martes, 16 de octubre de 2018

El maletín. Algernon Blackwood (1869-1951)

Cuando la palabra «inocente» resonó a lo largo de la concurrida sala de justicia aquella oscura tarde decembrina, Arthur Wilbraham, el notable abogado criminalista y líder de los defensores jurídicos, estaba representado por su subalterno; sin embargo, Johnson, su secretario privado, llevó el veredicto a su despacho con la rapidez del rayo.

—Creo que eso era lo que esperábamos —dijo el abogado, sin mostrar emoción—. Y, personalmente, me alegro de que haya terminado el caso.

No había ninguna señal particular de alegría ante el hecho de que la defensa de John Turk, el asesino que alegaba demencia, resultara exitosa, ya que indudablemente consideraba, como todos los que habían seguido el caso, que ningún hombre había merecido tanto la horca como Turk.

—Yo también me alegro —dijo Johnson, quien había asistido a la corte durante diez días, observando el rostro del hombre que había llevado a cabo uno de los asesinatos a sangre fría más brutales de los años recientes.

El abogado miró a su secretario. Eran mucho más que patrón y empleado; debido a relaciones familiares y muchos otros motivos, eran además muy amigos.

—Ahora que lo recuerdo —dijo, con una bondadosa sonrisa—, ¿quieres irte para Navidad? Vas a patinar y a esquiar en los Alpes, ¿no es cierto? Si tuviera tu edad, te acompañaría.

Johnson sonrió. Era un joven de veintiséis años con facciones finas.

—Podré tomar el barco de la mañana —dijo—, pero esa no es la razón por la cual me alegro de que haya terminado el juicio, sino porque no volveré a ver el espantoso rostro de ese hombre. Indudablemente, me persiguió. Esa tez blanca, con el cabello negro cepillado bajo la frente, es algo que nunca olvidaré, y su descripción de la forma en que el cadáver desmembrado fue empacado con cal en ese...

—No pienses en ello, mi querido amigo —interrumpió el abogado, mirándolo con curiosidad a través de sus penetrantes ojos—, no pienses en ello. Esas imágenes suelen regresar cuando uno menos lo desea —se detuvo un momento—. Ahora vete -añadió-, y disfruta de tus vacaciones. Voy a necesitar toda tu energía para mi trabajo parlamentario cuando regreses. Y ten cuidado, no quiero que te rompas el cuello esquiando.

Johnson le dio la mano y se despidió. Ya en la puerta se volteó súbitamente.

—Sabía que olvidaba algo. ¿No le importaría prestarme uno de sus maletines? Es demasiado tarde para comprar una esta noche y mañana saldré antes de que abran las tiendas.

—Por supuesto; en cuanto llegue a casa te la mandaré a tu cuarto con Henry.

—Le prometo cuidarlo —aseguró Johnson con gratitud, encantado al pensar que en treinta horas se estaría acercando al brillante sol de los elevados Alpes en el invierno. El recuerdo de aquel tribunal de criminales era como una pesadilla para él.

Johnson cenó en su club y se dirigió a Bloomsbury, donde ocupaba un piso de una de esas viejas casonas desoladas donde los cuartos son muy amplios y altos. El piso abajo del suyo estaba vacío y sin muebles y debajo de ése había otros inquilinos a quienes no conocía. Era una casa triste, y él ansiaba un cambio con todo el corazón. La noche era más triste aún: el clima era inclemente y había poca gente en la calle. Una lluvia fría de aguanieve barría las calles ante el viento oriental más fuerte que él había sentido. El viento aullaba tristemente entre las enormes casas lúgubres de las grandes plazas. Cuando llegó a su habitación escuchó el viento silbando arriba de aquel mundo de techos negros más allá de sus ventanas. En el corredor se encontró con su casera, que tapaba con su delgada mano una vela para protegerla de la corriente.

—Esto llegó con un mensajero de parte del señor Willbraham —le dijo la mujer señalando a lo que evidentemente era el maletín, y Johnson le dio las gracias.

—Mañana saldré al extranjero durante diez días, señora Monks —le informó—. Dejaré una dirección para las cartas que me lleguen.

—Espero que pase una feliz Navidad, señor —le deseó la mujer, con una voz ronca y jadeante que sugería que había estado bebiendo—, y que tenga mejor clima que éste.

—Yo también así lo espero —contestó el inquilino, temblando de frío.

Al subir, escuchó el aguanieve golpeando contra las ventanas. Puso la cafetera en la lumbre para prepararse una taza de café bien caliente y luego empezó a poner sus cosas en orden para el viaje.

—Y ahora, debo empacar —se dijo a sí mismo, riendo—; para lo mucho que yo empaco.

Le gustaba empacar, ya que al hacerlo recordaba vívidamente las montañas cubiertas de nieve y lograba olvidar las desagradables escenas de los últimos diez días. Además, la empacada en sí no era complicada. Su amigo le había prestado precisamente lo que necesitaba: un maletín de lona, en forma de saco, con agujeros en el cuello para la barra de latón y el candado. Ciertamente, no tenía forma y no era muy bonita, pero su capacidad era ilimitada y no había necesidad de empacar con cuidado.

Metió su impermeable, su sombrero de piel y sus guantes, los patines y las botas de alpinista, los suéteres, las botas de nieve y las orejeras. Luego, encima de todo esto, apiló sus camisas y ropa interior de lana, los calcetines gruesos, pantalones de vestir y pantalones bombachos. En seguida metió el traje de vestir, en caso de que la gente del hotel se vistiera formalmente para cenar. Luego, pensando en la mejor forma de empacar sus camisas blancas, se detuvo un momento para reflexionar.

—Eso es lo peor de estos maletines —pensó vagamente, parado en el centro de la sala, adonde había llegado para buscar un cordón.

Eran más de las diez de la noche. Una fuerte ráfaga de viento movió las ventanas, como para apresurarlo, y Johnson pensó con compasión en los pobres londinenses que pasarían la Navidad bajo un clima tan inclemente, mientras que él se encontraría deslizándose por las nevadas pendientes bajo el sol, y bailando en las noches con muchachas de mejillas sonrosadas. ¡Ah! Entonces recordó que debía llevar sus zapatos de baile y sus calcetines de noche.

Atravesó la sala para llegar al armario en el descanso de la escalera donde guardaba su ropa. En ese momento escuchó a alguien subiendo suavemente la escalera. Se detuvo un momento en el descanso, tratando de escuchar. Pensó que eran los pasos de la señora Monks; seguramente estaba subiendo con el último correo. Pero los pasos cesaron súbitamente; consideró que estaban cuando menos dos pisos abajo, y Johnson llegó a la conclusión de que eran demasiado pesados para ser los de su casera bebedora. Indudablemente, debían ser los pasos de algún inquilino que llegaba tarde y se había equivocado de piso. Olvidando el asunto, Johnson entró a su alcoba y empacó sus zapatos y camisas de vestir de la mejor manera posible.

Para entonces, la bolsa-maletín estaba llena en dos terceras partes y estaba parada sobre su propia base como un saco de harina. Por primera vez, Johnson notó que la bolsa-maletín era vieja y estaba sucia; la lona estaba desgastada y desteñida y era evidente que había sido sometida a un tratamiento bastante rudo. No era una bolsa muy atractiva; ciertamente, no era nueva, ni una bolsa que apreciara su jefe. Johnson pensó en ello de una manera pasajera y prosiguió empacando.

No obstante, en una o dos ocasiones se preguntó quién pudo haber estado caminando abajo, ya que la señora Monks no había subido con cartas y el piso estaba vacío y sin muebles. Además, de vez en cuando estaba casi seguro de haber oído una pisada suave de alguien caminando sobre la madera desnuda, cautelosa, furtivamente, de la manera más silenciosa posible y, además, que poco a poco aquel ruido se acercaba cada vez más.

Por primera vez en su vida, Johnson empezó a asustarse. Luego, para acentuar esta sensación, ocurrió algo extraño: al salir de la alcoba después de empacar sus recalcitrantes camisas blancas, notó que la parte superior del maletín se inclinaba hacia él, con un extraordinario parecido a un rostro humano. La lona se dobló como una nariz y una frente y los anillos de latón para el candado llenaban justamente la posición de los ojos. Una sombra, ¿o era una mancha de viaje?, no podía decirlo con exactitud, pero parecía el cabello.

Esto impresionó a Johnson, ya que se parecía de una manera absurda, intolerante, al rostro de John Turk, el asesino. Repentinamente Johnson soltó una carcajada y se dirigió a la sala, donde la luz era más fuerte.

—Ese horrible caso me tiene loco —pensó—. Estaré feliz con el cambio de escenario y de aire.

Sin embargo, en la sala no le agradó escuchar de nuevo aquella pisada furtiva en la escalera, comprendiendo que cada vez se acercaba más y que, indudablemente, era real. Y, en esta ocasión, se levantó y se asomó para ver quién podía estar deslizándose por la escalera de arriba a una hora tan avanzada. Pero el ruido cesó: no había nadie visible en la escalera. Johnson bajó un piso con bastante aprensión y encendió la luz eléctrica para asegurarse de que no había nadie escondiéndose en los cuartos vacíos del departamento que no estaba ocupado. No había un solo mueble que fuera suficientemente grande para ocultar quizá a un perro.

Luego, Johnson se asomó por la barandilla y llamó a la señora Monks, pero no obtuvo respuesta y su voz resonó en un eco a través de la oscura bóveda de la casa y se perdió en el aullido de la ventisca en la calle. Todos estaban en cama y dormidos, todos menos él y el causante de aquella pisada suave y furtiva.

—Supongo que se trata de mi ridícula imaginación —pensó—. Después de todo, debe haber sido el viento, aunque pareció estar muy cerca y muy real.

Ya para entonces era cerca de la medianoche. Johnson bebió su café y encendió otra pipa, la última antes de acostarse. Es difícil precisar con exactitud en qué punto comienza el miedo, cuándo las causas del temor no son claras. Las impresiones se acumulan en la superficie de la mente, película por película, como el hielo se acumula en la superficie de las aguas quietas, pero a menudo de una forma tan ligera que la conciencia no las reconoce. Luego, se llega a un punto donde las impresiones acumuladas se convierten en una emoción definitiva y la mente comprende que algo ha ocurrido.

Saltando un poco, Johnson de pronto reconoció que estaba nervioso, extrañamente nervioso; asimismo, reconoció que desde hacía un rato las causas de esta sensación se habían estado acumulando lentamente en su mente, pero que apenas había llegado al punto donde estaba obligado a reconocerlas.

Era un curioso y singular malestar el que lo dominaba y no pudo comprenderlo. Sintió como si estuviera haciendo algo a lo que otra persona objetaba con vehemencia; más aún, otra persona que tenía el derecho de objetar. Era una sensación molesta y desagradable, parecida a los persistentes avisos de la conciencia: de hecho, como si estuviera haciendo algo que él sabía era incorrecto. Sin embargo, aunque Johnson examinó su conciencia vigorosa y honestamente, no podía decir, a ciencia cierta, cuál era el secreto de su creciente inquietud y esto lo desconcertaba. Más aún, lo afligía y asustaba.

—Supongo que sólo son mis nervios —dijo Johnson en voz alta con una risita forzada—. El aire de las montañas me curará de todo esto. Ah —añadió, hablando solo aún— eso me recuerda mis anteojos para la nieve.

Johnson estaba parado junto a la puerta de la alcoba durante este breve monólogo, y al pasar rápidamente hacia la sala para tomar los lentes del armario, con el rabillo del ojo vio el vago contorno de una figura parada en la escalera a una corta distancia de la parte superior. Era alguien que estaba en posición agachada, con una mano en la barandilla y el rostro asomándose hacia arriba, hacia el descanso. Y, al mismo tiempo, oyó una pisada: La persona que había estado caminando furtivamente abajo todo este tiempo por fin subió a su piso. ¿Quién podía ser? ¿Y qué querría?

Johnson contuvo la respiración bruscamente y se quedó quieto. Luego, tras unos segundos de titubeo, se armó de valor y se volteó para investigar. Ante su asombro, observó que la escalera estaba vacía; no había nadie. Sintió una serie de escalofríos y los músculos de sus piernas se debilitaron. Durante un lapso de varios minutos, Johnson se asomó con firmeza a las sombras que se congregaban arriba de la escalera donde él había visto la figura; luego, comenzó a caminar aprisa, de hecho, casi corrió hasta llegar a la luz de la sala; sin embargo, apenas había pasado por la puerta cuando escuchó a alguien subiendo por la escalera detrás de él rápidamente y entrando a su alcoba.

Era una pisada fuerte, pero a la vez furtiva, la pisada de alguien que no quería ser visto. Y, en ese preciso momento, el nerviosismo que Johnson había sentido antes excedió sus límites y entró en estado de pánico, de un miedo agudo, irracional. Antes de convertirse en terror, sería necesario cruzar otra frontera y más allá estaba la región del horror puro. La posición de Johnson no era nada envidiable.

—¡Caramba! Entonces sí había alguien en la escalera —murmuró, mientras la piel se le erizaba—. Y, quienquiera que haya sido, ahora entró a mi alcoba.

El delicado rostro pálido de Johnson se tornó absolutamente blanco y, durante algunos minutos, no supo qué pensar ni qué hacer. Comprendió intuitivamente que la demora sólo agravaría el miedo, así que cruzó por el descanso con audacia. Entró en la otra habitación donde habían desaparecido las pisadas apenas unos segundos antes.

—¿Quién está allí? ¿Es usted, señora Monks? —llamó en voz alta, mientras caminaba y oyó la primera mitad de sus palabras resonar en un eco hacia abajo, por la escalera vacía, mientras que la segunda mitad cayó muda contra las cortinas en una habitación que aparentemente no tenía otra figura humana salvo la suya.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Johnson una vez más, con una voz innecesariamente fuerte y apenas firme—. ¿Qué desea aquí?

Las cortinas se movieron un poco y, al verlas, pareció que su corazón dejó de latir un momento; no obstante, Johnson fue hacia allá y corrió las cortinas rápidamente. Una ventana chorreando lluvia fue lo único que contemplaron sus ojos. Continuó buscando, pero todo fue en vano. Los armarios no contenían nada excepto filas de ropa colgando sin movimiento. Debajo de la cama no había señales de que alguien estuviera ocultándose. Johnson se paró en medio de la habitación y, al hacerlo, algo casi lo hizo tropezar.

Giró alarmado y vio el maletín.

—¡Qué raro! —pensó—. ¡No lo dejé allí!

Unos momentos antes, la bolsa había estado a su derecha, entre la cama y el baño; no recordaba haberla movido. Era muy curioso. ¿Qué demonios pasaba? ¿Estaba perdiendo el juicio? Otra terrible ráfaga de aire golpeó las ventanas, lanzando el aguanieve contra el vidrio con la fuerza del disparo de una pequeña pistola. Una súbita imagen del Canal de la Mancha al día siguiente se presentó ante la mente de Johnson y lo volvió a la realidad.

—¡Es evidente que no hay nadie aquí! —exclamó en voz alta.

Y, sin embargo, al momento de pronunciar estas palabras, sabía perfectamente bien que no eran ciertas y que él mismo no las creía. Sintió que alguien se estaba escondiendo cerca de él, observando todos sus movimientos, tratando de alguna manera de impedir que empacara.

—Y dos de mis sentidos —añadió, tratando de guardar las apariencias—, me han hecho malas jugadas absurdas: las pisadas que escuché y la figura que vi fueron enteramente imaginarias.

Johnson regresó a la sala, atizó el fuego y se sentó a pensar. Lo que más lo impresionaba era que la bolsa-maletín ya no estaba donde él la había dejado. Había sido arrastrada más cerca de la puerta. Lo que ocurrió después esa noche, sucedió, por supuesto, a un hombre que ya estaba excitado por el miedo y fue percibido por una mente que, en consecuencia, no tenía el pleno y apropiado control de sus sentidos. Por fuera, Johnson permanecía tranquilo y dueño de sí mismo hasta el final, fingiendo hasta lo último que todo lo que vio tenía una explicación natural, o que fueron simples ilusiones de sus agotados nervios.

Pero en el interior, en el fondo de su corazón, Johnson sabía que alguien había estado escondiéndose en el departamento vacío cuando él entró y que esa persona esperó la oportunidad para llegar furtivamente a la alcoba, y que todo lo que vio y escuchó después, desde el momento en que el maletín se movió hasta, bueno, hasta todo lo demás que esta historia debe relatar, fue causado directamente por la presencia de esa persona invisible.

Y aquí fue precisamente cuando él deseaba controlar su mente y sus ideas; cuando las imágenes vívidas que había recibido día tras día sobre las placas mentales expuestas en la corte de Old Bailey salieron a la luz y se desarrollaron en el cuarto oscuro de su visión interior. Los recuerdos desagradables y obsesionantes suelen cobrar vida de nuevo precisamente cuando menos lo desea la mente, en las silenciosas vigilias de la noche, sobre almohadas sin sueño, durante las solitarias horas pasadas al lado de lechos de enfermos y de moribundos.

Y ahora, de la misma manera, Johnson sólo vio el espantoso rostro de John Turk, el asesino, frunciéndole el ceño desde cada rincón de su campo de visión mental; la piel blanca, los ojos malévolos, el fleco de cabello negro sobre la frente. Todas las imágenes de aquellos diez días en la corte volvieron a su mente, de una manera involuntaria, sumamente vívidas.

—Todo esto sólo es una tontería y mis nervios —exclamó al fin, saltando con súbita energía de la silla—. Terminaré de empacar y me iré a la cama. Estoy inquieto, agotado. ¡Indudablemente, si sigo así, escucharé pisadas y otros ruidos toda la noche!

No obstante, su rostro palideció. Recogió sus anteojos y caminó hasta la alcoba, tarareando una canción popular con una voz demasiado fuerte para ser natural. En el instante en que cruzó el umbral y se paró dentro de la habitación, su corazón se paralizó y sintió que se le erizaron los cabellos. La bolsa-maletín estaba en el suelo, frente a él, un poco más cerca de la puerta que antes.

Por encima de la arrugada parte superior, Johnson vio una cabeza y un rostro hundiéndose lentamente y desapareciendo de la vista como si alguien se estuviera agachando detrás para ocultarse. Al mismo tiempo, un sonido como un largo suspiro se escuchó claramente en el silencio que lo rodeaba, entre las ráfagas de la tormenta que soplaba afuera.

Johnson tenía más valor y determinación de lo que indicaba la indecisión juvenil de su rostro; sin embargo, al principio lo invadió una ola de terror y durante algunos segundos no pudo hacer nada excepto quedarse parado, mirando fijamente. Un violento temblor lo sacudió a lo largo de la espalda y piernas y se dio cuenta de que sentía un impulso absurdo, casi histérico, de gritar. Aquel suspiro parecía encontrarse en sus oídos y el aire aún temblaba con él. Indudablemente, era un suspiro humano.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Johnson por fin, al recuperar su voz.

Sin embargo, aunque su intención era hablar con determinación, el tono que salió fue de un débil murmullo, ya que había perdido parcialmente el control de su lengua y de sus labios.

Johnson dio un paso hacia adelante para ver a su alrededor y encima de la bolsa-maletín. Por supuesto, no había nada, excepto la desteñida alfombra y el abultado maletín. Extendió las manos y abrió la boca del saco donde había caído, habiendo estado lleno en sólo tres cuartas partes, y entonces, por primera vez, vio que en el interior, a unas seis pulgadas de la parte superior, había una mancha ancha de color rojo opaco. Era una vieja mancha de sangre desteñida. Johnson gritó y apartó las manos, como si se las hubiera quemado.

Simultáneamente el maletín dio un débil pero inconfundible salto hacia adelante, hacia la puerta. Johnson se tambaleó hacia atrás, buscando con las manos el apoyo de algo sólido. Como la puerta se encontraba más retirada de lo que había creído, ésta recibió su peso justo a tiempo para impedir que cayera y se cerró con un fuerte golpe. Al mismo tiempo, su brazo izquierdo tocó accidentalmente el interruptor eléctrico y la luz del cuarto se apagó.

Fue un predicamento incómodo y desagradable, y si Johnson no hubiera tenido tanto valor, habría hecho muchas tonterías. Pero se controló y, a tientas, trató de encontrar la perilla de bronce para volver a encender la luz. Pero al cerrarse la puerta, los sacos que se encontraban colgados comenzaron a mecerse y sus dedos se enredaron en las mangas y en las bolsas, de modo que se tardó un poco en encontrar el interruptor. Y en esos momentos de confusión y terror ocurrieron dos cosas que lo pusieron irremediablemente en la región del auténtico horror. Claramente escuchó al maletín arrastrándose pesadamente por el piso, con saltos y jalones; además, frente a su rostro escuchó una vez más el suspiro de un ser humano.

En sus angustiados esfuerzos por encontrar la perilla en la pared, casi se raspó las uñas; sin embargo, aun en aquellos desesperados momentos (así son de rápidas y alertas las impresiones de una mente excitada por una emoción vívida) tuvo tiempo para comprender que tenía miedo del regreso de la luz y que quizá sería mejor permanecer oculto en la misericordiosa protección de la oscuridad. No obstante, sólo fue el impulso de un momento, y antes de poder aprovecharlo, Johnson cedió automáticamente al deseo original y el cuarto se llenó de luz nuevamente. Pero el segundo instinto había sido correcto. Hubiera sido mejor que Johnson permaneciera bajo la protección de la oscuridad.

Allí, cerca de él, agachándose sobre el maletín medio empacado, tan claro como la vida bajo el cruel brillo de la luz eléctrica, se encontraba la figura de John Turk, el asesino. El hombre estaba a un metro de él y el fleco de su cabello negro se enmarcaba claramente contra la palidez de la frente; ahí estaba toda la horrible presencia del canalla, tan vivida como Johnson lo había visto, día tras día en Old Bailey, donde se paraba en el banquillo de los acusados, cínico e insensible, bajo la misma sombra de la horca.

Como un relámpago, Johnson comprendió lo que aquello significaba: el sucio maletín tantas veces usado, la mancha roja en la parte superior, la espantosa condición abultada de los lados. Johnson recordó cómo se había metido el cuerpo de la víctima en una bolsa de lona para enterrarlo; los atroces fragmentos desmembrados metidos por la fuerza con cal en esa misma bolsa, y la bolsa misma exhibida como evidencia, Johnson recordó todo esto con claridad. Suavemente, con cautela, la mano de Johnson buscó a tientas la manija de la puerta, pero antes de que pudiera darle la vuelta, sucedió lo que más temía: John Turk levantó su rostro de demonio y lo miró.

En ese mismo momento se escuchó aquel pesado suspiro, de alguna manera formulado en palabras:

—Es mi maletín. Y yo lo quiero.

Johnson sólo pudo recordar después que abrió la puerta y cayó como un pesado bulto en el piso del descanso de la escalera, mientras intentaba desesperadamente llegar a la sala. Durante largo rato permaneció inconsciente y aún estaba oscuro cuando abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba acostado, tieso y adolorido, sobre el frío piso. Finalmente recordó lo que había acontecido e inmediatamente volvió a desmayarse. Cuando despertó la segunda vez, la aurora invernal comenzaba a asomar por las ventanas, pintando la escalera de un triste y deprimente color gris; logró arrastrarse hasta la sala y cubrirse con un abrigo en un sillón, donde por fin se quedó dormido.

Un fuerte clamor lo despertó. Reconoció la voz de la señora Monks, potente y voluble.

—¿Cómo? ¿Todavía no se acuesta, señor? ¿Está enfermo o le ha sucedido algo? Ha venido a visitarlo con urgencia un caballero, a pesar de que aún no dan las siete de la mañana y...

—¿Quién es? —balbuceó Johnson—. Estoy bien, gracias. Supongo que me quedé dormido en el sillón.

—Es alguien de la oficina del señor Wilbraham y dice que necesita verlo pronto antes de que salga usted de viaje, y yo le dije...

—Por favor, hágalo pasar de inmediato —indicó Johnson, cuya cabeza daba vueltas y su mente estaba llena aún de espantosas visiones.

El mensajero del señor Wilbraham entró con miles de disculpas y explicó breve y rápidamente que se había cometido un absurdo error y que se le había enviado a Johnson un maletín equivocado la noche anterior.

—De alguna manera, Henry obtuvo el maletín que llegó de la corte y el señor Wilbraham sólo lo descubrió cuando vio la de él en su habitación y preguntó por qué no se le había mandado a usted —informó el mensajero.

—¡Ah! —exclamó Johnson estúpidamente.

—Y seguramente le trajo el maletín del caso del asesinato, señor —prosiguió el hombre, sin mostrar expresión alguna en el rostro—. Me temo que le mandaron el maletín donde John Turk metió el cadáver. El señor Wilbraham está muy molesto, y me dijo que viniera temprano esta mañana con el maletín correcto, ya que usted viajaría por barco.

El hombre señaló hacia un maletín limpio que había puesto en el piso.

—Y me dijo que debía regresar el otro —añadió de manera casual.

Durante unos momentos Johnson permaneció mudo hasta que por fin señaló en dirección de su alcoba.

—Tal vez sería usted tan amable de desempacarlo. Por favor, deje las cosas en el piso.

El hombre desapareció en la otra habitación durante unos cinco minutos. Johnson escuchó cómo sacaba las cosas del maletín, y el ruido de los patines y las botas mientras desempacaba.

—Gracias, señor —dijo el hombre, al regresar con el maletín doblado sobre su brazo—. ¿Puedo hacer algo más para ayudarlo?

—¿Como qué? —preguntó Johnson al notar que el hombre deseaba añadir algo más.

El hombre movió los pies y lanzó una mirada misteriosa.

—Perdone, señor, pero como sé que se interesó en el caso de Turk, pensé que le gustaría saber lo que ocurrió...

—Sí.

—John Turk se suicidó anoche, se envenenó inmediatamente después de recibir su sentencia y dejó una nota para el señor Wilbraham diciéndole que le agradecería mucho que lo enterraran de la misma manera en que enterró a la mujer que asesinó, en el maletín.

—Y, ¿a qué hora lo hizo? —preguntó Johnson.

—A las diez de la noche, según informó el carcelero.

El maleficio de las runas. M.R. James (1862-1936)

15 de Abril.

Estimado Señor, le notificamos a través del Consejo de la Asociación de... que le regresamos la copia de un documento de La verdad sobre la alquimia, que usted ha compartido para su lectura, para informarle que el Consejo no ha visto la manera de incluirlo en el programa.

Muchas gracias.



18 de Abril.

Estimado Señor:

Le ofrezco mis disculpas por haberle dicho que mis compromisos no me permitían entrevistarlo sobre el tema del documento. Nuestras leyes no permiten la materia de su discusión con el Comité de nuestro Consejo, como usted sugirió. Por favor, permítame asegurarle que le fue dada la mayor consideración a la copia que usted nos remitió, y que no es declinada sin haber sido referida al juicio de la autoridad máxima. No tengo preguntas personales (es necesario para mí agregarlo) y no puede haber habido la menor influencia en la decisión del Consejo. Créame (ut supra)



20 de Abril.

El secretario de la Asociación... ruega hacerle saber al Sr. Karswell que es imposible para él dar el nombre de cualquier persona o personas a quienes pudo haber sido remitida la copia del documento; así como también darle a conocer el hecho que no siga replicando cartas sobre tal hecho.



—¿Y quién es el Sr. Karswell? —preguntó la esposa del secretario. Ella lo había llamado a su oficina, y había tomado la última de las tres cartas, que el tipista había entregado.

—El Sr. Karswell es un hombre muy desagradable. Pero no se mucho acerca de él, solo que es rico; su dirección es Lufford Abbey, Warwickshire. Aparentemente es un alquimista, y quiere informarnos todo acerca de eso, y lo demás es que no quiero saber nada por las próximas dos semanas. Ahora, si tu estás lista para marcharte, yo lo estoy.

—¿Qué has hecho para que se ponga tan desagradable? —preguntó la Sra.

—Lo usual, querida: él envió una copia de un documento que quería que fuera leído en el siguiente encuentro, y nosotros se lo referimos a Edward Dunning, la única persona que sabe sobre este tema en Inglaterra, y como dijo que no servía, lo rechazamos. Desde entonces Karswell ha estado bombardeándonos con cartas. La última que me mandó, decía que quería el nombre de la persona a la que se le envió esta absurda copia; tu leíste mi respuesta a ello. Pero no digas nada, por el amor de Dios.

—Creo que no, pero, ¿alguna vez hicimos algo así? Espero, sin embargo, que nunca sepa que fue el pobre Sr. Dunning.

—¿Pobre Sr. Dunning? No se porque lo llamas así; él es un hombre muy feliz, muchos hobbies, y una casa confortable, y todo su tiempo para sí mismo.

—Quise decir sería una pena si Karswell lo sabe y comienza a molestarlo.

—¡Oh, si! Entonces él sí será el pobre Sr. Dunning.

El secretario y su esposa fueron a comer. La casa a la que fueron estaba en Warwickshire. Así que la Sra. del Secretario había pensado que podía preguntarles juiciosamente si sabían algo acerca del Sr. Karswell. Pero ella se evitó el problema de encausar la conversación hacia el tema, ya que la anfitriona dijo, luego de algunos minutos:

—Vi al abad de Lufford esta mañana.

La anfitriona silbó.

—¿Lo viste? ¿Y qué lo trae por la ciudad?

—Dios sabe; salía del Museo Británico.

Fue muy natural que la sra. del Secretario preguntara si este era un verdadero abad.

—Oh, no, querida: solamente un vecino nuestro en el campo que compró la abadía de Lufford hace unos años. Su nombre verdadero es Karswell.

—¿Es amigo de ustedes? —preguntó el Secretario, con un guiño a su esposa.

La pregunta despachó un torrente de declamaciones. Realmente no había nada que decir sobre el Sr. Karswell. Nadie lo conocía bien: sus sirvientes eran sin excepción un horrible grupo de personas; él había inventado una nueva religión, y practicaba una extraña clase de ritos que nadie podía describir bien; se ofendía fácilmente, y nunca perdonaba a nadie: tenía una cara desagradable; nunca realizó un acto de bien, y cualquier influencia que él ejercía era malévola.

—Hazle un poco de justicia al pobre, querida —interrumpió el marido—. Tú olvidas las obras que hace por los chicos escolares.

—¿Olvidarlas? Hiciste bien en nombrarlas, ya que nos dará una idea de la clase de hombre que es. Ahora, Florence, escucha esto. El primer invierno que estuve en Lufford, nuestro delicado vecino escribió al clérigo de la parroquia, y le ofreció dar una exhibición de magia para los chicos de la escuela. Dijo que tenía algunos trucos que podrían entretenerlos. Bien, el clérigo estaba más que sorprendido, ya que el Sr. Karswell habíase mostrado nada complaciente con los niños, quejándose siempre por las travesuras en sus terrenos o de alguna otra cosa, pero por supuesto él aceptó, y se arregló el evento para la tarde, y nuestro amigo vino personalmente para ver que todo estuviera bien. Él dijo que nunca se había mostrado tan agradecido por algo. Todos los niños asistieron a la casa, fue una fiesta infantil.

»Pero este Sr. Karswell había preparado todo con la evidente intención de asustar a estos pobres escolares, y como creo, si se lo hubieran permitido, él lo hubiera hecho. Comenzó con algunas cosas suaves. Caperucita Roja fue una, y según dijo después el Sr. Farrer, el lobo fue tan horroroso que varios de los niños pequeños se escaparon de allí. Él dijo que el Sr. Karswell comenzó a contar la historia produciendo un ruido como el aullido del lobo a la distancia, lo que fue la cosa más escalofriante que jamás había escuchado. Todas las transparencias fueron mostradas y, según el Sr. Farrer, fueron todas muy claras y absolutamente realistas, y donde las había obtenido o como las había producido, él no se podía imaginar. Bien, el show continuó, y las historias empezaron a ser cada vez más aterrorizantes, y los chicos estaban como hipnotizados en completo silencio. A lo último presentó una serie de imágenes que representaba a un niño paseando a través de su propio parque, es decir Lufford, por la tarde. Cada niño en el salón pudo reconocer el lugar de las fotografías. Y este pobre niño era seguido, y luego perseguido y capturado, y hasta desmembrado por una extraña criatura blanca, que se veía primero desde acechando por los árboles, y gradualmente va apareciendo más y más clara. El Sr. Farrer dijo que fue una de las peores pesadillas que jamás pueda recordar, y de lo que pudo haber significado para los niños, no tenía idea. Por supuesto esto había ido demasiado lejos, y él le dijo muy claramente al Sr. Karswell que no continuara. Y él dijo:

»—¡Oh! ¿Usted piensa que es tiempo de terminar nuestro pequeño festival, y enviar a todos a casa, a sus camas? ¡Muy bien!

»Y entonces cambió a otra imagen que mostraba una gran masa de serpientes, cienpiés, y otras desagradables criaturas con alas, y algo parecía que estuviera trepando y saliendo de la fotografía, como para lanzarse sobre la audiencia; y esto fue acompañado de una especie de crepitante sonido seco, que transtornó tanto a los niños, que todos salieron corriendo en estampida. Incluso algunos se lastimaron al chocar contra los muebles, y supongo que ninguno habrá podido cerrar los ojos aquella noche. Ese fue el más grave escándalo en el pueblo. Por supuesto las madres le echaron buena parte de la culpa al pobre Sr. Farrer, pero, si ellas hubieran visto el show, creo que hubieran ido a destrozar cada ventana de la Abadía. Bien, este es el Sr. Karswell, esta es su Abadía de Lufford, querida, y tu te podrás imaginar que pensamos de su sociedad.

—Si, pienso tiene todas las características de un criminal.

—Es este el hombre, ¿o estoy mezclando con algún otro? —preguntó el Secretario, quien durante algunos minutos había estado con el ceño fruncido como si estuviera buscando algo— ¿Es este el hombre que escribió esa Historia de la brujería hace mucho tiempo, algo así de diez años atrás?

—Es el mismo; ¿recuerdas los comentarios sobre él?

—Ciertamente; y conocí al autor del más incisivo de los libros. Tu deberías recordar a John Harrington.

—Oh, muy bien, a pesar que no recuerdo haber visto o escuchado nada de él entre el tiempo desde que me fui hasta que leí el relato de su caso.

—¿Caso? —dijo una de las damas— ¿Qué pasó con él?

—Lo que le pasó fue que se cayó de un árbol y se partió el cuello. Pero el enigma fue ¿que lo pudo haber inducido a subirse allí?. Fue un asunto misterioso. Ahí estaba este hombre, un tipo atlético caminando hacia su casa a través de una calle; era tarde por la noche, no había vagabundos por ahí. Súbitamente comienza a correr como un loco, pierde su sombrero y bastón, y finalmente se trepa a un árbol, dificil de subir, por cierto, que estaba cerca de un cerco, se agarra de una rama seca, y el se va para abajo, rompiéndose el cuello, y es encontrado a la mañana siguiente con el rostro desencajado de terror, con la mueca más escalofriante que te puedas imaginar. Fue evidente, por supuesto, que él corrió por algo, y la gente habló de perros salvajes, y de bestias que se escaparon de algún zoológico, pero no había nada en concreto. Esto fue en el '89, y creo que su hermano Henry (a quien lo recuerdo en Cambridge) estuvo tratando de encontrar una explicación desde entonces. Él, por supuesto, insistió en que hubo algo raro, pero no lo sé. Es dificil de ver como pudo haber pasado algo así.

Luego de un tiempo la charla se revirtió sobre la Historia de la brujería.

—¿Leyó alguna vez ese libro? —dijo la anfitriona.

—Si, lo hice —dijo el Secretario—, tanto como pude leer.

—¿Es tan malo como parece?

—Oh, en mi opinión al respecto, poco interesante. Merece toda la fama que tiene. Pero, más allá de esto, era un libro diabólico. El autor cree cada palabra de lo que ha escrito, y si no estoy muy equivocado, él ha intentado de llevar a cabo la mayor parte de sus recetas.

—Bien, yo solo recuerdo la opinión de Harrington, y debo decir que si yo hubiera sido el autor me hubiera servido para terminar definitivamente con mis ambiciones literarias.

—No tuvo tal efecto en el presente caso. Pero, venga, son las tres y media. Tenemos que irnos.

En el camino a casa la esposa del Secretario dijo:

—Espero que ese horrible hombre no se entere que el Sr. Dunning tuvo algo que ver con el rechazo de su documento.

—No se si haya riesgo de tanto —dijo el Secretario—. Dunning no se menciona, es algo confidencial, y nadie de nosotros lo hace por la misma razón. Karswell no sabe su nombre, Dunning no ha publicado nada sobre el mismo tema aún. El único peligro es que Karswell pueda haber ido al Museo Británico preguntando si había alguien que tuviera por costumbre consultar manuscritos de alquimia. Ahí no puedo decirte con seguridad si el nombre de Dunning no se mencionará. Espero que no ocurra.

A pesar de todo, el Sr. Karswell era un tipo muy astuto.

Esto fue a manera de prólogo. Una tarde, bien tarde, durante la misma semana, el Sr. Edward Dunning estaba regresando del Museo Británico, donde había estado trabajando e investigando, a la confortable casa del suburbio en la que vivía solo, atendido por dos excelentes mujeres que venían trabajando desde hacía tiempo con él. No hay nada más para agregar a manera de descripción de él que ya no hayamos oído. Sigámoslo en su sobrio camino a casa.

Un tren lo recogió a una milla o dos de su hogar, y luego hacía combinación con un tranvía eléctrico. La línea terminaba en un punto a trecientas yardas de la puerta de su casa. Ya estaba cansado de leer cuando entró en el tranvía. La luz era escasa y solamente le alcanzaba para observar las publicidades sobre los vidrios frente a donde estaba sentado. Como era usual, las publicidades de esta línea eran objeto de sus frecuentes contemplaciones, y, con la posible excepción del brillante y convincente diálogo entre el Sr. Lamplough y un eminente Asesor Legal de la Corona sobre las sales piréticas, ninguna le proveía de mayor campo de acción a su imaginación. Estoy equivocado, había uno en una de las esquinas del tranvía que no le era familiar. Estaba escrito en letras azules sobre fondo amarillo, y todo lo que se podía leer era un nombre, John Harrington, y algo así como una fecha. Podría no ser de ningún interés para él, pero a todo esto, el vagón estaba vacío, él solamente tenía curiosidad de acercarse a algún lugar en donde pudiera leerlo bien. Sintió una ligera pero imperiosa curiosidad por este problema; la publicidad no era del tipo usual. Rezaba:


En memoria de John Harrington, FSA, de The Laurels, Ashbrooke. Muerto el 18 de Septiembre de 1889. Tres meses fueron permitidos.


El vehículo paró, el Sr. Dunning, aún contemplando las letras azules sobre el fondo amarillo, le dirigió algunas palabras al guarda.

—Le pido perdón —dijo—, estaba leyendo este aviso, es un poco peculiar, ¿no?

El conductor lo leyó lentamente.

—Bien —dijo—, nunca antes lo había visto. Creo que es una broma, ¿no? Alguien que dejó aquí sus bromas, creería.

Sacó un trapo y, luego de remojarlo con saliva, lo aplicó sobre el vidrio, tanto desde dentro como desde fuera.

—No —dijo—, parece como si estuviese en el vidrio, digo, en la sustancia. ¿No lo cree usted, señor?

El señor Dunning lo examinó y restregó con su guante, concordando con el guarda.

—¿Quién vigila estos anuncios, o les da permiso? Deseo que usted pregunte. Voy a tomar nota de las palabras.

En este momento el guarda tuvo un llamado del chofer:

—¡Adelante, George, estamos atrasados!

—¡Está bien, está bien! Es que hay algo raro en este vidrio. Ven y echa un vistazo.

—¿Qué tiene el vidrio? —preguntó el chofer, arrimándose.

—Bien, ¿y quién e' Arrington?

—Solo estaba preguntando quien sería el responsable de poner este tipo de avisos en su coche, y que sería conveniente hacerle algún pleito —dijo Dunning.

—Bien, señor, eso se hace en la orficina de la Compañía, creo que es del Sr. Timms, creo. Esta noche le avisaremo' y tal vez podamo' darle una respuesta mañana, si uste' viene con este carro.

Esto fue todo lo que pasó aquella noche. El Sr. Dunning se pusó a averiguar sobre Ashbrooke, y supo que podría estar en Warwickshire.

Al siguiente día, cuando partía por la mañana, el tranvía (el mismo de la noche anterior) estaba lleno como para permitir que pudiera dirigirle la palabra al guarda. Únicamente pudo notar que el curioso aviso había sido removido. Al final del día apareció un nuevo elemento misterioso: perdió el tranvía o bien, se propuso caminar hacia su casa. Una hora después, la criada le anunció la visita de dos empleados de la compañía de tranvías que estaban muy ansiosos de hablar con él. Le dijo que era sobre el aviso, que casi había olvidado. Eran el guarda y el chofer del coche, y cuando hubo recordado el asunto del aviso, preguntó que tenían que decir acerca del tema.

—Bien, señor, nos tomamos la libertad de investigar —dijo el conductor—. El Sr. Timms dio a William aquí los detalles sobre el aviso. Según él, no hubo avisos con esa descripción y no hay registros de que quien lo haya enviado. Bien, le dije, si este es el caso, todo lo que le pido, Sr. Timms, es que averigüe por su cuenta, y cuando quiera nos llama. Seguro, dijo, lo haré: y nos fuimos. Ahora, le dejo, señor, la inquietud de si este anuncio, con letras azules sobre fondo amarillo, estaba tan claramente adherido al cristal, ya que usted debe recordarme fregándolo con el trapo.

—Si, absolutamente, ¿bien?

—Usted dirá, no lo se. El Sr. Timms entró en el carro con una lámpara, no, él le dio la lámpara a William. Bien, dijo, ¿dónde está su precioso anuncio, del que hemos escuchado tanto? y le dije: Aquí, aquí está, Sr. Timms, y le señalé con mi mano —el conductor hizo una pausa.

—Bien —dijo el Sr. Dunning—, se había ido, supongo. ¿Se rompió?

—¿Roto? No. Nada de eso. Este aviso, créame, ya no estaba. No había más trazas de ninguna letra azul en aquella parte del cristal, más... bien, no es bueno para mí que siga hablando. Nunca había visto una cosa así antes. Lo dejo a William aquí.

—Y ¿Qué tiene que decir el Sr. Timms?

—Nos llamó de cualquier manera, y no se, pero no lo culpo. Lo que recordamos William y yo es que usted también había tomado nota de aquellas letras. No tendriamos que robar su tiempo de esta manera, señor; pero si usted tuviera algún tiempo para darse una vuelta por la oficina de la Compañía, en la mañana, y decirle al Sr. Timms lo que vio, quedaríamos muy agradecidos . Usted sabrá, que nos han llamado... bien, una cosa y otra. Ellos creen que vemos cosas, una cosa lleva a la otra, y... usted comprenderá lo que quiero decir.

Luego de las siguientes elucubraciones del propósito, George dejó la estancia.

La incredulidad del Sr. Timms (quien conocía de vista al Sr. Dunning) se modificó con el suceso del siguiente día, por el cuál este último pudo referir y mostrar; y cualquier antecedente que pudiera haber sido agregado a los legajos de William y George no quedó en los libros de la Compañía; pero tampoco se dieron explicaciones.

El interés del Sr. Dunning en la materia siguió latente debido a un incidente que ocurrió durante la tarde siguiente. Él estaba caminando desde su club hasta el tren, y se dio cuenta de que un hombre con un puñados de folletos como los que eran distribuidos como publicidad por las empresas. Este distribuidor no había elegido una calle muy populosa para su operación. De hecho, el Sr. Dunning no notó que haya otorgado ningún panfleto hasta que él mismo pasó a su lado. Al pasar cerca hubo un roce y la mano de este individuo lo tocó, sintiéndose áspera y caliente de manera no natural. Esta impresión no fue muy clara. Caminaba rápidamente, y cuando miró en el papel, pudo distinguir una tinta azul. El nombre de Harrington en letras capitales cautivó su vista. Se paró, sobresaltado y se palpó en busca de los anteojos. Al siguiente instante el panfleto fue arrebatado de su mano por un hombre que pasó apresuradamente y se escapó de manera irreparable. Dio algunos pasos, pero ¿dónde estaba el hombre? y ¿dónde estaba el distribuidor?

Fue en estado de ánimo reflexivo que el Sr. Dunning pasó el siguiente día al Salón de Manuscritos Selectos del Museo Británico, y llenó las fichas de solicitud para Harley 3586 y algunos otros volúmenes. Luego de un par de minutos de espera le fue traído su pedido. Se sentó en una de las mesas y al darse vuelta precipitadamente, chocó sin querer su pequeño portafolio, el cual cayó al piso. No vio a nadie que pudiera reconocer excepto uno de los empleados del salón, quien le ayudó a recoger los papeles. Pensó que los tenía todos y estaba por volver al trabajo cuando un fornido caballero de la mesa que estaba detrás de él, que estaba justo por irse y había recolectado sus cosas, le tocó en el hombro diciendo:

—¿Puedo darle esto? Creo que es suyo —y le dio unas hojas de papel.

—Es mío, gracias —dijo el Sr. Dunning.

Al siguiente momento el hombre había abandonado el salón. Antes de finalizar su trabajo en el Salón, el Sr. Dunning tuvo alguna conversación con el asistente, y tuvo ocasión de preguntarle quien era el gentil caballero.

—Oh, es un hombre llamado Karswell —dijo el asistente—, estuvo aquí hace una semana preguntando sobre quienes eran las grandes autoridades en alquimia, y por supuesto le respondí que usted era el único en el país. Veré si puedo alcanzarlo, él estaba interesado en conocerlo, estoy seguro.

—Por amor de Dios, ni lo sueñes —dijo el Sr. Dunning—. Estoy particularmente deseoso por evitarlo.

—¡Oh! Muy bien —dijo el asistente—, él no viene aquí seguido.

Más que otras veces, en el camino a casa, el Sr. Dunning dióse cuenta que no miraba el solitario atardecer con su usual jocundidad. Le parecía que algo impalpable y indefinido estaba entre él y todos los demás. Intentó sentarse cerca de otra gente en el tren y el tranvía, pero su suerte fue tal que en ambos viajaba muy poca gente. El guarda George estaba pensativo y parecía estar calculando el número de los pasajeros. Casi llegando a su hogar, encontró al Dr. Watson, su médico de cabecera.

—Tengo que alterar tu tranquilidad, Dunning. Tus domésticas, ambas, han sido conducidas a la enfermería.

—¡Cielos! ¿Qué pasó?

—Es algo como ptomanía venenosa, creería. Pero como veo, tu no la has padecido, o no estarías caminando solo.

—¿Tienes alguna idea de qué lo provocó?

—Ellas me dijeron que compraron algunas ostras a un buhonero durante su hora de comida. Es lamentable. He hecho algunos relevamientos, pero no puedo encontrar a ningún buhonero que haya estado en otras casas en la misma calle. Ven y cena conmigo esta noche, y mañana haremos arreglos hasta que vuelvan tus empleados.

Una tarde solitaria fue de esta manera evitada; a la expensa de algunos desastres e inconvenientes, es verdad. El Sr. Dunning pasó el tiempo con el doctor, y regresó a eso de las 11:30. La noche no fue de esas que uno recuerda con satisfacción. Estaba en la cama, con las luces apagadas. Se estaba preguntando si la señora de la limpieza vendría temprano por la mañana para traerle el agua caliente, cuando escuchó inconfundible la puerta de su estudio abrirse. No había escuchado pasos en el pasillo, pero el sonido había sido claro, y él estaba seguro de haber cerrado la puerta. Fue más vergüenza que coraje lo que lo indujo a deslizarse al pasillo y reclinarse sobre la balaustrada de la escalera en su bata de noche, atento a lo que pudiera escuchar. Ninguna luz era visible; ningún sonido era audible: solamente una bocanada de aire caliente, que trepó por un instante a través de su espina. Volvió a su dormitorio y decidió trabar la puerta. Pero hubo más cosas desagradables. Quizás la Compañía había decidido que la luz no era necesaria en las horas de la madrugada, y habían detenido su suministro, o quizás algo se había descompuesto, el resultado fue que, de cualquier modo, la luz se había ido. Encontró un reloj y consultó cuantas horas de malestar le restaban. Así que puso su mano en el bien conocido recodo bajo la almohada. Lo que tocó fue, según su explicación, una boca, con dentadura, y con cabello alrededor de ella, y, según declaró, no era la boca de un ser humano. No creo que tengamos que conjeturar lo que dijo o hizo; pero él estaba dentro de una habitación con la puerta cerrada y sus sentidos estaban bien alertas. El resto de la noche, miserable noche, lo pasó mirando a cada momento hacia la puerta. Pero nada pasó.

A la mañana, los sonidos escalofriantes continuaron. La puerta seguía abierta, afortunadamente, y las persianas abiertas (las sirvientas habían sido llevadas al sanatorio antes de la hora de bajarlas); no había, para ser breves, rastros de ningún intruso. El reloj, también, estaba en su lugar habitual; nada estaba alterado, solamente la puerta del armario que se había abierto, lo cual era muy usual. Un ring en la puerta de servicio, estaba anunciando a la señora de la limpieza, que había sido llamada la noche anterior, y el nervioso Sr. Dunning, luego de pagarle, continuó su búsqueda en otras partes de la casa. Pero fue igualmente infructuosa.

El día comenzó de manera deprimente. No se atrevió a ir nuevamente al Museo: mortificado por lo que el asistente había dicho, Karswell podía volver, y Dunning sintió que no podría enfrentar a un extraño posiblemente hostil. Su propia casa era odiosa; él odiaba ir al doctor. Pasó algún tiempo llamando al sanatorio, donde estaban su ama de llaves y sirvienta. Cerca de la hora del almuerzo, fue a su club, para volver a experimentar una intensa satisfacción al ver al Secretario de la Asociación. En el almuerzo Dunning reveló a sus amigos el más concreto de sus temores, pero trató de no dejarse llevar y hablar de aquellos que más pesaban sobre su espíritu.

—¡Mi pobre hombre —dijo el Secretario—; qué perturbado se lo ve!. Mire, estamos solos en casa, absolutamente. Usted debe quedarse con nosotros. ¡Si! No hay excusa, envíe por sus cosas en la tarde.

Dunning fue incapaz de negarse. Él, en verdad, se ponía ansioso a medida que las horas pasaban, pensando en que le depararía la noche. Estaba casi feliz mientras se apuraba en ir a empacar. Sus amigos se sorprendieron de su apariencia, e hicieron el mejor esfuerzo para que no le baje el ánimo. Más tarde, cuando quedaron solos fumando, Dunning dijo súbitamente:

—Gayton, creo que ese alquimista sabe que fui yo quien rechazó su documento.

—¿Qué le hace pensarlo?

Dunning le relató su conversación con el asistente del museo, y Gayton solo pudo concordar con su invitado, que podría estar en lo correcto.

—No me interesa demasiado —prosiguió Dunning—, debe ser fastidioso conocerlo. Pero me imagino que es de mala entraña.

La conversación recayó de nuevo; Gayton se impresionó más y más con la desolación que atacó el rostro de Dunning y finalmente, con considerable esfuerzo, le preguntó directamente si no había algo serio que lo estaba molestando. Dunning pegó una exclamación de asombro.

—Trato de tenerlo fuera de mi mente —dijo—, ¿sabes algo acerca de un hombre llamado John Harrington?

Gayton quedó atónito, y en el momento solo pudo preguntar por qué.

Entonces Dunning contó su experiencia en el tranvía, y en su propia casa, y en la calle, el problema de la sombra que lo acechaba; y al final terminó con la pregunta que desencadenó todo. Gayton no sabía como responderle. Narrarle la historia de Harrington hubiera sido lo correcto, solo que Dunning estaba muy nervioso, y la historia por cierto era bastante macabra. Y él no podría dejar de preguntarse si no habría una conexión entre ambos casos a través de la persona de Karswell. Era una concesión difícil para un hombre de ciencia, pero podría haber sido facilitada por la frase sugestión hipnótica. Finalmente decidió que debería omitir la respuesta esa noche; él podría más tarde hablar de la situación con su esposa. Así que le dijo que había conocido a Harrington en Cambridge, y que creía que había muerto de manera súbita en 1889, añadiendo un par de detalles sobre la persona y su vida pública. Había hablado de esto con la Sra. Gayton, y ella llegó a la conclusión que podía haber estado revoloteando detrás suyo. Fue ella quien le recordó acerca de su hermano, Henry Harrington, y también sugirió que él podía tener más datos de sus anfitriones del día anterior.

—Debe ser un irrecuperable —objetó Gayton.

—Eso podría ser asegurado por los Bennetts, quienes lo conocen —replicó la Sra. Gayton, y ella marchó a ver a los Bennetts al día siguiente.

No es necesario agregar ni entrar en mayores detalles acerca de los pasos que se siguieron para que Henry Harrington se encontrara con Dunning.

La siguiente escena, que tampoco requiere ser narrada, es una conversación que tomó lugar entre los dos. Dunning le contó a Harrington sobre la extraña forma en que el nombre del muerto le había seguido, y también le relató algunas de sus propias experiencias. Al final le preguntó si estaba dispuesto a recordar cualquiera de las circunstancias conectadas con la muerte de su hermano. La sorpresa de Harrington por lo que escuchó puede ser imaginada: pero replicó rápidamente.

—De vez en cuando —dijo—, John estuvo muy extraño, durante sus últimas semanas. Hubo varios detalles; el principal fue que sospechaba que lo seguían. Él era, sin ninguna duda, un hombre impresionable, pero nunca había tenido tales manías. No puedo sacarme de la cabeza que aquello fue resultado de un trabajo, y lo que usted me dice sobre su caso me recuerda mucho a lo de mi hermano. ¿Puede decirme si hay alguna relación entre ambos?

—Hay una, que ha estado tomando forma vagamente en mi mente. He sabido que su hermano había reseñado muy severamente un libro, no mucho tiempo antes de su muerte, y hace poco se ha cruzado en mi camino el hombre que escribió ese libro y que me guarda cierto rencor.

—No me diga que el nombre de esta persona es Karswell.

—¿Por qué no? Ese es exactamente su nombre.

Henry Harrington se reclinó.

—Le voy a explicar. Por algo que él dijo, me quedó la seguridad de que mi hermano John estaba comenzando a creer, muy contra su voluntad, que este Karswell estaba en el fondo del problema. Mi hermano era un gran aficionado a la música y acostumbraba asistir a los conciertos de la ciudad. Tres meses antes de su fallecimiento, volvió de uno de estos y me dio su programa para echarle un vistazo. Él siempre los guardaba: casi lo pierdo, dijo, supongo que se me habrá caído, de cualquier manera, lo estaba buscando bajo mi asiento, y en mis bolsillos y, en eso, la persona que se sentaba atrás mío me dio el suyo; dijo si podía darme su propio programa, ya que él no le daría ninguna utilización. No se quien era, un hombre fornido, bien afeitado. Me hubiera lamentado tanto por perderlo; por supuesto podía haber comprado uno, pero este no me costó nada.

»En otra ocasión me contó que había pasado una noche muy incómoda, tanto en el camino como en el hotel en el que se hospedaba. Puse todas estas piezas juntas luego, pensando en ello. Tiempo después él estaba ordenando todos sus programas, clasificándolos y encuadernándolos. Y cuando revisó este en particular, encontró el principio de una tira de papel que unas extrañas letras escritas, en rojo y negro, y cuando me las mostró me parecieron letras rúnicas. "Esto" dijo, "debe pertenecer a mi vecino robusto. Creo que vale la pena devolvérselo; puede ser la copia de algo, evidentemente algo valioso para él. ¿Cómo haré para encontrar su dirección?"

»Luego concluímos que lo mejor sería que lo busque en el próximo concierto. El papel estaba puesto sobre el libro; y ambos estábamos cerca de la chimenea; hacía frío, y era una noche ventosa. Supongo que la puerta se abrió, ni me di cuenta; lo cierto fue que entró una ráfaga de aire, una corriente de aire caliente era, y se llevó el papel, que fue a parar derecho al fuego: era un papel tan liviano y débil, que se inflamó de inmediato y se convirtió de inmediato en cenizas. "Bien" dije "ya no puedes devolverle nada." No dijo nada por un minuto, luego más bien enfadado: "No, no puedo, pero no se porque me lo tienes que decir así." Le remarqué que no diría nada más. "No más que cuatro veces" fue todo lo que dijo. Recuerdo esto muy claramente, sin ninguna razón o motivo; y ahora vamos al punto: no se si usted vio o no el libro de Karswell que mi infortunado hermano revisó. Yo lo hice, tanto antes como después de la muerte de él. La primera vez fue muy divertida y lo hojeamos juntos. Carece de un estilo, verbos infinitivos, y una redacción que haría que alguien de Oxford se tire de una montaña. No había nada que el autor no hubiera tragado, mezclando mitos clásicos e historias de la Leyenda Dorada con reportes de costumbres salvajes de hoy en día, todo muy correcto, sin duda, pero si uno sabe como ensamblarlas; y él no tenía la más pálida idea: parecía como poner la Leyenda Dorada y la Rama Dorada exactamente a la par, y creer en ambas.

»En definitiva, una demostración patética. Bien, luego de la tragedia, volví a hojear el libro. No estaba mejor que antes, pero la impresión que esta vez me provocó fue diferente. Sospeché, como le dije, que este Karswell había llevado a cabo algún tipo de "trabajo" sobre mi hermano, como en venganza por lo que había pasado con el libro. Y ahora me daba esa siniestra impresión. Un capítulo en particular me sobrecogió, en el que habla sobre los maleficios de las runas sobre la gente, tanto con el propósito de ganar un querer o llevarlos a la perdición, quizás más especialmente lo último. El autor habla de todo esto como si realmente denotara conocimiento palpable. No voy a entrar en mayores detalles, pero mí conclusión es que estoy seguro que el buen hombre del concierto no era otro que este Karswell: sospecho, y más que eso, que el papel tuvo mucha importancia, y creo que si mi hermano hubiera podido devolvérselo, aún estaría vivo. Así que ahora le pregunto que puede decirme usted sobre su caso.

A manera de respuesta, Dunning le relató el episodio de la Sala de Manuscritos del Museo.

—Entonces él realmente metió mano en sus papeles; ¿los ha examinado últimamente? ¿No? Debemos, si usted me lo permite, mirar todo y muy cuidadosamente.

Fueron a la casa de Dunning, que aún estaba vacía, ya que sus dos sirvientas aún estaban convalescientes. El portafolio de Dunning estaba acumulando polvillo sobre el escritorio. Ahí estaban las hojitas de papel que había utilizado para tomar sus notas: y de una de ellas se deslizó con pasmosa rapidez a través del cuarto, un pedazo de papel sumamente liviano. La ventana estaba abierta, pero Harrington la azotó, justo a tiempo para interceptar el papel, que pudo atrapar.

—Creo —dijo—, que este papel puede ser idéntico al que le dio a mi hermano. Lo examinaremos, Dunning, esto puede ser algo serio para usted.

Un largo exámen tomo lugar. El papel fue inspeccionado y Harrington dijo que los caractéres eran runas, pero no le era posible descifrarlas. Y ambos vacilaron en copiarlas en un papel, por temor, según confesaron, a perpetuar cualquier propósito malévolo que pudierar ocultar. Así que les fue imposible descifrar este curioso mensaje. Ambos, Dunning y Harrington estaban firmemente convencidos que el papel tenía el efecto de traerle a su propietario una muy indeseable compañía. Así que debía ser regresado a su fuente de origen, y la única y más segura manera de hacerlo era a través del contacto personal; y aquí fue necesario una estratagema, para Dunning que había sido visto por Karswell. Él tenía que alterar su aspecto afeitándose la barba. Harrington creyó que aún tendrían tiempo. Él sabía la fecha del concierto en la que la esquela negra había sido dada a su hermano: había sido un 18 de Junio. La muerte acaeció el 18 de Septiembre. Dunning le recordó que habían pasado tres meses de la inscripción en la ventana del carruaje.

—Quizás —añadió, con una sonrisa apesadumbrada—, el mío también puede ser un pagaré a tres meses. Creo que puedo recordarlo a través de mi diario. Si, el 23 de Abril fue el día de lo del Museo; esto nos lleva al 23 de Junio. Ahora, como usted sabe, se hace extremadamente importante para mí saber todo sobre el proceso que sufrió su hermano, si le es posible hablar sobre el tema.

—Por supuesto. Bien, la sensación de ser observado cuando se encontraba solo fue lo más desagradable que manifestó. Luego de un tiempo comencé a dormir en su dormitorio, y el se sintió mejor por ello: aún, hablaba de que tenía grandes pesadillas. ¿Sobre qué? No fue muy claro al hacer hincapié en aquello. Pero se lo puedo decir: dos cosas vinieron para él por correo durante aquellas semanas, ambas con estampillas de Londres, y dirigidas en una manera comercial. Una fue una grabado en madera de Bewick, toscamente recortado de una página: exhibía un camino nocturno y un hombre caminando a través de él, seguido por una horripilante y demoníaca criatura. Bajo esta imagen estaban escritas unas palabras del Antiguo Marino (que supongo el grabado ilustraba) acerca de alguien quien, habiendo una vez mirado a su alrededor caminó, y volvió nada más que su cabeza, porque el sabía que un demonio terrorífico que estaba muy cerca suyo por detrás.

—La otra postal era un calendario, tal y como los que los hombres de negocios algunas veces envían. Mi hermano no prestó atención a estas postales, pero yo las volví a mirar luego de su fallecimiento, y comprendí todo lo que pasó antes del 18 de Septiembre. Usted puede sorprenderse ya que la noche que fue muerto, se encontraba solo, pero el hecho fue que durante los últimos diez días aproximadamente, él sintió aún más esas sensaciones de ser observado o seguido por alguien.

El fin de la conversación fue este. Harrington, que conocía a los vecinos de Karswell, pensó que podría tener vigilados sus movimientos. Y la parte de Dunning sería estar listo en cualquier momento para cruzarse en el camino de Karswell, y tener el papel en un lugar seguro y de rápido acceso.

Ellos partieron. Las siguientes semanas sin duda hubo una severa tensión sobre los nervios de Dunning: las intangibles barreras que parecían encimarse sobre él a partir del día que recibió el papel, gradualmente se convirtieron en una creciente negrura que iba opacando sus vías de escape hacia cualquier cosa que podría ser considerada como un refugio. Nadie quería estar cerca suyo, y él parecía carecer de toda iniciativa. Esperó con inexpresiva ansiedad durante Mayo, Junio y principios de Julio, según el consejo de Harrington. Pero todo este tiempo Karswell permaneció inamovible de Lufford.

Al final, a menos de una semana que la fecha se cumpliera el plazo de sus actividades terrenales, llegó un telegrama: Deja Victoria por tren, Viernes Noche. No lo pierda. Llegaré a la Noche. Harrington.

Él arribó a tiempo, y ambos tramaron su plan. El tren dejaría la estación Victoria a las nueve de la noche y su última parada antes de Dover sería Croydon West. Harrington marcaría a Karswell en Victoria, y buscaría a Dunning en Croydon, llamándole, si fuera necesario, por otro nombre que acordarían de antemano. Dunning se disfrazaría tanto como pueda, y sin ningún equipaje o iniciales, llevaría el papel consigo.

No es necesario describir el suspenso de Dunning durante su espera en la plataforma de Croydon. Su sentido del peligro durante los últimos días había sido agudizado solo por el hecho de que la nube que lo cubría se había difuminado perceptiblemente; pero este alivio era un síntoma ominoso, y, si Karswell le eludía ahora, toda esperanza se habría terminado; y había mucha probabilidad de que así fuera. El rumor del día podía ser solo un truco. Los veinte minutos que pasó en el andén, perseguido por cada porteador llevando sobres fueron los más amargos que nunca había vivido. Al final el tren llegó, y Harrington apareció por una ventana. Era muy importante, por supuesto, que no hubiera ningún tipo de reconocimiento, y Dunning se ubicó al final del corredor del equipaje, y fue gradualmente avanzando hacia el compartimento en donde estaban Harrington y Karswell. También comprobó que el tren estaba bastante vacío.

Karswell estaba alerta, pero no dio señales de reconocerlo. Dunning tomó el asiento no inmediatamente opuesto a él, e intentó, vanamente al principio, luego con gran exigencia de sus facultades, realizar la deseada transferencia. Opuesto a Karswell y al lado de Dunning, estaban depositados una serie de abrigos de Karswell. No sería muy certero introducir el papel en estas prendas. No podría hacerlo inadvertidamente, y Karswell podía dejar el vagón sin las mismas, así que él tendría que darselo en persona. Ese fue el plan que pensó. ¡Si aunque fuera, pudiera hablar con Harrington! Pero eso no podía ser posible. Los minutos pasaban. Más de una vez, Karswell se levantó y fue hacia el corredor. La segunda vez Dunning estaba casi por intentar tirar alguno de los abrigos fuera del asiento, pero él miró a los ojos a Harrington y leyó una señal de alerta. Karswell, desde el corredor, estaba mirando: probablemente para ver si los dos hombres se reconocían entre sí. Regresó, pero estaba evidentemente intranquilo: y, cuando se levantó por tercera vez, la esperanza surgió, con algo que se deslizó del asiento y cayó casi silenciosamente al piso del compartimiento. Karswell se había retirado una vez más, y Dunning tomó aquello que había caído, y vio que la salvación estaba en su mano, en la forma de un talonario de tickets, con varios tickets y una especie de sobre en la tapa. En cuestión de breves segundos el papel del cual estuvimos hablando estaba ya en el sobre del talonario. Para hacer esta operación más segura, Harrington permaneció cerca de la puerta del compartimento y espió con el rabillo del ojo. Se había hecho, y se había hecho en el momento justo, ya que el tren estaba aminorando su marcha para detenerse en Dover.

En un momento más, Karswell reingresó en el compartimiento. En ese momento Dunning se las ingenió, no supo como, para suprimir el temblor de su voz, y le alcanzó el talonario, diciendo:

—¿Le doy esto, señor? creo que es suyo.

Luego de una breve ojeada a los tickets que contenía, Karswell susurró una respuesta.


Luego, en los siguientes momentos, de tensa ansiedad, ya que ellos no sabían que podía pasar si Karswell encontraba el papel, ambos hombres se dieron cuenta de que el vagón pareció oscurecerse y caldearse en torno a ellos; y Karswell estaba oprimido e inquieto; sacó el montón de capas y abrigos de cerca suyo alejándolos lo más posible, como si lo repeliera; y luego se volvió a sentar, mirando a los otros dos hombres angustiosamente. Ellos, ya con una ansiedad enfermiza, se ocuparon de recolectar sus propios bultos, y ambos pensaron que Karswell estaba a punto de decir algo cuando el tren se frenó en Dover.

En el muelle salieron, pero como el tren había estado tan vacío de pasajeros, se vieron forzados a demorarse en la plataforma, hasta que Karswell hubiera pasado frente a ellos con su porteador, camino al bote; cuando se sintieron seguros, intercambiaron un aprentón de manos y una palabra de congratulación. El efecto sobre Dunning fue como para dejarlo casi exánime. Harrington le hizo apoyarse contra la pared, mientras él se acercó a algunas yardas del muelle para ver mejor. El hombre a cargo examinó el ticket de Karswell, y luego bajó al bote. Súbitamente el oficial llamó a Karswell.

—Usted, señor, discúlpeme, pero el otro caballero ¿mostrará su ticket?

—¿Qué diablos quiere decir con el otro caballero? —resonó como un gruñido la voz de Karswell bajo el muelle-

El hombre se dobló y lo miró.

—¿El diablo? Bien, no lo sé.

Harrington lo escuchó hablar a sí mismo y luego en voz alta.

—¡Fue un error, señor; deben ser sus bultos! Le pido perdón —-y luego dijo a un subordinado, cerca de él—. Él lleva un perro consigo, ¿o qué? Es gracioso: hubiera jurado que no estaba solo. Bien, cualquier cosa que haya sido, lo tendremos que ver a bordo. La semana que viene estaremos recibiendo los cliente del verano.

Luego de cinco minutos ya no se veía más que la atenuada luz del bote, y una larga línea de faroles de Dover, el rocío de la noche y la luna.

Mucho más tarde, ambos se sentaron en la habitación del hotel. A pesar de que ya no estaban tan ansiosos como antes, aún sufrían la opresión de una gran duda. ¿Estaban justificados en enviar a un hombre a la muerte, como ellos creían haber hecho? ¿Le tendrían que haber avisado, al menos?

—No —dijo Harrington—, si él es el asesino que pienso, no hemos hecho otra cosa que justicia. Aún, si usted cree que hubiera sido mejor, ¿cómo y dónde le hubiera advertido?

—Solamente sabemos que se ha anotado en Abbéville —dijo Dunning—, si le telegrafío al hotel algo como "examine su talonario, Dunning" me sentiría mucho mejor. Hoy es 21: él aún tiene un día más.

Así que se enviaron algunos telegramas a la oficina del hotel en cuestión.

No quedó claro si alcanzaron su destino, o qué. Todo lo que se supo fue que en la tarde del 23, un viajero inglés mientras estaba paseando frente a la Iglesia de St. Wulfram, en Abbéville, por entonces en obras de refacción, fue golpeado en la cabeza e instantáneamente muerto por una piedra que cayó de uno de los andamios de la torre noroeste, aunque luego se comprobó que no había ningún obrero en el andamio en aquel momento: y los papeles del viajero lo identificaban como el Sr. Karswell.

Únicamente un detalle debe ser añadido. Cuando se vendieron las cosas de Karswell el juego de grabados de madera de Bewick fue adquirido por Harrington. La página con el grabado del viajero y el demonio estaba, tal y como esperaba, mutilada. También, luego de esperar un tiempo prudencial, Harrington repitió a Dunning algo acerca de lo que había podido escuchar sobre las cosas que dijo su hermano en sueños. Pero no dijo mucho, ya que Dunning lo frenó de inmediato.

El manuscrito de un loco. Charles Dickens (1812-1870)

¡Sí! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto!

Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco, cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro, rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada, y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música.

¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente! Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.

Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad, bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.

¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco. Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban.

¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay, era una vida alegre!

Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.

Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la habían casado con un loco.

Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.

Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.

Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió.

Resolví matarla.

Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!

Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas.

Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.

Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido. Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.

Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda. Vinieron, la tomaron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.

Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!

Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.

Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dando vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que me habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasis que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.

Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.

Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras.

Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas, por primera vez.

Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.

Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.

Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.

—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía —le dije—. Mucho.

Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.

—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.

De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él. Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.

—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!

Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.

Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.

De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que atraparan al loco.

Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.

Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y de muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo.

Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. No sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en el mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

El magnetizador. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

—Los sueños son espuma —dijo el anciano barón, tendiendo la mano hacia la borla de la campanilla, para que el viejo Gaspar viniese a alumbrarle hasta su alcoba.

Se había hecho tarde; un penetrante viento de otoño se introducía en el salón de verano, mal resguardado, y María, estrechamente envuelta en su chal y con los ojos semicerrados, no podía resistir más el sueño.

—¡Y, sin embargo —continuó el barón, inclinando el cuerpo hacia adelante en su poltrona, las dos manos apoyadas en las rodillas—, y, sin embargo, recuerdo muy bien los extraordinarios sueños que tenía en mi juventud!

—¡Oh, mi buen padre! —repuso Ottmar—, ¿y qué sueño hay que no sea extraordinario? No obstante, sólo aquellos que nos revelan alguna circunstancia maravillosa, los espíritus precursores de los grandes destinos, según las palabras de Schiller; aquellos que nos trasladan con rápido vuelo a esas sombrías y misteriosas regiones, a las que nuestros débiles ojos se atreven a lanzar tímidas miradas; sólo aquéllos nos causan una impresión profunda, cuya fuerza nadie puede disimular.

—Los sueños son espuma —repitió el barón con voz sorda.

—Ése es un dicho de los materialistas, quienes encuentran muy naturales los fenómenos más maravillosos, a la vez que lo más natural les parece prodigioso e inconcebible. Pero hasta en este caso veo yo una certera alegoría —continuó Ottmar.

—¿Qué ves en ese viejo y vulgar dicho? ¿Acaso algo razonable? —preguntó María, bostezando.

Ottmar, riéndose, contestó con las palabras de Próspero:

—«¡Levanta el velo que cubre tus ojos y escúchame atentamente!». En serio, mi querida María, si no tuvieses tantas ganas de dormir, ya habrías adivinado que se trata de los sueños, uno de los fenómenos más sublimes de la vida humana y que la comparación con la espuma sólo puede entenderse si se refiere a la espuma más noble de todas, como lo es, sin duda, la del burbujeante, brillante e impetuoso champagne que no desdeñas saborear alguna vez, a pesar de ese desdén que, como verdadera señorita, sientes por el jugo de la vid, en general. ¡Mira los millares de burbujas que como perlas se alzan de la copa, para convertirse en espuma al llegar a la superficie! Son espíritus que se desprenden con impaciencia de su cárcel material. Así, del mismo modo, semejante a esta espuma, vive y se mueve el excelso principio espiritual que, libre de los lazos terrestres, despliega alegremente sus alas y se lanza a la búsqueda de los espíritus superiores que se encuentran en ese reino celestial, que nos está prometido, y entonces comprende sin esfuerzo, en su más secreta significación, los acontecimientos más maravillosos. También pudiera ser —prosiguió— que los sueños fueran el resultado de esta espuma, de esta fermentación que brota de nuestros espíritus vitales, libres, alegremente bullentes, cuando el sueño viene a encadenar nuestra vida extensiva y comienza entonces otra vida más intensiva, superior, que no solamente nos hace presagiar las misteriosas relaciones del mundo de los espíritus invisibles, sino reconocer los límites del espacio y del tiempo.

—Me parece estar oyendo hablar a tu amigo Alban —le interrumpió el viejo barón, esforzándose en sustraerse a los recuerdos que le habían dejado pensativo—. Ya sabéis que soy enemigo irreductible de todo esto. Así que, en mi opinión, cuanto acabas de referir está muy bien dicho y ciertas almas sentimentales o sensibles se complacerán en oírlo, pero sólo por el hecho de ser sistemático, es falso. Después de todo lo que has divagado acerca del mundo de los espíritus, creeríase que el sueño debe procurar al hombre un estado de felicidad indecible. Pero todos mis sueños, a los que llamo tales porque la casualidad les ha prestado cierta influencia en mi vida —y llamo casualidad a una especie de coincidencia de circunstancias diversas que se unen en un conjunto de total apariencia—, todos estos sueños, como digo, fueron desagradables e incluso penosos. Tanto que a veces me ponían enfermo, aunque me abstuviese de devanarme los sesos acerca de su significado, ya que entonces no estaba de moda tratar de penetrar y escrutar lo que la Naturaleza nos mantiene secreto.

—Ya sabéis, padre querido —repuso Ottmar—, lo que pienso, con mi amigo, Alban acerca de eso que se llama casualidad, coincidencia de circunstancias, etcétera. Y en cuanto a la moda de las cavilaciones, piense mi buen padre que esta moda se funda en la naturaleza misma del hombre y que es muy antigua. Los adeptos de Sais...

—¡Alto ahí! —dijo el barón—. No nos enfrasquemos en una conversación que hoy precisamente quiero eludir, pues no me siento dispuesto a contrarrestar tu hirviente entusiasmo por todo lo maravilloso. Tampoco puedo negar que hoy mismo, nueve de septiembre, me viene a las mientes un recuerdo de mis años juveniles del que no podré librarme, a menos que os cuente la aventura. Con lo que probaría a Ottmar cómo un sueño o un estado de ensoñación, que se enlazó muy particularmente con la realidad, ejerció en mí una influencia funesta.

—Quizá, padre querido —dijo Ottmar—, nos proporcionaríais, a mí y a mi amigo Alban, un argumento magnífico en apoyo de la actual teoría de la influencia magnética, que procede de las observaciones acerca del sueño y de las ensoñaciones.

—Sólo la palabra magnetismo ya me hace temblar —dijo el barón enojado—, pero cada uno tiene sus ideas, y mejor para vosotros si la Naturaleza soporta que vuestras manos atrevidas alcen el velo que la encubre y no castiga vuestra curiosidad con vuestra ruina.

—¡No disputemos, padre mío —repuso Ottmar—, acerca de cosas que dependen de la más íntima convicción! Pero ¿no podríais referirnos ese recuerdo de vuestra juventud?

El barón se arrellanó en su asiento y comenzó el relato, levantando hacia el cielo sus expresivos ojos, como acostumbraba a hacer cuando se hallaba muy conmovido:

—Ya sabéis que recibí mi educación militar en la Academia de Nobles de Berlín. Entre los maestros que allí había se encontraba un hombre que no podré olvidar en toda mi vida. Hasta hoy, cuando pienso en él, no puedo evitar un estremecimiento de terror y de miedo, por decirlo así. A veces tengo la sensación de que se va a abrir la puerta y va a hacer su entrada fantasmal. Su estatura gigantesca era más notable a causa de la delgadez corporal; no parecía estar hecho sino de músculos y nervios. Debió de haber sido un apuesto mozo en sus años juveniles, pues todavía entonces sus negros ojos lanzaban miradas tan ardientes que apenas se podían resistir. Muy entrado ya en los cincuenta, tenía la fuerza y la destreza de un joven; todos sus movimientos eran rápidos y decididos; en la esgrima, con espada o sable, era superior a los más diestros y domaba el caballo más fogoso, hasta hacerle jadear. En otro tiempo había sido mayor en el Ejército danés y, según decía, se vio obligado a expatriarse por haber matado en duelo a su general. Muchos aseguraban que esto no aconteció en desafío, sino que, por una palabra ofensiva de aquél, el mayor le había atravesado de parte a parte con la espada antes de que pudiera ponerse en guardia. En una palabra, huyó de Dinamarca, y ejercía en la Academia de Nobles, con el grado de mayor, las funciones de instructor superior de fortificaciones.

»Irascible en el más alto grado, era suficiente una sola palabra o una mirada profunda para enfurecerle. Castigaba a los discípulos con sistemática crueldad y, sin embargo, todos le veneraban de una manera incomprensible. Sucedió una vez que el duro castigo que dio a un discípulo, violando todas las costumbres y reglamentos de la disciplina, llamó la atención de los superiores y fue sometido a una investigación sumarial. Pero entonces, el discípulo castigado se acusó a sí mismo y defendió al mayor con tanto ardor que aquél salió libre de todo cargo.
»Algunos días parecía ser otro. Entonces, el acento de su voz grave, que de ordinario era duro, tenía algo indeciblemente sonoro y su mirada fascinaba. Jovial e indulgente, perdonaba todas las pequeñas faltas y, cuando apretaba la mano de aquel de nosotros que mejor había cumplido, era como si le hiciese su esclavo por un poder mágico e irresistible, pues aun cuando en aquel momento le hubiese impuesto en prueba de su obediencia la muerte más dolorosa, la habría sufrido sin decir palabra.

»Pero a estos días de calma seguía, por lo común, una especie de tormenta furiosa, que llevaba a todos a ocultarse y a huir. Poniéndose desde la mañana su colorado uniforme danés, se pasaba incansable todo el día, ya fuese verano o invierno, en el gran jardín contiguo a la Academia de Nobles. Se le oía hablar en danés con una voz espantosa. Gesticulando furiosamente, con la espada desenvainada, parecía como si estuviera combatiendo con un enemigo terrible y lanzándole estocada tras estocada. Finalmente, con un golpe de la mano derecha, derribaba a su antagonista, cuyo cadáver parecía pisotear con juramentos y blasfemias espantosas. Luego huía con una velocidad increíble a través de las avenidas, se encaramaba a los árboles más altos y reía sarcásticamente, de modo que a nosotros, que estábamos en nuestras habitaciones, se nos helaba la sangre de espanto.

»Estos ataques furiosos le duraban veinticuatro horas y se reparó que era al acercarse los equinoccios cuando sufría tales paroxismos. Al día siguiente parecía no acordarse de nada de lo que había pasado; pero era más intratable, más colérico, más violento que nunca, hasta que, poco a poco, volvía a alcanzar el estado de benevolencia.

»No sé de dónde provenían los extraños y maravillosos rumores que se difundieron entre los criados de la Academia y entre la gente de la ciudad. Se decía que el mayor podía conjurar el fuego y sanar enfermedades con la imposición de manos. Que sólo con la mirada curaba. Pero recuerdo que un día despidió a palos a uno que pretendió que le curase por este procedimiento. Recuerdo también cómo un viejo inválido, que me servía, afirmaba abiertamente que la conducta del señor mayor era sobrenatural y contaba que muchos años antes, durante una tempestad en el mar, se le había aparecido el Enemigo Malo, quien le ofreció, no sólo salvarle del peligro, sino también dotarle de una fuerza sobrehumana y de algunas facultades milagrosas, lo cual aceptó, entregándose a él. De ahí procedían los reñidos combates que tenía que sostener con el demonio, el cual se le aparecía en el jardín, ya en forma de perro negro, ya bajo la de otro animal terrible, para anunciar al mayor que, antes o después, había de sucumbir en terrible catástrofe.

»Por muy necios y vanos que me pareciesen estos relatos, no podía evitar un secreto terror al escucharlos, y a pesar del especial aprecio que me demostraba el mayor, al que yo correspondía con sincera adhesión, se mezclaba en el sentimiento que experimentaba hacia este hombre extraordinario un algo indefinible que me obsesionaba y que yo mismo no sabría explicar. Me parecía como si me viese obligado por un poder superior a permanecerle fiel, como si el instante en que me apartase de su sujeción fuese a ser el de mi perdición. Aunque su presencia me causaba una especie de complacencia, experimentaba también siempre cierto miedo, el sentimiento de una opresión irresistible, manteniéndome en tal tensión que me hacía temblar. Si permanecía mucho tiempo junto a él y me demostraba más amistad que de costumbre, cuando me apretaba la mano en señal de despedida, según solía hacerlo, al tiempo que me miraba fijamente contándome alguna historia extraña, yo no podía evitar aquel estado que me dejaba reducido al máximo agotamiento, hasta el punto de que parecía estar a punto de desmayarme.

»Prescindiré de todas las escenas extrañas que viví con mi maestro, quien llegaba hasta a tomar parte en mis juegos infantiles y me ayudaba activamente a construir las fortalezas que edificaba en el jardín, conforme a las más estrechas reglas militares.

»Así pues, vamos al asunto. Fue la noche del 8 al 9 de septiembre del año de 17..., lo recuerdo muy bien, cuando soñé con toda la fuerza de la realidad que el mayor abría suavemente la puerta de mi habitación, se acercaba despacio a mi cama y, fijando en mí la mirada de sus negros y penetrantes ojos, me ponía su mano derecha sobre la frente, lo que, sin embargo, no me impedía verle de pie delante de mí... Suspiré a causa del miedo y del terror que me sobrecogían y él entonces me dijo con voz sorda: "¡Pobre ser humano, reconoce a tu maestro y señor! ¿Por qué te resistes bajo el yugo que inútilmente quieres sacudir? Yo soy tu dios y leo en tu interior. Todo lo que has tenido secreto, todo lo que quieres ocultarme, lo veo claro y patente. Para que no te atrevas a dudar de mí, gusano de la tierra, voy a hacer que tú mismo penetres en el secreto obrador de tus propios pensamientos".

»Al instante vi brillar en su mano un instrumento punzante y sentí cómo lo introducía en el centro de mi cerebro. Proferí tal grito que me desperté bañado en sudor, próximo al desvanecimiento. Al fin logré tranquilizarme, pero un aire sofocante y pesado llenó la habitación y me pareció oír la voz del mayor que me llamaba desde lejos, pronunciando mi nombre varias veces. Atribuí esto a los efectos del espantoso sueño; salté de la cama, abrí la ventana para que el aire fresco entrase en la habitación. Pero cuál sería mi asombro cuando, a la luz de la luna, vi al mayor con su uniforme de gala, tal como se me había aparecido en el sueño, dirigirse por la gran alameda hacia la puerta principal. La abrió y salió cerrándola luego de tal forma que los goznes y cerrojos resonaron con un estrépito tal que retumbó mucho tiempo en el silencio de la noche.

»¿Qué significaba esto? ¿Qué hacía el mayor de noche en pleno campo?, pensé, mientras un miedo y una angustia horribles se apoderaban de mí. Como arrastrado por una fuerza irresistible, me vestí precipitadamente y fui a despertar a nuestro inspector, un buen anciano de sesenta años y la única persona a quien el mayor temía y respetaba hasta en sus más violentos paroxismos. Le conté mi sueño y lo que había sucedido después. El anciano me escuchó con mucha atención y dijo: Yo también he oído cerrar la puerta del jardín, pero pensé que eran imaginaciones mías; de todos modos puede haberle sucedido algo extraño y conviene que vayamos a ver su habitación.

»La campana del establecimiento despertó a los discípulos y a los maestros, y todos con antorchas, como en una procesión solemne, nos dirigimos por el largo corredor hacia el cuarto del mayor. La puerta estaba cerrada y fueron vanos los esfuerzos que se hicieron para abrirla con la llave maestra, lo que nos convenció de que había echado el cerrojo por dentro. El portón principal que daba al jardín, por el que debía de haber pasado, también estaba cerrado con cerrojo, como de costumbre. Finalmente, hubo que derribar la puerta de la alcoba, al ver que todas nuestras llamadas quedaban sin respuesta.

»¡Allí estaba el mayor, con la mirada fija, espantosa, cubierta la boca de espuma, vestido con su rojo uniforme danés y sosteniendo su espada en una mano convulsivamente arqueada! Todos nuestros esfuerzos para volverle a la vida fueron inútiles.


El barón calló. Ottmar intentó decir algo, pero calló también y, con la frente apoyada en su mano, pareció ocupado en ordenar las reflexiones que le inspiraba la historia. María rompió el silencio diciendo:

—¡Ay, padre mío, qué espantoso acontecimiento! Me parece estar viendo al terrible mayor con su uniforme danés y con la vista fija en mí; ya se acabó mi sueño por esta noche.

El pintor Franz Bickert, quien desde hacía quince años vivía en casa del barón en calidad de amigo íntimo de la familia, y que hasta entonces no había tomado parte alguna en la conversación, como sucedía con frecuencia, sino que paseaba con los brazos cruzados a la espalda, haciendo toda clase de muecas ridículas y hasta ensayando de cuando en cuando un brinco grotesco, de repente exclamó:

—¡La baronesa tiene mucha razón! ¿A qué vienen estas espantosas historias llenas de sucesos novelescos antes de irnos a acostar? Esto, al menos, es contrario a mi teoría del dormir y de los sueños, que se basa en la pequeñez de un par de millones de experiencias. Si el señor barón sólo ha tenido hasta ahora sueños desagradables es porque no conocía mi teoría y, por consiguiente, no podía practicarla. Cuando Ottmar habla de influencias magnéticas, de la acción de los planetas y no sé de qué más historias, puede tener razón hasta cierto punto, pero mi teoría proporciona la coraza a prueba de todos los rayos de los astros nocturnos.

—En tal caso tengo gran curiosidad por conocer tu admirable teoría —exclamó Ottmar.

—Deja hablar a Franz —dijo el barón—, sabrá convencernos de lo que quiera si se le antoja.

Sentóse el pintor frente a María y, después de haber tomado un polvo de rapé, con gesto cómico y sonrisa dulce y burlona, comenzó así:

—¡Noble reunión! Los sueños son espuma. Éste es un proverbio alemán muy antiguo, castizo y expresivo; pero Ottmar lo ha interpretado tan bien, tan sutilmente, que, mientras estaba hablando, yo sentía en mi cerebro esas burbujas desprendidas de la materia que venían a unirse con el principio espiritual superior. Sin embargo, ¿no es en nuestro espíritu donde tiene lugar esa fermentación de la cual se desprenden tales partes más sutiles, que no son sino el producto de un mismo principio? A esto que pregunto respondo inmediatamente: la Naturaleza entera, en todas sus manifestaciones, ofrece al espíritu el vasto campo del espacio y del tiempo, en el que se mueve éste con la ilusión de una plena independencia, cuando en realidad sólo es un trabajador atento y sometido a los fines de ella.

»Estamos tan unidos física y psíquicamente con todos los objetos exteriores, con la Naturaleza entera, que sólo el intentar desprendernos constituiría posiblemente la causa de nuestra propia destrucción. La vida que llamamos intensiva está condicionada por la extensiva. Es sólo un reflejo de ésta en la que las figuras y las imágenes nos parecen recogidas como en un espejo cóncavo, bajo otras proporciones y, por consiguiente, bajo formas extrañas y desconocidas, aunque en el fondo no sean más que caricaturas de los originales que existen en la vida real. Yo sostengo decididamente que jamás ningún hombre ha imaginado ni soñado alguna cosa cuyos elementos no se hallen en la Naturaleza, a la cual no nos podemos sustraer.

»Prescindiendo de las impresiones exteriores e inevitables que conmueven nuestra alma y la ponen en un estado de tensión anormal, causándole un repentino susto, un gran pesar, creo que nuestro espíritu puede extraer de las escenas más agradables de la vida esa fermentación de donde, según dice Ottmar, brotan las pequeñas burbujas del sueño. Yo, por mi parte, que al llegar la noche doy pruebas de un humor inagotable, preparo cuidadosamente los sueños nocturnos haciendo pasar por mi cabeza mil locuras, que luego mi imaginación reproduce en mi sueño con los colores más vivos, de manera muy divertida. Lo que prefiero a este propósito son mis representaciones teatrales.

—¿Qué quieres decir con esto? —preguntó el barón.

—Cuando soñamos —continuó Bickert—, nos volvemos, como ya ha señalado un agudo escritor, poetas y autores dramáticos, pues percibimos con precisión los menores detalles de los caracteres y de lo individual. Así pues, al acostarme, yo pienso algunas veces en las numerosas aventuras divertidas de mis viajes, en algunos caracteres cómicos de las gentes con las que he vivido y luego, por la noche, mi fantasía me proporciona el espectáculo más divertido del mundo al mostrarme de nuevo a todas estas personas con sus facciones ridículas y con todas sus tonterías. Tengo la sensación entonces de que, por la tarde, sólo he preparado el cañamazo, el esbozo de la pieza que durante el sueño cobra vida y fuego, conforme al deseo del poeta.

»Yo llevo en mí toda la compañía de Sacchi, que representa los cuentos de Gozzi muy a lo vivo, con todos sus matices, de manera que el público, que en realidad yo también represento, cree que está viendo algo verdadero. Pero como ya os he dicho, al hablar de estos sueños voluntariamente atraídos, prescindo de aquellos que son el resultado de alguna disposición excepcional del espíritu, de aquellos que provienen de circunstancias extrañas o que son consecuencia de una impresión física externa. Me refiero a los sueños que casi todos los hombres han tenido, como por ejemplo el de caer desde una torre, ser decapitado, etcétera, y que están producidos por algún padecimiento físico, ya que el espíritu más indiferente a la vida animal se separa durante el sueño y por causas fantásticas da lugar, a su manera, a la creación de imágenes.

»Recuerdo un sueño en el que asistía yo a una alegre velada donde se bebía ponche. Un oficial bravucón, al que conozco mucho, se burlaba de un estudiante, quien acabó por tirarle un vaso a la cara. La consecuencia fue una riña general. Y yo, que quería establecer la paz, me sentí herido en la mano, de tal modo que un dolor intenso me despertó... y ¿qué es lo que vi al despertar? Mi mano realmente sangraba, pues me había arañado durmiendo con un alfiler que estaba clavado en el cubrecama.

—¡Oh, Franz —dijo el barón—, esta vez no te preparaste un sueño alegre!

—¡Ay! —dijo el pintor con voz quejumbrosa—. ¿Quién puede saber lo que el destino nos prepara para castigarnos? Yo también he tenido realmente sueños horribles que me causaron angustia y sudores y me pusieron fuera de mí.

—Cuéntanoslos —exclamó Ottmar—, aunque tus teorías se vengan abajo.

—Por Dios —gimió María—, ¿no os compadecéis de mí?

—De ningún modo —exclamó Franz—, ya no podemos tener compasión. Yo también he soñado, como otro cualquiera, cosas espantosas. ¿Acaso no he estado invitado a tomar el té en el palacio de la princesa Amaldasongi? ¿No me he puesto la más hermosa casaca galoneada encima de un vestido ricamente bordado? ¿No he hablado el más puro italiano, lingua toscana in boca romana? ¿No me he enamorado de aquella maravillosa mujer como corresponde a un artista? ¿Y no le estuve diciendo las cosas más divinas y poéticas, cuando por casualidad, al bajar la vista, me di cuenta, consternado, de que iba vestido con un traje de corte a la última moda, pero que había olvidado las medias?

Antes de que nadie pudiera objetar algo, Bickert prosiguió entusiasmado:

—¡Dios mío! ¡Cuántas cosas podría contaros de los tormentos infernales de mis sueños! ¿No había vuelto a mis veinte años y bailaba con aquella deliciosa mujer? ¿No me había quedado sin dinero, a fin de dar a mi viejo traje cierta novedad, haciéndolo volver diestramente, y comprarme un par de medias blancas? Y cuando, al fin, llegué ante la puerta del salón, resplandeciente con mil luces y lleno de gente elegantemente vestida, al entregar mi tarjeta un endiablado perro de portero abrió una ranura y me dijo amablemente que hiciera el favor de pasar por allí para entrar al salón. Pero todo esto no son más que tonterías en comparación con el sueño cruel que me ha atormentado y llenado de temor la noche pasada. ¡Ay!..., me había convertido en una hoja de papel vitela y figuraba justamente en el centro de ella como marcmarca de fábrica, y alguno..., un endemoniado poeta bien conocido de todos, pero digamos alguno, armado de una pluma de ganso larguísima y mal cortada, mientras componía versos cojos y diabólicos, pendoleaba sobre mí. Y cuando, otra vez, un demonio anatomista quiso divertirse conmigo desmontándome como una muñeca de movimiento, y haciendo toda clase de pruebas diabólicas, por ejemplo, ver qué efecto produciría uno de mis pies puesto en mitad de la espalda, o mi brazo derecho pegado al extremo de mi pierna izquierda.

El barón y Ottmar interrumpieron al pintor con una estrepitosa carcajada. El ambiente de gravedad ya se había disipado; así que aquél exclamó:

—Decidme, ¿acaso no tengo razón al afirmar que en nuestra pequeña reunión de familia el viejo Franz es un verdadero maître de plaisir? ¡De qué modo tan patético comenzó la discusión de nuestro tema para concluir con una broma de un efecto tan inesperado que hizo estallar nuestra solemne seriedad como con una poderosa explosión! En un abrir y cerrar de ojos nos ha trasladado del mundo de los espíritus a la vida real, alegre y viva.

—Pero no creáis —repuso Bickert— que he referido esto como un payaso que cuenta chistes para divertiros. ¡No! Aquellos sueños horribles realmente me han martirizado, aunque es posible que yo mismo, involuntariamente, los hubiera provocado.

—Nuestro amigo Franz —dijo Ottmar— tiene muchas pruebas en favor de su teoría de cómo se producen los sueños. Sin embargo, no es muy convincente todo lo relativo al enlace y a las consecuencias de estos principios hipotéticos. Añádase a esto que hay una clase superior de sueños vivificantes y felices, que acercan al hombre al mundo espiritual, apagan su sed y le nutren con fuerza divina.

—Cuidado —dijo el barón—, que Ottmar va a volver a subir inmediatamente en su caballo de batalla para cabalgar por regiones desconocidas, esas que, según supone, nosotros los incrédulos sólo podemos vislumbrar de lejos, como Moisés la tierra prometida. Pero vamos a evitar que se nos vaya, ya que hace una desagradable noche de otoño. ¿Qué os parecería si nos quedáramos una horita más? Atizaremos el fuego de la chimenea y María nos preparará, a su modo, un excelente ponche que será el espíritu que alimente y fortalezca nuestro alegre humor.

Bickert levantó los ojos al cielo y extasiado lanzó un profundo suspiro. A continuación se inclinó rápidamente delante de María, en actitud suplicante. Ésta, que había permanecido sentada y silenciosa, se echó a reír, lo que acontecía raras veces, al ver el gracioso ademán del viejo pintor y se apresuró a levantarse para prepararlo todo cuidadosamente, conforme a los deseos del barón.

Bickert, corriendo de un lado para otro animadamente, ayudó a Gaspar a traer la leña y mientras que, de rodillas en el suelo, y puesto de perfil ante la chimenea, soplaba el fuego, no cesaba de llamar a Ottmar para que diera pruebas de ser su digno discípulo y le dibujase en esta posición, como perfecto estudio de observación de los efectos del fuego dando hermosos reflejos en su rostro. El viejo barón cada vez estaba más alegre y hasta, lo que no acontecía sino en sus horas de mayor satisfacción, mandó que le trajesen su larga pipa turca guarnecida con boquilla de ámbar. Cuando el agradable y sutil aroma del tabaco turco empezó a esparcirse por el salón, y cuando María comenzó a derramar en el bol del ponche el zumo de limón, pareció a todos que un espíritu familiar y grato reinaba en medio de la satisfacción que experimentaban y que venía a hacer olvidar lo pasado y lo porvenir, apareciendo ambos incoloros e indiferentes.

—¿No es admirable —dijo el barón— que a María siempre le salga bien el ponche? Me sentiría incapaz de tomar otro que no fuera el preparado por ella. Es en vano que dé las instrucciones más minuciosas acerca de sus componentes y todo lo demás. Una vez, nuestra lunática Katinka preparó el ponche, siguiendo las instrucciones de ella, pero me fue imposible tomar un solo vaso. Es como si María pronunciase una fórmula sobre la bebida que le proporcionase una fuerza mágica.

—¿Cómo iba a ser si no? —exclamó Bickert—. Es la magia de la gracia, de la elegancia con que María sabe animar todo lo que hace. Basta verla preparar el ponche para hallarlo perfecto y delicioso.

—¡Muy galante —interrumpió Ottmar—, pero con tu permiso, querida hermana, dime que no es cierto! Estoy de acuerdo con nuestro querido padre en que todo lo que tú preparas y ha pasado por tus manos, sólo al tocarlo o probarlo, produce un bienestar muy grande. Pero en cuanto al encanto que lo causa, lo atribuyo a relaciones espirituales más profundas y no solamente a tu gracia y a tu belleza, como piensa nuestro amigo Bickert, que quiere relacionar todo con esto, pues te corteja desde que cumpliste ocho años.

—¿Qué tenéis todos esta noche conmigo? —exclamó María alegremente—. Apenas me he escapado de las visiones y apariciones nocturnas y ya veis en mí algo misterioso, y aunque no piense en el famoso mayor ni en un doble, corro el peligro de hacerme fantasmagórica y de tener miedo de mi propia sombra reflejada en un espejo.

—En verdad que sería muy penoso que una joven de dieciséis años no pudiera mirarse al espejo sin tomar su propia imagen por una aparición fantasmagórica. Pero ¿a qué viene que hoy no nos podamos librar de lo fantástico? —dijo el barón.

—¿Y por qué vos mismo, padre mío —replicó Ottmar—, me dais involuntariamente a cada instante ocasión de hablar acerca de todas estas cosas que consideráis como trastos inservibles y que hasta son la razón, confesadlo, de que no podáis soportar a mi amigo Alban? La Naturaleza no puede castigar el deseo de investigar, el impulso de saber lo que ella misma ha puesto en nuestro interior. Aún más, parece que ha colocado los peldaños por los que subimos hacia lo alto.

—Y cuando nos parece haber llegado muy alto —exclamó Bickert— resbalamos y reconocemos, en el vértigo que se apoderó de nosotros, que el aire sutil de las regiones superiores no es conveniente para nuestras pesadas cabezas.

—En verdad, no sé —repuso Ottmar— qué pensar de ti; desde hace algún tiempo, incluso diría que desde la llegada de Alban a esta casa. Antes creías con toda tu alma y todo tu ser en lo maravilloso y meditabas acerca de las extrañas formas de las alas de las mariposas, de las flores, de las piedras, tu...

—¡Alto ahí —exclamó el barón—, un poco más y volvemos a recaer en el viejo asunto! Todo lo que investigas por los demás oscuros rincones de tu místico Alban, incluso diría que todo lo que sacáis de ese caos fantástico para construir un edificio ingenioso, pero desprovisto de fundamento, lo considero semejante a los sueños, que, según mi modo de pensar, son y serán siempre espuma. La espuma desprendida de los líquidos es insípida y no tiene consistencia. Lo mismo ocurre con el resultado de vuestro trabajo interior, que es semejante a las virutas producidas por la labor del tornero, a las cuales, por casualidad, da una forma determinada, sin que por eso se piense que tienen la perfección de una obra ejecutada por un artista. Por lo demás, la teoría de Bickert me parece tan esclarecedora que seguramente trataré de practicarla.

—Ya que esta noche no podemos librarnos de los sueños —dijo Ottmar—, permitidme que os cuente un suceso en el que ha participado últimamente Alban y cuya relación no turbará la alegre disposición de espíritu en que estamos al presente.

—Sólo con la condición —replicó el barón— de que seas fiel a lo que has dicho y de que Bickert pueda expresar libremente sus comentarios.

—¡Estás exponiendo los deseos de mi alma, querido padre! —dijo María—, pues los relatos de Alban, por lo general, cuando no son horribles y espantosos , producen un efecto de tal arte que uno queda como agotado.

—Mi querida María quedará contenta de mí —repuso Ottmar—, pero en cuanto a los comentarios de Bickert no los acepto, porque precisamente en esta historia verá confirmada su teoría de los sueños. Mi buen padre se convencerá de lo injusto que ha sido con Alban y con el arte que Dios le ha concedido ejercer.

—Anegaré en ponche —dijo Bickert— todos los comentarios que se me vengan a la punta de la lengua; pero tendréis que dejarme en cambio hacer todos los gestos que me apetezcan. Eso no podéis impedírmelo.

—Concedido —exclamó el barón.

—Mi amigo Alban —comenzó Ottmar—conoció en la Universidad de J. a un joven, cuya buena presencia atraía a primera vista a todos cuantos le trataban, por lo cual era acogido con confianza y benevolencia por doquier. Los estudios de Medicina que compartían y la circunstancia de que ambos coincidiesen en la misma aula, a la cual su vivo celo les hacía acudir los primeros todas las mañanas, hicieron que naciese una estrecha amistad, pues Teobaldo (así denominaba Alban a su amigo) era muy expansivo y abierto. Sin embargo, a medida que pasaban los días, iba desarrollándose en él una sensibilidad casi femenina y una imaginación idílica, que no pertenece a la época actual, semejantes a un gigante armado de coraza que no atiende a aquello que sus tronantes pasos destruyen y en los que tal actitud parece melindrosa y pedante. La mayor parte de la gente se reía de él. Sólo Alban, lleno de indulgencia por el tierno carácter de su amigo, no desdeñaba seguirle a sus pequeños jardines fantásticos, aunque hacía lo posible para devolverle a las rudas tempestades de la vida real y despertar de este modo las chispas de fuerza y de valor que existían quizá en el fondo de su alma.

»Alban creía que debía hacer esto con su amigo, pues consideraba que los años de Universidad son el único tiempo de que se dispone para acumular las fuerzas suficientes y oponer resistencia a los inesperados golpes del destino, semejantes al rayo que descarga de repente en un cielo sereno. El plan de vida que se había establecido Teobaldo era enteramente conforme a su carácter sencillo y al círculo de sus amistades. Pensaba, después de haber terminado sus estudios y obtenido el título de doctor, regresar a su ciudad natal para casarse con la hija de su tutor (él era huérfano), con la cual se había criado, y tomar posesión de una considerable fortuna, viviendo sólo para sí y para su arte sin practicarlo. El magnetismo animal, recientemente descubierto, cautivaba enteramente su alma. Así que, después de haber estudiado con ahínco, bajo la dirección de Alban, todo lo que se había escrito acerca de esta materia, y después de haber hecho experimentos él mismo, rechazó todos los medios físicos por encontrarlos contrarios a la idea pura de la influencia de las fuerzas activas de la Naturaleza, idea que era el sistema del magnetismo de Berberin, o sea, la antigua escuela de los espiritualistas.

Apenas Ottmar pronunció por vez primera la palabra «magnetismo», el rostro de Bickert se contrajo de pronto, imperceptiblemente. Luego aumentó la mueca y fue tensando in crescendo todos los músculos de su cara, de modo que alcanzó el fortissimo cuando miró al barón con un semblante tan grotesco que éste estuvo a punto de soltar la carcajada. Cuando se levantó, haciendo como que iba a tomar la palabra, Ottmar se apresuró a presentarle un vaso de ponche que el pintor bebió de un trago con gesto de malicia. Aquél, sonriendo, continuó su relato.

—Alban se había entregado en cuerpo y alma al mesmerismo, cuando se iba propagando la doctrina del magnetismo animal, y era partidario hasta de las crisis violentas que Teobaldo rechazaba con horror. Mientras los dos amigos exponían sus diversas opiniones acerca del tema, lo que daba lugar a numerosas discusiones, sucedió que Alban, que no podía negar muchas de las experiencias hechas por Teobaldo y que cedía involuntariamente a las seductoras hipótesis de éste, cada vez se iba inclinando más al magnetismo psíquico, hasta que al fin se hizo partidario de la nueva escuela que reunía los dos métodos, al estilo de la de Puysegur. Pero Teobaldo, por lo general tan propicio a someterse a convicciones extrañas, esta vez no se separó lo más mínimo de su sistema e insistió en rechazar toda medicina física.

»La ambición de Teobaldo, a la que quería consagrar su vida, era dedicarse a penetrar en las misteriosas profundidades de la influencia psíquica y, aplicando su espíritu cada vez más fijamente y más libre de otras influencias, convertirse en digno discípulo de la Naturaleza. Con este objeto, la vida contemplativa, a la que se había dedicado, debería ser una especie de sacerdocio y él sería santificado, por una serie de iniciaciones cada vez más elevadas, hasta que le fuese permitido entrar en las cámaras más ocultas del sagrado y gran templo de Isis. Alban, que tenía una gran confianza en el carácter de Teobaldo, le animó en su proyecto y, cuando por fin alcanzó su objeto, o sea, doctorarse, y decidió regresar a su patria, las palabras de despedida de Alban fueron para decirle que se mantuviese fiel a lo que había emprendido.

»Poco tiempo después, Alban recibió una carta de su amigo, cuya incoherencia daba muestras de su desesperación y del desorden interior que se había apoderado de él. La felicidad de su vida, le escribía, quedaba destruida para siempre y quería irse a la guerra, pues abandonado por su joven prometida sólo la muerte podía librarle de la desgracia que le destrozaba. Alban no descansó un momento y partió al instante para ver a su amigo, y sólo después de muchos esfuerzos infructuosos logró devolver a su espíritu cierto grado de tranquilidad. La madre de la joven amada de Teobaldo refirió a Alban que, al pasar las tropas extranjeras, habían alojado en casa a un oficial italiano, quien a la primera mirada se enamoró ardientemente de su hija y la había pretendido con el fuego que caracteriza a los de su nación. Dotado de todas las gracias que enamoran a las mujeres, en pocos días despertó en ella un sentimiento tal que el pobre Teobaldo fue olvidado completamente y desde entonces sólo vivió y respiró por el italiano.

»Tuvo éste que marcharse a la guerra y, a partir de aquel momento, le persiguió la imagen de su amado. Veíale herido en sangrientos combates, caer a tierra, morir con su nombre en los labios, a tal punto que la pobre joven llegó a un estado de tal confusión mental que ni siquiera pudo reconocer al pobre Teobaldo, que llegaba muy contento con la esperanza de abrazar a su amada. Cuando Alban pudo lograr que Teobaldo volviese a la normalidad, diciéndole el medio infalible que había concebido para devolverle a su amada, éste halló el consejo de Alban tan conforme a sus íntimas convicciones que no dudó un instante en su feliz éxito, por lo que siguió ciegamente lo que le indicó su amigo...

»¡Ya sé, Bickert, lo que vas a decir! —se interrumpió el narrador al llegar aquí—. Siento tu pena y nada me divierte más que la desesperación cómica con que coges ahora el vaso de ponche que con tanta gracia te ofrece María. Pero calla, te lo ruego; tu sonrisa agridulce es el mejor de los comentarios; mejor que cualquier palabra que pudieras pronunciar y que no haría más que estropear el efecto de mi relato. Lo que yo tengo aún que decir es tan admirable y benéfico que estoy seguro de que lo escucharás con interés. Así pues, prestadme atención, y vos, padre mío, veréis como cumplo mi palabra.

El barón sólo contestó con un «¡hum, hum!», mientras María miraba a Ottmar con sus claros ojos, apoyando su hermosa cabecita en las manos, de modo que sus rubios y abundantes cabellos ondeaban por encima de sus brazos.

—Si los días de la joven eran agitados y espantosos —prosiguió Ottmar—, las noches eran horribles. Todas las imágenes que le perseguían a la luz diurna surgían al oscurecer con fuerza más poderosa. Llamaba con acento desgarrador a su amado y, en medio de ahogados sollozos, parecía que iba a exhalar su alma junto al cadáver ensangrentado de aquél. En el preciso momento de la noche en que estos sueños angustiaban más a la joven, la madre, siguiendo los consejos de Alban, conducía a Teobaldo junto a su lecho. Sentábase él allí y dirigía hacia ella su pensamiento con toda la energía de su voluntad. Después que hubo repetido esto varias veces, pareció que el efecto de los sueños era menor, que el tono estridente y poderoso con que antes gritaba el nombre del oficial se hubiera convertido en un lento esfuerzo para pronunciarlo, y profundos suspiros venían frecuentemente a aliviar su pecho oprimido...

»Entonces, Teobaldo cogía una de las manos de ella entre las suyas y pronunciaba suave, suavemente, su nombre. Muy pronto viose el efecto. La joven murmuraba ahora el nombre del oficial entrecortadamente; parecía como si tratase de recordar cada sílaba y cada vocal, como si algo extraño se interpusiera en la serie de sus pensamientos. Pronto no dijo ya nada más. Sólo el movimiento de sus labios daba la sensación de que quería hablar, pero que cierto efecto exterior se lo impedía. Esto se había repetido ya varias noches consecutivas, así que en una de ellas Teobaldo, estrechando entre las suyas una mano de ella, empezó a hablarle en voz baja con frases entrecortadas. Por indicación de Alban, le habló de los tiempos de su infancia, a los cuales retornaba.

»Ora se veía correteando con Augusta (hasta ahora no había recordado el nombre de la joven) por el gran jardín del tío y cogiendo para ella hermosas cerezas, subiéndose a lo más alto de los árboles, pues él siempre se las arreglaba para ocultarlas a los ojos de los demás niños y dárselas a ella, ora rogaba a su tío con ahínco que les enseñase el bello y lujoso libro de láminas con los trajes de todas las naciones. Entonces los dos niños, arrodillados sobre una silla e inclinados sobre la mesa, lo hojeaban. En cada página había siempre un hombre y una mujer, representando una región de su patria, y siempre eran Teobaldo y Augusta. Ellos también deseaban estar en aquellas regiones vestidos con aquellos trajes extraordinarios y poder jugar con las hermosas flores y las bellas plantas.

»Cuánto se extrañó la madre, cuando, una noche, Augusta empezó a hablar como si hubiera asimilado de repente las ideas de Teobaldo. Ella también se había convertido en una niña de siete años, y ahora ambos jugaban juntos. Incluso Augusta recordó hasta los acontecimientos más característicos de sus años infantiles. Era siempre muy violenta y se rebelaba con frecuencia contra su hermana mayor que, siendo de muy mal carácter, la atormentaba sin motivo, lo que daba lugar a más de una escena tragicómica.

»En cierta ocasión, una tarde de invierno, estaban los tres niños sentados juntos, y la hermana mayor, de peor humor que nunca, molestaba a la pequeña Augusta con tanta obstinación, que ésta lloraba enojada y entristecida. Teobaldo dibujaba como de costumbre toda clase de figuras que sabía explicar luego sensatamente. Para ver mejor quiso espabilar la vela, pero involuntariamente la apagó. Entonces Augusta se aprovechó y rápidamente abofeteó a su hermana, en reciprocidad por los padecimientos anteriores. La chica echó a correr gritando y llorando y fue a decirle a su padre, tío de Teobaldo, que éste había apagado la luz y luego le había pegado. El tío apresuróse y fue a reprochar a Teobaldo su maldad. Éste, que sabía muy bien quién tenía la culpa, no negó haber realizado esta acción. Augusta se puso furiosa cuando oyó a Teobaldo acusarse de haber apagado la vela y luego pegar a su hermana.

»Cuanto más lloraba, más se esforzaba el tío en tranquilizarla, diciéndole que el verdadero culpable ya estaba descubierto y frustrada toda la astucia del malvado Teobaldo. Un día en que el tío se disponía a propinarle a aquél un duro castigo, ella sintió que se le partía el corazón y entonces confesó todo, pero el tío no tuvo en cuenta esta confesión, convencido de que era efecto del extraordinario amor que sentía la joven por su primo, y la obstinación de Teobaldo, que se sentía feliz de padecer por Augusta con verdadero heroísmo, diole motivo para castigar al terco muchacho hasta hacerle sangre. El dolor de Augusta no tenía límites, toda la violencia de su carácter y lo imperioso de su manera de ser habían desaparecido.

»El suave Teobaldo desde ahora se convirtió en el dueño, al cual se plegó gustosamente. Él podía disponer a su antojo de sus juguetes y de sus más hermosas muñecas, y así como antes, para estar a su lado, se veía obligado a tomar flores y hojas para su cocinita, ahora era ella quien le seguía muy gustosa a través de la maleza cuando él montaba en su caballo de madera. Y así como la muchacha se aferraba a él ahora con toda su alma, también era como si la injusticia que Teobaldo había padecido hubiera convertido su afecto por ella en el más ardiente amor. El tío diose cuenta de todo, pero sólo muchos años después supo con gran sorpresa la verdad del suceso y ya no dudó más del verdadero y recíproco amor de los dos niños, y entonces aprobó de muy buena voluntad su deseo de permanecer unidos toda la vida.

»Precisamente aquel acontecimiento tragicómico de su infancia debería de servir para unir de nuevo a la pareja. Augusta empezó la representación de la escena en el momento en que el tío llegaba encolerizado, y Teobaldo no se descuidó en representar bien su papel. Hasta entonces Augusta se mostraba todo el día callada y retraída, pero a la mañana siguiente a esta noche, confió a su madre la inesperada noticia de que, desde hacía algún tiempo, soñaba vivamente con Teobaldo, y que le extrañaba que no volviese y que no escribiese. Cada vez fue aumentando más su deseo de volverle a ver; así que Teobaldo no titubeó más en presentarse a Augusta como si acabase de llegar de viaje, dado que había evitado cuidadosamente mostrarse desde aquel instante horrible en que ella no le reconoció.

»Augusta le recibió dando muestras del mayor amor. Pronto le confesó, derramando abundantes lágrimas, que le había olvidado, y que un extranjero había logrado, mediante un poder desconocido, desterrarle de su memoria y sacarla fuera de sí; pero la imagen bienhechora de Teobaldo, que se le apareció en sueños, había conjurado los malignos espíritus, de quien se hallaba presa. Ahora tenía que confesar que no podía ya ni recordar el semblante del extranjero, y que sólo Teobaldo era el que reinaba en su corazón. Tras esto, Alban y Teobaldo pudieron convencerse firmemente de que la verdadera locura que se había apoderado de Augusta quedaba disipada y que ya no había ningún obstáculo a la unión de...


Estaba Ottmar a punto de terminar su relato cuando María, lanzando un grito ahogado, cayó desmayada de su silla en brazos de Bickert, que había acudido presuroso a cogerla. El barón se levantó asustado, Ottmar acudió a ayudar a Bickert, y entre los dos la tendieron en el sofá. Yacía pálida como una muerta, y toda huella de vida había desaparecido de su semblante convulsivamente contraído.

—¡Está muerta, está muerta! —gritó el barón.

—¡No —exclamó Ottmar—, debe vivir, tiene que vivir! Alban vendrá en nuestra ayuda...

—¡Alban! ¿Puede Alban despertar a los muertos? —replicó Bickert.

En aquel mismo instante se abrió la puerta y entró el aludido. Con el aspecto imponente que le era peculiar, se acercó en silencio a la joven desmayada. El barón le miraba de hito en hito con cólera; nadie podía hablar. Alban parecía no ver más que a María, en la cual fijaba su mirada.

—María, ¿qué le sucede? —dijo con tono solemne, que hizo que los nervios de ella se contrajeran.

—Señores, ¿a qué viene este temor? El pulso es débil, pero regular... creo que la habitación está llena de humo, abran la ventana y María se recobrará al punto de este ataque de nervios inofensivo y nada peligroso.

Bickert hizo lo que pedía y María abrió los ojos. Su mirada se fijó en Alban.

—¡Déjame, hombre horrible! Quiero morir sin tormentos —murmuró de modo que apenas podía oírse, y dando la espalda a Alban, escondió su rostro entre los almohadones del sofá, cayendo en un profundo sueño del que daba señales su pausada respiración.

Una extraña y temible sonrisa cruzó el semblante de Alban. El barón se levantó, como si quisiera decir algo. Pero aquél, mirándole fijamente y con un tono grave, en el que se transparentaba a pesar de todo cierta ironía, dijo:

—¡Esté tranquilo, señor barón! La pequeña es algo impaciente, pero cuando despierte de este sueño bienhechor, lo que ocurrirá mañana a las seis de la mañana, hay que darle doce de estas gotas, y entonces todo se habrá olvidado... —y tendiendo a Ottmar un frasquito, que sacó de su bolsillo, abandonó la sala con lentos pasos.

—¡Ya tenemos aquí al doctor maravilloso! —exclamó Bickert, cuando se llevaron a María dormida a su alcoba y hubo salido Ottmar—. La mirada profunda y extática de un visionario, el aire solemne, la predicción profética, el frasquito del elixir maravilloso. Yo estaba mirando a ver si desaparecía por los aires como Schwedenborg, o por lo menos como Beireis, que sabía trocar repentinamente el color de su casaca de negro en colorado.

—¡Bickert! —interrumpió el barón, que había visto cómo se llevaban a María, sin moverse de su poltrona, mudo y consternado—. ¡Bickert! ¿Qué se ha hecho de nuestra divertida velada?... Ya había presentido que nos habría de suceder hoy alguna desgracia, y que veríamos a Alban por algún motivo muy particular... Y precisamente en el mismo instante en que Ottmar le mencionaba hizo su aparición como un genio protector que vela constantemente. ¡Dime, Bickert! ¿Ha entrado por esta puerta?

—Sin duda —repuso Bickert—, y ahora es cuando se me ocurre que, como un segundo Cagliostro, nos ha hecho un juego de manos que nuestra inquietud y ansiedad nos impidieron observar, pues la única puerta del vestíbulo la he cerrado yo mismo y aquí está la llave... pudiera ser que me hubiera engañado, dejándola abierta, pero... —fue a inspeccionar la puerta y volvió riéndose—. Es un Cagliostro completo, la puerta está tan cerrada como antes.

—Hum —dijo el barón—. El doctor maravilloso empieza ya a transformarse en un vulgar prestidigitador.

—Lo siento —repuso Bickert—, pues Alban tiene fama de ser médico muy hábil y cuando nuestra María, siempre tan sana, enfermó de este mal de los nervios tan difícil de vencer, Alban la curó en pocas semanas mediante el magnetismo... Tú accediste con dificultad, aunque después de muchos discursos convincentes de Ottmar, y porque veías que la hermosa flor, que antes elevaba al sol su corola tan libre y atrevida, ahora languidecía...

—¿Crees que hice bien en ceder a los ruegos de Ottmar? —preguntó el barón.

—En aquel tiempo, sí —repuso Bickert—, pero la prolongada estancia de Alban no me resulta agradable, y en cuanto al magnetismo...

—¿Lo desechas por completo? —dijo el barón.

—Nada de eso —repuso Bickert—. No necesitaría para creer en él de tantos fenómenos como produce y de los cuales he sido testigo. Sí, sé muy bien que las maravillosas relaciones y el encadenamiento de la vida orgánica de la Naturaleza entera residen en él. Pero toda nuestra sabiduría es obra imperfecta, y, si el hombre lograse penetrar los secretos de la Naturaleza, tendría yo entonces la sensación de la madre que, habiendo perdido un instrumento cortante que le servía para labrar muchos objetos hermosos para alegría y recreo de sus hijos, temía que éstos se hiriesen al querer imitarla en la confección de las mismas obras.

—Acabas de expresar mi propio modo de pensar muy certeramente —dijo el barón—, pero respecto a Alban, no veo claro cómo coordinar todos los extraños sentimientos que experimento en su proximidad. Algunas veces creo poder explicarme todo. Su profunda ciencia puede hacerle parecer a veces un charlatán iluso, pero su celo y sus triunfos le hacen digno de estimación. Sin embargo, únicamente cuando está ausente se me aparece así. Pero si se acerca, su imagen se muestra en otra perspectiva, con rasgos deformes, tomados aisladamente sin poder formar un todo análogo, y entonces me lleno de terror. Cuando hace muchos meses Ottmar lo trajo aquí, como a su más íntimo amigo, tuve la sensación de que le había visto en alguna parte.

»Sus finos modales, su conducta reservada me gustaron, pero en general su presencia me desagrada. Muy pronto, y esto es lo que me llegaba al alma, después de la llegada de Alban, María se vio atacada de una extraña enfermedad. Debo confesar que Alban, cuando al fin le llamamos, emprendió su curación con un celo incomparable, con una constancia, con un amor y una fidelidad que, gracias al buen éxito que obtuvo, le merecieron un afecto y un reconocimiento sin límites. Yo hubiera querido llenarle de oro, pero cada palabra de gracias me resultaba difícil ya que, incluso, su método magnético me inspiraba tanto más horror cuanto mejor le salía. Cada día me resultaba más odioso.

»A veces pensé que podía librarme del mayor peligro, sin que, por ello, yo le mirase con buenos ojos. Su carácter solemne, sus discursos místicos, su charlatanería cuando magnetizaba por ejemplo los tejados, los álamos y algunos otros árboles, cuando con sus brazos extendidos hacia el Norte pretendía atraer una fuerza nueva emanada del principio universal. Todo esto me conmueve, a pesar del desprecio que siento desde el fondo de mi corazón por semejantes cosas. Pero, escucha, Bickert, escucha bien lo que me parece más extraño: desde que Alban está aquí no hago más que pensar en el mayor danés, cuya historia os he referido hoy. Ahora, precisamente ahora, cuando me habló con aquella sonrisa sardónica y casi infernal, fijando en mí sus grandes ojos negros como carbones, el mayor estaba delante de mí... y era una semejanza horrible.

—Ahora me explico por fin —dijo Bickert— tus extraños sentimientos, esta rara idiosincrasia. No es Alban, no, sino el mayor danés el que te ataca y atormenta. El buen doctor paga la pena de su nariz encorvada y de sus ojos negros radiantes. Tranquilízate enteramente y quítate de la cabeza esas ideas sombrías... Alban puede ser un visionario, pero seguramente quiere el bien y lo practica, dejémosle sus charlatanerías como un juego inocente y concedámosle nuestro aprecio como a médico hábil y entendido.

El barón se levantó y tomando a Bickert las manos dijo:

—Franz, lo que acabas de decir va en contra de tu íntima convicción. No es sino un paliativo que empleas para calmar mis temores e inquietudes... Pero yo lo conozco en el fondo de mi alma: Alban es mi demonio enemigo. ¡Franz!, te lo ruego, estate atento, aconseja... ayuda... sé un apoyo en el caso de que algún accidente viniese a hacer vacilar el viejo edificio de mi familia. Ya me entiendes... ni una palabra más.

Los amigos se abrazaron en silencio y ya hacía mucho que había pasado la medianoche cuando cada uno de ellos, pensativo e inquieto, se dirigió a su habitación. A las seis en punto María se despertó, como había predicho Alban. Siguiendo sus instrucciones se le dieron las doce gotas de la botellita y dos horas después apareció alegre y hermosa en la sala donde el barón, Ottmar y Bickert la recibieron alegremente. Alban se había encerrado en su cuarto y mandó decir que una correspondencia interesante le tendría ocupado todo el día.


Carta de Albán:

La devoción incluye la piedad y toda acción piadosa es una hipocresía, cuando se hace para engañar al prójimo o para recrearse con el deslumbrante resplandor de la brillante aureola de oro falso, con cuya ayuda se ha coronado santo... ¿No has sentido algunas veces, querido brahmán, elevarse en tu interior ideas que no podías conciliar con las que tienes por justas y prudentes, a causa de la costumbre que te inspiró la caduca moral de las nodrizas? Todas estas dudas contra las lecciones virtuosas de la Madre Oca, todas estas hirvientes inclinaciones que vienen a romperse contra el dique opuesto a su torrente por el sistema de los moralistas, la irresistible tentación de sacudir alegremente en el espacio las rápidas alas de que uno se siente provisto, lanzándose hacia las regiones superiores, son lazos de Satanás, contra los cuales nos previenen los pedantes ascéticos. Debemos cerrar los ojos como niños crédulos para evitar quedarnos ciegos por los deslumbrantes rayos que nos muestra la Naturaleza.

Cualquier inclinación que nos proponga un objeto superior para ejercicio de nuestras facultades mentales, no debería considerarse ilícita sino, por el contrario, algo inseparable de la naturaleza humana y que cumple los fines de nuestra existencia. ¿Acaso no es otra la finalidad perfecta de la aplicación de nuestras fuerzas físicas y psíquicas?

Quiero que estés convencido de que yo siento gran consideración por tu vida contemplativa y por los esfuerzos que haces para desentrañar los secretos de la Naturaleza con tu aguda penetración. Pero en vez de obrar como tú, que te complaces en la observación pasiva y callada de la llave de los diamantes, yo la cojo con osadía y atrevimiento y abro las misteriosas puertas, ante las que tú permanecerás por toda la eternidad. Si estás preparado para la lucha, ¿por qué te quedas en esta perezosa quietud? Toda la existencia es lucha y procede de la lucha. En un clima estimulante, los poderosos obtienen el triunfo, y con los vasallos, subyugados, se aumenta su fuerza.

Ya sabes, querido Teobaldo, que yo siempre he estatuido esta lucha hasta para el espíritu, y que siempre he afirmado osadamente que hasta la prepotencia espiritual de los hijos mimados de la Naturaleza, el dominio que se arrogan, luego les sirve de alimento y de fuerza para más altos vuelos. Las armas con las que nosotros, los que poseemos fuerza y poder, podemos emprender la lucha espiritual contra el principio subalterno puedo asegurar que están en nuestras propias manos.

Entonces, ¿cómo es que aquella penetración, aquel completo dominio del principio espiritual, que está fuera de nosotros y que llamamos magnetismo (aunque esta denominación no baste), que procede de una auténtica fuerza física actuante, representa justo lo que queremos saber? Fue precisamente un médico el primero que habló de estos secretos al mundo, secretos que una Iglesia invisible conservaba como su más valioso tesoro, para utilizarlos como tupido velo, que no podía traspasar la simple mirada de los no consagrados. ¿No es absurdo pensar que la Naturaleza nos ha concedido un talismán maravilloso que nos hace reyes del espíritu, y que podemos curar el dolor de muelas y de cabeza, o lo que sea, con él?

No, es el inmediato dominio del principio espiritual de la vida lo que tratamos de obtener por todos los medios, cuando estamos familiarizados con la poderosa fuerza de aquel talismán. Doblegándose ante su hechizo, el espíritu subyugado sólo existe en nosotros, y con su fuerza nos nutre y fortifica. El foco, en el que todo lo espiritual se reúne, es Dios. ¡Cuantos más rayos se reúnen para formar una pirámide de fuego, más cerca está el foco! ¡Cómo se extienden estos rayos por doquier! Abarcan la vida orgánica de toda la Naturaleza, y es el brillo de lo espiritual lo que anima a las plantas y a los animales. El esfuerzo hacia este dominio es el esfuerzo hacia lo divino, y el sentimiento del poder aumenta en relación de su fuerza el grado de bienaventuranza. ¡La idea de toda la bienaventuranza está en ese foco!

Qué mezquinas y despreciables me parecen todas las vanas palabras que se dicen acerca de aquella magnífica fuerza que tienen los consagrados. Se comprende bien que sólo el punto de vista elevado sea la expresión de una íntima consagración, que conduce asimismo a una acción elevada.

Después de todo esto creerás que soy contrario al empleo de todo medio físico, pero en realidad no es así. Precisamente aquí es donde tanteamos en la oscuridad, ya que no vemos claro la relación de lo espiritual con lo corporal, y podría decir que los medios físicos son como los atributos que el dominador lleva en la mano, aquellos con los que subyuga a los vasallos desconocidos.

Yo mismo no sé cómo he llegado a hablar contigo, Teobaldo mío, acerca de un asunto del que siempre hablo de mala gana, pues siento que las palabras vacías sólo tienen peso y consistencia cuando nacen del convencimiento interior de una organización espiritual. Quisiera responder al reproche que me haces de haber seguido una tendencia que va en aumento y haber pecado contra tus opiniones morales, y ahora es cuando me doy cuenta de que te he referido mis relaciones en casa del barón de una manera tan rapsódica, que puede dar lugar a un malentendido. Voy a concederme cierto tiempo para recordar cómo fue mi entrada en la casa, y cuando mi querido y buen brahmán pueda seguirme un instante en la región en que me muevo, entonces quedará limpio de toda culpa.

Ottmar es uno de estos hombres que, sin carecer de juicio y de razón, y hasta dotado de una viveza entusiasta, abraza con facilidad todo lo que se le presenta de nuevo en el dominio de la ciencia; pero a eso se limitan sus pretensiones, y únicamente adquiere un conocimiento superficial de las cosas, satisfecho de su fuerza interior. Son hombres dotados de inteligencia pero que no profundizan.

Como ya te he dicho, Ottmar me es muy adicto, y yo, viendo en él al corifeo de una clase de jóvenes sumamente numerosa, sobre todo hoy día, me complazco en divertirme a su costa. Entra en mi habitación con la misma veneración que si fuese el santuario secreto e inaccesible del templo de Sais, y, como es un discípulo dócil y sumiso, he creído conveniente confiarle algunos juguetes inocentes, que él muestra triunfante a los otros chicos, presumiendo de los favores del maestro. Cuando hube cedido a sus ruegos, acompañándole a las posesiones de su padre, vi en el barón a un hombre caprichoso, acompañado de un viejo pintor humorista y excéntrico, que algunas veces hacía de bufón moralizador y sentimental.

No recuerdo lo que te dije antes acerca de la impresión que me produjo María, pero en este momento conozco que me sería difícil definirte lo que siento, de tal modo que puedas comprenderme bien... En realidad, ya me conoces y sabes que mis ideas y acciones tienen una tendencia espiritual, que siempre ha sido incomprensible para el vulgo. Tienes que convencerte de que, a pesar de su alta estatura, semejante a una planta magnífica que en su crecimiento se adorna de hojas y flores, tan ricas como delicadas, y de sus ojos azules, dirigidos hacia el cielo, que parecen querer descubrir lo que esconden a nuestras miradas las lejanas nubes... en fin, que a pesar de su angelical belleza una joven como ella jamás podría lanzarme a aquella dulce languidez en que cae un ridículo enamorado...

Únicamente el descubrimiento instantáneo de una secreta relación espiritual entre mí y María fue lo que me penetró de una sensación verdaderamente extraordinaria. Al mayor placer se junta el irritante aguijón de una rabia secreta nacida de la resistencia que encuentro en María... una fuerza extraña y enemiga retenía su espíritu cautivo y contrariaba mi influencia. Con toda la fuerza de concentración de mi espíritu logré conocer a mi enemigo y entonces me dediqué en una lucha obstinada a reunir en mí, como en un brillante espejo, todos los rayos que brotaban del alma de María.

El viejo pintor me observaba más que los demás, y parecía adivinar el efecto producido en mí por la joven. Quizá fueron mis miradas las que me traicionaron, pues el cuerpo manda sobre el espíritu de tal modo que el menor de sus movimientos, oscilando entre sus nervios, obra hacia el exterior y modifica las facciones del rostro, al menos la mirada de nuestros ojos. Me divirtió mucho que considerase la cosa de un modo tan trivial; hablaba siempre en mi presencia del conde Hipólito, el prometido de María, y desplegaba delante de mí el variado programa de todas sus virtudes, todo lo cual me incitaba a risa, en mi interior, al ver los afectos dignos de compasión que los hombres abrazan con una pasión tan tonta y pueril; al mismo tiempo me regocijaba conocer esas uniones tan profundas que produce la Naturaleza y poseer poder tan grande para vivificarlas y fecundarlas... Absorber el espíritu de María en mí mismo, toda su existencia, asimilar todo su ser en el mío, de modo que el rompimiento de este íntimo enlace debiese causar su propia aniquilación, tal era la idea de que procurándome una felicidad suprema, al mismo tiempo satisfacía los deseos de la Naturaleza.

Esta estrecha unión espiritual con la mujer, que es superior a todo goce animal, hasta al más deleitable y elevado, conviene a un sacerdote de Isis, y además ya conoces mi sistema acerca de esta cuestión. La mujer ha recibido de la Naturaleza una organización pasiva en todas sus tendencias. En ese abandono voluntario, en su facilidad, su inclinación a dejarse dominar por un ser extraño, estriba la infantilidad que caracteriza a la mujer cuya conquista y absorción, por sí misma, procuran un placer sin igual. Desde entonces, a pesar de que, como bien sabes, me volví a alejar de las posesiones del barón, permanezco espiritualmente junto a María, y en cuanto a los medios de que me sirvo para acercarme a ella materialmente en secreto, a fin de obrar más eficazmente sobre su voluntad, prefiero no decírtelos, pues son detalles que te parecerían mezquinos, no obstante servir para alcanzar el objetivo propuesto.

Muy pronto, María cayó en un estado fantástico que Ottmar debió considerar naturalmente como una enfermedad nerviosa, y, así como yo lo había previsto, volví a la casa en calidad de médico.

María reconoció en mí al mismo que frecuentemente se le había aparecido en sueños, como su soberano en todo el brillo del poder, y lo que hasta entonces había presentido oscuramente, lo vio con los ojos del espíritu con toda claridad. Sólo necesité mi mirada y mi firme voluntad para ponerla en el estado de sonambulismo, que no era otra cosa que sacarla de sí misma y transportar su vida a la esfera superior del dueño. Mi espíritu la acogió y le imprimió el movimiento necesario para huir de la prisión material que la retenía cautiva. Sólo en esta absoluta dependencia de mí pudo María continuar viviendo y permanecer feliz y tranquila... La imagen de Hipólito ya no existe para ella, sino en débiles perfiles, que pronto se desvanecerán ellos mismos como el humo.

El barón y el viejo pintor me miran con miradas de enemistad, pero es formidable la fuerza de que me ha dotado la Naturaleza. Un extraño sentimiento les obliga a reconocerme como maestro, aun odiándome. Ya sabes de qué rara manera conquisté el tesoro de los conocimientos secretos. Jamás has querido leer este libro, y sin embargo habrías quedado sorprendido de ver en él aclaradas, mucho mejor que en cualquier tratado de física, las raras propiedades de algunas fuerzas de la Naturaleza, y los magníficos resultados de su empleo. Yo no desdeño preparar con cuidado ciertas cosas que podrían llamarse engaño, para que el vulgo se admire y se asuste de lo que mira, con razón, como sobrenatural, ya que el conocimiento de las verdaderas causas destruye solamente la sorpresa mas no el fenómeno.