lado opuesto, y exclamó: ¡Rápido! Entonces corrimos hacia el matorral, nos arrastramos a su interior, y salimos igualmente a rastras entre unos arbustos, hasta distanciarnos un buen trecho de la carretera. Después nos sentamos bajo un arbusto; ardía en deseos de saber lo que la niñera iba a hacer con la arcilla, pero, antes de empezar, me hizo prometer otra vez que no diría ni una palabra. Nos sentamos y sacó la arcilla y comenzó a amasarla con las manos, a darle vueltas. Luego la ocultó un momento bajo una hoja de romaza, la volvió a sacar, y después se levantó, se sentó, dio vueltas en torno de una manera especial, y todo el tiempo estuvo cantando en voz baja una especie de rima, mientras su rostro enrojecía. Luego se sentó, tomó la arcilla y comenzó a darle la forma de un muñeco, pero no como los que tengo en casa; así que hizo con la arcilla húmeda el muñeco más raro que he visto, y lo escondió debajo de un arbusto para que se secara y endureciese, y mientras estuvo haciendo esto no dejaba de cantar aquellas rimas, y su rostro enrojecía cada vez mas. De modo que dejamos allí el muñeco, donde nadie lo pudiera encontrar. Y unos días después volvimos y, al llegar a esa parte angosta y oscura de la senda, la niñera me hizo prometer todo de nuevo, miró en torno como hizo la otra vez, y nos arrastramos por entre los arbustos hasta llegar al matorral donde estaba escondido el hombrecillo de arcilla.

Lo recuerdo muy bien, aunque no tenía más de ocho años, y desde hace otros ocho estoy poniéndolo todo por escrito; el cielo era de color azul violáceo, y, en medio del matorral había un enorme y viejo árbol cubierto de flores, al otro lado, un macizo de ulmarias; cuando pienso en aquel día, el perfume de las ulmarias y de las flores del árbol parece llenar mi habitación, y si cierro los ojos puedo ver el cielo surcado de nubes muy blancas, y a la niñera, que hace mucho tiempo se marchó de casa, sentada frente a mí, con su gran parecido a la hermosa dama blanca del bosque. Nos sentamos, sacó el muñeco de arcilla del lugar secreto, y dijo que teníamos que presentarle nuestros respetos y que ella me mostraría lo que tenía que hacer, para lo cual debía observarla. Así que hizo toda clase de cosas raras con el hombrecillo de arcilla, y advertí que estaba bañada en sudor pese a haber caminado muy despacio; entonces me dijo que presentase mis respetos, y yo hice todo lo que le vi hacer a ella, porque la quería y se trataba de un juego poco corriente. Me dijo que si alguien amaba bastante, el hombre de arcilla servía de mucho, con tal de hacer ciertas cosas con él; y si alguien odiaba mucho, aquél era igualmente útil, sólo que había que hacer cosas distintas. Jugamos con él mucho rato e imaginamos toda suerte de cosas. La niñera me dijo que su bisabuela le había contado todo lo referente a esas figuras, y que no existía mal alguno en lo que habíamos hecho, solamente era un juego. Sin embargo, me contó una historia acerca de estas figuras, que me asustó mucho, la cual recordé aquella noche en que estuve tumbada despierta en mi dormitorio, en medio de la oscuridad, pensando en lo que había visto en el bosque secreto. Según la niñera, hubo una vez una joven dama de elevada alcurnia que vivía en un gran castillo. Era tan bella que todos los caballeros querían casarse con ella, ya que se trataba de la más adorable criatura jamás vista, y era muy amable con todo el mundo, por lo que todos pensaban que era muy buena.

Pero, aunque fue muy cortés con los caballeros que deseaban casarse, los rechazó a todos y dijo que no podía decidirse, y que ni siquiera estaba segura de querer casarse. Su padre, que era un importante señor, se enfadó, y le preguntó por qué no elegía a alguno de los guapos solteros jóvenes que frecuentaban el castillo.

Pero ella respondió que no amaba a ninguno y que debía esperar; y añadió que si insistían se iría y se metería monja en algún convento. De modo que todos los caballeros dijeron que se marcharían y esperarían un año y un día, y pasado este tiempo regresarían de nuevo y le preguntarían con cual de ellos se casaría. Así que se fijó la fecha de partida y todos los caballeros se fueron, luego que la dama les prometiera que, al cabo de un año y un día, celebraría sus bodas con uno de ellos. Pero la verdad es que ella era la reina del pueblo que bailaba en la colina las noches de verano y, en las noches apropiadas, cerraba la puerta de su habitación, salía furtivamente del castillo en compañía de su doncella por un pasadizo secreto, y se iban a la colina. Sabía más de estas cosas secretas que cualquiera, y más de lo que nadie ha sabido antes o después, ya que no contó a nadie sus secretos. Sabía hacer las cosas más atroces: destrozar a los jóvenes, maldecir a la gente, y otras cosas que nunca pude entender. Su verdadero nombre era Lady Avelin, pero la gente danzarina la llamaba Cassap, que en la antigua lengua significa alguien muy sabio. Era más blanca que cualquiera de ellos, y más alta, y sus ojos brillaban en la oscuridad; sabía cantar canciones que el resto desconocía, y cuando lo hacía, caían todos de bruces y la adoraban. También sabía hacer lo que ellos llamaban shibshow, que era un hechizo estupendo.

Le decía a su padre que quería ir a los bosques a buscar flores, él la dejaba ir, y se iba con su doncella a los bosques donde nadie acudía, y la doncella se quedaba a vigilar. Entonces, la dama se tumbaba bajo los árboles, empezaba a cantar una determinada canción, extendía los brazos, y, de todas partes del bosque, llegaban enormes serpientes, silbando y deslizándose por entre los árboles, y sacando sus lenguas bífidas mientras reptaban en dirección a la dama. Llegaban hasta ella y se enroscaban alrededor de su cuerpo, de sus brazos y de su cuello, hasta cubrirla de serpientes enroscadas de manera que sólo se le viera la cabeza. Ella les susurraba y les cantaba, y las serpientes se enroscaban a su alrededor cada vez más deprisa, hasta que les decía que se fueran. Inmediatamente se iban todas de vuelta a sus agujeros, y sobre el pecho de la dama quedaba una piedra de lo más curioso y bello, en forma de huevo, de color azul oscuro y amarillo, rojo y verde, con marcas como escamas de serpiente. Se la consideraba una piedra mágica, y con ella podía hacerse toda clase de prodigios; la niñera decía que su bisabuela había visto con sus propios ojos una piedra mágica y, en efecto, era brillante y escamosa como una serpiente. La dama sabía hacer también otras muchas cosas, pero estaba firmemente determinada a no casarse. Había varios caballeros que querían casarse con ella, pero, sobre todo, cinco cuyos nombres eran Sir Simon, Sir John, Sir Oliver, Sir Richard y Sir Rowland. Los demás creían que la dama decía la verdad y que elegiría a uno de ellos por marido al cabo de un año y un día; solamente Sir Simon, que era muy astuto, pensaba que les estaba engañando y juró estar alerta y tratar de descubrir algo. Pese a ser muy sensato, era todavía muy joven y tenía un rostro lampiño y suave como una chica; fingió, como los demás, que no volvería al castillo en un año y un día, y anunció que se marchaba a países extranjeros allende los mares.

Pero, en realidad, sólo se alejó un poco y regresó disfrazado de criada, consiguiendo un empleo en el castillo como fregaplatos. Esperó, observó, escuchó y calló; se ocultaba en lugares oscuros, y por la noche se mantenía en vela y espiaba, y oyó y vio cosas que le parecieron muy extrañas. Era tan astuto que le contó a la chica que servía a la dama que, en realidad, era un hombre y que se había vestido de mujer porque la amaba tanto que quería estar en la misma casa que ella; la chica se alegró tanto que le contó muchas cosas, y cada vez estaba más seguro de que Lady Avelin les estaba engañando a él y a los demás.

Y era tan listo, y contó tantas mentiras a la criada, que una noche se las arregló para esconderse en la habitación de Lady Avelin, detrás de las cortinas. Permaneció completamente callado e inmóvil, y, finalmente, llegó la dama. Se inclinó bajo la cama y levantó una piedra; debajo había un hoyo, del que sacó una figura de cera igual a la de arcilla que la niñera y yo habíamos hecho en la maleza. Sus ojos ardieron todo el tiempo como rubíes. Cogió en brazos al muñeco de cera y lo oprimió contra su pecho, y le murmuró y le susurró cosas, y lo levantó y lo puso de nuevo en el suelo, y lo sostuvo en alto y lo bajó, y lo puso otra vez en el suelo. Y dijo:

-Bienaventurado sea el que engendró al obispo, que ordenó al clérigo, que casó al hombre, que poseyó a la mujer, que moldeó la colmena, que albergó a la abeja, que recogió la cera de la que está hecho mi único amor verdadero-.

Luego sacó un gran cuenco dorado, y una gran jarra de vino, y vertió un poco de vino en el cuenco; después metió poco a poco el maniquí en el vino y lo lavó. Luego se dirigió a un aparador, cogió un pequeño pastel redondo, se lo puso en la boca a la figura, y después cargó con ella suavemente y la tapó. Sir Simon, que había estado espiando todo el tiempo, pese a hallarse terriblemente asustado, vio inclinarse a la dama y extender los brazos, susurrar y cantar; entonces, el caballero descubrió junto a ella a un apuesto joven que la besaba en los labios. Y juntos bebieron vino del cuenco dorado, y juntos se comieron el pastel. Pero cuando salió el sol, únicamente quedaba el diminuto muñeco de cera, que la dama escondió otra vez en el hueco de debajo de la cama. De modo que Sir Simon se enteró perfectamente de quién era la dama, y esperó y vigiló hasta que el plazo que ella fijó casi hubiera finalizado, y sólo faltara una semana para cumplirse el año y un día. Una noche que estaba espiando, oculto tras las cortinas de la habitación de la dama, la vio haciendo más muñecos de cera.

Hizo cinco y los escondió. La noche siguiente cogió uno, lo levantó, llenó de agua el cuenco dorado, tomó al muñeco por el cuello, y lo metió bajo el agua. Entonces dijo:

-Sir Dickon, Sir Dickon, tu día ha llegado, en oscuras aguas morirás ahogado.

Al día siguiente llegaron noticias de que Sir Richard se había ahogado en un vado. Y esa noche la dama cogió otro muñeco, le ató un cordón violeta alrededor del cuello, y lo colgó de un clavo. Entonces dijo:

-Sir Rowland, de tu vida el plazo ha terminado, de lo alto de un árbol te veo colgado.

Y al día siguiente llegaron noticias de que a Sir Rowland le habían ahorcado en el bosque unos salteadores. Y esa noche la dama cogió otro muñeco y le clavó un alfiler en el corazón. Entonces dijo:

-Sir Noll, Sir Noll, cesa así tu vida, traspasado el corazón por honda herida.

Y al día siguiente llegaron noticias de que Sir Oliver se había peleado en una taberna y un desconocido le había apuñalado en el corazón. Y esa noche la dama cogió otro muñeco y lo puso al fuego de carbón hasta que se derritió. Entonces dijo:

-Sir John, al polvo regresarás, en febril fuego te consumirás.

Y al día siguiente llegaron noticias de que Sir John había muerto abrasado por la fiebre.

Entonces Sir Simon abandonó el castillo, montó en su caballo, se fue a ver al obispo, y le contó todo. El obispo envió a sus hombres, los cuales prendieron a Lady Avelin, descubriendo todo cuanto había hecho. De modo que un día después de cumplirse el año y un día, fecha en que debía casarse, la llevaron por toda la ciudad en su bata, la ataron a una gran estaca en la plaza del mercado, y la quemaron viva, con la figura de cera colgándole del cuello. La gente dijo que el hombre de cera chilló al ser consumido por las llamas. Una y otra vez pensé en esta historia mientras yacía despierta en la cama, y me pareció estar viendo a Lady Avelin en la plaza del mercado, su hermoso cuerpo blanco devorado por las llamas. Y tantas vueltas le di que me pareció estar metida yo misma en la historia, y me imaginé ser la dama, y que vendrían a prenderme para ser quemada en la hoguera a la vista de toda la ciudad. Y me pregunté si a ella le hubiera preocupado eso, después de tantas cosas extrañas como había hecho, o si le habría dolido mucho que la quemaran en la hoguera. Una y otra vez intenté olvidar las historias de la niñera, y recordar el secreto que presencié aquella tarde, y lo que había en el bosque secreto; pero no lograba ver más que la oscuridad y un breve destello, que pronto desaparecía, y a continuación únicamente me veía a mí misma corriendo, hasta que una luna muy blanca surgía por encima de la sombría colina. Entonces de nuevo me volvieron a la memoria los viejos cuentos y las extrañas rimas que la niñera solía cantarme. Había una que empezaba Hasly cumsy, Helen musty, que ella solía cantarme dulcemente cuando quería que me durmiese. Y me puse a cantarla para mis adentros hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente estaba muy cansada y apenas pude estudiar mis lecciones, y me alegré mucho cuando terminé y me puse a almorzar, pues quería salir y estar sola. Era un día caluroso y fui a una linda colina cubierta de césped, junto al río, y me senté encima del viejo chal de mi madre. El cielo estaba gris, como el día anterior, pero había una especie de resplandor blanco, y desde donde yo estaba sentada, podía contemplar todo el pueblo, tan inmóvil, silencioso y blanco como un cuadro. Recordé que fue en esa colina donde la niñera me enseñó a jugar un antiguo juego llamado Ciudad de Troya, en el que una tenía que bailar, enroscarse y retorcerse sobre un dibujo trazado en la hierba, y luego, cuando ya había bailado y dado suficientes vueltas, la otra persona te hacía preguntas que no podías evitar el contestar, quisieras o no, y tenías la impresión de que debías hacer cualquier cosa que ella te ordenara. La niñera decía que solía haber muchos juegos como ése. Había uno mediante el cual podías convertir a la gente en lo que quisieras, y un anciano que su bisabuela había conocido sabía de una chica que se había convertido en una serpiente. Existía otro juego muy antiguo consistente en bailar, retorcerse y dar vueltas, mediante el cual podías sacar a una persona de su propio ser y retenerla en tu poder todo el tiempo que quisieras, mientras su cuerpo seguía paseándose completamente vacío y sin sentido. Pero yo fui a aquella colina porque quería meditar sobre lo que había ocurrido el día anterior y sobre el secreto del bosque. Desde el lugar donde estaba sentada podía ver, al otro lado del pueblo, el claro que encontré, por donde un pequeño arroyo me condujo hasta un país desconocido.

Imaginé que, de nuevo, seguía el curso del arroyo, y repasé todo el camino mentalmente; por último llegué al bosque, me arrastré entre los arbustos, y entonces vi algo en la oscuridad que me hizo sentir como si estuviera llena de fuego, como si deseara bailar, cantar y volar, pues me notaba cambiada y estupenda. Pero lo que vi no había cambiado nada, ni había envejecido, y me pregunté una y otra vez cómo podían suceder semejantes cosas, y si serían realmente ciertas las historias de la niñera, porque a la luz del día y al aire libre todo parecía diferente que por la noche. Una vez le conté a mi padre uno de esos cuentos, que trataba de un fantasma, y le pregunté si era cierto; él lo negó rotundamente diciendo que la gente ignorante creía en semejantes disparates. Se enfadó mucho con la niñera por haberme contado el cuento, y la regañó; después de eso, ella me hizo prometer que nunca más susurraría ni una sola palabra de lo que me contara, pues si lo hacía sería mordida por la gran serpiente negra que vivía en la charca del bosque.

Completamente a solas en la colina, me pregunté qué habría de verdad en todo aquello. Había visto algo muy asombroso y muy hermoso, sabía un cuento, y si realmente había visto eso y no lo había inventado a partir de las tinieblas, las ramas negras y el brillante resplandor que iba subiendo hasta el cielo por detrás de la gran colina redonda, si de verdad lo había visto, entonces había todo tipo de cosas maravillosas, encantadoras y terribles en que pensar, de modo que suspiré y temblé, y ardía pese a estar helada. Bajé la mirada hacia el pueblo, tan inmóvil y silencioso como un inofensivo cuadro, y pensé una y otra vez si no sería todo cierto. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera decidir algo; el corazón me palpitaba de una forma tan extraña que parecía susurrarme todo el tiempo que todavía no me había sacado aquello de la cabeza; y, no obstante, parecía completamente imposible, y sabía que mi padre y todos los demás dirían que era un terrible disparate.

Jamás pensé decirle a él o a cualquier otro ni una palabra del asunto, porque sabía que de nada serviría y únicamente me acarrearía burlas y reprimendas; así que durante un tiempo fui muy discreta, sin dejar por ello de pensar y de maravillarme; y de noche solía soñar cosas asombrosas, y a veces me despertaba de madrugada gritando con los brazos extendidos. También me asustaba porque, de ser cierta la historia, existían evidentes peligros, y podía sucederme algo espantoso, a menos que tuviera mucho cuidado.

Aquellos viejos cuentos no se me iban de la cabeza ni de noche ni de día, constantemente volvía sobre ellos y me los contaba a mí misma una y otra vez, mientras paseaba por los mismos lugares en donde la niñera me los había contado; y cuando me sentaba en la habitación de los niños junto al fuego, solía imaginarme que la niñera estaba sentada en la otra silla, contándome en voz baja alguna maravillosa historia por miedo a que alguien la oyera. Pero ella prefería contarme esas cosas cuando estábamos en el campo, lejos de casa, porque, según ella, eran grandes secretos y las paredes oyen.

Y si se trataba de algo mucho más secreto, teníamos que ocultarnos en matorrales o bosques; solía pensar que era muy divertido arrastrarse a lo largo de un seto, y, de pronto, meterse entre los arbustos o correr hacia el bosque, estando seguras de que nadie nos veía. De modo que sabíamos que nuestros secretos eran solamente nuestros, y que nadie más sabía nada de ellos. De vez en cuando, después de habernos escondido según acabo de describir, acostumbraba a enseñarme toda clase de cosas raras.

Un día, recuerdo que estábamos escondidas en un matorral de avellano que domina el arroyo. La niñera dijo que me enseñaría algo divertido que me haría reír, y entonces me mostró cómo poner patas arriba toda una casa sin que nadie se dé cuenta, haciendo saltar ollas y cacerolas, rompiendo la porcelana, y provocando que las sillas caigan unas encima de las otras. Lo intenté un día en la cocina, y comprobé que podía hacerlo bastante bien: una fila entera de platos cayó del aparador, y la pequeña mesa auxiliar de la cocinera se volvió delante de sus ojos, según dijo, asustándose tanto y poniéndose tan blanca que no lo volví a hacer, pues la estimaba. Más tarde, en el bosquecillo de avellanos, donde me había enseñado a hacer que las cosas se caigan, me explicó la manera de provocar ruido como de golpes, y aprendí también a hacerlo.

Después me enseñó rimas para determinadas ocasiones, extraños signos para ejecutar en otras circunstancias, y otras cosas que su bisabuela le había enseñado cuando era una niña. Y ésas fueron las cosas en las que pensé aquellos días, después del extraño paseo en el que creí descubrir un gran secreto, y deseé que la niñera estuviera aquí para preguntarle al respecto, pero se había marchado hacía más de dos años y nadie parecía saber adónde se había ido. Pero yo siempre recordaré aquellos días aunque viva muchos años más, pues constantemente me sentía muy extraña, perpleja e incrédula, y unas veces me notaba completamente segura y decidida, y otras estaba convencida de que tales cosas realmente no podían suceder, y vuelta a empezar. Pero tuve mucho cuidado de no hacer ciertas cosas que pudieran ser peligrosas. Así que esperé y medité durante mucho tiempo, y aunque no estaba completamente segura de nada, nunca me atreví a indagar más. Pero un día tuve la certeza de que todo lo que dijo la niñera era verdad, y me encontré muy sola al descubrirlo.

Temblé de pies a cabeza, de alegría y espanto al mismo tiempo, y corrí tan rápida como pude hacia uno de aquellos matorrales que solíamos frecuentar, y me deslizé en su interior, y cuando llegué al más antiguo de todos ellos me tapé la cara con las manos y me tumbé boca abajo sobre la hierba, y permanecí inmóvil durante un par de horas, susurrándome a mí misma deliciosas y terribles cosas, y repitiendo una y otra vez ciertas palabras. Todo era cierto, maravilloso y espléndido, cuando recordaba la historia que conocía, y pensaba en lo que realmente había visto, me daban escalofríos y el aire parecía llenarse de perfumes y flores y canciones. Primero de todo quise moldear un hombre de arcilla, como el que había hecho la niñera hacía tanto tiempo, y tuve que inventarme varios planes y estrategias, y vigilar, y pensar las cosas de antemano, a fin de que nadie pudiera imaginarse lo que estaba haciendo o iba a hacer, pues era demasiado mayor para llevar arcilla en un cubo de hojalata.

Al fin ideé un plan, llevé la arcilla húmeda al matorral e hice lo mismo que había hecho la niñera, sólo que la figura que yo hice era mucho más perfecta que la de ella; y cuando la terminé, hice cuanto pude imaginar y mucho más de lo que ella hizo, por lo que su aspecto era mucho mejor.

Pocos días después, habiendo terminado de estudiar, recorrí por segunda vez el camino del arroyo que me había conducido a un país extraño. Lo seguí, pasé por entre los arbustos y bajo las ramas, y atravesé los matorrales de la colina y los sombríos bosques. Luego me arrastré por el oscuro túnel por donde pasaba antes el arroyo, cuyo suelo era pedregoso, hasta que finalmente llegué al matorral que trepaba por la colina, y, aunque las hojas estaban brotando de los árboles, todo estaba tan tenebroso como la primera vez que fui allá. El matorral era el mismo, y lo atravesé despacio hasta salir a la gran colina pelada, donde empecé a caminar entre maravillosas rocas. Vi que el terrible voor lo envolvía todo de nuevo, pues, aunque el cielo estaba más claro, el anillo que formaban las yermas colinas circundantes estaba todavía en sombras, los bosques que las cubrían parecían espantosos, y las extrañas rocas eran tan grises como de costumbre. Cuando las recorrí con la mirada desde lo alto del gran montículo, sentada encima de la piedra, pude contemplar sus asombrosos círculos y cercos, unos dentro de otros, y tuve que permanecer completamente inmóvil, sin perderlos de vista, cuando empezaron a volverse hacia mí; cada piedra bailaba en su sitio, y todas parecían girar en un gran torbellino, como si estuviesen en medio de las estrellas y las oyeran precipitarse a través de la atmósfera. De modo que bajé entre las rocas para bailar con ellas y cantar extraordinarias canciones, y atravesé el otro matorral, y bebí del claro riachuelo del poco accesible y secreto valle, posando los labios en la burbujeante agua; luego proseguí hasta llegar al hondo y rebosante pozo, rodeado de reluciente musgo, y me senté al lado. Miré al frente hacia la oscuridad secreta del valle; detrás de mí se alzaba el elevado muro de hierba, y a mi alrededor los espesos bosques que hacían del valle un lugar secreto. Sabía que no había ninguna otra persona aparte de mí, y que nadie podía verme.

Así que me quité las botas y los calcetines y metí los pies en el agua, pronunciando las palabras que sabía.

El agua no estaba tan fría como yo pensaba, sino que era cálida y muy agradable, y cuando mis pies se introdujeron en ella, tuve la impresión de que eran de seda o que la ninfa me los besaba. Hecho esto, pronuncié las restantes palabras e hice las señales convenidas; luego, me sequé los pies con una toalla que me había llevado a propósito, y me puse los calcetines y las botas. Después trepé por la empinada pared y llegué al lugar donde estaban las hoyas, y los dos bellos montículos, y las redondas lomas de tierra, y las figuras extrañas. Esta vez no bajé a la hoya, sino que, al final, retrocedí y vislumbré las figuras con bastante claridad, pues había más luz, y recordé una historia que había olvidado completamente; en esa historia las dos figuras se llamaban Adán y Eva, y sólo los que conocen la historia comprenden lo que esto quiere decir. Luego proseguí mi camino hasta llegar al bosque secreto que no debe ser descrito, y me arrastré en su interior por el pasadizo que había descubierto. Y cuando había cubierto aproximadamente la mitad del recorrido me detuve, me volví, me preparé, me tapé los ojos con un pañuelo y me aseguré de que no podía ver nada en absoluto, ni una ramita, ni la punta de una hoja, ni la luz del cielo, pues era un viejo pañuelo de seda roja con grandes lunares amarillos, que me daba dos vueltas a la cabeza y cubría mis ojos de forma que no pudiera ver nada.

Entonces comencé a andar, paso a paso, muy despacio. Mi corazón latía cada vez más deprisa, y algo me subía por la garganta que me ahogaba y me provocaba ganas de gritar, pero no despegué los labios y continué. Las ramas se prendían en mis cabellos al andar, y los gigantescos espinos me desgarraban la carne; no obstante, seguí adelante hasta el final del sendero. Entonces me detuve, extendí los brazos y me incliné, y al principio di un rodeo, tanteando con las manos, y no encontré nada. La segunda vez di otro rodeo, tanteando con las manos, y tampoco hallé nada. Entonces lo intenté por tercera vez, tanteando con las manos, y la historia resultó ser cierta, y deseé que hubieran pasado los años para no tener que esperar tanto tiempo a ser feliz para siempre.

La niñera debió de haber sido uno de esos profetas que menciona la Biblia. Todo lo que dijo empezó a cumplirse, y desde entonces han ocurrido otras cosas que ella me contó. Así fue como llegué a saber que sus historias eran verídicas y que yo no me había inventado nada. Pero aquel día sucedió también otra cosa. Acudí por segunda vez al lugar secreto en el hondo y rebosante pozo; mientras permanecía de pie sobre el musgo, me incliné y miré al pozo, y entonces supe quién era la dama blanca que había visto salir del agua en aquel bosque hace mucho tiempo, siendo muy pequeña.

Me estremecí, pues esto me reveló otras cosas. Entonces recordé que poco después de haber visto a la gente blanca en el bosque, la niñera me preguntó más cosas acerca de ellos; se lo volví a contar todo otra vez, lo escuchó sin pronunciar palabra durante mucho tiempo, y por fin dijo: -La verás de nuevo-. Así comprendí lo que había pasado y lo que iba a pasar.

Y entendí todo lo referente a las ninfas: cómo encontrarlas en cualquier lugar; que ellas me ayudarían siempre; y que debía buscarlas siempre bajo todo tipo de apariencias y formas extrañas. Sin las ninfas nunca hubiera podido descubrir el secreto; sin ellas, ninguna de las demás cosas podrían haber sucedido. La niñera me había contado todo lo relacionado con ellas hacía mucho tiempo, pero las llamaba por otro nombre, y no supe lo que quería decir, ni qué significaban sus cuentos, solamente que eran muy raros.

Había dos clases de ninfas, las claras y las oscuras, y ambas eran encantadoras y maravillosas; algunos únicamente veían a las de una clase; otros solamente a las de la otra; pero había quien veía a las de ambas. Normalmente aparecían primero las oscuras, y luego llegaban las claras, y acerca de ambas se contaban extraordinarios cuentos. Un día o dos después de haber regresado a casa procedente del lugar secreto, fue cuando conocí realmente a las ninfas por vez primera.

La niñera me había enseñado a llamarlas y yo había intentado hacerlo; pero no entendí lo que ella quiso decirme, de modo que pensé que eran tonterías. Pero me decidí a intentarlo otra vez; me dirigí al bosque en donde estaba la charca en la que había visto a la gente blanca y lo intenté de nuevo. Vino Alanna, la ninfa oscura, y convirtió la charca de agua en charca de fuego...


Epílogo.

-¡Qué historia más extraña! -dijo Cotgrave, devolviendo el libro verde al solitario Ambrose-. En líneas generales la he entendido, pero hay muchas cosas que se me escapan. Por ejemplo, en la última página, ¿qué quiere decir eso de ninfas?
-Bien, creo que en todo el manuscrito hay referencias a ciertos procesos que se han trasmitido por tradición popular a través de los siglos. Algunos de estos procesos están empezando a entrar dentro de la competencia de la ciencia, que ha llegado a ellos mediante procedimientos totalmente diferentes. Yo he interpretado la referencia a las ninfas como una referencia a uno de estos procesos.
-¿Cree usted que existen semejantes cosas?
-¡Oh!, sí que lo creo, y me parece que puedo proporcionarle pruebas convincentes sobre ese punto. Me temo que no se haya preocupado usted del estudio de la alquimia. Es una pena, porque, en todo caso, su simbolismo es muy hermoso, y además, si estuviera usted al corriente de ciertos libros sobre el tema, podría recordarle frases susceptibles de explicar buena parte del manuscrito que acaba de leer.
-De acuerdo. Pero me gustaría saber si usted cree que existe algún fundamento bajo esas fantasías. ¿No pertenecen todas ellas a la esfera de la poesía? ¿No son un curioso sueño que el hombre se ha consentido a sí mismo?
-Sólo puedo decirle que, sin duda, lo más conveniente para la gran masa de gente es rechazarlas como un sueño. Pero si me pregunta usted lo que de verdad creo, eso es harina de otro costal. No, no diría yo que creo, sino más bien que conozco. Le aseguro que he conocido casos de hombres que han tropezado de forma completamente accidental con algunos de esos procesos, y se han asombrado de sus consecuencias inesperadas. En los casos de que hablo no podía haber ninguna posibilidad de sugestión o de acto subconsciente de ningún tipo. Igual podría suponerse entonces que un estudiante se sugestiona con la existencia de Esquilo cuando empolla mecánicamente las declinaciones griegas.

-Pero ya se habrá usted dado cuenta de la oscuridad del relato -prosiguió Ambrose-. En este caso particular debe haber sido dictada por el instinto, ya que la escritora nunca pensó que su manuscrito caería en otras manos. Pero la experiencia ha sido general, por muchas y excelentes razones. Las medicinas realmente eficaces, que también son, forzosamente, virulentos venenos, se guardan en un armario cerrado; un niño puede encontrar la llave por casualidad y bebérselas hasta morir. Pero en la mayoría de los casos la búsqueda es intencionada, y los frascos contienen preciosos elixires para todo aquel que pacientemente se haya fabricado su propia llave.
-¿No le importaría entrar en detalles?
-No, francamente no. Prefiero que siga usted sin convencerse. Pero ya vio usted cómo ilustra el manuscrito la charla que sostuvimos la semana pasada.
-¿Vive todavía la chica?
-No. Yo fui uno de los que la encontraron. Conocí bien a su padre; era abogado y jamás se preocupó de ella. No pensaba más que en escrituras y arrendamientos, de manera que las noticias que le llegaron le causaron una espantosa sorpresa. Había desaparecido una mañana, supongo que alrededor de un año después de haber escrito lo que usted ha leído. Llamaron a las criadas, y éstas contaron algunas cosas y dieron la única explicación lógica, aunque completamente errónea. Descubrieron el libro verde en algún rincón de su cuarto, y yo la encontré a ella en el lugar que describió con tanto pavor, tumbada en el suelo frente a la imagen.
-¿Había una imagen?
-Sí; estaba oculta por los espinos y la espesa maleza que la rodeaban. Era una comarca salvaje y desierta; pero usted ya la conoce por la descripción de ella, aunque, por supuesto, debe comprender que han sido recargadas las tintas. La imaginación de un niño siempre ve más altas las cumbres y más profundos los abismos de lo que realmente son; y esta chica tenía, desgraciadamente para ella, algo más que imaginación. Podría decirse, tal vez, que su representación mental, que hasta cierto punto consiguió expresar en palabras, era la misma escena que habría podido interpretar un artista imaginativo. No obstante, en cualquier caso se trata de una tierra extraña y desolada.
-¿Estaba muerta?
-Sí. Se había envenenado... a tiempo. No; no se dijo ni una sola palabra en contra suya, como era habitual. ¿Recuerda usted la historia que le conté la otra noche acerca de una dama que vio cómo una ventana aplastaba los dedos de su hija?
-Y ¿qué era esa estatua?
-Bueno, era una escultura romana, de una clase de piedra que no se había ennegrecido con el paso del tiempo, sino que se había puesto blanca y luminosa. Los matorrales habían crecido a su alrededor, ocultándola, y en la Edad Media los partidarios de cierta tradición muy antigua supieron utilizarla en su propio beneficio. De hecho, fue incorporada a la monstruosa mitología del Sabbat. Habrá observado usted que a aquellos a quienes por casualidad les ha sido otorgada la visión de esa blancura resplandeciente, o, mejor dicho, por aparente azar, se les exige taparse los ojos la segunda vez que se aproximen a ella. Es muy significativo.
-¿Todavía esta allí?
-Mandé buscar herramientas y la redujimos a polvo y fragmentos. La persistencia de la tradición jamás me sorprende. Podría citar más de una parroquia inglesa donde todavía perviven, con vigor oculto, aunque constante, tradiciones como las que esta chica oyó en su infancia. No, para mí lo extraño y lo espantoso no son las secuelas sino la historia en sí misma, pues siempre he creído que los prodigios son privilegio del alma.