viernes, 28 de junio de 2019

Poemas II. John Donne (1572-1631)

El testamento.

Antes que exhale mi último suspiro, deja, Amor,
que revele mi legado. Es mi voluntad legar
a Argos mis ojos, si mis ojos pueden ver.
Si están ciegos, Amor, a ti te los entrego;
A la Fama doy mi lengua; a embajadores, mis oídos;
     a mujeres, o a la mar, mis lágrimas.
Tú, Amor, me has enseñado
al hacerme amar a aquella que a veinte más tenía,
que a nadie debía dar, sino a quien tenía demasiado.

Mi constancia entrego a los planetas;
mi verdad, a quienes viven en la Corte;
mi ingenuidad y franqueza
a los jesuitas; a los bufones, mi ensimismamiento;
mi silencio, a quien haya estado fuera;
mi dinero, al capuchino.
        Tú, Amor, me has enseñado, al instarme a amar
allí donde amor no es recibido,
a dar sólo a quienes tienen incapacidad probada.

Mi fe entrego a los católicos;
mis buenas obras, todas, a los cismáticos
de Amsterdam; mis mejores modales,
mi cortesía, a la universidad;
mi modestia doy al soldado raso.
         Compartan los jugadores mi paciencia.
Tú, Amor, me has enseñado, al hacerme amar
         a aquella que dispar mi amor entiende,
a dar sólo a quienes tienen por indignos mis regalos.

Sea mi reputación para aquellos que fueron
mis amigos; mi industria, para mis enemigos.
A los escolásticos hago entrega de mis dudas;
    de mi enfermedad, a los médicos, o al exceso;
    a la naturaleza de todo lo que en rima tengo escrito,
     y para mi acompañante sea mi ingenio.
Tú, Amor, cuando adorar me hiciste a aquella
que antes este amor en mí engendrara,
a hacer como si diera, me enseñaste, cuando restituyo sólo.

A aquel por quien tocan las campanas,
mi libro doy de medicina; mis pergaminos
de consejos morales sean para el manicomio;
mis medallas de bronce, para quienes tienen
      escasez de pan; a quienes viajan entre
      todo tipo de extranjeros doy mi lengua inglesa.
Tú, Amor, al hacer que amara a quien
considera su amistad justa porción
para jóvenes amantes, haces mis dones desproporcionados.

Así, pues, no daré más, sino que el mundo
destruiré al morir, pues el amor muere también.
Tu hermosura, toda, menos entonces valdrá
de lo que el oro en la mina, sin que haya quien lo extraiga
y de menos tus encantos, todos, te servirán,
de lo que puede un reloj de sol dentro de una tumba.
Tú, Amor, me has enseñado, al hacerme
amar a aquella que a ti y a mí desdeña,
a ingeniar esta manera de aniquilar a los tres.

Versión de Purificación Ribes







La aparición.

Cuando por tu despecho, ¡oh inmoladora!, esté muerto,
                 y libre te creas ya
de todos mis asedios,
vendrá entonces mi espectro hasta tu lecho
y a ti, vestal farsante, en peores brazos hallará.
Parpadeará entonces tu enfermiza llama,
y aquel, tu entonces dueño, fatigado ya,
si te mueves, o intentas despertarlo con pellizcos, pensará
                 que pides más,
y en sueño simulado te rehuirá,
y entonces, álamo tembloroso, menospreciada, abandonada,
te bañarás en gélido sudor de azogue,
espectro más real que el mío propio.
Lo que diré no he de decirlo ahora,
no vaya eso a protegerte. Desvanecido ya mi amor,
antes quisiera verte con dolor arrepentida
que, por mis amenazas, inocente.

Versión de Purificación Ribes







La prohibición.

     Guárdate de quererme.
Recuerda, al menos, que te lo prohibí.
No he de ir a reparar mi pródigo derroche
de aliento y sangre en tus llantos y suspiros,
siendo entonces para ti lo que tú has sido para mí.
Pues goce tan intenso consume al punto nuestra vida.
Así, a fin de que tu amor frustrarse no pueda por mi muerte,
si tú me amas, guárdate de quererme.

      Guárdate de odiarme,
o de excesivo triunfo en la victoria.
No es que yo a mí mismo haga justicia,
y me resarza del odio con más odio,
pues tú el título perderás de conquistador
si yo, tu conquista, perezco por tu odio.
Así, a fin de que mi ser a ti en nada perjudique,
si tú me odias, guárdate de odiarme.

        Mas ama y ódiame también.
Así ambos extremos la función de ninguno cumplirán.
Ámame para que pueda morir del modo placentero.
Ódiame, porque tu amor es excesivo para mí,
o deja que los dos mutuamente, y no a mí, se destruyan.
viviré entonces para apoyo y triunfo tuyo.
Así, para que tú a mí, a tu amor y odio no destruyas,
déjame vivir, pero ama y ódiame también.

Versión de Purificación Ribes







La salida del sol.


          Viejo necio afanoso, ingobernable sol,
          ¿por qué de esta manera,
a través de ventanas y visillos, nos llamas?
¿Acaso han de seguir tu paso los amantes?
          Ve, lumbrera insolente, y reprende más bien
          a tardos colegiales y huraños aprendices,
anuncia al cortesano que el rey saldrá de caza,
ordena a las hormigas que guarden la cosecha;
          Amor, que nunca cambia, no sabe de estaciones,
          de horas, días o meses, los harapos del tiempo.

¿Por qué tus rayos juzgas
tan fuertes y esplendentes?
          Yo podría eclipsarlos de un solo parpadeo,
          que más no puedo estarme sin mirarla.
Si sus ojos aún no te han cegado,
fíjate bien y dime, mañana a tu regreso,
          si las Indias del oro y las especias
          prosiguen en su sitio, o aquí conmigo yacen.
Pregunta por los reyes a los que ayer veías
y sabrás que aquí yacen Todos, en este lecho.

Ella es todos los reinos y yo, todos los príncipes,
y fuera de nosotros nada existe;
          nos imitan los príncipes. Comparado con esto,
          todo honor es remedio, toda riqueza, alquimia.
Tú eres, sol, la mitad de feliz que nosotros,
luego que a tal extremo se ha contraído el mundo.
          Tu edad pide reposo, y pues que tu deber
          es calentar el mundo, con calentarnos baste.
Brilla para nosotros, que en todo habrás de estar,
este lecho tu centro, tu órbita estas paredes.

Versión de Jordi Doce







Nocturno sobre la festividad de Santa Lucía, en el día más breve del año.

Ésta es la medianoche del año y la del día,
Santa Lucía, día que apenas siete horas se descubre,
se extingue el sol y ahora sus redomas
envían luces débiles, mas no incesantes rayos;
ya la savia del mundo fue absorbida:
el bálsamo universal hidrópica la tierra ha bebido hasta el término,
donde, como a los pies del lecho, la vida está encogida,
difunta y enterrada; mas todas estas cosas parecen sonreír
comparadas conmigo, pues yo soy su epitafio.

Estudiadme por tanto los que seréis amantes
en el próximo mundo, la primavera próxima,
porque yo soy todas las cosas muertas
y en mí amor urdió una nueva alquimia.
Pues su arte expresó
la quintaesencia misma de la nada;
de enjutas privaciones y vacuidad inane
me redujo a ruinas, y heme aquí reengendrado
de ausencia, sombra, muerte, cosas que nada son.

Los otros, todos, de todo extraen todo lo bueno,
vida, alma, forma, espíritu, y así a su ser acceden;
yo, que en el alambique del amor fui formado, la tumba soy
de todo lo que es nada. Muchas veces han sido
inundación nuestros dos llantos e inundamos así
toda la tierra, muchas veces llegamos
a ser dos caos cuando al mundo exterior
nos acercábamos, muchas veces los éxtasis
arrebataron nuestras almas, reduciendo a cadáveres los cuerpos.

Mas yo soy por su muerte (tal palabra la injuria)
el elixir de la primera nada.
Fuera yo un hombre y, si lo fuera,
sin duda lo sabría; sin duda prefiriera,
de ser alguna bestia,
ciertos  fines y medios; pues incluso las plantas y las piedras odian
y aman; todas las cosas, todo de algunas propiedades se reviste;
si una nada ordinaria sólo fuera,
como lo es una sombra, un cuerpo y una luz tendría al menos.

Mas nada de eso soy ni volverá mi sol a levantarse.
Amantes, para quienes el sol menor ahora
gira hacia Capricornio
en busca del deseo con que habrá de encenderos,
gozad de todo vuestro estío;
ella disfruta de su larga noche
dejadme ir hacia ella y dejadme que llame
su vigilia y su víspera a esta hora
que es del día y del año medianoche profunda.

Versión de José Ángel Valente 







Seducción.

Ven a vivir conmigo, y sé mi amor,
y nuevos placeres probaremos
de doradas arenas, y arroyos cristalinos;
con sedales de seda, con anzuelos de plata.

Discurrirá entonces el río susurrante
más que por el sol, por tus ojos calentado,
y allí se quedarán los peces enamorados,
suplicando que a sí puedan revelarse.

Cuando tú en ese baño de vida nades,
los peces todos de todos los canales
hacia ti amorosamente nadarán,
más felices de alcanzarte, que tú a ellos.

Versión de Purificación Ribes







Usura de amor.

Por cada hora que ahora me concedas,
                te entregaré,
Dios usurero del Amor, a ti, veinte,
cuando a mis cabellos negros los grises sean iguales.
Hasta entonces, Amor, deja que mi cuerpo reine, y deja
que viaje, me quede, aproveche, intrigue, posea, olvide;
la del año anterior retorne, y piense que aún
                no nos conocíamos.

Deja que imagine mía la misiva de cualquier rival,
                y nueve horas después cumpla la promesa
de la media noche. En el camino tome
a doncella por señora, y a ésta le hable del retraso.
Deja que a ninguna ame, ni a la diversión siquiera.
Desde la hierba del campo hasta las confituras de la Corte
o fruslería de la urbe, deja que informes
                a mi mente la transporten.

Esta oferta es buena. Si, cuando viejo, por ti
                soy inflamado;
si tu honor, mi pudor o mi dolor
codicias, más a esa edad podrás ganar.
Haz tu voluntad entonces; entonces objeto y grado,
y frutos del amor. Amor, a ti someto.
Déjame hasta entonces. Lo acataré, aunque se trate
                de una que me ame.

Versión de Purificación Ribes

Poemas I. John Donne (1572-1631)

Alquimia de amor.

Algunos que más hondo que yo en la mina del amor han excavado
dicen dónde se halla su céntrica felicidad.
         Yo he amado, y poseído, y relatado,
mas, aunque hasta la ancianidad amara, poseyera y refiriera,
ese misterio escondido no habría de encontrarlo.
         Todo, ¡ay!, es impostura.
Y como ningún alquimista obtuvo aún el elixir,
         mas su marmita repleta glorifica
         si por casualidad
algo odorífero o medicinal le sobreviene,
   así un deleite pleno y prolongado sueñan los enamorados,
   para obtener una noche de estío, de apariencia invernal.

Por esta vana sombra de burbuja ¿habremos de entregar
nuestro bienestar, esfuerzo, honor y vida?
         ¿En esto amor termina? ¿puede cualquiera
tan feliz ser como yo si soportar puede
la burla breve de una representación de novio?
         Ese infeliz amante que asegura,
no es la médula del cuerpo; es de la mente,
         lo que él en ella angelical encuentra,
         igual jurar podría que escucha en el rudo,
crudo, griterío de ese día, las esferas.
   No esperes hallar inteligencia en la mujer: a lo sumo,
   dulzura e ingenio; momias , sólo, poseídas.

Versión de Purificación Ribes







Amor negativo.

Nunca tanto me abatí como aquellos
que en un ojo, mejilla, labio, hacen presa;
   Rara vez hasta aquellos que más no se remontan
   que para admirar virtud o mente:
pues sentido e inteligencia pueden
   conocer aquello que su fuego aviva.
Mi amor, aunque ignorante, es más audaz.
Fracase yo cuando suspire,
si he de saber qué desearé.

Si es simplemente lo perfecto
lo que expresarse no se puede
   sino con negativos, así es mi amor.
   Al todo que todos aman digo no.

Si quien descifrar puede
   aquello que desconocemos, a nosotros, conocer puede,
enséñeme él esa nada. en éste, por ahora,
mi alivio es y mi consuelo:
aun cuando no progreso, fallar no puedo.

Versión de Purificación Ribes






Canción.

Ve y coge una estrella fugaz;
     fecunda a la raíz de mandrágora;
dime dónde está el pasado,
     o quién hendió la pezuña del diablo;
enséñame a oír cómo canta la sirena,
a apartar el aguijón de la envidia,
     y descubre
     cual es el viento
que impulsa a una mente honesta.

Si para extrañas visiones naciste,
     vete a mirar lo invisible;
diez mil días cabalga, con sus noches,
     hasta que los años nieven cabellos blancos sobre ti.
A tu regreso tú me contarás
los extraños prodigios que te acontecieron.
     Y jurarás
     que en ningún lugar
vive mujer hermosa y verdadera.
       
Si la encuentras, dímelo,
     ¡dulce peregrinación sería!
Pero no, porque no iría,
     aunque fuera justo al lado;
aunque fiel, al encontrarla,
y hasta al escribir la carta,
     sin embargo,
     antes que fuera,
infiel con dos, o tres, fuera.

Versión de Purificación Ribes








Constancia de mujer.

Un día entero me has amado.
Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
               ¿O dirás que ya
no somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
por haber procurado falsedad y mudanza, tú
no conoces sino falsedad para llegar a la verdad?
Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo
                argumentar, ganando, si lo hiciera.
                Pero me abstengo,
porque mañana puede que yo así también piense.

Versión de Purificación Ribes







El corazón roto.

Loco de remate está quien dice
   haber estado una hora enamorado,
mas no es que amor así de pronto mengüe, sino que
   puede a diez en menos plazo devorar.
¿Quién me creerá si juro
haber sufrido un año de esta plaga?
   ¿Quién no se reiría de mí si yo.dijera
   que vi arder todo un día la pólvora de un frasco?

¡Ay, qué insignificante el corazón,
   si llega a caer en manos del amor!
Cualquier otro pesar deja sitio
   a otros pesares, y para sí reclama sólo parte.
Vienen hasta nosotros, pero a nosotros el Amor arrastra,
y, sin masticar, engulle.
   Por él, como por bala encadenada, tropas enteras mueren.
   El es el esturión tirano; nuestros corazones, la morralla.

Si así no fue, ¿qué le pasó
   a mi corazón cuando te vi?
Al aposento traje un corazón,
   pero de él salí yo sin ninguno.
Si contigo hubiera ido, sé
que a tu corazón el mío habría enseñado a mostrar
   por mí más compasión. Pero, ¡ay!, Amor,
   de un fuerte golpe lo quebró cual vidrio.

Mas nada en nada puede convertirse,
   ni lugar alguno puede del todo vaciarse,
así, pues, pienso que aún posee mi pecho todos
   esos fragmentos, aunque no estén reunidos.
Y ahora, como los espejos rotos muestran
cientos de rostros más menudos, así
   los añicos de mi corazón pueden sentir agrado,
                                                              deseo, adoración,
pero después de tal amor, de nuevo amar no pueden.

Versión de Purificación Ribes







El mensaje.

Devuélveme mis ojos largamente descarriados,
pues es ya mucho el tiempo que han estado sobre ti;
mas ya que tales males allí han aprendido,
     tales conductas forzadas
     y apasionamiento falso,
         que por ti
         nada bueno
pueden ver, quédatelos para siempre.

Devuélveme mi corazón inofensivo,
que pensamiento indigno no podría mancillarlo,
pero si el tuyo le enseñara
     a burlarse
     del amor;
          a quebrantar
          palabra y juramento,
quédatelo, porque mío no será.

Pero devuélveme mi corazón, mis ojos,
que pueda ver y conocer tu falsedad;
que pueda reírme y gozar
     cuando te angusties,
     cuando languidezcas
          por aquel
          que no querrá,
o, como tú ahora, falso sea.

Versión de Purificación Ribes

jueves, 27 de junio de 2019

Cuentos de la periferia.



La aparente monotonía de un barrio residencial en las afueras de una ciudad cualquiera es el escenario perfecto para que sucedan los hechos más extraordinarios: un búfalo enorme nos indicará el camino, el estudiante extranjero nos dejará un recuerdo imborrable y podremos seguir a un buzo misterioso que ha aparecido de golpe a kilómetros de distancia de la costa…

15 historias formidables nos ofrecen una muestra más del inagotable imaginario de Shaun Tan, que despliega sus recursos gráficos y narrativos para llevarnos hasta la periferia de lo razonable, hasta los límites de lo corriente. Para que podamos ver qué hay más allá.


Para descargar este cómic en formato CBR, hacé click en el siguiente enlace:

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miércoles, 26 de junio de 2019

El doctor Knoche. (Venezuela)



La narración a continuación tiene que ver con la vida del Dr. Gottfried Knoche, un inmigrante de origen alemán que arribó a Venezuela a principios del siglo XIX (concretamente en el año de 1800).

Luego de recorrer varias poblaciones, decidió establecerse en Galipán, sitio en donde encontró una lindísima hacienda, a la que todos conocían como la «Hacienda Buena Vista».

Poco a poco se fue ganando el respeto y la admiración de la gente, debido al extraño trabajo que desempeñaba. Él era un taxidermista, que después se transformó en un magnífico embalsamador.

En caso de que aún no lo sepas, un embalsamador es la persona que «arregla» a los difuntos para que sus cuerpos no se deterioren.

Esta labor la llevaba a cabo con aquellas personas que eran extranjeras y que no pertenecían a la fe católica. Vale la pena resaltar que, en el siglo XIX, aquellos que no eran cristianos, no eran dignos de ser enterrados en un camposanto, pues esto iba en contra de la religión.

Tampoco las leyes civiles estaban de acuerdo en el hecho de que se enterrara en los panteones a personas que habían acudido de otros lugares y que no habían adoptado las doctrinas del cristianismo.

Hoy en día es casi imposible imaginar cómo era la morada de aquel célebre galeno, ya que lo que queda literalmente son sólo escombros. Hay que considerar que además del paso de las décadas, también algunas personas han hurtado cosas de ese lugar.

Tampoco es posible ver ninguna de las momias del doctor Knoche. Sin embargo, si te tomas el tiempo de entrevistar a varios de los moradores de ese sitio, seguramente escucharás toda clase de leyendas acerca de las apariciones de las momias o del doctor durante las noches de luna llena.




martes, 25 de junio de 2019

My Dying Bride - I almost loved you (Sub. Español)


Tú no eres promesa de amor eterno.



El viento es dueño de tus cabellos oscuros
pero nadie es dueño de tu alma en verdad
mientes diciendo que lo amas
y ni siquiera sabes contestar...

Llevas dentro de ti dos perfectos diamantes
tesoros sagrados que te enseñaron a luchar
vienes de las frías y duras tierras de Asghard
de la miseria, de los portales del jamás...

Te hablo como ser humano, no como rey
en realidad, ¿de qué estás hecha?
porque no sabes que eres promesa de amor eterno
sólo el miedo de alguna vez volver atrás...

¿Crees acaso que nadie conocerá la verdad?
yo no hablaré, sabes que los años lo harán
sólo serás recuerdo en aquellos que hoy te quieren
y eso, ángel de la soledad, nada ni nadie lo cambiará...




Tú no eres promesa de amor eterno.
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados.

©1997-1998

My Dying Bride - For my fallen angel (Sub. español)


Transilvania.



Ésta música que escuchas viene desde el alma
de un viejo pueblo fantasma
y es para ti, ángel de mil infiernos
que ignoraste este amor por un frío cementerio.

Las criptas están abiertas esta noche
pero nadie sale a buscarte, ¿no te conocen?
allá en el cielo aún tiemblan las estrellas
y yo te envío esta música desde Transilvania.

Estamos del otro lado de esta vida infeliz
recuerda que nos besamos muertos la última vez
y las bocas rojas de miles de cuervos se rieron de nosotros
porque elegimos el halo de la muerte para amar.

El silencio será eterno, la oscuridad también
allá en el cielo las puertas aún están cerradas
pero Dios conserva a sus estrellas brillando
para poder alumbrarnos en la Noche del Diablo.

Y quedaron tu rostro y tu vestido roto
ya es la madrugada pero aún no tengo sueño
allá en el cielo brillan las últimas estrellas
y yo te envío mi música desde Transilvania.




Transilvania.
Al filo de la eternidad.

Todos los derechos reservados.

©1997-1998

lunes, 24 de junio de 2019

El presente siglo. Diego de Torres Villaroel (1694-1770)

Vale más de este siglo media hora,
que dos mil del pasado y venidero,
pues el letrado, relator, barbero,
¿cuándo trajeron coche sino ahora?

¿cuándo fue la ramera tan señora?
¿cuándo vistió galones el cochero?
¿cuándo bordados de oro el zapatero?;
hasta los hierros este siglo dora;

¿cuándo tuvo la corte más lozanos
coches, carrozas, trajes tan costoso,
más músicos franceses e italianos?

Todo es riqueza y gustos poderosos,
pues no tienen razón los cortesanos,
porque ahora se quejan de viciosos.

Post umbra. Demetrio Korsi (1899-1957)

Yo no quiero los mármoles
ni una estatua como esa
que en aquel parque me enseñaste, en tanto
me hablabas de la joya de una tienda.

Yo quiero algo más hondo,
más tuyo, más eterno:
¡yo tan sólo quisiera
vivir en tu recuerdo!

Otoño soy. Demetrio Korsi (1899-1957)

Este otoño que en ser galante insiste,
este otoño angustiado de promesas,
quiere alegrarse y sin embargo es triste
y me engaña otra vez cuando me besas.

Este otoño es cruel, verja florida,
por dentro es sombra, vencimiento, nada.
Su última rosa morirá afligida,
si no tiene el calor de tu mirada.

Y pues yo soy otoño, ven y toca
mi frente mustia, mi canción doliente;
tú, primavera y besos en mi boca;
yo, madrigal; yo, rosas en tu frente.
Otoño, ya llegaste, y me venciste
con tus anacreónticas promesas.
Otoño soy también, otoño triste,
pero menos otoño si me besas...

Visión de Panamá. Demetrio Korsi (1899-1957)

Gringos, gringos, gringos... Negros, negros, negros...
Tiendas y almacenes, cien razas al sol.
Cholitas cuadradas y zafias mulatas
llenan los zaguanes de prostitución.

Un coche decrépito pasa con turistas.
Soldados, marinos, que vienen y van,
y, empantalonadas, las caberetistas
que aquí han descubierto la tierra de Adán.

Panamá la fácil. Panamá la abierta,
Panamá la de esa Avenida Central
que es encrucijada, puente, puerto y puerta
por donde debiera entrarse al Canal.

Movimiento. Tráfico. Todas las cantinas,
todos los borrachos, todos los fox-trots,
y todas las rumbas y todos los grajos
y todos los gringos que nos manda Dios.

Diez mil extranjeros y mil billeteras...
Aguardiente, música... La guerra es fatal!
Danzan los millones su danza macabra.
Gringos, negros, negros. gringos.... ¡Panamá!

Nunca mía. Demetrio Korsi (1899-1957)

Soñé que en las instancias de mi ruego
tu amor me prometiste enamorada,
y al brillo de la luz de tu mirada
para siempre quedé tu esclavo ciego.

Al estrecharte entre mis brazos luego
hiciste alarde de la fe jurada,
y con tu boca ardiente y perfumada
me contagiaste tu pasión de fuego.

Mas todo era un engaño torturante,
vana ilusión que vio mi fantasía
en ese paraíso de un instante:

¡Porque lejos de mí, ceñuda y fría,
llenas de hiel mi corazón amante
siendo de todos, pero nunca mía....!

domingo, 23 de junio de 2019

Poemas III. Delia Quiñónez.

Dulcenombre.

No supe que mi padre
tenía hojas en las manos,
hasta que verde vi
la plenitud lunar
de sus dedos
que troncharon, cotidianos,
la estrella -pan que nos alumbra
la boca y la garganta.

No supe de sus yemas jardineras,
hasta que florecí como llama angustiada,
anunciación, agua o frío,
como maíz o como miel tan sólo.

No supe que mi padre
tenía clorofilas
en sus diez uñas vegetales y firmes,
hasta que descubrí la igualdad
del rocío y el torrente,
el temblor de la rosa y sus espinas;
hasta que comprendí que nardo y pena
son un mismo binomio de ternura;
hasta que mordí,
con dentelladas de fulgor acaso,
el trabajo nutricio de las cosas,
los días o las horas.

Hoy,
cuando siento que sus manos
son más hoja, más árbol,
más flor que tiempo y carne,
pongo su semilla verde
en esta dura tierra
que me cubre las venas
por donde corre un insomne suspiro
de luz y llanto nuevo.




Muñeca en vitrina (fragmento)

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
a las niñas que suspiran
por mecerme en sus brazos
renovando el sarcasmo
de las cortas ideas y los largos cabellos
y sin embargo la fábrica
no me dio las lágrimas
ni la ira
para llorar con ellas
esta afrenta de siglos.

Desde mi mundo
irremediablemente inverosímil
rodeada de abalorios
y amigos sin raíces
me aferro al tiempo
sin saber que existen los relojes

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
recorridos vacíos de señales,
tropiezos, gestos sin historia
renovados laberintos
donde la gente y los autos compiten
con la lógica fría
de un semáforo en rojo.

Estoy aquí
-oyendo sin oír-
las voces absurdas de los claxones
el llanto inerme de los niños
la frívola sustancia del negocio
el susurro
la palabra soez
la cita presentida
el ahogo indeleble del que pide
o despoja por hambre.

Y miro sin mirar
-en mi vitrina-
el viejo péndulo
que amarra la palabra
de este cuerpo sin alma
que solloza.




Otra vez el amor (1)

Todo lo dulce y amargo
brotó de un solo instante:
tiempo espacio
sacrificados
al día que llegaba entre cenizas.

Visión, su luz, para vivir.
Cerrazón, su luz, para no saber vivir
sino atada a las manos
que escribieron la primera
y la última palabra.

Abarqué en la penumbra
todas las primaveras,
los soles,
los diminutos puntos de fuego
de todas las esquinas
y los puertos;
de todas las hogueras
que llamean
en la sombra que me cubre.

¡Todo el mar no bastó
para dejar sin huella
el breve trigo que dejó tu beso!




Otros poemas (6)

No puedo saber
si tu muerte
hirió la arena y el musgo
del pasado.
Ávido,
te cubriste de tiempo
con una espada
de odios y silencios.

Cardo tu corazón,
hiel tus ojos,
filo enhiesto y amargo
las manos
que apretaron la sal,
de tus playas
y el surco
de tus lágrimas tardías.

Agua, musgo y arena
para tu corazón vencido:
viejo manto de angustia
que arrasa aun de tempestades
el silencio
y la luz de las estrellas.

Poemas II. Delia Quiñónez.

Del inédito milagro.

Yo pondré la esperanza, hermano.
Caerá en tu frente,
en tus axilas,
entre el músculo fuerte
y la coraza que te cubre las arterias.
Te nacerá entonces una rosa sobre el pecho
y volcará el horizonte su distancia
para juntar su infinitud silvestre con el cielo.

Y viviremos en tu rosa,
de su espina congelada y dura
que nos hará firmes como robles;
de su perfume,
alba pequeña,
predestinada esencia y transparente fuego;
de su rocío, cuando el agua falte
a nuestras heridas taciturnas,
cuando la sequedad de nuestras manos
clame por el vino de los racimos dadivosos.

Tu rosa
mi rosa,
escribirá llameantes taumaturgias,
cuando el cielo llueva luceros de miel
y titilen luciérnagas de harina.

Tu rosa estallará desde la aurora
y unirá su fuego con mi fuego
con mi pupila que lloró
para sembrar la rosa de tu pecho renovado.




Marzo, fuego de vigilia.

(A los mártires de 1962)


Marzo, titilante  responso
viejo y ensombrecido clavel.
¡Qué multitud de ojos desgarrados
reflejan aún tus amapolas!
¡Qué avalancha de voces
hace rugir la delgadez callada de tus ríos!
¡Cuántas sombras errantes hieren
tu adorada canícula de siglos!

Marzo, dura crin,
cristal de turbia llamarada.
Madre, que tu hijo no esconda su lágrima,
que no niegue su cruz,
que no oculte el arado;
de llanto, cruz y tierra
nace la espiga jubilosa
y el maíz inmaculado del mañana.
Marzo, taciturna gaviota
ilímite fragancia enardecida.

Amado, un pájaro tira su sombra
en la ventana.
Su tibia voz inmóvil
guarda el temblor
del equinoccio muerto.
Deja que atisbe la ventana:
Marzo está ciego
bajo su misma luz dorada.

Marzo, pleamar de la angustia,
rosa de espinas duplicadas.
Me duele atravesar tu sombra hirsuta
y respirar tu aroma enmohecido.
Duele palpar tus rosas
de vigilante espuma negra.
Marzo, ola de espera,
bendito fuego renovado.
Me duele tu vientre envilecido.
Muerdo la voz que niega tu esperanza.
Visto dolores transitorios:
honda forma de amar y esclarecer
tu tardía primavera,
tu rocío de cúspides heladas.
Marzo, ritual inconmovible,
¿qué clamor cabe entre el rocío y tus palabras?
¿Qué viento insigne mirará tus cenizas sepultadas?




Orilla redentora.

¿Dónde
si no en el beso,
encontraremos la orilla redentora?

Leve espada
anida y combate
compartiendo la savia
que deviene en torrente.

Uva frugal.
Ayuno de antiguas plenitudes.
Agua y jugos
humanamente turbios
coronan
sin laureles
la puerta vital del paraíso.

Besos de eternidad
marcando territorios,
colinas,
cavidades.
Antorcha en la balsa.
Lengua y labios
avanzan
en lúbricas saetas
hasta la vieja orilla
que redime
la irreverente ambigüedad del paraíso.




Otra vez el amor (4)

Si intentaras abarcar
con la mirada
toda la tempestad
que nubla mis sentidos,
tú -pequeño dios errante-
dudarías entre el llanto
y la rabia
de tus ojos vencidos.

Y acaso,
náufrago indeciso,
querrías compartir mi tempestad,
en este universo donde el calor
y la furia de mis besos,
te dejaran -apenas-,
sensación,
olor,
quietud de olvido...




Pájaros.

La tarde se tiñó de pájaros,
fue preñándose de plumas...

La vi alzarse
profunda como una campanada.

Pero fue quedándose quieta,
tornándose lejana:
se borraron las plumas,
su tintura de pájaros
fue muriéndose toda...

Poemas I. Delia Quiñónez.

Barro pleno.

Encinta de sol,
colmada de tu barro limpio y firme
vas trasmutando mi cuerpo
en viva flor que destila rocío tras tu ruta.

Vegetal,
el temblor de mis dedos
trenza cuencas azules
y transitan por tus ojos
leves hiervas de fiebre
y fértiles vagidos que me anuncian.

Matriz plena de sol, de Ti,
cuando gritas que mi cuerpo
es un cáliz de substancia amanecida;
de tus manos
cuando aúllan tus dedos
y mi piel tan suave...

Matriz de cauce pleno:
...Ni siquiera una rosa colmaría tu abismo
si este sol que te llena se perdiera
en el azul de un ángelus tardío.




Íntima.

No te diré
de qué fibra está formado
el corazón que me sostiene:
me será más dulce decir
que lo tengo hecho de Ti,
de tu sonrisa,
y de las penas inmensas
que me llegan contigo...




Nos habita el paraíso.

En nuestros templos
          habita el paraíso
profundo y claro
          en la oquedad que dejan
          los besos
          y el temblor de espasmos milenarios
el fuego es apenas un roce
en la curva del tiempo
un trecho recorrido
    en algas,
tibiezas y recuerdos.

Nos habita el paraíso
  ungido de fragancias
tatuamos en la piel
arcángeles inermes
y dejamos así
    -balsa y fuego-
las próximas estrellas de quietud
    en la memoria.




Otra vez el amor (2)

En sus manos,
en mi piel, Edipo vuelve.

Niño casi
levanta la mirada
y aspira polen
de lunas renovadas.

Hombre casi
tiembla y solloza
hundido en terrenales simas,
desconocidos fuegos.

De sus ojos
a mis pies, Edipo resucita.

¡Cuánto tiempo rompe
en olas de fría certidumbre,
el alba y el sol
que consagraron
sus manos y mi piel!




Otros poemas (7)

Caes,
caigo
en el abismo
de una lágrima:
agua que no es agua.
Sal que no admite lo salobre.

Trémula ¿de dónde llega?
¿Hacia dónde alza
su breve bastión de tiempo ido?

¿En qué iris descompone
su color, su forma vieja
de cristal y olvido?

Agua que no es agua,
ni sabor, ni aliento a rosa.
Dolor deshabitado,
precipitada nube
hacia la tierra que es pecho,
voz, candente forma.

Luz que no es luz
sino quebrada arista,
intangible diamante,
rabia volátil,
encrespada negrura,
hierba,
fuego,
luz...

sábado, 22 de junio de 2019

Poemas III. David Rosenmann-Taub.

Alumbramiento.

Oh henchido vientre, vientre luminoso,
la hora del mundo estalla;
abre las alas: suma claridad
rodea la granada.

Asoma, rayo de materna luna:
conoce el aire, mueve las entrañas;
manantial esperado, entrega el ronco
bramido: ciega lanza.

Oh bendita placenta nacarada.
Oh tempestuosa calma asiendo calma.
Oh hijo, desarraiga,
asoma, despiadado y escarlata.

Mármol, mármol que mana.
Piernas sangrientas: oh bullente escala.
Sube, hijo mío, hasta
que subida no haya.

Aviva, aviva, rasga
la telaraña, rasga;
hijo mío, raudal,
vendaval, trepa, asalta.

El cielo anhela contemplarte:
contempla el cielo cara a cara:
eres el día abriéndose en torrentes:
¡espuma!, ¡roca!, ¡jarcia!

Junta la herida con la herida,
junta la noche con el alba.
Hijo tendido hacia lo alto:
junta el pañal con la mortaja.

Oh jarcia, oh roca: arriba;
más arriba, campana;
más arriba, más arriba,
vendaval, trepa, asalta.

Quiero que encuentres a mi padre
como en encuentro de montañas:
el cielo anhela contemplarte:
contempla el cielo cara a cara.

Amado cuerpo de cansancio,
dolor amado, siembra amada,
funde en tus brazos a los que se han ido,
junta la noche con el alba.

Junta la herida con la herida,
junta mi carne con tu alma,
junta la herida con la herida,
contempla el cielo cara a cara.

Aviva, aviva, rasga
la telaraña, rasga;
hijo mío, raudal,
vendaval, trepa, asalta.

Oh henchido vientre, vientre luminoso,
la hora del mundo estalla;
asoma, rayo de materna luna:
conoce el aire, mueve las entrañas.

Abre las alas: suma claridad
rodea la granada.
Manantial esperado, entrega el ronco
bramido: ciega lanza.

Oh bendita placenta nacarada.
Oh tempestuosa calma asiendo calma.
Mármol, mármol que mana.
Piernas sangrientas: oh bullente escala.

Oh hijo, desarraiga,
asoma, despiadado y escarlata.
Sube, hijo mío, hasta
que subida no haya.

Manantial esperado, sube, sube,
abre las alas, sube, abre las alas,
asoma, rayo de materna luna:
conoce el aire, mueve las entrañas.

Oh henchido vientre, vientre luminoso,
la hora del mundo estalla;
abre las alas: suma claridad
rodea la granada.




El cielo en la fuente (fragmentos)

XVII

La rosa hacia la rosa: los ardores
ondulan y sucumben.
Como lo mío antes de mí, Jesusa
en otro corazón.

¿No buscará descanso?
En una página de arena y miedo
lee su nombre. Fardos los dominios.
Habrá murallas, pero no muy altas.




El raudal.

Yo canto como el sol,
y el sol no canta.

Yo sueño como Dios,
y Dios no sueña.

Yo, cual la tierra, muero,
y la tierra no muere, ¡pero canta!




Pagano.

I

Mas otras voces hablan a otras voces.
Mas otros ríos bañan a otros hombres.
Y yo estoy lejos, sumamente lejos.

Ulula el huracán entre los montes.
Grita el torrente con revueltos bronces.
Y yo en lo lejos permanezco ajeno.

Páramo de otros nombres, otros nombres.
Otra febril majada, otro deshoje.
Sobre mi lejanía el aguacero

vierte sus cuencas como viejos
odres.
Allá en los corredores
de la lejana casa mía se oye
la panoja de trínos de otro entonces,
y entre los cobertores
de mi huesa, rumores de otros dioses.

II

Para mí todo el año es otoño:
¿Cuándo, dioses, empieza el invierno?
¿Es otrora la nueva jornada?
Al raer, desvelado, las eras,
he gustado los mismos sabores
que aprendí en las escuelas del sueño.
Para mí todo el día es crepúsculo:
¿Cuando, dioses, empieza la noche?

III

Penetré entre los dioses: ese no era mi sitio.
En el arduo retiro, desde los miradores
alocados de espacio, tranquilos de blancura,
derroté mis efigies. Los límites sin límites
pestañearon, sufrieron, se pararon. Los ví
como muros erguidos sobre mis torreones.




Réquiem.

Dandún, óyeme, dandún,
no hay quién te saque, dandún:
ni allá con la banderilla,
ni aquí con demente luz.

Trataro, mira, trataro,
creo que te perderás:
allá con la banderilla,
aquí con serenidad.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Cascarón, ay badulaque,
dandún, tímido rumor:
allá con la banderilla,
aquí con el batallón

de los muertos, oh dandún,
tan cuajarón, tan dulí:
allá desmayas de llanto,
aquí te echas a reír.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Ja ja ja riéte madre,
ja ja ja riéte muerte,
retuércete banderilla,
trataro, livor, retuércete.

De risa dóblate, quita,
arreméteme, abedul:
allá en tu sombra ja ja,
aquí nos falta la luz.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Felpa de sueño, desvelo,
blanco en blanco, monte blanco,
mucho cardo retorcido,
mucha brisa, poco alado,

nieve poquita, candela,
sin semblante con semblante,
sin voz con voz, oh trataro,
laúd, dandún, soplo, nadie.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Arriba, tú, despacito,
sh, callandito, dandún,
menos que plúmula, rurru,
no te arranques de la luz.

No enterrado, no enterrado,
no me dejes de existir,
tibia hojarasca, no hielo,
tan cuajarón, tan dulí.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Tú bajabas, tú ascendías,
cordón, gaviota, ¿hacia dónde?,
saco, carroza, ¿hacia dónde?,
terror, descanso, ¿hacia dónde?

¿Hacia dónde, llamarada?,
¿qué ribera alcanzarías?,
¿y dejabas qué frontera?,
¿pero de dónde partías?

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Dandún, óyeme, dandún,
en lo hondo del ciprés,
si no se pudre el olvido
nonunca te olvidaré.

Dandún, óyeme, ceniza,
si es que puedes sollozar,
sollózame más sollózame
aquí con serenidad.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Entrame, abrojo: mecerte,
quiero mecerte, mecerte,
naufragio niño, riciales
destellos, aguzanieves.

Rurrupata, rurrupata,
rodomiel, pupa, runrún:
allá en tu sombra llorando,
aquí nos falta la luz.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

Upa, triguito, ravé,
ota naanca, dulzura,
teno fío, teno fío,
teno fío, el cuco, upa.

No es el cuco, sangre mía,
el cuco, el cuco, los dos
solitos, upa, ravé,
garra, desesperación.

Ya se cerró tris pulsera,
ya se cerró tris collar,
aunque siempre te miremos
no te veremos jamás.

¿Hacia dónde, llamarada,
te quedabas y te ibas?:
allá te quedas y aúllo,
aquí te vas, agonía.

No puede ser, vuelve, vuelve,
dandún, Dios mío, dandún,
no puede ser, esta orilla
es un lamento de luz.

Ya se cerró tris pulsera,
no... se cerró... no... collar,
no, no...siempre... no... miremos
no te veremos jamás.

En las sienes, tú, dandún,
tan antiguo tu reír,
trataro, la banderilla,
tan cuajarón, tan dulí.

Ya se cerró, se cerró,
no es el cuco, sangre mía,
ya se cerró, se cerró,
no es la muerte, sangre mía,
ya se cerró, se cerró,
garra, desesperación,
si no se pudre el olvido
nonunca te olvidaré,
el cuco, el cuco, los dos
solitos, upa, ravé,
ya se cerró, se cerró,
garra, desesperación.

Poemas II. David Rosenmann-Taub.

Al Rey su trono (fragmentos)

XV

El día de la resurrección
habrá rebeldes.


XVII

La novela de Dios.

Una hoja
manchada con sombra roja.




Creación.

Víscera, fruto vagando en la niebla,
entre mil soles vagando en la niebla,
víscera, fruto vagando sin tiempo,
entrevenoso, ascendiendo insolado,
cántico, bosque de astros, estepa,
¿de qué región tropezando, cayendo?
Bloque de semen, radiante, aguerrido,
¿por qué designio vienes a ser mío?

Cuando el ovario amoroso te ansiaba,
cuando el rosal de la carne te ansiaba,
¿cómo saltaste el no ser de tu espacio
para mezclarte al sudor, al deseo,
al tifón térreo, al jadeo, a la fragua?.
¿cómo rompiste la malla sin días?,
¿cómo te hundiste en el mar del abrazo?
Golpe de ascua, relámpago vivo,
¿por qué designio vienes a ser mío?

En la vertiente crucial derramado,
cima triunfante, temblor derramado,
brote sagrado, bastión, red sufriente,
vasto aletazo: te sé poderoso
como la dicha del surco más grávido,
como cascada en la piedra sedienta.
Limo fragante: despunta, no ceses.
Colma mis huesos, enjambre, racimo.
Crece en lo amado para ser mi hijo.




El Manantial.

( I )

¿Quién eres tú? ¿Quién eres tú? ¿Quién eres al alba,
a la noche, a la tarde? ¿No es el amor tu imagen?
Yo crecía, y crecías tú. ¡A nosotros crecíamos!
Tomamos los racimos. ¿No es el amor mi imagen?

Dolías en el llano de las cosas que rompen.
En las cosas que abaten yo dolía. ¿Y tu imagen?
El agua, entre las aguas, horadaba y subía.
¡Oh qué sed de esa agua! ¡Nuestra sed! ¿Y mi imagen?

En derredor la vida, para que así se cumpla
la forja de la aurora repentina. ¡El encuentro!
Mas no lo repentino. ¡Los únicos caudales!

Imagen contra imagen, hacía imagen. ¡Lo nuestro!
Esto que ahora esplende. ¡El amor! ¡El amor!
¡Esto que nos destina rebeliones de imágenes!




La víspera (Ananda segunda)

_ ¿Vinieron ellos?
_ Sí.
_ ¿También Él?
_ Sí, también.
_ ¿Cenaron ellos?
 Sí.
_ ¿Y Él,
dime,
y Él
cenó,
dime,
cenó?
_ No sé,
no sé.


*
* *

Yo sí lo sé, y, también la cena, que se heló.




Preludio.

Después, después el viento entre dos cimas,
y el hermano alacrán que se encabrita,
y las mareas rojas sobre el día.
Voraz volcán: el nimbo pasaremos.
El buitre morirá: laxo castigo.
Después, después el grito entre dos víboras.
Después la noche que no conocemos
y extendido en lo nunca un solo cuerpo
callado como luz. Después el viento

Poemas I. David Rosenmann-Taub.

Abismo.

La sombra de la muerte en el umbral se para.
Oh dandún, oh dandún, no le mires la cara.

Cerca, una madrugada te aguardaba con hambre
de tus miembros apenas palpados por el mundo,
y te daba el arrullo dulcísimo del sueño
desde dentro de un sueño borroso, inacabable.

Tienes los ojos fijos, detenidos: 'Qué fijos
tiene dandún los ojos.' Y despiertas, dandún,
¡es cierto!, ¡sí!, ¡despiertas!, y tu vagido adoro.
Tu angustia calmarán los azulados ríos.

La sombra de la muerte desde el umbral avanza.
Oh dandún, oh dandún, tápate con las sabanas.

En las manos el cuesco del burburbur: ventana
de par en par, almendra que crepita, cuncuna,
ladrillos, pasos, ruedas: la silla gujgujguj,
la cucharita, el queque, el bomberún, el tata,

el tata, el tata: 'tú pone leó, o pono
osito', burburbur, el cascabel voltea
su encintada cadena: brusco tin: un hoyuelo
con jarabe: dandún con mameluco y gozo.

La sombra de la muerte está junto a tu cama.
Sé bueno, mi dandún, mira mejor el alba.

Un corto pasadizo atraviesan tus días:
no hay hoscos centinelas para ti descubriendo
los rincones de magia, los muebles, la escalera:
en la baldosa bailan tus soldados en fila.

Se esconde en cada negro dominó con que juegas
un vaho amoratado, un tajo, una premura,
y tú juegas debajo de la mesa a ser gato.
Cerca, una madrugada lenta juega a ser piedra.

La sombra de la muerte hacia ti se ha inclinado
(se ha puesto azul la almohada):... semejan dos hermanos.

Has mirado a la muerte y ahora cierras los ojos,
mas detrás de tus párpados aun la sigues mirando,
y tus ojos cerrados, terriblemente abiertos,
miran, miran sin fin, clavados en lo ignoto

de esa cara sin cara que se ríe sin risa,
de esa cara, dandún, que se parece a ti,
que es como algo gemelo que de pronto posees:
dime, dandún, ¿la muerte acaso es hija mía?

Se ha acostado en tu cama la sombra de la muerte.
Hijo mío, dandún, ya no me perteneces.

No, no, eso si que no, dandún, lo enorme no,
lo enorme se te pega en los labios,
vas a entregar tus ojos a una niebla espantosa,
ya te envuelve, dandún, recházala, eso no,
quiéreme algo, dandún, para ser mío,
quiéreme algo, dandún,
todavía un ratito, no te vayas, dandún;
ay Dios, y quién diría que en tu cuerpo pequeño
albergas una noche inmensa, tenebrosa,
sin estrellas, vacía, completa de infinito;
quién diría que con tus dulces ojos de color extraviado
abarcas un umbroso bosque voraz, dandún;

alma mía, hijo mío, dandún, oh vida, vive,
vibra, vibra, voltea, vive, vive, ¡desata!,
¡desátate!, ¡desátame!,
que la luna otra vez brille allá en tus pupilas,
que las guindas del sol te hagan reír,
que los pájaros crucen por tus ojos radiantes,
que la ola se agite otra vez en tus ojos,
que el día se abra en ti como suave capullo,
que contemples mi amor como el viento a la duna.

Hijo mio, mi sangre empozada en tus venas
grita por recorrerte, por sentirte gozoso
de lucha, de vertiente, de verdor, de sabor;
hijo mío, mi sangre encharcada en tus venas
me recorre las fibras del amor de tu carne:
sangre mía, revuélcate, rebélate, recórrelo
otra vez, otra vez;
no descanses, dandún, abandona ese sueño,
ven a mis brazos, hijo, lleno de luz, de vida,
con la plena fragancia del racimo maduro;
sangre mía, caliéntalo, dale otra vez calor,
dale otra vez vocales tímidas a su boca.

No me dejes, dandún,
dile a tu sangre que fluya, que fluya, que fluya,
dile a tus ojos que se abran, hijo,
¡hijo!,
dile a tus dedos que me cojan.

Oh dandún, ¡si eres mío!, conmigo siempre,
abrázame;
¿qué va a ser de tus juegos y de mi sangre, hijo?
Abre los ojos, dandún, por Dios, dandún, abre los ojos.
Ah maldita sombra, Dios maldito, maldito,
dile a dandún que abra los ojos:
¡para qué va a dormir tanto tiempo!

Sí, dandún, eres mío, sólo mío,
no te vayas, hijo, dime que todo esto es un
juego de la noche,
que vas a abrir los ojos.
Madrugada, dame la muerte.

Hijo mío de sombra, largamente reposa.
La soledad te cubre con sus velados tules.
El cielo se ha poblado de amoratadas nubes.
Tropieza la mañana con la noche en la alcoba.

La turbia madrugada te ha aguardado con hambre
de tus miembros apenas palpados por el mundo,
y te ha dado el arrullo dulcísimo del sueño
desde dentro de un sueño borroso, inacabable.

Desde el umbral el sol, tendido como un perro,
mira la quieta colcha, desciende hasta tu pecho
quieto, avanza a tu rostro pálidamente quieto
y en tus ojos cerrados pone un ciego reflejo,
en tus ojos cerrados, terriblemente abiertos.




Ataraxia (Ananda primera)

De rodillas el Árbol.
Caigo sobre mis ojos: me acompaño:
sólo tengo caminos.
La luz clama: '¡Estoy ciega!'
Cunde frescos sentidos
el ansia, polvorienta, disoluta.
Los pies del cielo con mis pies tropiezan.
Vetusto claroscuro:
caminos y caminos y ninguna
huella. Jamás el mundo.




El día.

(II)

Doce de junio.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por la ventana el mar que nos separa.
Seremos uno interminablemente.

Ahora estás conmigo. Qué seguro,
qué distinto es el ser: en su coraje
me alcanzas. ¡Para siempre! Los poderes,
indolentes, ajenos, conocidos.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por la red el erial que nos separa.
Desnudos, absolutos, luminosos.

Esa boca aquí, cerca, nuestra, mía,
nuestra, tuya: si tuya, mía, mía:
lo feroz: arrecife de transcursos:
que yo, por ti, soy yo, todas tus veces.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por lo ayer el farol que nos separa.
En torbellino, frágiles, amándonos.

Ahora estoy contigo. Realidad,
ahora puedes afrontar el mar:
en la eficacia, el mar, con resistencia,
se levanta hacia el sol. Tú estás conmigo.

Ventana. Red. Lo ayer. ¿Qué nos separa?
Seremos uno, interminablemente
desnudos, absolutos, luminosos,
en torbellino, frágiles, amándonos.




Hijo.

Árbol huracanado, violenta tierra viva:
para tus olas hiende mi corazón la luz;
sea el ímpetu el sueño que te cubra, hijo mío;
yo seré el edredón de la cuesta dormida.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

Estambre, alianza: cíñeme el inquieto espejeo
del penacho sonriente: por fin sonríe: envuélveme
de brisa y mordedura; tus sorprendidos labios
en jugoso dominio redondeen tu empeño.

Esa sonrisa tuya me sabrá en la alegría
a renacidos zumos de fragores perdidos:
recorrerá mi vida, como beso de tierra,
esa sonrisa breve: tintineo y delicia.

Sonríe, hijo, sonríe; descubrimiento, avienta
la hojarasca de duelo que azota al resplandor
de tu paso: camino, echa a andar, echa a andar:
tu pie va a hacer, oh Dios, -¡Dios!- su huella primera.

Yérguete en el abismo: en las aguas profundas
palparás a tus venas; angústiate de muros.
Mi grito paternal se rompa entre tus manos:
con el alma desnuda despedaza la ruta.

Hermánate a la agreste plenitud de la espiga;
Hoguera en el destino, victorioso derrótate.
Hijo, estréchame siempre en todos los guijarros:
tendrás el amor fuerte que se oculta en la espina.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

Esponjas de tinieblas envidiaban tu rastro,
porque entero pendías del coraje de Dios.
Por amparar las cumbres, huías mi refugio:
¡Hacia mí!, te gritaba, ¡oh hijo entre mis brazos!

Mas la flor de tu ansiosa garganta en la mañana
era como el temor del hijo por el padre:
ya extasiado lavando colinas y colinas,
al conocer la tierra, me tocabas y amabas.

¡Me ibas conociendo! El tallo polvoriento
se estremecía azul de goce de tu savia.
Tus pupilas curiosas rodando por el mundo,
refrescaban mi fiebre, bañaban mi desvelo

con la paz de las siembras. Aprendías mi ocaso,
acunabas, sembrabas. De mi carne venías
a renovar mi sed: éramos una llama.
¡Me ibas conociendo! ¡Oh venero en el páramo!

Sonríe, hijo, sonríe; descubrimiento, avienta
la hojarasca de duelo que azota al resplandor
de tu paso: camino, echa a andar, echa a andar:
tu pie va a hacer, oh Dios, -¡Dios!- su huella primera.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

En tu vaso colmado no abreves al letargo;
yérguete en el abismo; angústiate de muros;
con el alma desnuda despedaza la ruta.
¡Abalánzate, afluente! ¡Abalánzate, arado!

Hazte recio, hijo mío: aunque yo desfallezca,
si escarpidor de miedo te peina ferozmente,
desgárrame, desgárrame, róbame los alientos:
hazte recio, aunque caigan mis sienes ya disueltas.

Aunque corteza ciega, nieve ciega, crispado
polvo ciego, te haré una estera radiante.
Aunque vuele en despojos horizonte a horizonte,
mi rostro, en los celajes, te traerán los pájaros.

Tú, cantera; yo, escarzo; váciame más, espárceme:
beberé en el acíbar la dulzura inmortal
de sumirme en tu arcilla: que aun asido de muerte
desplegaré ceniza para darte trigales.

Arbol huracanado, violenta tierra viva:
para tus olas hiende mi corazón la luz;
sea el ímpetu el sueño que te cubra, hijo mío;
yo seré el edredón de la cuesta dormida.
Hijo, estréchame siempre en todos los guijarros:
¡tendrás el amor fuerte que se oculta en la espina!




Pórtico.

Pastor dormido en la hierba,
tu caramillo sonando
en la lejana pradera:

¿quién en tus manos, avena?,
¿quién en tus manos, alfalfa:
pastor dormido en la hierba?

El oso peludo,
el rey juguetón,
molinete, embudo,
chinita de ron.

El rey juguetón,
girasol, dandún,
chinita de ron,
nata con betún.

Girasol, dandún,
escabel chiquito,
nata con betún,
dorado ombliguito.

Azulea que azulea
la mazorca en tu cabello,
pastor dormido en la hierba:

¿adónde queda tu tienda
de brezos, adónde queda?
-'En la lejana pradera.'

Escabel chiquito,
el rey juguetón,
dorado ombliguito,
chinita de ron.

El rey juguetón,
el oso peludo,
chinita de ron,
molinete, embudo.

El oso peludo,
nata con betún,
molinete, embudo,
girasol, dandún.

Retama, río, corteza,
corazón de la campiña,
pastor dormido en la hierba:
sobre la greda, más greda.

viernes, 21 de junio de 2019

Janet la torcida. Robert Louis Stevenson (1850-1894)

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida, sin familia, ni criado, ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad.

Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el pulpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.

La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del Sr. Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera.

La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.

Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente incluso de la parroquia ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del Sr. Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.

Cincuenta años atrás, cuando el Sr. Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores, preocupados y serios se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados; malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades.

Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda ninguna de que el Sr. Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros — más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie.

Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobretodo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó ser que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.

De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M'Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key's Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente.

Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.

Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M'Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba.

La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!

—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios os ordeno que la soltéis.

Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.

—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?

—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda mi vida.

—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?

Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.

—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, id a vuestras casas y pedid perdón a Dios.

Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.

Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar.

Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M'Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente, que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban.

Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.

Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.

A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.

Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.

Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en éste había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó:

—Amigo, ¿es usted forastero?

El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Éste aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.

Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M'Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.

—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?

—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.

Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.

—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.

Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.

—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.

Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción.

Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.

Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua, profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío.

Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.

Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.

Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella, ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.

Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero poco sospechaba de qué enfermedad.

Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.

El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo.

Entró —pocos le habrían seguido—, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.

—¡Que Dios nos perdone a todos! —pensó el señor Soulis—. La pobre Janet está muerta.

Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él.

Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el palpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.

Tomó la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.

Encomendó su alma al Creador:

—Oh, Señor —dijo—, dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.

Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet la torcida, con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir... muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.

Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el Sr. Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.

—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.

Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.

Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M'Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.

Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo.

Ithaqua. August Derleth (1909-1971)

Fue un filósofo chino el que dijo hace muchos años que la verdad, por obvia y simple que sea, resulta siempre increíble debido a que la vida social del hombre se ha convertido en algo tan complejo que la verdad se torna cada vez más difícil de comprender. Ningún otro comentario puede ser más justo que éste con relación a Ithaqua, el Dios de las Nieves.

En la primavera de 1933 aparecieron en la prensa algunos párrafos algo oscuros con referencia a las extrañas creencias de ciertas tribus indias, a la aparente incompetencia del soldado James French de la Real Policía Montada del Noroeste, la desaparición de un tal Henry Lucas, y, finalmente, a la desaparición del soldado French. También hubo cierto revuelo con respecto a una declaración publicada por John Dalhousie, Jefe Provisional de la Real Policía Montada, en su cuartel temporario de Cold Harbor (Manitoba), con fecha 11 de mayo, y referente a ciertas críticas públicas contra el soldado French y contra el manejo del caso Lucas. Finalmente se corrió cierta historia increíble acerca de un extraño dios del gran silencio blanco, la vasta región donde la nieve cubre la tierra durante largos meses del año.

Todos estos fenómenos, aparentemente inconexos entre sí y a los cuales se refirió la prensa con gran desprecio, estaban íntimamente vinculados. El hecho de que existen cosas que debieran seguir ignoradas, cosas realmente horribles y prohibidas para la humanidad, el soldado French lo descubrió, y, después de él, lo descubrió John Dalhousie, quien el 11 de mayo publicó la siguiente declaración:

Muy en contra de mi voluntad escribo en respuesta a las injustas críticas dirigidas contra mí con motivo de la investigación del caso Lucas. La prensa me molesta debido a que este caso continúa sin resolver y, con injustificada aspereza, se insinúa que Henry Lucas no pudo haber salido de su casa y desaparecido, a pesar de las pruebas indiscutibles que prueban que tal fue lo que ocurrió.

Los hechos, para aquellos que leen esta declaración sin conocimientos previos de la desaparición y la investigación subsiguiente llevada a cabo por el soldado James French, son éstos: La noche del 21 de febrero próximo pasado, durante una ligera tormenta de nieve, Henry Lucas salió de su cabaña, ubicada en las afueras de la aldea de Cold Harbor, y no volvió a ser visto nuevamente. Un vecino vio a Lucas dirigirse hacia el antiguo camino de Olassie que pasa cerca de la cabaña del desaparecido, pero en seguida le perdió de vista. Esta fue la última vez que se vio a Lucas con vida. Dos días más temprano, un cuñado suyo llamado Randy Margate, comunicó la desaparición de su pariente, y el soldado French fue enviado de inmediato para investigar el asunto.

El informe de French llegó a mi oficina dos semanas más tarde. Permítaseme afirmar que, a pesar de creer el público lo contrario, el misterio de Lucas fue resuelto. Pero su solución resultó tan fantástica, increíble y espantosa, que este departamento consideró prudente no comunicarla al público. Hemos mantenido esa decisión hasta el día de hoy, y ahora se hace aparente que, por extraña que sea, debemos publicarla a fin de contrarrestar las acerbas críticas que se han dirigido contra esta repartición.

A continuación doy el último informe del soldado James French:

Cold Harbor, 3 de Marzo de 1933.

Señor: Casi me falta valor para comunicarle esto, pues debo escribir algo contra lo que mi carácter se rebela, algo que mi inteligencia me dice que es imposible. ¡Y sin embargo es la verdad! Sí, todo es como se nos dijo: Lucas salió de su casa y desapareció; mas no soñamos siquiera la razón de que saliera, ni tampoco sospechamos que algo acechaba en el bosque, esperándolo...

Llegué aquí el 25 de febrero y me dirigí de inmediato a la cabaña de Lucas, donde conversé con Margate. Este, empero, no podía decirme nada, ya que llegó desde la aldea vecina, comprobó la desaparición de su cuñado, y dio parte a nosotros. Poco después de conversar conmigo, se fue a su casa, situada en Navissa Camp. Me encaminé entonces a casa del vecino que viera por última vez al desaparecido. El hombre parecía muy poco dispuesto a hablar, y tuve dificultad en entenderle debido a que, aparentemente, es medio indio y descendiente de las antiguas tribus que aún abundan por estos contornos. Me mostró el sitio donde viera a Lucas por última vez, e indicó que las huellas del hombre se detenían repentinamente. Me dijo esto con cierta excitación, y señalando hacia la selva, por sobre un claro, declaró con tono incierto que seguramente la nieve había cubierto ya el resto de las huellas. Pero el lugar parecía estar expuesto al viento, y no quedaba allí mucha nieve. Realmente, en algunos sitios todavía eran visibles las huellas de Lucas, y más allá del lugar de donde al parecer desapareció, no encontré ninguna de las suyas, aunque había huellas de Margate y de uno o dos más.

A la vista de los descubrimientos siguientes, este hecho resulta muy significativo. Por cierto que Lucas no caminó más allá de ese sitio, y es bien seguro que no regresó a su cabaña. Desapareció del lugar tan completamente como si nunca hubiera existido. Traté entonces, como he seguido haciéndolo, de explicarme cómo pudo Lucas haber desaparecido sin dejar rastros; pero no existe más que una explicación, la que en seguida detallaré, por increíble que parezca. Pero antes de hacerlo, debo presentar algunas pruebas que me parecen importantes.

Recordará usted que dos veces durante el transcurso del año pasado el padre Brisbois, el sacerdote viajero, comunicó la desaparición de niños indios de Cold Harbor. En cada uno de los casos se nos informó que los niños habían reaparecido antes de que comenzáramos la investigación. Apenas había estado allí un día cuando me enteré de que los niños no reaparecieron nunca, que, además, hubo muchas desapariciones en Cold Harbor, respecto a las cuales nunca se nos comunicó nada, y que, aparentemente, la desaparición de Lucas era una de tantas. No obstante, éste último parece haber sido el primer blanco a quien ocurre tal cosa.

Hice varios descubrimientos muy singulares que no me produjeron una impresión muy favorable, y de inmediato comprendí que el caso era muy extraño. Detallo a continuación mis descubrimientos en orden de importancia:

1) Lucas no era hombre que resultara simpático a nadie. Repetidas veces engañó a los indios y, estando ebrio, trató una vez de inmiscuirse en un asunto religioso. Considero esto como un motivo.

2) La población (india en su casi totalidad) se niega a dar informes de ninguna clase. Algunos se muestran temerosos, otros hoscos, y algunos desafiantes y hasta me hacen advertencias veladas. Un médico brujo, cuando fue interrogado, contestó: "Mire usted, hay cosas que no conviene conocer. Una de ellas es Ithaqua, a quien ningún hombre puede mirar sin adorar. El solo verlo significa la muerte, como la helada en lo profundo de la noche." No pude obtener ninguna aclaración de estas palabras. No obstante, han tomado una gran significación, como lo comprobará usted.

3) Existe aquí una religión muy antigua y extraña. Respecto a esto último doy detalles a continuación.

Frecuentes insinuaciones de la relación entre las grandes hogueras vistas en la selva limitada por el viejo sendero de Olassie, súbitos temporales de nieve, y las desapariciones, me pusieron al fin sobre la pista de la religión de estos indios. Creí al principio que las referencias veladas de los nativos con respecto a la selva y a la nieve no eran más que expresiones del temor a los elementos que es tan común entre la gente que vive en regiones desoladas. Aparentemente cometí un error en mis apreciaciones, pues el segundo día después de mi llegada, el padre Brisbois se presentó en Cold Harbor y me vio durante uno de sus servicios religiosos. De inmediato envió a uno de sus sacristanes para comunicarme que deseaba conversar conmigo. Una vez terminada la misma, fui a verle.

Él suponía que estaba yo ocupado en investigar las desapariciones que nos comunicara, y expresó sorpresa cuando supo que los padres de los niños afirmaban haberlos encontrado.

-Entonces sospecharon de mis intenciones -explicó- y evitaron la investigación. Pero, claro está, usted ya sabe que los niños no han sido encontrados, ¿verdad?

Dije que ya lo sabía, y le rogué me contara lo que supiera respecto a las misteriosas desapariciones. Su actitud me sorprendió.

-No puedo decirle nada porque no me creería usted -respondió-. Pero dígame, ¿ha estado usted en la selva? ¿Por el viejo camino de Olassie? -Ante mi negativa, continuó-: Entonces vaya usted a la selva y vea si puede hallar los altares. Cuando los encuentre, vuelva y dígame lo que opina de ellos. Yo permaneceré en Cold Harbor por dos o tres días.

Eso fue todo lo que quiso decirme. Comprendí entonces que había algo raro en la selva, y aunque caía ya la tarde, emprendí la marcha por el viejo camino de Olassie y entré a los bosques, aunque no sin calcular cuidadosamente las horas de luz que me quedaban. Me adentré cada vez más en esa tierra virgen, y finalmente llegué a un sendero que se veía en la nieve. Al notar que se habían hecho esfuerzos para disimularlo, comprendí que estaba sobre la pista de algo interesante. Lo seguí y no tuve dificultad en encontrar los altares a que se refiriera el padre Brisbois. Eran unos extraños círculos de piedra, alrededor de los cuales la nieve parecía muy pisoteada. Esa fue mi primera impresión; pero cuando me acerqué a esos círculos, vi que la nieve era como vidrio, suave, pero no resbaladiza, y no parecía estar pisoteada solamente por pies humanos. Dentro de los círculos, la nieve era tan suave como plumones.

Estos círculos son bastante grandes, casi de veinte metros de diámetro, y lo forman unas piedras raras que parecen congeladas, o alguna roca vidriosa que no recuerdo haber visto nunca. Cuando extendí la mano para tocar una de ellas, sentí un sacudón como si hubiera recibido una descarga eléctrica; agregue usted a esto el hecho de que la piedra es antiquísima e increíblemente fría, y ya podrá usted imaginarse la extrañeza con la que observé ese extraño lugar de adoración. Había tres círculos, no muy lejos uno de otro. Habiéndolos examinado desde el exterior, entré en el primero de ellos y encontré, como ya he indicado antes, que la nieve era extraordinariamente suave. Aquí y allá se veían huellas. Creo que las miré con poco interés durante un momento antes de darme cuenta de su significación. Entonces me dejé caer de rodillas y las examiné cuidadosamente.

La prueba que tenía ante mis ojos era bien clara. Las huellas pertenecían a un hombre calzado con zapatos, un hombre blanco, por cierto, pues los indios de los alrededores no usan zapatos, y las huellas eran las mismas que dejara Henry Lucas en el claro de donde desapareciera. Al ver esto, consideré que debía trabajar basándome en la hipótesis de que las huellas pertenecían a Lucas. Pero lo más extraordinario respecto a ellas es que demostraban que el hombre que las hizo no entró caminando al círculo, ni salió tampoco andando. El sitio de entrada -o, mejor dicho, el comienzo de la línea de huellas- no estaba muy lejos de donde me hallaba yo; allí vi señales de que le habían arrojado o dejado caer dentro del círculo.

El hombre se había levantado y comenzado a caminar alrededor hacia la única entrada del extraño altar; pero allí vacilaban sus huellas y se volvían de nuevo hacia adentro. Caminó cada vez más rápido, comenzó luego a correr, y, bruscamente, sus huellas se detenían por completo, interrumpidas en el medio de la circunferencia de piedras. No era posible un error al respecto, pues, mientras las primeras huellas estaban ligeramente cubiertas por la nieve, la caída de la nieve cesó aparentemente en el mismo momento en que se detenían las huellas.

Mientras examinaba todo esto, tuve la molesta sensación de que me vigilaban. Escudriñé la selva con disimulo, pero nada se presentó a mi vista. Empero, la sensación de ser observado persistía, y una creciente inquietud se apoderó de mí; de manera que sentí la proximidad de un peligro dentro de ese extraño y silencioso círculo de piedras, perdido en lo más profundo de los silenciosos bosques. A poco salí del altar y me dirigí hacia la selva con cierta aprensión. Entonces me encontré con los restos de grandes hogueras, y recordé las veladas insinuaciones de algunos de los nativos de Cold Harbor. El hecho de que las huellas de Lucas estuvieran dentro del círculo, vinculaba los fuegos a su desaparición, y, como ya he indicado, estaba cayendo nieve en el momento en que Lucas se hallaba dentro del altar de piedras. Recordé también que de vez en cuando se hicieron algunos comentarios respecto a grandes hogueras que solían verse en los bosques cercanos al camino de Olassie, cuando ese camino estaba en uso hace algunos años. Examiné las cenizas; aunque, debido a la proximidad de la noche, no pude hacerlo con gran minuciosidad. Aparentemente habían quedado sólo agujas de pino.

Entonces vi que no sólo se me echaba encima la oscuridad, sino que también el cielo se mostraba nublado y que los copos de nieve comenzaban a caer por entre las ramas de los árboles. Allí tenía ante mi vista otra prueba: un súbito temporal de nieve. Pues unos minutos antes el cielo no mostraba nube alguna. Uno por uno, todos esos detalles extraños estaban tomando forma tangible ante mis ojos. Durante todo este tiempo me seguía dominando la impresión de que alguien observaba todos mis movimientos; de manera que obré en forma de poder sorprender a cualquiera que estuviese oculto en el bosque. Las hogueras se hallaban detrás de los altares, y al volverme hice frente a los círculos de piedra. Ya, como he dicho, estaba oscureciendo y caía nieve, pero vi algo. Fue algo así como una nube de nieve que pendiera por sobre los altares, como una enorme masa informe de nieve apretada; no un montón de copos, aunque los copos la rodeaban. Y no tenía color blanco, sino más bien un matiz azul verdoso que lentamente se iba tornando purpúreo. Deseo señalar que a la sazón no estaba enterado yo de nada extraño, y sabía perfectamente bien que a veces los cambios de luces del crepúsculo suelen afectar la visión.

Mas, al adelantarme y pasar frente a los altares, me volví, viendo entonces que la mitad superior de ese extraño ser se movía independientemente de la inferior. Mientras permanecía mirándolo comenzó a desvanecerse, tal como si se disolviera en la nieve que caía, hasta que finalmente desapareció por completo. Entonces me asusté, temiendo que esa cosa extraña me rodeara mezclada con la nieve que caía por todos lados. Por primera vez en mi vida sentí temor de los bosques, de la noche y de la nieve silenciosa. Me volví para echar a correr, pero no antes de ver algo que me heló la sangre en las venas. Donde estuviera un momento antes la imagen de nieve, se veían ahora un par de ojos verdes y relucientes que pendían como estrellas por sobre los altares circulares.

No me avergüenza confesar que corrí como si me persiguiera una manada de lobos hambrientos. Todavía doy gracias a Dios por haber guiado mi loca carrera hacia la relativa seguridad del camino de Olassie, donde todavía brillaba un poco de luz y donde la primera vez me detuve. Me volví para mirar hacia los bosques; mas no se veía otra cosa que la nieve que caía profusamente. Todavía me dominaba el miedo, y casi imaginé oír un susurro entre los copos de nieve; un murmullo infernal que me ordenaba regresar a los altares. Tan insinuante y claro era, que por un momento estuve a punto de volverme y lanzarme hacia la oscuridad del bosque. Luego me sobrepuse y corrí por el camino en dirección a Cold Harbor.

Me encaminé directamente a la casa del doctor Telfer, donde se alojaba el padre Brisbois. El sacerdote se alarmó al ver mi rostro demudado por el terror, y el doctor Telfer quiso darme un sedativo, el que rechacé. Les conté de inmediato lo que acababa de ver. Por la expresión de su rostro me figuré que mi relato no era novedad inesperadada para el cura; pero el doctor aseguró que era yo la víctima de una ilusión óptica muy común por estas latitudes cuando llega el crepúsculo. Pero el padre Brisbois no se mostró de acuerdo con él. A decir verdad, el sacerdote insinuó que había yo penetrado un velo que está siempre presente aunque rara vez es visto, y que lo que yo viera no era una ilusión, sino una prueba tangible de un horroroso mundo del más allá, que por suerte no conocen la mayoría de los seres humanos.

Me preguntó si había notado que los indios eran de un linaje muy antiguo, probablemente de origen asiático. Admití haberlo notado. Entonces observó algo respecto a la adoración de dioses que eran antiguos antes de que el hombre apareciera sobre la faz de la tierra. Le pregunté qué quería decir con dioses antiguos.

Sus palabras fueron las siguientes:

-Se trata de conocimientos profundos que nos han llegado procedentes de seres muy alejados de la humanidad. Existe, por ejemplo, la horrorosa y sugestiva narración acerca de Hastur el Inmencionable, y de sus horrendos descendientes.

Protesté que basaba sus afirmaciones solamente en las leyendas.

-Sí -replicó-; pero no olvide usted que no existen leyendas que no estén firmemente arraigadas a algo real, aunque ese algo existiera en un pasado tan remoto que está fuera del alcance de la memoria del hombre. El maligno Hastur, quien llamó en su ayuda a los espíritus elementales y los subyugó a su voluntad, esas fuerzas elementales todavía son adoradas en los sitios más remotos de este mundo. El Caminante del Viento, e Ithaqua, el dios del gran silencio blanco, el único dios del cual no se ven señales en los totems. Al fin y al cabo, ¿no tenemos, acaso, nosotros nuestra leyenda bíblica sobre la lucha entre las fuerzas elementales de Bien y del Mal, personificadas por nuestra deidad y las huestes de Satán en la era anterior al amanecer de nuestra tierra?

Quise protestar, quise decir con gran vehemencia que lo que afirmaba era imposible; mas no pude hacerlo. El recuerdo de lo que viera pendiente sobre el círculo de piedras, en lo más profundo de la selva, me impidió hablar. Esto y el hecho de que un viejo indio mencionó en mi presencia el mismo nombre que acababa de pronunciar el sacerdote: Ithaqua. Viendo el curso que tomaba la conversación, pregunté:

-¿Quiere usted decir que los indios de los alrededores adoran a esa cosa que llaman Ithaqua, y ofrecen sus niños como sacrificio humano? Entonces, ¿cómo explicar la desaparición de Lucas? ¿Y quién o qué es realmente Ithaqua?
-Quiero decir exactamente eso, sí. Es la única teoría que pueda explicar la pérdida de los niños. En cuanto a Lucas, le diré que era muy poco popular; siempre estafaba a los indios, y una vez tuvo un entredicho con ellos al borde de la selva; eso ocurrió pocos días antes de su desaparición. Con respecto a Ithaqua y a su identidad..., no estoy en condiciones de contestar. Existe la creencia que sólo sus creyentes pueden mirarle; el hacerlo sin adorarlo significa la muerte. ¿Qué es lo que vio usted sobre los altares? ¿Ithaqua? ¿Es él el espíritu del agua o del viento, o es realmente un dios de este gran silencio blanco, el ser de nieve, una manifestación del cual usted vio?
-Pero, ¡cielos, sacrificios humanos! -exclamé yo, y luego agregué-: Dígame, ¿no se ha vuelto a encontrar a ninguno de esos niños?
-Yo sepulté a tres de ellos -replicó el cura pensativamente-. Fueron encontrados en la nieve a poca distancia de aquí..., metidos dentro de hermosas mortajas de nieve, tan suaves como plumones, y sus cuerpos estaban más fríos que el hielo, aunque dos de ellos vivían todavía cuando se les encontró, y murieron poco tiempo después.

No supe qué decir. Si se me hubiera comunicado todo esto antes de ir a la selva, me hubiera burlado abiertamente, como lo presintiera el Padre Brisbois. Pero yo vi algo en la selva y no era nada humano; nada que se pareciera remotamente a los seres humanos.

-Comprenda usted; no digo que vi lo que el Padre Brisbois describiera como el "dios del gran silencio blanco", lo que los indios llaman Ithaqua, pero sí vi algo.

En ese momento se presentó alguien en la casa con el asombroso anuncio de que se acababa de hallar el cuerpo de Lucas, y a pedir que el médico lo examinara. Nosotros tres salimos tras el indio que nos llevó este mensaje, y fuimos a un sitio no muy alejado de la factoría, donde una gran multitud de nativos rodeaba lo que al principio pareció ser una enorme y reluciente bola de nieve. Mas no era una bola de nieve.

Era el cuerpo de Henry Lucas, tan frío como las piedras que tocara yo en el altar; y el cuerpo estaba envuelto en una capa de nieve tejida. Escribo tejida, porque estaba tejida. Era como un hermoso tul casi impalpable, de un blanco brillante, con matices apenas visibles de verde y azul, y cuando arrancamos la cubierta de nieve del cuerpo, sentimos la impresión de estar destrozando una tela endurecida y quebradiza. Recién cuando terminamos de arrancar la envoltura, descubrimos que Henry Lucas no estaba muerto. El doctor Telfer apenas pudo dar crédito a sus sentidos, aunque ya había visto dos casos similares al que se presentaba ahora. El cuerpo estaba tan frío, que a duras penas pudimos tocarlo; sin embargo, el corazón seguía latiendo imperceptiblemente; y una vez en la casa de Telfer, ya el cuerpo rodeado de temperatura normal, el corazón latió con más firmeza.

-Parece imposible -manifestó el médico-; pero así es. Sin embargo, está moribundo.
-Espero que recobre el conocimiento -dijo el cura.

Pero el doctor sacudió la cabeza.

-Imposible.

Y entonces Lucas comenzó a hablar en el delirio. Primero emergió de sus labios un sonido monótono e incomprensible. Luego comenzaron a salir palabras lentas, separadas entre sí, y finalmente frases enteras. Tanto el cura como yo las anotamos, y más tarde hicimos una comparación de nuestras notas. Esta es una muestra de lo que dijo Lucas:

-¡Oh, suave y hermosa nieve!.. .Ithaqua, toma mi cuerpo, que el dios de la nieve me lleve, que el gran dios del silencio blanco me lleve al pie de aquél más grande... Hastur, Hastur, adoramus te, adoramus te... ¡Cuán suave la nieve, cuán lentos los vientos, cuán dulce el aroma de los capullos de algarrobo del sur! ¡Oh, Ithaqua, adelante hacia Hastur...

Hubo mucho más por el estilo, y en su mayoría sin sentido alguno. Tal vez sea importante indicar el hecho de que Lucas no conocía el latín. Casi no me atrevo a comentar sobre la extraña coincidencia de que mencionara a Hastur, tan poco después de que el Padre Brisbois nombrase a ese antiguo ser. Del resto del delirio de Lucas logramos entresacar la historia de su desaparición. Aparentemente se sintió atraído hacia el exterior de su cabaña por una música extraterrena, combinada con un murmullo que parecía proceder de muy cerca de su vivienda. Abrió la puerta y miró al exterior, y, al no ver nada, salió a la nieve. Me aventuro a conjeturar que estaba hipnotizado, aunque me parece poco probable. Fue arrebatado por "algo que venía de lo alto", diciendo que era un viento con "nieve en él". Esto fue lo que lo llevó, y no supo más nada hasta que se encontró dentro del círculo de piedras en medio de la selva. Entonces notó enormes hogueras que ardían por allí cerca, y vio a los indios ante los altares, muchos de ellos yaciendo boca abajo sobre la nieve, adorando a su dios. Y encima de él vio lo que describe como "una nube de humo verde y púrpura von ojos" (¿es posible que fuera la misma cosa que vi yo sobre los altares?)... Y mientras observaba, esa cosa comenzó a moverse y descender. De nuevo oyó música, y entonces comenzó a sentir el frío. Corrió hacia la entrada, que se hallaba abierta, mas no pudo trasponerla. Era como si una mano invisible le contuviera desde el exterior. Entonces se asustó y corrió locamente dando continuas vueltas, y finalmente cruzó el círculo, siendo elevado de la tierra. Era como si se hallara dentro de una nube de nieve blanda y susurrante. Oyó nuevamente la música, y después, a lo lejos, un ulular que pareció destrozarle los tímpanos. Entonces perdió el conocimiento.

Después de esto su relato no es nada claro. Comprendimos algo así como si lo hubieran llevado a un sitio lejano; ya sea a un abismo insondable o muy por encima de la tierra. Por algunas de las frases que pronunció, podríamos sospechar que estuvo en otro planeta, si no fuera esto absolutamente imposible. Mencionó a Hastur casi incesantemente, y de tanto en tanto dijo algo respecto a otros dioses llamados Cthulhu, Yog-Sothoth, Lloigor y otros, y murmuró frases inconexas acerca de la tierra maldita de los Tcho-Tcho. Habló también como si todo eso fuera un castigo por alguna falta en que incurrió. Sus palabras inquietaron mucho al padre Brisbois, y varias veces noté que el buen sacerdote oraba por lo bajo.

Falleció unas tres horas después de que lo encontraran, sin recobrar por completo el sentido; aunque el doctor afirmó que su estado era normal, excepto el frío persistente que emanaba de su cuerpo y por el hecho de que parecía no percatarse de nuestra presencia ni de lo que le rodeaba.

Aparte de comunicar a usted todos estos datos, vacilo en ofrecer solución alguna. Al fin y al cabo estas cosas hablan más claramente que las palabras. Ya que no hay medios para identificar a ninguno de los indios presentes en esas infernales ceremonias religiosas del bosque, no se puede efectuar ningún arresto. Pero que algo fatal ocurrió a Lucas dentro de esos círculos de piedra -probablemente como resultado de su riña con los indios-, es indiscutible. Cómo lo llevaron allí, y cómo fue transportado al sitio donde finalmente se halló su cuerpo, sólo es explicable si aceptamos su terrible relato.

Sugiero que, en vista de las circunstancias, deberíamos destruir esos altares y emitir órdenes severas a los indios de Cold Harbor y de toda la región. He averiguado que se puede obtener dinamita en la aldea, y tengo la intención de ir al bosque y hacer volar esos malditos altares tan pronto como reciba su autorización para hacerlo.

Más tarde. - Acabo de enterarme de que un gran número de indios se dirige hacia los bosques. Aparentemente se está por realizar otra reunión para adorar a ese extraño dios en los altares, y, a pesar de la extraña sensación de que soy vigilado -como desde lo alto-, mi deber está bien claro. Los seguiré tan pronto como haya despachado este informe.

Este es el texto completo del último informe que recibí del soldado French. Llegó a mi oficina el 5 de marzo, y ese mismo día le telegrafié instrucciones para que llevara a cabo su plan de dinamitar los altares, y para que también arrestara a cualquiera de los nativos que fuese miembro del grupo que se reunía en los bosques para adorar a ese extraño dios.

Después de esto tuve que salir del cuartel por un tiempo considerable, y cuando regresé encontré la carta del doctor Telfer en la que me informaba que el soldado French desapareció antes de recibir mi telegrama. Más tarde supe que su desaparición ocurrió la noche en que me envió su informe; esa noche en que los indios se reunieron en los altares cercanos al camino de Olassie. De inmediato mandé al soldado Robert Considine a Cold Harbor, y le seguí dentro de las veinticuatro horas. Mi primera intención era llevar a cabo yo mismo las instrucciones que telegrafiara a French, y me adentré en los bosques y dinamité los altares. Luego me ocupé de buscar rastros de French, mas no había absolutamente nada que encontrar. Desapareció tan completamente como si la tierra se lo hubiera tragado.

Mas no se lo había tragado la tierra. La noche del 7 de mayo, durante una violenta tempestad, se halló el cadáver del soldado French. Se encontraba sobre un montón de nieve, no muy lejos de la casa del doctor Telfer. Su aspecto indicaba que se le había arrojado desde una gran altura, y el cuerpo estaba envuelto en innumerables capas de nieve quebradiza, como un tul tejido.

"Muerto por el intenso frío". ¡Qué irónicas y huecas, son estas palabras! ¡Cuán poco explican de la terrible maldad que acecha tras el velo! Sé lo que el soldado French temía, lo que sospechaba con fundadas razones.

Pues toda esa noche y la siguiente vi, desde mi ventana, en casa del doctor Telfer, una enorme e informe masa de nieve que se elevaba hacia lo alto, una masa tremenda y sensitiva rematada por dos inescrutables y fríos ojos verdes. Ya se corren rumores de que los indios se preparan para otra reunión en el sitio que ocuparan los malditos altares. Eso no debe ocurrir, y si persisten en su empeño, es preciso que se les aleje a la fuerza de la aldea y se les distribuya por todas las provincias, muy alejados entre sí. En estos momentos me dispongo a salir para desbaratar sus infernales planes.

Pero como es ya del dominio público, John Dalhousie no llevó a cabo su plan. Esa noche desaparició, para ser hallado tres noches más tarde, tal como fueron encontrados antes el soldado French y Henry Lucas, envuelto en varias capas de hermosa nieve, parecida a una gasa tejida, reluciente a la luz de la luna. También a él le sorprendió la muerte como a los otros que sufrieran la venganza de Ithaqua, el ser de nieve, el dios del vasto silencio blanco. El departamento de policía diseminó a los indios por todas las provincias, y se prohibió terminantemente a todo el mundo que entrara en la selva vecina al viejo camino de Olassie. Pero en alguna parte, durante la noche silenciosa, tal vez se vuelvan a reunir murmurando y echados boca abajo sobre la nieve, y ofreciendo sus niños y sus enemigos como sacrificios al dios elemental que adoran, gritándole como lo hizo Lucas: "Ithaqua, toma mi cuerpo... Ithaqua..."