lunes, 19 de noviembre de 2018

El pozo de las lamentaciones. M.R. James (1862-1936)

En el año 19... el grupo de scouts de un colegio de renombre tenía entre sus miembros a dos chicos llamados respectivamente Arthur Wilcox y Stanley Judkins. Eran de la misma edad, se alojaban en la misma casa, estaban en la misma sección, y como es natural formaban parte de la misma patrulla. Eran tan parecidos físicamente que causaban desasosiego, contrariedad y hasta irritación en los profesores que les trataban. Pero ¡qué diferente era el hombre, o el niño, que llevaban dentro! Fue a Arthur Wilcox a quien dijo el director alzando los ojos con una sonrisa al entrar el chico en el despacho:

—¡Caramba, Wilcox, como sigas aquí mucho tiempo vas a hacer quebrar el fondo para premios! Toma, aquí tienes esta lujosa edición de la Vida y obras del obispo Ken; y con ella, mi sincera enhorabuena a ti y a tus excelentes padres.

Fue a Wilcox también a quien el secretario vio cruzar el campo de deportes, y deteniéndose un momento en su paseo, comentó al vicesecretario:

—¡Ese muchacho tiene una cabeza notable!

—Desde luego —dijo el vicesecretario—. Lo cual denota genialidad o hidrocefalia.

Como scout, Wilcox ganaba todas las medallas y lazos por los que competía: el Lazo de Cocina, el Lazo de Confección de Mapas, el Lazo de Salvamento, el Lazo de recopilar noticias de periódico, el Lazo de no dar portazos al salir de clase, y muchos más. En cuanto al Lazo de Salvamento, puede que diga unas palabras cuando hable de Stanley Judkins. No debe sorprenderles que el señor Hope Jones añadiera un verso especial a cada canción suya en alabanza de Arthur Wilcox, ni que se le saltaran las lágrimas al jefe de estudios al entregarle la Medalla de Buena Conducta en su elegante estuche color burdeos, medalla que se le había concedido por votación unánime de la Clase de Tercero. ¿He dicho unánime? No es verdad. Hubo un disidente, el Judkins más joven, que dijo que tenía fundadas razones para hacer lo que hacía.

Al parecer compartía habitación con el mayor. Tampoco debe sorprenderles que años después Arthur Wilcox fuese el primero —y hasta ahora el único— en ser nombrado capitán de los internos y los externos, ni de que la tensión de atender a sus obligaciones en ambos frentes, unida al trabajo normal de clase, fuera tan agotadora que el médico de cabecera le prescribiese la absoluta necesidad de seis meses de completo descanso, seguidos de un viaje alrededor del mundo.

Sería ameno seguir los pasos por los que llegó a las prodigiosas alturas que hoy ocupa; pero dejemos de momento a Arthur Wilcox. El tiempo apremia, y debemos abordar un asunto muy diferente: la carrera de Stanley Judkins: el Judkins mayor. Stanley Judkins, como Arthur Wilcox, llamaba la atención de las autoridades académicas, aunque de muy distinta manera. Fue a él a quien dijo el jefe de estudios con una sonrisa que no tenía nada de alentadora:

—Qué, Judkins, ¿otra vez? Tira un poco más de la cuerda, y tendrás motivos para lamentar haber entrado en este centro. ¡Toma, y toma, y toma! ¡Y considera una suerte no haberte ganado esto y esto!

Fue en Judkins en quien el secretario tuvo motivo de fijarse también cuando cruzaba el campo de deportes, al darle en el tobillo una pelota de cricket que llevaba bastante fuerza y gritarle una voz a cierta distancia:

—¡Gracias por pararla!

—¡Creo —dijo el secretario deteniéndose un instante a frotarse el tobillo— que ese chico debería molestarse en venir a recoger en persona la pelota!

—Por supuesto —dijo el vicesecretario—; y como se ponga a mi alcance haré que se lleve algo más.

Como scout, Stanley Judkins no consiguió más lazos que los que pudo sustraer a los miembros de otras patrullas. En el concurso de cocina le sorprendieron intentando introducir petardos en el horno de los competidores de al lado. En el de costura, consiguió coser firmemente a dos chicos, con resultados catastróficos cuando trataron de levantarse. Para el lazo de aseo fue descalificado porque durante la clase del 24 de junio, día bastante caluroso, no fue posible disuadirle de tener los dedos metidos en el tintero para refrescárselos. Por cada papel que recogía tiraba seis pieles de plátano o de naranja. Cuando las ancianas le veían acercarse le pedían con lágrimas en los ojos que por favor no se empeñase en cruzarles el cubo de agua al otro lado de la calle; sabían demasiado bien cuál era la consecuencia inevitable.

Pero fue en el concurso de salvamento donde la conducta de Stanley Judkins se reveló más reprobable y tuvo más serias repercusiones. Como saben, el ejercicio consistía en arrojar a un chico de un curso inferior y de una estatura conveniente, vestido y atado de pies y manos, en el sitio más hondo de la presa del Cuco, y cronometrar el tiempo que cada scout tardaba en rescatarle. Siempre que Stanley Judkins había participado en esta competición había sufrido un calambre en el momento crucial que le había hecho caer rodando al suelo y empezar a gritar de manera alarmante. Esto naturalmente apartaba la atención de los presentes del niño que estaba en el agua, y de no haber estado allí Arthur Wilcox el número de muertes en esta prueba habría sido realmente abultado.

Ante tal situación, el jefe de estudios decidió cortar por lo sano y suprimir la competición. En vano el señor Beasley Robinson alegó que en cinco competiciones sólo se habían ahogado cuatro de los niños arrojados al agua; el jefe de estudios dijo que era el último en querer interferir poco ni mucho en las actividades de los scouts, pero que tres de los ahogados eran miembros valiosos de su coro, y tanto él como el doctor Ley consideraban que el extravío que habían ocasionado estas pérdidas pesaba más que el beneficio de la competición. Además, la correspondencia con los padres de estos chicos se había vuelto embarazosa, incluso penosa: ya no se conformaban con la notificación impresa que se les solía remitir, y más de uno se había presentado en Etony había acaparado gran cantidad de su precioso tiempo con sus quejas. Así que la prueba de salvamento es hoy cosa del pasado.

En resumen, Stanley Judkins no era un orgullo para los scouts, y más de una vez se había pensado en comunicarle que ya no eran necesarios sus servicios; medida que el señor Lambart defendió con calor. Pero al final se impusieron criterios más suaves, y se decidió darle una nueva oportunidad. Y así, le encontramos al principio de las vacaciones del verano de 19... en el campamento que tienen los scouts en la hermosa comarca de W (o X) del condado de D (o Y). Era una mañana radiante, y Stanley Judkins y un par de amigos —porque aún los tenía— tomaban el sol en lo alto de la colina. Stanley estaba boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos, mirando a la lejanía.

—Me pregunto qué lugar será aquél —dijo.

—¿Cuál? —dijo uno de los otros.

—Aquella especie de arbolado que hay allá en mitad del campo.

—¿Eh? ¡Ah! ¡Vete a saber!

—¿Para qué quieres saberlo? —dijo el otro.

—No sé; me atrae. ¿Cómo se llama? ¿Tenéis un mapa? —dijo Stanley—. ¿Y os consideráis scouts?

—Aquí tengo uno —dijo Wilfred Pipsqueak, siempre previsor—; y viene señalado. Pero tiene un círculo rojo alrededor. No podemos ir.

—¿A quién le importan los círculos rojos? —dijo Stanley—. Pero en este mapa no pone cómo se llama.

—Bueno, pregúntaselo a ese vejestorio, si tantas ganas tienes de saberlo.

El vejestorio era un pastor que acababa de subir y estaba de pie detrás de ellos.

—Buenos días, señoritos —dijo—; un tiempo que ni pintado para disfrutar ahí al sol, ¿eh?

—Sí, muchas gracias —dijo Algernon de Montmorency con innata cortesía—.¿Podría decirnos cómo se llama aquel arbolado de allá? ¿Y qué es aquello que se ve en medio?

—Claro que puedo —dijo el pastor—: aquello es el Pozo de las Lamentaciones. Pero no tienen por qué asustarse.

—¿Entonces es un pozo? —dijo Algernon—. ¿Quién lo utiliza? El pastor se echó a reír.

—¡Dios nos libre! —dijo—; no hay un pastor ni una oveja en todo este contorno que usen el Pozo de las Lamentaciones; ni lo han usado desde que yo estoy en el mundo.

—Bueno, pues ese récord se rompe hoy —dijo Stanley Judkins—: porque ahora mismo voy a ir a traer un poco de agua para el té.

—¡Por Dios, señorito —dijo el pastor con voz asustada—, no hable así! ¿No les han advertido los maestros que no deben ir allí? Pues es lo primero que tenían que haber hecho.

—Sí, nos han advertido —dijo Wilfred Pipsqueak.

—¡Calla, borrico! —dijo Stanley Judkins—. ¿Qué le pasa al pozo? ¿No es buena el agua? En ese caso se hierve y en paz.

—Yo no sé si le pasa algo al agua o no —dijo el pastor—. Lo que sé es que mi perro no cruzaría ese campo; y yo tampoco, desde luego. Ni nadie con dos dedos de frente.

—Allá ellos —dijo Stanley Judkins, con repentina grosería—. ¿Ha sufrido alguien algún daño al ir allí? —añadió.

—Tres mujeres y un hombre —dijo el pastor gravemente—. Háganme caso: yo conozco este campo y ustedes no. Y una cosa les puedo asegurar: en los últimos diez años no ha entrado a pastar ni una sola oveja, ni se ha sacado de él una sola cosecha... Y eso que la tierra es buena. Desde aquí pueden ver bastante bien cómo está lleno de zarzas y maleza de toda clase. Veo que tiene usted anteojos —dijo a Wilfred Pipsqueak—; con ellos lo puede ver.

—Sí —dijo Wilfred—; pero veo senderos. Alguien debe de cruzarlo de cuando en cuando.

—¿Senderos? —dijo el pastor—. ¡Ya lo creo! Cuatro: de tres mujeres y un hombre.

—¿Qué quiere decir con eso de tres mujeres y un hombre? —dijo Stanley, volviéndose por primera vez a mirar al pastor (había estado hablando de espaldas a él hasta este momento: era un maleducado).

—¿Que qué significa? Pues lo que digo: que son de tres mujeres y un hombre.

—¿Quiénes son? —preguntó Algernon—. ¿Por qué van allí?

—A lo mejor queda alguien que les pueda decir quiénes eran —dijo el pastor—; pero murieron antes de que naciese yo. Y por qué siguen yendo allí es algo que nadie de carne y hueso les puede decir. Yo lo único que he oído contar es que no fueron buena gente.

—¡Por san Jorge, qué historia más extraña! —murmuraron Algernon y Wilfred.

Pero el comentario de Stanley fue insolente y mordaz:

—¡Vaya, no irá a decir que son fiambres! ¡Qué idiotez! Ustedes deben de ser una panda de bobos para creerse eso. ¿Quién los ha visto, si se puede saber?

—Yo los he visto, señorito —dijo el pastor—. Los he visto de cerca desde aquella loma; y mi perro, si hablara, podría decirles que los ha visto también: a eso de las cuatro de la tarde, un día como éste. Los vi asomar por detrás de los arbustos, levantarse, y echar a andar despacio por esos senderos, hacia el arbolado donde está el pozo.

—¿Y cómo eran? ¡Cuéntenos! —preguntaron ansiosamente Algernon y Wilfred.

—No eran más que andrajos y huesos los cuatro; andrajos volanderos y huesos blanquecinos. Casi me parecía oír cómo chascaban al andar. Caminaban despacio, y mirando a un lado y a otro.

—¿Cómo eran sus caras? ¿Las pudo ver?

—No se puede decir que fueran caras —dijo el pastor—. Lo que sí vi es que tenían dientes.

—¡Dios! —dijo Wilfred—; ¿y qué hicieron al llegar a los árboles?

—Eso no se lo puedo decir —dijo el pastor—. No estaba yo como para quedarme a mirar; y aunque lo hubiese estado, tenía que buscar a mi perro: ¡se había ido! Nunca me había dejado; pero había desaparecido. Y cuando al final di con él, estaba tan trastornado que ni me conocía; parecía como a punto de saltarme al cuello. Pero me puse a hablarle, y al rato reconoció mi voz, y se me acercó arrastrándose como el niño que pide perdón. No quiero volver a verle así; ni a ningún otro perro.

El perro, que se había acercado y se estaba haciendo amigo de todos, miró a su amo con expresión de conformidad con todo lo que decía. Los chicos meditaron unos momentos lo que acababan de oír, y seguidamente dijo Wilfred:

—¿Y por qué se llama el Pozo de las Lamentaciones?

—Si estuviese usted por aquí una noche cualquiera de invierno, no preguntaría por qué —fue todo lo que dijo el pastor.

—Bueno; yo no me creo una palabra de todo eso —dijo Stanley Judkins—; y voy a ir allí a la primera ocasión; maldito si no voy.

—Entonces ¿no me va a hacer caso? —dijo el pastor—. ¿Ni a sus maestros, que le han advertido que no vaya? Vamos, señorito, seguro que tiene un poco de sentido común. ¿Por qué iba yo a contarles una sarta de mentiras? A mí me importa un bledo que se meta nadie en ese campo; pero no tendría gracia ver cómo cae un joven en la flor de la vida como usted.

—Para mí que le importa bastante más —dijo Stanley—; para mí que destila allí whisky o algo por el estilo y quiere mantener alejada a la gente. Y digo que son bobadas. Venga chicos, vámonos.

Y emprendieron el regreso. Los otros dos dieron las buenas tardes y las gracias al pastor, pero Stanley no dijo nada. El pastor se encogió de hombros y se quedó mirándoles con tristeza mientras se alejaban. Camino del campamento sostuvieron una viva discusión sobre el particular en la que los amigos le dijeron a Stanley, con toda la claridad de que fueron capaces, la insensatez que cometería si iba al Pozo de las Lamentaciones.

Esa noche el señor Beasley Robinson preguntó, entre otras cosas, si todos los mapas tenían marcado el círculo rojo.

—Tened mucho cuidado de no penetrar en él —dijo.

Varias voces —entre ellas la gruñona de Stanley Judkins— exclamaron:

—¿Por qué no, señor?

—Porque no —dijo el señor Beasley Robinson—; y si no os parece razón suficiente, lo siento —se volvió, dijo algo en voz baja al señor Lambart, y añadió a continuación—:sólo os diré esto: se nos ha pedido que os advirtamos a todos que os mantengáis alejados de ese campo. El pueblo ha tenido la amabilidad de dejarnos acampar aquí y lo menos que podemos hacer es complacerles. Supongo que estaréis de acuerdo conmigo.

Todo el mundo dijo: ¡sí, señor!, menos Judkins, a quien se oyó murmurar: ¡Les va a complacer su tía!

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, se oyó el siguiente diálogo:

—Wilcox, ¿estáis todos en la tienda?

—¡No, señor; falta Judkins!

—¡Ese muchacho es el incordio más grande que ha dado el mundo! ¿Dónde diablos está?

—No tengo ni idea, señor.

—¿Lo sabe alguien?

—Señor, no me extrañaría que hubiera ido al Pozo de las Lamentaciones.

—¿Quién ha hablado? ¿Pipsqueak? ¿Qué es el Pozo de las Lamentaciones?

—Señor, es el lugar del campo que... Bueno, está en medio de un grupo de árboles, en un campo baldío.

—¿Te refieres al marcado con el círculo? ¡Válgame Dios! ¿Qué te hace pensar que ha ido allí?

—Bueno, ayer tenía unas ganas tremendas de verlo; estuvimos hablando con un pastor que nos contó un montón de cosas sobre ese pozo, y nos aconsejó que no fuéramos allí. Pero Judkins no le creyó y dijo que iba a ir.

—¡El muy pollino! —dijo el señor Hope Jones—. ¿Se ha llevado algo?

—Sí, creo que ha cogido una cuerda y una lata. Le hemos dicho que era una insensatez.

—¡Pequeño bruto! ¿Qué demonios se propone con esa clase de pertrechos? Bueno, venid conmigo los tres; vamos a buscarle. ¿Por qué no podrá la gente cumplir las órdenes más sencillas? ¿Qué es lo que os contó ese hombre? No, esperad; me lo contaréis por el camino.

Y se pusieron en marcha: Algernon y Wilfred hablando deprisa y los otros dos escuchando con creciente preocupación. Por fin llegaron a la loma que dominaba el campo al que se había referido el pastor el día antes. Desde aquí se dominaba todo el paraje: se veía el pozo en medio de una maraña de abetos torcidos y nudosos, y los cuatro senderos que serpeaban entre maleza y espinos. Era un día de calor tembloroso. El mar parecía una lámina de metal. No se notaba el más pequeño soplo de viento. Cuando llegaron arriba estaban los cuatro agotados, y se dejaron caer en la hierba caliente.

—Aún no se le ve —dijo el señor Hope Jones—; pero debemos descansar un poco. Vosotros estáis rendidos... y yo no digamos. Mirad bien —prosiguió un momento después—. Me ha parecido ver que se movían los arbustos.

—Sí —dijo Wilcox—; yo también. ¡Allí!... No; no puede ser él. Pero son varios, que han asomado la cabeza, ¿verdad?

—También a mí me lo ha parecido; pero no estoy seguro.

Callaron un momento.

A continuación:

—Aquél sí es; seguro —dijo Wilcox—. Está saltando la cerca. ¿Lo ve? Lleva una cosa brillante. Es la lata que decías que ha cogido.

—Sí, es él; va derecho hacia los árboles —dijo Wilfred.

En ese instante Algernon, que había estado observando con toda el alma, profirió una exclamación.

—¿Qué es eso que avanza a cuatro patas por el sendero? Pero si es... ¡una mujer! ¡Ah, no dejéis que la vea! ¡No lo permitáis! —y se arrojó al suelo, y trató de esconder la cabeza en la hierba.

—¡Basta! —gritó el señor Hope, aunque en vano—. Escuchad —dijo—: voy a bajar yo. Tú no te muevas de aquí Wilfred, y atiende a ése. Wilcox, tú ve lo más ligero que puedas al campamento y trae ayuda.

Echaron a correr los dos. Wilfred se quedó a solas con Algernon, haciendo lo posible por calmarle, aunque él no estaba mucho más entero. De cuando en cuando miraba hacia el campo; observó cómo el señor Hope Jones se aproximaba a la cerca; y de repente, sorprendentemente, se detuvo, miró hacia arriba y a su alrededor, ¡y se alejó deprisa en ángulo! ¿Cuál podía ser el motivo? Escrutó el campo, y descubrió una figura terrible... un ser envuelto en harapos negros entre los que asomaban unos bultos blancuzcos; la cabeza, en lo alto de un cuello largo y delgadísimo, la tenía medio oculta en una especie de cofia oscura sin forma definida. El ser agitaba sus brazos delgados en dirección al señor Hope Jones, que acudía a rescatar a Stanley, como para ahuyentarle.

Y entre las dos figuras, el aire parecía estremecerse y temblar como jamás había visto Wilfred. Y mientras miraba, empezó a experimentar una especie de ofuscamiento y sensación ondulante en el cerebro, lo que le hizo pensar en el efecto que tendría en alguien que estuviese más cerca de su radio de influencia. Miró a lo lejos, y descubrió a Stanley Judkins que avanzaba deprisa hacia el arbolado, a la manera característica de los scouts: mirando dónde ponía los pies para no pisar ramitas que chascasen ni engancharse en las zarzas. Aunque no veía nada, estaba claro que recelaba alguna clase de emboscada, y procuraba avanzar sin hacer ruido. Wilfred vio eso, y algo más también.

El corazón se le paralizó de súbito al descubrir a alguien apostado entre los árboles, y a otro ser —otra figura oscura y horrenda— que caminaba despacio por el sendero del otro lado del campo, a la vez que miraba a un lado y a otro tal como había descrito el pastor. Y lo peor: vio surgir una cuarta figura —ésta era inequívocamente un hombre— de los arbustos, unas yardas más atrás del pobre Stanley, y dirigirse trabajosamente hacia el sendero. La desventurada víctima tenía cortada la retirada por los cuatro costados.

Wilfred no sabía qué hacer. Agarró a Algernon y lo sacudió.

—¡Levántate! —dijo—. ¡Grita! Grita con todas tus fuerzas. ¡Ah, ojalá tuviera aquí un silbato!

Algernon se animó.

—Hay uno —dijo—; el de Wilcox. Debe de habérsele caído.

Y mientras el uno gritaba el otro tocaba el silbato. El alboroto se propagó por el aire inmóvil. Lo oyó Stanley: se detuvo. Dio la vuelta, y entonces se oyó un grito más penetrante y espantoso que los que los chicos proferían desde la colina. Fue demasiado tarde. La figura agazapada detrás saltó sobre Stanley y lo agarró por la cintura. La otra figura espantosa que se había detenido y agitaba los brazos empezó a hacer gestos de alegría. La que acechaba entre los árboles salió trabajosamente, y extendió los brazos también como para agarrar a alguien que fuese a su encuentro; y la cuarta, más distante, aceleró el paso moviendo la cabeza con jubiloso asentimiento.

Los chicos lo presenciaban todo en medio de un silencio tremendo, y apenas podían respirar mientras veían el horrible forcejeo entre el hombre y su víctima: Stanley golpeaba con la lata, única arma de que disponía. Saltó el ala rota del sombrero que llevaba el ser aquél, y quedó al descubierto una calavera blancuzca con unas manchas negras que podían ser mechones de cabello. Entretanto, una de las mujeres había llegado al lugar de la lucha y tiraba de la cuerda que Stanley llevaba colgada al cuello. Le dominaron en seguida entre los dos: cesaron al punto los gritos espantosos, y un momento después se internaron entre los abetos y se perdieron de vista los tres.

Sin embargo, por un momento pareció que iba a llegarle el rescate: el señor Hope Jones, que regresaba hacia ellos, se detuvo de repente, se volvió, se frotó los ojos, y echó a correr otra vez hacia el campo. Y más aún: miraron los chicos hacia atrás, y vieron no sólo a un grupo de figuras procedentes del campamento y que acababan de coronar la loma vecina, sino también al pastor que subía deprisa a donde ellos estaban. Le hicieron señas, le gritaron, corrieron unas yardas hacia él y luego volvieron a subir. El pastor aceleró el paso.

Los chicos miraron otra vez en dirección al campo. No veían nada. ¿O había algo entre los árboles? ¿Por qué había como una bruma en el arbolado? El señor Hope Jones había saltado la cerca y se internaba en los arbustos. El pastor se detuvo jadeante al llegar a donde estaban ellos. Los chicos fueron a su encuentro y se agarraron a sus brazos.

—Lo han atrapado ¡Lo tienen en los árboles! —era cuanto podían decir, y lo repetían una y otra vez.

—¿Qué? ¿Me están diciendo que ha ido allí a pesar de lo que le dije ayer? ¡Pobre muchacho!

Habría dicho más, pero sonaron otras voces: había llegado el grupo de rescate del campamento. Intercambiaron unas palabras atropelladas, y echaron todos a correr cuesta abajo. Nada más entrar en el campo se encontraron con el señor Hope Jones. Llevaba al hombro el cadáver de Stanley Judkins. Lo acababa de descolgar de una rama, donde lo encontró balanceándose. No había una sola gota de sangre en su cuerpo.

Al día siguiente el señor Hope Jones salió con un hacha dispuesto a talar los árboles y quemar todos los arbustos del campo. Regresó con un serio corte en la pierna y el mango del hacha roto. No pudo encender fuego, ni hacer la más pequeña mella en ninguno de los árboles.

He oído decir que la actual población del campo donde se halla el Pozo de las Lamentaciones consta de tres mujeres, un hombre y un niño. La impresión que sufrieron Algernon de Monmorency y Wilfred Pipsqueak fue enorme. Los dos se vieron obligados a abandonar el campamento inmediatamente; y el suceso sumió a los que se quedaron en una honda —aunque pasajera— melancolía. Uno de los primeros en recobrar el ánimo fue el Judkins más joven. Ésta es, señores, la historia de la carrera de Stanley Judkins, y de una parte de la carrera de Arthur Wilcox. Creo que no se había contado hasta hoy. Si tiene moraleja, espero que se vea claramente: si no, no sé cómo remediarlo.

El planeta de los muertos. Clark Ashton Smith (1893-1961)

De profesión, Francis Melchior era anticuario; por vocación, era astrónomo. De esa manera se esforzaba para calmar, si no para satisfacer, dos necesidades de un temperamento complejo y raro. A través de su oficio, gratificaba, hasta cierto punto, su ansia de todas las cosas que hubiesen estado sumergidas bajo las sombras funerarias de edades muertas, en las llamas de oscuro ámbar de soles que hacia largo tiempo que se habían puesto; por todas las cosas que tienen en torno suyo el misterio irresoluble del tiempo pretérito.

Y, a través de su vocación, encontró un camino despejado a reinos exóticos en el espacio exterior, a las únicas esferas en las que su imaginación podía vagar en libertad y sus sueños podían quedar satisfechos. Porque Melchior era uno de aquellos que han nacido con un asco incurable a todo lo que es actual o cercano, uno de aquellos que han bebido demasiado poco del olvido y no han olvidado por completo las glorias trascendentes de otras épocas, y los mundos de los que fueron exiliados por su nacimiento humano; así que sus pensamientos, furtivos e incansables, y sus anhelos, vagos e insaciables, vuelven oscuramente a las costas desaparecidas de una perdida herencia.

Para alguien así, la Tierra es demasiado estrecha, y la extensión del tiempo de los mortales, demasiado breve; y la pobreza y la esterilidad están por todas partes; y por doquier es su destino una infinita fatiga. Con una predisposición que de ordinario resulta tan fatal para las facultades de hacer negocios, fue verdaderamente notable que Francis Melchior hubiese prosperado absolutamente en los suyos. Su amor por las cosas antiguas, por los jarrones raros, cuadros, mobiliario, joyas, ídolos y estatuas, le hacían estar más dispuesto a comprar que a vender; y sus ventas eran a menudo una fuente de dolor y arrepentimientos secretos.

Pero, de alguna manera, a pesar de todo, había logrado adquirir un cierto grado de comodidad material. Por naturaleza, tenía algo de solitario y era considerado generalmente como un excéntrico. Nunca se había preocupado de casarse; no había tenido amigos íntimos, y le faltaban muchas de las inquietudes que, a los ojos del hombre de la calle, se supone que caracterizan a un ser humano normal.

La pasión de Melchior por las antigüedades y su afición a las estrellas procedían ambas de los días de su infancia. Ahora, al cumplir treinta y un años, con un desahogo y una prosperidad crecientes, había convertido el balcón superior de su casa aislada de las afueras, que se levantaba en la cima de una colina, en un observatorio amateur. Aquí, con un nuevo y poderoso telescopio, estudiaba los cielos veraniegos noche tras noche. Él poseía escaso talento y poca afición por esas recónditas ecuaciones matemáticas que forman una parte tan importante de la astronomía ortodoxa; pero tenía una comprensión intuitiva de las inmensas extensiones estelares, una sensibilidad mística para todo aquello que se encuentre en el espacio exterior.

Su imaginación vagabundeaba y se aventuraba entre los soles y las nebulosas; y, para él, cada nimio brillo en el telescopio parecía contar su propia historia e invitarle a su propio reino de fantasía ultramundana. No estaba especialmente preocupado con los nombres que los astrónomos han dado a cada estrella y a cada constelación; pero, de todos modos, cada una de ellas poseía para él una identidad individual que no podía confundirse con la de ninguna otra.

En particular, Melchior se sentía atraído por una diminuta estrella en una extensa constelación al sur de la Vía Láctea. Apenas podía distinguirse a simple vista; e, incluso por su telescopio, daba la impresión de una soledad y un apartamiento cósmicos como no había sentido ante otro orbe. Le atraía más que los planetas rodeados de lunas o las estrellas de primera magnitud con sus aureolas espectrales y ardientes; y volvía a ella una y otra vez, abandonando, por este solitario punto de luz, la maravilla de los múltiples anillos de Saturno y la zona nublada de Venus y los intrincados anillos de la gran nebulosa de Andrómeda.

Meditando durante muchas medianoches sobre la atracción que la estrella ejercía sobre él, Melchior razonó que su estrecho rayo era la emanación completa de un sol y, quizá, de un sistema planetario; que el secreto de mundos extraños y puede que hasta algo de su historia estaba implícito en aquella luz, si tan sólo uno fuese capaz de leer la historia. Y ansiaba comprender y conocer la tenuemente hilada hebra de afinidad que atraía su atención sobre este mundo en particular. En cada ocasión en que miraba, su cerebro era tentado por oscuras pistas de una belleza y unas maravillas que estaban aún un poco más allá de sus más audaces fantasías, de sus sueños más incontrolados.

Y, cada vez, le parecía que estaban una pizca más cerca, y más accesibles que antes. Y una extraña e indeterminada expectativa comenzó a mezclarse con la avidez que impulsaba sus visitas de cada noche al balcón. Cierta medianoche, cuando estaba mirando a través del telescopio, le pareció que la estrella era un poco más grande y brillante de lo habitual. Incapaz de explicar esto, la miró más fijamente que nunca, sintiendo una emoción creciente, y fue repentinamente capturado por la antinatural idea de que estaba mirando hacia abajo a un abismo extenso y vertiginoso, más que hacia arriba, a los cielos primaverales.

Sintió que el balcón ya no estaba debajo de sus pies, sino que de algún modo se había dado la vuelta; y entonces, de repente, estaba cayéndose directamente sobre el éter, con un millón de truenos y de llamas en torno suyo y tras él. Durante un breve rato, aún le pareció ver la estrella que estaba mirando, lejos en el terrible vacío de oscuridad espantosa; y entonces se olvidó y ya no pudo encontrarla.

Hubo el mareo de un incalculable descenso, y un torrente de vértigo, de velocidad siempre creciente, que no podía soportarse; y, transcurridos momentos o evos (no podía decir qué), los truenos y las llamas se apagaron en una oscuridad definitiva, en un completo silencio; y él ya no supo que estaba cayéndose, y ya no retuvo ningún tipo de inteligencia.


Cuando Melchior recuperó el sentido, su primer impulso fue sujetar el brazo del sillón en el cual había estado sentado debajo del telescopio. Era el movimiento involuntario de alguien que se cae en un sueño. Al momento se dio cuenta de lo absurdo de semejante impulso; porque no estaba sentado sobre una silla en absoluto; y sus contornos no tenían el menor parecido con el balcón nocturno en el cual había sido capturado por aquel extraño vértigo, y desde el que le había parecido caer y perderse. Estaba de pie sobre una carretera, pavimentada con bloques ciclópeos de piedra gris, una carretera que se extendía interminablemente ante él adentrándose en las perspectivas indefinidas de un mundo inconcebible.

A lo largo de la carretera, había árboles bajos de aspecto fúnebre, con follaje de un color triste y frutas de un violeta mortecino; y, más allá de los árboles, había una fila de obeliscos monumentales, de terrazas y de cúpulas, de colosales edificios multiformes, que se levantaban en la distancia en perspectivas, infinitas e incontables, hacia un horizonte indefinido. Sobre todo ello, desde un apogeo ébano púrpura, caían los rayos, ricos y apagados, de la iluminación de un sol rojo como la sangre.

Las formas y las proporciones de la laberíntica masa de edificios eran distintas de cualesquiera que hubiesen sido diseñadas en arquitecturas terrestres; y, durante un instante, Melchior se sintió anonadado ante su número y tamaño, ante su monstruosidad y rareza. Entonces, mientras miraba una vez más, ya no eran monstruosos ni raros; y los reconoció como lo que eran, y reconoció el mundo que recorría esta carretera sobre la que se encontraban sus pies y el punto de destino al que debía dirigirse, y el papel que estaba destinado a representar. Todo ello regreso a él tan inevitablemente como los verdaderos hechos y motivos de la vida regresan a alguien que se ha entregado, olvidándose de todo, a representar un papel dramático que es ajeno a su verdadera identidad.

Los incidentes de su vida como Francis Melchior, aunque aún los recordaba, se habían vuelto oscuros y sin sentido y grotescos, en su nuevo despertar a un estado más pleno de entidad, con todas sus consecuencias de recuerdos recobrados, de emociones y sensaciones resucitadas. No había rareza, tan sólo la familiaridad de un regreso a casa, en el hecho de que había pasado a otra modalidad del ser, con su propio entorno, sus propios pasado, presente y futuro, todos los cuales habrían resultado inconcebiblemente extraños al astrónomo amateur que unos momentos antes había mirado una diminuta estrella alejada en el espacio sideral.

—Por supuesto que soy Antarion —musitó—. ¿Quién, si no, podría ser yo?

El idioma de su pensamiento no era el inglés, ni ningún otro idioma de la Tierra; pero no se quedó sorprendido por su conocimiento de este idioma; ni tampoco se quedó sorprendido cuando vio que estaba ataviado con un ropaje de color rojo como una luciérnaga, de una moda desconocida en ningún pueblo ni época humanos. Este vestido, y ciertas diferencias de su personalidad física que le habrían parecido bastante raras un poco antes, eran exactamente como él esperaba que fuesen. Les dedicó tan sólo una mirada casual, mientras repasaba en su mente las circunstancias de la vida que ahora había reiniciado.

Él, Antarion, un famoso poeta del país de Charmalos, en el antiguo mundo que era conocido para sus gentes vivientes como Phandiom, había partido en un breve viaje al reino vecino. Durante el curso de este viaje, había tenido un sueño deprimente..., el sueño de una vida aburrida, inútil, como un tal Francis Melchior, en una especie de planeta de lo más raro y desagradable, que estaba en alguna parte por el otro extremo del universo. Era incapaz de recordar con exactitud cuándo y cómo había tenido este sueño; y tampoco sabía cuánto había durado; pero, en cualquier caso, estaba contento de haberse liberado de él, y contento de acercarse ahora a su ciudad nativa de Saddoth, donde habitaba, en su oscuro y espléndido palacio de eones anteriores, la hermosa Thameera, a quien él amaba.

Ahora, una vez más, después de la oscura niebla de aquel sueño, su mente estaba llena de la sabiduría de Saddoth; y su corazón estaba iluminado por un millar de memorias de Thameera; y estaba oscurecido a ratos por una vieja ansiedad relativa a ella.

No sin razón, había estado Melchior fascinado por las cosas que son antiguas o que se encuentran lejos. Porque el mundo en el que caminaba como Antarion era inconcebiblemente antiguo, y las épocas de su historia eran demasiadas como para recordarlas; y los elevados obeliscos y grandes edificios a lo largo de la carretera eran las elevadas tumbas, los orgullosos monumentos de antigüedad inmemorial, que habían llegado a sobrepasar en infinito número a los vivientes. Con más pompa de los reyes terrenales, estaban los muertos alojados en Phandiom; y sus ciudades se alzaban insuperables en su extensión, con calles interminables y prodigiosas veletas, por encima de las moradas menores en las que habitaban los vivos.

Y, a través de Phandiom, los años pasados eran una presencia tangible, un aire que lo envolvía todo; y la gente estaba sumergida en la oscuridad crepuscular de la antigüedad; y eran sabios con todo tipo de sabiduría acumulada; y eran sutiles en la práctica de extraños refinamientos, de eruditas perversiones, de todo lo que puede envolver, con hábil opulencia, variedad y gracia, el desnudo y tosco cadáver de la vida, u ocultar, de la visión de los mortales, el cráneo burlón de la mente. Y aquí en Saddoth, mas allá de las cúpulas, de las terrazas y de las columnas de la enorme necrópolis, como una flor nigromántica en la cual los lirios vuelven a vivir, florecía la extraordinaria y triste belleza de Thameera.


Melchior, en su consciencia como el poeta Antarion, era incapaz de recordar un tiempo en que no hubiese amado a Thameera. Ella había sido una pasión ardiente, un exquisito ideal, una delicia misteriosa y una pena enigmática. Él la había adorado implícitamente a lo largo de todos los cambios lunares de sus estados de ánimo, en su petulancia infantil, su ternura maternal o apasionada, su silencio sibilino, sus caprichos traviesos o macabros; y sobre todo, quizá, en las oscuras penas y los terrores que la dominaban de cuando en cuando. Él y ella eran los últimos representantes de nobles antiguas familias, cuyos linajes no medidos se perdían en la multitud de ciclos de Phandiom Como todos los demás de su raza, estaban imbuidos de la herencia de una cultura compleja y decadente; y las sombras, que nunca se levantaban, de la necrópolis hablan caído sobre ellos desde su nacimiento.

En la vida de Phandiom, en su atmósfera de un tiempo antiguo, de un arte desarrollado durante eones, de un epicureísmo consumado y ya un poco moribundo, Antarion había encontrado amplias satisfacciones para todos los instintos de su ser. Había vivido como un sibarita del intelecto; y, en virtud de un vigor medio primitivo, no había caído aún en la tristeza y desolación espirituales, el temido e implacable aburrimiento de la senilidad de la raza, que marcaba a tantos de entre sus semejantes.

Thameera era incluso más sensible y mas visionaria por su naturaleza; y a ella le pertenecía el refinamiento definitivo que está cercano a la decadencia otoñal. Las influencias del pasado, que eran una fuente de placer poético para Antarion, producían en sus delicados nervios dolor y languidez, horror y opresión. El palacio en el que ella vivía y las propias calles de Saddoth estaban llenos de efluvios que manaban de los pozos sepulcrales de la muerte; y el agotamiento de los muertos innumerables estaba por todas partes; y una presencia, malvada u opiácea, se arrastraba desde las criptas de los mausoleos, para aplastarla o ahogarla con sus alas sin forma. Solamente entre los brazos de Antarion conseguía escapar de esto; y sólo con sus besos conseguía olvidarlo.

Ahora, después de su viaje (cuya razón no lograba recordar) y después de aquel curioso sueño en que se había imaginado ser Francis Melchior, Antarion fue de nuevo admitido a la presencia de Thameera por esclavos que se mostraban invariablemente discretos al carecer de lengua. Bajo la luz oblicua de las ventanas de berilio y topacio, en la oscuridad, malva y carmesí, de los pesados tapices, sobre un suelo de maravillosos mosaicos realizados en ciclos anteriores, avanzó lánguidamente para recibirle. Era más hermosa que sus recuerdos, y más pálida que las flores de las catacumbas. Ella era exquisitamente frágil, voluptuosamente orgullosa, con cabellos de un oro lunar y ojos de un marrón nocturno que estaban salpicados de estrellas móviles y rodeados por las perlas oscuras de las noches sin dormir. La belleza, el amor y la tristeza, los exhalaba como un múltiple perfume.

—Me alegro de que hayas venido, Antarion, porque te he echado de menos —su voz era tan delicada como el aire que nace entre los árboles en flor, y tan melancólica como la música que se recuerda.

Antarion se había arrodillado, pero ella le tomó de la mano y le condujo hasta un sofá debajo de unas cortinas decoradas con intrincadas figuras. Allí, los amantes se miraron mutuamente en medio de un silencio afectuoso.

—¿Te va todo bien, Thameera? —la pregunta estaba motivada por la ansiosa intuición del amor.

—No, todo no va bien. ¿Por qué te marchaste? Las alas de la muerte y de la oscuridad están por las calles, revolotean más cerca que nunca; y sombras más oscuras que las del pasado han caído sobre Saddoth. Ha habido una extraña perturbación en el aspecto de los cielos; y nuestros astrónomos, después de muchos cálculos y estudios, han anunciado la inminente condena del sol. No nos queda sino un único mes de luz y de calor, y el sol se desvanecerá de los cielos de la noche como una lámpara que se apaga, y caerá una noche eterna, y el frío del espacio exterior se arrastrará sobre Phandiom. Nuestro pueblo ha enloquecido ante el horror previsto; y algunos de ellos se han hundido en una desesperación apática, y otros más se han entregado a fiestas frenéticas y a orgías... ¿Dónde estuviste, Antarion? ¿En qué sueño te perdiste para poder abandonarme tanto tiempo?

Antarion intentó tranquilizarla.

—El amor es aún nuestro —dijo él—. Y, aunque los astrónomos hayan leído los cielos correctamente, tenemos un mes ante nosotros, y un mes es mucho.

—Sí, pero existen otros peligros, Antarion. El rey Haspa ha mirado sobre mí con los ojos del deseo senil, y me corteja asiduamente con regalos, promesas y amenazas. Es el antojo, repentino e inexorable, de la edad y del aburrimiento, el capricho de la desesperación. Él es cruel, inflexible y todopoderoso.

—Te llevaré lejos —dijo Antarion—; escaparemos juntos y habitaremos entre los sepulcros y las ruinas, donde nadie pueda encontrarnos. Y el amor y el éxtasis florecerán como flores escarlatas bajo su sombra; y recibiremos la noche infinita el uno en los brazos del otro; y así conoceremos el máximo de los placeres mortales.


Bajo la negra medianoche que colgaba sobre ellos como unas inmóviles alas colosales, las calles de Saddoth estaban ardiendo con un millón de luces amarillas, cinabrio, cobalto y púrpura. A lo largo de las anchas avenidas, los callejones profundos como valles, y entrando y saliendo de los pasmosos palacios antiguos, templos y mansiones, se vertían las grotescas festividades, la tumultuosa diversión de una mascarada que duraba toda la noche. Todo el mundo estaba fuera, desde el rey Haspa y sus delgados y sibaríticos cortesanos, hasta los mendigos y los parias más bajos. Un revoltijo de disfraces extravagantes e inauditos, una mezcla de fantasías más variadas que las de un sueño del opio, iban y venían por todas partes.

Como Thameera había dicho, la gente se había vuelto loca con la amenaza de la condena prevista por los astrónomos; y buscaban olvidar, en un rápido y siempre creciente delirio de todos los sentidos, su temor ante la noche que se aproximaba. Más tarde, durante la noche, Antarion salió por la puerta trasera de la alta y oscura mansión de sus ancestros, y se abrió camino por entre el histérico revuelo de la gente en dirección al palacio de Thameera. Estaba ataviado con ropas de un estilo anticuado, tal como no había sido vestido desde hacía un puñado de siglos en Phandiom; y toda su cabeza y su rostro estaban envueltos en una máscara pintada diseñada para representar la peculiar fisonomía de una raza ya extinta.

Nadie podría haberle reconocido; y él, por su parte, a muchos de los festejantes con los que se encontró tampoco podría haberlos reconocido, sin importar lo mucho que los conociese, porque la mayoría de ellos estaban disfrazados con un ropaje no menos estrambótico y llevaban máscaras que eran caprichosas o absurdas, o asquerosas o ridículas más allá de lo que cabía imaginarse. Había diablos y emperatrices y dioses, reyes y nigromantes de las lejanas e insondables épocas de Phandiom, monstruos de tipo medieval o prehistórico, cosas que nunca habían nacido o sólo habían sido contempladas en la mente de locos artistas decadentes, buscando superar las anormalidades de la naturaleza. Incluso de la tumba habían extraído su inspiración, y momias amortajadas, cadáveres mordidos por los gusanos, se paseaban ahora entre los vivos. Todas estas máscaras eran la pantalla para licencias orgiásticas sin precedente o paralelo.

Todos los preparativos necesarios para la fuga de Saddoth habían sido hechos, y Antarion había dejado instrucciones, minuciosas y cuidadosas, con sus criados respecto a ciertas cuestiones esenciales. Conocía de antiguo el temperamento implacable y tiránico de Haspa, sabía que el rey no toleraría oposición alguna a la indulgencia de cualquiera de sus caprichos o pasiones, sin importar lo momentánea que fuese. No había tiempo que perder a la hora de abandonar la ciudad junto a Thameera. Llegó por caminos retorcidos y tortuosos basta el jardín detrás del palacio de Thameera. Allí, entre los altos lirios espectrales de colores profundos o cenicientos, los inclinados árboles fúnebres con sus frutas de sabor sutil y opiáceo, ella le esperaba, ataviada con un vestido cuya antigüedad igualaba la del suyo, y que era no menos impenetrable para reconocerla.

Después de un breve murmullo de saludo, salieron juntos del jardín y se unieron a la olvidadiza multitud. Antarion había temido que Thameera estuviese vigilada por los secuaces de Haspa; pero no había señales de semejante vigilancia, nadie a la vista que pareciese estar acechando o entreteniéndose; tan sólo el rápido movimiento de la siempre cambiante multitud, preocupada por su búsqueda del placer. Entre esta multitud, consideró que se encontraban a salvo. Sin embargo, a causa de unas precauciones escrupulosas, se permitieron ser arrastrados durante un rato en la corriente de la diversión de la ciudad, antes de buscar la larga avenida arterial que conducía a las puertas. Se unieron al canto de canciones festivas, devolvieron los chistes de bacanal que les arrojaban los transeúntes, bebieron los vinos que les ofrecieron los portadores de jarras públicas, se paraban cuando la multitud se paraba, se movían cuando la multitud se movía.

Por todas partes, había llamas que ardían salvajemente, y la grosería de voces elevadas, y el gemido estridente o el pulsar febril de instrumentos musicales. Había festejos en las grandes plazas, y las puertas de casas de antigüedad inmemorial vertían un torrente de iluminación a todos aquellos que elegían entrar. Y, en los enormes templos de evos anteriores, se celebraron ritos delirantes ante dioses que miraban. con inmutables ojos de metal o piedra, los desesperados cielos; y los sacerdotes y los fieles se drogaban con terribles opiáceos, y buscaban el éxtasis embriagador del abandono a una histeria tanto carnal como devota.

Al cabo, Antarion y Thameera, por etapas que no se notaban, dando muchas vueltas y giros, empezaron a acercarse a las puertas de Saddoth. Por primera vez en su historia, las puertas se hallaban sin vigilancia; porque, en medio de la desmoralización general, los centinelas se habían marchado sin miedo a la detención o a los reproches, para unirse a la universal orgía. Aquí, en el barrio exterior, había poca gente, y tan sólo los restos desperdigados de fiestas; y el amplio espacio abierto entre las últimas casas y las murallas de la ciudad estaba por completo desierto. Nadie vio a los amantes cuando se alejaron como sombras evanescentes por el bostezo triste de las puertas, y siguieron la carretera gris adentrándose en la oscuridad exterior, atestada con las indefinidas siluetas de los mausoleos y los monumentos.

Aquí, las estrellas habían sido cegadas por las luces brillantes de Saddoth, claramente visibles en el cielo quemado. Y, en el momento en que los dos amantes salían, las dos pequeñas lunas cenicientas de Phandiom se levantaron desde detrás de las necrópolis, y proyectaron la desesperada languidez de sus débiles rayos sobre las múltiples cúpulas y minaretes de los muertos. Y, bajo las lunas gemelas, que extraían su luz incierta de un sol agonizante, Antarion y Thameera se quitaron las máscaras y se miraron mutuamente en el silencio de un amor inefable, y compartieron el primer beso de su mes de definitiva delicia.


Durante dos días y dos noches, los amantes habían escapado de Saddoth. Se habían ocultado durante el día entre los mausoleos, habían viajado en la oscuridad y bajo el brillo dudoso de las lunas, sobre carreteras que eran poco utilizadas, dado que se dirigían tan sólo a ciudades abandonadas desde hacía épocas en las regiones exteriores de Charmalos, en una tierra cuyo mismo suelo hacía largo tiempo que había quedado exhausto y había sido abandonado al escondido avance del desierto. Y ahora habían llegado al final de su viaje, porque, tras ascender una colina baja y sin árboles, vieron, debajo de ellos, los arruinados y olvidados techos de Urbyzaun, que había estado abandonada desde hacía mil años; y, más allá de los tejados, el oscuro y apagado lago rodeado por colinas desnudas desgastadas por las olas, que una vez había sido extensión de un gran mar.

Aquí, en el palacio que se deshacía del emperador Altanoman, cuyas altas y tumultuosas glorias eran ahora una leyenda que se olvidaba, los esclavos de Antarion les habían precedido, trayendo un suministro de comida y de las comodidades y lujos que podrían necesitar durante el intervalo que precedería al olvido. Y aquí estaban a salvo de toda persecución; porque Haspa, sumido en la fiebre y empujado por el aburrimiento de los últimos días, se había vuelto hacia la satisfacción de algún capricho menos difícil, y ya se había olvidado de Thameera.

Y ahora, para estos amantes, comenzó una vida que era el epítome breve de toda la delicia y toda la desesperación posibles. Y, lo que resultaba bastante raro, Thameera perdió los miedos indefinidos que la habían atormentado, las débiles penas que la habían obsesionado, y era completamente feliz bajo las caricias de Antarion. Y, teniendo en cuenta que disponían de tan poco tiempo para expresar su amor, para compartir sus pensamientos, sus sentimientos, sus fantasías, nunca se decía o se hacía lo bastante entre los dos; y ambos estaban gozosamente satisfechos. Pero los rápidos días implacables pasaron; y, día tras día, el sol rojo que daba vueltas sobre Phandiom fue oscurecido por un tinte de las sombras venideras y un frío se cernió sobre el tranquilo aire; y los cielos calmados, en los cuales no se movía ni una nube ni una ráfaga de viento o las alas de un pájaro, eran indicativos de la condena.

Y, día a día, Antarion y Thameera miraron cómo se oscurecía el sol desde una terraza arruinada sobre el lago muerto; noche tras noche, asistieron al palidecer de las lunas fantasmales. Y su amor se convirtió en una dulzura intolerable, una cosa demasiado profunda y querida como para ser soportada por un corazón mortal o por carne mortal. Misericordiosamente, habían perdido la cuenta estricta del tiempo, y no sabían el número de días que habían pasado, y pensaban que aún tenían ante ellos varias albas y ocasos de placer. Estaban tumbados juntos en un sofá del viejo palacio, un sofá de mármol que los esclavos habían sembrado con lujosos tejidos, y estaban repitiendo una y otra vez la letanía de su amor, cuando el sol fue alcanzado al mediodía por la condena que los astrónomos habían predicho; cuando un lento crepúsculo llenó el palacio, más pesado que la sombra que proyecta una nube, y fue seguido por una ola de repentina oscuridad como el ébano, y el frío que se arrastra del espacio exterior.

Los esclavos de Antarion gimieron en las tinieblas; y los amantes supieron que el final de todo estaba próximo; y se abrazaron el uno al otro en un placer desesperado, con rápidos e innumerables besos, y murmuraron el supremo éxtasis de su ternura y de su deseo; hasta que el frío que caía desde el infinito se convirtió en una agonía creciente, y en un misericordioso atontamiento, y después en un olvido que todo lo alcanzaba.


Francis Melchior se despertó en su silla debajo del telescopio. Temblaba porque el aire se había enfriado; y, al moverse, notó que sus miembros estaban extrañamente rígidos, como si hubiese estado expuesto a un frío más riguroso que el de una noche de verano. El largo y curioso sueño que había tenido era inexpresablemente real para él; y los pensamientos, miedos, deseos y desesperaciones de Antarion todavía seguían con él. Mecánicamente, más que a través de una renovación de sus impulsos como ser terrenal, fijó sus ojos en el telescopio y buscó la estrella que había estado estudiando cuando el vértigo premonitorio le atrapó. La configuración del cielo no había cambiado apenas, las constelaciones que la rodeaban estaban altas al sudoeste; pero, con una impresión que se convirtió en auténtica sorpresa, se dio cuenta de que la propia estrella había desaparecido.

Nunca, aunque ha explorado los cielos noche tras noche durante la alternancia de muchas estaciones, ha sido capaz de encontrar el pequeño y distante orbe que le atrajo de una manera tan inexplicable e irresistible. Tiene una doble pena; y, aunque se ha vuelto viejo y gris con la lentitud de los años estériles, con la compra y venta de las antigüedades, con el estudio de las estrellas, Francis Melchior aún duda un poco sobre cuál es el verdadero sueño: su vida en la Tierra o su mes en Phandiom, bajo un sol agonizante, cuando, como el poeta Antarion, amó la extraordinaria y triste belleza de Thameera. Y siempre está preocupado por un sordo arrepentimiento de haberse despertado (si despertar es lo que fue) de la muerte que murió en el palacio de Altanoman, con Thameera entre sus brazos y los besos de Thameera entre sus labios.

El pozo y el péndulo. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Impia tortorum longas hic turba furores sanguinis innocui,
non satiata, aluit, sospite nunc patria, fracto nunc funeris
antro, mors ubi dira fuit vita salusque patent.

(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado
que debió erigirse en el solar del Club de los Jacobinos, en París)


Estaba agotado, agotado hasta el límite por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.

Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno.

Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.

Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño..., ¡no! En medio del delirio..., ¡no! En medio del desvanecimiento..., ¡no! En medio de la muerte..., ¡no!

Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado. Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. ¿Y cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados. nos preguntamos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotantes en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar, no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.

En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío aparente en el que mi alma había caído, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso. También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón.

Luego el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable.

De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. Únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.

No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.

A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto. A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado?

Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de esta especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas. Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.

Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba vacío y negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos.

Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre estos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, o qué muerte más terrible me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.

Mis extendidas manos encontraron, por último un sólido obstáculo. Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.

Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía, pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición.

Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared, y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquello era una cueva.

No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta. De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente. En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte.

Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí, descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.

Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.

Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos, pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido. Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrazadora, y de un trago vacíe el cántaro.

Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte. No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.

Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas a aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha.

También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creí mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones. La superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes del horror más realista llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.

Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada. Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y parecíase mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención.

Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda. Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.

Transcurrió media hora, tal vez una hora —pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo— cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.

Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la Ultima Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabia que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce ¡Mas dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.

¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando. Pasaron días, tal vez muchos días, antes que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor de acero afilado.

Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso. Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.

Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojo en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.

La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida —unos treinta pies, más o menos— y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.

Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pasar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.

Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea.

Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. Únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.

Siempre mas bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.

Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje, Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por primera vez. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mi cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza lo bastante para ver bien mi pecho.

La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida. Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica. Hacia varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa.

—¿A qué clase de alimento —pensé— se habrá acostumbrado en este pozo?

Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, había devorado el contenido del plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia . Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.

Al principio, lo repentino del camino y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más que un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos o más atrevidas se encaramaron por el caballete y oliscaron la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarrándose a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mi garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.

Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba contantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.

No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. L estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo y de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.

¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquélla fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.

Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendíase en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque, como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido.

Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario.

¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda sobre el deseo de mis verdugos, los más despiadados y demoníacos de todos los hombres. Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo. El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante, durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar!

¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondiendo mi rostro entre las manos, lloré con amargura. El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez mas los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y este efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.

En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz.

—¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!

¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión? Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible.

Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos...

Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.

El pescador del Cabo del Halcón. H.P. Lovecraft (1890-1937) August Derleth (1909-1971)

Por la costa de Massachusetts se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger. Algunas de ellas sólo se comentan en voz muy baja y con grandes precauciones. Tan extraños rumores circulan a lo largo de toda la costa, difundidos por los hombres del mar del puerto de Innsmouth, sus vecinos, ya que él vivía a unas pocas millas más al sur, en el Cabo del Halcón. Ese nombre se debe a que allí, en las épocas migratorias, se puede ver a los halcones peregrinos, los esmerejones y aun los grandes gerifaltes sobrevolar aquella estrecha lengua de tierra que se adentra en el mar. Allí vivió Enoch Conger, hasta que no se le vio más, pues nadie puede afirmar que haya muerto.

Era fuerte, de pecho y hombros anchos, y con largos brazos musculosos. Pese a no ser un hombre viejo, llevaba barba, y coronaba su cabeza una cabellera muy larga. Sus ojos azules se hundían en un rostro cuadrado. Cuando llevaba su chubasquero de hombre de mar, con el sombrero haciendo juego, parecía un marino desembarcado de alguna vieja goleta siglos atrás. Era un hombre taciturno. Vivía solo en la casa de piedra y madera que él mismo había construido, donde podía sentir el viento soplar y escuchar las voces de las gaviotas, de las golondrinas, del aire y del mar, y desde donde podía admirar el vuelo de las grandes aves migratorias en sus viajes hacia tierras lejanas. Se decía de él que se entendía con ellas, que hablaba con las gaviotas y las golondrinas, con el viento y con el golpeante mar, y aun con otros seres invisibles que, sin embargo, emitían, en unos tonos extraños, algo parecido a los mudos sonidos de ciertas grandes bestias batracias, desconocidas en los pantanos y ciénagas de la tierra.

Conger vivía de la pesca, y aunque ésta escaseaba, le era suficiente. Por el día y por la noche echaba sus redes al mar; lo que sacaba lo llevaba a Innsmouth, a Kingsport, o aún más lejos, para venderlo. Pero una noche le vieron llegar solo a Innsmouth; no traía nada de pesca y permanecía con los ojos muy abiertos, atónitos, como si hubiese estado mirando mucho tiempo la puesta del sol y se hubiese quedado ciego. En las afueras de la ciudad, entró en una de las tabernas donde solía ir, se sentó en una silla, solo, y se puso a tomar una cerveza. Algunos curiosos que estaban acostumbrados a verle se acercaron a su mesa para beber con él, hasta que bajo los efectos del alcohol empezó a balbucear. Pero hablaba como si lo hiciese para sí mismo, y sus ojos no parecían ver a nadie.

Decía que había visto algo maravilloso esa noche. Había sacado su barca hasta el Arrecife del Diablo, situado a más de una milla de Innsmouth, y allí había echado su red. Sí, había sacado muchos peces; pero en su red había algo más; algo que era una mujer y que, sin embargo, no lo era; algo que le hablaba como un ser humano, pero con el tono gutural de una rana y con el acompañamiento de una música aflautada como la que, en los meses de primavera, se oye en los pantanos; algo que tenía una gran incisión, profunda y ancha, en lugar de una boca, pero una infinita dulzura en sus ojos; algo que llevaba, bajo el pelo largo que caía de su cabeza, hendiduras como agallas; algo que le rogaba y le suplicaba para que le dejara volver a los fondos del mar; algo que le prometió, a cambio, su propia vida si alguna vez la necesitaba.

-Una sirena -dijo uno con una risotada.
-No era una sirena -dijo Enoch Conger-, porque tenía piernas, aunque los dedos de sus pies eran como los de los palmípedos, y tenía manos, aunque los dedos de sus manos eran como los de sus pies, y la piel de su cara era como la mía, aunque su cuerpo tenía el color del mar.

Se rieron de él, pero él no les escuchó. Sólo uno de ellos no se rió, porque había oído a los viejos hombres y mujeres de Innsmouth contar unas historias muy extrañas, que se remontaban a los tiempos de los barcos clíper y del comercio con las Indias Orientales. Según esos ancianos, en aquellos tiempos se habían celebrado algunas bodas entre hombres de Innsmouth y mujeres de las islas del Pacífico Sur; hablaban luego de extraños acontecimientos ocurridos en el mar, cerca de Innsmouth. Ese hombre no se rió, simplemente escuchó, se calló y luego se marchó, sin haberse unido a las risas burlonas de sus compañeros. Pero Enoch Conger no reparó en él, como tampoco se dio cuenta de las risas que había provocado. Continuó su relato; explicó cómo había sacado a la criatura de las redes en sus brazos, describió la sensación que le había producido el contacto con su piel fría y la textura de su cuerpo; contó cómo la había soltado, cómo la vio nadar y sumergirse entre las rocas del Arrecife del Diablo, cómo la vio aparecer de nuevo, levantar sus brazos una última vez hacia arriba y desaparecer para siempre.

Después de aquella noche, Enoch Conger volvió poco a la taberna. Cuando venía era para sentarse solo y eludir a cuantos le preguntaban por su «sirena» y querían saber si le había hecho alguna proposición antes de dejarla libre. Volvió a mostrarse taciturno, hablaba poco, bebía su cerveza y se iba. Lo único que se sabía era que ya no pescaba cerca del Arrecife del Diablo, que echaba sus redes en algún otro lugar próximo al Cabo del Halcón. Aunque se rumoreaba que temía volver a ver la cosa extraña que había cogido aquella noche entre sus redes, se le veía con frecuencia en la punta de la estrecha lengua de tierra, de pie, mirando al mar, como si esperase ver aparecer una embarcación en el horizonte, o el mañana que siempre ronda y nunca llega para los buscadores de futuro e incluso para muchos hombres, sea lo que sea lo que esperan y piden a la vida.

Enoch Conger se volvió cada vez más introvertido y él, que había sido un asiduo cliente de la taberna de Innsmouth, acabó por no aparecer más por allí. Se limitaba a traer el pescado al mercado y volvía apresuradamente a su casa con las provisiones que necesitaba. Mientras tanto, la historia de su sirena se extendió a lo largo de toda la costa, y tierra adentro hacia Arkham y Dunwich, por el Miskatonic, e incluso más allá, en las negras y tupidas colinas donde vivía la gente menos inclinada a tomarse a broma estas cosas.

Pasó un año, y otro, y otro, y una noche llegó a Innsmouth la noticia de que Enoch Conger había resultado gravemente herido durante su solitaria pesca. Dos pescadores le habían visto al pasar tendido en su barca y le habían socorrido. Como su casa del Cabo del Halcón era el único lugar adonde quería ir, le llevaron allí, antes de ir rápidamente a buscar al doctor Gilman de Innsmouth. Cuando volvieron a casa de Enoch Conger, acompañados del médico, el viejo pescador había desaparecido.

El doctor Gilman se abstuvo de comunicar su opinión, pero los dos pescadores que le habían traído cuchichearon y contaron a quien quería oírlo el singular relato. Hablaron de la gran humedad que reinaba en la casa, de las innumerables gotas de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes, que colgaban del picaporte de la puerta y que empapaban la cama donde habían dejado a Enoch Conger, antes de salir en busca del doctor. Hablaron de las huellas mojadas dejadas en el suelo por unos pies palmípedos. Aquellas huellas eran muy profundas a lo largo de todo su recorrido desde la casa hasta el mar, como si un gran peso, tan grande como el de Enoch Conger, hubiese sido llevado por esos pies, obligados a hundirse en el suelo a cada paso, hasta dejar la nítida impresión de su dibujo.

Pronto se enteró todo el mundo de lo sucedido. Pero la gente se reía de los pescadores, pues no había más que una sola línea de huellas, y Enoch Conger era un hombre demasiado pesado como para que alguien pudiese cargar con él todo ese recorrido. El doctor Gilman no había hecho el menor comentario, salvo que había visto pies palmípedos en algunos habitantes de Innsmouth, pero que los dedos de Enoch Conger, que había examinado en alguna ocasión, eran normales y no palmípedos. Algunos curiosos fueron a la casa del Cabo del Halcón para ver si podían descubrir algo nuevo. Pero volvieron desilusionados. No vieron nada, y se sumaron a los que se burlaban de los infelices pescadores. Al cabo de algún tiempo, aquellos dos pobres hombres fueron reducidos al silencio, y no faltaron quienes dejaron caer la sospecha de que ellos eran quienes habían hecho desaparecer a Enoch Conger y habían inventado aquella historia para encubrir su acción. Ese rumor se extendió también a otros lugares.

Dondequiera que haya ido, Enoch Conger no volvió a su casa del Cabo del Halcón. El viento y el tiempo la destrozaron a su antojo: arrancaron una tabla aquí y otra allá, desgastaron los ladrillos de la chimenea, rompieron las ventanas y hundieron el tejado. Las gaviotas, las golondrinas y los halcones que la sobrevolaban no volvieron a oír la voz que, en un tiempo, les había contestado. Poco a poco, a lo largo de la costa, los rumores que circulaban en torno al asesinato se acallaron, pero surgieron ciertos signos oscuros que, si bien descartaban cualquier posibilidad de homicidio, inducían a pensar en algún fenómeno mucho más aterrador e inexplicable.

Un día en que el venerable Jedediah Harper, patriarca de los pescadores de la costa, bajó a tierra con sus hombres, juró haber visto cerca del Arrecife del Diablo a un extraño grupo de criaturas que nadaban. Esos seres, según decía, no eran humanos del todo, ni batracios tampoco; eran criaturas anfibias que cruzaban el agua mitad al estilo de los seres humanos y mitad como ranas; formaban un grupo de más de cuarenta, y eran machos y hembras. Habían pasado cerca de su barca y brillaban a la luz de la luna, como unos seres espectrales surgidos de las profundidades del Atlántico. Parecían estar cantando a Dagon, un canto de alabanza. Y entre ellos, sí, formando parte del mismo grupo, había visto a Enoch Conger, nadando con los demás, desnudo como ellos, y uniendo su voz a las suyas en el cántico de alabanza. Atónito, le había llamado, Enoch se había vuelto para mirarle, y le había visto la cara. Luego todos, así como Enoch Conger. se sumergieron bajo las olas y no volvió a verlos más.

Cuentan que, por haber hablado tanto, el viejo hombre fue reducido al silencio por miembros de los clanes Marsh y Martin, que, según se decía, estaban emparentados con algunos habitantes del mar. La barca Harper no volvió a salir a la mar, el viejo no tenía ya que ganarse la vida, ni los hombres que habían formado su tripulación.

Transcurrió mucho tiempo hasta que, un día, un hombre joven; que había pasado su niñez en Innsmouth y se acordaba de Enoch Conger, regreso al puerto de esta ciudad y contó cómo él, en compañía de su hijo pequeño, habían salido a remar a la luz de la luna. Ya habían pasado el Cabo del Halcón cuando, de repente, justo detrás de su barca y tan cerca que hubiesen podido tocarle con un remo, surgió el torso desnudo de un hombre entre las olas. Se mantenía en el agua tal como si otros, a quienes no podían ver, le estuvieran sosteniendo por debajo. Su cara, el rostro de Enoch Conger, se volvía hacia el Cabo del Halcón y parecía mirar con nostalgia la casa que seguía allí en ruinas. El agua chorreaba de su largo pelo, de su barba, y resbalaba sobre su cuerpo oscuro; su piel, debajo de las orejas, tenía como dos grandes agallas. Y luego, tan extraña y repentinamente como había surgido, desapareció, sumergiéndose en el mar.

A lo largo de la costa de Massachusetts, cerca de Innsmouth, se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger, y otras se insinúan en voz baja...