miércoles, 30 de enero de 2019

Libros de terror: Lord Dunsany (1878-1957)




Lista de libros:


  • Bethmoora
  • Caronte
  • Chu-Bu y Sheemish
  • Cuentos de un soñador
  • De cómo llegó el enemigo Thulrana
  • De cómo Nuth había practicado su arte en contra de los gnolos
  • De como Plash Goo llegó al país que nadie desea
  • Días de ocio en el Yann
  • El botín de Bombasharna
  • El huracán
  • El remolino
  • El señor de las ciudades
  • El signo
  • El sueño del rey Karna Vootra
  • El vengador de Perdonaris
  • En el crepúsculo
  • En tierra baldía
  • Erlathdronion
  • Escapar por los pelos
  • Helado napolitano
  • Historia de mar y tierra
  • La angustiosa historia de Thangobrind, el joyero
  • La caída de Babbulkund
  • La condenación de La Traviata
  • La coronación del señor Thomas Shap
  • La demanda de las lágrimas de la reina
  • La espada de Welleran
  • La fortaleza invencible
  • La hija de Ramsés
  • La novia del hombre caballo
  • La parentela de los elfos
  • La señorita Cubbidge y el dragón del romance
  • Las imprudentes plegarias de Pombo, el idólatra
  • Los fantasmas
  • Los salteadores de caminos
  • Más allá de los confines del mundo
  • Misterio oriental
  • Nuestros primos lejanos
  • Probable aventura de tres hombres de letras
  • Un día en el confín del mundo
  • Un paseo hacia Lingham
  • Una tienda en Go By Street

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martes, 29 de enero de 2019

Leyenda de la nativa Mariana. (Argentina)



La leyenda de la india Mariana o también conocida como la leyenda de la nativa Mariana, es una historia real protagonizada por un personaje que si existió, pero a través de los años se le han incrementando elementos imaginativos populares y fantásticos que le han dado título de leyenda. Esta leyenda es protagonizada por una india huarpe (pueblo indígena de Cuyo, en la Argentina) llamada Mariana, que vivió en el Pocito, en la provincia argentina de San Juan.
Cuenta le leyenda que  principios del siglo XVII, en lo que es actualmente el departamento Pocito, vivía una anciana nativa huarpe de nombre Mariana. Era una mujer de alta estatura, delgada, de piel cobriza, rostro huesudo y un cabello negro y largo; ella siempre iba acompañada de su fiel perro, que la defendía de cualquier eventualidad. A ella se le solía ver bajo la sombra de un algarrobo acompañada de su perro y con cigarro en la boca.

Ahí, bajo la sombra del algarrobo solía contar fantásticas  historias a todos los niños que se le acercaban entusiasmados por las mismas y algunos viajero de paso que también caían rendidos a sus interesantes relatos, que también le compraban las “piedras brillantes”, las cuales eran nada menos que pepitas de oro, que ella extraía de un “pocito” (de ahí el nombre del lugar Pocito).


Una noche un grupo de españoles quisieron robarle, siguieron el rastro del cigarrillo, pero al llegar al algarrobo donde se solía encontrar, solo encontraron a su perro enseñando los colmillos en señal de defensa, los españoles salieron espantados  y solo se oyó una carcajada de mujer que provenía de la oscuridad de aquel árbol. Esa noche un fuerte temblor despertó a todos, a Mariana nunca se la volvió a ver ni a su famoso pocito de oro.




lunes, 28 de enero de 2019

Siempre caminas sola.

De tanto dolor, dame hoy tu mano
necesito beber de tu esencia tan distinta
porque siempre caminas sola
con tu corazón de viento y de acero
hija de la más perversa oscuridad...

Tanta dulzura te hace sobrehumana
porque los dioses te perfumaron cada lágrima
mientras yo sobre mi sangre inocente
te juré miles de veces este amor...

De tanto dolor que corrompe mi alma
se disuelve el pasado en tus ojos
donde están los sueños, donde paseas por el mar
por los océanos de la calma...

De tanta dulzura necesito sentirte completa
porque por más mares que en este mundo existan
en tus brazos puedo olvidarlos
porque de tantas lágrimas y mentiras que existan
con tu amor, todo puedo perdonarlo...





Siempre caminas sola.
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados.

©1997-1998

Si me miras fijamente.

Si me miras fijamente, tengo miedo
que tus ojos se crucen con los míos
que tu dulzura muera con este instinto asesino...

Si me hablas de este amor, tengo miedo
que el te quiero se confunda con mi poesía perversa
que sólo sabrá decirte que nada existe...

Si te quedas muda, tengo miedo
que tu silencio se confunda con mi silencio
y que sin palabras intente hacerte mal...

Si puedes entenderme, porque me amas tengo miedo
que mi alma no pueda atraparte
y vencida te deje ir con el viento...





Si me miras fijamente.
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados.

©1997-1998

domingo, 27 de enero de 2019

Preñez. Daisy Zamora.

Esta inesperada redondez
este perder mi cintura de ánfora
y hacerme tinaja,
es regresar al barro, al sol, al aguacero
y entender cómo germina la semilla
en la humedad caliente de mi tierra.

Vuelvo a ser yo misma. Daisy Zamora.

Cuando entro con mis hijos a su casa, vuelvo
a ser yo misma.
Desde su mecedora ella
nos siente llegar y alza la cabeza.
La conversación no es como antes.
Ella está a punto de irse.
Pero llego a esconder mi cabeza
en su regazo, a sentarme a sus pies. Y ella me contempla
desde mi paraíso perdido
donde mi rostro era otro, que sólo ella conoce.
Rostro por instantes recuperado
cada vez más débilmente
en su iris celeste desvaído
y en sus pupilas que lo guardan ciegamente.

Mensaje urgente a mi madre. Daisy Zamora.

Fuimos educadas para la perfección:
para que nada fallara y se cumpliera
nuestra suerte de princesa-de-cuentos
infantiles.
¡Cómo nos esforzamos, ansiosas por demostrar
que eran ciertas las esperanzas tanto tiempo
atesoradas!
Pero envejecieron los vestidos de novia
y nuestros corazones, exhaustos,
últimos sobrevivientes de la contienda.
Hemos tirado al fondo de vetustos armarios
velos amarrillentos, azahares marchitos
ya nunca más seremos sumisas ni perfectas.
Perdón, madre, por las impertinencias
de gallinas viejas y copetudas
que sólo saben cacarearte bellezas
de hijas dóciles y anodinas.
Perdón, por no habernos quedado
donde nos obligaban la tradición
y el buen gusto.
Por atrevernos a ser nosotras mismas
al precio de destrozar
todos tus sueños.

Qué manos a través de mis manos. Daisy Zamora.

Las anchas manos pecosas y morenas de mi abuelo
con igual destreza vendaban una herida,
cortaban gardenias
o me suspendían en el aire feliz de la infancia.
Las manos de mi abuela paterna
artríticas ya cerca de su muerte,
una vez fueron frágiles manos, filigrana de plata,
argolla de matrimonio en el anular izquierdo;
pitillera y traguito de scotch o de vino jerez
en atardeceres de blancas celosías
y pisos de madera olorosos de cera,
recostada en su chaise-longue leyendo trágicas historias
de heroínas anémicas o tísicas.
Mi padre siempre cuidó la transparencia de sus manos
delicadas como alas de querube
hechas para lucirlas
con violín o batuta.
Mi madre heredó las manos de mi abuelo Arturo,
pequeñas y nudosas, con dedos romos.
De tantas manos que se han venido juntando
saqué estas manos.
¿De quién tengo las uñas, los dedos,
los nudillos, las palmas, las frágiles muñecas?
Cuando acaricio tu espalda,
las óseas salientes de tus pies
tus largas piernas sólidas,
¿Qué manos a través de mis manos
te acarician?

Al pie de la diosa blanca. Daisy Zamora.

Es cierto que te he traicionado.
Por años te pospuse con argumentos vanos.
¡Cómo desatendí tus llamados!
Quise taparme los oídos con la dorada
cera de las abejas, pero
no era de sirenas tu canto.
Hasta en sueños me perseguías
e hiciste yunque de mi pobre cabeza
y yo, necia, me negaba a obedecerte.
Pero prevaleciste, oh Diosa, sobre mí
y sobre la voluntad de quienes quisieron
encadenarme en el antiquísimo rol.
Tampoco puede decirse que fui cobarde
porque de algún modo supe resistir.
Te filtrabas, aliento que hinchó el alma.
He sobrevivido al menos, Diosa, y te hablo,
vencedora: soy tuya para siempre.

Garcilaso y Boscán. Cristóbal de Castillejo (1491-1556)

Garcilaso y Boscán, siendo llegados
al lugar donde están los trovadores
que en esta nuestra lengua y sus primores
fueron en este siglo señalados,

los unos a los otros alterados
se miran, con mudanza de colores,
temiéndose que fuesen corredores
espías o enemigos desmandados;

y juzgando primero por el traje,
pareciéronles ser, como debía,
gentiles españoles caballeros;

y oyéndoles hablar nuevo lenguaje
mezclado de extranjera poesía,
con los ojos los miraban de extranjeros.

Conjuros de amor. Costana (s. XV)

...Aquel amor que publica
con su llanto de amargura
desmedido
la vïuda tortolita,
cuando llora con tristura
su marido
y se busca soledad
donde su llanto concierte
muy esquivo,
te haga haber piedad
de la dolorosa muerte
que recibo.

Aquel amor tan derecho
y querencias tan estrañas
sin temor,
del ave que rompe el pecho
y da comer sus entrañas
por amor,
en ti misma lo recibas,
y tan poderoso sea
que sus llamas,
que romas tus carnes vivas,
porque solo te crea
que me amas?

¡Oh Amor! ¿y dónde miras?
tu fuerza que no resce,
dime, ¿dóla?
¿contra quién obran tus iras?
¿quién mejor te las merece
que ésta sola?
Vuelve tus sañas en ella,
muestre tu poder cumplido
cuánto pueden,
porque con muerte de aquella
que tus leyes ha rompido
firmes queden.

A éste con rabia pido
que de su mano herida
tal te veas
cual se vio la reina Dido
a la muy triste partida
de su Eneas:
y con el golpe mortal
que dio fin a sus amores
te conjuro
que tu vevir desleal
no jamás de sus dolores
veas seguro?

FIN

Amor que prende y quebranta,
fuerza que fuerzas derriba
muy entera,
y al mismo temor espanta
y a lo más libre cativa
sin que quiera,
a ti, muy desconocida,
tan cruelmente cative,
pues que sabe que la mi penosa vida
que en tal dolor siempre vive
no s´acabe.

sábado, 26 de enero de 2019

Poemas III. Coral Bracho.

De sus ojos ornados de arenas vítreas.

Desde la exhalación de estos peces de mármol;

desde la suavidad sedosa

de sus cantos,

de sus ojos ornados

de arenas vítreas,

la quietud de los templos y los jardines

(en sus sombras de acanto, en las piedras

que tocan y reblandecen)

han abierto sus lechos,

han fundado sus cauces

bajo las hojas tibias de los almendros.

Dicen del tacto

de sus destellos,

de los juegos tranquilos que deslizan al borde,

a la orilla lenta de los ocasos.

De sus labios de hielo.

Ojos de piedras finas.

De la espuma que arrojan, del aroma que vierten

(En los atrios: las velas, los amarantos.)

sobre el ara lebísima de las siembras.

(Desde el templo:

el perfume de las espigas,

las escamas,

los ciervos. Dicen de sus reflejos.)

En las noches,

el mármol frágil de su silencio,

el preciado tatuaje, los trazos limpios

(han ahogado la luz

a la orilla; en la arena)

sobre la imagen tersa,

sobre la ofrenda inmóvil

de las praderas.




En la humedad cifrada.

Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila
de quien se impregna (de quien
emerge,
de quien se extiende saturado,
recorrido
de esperma) en la humedad
cifrada (suave oráculo espeso; templo)
en los limos, embalses tibios, deltas,
de su origen; bebo
(tus raíces abiertas y penetrables; en tus costas
lascivas -cieno bullente- landas)
los designios musgosos, tus savias densas
(parva de lianas ebrias) Huelo
en tus bordes profundos, expectantes, las brasas,
en tus selvas untuosas,
las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas;
(ábside fértil) Toco
en tus ciénagas vivas, en tus lamas: los rastros en tu fragua
envolvente: los indicios
(Abro
a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz) Oigo
en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios
-siglas inmersas; blastos-. En tus atrios:
las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas),
los hervideros.




La penumbra del cuarto.

Entra el lenguaje.

Los dos se acercan a los mismos objetos. Los tocan
del mismo modo. Los apilan igual. Dejan e ignoran
las mismas cosas.

Cuando se enfrentan, saben que son el límite
uno del otro.

Son creador y criatura.
Son imagen,
modelo,
uno del otro.

Los dos comparten la penumbra del cuarto.
Ahí perciben poco: lo utilizable
y lo que el otro permite ver. Ambos se evaden
y se ocultan.




Peces de piel fugaz.

El borde es una boca finísima, una escisión aguda y deslumbrante
el negro como una forma de luz que marca orillas, espacios entor-
pecidos, fuegos limítrofes. A medida que avanzo el agua cambia.

La fiesta estaba impregnada de pequeños monos inabordables. Alguien
incrustó sobre el lodo una estructura cuadriculada de ramas huecas
y fue como abrir un espejo a las ansias de nado.

Todo se esparce en amarillos. Los monos saltan.

Antes, cuando miraba el tiempo como se palpa suavemente una seda,
como se engullen peces pequeños. El sol desgajaba del aire haces de
polvo.

Es un espacio abrupto pero preciso; a partir de entonces los árboles.
Hacia abajo las ganas irrefrenables.

Los monos, como dijeron todos, eran salvajes; cuerpecillos tirantes
y amarillentos. El juego era portentoso, desarraigado; las manos llenas
de lodo.

El agua brilla, pez lento y adormecido; en sus ojos la noche es un
impulso vago y oscilatorio, una tajada oscura, borde brevísimo, lo
delinea.

Pero empezar aquí con el consuelo de ver a todos enardecidos, y
mirar de improviso sus dedos híbridos, infantiles.

Vocecitas hirvientes que revientan desiertas.

Al margen hay un abismo de tonos, de nitidez, de formas. Habría que
entrar levemente, oscuramente en ese instante de danza.

Hay una grieta aquí, en este lapso. En la cueva las raíces se adhieren
con fanática astucia, las ramas se desdoblan con gracia.

Es en vez de morder la espesura reciente, o separar las sombras
espumosas y leves con un esguince de fauno. De cerca, llueve.

Atrás los paraguas se extienden sobre las olas. Los hay de colores
lentos y de formas hirientes. Las horas se arremolinan. Y tengo fe,
porque así como dicen de los estanques.

Pequeños peces de hiedra tornasolados.

Había gatos, insectos, tigres; y cuando quisieron abrir las puertas, y
todo, desde el templo de entrada estaba concentrado en dos líneas;
dos fragmentos de feria.

Bailan en las orillas.

Y retroceden, porque asomarse es la atracción sin muelles. Donde
apoyar la calma de mirar desde lejos sin arriesgar el tacto.

Son alusivos los desenlaces. Las sombras se abren a veces lentamente.
Región umbral de nostalgias reblandecidas, de palabras limpias y secas.

Pero es la tierra de sal. Nadie que vuelva o que mida. Agua que
drena en la certidumbre y en el olvido remansos breves de mar.

Queda entonces tan lejos. Y sus manitas flacas y frías como una
aguda destreza emergida de espacios inexpugnables.

De aquí, los troncos y la maleza brillan su nitidez intacta Virgen que
exhala una cadencia tibia y ensimismada. Los peces saltan.

Los monos saltan. En el fondo la luz se angosta y los cuerpos em-
pequeñecen. Entonces se desprende la asfixia; una sed amplia y
albuminosa.

Beben pausados sorbos de té.

Y si uno hunde la cara para ver más de cerca.

También rastrearon las carpas. El circo; toda la orilla era como un
incendio, los animales se escurrieron en zanjas y plataformas.

Para sostenerse, tal vez. Lo difícil. A veces sus irrupciones abren un
espacio naranja.

Es hermoso palpar entonces las aguas. El cielo se reconcentra en
azules profundos. Los verdes crecen hasta tocarlas.

Estira sus bracitos elásticos en un giro aliviante.

Las raíces inhalan. Basta deslizar poco a poco los dedos sobre las
rocas para saberlas lisas y despobladas. Árboles de cristal.

Y es el instante de inusitar la lancha por la quilla y deslindar el filo.
Los dedos largos y finos.

Sus ojos límpidos.

Este estupor de seda que se derrama. Pero empezar aquí.

La fiesta sombra finísima lenta. De la cueva se desprenden sus
voces como suaves racimos. Piedras jugosas. Desde el zumo del circo.
Y es el instante; pero empezar aquí. Sus ojos ávidos, insondables.
En sus bordes escuetos, las voces, las aguas cambian. Peces de piel
fugaz.




Sobre la mesa: el destello.

El rizoma, como tallo subterráneo (...)
tiene, en sí mismo, muy diversas for-
mas: desde su extensión superficial
ramificada en todos sentidos, hasta su
concreción en bulbos y tubérculos.
El deseo es un creador de realidad
(...) produce y se mueve mediante
rizomas,
Un rasgo intensivo comienza a ac-
tuar por su cuenta...

Deleuze y Guattari, Rizoma



En la palabra seca, informulada, se estrecha
rancia membrana parda ((decir: fina gota de aceite para el
brillo matinal
de los bordes, para la línea
tibia, transitada que cruza, como un puro matiz, sobre
el vasto crepitar, sobre el lomo colmado,
bulbo ?una gota de saliva animal:
para las inflexiones, para el alba fecundada (caricia)
que se expande a la orilla, como una espuma, un relieve;
un pelaje frutal? una llaga de luz, un hilván: para
los gestos aromados al tacto, a la sombra rugosa, codiciante;
una voz, una fibra desprendida ?un vellón? al azar de las
gubias, del frote (plectro),
Tientos
y el idioma capilar de los roces en el cuenco lobular
de los cuerpos. Púrpura
en la raíz;
una esponja, una lima, un espejo
axilar: y en los ecos,
la estatura:
una alondra: Rimas en los espliegos;
hielo: por la grupa liminal, tersos belfos inquietos.
Valva pilosa,
alianza, en el vuelco; plexos y el tendón:
un ardor, una punta sinovial en los goces veteados: ductos
a la pálida cima oculta;
una astilla, una cinta (gato)
un embrión para el bronce de espesuras rampantes,
intimables;
un hervor, una turba despeinada, una espora:
Caudas entornadas al auge de un sabor inguinal. Sobre las
crines; coces:
En las hormas habituales, impugnadas, de estar, en sus
zagas humosas, ovulantes:
un carámbano exacto,
un candil.
Riscos.
y en los pliegues enlamados, los atisbos de estar,
en sus médanos acres:
higos perlados; risas;
un limón en las orlas incitadas
rasgar: con almohazas vidriantes, inaudibles (vino prensil,
hirsuto)
con espinas el temple, las pezuñas;
carcajada chispeante entre los bulbos
escrutados, las urracas;
fósforos, guiños, ecos
en la tenaza; salta
la perdiz.
La perdiz: ave fresca, abundante, de muslos gruesos;
acusado dimorfismo sexual. Sus plumas rojas, cenicientas,
encubren. Salta en parábola eyecta sobre las fresas;
aleteante calidez. Tiene los flancos grises (Las fresas
bullen esponjadas, exhalan ?de sus fieltros de amapola,
de entresijo verbal?, la lejía delectante), las patas finas,
el vuelo corto; corre (los sabores umbrosos, apilables)
con rapidez.
Abre sus belfos limpios:
el jugo moja y perfuma su atelaje; en su piel
de escozores ambiguos, ávido ciñe el grácil,
respingante; lúbrico abisma el néctar
simultáneo; estupor; estupor anchuroso
entre los brotes atiplados;
hincar, en las corvas deslumbrantes, erectas.
En los bíceps, los escrotos; Fúlgidos, agrios. Trotes.
Alentado a las ancas
alumbradas; cadencias; ritmos convexos; malvos paroxismos:
de bruces
entre las hondas resonancias. Pedúnculos emprendibles
bajo el cinto:

Libar desde las formas borboteantes; la lengua entre las
texturas engranadas, las vulvas
prístinas en sus termas; lluvia a los núcleos
astillados; rizomas incontenibles entre los flujos, las
pelambres exultadas, espumantes, de estar;
bajo las riendas fermentables, las gualdrapas. Embebido
en las blandas, extensivas. Desbordado.
Volúmenes irascibles entre la paja exacerbada, germinante.
Vital,
inmarcesible en sus impulsos abruptos, suave y matizado en
sus ocres,
su esplendor, a las yemas; único a las pupilas
restregantes.
Desbandada encendida entre los surcos, las pimientas, los
indicios; densa
y exaltable en sus puntas: al olfato. Ráfaga
mineral. Un renglón, un cabús, un polvito; Gárgola.
Una hormiga en las crestas hilarantes, por los muslos,
el vientre; en las palabras)) tensas, enturbiadas,
se estrecha, ronca membrana ((cítricas. La estridencia
perpetrable en los lindes))
parda; su red empaña ((en los ápices lubricados, el pistilo.
Su voz: saboreando, exhibiendo, despojándolo Luz;
en los espacios excitables, el acto sedicioso. Labial,
embarnecible bajo el índice fresco, su tersura; prensan.
Magnetismo atizado hasta el exceso degustable,
el rechinido. Vértices las cosquillas.
Acedando, exprimiéndolo en rupturas desbocadas,
expresivas. Vórtice. Entre los fierros, los erizos,
el instinto. Roedores inexpugnables
entre los hilos, las escuadras, el cedazo. Un terrón,
un respiro lanceolado, un prurito.
Rastrear bajo las zonas apiñadas, intensivas.
Nudos papilares entre la yerba. Sobre las mesas: el destello.
Un punzón, un insecto en las palabras)) lentas, empalmadas
((entre las grietas,
las cesuras, en las bridas. Súbitos y lascivos las concentran ?Su
voz: separándolo, abriéndolo, eligiendo? ciñen y cohabitan en
los filos espejeantes) huecas; su costra opaca (entre los gritos,
las cernejas, los resquicios. Estar:)




Una avispa sobre el agua.

La superficie del agua es tensa
para una avispa,
es un sendero múltiple fluyendo siempre
como el tacto del tiempo
sobre la hondura quieta
de un corto espacio.

Corto es el tiempo
en que flota; corta
la distancia en que gira
por incesantes laberintos,
remolinos inciertos, llamas,
y transparencia
inextricable.

Poemas II. Coral Bracho.

Con abismada transparencia.

Eres el fuego del inicio.
Eres la luz
en el instante sabio
de hacinarse en el agua.
Eres la voz, la transparencia que penetra,
que engendra;
la nota viva y diáfana
que cae,
con el candor de una certeza
en el centro
del alma.




El amor es su entornada sustancia.

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es su entornada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota,
senderos y senderos
inextricables. Es el camino
de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso en donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento,
de la calma del agua, y del sol
que toca,
con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra,
y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver
y encender




La brisa.

La brisa toca con sus yemas
el suave envés de las hojas. Brillan
y giran levemente.
Las sobresalta y alza
con un suspiro, con otro. Las pone alerta.

Como los dedos sensitivos de un ciego
hurgan entre el viento las hojas;
buscan y descifran sus bordes,
sus relieves de oleaje, su espesor.
Cimbran
sus fluidas teclas silenciosas.





Mariposa.

Como una moneda girando
bajo el hilo de sol
cruza la mariposa encendida
ante la flor de albahaca.




Sobre el amor.

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es deleitada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota, senderos y senderos
inextricables. Es el camino de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento
de la calma del agua, y del sol
que toca, con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra, y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver y encender.




Tus lindes: grietas que me develan.

We must have died alone,
a long long time ago.
D.B.



Has pulsado
has templado mi carne
en tu diafanidad, mis sentidos (hombre de contornos
levísimos, de ojos suaves y limpios);
en la vasta desnudez que derrama,
que desgaja y ofrece;

(Como una esbelta ventana al mar; como el roce delicado,
insistente,
de tu voz.)
Las aguas: sendas que te reflejan (celaje inmerso),
tu afluencia, tus lindes:
grietas que me develan.

?Porque un barniz, una palabra espesa, vivos y muertos,
una acritud fungosa, de cordajes,
de limo, de carroña frutal, una baba lechosa nos recorre,
nos pliega; ¿alguien;
alguien hablaba aquí?

Renazco, como un albino, a ese sol:
distancia doloroso a lo neutro que me mira, que miro.

Ven, acércate; ven a mirar sus manos, gotas recientes en este fango;
ven a rodearme.
(Sabor nocturno, fulgor de tierras erguidas, de pasajes
sedosos, arborescentes, semiocultos
el mar:
sobre esta playa, entre rumores dispersos y vítreos.) Has deslumbrado,
reblandecido

¿En quién revienta esta luz?

Has forjado, delineado mi cuerpo a tus emanaciones,
a sus trazos escuetos. Has colmado
de raíces, de espacios;
has ahondado, desollado, vuelto vulnerables (porque tus yemas tensan
y desprenden,
porque tu luz arranca gubia suavísima con su lengua,
su roce,
mis membranas en tus aguas; ceiba luminosa de espesuras
abiertas,
de parajes fluctuantes, excedidos; tu relente) mis miembros.

Oye; siente en ese fallo luctuoso, en ese intento segado,
delicuescente
¿A quién unge, a quién refracta, a quién desdobla? en su
miasma

Miro con ojos sin pigmento ese ruido ceroso
que me es ajeno.

(En mi cuerpo tu piel yergue una selva dúctil que fecunda
sus bordes;
una pregunta, viña que se interna, que envuelve los pasillos
rastreados.
De sus ramas, de sus cimas: la afluencia incontenible.
Un cristal que penetra, resinoso, candente, en las vastas
pupilas ocres
del deseo, las transparenta; un lenguaje minucioso.)
Me has preñado, has urdido entre mi piel;
¿y quién se desplaza aquí?
¿quién desliza por sus dedos?
Bajo esa noche: ¿quién musita entre las tumbas, las zanjas?
Su flama, siempre multiplicada, siempre henchida y secreta,
tus lindes;
Has ahondado, has vertido, me has abierto hasta exhumar;
¿Y quién,
quién lo amortaja aquí? ¿Quién lo estrecha, quién lo besa?
¿Quién lo habita?




Una piedra en el agua de la cordura.

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo,

Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquél
entre este punto
y aquél

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.

Poemas I. Coral Bracho.

Argumento.


El aire es denso para mí
como el agua.
Mi vuelo es real
porque mi sensación del aire
es real, y la cercanía del piso
lo hace factible.




Desde esta luz.

Desde esta luz que incide, con delicada
flama,
la eternidad. Desde este jardín atento,
dede esta sonbra.
Abre su umbral el tiempo,
y en él se imantan
los objetos.
Se ahondan en él,
y él los sostiene así:
claros, rotundos,
generosos. Frescos llenos de su alegre volumen,
de su esplendor festivo
de su hondura estelar.
Sólidos y distintos
alían su espacio
y su momento, su huerto exacto
para ser sentidos. Como piedras precisas
en un jardín. Como lapsos trazados
sobre un templo.

Una puerta, una silla,
el mar.
La blancura profunda
desfasada
del muro. Las líneas breves
que lo centran.
Deja el tamarindo un fulgor
entre la noche espesa.
Suelta el cántaro el ruido
solar del agua.
Y la firme tibieza de sus manos; deja la noche densa,
la noche vasta y desbordada sobre el hondo caudal,
su entrañable
tibieza.




Imagen al amanecer.

El agua del aspersor cubría la escena
como una niebla,
como una flama blanquísima, dueña
de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso
ritual
y cadencioso.
Un poco más allá y más allá hasta
tocar las rocas. Lienzos de sol
entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno
oleaje
silencioso. Un mismo
denso
movimiento lo centra; lo ahonda
en su asombrado corazón. Profundo, colmado
vórtice.
Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento
borbollón luminoso.
Un poco más allá, más allá, su tacto límpido
se estremece. Son remanso
las rocas
a su enjambre estelar, a su incesante,
encendida nieve. Por un momento se cubre
con su seda el jardín. Suavemente
los troncos ceden
y van tendiéndose sobre el pasto;
largas sendas oscuras bajo el tamiz
que inunda el amanecer. Cuando su lluvia
se ha expandido hacia el este
pesan menos las sombras
y los troncos se adensan y se levantan.
Vuelve entonces el arco
a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena,
un olor de magnolias
y rocas húmedas.




Las aves ven.

Es el arco
que encierra
y que sostiene la imagen:
la plenitud del mar. Luz
de insaciada transparencia. Bajo la tierra
se entreteje la historia:
aguas que engendran sus recintos. Bullir de peces
Ecos que dejan su opacidad, briznas, rastros
que emergen. Estallidos que fijan
su estupor en los muros, la flor, la piel
de sus calcinaciones. Las aves ven.
Los peldaños encienden sus oleadas sedosas
frente a los lechos que germinan; la sombra
oculta su espesor.




Que ahorita vuelve.

Te hace una seña con la cabeza
desde esa niebla de luz. Sonríe.
Que sí, que ahorita vuelve.
Miras sus gestos, su lejanía,
pero no la escuchas. Polvo
de niebla es la arena.
Polvo ficticio el mar.
Desde más lejos, frente a ese brillo
que lo corta te mira,
te hace señas. Que sí, que ahorita vuelve.
Que ahorita vuelve.




Sus brillos graves y apacibles.

Vivo junto al hombre que amo;
en el lugar cambiante;
en el recinto que colman los siete vientos. A la orilla del mar.
Y su pasión rebasa en espesor las olas.
Y su ternura vuelve diáfanos y entrañables los días. Alimento
de dioses son sus labios; sus brillos graves
y apacibles.




Una luciérnaga bajo la lengua.

Te amo desde el sabor inquieto de la fermentación;
en la pulpa festiva. Insectos frescos, azules.
En el zumo reciente, vidriado y dúctil.
Grito que destila la luz:
por las grietas frutales;
bajo el agua musgosa que se adhiere a las sombras. Las papilas, las grutas.
En las tintas herbáceas, instilantes. Desde el tacto azorado.
          Brillo
que rezuma, agridulce: de los goces feraces,
de los juegos hendidos por la palpitación.
                                        Gozne
(Envuelto por el aura nocturna, por los ruidos violáceos,
acendrados, el niño, con la base mullida de su lengua expectante, toca,
desde esa tersa, insostenible, lubricidad --lirio sensitivo que se pliega en las rocas
si presiente el estigma, el ardor de la luz-- la sustancia, la arista
vibrante y fina --en su pétalo absorto, distendido-- [joya
que palpita entreabierta; ubres], el ácido
zumo blando [hielo], el marisma,
la savia tierna [cábala], el néctar
          de la luciérnaga.)

viernes, 25 de enero de 2019

El sabueso. Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

En mis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso. No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos los hechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosas dudas.

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la naturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme la cabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, la diosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.

¡Que el cielo perdone la demencia y la morbosidad atraída por la nefasta suerte! Hartos de los temas de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su color, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían erradicar nuestro tedioso aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.

Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en cansarnos, hasta que no quedó otro camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.

No puedo revelar los detalles de nuestras brutales expediciones, ni nombrar el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que creamos en la monolítica casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el perfume de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces (¡cómo me estremezco al recordarlo!) la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva habitación había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas vasijas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición.

Había estatuas y cuadros, todos perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en las cuales recogíamos nuestros tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión, y brindábamos a sus detalles un minucioso cuidado. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la fervorosa emoción que acompañaba a la exhumación. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.

¿Qué espantoso destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a humedad, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una pútrida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan antigua que conseguimos abrirla.

Mucho era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrado en algunos sitios por las mandíbulas del ser que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, de bestialidad y odio. En torno de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.

En cuanto vimos el amuleto supimos que debíamos poseerlo. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta de que nos parecía familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.

Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta sonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en nuestro museo. Leímos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.

Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad de que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría de que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra silueteada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriendo cuando me acerqué a él y no pudo responder mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

-El amuleto..., aquel maldito amuleto...

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.

Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el pantano una ancha y nebulosa sombra que volaba, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón Victoria, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqué el amuleto de jade verde y viajé hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de evadir la amenaza que pesaba sobre mi. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los hechos siguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en la desesperación cuando, en una posada de Róterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.

Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar disculpas al tranquilo esqueleto que reposaba en su interior; pero, más allá de mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación tanto mía como de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó fácil, aunque en un momento me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.

La locura viaja sobre el viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.

El rostro. E.F. Benson (1867-1940)

Sentada junto a la ventana abierta en aquella calurosa tarde de junio, Hester Ward empezó a meditar seriamente acerca de los presagios y la nube depresiva que le habían acompañado durante todo el día, y con gran sensatez enumeró para sí misma las múltiples causas de felicidad que había en las circunstancias afortunadas de su vida. Era joven, extremadamente atractiva, acomodada, gozaba de una salud excelente y por encima de todo tenía un esposo y dos hijos pequeños adorables. Ciertamente no existía ruptura alguna en el círculo de prosperidad que la rodeaba, y si en esos momentos un hada madrina le hubiera entregado la gorra de los deseos habría dudado si ponérsela sobre la cabeza, pues no podía pensar en nada que fuera digno de tal solemnidad. Tampoco podía acusarse, además, de no apreciar esas bendiciones: las apreciaba y disfrutaba enormemente, y deseaba de corazón que todos aquellos que con tanta munificencia habían contribuido a su felicidad pudieran compartirla.

Hizo una revisión muy deliberada de todas esas cosas, pues se encontraba realmente ansiosa, en realidad más de lo que se atrevía a admitir, por encontrar algo tangible que pudiera justificar la sensación siniestra de que se acercaba el desastre. También había que considerar el clima, pues durante la última semana había hecho en Londres un calor sofocante, pero si era esa la causa, ¿por qué no lo había sentido antes? Quizás el efecto de aquellos días sofocantes y sin aire hubiera sido acumulativo. Era un idea, aunque sinceramente no parecía muy buena, pues lo cierto es que el calor le encantaba; Dick, que lo odiaba, solía decir que era extraño que se hubiera enamorado él de una salamandra.

Cambió de postura y se irguió en el asiento bajo que ocupaba junto a la ventana, tratando de recuperar su valor. Desde el momento mismo en que despertó esa mañana supo que soportaba ese gran peso, y ahora, tras haber hecho todo lo posible para encontrar cualquier motivo de su depresión, y haber fracasado totalmente, se disponía a mirar las cosas cara a cara. Se avergonzaba de ello, pues la causa de ese estado de ánimo amedrentado que la atenazaba era tan trivial, tan fantástica, tan excesivamente estúpida.

—Sí, nunca me sucedió nada tan tonto —pensó—. Debo considerarlo directamente y convencerme de lo tonto que es.

Permaneció un momento aferrándose las manos.

La noche anterior había tenido un sueño que años atrás había sido habitual, pues de niña lo había soñado una y otra vez. En sí mismo el sueño no era nada, pero en la época de la infancia, siempre que la noche anterior había tenido ese sueño a la noche siguiente tenía otro que contenía el origen y el núcleo del horror, y despertaba gritando y luchando bajo la pesadilla abrumadora. Hacía ya unos diez años que no lo había experimentado, y por lo que podía recordar habría dicho que se había vuelto oscuro y distante. Pero la noche anterior había tenido el sueño de advertencia, que solía anunciar la visita de la pesadilla, y ahora todo el almacén de la memoria, aunque estuviera lleno de cosas brillantes y hermosas, no contenía nada tan vivo como el sueño.

El sueño de advertencia, el telón que se alzaba para la noche siguiente, revelando la tan temida visión, era en sí mismo simple e inocuo. Le parecía estar caminando por un acantilado alto y arenoso cubierto de hierba baja; a su izquierda, a veinte metros, estaba el borde del acantilado, que caía entonces en una empinada cuesta hasta el mar, situado al pie. El camino que ella seguía la conducía a través de campos rodeados de setos bajos y resultaba suavemente ascendente. Cruzaba una media docena de esos campos, subiendo las escaleras que por encima de las cercas comunicaban uno con otro; pastaban allí ovejas, pero nunca vio un ser humano, y siempre era el crepúsculo, como si estuviera cayendo la noche, y tenía que darse prisa porque alguien (ella no sabía quién) le estaba esperando, y no sólo le aguardaba desde hacía unos minutos, sino desde hacía muchos años.

En el momento en que subía la cuesta veía delante de ella un grupo de árboles bajos que crecían curvados por la continua presión del viento que soplaba desde el mar; y cuando los veía sabía que su viaje casi había terminado, y que el innombrable que tanto tiempo llevaba aguardando estaba en algún lugar cercano. El camino que seguía se interrumpía en ese bosquecillo, y las inclinadas copas de los árboles por el lado del mar casi le servían de techo; era como caminar a través de un túnel. Enseguida los árboles de la parte delantera empezaban a disminuir, y a través de ellos veía la torre gris de una iglesia solitaria. Se levantaba en un camposanto que parecía llevar mucho tiempo abandonado, y el cuerpo de la iglesia, situada entre la torre y el borde del acantilado, estaba en ruinas, sin techo, y con las ventanas abiertas rodeadas de espesos crecimientos de hiedra.

El sueño preliminar se detenía siempre en ese punto. Era un sueño que provocaba preocupación e inquietud, pues se hallaba suspendido sobre él la sensación del crepúsculo y la del hombre que la llevaba aguardando tanto tiempo; pero no podía considerarse como una pesadilla. Lo había experimentado muchas veces en su infancia, y quizás era el conocimiento subconsciente de la noche que con seguridad iba a producirse lo que le daba esa inquietud. Y ahora la última noche se había vuelto a producir, idéntica en todos los aspectos salvo en uno, pues la noche anterior le pareció que en los diez años que habían pasado desde la última vez que lo tuvo se alteró la visión de la iglesia y el cementerio. El borde del acantilado se había aproximado más a la torre, se encontraba ahora a uno o dos metros de ella, y las ruinas de la iglesia, salvo un arco roto que había sobrevivido, habían desaparecido. En su avance, el mar llevaba diez años tragándose el acantilado.

Hester sabía bien que sólo ese sueño le había oscurecido el día, por las pesadillas que solían sucederle, y siendo una mujer sensata, tras haberlo reconocido se negó a admitir en su mente nada que pudiera evocar conscientemente las consecuencias. Si se hubiera permitido contemplar tal cosa probablemente el hecho mismo de pensar en ello bastaría para asegurar su regreso, y una de las cosas que con seguridad sabía era que no quería en absoluto que tal cosa sucediera. No era una de esas pesadillas ordinarias confusas y revueltas; era muy simple, y sentía que concernía al ser innombrable que la aguardaba... pero no debía pensar en ello; puso toda su voluntad e intención en el deseo de no pensar en ello, y como ayuda a su resolución escuchó el sonido de la llave de Dick en la puerta principal, y su voz que la llamaba.

Salió al pequeño y cuadrado recibidor principal y lo encontró allí, fuerte y grande, y maravillosamente real.

—Este calor es un escándalo, un ultraje, una abominable desolación —gritó él enjugándose el sudor vigorosamente—. ¿Qué hemos hecho para que la providencia nos coloque en esta sartén? ¡Luchemos contra el calor, Hester! ¡Salgamos de este infierno y vayamos a cenar a (te lo diré susurrando para que la providencia no se entere) Hampton Court!

Ella se echó a reír: aquel plan le resultaba muy conveniente. Regresarían tarde, tras haberse distraído; y cenar fuera resultaba al mismo tiempo delicioso y un motivo de olvido.

—Estoy de acuerdo, y segura de que la providencia no nos ha oído. ¡Vayámonos ahora!

—Perfecto. ¿He recibido alguna carta?

Se dirigió a la mesa sobre la que había algunos sobres con sellos de medio penique y de aspecto muy poco interesante.

—Ah, recibos de facturas —dijo—. Sólo un recordatorio de lo tonto que es uno por pagarlas. Una circular, un consejo que no he pedido acerca de invertir en marcos alemanes, un suplicatorio en una circular que empieza: «Querido señor o señora». Es una impertinencia pedirle a uno que se suscriba a algo sin saber de antemano si es hombre o mujer. Una visión privada de retratos en la Walton Gallery... no podré ir; reuniones de negocios el día entero. Quizás a ti te gustaría ir a verlos, Hester. Me han dicho que hay unos Van Dyck muy hermosos. Eso es todo: salgamos.

Hester pasó una velada realmente tranquila, y aunque pensó en hablarle a Dick acerca del sueño que tanto había afectado todo el día su conciencia, para oír la gran carcajada que soltaría él por su estupidez, no lo hizo, pues nada de lo que pudiera decir él sería tan bueno para su miedo como la fuerza general que transmitía. Además, tendría que explicarle el motivo de su efecto perturbador, decirle que en otro tiempo solía tener ese sueño, y contarle la secuela de las pesadillas. Ni pensaría en ellas ni las mencionaría: era mucho más prudente por su parte sumergirse en la extraordinaria cordura de Dick, y sentirse envuelta por su afecto.

Cenaron al aire libre en un restaurante situado a orillas del río y después dieron un paseo; era ya casi medianoche cuando, calmada por el frescor y el aire, y por el vigor de su fuerte compañero, se dejó conducir de regreso a la casa mientras él llevaba el coche al garaje. Entonces se maravilló del estado de ánimo que la había acosado todo el día, y que tan distante e irreal se había vuelto. Se sentía como si hubiera soñado con un naufragio y al despertar se encontrara en un jardín seguro y abrigado que la tempestad no podía atacar ni las olas batir. Pero ¿acaso no estaba allí, aunque remoto y oscuro, el ruido de las olas distantes?

Dick dormía en el vestidor que comunicaba con el dormitorio de ella, cuya puerta dejaban abierta para que entrara el aire y el frescor, y ella cayó dormida casi nada más apagar la luz, cuando la del vestidor seguía todavía encendida. Hester empezó a soñar inmediatamente. Se hallaba de pie en la orilla del mar; había marea baja, pues las franjas de arena recubiertas de objetos abandonados y varados brillaban en un crepúsculo que iba profundizándose hasta convertirse en noche. Aunque nunca había visto aquel lugar, le resultaba terriblemente familiar. En la cabeza de la playa había una empinada montaña de arena, y sobre el borde de ésta una torre de iglesia de color gris.

El mar debía haber invadido y socavado el edificio de la iglesia, pues abajo del montículo había bloques de construcción desperdigados, lo mismo que algunas lápidas, mientras otras tumbas seguían en su sitio marcando su silueta blanquecina sobre el telón de fondo del cielo. A la derecha de la torre de la iglesia se encontraba un bosquecillo de árboles achaparrados que el viento marino predominante había curvado hacia un lado, y ella sabía que en la parte superior del montículo, varios metros hacia adentro, se encontraba un camino que cruzaba los campos, con escaleras de madera para pasar por encima de las cercas de uno a otro, y que atravesando un túnel formado por árboles iba a dar al cementerio.

Todo aquello lo vio de una sola mirada, y aguardó, contemplando el montículo de arena coronado por la torre de la iglesia, el terror que iba a revelarse. Sabía ya lo que iba a suceder, e intentó escapar, como lo había hecho muchas veces. Pero le había afectado ya la catalepsia de la pesadilla; trató de moverse frenéticamente, pero ni siquiera esforzándose al máximo era capaz de levantar un solo pie de la arena. Frenéticamente intentó apartar la mirada del montículo de arena que tenía delante, en donde en un momento se manifestaría el horror.

Y se manifestó.

Se formó allí una luz pálida y ovalada del tamaño del rostro de un hombre, débilmente luminosa, delante de ella, varios centímetros por encima del nivel de sus ojos. Fue cobrando precisión. En una zona baja de la frente creció un cabello corto y rojizo; debajo, la contemplaban con fijeza dos ojos grises, muy juntos. A cada lado aparecieron las orejas, notablemente alejadas de la cabeza, y las líneas de las mandíbulas se encontraban en una barbilla corta y puntiaguda. La nariz era recta y bastante larga, debajo había un labio, y finalmente cobró forma y color la boca, y en ella yacía el máximo terror. Uno de sus lados, suavemente curvo y hermoso, temblaba convirtiéndose en una sonrisa, mientras que el otro lado, grueso y como si estuviera tirante por causa de una deformidad física, sonreía con sarcasmo y lujuria.

El rostro entero, desdibujado al principio, fue tomando gradualmente un perfil claro: era pálido y bastante delgado, el rostro de un hombre joven. En ese momento el labio inferior descendió un poco mostrando el destello de los dientes, y surgió el sonido del lenguaje. «Pronto vendré por ti», dijo, y al hablar se acercó un poco más a ella y ensanchó su sonrisa. En ese momento se derramó sobre ella toda la calurosa oleada de la pesadilla.

Intentó de nuevo correr, trató otra vez de gritar, ahora que podía sentir el aliento de esa boca terrible sobre la suya. Entonces, con un estruendo y un desgarro, como si se hubieran separado el cuerpo y el alma, ella rompió el encantamiento, escuchó el grito de su propia voz y sintió sus dedos buscando el conmutador de la luz. Vio entonces que la habitación no estaba a oscuras, pues la puerta de Dick se encontraba abierta, y un instante después, vestido todavía, él se encontraba a su lado.

—¿Qué sucede, querida? ¿Qué pasa?

Ella se aferró a él con desesperación, enloquecida todavía por el terror.

—Ay, él ha estado aquí otra vez —gritó—. Dice que pronto vendrá por mí. No le dejes que se acerque, Dick.

Por un momento se le contagió el miedo de ella y miró a su alrededor.

—Pero ¿qué dices? Aquí no ha estado nadie.

Ella levantó la cabeza, que tenía apoyada en el hombro de Dick.

—No, fue sólo un sueño —dijo Hester—. Fue el viejo sueño, y sentí terror. Pero todavía no te has desvestido. ¿Qué hora es?

—No llevas ni diez minutos en la cama, querida —dijo Dick—. Apenas habías apagado la luz cuando te oí gritar.

Hester se estremeció.

—Ay, es horrible. Y él vendrá otra vez...

—Habíame de ello —contestó él sentándose a su lado.

—No —contestó ella afirmando la negativa con un gesto de la cabeza—. No servirá de nada hablar de ello. Sólo lo hará más real. Los niños están bien, ¿no?

—Por supuesto que sí. Al subir las escaleras lo comprobé.

—Eso me tranquiliza. Ahora estoy mejor, Dick. Un sueño no tiene nada de real, ¿verdad? No significa nada.

Él la tranquilizó mucho al respecto y al poco tiempo se había calmado. Dick volvió a mirarla antes de irse a la cama y vio que estaba dormida.

A la mañana siguiente Dick se marchó a la oficina, y Hester tuvo una dura conversación consigo misma. Se dijo que de lo único que tenía miedo era de su propio temor. ¿Cuántas veces había acudido a sus sueños ese rostro portador de malos presagios, y qué significado había tenido luego? Absolutamente ninguno, salvo el de asustarla. Sentía miedo y no había nada que temer: estaba defendida, protegida, era próspera. ¿Qué importaba que regresara una pesadilla de la infancia? Ahora no tenía más significado del que había tenido entonces, y todas aquellas visitas de su infancia habían pasado sin consecuencias. Pero luego, a pesar de sí misma, volvió a pensar en esa visión. Era absolutamente idéntica a todas las anteriores, excepto...

Y en ese momento, encogiéndosele repentinamente el corazón, recordó que de niña aquellos terribles labios habían dicho:

«Vendré por ti cuando seas mayor», y que la frase de la noche anterior había sido: «Vendré por ti ahora».

Recordó también que en el sueño de advertencia el mar había avanzado y había demolido ya el edificio de la iglesia. Había una terrible coherencia en estos dos cambios dentro de unas visiones que en todos los demás aspectos eran idénticas. Los años habían producido sus cambios, pues en una caso el mar, al crecer, había derribado la iglesia, y en el otro el tiempo estaba ya cercano.

De nada servía reprenderse o regañarse, pues la única consecuencia de dejar que entrara en su mente la contemplación de la visión era que se cerraba otra vez sobre ella el dominio del terror; era mucho más prudente buscar una ocupación y hacer que el miedo muriera tratando de no sostenerlo con el pensamiento. Por tanto decidió realizar sus deberes domésticos, sacó a los niños para que tomaran el aire en el parque, y después, decidida a no permitirse ningún momento libre, salió con la invitación para ver los cuadros en una visita privada a la Walton Gallery. Después su día seguiría estando ocupado; saldría a almorzar fuera, acudiría a una sesión de teatro y cuando regresara a casa Dick ya estaría allí, y podrían irse a la casita que tenían en Rye para pasar el fin de semana. Dedicarían el sábado y el domingo a jugar al golf, y ella sentiría que el aire fresco y la fatiga física acabarían con el terror de esas fantasías de los sueños.

La galería estaba llena de gente cuando llegó allí; encontró algunos amigos, por lo que la contemplación de los cuadros se acompañó de una alegre conversación. Había dos o tres buenos Raeburn, un par de Sir Joshua, pero para ella las joyas eran tres Van Dyck que estaban colgados en una pequeña sala. Entró en ella mirando el catálogo. El primero de ellos era un retrato de Sir Roger Wyburn. Estaba todavía hablando con su amiga cuando levantó la mirada y lo vio.

Su corazón latió tan rápido que se le subió a la garganta, y luego pareció quedarse totalmente quieto. La invadió una especie de enfermedad mental del alma, pues allí, ante ella, se encontraba el que pronto iba a ir a cogerla. Allí estaba el cabello rojizo, las orejas proyectadas hacia fuera, los ojos codiciosos y juntos, y la boca que por un lado sonreía y por el otro formaba la amenaza burlona que tan bien conocía ella. Podía haber sido su pesadilla, en lugar de un modelo vivo, quien se hubiera sentado ante el pintor.

—¡Qué retrato, y qué hombre tan brutal! —exclamó su compañera—. Fíjate, Hester, ¿no te parece maravilloso?

Se recuperó haciendo un esfuerzo. Ceder ante ese temor que siempre la dominaba habría significado permitir que las pesadillas invadieran su vida de vigilia, y estaba convencida de que ahí estaba la locura. Se obligó a sí misma a mirarlo de nuevo, y encontró los ojos fijos y ansiosos que la miraban a ella; casi imaginó que la boca empezaba a moverse. A su alrededor, la multitud se movía y charlaba, pero ella sentía que se encontraba a solas con Roger Wyburn.

Y sin embargo, razonó consigo misma, ese retrato de él —pues era él y no otro—tendría que haber servido para tranquilizarla. Si a Roger Wyburn lo había pintado Van Dyck, debía llevar muerto casi doscientos años. ¿Cómo iba a ser una amenaza para ella? ¿Acaso había visto por casualidad ese retrato de niña, y le había causado alguna impresión terrible, pues aunque borrado por otros recuerdos siguió vivo en el subconsciente misterioso que fluye eternamente, como un río oscuro y subterráneo bajo la superficie de la vida humana? Los psicólogos enseñan que esas primeras impresiones ulceran o envenenan la mente como un absceso oculto. Ello podría explicar ese terror a aquél, que había dejado de no tener nombre, y la aguardaba.

Aquella noche, en Rye, volvió a tener el sueño de advertencia seguido por la pesadilla, y aferrándose a su esposo cuando el terror comenzó a remitir, le contó lo que había decidido. Sólo el hecho de contarlo le produjo cierto consuelo, pues era tan monstruosamente fantástico que el robusto sentido común de él la sostuvo. Cuando al regresar a Londres se repitieron las visiones, él no hizo caso de los reparos de Hester y la llevó directamente al médico.

—Cuéntaselo todo, querida. Si no prometes hacerlo tú, lo haré yo. No puedo consentir que estés tan preocupada. Sabes que todo es una tontería, y los médicos son maravillosos para curar tonterías.

—Dick, estás asustado —le respondió tranquilamente volviéndose hacia él.

—Ni lo más mínimo —contestó él echándose a reír—. Pero no me gusta que me despierten tus gritos. No es ésa mi idea de una noche pacífica. Ya hemos llegado.

El informe médico fue decisivo e imperioso. No había nada de lo que alarmarse; tenía una salud perfecta en el cerebro y en el cuerpo, pero estaba agotada. Con toda probabilidad esos sueños turbadores eran un efecto, un síntoma de su condición, y no la causa; sin la menor vacilación, el doctor Baring recomendó un cambio completo que incluía un viaje a algún lugar tonificante. Lo prudente sería enviarla fuera de aquel horno caluroso, a algún lugar tranquilo en el que no hubiera estado nunca. Cambio completo; totalmente. Por esa misma razón sería mejor que su marido no la acompañara; debía irse, por ejemplo, a la costa este. Aire del mar, frescor y total ociosidad. Nada de largos paseos; nada de baños prolongados; un chapuzón y una tumbona sobre la arena. Una vida perezosa y soporífera. ¿Qué le parecería Rushton? No le cabía duda de que Rushton serviría para recuperar el ánimo. Quizás en una semana su marido pudiera ir a verla. Mucho dormir —sin preocuparse de las pesadillas—, y mucho aire fresco.

Hester, con gran sorpresa de su esposo, aceptó la sugerencia enseguida, y a la tarde siguiente estaba ya instalada en soledad y tranquilidad. El pequeño hotel se hallaba casi vacío, pues todavía no se había iniciado la oleada de turistas veraniegos, y pasó todo el día sentada en la playa con la sensación de que había terminado la lucha. No necesitaba ya combatir el terror; confusamente le parecía que su mal se había relajado. ¿Acaso se había entregado a él, de alguna manera, cumpliendo su orden secreta? Al menos no volvieron a repetirse las visitas nocturnas, durmió mucho, sin sueños, y despertó a un nuevo día de tranquilidad. Todas las mañanas tenía unas letras de Dick, con buenas noticias de él y de los niños, pero por alguna razón los niños y él parecían remotos, como si fueran recuerdos de un tiempo muy distante.

Algo se había introducido entre ellos y ella, y los veía como a través de un cristal. Pero igualmente, el recuerdo del rostro de Roger Wyburn, tal como lo había visto en el lienzo del maestro o suspendido delante de ella sobre el montículo de arena, se volvió borroso y vago, y no la visitaron sus terrores nocturnos. Esa tregua de las emociones no sólo actuó sobre su mente, calmándola y llenándola de una sensación de tranquila seguridad, sino también sobre el cuerpo, por lo que empezó a fatigarse de esa inactividad diaria.

El pueblo se encontraba sobre el borde de una extensión de tierra reclamada desde el mar. Hacia el norte, el pantano, que empezaba a brillar ahora con las flores pálidas del mar color de espliego, se extendía sin rasgo característico alguno hasta perderse en la distancia, pero en el sur una estribación montañosa bajaba hasta la orilla terminando en un promontorio arbolado. Poco a poco, conforme fue mejorando su salud, empezó a preguntarse qué habría tras aquella cresta que le ocultaba la vista, y una tarde caminó por el terreno intermedio dirigiéndose hacia las pendientes arboladas. El día era sofocante y sin aire, pues había desaparecido la vigorizante brisa marina que hasta ahora había dado frescura al calor, y esperaba encontrar alguna corriente de aire que se agitara sobre la colina. Por el sur una masa de nubes oscuras recorría el horizonte, pero no había amenaza inminente de tormenta. La pendiente se subía con facilidad, llegó arriba y se encontró al borde de una meseta con pastos y árboles, y siguiendo el camino, que no se alejaba del borde del promontorio, llegó a un campo más abierto. Allí las parcelas vacías, en las que pastaban algunas ovejas, ascendían gradualmente. Escaleras de madera permitían comunicar por encima de los setos que las delimitaban.

Y luego, a menos de dos kilómetros de ella, vio un bosque cuyos árboles crecían inclinados por el empuje de los vientos marinos predominantes, coronando la parte superior de la pendiente, y por encima divisó la torre gris de una iglesia.

En ese momento, cuando se identificó la escena tan terrible y familiar, a Hester se le paralizó el corazón: pero inmediatamente la inundó una oleada de valor y resolución. Allí estaba por fin el escenario de ese sueño precursor, y tenía la oportunidad de desentrañarlo y romper el hechizo. En un instante se había decidido, y bajo la extraña luz crepuscular del cielo encapotado caminó a paso vivo por entre los campos que con tanta frecuencia había atravesado en sueños, y subió hasta el bosque más allá del cual se encontraba aquél que la aguardaba. Cerró sus oídos a las campanadas de terror, que ahora podría silenciar para siempre, y sin vacilaciones penetró en el túnel oscuro formado por los árboles. Enseguida éstos comenzaron a ser menos numerosos, y a través de ellos, ahora ya muy cerca, vio la torre de la iglesia. Unos metros más allá salió del cinturón de árboles y se vio rodeada por los monumentos de un cementerio que hacia tiempo había sido abandonado. El promontorio se interrumpía cerca de la torre de la iglesia: entre ésta y el acantilado no quedaba de la iglesia más que un arco roto, recubierto espesamente por la hiedra. Pasó a su lado y vio abajo las ruinas y los bloques de construcción caídos, y la arena recubierta de lápidas y cascotes, y en el borde del acantilado había tumbas agrietadas y caídas. Pero allí no había nadie; nadie la aguardaba, y el cementerio en el que tan a menudo lo había visto se encontraba tan vacío como los campos que acababa de atravesar.

Una inmensa alegría la llenó; su valor se había visto recompensado y todos los terrores del pasado se convirtieron en fantasmas carentes de significado. Pero no tenía tiempo para quedarse allí, pues ahora amenazaba tormenta, y en el horizonte el destello de un rayo fue seguido por el crujido de un trueno. Al darse la vuelta para irse su mirada se fijó en una lápida que guardaba equilibrio sobre el borde mismo del acantilado, y leyó en ella que yacía allí el cuerpo de Roger Wyburn.

El miedo, la catalepsia de la pesadilla, la enraizó de momento en aquel lugar; sobrecogida y asombrada contempló las letras recubiertas de musgo; estaba casi esperando que ese rostro aterrador se alzara y quedara suspendido sobre su lugar de descanso. Después, el miedo que la había dejado congelada le dio alas, y con pies veloces corrió por entre los arcos que formaban los árboles del bosque y salió a los campos. No lanzó ninguna mirada hacia atrás hasta que llegó al borde de la cresta, sobre el pueblo, y dándose la vuelta vio que los pastos que había atravesado estaban vacíos y no había en ellos ninguna presencia viva. Nadie la había seguido; pero las ovejas, miedosas de la tormenta inminente, habían dejado de comer y se apretujaban bajo el abrigo de los setos bajos.

La primera idea de su mente aterrorizada fue la de abandonar el lugar enseguida, pero el último tren para Londres había salido una hora antes, y además, ¿de qué servía escapar si de lo que huía era del espíritu de un hombre muerto hacía mucho tiempo? La distancia con respecto al lugar en el que yacían sus huesos no le daría seguridad; ésta tendría que buscarla en su interior. Pero deseaba contar con la presencia confiada de Dick: iba a llegar al día siguiente, aunque hasta el amanecer le aguardaban muchas horas largas y oscuras, ¿y quién podía saber qué peligros le aguardarían esa noche? Si él partía esa tarde en lugar de a la mañana siguiente, podría llegar allí en cuestión de horas, y estar con ella a las diez o las once de la noche. Le escribió un telegrama urgente:

Ven enseguida. No te retrases.

La tormenta que había parpadeado en el sur ascendió ahora rápidamente, y poco después rompía con terrible violencia. Como prefacio hubo algunas gotas gruesas que cayeron salpicando sobre el camino mientras regresaba de la oficina de correos, y cuando llegó al hotel volvió a sonar el estruendo de la lluvia que se aproximaba, y se abrieron las compuertas de los cielos. A través del diluvio centelleaba el fuego del rayo, el trueno resonaba y formaba ecos por encima, y las calles del pueblo se convirtieron en un torrente de agua arenosa y turbulenta. Se quedó sentada allí en la oscuridad, con una imagen flotando ante sus ojos: la de la tumba de Roger Wyburn, tambaleándose ya y a punto de caer junto al borde del acantilado de la torre de la iglesia. Con una lluvia como ésa se soltaban muchos metros de acantilado; le pareció oír el susurro de la arena deslizante que precipitaría esos sepulcros en ruinas, y lo que había en ellos, a la playa de abajo.

Hacia las ocho remitió la tormenta, y mientras cenaba le entregaron un telegrama de Dick en el que le informaba que ya había partido y que se lo enviaba en route. Por tanto, a las diez y media, si todo iba bien, estaría allí, y lograría interponerse entre ella y su miedo.

Era extraño que hacía unos días ese miedo y el pensar en él se hubieran vuelto algo distante y oscuro para ella; ahora el uno estaba tan vivo como el otro, y contaba los minutos que faltaban para que su marido llegara. Poco después la lluvia cesó totalmente, y al mirar hacia afuera desde la ventana con las cortinas descorridas de su sala de estar, donde se hallaba sentada viendo con qué lentitud giraban las manecillas del reloj, contempló una luna de color ámbar oscuro alzándose sobre el mar. Antes de que hubiera llegado al cenit, antes de que su reloj hubiera dado de nuevo dos veces la hora, Dick estaría con ella.

Acababan de dar las diez cuando llamaron a su puerta, y el botones le transmitió el mensaje de que un caballero había venido por ella. Con esa noticia se le sobresaltó el corazón; no esperaba a Dick hasta media hora más tarde, pero su vigilia solitaria había terminado. Bajó corriendo las escaleras y encontró a la figura de pie en el escalón exterior. Su rostro estaba apartado del de ella, sin duda porque estaba dándole alguna orden al chófer. Resaltó su perfil sobre la luz blanca de la luna, y en contraste con ella la llama de gas de la entrada, situada por encima de su cabeza, daba a sus cabellos un tono cálido y rojizo. Ella cruzó corriendo el salón hacia él.

—Ay, querido, has llegado. Qué bueno eres. ¡Qué rápido has venido!

Él se dio la vuelta en el momento en que ella le puso una mano en el hombro. La rodeó con un brazo y ella pudo contemplar un rostro con los ojos juntos, una boca que sonreía por un lado y que por la otra se encogía como por una deformidad física, burlona y lasciva.

La pesadilla había llegado; no era capaz ni de correr ni de gritar, y él, apoyándola en sus pasos vacilantes, la condujo hacia la noche. Dick llegó media hora más tarde. Se enteró asombrado de que un hombre había venido por su esposa hacía poco tiempo, y que ella se había ido con él. Por lo visto no era conocido allí, pues el muchacho que había transmitido el mensaje no lo había visto nunca antes, y entonces la sorpresa de Dick comenzó a convertirse en alarma; investigaron fuera del hotel y parece ser que uno o dos testigos habían visto a la dama que sabían que se alojaba allí caminando sin sombrero por la parte de arriba de la playa con un hombre que la llevaba cogida del brazo. Nadie lo conocía, aunque uno le había visto el rostro y podía describirlo.

Se había estrechado por tanto la dirección de la búsqueda, y aunque llevaban un farol para ayudar a la luz de la luna, encontraron unas huellas que podían haber sido las de ella, pero sin señal alguna de que nadie caminara a su lado. Las siguieron hasta que terminaron, a unos dos kilómetros, en un desprendimiento de arena que había caído desde el viejo cementerio del acantilado, arrastrando la mitad de la torre y una tumba con el cuerpo que contenía dentro.

La tumba era la de Roger Wyburn, y su cuerpo estaba al lado, sin signo alguno de corrupción o decadencia, a pesar de que habían transcurrido doscientos años desde que fue enterrado. Los trabajos de búsqueda en las arenas removidas duraron una semana, ayudados por las mareas altas que poco a poco se la iban llevando. Pero no se realizó ningún otro descubrimiento.

El sacrificio. Algernon Blackwood (1869-1951)

Limasson era hombre religioso, aunque no se sabía cuán, ya que ningún trance de rigor le había puesto a prueba. No era seguidor de ningún credo, sin embargo, tenía sus dioses; y su autodisciplina era probablemente más estricta de lo que sus amigos suponían. Era muy reservado. Pocos imaginaban, quizá, los deseos que vencía, las pasiones, las inclinaciones que domaba y amaestraba, trasmutándolas alquímicamente en canales más nobles. Poseía las cualidades de un creyente, y habría podido llegar a serlo, de no haber sido por dos limitaciones: Amaba su riqueza y, en segundo lugar, en vez de seguir una misma línea de investigación, se dispersaba en múltiples teorías pintorescas. Y cuanto más pintoresco era un papel, más le atraía. Así, aunque cumplía su deber con cierto afecto, se acusaba a sí mismo de satisfacer un gusto sensual por las sensaciones espirituales. Este desequilibrio abonaba la sospecha de que carecía de hondura.

En cuanto a sus dioses, al final descubrió su realidad, tras dudar primero y luego negar su existencia. Esta negación y esta duda fueron las que los restablecieron en sus tronos, convirtiendo las escaramuzas de diletante de Limasson en sincera y profunda fe; y la prueba se le presentó un verano a principios de junio, cuando se disponía a abandonar la ciudad para pasar su mes anual en las montañas.

Las montañas eran para Limasson casi una pasión, y la escalada le reportaba un placer tan intenso que un escalador normal apenas lo habría comprendido. Para él, era como una especie de culto; los preparativos, la ascención, requerían una concentración ritual. No sólo amaba las alturas, la imponente grandiosidad, el esplendor de las vastas proporciones recortadas en el espacio, sino que lo hacía con un respeto que rayaba en el temor. La emoción que las montañas despertaban en él, podría decirse, era de esa clase profunda, incalculable, que emparentaba con sus sentimientos religiosos, aunque estuviesen estos realizados a medias. Sus dioses tenían sus tronos invisibles entre las imponentes y terribles cumbres. Se preparaba para esa práctica anual de montañismo con la misma seriedad con que un santo podría acercarse a una ceremonia solemne de su iglesia.

Y discurría con gran energía el caudal de su mente en esa dirección, cuando le aconteció, casi la víspera misma de su marcha, una serie ininterrumpida de desgracias que sacudieron su ser hasta sus últimos cimientos. Sería superfluo describirlos. La gente decía: ¡Ocurrirle una tras otra de esa manera! ¡Vaya una suerte negra! ¡Pobre diablo!; luego se preguntaron, con curiosidad infantil, cómo lo sobrellevaría. Puesto que ninguna culpa tenía, estos desastres le sobrevinieron de manera tan súbita que la vida pareció saltar en pedazos, y casi perdió interes en seguir viviendo.

La gente movía la cabeza, y pensaba en la salida de emergencia. Pero Limasson era un hombre demasiado lleno de vitalidad para soñar siquiera en autodestruirse. Todo esto tuvo un efecto muy distinto en él: se volvió hacia lo que él llamaba sus dioses, para interrogarles. No le contestaron ni le explicaron nada. Por primera vez en su vida, dudó. Un milímetro más allá, y habría caído en la clara negación.

Las ruinas en que se hallaba sentado, sin embargo, no eran de naturaleza material; ningún hombre de su edad, dotado de valor y con un proyecto de vida por delante, se habría dejado anonadar por un desastre de orden material. El derrumbamiento era mental, espiritual; el ataque había sido a las raíces de su caracter y su temperamento. Los deberes morales que cayeron sobre él amenazaron con aplastarle. Se vio asaltada su existencia personal, y parecía que debía terminar. Debía pasar el resto de su vida cuidando a otros que nada significaban para él. No veía salida, ninguna vía de escape, tan diabólicamente completa era la combinación de acontecimientos que anegaron sus trincheras interiores. Su fe se tambaleó. Un hombre apenas puede soportar tanto y seguir siendo humano. Parecía haber llegado al punto de saturación. Experimentaba el equivalente espiritual de ese embotamiento físico que sobreviene cuando el dolor llega al límite de lo soportable. Se rió, se volvió insensible; luego, se burló de sus dioses mudos.

Se dice que a ese estado de absoluta negación sigue a veces otro de lucidez que refleja con nitidez cristalina las fuerzas que en un momento dado impulsan la vida desde atrás, una especie de clarividencia que comporta explicación y, por tanto, paz. Limasson lo buscó en vano. Estaba la duda que interrogaba, la sonrisa que remedaba el silencio en que caían sus preguntas; pero no había respuesta ni explicación, ni, desde luego, paz. En este tumulto de rebelión, no hizo ninguna de las cosas que sus amigos le aconsejaba o esperaban de él: se limitó a seguir la línea de menor esfuerzo. Cuando llegó la catástrofe, obedeció al impulso que sintió sobre él. Para indignado asombro de unos y otros, se marchó a sus montañas.

Todos se asombraron de que en esos momentos adoptase tal actitud, abandonando deberes que parecían de importancia suprema. Pero en realidad no estaba tomando ninguna medida concreta, sino que iba a la deriva tan sólo, con el impulso que acababa de recibir. Estaba ofuscado de tanto dolor, embotado por el sufrimiento, atontado por el golpe que lo había abatido, impotente, en medio de una calamidad inmerecida. Acudió a las montañas como acude el niño a su madre: instintivamente; jamás habían dejado de traerle consuelo, alivio, paz: Su grandiosidad restablecía la proporción cada vez que el desorden amenazaba su vida. Ningún cálculo movió su marcha, sino el deseo ciego de una relación física como la que comporta la escalda. Y el instinto fue más saludable de lo qu él suponía.

Arriba, en el valle, entre picos solitarios, adonde se dirigío entonces Limasson, encontró en cierto modo la proporción que había perdido. Evitó con cuidado pensar; vivía temerariamente confiando en sus músculos. Le era familiar la región, con su pequeña posada, atacaba pico tras pico, a veces con guía, pero más a menudo sin él, hasta que su prestigio como escalador sensato y miembro laureado de todos los clubs alpinos extranjeros corrió serio peligro. Por supuesto que se cansaba; pero también es cierto que las montañas le infundían algo de su inmensa calma y profunda resistencia. Entre tanto se olvidó de sus dioses por primera vez en su vida. Si en alguna ocasión pensaba en ellos, era como figuras de oropel que la imaginación había creado, estatuas de cartón que decoraban la vida. Sólo que había dejado el teatro y sus simulaciones no hipnotizaban ya su mente. Se daba cuenta de su impotencia y los repudiaba. Esta actitud, empero, era subconciente; no le otorgaba consistencia ni de pensamientio ni de palabra. Ignoraba, más que rechazaba, la existencia de todos ellos.

Y en este estado de ánimo —pensando poco y sintiendo menos—, entró en el vestíbulo del hotel, una noche después de cenar, y tomó maquinalmente el puñado de cartas que el conserje le tendía. No tenían ningún interés para él. Se fue a ordenarlas al rincón donde la gran estufa de vapor mitigaba el frío. Estaban saliendo del comedor la veintena de huéspedes, casi todos expertos escaladores, en grupos de dos o tres; pero Limasson sentía tan poco interés por ellos como por las cartas: ninguna conversación podía alterar los hechos, ninguna frase escrita podía modificar su situación. Abrió una al azar: de negocios, con la dirección mecanografiada. Probablemente, sería impersonal; menos sarcástica, por tanto, que las otras, con sus tediosas fingidas condolencias. Y, en cierto modo, era impersonal el pésame de un despacho de abogado: mera fórmula, unas cuantas pulsaciones más en el teclado universal de una Remington.

Pero al leerla, Limasson hizo un descubrimiento que le produjo un violento sobresalto y una agradable sensación. Creía que había alcanzado el límite soportable de sufrimiento y de desgracia. Ahora, en unas docenas de palabras, quedó demostrada de forma convincente su equivocación. El nuevo golpe fue demoledor.

Esta noticia de una última desgracia desveló en él regiones enteras de nuevo dolor, de penetrante, resentida furia. Al comprenderlo, Limasson experimentó una momentánea parálisis del corazón, un vértigo, un intenso sentimiento de rebeldía cuya impotencia casi le produjo una náusea física. Era como si... se fuese a morir.

¿Acaso debo sufrirlo todo? —brilló en su mente paralizada con leras de fuego.

Sintió una rabia sorda, un perplejo ofuscamiento; pero no un dolor declarado, todavía. Su emoción era demasiado angustiosa para contener el más ligero dolor del desencanto; era una ira primitiva, ciega. Leyó la carta con calma, hasta el elegante párrafo de condolencia, y luego lo guardó en el bolsillo. No reveló ningún signo externo de turbación: su respiración era pausada; se estiró hasta la mesa para coger una cerilla, y la sostuvo a la distancia del brazo para que no le molestase al olfato el humo del azufre.

En ese instante hizo un segundo descubrimiento. El hecho de que fuese posible sufrir más incluía también que aún le quedaba cierta capacidad de resignación y, por tanto, también un vestigio de fe. Ahora, mientras oía crujir la hoja del rígido papel en su bolsillo, obeservó cómo se apagaba el azufre, y vio encenderse la madera y consumirse por completo. Igual que la cabeza ennegrecida, el resto de la cerlla se encogió y cayó. Desapareció. Salvajemente, aunque con una calma exterior que le permitía encender su pipa con mano serena, invocó a sus deidades. Y otra vez surgió la interrogante con letras de fuego, en la oscuridad de su pensamiento apasionado.

¿Aún me pedís esto, este último y cruel sacrificio?

Y los rechazó por entero; eran una burla y un fingimiento. Los repudió con desprecio para siempre. Evidentemente, había concluido el teatro. Negó a sus dioses. Aunque con una sonrisa porque ¿qué eran después de todo, sino muñecos que su propia fantasía había imaginado? Jamás habían existido. ¿Era, pues, la variete sensacionalista de este temperamento devocional, lo que los había creado? Ese lado de su naturaleza, en todo caso, estaba muerto, lo había aniquilado un golpe devastador; los dioses habían caído con él. Observando lo que quedaba de su vida, le parecía como una ciudad reducida a ruinas por un terremoto. Los habitantes creen que no puede ocurrir nada peor. Y entonces viene el incendio.

Dos cursos de pensamiento discurrían simultáneamente en él, al parecer; porque mientas por debajo bramaba contra este último golpe, la parte superior de su conciencia se ocupaba seria del proyecto de una gran expedición que iba a emprender por la mañana. No había contratado ningún guía. Conocía bien la región; su nombre era relativamente familiar y en media hora consiguió tener arreglados todos los detalles, y se retiró a dormir tras pedir que le avisasen a las dos. Pero en vez de acostarse, se quedó en la butaca esperando, incapaz de levantarse, como un volcán humano que podía estallar con violencia en cualquier momento. Fumaba en su pipa con tanta calma como si nada hubiese ocurrido, mientras en sus ardientes profundudades seguía leyendo esta sentencia: ¿Aún me pedís este último y cruel sacrificio?. Su dominio de sí, dinámicamente calculado, debió de ser muy grande entonces y, reprimida de este modo, la reserva de energía potencial acumulada era enorme.

Con el pensamiento concentrado en este golpe final, Limasson no se había dado cuenta de la gente se diseminaba por le vestíbulo. Algún que otro individuo, de vez en cuando, se acercaba a su silla con idea de trabar conversación con él; luego, viéndole ensimismado, daba media vuelta. Cuando un escalador, al que conocía, le abordó con unas palabras de excusa para pedirle fuego, Limasson no le dijo nada, porque no le vio. No se daba cuenta de nada. No notó, concretamente, que dos hombres llevaban un rato observándole desde un rincón. Ahora alzó la vista -¿por casualidad?- y advirtió vagamente que hablaban de él. Tropezó con sus miradas, y se sobresaltó.

Al principio le pareció que los conocía. Quizá los había visto en el hotel, aunque desde luego no había hablado nunca con ellos. Al comprender su error, volvió la mirada hacia otra parte, aunque consciente todavía de su atención. Uno era clérigo o sacerdote, su cara tenía un aire de gravedad no extenta de cierta tristeza; la severidad de sus labios era desmentida por la encendida belleza de sus ojos, que revelaban un estusiasmo regulado. Había una nota de majestuosidad en este hombre que intensificaba la impresión que causaba. Sus ropas la acentuaban aún más. Vestía un traje de tweed oscuro de absoluta sencillez. Toda su persona denotaba austeridad. Su compañero, por contraste, parecía insignificante con su traje de etiqueta convencional. Bastante más joven que su amigo, su cabello —detalle siempre revelador— era largo, sus dedos delgados, que esgrimían un cigarrillo, llevaban anillos; su rostro era impertinente, y toda su actitud sugería cierta insulsez. El gesto, ese lenguaje perfecto que desafía la simulación, delataba cierto desequilibrio. La impresión que causaba, no obstante, era gris comparado con la intensidad del otro.

"Teatral", fue la palabra que se le ocurrió a Limasson, mientras apartaba los ojos. Pero al mirar a otra parte, sintió desasosiego. Las tienieblas interiores invocadas por la espantosa carta se alzaron a su alrededor. Y con ellas, sintió vértigo...

A lo lejos, la negrura estaba bordeada de luz; y desde esa luz, avanzando deprisa y con indiferencia como desde una distancia gigantesca, los dos hombres aumentaron súbitamente de tamaño; se acercaron a él. Limasson, en un gesto de autodefensa, se volvió hacia ellos. No tenía ganas de conversación. En cierto modo, había esperado este ataque. Sin embargo, en el instante en que empezaron a hablar -fue el sacerdote el que abrió fuego-, todo fue tan tranquilo y natural que casi saludó con agrado esta distracción. Tras una presentación, se puso a hablar de cimas. Algo cedió en la mente de Limasson. El hombre era un escalador de la misma especie que él: Limasson sintió cierto alivio al oír la invitación, y comprendió, aunque oscuramente, el cumplido que ello implicaba.

—Si desea unirse a nosotros, honrarnos con su compañía —estaba diciendo el hombre, con sosiego; luego añadió algo sobre su gran experiencia y su inestimable asesoramiento y juicio. Limasson alzó los ojos, tratando de concentrarse y comprender.

—¿La Tour du Néant? —repitió, nombrando el pico que le proponían. Rara vez atacada, jamás conquistada, y con un siniestro récord de accidentes, era precisamente la cima que pensaba acometer por la mañana.

—¿Han contratado guía? —sabía que la pregunta era superflua.

—No hay guía que quiera intentar esa escalada —contestó el sacedote, sonriendo, mientras su compañero añadía con un ademán: pero no necesitaremos guía... si viene usted.

—Esta libre, creo, ¿no? ¿Está solo? —preguntó el sacerdote, situándose un poco delante de su amigo, como para mantenerle en segundo término.

—Sí —contestó Limasson.

Escuchaba con atención, aunque sólo con una parte de su mente. Percibió el halago de la invitación. Sin embargo, era como si ese halago estuviese dirigido a otro. Se sentía indiferente, muerto. Necesitaban su habilidad corporal, su cerebro experimentado; y eran su cuerpo y su mente los que hablaban con ellos, y los que finalmente accedieron. Eran muchas las expediciones que se habían planeado de esa forma, pero esa noche notó cierta diferencia. Mente y el cuerpo sellaron el acuerdo; en cambio su alma, que escuchaba y obserbava desde otra parte, guardaba silencio: al igual que sus dioses rechazados, le había dejado, aunque permanecía cerca. No intervenía; no le advertía; incluso aprobaba; le susurraba desde lejos que esta expedición encubría otra. Limasson estaba perplejo ante el desacuerdo entre la parte superior y la parte inferior de su mente.

—A la una de la madrugada, entonces, si le parece bien —concluyó el de más edad.

—Yo me ocuparé de las provisiones —exclamó el más joven con entusiasmo—; y llevaré mi cámara fotográfica para la cima. Los porteadores pueden llegar hasta la Gran Torre. Una vez allí, estaremos ya a seis mil pies; de manera que... —y su voz se apagó a lo lejos, mientras se lo llevaba su compañero.

Limasson le vio marcharse con alivio. De no haber sido por el otro, habría rechazado la invitación. En el fondo, le era indifierente. Lo que le había decidido finalmente a aceptar fue la coincidencia de ser la Tour du Néant el pico que precisamente pensaba atacar solo, y la extraña impresión de que esta expedición encubría otra; casi, de que esos hombres ocultaban un motivo. Pero desechó tal idea; no valía la pena pensar en ello. Un momento después se fue a dormir él también. Tan sin cuidado le tenían los asuntos del mundo, tan muerto se sentía para los intereses terrenales, que rompió las otras cartas y las arrojó a un rincón de la estancia, sin leer.

Una vez en su frío dormitorio, supo que su mente le había dejado cometer una tontería, se había metido como un colegial en una situación poco prudente. Se había enrolado en una expedición con dos desconocidos, expedición para la que normalmente habría escogido a sus compañeros con el mayor cuidado. Más aún, iba a ser el guía; habían recurrido a él por seguridad, mientras que los que disponían y planeaban eran ellos. Pero ¿quiénes eran estos hombres con los que iba a correr graves riesgos físicos? Los conocía tan poco como ellos a él. ¿Y de dónde le venía, se preguntó, la extraña idea de que en realidad esta ascensión había sido planeada por alguien que no era ninguno de ellos?

Tal fue la idea que le cruzó por la mente: y tras salirle por una puerta, le volvió rápidamente por otra. Sin embargo, no la tuvo en cuenta más que para notar su paso entre la confusión que en ese momento era su pensamiento. Parecía que se había generado espontáneamente. Había surgido con toda facilidad, naturalidad y rapidez. No ahondó más en la cuestión. Le daba igual. Y, por primera vez, prescindió del pequeño ritual, mitad adoración mitad plegaria, que siempre ofrecía a sus deidades al retirarse a descansar. No los reconoció.

¡Cuán absolutamente rota estaba su vida! ¡Qué vacía y terrible y solitaria! Sintió frío, y se echó los abrigos encima de la cama, como si su aislamiento mental tuviese un efecto físico también. Apagó la luz, cuando le llegó un rumor que procedía debajo de su ventana. Eran voces. El rugido de una cascada las volvía confusas; sin embargo, estaba seguro de que eran voces; y reconoció una de ellas, además. Se detuvo a escuchar. Oyó pronunciar su propio nombre: John Limasson. Cesaron. Permaneció un momento de pie, temblando sobre el entariamado, y luego se metió bajo las pesadas ropas. Pero en el mismo instante de arrebujarse, empezaron otra vez. Se levantó y corrió a escuchar. El poco viento que soplaba pasó en ese momento valle abajo, arrastrando el rugido de la cascada; y en ese momento de silecio le llegaron fragmentos claros de frases:

—¿Y dice que han bajado al mundo, y que están cerca? —era la voz del sacerdote, sin duda alguna.

—Llevan días pasando —fue la respuesta: una voz áspera, profunda que podía ser de un campesino, en un tono como de temor—; todos mis rebaños andan desperdigados.

—¿Está seguro de los signos? ¿Los conoce?

—El tumulto —fue la respuesta, en tono mucho más bajo—. Ha habido tumulto en las montañas...

Hubo una interrupción, como si hubiesen bajado la voz para que no les oyesen. A continuación le llegaron dos fragmentos inconexos, el final de una pregunta y el principio de una respuesta.

—¿... la oportunidad de toda una vida?

—Si va por su propia voluntad, el éxito es seguro. Porque la aceptación es... -y al volver el viento, trajo consigo el fragor de la cascada, de manera que Limasson no oyó nada más.

Una emoción indefinible se agitó en su interior. Se tapó las orejas para no oír. Sintió un inexplicable desfallecimiento de corazón. ¿De qué diablos estaban hablando? ¿Qué significaban esas frases? Tras ellas había un grave, casi solemne siginificado. Ese túmulto en las montañas era de algún modo siniestro; de tremenda, pavorosa sugerencia. Se sintió inquieto, desasosegado; era la primera emoción que se agitaba en él desde hacía días. Su débil despertar le disipó el embotamiento. Había conciencia en ella; aunque era algo mucho más profundo que la conciencia. Las palabras se hundieron en algún lugar oculto, en una región que la vida aún no había sondeado, y vibraron como notas de pedal. Se perdieron retumbando en la noche de las cosas indescifrables. Y, aunque no encontraba explicación, presintió que teínan que ver con la expedición de la mañana: no sabía cómo ni por qué; habían pronunciado su nombre; luego esas frases extrañas. En cuanto a la expedición, ¿qué era sino algo de carácter impersonal que ni siquiera había planeado él? Tan sólo su plan adoptado y alterado por otros ¿cedido a otros? Su situación, su vida personal, no tomaban parte en él. La idea le sobresaltó un momento. ¡Carecía de vida personal...!

Luchando con el sueño, su cerebro jugaba al juego interminable del abatimiento, mientras que la otra parte observaba y sonreía, porque sabía. Luego le invadió una gran paz. Era debida al agotamiento, quizá. Se durmió; y un momento después, al parecer, tuvo conciencia de un trueno en la puerta y de una voz que gruñó con rudeza: 's ist bald en Uhr, Herr! Aufstehen!

Levantarse a esa hora, a menos que se tenga muchas ganas, es una empresa sórdida y deprimente; Limasson se vistió sin entusiasmo, consciente de que el pensamiento y el sentimiento estaban exactamente como los había dejado al acostarse. Seguía con la misma confusión y perplejidad; también con la misma emoción solemne y profunda, removida por las voces susurrantes. Sólo un hábito largamente practicado le permitió atender a los detalles, asegurándose de que no olvidaba nada. Se sentía pesado, oprimido. Llevó a cabo la rutina de los preparativos gravemente, sin el menor atisbo de gozo; todo era maquinal. Sin embargo, sentía discurrir, a través de él, la vieja sensación del ritual, debido a la práctica de tantos años; de esa purificación de la mente y el cuerpo para una gran Ascensión: como los ritos iniciáticos que en otro tiempo habían sido para él tan importantes como para el sacerdote que se acercaba a adorar a su deidad en los templos antiguos. Ejecutó la ceremonia con el mismo cuidado que si observase un espectro de su desvanecida fe, haciéndole señas desde el aire. Ordenaba cuidadosamente su mochila, apagó la luz y bajó la crujiente escalera de madera en calcetines, no fuese que sus pesadas botas despertasen a los durmientes. Y aún le resonaba en la cabeza la frase con la que se había dormido, como si la acabaran de pronunciar:

Los signos son seguros; han estado pasando durante días... se han acercado al mundo. Los rebaños andan desperdigados, ha habido tumulto... tumulto en las montañas...

Había olvidado los demas fragmentos. Pero ¿quiénes eran "ellos"? ¿Y por qué la palabra le helaba la sangre? Y a la vez que resonaban las palabras en su interior, Limasson sentía también el tumulto en sus pensamientos y sentimientos. Había tumulto en su vida, y se habían desperdigados todas sus alegrías. Los signos eran seguros. Algo descendió sobre su pequeño mundo, pasó, lo rozó.

Sintió un aletazo de terror.

Fuera, en la oscuridad de la madrugada, le esperaban los desconocidos. Pareció más bien, que llegaban a la vez que él, con igual puntualidad. El reloj del campanario de la iglesia dio la una. Intercambiaron saludos en voz baja, comentaron que el tiempo prometía mantenerse bueno, y echaron a andar en fila por los prados empapados, hacia el primer cinturón del bosque. El porteador, un campesino de rostro desconocido y sin relación alguna con el hotel, abría la marcha con un farol. El aire era maravillosamente dulce y fragante. Arriba, en el cielo, las estrellas brillaban a miles. Sólo el rumor del agua que caía de las alturas y el ruido regular de sus botas pesadas quebraban el silencio. Y recortándose contra el cielo, se alzaba la enome pirámide de la Tour du Néant que prentendían conquistar.

Quizá la parte más deliciosa de una gran ascención es el principio, en la perfumada oscuridad, mentras se halla lejos aún la emoción de la posible conquista. Las horas se alargan extrañamente; la puesta del sol de la víspera parece haber tenido lugar hace días; el amanecer y la luz parecen cosa de otra semana, parte de un oscuro futuro. Es difícil comprender que este frío penetrante previo al amanecer, y el inminente calor llameante, pertencen al mismo hoy.

No sonaba ningún rumor mientras subían por el sendero, a través de los primeros mil quienientos pies de bosque de pino; ninguno hablaba; todo lo que se oia era el golpeteo metálico de los clavos y los picos contra las piedras. Porque el fragor del agua, más que oírse, se sentía: golpeaba contra los oídos y la piel de todo el cuerpo a la vez. Las notas más profundas sonaban ahora debajo de ellos, en el valle dormido; y las más estridentes arriba, donde tintineaban con fuerza los ríos recién nacidos de las pesadas capas de nieve.

El cambio llegó delicadamente. Las estrellas se volvieron menos brillantes, adquirieron una suaviad como de los ojos humanos en el instante de decir adiós. El cielo se hizo visible entre las ramas más altas. Un aire suspirante alisó todas sus crestas en la misma dirección; el musgo, la tierra y los espacios abiertos difundieron perfumes intensos; y la minúscula procesión humana, dejando atrás el bosque, salió a la inmensidad del mundo que se extendía por encima de la líenea de árboles. Se detuvieron, mientras el porteador se inclinaba a apagar el farol. Había color en el cielo de oriente. Se juntaron más los picos y los barrancos.

¿Era el Amanecer? Limasson apartó los ojos de la altura del cielo donde las cumbres abrían paso al día inminente, y miró los rostros de sus compañeros, pálidos, macilentos en esta media luz. ¡Qué pequeños, qué insignificantes parecían, en medio de este hambriento vacío de desolación! Los formidables crestones huían hacia atrás, guíados por tercos picos coronados de nieves perpetuas. Delgadas líneas de nubes, extendidas a medio camino entre lomo y precipicio, parecían el trazo del movimiento; como si viese la tierra girando mientras cruza el espacio. Los cuatro, tímidos jinetes sobre gigantesca montura, se aferraban con toda el alma a sus titánicas costillas, mientras subían hacia ellos, de todos lados, las corrientes de alguna vida majestuosa. Limasson llenaba los pulmones de bocanadas de aire enrarecido. Era muy frío. Eludiendo los pálidos, insignificantes rostros de sus compañeros, fingió interés por lo que decía el porteador: miraba fijamente al suelo.

Pareció que transcurrían veinte minutos, hasta que apagó la llama, y ató el farol a la parte de atrás del bulto. Este amanecer era distinto a cuantos había visto. Porque en realidad, Limasson iba todo el tiempo tratando de ordenar las ideas y sentimientos que le habían dominado durante la lenta ascención, y la empresa no parecía tener mucho éxito. Su impresión era que el Plan, trazado por otros, se había hecho cargo de él; y que había dejado sueltas las riendas de su voluntad y sus intereses personales sobre su marcha firme. Se había abandonado a lo que viniese. Sabedor de que era el guía de la expedición, dejaba sin embargo que fuese delante el porteador, pasando él a ocupar su puesto, detrás del más joven y delante del sacerdote. En este orden habían marchado, como sólo marchan los escaladores expertos, durante horas, sin descansar, hasta que, en mitad del ascenso, se había operado un cambio. Lo había deseado él, e instantáneamente se había producido.

Pasó delante el sacerdote, en tanto su compañero, que andaba tropezando constantemente -el más viejo caminaba firme, seguro de sí mismo-, se situó a la zaga. Y desde ese momento, Limasson fue más tranquilo; como si el orden de los tres tuviese alguna importancia. Se hizo menos ardua la empinada ascención, de asfixiante oscuridad, a través del bosque. Limasson se alegró de llevar detrás al más joven...

Se había reforzado su impresión de que la ascención formaba parte de alguna importante Ceremonia; idea que, de manera casi solapada, se había instalado. Sus propios movimientos y los de sus compañeros, especialmente la posición que ocupaba cada uno respecto del otro, establecían una especie de intimidad que asemejaba a la conversación, surgiendo incluso la pregunta y la respuesta. Y su desarrollo entero, aunque representó horas en su reloj, le pareció más de una vez que había sido en realidad más breve que el paso de un pensamiento. Pensó en un cuadro multicolor pintado sobre una banda elástica. Alguien estiraba la banda, y el cuadro se dilataba. O la aflojaba, y el cuadro se encogía rápidamente, reproduciéndose a una mota estacionaria. Todo sucedió en una simple mota de tiempo.

Y el pequeño cambio de posición, aparentemente trivial, dio lugar a que esta impresión singular actuase, y concibiese en el estrato inferior de su mente que esta ascensión era una ceremonia, como en tiempos antiguos, cuyo significado, sin embargo, se acercaba a la revelación. Sin lenguaje, esto fue lo que comprendió; ninguna palabra habría podido transmitirlo. Comprendió que los tres formaban una unidad, aunque reconocían en cierto modo que él era el principal, el guía. El jadeante porteador no tenía sitio allí, porque esta primera etapa en medio de la oscuridad
era sólo un preámbulo; y cuando comenzara la verdadera ascensión, desaparecería, y el propio Limasson pasaría a ser el primero. Esta idea de que todos participaban en una Ceremonia se hizo firme en él, con el asombro adicional de que, aunque se le había ocurrido muchas veces, ahora lo hizo con plena comprensión.

Vacío de todo deseo, indiferente a una ascensión que en otro tiempo habría hecho vibrar su corazón, comprendió que subir había sido siempre un rito para su alma, y que de su puntual cumplimiento le vendría poder. Era una ascención simbólica. No dilucidaba todo eso con palabras. Lo intuía, sin rechazarlo ni aceptarlo. Le llegaba suave, solemnemente. Penetraba flotando en él mientras subía, aunque de manera tan convincente que comprendía que había debido de cambiar su posición relativa. El más joven iba en un puesto demasiado destacado. Luego, tras el cambio misteriosamente efectuado -como si todos reconociesen su necesidad-, aumentó esta corriente de certidumbre, y se le ocurrió la grande, la extraña idea de que toda la vida es una Ceremonia a escala gigantesca, y que ejecutando los gestos con puntualidad, con exactitud, podría alcanzarse el conocimiento. A partir de ese instante, adoptó una gran seriedad.

Esto discurría con toda certeza en su mente. Aunque su pensamiento no adoptaba la forma de pequeñas frases, su cerebro proporcionaba mensajes detallados que confirmaban esta asombrosa lucubración con el símil e incidente que la vida diaria podía aprehender: que el conocimiento emana de la acción; que hacer una cosa incita a enseñarla y a explicarla. La acción, además, es simbólica; un grupo de hombres, una familia, una nación entera empeñando en esos movimientos diarios que son la realización de su destino, ejecuta una Ceremonia que está en relación directa con la pausa de los acontecimientos más grandes que son doctrina de los Dioses. Que el cuerpo imite, reproduzca -en un dormitorio, en el bosque, donde sea- el movimiento de los astros, y el significado de estos astros penetrará en el corazón.

Los movimientos constituyen una escritua, un lenguaje. Imitar los gestos de un desconocido es comprender su estado de ánimo, su punto de vista, establecer una grave y solemne intimidad. Los templos están en todas partes, porque la tierra entera es un templo; y el cuerpo, Casa de Realeza, es el más grande de todos. Comprobar la pauta que trazan sus movimientos en la vida diaria podía equivalera determminar la relación de esa ceremonia particular con el Cosmos, y así adquirir poder. El sistema entero de Pitágoras, comprendió, podía ser enseñando mediante movimientos, sin una sola palabra; y en la vida diaria, incluso el acto más corriente y el movimiento más vulgar forman parte de alguna gran Ceremonia: un mensaje de los dioses. La Ceremonia, en una palabra, es lenguaje tridimensional, y consiguientemente, la acción es el lenguaje de los dioses. Los Dioses que él había negado le estaban hablando, pasaban en tumulto por su vida asolada. ¡Y era su paso lo que efectivamente causaba esa desolación!

De esta forma críptica le llegó la gran verdad: que él y esos dos, aquí y ahora, participaban en una gran Ceremonia cuyo objetivo último ignoraba. Fue tremendo el impacto con que cayó sobre él esta verdad. Se dio cuenta plenamente al salir de la negrura del bosque y entrar en la extensión de luz temprana y temblorosa; hasta este momento, su mente se había estado preparando tan sólo; en cambio ahora sabía. El innato deseo de rendir culto que había tenido toda su vida, la fuerza que su temperamento religioso había adquirido durante cuarenta años, el anhelo de tener una prueba, en una palabra, de que los Dioses que en otro tiempo había reconocido existían efectivamente, le volvió con esa violenta reacción que el rechazo había generado. Se tambaleó, de pie, donde se hallaba detenido.

Luego, al mirar a su alrededor, mientras los otros redistribuían los bultos que el porteador dejaba para regresar, reparó en la asombrosa belleza del momento, sintiendo que penetraba en él. Desde todas partes, esta belleza se precipitaba sobre él. Una sensación maravillosa, radiante, alada, cruzó por encima, en el aire silencioso. Un estremecimiento sacudió todos sus nervios. Se le erizó el cabello. No le era en absoluto desconocido este espectáculo del mundo de las montañas despertando del sueño de la noche estival; pero jamás se había encontrado así, temblando ante su exquisito y frío esplendor, no había comprendido su significado como ahora, tan misteriosamente detro de él. Un poder trascendente dotado de sublimidad cruzó esta meseta alta y desolada, muchísimo más majestuoso que la mera salida del sol entre los montes que tantas veces había presenciado. Había Movimiento. Comprendió por qué había visto inisgnificantes a sus compañeros. Otra vez se estremeció, y miró a su alrededor, afectado por una solemnidad que contenía un profundo pavor.

Había naufragado, se había hundido la vida personal; pero algo más grande seguía en marcha. Se había fortalecido su frágl alianza con un mundo espiritual. Comprendió su pasada insolencia. Sintió miedo.

III.
La meseta sembrada de piedras enormes se extendía millas y millas, gris en el crepúsculo del alba. Detrás de él descendía el espeso bosque de pinos hacia el valle dormido que aún retenía la oscuridad de la noche. Aquí y allá había manchas de nieve que brillaban débilmente a través de la bruma; entre las piedras saltaban multitud de riachuelos de agua helada empapando una yerba rústica que era el único signo de vegetación. No se veía ninguna clase de vida; nada se agitaba, ni había movimiento en ninguna parte, salvo la niebla callada, y su propio aliento. Sin embargo, en medio de la portentosa quietud, había movimiento: esa sensación de movimiento absoluto da como resultado la quietud, tan inmenso, de hecho, que sólo la inmovilidad era capaz de expresarlo. Así, puede hacerse más real la carrera de la Tierra a través del epacio en el día más tranquilo del verano que cuando la tempestad sacude los árboles y las aguas de su superficie; o gira la gran maquinaria a tan vertiginosa velocidad que parece quieta a la engañada función del ojo. Porque no es por medio del ojo como este solemne Movimiento se da a conocer, sino más bien merced a una sensación global percibida con el cuerpo entero como un órgano perceptor. Dentro del anfiteatro de enormes picos y precipicios que cercaban la mesea y se apiñaban en el horizonte, Limasson percibió la silueta tendida de una Ceremonia. Los latidos de su grandeza llegaban incontenibles hasta dentro de él. Su vasto designio era conocible porque ellos habían trazado su réplica terrena en pequeño. Y el pavor aumentó en su interior.

-Esta claridad es falsa. Todavía falta una hora para que amanezca de verdad -oyó que decía el más joven alegremente-. Las cimas aún son fantasmales. Disfrutemos de esta sensación y aprovechémosla.

Y Limasson, volviendo de pronto de su ensoñación, vio que las cumbres y torres se hallaban efectivamente sumidas en su espesa sombra, débilmente iluminadas aún por las estrellas. Le pareció quie inclinaban sus cabezas tremendas y bajaban sus hombros gigantescos. Que se juntaban, dejando fuera el mundo.

-Es verdad -dijo su compañero-; y la nieves de arriba aún tienen el brillo espectral de la noche. Pero sigamos deprisa, ya que llevamos poco peso. Las sensaciones que sugieres nos entretendrán y nos debilitarán.

Tendió una parte de los bultos a sus compañero y a Limasson. Lentamente, siguieron adelante, y les cercaron las montañas. Entonces Limasson notó dos cosas, al cargar con el bulto más pesado y abrir la marcha: en primer lugar, comprendió de repente qué destino llevaban, aunque aún se le ocultaba el propósito; y segundo, que el haberse marchado el porteador antes de que comenzase la ascensión propiamente dicha significaba en realidad que el verdadero objetivo no era la ascensión en sí. Y también, que el amancer consisitía más en la disipación de los velos de su mente que en la iluminación del mundo visible debida a la proximidad del sol. Una espesa oscuridad envolvía este enorme y solitario anfiteatreo por el que avanzaban.

-Veo que nos guía bien -dijo el sacerdote, unos pies detrás de él, caminado con decisión entre las rocas y los arroyos.
-Pues es extraño -replicó Limasson en tono bajo-; porque el camino es nuevo para mí, y la oscuridad, en vez de disminuir, es cada vez mayor. -le pareció que no elegía él las palabras. Hablaba y caminaba como en sueños.

Más atrás, el más joven les gritó en tono quejoso:

-Van ustedes demasiado deprisa, no puedo mantener esa marcha -y volvió a tropezar, y se le cayó el pico entre las rocas. Parecía que se agachaba continuamente a beber el agua helada, o apartarse a gatas del sendero para comprobar la calidad y espesor de los rodales de nieve-. Se están perdiendo todo el encanto. -gritaba repetidamente- Hay mil placeres y sensaciones en el camino.

Se detuvieron un momento a esperarle; llegó cansado y jadeante, haciendo comentarios sobre las estrellas desvanecientes, el viento sobre las cimas, las nuevas rutas que deseaba explorar, sobre todas las cosas, al parecer, salvo sobre el asunto entre manos. Se le notaba una cierta ansiedad, esa especie de excitación que agota toda energía y consume toda la fuerza de los nervios, augurando un probable derrumbamiento antes de ser alcanzado el arduo objetivo.

-Sigue atento a la marcha -replicó severamente el sacerdote-. En realidad, no vamos deprisa; eres tú, que te vas distrayendo sin motivo. Lo cual nos cansa a todos. Debemos ahorrar energías.
-Estamos aquí para divertirnos: la vida es placer, sensaciones, o no es nada -gruñó su compañero; pero había una gravedad en el tono del de más edad que disuadía de discutir y hacía difícil oponerse. El otro se acomodó su carga por décima vez, sujetando el pico con un ingenioso sistema de correas y cuerda, y se alineó detrás de ellos. Limasson reanudó la marcha nuevamente, y empezó a clarear por fin. Muy arriba, al principio, brillaron las cumbres nevadas con un tinte menos espectral; una delicada coloración rosa se propagó suavemente desde oriente; hubo un enfriamiento del aire; luego, de pronto, el pico más alto, que se alzaba con unos mil pies de roca por encima del resto, surgió a la vista nítidamente, medio dorado, medio rosa. En ese mismo instante disminuyó el vasto Movimiento del escenario entero; hubo una o dos ráfagas terribles de viento, en rápida sucesión; un rugido como de avalancha de piedras retumbó a lo lejos. Limasson se detuvo en seco y contuvo el aliento.

Porque algo había obstruido el camino, algo que sabía que no podía sortear. Gigantesco e informe, parecía formar parte de la arquitectura del desolado escenario que le rodeaba, aunque se alzaba allí, enorme en el amanecer tembloroso, como si no perteneciese a la llanura ni a la montaña. Había surgido de repente donde un momento antes no había habido sino aire vacío. Su imponente silueta cobró visibilidad como si hubiese brotado del suelo. Limasson se quedó inmovil. Un frío que no era de este mundo le dejó petrificado. A unas yardas de él, el sacerote se había detenido también. Más atrás oyeron los pasos torpes del más joven y el débil acento de su voz; un tono inseguro, como del hombre que se siente anulado por un súbito terror.

-Nos hemos apartado del sendero, y no sé por dónde voy -sonaron sus palabras en el aire quieto-. He perdido el pico...¡pongámonos la cuerda...!¡Atención! ¿Han oído ese rugido? -luego oyeron un ruido como si gatease a tientas, avanzando despacio.
-Te has cansado demasiado pronto -contestó el sacerdote con severidad-. Quédate donde estás y descansa, porque no vamos a continuar. Éste es el sitio que buscábamos.

Había en su tono una especie de suprema solemnidad que por un momento desvió la atención de Limasson del gran obstáculo que le impedía el paso. La oscuridad iba levantando velo tras velo, no gradualmente, sino a saltos, como cuando alguien apaga una mecha con torpeza. Entonces se dio cuenta que no tenía delante sólo una Grandiosidad, sino que a todo su alrededor se alzaban otras parecidas, algunas mucho más altas que la primera, formando el círculo que le rodeaba. Con un sobresalto, se recobró. Volvieron el equilibrió y el sentido común. No era rara, a fin de cuentas, la broma que la vista le había gastado, ayudada por el aire enrarecido de las alturas y del hechizo del amanecer. El esfuerzo prolongado del ojo para distinguir el sendero en una luz incierta hace que se equivoque fácilmente en su apreciación de la perspectiva. Siempre sufre una ilusión al cambiar repetidamente de foco.

Estas sombras oscuras en círculo no eran sino baluartes de precipicios aún distantes cuyas murallas gigantescas enmarcaban el tremendo anfiteatro hasta el cielo. Su cercanía era mero efecto de la oscuridad y la distancia. El impacto de este descubrimiento le produjo una momentánea indecisión. Los peñascos, le pareció, retrocedieron instantáneamente a sus sitios de siempre; como si se hubiesen acercado; hubo un tambaleo en los riscos más altos; oscilaron terriblemente, luego se recortaron inmóviles contra un cielo vagamente carmesí. El fragor que Limasson oyó, que muy bien podía haber sido el tumulto de la carrera precipitada de todos ellos, no era en realidad sino el viento del amanecer que chocaba contra sus costados, arrancando ecos de alas irritadas. Y los flecos de bruma, rayando el aire como trazos de rápido movimiento, se enroscaban y flotaban en los espacios vacíos. Se volvió hacia el sacerdote que había llegado junto a él.

-Que extraño -dijo- este principio del nuevo día. Se me ha ofuscado la vista por un momento. Pensé que las montañas se alzaban justo en mitad de mi camino. Y al mirar ahora, me ha parecido que retrocedían a toda prisa.

El hombre le miró fijamente. Se había quitado el gorro, acalorado por la ascensión, y contestó, al tiempo que aleteaba una débil sombra en su semblante. Una levísima oscuridad se lo envolvió, fue como si se le formara una máscara. El rostro ahora velado había estado desnudo. Tardó tanto en contestar que Limasson oyó cómo su mente afilaba la frase como si fuese un lápiz. Habló muy despacio. -Se mueven, quizá, al moverse Sus poderes; y Sus minutos son nuestros años. Su paso es siempre tumulto. Entonces se produce desorden en los asuntos de los hombres, y confusión en sus espíritus. Puede que haya ruina y zozobra; pero del naufragio surgirá una cosecha fuerte y fresca. Pues como un mar, pasan Ellos.

Había en su semblante una grandeza que parecía sacada de las montañas; no hizo ademán ni gesto alguno; y en su actitud había una rara firmeza que transmitía, a través de sus palabras, una especie de sagrada profecía. Largas, atronadoras ráfagas de viento pasaron a lo lejos entre los precipicios. Y en el mismo instante, sin esperar al parecer una réplica a sus extrañas palabras, se inclinó y comenzó a deshacer su mochila. El cambio de lenguaje sacerdotal a este menester práctico y vulgar fue singularmente desconcertante.

-Es hora de descansar -añadió-, y hora de comer. Preparémosnos.

Sacó varios paquetes. Limasson sintió que aumentaba el temor mientras observaba; y con él, un gran asombro. Porque sus palabras parecían presagiosas; como si dijese, de pie en el enlosado de algún templo inmenso: ¡Preparemos un sacrificio! de las profundidades donde había estado oculta hasta ahora, le llegó la conciencia de una idea clave que explicaba todo el extraño proceder: el súbito encuentro con estos desconocidos, la impulsiva aceptación de su proyecto, la actitud grave de ambos como si se tratase de un Ceremonia, el engaño desconcertante de la vista y, finalmente, el lenguaje solemne del hombre que confirmaba lo que él había considerado al principio una ilusión. Todo esto cruzó por su cerebro en espacio de un segundo, y con ello, el intenso deseo de dar media vuelta, retroceder, echar a correr.

Al notar el movimiento, o adivinar quizá la emoción que lo produjo, el sacerdote alzó los ojos rápidamente. En su voz hubo tal frialdad que pareció como si hablara este escenario de glacial desolación.

-Demasiado tarde se te ocurre regresar. Ya no es posible. Ahora estás ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Todo lo que podía ser estorbo, lo has arrojado a un lado valerosamente. Sé ahora valiente hasta el final.

Y mientras oía estas palabras, Limasson tuvo de repente una nueva y espantosa visión interior de la humanidad, un poder que descubría de manera infalible las necesidades espirituales de otros, y por tanto, de sí mismo. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el más joven, que les había acompañado con creciente dificultad no era sino un estorbo que retardaba la marcha. Y volvió la mirada para reconocer el paisaje.

-No lo encontrarás -dijo su compañero- porque se ha ido. Nunca, a menos que le llames débilmente, le volverás a ver, ni siquiera oír su voz.

Limasson comprendió que, en el fondo, este hombre no le había gustado en ningún momento por su teatral afición a lo sensacional y lo efectista; más aún, que incluso lo detestaba y depreciaba. Podía haberle visto caer, y consumirse de hambre, y no habría movido un solo dedo para salvarle. Y ahora era con este hombre maduro con quien tenía que resolver un asunto espantoso.

-Me alegro -replicó-; porque al final debe de haber confirmado mi muerte. ¡Nuestra muerte!

Y se acercaron al pequeño círculo de alimento que el sacerdote había dispuesto sobre el suelo rocoso, unidos por un íntimo entendimiento que colmaba la perplejidad de Limasson. Vio que había pan, y que había sal; también había un pequeño frasco de vino. En el centro del círculo había un fuego minúsculo hecho con ramitas que el sacerdote había recogido. El humo se elevaba en forma de delgada hebra azul. No revelaba siquiera un temblor, tan profunda era aquí la quietud del aire de la montaña; pero a lo lejos, entre los precipicios, corría el fragor de las cascadas, y detrás, el rugido apagado como de picos y campos de nieve barridos por un tronar continuo que rodaba en el cielo.

-Están pasando -dijo el sacerdote en voz baja-, y saben que estás aquí. Ahora tienes la ocasión de tu vida; porque, si aceptas por propia voluntad, el éxito es seguro. Te encuentras ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Ellos te ofrecen la vida.
-¡Sin embargo los negué! -mumuró para sí.
-Negar es invocar: les has llamado, y han venido. Todo lo que te piden es el sacrificio de tu pequeña vida personal. Sé valiente... ¡y dásela!

Tomó el pan mientras hablaba, y, cortándolo en tres pedazos, colocó uno delante de Limasson, otro delante de sí mismo, y el tercero sobre la llama, que lo ennegreció al principio, y luego lo consumió.

-Cómelo, y comprende porque es el alimento que hará revivir tu vida.

A continuación hizo lo mismo con la sal. Luego, alzando el frasco de vino, se lo llevó a los labios, ofreciéndoselo después a su compañero. Tras haber bebido los dos, aún quedaba la mayor parte del contenido. Alzó el recipiente devotamente con ambas manos hacia el cielo. Se quedó estático.

-A Ellos ofrendo, en tu nombre, la sangre de tu vida. Por la renuncia que tú consideras la muerte, cruzarás las puertas del nacimiento a la vida de la libertad. Pues el último sacrificio que Ellos te piden es... éste.

E inclinándose ante las cumbres distantes, derramó el vino sobre el suelo rocoso.

El sacerdote permaneció en esta actitud de adoración y obediencia. Cesó el tumulto de las montañas. Un absoluto silencio descendió sobre el mundo. Parecía una pausa en la historia íntima del universo. Todo esperaba, hasta que volvió a levantarse. Y al hacerlo, se disipó la máscara que durante horas se había extendido sobre su semblante. Sus ojos miraron severamente a Limasson. Éste le miró a su vez, y le reconoció. Estaba ante el hombre que mejor conocía del mundo: él mismo.

Había acontecido la muerte. Había acontecido, también esa recuperación espléndida que es el nacimiento y la resurrección.

Y el sol, en ese instante, con la súbita sorpresa que sólo las montañas conocen, asomó nítido sobre las cumbres, bañando de luz inmaculada el paisaje y la figura de pie. En el vasto Templo donde se arrodilló, como en ese otro Tempo interior y más grande que es la verdadera Casa de Realeza de la humanidad, se derramó la Presencia culminante que es la Luz.

-Porque así, y sólo así, pasarás de la muerte a la vida. -cantó una voz melodiosa que ahora reconoció también, por primera vez, como inequívocamente suya.

Fue maravilloso. Pero el nacimiento de la luz es siempre maravilloso. Fue angustioso; pero el parto de la resurrección, desde el principio de los tiempos, ha estado acompañado por la dulzura del intenso dolor. Porque la mayoría se halla aún en estado prenatal, nonato, sin tener conciencia clara de una existencia espiritual. Andan a tientas, frocejeando en el seno materno, perpetuamente dependientes de otros. Negar es siempre una llamada a la vida, una protesta contra la perpetua tiniebla y en favor de la liberación. Sin embargo, el nacimiento es la ruina de todo aquello de lo que se ha dependido hasta entonces. Viene entonces ese estar solo que al principio parece un desolado aislamiento. El tumulto de la destrucción precede a la liberación.

Limasson se puso de pie, se enderezó con dificultad, miró a su alrededor, desde la figura ahora junto a él hasta la cumbre nevada de esa Tour du Néant que nunca escalaría. Volvió el rugido y trueno del paso de Ellos. Las montañas parecían tambalearse.

-Están pasando -susurró la voz junto a él, y dentro de él también-; pero te han conocido, y tu ofrenda ha sido aceptada. Cuando ellos se acercan al mundo, siempre hay naufragios y desastres en los asuntos humanos. Traen desorden y confusión a la mente del hombre; una confusión que parece final, un desorden que parece amenazar con la muerte. Porque hay tumulto en Su Presencia, y un caos que parece hundimiento de todo orden. Después, de esta inmensa ruina, surge la vida con un nuevo proyecto. Su entrada es la dislocación, el desarreglo su fuerza. Ha tenido lugar el nacimiento.

El sol le deslumbró. Aquel rugido distante, como un viento, pasó junto a él y le rozó la cara. Un aire helado, como de una estrella fugaz, suspiró sore él.

-¿Estás preparado? -oyó.

Volvió a arrodillarse. Sin un gesto de vacilación o renuencia, desnudó su pecho al sol y al viento. Un relámpago descendió veloz, instantáneo, y le llegó al corazón con infalible puntería. Vio el destello en el aire, sintió el ardiente impacto del golpe, incluso vio brotar el chorro y caer en el suelo rocoso, mucho más rojo que el vino.

Jadeó, se tambaleó, sintió vértigo, se desplomó; y un instante después tuvo conciencia de que le sujetaban unas manos, y le ayudaban a ponerse de pie. Pero estaba muy débil para sostenerse. Le llevaron a la cama. El conserje, y el hombre que le había abordado para pedirle fuego cinco minutos antes tratando de entablar conversación, estaban uno junto a sus pies y el otro junto a su cabeza. Al cruzar el vestíbulo del hotel, vio que la gente miraba; su mano estrujaba las cartas sin abrir que le habían entregado poco antes.

-En realidad, creo que... me las puedo arrelgar solo -dijo, dándoles las gracias-. Si me dejan, puedo andar. Me he mareado un momento.
-Es el calor del vestíbulo. -empezó a decir el caballero con voz sosegada, comprensiva.

Le dejaron de pie en la escalera, observándole un momento para ver si se había recobrado del todo. Limasson subió sin vacilar los dos tramos hasta su habitación. Se le había pasado el mareo momentáneo. Se sentía totalmente recobrado, fuerte, confiado, capaz de mantenerse de pie, capaz de andar, capaz de escalar.